Kitabı oku: «Guerra civil. Guerra de Alejandría. Guerra de África. Guerra de Hispania.»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 342


Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., las traducción de este volumen ha sido revisadas por JESÚS ASPA CEREZA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2005.

www.editorialgredos.com

La Introducción y las notas de este volumen han sido llevadas a cabo por PERE J. QUETGLAS .

La traducción ha sido realizada por JULIO CALONGE (Guerra Civil) y PERE J. QUETGLAS (Guerra de Alejandría, Guerra de África y Guerra de Hispania) .

REF. GEBO422

ISBN 9788424937188.

INTRODUCCIÓN

1. EL BELLVM CIVILE Y LOS TRIA BELLA

Las obras cuya traducción presentamos en este volumen transmiten en su conjunto la actividad desarrollada por Julio César en sus campañas a lo largo y ancho del Mediterráneo entre enero del año 49 —cuando, culminando el largo proceso de desencuentros con el senado y con Pompeyo, cruza el Rubicón y entra en Italia, dando comienzo así a la Guerra Civil— y la última semana de abril del 45 —momento en que el discurso inconcluso pronunciado en Híspalis pone fin a la narración de la campaña de Hispania. Se trata de un conjunto de cuatro obras, una, el Bellum Ciuile (Guerra Civil), de probada autoría cesariana, y otras tres, recogidas corrientemente bajo la denominación genérica de Tria Bella : Bellum Alexandrinum, Bellum Africum y Bellum Hispaniense (o bien en su traducción española, Guerra de Alejandría, Guerra de África y Guerra de Hispania, respectivamente), que no son obra de César o en las que, en todo caso, la autoría de César es muy dudosa.

Por otro lado, estas obras constituyen lo que, en sentido extenso, se puede denominar como Corpus Caesarianum Hispanicum ; es decir, se trata de las obras de autoría cesariana o pseudocesariana en las que Hispania tiene un papel relevante. Esta descripción cuadra perfectamente a la mayoría de las obras (Bellum Ciuile, Bellum Alexandrinum y Bellum Hispaniense ) 1 , con la única excepción del Bellum Africum, donde la presencia de Hispania, y más en concreto de sus islas orientales, es más bien anecdótica, aunque se puede adivinar su gran trascendencia a la vista de los acontecimientos subsiguientes 2 .

1.1. Bellum Ciuile

En el Bellum Ciuile, dividido actualmente en tres libros 3 , se narran los acontecimientos acaecidos en los años 49 y 48. Constituye, por tanto, el núcleo central de la Guerra Civil, ya que incluye la decisiva batalla de Farsalia y la muerte de Pompeyo. Las primeras operaciones realizadas por César en Italia tras cruzar el Rubicón crean la inquietud y el desánimo en Roma, y fuerzan a Pompeyo a tomar la decisión de embarcarse para Grecia desde el puerto de Brindis. Enterado de la maniobra, César intenta cortarle el paso o, como mínimo, impedirle el embarque, pero fracasa en el intento. En esta situación, como le resultaba imposible seguir inmediatamente la estela de Pompeyo, dado que éste tenía en su poder la totalidad de la flota, puesto en la tesitura de tener que construir una flota nueva, decide aprovechar este espacio de tiempo para trasladar la acción a las dos Hispanias, que eran provincias pompeyanas gobernadas por los legados Afranio, Petreyo y Varrón; simultáneamente, toma posiciones en Cerdeña y Sicilia de cara a iniciar también operaciones en África. Camino de la Hispania Citerior, topa con la negativa de los marselleses a sometérsele, lo cual le obliga a distraer una parte de sus efectivos para poner cerco a la ciudad; no renuncia, sin embargo, a su objetivo, de manera que, tras conseguir que una avanzadilla ocupara con un hábil golpe de mano los pasos pirenaicos, se presenta ante Lérida, donde Afranio y Petreyo habían concentrado sus tropas. Allí intenta repetidamente trabar batalla con los pompeyanos, pero éstos lo rehúyen sistemáticamente, fiados en su superior posicionamiento táctico, pues disponían del control de la ciudad y del puente de acceso, lo que les facilitaba las operaciones de aprovisionamiento, en tanto que las crecidas del río Segre dificultaban a los cesarianos el mantenimiento de la comunicación entre las dos orillas del río y con ello se le impedía abastecerse con facilidad. La situación cambia de manera repentina a partir del momento en que César consigue establecer unos puentes sobre el Segre que le facilitan la maniobrabilidad y, con ello, el aprovisionamiento. Surgidas las dudas entre sus adversarios, intentan éstos cruzar el Ebro para reforzarse en la Celtiberia, región proclive a sus intereses; pero César logra cortarles el paso y dificultarles en gran manera el retorno a Lérida, lo que fuerza la rendición de Afranio y Petreyo. Esta campaña, conocida como la campaña de Lérida o del Segre, es, como otras muchas de César, una operación eminentemente táctica apoyada en un excelente aprovechamiento de la caballería, gracias a la cual César consigue dificultar primero e impedir después la marcha del ejército adversario y, a la postre, bloquearle toda posibilidad de maniobra hasta forzarlo a la rendición. En este sentido, pues, la campaña de Lérida no presenta ninguna batalla decisiva, sin que por ello deje de ser una gran muestra de la pericia militar de César. Con el licenciamiento y la repatriación del ejército pompeyano concluye el libro primero del Bellum Ciuile. El período temporal comprendido en esta narración abarca desde el 1 de enero del 49 hasta mediados de agosto del mismo año.

En el libro II encuentran su lugar los acontecimientos que ocupan el resto del año 49 y sólo en parte cuentan con la presencia de César. Éstos se reparten en tres escenarios: en primer lugar, la continuación del asedio de Marsella iniciado en el libro I y que concluirá, tras diversos avatares, con la rendición de la ciudad después de la llegada de César. En segundo lugar, la intervención personal de César en la Hispania Ulterior, donde la difusión del resultado de la campaña de Lérida hará inútiles los esfuerzos de resistencia dirigidos, sin mucha convicción, por el otro legado de Pompeyo, Varrón. Éste, incapaz de frenar la progresiva desafección de la provincia, ve cómo las ciudades le van cerrando una a una sus puertas de manera que, imposibilitado de usar Cádiz como último refugio o vía de escape, no tiene más remedio que acudir a Córdoba a presentar su rendición a César. Tras tomar las disposiciones oportunas para el buen gobierno de la provincia, César se embarca hacia Tarragona con la escuadra que había aprestado Varrón y deja la provincia en manos de Quinto Casio Longino, personaje que será en gran parte responsable de la posterior revuelta de la provincia y que hará necesaria una nueva intervención cesariana: será la campaña de Córdoba, relatada en el Bellum Hispaniense. El tercero y último de los escenarios contemplado en este II libro es el de África, a donde había acudido Gayo Curión desde Sicilia, siguiendo las órdenes de César. Allí, Curión, tras algunos episodios victoriosos, se ve sorprendido cerca de Útica por la acción combinada de Juba, rey de Numidia, y de su lugarteniente Saburra. El resultado del encuentro fue fatal para Curión, quien acabó suicidándose tras perder a todo su ejército.

En el libro III del BC se narran los importantes y trascendentales acontecimientos que tienen lugar en el año 48, durante el segundo consulado de César. Con la flota aparejada mientras se encontraba en Hispania, César decide que ha llegado el momento de salir en pos de Pompeyo, quien a su vez también había aprovechado la pausa para reforzar sus efectivos en Grecia y en Asia. El paso del Adriático y el posterior desembarco en el Epiro constituían una operación no exenta de riesgo, dado que toda la costa estaba controlada por los pompeyanos; pero ya fuera por la desidia de éstos o por la proverbial fortuna de César, el desembarco se produjo sin mayores incidentes, lo que forzó el inmediato regreso de Pompeyo quien, confiado en la efectividad de su capacidad de bloqueo, se hallaba despreocupado en el interior de Macedonia en labores de recluta y aprovisionamiento. Al tener noticia Pompeyo de que César se estaba apoderando de algunas ciudades marítimas y de que se dirigía a Durazo, ciudad en la que Pompeyo había situado la base central de su operativo bélico, acudió a marchas forzadas justo a tiempo de interceptar la llegada de César a Durazo. Esto provocó un estancamiento de posiciones, pues, si de un lado César controlaba las ciudades costeras, la escuadra pompeyana controlaba el mar e impedía que la flota, que César, tras desembarcar, había reenviado de nuevo a Brindis, pudiera transportar al resto del ejército. Acuciado por la necesidad, César insta a su lugarteniente Marco Antonio a completar el traslado de las tropas estacionadas en Brindis, pese a las condiciones adversas; el envite le sale bien y la llegada de este contingente provoca el movimiento simultáneo de César y Pompeyo: el primero, porque quería juntar los dos cuerpos de ejército, y Pompeyo, para dificultar e impedir esta conjunción. Al mismo tiempo, Pompeyo insta a Escipión, que se encontraba en Asia, a que se le una de forma inmediata. En su camino hacia la costa del Adriático, Escipión realizó algunos amagos de enfrentamiento con columnas cesarianas, especialmente la de Domicio, que intentaban extender su área de influencia por Tesalia, Etolia y Macedonia, pero sin llegar en ningún caso a un choque directo.

Emplazados los dos ejércitos principales entre Asparagio y Durazo, César logra por medio de una maniobra de diversión cortar las comunicaciones directas por tierra entre la posición de Pompeyo y Durazo. Y, de forma inmediata y pese a la inferioridad de sus efectivos, intenta rodear con un cinturón fortificado la posición de Pompeyo, quien responde construyendo una contralínea de protección interior. En esta situación se suceden los intentos de forzar el bloqueo por uno y otro lado, al tiempo que se agravan los problemas de abastecimiento por ambos bandos. Finalmente, Pompeyo puede realizar un desembarco de tropas fuera del perímetro de bloqueo cesariano, justo en el punto de la costa opuesto a Durazo, lo que pone en desventaja posicional a César, puesto que hace inútiles sus fortificaciones. En este instante, en una de las habituales disputas por el control de las posiciones fortificadas, un grave error de maniobra del ejército de César le supuso una fuerte derrota y estuvo a punto de hacerle perder la guerra. Salvó mal que bien la situación con un forzado repliegue hacia el sur, en dirección a Apolonia, que no fue bien aprovechado por Pompeyo. Desde Apolonia los dos ejércitos giran hacia el interior, hacia Macedonia y Tesalia, con la intención de juntarse con los cuerpos de ejército allá destacados: César con el de Domicio y Pompeyo con el de Escipión. Realizada la conjunción de efectivos en uno y otro bando, los dos ejércitos se dispusieron a librar la batalla decisiva, con una clara superioridad numérica y anímica de la parte pompeyana, resultado del combate librado anteriormente, a las que se unía una superioridad posicional, puesto que el ala derecha pompeyana tenía el flanco cubierto por el cauce del río Enipeo. Con esta disposición, el resultado de la batalla dependía básicamente de si el ala derecha de César podría sostener la acometida de los adversarios, habida cuenta de que, carente de toda protección, podía ser rebasada fácilmente por la caballería contraria, manifiestamente superior en número. Sin embargo, a pesar de que todas las circunstancias favorecían a Pompeyo, la batalla la decidió el genio estratégico de César, quien previendo el desarrollo de los acontecimientos había habilitado con efectivos detraídos a las legiones una reserva operativa de tropas para cubrir el sector del frente que flaqueara tras la primera acometida. Y fue esta reserva la que, acudiendo en ayuda del ala derecha, desbarató y puso en fuga a la caballería pompeyana, lo que provocó una caída en cadena de todo el frente adversario. Pompeyo huyó y su ejército, copado en los altos de un monte y carente de suministros y de agua, se vio obligado a rendirse. Acaba así la batalla de Farsalia.

Pompeyo se embarcó y en su huida pasó por Anfípolis, Mitiline, Cilicia y Chipre, camino de Egipto. Aquí la situación era de guerra civil entre Cleopatra y su hermano, Tolomeo XIV, quienes debían gobernar conjuntamente el país según el testamento de su padre. Los allegados al rey, fingiendo dar a Pompeyo una acogida cordial, le dan muerte a traición, confiando en ganarse de esa forma el favor de César.

César, por su parte, siguiendo los pasos de Pompeyo llega también a Alejandría acompañado de dos legiones. Allí mismo se entera de la muerte de su rival y, dispuesto a intervenir como cónsul en el problema sucesorio, se hace enviar por tierra otro contingente de tropas. Mientras tanto, la camarilla regia hace que el ejército de Ptolomeo a las órdenes de Aquilas se presente en Alejandría dispuesto a plantarle batalla a César. Éste, que no creía tener suficientes efectivos como para librar una batalla en campo abierto, decide hacerse fuerte en el sector de la ciudad que controlaba. Los egipcios, por su parte, intentaron apoderarse de la flota amarrada en el puerto a fin de cortarle a César toda posibilidad de recibir refuerzos y provisiones, pero no pudieron culminar su intento puesto que César hizo quemar la totalidad de la flota y ocupar simultáneamente el islote en que se encontraba el famoso faro de Alejandría, para controlar así el acceso al puerto. En cuanto a la disputa por la ciudad, César consiguió de momento mantener las posiciones en su sector. En este punto acaba el relato del Bellum Ciuile y empieza el Bellum Alexandrinum.

1.2. Bellum Alexandrinum

Constituye la continuación natural de lo narrado en el Bellum Ciuile , a la que se añaden noticias sobre otros hechos contemporáneos y posteriores. Su contenido podemos dividirlo en cinco partes: 1. La lucha por el control de Alejandría y Egipto (de octubre del 48 a marzo del 47). 2. La situación de Asia Menor (contemporáneamente al apartado anterior). 3. La situación del Ilírico (de octubre del 48 a marzo del 47). 4. La situación de Hispania (de septiembre del 49 a diciembre del 48). 5. Intervención de César en Asia (de mayo a agosto del 47).

1.2.1. La lucha por el control de Alejandría y Egipto

César, que, siguiendo a Pompeyo, había llegado a Alejandría con escasas tropas, ve cómo los acontecimientos se tuercen en su contra por la animadversión del pueblo instigado por la camarilla real. Forzado, por tanto, a luchar para mantener su posición, reclama el envío de una flota de socorro procedente de Siria, Grecia y Asia Menor, al tiempo que se apresura a fortificar sus posiciones dentro de la ciudad. Y de la misma forma, los alejandrinos rodean y bloquean el área ocupada por César, a la par que realizan nuevas levas y aumentan la producción de armas. Por otra parte, las disensiones surgidas entre Arsínoe, la hija menor de Ptolomeo XIII, y Aquilas, el comandante del ejército, acaban con la muerte de éste y el subsiguiente traspaso del control del ejército al eunuco Ganimedes, quien toma algunas iniciativas importantes como la de anegar con agua de mar los pozos de los que se abastecía la ciudad. Esta operación crea malestar en muchos de los soldados cesarianos, que abogaban por un reembarco inmediato. La pronta llegada de refuerzos y el hallazgo de agua en pozos excavados en la costa mitigan la apurada situación de César, aunque no por mucho tiempo, puesto que los alejandrinos, insistiendo en su táctica de acorralar a César, se vuelcan en la construcción y reparación de naves con la finalidad de obtener el dominio del mar y así impedir la llegada de más refuerzos y provisiones para César. La complicada situación fuerza a César librar un combate naval del que sale vencedor. Además, para evitar que la situación de bloqueo marítimo pudiera repetirse decide apoderarse de la isla de Faro y del Heptaestadio, el largo puente que unía la isla con el continente y que, al mismo tiempo, dividía en dos el puerto de Alejandría. De esta forma, César se aseguraría un cierto control sobre los dos sectores del puerto. La toma de Faro se realizó sin contratiempos destacables, que sí se dieron en la operación de ocupación del Heptaestadio, pues cuando las tropas de César acometían, avanzando desde la isla, el bastión que los alejandrinos defendían en la parte más próxima a la ciudad, se vieron sorprendidas por la llegada por mar de un contingente de alejandrinos que, presionándolas por el flanco derecho, acabó por arrojarlas al mar y el propio César tuvo que buscar a nado la salvación.

En esas circunstancias, los alejandrinos enviaron una embajada a César pidiéndole que liberara al rey (Ptolomeo XIV), con la excusa de que si estaba con los suyos sería más fácil llegar a un acuerdo. César, ya fuera engañado, ya fuera porque pensara que iba a obtener otras ventajas con su liberación, dejó marchar al joven monarca, quien se apresuró a ponerse al frente de las operaciones contra César. Éstas consistieron, básicamente, en intentar bloquear de nuevo la llegada de suministros por vía marítima y en interceptar los refuerzos que por tierra llegaban desde Siria al mando de Mitridates de Pérgamo. Sin embargo, tras tomar Pelusio, Mitridates resuelve favorablemente un primer choque con una avanzadilla enemiga, e inmediatamente acude desde Alejandría César para facilitarle la marcha; pero también se presenta el rey para interceptar la confluencia de los dos ejércitos. El enfrentamiento, conocido como la batalla del Nilo, acabó con la derrota de los alejandrinos, el asalto a su campamento y la muerte del rey. De inmediato se dirige César a Alejandría. La ciudad, conocedora de la debacle sufrida por su ejército, se le rinde sin resistencia. César, una vez que dejó ordenados los asuntos de la ciudad y de Egipto, a cuyo frente puso a Cleopatra y al hermano menor de ésta, Ptolomeo XV, partió para Siria.

1.2.2. La situación en Asia Menor

Mientras se desarrollaban los acontecimientos de Egipto (de septiembre-octubre del 48 a febrero del 47) la situación en Asia Menor se había visto alterada por la actitud expansionista de Fárnaces, rey de Crimea, quien aprovechándose de la situación de debilidad propiciada por la Guerra Civil se había apoderado de Armenia Menor y de Capadocia, en un intento de recomponer lo que había sido el imperio de su padre, Mitridates el Grande. Las reclamaciones de Deyótaro, rey de Armenia Menor, fuerzan la intervención de Domicio Calvino, que tenía a su cargo el gobierno de Siria. Aunque Domicio se había tenido que desprender de dos de las tres legiones de que disponía para mandárselas a César que se encontraba en situación apurada en Alejandría, creyó conveniente intervenir para poner freno a la osadía de Fárnaces. Así, con una única legión, pero contando con el apoyo de dos legiones del rey Deyótaro y de otra reclutada en el Ponto, se dirigió al encuentro de Fárnaces. La batalla, librada junto a la ciudad de Nicópolis, supuso un duro revés para Domicio, quien a duras penas logró salvar su legión y retirarse con ella hacia la provincia de Asia. Fárnaces, envanecido por la victoria, ocupó a continuación el Ponto sin encontrar resistencia y dando muestras de una terrible crueldad.

1.2.3. La situación del Ilírico

El conflicto civil también tenía a la sazón sus ramificaciones en esta provincia. Por una parte, Quinto Cornificio imponía por tierra el dominio del bando cesariano; por la otra, Marco Octavio se aseguraba con su escuadra el dominio pompeyano en el mar. La proximidad de Macedonia, donde se habían refugiado los restos del ejército pompeyano tras Farsalia, indujo a César a mandar una expedición de refuerzo al mando de Aulo Gabinio; sin embargo, esta expedición, acuciada por el rigor del invierno, falta de provisiones y agobiada por la presión enemiga, en su marcha hacia Salona sufrió un duro revés, lo que incrementó la confianza de Octavio quien ya se veía con el control de la provincia.

A esta peligrosa situación puso fin el comandante cesariano de Brindis, Vatinio, que improvisó a la desesperada una escuadra de naves ligeras que unió a las naves de guerra de que disponía y embarcó en ellas un importante contingente de legionarios que por circunstancias diversas habían quedado en Brindis; con esta flota, de potencial sensiblemente inferior a la del enemigo por su bajo puntal, marchó al encuentro de Octavio. Lo sorprendió en las inmediaciones de la isla de Tauris y tuvo la suerte de poder trabar combate en un espacio reducido, lo que dificultaba la maniobrabilidad de las naves y reducía sensiblemente la superioridad enemiga; de esa forma, el combate se redujo a una sucesión de abordajes en los que las tropas legionarias de Vatinio lograron imponerse al tiempo que forzaban la huida de Octavio, quien acabó recalando en África, donde los pompeyanos se estaban haciendo fuertes. De esta forma, Vatinio consiguió consolidar el dominio de César en el Ilírico, tras lo cual se retiró con la escuadra a Brindis.

1.2.4. La situación en la Hispania Ulterior

En septiembre del 49, César, tras someter la Hispania Ulterior, marchó a Roma dejando como gobernador de la provincia a Quinto Casio Longino con un contingente de cuatro legiones. Los abusos y vejaciones que sufrió la provincia de parte de Longino junto con la existencia de amplios sectores pompeyanos provocó una situación general de malestar, de la que en principio se mantuvieron al margen las legiones gracias a la obsequiosidad de Longino para con ellas. En esas circunstancias, personajes importantes del entorno provincial organizan un complot para acabar con su vida, que estuvo muy a punto de alcanzar su objetivo aunque finalmente sólo lograron herir, pero no matar, a Casio. Naturalmente, esta acción fue seguida por las acostumbradas represalias, con la peculiaridad de que los implicados pudieron redimir su responsabilidad contra la entrega a Casio de importantes sumas de dinero. Simultáneamente, había ido creciendo el malestar entre el ejército al conocerse la orden de César de que Casio pasara a África con sus legiones. Para cumplir este encargo, Casio recluta una nueva legión, la V; esto aumenta el malestar en la provincia. De las cinco legiones de que Casio disponía, dos, la XXI y la XXX, habían llegado con César y tenían, por tanto, pocos lazos con la provincia. En cambio, la indígena y la V, formadas por ciudadanos provinciales, y la II, por su ya larga permanencia en la Ulterior, se sentían ya muy ligadas al terreno y no veían con buenos ojos la orden de pasar a África. Así pues, dada la orden de marchar hacia el estrecho, se le sublevan dos legiones, la indígena y la II, y parte de la V, que estaba de guarnición en Córdoba, con lo que se le vuelve también en contra la ciudad. Tras una corta etapa de incertidumbre en que los disidentes levantaron la bandera de Pompeyo para dignificar su causa, viendo que esta opción carecía de arraigo, decidieron mantenerse en el bando cesariano y tomar como comandante a Marcelo, cuestor de Casio Longino. Los dos ejércitos estuvieron a punto de enfrentarse, primero en los alrededores de Córdoba y luego en Ulia, posición tomada por Casio y asediada por Marcelo. La llegada del rey Bógudo y de Marco Lépido, gobernador de la Hispania Citerior, a los que Casio había llamado en su ayuda, podrían haber inclinado la balanza hacia Casio; sin embargo fue Marcelo el que se puso espontáneamente a disposición de Lépido, quien de esta forma se convertía en árbitro de la situación, en perjuicio de Casio, que persistía en mantenerse en sus posiciones. La tregua pactada entre los dos bandos permitió a Casio escapar del asedio, pero le sirvió de poco, pues la llegada de Trebonio, el procónsul que le iba a sustituir en el gobierno de la Ulterior, provocó su huida hacia Málaga. Desde allí se embarcó para Italia, objetivo que no llegó a alcanzar pues murió al naufragar su nave en la desembocadura del Ebro. Era el mes de diciembre del 48.

1.2.5. Intervención de César en Asia Menor

Pese a que la situación en Roma requería su inmediata presencia en la ciudad, decidió César retrasar su vuelta hasta dejar solucionado el conflicto provocado por Fárnaces en el Ponto. La campaña destaca especialmente por su rápido desarrollo. En efecto, César, tras poner orden en Siria y Cilicia, se dirige hacia el Ponto. De camino, acepta las disculpas que le presenta Deyótaro, tetrarca de Galogrecia y rey de la Armenia Menor, por haber colaborado por Pompeyo. Sin duda, en la decisión de César pesó mucho la necesidad que tenía de incrementar sus menguadas fuerzas. Mientras tanto, entabla conversaciones con Fárnaces por ver si conseguía reconducir la situación sin necesidad de combatir; pero, al constatar que éste no pretendía otra cosa que dilatar el proceso, consciente de que el tiempo jugaba en contra de César, que se vería forzado, más pronto que tarde, a volver a Roma, optó por forzar una solución rápida en forma de enfrentamiento directo. En la batalla librada en las inmediaciones de Zela, César salió vencedor gracias al atrevimiento y torpeza de Fárnaces, quien, fiado en la superioridad numérica de sus fuerzas, se atrevió a plantar batalla en un terreno plenamente desfavorable para sus tropas. Resueltos los problemas en Asia Menor, pudo regresar César a Roma antes de lo previsto, en agosto del 47.

1.3. Bellum Africum

No pudo permanecer César mucho tiempo en Roma tras regresar en agosto del 47 de su campaña contra Fárnaces en el Ponto, sino que ya en diciembre del mismo año 47 tiene que iniciar una nueva expedición; esta vez las operaciones se centrarán en la provincia de África, donde los pompeyanos se habían reorganizado con mucha fuerza bajo el mando de Escipión, el suegro de Pompeyo, y de Catón. Como ya había hecho al cruzar el Adriático, César se decidió a pasar a África desde Sicilia sin tomar demasiadas precauciones y sin poder trasladar de una vez todo el ejército, lo que marcará en cierta manera la campaña al obligarle a adoptar en muchos casos una actitud defensiva a la vista de la inferioridad numérica de su ejército.

Tras desembarcar en las inmediaciones de Hadrumeto y no viendo posibilidades de apoderarse de esta plaza dadas las escasas tropas que habían llegado con él, se traslada hasta Rúspina, localidad en cuyas inmediaciones va a transcurrir la primera etapa de su estancia en África. Desde el campamento allí instalado realiza algunas incursiones para tomar alguna plaza como Leptis y, sobre todo, para hacer acopio de provisiones de las que andaba escaso. Asimismo, pretendía fijar un punto de referencia para que la parte de la flota que se había dispersado durante el viaje pudiera reagruparse y, por tanto, desembarcar al resto de tropas que constituían esta primera expedición. Al mismo tiempo, consciente de la inferioridad numérica de su ejército, no dejará de pedir el envío de refuerzos y provisiones desde Cerdeña y Sicilia.

Durante esta primera etapa, que se prolongará hasta mediados de marzo. César tendrá que conformarse con mantener sus posiciones, retener a su ejército en emplazamientos fortificados, rehuir la batalla en campo abierto y resistir el acoso del adversario. Una vez que César pudo reunir toda la fuerza de la primera expedición, se decidió ya a realizar alguna salida más atrevida en busca de provisiones, pero estuvo a punto de resultarle fatal, pues la llegada imprevista de la caballería pompeyana al mando de Labieno, que utilizaba la táctica númida de acosar y retirarse rápidamente, desconcertó y agotó las tropas de César a las que acabó por rodear; esta difícil situación la solventó César con una hábil maniobra táctica que le permitió iniciar un duro y costoso repliegue hacia su campamento, acosado en todo momento por la caballería enemiga. Esta batalla pudo costarle a César la derrota total e incluso la vida.

Con César confinado en su campamento, la llegada de Escipión procedente de Útica con la infantería legionaria y de su aliado el rey Juba parecía torcer definitivamente la situación a favor de los pompeyanos. Sin embargo, los problemas internos del reino obligaron a Juba a volverse casi de inmediato. Entretanto, le llegan a César peticiones de diversas ciudades para que acuda en su ayuda y, al mismo tiempo, él pide reiteradamente el envío de refuerzos desde Sicilia y manda algunas expediciones en busca de provisiones como la de Salustio a la isla de Cercira. Vista la apurada situación del ejército cesariano, Escipión ofrece en diversas ocasiones a César la posibilidad de librar un combate en campo abierto, a lo que César responde con cambios en el emplazamiento de su campamento y fortificando y atrincherando los accesos al mismo, operaciones que son sistemáticamente dificultadas por los pompeyanos. La llegada de dos legiones de refuerzo (XIII y XIV) palia un poco la situación de inferioridad de César y le anima a desplazarse hasta Uzita, donde los dos ejércitos forman en línea de combate, aunque ninguno de los dos bandos se decide a iniciar la batalla. La llegada de Juba parece desnivelar de nuevo la situación, pero ésta se equilibra nuevamente porque le llegan a César otras dos legiones (IX y X) y, además, Juba se ve obligado a reexpedir parte de su ejército para hacer frente a los conflictos que tenía en su reino por la sublevación de los getulos. Una vez más, los dos ejércitos forman frente a frente y una vez más parece que todo va a quedar en una mera tentativa, cuando un amago de la caballería númida provoca la respuesta de la caballería y de la infantería ligera cesarianas que sufren un considerable revés. Se vuelve, pues, a la práctica habitual de fortificarse por parte de unos y de contrafortificar y obstaculizar por parte de los otros. Y en este ir y venir, en esta situación de indefinición, llegamos a mediados de marzo, momento en que le llega a César una nueva expedición con otras dos legiones (VII y VIII). A partir de aquí cambia el rumbo de los acontecimientos.

César, considerando que dispone ya de unas fuerzas suficientemente equilibradas con respecto a las del adversario y continuando con las dificultades de aprovisionamiento, empieza a tomar la iniciativa y desplazarse en dirección a Agar, siempre hostigado por la caballería pompeyana. Instala allá su campamento y brinda a Escipión la posibilidad de entablar batalla, pero éste rechaza el envite. Desde allí realiza, con suerte diversa, intentos de tomar el control de algunas ciudadelas que reclamaban su ayuda. Un nuevo intento de librar la batalla decisiva tiene lugar en las inmediaciones de la ciudadela de Tegea, próxima a Agar, cuando César lanzó a su caballería contra el enemigo, intentando provocarlo. Después de esta escaramuza, en parte inducido por la falta de agua, en parte por la renuencia del enemigo a abandonar la posición favorable que tenía en las alturas y bajar al llano, decidió César partir de Agar en dirección a Tapso y empezó a asediarla de inmediato. Esto obligó a Escipión a acudir en ayuda de la ciudad y a formar su ejército en línea de combate. César hace lo propio, pero no se decide a dar la orden de ataque; mas en ese instante un corneta, inducido por los soldados, dio la señal y César, incapaz de refrenar el ímpetu de sus propias fuerzas, decidió dar por buena la orden. El resultado fue una derrota total de los pompeyanos. Era el día 6 de abril del 46. Aunque Tapso no se rindió de inmediato, no pudo resistir mucho tiempo tras la avalancha de ciudades que se entregaron a César: Uzita, Hadrumeto, Útica, Zama, Tisdra. Por otra parte, la suerte no les fue propicia a los jefes pompeyanos, muchos de los cuales, incluido el rey Juba, encontraron la muerte en su huida. Relieve especial tiene el suicidio de Catón en Útica. César, a su vez, tras ordenar la situación de la provincia e imponer sanciones a las ciudades, de acuerdo con su potencial económico, embarcó en Útica el día 13 de junio del 46.

Mención aparte debe hacerse de un episodio que, inserto en medio del plan general de la narración, no interfiere directamente en ella, pero que sí tendrá, en cambio, repercusiones posteriores. En los capítulos 22-23 se cuentan los reproches que le hace Catón a Gneo Pompeyo, el Joven, echándole en cara su inactividad. De resultas de ello, el joven Pompeyo intentará, en vano, tomar una ciudad de Mauritania y a reglón seguido se retirará enfermo a las Baleares, desde donde marchará a Hispania para continuar la lucha.

1.4. Bellum Hispaniense

La situación en la Hispania Ulterior se había aparentemente calmado tras la huida de Quinto Casio Longino y la llegada del nuevo gobernador, Trebonio, tal como se narra en el Bellum Alexandrinum . Sin embargo, a la vista de lo sucedido es preciso creer que Longino no era la causa de todo el problema y que la provincia no era tan decididamente cesariana como se ha querido ver a menudo. Por ello, no es de extrañar que Gneo Pompeyo, hijo, pensara en esta región para mantener viva la bandera anticesariana. Así pues, tras salir de África a fines del año 47 y pasar un período de convalecencia en las Baleares, llegó a la Hispania Ulterior a mediados del 46, después de la derrota de Tapso, y le bastó poco tiempo para darle la vuelta a la situación, de manera que a la llegada de César, a fines del 46, había logrado someter a sangre y fuego a una buena parte de la provincia.

El teatro de operaciones que encuentra César es el siguiente: Córdoba, la ciudad más importante, estaba en manos de Sexto, el hijo menor de Pompeyo Magno, mientras su hermano con el grueso del ejército se encontraba asediando y a punto de tomar Vlia (Montemayor), una de las pocas plazas proclives a los cesarianos. La táctica de César se encaminó a evitar la caída de esta plaza y tuvo dos escenarios: por una parte, hizo llegar refuerzos a los asediados y, por otra, realizó un intento de tomar Córdoba, con lo que logró que el hijo mayor de Pompeyo levantara el asedio de Ulia y acudiera en ayuda de su hermano; la confluencia de los dos ejércitos junto a Córdoba dio paso a que se produjeran diversas escaramuzas por el control del puente que facilitaba el acceso a la ciudad. Visto que los pompeyanos no parecía que tuvieran intención de presentar batalla en campo abierto, César decide forzar la situación y pone sitio a la importante plaza de Ategua. Pompeyo lo sigue y en un primer momento la caballería cesariana se ve sorprendida y sufre un notable revés. Sin embargo, en ningún momento Pompeyo hace un intento real por impedir la toma de la plaza y se limita a cambiar la ubicación de su campamento para evitar que quedara cortada su línea de aprovisionamiento con respecto a Córdoba. El resultado final es la entrega de Ategua que tiene lugar el 19 de febrero del 45. A partir de este momento se invierte el sentido de la guerra, de manera que si hasta este momento era Pompeyo quien se movía en función de César, ahora será al revés. La línea de movimientos pasa por Ucubis, Soricaria, Espalis y Carruca, y siempre va acompañado de encontronazos, alguno importante, como el habido junto a Soricaria. Finalmente, el teatro de operaciones se traslada a los alrededores de Munda, donde Pompeyo, en buena medida inducido por las voces que hablaban de su cobardía, se decide a formar su línea de combate, apoyando su retaguardia en la ciudad y en la elevación del terreno. César hace lo propio en la llanura contigua, pensando que los pompeyanos tenían la intención de bajar a luchar; pero visto que esta maniobra no se produce, las tropas de César se deciden a subir por la pendiente pese al riesgo que ello conllevaba. El resultado final fue la derrota y la desbandada del ejército pompeyano, cuyos restos se refugiaron en la plaza de Munda. Llegada la noticia a Córdoba, Sexto Pompeyo huye de la ciudad; por su parte, Gneo Pompeyo escapa en dirección a Carteya, donde es acogido amistosamente, pero enseguida se ve obligado a huir de allí al surgir disensiones entre la población sobre la conveniencia de entregarlo. Perseguido por tierra y mar, capturado y ejecutado, su cabeza es enviada a César.

Mientras tanto, César se va haciendo con el control de las diferentes plazas: Córdoba, Híspalis, Hasta, Cádiz, Munda. La obra termina con el discurso de reconvención que dirige César a los provinciales reunidos en Híspalis.

2. EL PROBLEMA DE LA AUTORÍA

Si situamos sobre un eje cronológico las obras recogidas en este volumen, tal como representamos a continuación:


resulta sencillo dividir las cuatro obras en tres grupos distintos en cuanto a la autoría cesariana se refiere, en una progresión de más a menos. Es decir, en un extremo tendríamos la obra más indudablemente cesariana, el BC , mientras que en el otro quedarían las dos obras de carácter marcadamente no cesariano y además ordenadas, ya que el BH es menos cesariano que el BAf . Justo en el centro quedaría el BAl , la obra que más controversias ha suscitado.

Pero vayamos por partes. En lo que se refiere al BC , no existe en la actualidad ninguna teoría más o menos sostenible que defienda que César no es su autor 4 , y respecto a las obras situadas en el otro extremo, tampoco se sabe de ninguna teoría que defienda sólidamente que sean obra de César. Las causas de que esto sea así hay que buscarlas en el estilo radicalmente diferente de las tres obras y en los testimonios antiguos. Por supuesto que las cuestiones referentes al estilo hay que tomarlas con muchísima precaución; pero hay cosas tan obvias y tan claras que no admiten discusión alguna. En efecto, si comparamos el BC con el BAf y con el BH se observa, en primer lugar, que están redactadas con una concepción diferente del espacio narrativo, que es global en el caso del BC y muy parcial en el caso del BAf y, todavía más, en el del BH . Ello se plasma en que en un caso encontramos que la obra refleja una visión amplia y general del conflicto bélico que se corresponde con la de quien debía de tener en su cabeza la situación geoestratégica general y una previsión clara de las consecuencias de cada operación. En el extremo opuesto, en cambio, lo que encontramos es una sucesión de algo que podrían ser muy bien partes de guerra de las unidades orgánicas y que, por tanto, reflejan aspectos muy parciales del conflicto ya que, por ceñirse a un ámbito muy limitado, no pueden hacer otra cosa que recoger las nimiedades del día a día, algo que queda muy lejos de los objetivos o los intereses de un general en jefe 5 . A este rasgo de carácter global se suman las numerosas diferencias morfológicas, léxicas y sintácticas que separan una obra de otra y que han sido puestas de manifiesto por investigaciones filológicas muy detalladas 6 . Citemos, a guisa de ejemplo, la exagerada tendencia del BAf al uso reiterativo de fórmulas de transición: interim (ochenta y cinco casos), subito (veintidós), praeterea (diecisiete), etc.; o en el caso del BH y como muestra de su propensión al uso de formas propias del latín vulgar, la aparición del que pasa por ser el primer ejemplo de oración completiva con quod , dependiendo de verbos declarativos: renuntiauerunt quod Pompeium in potestate haberent (BH 36, 1) 7 .

En lo que se refiere a los testimonios antiguos, hay que destacar por encima de cualquier otro el de Suetonio, quien, escribiendo a una distancia de ciento cincuenta años, confiesa su ignorancia sobre el autor de los Tria Bella , apuntando como posibilidad los nombres de Opio e Hircio, lo que equivale, indirectamente, a negarle de forma clara e indudable la paternidad a César 8 .

Pero una vez establecido que el BC es obra de César y el BAf y el BH no lo son, se acaba prácticamente todo atisbo de consenso. En el caso del BH , la carencia de datos positivos ha conducido la investigación por una curiosa senda, en la que más que identificar al autor se pretende ubicarlo dentro del ejército. Así, encontramos, siempre con escasos indicios, quien defiende que el autor era un praefectus equitum (Storch), un miembro de la X legión (Pascucci), un integrante de la V legión en la batalla de Munda (Klotz), un simple soldado (Adcock), un oficial de grado medio (Diouron); incluso hay quien se atreve a más y avanza los nombres de Arguetius , comandante de la caballería cesariana (Kohl), o Fabius Maximus o Pedio , integrantes del estado mayor de César (Van Hooff). Ése es, en nuestra opinión, uno de los casos en que la filología debería hacer acto de contrición, reconocer su impotencia y admitir que con la documentación disponible no hay forma de saber quién pudo escribir el BH 9 .

No corre mejor suerte el BAf , aunque cuenta con la ventaja de que han sido nombres ilustres los que se han propuesto como responsables de su elaboración. Y efectivamente, si fuera por los nombres de los supuestos autores, el BAf ocuparía un lugar mucho más destacado en la historia de la literatura latina. Así, a la atribución que ya en la antigüedad hacía Suetonio a Hircio u Opio, se han añadido otros nombres no menos destacables: Asinio Polión (Landgraf), Munacio Planco (Koestermann, Pallavisini), Salustio (Pötter, W. Schmidt) y Trogo el Voconcio (Harmand) 10 . Pero tampoco aquí tenemos más certidumbres que en el caso anterior y sin duda es difícil tenerlas, si consideramos que Suetonio, mucho más cercano a los acontecimientos que nosotros, citaba como supuestos autores a Hircio y a Opio, cuando sabemos positivamente que ninguno de los dos pudo serlo, ya que no participaron ni en la campaña de África ni en la de Hispania, siendo así que los dos textos exigen internamente la participación directa de sus autores en los hechos narrados. Por lo que se refiere a los demás autores que se han propuesto, hay que convenir que argumentos como el que sostiene la candidatura de Munacio Planco sobre la base de que éste es el único legado de César cuyo nombre se menciona en la campaña (Koestermann) difícilmente pueden ser probatorios en uno u otro sentido. Y acerca de los argumentos estilísticos que apuntaban a Asinio Polión o a Salustio, nos quedaríamos con la aguda ironía de Bouvet, editor del BAf (pág. XXII ): «La critique a eu aisément raison de ces hypothèses hasardeuses dont le moins qu’on puisse dire est qu’elles n’étaient flatteuses ni pour Asinius Pollion, ni pour Salluste». Hoy en día, la postura más extendida, y también la más prudente, es la que se limita a defender que los dos textos fueron escritos a petición de Hircio, quien pensaba servirse de ellos para redactar la continuación de las guerras civiles. Su inesperada muerte en el 43 le habría impedido cumplir sus objetivos 11 .

El BAl quedaba en el esquema anterior en una posición intermedia y, en consecuencia más comprometida, ya que en su caso la autoría de César ni es indiscutible como sucedía con el BC ni es del todo descartable, como acaecía con el BAf y el BH . Aumenta así la complicación. Con todo, existe un punto en que la crítica está totalmente de acuerdo: el autor del BAl ni puede coincidir con el del BAf ni con el del BH , dado que muestra un dominio muy superior de los recursos estilísticos o, lo que es lo mismo, está como autor mucho más cerca de César que de los autores del BAf y del BH . En estas circunstancias, a la hora de determinar quien pudo ser su autor, ha jugado un papel destacado la carta proemio que Aulo Hircio situó al comienzo del libro VIII del Bellum Gallicum , libro que habría redactado él para completar las gestas de César enlazando el BG con el BC .

De la carta proemio a Balbo nos interesan especialmente dos párrafos. En el primero, con independencia de que se acepte o no la conjetura de Constans 12 , el texto explicita de forma concisa dos cosas: 1) Hircio ha completado el BG y lo ha enlazado con el comienzo del BC ; y 2) ha completado (así, en pasado: confeci ) el relato del resto de las gestas a partir de la actuación en Alejandría hasta llegar a la muerte de César. En el segundo párrafo 13 precisa Hircio un nuevo elemento, 3) que esta labor la llevó a cabo a pesar de que no estuvo presente ni en Alejandría ni en África. De estos textos se extraen varias conclusiones: 1.a ) Que Hircio es autor del libro VIII del BG ; 2.a ) Que es autor del BAl, BAf y BH . Dejemos aparcada de momento la primera de las conclusiones y centrémonos en la segunda. La autoría de Hircio aplicada al BAf entraña una contradicción con lo que hemos dicho más arriba, cuando dejamos establecido fuera de toda duda que el autor del BAf tuvo que estar presente en las operaciones, circunstancia que el propio Hircio admite que no se produjo (prescindimos del caso del BH , porque Hircio no lo menciona expresamente, aunque sabemos que tampoco participó en aquella guerra). La incuestionabilidad del argumento objetivo de la necesaria presencia del redactor en el teatro de operaciones, combinado con la también incuestionable ausencia de Hircio en el lugar, ha hecho, con toda razón, que los filólogos se esforzaran por justificar el uso de los perfectos de acción acabada usados por Hircio (supplevi, contexui, confeci ), aduciendo la justificación de que la composición de la carta proemio pudo haber sido previa a la labor de redacción, de manera que habría que interpretarla como una carta de intenciones que, desgraciadamente, la muerte de Hircio impidió que pudieran llevarse a término. Admitiendo que esto fuera así, seguimos teniendo el mismo problema que antes: sabemos que el BH y el BAf no son de Hircio, pero no sabemos qué pensar del BAl , ya que en este caso ni la concepción de la obra (no exige la presencia del redactor sobre el terreno) ni su estilo (evidencia una calidad literaria superior a las otras dos) nos impide negarle la paternidad a Hircio. Pero claro está, como tampoco sabemos hasta dónde llegó en la realización de sus objetivos o dónde los empezó exactamente, no hay forma de decidir si el BAl es obra suya, de César o de otros autores. Por otra parte, los detalladísimos estudios comparativos del léxico y de los elementos estilísticos del BAl , del libro VIII del BG y del llamado César auténtico (BG, BC ) denotan la existencia de coincidencias cruzadas entre una y otra obra, pero también discrepancias notables entre ellas; en suma: no prueban que el latín del BAl sea más próximo al de Hircio que al de César 14 .

Así las cosas, no puede extrañar que hayan proliferado teorías de lo más dispar y muy detalladas para solucionar el problema. Entre los partidarios de adjudicar la autoría a Hircio se puede citar, aparte del ya mencionado Nipperdey, a Petersdorff y a Schiller, quienes, no obstante, pensaban que Hircio no había hecho más que copiar palabra por palabra los informes que le llegaban; y de la misma opinión se muestra Klotz, aunque en ese caso la base de su teoría reside en los problemas que presenta la obra en el manejo del lenguaje técnico militar 15 .

Con todo, son mayoría los que apuestan por repartir la autoría entre César e Hircio. En primer lugar cabe citar a Landgraf, quien, aun admitiendo que la recopilación es de Hircio, piensa que éste usó notas de César para la redacción de los capítulos 1-33, mientras que la fuente habrían sido las notas de Asinio Polión en el caso de los caps. 48-64. Zingerle atribuye a César los caps. 1-21 y el resto a Hircio. Opinión con la que coincide parcialmente Dahms, para quien son obras de César los caps. 1-21, y el resto se los reparten Hircio, los caps. 22-33 y 65-78, y Pompeyo Macro, los caps. 34-64. Con Dahms coincide Pötter en la segmentación, pero difiere en el reparto: 1-21 y 65-78 para César y 22-64 para Hircio, aunque los caps. 34-64 se basarían en informes ajenos 16 .

El tema de la autoría se ha mantenido durante largo tiempo sin grandes cambios hasta que la aparición en 1993 de un artículo de L. Canfora 17 ha introducido nuevas perspectivas. La tesis central de Canfora parte de considerar que la carta proemio a Balbo es una falsificación tardía elaborada sobre la base del texto de Suetonio. Las consecuencias son importantes, pues la figura de Hircio pierde su principal base de sustentación y desaparece incluso su candidatura como autor del libro VIII del BG .

3. EL PROBLEMA DE LA IDENTIFICACIÓN DE LOS TOPÓNIMOS

Posiblemente uno de los aspectos que más llama la atención a quien se acerca al escenario geográfico de la larga guerra civil entre César y Pompeyo sea el de la identificación de los topónimos antiguos. Tras lo fructíferos intentos del coronel Stoffel 18 y de Heuzey 19 es mucho lo que se avanzó en su momento, pero todavía quedan algunos puntos clave por dilucidar y éstos se refieren básicamente a las campañas de Hispania 20 . Y dentro de este ámbito geográfico son dos las localidades que más quebraderos de cabeza han proporcionado a filólogos e historiadores, Otogesa y Munda.

3.1. El caso de Otogesa

El nombre de Octogesa , asociado a la campaña de Lérida (BC I 61, 68 y 70), es la lectura corriente con que se designa la localidad en que los pompeyanos decidieron construir un puente de barcas para cruzar el río Ebro en la marcha que tenían el proyecto de realizar hacia Celtiberia. Dos son las cuestiones que se suscitan respecto a este topónimo: la forma del topónimo en sí y la identificación de su emplazamiento.

En efecto, las lecturas de los manuscritos no son en absoluto concluyentes, puesto que ofrecen formas como octogesma, toto gesma, toto gesima, octogesam , otogesam, octogesmam u octogensam. Así las cosas, los editores, siguiendo a Fabre, han optado mayoritariamente por Octogesa. Sin embargo, Klotz y Schulten, en su edición de los Fontes 21 , considerando una posible influencia del numeral octo , se habían inclinado anteriormente por la reducción Otogesa . Los editores hispanos (Morató y Calonge 22 ), en cambio, a partir de la edición de Mariner, se inclinan por Otobesa , sobre la base de una conjetura formulada por Vallejo 23 . Es, por tanto, este estudio el que hemos que tomar como punto de referencia. La argumentación de Vallejo nos parece impecable en su primera parte en la que, partiendo de argumentos de crítica textual, concluye que el primer elemento formativo del topónimo tiene que ser Oto - y no Octo -, con lo que acaba coincidiendo con la lectura de Klotz y Schulten. Sin embargo, la segunda parte de su artículo es mucho más cuestionable. En efecto, sin entrar en el contenido, toda su argumentación se basa en una cuestión de principio no demostrada: la localidad ribereña del Ebro de la que nos ocupamos habría dispuesto de una ceca en la que se habrían acuñado monedas ibéricas cuya lectura e interpretación apoyaría su tesis a favor de una lectura de la parte final del topónimo como: -besa < -gesa . Pero, si resulta, como veremos a continuación, que el oppidum de referencia no tenía entidad ni capacidad para acuñar moneda, la argumentación desarrollada por Vallejo no es de aplicación en este caso. Por todo ello nos inclinamos por Otogesa.

Mucha más polémica todavía ha levantado la ubicación de este enclave. Se lo ha querido identificar con Mequinenza (Stoffel 24 ) Flix (Schneider 25 ), Ribarroja (Ramorino 26 ) y Almatret (von Göler 27 ), pero la información suministrada por César y la realidad geográfica del terreno nos impide aceptar cualquiera de ellas. Empezando por la última, la de Almatret, una observación directa del terreno obliga a su descarte inmediato, pues la altura de la población con respecto al cauce del Ebro presenta un importantísimo desnivel en un terreno muy abrupto, lo que lo convierte en un obstáculo imposible de superar para un gran ejército de no ser a costa de disminuir de forma muy notable la velocidad de marcha y de situarse en una posición netamente desfavorable para un enemigo que pudiera venir en su persecución. Establecido esto, parece poco o nada relevante que la distancia a la que se encuentra Almatret de Lérida se avenga mejor con las XX millas en que César establece la separación de Ilerda y Otogesa . Las opciones de Flix y de Ribarroja deben asimismo descartarse también por motivos geográficos, aunque de índole diferente. El motivo básico para descartar estas poblaciones deriva del simple análisis del texto cesariano y del papel referencial otorgado al Montmeneu. Efectivamente, el Montmeneu es un monte de 491 m de altura y de aspecto cónico que se eleva de forma muy destacada sobre todo su entorno y que, sin lugar a dudas, debe identificarse con el montem qui erat in conspectu omnium excelsissimus , del que habla César (BC I 70, 4). Recordemos la situación en que se encontraban los ejércitos. El ejército pompeyano intenta llegar al Ebro a través de unos desfiladeros, pero su marcha es copada por una hábil maniobra de César. Como alternativa inmediata a esta posibilidad frustrada, intentan los pompeyanos llegar al río a través de unas alturas cercanas al Montmeneu. Pues bien, la distancia que media entre los desfiladeros que conducen a Ribarroja y Flix y el Montmeneu convierte en absolutamente imposible que la segunda opción pompeyana se desarrolle en las inmediaciones del Montmeneu si la primera tentativa ha tenido lugar en el desfiladero de Ribarroja, ya que la distancia entre los dos puntos hace inviable que uno de ellos sea escenario alternativo inmediato de una operación desarrollada en el otro. Por tanto, forzosamente tenemos que concluir que ni Flix ni Ribarroja son buenas candidatas para ser identificadas con Otogesa . Y nos queda, finalmente, Mequinenza, población situada en la confluencia del Segre con el Ebro, a la derecha del primero y a la izquierda del segundo. Es la candidata que ha gozado de mayor aceptación desde que la propuso Stoffel y por ella parece inclinarse, aunque con reparos, Mariner 28 . Y cito concretamente a este autor porque en su edición puso el dedo en la llaga acerca del problema de la identificación de Otogesa con Mequinenza al afirmar 29 :

La lectura sin prejuicios del texto cesariano lleva a pensar de modo natural que Otobesa estaba no a la derecha del Ebro, como Flix y Ribarroja, ni al otro lado del Segre, como Mequinenza, sino en el lado izquierdo de aquél [del Ebro] y después de su confluencia con el Segre, cf. cap. 68, donde se habla de «caminos que llevaban a Otobesa», sin aludir al paso del Ebro, aunque se mencione el río; y cap. 70, donde se habla de «ganar Otobesa por las crestas», aquí sin citar el río ni su paso.

No parece posible exponerlo con mayor claridad y concisión, pero la realidad es ésta: tampoco Mequinenza es una buena candidata. A Mariner sólo le faltó entrar a matar para culminar una excelente faena. Veamos si nosotros podemos conseguirlo. La situación de Mequinenza, la antigua Mequinenza, no muy alejada del emplazamiento actual, resulta, a la vista del razonamiento de Mariner, un emplazamiento inadecuado porque, caso de estar ubicada en ella Otogesa , el ejército pompeyano hubiera tenido que cruzar primero el Segre y luego el Ebro, operación que, aún en la distancia e incluso para un ejército bien preparado, se nos antoja demasiado complicada. A ello debemos añadir la ausencia en sus inmediaciones de restos arqueológicos romanos que puedieran avalar su candidatura 30 . Restos que sí se encuentran, en cambio, en una zona próxima a Mequinenza, a la izquierda del Ebro —la situación requerida por Mariner— en el paraje conocido como Els Castellets 31 . Claro está que la identificación de Otogesa con Els Castellets requiere una recomposición de todo el panorama, empezando por la categoría del emplazamiento que no tendría por qué ser una ciudad grande ni famosa. Y, de hecho, César no dice en absoluto lo contrario pues califica a Otogesa de oppidum ; y este término, traducido por fortín o destacamento militar, se avendría perfectamente con la realidad de lo que pudieron ser Els Castellets. Por otro lado, la ubicación del paraje explica a la perfección lo que hubieran debido ser los movimientos del ejército pompeyano. Situémonos nuevamente en el teatro de operaciones. El ejército pompeyano, pretendiendo cruzar el Ebro, reúne en un lugar indeterminado de su curso, en Otogesa, todas las barcas disponibles para construir con ellas un puente. La marcha no la realizan siguiendo el curso del Segre, sino por el interior de la planicie e instalan un primer campamento cerca del pueblo de Maials. Desde allí pretendían alcanzar la orilla del río a través de los desfiladeros situados a unas cinco millas del campamento (BC I, 65, 3-4). Estos desfiladeros no pueden ser otros que el desfiladero del Aiguamoll y, en todo caso, el desfiladero de Els Castellets. César, como hemos señalado antes, les corta el paso hacia esos desfiladeros y ellos, como alternativa, intentan, también en vano, llegar hasta el río por las crestas de los montes que unen el Montmeneu con el Ebro, la llamada Sierra de Campells (BC I 70, 4). Hablando con propiedad no se trata de crestas, pues la realidad es que la Sierra de Campells presenta en su cima una meseta perfectamente practicable. Pues bien, como cabía esperar, las dos rutas confluyen en el recinto fortificado de Els Castellets, que, obviamente, proponemos identificar con la Otogesa cesariana. El poblado presenta señales de ocupación permanente desde la época del Bronce Medio hasta el siglo I a. C., época en que fue abandonado, si bien en sus cercanías se han hallado restos de un yacimiento de época altoimperial 32 .

3.2. Los topónimos de la Hispania Ulterior. El caso de Munda

El problema de Otogesa queda como un problema secundario o insignificante cuando lo comparamos con la situación que presenta la actual Andalucía, pues allí no es uno sino que son muchos los casos en que la identificación de los topónimos antiguos con los actuales está todavía lejos de alcanzar un consenso generalizado. Lugares como, Aspauia, Bursauo, Carruca, Soricaria o Ventippo están todavía a la espera de hallar una ubicación definitiva. Y, sin duda, no es ajeno al problema el sistema de agricultura extensiva practicado en la región, pues ha convertido en zonas cultivables lo que habían sido ciudades y fortalezas. En este sentido, los emplazamientos conservados y claramente identificables, como Ategua , Corduba, Vlia o Vcubis son casi la excepción. Sin embargo, por encima de todos ellos destaca el problema que representa el fijar el emplazamiento de Munda , la localidad que da nombre a la crucial batalla entre César y el joven Gneo Pompeyo.

El problema de la identificación de la plaza de Munda y del Campus Mundensis , donde tuvo lugar la definitiva batalla, así como la de muchos emplazamientos cesarianos, tiene una larga historia que, por suerte, podemos afirmar que está alcanzando la buena senda. A este positivo cambio de orientación podríamos decir que ha contribuido la conjunción de dos líneas investigación: la que se ocupa de leer e interpretar lo que dicen exactamente los textos y la línea arqueológica en dos de sus vertientes, por un lado, la que se ocupa del estudio de las vías romanas de la Bética y, por otro, la de la vía arqueológica más estricta y tradicional, que se ocupa del estudio de los materiales. Sobre la importancia de esta última no es preciso insistir. En cambio, se hace necesario resaltar que el estudio de las vías es importante porque ha llamado la atención sobre un hecho del que apenas somos conscientes cuando hablamos del desplazamiento de tropas: los ejércitos para moverse entre poblaciones hacían en la Antigüedad lo mismo que hoy en día, seguir los caminos y evitar el campo a través. Este aspecto es especialmente relevante en el caso de la campaña de la Ulterior porque en el BH se describen movimientos de tropas bastante precisos, de manera que la fijación exacta de la ruta seguida puede permitir la fijación del origen y destino del movimiento 33 .

El interés por la determinación exacta del emplazamiento de Munda y del Campus Mundensis tiene una larga y profusa historia en cuyos detalles no vale la pena que nos extendamos 34 . Atrás dejamos en el tiempo por su escaso interés las propuestas que situaban Munda en Ronda la Vieja (Málaga) 35 o en Monda (Málaga) 36 , y nos centraremos en las dos propuestas que han atraído mayoritariamente la atención de los investigadores partir del siglo XIX . En primer lugar tenemos la que ha sido casi hasta hoy mismo la postura oficial y generalizada, la que identifica Munda con Montilla (Córdoba) y el Campus Mundensis con los llanos de Vanda. Esta identificación, propuesta por Ceán Bermúdez en 1832 37 , se mantuvo viva entre los generalistas españoles del XIX 38 y fue la adoptada por el coronel Stoffel 39 , sin duda el autor más influyente por lo que al estudio de las campañas de César se refiere. No es de extrañar, pues, que las ideas de Stoffel se generalizaran y fueran adoptadas por los principales autores que se han ocupado del estudio de la campaña de Córdoba. Así, siguiendo los pasos de Stoffel, la identificación de Munda con Montilla aparecerá de forma generalizada y preponderante en las principales ediciones y traducciones del Bellum Hispaniense (Klotz, Schulten, Pascucci, Icart) y, luego, en otras muchas obras de divulgación hasta llegar a mediados de la década de los ochenta del siglo XX . Es en este instante en que se produce lo que para nosotros constituye el sesgo fundamental en la investigación con la presentación de la tesis doctoral de Manuel Ferreiro 40 , que cambiará radicalmente el panorama. La propuesta de Stoffel estaba fuertemente condicionada, aparte de por la similitud nominal, por la creencia, sin duda a considerar desde el punto de vista militar, de que Pompeyo no pudo alejarse demasiado de Córdoba, su base central de operaciones. Pero con esto, evidentemente, no basta. El mérito de Ferreiro reside en haber sabido desprenderse de esta atadura geográfica y de haber sabido aprovechar la conjunción de elementos indiciarios que avalan su teoría. Es cierto que la propuesta de Ferreiro de ubicar Munda en los alrededores de Osuna no es radicalmente nueva y que tiene antecedentes, incluso algunos muy alejados en el tiempo 41 , pero también es cierto que no existe coincidencia entre ellos a la hora de precisar con exactitud el lugar. A la identificación de Munda con el Alto de las Camorras y del Campus Mundensis con los Llanos del Águila, la teoría de Ferreiro, se habían acercado mucho, hasta incluso coincidir con ella, Engel, Corzo y Didierjean 42 ; sin embargo, quedaron en buena medida olvidados hasta que Ferreiro les dio forma y difusión 43 , de modo que sus ideas han calado y han influido profundamente en las dos ediciones del BH aparecidas con posterioridad, la de José Castro (1992) y la de Nicole Diouron (1999).

En nuestra opinión, el mérito de esta propuesta estriba en que se encuentra respaldada por las tres líneas de investigación a las que antes nos referíamos. En primer lugar, responde a una lectura cabal de los textos ya que la orografía de los Llanos del Águila se corresponde bien con lo que exige BH 29, 1-2: una llanura de unos siete kilómetros y medio, recorrida al pie del montículo en que se ubicaba la plaza de Munda por un riachuelo (el arroyo Salado, de Jarda o de Calderón) que al desbordarse en época de lluvias solía empantanar los terrenos colindantes. Asimismo, el Alto de las Camorras (Munda ) se encuentra a una distancia prudencial de Osuna (Urso ), unos diecisiete kilómetros, lo que justifica que los cesarianos que asediaban Urso acudieran a Munda en busca de la madera precisa para las obras y fortificaciones y que no se podía encontrar en un radio de nueve kilómetros alrededor de Urso (BH 41, 5); sin duda la concentración de material compensaba la mayor distancia a recorrer. Por otro lado, los diecisiete kilómetros que separan las dos poblaciones explican también que los cesarianos no tuvieran necesidad de ir a buscar el agua a Munda, dado que la tenían a su disposición más cerca, a doce kilómetros (BH 41, 4).

En el aspecto arqueológico, el estudio con fotografía aérea realizado por Didierjean 44 revela la existencia de un recinto amurallado en el Alto de las Camorras, la ubicación propuesta para Munda . Asimismo, en este emplazamiento son frecuentísimos los hallazgos de balas bicónicas de plomo con la inscripción CN.MAG.IMP 45 .

Finalmente y en tercer lugar, detrás del emplazamiento de Munda y a corta distancia de la misma corría la llamada Vía del Estrecho y que llegaba hasta Carteia , localidad en la que se refugió Gneo Pompeyo al escapar de la derrota 46 .

4. MANUSCRITOS E HISTORIA DEL TEXTO

A diferencia de Bellum Gallicum , que tiene una historia textual particular, el Bellum Ciuile y los Tria Bella tienen una historia textual concordante, puesto que han sido transmitidos de manera conjunta por unos mismos manuscritos. En efecto, la fijación del texto de las cuatro obras se realiza en la crítica textual moderna tomando como base ocho manuscritos:

L Louaniensis , siglo XI /XII (British Museum de Londres, Additional Ms. 10084),

M Mediceus siue Laurentianus , siglo X /XI (Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia, Plut. Lat. 68.8,

N Neapolitanus , siglo XI (Biblioteca Nazionale de Nápoles, IV, c. 11),

R Riccardianus , siglo XII (Biblioteca Riccardiana de Florencia 541),

S Laurentianus Ashburnhamensis , siglo X (Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia, Ashburnhamensis 33),

T Thuaneus , siglo XI (Bibliothèque Nationale de París, Parisinus Latinus 5764),

U Vrsinianus, siglo XI /XII (Biblioteca Apostolica Vaticana, Vaticanus Latinus 3324),

V Vindobonensis, siglo XII (Österreichische Nationalbibliothek de Viena 95).

Todos ellos contienen el Bellum Gallicum , el Bellum Ciuile , el Bellum Alexandrinum , el Bellum Africum y el Bellum Hispaniense con una única excepción: el Louaniensis no contiene el Bellum Hispaniense . A partir de la edición del Bellum Ciuile de P. Fabre 47 , los ocho manuscritos se dividen en dos ramas, la β (M, R, T, U, V) y la σ (L, N, S). Sin embargo, con posterioridad han surgido discrepancias acerca del establecimiento del stemma , que han dado como resultado la minusvaloración de los códices L, N y R, al considerarse que son copias: L y N de S, y R de U 48 .

5. BIBLIOGRAFÍA

En las circunstancias actuales en que existe la posibilidad ilimitada de realizar a través de Internet búsquedas bibliográficas en los catálogos de bibliotecas o en páginas especializadas, resulta con frecuencia prolijo y poco operativo ofrecer en impresión sobre papel largas listas bibliográficas; no obstante, no se puede fiar todo en las posibilidades que ofrece la red, entre otros motivos, por el peligro real de saturación de la capacidad de discernimiento del lector que puede verse literalmente —la posibilidad no es ni baladí ni inusitada— sepultado bajo toneladas de información. Por eso, más que nunca, es necesario que las ediciones aporten indicaciones críticas precisas que orienten y guíen al lector en medio de una selva que puede ser inextricable y procelosa. Por ello, son de gran utilidad los repertorios bibliográficos, ya que, como mínimo, ofrecen una clasificación temática de los estudios existentes. En este campo son de importancia capital, aparte de la bibliografía recogida en las ediciones y traducciones que se citan más adelante, las recopilaciones siguientes:

J. H. COLLINS , «A Selective Survey of Caesar Scholarship since 1935», The Classical Word 57 (1963), 45-51 y 81-88.

J. KROYMANN , «Caesar und das Corpus Caesarianum in der neueren Forschung: Gesamtbibliographie 1945-1970», Aufstieg und Niedergang der römischen Welt. I, 3, Berlín-Nueva York, 1973, págs. 457-487. Contiene una addenda referida a los años 1971-1972.

H. OPPERMANN , «Probleme und heutiger Stand der Caesarforschung». En D. RASMUSSEN (ed.), Caesar , Darmstadt, 19803 , págs. 485-522.

M. RAMBAUD , L’art de la déformation historique dans les Commentaires de César , París, 1953, págs. 375-395.

—, «Bilan des études césariennes». En Présence de César. Hommage au Doyen M Rambaud , París 1985, 7-24. Reproducido también en Autour de César , Lyon, 1987, 9-65.

En España debemos tener también presente por su claridad la selección contenida en

G. LAGUNA MARISCAL y A. RAMÍREZ DE VERGER , Bibliografía selecta de autores latinos , Madrid, 1997, págs. 47-49.

5.1. Ediciones y traducciones

Llama en principio la atención que un autor tan importante como César, cuya obra y personalidad han sido objeto de infinidad de estudios, haya atraído tan parcamente la atención de los filólogos modernos a la hora de realizar ediciones críticas de su obra. Existen, es verdad, infinidad de ediciones del texto de César, pero la mayoría de ellas no son trabajos originales sino copia de unas pocas. Entre las ediciones de la obra completa hay que seguir contando hoy en día con la de

R. DU PONTET , C. luli Caesaris Commentariorum pars prior qua continentur libri VII De Bello Gallico cum A. Hirti supplemento. Pars posterior qua continentur libri III De Bello Ciuili cum libris incertorum auctorum De Bello Alexandrino, Africo, Hispaniensi . Recensuit breuique annotatione instruxit —, Oxford, 1900. Con múltiples reimpresiones.

5.1.1. Bellum Ciuile

J. CALONGE RUIZ , César, Guerra Civil . Libros I-II — Libro III, Madrid, 1986-1989 (Segunda reimpresión de la segunda edición de 1979).

P. FABRE , César, La guerre civile . I (Livres I et II). Texte établi et traduit par —. Neuvième tirage revu et corrigé par A. BALLANO , París, 19979 .

J. F. GARDNER , Caesar, The Civil War together with The Alexandrian War, The African War and The Spanish War by other Hands . Translated with an introduction by —, Londres, 1967.

A. KLOTZ -W. TRILLITZSCH , C. Iuli Caesaris Commentarii . Edidit A. KLOTZ . Vol. II: Commentarii belli ciuilis . Editio stereotypa correctior editionis alterius. Addenda et corrigenda collegit et adiecit W. TRILLITZSCH , Leipzig, 1957.

S. MARINER BIGORRA , G. Julio César, Memorias de la Guerra Civil . Texto revisado y traducido por —. I-II, Barcelona 1959-1961.

J. M. MORATÓ , G. Juli César, Comentaris de la Guerra Civil . I-II, Barcelona, 1973-1978.

A. PENNACINI , G. Giulio Cesare, Opera omnia , a cura di —; traduzione di A. La PENNA e A. PENNACINI ; commenti di M. FARAGUNA , A. GARZETTI e D. VOTTERO , Turín, 1993.

A. G. PESKETT , The Civil War , Londres-Cambridge (Mass.), 1957 (= 1914).

M. RAMBAUD , C. Iulius Caesar, De bello civili. Liber Primus . Édition, introduction et commentaire de —, París, 1962.

V. A. SIRAGO , Cesare, Opere II: La guerra civile, Guerra di Alessandria, Guerra di Africa, Guerra di Spagna , a cura di —, Nápoles, 1973.

E. VALENTÍ FIOL , Cayo Julio César, Guerra Civil . Libro primero. Introducción, comentario y vocabulario por —, Barcelona, 1941.

5.1.2. Tria bella:

J. ANDRIEU , César, Guerre d’Alexandrie . Texte établi et traduit par —, París, 1954.

A. BOUVET , Pseudo-César, Guerre d’Afrique . Texte établi et traduit par —. Revu, corrigé et augmenté par J.-C. RICHARD , París, 1997.

J. CASTRO SÁNCHEZ , Anónimo, La guerra de Hispania , Madrid, 1992.

N. DIOURON , Pseudo-César, Guerre d’Espagne. Texte établi et traduit par —, París, 1999.

J. F. GARDNER , Caesar, The Civil War together with The Alexandrian War, The African War and The Spanish War by other Hands . Translated with an introduction by —, Londres, 1967.

J. ICART , [G. Juli César], Guerra d’Alexandria . Text revisat i traducció de —, amb la col·laboració de M. DOLÇ , Barcelona, 1987.

—, [G. Juli César], Guerra d’Àfrica, Guerra d’Hispània . Text revisat i traducció de —, amb la col·laboració de M. DOLÇ , Barcelona, 1988.

A. KLOTZ , C. Julius Caesar, Commentarii . Edidit —. Vol III: Commentarii Belli Alexandrini, Belli Africi, Belli Hispaniensis. Accedunt C. luli Caesaris et A. Hirti fragmenta . Stuttgart-Leipzig, 1993 (Editio stereotypa editionis primae 1927).

G. PASCUCCI , [C. Iulii Caesaris], Bellum Hispaniense . Introduzione, testo critico e commento a cura di —, Florencia, 1965.

A. PENNACINI , G. Giulio Cesare, Opera omnia , a cura di —; traduzione di A. La PENNA e A. PENNACINI ; commenti di M. FARAGUNA , A. GARZETTI e D. VOTTERO , Turín, 1993.

R. SCHNEIDER , Bellum Africanum . Herausgegeben und erklart von —, Berlín, 19622 .

—, Bellum Alexandrinum , Berlín, 19622 .

A. SCHULTEN , Fontes Hispaniae Antiquae. Vol. V: Las guerras de 72-19 a. de J.C . Edición y comentario por —, Barcelona, 1940. Contiene en apéndice la traducción de E. VALENTÍ FIOL del Libro de la guerra de España (págs. 281-300).

V. A. SIRAGO , Cesare, Opere II: La guerra civile, Guerra di Alessandria, Guerra di Africa, Guerra di Spagna , a cura di —, Nápoles, 1973.

A. G. WAY , Caesar, Alexandrian, African and Spanish wars , with an English Translation by —, Cambridge (Mass.) -Londres, 1978 (= 1955).

6. LA TRADUCCIÓN Y LA ANOTACIÓN

Las traducciones que aquí se ofrecen obedecen a momentos y circunstancias diferentes: La del Bellum Ciuile , debida a Julio Calonge, remonta al año 1947, en plena posguerra, y está basada en la edición del propio Calonge, a la que acompaña. Pese al respeto que nos merece esta traducción, hemos creído oportuno actualizarla en aquellos pasajes en que la crítica textual moderna ofrece soluciones radicalmente diferentes del texto en el que se basó el traductor en su momento; todas ellas se indican oportunamente en las correspondientes notas a pie de página.

Por lo que se refiere a los Tria Bella , el texto tomado como base ha sido el de la edición de J. Andrieu para el Bellum Alexandrinum , la de A. Bouvet para el Bellum Africum y la de N. Diouron para el Bellum Hispaniense . Como en el caso anterior, se indican también en nota los casos en que la traducción toma como base una edición diferente.

Por lo que se refiere a la traducción de estas tres últimas obras debemos también señalar que no nos ha parecido oportuno, y quizá tampoco sería lícito, hermosear un original que en muchos casos no lo es; por ello, hemos optado por mantener la inmensa mayoría de la veces una correspondencia única entre la forma latina y forma castellana, aunque el resultado pueda ser, de hecho es, en algunos casos de una notable y pesada reiteración, que, por otro lado, es exactamente la que ofrece el texto latino. Esta circunstancia se da de manera especial en la traducción del Bellum Africum , pues no en balde el original presenta, como ya hemos señalado antes, múltiples ejemplos de reiteración en el uso de las fórmulas de transición: más de ochenta veces aparece, para citar un ejemplo, la fórmula de transición interim , casi una por capítulo.

En lo que se refiere a las notas, hemos procurado facilitar la labor del lector situándolo en cada momento en las coordenadas que afectan a los antecedentes, a los personajes, al lugar y al tiempo. Respecto a este último aspecto, conviene poner de manifiesto que el calendario romano presentaba en la época de la Guerra Civil, y seguramente a causa de ésta, un desfase que en el año 46 alcanzaba la nada despreciable cifra de sesenta y siete días como consecuencia de que en algunos años no se había añadido el correspondiente mes intercalar. El problema lo resolvió César a finales del año 46 incrementando en 67 días la duración de este año y estableciendo la conocida reforma del calendario 49 . Esta reforma entró en vigor con el comienzo del año 45, por lo cual los acontecimientos de este año, referidos básicamente a la «Guerra de Hispania» ya se encuentran cronológicamente normalizados. En cambio, los acontecimientos anteriores a este año y muy en particular los que afectan a la «Guerra de África» del 46 están plenamente afectados por el citado desfase. Por ello y para facilitar al lector la situación dentro de la sucesión ordinaria de las estaciones hemos optado en este caso por facilitar en nota la fecha oficial prejuliana acompañada de la fecha que correspondería en el caso de que aplicáramos retrospectivamente la reforma; así, el lector podrá saber fácilmente en qué momento del año ordinario debe situar los acontecimientos.

P. J. QUETGLAS


1 Nos referiremos a ellas con las abreviaturas respectivas de BC, BAl, BAf y BH . Asimismo, nos referiremos también al Bellum Gallicum (Guerra de las Galias) con la correspondiente abreviatura: BG .

2 No puede ni debe olvidarse, en efecto, que Gneo Pompeyo dejó África y que, tras recalar en las Baleares, acabó por poner rumbo a Hispania, donde levantó de nuevo la bandera de su padre contra César, propiciando así la campaña narrada en el Bellum Hispaniense .

3 La práctica habitual en César de dedicar cada libro a un año induce a pensar que, en realidad, los dos primeros libros del BC constituyeron en principio un único libro. Esta idea viene reforzada por el hecho de que algunos manuscritos no indican separación de libros entre el I y el II, a la par que el comienzo de este segundo libro (Dum haec in Hispania geruntur ) cuadra mejor con un inicio de capítulo o sección que con un comienzo de libro.

4 El más destacado defensor de negarle a César la paternidad del BC hay que buscarlo a mediados del siglo XIX : H. MOSNER , Quaestio habetur num Caesar bellum ciuile scripserit , Kulmbach, 1865. Más éxito tuvieron en su momento las teorías que señalaban que muchos capítulos en el BC (especialmente los referentes al asedio de Marsella) eran interpolados; es el caso de R. MENGE (De auctoribus Commentariorum de Bello civili, qui Caesaris nomine feruntur , Progr. Weimar, 1873 y Emendationes Caesarianae , Halle, 1894) y de su hijo P. MENGE (Ist Cäsar der Verfasser des Abschnittes über Kurios Feldzug in Afrika ?, Progr. Landesschule Pforta, I-II, 1910-1911).

5 Cf., por ejemplo, BH 27, 5, donde se informa de la muerte a bastonazos de un soldado que había degollado a su hermano. Éste es un episodio importante en el día a día de una unidad, pero no tiene ninguna relevancia en la marcha general de las operaciones.

6 Además de las ediciones de Andrieu, Bouvet, Diouron, Fabre, Klotz, Pascucci y de la información bibliográfica complementaria que aportan, deben tenerse en cuenta los estudios comparativos de L. CANALI , «Osservazioni sul Corpus Cesariano», Maia 18 (1966), 115-137; R. FRESE , Beiträge zur Beurteilung der Sprache Cäsars mit besonderer Berücksichtigung des Bellum Ciuile, Diss. Munich 1900; A. KLOTZ , Cäsarstudien , Leipzig 1910; y P. MILITERNI DELLA MORTE , Struttura e stile del Bellum Africum , Nápoles, [1996].

7 Cf. P. CUZZOLIN , «Sulle prime attestazioni del tipo dicere quod», Archivio Glottologico Italiano 76 (1991), 26-78; y Sull’origine della construzione ‘dicere quod’: aspetti sintattici e semantici , Florencia, 1994.

8 SUETONIO , César 56, 1: Nam Alexandrini Africique et Hispaniensis incertus auctor est: alii enim Oppium putant, alii Hirtium qui etiam Gallici belli nouissimum imperfectumque suppleuerit . «Pues de las guerras de Alejandría, de África y de Hispania el autor no es seguro: unos las atribuyen a Opio y otros a Hircio, que al menos completó también el último e inacabado libro de la guerra de las Galias» [trad. de A. RAMÍREZ DE VERGER , Madrid, Gredos, 1992].

9 F. E. ADCOCK , «Caesar’s Dictatorship». En Cambridge Ancient History , Cambridge, 1955, pág. 703; N. DIOURON , Pseudo-César, Guerre d’Espagne , París, 1999, pág. XVII ; A. J. L. VAN HOOFF , «The Caesar of the Bellum Hispaniense», Mnemosyne 27 (1974), 125-138; A. KLOTZ , Kommentar zum Bellum Hispaniense, Leipzig, 1927, pág. 96; J. KOHL , «Der Verfasser des Kriegstagesbuchs vom Bellum hispaniense», Bayerische Blätter für das Gymnasial-Schulwesen 60 (1924), 38-42; G. PASCUCCI , [C. lulii Caesaris], Bellum Hispaniense , Florencia, 1965, págs. 26 y 326; R. H. STORCH , «The Autor of the De Bello Hispaniensi : a Cavalry Officer?, Acta Classica 20 (1977), 201-204.

10 G. LANDGRAF , Untersuchungen zu Caesar und seinen Fortsetzern insbesondere über Autorschaft und Komposition des Bellum Alexandrinum und Africanum, Munich, 1888; J. HARMAND , «Des Gaulois autour de César», Rivista Storica dell’Antichitá 2 (1972), 158-165; E. KOESTERMANN , «L. Munatius Plancus und das Bellum Africum», Historia 22 (1973), 48-63; A. PALLAVISINI , «Il capitolo 22 del Bellum Africum e la propaganda augustea», en Propaganda e persuasione occulta nell’antichitá. Contributi dell’Istituto di Storia Antica , Milán, 1974, págs. 107-114; H. PÖTTER , Untersuchungen zum Bellum Alexandrinum und Bellum Africanum. Stil und Verfasserfrage , Leipzig, 1932; W. SCHMID , Frühschriften Sallusts im Horizont des Gesamtwerks , Neustadt-Aisch, 1993, págs. 137-188.

11 Esta tesis fue propuesta por primera vez por C. NIPPERDEY , Quaestiones Caesarianae . Introducción a C. Iulii Caesaris commentarii cum supplementis A. Hirci et aliorum , Leipzig, 1847, pág. 34; fue seguida y notablemente ampliada por K. BARWICK , «Probleme zu den Commentarii Caesars und seiner Fortsetzer», Forschungen und Fortschritte 15 (1939), 130-181.

12 El texto que ofrecen mayoritariamente los manuscritos es el siguiente: Caesaris nostri commentarios rerum gestarum Galliae non conparantibus superioribus atque insequentibus eius scriptis contexui nouissimumque inperfectum ab rebus gestis Alexandriae confeci usque ad exitum non quidem ciuilis dissensionis, cuius finem nullum uidemus, sed uitae Caesaris. L. A CONSTANS en su edición de la Guerra de la Galias (César, Guerre des Gaules , París, 1926) propuso la lectura conparentibus suppleui rebus , en lugar de conparantibus superioribus .

13 Mihi ne illud quidem accidit, ut Alexandrino atque Africano bello interessem; quae bella quamquam ex parte nobis Caesaris sermone sunt nota, tamen aliter audimus ea quae rerum nouitate aut admiratione nos capiunt, aliter quae pro testimonio sumus dicturi.

14 Así, por ej., C. NIPPERDEY (Quaestiones Caesarianae . Introducción a C. Iulii Caesaris commentarii cum supplementis A. Hirti et aliorum , Leipzig, 1847) creía que el léxico y el estilo el BAl apuntaban a Hircio, mientras que L. VIELHABER («C. Iulii. Caesaris commentarii de bellis gallico et civili», Zeitschrift für die österreichischen Gymnasien 20 [1869], 541-576), E. FISCHER (Das 8. Buch vom Gallische Kriege und das Bellum Alexandrinum, Progr. Passau, 1880) y F. FRÖHLICH («Realistisches und Stilistisches zu Caesar und dessen Fortsetzern», Festschrift des philologischen Kränzchens in Zürich , Zúrich, 1887, págs. 1-55) creyeron que este mismo estilo y léxico lo alejaban de Hircio. Un análisis detallado de los estudios comparativos se puede ver en la edición del BAl de J. ANDRIEU .

15 R. PETERSDORFF , «Die Quellenfrage zu Caesars bel. Gal. lib . VIII, bel. Alex., bel. Afric . und bel. Hispan.», Zeitschrift für das Gymnasial-Wesen 34 (1880), 215-219; H. SCHILLER , «Zur Hirtiusfrage», Zeitschrift für das Gymnasial-Schulwesen 16 (1880), 246-252; A. KLOTZ , Cäsarstudien , Leipzig, 1910, 149-157.

16 G. LANDGRAF , Untersuchungen zu Caesar und seinen Fortsetzern, insbesondere uber Autorschaft und Komposition des «Bellum Alexandrinum» und «Africum» , Hildesheim, 1972 (= Erlangen, 1888); J. ZINGERLE , «Zur Frage nach der Autorschaft des Bellum Alexandrinum , und dessen Stellung im Corpus Caesarianum», Wiener Studien 14 (1892), 75-119; W. DAHMS , Curae Hirtianae . Progr. Berlin (Diss. Rostock), 1906; H. PÖTTER , Untersuchungen zum «Bellum Alexandrinum» und «Bellum Africum». Stile und Verfasserfrage , Leipzig, 1932.

17 L. CANFORA , «La ‘lettera a Balbo’ e la formazione della racolta cesariana», Annali della Scuola Normale Superiore di Pisa 23, Serie 3 (1993), 79-103.

18 STOFFEL , Histoire de Jules César. Guerre Civil . I-II, París, 1887.

19 L. HEUZEY , Les opérations militaires de César étudiées par la mission de Macédoine , París, 1886.

20 Evidentemente, los problemas no afectan sólo a Hispania. Para las cuestiones geográficas referidas a África pueden consultarse: H. H. ABDULWAHAB , «La ‘Vaga’ du Bellum Africum», Les Cahiers de Tunisie 8, 31 (1960), 19-23: L. FOUCHER , «César en Afrique: autour d’Aggar», Les Cahiers de Tunisie 8, 31 (1960), 11-17; idem, Hadrumetum . Publications de l’Université de Tunis, Faculté des Lettres, 1ère série, Architecture, histoire, vol. X. París, 1964; idem , «Localisation de la ville de Vaga mentionnée dans le Bellum Africum», Mélanges d’archéologie et d’histoire offerts á A. Piganiol , París, 1966, págs. 1205-1210; St. GSELL , Histoire ancienne de l‘Afrique du Nord. VIII, París, 1928; G. VEITH , en J. KROMAYER -G. VEITH , Antike Schlachtfelder: Bausteine zu einer antiken Kriegsgeschichte . III: Antike Schlachtfelder in Italien und Africa , Berlín, 1912.

21 A. SCHULTEN , Fontes Hispaniae antiquae V: Las guerras del 72-19 a. de J. Edición y comentario, Barcelona, 1940.

22 De hecho, Calonge en la primera edición de 1947 opta por Octogesa , para cambiar a Otobesa a partir de la aparición de la edición de Mariner.

23 J. VALLEJO , «Sobre la Otogesa de César, Bell. Ciu . 61, 68, 70», Emerita 14 (1946), 259-272.

24 Op. cit. en nota 18, I, págs. 58-61.

25 R. SCHNEIDER , «Ilerda. Aportación a la historia de las guerras romanas» [traducción de J. SANS SISCART , Berlín, 1886], Ilerda 14 (1950), 117-154.

26 F. RAMORINO , Cesare, De bello ciuili . Commento e note di —, Turín, 1945 (reimpresión de la 5.a edición de 1924), pág. 87.

27 A. VON GÖLER , Caesars gallischer Krieg und Theile seines Bürgerkriegs nebst Anhängen über römische Kriegswesen und über römische Daten , Tubinga, 1880.

28 Sin embargo, el propio Mariner como complemento del vol. I de su edición se limita a reproducir el plano de Schulten que sitúa Octogesa en Ribarroja. Por otro lado, ya en el siglo XVIII CH . GUISCHARD (Mémoires critiques sur plusieurs points d’antiquités militaires , Berlín, 1773, II, p. 82) se había pronunciado claramente contra la identificación de Otogesa con Mequineneza, partiendo de criterios parecidos.

29 S. MARINER BIGORRA , G. Julio César, Memorias de la Guerra Civil , vol. II, pág. 203.

30 Téngase en cuenta que la antigua población de Mequinenza desapareció casi en su totalidad bajo las aguas del pantano del Ribarroja.

31 Acerca del emplazamiento véase J. I. ROYO GUILLÉN -A. FERRERUELA GONZALVO , «Noticia preliminar sobre la necrópolis de inhumación e incineración de los Castellets (Mequinenza, Zaragoza), Museo de Zaragoza, Boletín 2 (1983), 211-219; idem , «El poblado y necrópolis tumular de Los Castellets (Mequinenza, Zaragoza). Estudio preliminar de los materiales depositados en el Museo Provincial de Zaragoza», XVII Congreso Nacional de Arqueología , Zaragoza, 1985, págs. 393-417. Un claro y útil compendio de las investigaciones sobre este yacimiento puede verse en Arqueología 92 [Catálogo y guía de la Exposición ], Zaragoza, Museo de Zaragoza, 1992, 230-233.

32 Agradecemos muy profundamente la ayuda recibida de D. Josep Carbonell que nos acompañó gentilmente en nuestro deambular por los lugares cesarianos y que nos aleccionó sobre la existencia de Els Castellets.

33 Sobre las vías de la Bética en relación a la campaña de Córdoba hay que contar básicamente con los trabajos de P. SILLIERS , Les voies de communication de l’Hispanie Méridionale , París, 1990 y de E. MELCHOR GIL , Vías romanas de la provincia de Córdoba , Córdoba, 1995.

34 Puede verse una sistemática y bien documentada exposición en V. DURÁN RECIO y M. FERREIRO LÓPEZ , «Acerca del lugar donde se dio la batalla de Munda», Habis 15 (1984), 113-135, y también en M. FERREIRO LÓPEZ , «Munda», Julio César y Corduba: tiempo y espacio en la Campaña de Munda (49-45 a.C) , Córdoba, 2005, págs. 381-396. Se pueden complementar con las notas adicionales de la edición del Bellum Hispaniense de N. DIOURON , págs. 116-119.

35 J. y M. OLIVER HURTADO , Munda Pompeyana. Memoria escrita por — y premiada por votación unánime de la Real Academia de la Historia en el concurso de 1860 . Madrid, 1861, págs. 341-342. Trabajo que recoge asimismo la retahíla de propuestas anteriores. Con todo, uno de los autores, José Oliver, se retractó posteriormente de esta identificación en Viaje arqueológico emprendido en el mes de mayo de 1864 de orden de la Real Academia de la Historia , Madrid, 1866, pág. 70,

36 Es la propuesta de J. F. de MASDEU , Historia de España . IV, Madrid, 1787 y TH . MOMMSEN , «Zum Bellum Hispaniense », Hermes 28 (1893), 607-614.

37 J. A. CEÁN -BERMÚDEZ , Sumario de las Antigüedades Romanas que hay en España , Madrid, 1832, pág. 321.

38 Así M. CORTÉS Y LÓPEZ , Diccionario geográfico-histórico de la España antigua , vol. II, Madrid, 1835, págs. 203-204, y P. MADOZ , Diccionario Geográfico-estadístico de España y sus posesiones de Ultramar . Vol. XI, Madrid, 1848, pág. 50.

39 Cf. nota 18.

40 M. FERREIRO LÓPEZ , César en España . Tesis doctoral, Universidad de Sevilla, 1986. Publicada en microficha por la Universidad de Cádiz, 1988.

41 Entre los partidarios de situar Munda en los alrededores de Urso (Osuna) hay que citar a J. ORTÍZ Y SANZ (Disertación histórico-geográfica, acerca del parage de la célebre ciudad de Munda, junto a la cual venció Julio César a los hijos de Pompeyo . Madrid, 1862), A. FERNÁNDEZ -GUKRRA Y ORBE (Munda pompeyana. Informe , Madrid, 1866), J. OLIVER HURTADO (Viage arqueológico emprendido en el mes de mayo de 1864, de orden de la Real Academia de la Historia , Madrid, 1866), y, ya más modernamente, A. ENGEL («Une fortresse ibérique á Osuna (fouilles de 1903)», Nouvelles Archives des Missions scientifiques et littéraires 13 [1906], 357-491), T. R. HOLMES (The Roman Republic and the Founder of the Empire , Oxford, 1923), R. CORZO SÁNCHEZ («Munda y la vías de comunicación en el Bellum Hispaniense », Habis 4 [1973], 241-252), A. CARUZ ARENAS («La última campaña de César en la Bética: Munda», Actas del I Congreso de historia de Andalucía, diciembre de 1976. Fuentes y Metodología, Andalucía en la Antigüedad , Córdoba, 1978, págs. 143-157) y F. DIDIERJEAN («Enceintes urbaines antiques dans la province de Seville», Prospections aériennes. Les paisages et leur histoire. Cinq campagnes de la Casa de Velázquez en Espagne [1978-1982], París, 1983, 73-80), V. DURÁN RECIO (La batalla de Munda , Córdoba, 1984, págs. 12-16).

42 Cf. nota anterior.

43 Son diversos los artículos en que ha insistido sobre el tema, véanse, entre otros, «Munda y el Campus Mundensis», Anales de la Universidad de Cádiz , 3-4 (1986-1987), 123-135 (artículo reproducido con algunas variantes en Homenaje al profesor Antonio Blanco Freijeiro , Madrid, 1989, 187-196) o «El emplazamiento de Munda», Actas del I Congreso sobre historia de Écija , Écija, 1989, págs. 271-278.

44 Véase nota 41.

45 Véase F. FERNÁNDEZ CHICARRO , Catálogo del Museo Arqueológico de Sevilla , Madrid, 1969, pág. 60). Para nosotros resulta absolutamente irrelevante que el pasador de plata con la inscripción A. VARO (uno de los comandantes del ejército pompeyano), hallado por V. DURÁN (La batalla de Munda , Córdoba 1984, págs. 14 y 17) y que constituía uno de los soportes de la que podríamos llamar teoría Ferreiro-Durán, se haya demostrado falso (véase CIL II2/5, 327), pues era una prueba espectacular y llamativa, pero en absoluto esencial. De hecho, en su último artículo M. FERREIRO (cf. nota 34) ya admite la falsedad del pasador.

46 Véase M. CORZO SÁNCHEZ , «Munda y las vías de comunicación en el Bellum Hispaniense», Habis 4 (1973), 241-252.

47 P. FABRE , César, La guerre civile , I, París, 1936.

48 Todo lo referente a la crítica textual está perfectamente expuesto en la obra de V. BROWN , The Textual Transmisión of Caesar’s Civil War , Leiden, 1972. Especialmente claro e ilustrativo es el estado crítico de la cuestión que realiza N. DIOURON , Pseudo-César, Guerre d’Espagne , París, 1999, págs. LXXXIV -LXXXVI .

49 La fijación del desfase en sesenta y siete días se debe a los cálculos realizados por Le Verrier a petición de Napoleón III e incorporados por STOFFEL en la Histoire de Jules César. Guerre Civile . II, París 1887, págs. 299-304 y Apéndice A, págs. 387-418, desde donde se han generalizado. No son, sin embargo los únicos existentes, ya que la historiografía alemana ha optado preferentemente por los cálculos de P. Groebe (W. DRUMANN -P. GROEBE , Geschichte Roms in seinem Übergange von des republikanischen zur monarchischen Verfassung . I-VI, Berlín-Leipzig 1899-1929; III, págs. 759-825), quien supone que el desfase acumulado llega a los 90 días.

GUERRA CIVIL

LIBRO PRIMERO

SINOPSIS

AÑO 49

1 -6 .

Deliberaciones del senado sobre las propuestas de César.

7 .

César arenga sus tropas.

8 -13 .

César entra en Italia. Intercambio de mensajes entre César y Pompeyo. César ocupa diversas plazas de la costa adriática.

14 .

Temor y desconcierto en Roma.

15 -23 .

Avance triunfal de César. Toma de Piceno, Firmo, Sulmona, Corfinio. Llega a Apulia.

24 -28 .

Pompeyo ordena reunir todos sus efectivos en Brindis. César bloquea la ciudad. Nuevo intento de negociación. Pompeyo logra romper el bloqueo y embarcar a su ejército.

29 -31 .

Mientras se prepara una flota para seguir a Pompeyo, César decide intervenir en Hispania y tomar posiciones en Cerdeña, Sicilia y África.

32 -33 .

César en Roma. Justificación de su comportamiento. Falla un nuevo intento de enviar emisarios a Pompeyo.

34 -37 .

Camino de Hispania, los marselleses le cierran las puertas de la ciudad. Preparativos para el asedio. Él continúa su marcha hacia Hispania y envía a Gayo Fabio como avanzadilla.

38 -39 .

Recuento de los efectivos pompeyanos y cesarianos.

40 -47 .

Operaciones y fortificaciones en tomo a Lérida.

48 -55 .

Una crecida del Segre crea problemas de comunicación y de abastecimiento en el ejército de César. Construcción de un puente de barcas y reequilibrio de la situación.

56 -58 .

Victoria naval cesariana junto a Marsella.

59 -70 .

César cierra alianzas con diferentes pueblos y asegura sus líneas de aprovisionamiento. El desconcierto cunde entre los pompeyanos que deciden pasar a Celtiberia. César logra vadear el río e interceptarlos.

71 -72 .

César rechaza la posibilidad de librar un combate abierto.

73 -77 .

Indecisión y problemas de aprovisionamiento de los pompeyanos. Confraternización de los dos ejércitos. Reacciones contrapuestas de Afranio y Petreyo.

78 -83 .

Decididos, Afranio y Petreyo, a regresar a Lérida, ven dificultada su marcha por la presión de César.

84 -87 .

Cortadas todas sus líneas de suministro y profundamente desmoralizados, los pompeyanos capitulan y sus tropas son licenciadas.


Entregada a los cónsules 1 la carta de César 2 , se consiguió [1 ] de ellos con mucha dificultad y gran esfuerzo de los tribunos de la plebe 3 que se leyera en el senado; pero no se pudo conseguir que se propusiera al senado una deliberación sobre el contenido de la carta. Los cónsules ponen a deliberación [2] la situación general de la república. El cónsul Lucio Léntulo 4 promete no abandonar al senado y a la república, si los senadores se deciden a dar su opinión con energía y valor; pero si tienen en cuenta a César y buscan su amistad, [3] como lo habían hecho anteriormente, él tomaría las decisiones por sí mismo sin obedecer al senado; también él tenía [4] acceso al favor y amistad de César. En el mismo sentido habla Escipión 5 : que era intención de Pompeyo no abandonar a la república si le seguía el senado; pero si éste dudaba en sus decisiones y obraba con debilidad, en vano imploraría su ayuda si la solicitaba después.

[2 ] Como la sesión del senado se celebraba en la ciudad y Pompeyo estaba en los alrededores 6 , parecía que el discurso [2] de Escipión había salido de la misma boca de Pompeyo. Algunos hicieron proposiciones más suaves, como por ejemplo, en un principio Marco Marcelo 7 , que, al empezar su intervención, dijo que no era conveniente proponer al senado una decisión sobre este asunto antes de que se hicieran levas en toda Italia y se alistaran ejércitos, con cuya protección el senado se sentiría fuerte para decidir con seguridad y libertad [3] lo que quisiera; como Marco Calidio 8 , que proponía que Pompeyo marchase a sus provincias 9 a fin de que no hubiera motivo de guerra; explicaba su opinión diciendo que César temía que Pompeyo conservara y retuviera en las proximidades de Roma, con el propósito de dirigirlas contra él, las dos legiones que le habían sido arrebatadas 10 ; como [4] Marco Rufo 11 , que seguía poco más o menos la opinión de Calidio. Todos estos eran amedrentados por los ataques del cónsul Lucio Léntulo. Éste se negó en absoluto a poner a [5] votación la proposición de Calidio. Marcelo, atemorizado por estos ataques, abandonó su opinión. Así muchos arrastrados [6] por las voces del cónsul, por el temor del ejército cercano y por las amenazas de los amigos de Pompeyo, se adhieren a la proposición de Escipión, coaccionados y contra su voluntad; el contenido de la proposición era éste: que César licenciara su ejército en una fecha determinada 12 ; si no lo hacía se le consideraría enemigo de la república. Ponen [7] el veto los tribunos de la plebe Marco Antonio y Quinto Casio 13 . Inmediatamente se consulta al senado sobre el veto [8] de los tribunos. Se hacen proposiciones violentas, y a medida que cada uno se expresa con más dureza y crueldad es más alabado por los enemigos de César.

[3 ] Se levanta la sesión del senado al anochecer; entonces Pompeyo convoca a todos los senadores 14 . Alaba a los decididos y les anima para el futuro; amonesta y anima a los indecisos. [2] Se reenganchan por doquier muchos soldados de los antiguos ejércitos de Pompeyo, con la esperanza de conseguir premios y ascensos; son llamados muchos de las dos [3] legiones que fueron entregadas por César 15 . La ciudad, la rampa del Capitolio y el comicio 16 se llenan de tribunos, de [4] centuriones, de reenganchados. Todos los amigos de los cónsules, los familiares de Pompeyo y todos los que tenían arraigada enemistad contra César se reúnen en el senado; [5] con su aglomeración y gritos se atemorizan los débiles, se animan los indecisos y se priva a muchos de la facultad de [6] decidir libremente. El censor Lucio Pisón 17 e igualmente el pretor Lucio Roscio 18 se comprometen a ir a César para informarle de estas decisiones; piden seis días para llevar a cabo esta misión 19 . Algunos proponen también que se envíen emisarios a César para exponerle la decisión del senado.

Los discursos del cónsul, de Escipión y de Catón 20 [4 ] hacen resistencia a todas estas proposiciones y se oponen a todos. Incitan a Catón su antigua enemistad contra César y el resentimiento de su fracaso. Impulsan a Léntulo la magnitud [2] de sus deudas, la esperanza de mandar un ejército y gobernar provincias y los regalos de los que deseaban obtener el título de rey; se gloría ante los suyos de llegar a ser otro Sila que obtendría el mando absoluto 21 . Estimula a Escipión [3] la misma esperanza de gobernar una provincia y de mandar ejércitos, que espera compartir con Pompeyo a causa de su parentesco 22 ; al mismo tiempo, el temor de un proceso, la propia ostentación y la adulación de los poderosos, que tenían entonces gran influencia en la república y en los tribunales. [4] El propio Pompeyo, incitado por los enemigos de César y porque no quería que nadie le igualara en dignidades, se había apartado totalmente de su amistad y se había reconciliado con los enemigos comunes, gran parte de los cuales se los había creado a César el mismo Pompeyo en la época [5] de su parentesco 23 ; al mismo tiempo, movido por la mala reputación que le creaba el haber desviado a las dos legiones de su destino a Siria y Asia en provecho de su ambición de poderío y dominio 24 , deseaba que la cuestión se decidiera por las armas.

[5 ] Por estas razones se hace todo con apresuramiento y confusión. No se concede tiempo a los parientes de César para informarle, ni se permite a los tribunos de la plebe la posibilidad de evitar con sus ruegos el peligro que les amenaza, ni tampoco la de conservar el supremo derecho de veto [2] que Sila les había dejado, sino que se ven precisados a pensar en el peligro de su vida en un término de siete días, peligro que aquellos turbulentísimos tribunos de la plebe de tiempos pasados solían considerar con temor solamente al [3] cabo de los ocho meses de su acción 25 . Se recurre a aquel grave y supremo decreto del senado al cual nunca había llegado antes la audacia de los senadores, a no ser en el inminente peligro de incendio de la ciudad y de la vida de todos los ciudadanos 26 : procuren los cónsules, pretores, tribunos de la plebe y los procónsules que estén en las afueras de Roma, que la república no sufra ningún detrimento. Estas [4] órdenes fueron dadas por decreto del senado el siete de enero. Así pues, en los cinco primeros días en los que pudo reunirse el senado desde que Léntulo tomó posesión del consulado, exceptuados los dos días dedicados a los comicios 27 , se toman muy graves y muy duras decisiones sobre el mando de César y sobre tan importantes magistrados como los tribunos de la plebe. Huyen éstos inmediatamente de la ciudad [5] y se dirigen a César. Estaba en aquel tiempo César en Ravena y esperaba la respuesta a sus moderadas peticiones 28 , por si una cierta equidad de sus enemigos podía conducir la situación a la paz.

En los siguientes días se reúne el senado fuera de la ciudad 29 . [6 ] Pompeyo trata los mismos puntos que ya había dado a conocer por medio de Escipión; alaba el valor y firmeza del senado; enumera sus fuerzas: dice que tiene preparadas diez legiones; además sabe con seguridad que los soldados [2] de César no le son adictos y que no les puede persuadir a que le defiendan o al menos le sigan 30 . Se presentan al senado [3] otras proposiciones: que se hagan levas en toda Italia, que se envíe a Mauritania al propretor Fausto Sila 31 ; que se [4] den a Pompeyo fondos del erario. Se propone también que el rey Juba sea declarado aliado y amigo 32 ; Marcelo dice que de momento él no permitirá esto 33 . El tribuno de la plebe [5] Filipo 34 pone el veto al nombramiento de Fausto. Se redactan decretos del senado sobre los restantes asuntos. Se asignan provincias a particulares, dos consulares, las otras pretorias. Corresponden Siria a Escipión; la Galia a Lucio Domicio 35 . Filipo 36 y Cota 37 son preteridos por acuerdo de [6] unos pocos y no entran a sorteo. Se envían pretores a las demás provincias. Y no esperan, como había sucedido en años anteriores, a que se dé cuenta de su mando al pueblo, y a que, una vez hechos los sacrificios, partan revestidos con [7] el manto militar 38 . Los cónsules, lo que no había sucedido hasta entonces, salen de la ciudad 39 , y personas particulares tienen lictores en la ciudad y en el Capitolio, contra toda costumbre anterior 40 . Se hacen levas en toda Italia, se manda [8] entregar armas, se exige dinero a los municipios, se quita de los templos, se trastornan todas las leyes divinas y humanas.

Al tener conocimiento de estos hechos, César arenga a [7 ] sus soldados 41 . Les relata las injurias que, en todo tiempo, le han hecho sus enemigos; se queja de que Pompeyo haya sido inducido y arrastrado por ellos por envidia y resentimiento de su gloria, mientras que el propio César siempre había favorecido y ayudado a Pompeyo en sus cargos y dignidades. Se lamenta de que se haya sentado un precedente en la [2] república al perseguir y oprimir con las armas el derecho de veto de los tribunos que había sido restablecido en años anteriores. Sila, que había despojado de todas las prerrogativas [3] a la potestad tribunicia, sin embargo le había dejado el libre [4] derecho del veto; Pompeyo, con la apariencia de haberles restituido lo perdido, les había arrebatado incluso los derechos [5] que antes poseían. Cuantas veces se había decretado que los magistrados procurasen que la república no sufriera ningún daño, fórmula y decreto del senado con que se llama a las armas al pueblo romano, se había hecho con motivo de leyes peligrosas, de violencia por parte de los tribunos, de división del pueblo en bandos, habiéndose apoderado de los [6] templos y lugares elevados; y les muestra que estos hechos de tiempos pasados fueron expiados con la muerte de Saturnino y de los Gracos 42 . En aquella circunstancia no se había producido ni siquiera pensado nada semejante; no se había promulgado ninguna ley; no se había tratado de agitar al pueblo; [7] no se había producido ninguna escisión. Les exhorta a que defiendan contra sus enemigos el prestigio y la dignidad del general bajo cuyo mando habían servido felizmente a la república durante nueve años, habían librado muchos combates victoriosos y pacificado toda la Galia y Germania 43 . [8] Gritan unánimemente los soldados de la legión XIII que se encontraba allí (pues la había llamado al principio de aquel movimiento: las restantes aún no habían llegado): que estaban dispuestos a defender a su general y a los tribunos de la plebe, de las injurias de sus enemigos.

Conocida la disposición de ánimo de los soldados, se dirige [8 ] a Rímini con aquella legión y allí encuentra a los tribunos de la plebe que habían ido a refugiarse junto a él; llama a las demás legiones de los cuarteles de invierno y ordena que le sigan 44 . Llega allí Lucio César el Joven, cuyo padre [2] era legado de César 45 . Terminada la misión que le había llevado allí 46 , informa a César que tenía para él instrucciones de carácter particular de parte de Pompeyo: que quiere éste [3] justificarse ante César para que no considere como un agravio personal lo que Pompeyo había hecho en bien de la república. Que él siempre había considerado superior el bien de la república a las obligaciones particulares. También César, por su propia dignidad, debía abandonar en beneficio de la república su propósito y su ira, y no irritarse tan gravemente contra sus enemigos que, al intentar perjudicarlos, perjudicase a la república. Añade algunas razones más en el [4] mismo sentido, justificando a Pompeyo. El pretor Roscio trata con César aproximadamente lo mismo y con las mismas palabras, y le indica que Pompeyo se lo había encargado.

[9 ] Aunque esta misión no parecía servir de nada para atenuar las injurias, sin embargo, César, disponiendo de personas adecuadas para informar a Pompeyo de lo que deseaba, pidió a ambos que, puesto que le habían llevado a él las instrucciones de Pompeyo, tuvieran a bien ser, del mismo modo, mensajeros de sus peticiones, por si con un pequeño trabajo podían evitar grandes desavenencias y tranquilizar a [2] toda Italia. Para él siempre la dignidad había sido lo primero y más importante que la propia vida. Le causaba dolor que los enemigos le arrebataran afrentosamente el beneficio concedido por el pueblo romano y quitándole seis meses de mando se viera obligado a regresar a Roma, a pesar de que el pueblo había decidido que fuera tenida en cuenta su candidatura en los próximos comicios, aun estando ausente 47 . [3] Sin embargo, había soportado con ecuanimidad este menoscabo de su honor por la república. Había enviado una carta al senado pidiendo que todos resignaran el mando de los [4] ejércitos y ni siquiera había conseguido esto 48 . Se hacían levas en toda Italia, eran retenidas las dos legiones que le habían sido quitadas con pretexto de una guerra contra los partos, la ciudad estaba en armas. ¿Adónde se dirigía todo esto sino a su perdición? Sin embargo, él estaba dispuesto a [5] ceder en todo y a sufrirlo todo por la república. Que marche Pompeyo a sus provincias 49 , que licencien ambos sus ejércitos, que todos abandonen las armas en Italia, que cese el terror en la ciudad, que la libertad de los comicios, la plena administración del Estado se entreguen al senado y al pueblo romano. Para que esto se cumpla más fácilmente, con [6] determinadas condiciones y quede asegurado por un juramento, o que Pompeyo se dirija a donde él está o permita que César vaya allí; todas las diferencias se podían arreglar con una entrevista.

Recibidas estas instrucciones, Roscio y Lucio César se [10 ] dirigen a Capua y allí encuentran a los cónsules y a Pompeyo 50 ; les comunican las peticiones de César. Ellos, después [2] de haber deliberado, envían a César por medio de los mismos mensajeros la respuesta escrita, cuyo contenido fundamental era el siguiente: que César volviese a la Galia, se retirara [3] de Rímini, licenciara sus ejércitos; si cumplía estas condiciones, Pompeyo iría a Hispania 51 . Hasta que hubiese [4] seguridad de que César cumpliría lo que prometía, los cónsules y Pompeyo no cesarían de hacer levas.

[11 ] Era una condición injusta pedir que César abandonara Rímini y volviera a su provincia, mientras que Pompeyo ocupaba provincias y retenía legiones que no eran suyas; exigir que César licenciara su ejército y al mismo tiempo [2] Pompeyo hacer levas; prometer irse a su provincia y no determinar la fecha de la marcha, de tal manera que, si no había ido al cumplirse el plazo del mando de César, no quedaría [3] tachado de haber faltado a su promesa. El no fijar una fecha para una entrevista y no hacer ninguna indicación de que se acercaría a César no hacía concebir ninguna esperanza [4] de paz. Así pues, César envía a Marco Antonio con cinco cohortes desde Rímini a Arretio; él permanece en Rímini con dos y decide hacer allí una leva; ocupa con sendas cohortes Pisauro, Fano y Ancona 52 .

[12 ] Informado mientras tanto de que el pretor Termo 53 ocupaba Iguvio 54 con cinco cohortes y fortificaba la ciudad, pero que todos los habitantes de Iguvio eran muy adictos a él, envió allí a Curión 55 con tres cohortes que tenía en Pisauro y [2] Rímini 56 . Al conocer su llegada, Termo, que no tenía confianza en la adhesión del municipio, sacó las cohortes de la ciudad y huyó. Los soldados le abandonaron en el camino y se fueron a sus casas. Curión se apoderó de Iguvio con gran [3] alegría de todos los habitantes. Al tener noticia de estos acontecimientos, César, confiando en la adhesión de los municipios, sacó de las guarniciones las cohortes de la legión XIII y se dirigió a Áuximo 57 ; ocupaba esta ciudad con algunas cohortes Atio 58 , que estaba haciendo una leva en todo el Piceno 59 , enviando a los senadores por toda la comarca.

Al conocer la llegada de César los decuriones 60 de [13 ] Áuximo, acuden en gran número a Atio Varo; le declaran que la cuestión no les corresponde decidirla a ellos; pero que ni ellos ni sus conciudadanos podían permitir que se impidiese la entrada en la muralla y en la ciudad al general Gayo César, benemérito de la república y que había conseguido tan grandes victorias; por consiguiente, que tuviera en cuenta lo que iba a suceder y el peligro que le amenazaba. Asustado Varo por estas palabras, sacó de la ciudad la guarnición [2] que había establecido y huyó. Algunos soldados de la [3] vanguardia de César le alcanzaron y le obligaron a detenerse. Entablado el combate, Varo fue abandonado por los suyos; [4] una parte de los soldados se marchó a sus casas; el resto se unió a César y junto con ellos fue llevado prisionero Lucio Pupio, centurión primipilo 61 que anteriormente había tenido este mismo cargo en el ejército de Gneo Pompeyo. [5] César alabó a los soldados de Atio y dejó en libertad a Pupio, dio las gracias a los habitantes de Áuximo y les prometió que tendría presente lo que habían hecho.

[14 ] Al conocerse en Roma estos acontecimientos 62 , se produjo de repente un terror tan grande que, habiendo ido el cónsul Léntulo a abrir el erario para entregar a Pompeyo el dinero, según decreto del senado, apenas abierto huyó de la ciudad; pues corría el falso rumor de que César estaba a punto de llegar [2] y que su caballería ya estaba allí 63 . Siguieron a Léntulo su colega Marcelo y muchos magistrados. Gneo Pompeyo se [3] había alejado de Roma el día anterior 64 y se dirigía a tomar el mando de las legiones cedidas por César que había establecido en los cuarteles de invierno en Apulia 65 . Se interrumpen [4] las levas en los alrededores de Roma; todos consideran que no hay ninguna seguridad al norte de Capua 66 . Sólo en Capua empiezan a perder el miedo y recobran sus ánimos, y deciden hacer una leva entre los colonos que habían sido establecidos en Capua por la ley Julia 67 ; Léntulo lleva al foro a los gladiadores que César tenía en un centro de entrenamiento, les anima con la esperanza de concederles la libertad, les asigna caballos y les ordena que le sigan 68 ; amonestado por los suyos, porque todos censuraban este hecho, los repartió después entre [5] los grupos de esclavos de la comunidad de Campania para que fueran custodiados.

Partiendo de Áuximo, César recorre todo el campo Piceno. [15 ] Todas las prefecturas de esta región le reciben con mucho agrado y ayudan a su ejército con todos los medios. Incluso de Cíngulo 69 , ciudad que había organizado Labieno 70 [2] y había acabado de construir a su costa, vienen legados a comunicarle que es su mayor deseo hacer lo que él ordene. Pide soldados; los envían. Mientras tanto la legión XII alcanza [3] a César. Con estas dos legiones 71 se dirige a Ásculo Piceno 72 . Ocupaba esta ciudad con diez cohortes Léntulo Espínter 73 , quien al conocer la llegada de César huye de la ciudad, y, al intentar llevar consigo las cohortes, es abandonado [4] por gran parte de los soldados. Habiéndose quedado en el camino con unos pocos, encuentra a Vibulio Rufo 74 , que había sido enviado por Pompeyo al Piceno para mantener la adhesión de los habitantes. Informado Vibulio por Léntulo de lo que sucede en el Piceno, se incorpora las tropas de éste [5] y le deja irse. Igualmente recoge en las regiones vecinas las cohortes que puede de las levas hechas por Pompeyo; entre otras tropas se incorpora a Lucilio Hirro 75 , que huía de Camerino 76 con cinco cohortes que había tenido allí de guarnición; [6] reunidas todas formó diecinueve cohortes 77 . Con ellas se dirige a marchas forzadas a Corfinio 78 , para reunirse con Domicio Enobarbo y le anuncia que César está a punto de [7] llegar con dos legiones. Domicio, por su parte, había reclutado unas veinte cohortes en Alba, 79 el territorio de los marsos y pelignos 80 y en las regiones vecinas.

Después de la toma de Firmo 81 y de la huida de Léntulo, [16 ] César ordena recoger a los soldados que habían abandonado a Léntulo y hacer una leva; se detiene allí un solo día para abastecerse y se dirige a Corfinio. Al llegar aquí, cinco cohortes [2] enviadas por Domicio desde la ciudad ocupaban un puente sobre el río que distaba de la ciudad aproximadamente tres mil pasos 82 . Entablado combate con las tropas [3] avanzadas de César, los soldados de Domicio fueron rechazados del puente rápidamente y se retiraron a la ciudad. César [4] pasó sus legiones al otro lado del río, hizo alto cerca de la ciudad y colocó su campamento junto al muro.

Advertida la situación, Domicio envía a Pompeyo, que [17 ] estaba en Apulia, mensajeros conocedores de la región, a los que promete una gran recompensa; llevaban una carta y su objeto era pedir y suplicar a Pompeyo que le socorriera, diciendo que se podía fácilmente con dos ejércitos cercar a César, por las dificultades del lugar, e impedirle el abastecimiento. Si Pompeyo no le socorría, él se encontraría en un [2] gran peligro con más de treinta cohortes y muchos senadores y caballeros romanos 83 . Mientras tanto exhorta a sus 3 soldados, coloca máquinas de guerra en los muros y asigna a cada uno partes determinadas para la defensa de la ciudad; reúne a los soldados y les promete tierras de sus propiedades, quince yugadas a cada uno y en proporción a los centuriones y reenganchados 84 .

[18 ] Mientras tanto llega a conocimiento de César que los habitantes de Sulmona, que dista de Corfinio siete mil pasos 85 , deseaban ponerse bajo su obediencia, pero que se lo impedían el senador Quinto Lucrecio y Atio Peligno 86 , que ocupaban la ciudad con una guarnición de siete cohortes. [2] César envía allí a Marco Antonio con cinco cohortes de la legión XIII. Tan pronto como los de Sulmona vieron nuestras enseñas abrieron las puertas, y todos, ciudadanos y soldados, salieron al encuentro de Antonio, manifestándole su [3] alegría. Lucrecio y Atio se descolgaron del muro. Llevado Atio a presencia de Antonio pidió ser llevado a César. Antonio regresa con las cohortes y con Atio el mismo día que [4] había salido 87 . César incorporó aquellas cohortes a su ejército y dejó en libertad a Atio. En los primeros días César decidió fortificar el campamento con grandes obras, transportar a él trigo desde los municipios próximos y esperar la [5] llegada de las restantes tropas. En los tres primeros días llegó a él la legión VIII, veintidós cohortes de las nuevas levas hechas en la Galia y unos trescientos jinetes enviados por el rey de Nórica 88 . A la llegada de estos refuerzos coloca otro campamento al otro lado de la ciudad, pone al frente de él a Curión 89 . En los días siguientes decide rodear la ciudad con [6] una estacada y torres. Terminada ya una gran parte de esta obra de fortificación, regresan los mensajeros enviados a Pompeyo.

Leída la carta de Pompeyo, Domicio, disimulando, anuncia [19 ] en el consejo que Pompeyo vendrá rápidamente en su ayuda, y les exhorta a que no se desanimen y a que preparen todo lo que sea útil para la defensa de la ciudad. Pero secretamente [2] habla con algunos amigos y decide emprender la huida. Como la expresión del rostro de Domicio no estaba [3] de acuerdo con sus palabras y obraba con más temor y desconfianza que en los días precedentes, como conferenciaba frecuentemente en secreto con los suyos para aconsejarse, lo que no hacía habitualmente, y como evitaba los grupos y reuniones, la verdad no pudo encubrirse y ocultarse más tiempo. En efecto, Pompeyo le había contestado que no estaba [4] dispuesto a llevar la situación a un grave peligro y que él no le había dado ni el consejo ni la orden de encerrarse en Corfinio; por consiguiente, si encontraba alguna posibilidad, que se uniera a él con todas sus tropas 90 . Era imposible cumplir [5] esta orden por el asedio y cerco de la ciudad.

Divulgado el propósito de Domicio, los soldados que estaban [20 ] en Corfinio se amotinan al atardecer y por boca de los tribunos, centuriones y soldados más distinguidos, hablan de [2] este modo: que estaban cercados por César, que las obras de fortificación estaban casi terminadas, que su jefe Domicio, en quien tenían puesta su esperanza y confianza, traicionando a todos, tenía el propósito de huir 91 , también ellos debían [3] pensar en salvarse. Al principio los marsos están en desacuerdo con éstos y ocupan la parte de la ciudad que parecía mejor fortificada, y se produce tal disensión entre ellos que [4] intentan venir a las manos y acudir a las armas; sin embargo, al poco tiempo, por medio de mensajeros enviados de una a otra parte, se informan del propósito de huida de Domicio, [5] que ignoraban. Así pues, todos de común acuerdo, sacan a Domicio, le rodean y custodian, y de entre ellos mismos envían legados a César y le dicen: que están dispuestos a abrir las puertas, a cumplir sus órdenes y a entregarle vivo a Domicio.

[21 ] Al tener conocimiento de esto, César, aunque consideraba de gran importancia apoderarse cuanto antes de la ciudad e incorporar a su ejército las cohortes que la ocupaban, no fuera a ser que cambiara su determinación por dádivas, por haberse reanimado o por recibir falsas noticias (porque con frecuencia en la guerra pequeñas causas producen grandes [2] efectos), sin embargo, temiendo que la ciudad fuera saqueada al aprovechar los soldados la ventaja de entrar de noche, felicita a los que habían venido, los envía de nuevo a la ciudad [3] y les ordena que guarden puertas y muros. Coloca los soldados en las obras que había hecho, pero no a intervalos determinados, como acostumbraba en días anteriores, sino en una línea continua de puestos y centinelas de forma que [4] estén en contacto entre sí y cubran toda la fortificación; envía de unos puntos a otros a los tribunos militares y prefectos 92 y les exhorta no solamente a que vigilen las salidas en grupo, sino también a que presten atención a las evasiones de personas aisladas. Y ciertamente no hubo nadie de espíritu [5] tan débil e indolente que fuera capaz de dormir aquella noche. Era tan grande la expectación por el resultado de los [6] acontecimientos, que su espíritu se debatía en diferentes suposiciones sobre la suerte de los corfinienses, de Domicio, de Léntulo y los demás, y sobre la fortuna que correría cada uno.

Aproximadamente al amanecer, Léntulo Espínter habla [22 ] desde el muro con nuestros centinelas y puestos, pidiendo que se le permita entrevistarse con César. Concedido el [2] permiso, se le deja salir de la ciudad, pero sin abandonarle los soldados de Domicio hasta dejarle en presencia de César. Trata con éste de su propia vida; pide y suplica que le [3] perdone, le recuerda su antigua amistad y los grandes beneficios que había recibido de César: por él había entrado en el [4] colegio de los pontífices, por él había obtenido la provincia de Hispania al terminar su cargo de pretor, había sido ayudado por él en su candidatura al consulado 93 . César interrumpe [5] su discurso diciendo que él no había salido de su provincia para hacer daño a nadie, sino para defenderse de las afrentas de sus enemigos, para restituir en su dignidad a los tribunos de la plebe expulsados de Roma por esta disputa y para devolver la libertad a sí mismo y al pueblo romano, oprimido por un grupo. Animado por estas palabras, [6] Léntulo pide que le permita regresar a la ciudad, manifestándole que el haber conseguido su perdón alentaría la esperanza de los demás, pues algunos estaban tan atemorizados que se sentían impulsados a atentar contra su propia vida 94 . Concedido el permiso, se marcha.

[23 ] Al amanecer, César ordena que sean llevados a su presencia todos los senadores, hijos de senadores, tribunos militares [2] y caballeros romanos. Estaban allí los siguientes senadores: Lucio Domicio, Publio Léntulo Espínter, Lucio Cecilio Rufo, Sexto Quintilio Varo, cuestor, y Lucio Rubrio 95 ; además, el hijo de Domicio y otros muchos jóvenes y gran número de caballeros romanos y decuriones que Domicio [3] había llevado de los municipios. Llevados todos a su presencia, les protege de los insultos y afrentas de los soldados; les dirige algunas palabras reprochándoles que no hayan correspondido a los grandes beneficios que les había [4] hecho; y después deja a todos en libertad. Seis millones de sestercios que Domicio había traído y depositado en el tesoro público, cantidad que le había sido entregada a César por los duúnviros de Corfinio, la devolvió a Domicio, temiendo que se le considerara más moderado en perdonar la vida que en apoderarse del dinero, aunque sabía con certeza que aquella cantidad era del Estado y que Pompeyo la había entregado [5] para pagar a los soldados 96 . Hizo prestar juramento ante él a los soldados de Domicio, y aquel mismo día levantó el campamento, caminó una etapa ordinaria 97 , después de haberse detenido en total siete días en Corfinio 98 , y llegó a Apulia a través del territorio de los marrucinos, frentanos y larinates 99 .

Al conocer Pompeyo lo sucedido en Corfinio, se dirige [24 ] desde Luceria a Canusio, y desde allí a Brindis 100 . Ordena [2] que se le junten las tropas alistadas en todas partes en las nuevas levas; arma a los esclavos y pastores, y les da caballos; forma con ellos unos trescientos jinetes. El pretor Lucio [3] Manlio 101 huye de Alba con seis cohortes, el pretor Rutilio Lupo 102 , de Tarracina 103 con tres; estas tropas, al ver de lejos a la caballería de César, mandada por Vibio Curio 104 , abandonan al pretor, transfieren sus enseñas a Curio y se pasan a él. Igualmente en las marchas siguientes algunas cohortes [4] se topan con el grueso del ejército de César, otras con su caballería. Es llevado a su presencia, hecho prisionero en el camino, Numerio Magio, de Cremona, prefecto de las tropas [5] de ingenieros de Gneo Pompeyo. César lo envía de nuevo a Pompeyo con la misión de decirle que, como hasta aquel momento no había habido posibilidad de entrevistarse y él mismo tenia el propósito de ir a Brindis, era de interés para la república y para la paz general, que él conferenciara con Pompeyo, pues no se consigue el mismo resultado cuando se hacen las proposiciones a gran distancia por medio de emisarios, que cuando se trata frente a frente de todas las condiciones.

[25 ] Entregadas estas instrucciones, se dirige César a Brindis con seis legiones 105 , tres veteranas y las restantes formadas con la nueva leva y completadas en el camino, pues había enviado inmediatamente desde Corfinio a Sicilia las cohortes [2] de Domicio. Se entera de que los cónsules han marchado a Durazo 106 con gran parte del ejército y que Pompeyo permanece [3] en Brindis con veinte cohortes; y no podía saberse con certeza si se había quedado allí para retener Brindis en su poder y dominar así más fácilmente todo el mar Adriático desde las costas de Italia y la región opuesta de Grecia y poder hacer la guerra desde ambas partes, o si se había quedado [4] por falta de naves 107 ; temiendo César que Pompeyo pensara no abandonar Italia decidió cortar la salida y el tráfico del puerto de Brindis. El proyecto de las obras era el siguiente: [5] en la parte más estrecha de la boca del puerto iba colocando un dique de tierra partiendo de ambas orillas, pues el mar era allí vadeable. Al progresar la obra y no poder [6] continuarse el terraplén por la profundidad del agua, colocaba en el extremo de cada uno de los diques balsas de treinta pies de lado 108 . Las sujetaba por los cuatro ángulos [7] con cuatro anclas para que no fueran movidas por las olas. Terminadas y colocadas éstas, les unía a continuación otras [8] balsas de igual magnitud. Cubría estas balsas con tierra y [9] material a fin de facilitar el rápido acceso para defenderlas; protegía el frente y ambos lados con zarzos y manteletes; cada cuatro balsas levantaba torres de dos pisos para defenderlas [10] más fácilmente contra los ataques de las naves y los incendios.

Para hacer frente a esto Pompeyo equipaba grandes naves [26 ] de carga que había encontrado en el puerto de Brindis. Construía en ellas torres de tres pisos y llenándolas de muchas máquinas de guerra y de toda clase de armas arrojadizas, las lanzaba contra las obras de César a fin de romper la línea de balsas e interrumpir los trabajos. Así pues, se luchaba diariamente por ambas partes desde lejos con hondas, saetas y demás dardos. César llevaba a cabo estas operaciones [2] sin pensar en abandonar las negociaciones de paz; y aunque le extrañaba mucho que no se le hubiera enviado de nuevo a Magio, a quien había enviado con una misión para Pompeyo, y aunque la repetición de estas tentativas retardaba su impulso y sus planes, sin embargo pensaba que debía perseverar en este intento por todos los medios. Así pues, [3] envía al legado Caninio Rébilo 109 , amigo y pariente de Escribonio Libón 110 , a conferenciar con éste; le encarga que exhorte a Libón a interesarse en la paz; pide especialmente [4] que se le concierte una entrevista con Pompeyo; le indica que él tiene gran confianza en que, si esta entrevista tiene lugar, terminará la guerra con un tratado justo; gran parte de la gloria y alabanza de este hecho recaería sobre Libón, si [5] por su iniciativa y mediación se abandonan las armas. Al terminar de hablar con Caninio, Libón se dirige a Pompeyo. Poco después le contesta que los cónsules están ausentes y [6] que sin ellos no se puede tratar sobre la paz. Así pues, habiendo intentado en vano tantas veces la misma cosa, César decide abandonarla de una vez y hacer la guerra.

[27 ] Casi terminada ya la mitad de la obra de César e invertidos en ella nueve días 111 , vuelven a Brindis, enviadas por los cónsules desde Durazo, las naves que habían transportado [2] allí la primera parte del ejército. Pompeyo, bien atemorizado por las obras de César, bien porque desde un principio hubiera decidido abandonar Italia, a la llegada de las naves [3] empezó a preparar la marcha; y para retardar con más facilidad la entrada de César y evitar que sus soldados irrumpieran en la ciudad en el mismo momento de su marcha, obstruye las puertas, levanta obras en calles y plazas, construye fosos transversales en las calles y clava en ellos estacas y [4] palos puntiagudos; los disimula con zarzos poco consistentes cubiertos de tierra; además interrumpió los accesos y los dos caminos que llevaban al puerto desde extramuros con grandes estacas puntiagudas clavadas en tierra. Una vez preparado [5] todo esto, ordena embarcar en silencio a los soldados, coloca en el muro y en las torres, a grandes intervalos, algunos soldados sin bagaje elegidos entre los reenganchados, arqueros y honderos. Acordó llamarlos con una señal [6] convenida cuando todos los soldados hubieran embarcado y les dejó naves ligeras en un lugar conveniente.

Los habitantes de Brindis, inducidos por las injurias de [28 ] los soldados pompeyanos y las afrentas del mismo Pompeyo, eran partidarios de César. Así pues, al conocer la marcha [2] de Pompeyo, cuando aún los soldados andaban de un lado para otro y estaban ocupados en los preparativos de marcha, hicieron señales por todas partes desde los tejados. Informado por ellos, César manda preparar las escalas y tomar las armas para no perder aquella ocasión. Pompeyo se hace a la [3] mar al anochecer. Los soldados que habían sido dejados para la custodia del muro son llamados con el signo convenido y por caminos conocidos se dirigen corriendo a las naves. Los soldados de César, colocando las escalas, pasan el muro, [4] pero, advertidos por los habitantes de Brindis de que tengan cuidado con la estacada oculta y los fosos, se detienen, y, conducidos por ellos, dando un gran rodeo, llegan al puerto y con lanchas y barcas alcanzan y se apoderan de dos naves llenas de soldados que habían quedado detenidas en los diques hechos por César.

Aunque César consideraba lo más conveniente para terminar [29 ] la guerra, reunir naves, atravesar el mar y seguir a Pompeyo antes de que éste pudiera reforzarse con tropas del otro lado del mar, sin embargo temía el retraso y la gran cantidad de tiempo que exigía este plan, porque Pompeyo, al llevarse todas las naves, le había quitado la posibilidad de [2] seguirle en aquel momento. Le quedaba el recurso de esperar la llegada de naves de las alejadas regiones de la Galia, Piceno y el estrecho de Mesina. Dada la estación del año, [3] esto parecía largo y difícil. Además no quería que durante su ausencia se alentara al antiguo ejército pompeyano 112 y a las dos Hispanias (una de las cuales estaba unida a Pompeyo por los grandes beneficios recibidos) 113 , que se organizaran refuerzos y caballería y que se intentara una acción sobre la Galia e Italia 114 .

[30 ] Así pues, abandona de momento el propósito de seguir a Pompeyo y decide dirigirse a Hispania; ordena a los duunviros de todos los municipios que procuren naves y se encarguen [2] de llevarlas a Brindis. Envía a Cerdeña con una legión al legado Valerio 115 , a Sicilia con tres legiones al propretor Curión; ordena a éste que después de ocupada Sicilia pase inmediatamente el ejército a África. Gobernaba Cerdeña Marco Cota 116 , Sicilia, Marco Catón; según lo decidido [3] por sorteo, debía gobernar África Tuberón 117 . Los caralitanos 118 tan pronto como tuvieron noticia de que se les enviaba a Valerio, cuando aún no había partido de Italia, expulsan a Cota de la ciudad por propia iniciativa. Atemorizado éste, porque sabía que toda la provincia estaba de acuerdo, huye de Cerdeña a África. En Sicilia Catón reparaba [4] las naves de guerra viejas y mandaba construir otras a las ciudades. Se entregaba a esta ocupación con todo afán. Por medio de sus legados hacía levas de ciudadanos romanos en Lucania y Brutio 119 y exigía a las ciudades de Sicilia determinado número de jinetes e infantes. Cuando casi estaban [5] terminados estos preparativos, se entera de la llegada de Curión y se queja en la asamblea de que habia sido abandonado y traicionado por Pompeyo que, sin haber hecho preparativo alguno, había emprendido una guerra innecesaria y que, al preguntarle en el senado él y los demás senadores, había asegurado que tenía dispuesto y preparado todo para la guerra. Habiendo expuesto estas quejas en la asamblea, huyó de la provincia 120 .

Encontrando Valerio abandonada por su gobernador Cerdeña [31 ] y Curión, Sicilia, entran en ellas con sus ejércitos. Tuberón [2] a su llegada a África encuentra en el gobierno de la provincia a Atio Varo, que después de haber perdido sus cohortes en Áuximo, como ya hemos dicho 121 , huyó directamente a África y al encontrarla sin mando la había ocupado por su propia iniciativa 122 ; por medio de una leva había formado dos legiones, encontrando facilidades para sus intentos por el conocimiento de personas y lugares y la experiencia en el gobierno de aquella provincia, pues la había gobernado pocos años antes al terminar su cargo de pretor. Al llegar Tuberón a Útica 123 con sus naves, le prohíbe la entrada [3] en el puerto y en la ciudad y ni siquiera consiente que desembarque su hijo que estaba enfermo, sino que le obliga a levar anclas y abandonar aquel lugar.

Terminadas estas acciones, César reparte sus soldados [32 ] en los próximos municipios para que descansaran algún tiempo. Él mismo marcha a Roma. Reunido el senado, [2] expone las injurias de sus enemigos 124 . Dice que él no ha buscado ningún cargo extraordinario, sino que, habiendo esperado el plazo legal para solicitar el consulado, se había contentado con lo que estaba permitido a todos los ciudadanos. Con gran oposición por parte de los enemigos, y especialmente [3] de Catón, que según su tradicional costumbre había empleado varios días en exponer su opinión, los diez tribunos de la plebe habían propuesto que se tuviera en cuenta la candidatura de César aun en su ausencia; este debate había tenido lugar siendo cónsul el mismo Pompeyo: si éste lo desaprobaba ¿por qué permitió que se hiciera la proposición?, y si lo aprobaba, ¿por qué le impedía disfrutar el beneficio concedido por el pueblo? 125 . Les hace ver su paciencia [4] al solicitar por propia iniciativa el licenciamiento de los ejércitos, con lo que llegaba a sacrificar su dignidad y honor 126 . Expone el ensañamiento de sus enemigos que se [5] niegan a hacer ellos lo que le exigen a él y prefieren trastornar todo antes que abandonar su poder y licenciar los ejércitos. Manifiesta la injusticia cometida al arrebatarle las legiones 127 . la crueldad y la insolencia al limitar las funciones [6] de los tribunos de la plebe 128 ; recuerda las condiciones que él había propuesto, las entrevistas que había pedido y que le habían sido denegadas 129 . Por estas razones exhorta y pide a los senadores que tomen a su cargo el gobierno de la república [7] y lo administren juntamente con él. Pero si el temor se lo impide, él soportará esta carga y gobernará por sí mismo el Estado. Añade que es conveniente enviar legados a Pompeyo para intentar un acuerdo; pues no le preocupa lo que [8] poco antes había dicho Pompeyo en el senado: que el enviar legados supone atribuir autoridad a aquéllos a quienes se les envía y temor por parte de quienes los envían. Estas ideas parecen propias de un espíritu débil y apocado. Pero él, que [9] ha procurado sobresalir en las obras, desea también ser superior en justicia y equidad.

El senado aprueba la proposición de enviar legados; pero no se encontraba a quién enviar; especialmente por temor [33 ] todos procuraban rehuir el encargo de la embajada. En efecto, Pompeyo al abandonar Roma había dicho en el senado [2] que consideraría igual a los que se hubieran quedado en Roma y a los que estuvieran en el campamento de César. Así se pasan tres días en disputas y excusas. E incluso los enemigos de César inducen al tribuno de la plebe Lucio Metelo [3] a que entorpezca esta proposición y vete cualquier cosa que César intente 130 . Conocido el propósito de Metelo y perdidos inútilmente algunos días, César, para no dejar pasar más tiempo, sale de Roma sin haber llevado a cabo lo que se había propuesto y se dirige a la Galia Ulterior 131 .

[34 ] Aquí supo que había sido enviado por Pompeyo a Hispania Vibulio Rufo, al que pocos días antes él había dejado libre después de haberle hecho prisionero en Corfinio 132 ; [2] igualmente supo que Domicio había marchado para ocupar Marsella con siete naves ligeras recogidas a particulares en Igilio 133 y el Cosano 134 , a las que había equipado con sus esclavos, [3] libertos y colonos 135 ; también que habían sido enviados anteriormente a su patria unos legados de Marsella, jóvenes nobles a los que Pompeyo al salir de Roma había exhortado a que los recientes beneficios de César no les hicieran olvidar los que habían recibido de él con [4] anterioridad 136 . Con estas instrucciones los marselleses cerraron las puertas a César; llamaron en su ayuda a los albicos, gente bárbara que desde hacía mucho tiempo estaban bajo su protección y que habitaban los montes que dominan Marsella; [5] transportaron a la ciudad el trigo de las regiones próximas y de todos los fuertes, establecieron en ella fábricas de armas y estaban reparando los muros, las puertas y la escuadra.

César llama a su presencia a los quince ciudadanos más [35 ] importantes de Marsella 137 . Trata con ellos de que no inicien las hostilidades; debían seguir el ejemplo de toda Italia más bien que obedecer a una sola persona 138 . Les expone todo lo [2] que juzga conveniente para hacerles ver la razón. Los legados [3] comunican a la ciudad su petición y en su representación contestan a César que ellos sabían que el pueblo romano estaba dividido en dos bandos. No era de su arbitrio ni correspondía a sus fuerzas determinar cuál de las dos partes defendía la causa más justa. Ciertamente los jefes de los dos [4] bandos eran Gneo Pompeyo y Gayo César, patronos de su ciudad 139 , uno de los cuales les había concedido públicamente los campos de los volcas arecómicos y de los helvios 140 , el otro les había entregado las ciudades de la Galia sometidas en la guerra 141 y había aumentado sus rentas. Por [5] consiguiente, a iguales beneficios debían responder con igual agradecimiento, no ayudar a ninguno de ellos contra el otro, ni permitirles la entrada en la ciudad ni en el puerto.

[36 ] Mientras tratan esto entre ellos, llega Domicio a Marsella con las naves y es recibido por los marselleses que le entregan el mando de la ciudad y la dirección suprema de la [2] guerra. Bajo su mando envían la escuadra a todas partes y llevan al puerto las naves mercantes que apresan donde pueden; usan para armar y reparar las restantes aquellas que [3] estaban mal provistas de clavazón, madera y aparejos; llevan al depósito público el trigo que encuentran y reservan las otras mercancías y abastecimientos para el caso de que la [4] ciudad sea cercada. Impulsado César por estas injurias, lleva tres legiones a Marsella 142 ; ordena hacer torres y manteletes para el asalto de la ciudad y construir doce naves de guerra [5] en Arles. Fueron construidas y equipadas en treinta días a partir de la corta de la madera y, llevadas a Marsella, pone al frente de ellas a Décimo Bruto 143 y deja al legado Gayo Trebonio 144 con la misión de atacar Marsella por tierra 145 .

[37 ] Mientras se hacían estos preparativos, envía por delante a Hispania al legado Gayo Fabio 146 con tres legiones 147 que estaban alojadas para invernar en Narbona y sus alrededores; le ordena ocupar rápidamente los pasos de los Pirineos 148 , que por entonces estaban ocupados con guarniciones del legado Lucio Afranio 149 . Ordena que le sigan las [2] otras legiones que invernaban más lejos. Fabio, según se le [3] había ordenado, con la mayor rapidez desaloja del puerto la guarnición de Afranio y se dirige a marchas forzadas contra su ejército.

A la llegada de Vibulio Rufo, al cual se ha indicado que [38 ] Pompeyo había enviado a Hispania 150 , Afranio, Petreyo 151 y Varrón 152 , legados de Pompeyo, de los que el primero ocupaba con tres legiones la Hispania Citerior, Petreyo con dos legiones la Ulterior desde el desfiladero de Cazlona 153 hasta el río Anas 154 , y Varrón, también con dos legiones, la Lusitania y el territorio de los vetones 155 desde el Anas, reparten [2] éstos sus funciones, de modo que Petreyo se dirija con todas sus tropas desde Lusitania, por el territorio de los vetones 156 , a reunirse con Afranio y que Varrón guarde con sus legiones [3] toda la Hispania Ulterior. Tomada esta determinación, Petreyo exige a toda Lusitania jinetes y tropas auxiliares, Afranio hace lo mismo con los celtíberos, cántabros y todos [4] los bárbaros que habitan en la costa del Océano. Una vez reunidas estas tropas, Petreyo se dirige rápidamente al encuentro de Afranio por el territorio de los vetones. Deciden de común acuerdo hacer la guerra en las proximidades de Lérida por las ventajas de este lugar.

[39 ] Como se ha dicho antes, Afranio tenía tres legiones, Petreyo, dos; disponían, además, de unas cuarenta 157 cohortes, armadas con escudo las procedentes de la provincia citerior y armadas con rodela 158 las procedentes de la Hispania Ulterior, y de, aproximadamente, cinco mil jinetes de ambas [2] provincias. César había enviado a Hispania seis legiones, tropas auxiliares de infantería en número de seis mil, tres mil jinetes —estas tropas habían servido con él en todas las guerras anteriores— e igual número de jinetes procedentes de la Galia, que él había pacificado; hizo esta recluta escogiendo individualmente a los más nobles y valerosos de todas las ciudades; además, dos mil hombres del valiente pueblo de Aquitania y montañeses que limitan con la provincia de la Galia. Tenía noticia de que Pompeyo con las legiones [3] se dirigía a Hispania por Mauritania y que llegaría inmediatamente. Al mismo tiempo tomó dinero prestado de los tribunos militares y centuriones, y lo distribuyó entre el ejército, con lo cual consiguió dos fines: asegurarse con el préstamo [4] la fidelidad de los centuriones y ganarse con su liberalidad la adhesión de los soldados 159 .

Fabio trataba de atraerse por cartas y mensajeros la adhesión de las ciudades próximas. Había establecido en el río [40 ] Segre dos puentes distantes entre sí cuatro mil pasos 160 . Por estos puentes enviaba a forrajear, porque en los días precedentes había consumido lo que existía a este lado del río. Casi lo mismo y por el mismo motivo hacían los jefes del ejército pompeyano y se libraban frecuentemente entre ellos [2] combates de caballería 161 . En cierta ocasión en que dos legiones de Fabio, según la costumbre cotidiana, habían salido [3] como guarnición de los forrajeadores y habían pasado el río por el puente cercano 162 y les seguía el bagaje y toda la caballería, de repente la violencia del viento y la gran cantidad de agua cortó el puente y dejó cerrado al resto de la caballería. Al enterarse Petreyo y Afranio por el material que arrastraba [4] la corriente, con rapidez Afranio hizo pasar cuatro legiones y toda la caballería por el puente próximo a la ciudad y a su campamento 163 , y fue al encuentro de las dos legiones [5] de Fabio. Al tener noticia de su llegada, Lucio Planeo 164 , que mandaba las legiones, obligado por la necesidad, ocupa una altura 165 y forma su línea en dos frentes para evitar ser [6] rodeado por la caballería. Habiendo entablado combate con número inferior de tropas, resiste los fuertes ataques de las [7] legiones y de la caballería. Durante el combate ecuestre ven ambas partes a lo lejos las enseñas de dos legiones que Fabio había enviado en auxilio por el puente más lejano 166 , sospechando que sucedería lo que realmente sucedió, que los jefes enemigos aprovecharían la ocasión y el beneficio de la Fortuna para atacar a los nuestros. A la llegada de estas legiones se suspende el combate y cada uno vuelve sus legiones al campamento.

[41 ] A los dos días 167 llegó César al campamento con novecientos jinetes que se había reservado para escolta. El puente que había sido cortado por el temporal casi estaba reparado; [2] ordenó que fuera terminado por la noche. Reconocido el terreno, deja todo el bagaje y seis cohortes 168 para custodia del puente y campamento, y al día siguiente 169 se dirige a Lérida con todas las tropas formadas en triple línea, se detiene frente al campamento de Afranio y, manteniéndose allí algún tiempo sobre las armas, ofrece la posibilidad de luchar en campo llano. Ante esta situación Afranio saca sus tropas y las forma junto al campamento a la mitad de la colina. Cuando César advirtió que dependía de Afranio el que no se [3] entablara combate, decide establecer el campamento a unos cuatrocientos pasos 170 de distancia de la falda del monte, y [4] para evitar que los soldados fuesen amedrentados mientras construían la fortificación por un repentino ataque enemigo y se interrumpieran los trabajos, prohibió que se hiciera estacada, que forzosamente habría de sobresalir y ser vista a distancia 171 , sino que ordenó abrir un foso de quince pies 172 frente al enemigo. La primera y segunda línea continuaba [5] sobre las armas como en un principio; detrás de ellas la tercera línea hacía la fortificación sin ser vista. Así toda la fortificación quedó terminada antes de que Afranio advirtiera que se estaba construyendo el campamento. Al anochecer, [6] César coloca las legiones detrás de este foso y pasa allí aquella noche sobre las armas.

Al día siguiente 173 mantiene todo el ejército al lado de [42 ] acá del foso y, como era preciso ir a buscar lejos los materiales, continúa de momento el mismo plan de trabajo; asigna a cada legión un lado del campamento para fortificarlo y ordena que los fosos se hagan del mismo tamaño; mantiene sobre las armas frente al enemigo las restantes legiones sin [2] bagaje. Afranio y Petreyo, para atemorizar a nuestros soldados e impedir los trabajos, adelantan sus tropas hasta el pie de la colina y hostigan a los nuestros, pero César no interrumpe por ello la obra, confiado en el apoyo de las tres legiones [3] y en la protección del foso. Aquéllos, sin detenerse mucho tiempo ni alejarse demasiado de la falda de la colina, [4] vuelven sus tropas al campamento. Al tercer día 174 César fortificó el campamento con una estacada y ordenó que se le incorporaran las cohortes y el bagaje que había dejado en el anterior campamento.

[43 ] Había entre la ciudad de Lérida y la colina próxima, donde tenían su campamento Petreyo y Afranio, una llanura de trescientos pasos 175 aproximadamente y casi en medio de [2] ella un cerro de cierta elevación 176 ; César confiaba en que, si lo ocupaba y fortificaba, aislaría a los enemigos del puente de la ciudad y del abastecimiento que habían reunido en [3] ella. Con esta esperanza saca tres legiones del campamento y, habiendo formado la línea de combate en un lugar conveniente, ordena a los soldados que precedían a las enseñas [4] avanzar a la carrera y ocupar el cerro. Al advertirlo el enemigo, son enviadas rápidamente a ocupar este mismo lugar, por un camino más corto, las cohortes de Afranio que estaban [5] de guardia en el campamento. Se entabla combate y, como los soldados de Afranio habían llegado antes al cerro, rechazan a los nuestros y, con el envío de nuevos refuerzos enemigos, les obligan a volver la espalda y a replegarse hacia las enseñas de las legiones.

El modo de combatir de aquellas tropas era salir corriendo [44 ] al principio con gran ímpetu, apoderarse audazmente de un lugar, no conservar su formación cuidadosamente y luchar aislados y dispersos; si el enemigo les acosaba no [2] consideraban vergonzoso retroceder y abandonar el lugar, por estar acostumbrados a tal modo de lucha por sus enfrentamientos con los lusitanos y demás bárbaros; porque suele suceder que los soldados se habitúen al género de lucha de los países donde han estado mucho tiempo. Esta manera [3] de combatir trastornó a los nuestros que no estaban acostumbrados a ella; pues creían que iban a ser rodeados por el lado derecho 177 al verlos avanzar corriendo uno a uno; por parte, otra creían que era necesario guardar sus puestos, no apartarse de las enseñas ni abandonar sin grave motivo el lugar que habían ocupado. Así pues, desordenados los soldados [4] que precedían a las enseñas, la legión que estaba en aquella ala no pudo mantener su puesto y se retiró a la próxima colina.

César, viendo atemorizada casi toda su formación contra [45 ] su esperanza y la costumbre de sus tropas, exhorta a los suyos y envía en socorro la novena legión; detiene al enemigo, que perseguía a los nuestros audaz y denodadamente, le obliga a volver la espalda, a retirarse a la ciudad de Lérida y acogerse bajo la protección de la muralla. Pero los soldados [2] de la novena legión, impulsados por el ardor del combate, y queriendo resarcirse de la pérdida sufrida, siguen temerariamente a los fugitivos, avanzan hasta un lugar desventajoso y llegan junto al monte donde estaba construida la ciudad [3] de Lérida. Cuando quieren retirarse de allí, nuevamente los enemigos presionan a los nuestros desde un punto más elevado. [4] El lugar era escarpado, cortado a pico por los dos lados y de una extensión tal que sólo cabían en él tres cohortes formadas 178 y ni podían enviarse refuerzos por los flancos, ni la caballería podía prestar ayuda a los que estaban en [5] peligro. Pero desde la ciudad una pendiente suave descendía [6] en una longitud como de cuatrocientos pasos 179 . Por allí podían retirarse los nuestros, que habían avanzado temerariamente hasta aquel punto llevados por su ardor; se luchaba en este lugar desfavorable por la angostura y porque nuestros soldados estaban situados al mismo pie del monte de modo que ningún dardo se arrojaba inútilmente contra ellos. Sin embargo, resistían por su valor y su paciencia y soportaban [7] todas las heridas. Aumentaban las tropas enemigas y continuamente eran enviadas cohortes desde el campamento a través de la ciudad, de modo que las tropas de refresco relevaban [8] a los ya cansados. César se veía obligado a hacer lo mismo, enviar cohortes a aquel punto y retirar a los soldados agotados.

[46 ] Después de haber luchado ininterrumpidamente en estas condiciones durante cinco horas y estando gravemente acosados los nuestros por la multitud enemiga, agotados ya todos los dardos, nuestros soldados empuñan las espadas, atacan a los enemigos monte arriba, derriban a algunos y [2] obligan a los demás a retirarse. Rechazadas las cohortes enemigas hasta la muralla y llevados algunos por su miedo hasta el interior de la ciudad, se ofrece a los nuestros una fácil retirada. Además, nuestra caballería, aunque estaba situada [3] en un lugar más bajo y dominado, se esfuerza con gran valor en alcanzar la cima por los dos lados y, corriendo entre las dos formaciones, proporciona a los nuestros una retirada más fácil y segura. Se luchó con suerte variable. En el [4] primer encuentro cayeron unos setenta de los nuestros, entre ellos Quinto Fulginio, centurión del manípulo de hastati de la primera cohorte de la decimocuarta legión, que por su extraordinario valor había llegado a aquel puesto desde grados inferiores 180 ; fueron heridos más de seiscientos. De las tropas [5] de Afranio murieron el centurión primopilo Tito Cecilio 181 , otros cuatro centuriones y más de doscientos soldados.

[47 ] La impresión que unos y otros manifiestan sobre el combate de aquel día es la de que ambos habían resultado [2] vencedores: los soldados de Afranio porque, aunque a juicio de todos eran considerados inferiores, habían resistido tan largo tiempo el combate cuerpo a cuerpo, habían soportado el ataque de los nuestros, habían mantenido desde el principio el cerro que había dado motivo al combate y habían obligado a nuestros soldados a volver la espalda en el primer [3] encuentro; los nuestros por su parte, porque habían sostenido el combate durante cinco horas luchando en un lugar desfavorable y contra mayor número de tropas, porque habían subido monte arriba empuñando las espadas, porque habían obligado a volver la espalda al enemigo que ocupaba una posición dominante y le habían rechazado hasta el interior [4] de la ciudad. Los enemigos fortificaron con grandes obras el cerro por el que se había luchado, y pusieron en él una guarnición.

[48 ] Además, a los dos días de esta acción sucedió otro contratiempo inesperado 182 . Se produjo una tempestad tan grande que nunca se había visto en aquellos lugares mayor cantidad [2] de agua. Además, se fundió entonces la nieve de todas las montañas y el río se desbordó y cortó en el mismo día [3] los dos puentes que había hecho Gayo Fabio. Este accidente ocasionó grandes dificultades al ejército de César. Pues, como ya se ha dicho 183 , el campamento estaba entre los ríos Segre y Cinca, que distaban entre sí treinta millas 184 ; ninguno de los dos ríos podía atravesarse y todas las tropas estaban encerradas necesariamente en este estrecho espacio. Las [4] ciudades que habían hecho amistad con César no podían transportar el trigo, ni los que se habían alejado para forrajear podían regresar, cerrado el paso por los ríos; tampoco podían llegar al campamento los grandes abastecimientos que venían de Italia y la Galia. Además, la época era muy [5] difícil, porque no había trigo en los graneros y faltaba poco para que madurara en los campos 185 ; las ciudades estaban exhaustas porque Afranio había acopiado en Lérida casi todo el trigo antes de la llegada de César y, si algo había quedado, lo había consumido el mismo César en los días precedentes; las ciudades vecinas habían alejado por temor a la [6] guerra el ganado, que podía haber sido otro recurso para esta escasez. Los que habían salido para hacer forraje o aprovisionamiento [7] de trigo eran perseguidos por los lusitanos armados a la ligera y por los soldados de la Hispania Citerior, armados de rodela, que conocían muy bien aquellas regiones y a quienes era muy fácil pasar el río por ser costumbre de todos ellos no salir de campaña sin odres 186 .

El ejército de Afranio, por el contrario, tenía gran abundancia [49 ] de todo. Había hecho provisión y acopio de gran cantidad de trigo en el tiempo precedente; se le suministraba en gran cantidad de toda la provincia; tenía gran abundancia de [2] forraje. La posibilidad de todas estas cosas la suministraba, sin peligro alguno, el puente de Lérida y los lugares del otro lado del río que no habían sufrido daño, y cuyo acceso era totalmente imposible a César.

[50 ] Esta crecida se mantuvo durante varios días. Intentó César rehacer los puentes, pero ni lo permitía la magnitud de la crecida ni consentían que se llevara a cabo las cohortes [2] enemigas colocadas en la orilla; con facilidad podían impedirlo, tanto por la naturaleza del río y la gran cantidad de agua, cuanto porque los enemigos arrojaban dardos desde toda la orilla opuesta sobre un solo espacio de poca extensión; [3] era difícil, dada la velocidad de la corriente, llevar a cabo las obras y evitar los dardos al mismo tiempo.

[51 ] Se comunica a Afranio que está detenido junto al río un gran convoy que se dirigía a César. Venían en él arqueros de Rutenia 187 , jinetes de la Galia, con muchos carros y bagaje, [2] según costumbre gálica. Venían, además, unos seis mil hombres de todas clases, con sus esclavos y libertos; pero no llevaban ningún orden, ningún jefe determinado, cada uno iba a su propio arbitrio y todos caminaban sin temor, con la indisciplina [3] de jornadas anteriores. Había allí muchos jóvenes nobles, hijos de senadores y personas pertenecientes al orden ecuestre; embajadas de las ciudades; legados de César. Todos éstos estaban detenidos por la crecida de los ríos. [4] Afranio sale de noche con tres legiones y toda la caballería para aniquilarlos, y, enviando por delante la caballería, les ataca por sorpresa. Sin embargo, rápidamente los jinetes galos [5] se despliegan y entablan combate. Mientras pudieron pelear con armas iguales, resistieron aunque eran pocos a gran cantidad de enemigos; pero cuando empezaron a aproximarse las enseñas de las legiones se retiraron a los montes próximos con pocas pérdidas. El tiempo que duró este combate [6] fue de gran importancia para la salvación de los nuestros; pues aprovechando este tiempo se retiraron a lugares elevados 188 . Se perdieron en este día unos doscientos arqueros, pocos jinetes y un número no considerable de acemileros y bagaje.

Con todo esto aumentó el precio del trigo; lo que suele [52 ] suceder no sólo por la escasez actual, sino también por el temor del futuro. Había llegado la carestía a que un modio 189 [2] costara cincuenta denarios 190 ; las fuerzas de los soldados disminuían por la escasez de trigo y cada día aumentaban las dificultades; se había producido tal cambio de circunstancias [3] en tan pocos días y la fortuna se había inclinado de tal manera, que los nuestros estaban agobiados por una gran escasez de lo más imprescindible y los enemigos tenían gran abundancia de todo y eran considerados superiores. Como [4] no había trigo suficiente, César reclamaba ganado a las ciudades que habían hecho amistad con él; enviaba a los acemileros a ciudades más alejadas; él mismo intentaba mitigar la escasez presente por todos los medios a su alcance.

Petreyo, Afranio y sus amigos describían esta situación, [53 ] exagerada y aumentada, a los de su partido en Roma. Con los rumores se imaginaban más reveses de manera que parecía que la guerra estaba casi terminada. A la llegada de estas [2] cartas y mensajeros a Roma, las gentes se dirigían en gran número a casa de Afranio y se congratulaban grandemente; muchos partían de Italia para reunirse con Gneo Pompeyo, unos para ser los primeros en llevarle la noticia, otros para no parecer que habían esperado el resultado de la guerra o que eran los últimos en llegar.

[54 ] Cuando la situación estaba en este grado de dificultad y todos los caminos se encontraban ocupados por los soldados y jinetes de Afranio y no podían repararse los puentes, César ordena a los soldados que construyan naves de la clase que la experiencia en Bretaña le había enseñado en los años [2] anteriores 191 . La quilla y armazón se hacían de madera ligera; el resto del casco, hecho de mimbre trenzado, se cubría [3] con pieles. Una vez terminadas, las conduce durante la noche en carros unidos a veintidós mil pasos del campamento 192 ; en estas naves transporta al otro lado del río a los soldados y ocupa de improviso una colina próxima a la orilla. [4] La fortifica rápidamente antes de que lo advierta el enemigo. Después lleva allí una legión y, trabajando desde ambas [5] orillas, consigue terminar un puente en dos días 193 . De este modo recoge con seguridad el convoy y a los que habían marchado para buscar trigo, y empieza a facilitar el abastecimiento.

[55 ] Aquel mismo día transporta al otro lado del río gran parte de la caballería. Ésta ataca a los forrajeadores que estaban desprevenidos y esparcidos sin ningún temor, se apodera de gran número de animales y personas, y a la llegada de las cohortes de soldados armados con rodela enviadas en socorro, se distribuye hábilmente en dos partes: una para guardar el botín capturado, otra para resistir y rechazar a los que venían; rodean y aniquilan, después de haberla separado de las [2] demás, a una cohorte que había avanzado temerariamente ante las otras y se había apartado de la línea de combate; sin haber recibido daño vuelven al campamento, por el mismo puente, con gran cantidad de botín 194 .

Mientras sucede esto en Lérida 195 , los marselleses, por [56 ] consejo de Domicio, preparan diecisiete naves de guerra, once de las cuales eran cubiertas. A éstas agregan muchas [2] naves pequeñas para atemorizar a nuestra escuadra por el número. Embarcan en ellas gran cantidad de arqueros y gran cantidad de los albicos de que hemos hablado 196 , y los incitan con premios y promesas. Domicio reclama para sí una [3] cantidad determinada de naves y las llena de los colonos y pastores que había llevado consigo. Equipada la escuadra de [4] todo lo necesario, avanzan con gran confianza contra nuestras naves, que mandaba Décimo Bruto. Se hallaban éstas ancladas en la isla que está frente a Marsella 197 .

La escuadra de Bruto era muy inferior en número; pero [57 ] César había asignado para ella a hombres valerosos elegidos entre todas las legiones, centuriones y soldados que precedían a las insignias, que habían solicitado este servicio. Éstos [2] habían preparado garfios de hierro y arpones, y se habían equipado con gran número de picas y jabalinas y demás armas arrojadizas. Al conocer la llegada del enemigo, sacan sus naves del puerto y entablan combate con los marselleses. Se luchó por ambas partes con mucho valor y encarnizamiento; [3] los albicos, hombres rudos de las montañas, habituados a combatir, no eran inferiores en valor a los nuestros; [4] y como acababan de separarse de los marselleses, conservaban viva en su ánimo la reciente promesa de aquéllos; los pastores de Domicio, animados por la esperanza de alcanzar la libertad, deseaban probar su esfuerzo ante los ojos de su dueño.

[58 ] Los marselleses por su parte, confiados en la rapidez de sus naves y en la destreza de sus pilotos, eludían a los nuestros, burlaban sus ataques y, en cuanto les era posible extender su línea en un espacio amplio, intentaban rodear nuestras naves o atacar con muchas a una sola o, si podían, quebrar [2] los remos de las naves rozándolos al pasar; cuando no podían evitar un encuentro, dejando la pericia y maniobra de [3] los pilotos, recurrían al valor de los montañeses; era un inconveniente para los nuestros emplear remeros poco ejercitados y pilotos poco diestros, que habían sido llevados de repente desde las naves mercantes y aún desconocían los nombres de los aparejos; también por otra parte la pesadez y falta de celeridad de las naves, pues, construidas rápidamente [4] con madera aún verde, no tenían la misma rapidez. Así pues, cuando se presentaba la oportunidad de luchar cerca, exponían sin temor una nave contra dos enemigas y, echados los garfios y sujetas ambas naves, luchaban por las dos partes y abordaban las naves enemigas. Y, después de haber matado gran número de albicos y pastores, hundieron parte de las naves, apresaron algunas con la tripulación y rechazaron [5] al puerto a las restantes. Aquel día perdieron los marselleses nueve naves, contando las capturadas.

[59 ] Primero se anuncia a César en Lérida esta victoria y al mismo tiempo, terminado el puente 198 , cambia rápidamente [2] la fortuna. El enemigo, atemorizado por el valor de nuestros jinetes, hacía sus salidas con menos libertad y audacia; unas veces, se alejaban poco del campamento para poder acogerse a él rápidamente y forrajeaban en un espacio reducido; otras veces, daban un largo rodeo y evitaban así a los centinelas y los puestos de caballería, o bien por haber sufrido algún daño o ver de lejos a la caballería, huían abandonando su bagaje en el camino. Finalmente, habían decidido no forrajear [3] durante muchos días o, contra la costumbre general, forrajear de noche.

Mientras tanto, los oscenses y los calagurritanos 199 , que [60 ] eran tributarios de los oscenses, envían legados a César y le prometen obediencia. Hacen lo mismo los tarraconenses, jacetanos 200 [2] y ausetanos 201 y, pocos días después, los ilurgavonenses que habitan junto al Ebro 202 . Pide a todos estos [3] que le ayuden con trigo. Lo prometen y, requisando por doquier todas las bestias de carga, llevan trigo al campamento. Además, se pasa a él una cohorte de ilurgavonenses que, al [4] conocer la decisión de su ciudad, cambia de bando cuando está montando guardia. Se produce un rápido cambio de situación: [5] la terminación del puente, la alianza de cinco grandes ciudades 203 , el abastecimiento de trigo, la extinción de los rumores referentes a las legiones de refuerzo que se decía que venían con Pompeyo a través de Mauritania; por consiguiente, muchas ciudades más alejadas abandonan a Afranio y buscan la alianza de César.

[61 ] Puesto que los enemigos estaban amedrentados con estos sucesos, César, queriendo evitar el largo rodeo que siempre tenía que dar la caballería por el puente, decide hacer, en lugar apropiado, varias fosas de treinta pies de anchura 204 para desviar por ellas una parte del Segre y conseguir un [2] vado en este río 205 . Cuando ya estaban casi terminadas estas fosas, se apoderó de Afranio y Petreyo un gran temor de que se les cortara totalmente el abastecimiento de trigo y forraje, porque la caballería de César era muy poderosa. Así pues, deciden abandonar aquellos lugares y hacer la guerra en [3] Celtiberia 206 . Apoyaba también esta determinación el hecho de que, de los dos bandos contrarios en la anterior guerra contra Quinto Sertorio 207 , las ciudades vencidas temían el nombre y el poder de Pompeyo aun en su ausencia, y las que habían estado en su alianza le eran muy adictas por haber recibido grandes beneficios; sin embargo, el nombre [4] de César era menos conocido entre los bárbaros. Allí esperaban encontrar grandes refuerzos de caballería e infantería y pensaban prolongar la guerra hasta el invierno en lugares [5] ventajosos. Tomada esta decisión, ordenan buscar naves en todo el río Ebro y conducirlas a Otobesa 208 . Esta ciudad estaba junto al Ebro y distaba veinte mil pasos 209 del campamento. A esta altura del río mandan hacer un puente con [6] barcas unidas, pasan dos legiones al otro lado del río Segre y fortifican el campamento con una estacada de doce pies 210 .

Informado por los exploradores de esta tentativa, César, [62 ] con gran esfuerzo de los soldados y habiendo continuado día y noche la obra de desviar el río, había conseguido ya que los jinetes pudieran y se atrevieran a pasar el río, aunque con mucha dificultad y trabajo; pero la profundidad [2] del agua, y más aún el ímpetu de la corriente, impedían el paso a los soldados de infantería a los que el agua cubría hasta los hombros. Pero, sin embargo, la noticia de que los [3] enemigos tenían poco menos que terminado un puente en el Ebro llegó casi al mismo tiempo en que se conseguía un vado en el Segre 211 .

[63 ] Petreyo y Afranio pensaban ya que debían apresurar aún más su marcha. Así pues, dejan dos cohortes auxiliares para guarnición de Lérida, pasan todas las tropas al otro lado del Segre y establecen contacto con las dos legiones que habían [2] pasado el río días antes. No le quedaba a César más recurso que molestar y hostigar con la caballería a la columna enemiga. Pues su puente requería un gran rodeo, de manera que los enemigos podían llegar al Ebro por un camino mucho [3] más corto. Los jinetes enviados por César cruzan el río y, aunque Petreyo y Afranio habían levantado el campamento después de media noche, aparecen de repente sobre su retaguardia y, extendiéndose ampliamente, empiezan a retardar e impedir la marcha.

[64 ] Al amanecer 212 , se veía desde las alturas inmediatas al campamento de César 213 que las últimas tropas de la columna enemiga eran acosadas insistentemente por el ataque de nuestra caballería, algunas veces la retaguardia se detenía y suspendía la marcha toda la columna, otras veces atacaban y los nuestros eran rechazados por el ímpetu en masa de las cohortes; después, cuando otra vez habían iniciado la marcha, [2] nuevamente los nuestros les perseguían. En el campamento de César los soldados hacían grupos en todas partes y se dolían de que el enemigo se les escapara de las manos y de que la guerra se prolongara sin necesidad; van al encuentro de los centuriones y tribunos militares y les suplican que informen a César de que no trate de evitarles trabajo ni peligro alguno; que estaban dispuestos, podían y tenían ánimo para pasar el río por donde lo había pasado la caballería. [3] Estimulado César por estas manifestaciones de valor, aunque temía exponer el ejército a un río de tal magnitud, juzga, sin embargo, que es preciso intentarlo y hacer una prueba. En consecuencia, ordena seleccionar a los soldados más [4] débiles de todas las centurias, cuyos ánimos o vigor parecían incapaces de este esfuerzo. Los dejó, con una legión de [5] guarnición en el campamento; saca las demás legiones sin bagaje, coloca gran número de bestias de carga, curso arriba y curso abajo del río 214 , y pasa el ejército. Algunos soldados, [6] arrastrados por la corriente, son recogidos y ayudados por la caballería; pero ninguno muere. Pasado el ejército sin ninguna pérdida, César ordena sus tropas y empieza a avanzar en formación de batalla en tres líneas. Y fue tanto el [7] afán de los soldados que, a pesar de haber dado un rodeo que prolongaba el camino en seis millas y de la gran pérdida de tiempo producida por el paso del río, alcanzaron antes de la hora novena 215 a los que habían salido después de la media noche.

Cuando Petreyo y Afranio los vieron a lo lejos y los reconocieron, [65 ] asustados por la sorpresa, se detuvieron en un lugar elevado y formaron la línea de combate. César da descanso [2] al ejército en la llanura, para que no vaya cansado al combate. Pero cuando nuevamente los enemigos intentan avanzar los persigue y retarda su marcha. Petreyo y Afranio 3 se ven obligados a poner el campamento antes de lo que habían decidido 216 . Pues había cerca unos montes y a cinco mil pasos 217 de allí empezaban caminos estrechos y difíciles. Deseaban penetrar en estos montes para evitar la caballería [4] de César, colocar guarniciones en los desfiladeros, impedir el paso a nuestro ejército y llevar sus tropas al otro [5] lado del Ebro, sin peligro ni temor. Debieron haberlo intentado y llevado a cabo por todos los medios; pero, cansados por la lucha de todo el día y por la fatiga del camino, lo aplazaron para el día siguiente. También César pone su campamento en una colina próxima.

[66 ] Hacia media noche 218 son apresados por nuestros jinetes unos soldados enemigos que se habían alejado de su campamento para hacer provisión de agua; por ellos se informa César de que los jefes enemigos están sacando en silencio sus tropas del campamento. Al saberlo, César ordena dar la señal de marcha con las trompetas y que se den las voces [2] para recoger el bagaje al modo militar. El enemigo, al oír este clamor, temiendo verse obligado a entablar combate durante la noche y bajo el peso del equipaje o ser sorprendido en los desfiladeros por la caballería de César, suspende la [3] marcha y retiene las tropas en el campamento. Al día siguiente 219 sale Petreyo ocultamente con algunos jinetes para explorar los lugares. Igualmente desde el campamento de César es enviado Lucio Decidio Saxa 220 con un grupo para [4] examinar la naturaleza del terreno. Ambos vuelven con las mismas noticias: los cinco mil pasos primeros 221 eran de terreno llano; desde allí empezaban lugares escarpados y montañosos; el que primero ocupara estos desfiladeros impediría fácilmente el paso al enemigo.

En consejo de guerra se delibera por parte de Petreyo y [67 ] Afranio la fijación de la hora conveniente para emprender la marcha. Proponían muchos que se hiciera el camino de noche, porque se podía llegar a los desfiladeros antes de que el enemigo lo advirtiera. Otros apoyaban su opinión de que no [2] era posible salir ocultamente en el hecho de que la noche anterior se había dado la señal de marcha en el campamento de César. Decían que por la noche se desplegaba la caballería [3] de César y que amenazaba todos los lugares y caminos; además debían evitarse los combates de noche, porque en una guerra civil el soldado atemorizado suele obrar más por su temor que por el juramento prestado. Pero la luz del día [4] por sí misma produce gran pudor al encontrarse delante de todos y también produce mucha vergüenza la presencia de los tribunos militares y centuriones; todo esto suele sujetar a los soldados y mantenerlos en el cumplimiento de su deber. Por lo cual es preciso por todos los medios salir de día; aunque [5] se sufra alguna pérdida, sin embargo, la mayor parte del ejército puede llegar sin daño al lugar propuesto. Prevalece [6] en el consejo esta opinión y deciden emprender la marcha al amanecer del día siguiente 222 .

César, conocido ya el terreno, al amanecer saca todas [68 ] sus tropas del campamento y, sin ninguna dirección determinada, conduce su ejército dando un gran rodeo. Pues los caminos que conducían al Ebro y Otobesa estaban ocupados por tener los enemigos colocado allí el campamento. Tenía [2] que atravesar valles profundos y de difícil paso, en muchos lugares impedían el camino rocas escarpadas, hasta el punto de que era preciso pasarse las armas de mano en mano y que los soldados hicieran la mayor parte del camino sin armas y [3] ayudados unos por otros. Pero nadie rehusaba este trabajo porque creían que constituiría el fin de todas sus fatigas si podían impedir al enemigo la llegada al Ebro y cortarle el abastecimiento.

[69 ] Al principio los soldados de Afranio salían contentos del campamento para verlos y acompañaban a los nuestros con palabras afrentosas diciendo que, obligados por la falta del alimento necesario, huían y se volvían a Lérida. En efecto, la ruta era distinta de la propuesta, parecía que se caminaba [2] en dirección opuesta. Ciertamente sus jefes se alababan de haber tomado la decisión de mantenerse en el campamento; contribuía mucho a fortalecer su creencia el hecho de que veían que se había iniciado la marcha sin bestias de carga ni bagaje, de manera que se ratificaban en que no se podía sostener [3] más tiempo la escasez. Pero cuando vieron que la columna torcía lentamente hacia la derecha y advirtieron que ya los primeros habían rebasado la línea de su campamento, no hubo nadie tan tardo ni perezoso que no estimara preciso [4] salir inmediatamente del campamento e ir a su encuentro. Se da la voz de tomar las armas y, dejando unas cohortes de guarnición en el campamento, salen todas las tropas y se dirigen al Ebro en línea recta.

[70 ] La decisión de la lucha estaba colocada en la rapidez para ser los primeros en ocupar los desfiladeros y montes; las dificultades del camino retardaban la marcha del ejército de César, pero la caballería de éste, persiguiéndolas, detenía a [2] las tropas de Afranio. Sin embargo, los afranianos se habían puesto fatalmente en esta situación: si eran los primeros en ocupar los montes a donde se dirigían, ciertamente evitaban el peligro, pero no podían salvar el bagaje de todo el ejército ni las cohortes dejadas en el campamento, que, aisladas por el ejército de César, no podían en modo alguno recibir auxilio. César llega el primero y, encontrando a la salida de grandes [3] rocas una llanura 223 , forma en ella su línea de combate cara al enemigo. Afranio, al ver su retaguardia acosada por la caballería y al enemigo ante su vanguardia, alcanza una colina y allí se detiene. Desde allí envía cuatro cohortes de [4] rodeleros a un monte altísimo 224 que era visible por todos. Les ordena que lo ocupen lanzándose a la carrera con el propósito de dirigirse él mismo allí con todas las tropas y, cambiando el itinerario, llegar a Otobesa por las cumbres 225 . Cuando se dirigían allí, por camino oblicuo, les vio la caballería [5] de César y los atacó; los rodeleros no pudieron sostener ni un momento el impulso de los jinetes y, rodeados por ellos, fueron muertos todos a la vista de ambos ejércitos.

Era la ocasión de alcanzar la victoria. En efecto, César [71 ] veía claramente que el ejército, aterrorizado por haber sufrido a su vista tan grave daño, no podría resistir, especialmente al ser rodeado por todas partes por la caballería y entablándose combate en un lugar llano y en campo abierto; por todas partes los soldados le pedían que atacara. Iban a él los [2] legados, centuriones, tribunos militares a pedirle que no dudara en entablar combate; que el ánimo de todos los soldados estaba muy dispuesto; por el contrario, los afranianos [3] habían dado muchas muestras de su temor: no habían socorrido a los suyos, no abandonaban la colina, apenas hacían frente a las incursiones de nuestra caballería y, agrupando todas las enseñas en el mismo lugar, estaban apiñados y no guardaban sus formaciones ni sus puestos. Que si temía la [4] desventaja del lugar, encontraría posibilidad de combatir en algún otro terreno, porque inevitablemente Afranio tendría que abandonar aquel punto, pues no podría estar sin agua.

[72 ] César había concebido la esperanza de terminar la guerra sin combate y sin daño para sus tropas, puesto que había [2] cortado a los enemigos el abastecimiento; ¿por qué, entonces, iba a perder a algunos de los suyos, aun en un combate victorioso? ¿por qué iba a permitir que fuesen heridos soldados a los que debía agradecimiento? ¿por qué, finalmente, iba a tentar a la fortuna?, sobre todo cuando no es menos propio de un general vencer por habilidad que por las armas. [3] Le inducía también la conmiseración por los ciudadanos que habrían de morir; prefería obtener la victoria dejándolos sanos [4] y salvos. La mayoría desaprobaba esta decisión de César; incluso los soldados hablaban abiertamente entre ellos diciendo que, puesto que se dejaba escapar tal ocasión de conseguir la victoria, ellos no lucharían cuando César lo ordenase. Pero él persevera en su opinión y se retira un poco [5] de aquel lugar para aminorar el temor de los enemigos. Petreyo y Afranio aprovechan esta ocasión y se vuelven al campamento. César coloca puestos en los montes, impide todo paso hacia el Ebro y establece su campamento lo más cerca posible del campamento enemigo.

[73 ] Al día siguiente 226 los jefes enemigos, que se encontraban confusos por haber perdido toda esperanza de abastecerse de trigo y de alcanzar el río Ebro, deliberaban sobre la [2] decisión que debían tomar. Si querían volver a Lérida tenían un camino; otro, si se dirigían a Tarragona. Mientras deliberaban les anuncian que nuestra caballería atacaba a los que [3] hacían provisión de agua. Al tener conocimiento de ello colocan a pequeños intervalos puestos de caballería y de cohortes auxiliares entre los cuales intercalan cohortes legionarias y empiezan a construir una trinchera desde el campamento hasta el agua, a fin de poder abastecerse de ella sin temor, al abrigo de una fortificación y sin necesidad de establecer puestos. Petreyo y Afranio se reparten esta obra y [4] para llevarla a cabo se alejan del campamento

A su marcha, aprovechan los soldados la posibilidad de [74 ] hablar libremente, salen en masa y cada uno busca y llama al conocido o paisano que se encontraba en el campamento de César. En primer lugar, dan todos las gracias porque el [2] día anterior les habían perdonado la vida cuando estaban aterrorizados; por consiguiente vivían por su beneficio. Después se informan del respeto de su general a la palabra empeñada y si harían bien entregándose a él; se lamentan de no haberlo hecho al principio y de haber combatido con amigos y parientes. Animados con estas conversaciones, piden la [3] garantía del general sobre la vida de Petreyo y Afranio, para que no pareciera que habían concebido un crimen y traicionado a los suyos. Al recibir esta garantía, aseguran que pasarán al momento sus enseñas y envían a César, como legados para tratar de la paz, a los centuriones de más categoría. Entre tanto, unos llevan a sus amigos al campamento para [4] invitarlos y otros son llevados al campamento de César por sus amigos, de manera que ya parecía que de los dos campamentos se había hecho uno solo; muchos tribunos militares y centuriones vienen a César y se encomiendan a él; lo [5] mismo hacen los príncipes hispanos a quienes Petreyo y Afranio habían llamado y tenían consigo en el campamento como rehenes. Cada uno de estos buscaba al conocido o huésped por cuyo medio pudiera llegar a César. Incluso el [6] hijo adolescente de Afranio trataba con César sobre su vida y la de su padre por medio del legado Sulpicio 227 . Todo era [7] alegría y agradecimiento por parte de los que habían evitado tan gran peligro y de los que creían haber dado fin a tan gran empresa, sin ningún daño; a juicio de todos, César conseguía un gran fruto de su anterior moderación y todos aprobaban su decisión.

[75 ] Al enterarse Afranio de lo que sucedía, deja la obra empezada y vuelve al campamento, preparado, según parecía, a soportar con ecuanimidad y paciencia cualquier desgracia [2] que sucediera. Pero Petreyo no se desanima. Arma a sus esclavos; con ellos y con la cohorte pretoria de soldados armados con rodela y con unos pocos jinetes bárbaros, favorecidos por él, a los que solía llevar como escolta, se presenta de improviso en la trinchera, corta las conversaciones de los soldados, expulsa a los nuestros del campamento y mata a [3] los que coge. Los demás, aterrorizados por el peligro repentino, se agrupan, envuelven el brazo izquierdo con el manto 228 , empuñan las espadas y de este modo se defienden de los rodeleros y de los jinetes, confiados en la proximidad del campamento a donde se retiran siendo protegidos por las cohortes que estaban de guardia en las puertas.

[76 ] Después de esto, Petreyo recorre llorando los manípulos, llama a los soldados y les conjura a que no pongan en manos del enemigo para la muerte, ni a él mismo, ni a Pompeyo, [2] su general ausente. Rápidamente se forma una aglomeración en el pretorio 229 . Pide que todos juren no abandonar ni traicionar al ejército ni a los jefes, ni tomar ninguna decisión [3] aparte de los demás. Él mismo jura el primero esta fórmula; obliga a Afranio a hacer el mismo juramento; siguen los tribunos militares y centuriones; los soldados, avanzando por centurias, juran lo mismo. Se da la orden de que [4] quien tenga consigo un soldado de César lo entregue; matan en el pretorio a la vista de todos a los soldados entregados. Pero muchos ocultan a los que habían recibido y de noche les dejan salir por la trinchera. Así, el terror suscitado por [5] los jefes, la crueldad del castigo y la renovación del juramento, disiparon por el momento la esperanza de entrega, cambiaron el pensamiento de los soldados y restablecieron la anterior situación de la guerra.

César ordena buscar con gran diligencia y dejar en libertad [77 ] a los soldados enemigos que habían ido a su campamento durante las conversaciones. Pero se quedaron con él [2] voluntariamente algunos de los tributos militares y centuriones, a quienes después tuvo en gran estimación; devolvió a los centuriones sus anteriores grados y a los caballeros romanos la dignidad de tribunos 230 .

Se encontraban los afranianos agobiados por la falta de [78 ] forraje y se proveían de agua con dificultad. Los legionarios tenían alguna cantidad de trigo, porque se les había ordenado sacar de Lérida trigo para ocho días, pero los soldados armados de rodela y las tropas auxiliares carecían de él, pues sus recursos eran escasos para adquirirlo y sus cuerpos estaban desacostumbrados a llevar peso 231 . Así pues, diariamente [2] pasaba al campo de César un gran número de ellos. Tal era la gravedad de la situación. Pero de los dos proyectos propuestos parecía más practicable regresar a Lérida, porque allí habían dejado algo de trigo. Confiaban en planear [3] allí el futuro. Tarragona estaba más lejos y comprendían que en este camino podrían sufrir muchos daños. Aprobado [4] este proyecto, salen del campamento. César envía delante la caballería para hostigar la retaguardia y retrasar su marcha y sigue él mismo con las legiones. No pasaba un instante sin que las últimas filas enemigas combatieran con nuestra caballería.

[79 ] El modo de combatir era éste. Cerraban la columna cohortes ligeras y muchas de ellas hacían frente en los lugares [2] llanos. Si había que subir un monte, la misma naturaleza del lugar evitaba fácilmente el peligro, pues los que iban delante [3] protegían desde la altura a los que ascendían; pero cuando se presentaba un valle o un lugar cuesta abajo y los que precedían no podían ayudar a los rezagados y, además, nuestra caballería arrojaba sus dardos desde posición ventajosa contra el enemigo que estaba de espaldas, entonces la situación [4] era muy grave. Sólo quedaba el recurso, cuando se aproximaban a tales lugares, de ordenar detenerse a las legiones y rechazar con gran ímpetu a la caballería y, una vez rechazada ésta, de repente descender todos al valle a la carrera y habiéndolo pasado de este modo, detenerse de nuevo en las [5] alturas. Pues lejos de recibir ayuda de su caballería, de la que disponían en gran cantidad, a ésta, atemorizada por los combates anteriores, la recogían y protegían en medio de la columna: ninguno de ellos podía apartarse de la formación sin ser alcanzado por la caballería de César.

[80 ] Luchando así se avanza lenta y paulatinamente, hay que detenerse a menudo para auxiliar a los compañeros, como [2] sucedió entonces. En efecto, después de avanzar cuatro mil pasos 232 duramente hostigados por nuestra caballería, ocupan un monte elevado 233 y en él fortifican el campamento en un solo frente cara al enemigo y no descargan los jumentos. Cuando advirtieron que estaba establecido el campamento [3] de César, montadas las tiendas y que los jinetes habían sido enviados a forrajear, se pusieron en marcha de improviso hacia la hora sexta 234 de aquel día y emprendieron el camino con la esperanza de que se demorara su persecución por la ausencia de nuestros jinetes. César, al observarlo, les sigue [4] con las legiones ya descansadas y deja pocas cohortes para guarnición del bagaje; ordena a éstas que le sigan a la hora décima 235 y que se llame a los forrajeadores y jinetes. Rápidamente la caballería vuelve a su cotidiana función durante la marcha. Se lucha duramente en la retaguardia hasta el [5] punto de que casi emprenden la huida los enemigos; muchos soldados e incluso algunos centuriones son muertos. La columna de César estaba muy cerca y amenazaba con la totalidad de sus tropas.

Entonces no hallando posibilidad de explorar un lugar [81 ] favorable para campamento ni de avanzar, se ven obligados a detenerse y colocan el campamento en un lugar alejado del agua y poco conveniente 236 . Pero César, por las mismas razones [2] que se han indicado antes 237 , no les ataca y no permite colocar las tiendas aquel día 238 a fin de que todos estuviesen más preparados para perseguir al enemigo, bien emprendiera [3] la marcha de noche bien de día. Ellos, al advertir el defecto de su campamento, durante toda la noche adelantan las fortificaciones y cambian el emplazamiento del campamento. Esto mismo hacen al día siguiente 239 desde el amanecer, [4] y emplean en ello todo el día. Pero cuanto más adelantaban en sus obras y llevaban más adelante el campamento, tanto más se alejaban del agua y remediaban el presente mal con [5] otros males. Durante la primera noche nadie sale del campamento para hacer provisión de agua; al día siguiente dejan una guarnición en el campamento y sacan todas las tropas para hacer provisión de ella, pero nadie es enviado a forrajear. [6] César prefería que sufrieran estos males y se vieran obligados a entregarse antes que presentarles batalla. Intenta, sin embargo, cercarlos con una estacada y un foso para evitar todo lo posible sus repentinas salidas, recurso al que [7] juzgaba que habían de acudir necesariamente. Los enemigos, obligados por la escasez de forraje y a fin de estar más libres para la marcha, ordenan dar muerte a todas las bestias de carga.

[82 ] En estos trabajos y proyectos se emplean dos días; al tercero 240 gran parte de la obra de César había salido adelante. Ellos, para impedir su continuación, dan la señal hacia la hora novena 241 , sacan las legiones y forman la línea de combate [2] junto al campamento. César retira a sus legiones de las obras de fortificación, ordena reunir toda la caballería y forma la línea de combate; pues le causaba gran desprestigio parecer que había evitado el combate contra la opinión de [3] sus soldados y de todos. Pero las mismas causas ya conocidas 242 le movían a no querer combatir; y tanto más cuanto que, incluso puestos en fuga los enemigos, la poca extensión del terreno no podía ayudar mucho a una victoria decisiva. En efecto, la distancia entre los dos campamentos no era de 4 más de dos mil pies 243 ; las dos formaciones ocupaban dos terceras partes de este terreno; la otra quedaba libre para la acometida y choque de las tropas. Si se entablaba combate, [5] la proximidad del campamento daba a los vencidos una rápida retirada en su huida. Por esta razón había determinado resistir si le atacaban, pero no iniciar el combate.

La formación de Afranio compuesta de cinco legiones [83 ] estaba dividida en dos líneas; las cohortes auxiliares en reserva ocupaban la tercera línea; la formación de César era [2] de tres líneas; constituían la primera cuatro cohortes de cada una de las cinco legiones; a éstas seguían tres en la segunda línea y otras tres en la tercera, pertenecientes a cada una de las legiones 244 ; los arqueros y honderos se encontraban en medio de la formación y la caballería cubría las alas. Con tal [3] formación era evidente que ambos bandos mantenían su propósito: César el de no entablar combate excepto si se veía obligado; los enemigos el de impedir las fortificaciones de César. Esta situación se prolonga y las formaciones de combate se mantienen hasta la puesta del sol; entonces unos y otros se retiran al campamento; al día siguiente 245 César se [4] dispone a terminar las fortificaciones empezadas; ellos a buscar un vado en el Segre, por si podían atravesarlo. Al [5] advertirlo César pasa al otro lado del río a los germanos armados a la ligera y parte de la caballería y coloca en las orillas numerosas guarniciones.

[84 ] Finalmente, asediados por todas partes, sin haber sacado a forrajear durante tres días a los animales, sin agua, sin leña, sin trigo, piden una entrevista, si es posible, lejos de los [2] soldados. Al rechazar César esta condición y conceder, si quieren, una entrevista pública, le entregan como rehén al [3] hijo de Afranio. Se reúnen en el lugar designado por César. Ante ambos ejércitos habla Afranio; dice que no se deben indignar contra ellos ni contra los soldados porque hayan deseado conservar la fidelidad a su general Gneo Pompeyo. [4] Pero que ya habían cumplido suficientemente su deber y habían soportado bastantes sufrimientos; habían padecido la carencia de todo; incluso ahora cercados casi como fieras se les priva de agua, se les priva de movimientos, y su cuerpo [5] no puede soportar el dolor ni su ánimo la ignominia. Así pues, se confiesan vencidos; suplican encarecidamente, si queda algún lugar para la clemencia, no verse obligados a llegar al último sufrimiento. Expone estas razones con la mayor humildad y sumisión posibles.

[85 ] A estas palabras respondió César que a nadie menos que a Afranio convenían estas lamentaciones y peticiones de [2] clemencia. Pues todos los demás habían cumplido con su deber; el mismo César, que no había querido entablar combate incluso en condiciones ventajosas, en lugar y tiempo favorables, con el fin de que todo estuviera lo más dispuesto para la paz 246 ; su ejército, que, a pesar de la injuria recibida y de la muerte de los suyos, había guardado y protegido a los que tenía en su poder; finalmente, los soldados del ejército de Afranio, que por su propia cuenta habían entablado negociaciones de paz en las que pensaron que debían procurar la salvación de todos los suyos 247 . Así, las acciones de [3] todos se habían basado en la clemencia. Únicamente los generales habían rehuido la paz; no habían guardado las leyes de las negociaciones, ni de las treguas, y habían dado muerte cruelmente a hombres desprevenidos y confiados en las conversaciones 248 . Así, pues, les había sucedido lo que generalmente [4] suele suceder a los hombres excesivamente tercos y arrogantes, que recurren y desean ardientemente lo que poco antes han despreciado. Ciertamente él no pretendía ahora [5] aumentar sus propias fuerzas por verlos humillados y tener una ocasión favorable, sino que quería que se licenciaran los ejércitos que durante muchos años habían mantenido contra él. Pues, en efecto, no por otra razón habían sido enviadas a [6] Hispania seis legiones y se había alistado allí la séptima, se habían preparado tan grandes escuadras y enviado generales expertos en la guerra. Ninguna de estas medidas se destinaba [7] a pacificar las Hispanias ni a las necesidades de la provincia, que no requería ningún auxilio por la larga duración de la paz. Desde hacía mucho tiempo todo esto se preparaba [8] contra él; contra él se establecían mandos de nueva creación, de modo que la misma persona dirigía la política de la Ciudad en las puertas de Roma y tenía durante tantos años el mando de dos provincias muy belicosas, estando ausente de ellas 249 . Contra él se habían cambiado los derechos de [9] las magistraturas, de modo que no obtuvieran el mando de las provincias, como siempre, los que salían de los cargos de pretor y cónsul, sino los aprobados y elegidos por unos poeos 250 ; en su perjuicio no se admitía la exención por la edad, puesto que generales probados en anteriores guerras eran [10] llamados al mando de los ejércitos 251 ; sólo contra él no se mantenía lo que siempre se había concedido a todos los generales, a saber, que después de una campaña victoriosa volvieran a Roma con algún honor o, al menos, sin ignominia [11] y licenciaran su ejército. Que, sin embargo, él había soportado pacientemente todas estas medidas y las seguiría soportando; y ahora no procuraba retener el ejército del que les privaba, lo que sin embargo no le sería difícil, sino que [12] ellos no lo pudieran utilizar contra él. Por lo tanto, como ya había dicho, que salieran de las provincias y licenciaran el ejército; si se hacía esto, él no dañaría a nadie. Ésta era la única y última condición de paz.

[86 ] Esto fue muy agradable y alegre para los soldados, como pudo advertirse por sus manifestaciones, pues, cuando esperaban un justo castigo, conseguían inesperadamente el premio [2] de su licenciamiento. En efecto, cuando se inició la discusión sobre el lugar y tiempo para ello, todos empezaron a manifestar con palabras y gestos, desde la trinchera donde estaban, que se les licenciara inmediatamente y que ninguna promesa podría garantizarles si se difería para más tarde. [3] Después de haber discutido en pocas palabras sobre una y otra opinión, se llega a la conclusión de que los que tuvieran domicilio o posesiones en Hispania, sean licenciados inmediatamente; los demás al llegar al río Varo 252 ; César garantiza [4] que ninguno de ellos recibirá daño ni será obligado contra su voluntad a alistarse.

César promete abastecerles de trigo desde entonces hasta [87 ] que lleguen al río Varo. Añade, además, que lo que cada uno de ellos haya perdido en la guerra y esté en poder de sus soldados, les sea restituido a quienes lo perdieron; paga a sus soldados en dinero el valor de estas cosas después de hacer una justa estimación. En todas las controversias que [2] tuvieron después los soldados entre sí, se sometieron espontáneamente al juicio de César. Las legiones, casi en rebeldía, [3] pidieron a Petreyo y Afranio su estipendio; ellos decían que aún no había llegado el plazo; así pues se pidió que César juzgara; y ambas partes quedaron contentas con su decisión. Licenciada aproximadamente la tercera parte del ejército en [4] los dos días siguientes, ordenó César que dos legiones suyas precedieran a los pompeyanos y les siguieran las restantes, de modo que establecieran el campamento a poca distancia unos de otros; puso al frente de esta misión al legado Quinto Fufio Caleno 253 . Siguiendo esta orden suya se hizo la marcha [5] desde Hispania hasta el río Varo y allí fue licenciado el resto del ejército.


1 Se trata de Lucio Cornelio Léntulo Crus y de Gayo Claudio Marcelo, quienes precisamente aquel día (el 1 de enero del 49 a.C.) tomaban posesión de su cargo.

2 La carta fue llevada a Roma desde Ravena, donde se encontraba César, por Gayo Escribonio Curión, quien acababa de terminar su mandato como tribuno de la plebe. Véase cap. 12. En esta carta César se ofrecía a licenciar su ejército siempre y cuando Pompeyo hiciera lo mismo con el suyo y se produjera una desmovilización general en Italia. César, con esta propuesta, se ponía en una situación de paridad con el poder establecido que resultaba inaceptable para el senado. A Curión, perteneciente en principio al partido de los optimates, logró César atraérselo a su causa mediante soborno.

3 Los tribunos de la plebe eran Marco Antonio y Quinto Casio Longino.

4 El cónsul Lucio Cornelio Léntulo era un decidido anticesariano, a quien César presenta como egoísta, violento y cobarde. Tras la derrota de Farsalia trató de refugiarse en Rodas y Egipto, donde murió asesinado.

5 Quinto Cecilio Metelo Pío Escipión, hijo de Publio Cornelio Escipión Nasica, había sido adoptado por Quinto Cecilio Metelo Pío; sin embargo, César se refiere siempre a él como Escipión. Suegro de Pompeyo, por el matrimonio de éste con su hija Cornelia, estos lazos familiares le llevaron a compartir parcialmente con Pompeyo el consulado del año 52. Se manifestó siempre como un convencido defensor del partido pompeyano. Como tendremos ocasión de ver, participó en la batalla de Farsalia y tuvo el mando general de las tropas pompeyanas en las operaciones descritas en el Bellum Africum .

6 En estos instantes Pompeyo en su calidad de gobernador de las dos Hispanias estaba revestido del imperium , lo que le impedía entrar en la ciudad, si no renunciaba antes a él, cosa que, cabe suponer, no le interesaba en absoluto.

7 Marco Claudio Marcelo, cónsul en el 51 a. C., era un destacado partidario de Pompeyo. Con todo, después de la batalla de Farsalia, consiguió el perdón de César y pudo así volver a Italia. CICERÓN alabó la actitud de César en el En defensa de Marcelo .

8 Marco Calidio, pretor en el 57 a. C., favoreció el retorno de Cicerón del exilio, a lo que éste correspondió alabando sus dotes de orador (Bruto 274).

9 Las dos Hispanias, la Citerior y la Ulterior, en las que todavía no había puesto los pies en esta ocasión.

10 En el año anterior el senado había exigido a César y a Pompeyo que se desprendieran de una legión cada uno con la finalidad de enviarlas a Oriente. César cedió una de la suyas y Pompeyo también, sólo que en su caso la legión escogida era la que en el año 53 le había cedido a César para reforzar la campaña de las Galias, con lo que, de hecho, era César el que había perdido dos legiones. Además, en base a pretextos diversos, las dos legiones no habían marchado a Oriente y seguían estacionadas en Italia y, por tanto, bajo la influencia de Pompeyo.

11 Marco Celio Rufo, tribuno de la plebe en el 52, defendido por Cicerón en el Pro Caelio , era un decidido partidario de César, de quien, sin embargo, se apartó en el 48 a. C. al ver frustradas sus aspiraciones políticas.

12 Esta fecha en cualquier caso rompería los acuerdos entre los triunviros que en principio habían decidido que César no abandonaría el mando de las legiones hasta alcanzar de nuevo el consulado en el año 48. Era lo mismo que pedirle a César la rendición incondicional.

13 Marco Antonio es el lugarteniente de César y, luego, rival de Octavio en la lucha por el poder que siguió al asesinato del dictador. Por su parte, Quinto Casio Longino es hermano de Gayo Casio, uno de los principales promotores del complot contra César. Aparece de nuevo en el Bellum Alexandrinum (49 y ss.) como gobernador cesariano de la Hispania Ulterior.

14 Las sesiones del senado estaban enmarcadas legalmente por la salida y la puesta del sol. El texto deja entrever, por tanto, cierta ilegalidad en la convocatoria de Pompeyo. Por otra parte, es dudoso si Pompeyo convocó a todo el senado o solamente a los senadores que estaban a su favor.

15 Cf. nota 10.

16 Partimos de la lectura adoptada por Mariner: Completur urbs, cliuus, comitium, tribunis, centurionibus, euocatis . El comicio era una explanada situada al norte del foro, delante de la curia; era el lugar indicado para la reunión de las asambleas del pueblo.

17 Lucio Calpurnio Pisón Cesonino había sido cónsul en el año 58 y era suegro de César.

18 Lucio Roscio Fabato, legado de César en las Galias (BG V 24, 2; 53, 6), desempeñaba el cargo de pretor urbano en este año 49 a. C.

19 Era el tiempo en que se estimaba un viaje de ida y vuelta de Roma a Ravena.

20 Marco Porcio Catón, llamado de Útica, biznieto de Catón el Censor; su conservadurismo republicano le llevó a oponerse tanto a César como a Pompeyo; de hecho en las elecciones para el consulado del año 51 a. C. había sido derrotado por los dos candidatos pompeyanos Marco Claudio Marcelo y Servio Sulpicio Rufo. Sin embargo, los avatares de la disputa entre los dos líderes le llevó a inclinarse por la causa de Pompeyo en la medida en que ésta estaba más próxima a los ideales republicanos encarnados por el senado y, luego, por lo que se verá en el BAf como única forma de luchar contra las tendencias absolutistas de César.

21 Lucio Cornelio Sila es el célebre dictador que lideró la causa de los optimates contra Mario, representante de los populares, en las guerras civiles de principios del siglo I a. C. Su férrea y sangrienta dictadura (82-79 a. C.) acabó, sin embargo, con un inusual caso de renuncia del propio dictador.

22 Cf. nota 5.

23 Antes de casarse con Cornelia, hija de Escipión, Pompeyo había estado casado con Julia, la hija de César, muerta de parto en el 54 a. C.

24 Cf. nota 10.

25 Es decir, que los tribunos de la plebe temían ya por sus vidas tan solo tras siete días de ejercer el cargo, cuando lo habitual era que no empezaran a temer represalias por el ejercicio de su potestad de veto hasta ocho meses después de ejercer el cargo, que era cuando empezaban a celebrarse nuevas elecciones, que podían otorgar el poder a sus rivales políticos.

26 El senatus consultum ultimum era el procedimiento formal por el cual se atribuían poderes extraordinarios a los cónsules o a otros magistrados en caso de máximo peligro para el estado.

27 El día tres y el día cuatro, en tanto que reservados para la reunión de los comicios, no pudieron celebrarse reuniones del senado.

28 Evidentemente, la valoración cambia según el punto de vista. Lo que para César son «peticiones moderadas», para CICERÓN (Fam . XVI 11, 2) resulta ser una carta «amenazante y durísima».

29 Sesiones celebradas el 8 y 9 de enero, precisamente fuera de Roma para permitir la presencia de Pompeyo.

30 Esta creencia obedecía a una intoxicación informativa promovida por los oficiales superiores de las dos legiones sustraídas a César (cf. PLUTARCO , César 29, 4; Pompeyo 57, 4; APIANO , Guerras civiles II 30).

31 Lucio Cornelio Sila Fausto unía a su condición de yerno de Pompeyo la de ser hijo del dictador Lucio Cornelio Sila (cf. nota 21). Su misión consistiría en atraer al partido pompeyano a los reyes Boco y Bógudo de Mauritania, hasta entonces aliados de César.

32 Juba, rey de Numidia, estuvo siempre de parte de Pompeyo, con quien le ligaban antiguos lazos de amistad familiar: su padre, Hiémpsal II, había obtenido el reino gracias a Pompeyo.

33 Gayo Claudio Marcelo era el colega de Léntulo en el consulado y partidario también de Pompeyo. Hermano del Marco Claudio Marcelo mencionado en I 2, 2.

34 Obsérvese cómo en este caso el veto del tribuno de la plebe Lucio Marcio Filipo no parece despertar ningún recelo especial.

35 Lucio Domicio Enobarbo había desempeñado el consulado en el año 54 a. C.

36 Este Lucio Marcio Filipo es el padre del tribuno Filipo al que se hace referencia en 6, 4. Había sido cónsul en el 56 a. C.

37 Lucio Aurelio Cota había sido cónsul en el 65 a. C. y elegido censor al año siguiente.

38 Detrás de las críticas de César se encuentra la lex Pompeia de prouinciis ordinandis, promulgada por Pompeyo en el año 52 a. C. Antes de esta ley los magistrados, cónsules o pretores, que cesaban en un cargo pasaban de forma automática a regir una provincia, de forma que no dejaban de tener el imperium (mando militar) en ningún momento. Con la modificación de Pompeyo las provincias pasaban a asignarse a los magistrados que hubieran cesado en el cargo cinco años antes, de manera que, al haber perdido el imperium en el período intermedio, éste debía serles renovado por la asamblea del pueblo. En suma, César critica que ni siquiera se aplique con rigor la Lex Pompeia , que ya de por sí le era adversa, al otorgarse gobiernos provinciales a Escipión y a Domicio, que todavía no habían cumplido con el período de cinco años de carencia, al tiempo que se excluía de esta posibilidad a Cota y a Filipo, padre, que sí tenían derecho a que se les adjudicara una provincia. El manto militar de color rojo (paludamentum ) era la insignia del mando militar o imperium .

39 No está nada claro a qué se refiere César, pues no sabemos de ninguna norma que impidiera la salida de los cónsules de la ciudad.

40 Se trata de los procónsules y propretores a los que se les acababan de adjudicar los gobiernos provinciales. Estos cargos electos, al no haberse sometido todavía al refrendo de la asamblea del pueblo, no eran para César más que simples ciudadanos privados.

41 Esta arenga debió de tener lugar en Rímini y no en Ravena, como se quiere hacer desprender del texto.

42 Tiberio Graco ocupó el Capitolio en el año 133 a. C.; su hermano Gayo Graco ocupó el Aventino en el 133; y, finalmente, Apuleyo Saturnino se apoderó también del Capitolio en el 100 a. C. A los tres intentos sediciosos respondió el senado con un senatus consultum ultimum que desembocó en la muerte de los tres reformadores.

43 Si bien es cierto que en sus nueve años de campaña (58-50 a. C) César había logrado el sometimiento de las Galias, es, en cambio, exagerado pretender la conquista de la Germania, que no llegó a producirse ni en los momentos más felices del Imperio.

44 César disimula en este episodio un hecho trascendental: el paso del río Rubicón, que marcaba la frontera entre la Galia Cisalpina e Italia, puesto que Rímini es la primera ciudad italiana que se encuentra tras cruzar el río. Mientras César se mantuviera más allá del río, estaría dentro de la legalidad; en cambio, el mismo hecho de poner los pies en la ribera italiana suponía actuar al margen de la ley. Consciente de ello, César difumina su acción intentando presentarla como la única salida que le quedaba vista la actuación del senado, cuando parece evidente que ya había iniciado las operaciones antes de conocer lo que decidirían los senadores o, quizá, presuponiéndolo exactamente. La llegada de César a Rímini se sitúa en el día 12 de enero del 49 a. C., día que puede considerarse con precisión como el del comienzo de la Guerra Civil.

45 De los dos Lucio Julio César, el padre había sido cónsul en el 64 a. C., fue legado de César en la Galia (52-49), pero se mantuvo al margen de la guerra civil; el hijo, en cambio, fue un decidido pompeyano que participó activamente en la campaña de África (cf. II 23, 3-4).

46 Esta misión no era otra que la de comunicar a César las decisiones tomadas por el senado.

47 Insiste César en lo que es el meollo legal de la cuestión: la pérdida del paraguas protector que le suponía el tener un ejército a su mando o el ejercicio de una magistratura. En efecto, el entramado de los acuerdos pactados en Luca por los triunviros en el 56 a. C. se venía abajo si César tenía que abandonar el ejército con anterioridad al 1 de julio del 49 a. C. (fecha en que comenzaban los comicios) para poder participar en las elecciones al consulado del año siguiente, cuando un plebiscito votado en el 52 a. C. le autorizaba a presentar su candidatura in absentia , mientras continuaba sus campañas en las Galias. Cf. Introducción.

48 Cf. cap. 1 y nota 2.

49 Las dos Hispanias, la Citerior y la Ulterior.

50 CICERÓN (Ático VII 14, 1) precisa que el encuentro tuvo lugar el 23 de enero en Teano y no en Capua. Sin embargo, la resolución sí se toma en Capua, dos días después.

51 La concisión, sin duda querida por César, parece que esconde algunos de los términos de la respuesta. En este sentido, Cicerón llega a hacerse pesado en su insistencia por reiterar que a César se le había ofrecido por parte de Pompeyo un segundo consulado y, además, el triunfo (Ático VII 15, 2-3; 18, 1; 26, 2; VIII 9, 2; 11d, 7; 12, 2). Asimismo, resulta también claro que César no sólo se había apoderado de Rímini, sino también de otras ciudades como Pisauro, Fano, Ancona y Arretio (Arezzo); de todas ellas exigía el senado que se retirase (CICERÓN , Ático VII 14, 1; Fam . XVI 12, 3). Con todo, importa señalar que no existe diferencia de enfoque con respecto a la obligación de licenciar al ejército, el único punto en el que César no estaba dispuesto a ceder.

52 En realidad, las ciudades aquí citadas ya habían sido ocupadas antes por César, entre el 12 y el 15 (cf. nota 51); sin embargo, el relato quiere dar a entender que la ocupación se produjo tras recibir la embajada de Roscio y Lucio César, quienes no pudieron llegar ante Julio César antes del 23 de enero.

53 Quinto Minucio Termo había sido tribuno de la plebe en el 64 a. C. y gobernador de Asia entre el 52 y el 50.

54 Actual Gubbio, al nordeste de Peruggia, en el interior, en la zona de influencia de la Via Flaminia .

55 Cf. nota 2.

56 Tanto Pisauro (actual Pésaro) como Rímini son localidades costeras del Adriático.

57 Actual Osimo, al sur de Ancona.

58 Publio Atio Varo, miembro distinguido del partido pompeyano, puso al servicio de Pompeyo la experiencia adquirida como gobernador de África. Volveremos a encontrarlo en las operaciones de África (BC II, 23-26, 33-36 y 41-44; BAf 45) y de Hispania (BH 27, 31).

59 El Piceno es la región situada entre los Apeninos y el Adriático, en torno a Ancona, su puerto principal.

60 Los decuriones eran los miembros del consejo que gobernaba las colonias y municipios de ciudadanía romana o latina. Su número variaba según la importancia de la ciudad y su condición era vitalicia e irrenunciable.

61 El primipilo era el centurión que comandaba la primera centuria de la primera cohorte y representaba el grado más alto entre los centuriones de cada legión.

62 Resulta un hecho constatado que el pánico en Roma se produjo a consecuencia del paso del Rubicón (11-12 de enero) y no de la toma de Áuximo (3 de febrero). Sólo así se explica que Pompeyo saliera de Roma el día 17 de enero y los cónsules el día 18. En consecuencia es sumamente creíble la conjetura que sitúa el capítulo 14 tras el 11, y ambos intercalados entre el 9 y el 10. Esta transposición, buscada o no, permite disimular el hecho de que César continuara la ofensiva mientras había negociaciones abiertas.

63 En el erario se guardaba el producto del impuesto del 20 por ciento sobre la liberación de esclavos; constituía la última reserva de Roma, a la que sólo se acudía en casos de extrema necesidad. El episodio está sujeto a controversia, si consideramos que APIANO (Guerras civiles II 41) y FLORO (IV 2, 21) acusan a César de ser él quien violentó el erario para apoderarse de su contenido.

64 El 17 de enero.

65 Es la región correspondiente al sudeste de Italia, actual Puglia.

66 Capital de la Campania, al norte de Nápoles.

67 La Lex Iulia agraria había sido aprobada en el año 59 a propuesta de J. César. En virtud de esta ley se repartió el terreno público de Campania entre veteranos de Pompeyo

68 No hay que descartar la posibilidad de que los pompeyanos consideraran peligroso tener una agrupación de gladiadores, propiedad de César, en el interior del territorio que controlaban.

69 Actual Cíngoli, al sudoeste de Ósimo.

70 Tito Acio Labieno es el principal lugarteniente de César en la campaña de las Galias. Ligado con Pompeyo por lazos de clientela, se pasó al bando de éste el 24 de enero (Cf. CICERÓN , Ático VII 13b, 3; 16, 4; Fam . XVI 12, 4).

71 La XII y la XIII. La legión XII, estacionada en la Galia, había sido reclamada por César antes del paso del Rubicón.

72 Actualmente Ascoli Piceno, era una plaza que permitía un control estratégico sobre la Vía Salaria que unía Roma con el Adriático.

73 Publio Cornelio Léntulo Espínter había sido pretor en el 60 y cónsul en el 57; en el 59 ejerció de propretor en la Hispania Citerior.

74 Abnegado pompeyano al que César no consiguió unir a su causa pese a haberlo hecho prisionero y liberado en dos ocasiones (cf. 23 y 38).

75 Gayo Lucilio Hirro había sido tribuno de la plebe en el 53; a él se debió en primera instancia la propuesta de nombrar a Pompeyo cónsul único en el 52.

76 Al noroeste de Ascoli.

77 Sobre el número de cohortes, nos acogemos al texto propuesto por Michel Rambaud.

78 Antigua capital de los pelignos, su emplazamiento sobre la Vía Valeria le confería un importante valor estratégico al dominar el acceso a Roma desde el este.

79 Actual Massa d’Albe, al norte de Avezzano, en la ruta de Corfinio a Roma.

80 Los marsos ocupaban la parte montañosa de la Italia central situada al sur del lago Fucino; y los pelignos, cuya capital era Corfinio, el valle del río Aternus .

81 Actual Fermo, junto a la costa, al norte de Ascoli.

82 Se trata del río Aternus , llamado actualmente Pescara. Tres mil pasos equivalen a 4,5 Km.

83 Evidentemente César carga las tintas para dejar entrever que Pompeyo abandona a los suyos. Sin embargo, desde el punto de vista pompeyano la cosa no es tan simple, si consideramos que Domicio, en realidad, se está resistiendo a obedecer las órdenes de Pompeyo de retirarse a Apulia para reagrupar sus fuerzas, tal como se recoge en dos cartas dirigidas por Pompeyo a Domicio y recogidas en el epistolario de CICERÓN (Cartas a Ático VIII 12b y 12c).

84 Traducimos a partir de la conjetura de Fabre, quina dena...iugera , en lugar del quaterna... iugera adoptado por Calonge.

Domicio había conseguido hacerse con importantísimas posesiones en tiempos de Sila (DIÓN CASIO , XLI 51). La yugada era una medida de superficie correspondiente al terreno que podía arar una yunta de bueyes en un día. La equivalencia actual de la yugada sería de 25 áreas; por tanto, las quince yugadas del donativo equivaldrían a poco menos de cuatro hectáreas.

85 A unos 10,5 Km al sudeste de Corfinio, Sulmona constituía una posición estratégica importante para Domicio, puesto que su pérdida le cortaba la línea de escape hacia las posiciones de Pompeyo e impedía la llegada de refuerzos.

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