Kitabı oku: «Viajes y viajeros, entre ficción y realidad»

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VIAJES Y VIAJEROS

ENTRE FICCIÓN Y REALIDAD

ALEMANIA-ESPAÑA

Berta Raposo Fernández,

Ingrid García Wistädt, eds.

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Esta publicación está enmarcada dentro del proyecto de investigación GV05/282,

financiado por la Generalitat Valenciana.


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, foto­químico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el per­miso previo de la editorial.

© Los autores, 2009

© De esta edición: Universitat de València, 2009

Coordinación editorial: Josep Cerdà (MuVIM) y Maite Simón (PUV)

Cubierta:

Imagen: Litografía coloreada reproducida en la revista Das Buch der Welt (1857), editada en Stuttgart por Carl Hoffmann. Biblioteca de Abilio Reig Ferrer (Mutxamel, Alacant)

Diseño: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: Communico CB

Realización ePub: produccioneditorial.com

ISBN: 978-84-370-7319-4

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CREDITOS

A MANERA DE PRÓLOGO, Romà de la Calle

INTRODUCCIÓN, Berta Raposo Fernández e Ingrid García Wistädt

FENOMENOLOGÍA DE LA ITINERANCIA ALEMANA EN ESPAÑA. CONTEXTOS, TEXTOS Y CONTRASTES, Miguel Ángel Vega Cernuda

ESPAÑA A TRAVÉS DEL PRISMA ALEMÁN: PERSPECTIVAS DEL MEDIEVO Y LA PRIMERA MODERNIDAD E INVESTIGACIONES IMAGOLÓGICAS, Albrecht Classen

UN VIAJERO ALEMÁN EN VALENCIA HACIA 1800: CHRISTIAN AUGUST FISCHER, Berta Raposo, Eckhard Weber

LA IMATGE PRÒPIA EN EL MIRALL DE L’ALTRE: VALÈNCIA I ELS VALENCIANS A TRAVÉS DELS QUADRES DE VALÈNCIA DE FISCHER I LA SEVA TRADUCCIÓ, Hang Ferrer Mora

EL BOTÁNICO VALENCIANO A. J. CAVANILLES EN SU RELACIÓN EPISTOLAR Y CIENTÍFICA CON ALEXANDER VON HUMBOLDT Y LOS BOTÁNICOS ALEMANES, María Rosario Martí Marco

EL VIAJERO WILHELM VON HUMBOLDT Y SUS SUCESORES: CARACTERIZACIÓN CULTURAL DEL PAÍS VASCO EN LAS DESCRIPCIONES DE VIAJE DEL SIGLO XIX, Garbiñe Iztueta Goizueta

VIAJES Y CIENCIA: LOS VIAJEROS ALEMANES Y SUS INVESTIGACIONES CIENTÍFICAS EN ESPAÑA DURANTE EL SIGLO XIX, Sandra Rebok

EL VIAJE: ELEMENTO CLAVE DEL PROGRESO CIENTÍFICO-TÉCNICO. LOS HERMANOS DELHUYAR Y JOAQUÍN EZQUERRA DEL BAYO EN LA ACADEMIA DE MINAS DE FREIBERG (SAJONIA), María José Gómez Perales

VICTOR AIMÉ HUBER COMO HISPANÓFILO, Dietrich Briesemeister

EIN WINTER IN SPANIEN (1855) DE FRIEDRICH WILHELM HACKLÄNDER. CONCEPTO DE VIAJE Y TÉCNICAS DE DESCRIPCIÓN, Sabine Geck

ALLÀ A ON LA MAR MEDITERRÀNIA DE PONENT ÉS MÉS FONDA: L’ILLA DE MALLORCA EN LA PROSA DE LLUÍS SALVADOR, ARXIDUC D’ÀUSTRIA, Ferran Robles i Sabater

VIAJEROS DE LENGUA ALEMANA DEL SIGLO XIX EN CANARIAS: BALANCE Y PERSPECTIVAS, Encarnación Tabares Plasencia, Marcos Sarmiento Pérez, José Juan Batista Rodríguez

EL VIATGE COM A INICIACIÓ: LES MEMÒRIES SPANIEN IM HERZE DEL BRIGADISTA SUÍS HANS HUTTER, Werner Garstenauer

LOS POEMAS DE ERICH ARENDT SOBRE ESPAÑA. SUJETO, HISTORIA Y ATEMPORALIDAD, Reinhold Münster

EL VIAJE LITERARIO, ESCENARIO PARA LA CRÍTICA DE LA SOCIEDAD DE LOS AÑOS 20 EN EIN PYRENÄENBUCH* DE KURT TUCHOLSKY, María Ángeles López Orellana

PREPARATIVOS PARA LA ESCRITURA EN SORIA O VERSUCH ÜBER DIE JUKEBOX DE PETER HANDKE, Anna Montané Forasté

LAS CRÓNICAS ALEMANAS DE JULIO CAMBA: EL ESCRITOR COMO SUJETO DE EXPERIMENTACIÓN, Ingrid García Wistädt

¿LA «VERDADERA» ALEMANIA? EJEMPLOS DE LA HERMENÉUTICA DE LO AJENO Y DE LO PROPIO, Bernd F. W. Springer

EL VIAJE COMO EJE VERTEBRADOR DEL RELATO: ETAPAS DE VIAJE Y ETAPAS VITALES EN LAS NOVELAS DE STEN NADOLNY, José- Antonio Calañas Continente

A MANERA DE PRÓLOGO

En noviembre del 2004 comenzamos una de las diversas aventuras que han consolidado la trayectoria del Museu Valencià de la Il·lustració i de la Modernitat, la del Centro de Estudios y de Investigación, con un congreso monográfico con motivo del bicentenario de la muerte del gran pensador alemán Immanuel Kant. Desde entonces en la «fórmula MuVIM» no sólo la fi losofía ha tenido holgada cabida (Schiller, Hegel, Rousseau, Lévinas, Santayana), sino que también el museo se ha abierto, convirtiendo en objeto de reflexión al resto de humanidades, a las ciencias sociales y, por supuesto, a las bellas artes en sus fronteras y actualización contemporánea. Así lo atestiguan suficientemente los diferentes encuentros de fotografía, de diseño, dibujo, de fundamentación estética, de museología, de educación artística, de historia y de un largo etcétera, que han sido desarrollados en nuestros programas.

En el año 2007 seguimos abriendo espacios de debate, esta vez con la filología. Nuestro decimosexto congreso, en poco más de un trienio, celebrado los días 5, 6 y 7 de marzo de ese año, lo dedicamos monográficamente al ámbito de la literatura, y en concreto a la literatura de viajes, una sugerente forma de ficción no demasiado lejana de la realidad que, de hecho, nos acerca poderosamente a nuevas realidades. No fue casualidad, pues, que el título del encuentro fuera, de manera explícita, «El viaje en la literatura entre fi cción y realidad. Alemania-España». Precisamente inserto entre la ficción y la realidad se encuentra el subgénero de la literatura de viajes. Uno de los objetivos prin cipales del congreso fue debatir el lugar de España en el espacio cultural europeo común, así como los posibles choques culturales producidos/experimentados, por una parte, entre viajeros alemanes en la península y, por otra, entre viajeros españoles en tierras germánicas, experiencias que habrían propiciado precisamente el encuentro entre dos culturas, no siempre tan cercanas como a primera vista pudiera parecer.

Para ello establecimos una fructífera colaboración con el Departament de Filologia Anglesa i Alemanya de la Universitat de València-Estudi General y, en concreto, con la activa profesora Berta Raposo y el inquieto Grupo Oswald. El Congreso efectivamente fue un éxito a muchos niveles y uno de los indicadores más claros es que superamos los doscientos matriculados en aquellas jornadas de trabajo y reflexión. Esperemos que este libro, explícita invitación al viaje y a la inmersión en la literatura, también despierte, al menos, tanto interés como aquella memorable convocatoria.

Con este volumen, presentamos al lector las principales aportaciones de las sesiones del Congreso, que contó también con una notable participación de profesores intervinientes. Así, a la nómina de los tres destacados ponentes, Miguel Ángel Vega, de la Universitat d’Alacant; Albert Classen, de la University of Arizona, y Dietrich Briesemeister, se le unió asimismo un sólido grupo de investigadores y especialistas, provenientes de diversas universidades españolas y de centros de investigación superiores, que nos aportaron concretamente dieciséis comunicaciones, las cuales ahora finalmente ven la luz.

Quiero, muy sinceramente, como director del MuVIM, citar y agradecer el respaldo de las instituciones que colaboraron en el congreso: el Goethe Institute, el Centro Alemán y el Schweizer Kultursiftung Prohelvetia. Igualmente, deseo insistir en nuestra plena satisfacción por la adecuada organización conjunta, que a lo largo de todo el proceso hemos mantenido, con el Departament de Filologia Anglesa i Alemanya de la Universitat de València-Estudi General y con la profesora Berta Raposo y el Grupo Oswald. De hecho, esta colaboración ha continuado muy eficazmente luego y también ha seguido dando sus frutos: en abril del 2008 hemos llevado a buen término un nuevo congreso, esta vez sobre el no menos sugerente tema de «La guerra y los viajes», que esperamos asimismo ver editado en los próximos meses.

No es posible tampoco olvidar la eficiencia del Centro de Estudios e Investigación del MuVIM, cuyo equipo se ha convertido en el mejor recurso organizativo de estas actividades, facilitando la sinergia entre las instituciones y la colaboración entre las personas.

Finalmente, les invito, desde estas líneas de presentación, a descubrir este libro, coeditado por Publicacions de la Universitat de València, que, fruto de la investigación, está construido a partir de un conjunto de viajes, algunos desarrollados por el Mediterráneo, otros por tierras centroeuropeas y algunos otros por latitudes más lejanas. Espero que les transporte a nuevos y prometedores espacios intelectuales.

De hecho, la modernidad supuso, entre otras muchas cosas, el intenso desarrollo de las comunicaciones y el incremento creciente de viajes y de viajeros y, por tanto, también de los contactos e intercambios culturales que de todo ello directamente se derivan. Al fin y al cabo, todas las modernidades históricas y/o actualizadas, también las literarias, por supuesto, son y serán bienvenidas en el MuVIM.

ROMÀ DE LA CALLE

Director del MuVIM

INTRODUCCIÓN

El viaje es un espacio emblemático del encuentro, del diálogo y de la apertura de horizontes. Si nos preguntamos por lo específico de las experiencias hechas por viajeros de habla alemana en España (y en menor medida, de habla española en Alemania), nos encontramos con un proceso paulatino de conocimiento y de acercamiento de dos culturas, separadas en un principio no sólo por una considerable distancia geográfica, sino también por un abismo cultural e histórico, que al profundizar en la investigación sobre él, a veces se revela como más aparente que real. Se trata del encuentro entre el norte y el sur, un sur que no es el suelo clásico que entusiasmó a Goethe, sino un espacio todavía por descubrir que se fue revelando poco a poco, desde la Edad Media tardía hasta el siglo XX.

También es indudable que la literatura de viajes tiene un carácter híbrido de ficción y realidad. Por un lado, puede tener un indudable valor documental para el estudio de la historia de la cultura. Por otro, hay relatos de viaje cuyo valor literario y estético no tiene nada que envidiar al de las mejores obras de ficción. Pero además, hay un tercer aspecto que entra aquí también en consideración: el viaje como tema o motivo literario, hasta el punto de que, empezando por la Odisea, que relata el viaje de Ulises a su patria, grandes y pequeños autores de la literatura universal se han servido y se sirven de este tema, tanto en sentido material como metafórico: el viaje de la vida, el viaje iniciático, el viaje onírico.

La diversidad y amplitud de la literatura de viajes surgida de los contactos culturales hispano-alemanes, los dispares contextos y formas en que se desarrolla, así como la interpenetración de la ficción y de la realidad que ahí se refleja, se irán mostrando en los siguientes artículos, que son las versiones reelaboradas de las ponencias y comunicaciones presentadas en el Congreso «Alemania-España. Viajes y viajeros entre ficción y realidad», celebrado en el MuVIM del 5 al 7 de marzo del 2007, a cuyo director y colaboradores agradecemos calurosamente su generoso apoyo en la organización de este importante evento.

Al comienzo, Miguel Ángel Vega se plantea una reflexión teórica sobre el fenómeno del viaje, cuya esencia cultural ve en la activación de la capacidad admirativa del individuo. Pero, por otro lado, también muestra ciertas deficiencias estructurales que dan lugar a tópicos, clichés y estereotipos que se hacen muy visibles en el caso hispano-alemán.

A partir de aquí, los artículos siguen un orden cronológico. A finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna, la Península Ibérica deja de ser un espacio nebuloso y desdibujado para Centroeuropa gracias a los numerosos relatos de viajes que Albrecht Classen revisa e interpreta en su artículo desde el punto de vista de la historia de las mentalidades.

Si el paso del siglo XV al XVI supuso la entrada de España en el marco de percepción consciente de los países de habla alemana, el final del XVIII y principio del XIX marcan otro hito en el camino del conocimiento de este país fuera de sus fronteras. Los viajeros ilustrados se esfuerzan por captar una nueva imagen del país, objetiva y libre de prejuicios. Christian August Fischer, de quien Berta Raposo y Eckhard Weber trazan una breve semblanza biográfica, puede considerarse como representante típico de esa nueva visión, aderezada con impresiones personales llenas de amenidad y viveza. Como expone Hang Ferrer en su artículo, Fischer dedicó especial atención a Valencia, trazando de ella una imagen idílica, sólo ocasionalmente relativizada por ciertas observaciones críticas. La fuente principal de Fischer fue la obra del botánico valenciano Antonio J. Cavanilles, quien como científico de gran prestigio internacional mantuvo una estrecha re lación personal y epistolar con Alexander von Humboldt, como lo muestra Ro sario Martí, al resaltar además los puntos en común existentes entre ambos, tanto en sus métodos como en sus objetivos científicos. Por su parte, Wilhelm von Humboldt, aunque también viajó por toda España, centró su atención en el País Vasco, de manera comparable a lo que hizo Fischer con Valencia, marcando así el camino a posteriores viajeros e investigadores, como puede verse en el artículo de Garbiñe Iztueta. También Alexander von Humboldt desempeñó un papel pionero, analizado por Sandra Rebok, que parte de él para luego presentar a otros viajeros alemanes que visitaron España en el siglo XIX con objetivos científicos, que evolucionan desde una mirada holística a principios de siglo hacia una especialización cada vez mayor.

Pero no son sólo científicos alemanes los que viajaron a España. También desde España salieron rumbo al norte. Los hermanos Delhuyar y J. Ezquerra son un ejemplo de ello. M.ª José Gómez Perales nos presenta su viaje y estancia en la Academia de Minas de Freiberg entre 1778 y 1781, la repercusión que tuvo este viaje en su formación, tanto personal como profesional, y la importancia que tuvo para posteriores avances científicos.

Es evidente aquí la diferencia con los viajeros que podríamos llamar «románticos», y que están representados en este volumen por Victor Aimé Huber, a quien Dietrich Briesemeister dedica un extenso y profundo estudio, destacando su condición de hispanista y profesor universitario en una época en la que despuntaban las filologías nacionales como disciplinas universitarias; las experiencias españolas de Huber fueron decisivas para la configuración del hispanismo académico en Alemania.

Sabine Geck, por su parte, nos presenta a un viajero hoy prácticamente olvidado pero muy leído en su época, Friedrich Wilhelm Hackländer. En su relato de viaje Winter in Spanien nos describe sus experiencias y aventuras durante el viaje que realizó en el invierno de 1853/1854 por diferentes ciudades de España. No sólo su visión del país, sino también su concepto de viaje, son representativos para toda una época. Destacan en su relato unas descripciones que ahondan en el detalle, intentando asemejarse a una plasmación fotográfica.

A medio camino entre los viajeros científicos y los románticos puede situarse el archiduque Luis Salvador de Austria, afincado en Mallorca después de extensos viajes por tres continentes; en el artículo de Ferran Robles sobre él se muestra cómo su ansia de conocimiento se desarrolla en dos vertientes: la antropogeográfica y sociológico-descriptiva, por un lado, y en el sentimiento del paisaje y la recreación literaria, por otro.

Los viajeros alemanes llegaron también a la España más alejada de la Península, a las Islas Canarias, pero poco se ha escrito sobre ellos. De estos viajeros, todavía del siglo XIX, nos hablan Encarnación Tabares, Marcos Sarmiento y José Juan Batista. Dos son los aspectos que tratan para cada uno de los autores-viajeros que presentan: por un lado, el viaje real al archipiélago y, por otro, el registro de lo que encuentran en el viaje, que puede ser en forma de ensayo –de carácter científico, político-económico o etnográfico– o, como es el caso sobre todo de las mujeres, en una forma que se acerca mucho a la tradicional guía de viajes.

Llegado el siglo XX, la Guerra Civil Española se convierte en un poderoso foco de atracción para jóvenes luchadores de numerosos países, entre ellos también los procedentes del ámbito cultural alemán. Werner Garstenauer nos presenta al brigadista suizo Hans Hutter, cuyas memorias no sólo se revelan como documento de viaje, sino también como una reflexión sobre el yo y lo ajeno, y como una iniciación. Reinhold Münster analiza la obra de Erich Arendt, igualmente combatiente en la Guerra Civil, y posteriormente uno de los poetas más interesantes de la RDA, que traza una imagen de España como símbolo de la posibilidad de rebelión contra un orden social prefigurado en los horrores de la guerra de Goya, pero también como una estación en el camino de la humanidad.

Sin embargo, ya antes de Guerra Civil los escritores alemanes se interesaron por España. Es el caso de Kurt Tucholsky, de quien nos habla M.ª Ángeles López Orellana. En Un libro sobre los Pirineos (1927), parodia del «relato de viaje» de Wilhelm von Humboldt al País Vasco, Tucholsky rompe con la idea a priori de la literatura tradicional de viajes y desarrolla nuevas formas de describir la realidad, al tiempo que aprovecha el viaje literario para hacer una crítica de la sociedad de los años veinte.

También a través del viaje literario, Anna Montané nos acercará a la última década del siglo XX con Versuch über die Jukebox de Peter Handke. Según la autora, esta obra tiene un carácter inaugural e insólito en la historia de la ficcionalización del viaje en Handke: desde un primer momento el viaje que se relata está unido a un proyecto literario, aunque en última instancia, la escritura es objeto en sí misma.

En el siglo XX encontramos también ejemplos de la mirada contraria, de cómo los españoles vieron Alemania. Éste es el caso, por ejemplo, del periodista y escritor Julio Camba, de cuyas crónicas desde y sobre Alemania trata la contribución de Ingrid García Wistädt. Las crónicas se presentan aquí como un juego de perspectivas en las que el autor se enfrenta de forma irónica a las diferentes culturas y deja en evidencia a la literatura de viajes convencional, que perpetúa falsos mitos y promueve los estereotipos nacionales. Bernd Springer, desde el punto de vista de la hermenéutica de lo propio y lo ajeno, analiza cómo se puede comparar la mirada de los españoles sobre Alemania con la percepción que los alemanes tuvieron o tienen de sí mismos.

Por último, con el fin de poder generalizar y abstraer un fenómeno que no está circunscrito a las relaciones hispano-alemanas, José Antonio Calañas pasa revista a algunas novelas de Sten Nadolny en las que el viaje aparece como eje estructurador del relato.

BERTA RAPOSO FERNÁNDEZ

INGRID GARCÍA WISTÄDT

FENOMENOLOGÍA DE LA ITINERANCIA ALEMANA EN ESPAÑA. CONTEXTOS, TEXTOS Y CONTRASTES[*]

Miguel Ángel Vega Cernuda

Universidad de Alicante

1. CONTEXTOS

El viaje: virtudes y virtualidades

En nuestra lengua madre, el latín, curiosum era aquello que precisaba o revelaba cuidado, atención. Y si algo precisa o revela atención es el saber, que a su vez despierta en nosotros la curiosidad. Esta curiosidad, según Aristóteles en su Metafísica, provocaba la admiración (thaumazein) que realimentaba la sabiduría al motivar la pregunta por las cosas y las causas que están más allá de lo físico e inmediato. En este contexto cabe decir que la itinerancia ha sido y es ocasión propicia para que lo extraño provoque esa activación de la capacidad admirativa del individuo que le lleva al comentario, al recuerdo, al diario, a la esencia cultural del viaje. Por eso, el viaje tiene las mismas raíces y efectos que el estudio: en ninguna otra situación surge el saber más espontáneamente que en el viaje, que, a impulsos de la admiración, provoca esa reflexión indagadora.

Pero el viaje es corriente que bebe de diversos hontanares. A la hora de emprenderlo, no menos importante que la curiosidad es la voluntad de individualidad: «Asueta vilescunt» decían los latinos, y para no envilecerse, para no embotar sentidos e inteligencia, el hombre busca el viaje. En él, el ser humano se pone a prueba, se decanta, se asombra, se conoce. Dígase de paso que, a pesar de sus profundas raíces anímicas, el viaje no es tarea fácil. Antaño, cuando ni el vapor ni los motores de combustión habían roturado nuestra tierra con vías férreas y autopistas ni la propulsión inseminaba el cielo con gases asfixiantes, el viaje era una experiencia iniciática, casi heroica, y, en la mayoría de los casos, creativa. Un aleatorio repaso a la historia de la humanidad nos permite comprobar que grandes capítulos de la creación han tenido un origen viajero: Diego de Anaya, obispo de Salamanca, acude al Concilio de Constanza y de él se trae el bello gótico pre-renacentista que, testimoniado en los sepulcros de su capilla en la Catedral Vieja de la ciudad castellana, derivaría en la eclosión del gótico flamígero. El contacto con los araucanos y la indómita naturaleza chilena hizo que Ercilla dejara de ser un mediocre cortesano y se convirtiera en el excelente creador épico de La Araucana. Fray Gabriel Téllez, Tirso de Molina, tendrá referencias de un tal Miguel de Mañara, al que transformará en el «burlador de Sevilla» o D. Juan Tenorio, gracias a un viaje fallido a América que, sin embargo, le había obligado a desplazarse a Sevilla. Goethe, gracias a su estancia de dos años en Italia (de Karlsbad había partido con la intención de pasar sólo unos meses) y su correspondiente plasmación literaria (Die Italienische Reise), cambió sus registros mentales y dejó de ser un pre-romántico para hacerse un clásico. De ahí en adelante, Alemania tuvo como punto de referencia una Antigüedad que dio origen a sus más grandes obras, a numerosos monumentos (en Múnich, Berlín

o Viena) y, lo que es más importante, a muchos comportamientos y actitudes culturales. Merimée logró configurar uno de los mitos de la humanidad gracias a un episodio de la vida andaluza del siglo XIX español que, en el transcurso de un viaje por nuestra tierra como funcionario de monumentos públicos, escucharía en casa de los Montijo. Heine, cuando, harto de la monotonía pequeño-burguesa de Göttingen, quiso espabilar las adormecidas mentes del Biedermeier, se dedicó a recoger por escrito las imágenes captadas en sus desplazamientos por la geografía alemana: los Reisebilder.

Una mención más amplia de los méritos culturales del viaje no debería omitir que fueron los peregrinos a Santiago los que extendieron el románico y el gótico por los caminos de Europa; que, tras sus respectivas estancias en Italia, Durero superó sus fantasmas medievales y Velázquez dulcificó su paleta; que, gracias a un viaje, el de Lutero a Roma, surgió la Reforma, que, sin duda, tuvo su impulso decisivo en las vivencias del entonces monje agustino en la ciudad que por aquel entonces se hacía eterna con las construcciones de Miguel Ángel; que el arte europeo del XVIII tuvo su carácter unitario gracias al trasiego de italianos que lo mismo trabajaban en San Petersburgo, en Kassel, en Viena o en La Granja; que el viaje a la Polinesia de Gaugin o el de van Gogh a Provenza supusieron el preludio al arte moderno; que el reconocimiento europeo de El Greco fue producto de los viajes de Rilke y Meier-Graefe a España; que el poema sinfónico Las Hébridas y la Sinfonía Italiana de Mendelssohn, el Capricho español de Rimski y el Winterreise de Schubert, El Holandés errante de Wagner, el Peer Gynt de Ibsen/Grieg, la Iberia o la Lindaraja de Debussy hacen referencia al viaje; que Teresa de Ávila alcanzó universalidad gracias al andariego jumentillo que la llevó por todas las latitudes de la España del XVI; que en aras del viaje, para que pudieran recorrerlas sus «orejones», el Inca trazó sobre las inmensas extensiones del Tahuantinsuyo unos caminos que salvaban latitudes, longitudes y alturas inmensas.

A todo esto hay que añadir otra virtualidad del viaje: la de haber producido una amplia gama de actitudes vitales, comportamientos sociales y tipos de hombre tales como el viajero, el viajante, el pionero, el descubridor, el misionero, el cómico de la legua, el conquistador, el guía turístico y, si me apuran, el aventurero y el pirata. En muchas ocasiones, el viaje proporciona la oportunidad de vivir al margen de la norma: Marco Polo, Colón, Vespucci, Casanova, Cagliostro y Lorenzo da Ponte son magníficos ejemplos de ese espíritu de aventura que sabe obviar la ley o la civilización en la itinerancia. Por eso, cuando el D. Giovanni mozartiano quería rendir cuentas de su vida de licencia no hacía sino mencionar las etapas, femeninas pero etapas, de su itinerancia viajera:

Madamina, il catalogo e questo

delle belle che amò il padron mio!...

In Italia seicentoquaranta,

in Almagna duecentotrentuna,

cento in Francia, in Turchia novantuno

ma in Ispagna son gia mille e tre...

Se podría agregar que gran parte de la literatura narrativa e incluso ensayística tiene como motivo el viaje a lo extraño o es producto de él. Viaje, o relato de viaje, son la Ilíada, la Odisea y la Eneida; la Anábasis de Jenofonte, Los milagros de Nuestra Señora, el Cantar del Mio Cid, el Quijote, El Lazarillo y el Simplicissimus; el Gulliver y el Robinson; las Letras persas de Montesquieu y las Letras marruecas de Cadalso; el Barry Lyndon de Fielding, el Códice Calixtino y toda esa enorme cantidad de letra escrita e impresa que llamamos precisamente literatura de viajes u «odepórica», desde el Viaje a Italia de Montaigne hasta los Viajes a España de Gautier, de Andersen o K. Uranis. Finalmente, si a todo esto añadimos que el viaje creó el ferrocarril, el automóvil y el avión; la carretera y el camino; la posada, la venta, el hotel, la hospedería conventual y el agroturismo, habremos hecho mención sumaria de lo que el viaje es: cultura en estado puro.

Hasta el teatro tiene, por nacimiento, referencia viajera: el carro de Tespis. Y uno de los primeros documentos que filmaron los pioneros del séptimo arte fue la llegada del tren a la estación.

Tipología del viaje

Como demuestra este leporello de los méritos de la itinerancia, ni el viaje ni el viajero son unívocos, sino polisémicos. Ese viaje que surca el mar de la cultura humana dejando una brillante estela de encuentros adquiere una naturaleza múltiple según la circunstancia en la que se inscribe y la finalidad que se propone. Un viajero emprende camino por obligación y otro por devoción. Uno pretende la formación, otro la aventura y un tercero la utilidad. Ni siquiera literaria o artísticamente el viaje es una vivencia uniforme. Como motivo literario, el viaje siempre ha sido diverso, variado, y el resultado de su formalización depende de las metas, los caminos, las noches y los días, las estaciones, la climatología y, sobre todo, de las intenciones del que lo ha emprendido. Eso hará que sea «sentimental», «romántico» o «maravilloso». Con propósito y valor de síntesis, cabría decir que en la realidad escritural del viaje se da una triple tipología: la informativa, la fictiva y la fantástica. Voluntad informativa tienen las «relaciones» que los oidores, conquistadores y regidores españoles dirigían a su Majestad Católica para darle noticia y fe de lo descubierto y de lo ignoto. Frente a este tipo de escritura «oficial», objetivo por la intención, el contenido y el destinatario, el carácter fictivo predomina en ese ajuste de cuentas del escritor con su pasado viajero, que es, no «relación», sino «relato». Ese carácter marca, por ejemplo, el Italienische Reise de Goethe, recuerdo literario de los dos años que el escritor se había concedido para realizar, a través de las fecundísimas experiencias italianas (la arquitectura del Palladio, el carnaval romano, los lazzaroni napolitanos, el borbotante Etna), el carácter formativo del viaje (el suyo había sido una Bildungreise); o los Literarische Reise-Skizzen. Spanien, del archiduque Maximiliano. También es relato de viaje, en otro código semiótico, la melancólica evocación de las estepas del Asia Central que realiza Borodin o la vibrante ocurrencia musical con la que Rimski-Korsakov recupera el mundo sonoro español en su Capricho. Finalmente, «viajes fantásticos» son esos «viajes cósmicos» o mágicos desplazamientos que, ayudados o promovidos por diablos cojuelos, instrumentos proto-científicos, fórmulas cabalísticas o pajarracos y animales de buen o mal agüero, emprenden seres imaginarios que dan expresión calenturienta al afán humano de ubicuidad: el mentiroso barón de Münchhausen, el «sinsombra» Peter Schlehmil con sus botas de siete leguas (Chamisso) o el Fausto goetheano con su transportista y guía Mefisto (como viajeros «recién llegados de España» se presentarán los dos aprendices de tunantes en la taberna de Auerbach). Por los tejados de Madrid (Vélez de Guevara, El diablo cojuelo); a través de Suecia (S. Lagerlöf, El maravilloso viaje de Niels Holgerson); en la caverna del rey de la montaña (Visen/Grieg, Peer Gynt); Alrededor del mundo en 80 días o Al centro de la tierra (Verne), a Lilliput (Swift) o a Phantasia (Michael Ende, Historia Interminable): en todas esas obras, el viaje en alas de la fantasía es condición y motivo para la observación irónica y benevolente consideración de las miserias humanas. Resumiendo, la crítica cultural del tema, la llamada «crítica odepórica», distingue ya

- el «viaje de aventuras», reales o de ficción (el Tartarín de Tarascón de Daudet o el de Nils Holgerson de S. Lagerlöf);

- el «viaje de misión» (el de Bernardino de Sahagún o el de Motolinia a México);

- el «viaje de descubrimiento» (Pigafetta, Cook y los numerosísimos conquistadores y exploradores);

- el «viaje diplomático» (el de G. di Carpine a Mongolia o el de B. de Castiglione a España);

- el «viaje de formación» o «de estudio» (el Viaje italiano de Goethe);

- el «viaje guerrero», la expedición o razzia (los que narran la Odisea y la Anábasis);

- el «viaje iniciático y de peregrinación» (el Codex Calistino de la catedral de Santiago);

- el «viaje de exilio» (el de Mme. d’Aulnoy o el de Casanova en España);

- el «viaje de trabajo» (de comercio, de mercadeo, etc.), no exclusivo del moderno ejecutivo;

- el «viaje artístico», más conocido como tournée y, finalmente,

- el turismo o «viaje de placer», el menos creativo, aunque, de todas maneras, ahí están ese mestizaje cultural y étnico que cuenta en su haber.[1]

En todas estas variantes del viaje siempre está presente la experiencia de la alteridad, que objetivamente constituye, junto con la itinerancia, la esencia del viaje. Pero justo es advertir que de todas las formas de desplazamiento (turismo, peregrinación, vagancia, andanza, emigración, etc.) sólo una merece en sentido estricto el nombre de viaje: aquella que en las intenciones del vagante, andante o turista guarda un deseo de retorno al origen, al término ex quo. De lo contrario, se tratará de emigración, vagancia, Wanderschaft o nomadismo. Cuando el Geselle u oficial artesano del Medievo emprendía con su hatillo al hombro su Wanderschaft, intencionalmente excluía, si no el deseo, sí la posibilidad de regreso a la patria, ya que en las condiciones del gremio al que pertenecía (de zapateros, pañeros o toneleros) iba implícita la imposibilidad de establecerse allí donde le habían enseñado los principios y gajes de su arte y oficio. No era viaje el errar goliárdico del Archipoeta, que, en unión de una cohorte de parásitos poetastros, acompañaba a Barbarroja en sus hazañas bélicas y correrías políticas por Italia, sustentándose del agrado que sus Vagantenlieder (canciones goliárdicas que inspirarían los Carmina Burana) pudieran producir en la imperial benevolencia. Los goliardos o vagantes excluían la preocupación por el mañana, por la patria o por el retorno, y sólo contaban con el goce del presente y el aquí: «In taberna quando sumus non curamus quid sit humus», proclamaban como ideal de vida. En efecto, en la taberna no se preocupaban del polvo en el que se convertirían. Sólo el más inmediato presente, representado por los dados, el vino y las mujeres («Wein, Weib und Würfelspiel» era su lema), entraba en su horizonte. Tampoco era viaje la empresa del aventurero extremeño, llamárase Valdivia, Almagro o Pizarro, hechos a la aventura de la conquista en Nueva España o Nuevo León para encontrar una nueva patria, además gloria, poder..., y oro. No lo era el errar del ingenioso Hidalgo en busca de un ideal imposible. Viaje, por el contrario, es la «huida a Egipto» o el paso del Mar Rojo y los 40 esperanzados años por el desierto del Sinaí; viaje es el del tunante de Eichendorff (Aus dem Leben eines Taugenichts), que, a su regreso a la Viena de la Restauración, puede realizar el deseo del reencuentro con la amada; viaje es la emigración americana de los escritores alemanes (Mann, Brecht, Döblin) que, en medio de la terrible melée bélica e ideológica, ansían el retorno a las raíces propias, las de la ilustración alemana; viaje es la navegación errática por las costas mediterráneas del héroe de Ítaca, al que su mujer aguarda tejiendo y destejiendo los hilos de la espera-esperanza. Il ritorno d’Ulise in patria: he ahí el viaje antonomásico, el de quien, tras la partida, forzada o de grado, ansía el regreso, el reencuentro con la esposa, la paz del hogar, el baño reparador que libera de los polvos del camino.

Las actitudes viajeras: el yo frente a la alteridad o «turismo» y «viaje»

En todo caso, cualquiera de estas modalidades de la movilidad puede producir un doble posicionamiento ante la alteridad: el que la utiliza como afirmación de lo propio y el que la contrasta para enriquecerse con lo ajeno o extraño. Estos dos posicionamientos se manifiestan de manera antonomásica en el turista y en el viajero: el viaje de iniciación, el de antaño, y el viaje de descanso, el turismo. Los viajes de Mozart por las cortes europeas eran parte integrante de la formación o de la propia manera de ser. Frente a esto, los chaplinianos tiempos modernos han inventado el turismo, ese desplazamiento en allegro vivace que evita siempre el meditativo andante. En él, ante el choque de lo extraño, se activa un mecanismo de defensa que utiliza lo ajeno para confirmar lo propio, sin enriquecerlo. Hace ya unos años una pareja de ingeniosos franceses escribía acerca de la multinacional del tópico cuyo operario es el turista:

el turista cuando se predispone a serlo entra en el engranaje de una industria... El público-público, turista o no, el consumidor del tópico tableta, pertenece a esa inmensa mayoría que abandona la escolaridad a los catorce años y queda bajo la educación permanente de las mass media (Plumyene y Lasierra, 1973).

Inmersos en esa cultura del viaje masivo, se nos dan recetas-tableta para consumir en destino. Serían infinitos los ejemplos que podríamos aducir de ese imperio del tópico que se activa en esa situación de turismo de masas. En el viaje turístico, concebido como placer, el turista no da, exige sin cesión de nada, ni siquiera de la propia comodidad. El turista se percata de que la renuncia a la propia ignorancia es incómoda. Paga dinero para seguir donde estaba: instalado en el prejuicio, retornando con la maleta desbordada de souvenirs, que no de recuerdos, y con la reflexión inactiva a causa del embotamiento intelectual que le producen las comodidades caseras y las vivencias postizas que exige en destino.

La segunda actitud es consciente de que los valores que se le dan en el viaje –la percepción de lo extraño: los colores de la vestimenta, las facciones marcadas de los rostros, la belleza peregrina de la feminidad, las costumbres culinarias, las lenguas no entendidas– no son mercables sino a costa de esfuerzo e incomodidad: la que resulta de no encontrar lo propio en lo extraño, lo de origen en destino. No es sólo la renuncia a la comodidad, a la gastronomía acostumbrada, al cabezal muelle que acoge familiarmente el sueño, sino la renuncia a lo preconcebido, al prejuicio o al tópico –pedestal al que ascendemos nuestra personalidad–, como moneda de cambio para, en esa experiencia de lo extraño, poder sobrevivir. En el viaje entendido como formación, el tópico se destruye y de él se vuelve neófito de una nueva humanidad, más igualitaria, más solidaria.

La ética del viaje: entre parcialidad, casualidad y generalización

A pesar de sus saludables efectos culturales, inherente al viaje es un deseo estereotipador de las imágenes adquiridas y una voluntad narrativa. El viajero debe estar vigilante para no dejarse deslizar por la pendiente de la facilidad, de la generalización, del prejuicio. Cualquier circunstancia fortuita le desplaza hacia la verdad estereotipada, que, por serlo, será menos verdad. Y a este respecto, la casualidad y la parcialidad son vicios «vitandos» del viaje y su relato. El «viaje», frente a la «estancia», se reduce y limita a un breve lapso y a una región que, sin embargo, sirven de base de generalización, de extrapolación a conjuntos más amplios de espacio y tiempo. La imaginación del viajero y su deseo de encontrar un público para el relato amplían y adornan lo percibido. Por eso el viaje exige también su ética: la de la duración, la extensión y/o la repetición. Y su relato, objetividad. Quien pretenda realizar el viaje como fuente de vivencia culturalmente válida y como fuente documental de su visión del mundo, si no quiere ser injusto, debe repetir, ampliar, practicar la «excursión facultativa».

De esas deficiencias estructurales del viaje –precipitación, parcialidad, casualidad, vis narrativa– derivan muchas de la sombras de la «odepórica»: los tópicos, los clichés y estereotipos que, a lo largo de la historia de la común convivencia, provincias, regiones y pueblos se han dedicado mutuamente con fines de defensa –en el desgraciado supuesto de que el ataque es la mejor defensa– y que se han referido a los más diversos aspectos de la vida, tales como la cocina, la higiene, el urbanismo, el sexo, la manera de conducir... Un breve muestrario de prejuicios que hombres ilustres de nuestra cultura han mostrado por sus vecinos pone de manifiesto la manera tópica que el viajero tiene de percibir la realidad de lo extranjero: los suizos, según Heine, tendrían una manera mezquina de considerar la sociedad, «tan estrecha como sus valles». De España, este poeta alemán, de viaje por los Pirineos franceses pero sin haber pisado nuestro país, hablaba incluso de manera más despectiva. El mejor calificativo que nos dedicaba era el de comegarbanzos. Según Lutero, el aire, el agua y el vino italianos eran tan letales que exigían la intervención divina para salir con vida de Italia. Para Shelley, los italianos tenían «el aspecto de una tribu de esclavos estúpidos, sin ninguna chispa de inteligencia en los ojos». Para un anónimo inglés del siglo pasado, las francesas eran dechado... de suciedad íntima, opinión de las francesas por lo demás compartida por muchos españoles: «por debajo, las señoras son de una suciedad repulsiva... desbordan grasa y están tan amarillas como el azafrán».

L. Daudet ponía en entredicho el pensamiento alemán, más en concreto el de Kant, que resultaría tan temible como los cañones Krupp para cualquier francés que reflexionase. Para Claudel, la cocina inglesa, y en eso hay que darle la razón, no empleaba condimentos, sino anestésicos. Aquí el prejuicio se había convertido en verdad de perogrullo. Un francés contemporáneo, J. F. Revel, tiene en tan alta consideración la condición sexual de los italianos, que éstos «sólo son y sólo pueden ser obsesos sexuales». Él mismo describe con acierto el abigarrado mundo de macarras provincianos que, al parecer, ya prosperaba en la década de los cincuenta. El texto no tiene desperdicio:

Toda la gente del domingo, muchachos muy atildados, cubiertos de brillantina, pantalones ajustadísimos, zapatos puntiagudos, se reúnen en la plaza de su pueblo o de su barrio con sus motocicletas para hablar de ellas. De vez en cuando, de manera compulsiva, montan y salen disparados con la moto zumbando a todo gas (...) dan la vuelta a la plaza y regresan a su punto de partida frenando bruscamente (Plumyene/Lasierra, 1973: 71).

Goethe, ya en su Viaje italiano, aludía a la preferencia de los italianos por los órdenes de la arquitectura clásica a la hora de hacer sus deposiciones:

Las entradas y las columnatas están todas tan sucias de lodo (...); el pueblo las emplea para sus necesidades y con la mayor frecuencia no hay deseo más urgente que desprenderse en ella de lo que se ha comido lo más pronto posible (Plumyene/Lasierra, 1973: 317).

El pasaje descalifica el civismo italiano pero, frente a la costumbre que Diodoro de Sicilia atribuía a nuestros ancestros ibéricos, la de lavarse los dientes con la propia orina, esta preferencia italiana podría parecer incluso civilizada por lo exquisito de semejante gusto fecal: hacer las deposiciones con el marco de una columnata dórica no dejaba de ser una exquisitez. Por su parte, los inefables mingitorios que poblaron la geografía urbana francesa en la época del alcalde Hausmann y que todavía perfuman de manera característica algunos rincones olvidados de la misma, han sido frecuente motivo de inspiración viajera, como lo han sido esos/as cuidadores/as que imponen el peso del mercantilismo sobre las necesidades primarias del ser humano:

Cada vez que uno entra en el lugar previsto para tal fin, se le aparece una corpulenta matrona omnipotente delante de una bandeja, que, semejante a un monstruoso ojo ciclópeo, escruta nuestra conciencia. Literalmente fascinado, el turista deposita 50 céntimos cuando 10 céntimos serían más que suficientes –confesaba Mikes, viajero inglés en la Francia de los años 50 (Plumyene/Lasierra, 1973: 84).

Baste lo dicho para demostrar la inclinación al pecado de pensamiento que asalta al turista con relación al otro. Son pecados que provienen fundamentalmente de la actitud de atracción o rechazo que lo otro provoca en cada sujeto. La itinerancia es ambivalente y de ella o se vuelve redimido del tópico (en el viaje)

o se vuelve condenado eternamente a él (en el turismo). En este ámbito, como en el de la salvación eterna, todo depende de uno mismo, de sus obras: las obras salvan. Lo decía E. de Amicis en un simpático y entusiasta pasaje de su relato de viaje por España, realizado en una época en la que no había muchos motivos para admirarnos. En las calles de Sevilla se encontraba con un compatriota que se quejaba de los hábitos españoles:

—¿Cómo? ¿Le gustan a usted las casas de Sevilla y de Cádiz, en las que al pasar junto a los muros, un pobre diablo se llena de blanco de la cabeza a los pies? ¿Le gustan aquellas calles en donde después de una buena comida uno sufre lo indecible para poder pasar por ellas? ¿Encuentra hermosas a las mujeres andaluzas, con esos ojos de posesas? Vamos, vamos, es usted demasiado indulgente... no es un pueblo serio (...) Son indignos de ser gobernados por un hombre civilizado.

—Pero, ¿es que entonces no encuentra usted nada bueno en España?

—Nada.

—Entonces, ¿por qué está usted aquí?

—Estoy porque aquí como... Pero... ¡cómo como! Como un perro. ¿Quién no sabe lo que es la cocina española?

De Amicis lo mandaba a tomar pastas italianas, que no vientos: «Usted disculpe, ¿por qué en vez de comer como un perro en España no va usted a comer como un hombre en Italia?».

La reflexión de este entusiasta viajero, cuyo relato Spagna hizo furor en el fin de siglo, se imponía:

No sé qué gusto hay en viajar de esa manera, con el corazón cerrado a cualquier sentimiento favorable, queriendo censurar y vilipendiar siempre, como si cada cosa buena y hermosa que se descubre en un país extranjero, se le hubiese robado al nuestro (D’Amicis, 2000).

Ejemplo de ese viaje en negativo es precisamente la odepórica alemana que pasamos a analizar a continuación.

2. TEXTOS Y CONTRASTES

España en la odepórica alemana: entre el tópico, la desilusión y la ignorancia

El viaje español fue una rareza en las costumbres cultas de los europeos de los siglos XVI y XVII. Durante el XVIII, sin embargo, experimentó un incremento importante y en el XIX se convirtió en una constante de eruditos y curiosos. La bibliografía viajera sobre España, recogida por Farinelli o Foulché-Delbosc,[2] pone de manifiesto que, en conjunto, España ha sido una de las metas más señaladas del viajero que quería salirse de lo rutinario e investigar y experimentar lo exótico. Aventureros como Baretti y Casanova; aristócratas como la Tremoille, alias Mme. d’Aulnoy, pécora francesa que tuvo que huir de sus lares patrios por conyugicidio frustrado y actuó en España –en la época del más pasmado de nuestros reyes– de Mata-Hari avant la lettre; eruditos como el arqueólogo Merimée; escritores curiosos como W. Irving, Dumas o Gautier; artistas en busca de inspiración como Doré, o compositores como Glinka y Rimski-Korsakov, todos sintieron la llamada de nuestro país, marcado por un supuesto exotismo.

En el campamento germano, la retahíla de viajeros españoles es también numerosa y diversa. Por nuestra patria ha pasado el más variado paisanaje alemán. De múltiple procedencia profesional, casi todos los viajeros han pertenecido, como es obvio, a la clase culta y adinerada de cada época: los «cosmógrafos» H. Münzer o A. von Humboldt; los filólogos W. von Humboldt, A. von Schack o V. Klemperer; miembros de las casas reales como el archiduque Maximiliano de Austria o Federico de Hohenzollern –más tarde emperadores de México y de Alemania respectivamente–; aristócratas como el conde Montecucoli; críticos de arte como Meier-Graefe; industriales como Joh. Klein; artistas como J. Israëls, o escritores como el poeta Rilke, el dramaturgo Horváth, el novelista Tucholsky, el periodista Kisch o el crítico H. Bahr:[3] todos ellos han contribuido con su odepórica, en mayor o menor medida, al tópico hispano. Justo es decir que sus clichés no fueron tan exagerados ni negativos como los de la «españolada» francesa. Nuestra meridionalidad y la proximidad cultural a África, el carácter popular de nuestras costumbres, incluso de las cortesanas, han sido fácil diana de las críticas y los comentarios que nos han dedicado los viajeros alemanes: los españoles hemos sido fácil motivo de extrañeza, admiración, desilusión, desprecio e incluso ira, a causa de nuestras costumbres y peculiaridades antropológicas, geográficas o culturales. La situación en general quedaba bien descrita en la afirmación de L. Bertrand, hispanista y académico francés, que en su Espagne escribía:

El más insignificante de nuestros cantamañanas se siente con derecho a emitir un juicio sobre todo lo que sucede en España. Tan pronto ha pasado el Bidasoa, se hace arrogante y protestón y, mientras que ante otros muchos pueblos se echa de bruces, en España encuentra todo horrible.[4]

Ellos, en dependencia de un contexto marcado por la negatividad, han sido los fijadores o propagadores de los tópicos que todavía nutren la imagología alemana de nuestro país y que el reciente turismo de masas o las relaciones más estrechas entre los dos países poco han podido hacer para corregirlos, tal y como lo demuestra el todavía reciente libro de Ingendaay (2003), plagado de clichés y estereotipos. Quizá porque en todo tópico siempre hay un núcleo veritativo, tópico que responde a las posibles constantes psicológicas y sociales de los pueblos. Sólo la generalización de los mismos frente a personas individuales es lo que convierte al tópico en nuclearmente inexacto y moralmente pernicioso.

De entrada, nuestra geografía y nuestro clima suponían un reto al sentido de comodidad con el que el extranjero se acercaba a nuestros pagos. Para el erudito conde Keyserling, España era un desierto de cielo severo, de nubes piramidales, estepas pardas de «árboles escasos y dispersos como jinetes en retirada». Humboldt, que transitaba por nuestros caminos en 1799, de viaje a Segovia, describía con extrañeza los pinares castellanos:

Hay tramos en los que el camino atraviesa algunos bosques de pinos. Estos tienen un aspecto muy extraño. En general, no son ni muy altos ni muy gruesos y no tienen ramas inferiores; sólo tienen una copa redonda, si bien ésta y el bello verde jugoso proporcionan una bella vista. Sin embargo, dado que los troncos no tienen ninguna rama en la parte baja, el bosque resulta muy claro y parece desértico (Humboldt, 1998: 70).

Puede entenderse que, viniendo de las umbrosas orillas del Havel, plagadas de esbeltas coníferas y frondosos hayedos, este ilustrado sintiera extrañeza y decepción ante el ralo bosque castellano. No obstante, habría cabido esperar de él que hubiera apreciado la belleza de esos pinarillos que tan graciosamente contrastan en un entorno de secarrales castellanos. En otra ocasión registra en su diario: «Es un campo raso, en el que durante muchas leguas no se ve ni una casa ni tampoco un árbol (...). Es imposible imaginarse algo que le deprima tanto a uno» (1998: 60).

Los testimonios de repulsa frente a los secarrales aragoneses o manchegos son numerosos. El que más tarde sería el más breve soberano alemán, el Kronprinz Friedrich, se quedaba impresionado por el desierto manchego sin percatarse precisamente de que era ésta una vivencia implícita en el nombre: Mancha = tierra seca. Pocos alemanes han logrado trascender esa determinación que su medio de origen les impone a la hora de percibir el paisaje. Un ejemplo, meritorio, de auto-trascendencia y de apertura a lo otro, es Rilke, quien, en su viaje a España, escribe sobre el paisaje toledano las más bellas líneas que sobre un paisaje se puedan escribir.

Tiene usted que imaginarse una realidad que raya simplemente en lo increíble; ante las puertas de la ciudad, este paisaje irrumpe en lo grande y la ciudad está asentada de un modo inmediato sobre la tierra creada, sin ninguna capa intermedia que la aísle –escribía a Else Brückmann.[5]

Sus vivencias de la serranía de Ronda no han sido menos entusiastas y halagadoras.

Los establecimientos hoteleros (ventas y posadas la mayor parte de las veces) fueron siempre objeto de las iras viajeras. Los relatos alemanes abundan en este tópico cuyo modelo había suministrado Mme. d’Aulnoy en el XVII, viajera que hizo en contra del turismo de entonces más que todos los panfletos sobre la Inquisición:

Cuando se llega muy cansado y fatigado, quemado por los rigores del sol o helado por la nieve... no hay ni platos ni pucheros lavados. Se entra en la cuadra y de allí se sube al primer piso. Esa cuadra está llena de mulas y muleros que con las albardas de sus mulas hacen su cama por la noche y durante el día su mesa. Comen en total amistad y fraternidad con sus mulas (D’Aulnoy, 1999).

En otra ocasión:

Os aseguro, querida prima, que en todo nuestro camino no he visto ni una casa que me guste ni un castillo que resulte bonito (...) Hoy, aunque sólo estoy a diez leguas de Madrid, mi habitación está al mismo nivel que la cuadra y es un agujero donde hay que llevar luz en pleno mediodía.

Menos mal que el cándido espíritu del archiduque Maximiliano manifestaba una especial sensibilidad hacia cierta Wohnkultur hispana cuando describía los interiores del hotel sevillano en el que se albergaba:

Desde nuestro Hotel La Fonda d’Europa, un edificio español en el verdadero sentido de la palabra, con el famoso patio, las delicadas arcadas, la ancha escalera adornada con un rico artesonado y con las pequeñas pero frescas habitaciones en las que tanto el suelo de ladrillo como las ventanas estaban cubiertas con esteras de paja, bellamente trenzadas y de las que sobresale el pequeño y hermoso balcón (Maximiliano de Austria, 1999: 70).

El aspecto urbano de nuestras ciudades ha merecido las más enérgicas diatribas en unas épocas en las que la suciedad era patrimonio de cualquier ciudad europea. Humboldt comentaba el aspecto de Valladolid un siglo antes de que, por ejemplo, Balzac describiera la mugre parisina: «La suciedad es insoportable, apenas hay una calle ancha y bien empedrada y limpia» (Humboldt, 1998: 65). Ni siquiera nuestras joyas urbanísticas le merecían mayor consideración: «Córdoba es una ciudad horrible, con calles enormemente estrechas» (1998: 118). Un siglo y medio más tarde de que Humboldt pontificara sobre el descuido castellano o andaluz, Sevilla no le merecía a V. Klemperer mejor opinión

Staub, Hitze, Schnupfen, Husten, entzündete Augen. Erlöst aus Sevilla, das uns beiden gar nicht übermässig gefallen hat. Eine Hölle aus Staub u. brutaler Hitze, serviert auf einem flachen Teller... Alles in allem: Sevilla gab uns wenig.

Y Granada intensificaba la sensación negativa: «Granada (...) macht den Eindruck der ödesten Verkommenheit» (Klemperer, 1996). Excepciones a esta percepción negativa del urbanismo hispano son las observaciones del archiduque Maximiliano. También sobre Granada:

Si miro los edificios que tengo ante mí, busco inquisitivamente el ponderado palacio de verano, aunque sólo veo irregulares muros desnudos.

Pero en esto consiste la manera oriental: los edificios nos son de gran apariencia por fuera y solo el huésped al que se le abre el interior conoce su magia oculta (1999: 154).

El bandolerismo, que no era exclusivo de España, es un tema recurrente. Incluso en el siglo XIX alemán no escaseaban bandoleros como el célebre Schinderhannes. Sin embargo, España e Italia se llevaban la fama. Twiss, inglés que fijó el cliché del bandolero romántico, alertaría al desprevenido viajero:

El 24 de mayo salí de Granada con un soldado como escolta (...). En ocasiones ocurre que bandas de entre doce y veinte bandidos atacan a los viajeros, a los que primero matan y luego roban, dejando los cadáveres y los carruajes en la carretera y llevándose el botín en las mulas. Estos bandidos viven en cuevas de la montaña y cada uno va armado con un trabuco corto y media docena de pistolas que llevan sujetas a la faja (1999: 23 y ss.).

Todo esto lo escribía sin que a lo largo de su viaje hubiera visto un solo bandolero. Bien es verdad que la descripción podría corresponder perfectamente a los retratos que la tradición nos ha dejado del Tempranillo o del bandolero José María. En este contexto, Humboldt se haría acompañar de escoltas armadas y en más de una ocasión, en Levante, advierte la presencia de supuestos bandoleros.

La Inquisición y la beatería españolas han sido otro de los motivos que más dieron que hablar y escribir. A pesar de que la Francia de las lettres de cachet no gozaba de procesos penales mejores que los de la Inquisición, Mme. d’Aulnoy había sentado la tónica al criticar los del Santo Oficio con acritud y, posiblemente, veracidad:

¡Cómo se conoce que no sabe lo que es la Inquisición! Por mucho que se diga, nada se aproxima a la crudeza que allí se practica. Os detienen y os arrojan a un calabozo donde estáis dos o tres meses, algunas veces más. Al cabo de un tiempo, os llevan a los jueces que con aire severo os preguntan por qué estáis allí (...) Me han contado anécdotas y suplicios de toda clase, que no quiero reproducir en esta carta, pues no hay nada más horrible (1999: 165).

Menos mal que la «máscara de hierro» es sólo una leyenda. A Humboldt se entrevista en Cádiz con el hanseático Böhl de Faber, éste le pinta una realidad no tan negra:

Es amigo del comisario del Alto Tribunal, a quien le ha prometido velar para que no se lea ningún libro deshonesto. De hecho le ha encontrado, denunciado y entregado algunos. Se trata de una maravillosa alianza entre un inquisidor y un comerciante protestante (Humboldt, 1998: 178).

Si la Inquisición provocaba desaprobación moral, nuestra alimentación producía iras físicas. Si Gautier había hecho de nuestros garbanzos la más acerba de las críticas («Después de haber tragado unos cuantos garbanzos, sonaban en nuestros estómagos como granos de plomo sobre un pandero»),[6] E. E. Kisch, que acompañó como rasender Reporter nuestra contienda civil, escribía acerca de la nauseabunda cocina española, que hacía derivar de nuestras carencias: «Es gibt eine Küche für spanische Mägen, die ganze Gallonen von Olivenöl vertragen, während ein Quetschen Butter sie im Nu zum Erbrechen bringt. Sie sind nicht daran gewöhnt. Spanien ist nie ein Land der Viehzucht» (1937: 328). Johann Klein, industrial renano, informaba en una conferencia sobre su viaje español acerca de los caldos nacionales: «Der Wein ist zwar feurig, aber er hat kein Bukett und erreicht bei weitem nicht die Qualität unseres deutschen Gewächses» (1908: 17). H. Bahr, Wegbereiter de la literatura austriaca de fin de siglo, hospedado en Burgos en un hotel pretendidamente francés, aprovechaba para escribir contra la cocina española al poder degustar algo que pasaba por cocina francesa: a pesar de sus deficiencias, al menos, le liberaba de la cuisine espagnole, que no encontraría estómago europeo que la soportara. Frente a todas estas actitudes de nouvelle cuisine avant la lettre, Maximiliano de Austria, de viaje por Andalucía a mediados del XIX, era un fanático admirador de lo más racial de nuestra gastronomía, el cocido u olla podrida:

Para conocer el gusto de los españoles en todas sus fases, habíamos encargado de comida una ollapodrida, uno de los platos más buenos y deliciosos que nunca haya disfrutado mi paladar. Una mezcla de diversos tipos de carnes, buenos embuchados y carne picada, sabrosa col y otras verduras, entre ellas, para horror de los lectores civilizados, cebolla y ajo (1999: 88).

Nuestra cultura, a excepción del folklore y la tauromaquia, no ha hecho especial impresión en muchos de nuestros visitantes. A semejanza del angloholandés R. Twiss, que, en su Viaje por España, se expresaba despectivamente sobre la catedral de Segovia,[7] el crítico de arte Meier-Graefe, que visita España para confirmar sus ideas preconcebidas sobre el impresionismo del arte español, pasa con absoluto desprecio por la monumentalidad salmantina e incluso se queda decepcionado ante Velázquez, pintor que había constituido el escopo inicial de un viaje que había emprendido con carácter iniciático. El 18 de abril de 1910 escribía: «dass Velazquez kein grosser Maler noch weniger ein grosser Künstler war (...). Natürlich kann Velazquez nichts dafür, sondern meine Einbildung» (Meier-Graefe, 1984: 33, 26). V. Klemperer, de viaje de estudios por España,[8] le saca punta incluso al panorama que ofrecen la Alhambra y el Albaicín: «Das Ganze macht keinen bedeutenden Eindruck. Und auch die Alhambra macht, so von aussen gesehen, keinen stattlichen und vor allem keinen einheitlichen Eindruck» (1996: 220). En Burgos, cuya catedral le parece no sólo una obra maestra, sino un espacio de convivencia que el pueblo siente como propio, Humboldt asiste a una representación teatral que, a su parecer, no estaría al nivel de cualquier espectáculo al uso en las tablas alemanas.

Lo que se daba era bajo y populachero, aunque no resultaba tan aburrido como normalmente lo es en Francia. Intervino un funambulista, después se dio una especie de sainete, después una «tonadille», que cantó sólo una mujer, después una pantomima, un ballet y finalmente ombres chinoises.

La representación que comenta se podría inscribir en la tradición de nuestro teatro clásico, con todas sus partes concomitantes (loa, mojiganga, etc.). Bien es cierto que el teatro, desde la llegada de los Borbones a España, que protegieron a artistas extranjeros sin cuidar la creatividad nacional, había decaído. En una ciudad de provincias como Burgos, sin la tradición dramática madrileña, las compañías de comedias podían orientarse a lo popular. En todo caso, también las siguientes funciones a las que asiste en la Corte merecen su desaprobación.

Por lo demás, casi todos ven el carácter árabe de nuestro modo de ser: «Südspanien lehrt mich, dass spanische Kutur, arabische Kultur ist, die zertrümmert wurde von Katholizismus» (1996: 221), afirma el converso (al protestatismo) Klemperer. En el Salon Royal de Granada asiste a una representación cuyo contenido le merece la más absoluta descalificación. «Es ist inhaltliche Primitivität mit kunstvoller ganz uneuropäischer, ganz arabisch synagogaler Ausführung» (1996: 221).

La tauromaquia ha logrado más elogios que condenas, siendo aquéllos más entusiastas que éstas aniquiladoras, tal y como lo demuestra el estudio de Brüggemann al respecto. A la hora de presentar un testimonio favorable no se sabría cuál escoger. Los elogios de Maximiliano de Austria son posiblemente los más encendidos:

¡Qué sentido de fortaleza, qué magnifico desarrollo de fuerza y de habilidad se manifiesta en esta fiesta nacional! Amo la fiesta, durante la cual se muestra la naturaleza originaria del hombre en toda su verdad, más que en las diversiones afeminadas e inmorales de nuestros países, hundidos en el lodo del consumo (1999: 99).

Meier-Graefe asiste en Madrid a su bautismo taurino un 19 de abril y tanto la vistosidad del alegre gentío que se dirige a Las Ventas como el coso taurino mismo le parecen encomiables: «Ein Volksfest, an dem sich wircklich alle Welt mit demselben Impuls beteiligt, ist an sich schon eine schöne Sache. Der Zirkus, trotz des nüchternen Backsteinbaus, imposant». Pero el rito propiamente dicho le parece la negación de la deportividad, aunque percibe en él una cierta comicidad. Tampoco la «hora de la verdad» le desagrada, aunque su juicio de esteta cae de manera categórica sobre la fiesta: «Manet wusste, warum er den Mann allein malte».[9] Llegado a Sevilla, manda a las damas que le acompañan a los toros. El informe que le rinden es el siguiente: «¡Quelle boucherie!».

Acerca de nuestro folklore los testimonios son más bien favorables, pues existía ya una tradición de visión complaciente. Gautier, que viaja en 1840 a España, lamenta que el fandango, la jota y el bolero fueran perdiendo terreno ante las danzas de sociedad como el rigodón o el vals, y por su parte, el veneciano Casanova, de lejano origen español, había sabido conectar con la alegría vital de nuestros bailes. De estancia en Madrid, en los Caños del Peral, había asistido a un baile en el que el conde de Aranda había permitido el fandango, ritmo éste que le provocó, ¿cómo no?, un cierto paroxismo erótico.[10]

Por el contrario, Humboldt, a raíz de su visita a un antro flamenco en Málaga y luchando entre la admiración y la repulsa, hace un largo informe del que entresacamos algunos pasajes y al que añade un juicio que no tiene desperdicio. La situación no dejó de tener cierto suspense, ya que su mujer, que había llegado a España en estado de gestación, tuvo que vestirse de hombre para entrar en aquel lugar:

Entre todas estas danzas la más característica y la que más agradable resulta es el fandango, baile de una gran rapidez, con giros diversos que alejan y acercan. En una palabra, es una danza con carácter, de naturaleza y esencia lasciva, aunque no tiene movimientos excesivamente procaces (...). No se trata de una sencilla explosión de alegría, sino, a juzgar por su naturaleza, de danzas muy pasionales y afectadas (...). Hay que reconocer que no es ni noble ni graciosa; es sólo una danza que sólo se puede dejar bailar a esclavos y esclavas para provocar excitación (Humboldt, 1998: 196).

Huelga decir que los compositores alemanes no se han excedido a la hora de rendir tributo a nuestro folklore y a nuestra música, como hicieron los franceses (Massenet, Chabrier, Ravel o Debussy) o los rusos (Glinka, Balakiref y Rimski), que importaron a sus respectivos países la nostalgia de Iberia en fandangos, jotas o boleros que traducían y sintetizaban en esas formas toda una realidad deseada y añorada. Ninguno de los grandes músicos alemanes pasó por nuestras tierras y de ahí que, a pesar del fandango de Le nozze di Figaro, nuestros ritmos no hayan tenido eco en la caja de resonancia de la música alemana. Bien es verdad que con frecuencia basaron sus composiciones en textos españoles. Ni Schubert en su Los amigos de Salamanca,[11] ni Schumann en sus lieder «españoles», ni Wolf en su Comendador, ni Albert en su Tiefland se atrevieron a imitar los ritmos hispanos. Sí lo hizo, ocasionalmente, la musa ligera, es decir, la opereta, con Johann Strauss en sus «cachuchas», o N. Dostal en su Clivia o Lehar en su Frasquita.

Juicio, recepción y contraste

Si tuviéramos que reducir a un común denominador todo este abanico de impresiones «españolas» que los viajeros alemanes han fijado por escrito, nos veríamos obligados a proponer, primero, el predominio de la negatividad y, después, el carácter contradictorio. Lo primero queda demostrado en lo arriba expuesto. De lo segundo, sólo un ejemplo: si la vida nocturna de Madrid le parece a Johann Klein inexistente (esto en una época en la que en el Teatro Apolo se hacía hasta una cuarta representación a la una de la noche), Nordau dedicaba un capítulo en su relato a «las noches de Madrid», en el que consideraba la capital del reino como la más crapulosa ciudad europea del momento o, al menos, la más insomne:

Las tertulias, como aquí se llama en los círculos más elevados a las reuniones sin objeto determinado, se celebran por lo regular entre la media noche y el alba. El tiempo que en otras partes se consagra al mitológico Morfeo, se emplea en Madrid en amigable conversación (...). Pero, ¿cuándo duermen los madrileños? ¿O es que no duermen nunca? En todo caso no duermen por la noche (Nordau, s. f.: 126).

¿Qué influencia tuvo esa odepórica alemana en la imagen que de nuestro país se hacía el alemán medio? Más bien escasa. Verdad es que Herder, a la hora de documentarse para ambientar su Cid, pidió que le enviaran de la Biblioteca de Dresden el Plüer,[12] pero en la mayoría de los casos ni la reflexión que normalmente impone la redacción corregía la propia imagen preconcebida, ni lo redactado lograba la difusión nacional e internacional que tuvieron otros relatos viajeros. Muchos testimonios de la odepórica sobre tema español de franceses o italianos tuvieron una mayor difusión y eficacia que la de los propios viajeros alemanes. Quizá debido al trazo grueso que utilizaban o, incluso, a sus pretensiones literarias. Los relatos de Gautier, Andersen, Bertrand o De Amicis fueron traducidos y leídos con fruición por una Alemania que buscaba la confirmación de sus expectativas en la literatura extranjera, mientras que la propia odepórica en alemán quedaba relegada al olvido. En todo caso, el viaje español fue, en ocasiones, de cierta efectividad cultural: las estancias de Humboldt, Schack, Lenbach, Rilke, Kisch, Tucholsky o Horváth en nuestro país son ejemplo de la eficacia, modesta es verdad, del viaje español. Los estudios vascos de W. von Humboldt (Prüfung der Untersuchungen über die Urbewohner Hispaniens..., 1825), los arabistas de A. von Schack (Poesie und Kunst der Araber in Spanien und Sizilien, 1865, o su Geschichte der dramatischen Literatur und Kunst in Spanien, 1845-1846), los estudios de pinturas españolas realizados por Fr. von Lenbach o el «epistolario español» de Rilke, siendo resultados interesantes del viaje español, no pueden equipararse en productividad cultural a la que tuvo la vivencia italiana en la literatura y cultura alemanas. Son en todo caso testimonios respetables del «efecto español» en éstas.

Frente a estas actitudes mayormente hostiles del viajero alemán, producto más de la actitud turística con la que había emprendido el viaje español, el viajero nacional por Alemania se ha expresado de manera bastante laudatoria con relación a este país. S. Fajardo, plenipotenciario español en la Paz de Westfalia; Juan Valera, embajador en Viena, o los becarios o estudiantes Sanz del Río, Castillejo u Ortega son ejemplo de la admiración del viajero español por Alemania. Las cartas de Castillejo, estudiante de la Institución Libre de Enseñanza, pueden servir de tónica de esta admiración que producía en nuestros compatriotas la civilización alemana:

Yo no me canso de andar por estas calles y jardines. ¡Qué limpieza, qué orden, qué ventilación! ¡Ni un mal olor, ni una basura, ni un atropello, ni una voz destemplada! (...) La circulación se hace con una regularidad pasmosa. En cada bocacalle hay un municipal, en el centro de la calle, cuadrado y rígido, con su casco negro de acero. Aquel es el jefe a cuya más pequeña señal todo el mundo obedece (Castillejo, 1997: 147).

Solo el gastrónomo Camba, en sus orígenes anarquista despistado, se atrevió a sacar punta a sus vivencias alemanas que, en su odepórica ficticia (recuérdense las gracias y desgracias de una peseta por Europa), se convertían en caricaturas.

Como reflexión final añadiría que la calidad literaria de esa odepórica española de los alemanes no ha alcanzado la altura que consiguió la italiana o la francesa. En la mayoría de los casos se trata de diarios, de notas de viajes, de testimonios epistolares sin mayor valor literario, aunque sí documental o de cicerone al estilo de Twiss.[13] Con las lindezas que oportunamente nos dedicaban contribuyeron a la imagen diversa, asistemática y contradictoria que ha regido muchos comportamientos de los alemanes frente a España. Las singularidades de una cultura, mestiza como ninguna en Europa, que aportaba elementos tan diversos y característicos como los muleros, los aguadores, los pordioseros, los curas de misa y olla, las danzas castizas, los toreros de trapío, las majas goyescas, las garcilorquianas navajas albaceteñas o una gastronomía que hasta recientemente no ha encontrado alojo en las costumbres culinarias civilizadas (gracias a la supuesta dieta mediterránea), han sido constante objeto de extrañeza, en ocasiones, de admiración y en todo tiempo de comentarios y curiosidades. La subjetividad, la ignorancia, el culto a lo propio parecen dominar esa odepórica que escribieron gentes no carentes de ilustración personal.

¿Cabe decir que estas actitudes o estereotipos negativos, imprecisos y exagerados son específicamente alemanes? En absoluto. También los tuvieron los viajeros franceses o ingleses. En ellos están las reacciones propias del viajero genérico que, en destino, experimenta lo que podíamos llamar un «hiato diastrático», un desnivel cultural y social ante el público o las gentes que encuentra en el país de destino. En el París donde vive cuando sale para España, el elegante y aristócrata Humboldt frecuenta unos círculos sociales que en España tiene que buscar. Mientras los encuentra (en la Corte, en Sevilla, etc.), se topa con el hombre de la calle, de inferior categoría social y de distinto nivel cultural, que le produce extrañeza o incomodidad. Llegado a Burgos o a La Granja, tiene que hospedarse con las limitaciones que entonces imponía, también a los alemanes en su país, el estado deficiente de las posadas. Ese salto hacia abajo que se experimenta en el viaje produce una actitud defensiva que se traduce en un contrastivismo inexacto: el cómodo Zuhause original frente al, siempre incómodo, Unterwegs del viaje. En ningún caso una posada tendrá las comodidades de un hogar bien surtido. Con carácter de síntesis habría que decir que, si bien en la percepción alemana la cultura española consiguió una imagen entre dos luces, nuestra civilización recibió las más severas diatribas. Sin embargo, el factor diacrónico ha ido corrigiendo la óptica. Resulta extraño que las impresiones de los corresponsales extranjeros en España, recogidas recientemente en un interesante volumen (Herzog, 2006), reivindiquen el carácter «racial» de nuestras costumbres. Una corresponsal japonesa, con la sabiduría del oriental, apelaba a nuestra sensatez: «España ha cambiado mucho en los últimos años: la gente lo llama progreso, pero la España de la que me enamoré está desapareciendo. ¡Ay, España, no cambies tan deprisa!» (Herzog, 2006: 178). Quizá sea la España anclada en el pasado, tal vez en lo perenne, aquella que no busca el actual turista alemán. De ahí las críticas que le merece. Quizá España se le resiste porque hay algo más que costumbrismo. A pesar de la pérdida de identidad que la globalización implica, tal vez quede algo de aquello que el mencionado Bertrand afirmaba: «España no es sólo un paisaje de tarjeta postal, sino un amplio mundo de ideas, el suelo fructífero de una nueva configuración de la vida» (Bertrand, 1939: 5).

¿Qué valor tiene toda esta odepórica? ¿Qué función pueden tener esos relatos de viaje hoy en día, cuando los contactos entre los países se han intensificado hasta extremos insospechados hace años? La lectura y el estudio de esta odepórica son enormemente útiles, tanto para los lectores en lengua original como para los que son objeto de la misma. Los unos pueden ver reflejados en sus páginas unos hábitos de pensamiento, Denkmodelle, que perturban la percepción de la realidad o, lo que es peor, la convivencia de nuestros pueblos. Los otros, es decir, nosotros, viendo cómo nos vieron, quizá podamos conocer mejor nuestro natural, sus vicios y virtudes, para así potenciar las últimas y evitar los primeros. Hace ya casi un siglo, un viajero francés se hacía la siguiente pregunta acerca de nuestra idiosincrasia: «Individualistes à l’extreme, ardents, généreux, passionnés jusqu’à la violence, les Espagnols se débattent depuis quinze siècles au milieu de la plus horrible confusion. Qu’en sortira-t-il?» (Raimond, 1937: 5). Es una pregunta cuya respuesta puede tener sus claves en el estudio de esa odepórica que sirve de espejo de nuestro carácter. En todo caso, el estudio de la misma es una base de documentación interpretativa a la hora de explicar comportamientos mutuos.

Sirvan estas reflexiones y comentarios sobre esa actividad creadora de imágenes y símbolos, expresión de deseos y nostalgias, que, a través del recuerdo, sigue motivando nuestra existencia. Ahí están esa literatura de viajes, esa música viajera o esas vedutte a cuya lectura, estudio o disfrute quisiera animarles. Espero haber podido demostrar lo que pretendía con esta exposición: que el viaje es un modo de vivir culturalmente.

BIBLIOGRAFÍA

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[*] En las citas utilizamos versiones españolas cuando disponemos de ellas.

[1] Sterne, creador del viaje sentimental, y Stendhal acuñaron el término turismo, modalidad viajera que, convertida pronto en industria, mataría el «viaje» cultural en estado puro.

[2] Son conocidos los elencos bibliográficos al respecto: Foulsché-Delbosc (1896), Farinelli (1941) y García Mercadal (1952).

[3] Tras la lectura de todos ellos, uno tiene la impresión de que ese turismo formativo de los alemanes por España ha sido ya bastante importante a comienzos del siglo XX.

[4] Citamos, con traducción propia, según la versión alemana, de la que disponemos: Bertrand (1939: 7).

[5] Citado según Ferreiro Alemparte (1966: 401).

[6] La trascripción de la receta del gazpacho para curiosos franceses no tiene desperdicio, pero mejor aún es el juicio gastronómico que sobre él emite: «En Francia, unos perros un poco bien criados rehusarían comprometer su hocico en semejante mezcolanza».

[7] «La catedral de Segovia es un viejo edificio gótico con una alta torre cuadrada, pero no tiene nada que merezca la atención», escribía en la obra citada.

[8] Romanista como era, tuvo que venir a España a aprender nuestro idioma, que todavía desconocía.

[9] Klemperer (1996: 36). Se refiere al Toreador muerto de 1864. Manet también pintó otro cuadro titulado Corrida.

[10] «Hacia el final del baile fui arrebatado por un gran espectáculo: acompañado por la orquesta (...) comenzó una danza de parejas, las más loca e interesante que nunca he visto. Era el fandango, del cual creía tener una idea exacta, pero me había equivocado. Hasta ese momento lo había visto bailar en Italia y en Francia en la escena y los bailarines no hacían ninguno de estos gestos que por lo demás son típicos de la danza española y que la hacen fascinadora. No sabría describirla. Cada bailarín baila cara a cara con su acompañante (...) acompañando el ritmo con ciertos movimientos que no se pueden más lascivos: los del hombre indican visiblemente el acto de amor satisfecho, los de la mujer el asentimiento, el arrebato y el éxtasis de amor. Me parecía que ninguna mujer habría podido rechazar a un hombre con el que hubiera bailado el fandango (...)». Citado según Casanova/Baretti (2002: 68 y ss.).

[11] Con libretto de Johann Mayrhofers, la obra se compuso en 1817.

[12] Alemán de Altona, posesión danesa, vino como predicador de la legación danesa y escribió un relato de su estancia madrileña que contradecía las caricaturas de Mme. d’Aulnoy.

[13] El más caracterizado relato de este tipo es el de G. Wegener (1985): Herbsttage in Andalusien, Berlín.

ESPAÑA A TRAVÉS DEL PRISMA ALEMÁN: PERSPECTIVAS DEL MEDIEVO Y LA PRIMERA MODERNIDAD E INVESTIGACIONES IMAGOLÓGICAS

Albrecht Classen

University of Arizona

A pesar de que Gahmuret y después su hijo Parzival (Wolfram von Eschenbach, Parzival) viajaron por todo el orbe conocido en aquella época; a pesar de que Wigalois (Wirnt von Grafenberg) o Wigamur (anónimo) en sus respectivas obras comparecen ante muchas cortes y conocen un país tras otro, y a pesar de que la hidalguía medieval tuvo un carácter verdaderamente internacional y participó en múltiples cruzadas y empresas militares (véase, por ejemplo, la caracterización que se hace del Caballero en el «Prólogo general» de los Cuentos de Canterbury de Chaucer, hacia 1400) (Robinson, 1957: 5167), sólo en contadas ocasiones se ha ocupado alguien del marco geográfico, y normalmente se ha tendido a crear espacios imaginarios más que a proyectar un mundo claramente reconstruible.[1] La dimensión literaria permite, sin embargo, deducir que, también en la realidad histórica, los viajes y la participación en las más diversas campañas militares formaron parte de las normas de vida del caballero (Stanesco, 1992). En la novela epónima de Gottfried von Straßburg, Tristán no sólo se presenta como genio lingüístico, es decir, como sorprendente políglota, sino también como trotamundos. El radio de consciencia geográfico creado por el poeta no se extendía, por supuesto, hasta el suroeste de Europa, más bien el protagonista, cuando tiene que separarse definitivamente de Isolda, se dirige a Francia y Alemania y al país imaginario de Parmenia, para encontrarse finalmente en el Ducado de Arundel con la tercera Isolda, la que desconcierta sus sentidos; esto imprime a la novela de amor un sello no sólo trágico, sino más bien amargo. Tristán, y en general el protagonista medieval de la novela de caballerías, no posee una patria verdadera y se le asociará en primer término con virtudes e ideales caballerescos y, por consiguiente, con una corte ficticia y su señor; sin embargo, no se le ubicará biográficamente en el tiempo y el espacio.[2]

Naturalmente, el protagonista se refiere en alguna ocasión a España sin haber estado nunca allí, si bien esta indicación le sirve precisamente para describir su supuesto origen de «Hispanje» de la manera más vaga posible para que a nadie se le pudiera ocurrir contrastar su afirmación con mayor rigor. Según esto, Tristán, ante la reina irlandesa Isolda, hace hincapié en que él ha organizado junto con un amigo «da heime ze Hispanje» (v. 7.579; «en casa en España») un viaje comercial a Bretaña, pero que, por desgracia, han sido abordados por piratas durante la travesía (Gottfried von Straßburg, 1980). Sólo su afirmación de que no es comerciante, sino juglar, como demuestra su arpa, le ha salvado la vida cuando todos los demás fueron asesinados.[3]

Aparte de este caso, en las novelas de caballerías no se tienen noticias ni de España ni de Portugal, a no ser que se hable de reyes de «Hispanje» o «Spanje»

o de ciertas razas de caballos.[4] Este tipo de referencia, sin embargo, sólo sirve para resaltar el carácter exótico de los participantes en torneos o para subrayar la audacia de los héroes que como cruzados fueron capaces de salir victoriosos ante los paganos.[5]

Naturalmente, todo filósofo medieval conocía la famosa enciclopedia de Isidoro de Sevilla y también circulaban por todas las universidades de cierta importancia las obras de Averroes y Maimónides. Sin duda, los geógrafos estaban familiarizados con el suroeste de Europa, no en vano reconocemos en el mapamundi de Ebstorf los nombres de Arragonia, Sancti Jacobi y Castella, y junto a éstos también vagamente el contorno de la Península Ibérica (Wilke, 2001, 1: 151-152; 2: 28-30), lo que no implicaba que el mundo ibérico estuviera presente de manera tangible en las mentes de la gente de Alemania. Por este motivo, las investigaciones más antiguas han preferido ocuparse de los contactos culturales, económicos, políticos y militares desde los siglos XVI y XVII, y se han contentado sin más con la creencia tradicional de que antes de esa época no hubo ningún intercambio relevante, incluyendo los contactos de tipo cultural, económico, militar y político entre, por una parte, los países al norte de los Alpes y, por otra, entre España y Portugal (Schwietering, 1902: 19-22; Hoffmeister, 1976: 17-25). Hay, pues, que revisar esta opinión, al menos en lo que se refiere a los siglos XIV y XV, ya que desde entonces nos ha llegado una cantidad considerable de crónicas de viaje.[6]

Aun así se constata que el nivel de conocimiento experimentó un cambio fundamental en la Baja Edad Media, tal como se muestra con la novela en prosa Fortunatus (primera impresión en 1509), muy apreciada ahora, de manera ejemplar e incluso insistente, ya que su viaje por el mundo le lleva también por la Península Ibérica aun cuando allá no se dieran acontecimientos dignos de mención para el héroe.[7] El narrador cuenta con total sobriedad qué lugares visita el protagonista y a qué distancia se sitúan unos de otros, por ejemplo:

von Biana gen Panplion </> ist die haubstat des künigs von nauerren. ist .xxv. meil </> von dannen gen burges vnd gen dem hailigen sant Jacob / haißt die stat Conpostel. ist. lij. meil </> von sant jacob gen fumis terre, genant zum finstern steren... («De Viana hacia Pamplona </> es la capital del rey de Navarra. está a 52 leguas </> desde allí hacia Burgos y hacia el apóstol Santiago / se llama la ciudad Compostela. está a 52 leguas </> de Santiago hacia Finisterre, es llamada la estrella oscura...») (Müller, 1990: 447-448).

Sólo el hecho de que Granada es un «haidnisch künigreich» («reino pagano», p. 448) y la breve explicación del santuario de Montserrat,

da rastet vnser liebe fraw gar gnedlichen / da grosse wunderzaichen beschehenn / vnnd beschehen seind. Daruon vil tzu schreiben waer (allí descansa Nuestra Señora clementísima, allá donde sucedieron y suceden signos maravillosos de los que habría mucho que escribir) (Müller 1990: 448),

se apartan del esquema de descripción que predomina en el resto del texto. A fin y al cabo, esto significa que la Peninsula Ibérica, muy lejana para el poeta de la Edad Media y de la Edad Moderna temprana, por decirlo así, surgió enel horizonte y fue ganando poco a poco relevancia tanto en su forma concreta como en lo que respecta a temas y motivos, todo ello sin que ese nivel de conocimientos se ciñera exclusivamente al Camino de Santiago.

Mucho antes del Fortunatus, la gran batalla de Roldán contra los sarracenos en el Rolandslied (aprox. 1170) del cura Konrad se sitúa en los Pirineos españoles, y la historia previa de la traición de su suegro Genelun nos lleva hasta Zaragoza, pero se trata aquí de elementos narrativos bastante vagos que se pueden explicar desde la historia de la recepción; no se puede deducir de esto, sin embargo, la existencia de contactos más estrechos entre el ámbito germano-parlante y el espacio ibérico.[8] Si llevásemos a cabo un análisis lingüístico de corte estadístico podríamos incluso encontrar en la literatura alemana de la Edad Media cognados o muchas referencias a España, pero esto sólo podría servir como demostración de que se tenía en general una idea de los límites geográficos de Europa y de que gustaba incluir el suroeste en el marco narrativo para poder jugar con personajes y objetos exóticos. En este contexto no se puede dar por sentada la existencia de un verdadero conocimiento entre Alemania y la Península Ibérica.[9]

El estudio que presentamos a continuación enlaza con mis trabajos anteriores sobre el tema y, por una parte, contempla las relaciones comerciales entre Alemania y España con mayor intensidad y, por otra, considera los relatos de viajes de los siglos XV y XVI que, en el marco de los German Studies y de las nuevas «Ciencias Culturales», han llegado entre tanto a ser considerados parte importante del legado narrativo de la Edad Media.[10]

Comerciantes y feriantes recorrían incluso ya en la Alta Edad Media grandes distancias, apenas imaginables para nosotros, y en cuanto se profundiza algo más en las fuentes descubrimos múltiples contactos también entre Alemania y la Península Ibérica. Gunther Hirschberger ha realizado los estudios más importantes sobre este tema y nos podemos apoyar en ellos aun cuando el autor se concentrara especialmente en la situación de la metrópoli comercial de Colonia.

Ya en el siglo XII y a principios del XIII, los cruzados del noroeste de Alemania que querían ir en primer lugar a Lisboa se reunían en Colonia. A partir de este hecho se desarrollaron con rapidez intensas relaciones comerciales que aumentaron en las décadas siguientes, si bien hay que registrar un retroceso significativo a partir del siglo XIV. No es necesario mencionar expresamente la atracción que ejercía Santiago de Compostela también sobre los peregrinos alemanes, pero éstos siempre fueron acompañados por comerciantes.[11] El comercio internacional, no obstante, está con frecuencia sujeto a grandes fluctuaciones, algo que se puede observar viendo los flujos de mercancías entre Lisboa y Colonia, ya que los comerciantes portugueses asumían, como es natural, el transporte y se dirigieron a las grandes ferias de la Champagne y Flandes, desplazando en parte a Colonia sin afectar en modo alguno al contacto entre los mundos ibérico y germano-parlante (Hirschfelder, 1994: 8-10). A finales del siglo XIV aparecen en Barcelona una serie de comerciantes de Colonia que rápidamente establecieron contactos económicos también con Zaragoza y otras ciudades aragonesas. Como afirma una fuente de 1428, serán sobre todo los productos metalúrgicos los que gocen de mayor aceptación en los mercados españoles, así como artículos de cuero, cintas, anteojos, sombreros de fieltro, cadenas y libros impresos (por ejemplo, Paternóster).[12]

Al mismo tiempo, Valencia gozaba de buena fama como puerto de paso para el tráfico comercial desde y hacia Barcelona. A los representantes de la Liga Hanseática les gustaba utilizarlo porque el gran liberalismo de la política económica creaba condiciones favorables para los negocios. También los primeros impresores de libros alemanes que fueron a España, entre los que destacaron Lambert Palmart y Hermann Lichtenstein, se establecieron preferentemente en Valencia. Otros centros impresores importantes donde los artesanos alemanes dejaron su impronta son Sevilla, Burgos, Granada, Zaragoza, lo que, por supuesto, no quiere decir necesariamente que estas personas contribuyeran al intercambio o al comercio internacional (Classen, 2003a). Sin embargo, su existencia en España confirma en qué medida este espacio del suroeste europeo era accesible también para las gentes de la región del norte de los Alpes.

Por una parte, nos encontramos, por tanto, con comerciantes alemanes, por otra parte con numerosos peregrinos que querían visitar Santiago de Compostela. Después hay que considerar el grupo bastante amplio de artesanos que se podía encontrar en toda España y en parte también el grupo algo más reducido de artistas (juglares, músicos, poetas, etc.) para los que no había prácticamente fronteras nacionales, culturales o lingüísticas apreciables (Salmen, 1983: 197).

Con el descubrimiento de América floreció de nuevo el comercio de Colonia con Lisboa, lugar desde el que se importaba azúcar a Alemania. Algunas casas comerciales consiguieron así una fortuna tan grande que pudieron comprar plantaciones y refinerías de azúcar en la isla canaria de La Palma. Simultáneamente continuó floreciendo de manera considerable el comercio con Valencia y Barcelona, tal como lo demuestran los negocios de la casa de Johann de Colunga (Hirschfelder, 1994: 19-25). Pero también entraron aquí en escena empresas comerciales de la Alta Alemania, y consiguieron en gran medida hacerse con una posición propia porque el margen de beneficio para ambas partes adquirió dimensiones considerables (Haebler, 1902: 392). Al parecer, las empresas de Augsburgo, Ratisbona y Constanza mantuvieron representaciones permanentes en Barcelona y después incluso en Valencia, algo que da una idea de lo intensivo y regular del intercambio comercial.[13]

El medio textual más importante para poder valorar con mayor exactitud el grado en que se conocía en Alemania la Península Ibérica durante la Baja Edad Media lo constituyen los relatos de viaje, sorprendentemente numerosos. Tras la caída de Akko en 1291 y con ello también tras el fin de las Cruzadas, los intereses de los cristianos europeos cambiaron, de forma que ya no se continuó con los intentos de recuperar Tierra Santa por medios militares, aunque siguieron los esfuerzos por conseguir acceso a los Santos Lugares. Por este motivo, a partir de entonces comenzó un intenso tráfico de peregrinos muy marcado finalmente por motivos turísticos, tal como reflejan los detallados textos, de redacción cada vez más florida. Resulta digno de mención que ya no se dirigían sólo a Jerusalén, sino que se visitaba también Santiago de Compostela, algo casi tan fatigoso como el viaje por el Mediterráneo oriental. Aquí quisiera seguir las rutas fundamentales emprendidas por los que se dirigieron a España, lugar donde se encontraba el tercer santuario europeo en importancia (Estepa Díez, Martínez Sopena y Jular Pérez-Alfaro, 2000). Por ejemplo, entre 1428 y 1432 Peter Rieter fue, junto con el viejo Paumgartner y Gabriel Tetzel de Núremberg, a Santiago, visitó también Finisterre, Astorga, Zaragoza y Montserrat, para desde allí ir por Francia a visitar Roma (Halm, 2001, n.º 73: 75). En 1446, Sebastian Ilsung, miembro de una conocida familia patricia de Augsburgo, viajó a Santiago y eligió la ruta siguiente: viniendo de Francia se dirigió a Barcelona, Montserrat, Tortosa, Zaragoza, Olite, Burgos, León, Santo Domingo de la Calzada y llegó después a Santiago (Halm, 2001, n.º 36: 102).

En las notas autobiográficas de su diario, Niklas Lankman von Falkenstein hace un informe detallado de su prolongada peregrinación a Lisboa, que tuvo lugar entre marzo de 1451 y el 19 de junio de 1452. Ésta le llevó a España y Portugal pasando por Francia. Cruzó los Pirineos por Roncesvalles e hizo estación en las siguientes ciudades: Narbona, Perpiñán, Girona, Barcelona, Zaragoza, Lleida, Navarra, Santiago de Compostela, Burgos, León, Oporto, Coimbra y Lisboa. El camino de vuelta pasó por Granada, Gibraltar, Ceuta y después, en barco, por Marsella para dirigirse desde allí por tierra a su patria (Halm, 2001, n.º 47: 121).

Leo von Rožmital, caballero de Bohemia, inicia el 25 de noviembre de 1465 su extensa peregrinación que le lleva, en primer lugar, a atravesar toda Alemania para llegar a Calais, donde hace la travesía a Inglaterra para llegar desde allí en barco a España. En esta travesía lo abordan piratas, pero cuando éstos ven sus salvoconductos se arrepienten de lo que han hecho y llegan a ofrecerle incluso llevarlo sano y salvo a su destino. En la Península Ibérica va primero a Burgos, después a Salamanca, Braga, Santiago de Compostela, Finisterre, luego de nuevo a Santiago, Padrón, Braga, Évora, Mérida, Toledo, Calatayud, Zaragoza y después de regreso a Francia, pasando por la Provenza al norte de Italia, donde hace estación en Milán, Treviso, Padua, Venecia, Mestre y Treviso para regresar desde allí a su tierra (Halm, 2001, n.º 63: 157).

Al igual que él, otros comerciantes acometieron también este tipo de viajes de inspiración religiosa, como Hinrich Dunkelgud de Lübeck, que partió el 2 de febrero de 1479 y llegó a Santiago de Compostela. Sin embargo, no sabemos nada de los detalles de su viaje, ya que sus notas se limitan prácticamente a los asuntos puramente comerciales. Su ejemplo, no obstante, ilustra algo que también debe asumirse en la mayoría de los demás viajeros: en qué medida le movieron motivos religiosos y económicos a acometer esta costosísima empresa que implicaba, incluso, arriesgar la vida. Otros peregrinos, como Leo von Rožmital, combinaban intereses políticos con religiosos y, al fin y a la postre, también con los turísticos, para justificar su viaje hasta España y Portugal, algo que, en vista de la curiositas muy extendida ya desde la Baja Edad Media, no debería considerarse en modo alguno inusual.[14]

Otras personas, por el contrario, viajaban en calidad de diplomáticos o de representantes de señores seculares y religiosos, y llegaron a Portugal y a España, como fue el caso ya a principios del siglo XV, del poeta y caballero del Tirol meridional Oswald von Wolkenstein (1376/1377-1445).[15] En este punto quiero citar brevemente a otro autor que retrató sus vivencias con mucho más detalle y no de una manera literaria tan fragmentaria como las canciones de Oswald, con las que se encontró en su viaje por Europa Occidental entre 1483 y 1486. Nikolaus von Popplau, al servicio del emperador Federico III desde 1482, registró con gran amor por el detalle a dónde lo llevaron sus misiones diplomáticas. Entre los años 1486 y 1487 y de 1489 a 1490 también viajó a Rusia, pero aquí nos interesa sólo que contempló algunas partes de la Península Ibérica. Tras un reconocimiento detallado de Bélgica, Inglaterra e Irlanda, se dirigió a España, visitó Santiago de Compostela; después, entre otros lugares, Finisterre, Padrón, Muros, Pontevedra, Redondela, Barcelos, Barreiro, Oporto, Lisboa, Sevilla, Córdoba, Valencia, Sagunto, Girona, Figueres, etc., para regresar desde allí a Francia, hacer una ruta por Flandes (Mons, Nivelles, Bruselas y Malinas) y volver a Breslau, de donde había partido en un principio (Halm, 2001, n.º 89: 223).

También a los médicos como Hieronymus Münzer (1437-1508) les atrajo lo exótico, sobre todo para huir de la peste en su ciudad natal (Núremberg), y aprovecharon la ocasión para hacer el esfuerzo de conocer tierras y gentes de las zonas más remotas de Europa. Tras Lyon, Narbona y Perpiñán, llegó a la Península Ibérica y visitó Figueres, Girona, Barcelona, Valencia, Alicante, Murcia, Almería, Granada, Sevilla, Lisboa, Coimbra, Oporto, Santiago de Compostela, Finisterre, Salamanca, Ávila, Toledo, Madrid, Alcalá de Henares, Guadalajara, Hita, Tudela, Barcelona y Pamplona, desde donde se dirigió de nuevo a Francia y, tras un desvío por Brujas, Malinas, Worms y Frankfurt, llegó de vuelta a su ciudad, Núremberg (Halm, 2001, n.º 107: 264-265). El relato de su viaje contiene todavía muchas más descripciones de lugares, pero para nuestros fines basta con diseñar un bosquejo a mano alzada de su viaje para percibir lo amplio del radio por el que se movió él, como la mayoría de los demás peregrinos, para visitar y, aparentemente sin esfuerzo, descubrir para sí grandes extensiones de la Península Ibérica.

Aunque la mayor parte de los monjes estaba sometida al mandato de la stabilitas loci, hubo alguna orden, como la de los Siervos de María, que concedió gran movilidad a sus miembros si ésta respondía a ideales religiosos. Hermann Künig von Vach, que se unió a esta orden en 1479, emprendió en 1495 una peregrinación a Santiago de Compostela. Tras haber visitado procedente de Einsiedeln muchos lugares en Francia, cruzó los Pirineos por Roncesvalles y se dirigió entonces, entre otras, a las siguientes ciudades: Pamplona, Burgos, León y Santiago de Compostela; después volvió a León y Burgos para regresar poco a poco a casa pasando en Francia por Burdeos (Halm, 2001, n.º 108: 267-268).

Algunos viajeros parecen haber perseguido objetivos casi planetarios en la medida en que se esforzaron por visitar el máximo de países posible en el mismo viaje. Arnold von Harff, un caballero del Bajo Rhin al servicio del duque Wilhelm IV de Jülich, realizó en 1496 un viaje de estas características y pasó por Italia, Siria, Egipto, Arabia, Etiopía, Nubia, Tierra Santa, Turquía, Francia y España. Su relato de viaje, extraordinariamente detallado, debía evidentemente servir como guía turística dedicada por él a su señor y a su esposa Sybilla. Harff coleccionó incluso muestras de idioma árabe, sirio, etíope, hebreo, armenio, turco, húngaro, euskera, serbocroata, albanés y griego, aunque no de español o portugués. Su fascinación estaba motivada por lo novedoso de la fauna y flora, las costumbres y las situaciones exóticas de los países que visitó.

Esta visión panorámica y la buena accesibilidad de una edición de su texto nos permiten en este caso embarcarnos con más precisión en la materia e intentar hacernos una idea de cómo percibió Harff el mundo en la Península Ibérica.[16] Su Peregrinación ya ha sido tratada con bastante profundidad, aunque, no obstante, el interés se ha centrado por lo general en aspectos que no nos afectan directamente, como la transmisión manuscrita, los glosarios que contiene el relato o los conocimientos que tenía Harff de lenguas extranjeras, sus observaciones sobre la ciudad como hilo conductor de su relato, las xilografías que acompañaban al texto y que le proporcionan valor antropológico o las actitudes religiosas del autor.[17]

La investigación no alemana apenas se ha ocupado de Harff, aun existiendo una traducción inglesa de su obra.[18]

No hay otro escritor de viajes de la Baja Edad Media que haya hecho un informe de sus experiencias tan exhaustivo y hasta con el detalle técnico más nimio. Sin embargo, no debemos cifrar muy altas nuestras expectativas de encontrar afirmaciones relevantes en cuanto a la mentalidad, ya que Harff destaca en primer lugar –como se observará después en el Fortunatus– la distancia que hay entre los diferentes lugares aunque no escatima esfuerzos para dar el nombre de los poblados más pequeños (pp. 227-228). Como debía ser normal para un cristiano de la Baja Edad Media, la atención de Harff se centra sobre todo en iglesias, retablos, santuarios, etc., pero junto a esto comenta también las prácticas de ejecución, sobre todo las que le parecen crueles en España: «Item in Hyspanyen deyt man gar strenglich justicien» («En España se ajusticia con especial rigor», p. 228), sin interesarse por el trasfondo y procediendo más fenomenológica que analíticamente. Parece ser que le escandalizó haber visto incluso a mujeres bamboleándose en la horca, algo que el ilustrador representó eficazmente en una drástica escena. Cuando el autor se centra más en una ciudad, como en el caso de Burgos, sólo informa de que es una ciudad bonita, que está sometida al rey de Castilla, que posee una catedral considerable, que está encabezada por un obispo, que además tiene un palacio real y que está situada junto a un río (229-230). Harff se queja amargamente del hospedaje en España, ya que los albergues no incluían la comida en el precio: más bien se hacía necesario comprarla en la calle. También le atormenta que el huésped tenga que pagar aparte la ropa de cama, algo que en su conjunto le lleva al juicio de que «ist Hyspanien gar eyn buesser lant, as ich in der Turkijen mit der cristenheyt funden hane ind dae man eyns mans me spottet dan in Hyspanien» («España es un país mejor que el que he encontrado en Turquía con la cristiandad, y [no hay lugar] donde se burlen más de uno que en España», 230).

En Galicia le llama la atención que todas las mujeres llevan aros de oro o plata en las orejas (231), pero su atención recala principalmente en la dotación de las iglesias, algo que, lógicamente, está cercano a su condición de peregrino. Se informó especialmente sobre las reliquias de Santiago de Compostela y menciona la cuestión polémica de si los restos del apóstol están en verdad enterrados allí o en Tolosa, en el Languedoc (p. 233). También fue importante para él la posibilidad de conseguir allí una concha como acreditación de su peregrinación (233-234), cuando el resto de las ocasiones apenas habla de las gentes o de la cultura extraña que le rodeaban. También se puede decir esto de otros apartados de su descripción, y no deja entrever nada de su postura personal sobre la cultura y la sociedad de España o Portugal. Visto en su conjunto, su interés narrativo no se refiere prácticamente nada al entorno, sino, en primer lugar a sí mismo como viajero, de manera que en su informe de viaje nos topamos frecuentemente con largas listas de lugares de estancia que marcaron la ruta, sin poder extraer mucha más información sobre otros aspectos relevantes. Si contemplamos, por el contrario, el relato que hace Harff de otras partes de su peregrinación mundial, descubriremos diferencias considerables, como en el caso de cuando nos habla en Siria de los jardines, el paisaje, la estructura de gobierno o la praxis comercial (por ejemplo, p. 196). Cuando el autor nos da informaciones más exactas sobre el mundo en España, éstas se refieren a iglesias y conventos, por ejemplo: «vff eyn halff ijle ouer dat wass Moneta lijcht eyn schoyn kartuyser kloister vff eynem kleynen berge, heischt ad mille flores. dae inne lijgen alle die koeninck ind konincgynnen van Kastilien begrauen» («en una península sobre el río Moneta se alza un hermoso monasterio cartujo sobre un montículo, llamado Miraflores. Allí están sepultados todos los reyes y reinas de Castilla», p. 230).

Pero también proporcionó datos muy similares sobre, por ejemplo, Padua o Venecia, ya que las intenciones de su viaje eran tan amplias que nunca encuentra tiempo para dejar reposar las cosas que están justo delante de él, a no ser que éstas despertaran su interés turístico, interés que, sin embargo, era dirigido conscientemente por los guías locales. Así se le muestra en Roncesvalles el presunto cuerno de caza de Roldán (Roland) y él se muestra admirado por el recuerdo del gran héroe sin comprobar la autenticidad de esa pretensión, tal como hizo antes que él Hieronymus Münzer: «dat saicht man were Roelantz des resen jheger horn geweest» («ese, se decía, era el cuerno de caza del gigante Roland», p. 226).[19]

La lista de peregrinos a Santiago, sin embargo, no se interrumpe ni con Arnold von Harff ni con Hieronymus Münzer. A principios del XVI se puso en camino Gerdt Helmich de Hildesheim, y ese mismo año partió hacia España también el duque Heinrich el Piadoso de Sajonia para dar satisfacción a su necesidad religiosa y descubrir al mismo tiempo el mundo exótico de la Europa meridional (Halm, 2001, n.º 116: 292; n.º 117: 293). Sigmund Freiherr zu Herberstein pasó entre 1519 y 1520 tanto por Italia como por el norte de España (Halm, 2001, n.º 136: 334), y el príncipe elector Friedrich II von der Pfalz consiguió incluso venir a España cinco veces en su vida: una vez a Madrid en su juventud, a Barcelona en 1520, a Granada en 1526, otra vez a Barcelona en 1535 y en 1538 a Toledo.[20]

Es cierto que la mayor parte de los peregrinos europeos se esforzó por visitar Tierra Santa, pero también Santiago de Compostela se mantuvo durante siglos como uno de los destinos preferidos. Esto justifica que podamos asumir la existencia de un intenso tráfico de viajeros entre Alemania y, al menos, el norte de España durante los siglos XV y XVI. En algunas ocasiones, los viajeros llegaban incluso a adentrarse en el sur y, a veces, hasta llegaban a la costa del norte de África (Plötz, 1988), como en el caso del caballero Georg von Ehingen (1428-1508).[21]

Sin embargo, el más exhaustivo en sus observaciones sobre España fue el ya mencionado Hieronymus Münzer, médico de Núremberg, puesto que describe con el máximo detalle cada una de las ciudades que visitó en 1494 en su viaje a Santiago de Compostela y después hacia el sur; hace incluso descripciones a vista de pájaro para dar al lector una especie de visión panorámica desde la torre más alta de cada ciudad. Además, es el único que apunta diligentemente cuántos alemanes viven en España o Portugal, ya sean artesanos, comerciantes, músicos o impresores, los cuales proceden de Estrasburgo, Augsburgo, Esslingen, Frankfurt, Fulda, Gmünden, Kempten, Mergentheim, Espira, Stettin, Danzig, Zürich y Ulm, entre otras ciudades. Debe resaltarse que Münzer no sólo se limitó a iglesias y santuarios, sino que también nos dio información detallada sobre la geografía y la economía locales, de modo que el lector obtiene una impresión muy vivaz y se puede hacer una idea plausible de cómo transcurría la vida en la Península Ibérica. Con frecuencia Münzer hizo el esfuerzo de comparar los lugares o las regiones que visitaba con los de Alemania con el fin de transmitir una mejor imagen de lo que él tenía ante sus ojos. También resulta inusual su interés por los aspectos históricos, puesto que sigue en repetidas ocasiones la historia de edificios aislados y ciudades sin escatimar observaciones personales, ni siquiera sobre cadalsos escalofriantes.[22]

Hasta los cristianos que no podían emprender personalmente el camino a los grandes lugares de peregrinación en Tierra Santa, en Italia o en la Península Ibérica, tenían a su alcance relatos de viajes con los que podían viajar en espíritu. Felix Fabri (1437/1438-1502) escribió una descripción de viaje de este tipo y en su Sionpilger (Peregrino de Sión) incluyó lo que había escrito para las monjas del convento de Medlingen, cerca de Dillingen. En la medida en que éstas estaban sometidas al mandato de stabilitas loci y no se les permitía ir personalmente de peregrinación, este trabajo altamente inusual pero fascinante les servía de instrumento adecuado para ver el mundo con sus ojos espirituales y dar cumplida satisfacción a la necesidad de enriquecimiento espiritual por la peregrinación.[23]

Fabri se dedica aquí también al viaje a Santiago de Compostela y habla de Barcelona y Valencia, entre otros lugares. Sin embargo, no se mencionan elementos característicos de la última de estas ciudades, el autor sólo habla de los mártires cristianos que padecieron suplicio allí por sus creencias:

In die grössen statt In der Sant Vallerius der bischoff vnd Sant vincencius sein leuit haben gröb martir gelitten von dem Richter Daciona Dau habent die prediger ainen schoenen Conuent In dem Sant Vincencius martir lyplich lyt Vß der statt was geborn (En la gran ciudad en la que el obispo San Valero y su diácono San Vicente sufrieron un cruel martirio a manos del juez Daciano, allí los predicadores tienen un bonito convento en el que yace el verdadero cuerpo de San Vicente en el lugar en que nació, p. 363).

Pero justo a continuación, Fabri menciona una ciudad que no se puede identificar con exactitud, Olicorda, en la que perdió la vida el héroe Roldán, algo que se refiere directamente al Rolandslied, pero que aquí refleja con claridad el desconocimiento geográfico del autor, quien simplemente había copiado de sus fuentes y confundió aquí el Roncesvalles pirenaico con una ciudad cercana a Valencia de nombre similar:

Nit wyt von valentz ist Olicorda die statt dau ist vmb komen Ruolandus ain starcker ritter mit vuil raisigem volck von den vngeloebigen vnd dau ist Runciual der grouß Spitaul (No lejos de Valencia está Olicorda, la ciudad donde los paganos hicieron sucumbir a Roldán, un poderoso caballero, con muchos soldados infieles, y allí está el gran asilo de Roncesvalles, p. 363).

A continuación, el autor conduce a sus compañeros de viaje virtuales desde Valencia a la costa, donde se embarca para navegar hasta Cartagena. Los detalles se desvanecen, como es lógico, enseguida, y Fabri hace vagar su mirada intelectual rápidamente por la geografía ibérica; esto, evidentemente, no perjudica en absoluto a su público si sólo se quieren extraer los aspectos espirituales de la lectura. Por este motivo, el peso narrativo recae de manera coherente en las iglesias locales y en la historia de santos y mártires, aunque Fabri incluya en ocasiones también otro tipo de informaciones, como cuando habla de la Universidad de Salamanca:

Vnd ist ain houchi schuol dau der gantzen lantschafft hyspanarum vnd von Salamantica gaund si in die stat obila In der ligend die hailigen sant Secundus ain bischoff vnd Sanctus Sinbina cristina martir vnd sant Vincentz marti vnd dau belyben die bilgrin (Y hay allí una universidad para todas las Españas, y de Salamanca van a la ciudad de Ávila. Allí yacen el obispo San Segundo y Santa Sabina y Cristeta mártires, y San Vicente Mártir y allí van y permanecen los peregrinos, p. 365).

En ocasiones, el autor ridiculiza a compañeros de viaje ignorantes que no son capaces de interpretar correctamente la etimología de ciertos topónimos. Cuando habla, por ejemplo, de Finisterre, que era el punto final de la tierra (se ve que en aquel momento desconocía el descubrimiento de América), se ríe de que algunos legos necios cometan un error de bulto al interpretar el nombre: «verstaund nieman des vinis terre den finstern stern Daurumb si Sant Iacob haissen den vinsternstern» («Nadie entendía la estrella oscura como “finisterre”. Por eso llaman a Santiago “la estrella oscura”», p. 366).

Los peregrinos de Sión (Die Sionpilger) proporcionan una buena impresión sobre lo poco que se interesaban precisamente los viajeros (o lectores) motivados por la religión por las condiciones físicas reales, incluso cuando tenían conciencia clara de la ruta real hasta Santiago. Tenemos, sin embargo, un contraejemplo decisivo en el extraordinario Trachtenbuch de Christoph von Weiditz, que visitó España en 1529 estando al servicio del emperador Carlos V. Este autor dibujó con gran atención imágenes de los distintos tipos de personas que reflejaban en múltiples aspectos un nuevo nivel de idiosincrasia en la relación entre la Península Ibérica y Alemania.[24]

En parte se trataba claramente de un encargo, pues el artista retrató a algunos de los gobernantes más significados, aunque se incluyó a sí mismo y fijó su atención después en los hombres exóticos a sus ojos con los que se encontró en su viaje. Entre éstos se contaban en especial los representantes de los indios americanos traídos a Europa por los colonizadores como, digamos, piezas de exposición. Weiditz hizo aparentemente un esfuerzo para representar a estos hombres del modo más natural posible sin respetar ninguna de las tradiciones medievales de monstruos o de presentar a los indios como caníbales tal vez, algo que formaba parte de una iconografía apreciada en la época.[25]

El artista integró además gran cantidad de escenas cotidianas de la agricultura, de las ciudades, de las cortes y, sobre todo, de los caminos. Merecen atención sus imágenes de los moriscos, que utilizó en diferentes ocasiones como motivo, debido a que, por su aspecto insólito, le llamaban poderosamente la atención. De las mujeres moriscas pasó a las mujeres en general, y creó una serie de ilustraciones que reflejaban los distintos estamentos sociales (Epalza, 1992). No satisfecho con esto, Weiditz incluyó también imágenes de policías castellanos, aguadores, sicarios, esclavos negros, campesinos, plañideras, nobles y burgueses (de Valencia, número LXXVIII), y creó así un panorama visual del mundo ibérico extremadamente rico, único en su época y en el entorno germano-parlante, que ofrece más información cultural que todos los demás relatos de viajes o recreaciones poéticas de experiencias de viaje (Oswald von Wolkenstein) en su conjunto (Hampe, 1927).

A modo de resumen, con todo lo dicho se puede establecer que, al menos a partir del siglo XV, si ya no desde algún tiempo antes, hubo contactos relativamente estrechos entre el mundo germano-parlante y la Península Ibérica. En parte cobran importancia los peregrinos jacobeos, a veces, sin embargo, dominan la escena comerciantes y artesanos. Las mejores fuentes, aunque bastante superficiales y de tipo fáctico, las proporcionan los viajeros por motivos religiosos, aunque éstas, a su vez, tienen la impronta de los esquemas de informe y nos impiden una visión de mayor profundidad. En este sentido, el Trachtenbuch de Weiditz transmite una impresión excelente de cómo percibía un viajero alemán la sociedad de España o Portugal y de cómo era capaz de darle forma visual en su policromía.

Como ya pude constatar anteriormente: «en el segle XV, la Península Ibèrica s’havia convertit, d’aquesta manera, en la destinació de molts comerciants, artesans, cavallers, poetes i erudits alemanys» (Classen, 2003b: 36-37). Este juicio continúa vigente y ahora puede incluso ser confirmado y ampliado por una serie de fuentes diferentes, lo que debería tener amplias consecuencias en un nivel comparatístico de la futura historia de la mentalidad de la Baja Edad Media europea. Las escasas informaciones sobre la Península Ibérica en los mapas medievales y las observaciones fugacísimas sobre Castilla o Aragón en las novelas corteses sólo nos dicen que el discurso público en la Alta Edad Media no se centraba todavía de manera intensiva en los objetos geográficos concretos, mientras que a partir de la Baja Edad Media aumenta la importancia del anclaje geográfico y la toma de conciencia del mundo ajeno. Tampoco debe olvidarse que la Reconquista, que culminó con la toma de Granada en 1492, sometió a la influencia cristiana partes cada vez mayores de la Península Ibérica, con lo que los viajeros del norte de Europa también podían dirigirse a esos lugares con tranquilidad y sin peligro por parte de los musulmanes. Como hemos visto, pronto fueron acompañados de artesanos y artistas, y a partir de la Baja Edad Media, España y Portugal podían considerarse apenas parte del auténtico extranjero dentro de Europa.

Traducción de José Antonio Calañas Continente

Universitat de València

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[1] Dinzelbacher (2003: 180-182). Un enfoque mucho más teórico tienen las contribuciones de Hanawalt y Kobialka (2000). Ertzdorff y Giesemann (2003) se refieren a una gran cantidad de casos aislados, tratan las dimensiones míticas del relato de viajes y consideran los tópicos de la percepción de lo ajeno, aunque apenas se refieren a los factores que determinaron en los viajeros medievales la consciencia del espacio y la cultura. Véase sobre esto mi recensión (2005) en Mitteilungen des Instituts für Österreichische Geschichtsforschung 113, 1-2, pp. 176-177.

[2] Sobre esto, cf. Molly C. Robinson (1998).

[3] Sobre la historia de los juglares, véase Dobozy (2005). Parece, sin embargo, como podemos inferir de sus estudios, que hay algunas referencias a España en la poesía trovadoresca.

[4] Sobre esto, véase mi estudio (2003b). Un ejemplo concreto se encuentra, entre otros, en el cantar de gesta Walberan, citado aquí de Tuczay (1999: v. 86).

[5] A título de ejemplo, véase sobre este tema Mai und Beaflor (2006: 3878 y ss.).

[6] Sobre esto, véase Moraw (1992).

[7] Una síntesis sobre esto se encuentra en Müller (1990).

[8] Cf. Classen (2000b: 54-58).

[9] Sorprendentemente se encuentran muchos datos en esta base de datos en Internet: Middle High German Conceptual Database, Universität Salzburg, búsquedas de, por ejemplo, «Hispanje», «Ispanje», «Ispân», «Ispanie», etc. En línea <http://mhdbdb.sbg.ac.at:8000/help/ dictionary.html#search_window> (último acceso: 30/1/2007).

[10] Sobre esto, véase Stegbauer, Vögel y Waltenberger (2004). Sobre el concepto de German Studies desde la Medievalística, véase Classen (2000a).

[11] Sobre esto, véanse los artículos en Herbers (1988). Aquí se trata principalmente la experiencia religiosa y del viaje, no el encuentro con el mundo ibérico desde la perspectiva de los viajeros alemanes. A título de ejemplo citamos aquí el artículo de Klaus Herbers, «Der erste deutsche Pilgerführer: Hermann Künig von Vach», pp. 29-49.

[12] Hirschfelder (1994: 13-14). Sobre esto, cf. Vincke (1959), Mitja (1962/1963) y Ammann (1970).

[13] Schwietering (1902: 10); lógicamente, sus pruebas documentales parecen ser poco numerosas. Y su trabajo está, en cualquier caso, marcado por su objetivo de polemizar contra Arturo Farinelli.

[14] Aunque referido a la motivación de los viajeros al Extremo Oriente, Münkler (2000: 232-240) sintetiza bien los argumentos filosófico-históricos y teológicos desde la Antigüedad.

[15] Classen (2003b). Cf. también Classen (1994/1995).

[16] Halm (2001, n.º 111: 279-281). No sorprende que Hoffmeister (1976) no tuviera conocimiento de este viajero. En historias de la literatura más antiguas sólo se menciona a Harff de pasada, véase, por ejemplo, Rupprich (1970: 162). Este tratamiento superficial le ha sido otorgado también en la crítica más reciente, véase, por ejemplo, Cramer (1990: 135).

[17] Una bibliografía completa de los estudios significativos se encuentra en Halm (2001: 276-279). Desde entonces no han aparecido estudios relevantes y, en todo caso, la percepción del mundo en la Península Ibérica no ha sido considerada hasta ahora.

[18] A Harff se le nombra tres veces en Friedman, Mossler y Figg (2000: 24, 25, 331), pero no se ha incluido una entrada específica para él. Véase Pilgrimage (1946). Últimamente ha aparecido una traducción al alemán actual; véase Rom (2007) y una exposición: <http://user.phil-fak. uni-duesseldorf.de/~brall/offiziellebeilage.pdf>.

[19] Habría de retirarse la apreciación de Malcolm Letts (traducción) «in Spain he has many hints about customs restrictions» (Pilgrimage, 1946: xxxi).

[20] Halm (2001, n.º 137: 335). Cf. Hasenclever (1907).

[21] Cf. Classen (2000a: 67-69).

[22] Ya he tratado en profundidad la figura de Münzer, véanse Classen (2003b: 20-23) y Classen (2003c).

[23] Fabri (1999); véase también Classen (2005).

[24] Sobre esto, véase Classen (2004).

[25] Sobre esto, cf. Honour (1982).

UN VIAJERO ALEMÁN EN VALENCIA HACIA 1800: CHRISTIAN AUGUST FISCHER[*]

Berta Raposo Eckhard Weber

Universitat de València

El escritor y viajero Christian August Fischer, en su época autor popular de numerosos relatos de viaje, de literatura erótica de entretenimiento y de fábulas políticas, parecía hasta hace poco haber caído en el olvido. Si se consultan los diccionarios biográficos y literarios alemanes, o no se encuentra ninguna información sobre su vida y obra, o se le presenta a nivel de los conocimientos del siglo XIX, con informaciones biográficas y bibliográficas erróneas. Sólo muy recientemente ha empezado la Germanística a interesarse por él y a presentarlo al público moderno. La presentación más amplia hasta ahora es la monografía aparecida en el año 2001 «Die Einsamkeit, die Natur und meine Feder, dies ist mein einziger Genuß». Christian August Fischer (1771-1829) – Schriftsteller und Universitätsprofessor, de Josef Huerkamp y Georg Meyer-Thurow, que centra su interés en la obra de Fischer, pero sobre todo en su trayectoria biográfica, que es trazada con ayuda de numerosas cartas escritas por el propio escritor, así como de documentos biográficos propios que aparecen en sus obras.

A raíz de la presentación de su Cuadro de Valencia en este Congreso, y con el trabajo realizado por nuestro grupo de investigación de la Universitat de València, se está dando ya a conocer más ampliamente en España[1] a este polígrafo que consiguió presentar a amplios sectores del público lector alemán la España que en el siglo XVIII todavía era una gran desconocida, rodeada de exóticas leyendas.

De las diferentes etapas de su vida (años de infancia y juventud en Leipzig, la época de los viajes por el sur de Europa y su vida como escritor en Dresden, su difícil época como profesor de la Universidad de Würzburg y las últimas estaciones de su vida hasta su temprana muerte a la edad de cincuenta y ocho años) nos interesan especialmente los años 1797 y 1798, cuando viajó por gran parte de España. No cabe duda de que Fischer explotó al máximo su estancia en este país, y el resultado de ello son no menos de diez textos de distinto tipo y dimensiones.[2] En primer lugar, hay que mencionar sus grandes crónicas de todo el viaje, estructuradas a dos niveles distintos de ficcionalidad: Reise von Amsterdam über Madrid und Cadiz nach Genua in den Jahren 1797 und 1798 (Viaje de Ámsterdam por Madrid y Cádiz a Génova en los años 1797 y 1798), un relato de viaje al uso que alcanzó rápida y amplia difusión en Europa (dos ediciones en 1799 y 1801, críticas muy elogiosas, traducciones al francés, inglés y sueco); y Reiseabentheuer (Aventuras de viaje, con dos ediciones en 1801 y 1802), una crónica novelada del mismo viaje que, sin embargo, presenta en parte una trayectoria diferente a la del Viaje (en lugar de ir del País Vasco hacia el sur en dirección Madrid, da un rodeo por Santander, Asturias, Galicia y Zamora; rodeo evidentemente novelesco, pues lo más probable es que Fischer no visitara nunca esos lugares). Además, publicó una guía de conversación comercial hispano-alemana; una antología sobre temas políticos y mercantiles españoles; monografías sobre Madrid, Valencia y las Baleares; misceláneas sobre temas españoles de actualidad; traducciones, y adaptaciones de literatura española: Quevedo, Mateo Alemán y un volumen de «novelas (es decir, narraciones breves) españolas» (Spanische Novellen), cuyas fuentes no han podido ser identificadas hasta ahora. Por si esto fuera poco, tradujo y anotó los relatos de viaje de los franceses Jean-François Bourgoing y Alexandre Laborde, dos de los más difundidos y apreciados de la época, así como una obra de Pedro Estala sobre las colonias españolas de América. Fischer es el único viajero que además de relatos de viaje generales escribe monografías sobre una ciudad o zona en especial. Así, tenemos el Gemälde von Madrid o Cuadro de Madrid (traducido al inglés y sueco) de 1802, el Cuadro de Valencia de 1803 y un Cuadro de Valencia de 1809 que, pese a su título, trata de las Baleares.

El Cuadro de Valencia no es un relato compacto. Está compuesto de breves capítulos sobre los más diversos temas sin que se pueda percibir ninguna sistematización especial, lo que se confirma si damos un breve vistazo al índice: junto a capítulos sobre comercio, industria y mineralogía, se encuentran cuadros de costumbres como bodas, celebraciones de Nochebuena, fiestas acuáticas, ladrones de agua o descripciones turísticas avant la lettre sobre la ciudad de Valencia, con sus monumentos, iglesias y calles, sin poderse descubrir a simple vista ningún orden determinado. Pero este carácter de mosaico, junto con su estilo ligero y ameno, es lo que le confiere su gran atractivo. Se trata de un bien logrado ensamblaje de temas y formas que integra de manera muy armónica todas las fuentes utilizadas, que no son pocas, principalmente las Observaciones sobre la historia natural, geografia, agricultura, poblacion y frutos del reyno de Valencia de Antonio José Cavanilles (1795-1797): datos estadísticos, detalles concretos y todo lo que se requería de una crónica de viajes ilustrada. La obra de Fischer está a medio camino entre el relato de viaje empírico-cuantitativo y el subjetivo-cualitativo. Porque aparte de todos los datos contables y medibles, su aportación propia y su visión extraordinariamente personal predominan sobre todo lo demás. En este sentido, no es totalmente exacta la información dada por Huerkamp y Meyer-Thurow sobre el Cuadro de Valencia en su bibliografía de los escritos de Fischer («sobre la base de A. J. Cavanilles, Observaciones sobre la historia natural geografia, agricultura, poblacion y frutos del reyno de Valencia»[3]). Cavanilles es una fuente fundamental para Fischer, pero no la única, y además, utilizando toda una serie de bases documentales, él logra componer una obra totalmente nueva.

El hecho de que le haya dedicado un libro especialmente a Valencia puede que se deba a que con las Observaciones de Cavanilles disponía de suficiente material de apoyo para hacerlo, pero aparte de ello, indudablemente ésta fue la ciudad de España que más impresionó y más entusiasmó a Fischer. Lo expresa así tanto en el relato general de su viaje a España como en Reiseabentheuer y en el Cuadro de Valencia, llegando a extremos que hoy pueden parecernos inverosímiles. Por ejemplo, cuando hace recuento de extraordinarios casos de longevidad:

... en Valencia (...) se da con tanta frecuencia una vejez dichosa, y (...) una vejez extraordinaria no es ninguna rareza. (...) En todas partes oiréis hablar de viejos de ciento veinte años, incluso de ciento cuarenta, que todavía están alegres y activos (Fischer, 2008: 260).

Todos los elogios del clima, de la vegetación y de la fertilidad, o de la belleza y precocidad de las mujeres, que hoy pueden parecernos tópicos, entonces no lo eran, sino que constituyen una antiimagen al servicio de la antropología positiva, que pinta el hombre y el mundo no como es, sino como debería o podría ser.[4] Pero la imagen idílica del ser humano se complementa con una imagen satírica. No se le puede reprochar a Fischer ser acrítico y cerrar los ojos a la realidad. El Cuadro de Valencia denuncia repetidas veces la ineptitud de los gobernantes, el fanatismo religioso, etc. Desde la postura del ilustrado alemán, Fischer está convencido de que un gobierno más sabio podría contribuir a que se tomaran algunas medidas concretas para mejorar el reino.[5]

Valencia consigue incluso el milagro de que el protestante Fischer se muestre comprensivo y desprejuiciado ante el culto a los santos practicado por los valencianos. Se trata de pasajes que destilan una fina y benévola ironía. Por ejemplo, hablando de las representaciones teatrales en la fiesta de San Vicente:

¿Puede, por ejemplo, haber algo más excelso que cuando San Vicente recupera un pastel de arroz perdido o cuando consigue detener con su hisopo un toro enfurecido? Se adivina: los bondadosos habitantes de este país se han buscado un santo patrón a su medida. ¡Viva San Vicente! (Fischer, 2008: 152).

Todos estos detalles, algunos de los cuales quizá parezcan anecdóticos o pintorescos, son importantes porque pueden servir, entre otros indicios, para demostrar la estancia de Fischer en España, hecho que han puesto en duda no sólo alguna voz procedente de la Germanística,[6] sino también ya algunos de sus contemporáneos, que intentaban desacreditarle en la época en la que su estrella en la Universidad de Würzburg empezaba a declinar. Friedrich y Dorothea Schlegel, en cartas dirigidas al teólogo Heinrich Paulus, antiguo protector de Fischer en la Universidad, aluden de manera un tanto insidiosa a ciertas «calumnias» de gentes que sospechan que quizá Fischer pudo no haber estado nunca en España.[7] Pero esto sucedía en un momento en que estaba empeorando su posición como académico advenedizo y novato en el mundo universitario, por lo cual hay que tomar con mucha precaución todos los juicios negativos expresados sobre él por personas que sólo lo conocían de lejos.

Frente a esto, están todos los detalles proporcionados por Fischer y que son probablemente fruto de la propia observación, como ya hemos indicado anteriormente. Además, las coincidencias entre los relatos de Fischer y de Wilhelm von Humboldt en Die Vasken (1801) sobre el puerto vasco de Guetaria. En su Viaje, Fischer relata que se alojó en casa del cirujano del pueblo, y menciona algunos libros de medicina que encontró en su biblioteca. Humboldt, después de remitirse a la descripción de Guetaria en el Viaje de Fischer, menciona que se alojó en casa del mismo cirujano y encontró la biblioteca «todavía en el mismo estado» (Humboldt, 1961: 483 y ss.). Fischer también habla de un «indiano», y explica, «es decir, un hombre que ha hecho su fortuna en América» (Fischer, 1998: 46), que conoció allí y sobre el que da muchos detalles. Humboldt, por su parte, vuelve a referirse expresamente a Fischer en este contexto: «D. Francisco Echabe, el indiano que menciona el Sr. Fischer en su Viaje, ya no vivía cuando visitamos Guetaria» (Humboldt, 1961: 483 y ss.).

Si a esto añadimos la ausencia de publicaciones durante todo el año de 1798 en un autor como Fischer, cuyo ritmo de producción a partir de 1795 es de un promedio de tres libros por año, no es aventurado suponer que su estancia en España transcurrió, quizá no durante tanto tiempo como declara en su Viaje (dieciséis meses), pero sí a lo largo de ese año.

Los tres distintos acercamientos de Fischer a Valencia (en el Viaje, en las Reiseabentheuer y en el Cuadro de Valencia) coinciden en la alabanza del clima, la vegetación, las gentes y el estilo de vida. En las Reiseabentheuer, debido a la brevedad y al carácter semificcional de la obra,[8] se observa un mayor grado de idealización y tipificación. Pero los detalles presentes en el Viaje y en el Cuadro de Valencia están en gran parte tomados no sólo de las fuentes utilizadas, sino también de observaciones propias, e incluso de conversaciones.9 Con ello se neutralizan algunas inexactitudes, por ejemplo, la afirmación (Cuadro de Valencia, p. 8) de que el viento del oeste trae nubes de lluvia en los equinoccios, cuando en realidad es justamente lo contrario.

Valencia fue para Fischer la última estación significativa de su viaje, y allí se concentró su experiencia de España. Las múltiples impresiones, observaciones e informaciones ofrecidas sobre esta ciudad y su entorno proporcionaron, a un nivel divulgativo muy propio de la llamada «filosofía popular» típica de la Ilustración tardía alemana, una imagen del país y de sus gentes despojada de mitos e imbuida de espíritu ilustrado y optimista, resumida perfectamente en la siguiente cita de su Viaje:

En el curso de los cambios generales que pronto habrá en España, desaparecerá también aquí la presión de la nobleza y del clero, y Valencia se convertirá en la fuente de la nueva luz para todas las restantes provincias (Fischer, 1998: 186 y 438).

BIBLIOGRAFÍA

ANDRESEN, Karen (2008): «El ideario de la Ilustración en Christian August Fischer», en Fischer, 2008, pp. 63-74.

FISCHER, Christian August (1801): Reiseabentheuer II, Dresden, Heinrich Gerlach.

— (1998) [1799]: Reise von Amsterdam über Madrid und Cadiz nach Genua in den Jahren 1797 und 1798, Neuedition der Ausgabe, Berlín, ed. de Christian von Zimmermann, Heidelberg, Palatina.

— (2008): Cuadro de Valencia (Gemälde von Valencia), ed. de Berta Raposo y Grupo «Oswald», traducción de José Antonio Calañas et al., Valencia, Biblioteca Valenciana.

HUERKAMP, Josef y Georg MEYER-THUROW (2001): «Die Einsamkeit der Natur und meine Feder, dies ist mein einziger Genuß». Christian August Fischer (1771-1829) – Schriftsteller und Universitätsprofessor (Bielefelder Schriften zur Linguistik und Literaturwissenschaft, hrsg. v. Jörg Drews und Dieter Metzing, Bd. 15), Bielefeld, Aisthesis. 9. P. ej., en su Reise/Viaje (Fischer, 1998: 185/434) confirma su opinión sobre la lentitud de las obras del puerto hablando con unos franceses que trabajan allí.

HUMBOLDT, Wilhelm von (1961): «Die Vasken oder Bemerkungen auf einer Reise durch Biscaya und das französische Basquenland im Frühling des Jahrs 1801», en Andreas Flitner y Klaus Giel (eds.): Wilhelm von Humboldt Werke in fünf Bänden II, Stuttgart, Cotta, pp. 418-627.

MÜNSTER, Reinhold (2008): «El país de la primavera celestial. Sobre la estética del cuadro en Christian August Fischer», en Fischer, 2008, pp. 43-61.

[*] Este artículo se enmarca en el Proyecto de Investigación GV05/282 «Viajeros alemanes en Valencia en el siglo XVIII y principios del XIX», financiado por la Conselleria d’Empresa, Universitat i Ciència de la Generalitat Valenciana.

[1] Anteriormente habían aparecido una tesis doctoral inédita de Hiltrud Friederich-Stegmann (La imagen de España en los libros de los viajeros alemanes del siglo XVIII. Con la traducción de las cartas correspondientes al «Viaje por España durante los años 1797 y 1798» de Christian August Fischer, Madrid, UNED, 2003) y dos artículos de Margit Raders (2003): «Christian August Fischer: Reise von Amsterdam über Madrid und Cadiz nach Genua in den Jahren 1797 und 1798. ¿Impresiones de un viajero o ficción literaria?», en Isabel Hernández, Margit Raders y M.ª Luisa Schilling (eds.): Actas de la XI Semana de Estudios Germánicos Das Fremde im Eigenen: Sprache, Literatur und Kultur des deutschen Sprachraums aus interkultureller Perspektive (Lo ajeno en lo propio: la lengua, la literatura y la cultura de los países de lengua alemana desde una perspectiva intercultural), Madrid, Ediciones del Orto, pp. 225-239. Margit Raders (2006): «Impresiones de España recogidas por un alemán entre la Ilustración y el Romanticismo: Christian August Fischer y sus libros de viaje», Revista de Filología Románica, anejo IV, 8, pp. 315-327.

[2] Véase la lista completa de sus publicaciones en Huerkamp y Meyer-Thurow (2001), pp. 438-456.

[3] Cf. Huerkamp y Meyer-Thurow, pp. 159 y 447.

[4] Cf. Münster (2008: 60).

[5] Cf. Andresen (2008: 68).

[6] Cf. Raders (2003).

[7] Cit. por Huerkamp y Meyer-Thurow (2003: 266).

[8] Ni siquiera aquí faltan observaciones muy realistas y personales, por ejemplo cuando dice que seguramente nunca volverá a dormir mejor en su vida que en las noches pasadas al raso en verano en La Mancha, de camino entre Andalucía y Valencia. Cf. Fischer (1801: 90).

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