Kitabı oku: «Fenómenos. Descripción del Orbe terrestre. Costas marinas.»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 296


Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ISABEL MORENO FERRERO .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2001.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO379

ISBN 9788424933234.

INTRODUCCIÓN GENERAL

1. EL FABULISTA AVIANO, EL HISTORIADOR FESTO Y R. FESTO AVIENO . SU VIDA

Rufo Festo Avieno parece ser el nombre, con alguna variante, como Postumio Rufio F. Avienio 1 , de un autor poco conocido, sobre el que nos han llegado algunas noticias y datos derivados de sus obras, y de algunas inscripciones y alusiones literarias, ni demasiado extensas, ni del todo claras. Lo cierto es que, como ocurre con otros personajes de la literatura, la coincidencia de diferentes nombres atestiguados con distintos datos, pero sin seguridad en las relaciones y en unas fechas relativamente próximas, ha suscitado numerosos problemas de identificación, no perfectamente resueltos, por lo demás, en el caso de Avieno.

De hecho, se ha planteado su posible relación con otro autor, casi homónimo y de parecida época, Aviano (ss. IV -V ), responsable de una colección de cuarenta y dos fábulas conocidas como fábulas esópicas, seleccionadas a partir de autores griegos, sobre todo Babrio 2 . Compuestas en dísticos elegíacos, para diferenciarse claramente de Fedro —que había utilizado el senario yámbico—, fueron dedicadas a un tal Teodosio, que parece enmascarar al autor de las Saturnales, Macrobio 3 . Con todo, a pesar de los intentos a favor de tal identificación 4 , hay un fuerte argumento en contra en la diferencia de los respectivos estilos: la variedad léxica y la inflexión estilística de Avieno, frente a la pobreza del fabulista, y su métrica, mucho más simple.

Esto, la diferencia de estilo, es también una de las principales objeciones para su posible identidad con Festo, autor de un muy breve resumen histórico, el Breviario de las hazañas realizadas por el pueblo romano 5 , que abarcaba desde la fundación de Roma (754/3 a. C.) hasta el emperador Valente (364-378 d. C.). Escrito por encargo suyo (en el 370 d. C.), a una edad avanzada 6 , como obra de iniciación al Emperador en la historia de Roma y, al tiempo, fórmula imperialista de propaganda para justificar y enaltecer su política oriental, el estilo es tan seco y poco elaborado —un tratado de historia de lectura áspera y pocas pretensiones—, que la comparación con el poeta en ese terreno es difícil. Hay, con todo, importantes coincidencias cronológicas, políticas y religiosas —ambos son paganos—, salvo que el historiador se ligue, como algunos han hecho, con el Festo de Tridento citado por Amiano 7 (XXIX 2, 22), que, después de actuar con habilidad profesional como abogado en Roma y labrarse una posición que le permitió desempeñar cargos de responsabilidad —gobernador en Siria en el 365 ó 368; y procónsul en Asia entre 372-378, donde se casó con una dama acomodada—, habría sido nombrado por Valente magister memoriae, entre 365-372; a la muerte de éste, privado de su cargo y acusado ante Teodosio, desaparece de la escena pública; debió de morir en tomo al 380. El problema de la relación entre ambos, pese a la coincidencia de ejercer los dos el mismo cargo junto a Valente —secretarios particulares 8 —, radica, no obstante, en la contradicción entre las ideas religiosas de cada uno: el tridentino, siniestra personalidad, de humilde linaje, es cristiano —según puede deducirse de su persecución a filósofos y ciudadanos sospechosos de ejercer la magia 9 —. Ello parece separarlos definitivamente 10 . Por otra parte, el Festo epitomador se califica de alguien «sin talento» 11 , mientras que el poeta Avieno, de firme presencia en su obra, parece muy seguro de sus propios méritos, y la comparación entre una obra poética y ambiciosa —si bien tampoco brillante— y un simple resumen histórico de cortos vuelos resulta siempre compleja, cuando no imposible; a pesar de todo, hay algunas coincidencias en ambas producciones en términos poco usuales, que sería lo único probatorio 12 . Pero, en el estado actual de la cuestión, termina Soubiran, «la identificación entre el poeta de la Descriptio y el autor del Breviario no puede ser refutada, ni demostrada» 13 . En cuanto a la opinión de Th. Mommsen y O. Seeck que convertían al historiador en el hijo de Avieno y el autor de la inscripción que recogeremos luego, si bien la cronología podría ser aceptable 14 , el inconveniente parece proceder de la afirmación del verso que lo convierte en creador de «muchos poemas»; que sepamos, Festo, autor de un pobre resumen histórico, no escribió tales creaciones poéticas. Ello encajaría más con el propio poeta, Avieno.

Así las cosas, la biografía de éste parece ceñirse a otra personalidad y otros datos. Dado que Lactancio en sus Instituciones (I 21, 38 y V 5, 4), fechadas entre el 305 y 313 d. C., cita a Cicerón y Germánico como traductores de Arato, y no a él, se deduce que su versión de los Fenómenos aún no había sido publicada. Gracias, sobre todo 15 , a la mención de Jerónimo, que es el primero en dar noticia de la traducción de los Aratea 16 en su Comentario a la Epístola de Tito (I 12), fechable en tomo al 386, se le ha situado a mediados del s. IV . De ser nuestro autor el responsable de los hexámetros de la inscripción que recogemos más abajo, según sus datos, procedería de una familia notable: la gens Musonia, de Volsinio (actual Bolsena), en Etruria; hijo de Cesio Avieno y descendiente del filósofo estoico Gayo Musonio Rufo 17 —maestro de Epicteto y Plinio el Joven—, habría vivido en Roma, con varios hijos, y sería un personaje importante en el ambiente político-cultural de su momento, a juzgar por los cargos públicos que habría desempeñado, especialmente los dos proconsulados 18 a los que hace también orgullosa referencia; uno parece presentar pocos problemas: habría sido en Acaya (Grecia), en el 372 d. C., de acuerdo con una inscripción honorífica griega de una estatua, de Atenas 19 , y durante su estancia allí habría tenido lugar una visita a Delfos (vv. 603-604) a la que él mismo se refiere en su Descripción del Orbe Terrestre. El otro es más problemático. Se supuso, a partir de una observación en las Costas Marinas («Nosotros en estos parajes excepto las ceremonias en honor de Hércules, no vimos nada digno de admiración» [vv. 273-274]), que habría sido desempeñado en la Bética, aquí en Hispania; pero ahora parece descartado, ya que en ese siglo IV los únicos proconsulados eran los de Asia, Acaya y África, y, además, tal referencia, pese a la opinión de Shulten, no indica cargo alguno ni lo presupone siquiera. Parece, más bien, haber sido en África (366-367 d. C.), donde apuntan, no sólo los argumentos filológicos al respecto de P. Monceaux 20 , sino otra inscripción descubierta más recientemente en Bulla Regia 21 . Y debió de ser muy estimado, según el poema que en dos dísticos elegíacos le dedicó un hijo suyo, Plácido, con profundo afecto filial, añadiéndolo al epitafio votivo, en hexámetros, que el propio Avieno había redactado y dedicado a Norcia, diosa etrusca de la Fortuna, en una placa de mármol que se conserva hoy en los Museos Vaticanos 22 :

R(UFO ). FESTO . V(ARÓN ) N(OBILÍSIMO ). DEDICA A LA DIOSA NORC (IA )

Festo, descendiente de Musonio e hijo de Avieno,

del que recibieron nombre las aguas Cesias,

de cuna Volsiniense, Norcia, te venero,

habitante de Roma, que por dos veces he desempeñado el cargo de procónsul

creador de muchos poemas, de vida intachable, de perfecta salud,

feliz por mi matrimonio con Plácida, y por el abundante número

de hijos gozoso: ¡larga vida para ellos!

Todo lo demás se desarrollará según la ley fijada de los hados.

A SU VENERABLE PADRE SU HIJO PLÁCIDO

Irás a las moradas ansiadas: ya Júpiter te abre

la gloria, Festo, a ti, para que entres radiante.

Y ya entras. Te tiende sus diestras el coro de los dioses

y, mira, ya te aplaude a ti todo el cielo 23 .

Quizá, el rasgo más llamativo de su personalidad, según se desprende también de sus propios versos, sea el sentimiento nostálgico, asociado a cierta intención moralizante, por el ya remoto pasado romano, en especial el de tiempos de Augusto. Perteneciente a un círculo de aristócratas, la vieja clase senatorial romana, y literatos, que añoraba las viejas costumbres, tradiciones y religión, se mantiene en una especie de torre de marfil, o campana de cristal, aislado de la realidad, circunstancias y problemas de la época que le tocó vivir. Silencia, por ejemplo, la presencia del cristianismo, que ya había triunfado como religión oficial del Imperio (desde el 313 d. C.). Pero tal silencio cae también sobre la situación general de la sociedad del momento, como reacción inconsciente, o premeditada, ante un final no muy lejano. Se refugia muy a gusto en ese pasado, al que rinde tributo, revolviendo y revisando, paladeando «viejos papeles», con el argumento, incluso, de que son de «gran autoridad», como si fuera una lista bibliográfica al estilo actual, útil o necesaria para reforzar sus tesis.

El gusto por la literatura clásica, en la que se había educado y en la que destacaba una corriente con rasgos propios temáticos y estilísticos, como era la poesía didáctica, que cuadraba con su carácter, le inclinó a la redacción de tratados de tipo científico, o para-científico, de tal manera que pudiera lograr una labor de propaganda de los antiguos valores, una especie de vuelta a los orígenes, procurando, además, que la información transmitida fuera fácilmente memorizable, a base de combinar el ritmo del verso y el juego de las figuras literarias —ejercicio de honda raigambre, también, en la tradición retórica clásica—. No sólo se trataba de posibilitar el recuerdo de la información transmitida, sino también de disfrutar del recitado de las obras en grupo, compuestas, como todas las obras literarias de la Antigüedad, más pensando en su lectura en público que en privado y por una sola persona. La tradición didáctica de la poesía griega y latina tenía, de hecho, una larga andadura que Avieno, avizorando el fin del Imperio, pretendió continuar como si en su presente no estuviera pasando nada. Asimismo, de sus obras puede deducirse más que una predilección, una delectación en la mitología, no sólo como simple elemento narrativo de apoyo, de modo que la exposición resultara más asequible, agradable y fácil de recordar al lector —fines de la poesía didáctica—, sino también como medio estilístico y un elemento valioso en sí mismo por formar parte de la tradición clásica.

2. OTRAS OBRAS Y ORDEN DE COMPOSICIÓN DE LOS FENÓMENOS , LA DESCRIPCIÓN Y LAS COSTAS

También en el género de la poesía didáctica habría que incluir los pocos poemas menores que han quedado 24 , de los innumerables que, como puro ejercicio de pluma, debió de componer: esa breve «Dedicatoria a la diosa Norcia» y la «Epístola a Flaviano Mirmeico» —treinta y un hexámetros, a alguien, residente en África pero, por lo demás, desconocido 25 , demandándole granadas (Punica mala) para combatir, con ellas, la falta de apetito de su estómago enfermo—; y las dos obras perdidas, según anotó Servio (hacia el s. IV d. C.) en su Comentario sobre Virgilio, precisando que las había escrito, las dos, en yambos: una recopilación de «leyendas» virgilianas (X 272) 26 ; y una «versificación de la obra histórica de Tito Livio», ardua empresa de cuya existencia parece dudarse, y cuya referencia podría deberse a un error en la transmisión manuscrita (X 388) 27 . En cambio, se le han atribuido en falso otros dos poemas: «Sobre la vida en el campo» y «Sobre el canto de las Sirenas» 28 . Todas estas breves composiciones son imposibles de fechar.

El orden de composición de las tres principales que nos han llegado tal vez fuera el de la traducción que vamos a seguir, que, a su vez, continúa el de la editio princeps (1488) a la que se atuvo Holder. Aquélla se iniciaba con el poema de dedicatoria a Flaviano Mirmeico —posiblemente porque se trataba de una copia para su uso—; siguen, luego, los Fenómenos, después la Descripción del Orbe Terrestre y, por último, las Costas Marinas. Tal vez fuera, decimos, la secuencia en que Avieno las escribió, porque en las Costas (vv. 71 ss.) se da por escrita ya la Descripción, mientras que los Fenómenos contaban en latín con una larga tradición, desde Cicerón y hasta Germánico, con huellas sutiles en otros muchos autores. Sin duda, o sólo quizá, Avieno tendría que haber empezado por una tarea para la que ya contaba con una gran documentación, como podría demostrar, además, el estilo. Debió de resultarle mucho más sencillo pasar después a unas obras de tipo geográfico, para las que ya no tenía el soporte anterior, basándose en su dominio del griego y contando con sus solas fuerzas 29 . Con todo, no faltan tesis que modifican tal supuesto; la secuencia, manteniendo la prioridad —obligatoria ante la propia referencia intema—, de la Descripción y Costas, podría ser otra: Descripción, Costas y Fenómenos; o, Descripción, Fenómenos y Costas 30 . Las razones del cambio de la editio princeps, muy bien analizadas y resumidas por J. Soubiran 31 , habrían sido de distinta índole: temáticas, puesto que al cielo (Fenómenos) le seguiría la tierra (Descripción; Costas); métricas, puesto que al hexámetro de las dos primeras, en línea con la gran tradición de la poesía didáctica, habría seguido el trímetro de Costas, más familiar y menos ambicioso; y filosóficas, ya que el pagano Avieno fijaba con su amplio prólogo de los Fenómenos sus presupuestos religiosos y estoicos, ensalzando al Júpiter principio de todo. Ninguna de las otras dos posee equivalente; semejante página, y tal obra, debieron de parecer, sin duda, ideales, para abrir la recopilación.

3. FILOSOFÍA Y RELIGIÓN

De hecho, una característica de Avieno, coincidente, por lo demás, con la literatura pagana de la época, es ese sentimiento religioso ante la situación del Imperio y la necesidad de defensa de la religión tradicional romana frente a las nuevas creencias, el cristianismo. Ante ella mantiene la actitud distanciada de alguien que está por encima de las contingencias de su momento; el talante elegante de un senador que, ante unas perspectivas de ruina general, guarda silencio sobre una novedad que suponía un ataque a la esencia romana y se recrea en los viejos dioses y leyendas mitológicas 32 . Su profesión de fe en los dioses tradicionales es sentida y sincera, pero su gesto, siempre correcto, parece resaltar en el afecto demostrado a Probo, que se había convertido al cristianismo y se carteaba con Agustín de Hipona —si la identificación del Probo de la dedicatoria de la Ora con Sexto Claudio Petronio es correcta 33 —. Emerge de sus obras, que no son tratados religiosos, ni mitológicos, una fe segura en Júpiter y su providencia. En esa postura subyace una influencia platónica y estoica —como puede apreciarse en el proemio de los Fenómenos (vv. 1-76), influido por el filósofo Cleantes (331-251 a. C.)—; pero su panteísmo no olvida el epicureismo 34 . Y el sincretismo, más que identificación, entre los dioses griegos y romanos es espontáneo, natural, casi automático, porque su familiaridad con las dos culturas es patente —al margen de que el substrato indoeuropeo de ambas facilitaba la integración de dioses y creencias, algo que se producía también en otros campos de la cultura—. De esta manera, se corresponden espontáneamente Zeus y Júpiter 35 ; Hermes-Mercurio (Fen. 619, etc.); Afrodita-Venus (Des. 1016); Hefesto-Vulcano (Des. 700); Diana-Ártemis (Des. 992); o Deméter-Ceres (Des. 701); pero el caso más notable es el de Dioniso-Baco (Lieo; Des. 1120-1131), hasta resultar incluso sorprendente su importancia en relación con la India (Des. 1359 ss.). También se hace eco de la divinidad de los vientos: Bóreas 36 , cuyo prestigio recoge como epónimo al hacer referencia asimismo al pueblo de los hiperbóreos (Costas, 664); o Céfiro, al que se dedican cabos o promontorios 37 .

Evidentemente, tras su gusto por los desarrollos mitológicos subyacen las Metamorfosis de Ovidio: Faetonte y las Faetóntides 38 ; Harmonía y Cadmo (Des. 541 ss.); Medea (Des. 1216 ss.); Mirra (Des. 1112 ss.); Dafne (Des. 1077); o Pegaso (Des. 1026-1043). Por otro lado, recoge morosamente el mito de las Edades de la Humanidad y lo desarrolla al tratar de la constelación de la Virgen en los Fenómenos (286 ss.), tomándolo de los Fenómenos de Arato (97-146) 39 —para él la Edad de Oro encama una etapa de desarrollo general de la civilización, de manera que la Justicia (= Virgen) vivía en la Tierra, frente a las otras edades 40 —; pero, en la forma literaria interfieren Virgilio 41 , omnipresente en Avieno, y el propio Ovidio 42 .

4. ESTILO

El rasgo estilístico de tipo general más notable que salta a la vista en la obra de Avieno es la influencia de escritores anteriores. Son muchos los poetas y los prosistas que se han detectado en sus versiones. En primer lugar, hay que tener presente a los traductores de Arato, Cicerón y Germánico, punto de apoyo en la interpretación del poeta de Solos —en la forma y fondo de su versificación—, y fuente de inspiración de características lingüísticas. También, Plauto, Catulo, Lucrecio, Propercio, Ovidio y, sobre todo, Virgilio, que viene a ser la trama voluntaria de todas sus traducciones —un aire virgiliano orea las tres composiciones porque era el modelo básico 43 —. Desde el punto de vista léxico sobresale su gran riqueza de vocabulario, sobre todo a base de adjetivos descriptivos, para cada elemento de la naturaleza, fenómenos o puntos geográficos. Dos ejemplos bastarán 44 : para el campo semántico de «brillar» emplea ardere, coruscare, fulgere, lucere, micare, nitere, renidere, o rutilare; y para referirse al mar, mare, gurges, salum/sal, fluctus, pelagus, pontus, aequor/ aequora, vadum/vada, fretum/freta, aestus, procella/procellosus y profundum. En ocasiones concentra esa riqueza sinonímica en unos pocos versos; valga como ejemplo este único: surgunt Oceano. lam gurges et ultima Cygni /et caput acris Equi premit aequore, iam procul ista / marmoris occidui penitus petiere profundum / hausta salo. Caput Andromedae freta vasta receptant (Fen. 1153 ss.). Otras, repite una misma idea, a base siempre de sinónimos, lo que da un cierto barroquismo al conjunto y provoca algún cansancio, a la par que dificulta enormemente la traducción.

Otra característica notoria es el gusto por los arcaísmos 45 , morfológicos y léxicos, como no podía ser menos dado su carácter y el de la propia obra; también aquí carga en exceso la mano frente a su modelo, Virgilio, mucho más comedido. Pero también presenta algunos neologismos. En cambio, los rasgos peculiares sintácticos apenas se cuentan 46 .

Las figuras retóricas típicas de la poesía tradicional —aliteraciones, anáforas, pleonasmos, hipálages, hipérboles, perífrasis, antítesis, metáforas, etc.—, son omnipresentes. Por otra parte, la fusión de trazos clásicos y elementos innovadores da a su obra un carácter peculiar: una lengua ajustada a las normas, que, si bien ofrece detalles lingüísticos de fines del s. IV , da la impresión de ser correcta en cualquier época. Dicha corrección se percibe en la versificación, con una métrica basada en el hexámetro añejo, tradicional, de perfecto equilibrio entre dáctilos y espondeos; se aprecia también en la proporción normal de cesuras, en alguna tendencia a los versos espondaicos y en su interés por el purismo. También aquí la huella de Virgilio es notoria: toma de él hemistiquios enteros. Avieno, anclado en la época augústea, parece impasible ante su tiempo.

5. AVIENO Y LA TRADICIÓN LITERARIA ESPAÑOLA

Aunque el primero en escribir tratados de astronomía en castellano fue Alfonso X el Sabio, bien personalmente o compuestos por encargo suyo, y a partir de fuentes hebreas o árabes, no griegas ni latinas, y dado que está sin estudiar todavía qué autores clásicos se enseñaban en la España de su época, en hebreo —que son los que más interés tenían en inutilizar el latín y fomentar el romance— y en árabe 47 , habría que comenzar por el Renacimiento cualquier investigación para seguir la pista de Arato y Avieno en España. Pero es curioso que, a pesar de la importancia especial que, sobre todo, las Costas Marinas tienen para España, nuestra tradición humanística no sea, por lo que hoy sabemos, especialmente rica con respecto a ediciones, traducciones y comentarios sobre su autor.

A título de breve información podríamos reseñar algunos autores del siglo XVI que, muy probablemente, hayan tenido noticia de sus Aratea y hayan plasmado su influencia, en mayor o menor grado, en sus obras: Pérez de Moya, en su Fragmentos de Astronomía (1568); Vicente de Tornamira, en Teoría de planetas (1580); Pedro de la Hera, en Repertorio de las esferas del cielo (1584); García de Céspedes, en Estaciones de los planetas; y alguno más. En el XVIII hay autores de la categoría de Jorge Juan, cuyas Observaciones astronómicas y físicas (1748), seguramente, le deben mucho. Queda pendiente, pues, conocer, además de otros detalles al respecto, qué enlace podría haber entre estos dos siglos.

En cuanto a ediciones y traducciones, la primera realizada aquí es la de Pedro Melián, en 1634 (Madrid), atribuyéndole las fábulas y epigramas de Aviano. Para la Descripción y las Costas siguió la edición de Pedro Piteo (París, 1550), sin que se sepa la fuente para los Fenómenos. Lamentablemente, no existe ningún análisis o comentario actual sobre las posibles aportaciones de este autor.

Luego, Miguel Cortés y López incluyó en su Diccionario Geográfico-Histórico de la España Antigua (t. I, Madrid, 1835), las Rufi Festi Avieni Orae Maritimae, con correcciones al texto anterior, comentario y traducción.

Nicolás Antonio redactó unos comentarios sobre la Descripción y las Costas en un códice titulado Commentaria cum nonnullis animadversionibus in 164 priores versus «descriptionis orbis terrae» Rufi Festi Avieni, sin fecha y, que sepamos, sin publicar, aunque lo citó y comentó Menéndez Pelayo en su Bibliografía Hispano-Latina Clásica 48 . En esta obra, tantas veces citada, se recogen también las traducciones parciales de las Costas: la de Álvaro Carrillo Laso (Córdoba, 1624), de los pasajes que tratan de la antigua metalurgia hispana; y la de Rodrigo Caro (Sevilla, 1643), de los que se refieren a Andalucía. Ya en 1797 Juan Francisco Masdeu tradujo y comentó la parte que describe el litoral de Valencia y Cataluña; y en 1895 Joaquín Costa publicó en Madrid un estudio, hoy totalmente desconocido, titulado Litoral ibérico del Mediterráneo en el siglo VI-V antes de J. C.

Para acabar, una rarísima excepción en el páramo cultural español actual fue Rafael Alberti, quien, en 1953, le hizo un sentido homenaje 49 , aunque inconsciente quizá —porque más bien se lo hacía a Cádiz—, con la publicación de su Ora Maritima, un conjunto de doce poemas combinado con citas históricas de autores griegos y romanos relativos al pasado histórico de aquella ciudad y su área, que empieza con una mención de la de Avieno y finaliza con esta melancólica cita: «... guarda en tu corazón las cosas narradas, pues se apoyan en testimonios tomados de lejos...»; palabras que, como puede comprobarse, corresponden a los versos 77-79 de las Costas Marinas. Quizá movido por su devoción a este poeta latino, confundido casi con la misma ciudad de Cádiz, llegó, incluso, a darle el nombre de Ora Maritima a su propia residencia.

Pero la lírica española refleja, también, el topos literario del cielo constelado, la bóveda celeste fulgente en la noche azabache, etc., de lejano origen en Virgilio y Horacio; es un paradigma o modelo de un estado anímico que busca en la infinitud, en el silencio del parpadeo de los astros un estar sin estar, un bálsamo contra la inquietud, el desasosiego, la impaciencia, el dolor, en suma. Valgan, como muestra, dos referencias: las odas de Fray Luis 50 , Noche serena —«Quando contemplo el cielo, /de innumerables luzes // adornado, /.../ ¡Ay, levantad los ojos/ a aquesta celestial esfera!/ ...»— y la dedicada A Felipe Ruiz. Y las palabras de Pablo Neruda: «Eres como la noche, callada y constelada» (Poema 15) 51 ; «Escribir, por ejemplo: la noche está estrellada, / y tiritan, azules, los astros, a lo lejos» (Poema 20).

A buen seguro que hay muchas más, como la iniciativa de una Ora Maritima fotográfica, que recoge vistas aéreas y generales de las principales ciudades costeras del Mediterráneo, realizada por diferentes arqueólogos, especialistas en cada zona o país, y coordinada por Marc Mayer e Isabel Roda. La obra parte de Barcelona y acaba en Tarragona, tras haber bordeado todo el Mediterráneo. Es, justamente, el mismo planteamiento, modernizado, que rigió la idea del propio Avieno 52 .

6. NUESTRA TRADUCCIÓN

En primer lugar, aunque ello sea un tópico en la traducción de las obras en verso, hay que hacer notar que ofrecemos una versión en prosa de una producción poética, lo cual impide, por principio, recoger los efectos métricos y muchos otros estilísticos ligados a ello. Hemos procurado, eso sí, mantener el tono virgiliano de Avieno, con su gusto especial por los arcaísmos, referencias nostálgicas y veladuras melancólicas, unido todo a un cierto barroquismo verbal, como si la cultura latina de su momento estuviera viviendo un renacimiento o, mejor aún, todavía perdurara estilísticamente la edad de oro del clasicismo: Virgilio, Horacio, Ovidio,... Además, todo ello se amarchama con una búsqueda de pátina científica, tanto astronómica como geográfica, que se deriva de la terminología propia de la temática tratada (conceptos astronómicos y geográficos a veces difíciles de entender todavía hoy). El texto del que hemos partido es en cada obra, creemos, el más adecuado por diferentes razones; para los Fenómenos seguimos la edición de J. Soubiran (Budé), cuya reconstrucción del texto nos ha parecido la más actual y aceptable; para la Descripción, la de P. van de Woestijne (La «Descriptio orbis Terrae» d’Aviénus, Brujas, 1961); y para la Ora, y la Epístola a Flaviano Mirmeico que abre el conjunto, la tradicional de Holder, salvo en algunos pasajes en los que hemos preferido las lecturas de la editio princeps, reproducida en la obra de P. Villalba i Vameda (Ruf Fest Aviè, Periple, Barcelona, 1986), que recogemos en la Introducción correspondiente.

Con el fin de no alargar en exceso las referencias a pie de página, que, dado el carácter del texto, serían innumerables y difíciles de resumir, hemos preferido acompañar cada una de las tres obras de una breve introducción sobre el tema, sus características principales y su evolución hasta Avieno desde sus orígenes. Era necesario situar al poeta en la rica tradición que le había precedido, apuntar su aportación y dejar constancia, siquiera sucinta, de algunos de los conocimientos científicos que ya la Antigüedad atesoraba, procurando ofrecer al lector no especialista algunos datos necesarios para su mejor comprensión. Confiamos en que, pese a su brevedad, sirva para facilitar la inteligibilidad de una obra tan compleja y técnica como la de Avieno, especialmente los Fenómenos. En cualquier caso, hemos intentado reducir las citas al máximo, razón por la cual, genéricamente, recomendamos a los lectores menos versados en mitología clásica la consulta de las obras de P. Grimal, Diccionario de la mitología griega y romana (trad, española, Barcelona, 1965), y A. Ruiz de Elvira, Mitología Clásica (Madrid, 1988), y la más amplia y especializada de W. H. Roscher, Ausführliches Lexikon der griechischen und römischen Mythologie (Leipzig, 1884-1937); y remitimos, genéricamente, nuestra información a los demás estudios citados en la bibliografía general —limitada, por lo demás, a los estudios más representativos del tema—, donde los interesados en alguna cuestión particular encontrarán respuesta adecuada; evidentemente, aunque hay un apartado concreto en cada una de las tres obras para los estudios más específicos, con el fin de evitar repeticiones en la Descripción y las Costas se han ido suprimiendo los incluidos en cada uno de los precedentes, aunque hayan sido también utilizados para los textos siguientes.

Para buscar la máxima precisión, sobre todo de términos técnicos, y poder aquilatar su expresión y sus significados, nos han sido especialmente valiosas, además de otras obras ya citadas en la bibliografía, las de André Le Boeuffle (Les noms latins d’astres et des constellations, París, 1977; y Astronomie. Astrologie. Lexique latin, París, 1978); y de los numerosos comentaristas de las Costas que hemos podido consultar queremos mencionar, en especial, a Pere Villalba, Ruf Fest Avié. Periple. Ora Maritima (Barcelona, 1986 53 ).

En cuanto a los nombres propios y algunos comunes, hemos seguido las normas de M. Fernández Galiano (La transcripción castellana de los nombres propios griegos, Madrid, 1961) y el Diccionario de la Real Academia; sin embargo, en lo referente a los vientos y algunos otros conceptos geográficos (ecuador, trópico, etc.), nos ha parecido más conveniente consignarlos de esta forma, para no resaltarlos excesivamente.

Sintiéndonos deudores de la escuela de traductores española, desde los dos Luises, el de Granada y el de León, hasta los maestros actuales, Sebastián Mariner, en especial, Emilio García Gómez, y Valentín García Yebra, cerramos este capítulo agradeciendo a los editores su confianza y paciencia.

7. LA TRADICIÓN MANUSCRITA Y LA EDITIO PRINCEPS

Los dos manuscritos básicos para los textos de Avieno son el Vindobonensis Palatinas 107, de la Biblioteca palatina de Viena (V), fechado en el s. X —que contiene también extractos de Lucrecio y las Sátiras de Juvenal—, que incluye sólo la parte dedicada a los Aratea, y, por lo que a Avieno respecta, es la única huella de un antiguo manuscrito más amplio y, evidentemente, perdido. Y el Ambrosianus D 52 (A), copia italiana de la segunda mitad del s. XV , con los Fenómenos enteros y casi toda la Descripción 54 de Avieno, con los Aratea de Cicerón y Germánico.

Por su parte, la editio princeps, que apareció en 1488, en Venecia (el 25 de octubre), a cargo de G. Valla y V. Pisani 55 , no basada en ninguno de esos dos manuscritos, sino en la copia perdida, incorporaba los treinta y un hexámetros de la dedicatoria a Flaviano Mirmeico, los Aratea, la Descriptio Orbis Terrae y una parte de la Ora maritima (hasta el v. 713, que es el último de los conservados), más los Aratea de Cicerón y los de Germánico, y otra obra de tema científico, no de esta materia, el Liber Medicinalis de Q. Sereno. El texto resultante no fue impecable.

8. BIBLIOGRAFÍA GENERAL

A) Principales ediciones:

Una breve selección 56 de otras ediciones y traducciones de toda la obra, en orden cronológico, podría ser ésta:

P. PITHOU , Epigrammata et poematia vetera , París, 1590.

P. MELIÁN , Rufi Festi Avieni Hispani Opera quae extant omnia , Madrid, 1634.

N. E. LEMAIRE , en Poetae Latini minores, t. V, París, 1825.

E. DESPOIS -ÉD . SAVIOT , Rufus Festus Avienus, Description de la Terre, Les régions maritimes, Phénomènes et Pronostics d’Aratus et pieces diverses , París, 1843.

A. HOLDER , Rufi Festi Avieni Carmina, Ad Aeni Pontem (Innsbruck), 1887 (reproducción en Hildesheim, 1965).

J. MANGAS Y D. PLÁCIDO (eds.), Avieno, Ora Maritima, Descriptio Orbis Terrae, Phaenomena, Testimonia Hispaniae Antiqua I (T.H.A.), edición y trad. de P. VILLALBA I VARNEDA , Madrid, 1994.

B) Selección de monografías y estudios generales

A. CAMERON , «Macrobius, Avienus and Avianus», Classical Quaterly, n. s., 17 (1967), 385-399.

—, «Avienus or Avienius»? Zeitscrhift für Papyrologie und Epigraphie 108 (1995), 252-62.

A. GARRONI , «L’iscrizione di R. Festo Avieno e l’autore del Breviarium Historiae Romanae», Bullettino della Commisione Arqueologica Comunale in Roma 43 (1916), 125-135.

C. IHLEMANN , De Rufi Festi Avieni in vertendis Arateis arte et ratione , Gotinga, 1909.

H. KUEHNE , De arte grammatica Rufi Festi Avieni , Diss., Münster (Essen), 1905.

F. MARX , «Avienus», RE, II, 2, 2386-91.

J. MATTHEWS , «Continuity in Roman Family: the R. Festi of Volsinii», Historia 16 (1967), 484-509.

G. THILO , H. HAGEN , Servii Grammatici qui feruntur in Vergilii Carmina Commentarii , v. II, Leipzig, 1893-94 (repr. Hildesheim, 1961).

M. WACHT , Concordantia in R. Festum Avienum , Hildesheim, 1995.

9. ABREVIATURAS

C.I.L. = Corpus Inscriptionum Latinarum .

Costas = Costas Marinas .

Descripción; Des. = Descripción del Orbe Terrestre .

Dictionnaire des antiquités ... = CH . DAREMBERG -E. SAGLIO , Dictionnaire des Antiquités Grecques et Romaines , París, 1896 (reproducción, Graz, 1969).

Fen. = Fenómenos .

RE = JAKOBY -WISSOWA , Real-Encyiclopädie der classischen Altertumswissenschanft , Stuttgart, 1894-1980.

T.H.A. = Testimonia Hispaniae Antiquae .

1 Así —siguiendo las inscripciones de Bulla Regia (cf. infra, n. 21), Atenas y Roma (cada una con uno o dos datos: Postumius sólo en la B. Regia; Rufius, en ésta y la ateniense, etc...), pero no sin dudas—, J. MATTHEWS , «Continuity in a Roman Family: the Rufli Festi of Volsinii», Historia 16 (1967), 485-490; también, con más seguridad, A. CAMERON , «Macrobius, Avienus and Avianus», Classical Quaterly, n. s., 17 (1967), 385-399. Para una síntesis con todas las variantes y un detallado análisis de cada una, cf. J. SOUBIRAN , Aviénus, Les Phénomènes d’Aratos, París, 1981, págs.16-19; él, no muy convencido, prefiere la fórmula tradicional. Más recientemente, de nuevo, CAMERON («Avienus or Avienius?», Zeitscrhift für Papyrologie und Epigraphie 108 [1995], 252-62) ha insistido en la cuestión: como indica la expresión Postumius Rufius Festus qui et Avienius, ésta no sería un cognomen, sino un signum. Evidentemente, el problema, entre otros, es que el genitivo de ambas formas sería el mismo; pero no hay soporte para -nus en ninguna inscripción o manuscrito; y el perdido manuscrito para la editio princeps de Valla, daba, también Avienius (pág. 393).

2 En el primer artículo de CAMERON hay un apéndice dedicado a éste y su relación con el poeta («Macrobius...», págs. 398-399).

3 Alternativamente, hoy se tiende a identificar con el fabulista al «Avienus» citado en las Saturnales por Macrobio (un hombre joven en la fecha del poema, diciembre del 384, y de personalidad bastante alejada de la de nuestro autor); a despecho del anacronismo, sería una devolución del favor, como CAMERON apunta (cf. supra, n. 1).

4 Por ej., por parte de CAMERON o MATTHEWS (cf. supra, n. 1).

5 Sobre él, en detalle, cf. las Introducciones de las ediciones de M. P. ARNAUD -LINDET , Abrégé des hauts faits du peuple romain, Budé, París, 1994, págs. 1-XX; y J. W. EADIE , The Breviarium of Festus, a critical edition with historical commentary, Londres, 1967, págs. 4-9.

6 Según su confesión personal (30, 1).

7 Otra «inquietante posibilidad» (así MATTEWS , «Continuity in a Roman Family...», pág. 490) —«remota» para Cameron, sería la relación con un tal «Abienus», dada también por AMIANO (XXVIII 1, 48-50); éste, acusado de adulterio con una dama de condición, habría sido ejecutado. La cuestión es lo poco que encaja tal detalle con el tono de los poemas —habría sido un extraño fin para el brillante apologista del Júpiter estoico y la moral pagana—, y el absoluto silencio de Amiano sobre sus cargos políticos o su misma obra poética. En cualquier caso, añadimos, tal vez ese silencio, intencionado en tal caso, del antioquense podría encubrir la categoría, y el censurable desliz, de tal personalidad.

8 Dado el Incipit del texto histórico, escrito cuando su autor desempeñaba este cargo, ésta parece ser la fecha. EADIE (The Breviarium of Festus, pág. 6) subrayaba lo extraño de tal coincidencia: dos personajes con el mismo cognomen, en un espacio semejante y próximo de años, y desempeñando, bajo el mismo emperador, el mismo cargo; pero, como ARNAUD -LINDET advierte (Abrégé..., págs. IX y XII), sólo es un manuscrito, el Bambergensis, el que da tal dato: podría muy bien haber sido una contaminatio a partir del mismo cargo desempeñado por Eutropio.

9 Al filósofo Ceranio —EUNAPIO se lamentaba amargamente por su ejecución (fines del 371, o 372) y de la de Máximo (Vidas de los Sofistas, VII 6, 6-13); de ello, por lo demás, se deduce la fecha de su llegada a esta provincia—; a una mujer acusada de curar unas fiebres con una fórmula tenis («suave»); a alguien que vendía horóscopos, y a otro que utilizaba determinados signos para curar su estómago.

10 Así, W. Den BOER (Some Minor Roman Historians, Leiden, 1972, pág. 181), quien refuta con habilidad los argumentos de A. GARRONI («L’iscrizione di R. Festo Avieno e l’autore del Breviarium Historiae Romanae», Bullettino della Commisione Arqueologica Comunale in Roma 43 [1915], pág. 133), sobre las «tres fases» de su vida que éste atribuía al historiador: pagana, cuando escribió el Breviario; cristiana, con su conversión y persecución de filósofos y astrólogos; y nuevamente pagano, al fin de su vida; el testimonio de Eunapio, según el cual, Festo «nunca» adoró a los dioses, parece bastante contundente. Es, en definitiva, el argumento más decisivo para Den Boer, que puede, incluso, explicar o admitir la coincidencia de dos personajes de igual nombre desempeñando el mismo cargo en unos pocos años (págs. 182-183; cfi., también, supra, n. 8). ARNAUD -LINDET (Abrégé..., pág. XI) añadía el de la edad: el de Trento parece contemporaneo de Valente y el historiador, anciano, pertenece a la generación precedente.

11 Son, casi, sus palabras finales (30, 1).

12 Sobre ellos, cf. la explicación y el comentario de SOUBIRAN , Les Phénomènes..., pág. 25, n. 4-5.

13 Ibid., pág. 26.

14 Festo, el historiador, habría podido nacer en tomo al 310; y el poeta, el padre, haber escrito sus obras entre el 330 y 350.

15 Más compleja es la referencia de SERVIO (X 272) como luego veremos (cf. infra, n. 24 y 26). La obra a la que podría hacer referencia esta cita debería ser anterior al 350; de juventud, quizá.

16 En la cita hay un problema al que no todos han prestado atención; tras la mención de las traducciones de Cicerón y a Germánico se añade «y, recientemente, la de Avieno». El adverbio, nuper, no deja de plantear problemas por su posible vaguedad —tanto SOUBIRAN (Les Phénomènes.... pág. 8), como CAMERON («Macrobius...», pág. 393) lo recogen; para éste podría alargarse a un periodo de veinte años, a partir del 387 en que se fecha el texto de Jerónimo—. En la Introducción de J. MANGAS y D. PLÁCIDO (Avieno, Testimonia Hispaniae Antiquae I, Ed. Historia 2000, Madrid, 1994, pág. 15) se asegura, simplemente, que tal término no permite más que la precisión genérica de «recientemente, hace poco». Un caso especialmente conflictivo, donde se utiliza a propósito de la derrota de Carras de Craso — unos doscientos años antes (53 a. C.-ca. 150 d. C.) de la fecha de escritura, probablemente, del texto—, es el del Epítome de Tito Livio de FLORO; para una breve discusión de este tipo de problema y la bibliografía y otras citas sobre el término, cf. la Introducción del Epitome floriano de G. HINOJO e I. MORENO , ed. Gredos, Madrid, 2000, págs. 27-28.

17 De época de Nerón, 54-68 d. C., y los Flavios, 69-96 d. C.

18 Otra inscripción, ésta de Lucania (C.I.L. X 212), de la misma época aproximadamente, sobre un Rullus Festus, vir clarissimus, corrector de Lucania y los Abruzzos, podría referirse a él. Tal vez ejerció tal cargo antes de estos proconsulados (sobre ello, cf. SOUBIRAN , Les Phénomènes..., pág. 20).

19 C.I.G. Ill 1,635.

20 «Note sur un proconsul d’Afrique, le poète Aviénus», Rev. Arch., 3.a s., 9 (1887), 194 ss. Sobre ello, cf. también SOUBIRAN , Les Phénomènes..., pág. 16.

21 ADIENII . eximiae integritatis viro ac mire bonitas exemplo Postumio Rufio Festo ampl[issimo] proco[n]s[uli] c.v. vice sacra [iudicanti]. Sobre ella, cf. CAMERON , primero al serle comentada por R. P. DUNCAN JONES («Macrobius...», pág. 392), y luego, analizada ya en su más reciente contribución («Avienus or –ius?», pág. 253).

22 Cf. C.I.L., VI 537.

23 Sobre su descendencia —entre los que se contaría el cónsul del 472, R. Postumio Festo, y el del 481, Rufo Plácido, con el nombre de su esposa e hijo—, rectificando alguno de los sugeridos por Soubiran (por ej., Gennadius Avienus, que él considera, más bien, ligado al fabulista, como el interlocutor de Macrobio y los cónsules del 450, 501 y 502), cf. CAMERON , «Avienus or –ius?», pág. 262. Otra posibilidad sería R. Aggerius Festus, conocido a partir de un asiento en el anfiteatro Flavio.

24 Todos estos textos, así como los que le han sido atribuidos (pág. 173), y las referencias sobre Avieno de Servio y Jerónimo (pág. 175), fueron recogidos por A. HOLDER , en su edición: Rufi Festi Avieni carmina, Ad Aeni Pontem (Innsbruck, 1887), y, más recientemente, por SOUMRAN (Les Phénoménes...), que dedica un detallado y amplio comentario al de Servio (X 272; cf. Append. II, págs. 297-304).

25 Pese a la aducida, pero no admitida, relación con el importante Nicórnaco Flaviano

26 La referencia se aduce a propósito de los «cometas, que en latín se llaman «estrellas cabelludas», cuyo número, según los estoicos es mayor de treinta y dos, y de cuyos nombres y efectos trató Avieno...». Por el tema, además de por la referencia, pocas veces se ha dudado de la autoría, pero CAMERON («Macrobius...», pág. 394), apuntó su pertenencia a Avianus —otro entusiasta virgiliano—, autor, él mismo, de fabulas. De hecho, el término sobre la obra que habría escrito sobre Livio, a propósito de Anchemolo, hijo del rey Reto, cuya familia, «según Avieno, es griega», es justamente ese mismo: fatula.

27 Para la discusión y posibilidades, cf., como resumen, SOUMRAN (Les Phénoménes.... pág. 36); y, más recientemente, CAMERON , «Avienus or –ius?», pág. 255 ss.

28 Cf. G. THILO y HERMANN HAGEN , Servii Grammatici qui feruntur in Vevgilii Carmina Commentarii, v. II, Leipzig, 1993-94 (reprod. Hildesheim, 1961), donde también se trata de Avieno y sus características; y para el análisis lingüístico, negando, radicalmente, su pertenencia a Avieno, cf. SOUBIRAN , Les Phénomènes..., págs. 37-38.

29 Cf. F. MARX , «Rufius Festus Avienus», RE II, cols. 2386-2391.

30 Tal orden no le parece a SOUBIRAN (Les Phénomènes..., pág. 33) indefendible, sobre todo, si es S. Petronio Probo el que está detrás de la dedicatoria de las Costas, puesto que la Ora no puede ser retrasada más que hasta el 350-355. Si la identificación no es tal, el indicio desaparece. Para la cuestión, con más amplitud, cf. Costas, aptdo. 1.

31 Ibid., pág. 34.

32 Cf. Des., v. 723: la isla de Leuce como refugio de las almas.

33 Cf. supra, n. 30. Para el Claudius, cf. también CAMERON , «Polyonomy in the Late Roman Aristocracy: The Case of Petronius Probus», Journal of Roman Studies 75 (1985), 164-82.

34 Cf. Costas 651 ss.

35 Cf. el templo a Júpiter Sinopeo (Des. 376 ss.).

36 «...el (río) Iliso, de cuyas aguas se llevó Bóreas a Oritía» (Des. 585).

37 Cf. Costas, 226, 238, 564; y, también, D. LIUZZI , La rosa dei venti nella antichità greco-romana. Leche, 1996.

38 Des. 426; Fen. 785, 793.

39 El fondo del mito arranca de los Trabajos y días de HSÍODO (109-201 y 256-257). Para un análisis detallado del tema, como síntesis, cf. P. ARCHANBAULT , «The Ages of Man and the Ages of the World. A Study of two Traditions», Revue des Études Augustiniennes 12 (1966), 193-200, en concreto, para la tradición pagana; L. HAVAS , «La conception organique de l’Histoire sous l’Empire romain et ses origines», Acta Classica Universitatis Scientiarum Debreceniensis 19 (1993), 239-259; y M. RUCH , «Le thème de la croissance organique dans le pensèe historique des Romains, de Caton à Florus», Aufstieg und Niedevgang der Römische Welt I 2, Berlín-NuevaYork, 1972, págs. 827-841.

40 «Fue la edad de la raza cruel...» (Fen. 1173-4a).

41 Cf. Bucólicas, IV 4-45; Geórgicas I 125-149, II 536-540, etc.

42 Cf. Met. I 89-150 (y, para el mito en él, supra, n. 39).

43 Por ejemplo, en la descripción de las señales de viento y lluvia (Fen. 1670-1724), a la par que traduce a Arato, se está inspirando en Geórgicas (I 356 ss.).

44 Para un estudio exhaustivo, cf. el de C. IHLEMANN , De Rufi Festi Avieni in vertendis Arateis arte et ratione, Gotinga, 1909, págs. 56 ss.

45 Esta cuestión ha alcanzado un relieve especial en las Costas, sobre todo porque la cuestión estilística se liga a la percepción tan notable que el lector tiene de la distancia entre la realidad histórica y el texto de Avieno. Para un análisis detenido de ello —remitiendo tal gusto por ellos y la pátina general del relato al interés del renacimiento teodosiano por la imitatio de poetas clásicos y la búsqueda del interés del lector mediante estos giros que llamasen su atención—, cf. F. J. GONZÁLEZ PONCE , «Sobre el valor histórico atribuible al contenido de la Ora Maritima», las citas de los iberos y otros pueblos como paradigma», Faventia 15 (1993), 49-55, especialmente para este aspecto; intentar ver el poema como un documento verídico, supone pasar por alto los supuestos literarios de los que este barniz arcaizante es, quizá, lo más notorio (pág. 60).

46 En general, cf. H. KUEHNE , De arte grammatica Rufi Festi Avieni, Diss., Münster (Essen), 1905. R. CALDINI MONTANARI («Allusione e realtá nel cielo dei poeti», Prometeus 19 [1993], 183-210), concentrado en el uso de un giro concreto en las ecphrasis de las constelaciones, advierte la recuperación de tal cliché por Avieno y Manilio, frente al olvido que de él habían hecho Cicerón o Germánico.

47 ROSHDI RASIIED y R. MORELON , Histoire des sciences avahes I: Astvonomie theovique et appliqué, París, 1997.

48 Santander, 1950, t. I, s. v. «Avieno», págs. 254-270.

49 Debió de leerlo en la edición de SCHULTEN .

50 Poesía completa, ed. J. M. BLECUA , Madrid, 1990.

51 Veinte poemas de amor y una canción desesperada , Buenos Aires, 1944.

52 Ciudades antiguas del Mediterráneo. La costa del Mediterráneo «Ora Maritima» . Barcelona, 1998.

53 Utilizada también en fragmentos (la Ora está completa) en la edición de MANGAS y PLÁCIDO , T.H.A., págs. 33-169 (con un amplio comentario de diferentes autores).

54 Del v. 1 al 1381; faltan los vv. 1382-3 (cf. J. SOUBIRAN , «Sur les deux manuscrits d’Avienus», Revue de Philologie 49 [1975], 217); según tal estudio, A sería una copia directa de V, pero un V más amplio que el que nos ha llegado. Un resumen de todo ello en su edición (págs. 76-79).

55 Para los detalles, cf. HOLDER , págs. V-X, y SOUBIRAN , Les Phénomènes..., págs. 79-84.

56 Para una lista general y completa de éstas, cf. HOI.DFR , págs. XVIII-XXVIII; y para las parciales de los textos, las recogidas en los apartados correspondientes de cada uno.

EPÍSTOLA A FLAVIANO MIRMEICO

RUFO FESTO AVIENO SALUDA A FLAVIANO MIRMEICO

Por donde el cartaginés arriba a las costas ausonias bajo el impulso del austro

si por azar tu querido predio ya te envió en nave libia

unas granadas, transportadas por el mar Tirreno,

por favor, suelta alguna para solaz de nuestro paladar. [5]

Así, tu propia nave surque todas las llanuras marinas a plena vela,

a la par que arrastre una prolongada estela de surco espumeante,

e ilesa rebase los acantilados del faro de Rómulo,

o bien sea aquel otro famoso bajel que enviara la excelsa Corinto,

allí por donde otea el oleaje Adriático al levantarse el noto, [10]

o bien aquel otro que colmó de sus riquezas la opima Iberia,

el que hizo a la mar el animoso navegante desde puerto líbico.

Pero tal vez preguntes de qué granadas se trata, cuáles pido,

te ruego me envíes aquellas cuyos granos se apelmazan y

espesan en apretada preñez, y, aposentados en campamento, [15]

como escuadrones que forman cuadro en ordenada fila.

Llevan un manto múltiple a base de telillas entre ellos,

con que sujetan el ígneo enjambre y los ligeros lazos de sus granos.

Entonces, para que los granos no se derritan aplastados por el peso,

[20] se repartieron en casillas y equilibran sus pesos proporcionados.

A pedírtelas, amigo, me fuerzan las molestias derivadas

de lejanos males y el que estando profundamente bilioso

se llena mi boca de hiel, sin permitirme paladear ninguna dulzura.

Por tanto, quizá, calmando con su jugo mis dolencias,

[25] pueda retomar a mis acostumbrados yantares al cabo de unos meses.

No me parece que mis predios sean tan yermos,

que no pueda florecer esta clase de árbol en algún huerto:

sí que nace, y bien cargados sus brazos de abundante fruta,

pero la acritud de su jugo provoca un sabor desagradable en la boca.

[30] En cambio, aquél que se alza a la vera de las costas libias,

madura en mejor tierra y, de un cielo templado

absorbiendo los nutrientes, se llena de un zumo como néctar.

FENÓMENOS

INTRODUCCIÓN

1. FUENTES: LA OBRA DE ARATO. CORRESPONDENCIAS ENTRE SU OBRA Y LA DE AVIENO

Los Fenómenos, que en griego viene a querer decir algo así como «Apariencias, figuras o meteoros que se muestran en el firmamento», o Aratea —nombre que remonta a la tradición astronómica anterior a Avieno—, es una traducción ampliada y comentada, casi una paráfrasis, en 1.878 hexámetros dactílicos, de la obra del mismo título de Arato, de cuya vida no quedan demasiados datos seguros: nació en Solos (Cilicia) 1 hacia principios del s. III a. C.; residió en Atenas y Pela (Macedonia), y estudió filosofía estoica, de donde se derivan las simpatías por el estoicismo en su obra 2 . Tomó parte activa en los círculos literarios de su época y puede definirse como un poeta helenístico, partidario de Calímaco (hacia 300-245 a. C.) 3 . Redactó los Fenómenos, 732 hexámetros sobre astronomía —descripción de las estrellas fijas, con leyendas básicas referidas a las principales constelaciones, más un repertorio de amaneceres y ocasos de dichas estrellas—, y otros 422 sobre metereología, llamados Pronósticos (una recopilación de los signos meteorológicos y su impacto en la vida agrícola) 4 , inadecuadamente separados de los anteriores con frecuencia 5 . Una obra que pertenece en plena época alejandrina a la más pura línea de la poesía didáctica, de larga tradición en Grecia, empezando por los presocráticos. En esencia se remonta a los Trabajos y días de Hesíodo (hacia el 700 a. C.), aunque sin compartir su pesimismo social, que sustituye por un cierto romanticismo, característico de la poesía alejandrina. Con todo, su intención fue tomar como base para la parte astronómica a Eudoxo de Cnido (s. IV a. C.), para divulgarlo y hacerlo asequible a la mayor franja posible de público, en tanto que para la metereológica tomó como modelo un tratado anterior, hoy no localizado, del tipo Sobre las señales, atribuido a Teofrasto (371-287 a. C.). El éxito de los Fenómenos fue enorme ya desde el mismo momento de su publicación —lo elogiaron hasta sus coetáneos 6 —, y generó después multitud de comentarios y estudios, entre los que destacó el de Hiparco (s. II a. C.). La clave de tal éxito radicaba en el tema —la astronomía interesaba mucho al gran público por lo que tenía de atractivo en su posible aplicación al destino de las personas, en especial la astrología, aunque de esto no trate la obra de Arato—; y en el estilo con que lo trató: claro, para hacer la obra lo más asequible posible a la mayoría —frente a muchos tratados en prosa sobre astronomía anteriores, aptos sólo para minorías—, y con una cierta dosis de elegancia que lo hacía atractivo para la elite aristocrática. Indicio de su popularidad es que fuera profusamente traducido al latín y comentado: por Cicerón (s. I a. C.) en una obra, Aratea, que le llevó toda su vida y de la que se conserva menos de la mitad (unos 580 vv.: 73 + 480 + 27 7 ); por Germánico, hermano del emperador Claudio, con otra versión, de igual titulo, de la que quedan unos pocos versos (725 + 25 + 28 + 165 = 953), y en la que llegó, incluso, a corregirle, basándose en Hiparco y los globos celestes 8 ; y por Avieno, cuya obra, esta que vamos a traducir, perduró entera. Pero podría decirse que prácticamente toda la literatura astronómica romana tiene influencia, directa o indirecta, de él: que fuera el único autor pagano citado por Pablo de Tarso en un discurso a los atenienses 9 prueba que se hallaba en la mente y la memoria de todos. En época medieval, se estudió como libro de texto; fue conocido por los astrónomos modernos a partir del Renacimiento, y muestra del interés actual por él es la auténtica floración de traducciones y comentarios 10 . Sin embargo, Arato no fue en sentido estricto un científico, sino más bien un divulgador de la ciencia astronómica, que él mismo no entendía ni en profundidad ni en su totalidad. Quizá en esto, paradójicamente, radicó su éxito en el mundo romano y en el actual 11 .

Pero, la adaptación de Avieno no es una simple traducción de la suya, sino una versión personal, dirigida al lucimiento propio, por las importantes notas que, más allá del puro interés estilístico, añade al original arateo, y que responden al convencimiento firme de la relevancia de tal contenido y la necesidad de redondear las exégesis de Cicerón y Germánico, ofreciendo así un manual astronómico, no por sencillo y asequible, menos suelto en la interpretación —como se advierte por la morosidad de la traducción—, y más redondo en el resultado. Para captar adecuadamente tal planteamiento y el carácter de sus explanaciones recogeremos a continuación la relación de correspondencias entre ambas obras ofreciendo, además, una panorámica más evidente de su estructura respectiva:





De esta confrontación o comparación salta a la vista, también que la amplificación de Avieno no se debe, sólo, a sus propias características como escritor, sino a todo el peso de la larga tradición de los escritos griegos y latinos sobre astronomía, a la que nos vamos a referir brevemente.

2. ANTECEDENTES DE LOS FENÓMENOS : TRADICIÓN ASTRONÓMICA LATINA .

La literatura astronómica romana no se apoya sólo en Arato, sino en toda la cultura griega, desde los primeros escritos cosmológicos de los presocráticos, englobados o fagocitados por la filosofía 13 . Platón (428-347 a. C.) había expuesto en su Timeo la cosmogonía del mundo, obra del «Demiurgo», o «Arquitecto Divino», presentando la figura más perfecta, la esfera 14 . Lugar destacado a fines de este s. IV a. C. ocuparon las obras de Aristóteles (324-322 a. C.), Acerca del cielo y Metereológicos 15 —las más influyentes desde el punto de vista astronómico y meteorológico, si bien no las únicas en sentido estricto—; los dos escritos sobre geometría esférica de Autólico de Pítane, con un tercero, perdido, en que criticaba la teoría de las esferas homocéntricas; y los Fenómenos y Enoptron de Eudoxo de Cnido. En el s. III a. C., Aristarco de Samos había planteado el sistema heliocéntrico en Sobre los tamaños y distancias del sol y la luna; y Eratóstenes (273-192 a. C.), al margen de sus obras de análisis literario, histórico y matemático, en general, destacaba por su Geografía y los Catasterismos 16 . En el s. II a. C. Apolonio de Perge, en Panfilia, planteó la teoría de los epiciclos —movimientos circulares complementarios en tomo a un centro situado en la esfera principal—; e Hiparco de Nicea (Bitinia, 194-120) con su Comentario sobre Arato y Eudoxo hizo aportaciones de primer orden en trigonometría; descubrió más tarde la precesión de los equinoccios, bosquejó la teoría sobre los movimientos de la luna, y trabajó sobre los eclipses y la posición y movimiento de los astros; su labor tuvo también una vertiente práctica con la construcción de astrolabios, redactando, además, un catálogo de estrellas. Una figura menor, Hipsicles, realizó, no obstante, la división de la eclíptica en 360° en su obra Sobre la salida de los astros. Pesaron también en la tradición latina las Esféricas de Teodosio de Bitinia y, ya en el s. I a. C., Gémino con su Introducción a los Fenómenos. En el I d. C. tiene su valor el Sobre el mundo del Pseudo-Aristóteles, y este breve resumen de obras básicas podría cerrarse con la gran figura de Ptolomeo de Ptolemaida (s. II d. C.), famoso matemático, astrónomo y geógrafo, con su Sintaxis Matemática ( =Almagesto), el Tetrabiblos (un añadido astrológico a la anterior) y la Iniciación geográfica.

Frente a todos estos antecedentes, casi todos de alto nivel científico —teniendo en cuenta los instrumentos de observación de la época—, el carácter divulgador de la obra de Arato, en la línea de la tradición alejandrina, explica, en parte, su éxito, como se ha visto. Pero es probable que su popularidad en el mundo latino se debiera también al propio talante romano, eminentemente práctico, que rehuía la abstracción puramente científica y se inclinaba hacia la simplificación y la aplicación de aquellas grandes y originales teorías griegas a la vida corriente, bajo la forma del calendario o la construcción de esferas celestes y terrestres, planisferios, etc. Tal carácter puede apreciarse en el que pasa por ser el primer astrónomo romano, Gayo Sulpicio Galo, cónsul en el 166 a. C., que explicó —ya que, probablemente, «no predijo»— a Paulo Emilio el eclipse de luna que tuvo lugar antes de la batalla de Pidna (168) y escribió un libro sobre éstos, en general 17 . Plutarco lo presenta mostrando un gran entusiasmo por la maravillosa esfera de Arquímedes, aquel artilugio que simulaba los movimientos rotatorios del sol, de la luna y de las cinco estrellas errantes, llevado a Roma por

Marco Claudio Marcelo 18 , como preciado botín de guerra, después de la toma de Siracusa (211 a. C.). Buen ejemplo de aficionado, más que a la astronomía a la astrología, fue P. Nigidio Fígulo (muerto en el 45), amigo de Cicerón, y partidario de Pompeyo, ferviente seguidor de doctrinas místicas neopitagóricas, precursor del ocultismo romano —sospechoso de ejercer la magia, sería desterrado por Julio César (46)—, y autor de numerosas obras sobre filología, teología, naturaleza (música de las esferas) y astrología, que redactó un tratado, Sobre la esfera, del que apenas quedan fragmentos y testimonios en noticias desperdigadas.

Pero, en rigor, el primero que merece el título de iniciador de la literatura astronómica latina es Cicerón (102-43 a. C.), no sólo por su versión de los Aratea, sino por su gran interés a lo largo de toda su vida por la astronomía, patente en sus República y Sobre la naturaleza de los dioses, y su traducción del Timeo de Platón. También Lucrecio (98/94-55 a. C.) reflexionó sobre el tema 19 ; y Marco Vitrubio Polión consideró obligado incluir la astronomía en su tratado sobre la arquitectura y aporta datos de primer orden e interés arqueológico sobre el cómputo del tiempo y la construcción de relojes 20 . Cierran el siglo I el parápegma (calendario conservado en los Fastos) de P. Ovidio Nasón (43 a. C.-17 d. C. aprox.), del que se citan también unos Fenómenos, no conservados, quizá traducidos, así mismo, de Arato; y las referencias astronómicas de M. Terencio Varrón (116-27 a. C.). En el s. I d. C., además de a Germánico, habría que citar al estoico Marco Manilio, cuyo famoso tratado de astronomía general 21 incluía también el cómputo del tiempo y la astrología; a Higino 22 , liberto de Augusto; y a. C. Plinio Segundo, el Viejo (23/24-79 d. C.), que dedicó el libro II de su Historia Natural a la astronomía y el XVIII a los parapegmas. Clausuran el siglo Lucano (39-65 d. C.), con los apuntes astronómicos de su Farsalia; Columela, que dedicó a este asunto el libro XI de su tratado Sobre agricultura; y Lucio Anneo Séneca (muerto en el 65 d. C), el exponente más claro en la búsqueda de la verdad científica y la fe en el progreso de la ciencia, con sus Cuestiones Naturales 23 . Lucio Apuleyo (ca. 125-180 d. C.) se haría eco de la astronomía en Sobre el mundo (libros I-II); y en el s. III tenemos unos Escolios a Germánico, y a Censorino, que hace mención del cálculo del tiempo en su Sobre el natalicio. Ya en el s. IV d. C., cuando Avieno redacta sus Fenómenos y Lucio Ampelio presenta comentarios generales al respecto en el Libro Memorial (libros I-III), la siempre problemática Historia Augusta apunta en su Vida del emperador Gordiano I (Gord. 3, 2) que «había escrito sobre las mismas materias que Cicerón, entre ellas la obra de Arato». Las últimas aportaciones a la ciencia de los astros, aunque sencillas, son las de Marciano Capela y Ambrosio Teodosio Macrobio (360-425): hay datos generales en El sueño de Escipión y sobre el cálculo del tiempo en sus Saturnalia. El último autor con referencias a la astronomía fue Calcidio con su Comentario sobre el Timeo. Después, habrá que esperar al s. VIII con el Aratus latinus, pero esa ya es otra época.

Esta breve síntesis de obras diversas, directa o indirectamente de contenido astronómico, revela el interés de la sociedad romana por ella, y, también, por la astrología y la meteorología. Aunque no destacan por la altura o competencia científica griega, hay que resaltar el acervo cultural que supone esa laboriosidad, sin pretensiones pero digna, que en algunos casos alcanza gran originalidad en la exposición y estilo —dentro siempre de la sobriedad tan cara al talante romano—, y notable éxito en la vulgarización. Mantiene todavía hoy un fuerte magnetismo y, sin duda, supuso un paso, si bien modesto, en el progreso de la ciencia, al margen de que no haya sido reconocido como tal; el puro desconocimiento, la excesiva simplificación y la habitual subordinación a los tópicos generados por la validez única de lo actual, son, sin duda, los responsables de tal marginación u olvido.

3. CONCEPTOS ASTRONÓMICOS BÁSICOS

De hecho, la astronomía greco-latina llegó a un alto grado de conocimiento global del firmamento y desarrolló un corpus de doctrina astronómica importante, si bien no compartido en su totalidad por los distintos autores, ni expresado siempre con claridad meridiana. La primera noción destacable —familiar desde el Timeo platónico y demostrada por Aristóteles—, sería que la tierra era una esfera que ocupaba el centro del universo y se encontraba inmóvil; la atmósfera o espacio exterior estaba envuelta y acotada por otra esfera en la que se encontraban incrustadas las estrellas fijas; ésta, gigantesca y ficticia, de radio infinito con centro en el observador, estaba atravesada por un eje —el eje del mundo o línea de los polos—, que se engarzaba en ella por los polos celestes, de manera que uno era visible y el opuesto no. Esta esfera celeste que giraba en tomo a dicho eje, con una rotación en el sentido de las agujas del reloj —empleando en ello veinticuatro horas 24 —, está rodeada por unos círculos indeterminados e imaginarios:

— El ecuador celeste, que está en el mismo plano que el terrestre y es perpendicular al eje del mundo, y al que se le da el valor de veinticuatro horas 25 .

— Los dos trópicos (Cáncer y Capricornio) 26 .

— Otros dos menores, el árctico (o norte) y antárctico (o sur), que son visibles e invisibles en cada caso.

— La eclíptica, que representa la trayectoria aparente del sol y tiene un ángulo de oblicuidad con respecto al ecuador variable —entre 23 1/2° y 24°, hoy—. El plano de ésta secciona al del ecuador en dos puntos, llamados equinoccios: uno, el punto vernal o Primer Punto de Aries, que corresponde al equinoccio de primavera, cuando el sol pasa del sur al norte del ecuador celeste —el 21 de marzo, o cerca; es primavera y verano en el hemisferio norte—. Tal punto, que vendría a equivaler al meridiano terrestre, es la referencia de los astrónomos para situar la posición de cualquier estrella, midiendo la ascensión recta (AR) sobre la coordenada celeste —que corresponde a la longitud terrestre y se llama declinación—; para ello se asigna al punto vernal una declinación cero y se mide en dirección este, en horas, minutos y segundos. Por otro lado, este punto experimenta anualmente un desplazamiento de retrogradación, fenómeno descubierto por Hiparco 27 , conocido como «precesión de los equinoccios» (50” por año = 0,0014°). El otro punto es el equinoccio otoñal o autumnal, llamado Primer Punto de Libra, que se da seis meses después —el 23 de septiembre—. En estos dos momentos el día y la noche tienen la misma duración en todo el mundo: es el aequaenoctium, el equinoccio.

En relación con estos círculos, habría que añadir la órbita de la luna, muy estudiada por los antiguos, que llegaron a determinar correctamente sus fases, por razones de cálculo temporal, y sus eclipses 28 —como los del sol—, que cruza o intersecciona con la eclíptica en dos puntos, los nodos. En cambio, a la Vía Láctea —una cinta luminosa que atraviesa el cielo, formada por billones de estrellas y gas, y visible las noches sin luna—, considerada también un anillo equivalente a los demás 29 , no pudo dársele una explicación exacta. Estudiaron, también, los meridianos celestes, las órbitas máximas que cruzan los polos celestes y el cénit —punto de la esfera celeste emplazado exactamente encima del observador; nadir es el punto contrario—, uniendo los dos polos en el horizonte del observador 30 ; los coluros —«líneas truncadas», según Gémino (v. 49)—, círculos horarios, llamados meridianos de ángulo horario, que polo a polo seccionan la eclíptica por los puntos equinocciales —coluros de los equinoccios—, o por los del solsticio —coluros de los solsticios—; y el zodíaco —zôon, «ser vivo»—, una franja a unos 8o a cada lado de la eclíptica, por la que parecen desplazarse el sol, la luna y los doce signos más antiguos del total de las constelaciones ahora conocidas (88): cada uno abarca 30° de longitud, pero hoy no ocupan el mismo emplazamiento que entonces, por la precesión: se han desplazado 30° al este 31 .

También los planetas —planḗtēs, «astros errantes»— llamaron poderosamente su atención por el movimiento peculiar, que parecía ir contra, o al revés, que el resto de la esfera celeste, acelerando y decelerando, sin que llegaran a dilucidarlo en profundidad por la complejidad que representaban —en realidad son simples cuerpos celestes opacos, sin luz, que giran en tomo al mismo u otra estrella—. A los únicos cinco que conocieron (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno), les asignaron un orden en virtud de la duración de sus revoluciones 32 , estudiando, de modo erróneo, sus volúmenes y temperaturas; hasta hicieron intervenir la escala musical (Pitágoras) para calcular la separación de sus órbitas, sosteniendo que la rotación del total de estos cuerpos celestes producía la conocida música que el ser humano no podía percibir. Los griegos pretendieron explicarlo mediante sistemas geométricos de epiciclos y excéntricas; los romanos, que encontraron excesivamente abstracto este enfoque, se decantaron por un método radiosolar: son los rayos del sol los que atraen o repelen a los planetas 33 . En el conjunto de «astros errantes» fueron los cometas —komḗtēs, «que lleva largos cabellos»— los que en más alto grado atrajeron su interés por el tipo de fenómeno que representaban, aunque no son más que hielo y polvo que orbitan en tomo al sol 34 .

5. REPRESENTACIONES ICONOGRÁFICAS

Una de las partes de la matemática que tuvo más aceptación en la Antigüedad, sobre todo en Roma, fue la mecánica 35 , que estudiaba la capacidad de movimiento de la materia. De ello se derivaba la construcción de todo tipo de maquinarias aplicables a distintos sectores o aspectos de la vida: sistemas de resortes para autómatas y artilugios generadores de movimiento, puesta a punto de equilibrios y centros de gravedad, máquinas bélicas, etc.; pero, sobre todo, de globos o esferas que perseguían la reproducción asequible de la cinética observable en la maquinaria celeste, de modo que quedaran materializados los conceptos y descripciones del firmamento. Estos artilugios —una reproducción del firmamento a escala pequeña—, como los globos terrestres, fueron corrientes no sólo entre los autores de obras de tipo astronómico —que componían sus textos más bajo la observación de dichas esferas, que a partir de la observación directa del cielo 36 —, sino también en los simples centros de enseñanza.

Había distintos modelos. La más sencilla era la que reproducía los círculos celestes básicos mediante varillas o líneas metálicas o de cualquier otro material: el ecuador, los trópicos y los círculos árcticos, de manera que podían situarse los puntos equinocciales y los solsticiales sin problema alguno. Una versión un poco más compleja era la que incorporaba en su centro geométrico una esfera pequeña para representar la tierra, engarzada en un eje en el que se acoplaban los círculos básicos, como la anterior —por ello se la llamaba «armilar», del latín armilla, «anilla», «brazalete»—. Todavía hoy pueden verse reproducciones de este tipo, de gran valor, en el Museo de la Ciencia de Florencia. La que representaba las constelaciones, una especie de Atlas del cielo, tenía un sistema que la permitía girar sobre un eje, que, siendo inclinable, permitía cambiar la latitud y conocer qué estrellas salen y se ponen, y la ascensión de los signos del zodiaco 37 . Sin embargo, la reproducción más compleja del firmamento era el sistema planetario, que representaba la esfera de las estrellas fijas y los cinco planetas, para lo cual se servía de sistemas técnicos especiales; aparecían representadas las órbitas del sol y la luna, cuyas fases se indicaban, al igual que los eclipses. Este artilugio tan complejo, que fue el que utilizó Sulpicio Galo, era, como es lógico, más raro.

Pero la uranografía era mucho más rica y no se limitaba a las esferas. Fue muy frecuente la reproducción de figuras celestes de conjunto o signos sueltos del zodíaco, en relieves, en mosaicos de casas particulares y centros públicos; en figuras escultóricas, como el famoso Atlas Farnesio, que representaba la esfera de Hiparco; o en soportes portátiles sobre diversos materiales: medallones de cristal, bronce, cobre, gemas, etc. Con todo, quizá fueran las pintadas las más conocidas: los manuscritos y códices de Arato, Cicerón, Higino, Germánico, etc., se ilustraron y miniaron con figuras de constelaciones y vientos; acabado ya el Imperio, troceados y distribuidos, sirvieron de modelo para reproducciones posteriores 38 . Un caso especialmente valioso en la tradición cultural española es la bóveda celeste pintada por Femando Gallego (s. XV ) para el Aula de astronomía de las Escuelas Menores, en la biblioteca de la Universidad de Salamanca, a partir de aquellas ilustraciones derivadas de un Higino despiezado 39 . Ello da una idea de la atracción que los estudios astronómicos, bajo muy diversas maneras, ejercieron sobre las sociedades, antigua y presente —todavía pueden verse esferas armilares, de mayor o menor tamaño, en algunas ciudades, configurando centros de plazas y cruces de caminos, y hay innumerables reproducciones del firmamento en toda clase de soporte—. Hoy la situación de una estrella puede establecerse con total exactitud, si bien mediante difíciles cálculos matemáticos, que no están al alcance de todo el mundo. En cambio, la antigüedad greco-latina contó con el inconveniente de un instrumental de observación limitado y deficiente; por ello, la descripción laboriosa de los fenómenos astronómicos, legada por su literatura no corresponde al cien por cien con la realidad actual. Hay que reinterpretarla y reconstruirla mediante nuevos métodos, posibles, a su vez, gracias al interés y tesón de los que pusieron las bases para la ciencia actual, que ha culminado con la exploración del espacio. En justa reciprocidad, ésta, en ocasiones, le rinde homenaje: el satélite que exploró el espacio sideral llevaba el nombre de Hiparco 40 .

6. CÓMPUTO DEL TIEMPO Y EL CALENDARIO

Este interés de la Antigüedad por la astronomía no fue puramente literario y científico; en parte, tuvo su origen en la necesidad de computar el tiempo para la organización de la vida en general, especialmente entre los romanos, quizá por ese carácter práctico suyo y ante la complejidad que comportaba su administración estatal.

Frente al sistema de la «nictimeria» astronómica de distribuir el conjunto de un día y su noche en veinticuatro horas iguales, los romanos asignaron doce horas al día y otras tantas a la noche, pero variables, según la estación del año y la latitud de la ciudad, pueblo o punto de residencia. Tan sólo en los equinoccios los días y las noches tenían igual duración. De ahí el afán de los geógrafos por consignar, según la latitud, la duración del día y la noche en los solsticios, y en los equinoccios la correlación entre longitud y sombra del gnṓmōn («aguja de cuadrante solar»). Se había alcanzado, así, una gran precisión en la cuantifícación del día y la noche en los puntos en que los círculos celestes pasaban perpendiculares al horizonte, por debajo del ecuador; en consignar la duración de seis meses para los días y las noches en los puntos del polo en que los círculos eran paralelos al horizonte, y la desigualdad paulatina del día y la noche por la oblicuidad de los círculos 41 .

El primer instrumento para medir el tiempo es el reloj de sol, que se basaba en la longitud del gnémón y su sombra, pero graduados mediante cálculos geométricos complicados que determinaban y conformaban la estructura del reloj 42 . Hubo muchos modelos, tanto fijos —orientados hacia los distintos puntos cardinales, como el llamado «plintio» o «artesonado» del circo Flaminio—, como portátiles o de viaje, cuadrantes excavados en bloques cuadrados o cubos, cóncavos o hemisféricos, de disco sobre una superficie plana, etc. Los de agua, que servían para el cálculo de las horas nocturnas o días sin sol, disponían de un complejo sistema basado en la graduación en función de la altura y el caudal de agua 43 . Más complicados eran los llamados «anafóricos» («que concierne a la salida de los astros» en griego), artilugios mecánicos que, mediante un ingenio motriz, llevaban carillón y un disco para señalar la salida del sol y las estrellas. En suma, el cómputo del tiempo resultaba vital, por ejemplo, para la navegación, que no pudo resolver el problema del cálculo de la longitud, en tanto que los manuales sencillos astronómicos, como el de Arato, permitían guiarse por las constelaciones, y ya desde el s. IV a. C. podía calcularse la latitud.

Más difícil resultó la determinación del calendario (las calendae, el primer día de cada mes, coincidían siempre con la luna nueva 44 ). En un principio las sociedades primitivas, y durante los primeros siglos la república romana, seguían el calendario lunar, basado en la revolución sinódica de la luna: diez meses de veintiocho días, más uno que se intercalaba cada dos años. Pero este calendario era de una irregularidad tal que ya en el s. I a. C. se llegó a un punto de confusión insostenible. Con su decisión habitual, contando con el apoyo del astrónomo alejandrino Sosígenes, Julio César 45 suprimió este cómputo (46-45 a. C.), estableciendo el regulado por el sol, hoy el oficial en Occidente: 365 días y 1/4, que es lo que emplea la tierra en girar en tomo al sol; 12 meses y un día suplementario, inserto en febrero, cada cuatro años, antes del día quinto de las calendas de marzo, un doble «día sexto», el bis sextum. Su reorganización fue decisiva para la vida civil, cuya actividad económica precisaba una regulación estable, y, sobre todo, para el campo, donde las faenas agrícolas dependían exclusivamente de la experiencia de los campesinos en interpretar y observar el cielo atmosférico. Así se correlacionó el año con los sincronismos de salidas y puestas de los astros mediante los llamados parápegmas («tabla astronómica» o «tablero cronológico»), una especie de efeméride astronómica; quedan ejemplares grabados en piedra y numerosos testimonios literarios, como los ya citados Fastos de Ovidio —que, por otra parte, patentizan la preocupación por la relación entre calendario, tiempo meteorológico y vida agrícola—; o los testimonios de Plinio y Columela 46 . Ciertamente, el romano era, en esencia, un campesino y que la vida agrícola necesita una guía en que apoyarse lo revela la existencia todavía hoy de calendarios meteorológico-astronómicos, en los que se incluyen noticias religiosas y literarias, que en un principio tuvieron su origen en un intento didáctico exactamente igual al que operaba en la literatura aratea —como el «Calendario Zaragozano. El firmamento para toda España» 47 —. A esto habría que añadir toda la literatura —tradición que arrancaba de Hesíodo y tenía en Aristóteles un teorizador, con Teofrasto y el Pseudo Aristóteles como continuadores—, que se etiquetaba como «Pronósticos», en la que se iba compilando todo dato meteorológico importante no sólo para la vida agrícola, sino para la económica, en general, y, en especial, la marina.

7. FACTORES METEOROLÓGICOS: VIENTOS

Se entiende por factores meteorológicos las distintas condiciones atmosféricas (viento, lluvia, bonanza, tempestad, nieve, pedrisco, etc.) que inciden y condicionan las diferentes actividades humanas en ciudades, campo y mar, junto con su conocimiento y estudio con antelación a fin de prevenir consecuencias nocivas para la vida y producción agrícolas, el transporte marino y la vida ciudadana. Se trataba de comprender del mejor modo posible cualquier señal, sobre todo de futura tormenta, que diera la naturaleza. Avieno confirma que tales advertencias podían captarse a partir de la observación de los astros —de la luna (Fen. 1446-1542); o del sol (1543-1650); de la constelación del Pesebre (1651-1669)—; o del estudio del mundo terrestre: del viento (1670-1695); de la lluvia (1697-1724); del buen tiempo (1725-1748); de tormenta (1749-1812); de sequía (1813-1834a); de destemplanza (1834b-1863), etc. Estos datos, obtenidos de la observación directa, recogidos parcial y puntualmente ya en los primeros escritores griegos (Homero; Hesíodo, en Trabajos y días, etc...), se fueron compilando lentamente, hasta tipificar el género de la literatura meteorológica, no tan importante ni con la envergadura de la astronómica, pero sí de un peso considerable. Tratados como los Diosemeia de Arato 48 , los Pronósticos de Avieno 49 , el citado Sobre las señales, atribuido a Teofrasto, los Meteorológicos de Aristóteles, o el anónimo Sobre los vientos del Pseudo Aristóteles, sentaron, de alguna manera, las bases de la ciencia meteorológica moderna. También entre los romanos este tipo de literatura y las referencias e interés por el tiempo, los vientos u otros fenómenos, son, asimismo, abundantes, como veremos; una de las más relevantes, hoy perdida, la Ora maritima de Varrón, trataba de los vientos 50 .

Ciertamente, de todas las señales que brindaba el cielo atmosférico y el mundo terrestre, éstos eran los más importantes por su incidencia en la agricultura y la marina, ejes fundamentales de la economía antigua. Por ello hubo un gran esfuerzo para determinar, razonar y explicar el número ideal y exacto de la rosa de los vientos —estrella de 32 rumbos en que se divide la vuelta o rueda del horizonte (360°)—, en general, y la náutica en particular. Es ésta una cuestión compleja y prolija en la que no podemos entrar en detalle; diremos como resumen que, desde Homero, que conoció cuatro vientos, hasta Aristóteles 51 , que explica una rosa más compleja, de once, lo más notable en este campo, la obra que más llama la atención, no es una producción literaria, sino la torre octogonal que representa el reloj de Andrónico de Cirrestres, llamada «Torre de los Vientos»; construida en Atenas en el s. I a. C., en época de Sila, con los grabados en bajorrelieve de los ocho vientos básicos —bóreas (viento del Norte), esquirón (Noroeste), céfiro (Oeste), lips (Sudoeste), noto (Sur), euro (Sudeste), apeliotes (Este) y kaikías (Nordeste)— es el mejor exponente de tal interés.

En Roma, Vitrubio razonaría los pros y contras de la rosa de cuatro, ocho, doce y veinticuatro vientos (I 6 ss.). Manilio (IV 589-94) daba los nombres de los cuatro vientos principales, anotando la existencia de otros ocho, sin nombrarlos; y Plinio repasaba detenidamente la cuestión: la rosa de los vientos, su calendario, y su régimen 52 ; Aulo Gelio, Suetonio, Apuleyo y Ampelio se harían eco, igualmente, de esta vertiente meteorológica; pero quizá fue Séneca el que más, y más inteligentemente, iba a extenderse sobre ellos 53 , buscando siempre la adaptación de la terminología técnica a partir de la tradición retórica, sin transcribir sin más los términos griegos 54 . Todo el debate sobre este factor demuestra la tendencia a la especificación y diferenciación; pero ello llevaba a una amplificación del número y nombres de vientos tal, que chocaba con la práctica real. Era inviable la aplicación de todos. Avieno, que sin duda conoció todas estas referencias, en sus tres obras sólo recoge nueve: bóreas y septentrión para el N; austro y noto para el S; céfiro y favonio para el O; y euro para el E; además, el cauro (o coro) para el NO, y el aquilón para el NE; de ellos presenta como divinidades mitológicas al Bóreas y al Céfiro 55 .

Entender la relación entre los vientos y la navegación antigua con el cómputo del tiempo y la observación de la bóveda celeste, facilita la comprensión de la Descripción y las Costas, y muchos otros tratados geográficos y periplos anteriores a Avieno, por diversas razones: la eficacia, seguridad y rapidez en las comunicaciones redundaba en proporción directa en el conocimiento geográfico, en las relaciones comerciales y en el desarrollo cultural, porque permitía una descripción más exacta de todas las tierras y pueblos que iban siendo explorados. Ciertamente, para la navegación antigua el primer problema era la orientación, sobre todo en mar abierta y con nublado, dado que todavía no existía la brújula. Era, por tanto, básica la observación meticulosa de la línea costera, para retener su perfil, sus marcas y referencias marinas principales, y, además, poder abastecerse de todo lo necesario cuando fuera preciso: velámenes, aguaje, avituallamiento, cordaje, etc. Esta navegación de cabotaje —sin perder de vista los cabos—, encauza un tráfico comercial de tipo local, servido por cargueros —las naves onerariae romanas—, o por navíos de viajeros, que comunicaban los principales puertos entre sí. La carrera de la costa —la más antigua— supone pues, un primer estadio relevante en la navegación, y sigue siéndolo después, una vez impuesta la de altura, porque se procuraba en la medida de lo posible no perder de vista nunca alguna señal de ella 56 . Este conjunto de datos visuales costeros, completado con observaciones e informaciones variadas (geográficas, etnográficas, económicas, etc.), y transmitidas oralmente de piloto a piloto, para ser después anotadas con cuidado, como una especie de cuadernos de bitácora, acabaron generando el tipo literario de los periplos («navegaciones en torno»), y obras más complejas y de mayores pretensiones, siempre en verso para facilitar su memorización, como las que tradujo Avieno.

Impuesta ya la navegación de altura, el sistema de orientación más seguro e imprescindible era el curso del sol, el movimiento de las constelaciones y el reconocimiento general de las estrellas, arte en el que los fenicios eran muy hábiles y del que Homero da varios ejemplos 57 . De esta manera podían calcular la latitud. Era necesario tener en cuenta también los vientos y el tiempo atmosférico, que determinaba el calendario marino. La experiencia personal de cada piloto atesoraba un conjunto de reglas sobre el tiempo, que en situaciones límite eran la única pauta posible. Son los pilares de la metereología práctica primitiva 58 . En la práctica, como se ha visto, la utilización de una rosa náutica con demasiados vientos, que se identificaban con los puntos de orientación, cardinales y secundarios, no era viable por su complejidad; y la realidad impuso la de ocho vientos 59 . Si los vientos eran favorables, se prefería la vela cuadrada para aprovechar al máximo el impulso de popa y alcanzar la mayor velocidad 60 . Pero si era contrario, bien de frente, bien de costado, disponían de técnicas para aprovechar de todas maneras su fuerza motriz: navegación de frente zigzagueando, o en bolina, con el consiguiente retraso 61 . Lógicamente si éste persistía o era demasiado violento no había más remedio que dejarse derivar —Coleo de Samos (s. VIII a. C.), llegó a Tarteso cuando su destino era Egipto 62 ; pero, quizá, el caso más ilustrativo sea el viaje de Pablo de Tarso desde el puerto de Cesarea, en Judea, hasta Roma 63 —.

Por otra parte, la navegación de altura planteaba una dificultad que nunca fue superada en la Antigüedad: el cálculo de la longitud, pues los relojes de agua o arena no eran suficientemente precisos —por ello el desarrollo de su técnica de fabricación era constante—; un problema que sólo se solucionará en el s. XVIII con el famoso reloj marino de Harrison. Se daba, por tanto, una relación necesaria con la bóveda celeste para orientarse por la noche, si era posible, y se recurría a la trayectoria del sol durante el día; por esta razón, los resúmenes astronómicos, como los Fenómenos de Arato, fueron tan populares: el desplazamiento de las constelaciones y la posición de las estrellas indicaba la ruta a seguir. Numerosos textos atestiguan la navegación nocturna, entre ellos el de Avieno, que se refiere tanto a las distancias que se recorrían de día y noche (Costas 234-235), como a lo contrario, a las encalmadas causadas por la ausencia total de viento.

En suma, pues: dominio de la esfera celeste, que marcaba la orientación, advertía del peligro de tempestades y galernas, y posibilitaba el conocimiento de la latitud, conocida ya desde el s. IV a. C.; el cómputo del tiempo, que habría facilitado el cálculo de la longitud —algo imposible, al no poder medir el tiempo—; y la identificación de los vientos, esencial para la navegación y la agricultura. Como complemento, además, era necesario un calendario-catálogo 64 , que, por un lado, señalara las constelaciones que con su salida señalaban galerna en la mar, y, por otro, las fechas de clausura y apertura de la navegación 65 . A divulgar tales datos, despertando el interés de sus lectores, sirvió, sin duda, la obra de Avieno.

8. EDICIONES

Los Fenómenos volvieron a ser editados por Aldo Manucio en 1499, también en Venecia, con el título de Astronomía veteres; en 1540 lo hizo J. Périon, en París, y poco más tarde, en 1559, G. Morel, también en París; en 1600, en Leiden, por Hugo Grotius, bajo el epígrafe de Syntagma Arateorum; y en 1801 por I. Th. Buhle, en Leipzig. En 1882 por A. Breysig, en Leipzig (sólo los Aratea de Avieno); en 1981 (París) apareció la edición de Jean Soubiran, Aviénus, Les Phénomènes d’Aratos, para «Les Belles Lettres», de necesaria consulta para muchos aspectos 66 , y a la que nos hemos atenido en nuestra traducción, como ya hemos indicado 67 . El comentario más reciente es el de Dorotea Weber (infra).

9. SELECCIÓN BIBLIOGRÁFICA

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H. ZEHNACKER , «D’Aratos à Aviénus: astronomie et ideologie», Illinois Classical Studies 14 (1989), 317-329.

1 Cf. Descripción 170, 1028.

2 Cf. el «Himno a Zeus» del Proemio. Sobre ello, cf. H. ZEHNACKER , «D’Aratos á Aviénus: astronomie et ideologie», Illinois Clas. Studies 14 (1989), 317-29: a diferencia de Germánico, más ligado en su traducción de Arato a los problemas y motivos dinásticos, Avieno, modifica el proemio para ofrecer este homenaje a Zeus-Helios. Cf., también, n. 1.

3 Utilizó el acróstico de una palabra clave en la estilística de éste, leptḗ, «finura», deletreado en las iniciales de los vv. 783-787.

4 Redactó muchas otras, entre ellas un tratado sobre la armonía de las esferas (Canon) y otro sobre los astros (Astriká), que no nos han llegado.

5 El total, los 1.154 versos, forma realmente una unidad, como el análisis de su estructura permite advertir.

6 Como CALÍMACO (Epigrama 29).

7 Estos últimos son los Pronósticos. El mejor estudio sobre ello es el de J. SOUBIRAN , Cicero, Aratea, París, 1972.

8 Los tres últimos son los fragmentos; la mejor edición es la de A. LE BOEUFFLE , Germanicus, Les Phénoménes d’Aratos, París. 1975.

9 Cf. Hechos de los Apóstoles, 17, 28. Ya lo había anotado JERÓNIMO (S. Hieronymi tomus septimus, Patrologia Latina, t. XXVI, París, 1845, pág. 607).

10 Entre otros, cf. J. ALMIRALL I SARD À, «Lectura dels Fenómens d’Arat», Ítaca. Quaderns Catalans de Cultura Clássica 6-7-8 (1990-92), 9-62; y Arat, Fenómens, Barcelona, 1996; D. KIDD , Aratus, Phaenomena, Cambridge, 1997; G. R. MAIR , Aratus, Londres, 1921 1 ; J. MARTIN , Aratos, Phénoménes, t. I-II, París, 1998; Scholia in Aratum vetera, Stuttgart, 1974; y «Les Phénoménes d’Aratos», en L’Astronomie dans l’Antiquité Classique, París, 1979, págs. 91-104; y cf., también, infra.

11 Un interesante resumen de su vida puede verse en la Introducción de Arato, Fenómenos; Gémino, Introducción a los Fenómenos, de E. CALDERÓN , Gredos, Madrid, 1993, págs. 9-14.

12 D. WEBER (Aviens Phaenomena, eine Arat-Bearbeitung aus der Lateinische Spätantike. Untersuchungen zu ausgewähhen Partien, Viena, 1986) resume su estructura así (pág. 58): vv. 1-4, recorrido celestial de Avieno (4 versos); 5-45, Zeus, creador y sustentador del mundo (41 versos); 46-66, Zeus como orientador de los primitivos tratadistas astronómicos (9+9+3); 67-76, adición de Avieno (4+2+4). En general, cf. su amplio comentario sobre él (págs. 1-59), el más detallado y extenso sobre la cuestión.

13 Cf. G. S. KIRK y J. E. RAVEN , Los filósofos presocráticos , Madrid, 1970.

14 Timeo 63a, y Fedón 97 d-e (hacia el 380 a. C.).

15 Cf. Descripción, n. 10.

16 Sobre él, cf. Descripción, aptdo. 2 y G. AUJAC , «Eratosthène, premier éditeur de textes scientifíques?», Pallas 24 (1977), 3-24.

17 Cf. PLNIO , Hist. Nat. II 53.

18 Sobre la anécdota y este famoso personaje, cónsul en el 214 a. C., cf. PLUTARCO , Vida de Marcelo, 19; y CICLRÚN , República I 14.

19 En el libro V de su Sobre la naturaleza de las cosas.

20 En el libro IX de su Sobre la arquitectura; cf. la edición de J. L. OLIVER DOMINGO , M. L. Vitruvio Polión, Los diez libros de Arquitectura, introd. de D. RODRÍGUEZ RUIZ , Madrid, 1995.

21 Para sus Astronomica, cf. las ediciones de D. LIUZZI , Lecce, 1991-1997; y G. P. GOOLD , Leipzig, 1985.

22 Cf. A. LE BOEUFFLE , Hygin. L’Astronomie, París, 1983.

23 En especial el libro VII; cf., a título de ejemplo: «Vendrá un día en que la dedicación de los hombres de un largo período sacará a la luz del día lo que actualmente se ignora. Una sola generación no basta para investigar tantos fenómenos, aunque se dedique exclusivamente al cielo» (VII 25; trad. C. CODOÑER , Séneca, Cuestiones Naturales, Madrid, vols. I-II, 1979; cf. también, «La physique de Sénèque: Ordonnance et structure des Naturales Quaestiones», Aufstieg und Niedergang der Römischen Welt, II 36, 3, Berlín-N.York (1989), 1779-1822.

24 Cf. Fen. 77-99 a.

25 Cf. Fen. 992-1013.

26 Cf. Fen. 950-976, 977-991.

27 Cf. M. MANITIUS , Hipparchi in Arati et Eudoxi Phaenomena commentariorum libri tres, Leipzig, 1894.

28 Cf. Fen. 1352-1362 y para el tema del cálculo y el cómputo, el Aptdo. 5.

29 Cf. Fen. 936 b-949.

30 Son conceptos recogidos por Higino, Manilio, M. Capela y Macrobio, pero no por la literatura aratea.

31 Cf. Fen. 1014-1059.

32 Cf. VITRUBIO , IX 1 8, 10.

33 Cf. Fen. 908-929; Avieno no da el nombre de ninguno de los cinco.

34 Cf. F. HUI.TSCH , «Astronomie», RE II 2, cols. 1828-1862; Ttt. H. MARTÍN , «Astronomia», Dictionnaire des Antiquités Grecques et Romaines, París, 1896, págs. 476-504; J. SOUBIRAN , «L’astronomie á Rome», en l'Astronomie dans VAntiquité Classique, París, 1979, págs. 167-183.

35 En Grecia había destacado la Mecánica de Aristóteles (cf. passim).

36 Cf. infra.

37 Eudoxo e Hiparco utilizaron este tipo de esfera para componer sus obras; pero, como decíamos (cf. supva), la influencia de estos globos fue general en toda la literatura astronómica antigua.

38 Así ocurrió, por ejemplo, con manuscritos de Higino, cuyas ilustraciones fueron copiadas en la Edad Media y el Renacimiento, no sólo para su estudio sino también para servir de elementos ornamentales o motivos estéticos en arquitectura —el hábito llega al mismo siglo XIX , en que todavía se editaron atlas y libros inspirados en sus imágenes—.

39 F. RICO , «El cielo de un humanista», Figuras con paisaje, Barcelona, 1994, págs. 99-106.

40 G. THIELE , Antike Himmelsbilder, Berlín, 1898; F. BOLL , Sphaera, Leipzig, 1903 (reprod. Hildesheim, 1967); J. SOUBIRAN , «Astronomie ancienne et technique modeme», Pallas 26 (1979), 3-10; M. P. LERNER , Le monde des spheres: I , Genèse et triomphe d'una representation cosmique, París, 1996; II, La fin du cosmos classique, París, 1977.

41 Cf. MANILIO , Astrología III 203-482.

42 Cf. la descripción de VITRUBIO (IX 7), que utiliza para él el término, muy poco utilizado en el léxico griego, análēmma.

43 VITRUBIO (IX 8) informa en detalle de ello y de lo siguiente.

44 Los idus (el día 15 o 13) coincidían con la luna llena.

45 Cf. SUETONIO , J. César 40.

46 Cf., respect., Hist. Nat. XVIII; y Agricultura XI.

47 O, El Calendario religioso, astronómico y literario, arreglado al meridiano de Barcelona, según el horario de España, editado por Fray Ramón, ermitaño de los Pirineos; La guia práctica de l'agricultor, calendan agrícola y ramader. Calendari deis pagesos; etc. Las publicaciones de este tipo son también muy abundantes; cf., a título selectivo, las de N. FAGES DO REM Á, Aforismos rurales, conformes con las reglas dadas por los más clásicos agrónomos antiguos y modernos, nacionales y extranjeros, Figueres, 1849; M. SARALEGUI Y MEDINA , Refranero español náutico y Meteorológico, Barcelona, 1917; J. SERRA FÁBREGAS , Refranero apícola, Barcelona, 1955; J. L. FUENTES YAGUE , Apuntes de metereología agrícola, Madrid, 1978; y A. ALLUÉ MORER , LOS pronósticos del tiempo en el refranero castellano. Observaciones del tiempo empírico y pronósticos meteorológicos inspirados en el refranero castellano, en las cabañuelas, en las experiencias personales y en todas las demás cosas del campo en general, Valladolid, 1974.

48 Cf. vv. 733-1154.

49 Fen. 1384-1878.

50 Cf. SERVIO , Comentario a la Eneida V 19.

51 Cf. Meteorológicos VI.

52 Hist. Nat. 46-7 y 48, respectivamente.

53 Cuestiones Nat. V 16-17.

54 Cf. CODOÑER , «La physique de Sénèque;...», págs. 1780 ss.

55 Cf., respect., Descripción, 585 y Costas 226, 238 y 564; y el aptdo. 3 de la Introd. general.

56 ESTRABÓN (III 143) consigna la derrota directa de Hispania a Italia y el Itinerario de Antonino, las principales líneas de su época.

57 Odisea III 169, V 272.

58 Se descubren los etesios; se divinizan vientos y montañas, que se transforman en héroes (Eolo y Atlas son considerados astrónomos); etc.

59 Cf. PLINIO , Hist. Nat. II 119.

60 Cf. Costas, introd., aptdo. 3.

61 Cf. PLINIO , Hist. Nat. II 128, y ARISTÓTELES , Mecánica 851b.

62 La ruta normal suponía recalar en Rodas y Chipre (cf. HERÓDOTO , IV 152, trad. C. SCHRADER , Madrid, Gredos, 1979, pág. 425, n. 516).

63 Cf. Hechos... XXVII 1, 44, y XXVIII 1, 13.

64 Salirse de las fechas marcadas —octubre-marzo, aproximadamente, según ciudades—, acarreaba que las aseguradoras de portes marítimos no aceptaran responsabilidades. La cuestión está apenas estudiada.

65 H. GUNDEL , «Winde», RE VIII, A2, cols. 2211-2387; y «Das Proomium der Meteorologie», Hermes 47 (1912), 514-535; W. KROLL , «Schiffahrt», RE II A 1, cols. 408-419; W. CAPELLE , «Meteorologie», RE Suppl. VI, cols. 315-358; y «Zur Geschichte der meteorologische Litteratur», Hermes 48 (1913), 342-343.

66 Para un análisis detenido de esta cuestión, todas las ediciones de la obra, manuscritos y excerpta, cf. las páginas 75-89 de esta obra.

67 Cf. Introd. General, aptdo. 6.

LOS FENÓMENOS DE ARATO

Proemio

Júpiter 1 es el que me indica el tono de este poema: bajo el amparo de Júpiter abandono las tierras, la inspiración de Júpiter me abre las alturas del espacio, vamos a las estrellas con el consejo de Júpiter, bajo el auspicio de Júpiter se halla el cielo y por mandato de Júpiter desvelo el espacio sideral a los mortales.

Allí está la residencia, allí está la morada 2 del Padre [5] primigenio. Él es el principio del movimiento generador 3 , él es la energía del rayo fulgurante 4 , la vida de los elementos 5 , el calor del universo, el fuego del éter, el vigor de los astros, la esencia eterna de la luz, el número de la [10] armonía excelsa 6 . Él es el aire ligero y la pesada amalgama de la materia, la savia de los cuerpos procedente de las alturas del cielo, el nutrimento de todas las cosas, flor y llama del alma 7 , el que horadando canales que corren por diferentes lados en el sólido núcleo del magma originario, se esforzó en colmar las arterias con su amor a raudales 8 , [15] para darle la consistencia de un código propio. Fue él quien infundió el calor, a fin de que el cosmos fuera capaz de cohesionar los átomos disgregados. Con justicia una escondida voz lo ensalza primero, luego y después; ya que fuertemente cohesionado consigo mismo por doquier y sosteniéndose en sí mismo por ambos lados 9 , es uno sin [20] alteración, promotor de toda actividad, creador del amor que le es propio y, de cierto, el padre sacrosanto del universo 10 . Él hizo añicos con su luz la profundidad del vacío; él fue el primero que disipó las ataduras de las tinieblas y, siendo él el propio padre de la realidad, dio cohesión a las partículas en suspenso; él situó los átomos dispersos en sus emplazamientos precisos; él otorgó figura a los elementos [25] disgregados; él imprimió color a la materia e, imbricado en los dos sexos 11 y dado que, de igual modo, posee una doble duración 12 , al observarlo a un tiempo todo, provee a los seres de sexo alternativamente. Él es el artífice de la naturaleza y es el que la nutre; rey del mundo, potestad excelsa del éter y del Érebo 13 , inclinación indolente [30] del nodo 14 , distinción legítima de dioses incompatibles 15 , cuya obra postrera es la tierra; suyas son las ígneas luces establecidas espaciosamente: el Sol y su Hermana, a fin de que aquel difunda el fulgor resplandeciente que se derrama por el día y ella desgarre los celajes tenebrosos de [35] la noche mediante su antorcha llameante. Y, como Padre, no falta ni por un momento a las creaturas que ha engendrado: ese hermoso ciclo del año, según el cual la tierra se adormece bajo el hielo espeso, la primavera sonríe por las besanas apacibles, el estío polvoriento abrasa de sed los labrantíos y regresa la pesada granazón del otoño fecundo 16 . [40] Bajo su guía nos desplazamos por el oleaje del encrespado abismo marino, siguiendo sus enseñanzas roturamos el suelo con los pesados arados. Él determinó la magnitud de las constelaciones, él infundió hermosura a la [45] creación; en medio de las tinieblas él se desliza por las entrañas del espacio y, todopoderoso para engendrar, vivifica los miembros eternos.

Por último, para que los corazones no se hundieran en una decadencia prolongada, para que la conciencia, perdido el recuerdo del nacimiento del mundo, no generara insensiblemente ideas despreciables, sin arrobarse jamás a los orígenes de la fuente eterna, de la cual, como un torrente de [50] rápido curso, al que la naturaleza, acuciante, urge, deslizándose sin cesar, brotan las almas prestas a precipitarse hacia nuestros cuerpos y se entrelazan en serie por el espacio 17 ; él fue el que, por vez primera, orientó la vara del anciano de Cnido 18 hacia los astros y enseñó a un mortal hablar de la bóveda celeste de los dioses: ¿por qué el Caparazón 19 obliga a dar la vuelta a los fuegos de Hiperión 20 ante el regreso del otoño?, ¿por qué bajo el helado Capricornio el solsticio de [55] invierno desata el melancólico yugo del año cuajado de escarcha?, ¿por qué Libra y el rápido Aries, ya en el ecuador de la masa celeste 21 , igualan la extensión de la luz del día y por qué la duración de la húmeda noche?, ¿en qué sector el [60] polo más elevado, merced a su alto eje, no toca las aguas azulinas de Tetis 22 ?, ¿qué polo queda oculto inclinándose en el eje umbroso, y por qué unos astros 23 errantes se desplazan por trayectorias a la deriva? Cuestiones estas que, una vez más, el mismo Júpiter otorgó al talento y al estro del poeta de Solos 24 propagarlas mejor, de modo que la Musa, [65] habitante del monte Tauro 25 , se precipitara sobre los campos cecropios y aonios 26 .

También a mí ahora una inspiración semejante me incita a difundir en verso las estaciones en que conviene roturar las tierras con los recios azadones, cuándo largar el velamen de lino al mar, donde las velas vuelan, y cuándo podar la [70] cabellera de Lieo 27 , coronado de pámpanos. ¡Oh, divinidades del santuario del Parnaso 28 , a quienes ya conozco!, ¡oh, Camenas 29 , de quienes siempre me cuidé a lo largo de tantas ocupaciones! Me agrada alzar ya la mirada a lo alto del [75] cielo y abrir a mis ojos una senda por entre las estrellas. Un dios más importante, más grande de lo acostumbrado, guía mi inteligencia; la extensa Cirra 30 se me franquea y el Helicón 31 me inspira desde todas sus cavernas.

Cielo, ejes, potos

A todos los astros, cuyas llamas radiantes esmaltan el espacio, los guía la Noche y, como si se hallaran fijos, son arrastrados por la rotación del firmamento. Pero, no obstante, no debe considerarse que todos se regulan según el sistema de las constelaciones: [80] un grupo se encuentra privado de catalogación y de renombre. En todos brilla el fuego y a todos les refulge su ígnea cabellera con resplandeciente centelleo, pero como no todos están encuadrados de acuerdo con figuras de luz precisa, sucede entonces que sobra una multitud de estrellas fuera de las constelaciones 32 . Y hete aquí que la maquinaria del cosmos, dotada de movimiento, va rotando sobre sí misma y la inercia de su propio peso arrastra al firmamento. Pero el eje no va incluido en la rotación de la esfera celeste, como un punzón en el que girara un disco movedizo: permanece quieto siempre y, sutil, horada en lontananza las entrañas augustas del cielo y sostiene la mole de la tierra por su centro. No lo inmutan ni la duración del día, ni la carrera de la bóveda celeste hacia el ocaso, ni lo remueve de su emplazamiento esfuerzo alguno, pues, una vez encajado, quedó fijo y permitió que toda la creación se desplace en tomo suyo. Asimismo, en cada extremo del eje se halla un polo diferente: uno se alza a lo alto por encima del océano; el otro, sumergido bajo las olas, penetra hasta el [95] Érebo y permanece como cómplice del siniestro Dite 33 . Aquí el noto es soberano, allá todo se encuentra helado por los terribles aquilones 34 y el torneado eje rechina 35 en su revolución doble. Uno es fácilmente visible, el otro en cambio se encuentra oculto y se hunde en las hondonadas de la sima infernal.

Osas

Pero en el sector en que la punta más elevada del eje abandona el oleaje [100] de la borrascosa Tetis 36 , repleto de cetáceos, fíjate cómo el firmamento alza las Osas sagradas. Tal es la denominación que dio el astrónomo de Cnido 37 a este asterismo; mas en expresión ausonia 38 acostumbramos a llamar a estos mismos animales Osas y Carros 39 : pues los relatos míticos dan en ver unas [105] osas y, por su aspecto, unos carros. El Padre todopoderoso a estas Osas 40 , habituadas antaño a la dureza de las cacerías en el valle boscoso del Liceo 41 , las trasladó al espacio y así las consagró en compensación por haberle arrebatado la flor de la virtud a la madre 42 . O también, según nos enseña otra leyenda, en el paraje en que Creta 43 es batida por las olas, retumbando a lo largo y ancho bajo los cauros 44 malsanos, [110] el mismo Júpiter, guardando buena memoria de los favores recibidos y para corresponderlas con una merced afectuosa, por haber salvado y vigilado su vida cuando, siendo aún un niño, se mantuvo escondido largo tiempo entre los toscos Curetes 45 y las carracas de los peñascos dicteos 46 , después de salir vencedor, les concedió ascender al firmamento flameante; [115] son constelaciones 47 que desconocen el mar salado e ignoran el ocaso nocturno y cobijan a los furiosos aquilones. Por otro lado, no presentan enfrentadas las cabezas o el pecho en un movimiento opuesto, sino que las figuras de estas Osas Licaonias 48 pueden contemplarse en lo alto vueltas; sus plantas se hallan equilibradas con referencia al polo 49 , echadas sobre su espina y los lomos fulgentes de [120] llamas. Así, las nodrizas de Júpiter, Hélice y Cinosura 50 , vueltas por la cabeza y los hombros cerca del eje torneado del polo, ofrecen sin cesar señales de advertencia sobre las tormentas a punto de llegar. Pues es Hélice la que guía en alta mar a los griegos, en tanto que la pequeña Cinosura orienta a los tirios. Ninguna estrella encendería jamás su [125] antorcha primero, ni ninguna otra iniciaría antes su salida flameante, cuando el hijo de Titán 51 , sumergido ya su disco [***] 52 y tiñe el dorso marino de Tarteso 53 de un rubor tembloroso, antes que la Cretense Mayor 54 saque sus llamas al despuntar la noche y muestre su rostro sagrado al firmamento. [130] La otra puede tenderse con su pequeña lanza por el espacio 55 , pero, con todo, es más segura para cuantos surcan la traidora planicie marina 56 . Pues cuando efectúa una vuelta completa en el eje del polo, no se muestra perezosa haciendo grandes giros ni, como si se hubiera removido por un [135] momento, se aparta de su trayectoria, ni reprime su lentitud deslizándose indolentemente: en fin, bajo tu guía, Cinosura, las quillas de Sidón 57 surcan las aguas encrespadas con rumbo más certero.

Dragón

Acto seguido, entre ambas Osas de ilustre nombre, como ríos que se desligo zan [140] tortuosos, el Dragón 58 , cubierto de escamas, con una multitud de estrellas a su zaga se enrosca y rodea a las dos Osas con los curvos anillos de sus espirales. Y, como tales amplios anillos despliegan unos miembros que se extienden muy a lo largo, también a él lo encuadran por los Carros que compone el coro Licaonio 59 . Hacia la zona en que se halla la cabeza de Hélice, se desenrolla el último tramo [145] de este monstruo y apenas se aquieta 60 la cola en ese sector del cielo. La otra Osa 61 mete el extremo de su cabeza en el ámbito del pliegue de una espiral y, como cercada por el sinuoso Dragón, se recuesta, situando su lomo contra el lomo de la primera Osa. La Serpiente se enrosca frente a su hocico y, después de deslizarse rodeando ampliamente a la Osa hasta el final, regresa de nuevo a las cercanías de la [150] constelación más grande 62 . La estrella que engalana su cabeza con llamas especiales, no brilla sola 63 , ni solos están tampoco los incendios que enrojecen su cresta, antes bien un doble resplandor enciende las dos sienes peludas 64 y los dos ojos 65 echan ascuas bajo fulgores idénticos. Asimismo, [155] un fuego exclusivo arde en la barbilla 66 y la propia silueta de la cabeza, inclinándose por un instante como si hiciera señal de asentimiento, se dobla y parece contemplar la cola de Hélice, hacia cuyo extremo, a muy poca distancia, se acercan por el espacio las fauces sibilantes [160] del Dragón, que se lanza hacia ella. Más aún, incluso por encima de estas fauces, colindantes con la punta de la cola, en la dirección vertical de una raya trazada gradualmente, se presenta una estrella cuyo fuego relumbra en la sien derecha y cuyas luminarias se inflaman retando a las llamas próximas. Pero puede observarse cómo se inclinan la cabeza y la coronilla de este asterismo, en posición muy oblicua, en esa zona del firmamento sagrado en la que el [165] Océano paternal, que renueva la fulgente aurora, abraza ocasos y ortos, regulados por el salado mar, y funde la doble separación que implican los dos límites alternos 67 .

Arrodillado

Después, si desde el Dragón cubierto [170] de escarcha dirigieras la luz de tu mirada hacia la bóveda celeste, para bajar luego los ojos hacia la zona del universo colindante, hacia el sector en que el círculo más elevado se desarrolla sobre un globo 68 , aparecerá al punto una figura parecida a alguien que estuviera realizando un esfuerzo 69 , de la cual antaño dijo Arato 70 que carecía de nombre y también que quedó oculto el motivo de este esfuerzo. [175] En cambio sí que lo supo Paníasis 71 , cuya larga vida le valió desentrañar los principios ocultos tras serios estudios. Así, recuerda este autor que, bajo la férrea ley de un tirano sin control, el hijo de Anfitrión 72 , en plena flor de la [180] juventud, había llegado a los parajes de las Hespérides 73 , donde se esconden los secretos del mediodía y que había tomado con sus manos las manzanas de oro, vigiladas sin cesar por una guardiana ignorante de la suavidad del sueño, y después que esa guardiana, la serpiente propiedad de la madrastra de odio insaciable 74 , hubo sucumbido bajo los golpes del vencedor Hércules, aflojando los pliegues de sus espirales y la fortaleza de sus tenazas; así dicen que Hércules [185] sostuvo el peso de su corpulencia apoyándose en la rodilla izquierda 75 ; de este modo cayó desmadejado, vencido por el esfuerzo, según se contaba. Pero cuando el Tirintio 76 fue situado en el espacio y, ya en las alturas, se apoyó en el trono de su padre, entonces Júpiter, compadecido por la amargura de sus trabajos, le devolvió ese aspecto y permitió [190] que fuera contemplado en tal postura en el firmamento. Y he ahí que la propia mano 77 del dios se alza dispuesta a descargar un fuerte golpe y, además, con la pisada del pie derecho aplasta las sienes inclinadas del moteado Dragón.

Corona Boreal

A continuación, allí donde se extienden las anchas espaldas de la constelación que se dobla sobre la corva y en la [195] que sus altos hombros yacen vueltos 78 , contempla cómo tremola la luz de Cnoso 79 en llamaradas rutilantes. Resplandece ésta en recuerdo de un antiguo amor de Baco y testimonia ésta asimismo el aderezo honorífico de la cabeza de Ariadna 80 . Por tres veces la iluminan [200] tres luminarias 81 . Parte de la Corona se aproxima por debajo a la Serpiente 82 en la zona en que el Dragón 83 , inclinando hacia la Osa sus fauces silbantes, y rechina bajo los vendavales del aquilón; la otra parte rota tras la espalda del Arrodillado y, como si estuviera pegada a éste, se revela a su vez mensajera de esa silueta agotada.

Ofiuco

Bajo la punta de la cabeza de tal silueta, [205] es decir, de la cabeza de la constelación Arrodillado, reconocerás al resplandeciente Ofiuco. La constelación de la divinidad de Trica 84 se halla en pie, para el cual también los altares del santuario de Epidauro queman espeso incienso. Luego que los husos de las Parcas hubieron recorrido su trayecto de principio a fin, su última hora había sumergido a Hipólito 85 en la Éstige y ya a través de las hondas tinieblas del Cocito y las negruzcas lagunas de [210] Dite, el conocido barquero Caronte transportaba los hados del hijo de Teseo. Pero, compadecido Asclepio del amargo castigo que suponía una muerte antes de tiempo y de las duras órdenes de Neptuno, hace salir de las lejanas honduras del Érebo los miembros ya rígidos y, revitalizadas de nuevo [215] sus entrañas por el calor del espíritu, como dios de la medicina, las hace volver a las orillas del mundo de los vivos. Pero el todopoderoso no toleró que a alguien engendrado por el linaje de Deucalión 86 le estuviera permitido vencer las últimas disposiciones del destino y que el cupo de lana de las Hermanas 87 se desarrollara en vano. Entonces, arrojando [220] inmediatamente los rayos de tres puntas desde lo alto del cielo y blandiendo sobre su cabeza los fuegos de la llama espacial, arroja, tras conducirlo a la muerte, al descubridor de esta medicina insolente al mundo de las sombras; pero en compensación, para consolar a su hijo Febo 88 y compadecido del arduo destino de su nieto, ya fallecido, le ordena [225] alzarse entre las constelaciones en un movimiento nocturno. Así pues, ahí está Ofiuco 89 , con sus ardientes venas que se destacan; ahí se hallan sus miembros yertos, erguido en la gallarda postura del Serpentario, ahí está: sus hombros tremolantes despiden tales bocanadas de fuego que, cuando la luna resplandece con el disco lleno y mediante su impresionante [230] salida regula los períodos del mes, la luz que desprenden sus hombros serenos no se oscurece ni se marchita en absoluto. Por el contrario, en las manos no enrojece una llama semejante (pues estas extremidades difusas refulgen con una luz débil); pero con todo se las puede contemplar [235] enseguida, porque en sus extremidades brilla un fuego moderado. Aquella figura se alza con las dos manos entrelazadas por la Serpiente; Serpiente que se escurre después, flexible, de entre ambas manos y ciñe sus espiras en tomo a la cintura de Ofiuco, al que, firmemente plantado sobre los dos pies, sostiene el Escorpión, que extiende las entrañas de su [240] cuerpo a las dos bandas, con los ojos machacados y el moteado pecho comprimido. En los aires contiguos se desenrosca la Serpiente, en dos partes desiguales y desplegando volutas de distinto tamaño. Pues en el sector en que la mano derecha se aferra a la sinuosa Serpiente, ésta despliega el dorso muy cerca de su dueño 90 ; en el otro sector, por el contrario, [245] se extiende muchísimo, deslizando a la izquierda su muy pesada corpulencia, y por la barbilla luciente, en la que se engarza una luz ígnea 91 , se inclina resbaladiza hasta las proximidades de la Corona de Ariadna. Tras la espiral contemplarás los brazos antaño temidos por el feroz Orión: en [250] efecto, ésa es la circumscripción asignada a las curvas Pinzas 92 , allá reptaron los cuernos en hoz del monstruo de Quíos 93 , demasiado carentes de luminarias estelares; pues su fuego es apagado, sus llamas se marchitan consumiéndose en hebras mortecinas.

Boyero

¿Qué estrellas hacen resplandecer a Calisto 94 , cómo inclina hacia adelante su [255] figura de fiera, sobre qué eje hace girar al firmamento alzando la antorcha de llamas siempre sin ocaso? [***] 95 el Guardián de la Osa o Bootes, tal como lo cantaron los antiguos, que atestigua las célebres falsedades del tirano Arcadio 96 . Pero, aunque pareciendo acosar y amenazar, presione de cerca [260] enhiesto los lomos de Hélice, sin embargo, en ningún momento le está permitido abalanzarse a la carrera contra el Carro de su madre, recamada de estrellas, porque se halla en él la contaminación de un antiguo delito y es mantenido a raya por su culpabilidad en pasadas fechorías. No por eso deja de reverberar en todos sus miembros una luz de la mayor intensidad: arde una lengua de fuego sobre su cabeza, [265] brilla su mano derecha, que arde intensamente, los hombros despiden llamas, el pecho despide también llamas; pero por debajo, entre las dos piernas, allí donde éstas se prolongan juntas hasta los pies lucientes, una antorcha de luz más intensa parpadea en los aires y la constelación hierve, más ardiente por este rutilante astro. Tal es la ubicación sagrada [270] atribuida a Arturo; allí, donde un cinto de oro ciñe la parte superior de la clámide, se levanta esta estrella embriagada de un rubor flameante 97 .

La Virgen

En el área en que se extienden las puntas de los pies de Boyero y en la que el círculo portador de los astros se prolonga ampliamente 98 a través de la inmensidad [275] del espacio, describiendo una órbita oblicua con un coro de estrellas ardientes en tomo, observa los sagrados miembros de la Virgen 99 , situada por debajo. ¿Cómo podré invocar tu recuerdo, cómo? Ya sea tu progenitor el supremo Júpiter y hayas sido enviada a la tierra por tu madre Temis 100 , o bien seas prestigioso linaje [280] de Astreo 101 , tu padre, del cual son descendencia los astros de oro y el cual, en premio por sus costumbres sin tacha, pudo dar su nombre a todos los astros; o más bien eres Isis 102 , la diosa de las costas Pelusíacas, digna del firmamento, compañera y desvelo de Anubis 103 el ladrador, o quizá seas tú la divina Ceres 104 —ya que presentas una espiga [285] ardiente y esta Espiga 105 , en tu mano tendida, es como si se abrasara bajo el calor de Sirio 106 —, o la que, aun dotada de rápidas alas 107 , no caminas con bastante seguridad y, despojada de la parte más alta de la cabeza, haces girar tu esfera a ritmo lento, a fin de que la suerte escurridiza desgrane el tiempo y el destino caprichoso se inmiscuya en cualquier instante de la vida: te lo suplico, desvía tus ojos [290] hacia la tierra desde las lejanas alturas del espacio y te lo pido, digna de veneración, presta oídos favorables a mis piadosas súplicas.

Tú, cuando la vida de los primeros hombres se desarrollaba pura, sin necesidad de ninguna ley, y aquella edad de oro 108 custodiaba la inocencia de las costumbres por propia [295] iniciativa y no había vía libre ni propensión al delito, entonces te desenvolvías a gusto y libremente en medio de las reuniones desordenadas de los pueblos y, manteniendo sus corazones al margen de toda culpa, garantizabas un tono general de castas costumbres. Ninguna linde se había puesto a la tierra, ningún [300] hito delimitaba cultivos, ni todavía ningún sistema había indicado cómo parcelar la tierra entre dueños; las cosas pertenecían al que en la práctica se servía de ellas, los derechos en los campos eran comunes: se prefería que la totalidad pareciese pertenecer en conjunto a todos. Por último, en aquella época en que la diosa venía a visitar con frecuencia las deleitosas ciudades y entraba sin distinción en [305] las casas de los hombres honrados, el mundo del mar espaciosamente agitado, esas aguas saladas en constante movimiento por el oleaje y las olas encrespadas de la azulada mar, en cuyas profundidades abismales, blancas de espuma, el anciano Nereo 109 cría los delfines verdes y los sopladores [310] jadeantes, permanecía todo plenamente desconocido y aislado por sus propios confines. No había ninguna confianza en las olas; no se procuraba ningún intercambio comercial sobre el encrespado oleaje; un marino no se veía obligado a introducir su nave en puertos de tierras lejanas, para transportar como un exiliado, a través de inhóspitas llanuras marinas, [315] riquezas foráneas, procedentes de todas las costas y a menudo quedarse pendiente de un hilo sobre las profundidades enfurecidas. Antes bien, la Justicia de oro concedía que todos los bienes se produjeran en todas las tierras y no había diferenciado los reinos por sus condiciones atmosféricas.

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