Kitabı oku: «Problemas contemporáneos de administración y estudios organizacionales. Una perspectiva latinoamericana»



Problemas contemporáneos de administración y estudios organizacionales : una perspectiva latinoamericana / Olga Lucía Anzola Morales, Carlos Juan Núñez Rodríguez, María Teresa Magallón Díez, Compiladores. -- Bogotá : Universidad Externado de Colombia. 2022.
444 páginas : ilustraciones ; 21 cm.
Incluye referencias bibliográficas al final de cada capítulo.
ISBN: 9789587907940 (impreso)
1. Administración de empresas -- América Latina 2. Cambio organizacional -- América Latina 3. Planificación estratégica -- América Latina 4. Cooperativismo -- América Latina 5. Comportamiento organizacional -- América Latina I. Anzola Morales, Olga Lucía, compiladora II. Núñez Rodríguez, Carlos Juan, compilador III. Magallón Diez, María Teresa, compiladora I. Universidad Externado de Colombia IV. Título
658.406 SCDD 21
Catalogación en la fuente -- Universidad Externado de Colombia. Biblioteca
febrero de 2022
ISBN 978-958-790-794-0
© 2022, OLGA LUCÍA ANZOLA MORALES, CARLOS JUAN NÚÑEZ RODRÍGUEZ Y MARÍA TERESA MAGALLÓN DÍEZ (COMPS.)
© 2022, UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA
Calle 12 n.º 1-17 este, Bogotá
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publicaciones@uexternado.edu.co
www.uexternado.edu.co
Primera edición: marzo de 2022
Diseño de cubierta: Departamento de Publicaciones
Corrección de estilo: Olga Edith López
Composición: Marco Robayo
Impresión: Xpress Estudio Gráfico y Digital S.A.S. - Xpress Kimpres
Tiraje de 1 a 1.000 ejemplares
Prohibida la reproducción o cita impresa o electrónica total o parcial deesta obra, sin autorización expresa y por escrito del Departamento dePublicaciones de la Universidad Externado de Colombia. Las opinionesexpresadas en esta obra son responsabilidad de los autores.
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
CONTENIDO
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE EL DEBATE DECOLONIAL Y SU INCORPORACIÓN A LA ADMINISTRACIÓN Y A LOS ESTUDIOS ORGANIZACIONALES
CAPÍTULO 1 Apuntes para una teoría crítica en los estudios críticos de la administración
Carlos Juan Núñez Rodríguez
CAPÍTULO 2 Veinticinco años de estudios organizacionales en México. Reflexiones sobre su construcción desde un espacio universitario de posgrado
María Teresa Magallón Díez
CAPÍTULO 3 Colonialidad epistémica: el individualismo metodológico y la elección racional en la teoría de la organización
Giovanna Maddalena Mazzotti Pabello
CAPÍTULO 4 Conocimiento y transformación: teoría tradicional y teoría poiética
David Galicia Osuna
CAPÍTULO 5 El control bajo nuevos paradigmas organizacionales y productivos. Una propuesta teórico-metodológica para su reconstrucción
Rodrigo Eduardo Ocampo Merlo
SEGUNDA PARTE PROBLEMÁTICAS PRESENTES E IMPORTANTES PARA EL CONTEXTO LATINOAMERICANO QUE AFECTAN A LAS ORGANIZACIONES, LA ADMINISTRACIÓN Y LA GERENCIA
CAPÍTULO 6 Complejidad en el campo de la cultura en las organizaciones: paradigmas y orientaciones temáticas
Mariano Gentilin, Carmen Alejandra Ocampo Salazar y Diego René Gonzales Miranda
CAPÍTULO 7 El desarrollo sostenible y la sustentabilidad: una discusión recurrente
Giovanni Rodríguez Sánchez y Olga Lucía Anzola Morales
CAPÍTULO 8 El cooperativismo en América Latina: entre la autogestión y la dependencia del Estado
Rosiluz Ceballos Povedano
CAPÍTULO 9 Profesionales como freelancers de plataforma: entre la flexibilidad y la precariedad. Una reflexión desde y para América Latina
Liliana López Jiménez
CAPÍTULO 10 La perspectiva de género desde los estudios organizacionales
Aydé Cadena López y Lorena Litai Ramos Luna
Notas al pie
INTRODUCCIÓN
Este libro de investigación es producto de diversas y afortunadas circunstancias, entre ellas cabe mencionar el encuentro de los compiladores en la ciudad de Medellín (Colombia) en 2019 como respuesta a la invitación a fundar la Red de Estudios Organizacionales Latinoamericana (REOL), evento que permitió consolidar una amistad y un trabajo en equipo iniciados años atrás en la Universidad Autónoma Metropolitana (México, Azcapotzalco), que ha favorecido la colaboración en diversos proyectos editoriales. También cabe mencionar que hay un encuentro en temas, problemas, teorías, metodologías y perspectivas. El pensamiento crítico latinoamericano es, sin duda, el punto central de articulación de este libro.
La administración y los estudios organizacionales deben hacer un esfuerzo significativo para acercarse al discurso crítico, al planteamiento del pensamiento decolonial, por cuanto hacia él han confluido la filosofía, la antropología, la sociología, la psicología, la historia, la literatura, los estudios de género y la economía, puesto que se considera que es momento de reconocer, retomar y vitalizar las tradiciones críticas latinoamericanas: teoría de la dependencia, filosofía de la liberación, historia matria, pedagogía de la liberación, antropología crítica, el configuracionismo y la ecología política, entre otras.
Es necesario partir del dominio del pensamiento hegemónico, de la “teoría tradicional”, parafraseando a Max Horkheimer, y, más allá del pensamiento funcional europeo y sajón de corte estadounidense, incorporar el pensamiento crítico o la “teoría crítica” (nuevamente desde Horkheimer)europea desde sus mejores tradiciones: marxismo, genealogía, posmodernidad, psicoanálisis, sociología crítica, ecología política e historia social, entre otras. Pero ello no es suficiente: se requiere hacer un esfuerzo más, tener conciencia del locus de enunciación, de las características y problemáticas que se enfrentan en esta zona del mundo, de la necesidad de superar la difusión y la lectura repetitiva, enciclopédica y acrítica del pensamiento hegemónico, que terminan por instaurar una forma de ser, de hacer y de entender con respecto a las organizaciones, al trabajo y a la gestión.
Lo anterior lleva a reconocer la necesidad de repensar conceptos y elaborar categorías, teorías y metodologías que permitan plantear preguntas originales y pertinentes a las problemáticas latinoamericanas, las que, sin lugar a duda, les resultan extrañas e irrelevantes al pensamiento hegemónico en su infinita negación y desconocimiento del sur global.
Aunado a ello, hay que partir de los grandes problemas globales que encuentran su origen en la Modernidad, en el primer y único sistema mundo, como lo indica Enrique Dussel, producto de la expansión del capital, del esclavismo, del patriarcado, del genocidio de larga duración, del epistemicidio y del ecocidio. Se está ante el cambio climático, el empobrecimiento, los altos niveles de trabajo informal y de desempleo, la precarización laboral, la migración, el desconocimiento, la violencia y la criminalización de la otredad. Es decir, las ciencias empírico-analíticas, la tecnología, la razón económica productivista, la lógica instrumental, la tendencia hacia una acumulación infinita, la objetivación del otro y de la naturaleza no han permitido crear el paraíso en la tierra prometido por la Modernidad. Como lo plantea el economista de origen alemán Franz Hinkelammert, la razón imperial ha formulado utopías, y en la búsqueda de cumplir lo imposible ha terminado destruyendo las condiciones de posibilidad de la vida; las utopías conservadora y neoliberal han terminado socavando la existencia y la posibilidad de sentirse en una comunidad y parte de ella.
La humanidad no ha salido del estado de “inmadurez culpable” que planteó Kant ante la experiencia de la Ilustración. Se puede decir que la humanidad ha entrado en la larga noche de más de 500 años, ante la cual diferentes grupos y movimientos sociales han planteado demandas de techo, tierra, trabajo, alimento, salud, educación, independencia, democracia, libertad, justicia y paz; la carencia de todo ello, el despojo, la explotación y la colonización han sido el resultado de la Ilustración y de un disparate eurocéntrico frente al cual se hace indispensable “salir de la inmadurez culpable”.
Por otro lado, no se puede dejar de abordar el aspecto central de cómo en el año 2008 el mundo se enfrentó a una crisis global del capitalismo, la cual llevó a que los gobernantes estadounidenses decidieran violar el principio de libre mercado que se había impulsado e impuesto en el planeta y a que en un primer rescate económico destinaran más de 800.000 millones de dólares para las empresas estadounidenses. Ante los problemas y la evidencia de que las teorías económicas del desarrollo, del crecimiento, del libre mercado y de la competencia llevan el capitalismo, tal y como lo conocemos, a una irremediable quiebra económica y a la destrucción del tejido social por fomentar y estructurar la concentración de riquezas exorbitantes en pocas manos y enfrentar a miles de millones de humanos a la pobreza y a la enfermedad, es pertinente comenzar a teorizar más allá del fracaso histórico del pensamiento hegemónico. Según los diversos reportes anuales de Oxfam, el 1 % de la población posee más de lo que tiene el 50 % de la humanidad, lo que indica que se gobierna y se trabaja para las élites y que, sin duda alguna, las diferencias de origen étnico, religioso, de género y de región de origen terminan por determinar en buena parte el poder adquisitivo, el acceso a los servicios de salud y educación y establecen ciertas formas de vida y de trabajo.
Un aspecto fundamental de la crisis de la Modernidad se concreta en la devastación ambiental y la crisis del cambio climático, a la que se ha llegado a partir de dos aspectos centrales que la razón hegemónica impone: (i) la cosificación y el dominio sobre la naturaleza, junto con la creencia de que esta es un “recurso” infinito; y (ii) la razón económica junto con las ciencias empírico-analíticas y su apoyo incondicional al proceso de producción en el que se privilegia la tecnología para adaptar la naturaleza a las exigencias del mercado capitalista. El discurso de la preocupación por la naturaleza y por nuestras posibilidades de existencia se comenzó a plantear en 1979 con la realización de la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima en Ginebra, convocada por la Organización Meteorológica Mundial (OMM). En esa cumbre se mostró que el cambio climático representaba una amenaza para el planeta y que el hombre y sus formas de organización se convierten en los artífices de tal problemática. El discurso de sustentabilidad se fue elaborando sobre la base del crecimiento económico, del desarrollo tecnológico y, en general, de los descubrimientos científicos como las únicas soluciones a los problemas creados. Se ha pretendido tomar distintas acciones por parte tanto de las empresas como de los gobiernos; son innumerables los acuerdos internacionales que se han suscrito bajo la idea de reducir sistemática y sustancialmente el impacto ecológico de los procesos productivos y de los residuos que estos generan, además de las formas de mercantilización de los productos. Frente a ellos, la dinámica con respecto al cambio climático, la emisión de gases de efecto invernadero y el ecocidio de múltiples ecosistemas sigue sin detenerse ni revertirse.
La crisis de la Modernidad también se experimenta por la dinámica que adquirió desde el inicio con respecto a la negación del otro, puesto que se consideraron como seres, sin emociones, voluntad ni dignidad a los pueblos africanos y americanos, e incluso se llegó a dudar de su condición humana, de ahí las falsas denominaciones o atribuciones del ser, sostenidas solo en la voluntad de poder: el negro y el indio esclavos, la negra y la india maltratadas. Por eso, Héctor Díaz Polanco plantea la existencia de un proceso etnofágico en la Modernidad, es decir, la eliminación de forma deliberada y sistemática de los pueblos americanos. Así mismo, por un lado, se cometió genocidio con los pueblos africanos y, por otro, se llevó a cabo la práctica de la trata de personas, que es una de las experiencias de mayor violencia que se pueda sufrir, la cual se manifiesta hoy de formas renovadas.
Como se puede ver, los problemas que la Modernidad ha ocasionado no son de menor importancia, por eso resulta paradójico no pensarlos cuando se es habitante de las regiones que más se han visto afectadas por ellos. Pero, sin duda, esto es producto de la colonialidad epistémica: no se pueden pensar los problemas locales o regionales, pues no son parte de las reflexiones del saber científico, al cual se toma como verdadero, único y universal. Entonces, se está ante una doble situación: la negación de los conocimientos no europeos, lo cual es un epistemicidio, y la aceptación acrítica de lo europeo como universal, por cuanto en la Modernidad se han apropiado y se conciben como los únicos dueños de la razón y del pensamiento.
Las organizaciones, las instituciones, el Estado de derecho y las relaciones que han surgido de la Modernidad deben ser sometidos al análisis y a la reflexión para valorar y adquirir conciencia de los efectos que esta ha causado; también deben discutirse las teorías, los conceptos, las categorías, las tradiciones, los indicadores y los autores que el saber moderno europeo ha propuesto, producido, posicionado e impuesto. En algún sentido, es parte de la pretensión del presente libro abrir un espacio orientado a consolidar una perspectiva decolonial, latinoamericana y crítica de la administración y de los estudios organizacionales.
Se asume aquí que las organizaciones, como sistemas sociales de alta complejidad, involucran un sinfín de dimensiones de diferente naturaleza (económica, social, cultural, tecnológica, política, demográfica, ambiental, legal, etc.), y que en su continuo y dinámico intercambio con el entorno terminan por incorporar, pero también por producir, numerosos efectos e impactos en la vida de las comunidades y de los sujetos que las conforman y que interactúan con ellas. Por ser sistemas abiertos y producto de la interacción, se ven involucradas en constantes y diversos procesos de cambio que las redefinen y que hacen necesario revisar aquellos conceptos, categorías, indicadores y paradigmas que se usan para abordarlas, comprenderlas e intervenirlas; pero es justo desde esta necesidad que se requiere revisar y ampliar las miradas, involucrando en el análisis perspectivas diferentes de las tradicionales.
El libro de investigación que el lector o la lectora tiene en sus manos es producto de una convocatoria realizada a finales del año 2019 de manera conjunta por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y la Universidad Externado de Colombia desde la línea de investigación en gestión humana y organizaciones de la Facultad de Administración de Empresas del Externado. A dicha convocatoria respondieron académicos de diversas organizaciones de educación superior, que presentaron sus escritos a finales del primer semestre de 2020, año por demás atípico y crítico para la humanidad. En medio de la incertidumbre, de procesos de adaptación y de las oportunidades de reflexión y rejerarquización generadas por la presencia del SARS-COV-2, se recibieron trece capítulos que fueron revisados en forma inicial por los compiladores de la presente obra.
Luego del proceso de evaluación por parte de pares, el texto quedó conformado por contribuciones de autores de diversos países latinoamericanos. El libro se compone de diez capítulos y se divide en dos secciones: la primera parte es un conjunto de trabajos teóricos sobre aspectos que abordan el debate decolonial y su incorporación a la administración y a los estudios organizacionales; la segunda parte está conformada por trabajos que muestran la pertinencia de reconocer, definir y analizar algunas problemáticas presentes e importantes para el contexto latinoamericano que afectan a las organizaciones y a la administración y la gerencia como campos de conocimiento. Por todo lo anterior, se invita al público en general y a los y las especialistas en los temas aquí tratados a leer este libro.
PRIMERA PARTE EL DEBATE DECOLONIAL Y SU INCORPORACIÓN A LA ADMINISTRACIÓN Y A LOS ESTUDIOS ORGANIZACIONALES
CAPÍTULO 1
APUNTES PARA UNA TEORÍA CRÍTICA EN LOS ESTUDIOS CRÍTICOS DE LA ADMINISTRACIÓN
CARLOS JUAN NÚÑEZ RODRÍGUEZ1
Universidad Autónoma Metropolitana
UAM-Azcapotzalco
INTRODUCCIÓN
El objetivo de este capítulo es mostrar algunos aspectos del pensamiento crítico latinoamericano que todo análisis de los estudios críticos de la administración debe considerar. Se parte de la necesidad de hacer una reflexión sobre la administración desde una perspectiva decolonial, lo cual implica tener claro desde el punto de vista teórico, histórico y conceptual los aspectos del desarrollo del capitalismo que dieron origen al capitalismo colonial-esclavista-racista-patriarcal-homofóbico-ecocida-explotador-individualizante-narcisista-teleológico-genocida. En este capítulo se retoma y se realiza una propuesta desde el necropoder, la cual se ha expuesto en distintos artículos, capítulos de libros y libros del autor2. Para plantear la perspectiva decolonial que toda administración crítica debe tener, es necesario partir del momento de la expansión europea hacia África y América en los siglos XV y XVI, pues es justo en el inicio de la Colonia, del esclavismo y su consolidación durante tres siglos, así como también en la posterior época neocolonial, con sus distintas fases históricas, que se puede comprender la necesidad del pensamiento crítico para, a su vez, entender el porqué de los peligros de seguir una administración anglosajona y eurocéntrica del todo acrítica en un país, en una región, en un continente completamente colonizado.
Por lo anterior, es pertinente esbozar los albores de la época colonial, del capitalismo mercantil y de sus terribles efectos para dos continentes. Ello permite comprender la lógica del mercado mundial; de la repartición del mundo; del uso de los hombres y las mujeres; del destrozo de los ecosistemas; del espíritu empresarial y de la pretensión de cristianizar, civilizar, hacer progresar, desarrollar y hacer crecer las colonias europeas o sajonas en sus distintos momentos históricos.
Ahora bien, cabe mencionar que la teoría crítica tiene un punto de invención, un momento de formulación y un autor que la expresa de forma consciente: se trata del pensamiento crítico que en principio desarrollaron Bartolomé de las Casas y Karl Marx, el cual durante siglos se fue formulando por otros autores hasta llegar a Max Horkheimer, ya en el siglo XX, quien logró formular la distinción entre teoría crítica y teoría tradicional.
Con respecto a la teoría crítica, Horkheimer plantea: “Las categorías marxistas de clase, explotación, plusvalía, ganancia, pauperización, crisis son momentos de una totalidad conceptual cuyo sentido ha de ser buscado, no en la reproducción de la sociedad actual, sino en su transformación en una sociedad justa” (Horkheimer, 2003, p. 250). Es decir, la teoría crítica tiene como fin primero comprender la injusticia que se vive; en este caso —lo plantea Horkheimer a partir de Marx—, es la injusticia que produce el capitalismo. Como se puede leer, es una postura crítica completamente eurocéntrica, que se sitúa desde Europa y de ahí universaliza la injusticia que, en apariencia, se vive en todo el mundo, lo cual lleva a un doble reductivismo: el primero es que todos en el mundo viven esas injusticias, y el segundo es que nada más se viven esas injusticias. Cabe destacar que es un paso importante distinguir (i) la función de la teoría crítica de (ii) la ciencia hegemónica, al servicio del capital, pues es en esta última donde gran parte de la administración se produce y se ubica3. El segundo aspecto central de la teoría crítica es la pretensión de transformar la realidad, la necesidad de vincular la teoría con la realidad; con la transformación de la realidad injusta reclama una praxis que permita construir una sociedad menos injusta o una sociedad justa. Por ello, la crítica de la administración no puede soslayar la construcción de las relaciones de injusticia que producen la teoría y la práctica administrativa; de ahí han salido y saldrán los estudios críticos de la administración.
Regresando a lo planteado por Max Horkheimer con respecto a la ciencia normal, la cual se distingue de la teoría crítica, el autor plantea lo siguiente:
En las circunstancias del capitalismo monopolista, desapareció hasta esa relativa independencia del individuo. Este ya no tiene un solo pensamiento propio. El contenido de las creencias de masas, en las que nadie cree mucho, es un producto directo de la burocracia reinante en la economía y en el Estado, y los partidarios de tales creencias persiguen, sin confesárselo, solo sus intereses atomizados y, por lo tanto, no verdaderos; actúan como simples funciones del mecanismo económico. (Horkheimer, 2003, p. 266).
Con lo expuesto por Horkheimer queda planteada la función primigenia de la ciencia normal, es decir, legitimar, manipular e ideologizar la dominación, acentuar la individualización y la búsqueda del mero interés económico. Ahora bien, sin demeritar ni subestimar la fuerza de este autor central de la Escuela de Frankfurt, resulta muy limitada para la postura del necropoder, por consiguiente, es necesario ampliar la discusión a América en general, a América Latina4 en particular y a México en el siglo XXI. Pero antes es pertinente recordar brevemente una de las principales escuelas del pensamiento crítico que se desarrollaron en América Latina en los años sesenta y setenta antes de los golpes de Estado impulsados desde Estados Unidos con el Plan Cóndor: se trata de la teoría de la dependencia5, entre cuyos autores más influyentes se encuentran Ruy Mauro Marini y Theotonio Dos Santos. Sin duda alguna, el planteamiento de la teoría de la dependencia forma parte de una revisión y una reformulación de los estudios críticos de la administración, e incluso es considerado uno de los antecedentes centrales de los estudios decoloniales. Al respecto, Ruy Mauro Marini indica:
Lo que importa señalar es que, para incrementar la masa de valor producida, el capitalista debe necesariamente echar mano de una mayor explotación del trabajo, ya a través del aumento de su intensidad, ya mediante la prolongación de la jornada de trabajo, ya finalmente combinando los dos procedimientos. (Marini, 1973, p. 36).
Ya en la década de los setenta, Marini tenía conciencia de que un mecanismo central de explotación es el uso intensivo y extensivo de la jornada de trabajo. Con este tipo de explotación quedaba clara (o se evidenciaba) una de las formas de saqueo en América Latina. El capital usa la mano de obra latinoamericana para obtener altas tasas de plusvalía, la cual se realiza y se acumula fuera del espacio latinoamericano, con lo cual acontece la llamada transferencia de valor:
Llegamos así a un punto en que ya no nos basta con seguir manejando simplemente la noción de intercambio entre naciones, sino que debemos encarar el hecho de que, en el marco de este intercambio, la apropiación del valor realizado encubre la apropiación de una plusvalía que se genera mediante la explotación del trabajo en el interior de cada nación. Bajo este ángulo, la transferencia de valor es una transferencia de plusvalía, que se presenta, desde el punto de vista del capitalista que opera en la nación desfavorecida, como una baja de la cuota de plusvalía y por ende de la cuota de ganancia. (Marini, 1973, p. 37).
Con esta perspectiva del pretendido intercambio entre naciones, del mercado mundial, de las relaciones de países desarrollados con países subdesarrollados, de países centrales y periféricos se rompe la visión romántica y, sobre todo, el discurso ideológico que impulsaron los Estados Unidos acerca de la pretendida alianza para el desarrollo, mencionada por Truman en 1949, a partir del nuevo orden mundial y la zona que se apropió el imperio estadounidense bajo el imperialista concepto de zona de influencia: “Así, la contrapartida del proceso mediante el cual América Latina contribuyó a incrementar la cuota de plusvalía y la cuota de ganancia en los países industriales implicó para ella efectos rigurosamente opuestos” (Marini, 1973, p. 37).
La realización de la plusvalía y su acumulación en los países imperialistas implica el saqueo de la riqueza producida en los países tercermundistas, por lo cual se vive un proceso permanente de transferencia de valor de la periferia al centro. Esto permite la acumulación de la riqueza en el primer mundo, mientras que en el tercer mundo acontece un proceso de empobrecimiento continuo y que termina produciendo el efecto contrario a la ideología del progreso planteada por los estadounidenses:
Ahora bien, lo que se pretende demostrar en mi ensayo es –plantea Marini–, primero, que la producción capitalista, al desarrollar la fuerza productiva del trabajo no suprime sino acentúa, la mayor explotación del trabajador, y segundo, que las combinaciones de formas de explotación capitalista se llevan a cabo de manera desigual en el conjunto del sistema engendrando formaciones sociales distintas según el predominio de una forma determinada. (Marini, 1973, p. 93).
Concluye Marini que el desarrollo tecnológico agudiza las relaciones de explotación laboral, situación inversa a lo prometido en la alianza para el desarrollo y la ideología desarrollista. Con ello se puede comprender que la realidad del capitalismo en América Latina es completamente antagónica a la realidad del capitalismo imperialista; lo que para el centro es abundancia y riqueza se convierte en pobreza y escasez en la periferia. Con ello, Marini nos advertía desde los años setenta del siglo pasado lo peligroso de la expansión empresarial ocurrida desde el centro.
Por su parte, Theotonio Dos Santos indica que efectivamente el imperialismo es una nueva etapa del capitalismo. Es decir, para Dos Santos, el nuevo imperialismo es el que surge después de la Segunda Guerra Mundial:
El imperialismo contemporáneo se define como una nueva etapa del capitalismo iniciada después de la Segunda Guerra Mundial que se caracteriza por una alta integración del sistema capitalista mundial fundada en el amplio desarrollo de la concentración, conglomeración, centralización e internacionalización del gran capital monopólico que se cristaliza en las corporaciones multinacionales, célula de ese proceso, y en el aumento y profundización del vínculo entre el monopolio y el Estado. (Dos Santos, 1978, p. 16).
El imperialismo que surge de la Segunda Guerra Mundial instituye los mecanismos de explotación, saqueo y despojo por medio de los cuales el capitalismo estadounidense puede invertir y fortalecer sus empresas transnacionales, con lo que queda fortalecida la ideología del progreso y la tecnología; pero no solo ello, sino que en los hechos se industrializan el proceso de trabajo, la extracción de materias primas y la producción de mercancías, con lo cual se logra extraer mayor plusvalía y mayores ganancias para los Estados centrales, en específico, para Estados Unidos. Este aspecto, aunque parezca redundante y repetitivo, hay que comprenderlo: el orden mundial, el mercado mundial, el proceso de imposición de ideologías productivistas, tecnificantes y desarrollistas implican la transferencia de valor del tercer mundo al primer mundo:
La nueva fase del gran capital apoyado en las corporaciones multinacionales lleva a una nueva división internacional del trabajo que supone un aumento de la industrialización de las materias primas y de productos de menor avance tecnológico y su exportación a los centros dominantes, particularmente hacia Estados Unidos que se especializaría en la exportación de bienes y servicios de alto contenido tecnológico y de capitales, elevando a niveles altísimos el parasitismo típico de las potencias imperialistas. (Dos Santos, 1978, p. 18).
Entonces, en la década de los setenta se tenía plena conciencia crítica de que se estaba ante una nueva etapa imperialista monopolista del capital, de que la ventaja tecnológica y la concentración de capital le permitía al imperio imponer condiciones geopolíticas, en el mercado mundial y en los países subdesarrollados para que aceptaran, por las buenas o a las malas, la apertura a las nuevas prácticas neocoloniales de despojo, explotación, dominación y saqueo: “El desarrollo del capitalismo como capitalismo monopólico imperialista se convierte, dialécticamente, en un impulso a la expansión mundial capitalista y, al mismo tiempo, en un límite para ese desarrollo” (Dos Santos, 1978, pp. 26-27).
El efecto real del capitalismo impuesto por los estadounidenses es el subdesarrollo para los países neocolonizados por ellos, con lo cual se acentúan los problemas sociales, económicos, culturales y un conjunto de contradicciones que genera el capitalismo, entre ellas, la reproducción de la vida humana6.
La condición de atraso, miseria y subdesarrollo es producto de las relaciones capitalistas de producción que se definen desde el centro del sistema, las cuales, de manera deliberada, promueven la explotación y el saqueo y llevan a que se dé una relación en el mercado mundial completamente desigual, que permite el desarrollo desigual:
El reconocimiento de esta cuestión es bastante antiguo, aunque su estudio más profundo se hace cada vez más urgente. Sin embargo, hay dos maneras fundamentalmente opuestas de plantearlo. Una de ellas supone que la situación de los países dependientes es una consecuencia de su retraso en integrarse al capitalismo. La otra ve al subdesarrollo como consecuencia de una situación histórica de sumisión económica y política, fruto del carácter desigual y combinado del capitalismo. (Dos Santos, 1978, p. 27).
Sin duda alguna, lo planteado por la teoría de la dependencia responde a un momento de expansión del capitalismo estadounidense. Los planteamientos de esta teoría parten de un proceso de extracción de valor del subcontinente latinoamericano hacia el imperio, con lo cual explican el proceso de acumulación de capital y lo que hoy se podría llamar el proceso de despojo o acumulación por desposesión que se experimentaba en las décadas que van de los cincuenta a los setenta y ochenta del siglo XX.
Como se expresó en las primeras páginas de este capítulo, se retoma aquí de forma muy breve la teoría de la dependencia porque es un antecedente latinoamericano del pensamiento crítico, además, logra plantear un tema central en ese momento: la explicación del subdesarrollo. La teoría de la dependencia muestra el porqué de las contradicciones, critica la ideología del progreso y de la tecnología y formula la concepción de que la plusvalía que se extrae en los procesos productivos se termina realizando en la zona imperial, lo cual contribuye a la acumulación de capital y al desarrollo tecnológico, también desigual.
Más que seguir por esta línea central, para los estudios críticos en general, para el pensamiento decolonial y para los estudios críticos de la administración es necesario partir del punto de ruptura de lo que Enrique Dussel denomina sistemas interregionales, que no es otra cosa que el inicio de la Modernidad, de la dialéctica de la Modernidad. Es en ese punto que todo pensamiento crítico contemporáneo debe situarse para comprender su presente.
La propia filosofía de la liberación desarrollada por Dussel es un antecedente del pensamiento crítico latinoamericano: más que la forma de proponer su tercera constelación de la política, se considera aquí que la segunda constelación política —que es la del pensamiento crítico— permite descubrir los elementos centrales de dominación y negación de la otredad en sus ámbitos ético, económico y político.
En este capítulo no se desarrollará ninguno de estos elementos, solo quedarán indicados por cuanto replantean la discusión sobre la teoría crítica, el pensamiento crítico, la liberación, lo colonial, los estudios decoloniales. Hacer un estudio sobre la teoría crítica y su impacto en las ciencias sociales, en las áreas económico-administrativas, en la administración, en los estudios organizacionales y en los estudios críticos de la administración y no nombrar, citar y reflexionar a sus más grandes representantes no refleja más que pobreza teórica, ante la cual es necesario dar un paso adelante para salir de ella. Ahora se debe plantear que los estudios críticos han conducido a que la humanidad tenga conciencia de la negación que han provocado la Modernidad, el capitalismo, el racismo, el clasismo, el patriarcado, la homofobia y la cosificación ecológica, lo cual es abordado, analizado y criticado desde los estudios decoloniales.
Se estaría aceptando hacer una ontología del presente, como lo proponen Arturo Escobar (2014 y 2018) y Michel Foucault (1999, 2001 y 2018), aunque partiendo del momento más catastrófico de la historia de la humanidad: la incorporación de los mercantes españoles y portugueses a la mar, la conquista de América y la esclavización de los pobladores africanos. Ello permite comprender las dinámicas contemporáneas del capitalismo imperialista, monopolista, neoliberal. Para realizarlo, se decidió hacerlo en dos secciones: la primera permite mostrar las relaciones de conquista en lo que se denominó la Nueva España, y la segunda evidencia las relaciones del imperio con África; así se constituyeron, por un lado, el mercado mundial, el nuevo orden mundial y el capitalismo mercantilista, y, por otro lado, el esclavismo, la Conquista, la colonización, el despojo, el saqueo, el extractivismo, el racismo, la encomienda, la violación y la cosificación de la naturaleza.
Para exponer las características de los pueblos originarios antes de la Conquista y las de los pueblos africanos durante la época de la esclavitud, se recurrió a dos autores que son referentes en el tema y que, sin lugar a duda, han contribuido al pensamiento crítico y a la formulación del pensamiento decolonial. Para el tema de los pueblos indígenas en la Nueva España se tomó al historiador y economista Enrique Semo, y para el tema del esclavismo y la trata atlántica se consideró a la antropóloga Luz María Martínez, quienes serán referidos en extenso en este capítulo. Ambas perspectivas permiten construir la historia colonial, capitalista, del mercado mundial y del doble genocidio cometido por los europeos, en principio, y posteriormente continuado por los estadounidenses.
LA COLONIZACIÓN DEL ANÁHUAC, GRAN SEPTENTRIÓN Y SUR-SURESTE
En principio, se hará referencia al historiador y economista Enrique Semo, quien, en lo referente al proceso de conquista de los pueblos del Anáhuac, Gran Septentrión y Sur-Sureste, indica el saqueo, el genocidio, la cosificación y el traslado de valor que esas regiones experimentaron por parte de la expansión europea, de la expansión española. Con respecto al modo de producción de los pueblos originarios antes de la Conquista, el autor plantea la existencia de lo que denomina modo de producción tributario (MPT), el cual tenía las siguientes características desde la perspectiva de Semo: la casi inexistencia de la propiedad privada, por lo que prevalecían la propiedad del Estado y la propiedad comunal; la vinculación permanente del individuo a la comunidad; la centralización del poder en el monarca, quien tenía un poder de origen divino y ejercía funciones políticas, económicas y religiosas; el desarrollo de sistemas de riego y obras públicas por parte del Estado; el control de los ejércitos por parte del Estado; y la dependencia del comercio hacia el Estado7.
Como se puede leer, Semo hace un esfuerzo amplio por definir y caracterizar el MPT, pues intenta romper con la clásica y básica definición del modo asiático de producción, muy usada por el marxismo clásico. Con ello, Semo pretende desmarcarse de cierto dogmatismo, del descrédito del marxismo tras la caída del bloque socialista en la década de los ochenta y del desmoronamiento de la urss en la década de los noventa; también se intenta enriquecer la discusión sobre los modos de producción y plantear la necesidad de retomar el análisis de las sociedades en términos de modos de producción, lucha de clases y las contradicciones que se generan en los modos de producción:
El MPT es una estructura que combina relaciones comunitarias con relaciones de clase, en las cuales la explotación económica y el domino político están ya presentes […] La ‘unidad superior’ de la que hablamos puede ser identificada con esa forma de Estado. El MPT aparece frecuentemente en la transición de las sociedades igualitarias a las sociedades de clase. (Semo, 2006, pp. 296-297).
A su vez, el concepto de MPT le permite a Semo concebir y explicar los pueblos originarios de América como pueblos civilizados, a diferencia de la concepción española y euro-pea. Con ello se parte de que no hubo proceso civilizatorio a partir de la intervención militar europea, sino que hubo un proceso de conquista, reorganización territorial, uso de cuerpos, violación y genocidio8.
Entonces, la invasión, la colonización y la conquista de los pueblos americanos suponen el inicio del mercado mundial, con lo que se puede comenzar a pensar, más allá de Semo, que la organización política, del trabajo, de los cuerpos, de la naturaleza y del espacio implicó un conjunto de concepciones y prácticas administrativas, económicas y políticas9:
Durante la mayor parte del siglo XVI el poder español estuvo en las manos de los encomenderos, los frailes, los intermediarios indios y más tarde los corregidores. Los encomenderos tenían, al recibir mando sobre los indígenas, que comprometerse a preservar el poder de España; los frailes que adquirieron un poder moral y político debían adoctrinar a los indígenas en la fe católica y la vida política al estilo español. (Semo, 2019b, p. 11).
Se puede plantear a partir de Semo que la construcción política, económica, social, cultural, religiosa y ecológica fue un proyecto de décadas, de casi un siglo, en el que se organizó una especie de poder político de origen europeo y, por lo tanto, eurocéntrico, diría más allá de Semo10. Aunque el norte y el sur del continente hacia lo que es Centroamérica no fue conquistado del todo nunca, durante los 300 años de la Colonia11:
La así llamada conquista de la Nueva España nunca llegó a ser completa y en las propias mentes de los españoles su dominio era bastante frágil, lo que producía el miedo endémico a una rebelión indígena masiva que acabaría en una matanza generalizada de españoles que existió a lo largo de toda la Colonia. (Semo, 2019b, p. 17).
Como se puede interpretar de lo expuesto por Semo (2019b), los españoles que habitaban la Nueva España, al construir al indio como una unidad, y no como poblaciones diversas y confrontadas entre sí, tenían en su imaginario la idea de una posible rebelión indígena, situación que nunca llegó a suceder, pues la unidad entre estos grupos diversos y muchas veces confrontados jamás se pensó y mucho menos se llevó a la práctica12. Pero es importante tenerlo presente, porque esa idea de unión e identidad solo se dio en una ideología racista que desconoció a quienes gobernaban los territorios indígenas y a quienes hacían producir, una ideología a la que nunca le interesó conocer a esos pueblos y que no se preocupó por su bienestar.
Otro aspecto central del análisis de Semo con respecto a la Colonia implica comprender el capitalismo. Cabe mencionar que por colonia se entiende una experiencia histórica más allá del colonialismo español y portugués; en la comprensión del capitalismo también se incluyen las etapas coloniales de Inglaterra y Francia13. “Capitalismo y colonialismo son dos conceptos inseparables en constante mutación. Cada etapa del desarrollo capitalista tiene un colonialismo o dependencia ad hoc” (Semo, 2019b, p. 46).
Con esta relación inquebrantable que establece Semo entre colonialismo y capitalismo se da un paso fundamental en el pensamiento crítico del capitalismo contemporáneo para el pensamiento decolonial, para el pensamiento económico y el pensamiento administrativo. Estando en una zona colonizada desde el siglo XVI no se puede aspirar a realizar una teoría crítica de la administración sin tenerlo presente:
El sistema de sujeción y enriquecimiento español perduró casi tres siglos sin mayores crisis generales y el conflicto básico no desapareció ni se modificó: la clase dominante fueron los peninsulares y sus familias criollas; los indios, los esclavos negros y la mayoría de los mestizos eran la clase explotada. (Semo, 2019b, p. 47).
Luego de plantear esta relación entre colonialismo y capitalismo y de abordar el colonialismo que se originó en el siglo XVI —y que se continuó practicando más de cinco siglos—, Semo realiza un análisis en términos de clases sociales. Cabe mencionar que dicho análisis de la Nueva España lo lleva a cabo a partir de una perspectiva racial y de apropiación de los medios de producción en conjunto con los espacios de poder institucionalizados por el propio sistema colonial español.
Ahora bien, este análisis de clase, de raza y, podría decirse, epistemológico, le permite a Semo mostrar que la concepción que tenían los peninsulares y los mestizos de las otras clases y grupos sociales o raciales era una invención que hizo posible de forma directa e indirecta matar, aniquilar y cometer genocidio contra las poblaciones nativas, es decir, contra los pueblos originales, pues estos fueron reducidos a seres inferiores y fueron utilizados de forma inhumana. Cabe destacar que eso nunca debió ocurrir. La reducción de los pueblos originarios a seres inferiores, la apropiación y el despojo de la naturaleza y de sus recursos naturales permitió fortalecer la subjetividad patológica que producen el capitalismo, el colonialismo, el racismo, entre otros aspectos:
¿Cómo podemos llamar a lo que sucedió con la población mesoamericana en el primer siglo de la Conquista? No hubo en los conquistadores la intención de aniquilar a los pueblos originarios de América, sin embargo, en las islas del Caribe lo lograron. Pero sí hubo racismo y un profundo desprecio a la vida de los pueblos que se consideraban humanamente inferiores y contra los cuales se perpetraron acciones cuyos efectos fueron un exterminio masivo. Los conquistadores tardaron varios decenios en darse cuenta de que sus actos inspirados por la codicia y la crueldad, el desprecio por la vida humana, llevaban a la extinción de los indígenas de la tierra firme […] Si no se puede hablar de una política de genocidio, hoy podemos sostener con buenos fundamentos, la existencia abundante de prácticas genocidas. (Semo, 2019b, pp. 69-70).
La clase social dominante (los españoles) y los criollos, con su racismo y avaricia, instauraron lo que Semo denomina prácticas genocidas. Ello es muy importante tenerlo presente, pues recupera una concepción de la sociología que ha elaborado análisis sobre procesos sociales genocidas que se sustentan en prácticas sociales genocidas; el resultado del racismo y la avaricia termina siendo el genocidio.
Antes de hablar de explotación, dominio, despojo, saqueo y ecocidio, hay que comprender las bases del capitalismo y del colonialismo. El resultado de dichas prácticas empieza por instaurar prácticas genocidas y termina siendo un genocidio. Más allá de Semo, hoy, en pleno inicio de la tercera década del siglo XXI, se puede afirmar que el subcontinente llamado América Latina continúa sufriendo los efectos de las prácticas sociales genocidas.
Desde el inicio de la Colonia y del capitalismo, las colonias, sus habitantes y sus ecosistemas se han adaptado a las necesidades del centro colonial y del capitalismo, todo en nombre de la acumulación y la transferencia de plusvalía14:
Desde sus primeros pasos, la Conquista y el asentamiento colonial se basó en el saqueo de los tesoros acumulados durante milenios en sociedades precapitalistas por los habitantes originarios del nuevo continente. Como ejemplo podemos dar el caso de Cortés, que envió a Carlos v una muestra de los objetos de lujo que habían hurtado en la primera etapa de su estancia en la Nueva España, en 1519. No olvidemos, además, que el tesoro escamoteado en Tenochtitlan costó la vida de muchos conquistadores que no aceptaron deshacerse de él en la huida de la Noche Triste y que la tortura de Cuauhtémoc y Tetlepanquetzin tuvo por objeto sacarles la información sobre el paradero del tesoro de Moctezuma. Cuando Cortés paró el tormento, Cuauhtémoc quedó lisiado para siempre. (Semo, 2019a, p. 49).
Entonces, el robo de riquezas y tesoros quedó marcado como el sello de la Corona colonial y del capitalismo naciente con la avaricia de Hernán Cortés y sus secuaces. Junto con ello quedó claro que no importaron nunca los medios que se tuviesen que utilizar; para empezar, queda claro que la vida nunca fue un límite: la tortura y la destrucción del otro fueron las constantes.
LA NEGRITUD Y SU ESCLAVIZACIÓN
Es momento de exponer el impacto que tuvo en África la expansión europea, española y portuguesa, en primera instancia, al organizar expediciones de captura que permitieron la esclavización y la trata por todo el mundo, en especial, en las colonias de América, ello para la imposición colonial y del capitalismo. Para eso se ha recurrido a la antropóloga Luz María Martínez Montiel, quien tiene una obra amplia y muy bien documentada sobre la esclavitud afroamericana, que en principio implica el acto de captura por parte del europeo sobre los africanos.
Para iniciar la exposición del tema, es importante partir de que las civilizaciones en África existían antes de la llegada de los europeos: “En 1492, cuando inician las relaciones entre el Viejo y el Nuevo Mundo y de estos con África a través de los océanos, todos los continentes tenían sociedades organizadas y habían alcanzado diferentes estadios de civilización” (Martínez, 2006, p. 96). Este es un punto central, pues derriba todas las pretensiones europeas con respecto a sus quimeras civilizatorias, de superioridad y de racionalidad. Muestra el lado exactamente contrario, el efecto de las prácticas racistas, irracionales, de dominación y negación sobre las civilizaciones existentes; y demuestra que la conquista militar, las prácticas coloniales, capitalistas, racistas y esclavistas llevan a las prácticas sociales genocidas y al genocidio15.
El inicio del genocidio hacia los pueblos africanos por parte de los europeos se encuentra en el siglo XV, con la expansión de Portugal y España hacia África:
La esclavitud, definida como la situación en la cual un individuo está bajo el servicio o dominio de otro, perdiendo la facultad de disponer con libertad de sí mismo, es una práctica económica, mientras que el esclavismo es la ideología que la respalda. Como ejemplos de ambos tenemos a la colonización de América y África. (Martínez, 2012, p. 95).
Con ello se inició un lucrativo negocio del que salieron beneficiados distintas monarquías y comerciantes europeos. Fue el comienzo de una nueva forma de saqueo de un continente, práctica que se extendió por siglos, hasta bien entrado el siglo XX16:
A fines del siglo XV, la exportación del azúcar que se producía en las islas del Atlántico (frente a las costas africanas) estaba asegurada por los capitales genoveses y judíos europeos interesados en ese negocio, por lo tanto, es probable que desde entonces esos mismos inversionistas hayan estado comprometidos en el tráfico de esclavos, destinados, primero, al trabajo en plantaciones en las islas Madeira, Canarias y Azores. Después en las Antillas se empezó a producir sobre todo el azúcar, un producto que, además de tener una fuerte demanda en Europa, creaba un precedente en los sistemas de colonización y de exploración de las nuevas tierras; los dos pilares de esta economía fueron el tráfico de esclavos y el empleo de su mano de obra. Así nacieron las plantaciones azucareras y los trapiches, primer espacio y hogar de los africanos esclavizados en el Nuevo Mundo. (Martínez, 2006, pp. 104-105).
Entonces, los negocios europeos también florecieron por el racismo y la ideología de dominación hacia los pueblos africanos. La invasión a los pueblos americanos potenció el negocio de esclavos impuesto por los europeos17:
Como se ha enfatizado, con el descubrimiento de América, Sevilla tomó un primer lugar en las trasnacionales, siendo también un depósito que concentraba las más diversas mercancías procedentes de Flandes, Francia, Inglaterra, Italia y Venecia, en Sevilla se acumulan grandes riquezas […] Desde Sevilla, los genoveses, haciendo uso de los privilegios concedidos, emprenden, desde los primeros años de la conquista de América, la navegación y el comercio con nuestro continente. (Martínez, 2006, p. 129).
La esclavización y la venta de los pobladores de los pueblos africanos impactaron el naciente mercado mundial; sin duda alguna, los europeos sacaron mucho beneficio del abuso de los cuerpos de los pobladores africanos. Millones de africanos fueron sacrificados en su vida, cuerpo, voluntad y libertad; se estima que durante más de cinco siglos se han matado más de 100 millones de pobladores africanos18: “Entre los siglos XVI y XIX, África perdió cien millones de mujeres y hombres en edad productiva, ya sea directamente llevados como esclavos a América, ya muertos en el camino o asesinados por los tratantes” (Martínez, 2012, p. 114). De esos 100 millones de africanos secuestrados, se calcula que 60 millones fueron asesinados en África o en su traslado a América, por lo que el colonialismo, el mercado mundial y el capitalismo mataron en su captura y traslado a 60 millones de africanos y gozaron de la mano de obra de 40 millones más. Sin duda, se trata de un genocidio que hace estar a los europeos en deuda humana con los africanos:
La deportación masiva de 40 millones de africanos transformó la vida de los tres continentes. África perdió a sus hijos más jóvenes, al faltar su fuerza de trabajo, se perdió la posibilidad de continuidad y progreso; América, cuya población autóctona fue exterminada en parte o totalmente en algunas regiones, recibió en cambio esa mano de obra extraída de África que hizo crecer sus fuerzas productivas y construyó el nuevo continente. Para Europa, la esclavitud africana implicó la conquista de dos continentes en la que se empleó toda la violencia desencadenada por la conducta. La corrupción y la ambición fueron los andamios del capital que se invirtió en los cultivos, las minas, las plantaciones y otras empresas coloniales. Las ganancias colosales que se obtuvieron financiaron la Revolución Industrial. (Martínez, 2006, p. 130).
La misma esclavitud y trata se convirtió en un primer gran negocio europeo del saqueo de África. Para Luz Martínez, los europeos saquearon oro, marfil, especies y esclavos. De ellos se obtuvo tres veces plusvalía:
El mercantilismo del siglo XVI fue la fuerza que movió a los comerciantes para cruzar los mares y llegar al fin de los cuatro continentes; además del oro, las especias, el marfil y otras mercancías igualmente codiciadas, fueron los esclavos y su tráfico lo que representó en ese momento el comercio más lucrativo; para realizarlo fue necesario considerar al africano como una mercancía más del comercio colonial. El esclavo, que antes era una propiedad suntuaria europea, pasó a ser el negro, una mercancía que producía plusvalía tres veces: al venderse, al trabajar en la producción y al reproducirse. (Martínez, 2017, pp. 61-62).
Fue tal la apropiación de África, de su naturaleza y de los pueblos africanos que no bastó con una forma de ganancia, sino también con el cuerpo de los hombres y de las mujeres esclavizados: venta, producción de bienes o mercancías y reproducción de esclavos. Este fue un proyecto completamente colonizador, conquistador y negador del humano: el humano, el esclavo y la esclava estaban al servicio del capital, de los europeos y de su racismo. Sin lugar a duda, la contribución impuesta a África con respecto a la mano de obra que se le esclavizó fue sustancial para el saqueo de las colonias españolas y portuguesas en América, pero también para el enriquecimiento posterior de Inglaterra, Francia y Estados Unidos. Para Luz Martínez, esto fue lo que permitió dicho saqueo; más allá de ello, se puede entonces indicar que el mercado mundial implantado por el colonialismo y el capitalismo impuestos por Europa funcionó a partir de la esclavitud y del saqueo de dos continentes. El mercado mundial se sustentó en la sangre africana:
En el tráfico que se generó entre los tres continentes, de todas las mercancías, los esclavos fueron claves para la prosperidad de América, que dependía de su mano de obra; por eso ya en el siglo XIX, suspendida la trata atlántica, los Estados Unidos transgredieron todas las disposiciones internacionales, seguían obteniendo esclavos en la costa de Zanzíbar. Incluso se impidió la introducción de las industrias y los cultivos en los pueblos africanos para obligarlos a seguir vendiendo su fuerza de trabajo. (Martínez, 2006, p. 133).
Cabe destacar cómo los Estados Unidos, violando acuerdos internacionales sobre la trata de esclavos, continuaron fomentándola. Es decir, este no es un fenómeno de inicio del capitalismo y de la primera época colonial moderna, sino que se extendió al siglo XIX, y su racismo ha llegado hasta el presente, en el siglo XXI, lo cual implica seguir usando mano de obra en condiciones casi de esclavitud y sin ningún derecho. Así se sustentan el mercado mundial, las prácticas productivas, los procesos productivos y las teorías administrativas19.
En las empresas mercantiles privadas del siglo XVI que hicieron posible el descubrimiento, la conquista y la colonización de América, el rol del empresario vuelve a ser clave en la ampliación del espacio económico europeo y se convierte en el primer constructor de una economía-mundo. En esta interpretación, tanto Europa como América se caracterizan por tener economías mercantiles donde la oferta y la demanda están en la base de todo movimiento teniendo tres ejes: espacio, producción y técnicas de navegación. (Martínez, 2006, p. 138).
En un primer momento del colonialismo y del capitalismo fueron fructíferos el esclavismo y la trata de africanos; en un segundo momento, se siguió con la trata, lo que permitió que los países europeos emergentes, como Inglaterra y Francia, se continuaran beneficiando junto con Estados Unidos dos siglos después y hasta el pleno siglo XX. La mano de obra que aportaron los esclavos resultó necesaria para el posicionamiento de esos países como centros coloniales20.
Aunque la voracidad imperial, colonial y capitalista de los europeos llevó a la apropiación excesiva de esclavos —si es que la expresión se puede formular de esa manera, pues un solo esclavo sería ya un exceso—, con la llegada de la Revolución Industrial se dejó de necesitar tanta mano de obra (en apariencia)21:
Así se llega al momento en que, realizada la Revolución Industrial en Inglaterra, al avanzar la producción con excedentes, ocurre el cambio del mercantilismo a la etapa premonopolista del capitalismo, que reclamaba nuevos mercados para sus excedentes y en vez de mano de obra, que sustituyó con las máquinas, requería masas de asalariados con capacidad adquisitiva. Cobró entonces fuerza la campaña por la supresión de la trata y de la esclavitud. (Martínez, 2006, p. 156).
Las colonias inglesas en América, que terminaron convirtiéndose en el país imperial Estados Unidos, continuaron impulsando el esclavismo y la trata en los siglos XVIII, XIX y XX, con ello se beneficiaron de la mano de obra africana y mostraron cómo se llegaron a convertir en un país imperialista, es decir, racista, colonialista y genocida22.
Esto fue posible porque Inglaterra permitió, antes que terminara el monopolio del asiento, el libre comercio de esclavos entre sus súbditos, que llegaron a controlar gran parte del tráfico entre África y América. La libre trata era un recurso para equilibrar a las compañías monopolistas en la que Inglaterra favoreció el sistema de las grandes compañías, el cual se mantuvo durante mucho tiempo. (Martínez, 2006, pp. 163-164).
Incluso Karl Marx, uno de los principales autores del pensamiento crítico, llega a plantear el tema central de la acumulación originaria del capital en Inglaterra23. Más allá de Marx, se descubre que para el capitalismo lo central en la periferia colonizada no era el desplazamiento forzado por la desposesión de los señores feudales, sino aquel provocado por la invasión de los pueblos colonizados24:
El tráfico de esclavos como una gigantesca operación internacional, que favoreció el crecimiento de nuevas industrias especialmente en Inglaterra, fue un tremendo destrozo de las culturas de África. Los europeos no introdujeron su modernidad, como lo hicieron en América. Lo que introdujeron fue pólvora, mosquetes y ron, para promover el más lucrativo negocio de la época: la trata esclavista. (Martínez, 2012, p. 114).
La destrucción de África fue el resultado del nuevo mercado colonial, capitalista y mundial impuesto por Europa, por sus países colonialistas: España, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra25:
Los resultados de la trata fueron terribles, un continente entero se sumergió en el caos económico y moral. Debilitó a África a tal grado que el proceso ulterior de colonización solo encontró una débil resistencia, un argumento más del racismo, <demostraba el innato servilismo de los negros>, olvidando que, durante los siglos de la trata, las rebeliones de esclavos, sanguinariamente reprimidas, fueron cotidianas y aun los encallecidos e insostenibles negreros se admiraban del valor de los esclavos que se enfrentaban inermes a los maltratos. (Martínez, 2012, p. 114).
Esta fue una destrucción genocida, etnicida y ecocida. No se les permitió a los pueblos africanos continuar su proyecto civilizatorio. El saqueo, la apropiación, la esclavización y la trata de sus integrantes impidió que se continuase con un proceso histórico civilizador. Como se dijo, mataron a más de 100 millones de africanos en nombre del mercado mundial, del colonialismo, del capitalismo y de la civilización europea;además, acabaron con sus pueblos y con la naturaleza. Este fue el primer resultado del colonialismo europeo.
A MANERA DE CONCLUSIONES
De lo expuesto en este capítulo se puede concluir, en principio, que el pensamiento crítico debe partir de un análisis siempre contextual, en este caso, de un análisis histórico que permita vislumbrar las contradicciones, las causas, los efectos, las estrategias y los discursos que llevan a la construcción del presente. Esto es lo que permite hacer una ontología del presente al estilo de Arturo Escobar y Michel Foucault, aunque con otras intenciones y otros fines, de otro modo se puede correr el riesgo sobre la forma en que se repiten fórmulas administrativas, se comprenden o incomprenden la relación colonial, las relaciones y contradicciones del capital, la construcción y el funcionamiento del mercado mundial, las funciones que desempeña el subcontinente llamado América Latina, la dominación ideológica que se ejerce sobre los cuadros formados para ejercer prácticas administrativas y su impacto en la nula capacidad de crítica.
Ahora bien, el pensamiento crítico no es una ocurrencia, sino que es producto de miles de años de desarrollo, como Dussel expone:
Se parte de un <hecho empírico> de <contenido>, material, de la corporalidad, de la negatividad en el nivel de la producción y reproducción de la vida del sujeto humano, como dimensión de una ética material. Pero se <aprende> (de la conciencia ético-crítica de los viejos) que la afirmación de los valores del <sistema establecido> o el proyecto de vida buena, <de los poderosos> es negación o mala vida para los pobres. Y, acto seguido, se lo <juzga> negativamente como lo que produce la pobreza o la infelicidad de las víctimas, dominados o excluidos. La <verdad> del sistema es ahora negada desde la <imposibilidad de vivir> de las víctimas. Se niega la verdad de una norma, acto, institución o un sistema de eticidad como totalidad. (Dussel, 1998, p. 310).
La crítica surge ante la imposibilidad de afirmar la vida, la corporalidad, la voluntad, el consenso, ante lo cual se ubica al primer autor crítico de la Modernidad, a Bartolomé de las Casas, quien terminó oponiéndose al proyecto colonial europeo26. Es decir, la crítica no es producto de un desacuerdo teórico frente a una teoría, sino la producción de un conjunto de teorías que muestran la imposibilidad de la vida, de la reproducción del cuerpo, la negación de la voluntad, la exclusión del consenso y la amenaza de muerte a la que se ve expuesto un amplio sector de la población.
El pensamiento crítico debe descubrir las relaciones de dominación, explotación, despojo, saqueo, apropiación, negación, invención, creación de subjetividades, cosificación, objetivación y de fuerza que se establecen en un momento histórico en específico, que a su vez son producto del desenvolvimiento de otros momentos históricos y procesos sociales, económicos y políticos. Sin duda, hay mucho que hacer para entender y enfrentar lo colonial, el capital, el patriarcado, la explotación, el saqueo, el racismo, la homofobia, la negación, la invención de subjetividades y el ecocidio, pero no basta con descubrir las relaciones indicadas, sino plantear su superación:
La Edad futura no será posmoderna […] sino trans-moderna; no será ni moderna (acabando sus tareas incumplidas), ni la gestación de muchas modernidades (que sería algo así como la occidentalización global, aunque diferenciada), ni capitalista (que es intrínseca a la modernidad). Será otra Edad por venir, otro proceso civilizatorio, una alternativa a la modernidad. (Dussel, 2014, p. 298).
En el pensamiento administrativo hay buenos intentos por desarrollar la crítica a los estudios de la administración: Guilherme Dornelas (2017), Enrique Dussel y Eduardo Ibarra-Colado (2006), Mari Ceci Misoczky (2017a, 2017b), Misoczky y Amantino (2005), Beatriz Ramírez (2009) y Marcela Zangaro (2011), entre otros muy pocos, por lo que habrá que repasar, hacer observaciones y continuar con el proceso de construcción crítica del pensamiento administrativo. Pero cabe mencionar que no todo autor o documento que se autonombre crítico lo es, pues debe cumplir con algunos de los aspectos señalados.
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CAPÍTULO 2
VEINTICINCO AÑOS DE ESTUDIOS ORGANIZACIONALES EN MÉXICO. REFLEXIONES SOBRE SU CONSTRUCCIÓN DESDE UN ESPACIO UNIVERSITARIO DE POSGRADO
MARÍA TERESA MAGALLÓN DÍEZ1
Universidad Autónoma
Metropolitana UAM-AIztapalapa
INTRODUCCIÓN
En este capítulo se busca ofrecer una descripción de las condiciones que posibilitaron la emergencia y consolidación del campo de los estudios organizacionales en México por medio de la reconstrucción de una narrativa sobre algunos de los acontecimientos y debates que han marcado el rumbo de la discusión. Se pretende explicar qué fue lo que llevó al “giro organizacional” desde la administración, por un lado —dadas las condiciones institucionales que permitieron su institucionalización en un espacio como la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana—, y, por otro lado, desde las “batallas paradigmáticas” —por distinguirse de la administración y por posicionar a la organización como objeto de estudio relevante en el concierto de las ciencias sociales—.
Aunque no se ha realizado una revisión exhaustiva de publicaciones, se han tomado algunos de los más importantes trabajos de investigadores nacionales, cuyos contenidos sirven para describir lo que en estos veinticinco años se ha vivido en busca de la consolidación de los estudios organizacionales como necesaria perspectiva de análisis en México, particularmente, desde la óptica de la construcción de un posgrado especializado en la materia.
MODERNIDAD Y ESTUDIOS ORGANIZACIONALES EN MÉXICO: PRIMEROS PASOS DESDE LA ADMINISTRACIÓN
Al igual que muchas de las instituciones y formas de organización modernas, la disciplina, los conocimientos y las prácticas relacionados con los campos de la administración —necesarios para estar en consonancia con las exigencias del capitalismo empresarial en expansión— se trasladaron a México de modo tardío, en un primer momento, a instituciones de educación superior del sector privado que tradicionalmente han sido reconocidas por su orientación empresarial. El primer antecedente se remonta a 1943, con la impartición de cursos de “Negocios” en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, y solo cuatro años después, en 1947, se fundó la Escuela de Administración de Negocios del Instituto Tecnológico Autónomo de México. Coincidentemente, el texto clásico de Taylor (1911) titulado Principios de la administración científica fue traducido al español hasta mediados de los años cuarenta, si bien su publicación llegó a México auspiciada por un grupo de empresas privadas a principios de la década de los sesenta (Montaño-Hirose, 2000), justo unos cuantos años después de que la Universidad Iberoamericana creara, en 1957, la Licenciatura en Administración de Empresas.
En ese mismo año se aprobó una licenciatura con el mismo nombre en la Escuela Nacional de Comercio y Administración (ahora Facultad de Contaduría y Administración) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) (Barba, 2013; Montaño-Hirose, 2004b), aunque, a diferencia de las escuelas que le antecedieron, se suscitó una profunda controversia en el proceso de su aprobación. La decisión para aceptar esta carrera fue dividida en esta institución debido a la percepción que de ella se tenía: esta era considerada una disciplina que, además de su carácter extranjerizante, carecía de un método científico y reportaba pocos beneficios sociales, destinados a pequeños grupos económicamente poderosos. A pesar de estas críticas, terminó predominando la visión técnica y normativa de la administración de empresas propia de los Estados Unidos, proveniente del estudio de los costos y de la ingeniería, casi como una derivación de la contaduría (Ríos y Paniagua, 1977, citado por Montaño-Hirose, 2004b).
Esto guarda clara relación con el hecho de que los primeros estudios sobre las organizaciones siempre apuntaban a los Estados Unidos. Debido a sus características económicas, sociales y geográficas, este país se convirtió en la cuna de la Segunda Revolución Industrial (1880-1930, aproximadamente), cuando se presentó la transición hacia la producción masiva de la gran industria y hacia un proceso de concentración de capital acompañado de un acelerado desarrollo tecnológico, condiciones ideales para el crecimiento económico y para la búsqueda de formas de trabajo acordes con dos procesos históricos que se desencadenaban en este país: la consolidación de la empresa moderna como institución dominante de muchos sectores de la economía norteamericana, por un lado, y el despunte de la administración como forma de gestión y ejercicio profesional que necesitaban esas empresas que ya contaban con diversas unidades, eran dirigidas por un conjunto de mandos medios y altos directivos, y se movían de modo racional por medio del binomio ingeniero-empresario industrial (Barba, 2013).
El haber sido el lugar en donde históricamente surgió la gran empresa moderna, junto con la figura del administrador profesional y de la administración como disciplina (Chandler, 1962), puede orientar a pensar si esta “conquista de la Modernidad” naciente en los Estados Unidos tuvo que haber sido acompañada y apuntalada por la exigencia de eficiencia en su propio aparato gubernamental, antes incluso de la aparición de la propuesta de la eficiencia fabril, como puede apreciarse en los trabajos pioneros de un clásico de la administración pública como lo es Woodrow Wilson, cuando afirma lo siguiente:
El objeto del estudio administrativo es descubrir, primero, lo que el Gobierno puede correctamente y con éxito hacer, y, segundo, cómo puede hacer estas cosas correctas con la más alta eficiencia posible y al costo menos elevado posible sea en dinero o en energía. (Wilson, 1887, p. 197).
Se entiende entonces por qué la administración que llegó a México heredó el ímpetu discursivo propio del atractivo de una disciplina que desde sus orígenes se autoproclamaba como científica y universal (Montaño-Hirose, 2000), basada en la “universalidad institucional de la eficiencia” como aspiración y principio básico desde el taylorismo, aplicable igualmente a todas las actividades humanas, desde negocios grandes y pequeños hasta los hogares y las granjas de los mexicanos, sus universidades y departamentos de Gobierno, pasando por las iglesias y las instituciones filantrópicas del país (Montaño-Hirose, 2012). Esta disciplina había probado su eficacia en la nación norteamericana con la consolidación del binomio formado por la gran empresa —dirigida por la mano visible de los administradores profesionales—, acompañada de una Administración pública de inspiración wilsoniana —que buscaba cómo hacer las “cosas correctas con la más alta eficiencia posible”—. Su transferencia inmediata a México resultó complicada por las circunstancias históricas por las que el país atravesaba. A continuación, se hará un paréntesis al respecto.
Mientras que, en Estados Unidos —cuna de la administración—, Woodrow Wilson hablaba de las necesarias condiciones en las que el Gobierno debería operar “con la más alta eficiencia posible”, en México ni siquiera había un Gobierno consolidado, sino que iniciaba el primer periodo de una dictadura que duró más de 30 años, luego de haberse reelegido Porfirio Díaz siete veces a punta de fraudes electorales. Cuando por fin logró ascender al poder un régimen democráticamente electo, se le derrocó ilegalmente, acción que revivió las luchas militares que se creían extintas, y el impacto en los sectores productivos fue inmediato por no contar con las condiciones de seguridad mínimas para el florecimiento de cualquier proyecto económico:
En efecto, el rompimiento de la legalidad, en febrero de 1913, que marcó el inicio de la guerra civil, tuvo serias repercusiones en el terreno de la economía, tanto en las finanzas como en el campo de los negocios, ya que se produjo una profunda crisis. La desaparición de la moneda perturbó seriamente la actividad del comercio y todo se agravó con la solución que adoptaron todos los caudillos […] la emisión de dinero sin respaldo metálico y la muy extendida falsificación del circulante. (Basurto, 2010, p. 497).
La vida social del país se trastornó en todos sus aspectos, sobre todo cuando se presentó la lucha entre facciones: acciones bélicas, caos monetario y exigüidad de satisfactores de toda índole, descomposición social y violencia se volvieron parte de la cotidianidad; la calidad y los niveles de vida descendieron considerablemente; hubo hambre, mendicidad, carestía. ¿Qué tipo de organizaciones productivas podían sobrevivir en esas condiciones?, ¿qué clase de élites empresariales surgieron de ese proceso?, ¿eran cercanas las élites al taylorismo vigente en esos mismos años en el país del norte? Mientras Estados Unidos se industrializaba y Taylor publicaba en 1911 los Principios de administración científica, en el periodo de 1913 a 1917 en México predominaban cuatro gobiernos: al principio, el de Victoriano Huerta; después se tuvo a los villistas en el norte, a los zapatistas en el sur y a los constitucionalistas en el resto del país; y en la capital estaban, aunque divididos, los convencionistas y los constitucionalistas: “Ninguna facción tuvo el control completo del gobierno y ninguna de las instituciones logró mantenerse al grado de que bien puede hablarse de la desaparición total del Estado” (Basurto, 2010, pp. 502-503). La consolidación real de un Estado nacional vino con el triunfo de la facción carrancista y la promulgación de la Constitución de 1917. Los carrancistas reencauzaron la vida nacional de acuerdo con su particular proyecto nacional, lejos del proyecto de gobierno por el que pelearon los caudillos populares: no contemplaba la repartición de la tierra, sino, más bien, un modelo capitalista de desarrollo del sector agrícola, buscando emular el modelo estadounidense de la competitiva mediana propiedad (Basurto, 2010, pp. 502-507).
Del movimiento revolucionario quedó un país desarticulado geográfica, social y económicamente. Lejos del moderno pacto fordista —en el que empresarios se comprometían por medio del five dollar day—, en México las mejores condiciones laborales tuvieron que lograrse mediante la lucha armada. Desde el fin de la Revolución, el paso a la modernidad en materia laboral implicó el cambio en la forma en que los poseedores de los medios de producción se relacionaban con las clases desprotegidas, dado que se eliminaron las formas de explotación y trato ancestrales —anteriores a las formas plenamente capitalistas de reproducción del capital—, sustituyendo, por ejemplo, el trabajo de raya por el de contrato, a pesar de que el primero representaba ventajas económicas para los operarios.
En conclusión, mientras que en la cuna de la gran empresa administrada de manera profesional estaba en auge la Segunda Revolución Industrial, en México lo que se estaba definiendo era apenas la fundación, a sangre y fuego, del Estado mexicano, como producto de una revolución armada. Paradójicamente, en México, la entrada a la modernidad se realizaba a partir de un naciente Estado que tenía a su cargo la definición e implementación de un proyecto de nación en el que se carecía de administradores profesionales, con una vieja burguesía industrial y una rancia aristocracia porfiriana de hacendados y terratenientes a los que el Estado mexicano devolvió las tierras que les habían sido confiscadas, poco acostumbrados a competir, además de generales revolucionarios que comenzaban a incursionar como neohacendados, siempre de la mano de un Estado dispuesto a intervenir en aras de la consolidación del proceso de acumulación capitalista.
No se puede profundizar aquí al respecto, solo se destacan algunas de las causas de las diferencias en los modos de racionalidad del funcionamiento socioeconómico de la región, en claro contraste con lo que sucede en el centro. Existe en cada uno de nuestros países una muy abundante literatura sobre el tema y tradiciones sociológicas que explican los procesos de modernización exógena y su impacto en la conformación del Estado burocrático-autoritario, de las que se puede inferir, entonces, parte de esa “modernidad tardía” que habría de condicionar el estudio de la administración en México.
ESTUDIOS ORGANIZACIONALES: UNA HISTORIA DE 25 AÑOS DESDE LA UAM
¿Qué fue lo que hizo que esta aventura lograse el éxito que en tan poco tiempo ha alcanzado? Comenzar a articular conocimientos sobre las organizaciones desde un espacio institucional por medio de un cuerpo colegiadode investigadores fue, sin duda, algo que solo pudo lograrse en un campo universitario como el de la Unidad Iztapalapa de la UAM.
A continuación, se reflexionará sobre tres de los factores más visibles en la estructura de la UAM Iztapalapa que posibilitaron la consolidación de la perspectiva organizacional a partir de la construcción de un programa de posgrado especializado en ello: (i) la figura de profesor-investigador; (ii) el perfil distintivo de la UAM en la impartición de las licenciaturas en Administración, por haber sido este el territorio de origen del Posgrado en Estudios Organizacionales; (iii) la propia estructura matricial de la institución.
Desde su fundación como institución de educación superior, cumplir a cabalidad con la figura de profesorinvestigador —perfil del docente que caracteriza a la UAM— ha llevado a la constante búsqueda de nuevas posibilidades teóricas, de exploraciones epistemológicas no utilizadas hasta entonces y a intentos permanentes de hacer una investigación que le permita incluirse en los debates de fondo en un país que reclama y necesita un acercamiento crítico al análisis del proyecto social que, de manera sigilosa y silenciosa, se ha estado gestando desde las organizaciones. Fue precisamente ese primer rasgo distintivo del modelo institucional de la UAM (la presencia en el aula de investigadores impartiendo docencia) lo que posibilitó que la perspectiva organizacional encontrara eco en este espacio universitario, así como también influyó mucho el perfil propio que ha caracterizado a las licenciaturas en Administración de la UAM. Estas, a diferencia de lo sucedido en otras universidades, fueron incorporadas en las ciencias sociales con la intención de alejarlas del tradicional pragmatismo de la disciplina y devolverles tanto su contenido teórico como su orientación esencialmente social (Ibarra-Colado, 1999).
Realizar una evaluación estricta de las competencias generales y específicas que componen los perfiles de egreso de estas licenciaturas supera los fines de este escrito, pero se considera su importancia porque todo ejercicio de diseño curricular debe iniciar por la revisión del perfil de egreso, desde el cual se formará con un cierto plan de estudios (Martínez, 2015). De este modo, el currículo es un elemento situado en un contexto social específico que expresa un proyecto de formación de estudiantes y hace posible la construcción de un determinado tipo de sujeto de acuerdo con las necesidades identificadas en la sociedad (Stenhouse, 1991).
Puede apreciarse que, de acuerdo con los criterios de Barnett (1994), estos perfiles de egreso son susceptibles de ser evaluados desde una perspectiva crítica que vaya más allá de considerar solo su pertinencia, sino también su impertinencia. Es decir, se trata de tener en cuenta la formación adaptada a los requerimientos del mercado para lograr que los egresados se inserten en el ámbito laboral, para orientar el análisis a la construcción de un pensamiento crítico que reconozca el entorno y sea capaz de interrogar las estructuras de poder de la sociedad y buscar formas innovadoras que incidan en la transformación social.
Como se aprecia en el anexo 1, a partir de un somero análisis realizado desde “la impertinencia”, puede concluirse que todos los perfiles de egreso de la UAM ubican como su objeto de aplicación y de reflexión a las organizaciones, sean públicas, privadas o sociales, no solo a las empresas. Además, en todos los perfiles de egreso se menciona la formación para el análisis crítico, para contribuir a una sociedad más equitativa, aplicar las habilidades adquiridas de investigación o proponer acciones para propiciar el cambio institucional.
Pero tener clara la creciente importancia que adquirió la organización como forma dominante de conducción y control de la sociedad a lo largo del siglo XX, y empeñarse en devolver a los saberes administrativos su naturaleza esencialmente social no basta para impulsar la creación de un programa doctoral. Se requiere el marco institucional apropiado para emprender un esfuerzo de estas magnitudes. La UAM se encargó de proveerlo por medio de dos de sus rasgos esenciales: el primero, su organización departamental y el establecimiento de áreas de investigación, que permitieron el contacto entre profesores de las diversas disciplinas sociales y de humanidades, y de estos con algunos profesores adscritos a los departamentos de las llamadas ciencias duras;el segundo, su característica estructura matricial y el carácter divisional de sus posgrados, que facilitan la interrelación y la convergencia entre distintas disciplinas y programas (Mir, 2009; Soria, 2009), de ahí la posibilidad de construir áreas de investigación que permiten consolidar sus objetos de investigación y construir redes con otras unidades de la UAM y con otras universidades.
En la tabla 1 resalta que el inicio de la impartición de la Teoría de la Organización (TO) en México fuera en el nivel de posgrado, no en licenciatura: en Sociología, del Colegio de México (1975), y en Administración Pública, en el Centro de Investigación y Docencia Económica (1977). Comenzaba a vislumbrarse entonces la naturaleza multidisciplinaria de la TO, que no alcanzaba a incorporarse en el marco de los estudios de licenciatura, pero que cobraba creciente relevancia para el resto de las especialidades de las ciencias sociales:economía, sociología, ciencia política, educación, administración pública, entre otras, en las que se fue incorporando, sobre todo en los planes de estudio a nivel de posgrado, cuando el alumno ya cuenta con los fundamentos teóricos y metodológicos de carácter general y tiene las bases para apreciar la necesidad del “encuentro de varias disciplinas” para comprender los fenómenos vinculados con la gestión y con lo que acontece en las organizaciones (Montaño-Hirose, 2004b; Montaño-Hirose y Rendón, 2000).
Estas semillas, sin duda, encontraron terreno fértil en la década de los ochenta, cuando un grupo entonces “informal” de jóvenes profesores-investigadores adscritos a la Licenciatura en Administración de la UAM Iztapalapa comenzaron a reunirse para reflexionar alrededor del cuestionamiento a las teorías convencionales de la administración y la organización. En ese momento, las condiciones para el trabajo académico estaban lejos de ser las mejores. Todo el país, incluyendo sus universidades, sufría los severos embates de la gran crisis financiera de 1982, que desencadenó una serie de transformaciones estructurales en la conformación de la sociedad y la economía mexicanas:
Los salarios de los profesores perdieron más del 50 % de su poder adquisitivo en la década de los 1980 (sic), por lo que muchos emigraron a otros empleos, o convirtieron, en los hechos, su trabajo de tiempo completo en un medio tiempo real, al necesitar complementar la baja de su salario con el ingreso de otros empleos. De los pocos grupos de profesores que mantuvieron su tiempo íntegro dedicado a la universidad, fue el de Estudios Organizacionales, el cual se puede decir que se convirtió en los hechos en un grupo emblemático de la UAM. (Soria, 2009, p. 46).
A pesar de las condiciones adversas propias de la crisis estructural de la década de los ochenta, el grupo se instaló en un seminario de actualización permanente en Teoría de la Organización y se dedicó a la revisión crítica de su evolución. Los textos fundacionales de los estudios organizacionales en México se encuentran reseñados en la tabla 1, así como algunos de los acontecimientos emblemáticos en la consolidación de los estudios organizacionales como disciplina en este país.
Puede apreciarse cómo fue que en el interior de la UAM Iztapalapa pudo aprovecharse la oportunidad de congregar en la ejecución de un programa de posgrado a profesoresinvestigadores no solo de diferentes departamentos, sino incluso de otras divisiones y unidades de la institución, pero también cómo pudo abrirse a la incorporación de profesores e investigadores de otras universidades:
Así, desde un principio, pudieron reunirse en sus seminarios y encargarse de la asesoría de los proyectos de investigación de los alumnos, investigadores de diferentes especialidades: economistas, antropólogos, sociólogos, además de los científicos de la Administración. Se creó así, de partida, una pequeña y creciente comunidad académica que hizo efectivo el carácter multidisciplinario del programa.
Pero si el núcleo fundador no encerró el programa en el área académica de la que nació, tampoco le puso por límite las aulas de la UAM. Desde la primera generación, sus alumnos no solo contaron con la valiosa presencia de eminentes profesores visitantes de distinguidas instituciones universitarias de Canadá y Francia, sino que pudieron vivir la enriquecedora e insubstituible experiencia de hacer una estancia con valor curricular en alguna de las instituciones —el ejemplo más notable es hec— con las que se celebraron convenios de intercambio académico. (Mir, 2009, p. 55).
Formar un posgrado en medio de una crisis estructural que golpeaba a las instituciones académicas fue, sin duda, una audaz empresa. En comparación con la expansión de la matrícula en educación superior, particularmente en las licenciaturas relacionadas con la administración, había un lento y rezagado desarrollo de los posgrados. Hubo claramente un incremento de maestrías debido a que los programas de este nivel se dirigían un tanto a la profesionalización y ofrecían a muchos egresados de las licenciaturas vinculadas con la administración la especialización en áreas particulares del ejercicio profesional, para su aplicación en los espacios laborales en los que, de seguro, se desempeñaban. Por el contrario, los programas de doctorado en disciplinas administrativas eran casi inexistentes y suponían un esfuerzo mayúsculo, porque tendrían que ir más allá del mero aprendizaje de técnicas y normas por aplicar en el ejercicio de ciertas funciones administrativas, para someter al escrutinio de la investigación social esas mismas funciones y los procesos y organizaciones en que se ejercen.
De acuerdo con Mir (2009), uno de los mayores méritos del Posgrado en Estudios Organizacionales es que supo abrir brecha y mostrar, en el medio de las universidades ocupadas en la enseñanza de la administración, cuál era el camino que se debía seguir para ubicar la administración definitivamente en las ciencias sociales. Así, se propuso la definición de la administración como una ciencia que se alimenta de otras, a las que podría llamarse “básicas”, y que solo puede definir y abordar sus objetos de estudio en la medida que experimente un proceso de “hibridación” con otras disciplinas sociales que la lleven a compartir un territorio común con ellas.
De nuevo, fue a partir de una sorprendentemente clara comprensión de las oportunidades que deparaba el entorno de la educación superior que el programa de posgrado se atrevió a incursionar en una empresa inédita en la historia de los posgrados en México y dio el gran salto para extenderse fuera de la Ciudad de México, a otras entidades federativas:
La expansión del profesorado de tiempo completo, que se había iniciado en la década de los años sesenta en las instituciones de educación superior del D. F., se extendió en las décadas siguientes a las universidades estatales. Crecimiento del profesorado de tiempo completo, lento incremento de los posgrados y escasez de programas de doctorado, no podían resultar más que en un profesorado de tiempo completo con una habilitación insuficiente para desempeñar las tareas de investigación propias de quien abraza la profesión académica […] Muchos programas han incorporado alumnos promep en sus aulas. Estudios Organizacionales no se limitó a recibir algunos en su programa regular de doctorado, sino que decidió, además, llevar el programa a las propias universidades de los profesores. (Mir, 2009, p. 55).
A nivel nacional, por medio del Programa Especial de Apoyo para las Universidades Estatales (PEUE), cuyo objetivo era elevar el nivel académico de los docentes que formaban parte de estas instituciones educativas, en el marco del PROMEP se promovieron convenios para el establecimiento de sedes temporales fuera de la UAM Iztapalapa, no para establecer un programa permanente, sino para formar en una única promoción, en cada sede, doctores que se encargarían de iniciar sus propios programas de posgrado, en los que se consideraría la perspectiva organizacional como eje de sus respectivos currículos (Mir, 2009; Soria, 2009).
TABLA 1. ACERCAMIENTO HISTÓRICO A LOS ESTUDIOS ORGANIZACIONALES EN MÉXICO
| AÑO | INSTITUCIÓN | HECHO SOCIAL |
| 1975 | Colegio de México | Primer antecedente de introducción a la teoría de la organización (TO) en el país. Se impartió el curso de “Sociología de la Organización” en el Posgrado en Sociología. |
| 1977 | CIDE | Se incluyó el curso de “Teoría de la Organización” en el plan de estudios de la Maestría en Administración Pública. |
| 1984 | UAM Iztapalapa | A pesar de la crisis estructural de la década de los ochenta, un grupo de investigadores convocó a un seminario de investigación dedicado a la revisión crítica de la TO, tomando como base el material contenido en el texto Mito y poder en las organizaciones (Ibarra-Colado y Montaño-Hirose), cuya segunda edición fue publicada por Trillas en 1987. En 1984 se fundó el primer grupo de investigación formalmente establecido en México, cuando el Colegio Académico de la UAM aprobó la creación de la primera área de investigación de Estudios Organizacionales.En el documento de su constitución, se señala como objetivo fundamental del nuevo colectivo de investigación “la construcción de un marco teórico alternativo para el estudio de las organizaciones en México y América Latina, teniendo como marco referencial básico la lectura crítica de la teoría de la organización”.Desde sus inicios, el Área de Investigación estableció intercambios entre profesores y alumnos de posgrado con instituciones de educación superior (IES) de América del Norte y Francia: la École des Hautes Études Commerciales (HEC) de Montréal, en Canadá; la École Politechnique, la École Superieur de Commerce de Dijon, la Université Paris ix Dauphine y la Université de Lyon 3; estas últimas tres IES, localizadas en Francia. Además, se establecieron relaciones con otras IES en América Latina: la Universidad de la Plata en Argentina y la Universidad EAFIT en Colombia. |
| 1985 | UAM Iztapalapa | El Área de Investigación se dedicó a generar investigaciones que configuraron el proyecto y le dieron identidad definitiva. La primera de tales investigaciones, desarrollada de manera colectiva, consistió en la revisión profunda de la antología de lecturas en administración, con el fin de apoyar las actividades de docencia y de establecer la base teórica mínima sobre la cual se sustentaría el proyecto. A partir de discusiones grupales periódicas, el resultado de los trabajos realizados —publicados en los dos tomos de la antología Historia del pensamiento administrativo (Ibarra-Colado et al., 1985b)— resaltaba la importancia de la discusión crítica de la teoría de la organización para llegar a formar la base conceptual adecuada para estudiar las organizaciones. Así mismo, se publicó el libro Teoría de la organización: fundamentos y controversias (Ibarra-Colado y Montaño-Hirose, 1985a). |
| La siguiente publicación fundamental comprende los avances de investigación de los trabajos específicos que conforman el proyecto global, dirigido a la caracterización del fenómeno organizacional capitalista, esta vez, acercándose a entornos como el nacional. Tales avances se encuentran reunidos en el libro colectivo Ensayos críticos para el estudio de las organizaciones en México (Ibarra-Colado y Montaño-Hirose, 1989), con textos de algunos de los principales precursores de los estudios organizacionales en México: Antonio Barba, Eduardo Ibarra-Colado, Luis Montaño-Hirose, Marcela Rendón, Florencio Rodil y Pedro Solís. En este libro se abordan temáticas diversas, desde la reflexión crítica de la teoría de la organización, pasando por el análisis de aspectos específicos y manifestaciones concretas del fenómeno organizacional, hasta llegar a un estudio de caso en el país. | ||
| Se continuó con la revisión de textos esenciales y la generación de los resultados de investigación que fungieron como documentos fundacionales de los estudios organizacionales en México. | ||
| 1987 | UAM Iztapalapa | El grupo entró en un periodo sumamente productivo, marcado por la publicación de tres obras esenciales en su momento, porque señalaron el inicio de los estudios organizacionales en México desde una universidad pública como la UAM. La primera obra colectiva que salió a la luz fue El orden organizacional, poder, estrategia y contradicción (1987a), coordinada por Eduardo Ibarra-Colado y Luis Montaño-Hirose, con un formato diferente al tradicional (tamaño carta, cubierta de color plateado, créditos en negro, 597 páginas) y la tipografía generada en una impresora de matriz de puntos. En este mismo periodo apareció la segunda edición del libro Mito y poder en las organizaciones: notas para un análisis crítico de la teoría de la organización (Ibarra-Colado y Montaño-Hirose, 1987b)2. Esta obra fue, quizá, el primer resultado concreto de una investigación más amplia denominada “Poder e ideología en las organizaciones”, la cual formó parte del proyecto global de estudios organizacionales. El libro limitó sus objetivos a la realización de un ejercicio analítico que permitiera evaluar las explicaciones fundamentales dadas en distintos momentos al fenómeno del poder en las organizaciones. La conclusión esencial a la que llegaron en el libro señalaba que la teoría de la organización, en sus orientaciones dominantes, se había modificado y perfeccionado para ocultar la realidad organizacional en función de los cambios operados a nivel social a lo largo del último siglo. Sentada esta base teórico-epistemológica, siguió toda una serie de artículos en revistas nacionales e internacionales y libros colectivos e individuales. |
| 1995 | UAM Iztapalapa | La Universidad Autónoma Metropolitana creó el primer Programa de Posgrado en Estudios Organizacionales en México y América Latina, integrado, desde su inicio, en el Padrón Nacional de Posgrados de Calidad del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt).Desde sus inicios, se ha tratado de un posgrado destinado a la formación de investigadores. Tanto los alumnos como la planta académica han presentado una alta diversidad disciplinaria, reunidos en torno al estudio de organizaciones concretas en el medio local. |
| 1998 | UAM Iztapalapa | Se creó el área de investigación “Organización y Sociedad”, a partir de la cual se promueve la creación de redes de investigadores y grupos de investigación en análisis organizacional a nivel nacional. |
| 2000-2013 | UAM Iztapalapa. IES públicas en diversas regiones de México | A partir del Programa Especial de Apoyo para las Universidades Estatales (PEUE), cuyo fin era la elevación del nivel académico de la planta docente de estas instituciones educativas, en el marco del Programa de Mejoramiento del Profesorado (PROMEP), el Posgrado en Estudios Organizacionales se convirtió en un programa “itinerante” en aras de formar a nivel nacional investigadores con la perspectiva organizacional; con ello ayudó a la consolidación de la disciplina al ampliar sus posibilidades de reproducción: Universidad de Occidente y Universidad Autónoma de Sinaloa (2000-2003), Universidad Autónoma de Querétaro (2001-2004), Universidad Autónoma de Chiapas (2003-2006), Universidad Veracruzana y Universidad de Guanajuato (2004-2007), Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (2009-2012), Universidad de Quintana Roo (2011-2013). El total de doctores formados bajo esta modalidad fue de 102 titulados. |
| 2011 | IES mexicanas | Se encontraban registrados alrededor de 14 cuerpos académicos3 especializados en el campo organizacional, distribuidos en las universidades públicas del país. |
| 2015-2019 | UAM Iztapalapa | El Posgrado en Estudios Organizacionales avanzó en la formación de investigadores con la perspectiva organizacional más allá de las fronteras nacionales gracias al convenio con SAPIENCIA. Egresaron 11 nuevos doctores adscritos a universidades colombianas de Medellín, como el Colegio Mayor de Antioquia, el Instituto Tecnológico Metropolitano y la Institución Universitaria Pascual Bravo. |
| 2018 | UAM Iztapalapa | Conacyt reconoció al peo en la categoría de “competente a nivel internacional”. |
| 2019 | IES mexicanas | Hasta 2019 había 23 cuerpos académicos relacionados con “estudios organizacionales” reconocidos por el promep; si el criterio de búsqueda se amplía hasta buscar que contengan los términos “organización” u “organizaciones” en la descripción de sus líneas generales de aplicación del conocimiento (LGAC), el número asciende a 2184. |
Nota. Elaboración propia con base en información obtenida de la Coordinación del PPEO.
PRIMERA BATALLA PARADIGMÁTICA: EL IMPERATIVO DE DISTINGUIRSE DE LA ADMINISTRACIÓN
El Posgrado en Estudios Organizacionales inició clases en septiembre de 1995, cuando México atravesaba por una convulsa etapa en materia económica, política y social. Se presentará a continuación una descripción de las condiciones que rodearon la emergencia de este proyecto.
Neoliberalismo y mba: el pensamiento único en las aulas
Los antecedentes de esta etapa se encuentran en la serie de reformas que México había aplicado a partir de la década de los ochenta en concordancia con un cambio de un modelo predominantemente proteccionista y nacionalista, centrado en el Estado, a uno de corte neoliberal y aperturista, con el mercado como eje de sus acciones. Estos cambios, desde entonces y hasta el año 2018, abarcaron reformas que incluyeron, entre otras, la apertura comercial y financiera mediante el impulso a un conjunto de tratados comerciales que profundizaron la integración de México en los mercados globales; el combate a la inflación, así como el aumento de la autonomía del Banco de México; la reforma, por un lado, a los programas sociales, acentuando su orientación focalizada (por ejemplo, el Programa Oportunidades) y, por el otro, al sistema de pensiones, para individualizar las cuentas y orientar los fondos al mercado de valores, así como la profundización del proceso de privatización del sector energético, en una primera fase por medio de la subcontratación de un número cada vez mayor de eslabones de las cadenas de valor y con cambios constitucionales de fondo.
En 1993 se había firmado el tlcan, que entró en vigor a principios de 1994. En ese mismo año se formalizó el ingreso de México a la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (ocde), de modo que el país pasó a ser el miembro 25 de la Organización. México fue el primer país en ingresar a este organismo luego de que lo hiciera Nueva Zelanda más de veinte años atrás, y era también la primera vez que ese organismo aceptaba a un país en desarrollo. México asumió múltiples compromisos en materia de comercio, inversión y políticas públicas, y para ese entonces era considerada una economía pujante y con crecientes expectativas de desarrollo.
Paradójicamente, junto con esta “bonanza” económica comenzó una fuerte inestabilidad social, generada por el movimiento zapatista iniciado en Chiapas y los impactantes asesinatos políticos de 1994, que se acompañaron de una crisis financiera mayúscula en 1994-95, cuyas causas de fondo, desde una perspectiva keynesiana, deben buscarse en la apertura rápida y desordenada del sector financiero al flujo de capitales de corto plazo, que tornó muy vulnerables a las economías emergentes frente a la salida de capitales y el riesgo devaluatorio. La apertura financiera que precedió a las inversiones en portafolio aumentó el riesgo de salida de esos mismos capitales y fue el común denominador de todas las crisis de los años noventa (Salas-Porras y Díaz, 2005).
México continuó siguiendo fielmente las prescripciones de lo que en 1995 John Williamson acuñó como el “Consenso de Washington”, que recuperaba las líneas de política económica diseñadas desde el Banco Mundial y el fmi a fin de responder a su diagnóstico de la crisis de la década de los ochenta en América Latina. Según esta visión, dicha crisis se generó por un modelo estatista que desincentivaba la iniciativa individual tanto en el plano económico como en el político y social, y que, por lo tanto, debía solucionarse volviendo al individuo, al mercado y a la propiedad privada el centro del desarrollo.
Sin embargo, el paquete de prescripciones asociado con el Consenso de Washington estaba lejos de dar los resultados previstos en países como México. Desde la visión neokeynesiana (Salas-Porras y Díaz, 2005, p. 156), las presiones que ejerce el capital financiero internacional privado para generar rendimientos de corto plazo, abrir, desregular y liberalizar los sectores financieros de las economías emergentes colocan en una extrema fragilidad a todo el sistema corporativo al dejarlo expuesto a los ataques especulativos que se traducen en salida masiva de capitales y, en consecuencia, en crisis devaluatorias de alcance regional o global:
La necesidad de generar altos rendimientos a corto plazo ha llevado a diversas prácticas de “contabilidad creativa” que si bien se iniciaron hace tiempo son cada vez más difíciles de esconder. Los esfuerzos por revisar y reformar el gobierno corporativo (corporate governance), si bien consideran problemas de ética fundamentales, no abordan el problema ético más importante, los rendimientos y plazos socialmente aceptables de las grandes corporaciones. Aquellos plazos que no estrangulen el funcionamiento a largo plazo de las empresas y de las economías. (Salas-Porras y Díaz, 2005).
Fenómenos como este de la “contabilidad creativa” y de rapacidad especulativa marcaron esa mitad de la década de los noventa. México fue testigo de una historia de excesos, de saqueo y de violencia que incluía el desencanto del neoliberalismo y el descrédito de sus Chicago Boys, el malestar en la tecnocracia, el fin del sueño del “ingreso al primer mundo” y de la pertenencia de México a las primeras economías de la ocde, aunque en América Latina y en México, de acuerdo con Alain Chanlat, el campo de la administración estaba en crisis, con programas de mba heredados de la experiencia estadounidense, con pretensión universal, de carácter mayormente técnico y nutridos por un economicismo neoliberal arrogante (Soria, 2009).
De ahí que en México hubiera la necesidad de generar alternativas. Al respecto, había que hacer espacio para un programa con acento crítico y orientación humanista:
La legitimidad del conocimiento por el conocimiento mismo respecto de los fenómenos que ocurren en las organizaciones no es una premisa aceptable para los medios académicos relacionados con la administración como disciplina. Sin embargo, en Francia, país que ha ejercido una influencia importante en [la] UAM, procedente de los profesores que realizan estudios de posgrado, hay una tradición y un ambiente en el que las ciencias humanas y sociales participan significativamente en las reflexiones de los estudiantes de doctorado, incluidos los que investigan sobre administración. Esta semilla germinó en una mezcla de necesidad, curiosidad y gusto por parte de los emprendedores del Posgrado en Estudios Organizacionales. Los iniciadores de este proyecto concibieron el posgrado distinto a todo lo preexistente en el campo de la administración. Se trata de una iniciativa exenta de lo que significa pensar siempre en términos del “deber ser”, de los resultados óptimos, del mejoramiento del desempeño. En dicha iniciativa, las ciencias humanas y sociales constituyen la lente a través de la cual contemplar las organizaciones con el objetivo de comprenderlas y no de transformarlas. (Fernández et al., 2010, p. 106).
Se intentó entonces, en principio, romper con ese proyecto de nación en el que solo se podía mirar hacia el norte para buscar asideros epistemológicos seguros. También se trató de adoptar una perspectiva diferente de aquella en la que se habían formado muchas de las “élites” locales mexicanas en Estados Unidos, y los referentes teóricos con los que se habría de comenzar a reflexionar provenían de Francia (Michel Crozier y Friedberg, 1990; Philippe D’Iribarne, 1996; Eugène Enríquez, 1992; Jacques Girin, 1996, entre otros), de Canadá (Omar Aktouf, 2000; Renée Bédard, 1995; Alain Chanlat,1998), de Australia (Clegg, Hardy, Lawrence et al., 1996) o de Gran Bretaña (David Silverman, 1975) si se considera que:
En la Gran Bretaña es posible percibir un énfasis contestatario a las propuestas norteamericanas, sobre todo, a partir de la década de los ochenta […] Los estudios organizacionales británicos tienen su origen en la perspectiva crítica de la organización. Hay que entender que los estudios organizacionales nacen de la discusión sobre las grandes limitaciones que la teoría de la organización tenía para entender, para comprender, para explicar a la organización. En cierta forma el grupo de estudios organizacionales plantea como premisa principal el estudio de las estructuras organizacionales como eje, y esto es muy importante, explicativo del fenómeno organizacional. Nada que ver con la eficiencia y la racionalidad instrumental, el origen de los estudios organizacionales intenta conocer, entender, comprender y explicar a las organizaciones, en donde la eficiencia es analizada solo como una de las múltiples problemáticas de las organizaciones. (Barba, 2013).
En el caso mexicano, los estudios organizacionales no se han comportado como una derivación de la sociología, como se puede observar en los casos francés e inglés, sino que se han desarrollado, al menos en sus orígenes, desde la administración (Montaño-Hirose, 2004b). Resultaban entonces evidentes las carencias disciplinarias de la administración, su fragilidad teórica y sus limitaciones heurísticas para dar cuenta de realidades complejas; se profundizará sobre ello a continuación, para conceder espacio después a la segunda batalla paradigmática: posicionar el término “organización” como una categoría relevante para los científicos sociales en México.
Administración y estudios organizacionales: diferentes, pero complementarios
Eduardo Ibarra-Colado se refiere en estos términos a la “epifanía” que tuvo cuando reflexionó sobre su propia formación como administrador y comenzó a “reeducarse” de la mano de autores como Herbert Simon: “Comprendí la fragilidad de una disciplina que a lo largo de la primera mitad del siglo XX había logrado solamente formular aparentes ‘principios científicos’, más bien ‘proverbios’, que Simon se encargó de desenmascarar” (Ibarra-Colado, 2010, p. 156).
Lo que el análisis de Simon demostraba era que la autonombrada “ciencia de la administración” carecía de formulaciones teóricas rigurosas, reproducidas en esos planes de estudio que se limitan casi siempre a capacitar a los estudiantes en el manejo de cierto herramental técnico, pero manteniéndolos “ayunos de ideas y huérfanos de teorías”. Ese análisis muestra a los profesionales de la administración en clara desventaja si se compara la arrogancia de las ciencias sociales de mayor tradición —como la economía, la historia o la filosofía—, vis a vis, con disciplinas menores, como la administración y la psicología (Ibarra-Colado,2010).
Una primera ruptura paradigmática derivó de la batalla por “hacer ciencia” desde la administración a partir de los estudios organizacionales y de la necesidad de dejar claras cuáles eran las diferencias y complementariedades entre las perspectivas de la administración y la de los estudios organizacionales. La investigación en administración solía privilegiar los trabajos prescriptivos, que parten de contextos idealizados y, con frecuencia, poco realistas, o que se dirigen a la consultoría, con un directivo que puede imponer una visión del problema o restringir el objetivo de la investigación a la búsqueda de soluciones (Montaño-Hirose, 2004b, p. 24).
Prevalecen los estudios que tienden a la predicción y no a la comprensión, pues se ciñen a los requerimientos del llamado “método científico” —estudios cuantitativos que se guían por un proceso lineal y objetivado para comprobar hipótesis, o que se apoyan en muestras aleatorias que supuestamente permiten generalizaciones—, presumiendo la neutralidad valorativa del investigador. Dichos estudios son lo opuesto a las investigaciones de tipo cualitativo que tienen cabida en los estudios organizacionales, en las que el investigador actúa en comunidad con los participantes, quienes son los dueños del problema y como tales deben ser el eje de la investigación, por ser quienes pueden transformar las prácticas sociales (Barba et al., 2015; Montaño-Hirose, 2004b).
Por último, el objeto de estudio de la administración suele ser la empresa, y pocas investigaciones se relacionan con otros campos disciplinarios (Montaño-Hirose, 2004b) debido a que aún la empresa privada es vista por la administración como una aséptica unidad de producción, sin relaciones de poder, sin mecanismos ni formas de dominación, a tono con la orientación pragmática y eficientista que ha caracterizado a la administración como un instrumento al servicio de los intereses de los dueños de las empresas, omitiendo del análisis al resto de los actores —como los trabajadores y la sociedad en su conjunto (Padilla et al., 2015)— como no sea para considerarlos, desde una perspectiva solo funcionalista, como medios, herramientas o recursos por optimizar. Esto es comprensible si se recupera la consideración ontológica de Hood y Jackson (1997, p. 260, citados por Montaño-Hirose y Rendón, 2000), en el sentido de que las dos metáforas centrales explicativas de la administración han sido tradicionalmente la máquina (el orden) y el organismo (la función).
Los estudios organizacionales representaban una alternativa para el análisis de la realidad social en México a partir de esa “ ‘serie de conversaciones’ entre investigadores de diferentes disciplinas, que ayudan a definir a las organizaciones a través de sus supuestos, métodos y paradigmas, siempre con la posibilidad de continuar construyendo nuevos repertorios a partir de ese diálogo interdisciplinario” (Clegg, Hardy, Lawrence et al., 1996, p. 3). El análisis se nutre de ese “terreno históricamente en disputa” que es la teoría de la organización, en el que distintos saberes, lenguajes y alcances teóricos y epistemológicos se van dando turno en busca de su aprobación por una cierta comunidad epistémica, no de manera incremental ni estable, sino fragmentada y discontinua, como corresponde al contexto institucional prevaleciente (Reed, 1996), cuya complejidad a partir de la década de los setenta ha impulsado el cuestionamiento de los modelos basados en la noción burocrática de orden, funcionalidad y armonía, también la emergencia de análisis críticos en torno a los beneficios del progreso económico y la democracia, el desarrollo de la tecnología informática, el avance de la transnacionalización de las empresas, su diversificación productiva y sus alianzas estratégicas, así como el “descubrimiento” del entorno (Montaño-Hirose y Rendón, 2000).
Comprender estos fenómenos y dar cuenta de la compleja tipología de organizaciones que comenzaba a surgir, así como de la diversidad de variables que intervienen en su construcción (cultura, poder, lenguaje, fragmentación, entre otras), requiere de la conjunción de disciplinas, pues la realidad social no se presenta de manera fragmentada y su conocimiento no admite disecciones (Medina, 2010; Rendón, 2012).
Los estudios organizacionales representan ese gran puente de comunicación entre la administración y las ciencias sociales, pues es solo a partir de ese “punto de encuentro” de disciplinas, propio de los estudios organizacionales, que la administración se nutre de importantes insumos consistentes en marcos teórico-metodológicos que le permiten allegarse del conocimiento acerca de lo que son las organizaciones y así comprender la naturaleza y el contexto de las organizaciones cuyo desempeño busca mejorar (Fernández et al., 2010, p. 117; Montaño-Hirose, 2004b).
Al concebir los problemas en las organizaciones como “esencialmente técnicos”y su funcionamiento como regulado solo por criterios propios de la racionalidad instrumental, la universalidad implícita en las propuestas generalizantes que emanan de la administración hace que su aplicación tienda a hacerse de manera mecánica y descontextualizada, porque no se consideran las particularidades que, desde el enfoque de la administración general, permanecen invisibles. Esas particularidades pueden hacerse visibles por medio de los marcos teóricos de los estudios organizacionales (Fernández, et al., 2010, p. 117) y pueden llevar a reconocer como un tema digno de investigarse aquellas situaciones en las que las prácticas de muchas organizaciones se van estructurando y modelando en formas inesperadas y a menudo invisibles. Más aun, lejos de asumir la universalidad y la atemporalidad de formas y modelos de organización, los estudios organizacionales suponen una atención muy marcada sobre los sistemas y procedimientos que regulan la acción, pero comprendiendo siempre que ellos son producto de relaciones y procesos sociales altamente contingentes, desde los que se constituye, organiza y transforma la sociedad (Ibarra-Colado, 2006a, 2006b).
Al referirse a las diferencias disciplinarias entre la administración y los estudios organizacionales, la apuesta es hacia la complementariedad de saberes, más que a su aparente divorcio. Para Fernández et al. (2010, p. 120), ambas disciplinas tienen como campo de estudio las organizaciones, pero su objeto de estudio es diferente: para la administración es el desempeño de las organizaciones, mientras que para los estudios organizacionales es la comprensión teórica de las condiciones y del arreglo organizacional que posibilitó llegar a ese desempeño.
La pregunta subyacente en todas las investigaciones de la administración como disciplina siempre está planteada en términos de “¿cómo hacer para que algo sea planteado como si fuera un problema de gerencia y se convierta en algo administrable, mejorable y más eficiente?”. En otras palabras, ¿cómo mejorar el desempeño organizacional?, ¿cómo ejercer control más eficaz sobre el comportamiento en el lugar de trabajo?, ¿cómo crear y administrar las culturas organizacionales?, ¿cómo identificar y cultivar a los líderes?, entre otras preguntas, con una visión que se orienta cada vez más a incitar a la acción desde los medios y que desdibuja completamente el debate sobre la ética de los fines (Fernández et al., 2010; Montaño-Hirose, 2012; Pfeffer, 2000).
La administración y los estudios organizacionales comparten influencias teóricas provenientes de diversas disciplinas interesadas en las organizaciones, pero difieren en la forma como incorporan y usan dichos saberes. La administración se esfuerza en operacionalizar esas aportaciones, y las recupera como sustento de las técnicas y prescripciones que dirige para mejorar el desempeño, primordialmente, de organizaciones privadas. Esas técnicas o prescripciones las cubre siempre con un ropaje de aparente neutralidad, alejadas de todo proyecto político detrás de sus metas y discursos de eficiencia. En contraparte, los estudios organizacionales buscan devolver a los saberes administrativos su naturaleza eminentemente social y concebir las organizaciones (públicas, privadas o sociales) como espacios privilegiados de constitución de la sociedad en los que se recrean las relaciones sociales entre agentes muy diversos en su especificidad y su detalle, y en los que se orientan comportamientos y modos de existencia. Para la comprensión de esos espacios, los estudios organizacionales deben constituirse en una alternativa articuladora/integradora de los saberes que toman como campo de estudio los diferentes tipos y procesos de organización. Por esta razón, los estudios organizacionales van más allá de la administración —pero la incluyen— al tratar de explicar la complejidad no solo de los fenómenos administrativos, sino la del fenómeno organizacional en su amplia diversidad (Fernández et al., 2010; Ibarra-Colado,1999; Ramírez, Vargas y De la Rosa, 2011).
Finalmente, en aras de ilustrar la complementariedad disciplinaria entre la administración y los estudios organizacionales, en la tabla 2 se proponen algunos ejemplos de sus similitudes y especificidades en torno a temáticas comunes. Para ello se han utilizado algunas categorías teóricas que pueden ser aplicadas desde los estudios organizacionales para el análisis.
TABLA 2. ADMINISTRACIÓN VERSUS ESTUDIOS ORGANIZACIONALES
| DE LA ADMINISTRACIóN… | … A LOS ESTUDIOS ORGANIZACIONALES |
| De la toma de decisiones racional y del cálculo maximizador de la ganancia… | … al reconocimiento de la subjetividad y los límites cognoscitivos del ser humano; al reconocimiento, además, de la vida simbólica latente, detrás de la vida material de las organizaciones. |
| Del ejercicio de la autoridad y la jerarquía por medio de la funcionalidad de un organigrama… | … al reconocimiento del conflicto, del poder y de la dominación como aspectos centrales en el desempeño de cualquier organización (y en la implementación cotidiana de dicho organigrama). |
| De la comunicación clara y unívoca… | … a la polisemia, la flexibilidad interpretativa y la ambigüedad en la lectura de la historia, de los acontecimientos y de los mensajes en cualquier organización. |
| De la flexibilidad laboral y su estricta regulación formal… | … al flojo acoplamiento y a la anarquía informal. |
| De la elaboración de manuales de organización y del ejercicio cotidiano de la evaluación del desempeño… | … a la perfección de los dispositivos de vigilancia y control en las organizaciones. |
| De las organizaciones como entes homogéneos y apolíticos formados para asegurar el logro de objetivos socialmente compartidos… | … al análisis de las organizaciones como espacios estructurados de gobierno que acarrean profundas consecuencias prácticas: al regular las relaciones entre distintos agentes sociales, dan lugar a formas particulares de distribución social y a ordenamientos de individuos, grupos y poblaciones que han sido agregados/diferenciados para determinar su posición social y los espacios y temporalidades desde los que se estructuran sus posibilidades de acción. |
| De las organizaciones vistas como espacios uniformes de orden, consenso, legalidad, formalidad y predictibilidad, con capacidad para adaptarse a las necesidades del contexto económico a partir de sus fortalezas a partir del dominio de técnicas para el logro de la eficiencia y la calidad, … | … a las organizaciones establecidas en un contexto reconstruido en la organización, que es a la vez espacial y temporal, a la vez cultural, tecnológico, económico, político y social; como proyectos basados en un alto nivel de heterogeneidad, en los cuales el conflicto y el poder, la divergencia de principios e intereses y el desigual acceso a los recursos (financieros y simbólicos) las caracterizan, más que la búsqueda de ficciones armónicas sobre las cuales levantar la eficiencia y la calidad. |
| De la prescripción de mejores procesos y técnicas de motivación… | … a la comprensión de las consecuencias de las formas de motivación en la psique del individuo. |
| De la pregunta de investigación “¿cómo mejorar el desempeño?” … | … a la pregunta de investigación “¿cómo se hacen las cosas?”. Se necesitan conocimientos para lograr la comprensión sobre el cómo del poder. |
Nota. Elaborado con base en Ibarra-Colado (2006a, 2006b); Ramírez et al. (2011); Montaño-Hirose (2004b).
A partir del análisis de la tabla 2, puede entenderse entonces el porqué de esa “esquizofrenia intelectual” que Michael Reed (citado por Ibarra-Colado, 2006a, p. 135) ya había identificado desde 1985, pues, al tener que reconocer —e incluir— los saberes provenientes de la administración pura y dura, así como el orden normativo que prescriben, también debe evaluar y analizar sus efectos bajo una lente social crítica que los desmienten todo el tiempo, por lo que debe reconocerse en la organización la convivencia cotidiana entre dicotomías como las siguientes: cooperación y estructuras coercitivas; racionalidad y disfuncionalidad; toma de decisiones racional y subjetividad; límites cognoscitivos y legitimidad.
A continuación, se pasa a describir la batalla epistemológica de mayor alcance en los estudios organizacionales: el posicionamiento del término “organización” como un objeto de estudio de probada relevancia en el contexto mexicano.
SEGUNDA BATALLA PARADIGMÁTICA: LA ORGANIZACIÓN COMO OBJETO RELEVANTE DE INVESTIGACIÓN EN MÉXICO
De acuerdo con Ibarra-Colado (2006a, 2006b), al igual que en América Latina, en México el término “organización” carecía de significado, porque el destino de las empresas y de otras estructuras sociales dependía esencialmente de las decisiones políticas de un régimen de Estado fuerte. La lógica oligárquica y proteccionista, los acuerdos cupulares y la combinación de corporativismo estatal y violencia eran los factores que determinaban la vida económica y social de países como México, muy lejos de tomar a la eficiencia como criterio básico para determinar el desempeño económico. El futuro de las empresas, fueran privadas o públicas, dependía entonces en gran parte no de la eficiencia taylorista ni de la legitimidad o de la meritocracia weberiana, sino de la cercanía que se tenía con “el príncipe”, en términos de Maquiavelo.
Mientras que de las sociedades occidentales surgían organizaciones cada vez más complejas, que se sobreponían unas a otras hasta llegar a la consolidación del Estadonación, las sociedades latinoamericanas seguían un camino a la inversa, como sucede, de hecho, en cualquier sociedad producto del colonialismo, en las que el Estado creaba instituciones mediadoras e incidía de manera directa en el aparato productivo y en la conformación de organizaciones intermedias (sindicatos, organizaciones empresariales, confederaciones de trabajadores, de obreros y de campesinos, empresas públicas, por citar algunas), con lo que se inhibía el desarrollo de organizaciones desde la sociedad civil y se propagaba cierto “mimetismo” en el mundo de las organizaciones en América Latina, de las instituciones del Estado a todas las organizaciones (Naime, 2004).
Durante las décadas que siguieron al movimiento armado, en un entorno de movilización social, obrera y campesina, las élites políticas que surgieron de la Revolución reconstituyeron las estructuras de poder con una orientación más paternalista, nacionalista y centrada en el Estado. Esa tendencia se incrementó a medida que el paradigma keynesiano adquiría más adeptos a nivel mundial, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, en la posguerra. Entonces, las élites estatales articulaban un modelo proteccionista de desarrollo sobre dos líneas: en primer lugar, las estrategias sustitutivas de importaciones que ofrecían incentivos y subsidios de manera generalizada, no selectiva, los cuales, con el tiempo, provocaron distorsiones en el mercado y un comportamiento rentista por parte de las élites económicas; en segundo lugar, un sistema de representación de intereses corporativista, vertical y autoritario, característica definitoria del régimen de un solo partido, el dominante, el partido de Estado, el Partido Revolucionario Institucional. Si en el escenario político de la sustitución de importaciones no había organizaciones sociales que representaran una alternativa, las empresas nacionales tampoco tenían una visión comprometida con la transformación del país: lejos de aumentar su competitividad a cambio de la protección y los subsidios, se extendieron en ellas el comportamiento rentista, la colusión de intereses monopolistas, la complicidad con intereses y élites estatales, a la vez que se propagaron prácticas de corrupción de diferente tipo y alcance (Salas-Porras y Luna, 2012, p. 288-289).
El escenario se modificó con la apertura económica, la competencia global y la implantación de la racionalidad de mercado, cuando las acciones del Estado dejaron de ser la única variable que determinaba la toma de decisiones y la comprensión de la dinámica organizacional se volvió crucial. Entonces apareció como una necesidad urgente el “destapar” qué era lo que pasaba en esas “cajas negras” que hasta entonces habían sido la empresa y la organización en la sociedad. Cuando los conceptos de eficiencia y calidad adquirieron cartas de ciudadanía, se planteó como exigencia el acceso a los espacios organizacionales como obligado tema de estudio (Montaño-Hirose, 2004b). Ahora se requería aclarar los procesos de conformación, crecimiento y cambio en esos espacios organizacionales; analizar sus problemas específicos de organización, gobierno y desempeño; conocer la relación entre sus estrategias y estructuras con sus resultados:
Los economistas descubren que existe la empresa, no como unidad monolítica sino como agregado heterogéneo, que el proyecto de la globalización pasa inextricablemente por las grandes empresas; los politólogos observan atentos que los empresarios hacen política; los historiadores, que las empresas evolucionan y se anclan en pasados remotos; los sociólogos, que las organizaciones poseen estructuras autoritarias; los administradores públicos, que el Estado toma decisiones. Todos coinciden en que en las organizaciones se gesta una parte importante del proyecto social, que estas no son meras reacciones-extensiones del entorno, que no son abstracciones predeterminadas por lo macro-social; pero también asientan que no puede prescindirse de este; finalmente, todos coinciden, lo que es importante, es que ellas ameritan ser estudiadas. (Montaño-Hirose, 2004b).
El “imperativo organizacional” es entonces reconocido en las agendas de investigación en ciencias sociales como rasgo distintivo de esta sociedad en red hipermoderna e hiperadministrada del siglo XXI, en la que se producen y recomponen enlaces y nodos que propician flujos que acrecientan la flexibilidad y el riesgo. En esta sociedad hiperinformatizada, la burocracia no desaparece, simplemente se va recomponiendo para transformar su dureza tradicional en conveniente suavidad al incrustarse en los propios individuos, que funcionan como archivos vivientes (Ibarra-Colado, 2006a, p. 132; 2006b).
La omnipresencia de las organizaciones y su multiplicidad derivan de la especialización y de las cada vez más complejas redes de vigilancia y control propias de la modernidad capitalista que operan en todas las organizaciones, desde las que realizan la producción y el comercio de bienes y servicios —incluyendo crecientemente la enseñanza, el conocimiento, el cuidado de sí, el ejercicio de la ciudadanía y el uso del tiempo libre—, o desde las que se regulan la pobreza, la exclusión o las industrias del delito (Ibarra-Colado, 2006a, p. 131). Queda claro que si algo se ha ido diluyendo son las fronteras del conocimiento, y si algo se ha universalizado ha sido la condición organizacional de la sociedad moderna como sociedad gubernamentalizada (Ibarra-Colado, 2001).
El espacio dejado por el Estado en la actividad económica, pero también en las labores de asistencia social, provocó la emergencia o el acrecentamiento de nuevas formas de organización (Montaño-Hirose, 2004b), desde organizaciones de la sociedad civil hasta organizaciones informales, comunitarias, instituciones autónomas, entre otras. En el ámbito corporativo pudieron observarse nuevas estrategias de internacionalización y formas de hibridación por medio de la asociación público-privada, hibridación que también se manifestó en los diseños que posibilitaron la empresarialización de la burocracia, expresada más tarde en las tesis de la nueva gerencia pública, que dio como producto la consolidación de esa mano visible —el management— que permite la reconciliación armónica, diría Hayek, del Estado modesto con el gran mercado (Ibarra-Colado, 2010).
La importancia de las organizaciones se acrecentó cuando la noción de gobernanza hizo referencia a la inclusión de una variedad de aquellas en diversos temas, desde empresas privadas hasta organizaciones no gubernamentales, coaliciones, asociaciones y redes transnacionales. Esto supuso retos de coordinación y de eficacia mayúsculos, dado que sus reglas de interacción y formas de regulación y autorización no estaban establecidas y comúnmente aceptadas de antemano, como en el caso de las instituciones públicas convencionales (Salas-Porras y Luna, 2012).
La exigencia de estudiar las organizaciones implicaba abrir la investigación al análisis de otras dimensiones, ahora de naturaleza microsocial, de sus procesos de coordinación, de control, de toma de decisiones, pues se reconoció que es en su cotidianidad en donde se gesta una parte importante del proyecto social y que están muy lejos de ser predecibles abstracciones predeterminadas por lo macrosocial, como tampoco son meras reacciones —extensiones— del entorno (Montaño-Hirose, 2004b). El análisis de las organizaciones suponía un reto teórico y epistemológico mayor, dado que, al menos hasta la década de los ochenta, el contenido de la investigación social latinoamericana mostraba una “vocación” exagerada hacia “lo macro”, ya que sus análisis se centraban, en buena medida, en los grandes problemas de la economía, la sociedad y la política, tales como las dificultades de desarrollo estructural, la pobreza, los conflictos políticos, los movimientos sociales y las dificultades para lograr la democratización frente a los gobiernos autoritarios, entre otros, y dejaban de lado temas relacionados con la estructuración organizacional, su despliegue y su funcionamiento (Ibarra-Colado, 2006, p. 127).
El surgimiento de nuevas formas organizacionales y la diversidad de problemáticas que en ellas se hacían presentes comenzaban por fin a ganar visibilidad, y su estudio hubo de beneficiarse de la ruptura paradigmática que en la década de ochenta experimentó la teoría de la organización. Empezaron a cobrar importancia temas como las formas organizacionales que se alejan del tipo burocrático, la cultura, los procesos de producción de significados, las emociones, los factores contextuales político-culturales como condicionantes de la formación de nuevas instituciones; la emergencia de teorías críticas que posicionan el género y la subalternidad como variables esenciales; el sentido subjetivo que los individuos dan a sus acciones; los procesos de constitución de las organizaciones y las relaciones involucradas en la construcción de sus estructuras; el aprendizaje organizacional, la transferencia de conocimiento y sus efectos sociales; las estructuras de dominación y su relación con regímenes disciplinarios, entre otros.
Se está frente a un objeto de investigación relativamente joven, que ha tenido que disputar un lugar en las ciencias sociales y que se abre, se diversifica y se complejiza cuando se contempla la multitud de dimensiones que permiten su operación cotidiana. Es por eso por lo que los estudios organizacionales se alejan de todo esencialismo dogmático, pues sus alcances van más allá de lo estrictamente funcional, dado que, de acuerdo con los planteamientos de Ibarra-Colado (2006b, 2006b), la organización es un objeto de investigación complejo desde el punto de vista ontológico, por lo menos, por dos razones que se explicarán a continuación.
Su naturaleza heterogénea, a partir de la variedad de problemas y de las diferentes funciones sociales que desempeña
La tipología de organizaciones es muy variada, como variados son los fenómenos y las singularidades que pueden presentarse en una organización. Abarca objetos de estudio de naturaleza diversa, como la empresa, la escuela, la prisión, el hospital, la agencia gubernamental, la iglesia o el partido político, por citar solo algunos. De ahí que no hay posibilidad de universalización de los conocimientos de las organizaciones, tampoco hay “una única y superior” forma teórica y metodológica de abordarlas, pues sus tensiones o cambios no desencadenan los mismos efectos ni dependen de una sola variable. Aun compartiendo contextos similares, son diferentes los procesos de los que una organización forma parte, también lo es la multiplicidad de factores por los que se constituye, así como variadas son las relaciones y conexiones que estructuran su ser en el mundo.
Su conceptualización contingente, pues su abordaje está sujeto a los cambios sociales y a los modos de racionalidad prevalecientes
Como espacios contenedores de las relaciones cotidianas de los agentes sociales, las organizaciones operan bajo formas específicas, marcadas por las transformaciones en las relaciones de fuerzas a lo largo del tiempo, de modo que se convierten en un objeto de estudio diverso, dinámico y difuso. Por su parte, los estudios organizacionales, desde su reconstrucción genealógica, dan cuenta de ello al abordar un objeto múltiple que se ha resemantizado a lo largo de su viaje por distintas épocas y lugares, y que no ha sido apreciado en los mismos términos a lo largo del tiempo, en función de aquello que los investigadores pueden conocer, nombrar e incluir en sus agendas de investigación.
Esto explica la fragmentación que ha caracterizado a los estudios organizacionales y la imposibilidad de construir una “teoría general” a partir de una síntesis acumulativa de conocimientos (Ibarra-Colado, 2006a). Se trata de un campo de saberes formado a partir de rupturas sucesivas, desde las perspectivas más positivistas y estructurales hasta las nociones más interpretativas y que rescatan la subjetividad en los espacios organizacionales. Su objeto de estudio, la organización, no puede ser descrito como una entidad encapsulada, sino que siempre aparece formando parte de muchos contextos y procesos, junto con las dinámicas sociohistóricas que se han encargado de darle forma.
Por tratar con objetos de estudio que son únicos en su funcionamiento y que están cultural e históricamente situados, los estudios organizacionales son una noción en permanente construcción, mientras que la noción de administración, por presentar cierres discursivos y conceptos pretendidamente unívocos, es un concepto casi acabado (Ramírez et al., 2011). Sin embargo, esto no puede representar una debilidad teórica, pues las condiciones del objeto de estudio demandan justo esta pluralidad de enfoques.
Al referirse al estatus de las ciencias sociales, se puede afirmar que no existe una sola teoría general de la organización debido a su complejidad, que resulta inabarcable desde una sola perspectiva teórico-metodológica. Además, por ser imposible enunciar leyes generales transhistóricas en términos de proposiciones estrictamente universales (del tipo “para toda organización conocida del pasado o del presente, y para toda organización futura, es verdad que…”), se tratará más bien de saberes que solo pueden tener “validez local” (Giménez, 2004), de modo que prevalecen una serie de narrativas locales que denotan los acuerdos que cada comunidad establece a partir de sus propios intereses y de sus modos de entender y operar el conocimiento, lo cual confirma la condición plural, diversa y fragmentada de los estudios organizacionales (Ibarra-Colado, 2006a). Así se resuelven, entonces, la carencia de “identidad epistémica” (Ramírez et al., 2011), la “falta de unidad paradigmática” (Medina, 2010) o el “anarquismo epistemológico” advertido por Donaldson y Pfeffer desde la década de los ochenta, cuando se pugnaba por “volver a lo básico” a partir de un cuerpo unificado de conocimientos.
REFLEXIONES FINALES
La consolidación de un proyecto académico por medio de una labor sostenida a lo largo de 25 años ha requerido de un esfuerzo colectivo de actualización permanente, de detección de oportunidades y necesidades del campo organizacional del que se forma parte, y de una lectura crítica del entorno.
Si bien, en un principio, el grupo de investigación que encabezó el proyecto de un posgrado en Estudios Organizacionales tuvo que recurrir a referentes teóricos franceses o anglosajones en aras de un posicionamiento claramente diferenciador de los MBA norteamericanos, es claro que las respuestas que se han buscado para abordar a las organizaciones mexicanas deben ser buscadas, o complementadas, con otro tipo de lecturas, porque seguramente no solo las respuestas, sino las preguntas de investigación que se encuentran pertinentes en países centrales difieren de las realidades de México.
Aprovechar las ventajas que representa una disciplina tan plural como lo son los estudios organizacionales llevaría a reconocer la complejidad de un mundo formado por la diversidad, el hibridismo, el mestizaje y la alteridad. Como lo señala García-Canclini (1997, p. 113-114), la “hibridación” deja de oponer irreconciliablemente a metropolitanos y periféricos, emisores y receptores, y, en cambio, muestra la multipolaridad de las iniciativas sociales, el carácter oblicuo de los poderes y los préstamos recíprocos que se efectúan en medio de las diferencias y desigualdades, pues aún una gran parte de los sectores populares no solo enfrentan y resisten, sino que también transaccionan y consienten, toman prestado y reutilizan.
Para finalizar, hacer una lectura de los estudios organizacionales desde las relidades locales mexicanas dará la posibilidad de reconocer “la pluralidad […] la admirable y, en cierto modo, asombrosa virtud humana del reconocimiento del otro; esto es, de encontrar valor en la identidad ajena”, pues, la prueba del ácido de alguna universalidad posible es la diversidad que la convoca incansablemente (Díaz-Polanco, 2015, p. 23).
REFERENCIAS
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ANEXO 1
PERFILES DE EGRESO DE LAS LICENCIATURAS EN ADMINISTRACIÓN DE LAS CUATRO UNIDADES DE LA UAM QUE LA IMPARTEN
| UNIDAD | PERFIL DE EGRESO | VALORES DISTINTIVOS |
| Azcapotzalco | El licenciado en Administración de la UAM Azcapotzalco es un profesional con una formación integral, transdisciplinaria, crítica, propositiva y en la frontera del conocimiento de las diversas áreas vinculadas a la práctica administrativa; capaz de generar ambientes colaborativos, identificar y desarrollar oportunidades, anticipar y solucionar problemas de manera innovadora en la conducción de organizaciones privadas, públicas y sociales para contribuir a una sociedad más equitativa, con enfoque humanista y de gestión sustentable. Se espera que el egresado de la Licenciatura en Administración sea creativo y emprendedor y conduzca su práctica profesional con los principios filosóficos y éticos de la UAM: la justicia, la equidad, la democracia, la tolerancia, la solidaridad y el respeto a los derechos humanos, a la diversidad cultural y a la naturaleza. | – Formación integral, transdisciplinaria, crítica, propositiva.– Conducción de organizaciones privadas, públicas y sociales para contribuir a una sociedad más equitativa, con enfoque humanista y de gestión sustentable.– Conducir su práctica profesional con los principios éticos de la UAM: la justicia, la equidad, la democracia, la tolerancia, la solidaridad y el respeto a los derechos humanos, a la diversidad cultural y a la naturaleza. |
| Iztapalapa | Los egresados de la Licenciatura en Administración tendrán habilidades técnicas, teóricas y analíticas específicas de su profesión. Deberán conocer y entender la dinámica de las organizaciones en el siglo XXI para proponer modelos de innovación y de mejora continua. El profesionista de la Administración deberá actuar con principios éticos y tener una visión de responsabilidad social, así como una capacidad de abstracción y de análisis crítico y reflexivo respecto a todos los fenómenos que suceden e impactan en la dinámica cotidiana de las organizaciones de nuestro país y del mundo. Tener un adecuado uso del lenguaje de su profesión, tanto en forma verbal como escrita. | – Actuar con principios éticos y tener una visión de responsabilidad social.– Conocer y entender la dinámica de las organizaciones en el siglo XXI para proponer modelos de innovación.– Análisis crítico y reflexivo. |
| Xochimilco | El egresado será capaz de fomentar la creación y el desarrollo de organizaciones productoras de bienes y servicios pertenecientes a los sectores privado, público y social; como miembro de estas, como emprendedor o como consultor demostrará habilidades de trabajo en equipo y liderazgo; y como promotor del desarrollo y de la adaptación de las nuevas tecnologías. Los conocimientos teórico-prácticos adquiridos le permitirán participar en la planeación, la organización, la dirección y el control de organizaciones mediante la aplicación de conceptos, métodos, técnicas y herramientas para lograr los objetivos económicos y sociales de estas en un entorno local, nacional y globalizado. Aplicará las habilidades adquiridas de investigación con perspectiva crítica e innovadora. | – Creación y desarrollo de organizaciones productoras de bienes y servicios pertenecientes a los sectores privado, público y social.– Lograr los objetivos económicos y sociales de las organizaciones en un entorno local, nacional y globalizado.– Habilidades adquiridas de investigación con perspectiva crítica e innovadora. |
| Cuajimalpa | Los egresados de la Licenciatura en Administración serán profesionales de alto nivel, que contarán con una formación general básica en Administración que les permita comprender las distintas funciones de la gestión de las organizaciones, así como sus estructuras y órganos de conducción y toma de decisiones. Tendrán capacidad para diagnosticar los problemas que enfrentan las organizaciones públicas, privadas y/o sociales; propondrán acciones para propiciar el cambio institucional y el rediseño de sus sistemas y procedimientos; contarán con una formación social y humanística que les permita comprender los problemas económicos, sociales y políticos que enfrenta la sociedad contemporánea; desarrollarán su capacidad reflexiva, de autoaprendizaje y un comportamiento ético fundamentado en su desempeño. | – Diagnosticar los problemas que enfrentan las organizaciones públicas, privadas y/o sociales.– Proponer acciones para propiciar el cambio institucional y el rediseño de sus sistemas y procedimientos.– Formación social y humanística que les permita comprender los problemas económicos, sociales y políticos que enfrenta la sociedad contemporánea. Capacidad reflexiva, de autoaprendizaje y comportamiento ético. |
Nota. Elaboración propia a partir de datos suministrados por la UAM.
CAPÍTULO 3
COLONIALIDAD EPISTÉMICA: EL INDIVIDUALISMO METODOLÓGICO Y LA ELECCIÓN RACIONAL EN LA TEORÍA DE LA ORGANIZACIÓN
GIOVANNA MADDALENA MAZZOTTI PABELLO1
Universidad Veracruzana
INTRODUCCIÓN
En el presente capítulo se exponen algunos de los avances realizados en la línea de investigación-acción propuesta para desarrollar conocimiento organizacional desde el giro decolonial. Para ese fin, se retoman los principios planteados por investigadores, intelectuales y activistas que desde distintos campos de conocimiento han logrado intervenir en la discursividad propia de las ciencias modernas para configurar un espacio para la producción de conocimiento otro –una forma distinta de pensamiento, “un paradigma otro”– que represente la posibilidad misma de hablar sobre “mundos y conocimientos de otro modo” (Escobar, 2003). Así, autores como Aníbal Quijano (1992), Walter Mignolo (2013), Arturo Escobar (2003, 2007), Santiago Castro-Gómez (2005), Boaventura de Sousa (2010) y Enrique Dussel (2005, 2009), entre otros, han desarrollado sus trabajos con el objetivo de formular alternativas a la Modernidad eurocéntrica, su proyecto de civilización y sus propuestas epistemológicas.
Cabe mencionar que la influencia de esta perspectiva decolonial en diversas disciplinas del campo de las ciencias sociales, las humanidades y el arte ha logrado transformar los términos de la discusión en relación con las cuestiones de raza, género, multiinterculturalidad, pedagogía, historia, filosofía, lengua-idioma, arte-artesanía, cosmovisiónfilosofías. No obstante, en lo que respecta al análisis, a la investigación y a la reflexión acerca de las formas, las dinámicas y los elementos que articulan las diversas prácticas organizativas o de “formas de hacer con otros” (Zibechi, 2006), no ha tenido un gran desarrollo. Y esto es así porque, tal como lo menciona Ibarra-Colado (2006, p. 2):
Cuando hablamos de los estudios organizacionales, estamos tratando con una de las formas más importantes de colonialidad epistémica que hayan existido en los últimos 150 años. Cronológicamente, primero nos encontramos con los conocimientos de la ingeniería, luego con los de la psicología y finalmente con el conocimiento basado en el management (Shenhav, 1999, p. 71; Rose, 1999, pp. 54-55). Estas formas de conocimiento han ordenado y simplificado el mundo a través de la racionalidad instrumental.
De ahí que reconocer la colonialidad epistémica de la teoría de la organización (TO) y de los estudios organizacionales (EO) implica asumir que los referentes teóricos y metodológicos provenientes de ellos —que han sido los instrumentos conceptuales utilizados en los últimos 150 años para abordar, entender y caracterizar la pluralidad de organizaciones y los proyectos colectivos y/o formas de hacer con otros que existen en el mundo— han sido concebidos desde el horizonte que desde ese mismo campo de conocimiento se ha definido como modernidad organizacional, la cual corresponde al conjunto de estudios y conocimientos basados en –solo– dos tipos de organización: la empresa y la institución. Los conceptos de empresa e institución son definidos genéricamente como organizaciones, cuya acepción, según Etzioni (1991), se refiere a las unidades sociales (o agrupaciones humanas) deliberadamente constituidas, “[…] ligada[s] a cuestiones de productividad, competitividad, calidad y eficiencia” (Pacheco, 2015, p. 17). A este respecto, Ibarra-Colado (2006) apunta que el término de organización ha funcionado como un artefacto epistémico [de la modernidad organizacional] que instaura la idea de que la organización es el ordenamiento estructural del conjunto abstracto y universalizado cuyo factor imprescindible es la productividad.
En este capítulo se busca profundizar en la crítica de la modernidad organizacional y en los efectos de la colonialidad epistémica del campo de conocimiento de la TO y los EO, por lo cual el capítulo se centra en lo que aquí se considera un punto neurálgico de aquella: la racionalidad como presupuesto universal que subyace de la teoría de la elección racional y del individualismo metodológico, que en este contexto será comprendido como una herramienta epistémica de la retórica de la Modernidad. Por esta razón, se retoma la idea central de la propuesta del giro decolonial, que consiste en señalar (i) que la retórica de la Modernidad es un producto histórico cultural basado en una matriz de poder compleja que integra el conocer (epistemología), el comprender (hermenéutica) y el ser (ontológica) (Quijano, 1992); y (ii) que la expansión y el despliegue de la Modernidad traen consigo la expansión de colonialidad, ya que muestra como inferiores, margina, invisibiliza y deslegitima todas aquellas otras totalidades históricas y culturales, sus racionalidades y narrativas y las formas específicas —no modernas— de ser, habitar, comprender y organizar (De Sousa Santos, 2010).
PLANTEAMIENTO
En el presente capítulo se plantea que es preciso desprenderse de la postura epistémica de la TO y los EO a partir de la cual se asume como único proyecto la modernidad organizacional, que subsume toda forma de organización de los diversos colectivos humanos a las lógicas derivadas de la productividad y la monocultura racional (De Sousa, 2010). Solo así será posible acceder a la diversidad organizacional, comprender las especificidades de las distintas prácticas y formas organizativas existentes y reconocer tanto los saberes como los conocimientos de otro tipo que se producen en ciertas organizaciones, en las que el dilema principal no está en la administración de los recursos o “bienes colectivos” (Ostrom, citado por Esteva, 2012), sino en la ampliación y la reproducción de los ámbitos de la comunidad. En ese sentido, analíticamente se retoma la propuesta de Ibarra-Colado (1999, 2006, 2008) que comprende que, por parte de la TO, el uso del término organización ha funcionado como artefacto epistémico para modelar y recrear la “realidad”.
En este capítulo se hace una breve revisión de lo que significa el individualismo metodológico y su relación con la teoría de la elección racional y la acción social. Así mismo, se muestra el papel que este ha tenido en la construcción de los saberes sobre la organización generados en el marco analítico de la TO y los EO por considerarlo una herramienta epistémica clave en la producción de conocimiento de la compleja matriz moderna/colonial de poder-saber que ha avanzado en “la conquista de las identidades a través del conocimiento, es decir, con esos procesos de institucionalización del saber, como saber científico, que permitieron y permiten la integración de una élite nativa a la ideología de la modernidad anglo-euro-céntrica” (Ibarra-Colado, 2008, p. 219).
No solo se busca mostrar la influencia del individualismo metodológico en el desarrollo de un cierto tipo de conocimiento sobre una determinada clase de organizaciones, sino, sobre todo, subrayar los efectos que tiene la imposición de un tipo de interpretación acerca del comportamiento humano, circunscrito al individuo que actúa bajo la lógica de la racionalidad como un principio explicativo que permite el ordenamiento estructural del conjunto cuyo factor imprescindible es la productividad (Ibarra-Colado, 2006, p. 9). Lo anterior, leído en clave decolonial, tiene consecuencias en términos de invisibilización de otras formas del ser, del comprender, del conocer y del organizar. En esa dirección, a la par de un breve recorrido teórico que se realiza de la mano de la propuesta de Ibarra-Colado (1999), se proponen algunas claves para hacer una genealogía, pero no de la racionalidad instrumental y de la elección racional en su conjunto, sino de la contribución de la TO y los EO para afirmar la naturalización y la universalización del término individuo y de la elección racional como principio explicativo totalizante y reductivo del comportamiento humano.
Al finalizar este apartado se espera haber contribuido en el proceso de desprendimiento de la colonialidad epistémica del campo de la TO al aportar algunos elementos analíticos que permitan avanzar en la línea de investigación que se nutre con trabajos de autores como Ibarra-Collado, Misoczky y Dornelas (2015), entre otros. Estos elementos teóricos también hacen posible profundizar en la argumentación que sostiene que la colonialidad epistémica se mantiene y perpetúa incluso la tradición de las escuelas de estudios organizacionales críticos institucionalizados, tanto de la escuela surgida en Inglaterra —que se limita a “generar correctivos sistémicos en apoyo al management” (Klikhauer, 2013, en Misoczky, 2017, p. 144)— como de “la escuela de pensamiento de América Latina que [ha] realizado abordajes teóricos importados y, si acaso, tropicalizados”, tal como lo plantea Ibarra-Colado (2008, p. 3).
En lo que sigue, con fines de exposición de la propuesta contenida en este trabajo, se describirá brevemente lo que hoy se conoce como individualismo metodológico. Este concepto se reducirá a sus componentes epistémicos esenciales con la finalidad de demostrar su importancia en la formación de la TO y de los EO como campo de conocimiento, y mostrar hasta qué punto y de qué manera los componentes esenciales de esta metodología están ligados de manera intrínseca a la colonialidad epistémica del campo.
BREVE DESCRIPCIÓN DEL INDIVIDUALISMO METODOLÓGICO
[…] el individuo moderno, no es la base atómica de la sociedad ni una ilusión de la economía liberal, sino un artefacto efectivo con un muy largo y complejo proceso histórico.
MICHEL FOUCAULT,
Historia de la sexualidad, tomo I
Para entender el individualismo metodológico como herramienta epistémica de la Modernidad/colonial, es preciso entender, primero, que la metodología –de cualquier tipo–, por ser una ruta que propone cómo se puede conocer ‘la realidad’, trae consigo la idea de qué es lo que se puede conocer, al mismo tiempo que presupone los elementos que constituyen dicha realidad. En palabras de González (1993), cada metodología contiene una normatividad epistemológica y una normatividad ontológica.
Lo que hoy se conoce como individualismo metodológico tiene sus fuentes en debates en torno a la “formación del concepto” que cobraron fuerza a partir del siglo XIX en torno a las demandas del “ala científica” que, como describe Aguilar (1987):
exigió conceptos y enunciados causales como requisitos imprescindibles de cientificidad [y] exigió también ‘conceptos individuales’ y ‘enunciados causales singulares’, capaces de representar y explicar acontecimientos históricos y hechos sociales en su peculiaridad, polemizando acerca de la utilidad cognoscitiva de ‘leyes históricas’ o ‘leyes sociales’. (pp. 151-152).
Según lo describe Heath (2015), es Weber quien articula el precepto central del individualismo metodológico al sostener que, (i) al hablar de fenómenos sociales, se hace referencia a las colectividades sociales, como si fueran personas individuales; y que (ii) la razón para privilegiar la acción individual en la explicación sociológica es que solo la acción es subjetivamente comprensible. Por lo tanto, el individualismo metodológico está relacionado de manera estrecha con el compromiso con patrones de explicación (o interpretativos). Lo que se persigue, en todo caso, “es la explicación teórica de la acción para el análisis científicosocial, porque sin saber por qué las personas hacen lo que hacen, realmente no entenderíamos por qué ocurren los fenómenos a mayor escala en los que están involucrados” (Heath, 2015, p. 3).
En su acepción más actual, de acuerdo con Elster (1985):
El individualismo metodológico es una manera de explicar los acontecimientos, características y rasgos sociales a partir de determinadas hipótesis de comportamiento de los individuos, lo que presupone una previa identificación de las unidades de comportamiento, es decir, de los individuos o actores sociales. (Pedroza, 2000, p. 150).
En otras palabras, el individualismo metodológico:
consiste en formular un concepto de acción individual estrictamente racional que satisface los ‘requisitos lógicos’ de no contradicción-univocidad-evidencia racional y los ‘requisitos metodológicos’ de comprensibilidad y explicatividad, por cuanto puede ser incorporado como sujeto de un enunciado causal y como sujeto del que se comprende la razón o el motivo de su acción o causación. (Aguilar, 1987, p. 158).
A partir de aquí puede verse que la normatividad epistemológica de esta metodología se funda en el supuesto de que la individualidad es la unidad analítico-explicativa de los fenómenos colectivos. Por su parte, la normatividad ontológica que porta consiste en afirmar la existencia de un tipo de racionalidad determinada que motiva la acción de dicha individualidad, ya que, como metodología, el individualismo metodológico se construye distinguiendo lo siguiente: (i) en el concepto de acción, el sujeto es el individuo; (ii) el individuo es pensado como sujeto racional en su conducta; (iii) el sujeto realiza la acción que, por los medios que emplea, es idónea al fin; (iv) la ocasión para entender al sujeto empírico de la acción (que no es necesariamente racional) se explica por la acción, la cual es comprendida en relación con los fines o propósitos, por lo tanto, se explica en tanto medio para lograr los objetivos, medio que parece idóneo para un determinado fin; y, por último, (v) la acción como concepto histórico no es nunca “individualista”, sino siempre situada en un contexto y social-relacional (Aguilar, 1987; González, 1993).
Así, en la medida en que tales presupuestos son retomados por el investigador interesado en comprender e interpretar ciertos fenómenos sociales, se imponen un tipo de sujeto y una idea de causalidad –explicativa– del comportamiento. Lo anterior está directamente relacionado con el hecho de que la figura del investigador como científico ilustrado se instaura como sujeto cognoscente privilegiado situado en ese no lugar hipotético que es el “punto cero” (Castro-Gómez, 2005), que lo coloca afuera y encima de los fenómenos que busca analizar con los parámetros del discurso del método científico como herramienta de poder-saber de la colonialidad epistémica de la Modernidad.
Bajo estos términos, se comprende el individualismo metodológico como herramienta de la colonialidad epistémica del campo de conocimientos de la TO y de los EO. Esto se debe a que con el individualismo epistemológico se establece el carácter universal de los valores que dan sustento al proyecto de la Modernidad: por un lado, el binomio individuo y sociedad, y, por el otro, la pretensión de conocer para poder conducir, predecir y controlar las fuerzas impredecibles de la naturaleza. Pero, sobre todo, el individualismo metodológico es la fundamentación de la existencia de un supuesto presuntamente esencial —por lo tanto, natural y universal— de un tipo de individuo organizado por valores —tales como la utilidad, la maximización y la competencia—, con expectativas, motivaciones y racionalidad(es) diversas y en conflicto, sí, pero que es un individuo fundamentalmente “racional”, por estar aquellas determinadas y encaminadas hacia la consecución de un objetivo esencial: la maximización del beneficio (placer) y la minimización del esfuerzo (displacer).
Este sujeto individuo “esencialmente” racional ha sido considerado —desde Taylor hasta el coaching— como la unidad básica y la piedra angular de los procesos organizativos; esto representa, sin duda, un punto de articulación clave en el campo de conocimiento sobre las organizaciones, la Modernidad y la ciencia. Se trata de reconocer que toda teoría económica, organizacional y administrativa —tanto si gira en torno a la comprensión de la conducta del individuo como si se concibe en función de la existencia de ciertos determinismos (reglas-normas-estructuras)— tiene el mismo punto de partida, ya que representa, en última instancia, el presupuesto a partir del cual la conducta humana es racional y puede ser no solo explicada, sino también susceptible de control.
De ahí que es necesario comprender que el “individualismo metodológico” no es solo una simple estrategia metodológica para aproximarse a la comprensión de los fenómenos sociales o a los procesos colectivos de la realidad. En la medida en que “el discurso es el proceso a través del cual la realidad social llega a ser, [por ser] la articulación del conocimiento y el poder, de lo visible y lo expresable” (Escobar, 2007, p. 77), el individualismo metodológico es un instrumento epistémico de colonialidad que transforma la complejidad del ser vivo del imaginario radical, sentipensante, espiritual, interdependiente, comunal y relacional en una totalidad simplificadora: una máquina de elecciones binarias (0-1, sí-no), con un sistema de evaluaciones más o menos complejas [caja negra], basada en la búsqueda de beneficios.
ADOPCIÓN Y ADAPTACIÓN DEL INDIVIDUALISMO METODOLÓGICO EN LA TO Y LOS EO
[…] el Homo faber, en la medida en que no es más que un fabricante y solo piensa en términos de medios y fines que surgen directamente de su actividad de trabajo, es tan incapaz de entender el significado como el animal laborans de entender la instrumentalidad. (Arendt, 2009, p. 173).
En este caso, en el que se desea analizar el papel que ha tenido la premisa del individuo racional como sujeto de la acción y como fundamento para la comprensión de los fenómenos organizacionales, se tomará como base la revisión histórica que presenta Ibarra-Colado (1999), en la que divide en cuatro etapas lo que él llama “los saberes de la organización”. Su propuesta, resultado de un exhaustivo análisis de las grandes escuelas de la teoría de la organización, va desde los primeros saberes generados para solventar los problemas de las grandes empresas hasta los conocimientos que analizan la reconstitución de las organizaciones en redes de fronteras difusas bajo principios posburocráticos, e incluye la incorporación de las nuevas posturas epistemológicas que cuestionan el estatuto funcionalista de los enfoques más consolidados. No obstante, por motivos de espacio, y con fines de exposición, en este trabajo se plantea realizar un recorrido más breve y puntualizado, para lo cual se ha recuperado la figura 1 —abajo—, en la que el autor plasma las teorías y las escuelas que conforman las cuatro etapas de los saberes de la organización, y se han marcado en gris aquellas teorías que se basan en la utilización de alguno de los componentes de lo que hoy se conoce como individualismo metodológico, para mostrar gráficamente la importancia que ha tenido la fusión de la racionalidad-individuo y la organización. Así mismo, a lo largo del texto se han revisado algunas de las corrientes y escuelas que han tenido mayor influencia y significado en el campo de estudios de la TO Y los EO para mostrar de qué manera al desarrollarse, expandirse y —aparentemente— transformarse los saberes en torno a la organización se ha ido reafirmando el modelo del individualismo metodológico y de la elección racional como instrumento epistémico de la Modernidad.
Con ese objetivo, de forma breve, sobre lo que Ibarra-Colado denomina la base material o primera etapa de los saberes sobre la organización, se enfatizará en el análisis de la teoría administrativa, la administración científica y la psicología industrial; la reflexión se focalizará en el desbloqueo epistemológico que se realiza al vincular los avances de las ciencias del individuo con la preocupación por el superávit. Acerca de la segunda etapa, se señalará la influencia del pensamiento de Talcott Parsons en la concepción del esquema de racionalidad limitada propuesto por Simon, esto con el fin de mostrar que, con ello, menos que contradecir los supuestos de la teoría de la elección racional de la economía neoclásica fundamento de la Modernidad, los desarrolla y la reafirma. En la tercera etapa se desarrollará lo anterior mostrando el papel de los componentes que constituyen el individualismo metodológico en la sociología de la organización y en las propuestas del neoinstitucionalismo. Por último, se analizará la preeminencia de la perspectiva racionalidad-individuo e individuo-colectivo en los estudios sobre la acción colectiva, la movilización de recursos, la cultura organizacional y las teorías de la ambigüedad.
De acuerdo con la figura 1, en la etapa denominada por Ibarra-Colado base material se está ante la administración científica, como la teoría administrativa, el departamento del personal y la psicología industrial. Con ella se inicia aquí la reflexión de la colonialidad epistémica de la teoría de las organizaciones (TO) y/o los estudios organizacionales (EO), así como del uso de uno o más de los componentes esenciales del “individualismo metodológico” como instrumento epistémico. El individualismo metodológico fue utilizado primero en la administración científica de F. W. Taylor, quien lo empleó en la intervención realizada y científicamente argumentada en la que puede rastrarse la utilización de “de esas pequeñas técnicas de notación, de registro, de constitución de expedientes, de disposición en columnas y en cuadros que nos son familiares pero que han permitido el desbloqueo epistemológico de las ciencias del individuo” (Foucault, 2002, p. 177).
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