Kitabı oku: «Despertar leones»

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Ayelet Gundar-Goshen

Despertar leones

Traducción

Margalit Mendelson

Colección dirigida por Sergio Tisminetzky



Gundar-Goshen, AyeletDespertar leones / Ayelet Gundar-Goshen. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2020.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineTraducción de: Margalit Mendelson.ISBN 978-987-599-622-91. Narrativa Israelí. 2. Novelas. I. Mendelson, Margalit, trad. II. Título.CDD 892.4

Título original: Lehair Arayot

Copyright © Ayelet Gundar-Goshen

Published by arrangement with The Institute for The Translation of Hebrew Literature

Traducción al español: Margalit Mendelson

© de la traducción al español: Libros del Zorzal

Colección de Literatura Hebrea dirigida por Sergio Tisminetzky

Diseño de tapa: Juan Pablo Cambariere

© Libros del Zorzal, 2019

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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a Yoav

Índice

Primera parte

1 | 9

2 | 34

3 | 44

4 | 66

5 | 88

6 | 104

7 | 118

8 | 145

9 | 150

10 | 159

Segunda parte

1 | 169

2 | 186

3 | 194

4 | 208

5 | 224

6 | 238

7 | 241

8 | 249

9 | 256

10 | 274

11 | 295

12 | 307

13 | 320

14 | 344

15 | 375

16 | 392

Estaba pensando que nunca había visto una luna tan hermosa cuando atropelló a ese hombre. En el primer momento, después de haberlo atropellado, aún sigue pensando en la luna y sigue pensando en ella hasta que cesa de repente, como si se tratara del soplo de una vela. Oye abrirse la puerta del jeep y sabe que es él quien la está abriendo y él quien sale del vehículo. Pero ese dato se vincula muy remotamente con su cuerpo, como quien recorre con su lengua las encías después de la anestesia; todo está allí, pero diferente. Sus pies pisan el casquijo del desierto, oye un cjjjch cjjjch después de cada paso y ese sonido es la prueba de que está caminando. En algún lugar al final del próximo paso lo espera el hombre al que atropelló, un paso más y estará allí. El pie ya está en el aire, pero desacelera, intenta detener el último paso, el definitivo, tras el cual ya no podrá sino observar al hombre tirado al costado del camino. Si fuera posible congelar ese paso, pero obviamente es imposible congelarlo, así como es imposible congelar el momento previo, el momento en que el jeep golpeó al hombre que iba a pie. Y en cuanto a ese hombre, el peatón, recién el próximo paso habrá de revelar si aún es un hombre o ya es otra cosa, algo que de solo pensarlo congela la palabra en el aire, porque puede ser que tras el paso que dé descubra que el peatón ya no es tal, sino solo una cáscara, una cáscara rajada, y el hombre ya no está. Y si el hombre ya no es hombre, cuesta imaginar qué será del hombre que está de pie, temblando, el que no puede terminar de dar un simple paso. Qué será de él.

Primera parte

1

El polvo estaba en todas partes. Una capa blanca, fina, como la cobertura de una torta de cumpleaños que nadie quiere. Se amontonaba sobre las hojas de las palmeras en la plaza principal, árboles crecidos que habían sido traídos en un camión para introducirlos en esa tierra, ya que nadie creía que tiernos plantones creciesen en ese lugar; cubría los carteles de propaganda electoral para el municipio, que tres meses después de las elecciones aún pendían de los balcones: hombres calvos y con bigote mirando a través de la polvareda al público de su electorado potencial, algunos con una sonrisa asertiva y otros de mirada seria, según las directivas del asesor de imagen de turno. Polvo en los avisos publicitarios; polvo en las estaciones de ómnibus; polvo en la buganvilia que trepa a un costado de las veredas desmayada de sed; polvo en todas partes.

Sin embargo, parecía que nadie le prestaba atención al polvo. Los habitantes de Beer Sheva se resignaron al polvo como a todo lo demás: la desocupación, el crimen, los parques sembrados de botellas rotas. La gente de la ciudad siguió despertando en calles llenas de polvo, yendo a trabajos cargados de polvo, haciendo el amor bajo un manto de polvo y engendrando hijos cuyas miradas transparentaban polvo. A veces se preguntaba qué odiaba más, el polvo o los habitantes de Beer Sheva. Quizá el polvo. Los habitantes de Beer Sheva no se le asentaban cada mañana sobre el jeep. El polvo sí. Una capa blanca, fina, que opacaba el rojo brillante del jeep y lo volvía rosado desteñido, una parodia de sí mismo. Furioso, Eitan borró con un dedo algo del bochorno. El polvo le quedó pegado en la mano aún después de restregarla en el pantalón, y supo que se vería obligado a esperar a lavarse las manos en el Soroka antes de volver a sentirse limpio. Al diablo con esta ciudad.

(A veces se asustaba al oír sus pensamientos. Entonces se recordaba a sí mismo que él no es ningún racista. Vota Meretz. Está casado con quien antes de convertirse en Liat Green se llamaba Liat Samoja. Después de repasar la lista, se tranquilizaba un poco y podía seguir odiando la ciudad con la conciencia limpia.)

Una vez dentro del vehículo, se cuidó de mantener alejado de todo contacto el dedo manchado, como si no fuera parte de su cuerpo sino una muestra de tejido que sostiene para ejemplificar algo y dentro de un instante se la ofrecerá al profesor Zakai para que juntos puedan evaluarla con miradas ansiosas: ¡revélanos quién eres! Pero el profesor Zakai se encontraba desgraciadamente a muchos kilómetros de allí, despertando en una mañana libre de polvo en las verdes calles de Raanana, introduciéndose en su Mercedes metalizado que se abriría camino hacia el hospital a través del tráfico de la zona central.

Mientras aceleraba por las calles vacías de Beer Sheva, Eitan le deseó al profesor Zakai una hora y cuarto de embotellamiento en el cruce Gueha, transpirando por tener el aire acondicionado descompuesto. Pero bien sabía que los acondicionadores de aire de los Mercedes no se descomponen y que los atolladeros de Gueha no son sino un dulce recuerdo que dejó atrás cuando se mudó ahí, a una metrópolis. El lugar al que todos quieren arribar. Por cierto, en Beer Sheva no hay atolladeros, y él insistía en aclararlo en toda conversación que mantuviera con conocidos de la zona central del país. Pero cuando lo hacía –con una sonrisa dibujada en la cara, la mirada clara de un noble habitante del desierto– siempre pensaba que tampoco en el cementerio hay embotellamientos y sin embargo no fijaría domicilio allí. Las casas a lo largo de la avenida Reger, ciertamente, semejaban un cementerio. Una fila descolorida, homogénea, de bloques de piedra que alguna vez fueron blancos y hoy tienden más al gris. Lápidas gigantescas en cuyas ventanas asomaban de vez en cuando rostros fatigados, polvorientos, de uno u otro fantasma.

En el estacionamiento del Soroka se topó con el doctor Tzendorf, que le sonrió ampliamente y le preguntó: “¿Y cómo está hoy el doctor Green?”, y él extrajo de las profundidades una sonrisa forzada que amplió al máximo para responder: “Todo en orden”. Luego entraron juntos al hospital, cambiando el clima y la hora, impuesta con insolencia por la naturaleza, gracias a los sistemas de aire acondicionado e iluminación que les aseguraban una mañana eterna y una primavera perpetua. A la entrada de la sala, Eitan se despidió del doctor Tzendorf para ir a fregarse cuidadosamente bajo el grifo el dedo empolvado, hasta que pasó junto al lavabo una joven enfermera y comentó que tiene dedos de pianista. Es cierto, pensó, tengo dedos de pianista. Las mujeres siempre se lo han dicho. Pero lo único que pulsaba eran neuronas dañadas, mochas, que tocaba con dedos enguantados para ver qué melodía podía extraerles, en caso de que fuera posible.

El cerebro es un instrumento musical extraño. Nunca sabes a ciencia cierta qué sonido emitirá cuando pulses una u otra tecla. Obviamente, hay alta posibilidad de que si estimulas el hemisferio occipital mediante una leve corriente eléctrica, la persona que tienes enfrente dirá que ve colores, así como si oprimes neuronas del hemisferio temporal es altamente probable que se produzca la ilusión de voces y sonidos. Pero ¿qué sonidos? ¿Qué imágenes? Ahí todo se complica, ya que a pesar de que a la ciencia le gustan las reglas genéricas, homogéneas, resulta que a las personas les gusta diferenciarse unas de otras. Con qué fanatismo molesto se empecinan en crear nuevos síntomas, distintos, que aunque no sean más que variaciones de otro motivo musical igualmente distan mucho entre sí y se torna imposible homologarlos bajo una misma regla. Dos pacientes que presentan un daño en la corteza prefrontal jamás tendrán a bien mostrar los mismos fenómenos secundarios. Uno se comportará con grosería, y otro sonreirá de un modo compulsivo. Uno hará comentarios sexistas chabacanos, y otro insistirá en levantar todo objeto con que se tope. Claro que la explicación a las angustiadas familias será idéntica: por algún motivo (¿accidente automovilístico?, ¿tumor maligno?, ¿una bala perdida?), se ha dañado la corteza prefrontal responsable de la regulación de la conducta. Desde el punto de vista neurocognitivo, todo está en orden: la memoria funciona, las habilidades de cálculo no se han perturbado. Pero la persona que ustedes conocían ya no existe. ¿Quién la reemplazará? No sabemos. Hasta aquí. De aquí en más, un mundo de situaciones fortuitas. La casualidad, ¡oh!, esa mujerzuela, baila entre las camas de la sala, escupe en los uniformes de los médicos, cosquillea los signos de admiración de la ciencia hasta doblegarlos y redondearlos convirtiéndolos en signos de pregunta.

¡¿Cómo se hace para saber algo?!, inquirió en cierta oportunidad frente al púlpito de madera del aula magna. Desde entonces pasaron quince años, y aún conserva vívido el recuerdo del ardor que lo acometió al comprender, en un adormilado mediodía, que la profesión que estudiaba no tenía más certezas que cualquier otra. La estudiante que dormitaba a su lado se sobresaltó al oír su exclamación y lo observó con mirada hostil. El resto del curso esperó la reacción del profesor a cargo que, seguramente, se incluiría en el examen. El único que no lo consideró una insolencia fue el propio profesor Zakai, que lo miró un tanto divertido. “¿Cuál es su nombre?”

“Eitan. Eitan Green.”

“La única manera de saber algo, Eitan, es establecer un seguimiento después de la muerte. La muerte te enseñará todo lo que debes saber. Toma, por ejemplo, la muerte de Henry Molaison, enfermo de epilepsia en Connecticut. En el año 1953, un neurocirujano apellidado Scoville detectó dos focos de su epilepsia en ambos hemisferios temporales y le practicó una cirugía inédita, la lobectomía bitemporal. Se le extrajo gran parte del hipocampo. ¿Sabes lo que sucedió después?”

“¿Murió?”

“Sí y no. Henry Molaison no murió, dado que despertó después de la cirugía y siguió con vida. Pero en cierto sentido Molaison efectivamente murió, porque ya nunca más pudo crear un recuerdo nuevo. No podía enamorarse, ni guardar rencor, ni considerar una nueva idea por más de dos minutos, sencillamente todo se le borraba. Tenía veintisiete años en el momento de la intervención quirúrgica y, a pesar de que vivió hasta los ochenta y dos, de hecho permaneció de veintisiete para siempre. ¿Comprendes, Eitan? Recién después de extraerle el hipocampo descubrieron que es el responsable de la codificación de los recuerdos. Debemos aguardar a que algo se destruya para comprender qué funcionaba bien previamente. Es el método más básico de estudio del cerebro, ya que no puedes ir y desarmar un cerebro humano para ver qué sucede; esperas que la casualidad lo haga por ti, y entonces, como una bandada de aves rapaces, los científicos se abalanzan sobre lo que queda después de que la casualidad hizo lo suyo y tratan de lograr eso que tanto ansías: saber algo.”

¿Fue entonces, en aquella aula magna, donde mordió el anzuelo? ¿Acaso ya entonces supo el profesor Zakai que ese estudiante entusiasta, aplicado, lo seguiría como un perro fiel? Mientras vestía su bata blanca, sonreía reconociendo su ingenuidad. Él, que no creía en Dios, que incluso siendo niño se negó a creer los cuentos con algún viso sobrenatural, endiosó a ese profesor. Y cuando el perro fiel se negó a poner cara de muerto, expresión de sordo, mudo y ciego, el dios vertió su ira sobre él, lo desterró del paraíso telavivense hacia esa tierra inhóspita, el Soroka de Beer Sheva.

“¿Doctor Green?”

La joven enfermera se detuvo junto a él y lo puso al tanto de los acontecimientos nocturnos. Él la escuchó con relativa atención y fue a prepararse un café. Al pasar por el corredor, echó una mirada a los pacientes: una mujer joven sofocaba su llanto silencioso. Un octogenario ruso completaba un sudoku a pesar de que le temblaba la mano. Cuatro miembros de una familia beduina con los ojos fijos en el televisor colgado en lo alto. Eitan se inclinó para ver la pantalla –una chita decidida a sacarle los últimos restos de carne a lo que, de confiar en el relato de la voz en off, había sido un zorro de cola rojiza–. El hecho de que todo ser viviente está condenado a morir, ese hecho simple que nadie mencionaba en los corredores del hospital, se formulaba con todas las letras en la pantalla del televisor. Si el doctor Eitan Green anduviera por la jungla de hormigón llamada Soroka hablando de la muerte sin tapujos, los pacientes se volverían locos. Llantos, gritos, agresiones al equipo médico. Incontables veces había oído de boca de pacientes conmovidos que los apodaban “ángeles de blanco”. Y a pesar de saber que no eran tales quienes vestían las batas blancas, sino humanos de carne y hueso, no les corregía el dato para no entrar en nimiedades. Si la gente necesita ángeles, ¿quién es él para privarlos de ellos? ¿Por qué mencionar siquiera que la caritativa enfermera se salvó por un pelo en la demanda por mala praxis por haber vertido en una garganta reseca la medicina destinada a otra garganta reseca? Los ángeles también se equivocan en más de una ocasión, sobre todo si llevan veintitrés horas sin dormir. O cuando parientes desesperados se abalanzaban sobre un atemorizado practicante o sobre una horrorizada especialista, Eitan sabía que lo harían también sobre ángeles con tal de arrancarles las plumas de sus alas y que no volvieran a volar en el reino de los cielos mientras su amado era enviado al país de las tinieblas. Y, sin embargo, todas esas almas, que no toleraban asomarse ni por un instante a la muerte, se regodeaban observando cómo imponía su ley en la estepa africana. Porque ya no eran sólo aquellos beduinos los hipnotizados por la pantalla –el ruso también abandonó su sudoku para estirar el cuello, y hasta la mujer que se asfixiaba en su llanto miraba a través del espejo y de las lágrimas en sus pestañas–. La chita masticaba enérgicamente los restos de carne del zorro de la cola rojiza. El locutor hablaba de sequía. Debido a la falta de lluvias, los animales empezarían a comerse a sus crías. Los pacientes de Neurocirugía no despegaban los ojos de la insólita descripción que hacía el narrador de un león africano devorando a sus propios vástagos, y Eitan Green supo que no era por la morfina que debía agradecer al dios de la ciencia, sino por el Toshiba de treinta y tres pulgadas.

Cuatro años atrás, una paciente calva lo había llamado cínico y le había escupido en la cara. Aún recordaba el contacto de la saliva en su mejilla. Era una mujer joven, no precisamente atractiva. A pesar de eso, desplegaba allí una suerte de dignidad real que hacía que enfermos y enfermeras le cedieran inconscientemente el paso. Cierto día, cuando se acercó a ella en la ronda matinal, lo llamó cínico y le escupió en la cara. En vano intentó comprender qué la llevó a eso. En las visitas anteriores, le había formulado preguntas puntuales, y sus respuestas habían sido concisas. Jamás se había dirigido a él en el pasillo. Precisamente, por no encontrarle respuesta, el hecho le pesaba. Sin proponérselo, derivaba en pensamientos acerca de percepciones mágicas de ciegos que ven más allá, mujeres calvas a quienes la cercanía de la muerte provee de una visión de Roentgen que penetra corazón y cerebro. Esa noche, en el lecho matrimonial que olía a esperma, le preguntó a Liat:

“¿Soy cínico yo?”

Ella rio, y él se ofendió.

“¿Hasta tal punto?”

“No”, dijo ella besándole la punta de la nariz, “no más que otros.”

Él, ciertamente, no era cínico. No más que otros. El doctor Green estaba cansado de sus pacientes, no más –ni menos– que el promedio usual en las salas de hospital. A pesar de ello, había sido desterrado allende los mares de polvo y arena, exiliado del seno del hospital en el centro del país al deprimente desierto de hormigón del Soroka. “Imbécil”, se dijo mientras intentaba revivir el agónico ronquido del acondicionador de aire en su despacho, “imbécil e ingenuo”, porque ¿qué otro impulso llevaría a una promesa de la medicina a un enfrentamiento con su director? ¿Qué, si no la más pura imbecilidad, lo impulsaría a empecinarse en tener razón aun cuando su superior –padrino del susodicho desde la época de la universidad– le advirtió que se cuidara? ¿Qué nuevas formas de imbecilidad logró inventar el genio de la medicina al golpear en la mesa en un rapto de pálida imitación de asertividad diciendo: “Eso es soborno, Zakai, y yo no seré cómplice”? Y cuando fue y le contó al director del hospital de todos esos sobres con dinero y las intervenciones-urgentes-fuera de turno que sobrevinieron después, ¿acaso realmente era tan tonto para creer en su expresión de asombro?

Y lo peor es que lo volvería a hacer. Todo. De hecho casi lo repitió cuando al cabo de dos semanas descubrió que la única reacción del director del hospital se redujo a disponer su traslado.

“Acudiré a los medios”, le dijo a Liat, “armaré tal escándalo, que no podrán silenciarme.”

“Muy bien”, le dijo ella, “hazlo inmediatamente después de pagar el jardín de Yahali, el auto y la casa.”

Después diría que había sido su decisión, que ella lo hubiera apoyado en cualquier caso. Pero él recordaba cómo el castaño de sus ojos pasó, en un santiamén, de miel a nuez quemada. Recordó cómo dio vueltas en la cama toda la noche debatiéndose en sueños con pesadillas cuyo tenor adivinaba. A la mañana siguiente, entró al despacho del director y aceptó el traslado.

Al cabo de tres meses, ya estaban en el blanco chalet de Omer. Yahali e Itamar jugaban en el césped. Liat probaba dónde colgar los cuadros. Y él, de pie mirando la botella de whisky que le habían regalado sus compañeros de sala al despedirse, no sabía si reír o llorar.

Finalmente, llevó la botella al hospital y la puso en el estante junto a los diplomas. Tal como los diplomas, también la botella simbolizaba algo. Una época terminada, una lección aprendida. Si tenía algún momento de pausa entre un paciente y otro, tomaba la botella y la observaba detenidamente, estudiando la dedicatoria. “A Eitan, buenaventura.” Le parecía que las palabras se burlaban de él. Conocía a la perfección la letra del profesor Zakai, diminutos puntos de Braille que en la época de los estudios universitarios habían hecho llorar a más de uno. “¿Podría repetirme lo que escribió?” “Preferiría que la señorita aprendiera a leer.” “Pero no está claro.” “La ciencia, señores, no siempre es clara.” Y todos se retiraban airados y ofuscados, canalizando, luego, su descontento en evaluaciones envenenadas que jamás modificaron nada. Al año siguiente, volvía a aparecer el profesor Zakai en el aula magna y sus letras en el pizarrón eran iguales a una fila indescifrable de cacas de paloma. El único que se alegraba de verlo era Eitan. Lentamente, con abnegado esfuerzo, había aprendido a entender la letra de Zakai, pero la personalidad del profesor siguió siendo un misterio insondable. “A Eitan, buenaventura.” La tarjeta pendía del cuello de la botella en abrazo eterno, nauseabundo. Varias veces pensó en hacer trizas la cartulina y arrojarla a la basura, quizás con botella y todo. Pero siempre se frenaba a último momento, prendado de las palabras del profesor Zakai con la misma concentración con que en su mocedad observara una compleja ecuación.

Esa noche había trabajado demasiado, y lo sabía. Tenía los músculos doloridos. Los vasos de café no lo sostenían más de media hora. Tras la palma de la mano, ocultaba unos bostezos que amenazaban tragar toda la sala de espera. A las ocho llamó a su casa para desear las buenas noches a los niños, y estaba tan cansado y nervioso que terminó ofendiendo a Yahali. El hijo le pidió que imitara el relincho de un caballo y él le respondió “ahora no” en un tono que asustó a ambos. Después habló con Itamar, que le preguntó cómo le había ido en el trabajo y si volvería tarde, y Eitan tuvo que repetirse que ese niño atento, que se apresuraba a conciliar a las partes, aún no había cumplido ocho años. Mientras hablaba con Itamar, oía los resoplidos de Yahali, seguramente tratando de llorar sin que su hermano mayor lo notara. Cuando terminó la conversación, se sintió agobiado y muy culpable.

Casi siempre que pensaba en sus hijos, se sentía culpable. Sin importar lo que hiciera, sentía que era poco, menos de lo suficiente. Cabía la posibilidad de que justamente esa conversación en que se negó a relinchar, justo esa, quedara grabada en la memoria de Yahali. Esas eran las cosas que él recordaba de aquellos años: no todos los abrazos que recibió, sino los que se le negaron. Como cuando estalló en llanto recorriendo el laboratorio del padre en la Universidad de Haifa, y su madre, que estaba parada allí junto a todos los huéspedes, le dijo al oído que debía avergonzarse. Probablemente lo haya abrazado después, o quizás haya sacado la billetera para darle un sustituto de abrazo en la forma de cinco shkalim para que fuera a consolarse con un helado de fruta. Eso no lo recuerda. Así como no recuerda todas las veces que saltó del árbol del patio y el suelo lo recibió solícito, sino sólo la vez que se estrelló y se rompió la pierna.

Como todos los padres, también él sabía que no hay alternativa. Infaliblemente defraudaría a su hijo. Y, como todos los padres, abrigaba la esperanza de que quizás no. A lo mejor a ellos no les pasaba. Quizás él lograra darles a Itamar y a Yahali exactamente lo que necesitaban. Y sí, los niños lloran a veces, pero los suyos llorarían sólo cuando de verdad hubiera motivo para llorar. Porque ellos hubieran fallado, no él.

Avanzaba por el pasillo de la sala abrasado por los gélidos destellos del fluorescente, tratando de adivinar lo que sucedía en ese momento en su casa. Itamar estaba en su habitación ordenando dinosaurios de mayor a menor; Yahali seguramente ya se había calmado. Ese chico es como Liat, se enciende rápidamente y enseguida se apaga. No como Eitan, cuya ira es como la placa metálica para Shabat, se enciende y no se apaga dos días seguidos. Sí, Yahali ya se había calmado. Estaba sentado en el sofá mirando Los pingüinos por milésima vez. Eitan se la sabía de memoria. Los chistes, el tema musical, incluso los títulos de crédito del final. Y así como conocía la película, conocía a Yahali: cuándo reiría, cuándo recitaría con el locutor la frase esperada, cuándo se asomaría a la pantalla parapetado detrás de un almohadón. Las partes graciosas le causarían gracia indefectiblemente, y las de miedo lo asustarían invariablemente, lo cual resultaba raro, ya que cuánto puede uno reírse de un chiste conocido y cuánto puede uno asustarse del acecho de un lobo marino si ya sabe que al final el pingüino logrará embromarlo y huir. Sin embargo, apenas aparece el lobo marino, Yahali se sumerge detrás del almohadón y desde allí controla lo que le sucede al pingüino. Eitan suele mirarlo a él mirando al pingüino y preguntarse cuándo abandonará ese video, cuándo dejan los niños de requerir constantemente lo conocido y empiezan a buscar la novedad.

Por otra parte, qué bueno y qué cómodo resulta ya en la mitad de la película saber cómo habrá de terminar. Y cómo la peligrosa tormenta del minuto 32 se vuelve tolerable con sólo saber que amaina en el minuto 43. Ni qué hablar de los lobos marinos, y las gaviotas, y todo el resto de los malévolos que se disputan el huevo que ha puesto la reina de los pingüinos, pero fracasan en el intento de conseguirlo, y cuando finalmente el acecho del lobo marino fracasa, tal como sabía que sucedería, Yahali lo celebra a viva voz, saca la cabeza de detrás del almohadón y dice: “Papi, ¿me das una chocolatada?”.

Claro que se la doy. En el vaso de color violeta, dado que no acepta ningún otro. Tres cucharaditas de cacao. Mezclar bien bien, que no queden grumos. Recordarle a Yahali que, si se la bebe ahora, después no habrá otra, porque no es sano. Saber que dentro de dos horas se despertará y pedirá otra. Y es muy posible que la obtenga, porque Liat no resiste ante ese llanto suyo. Se pregunta cómo es que él sí puede resistir. Si acaso es un educador nato, un padre con autoridad y coherencia, o si se trata de otra cosa.

De Itamar se enamoró apenas nació. Con Yahali le llevó cierto tiempo. No habló de eso. No es el tipo de cosas que se dicen acerca de los hijos. Sobre las mujeres se puede. Por ejemplo: ya hace un mes que salimos. Todavía no estoy enamorado. Pero tratándose de tu hijo, se supone que de inmediato lo quieres. Aunque no lo conozcas. Con Itamar fue realmente así. Antes de que lo bañaran, antes de haberle visto la cara, ya tenía un lugarcito en su corazón. Quizás porque durante las semanas previas al parto se ocupó de hacerle lugar. Lugar en los armarios para su ropa, lugar en las cómodas para sus juguetes, lugar en los estantes para sus pañales. Y cuando Itamar por fin llegó, se deslizó naturalmente hacia esos lugares, se ubicó y no se movió de ahí.

O por lo menos así fue con respecto a Eitan. A Liat le costó un poco más. Coincidieron en que había sido por las contracciones y la caída de las hormonas, y si no dejaba de llorar en el lapso de diez días consultarían a un médico. Ella dejó de llorar antes de los diez días, pero tardó en volver a sonreír. Y no hablaron de eso, porque no venía al caso, pero ambos sabían que Eitan lo quiso de inmediato y Liat se le sumó dos semanas más tarde. Y con Yahali fue al revés. Queda la duda en cuanto a si el progenitor que se suma con algo de retraso alcanza al primero en una carrera culposa y agitada, pero luego iguala el paso y equipara el ritmo, o siempre queda rezagado.

Seis horas después, cuando por fin lograron estabilizar a los heridos del accidente de tránsito en la Aravá, Eitan se quitó la bata. “Se te ve agotado”, dijo la joven enfermera, “¿por qué no duermes acá?” Eitan estaba demasiado cansado para interpretar los móviles ocultos que encerraba o no la propuesta. Le agradeció amablemente, se lavó la cara y salió a respirar el aire nocturno. Desde el primer paso, ya percibió lo que diecinueve horas de aire acondicionado le habían hecho olvidar: el calor agobiante y polvoriento del desierto. El leve zumbido de los pasillos del hospital –la suave sinfonía de monitores y ascensores– fue sustituido en un abrir y cerrar de ojos por los sonidos de la noche de Beer Sheva. Los grillos estaban demasiado traspirados para cantar. Los gatos callejeros, demasiado deshidratados para maullar. Sólo la radio del departamento de enfrente atronaba una conocida canción pop.

Desde el portón del hospital ya se veía la playa de estacionamiento vacía, y Eitan se atrevió a imaginar que alguien había robado el jeep. Liat se enfurecería, obviamente. Haría uso de sus influencias, maldeciría a los beduinos como sólo ella sabe. Después llegaría el dinero del seguro y ella insistiría en comprar uno nuevo. Pero esta vez él se negaría. El “no” que no se atrevió a decir entonces, cuando ella se empecinó en gratificarlo antes de efectivizar el traslado. Ella dijo gratificar, y no compensar, pero ambos sabían que era lo mismo. “Con este jeep conquistaremos las dunas alrededor de Beer Sheva”, le dijo, “harás un doctorado en rally extremo”. Cuando ella lo decía sonaba casi cierto, y en los primeros días de embalaje aún se consolaba pensando en el desafío de subidas y bajadas abruptas. Pero una vez en Beer Sheva, Liat se sumergió en su nuevo trabajo y los paseos en jeep se alejaron más que nunca. Al principio, intentó proponerles a Saguí y a Nir que lo hicieran los tres, pero desde que cambió de hospital las conversaciones con ellos se fueron espaciando cada vez más, hasta que el solo hecho de pensar en una diversión compartida resultó extraño. El jeep rojo abandonó sus sueños de lobo estepario y se amoldó rápidamente a su rol de perrito faldero domesticado, y salvo el leve rugido que se le oía cuando aceleraba a la salida de Omer, no era más que un automóvil común de los suburbios. Semana a semana aumentaba el odio que le provocaba a Eitan, y ahora –cuando lo divisó detrás de la casilla del sereno– le costó dominar el impulso de patearle el guardabarros.

Pero al abrir la puerta se sorprendió al constatar cuán despierto se sentía. Un último resabio de noradrenalina que había quedado en un estante olvidado del cerebro le produjo una inesperada implosión de energía. La luna llena brillaba prometedora. Al poner en funcionamiento el jeep, el motor bramó interrogando: ¿quizás esta noche?

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
24 mart 2025
Hacim:
392 s. 4 illüstrasyon
ISBN:
9789875996229
Telif hakkı:
Bookwire
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