Kitabı oku: «Chicos de la noche»


Chicos de la noche
Autora: Bárbara Cifuentes Chotzen Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-2-24153230, 56-2-24153208. www.editorialforja.cl info@editorialforja.cl Diseño y diagramación: Sergio Cruz Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: diciembre 2020. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
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Registro de Propiedad Intelectual: N° 2020-A-6507
ISBN: Nº 978-956-338-506-9
eISBN: 978-956-338-507-6
Dedicado a mi papá y mamá, por creer incondicionalmente en mis sueños y en mí. Les debo más que mucho, disfruten este viaje.
PRÓLOGO
5 AÑOS ANTES Abril, 2014
Estoy despierta, o eso creo. Dejé de soñar de repente y sé que me encuentro tumbada en mi cama, pero ¿por qué no me puedo mover? No puedo mover los brazos, ni las piernas, ni el cuello, ni siquiera los párpados.
¿Qué clase de pesadilla es esta? No tengo la respuesta, pero me asusta.
—No estás teniendo un mal sueño.
Escucho una voz en mi cabeza. No, no proviene de mi mente, viene del exterior, pero sin duda es desconocida para mí.
Una vez más intento abrir los ojos, pero me resulta imposible. Esto debe ser una pesadilla o algo así, no puedo estar despierta realmente, solo sueño que lo estoy.
—Se llama parálisis del sueño. Estás despierta, sin embargo, no eres capaz de moverte.
Vuelvo a escuchar a alguien hablar. Es la voz de un chico, que no había escuchado antes.
—¿Quién eres?
Mi boca se abre y emite palabras sin previo aviso, como si no me pertenecieran.
—Vaya, pensaba yo que las personas que hablan durante una parálisis no existían, veo que me equivocaba. Eres un caso muy especial, amiga. Y por fin te encuentro.
—No soy tu amiga, ni siquiera sé quién eres. Si no me dejas en paz llamaré a papá y mamá —amenazo. Esta vez sí tengo control sobre lo que digo.
—No creo que eso funcione. Algo me dice que solo puedes hablar conmigo en estos momentos —vuelve a decir—. Además, no creo que haya nada que ellos puedan hacer, no me verían, ni me escucharían, chica.
—¿De qué estás hablando? Dime de una vez quién eres, qué quieres y qué diablos está pasando —le digo, entrando en pánico. Esto se está poniendo muy creepy y solo tengo once años.
—Soy el espíritu próximo a ti. No te preocupes, solo quiero ser tu amigo, llevo años buscando a alguien con quien hablar. Lamento si suena muy tenebroso, nunca pensé que tendría esta conversación.
Con cada palabra logra espantarme aún más.
—Por favor, no quiero nada. Solo vete y déjame tranquila.
Trato de moverme nuevamente, pero es inútil.
—Está bien, te dejaré. Eres muy pequeña aún para todo esto, lo siento. A lo mejor la próxima vez conectemos mejor.
Siento como si de pronto hubiera quedado un vacío. Un fenómeno que realmente no puedo explicar.
Finalmente, logro mover las articulaciones. Abro mis ojos lentamente y me sorprendo al encontrar mi habitación tal como estaba cuando me fui a dormir; no hay nadie.
Aunque sé que sí lo había.
Hago lo más lógico que una persona haría después de eso: gritar.
Mis padres acuden a mí, y me llevan a su cuarto para que les explique lo sucedido.
Esa noche dormí con papá y mamá, la siguiente también, las que le siguieron igual.
Y durante las otras... hice un nuevo amigo.
01
ACTUALIDAD, MAYO 2019
—Entonces, ¿tienes una cita hoy con la doctora Freeman? —pregunta Floyd frente a mí, engullendo su almuerzo de arroz con nuggets como si se lo fueran a quitar.
—Sabes que sí, las tengo todos los días —le digo. Él ríe tras mi respuesta antipática, le encanta molestarme.
—Si lo sé, solo que me encanta picanearte con el tema. Me parece tan estúpido que sigas yendo con ella cuando no hay solución, tampoco te hace daño, así que no es del todo un problema —vuelve a decir mi mejor amigo.
—Para mis padres es importante. Ellos saben que me paralizo desde pequeña, que es constante, todas las noches. Lo mejor es que piensen que pueden encontrar una solución química, ya que eso es lo que ellos creen que es, otro fenómeno como el insomnio —digo, sorbiendo el líquido por la pajita de mi refresco—. Tú eres el único que me cree y creería.
—Eso es porque soy parte del Club de los Locos Rebeldes... Y porque no me parece del todo una locura —dice, alargando las “O” en la palabra todo y terminando por sonreír ampliamente.
—¿Qué haría yo sin un amigo como tú? —pregunto con una sonrisa, bromeando.
—Serías la única en el club, pero sabemos que lamentablemente estamos atados a nuestras monótonas vidas.
—No te quejes de eso, gracias a mí tu vida es bastante más interesante —ataco, echando mi cabello hacia atrás como la diva que no soy. Hay que afrontarlo, soy todo un enigma y eso mantiene la vida de mi amigo interesante, o eso creía.
—Eso es al revés.
—Claro que no —sigo discutiendo.
—Claro que... —Floyd no alcanza a terminar de defenderse ya que suena el timbre. La hora del almuerzo ya ha llegado a su fin. Me levanto, recojo mis cosas y rodeo la mesa; al llegar al otro lado lo beso en la mejilla.
—Gané esta. Nos vemos, rebelde —digo, volteándome no sin antes revolver su negro cabello.
—Solo porque la dejo pasar, loca.
Hago una seña negativa moviendo mi dedo hacia atrás y camino por la cafetería dándole la espalda, con una sonrisa en mi rostro que nunca llegará a ver.
Al llegar al pasillo, ya he terminado mi refresco. Busco la aplicación de notas en mi teléfono. Está casi vacía en el día de hoy. Me desagrada no tener nada para contar por las noches.
—¡Verónica! —escucho que me llaman.
Me volteo con el sorbete en la boca buscando al dueño de la voz. Louis. Louis Tomarelli. Acaba de pasar a último año tras haber cumplido dieciocho en enero. Lleva cinco meses tratando de llamar mi atención, pero no le hago ni caso, soy solo una presa más y tampoco es como que me afecte. A ver, no es como si lo encontrara feo o desagradable de personalidad o físicamente; de hecho, su rizado cabello rubio, ojos verdes, pómulos angulosos y cejas pobladas, más su considerable estatura, lo hacen muy atractivo y no soy tan mensa para no ver que es encantador, pero a mí no me van esos que solo buscan a las difíciles. Él es agradable, pero no mi tipo.
—Verónica, ¿estás viva ahí adentro?
Me saca de mis pensamientos golpeándome con sus nudillos suavemente en la cabeza.
—Sí, Louis, estoy viva —me limito a decir. Damos unos pasos más hasta que en una esquina diviso un bote de basura y me apresuro a depositar mi vaso ahora vacío, dándole un último sorbo por costumbre.
—¿Qué te trae por aquí?
—Es que te perdiste en esa linda cabeza tuya. Respondiendo a tu pregunta, tú me traes por aquí, Rosita —dice, enroscando uno de mis alocados rulos con un dedo.
—No me digas “Rosita” —le indico. Me estresa que la gente se llame de cierta manera por su color de pelo, no logro entender cuál es el afán de eso, pero así es. Debí suponer que al teñirme de rosado las puntas de mi cabello negro iba a pasar algo así. Pero hasta entonces, eso me traía sin cuidado, ya que la única persona con la que hablaba en el instituto con la suficiente confianza para ponerme un apodo era Floyd, y él sabe que si me molesta, es mejor no hacerlo.
Todo eso hasta que capté el ojo de Louis.
—Vamos, es solo un apodo, no te me pongas así —me reclama el rubio por mi rudeza.
—Un apodo que no me gusta y te lo he dicho —replico con sinceridad. Se lo he mencionado, pero parece entrarle siempre por un oído y salirle por el otro—. Y créeme, para ti no me pongo de ningún modo.
Me arrepiento inmediatamente de lo dicho. Sonó muy distinto a cómo me sonaba dentro de la cabeza.
—Mmm…, eso estará por verse —dice con picardía.
Hago girar los ojos, intentando imaginar que no le dio doble sentido, pero, naturalmente, es imposible. Un silencio se instala entre nosotros ya que parece no tener nada más que aportar y yo nunca hablo mucho cuando se trata de él, pero, para mi pesar, Louis recuerda algo.
—¿Qué vamos a hacer en la noche?
—Nada contigo, de eso puedes estar seguro —digo, en tono burlón.
—¿Por qué no? Siempre te invito y nunca quieres salir. —Hace un mohín con los labios, pero su vieja táctica para dar lastima no funciona conmigo.
—Ya tengo planes para esta noche —me limito a decir, de nuevo. Siempre me limito simplemente a decir cosas concisas, en vez de grandes argumentos cuando hablo con él.
—Déjame adivinar, mañana también y la siguiente, igual, y la que viene después, y después y después —reclama—. ¿Qué es lo que haces? ¿Te sientas a tejer o sales con alguien?
—No es algo que te incumba, pero ninguna de las dos.
Paro de caminar y me volteo hacia él.
—Ahora si me disculpas, tengo cosas que hacer.
Lo golpeo en el pecho a mano abierta y me dispongo a alejarme de Louis.
—¡Pronto conseguiré una cita contigo, ya lo verás! —grita, captando la atención de algunos alumnos.
—¡Sigue soñando! ¡Probablemente esté muerta antes de eso! ¡Trata de hacer que tu cerebro procese eso!
Me niego a salir con él, no me cae mal, ya lo he dicho, pero no estoy en busca de ninguna relación amorosa, menos con Louis. Espero que haya entendido eso de “no puedes salir con alguien muerto”. Probablemente le falten neuronas, aunque eso no sea muy difícil de descifrar.
****
—¡Por fin!
Escucho una voz conocida, al tiempo que cierro la puerta de la oficina de la doctora Freeman detrás de mí.
—Pensé que no ibas a salir nunca de ahí.
—¿Qué haces tú aquí?
Me sorprende encontrarme a Floyd por estos lados. Siempre aparece en los lugares más inesperados, y este, sin duda, es uno de ellos.
—¿Acaso uno ya no puede buscar a su amiga? ¿Esperarla para hacer algo luego? —inquiere dramáticamente—. Vine a buscarte, boba. Te he estado esperando bastante tiempo para ir a celebrar a algún lado —informa, poniéndose de pie y caminando conmigo hacia la salida.
—Idiota. ¿Qué celebramos? —pregunto extrañada. Que yo sepa no ha pasado nada tan importante que requiera una celebración, por lo que lo miro expectante.
—Nada en especial. Lo que sea. ¿Qué importa? El asunto es divertirse.
Caminamos uno al lado del otro hacia la salida del edificio, sonriendo.
—¿Estás drogado? Permíteme recordarte que tenemos clases mañana.
—No, ni drogado, ni tomado, ni nada. ¿Qué más da si tenemos clases mañana? Solo quiero sacarte una noche de casa. Solo una.
—¿Por qué tan repentino?
Me conduce hasta su auto azul, su color favorito, mientras trato de llegar al fondo de sus intenciones.
—Porque todas las noches te las pasas sola en tu cama. Lo he pensado hoy y es verdad que la parálisis no te hace daño, pero no creo que te haga del todo bien no hacer vida social. Sal a divertirte conmigo esta noche.
Hace una pausa mientras rodea el auto, abre la puerta y entra al vehículo. Cuando yo estoy dentro él continúa con su cháchara.
—Sabes que estoy y estaré siempre de tu lado en este asunto, y que de alguna manera te entiendo, pero por una vez que no le hables no te vas a morir, Verónica.
—Sé que no moriría, no soy estúpida. Comprendo tu opinión y por qué quieres que salga. Pero lo único que no entiendes es que no puedo salir, no puedo saltarme una parálisis ni una sola noche —explico, manteniendo la calma. Lamentablemente veo que mi amigo no puede hacerlo.
—¿Puedes decirme por qué no, entonces? Puedes confiármelo, después de todo, yo soy el que te creería —dice, tratando de convencerme, con la mirada fija en las calles, pero aun así noto el brillo de preocupación en sus ojos café claro, y el peculiar sentimiento de duda que siempre distingo cuando hablamos seriamente de esto, lo cual me permite abrirme con él sobre el tema.
—Porque me da miedo que, si paro una noche, él no vuelva —murmuro, pensando que si no lo digo en voz alta, entonces no es real. Me aclaro la garganta, tragándome el nudo que no me permitía hablar fuerte—. Me da miedo que de alguna manera pueda perderlo, Floyd.
—¿De verdad crees que por una noche que no la tengas no la tendrás más? —indaga el moreno, con el ceño ligeramente fruncido, alargando la mano derecha para el cambio.
—No lo sé, en realidad. Pero no me veo con el valor de arriesgarme. ¿Comprendes lo que intento decir?
—Creo que sí. Aunque te dejo en claro en este momento que esta no será la única vez que intente arrastrarte fuera de tu cueva, Verónica —dice él, aligerando el tono.
—No me queda ninguna duda de eso —reconozco tratando de sonar despreocupada. Lamentablemente, mis cambios de humor no son tan drásticos como son a veces los de Floyd—. Y yo te dejo claro: No me arriesgaré a perder a Charles, no sé si, después de todo, pueda afrontarlo.
Llena de dudas, prefiero mirar hacia el frente.
02
Al caer la noche, cerca de las diez, me preparo para meterme a la cama. Algo temprano para una adolescente normal, pero yo nunca he sido parte de esa categoría
Me meto entre las reconfortantes sábanas, apago la lámpara de la mesita de noche y me tapo con el cobertor hasta el cuello, ha estado haciendo frío últimamente y este día no ha sido la excepción. Repaso mentalmente lo que tengo para contar y finalmente caigo dormida por la agitación del día.
Despierto repentinamente de mi ensoñación sobre lagunas con focas, soy rara, no pregunten. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que me acosté, pero sé que es hora porque a pesar de estar despierta no consigo moverme, no me altera este hecho ya que es costumbre, 1.825 noches después ya se me ha hecho normal.
Abro la boca y lanzo una exhalación, esa parte del cuerpo es la único que siempre he podido mover, ni Charles ni yo sabemos por qué, pero es un fenómeno muy extraño. Mentalmente me digo que ya estoy lista.
—¿Chuck? Eres tú, ¿verdad? —articulo con habilidad. El pasar de los años me ha facilitado mucho el hablar en estas ocasiones. Al principio eran palabras huecas y costosas, actualmente salen como si lo hubiera estado haciendo por cinco años, exactamente lo que he hecho.
—¿Quién más te acosa por las noches?
Se hace audible su voz en la penumbra, con su tono grave resonando en el silencio. La risa se escapa de mi garganta y trepa por las paredes de la habitación.
—Adoro tu risa.
—Me lo has dicho —comento yo, quieta como una roca; tampoco es que tenga otra opción.
—Es que de todas las veces que escuché a alguien reír en mi otra vida, ninguna me ha gustado tanto como la tuya —se justifica. Acepto su opinión, después de todos son sus gustos, no los míos.
—Lo que digas. Louis se me acercó de nuevo hoy —comento para sacar tema, no sé por qué ese, pero si de algo me he dado cuenta es que con Chuck puedo hablar de lo que sea con total libertad y él nunca se aburrirá.
—¿Es que acaso nunca se cansa? ¿Qué te dijo esta vez? —pregunta con fastidio, pero sé que en realidad está feliz, siempre lo está, sin importar qué atrocidad le cuente, él está feliz de conversar.
Y eso se puede entender, según lo que me ha dicho nunca pudo encontrar su cuerpo, por lo que no pudo ser libre. Es como cuando los ángeles de Navidad tienen que encontrar sus alas, Chuck busca su cuerpo, así de satánico suena. Me contó que desde que es alma no tenía ningún propósito, esto le dio la idea de ser un fantasma de la parálisis para así encontrar a alguien con quien hablar. Buscó hasta que me encontró a mí. Por supuesto que yo era muy pequeña, tenía solo once años, pero lo recuerdo todo muy bien, aunque con el tiempo me acostumbré y ahora es mi amigo. Le prometí que le ayudaría a encontrar lo que tanto busca, es decir su cuerpo, a lo que me respondió que no tenía tanta prisa. Pero lo que no entendí, y se lo pregunté, fue que si, según lo que me dijo, llevaba muerto varios años, su cuerpo debería estar en estado de descomposición. Me explicó que para los buscadores de cuerpos había dos opciones: Encontrar su cuerpo y que este comience a descomponerse para que el alma sea libre, o adoptar el cuerpo, que es muy arriesgado y casi nadie opta por eso. Él dice que aún no decide cuál de las dos elegir, pero tiene tiempo.
Quise preguntar más, pero dijo que ya había dicho suficiente. “Cuando necesite tu ayuda sabrás más y sé que estarás ahí para mí, pero necesito ahora que no investigues sobre mí, no todavía”, fueron sus palabras exactas, y planeo darle en el gusto.
Y eso es lo que nos lleva a la actualidad. Las conversaciones se hicieron constantes, todas las noches durante cinco años, como ya he dicho. La comodidad y la confianza llegaron muy pronto. Y no lo cambiaría por nada, porque por más raro que suene, es la verdad. Le tengo cariño a un fantasma.
¿Ven? Ya dije yo que soy anormal. Por eso, nunca se lo he dicho a nadie más que a Floyd, cualquier otra persona me internaría en un loquero de inmediato. Y no lo juzgaría. Esta es la razón por la que mi psicóloga y mis padres saben solamente sobre la parálisis, jamás les contaría sobre Charles.
—Espero que Louis eventualmente se vaya a aburrir, así lo espero —digo, motivando la risa grave de mi amigo—. Me pidió lo típico, una cita, este viernes.
—¿Le has vuelto a decir que no?
—Sep. No tengo ganas de salir con Louis. Además, ya tengo una cita contigo.
—¿Sabes lo mal que eso suena considerando nuestra situación? —pregunta él, con un toque de repulsión.
—Por supuesto.
Nuestras risas resuenan a dúo y no puedo evitar sonreír cuando cesan. Todo esto es extraordinario.
—¿Por qué no sales con él? —pregunta, después de unos segundos de silencio.
—¿Hola? ¿Has escuchado todo lo que te he dicho de Tomarelli? No es un mal chico, pero a mí no me va. Ya te lo he dicho, no me da la gana.
—Tú y yo sabemos que esa no es la verdadera razón.
—¿Si ya la sabes para qué preguntas?
Odio cuando se pone así, odio este tema. No salgo porque no quiero. Punto.
—Quiero oírte decirla. No puedes dejar de vivir solo porque yo ya no lo hago, Verónica. Sabes que Louis no es el único chico que intenta arrastrarte fuera por las noches. Floyd, y sé que otros más, también. Deberías salir.
—No quiero perder una noche contigo, es más fácil y es mejor hablarte a ti que salir a hacer quién sabe qué. Amo a Floyd, pero en las noches estoy ocupada y lo sabe —contraataco.
—Puedes salir en las noches, tienes mi permiso, si eso es lo que buscas. Puedes llegar tarde y ten por seguro que a la hora que sea que estés dormida yo te visitaré, soy tu parásito —apunta—. Si sigues así te quedarás sola por siempre. Sal a disfrutar la vida de un adolescente, yo lo hice, es tu turno.
—Pues si me quedo sola por el resto de mis días, te tendré a ti. No necesito vivir lo que todo chico vive, no soy como ellos.
No estoy dispuesta a ceder en esto.
—Si tengo que dejar de venir en las noches para que salgas lo haré. Sé perfectamente que puedes conocer a alguien en el día, pero créeme, te estás perdiendo algo si no te arriesgas.
—No, no me harías eso. Está bien, saldré si tanto quieres, pero no me dejes —le suplico. Esa sola frase fue suficiente para que yo cambiara de opinión, para llegar al extremo de las súplicas.
—No lo haré si me haces caso —dice, severo.
Debo admitir que sus habilidades para calmarme no son lo mejor que he visto, o escuchado.
—Bien —me limito a decir—. Pero, solo hasta medianoche. Y para que sepas lo hago solo porque eres la segunda persona que me dice esto en el día.
Intento convencerlo, aunque ambos sabemos que la razón primordial es porque no quiero que se vaya, yo le creo porque me ha dicho que el haría todo a su alcance para que yo esté bien. Y la conexión que siento por las noches me dice que es real.
Es una conexión que no soy capaz de explicar. Es como el vínculo con una mascota, o con un amigo, incluso con un extraño con el que uno siente que lo conoce de toda la vida. Es algo real, aunque parezca totalmente sacado de la mente de un psicótico.
—¿Floyd fue el primero? —pregunta, después de la silenciosa pausa.
—Sí, tuvimos esta conversación cuando arruiné sus planes de salida después de la consulta con la doctora —respondo retomando una conversación sobre mi día.
—Ya te lo he dicho, pero me agrada Floyd, me hubiera gustado conocerlo —menciona.
—Yo lo conozco por los dos. Es el mejor amigo que alguien podría tener, no sé qué haría sin él. De verdad que es genial.
Nos quedamos en silencio por un largo rato.
—¿Verónica? —dice, después de varios segundos—. ¿Es posible que me prometas que si alguien te invita a salir irás?
—No lo sé, no veo el futuro.
Sé que querría que le diera una respuesta seria, pero estoy verdaderamente cansada de hablar de mi vida social/amorosa y deseo cambiar de tema.
—Me saqué la calificación más alta de la clase en biología.
—Sabía que te iría bien, no por nada eres una cerebrito en esa área.
Parece aceptar dejar de lado el tema que me incomoda para disfrutar de una conversación que nos complace a los dos.
—¿Quién lo diría? A alguien como yo le apasiona una cosa como la biología —digo con sorna. No soy de juzgar un libro por su portada, pero eso no quiere decir que el resto de la sociedad no lo haga y me baso en esto cuando digo que a una chica con el cabello teñido, un amigo loco y extrovertido, una apartada de la sociedad, le puede ir bien en una materia apropiada para los llamados “nerds”.
—Yo lo diría. Una chica tan asombrosa como tú es capaz de hacer cualquier cosa que se proponga —me alienta.
—Estamos poéticos hoy. Volviendo al tema de la prueba, estaba muy fácil para mi gusto, y eso que a la mayoría le fue mal.
—¿Qué te puedo decir? La poesía es parte de mí —dice burlón, pero él y yo sabemos que en realidad esa era el área de lenguaje en la que peor le iba en el colegio—. ¿Has pensado en estudiar algo relacionado con las ciencias?
—Lo he pensado, no estoy segura aún, me queda un año y medio todavía, así que no me presiones.
—Prepárate, no soy yo el que te va a presionar en unos meses.
Seguramente se refiere a mis padres.
—Lo sé, lo sé. ¿Qué era eso que tú querías estudiar? —pregunto esta vez yo.
—Quería ser arqueólogo. Hay una historia detrás de eso. ¿Te la he contado?
Por reflejo, intento negar con la cabeza, pero estoy en medio de una parálisis, por lo que simplemente respondo que no.
—Mi historia no es como la de todos los niños que les gustaba excavar cuando eran chicos. Cuando tenía unos seis años vi una película sobre los mayas o aztecas, ya no recuerdo, y me maravillé con todas las cosas que había, cómo vivían, lo que hacían. Les pregunté a mis padres que pasó con esos pueblos. Su respuesta fue lo que respondería un historiador. Yo quería saber cómo es que los historiadores sabían lo que sabían. Me hablaron de gente que sigue buscando pistas, recuerdos, lo que sea sobre ello. Desde ahí me prometí que los ayudaría a buscar objetos y se convirtió en mi profesión soñada. Lástima que nunca pude alcanzarla.
No es por tenerle compasión, pero escucharlo hablar sobre sus metas que nunca pudo cumplir debido a su muerte a los diecisiete años, me da la inspiración para seguir, pero igual siento algo de pena.
—Prometo hacerme amiga de algún arqueólogo para preguntarle sobre su trabajo, es lo mínimo que puedo hacer —digo, convencida de que lo voy a intentar, por él.
—Y luego me lo cuentas todo a mí. Hazle todas las preguntas posibles, quiero que me diga lo que yo no pude descubrir de mi sueño —dice entusiasmado, pero puedo notar la melancolía en su tono, la decepción de no poder haber vivido lo suficiente.
—Total, ya sé que vergüenza no te da.
—Cuenta con ello, Charlie —le prometo. Él suelta un quejido parecido a un gruñido, odia que lo llamen por ese nombre.
—Ya te dije que la ventaja de estar muerto es que nadie te llama de manera ridícula, pero obviamente ahí tienes que venir tú para recordarme que mis padres no sabían poner sobrenombres —se queja.
La verdad es que no sé por qué le disgusta tanto su nombre; personalmente, encuentro que es muy tierno y le queda perfecto.
—Mis padres me llamaban así y me hace sentir como un niño pequeño, así que te pido que no vuelvas a llamarme Charlie.
—Está bien, no te llamaré así, pero quiero que sepas que a mí me gusta —le informo, una vez que ya sé el porqué.
—Eso es porque tú estás loca.
—Pero eso no es una novedad, para nadie.
Me río de mi propio estado mental. Por cierto, este no tiene nada que ver con que vaya al psicólogo. Aunque perfectamente podría tener un trastorno esquizofrénico, en realidad Charles no es real. Pero eso no es aceptable para mí, yo sé que es real, lo siento en los huesos, en el alma. Y si no, nunca sabremos qué es realmente, ya que no pienso contarle a la doctora Freeman sobre él. Ella dice que es bastante normal tener parálisis del sueño, si quitamos la parte de que ocurre todas las noches. No sé porque le doy tantas vueltas a este tema si obviamente no lo voy a llevar a ningún lado, pero supongo que cualquiera en mi lugar lo haría, ¿no?
—¿Y qué más? —pregunta, sacándome de mis cavilaciones.
—¿De qué cosa? —interrogo, sin comprender.
—¿Qué más cuentas? —apunta, con un tono de obviedad.
—Pues nada, ya te he contado lo interesante.
Es verdad, no le he dicho cómo fue mi ida a la psicóloga, en parte porque hoy no hemos hablado nada relevante para mi gusto, solo preguntas tontas de cómo me siento en general, a lo que he respondido con monosílabos. Además, desde que empecé a ir con ella, con Charles acordamos que no hablaríamos de eso.
—¿Y tú? ¿Qué haces cuando no hablas conmigo?
—De todo, o nada —contesta, precavido y nervioso, sin dar una respuesta precisa.
Me doy por vencida, no importa cuántas veces intente sacarle información sobre qué hace en su “tiempo libre”, es un caso perdido. Supongo que estoy bien con eso, después de todo es justo, todos tenemos secretos, yo también tengo temas que quiero evadir o cosas que no quiero contar. Pero aun estando de acuerdo siento la corazonada de que él oculta mucho más de lo que aparenta, algo profundo, tal vez peligroso. Igual no puedo fingir que las ganas de llegar al fondo de eso no existen.
—Pues, entonces, creo que no hay nada más que decir por hoy, por lo menos no se me ocurre nada —apunto—. ¿Qué hora es?
—Las cinco de la mañana, me tardé un poco, lo siento.
Hubiera hecho una mueca si pudiera, pero en cambio suelto un quejido.
—Tengo clases en unas horas, ¿podrías permitirme seguir durmiendo? Además, esta posición es un tanto incómoda.
Casi nunca hay la manera de despedirnos de una forma normal o natural, son muy pocas las veces en que eso ocurre.
—Por supuesto —accede—. Nos vemos mañana, Verónica.
—Corrección: Nos escuchamos mañana.
Creo que lo que vino después fue caer en un sueño profundo, que hizo a un lado toda esa conversación irreal, y despertar a la mañana siguiente totalmente ajena a todo lo que va a pasar.
03
—Está bien.
Floyd cierra su casillero de golpe al escucharme, llevándose una mano al pecho, sobresaltado, se voltea para encararme.
—No te sigo. Necesito más información para comprender. Y no me vuelvas a tomar así de desprevenido —dice, alzando una ceja suspicaz. Él sabe que conmigo nunca se sabe qué ideas locas puedo traer. Lanzo un bufido y me enderezo con los libros en una mano.
—Me refiero a que acepto —digo entre dientes. Mi amigo no es adivino así que obviamente me indica que prosiga, pensé que sería más rápido—. Esta noche soy toda tuya, llévame a donde quieras, pero debo estar en casa entre las doce y la una.
Floyd abre los ojos de manera casi inhumana, luego sonríe triunfal y me rodea con sus brazos separando mis pies del piso y haciéndome oscilar en el aire. No pensé que se pondría tan contento por un detalle tan nimio.
—Floyd, bájame —intento decir, si sigue sacudiéndome, voy a vomitar todo el desayuno. Al parecer lo entiende y me deja quieta en el suelo. Me arreglo la ropa que ha quedado toda desordenada.
—Lo siento, es que me emociona que quieras salir de casa, por la noche, sin dormir —aclara, sonriendo plenamente—. Escoge lo mejor que tengas, hoy vamos a salir a bailar.
—¿A bailar? ¿Qué acaso vamos a una discoteca? —le pregunto, mientras nos ponemos en marcha por el pasillo. Él asiente. Lo bueno de que sea jueves es que nos tocan casi todas las clases juntos, incluida la primera—. ¿Hablas en serio? ¿Desde cuándo vas tú a discotecas?
—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Ronnie. Es parte de ser rebelde —me dice, con una sonrisa pícara que no promete nada bueno.
—Pero tú sabes casi todo de mí —objeto frustrada. No me enoja realmente, todos tenemos derecho a guardar secretos, pero yo le he contado hasta el detalle más descabellado de mí y a él no se le ocurrió decirme que se va de fiesta por las noches.
—Bueno, eso es porque tú eres la loca y ya no te importa si me dices de qué color te salió la caca o cuál es el color favorito de tu mamá —apunta, relajado.
—Vaya gracias. ¿Y desde cuándo sales?
—Desde hace un par de meses. No tienes por qué preocuparte por esto, te prometo que tendrás una noche de película —me dice, atrayéndome hacia su cuerpo.
—Si tú lo dices.
—Yo lo digo.
Luego de eso se interna en el salón de inglés y yo le sigo detrás. No hay asientos juntos así que optamos por empezar el día uno detrás del otro.
****
—¡Verónica, tu amiga Mila está aquí! —escucho a mamá gritar desde la planta baja. Abro la puerta de mi habitación para que la susodicha sepa que puede entrar y me sumerjo en el armario.
—Hola, hola, uh casi no te veo sumergida ahí adentro —dice Mila a mis espaldas.
Mila es la única chica que puedo considerar mi amiga desde que Floyd me la presentó hace poco menos de dos años; no sé cómo la conoció pues no va a nuestro instituto, tampoco pregunté. No somos extremadamente cercanas, pero es la única amiga femenina que tengo y cumple con el lazo suficiente para ayudarme siempre que la necesito. Debo admitir que hay cariño entre las dos. Es una persona excelente, encantadora, y a veces creo que a Floyd le gusta ella secretamente, pero nada serio. No lo sé, mi reducido grupo de amigos es extraño.
—Sabes que no salgo por las noches, no tengo ni la más mínima idea de qué ponerme.
A diferencia de mi amigo, por más bien que me caiga Mila, no he podido encontrar el valor para decirle sobre Chuck. Y prefiero dejar que piense que soy una marginada a que se entere.
—Lo sé, pero te quiero igual. Y para eso me tienes a mí —manifiesta con una brillante sonrisa—. ¿Tienes algo negro, rojo o blanco? —pregunta, haciéndose un lugar a mi lado en el clóset.
—Creo que tengo algo por aquí —respondo, mientras remuevo los percheros hasta encontrar un vestido blanco y corto. Le muestro el corte que deja la espalda descubierta a mi rubia amiga, ella aplaude complacida y me hace señas con las manos para que me lo pruebe, indicando que vaya al baño mientras escoge unos zapatos.
Al salir me arreglo los últimos retoques en el vestido que me queda a la mitad del muslo, mi amiga se endereza y sonríe de oreja a oreja.
—Me encanta, te queda estupendo. Ponte estos tacones rosados, me los tienes que prestar algún día, por cierto, y quedarás de miedo —dice, empujándome a la cama para que me los coloque. Me pongo de pie y le muestro el resultado final.
—¿Y bien? —pregunto, haciendo un gesto con las manos.
—Me gusta como resalta con tu pelo. Algo negro hubiera quedado muy bien, pero así destacas más y los zapatos hacen juego con tus puntas —afirma, mientras gira a mi alrededor. Luego, saltando como un niño, me ordena—: No te pongas maquillaje, te ves bella así. A lo mejor algo para resaltar tus ojos. Camina.
Me va a dejar un sinfín de moretones por empujarme todo este rato.
En el baño, me pone alguno de los productos que ella misma ha traído, algo en los ojos, algo en los labios y creo que ya está. Me voltea para que pueda mirarme al espejo y me impresiona lo que se puede hacer con uno mismo cuando hay esfuerzo. Eso es suficiente esfuerzo para mí.
—¿A qué hora te dijo Floyd que pasaría por ti? —pregunta, guardando sus cosas. Miro mi reloj para ver la hora.
—Exactamente debería ser en dos minutos, pero ya sabes, a él le gusta ser rebelde.
—Típico Floyd —dice, mientras guarda su estuche donde anda trayendo el maquillaje—. Bueno, los veré allá.
—Espera, ¿tú estarás ahí? —pregunto, siguiéndola por el pasillo.
—Claro que sí, ¿cómo crees que conocí a nuestro amigo? —responde, encogiéndose de hombros. Abro la boca tan grande que podría entrar un enjambre de moscas.
—Pero él te conoce desde hace un año y medio y está a punto de cumplir diecisiete, eso quiere decir que estaba por cumplir dieciséis —observo, después de hacer los cálculos—. ¿Me estás diciendo que iba a discos a los quince?
—No seas boba, nos conocimos en una fiesta de mi hermano, quien sí iba a discotecas —contesta tranquilizándome, pero solo un poquito. Así que así es como se conocieron. La sigo escaleras abajo, insatisfecha—. Después de los dieciséis, comenzamos a meternos en ese nuevo mundo.
—¿Nuevo mundo? ¿Qué tan nuevo puede ser ir a un bar o algo así?
La rubia abre la puerta principal y me guiña el ojo antes de añadir.
—Lo descubrirás cuando llegues.
Tras eso cierra la puerta y me invade un sentimiento de temor o preocupación. ¿Por qué mi amigo me ha escondido este “nuevo mundo”?
Minutos después, escucho la bocina de un auto, corro la cortina encontrándome con el auto azul de mi amigo al otro lado del cristal. Tomo mis llaves de la mesa de entrada y abro la puerta de casa.
—¡Adiós, mamá!
Ella me devuelve el grito agregando un “cuídate”. Salgo de casa y me subo en el asiento del pasajero.
—¿Cómo reaccionó mamá osa a esto de que salgas por las noches? —me pregunta Floyd, echando a andar el vehículo.
—En parte estaba preocupada porque es la primera vez que salgo de noche, ya sabes, todo el papel de madre protectora y precavida, pero en el fondo sé que está feliz de que salga y este rollo de la parálisis no consuma mi vida —respondo, mientras enciendo la radio a un volumen leve, y Galway Girl, de Ed Sheeran, suena por lo bajo—. ¿Me guardas las llaves y el celular? Como verás este no es uno de esos vestidos con bolsillos incluidos.
—Claro, menos mal que no trajiste un bolso, porque lo hubieras perdido y, además, es incómodo estar al pendiente todo el rato —apunta deteniéndose en un semáforo con la luz en rojo. Alza su mano derecha con la palma extendida—. Dámelos a mí y los guardaré en el bolsillo de mis pantalones.
Le hago entrega de los artefactos y con esfuerzo se los mete en el bolsillo, continúa manejando por las calles y me doy cuenta de que nos estamos alejando de la zona urbana. No me pone nerviosa este hecho, sino más bien la salida en su totalidad, pero decido romper el hielo.
—¿Me estás secuestrando? Porque si es así déjame decirte que te salió todo muy bien —digo, mirando hacia los edificios que dejamos atrás. Él se ríe con mis ocurrencias y niega.
—Claro que no, tonta, la fiesta es más privada —dice disminuyendo la velocidad, dirigiéndose al estacionamiento de un edificio sumido completamente en el silencio.
—No creo que se pueda hacer una fiesta en un departamento en silencio —afirmo, cuando llegamos a la barrera para entrar al estacionamiento.
—Ya verás.
Presiona el botón de la máquina y se escucha una voz exigiendo nuestras identidades
—Floyd, verde.
Levantan la barrera y comenzamos a zigzaguear entre las filas hasta encontrar un espacio vacío.
—¿Ahora me quieres explicar? —le digo, mientras me bajo del auto. Él saca dos bandanas de color verde del asiento de atrás y me tiende una. La tomo aún sin entender nada.
—Son fiestas privadas, los fundadores son un grupo de chicos y todos escogieron un color para que, cuando reclutaran gente, la seguridad supiera con quién vienes. Es un club donde algunos hacen apuestas, otros juegan billar, hay competencias de baile, de rap, otros solo bailan como en cualquier fiesta. Es un club escondido —me explica por fin—. Ahora átate eso para que sepan que vienes con Morris, el fundador del color verde, el hermano de Mila.
—Vaya, ¿por qué me escondías esto?
Hago lo que me dice y lo sigo hacia donde supongo que están los ascensores.
—¿Es en el subterráneo?
—Sí, solo un nivel debajo de este, hay una salida que da a una terraza trasera para los que quieren aire, o más privacidad en una tienda —comienza detallándome.
—Está bien, mucha información, entonces básicamente es un club donde puede o puede que no se hagan cosas ilegales y es para mantenerlo escondido de la policía.
Entramos en la caja metálica y presiona el botón del menos dos.
—Eres muy buena deduciendo. Ahora prepárate, espero que no te moleste la música alta.
Apenas termina de hablar, se abren las puertas del elevador. La melodía y el ritmo de la música me golpean de lleno.
Caminamos por un pasillo hasta el final de la puerta y con cada paso la música electrónica se hace más intensa. Al llegar donde el guardia, este nos detiene. Floyd alza su muñeca mostrando la bandana y yo me doy vuelta demostrando que me hice un moño con ella, seguido de eso mi amigo le muestra una tarjeta y el señor se hace a un lado, abre la puerta y la fiesta se despliega ante mis ojos.
Comienzo a caminar detrás del moreno por un pasillo que desemboca en una estancia gigante, una estancia de celebraciones.
Llegar a la barra fue todo un desafío. El lugar está repleto de gente, los rayos de luz de colores se reflejan tenuemente en el rostro de las personas que bailan, beben, juegan sin parar, disfrutando como si fuera la mejor noche de sus vidas.
Con cada segundo que pasa me calmo un poco más, comienzo a pensar que algo bueno puede salir de esta noche. La música electrónica suena a gran volumen por los altavoces con un ritmo audaz y bailable, la pista de baile es el alma de la fiesta.
—Este lugar es increíble —le comento a mi amigo casi gritando para que me escuche. Me tiende la bebida y le doy un sorbo al vaso, un sabor amargo inunda mi boca, pero me fascina el sentimiento que me abruma, me hace sentir libre, imparable.
—Sabía que te gustaría —dice él, sorbiendo de su propio refresco—. Sígueme, vamos a conocer a mi grupo.
Hace un gesto con la cabeza y nuevamente comenzamos a movernos uno detrás del otro, empujando a la gente para abrirnos paso hasta las mesas de juego. Al llegar a las de billar, noto un grupo de chicos riéndose y charlando, otros jugando e, incluso, apostando por el ganador.
Entre el gentío, noto un rostro familiar, que muy pronto se convierte en dos rostros. Al llegar a ese círculo mi amigo comienza a saludarse con los chicos y chicas mientras yo me acerco directamente a Mila.
—Mírate, encajas a la perfección —dice mi amiga, dándome un abrazo, a pesar de que la vi hace solo una hora.
—Vaya, si me hubieran dicho que ustedes dos forman parte de algo así me hubiera reído en sus caras —digo, sonriendo asombrada—. No me creo que tu hermano haya sido el creador de todo esto.
—Pues créelo, porque tus ojos no te engañan —afirma la voz de Morris desde entre el gentío—. Mila me comentó que quizás venías y no daba crédito a lo que decía. Espero que lo disfrutes.
—¿Bromeas? No puedo ni pensar en la idea de que me perdí esto. ¿Cuántas veces a la semana vienen aquí? —les pregunto ahora a la rubia y a Floyd, quien acaba de regresar de su ronda de saludos.
—Vengo cuando puedo —responde mi amigo—. Ahora te tengo que presentar a los demás.
Me rodea la espalda con el brazo y me empuja hacia los chicos. Logro captar los nombres de casi todos; Sam, Rudy, Ralf, Dan y Mona. Quedan unos cuantos chicos que no alcanza a presentarme ya que se cambian de grupo a cada rato, van y vienen.
—No puedo creer que Mila y Floyd te hayan escondido de nosotros todo este tiempo —dice Sam, sacando el triángulo que ordena las pelotas de la mesa de billar.
—Mi amiga aquí no acostumbra a salir mucho —dice Floyd, rodeándome los hombros. Se echa un sorbo del vaso y me lo da para ir en busca de un taco.
—¿Y por qué es eso, cariño? —pregunta Rudy acercándose a mí.
—Porque es rara, solo mírenla —contesta mi amiga, riéndose a mi costa.
—Está en lo cierto, pero lo aprendí de ella.
Consigo que los chicos se rían con ese comentario. Justo cuando Mila iba a defenderse, una voz conocida resuena a mis espaldas.
—Que alguien me diga que estoy soñando. La única e inigualable Verónica Boltron aquí mismo, en una fiesta del Club Colors.
—Louis Tomarelli. No pensaba encontrarte aquí —digo, acercándome a él—. Color rosado—comento al verle la bandana que le cruza la frente.
—¿Tú no esperabas verme a mí? Créeme que yo estoy más sorprendió de verte a ti aquí. Y mucho más de verte con Rudy Desmond.
—Cállate, Louis —le ordena ella.
¿Me perdí algo? Porque creo no estar siguiéndole el hilo a esta conversación.
—¿Se conocen? —pregunto, incrédula.
La chica asiente y luego con un movimiento rápido y una mirada dura se interna entre el gentío. Louis la mira alejarse y luego se vuelve a mí tendiéndome una mano.
—¿Bailamos? —pregunta, con una sonrisa.
Para ser honesta estoy a punto de negarme, pero luego recuerdo las palabras de Charles y como sonaba urgido porque me diera la oportunidad de conocer gente, de vivir. Un solo baile no le haría daño a nadie y de seguro a mi amigo fantasmal le hará gracia cuando se lo cuente.
Así que, sin más, dejo el vaso en la mesa de billar y acepto su mano. Caminamos hasta la pista de baile y al volverme me encuentro con la mirada pícara de Floyd, quien me alienta a aprovechar la noche.
Bailo casi toda la noche, moviendo mis caderas al ritmo de la música, cantando y riendo. Es una de las mejores noches de mi vida y, a pesar de que Louis no es de mis personas preferidas, ni a la que más cariño le tengo, lo he pasado de fábula.
Sentada en una esquina de la mesa de billar espero a que mi amigo termine de hacer la jugada para arrastrarlo a casa. Le pega a la bola blanca, haciendo que la azul caiga en un agujero y me bajo de un salto del mueble.
—Floyd, creo que ya es hora de irnos —digo, acercándome a él y llamando su atención con los dedos—. Teníamos un acuerdo, ¿recuerdas?
—¡Que eres pesada! Está bien, vamos.
Me agarra por los hombros, empujándome hacia el círculo para despedirse.
—Iugh, estás pegote —se queja, al hacer contacto con mi piel.
—Obvio que sí, estuve bailando casi todo el rato —me defiendo—. Ahora despídete rápido, quiero llegar a casa.
—¿Cómo? ¿Se van tan temprano? —pregunta Sam, interrumpiendo su conversación con el grupo y acomodándose las gafas. Los demás se dan vuelta al darse cuenta de lo que estamos hablando.
—Si son apenas las doce y media, quédense un rato más —objeta Dan, bebiendo de un vaso con un brillo malicioso en sus ojos oscuros como la noche.
—Lo sé, pero tengo que...
Justo en ese momento mi mente piensa que es el indicado para quedarse en blanco.
—Ayudar a su madre, con unas cosas, muy cososas —dice Floyd, tratando de rescatarme. Me golpeo la frente con la palma extendida y esta vez soy yo la que lo comienza a empujar a él.
—Adiós, chicos, me la pasé excelente. Pero, ¿“cosas muy cososas”? Floyd está realmente borracho, parece.
En ese momento mi amigo capta lo que estoy haciendo y comienza a actuar como que hubiera bebido demasiado para salir de ahí sin dar muchas explicaciones. No somos los seres más ingeniosos que existen, pero esto es suficiente.
Nos despedimos lo más rápido posible y con dificultad caminamos entre la gente hasta llegar a la puerta por la que ingresamos. El moreno está a punto de abrirla, pero una voz gritando mi nombre nos detiene antes de dejar el lugar.
—Verónica —dice Louis, jadeando por el esfuerzo—. ¿Vendrás mañana? —pregunta, nervioso. No puedo evitar sonreír y echarle una mirada a Floyd, quien sonríe de la misma manera. Le fascina ver a Louis en este estado.
—Probablemente —respondo, con sinceridad. Venir mañana viernes y hacer lo mismo que hoy me parece una idea genial.
—Bien, bien —dice, mientras se pasa la palma por la nuca—. ¿Crees que nos podríamos juntar antes y venir acá luego? Digo, ¿te gustaría?
—Claro, lo hablamos mañana —le digo. Todo esto después de pensar y recordar lo que Chuck repitió. No me gusta Louis, pero igualmente yo debería aprender a ceder un poco.
—Genial.
Luego de eso se va torpemente. Como si le consumiera la vergüenza, y eso me sorprende un poco ya que estamos hablando del espontáneo Louis.
—¿Quieres seguir viniendo? —me pregunta mi amigo, ya una vez dentro del ascensor.
—Sí, me ha gustado, no puedo esperar a contárselo a Chuck —digo, sonriendo como una cría. Él me sonríe de vuelta.
—Bien, pediré que te hagan una tarjeta para que puedas entrar si es que alguna vez no te puedo traer yo o Mila —dice, caminando hasta el auto.
—O Louis —aporto yo abriendo la puerta del pasajero.
—¿Ahora vas a comenzar a salir con él y te vas a olvidar de mí? —pregunta dramáticamente, internándose en el vehículo.
—No seas tonto, yo nunca haría eso —digo, y le pellizco el brazo entre risas, obligándolo a sobarse el lugar afectado antes de poner el coche en marcha—. Ahora llévame a casa, tengo una gran conversación con Chuck por delante. Gracias, por cierto, no sabía de lo que me perdía.
04
—Me alegra realmente que lo hayas pasado bien. Te dije que no te arrepentirías —me dice Charles cuando termino de contarle todo sobre el Club Colors.
Apenas Floyd me dejó en casa me puse el pijama, me quité el maquillaje y me metí en la cama. Me quedé dormida apenas toqué la almohada. Pero Charles ha venido a despertarme, hemos estado hablando cerca de una hora, según él, sobre mi experiencia esta noche.
Por el tono que emplea al contestarme cada cosa que le digo sobre el tema, puedo notar que está realmente contento con mi decisión. Busca lo mejor para mí, después de todo.
—Y lo mejor es que sigues aquí, nada ha cambiado —digo, sin poder sonreír, aunque tengo unas ganas inmensas de hacerlo.
—Creo que sabes que en realidad jamás te dejaría. Solo era para que salgas y descubras lo que hay allá afuera.
Me gustaría abrir la boca indignada, pero es obvio que no puedo.
—Eso es maldad —refunfuño—. Yo que hago de todo para seguir hablando contigo —declaro en plan dramático.
—Malo, pero funcionó —apunta firme—. No seas dramática, ya sé que no puedes vivir sin mí.
—Lo que digas.
Finjo darle la razón. Lanzo un suspiro cansado y lleno de ganas de moverme de esta posición que he estado soportando desde hace una hora y media—. ¿Te importaría si continuamos mañana? Estoy realmente cansada.
—Claro que no, hablamos mañana —dice al despedirse de mí. Hay un tono extraño en su voz, pero no logro descubrir por qué, así que opto por dejarlo pasar, solo esta vez.
—Adiós, Chuck.
Siento el típico vacío de cuándo se va y, dominada por el cansancio, caigo en el sueño sin poder darle ni una sola vuelta a mis pensamientos.
****
—¿De verdad saldrás con él? —pregunta Floyd, sin poder creérselo.
—Pues sí, dijo que nos juntaríamos antes y luego iríamos juntos a la fiesta. No me pongas esa cara, esto no significa nada —digo, caminando a la par de él por el pasillo.
—Nada, ajá. ¿Y te vas a encontrar conmigo allá? Además, te recuerdo que no hace más de dos días no lo soportabas —pregunta, deteniéndose a guardar los libros en su casillero.
—Claro, tus amigos me parecen geniales —digo, esperando a que termine—. Iré como invitada del color rosado esta vez, hasta que tengas lista esa tarjeta que mencionaste. No es que no lo soportara, es que no lo quería hacer. De esa manera tenía una excusa más válida para no salir con él. Me he dado cuenta de que lo mejor es dejarle las cosas claras desde un principio, sin la necesidad de ser pesada.
—Yo solo me junto con personas geniales como yo —dice. Sonríe sin comentar nada sobre lo añadido por mi parte. Cierra la puerta y caminamos hacia la salida del instituto, donde se detiene para despedirse.
—¿Dónde lo esperarás? ¿A dónde irán? —vuelve a preguntar.
—Dios, cálmate un rato, ¿quieres? —le digo, volteándome hacia él.
—No, no quiero realmente. Es la primera vez que por la noche sales con un chico que no soy yo, o siquiera Chuck, si es que cuenta, y me tiene intrigado y preocupado —me suelta de un tirón, mirándome con una especie de súplica.
—Ay, no seas llorón, ya estoy grandecita, ¿no crees? —respondo, y es obvio que me burlo de su comportamiento. Lo entiendo perfectamente, pero me resulta algo cómico, es todo—. Lo esperaré aquí, donde todos puedan verme para probarte que no me va a secuestrar.
—No te burles de mí.
Simula hacer un lloriqueo, el cual se rompe con nuestras risas. Al cabo de unos segundos, alguien cerca de nosotros se aclara la garganta para llamar nuestra atención.
—Hola, Louis —saludo al rubio. Enseguida le pego un codazo al moreno para que haga lo propio.
—Hola, chicos. ¿Lista?
Asiento despidiéndome de mi más íntimo amigo y camino junto a Louis a su auto, bajo la mirada asesina de Floyd.
—¿A dónde vamos? —pregunto, ya montada en el auto rojo de Louis. Él tiene una mano en el volante y la otra en la palanca de cambio.
—A Raindale, a que tengas la mejor cita de tu vida —dice, manejando con dirección norte por entre las calles de Greenwood. Comienzo a tamborilear en la puerta del auto al compás de Read My Mind, de The Killers, que están tocando en la radio, resistiendo el impulso de tararearla.
—Alto ahí, solo para aclarar, esto no es una cita —digo, señalando nuestro entorno y a nosotros—. Te dije que, primero, muerta antes de tener una salida romántica contigo.
—¿Es en serio? Bailamos juntos, ahora salimos juntos y vamos a ir a una fiesta, también juntos ¿Cómo no va a ser una cita? —objeta, indignado—. ¿Cómo le llamas a esto?
—Salida de amigos. ¿A dónde me llevas de todos modos? —digo, ahora que acabamos de dejar atrás el letrero que indica el límite de la ciudad—. Eso de que tendría que estar muerta… No planeas matarme en las afueras para que nadie me encuentre, ¿verdad? Porque ya es la segunda vez en veinticuatro horas que alguien me lleva a un sitio lejano.
—¿Salida de amigos? Eres cruel, Verónica Boltron, eres cruel. Y no planeo matarte. Voy a llevarte a un lugar al que mi abuela Judy solía ir cuando era adolescente —explica, mientras vamos por la carretera.
—¿Por qué hasta allá? Y si es un lugar donde tu abuela iba hace, ¿cuánto? ¿Sesenta o setenta años? Debería estar muy cambiado, ¿no?
—No, que yo sepa. Créeme, te va a gustar —insiste, con una sonrisa confiada surcando su rostro.
—¿Y por qué tu familia vive en Greenwood y tu abuela andaba por Raindale? —pregunto, cuando cruzamos el cartel que anuncia la entrada a la ciudad vecina.
—Sinceramente no lo sé, tendría que preguntarle más a mi abuela sobre las cosas que hacía en esos años, tiene muchas historias, seguro que te gustarían.
No debería hablar de ciudad, pues es muy pequeña, pero tampoco lo es tanto para ser un pueblucho. Es un lugar muy pintoresco que queda al norte de Greenwood. La entrada por la que nosotros vamos es la más cercana a las casas grandes y caras, más al centro están las áreas de trabajos, negocios, centros y todo lo que hay en una ciudad normal. No sé lo que hay después, nunca he ido, pero Raindale en sí tiene instalaciones muy bonitas y civilizadas, aunque la historia dice que antes era una sociedad muy dividida.
Pasamos por lo que es la calle denominada “La calle de los negocios” y se detiene frente a uno de los locales.
—¿Un diner? ¿Cómo siquiera preservan este lugar? —pregunto bajándome del auto al mismo tiempo que él.
—No tengo idea, pero cuando mi abuela me trajo aquí de pequeño dijo que seguía tal como ella lo recordaba —responde, instalándose a mi lado—. Ahora vamos, tengo el presentimiento de que te gustará este lugar —dice, poniéndome la mano en la espalda para guiarme.
Cuando llegamos a la fiesta eran cerca de las diez de la noche. Lo pasé bastante bien con Louis en la tarde. El chico puede ser realmente interesante cuando quiere, aunque estoy completamente consciente de que sigue siendo el chico egocéntrico, arrogante y coqueto que busca desesperadamente la atención de las chicas que le suponen un reto. Lo normal es que le resulten las conquistas ya que al final de cuentas es un encanto. Y es un gran amigo, por lo menos si es que uno quiere conocerlo de esa manera.
Todo tiene que ver con la manera como se ven las cosas. Yo lo veo como un amigo, nada más.
Y creo que en el fondo, él lo sabe, pero si no siguiera intentándolo no sería Louis Tomarelli McCoy.
—¿Vas a bailar conmigo esta noche de nuevo? —me pregunta cuando estamos dentro del ascensor junto con otro grupo de chicos.
—No lo sé, tal vez. Tendrás que averiguarlo —le digo, con una sonrisa. Las puertas de la caja metálica se abren y todo el grupo se aproxima al guardia frente a la puerta que esconde el origen de toda la música que la atraviesa.
Louis le muestra la muñeca, donde lleva atado el pañuelo de color rosado y yo le muestro mi bandana amarrada en la misma parte que la noche anterior. Después, él le enseña una tarjeta similar a la de Floyd, solo que con la esquina del color de la tela.
El hombre nos deja pasar y la música me golpea como una ráfaga de viento. En vez de ir a la barra como ayer, me dirijo directamente al sector de juegos con Louis a mi lado, lugar donde encuentro solamente a Ralf y Mona comiéndose la boca, la chica hace un esfuerzo por enterrar la mano en los rubios cabellos de su novio, ya que por su baja estatura se nota que le está costando. De su costado sale Dan con una sonrisa y los interrumpe a ambos abrazándolos por los hombros.
—Vamos, chicos, no sean maleducados y saluden a nuestra reciente amiga —comenta, agitándolos. Ambos me dedican una sonrisa dudosa y continúan con lo suyo.
—Por ahí está lo que buscas.
El chico con los labios hinchados y los ojos azules encendidos por el deseo tras su sesión de besos, me señala un punto detrás de mí y Louis.
Me volteo para ver lo señalado y me encuentro a Floyd bailando, nada más y nada menos que con Mila, muy cerca y muy sensualmente. Sonrío con malicia, mientras me aproximo, consciente de que me va a querer asesinar porque los voy a interrumpir.
—Encuentro esto una falta de respeto.
Ambos se sobresaltan solo un poco al oír mi voz al lado de ellos.
—Comienzan a festejar sin mí.
—¿En qué momento llegaste? —pregunta el moreno, apartándose un poco de su acompañante, pues hay mucha gente como para apartarse de alguien siquiera un metro.
—Recién —contesta el rubio a mi lado. Floyd le lanza una mirada despectiva y luego se voltea hacia mí.
—¿Cómo te fue?
Casi me grita en el oído.
—Bien —me limito a contestar. Lo jalo del antebrazo y lo saco de entre la muchedumbre que baila, abriéndonos paso entre la gente con empujones y disculpas—. Ahora acompáñame a buscar algo para beber.
—¿Eso es todo lo que me vas a decir? —me reclama, una vez que llegamos a la barra. Me siento en un taburete y él toma asiento a mi lado. Después, le pide refrescos al barman.
—Vine aquí para bailar, no a despotricar sobre lo que Louis cree que es una cita —digo, dándole un sorbo a la pajita.
—Me dirás, ¿verdad? —sigue insistiendo. Mi amigo es demasiado protector cuando quiere.
Todavía recuerdo cuando, por primera vez, le conté que le hablaba a un fantasma. Se puso tan histérico que me dijo que tenía dos opciones para conservarlo como amigo: él se ofrecería para comprarme café y así mantenerme despierta o me secuestraría y me vigilaría durante la noche y compraría café para sí mismo. Al final lo convencí de que llevaba haciendo eso de conversar con Chuck desde los doce, aproximadamente; porque no fue hasta unos meses después de la primera vez que lo acepté completamente, y di por hecho que era un fantasma y que daño no me podría hacer después de todo.
Terminó por aceptarlo porque se dio cuenta de que yo no iba a ceder.
—Si tanto quieres saber, pero no acá.
Dejo el refresco en la mesa y me bajo de un salto. Tiro de la mano del moreno hasta la pista para que baile conmigo un rato. Me abraza y yo comienzo a mover las caderas en sintonía con la música.
Con mi mejor amigo nunca nos han importado los acercamientos físicos hacia el otro. No es que estuviéramos siendo sensuales constantemente, algo que no hay entre nosotros es sensualidad. Me refiero a que nos podemos cambiar de ropa sabiendo que el otro está en la pieza, pero no observando y siempre manteniendo la ropa interior, o a que muchas veces hemos llegado a dormir en la misma cama. Por lo que un simple baile entre los dos no nos produce extrañeza, ni menos incomodidad.
—¿Vas a bailar conmigo y dejar a Louis botado? Porque, por más que te quiera, prefiero bailar con Mila, es mejor bailarina que tú, aunque la idea de que lo dejes de lado no me molesta en absoluto —acota, cerca de mi oído sin detener su ritmo.
—Creo que se fue a saludar a sus amigos. ¿Te crees acaso que Louis Tomarelli venga a estas cosas solo? Porque te aseguro que no es así —le respondo sonriendo—. Además, no te preocupes si lo dejo solito, si hay algo que pude notar hoy, aparte de lo inesperado que puede llegar a ser ese chico, es que no se enoja por cosas así.
—¿Y eso te hace querer estar más cerca de su círculo de amigos? —pregunta, tratando de ocultar su seriedad, pero ya no hay nada que mi mejor amigo me pueda esconder.
—Considero a Louis un amigo, sí, pero nada más —puntualizo a la par que le pongo las manos en la nuca—. Que él sea mi amigo no quiere decir que quiero a los suyos, yo ya tengo los míos, además planeo robarte tu grupo —digo, burlona.
Esto último logra sacarle una sonrisa y puedo percibir como su cuerpo se relaja con mis palabras, lo veo en su rostro y en sus ojos. Siempre percibo la mayoría de las cosas por los ojos.
La gente dice que los globos oculares son las ventanas del alma. En mi caso lo encuentro cierto, pero hay excepciones. Charles es una, nunca lo he visto, pero escucho su voz y él es la persona o criatura que me enseñó que, a pesar de que las acciones son importantes, las palabras también significan mucho. También son una forma de comunicación después de todo.
Así que tomo las palabras y los ojos como las ventanas del alma. Al final de cuentas, soy una de esas personas peculiares que ven las cosas distintas y escuchan las más extrañas.
—Nadie puede robarme mis amigos, me aman —se defiende.
Mi amigo es egocéntrico, pero esto le resulta afectivo porque es divertido—. Puedes hacerte amiga de ellos, pero los conoces gracias a mí, ellos y el mundo me necesitan.
Todo el mundo necesita a un Floyd, para mi suerte solo hay uno, y lo tengo yo. Me digo a mí misma realmente agradecida de que esté a mi lado.
Hace mucho que no me reía tanto con alguien. Claro que con Mila y Charles me río, incluso también con Louis, pero con mi mejor amigo, la risa llega a otro nivel. Su espontaneidad y encanto es lo único que necesita para que consiga gustarles a todos y para sacarme sonrisas hasta el fin de mis días.
La noche se me pasa volando, pierdo completamente la noción de tiempo entre baile y juego. Los chicos me enseñaron a jugar billar, lo cual no me gustó mucho. No es que no me haya gustado la experiencia. Simplemente, el juego lo encontré muy lento y sin ningún sentido. Pero fue divertido verme hacer la prueba.
No bailé con Louis como él tanto deseaba, pero varias veces me encontré con él y seguimos conversando o jugando algún juego. También fue el rubio quien me llevó a casa y me dijo que luego me hablaba para ver si hacíamos algo el fin de semana, pero yo no estoy tan segura de eso. Me gusta como amigo y, por más mal que suene, a veces dos días, o noches, con puro Louis Tomarelli es suficiente por lo menos para mí. Por eso creo que durante el sábado y domingo solo voy a contestar sus mensajes, ya tendré tiempo de sobra cuando lo vea el lunes y todo el resto de los días.
Me tiré en la cama hecha polvo y ni siquiera tuve tiempo para cambiarme de ropa o sacarme lo poco que llevaba de maquillaje cuando me quedé completamente dormida, esperando para contarle a mi buen amigo como estuvo mi día, como me fue con Louis y en la fiesta.
Pero esa oportunidad nunca llegó, porque aquel viernes por la noche, por primera vez en cinco años, no tuve una parálisis y no hablé con Charles, por lo menos no mientras no podía mover nada más que mi boca.
05
Admito que me asusté cuando no tuve la parálisis. Por el breve lapso en el que el sueño se formulaba, estuve consciente de que quizás aquel suceso que se me había hecho habitual por las noches, no iba a suceder más porque lo había perdido tras salir de fiesta. Pero el cerebro jamás se pudo haber preparado para lo que esa noche iba a significar. Mi más grande temor se había hecho realidad y eso me aterraba.
El sueño fue realmente extraño. Y yo estaba realmente asustada por lo que tener un sueño, y no una parálisis, podía significar.
Era como un limbo, ese lugar donde, en las películas, las almas vagan, aquellas que no tienen ningún propósito y se quedan atascadas entre dos mundos o, simplemente, hay algo que les queda por hacer en el de los vivos.
El lugar en el que me encontraba estaba completamente vacío, una densa neblina se desplegaba por todo el sector y no se oía ni un suspiro. Solo se veía una luz blanca y tenue que parecía ser igual de potente a metros de distancia. Alguien me llamaba, pero solo veía niebla a metros y metros hasta que divisaba una silueta en la lejanía. Comenzaba a caminar hacia ella, pero aun así no tenía rumbo buscando a quien pronunciaba mi nombre porque no parecía avanzar hacia ningún lado, como si no tuviera o no hubiera destino, ni lugar al que ir. Como si fuera otra más de las almas que seguramente se encontraban ahí.
Entre el silencio escuchaba pasos aproximándose, apresurados y desesperados, pero seguía sin ver cosa alguna y la silueta ya no estaba donde creía haberla visto. Volvía a estar sola.
—Verónica.
Esa vez la voz sonaba más desesperada, y ahora la reconocía.
—Chuck —decía, entrecerrando los ojos para ver entre la penumbra. Un escalofrío me recorría la espalda tras mencionar su nombre.
No me dio tiempo para reaccionar, un cuerpo chocó conmigo y me encontré de golpe con unos ojos verdes y apremiados.
—Verónica, necesito que me escuches, no tengo tiempo de explicar por qué no hay parálisis esta noche —dijo, mientras me tomaba por los antebrazos.
—Chuck, respira, cálmate y habla —le ordené.
—No hay tiempo, escúchame bien El mundo de las almas tiene reglas, tiene facciones y tiene guardianes. Yo he roto dos reglas y los guardianes lo han descubierto.
Me miró a los ojos tratando de que sus palabras se metieran en mi cerebro.
—Los buscadores de cuerpos tenemos un año para que el ser humano nos ayude a encontrar nuestro cadáver, si no lo logramos, jamás seremos libres. Pero un año contigo no fue suficiente para mí, necesitaba hablar contigo, te necesito. Entonces prolongué ese tiempo a cinco años, no sabía que los podría engañar por tanto tiempo, pero ahora me persiguen. No te dije antes porque no quería preocuparte, pero hay una razón específica por la que es arriesgado volver a la vida.
Hizo una pausa para respirar en la que no pude más que ponerme nerviosa y con los pelos de punta. Él continuó:
—Está prohibido, los buscadores de cuerpos tenemos la única tarea de encontrar lo que es nuestro para ser libres, si nos encarnamos los guardianes intentan que el destino nos mate para restaurar la balanza de la vida y la muerte. No podía hacer lo que todos hacemos, porque eso significaba no volver a hablar contigo, ser libre significa cortar todo contacto con la vida, yo no podía hacer eso, no podía, simplemente, encontrar mi cuerpo, porque significa afrontar solo lo que viene después.
Al terminar su discurso me quedé petrificada. Esto sí que no me lo esperaba.
—¿Por qué me dices esto ahora? —le pregunté, desesperada y asustada.
—Necesito que me ayudes. Llevo en esto casi desde que tienes once años y no planeo volver a ser libre, si me encuentran quizás qué castigo me darán. Por eso, necesito que encuentres mi cuerpo, que investigues sobre mí, sobre el ritual de los buscadores de almas, que es el que me traerá a la vida, y me ayudes a burlar a la muerte. Es la única forma de escapar de los guardianes, por lo menos es la única forma por un tiempo ya que intentarán que muera. Pero no me puedo someter al castigo, ¿entiendes? Romper las reglas significa castigo. Encontrar mi cuerpo significa no volver a verte o hablarte. Y encarnarse significa peligros por donde lo veas.
Me tomó varios segundos procesar todo lo que me había dicho, pero al final asentí, comprendiendo lo que esto significaba para él.
—No entiendo nada de lo que está pasando, pero lo intentaré, te ayudaré, no tengo nada que perder.
Acepté porque es verdad y porque yo tampoco me podría arriesgar a perderlo como él decía.
—Pero dime una cosa, ¿por qué te arriesgaste tanto tiempo?
—Eso es parte de la segunda regla que he roto —dijo, en un tono avergonzado.
—¿Me lo vas a explicar o no? —le insistí, completamente ajena a toda la información que no sabía.
—No hay tiempo para explicar más. Solo te puedo decir que morí en un accidente, supongo que mi cuerpo está enterrado en un cementerio. También te digo que el ritual lo puedes encontrar en una biblioteca. Busca algo llamado “La parada de las almas”, en la sección de la historia de Greenwood, en la Biblioteca Municipal. Confío en que podrás hacer el resto.
—¿Esperas que haga esto sola? No es que no esté dispuesta a hacerlo, pero sola es mucho para mí, tengo que saber si cuento con ayuda.
—Floyd, si es que lo entiende, pídele ayuda a él. Solo a él —exigió. Hizo un movimiento de querer retirarse, pero lo retuve tomándolo del antebrazo—. Me tengo que ir, no hay más tiempo.
—Solo dime una cosa —le pedí, dispuesta a no dejarlo ir sin que me lo dijera—. ¿Por qué no fuiste en busca de lo que debías, por qué te arriesgaste a permanecer tanto tiempo y a ser castigado? Quiero saber, lo necesito.
Me miró dudoso. No sabía si confesármelo o no.
—Porque a medida que crecías, me enamoré de ti —reveló, mirándome a los ojos, sin una sola gota de arrepentimiento y sin asomo de intentar ocultar su mirada.
No me dio tiempo de replicar ni de reaccionar, pues desapareció de mi vista como si nunca hubiera estado allí, dejándome sola entre la densa neblina, esta vez con los murmullos de las almas a mi alrededor.
Luego de unos segundos ahí parada, me desperté cubierta de sudor y con las sábanas enredadas entre las piernas. De milagro no me caí de la cama.
No pude volver a pegar un ojo en toda la noche.
****
—¿Que soñaste qué? —me pregunta mi mejor amigo, con la boca abierta. Le doy un sorbo a mi café extragrande antes de contestar.
—¿De verdad me vas a hacer explicártelo todo de nuevo? —pregunto. Floyd niega con la cabeza y por primera vez en nuestra corta vida un silencio incómodo se instala entre los dos.
Las horas de la madrugada restantes las pasé planeando cómo contarle a mi mejor amigo mi alucinante sueño, me di por vencida cerca de las seis de la mañana y, simplemente, comencé a alistarme, manteniéndome ocupada hasta que llegara la hora.
Apenas llegué al café en el que habíamos quedado, encontré al moreno esperándome en la puerta, lo arrastré hasta una mesa en el rincón más alejado para tener la mayor privacidad y discreción posibles. Las altas horas de la mañana nos jugaban a favor por la poca cantidad de gente. Lo senté en una mesa mientras yo compraba un vaso de cafeína que tanto necesitaba.
Luego me senté frente a él, me tomé una larga pausa, preparándome mentalmente para todo lo que le iba a soltar, y le relaté todo lo sucedido con Charles, obteniendo el resultado exacto que esperaba: estaba estupefacto.
Floyd negaba con la cabeza, lo que me desconcentraba un poco. Lo miré expectante:
—¿No me vas a decir nada?
—No sé exactamente que te debería responder —dice, sobrepasado por la sorpresa—. ¿Lo vas a hacer? ¿Crees que es un sueño importante?
—Importante o no tengo que averiguarlo. Estoy segurísima de que todo esto es real y de que Chuck debe tener una muy buena razón para no presentarse en una parálisis después de tanto tiempo.
—¿Qué harás? —pregunta, con un tono de duda.
—No lo sé. De hecho, sí, voy a empezar por buscar datos sobre él y voy a seguir las escasas instrucciones que me dio. Voy a tomar ese riesgo.
—¿Estás segura? —pregunta, mirándome consternado—. Digo, no sé si tú sabes, pero te está prácticamente pidiendo que hagas un ritual de resucitación.
—Sip, estoy consciente de eso —digo, tamborileando en la mesa con la punta de los dedos.
—¿Y eso no es ilegal? —replica, arrugando el ceño.
—Lo dudo.
Miro la hora en mi móvil. Son recién las diez de la mañana. Había estado las cuatro horas previas tratando de no sacar conclusiones sobre cómo iba a reaccionar Floyd, y resulta que mi amigo se lo tomó mejor de lo que esperaba. Cierto que estaba sorprendido, pero por lo menos me creía.
—Pero entonces son cosas del diablo —comenta, tratando de llenar el ambiente con humor—. Hemos visto millones de películas donde estas cosas nunca resultan, tú las has visto conmigo. ¿Qué crees que nos pasará si lo intentamos?
—Supongo que hay que averiguarlo. Espera un segundo. ¿Dijiste nos? ¿Así como ambos? ¿Juntos?
—Pues, sí. ¿Creías que te iba a dejar hacer todo eso sola? Me hieres, ¿sabes? Pensé que me conocías lo suficiente.
—Es que pensé que no te lo creías. Que no te expondrías a todo eso por un espíritu con el que yo hablo y sobre el que tú solo me escuchas divagar.
Nunca pensé que aceptaría hacer tal cosa conmigo.
—Por supuesto que sí. A lo mejor es una tontería o a lo mejor no, pero definitivamente es una aventura. Mi papel de ser rebelde me exige vivir una de esas alguna vez —asevera, con una sonrisa carismática—. Además, mejor aún si es con una amiga.
—Mejor amiga.
—Mejor amiga.
Parece acordarse de algo.
—Solo nosotros, ¿verdad?
—Obvio que sí. Chuck me dijo que solo confiara en ti. Además, no es como si le pudiera explicar a Mila, ella no sabe acerca de él, y Louis no es una alternativa para pedirle ayuda en algo así.
—Me alegra que digas eso.
—No te gusta Louis, ¿verdad?
Mi amigo endurece su expresión y niega con la cabeza.
—¿Por qué no? No es mi mejor amigo y no es que me fascine, pero si te pasas un buen rato con él te podrías dar cuenta que es un gran chico, un poco molesto, pero buen chico. Además, no sé qué tanto te acompleja si ya he dejado claro que no tengo ningún interés amoroso en ese rubio.
—Eso es lo que tu percibes —dice, refunfuñón—. Yo veo otra cosa en ese chico.
—¿Qué sería eso?
—Me parece a mí que es toda una fachada lo de joven encantador.
Exploto en una carcajada al escuchar tal acusación, no lo puedo evitar, es lo más ridículo que alguien me haya dicho, más que me digan que aceptan hacer un ritual para traer a un chico de vuelta a la vida.
—No te rías, lo digo totalmente en serio.
El silencio se instala entre los dos, con ambos sumergidos en las profundidades de nuestros pensamientos, evaluando las etapas de los temas tratados y los cambios radicales que había atravesado esta segunda conversación extraña.
—Bueno... —dice, prolongando los segundos antes de volver a hablar—. ¿Cuándo empezamos?
—No lo sé.
Me tomo mi tiempo antes de decir:
—¿Qué te parece a las cinco en la Biblioteca Municipal? Creo que las horas libres ni siquiera son las suficientes para prepararme mentalmente para todo lo que está por pasar.
—Ni que lo digas. A las cinco, entonces. Creo que esta noche no iré al Club Colors, está claro que mi cerebro no estará en orden para irse de fiesta —agrega, instantes después.
—Creo que, dependiendo de lo que descubramos, ni siquiera me será posible dormir —digo.
—¿Te quedas en mi casa? Tus padres saben que las parálisis no te hacen daño ni a ti ni a mí, así que...
—Definitivamente sí. —Lo corto antes de que se lance a nuevas elucubraciones—. Esta noche no duermo sola.
06
—¿Estás segura de esto? —pregunta Floyd en las escaleras de la biblioteca. Asiento lentamente mientras subimos lo que resta de los escalones y, luego, cruzamos las grandes puertas de madera.
—Sep.
Caminamos por el corto pasillo hasta llegar al área de estudio, lugar en el que se encuentran todos los libros y hay unas cuantas mesas. Saludo a la bibliotecaria con una leve sonrisa, es una mujer de cuarenta y tantos años con el pelo castaño atado con un rodete en la cabeza. Me detengo al comienzo de una de las mesas y tomo asiento en la silla con acolchado rojo.
—Ve a la zona donde están los libros sobre la historia de Greenwood y busca un título llamado La parada de las almas. Buscaremos el ritual, página por página.
—Entendido y anotado. No puedo creer que realmente vaya por un libro así —dice, dejando su mochila con no sé qué en una de las sillas y se pierde entre las filas de escaparates con textos.
Saco mi portátil de la bolsa, lo coloco sobre la mesa y lo enciendo. Tecleo la contraseña y me conecto inmediatamente al internet de la biblioteca, que ya he usado en las horas de estudio que a veces invierto aquí. Lo mejor que se me ocurre es meterme a la página del noticiero de Greenwood y buscar accidentes en coches. Reviso cada uno de ellos de los pasados diez años en busca del nombre de mi amigo, leo rápidamente los titulares, pero al cabo de unos minutos no encuentro nada.
Me toma un par de segundos darme cuenta de que a lo mejor no fue un accidente en auto, por lo que indago en otros tipos de accidentes. Los únicos que encuentro se relacionan con el río Azul de Greenwood y un único incendio de una casa, el único de la historia de mi ciudad. Decido comenzar por ese, abro la pestaña con la noticia y quedo impresionada con lo sucedido.
La familia Fanning sufre catastrófico incendio de su vivienda.
Los tres habitantes de la casa dormían cuando las llamas los alcanzaron. Aparentemente , hubo una fuga de gas en el hogar, que se fue combinando con los aceites que la madre confesó haber dejado abiertos, provocando esto una leve explosión que se convirtió en un incendio.
Para el momento en que llegó la ayuda, los bomberos lograron sacar a toda la familia de la casa y sofocar el fuego. La pareja fue llevada a urgencias para que sus heridas fueran atendidas. Lamentablemente, el hijo, Charles Fanning, no logró llegar a la ambulancia con vida, debido a una falta de oxígeno en su habitación e intoxicación por gases.
Se ha notificado que el funeral para el joven de diecisiete años se llevará a cabo en el cementerio de la ciudad, luego de que sus padres abandonen el hospital.
La comunidad entera de Greenwood le está brindando apoyo a la pareja, para ayudarlos a superar esta terrible tragedia que todos esperan que no se repita bajo ninguna circunstancia.
25 de mayo, 2013.
No sé si hay más noticia, o si siquiera lo leí bien, pero mi cerebro está tan sorprendido que apenas puedo mover un solo músculo. Cuando salgo de mi estado de shock estiro el brazo lentamente y cierro la computadora.
—¿Qué hay con esa cara? ¿Viste un fantasma? —bromea Floyd, acercándose a la mesa en la que me encuentro, pero yo parezco haber perdido la capacidad de reír. Él se da cuenta de eso al sentarse y ver que no logra sacarme una sonrisa—. Ay, no, ¿qué encontraste?
—Murió en un incendio, solo. Sus padres sobrevivieron y estoy segura de que están llenos de remordimiento —digo, mirando un punto cualquiera en la mesa—. ¿Te lo puedes imaginar?
—No. Ni tampoco me gustaría que eso me pasara —comenta, abriendo el libro que trae entre manos. Sonó un poco duro, lo sé, pero mi amigo nunca ha sido una persona seria. Desde que su padre se fue de casa cuando él tenía diez años, se prometió a sí mismo no dejar que nadie más entrara en su vida en forma sentimental o profunda. Conservaría solo a aquellas personas que ya estaban en ella. Por eso, no lo culpo por ser tan rudo o insufrible a veces, de verdad que no.
—¿Me dejas ver esa noticia?
Abro la portátil de nuevo y la pantalla se enciende una vez más, rápidamente la volteo para que él lea, yo ya no puedo ni mirar. Tomo el texto que reposa sobre la mesa y comienzo a hojearlo. ¿Cómo diablos voy a encontrar el hechizo, ritual, lo que sea, en esta cosa?
—Vaya, sí que debe ser difícil —declara en un susurro, cuando sus ojos terminan de escrutar la pantalla—. ¿Cuándo vamos a cavar la tumba?
Si hubiera tenido un café, uno que realmente necesito y quiero, lo hubiera escupido por lo abrupto de la pregunta. A pesar de la situación en la que nos encontramos, Floyd se parte de la risa con mi cara estirada por la sorpresa y yo le doy una mirada asesina para que se calle.
—Hablo en serio. Te das cuenta de que eso es lo que tendremos que hacer para conseguir ese cuerpo, ¿verdad? —pregunta, y cierra la computadora cuando unas chicas pasan cerca de nuestra mesa.
—Si lo sé, solo que no lo quería pensar, ya sabes, decirlo en voz alta me da cosita —susurro, no me gustaría arriesgarme a que alguien escuchara nuestra extraña conversación. En especial, cuando la biblioteca es tan silenciosa que se escucha el más leve murmullo.
—A mí también me causa un sentimiento raro, algo como asco. Aun así, creo que es obvio que lo deberíamos hacer de noche. Meternos dentro a escondidas es mejor, mucho mejor, a que nos vean cavando una tumba en plena luz del día.
—Por cierto, de noche. Con guantes y si se puede con capucha, para no dejar pistas y no ser vistos —digo, señalando lo que me parece obvio.
—¿Para cuándo tienes planeado hacerlo?
—Cuando encontremos el ritual correcto.
—¿Cómo sabremos que lo es? Y más importante, ¿dónde ocultarías un cuerpo hasta encontrarlo?
—Obviamente hay que hacer el hechizo la misma noche que lo hallemos, es una cuestión de lógica, no seas bobo.
—Ay ya, no te pongas así.
Eleva las manos a ambos lados de la cabeza en señal de rendición, con una mueca tan ridícula en el rostro que se me hace imposible no reírme. Necesito eso, algo de positividad en todo este embrollo es bueno para la salud mental de ambos, así que le agradezco mentalmente a mi amigo por ser como es, siempre y sin excusa.
—Solo digo. Realmente no quiero fallar en esto, y eso que muchas cosas pueden salir más que mal
—Créeme, te comprendo —dice, con ojos apaciguados—. Tengo una mejor idea que estar sentados aquí revisando ese libro. Arrienda el texto y llévatelo a casa, revisémoslo con comida cerca y todo mejor.
—Me parece la mejor idea de esta semana.
Ambos tomamos nuestras cosas, meto la laptop en la mochila y, con el libro en una mano, partimos hacia la salida.
Arriendo el título y salgo junto a mi amigo al pasillo, ligeramente iluminado por unas lámparas de estilo antiguo, y, luego, caminamos hasta su auto azul. Listos para descubrir los secretos de La parada de las almas.
****
—¿Encontraste algo?
Me sobresalto cuando Floyd se lanza sobre el sillón a mi lado con un recipiente relleno de palomitas de maíz.
—Nada —respondo colocando un papelito en una hoja poco antes de la mitad del libro. Lo cierro de golpe y se lo entrego a mi amigo—. Busca tú, necesito un descanso de esa cosa.
—¿Por qué yo? Me da cosita eso —se queja, tomando un puñado del bocadillo que se lleva a la boca.
—Porque tú dijiste que estábamos juntos en esto, acepta las consecuencias y haz tu parte —demando, tomando un par de palomitas del pote—. Después sigo yo, si es que no encuentras nada.
—Ay, no quiero —reclama, abandonando el libro sobre la mesa de centro como un niño pequeño que no quiere comerse las verduras. Le lanzo una mirada mortal y él toma el título nuevamente, apresurado y temiendo la venganza que le pueda cobrar—. Está bien, pero si no encuentro nada en el tramo que leeré veremos una película. Es demasiado tema de muertos por un día.
—Pues prepárate porque ni siquiera hemos encontrado el hechizo, es mejor ni imaginarse cómo será cuando lo usemos.
—Cállate y deja de recordármelo, que gracias a ti voy a pasar la escena más traumática de mi vida.
Suelto una pequeña risa por su peculiar manera de referirse a las cosas y me dispongo a ver mi celular y jugar un juego mientras espero a que mi amigo se aburra o descubra algo. En eso me paso la siguiente hora, comiendo palomitas del pote que ya va por la mitad. Ya he perdido unas veinte veces e iba por la número veintiuno cuando el moreno cierra el libro de golpe y lanza un suspiro realmente agotado. Bloqueo la pantalla de mi móvil y fijo la mirada en sus ojos castaños.
—¿Aún nada? —pregunto, hundida en el cojín.
—No, por lo menos no algo que me parezca lo indicado.
Aprieto los labios en señal de disgusto, tratando de contener las emociones. Estira la mano para tocarme un hombro y vuelve a hablar:
—Lo encontraremos, ¿sí? Te prometo que salvaremos a Chuck.
Asiento profundamente agradecida de no estar en esto sola y, más aun, de tenerlo a él para ayudarme. Me lanza una de sus brillantes sonrisas y agrega, prendiendo la televisión:
—Ahora, me prometiste un descanso de todo esto así que... ¿te parece Netflix?
—Algo romántico o una comedia, por favor. Es lo que necesito —pido, desperezándome sobre el sofá.
—A la orden, capitana.
Hace un saludo militar y comienza a buscar, hasta que se decide por una comedia que ya hemos visto, pero que viene bien después de todo lo que hemos estado haciendo.
Nos pasamos las siguientes horas comiendo y evitando todo lo que está por pasar, tratando de deshacernos de nuestras preocupaciones, por un breve intervalo hasta que tengamos que regresar a lo que para nosotros es la realidad.
Una bastante extraña para un par de adolescentes.
****
A la mañana siguiente me despierto con los gritos de la madre de Floyd que creo que lo está regañando por el hecho de que nos quedamos dormidos sobre el sofá y dimos vuelta el recipiente con las palomitas que quedaban en él, derramándolas por todo el sillón.
—Ve a limpiar eso ahora mismo —le ordena la madre, que tiene el cabello del mismo color que su hijo, atado en una cola en lo alto de la cabeza, disimulando así las pocas canas que tiene—. Hola, Verónica. ¿Cómo has estado?
—Bastante bien. ¿Y usted? —digo con monotonía.
No le voy a decir las cosas que me han estado pasando por la mente y la completa verdad de lo que ha sido de mí últimamente. La señora Clarson está a punto de contestar, cuando Floyd interrumpe nuestra conversación.
—¿En serio, mamá? A ella la saludas como si fuera tu hija y a quien de hecho es tu hijo, lo primero que haces es retarlo. Ni un “Hola hijo, ¿cómo dormiste?” o un “Buenos días, Floyd” —se queja dramáticamente. Nos reímos por la manera de actuar del moreno, es imposible no hacerlo si se trata de Floyd y sus complejos de rey.
—Si te preocuparas de ser un mejor anfitrión, a lo mejor te ganarías mi cariño —agrega su madre. Mi amigo hace un puchero mientras me echa del sillón a empujones para poder limpiarlo.
—Es Verónica, no necesita un buen anfitrión en esta casa.
Mientras me estiro, veo como la señora Clarson se acerca a nosotros para lo que creo que es ayudar a su hijo, pero no. De a poco se va acercando a la mesa de centro y no soy capaz de anticipar sus movimientos. La mujer toma con sus huesudas manos el libro que reposaba sobre el mueble y lee el título.
—¿La parada de las almas? ¿Qué andan leyendo?
Comienza a hojearlo de a poco, mi amigo se endereza al escuchar hablar a su madre. Me lanza una mirada para que haga algo y yo no puedo reaccionar, es como que las señales de mi cerebro no llegaran al resto del cuerpo.
—Los guardianes, las facciones, facción dos: Buscadores de cuerpo… ¿Qué es todo esto?
Mis ojos se abren a más no poder al escucharla leer el título en una de las hojas pasada la mitad. Le devuelvo la mirada a Floyd, quien se apresura a quitarle el libro a su mamá y luego lo deposita sobre la mesa.
—Es solo para una investigación que Verónica está haciendo —le explica, lo que algo de cierto tiene, empujándola por la espalda—. No sé cómo esperas que limpie todo esto si no me das una bolsa. Lamentablemente, se acabaron. ¿Podrías ir a comprar más, ma?
Le hace entrega de las llaves que la madre dejó en la mesa al entrar, la empuja fuera de la casa y le cierra la puerta en la cara.
Cuando salgo de mi entumecimiento, corro a buscar la página que, gracias a Dios, la señora Clarson ha dejado algo arrugada y procedo a leer, con Floyd pegado a mí.
Su madre había encontrado el resto de la información que necesitábamos. Ahora solo falta desenterrarlo, recitar el hechizo y que este funcione.
Y, más importante aún, protegerlo de la muerte una vez más.
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