Kitabı oku: «Luz de alegría - El novio perfecto - Un buen novio»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 513 - noviembre 2020

© 2013 Michelle Douglas

Luz de alegría

Título original: The Redemption of Rico D’Angelo

© 1998 Sharon Kendrick

El novio perfecto

Título original: One Bridegroom Required!

© 1999 Barbara Hannay

Un buen novio

Título original: The Wedding Countdown

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2014, 1999 y 2000

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-942-1

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Luz de alegría

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

El novio perfecto

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Un buen novio

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…


A mi maravillosa sobrina Abbey, a quien le gustan los libros tanto como a mí.

Capítulo 1

RICO volvió a mirar la solicitud de trabajo que tenía ante sus ojos y se hundió en el sillón soltando un suspiro. Se había hecho muchas ilusiones con ese proyecto, y albergaba la esperanza de encontrar a alguien tan entusiasta como él.

Frunció los labios. No solo tendría que ser entusiasta, sino también disponer de una buena titulación profesional y aportar una sólida experiencia al puesto. Sin embargo, tras un día y medio de entrevistas, había llegado a la conclusión de que tendría que despedirse de la idea.

Se enderezó y apretó un botón del interfono.

–Lisle, ¿ha llegado ya Janeen Cuthbert? –bramó.

–Todavía no, pero no estaba citada hasta dentro de diez minutos.

–Gracias.

¿No existía una norma implícita que recomendaba llegar con diez minutos de antelación a una entrevista de trabajo? Contempló la pared que tenía frente a él frunciendo el ceño. Quizá los gerentes de restaurantes tenían su propio horario. Y, desde luego, no parecía que los gerentes de restaurantes de la ciudad de Hobart hubieran peregrinado hasta su puerta ante la oportunidad de regentar una cafetería benéfica.

Cerró bruscamente la carpeta de Janeen Cuthbert y se apretó el puente de la nariz con el índice y el pulgar, respirando hondo para calmar las palpitaciones que le martilleaban las sienes. Trató de concentrarse. Pensaba que encontraría un gerente de restaurante espabilado e interesado en los asuntos de la comunidad en aquella maldita ciudad. Y no es que fuera ambicioso: tan solo necesitaba una persona. ¿Por qué le estaba resultando tan difícil?

Había conocido a algunas personas preocupadas por la comunidad, claro. Eran simpáticas, listas y concienzudas, buena gente en suma, pero sin experiencia alguna. Y sabía perfectamente cómo acabaría la cosa: los chicos las tratarían mal y ellas se desmotivarían en seguida. Habría lágrimas y berrinches, y luego se marcharían dejándole en la estacada. Y aquel proyecto era demasiado importante como para arriesgarse.

Miró su reloj. Quedaban cinco minutos para que dieran las dos. Si Janeen Cuthbert no llegaba a las dos en punto podía volverse por donde había venido. Tenía experiencia en hostelería, pero él necesitaba a alguien que se tomara seriamente su trabajo, alguien que se comprometiera firmemente a hacer funcionar la cafetería.

Durante los cinco minutos siguientes, se dedicó a aporrear el escritorio con los dedos. No se giró para mirar por la ventana la transitada carretera que cruzaba Hobart; no tenía la suerte de disponer de una oficina con vistas al puerto. Algo que no le importaba demasiado, pues pasaba poco tiempo allí. Como jefe de proyectos, ni siquiera tenía secretaria propia, y compartía a Lisle con otros dos funcionarios. Esto tampoco le importaba, pues hacía mucho que había llegado a la conclusión de que para que las cosas funcionaran, era mejor hacerlas uno mismo.

Volvió a mirar el reloj. Las dos en punto. Estaba a punto de apretar el botón del interfono cuando oyó la voz de Lisle.

–Rico, ha llegado Janeen Cuthbert para la entrevista de las dos.

Él apretó los dientes y tragó saliva.

–Hazla pasar.

Contó hasta tres y oyó que llamaban a la puerta con suavidad. Lanzó un juramento en voz baja. Aquel golpe era demasiado suave, lo que indicaba falta de carácter. Empuñó las manos. Había conocido a demasiados candidatos simpáticos, dulces y poco eficientes. Hizo un esfuerzo por suavizar el gesto.

–Adelante.

Pero en cuanto vio a la penúltima candidata, reconsideró su opinión. La señorita Cuthbert no parecía estar falta de carácter. De hecho, parecía furiosa, como si estuviera a punto de explotar. Lo disimulaba bien, pero él había trabajado lo suficiente con jóvenes problemáticos como para reconocer los signos: los ojos brillantes, las mejillas arreboladas, las fosas nasales ensanchadas. Por más que tratara de ocultarlo todo bajo una sonrisa cortés.

Se la quedó mirando y relajó ligeramente los hombros. Aquella chica podía ser muchas cosas, pero ciertamente no dócil y sumisa.

–¿Señor D’Angelo?

Él se incorporó tras el escritorio.

–Sí, soy yo.

–Encantada de conocerlo. Me llamo Neen Cuthbert.

Se dirigió hacia él con la mano extendida. La tenía muy roja, como si acabara de fregar algo con mucha energía. Él se la estrechó brevemente y dio un paso atrás. La chica no llevaba medias y él se dio cuenta de que también tenía las rodillas muy rojas. Pero no fueron sus manos o sus rodillas lo que más le llamó la atención, sino las cuatro huellas equidistantes que adornaban su traje gris claro: dos en los muslos y dos encima del pecho. Unas huellas que no desaparecerían por mucho que restregara. Por primera vez en dos días, se encontró reprimiendo una sonrisa.

Cuando volvió a mirarla a la cara, vio que ella levantaba la barbilla, como desafiándole a que dijera una sola palabra sobre las huellas.

–Un placer, Neen. Sospecho que ha tenido una tarde tan estresante como la mía.

Su rostro se iluminó momentáneamente.

–¿Tan obvio es? –Bajó la mirada hacia las huellas y frunció los labios–. Ha sido una tarde difícil, sí.

–Tome asiento, por favor –dijo él señalando una silla. Y apretando el interfono, añadió–: Sé que es mucho pedir, Lisle, ¿pero nos podrías traer un café?

–Ahora mismo –respondió la chica de buen humor.

En su opinión, los otros dos jefes de proyectos abusaban de la secretaria. Rico no consideraba que preparar café formara parte de los deberes de Lisle, pero en aquel caso, decidió hacer una excepción.

–Es muy amable de su parte, pero no es necesario –dijo Neen.

Él agitó la mano en el aire.

–Puede que no me lo agradezca cuando lo pruebe. Pero, para serle sincero, necesito un chute de cafeína.

–¿No le han ido bien las entrevistas?

Se puso rígido al oír la pregunta y pensó que estaba dando una imagen poco profesional. Se agitó en su asiento tratando de no fruncir el ceño. Había bajado la guardia y no recordaba la última vez que le había pasado. Sacudió la cabeza: necesitaba unas vacaciones. Volvió a sacudirla: no tenía tiempo para vacaciones.

–No me sorprende –intervino ella malinterpretando el gesto de Rico–. Busca a un gerente de restaurante altamente cualificado y con experiencia, pero el sueldo que ofrece no es lo que se dice atractivo.

–Y, sin embargo, usted lo ha solicitado.

Ella señaló la carpeta que había sobre el escritorio.

–Como sin duda habrá leído en mi currículo, no tengo mucha experiencia.

–¿Y, a pesar de ello, ha solicitado el empleo?

–Y usted ha accedido a entrevistarme.

Definitivamente, era una chica con carácter. Quizá no fuera jovial o concienzuda, pero tenía personalidad, y eso era más importante, por lo menos, para ese trabajo en cuestión.

Lisle entró con dos tazas de café humeante y se marchó.

–¿Qué ha ocurrido? –preguntó él señalando las huellas con un gesto vago, pues no quería que ella pensara que se estaba fijando en su pecho. No pensaba preguntarle, pero el comentario que Neen había hecho acerca del sueldo le llevaron a dejarse de delicadezas.

Por otro lado, aquellas huellas eran las culpables de que hubiera sufrido un lapsus momentáneo, y cuanto antes se aclarara el misterio, antes podría concentrarse en la entrevista y volver a tomar la riendas de la situación.

Ella fue a tomar la taza, pero al oír su pregunta la soltó bruscamente con un golpe.

–Hoy nada me está saliendo como tenía planeado. Tenía preparado un discursito sobre por qué soy la mejor candidata para el puesto, y en su lugar, me dedico a hacer comentarios sarcásticos sobre el sueldo… –hundió los hombros momentáneamente, antes de volver a enderezarlos–. Estoy decidida a disfrutar del café. Me imagino que nada de lo que diga a partir de ahora importará mucho, y después del día que llevo no pienso mortificarme al respecto.

Se equivocaba si pensaba que había quedado fuera de la carrera, si bien él no tenía intención de decírselo todavía.

–¿Y bien? –preguntó él arqueando una ceja.

Ella acunó la taza con las manos y cruzó las piernas, proyectando una de sus rojas rodillas hacia él.

–Mi vecina, que tiene mucha cara, me ha hecho cargar con su perro mientras se va a Italia por tiempo indefinido a ejercer de modelo. Dice que «me lo regala», ¿no le parece increíble?

–¿Entonces el perro…? –preguntó él volviendo a hacer un gesto vago.

–Montgomery.

–¿… le hizo eso?

–Y mucho más. Debería de ver el estado de mi traje azul marino y mis medias.

Se llevó la taza a los labios y bebió un sorbo de café. La miró fascinado mientras ella cerraba los ojos con satisfacción. Soltó el aliento que había estado conteniendo sin darse cuenta y relajó los hombros un poco más.

–Claro, que Monty no tiene la culpa. Audra nunca lo adiestró y es muy pequeño, solo tiene catorce meses.

Él miró las huellas.

–¿Cómo de pequeño?

–Es un gran danés –respondió ella con un gesto de fastidio–. ¿Audra con un chihuahua monísimo o un caniche de juguete? No, por favor, eso está demasiado visto. A ella le gustaba más la imagen de la modelo con un gran danés; pensaba que las fotos quedarían fabulosas.

–¿Por qué accedió a hacerse cargo de él?

–Bueno, porque ella se metió en mi apartamento sigilosamente mientras yo estaba en la ducha y me dejó una nota explicándomelo todo antes de marcharse al aeropuerto.

–¿Qué va a hacer con Monty?

¿Llamaría a la perrera? No la juzgaría por ello, pero…

–Me imagino que tendré que buscarle un hogar –de pronto le lanzó una sonrisa tan dulce que Rico se quedó momentáneamente sin aliento–. Señor D’Angelo… tiene usted toda la pinta de necesitar un perro.

Él vaciló momentáneamente antes de recuperar el sentido.

–No paso el suficiente tiempo en casa, no sería justo.

«¡Qué picaruela!», pensó para sus adentros. Toda la dulzura de la que ella había hecho gala hacía un momento se desvaneció.

–Ojalá fueran así de previsores todos los que deciden tener perro –murmuró–. Debería haber un examen que certificara si la gente está capacitada para tener mascotas.

–Lo mismo podría decirse de los que tienen hijos.

Ella se lo quedó mirando.

–Lo dice por los jóvenes problemáticos de los que se ocupa, ¿no?

–Desfavorecidos –la corrigió.

–Lo que sea.

–No digo que no tengan problemas, pero lo único que necesitan es una oportunidad en la vida. El objetivo de la cafetería es formar a jóvenes marginados como camareros y cocineros, para que posteriormente puedan encontrar empleos permanentes en el sector de la hostelería.

Ella terminó de beberse el café, depositó la taza sobre la mesa y se inclinó hacia él con expresión sincera.

–Señor D’Angelo, le deseo todo lo mejor en su proyecto. Y también le agradezco el café y el rato agradable que hemos pasado.

–Neen, no está descalificada.

Ella, que había comenzado a incorporarse, se dejó caer de nuevo en la silla.

–¿Ah, no? –preguntó, boquiabierta.

–No.

Neen entornó los ojos.

–¿Por qué no?

Él soltó una inesperada carcajada. Una dosis sana de suspicacia no vendría mal en ese trabajo, y Neen parecía tener todas las cualidades necesarias.

–No todos los solicitantes han sido desastrosos –le aseguró–. Hay un par de ellos que tienen posibilidades…

–¿Pero?

–Dudo de su dedicación.

Ella cruzó los brazos.

–¿Y no duda de la mía?

Él respondió sin meditarlo mucho.

–Es usted sincera, algo que valoro en un empleado. También tiene agallas y sentido del humor, lo que sospecho será útil en este trabajo en cuestión.

–¿Así que no va a ponérmelo bonito y a decirme que esta es una oportunidad única en la vida?

–Será un desafío, pero gratificante.

–Humm… –Neen no parecía muy convencida ante esto último.

–Además, le gustan los perros.

Eso era importante. Los amantes de los perros solían llevarse bien con los niños, y…

–No, no me gustan.

Él parpadeó.

–Los odio. No los aguanto: son ruidosos y estúpidos, y además huelen fatal. Preferiría mil veces tener un gato.

–Pero está intentando encontrar un hogar para Monty; no lo ha llevado a la perrera.

–No es culpa del pobre perro que su dueña lo haya abandonado.

Él se inclinó hacia ella.

–Neen Cuthbert, eso significa que es usted una persona íntegra. Algo que me parece muy importante.

El día le parecía de pronto mucho más luminoso.

–¿Y qué hay de mi falta de experiencia?

Aquello era un problema pero… Tomó su currículo y lo leyó.

–Veo que ha desempeñado trabajos diversos en el sector de la hostelería desde que terminó el colegio hace ocho años.

Ella asintió.

–He sido camarera, he preparado comida rápida y he trabajado para dos empresas de catering bastante conocidas.

Pero nunca había regentado un restaurante.

–Veo que hace poco hizo un curso sobre pequeñas empresas.

–Mi sueño es abrir mi propia cafetería algún día.

–Es usted ambiciosa.

–Es bueno tener grande sueños, ¿no cree?

Él estaba de acuerdo.

–¿Qué cree que podría aportar usted al puesto, Neen?

Su mirada volvió a iluminarse.

–¿Además de sinceridad, agallas, sentido del humor e integridad?

Tenía razón. Fue a decir algo, pero hizo un esfuerzo sobrehumano por cerrarla. Todavía le quedaba una persona por entrevistar, y él no era muy dado a las decisiones y gestos impulsivos.

Ella lo miró con seriedad.

–Trabajaré duro, señor D’Angelo. Eso es lo que puedo ofrecerle.

Lo dijo como si fuera la aportación más valiosa del mundo. Y Rico pensó que quizá lo era.

–He hecho de encargada muchas veces en la mayoría de los establecimientos en los que he trabajado, pero nunca he desempeñado el cargo como tal. Me interesa la experiencia que este empleo podría aportarme. A cambio, trabajaría duro y no le dejaría en la estacada.

Él la creyó. Solo quedaba una pregunta por hacer. Más bien dos.

–¿Por qué no tiene trabajo actualmente?

Ella vaciló.

–Por razones personales.

Él se recostó en el asiento y esperó a que se los contara. Neen lo miró tratando de decidir si era necesario que conociera la verdad y si podía confiársela. Al final, se encogió de hombros.

–A principios de año, heredé un dinero y decidí hacer realidad mi sueño de abrir mi propia cafetería –explicó–. Pero el testamento ha sido impugnado.

–Lo siento.

–Cosas que pasan. Pero hasta que se solucione el problema, lo mejor será que encuentre un empleo.

Él dio varios golpecitos con el bolígrafo en la carpeta.

–Una última pregunta. ¿Estaría dispuesta a firmar por dos años?

–No –respondió sin dudarlo un instante.

Él volvió a sentir un peso sobre los hombros y el día se oscureció.

–Podría firmar un contrato por doce meses.

Algo es algo, pensó él. Pero no lo suficiente. Una pena, porque Neen Cuthbert podría haber sido la candidata ideal.

A la mañana siguiente, Rico examinó la lista de los tres candidatos preseleccionados. Llamó para pedir referencias personales de los dos primeros.

Al primero, que era el que tenía más experiencia, lo descartó tras hablar con su antiguo jefe.

Que fuera un buen repostero con cinco años de experiencia como encargado no compensaba el hecho de que tuviera un carácter irascible y temperamental. Para aquel proyecto necesitaba a alguien que fuera capaz de crear un entorno alentador y que a la vez no tolerara las tonterías. Aquello le hizo pensar inmediatamente en Neen Cuthbert, pero se la sacó de la cabeza y comprobó las referencias proporcionadas por la otra candidata preseleccionada. Eran impecables.

Siguiendo un impulso, sacó la ficha de Neen y llamó a las personas que podían dar referencias suyas. Sus testimonios fueron muy halagüeños. Si él no le daba el trabajo, ellos volverían a emplearla sin pensarlo dos veces. Rico mordió la punta del boli paseando de un lado a otro de la oficina. Aquel trabajo era demasiado importante para emplear a la persona equivocada. Volvió al escritorio y puso los tres currículos uno al lado del otro. La rival de Neen tenía un poco más de experiencia pero… ¡Qué diablos! ¿Por qué dudaba tanto? Helen Clarkson estaba dispuesta a firmar un contrato por dos años. Eso sí demostraba compromiso.

Recogió las solicitudes y las metió en una carpeta. A continuación, salió de la oficina.

–Lisle, ¿podrías llamar a Helen Clarkson y decirle que el puesto es suyo? Si acepta, le…

–Acabo de hablar con ella ahora mismo. Ha aceptado un empleo en Launceston.

¿Cómo? ¿Y la charla que le había dado sobre el compromiso? Mentiras, todo mentiras. Neen, en cambio, no había mentido.

–Está bien –espetó–. Ofrécele el trabajo a Neen Cuthbert. Dile que venga a firmar el contrato a lo largo de la semana.

–Entendido, Rico.

Volvió a su oficina dando un portazo. Tenía una montaña de papeles que revisar, y varios informes que escribir, por no mencionar las solicitudes de subvenciones que debía rellenar. Conseguir financiación para sus proyectos era un desafío continuo y no le convenía rezagarse.

Al cabo de una hora, soltó el bolígrafo. Tanta burocracia le ponía nervioso. Cruzó el despacho y abrió la puerta con brusquedad.

–¿Conseguiste hablar con Neen Cuthbert? –bramó.

–Acepta el puesto encantada.

–Magnífico –dijo mirando su reloj–. Vive en Bellerive, ¿no?

Lisle hojeó sus archivos. No tenía por qué molestarse pues Rico había memorizado los datos de Neen hasta el último detalle.

–Sí, vive allí –respondió Lisle sosteniendo en alto una de las carpetas.

Él se la quitó de la mano.

–He quedado para comer con el director del centro comercial Eastlands. La cita es en ese lado del puerto, así que le llevaré el contrato yo mismo.

Lisle le dio una copia del contrato sin decir una palabra; estaba acostumbrada a sus maneras de elefante en una cristalería.

–Supongo que sabes que van a anunciar el trabajo de Harley la semana que viene. Deberías solicitarlo, Rico.

–Soy de más ayuda donde estoy, Lisle.

–Estás malgastando tu talento.

–Aquí soy feliz.

Lo que él hacía era muy importante. Y la felicidad no tenía nada que ver con ello.

–Por el amor de Dios, Monty, para ya –murmuró Neen entre dientes mientras subía el volumen de la radio con la esperanza de ahogar los ladridos del perro. Apretó con fuerza el pimiento rojo que había empezado a cortar. Solo necesitaba media hora para terminar con la parte más complicada de los preparativos de la cena, y entonces le dejaría entrar en casa. Neen sabía que se sentía solo y que echaba de menos a Audra. El pobre solo quería un poco de compañía. Si tuviera alguna garantía de que el perro se contentaría con echarse a sus pies y mordisquear un hueso… Miró los muebles mordidos y meneó la cabeza. Decidió abrir la ventana de la cocina, que daba al patio.

–¡Eh, Monty!

El perro acudió a toda prisa sin parar de ladrar.

–Si te pones así, ¿cómo vas a oír lo que te tengo que decir?

Él se quedó momentáneamente en silencio mientras la radio bramaba estrepitosamente. Ella suspiró. Por alguna razón, tenía buena mano con los perros.

–Tenemos que decidir qué tipo de casa te conviene más. ¿Tienes alguna opinión al respecto? Creo que mejor una en la que no haya niños pequeños, porque los tirarías al suelo. Lo que necesitas es una casa grande en la que puedas correr hasta hartarte…

Monty seguía ladrando sin cesar. Ella empezó a cortar las verduras más despacio y lo miró. El perro estaba mirando a un punto situado detrás de ella y… Se le erizó el vello de la nuca. En el reflejo de la ventana vio que algo se movía.

Se dio la vuelta bruscamente blandiendo el cuchillo. Todos y cada uno de sus músculos estaban en tensión y listos para el ataque.

Una imponente silueta masculina se dibujaba en el umbral de la puerta de la cocina. Sintió el corazón en la garganta mientras una corriente de adrenalina le recorría el cuerpo. Agarró el cuchillo con fuerza.

La silueta puso las manos en alto en un gesto de no agresión y a continuación retrocedió por el pasillo hasta alcanzar la puerta de entrada. Fue entonces cuando su atribulado cerebro reconoció quién era: Rico D’Angelo, su nuevo jefe.

El corazón siguió latiendo con fuerza y sus manos no dejaron de apretar con fuerza el cuchillo.

–¡Calla, Monty! –gritó mientras bajaba el volumen de la radio.

El animal la obedeció.

–Neen, siento haberla asustado.

Ella se dio cuenta de repente de que seguía blandiendo el cuchillo y lo tiró a la pila. Se llevó las manos a la cintura tratando de calmar su temblor y tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta.

–Señor D’Angelo –dijo sin dejar de temblar–. Yo… Esto… Pase.

Él meneó la cabeza.

–No creo que sea buena idea. Solo quería dejarle esto –explicó sosteniendo en el aire un fajo de papeles.

Monty comenzó a ladrar de nuevo taladrándole la cabeza.

–¿Por qué no lo saca a pasear? Me imagino que este es Monty, ¿no? Da la sensación de que necesita salir.

Poco a poco, su ritmo cardiaco recuperaba la normalidad.

–Seguro que tiene muchas cosas que hacer.

–He venido para que firme el contrato y hablemos de varias cosas. Sé que debería haberla llamado primero, pero tenía una cita por la zona y pensé que a lo mejor estaba usted en casa.

Neen necesitaba salir de allí y tranquilizarse.

–¿Está seguro de que tiene tiempo?

–Lo tengo.

–Iré por la correa de Monty.

Sujetó la correa al collar y tras salir de la casa, cerró con llave la puerta principal. Evitó mirar el cobertizo, donde estaba su coche con las cuatro ruedas pinchadas, con la esperanza de que su enigmático jefe no reparara en ellas.

–Me alegro de que haya aceptado el puesto de encargada, Neen. Tengo muchas esperanzas puestas en la cafetería y sé que usted es la persona ideal para regentarla.

Su sonrisa era demasiado amable, demasiado compasiva… como si «supiera». Ella reprimió un suspiro.

–Ha visto las ruedas, ¿verdad?

Monty eligió ese momento para tirar con fuerza de la correa. Sin decir nada, Rico estiró el brazo y le quitó la correa de las manos. Olía a aire frío y a menta.

–¿Ha ocurrido hoy?

Ella cruzó los brazos y asintió. Habría jurado que dejó cerrada la puerta mosquitera, pero era evidente que no. Qué estupidez. Cerró los ojos y suspiró. Desde que se enteró de que habían impugnado el testamento de su abuelo, no daba pie con bola.

–¿Ha informado a la policía?

–Sí –tragó saliva y lo miró–. Señor D’Angelo, siento mucho haber… Estoy un poco nerviosa últimamente.

–Mire, Neen, soy yo el que tiene que disculparse. No debería haberme presentado como lo hice. Lamento haberla asustado.

Su mirada se había oscurecido y ella no dudó de su sinceridad.

–Golpeé la puerta varias veces; podía verla al final del pasillo. La llamé.

–Pero entre Monty y la radio, no le oí. No es culpa suya, señor D’Angelo. No tiene por qué disculparse.

–Llámame Rico –le pidió él.

El nombre le quedaba bien en cierto modo, dado su aspecto de italiano guapo y moreno. Pero Rico sonaba jovial y despreocupado y Neen no creía haber conocido nunca a alguien menos despreocupado. Era un hombre entregado a una misión; una misión importante. Y, como todos los tipos dispuestos a salvar el mundo, llevaba todo el peso de este sobre sus hombros. Eran unos hombros fuertes, pero nadie podía aguantar ese peso indefinidamente.

Él se detuvo de pronto y se giró hacia ella.

–Mira, no he podido evitar darme cuenta de que el tuyo era el único coche que tenía las ruedas pinchadas. ¿Pasa algo, Neen? ¿Ocurre algo que yo debería saber?

Neen sintió un nudo en la garganta al darse cuenta de que, en aras de la seguridad de los empleados de la cafetería, tendría que contárselo. Temía que él decidiera retractarse y retirar su oferta de trabajo. Durante unos instantes, se quedó sin habla. Finalmente, señaló en dirección a la playa.

–Vayamos allí, donde pueda soltar a Monty.

Cuando llegaron a la arena, soltó al gigantesco perro, que echó a correr a toda velocidad hacia el agua y empezó a salpicar en todas direcciones.

Rico sacudió la cabeza.

–Te va a llenar la casa de arena.

–La arena la puedo aspirar, y prefiero eso a que muerda los muebles. Una hora por aquí hará que se comporte como un corderito el resto de la tarde.

Él se giró hacia Neen con las manos en las caderas y ella se encogió de hombros. No tenía sentido retrasar la inevitable conversación.

–Lo de las ruedas no ha sido un incidente aislado. La policía está al tanto, pero no puede hacer mucho al respecto –suspiró hondo–. Hace cuatro meses rompí con un chico que, por lo que parece, no sabe aceptar un no por respuesta.

–¿Te está acosando?

–No tengo pruebas de que lo de las ruedas haya sido cosa suya –aunque su instinto le decía que así era–. Tiene una orden de alejamiento.

¡Parecía mentira que aun así se hubiera dejado la puerta principal abierta!

Capítulo 2

–NEEN.

Rico le tocó el brazo y ella dio un respingo.

–Lo siento, estaba distraída.

Bajo la formal camisa de algodón sintió un brazo firme y cálido, y apartó los dedos con desgana. Durante unos preciosos segundos, la solidez que él emanaba le recordó que en el mundo había algo más que sus problemas y tribulaciones. Si seguía centrada en sus preocupaciones se perdería un montón de cosas: diversión, amistad, la alegría de la juventud. Había solicitado el trabajo en la cafetería de Rico para distraerse; Chris acabaría por aburrirse y dejarla en paz.

Rico la observaba con los ojos entornados y ella trató de sonreír.

–Hacía tiempo que no ocurría ningún… incidente y se ve que he bajado la guardia. Pero…

–¿Pero qué?

El oscuro cabello de Rico refulgía bajo el sol de primavera, adquiriendo una tonalidad rojiza. Se había quitado la chaqueta del traje, pero la corbata seguía perfectamente anudada al cuello.

–Caminemos un poco –propuso ella, porque estar ahí parada mirándole le pareció, de repente, absurdo.

–¿Qué ibas a decir?

Ella se encogió de hombros mientras trataba de recordar qué había hecho al volver del supermercado. Había abierto la puerta con llave, Monty se le había abalanzado, ella había cerrado la puerta mosquitera para evitar que el perro se escapara y…

–Estoy segura de que cerré la puerta mosquitera con llave.

Era algo que hacía instintivamente.

–¿Crees que alguien forzó la cerradura?

–Seguro que estoy paranoica, nada más. Una semana después de que Chris y yo rompiéramos volví a casa una noche y me encontré todo abierto: la puerta principal, la trasera, todas y cada una de las ventanas… Seguro que todavía tenía una llave. Esa fue la primera vez que me mudé. La segunda fue cuando me desperté una mañana y vi que la casa en la que vivía de alquiler estaba cubierta de pintura roja.

Rico empuñó la mano derecha y se quedó mirándola unos instantes antes de dirigir su mirada al mar.

–Tengo pestillos en todas las puertas y ventanas, pero no en la puerta mosquitera. Normalmente no dejo las puertas abiertas, pero hoy hacía tan buen día que…

–Deberías poder dejar la puerta abierta sin miedo a que te ataquen –dijo él, virulento.

–Hoy he estado distraída porque he conseguido el trabajo –dijo ella sonriendo para tranquilizarlo, pero sin conseguir su objetivo–. Y esta noche tengo una cena que me está estresando bastante; necesito que todo salga bien. Por eso mandé a Monty al patio. Necesitaba treinta minutos para hacer los preparativos.

–Y después de lo de las ruedas estabas alterada; es comprensible.

No hizo mención de su exagerada reacción. No tuvo que hacerlo, flotaba en el ambiente. Aquella tarde, durante unos terroríficos segundos, ella había pensado que tendría que luchar por su vida. La boca se le secó al recordarlo. Empuñó las manos, decidida a no permitir que aquel hombre jugara con ella. No podía controlar las acciones de Chris, pero sí las suyas propias, y aunque no pensara bajar la guardia otra vez, tampoco permitiría que él controlara su vida.

–Hacía tiempo que no ocurría nada y pensé que quizá se había cansado. Además, no puede acercarse a menos de veinte metros de mí; en caso de que lo hiciera caería en él todo el peso de la ley y dudo mucho que quiera arriesgarse. Sin embargo, parece que sigue al pie del cañón, así que ¿preferirías que rechazara el puesto de gerente?

–¿Por qué iba a hacer algo así? –preguntó frunciendo el ceño–. ¿Crees que te acosaría en tu nuevo lugar de trabajo?

–No tengo ni idea de qué se le pasa por la cabeza, pero es una posibilidad, ¿no?

–No voy a permitir que un sociópata abusador determine a quién empleo o dejo de emplear y sé que tú eres la persona adecuada para este trabajo. Pero por el amor de Dios, Neen, ¿cómo se te ocurrió salir con alguien como él?

Lo había hecho porque estaba desesperadamente necesitada de amor. Chris se centraba plenamente en ella como nadie lo había hecho antes, aparte de su abuelo. Y ella lo había aceptado con entusiasmo, porque era débil y estúpida. Sus celos y su posesividad no salieron a la luz hasta más tarde. Si ella no hubiera estado tan necesitada a lo mejor se habría dado cuenta antes y habría puesto fin a la relación. Pero no lo hizo, y ahora estaba pagando el precio.

–Cometí un error. ¿Tú nunca cometes errores? –lo miró, pero en lugar de su rostro, vio un máscara oscura.

–Sí –asintió él bruscamente antes de darse la vuelta y emprender el camino de vuelta.

Ella miró en derredor, Monty seguía chapoteando en el agua, y se apresuró para alcanzar a Rico.

–Lo siento, no era mi intención desviar el tema hacia ti.

–Soy yo el que lo lamenta. A veces los inocentes pagan un precio muy alto, y es injusto.

Ella observó la pulcra corbata y los lustrosos zapatos y se preguntó qué errores del pasado lo atormentarían.

–Piensa en los jóvenes con los que trabajo. Ellos están pagando por los errores de otras personas. Ellos no tienen la culpa de ser hijos de madres adolescentes o de padres alcohólicos o drogadictos.

–¿Y tú quieres marcar la diferencia?

–¡Voy a marcar la diferencia! –dijo con ojos relampagueantes

Sus palabras, o quizá el tono en el que fueron proferidas, la estremecieron.

–¿Algunas vez has dado clases de defensa personal, Neen?

–No.

–¿Y por qué no? Es una de las primeras precauciones que deberías tomar.

Ella apartó la mirada de él y la dirigió hacia el mar y el monte Wellington, que dominaba la ciudad de Hobart.

–¿Neen?

–Esperaba que no fuera necesario, que la amenaza no llegara a ser física. Me imagino que me espía, que me sigue, y no quiero darle ideas.

Rico la miró y le dio un vuelco al corazón. De pronto le pareció pequeña y frágil. Se enfureció al pensar que alguien pudiera hacerle daño. Era importante que fuera capaz de protegerse en caso de agresión física.

–Las clases de defensa propia acaban de convertirse en obligatorias para el puesto que te he ofrecido esta mañana, Neen. Es una de las cosas de las que vine a hablarte.

Ella se quedó boquiabierta.

–Rico D’Angelo, menuda bola acabas de soltar.

–Se me olvidó comentártelo esta mañana cuando te entrevisté. La cuestión es que vas a trabajar con jóvenes desfavorecidos y algunos de ellos se han criado en ambientes agresivos.

–¿Y pueden ser violentos?

–Sin duda.

Él no tenía la intención de contratar en la cafetería a ningún maleante, pero…

–No creo que lleguemos a tener problemas, pero vas a lidiar con adolescentes.

–Y los adolescentes tienen un comportamiento hormonal e impredecible.

–El presupuesto para la cafetería cubrirá el coste de tus clases de defensa personal –ella hizo un gesto de protesta y él levantó una mano–. Insisto. Yo me encargaré de elegir al instructor, que me dará parte de tus progresos.

–Entonces esperaré a que me pases los datos –se giró para vigilar a Monty–. Este perro tiene una energía increíble.

Monty seguía revolcándose en las olas. La alegría física que desprendía por el hecho de estar vivo maravilló a Rico. Pero no tardó en volver a la realidad: estaba demasiado ocupado para nadar y holgazanear en la arena, algo que no echaba de menos en absoluto. Se giró hacia Neen.

–Mientras tanto… te convendrá practicar un poco ahora. Recuerda que si alguien te ataca tu primer objetivo es inutilizar al agresor el tiempo suficiente para escapar. Nunca te quedes a luchar con alguien más fuerte y experimentado que tú.

–Entendido.

–Si te atacan de frente, como estoy haciendo yo –explicó agarrándola por los hombros–, apártale los brazos así. Luego lo agarras por la camisa, le pegas un rodillazo en la ingle con todas tus fuerzas y gritas lo más alto que puedas.

La mayoría de las veces, el miedo a ser descubierto hacía huir al agresor.

–Ahora date la vuelta.

Ella obedeció.

–Si te atacan por la espalda, así, –dijo tomándola por los hombros y tirando de ella hacia sí mientras le inmovilizaba los brazos junto a los costados–, quiero que…

Se detuvo al ver que un perro furioso avanzaba velozmente hacia ellos. Rico comprobó, fascinado, que Monty se había convertido en una bestia asesina en un abrir y cerrar de ojos. Neen se apartó de él y vociferó «¡No!» al tiempo que mantenía la mano extendida frente a ella como si fuera un guardia de tráfico. El perro se detuvo en seco.

–¡Túmbate! –le ordenó con voz alta y dura, gesticulando con la mano.

Monty gimió y pateó la arena.

–¡Túmbate! –exclamó ella repitiendo el gesto.

Monty se tumbó en la arena y apoyó el morro sobre sus patas delanteras sin quitarle a Neen la vista.

–Los perros se rigen por un sistema de jerarquías –le explicó con una voz mucho más suave.

–Ajá –repuso él mientras su ritmo cardiaco aminoraba.

–Tengo que hacerle ver que tú estás más arriba que él en la cadena alimentaria, para que aprenda a respetarte.

Él tragó saliva.

–Estréchame la mano.

Él obedeció.

–Ahora, sin soltarla, inclínate hacia mí para que pueda darte un beso en la mejilla.

Él hizo lo que ella le pidió y se vio abrumado por su olor, una mezcla de fresas, madera… y perro. Los labios frescos de Neen rozaron su mejilla y él sintió que renacían estrepitosamente los impulsos de chico malo que llevaba diez años tratando de reprimir. Ella se apartó, pero no soltó su mano.

–Monty –dijo con voz suave al tiempo que hacía chasquear sus dedos. El perro se incorporó inmediatamente y le acarició la mano con el hocico–. Rico, acerca tu mano para que la huela, la recuerde… y te pida disculpas.

Rico hizo lo que decía, sin temor a que Monty le mordiera. La confianza de Neen se le había contagiado, y sabía que no era el tipo de mujer que pondría a alguien en peligro. Monty no tardó en lamer la mano de Rico.

–Buen chico –dijo Neen, soltando finalmente la mano de Rico y rascando el lomo del animal.

–¿Cómo es que sabes tanto de perros? –preguntó tratando de quitarse de la cabeza la curva de sus caderas en los vaqueros que llevaba puestos.

–Crecí con ellos.

–Creí que no te gustaban.

–Eso es verdad.

Vio que ella sacaba una pelota de tenis del bolsillo.

–Bueno, Monty, vamos a ver si te cansamos de verdad –dijo al tiempo que lanzaba la pelota. Rico meneó la cabeza.

«Mis chicos no saben lo que les espera».

A la mañana siguiente, cuando Neen regresaba a casa desde la playa, se encontró a un grupo de albañiles esperando junto a su puerta. Sintió un sudor pegajoso en las palmas de las manos. Miró en derredor, pero nada parecía fuera de lo normal.

–¿Es usted la señorita Cuthbert? –preguntó uno de ellos. Cuando Neen asintió, él añadió–: Nos han contratado para instalar nuevas puertas mosquiteras y sistemas de seguridad en los cinco apartamentos.

–¿Quién les ha contratado?

–La agencia inmobiliaria responsable de la propiedad –respondió el hombre.

–¿Puedo verlo?

Él le dio el formulario de pedido. El nombre de la agencia aparecía en el recuadro del solicitante, pero ella no dudó ni por un momento de que Rico estaba detrás de todo aquello.

–Yo vivo en el apartamento número tres –dijo devolviéndole el formulario–. ¿No deberían empezar por el uno?

–El residente del apartamento uno está fuera, y el agente inmobiliario no podrá abrirnos su casa hasta mañana. Tenemos entendido que el número dos está vacío, por lo que tendremos que esperar al agente.

Era el apartamento de Audra, o por lo menos, el que había ocupado antes de marcharse.

–Me han dicho que llame a la agencia inmobiliaria si tiene alguna pregunta. ¿Le importa que nos pongamos a trabajar ya? Nos llevará una hora, dos como máximo.

–En absoluto –no iba a mirarle el diente al caballo regalado. Abrió la puerta principal y los invitó a pasar con un gesto–. Adelante.

Se sentó en el patio con un taza de té mientras Monty sesteaba bajo el sol primaveral. Siguiendo un impulso, sacó el teléfono y marcó el número que le había dado Rico.

–D’Angelo –bramó una voz sin más preámbulo, lo que por alguna razón le hizo sonreír.

–Hola, Rico, soy Neen.

–¿Va todo bien?

–Sí, gracias.

Hacía tiempo que no se sentía tan cuidada por alguien. Agarró con fuerza el teléfono. Su deseo de ser cuidada, amada, era lo que la había metido en ese lío.

–Esto… solo quería darte las gracias. No sé cómo te las has arreglado para organizarlo en tan poco tiempo, pero la empresa de seguridad ya está aquí.

Él permaneció callado y a ella le invadió un sentimiento de vergüenza.

–¿Rico? –la vergüenza dio paso a algo más siniestro. Si se trataba de una de las triquiñuelas de Chris…–. Si no has sido tú el que ha pedido que me instalen una nueva puerta y un sistema de seguridad, más vale que me lo digas ya.

Tendría que llamar a la agencia para asegurarse de que todo estaba en orden, que era lo que debía haber hecho en un primer momento. ¿Qué demonios le había hecho llamar a Rico?

–El agente de la agencia inmobiliaria que se encarga de tu bloque de apartamentos me debe un favor, y decidí cobrármelo.

–Bien… –dijo ella tragando saliva–. Muy amable por tu parte. Solo quería… darte las gracias.

–Me limito a proteger mi inversión. ¿Has tenido tiempo de leer el contrato?

Neen notó sus intentos por poner distancia entre ellos y frunció el ceño. No es que esperara que las confidencias del día anterior los hubiera convertido en amigos de toda la vida, pero siempre había entablado amistad con sus jefes y no entendía por qué con Rico tenía que ser diferente.

–He leído el contrato y he cambiado una cosa.

–¿Qué?

–No voy a firmar por dos años, Rico. Creí que lo había dejado claro. Lo he cambiado a doce meses.

Él no dijo nada.

–Un descuido, sin duda, aunque me gustaría que lo reconsideraras. Cuando tomo una decisión, me gusta poner las cosas en marcha lo antes posible y se me olvidó cambiar esa línea.

–¿Por qué este proyecto significa tanto para ti?

–Tan pronto como abra la cafetería y obtenga buenos resultados, podré solicitar capital para abrir más cafeterías en otras zonas de la ciudad.

–¿Quieres crear una cadena de cafeterías benéficas?

–¿Por qué no?

A ella no se le ocurrió ninguna razón, aunque…

–¿Nunca te paras a disfrutar de la vida?

Él no contestó, y ella se estremeció al darse cuenta del atrevimiento de su pregunta. ¡No debía hacer preguntas personales ni mostrar curiosidad! La curiosidad estaba a un paso del interés, y ella no estaba interesada en ningún hombre. Punto.

–¿Estás ocupada hoy? –preguntó él–. Sé que oficialmente no empiezas hasta el lunes, pero me gustaría enseñarte el local y saber qué opinas de él.

Una corriente de emoción recorrió su cuerpo. Era la primera vez que se interesaba por un tema profesional desde que recibió los papeles de impugnación del testamento.

–Me encantaría, Rico. Pero la empresa de seguridad tiene para una hora más o menos. En estos momentos no me siento cómoda dejando que alguien cierre la puerta de mi casa.

–Claro que no. ¿Qué hay de tu coche?

–Le están cambiando las ruedas. Estará listo en algún momento de la mañana.

–¿Estarás libre por la tarde?

–Libre como los pájaros.

–Estupendo. Puedo enseñarte la cafetería y quizá presentarte a un par de aprendices.

–¿Dónde quedamos?

–Si vienes a la oficina a eso de la una y media, podemos ir juntos.

–Allí estaré.

–Por cierto, Neen –dijo él antes de colgar–. ¿Cómo fue la cena de ayer, por la que estabas tan estresada?

Le conmovió que se acordara, pero sintió un vuelco en el estómago: la noche anterior había sido un auténtico desastre.

–¿Neen?

Ella salió de su ensimismamiento y trató de inyectar algo de humor en su voz.

–Teniendo en cuenta la semanita que llevo, no fue exactamente como yo esperaba.

Había sido verdaderamente horrible.

–Siento oírte decir eso. Pero bueno, la semana no ha ido del todo mal. No olvides que has conseguido un trabajo interesante.

–Eso es verdad –convino ella antes de colgar.

Así que un «trabajo interesante». Suspirando, se preparó otra taza de té. El tiempo lo diría, pero aunque fuera verdad, no le compensaba no poder cumplir su sueño de abrir su propia cafetería. Esperaba no tardar mucho en hacerlo. Miró al cielo y musitó:

–Crucemos los dedos, abuelo.

–Nos han dejado el alquiler tirado de precio por un periodo de dos años –dijo Rico mientras abría con llave la puerta del local situado en Battery Point.

–¿Cómo demonios has conseguido eso en este lugar? –se asombró Neen–. Está prácticamente junto al mar, a tan solo un par de calles del Mercado de Salamanca. ¡Los alquileres en esta zona son astronómicos!

Rico se encogió de hombros. Aquel hombre era prodigioso.

–¿Te debían un favor?

–El propietario es el director de una granja lechera de la zona. Le he prometido hacerle publicidad en los folletos y en los menús.

–Eres un buen relaciones públicas.

Rico encendió las luces.

–Eso es lo mismo que pensó él.

Neen admiró la amplitud de la parte delantera del local, con sus dos magníficos ventanales que daban a la calle. Era una pena que no tuviera vistas al mar, aunque si fuera así, el alquiler no sería tan barato.

–Obviamente nos encargaremos de las obras de mantenimiento necesarias.

No cabía duda de que había mucha limpieza por hacer.

–¿Qué opinas?

–Creo que puede quedar genial. Bastará con una mano de pintura y un poco de trabajo duro –dio un paso atrás–. Calcula que aquí caben cómodamente unos sesenta comensales.

–Eso era lo que esperaba oír. Ven a ver la cocina.

Ella pasó una mano por el mostrador y las vitrinas de madera que se extendían por la pared del fondo. Se los imaginó pulidos y brillantes, exhibiendo una amplia selección de deliciosas tartas y pasteles. Sonrió por dentro. Era perfecto; no podría haber elegido un sitio mejor para la cafetería de sus sueños y… Se enderezó y, saliendo de su ensimismamiento, siguió a Rico hasta la cocina. Era más pequeña de lo que había imaginado.

–¿Has organizado ya una inspección de riesgos?

–Todavía no, ¿por qué? –bramó–. ¿Ves algún problema potencial?

Ella comenzó a señalar cosas.

–Hay cableado al descubierto ahí, ahí y ahí, y aquel enchufe podría provocar un incendio. Ese ventilador de techo no me hace sentir segura. Pero el horno quedará bien una vez esté limpio –abrió un armario e hizo una mueca cuando vio una cucaracha correteando en su interior–. Esta parte es muy oscura, lo que puede ser muy problemático. Necesitaremos tiras de iluminación en toda esta zona. Una buena visibilidad es importante cuando hay hornillos al rojo vivo y cuchillos afilados. No pondría en peligro a gente con experiencia, y mucho menos a novatos.

–¡Los chicos ya aprenderán!

–Por supuesto que lo harán, pero el proceso será más rápido y seguro con una buena iluminación –dijo mientras pasaba el dedo por una bancada y lo inspeccionaba con cara de asco.

Él soltó un suspiro.

–Eso costará una fortuna.

–¿Me has traído aquí para que te dé mi franca opinión o para que te dé unas palmaditas en la espalda y te diga que estás haciendo un trabajo fabuloso?

Él la miró con el ceño fruncido y Neen comprendió que estaba calculando frenéticamente el presupuesto del que disponía.

–Ahora entiendo por qué el alquiler es tan barato –gruñó.

–¿Cuánto estás pagando?

Él le dijo la suma y ella se encogió de hombros.

–Estamos en plena zona turística de Hobart. Has hecho un buen negocio.

Él no dijo nada y Neen dudó que la hubiera oído.

–¿Qué hay por ahí?

–El almacén, los servicios de los empleados y la puerta trasera.

Él le indicó el camino y abrió bruscamente la puerta del almacén. Una criatura peluda le rozó los tobillos y Neen soltó un grito.

–¿Qué…? –dijo él girándose hacia ella.

–¡Salgamos por la puerta trasera ahora mismo!

Salieron precipitadamente al patio encementado y ella pateó el suelo estremeciéndose.

–¡Qué asco!

Rico la miró como si se hubiera vuelto loca.

–¿Qué demonios estás haciendo?

Ella le señaló con el dedo.

–Puedo soportar los ratones, e incluso las cucarachas, ¡pero no estoy dispuesta a tolerar ratas!

El gesto de Rico se ensombreció.

–Aquí no hay ratas.

–¿Ah, no? –señaló algo detrás de él–. ¿Entonces qué es esa cosa que hay en el escalón?

Capítulo 3

RICO lanzó un enérgico juramento. El roedor bajó correteando los escalones y se escabulló detrás de unos cubos de basura.

Una rata. ¡Maldita sea! El departamento de Sanidad se pondría las botas con aquello. Su visión de una próspera cadena de cafeterías benéficas quedó empañada durante unos instantes. De pronto parecía fuera de su alcance. Con la cabeza baja y los hombros vencidos, pensó que estaba exhausto de tener que pelear cada subvención, cada céntimo de dinero gubernamental, cada… Se puso derecho.

«Ya basta, D’Angelo. No tienes razones para quejarte».

Se le llenó la boca de esa bilis tan familiar. Alzó la cabeza y enderezó los hombros. Neen lo observaba con los ojos entornados y los labios fruncidos.

–¿Estás al día con la vacuna del tétanos?

La pregunta lo sorprendió.

–Sí.

Ella señaló la puerta.

–Entonces entra por esa puerta, apaga las luces y cierra con llave. Te espero en la parte delantera. ¡Ah! ¿Te importaría traerme el bolso? Lo he dejado en la encimera de la cocina –dicho esto, desapareció.

Con el ceño fruncido, él obedeció y se reunió con ella en el caminito de entrada a la cafetería. Le dio el bolso tratando de decir algo jovial, pero no se le ocurrió nada. Puso rumbo al coche, pero ella lo tomó del brazo.

–Ven conmigo.

–¿Adónde?

–Vamos a celebrar una reunión de emergencia.

–¿Una qué? ¿Dónde?

–En el pub que hay a la vuelta de la esquina.

–¿Qué te apetece beber?

Ella alzó la barbilla con aire desafiante.

–He tenido una semana de aúpa, y tengo sed.

Rico no supo por qué, pero sintió ganas de sonreír.

–¿Te apetece una buena jarra de cerveza?

–Será mejor que me la pidas sin alcohol. No quiero ponerme tontorrona y que me dé la risa floja. Pide también una bolsa de patatas fritas con sal y vinagre. Estaré ahí mismo –dijo señalando una mesa en el rincón.

Cuando regresó, se la encontró sentada frente a un boli y un cuaderno. Le dio un sorbo a la cerveza que él le tendía y, abriendo la bolsa de patatas, se llevó una a la boca.

–Tenemos que hacer una lista de tareas y organizarlas por orden de prioridad.

Él depositó con brusquedad su limonada encima de la mesa. Tenía que haber empezado a pensar en posibles soluciones a los problemas, como había hecho Neen, en lugar de desesperarse. Debería de haber sido más proactivo. Normalmente era tan…

El cumpleaños de Louis. Se desplomó sobre una silla. Aquel día habría sido el cumpleaños de Louis; la idea lo había hostigado desde el momento en que abrió los ojos aquella mañana, rodeándolo de oscuridad y de desprecio por sí mismo. Dio un respingo en el asiento al darse cuenta de que Neen lo observaba atentamente.

–¿Cuándo fue la última vez que dormiste a pierna suelta? –le preguntó.

«Hace diez años», pensó.

–Yo podría preguntarte lo mismo –dijo él observando las bolsas negras bajo sus ojos–. ¿Qué pasó en la cena de anoche?

Ella alzó una ceja.

–Lo siento, no es asunto mío.

–Terminó en acusaciones y palabras airadas. Lo que esperaba.

Las manos de él agarraron con fuerza el vaso.

–¿No invitarías a ese ex tuyo que…?

–¿Crees que soy idiota?

Lo fulminó con la mirada, y él se sintió aliviado.

–Lo siento, es que… tengo mucha experiencia con mujeres atrapadas en el ciclo de la violencia doméstica.

–¿Experiencia personal?

–No.

No había sido testigo de ella de niño, ni tampoco la había sufrido en sus carnes.

–En el trabajo. Sería horrible ver a la madre de uno pasar por eso.

Bastante duro era verlo en las familias de los chicos a los que trataba de ayudar.

–¿Te acuerdas que te conté lo del testamento impugnado?

Él asintió.

–La cena de anoche era con la otra parte interesada.

¿Y había terminado con acusaciones y palabras airadas?

–Lamento que no fuera bien.

–Te lo agradezco, pero no tiene nada que ver con el trabajo. Lo que necesitamos ahora es idear un plan de acción.

Rico estaba tan acostumbrado a que la gente le pidiera, o más bien le exigiera, ayuda que la actitud decidida de Neen lo dejó perplejo. En el buen sentido.

–Creo que lo más importante es, lo primero, fumigar el local, y lo segundo, llamar a un electricista para que compruebe el estado del tendido. Las ratas se lo comen todo.

–Conozco a uno que estará dispuesto a ayudarnos a cambio de publicidad.

–¿Cómo de grandes van a ser nuestros menús, Rico?

Él soltó una carcajada.

–No tengo contactos en el sector del control de plagas.

–Es obvio que te preocupa el presupuesto.

Neen se llevó la cerveza a los labios y él se dio cuenta de pronto de lo bonita que era. No era llamativa o vistosa; nadie diría que era bella, pero la mata de espeso pelo castaño, la naricilla respingona y la boca ancha la convertían definitivamente en una chica atractiva.

Ella se llevó la mano a la cara.

–¿Qué pasa?

¿Qué estaba haciendo? No tenía tiempo de ponerse a ponderar atributos femeninos, ni de coquetear, ciertamente no con una empleada. Estaba cansado, no se había tomado vacaciones desde hacía… diez años.

–Es normal preocuparse por el presupuesto.

–Mira, esto va a ser una cafetería benéfica. Un programa para formar a los jóvenes menos favorecidos y ayudarlos a encontrar trabajo, ¿no? Seguro que si conseguimos que la comunidad lo apoye el radio de acción será mucho mayor.

–Eso es lo que pretenden todas y cada una de las iniciativas benéficas. Y la comunidad está… un poco harta de estas iniciativas. La generosidad de la gente tiene un límite.

Rico lo comprendía, pero si pudiera involucrar a unas cuantas empresas más… El problema era que sus chicos no eran graciosos y adorables. Eran desgarbados, malhumorados y respondones, lo cual no ayudaba a la hora de hacer publicidad.

–Hace un tiempo una familia perdió su casa a causa de una tormenta. No sabían que el seguro no lo cubría. Una emisora de radio hizo un llamamiento para que gente de diferentes oficios ofreciera su ayuda. Se vieron inundados de ofertas. Por lo visto, la publicidad que recibieron compensó el trabajo que hicieron. Nosotros podríamos hacer algo parecido.

–Tengo un contacto en una de las emisoras.

El corazón de Rico comenzó a latir rápidamente. Si pudieran conseguir a un fumigador y un electricista gratis… Durante unos instantes sintió la tentación de tomar el rostro de Neen entre las manos y besarla, pero en lugar de eso le dio un trago a su bebida.

–¿También tienes contactos en la televisión local? –preguntó ella removiéndose en el asiento con los ojos brillantes.

–¿Estás pensando en que nos entrevisten a ti, a mí y a algunos de los chicos?

–Yo preferiría pasar desapercibida.

Rico recordó lo de su exnovio y apretó los puños por debajo de la mesa.

–Entiendo. Mira, Neen, he hablado varias veces con los medios, y a mí no me plantea ningún problema. Pero algunos de los chicos se expresan fatal.

–¿Por qué no hacemos algo divertido, usando el humor?

–¿Como qué?

Ella rio de repente, y él se dio cuenta de que olía al fresco aire alpino del parque nacional del suroeste de Tasmania. Un lugar que no había visitado en más de… diez años.

–Podríamos mostrar a un grupo de adolescentes caminando por la calle en actitud amenazadora y una voz en off que dijera: «¿Le gustaría ver a estos chicos merodeando por su calle?». También unos viejecitos metiéndose en sus casas a toda prisa y cerrando la puerta con llave. Luego, enfocaríamos la cafetería, donde estarían todos los chicos trabajando y sirviendo café y tartas deliciosas a los vecinos que antes estaban atemorizados. La voz en off podría decir algo así como: «Ayúdenos a apartarlos de la calle y a encontrarles un empleo».

Rico no pudo evitar reír al imaginar la escena.

–Costaría dinero… y tiempo.

–¿Pero, y si hace que la gente se fije en nuestra causa?

En eso tenía razón.

–Bueno, pasemos al siguiente punto. Tú te encargas de la campaña publicitaria.

–Una vez obtengamos la aprobación del departamento de sanidad y riesgos laborales, podríamos organizar una jornada de trabajo. Podríamos pedir ayuda a través de la radio. ¿Crees posible convencer a tus adolescentes de trabajar a cambio de nada?

–A algunos, sí.

Algunos deseaban una oportunidad desesperadamente.

–Si ayudan a pintar y a decorar la cafetería se sentirán más involucrados en el proyecto. Sobre todo si reciben pizza gratis a cambio.

–Es un plan excelente.

–También tendríamos que promocionar la apertura de la cafetería. ¿Crees que podríamos sortear tickets para el almuerzo el día de la inauguración?

–Creo que es una idea estupenda, pero me gustaría que ese día siguiera siendo el miércoles de la semana que viene.

–Pues vamos a tener unos días de lo más ajetreados, ¿no crees?

–Totalmente. Yo preferiría anunciar un evento para dentro de dos meses, e invitar a propietarios de restaurantes y hoteles, a encargados de empresas de catering…, a cualquiera que pudiera estar interesado en contratar a nuestros aprendices.

Ella aplaudió.

–Podríamos organizar un almuerzo para la Copa Melbourne. Para entonces los chicos tendrán algo de experiencia.

–¡Genial!

Él se acomodó en el asiento. Después de tanto trabajo duro e interminables trámites burocráticos, Rico comenzaba a apreciar el lado divertido del proyecto y a convencerse de que podrían hacerlo funcionar. Miró a Neen y de nuevo sintió la necesidad de inclinarse hacia ella y besarla. Por pura gratitud, nada más. Terminó su limonada de un trago.

–Neen, estoy impresionado. Desde el momento en que entraste en mi oficina supe que eras la persona adecuada para el trabajo.

–¿Pero?

–Pero no me había dado cuenta hasta ahora de hasta qué punto. Cuando te negaste a firmar un contrato por dos años, dudé de tu compromiso, pero me equivoqué. ¿De dónde salen tanta energía y tantas ideas?

Los ojos de Neen se llenaron de lágrimas súbitamente.

–¿Qué…? –preguntó, angustiado–. Te estaba piropeando. ¿Qué he dicho de malo?

Ella quiso decir que nada, que eran tonterías suyas, pero las palabras se negaron a salir. Además, no le apetecía mentir, no a Rico.

–Me has preguntado que de dónde saco tanta energía y tantas ideas…

–Era una pregunta retórica; solo quería alabarte.

–Lo sé, y te lo agradezco. Me has hecho sentir que estaba haciendo un buen trabajo.

–¿Pero…?

Ella se inclinó hacia él y estuvo a punto de tocarle la mano, pero se retractó en el último momento.

–Rico, mi sueño es abrir mi propia cafetería. Durante tres meses y medio pensé que estaba a punto de hacerse realidad. Busqué locales, diseñé menús, hablé con gente de posibles empleados. La cabeza me hervía de ideas, pero…

No pudo seguir. Su sueño se había aplazado indefinidamente, quizá para siempre, y… Sintió que algo se desplomaba dentro de ella, amenazando con aplastar algo bueno y puro en su interior. Enderezó la espalda y combatió el deseo de enterrar la cara entre sus manos.

–¿Pero has tenido que posponerlo hasta que se solucione el asunto del testamento?

–Exacto.

–Y mi cafetería se está beneficiando de tu desengaño…

Él le tomó la mano, inundándola de calidez y algo más que no supo definir.

–Neen, no es más que un retraso. Al final, conseguirás tener tu propia cafetería. Eres lista y capaz, y…

–Rico –no quería darle la impresión de estar sumida en la autocompasión–. Te agradezco que me hayas dado una oportunidad. Si no puedo llevar a la práctica mis planes de abrir mi propia cafetería, dirigir la tuya es la mejor alternativa. No quiero que pienses que no estoy entregada al cien por cien, o que te voy a dejar en la estacada. Pase lo que pase con el testamento, te he prometido un año.

–No dudo de tu compromiso, Neen.

–Pero tampoco quiero que pienses que te estoy prometiendo más que eso.

Él se echó hacia atrás y le soltó la mano.

–Comprendo –dijo con rostro inexpresivo.

Neen lamentó su retraimiento, pero se dijo que era mejor así. No quería darle la impresión de haber hecho suya su causa. Ella tenía sueños, sueños que sin duda la gente entregada a una causa consideraría egoístas. Sintió un sabor acre en la boca; eso era exactamente lo que le habían dicho sus padres la noche anterior. Eran demasiado fanáticos para reconocer sus propias obsesiones. Trató de sacudirse los recuerdos de la cena de la víspera; regodearse en ellos no le hacía ningún bien.

–¿Cuándo conoceré a los chavales?

Él miró su reloj.

–Les he pedido a varios de ellos que vengan al centro comunitario esta tarde.

¿El centro comunitario? No parecía mal sitio; mejor que una pista de patinaje o de baloncesto.

–¿Suelen reunirse allí?

Cruzó los dedos, con la esperanza de que los chicos de Rico se tomaran el trabajo en serio y aprovecharan la oportunidad que se les ofrecía.

–El centro tiene un gimnasio gratuito que suelen frecuentar.

Neen advirtió cómo la expresión de Rico se suavizaba cuando hablaba de ellos.

–Quiero que les des una oportunidad, Neen. Son algo rudos, pero es que han tenido una vida dura.

–No tengo intención de prejuzgarlos.

–La mayoría de la gente espera lo peor de ellos. Yo intento esperar lo mejor.

–Espero que sean conscientes de lo afortunados que son de tenerte como protector.

Él permaneció en silencio.

–¿Cómo acabaste haciendo este tipo de trabajo?

La luz de sus ojos se ensombreció.

–No fue algo casual, sino muy deliberado.

Neen esperó en vano a que siguiera hablando. Mensaje captado. Tragó saliva y asintió, recordándose a sí misma que no era más que una empleada y que los hombres entregados a las buenas causas no le parecían ni remotamente atractivos. Y aunque se lo parecieran, lo último que quería era una relación o una aventura. Ya había buscado el amor y se había llevado un escarmiento. Había aprendido la lección; nadie podía acusarla de ser mala estudiante.

–Pues entonces llévame a ese centro comunitario del que hablas –dijo poniéndose en pie.

Neen conoció a cuatro de los chicos que Rico había seleccionado para trabajar en la cafetería. El quinto no se presentó. Todos ellos mascullaron un saludo y trataron a Neen con relativa educación y a Rico con respeto. Entre ellos, sin embargo, el comportamiento era rudo y el lenguaje, insultante.

–¿Qué te han parecido? –le preguntó Rico cuando salieron del centro minutos después.

Ella lo miró.

–Necesito un café.

–No son tan malos –afirmó él, tenso.

–No he dicho que lo fueran. ¿Por qué te pones a la defensiva?

La relación que mantenía con los chicos la tenía totalmente confundida. Los defendía con tanta pasión que ella había esperado que adoptara un papel de hermano mayor cuando estaba con ellos. Nada más lejos de la realidad. No había duda de que los chicos lo respetaban, pero Rico se mantenía distante, y ella no comprendía el porqué.

–Hay una cafetería por aquí cerca que me gustaría que vieras. Quiero hablarte de los chicos y de temas puramente logísticos –dijo ella echando a andar en dirección a la cafetería–. Esperabas que nada más conocerlos me enamorara de ellos y te dijera que tus planes van a salir a la perfección y que va a ser un éxito rotundo, ¿a que sí?

–No, no esperaba eso, pero hubiera estado bien. En lugar de eso, te has puesto a pensar en problemas y desastres.

–Y también en sus posibles soluciones –puntualizó ella.

–Es verdad, perdona –se disculpó–. Es que estoy tan acostumbrado a tener que defenderlos, que automáticamente…

No terminó la frase y ella tampoco lo hizo por él. Entraron en el local.

–¿Qué te parece? –le preguntó señalando con la mano la decoración mientras esperaban a que les llevaran el café.

–Me gusta. Tiene encanto y es acogedor. Estaría genial crear un ambiente así.

Ella reprimió un suspiro. Eso no ocurriría jamás.

–Nuestros cafés están listos. Quiero que te fijes en la camarera.

Le dieron las gracias cuando esta les sirvió las tazas.

–¿Qué se supone que tenía que ver? –le preguntó cuando la chica volvió al mostrador.

–Es bajita, ¿verdad? Y bastante grácil.

–Supongo.

–Mira el espacio que hay entre las mesas. Escaso, ¿no te parece? Ahora piensa en el tamaño de los chicos que me acabas de presentar. Había olvidado lo brutos y torpes que pueden ser los adolescentes.

–¡Ya aprenderán!

–Ay, Rico, ¿puedes dejar de ponerte a la defensiva por un momento? No estoy diciendo que no vayan a aprender, sino que si queremos que den buena impresión tenemos que crear un ambiente que lo haga posible.

Él la miró tamborileando la mesa con una mano.

–Para que cuando posibles empleadores vengan en busca de talentos…

–Exacto. Creo que será mejor que optemos por líneas limpias y menos mesas, en lugar de por el encanto campestre que se respira aquí. Deberíamos aprovechar la historia de Battery Point y recrear el ambiente de una colonia de convictos.

Él la miró con intensidad, haciendo que su corazón latiera con fuerza. Tenía unos ojos muy seductores.

–¿Te han caído bien los chavales?

–Es demasiado pronto para decirlo –dijo frunciendo el ceño–. Bueno, Travis me ha parecido estupendo.

A sus diecisiete años, Travis era algo mayor que los demás, y además tenía experiencia en restaurantes de comida rápida. Mantuvo el contacto visual con ella durante toda la conversación. Neen había percibido la ambición en su mirada y, al igual que Rico, mantenía ligeramente las distancias con el resto del grupo.

–Es un diamante en bruto. Si le dan una oportunidad, llegará lejos.

Rico la estaba mirando con la boca entreabierta. De pronto, una luz relampagueó en sus ojos y, antes de que ella pudiera darse cuenta de lo que ocurría, se inclinó hacia ella, tomó su cara entre las manos y la besó.

Capítulo 4

SI NEEN hubiera pensado que los labios de Rico serían tan fríos como su persona habría estado muy pero que muy equivocada. Eran unos labios calientes, abrasadores, que le transmitieron una tórrida quemazón de la cabeza a los pies.

Contuvo el aliento, pero no se apartó, y él la sujetó con más fuerza. La lengua de Rico le acarició tentativamente los labios, creando en ella un doloroso deseo que amenazó con hacerle perder la compostura, hasta que pensó que moriría si no respondía a aquel beso. Sus lenguas se rozaron y ella lo sintió gemir. Olía a loción de afeitado, pero su sabor era aterciopelado, como el de un Chardonnay cremoso. Se hundió en él para bebérselo entero.

Ni la mesa clavándosele en las costillas ni el estrépito de las tazas y vasos rompieron la magia inesperada del momento. Un momento lleno de energía y esperanza que le resultaba ajeno y, al mismo tiempo, maravilloso.

Más estrépito de platos.

Rico.

Parloteos. Risas.

Besándola.

Era maravilloso y…

–¡Un error!

Las palabras le salieron del alma, mientras le plantaba una mano en el pecho y lo apartaba de su lado. Se pasó el dorso de la mano por la boca para deshacerse de su sabor, en un intento de apaciguar el vociferante deseo que la poseía. Tal era el estremecimiento que sacudía su cuerpo, que tuvo que agarrarse a la mesa para no caerse. Rico la miraba, respirando agitadamente, aturdido y con expresión sombría.

Neen no se había imaginado que entre Rico y ella pudiera desatarse una lujuria tan instantánea. Él era tan contenido y estaba tan centrado en sus proyectos… Nunca había experimentado nada igual, ni con Chris ni con nadie.

Chris. Pensar en él le produjo un sudor frío. No estaba dispuesta a repetir la historia. Con el corazón en la garganta apartó los dedos de la mesa y se colgó el bolso en el hombro.

–Te deseo lo mejor en tu proyecto, Rico, pero después de pensarlo un poco más creo que no soy la persona adecuada para el puesto.

Necesitaba algo que la distrajera de sus problemas, pero no «ese» tipo de distracción.

Se puso rígida cuando él trato de tocarla. Los labios de él palidecieron.

–No te vayas, Neen. Por lo menos no hasta que te haya pedido disculpas –dijo mirando a otro lado–. Aunque ni yo mismo sé lo que ha pasado.

La luz de sus ojos se había esfumado, dejándolos apagados, sin vida. Neen deseó escapar del tumulto que se había desatado en su interior, de las recriminaciones que la abrumaban, de su propia estupidez. Pero esos ojos… si ella abrigaba recriminaciones, él las sentía multiplicadas por diez.

Tratando de recuperar la compostura, apoyó el bolso sobre su regazo y lo agarró con tanta fuerza que sus nudillos adquirieron un color blanquecino.

–Te doy dos minutos para explicarte.

Él se llevó dos dedos al puente de la nariz.

–Ya te dije que puse en duda tu compromiso con el proyecto.

Neen deseó que sus ojos perdieran ese tono apagado y que el color volviera a sus mejillas.

–Por eso no me elegiste a mí primero.

–Y, sin embargo, tú has aportado al proyecto algo más importante que el compromiso.

–¿Ah, sí? –preguntó tratando de que su voz sonara fría y cortés.

–La falta de prejuicios. No has juzgado a los chicos ni tampoco has dado por hecho que la cafetería está destinada al fracaso. Has aportado… un sentido de la justicia que me ha abrumado. Estás dispuesta a juzgar a las personas por sus acciones y no por cómo las percibe la sociedad.

–¿Por qué te sorprende tanto?

–Porque estoy acostumbrado a trabajar con gente como yo, que lucha una dura batalla contra los prejuicios y el conservadurismo, y había olvidado que hay gente que piensa por sí misma.

Ella meneó la cabeza. Rico debería salir y conocer más gente.

–Estaba preparándome a oír algo despectivo sobre los chavales, a que me dijeras que vivo en un mundo de color y fantasía por creer que esto puede funcionar. Y en lugar de eso, has aportado soluciones prácticas a posibles problemas y yo he sentido…

Ella se lo quedó mirando. ¿Qué había sentido?

–Esperanza.

–¿Y por eso me has besado?

–Se suponía que era un beso de agradecimiento, pero…

–Pero te has visto abrumado por mi magnetismo animal, ¿verdad?

Él entornó sus ojos.

–No te subestimes; eres una mujer atractiva, aunque intentes ocultarlo bajo esos trajes de chaqueta que llevas.

Neen parpadeó. Fue a decir algo, pero no salió sonido alguno de su boca.

–Lamento muchísimo mi falta de profesionalidad. Como te he dicho, no me explico lo que ha sucedido, pero quiero que sepas que estoy avergonzadísimo.

–Yo sí me lo explico. ¿Cuándo fue la última vez que te tomaste unas vacaciones, te soltaste la melena y te divertiste un poco? –preguntó señalándole con el dedo–. ¿Cuándo fue la última vez que te tomaste un descanso en el trabajo?

–Yo no me tomo vacaciones, Neen, ni tampoco días libres. Quiero hacer algo que merezca la pena, no repantigarme en un sofá.

Aquel hombre era como sus padres: comía, respiraba y dormía por su causa.

–Muy bien, pues te vas a convertir en una triste estadística. ¿Por qué no te inmolas directamente en una pira y terminas con todo?

Sus ojos relampaguearon, pero ella hizo caso omiso.

–No eres supermán, Rico. Estás hecho de carne y hueso, como el resto de los mortales. Y si no introduces algunos cambios en tu vida, te vas a quemar.

–Al menos lo haré por una buena causa.

–Eso díselo al resto del personal femenino al que acabarás besando inoportunamente.

–Te prometo que eso no volverá a ocurrir jamás.

Ella trató de ignorar el vuelco que le había dado el corazón.

–Dejando aparte la falta de profesionalidad, ¡soy tu jefe! Y estaría mal por mi parte darte a ti o a otra mujer la impresión de que estoy disponible cuando no lo estoy. En mi vida no hay tiempo ni lugar para el amor.

Ella parpadeó. ¿Por qué diablos no?

–Neen, eres importante para este proyecto. Te suplico que no dejes que mi comportamiento te lleve a dejar este trabajo.

Ella lo miró y, sin poder evitarlo, soltó una carcajada.

–¿Qué es tan divertido?

–¡Tú!

El hombre no tenía ni idea de cómo funcionaban las relaciones humanas normales. Era todavía peor que ella en ese sentido, y por alguna razón, eso la animó considerablemente. Pensó en su flamante sistema de seguridad, en las clases de defensa personal… y en el hecho de que Rico había sido lo suficientemente caballeroso como para no comentar la manera en que ella había respondido a su beso. Aquel hombre le gustaba; no podía evitarlo.

–Yo tampoco quiero darle a nadie la impresión de que quiero una relación. Todavía no estoy preparada para intentarlo de nuevo.

–Tomo nota –convino él en voz baja.

–Bueno, con tal de que eso quede claro, supongo que todavía tienes una encargada para tu cafetería.

Él se desplomó en el asiento.

–Gracias.

Pero no se dieron la mano; tocarse no parecía una buena idea.

–Bueno –dijo adoptando de nuevo una actitud profesional–. ¿Cuándo crees que vendrán los del servicio de control de plagas y el electricista?

–Mañana, o el viernes como muy tarde. Si trabajan durante el fin de semana, el local debería estar listo para pintarse el lunes.

–Genial. ¿Qué te parece si quedamos tú, los chicos y yo en la puerta del local a las nueve?

–Si quedamos a las ocho y media, te evitarás la hora punta en el puente.

–A las ocho y media, entonces. Dejaré los trajes de chaqueta en el armario y me pondré un jersey viejo y unos vaqueros –dijo al tiempo que se ponía en pie.

Él también se incorporó.

–Yo haré lo mismo.

¿De verdad tenía vaqueros ese hombre? A ella le parecía que su ropa informal debía de estar relegada al mismo oscuro agujero que el romance.

–¿Tienes una fotografía de Chris?

–¿Por qué? –preguntó ella frunciendo el ceño.

–Quiero saber qué aspecto tiene. Me gustaría poder identificarlo si empieza a merodear por el local.

No se le había ocurrido.

–Traeré una el lunes.

–Que pases un buen fin de semana, Neen.

–Hasta luego, Rico.

Cuando salieron a la calle, tomaron direcciones opuestas. Ninguno de los dos se volvió para mirar al otro.

El lunes, seis chicos se presentaron a echar una mano. Su excitación conmovió a Rico, que se sintió abrumado por una sensación familiar de impotencia. Tenía que sacarlos de la calle, encontrarles un trabajo, darles esperanza. Pero no tenía empleo para todos de momento. No soportaba pensar en los desastres que les acechaban: drogas, alcohol, violencia.

–¿Qué quieres que hagamos hoy, Rico?

–Hay que pintar las paredes, y en algún momento tendremos que sacar brillo al suelo, pero será mejor que esperemos a terminar con la pintura. Y la cocina necesita un buen repaso.

Estaba a punto de sugerir que crearan dos grupos, uno para la zona del comedor y otro para la cocina, cuando Neen tomó los cubos y el detergente y comenzó a repartirlos.

–Bien. Necesitamos un montón de agua caliente para lavar las paredes. Y también hay que extender esas fundas por el suelo.

Los chicos obedecieron sus órdenes; algunos parecían divertidos, otros se empujaban unos a otros y se lanzaban insultos en tono desenfadado. A Rico le entregaron un cubo de agua jabonosa y, tras estar a punto de protestar, se lo pensó mejor y se dispuso a lavar una pared, sin dejar de observar a Neen, que había adoptado el papel de organizadora.

Los chicos hacían un montón de ruido mientras trabajaban. En un momento dado Carl le dio un empujón a Luke, que en venganza le arrojó un trapo mojado. La trifulca que siguió a continuación terminó en un cubo derramándose que lo dejó todo empapado.

Rico se dio la vuelta.

–¡Portaos bien! Esto es una cafetería, no un campo de fútbol. Si no os vais a tomar esto en serio, mejor os vais. Conozco a veinte chicos a los que les gustaría estar en vuestro lugar.

–Nos estábamos peleando en broma –se quejó Carl.

–Cálmate –masculló Luke.

Travis, el mayor, los miró con enojo y se acercó hacia ellos.

–¿Algún problema? –preguntó haciendo crujir sus nudillos. Carl y Luke se apresuraron a negar con la cabeza y volvieron al trabajo.

Rico le lanzó una mirada rápida a Neen, esperando que el comportamiento de los chicos no la hubiera desalentado. Ella le devolvió la mirada.

–No pensé que fueras de los que lloran sobre el agua derramada.

La crítica implícita en el comentario le puso tenso.

–Este programa es importante y quiero que todo el mundo se lo tome en serio.

–Ya. ¿Y eso significa que no podemos reírnos ni pasarlo bien?

–Por supuesto que no –miró a Carl y a Luke, que le habían dado resueltamente la espalda. ¿Habría sido demasiado duro con ellos?

–Bien, me alegro de que lo hayamos aclarado –dijo ella.

A partir de ese momento, nadie le hizo ni caso, lo cual no le importó lo más mínimo. Mientras trabajaban, Neen entabló conversación por los chicos. No le dieron los detalles que Rico conocía; los hogares rotos, las drogas, la violencia, la pobreza, pero hablaron de sus equipos de fútbol favoritos, de lo que les gustaba hacer durante el fin de semana y de la comida que les gustaría servir en el café. Le contaron sus sueños y, en menos de tres horas, Neen sabía más sobre ellos de lo que él había averiguado en tres años. A pesar de eso, en un momento dado, Neen arrojó el trapo a un cubo y, volviéndose hacia los chicos con las manos en las caderas, anunció:

–¡Se acabó! ¡Esto pasa ya de castaño oscuro! Vamos a establecer unas normas aquí y ahora. Pensaba esperar a que la cafetería estuviera en funcionamiento, pero me temo que no puedo soportarlo más.

Los chicos se quedaron mirando a Neen con la boca abierta de sorpresa.

–El lenguaje que estoy oyendo en esta sala es espantoso y todos los que vais a trabajar en este lugar lo sabéis. En el momento en que entréis por esa puerta, los malos modales y los tacos se quedan fuera. Y como oiga alguna palabrota en horario de trabajo, os vais a enterar. ¿Queda claro?

Los chicos murmuraron «Sí, Neen», «Perdona, Neen», «Claro, Neen…», y ella sonrió.

–Gracias.

La sonrisa hizo que a Rico le diera un vuelco el estómago. Recordó el beso robado y sintió una palpitación en la entrepierna. Apretó los dientes y volvió a concentrarse en la pared. ¿Qué demonios le había llevado a besarla? No había actuado con tanta fogosidad desde que era un chico de diecisiete años, siempre metido en líos. Neen parecía despertar en él los impulsos de chico malo que llevaba diez largos años tratando de sofocar. No podía permitirse dar rienda suelta a dichos impulsos ahora. Ya habían hecho suficiente daño; no permitiría que volvieran a hacerlo.

Neen se acercó cuando Travis y él estaban a punto de empezar a colocar la cinta de enmascarar en uno de los ventanales.

–Travis, ¿te importaría ayudarme a descargar un par de cosas del coche?

El joven soltó inmediatamente la cinta de enmascarar y la siguió. Cuando Neen pasó cerca de Rico, le guiñó un ojo. La calidez del gesto, la complicidad que transmitía, le inundaron de calidez y le hicieron recordar la dulzura de su boca.

Al cabo del rato, Neen hizo su aparición desde la cocina.

–Venga, chicos, dejad el trabajo. Es la hora de comer.

Los chicos la siguieron, alborozados, mientras Rico se quedaba atrás deliberadamente. Recogió los rollos de cinta y los arrojó en su caja de herramientas, escurrió un par de trapos y…

«¡Maldita sea!».

Tiró los trapos en un cubo y salió al patio trasero, donde encontró a Travis a cargo de una barbacoa en la que se estaban asando salchichas y cebollas. Sobre una pequeña mesa plegable había una pila de bollos de pan, salsa de tomate y ensalada de col. El olor de la cebolla frita hizo crujir sus tripas.

–Pensé que íbamos a pedir una pizza.

–Creí que esto sería más divertido.

–Tienes razón.

Ella enarcó una ceja.

–¿Pero?

–Pero nada. Ha sido una buena idea, y punto. Tienes que decirme cuánto te ha costado, no quiero que lo pagues de tu bolsillo.

Ella se lo quedó mirando unos instantes, como esperando a que dijera algo más. Él permaneció en silencio, y Neen se sentó en el escalón encogiéndose de hombros.

Rico se preparó un perrito caliente, se sirvió ensalada, tomó una lata de refresco y recorrió el patio con la mirada. El único sitio libre para sentarse era el escalón, junto a Neen. Vaciló. Siempre podía acomodarse en el comedor que acababan de limpiar. Él solo. Podría hacer algunas llamadas… Pero un sexto sentido le indicó que Neen no se lo iba a permitir. ¡Maldita sea! ¿Quién era el jefe allí? Con un suspiro, tomó asiento en el escalón junto a ella.

Comieron en silencio durante un rato, pero él empezó a sentirse incómodo.

–Veo que te llevas bien con los chicos.

Ella asintió.

–Yo sí, pero tú no.

¿Cómo…? Rico se atragantó con el perrito caliente y Neen le golpeó la espalda hasta que dejó de toser.

–Eso no es importante –dijo fulminándola con la mirada–. Tú eres su jefa, eres la que tiene que trabajar con ellos. Yo solo soy…

–¿La persona que les está dando la oportunidad de sus vidas? ¿Por qué haces esto, Rico, si no te permites a ti mismo disfrutar con el proceso?

–En la vida no todo es diversión –le espetó.

Neen terminó la ensalada y se limpió los dedos y los labios con una servilleta de papel.

–Tampoco tiene por qué serlo el pesimismo. Yo no sé nada de tu vida, pero sospecho que estos chicos tienen más razones para quejarse que tú. Y, sin embargo, encuentran el momento para divertirse un poco. Son personas, como tú y como yo, con sus sueños y esperanzas. Sí, han empezado la vida con mal pie, pero no son ellos los que corren el peligro de perder su humanidad. Tú sí.

Se puso en pie y empezó a recoger los restos, mientras animaba a los chicos a que se sirvieran más comida. Él la miró y sintió ganas de llorar. No corría el peligro de perder su humanidad, pues la había perdido diez años atrás.

Neen también tenía ganas de llorar. La manera en que Rico mantenía las distancias, su desapego, su aislamiento… Estaba haciendo mucho por los chavales, y estos eran buena gente. Un poco brutotes, no lo negaba, pero al igual que los niños pequeños y los perros grandes, daban lo mejor de sí cuando se les prestaba algo de atención y se les elogiaba discretamente. Y, como acababa de descubrir, cuando se les imponían límites estrictos.

No les resultaba fácil, pero estaban haciendo un esfuerzo por no decir tacos. Parecía que les gustaba tenerla de jefa, algo que la conmovía hasta el punto de querer abrazarlos a todos. Y desde la regañina de Rico habían dejado de jugar a darse empujones unos a otros.

Neen depositó el rodillo sobre la bandeja, se llevó las manos a la parte baja de la espalda y se estiró, aprovechando para mirar a Rico. Estaba invirtiendo mucho esfuerzo en los chicos, pero no disfrutaba de los momentos que pasaba en su compañía.

Como si fuera consciente de estar siendo observado, él alzó la vista y Neen quedó atrapada en su mirada. El recuerdo de su beso robado la invadió, haciéndola estremecer. Él se enderezó, depositó el pincel sobre la lata de pintura y se acercó a ella poco a poco.

Neen se dio cuenta de que lo deseaba. Lo deseaba de una manera primaria, elemental. Dio un paso atrás, con la boca seca y el corazón desbocado. Normalmente evitaba a los ejecutivos almidonados; no le resultaban nada atractivos.

–Sé que esto no es exactamente lo que creías que ibas a hacer al firmar el contrato.

Él no se había dado cuenta de cómo reaccionaba su cuerpo ante él, gracias a Dios.

–No pasa nada; es divertido.

Él no dijo nada.

–Quiero decir… Sé que la diversión no entra en la descripción del puesto, pero…

–Me alegro de que estés disfrutando, Neen.

La miró largamente, y el corazón de Neen latió con fuerza. Necesitaba darse una ducha fría y poner distancia entre ellos. Se llevó la mano al bolsillo trasero y sacó una fotografía que le tendió.

–Aquí está la foto que me pediste.

Como por arte de magia, él volvió a adoptar una actitud profesional, distante.

–Bien –dijo mientras miraba la foto–. ¿Estarás libre durante media hora después del trabajo? Me gustaría presentarte al monitor de defensa personal.

–Claro, gracias.

Sin decir otra palabra ambos se dieron la vuelta y volvieron a sus respectivas tareas. En un intento de ahogar el retumbar que invadía sus oídos Neen se puso a tararear una canción de heavy metal que pensó que los chicos conocerían.

Uno a uno, se fueron uniendo a ella. Todos menos Rico.

Capítulo 5

NEEN examinó la habitación con todo el espíritu crítico del que fue capaz, pero le resultó imposible ser objetiva después de todo lo que habían trabajado Rico, los chicos y ella la semana anterior.

En lo referente a la decoración, habían optado por un estilo colonial sencillo. No era su favorito, como tampoco aquella era la cafetería de sus sueños, pero…

Las paredes blancas, las mesas de madera rústica y el suelo de tablones pulidos, junto con las reproducciones de mapas antiguos y las fotografías que reflejaban el pasado convicto de Hobart tendrían mucho éxito entre los turistas.

Un golpe en la puerta principal le puso el corazón en la garganta. Qué tonta. Seguro que no era más que Travis esperando a que le dejara entrar.

Pero no, era Rico. El pulso se le aceleró.

–Hola –saludó apenas sin aliento.

–¿Te he asustado?

–Por supuesto que no.

Rico paseó la mirada por la habitación.

–¿Estás nerviosa?

–Emocionada.

Su mirada atravesó la sala y se clavó en la vitrina.

–¡Tiene un aspecto fantástico!

Se acercó a ella e hizo ademán de tocarla, pero Neen le apartó la mano.

–Acabo de limpiarla.

Él enarcó las cejas.

–¿De dónde has sacado el tiempo para cocinar todo esto?

Su mano estaba caliente, como recién sacada de un horno, y ella sintió un escalofrío en los dedos. Rico olía a pan recién hecho y a Neen se le hizo la boca agua.

–No lo he hecho yo. Le hemos encargado la mayoría de los productos a una empresa de catering. No me pagas lo suficiente como para hacerlos yo misma.

Él asintió, pero se giró señalando la vitrina.

–Esta es tu tarta agria de manzana.

La semana anterior, mientras todos se afanaban en preparar la cafetería, ella había llevado una tarta de queso, una tarta agria de manzana y un pastel de nueces de merienda para Rico y los chicos. Todos manifestaron su aprobación, y ella aprovechó para enseñarles cómo cortar y servir los postres.

–No he podido resistir las ganas de hacer un par de cosillas. Es una de las razones por las que quería abrir mi propia cafetería. Una vez los chavales tengan más experiencia y sepamos cuáles tienen más éxito, Travis y yo podremos dedicarnos a cocinar en los tiempos muertos.

–Espero que no haya tiempos muertos.

–Pues creo que te vas a llevar un chasco. Además, aprovecharemos esos momentos para rellenar los azucareros, limpiar las mesas, reponer los frigoríficos y todas esas cosas. Y tampoco queremos agotar a los chavales desde el principio.

Les había enseñado a preparar cafés con leche, solos y capuchinos; les había explicado cómo rellenar una comanda; habían desempeñado los papeles de camarero-cliente infinidad de veces… Pero la vida real podía ser muy diferente, y Neen sabía que al principio todo serían nervios.

–¿Cuánto tardaremos en poder abrir los siete días de la semana?

–¿Siempre tienes que pensar en cómo obtener el máximo beneficio? –le preguntó mientras limpiaba los menús plastificados–. ¿No puedes simplemente disfrutar con el hecho de que hoy es el día de la inauguración, aunque solo sea por un momento?

–Necesito que este local sea rentable lo antes posible.

¿Para qué, para que pudiera sacudirse el polvo de las manos y embarcarse en el próximo proyecto benéfico?

El plan era que Travis empezara a trabajar como chef en la cocina a tiempo completo, mientras los demás trabajarían a tiempo parcial de pinches y camareros. De momento, el presupuesto no les daba para más.

–Si la razón de ser de esta cafetería es formar a los chavales para que posibles empleadores los vean en acción, entonces…

–¿Entonces qué?

–Que si nuestra fuerza de trabajo se ve constantemente mermada porque nos roban a los empleados…

–Los chicos obtendrán un empleo en empresas respetables.

–Entonces estaremos siempre formando a nuevos chicos. Ninguno de ellos permanecerá aquí el tiempo suficiente para que podamos formarlos como encargados. Así que hasta que estés dispuesto a encontrar el dinero para contratar a uno, solo abriremos cinco días. Además, los lunes y los martes son días tranquilos de todas maneras.

–No quiero que pierdan el tiempo esta semana. Tienes que asegurarte de que arriman el hombro, porque si les dejas hacer los que les da la gana…

–Estoy en ello, Rico. Lo tengo todo organizado.

Le abrió la puerta a Travis, y sonrió. El chaval vaciló y le devolvió la sonrisa, nervioso.

–¿Estás listo?

Se giró para incluir a Rico en el momento y, entonces, con exagerada parsimonia, le dio la vuelta al cartel de la puerta para que leyera Abierto.

Rico se quedó mirando la puerta como si los clientes fueran a aparecer como por arte de magia. Empezó a dar vueltas de un lado a otro de la sala; mientras, Neen le daba unos golpecitos en el hombro a Travis.

–¿Por qué no vas a dejar tus cosas en el armario?

Una vez se hubo ido el muchacho, se giró hacia Rico.

–Sé lo importante que es este proyecto para ti, pero la expresión de tu cara va a asustar a los clientes. Vete a la oficina a hacer lo que quiera que hagas allí. Si te quedas aquí vas a ponernos nerviosos a todos.

Y ella no necesitaba ponerse nerviosa, ni tampoco a un hombre que olía a pan recién hecho y le ofuscaba los sentidos.

–Perdona, pero el éxito de este local es muy importante para mí.

Significaba demasiado y ella no lograba entender el porqué. Era como si su autoestima dependiera del éxito del proyecto.

–Vete a hacer las buenas acciones del día. No quiero verte por aquí hasta después de las dos y media, cuando haya pasado el ajetreo del almuerzo. Te recompensaremos con un café y un pastel y te contaremos cómo ha ido todo.

–Está bien –asintió él dirigiéndose hacia la puerta.

¡Vaya! No podía dejar que se marchara con esa expresión de preocupación.

–Rico.

Él se giró hacia ella.

–Deséame suerte.

–Neen, has trabajado tanto que no necesitas suerte.

Estiró el brazo y le agarró el hombro. Al sentir el tacto de su mano, a Neen se le aceleró el pulso. Rico posó la mirada en sus labios durante una fracción de segundo antes de retirar la mano. Todo fue tan rápido que Neen dudó de que hubiera pasado.

–Buena suerte, Neen.

Y sin más, se marchó.

Con el pulso y el corazón a cien por hora, trató de respirar a duras penas. Respiró hondo y contó hasta tres. Centrarse en el trabajo, era todo lo que tenía que hacer.

Su primer cliente, o mejor dicho, clientes, pues se trataba de un grupo de tres, entraron en el local exactamente ocho minutos después de que Rico se marchara. Pidieron huevos revueltos con tostada de levadura natural, y Neen les invitó al café. Travis preparó los huevos, ella el café y todo fue como la seda. Chocaron palmas detrás del mostrador.

A partir de entonces, fue un constante ir y venir de clientes. No a un ritmo de locura, pero lo suficiente como para estar entretenidos. La jornada transcurrió sin incidentes; hubo un par de platos rotos, un café derramado y una pizza quemada, pero todo el mundo se lo tomó con humor.

–Tengo la sensación de que no te importaría que estuviera aquí sentado todo el día –le confió un cliente a Neen–. ¿Habría algún problema si me trajera el portátil los miércoles por la mañana y trabajara unas horas desde aquí?

–Te reservaré esta mesa –le prometió Neen.

Miró el reloj: eran las dos y cuarto. Rico debía de estar a punto de llegar. Los muchachos estaban ocupados con sus tareas cuando una nueva clienta, una mujer italiana de generosas proporciones, hizo su aparición. Neen miró a Luke y él asintió, sacando su lápiz y su libreta.

Neen se dirigió a la cocina para vaciar el lavavajillas. Acababa de abrir la puerta cuando Jason apareció en la cocina.

–Esto, Neen… Yo…

No tenía que dar explicaciones. La expresión de su cara indicaba que había problemas. Le dedicó una sonrisa alentadora y se dirigió al comedor. No había oído el ruido de platos rotos, ni gritos ni…

Se detuvo en seco al ver que la italiana estaba sermoneando a Luke. Esto despertó instantáneamente su instinto maternal, pero aun así se obligó a sonreír.

–Hola, soy Neen, la encargada. ¿Hay algún problema?

–¡Estáis empleando a delincuentes!

Ella miró a Luke, que le devolvió la mirada con la mandíbula apretada y la mirada brillante.

–Solo le he preguntado que si estaba lista para pedir; no he hecho nada malo.

–¿Conocías a esta señora, Luke?

–No, no la he visto en mi vida. No sé qué problema tiene.

Neen le quitó el bolígrafo y la libreta.

–Gracias, Luke. Ve a ayudar a Travis en la cocina.

Luke asintió con desgana, pero obedeció. Neen se giró hacia la mujer.

–¿Le importaría decirme cuál es el problema, señora?

–El problema es que en esta cafetería se emplea a criminales.

Neen se estiró todo lo que pudo.

–Eso no es cierto. Ofrecemos formación a jóvenes desfavorecidos; son chicos listos y trabajadores, y estoy orgullosa de ellos.

La mujer se puso en pie. Era más alta que Neen y había algo vagamente familiar en sus ojos.

–Deberíais emplear a chicos decentes que no hagan temer a los clientes que los van a atracar.

–¡Mis muchachos no harían nunca una cosa así! Señora, usted ha decidido venir a este local sabiendo perfectamente a qué nos dedicamos. Nadie la ha obligado a entrar.

La mujer se quedó boquiabierta.

–¿Estás diciendo que no me quieres como clienta?

Neen depositó la libreta y el bolígrafo bruscamente sobre la mesa y se llevó las manos a las caderas.

–Le estoy diciendo que si va usted a frecuentar esta cafetería, deberá tratar a mis empleados con el respeto que se merecen.

Rico estaba llegando al local. Cruzó los dedos y miró por el primer ventanal. Había tres mesas ocupadas y más clientes un poco más allá. El nudo que tenía en la garganta se aflojó. Abrió la puerta, entró en el local y… se quedó paralizado. A poco más de un metro de distancia estaba Neen, con las manos en las caderas, enfadada, imponente, y él no pudo hacer otra cosa que mirarla boquiabierto. El calor inundó sus venas y la entrepierna se le endureció. Era incapaz de mover un solo músculo. Se humedeció los labios y alcanzó a oír las últimas palabras de Neen: «… deberá tratar a mis empleados con el respeto que se merecen». Entonces miró a la destinataria de la reprimenda y el pecho se le encogió de tal manera que casi le cortó el flujo sanguíneo. Se llevó el pulgar y el índice a los ojos.

–Hola, mamá.

Neen se quedó inmóvil y lo miró con los ojos como platos.

–¿Esta señora es tu madre? –preguntó y, volviéndose a su madre, añadió–: ¿Es usted la señora D’Angelo?

–La misma.

Neen levantó un dedo en forma de advertencia.

–Siéntense aquí. No estoy dispuesta a tolerar una escena, ¿entendido?

–Por supuesto –le aseguró él, deseando sentirse tan seguro como aparentaba.

Neen no se movió hasta que la madre asintió también.

–Gracias. Siéntense y disfruten.

Ambos tomaron asiento y ella comenzó a alejarse. Rico se removió inquieto en la silla.

–Hola, mamá.

–Hijo.

–¿Qué estás haciendo aquí?

–Quería ver por mí misma la cafetería en la que has estado perdiendo el tiempo. Quería ver a los criminales que empleas para poder identificarlos el día que te encuentren muerto en un callejón.

Por encima del hombro de su madre, Rico vio cómo Neen recomponía el cuello de la camisa de Luke, le alzaba la barbilla y le enderezaba los hombros. Dijo algo que hizo al chico sonreír antes de ponerle una libreta en las manos y señalar a unos clientes que estaban esperando. Sintió como si una mano enorme se le metiera bajo el pecho y le exprimiera el corazón y deseó que la mujer que tenía enfrente le hubiera demostrado a él la misma ternura.

–No es una pérdida de tiempo. Estamos haciendo un buen trabajo. Y, para que lo sepas, ninguno de estos chavales tiene antecedentes; no suponen una amenaza para nadie.

–¡Pamplinas!

Ojalá fuera la preocupación lo que había llevado a su madre hasta allí, en lugar de diez años de cólera y amargura. «Cólera y amargura que te tienes bien merecidas», pensó.

Hacía tiempo que había dejado de esperar ganarse la aprobación de su madre. Le falló y ella nunca se lo había perdonado. Si pudiera retroceder en el tiempo… pero no era posible.

Neen dispuso frente a ellos dos tazas de capuchino humeante y dos grandes tajadas de su tarta agria de manzana acompañadas de una generosa ración de nata King Island. A Rico se le hizo la boca agua. Neen apretó los labios, cruzó los brazos y los miró atentamente.

–Venga, pruébenlo.

Él no necesitó más incentivo. Tomó con la cuchara un gran pedazo de tarta y nata y se la metió en la boca. Los ojos se le entrecerraron al saborearla y tuvo que reprimir un gemido de gusto, mientras su madre no le quitaba ojo.

Él farfulló una disculpa.

–Hoy no he almorzado y estoy hambriento. Y esto… está increíblemente bueno.

Cuando su madre se dignó a probar la tarta se le abrieron mucho los ojos.

–¿La has hecho tú? –le preguntó a Neen en un tono que había perdido su beligerancia.

–Sí, es la receta de mi abuelo.

–¿Te ha dicho Rico que soy propietaria de un restaurante?

–No.

–¿Te importaría darme esa receta?

–No le va a salir gratis.

Rico se atragantó, pero su madre tomó su bolso inmediatamente.

–¿Cuánto?

Neen soltó una carcajada.

–Guárdese el monedero, señora D’Angelo. No es dinero lo que quiero –dijo mirando a Luke, que estaba sirviendo dos batidos en una mesa cercana–. Es su primer día, y usted ha estado a punto de quebrar su confianza. Si se disculpa, le daré la receta.

La mujer miró al chico y luego a la tarta. Luego se echó hacia atrás y dirigió la vista hacia Neen.

–Rico me ha dicho que estos chicos no han tenido problemas con la policía.

–Correcto.

Apretó los labios y asintió.

–Dile que venga cuando se quede libre. Y después, ¿te sentarás con nosotros?

–Lo haré encantada.

Unos momentos más tarde, Luke apareció junto a Rico.

–Señora, Neen me ha dicho que quería hablar conmigo.

Rico se sintió orgulloso del muchacho. Estaba haciendo lo posible por mantener la profesionalidad a pesar de los prejuicios de la señora D’Angelo, y él sabía muy bien lo mucho que le estaría costando a un chico acostumbrado a librar sus batallas de una manera diferente.

–Joven, te debo una disculpa. Me he precipitado en mis conclusiones y te he dicho cosas que no debía. Es obvio que eres muy trabajador y tu jefe debe de estar muy orgulloso de ti.

Luke alzó mucho las cejas, como si le costara creer lo que estaba oyendo.

–Muchas gracias, señora –balbuceó y, tras dirigirle a Rico una mirada rápida, volvió a la cocina.

Treinta segundos después Neen regresó con un café y un trozo de tarta para ella.

–Me temo que yo también me he saltado el almuerzo.

–Son gajes del oficio.

La madre de Rico le tendió una mano.

–Bonita D’Angelo.

Neen se la estrechó.

–Neen Cuthbert.

Las dos mujeres se pusieron a hablar y Rico sintió que sobraba. En su madre, no lo sorprendía, ¿pero en Neen? La miró. Su piel era suave y sonrosada, sus labios, cálidos y sensuales, y Rico sintió una palpitación en la entrepierna. Trató de centrarse en la tarta y el café.

–También te debo una disculpa a ti, Neen, por hablarle a tu camarero como lo hice. Pero… –suspiró hondo–, vivo con la angustia permanente de que Rico aparezca algún día apuñalado o algo peor.

Su preocupación maternal era pura apariencia, él lo sabía muy bien. Tras ella había una voluntad de acero dispuesta a doblegarlo.

–Lo entiendo –intervino Neen–. Pero es todo un hombre y puede cuidar de sí mismo. Le aseguro que los que trabajan aquí no suponen ninguna amenaza.

–Ahora lo veo. Gracias.

–Le escribiré la receta, señora D’Angelo, y se la pasaré a Rico para que se la dé.

–No, no.

Rico y Neen se la quedaron mirando.

–Mi hijo y tú sois amigos, ¿no?

–Rico y yo nos conocemos desde hace dos semanas. Antes que nada, somos compañeros de trabajo, pero…

–Bueno, pues apunta la receta de tu abuelo y tráela el lunes cuando vengas a cenar. Rico pasará a buscarte; cenamos a las siete y media.

Neen parpadeó.

–Mamá, puede que Neen tenga otros planes esa noche.

Una cosa era que lo mangoneara a él y otra que lo hiciera con una empleada.

–¿Tienes planes?

–Bueno, yo…

–¿Ves? No tiene –y dirigiéndose a ella, añadió–: ¿No te gustaría probar mi comida?

–Me encantará ir a su casa a cenar, señora D’Angelo. Le agradezco la invitación.

–Qué buenas maneras –dijo dándole a Neen unos golpecitos en la mejilla–. Ahora me tengo que ir.

Se puso en pie y le ofreció la mejilla a Rico, que se la besó. Volvió a mirar en derredor y soltó un fuerte suspiro al tiempo que meneaba la cabeza.

–Ay, Rico…

Él trató de no sentirse afectado por su desencanto. Una vez se hubo marchado su madre, Rico se desplomó sobre el asiento.

–Vaya, es una mujer de armas tomar. Y parece que no aprueba tu trabajo… –opinó Neen.

–Eso no es ninguna novedad.

–Anímate, Rico. «Es una verdad universalmente aceptada que…» nuestras madres están diseñadas para avergonzarnos.

–¿Orgullo y prejuicio, de Jane Asten? –preguntó él distraídamente.

–Adivina la primera línea, es mi juego favorito. Jugaba a él con mi abuelo.

La calidez con la que hablaba de su abuelo le conmovía. Sus ojos reflejaban tanta nostalgia y aflicción que sintió deseos de estrecharla entre sus brazos y consolarla. Lo cual no era una buena idea por varias razones.

–«Era el mejor de los tiempos…».

Por lo menos podía jugar con ella. Forzó una sonrisa. Demasiado fácil: Historia de dos ciudades. Abrió la boca para contestar, pero en ese momento sonó un gran estrépito procedente de la cocina.

–Era el peor de los tiempos.

Ella se incorporó.

–«¿Adónde va papá con ese hacha?» –refunfuñó–. Por si acaso no lo sabías, esta es de La telaraña de Carlota.

Él soltó una carcajada y volvió a centrar su atención en la tarta. A medida que comía, el nudo formado entre sus omóplatos comenzó a ceder. Neen había llamado a los empleados «mis chicos»; lo cual indicaba que estaba más entregada de lo que él hubiera esperado jamás. Lamió la nata de la cuchara. Paseó la mirada por la cafetería y sonrió. De pronto cayó en la cuenta de que se sentía más a gusto en la cafetería de Neen; no cabía duda de que era su cafetería, de lo que nunca se había sentido en casa de su madre. Y por un momento se permitió disfrutar de ello sin sentirse culpable.

Neen consideró que el día de la inauguración había sido un éxito rotundo. El jueves fue igualmente bueno. Pero el viernes, en medio del ajetreo del almuerzo, Travis recibió una llamada de teléfono.

–Neen, me tengo que marchar –anunció metiéndose el móvil en el bolsillo.

–¿Cómo? ¿Adónde? Estamos en medio del almuerzo, Travis. Te necesitamos.

–Tengo problemas en casa.

–¿Qué tipo de problemas?

Él la miró entristecido.

–Es mi hermano pequeño.

Vaya.

–Dame treinta segundos –le dijo ella señalándole con el dedo.

Salió de la cocina, le dijo al resto de los chicos que los dejaba a cargo del comedor y regresó para revisar los pedidos, que estaban alineados ordenadamente.

–¿Una ensalada César y un quiche para la mesa cuatro?

–Así es.

–Vale, lo tengo bajo control. Vete, Travis.

Hizo lo posible por seguir el frenético ritmo de los pedidos. Se había corrido la voz y el hecho de que el comedor estuviera abarrotado era una buena noticia, excelente, incluso, pero la emergencia de Travis no podía haber llegado en peor momento. Esperó que los chicos se las estuvieran arreglando sin ella.

–¿Qué diablos…?

Ni siquiera tuvo tiempo de mirar a Rico cuando este entró en la cocina. Llevaba sin verlo desde el miércoles y, aunque se puso a temblar de excitación, no apartó la mirada de la tortilla que estaba haciendo.

–¿Dónde diablos está Travis?

–Ha tenido una emergencia en casa; le ha pasado algo a su hermano pequeño.

Rico soltó un juramento mientras la pizarra se seguía llenando de pedidos. Finalmente, ella lo miró.

–Tu familia tiene un restaurante; algo de experiencia tienes que tener.

Los labios de Rico se fruncieron en una mueca que ella no supo interpretar.

–Ni la más mínima.

Entonces fue ella la que lanzó una imprecación. Él era su única opción.

–Quítate esa chaqueta y arremángate, D’Angelo. No hay mejor momento para aprender que el presente. En ese armario encontrarás un delantal.

Rico la dejó asombrada. Era rápido, diestro y seguía sus instrucciones al pie de la letra. Cuando pasó el peor momento del almuerzo, se volvió hacia él. Tenía las mejillas sonrosadas y le brillaban los ojos. A Neen se le aceleró el pulso; nunca lo había visto tan animado.

–¿Qué más puedo hacer?

–¿Cómo? ¿No has tenido suficiente por un día?

–Es genial, Neen. El ajetreo, la excitación… Sabía que esto tenía que ser gratificante…

Rico parecía más vivo que nunca y Neen sintió una corriente de calor deslizándose desde el cuello hasta el pecho… y más abajo.

–¡Eres un mentiroso! –exclamó dándole un puñetazo en el brazo–. Tienes mucha experiencia en la cocina.

Rico dejó de sonreír y se la quedó mirando con ojos insondables.

–Mi madre no me dejaba entrar a la cocina del restaurante, y si me pillaba merodeando en la cocina de casa me castigaba.

–¿Por qué? –preguntó ella, boquiabierta.

Él permaneció en silencio.

–¿Y ahora? Ahora vives solo, ¿no? ¿O sigues viviendo en la casa de tus padres?

–¡Por supuesto que ya no vivo en casa de mis padres!

Era un alivio.

–Compro comidas preparadas para calentar en el microondas.

–¿No cocinas nunca?

–No cocino nunca.

El brillo había desaparecido de sus ojos.

–¡Qué barbaridad! –acertó a decir–. Porque tienes verdadero talento para la cocina.

–Preferiría que no le dijeras nada a mi madre.

Él no explicó el porqué y ella tampoco preguntó.

–Lo del lunes por la noche… si prefieres que le presente mis excusas…

–¿Crees que eso la detendría?

–Yo…

–Será agradable tenerte a la mesa familiar, créeme. Además, mi madre es una cocinera estupenda, y te mereces que alguien te sirva a ti, para variar. Me gustaría que vinieras.

–En ese caso, me encantaría –de pronto, frunció el ceño–. Pero no va a ser una cita, ¿verdad?

–Por supuesto que no, Neen. Somos amigos, nada más. Pasaré a recogerte a las siete.

–Estupendo.

¿Amigos? Le parecía muy bien.

Rico se desenrolló las mangas de la camisa y volvió a ponerse la chaqueta.

–Siempre que quieras pasarte por aquí para hacer realidad tus fantasías de cocinero, serás bienvenido.

–Lo tendré en mente.

Los labios de Rico dibujaron una sonrisa que no se reflejó en su ensombrecida mirada.

Neen trató de tomárselo con filosofía. Para su tranquilidad era infinitamente mejor que él se mantuviera alejado de su cocina. Pero dudaba que lo fuera para la de Rico.

Capítulo 6

CUANDO Rico se marchó, Travis salió de las sombras del almacén. Neen sospechaba que llevaba un buen rato allí escondido, pero no le preguntó.

–Hola, ¿solucionaste el problema?

Él asintió vagamente y señaló algo detrás de él.

–¿Te importa si mi hermano pequeño se queda en el patio hasta que termine mi turno? Te prometo que se portará bien.

Ella frunció el ceño y se dirigió a la puerta trasera para echar un vistazo. Sentado en el escalón, un chiquillo desaliñado botaba con tristeza una pelota de tenis entre sus pies.

–Vaya, Travis, cuando hablabas de tu hermano pequeño no exagerabas.

El niño no tendría más de siete años. Cuando se volvió, percibió el miedo en la cara de Travis y le dio un vuelco el corazón.

–¿Por qué no lo sientas en una de las mesas del rincón y le das algo de comer, un batido y un tebeo?

La mirada de Travis se iluminó.

–¿Estás segura?

–Pues claro que estoy segura –hizo ademán de irse, pero se detuvo–. Travis, ¿estáis a salvo?

–Por supuesto.

–¿Por qué no querías que Rico supiera nada?

–Estamos teniendo problemas en casa, pero dentro de unas semanas cumpliré dieciocho años. Entonces podré apartar a Joey de todo aquello y convertirme en su tutor legal.

–Rico te ayudaría.

Puede que no fuera cálido y juguetón con los niños, pero estos le respetaban y le tenían confianza, o al menos eso le parecía a Neen.

–Si se entera de lo mal que estamos en casa, llamará a los Servicios Sociales. Rico es un buen tipo, pero es su trabajo. Pondrán a Joey en un programa de cuidado tutelar y… Seis semanas, Neen, es todo lo que necesito.

Los ojos le ardieron. A veces lo único que necesitaban las personas para avanzar en la vida era una persona a la que amar, como Travis quería a su hermanito. Como ella había querido a su abuelo.

–¿Me prometes que ninguno de los dos corréis peligro físico?

–Sé cómo protegernos de él, te lo prometo.

–¿Me llamarás si te metes en algún lío? ¿Tienes mi número de móvil?

Él asintió. Ella soltó un suspiro que en nada alivió la tirantez que sentía en el pecho.

–Está bien.

–Gracias, Neen.

–Creo que para Joey será mejor venir aquí después del colegio de miércoles a viernes, ¿no te parece?

–¿Estás segura?

–Totalmente.

El chico sonrió.

–Eh, Joey, ven que te presente a la señorita Cuthbert.

Rico giró el volante a la altura de una mansión con vistas al puerto en Sandy Point, un acomodado barrio de las afueras, y Neen se quedó boquiabierta.

–¿Te criaste aquí?

–¿Dónde pensabas que me había criado?

–A juzgar por tu afición a hacer buenas obras, en un gueto.

–Que no te oiga mi madre –dijo él con una media sonrisa.

Esa sonrisa que podía ensancharle el corazón y llenarla de calidez. Aquella noche el magnetismo de Rico era imposible de negar. Lo había visto con sus trajes de chaqueta, todo serio y peripuesto y con unos vaqueros cubiertos de pintura con los que no parecía estar del todo a gusto. Pero aquella noche llevaba unos chinos color arena y un polo azul y… Aquella noche su masculinidad la abrumó y de pronto vio en él a un hombre con el que no le importaría pasar más tiempo. Una idea peligrosa.

Los dos apartaron bruscamente la mirada al mismo tiempo, al darse cuenta de que llevaban observándose demasiado tiempo.

–Vamos –gruñó–. Terminemos con esta cena.

–Veo que esperas pasar una velada divertida…

Él no contestó.

Neen no tardó en simpatizar con la familia de Rico. Tenía dos hermanos mayores, ambos casados, que trabajaban en el restaurante familiar y estaban claramente contentos de hacerlo. Rico permaneció en un segundo plano, callado casi todo el tiempo. Neen recordó las frías miradas de Bonita, los comentarios cortantes que le había dedicado a su hijo en la cafetería y no le sorprendió que él se mostrara tan reservado. Pensó también en lo mucho que había disfrutado el viernes en la cocina y se preguntó por qué no le habrían permitido seguir los pasos de sus hermanos mayores.

–¿Qué te parece mi comida, Neen? –preguntó Bonita mientras cenaban.

–¡Deliciosa! Nunca había probado un escalope de ternera tan bueno.

–Chicos, Neen tiene muy buena mano para los postres. Sí… –dijo señalando a Neen–, mis espías me han informado de tu tarta de queso, tu bizcocho de toffee y dátiles y tu tarta de lima –miró a Rico de soslayo–. Puede que trate de robártela para llevármela al restaurante.

–¡Que no se te pase por la cabeza!

–Puedo pagarle el doble de lo que le pagas tú.

–Me he comprometido con Rico durante un año. Le he dado mi palabra, y el trabajo me resulta interesante –intervino Neen.

–Tonterías. Si cambias de opinión…

Rico se quedó mirando el plato y Neen reprimió un suspiro. ¿Por qué era tan tensa la relación con su familia? No había duda de que Rico era complicado, y Bonita dominante y autoritaria, pero ella parecía llevarse muy bien con sus hijos mayores. ¿Qué había hecho Rico para merecer la continua desaprobación de su madre?

–Neen, ¿podrías imbuir algo de sentido común en mi hijo pequeño?

Neen sintió cómo Rico se ponía tenso. Le dieron ganas de apretarle la mano por debajo de la mesa. Le parecía injusto que todos se pusieran en su contra. Especialmente, cuando se dejaba la piel en un trabajo tan desagradecido.

–¿Sobre qué?

–Sobre ese trabajo tan ridículo que tiene.

Ella depositó el cuchillo y el tenedor sobre el plato.

–¿Qué tiene de malo su trabajo?

Era cierto que tenía que aprender a relajarse un poco, ¿pero no se daba cuenta su familia de lo importante que era su labor?

–Trabaja con gentuza, con delincuentes.

–Pensé que la había convencido de que los chicos que trabajan en la cafetería no son ni una cosa ni otra.

–¡Ellos son la excepción! –exclamó Bonita mirando a Rico con dureza–. Debería haber sido médico. Tenía la inteligencia para ello y era el mayor deseo de su padre. Nos matamos a trabajar y nos apretamos el cinturón para costearle los estudios.

Neen frunció el ceño y trató de desviar el tema de conversación.

–¿Así que no crio a la familia en esta casa tan bonita?

–Cielos, no –Bonita mencionó un barrio conocido por su alto índice de criminalidad–. Vivíamos ahí. Y cuando mi querido Nico murió le prometí que pagaría los estudios de medicina de Rico.

El aludido se mantenía derecho y en silencio y Neen intentó cambiar de tema por segunda vez.

–¿Qué edad tenían los chicos cuando murió su padre?

–Rico solo tenía quince años.

–Debe de haber sido terriblemente difícil para usted criar a tres adolescentes sola.

El rostro de Bonita se hundió de repente.

–Los fallé.

–No lo hiciste –dijo Rico en voz baja pero con firmeza.

–¿Ah sí, acaso fuiste a la Facultad de Medicina? –saltó ella con tanta amargura que hizo a Neen estremecer.

–Creo que para ser médico hace falta una vocación muy fuerte. Seguro que usted prefiere verle feliz haciendo un trabajo que le encanta que desgraciado como médico. Y lo que hace es tan importante… Ayuda a mucha gente y…

–¿Crees que es feliz? –preguntó Bonita cruzándose de brazos y fulminándola con la mirada.

A Neen le dio un vuelco al corazón porque la respuesta a su pregunta era un rotundo no. Rico no era feliz. Lo miró. ¿Por qué no decía nada? ¿Por qué no se defendía?

–Creo que Rico es un hombre adulto y libre de tomar sus propias decisiones, algo que deberíamos respetar.

–Eres una buena chica, Neen, pero no eres madre.

Después de ese comentario, no quedaba mucho que decir.

–Ha sido divertido –dijo Neen cuando Rico salió con el coche del caminito de entrada de la casa de su madre y se dirigió a Bellerive, al otro lado del puerto.

Rico sabía que estaba intentando hacerle sonreír, pero era incapaz de hacerlo. Pensó que la presencia de Neen aquella noche reprimiría las ganas de sermonear de su madre, pero en lugar de eso, las había empeorado. Y, como de costumbre, él había tenido que apretar los dientes y aguantar el chaparrón, porque había mucho de verdad en todo lo que decía. La había fallado, y era justo que pagara por ello.

Neen consultó su reloj. Eran las diez en punto. Suspiró casi imperceptiblemente.

–¿Qué pasa?

–Nada.

–Neen.

–Es solo que, para mí, los lunes y los martes son el fin de semana.

–Y te he fastidiado la noche del sábado.

–Sé que esta velada ha sido una pesadilla para ti, pero para mí no ha estado tan mal. La familia de uno es siempre más difícil que la de los demás, ¿no crees? Suspiraba porque hoy es mi sábado por la noche y voy a estar metida en la cama a las once. Solo tengo veinticinco años, ¿no te parece trágico?

Él detuvo el coche inmediatamente y se puso a pensar dónde podría llevarla. Se lo merecía después de haber soportado a su familia. Además, lo había defendido, algo que él no podía olvidar.

–¿Entonces no me equivoco al suponer que te gustaría salir hasta la madrugada?

Ella sacudió la cabeza bruscamente.

–No, tienes que trabajar mañana.

Trabajaba todos los días; el fin de semana no significaba nada para él.

–Seguro que no has salido desde que rompiste con el imbécil de tu ex.

Ella se estremeció.

–¿Te apetece una aventura? –preguntó.

–Yo…

–Di la verdad.

–Me encantaría.

Rico tuvo que reprimir una carcajada cuando Neen dio un salto junto a la mesa de blackjack con una sonrisa de oreja a oreja.

–¡He ganado otra vez! –exclamó aplaudiendo–. Ay, Rico, muchas gracias, me lo estoy pasando genial.

Tenía las mejillas arreboladas y los ojos le brillaban como nunca.

–Pensar que llevo toda mi vida en Hobart y que esta es la primera vez que voy al casino…

El casino de Wrest Point, un lujoso edificio con vistas al puerto, era un punto de referencia en la ciudad.

–Ven, te enseñaré a jugar a los dados.

Neen disfrutó tanto jugando a los dados y a la ruleta como en la mesa de blackjack. Verla reír de esa manera aflojó el nudo que tenía Rico en el pecho.

–¿Quieres una copa? –le preguntó mucho después de que el sábado se convirtiera en domingo y ella hubo terminado la limonada que tenía desde hacía más de una hora.

–Me encantaría.

La condujo a una mesa libre con unas magníficas vistas al mar y pidió una copa de champán. Él decidió soltarse el pelo y se pidió una cerveza. Una no tendría consecuencias. Ya no tenía diecisiete años.

–Mira –dijo ella pasándole el bote lleno de fichas–. Tenemos más que cuando empezamos.

–Te las has ganado.

–Pero las compraste tú. El dinero me da igual, pero esto… –dijo señalando alrededor–, esto es exactamente lo que necesitaba. Gracias.

Ella inclinó la copa hacia él antes de llevárselo a los labios. Rico la observó beber con los ojos entrecerrados y sintió una oleada de sensualidad en la entrepierna. Neen alzó la mirada y algo en la expresión de él hizo que sus ojos se oscurecieran. Abrió los labios y…

Ambos miraron hacia otro lado.

–Me alegro de que hayas disfrutado. Yo también lo he pasado bien.

Era verdad. No le hubiera importado vaciarse los bolsillos con tal de verla contenta. Se imaginaba que el júbilo de Neen se debía a la novedad de aprender las reglas del juego y a la emoción de jugar por primera vez. El suyo, sin embargo, estaba totalmente circunscrito a ella.

–Sé que para mí es fácil decirlo pero… –se inclinó hacia Neen y aspiró el suave aroma almizclado que despedía–. Creo que no debería permitir que Chris te convierta en una ermitaña.

–Lo sé, pero… –dijo sonriendo con aire de disculpa–. Cuando solicité la orden de alejamiento él dejó de acosarme y yo pensé que todo había acabado. Ver que ha vuelto a las andadas me ha dejado descolocada. No sé por qué, pero ahora parece incluso más siniestro –dijo mirando en derredor, como si esperara que Chris apareciera de pronto.

Ninguna mujer tenía por qué vivir con tanto miedo. Rico soltó la cerveza en la mesa con un golpe.

–¡Como alguna vez me tope con ese indeseable, le retorceré el pescuezo!

Ella rio.

–Si te soy sincera, Chris no es el único culpable de que me haya vuelto un poco solitaria. La muerte de mi abuelo… –se mordió el labio y miró por la ventana antes de volverse hacia él–. Él sabía que mi sueño era abrir una cafetería, me animó y me dijo que podría conseguir cualquier cosa que me propusiera. Estábamos muy unidos y le echo de menos.

–Lo siento, Neen.

–Llevaba un tiempo enfermo. Tuvimos la oportunidad de hablar y despedirnos, por lo cual estoy muy agradecida.

–Pero eso no significa que no lo eches de menos.

–No. Se quedaría horrorizado si supiera lo lúgubre que se ha vuelto mi vida. Esta noche me he dado cuenta de que haga lo que haga siempre lo voy a echar de menos. Así que más me vale hacer cosas positivas en lugar de quedarme parada compadeciéndome a mí misma.

Él admiró su fortaleza.

–¿Es el mismo abuelo que te dejó la herencia que han impugnado?

El rostro de Neen se ensombreció y Rico deseó haber mantenido la boca cerrada.

–Eso está en manos de los jueces. No puedo hacer nada más que esperar y ver lo que pasa.

–Menuda época estás pasando. El imbécil de tu ex, la pérdida de tu abuelo y ahora el problema con el testamento –dijo con el ceño fruncido. Sin duda, se trataba de algún pariente lejano que ni siquiera había conocido al pobre hombre, pero había acudido al olor del dinero.

Neen rio de repente.

–Por lo menos tengo un trabajo interesante, como tú me has dicho tantas veces.

–¿Estás contenta con él? –de pronto, le parecía importantísimo que así fuera. En caso contrario, encontraría la manera de arreglarlo.

–Sí, mucho.

Rico sintió que le quitaban un peso de encima. Ella apretó los labios y lo miró con expresión pícara.

–Hablando de trabajos… ¿Médico, Rico? ¿En serio?

Él trató de sonreír, pero no pudo.

–¿No me imaginas con bata blanca y un estetoscopio colgado del cuello?

Ella meneó la cabeza.

–Te veo con delantal y una espátula en la mano.

Él dio un respingo. No lo había dicho para ofenderlo, pero él no pudo evitar su reacción.

–Lo siento, no quería…

–No te preocupes.

No quería que ella se sintiera mal por su culpa, bastantes sinsabores tenía ya.

–Mi madre piensa que ser cocinero equivale a ser un burro de carga.

–Pero ella es cocinera, y nadie diría que es una burra de carga.

–Le llevó mucho tiempo llegar a ser propietaria. Hizo verdaderos sacrificios para darnos a todos una buena educación. También se opuso a que mis hermanos se hicieran cocineros.

–Tenía todas las esperanzas puestas en ti…

–Sacaba buenas notas. Y si hubiera querido…

–Pero no quisiste.

Ella vaciló antes de inclinarse hacia él y tocarle la mano.

–Rico, comprendo el deseo de agradar a un padre, ¿pero no crees que es más importante ser consecuente con uno mismo? Tengo la impresión de que una vez que tu madre te vea contento se aplacará su desilusión.

Si solo tuviera que lidiar con la desilusión de su madre… Pero las cosas no eran así. Nunca podría compensar la muerte de Louis. Su mejor amigo había muerto por su culpa a los diecisiete años. Él fue el que compró las drogas con el dinero que le había robado a su madre. Él fue el que se las ofreció a Louis. Se le revolvió el estómago y una sustancia ácida le abrasó la garganta. Nunca podría devolver a Louis a su familia. Lo único que podía hacer era proteger a jóvenes vulnerables y tratar de evitar que cometieran los mismos errores que habían cometido Louis y él. Miró a la deliciosa mujer que tenía frente a él y decidió no amargarle la noche con una historia tan horrible. Pero cuanto más la miraba, más crecía el abismo en su interior. La quería. La quería con toda la pasión con la que un hombre puede querer a una mujer. Pero no podía tenerla. Le había quitado la vida a su mejor amigo: no tenía derecho a disfrutar de la suya.

Neen y Travis estaban fregando la cocina cuando llamaron al timbre.

–Travis –dijo Jason desde el umbral–. ¿Puedes salir un momento?

El joven salió a una velocidad impropia en un adolescente tan corpulento. A Neen se le secó la boca. ¿Le habrían seguido los problemas domésticos hasta el restaurante? Salió tras él y entonces se detuvo bruscamente, con el corazón a cien por hora.

Era Chris. Estaba en mitad del comedor. Travis y Jason le habían interceptado el paso.

–Por favor, Neen, tengo que hablar contigo.

Su piel se cubrió de un sudor frío.

–Estás violando la orden de alejamiento, Chris. Vete, por favor, antes de que llame a la policía.

–Necesito que sepas que…

Se quedó callado al ver que Travis daba un paso al frente.

–La señora le ha pedido que se vaya.

Lanzando un juramento, Chris se giró y se marchó con cajas destempladas. Travis echó el cerrojo tras él y colgó el cartel de Cerrado.

–¿Cómo lo sabías? –le preguntó Neen.

–Rico.

Una sola palabra con mucho significado detrás.

–Gracias.

Rico se puso rígido mientras sostenía el auricular del teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. ¿Chris había estado en la cafetería?

–No dejes que se marche hasta que yo llegue –ordenó a Travis.

Colgó el teléfono, agarró la chaqueta que colgaba del respaldo de su silla y se dirigió a la puerta.

–Rico, ¿adónde vas? –le preguntó Lisle–. ¡Recuerda que tienes una cita con el diputado!

–Discúlpame ante él –contestó Rico saliendo de la oficina.

Travis le abrió la puerta de la cafetería cinco minutos más tarde.

–Te has dado prisa.

–Estaba a punto de salir cuando llamaste.

Neen entró en la sala.

–Travis, ¿sabes dónde…?

Se detuvo de golpe al verlo.

–Rico –lo saludó con una sonrisa temblona–. Qué alegría verte.

–Yo me marcho –dijo Travis–. ¿Estás listo, Joey?

Fue en ese preciso momento cuando Rico vio al pequeño sentado a una mesa en la penumbra. El chiquillo corrió hacia Neen y la abrazó a la altura del estómago.

–Adiós, Neen.

–¡Nos vemos, compi!

Le revolvió el cabello y le dio una bolsa de papel que él sujetó junto a su pecho. Cuando pasó junto a él para abrirle la puerta a los niños y echar el cerrojo, su aroma quedó flotando en el ambiente, una mezcla de arándanos y coco con un toque floral.

Ella se giró hacia él. Se hizo un denso silencio y él tragó saliva.

–¿Va todo bien por aquí? –preguntó señalando a los chicos con la cabeza.

–Joey viene a veces después del colegio a esperar a Travis. Es un niño adorable.

–No has contestado a mi pregunta.

Neen agarró un trapo y se puso a fregar el mostrador vigorosamente.

¿Ahora qué?, pensó Rico. ¿Tendría que ponerse a investigar el caso de Travis y Joey?

La mano de Neen en su brazo lo sacó de su ensimismamiento

–Rico, ¿sabes que Travis cumplirá pronto los dieciocho años?

–¿Y?

–Creo que lo tiene todo bajo control.

Él esperaba que fuera verdad, aunque no acabara de creérselo.

–¿Cuánto tiempo tardarías en examinar la situación de los chicos, decidir si es necesario intervenir y rellenar los papeles necesarios antes de enviarlos al departamento correspondiente?

No tanto como ella esperaba, pero captó la indirecta. En cualquier caso, aquella no era la razón por la que estaba allí. Trató de pensar en la mejor manera de formular la pregunta, pero ella se le adelantó.

–Travis te ha llamado para contarte que Chris ha estado aquí, ¿verdad?

–¿Estás enfadada con él o conmigo?

–¡Claro que no estoy enfadada! ¿Cómo puedes pensar eso? Los dos os preocupáis por mí y yo os lo agradezco.

Pero sus palabras contradecían lo que expresaban sus hombros tensos y su boca abatida. El brillo de sus ojos había desaparecido y Rico sintió ganas de golpear algo. En lugar de eso, la estrechó entre sus brazos. Durante unos conmovedores instantes ella se recostó junto a él, pero el momento no duró demasiado. Alzó la mirada y se retiró.

–Os agradezco que tanto tú como los chicos me cuidéis, Rico. Pero… odio el hecho de que tengáis que hacerlo.

–¿Has llamado a la policía?

Ella negó con la cabeza.

–Vamos a llamar ahora mismo –dijo sacando el móvil del bolsillo–. Chris ha violado las condiciones de la orden de alejamiento y vamos a ir por él. Como le ponga las manos encima a ese cabr…

–¡Rico! –exclamó–. En mi cafetería no se dicen palabrotas. Sin excepciones.

–¿La cafetería de quién?

–Está bien, tu cafetería. Aquí no se dicen palabrotas, ¿entendido?

Él meneó la cabeza y reprimió una sonrisa. Neen se estaba encariñando con el local y con los niños. Tal y como él había esperado.

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