Kitabı oku: «Adónde nos llevará la generación "millennial"»


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Título original: Where the Millennials Will Take Us © Oxford University Press, 2018 © Barbara J. Risman, 2018 © De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2021 © De la traducción: Arantxa Grau i Muñoz, Almudena A. Navas Saurin y Daniel Gabaldón Estevan, 2021
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
Coordinación editorial: Amparo Jesús-María
Corrección: David Lluch
Maquetación: Inmaculada Mesa
Diseño y fotografía de la cubierta:
www.FabrikaGrafika.com
ISBN: 978-84-9134-822-1 (ePub)
ISBN: 978-84-9134-823-8 (PDF)
Edición digital
ÍNDICE
Agradecimientos
Introducción
1. El género en tanto que estructura social
La evolución de las teorías biológicas sobre las diferencias sexuales
Las ciencias sociales descubren el sexo y el género
Cómo medimos los «roles sexuales» psicológicos y por qué esto es importante
La sociología se involucra: desde los rasgos de la personalidad a la desigualdad
Crítica a la teoría de los roles de género
Críticas a la perspectiva académica de género como teoría de la mujer blanca
Más allá de lo individual
El marco teórico «estructural»
«Doing gender»
Expectativas de estatus que enmarcan el género
Lógicas culturales
Haciendo queer la teoría de género
Teorías integradoras
La utilidad de una teoría que entiende el género en tanto que estructura social
La estructura de género a la que se enfrenta la generación millennial
2. Los, las y lxs millennials como adultas emergentes
Tendencias históricas en la transición a la edad adulta
Adultez emergente: ¿una nueva etapa de desarrollo?
Millennials: personas adultas emergentes en el siglo XXI
3. Obteniendo las historias: Recopilación de datos y metodología
¿Qué preguntamos y cómo lo preguntamos?
¿A quién entrevistamos y cómo captamos a las personas participantes?
Transcripción y análisis de datos
Una vista previa de los resultados
4. Verdaderas/os creyentes
El nivel macro de análisis: El género tal y como es y tal y como debería ser
El nivel interaccional de análisis: Socialización de género, la vigilancia de las expectativas
El nivel individual de análisis: Normas de comportamiento de género
Interiorización del género como personalidad
Cuerpos no suficientemente buenos
Regreso al futuro: Conservando la estructura de género para la próxima generación
5. Innovadoras/es
¿Quién soy yo? O el nivel individual de análisis
Mezclar y combinar actividades
Unos cuerpos no suficientemente buenos
¿Planes de hacer carrera?
¿Qué se espera de mí? O el nivel interaccional de análisis
Vas para chica
El grupo de iguales como control de género
Redes sociales de apoyo
Las visiones del mundo y las restricciones institucionales: O el nivel macro de análisis
Deshacer el género
La visión feminista del futuro
6. Rebeldes
¿Quién soy? O el nivel individual de análisis
Rechazo de las normas de presentación de los cuerpos
Mezclar y combinar
¿Qué se espera de mí? O el nivel interaccional de análisis
Controlando sus cuerpos
Contraatacando
Encontrar redes sociales de apoyo
Cosmovisiones y restricciones institucionales: O el nivel macro de análisis
Discriminación institucional
Cambiar las cosmovisiones
¿Cuerpos divorciados del género o que deshacen género?
7. Oscilantes
¿Qué se espera de mí? O del nivel interaccional de análisis
¿Quién soy? O el nivel de análisis individual
Cómo debería ser el género: O el nivel macro de análisis
Resumen: la confusión es la nueva normalidad
8. Llevando el género a la literatura científica sobre adultez emergente.
¿Dónde se encuentra la generación millennial?
Conservando la estructura de género para la próxima generación
Se vislumbran futuros feministas
Crítica rebelde: ¿el divorcio entre el género y el cuerpo o el rechazo del género?
La confusión es la nueva normalidad
Los límites de una muestra de personas voluntarias
Sexualidades
Cuerpos
Los significados contemporáneos de la masculinidad, la feminidad y la superación del binarismo
Avanzando hacia el futuro
9. Hacia un mundo utópico más allá del género
¿Qué aprendemos de la generación millennial sobre el cambio social?
Nivel de análisis individual: juventud innovadora y rebelde
Expectativas en las interacciones: nueva elasticidad en los estereotipos de género
Nivel macro, donde las grandes ideas y la organización estructural importan.
Los movimientos sociales feministas e inclusivos de hoy en día
Factores que pueden ayudar a romper la estructura de género
Un osado llamamiento a un movimiento social para desmantelar la estructura de género
El efecto dominó
Apéndices
Creciendo en el siglo XXI: guion de la entrevista
Esquema de codificación: los temas de la estructura de género
Referencias bibliográficas
AGRADECIMIENTOS
Ningún libro lo escribe la autora en solitario, pero este es, claramente, resultado del esfuerzo colaborativo. Este proyecto consistía, en sus inicios, en un libro teórico que iba a contener capítulos empíricos con que ilustrar una propuesta analítica que abordaba temas tan distintos como la juventud queer, la posición de las mujeres en la ciencia y las prácticas de flirteo. Impartí un seminario de metodología cualitativa en el Departamento de Sociología de la Universidad de Illinois en Chicago (UIC), con el objetivo de recopilar material cualitativo para un capítulo de ese libro. La información fue recogida principalmente por estudiantado de posgrado de la UIC, con el que tengo una gran deuda y a quien agradezco enormemente que haya hecho posible este proyecto. También doy las gracias a mi colega y amiga Kristen Myers, que colaboró en la elaboración de la información, al igual que lo hizo parte de su estudiantado. Lo que desbarató el libro que planeaba y me llevó a escribir este fue que la información que recopilamos era demasiado rica, demasiado importante como para condensarla en un solo capítulo, por lo que mi propuesta inicial derivó en un libro sobre la generación millennial. Doy las gracias a mi editor, James Cook, por haber tenido la gentileza de aceptar y alentar un proyecto que terminó de un modo muy diferente al prometido. También quiero dar las gracias al grupo de 116 jóvenes millennials que se tomaron el tiempo de hablar con nosotras y compartir abiertamente sus historias de vida.
Un libro que cuesta tanto tiempo de escribir como este ha contado con la generosa contribución de decenas de estudiantes y colegas. Amy Brainer, William Scarborough y Ray Sin contribuyeron a él de un modo muy valioso como asistentes de investigación y colaboradores durante la recopilación y el análisis de la información. Gracias a Amy Brainer, Georgiann Davis, Jesse Holzman, Kristen Myers, William Scarborough y Ray Sin por la lectura y los valiosos comentarios sobre varios de los capítulos. Gracias también a Patricia Martin y Lisa Wade, así como al equipo de revisión anónima de la Oxford University Press, por aportar una lectura profunda, cuidadosa y muy útil de mi trabajo. También quiero dar las gracias al estudiantado de posgrado que ha asistido a mis cursos en los últimos años por sus reflexivos comentarios sobre los capítulos a medida que los iba desarrollando.
He tenido la grandiosa suerte de ser profesora en la Universidad de Illinois en Chicago, donde mis colegas han apoyado mi investigación, incluso cuando se suponía que debía estar centrada en las tareas administrativas del Departamento. Quiero agradecer a mis colegas de la UIC y a la propia Universidad por concederme un año sabático durante 2015-16 para trabajar en este libro. Pasé mi año sabático de estancia en el Centro de Estudios Avanzados en Ciencias del Comportamiento de Stanford y tengo una profunda deuda de gratitud con este por invitarme. La beca me proporcionó tanto un tiempo tranquilo de estudio y escritura, como de enérgica y estimulante interacción intelectual con el grupo de la generación 2015-16. Este libro habría sido muy diferente y menos trabajado si no hubiera sido por el taller de escritura de CASBS. Gracias a mi maravilloso grupo de escritura, incluyendo a Victoria Bernal, Joshua Gamson, Glenn Loury, Natasha Iskander, Maureen Perry-Jenkins y Mick Smyer. También tengo una deuda de gratitud con mis grupos de meditación y yoga de CASBS por ayudarme a mantenerme concentrada en la tarea que tenía entre manos mientras disfrutaba del privilegio de pasar tiempo juntas en CASBS. A lo largo de la redacción de este libro, tuve la oportunidad de exponer mis ideas a medida que las iba elaborando, así como de presentar algunos de los capítulos mientras los iba escribiendo, en muchos espacios universitarios, como las universidades de Trento, Turín, Milán, Génova, Tennessee, Sur de Illinois, y mi propio departamento en la Universidad de Illinois en Chicago. En todos estos escenarios, colegas generosas plantearon cuestiones que me han ayudado al desarrollo de este proyecto. Por supuesto, a pesar de la valiosa ayuda de todas estas amistades y colegas a lo largo de los años, el producto final es solo mío, y asumo la responsabilidad de sus debilidades, así como de sus fortalezas.
Por último, y más importante, quiero dar las gracias a mi familia. Como madre de una persona joven millennial, he vivido la evolución de las políticas de género desde mi feminismo de la segunda ola hasta las experiencias vitales de Ashir Leah Kane Risman Coillberg. Agradezco a Ashir todo lo que he aprendido en nuestro viaje juntas. Y ya finalmente, aunque no menos importante, quiero dar las gracias a mi marido, Randall Liss. He estado trabajando en este libro desde el inicio de nuestra relación en 2009. Ningún marido podría encarnar mejor la posibilidad de la verdadera igualdad de género. Desde el inicio de nuestro matrimonio, mi marido se ha dedicado a apoyar mi trabajo. A cualquier lugar del mundo al que viajo para dar una conferencia o impartir clases, cuento con un compañero de viaje. Nuestro matrimonio ejemplifica la fluidez de las expectativas de género, ya que un hombre que cumplió con el papel de sostén principal de la familia en un primer matrimonio tradicional se convirtió, en su segundo matrimonio, en un dedicado responsable del cuidado y de la casa. Este libro está dedicado a Randall, por estar dispuesto a acomodar su trabajo al mío, a apoyar mis horarios de escritura y mis responsabilidades profesionales, a darme cariñosamente el apoyo que necesitaba para poder asumir paralelamente la vida administrativa universitaria y la sociología. Nuestra relación es la prueba de que la estructura de género está cambiando.
Introducción
Es como para volverse loca: una candidata a la presidencia gana la votación popular pero pierde las elecciones ante un hombre que se jacta de «agarrar coños»; se aprueban leyes para proteger el derecho a que las personas trans puedan orinar en paz y luego se libran batallas políticas sobre su revocación; las mujeres obtienen más títulos universitarios que los hombres, pero su capacidad adquisitiva sigue estando muy por detrás de la media; las parejas homosexuales pueden casarse, pero algunos/as estadounidenses reclaman su libertad «religiosa» para discriminarlos/as; algunas empresas ofrecen permisos parentales, pero cuando los hombres los solicitan, sus jefes dudan de su compromiso con la organización; la Corte Suprema de EE. UU. hace ya tiempo que sentenció que las mujeres tienen derecho a tener el control de sus propios cuerpos y, cincuenta años después, ese derecho puede verse cuestionado. ¿Es la igualdad de género un partido de fútbol político que se debate en el Congreso o un derecho humano? ¿Cómo se puede entender que avancemos en igualdad sexual y de género y simultáneamente asistamos a lo que parecen ser retrocesos radicales? ¿Sigue siendo importante el género en el siglo XXI o ya no es necesaria una revolución de género? Cuando ves a un niño esforzándose en no llorar cuando se hace una herida en la rodilla porque teme que lo llamen mariquita, comprendes cuánto importa el género. Cuando ves que acosan a una chica trans por pretender ducharse con otras chicas, entiendes que el género sigue siendo importante. Si le preguntas a una mujer a la que ignoran en una reunión de negocios, te dirá que el género sigue siendo importante. Si le preguntas a una madre joven que trata de hacer malabarismos entre el trabajo y la familia mientras su esposo se desentiende de las tareas domésticas, te das cuenta de que el género sigue siendo importante. Si le preguntas a un hombre que ejerce de cuidador principal si las madres del parque le aceptan, te dirá que el género sigue siendo importante. El género continúa vinculado con una identidad profundamente sentida que tiene consecuencias cotidianas.
Pero el género es mucho más que identidad. Da forma a la desigualdad en todas las sociedades y la legitima. En las sociedades postindustriales han cambiado muchas cosas en lo relativo al género y muchas se han mantenido igual. Los hombres, como grupo, aún llevan las riendas del poder, dictan e interpretan las leyes, dominan los consejos de las corporaciones internacionales y esperan que sus madres e hijas cuiden de las personas jóvenes, de las dé biles y de las ancianas. Las mujeres, en tanto que grupo, asumen el trabajo de cuidados de otras personas, ya sea como madres y esposas, ya sea por un sueldo, como niñeras, maestras, enfermeras, limpiadoras o manicuristas. Hay tantas mujeres como hombres estudiando medicina, pero se mantiene la brecha salarial de género entre el colectivo médico. Actualmente, las mujeres pueden postularse para la presidencia de Estados Unidos, pero el Congreso y el Senado siguen siendo abrumadoramente clubes de hombres. La revolución de género ha estado en proceso tanto tiempo que ya no parece revolucionaria. Y, sin embargo, no podemos cantar victoria. No toda la sociedad experimenta la libertad frente a la opresión de género de igual modo. El género nunca se conforma en un espacio aséptico, sino que lo hace más bien en una compleja interrelación con otros sistemas de estratificación como la clase, la raza, la etnia y los estados-nación.
Este libro llega a tus manos en un momento particular de la historia. ¿Está en marcha la revolución de género? O ¿acaso el giro a la derecha que se está produciendo en la política ha truncado nuestros avances? ¿Estamos ante un alto el fuego, con algunos logros para las mujeres, algunos progresos para quienes desafían las normas de género, pero no ante una revolución? ¿Qué ha cambiado con el tiempo y qué ha seguido igual? ¿Dónde nos encontramos ahora? Estas son las preguntas que inspiran este libro. La forma que he elegido para responderlas probablemente revela tanto sobre mí como sobre el tema. Como feminista de la segunda ola, entré a formar parte de la academia justo cuando esta se estaba abriendo a las profesoras. Soy una década más joven que las verdaderas pioneras de la academia de la segunda ola, mujeres que realmente rompieron las barreras y conquistaron su espacio en la universidad. Aunque yo no estaba tan lejos. La sociología me fascinó desde mi primer curso en la universidad (cuando en mis planes aún estaba ser flautista profesional) porque me ayudó a comprender mi propia vida, así como las limitaciones que experimentaba por ser una mujer que se hacía adulta en la década de los setenta. Conceptos como el del conflicto de roles me ayudaron a comprender los dilemas de mujeres como yo, que querían convertirse (profesionalmente) en los hombres con los que supuestamente debían casarse. A las mujeres ya se las educaba para formar parte del mundo, pero se asumía que esta pretensión entraría en conflicto con ser madre y esposa. Muchas profesionales que me precedieron se sentían obligadas a elegir y renunciaban a la maternidad. Otras eran expulsadas del mercado laboral cuando sus trabajos no se podían compatibilizar con el embarazo o la crianza. En muchas ocasiones, las profesionales que conseguían hacer malabarismos entre sus carreras y la maternidad tenían maridos liberales que se sentían felices de que sus esposas tuvieran oportunidades, pero nunca concibieron que la paternidad podría obligarlos a que renunciaran a su profesión.
En tanto que joven socióloga blanca, era consciente de estos patrones, los estudiaba y me esforzaba mucho por aplicar mis principios en un matrimonio igualitario y heterosexual en el que compartíamos el ganarnos el sustento de la vida y el cuidado de nuestra hija. Dado que ese matrimonio duró la mayor parte de nuestros años de crianza, tuve la suerte de contar con un compañero que realmente participaba en las tareas del hogar, lo que me permitió desarrollar una carrera académica. Ahora, en mi segundo matrimonio, mi esposo es mucho más hogareño de lo que yo he sido nunca y, de nuevo, tengo la suerte de disfrutar de comidas gourmet al volver a casa después de un ajetreado día de trabajo.
Describo cómo mi historia de vida me ha llevado a interesarme por la desigualdad de género porque quiero reconocer abiertamente que escribo desde un punto de vista en particular. Cada escritora, cada científica y, en concreto, cada científica social conceptualiza el mundo a partir de sus circunstancias vitales. Es importante que cada persona reflexione sobre cómo sus experiencias cotidianas influyen en su trabajo. En tanto que socióloga, tal reflexión me aflora de manera natural. Me interesa la desigualdad de género porque mi vida se ha conformado intentando escapar de las restricciones del sexismo propio del siglo XX. Llegué a la mayoría de edad durante la época del movimiento feminista, y comprender la desigualdad de género ha sido un motor impulsor en mi vida porque sé que no podemos cambiar algo a menos que entendamos cómo funciona. He llevado a cabo esta investigación desde mi punto de vista feminista y mi objetivo es comprender cómo funciona la desigualdad de género para ayudar a terminar con ella.
Cómo hemos llegado a este punto en la historia de la humanidad y qué hacer al respecto es la pregunta intelectual que ha impulsado mi carrera académica. ¿Por qué nuestra sociedad toma el material biológico que diferencia a los seres humanos y crea con él categorías sociales que lo determinan todo, desde los estilos de vestir o las preferencias por determinados juguetes, hasta las opciones profesionales? Incluso utilizamos el hecho biológico de que son los cuerpos femeninos los que dan a luz para excusar a las personas con cuerpos masculinos de la responsabilidad moral de realizar tareas de cuidado destinadas a sus hijas/os, padres/madres o amigos/as enfermos/as. ¿Discrepan? Bien, ¿cuándo fue la última vez que le preguntaron a un hombre que acababa de tener un hijo o hija si volvería a trabajar ahora que era padre? Precisamente, mi propia trayectoria investigadora comenzó con un estudio sobre padres que criaban solos a sus hijos e hijas. ¿Eran capaces de hacer bien este trabajo o su masculinidad se lo impedía? En ese momento, estaba segura de que las diferencias de género desaparecerían si los hombres y las mujeres tuvieran las mismas oportunidades y limitaciones, pero mi investigación y la de otras autoras me convencieron de lo contrario. Aunque eso es adelantarse en el relato.
En el primer capítulo proporciono una breve genealogía de la investigación de género, ya que creo firmemente que no se puede entender el presente sin conocer el camino que nos ha llevado hasta él. La principal contribución de este primer capítulo es ofrecer una manera de pensar el género en tanto que estructura social. Aporto mi propio marco teórico, que he venido desarrollando desde hace décadas (Risman, 1998; 2004), aunque revisado a conciencia. Puesto que la sociología experimentó un giro cultural a principios del siglo XXI, mi trabajo ha recibido algunas críticas por ser demasiado estructural. En la versión revisada del marco teórico que se ofrece aquí, trato de corregir esta debilidad. Como suele suceder, el hecho de incluir matices supone agregar complejidad. El modelo teórico que presento en este libro sigue siendo fiel a mi argumento de que debemos centrar la atención no solo en la identidad de género a nivel individual, sino también en las expectativas de interacción y en los problemas macroinstitucionales. No obstante, para cada nivel de análisis, sugiero que diferenciemos entre lo material (lo que podemos tocar, ver y sentir) y lo cultural (nuestras ideas, significados y creencias). El núcleo central de este argumento fue publicado en Social Currents (2017), ya que constituyó la base de mi discurso para la presidencia de la Southern Sociological Society. En el libro utilizo este marco teórico para organizar mi investigación sobre la generación millennial.
Después dirijo la atención directamente a aquella generación joven adulta que alcanzó la mayoría de edad en el siglo XXI, gran parte de la cual recuerda el 11-S como un episodio histórico y nunca ha pisado un avión sin que los cacheen ni han vivido en un mundo sin ordenadores personales. Es la generación de los mensajes de texto y del sexting, del enrollarse y de la precariedad laboral tras la universidad. Una generación tan dividida en clases como el resto de América, más diversa étnicamente que cualquier otra anterior y con una edad promedio de matrimonio tan tardía que pasa más tiempo soltera que cualquier generación antes, sin cónyuges ni descendencia. Las mujeres van más a la universidad que los hombres, pero aun así se mantiene la brecha salarial de género. Durante su infancia, casi todas ya fueron criadas por madres que por lo menos en algún momento tuvieron un trabajo remunerado y, sin embargo, se enfrentarán, al igual que lo hicieron aquellas, al techo de cristal de la maternidad. El mundo ha cambiado drásticamente con respecto al que conocieron sus padres y sus abuelos de jóvenes, pero, aun así, en algunas cosas, ha continuado igual, especialmente en lo que se refiere a la responsabilidad de las mujeres en el trabajo diario de cuidados. ¿Cómo entiende hoy el género la generación millennial? Se trata de personas de entre 18 y 30 años, que alcanzaron la mayoría de edad en el siglo XXI, por eso se las ha etiquetado como millennials.1 ¿Son hijas de la revolución de género o sus soldados rasas? La investigación que se presenta aquí es el primer estudio en profundidad sobre la generación millennial y la estructura de género que ha heredado, cómo la experimentan y qué están haciendo, si es que hacen algo, para cambiarla. La pregunta que pretende responder este libro es: ¿cómo entiende la generación millennial la estructura de género en la actualidad? ¿La cambiarán? Pero antes de que pasemos a esta pregunta, debemos explorar lo que otras personas han escrito sobre los y las millennials y lo que sabemos sobre la etapa vital en la que se encuentran en este momento. En el capítulo 2 veremos que la psicología ha acuñado una nueva denominación para esta etapa de la vida: la adultez emergente. La sociología suele designarla como la etapa de adultez joven. Lo que sabemos ahora sobre la generación millennial puede verse modificado a medida que vayan envejeciendo, por lo que no se puede asegurar si estamos asistiendo a una etapa en evolución o a algo que se fijará como un rasgo característico de su cohorte a lo largo de sus ciclos vitales. En cualquier caso, asistimos a un acalorado debate sobre si esta generación está tan centrada en sí misma como para llegar al punto del narcisismo o si, por el contrario, se trata de la próxima gran generación.
En el capítulo 3 presento la información metodológica sobre quiénes son las personas a las que estudiamos, cómo recopilamos los datos y cómo los analizamos. El principal hallazgo, que me sirve para organizar los siguientes capítulos, es que las personas entrevistadas utilizan distintas estrategias tan diferentes entre sí que tuvimos que separarlas en cuatro grupos (verdaderas/os creyentes, innovadoras/es, rebeldes y oscilantes)2 con la finalidad de comprender mejor qué estaba sucediendo en sus vidas o en los relatos que compartieron con nosotras sobre estas.
Algunas personas de nuestra muestra se revelan como verdaderas creyentes respecto a la estructura de género que experimentan. Las presento en el capítulo 4. En el nivel individual, podríamos afirmar que se trata de mujeres femeninas y hombres masculinos, o que intentan serlo. Han crecido en familias que las han socializado según las normas tradicionales de género y continúan integrándose en redes sociales conservadoras, en particular de religiones fundamentalistas, donde se espera que las mujeres y los hombres respeten las reglas tradicionales diferenciadas por sexo, especialmente con respecto a la ropa y el comportamiento social. Estas verdaderas creyentes forman parte del único grupo que se integra en instituciones sociales en las que es posible identificar normas distintas para mujeres y hombres: su iglesia, mezquita o sinagoga. Pero estas reglas no se viven como opresoras debido a su propio compromiso ideológico con el tradicionalismo de género, el liderazgo de los hombres y el cuidado de las mujeres. Este grupo considera que el género es una categoría legítima para organizar la vida social.
Otro grupo de jóvenes son las personas innovadoras. Presento sus historias en el capítulo 5. Están orgullosas de no verse limitadas por el género y mezclan rasgos de personalidad, habilidades y pasatiempos tradicionalmente masculinos y femeninos. Una parte importante han crecido en hogares liberales en los que se alentaba a las niñas a ser lo que quisieran ser, a superar los estereotipos. Las mujeres jóvenes no sienten que sus familias o sus docentes las hayan encasillado en categorías de género, ni recuerdan experiencias en instituciones sociales, escuelas o trabajos que diferenciaran entre mujeres y hombres. Si bien es cierto que pueden experimentar el sexismo en un futuro, cuando traten de conciliar trabajo y familia, pocas sienten esa presión en este momento. Los chicos, sin embargo, informan sobre la existencia de cierta vigilancia de género cuando se saltan las normas de género, aunque lo siguen haciendo y, según comentan, encuentran redes sociales de apoyo. Nadie en este grupo opina que mujeres y hombres sean muy diferentes ni que deban vivir de una manera distinta. Tienen ideologías feministas. Las y los innovadores no rechazan las categorías sexuales y ninguna de estas personas se ha sentido presionada para ser reconocida como mujer u hombre o presentarse como tal.
El grupo de las personas rebeldes rechaza por completo el género a nivel individual. Son como las3 innovadoras, pero van más allá. Las conoceremos en el capítulo 6. Están tan orgullosas como las innovadoras de haber superado la masculinidad y la feminidad tradicionales. Si se encuentran con expectativas de género, presumen de ellas, y se oponen con vehemencia a cualquier organización social basada en las categorías de diferenciación sexual. Pero van más allá, ya que también rechazan una presentación del yo de género. Muchas adoptan una identidad no binaria. Las rebeldes no permiten que el cuerpo que tienen determine su personalidad, su rol social, la ropa que visten o el baño que usan.
En el capítulo 7 presento al grupo más grande de personas entrevistadas, las que no están tan seguras de sí mismas. Yo las llamo las oscilantes. En los grupos humanos, hay una mayoría de personas que no están seguras de dónde se encuentran y tienen opiniones inconsistentes. En este análisis, sus respuestas abarcan los diferentes niveles de la estructura de género. Pueden mostrarse muy orgullosas de no ser ni masculinas ni femeninas, sino un poco de cada, pero luego consideran que los hombres deben ser duros y que las mujeres deben criar. Algunas parecen andróginas, pero aun así respaldan los puntos de vista tradicionales sobre cómo deben ser los hombres y las mujeres. Otra forma en la que este grupo de personas jóvenes adultas no se ubica en los extremos de la estructura de género se da cuando un chico se esfuerza por ajustarse a las expectativas de género y ser duro mientras aprende a cazar y luchar, pero luego está de acuerdo con que su novia pague sus gastos cuando es ella la que tiene trabajo y él se encuentra aún en la universidad. Puede ser muy mascu lino en el nivel individual, pero, en el nivel interactivo, haced que hable de su novia feminista y estará satisfecho de ser lo que ella quiere: la parte económicamente dependiente en su relación de pareja. Otro ejemplo de oscilante lo constituye una mujer que profesa una fe fundamentalista, que cree firmemente que Dios ha ordenado al hombre que ejerza de cabeza de familia, pero es consciente de que ella es muy enérgica y, por lo tanto, planea encontrar una manera sutil, entre bastidores, de tomar las decisiones en su futura familia. Estas participantes se dan cuenta de que viven en un mundo cambiante y también son conscientes de que deben ser flexibles para poder alcanzar sus objetivos. La mayoría de ellas son muy liberales respecto al género, al menos en la medida en que, a pesar de sus creencias y sus ideas de cómo quieren vivir, no pretenden imponer sus propias decisiones al resto. En el capítulo 8 expongo cómo estos grupos de millennials son similares y, al mismo tiempo, diferentes. Identifico algunos aspectos en común, como el planteamiento vital de «vive la vida y deja vivir», que parece característico de esta generación. Otro resultado claro es que la creencia de que las mujeres deben quedarse en casa para ejercer principalmente como esposas y madres ya no forma parte de la estructura de género del siglo XXI. Incluso los verdaderos creyentes entienden que las mujeres y los hombres están muy vinculados a la fuerza de trabajo, aunque se dan cuenta de que las madres necesitan flexibilidad para conciliar sus vidas laborales con los cuidados. Claramente, es un progreso respecto al mundo en el que crecí. Mis padres querían que me formara como enfermera o maestra, por si acaso mi marido me dejaba y me veía obligada a buscarme un empleo. En el mundo de mi infancia, nadie esperaba que una mujer blanca casada y de clase media trabajara por un salario. No estaba en el guion cultural. La generación millennial ni siquiera puede recordar ese mundo, pero se da una gran diversidad más allá del acuerdo de que las mujeres y los hombres trabajan por un salario, y analizo algunas de las implicaciones de esta pluralidad entre los y las millennials respecto a la estructura de género.
En la conclusión me deslizo más allá de los datos presentados en este libro. Vuelvo a la pregunta sobre la revolución de género. ¿En qué punto se encuentra el género en la actualidad? Sostengo que es posible que la generación millennial quiera transformarlo, pero su enfoque de hacerlo desde la individualidad puede obstaculizar su efectividad. Termino con una proyección y un consejo sobre lo que espero que hagan con la estructura de género. Espero que la desmantelen. Sigue leyendo para entender por qué.
1 Según un informe del Pew Research Center (2015), muchas/os millennials no están de acuerdo con esta etiqueta dada a su generación por académicos y especialistas en marketing. Solo el 40 % aceptan esta denominación generacional. Aun así, es la palabra con la que se designa a su generación y utilizaré el término para referirme a esta.
2 En castellano utilizamos morfemas diferenciados para distinguir los adjetivos masculinos de los femeninos. Dado que en este texto se alude reiteradamente a la clasificación de verdaderas/os creyentes, oscilantes, innovadoras/es y rebeldes y con la intención de no sobrecargar la lectura, haremos uso de distintas estrategias inclusivas para referirnos a las personas que forman parte de la muestra relativa a estas categorías analíticas (nota de la traducción).
3 Utilizamos el femenino en referencia a las personas. Entre el grupo de rebeldes encontramos a las personas no binarias que no se reconocen en categorías dicotómicas (N. de la T.).
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El género en tanto que estructura social
Si queremos entender lo que es el género para la generación millennial, primero debemos estar de acuerdo en cómo conceptualizamos la idea de género.1 En este capítulo presento una forma de pensar el género que va mucho más allá de la identidad personal, me refiero al género en tanto que estructura social. Empezaré con un recorrido sobre cómo se ha entendido el género en el pasado, principalmente desde el punto de vista de la investigación en ciencias sociales. Mi contribución pretende sintetizar las aportaciones anteriores. Empiezo con una explicación de las teorías e investigaciones previas sobre género, para integrarlas después en una versión revisada del marco teórico sobre el que he trabajado durante la mayor parte de mi carrera.
Para iniciar este recorrido, haremos un breve repaso tanto de las primeras teorías biológicas que buscaban explicar las diferencias sexuales, como de aquellas que se encuentran en desarrollo. Después nos centraremos en las teorías que, desde la psicología, conceptualizan el género como un rasgo de la personalidad, fundamentalmente como algo que es propio de los individuos. Después de ello nos proponemos intentar comprender la pugna entre las diversas teorías sociológicas que se desarrollaron para cuestionar la presunción de que el género es simplemente una característica individual. Con este bagaje previo, me aproximo a los enfoques integrativo e intersectorial, que emergieron hacia finales del siglo pasado, incluido el mío propio. A pesar de la interdisciplinariedad –a menudo contradictoria– de las investigaciones publicadas en las últimas décadas, es posible identificar una narrativa coherente que da cuenta de una comprensión cada vez más sofisticada del género y de la desigualdad sexual. La investigación en género constituye, en muchos sentidos, un estudio de caso que ilustra el método científico. Cuando la investigación empírica no confirmaba las premisas teóricas, estas se revisaban, se contextualizaban e incluso a veces se descartaban, lo que daba origen a nuevas teorías. En este capítulo trazaremos ese recorrido. Finalizaré aportando mi propia contribución, un enfoque integrador y multinivel que entiende el género en tanto que estructura social con consecuencias para los sujetos individuales, para las expectativas que se generan en la interrelación con las otras personas, así como para las instituciones y organizaciones (Risman, 1998; 2004; Risman y Davis, 2013). Usaremos mi marco teórico a lo largo de este libro para intentar entender adónde podría llevarnos la generación millennial.
LA EVOLUCIÓN DE LAS TEORÍAS BIOLÓGICAS SOBRE LAS DIFERENCIAS SEXUALES
Las endocrinólogas, profesionales de la medicina especialistas en la producción y regulación de las hormonas, han mantenido durante mucho tiempo que la masculinidad y la feminidad eran resultado de las hormonas sexuales (Lillie, 1939). William Blair Bell, ginecólogo británico, fue el primero en explicitar este supuesto en 1916, cuando escribió: «… la psicología normal de toda mujer depende del estado de sus secreciones internas, y a menos que sea impulsada por la fuerza de las circunstancias –económicas y sociales–, no tendrá deseo propio por abandonar su esfera normal de acción» (Bell, 1916: 129). Esta afirmación, al igual que otras sostenidas en aquella época, se centraba en las hormonas como factores limitantes solo de la vida de las mujeres, como si los hombres no fueran también seres biológicos. Con el auge de la ciencia, las conductas de género empezaron a ser justificadas por las hormonas sexuales en vez de por explicaciones religiosas (Bem, 1993), pero entonces la investigación reveló una mayor complejidad al demostrar que la mera existencia de hormonas sexuales en el cuerpo no permitía distinguir a los hombres de las mujeres, ya que ambos sexos segregaban estrógenos y testosterona, aunque en cantidades diferentes (Evans, 1939; Frank, 1929; Laqueur, 1927; Parkes, 1938; Siebke, 1931; Zondek, 1934). No es solo que los hombres y las mujeres tengan estrógeno y testosterona corriendo por sus venas, sino que estas hormonas tienen efectos mucho más allá del sexo o el género, ya que se encuentran, aunque no solo, en el hígado, los huesos y el corazón (Davis et al., 1934). La posibilidad de que las hormonas sexuales fueran la causa directa de las diferencias sexuales y solo de las diferencias sexuales empezó a ponerse en duda.
En un simposio celebrado por la New England Psycological Association se abordaron los nuevos avances en la investigación sobre la diferencia sexual (Money, 1965). Entre estos se incluía la sugerencia de que, durante la gestación, las hormonas sexuales generaban diferenciación cerebral. Es decir, que, durante el desarrollo fetal, las hormonas eran las responsables de dar forma a cerebros masculinos o cerebros femeninos; por lo tanto, las hormonas eran también responsables de las diferencias sexuales, aunque indirectamente (véase también Phoenix et al., 1959). Se comenzó a pensar que el cerebro era el responsable de la diferenciación sexual, así como de la orientación sexual y de las conductas de género (ibíd.).
Aunque los argumentos que justifican la diferenciación de los cerebros masculino y femenino se originaron hace mucho tiempo, recientemente asistimos a un resurgimiento de este tipo de investigaciones (Arnold y Gorski, 1984; Brizendine, 2006; Cahill, 2003; Collaer y Hines, 1995; Cooke et al., 1998; Holterhus et al., 2009; Lippa, 2005). A finales del siglo XX (véase el artículo de revisión de Cooke et al.) existía un gran consenso respecto a la diferencia existente entre el cerebro masculino y el femenino, pero no con relación a las consecuencias de esta disparidad. Algunas investigaciones concluyen que la exposición prenatal a andrógenos está fuertemente correlacionada con el comportamiento sexual arquetípico posnatal (Hrabovszky y Hutson, 2002; Collaer y Hines, 1995). En el siglo XXI, las teorías sobre el sexo del cerebro continúan manteniendo que este órgano es el eslabón intermedio entre las hormonas sexuales y la conducta de género. Los metaanálisis han hallado poca evidencia con respecto a la tesis de los hemisferios derecho e izquierdo para explicar las diferencias de sexo (Pfannkuche et al., 2009).
La investigación científica que aborda la diferenciación sexual de los cerebros no está exenta de crítica (Epstein, 1996; Fine, 2011; Fausto-Sterling, 2000; Jordan-Young, 2010; Oudshoorn, 1994). Por ejemplo, Jordan-Young (2010) llevó a cabo una revisión de más de 300 investigaciones sobre la diferenciación sexual del cerebro y entrevistó a algunos de los científicos que las habían coordinado, y sus conclusiones apuntan a que los estudios sobre la dis posición del cerebro son tan deficientes desde el punto de vista metodológico, que no cumplen los estándares mínimos de calidad de la investigación científica. Los estudios no son consistentes en sus conceptualizaciones de «sexo»,2 género y hormonas, y cuando se aplican los conceptos de uno de los estudios a otro, los resultados no son replicados.
Una deficiencia importante de las investigaciones sobre las diferencias sexuales en los cerebros humanos es que carecen de fiabilidad y dependen de definiciones y mediciones de los conceptos que no tienen consistencia. Además, muchas de estas investigaciones se basan en animales que, en principio, cabe pensar, tienen menos influencia cultural en sus vidas que la mayoría de las personas. Fine (2011) ha revisado un amplio espectro de estudios y metaanálisis, así como informes, que aportan poca evidencia científica, aunque sus autores afirmen lo contrario. Por ejemplo, cuestiona la afirmación de Brizendine (2006) de que los cerebros femeninos están configurados para mostrar una mayor empatía, y advierte de que la investigación que apoya esta propuesta incluye solo cinco referencias, de las cuales una se ha publicado en Rusia, otra está basada en autopsias y el resto no aportan datos comparativos por sexo. De manera similar, Fine argumenta que mientras que los datos de imágenes cerebrales muestran alguna diferenciación sexual en las funciones cerebrales, no existe ninguna evidencia de que el desempeño real de dichas funciones sea diferente. Muchas investigaciones sugieren que la mayoría de las diferencias respecto al sexo son específicas de grupos raciales o étnicos particulares, así como de clases sociales diferentes. Por ejemplo, sabemos que las habilidades que se entiende que presentan diferencias según el sexo, como por ejemplo las matemáticas, a menudo difieren de manera bastante evidente según la etnia y la nacionalidad.
En mi propia investigación (Davis y Risman, 2014) he explorado las afirmaciones que relacionan los niveles hormonales en el útero con el comportamiento de género a lo largo de la vida (Udry, 2000). Analizamos datos bastante inusuales que medían los niveles de hormonas fetales y luego medimos las hormonas, las actitudes y los comportamientos décadas más tarde, cuando el feto devino en niña y luego en mujer. Comenzamos esta investigación absolutamente convencidas de que los hallazgos previos de Udry (2000) resultaban totalmente inexactos debido a que las mediciones no eran válidas, pero nuestros resultados no fueron tan evidentes como para confirmar nuestras hipótesis de partida. Detectamos inexactitudes en la investigación previa, pero, a pesar de nuestras predicciones, identificamos relaciones estadísticamente significativas entre los niveles hormonales en el útero y la autopercepción de los rasgos de personalidad a los que a menudo se hace referencia como «masculinos» o «femeninos». Sin embargo, tales asociaciones fueron mucho menos significativas de lo que la investigación anterior había sugerido y mucho menos relevantes que los efectos combinados de las experiencias de socialización recordadas, las vivencias adolescentes y los roles sociales adultos.
Esta investigación ha fortalecido mi convicción de que necesitamos una explicación para el género que se sitúe en diferentes niveles, incluyendo la atención al nivel individual de análisis, de los cuerpos y la personalidad. En término medio, ¿cuántas mujeres son más empáticas? En primer lugar, cabe prever que se encontrará una enorme variabilidad entre los individuos; en segundo, hay que anticipar que el hecho de que la empatía sea una característica reconocida es algo socialmente determinado. Podríamos decir que el y la mejor profesional de la medicina es quien ofrece un mejor trato. ¿Será recompensado o recompensada por esta habilidad?
En una revisión exhaustiva sobre las aportaciones científicas sobre la diferenciación sexual, Wade (2013) explica que la ciencia del siglo XXI ha superado el debate naturaleza versus crianza. En un giro verdaderamente paradigmático, investigaciones recientes han demostrado que los contextos ambientales y sociales afectan a nuestros cuerpos de la misma manera que nuestros cuerpos afectan al comportamiento humano. El nuevo campo de la epigenética sugiere que un solo gen puede dar lugar a resultados impredecibles, y que las consecuencias de cualquier tendencia genética dependen de factores desencadenantes presentes en el entorno. Las investigaciones también sugieren que las experiencias ambientales, como la hambruna en una generación, se pueden detectar en el cuerpo de los nietos y nietas. De manera similar, aunque es posible que las hormonas fetales tengan algún efecto duradero sobre la personalidad, sabemos que la actividad humana también transforma la producción de hormonas. La testosterona aumenta según el estado en el que se encuentre el sujeto. Los hombres que compiten en deporte experimentan un aumento de su testosterona, pero este es menor cuando pierden (Booth et al., 1989; 2006). La testosterona disminuye cuando los hombres se involucran en el cuidado de niños/as pequeños/as (Gettler et al., 2011). Ahora sabemos que la plasticidad cerebral dura mucho más tiempo que el primer año de vida (Halpern, 2012).
En un libro reciente, Fine (2017) revisa incluso la literatura científica más actual sobre género y biología, y aborda el mito que denomina «testosterona rex», esto es, la asunción de que es precisamente el efecto de la testosterona en el cerebro masculino lo que convierte a los chicos jóvenes en hombres estereotipados y, por lo tanto, que la ausencia de esta hace a las chicas femeninas. La autora demuestra que, aunque no hay duda de que la testosterona afecta a los cerebros y los cuerpos, no es la fuerza motriz de la masculinidad competitiva; de hecho, insiste en que las mujeres pueden ser tan competitivas y arriesgadas como los hombres. En vez de ser la estructura hormonal del cerebro la que determina el comportamiento, son las actitudes arraigadas las que son difíciles de cambiar y las que constriñen a mujeres y hombres en su adaptación al nuevo mundo social. Fine argumenta convincentemente que el contexto social influye en nuestros cuerpos de la misma manera que nuestros cuerpos influyen en nuestro comportamiento. Una clara evidencia de ello es que el fuerte carácter sexista de las normas sociales frena la adaptación humana a la sociedad posmoderna, sea cual sea la estructura de nuestros cerebros.
Nuestros cerebros cambian cuando aprendemos nuevas habilidades, lo que lo convierte en un órgano tan social como el resto de nuestro cuerpo.
La sociología cuenta ahora con poderosos argumentos contra la naturalización de las premisas biológicas. Hallar pruebas sobre un posible aspecto biológico de la estratificación social ya no puede utilizarse para argumentar que se trata de algo natural u objetivo. Tampoco puede utilizarse para argumentar que es irreversible, incluso en una sola generación. La idea de que algunos rasgos de nuestra biología son prácticamente inmutables, difíciles o imposibles de cambiar, ya no resulta una posición defendible (Wade, 2013: 287).
Cualquiera que sea la forma como los factores biológicos influyen en el desarrollo humano, ahora sabemos que nuestro entorno social también influye en nuestra propia biología. La manera en que el potencial biológico se forma, se desarrolla y da significado también depende del contexto social.
LAS CIENCIAS SOCIALES DESCUBREN EL SEXO Y EL GÉNERO
Pocos científicos sociales se ocuparon de las cuestiones del sexo y el género antes de mediados del siglo XX, a pesar de que las activistas sociales de la Era Progresista lucharan por los derechos de la mujer. La sociología consideraba que la familia tradicional contribuía al buen funcionamiento de la sociedad (por ejemplo, Parsons y Bales, 1955; Zelditch, 1955) y se abordaban las cuestiones de género haciendo referencia a las mujeres en tanto que «corazón» de unas familias con «cabeza» masculina. Al mismo tiempo, la psicología (Bandura y Waters, 1963; Kohlberg, 1966) remitía a la teoría de la socialización para explicar cómo se podía entrenar a las niñas y los niños para que desarrollasen los roles socialmente apropiados como hombres y mujeres, maridos y esposas. Nadie parecía darse cuenta de que muchas familias pobres y de color no tenían madres que se quedaran en casa, sino que estas trabajaban para contribuir económicamente a la supervivencia de la familia. Más allá de la teoría de la socialización en los roles sexuales y la sociología de la familia, pocas investigaciones o textos teóricos se centraron en el sexo o el género, y casi ninguno lo hizo en la desigualdad entre mujeres y hombres antes de la segunda ola del movimiento feminista (Ferree y Hall, 1996). Por supuesto, entonces, este campo de estudio experimentó literalmente una explosión, tal vez debido al cambio en la composición demográfica de los/las científicos/as. A medida que las mujeres entraban en la academia, estas se interesaban más por la vida de las mujeres y se prestaba más atención a este aspecto, y, con el tiempo, el efecto del género se trató de manera más profunda (England et al., 2007).3 Si bien las mujeres todavía suelen chocar contra un techo de cristal tanto en la academia como en otras organizaciones, la investigación sobre la desigualdad de género avanza rápida y sólidamente.
CÓMO MEDIMOS LOS «ROLES SEXUALES» PSICOLÓGICOS Y POR QUÉ ESTO ES IMPORTANTE
Los intentos rigurosos de estudiar el sexo y el género coincidieron con la irrupción de las mujeres en la ciencia, así como con la influencia de la segunda ola del feminismo en las discusiones intelectuales. La psicología (por ejemplo, Bem, 1981; Spence Helmreich y Holahan, 1975) empezó a medir las actitudes de los roles sexuales utilizando las escalas que acostumbraban a usar en los test de personalidad y empleo (Terman y Miles, 1936). Estas medidas asumían que la masculinidad y la feminidad constituían puntos opuestos de una sola dimensión, por lo tanto, si un sujeto tenía «altos» índices de feminidad, necesariamente, según el diseño de la medición, tenía «bajos» índices de masculinidad (figura 1.1).

Fig. 1.1 Medida unidimensional del género.
Sin embargo, la investigación científica empezó a considerar que la representación de la feminidad y la masculinidad como polos opuestos no reflejaba de manera fiel la experiencia real de estas (Locksley y Colten, 1979; Pedhazur y Tetenbaum, 1979; Edwards y Ashworth, 1977). La evidencia cientí fica llevó a Bem (1993; 1981) a sugerir un nuevo enfoque del género que se ha convertido en modelo de referencia para las ciencias sociales; actualmente esta concepción se da tan por sentada que ya no se cita a la autora cuando se utilizan estos indicadores. Bem sugiere que la masculinidad y la feminidad son realmente dos dimensiones de la personalidad diferentes. Por ejemplo, un individuo puede ser muy masculino (lo que incluye ser eficaz, coherente, con estrategia) y también muy femenino (que implica el cuidado, la empatía, la afectuosidad). Las mujeres tradicionales serían muy femeninas y muy poco masculinas. Los hombres tradicionales serían muy masculinos y muy poco femeninos. Una mujer agresiva y perspicaz puntuaría bajo en feminidad y, en cambio, puntuaría alto en masculinidad, pero si también fuera cuidadora y afectuosa, puntuaría alto tanto en masculinidad como en feminidad. Lo nuevo en esta manera revolucionaria de pensar el género es que estos rasgos de personalidad se encuentran desvinculados del sexo de las personas que los detentan. Las mujeres puntúan en feminidad, pero los hombres también. Los hombres puntúan en masculinidad, y las mujeres también (figura 1.2).

Fig. 1.2. Masculinidad y feminidad como medidas independientes.
A todo ello le siguió una década de discusiones sobre los ajustes para utilizar y medir mejor esta nueva conceptualización (Bem, 1981; 1974; Spence, Helmreich y Holahan, 1975; Spence, Helmreich y Stapp, 1975; Taylor y Hall, 1982; White, 1979), lo que derivó finalmente en un consenso renovado. Muchos/as psicólogos/as optaron por combinar las dos escalas para medir la androginia, una etiqueta que se asignaba a hombres y mujeres que obtenían valores altos en ambas medidas. Se entendía que estas personas andróginas eran más flexibles y conseguían adaptarse mejor a una gran variedad de roles sociales. Connell (1995) nos ofrece una excelente visión general a propósito de la medición del género, con especial atención a las masculinidades. Podemos plantearnos preguntas sobre qué tipo de expectativas de género existen actualmente, cómo las aprende la gente y si se convierten en parte de la personalidad de hombres y mujeres.
La psicología reciente que apuesta por esta línea (Choi et al., 2008; Choi y Fuqua, 2003; Hoffman y Borders, 2001) sugiere que deberíamos abandonar el uso de los términos masculinidad y feminidad y pasar más bien a la descripción del concepto de personalidad. La escala denominada de masculinidad mide la eficacia, la agencia y el liderazgo, y la escala de feminidad mide el cuidado y la empatía. Quizá lo que deberíamos hacer es etiquetar estas medidas de forma descriptiva, tal vez como agencia y crianza. Aunque estoy de acuerdo en que este giro lingüístico constituye la vía que se debe seguir en el futuro, en este libro, siguiendo la tradición mayoritaria en las ciencias sociales, continuaré utilizando el lenguaje de la masculinidad y la feminidad. Sin embargo, en la conclusión, retomaré esta sugerencia e incorporaré a mi visión utópica esta crítica lingüística que permite disociar los rasgos de la personalidad de aquellas etiquetas que relacionamos directamente con categorías sexuales biológicas. Iré incluso más allá, al proponer que eliminemos también el género en tanto que estructura social.
El estudio de la masculinidad y la feminidad dejó de ser competencia solo de la psicología de la personalidad, ya que la psicología social, que investigaba los estereotipos, también se introdujo en este campo (Fiske, 1993; Deaux y Major, 1987; Heilman y Eagly, 2008). Los estereotipos pueden ser categorizados como descriptivos –simplemente representan con precisión lo que es– o prescriptivos –apuntan a lo que debería ser–.
Los padres que manejan estereotipos prescriptivos de género pueden influir en el desarrollo de las/os niñas/os para que se conviertan en este estereotipo. Así mismo, es cierto que en los departamentos de recursos humanos también se utilizan estereotipos que, en el caso de los trabajos tradicionalmente masculinos, colocan a las mujeres en una posición de desventaja (Ely y Padavic, 2007), así como a las que son madres cuando son estereotipadas como trabajadoras poco confiables. Fiske (2001) argumenta que, cuando no se controlan, los estereotipos dan origen a prejuicios que pueden mantener las diferencias de poder.
LA SOCIOLOGÍA SE INVOLUCRA: DESDE LOS RASGOS DE LA PERSONALIDAD A LA DESIGUALDAD
Cuando en sociología empezamos a prestar una seria atención al sexo y al género, nos guiamos por la psicología, que nos precedía, y nos centramos en las diferencias en la socialización de roles de género destinada a chicos y chicas durante la primera infancia (Lever, 1974; Stockard y Johnson, 1980; Weitzman, 1979). Lo que estudiaba la sociología era cómo se alentaba a aquellos bebés asignados a la categoría de hombre a participar de los comportamientos masculinos: se les ofrecían juguetes apropiados para niños, se les recompensaba por jugar con ellos y se les castigaba por actuar de un modo feminizado. A las bebés asignadas a la categoría de mujer se las animaba a participar de comportamientos femeninos, y solo utilizaban juguetes apropiados para niñas, tales como muñecas y hornos Easy Bake Ovens4 (Weitman et al., 1972). El resultado de esta socialización endémica es lo que propicia la ilusión de que el género se da de manera natural. Lo irónico de la situación es que estas sólidas prácticas de socialización consiguen que su producto final aparezca como libre elección de los individuos por una vida tradicional de género. Sin embargo, la presión social para ajustarse a los estereotipos, que es el proceso de socialización en sí mismo, constituye una forma de coerción lenta y sutil, así como de reproducción social de la desigualdad. Las primeras investigaciones feministas mostraron que la socialización femenina perjudica a las niñas (Lever, 1974), aunque incluso en la propia investigación se valoraban los rasgos masculinos por encima de los femeninos. Investigaciones más recientes (Martin, 1998; Kane, 2006; 2012) también estudian las formas en las que se interioriza el género. Martin (1998) ilustra cómo los cuerpos de los niños y las niñas se ven moldeados por las prácticas de los centros de preescolar. La investigación de Kane (2012) sobre la crianza de los hijos demuestra que, si bien para muchos padres es importante que sus hijos no tengan estereotipos de género, la mayoría de estos padres ponen límites a la libertad de sus hijos para proclamar su feminidad. La implicación de esta investigación sociológica, bastante diferente a la investigación psicológica discutida anteriormente, es la preocupación por cómo se produce el género a través de la interacción con los niños. La sociología centra su atención en cómo influyen las creencias estereotipadas en el desempeño de género apropiado y también en cómo los y las menores muestran determinadas conductas para evitar el estigma. Los niños y las niñas aprenden a ser responsables de desarrollar comportamientos adecuados de género. La similitud entre esta investigación sociológica y los estudios psicológicos reside en el supuesto de que al menos una de las claves para cambiar la desigualdad de género reside en centrarse en la formación de una nueva generación más libre.
Crítica a la teoría de los roles de género
Lopata y Thorne (1978) publicaron un artículo pionero convertido en referente en el que argumentaban que la sociología estaba ignorando las implicaciones problemáticas de usar la palabra rol en la formulación «rol de sexo o de género». La palabra en sí misma implica una complementariedad funcional entre las vidas masculinas y femeninas. La propia retórica del «rol» nos obliga a pensar en un conjunto de relaciones utilitariamente complementarias, pero vaciadas de las cuestiones de poder y privilegio. ¿Se nos ocurriría utilizar el lenguaje de los «roles raciales» para explicar la desigualdad entre blancos y negros en la sociedad estadounidense? También existen otros problemas con la retórica de los roles. El lenguaje del «rol sexual» presupone una estabilidad de comportamiento que se espera de mujeres y hombres, ya sea en el hogar o en el trabajo, ya sean jóvenes o mayores, de cualquier grupo racial o étnico (véanse Connell, 1987; Ferree, 1990; Lorber, 1994; Risman, 1998; 2004). ¿Cabe esperar que una abogada que se muestra audaz y agresiva en la sala del tribunal se comporte del mismo modo en la guardería o incluso en su casa? La revisión exhaustiva de Lorber (1994) sobre la investigación de género en el siglo XX demostró la inexistencia de un único rol para mujeres y hombres, ni siquiera en la sociedad estadounidense.
En sociología ya casi no se hace referencia a los roles de género. Kimmel (2008: 106) resume la postura contemporánea más extendida cuando afirma que «la teoría de los roles de género enfatiza en exceso la primera infancia como momento decisivo en el que se produce la socialización de género». Actualmente la sociología estudia el género más allá de los seres socializados. Cada vez que leo un artículo de una revista de sociología que utiliza el lenguaje de los roles sexuales o de género, me pregunto inmediatamente si el autor o autora está al día en el tema. En los trabajos de mi alumnado (y en los manuscritos que reviso) siempre tacho el lenguaje de los «roles» y sugiero un concepto más matizado y preciso. Mi esperanza es que nadie que lea este libro vuelva a cometer este error. No es que el concepto sociológico de «rol social» sea en sí mismo un problema, lo es la presunción de que existe un único «rol de género» en la sociedad estadounidense o en cualquier otra. No se espera que las mujeres se comporten de la misma manera como madres que como esposas, y menos aún como madres que como abogadas. Esto no significa que no existan expectativas de género en el mundo de la abogacía; de hecho, cuando las mujeres se comportan de un modo tan agresivo como lo hacen los hombres, les es más fácil ser aceptadas como buenas profesionales y, al mismo tiempo, se espera que esas mismas mujeres se comporten más contundentemente como abogadas que como madres o esposas. Las expectativas de género se dan para todos los roles sociales, pero no existe un «rol de género» que se aplique a las mujeres o a los hombres per se, ni ciertamente que opere para las mujeres y los hombres de diferentes razas, etnias y clases.
Críticas a la perspectiva académica de género como teoría de la mujer blanca
Desde los inicios de la segunda ola del feminismo, las mujeres de color han teorizado el género como algo más que una característica de la personalidad, poniendo el acento en cómo la masculinidad, la feminidad y las relaciones de género varían según las comunidades étnicas y las fronteras nacionales. Por ejemplo, Patricia Hill Collins (1990), Kimberlé Crenshaw (1989), Deborah King (1988) y Audre Lorde (1984) entienden el género como un eje de opresión que se interrelaciona con otros ejes de opresión, entre los que se incluyen la raza, la sexualidad, la nacionalidad, la capacidad, la religión y otros muchos. Las feministas de color cuestionan aquellas investigaciones y teorías que sitúan a las mujeres blancas de Occidente como «sujeto femenino universal», así como las teorías sobre la raza por situar a los hombres de color como el «sujeto racial universal». Nakano Glenn (1999: 3) describe esta situación así: «… las [m]ujeres de color fueron apartadas de ambas narrativas, invisibilizadas tanto como sujetos raciales, como sujetos de género». Del mismo modo, Mohanty (2003) critica a las feministas de la academia por presuponer, demasiado a menudo, que las mujeres del mundo occidental blanco representan a todas las mujeres y no integrar una perspectiva global en sus teorías.
Aunque las académicas han denominado la experiencia –y últimamente también la teoría– de ser oprimidas de distintas maneras y a través de múltiples dimensiones mediante diferentes términos (por ejemplo, interseccionalidad, womanismo, feminismo multirracial, etc.), comparten el objetivo de poner el foco de atención en cómo las ventajas o desventajas asociadas a la pertenencia a un grupo, en relación con el género, la raza, la sexualidad, la clase, la nacionalidad y la edad, deben entenderse en su totalidad y no de manera acotada, como si se tratara de esferas distintas de la vida (Collins, 1990; Crenshaw, 1989; Harris, 1990; Mohanty, 1990; Glenn, 2003; Nakano Glenn, 1999). En Black Feminist Thought, Patricia Hill Collins (2000: 16) se basa en los primeros trabajos sobre la interseccionalidad (por ejemplo, Crenshaw, 1989; Lorde, 1984) para hablar de la «matriz de dominación» como un concepto que busca entender «cómo […] se organiza realmente el cruce de opresiones» que oprime a los individuos marginados. Hill Collins va más allá del reconocimiento de la multiplicidad de ejes de opresión y nos desafía a comprender cómo, según el lugar en el que se vean posicionados los individuos en la matriz de dominación, serán oprimidos de manera diferente. En un artículo reciente, Wilkins (2012) ilustra cómo aplicar esta propuesta en una investigación con estudiantado universitario. Su estudio muestra cómo las estudiantes universitarias afroamericanas construyen relatos identitarios que las hacen aparecer como mujeres negras fuertes e independientes, creando límites entre ellas y los hombres y mujeres blancos. Las implicaciones que ha supuesto la crítica de la perspectiva interseccional para la teoría de los roles de género han llevado a los estudios de sexo y género a prestar atención al contexto social y a preocuparse por la desigualdad racial. La investigación en este campo ya no puede abordarse como el análisis de las «diferencias sexuales», puesto que a menudo las diferencias no justifican la desigualdad, y la desigualdad no existe solo entre mujeres y hombres, sino también como resultado de una variedad de dimensiones transversales, como la raza, la etnia, la sexualidad y los estados-nación.
Más allá de lo individual
A medida que en sociología comenzábamos a estudiar el género y la desigualdad, nos situamos en aquellas perspectivas que se centraban en el contexto social y nos dimos cuenta de que contábamos con poca evidencia que ayudara a entender el género más allá del rasgo psicológico. De esta manera, la sociología desarrolló varias propuestas teóricas, algunas previas a otras. Aquellos y aquellas que se interesaron por la interacción social y el significado que la gente otorga a las relaciones cara a cara desarrollaron un enfoque teórico que llegó a conocerse como «doing gender».5 En 1987, West y Zimmerman publicaron un artículo, ya clásico, en el que argumentaban que el género es algo que hacemos, no lo que somos. Exponían que los hombres y las mujeres somos tachados/as de inmorales si fracasamos al construir nuestro género de acuerdo con las expectativas; la violencia que se observa contra las personas transgénero apoya ciertamente este argumento. Otras sociólogas y sociólogos, más focalizados en el estudio de la desigualdad que se da en organizaciones sociales como las empresas y las familias, dieron una explicación estructural para entender las diferencias sexuales en el trabajo. En 1977, Kanter aplicó un marco teórico estructural sobre género en su libro Men and Women of the Corporation (Mayhew, 1980). El estudio de caso de Kanter demostró que la desigualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, la existencia de un poder masculino de élite y el número reducido de mujeres en puestos relevantes eran los responsables de la desigualdad de género en el trabajo, y no la diferencia de personalidades tipificadas de mujeres y hombres. Estas dos trayectorias de investigación se desarrollaron de forma independiente. De hecho, si bien cada una de las tradiciones hizo lo posible por distanciarse del paradigma de los roles sexuales, por aquel entonces ampliamente aceptado, también es cierto que este alejamiento se produjo igualmente entre ambas propuestas. Reviso aquí el desarrollo de cada una de ellas. Un poco más tarde, la psicología social aportó la investigación sobre las expectativas de estatus y la investigación psicológica sobre el sesgo cognitivo (Ridgeway, 2001; Ridgeway y Correll, 2004) al estudio sociológico del género. Por último, a finales del siglo XX, cuando la sociología experimentó su giro cultural, fue creciendo la preocupación por comprender las lógicas macroculturales que sustentan la desigualdad de género (Swidler, 1986; Hays, 1998; Blair-Loy, 2005) (véase la figura 1.3 como muestra de las tradiciones sociológicas).

Fig. 1.3. Desde los roles de género a las alternativas sociológicas.
El marco teórico «estructural»
El replanteamiento hacia las explicaciones estructurales del género se produjo como reacción al énfasis previo puesto en lo meramente individual (Mayhew, 1980). La sociología que se posiciona en esta perspectiva argumenta que las demandas de nuestro propio campo de estudio nos llevan a analizar cómo la estructura social determina el comportamiento humano directamente, en lugar de hacerlo la socialización. Kanter (1977) precisó la contradicción entre lo individual y lo estructural al sugerir que era la organización del trabajo, y no las personas trabajadoras, la responsable de la desigualdad de género en los salarios. Las personas trabajadoras que ocupan posiciones de menor poder formalizado y con menos posibilidades de promoción están menos motivadas y son menos ambiciosas en el trabajo; así mismo, raramente se las percibe como líderes y ejercen como jefas más autoritarias cuando ocupan cargos de rango menor. Kanter identificó que estas características eran muy comunes en hombres y mujeres de color, dado que ocupaban fundamentalmente puestos de poco poder y que ofrecían pocas oportunidades. Esta circunstancia ocasionaba que fuesen estereotipadas como líderes menos motivadas y efectivas. Además, era anecdótico el que las mujeres y los hombres de color ocupasen posiciones de liderazgo, y el desequilibrio en la proporción de sexos y razas en sus lugares de trabajo conllevaba que se enfrentaran a un examen mucho más minucioso, así como a valoraciones negativas. Del estudio de caso de Kanter sobre una de las principales centrales de una compañía de seguros se desprendía que la mayoría de hombres blancos que ocupaban posiciones con poca movilidad ascendente y escaso poder en la organización también cumplían con el estereotipo de jefe ineficaz en la microgestión. Las aparentes diferencias de género en el estilo de liderazgo reflejan los roles desfavorecidos de las mujeres en la organización, no sus personalidades. El trabajo de Kanter ha tenido una destacada influencia en los estudios de género. En su ambicioso metaanálisis sobre la investigación en diferenciación sexual, Epstein (1988) priorizó el argumento socioestructural para sugerir que las diferencias que se daban entre hombres y mujeres eran resultado de los roles y las expectativas sociales, y que actuaban como «distinciones engañosas» (el título del libro). Si a hombres y mujeres se les ofrecieran las mismas oportunidades y limitaciones, las diferencias entre unos y otras se desvanecerían rápidamente, según entendía Epstein. Partiendo de esta premisa, el género se podría considerar más un engaño que una realidad. En el epicentro de esta afirmación se encuentra la idea de la neutralidad del género. Unas condiciones estructurales similares dan lugar a un comportamiento similar de hombres y mujeres; el problema simplemente es que rara vez se les permite desarrollar los mismos roles sociales a unas y a otros.
Esta perspectiva resulta políticamente seductora, pues sugiere que el progreso se puede dar de una manera rápida. Cambia la ratio de mujeres respecto a la de hombres, la estructura en sí misma, y acabarás con el sexismo. Desafortunadamente, las investigaciones que han puesto a prueba esta idea concluyeron que la cuestión resultaba mucho más compleja. En una revisión de investigaciones sobre puestos de trabajo, Zimmer (1988) identificó que la desigualdad de género no se explicaba solo por la posición estructural de las mujeres como grupo subordinado. Según esta teoría, que alude a la neutralidad de género, cualquier grupo que se encuentre en una posición mayoritaria se convertirá en el de mayor poder, y el grupo que esté en la minoritaria se verá en desventaja; sin embargo, no se margina a los hombres cuando son minoría en un lugar de trabajo, sino que siguen gozando de una posición de ventaja. Las investigaciones indican que los enfermeros hombres ocupan los puestos de administración en los hospitales y los maestros hombres ascienden rápidamente a los puestos de dirección en los centros escolares. Ascienden hasta lo más alto con las escaleras de cristal (Williams, 1992). Por supuesto, esto no se puede aplicar a todos los hombres. La bibliografía más reciente sugiere que son solo los hombres blancos los que ascienden en su escalera de cristal hasta la cúspide, mientras que los de color que ocupan puestos de trabajo feminizados se quedan en los primeros peldaños de la escalera (Wingfield, 2009). Tanto el estatus de género como el racial constituyen una desventaja en las organizaciones. Otras investigaciones indican que la ventaja masculina se amplía a todo tipo de organizaciones, tanto si el número de mujeres es simbólico como si no.
Este nuevo giro hacia explicaciones estructurales pronto se aplicó al campo de estudio de la familia. Yo misma fundamenté mi tesis, Necesidad e invención de la maternidad, en la teoría de Kanter. Mi hipótesis sugería que las diferencias entre la maternidad y la paternidad respondían exclusivamente a las expectativas volcadas sobre las madres como cuidadoras principales. Estudié a hombres que debían asumir el cuidado de sus hijas e hijos en solitario (viudos o abandonados por sus mujeres) y los comparé con madres en solitario y padres y madres casados/as; comparé su feminidad y su masculinidad, pero también la asunción del trabajo doméstico, las técnicas de crianza y la relación paterno-filial. Mi hipótesis era que los padres en solitario actuaban del mismo modo que las madres en solitario; sin embargo, los resultados (Risman, 1987) sugirieron una explicación mucho más compleja. Los padres en solitario se parecían a las madres en muchas cosas. Se describían a sí mismos con caracteres más femeninos (por ejemplo, como cuidadores y empáticos) de los que usaban los otros padres, lo que demuestra que los rasgos de personalidad son maleables según las circunstancias. No obstante, incluso en el caso de los hombres que ejercían como cuidadores principales se daban diferencias estadísticamente significativas respecto a las madres en varios ítems, incluyendo sus puntuaciones en las medidas de masculinidad y crianza. Se parecían más a las madres que otros hombres, pero no eran igual a ellas. Ha habido otras investigaciones que se han sustentado parcialmente en las explicaciones estructurales. En un estudio en el que se analizaron historias de vida de mujeres de la generación del baby boom americano, Gerson (1985) concluyó que la socialización de estas y sus preferencias como adolescentes no predecían a sus estrategias ante las «decisiones difíciles» (título del libro) para conciliar los compromisos laborales con los familiares. La mejor explicación de por qué las mujeres «eligen» entre una vida doméstica o una centrada en el trabajo reside en la estabilidad marital o el éxito laboral. Aquí las condiciones estructurales de la vida cotidiana resultan ser más importantes que los yo femeninos, pero no constituyen la única explicación relevante.
La mayoría de las investigaciones sobre maridos y mujeres que pretenden probar la importancia de los factores estructurales a la hora de explicar el comportamiento no han logrado aportar evidencias sólidas que apoyen una explicación puramente estructural de la conducta de género en las familias. Casi todas las investigaciones cuantitativas sugieren que las mujeres continúan dedicando más tiempo a tareas domésticas que sus maridos, incluso cuando trabajan fuera del hogar tantas horas por semana como ellos y ganan salarios equivalentes (Davis y Greenstein, 2013; Bittman et al., 2003; Bianchi et al., 2000). La investigación cualitativa de Tichenor (2005) proporciona una sólida evidencia empírica de que las esposas con mayores sueldos que los de sus maridos se ven obligadas, por la lógica cultural de la maternidad intensiva, a asumir una mayor parte del trabajo familiar de cuidados. Mientras que Sullivan (2006) y Kan et al. (2011) muestran de manera convincente que la tendencia ha cambiado con el tiempo y que los hombres asumen cada vez más trabajo familiar a medida que avanzan las décadas, el género todavía supera las variables estructurales de tiempo y dependencia económica cuando se trata de tareas domésticas y trabajo de cuidados (Risman, 2011). Si los factores puramente estructurales fueran los responsables de la desigualdad de género, podríamos rediseñar simplemente las organizaciones y los roles sociales, y así las mujeres y los hombres serían iguales. El núcleo del argumento estructural es la neutralidad del género; las mismas condiciones estructurales crean el comportamiento, con independencia de los roles sociales que desempeñen los hombres o las mujeres. Las implicaciones de una teoría puramente estructural suponen que, si movemos a las mujeres a las posiciones de los hombres y a los hombres a las posiciones de las mujeres, sus comportamientos serán idénticos y esto tendrá consecuencias similares. Sería de esperar que los cuidadores masculinos fuesen «madres» de la misma manera que las mujeres o que en política las mujeres liderasen y tuvieran seguidores al igual que los hombres. Pero esto no parece ser así.
Debemos ir más allá de las variables puramente socioestructurales para explicar el poder del género. Esto resultó evidente para la sociología posicionada en una perspectiva más interaccionista, y su recorrido se explica en la sección siguiente.
«Doing gender»
En la misma época en la que se articuló el marco teórico estructural, se hacía evidente la importancia del interaccionismo simbólico y del abordaje que tenía en cuenta la interacción cara a cara para la comprensión del género. En 1987, West y Zimmerman (1987) publicaron un artículo pionero en el que argumentaban que el género es algo que hacemos, no lo que somos. En él sugerían que somos responsables de «hacer» género y que se nos considera inconformes si no lo hacemos. Los autores distinguían claramente los conceptos de sexo, categoría de sexo y género, de tal manera que se ilustraba la importancia de cómo performativizamos el género para demostrar nuestra categoría de sexo. El sexo de un individuo se asigna, generalmente al nacer, de acuerdo con distinciones biológicas socialmente definidas. La categoría de sexo, por otro lado, es lo que reclamamos a los demás, y se utiliza como un sustituto del sexo. La categoría de sexo depende de que el sexo sea aceptado de forma adecuada y no siempre coincide con el sexo biológico de la persona. Se establece mediante lo que mostramos a través de nuestro cuerpo, incluyendo el lenguaje corporal, la ropa, el corte de pelo o el comportamiento asignado, pero no solo esto; es decir, para reivindicar una categoría de sexo, las mujeres y los hombres tienen que hacer género.
Al conceptualizar el género como algo que hacemos, West y Zimmerman (1987) ponían el foco de atención en las maneras mediante las cuales se fuerzan, restringen y vigilan los comportamientos durante la interacción social.
La perspectiva de género de West y Zimmerman es similar a la teoría de la «performatividad» de Judith Butler (1990; 2004). Comparten el enfoque de la producción de género a través de la actividad del actor, pero difieren en la idea de la existencia de un yo «real» subyacente al «hacer» género. Las ciencias sociales estudian la flexibilidad del yo, el yo construido socialmente, pero generalmente presuponen la existencia de alguna versión del yo, aunque solo sea temporal. Sin embargo, Butler, filósofx y teóriqux queer,6 reflexiona sobre el yo como si este fuera más bien imaginario que construido socialmente. Otras teóricas queer como Butler han contribuido a la discusión del «doing gender» de una manera crítica, lo que ha ayudado a afinar la mirada sobre la «performatividad».
El marco teórico del «doing gender» se ha convertido quizá en la perspectiva más común en la investigación sociológica contemporánea. En 2016, el artículo de West y Zimmerman había sido citado más de 8.500 veces desde su publicación en 1987, y, sin embargo, el género no se describe fácilmente a partir de una sola versión de masculinidad y feminidad. Las investigadoras han descrito una gran variedad de formas mediante las cuales las niñas y las mujeres hacen feminidad: desde la «maternidad intensiva» (Hays, 1998; Lareau, 2003) hasta las lesbianas «femme» que se apropian de los símbolos tradicionales enfatizados de la feminidad, como los tacones y las medias (Levitt et al., 2003), pasando por las chicas latinas que negocian relaciones sexuales sin riesgo (Garcia, 2012) o las afroamericanas que caminan por la delgada frontera que separa el mundo del bien del mundo del gueto (Jones, 2009). La evidencia nos ha desplazado desde los «roles» de género hasta la variedad de maneras mediante las cuales la gente hace género. Los trabajos de Martin (2003) y Poggio (2006) ponen el énfasis en el «giro práctico» (ibíd.: 229) de los estudios de género, lo que añade complejidad a la tradición del interaccionismo al mostrar cómo se practica el género en las organizaciones laborales. Por ejemplo, Gherardi y Poggio (2007) muestran cómo se modifican las dinámicas de interacción cuando una mujer ingresa por primera vez en un entorno laboral masculinizado dominado por hombres, lo que evidencia la falacia de que los comportamientos laborales que se daban antes de su llegada eran neutrales en cuanto al género.
Los hombres «haciendo género» se ha convertido en un campo de estudio en sí mismo. Connell (1995) puso la atención en cómo la enfatización de una masculinidad «hegemónica», que se define como la práctica que encarna la versión culturalmente aceptada como «mejor» y más poderosa de la masculinidad, crea desigualdad entre los hombres.
Los hombres que pertenecen a grupos marginados por la clase social, la raza o la sexualidad, que no tienen acceso a la posición social de poder necesaria para «hacer» la masculinidad hegemónica, devienen actores de género desfavorecidos, subordinados, aunque no tanto como lo son muchas de las mujeres. Históricamente, los hombres homosexuales han sido excluidos incluso de la posibilidad de la masculinidad hegemónica; sin embargo, Anderson (2012) ha sugerido recientemente que, en las sociedades occidentales actuales, la homofobia ha disminuido lo suficiente como para que coexistan distintas masculinidades de forma horizontal, sin que necesariamente una de ellas sea mejor calificada que otra, lo que reduce las formas de estigmatizar a los hombres homosexuales. Se da un claro consenso en que existen tantas masculinidades como feminidades y en que difieren de un grupo a otro, e incluso dentro de un mismo contexto social.
Ha habido algunas críticas, incluyendo la mía, a la vaguedad de lo que constituye una prueba evidente del «doing gender». Deutsch (2007) sugirió que cuando en las investigaciones se identifican comportamientos inusuales, simplemente se afirma haber identificado otra variedad de feminidad o masculinidad, en lugar de cuestionar si el género está siendo «deshecho». El uso demasiado impreciso del «doing gender» para explicar casi todo lo que hacen las mujeres y los hombres crea confusión conceptual cuando estudiamos un mundo que se encuentra en transformación (Risman, 2009). La premisa de que podemos estar haciendo género incluso cuando este género no tiene la apariencia de lo que se espera de nosotras es problemático. Básicamente, cuando estudiamos el comportamiento de género debemos saber lo que estamos buscando, pero también hay que estar dispuestas y preparadas para admitir que no lo hemos encontrado. ¿Por qué etiquetar los nuevos comportamientos adoptados por grupos de niños o niñas como masculinidades y feminidades alternativas simplemente porque el grupo en sí está compuesto por hombres o mujeres biológicos? Si las mujeres jóvenes adoptan estratégicamente comportamientos tradicionalmente masculinos para adaptarse al momento, ¿está realmente haciendo género este comportamiento, o está desestabilizando la actividad y desacoplándola del sexo biológico? A medida que los acuerdos matrimoniales se vuelven más igualitarios, necesitamos ser capaces de diferenciar cuándo los maridos y las esposas están haciendo género y cuándo, por lo menos, están tratando de deshacerlo. De manera similar, a medida que aumentan las oportunidades para que las niñas sean deportistas y se orienten hacia el éxito, lo que necesitamos es describir cómo están rehaciendo sus vidas, en lugar de limitarnos a acuñar una etiqueta para ese nuevo tipo de feminidad que incluye lo que sea que estén haciendo en ese momento. Esto no quiere decir que se deba ignorar la evidencia de que existen múltiples masculinidades y feminidades y de que varían según la clase, etnia, raza y posición social. Tampoco debemos subestimar los casos en los que el género simplemente cambia de forma sin disminuir el privilegio masculino. Pero hay que prestar mucha atención a si nuestra investigación está documentando diferentes géneros o si es el género, en sí mismo, el que se está deshaciendo. Al fin y al cabo, si todo lo que hacen las personas con identidades femeninas se llama feminidad y todo lo que hacen las personas con identidades masculinas se denomina masculinidad, entonces el «doing gender» se vuelve tautológico.
A medida que las fortalezas y debilidades de estas propuestas sociológicas alternativas se hicieron evidentes, se fueron desarrollando la investigación y la teoría. Se han postulado tres teorías distintas para comprender mejor el género desde el punto de vista sociológico. En primer lugar, la psicología social aportó al estudio sociológico del género el estudio sobre las expectativas de estatus y la investigación psicológica sobre el sesgo cognitivo (Ridgeway, 2001; Ridgeway y Correll, 2004). Aunque en este caso se pone también el foco de atención en la interacción social, como hace el «doing gender», el análisis es a menudo experimental y se preocupa más por el poder que tiene el estatus social para moldear las expectativas. En segundo lugar, coincidiendo con el giro cultural de la sociología a finales del siglo XX, la atención se focalizó en las lógicas macroculturales que sustentan la desigualdad de género (Swidler, 1986; Hays, 1998; Blair-Loy, 2005). Finalmente, a medida que los derechos de las personas LGBTQ han aumentado y los estudios sobre sexualidad han proliferado, se ha articulado desde la academia sociológica la teoría queer (por ejemplo, Butler, 1990), lo que ha renovado nuestro interés por el complejo vínculo entre la sexualidad y el género (Schilt y Westerbrook, 2009; Pascoe, 2007) (véase la figura 1.4 como resumen).

Fig. 1.4. (Más) perspectivas sociológicas contemporáneas.
Expectativas de estatus que enmarcan el género
Si pensamos en cumplir con la responsabilidad moral, las expectativas que crean género en la interacción no pueden quedar reducidas a personalidades femeninas y masculinas ni al «doing gender». Parte de la reproducción de la desigualdad de género puede atribuirse a la forma en que todas las personas usamos el género para clasificar lo que percibimos, un proceso mediante el cual subconscientemente categorizamos a las personas y reaccionamos ante ellas basándonos en los estereotipos asociados a la categoría (Fiske, 1998; Fiske y Stevens, 1993; Ridgeway, 2011). La perspectiva de género postula que este existe como una identidad de fondo que utilizamos cognitivamente para hacer cumplir las expectativas de interacción entre nosotros. También usamos clasificaciones de género para dar forma a nuestro propio comportamiento o explicarlo (Ridgeway y Correll, 2004; 2006). En cada nuevo entorno, asumimos la expectativa de que los hombres son buenos como líderes y las mujeres en la comprensión y el cuidado. Tales expectativas crean un comportamiento de género incluso en entornos que son nuevos y que deberían permitir una mayor libertad de género.
Cuando el género se utiliza de esta manera, como clasificación para la cognición, recurrimos a normas de género culturalmente aceptables como referencia para nuevas situaciones y nuevos tipos de relaciones. El género deviene entonces el motor de la reproducción de la desigualdad entre mujeres y hombres (Ridgeway y Correll, 2004). Las expectativas interactivas vinculadas al género como categoría de estatus (Ridgeway, 2011) son particularmente potentes en torno a la crianza, la empatía y el cuidado. Esperamos que las mujeres –y las mujeres llegan a esperar de sí mismas– sean moralmente responsables de realizar el trabajo de cuidados. Por lo tanto, el género sigue siendo un poderoso sesgo cognitivo en el nivel de análisis interactivo, incluso cuando no está internalizado en los distintos «yo» femenino y masculino. Esperamos que las mujeres que logran éxito profesional concilien su trabajo con la maternidad (Tichenor, 2005), de la misma manera que esperamos que las mujeres pobres de color quieran a los niños que cuidan a cambio de una remuneración (Nakano Glenn, 2010). La presunción de que las mujeres son mejores cuidadoras que los hombres y los hombres más independientes que las mujeres sigue estando muy arraigada en nuestra cultura y bien asentada en las sociedades occidentales en una amplia variedad de dimensiones (Ridgeway, 2011). Las implicaciones de esta teoría son evidentes. Para avanzar hacia la igualdad de género debemos cambiar las expectativas que están vinculadas a la condición de hombre y mujer. O, tal vez, con más dificultad, eliminar por completo la importancia del estatus masculino y femenino.
Lógicas culturales
Acker (1990; 1992) transformó la teoría de género al aplicar la lógica cultural del género a los lugares de trabajo en vez de a los individuos que los ocupan. En lugar de describir una estructura organizativa neutra desde el punto de vista del género, ilustró cómo el género está profundamente arraigado en el diseño organizativo. Mientras que Kanter (1977) explicaba que las diferencias de sexo en el trabajo se deben a que las mujeres ocupan puestos inferiores en la organización, Acker (1990; 1992) argumentó que la propia definición de los puestos de trabajo y las jerarquías organizativas está basada en el género, construida para beneficiar a los hombres o a otras personas a quienes no se atribuye la responsabilidad del cuidado. Acker (1992: 567) acuñó el término «instituciones generizadas» para referirse a que el género está presente en los procesos, las prácticas, las «imágenes, ideologías y distribuciones de poder en los diversos sectores de la vida social». Sostenía que hay poco espacio para que aquellas personas (históricamente mujeres) que ocupan posiciones de cuidadoras fuera del mundo laboral puedan cumplir con los requisitos de la élite de las corporaciones modernas, ya que el trabajador abstracto «es en realidad un hombre, y es el cuerpo del hombre […] lo que impregna el trabajo y los procesos organizativos» (Acker, 1990: 152). Si bien la creación de oportunidades para que las mujeres se integren en el mundo laboral puede incrementar su presencia dentro de una organización, lo que sostiene Acker es que ello no paliará el sexismo subyacente que bloquea el éxito de estas. Recientemente, Anne-Marie Slaughter (2015) ha planteado un argumento similar. Las mujeres no pueden «tenerlo todo» según esta autora, porque «tenerlo todo» requiere que seas una persona que no se preocupe por nadie en absoluto, ni siquiera por tu autocuidado.
Los puestos de trabajo que requieren un compromiso 24 horas al día, 7 días a la semana, presuponen que sus trabajadores o bien tienen esposas o no las necesitan. En otras palabras, el patriarcado está incorporado en nuestro diseño organizativo. Por supuesto, algunas mujeres privilegiadas entran en los espacios masculinos mediante la externalización de su trabajo doméstico a otras mujeres menos privilegiadas (MacDonald, 2011; Nakano Glenn, 2010) y así logran un estilo de vida que se aproxima al masculino. Slaughter argumenta, sin embargo, que incluso las cuidadoras muy privilegiadas, como ella, se ven obligadas a evitar que ningún periodo de cuidado intensivo afecte a su trabajo remunerado; incluso las vidas de las mujeres de élite tienen que cambiar para criar o cuidar de madres y padres de edad avanzada. Esta nueva comprensión de la organización del trabajo a través del enfoque de género ayudó a impulsar el retorno a la atención a la cultura organizacional.
Al mismo tiempo, asistimos a un renovado interés por comprender la importancia de la cultura para explicar todo comportamiento humano, incluyendo el género, en nuestras relaciones más íntimas. La reconceptualización de Swidler (1986) de la cultura como un «juego de herramientas», de hábitos y habilidades, a partir del cual la gente puede construir «estrategias de acción», en lugar de personalidades estables e internalizadas, ha tenido una gran influencia en el estudio del género. Por ejemplo, en una investigación sobre mujeres de diversas clases sociales y diferente situación laboral, Hays (1998) concluyó que creer en la necesidad de la maternidad intensiva marcaba los límites de las estrategias de crianza de las madres empleadas y desempleadas. De manera similar, Blair-Loy (2005) observó que incluso las ejecutivas muy bien remuneradas son a veces expulsadas del mercado laboral debido al conflicto que ellas mismas perciben entre la dedicación competitiva al trabajo y la crianza intensiva de las hijas e hijos. Estas lógicas culturales no solo se imponen a las mujeres en tanto que madres, sino que también son adoptadas por las propias mujeres, tal vez mediante la socialización de género y la adopción de creencias culturales. Pfau-Effinger (1998) sugiere que las creencias culturales pueden explicar mejor las diferencias empíricas por las que las mujeres de los distintos países europeos concilian el trabajo y la maternidad, y que ignoramos las creencias culturales sobre la feminidad, lo que implica cierto riesgo para nuestros análisis. Se ha renovado el interés por el valor cultural de la feminidad (Schippers, 2007). La discusión sobre si debemos volver a centrar la atención en las creencias culturales en materia de género es objeto de un acalorado debate. Rojek y Turner (2000) argumentan que el giro cultural en la sociología es meramente «ornamental» y constituye una distracción para el estudio de la desigualdad. Puedo identificar un retorno a los «juegos de herramientas» y significados disponibles para hacer género –y para deshacerlo– tan útil en la tarea de entender el género como lo es la estructura social, que remite a la desigualdad, un tema al que pronto nos referiremos. En sociología, la teoría de género ha sido profundamente influenciada por el giro cultural, por la perspectiva de la interseccionalidad y, más recientemente, por la teoría queer. Mientras que la sociología ha ofrecido estas propuestas alternativas para entender el género, los estudios feministas interdisciplinares y queer también han ofrecido las suyas.
Haciendo queer la teoría de género
Las cuestiones sobre cómo se racializan los patrones de género, cómo varían según la nacionalidad, la sexualidad y la etnia, y cómo estos se experimentan culturalmente son ahora de interés central para la sociología de género. La teoría queer nos lleva un paso más allá del análisis interseccional. Aunque la sexualidad ha estado vinculada a la desigualdad de género desde el comienzo mismo de la segunda ola de teorías feministas (MacKinnon, 1982; Rich, 1980), la teoría queer va más allá al plantear que la sexualidad «es central para nuestra propia conceptualización del género». Butler (1990) sostiene que la «matriz heterosexual» y la heteronormatividad están inextricablemente entrelazadas con la desigualdad de género.
La heterosexualidad presupone que hay, y solo puede haber, dos géneros, y que «deberían» ser opuestos y atraídos el uno por el otro. Crawley et al. (2007) muestran cómo los cuerpos son generizados a través de los procesos sociales involucrados en la conversión del sexo biológico en género y bajo la presunción de que la normalidad requiere que los géneros opuestos se deseen mutuamente. Schilt y Westbrook (2009) mejoran nuestra comprensión sobre la heteronormatividad al examinar lo que sucede cuando las personas trans quiebran la supuesta consistencia entre sexo, género y sexualidad. En la sociedad estadounidense contemporánea, las personas transgénero presentan «genitales culturales» que les permiten «transitar» para ser aceptadas en sus lugares de trabajo. En la esfera pública, el «doing gender» se convierte en lo que entendemos por «sexo». De hecho, los hombres transgénero pueden beneficiarse del privilegio masculino en sus lugares de trabajo después de su transición (Schilt, 2011). Pero cuando las personas transgénero se encuentran en un ambiente más sexualizado o incluso privado, como un baño, a menudo se produce violencia y acoso.
De hecho, las mujeres trans a menudo son asesinadas en encuentros íntimos. Schilt y Westbrook (2009) sostienen que estas diferentes reacciones ante las personas transgénero muestran cómo el género y la (hetero)sexualidad están interrelacionados. Afirman que la desigualdad de género se basa en la presunción de dos y solo dos sexos opuestos, identificados únicamente por la biología. Sugieren lo siguiente:
Este sistema de sexo/género/sexualidad se basa en la creencia de que el comportamiento de género, la identidad sexual (hetero) y los roles sociales fluyen naturalmente desde el sexo biológico, creando atracción entre dos personalidades opuestas. Esta creencia mantiene la desigualdad de género ya que no se puede esperar que los «opuestos» –cuerpos, prácticas sexuales, sexos– cumplan los mismos roles sociales y, por lo tanto, puedan recibir los mismos recursos (2009: 459).
Westbrook y Schilt (2014) van más allá al sugerir que hay dos procesos simultáneos involucrados en la construcción del género, uno «haciendo género» y otro «determinando el género». Sostienen que la definición del género se hace tanto en la interacción como a través de la política social y la legislación. En la sociedad contemporánea se suelen aceptar las reivindicaciones en torno a la identidad de género en los espacios públicos, pero cuando se afirma que un género no es consistente con el sexo biológico atribuido al nacer, a menudo se producen «temores públicos» y se invoca el criterio biológico. Estas «facturas de baño»,7 que exigen a las personas transgénero que usen el baño que prescribe su partida de nacimiento, son ejemplos del miedo que genera la definición del género en espacios privados. El argumento teórico de Westbrook y Schilt es que tales temores son necesarios para reafirmar públicamente un binarismo, para promover públicamente la creencia de que las diferencias biológicas de sexo constituyen la distinción primaria entre mujeres y hombres, y que esta distinción legitima la retórica de la protección de las mujeres, aunque en realidad fomente su subordinación. Es como si estas sociólogas, cuyos escritos son anteriores, hubieran pronosticado los proyectos de ley sobre el uso de los baños aprobados en 2016 por la ciudad de Houston y los estados de Mississippi y Carolina del Norte. El pánico relacionado con los lugares privados muestra la continua necesidad de prestar atención a cómo se entrelazan el género y la sexualidad.
Pascoe (2007) profundiza en la reflexión sobre el vínculo necesario entre la sexualidad y los estudios de género en su investigación sobre la masculinidad en la enseñanza secundaria. La autora se centra en cómo la sexualidad actúa como principio organizador de la vida social que ayuda a construir el significado mismo de la masculinidad. Ella define la sexualidad no solo como actos eróticos o incluso como identidad, sino también como significados públicos asociados al género. Por ejemplo, mientras que la heterosexualidad implica deseo sexual y una identidad heterosexual, también confiere todo tipo de derechos de ciudadanía e implica la erotización de la dominación masculina y la sumisión femenina. Los chicos adolescentes reclaman públicamente su poder romántico sobre las chicas, algo que estos necesariamente desarrollarán después. Incluso en estos tiempos, las mujeres deben esperar a que los hombres se declaren, y este acto de espera para ser elegidas es el marcador en sí mismo de la dependencia y la subordinación femenina (Robnett y Leaper, 2013).
La teoría queer desestabiliza la supuesta naturalidad de las categorías de género y sexualidad (Seidman, 1996; Warner, 1993) y aporta un marco a los estudios de género que se centra en cómo las prácticas sociales producen las categorías que damos por sentadas, hombre y mujer, femenino y masculino, gay y heterosexual. Como escribe Pascoe (2007: 11), «la teoría queer enfatiza las múltiples identidades y la diversidad en general. En lugar de crear conocimiento sobre las categorías de identidad sexual, las teorías queer buscan averiguar cómo se crean, sostienen y deshacen esas categorías». Esta nueva sensibilidad respecto a la construcción de categorías nos lleva a la posibilidad implícita de deconstruirlas. Y esta posibilidad de ir más allá de las categorías, más allá del género en sí mismo, será fundamental para mis conclusiones sobre hacia dónde debemos dirigirnos en la búsqueda de la igualdad de género.
TEORÍAS INTEGRADORAS
Existen varias propuestas para comprender el género: aquellas que se focalizan en cómo somos socializadas las personas e internalizamos los rasgos específicos de género y aquellas que explican cómo el género está definido por las expectativas de los demás, ya sea en los encuentros cara a cara en una misma habitación ya sea por estereotipos culturales. Nos hemos centrado en la propuesta alternativa sobre el poder del orden social estructural y las creencias culturales frente al poder de los estereotipos y de la socialización en la construcción de yoes de género. A finales del siglo pasado, Browne y England (1997) propusieron que se dejase de pensar en estas explicaciones en términos de «una cosa o la otra». Argumentaban de manera convincente que toda teoría presupone algún proceso mediante el cual las opresiones se interiorizan y se convierten en parte del yo. Y toda teoría sobre el yo requiere una comprensión de la organización social. Las teorías sobre el género no son «una u otra», sino deben ser, utilizando una frase acuñada por Collins (1998), «ambas y». Las teorías integradoras que se discuten a continuación son todas, de algún modo, multidisciplinares, y si bien se centran en el género como sistema de estratificación, incluyen la preocupación por el modo mediante el que la opresión se interioriza y forma parte de una misma. En un escrito reciente, England (2016) retoma este tema, recordándonos que el poder de la desigualdad está socialmente estructurado para entrar en nosotras, y por lo tanto puede convertirse en opresión internalizada. Estudiar los efectos de la opresión internalizada en los individuos no es negar la estructura social, o «culpar a la víctima», sino reconocer el poder de la estructura social para influir en nuestra conciencia.
Hacia finales del siglo XX se convirtió en el nuevo consenso la conceptualización del género como sistema de estratificación que existe más allá de las características individuales (por ejemplo, Connell, 1987; Lorber, 1994; Martin, 2004; Risman, 1998; 2004) y que varía según otros ejes de desigualdad (por ejemplo, Collins, 1990; Crenshaw, 1989; Ingraham, 1994; Mohanty, 2003; Nakano Glenn, 1992; 1999). Entender el género como sistema de estratificación lleva a explicitar que este no es solo una cuestión de diferencia, sino también de distribución del poder, la propiedad y el prestigio. La mayoría de las científicas y los científicos sociales adoptaron la definición de género no solo en tanto que rasgo de personalidad, sino como un sistema social que restringe y promueve el comportamiento a través de patrones e implica desigualdad. Discuto brevemente varios de estos marcos teóricos multidimensionales (por ejemplo, Connell, 1987; Lorber, 1994; Martin, 2004; Risman, 2004; Rubin, 1975) antes de presentar el mío propio, que entiende el género como estructura social, y de aplicarlo para ayudarnos a entender cómo opera el género en las vidas de las y los jóvenes millennials de hoy en día.
No es nuevo apostar por una aproximación multidimensional al género. En su ensayo de 1975, Gayle Rubin argumentaba que la desigualdad sexual constituía un tipo de opresión económico-política que denominó el sistema sexo/género. R. W. Connell (1987: 13) llevó esta idea más lejos en su libro Gender and Power con el argumento de que se debía «pensar el género como característica de las colectividades, las instituciones y los procesos históricos». La autora puso el acento en considerar el género como proceso y no tanto como una entidad estática. Connell propone que cada sociedad cuenta con un orden de género compuesto por regímenes de género, con relaciones de género que son distintas en cada institución social, con lo que el régimen de género en un contexto laboral puede ser más o menos sexista que un ré gimen de género en las familias heterosexuales. Connell sugiere que en cada régimen de género se pueden distinguir tres ámbitos: trabajo, poder y cathexis. De la propuesta de la autora se desprende una idea muy relevante y útil: los regímenes de género que se hallan en una misma sociedad pueden ser complementarios, aunque no siempre lo son, y la inconsistencia entre ellos puede convertirse en el lugar en el que emerjan «las tendencias a la crisis» y donde, por lo tanto, el cambio social sea más probable.
Lorber (1994) utiliza el lenguaje de la institución social para desarrollar una teoría integradora sobre género. La autora subraya la desigualdad entre hombres y mujeres en cada aspecto de la vida, desde el trabajo doméstico, hasta la vida familiar, pasando por la religión, la cultura y los puestos de trabajo. Concluye que el género, en tanto que institución históricamente establecida, ha creado y perpetuado las diferencias entre hombres y mujeres con el objetivo de justificar la desigualdad. Aunque Lorber (1994; 2005) presenta el género como una institución social, confía en que se pueda superar. Respondiendo a su desafío de superar las desigualdades de género, me he basado en su trabajo con el objetivo de eliminarlas (Lorber, 1994: 294). La igualdad de género solo puede darse cuando todos los individuos tienen garantizado el acceso a los recursos de valor y, de acuerdo con Lorber, cuando la sociedad se «des-generiza».
Una de las mayores virtudes de las teorías integradoras multidimensionales es que nos alejan de las disputas entre teorías de la ciencia. En el modelo científico tradicional del siglo XX, la comprobación de una teoría pasa por la refutación de otra; en ese caso hay teorías ganadoras y perdedoras. El mundo de la ciencia se presta a ello porque el hecho de estar entre los/as ganadores/as implica un ascenso en la carrera, pero ello no quiere decir que se aprenda más sobre la temática concreta. De hecho, si lo que queremos es comprender mejor una sociedad que cambia constantemente, debemos superar este tipo de ciencia. Necesitamos encontrar respuestas complejas para preguntas complicadas, advirtiendo que estudiamos procesos, no productos, dado que el mundo social está constantemente reinventándose a sí mismo. Nuestros análisis han de tener un impacto en el mundo que estudiamos, por lo menos eso es a lo que aspiramos en tanto que científicas sociales feministas.
Mi trabajo añade cemento a la pared construida por todas esas investigadoras que me precedieron. Tengo el privilegio de alzarme sobre los hombros de gigantas, aquella primera generación de académicas feministas que hicieron posible el estudio del género y aquellas que las sucedieron y que pusieron los pilares para que yo los usara en mi propuesta integradora multidisciplinar de género. En este capítulo he dado un rápido repaso a las innumerables teorías utilizadas para entender la desigualdad de género. Veréis que mi teoría trata principalmente de ensamblar partes que otras concibieron. Le he dedicado mucho tiempo a la teorización y la investigación de las teorías predecesoras porque me remito a ellas en gran medida, pero también me distancio de ellas con mi propia propuesta.
Entiendo el género en tanto que estructura social articulada a través de procesos sociales que se dan a nivel individual, interactivo y macrosocial; reconozco explícitamente que cada nivel es igualmente relevante y que el mundo en el que habitamos se asemeja a un juego de dominó en el que cuando una pieza cae puede hacer caer las siguientes. Mi hipótesis reside en considerar que se da una causalidad dinámica y repetitiva entre los yoes individuales, las expectativas interactivas y la ideología cultural y la organización social a nivel macro. Modifica una de las partes y prepárate para comprobar las consecuencias de ese cambio. Hasta ahora, he trazado la historia sobre el modo como, hacia finales del siglo XX, las teóricas feministas comenzaron a ir más allá del debate sobre si el género se entendía mejor como un yo interiorizado o como una opresión externa limitadora, y comenzaron a desarrollar teorías que encapsulaban lo que Collins (1990) describe como una teoría de la ciencia «ambas y», teorías multidimensionales que abordan el género como sistema de estratificación sexual y no meramente como una característica psicológica del individuo (Butler, 2004; Connell, 1987; Ferree y Hall, 1996; Lorber, 1994; Martin, 2004; Risman, 2004). En adelante entrelazaré las aportaciones anteriores a mi conceptualización del género como estructura social. He estado escribiendo sobre ello durante casi dos décadas, pero en este libro reviso el marco teórico distinguiendo los elementos materiales y los culturales.
Me refiero al género en tanto que estructura social con la intención de hacer patente que resulta tan sistemático como lo es lo político o lo económico; sin embargo, aunque el lenguaje de la estructura responde a mi propósito, no es el ideal, puesto que, a pesar del uso común que hacemos de él en el discurso sociológico, no contamos con una definición de estructura ampliamente compartida. Se podría argumentar que el término lingüístico estructura sugiere causalidad desde lo macro a lo micro. Si eso es así, tengo la intención de matizar esa definición. Utilizo la palabra estructura en lugar de sistema, institución o régimen para situar el género como elemento central de la organización de una sociedad, como la estructura económica o la estructura política. Todas las definiciones de estructura comparten la presunción de que las estructuras sociales existen más allá de los deseos o motivos individuales y explican, al menos parcialmente, las acciones humanas (Smelser, 1988). En este sentido, casi toda la sociología es estructuralista. Más allá de estas premisas, el consenso desaparece. Blau (1977) focaliza su atención concretamente en cómo las constricciones de la vida colectiva se imponen a los individuos. En su influyente trabajo, Blau y sus colegas (por ejemplo, ibíd.; Rytina et al., 1988) argumentaban que el concepto de estructura se trivializa si se sitúa en el interior de la mente del sujeto en forma de normas y valores internalizados. El foco priorizado de Blau en las limitaciones que la vida colectiva impone a los individuos nos lleva a pensar que, bajo esta mirada, la estructura debe ser conceptualizada como una fuerza que se opone a la motivación individual. Esta definición de estructura impone un dualismo claro entre estructura y acción, entendiendo la primera como constricción y la segunda como elección.
La constricción es, por supuesto, una de las funciones importantes de la estructura, pero si nos centramos solo en la estructura en tanto que constricción, minimizamos la importancia de lo estructural. No solo se coarta a las mujeres y a los hombres para que asuman roles sociales diferenciados, sino que a menudo ellos y ellas también eligen sus itinerarios de género dentro de las posibilidades proyectadas y estructuradas socialmente. England (2016) muestra cómo funciona esto para las mujeres con bajos ingresos. La pobreza reduce directamente su acceso a la movilidad ascendente y a los medios para controlar su propia fertilidad; pero la estructura social, la pobreza por sí sola, no determina sus preferencias sexuales. La estructura social también se internaliza.
Un análisis socioestructural no solo se focaliza en las limitaciones externas, sino que debe ayudarnos a entender cómo y por qué los actores eligen entre alternativas posibles. Una teoría estructural de la acción plantea que los actores se comparan a sí mismos y comparan sus opciones con respecto a aquellos que ocupan posiciones estructurales similares (Burt, 1982). Desde este punto de vista, los actores tienen sus propios propósitos, buscan racionalmente maximizar su bienestar autopercibido bajo las restricciones sociales estructurales. Tal y como sugiere Burt (1982), podemos decir que los actores eligen las mejores alternativas, sin que esto suponga que tienen la información suficiente para hacerlo adecuadamente, ni tampoco que cuenten con las opciones disponibles con las que tomar decisiones que satisfagan realmente sus intereses. Desde este punto de vista, las estructuras son fijas, pero ofrecen alternativas. Por ejemplo, las mujeres casadas pueden optar por hacer mucho más de lo que se consideraría como una participación equitativa en el cuidado de sus hijos e hijas, en lugar de privarlos/las de lo que signifique para ellas una crianza «suficientemente buena», cuando se dan cuenta de que es bastante improbable que el padre de las/os niñas/os, o cualquier otra persona, se haga cargo de la situación. Mientras que las acciones se dan en función de los intereses, la capacidad de elegir está modelada por la estructura social. Burt (1982) postula que las normas se desarrollan cuando los actores ocupan posiciones similares en la estructura social y evalúan sus propias opciones frente a las alternativas de otros que se encuentran en una situación parecida. A partir de estas comparaciones evolucionan tanto las normas como los sentimientos de privación o ventaja relativa. Fijémonos en la idea «de manera similar a los demás», que ha aparecido antes. Mientras las mujeres y los hombres se vean a sí mismos como diferentes tipos de personas, es poco probable que las mujeres comparen sus opciones de vida con las de los hombres. Es ahí donde está precisamente el poder del género.
En un mundo en el que la anatomía sexual se utiliza para proyectar una tipología dicotómica entre los seres humanos, la propia diferenciación vuelve opacas tanto las reivindicaciones como las expectativas en materia de igualdad de género. La estructura social no es experimentada como opresiva si hombres y mujeres no se ven a sí mismos como sujetos posicionados en un lugar similar. Tal y como se ha discutido antes, cuando en el pasado se aplicaba una perspectiva de género meramente estructural (Epstein, 1988; Kanter, 1977), se erraba fundamentalmente en la lógica aplicada. Las teorías estructurales aplicadas al género asumían que, si las mujeres y los hombres experimentaran condiciones materiales iguales, las diferencias de género, de modo empíricamente observable, se diluirían. Esta postura ignora no solo la internalización del género en el nivel individual, sino también las expectativas interactivas que se asignan a los hombres y mujeres a propósito de las categorías de género, así como las lógicas e ideologías culturales embebidas en los estereotipos sociales. Una perspectiva estructural sobre el género es adecuada solo si nos damos cuenta de que el género mismo es una estructura profundamente arraigada en la sociedad, en el interior de los individuos, en cada expectativa normativa sobre las demás personas, y dentro de las instituciones y las lógicas culturales a nivel macro.
Me baso en la teoría de la estratificación de Giddens (1984), que pone el énfasis en la relación interactiva entre la estructura social y el individuo. Desde su perspectiva, la estructura social modela lo individual, pero, simultáneamente, lo individual modela la estructura social. Giddens aboga por el poder transformador de la acción humana; insiste en que cualquier teoría estructural debe contemplar la reflexividad y las interpretaciones de los actores sobre sus propias vidas. Las estructuras sociales no solo actúan sobre las personas, las personas también actúan sobre las estructuras sociales. Por otra parte, estas no han sido creadas por fuerzas misteriosas, sino por la acción humana. Cuando la gente actúa desde la estructura, lo hace por sus propias razones, lo que nos debe llevar a preocuparnos por las razones que llevan a los actores a escoger sus actos. Las acciones alteran el mundo en el que hemos nacido; las instituciones tienen poder, pero no son determinantes, puesto que a menudo las instituciones y las posibilidades que ofrecen entran en conflicto unas con otras. Estos conflictos desencadenan una movilización individual y colectiva que cambia el statu quo. Giddens insiste en que la preocupación por el significado debe ir más allá de la justificación verbal explicitada por parte de los actores, ya que gran parte de la vida social es rutinaria, y se da por sentado que los actores no expresarán, ni siquiera considerarán, por qué actúan. En su tratado sobre género y poder (véase particularmente el capítulo 4), Connell (1987) reproduce la preocupación de Giddens (1984) por la estructura social como restricción de la acción al mismo tiempo que es creada por esta. En este análisis, la estructura restringe la acción, pero «puesto que la acción humana implica una libre invención […] y es reflexiva, la práctica puede volverse en contra de lo que la limita; por lo tanto, la estructura puede convertirse deliberadamente en el objeto de la práctica» (Connell, 1987; 1995). La acción puede transgredir la estructura, pero nunca puede escapar de ella. Debemos prestar atención a cómo la estructura moldea la elección individual y la interacción social, pero también a cómo la agencia humana crea, sostiene y modifica la estructura actual. La acción por sí misma puede cambiar el contexto inmediato o futuro. En esta teoría del género en tanto que estructura social, integro esta noción de causalidad recursiva poniendo la atención en las consecuencias que tiene para el género en sus múltiples niveles de análisis. Ahearn (2001: 118) resume sucintamente las razones por las que la teoría de Giddens es tan importante para entender tanto las restricciones como la agencia:
En la teoría de la estratificación está la comprensión de que las acciones de las personas están moldeadas (tanto de manera restrictiva como posibilitadora) por las mismas estructuras sociales que esas acciones sirven para reforzar o reconfigurar. Dado este bucle recursivo que consiste en acciones influenciadas por estructuras sociales y estructuras sociales (re)creadas por las acciones, la cuestión de cómo puede ocurrir el cambio social es crucial.
Incorporo su paradigma dialéctico a mi argumentación ya que me refiero a las fuerzas estructurales que parecen ineludibles –y, como mínimo, crean comportamientos sociales a través de patrones– y a la estructuración de las decisiones que los hombres y las mujeres son libres de tomar y del significado que les dan. Exploro los mecanismos mediante los cuales tales elecciones restringidas consiguen a veces cambiar la estructura social y a veces reforzarla; las causas y el ritmo de ese cambio constituyen mis preguntas centrales. Todo lo que concierne a la relación dialéctica entre estructura y agencia debe estar necesariamente relacionado con los significados que las personas dan a sus elecciones. El resurgimiento de la sociología cultural a finales del siglo XX volvió a integrar las cuestiones sobre los significados en las teorías de la estructura social. Swidler (1986) argumentaba que si conceptualizamos la cultura como un conjunto de herramientas, se ve de manera más clara su importancia sin tener que definirla como algo opuesto a la estructura, sino como un componente importante de esta. Tenemos cajas de herramientas de conocimiento cultural a nuestro alcance para ayudarnos a dar sentido al mundo que nos rodea; el conocimiento existe, tanto si se interioriza como si no, en tanto que aspectos del ser. A veces este conocimiento es tan común que se convierte en hábito. Béland (2009) ha mostrado cómo las investigadoras del género (por ejemplo, Stryker y Wald, 2009; Padamsee, 2009) han contribuido a entender la importancia de las ideas en la política social, ya que la ideología de género desempeña un papel importante en la comprensión de la variabilidad entre países.
El componente cultural de la estructura social –el género en tanto que convicción ideológica– incorpora también las expectativas interactivas que cada cual portamos y con las que nos topamos también en cada encuentro social. Los actores actúan a menudo sin pensar, siguiendo simplemente hábitos que definen el significado cultural de sus vidas, y, sin embargo, siguen siendo agentes conocedores que pueden –y a veces lo hacen reflexivamente– replantearse sus propias acciones. Las presunciones que se dan por sentadas y que a menudo no se reconocen dan forma al comportamiento, pero lo hacen a medida que los seres humanos supervisan reflexivamente las consecuencias intencionadas y no intencionadas de su acción, a veces reificando la estructura y a veces modificándola. Mi trabajo se basa en el argumento de Hays (1988: 58):
Una concepción de la estructura como algo más que un patrón de restricciones materiales, objetivas y eternas que producen pasividad humana; una concepción de la agencia como algo más que una acción no estructurada, individual, subjetiva, aleatoria, que implica libertad absoluta; y una concepción de la cultura como parte de la estructura social.
Como señala Hays, la agencia depende de la estructura, lo que incluye los significados culturales que están en el núcleo de la estructura social. Así como debemos reconocer constantemente que la estructura es una construcción social, también es cierto que la estructura social produce distintos tipos de personas. La estructura social es a la vez posibilitadora y limitante (Hays, 1998; Giddens, 1984). La tradición cultural en sociología (Swidler, 1986; Schippers, 2007; Hays, 1998) me ha ayudado a mejorar mis concepciones anteriores del género como estructura social al sugerirme que, para cada nivel de la estructura de género, debemos identificar tanto los procesos culturales, como las condiciones materiales. Si bien profundizaré en los aspectos materiales y culturales de la estructura de género más adelante, quiero diferenciarlos aquí de un modo simplificado refiriéndome a la cultura en tanto que procesos ideológicos, es decir, significados atribuidos a los cuerpos y legitimaciones para las reglas y regulaciones de las organizaciones a las que nos enfrentamos en la vida cotidiana. Las condiciones materiales incluyen los cuerpos en sí mismos, así como las reglas que distribuyen las recompensas y limitaciones físicas en un momento histórico dado. Solo cuando prestamos atención tanto a la cultura como a la realidad material podemos empezar a identificar bajo qué condiciones las diferencias corporales se convierten en desigualdad en el seno de una estructura de género (véase la figura 1.5 como resumen del modelo).
Para entender cómo se produce y reproduce la estratificación de género, y a veces cómo se ve restringida, de generación en generación, necesitamos entender la amplitud y profundidad del poder del género en tanto que estructura social. Por lo tanto, no deberíamos preocuparnos de si el género se conceptualiza mejor como un rasgo individual, en el nivel de la interacción, o como parte de las reglas de las organizaciones y las creencias culturales; más bien necesitamos construir un panorama completo para abordar la complejidad del género en tanto que estructura. Es preciso utilizar la investigación empírica para estudiar la fuerza de los «yo» individuales ante las expectativas culturales frente a las instituciones, y hacerlo intentando dar una explicación a preguntas particulares, o momentos históricos concretos, o variables dependientes identificadas. Aprendemos más si abordamos cada cuestión empírica desde su propia complejidad, una preocupación para cada nivel de análisis –el individual, el interactivo y el organizacional, y las relaciones recursivas entre estos–. Debemos preocuparnos por la relación recursiva entre los procesos culturales y materiales en cada nivel y a través de los niveles de la estructura de género. Como sostiene Hay (1994), necesitamos entender que la estructura no solo nos limita, sino que también nos ayuda a crear un sentido de nosotras mismas, nos da herramientas para la acción y, por lo tanto, hace posible la agencia –y el cambio social que podría resultar de ello–.

Fig. 1.5. El género en tanto que estructura social. Modelo del género como estructura.
Toda sociedad tiene una estructura de género, un sistema por el cual se asigna a los organismos una categoría de sexo a partir de la cual se construye la desigualdad de género. La estructura de género influye en los individuos, en sus identidades y en sus personalidades y, por lo tanto, en las decisiones que toman. Las ciencias sociales han priorizado durante mucho tiempo el nivel individual de análisis del género, lo que ha llevado a considerarlo, al menos en parte, como la justificación de los patrones de género y, por lo tanto, de la desigualdad; pero el poder de la estructura de género va mucho más allá de la formación de una misma. Cada vez que nos encontramos con otro ser humano, o incluso cuando imaginamos tal encuentro, las expectativas asociadas a nuestra categoría de sexo se vuelven evidentes para nosotras y, tanto si cumplimos tales expectativas como si no, somos consideradas a través de ellas por nosotras mismas y por las demás. Este es el poder del nivel de análisis interactivo. Sin embargo, la estructura de género va mucho más allá de la formación de los individuos y de nuestras expectativas de interacción. El sistema legal, las religiones y, a menudo, nuestras organizaciones también están profundamente marcadas por el género mediante creencias sobre el privilegio y la agencia masculina, así como sobre la crianza femenina, que se incorporan en las reglas y las lógicas culturales que acompañan a las regulaciones. A continuación, me ocuparé de cada uno de estos niveles de análisis por separado, aunque todos ellos se encuentran visiblemente entrelazados en una estructura de género determinada. El modelo se ha revisado a partir de formulaciones anteriores, diferenciando los aspectos materiales de los culturales en cada nivel de análisis. Me referiré ahora al nivel macro de análisis por sí mismo, y no como el nivel institucional, para destacar que incluyo tanto las regulaciones institucionales como las creencias culturales que las acompañan.
Nivel individual de análisis. En tanto que nos preocupan los mecanismos por los cuales los niños y las niñas llegan a tener una preferencia a partir de la que hacen género, debemos focalizar nuestra atención en cómo se construyen las identidades en el desarrollo de la primera infancia a través de los procesos explícitos de socialización y modelamiento, y cómo se interiorizan estas preferencias. El aspecto cultural de la estructura de género influye, hasta cierto punto, en la concepción del yo. En la medida en que las mujeres y los hombres decidan adoptar comportamientos típicos de género en todos los roles sociales y durante el ciclo de vida, debemos centrarnos en esas explicaciones individuales. La psicología ha prestado mucha atención a la socialización de género y a las hipótesis individualistas sobre el género, pero en sociología hemos rehuido de ello, para centrarnos más en la interacción y la ideología macro. Es necesario prestar una atención continuada a la construcción del yo, tanto por lo que se refiere a los medios por los cuales la socialización conduce a predisposiciones internalizadas, como por la forma como –una vez que los yos son adoptados– las personas utilizan la identidad para mantener comportamientos que refuerzan un sentido positivo de sí mismas (Schwalbe et al., 2000). Cómo o en qué medida la estructura de género se interioriza en el yo es una cuestión empírica importante. Debemos comprender hasta qué punto las ideologías culturales se arraigan en los individuos; el poder de la socialización sigue siendo un aspecto central de la estructura de género.
Existe también una realidad material a nivel individual. Niños y niñas, hombres y mujeres, pero también aquellxs8 que rechazan las identidades binarias, están todxs encarnadxs mediante objetos materiales reales de carne y hueso –los cuerpos– que han de interpretar y mostrar. Una parte de ello puede estar influenciado por la genética y las hormonas, aunque esto resulta complicado de estudiar, dado que también los roles sociales y las experiencias influyen en el sistema hormonal (Freese et al., 2003; Perrin y Lee, 2007; Rosenblitt et al., 2001). Pretender que los cuerpos no importan es como esconder la cabeza bajo la arena. Por tanto, las cuestiones relativas a su importancia y su descodificación deben formar parte de la investigación sobre la estructura de género.
La teoría de la práctica de Bourdieu (1988), particularmente el concepto de habitus, resulta muy útil para conceptualizar la creación social de la materialidad a un nivel individual en la estructura de género. Los seres humanos pequeños aprenden a caminar como una niña y a lanzar la bola como un niño. La estructura de género se incrusta en los cuerpos de los niños y las niñas (o no, como cuando rechazan el género que se les asigna). El habitus crea la posibilidad de lo que es posible imaginar. Aunque algunas personas rechazan claramente el entrenamiento infantil, no pueden hacerlo fuera de los límites de su habitus, más allá de su imaginación. Gracias a intervenciones médicas cada vez más sofisticadas, las personas pueden elegir alterar la materialidad de sus vidas y utilizar la tecnología para encarnar su identidad. Cualesquiera que sean las circunstancias materiales de las vidas individuales, ya sea que los cuerpos nazcan o se formen, o ambas, la estructura de género ha definido las posibilidades, las opciones permitidas y las limitaciones establecidas.
Sigue habiendo cuestiones empíricas importantes que se deben plantear en relación con la perdurabilidad del género en las personas a lo largo de sus vidas y que las llevan a elegir o rechazar las opciones de género disponibles. Los hombres y las mujeres que han desarrollado fuertes identidades de género pueden optar por moldear sus vidas de acuerdo con criterios tradicionales que tienen en cuenta el sexo, y ello lo consiguen gracias a la férrea orientación provista por el esquema de la estructura social de género. Los hombres y las mujeres pueden elegir rechazar esas etiquetas y cambiar sus cuerpos, pero también deben dar forma a nuevos yos dentro de las posibilidades imaginadas –la realidad de las ideas– propias de la estructura de género de su contexto. Nadie nace sabiendo que el pintalabios y los tacones son signos de feminidad. De hecho, los tacones fueron concebidos para hombres de la élite y las pinturas faciales raramente se han restringido a los cuerpos de las mujeres a lo largo de la historia o en las diferentes culturas. Sin embargo, hoy en día, los tacones y el pintalabios a menudo forman parte de la transición a la feminidad; lo vemos en la transformación de las niñas a mujeres y en las mujeres transexuales en su transición hacia una presentación reconociblemente femenina de sí mismas. La feminidad puede ser construida socialmente, pero el deseo de las personas de adoptar el género o de rechazarlo es real. La lección importante que nos ha ofrecido la literatura científica del siglo XX no es que la estructura social resulta insuficiente para determinar las decisiones individuales, sino que ni la forma de nuestros cuerpos ni los efectos de la socialización infantil pueden explicar la estratificación de género.
No podemos dar por concluida la discusión sobre el nivel individual de análisis de la estructura de género sin prestar más atención tanto al papel de la libre elección, como al de la agencia.9 Aunque los individuos toman decisiones, no son puramente libres. Si la agencia se definiera simplemente como libre albedrío, se ignoraría el papel restrictivo del contexto social, de las normas y del poder. Los individuos están profundamente moldeados por la estructura de género que existe antes de que nazcan y antes de que ellos mismos la pongan en práctica, pero, sin embargo, si la agencia humana no existiera, el cambio social no sería posible. Utilizo la definición de Ahearn (2001: 112) de agencia como «la capacidad de actuar mediada socioculturalmente». Las estructuras de género están en continuo cambio, al igual que todas las estructuras sociales, y los individuos, solos o en colectividades, reaccionan a ellas y las transforman. Las personas tratan de tomar las mejores decisiones que pueden dentro de las limitaciones a las que se enfrentan. La agencia debe ser conceptualizada como lo suficientemente amplia como para incorporar tanto la resistencia, como la reproducción de la vida social. Aunque la atención de Foucault (1978) a la omnipresencia del poder opresivo es importante para el pensamiento feminista, me parece más útil centrarnos en una teoría de la práctica como la de Giddens (1984) para explicar la siempre cambiante construcción social de la realidad (Berger y Luckmann, 1966). Necesitamos ocuparnos no solo de los significados que las personas dan, sino también de cómo y cuándo la estructura moldea el comportamiento y cuándo las opciones humanas remodelan la estructura de género en sí misma. ¿Qué ayuda a explicar el cambio?
Ahearn (2001) sugiere que el contacto intercultural contribuye a menudo a la acción reflexiva, lo que permite que el cambio sea posible. El cosmopolitismo abre un abanico más amplio de opciones a las imaginadas. Un hecho indiscutible es que las estructuras sociales cambian con el tiempo, incluyendo las estructuras de género. Mi objetivo como investigadora feminista es comprender ese cómo y ese porqué con la finalidad de que se pueda estimular y apoyar ese cambio que nos libere a todas de las constricciones de género. Connell (1987) afirma que se dan «tendencias a la crisis», lo que permite que se produzcan grietas en la base de la estructura de género cuando los niveles de esta son inconsistentes. Un ejemplo de tal grieta se da cuando se requiere que los comportamientos se adapten a nuevas circunstancias, pero las creencias se mantienen estáticas. Por ejemplo, cuando tanto hombres como mujeres son progenitores empleados que participan en el mercado laboral mientras sus hijos e hijas son menores, pero los estereotipos siguen anticipando que sean las madres las cuidadoras principales y, por lo tanto, se conviertan en empleadas ineficaces. Existe una discrepancia entre las expectativas de las mujeres respecto a la igualdad en el trabajo y sus experiencias con las diferencias salariales y los prejuicios de género. Esta tendencia a las crisis se está dando ahora mismo. Las circunstancias cambian, pero las creencias de género se ralentizan. ¿Qué es lo que está pasando? Podríamos experimentar un éxodo laboral de madres jóvenes, empujadas por unos salarios reducidos, unos horarios de trabajo rígidos y unos maridos sexistas. O puede ser que las millennials vuelvan a ponerse la capa del feminismo y se trate, esta vez, de una ola interseccional del feminismo que se adentre más en la raíz del problema, en la propia estructura de género.
¿Necesitan las millennials superar sus identidades de género para impulsar la revolución de género? Aunque esta cuestión es de carácter empírico y nos referiremos a ella en el siguiente capítulo, es importante señalar que los géneros no se establecen de manera concreta en la infancia, sino que experimentan una elaboración continua (Kondo, 1990). Ilustraré esta idea con unos pocos ejemplos. Jones (2009) muestra cómo las jóvenes negras que viven en los barrios pobres y violentos de Filadelfia aprenden el patrón cultural que vincula la feminidad con su apariencia, incluyendo el cabello liso y el tono de piel claro; sin embargo, a medida que envejecen, llegan a comprender que para sobrevivir tienen que ser fuertes y, a veces, lo hacen convirtiéndose en «luchadoras» físicas. Estas chicas se encuentran con, y luego llegan a encarnar, feminidades racializadas que son complicadas, complejas, inconsistentes y que evolucionan con el tiempo. Mi propia investigación ha demostrado que se anima a las niñas de secundaria a competir académicamente con los niños y que a menudo creen que viven en un mundo posfeminista en el que pueden ser lo que deseen (Risman y Seale, 2010), pero en la pubertad se ven interpeladas a revisar su concepción sobre sí mismas y preocuparse por parecer guapas para evitar la estigmatización, por lo que, a pesar de tener éxito en clase o en los deportes, comienzan a usar complementos. Lo que otros esperan de nosotros importa, por lo que ahora pasamos al nivel de análisis interactivo.
Nivel de análisis interactivo. Las expectativas interactivas que orientan cada momento de la vida son de género; los estereotipos culturales que cada una de nosotras afronta en cada encuentro social son diferentes en función de nuestra supuesta categoría de género. Los procesos más relevantes de la estructura de género en el plano interactivo son los culturales. La cultura conforma las expectativas de las demás con las que nos encontramos en nuestra vida cotidiana. Tanto las expectativas del «doing gender», como las expectativas de estatus a las que nos enfrentamos estarían relacionadas directamente con el nivel de la interacción. Como West y Zimmerman (1987) sugirieron, «hacemos género» para satisfacer las expectativas de interacción de quienes nos rodean. Ridgeway y sus colegas (Ridgeway, 1991; 2001; 2011; Ridgeway y Correll, 2004) muestran cómo son de poderosos los procesos por los cuales las expectativas de estatus se vinculan con las categorías de género (y raza) y se vuelven transsituacionales. En una sociedad sexista y racista se espera que las mujeres y todas las personas de color ejerzan menos responsabilidades que los hombres blancos, a menos que cuenten con algún elemento de prestigio o autoridad validada externamente. Se espera que las mujeres sean más empáticas y afectuosas, y que los hombres sean más eficaces y demuestren más iniciativa. Correll (2004) también demuestra que los estereotipos cognitivos sobre el género pueden afectar a las opciones que tienen las mujeres, dado que se evalúan sus capacidades respecto a estos estereotipos culturales. Tales expectativas de estatus constituyen uno de los motores que reproducen la desigualdad incluso en situaciones nuevas en las que no se esperaría que emergieran los privilegios masculino o blanco. Las expectativas marcadas por el estatus crean un sesgo cognitivo que lleva a privilegiar a los hombres con la agencia y a esperar que las mujeres los cuiden (Ridgeway, 2011). Este tipo de sesgo cognitivo ayuda a explicar la reproducción de la desigualdad de género en la vida cotidiana. Los estereotipos que perduran más en torno al género son los que se encuentran en los ejes que distribuyen la agencia para los hombres y la crianza para las mujeres.
Asumimos las normas de género; tanto si decidimos satisfacer esas expectativas como si decidimos rechazarlas, las expectativas existen. Hollander (2013) ha demostrado la naturaleza compleja del proceso de rendición de cuentas. En su análisis, esta comienza con la orientación del individuo hacia la categoría de género (en mis términos: a nivel individual). Hacemos género porque estamos en riesgo de que nuestro comportamiento sea evaluado negativamente, pero para saber cómo actuar debemos tener un conocimiento a priori de qué comportamiento es apropiado y cuál no lo es. Ese conocimiento ha sido aprendido con la finalidad de que el comportamiento pueda ocurrir instantáneamente, sin reflexión, por lo que la rendición de cuentas, incluso en el plano individual, se encuentra vinculada a las instituciones porque las creencias que dictaminan la conformidad o el rechazo a la propia categoría de género son ideologías culturales compartidas. Pero esto es solo el comienzo de la rendición de cuentas. Todas las personas evaluamos nuestro propio comportamiento, así como el de las demás, testando si es apropiado para nuestro género pretendido. En última instancia, nos enfrentamos a la aplicación de la ley (por parte de otras) con consecuencias reales para la interacción futura, dependiendo de si nos ajustamos a sus expectativas normativas.
Martin (2003; 2006) acuñó la expresión «practicar género», que remite a un proceso que involucra tanto al actor que «hace género», como a la persona que lo percibe, que lo capta. Martin muestra que a veces las mujeres perciben que los hombres están practicando la masculinidad cuando los propios hombres no tienen la intención de hacerlo o no lo admiten. Las mujeres pueden ser sancionadas con la exclusión por practicar la feminidad en el trabajo, pero también pueden ser sancionadas si no la practican, al ser percibidas como groseras e innecesariamente agresivas. Kondo (1990) muestra cómo las mujeres japonesas activan la feminidad en los puestos de trabajo para reivindicar su lugar central en la cultura «familiar» laboral y, al hacerlo, ganan cosas –una legitimación culturalmente apropiada– y pierden cosas –la posibilidad de ser iguales debido a su aceptación de la posición marginada de la mujer–. Practicar género depende de la comprensión y los significados culturales preestablecidos y refleja y reproduce aspectos de género de las instituciones. Citando a Martin (2003: 252):
Las prácticas de género se aprenden y se adoptan en la infancia y en los lugares principales donde se gesta comportamiento social a lo largo de la vida, incluyendo las escuelas, las relaciones íntimas, las familias, los lugares de trabajo, los lugares de culto y los movimientos sociales. Con el tiempo, como si montáramos en bicicleta, las prácticas de género se vuelven casi automáticas. Se mantienen las relaciones de género a la vez que se reconstituye la institución de género. Con el tiempo, el decir y el hacer crean lo que se dice y se hace.
El nivel de interacción involucra también condiciones materiales, que tienen que ver con el decir, hacer y practicar género mientras simultáneamente se asumen las expectativas culturales. La parte que hay de otros en la categoría de género de una misma es una realidad material que cambia la dinámica de las interacciones, con las distintas posiciones enfrentándose a desafíos únicos, e individuos que destruyen los entornos homogéneos enfrentándose a consecuencias negativas (Kanter, 1977; Gherhardi y Poggio, 2007). El patrón de desigualdad en el acceso a puestos de poder y la resistencia a la integración en las redes sociales10 crea desventajas objetivas para las mujeres y las personas de color. Esta desventaja también se extiende claramente a aquellas personas cuya posición de género es atípica, por ejemplo, una mujer o un hombre que se presenta como andrógino o cualquier persona que lo haga con un género no conforme al sexo asignado al nacer. Los individuos que no «hacen el género» como se esperaba o que «no hacen el género» de acuerdo con su sexo asignado interrumpen la interacción al infringir las presunciones que se dan por sentadas. Esta disrupción conduce a una desigualdad en el acceso a los recursos, el poder y los privilegios. Es al patrón más macro de recursos y a las lógicas culturales que los acompañan a lo que nos referiremos ahora.
Nivel macro de análisis. La estructura de género también influye en la organización de las instituciones sociales y todo tipo de organizaciones. En muchas sociedades, la realidad social descansa en un sistema jurídico que presupone que las mujeres y los hombres tienen derechos y responsabilidades distintos, y aquellas personas que viven fuera del binarismo de género tienen escasos derechos –incluyendo su existencia legal–. En sociedades con sistemas jurídicos fundamentados en la doctrina religiosa tradicional, el privilegio masculino y los derechos fundamentados en el género están entretejidos en el entramado del control social, pero incluso en las sociedades democráticas occidentales, algu nos estados todavía establecen diferentes edades de jubilación para las mujeres y los hombres, incorporando así el género a la burocracia legislativa. En Estados Unidos, la mayoría de las leyes son neutras respecto al género, pero las compañías de seguros privados pueden aplicar precios diferentes a hombres y a mujeres. Casi todos los países tienen multitud de leyes que discriminan a las personas cuyo género no coincide con el sexo con el que fueron etiquetadas al nacer. En todas las sociedades, la asignación de recursos materiales y el poder en las organizaciones siguen estando, predominantemente, en manos de hombres de la élite.
El género también está simbólicamente arraigado en la cultura de las entidades. Las organizaciones económicas incorporan significados de género en la definición de empleos y puestos de trabajo (Gherardi, 1995; Acker, 1990; Martin, 2004). Cualquier organización que presuponga que los buenos trabajadores estarán disponibles cincuenta semanas al año y al menos cuarenta horas semanales durante décadas sin interrupción está dando por hecho que estos trabajadores no tienen ninguna responsabilidad práctica o moral en el cuidado. La estructura económica industrial y postindustrial asume que los trabajadores tienen esposas o que no las necesitan. La situación ha comenzado a cambiar en las democracias occidentales a medida que las leyes avanzan hacia la neutralidad de género, pero, incluso cuando las normas y los reglamentos formales comienzan a cambiar –ya sea gracias al gobierno, ya a los tribunales, la religión, la educación superior o las reglas de organización–, la lógica organizacional sigue a menudo ocultando el privilegio masculino en la ley formal neutral de género (Acker, 1990; 2006; Williams, 2001). Las creencias culturales androcéntricas que justifican la disparidad en la distribución de los recursos que privilegian a los hombres sobreviven muchas veces a las normas y reglamentaciones formales de las organizaciones.
Las lógicas culturales de género existen como procesos que tienen que ver con las ideas, más allá de los lugares de trabajo. Mientras que los análisis materialistas eluden o incluso niegan a veces el poder de las ideas, Béland (2005) argumenta que debemos estudiar las creencias cambiantes para analizar las transformaciones históricas en la política y las políticas, incluyendo aquellas relativas al género. Se ha dado un debate en el seno del feminismo que estudia los regímenes de bienestar y de género sobre si la ideología tiene poder en la definición de la política social (Béland, 2009; Adams y Padamsee, 2001; Brush, 2002), pero sugiero que los procesos que tienen que ver con las ideas deben ser considerados como una parte importante del nivel macro de la estructura de género. Investigaciones empíricas recientes muestran la existencia de poderosos significados culturales ligados al género. Budig et al. (2012) muestran que el impacto de la maternidad en los ingresos de las mujeres varía de una cultura a otra, dependiendo del ideario de género. Si existe una cultura de apoyo a la participación de las madres en el mercado laboral, el permiso parental y los servicios públicos de guardería aumentan los ingresos de las mujeres; en cambio, si se priorizan culturalmente las familias encabezadas por hombres que actúan como sostén de la familia y mujeres que ejercen de amas de casa, entonces el permiso parental y la provisión pública de cuidado para los/las menores no tienen ningún efecto; por el contrario, llegan a tener efectos perjudiciales en los ingresos de las mujeres. Desde una propuesta similar, Pfau-Effinger (1998) compara los modelos de empleo de las mujeres en Alemania Occidental, Finlandia y los Países Bajos, y proporciona evidencia contundente de que la política de estado del bienestar (incluyendo la disponibilidad de guarderías) por sí sola no puede explicar las diferencias entre países en lo relativo a la estructura familiar y el trabajo remunerado de las mujeres. Estas políticas deben combinarse con un ideario de género predominante y con valores culturales históricos específicos de cada país, con el fin de comprender la singular trayectoria del empleo remunerado de las mujeres. El campo de las ideas es fundamental para la equidad de género en la fuerza laboral y también para la igualdad en otros ámbitos.
La investigación de Pierotti (2013) sobre la rápida difusión que ha experimentado, a escala mundial, el rechazo a la legitimidad moral de la violencia ejercida por la pareja íntima es un ejemplo fundamental de cómo las ideas respecto al género son importantes y pueden hacer cambiar las cosas en un sentido positivo. En el siglo XXI, Naciones Unidas y diversas ONG internacionales han trabajado intensamente para definir la violencia contra la mujer, incluida la violencia doméstica, como una violación de los derechos humanos. Los proyectos de desarrollo con perspectiva de género y las acciones de divulgación en los medios de comunicación han tratado de llegar a las familias y a las élites políticas nacionales. Pierotti traza los cambios de actitud de las mujeres en veintiséis países a lo largo de cinco años para ver si estos esfuerzos internacionales han llevado a una convergencia hacia «esquemas culturales globales» que redefinen la violencia contra las mujeres como inaceptable. La autora pudo comprobar que, en 23 de los 26 países, se habían transformado las creencias de las mujeres, tanto que a menudo se trataba de cambios muy significativos en las actitudes. Por ejemplo, en 2003 solo un tercio de las mujeres de Nigeria pensaban que era incorrecto que un marido golpeara a su esposa, pero en 2008 más de la mitad lo creían así. En los países en los que se disponía de datos sobre los hombres, los cambios de actitud fueron similares. No se habían producido grandes transformaciones materiales: no hubo cambios en los patrones demográficos, económicos o educativos que explicaran estas diferencias de actitud en todo el mundo. La autora concluía que la difusión de material cultural sobre los derechos de la mujer y la violencia influyó tanto en los responsables de las políticas nacionales, como en las personas corrientes. La labor de las activistas feministas internacionales resultó fundamental para impulsar esta agenda, un hecho que retomaré en el último capítulo del libro, cuando discuta sobre el cambio social y las posibilidades que nos ofrece la utopía.
En el nivel macro de la estructura de género, las ideologías no son fijas ni inmutables, pero existen y tienen un evidente impacto en la conformación de las posibilidades para el cambio social feminista. Este nivel, similar al individual y al institucional, debe conceptualizarse con atención tanto a los aspectos materiales como a los culturales. Para comprender íntegramente el nivel macro de la estructura de género (Adams y Padamsee, 2001) debemos combinar las preocupaciones feministas por el significado cultural con los análisis institucionales de la desigualdad material (O’Conner et al., 1999).
Como síntesis, la figura 1.6 muestra los procesos sociales involucrados en cualquier estructura de género según el nivel de análisis en el que se producen.

Fig. 1.6. Dimensiones de género.
LA UTILIDAD DE UNA TEORÍA QUE ENTIENDE EL GÉNERO EN TANTO QUE ESTRUCTURA SOCIAL
Pretendo avanzar en la comprensión del género desde varios puntos de vista. En primer lugar, este modelo ayuda a poner orden en los avances de la investigación científica que se han desarrollado para explicar el género. Si concebimos cada pregunta de investigación como una pieza de rompecabezas, el ser capaces de identificar cómo un conjunto de hallazgos se coordina con otros, incluso cuando las variables dependientes o los contextos de interés son distintos, puede hacer posible una ciencia acumulativa. Entender el género como estructura social resulta sumamente complejo. La atención a toda la red de interconexiones entre los géneros, las expectativas culturales que ayudan a explicar los patrones de interacción, las regulaciones institucionales y las ideologías culturales permiten a cada persona que investiga estudiar el crecimiento de sus propios árboles sin perder de vista el bosque.
Permítaseme dar algunos ejemplos. Para entender cuándo y cómo se produce el cambio en una estructura de género, es necesario identificar mecanismos que creen desigualdad en cada nivel de análisis. Si en este momento histórico la segregación de género en la fuerza laboral se explicara principalmente (y no sugiero que lo haga) por el género, entonces haríamos bien en considerar los mecanismos de socialización más efectivos para criar a menos niños y niñas con esquemas de género y otros que consiguieran la resocialización de las personas adultas. Si quisiéramos un mundo con igualdad económica entre los sexos, o bien tendríamos que volver a socializar a los niños y las niñas para que estas ya no tuviesen mayor probabilidad que sus hermanos de «elegir» profesiones mal pagadas, o bien deberíamos aceptar la diferencia de género y tratar de establecer un valor comparable que permitiese que, en todas las profesiones, los trabajos igualmente «dignos» se pagaran sobre la base de algún criterio meritocrático. Sin embargo, si la segregación sexual en la fuerza laboral se ve limitada en la actualidad principalmente por las expectativas culturales de los empleadores y la responsabilidad moral de las mujeres por el cuidado de los seres humanos más pequeños, debemos trabajar para modificar estos significados culturales. Pero, de nuevo, si la segregación sexual de la fuerza laboral se produce porque los trabajos están organizados de tal manera que los trabajadores y las trabajadoras simplemente no pueden asumir con éxito al mismo tiempo el trabajo remunerado y la responsabilidad de los cuidados, dada la responsabilidad histórica de las mujeres respecto al cuidado y la mayor probabilidad, respecto a los hombres, de ser madres en solitario, son las reglas y organizaciones contemporáneas de los lugares de trabajo estadounidenses las que deben cambiar (Acker, 1990; Williams, 2001). La constante recurrencia, en la sociedad estadounidense, del debate sobre si las mujeres pueden «tenerlo todo» indica que estos procesos no se entienden bien y que tampoco se ha desarrollado un consenso sobre cuáles son los más importantes. Mi hipótesis para un proyecto de investigación de este tipo es que, probablemente, todos estos procesos sociales están involucrados en la segregación de género de la fuerza laboral. Mi hipótesis es que un problema complejo tiene causas complejas. El desafío empírico para las ciencias sociales consiste en determinar su peso relativo, en este momento, en cualquier circunstancia.
Puede que nunca encontremos una explicación teórica universal para el comportamiento de género, porque la búsqueda de leyes sociales universales (o el quid de la cuestión) es una ilusión que se desvanece en el empirismo del siglo XX. Sin embargo, en un momento concreto y en un entorno determinado, los procesos causales deben ser identificables empíricamente. La complejidad de la explicación va más allá de un contexto, incluso si se trata de un momento concreto, ya que los procesos causales particulares que limitan a los hombres y las mujeres a realizar tareas de género pueden ser fuertes en un entorno institucional (por ejemplo, en el hogar) y débiles en otro (por ejemplo, en el trabajo). Las fuerzas que crean el tradicionalismo de género para hombres y mujeres pueden variar tanto en el espacio como en el tiempo. La conceptualización del género como estructura social contribuye a una versión más específica del contexto de las ciencias sociales. Podemos aplicar este modelo para empezar a organizar la reflexión sobre los procesos causales que tienen más probabilidades de ser efectivos en cada dimensión para cualquier pregunta en particular, así que una de las contribuciones que se proponen aquí es un método para organizar la investigación empírica y sus resultados.
Una segunda contribución de este enfoque es que supera la versión de la guerra en la ciencia típica de la Edad Moderna, en la que las teorías se enfrentan entre sí y hay una ganadora y una perdedora en cada contienda. En el pasado se ha dedicado mucha energía (incluyendo mi primer trabajo: Risman, 1987) a probar qué teoría explicaba mejor la desigualdad de género y descartaba toda posibilidad alternativa. Browne e England (1997) demuestran que el debate que enfrenta las explicaciones individualistas sobre el género contra las estructuralistas es ilusorio porque todas las teorías de la desigualdad de género incorporan supuestos tanto sobre la internalización como sobre la restricción externa. Así, mientras que la tradición de los enfrentamientos constituye tal vez una técnica efectiva para conseguir carreras académicas exitosas, al salir victoriosa la trayectoria del investigador «A» al tiempo que se derrota la teoría del investigador «B», como modelo para explicar los fenómenos sociales complejos, deja mucho que desear. La construcción de teorías que depende de los crímenes teóricos presupone una cierta moderación, pero este complicado mundo nuestro no necesariamente se describe mejor con explicaciones simplistas monocausales. Mientras que la moderación y las pruebas teóricas eran un modelo para la ciencia del siglo XX, la ciencia del siglo XXI debería intentar articular teorías complejas e integradoras (Collins, 1998). La conceptualización del género como estructura social es mi contribución a hacer más compleja, pero ojalá también más rica, la teoría social sobre el género.
Un tercer beneficio de este modelo estructural multidimensional es que nos permite investigar seriamente la dirección y la fuerza de las relaciones causales entre los fenómenos de género en cada dimensión dadas unas circunstancias históricas particulares. Podemos tratar de identificar el lugar donde ocurre el cambio y a qué nivel de análisis la capacidad de las mujeres, los hombres y aquellos que se encuentran entre esos géneros binarios parecen ser capaces, en este momento histórico, de rechazar de manera efectiva las rutinas de género del habitus. Por ejemplo, podemos investigar empíricamente la relación entre los géneros y el género, y hacerlo descartando argumentos simplistas unidireccionales sobre la desigualdad que la sitúan en las identidades o en la ideología cultural. Es probable –de hecho, es muy posible– que la socialización en la feminidad ayude a explicar por qué hacemos género, pero seguramente y con el paso del tiempo, cuando hagamos género para satisfacer las expectativas de las demás personas estaremos contribuyendo a construir nuestro propio género. Por otra parte, las instituciones generizadas dependen de nuestra disposición a hacer género, por tanto, si nos rebelamos, podemos cambiar las instituciones. He combinado el lenguaje de las dimensiones con el de los niveles porque cuando pensamos en el género como una estructura social, debemos alejarnos de privilegiar cualquier dimensión en particular sobre otra. Cómo se produce el cambio social constituye una cuestión empírica, no un supuesto teórico a priori. Puede ser que los individuos que luchan por cambiar sus identidades, como en los grupos feministas de concienciación de la segunda ola o la nueva tendencia a crear círculos Lean In alentada por Sandberg (2013), atraigan finalmente a nuevos yos a la interacción social y ayuden a moldear nuevas expectativas culturales. Por ejemplo, a medida que las mujeres llegan a verse a sí mismas (o se socializan para verse a sí mismas) como actores sexuales, las expectativas respecto a que los hombres se esfuercen para proporcionar orgasmos a sus parejas sexuales femeninas se han convertido en parte de la norma cultural. Sin embargo, probablemente esta no es la única manera, ni quizá la más efectiva, de que se produzca un cambio social. Cuando las activistas de los movimientos sociales califican de desigualdad lo que hasta ahora se había considerado normal (por ejemplo, la segregación de las mujeres en empleos mal remunerados), pueden generar cambios en las organizaciones como, por ejemplo, en la escala profesional entre los empleos cuasiadministrativos de las mujeres y la gestión real que estas hacen, con lo que abren oportunidades que, de otro modo, no se habrían dado, lo que ha propiciado el cambio de la dimensión institucional. Las niñas que han crecido en el siglo XXI con el lema del «poder de las niñas», y que son conscientes de las oportunidades que ofrecen estos puestos de trabajo, pueden tener un sentido alterado de sus posibilidades reales y, por lo tanto, de sí mismas.
En lugar de limitarnos a documentar la desigualdad, también debemos estudiar el cambio y la igualdad emergente cuando se producen. Quizá la característica más importante de este esquema conceptual es su dinamismo. Ninguna dimensión determina la otra. El cambio es fluido y repercute dinámicamente en toda la estructura. Los cambios en las identidades individuales y la responsabilidad moral pueden cambiar las expectativas de interacción, pero también es posible lo contrario. Cambiar las expectativas culturales y las identidades individuales supone procesos diferentes. Los cambios institucionales deben ser el resultado de la acción individual o grupal; sin embargo, dicho cambio es difícil, ya que las instituciones existen a través del tiempo y el espacio. Una vez que se producen los cambios institucionales, repercuten en las expectativas culturales y quizás incluso en las identidades. Y el ciclo de cambio continúa. No es posible hacer predicciones mecanicistas porque los seres humanos a veces rechazan la propia estructura y, al hacerlo, la cambian. Se puede perder mucho tiempo y energía tratando de demostrar qué dimensión es más determinante para la desigualdad o el cambio social. Mi objetivo al escribir sobre el género en tanto que estructura social es identificar cuándo el comportamiento es un hábito (la adopción de normas culturales de géne ro aceptadas) y cuándo hacemos género conscientemente, con intención, rebelión o incluso con ironía. ¿Cuándo hacemos género y al mismo tiempo reproducimos la desigualdad sin intención? ¿Y qué sucede con las dinámicas interactivas y las instituciones dominadas por los hombres cuando nos rebelamos? Si los jóvenes se niegan a hacer el género tal como lo conocemos ahora, ¿pueden rechazar el binarismo o simplemente están haciendo género de manera diferente, forjando masculinidades y feminidades alternativas? Termino este capítulo con un resumen de lo que sabemos acerca de la estructura de género que hereda la generación millennial, con la que nos encontraremos en los próximos capítulos.
LA ESTRUCTURA DE GÉNERO A LA QUE SE ENFRENTA LA GENERACIÓN MILLENNIAL
¿Cómo perciben la estructura de género de Estados Unidos los y las jóvenes que llegan a la mayoría de edad en este momento y aquí, en la América cosmopolita? Evidentemente, hay mucha diversidad entre clases sociales, razas y etnias, pero se pueden identificar algunas tendencias. A nivel individual, ¿qué tipo de ambiente cultural respiran los niños y niñas a medida que crecen? Todavía viven en mundos muy distintos e internalizan sus propios géneros (Paechter, 2007), pero en este momento de la historia de Estados Unidos a las niñas se les permite más libertad para transgredir las normas de género que a los niños (Risman y Seale, 2010). Hace décadas que defendemos el lema del «poder de las niñas» y existe todo un conjunto de programas y políticas que las animan a estudiar disciplinas de ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM). Las atletas ahora pueden ser populares y a menudo lo son (Bystydzienski y Bird, 2006); sin embargo, a los niños todavía no se les da la libertad de ser niñas y ciertamente no se les anima a serlo (Kane, 2012). La investigación sobre los rasgos de personalidad de género muestra que ello tiene consecuencias (Twenge, 1997; Twenge et al., 2012).
Las mujeres se han vuelto más eficaces con el tiempo, sienten que controlan más sus vidas, tienen más confianza en su liderazgo, es decir, se han vuelto más «masculinas» según los estándares de los inventarios de «roles sexuales». Los hombres, sin embargo, no han cambiado. En promedio, no se han vuelto más femeninos. Mis primeras investigaciones sugieren que cuando los hombres desempeñan trabajos de cuidado, desarrollan una manera de ser más afectuosa y empática, características que usualmente se asignan como «femeninas» en las escalas de roles de sexo (Risman, 1987). Sin embargo, esto aún no se ha evidenciado en los estudios cuantitativos, así que tenemos una sociedad en la que se permite que las mujeres desarrollen algunas características masculinas e incluso se les recompensa en la adolescencia y en los primeros años de la vida adulta por ello. Las niñas tienen ahora más probabilidades que los niños de obtener los mejores resultados en secundaria, de asistir a la universidad y de graduarse (Diprete y Buckmann, 2013). La cultura ha cambiado, pero más para las mujeres jóvenes que para los hombres.
Pero ¿qué ocurre con el aspecto material del nivel individual? ¿Cuáles son las formas en que los niños y las niñas llegan a encarnar su género? Los niños todavía aprenden a ser duros y a dar saltos, a desarrollar los músculos. Al mismo tiempo, mientras se anima a las niñas a ser atletas, se las educa para que se preocupen exageradamente por su aspecto, su peso y su ropa (Risman y Seale, 2010). En mi propia investigación sobre las estudiantes de secundaria, las niñas parecen preocuparse excesivamente por sus cuerpos, como si estos pudieran soportar el peso de la feminidad esperada, incluso en el caso de que sus comportamientos no lo hicieran. Los cuerpos femeninos se convierten en el recurso fundamental para «hacer feminidad» en un mundo en el que se anima a las niñas a competir con los niños en todas las demás esferas de la vida. Las niñas (al menos las heterosexuales) compiten por los niños con su apariencia y con los niños en el aula por las notas. Sigue siendo un mundo muy peligroso para un niño femenino; de hecho, para cualquier niño que sea de género no binario (Dietert y Dentice, 2013; Rieger y Savin-Williams, 2012). Aunque el cambio es desigual, ya que algunos jóvenes inconformistas tienen la suerte de que sus familias los apoyan (Meadow, 2012). Si algunos y algunas jóvenes adultos se sienten hoy más libres para desafiar los estereotipos de género, las expectativas culturales a las que se enfrentan están seguramente implicadas en ello.
En el nivel de análisis interactivo, ¿cuáles son las expectativas culturales a las que se enfrenta la población joven en la actualidad? Seguramente, las normas culturales han cambiado desde el modelo cabeza de familia/ama de casa. Ahora se espera que tanto las mujeres como los hombres permanezcan en el mundo laboral a lo largo de sus vidas, a pesar de que los trabajos con un salario digno se están volviendo cada vez más escasos para aquellos que no cuentan con un título universitario. Lo que parece ser nuevo es que el empleo se ha convertido en la actualidad en un criterio para el matrimonio tanto para las mujeres como para los hombres, lo que significa que muchas más mujeres de clase trabajadora permanecen solteras cuando se convierten en madres, en comparación con lo que ocurría en el pasado. Compaginar el trabajo, el cuidado de los niños y las tareas domésticas es más un ideal que una realidad. Pero no debemos olvidar que, como ideal, es nuevo y diferente al de las generaciones anteriores (Gerson, 2010). Sin embargo, las creencias culturales en torno a la «maternidad intensiva» siguen siendo sólidas, y la «paternidad intensiva» ni siquiera se acuña como frase hecha. Algunas investigaciones sugieren que las mujeres, antes incluso de tener novio, se planean carreras que se puedan interrumpir fácilmente para ser madres (Cinamon, 2006). Estas mujeres frenan sus aspiraciones incluso antes de integrarse en la fuerza laboral por temor a que se produzcan futuros desajustes entre el trabajo y la familia. Si bien actualmente las normas culturales alientan a las mujeres a incorporarse al mercado laboral e incluso a hacerlo con gran ambición, existen multitud de pruebas que demuestran que se encuentran con barreras cognitivas. Para las mujeres que entran a formar parte de los ámbitos tradicionalmente masculinos, el sesgo se hace a menudo patente abiertamente y de forma temprana (García-Retamero y López-Zafra, 2006). Las mujeres que progresan en todos los sectores caminan por la cuerda floja; para ser eficaces deben ser capaces de liderar, pero si son demasiado directivas, rompen con los estereotipos sobre la feminidad y son despreciadas o infravaloradas (Eagly y Carli, 2003; Ritter y Yoder, 2004). Muchas mujeres chocan contra el «muro de la maternidad» cuando se encuentran con normas en el puesto de trabajo que exigen un compromiso las 24 horas del día los 7 días de la semana y tienen un hijo que recoger en la guardería a las 6 de la tarde. Por supuesto, estas normas contrarias a la familia también perjudican a algunos hombres. Si los hombres recurren a medidas laborales respetuosas con la familia, a menudo se les considera menos confiables y elegibles para ser promocionados (Rudman y Mescher, 2013). En la actualidad, muchas cosas han cambiado en las expectativas de género de las familias, pero otras muchas se han mantenido igual en la organización del trabajo (Moen et al., 2016). Seguimos creando sesgos basados tanto en el género en sí mismo, como en las personas que asumen las responsabilidades de cuidado, lo que históricamente ha significado sesgos en contra de las mujeres.
Resulta más difícil aislar el aspecto material del nivel de interacción. Tal vez la situación en la que resulta más fácil observarlo es aquella en la que mujeres u hombres son minoría en un espacio. En algunas comunidades, un padre que se encarga del cuidado de su hijo durante el día está solo en el parque y a menudo es ignorado por las madres que lo rodean. A veces, las mujeres que tienen trabajos predominantemente masculinos todavía tienen la expectativa de representar a todas las mujeres o, incluso, a todas las mujeres de su raza o etnia (Dyson, 2012). Por supuesto, los desajustes más graves se dan cuando las personas no cumplen con las expectativas que se tienen de ellas, cuando las personas identificadas como del mismo sexo al nacer cambian de género o cuando alguien no puede ser categorizado y se presenta a sí como disidente del género binario. Esto se ha ido aceptando, especialmente en espacios públicos (Westbrook y Schilt, 2014), pero a medida que las leyes han empezado a proteger a las personas transgénero en espacios donde se espera la segregación de personas por sexo, como los baños, hemos asistido a una fuerte oposición política y a lo que la sociología llama «pánico moral» (ibíd.).
A nivel macro, ¿cuál es la ideología cultural que predomina hoy en día en Estados Unidos? Las cosmovisiones ideológicas se definen por lo que la gente piensa que debería ser, no por lo que es. Por supuesto, hay muchos puntos de vista en cada familia, en cada lugar, y difieren por clase, raza y cualquier otra dimensión social, y, sin embargo, hay algunos elementos comunes que compartimos como sociedad. Esta es mi lectura de los aspectos más básicos que se comparten en la ideología de género en este momento. Hoy en día se espera que las madres apoyen económicamente a sus familias siempre que sean solteras y, por lo general, incluso si están casadas. Habitualmente, se presupone que los hombres casados y que cohabitan compartan, al menos en parte, el trabajo familiar y el remunerado, pero el trabajo de las mujeres sigue siendo ante todo el de ser buenas madres. En Estados Unidos estamos en medio de una disputa cultural sobre las expectativas de género para aquellos cuya identidad de género no coincide con su certificado de nacimiento. ¿Les permitimos cumplir con las expectativas basadas en la identidad de género o no?
Un hombre que no tiene trabajo no puede casarse. Y puede que ahora suceda que una mujer que no tenga empleo tampoco pueda mantenerse sola. La igualdad de género es, al menos en la actualidad, un valor que a menudo se comparte; sin embargo, como los valores culturales siguen siendo sexistas, el trabajo de cuidado está infravalorado y mal pagado.
En el plano material de las leyes y las políticas ejecutables, Estados Unidos es un país casi totalmente neutral en materia de género. Los cónyuges ya no tienen derechos diferentes cuando se divorcian y las leyes laborales son cada vez más neutrales en cuanto al género. Los anuncios de trabajo ya no pueden decir abiertamente que se busca a hombres o mujeres, aunque seguramente hay formas más sutiles de señalar qué género prefieren las personas empleadoras. Las mujeres pueden acceder a todas las categorías militares, aunque en este momento solo los hombres deben inscribirse para el reclutamiento. Las únicas instituciones que todavía tienen diferentes normas y reglamentos organizativos para hombres y mujeres de forma abierta y legal son las confesiones religiosas. En algunos grupos religiosos, como los católicos, los judíos ortodoxos y los musulmanes, las mujeres no pueden ocupar puestos de liderazgo como clérigas. En muchas confesiones conservadoras, las mujeres tienen que vestirse discretamente, presumiblemente para no provocar sexualmente a los hombres con los que se encuentran. Las reglas religiosas siguen siendo el último bastión del esencialismo de género regulado y aceptado en las sociedades occidentales. A pesar de que ninguna ley o política determina los salarios, el efecto real del sexismo todavía se percibe en las brechas salariales entre hombres y mujeres en todos los sectores, aunque, como los hombres que no tienen títulos universitarios han tenido un rendimiento tan bajo en las últimas décadas, las mujeres de sus comunidades están acortando las brechas salariales, no porque estas se las arreglen bien, sino porque los hombres lo están haciendo muy mal (McCall, 2015).
La estructura de género sigue siendo muy poderosa hoy en día, aunque haya cambiado y las mujeres tengan muchas más opciones que en siglos anteriores. England (2010) ha sugerido que la revolución de género se ha estancado. Es precisamente en este contexto en el que la generación millennial entra en la edad adulta. En el próximo capítulo veremos lo que sabemos sobre los y las jóvenes de hoy y cómo experimentan nuestra estructura de género. Hay muy poca información sobre la generación millennial y menos aún sobre sus experiencias con la estructura de género. Con este libro espero lograr cambiar esto.
1 Algunos de los argumentos expuestos en este capítulo se presentaron en una versión anterior (Risman y Davis, 2013) y otros en Risman (2017).
2 Entrecomillado en el original (N. de la T.).
3 Aunque el ingreso de mujeres en la academia puede no haber dado lugar a más investigaciones sobre género, muchas de las mujeres que entraron en esta también participaron en el Movimiento de Liberación de la Mujer de esa década y aportaron sus interrogantes sobre la subyugación de las mujeres y las desigualdades de género a su trabajo académico. Las experiencias sociales a menudo influyen en las ideas científicas (Sprague, 2016).
4 La autora hace referencia aquí a unos hornos de juguete que la marca Kenner introdujo en Estados Unidos en 1963. Estas cocinitas estaban provistas de resistencias que al ponerse incandescentes desprendían calor, lo que permitía hornear alimentos diminutos: galletitas, panes pequeños, etc. (N. de la T.).
5 Mantenemos la denominación en inglés dado que en los contextos de habla castellana nos referimos a este marco teórico en inglés. El entrecomillado está en el original (N. de la T.).
6 Utilizamos aquí el lenguaje no binario respetando la identidad queer que asume Judith Butler (N. de la T.).
7 En el original «bathrooms bills»; la autora se refiere al precio que pagan las personas transgénero cuando se las cuestiona por utilizar un baño que «no es el suyo» (N. de la T.).
8 Hacemos uso del lenguaje no binario en esta frase dado que resulta pertinente para lo que se está expresando (N. de la T.).
9 Es cierto que la psicología no ha hecho esta transición, lo que explica que una de las revistas más importantes en ese campo sea Sex roles. Mi explicación para esto es que la psicología estudia, principalmente, al individuo, los medios por los cuales la cultura se interioriza en nosotros, y por eso el lenguaje no es tan impreciso para esta. Sin embargo, el lenguaje de los roles incluso en esos casos parece implicar que los roles asociados al sexo son de alguna manera consistentes a través del tiempo, la raza, la etnia y la clase. En este escrito se dan argumentos como para cambiarle el nombre a la revista.
10 Hablamos de redes sociales en tanto que concepto sociológico fundamental que se refiere al conjunto de relaciones sociales. Cuando nos refiramos a las redes sociales como medios de comunicación, añadiremos la especificación «de internet» (N. de la T.).
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Los, las y lxs millennials como adultas emergentes
De aquí en adelante utilizo el marco teórico que se ha presentado en el último capítulo, el género en tanto que estructura social, para ayudar a comprender las experiencias de vida de la generación millennial. Empezaré ubicándola dentro de un contexto histórico y después revisaré lo que sabemos sobre su actual etapa de la vida desde la perspectiva del desarrollo humano. Integro lo que sabemos acerca de la transición a la edad adulta en este momento de la historia en la investigación sobre esa etapa de desarrollo de la vida conocida como la «adultez emergente» (Arnett, 2000; 2015). Finalmente, dirijo la atención a la investigación ya realizada sobre la generación millennial, especialmente respecto al debate etiquetado con las expresiones Generation Me1 (Twenge, 2014) y Millennial Momentum (Winograd y Hais, 2011). Generation Me retrata a la población joven centrada en sí misma, mientras que en Millennial Momentum se presenta una nueva generación lo suficientemente implicada en la participación ciudadana como para revitalizar América. Recurro a un reciente artículo de Milkman (2017) para ilustrar que al menos algunas millennials con educación universitaria han comenzado a crear movimientos sociales tras la crisis financiera de 2008. Concluyo resumiendo lo poco que se recoge sobre millennials y estructura de género en investigaciones anteriores.
TENDENCIAS HISTÓRICAS EN LA TRANSICIÓN A LA EDAD ADULTA
Tras la Segunda Guerra Mundial experimentamos una tendencia a prolongar una década la transición a la edad adulta y a que esta transición fuese más diversa e individualista. Durante la mayor parte del siglo XX, se alcanzaba la edad adulta cuando las personas jóvenes dejaban la escuela, encontraban un trabajo a tiempo completo y se mudaban de los hogares familiares para casarse y tener descendencia. Esto sucedía al finalizar la educación secundaria o la universidad en respuesta a un orden predecible. La escuela terminaba y los trabajos comenzaban, seguidos del matrimonio y la familia, todo ello en una rápida sucesión. Hace casi dos décadas, Shanahan (2000) llevó a cabo una revisión de la literatura científica para informar que el proceso etápico hacia la edad adulta resultado de la industrialización se estaba fragmentando, lo que conllevaba una «individualización» del curso de la vida. La duración de este patrón moderno, industrial y predecible queda, en realidad, como interrogante sin contestar, pero lo que está claro es que, a finales del siglo XX, las cosas han cambiado de manera espectacular. A estas alturas, esta transición ordenada y relativamente rápida de la adolescencia a la edad adulta parece un recuerdo lejano de un tiempo mucho más simplificado.
El incremento en la duración y la variabilidad del proceso de transición a la edad adulta están ligadas a los cambios radicales experimentados tanto por la economía como por la familia en el siglo XX. Durante este tiempo, una mayor proporción de jóvenes han cursado estudios de secundaria y luego universitarios. En la actualidad, la mayoría de las y los estadounidenses asisten a la escuela secundaria hasta los 18 años y casi la mitad todavía permanecen en el sistema educativo hasta mediada la veintena (Furstenberg, 2010). Más del 10 % todavía lo están entre los 25 y 30, y otro 5 % se encuentran terminando su formación después de los 30 años. No es de extrañar que a la población joven estadounidense le lleve tanto tiempo ingresar en el mercado laboral a tiempo completo. Además, cada vez se da una probabilidad menor de que los primeros trabajos aporten un sueldo digno.
Con tantos años dedicados a la educación y a empleos precarios con bajos ingresos, se necesita más tiempo para que una persona se sienta tan estable desde el punto de vista económico como para dar apoyo a otra persona que no sea una misma, mucho menos para convertirse en madre o padre. En 2016, había más personas adultas jóvenes que vivían con sus familias de las que lo hacían con una pareja (Pew Research Center, 2016). Sin embargo, esto es más común en algunas personas que en otras. Waters et al. (2011) publicaron un libro como parte de un proyecto financiado por la Fundación MacArthur que estudiaba las transiciones a la edad adulta y en el que demostraron la importancia del contexto social en este sentido. Las transiciones a la edad adulta son menos abruptas y más tempranas en los núcleos pequeños y rurales que en las grandes áreas metropolitanas. Aquellas personas que viven en ciudades con economías activas pueden pasar de un trabajo a otro y seguir siendo optimistas, mientras que aquellas que viven en ciudades con alquileres elevados tienen más dificultades para establecer vidas independientes de sus familias. Las personas migradas, particularmente aquellas que utilizan la educación superior como vía de movilidad ascendente, son las que más se conforman con permanecer en el hogar familiar hasta la edad adulta temprana. En general, el 40 % de las personas adultas jóvenes volverán al hogar familiar en algún momento tras su primer intento de independizarse, en un efecto «boomerang». Lo que se muestra en ese documento, sobre todo, es que el convertirse en persona adulta constituye un proceso gradual, para el que ya no existe un itinerario normativo. En la misma línea, Arum y Roksa (2011) demostraron, algo poco sorprendente, que la mayoría de las y los millennials todavía estaban sin rumbo2 después de graduarse en la universidad. Muchas millennials esperan más tiempo que las generaciones anteriores para crear sus propias familias, más allá del periodo errático de los veinte años. Las personas jóvenes de hoy se criaron en una era en la que el divorcio era algo común, y la mayoría son muy cuidadosas con sus propias elecciones matrimoniales.
Es poco probable que se casen antes de que ambos miembros de la pareja sean económicamente autosuficientes (Settersten y Ray, 2010). Ello implica un largo periodo de soltería, y para aquellos que no consiguen ser económicamente estables, el matrimonio se retrasa a menudo más allá de la paternidad. La presión por casarse para poder ser sexualmente activo resulta hoy en día un artificio histórico y tiene poca relevancia en la vida de las y los millennials. Una vez que la cohabitación se ha aceptado y el sexo fuera del matrimonio se ha convertido en algo normativo, existe poca presión para casarse a una edad temprana. La edad media para contraer matrimonio en 2016 era de 29 años para los hombres y 27 para las mujeres (Pew Research Center, 2016). Las personas con educación universitaria a menudo esperan para casarse hasta que se encuentran bien afianzadas en sus carreras, es decir, hasta la treintena. Hoy en día, las parejas pueden ser del mismo sexo o de sexos opuestos, pero lo que tienen en común es que esperan hasta que disfrutan de una situación económicamente segura para casarse. Esto supone que, a menudo, se dan largos periodos en su desarrollo en los que dependen económicamente de sus familias, al menos en parte. De hecho, casi la mitad de las y los jóvenes viven con sus familias hasta entrada la veintena, y ello se da también en una de cada diez jóvenes en la treintena (Furstenberg, 2010). Existe una variabilidad creciente en la edad del matrimonio y de la maternidad/paternidad según la clase económica.
A menudo, la juventud adulta vive sola, regresa a su hogar y eventualmente lo abandona de nuevo en busca de una vida independiente. Las personas jóvenes se mudan a menudo para ir a la universidad, buscan trabajo, viajan, viven más allá de las limitaciones tradicionales de la familia y el vecindario. Las y los estadounidenses prefieren vivir independientemente e, incluso, una parte consideran que en los hogares intergeneracionales se genera cierta tensión, aunque esto es menos común en las familias migrantes.
Giddens (1991) sugiere que tal libertad comporta el inicio de la individualización del curso de la vida. En lugar de darse una única forma de crecer, se dan casi tantos itinerarios como personas. Crecer es algo difícil de llevar a cabo en el siglo XXI, y esto era así incluso antes de la Gran Recesión que afrontó la generación millennial en 2008 (Furstenberg et al., 2004). Pero ¿qué significa exactamente crecer en el mundo actual?
Furstenberg y otros investigadores (Settersten y Ray, 2010), basándose en preguntas de la General Social Survey de 2002, una encuesta representativa a nivel nacional sobre la transición a la edad adulta, descubrieron que el 95 % de la población estadounidense equiparaba la edad adulta con el fin de la escuela, el establecimiento de un hogar independiente y el acceso a un trabajo a tiempo completo. En el pasado, la población estadounidense creía que el matrimonio y la parentalidad formaban parte de la transición a la edad adulta, pero eso ha cambiado. Utilizando los datos del censo longitudinal del último siglo, así como quinientas entrevistas en profundidad con personas adultas jóvenes en la América del siglo XXI, Furstenberg et al. (2004) sugieren que no es hasta aproximadamente los 30 años de edad cuando la mayoría de las personas jóvenes de hoy en día logran realmente la independencia exigida por esta nueva definición de edad adulta, en la que se incluye haber terminado la escuela, ser autosuficientes y vivir de forma independiente (es decir, sin sus familias) con un trabajo a tiempo completo (75 % a los 30 años). Si incluyéramos el matrimonio y la paternidad en la definición de la edad adulta (como se hacía en el pasado), ¡menos de un tercio de los hombres y la mitad de las mujeres serían considerados adultos a los treinta años! En Estados Unidos, el tiempo que se tarda en finalizar la educación, encontrar trabajo a tiempo completo y ser económicamente independiente se ha dilatado en el siglo XXI. Si bien en algunos países se da una transición institucionalmente clara entre la educación y el trabajo, esto resulta impensable para la mayoría de las y los jóvenes en Estados Unidos (Shanahan, 2000). Cada joven millennial está solo/a para forjarse su propia transición entre la escuela y el trabajo.
Sin embargo, cuando tratamos de entender a esta generación, emergen algunos patrones. Ya en 2007, antes de que una gran parte de las y los millennials se graduaran en la escuela secundaria, el 20 % de los hombres y el 16 % de las mujeres todavía vivían en los hogares familiares entre los 25 y los 29 años. Las tasas eran aún más altas entre las personas negras: el 25 % de los hombres y el 20 % de las mujeres. Las tasas son mucho más altas entre la descendencia de migrantes (tanto aquellos/as que llegan a Estados Unidos siendo niños/as muy pequeños/as como los/las de segunda generación). Si bien estas diferencias raciales y étnicas en los tipos de familia se han mantenido de generación en generación, tal vez el nuevo patrón que destaca en la actualidad lo constituye la dramática diferenciación de clase que se da entre los tipos de familias (Cherlin, 2014; Furstenberg, 2010; Cohen, 2014). Dado que hoy en día muchas estadounidenses consideran que el matrimonio se debe aplazar hasta alcanzar la independencia económica, es fácil entender por qué este es, en el presente, mucho más común entre la clase media. De hecho, actualmente, para muchas mujeres de clase trabajadora de todas las razas, la maternidad precede al matrimonio (Martin et al., 2017).3 Es mucho más difícil para las mujeres solteras emanciparse del hogar familiar cuando son madres en solitario y dependen de su ayuda tanto económicamente como para el cuidado diario de los/las menores.
¿Por qué se tarda tanto en llegar a la edad adulta en el siglo XXI? El coste de la universidad y la deuda estudiantil cada vez mayor hacen que incluso las personas jóvenes de familias acomodadas sean dependientes de sus familias durante muchos años. Las menos afortunadas buscan un trabajo decente para ganar un salario digno en una sociedad donde los primeros trabajos no dan, a menudo, para mantenerse a sí mismas, y menos aún para mantener a una pareja o tener hijas e hijos. Quizá también nuestras expectativas hayan cambiado. Las estadounidenses prefieren una etapa de independencia entre la adolescencia y la edad adulta, y si bien se trata de una invención cultural relativamente nueva, hemos llegado a darla por sentada.
Es cierto que hay mujeres sin empleo a tiempo completo, dependientes económicamente y sin hogar propio, pero que transitan a la maternidad. ¿Eso las hace adultas dado que ahora son responsables de otra persona? ¿O una maternidad joven y en solitario simplemente añade más desafíos a la transición a la edad adulta? Esta transición dura ahora tanto tiempo que algunos psicólogos sugieren que debe considerarse como una nueva etapa del desarrollo humano.
ADULTEZ EMERGENTE: ¿UNA NUEVA ETAPA DE DESARROLLO?
La generación de jóvenes millennials está llegando a la mayoría de edad en este momento histórico en el que la transición a la edad adulta resulta una experiencia larga, complicada y enormemente variada (Arnett, 2000; 2015; Furstenberg, 2010). Arnett (2000) introdujo el concepto de «adultez emergente» como etapa dentro de la teoría del desarrollo que comprendería desde el final de la adolescencia hasta la veintena. Argumentó que, en la América moderna, ha emergido una nueva etapa de desarrollo para la que no se dispone de itinerario normativo. Dos tercios de las estadounidenses no terminan la etapa educativa, ni se casan ni tienen descendencia hasta los 30 años. Arnett afirma que la única característica que identifica estos años es la inestabilidad residencial, es decir, las personas adultas emergentes se mudan mucho. Otra característica que se da en las personas jóvenes de hoy es que todavía no se consideran adultas.
Un aspecto particularmente nuevo que ofrecen los datos presentados por Arnett (2015), y que quizá se da únicamente en Estados Unidos, es que las personas adultas emergentes de hoy definen su actual etapa de vida menos por lo que hacen que por cómo lo hacen. Arnett informa sobre diversos proyectos de investigación que él y sus colegas llevaron a cabo con jóvenes de entre 18 y 30 años, incluidas tres muestras representativas a nivel nacional y trescientas entrevistas en profundidad. A partir de esta investigación, han identificado tres metas psicológicas principales para esta nueva etapa de la adultez emergente: «aceptar la responsabilidad de una misma, tomar deci siones independientes y tratar de obtener independencia económica» (ibíd.: 15). Todo el trabajo emocional durante esta nueva etapa de desarrollo parece individualista y se centra en la exploración de la identidad en todas las esferas de la vida. Arnett (ibíd.) resumió las características distintivas de la adultez emergente y escribió acerca de probar yos diferentes y ensayar identidades y relaciones alternativas. Su lista de características distintivas de esta nueva etapa de la vida incluyó la exploración de la identidad, la inestabilidad no solo en la residencia sino también en el amor y el trabajo, el retraimiento hacia la subjetividad, el sentirse a caballo entre etapas de la vida y el optimismo respecto a la propia capacidad de construir la vida deseada. Si bien Arnett no se centra en el género, detectó pocas diferencias por sexo, raza u origen étnico. Aun así, en sus hallazgos identificó algunas diferencias entre hombres y mujeres que vale la pena señalar: los hombres y las mujeres informan de que sus vidas son más similares que diferentes, y esto incluye el momento matrimonial y la búsqueda de una pareja. Proyectan haber completado su búsqueda de identidad individual antes de comprometerse. Cuando buscan una pareja, quieren a alguien que sea su igual y tenga una visión del mundo similar.
Tanto los hombres como las mujeres sienten la presión de casarse a los 30 años, pero en su mayoría son solo las mujeres quienes consideran que las sanciones sociales recaen sobre ellas si no lo hacen. Una diferencia muy importante entre las vidas de hombres y mujeres a esta edad, aunque Arnett no se centre en ella, es que más de la mitad de las mujeres que son madres antes de los 30 años son solteras. Claramente, los hombres son más libres que las mujeres de experimentar plenamente este periodo de la adultez emergente, centrándose principalmente en sí mismos. La transición a la maternidad interrumpe la adultez emergente, al menos si la definimos como una etapa de autoexploración, y las empuja, al menos en parte, a un rol social adulto.
Una característica propia de esta etapa emergente de la vida es forjarse una identidad, y Arnett indica que en su investigación se detectaron algunas diferencias estadísticamente significativas al respecto entre hombres y mujeres. Las mujeres jóvenes informan haber experimentado tensiones entre las esferas del trabajo y la familia de manera anticipada. Las mujeres a veces sienten que sus posibilidades de elegir entre un amplio abanico de oportunidades profesionales son limitadas, puesto que quieren ser madres. Esto afecta a sus elecciones relativas al puesto de trabajo. Arnett (ibíd.: 176) afirma, sin hacer un análisis crítico de las presunciones de género que influyen en ello, que «para muchas mujeres en la adultez emergente, elegir una trayectoria profesional significa no solo tomar una decisión que haga clic con su identidad, sino tomar una decisión que les permita equilibrar sus identidades duales como trabajadoras y madres». En ningún lugar Arnett cuestiona por qué el empleo requiere, para las mujeres, elegir entre el trabajo remunerado y la crianza, ni por qué los hombres no han de preocuparse por la paternidad anticipada, ya que se centran en desarrollar su potencial. Aun así, tanto para hombres como para mujeres, la atención puesta en el propio desarrollo es la principal directriz en la adultez emergente.
Quienes acceden a la universidad se ven inmersos/as en una institución considerada como «refugio seguro» (ibíd.: 166) para la exploración de la identidad, parte de la cual tiene que ver con los estudios, parte con la sexualidad. Broido (2004) concluye que el estudiantado universitario millennial es más propenso que su antecesor a identificarse como no heterosexual y está de acuerdo con Torkelson (2012) en que la adultez emergente actual incluye pugnas identitarias sobre sexualidades y géneros. Un tema aglutinador lo constituye también la búsqueda de significado y autenticidad. Con educación universitaria o sin ella, cuando buscan trabajo a tiempo completo, casi todas las personas jóvenes quieren encontrar uno que signifique algo para ellas, que refleje quiénes son realmente, aunque, por supuesto, si esto será finalmente posible o no es otra cuestión.
Tanto la sociología como la psicología han descrito los nuevos procesos sociales propios de la transición dilatada a la edad adulta en la sociedad estadounidense. La sociología ha mostrado que el camino de la adolescencia a la edad adulta es actualmente más largo y más individualizado que en el pasado (Furstenberg et al., 2004; Fussell y Furstenberg, 2005; Furstenberg, 2010; Shanahan, 2000). Arnett y sus colegas psicólogos se centran en lo que sucede durante este prolongado proceso y han demostrado que las demandas psicológicas son en realidad tan complejas, que constituyen una nueva etapa del desarrollo humano: la adultez emergente. Las personas jóvenes millennials que conoceremos en los próximos capítulos están experimentando esta dilatada etapa de la vida comprendida entre la adolescencia y la edad adulta. ¿Cómo maneja la generación millennial la adultez emergente? Pasamos ahora a lo que algunas investigaciones previas han identificado como características propias de la generación o la cohorte de la adultez emergente actual.
MILLENNIALS: PERSONAS ADULTAS EMERGENTES EN EL SIGLO XXI
La investigación académica (Donnelly et al., 2015; Twenge et al., 2012; Eagen et al., 2013; Pew Research Center, 2014; Ely et al., 2014; Broido, 2004) muestra que la generación millennial no solo es la generación con mayor diversidad étnica y racial de Estados Unidos, sino también la más liberal. Furstenberg (2017) sugiere no aceptar generalizaciones psicológicas para esta generación tan diversa, ya que seguramente está tan dividida por raza, etnia y religión como las generaciones anteriores. Aun así, merece la pena señalar algunas tendencias. Es la generación con mayor nivel educativo y la menos religiosa hasta el momento. Para las generaciones anteriores, es imposible concebir cómo los y las jóvenes millennials tejen sus vidas en un número cada vez mayor de redes sociales en internet. A pesar del tiempo prolongado que exige la transición a la edad adulta, estas adultas emergentes son muy optimistas respecto a su futuro. Incluso, en 2010, cuando el 37 % de la generación millennial se encontraba en una situación de desempleo, afirmaban estar seguras de que eventualmente cumplirían sus objetivos económicos, y quizá lo consideren así porque sus prioridades no son tan materialistas. La prioridad más importante que mencionan las y los millennials es ser un buen padre o madre (52 %), y la siguiente, tener un matrimonio exitoso (30 %), mientras que solo el 15 % reportaron como objetivo importante tener una profesión bien remunerada. Parecen perseguir objetivos intrínsecos de bienestar personal en lugar de tener prioridades económicas, por lo menos en este momento de sus vidas.
Cualesquiera que sean sus objetivos personales, los datos de Pew muestran que la generación millennial se lleva bien con sus mayores, a pesar de que muchas de ellas se inclinen más, políticamente, hacia la izquierda que sus mayores. Los y las millennials son menos partidarias de sostener una política de seguridad nacional agresiva y más de los programas sociales nacionales progresistas que cualquier otra generación. También son más propensas que cualquier otro grupo a identificarse como demócratas. Según la encuesta anual American Freshman de 2013, realizada a más de 165.000 estudiantes de primer año a tiempo completo inscritos en 234 colleges y universidades diferentes de Estados Unidos (Eagen et al., 2013), podemos concluir que sus opiniones sobre la sociedad son liberales; de hecho, el 87 % de las mujeres y el 79 % de los hombres apoyan el derecho a adoptar de gais y lesbianas. Así mismo, más de dos tercios respaldan que las personas más ricas deberían pagar más impuestos de lo que pagan en la actualidad, aunque no es más probable que apoyen el control de armas que los y las estadounidenses mayores.
Existe cierta controversia sobre si la generación millennial es liberal respecto a las políticas de género. Donnelly et al. (2015) demuestran que, en 2010, siete de cada diez estudiantes de último año de secundaria estaban de acuerdo con una variedad de ítems que medían la aprobación de la igualdad de las mujeres en el seno de la familia, incluido el apoyo al empleo de las mujeres con descendencia. England (2010) argumenta que, aunque se produjeron muchos cambios en el siglo XX, la revolución de género se encuentra ahora estancada. Existe poca investigación publicada sobre este tema, pero sí se ha debatido sobre ello recientemente en una serie de publicaciones en línea. Pepin y Cotter (2017) identificaron tendencias complejas y contradictorias respecto a este tema.
En su análisis exponen que las actitudes de la generación millennial con respecto a la igualdad de género están fragmentadas: continúan apoyando la igualdad en el mercado laboral, pero se han vuelto menos progresistas que la generación anterior respecto a la igualdad de género en el hogar. Argumentan que esta generación maneja una nueva ideología que Pepin y Cotter denominan «esencialismo igualitario», lo que significa que creen que los hombres y las mujeres son iguales, pero que hay algunas diferencias esenciales entre ellos, especialmente el mayor interés de las mujeres por la crianza y su habilidad en esta. Su análisis se basa en datos longitudinales de una encuesta (Monitoring the Future) a estudiantes de último año de secundaria entre 1976 y 2014. El esencialismo igualitario consiste en la creencia de que las mujeres y los hombres deberían tener los mismos derechos y oportunidades, pero que los sexos tienen diferentes habilidades y deseos, y que el hogar y la familia son y deben seguir siendo espacios femeninos. Carson (2017) argumenta que la generación millennial podría ser más tradicional en relación con la igualdad de género en la familia porque ha observado que sus familias, ya estén configuradas por dos proveedores o por una madre en solitario, se dejan la piel en trabajos que no implementan medidas favorables para la familia, lo que lleva a algunas de ellas a anhelar el regreso a un pasado en el que la vida familiar era menos estresante. Se pueden encontrar pocas razones para explicar una tendencia al tradicionalismo, porque no toda la investigación ha identificado el mismo patrón. En la investigación que realizamos Ray Sin, William Scarborough y yo misma (2017), no encontramos tal tendencia entre la generación millennial. Utilizamos datos representativos a nivel nacional (el General Social Survey) y descubrimos que esta generación respalda y avanza en la igualdad tanto como las generaciones anteriores. Sí identificamos que los grandes cambios en los valores respecto al apoyo de familias igualitarias ocurrieron antes de que los y las millennials nacieran. Heredaron los valores de género liberales de sus progenitores/as baby boomers.
Hay otra investigación que también afirma que las actitudes de género son complicadas entre la generación millennial. Ely et al. (2014) informan sobre una investigación a estudiantes que cursaban un máster en administración de empresas (MBA) en la Harvard Business School, seguramente uno de los entornos educativos más elitistas de Estados Unidos. En este programa de élite, orientado a la carrera profesional, un tercio de los hombres millennials anticipan que compartirán las tareas familiares por igual, una proporción considerablemente mayor respecto a cualquier generación pasada. Esto es algo bueno, ya que las tres cuartas partes de las estudiantes millennials de MBA esperan que sus carreras sean tan relevantes como lo serán las de sus parejas. No obstante, todavía persisten diferencias de sexo en las respuestas de este estudiantado de élite. Dos tercios de los hombres esperan que sus esposas asuman la responsabilidad principal del cuidado de hijos e hijas, pero solo el 42 % de estas mujeres de la élite anticipan hacerlo. Claramente, muchas de estas mujeres harán bien si se casan con alguien distinto a los hombres de su clase social. Sin embargo, todavía es una realidad que cuatro de cada diez mujeres que se esfuerzan para obtener un título de posgrado en negocios en Harvard, la institución más elitista, prevén asumir la responsabilidad primaria, no compartida, de la crianza.
Más allá de estos datos descriptivos sobre la generación millennial, existe un intenso debate en la academia sobre cómo caracterizarla en tanto que generación. ¿Son la generación «yo» centrada en sí misma, o son la esperanza para salvar al mundo? En un lado se posiciona la psicóloga Twenge (2014) con su libro Generation Me, y en el otro los politólogos Winograd y Hais (2011) con su análisis de los y las millennials como una generación que revitalizará Estados Unidos mediante el compromiso cívico. A medida que nos adentramos en este debate, debemos recordar la precaución a la que nos alienta el sociólogo Furstenberg (2017) con respecto a no generalizar en exceso tendencias psicológicas a generaciones enteras. Mis hallazgos refuerzan este punto de vista, pero, antes de sumergirnos en mis datos, debemos atender al debate sobre si la generación millennial va a suponer una diferencia en el mundo que la rodea gracias a su compromiso político o si, simplemente, se trata de personas narcisistas centradas en sí mismas.
Winograd y Hais (2011) fundamentan su argumento en la teoría de Howe y Strauss (1991; 1997) que propone que las identidades generacionales rotan con el tiempo. Estos autores exponen que existen cuatro arquetipos generacionales. Cada tipo generacional comparte un conjunto de rasgos distintivos de actitud y comportamiento: idealista, reactivo (al idealismo de sus progenitores), cívico (que quiere cambiar el mundo a través de la participación política) y adaptativo (que tiende a la conformidad). La teoría se basa implícitamente en una noción freudiana sobre las niñas y los niños que afirma que estas y estos se convierten en personas adultas reaccionando de manera predecible a los patrones de crianza de sus familias. Según Strauss y Howe, estas generaciones experimentan ciclos cada 80 años, cuatro arquetipos con 20 años por generación. Winograd y Hais aplican este esquema a la generación millennial. Si los y las baby boomers fueron una generación idealista, entonces la generación anterior a la baby boom dio a luz a la generación X, que es «reactiva» y cuya respuesta ante la situación de ser criados/as por familias liberales del laissez faire fue volverse individualistas, alienadas y pragmáticas. Los hijos e hijas de los y las baby boomers más jóvenes, y los hijos e hijas de la generación X son la generación millennial, y serán, según esta teoría, de mentalidad cívica, «centrados en revitalizar las instituciones de la nación y lidiar con los problemas de largo alcance que se derivan del periodo idealista que ahora está abandonando la escena» (p. 25).
Winograd y Hais argumentan que, dado su lugar en este drama generacional, la generación millennial confiará en la capacidad del Gobierno para ayudar a diseñar un mundo mejor. En el trabajo se citan datos que sugieren que la generación millennial consume menos drogas que sus padres y madres y tiene menos embarazos no planificados y menos abortos. Son «idealistas pragmáticos» que aprueban mucho más los derechos civiles en cuestiones de raza, género y sexualidad que las generaciones anteriores. La mayoría de la generación millennial (92 %) no pone ninguna objeción a tener citas interraciales y casi la mitad apoya la discriminación positiva. En este sentido, es la generación del vive y deja vivir. Y, sin embargo, al haber experimentado el mercado laboral propio de la Gran Recesión, buscan ayuda en el Gobierno. Casi dos tercios están de acuerdo en que este debería garantizar a todas las personas un techo y comida para alimentarse. Los datos que proporcionan la evidencia para este razonamiento provienen de encuestas representativas a nivel nacional.
En tanto que proviene de la politología, el enfoque de Winograd y Hais (2011) se centra en la política. Citan el entusiasmo de la generación millennial por la presidencia de Obama en 2008 para apoyar su argumento sobre la mentalidad cívica de esta generación. Si bien la candidatura presidencial de Bernie Sanders llegó mucho después de la publicación de su libro, el entusiasmo de la generación millennial por esta hubiera sido utilizado por estos autores, sin duda, para respaldar su hipótesis. En la carrera presidencial de 2016, más del 80 % de la generación millennial apoyó al senador Bernie Sanders en el caucus demócrata de Iowa, y así fue durante la campaña de las primarias demócratas de 2016. La generación millennial, al menos las personas blancas, tanto mujeres como hombres, votaron abrumadoramente por Sanders ante la primera mujer que conseguía una candidatura importante para la presidencia. A la generación millennial le entusiasmó un hombre que se declaraba socialista y que apoyaba la matrícula gratuita para todo el estudiantado, lo cual evidencia el argumento de que las personas adultas emergentes de hoy respaldan la acción gubernamental para resolver problemas sociales. Sin embargo, eligieron al hombre de izquierdas frente a la mujer feminista, lo que puede indicar que sus políticas de género no son tan progresistas o no lo son de una forma tan destacada como lo son otros valores. Utilizando datos de encuestas a pie de urna (Edison Research National Exit Poll) de las elecciones presidenciales de 2016, Kawashima-Ginsberg (2017) muestra que la generación millennial constituyó el grupo de edad con más probabilidades de apoyar a la candidata demócrata Hillary Clinton, pero votaron por ella menos de lo que lo hicieron por Obama en cualquiera de las dos elecciones presidenciales más recientes. Aquí también identificamos una fragmentación entre la generación millennial, ya que dos tercios de todas las personas no blancas votaron por Clinton, pero solo lo hicieron la mitad de las mujeres blancas y un tercio de los hombres blancos. Los hombres blancos sin educación universitaria eran más proclives a votar por Trump; como grupo, en 2016, tenían más probabilidades de votar que nunca antes en el pasado, mientras que otros y otras millennials votaron menos que en el pasado. Una vez más, debemos mostrar cautela al suponer que toda la generación millennial está cortada por el mismo patrón.
Winograd y Hais citan el creciente éxito educativo de las mujeres y las brechas salariales de género en la población estadounidense más joven para predecir que tanto las mujeres como los hombres de esta generación demandarán un mayor equilibrio entre la vida y el trabajo conforme vayan envejeciendo, y sin embargo, señalan la autosuficiencia de la generación millennial, que apuesta por las iniciativas individuales (así como por los programas gubernamentales) como medidas necesarias para resolver los problemas, lo que derivó en el lema «piensa globalmente, actúa localmente». Estos autores sugieren que la millennial es una «generación criada en unas tecnologías que permiten personalizar cada opción y […] no se trata de adoptar programas que ofrezcan una solución única». Desde esta perspectiva, es individualista al creer que su responsabilidad cívica consiste en aportar soluciones creativas y personalizadas a los problemas sociales, así como en trabajar con el Gobierno para lograr cambios. Son la «próxima gran generación».
Según la socióloga Ruth Milkman, la millennial es una nueva generación política, aunque no defiende su excepcionalidad. Se basa en la teoría de la generación de Mannheim (1927) para sugerir que la millennial constituye una nueva generación política con experiencia compartida que la distingue de las anteriores. Las experiencias que esta autora sugiere que dan forma a su actividad política implican ser nativos digitales con más educación que las generaciones anteriores, pero que se enfrentan a la precariedad en el mercado laboral. La generación millennial también se ha criado en un mundo presumiblemente preocupado por la igualdad de género y racial, y aun así se topa con la discriminación. Milkman argumenta que este conjunto de experiencias ha llevado a una generación a asumir la interseccionalidad en sus movimientos sociales. En los años transcurridos desde 2008, la generación millennial ha liderado movimientos sociales relacionados con la inmigración (The Dreamers), el racismo (Black Lives Matter), la desigualdad económica (Occupy Wall Street) y la violencia sexual en los campus. De esta revisión, no podemos deducir que la mayoría de las personas de la generación millennial se involucrarán políticamente, pero sí podemos decir que, al menos, algunas tienen preocupaciones más allá de sí mismas. ¿Son estas las mismas millennials sobre las que Twenge (2014) ha escrito? La autora afirma que las personas encuestadas de la generación «yo» son las «más seguras, asertivas, tituladas y desdichadas [subtítulo del libro]» que las de cualquier generación anterior. Según Twenge, esta es una generación a la que se le dijo que podría ser lo que quisiera ser; sin embargo, creció afrontando el desempleo generalizado y la limitación de oportunidades. Se trata de una generación que se siente con derecho a disfrutar de comodidad material y a encontrar un trabajo que le dé sentido; sin embargo, no puede pagar sus préstamos estudiantiles o encontrar un lugar asequible para vivir. La autora critica el repliegue a la autoestima al que dio forma la filosofía de crianza propia de familias y escuelas, es decir, la de criar a una generación más preocupada por los sentimientos que por los logros. La autora argumenta que las familias y las escuelas se esforzaron mucho por criar a la generación millennial para que pensara lo suficientemente bien de sí misma como para que pudiera realizar grandes hazañas, pero luego creció y «después de una infancia de optimismo y altas expectativas, la realidad les golpeó como una bofetada» (p. XI). Twenge expone que esta es una generación a la que se le ha enseñado a sentirse bien consigo misma, y lo hace, ya sea cuando sus logros justifican esos sentimientos o cuando no. Esta investigadora desprende sus hallazgos de una investigación realizada durante una década que incluye más de treinta estudios basados en encuestas representativas a nivel nacional entre once millones de jóvenes estadounidenses, así como de la información cualitativa recopilada entre sus propios estudiantes de la Universidad Estatal de San Diego. La fortaleza de esta investigación es que se ofrecen comparaciones generacionales de las encuestas realizadas anualmente, en las que pueden compararse millennials con baby boomers de la misma edad. En términos generales, Twenge identifica un cambio cultural hacia el individualismo que ha dado forma a la generación millennial como tal. Admite que esto tiene algunas consecuencias positivas, como su apoyo a la igualdad y la tolerancia, pero también desventajas para la sociedad y para ella misma en caso de que la atención a sus propios sentimientos se convierta en narcisismo. Twenge entiende que la filosofía principal de la crianza de las familias de la generación millennial era la de «sé tú mismo/a». Esto ha derivado en la filosofía del vive y dejar vivir, puesto que todas las personas consideran que deberían ser fieles a sí mismas. Esta retórica es compatible con demandas de igualdad de derechos entre las minorías de género, raza o sexualidad. La generación millennial es mucho más propensa que las anteriores a apoyar diversos tipos de familias, con lo que respalda el derecho de las personas homosexuales a casarse y tener hijas/os y de las mujeres solteras a devenir madres, y acepta la convivencia como un tipo más de relación. Las relaciones interraciales ya no son inusuales o se estigmatizan, y cuando las parejas deciden casarse, se descartan por completo las reglas sobre cómo deben ser las bodas, ya que cada pareja elige su propio estilo para reflejar mejor quiénes son, con bodas de destino4 e invitaciones en línea que son tan aceptables como una boda tradicional en una iglesia con invitaciones impresas en color crema. Toda esta libertad de ser una misma no solo permite a las personas dar forma a sus propias vidas, sino también les exige que acepten las vidas que otras personas eligen.
La libertad para centrarse en una misma también tiene un lado oscuro, o eso argumenta Twenge. Si la responsabilidad moral, y lo correcto, tiene que ver con ser fiel a una misma, ¿son las demás personas importantes? ¿Deriva esta generación en un relativismo moral en el que nadie tiene ninguna responsabilidad respecto a nadie más allá de que todas las personas tengan la responsabilidad principal de ser fieles a sí mismas? Twenge apoya este argumento sobre el narcisismo con información que muestra que la generación millennial (a quienes ella llama Gen Me, ‘generación yo’) es mucho menos propensa a seguir las reglas sociales, dado que no considera que haya una sola manera de hacer las cosas. Afirma que las consecuencias que se derivan de rechazar las reglas sociales son de largo alcance e incluyen todas las esferas, desde los malos modales, hasta hacer trampa en los exámenes o evitar el servicio militar.
Los y las millennials simplemente no se preocupan por las demás personas tanto como lo hacen por sí mismos. Otras evidencias que respaldan esta afirmación sobre el egoísmo provienen de fuentes diversas. Para obtener una prueba directa que apuntalara el argumento que la considera la «próxima gran generación», Twenge utilizó una muestra representativa a escala nacional de estudiantado de secundaria y universidad para comparar su predisposición cívica (deseo de hacer del mundo un lugar mejor) en comparación con la generación de boomers cuando eran jóvenes. Ni un solo ítem (de 30) sobre predisposición cívica fue mayor entre la generación millennial que entre la de baby boomers. La autora cita también investigaciones de Christian Smith basadas en una encuesta y entrevistas en profundidad con las que pudo identificar que solo el 4 % de la generación millennial estaba comprometida cívica o políticamente, ello incluso durante el apogeo de la primera campaña presidencial de Obama, en el verano de 2008. De hecho, la gran mayoría de las personas encuestadas en el estudio de Smith (69 %) afirmaban no tener interés por la política. A partir de 2016, sin embargo, las personas blancas de la generación millennial parecían muy interesadas e involucradas en la candidatura de Bernie Sanders, lo cual debilita el argumento de la generación totalmente orientada a sí misma. O quizá la que mostró su apoyo a Bernie Sanders fue una generación motivada por la gratuidad de la matrícula universitaria y la condonación de préstamos.
¿Qué interesa entonces a la generación millennial? Twenge afirma que están más interesadas en sí mismas. La generación millennial es aficionada a los selfies y ha inventado el sexting, lo que la autora entiende como evidencia de un narcisismo generacional que ha surgido de la mentalidad de autoestima de «todo se trata de mí» con la que se criaron. La autora plantea también que se da una obsesión creciente por la apariencia física; de hecho, la decisión de recurrir a procedimientos médicos invasivos para mejorar el cuerpo se justifica con el propósito de aumentar la autoestima. Twenge argumenta que las personas adultas emergentes de hoy en día confían en sí mismas, pero no en mucho más. Ven un mundo en el que los acontecimientos externos, desde el 11 de septiembre y los ataques terroristas hasta la Gran Recesión, determinan el curso de sus vidas en lugar de hacerlo sus propios esfuerzos. Esta externalización puede considerarse un fenómeno adaptativo, de protección de su autoestima ante un mundo cruel, pero también puede conducir al cinismo y la alienación, e incluso a la depresión. La creencia de que las fuerzas externas determinan el curso de la vida de una no parece que motive a comprometerse plenamente con otra persona o incluso a cumplir las propias metas.
La literatura académica que acabamos de exponer nos proporciona algunos hechos concretos y algunos análisis controvertidos. La generación millennial transita un momento de la historia en el que no es posible definir una trayectoria rápida o fácil hacia la edad adulta; de hecho, separa tanto tiempo la adolescencia de la edad adulta que la psicología la ha definido como una nueva etapa de la trayectoria vital, la adultez emergente. Se supone que los adultos jóvenes deben permanecer un tiempo en este momento de sus vidas, pensando en quién quieren ser, para encontrarse a sí mismos. La academia debate si la generación millennial es narcisista o cívica. Otras investigaciones podrían ayudar a arrojar luz sobre el tema, y he encontrado un tipo de investigación que merece la pena revisar, aunque no sea académica. Las personas que comercializan productos también investigan y han estudiado cómo venderlos a esta nueva generación; con los resultados de esas investigaciones pretenden obtener beneficios. Antes de finalizar este capítulo, echemos un vistazo a lo que las empresas de marketing han aprendido sobre la generación millennial.
En 2010, el Informe Prosumer se centró en la transformación en cuanto al género en la generación millennial y preguntó: «¿Son las mujeres los hombres nuevos?». El siguiente resumen pretende dar una idea de sus hallazgos:
La generación millennial es una generación como ninguna otra. Es más móvil, más multicultural y más adoptadora (y adaptadora) de nuevas tecnologías que cualquier generación anterior. Vive en un mundo sin hojas de ruta ni autoridades tradicionalmente reconocidas, creando su propio contenido, sus canales de comunicación e itinerarios de vida. También difiere de las generaciones anteriores en, al menos, otra cuestión importante: en gran parte de Occidente, han crecido en una era «posfeminista», con mujeres que son ampliamente reconocidas como iguales a los hombres, si bien no siempre tratadas como tales. Las protestas y manifestaciones por los derechos civiles que estos y estas jóvenes han presenciado en sus vidas no reivindicaban cuestiones de mujeres versus hombres, sino los derechos de migrantes o personas con orientaciones sexuales minoritarias. La idea de «liberación de la mujer» constituye un artificio polvoriento, sin relevancia para estos y estas jóvenes a no ser que no sea como fuente de humor o contextualización histórica (p. 1).
Su investigación también sugiere que lo que todas las personas buscan es ser «felices», y casi las tres cuartas partes de la generación millennial que se estudian en este informe afirman que actualmente están contentas. Quizá esto se deba a un cambio en los objetivos, que han variado desde el éxito y el poder, en los que se centraron las generaciones anteriores, a otros más efímeros como el amor y la amistad. Se trata de metas que resulta más probable que se alcancen con esfuerzo personal y con mayor facilidad. Estos objetivos también responden a su temor declarado a «estar solos».
Como parte de un gran estudio internacional, el Informe Prosumer incluía información descriptiva sobre las actitudes de género de 500 millennials estadounidenses. La mayoría de las mujeres no perciben que sus elecciones estén limitadas por el género y no creen que estas tengan implicaciones para las mujeres como grupo. La mayoría de las mujeres y los hombres no están de acuerdo con que los hombres sean los que dirijan e inicien las relaciones sen timentales, y menos del 20 % de las mujeres y del 30 % de los hombres piensan que el hombre debería ganar más que su pareja femenina. Mientras que un poco más de la mitad de los hombres creen que las mujeres deberían ser femeninas y los hombres masculinos, menos de la mitad de las mujeres manifiestan esto. Las mujeres se ven iguales a los hombres y, sin embargo, son mucho más propensas a priorizar el equilibrio entre la vida y el trabajo frente al salario cuando deben considerar las ventajas de centrarse en su carrera. Aunque tanto hombres como mujeres ven el matrimonio como una fusión de iguales, los hombres tienen la expectativa de permanecer en el mercado laboral durante toda su vida, mientras que las mujeres sienten que deben valorar opciones (¿tal vez responsabilidad?) cuando tengan que hacer malabares entre su profesión y la crianza, por ejemplo, a través del trabajo a tiempo parcial o abandonando temporalmente el mercado laboral por la maternidad. Esta investigación de mercado sugiere que, debido a que las mujeres dan cuenta de sus elecciones de vida y los hombres no, serán las mujeres quienes tomen las decisiones que afecten a sus familias. ¿Por qué se da esto? Bien, si las mujeres permanecen en el mercado laboral, esperarán que sus maridos se comprometan con las metas laborales y compartan las tareas domésticas y la crianza de los hijos, pero si las mujeres «eligen» centrarse en la maternidad, esperarán que los hombres asuman la responsabilidad principal del bienestar económico de las familias. De acuerdo con este argumento, hoy en día los hombres padecen «miasma masculino», se debaten entre nuevas definiciones imprecisas de masculinidad. Los hombres heterosexuales se sienten incómodos ante una nueva situación en la que sus vidas dependen de las elecciones que sus futuras esposas tomen para poder compaginar la familia y el trabajo; deben esperar a que su pareja las tome antes de adoptar sus propias decisiones profesionales importantes. Si estos especialistas en marketing están o no en lo cierto se sabrá en los próximos años. También puede ser que los hombres no adviertan la necesidad de condicionar sus elecciones a los deberes parentales, y sean las mujeres las que se sientan dependientes de los maridos para poder elegir. Aun así, ambos sexos afirman que las distinciones de género ya no están «grabadas a fuego» y que, según estos datos, los hombres y las mujeres son más parecidos que diferentes. El informe finaliza con una recomendación a los especialistas en marketing: el nuevo modelo debe ser un «paradigma de parejas» que muestre a la pareja como una marca exitosa que trabaja en conjunto para gestionar la vida cotidiana.
Otro estudio de marketing, el Informe de género Cassandra, ofrece hallaz gos similares sobre la fluidez de género. Elaborado por Intelligence Group, una compañía de investigación dedicada al estudio del consumidor, también sugiere que las generaciones Y y Z (otras etiquetas que incluyen a la mayoría de la generación millennial que tenía de 14 a 24 años en 2013) se esfuerzan en lograr un mundo neutral en cuanto al género, en el que productos y mensajes sean universalmente atractivos. Más de la mitad de las personas encuestadas afirman que preferirían comprar en una tienda unisex que en una exclusiva de su sexo, y menos de la mitad prefiere productos específicos de género.
En su encuesta en línea a 900 personas, casi la mitad de las mujeres están «de acuerdo con que los hombres usen maquillaje» y nueve de cada diez están «de acuerdo con que las mujeres tomen la iniciativa con los hombres». Las tres cuartas partes de las mujeres prefieren ser duras que delicadas. Son los hombres los que se sienten cada vez más ignorados, y una cuarta parte de ellos creen que son representados de manera imprecisa por los anuncios, incluso como padres incompetentes. Los datos provenientes de los estudios de marketing parecen apoyar el argumento de Twenge de que las personas adultas emergentes de hoy se centran en objetivos personales, como el ser feliz, más que en el éxito. Estos datos descriptivos también refieren una gran diversidad de posiciones ante las normas de género, y respaldan el argumento de que al menos parte de esta generación critica la existencia misma de normas que distingan cómo deberían vivir los hombres y las mujeres. Sin embargo, en los datos comerciales no hay mucha evidencia sobre el compromiso cívico de la generación millennial. Evidentemente, para vender productos es más importante comprender la estructura de género que su compromiso político.
Así que, finalmente, ¿qué podemos saber acerca de la generación millennial? Que llega a la mayoría de edad en una época en la que se necesita mucho tiempo para alcanzar la edad adulta. Que experimentarán la reflexividad de esta nueva etapa de la vida que ahora llamamos la adultez emergente. A partir de este momento, son más liberales que las generaciones anteriores. Una parte de esta generación ha comenzado a criticar las normas de género sobre cómo vestir y la presentación de sí mismos/as, aunque seguramente esta siga siendo una posición minoritaria. Es más diversa en cualquier elemento que analicemos en función de la raza y el origen étnico, así como del género y de las identidades sexuales.
Sin embargo, todavía hay rastros de tradicionalismo de género y las mujeres se sienten más responsables de elegir un trabajo que se pueda compatibilizar con la maternidad. Esta generación fue criada claramente para ser auténtica, para ser fiel a sí misma. Queda por ver si ello incluye la voluntad de crear un mundo mejor para sí mismos utilizando la política tradicional. Quizá la aportación de la literatura científica precedente pueda sintetizarse como la caracterización de la generación millennial en tanto que autocomplaciente, narcisista e individualista. La investigación se contradice en cuanto a si es tan progresista respecto al género como las generaciones anteriores o si los conflictos entre lo laboral y lo familiar que han experimentado en sus propias familias han hecho que algunos/as de ellos/as anhelen un pasado en el que las familias eran más tradicionales. Aun así, hay investigaciones que sostienen que esta generación es más crítica que cualquier otra anterior con las normas de género que restringen sus elecciones. Tras este resumen pasamos a conocer a las adultas emergentes de este estudio.
Los datos cualitativos presentados en las siguientes páginas no son comparables entre generaciones. El estudio se basa completamente en las historias de vida de 116 millennials del área metropolitana de Chicago que tenían entre 18 y 30 años de edad en 2013. La mayoría eran estudiantes universitarios/as o recién graduados/as. Se trata de la primera recopilación de información destinada a investigar profundamente cómo esta generación se relaciona con la estructura de género en su totalidad. Nuestras entrevistas cubrieron el nivel de análisis individual mediante preguntas profundas sobre el sentido del yo. También les interrogamos acerca de las expectativas de género que tienen con respecto a las demás personas, y cómo experimentan lo que se espera de ellas y ellos en la interacción con familiares y amistades.
En sus relatos se incluye si experimentan la estructura de género como opresiva y, de ser así, cómo es esta experiencia. También preguntamos, y respondieron de manera exhaustiva, sobre cuáles eran sus creencias ideológicas y si son necesarias las normas que diferencian las vidas de hombres y mujeres; así como sobre las experiencias de género que han tenido debido a las normas y los reglamentos institucionales. Esta investigación añadirá profundidad y amplitud a lo que sabemos sobre la generación millennial y el género en tanto que estructura social.
* Incluimos en el título del capítulo los tres artículos posibles para denotar el género de las personas (los, las, lxs) que se utilizan en nuestro contexto con la intención de remarcar la pluralidad de expresiones de género que podemos encontrar entre la generación millennial. Utilizaremos este recurso a lo largo del libro cuando nos refiramos a las personas no binarias o a las personas que rechazan cualquier expresión de género en tanto que identidad. Obviamente, esa distinción no consta en el título original en inglés (N. de la T.).
1 En nuestro contexto se habla de la «generación yo», pero más de la «generación millennial» (N. de la T.).
2 La autora se refiere con este «estar sin rumbo» a tener trabajos distintos simultánea o sucesivamente, y no contar con un proyecto definido sobre todo en el ámbito laboral (N. de la T.).
3 Joyce A. Martin et al.: «Births: Final Statistics for 2013», National Vital Statistics Reports 64(1), 2015, en línea: <http://www.cdc.gov/nchs/data/nvsr/nvsr64/nvsr64_01.pdf>.
4 Destination weddings es la denominación con que se conocen las bodas que se realizan en un lugar o localidad distinta de aquella en la que vive o de la que procede la pareja. Normalmente se trata de lugares «exóticos» (N. de la T.).
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