Kitabı oku: «Evolución y complejidad»

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EVOLUCIÓN

Y COMPLEJIDAD

Jordi Bascompte y Bartolo Luque



Director de la colección:

Fernando Sapiña

Coordinación:

Soledad Rubio

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© Del texto: Jordi Bascompte y Bartolo Luque, 2012

© De la presente edición:

Càtedra de Divulgació de la Ciència, 2012

www.valencia.edu/cdciencia cdciencia@uv.es

Publicacions de la Universitat de València, 2012

www.uv.es/publicacions publicacions@uv.es

Producción editorial: Maite Simón

Interior Diseño: Inmaculada Mesa Maquetación: Communico, C. B. Corrección: Communico, C. B. Cubierta Diseño original: Enric Solbes Grafismo: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-8940-9

ÍNDICE

Introducción: Los grillos están muy bien, pero hablemos de evolución

Teorías

La teoría de la evolución

Capítulo 1. La generación de complejidad

Relojeros ciegos

El ojo, una magnífica... chapuza

La ley de Dollo

Escuche

¿Se incrementa la complejidad de los organismos a lo largo de la evolución?

¿Se incrementa la complejidad por un mecanismo activo o pasivo?

Columnas vertebrales.

Tendencias evolutivas, direccionalidad y progreso

Caballos y foraminíferos

Progreso y oportunismo

La aparición de la célula eucariota

El origen de los metazoos

La evolución como proceso contingente

Capítulo 2. Restricciones de desarrollo

Funcionalismo

Ejemplo de funcionalismo: la radiación adaptativa en la extremidad de los tetrápodos

Estructuralismo en biología

La utilidad de los monstruos y el origen del orden.

Desarrollo embrionario y formación de patrón

La formación del patrón de pelaje en los mamíferos.

Formación de la extremidad en los tetrápodos

Hacia una biología estructuralista

Capítulo 3. Procesos evolutivos a múltiples escalas

Deriva genética

Micro y macroevolución: el tempo del cambio evolutivo

Trilobite: un ejemplo de cambio gradual

Moluscos: ejemplo de cambio abrupto

El desacoplamiento de la micro y la macroevolución

Selección de especies y tendencias evolutivas

La evolución como proceso a múltiples escalas

Heterocronías: alteraciones en el proceso de desarrollo como origen de novedad evolutiva

Capítulo 4. La Reina Roja y las extinciones: ¿sobreviven los más aptos o los más afortunados?

Extinciones

El modelo de la Reina Roja

Las extinciones en masa

¿Sobreviven los más aptos o los más afortunados?

La alternancia de regímenes macroevolutivos: hacia una visión jerárquica de la evolución

Las substituciones de unos grupos por otros

Deje los bivalvos y llévese los braquiópodos

Invasión

Contingencia y convergencia

Capítulo 5. Un mundo de relaciones enredadas

Redes de vida

Beneficio mutuo

They Rule: compañías, directivos e influencias de poder

La red Internet

Una mirada matemática

El talón de Aquiles

La red de la biodiversidad

Muñecas rusas

Convergencia y complementariedad

Dependencias débiles y asimétricas

Filogenias y ecología

Dinámica mutualista

Comprender para actuar

Epílogo: El juicio del mono

Bibliografía

Índice analítico

Introducción LOS GRILLOS ESTÁN MUY BIEN, PERO HABLEMOS DE EVOLUCIÓN

El grillo campestre (Grillus campestris) es el cantautor que más escuchan los españoles en verano. Su chirrido es inconfundible. En China y Japón los grillos son apreciados como insectos cantores y se encierran en cajas en las casas; algo parecido a lo que nosotros hacemos con ciertos pájaros. Además, en China son muy populares los combates de grillos. ¿Cuatro personas con las cabezas pegadas alrededor de un cuadrilátero en miniatura? La tecnología hace milagros: los combates se transmiten por pantallas gracias a cámaras con potentes zums.


Figura 1. Nuestro grillo patrio, el grillo campestre (Grillus campestris).

Aunque los entomólogos no se ponen del todo de acuerdo, parece que se conocen más de 2.200 especies de grillos. Son insectos que pertenecen al orden de los Ortópteros, como los saltamontes y las langostas. La principal característica que define a este grupo es que sus extremidades posteriores están adaptadas para el salto. Son capaces de saltar hasta treinta veces su longitud. A pesar de que los grillos tienen alas, raramente las usan para volar, prefieren escapar mediante saltos. De hecho, el principal uso que dan a sus alas es el canto. Los grillos consiguen grillar gracias a sus alas, que tienen una nervadura en forma de dientes de sierra, con lo que, al frotarlas, producen ese característico «cric-cric».

Como mucha gente que vive en el campo sabe, los grillos incrementan la frecuencia de sus chirridos con la temperatura. Lo que no es tan conocido es que lo hacen de forma tan precisa, que se pueden utilizar como termómetros. Un caso que ha sido bien estudiado es la frecuencia del «cric» de un pequeño grillo americano, el Oecanthus fultoni. Si contamos el número de «crics» de un grillo de esa especie en 7 segundos y sumamos 5 nos dará la temperatura a la que se encuentra en grados centígrados. En el caso de nuestro grillo campestre, los números serán ligeramente diferentes, pero su chirrido es suficientemente lento y claro como para contarlo sin problemas. Es un experimento que cualquiera puede hacer durante sus vacaciones de verano en el campo.

¿Por qué los grillos funcionan como termómetros? En general, las reacciones químicas se producen más rápidamente a mayor temperatura. Fue el químico-físico suizo Svante Arrhenius quien, en 1889, dedujo la expresión matemática que relaciona la velocidad de reacción y la temperatura a la que se produce. Los grillos, como todos los organismos, son contenedores de una enorme cantidad de reacciones químicas que llamamos metabolismo. Como los grillos no autorregulan su temperatura corporal como los mamíferos, la velocidad de sus reacciones metabólicas depende de la temperatura ambiente. En cierta manera, el chirrido de los grillos es una demostración macroscópica de la ecuación de Arrhenius. En realidad la ecuación de Arrhenius es una relación exponencial entre la velocidad y la temperatura, pero para valores pequeños de temperatura se ajusta bien a una relación lineal.


Figura 2. Ejemplar de un pequeño grillo de la espece Oecanthusfultoni. La frecuencia del cric de este grillo en función de la temperatura ha sido bien estudiada. Si contamos los crics que emite durante 13 segundos y sumamos 40, obtendremos aproximadamente la temperatura en grados Fahrenheit a la que se encuentra el grillo.

A una temperatura dada, cada grillo emite en una frecuencia ligeramente diferente. Cuando un conjunto de ellos entra en sincronía por acoplamiento, se consigue una frecuencia consenso. Curiosamente, el ajuste lineal con la temperatura del que hablábamos unas líneas más arriba se sigue entonces de forma más exacta. Se trata de un maravilloso ejemplo de lo que los estadísticos llaman «regresión a la media».

Los grillos grillan por sexo. Sus serenatas nocturnas intentan atraer a las hembras. De hecho, las hembras no tienen la capacidad de producir ese característico sonido. Los grillos macho emplean el sonido también para marcar su territorio, en los combates o como alarma de peligro. Si emiten sonidos deben de tener oído. ¿Se han preguntado alguna vez dónde se localiza? Los insectos, para nosotros, mamíferos, son como extraterrestres: aunque aún no conocemos bien cómo funciona, sabemos que los grillos poseen una especie de tímpano auditivo en las extremidades anteriores, en las patas.

Figura 3. Svante Arrhenius fue premio Nobel en 1903 y el primer científico en hablar del efecto invernadero producido por el CO2 a nivel mundial.

Hay veranos en que el campo suena como una «jaula de grillos» y otros en que apenas se oyen. ¿A qué es debido? Es un bonito problema de dinámica de poblaciones. La responsable es una mosca de menos de 1 cm. Se llama Ormia ochracea. La mosca hembra parasita a las especies de grillo del género Gryllus, como nuestro grillo campestre. Localiza al grillo gracias a su chirrido y le inyecta sus larvas en el cuerpo. A la semana el grillo muere comido desde su interior. A pesar de que ellas los prefieren cantores, no todos los grillos machos tienen tanta afición a las serenatas. Hay grillos simplemente merodeadores. Que un grillo sea cantor o merodeador depende de sus genes. Que abunden más unos que otros en un determinado año depende de la población de moscas parasitoides. Si los cantores son mayoría, la población de moscas aumentará, cebándose con los cantores, que dejarán poca descendencia para el año siguiente. De modo que en esa hornada la mayor parte de grillos serán merodeadores, no detectables por el parasitoide. Consecuentemente la población de moscas disminuirá, lo que representará una nueva oportunidad para los grillos cantores; porque recordemos que ellas los prefieren cantores.


Figura 4. La pequeña Ormia ochracea preparando el desayuno para sus crías.

¿Cómo localiza la pequeña mosca Ormia ochracea a los grillos cantores? Como los grillos muestran su máxima actividad por la noche, las moscas no usan su visión para localizarlos, sino su especial capacidad auditiva. La pequeña mosca posee dos diminutos oídos de aproximadamente 1 mm2 de área, que están situados en la parte delantera del tórax.

Los entomólogos se han preguntado durante mucho tiempo cómo era posible que con un aparato auditivo tan minúsculo, Ormia tuviera semejante habilidad y precisión. Nuestros oídos, y los de muchos organismos, son capaces de localizar una fuente de sonido gracias a las diferencias de tiempo e intensidad con que cada oído percibe un sonido. Por ejemplo, si un sonido nos llega desde la izquierda, alcanza antes y es percibido con más intensidad por nuestro oído izquierdo que por el derecho. En los humanos, debido a la distancia de un palmo que separa nuestros oídos, percibimos diferencias de tiempos entre 500 y 700 microsegundos. La distancia entre oídos de Ormia es de aproximadamente medio mm. Si su funcionamiento fuera semejante al de los mamíferos, su sistema auditivo le permitiría captar diferencias de tiempo de a lo sumo 1,5 microsegundos. Y encima, la diferencia de intensidad posible de detectar estaría muy por debajo de un decibelio. Pero Ormia usa un astuto truco. Sus dos tímpanos están unidos por un pequeño exoesqueleto de un tamaño de menos de 2 mm. Lo que han descubierto los investigadores es que esa estructura flexible que engancha ambos tímpanos consigue amplificar la energía recibida. Ambas membranas vibran en fases y amplitudes ligerísimamente diferentes y el «presterum», así llaman al exoesqueleto, amplifica esta asimetría para que el sistema nervioso de la mosca sea capaz de determinar el origen del sonido. Con la ayuda del presterum, que actúa como puente intertimpanal, la diferencia temporal que la mosca es capaz de detectar se amplifica de 1,5 hasta 55 veces y la intensidad de menos de un decibelio a 10 decibelios. Hasta donde saben los biólogos hoy día, este mecanismo es único en el reino animal.


Figura 5. Situación de los «oídos» en el tórax de una mosca Ormia ochracea y esquema del funcionamiento del puente intertimpanal.

Teorías

Dan mucho de sí los grillos, ¿verdad? En realidad, no son una excepción, cualquier ser vivo es una maravilla desde una infinidad de puntos de vista. Como naturalistas podemos admirar miles de ejemplos de fascinantes adaptaciones y coadaptaciones (como la del grillo y la mosca). El público general disfruta con este acercamiento a la naturaleza, pero los científicos van mucho más allá intentando encontrar explicaciones lo más globales posible a lo que existe.

Por ejemplo, hemos visto que Arrhenius dedujo una expresión matemática que relaciona la velocidad de una reacción química con la temperatura a la que se produce. Y que éste es el motivo por el cual un grillo puede ser usado como termómetro. Pero hay un montón de fenómenos naturales que siguen la ecuación de Arrhenius. Entre ellos la velocidad de las hormigas, la frecuencia de emisión de luz de las luciérnagas o la frecuencia de las ondas alfa de nuestro cerebro.

También hemos hablado de la sincronización del chirrido de los grillos. Esta tendencia a la sincronización en la naturaleza ha llamado poderosamente la atención de los biólogos. Un caso espectacular es el de las luciérnagas macho, que son capaces de emitir pulsos de luz. Cada luciérnaga posee una especie de oscilador cuya frecuencia se ajusta en respuesta a los flashes de otros congéneres. Los machos se juntan por miles y logran sincronizar sus frecuencias para emitir un pulso de luz rítmico con la intención... de llamar la atención de las hembras a larga distancia, ¡claro! Algunas noches, a las orillas de los ríos de Malasia, miles de luciérnagas enamoran con un espectáculo de luces rítmicas. Un efecto hipnótico-auditivo parecido al que nos causan los grillos de nuestros campos cuando cientos de ellos sincronizan sus chirridos. Pero, nosotros mismos estamos formados por miles de osciladores acoplados. Nuestros ciclos circadianos (ciclos biológicos sincronizados con el día y la noche: sueño-vigilia, variación de temperatura corporal, tono muscular...), nuestras ondas cerebrales o muchos de nuestros procesos nerviosos están regidos por el acoplamiento de osciladores. El caso más ilustrativo es nuestro corazón. El tejido cardíaco está formado por miles de células musculares capaces de oscilar. Cada una oscila con su propia frecuencia, pero gracias a que están acopladas logran prodigiosamente sincronizar sus oscilaciones, hasta el extremo de poder escuchar su oscilación colectiva como un latido bien definido. Lo interesante es que en el tejido cardíaco no existe una célula líder que marque el ritmo a las demás. Si fuera así, el mal funcionamiento o la muerte de esta célula líder significarían un paro cardíaco fatal. La evolución ha optado por un sistema democrático, distribuido: ninguna célula lidera el proceso, los latidos son un resultado colectivo, la autoorganización del conjunto por el acoplamiento de osciladores.

La teoría de la sincronización no atañe solo a la biología sino a toda la ciencia. Es toda un área de la física teórica y aplicada (con el láser como estandarte). Si bien las ecuaciones que describen un oscilador y su comportamiento son sencillas, las posibilidades dinámicas de dos o más osciladores acoplados resultan todavía hoy intratables matemáticamente. Sin embargo, en los últimos años, a partir de los trabajos pioneros de investigadores como Charles S. Peskin, Arthur T. Winfree o Yoshiki Kuramoto, se han producido notables avances. Se debe en gran parte a las posibilidades que brindan los modelos por ordenador y a los intereses compartidos, bajo el nombre de ciencias de la complejidad, por físicos, matemáticos y biólogos desde hace un par de décadas. Quizá el descubrimiento reciente más importante en esta nueva orientación haya sido la inesperada conexión entre la sincronización en muchos sistemas biológicos y las transiciones de fase bien conocidas de la física estadística.

Cuando hablábamos de la relación entre las poblaciones de grillos cantores, merodeadores y su mosca parasitoide estábamos exponiendo un ejemplo de dinámica de poblaciones. Los ecólogos teóricos dicen que las tres poblaciones están acopladas, y son capaces de describir con ecuaciones matemáticas la dinámica de estas poblaciones con mucha precisión. La dinámica de poblaciones es una rama enorme y bien fundada de la ecología teórica que como bien puede imaginar el lector no se restringe a los grillos, sino que se aplica a ecosistemas de cualquier índole. Y cuya base matemática se extiende a toda la ciencia.

Incluso el extraordinario diseño del oído de Ormia, con el que acabábamos la sección anterior, puede contextualizarse dentro de la ingeniería. Desde su reciente descubrimiento, los bioingenieros están trabajando en el desarrollo de sonotones, audífonos y micrófonos direccionales basados en los espectaculares principios que usa Ormia ochracea. Desean aprovechar este diseño natural, producto de millones de años de evolución, para construir aparatos de 2 mm de tamaño, extremadamente sensibles y de bajo coste. Aprendemos y nos inspiramos en los seres vivos para desarrollar ingenios artificiales. Un interesante ejemplo de esta práctica lo constituye el Centro para el Diseño Inspirado por la Biología, en el Instituto de Tecnología de Georgia, en Atlanta, EE. UU.

Con todo esto queremos decir que los documentales de la 2 están muy bien, pero que la biología es algo más que conocer hasta los nombres de pila de los leones del Serengueti. La biología ha sido fuente de inspiración de maravillosas teorías y ha buscado explicaciones teóricas a sus competencias fuera de sus límites. En este libro hablaremos de algunas de ellas, aunque todas relacionadas con la teoría de las teorías, la teoría de la evolución.

La teoría de la evolución

Las especies evolucionan, cambian con el tiempo. Varios científicos en el siglo XVIII, como Georges Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788), y Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829), propusieron explicaciones a la evolución que resultaron incorrectas. Fue el naturalista británico Charles Robert Darwin en el siglo xIx, junto a su compatriota Alfred Russell Wallace, quienes propusieron de forma independiente la selección natural como mecanismo explicativo de la evolución. La teoría de Darwin, una de las contribuciones científicas más importantes de todos los tiempos, fue desarrollada en su obra El origen de las especies, publicada por primera vez en 1859. Y, por cierto, traducida por primera vez al castellano en 1877 por la editorial Perojo.


Figura 6. Georges Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788) y Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829). Charles Robert Darwin (1809-1882) y Alfred Russell Wallace (1823-1913).

El hecho de la evolución, que las especies cambian, ya era contemplado como cierto por muchos naturalistas en los tiempos de Darwin. El problema era que nadie había planteado un mecanismo plausible de su funcionamiento sin recurrir a la intervención divina.

Darwin lo describió y argumentó de forma enciclopédica en El origen de las especies.

¿En qué consistía el algoritmo propuesto por Darwin? En resumen, se puede afirmar que la selección natural opera de la siguiente manera:

1. Existe una variabilidad dentro de las poblaciones. Nuevas variantes tienen lugar continuamente fruto de la mutación y, en especial, de la recombinación genética en organismos sexuales.

2. Los nuevos caracteres se transmitirán a los descendientes.

3. Existen variantes más aptas que otras para la supervivencia. Los individuos que las posean tendrán por término medio una tasa de supervivencia y/o reproducción superior. Como consecuencia, a lo largo de las sucesivas generaciones, el nuevo carácter se irá extendiendo y estandarizado hasta quedar fijado.

La teoría de la evolución es hoy día una de las teorías mejor fundadas de la ciencia. Como decía el genetista Theodosius Dobzhansky (1900-1975): «En biología nada tiene sentido, si no es a la luz de la evolución». Pero su éxito ha desbordado a la propia biología. La psicología y la medicina evolutivas, la antropología estudiando las emociones humanas básicas, las capacidades innatas de lenguaje, la emergencia de la conciencia, la base biológica de la moral y la estética, la memética o nuestra comprensión de cómo funcionan el cerebro o el sistema inmune son algunos ejemplos del impacto del paradigma darwinista fuera de su disciplina de origen.

Al lector puede parecerle gratuito un libro más sobre evolución. Pero lo que tiene entre manos no es un libro al uso. Intenta integrar dos grandes visiones de la evolución que a menudo se presentan enfrentadas. Por una parte, la visión que enfatiza la contingencia, los accidentes congelados y la irreversibilidad, determinando una ciencia eminentemente histórica. Por otra, la visión más racional basada en la comprensión de los procesos de autoorganización similares a otros sistemas físicos alejados del equilibrio termodinámico, determinando una ciencia estructuralista. Este diálogo entre la contingencia y el estructuralismo bien podría resumir el diálogo entre la biología y la física que ambos autores representan. El resultado es una visión más rica y plural del fenómeno evolutivo, donde se ponen en evidencia paradigmas clásicos como la generalidad del proceso competitivo, la extinción de las especies menos aptas, el concepto de progreso y el rol dominante del gen en el proceso evolutivo.

Desde el descubrimiento de la doble hélice de adn como el soporte físico del material heredable hasta nuestros días, la biología molecular ha vivido un avance importantísimo, culminado con la secuenciación del genoma humano. No obstante, este éxito es solo parcial. Es manifiestamente difícil entender, por ejemplo, el proceso de formación de patrón durante el desarrollo embrionario a partir de la secuencia de adn. En este sentido, puede resultar iluminador entender la formación de celdas de convección que emergen de un líquido calentado por debajo o la formación de ondas espirales en reacciones químicas oscilantes. Análogamente a esos casos de autoorganización, la secuencia de adn proporciona las condiciones de contorno que permiten los procesos de morfogénesis. Pero para entender el resultado final se requiere una visión física dinámica.

La escuela dominante en biología evolutiva presenta un enfoque eminentemente reduccionista, en el que se tiende a extrapolar procesos que operan a escalas muy básicas con el objetivo de entender la totalidad del fenómeno evolutivo. La versión ortodoxa de la teoría evolutiva se basa en la genética de poblaciones y la microevolución, aunque es bien sabido que el proceso evolutivo abarca una gran gama de escalas. En las páginas que siguen revisamos los límites de dicha visión ortodoxa de la evolución mediante nuestro diálogo entre la contingencia y el racionalismo. Al hacerlo, queremos rendir tributo a dos abanderados del estudio de la evolución que nos han abandonado recientemente y cuyos escritos tuvieron una influencia enorme en nuestros particulares inicios científicos. Nos referimos al paleontólogo estadounidense Stephen Jay Gould y al biólogo del desarrollo español Pere Alberch.

Jordi Bascomptey Bartolo Luque

Capítulo 1

LA GENERACIÓN DE COMPLEJIDAD

El monasterio de Sant Pere de Rodes, sito en el Alt Empordà catalán, cerca de la frontera de España con Francia, es uno de los tesoros arquitectónicos más valioso, a la vez que desconocido, del románico. Su importancia para los eruditos, tanto histórica como arquitectónica, es indiscutible. Como su origen se pierde en la noche de los tiempos, el cenobio siempre ha estado rodeado de leyendas, como aquella que asegura que fue fundado por monjes que custodiaban los restos de San Pedro. Los primeros documentos históricos que lo mencionan datan de finales del siglo Ix. Por aquel entonces Sant Pere no era más que una pequeña celda monástica dependiente del monasterio de Banyoles. En el año 947 se independiza y en un brevísimo periodo de tiempo experimenta un crecimiento espectacular. Posteriormente sufre diferentes episodios de expansión y recesión. Pasa de ser un foco de espiritualidad y centro de peregrinaje, comparable a Compostela, a la decadencia debida a múltiples saqueos piratas e incluso al azote de la peste negra. Y acaba, finalmente, bien entrado el siglo xvIII, como un modesto monasterio.

Como en el caso de muchas construcciones antiguas, la arquitectura de Sant Pere de Rodes no puede desligarse de su historia. El monasterio es fruto de un proceso tortuoso a lo largo del tiempo, impensable como un todo construido de golpe. Por eso para los arqueólogos e historiadores del arte se trata de un complejo rompecabezas difícil de datar y contextualizar. Por poner un ejemplo: en el monasterio podemos encontrarnos partes de muros con motivos como el Opus Spicatum, piedras colocadas de forma inclinada, que desaparecen de la arquitectura religiosa del Empordà a principios del siglo xI; mezclados con motivos de construcción más tardía, como piedras colocadas horizontalmente. ¿Qué significa esto? Apunta un principio de construcción: Sant Pere de Rodes se ha formado a base de reutilizar partes ya existentes a las que se les confería una nueva función. Se ha ido construyendo sobre estructuras previas desde sus comienzos romanos. Esto significa que lleva escrita la historia de su evolución, del cambio a lo largo de los siglos. No podemos comprender la arquitectura actual de Sant Pere de Rodes sin los detalles de su historia: una buena analogía de cómo la evolución biológica va modelando a los seres orgánicos, de cómo se construye y esculpe su complejidad, el tema de nuestro primer capítulo.


Figura 7. Monasterio de Sant Pere de Rodes, 2004.


Figura 8. Hospital del monasterio de Sant Pere de Rodes (ss. x-xi). En su muro oeste se aprecia claramente el motivo Opus Spicatum, literalmente «en forma de espiga», piedras colocadas en forma inclinada.

Relojeros ciegos

La complejidad es como la pornografía: difícil de definir, pero fácil de reconocer. Así que, antes de atrevernos a probar una definición, vamos a dar por sentado que todos tenemos una intuición sobre ella. Una intuición que nos permite estar de acuerdo en que un reloj es más complejo que una piedra. Acordado esto, podemos abordar el tema de la complejidad biológica desde dos perspectivas bien diferentes: la primera enfatiza la relación entre complejidad y perfección; la segunda, por el contrario, se fundamenta en el binomio complejidad-imperfección.

El mejor representante de la primera línea fue, sin duda, William Paley, teólogo del siglo xviii. Paley fue autor de un tratado titulado Teología Natural o pruebas de la existencia y atributos de la divinidad recogidos a partir de los aspectos de la naturaleza, publicado en el año 1802. Un libro leído por todos los estudiantes ingleses del siglo xix, entre los que se encontraba el propio Darwin. El argumento que hilaba Paley, que de hecho había sido planteado previamente por autores como Jhon Ray e incluso Isaac Newton, decía sucintamente: imaginemos que uno va paseando por el campo y se encuentra una piedra. Nadie se extrañaría por tal encuentro. Pero supongamos que, en vez de una roca, se tratara de un reloj en buen estado. Inevitablemente inferiríamos la existencia de una mente inteligente, de su creador. En palabras de Paley:

Al inspeccionar un reloj, percibimos que sus diversos componentes se juntaron y encajaron con un propósito. La inferencia que hacemos es automática: que el reloj necesariamente tuvo un fabricante. Asimismo, el universo necesariamente tuvo un diseñador. Ese diseñador necesariamente fue una persona. Esa persona fue Dios.

Inferiríamos la existencia de un relojero con un plan de construcción bien definido a priori. Detrás de un diseño tiene que haber un diseñador y así, afirmaba Paley, cuando nos encontramos con un ser vivo, con su magnífica adaptación al medio y la complejidad de su estructura orgánica, se desprende la necesidad de un divino creador. Este argumento, conocido como la analogía del relojero, ha sido desmontado una y mil veces desde su primera exposición, que podemos encontrar ya en el siglo xii de la pluma de Santo Tomás de Aquino, que lo incluyó como una de sus pruebas de la existencia de Dios. Aun así, sigue siendo, en el fondo, la base del supuestamente nuevo movimiento antievolucionista del «diseño inteligente». Si el lector quiere leer un magnífico contraargumento, le recomendamos El gen egoísta, un libro del biólogo evolutivo y excelente divulgador Richard Dawkins.

Pero ¿es realmente «inteligente» ese diseño en el caso de los seres vivos? Mirando detenidamente, uno puede descubrir que las soluciones que nos presenta la naturaleza, en muchos casos, son barrocas o con inoportunos detalles poco satisfactorios desde el punto de vista de la ingeniería racional. Y son precisamente estas pequeñas imperfecciones las que más pistas nos aportan sobre el verdadero origen de los seres vivos. Ya Darwin en El origen de las especies nos habla de los órganos vestigiales, reliquias del pasado que ya no cumplen ninguna función. Ejemplos son la cintura pélvica de la ballena, a pesar de carecer de patas traseras, o las diminutas alas de los kiwis, inútiles para el vuelo. En nuestro caso, tenemos el coxis, vestigio de cola, y el apéndice, que probablemente ayudó a nuestros antepasados en la digestión de vegetales. Aunque en este último caso, estudios recientes apuntan a que, tal vez, el apéndice tenga un papel en el esquema de nuestro sistema inmune.

Los organismos no se han construido de golpe, bajo plano y de una vez por todas, como pensaba Paley, sino que son fruto de un proceso histórico contingente, no previsible. Como si en su construcción no hubiera un solo diseñador con un único plan, sino múltiples diseñadores que han ido buscando soluciones parciales a lo largo del tiempo y soportando con resignación la falta de previsión de sus antecesores. La morfología de los seres vivos, al igual que la del monasterio de Sant Pere de Rodes, lleva escrita la impronta de un proceso histórico y no podemos interpretarla sin ese contexto. La teoría de la evolución de Darwin nos ha explicado cómo la complejidad puede surgir de un proceso ciego, carente de objetivo o plan previo. Nos ha explicado cómo la naturaleza puede emular a un creador inteligente.


Figura 9. William Paley (1743-1805) empleaba la complejidad que exhibe la naturaleza como prueba de la existencia e implicación de Dios en la creación de los seres vivos.

Veamos con más detalle dos ejemplos. El primero se ha constituido en la imagen paradigmática de órgano complejo. Se trata del ojo de un vertebrado, estructura realmente compleja allí donde la haya.

Paley ya lo usaba como argumento persuasivo: «De no existir otro ejemplo que el ojo, bastaría para sostener la conclusión a la que hemos llegado, en cuanto a la necesidad de un Creador inteligente». Pero entremos en detalles.

El ojo, una magnífica... chapuza

Sobre la evolución del ojo, John Rennie ha escrito:

Generaciones de creacionistas han intentado contradecir a Darwin citando el ejemplo del ojo como una estructura que no podría haber evolucionado. La habilidad del ojo para proveer visión depende del arreglo perfecto de sus partes, dicen los críticos. La selección natural nunca podría haber favorecido las formas transicionales necesarias durante la evolución del ojo. ¿Qué tan bueno es medio ojo? Anticipándose a esta crítica, Darwin sugirió que aun un ojo «incompleto» podría conferir beneficios (como ayudar a las criaturas a orientarse hacia la luz) y de ese modo sobrevivirían permitiendo futuros refinamientos evolutivos. La biología ha vindicado a Darwin: los investigadores han identificado ojos primitivos y órganos sensibles a la luz en el reino animal y han ayudado a trazar la historia evolutiva del ojo a través de comparaciones genéticas. (Ahora parece que en varias familias de organismos los ojos han evolucionado independientemente).

Sin duda el ojo es un prodigio de la ingeniería, como podemos apreciar en el siguiente esquema: es exquisito el diseño del diafragma del iris, abriéndose o cerrándose en función de la cantidad de luz incidente; del cristalino, capaz de enfocar diferentes campos visuales gracias a la deformación que experimenta como consecuencia de la contracción de un haz de fibras musculares; de la retina, donde los fotones de luz son captados por células fotorreceptoras especiales, los conos y los bastones, que se encargan de transmitir hacia el cerebro las señales nerviosas que, una vez procesadas, constituirán nuestra imagen del mundo externo. Una verdadera obra de ingeniería, soberbia, perfecta... ¿O no?

Observemos la estructura del ojo con más atención. Es conocida popularmente la existencia de un punto ciego debida al punto de contacto del nervio óptico con la retina. Todos los mamíferos adolecen de este problema. Desde luego, ningún ingeniero hubiera cometido este error de diseño. De hecho, hasta la propia naturaleza ha conseguido evitarlo en otros casos, como en el ojo del calamar, por ejemplo.


Figura 10. Esquema de un ojo humano y corte transversal de la retina (Yesyd Rodríguez, 2008).

Pero menos conocida es la inesperada disposición de las células fotorreceptoras que conforman la retina. Resulta que, en vez de encontrarse enfrentadas directamente a la luz, tienen por delante una capa de células nerviosas; y para más inri, las propias células fotorreceptoras presentan el núcleo, luego el cuerpo celular y, posteriormente, la parte que es realmente capaz de captar la luz incidente.


Figura 11. No somos conscientes de la existencia de los puntos ciegos de nuestros ojos porque combinamos la información de ambos ojos o bien, cuando utilizamos uno solo, porque nuestro cerebro «rellena» por interpolación el hueco. Sin embargo, podemos realizar un sencillo experimento para comprobar su existencia: cierre el ojo derecho y sitúe el dibujo superior a unos 20 cm. Fije la vista en el punto grueso de la derecha y acerque muy lentamente el papel. En un momento determinado observará cómo desaparece el otro punto al entrar en el área sin sensibilidad óptica del punto ciego retiniano.

De esta manera, parte de la luz incidente se pierde por el camino. Aunque este porcentaje sea mínimo, se trata de una disposición que, de nuevo, nunca diseñaría un ingeniero. En otras palabras, se trata de una chapuza. Como dijo el premio Nobel François Jacob:

La selección natural no trabaja como un ingeniero, sino como un chapucero, un chapucero que todavía no sabe qué va a producir, pero recupera todo lo que cae en sus manos, los objetos más heterogéneos... un chapucero que aprovecha todo lo que encuentra a su alrededor para obtener algún objeto que sea útil.

La obra de la naturaleza no pone en evidencia la figura de un relojero o de un divino artífice, sino la de una magnífica chapucera. Por eso los biólogos evolutivos hablan de «diseño estúpido» en jocosa contraposición al «diseño inteligente» esgrimido por los nuevos creacionistas.

Hoy, gracias a las simulaciones por ordenador, se ha demostrado que el ojo ha podido evolucionar dando pequeños pasos. También sabemos que fases intermedias de esta evolución proporcionan ventajas evolutivas y que estas fases siguen estando presentes hoy en diferentes organismos. De modo que los nuevos creacionistas no utilizan ya el ojo, que tan buenos servicios les prestó, como argumento del diseño. Ahora tiran de nuevos ejemplos de «complejidad irreducible», como los propuestos por el bioquímico Michael Behe. Los flagelos de las bacterias, la coagulación de la sangre o el sistema inmune son ahora sus caballos de batalla. Según Behe, la evolución no puede dar cuenta de estos sistemas tan irreducibles porque no pueden haber aparecido paso a paso, ya que la falta de un solo elemento en ellos hace que no funcionen. En fin, tiempo al tiempo.

Estas son solo algunas de las pruebas de que el ojo, tal y como lo conocemos en la actualidad, no ha sido creado en un único paso, sino que es el producto de un tortuoso y largo camino evolutivo que le obliga a aprovechar estructuras previas. Los biólogos dicen que estas soluciones poco elegantes son resultado de restricciones históricas.

La ley de dollo

De hecho, una solución anterior puede ser, en las condiciones actuales, mejor que la existente, pero regresar a ella es muy improbable. La naturaleza es esclava de sus éxitos. Este carácter irreversible del proceso evolutivo está tan documentado que se conoce hoy en día como ley de la irreversibilidad evolutiva o ley de Dollo, en honor al paleontólogo Louis Antoine Marie Joseph Dollo (1857-1931), que la enunció por primera vez en 1890. En síntesis dice que una estructura o un órgano perdido en la evolución de una especie no reaparecerá en su línea descendiente. Puesto que en realidad se trata de una improbabilidad estadística, se conocen excepciones. Por ejemplo, muy recientemente, Michael F. Whiting ha demostrado que descendientes de ciertos insectos que habían perdido sus alas las habrían recuperado cincuenta millones de años más tarde.

Si bien la ley de Dollo no es impepinable, también es cierto que exhibe una generalidad que va más allá de la evolución orgánica, como apunta Harold J. Morowitz. Por ejemplo, en ingeniería del software: «La longitud de los programas y sus peculiaridades crean estructuras que no pueden revertirse sin que el programa quede destruido y haya que empezar de cero». Pensemos en el sistema operativo MS-DOS, el padre de Windows. En las primeras versiones de Windows se arrastraban una serie de problemas para manejar la memoria del ordenador, resultado de su herencia. En cierto modo el sistema operativo MS-DOS permanecía como «capa oculta» del sistema operativo Windows. La inoperancia llegó a tales niveles de surrealismo con las sucesivas versiones que finalmente hubo que rediseñar desde cero el sistema operativo Windows para hacerlo operativo.

Los estudiosos de la historia de la tecnología también encuentran en la evolución de la tecnología tendencias análogas a la ley de Dollo. Por ejemplo, ¿regresarán las botoneras giratorias para marcar en teléfonos? Parece que la tecnología también rara vez da marcha atrás en sus formas de uso.

Así que la evidencia indica que los principales pasos evolutivos, una vez dados, raramente se desandan y son las restricciones históricas las que explican el mantenimiento de órganos, estructuras y disposiciones que actualmente son poco efectivas o incluso carecen de explicación en términos de una adaptación inmediata. Si aún deseamos mantener la figura del relojero de Paley, será el relojero ciego y oportunista de la selección natural. Ciego porque no planifica y oportunista porque no ve más allá de la utilidad inmediata.


Figura 12. Louis Antoine Marie Joseph Dollo es recordado sobre todo por sus trabajos sobre el dinosaurio Iguanodon (literalmente «diente de iguana»). Llegó a montar varios esqueletos completos de iguanodones, como el que podemos ver en esta fotografía de 1880, en la capilla Saint-Georges. Todavía hoy, una decena de sus reconstrucciones son la principal atracción del Museo de Ciencias Naturales de Bélgica.

Escuche

Existen muchos ejemplos de imperfección y complejidad. Dos que nos atañen especialmente son los dolorosos problemas que nos causa la columna vertebral, eficaz para cuadrúpedos, pero nada adecuada para caminar erguido; o la limitación del ensanche de la pelvis femenina que acarrea serios problemas a nuestro nacimiento. Pero nos centraremos ahora con más detalle en la disposición del oído medio en los mamíferos.

Como es bien sabido, los mamíferos tenemos una cadena formada por tres huesecillos u osículos —el martillo, el yunque y el estribo, los huesos más pequeños del cuerpo humano; menores que un grano de arroz— que transmite y amplifica las vibraciones externas que alcanzan la membrana timpánica. A través de dicha cadena, la onda de presión llega a la membrana oval. A partir de aquí el sonido pasa a transmitirse por un medio líquido en el interior del caracol, donde existen receptores, células ciliadas que, al ser estimuladas, generarán una señal nerviosa que será conducida hacia el nervio auditivo, como podemos apreciar en la imagen.

Poseer tres huesos en el oído medio en lugar de uno —la colu- mela en el caso de las aves— nos dota a todos los mamíferos de una gran sensibilidad auditiva, una gran capacidad para discriminar sonidos. ¿Cómo se ha originado esta cadena de huesecillos en la línea mamiferoide? Su origen tiene que ver con la forma en que la mandíbula se articula con el neurocráneo, el casco óseo que resguarda al cerebro. Se trata de la historia de un paulatino robo de huesos que cumplían antiguamente funciones distintas. Durante la evolución de los reptiles a mamíferos, algunos huesos articulados de la mandíbula cercanos al oído desarrollaron una función secundaria: conducir el sonido. Con el tiempo perdieron su papel de articulación y pasaron a formar parte del oído. Se trata de un ejemplo de elementos que pierden su función y son reutilizados por la selección natural para desarrollar una nueva: una astuta chapuza al más puro estilo McGyver.

Figura 13. Esquema del oído humano.

Construyendo sobre estructuras previas se incrementa la complejidad. Pero semejante estrategia chapucera e irreversible impone un límite a la máxima complejidad alcanzable. Volviendo a la analogía con el software: Windows tuvo finalmente que deshacerse del viejo MS-DOS, creándose de cero, porque la estrategia chapucera alcanzó su límite.

¿Se incrementa la complejidad de los organismos a lo largo de la evolución?

Carl Nilsson Linneo (1707-1778), al clasificar los seres vivos por sus semejanzas y diferencias, esperaba reflejar el plan de la divina creación. Seguía la vieja idea aristotélica de ordenar en una escala de complejidad que arrancaba desde la materia inerte hasta el puro espíritu: la gran cadena del ser o scala naturae. Es una evidencia que, desde el origen de la vida, la evolución ha generado organismos más y más complejos, ¿pero es este incremento de complejidad una propiedad del proceso evolutivo per se?


Figura 14. Carl Nilsson Linneo, retrato de Alexander Roslin hacia 1775 (Academia Sueca de la Ciencia).

Para responder a esta pregunta necesitamos, ahora sí, precisar lo que entendemos por complejidad.

Daniel W. McShea propone que la complejidad es una determinada función del número de partes distintas que configuran el objeto estudiado y de su grado de diferenciación. Cuando decimos: «tiene menos detalles que el salpicadero de un Panda», estamos comulgando con esta sencilla idea de complejidad. Haciendo más concreto este criterio, el biólogo evolutivo del desarrollo John Tyler Bonner propone medir la complejidad de un organismo sencillamente a partir del número de tipos celulares diferentes que lo constituyen. Nuestro propio cuerpo está constituido por millones de células que pueden clasificarse en un reducido número de grandes tipos, alrededor de 210. Ejemplos son las células epiteliales, que constituyen la barrera externa del organismo; los glóbulos rojos, que transportan el oxígeno a través de la sangre, o las neuronas, que captan, procesan y transmiten el impulso nervioso.

Figura 15. La aparición de la mandíbula es, seguramente, uno de los eventos evolutivos más importantes en la historia de los vertebrados. Supuso una abrumadora mejora en la capacidad para capturar presas y alimentarse. Hay bastantes evidencias para sostener que la mandíbula se originó a partir de elementos propios del esqueleto visceral de los peces, una serie de arcos que permitían extender la faringe, y por consiguiente, contribuían a mejorar la circulación del agua. En concreto, uno de los arcos viscerales se modificó dando lugar al arco mandibular. ¿Cómo se articuló este arco mandibular con el neurocráneo? En los animales tetrápodos, vertebrados que poseen dos pares de extremidades pentadáctilas, entre lo que nos encontramos anfibios, reptiles, aves y mamíferos, los elementos mandibulares contactan directamente con el neurocráneo. La mandíbula superior está ahora formada por dos huesos, el maxilar y el premaxilar (Mx. y Pmx. en la figura). La mandíbula inferior, a su vez, está constituida por el dentario, el articular (D. y A.) y el angular, aunque en los mamíferos esta disposición variará. De esta manera, en los tetrápodos, el hiomandibular (H. M.) queda libre de su función suspensoria. Un hueso que pierde su función puede ser reutilizado por la selección natural para desarrollar una nueva función. Y en este caso dará lugar al hueso del oído, la columela en las aves y el estribo en los mamíferos. En el grupo de los tetrápodos, la mandíbula superior y la inferior se articulan mediante el par de huesos articular-cuadrado (A. y C.). Pero en los mamíferos tiene lugar un nuevo cambio. El hueso dentario crece mucho, hasta que pasa a constituir la totalidad de la mandíbula inferior. Durante este crecimiento llega a contactar directamente con el neurocráneo, para acabar articulándose con él. La consecuencia de esta reordenación es que todos los huesos que formaban parte de la antigua articulación quedan «liberados», se convierten en materia de derribo para su reutilización por la selección natural. En este caso, se utilizan para formar parte del oído. El cuadrado dará lugar al yunque y el articular al martillo. Ambos se unirán al ya constituido estribo formando una cadena de huesecillos que discriminarán mucho mejor el sonido y ofrecerán una clara ventaja adaptativa a los primeros mamíferos.

Bajo este criterio nos encontramos con un amplio abanico de complejidades morfológicas, desde organismos unicelulares, como un protozoo, con una sola célula; organismos con dos o tres tipos celulares, como las mixobacterias, un grupo de bacterias que forman esporas; con cuatro tipos celulares, representadas por algunas especies de algas y hongos en las que existen dos células somáticas distintas además de los gametos sexuales diferenciados; las esponjas y los cnidarios, que tienen entre 9 y 12 tipos celulares distintos; las plantas superiores, que presentan 30; los animales invertebrados, constituidos por aproximadamente 55 células distintas; y, finalmente, los vertebrados más recientes, que poseen alrededor de 210. Bonner sugiere que el número de células diferenciadas o tipos celulares es proporcional, groso modo, al tamaño del organismo, aunque con muchas excepciones. Por ejemplo, un elefante es mucho más grande que un ratón, pero ambos poseen el mismo número típico de células diferenciadas de los mamíferos.

En cualquier caso, sí que podemos afirmar que, a escala global, desde la aparición de la vida hasta el origen de las plantas superiores y los metazoos, ha habido, sin ningún género de dudas, un incremento neto del tamaño de los seres vivos, del número de sus células diferenciadas y de su complejidad orgánica. Llegados a este punto, caben a continuación dos posibilidades: primera, que el incremento de complejidad haya sido «pasivo» y, segunda, que el incremento de complejidad haya sido «activo».

El primer organismo que apareció tenía que ser forzosamente sencillo, puesto que la historia evolutiva nos muestra que la complejidad siempre se forja sobre soportes previos. Por otro lado, existe un límite mínimo de complejidad y de tamaño para que un organismo sea viable. Todo ello implica que los primeros organismos debían de estar situados cerca del límite inferior de la complejidad. Podemos visualizar la situación a través de un espacio abstracto de formas o morfoespacio unidimensional, una recta, con el extremo inferior acotado y todo el espacio a su derecha libre para incrementar la complejidad orgánica. Imaginen una gota de tinta azul en el extremo izquierdo de un delgado tubo de vidrio lleno de agua. La tinta se difundirá poco a poco hacia la derecha. En este morfoespacio, la primera posibilidad, el incremento de complejidad pasivo, correspondería a una difusión acotada inferiormente. La segunda posibilidad, el incremento de complejidad activo, necesitaría de la existencia de una fuerza motriz-guía. Siguiendo con nuestro símil, esa fuerza podría estar provocada por la existencia de una corriente de agua de izquierda a derecha. Ahora podemos reformular la pregunta que encabeza la presente sección: ¿existe un incremento activo de complejidad a lo largo de la evolución?, y si la respuesta fuera afirmativa, ¿cuál es el mecanismo particular que guía y conduce tal incremento?

¿Se incrementa la complejidad por un mecanismo activo o pasivo?

Los estudiosos de la evolución hablan de dos posibles formas por las que un linaje puede experimentar un cambio en una determinada dirección. En realidad, ambas formas están enfrentadas. Una corresponde al tipo de cambio gradual considerado como clásico en teoría evolutiva. Darwin heredó de su contemporáneo el geólogo Charles Lyell la influencia del gradualismo. Durante el periodo geológico que va desde el origen de una especie hasta su extinción, el carácter observado, por ejemplo el tamaño, va modificándose de forma paulatina y gradual. En la siguiente figura (arriba) se ilustra este gradualismo mediante un cladograma. Un cladograma es una representación que relaciona descendientes con sus antepasados. El eje de abscisas representa el morfoespacio, el conjunto de formas posibles. En el eje de las ordenadas tenemos el tiempo en unidades arbitrarias. Cada línea temporal representa una especie y los puntos de ramificación corresponden a la aparición de nuevas especies, a los instantes de especiación. observemos cómo en este caso las variaciones evolutivas a lo largo del tiempo son suaves sobre el morfoespacio.

El segundo patrón de cambio evolutivo está esquematizado abajo en la misma figura. Dicho patrón corresponde al modelo de los equilibrios interrumpidos (PunctuatedEquilibrium) o equilibrios puntuados en su traducción literal del inglés, de uso más extendido. Brevemente, lo que nos interesa aquí y ahora es que en este caso el cambio no es gradual. Una especie permanece prácticamente inalterada desde su origen hasta que desaparece. El cambio tiene lugar de forma brusca, rompiendo largos periodos de estasis o equilibrio. Y acontece precisamente en el momento de la especiación, es decir, durante el proceso de formación de nuevas especies a partir de una ancestral. Observemos que ahora las ramificaciones no son suaves, sino que forman codos abruptos. En breves periodos de tiempo, geológicamente hablando, una nueva especie se aleja mucho en el morfoespacio de su ancestro.


Figura 16. Cladogramas que ilustran la evolución gradualista (arriba) y la evolución por equilibrios interrumpidos (abajo).

Centrémonos ahora en este último proceso de cambio. Imaginemos que tenemos registrada la variación en la complejidad de determinada estructura representada por su tamaño, a lo largo de una serie que relaciona a los descendientes con sus antepasados, mediante un cladograma como el de la anterior figura. El eje de abscisas representa la variable complejidad, en este caso simplemente el tamaño. En el eje de las ordenadas tenemos el tiempo. El movimiento a lo largo del eje horizontal (cambios de complejidad/tamaño) tiene lugar únicamente en el momento de la especiación. Desde la base del cladograma, la especie parental, hasta su parte superior, que representa a las especies más recientes, se ha producido un desplazamiento a la derecha del eje de las abscisas. Es decir, en promedio la complejidad de las especies actuales es mayor. Ahora bien, ¿cómo deducir a partir de este patrón si el proceso que la ha generado es activo o pasivo? ¿Si la tinta se ha difundido pasivamente o una corriente persistente la ha conducido?


Figura 17. Cladograma donde se observa claramente, a partir de un ancestro común en la base, un aumento de tamaño medio en las especies actuales en la copa.

La siguiente figura contiene dos cladogramas similares. En uno de ellos (izquierda) ha habido un incremento pasivo de la complejidad mediante difusión en un morfoespacio acotado inferiormente. En el otro (derecha) el proceso es activo o forzado. ¿Cómo distinguir entre ambos? La idea, desarrollada de forma brillante por Mc- Shea, es la siguiente: si comparamos la complejidad existente entre los dos extremos, es decir, entre la especie fundadora (especie B) y las especies actuales en la copa del cladograma, en ambos casos observaremos un incremento similar de la complejidad. Es decir, esta comparación no nos dice absolutamente nada de si este incremento ha sido activo o pasivo. Esto es así porque, en un principio, tenemos una especie B muy próxima al límite inferior de complejidad. Para distinguir entre ambos procesos hemos de comparar series filéticas, trozos del cladograma, tales que sus fundadores se encuentren dentro del rango intermedio de complejidad, sobre la zona media del eje de abscisas (especie A). Si el incremento ha sido pasivo, nos encontraremos al final de la serie filética con que, por término medio, habrá tantos incrementos como disminuciones de complejidad respecto a ella, como puede apreciarse en el cladograma izquierdo. Si, por contra, el incremento ha sido activo, nos encontraremos con que los descendientes tenderán a ser más complejos que sus ancestros (extremos desplazados más hacia la derecha del eje de abscisas, como en el cladograma de la derecha).

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