Kitabı oku: «Caminos y fundaciones: Eje Sonsón-Manizales»

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© Universidad Nacional de Colombia - Sede Manizales

Facultad de Ingeniería y Arquitectura

© Vicerrectoría de Investigación

Editorial Universidad Nacional de Colombia

© Jorge Enrique Esguerra Leongómez

Beatriz Elena Sierra de Mejía

Primera edición, diciembre de 2018

ISBN 978-958-783-666-0 (papel)

ISBN 978-958-783-667-7 (digital)

ISBN 978-958-783-663-9 (IBD)

Colección Arquitectura, Hábitat y Urbanismo

Edición

Editorial Universidad Nacional de Colombia

direditorial@unal.edu.co

www.editorial.unal.edu.co

Coordinación editorial

María Carolina Suárez Sandoval

Corrección de estilo

Olga Edith López

Diagramador

Bryan E. Sandoval H.

Diseño

Leonardo Fernández Suárez

Bogotá, D. C., Colombia, 2018

Conversión a ePub

Mákina Editorial

https://makinaeditorial.com/

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales

Catalogación en la publicación Universidad Nacional de Colombia

Esguerra Leongómez, Jorge Enrique, 1949-

Caminos y fundaciones : Eje Sonsón-Manizales / Jorge Enrique Esguerra Leongómez, Beatriz Sierra de Mejía. -- Primera edición. -- Manizales : Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Ingeniería y Arquitectura ; Bogotá : Universidad Nacional de Colombia. Vicerrectoría de Investigación. Editorial, 2020.

66 : ilustraciones (principalmente a color), fotografías, mapas, planos. -- (Colección Arquitectura, Hábitat y Urbanismo)

Incluye referencias bibliográficas e índice temático

ISBN 978-958-783-667-7 (e-pub). -- ISBN 978-958-783-666-0 (rústica). --

ISBN 978-958-783-663-9 (impresión bajo demanda)

1. Colonización -- Sonsón -- Manizales -- Caldas -- Colombia -- Siglo XIX 2. Migración interna 3. Población 4. Urbanismo -- Aspectos sociales I. Sierra de Mejía, Beatriz Elena, 1949- II. Título III. Serie

CDD-23 307.760986135 / 2020

Agradecimientos

El resultado de este trabajo tiene como antecedentes, primero, la vinculación del investigador principal a la Maestría de Historia y Teoría de la Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia (1989-90), en cuyo seno maduró la idea de adelantar un estudio sobre el origen de los poblados del departamento de Caldas, en cuya capital dicho investigador ejercía como docente de la Sede Manizales de la misma Universidad; segundo, la iniciativa del Grupo de Trabajo Académico en Patrimonio Urbanístico y Arquitectónico de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Manizales, para que se adelantara un proyecto de investigación sobre poblamiento que sirviera de soporte a los trabajos de memoria urbana de la región; y tercero, la aprobación del Consejo de Investigación y Desarrollo Científico de la Universidad Nacional de Colombia (CINDEC), en 1996, para desarrollar un proyecto de investigación con el título Poblamiento y urbanización del centroccidente de Colombia. Así se inició el trabajo con la financiación del Departamento de Investigaciones Manizales (DIMA), la vinculación de la profesora Beatriz Elena Sierra de Mejía como coinvestigadora y el apoyo de varios arquitectos recién egresados y estudiantes monitores, todos de la Sede Manizales. El proyecto se presentó a finales del año 2003 ante el DIMA y fue recibido a satisfacción, iniciándose así un proceso para su publicación con el título Caminos y fundaciones, eje Sonsón-Manizales, que se concretó finalmente cuando la convocatoria que hizo la Universidad Nacional de Colombia, en 2015, le dio vía libre a su realización impresa en 2018.

Como es lógico en un proyecto de investigación que logra su publicación quince años después, el resultado tuvo que ser revisado y actualizado, principalmente en temas relativos a la fundación de la ciudad de Salamina, cuyos estudios fueron profundizados por el investigador principal en ese lapso y que concluyeron con la publicación del libro La fundación de Salamina, Caldas, escenario y crónica de un conflicto de tierras (Esguerra, 2017).

Es necesario señalar que innumerables estímulos a este trabajo contribuyeron para su realización, en especial, el de los historiadores urbanos Jaime Salcedo y Jaques Aprile-Gniset, ya fallecidos, quienes, hace veintiocho años, en seminarios sobre el tema del patrimonio urbano y, particularmente, en la Maestría de Historia y Teoría de la Arquitectura, dieron aliento al investigador principal para que este estudio se adelantara. Así mismo, a los asesores del proyecto: el arquitecto e historiador urbano Carlos Niño Murcia; el doctor y especialista en historia regional caldense, Albeiro Valencia Llano; y el arquitecto urbanista José Fernando Escobar Ángel, ya fallecido, quienes aportaron con sus orientaciones experimentadas para que el método integrador propuesto pudiera concretarse.

Pero también es merecido nombrar a los compañeros profesores del Grupo de Trabajo Académico de Patrimonio, principalmente a su coordinador, el arquitecto Hernán Giraldo Mejía, interesado en que proyectos como el que emprendimos contribuyan en la valoración de la memoria construida. De igual manera, al arquitecto Jorge Enrique Robledo Castillo, quien trazó el derrotero para una nueva interpretación histórica urbana de la región, sin cuyas agudas observaciones sobre ella hubiera sido imposible alcanzar medianamente los objetivos propuestos.

En el campo de la gestión, es pertinente reconocer el apoyo de los coordinadores, del CINDEC y del DIMA, que, a pesar de las múltiples vicisitudes que tuvo este proyecto para poder desarrollarse, mostraron interés y colaboraron para que se llevara a cabo. Y al director del Departamento de Arquitectura y Construcción, arquitecto Gustavo Cortés Aristizábal, quien medió positivamente para que la investigación pudiera finalmente concluirse, nuestro más sincero agradecimiento.

Un trabajo de la complejidad como este que hemos abordado, en el que se abarca un territorio tan extenso y una época tan distante, hubiera sido imposible de realizar sin el aporte y la orientación personal de muchos investigadores y amantes de los temas históricos. El listado de colaboradores es en verdad grande, y con el riesgo de dejar a alguno sin mencionar, por lo cual ofrecemos de antemano nuestras disculpas, vamos a enumerar a algunos de quienes hicieron sus contribuciones desinteresadas, aquellos que dedicaron tiempo valioso para hacer orientaciones sobre temas relacionados con el proyecto, como los historiadores Roberto Luis Jaramillo, en Medellín; Octavio Hernández, en Manizales; y Alonso Muñoz, en Sonsón; el poeta Daniel Echeverri y el maestro Héctor Cataño, ya fallecidos, en Salamina. También están quienes pusieron a nuestra disposición material bibliográfico, cartográfico y fotográfico invaluable, como el comunicador Andrés Darío Calle Noreña, el historiador Roberto Luis Jaramillo, la artista plástica Liliana Villegas, el ingeniero Álvaro Mejía Berrío y el arquitecto Luis Fernando Acevedo Restrepo. El diseñador visual Ricardo Castro Ramos, quien dibujó los mapas que apoyan el texto, por sus acertados aportes en la diagramación de las imágenes. Y especial mención al arquitecto y fotógrafo Miguel Ángel Aguilar Gómez, pues sin el aporte de sus excelentes fotografías aéreas hubiera sido muy difícil la ilustración de los emplazamientos urbanos; así como a quienes, con sus observaciones sobre la región de Aguadas y Salamina, han contribuido a comprenderla, entre ellos, Luz Estela Tabares Amador y Juan Ahumada Farietta

Singular reconocimiento al maestro y comunicador Andrés Darío Calle Noreña, quien vivió este trabajo como si hubiera sido suyo. Por sus acertados comentarios y conceptos sobre la realidad histórica y geográfica de Antioquia, la grande, van nuestros más sentidos agradecimientos.

Contenido

Lista de figuras

Figura 1. Plano ciudad de crecimiento espontáneo (Nördlingen, medioevo europeo)

Figura 2. Plano ciudad “planificada” (Priene, Grecia antigua)

Figura 3. Plano ciudad con traza regular (Briviesca, península ibérica, 1208)

Figura 4. Plano ciudad ideal de Eiximeniç (1383)

Figura 5. Traza de Santa Fe de Antioquia

Figura 6. Mapa del centroccidente de Colombia durante la Conquista

Figura 7. Foto cañón del río Cauca

Figura 8. Mapa del centroccidente de Colombia durante la Colonia. Circunscripción de la ciudad de Arma

Figura 9. Plano Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín (1791)

Figura 10. Mapa del centroccidente de Colombia (finales de la Colonia) Localización de las concesiones Villegas y Aranzazu

Figura 11. Plano de la ciudad de Rionegro. Trazado irregular actual del centro histórico

Figura 12. Mapa del emplazamiento y traza de Sonsón

Figura 13. Mapa del emplazamiento de Abejorral en el cruce de caminos

Figura 14. Plano de Abejorral

Figura 15. Mapa del emplazamiento y traza de Las Aguadas

Figura 16. Foto emplazamiento de Aguadas

Figura 17. Mapa que representa los pasos sobre el río Cauca

Figura 18. Mapa del centroccidente de Colombia (1817-1824)

Figura 19. Mapa que señala las áreas de la concesión Aranzazu y del territorio de Sabanalarga (1817-1825)

Figura 20. Mapa que muestra los caminos de la colonización (1824-1837)

Figura 21. Ampliación del mapa de 1832 para apreciar las localizaciones de Salamina (sobre el nuevo camino) y Savana larga (sobre el antiguo)

Figura 22. Salamina sobre la cresta montañosa

Figura 23. Mapa que ilustra la concreción de la fundación de Salamina (1827) y las “donaciones” (1829-33) que Aranzazu hizo en su nueva posesión (González, Salazar y Compañía)

Figura 24. Mapa del emplazamiento y traza de Salamina

Figura 25. Foto del emplazamiento de Salamina

Figura 26. Mapa del emplazamiento y traza de Pácora

Figura 27. Foto del emplazamiento de Pácora

Figura 28. Carta Corográfica de la Nueva Provincia del Cauca

Figura 29. Ampliación del mapa de 1843

Figura 30. Mapa que señala el camino y las rutas de los colonos (1837-1843) que posibilitaron las fundaciones de Neira y Santa Rosa de Cabal

Figura 31. Mapa que ilustra las sendas de los colonos hacia Morrogacho (hoy Manizales)

Figura 32. Mapa que muestra los diversos asentamientos de labriegos en Morrogacho (1848), previos a la fundación de Manizales

Figura 33. Mapa que muestra la consolidación del cauce colonizador al sur de Salamina

Figura 34. Mapa de la localización de Manizales en el cruce de caminos entre Antioquia, Cauca y Tolima

Figura 35. Mapa del emplazamiento y la traza urbana de Aranzazu

Figura 36. Foto del emplazamiento de Aranzazu. Uno de los más difíciles de los concretados al sur del río Arma

Figura 37. Perfiles del recorrido de los caminos colonizadores, con la ubicación de los poblados en las cimas montañosas

Figura 38. Mapa que muestra la preeminencia de Manizales en la región durante los primeros años fundacionales (1852-1860)

Figura 39. Mapa del emplazamiento y traza de Manizales (1848). El círculo en línea punteada ilustra el área de ‘donación’ de González, Salazar y Compañía

Figura 40. Plano de la fundación de Manizales

Figura 41. Imagen de la capilla Pajiza de Manizales (simulación)

Figura 42. Foto aérea emplazamiento de Neira

Figura 43. Mapa del emplazamiento y traza de Neira

Figura 44. Salamina. Acuarela de Enrique Price (1852)

Figura 45. Foto aérea Pueblo Rico (municipio de Neira)

Figura 46. Foto aérea asentamiento espontáneo

Figura 47. Gráfico que muestra los índices de población de las tres ciudades mayormente pobladas al sur del río Arma, comparados con los de Medellín, Rionegro y Santa Fe de Antioquia (censos de 1843 a 1885)

Figura 48. Gráfico que ilustra el incremento poblacional de Manizales en la región, comparado con el de las otras ciudades principales, Sonsón, Aguadas y Salamina

Figura 49. Mapa del centroccidente de Colombia (1880-1900)

Figura 50. Mapa de Manizales. Plan de Rómulo Durán (1864)

Figura 51. Manizales. Plan de Rómulo Durán (1864)

Figura 52. Pila “de estilo” de Manizales, en la plaza, semejante a la de Salamina hacia 1900

Figura 53. Banco de los Andes en Manizales, construido en “estilo temblorero”

Figura 54. Foto de balcones corridos en Sonsón, herencia colonial, que aún hoy se mantienen aledaños a la plaza de Bolívar

Figura 55. Foto Sonsón republicano. Edificio con “miradores modernos, airosos y elegantes”

Figura 56. Imagen talla de un cancel de comedor

Figura 57. Foto de un detalle de la talla del maestro Tangarife, mostrada en la figura 56

Figura 58. Foto templo construido en 1889

Figura 59. Foto edificio republicano “de estilo” en “bahareque encementado”

Figura 60. Foto vivienda en Salamina

Figura 61. Foto vestíbulo de casa republicana en Manizales

Figura 62. Manizales. Conjunto urbano republicano sin alero hacia 1950

Figura 63. Salamina. Conjunto urbano de arquitectura republicana con alero en la actualidad

Figura 64. Foto calle abierta al paisaje natural

Figura 65. Foto Abejorral. Ascensión hacia la plaza

Figura 66. Foto emplazamiento de la cabecera del nuevo municipio de La Merced

Introducción

Los procesos de poblamiento y urbanización que se produjeron en la región centroccidental de Colombia1 en el siglo XIX, que fueron protagonizados principalmente por antioqueños, son temas que, en términos generales, han atraído la indagación de investigadores de las ciencias sociales –particularmente de los historiadores, economistas, sociólogos o antropólogos–, de la que se pueden extraer invaluables enseñanzas acerca de cómo se desarrollaron esos procesos en un lapso específico, cuáles fueron sus móviles, cómo se interrelacionaron los diversos agentes para su cometido, cuáles fueron las instituciones que las condicionaron, etc. Pero, a pesar de los esfuerzos por integrar las diversas disciplinas que necesariamente confluyen en su interpretación, siempre quedan vacíos, provenientes, la mayoría de ellos, de la escasa importancia que se le da a establecer la relación entre la sociedad que genera el poblamiento y el territorio que la acoge, principalmente en sus aspectos geomorfológicos; porque, además de los factores de clima, vegetación y demás variables que condicionan la adaptación ecosistémica, las formas que genera la especificidad geográfica, es decir, el relieve, el curso de los ríos, los espacios que acogen y favorecen la producción o la habitación o los que la rechazan, son determinantes en el análisis pertinente. Pero, con mayor razón, existen deficiencias en el estudio de los asentamientos que, con el tiempo, gracias a su ‘vocación’, se consolidaron como centros urbanos y permanecieron vinculados a desarrollos disímiles. Así, las investigaciones tendientes a esclarecer el fenómeno urbano que produjeron las gestas migratorias han sido, en verdad, escasos, por no decir que inexistentes, y algunas veces han incurrido en graves deformaciones, porque se han desconocido las particularidades del medio geográfico del centroccidente de Colombia como definitorias de los cauces del poblamiento y de la génesis de los poblados.

Por eso, dentro del objetivo de profundizar en los aspectos relativos a la ciudad de la región que le es inherente, la del “Eje Cafetero”, esta investigación responde a las motivaciones que, en su momento –finales de la década de los noventa del siglo XX y principios del nuevo milenio–, el Grupo de Trabajo Académico de Patrimonio Urbanístico y Arquitectónico de la Universidad Nacional de Colombia - Sede Manizales, venía adelantando para trabajar la problemática urbana de las migraciones del siglo XIX, de las que la denominada “colonización antioqueña” es la más relevante. Esa indagación avanzaba en forma puntual y circunscrita a casos muy particulares, como los de Manizales y Salamina; por eso, con el objeto de lograr una visión más amplia y, sobre todo, integradora, los cometidos fundamentales que propusimos para esta investigación fueron los siguientes:

1. Profundizar en la espacialización de los procesos de poblamiento y urbanización que hasta ahora han sido considerados como fenómenos que se desarrollaron en gran medida, y casi en forma exclusiva, en la coordenada temporal;

2. Responder a las preguntas de cómo y dónde surgieron, y cómo se desarrollaron las ciudades que fundaron los protagonistas del poblamiento; y

3. Entender las claves de esa historia urbana particular, que obedecieron a factores tan diferentes de los de hoy, porque su pervivencia ocurrió hace ya entre uno y dos siglos.

De igual manera, parte del objetivo de este trabajo se orienta a encontrar los soportes que justifiquen su realización, por tal razón, se hace necesario esclarecer la comprensión de la realidad urbana actual, para lo cual se esbozan algunos elementos de la situación cultural contemporánea del llamado Antiguo Caldas que nos sirvan de guía para el análisis historiográfico.

En los inicios del siglo XXI, observamos una serie de aspectos complejos y contradictorios relacionados con la región centroccidental del país; muchos de ellos afirman una particular tradición cultural y productiva reconocible incluso a nivel internacional; otros, de nueva data, sumamente preocupantes, relacionados con la crisis que ha envuelto a la economía, en general, y a la caficultura, en particular. Pero lo que es importante para el objeto de esta investigación es resaltar que tales aspectos repercuten de manera especial en las jerarquías y en las estructuras físicas de nuestras ciudades y campos. En verdad, desarrollos, si se quiere vertiginosos, que se produjeron a finales del siglo XIX y principios del XX en el Antiguo Caldas y su área de influencia, siempre comandados por la preeminencia económica y política de Manizales, se han tornado actualmente en tendencias opuestas, signadas por la involución productiva y los desequilibrios sociales y sectoriales. Ya no es la actual capital de Caldas la que traza los derroteros, sino que otras ciudades, como Pereira y Armenia, le han disputado –e incluso, arrebatado–, el dominio regional; tampoco se conserva el predominio del eje Yarumal-Manizales, que hace casi un siglo era el más importante del país, incluida Bogotá. Las poblaciones de la montaña –como Sonsón, Aguadas o Salamina– ya no desempeñan el liderazgo ni la dinámica de otras épocas. Los principales ejes de circulación terrestre se han desplazado de las cumbres andinas a las troncales carreteables sobre las márgenes de los ríos. Las bonanzas y las depresiones económicas, ligadas estrechamente al monocultivo cafetero, en últimas, deciden los cambios y las permanencias de ese organismo vivo que se ha construido en dos siglos de intervenciones antrópicas sobre ese territorio, especialmente en las ciudades donde la segregación y la fragmentación son las constantes. Pero, sobre todo, la noción de ‘cultura urbana’, tácitamente anunciada durante su incesante construcción de muchos años, desde cuando los emigrantes se propusieron fundar ciudades, hoy es un ente inasible y desdibujado en el que una ruralidad descompuesta se impone en los cada vez más grandes e incontrolados conglomerados ‘urbanos’.

La idea de ‘progreso’, que signó los derroteros de las ciudades caldenses durante su incipiente historia, particularmente en lo que respecta a su apariencia física, estuvo siempre dirigida a interpretar los paradigmas universales desde cuando se asomaron al mundo por medio de los negocios, primero de importación de mercancías y después de exportación de café. París y Londres fueron los modelos por imitar, y por intermedio de esa relación se intuyeron formas y maneras de hacer, sentir y pensar que, transpuestas a las realidades regionales y locales, originaron choques e incompatibilidades previsibles. La adaptación de tales modelos a las condiciones ecosistémicas de la región produjo resultados de innegable valor cultural, entre ellos, los que tienen que ver con la arquitectura y el urbanismo. Hoy, por ejemplo, es reconocida a nivel internacional la construcción del hábitat de la región centroccidental de Colombia, sustentada sobre sistemas constructivos de bahareque, considerada como una “cultura sísmica local” que ejemplifica una manera de hacer arquitectura sustentable, cultura regional que, sin embargo, ha permitido interpretar y asimilar muy particularmente las influencias estilísticas que han caracterizado las diferentes épocas de la historia. Hoy ese patrimonio es amenazado por el inexorable paso del tiempo, aunque no en la dimensión y en la gravedad como lo ha hecho la destrucción propiciada por las fuerzas del mercado que interpretan muy amañadamente la noción de ‘progreso’.

Por consiguiente, consideramos que el estudio de las condicionantes de orden histórico, junto con las determinantes de carácter geográfico de la región objeto de estudio, deben aportar al conocimiento de la esencia de nuestro sistema ambiental urbano y contribuirán, necesariamente, en la construcción de los desarrollos del área, en la medida en que se entienda que integrando su inmenso legado cultural en los planes y proyectos regionales y locales se agregará un valor indiscutible a sus potencialidades. Ya se piensa, por ejemplo, en el turismo, actividad que redundará, sin duda, en esos desarrollos, es decir, el patrimonio tangible e intangible puesto al servicio de una fuente de ingresos y de una inversión para el futuro. Pero lo importante es que no se sustraigan los procesos productivos y culturales de la vida misma ni de las comunidades, que deben ser las que trasmitan sus significados. El turismo ha de ser entendido no como un acto museístico y eminentemente contemplativo que considera congeladas unas formas de vida, sino como aquel que aprecia integradas las potencialidades de desarrollo, acordes con el siglo XXI, con las particularidades que han definido el carácter y el alma de nuestras ciudades y campos. Al respecto, como resultado de los estudios que las universidades Nacional de Colombia –en el ámbito del paisaje construido– y de Caldas –en el del paisaje natural– han aportado para la valoración de la región, la UNESCO acogió, en 2011, la declaratoria del paisaje cultural correspondiente, con el nombre que a nivel internacional tuviera mayor reconocimiento: ‘cafetero’. Así, preocupa que, al ser nominado “paisaje cultural cafetero”, se destaquen o se consideren únicos los rasgos culturales del cultivo del grano y se mitiguen, cuando no se excluyan, los otros valores que han construido la identidad de la región, y como resultado se convierta ya no en un ‘paisaje’ con sus vivencias productivas y culturales, sino en otro, que es un instrumento del turismo mal entendido, tal como está sucediendo en el Quindío: turismo para ver un museo, porque el turismo es “la industria” que ha pretendido reemplazar la producción cafetera en declive.

Límites espaciotemporales del objeto de estudio

Como lo anotábamos cuando propusimos esta investigación en 1995, el objeto de estudio abarca un área bastante amplia que se puede considerar como una línea general de investigación, dentro de la cual se pueden inscribir proyectos parciales que incluyan zonas geográficas y periodos históricos claramente definidos. En este sentido, en el cometido de abordar el inicio de una historia urbana de las características del movimiento poblacional del siglo XIX en el centroccidente del país, debido a su complejidad y vastedad, es preciso restringir los límites espaciotemporales, así como establecer el alcance temático de la investigación para definir un primer proyecto.

Las formas de poblamiento del territorio ocupado principalmente por los antioqueños en el siglo XIX y los tipos de asentamiento que han producido, ya sea de manera disgregada o asociada en conglomerados urbanos, conllevan, en líneas generales, características comunes perfectamente diferenciables de las de otros procesos nacionales, de tal manera que se les puede agrupar en un solo fenómeno, la llamada “colonización antioqueña2, que tiene unos mismos móviles originarios, produce similares formas de distribución y asentamiento poblacional, y se desarrolla mediante sistemas económicos y sociales semejantes. Los fundamentos de esa unidad y coherencia se derivan, precisamente, de las características de la provincia de Antioquia del final de la Colonia, aislada, circunscrita casi exclusivamente a la extracción y comercialización del oro y a la concentración de tierras, y de su despegue, ligado a la masiva migración forzada en búsqueda de nuevas tierras. Este despuntar social fue propiciado, primero, por las reformas borbónicas, y, después, por la propia Independencia, que, al eliminar el monopolio comercial de España, contribuyó a superar el extractivismo y el autoconsumo en pro de actividades productivas agropecuarias y a integrar a Antioquia al resto del país y a la médula del comercio nacional e internacional: el río Magdalena. Y como consecuencia del desarrollo de un mercado interno, se incentivó la creación de una red de mercados traducidos en centros urbanos, la más importante del período independiente en Colombia.

Por eso, la investigación que aquí se expone pretende encontrar los tipos de organización espacial urbana de la migración antioqueña que se desarrolló a partir de las poblaciones de Sonsón y Abejorral hacia el sur, desde finales del siglo XVIII, y que se afianzó con las fundaciones de Aguadas, Salamina, Pácora, Neira, Manizales y Aranzazu, hacia mediados del siglo XIX, territorio correspondiente a lo que es actualmente el departamento de Caldas. Esa es la vertiente más significativa, la que llamamos eje Sonsón-Manizales, que, además de ser la primera que se desarrolló, es la que permite encontrar los rasgos que pueden ser tipificados para el estudio de posteriores indagaciones sobre otros períodos y territorios. Se estudiaron, así mismo, los procesos de consolidación y evolución urbanas de esa misma zona en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, que corresponden con la conclusión de la parte fundamental de la ocupación de ese territorio, coincidentes con el cultivo del café para la exportación. Todo este derrotero está ligado a circunstancias de aislamiento geográfico y condicionado por medios de transporte que, sin excepción, se supeditaban a difíciles caminos de herradura. Por eso, consideramos que el modelo general de poblamiento se rompe definitivamente hacia la tercera década del siglo XX, con la aparición de las vías modernas de comunicación, que determinan tipos de distribución espacial diferentes, sugieren nuevos crecimientos y modifican sustancialmente las jerarquías urbanas existentes.

El alcance de la investigación, por otra parte, aunque debe contemplar el proceso poblacional y las características de las fundaciones de ciudades en sus tópicos físicos y socioespaciales, es necesario circunscribirlo a los aspectos más generales, de tal manera que permita la tipificación de las formas de asentamiento y posibilite detectar los posibles cambios de orientación, pero sin caer en particularismos que puedan menoscabar la intención de proporcionar las bases historiográficas y metodológicas que allanen el camino para nuevas investigaciones sobre temas específicos.

Para el desarrollo de la investigación se partió de los siguientes supuestos:

1. La “colonización antioqueña” del occidente de Colombia tiene su desarrollo a lo largo del siglo XIX, pero sus móviles iniciales hay que encontrarlos en la crisis socioeconómica de la Colonia y en la aislada Antioquia de fines del siglo XVIII.

2. Las transformaciones antrópicas producidas en la migración –apertura de senderos y caminos, tala de bosques, cultivos de subsistencia, trazado de poblados, construcción de viviendas, etc.– se caracterizan por el entronque con condiciones socioeconómicas y tecnológicas típicas de la Colonia española. Incluso, el modo de vida ‘urbano’, junto con sus soportes espaciales, tiene muy pocas diferencias con el establecido durante los cuatro siglos de dominio europeo.

3. La localización geográfica de los procesos de poblamiento y de los asentamientos urbanos obedece a una lógica distributiva que está fuertemente determinada por la difícil topografía de la región. Los caminos que la circulan se ubican por las crestas montañosas, y es allí, sobre esas rutas abiertas por los colonos pioneros, donde se establecen los poblados, ya sea por crecimiento espontáneo o por génesis fundacional.

4. Es solo con la generalización del cultivo del café para la exportación en la zona de colonización que comienzan a introducirse las modificaciones de orden socioespacial que han caracterizado la región y que la han diferenciado a nivel nacional. El inicio de este proceso se puede ubicar hacia finales del siglo XIX, y su consolidación, en las primeras décadas del siglo XX.

5. Las nuevas circunstancias generan el empeño por romper el aislamiento físico y cultural y por entablar nexos con el país y con el mundo. Solo con la conexión de la región mediante los medios modernos de transporte –a partir de la década de los veinte del siglo XX– y con la superación de la lógica distributiva de los caminos de herradura, se inicia la transformación sustancial de los modelos de poblamiento y urbanización, hecho que coincide con la agudización de la crisis y la aceleración de los flujos migratorios del campo a la ciudad.

En términos generales, esta investigación pretende analizar los nexos que existen entre los procesos económicos, sociales, políticos e ideológicos de la colonización antioqueña en el actual departamento de Caldas y sus manifestaciones físicas, espaciales y simbólicas. El resultado final debe mostrar los rasgos más generales que permitan la tipificación y caracterización de las formas de asentamiento urbano, en concordancia con el medio geográfico.

A nivel particular, se pretende enriquecer los estudios sobre poblamiento y urbanización en la región centroccidental del país y establecer las relaciones con los análisis que en tal sentido se han adelantado a nivel general en Colombia, con el propósito de contribuir a la fundamentación de nuevas investigaciones.

Establecer los principios generales de valoración del patrimonio urbano y arquitectónico de las ciudades y poblados objeto de estudio, de tal manera que estos faciliten y propicien el análisis sobre aspectos más específicos. En tal sentido, se pretende apoyar y fundamentar los proyectos de extensión de la Universidad Nacional de Colombia Sede Manizales que se apliquen en la zona analizada, tales como planes de desarrollo, reglamentación de centros urbanos, gestión ambiental urbana, intervenciones en el espacio público, proyectos arquitectónicos, etc.

El método de investigación requiere de dos tareas íntimamente relacionadas: en primer lugar, la revisión bibliográfica sobre el tema, tanto en los aspectos generales del país como en aquellos específicos de la región; en segundo lugar, el estudio de las ciudades y de los poblados de la zona objeto de análisis, que comprende la documentación cartográfica, planimétrica y fotográfica. El acercamiento al tema requerirá de un análisis en diferentes escalas, que va desde la distribución socioeconómica y política de la población a nivel geográfico regional, hasta la comprensión de sus significados culturales leídos en las estructuras espaciales y formales del orden urbano. El estudio parte de la constatación del estado del arte de la investigación sobre los flujos migratorios, que es básicamente temporal, para establecer su relación con el espacio geográfico donde se desarrollan.

De aquí se desprende la importancia de la cartografía y de los apoyos gráficos, que son determinantes no solo como fuentes documentales y como medios de indagación y análisis, sino como instrumentos de comprensión y ayuda en la exposición de los hechos.

1 La región centroccidental de Colombia es la que abarca el Antiguo Caldas (actuales departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío) y su área de influencia (norte del Tolima y del Valle y oriente chocoano).

2 El término “colonización antioqueña” fue empleado por primera vez por el geógrafo norteamericano James Parsons en su tesis La colonización antioqueña en el occidente de Colombia, investigación publicada en 1949 (PARSONS, 1997).

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La presente investigación tiene como principal basamento establecer nexos entre la historiografía de los procesos que le dieron origen a las ciudades de la “colonización antioqueña”, y las manifestaciones físicas, espaciales y simbólicas que se derivan de dichos procesos. En otras palabras, se trata, por una parte, de establecer el estado del arte de la indagación sobre el poblamiento y la urbanización en el eje Sonsón-Manizales, y por la otra, generar una nueva interpretación metodológica al confrontar la historiografía existente con el estudio de las características ambientales y geomorfológicas del territorio que acoge tales fenómenos sociales, para aproximarse al conocimiento del hecho urbano en su esencia e integridad. Porque en verdad son muy extensos los estudios históricos sobre la migración que se produjo hacia el sur de Antioquia en el siglo XIX, pero la gran mayoría están enfocados hacia el conglomerado humano en sí mismo, desligado de las condiciones físicas en que le correspondió moverse, tal vez por considerarlas de antemano conocidas; y cuando se las tiene en cuenta, se las describe como un telón de fondo o un marco al que no se ve integrada claramente la sociedad que lo transforma. Sí, se habla de la montaña, de la selva cerrada, de los pavorosos caminos, del clima inclemente, pero poco se indaga sobre su decisiva influencia en las formas de adaptación antrópica, de la ‘lógica’ del trazado de las sendas, de las formas de asentamiento, de la manera como se eligen los emplazamientos urbanos, de la orientación y tamaño de los trazados, del porqué de los sistemas constructivos y de su arquitectura, etc.

La interpretación histórica

En la aproximación al estado del arte de la historiografía del poblamiento y la urbanización, en el eje Sonsón-Manizales, se pueden considerar tres tipos de fuentes: en primer lugar, los textos pioneros, aquéllos que le dieron las primeras puntadas e interrelacionaron algunos hechos concretos, mantenidos en la memoria colectiva y difundidos por tradición oral, y también los testimonios, narrados por sus protagonistas, de personajes que consignaron sus vivencias y sus viajes en crónicas escritas; en segundo lugar, se encuentran los autores que tratan sobre obras puntuales de ciudades y pueblos, en las que profundizan el estudio de las localidades confrontando las narraciones orales con documentos escritos; si bien es cierto que muchos de estos textos se pueden considerar como fuentes secundarias con un marcado sello interpretativo, son trabajos que aportan datos documentales primarios de inmenso valor; en tercer lugar, podemos hacer la referencia a las obras extensas que tratan de abarcar la totalidad del fenómeno migratorio, con miradas críticas desde las diferentes ramas de las ciencias sociales. Como se van a relacionar en forma cronológica los diferentes autores, las fechas que en este aparte aparecen solas entre paréntesis corresponden a la primera edición de su obra más representativa.

Las historias locales

Debido a que las fuentes primarias utilizadas por la historiografía de los orígenes de los poblados estudiados tienen dos sustentos diferentes –uno, el de los textos pioneros que utilizan básicamente las referencias orales; y dos, las historias de las ciudades, que incluyen testimonios documentales escritos–, es necesario especificar estos dos tipos de aportes bibliográficos utilizados en esta investigación.

Los textos pioneros

En ellos se advierte la intención de historiar acontecimientos que les fueron narrados directamente a los autores por los protagonistas o por sus descendientes. El más significativo es el aporte del principal historiador de Antioquia en el siglo XIX, Manuel Uribe Ángel (1885), quien da las primeras luces para comprender los orígenes de los poblados que vamos a estudiar. También están las crónicas fundamentalmente ligadas a las fundaciones de las ciudades de Salamina y de Manizales. Son testimonios vivos y de gran significación por su invaluable aporte al conocimiento de los hechos históricos ‘tangibles’, pero, al mismo tiempo, no están exentos de apasionamientos y subjetivismos propios de quienes pretenden, no sin motivos, exaltar las heroicas acciones de sus ancestros, los fundadores de las respectivas ciudades. Tales son los casos de muchos cronistas cuyos escritos fueron recopilados en el Archivo historial (1917-19) y el de Juan Bautista López, Salamina, de su historia y de sus costumbres (1927). Estas son las pesquisas más cercanas, si se quiere, a una de las fuentes primarias: la del documento testimonial guardado por una tradición oral relativamente corta. Exponen el contacto casi directo e irrepetible con la epopeya del hacha que posibilitó ocupar gran parte del territorio andino nacional y describen, por ejemplo, la gesta pionera de Fermín López, fundador de Salamina y Santa Rosa de Cabal, y los esfuerzos de los colonos fundadores de Manizales por vincular la región recién ocupada con el río Magdalena y la capital de la República, consignados en Apuntes para la historia de Manizales, de José María Restrepo Maya (1914).

Pero, así como son de importantes estas crónicas por lo extraordinarias y por estar encarnadas en los personajes protagónicos, por el mismo motivo, también están sujetas a caer en visiones personales muy cerradas y que carecen de la objetividad necesaria para emitir juicios sobre la realidad histórica. Infortunadamente, estas fuentes son poco analizadas por la historiografía reciente, que toma como punto de partida obras posteriores que muchas veces desconocen o refutan sin apelación las afirmaciones orales, al no encajar sus relatos con las fuentes escritas archivadas. Por eso, es de suma importancia para esta investigación detenerse a mirarlas con ánimo desprevenido, porque en ellas hay testimonios que nos interesan en gran medida, ya que despejan muchos interrogantes referentes a una de las hipótesis que planteamos: la de que “la localización geográfica de los procesos de poblamiento y de los asentamientos urbanos obedece a una lógica distributiva que está fuertemente determinada por la difícil topografía de la región. Los caminos que la circulan se ubican por las crestas montañosas, y es allí, sobre esas vías, donde se establecen los poblados, ya sea por crecimiento espontáneo o por génesis fundacional”.

Las historias de las ciudades

Los autores de las narraciones que versan sobre cada uno de los poblados, si bien parten de los anteriores testimonios orales, van más allá de ellos, porque tratan de confrontarlos con documentos escritos indagados en los archivos, para producir textos con visiones más amplias e integradoras. Se destacan, entre estos, la Historia de la ciudad de Manizales, del Padre Fabo (1926), Manizales, contribución al estudio de su historia hasta el septuagésimo quinto aniversario de su fundación, de Luis Londoño (1936), la Historia de Aranzazu de José F. López Gómez (1935) y la Historia de Salamina del Padre Guillermo Duque Botero (1974); son exposiciones más frías, por estar desposeídas del contacto directo con los personajes, pero resultan valiosas por las fuentes primarias que manejan, extraídas de los archivos, lo cual permite aproximarse a juicios más objetivos. Sin embargo, los escasos documentos escritos de esa época iletrada, fundamentalmente los de la primera mitad del siglo XIX, revelan principalmente la historia oficial. Estos trabajos continúan magnificando las historias de las familias de los supuestos fundadores y de las clases dirigentes, y en ellos muchas veces se encuentran giros interpretativos bastante parciales, siempre dentro de la concepción de las historias de los personajes. Estos escritos han sido las guías más importantes para el conocimiento de la historia del origen y desarrollo de las ciudades del Eje Cafetero y, aun cuando tienen sesgos hacia posiciones políticas y religiosas de fuerte acento adulatorio, siguen siendo testimonios invaluables para comprender las mentalidades que construyeron la historia urbana de la región y son fundamento de nuevos trabajos que puedan aportar visiones diferentes a la historiografía de la colonización antioqueña.

Los giros en la historiografía

Una de las mayores polémicas que se han suscitado en torno a la gran migración de antioqueños hacia el sur es la que se ha agudizado en los últimos años acerca del papel que desempeñaron en ella los grandes latifundistas y los conflictos agrarios que se generaron entre ellos y los colonos. Ciertamente, aunque en forma tácita, esos conflictos se ven de alguna manera reflejados en las historias individuales y locales, dependiendo de la fuente que cada uno de los autores maneje y, claro está, de las motivaciones personales, políticas e ideológicas de cada uno de ellos. Si analizamos los escritos de Restrepo Maya, de Juan Pinzón y de Juan B. López, por ejemplo, observamos claramente cómo el protagonista es el “colono”, quien transforma la selva en agricultura y traza la primera red viaria, pero, además, quien funda y construye las ciudades. En esos relatos, el gran terrateniente aparece después, cuando ya se han hecho las aberturas y se han valorizado las tierras, con el único ánimo de especular comercialmente con ellas. Puede ser coincidencia el que los familiares y allegados de los que describen sus realizaciones sean colonos y no propietarios de las grandes concesiones territoriales, como es el caso del cronista Juan Bautista López, descendiente directo del colono Fermín López; y pudo influir el hecho contrario de que, en Salamina, Neira y Manizales, en torno a la Compañía de González y Salazar, propietaria espuria de las tierras, se produjeran documentos oficiales amañados que enaltecieran el protagonismo del latifundista. Pero el común denominador de esas pioneras crónicas resalta, sin duda, sustentadas en la tradición oral, el papel principal que tienen los colonos, con un gran esfuerzo e iniciativa comunitaria y sin el apoyo de los poderosos o de los gobiernos, a excepción de las gestiones que estos adelantaron para agilizar los trámites legales de constitución de los poblados, que quedaron escritas en documentos oficiales.

Salta a la vista, entonces, el giro descomunal en la interpretación histórica que le da el padre Duque Botero a la fundación de Salamina, apoyado en archivos documentales en verdad valiosísimos, pero que utiliza para pretender demostrar que el más grande terrateniente de la región, Juan de Dios Aranzazu, es protagonista de primer orden en la fundación de esa ciudad y, más aun, resalta su “probidad y altura moral” (Duque, 1974, p. 89). Este giro interpretativo lo ubica en abierta contradicción con su coterráneo Juan B. López y demuestra cómo las fuentes elegidas aquí provienen no del vago y pretendidamente indemostrable testimonio del trajinar sudoroso del colono, sino del rigor certero de la letra del archivo. Si nos atenemos a uno de las primeros análisis que se hicieron sobre la colonización antioqueña, el de Alejandro López (1927), en el que afirma que “en el siglo XIX solamente existían dos medios disponibles para conseguir tierras baldías: el uno es el papel sellado, ayudado de más o menos influencias personales [...]; el otro es el hacha” (Arango, 2001, pp. 42-43), podemos afirmar que las fuentes primarias también están determinadas por esas dos formas de colonización, y el padre Duque elige la primera como determinante y minimiza o desconoce la segunda, restándole importancia a juicios sobre la fundación de Salamina tan importantes como los que adelantaron el más grande historiador de Antioquia en el siglo XIX, Manuel Uribe Ángel (1885), o los historiadores Emilio Robledo (1916) y Juan Bautista López (1927). Con esto no queremos cuestionar la validez de las fuentes documentales escritas sobre las cuales el padre Duque hace un aporte importantísimo, sino defender las fuentes de la tradición oral y buscar mecanismos metodológicos para establecer sus relaciones con las que proporcionan los archivos, principalmente las cartografías antiguas, que, como veremos, serán determinantes para esclarecer las inconsistencias interpretativas. Por eso, en este trabajo se tratarán de confrontar de nuevo esos dos tipos de referencias, dentro de las posibilidades investigativas que se han planteado, fundamentalmente para esclarecer las razones de la elección de los caminos y el porqué de los nexos entre estos y los asentamientos urbanos.

La historiografía de la “colonización antioqueña”

Aparte de la complejidad que representa el abordar la inmensa bibliografía sobre la colonización antioqueña, uno de los aspectos más dificultosos de ella es el relacionado con los diversos enfoques con los que se la ha observado. Porque, en verdad, el tema ha atraído la atención de muchos investigadores no solo nacionales, sino extranjeros, tanto por la importancia de uno de los fenómenos regionales más sobresalientes de Colombia como por las repercusiones que han tenido sus procesos a nivel internacional, por su relación posterior con el cultivo del café para la exportación. Era entonces obligatorio comenzar por estudiar el trabajo que ha sido considerado como pionero: el del geógrafo norteamericano James Parsons, el primero que utiliza, no sin reservas, el término “colonización” para acometer el estudio integral de los procesos migratorios de la sociedad antioqueña en el siglo XIX, no sin antes aclarar que este aporte, junto con otros, la mayoría de extranjeros, está motivado en la búsqueda de las causas de la industrialización manufacturera de Antioquia en el siglo XX. En este sentido, estas investigaciones han pretendido establecer un parangón entre este proceso y el de la colonización del oeste norteamericano, y con las manifestaciones posteriores típicas del capitalismo desarrollado.

Pero también era imperioso ponerse en contacto, simultáneamente, con los trabajos más recientes sobre la colonización antioqueña, particularmente con los estudios de historiadores que, como Albeiro Valencia Llano, Roberto Luis Jaramillo y Marco Palacios, en los últimos años han analizado más en profundidad el desarrollo de los procesos sociales y culturales de la vertiente sur de la gran migración. Ellos han puesto en duda la posición de Parsons, que considera la región colonizada como el reino del trabajo democrático en tierras distribuidas equitativamente para miles de familias, y han demostrado, por el contrario, que el desarrollo del poblamiento generado en Antioquia estuvo signado por la segregación social y el conflicto por las tierras que habían acaparado unos cuantos concesionarios. Hoy se tiende a afirmar que, aunque sin desconocer sus particularidades y diferenciaciones con respecto a otros procesos sociales que se han producido en Colombia, los generados en Antioquia resultaron muy similares a los nacionales en cuanto a las condiciones desiguales de la propiedad de la tierra y las oportunidades de los pobladores.

Por eso, la historiografía reciente de la colonización antioqueña se debate entre apoyar la “novela rosa” o la “leyenda negra”, dependiendo de la mirada con que se la aprecie. Sin embargo, para hacer un análisis de esa historiografía, no es esta la clasificación estricta que aquí vamos a hacer, es decir, por sus resultados, sino otra diferente, que parte de los enfoques que los historiadores les han dado a sus investigaciones, casi siempre indagando sobre el origen del carácter antioqueño. Veamos a continuación esos enfoques.

La tesis del origen del carácter antioqueño: ¿innato o adquirido?

Los diferentes autores que han tratado sobre las causas que incidieron en los resultados de la gesta migratoria las relacionan con condicionamientos genealógicos, culturalistas o marcadamente económicos.

La tesis genealogista

Daniel Mesa Bernal, uno de los más importantes genealogistas de Antioquia, en su libro Polémica sobre el origen del pueblo antioqueño (1988) trae un completo panorama del debate que se ha desarrollado en torno al origen del carácter de sus habitantes, específicamente desde la visión de su supuesta procedencia étnica. Esta ha sido esgrimida con mucha frecuencia por quienes consideran que los “paisas” tienen particularidades en su comportamiento que los diferencian de otros conglomerados del país por la herencia ‘racial’, como si genes especiales hubieran determinado que esa región fuera relativamente una de las más industrializadas de Colombia en el siglo XX. Y, claro está, a la gran marea colonizadora antioqueña también la explican por una supuesta preponderancia étnica derivada de su origen, la mayoría de las veces tratado de demostrar como judío o vasco. La validez de todos estos argumentos es considerada por Mesa muy débil, y los defensores de uno u otro origen se han encargado de demostrar la falsedad del contrario (Mesa, 1988, pp. 73 y ss). Otros, indirectamente, hacen analogías entre la moralidad y la sicología antioqueña con la religión protestante, al igual que con la judía, para demostrar su papel en un supuesto desarrollo moderno capitalista. Al respecto, Mesa Bernal cita a Luis H. Fajardo (1966), quien dice:

Cuando uno lee las descripciones de la familia antioqueña, se encuentra con una serie de características muy parecidas a las encontradas por Sombart en su estudio sobre la familia judía o por Max Weber en su estudio sobre las sectas protestantes. (Mesa, 1988, pp. 24-25)

Lo mismo sería aplicable, continúa Mesa, a lo relacionado con la vida religiosa de los antioqueños. Y apunta que se tiene la idea de que estas influencias pudieron darse por la contribución de los inmigrantes europeos; pero concluye que, aunque valiosa, “poco influyó en los patrones de comportamiento del paisa, debido a su llegada tardía y en forma aislada” (Mesa, 1988, pp. 24-25).

Estas tesis genealogistas están cada vez más desprestigiadas y han sido superadas por otras más consistentes que introducen criterios antropológicos, ambientales y de relaciones sociales y productivas que son las que se han impuesto en los últimos años.

La tesis culturalista (la relación con el medio)

El principal exponente de esta posición es Parsons, quien en su obra La colonización antioqueña en el occidente de Colombia (1949) de manera prioritaria define el empuje del carácter antioqueño por las características adversas de la geografía en que se desenvuelve:

Las montañas templadas de los Andes más septentrionales del occidente de Colombia son la morada de los sobrios y enérgicos antioqueños, quienes a sí mismos se titulan ‘los yanquis de Suramérica’. Son sagaces, de un individualismo enérgico, y su genio colonizador y vigor han hecho de ellos el elemento dominador y el más claramente definido de la república. Su aislamiento geográfico, largo y efectivo, en las montañas del interior de Colombia, se refleja en un definido tradicionalismo y en rasgos culturales peculiarísimos. Ser antioqueño significa para ellos más que ser colombianos. (Parsons, J., 1997, p. 21)

Esta visión de Parsons, que es también tenida en cuenta por Everett Haven y Ann Twinam, no es compartida por otros autores. Por ejemplo, Mesa Bernal, reforzando seguramente su visión genealogista, considera que las difíciles características geográficas no son exclusivas de Antioquia. Y aduce que, dado que las condiciones en otras partes son iguales (como en Santander), se habrían presentado las mismas características en otros conglomerados del país (Mesa, 1988, pp. 23-24).

Claro que Parsons, junto con su visión especializada del medio geográfico característico, introduce otras particularidades que tienen que ver con los desarrollos ancestrales de sus habitantes. Según él, el hecho de “la terrible mortandad que siguió a los primeros contactos de los españoles” pudo influir en que “los sobrevivientes de los primeros cincuenta años de epidemias, trabajos forzados y reajustes fisiológicos agudos fueran un grupo selecto (...) que iba a proveer una porción importante de la cepa de la evolución de la ‘raza antioqueña’” (Parsons, 1997, p. 88). Y concluye que

muchos de los españoles, lo mismo que sus descendientes mestizos, se vieron obligados a emprender labores productivas por su propia cuenta. Esta circunstancia dio desde temprano un impulso a la tradición democrática del trabajo en Antioquia, en contraste con otras regiones del sur y oeste, donde el elemento indígena se ha mantenido más numeroso. (Parsons, 1997, pp. 22-23)

Y lo lleva a remarcar la idea de que durante los tiempos coloniales “los blancos constituían una aristocracia honorable, aunque sin cultura, cuyo rango era aceptado incuestionablemente por las clases inferiores” (Parsons, 1997, p. 24). Esta concepción de Parsons es la base que utiliza para interpretar el fenómeno de lo que él denomina “colonización moderna” para referirse a la migración antioqueña del siglo XIX, entre cuyos móviles destaca la pobreza de los vasallos durante la Colonia y las malas tierras de la provincia (Parsons, 1997, p. 114 y ss.).

El trabajo de Parsons, además de haberse constituido en la referencia indefectible de todos los trabajos sobre la colonización antioqueña, también fue, junto con los postulados genealogistas, el que principalmente generó la llamada “novela rosa” sobre el tema. Estudios posteriores con mayor profundidad sobre las relaciones sociales y económicas de los antioqueños y sus móviles poblacionales han introducido la polémica a Parsons, sin desconocer en absoluto su valor, que ya es considerado clásico.

El énfasis en la economía

Frank Safford (1965), historiador norteamericano que se ha interesado por los temas hispanoamericanos del siglo XIX, fue uno de los primeros en profundizar sobre la economía en Antioquia, y en ese cometido ha tropezado con las tesis en defensa de que los paisas tienen una predisposición especial por la economía y que tal predisposición se la da su origen vasco o judío, o bien se produce como reacción a las condiciones de aislamiento geográfico, tal como lo sostiene Parsons. Safford las refuta con mucha claridad en su obra Significación de los antioqueños en el desarrollo económico colombiano (1965), enfocada especialmente contra la postura de Everett Hagen, por cuanto este explica el empuje de los antioqueños por su origen vasco, por la experiencia en la minería, como una reacción contra la adversidad física y contra la superioridad de otros centros culturales y políticos (Bogotá, Popayán, Cartagena). Safford explica así su posición:

El argumento del presente ensayo es que el profesor Hagen puede presentar las cosas al revés. Parece más bien que los antioqueños se interesaban en la economía sobre todo porque vivían en un lugar en el cual la economía tenía algo que llamaba la atención. Eso es, la presencia del oro fue un estímulo bastante fuerte que no tenían por lo general las provincias de la Cordillera Oriental. Además, los otros colombianos no tenían a los antioqueños como inferiores, sino que les temían por su poder económico. Y las provincias económicamente más débiles crearon la leyenda de los antioqueños judaizantes como reacción de defensa. (Safford, 1965, pp. 49-50)

Entonces, Safford da la clave para entender el empuje de Antioquia en el siglo XIX: el estímulo del oro y de la ganancia de su explotación les enseñó a sus habitantes la virtud del trabajo en los negocios (Safford, F., 1965, p. 54). Y así concluye: “El factor más importante fue la lucrativa economía minera, que creó grandes posibilidades de enriquecimiento más o menos rápido, o en la minería o en el comercio, para algunos empresarios pequeños” (Safford, 1965, p. 67).

También es determinante el análisis que realiza Álvaro López Toro en su obra Migración y cambio social en Antioquia (1979) sobre las particularidades de la economía antioqueña de la Colonia, a las que considera contrastantes con las de otras regiones de la Nueva Granada donde predominaba el sistema agrario latifundista. Puntualiza que la clase de mineros autónomos, atraída por esa labor productiva, “contribuyó a la formación de una sociedad relativamente abierta y propicia para la horadación de la gran hacienda” (López, 1979, p. 14). En este panorama se manifestó el advenimiento gradual de una nueva clase social, compuesta por un grupo de comerciantes y “rescatantes”, importadores e intermediarios entre el agricultor o ganadero y el productor minero (López, 1979, p. 17). Estos factores generaron una mayor movilidad y dispersión demográfica, y sirvieron de base para orientar la colonización y el poblamiento del centroccidente de Colombia.

Finalmente, en su trabajo El desarrollo económico de Antioquia desde la Independencia hasta 1920 (1977), el historiador inglés Roger Brew realiza uno de los más completos estudios económicos sobre el desarrollo de Antioquia en el siglo XIX. Este es importante porque su enfoque, al igual que los de Safford y López Toro, no se deja tentar por los mitos regionales que derivan de la exaltación de la “raza”, sino que considera que el “éxito económico antioqueño descansa en realidad en un accidente histórico” (Brew, 2000, p. 396). El énfasis en el siglo XIX radica en que considera que el despegue de la “industrialización” de Antioquia a principios del XX tuvo sus raíces primero en la minería y después en la caficultura; ambos fenómenos propiciaron la acumulación de capital por una “élite” comerciante y terrateniente que se comenzó a consolidar paulatinamente después de la Independencia. El aislamiento de Antioquia, sus particularidades geográficas y de recursos, la expansión de la frontera agrícola (colonización) y el rápido incremento del mercado interno y externo son aspectos que para el autor son determinantes en el “carácter peculiar” y en la diferenciación de sus patrones de crecimiento con respecto a otras regiones de Colombia. Para entender el caso antioqueño, también hace especial énfasis en las decisiones y coyunturas de tipo político, tanto regionales como nacionales.

Los estudios económicos le han dado así un vuelco a las interpretaciones históricas sobre el siglo XIX en Antioquia. Hoy deben ser referencias imprescindibles para comprender los procesos poblacionales que generaron el establecimiento de la red de ciudades más significativa del período republicano en Colombia.

Las posiciones más recientes. Entre la leyenda rosa y la novela negra

En los últimos años han proliferado los estudios sobre la “colonización antioqueña”, todos basados en la tesis de Parsons, ya sea para apoyarla o para refutarla. Con anterioridad a estos, además de los textos pioneros de Alejandro López y Luis López de Mesa, se destacan el pormenorizado e integral trabajo de Antonio García, Geografía económica de Caldas (1936), y los valiosos análisis económico-sociales de Otto Morales Benítez consignados en Testimonio de un pueblo (1951). Todos estos trabajos muestran un gran apego hacia el carácter comunitario de la gran mareada colonizadora y son fieles a las fuentes orales de sus protagonistas. Pero a partir de la década de los setenta del siglo pasado, los aportes documentales, por una parte, y la atmósfera político social que imperaba, por otra parte, llevaron a muchos historiadores a optar por una mirada diferente y aun a forzar los hechos históricos para acomodarlos a una tesis específica, tal como lo hiciera en su momento José Fernando Ocampo en su obra Dominio de clase en la ciudad colombiana (1972), postura que el propio autor ya no defiende. En gran medida, se dirigieron a desmontar la “novela rosa” sobre la colonización antioqueña, en una crítica abierta o velada a Parsons. Los trabajos de Jorge Villegas y Luisa Fernanda Giraldo se dirigen, en mayor o menor medida, a ese objetivo y abren un indudable campo de indagación sobre el tema.

Cuarenta años después de haber escrito su obra, James Parsons (1989) volvió a Colombia y, seguramente al conocer la fuerte crítica que se hacía a su trabajo, dejó consignadas estas frases:

Me equivoqué en varios puntos y me faltaron otros (...) Jorge Villegas y otros han mostrado que eran algo románticas mis presunciones acerca de la ‘sociedad democrática’ de pequeños propietarios o colonos y las virtudes sencillas de la vida campesina tradicional (‘la vida maicera’) de estas montañas. Parece, por ejemplo, que el acceso libre a la tierra para peones era bastante raro. El papel de los capitalistas y patrones y la especulación en tierras tuvo más énfasis del que recibió. El hecho es que las leyes draconianas contra la vagancia obligaron a hombres sin empleo a emigrar a la frontera como peones (...) En mi busca de lo positivo y por darle énfasis tal vez he contribuido un poco a un ‘mito’ o ‘leyenda rosa’ en relación con los antioqueños. (Parsons, 1989, pp. 17-21)

A pesar de su posición autocrítica, mantiene su visión enfática sobre “la originalidad” y el “particularismo de los paisas”, como definidos por un marco paisajístico distinto:

Un visitante con ojos vendados debe saber que está en tierra antioqueña por sus aldeas situadas como miradores en lomas de cuchillas, la dominancia de los pequeños propietarios, su arquitectura y jardines, su ganado blanco oreji-negro, su traje típico del campo con carriel, alpargatas, sombreros de paja y machete, su manera de hablar y otras peculiaridades del antioqueño de pura cepa. (Parsons, 1989, pp. 21-22)

Más recientemente, algunos textos contribuyeron en gran medida a desmontar la novela rosa. Uno, El café en Colombia 1850-1970, de Marco Palacios (1983), en el que demuestra cómo, al estudiar la historia de la caficultura en Colombia, el resultado de los procesos de apropiación de la tierra no fue propiamente equitativo en la región caldense, pese a que reconoce que

…sería muy difícil eclipsar esos hechos que conformaron en la sociedad de colonización antioqueña un ethos más igualitario que el predominante en los altiplanos o en la costa Atlántica. Un ethos del hacha, el esfuerzo y el logro.

Y agrega:

Pero también sería imperdonable olvidar otros aspectos que fueron tan sustantivos para la conformación de aquella sociedad, hasta el punto de [que] su ocultamiento es la razón de ser de la fábula de la colonización antioqueña que, manipulada ideológicamente, quiere hacernos creer en una Arcadia decimonónica y en una sociedad contemporánea que seguirá gozando de todas las ventajas, o al menos de la mayoría de [las] ventajas que se derivan de una distribución de la tierra y las oportunidades económicas y políticas. (Palacios, M., 1983, p. 294)

Para finalmente concluir:

La estructura de tenencia [...] no puede calificarse de democrática o igualitaria. El contexto en que se verificó la apropiación de baldíos en la sociedad de colonización antioqueña indica por el contrario características análogas al resto del país. (Palacios, M., 1983, p. 315)

Otro texto que enfrenta a Parsons es el del canadiense Keith H. Christie (1986), quien en su libro Oligarcas, campesinos y política en Colombia sostiene que

La visión igualitaria y democrática de James Parsons, de unos campesinos descalzos y enruanados que lograron derrotar a los latifundistas, ha comenzado a ser cuestionada por algunos autores. Se ha puntualizado que los comerciantes ricos no sólo cultivaban la tierra de frontera para su propio beneficio, sino que poseían enormes concesiones de tierra, parte de las cuales eran consideradas por ellos como tierras para ser vendidas a los eventuales colonos con un pingüe provecho. (Chistie, 1986, p. 25)

Christie hace además un estudio acerca de cómo las oportunidades económicas están respaldadas por actuaciones del poder oligárquico concentrado en unos pocos apellidos que se han establecido tradicionalmente en la región. Ciertamente, el historiador canadiense se introduce y profundiza en un tema que ya había sido esbozado por Parsons: el de la endogamia que caracterizó particularmente a Antioquia desde la Colonia. En esta misma línea apunta la obra La endogamia en las concesiones antioqueñas, de Vicente Fernán Arango Estrada (2001), la que demuestra, en un riguroso análisis genealógico desprovisto de cualquier interés en el origen del pueblo antioqueño, cómo unas pocas familias han mantenido el control sobre la tierra desde que los soberanos españoles se las concedieron y cómo ese control también se replicó en las zonas de colonización del sur.

Sería interminable reseñar toda la literatura existente sobre la colonización antioqueña. Basta con agregar que hay autores con mirada crítica, pero que no se sienten atraídos hacia lo que llaman “leyenda negra” sobre el tema. Así lo hace expresamente Albeiro Valencia (1989), y también muchos otros en forma tácita, como Ricardo de los Ríos y Eduardo Santa. En efecto, por la rigurosidad con que abordan los asuntos históricos, acaban de una u otra manera no solo rechazando la “novela rosa”, sino que crean una narrativa que tiene el mérito de descubrir la enorme contradicción social y económica de los procesos migratorios. Al respecto, es importante citar al historiador antioqueño Roberto Luis Jaramillo, quien, en un análisis descarnado de tales procesos, basado en fuentes documentales de inmenso valor, devela “la otra cara de la colonización antioqueña”.

¿Es la colonización antioqueña un proceso autónomo?

Cuando nos adentramos en la historiografía de la colonización antioqueña, nos queda la impresión, en términos generales, de que su génesis y desarrollo se sustraen de los procesos históricos que se dieron en nuestro país y, más aún, de las influencias y dependencias internacionales. Pareciera que tal fenómeno se hubiera configurado con absoluta autonomía, y muchas veces hasta se lo considera desligado del influjo gubernamental, incluso de la propia Antioquia. Existe un afán de muchos historiadores por exaltar los desarrollos poblacionales como acciones que fueron producto exclusivo de la iniciativa comunitaria o individual, muchas veces parangonándolos con los producidos en el oeste norteamericano. Estas posturas tienen parte de su explicación en el incuestionable aislamiento físico y cultural de la región antioqueña durante la Colonia y el siglo XIX, y en que, debido a ello, muchos sucesos nacionales, como la propia Independencia, no se hubieran escenificado en ella o hubieran tenido poca trascendencia en sus procesos internos. Pero poco se estudian, por ejemplo, las repercusiones de la legislación nacional en el poblamiento y la distribución de la tierra, así como en las decisiones sobre la red de caminos y los desarrollos urbanos. Y, más aún, se desconocen las políticas que a nivel internacional deciden los destinos del mundo, incluso de los rincones más apartados, como lo era Antioquia. Por eso, uno de los cometidos que nos propusimos en esta investigación fue el de la imperiosa necesidad de analizar los textos ya reseñados sobre la economía antioqueña (Safford, López Toro, Brew), en los cuales se tiene una mirada más integral sobre los orígenes y la evolución de las migraciones. Pero también está el retomar obras que miran la historia nacional en sus aspectos económicos, sociales y políticos (Luis Ospina Vásquez o José Antonio Ocampo, por ejemplo), aunque asimismo es escasa en ellas la referencia a Antioquia antes de su despegue hacia la mediana industrialización, en el siglo XX.

Vale la pena destacar, entre las obras recientes sobre la migración de los antioqueños en el siglo XIX, la de Eduardo Santa, La colonización Antioqueña, una empresa de caminos (1993), que trata de mirar esa epopeya en estrecha relación con las tendencias políticas y la legislación nacional, siguiendo los primeros intentos que en tal sentido hiciera Otto Morales Benítez.

La historia urbana
La referencia de la historiografía a la ciudad de la colonización

Como el otro cometido de la presente investigación es el de estudiar los procesos de urbanización ligados al poblamiento de la región centroccidental de Colombia, especial cuidado se tuvo en considerar los datos relativos a ese tema. Sin embargo, este es un aspecto que no ha sido profundizado por la historiografía de la colonización antioqueña, cuyos aportes al ámbito de la historia urbana provienen en especial de campos que, paradójicamente, no se deducen del estudio particular y regional de los procesos socioeconómicos, como un resultado lógico de estos, sino que se derivan de análisis generales sobre poblamiento y urbanización que se han producido en Colombia. Valga decir que hay una sola excepción al respecto: el trabajo reciente del arquitecto Jorge Enrique Robledo Castillo, de la Universidad Nacional de Colombia Sede Manizales, que tiende un definitivo puente entre la sociedad y el territorio para entender el tipo de asentamiento urbano y las características de la arquitectura que genera. Claro está que, si bien el autor analiza la región en sus aspectos ecosistémicos para comprender las propiedades sismorresistentes de las construcciones de bahareque, sus tesis se circunscriben principalmente al caso concreto del desarrollo de la ciudad de Manizales; sin embargo, contribuyen indudablemente a dar luces sobre los procesos de urbanización de toda el área de colonización y serán apoyo decisivo en esta indagación.

Las referencias de la historiografía a los procesos de urbanización en Antioquia, salvo los apuntes correspondientes a la fundación de las ciudades, que, sin embargo, se restringen a la polémica (si la hay) de cuándo ocurrió y de quiénes fueron los fundadores, desconocen el dónde se realizó; es decir, no responden a los interrogantes que plantean las razones de haber escogido este y no otro sitio para ubicar el asentamiento. Como en el caso de Manizales, es poco lo que se ha indagado sobre los testimonios que dieron los propios fundadores, que privilegiaron el cruce de caminos a otros factores tan importantes como el agua, el clima o las condiciones favorables del terreno. Más aún, los historiadores se sorprenden generalmente ante la absurda selección de los lugares donde fundaron los poblados, trepados en las cimas de las montañas, y no se explican el traslado de muchas de ellas a las crestas montuosas, sencillamente porque no aprecian las condiciones favorables de las llamadas “cuchillas” que les sirvieron a los colonos pioneros para orientarse en la espesura, y que a la postre les permitieron asentamientos permanentes a los pobladores por ser climas saludables a la vera de los incipientes sistemas viales. El camino de herradura era su vinculación a la región, al país y al mundo, y los poblados debían estar sobre ellos en los puntos dominantes de la serranía. Por eso, existe todo un campo enorme de investigación en este sentido que nos proponemos iniciar con este estudio.

El marco urbano latinoamericano y colombiano

Se ha tratado de demostrar que la ciudad latinoamericana posee características perfectamente identificables que hacen que se la pueda ubicar claramente en una unidad, fundamentalmente cuando se la compara con procesos urbanos de otras latitudes, como los europeos y los que resultaron de colonizaciones anglosajonas, como la norteamericana. Para ello, nos apoyaremos en las tesis de fuerte raigambre histórica del investigador de la ciudad latinoamericana José Luis Romero, así como de análisis sobre la significación de nuestras ciudades del arquitecto Juan Carlos Pérgolis. De igual manera, son de gran importancia los estudios sobre el urbanismo colonial en Iberoamérica del historiador y arquitecto Jaime Salcedo, aspecto que es determinante para poder entender los mecanismos que influyeron en la fundación, los trazados y la estructuración de los poblados en los inicios del período republicano y que fueron concretados, en gran medida, por los pobladores del centroccidente de Colombia.

La consideración de la historia urbana de la región caldense debe tener también como referencias indispensables los análisis sobre el poblamiento y la urbanización en Colombia, de las obras de los investigadores Jaques Aplile-Gniset, Fabio Botero Gómez y Fabio Zambrano, las que hacen alusión necesaria a los procesos migratorios de los antioqueños en el siglo XIX, fundamentalmente a los de la corriente sur. En tal sentido, se destaca también la investigación que realiza el arquitecto Carlos Niño Murcia sobre la construcción del territorio en Colombia. Un aspecto importante de estos análisis es que su visión macro los lleva a tratar de integrar los procesos económicos, sociales y políticos del país con las manifestaciones físicas, espaciales y simbólicas de la red de ciudades que se ha constituido a lo largo de la historia. Sin embargo, como ya anotamos, tienden a perder de vista la condición particular y, algunas veces, a aplicar métodos de interpretación general a las especificidades de las regiones, sin la debida constatación en las fuentes de su historiografía.

La interpretación geográfica

Nuestro cometido fundamental es hacer un intento por relacionar las coordenadas temporales con las espaciales o, como lo dice Fernand Braudel,

[...] la geografía deja de ser un fin en sí para convertirse en un medio; nos ayuda a recrear las más lentas de las realidades estructurales, a verlo todo en una perspectiva según el punto de fuga de la duración más larga. También la geografía puede, como la historia, dar respuesta a muchos interrogantes1. (Braudel, 1997, p. 27)

Por eso, la otra coordenada determinante para entender los fenómenos históricos, la que tiene que ver con el espacio, es estudiada con especial énfasis. Y ahí radica la principal complejidad de esta indagación, porque hasta ahora no existen análisis sobre el poblamiento y la urbanización del centroccidente de Colombia en tal sentido, y los pocos autores que han contemplado la geografía, como el propio Parsons, lo han hecho como un aporte valioso para comprender la realidad cultural de Antioquia, en general, pero carecen de un enfoque más particular o sectorial que pueda explicar lo que hemos llamado la lógica de los diferentes procesos de poblamiento y urbanización en relación con el medio: el porqué de la ocupación de territorios de ladera; el porqué de los caminos sobre las cuchillas; cómo estos deciden el emplazamiento de los caseríos; cómo los ejes topográficos inciden en la orientación de los trazados urbanos; y, en fin, el porqué se genera un paisaje tan particular en lo que hoy se conoce como “Eje Cafetero”. Para todo esto, es indispensable contar con los medios documentales apropiados, especialmente, una cartografía con levantamientos topográficos basada en fotografías aéreas, la cual hoy es un instrumento valioso que no tuvo James Parsons cuando realizó su investigación en la década del cuarenta2. Hoy contamos con un mapa del departamento de Caldas en escala de 1:250.000 elaborado por el IGAC y con la cartografía en escala de 1:25.000 correspondiente al eje Sonsón-Manizales, que hemos utilizado para la construcción planimétrica que sirve de apoyo a esta presentación.

Al abordar un análisis histórico apoyado en la geografía, se tropieza con el escollo de que esta ha cambiado sustancialmente desde que se sucedieron los hechos objeto de estudio. Las carreteras, por ejemplo, con trazados sinuosos mucho más complicados que las antiguas rutas de comunicación terrestre por las montañas, las han reemplazado, y por eso estas hoy no aparecen en los mapas. Algo similar sucede con muchas fundaciones que se realizaron inicialmente en sitios diferentes a donde actualmente se encuentran. Además, son muy escasos los mapas existentes que se levantaron en épocas pretéritas, y aquellos lo fueron sin ningún rigor científico: no son acotados en el plano horizontal ni en el vertical y están basados en la sola memoria de sus artífices, que ubicaban los caminos con algunas referencias vagas de ríos y montañas, cuyos sentidos y nombres muchas veces equivocaban. Por eso, la construcción de la cartografía actual debe apoyarse en esas pocas cartas, pero fundamentalmente en los testimonios que dejaron los viajeros que recorrieron el territorio en diferentes épocas. Si tomamos, por ejemplo, el relato de Manuel Pombo realizado en 1852 entre Medellín y Bogotá y constatamos con la cartografía actual los sitios, ríos, altos y demás parajes que describe minuciosamente a su paso por el camino abierto por los colonos por la montaña, entre Sonsón y Manizales, nos encontramos con que, en gran medida, han perdurado sus nombres hasta hoy. Pero lo que es más sorprendente es que muchos tramos de los caminos antiguos importantes, los llamados “caminos reales”, aún existen en la actualidad y sirven para las comunicaciones interveredales.

Por eso, la metodología que empleamos para el apoyo visual de este informe está basada tanto en las cartas construidas científicamente por el IGAC como por los documentos gráficos y escritos elaborados en las épocas a que nos referimos, y su resultado debe apreciarse con las reservas necesarias, por cuanto su interpretación ha sido, en gran medida, aproximada.

1 El historiador francés Fernand Braudel es parte de la escuela de los Annales, que se caracterizó por dar nuevas interpretaciones a la historia.

2 Parsons asegura que “el primer mapa con curvas de nivel fue el de la American Geographical Society en escala de 1:1.000.000, publicado en 1945”. Y anuncia que “el Instituto Geográfico Agustín Codazzi de Bogotá está publicando excelentes mapas topográficos en escala de 1:50.000 que abarcarán a toda Colombia” (Parsons, 1997, p. 36).

2

Uno de los aspectos más importantes relacionados con la llamada “colonización antioqueña” es el de la fundación de poblados, hasta tal punto que se ha considerado como el proceso fundacional más grande que se ha emprendido en el territorio que hoy corresponde a Colombia, después del que protagonizaron los españoles en el período colonial. Se calcula que “a ese tenaz esfuerzo colonizador se debe la existencia de más de cien poblaciones grandes y pequeñas, que constituyen un común denominador antropogeográfico” (Santa, 1993, p. 17). Las particularidades de ese proceso y su diferencia con el que le antecedió se pueden detectar sin mayores dificultades, pero es muy difícil precisar el momento histórico, así como el área geográfica en que ocurrieron esos cambios, porque existe evidentemente una continuidad entre ambos. De manera arbitraria se puede establecer como mojón histórico de diferenciación –tal como se ha hecho con tantas periodizaciones sociales y culturales– el cambio político ocurrido con la emancipación del dominio hispánico; desde esta óptica, las fundaciones de Sonsón y Abejorral serían “coloniales”, Aguadas correspondería a la “Independencia”, y Salamina, Neira y Manizales se catalogarían “republicanas”. Pero ¿cuál sería, en esencia, la diferencia entre la génesis de esas seis poblaciones cuando encontramos básicamente los mismos protagonistas y similares móviles, y hallamos condiciones geográficas y climáticas semejantes? Pero, si queremos ir aún más atrás en el tiempo y comparamos esos primeros trazados en cuadrícula del siglo XVI, con su plaza y sus edificios importantes en el centro, con los de los antioqueños con similares características, lo que encontramos son permanencias de prácticas consuetudinarias de cuatro siglos, que están respaldadas por modos de vida y costumbres que poco se modifican, pese a que ocurran cambios políticos de trascendencia innegable. Entonces, sería aconsejable una indagación que apunte menos a lo tangible y más a la esencia de ambos fenómenos, de tal forma que permita encontrar el punto de quiebre diferenciador. Este es el cometido de este aparte, y lo iniciaremos precisando que el modelo fundacional traído a América no es un invento hispánico, sino que tiene una continuidad histórica que se puede remontar incluso al nacimiento del fenómeno urbano en el mundo.

El modelo fundacional español es universal

Todo el proceso colonizador español durante tres siglos se fundamentó en la creación de ciudades. Como lo sintetiza el arquitecto Juan Carlos Pérgolis,

la conquista y colonización de América significó uno de los mayores esfuerzos de fundación de ciudades que haya conocido la historia. Junto con todo lo que llega de Europa a América –bueno y malo– en esos años, llega principalmente el modo de vida urbano: la ciudad como sitio y centro de la comunidad social, política, económica y religiosa. (Pérgolis, 1985, p. 1)

Y agrega que, “comparando la génesis de las ciudades americanas y europeas, se observa que en América las estructuras políticas preceden las económicas...” En efecto, explica Pérgolis, mientras allá la ciudad se va configurando como resultado de la activación de las fuerzas productivas de una región (ciudad centrípeta), en este continente, por el contrario, la ciudad se erige sobre un territorio para dominarlo (ciudad centrífuga) (Pérgolis, 1985, p. 1).

En las anteriores acotaciones se deduce que se pueden distinguir dos modos diferentes de concebir la génesis de las ciudades: uno, mediante un crecimiento básicamente espontáneo y orgánico (es el caso de la mayor parte del medioevo europeo), en el cual un conglomerado habitacional se va concentrando aleatoriamente sobre un lugar favorecido por las rutas comerciales que comienzan a activarse en correspondencia con el auge económico de la zona. Según estos asentamientos urbanos alcancen preeminencia como centros de acopio y de intercambio comercial, tendrán mayor o menor influencia política en la región, y las instituciones que signan el poder (tanto civiles como religiosas) se ubicarán físicamente también de manera aleatoria, en los lugares jerárquicos (ver figura 1). El otro modo originario de la ciudad es el “planificado”. En este se tiene un concepto preconcebido de ciudad, una imagen ideal de ella, ordenada geométricamente, que se debe plasmar sobre un territorio “vacío” con el objeto de dominarlo políticamente. Este modo está íntimamente relacionado con la conquista o colonización de esas áreas “vacías” y tiene antecedentes históricos que se remontan al Imperio romano, a la antigua Grecia (ver figura 2) y, aún más, el mérito de ser los primeros que probablemente planificaron ciudades debe atribuirse a la cultura de Harappa (2150 a. C.), en el valle del Indo (Morris, 1984, p. 40).

La característica determinante de las ciudades “planificadas” es la que dispone el orden espacial mediante una traza geométrica, y su génesis se concreta por medio de un acto de “fundación”, que implica una ceremonia que varía según las condiciones de cada cultura y que señala el antes y el después de la vida urbana; en ese acto ritual invariablemente está presente la acción de trazar la ciudad y de disponer sus elementos de poder mediante una organización jerarquizada en torno al principal espacio urbano: el ágora, en Grecia; el foro, en Roma; o la plaza, en las fundaciones españolas. Es una ceremonia que consagra la civilización (civitas = ciudad) y que define un mojón histórico a partir del cual se consagra lo urbano.


Figura 1. Plano ciudad de crecimiento espontáneo (Nördlingen, medioevo europeo).

Fuente: Salvat (1985, p. 16).


Figura 2. Plano ciudad “planificada” (Priene, Grecia antigua)

Fuente: Salvat (1985, p. 14).

Como anota la arquitecta historiadora Silvia Arango con respecto a la experiencia fundadora en América, “el máximo gesto civilizador consistía en limitar el espacio: plaza, calle, cortijo, encierro. Allí donde el hombre dominaba la geografía encontramos el espacio artificial, es decir, el espacio” (Arango, 1989, p. 41). Y uno de los cometidos que también está presente en el ceremonial de demarcación es el de la repartición de predios que se hace también de manera jerárquica, de acuerdo con la importancia o el rango de los “fundadores”, sobre la plaza o en la periferia. También encontramos en este modo “fundacional” un aspecto invariable: el trazado debe responder a un orden estrictamente geométrico, ya sea la cuadrícula u otro, como el radiocéntrico del Renacimiento. Pero en todos está presente la noción de “centro” urbano, marcado por el espacio libre de construcciones, el espacio urbano por excelencia, que generalmente se sitúa en el centro geométrico. Todas estas características del segundo modo de originarse un núcleo urbano están presentes en el proceso de urbanización agenciado por los españoles desde los días iniciales de la Conquista, al igual que en el que realizaron los antioqueños en el siglo XIX. Lo que habría que precisar son las particularidades del primer proceso, el español, para poder posteriormente entender el segundo.

De España a América: la ciudad ideal cristiana

Se fueron señalando calles, plaza, solares, dándole de mejor en la mejor parte de ella a la iglesia, que es el que ahora tiene, y lo demás a todos los vecinos, según sus calidades cerca o desviado de la plaza, y en ella casa de Cabildo. (Fray Pedro Simón, 1891 [1627], citado en Salcedo, 1996, p. 142)1

...empezando por la plaza mayor, sacando las calles a puertas principales, dejando espacio previsto para el crecimiento... las calles anchas en los lugares fríos y angostas en los de clima caliente... se ubicará la Casa Real, la Casa del Consejo, Cabildo y aduana cerca de la iglesia. (Felipe II, 1953, citado en Pérgolis, 1985, p. 1)2


Figura 3. Plano ciudad con traza regular (Briviesca, península ibérica, 1208)

Fuente: Salvat (1985, p. 16).

El fenómeno de las fundaciones urbanas durante la dominación española en Iberoamérica ha querido interpretarse, sin fundamento, como si fuera un legado del planeamiento militar romano, que estuvo presente en la península ibérica en la dominación de ese Imperio trece siglos antes, o también –criterio más factible pero indemostrable–, como influencia de la ciudad ideal renacentista, contemporánea en sus inicios con el “descubrimiento” y la conquista de América. Porque hasta hace muy poco no se tuvo en cuenta el antecedente medieval europeo de fundar ciudades mediante trazas regulares, ni mucho menos el ibérico, fenómenos que en realidad tuvieron importancia a partir del siglo XII. Al respecto, el historiador urbano Jaime Salcedo, en su estudio sobre la génesis de la ciudad en Hispanoamérica y apoyado en los análisis del chileno Gabriel Guarda3, apunta que en España había una larga tradición en el establecimiento de campamentos y villas militares, los castros, que poseían una configuración regular: desde las ciudades fundadas por Alfonso I, en los inicios del siglo XII, hasta la fundación de Santa Fe de Granada, en las postrimerías del XV4 (ver figura 3). Pero lo más significativo es que esa traza regular, medieval, española estaba sustentada por tratadistas ibéricos, de los cuales el más importante fue el franciscano catalán Francesc Eiximeniç (1340-1409), quien, según Salcedo, “propuso una ciudad ideal cristiana cuya planta es cuadrada y cuyas calles se cruzan ortogonalmente en un damero de manzanas cuadradas”; y también dispuso los componentes principales, como la plaza mayor y la catedral, las cuales no debían relacionarse directamente, “para que las actividades del mercado no perturbaran el oficio divino” (ver figura 4). Y agrega Salcedo que “la ciudad ideal de Eiximeniç contiene los elementos que habrán de aparecer en la ciudad hispanoamericana” (Salcedo, 1996, pp. 40-41). Por consiguiente, si el modelo para la ciudad conquistadora era la ciudad cristiana medieval, los signos y símbolos de esa nueva ciudad debían expresar esa prolongación de España en América. Como dice Salcedo,

La ceremonia fundacional y ciertos elementos presentes en su origen denotan que la ciudad indiana estaba cargada de simbolismo, y que este simbolismo era comprendido plenamente por los fundadores. [...] conquistar territorios era una forma de vida; y fundar ciudades, una manera de fundar a España cada vez: la España cristiana. (Salcedo, 1996, p. 47)


Figura 4. Plano ciudad ideal de Eiximeniç (1383)

Fuente: Cehopu (1989, p. 91).

También Salcedo hace notar que esa prolongación del territorio español en nuestro medio se comprueba por la toponimia que escogieron los conquistadores, de allí que aparezcan Nueva Andalucía, Nueva Granada, Nueva España, Santa Fe, etc., y particularmente en Antioquia, Cáceres y Zaragoza. Pero también la presencia de nombres bíblicos y de tradición cristiana confirman esa proyección de los ideales religiosos afincados en la península; así, el propio nombre de Antioquia es una deformación del vocablo Antioquía, ciudad germen del cristianismo en el Medio Oriente.

Podemos concluir, de acuerdo con lo anterior, que existe una continuidad histórica en la creación de ciudades desde la España medieval hasta América, respaldada por su proyecto ideal cristiano, que lo ligaba con una intención eminentemente práctica, desprendida de la necesidad de establecer puntos de avanzada con el objeto de reconquistar o de conquistar un territorio para su fe. El campamento militar de Santa Fe de Granada, que los reyes católicos hicieron levantar en su ofensiva contra los musulmanes, es contemporáneo con las primeras fundaciones de conquista en nuestro continente. Y no puede existir diferencia entre el combate contra los “infieles” islamistas y el que se instituyó contra los nativos americanos si consideramos que ambas culturas eran “impías”. Salcedo lo explicita al señalar que el “orden” de la ciudad cristiana se contraponía con el “caos” pagano al que había que someter, y las Ordenanzas de poblaciones mantenían las antiguas tradiciones que repetían la cosmogonía mediante la consagración ritual (toma de posesión en nombre de Jesucristo) del territorio ocupado (Salcedo, 1996, p. 60). A propósito, se ha creído equivocadamente que fueron esas Ordenanzas, consignadas en las leyes de Indias, las que dispusieron la forma regular urbana y sus elementos constitutivos. Porque lo cierto es que, cuando estas fueron promulgadas por Felipe II en 1573, ya se venían aplicando esas medidas, desde que el gobernador de La Española, Nicolás de Ovando, hacia 1504, al pretender hacer por primera vez de la factoría una colonia gobernada por cabildos municipales, fundó ciudades y villas conforme al modelo del municipio castellano, (Salcedo, 1996, p. 24). Nicolás de Ovando, como militar comendador de la Orden de Alcántara, había sido testigo de la toma cristiana de Granada, hecho que explica, aparte del establecimiento del régimen de la encomienda, precisamente su intención de organizar colonias basadas en la fundación de ciudades a la manera castellana, para las cuales aplicó, como era de esperarse, la traza regular (Salcedo, 1996, p. 40). De ahí en adelante,

todo territorio que, una vez explorado, prometiera ser adecuado para establecer una colonia, era ocupado y poblado, por capitulación o por comisión, de manera similar: la conquista culminaba con la fundación de ciudades, la elección de cabildos, las adjudicaciones de tierras y solares y de indios en encomienda entre los vecinos propietarios más destacados en la jornada. (Salcedo, 1996, p. 24)

Es importante también establecer cómo las fundaciones españolas atendieron a esa fuerte segregación y discriminación social y económica imperante. No solo trasladaron a América las jerarquías urbanas de “villas” y “ciudades” existentes en la península, sino que agregaron nuevas diferenciaciones correspondientes con el territorio al que dominaban como, el establecimiento de “repúblicas de los blancos” para contraponerlas a la “república de los indios”, que invariablemente eran el resultado de nuclear y concentrar los asentamientos dispersos de los nativos, para poder controlarlos y dominarlos: “La jerarquización del espacio en función del poder” (Zambrano, 1993, p. 26). Pero los pueblos de indios no eran “fundados” como las ciudades o villas, sino “entablados”, “reducidos” o “agregados”, dado que sus habitantes eran naturales que pasaban a residir en poblados geométricamente organizados (Salcedo, 2000, p. 67). Desde este punto de vista, la categoría de “villa”, que en España era correspondiente al “villano”, es decir, al rústico desposeído de nobleza e hidalguía, en el continente americano estaba asociada al poblado indígena. Entonces, la segregación social de la sociedad colonial, “jerarquizada por estamentos, concentró a la población en núcleos urbanos igualmente jerarquizados en su autonomía relativa política y jurisdiccional” (Salcedo, 2000, p. 66). Y en la cúspide está la “ciudad”, el hábitat de los supuestos nobles –en América, cualquier ibérico se convertía en aristócrata–, que tiene antecedentes históricos que le dan el significado del que se apropia la hidalguía española: la ciudad como símbolo de la libertad y del privilegio. En el medioevo europeo la ciudad era la manera de escapar a la servidumbre feudal; “el aire de la ciudad nos hace libres”, nos recuerda Carlos Fuentes al respecto, regla de la cual España no fue la excepción (Fuentes, 1992, p. 75). Y si nos remontamos más atrás, los romanos hicieron valer su condición de tales mediante la adopción del concepto de “ciudadanía” o de “ciudadanos” para contraponerlo al mundo bárbaro. Ese concepto de ciudad o civitas le concedía desde esa época un fuero especial a los núcleos urbanos preeminentes, que se diferenciaban de los habitados por los villanos en las aldeas sumidas en la ruralidad. Eran los privilegios que proporcionaba la condición de “ciudadanos” a quienes las leyes, como aquella de Alfonso el Sabio, establecían que el monarca debía de “amar, e honrar [...] porque ellos son como tesoros y rrayz de los Reinos” (Partida II, 10,3) (Fuentes, 1992, pp. 74-75). Pero allí la ciudad libre era disputada por las monarquías emergentes en su lucha por el control feudal, al mismo tiempo que emprendían la reconquista del territorio ocupado por los árabes ocho siglos atrás. En esa tácita alianza entre las nacientes burguesías y el rey surgen los primeros gérmenes de democracia de la Edad Moderna: las asambleas, llamadas cortes (ayuntamientos o cabildos) y los alcaldes electos, instancias que constituyeron tempranamente la municipalidad que había adquirido el derecho político del autogobierno5; y esos fueron los inicios de la incipiente democracia urbana en América (Fuentes, 1992, pp. 75-76). Una vez derrotados los “moros”, expulsados los judíos de la península y emprendida la conquista de América, se prolongó el papel de España por medio de esas instituciones ciudadanas que garantizaron el poder real y la defensa de la fe católica. Entonces, los primeros signos de democracia burguesa de occidente, las municipalidades libres, se constituyeron, en nuestros territorios, en los instrumentos del vasallaje y la opresión; y las ciudades –expresiones del naciente mercantilismo universal–, en núcleos jerárquicos del poder semifeudal.

El sentido práctico de la traza de ciudades

Un aspecto que es necesario considerar es el que corresponde al pragmatismo que estuvo presente en los trazados fundacionales y que fue la constante en la historia de la ‘planificación’ de ciudades y, particularmente, en los procesos urbanos españoles. En verdad, a pesar de las teorías, las Ordenanzas y los rituales que concretaban ideales políticos y religiosos, el acto de trazar una población era un hecho eminentemente práctico6, realizado la mayoría de las veces por comandantes sin instrucción ni cultura urbana, aventureros, forajidos e incluso muchos analfabetos. Había que demarcar el “espacio” civilizador, la futura área urbana.

Marcación del territorio americano, pues es eso, ‘marcación’ más que ‘fundación de ciudades’: acotamiento del espacio geométrico (plaza, calle), y la localización de un punto tangible de orientación, formando un ‘accidente geográfico’, un signo legible dentro de la extensión ilimitada. (Arango, 1989, p. 41)

Y para trazar o marcar el área no hacía falta sino un cordel, a veces una regla de vara y algún instrumento para ‘trazar’ en un papel o en la tierra un esquema, y alguna perspicacia para definir la localización y la orientación del poblado. Porque, además, era una cosa sabida: estaba en la memoria de quienes poblaban, porque habían vivido o conocían ciudades regulares y había alguien en la expedición colonizadora que tenía alguna experiencia fundadora en aquella red de poblados. Ese era el saber que requería cualquier oficio en la premodernidad: saber que no variaba en lo fundamental, que era trasmitido de maestro a aprendiz y de generación a generación. Por eso, así las Ordenanzas en la letra fueran muy precisas y rigurosas en muchos aspectos, en la práctica, y específicamente en lo que tenía que ver con el trazado, se aplicaba lo que se conocía –las Ordenanzas daban por sentada la traza regular–, y si se introducían variaciones, estas respondían más a las particularidades físicas del lugar que a intenciones del fundador, que de todas maneras algunas veces se produjeron. Al respecto, es importante puntualizar que los españoles eligieron para la fundación generalmente los lugares llanos: en litorales, valles y altiplanos. Las ciudades sobre terrenos inclinados o de ladera fueron la excepción.

La cuadrícula se debía imponer, además, para facilitar la delimitación equitativa de solares entre los diferentes estamentos y rangos de los fundadores. Por eso el rectángulo era propicio para concretar lo que Jacques Aprile-Gniset, el historiador de la ciudad colombiana, describe como el “traslado a América de la propiedad privada”; y puntualiza:

A un nuevo contenido social, en este caso caracterizado por la exaltación de la propiedad privada del suelo, corresponde una forma que la debe respaldar y garantizar [...] el diseño urbano basado en la geometría del ángulo recto se convierte en la negación y contrario del diseño americano prehispánico usando la curva, y privilegiando el círculo: ignorando mojones y linderos. (Aprile-Gniset, 1991, p.p. 197-198)

Pero la cuadrícula deseada, muchas veces resultaba en la realidad una retícula irregular, dado que los ángulos muy pocas veces se lograban en los presupuestados noventa grados, como en el caso de Santa Fe de Antioquia (ver figura 5). Y eran raros los trazados complejos que incluyeran, por ejemplo, diagonales, así como no se concibieron nunca grandes ejes jerárquicos; los escasos rasgos innovadores pudieron provenir de artífices instruidos con vasta experiencia. Pero la diferencia entre el común de las fundaciones y aquellas que dejan apreciar alguna intención académica o estética es abismal, hasta el punto de que, a pesar de las particularidades impuestas por los accidentes del lugar, se ha considerado que existe un solo tipo de traza-modelo, el reticular, y como constantes, los elementos por ordenar: plaza, calles, manzanas, iglesia y cabildo; como variables, la geometría de las manzanas y su patrón de subdivisión en solares, la relación tópica plaza-iglesia7 (Salcedo, 1996, p. 64) y otros eventuales, como la inclusión de murallas. El tamaño de la plaza, las calles, las manzanas y los solares eran del resorte de otro tipo de experiencias y de condiciones climáticas, de normativas y de costumbres que se sobrepusieron a la concepción común básica de la retícula, que es una acción eminentemente práctica. Como bien señala Salcedo, la significación de la ciudad en América no precisó de tratadistas:

estaba en el interior de cada hombre, formaba parte de su pensamiento, entre mágico y religioso, que lo impelía a consagrar el territorio que conquistaba y poblaba, única forma que deviniera real. Desde la elección del sitio de la fundación hasta el reparto de los solares entre los vecinos es posible encontrar esta forma de pensamiento totalizador, unificador de lo práctico y lo sagrado. (Salcedo, 1996, pp. 48-49)


Figura 5. Traza de Santa Fe de Antioquia

Fuente: Colcultura (1996).

El antecedente fundacional urbano en el centroccidente de Colombia

Cuando nos ubicamos históricamente en las últimas décadas del siglo XVIII en Antioquia, encontramos que la tendencia dominante del poblamiento se consolidó geográficamente en los pisos medio y alto (valles de Aburrá y altiplanos de Rionegro y de los Osos), y que tales emplazamientos correspondieron al cambio de orientación productiva de la minería a la incipiente agricultura. Estos dos nuevos factores relacionados debieron incidir en el tipo de ciudad que requerían, y serán los que guíen, a manera de hipótesis, la indagación sobre el origen y desarrollo urbano que produjo la migración de antioqueños en esa época y que se prolongó durante todo el siglo XIX y principios del XX. Pero para ello es importante precisar primero cuál fue la ciudad que prevaleció en el centroccidente de Colombia (actuales departamentos de Antioquia y Antiguo Caldas) durante gran parte de la Colonia (siglos XVI y XVII), localizada en climas cálidos y como apoyo a los principales centros mineros, y cuál su legado fundacional.

A pesar de que el territorio antioqueño fue poblado inicialmente por los españoles en el período de la Conquista (siglo XVI), por el hecho de que su localización es interior, sus ciudades no fueron fundadas con un criterio estrictamente estratégico militar, como lo fue Cartagena, sino político y económico. Es decir, su función principal, que era la de todas las fundaciones españolas de la Colonia, se fundamentó en la centralización del control territorial y poblacional indígena ejercido mediante el poder monárquico extendido desde ultramar; pero su particularidad radicaba en que fueron ubicadas cerca de yacimientos de minerales preciosos, principalmente de oro, a los que debían abastecer. Como señala Germán Colmenares (1984, p. 245), “casi ningún centro minero, por importante que fuera, pudo establecerse o perdurar independientemente de las ciudades que debían abastecerlo o de las cuales dependía administrativamente”. Sin embargo, la actitud fundadora que prevaleció con el establecimiento de esos primeros núcleos urbanos mineros fue eminentemente conquistadora, es decir, se realizó bajo la égida de una penetración militar, al mando de un comandante representante del rey o “adelantado” y en lucha agresora contra las tribus indígenas que habían poblado la región desde antaño. El conquistador que recibía derechos territoriales por la vía de una capitulación o donación estaba obligado, como señala José Luis Romero, “a tomar posesión de su territorio, de dimensiones hipotéticas”. Y una vez sobre el terreno “tenía que transformar en realidad esa hipótesis”. Para tomar posesión “necesitaba producir un hecho, y consistió generalmente en la fundación de ciudades” (Romero, 1984, p. 54).

En este sentido, es posible que no existieran en Antioquia diferencias con otras fundaciones coloniales de zonas de extracción minera en el Nuevo Reino de Granada y de América hispana; incluso el establecimiento inicial de colonias agrícolas en territorios donde la mano de obra indígena era la determinante en su localización debió hacer muy similar el sistema de vasallaje y de explotación, porque allí, los primeros centros mineros utilizaron la mano de obra local de las encomiendas para el trabajo en aluviones y filones, y fueron los indígenas los que aportaron los métodos extractivos que los españoles adaptaron posteriormente (Colmenares, 1984, p. 247). Pero más tarde, las belicosas comunidades indígenas fueron finalmente sometidas y diezmadas por la fuerza conquistadora, con la ayuda de las enfermedades que trajeron los inmigrantes, y la mano de obra fue reemplazada por esclavos negros. La población indígena que ocupaba la parte comprendida entre el río Arma, al norte, y los nacimientos del río La Vieja, al sur, y entre las cordilleras Central y Occidental, pasaba de 100 000 almas a la llegada de los conquistadores; y en 1626 había ya menos de 300. Las guerras con los vecinos, los trabajos forzados a que los sometieron los conquistadores, las viruelas y demás epidemias que aquellos trajeron consigo diezmaron en menos de una centuria la población autóctona (Robledo, 1916, p. 72). En este sentido, la especialización productiva se fue inclinando hacia la minería, y la relación se estableció estrechamente entre centro urbano y centro de extracción de minerales preciosos, hasta tal punto que el auge y la decadencia de los caseríos estaban estrechamente ligados a la prosperidad o al agotamiento productivo de las minas, con algunas excepciones, en las que los núcleos poblados alcanzaron importancia político-administrativa y les permitió alguna estabilidad independiente de los altibajos de la producción aurífera, como en el caso de la ciudad de Santa Fe de Antioquia. Así, las jerarquías urbanas se fueron conformando por los avatares económicos, pero fundamentalmente se consolidaron y respaldaron por decisiones políticas: el establecimiento de rangos jerárquicos que diferenciaban entre ciudades, villas y sitios. De igual manera, se dieron relaciones de dependencia entre el conjunto de centros urbanos, de tal manera que unos, fundados inicialmente, actuaban como “metrópolis” de los poblados que habían surgido bajo su iniciativa. Se configuraron así, como lo anota Colmenares, distritos mineros tributarios de otros, como lo fueron Victoria y Remedios con respecto a ciudades tan distantes como Santa Fe de Bogotá y Tunja; o Marmato, Quiebralomo y Supía, que dependían de Cartago, Arma y Anserma; y Santa Fe de Antioquia fue metrópoli de nuevas fundaciones, como San Jerónimo, Cáceres, Zaragoza y, más tarde, Guamocó (Colmenares, 1984, p. 244). La “ciudad” de Santa Fe de Antioquia, fundada en 1541 cerca del productivo cerro aurífero de Buriticá, se consolidó desde sus inicios como el más importante centro urbano de la región que abarcaba todo el bajo río Cauca, pero dependió durante todo el período colonial fuertemente de ciudades como Cartagena, al norte, y de Popayán, al sur. También fueron erigidas “ciudades” Santa Ana de los Caballeros de Anserma (1539), Cartago (fundada en 1540 en el sitio que hoy ocupa Pereira) y Victoria (1553), localizada en lo que posteriormente fue el oriente del Antiguo Caldas. Y también en esta región se fundaron las “villas” de Santiago de Arma (1542) y de Nuestra Señora de la Candelaria de Sevilla, actual Supía (Ocampo, 1993, p. 134) (ver figura 6). Tanto Anserma como Supía y Arma decayeron en los siglos XVII y XVIII, y solo las dos primeras se reactivaron en el XIX, cuando la migración, principalmente de antioqueños, ocupó estos territorios.


Figura 6. Mapa del centroccidente de Colombia durante la Conquista

Fuente: elaboración propia a partir de Uribe (1885), Parsons (1997, p. 63) y Jaramillo (2003). Base cartográfica IGAC.

Diseñador visual Ricardo Castro Ramos.


Figura 7. Foto cañón del río Cauca

Fuente: arquitecto Jorge E. Esguerra.

Las fundaciones de conquista en el Cauca medio

Es importante centrar la mirada en dos de las últimas ciudades enunciadas, Anserma y Arma, porque ellas, junto con Supía, Quiebralomo (hoy Riosucio) y Marmato desempeñaron un papel importante cuando la marea colonizadora del siglo XIX las acogió. Esta red de poblados mineros, ubicados en la margen izquierda del río Cauca, tenía a este río como referencia en su sector medio. Santiago de Arma era la única que se encontraba en su margen derecha; las demás se distribuyeron sobre las estribaciones de la cordillera Occidental, y el primer punto que las relacionaba con Arma era el paso de Irra, un estrechamiento pronunciado en el río Cauca que facilitaba vadearlo8. Este sector medio del “río grande” está fuertemente encañonado (ver figura 7), y los yacimientos de minerales preciosos se encuentran primordialmente en su margen izquierda, en los cerros de Quiebralomo, Supía, Marmato y otros más, que tenían como principal centro administrativo y distribuidor a Santa Ana de los Caballeros (Anserma). La fundación de esta ciudad, en 1539, por parte del capitán Jorge Robledo, pretendía ante todo legitimar la posesión de esas tierras y crear un centro político para dominar la región minera. Según el cronista Pedro Sarmiento, la ceremonia de fundación consistió en que Robledo

hizo talar cierta cabaña é árboles é hizo hacer un hoyo, é trajeron un madero e lo hizo hincar en aquel hoyo, é dijo ansí al dicho escribano que le diese por testimonio cómo allí fundaba en nombre de S. M. é del señor Gobernador, la cíbdad. (Robledo, 1916, p. 13)

Era el ritual instituido de todas las fundaciones de ciudades y villas, que se realizaba para tomar posesión del territorio en nombre del rey: se colocaba en la plaza el rollo o picota (piedra o columna de madera) como símbolo de jurisdicción o autoridad legal, se señalaba el sitio para la iglesia principal y se nombraban el alcalde y los regidores (Ocampo, 1993, p. 135).

Sobre la ubicación primitiva de Anserma hay discrepancias: el historiador Octavio Hernández Jiménez ha demostrado que, contrario a lo que exponen Emilio Robledo y otros, esa población fue fundada inicialmente sobre el camino que conectaba a la antigua Cartago (hoy Pereira) con las minas del noroccidente, y no en el valle de Risaralda; es decir, un poco más al sur del lugar a donde fue trasladada un poco después (sitio actual), sobre el mismo trayecto que trascurría por la cuchilla. La posición de Hernández está respaldada por una visión geográfica centrada en la lógica de la relación estrecha entre los caminos y las fundaciones (Hernández, 1988). En efecto, tanto el emplazamiento inicial como el definitivo obedecieron a las primitivas vías que trazaron los indígenas y que comenzaban a utilizar los conquistadores para comunicar la región aurífera9 y para unir a Cartago con Santa Fe de Antioquia. Sobre esa nueva ubicación, que domina tanto el río Cauca como al valle de Risaralda, el cronista Cieza de León, apunta:

La ciudad de Santa Ana de los Caballeros, la cual está asentada entre medias de dos pequeños ríos, en una loma no muy grande, llana de una parte y otra, llena de muchas y muy hermosas arboledas de frutales, así de España como de la misma tierra, y llena de legumbres, que se dan bien. El pueblo señorea toda la comarca, por estar en lo más alto de las lomas, y de ninguna parte puede venir gente, que primero que llegue no sea vista de la villa; y por todas partes está cercada de grandes poblaciones de muchos caciques ó señorietes. (Robledo, 1916, pp. x-xi)

Esta fundación española del siglo XVI es una de las pocas excepciones a la norma general de la Colonia de ubicarlas en terrenos planos, y es el antecedente colonial de lo que van a ser los emplazamientos de poblados en zonas de ladera de la colonización antioqueña, cuando se conviertan, ahora sí, en regla. Pero hay que entender la topografía de este territorio para darnos cuenta de que no es mera coincidencia la similitud de localizaciones de poblados de dos épocas distanciadas por más de tres siglos. Porque en verdad son muy particulares las características geomorfológicas de la región hidrográfica del Cauca, correspondiente al actual departamento de Caldas, aspecto básico para poder entender la ‘lógica’ de esos emplazamientos urbanos sobre la montaña. Anserma desapareció casi por completo a principios del siglo XIX, pero hacia 1870 unos colonos, muchos de ellos de origen antioqueño, ya habían comenzado a repoblar la histórica ciudad (Robledo, 1916, p. 170).

La otra fundación “conquistadora” que nos interesa es la de Santiago de Arma, llevada a cabo en 1542 por encargo del adelantado Sebastián de Belalcázar, que veía así la forma de sentar autoridad ante los intereses del capitán Jorge Robledo, quien manifestaba tendencias a la independencia para conformar su propia Gobernación, con el apoyo de la Corona española (Ocampo, 1993, p. 135). Su localización tuvo muchas variaciones: inicialmente, se la ubicó en un punto cercano al paso de Irra, en la margen oriental del río Cauca; era una de las regiones amerindias de mayor rebeldía y sublevación indígena contra la Corona, y por eso la reacción pacificadora española realizó allí una verdadera catástrofe demográfica durante la Conquista10. Recibió el título de “ciudad” en 1584, cuando se dio su auge en el siglo XVI. En el siglo XVII, la explotación minera se agotó, entró en decadencia y fue aislada y trasladada de sitio varias veces por las dificultades de las vías de comunicación y otras causas, como las enfermedades y los deslizamientos11 (Ocampo, 1993, pp. 9-11). La provincia de Santiago de Arma fue una de las más extensas del occidente colombiano: sus límites abarcaban desde el río Cauca, al occidente, hasta las cumbres de la cordillera Central, al oriente; y desde Amagá y Rionegro, en el norte, y el río Chinchiná, en el sur (ver figura 8). Ante su total decaimiento, finalmente en 1783, por gestión del gobernador Francisco Silvestre, fueron trasladados al altiplano de Rionegro los habitantes, títulos, blasones y hasta las imágenes del templo, y el antiguo “real de minas” comenzó a llamarse Santiago de Arma de Rionegro, ahora transmutado en “ciudad”. Los pocos vecinos que permanecieron en la antigua Arma hasta la época de la Independencia reclamaron al monarca español los derechos adquiridos por la villa hispánica desde el siglo XVI (Ocampo, 1993, p. 11). Y después, en tiempos de la naciente República, se enfrentaron al terrateniente Juan de Dios Aranzazu, que reclamaba extensos territorios en lo que ellos consideraban propio.

La decadencia de toda esta zona media del río Cauca durante los siglos XVII y XVIII, pese a algunos reavivamientos esporádicos de la producción minera, se manifestó en el despoblamiento de la región y el abandono de las áreas urbanas. Uno de los primeros investigadores de la historia de Caldas, Antonio García, señala que “la minería y la expropiación de las labranzas indígenas estanca y liquida la agricultura, principal base de sustento12 [...] Fundamentadas sobre una sola actividad económica, las poblaciones tienen que desplazarse o se destruyen, sitiadas por hambre” (García, 1978, p. 28). Solo la supervivencia de pequeñas comunidades indígenas en la región de Quiebralomo (hoy Riosucio) y las escasas actividades mineras mantuvieron la zona como en un aletargado episodio que solo era interrumpido por el paso de esporádicos comerciantes procedentes de Popayán y de Antioquia que atravesaban el territorio. A propósito, esta vía de comunicación trazada por las montañas, pero que tenía como referencia el río Cauca, era una de las tres que penetraban en la aislada región antioqueña durante gran parte de la Colonia, y las condiciones de la ruta eran deplorables13.

Antonio García (1978) apunta que no se abrían caminos de herradura sino “en las regiones topográficamente más accesibles” (1978, p. 28); pero como precisamente el paso por este sector medio del río Cauca es particularmente abrupto, las vías debían ser precarias trochas en las que, prosigue García, “los indios se emplean como animales de carga” cuando la introducción de esclavos negros en las minas “deja población indígena disponible y se abarata el costo de transporte. El indio no se libera de su condición de bestia de transporte, mientras los caminos no permitan el acceso de animales de carga” (1978, p. 28). Solo en el siglo XIX, cuando las condiciones políticas y económicas comenzaron a cambiar y cuando se produjo el desplazamiento poblacional, fundamentalmente de antioqueños, hacia esa zona, la región que venimos describiendo se reactivó positivamente y las antiguas poblaciones volvieron a adquirir importancia regional.

De la ciudad conquistadora a la colonia agrícola

En el siglo XVII la situación comenzó a cambiar en Antioquia con el desplazamiento incipiente de las actividades productivas hacia el valle central de Aburrá y hacia los altiplanos del norte y el oriente. La minería continuó siendo el factor determinante en ese desplazamiento, especialmente en el norte, en el Valle de los Osos, donde empezaron a darse grandes concesiones a los mineros y, posteriormente Cédulas Reales de Minas que dieron origen a las primitivas poblaciones que se desarrollaron sin arte, sin comodidades y sin higiene. Como su longevidad dependía de la suerte que corrieran las minas, no llegaron a florecer sino muy pocas. Algunos de estos villorrios, calificados como “sitios” o “partidos”, llegaron con el tiempo a convertirse en viceparroquias y parroquias, y fueron los gérmenes de muchas ciudades importantes en los siglos XVIII y XIX (Marcos, 1952, p. 18).

Pero existió un hecho significativo: el Valle de Aburrá, caracterizado por la fertilidad de sus tierras, le permitió a la “villa” de Medellín, situada en él, consolidarse como centro de aprovisionamiento de alimentos agrícolas para los centros mineros (ver figura 8). Los historiadores que han realizado estudios sobre la génesis de esta ciudad coinciden, desde Manuel Uribe Ángel, en que con anterioridad a su fundación “muchas ilustres familias españolas habitaban como patriarcales los caseríos extendidos a lo largo y ancho del fecundo valle” (Uribe, 1885, p. 124). Es decir, que, en 1675, año en que se le ha atribuido su fundación, allí no existían prácticamente pueblos de indígenas, porque se los había exterminado casi por completo, y quienes allí estaban asentados eran españoles que cultivaban “fundos rurales” con una rudimentaria reducción indígena asentada en lo que hoy es El Poblado. Según Frank Safford, con la decadencia de los yacimientos mineros de los distritos iniciales sobre los ríos Cauca y Nechí, a mediados del siglo XVII,

los antioqueños emprendieron la colonización del área ubicada al oriente de Santa Fe (de Antioquia). Se establecieron inicialmente en el Valle de Aburrá que, si bien, carecía de minas, estaba bien dotado de recursos para la agricultura. Con el correr del siglo y desde la década de 1630 el Valle de Aburrá empezó a suministrar comestibles a los nuevos campos mineros que se estaban desarrollando hacia el norte, en Santa Rosa de Osos, y hacia el oriente, en los alrededores de Rionegro. (Palacios y Safford, 2002, p. 124)

Este fenómeno fue el que produjo “la creciente importancia del Valle de Aburrá” y el que “llevó a los colonos a fundar el nuevo pueblo de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín” (Palacios y Safford, 2002, p. 124).


Figura 8. Mapa del centroccidente de Colombia durante la Colonia. Circunscripción de la ciudad de Arma

Fuente: elaboración propia a partir de Uribe (1885) y Jaramillo (2003). Base cartográfica: IGAC.

Diseñador visual Ricardo Castro Ramos.

A lo que asistimos, después de más de un siglo de la incursión conquistadora en Antioquia, es a un evidente cambio en la orientación y en los sustentos productivos de las nuevas ciudades. Ya no eran conquistadores, sino “colonos”, quienes fundaban un poblado, y allí no existía ninguna motivación de orden militar ni político: los agricultores actuaron con el criterio de crear un centro de abastecimiento para las minas del norte y el oriente, es decir, fundaron una colonia agrícola14. Igualmente, allí ya no existía una plaza de armas ni probablemente se hincaba la picota, sino que se disponía de una plaza de mercado que cumpliera con su nueva función (García, 1937, p. 22). Esto en Antioquia es muy particular, por cuanto la vida económica de esa provincia se había caracterizado exclusivamente por el oro hasta ese acontecimiento, y las fundaciones de ciudades se habían realizado con la motivación económica de las minas. También es muy peculiar el hecho de que se diluyera un tanto la figura del protagonista de esa decisión y, además, propietario de los terrenos de la fundación, en este caso, el alférez Alonso López de Restrepo y Méndez Sotomayor (Arango, 2001, p. 24), y lo que queda claro es que la fundación no fue unipersonal, sino un acto fundamentalmente colectivo que indudablemente iba a beneficiar al conglomerado de colonos y a legitimar sus propiedades. Otro hecho significativo de esa fundación es que no estuvo ligada tampoco a la gran hacienda como fue característica en las regiones del Alto Cauca y la sabana de Bogotá. La estructura de la propiedad era eminentemente campesina, y no se llegó a concentrar allí la tierra como en otros lugares de Antioquia; este hecho, junto con su papel de abastecedora de las regiones mineras, debió incidir en un incipiente desarrollo del mercado interno, donde el comerciante pudo afincarse y comenzar a construir su prestigio. De todas formas, el poblado continuó dependiendo de Santa Fe de Antioquia y, según Uribe Ángel, progresó con suma lentitud durante los siglos XVII, XVIII y principios del XIX, a pesar de sus favorables condiciones. De tal manera que, dos decenas de años después de la Independencia, la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria era una población de reducida importancia (Uribe, 1885, pp. 124-125); Solo con la erección como capital de la provincia, en 1826, comenzó a alcanzar la prosperidad que la caracterizó en los siglos XIX y XX.

La hipótesis que planteamos es, entonces, que la fundación de Medellín marcó con nitidez el quiebre en la esencia del tipo de génesis urbana que se realizó en Antioquia: se pasó de la ciudad fundada con un carácter eminentemente político a otra donde los presupuestos eran claramente económicos; de unos centros de poder para dominar un territorio a la concreción “urbana” de unas actividades agrícolas y comerciales de una región. Se había invertido el sentido que Juan Carlos Pérgolis le da a la fundación de ciudades en América, en relación con su medio circundante: ya no como centrífugas, sino como centrípetas, donde las estructuras económicas preceden a las políticas. Sin embargo, el hecho de que exista el acto fundacional con todos sus significados, superpuesto incluso sobre incipientes estructuras habitacionales que espontáneamente se hubieran ido consolidando, demuestra que, si bien los cambios estaban comenzando a producirse, la tradición de la “marcación” del territorio, el “ordenamiento” del caos natural, la centralidad espacial, en fin, todos los signos de una ciudad ideal se mantenían presentes como concreción, en últimas, de una afirmación del poder regional. No de otra forma se entienden las jerarquías y los privilegios estamentales que se instituyeron con el acto de fundación, relacionados con la mejor ubicación espacial que adquirieron los fundadores en torno al espacio central, la plaza, y también cómo se continuaron emplazando allí los signos del poder religioso y civil, la Iglesia y el cabildo: la ciudad como centro de decisiones económicas, pero, ante todo, como representación del poder que las garantice. De esta forma se está ratificando el significado que el concepto de ciudad ha adquirido y que el historiador francés George Duby resume de la siguiente manera:


Figura 9. Plano Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín (1791)

Fuente: Zambrano (1993, p. 67).

A lo largo de su historia la ciudad no se caracteriza ni por el número de habitantes, ni por las actividades de los hombres que allí habitan, sino por rasgos particulares de status jurídico, de sociabilidad y de cultura. Estos rasgos derivan del papel primordial que cumple el órgano urbano. Este papel no es económico, es político. Polis. La etimología no se equivoca. La ciudad se distingue del medio que la rodea por lo que ella es, en el paisaje, el punto de enraizamiento del poder. (Duby, 2000, p. 121)

Es claro. El caso de Medellín, que desde su nacimiento y durante un siglo y medio de su vida no se caracterizó por el número de habitantes ni por las actividades económicas que se desarrollaron en su interior, era, sin embargo, una “villa”, categoría que, como ya lo dijimos, en América era un asentamiento de españoles con dominio regional, solo diferenciable de la “ciudad” por su menor preeminencia provincial. Lo que le dio su jerarquía fue su constitución como centro político, y el acto que la concretó fue la fundación, claro está, respaldada por una actividad económica adyacente que nunca decayó. Si observamos el plano de la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín, elaborado en 1791, comprobamos que la estructura del caserío, ordenada geométricamente, está rodeada de construcciones dispersas, seguramente predios rurales con producción agropecuaria (ver figura 9). Medellín logró el título de “ciudad” solo en 1813, trece años antes de ser erigida como capital de la provincia, para igualarse con Santiago de Arma de Rionegro y con Santa Fe de Antioquia.

Entonces, desde el siglo XVI, que se caracterizó por la fundación intensiva de ciudades de conquista hasta tal punto que se lo ha denominado por los historiadores “siglo urbano” (Ocampo, 1993, p. 133), hasta las postrimerías del siglo XVII, cuando se dio el giro en la esencia de las fundaciones en Antioquia en lo que entonces, por contraposición, podríamos llamar “siglo rural”, se mantuvieron las mismas características urbanas signadas por la representación del poder. En otras palabras, cambiaron las relaciones que se daban entre el núcleo poblacional y su entorno, desde la “sociedad de conquista” hasta la sociedad de agricultores, pero continuó incólume el papel político y su correspondiente valor simbólico, que lleva implícita la fundación de una ciudad y su desarrollo posterior.

1 Narración de la fundación de Bogotá: Noticias Historiales, Tercera Noticia, capítulo VII. Citado en Salcedo (1996, p. 142).

2 Ordenanzas de nueva población. Promulgadas por Felipe II en 1573. Citado en Pérgolis (1985, p. 1).

3 Jaime Salcedo considera a Guarda (Santo Tomás de Aquino y las fuentes del urbanismo indiano) como el historiador que ha despejado la incógnita sobre el origen de la ciudad que implantaron los españoles en América.

4 Quien aportó la extensa lista de ciudades regulares ibéricas entre los siglos XII y XV fue Leopoldo Torres Valvas, entre ellas, Sangüesa y Puente la Reina (Alfonso I, 1104/1134), Villareal de Briviesca (1272), Almenara (1258), Briviesca (1208) y Guernica (1366). (Citado en Guarda, Santo Tomás de Aquino..., p. 20 y ss.) (Salcedo, 1996, p. 40).

5 Carlos Fuentes sostiene que “los primeros parlamentos europeos que lograron echar raíces e incorporar al tercer estado –los comunes– aparecieron todos en España” (Fuentes, 1992, p. 76).

6 Este concepto fue aportado por Silvia Arango en la Maestría en Historia y Teoría de la Arquitectura, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1989-1990.

7 Como explica Salcedo, la localización de la iglesia no se dio siempre de la misma manera: dispuesta de frente a la plaza (traza limeña) o dentro de la vieja tradición (traza quiteña), es decir, de lado, con la fachada hacia la calle. En ambas, en los años fundacionales, la iglesia estuvo orientada según la tradición medieval. Así, en la traza limeña, la iglesia aparece siempre en la manzana del levante (Salcedo, 1996, pp. 66-69).

8 El paso de Irra era utilizado por los indígenas, quienes dirigieron al conquistador Jorge Robledo por allí para explorar la margen derecha del río Cauca.

9 Anserma se constituyó en el siglo XVI en uno de los más importantes epicentros de la región aurífera del occidente del Nuevo Reino de Granada. El complejo minero de Cartago, Anserma y Arma producía el 85 % del oro de esa región (Ocampo, 1993, pp. 179-180).

10 El cronista Francisco Guillén (Memoria de los pueblos de la Gobernación de Popayán) señalaba en 1583 que de 20 000 indios que había en la región de Arma cuando entraron los españoles, “no hay hoy sino 500” (Ocampo, 1993, pp. 34-35).

11 Según la insinuación del historiador antioqueño Roberto Luis Jaramillo, el centro poblado de Arma fue localizado inicialmente cerca del paso de Irra (en inmediaciones de lo que hoy es Santágueda). Posteriormente, fue trasladado varias veces, cada vez más hacia el norte, hasta el sitio en que hoy se encuentra la población de Damasco. El último traslado al lugar que hoy corresponde al corregimiento de Arma se hizo en un lugar montañoso (San José), intermedio entre el río Cauca y la ciudad de Aguadas. (Entrevista con el historiador Roberto Luis Jaramillo, julio de 2003).

12 De allí que se crearan centros especiales de producción y aprovisionamiento: uno fue Mariquita, que generó la comunicación entre las minas de Marmato y Supía (el camino de Herveo); el otro originó el camino del Quindío (entre Ibagué y Cartago); esas rutas facilitaron las comunicaciones entre occidente y oriente hasta el río Magdalena.

13 Las otras dos, que la comunicaban con la costa Caribe, eran la “oficial”, por Nare, el puerto de Antioquia sobre el río Magdalena; y la del contrabando por el norte, el puerto de Espíritu Santo, sobre el río Cauca.

14 El concepto de colonia agrícola (Jaramillo, 1989) o agraria, que vamos a utilizar de aquí en adelante a partir del caso de Medellín, deberá entenderse siempre como el proceso productivo, cimentado principalmente en la agricultura, previo a la fundación de una población. Y sus miembros, asentados en un área pequeña o mediana, deberán ser considerados como labriegos que trabajan individualmente sus parcelas, pero que los agrupa unos intereses comunes sobre la tierra. El historiador Alonso Muñoz, de Sonsón, afirma que inicialmente a los colonos los mueve la necesidad primaria de conseguir alimentos, mediante el trabajo de la tierra; y, posteriormente, surgen otros requerimientos “secundarios” como la educación, el culto, el comercio y demás actividades que los induce a la constitución de un centro poblado (Entrevista: Muñoz, 1996).

3

Los móviles de la migración

El fenómeno de la migración de antioqueños hacia el sur y el suroccidente que se inició a finales del siglo XVIII, y se prolongó durante todo el XIX y parte del XX, no fue el primero que se produjo en Antioquia, sino uno de los últimos. Con razón James Parsons lo denominó “colonización antioqueña moderna” (Parsons, 1997, pp. 114-151) para diferenciarlo de otros movimientos sociales que se habían dado en la provincia con anterioridad. En efecto, desde el siglo XVI la población se había desplazado paulatinamente de las zonas cálidas del occidente y del norte a los valles y altiplanos de climas medios y fríos del centro y del oriente, como respuesta a las favorables condiciones para la colonización de esas tierras: más apropiadas para la agricultura, mejores climas, descubrimiento de nuevas minas y apertura de vías de comunicación hacia el río Magdalena (Brew, 2000, p. 4). Estos cambios de orientación se produjeron en la continuidad de la economía colonial antioqueña, basada en el saqueo del oro, pero la necesidad de abastecer las minas había inducido a una incipiente producción agrícola y al establecimiento de centros de provisión: Rionegro (1663) y Medellín (1675) sobrepasaron a Santa Fe de Antioquia y a todas las demás antiguas ciudades mineras (Cáceres, Zaragoza, Remedios y Santiago de Arma), que se aislaban cada vez más. Otro movimiento importante se produjo hacia la meseta del norte, en los siglos XVII y XVIII, del que nacieron poblados importantes como Santa Rosa de Osos (1659) y Yarumal (1786). Pero, según lo intuye el inglés Royer Brew, en el poblamiento de la provincia hacia el oriente fue significativo el acercamiento al río Magdalena, el eje vial más importante de nuestro país hasta bien entrado el siglo XX. Buscar una salida a ese río se constituía en el vínculo de Antioquia con el país y con el mundo, y por eso el altiplano oriental, con sus poblados Rionegro y Marinilla, se constituyó en el nexo más importante para lograrlo. Y de allí también partió, en lo fundamental, la migración que se inició a finales del siglo XVIII hacia el sur de la provincia (ver figura 10).

Se han argumentado tesis de diversa índole sobre las causas que le dieron el impulso decisivo a esa gran corriente humana que ocupó vastas regiones despobladas de lo que era Antioquia y sobrepasó otras latitudes del territorio colombiano, y cuyo principal ramal se orientó en la dirección sur, ocupando las estribaciones occidentales de la cordillera Central. Pero el aspecto que más ha llamado la atención de los historiadores es indudablemente el hecho de que la migración correspondió, en parte, a las condiciones de postración y aislamiento en que se encontraba Antioquia al final de la Colonia y, en parte, a su despegue después de las reformas promovidas por la Corona, y que prosiguió con la Independencia.


Figura 10. Mapa del centroccidente de Colombia (finales de la Colonia). Localización de las concesiones Villegas y Aranzazu

Fuente: elaboración propia a partir de Uribe (1885), Muñoz (2004), Henao (1993) y Jaramillo (2003). Base cartográfica: IGAC. Diseñador visual: Ricardo Castro Ramos.

La crisis desencadena la colonización

Para darnos primero una idea de la situación social y económica de los antioqueños bajo el dominio español, nada mejor que el cuadro que pintó, en 1885, el más importante historiador de Antioquia en el siglo XIX, Manuel Uribe Ángel; veamos unos apartes:

¿Cuál podría ser la fisonomía de Antioquia, cuando el último tiro de arcabuz dio la señal del completo sometimiento de los indígenas? Ciertamente un poco sombría y melancólica. Unos pocos europeos apoderados de un país de difícil entrada y escasa vida; algunos pueblos de indios, reducidos á ceniza; otros subsistentes, pero en la miseria; los campos cubiertos de osamentas humanas; unos pocos naturales obedeciendo como siervos al vencedor, y otros llenos de terror buscando abrigo en los bosques más remotos, para hurtar el cuerpo á la saña feroz de sus verdugos. (Uribe, 1885, p. 761)

Después de la larga y pertinaz guerra de conquista, con sus lógicas e infalibles consecuencias, todos, americanos y peninsulares estaban en una incómoda y precaria posición. Las sementeras se hallaban taladas, los géneros alimenticios en extrema escasez; y las ciencias y las artes, completamente ignoradas, no podían remediar, al menos con prontitud, tamaños males. El suelo, de otro lado, no era excesivamente fértil sino en algunas comarcas. (Uribe, 1885, p. 762)

Así, máquinas, libros, utensilios de agricultura y de minería eran en su mayor parte desconocidos. Estas consideraciones generales parecen explicar el espíritu de economía que hoy, á pesar de las ruinosas invasiones del lujo de otros países, se alcanza á distinguir entre muchas familias. (Uribe, 1885, p. 762)

Encerrados en estas crestas y hondonadas, sin roce alguno social, desconociendo el movimiento más o menos progresivo de la civilización, sin estudios, sin maestros, sin ejemplos y sin luz intelectual, vivieron y se multiplicaron como verdaderos montañeses, rígidos y altaneros, sin rendir culto alguno a las formas suaves de la sociedad. Dios y el hogar: he aquí el tipo del antioqueño que siguió inmediatamente a la conclusión de aquella guerra; y decimos Dios y el hogar, porque en cuanto al rey, aunque se le reconocía, quedaba muy distante. (Uribe, 1885, p. 764)

La síntesis que hace Uribe Ángel al final de su patética descripción del tipo antioqueño, sumido en las nociones de “Dios y hogar” durante la Colonia, estuvo también presente en las vísperas de la vida republicana, a juzgar por los informes de los gobernantes y visitadores virreinales que también mostraban alarmantes índices de la crisis generalizada1. La acendrada religiosidad y el espacio hogareño que acogía a la familia parecían ser los únicos refugios del pueblo antioqueño en tan dramáticas condiciones, más difíciles, parece, que las que imperaban en otras regiones también miserables y sometidas al saqueo y al vasallaje español. Una interioridad en los espíritus, pero también en el medio físico ante la imposibilidad de otear nuevos horizontes, era lo que caracterizaba a esa Antioquia colonial, cerrada y encerrada –incluso después de la Independencia Bolívar la llamaba “las soledades de Colombia”–, y cuyo único medio de producción era la minería del oro. Terrible paradoja que el padre Joaquín de Finestrad, en 1783, describía de la siguiente manera:

Lejos de persuadirme de que las minas son el ramo más feliz de la Corona soy de parecer que son la causa de los atrasos sensibles de las provincias. La de Antioquia, que toda está lastrada en oro, es la más pobre y miserable de todas. (Parsons, 1997, p. 97)

Existía, pues, la apreciación muy difundida en aquella época de que el precioso metal no podía procurar una base durable para la prosperidad y el progreso de Antioquia (Parsons, 1997, p. 97). Parsons señala que “la mayor parte de los observadores manifiestan sorprendidos el atraso, la incultura y la pobreza de la provincia. La agricultura estaba casi que totalmente descuidada por las minas, y el comercio se hallaba estacionario. Por falta de hierro, la tierra continuaba siendo desbrozada con hachas indígenas de pedernal o macanas” (Parsons, 1997, p. 26). Pero también, la infertilidad de las tierras es una característica generalizada en toda la región antioqueña, con poquísimas excepciones, como el Valle de Aburrá. Y la escasa capa vegetal del altiplano de Rionegro y Marinilla pronto se agotó a causa de las inapropiadas técnicas agrícolas para el cultivo del maíz basadas en la tala y la quema (Uribe, 1885, p. 291), lo cual agregó un índice negativo más a la situación económica descrita. Y por añadidura, “la mayor parte de los valles labrantíos y de las tierras altas graníticas eran retenidos por unos pocos concesionarios ricos” (Parsons, 1997, p. 26). Ante este cuadro desolador, es explicable la necesidad de las gentes más pobres de salir en busca de minas y de tierras, más si se tiene en cuenta que el aumento de la población –ese sí un aspecto nuevo en Antioquia al final del siglo XVIII– estaba creando una presión social muy grande ante la falta de tierras y oportunidades. Y allí, principalmente hacia el sur, se encontraban inmensos territorios fértiles casi inhabitados por vida humana, desde que tres siglos antes se hubieran extinguido casi completamente las comunidades indígenas que allí vivían: toda la vertiente occidental de la cordillera Central, desde el río Aures, al norte, hasta las proximidades de Cartago, al sur, estaba cubierta de bosques primarios y algunos secundarios casi impenetrables. Solo existían en esta zona dos caminos que atravesaban el territorio de oriente a occidente: el del Quindío, que comunicaba a Ibagué con Cartago, y el de Ervé (Herveo), de menor importancia, que relacionaba a las postradas minas de Marmato y Supía con Mariquita.

Para dar una idea de la situación en que se encontraban los habitantes de Antioquia ante la crisis y cómo era su ánimo para aventurarse a buscar nuevas tierras, Parsons transcribe un memorial de 1879, suscrito por unos “pobres vasallos” del altiplano oriental que se habían asentado en las montañas del “valle de Sonsón”:

Nosotros, los suscritos vecinos de la ciudad de Rionegro y del valle de San José de Marinilla, venimos ante vos con toda humildad [...] y declaramos: Hemos sido llevados a este movimiento por nuestra extrema pobreza en bienes materiales y por la escasez de tierras, ya para cultivarlas como propias o en las cuales construir habitaciones para nosotros y para nuestras familias. Así hemos venido, sin dinero, a estas montañas de Sonsón, donde hay buena tierra, amplios pastos para nuestros ganados, salinas y ricas minas de oro, a hacer nuestras casas y erigir una nueva población. Esto traerá beneficios, tanto para nosotros como para el real tesoro [...] como resultado del descubrimiento de dichas salinas y aluviones de oro y por la apertura de comunicaciones entre el nuevo plantío y Mariquita, que está cerca del dicho valle de Sonsón”. (Archivo de Antioquia, Medellín, Fundaciones: Sonsón, 1789-1809, hojas sin numerar. Citado en Parsons, 1997, p. 115)

Según el historiador Pedro Felipe Hoyos Körbel, el trasfondo político de este memorial consiste en que esta población quedaba en la enorme extensión de tierras concedida por la Corona española al alférez real Felipe Villegas y Córdoba (concesión Villegas), y los colonos necesitaban el respaldo del gobernador para echar adelante su proyecto (Hoyos, 2001, p. 6). El anterior documento parece ratificar lo que algunos investigadores del poblamiento han afirmado con relación a la llamada “colonización antioqueña”: que los emigrantes eran movidos por su “extrema pobreza”, aserción que puede ser válida en sus inicios, pero que no se puede generalizar a todas las épocas en que se desarrolló la migración, como veremos más adelante. Parece ser que este primer “movimiento” para ocupar el valle de Sonsón (al suroriente del río Aures) sí tenía visos de corresponder a la situación general de Antioquia ya descrita, al final del siglo XVIII. Pero es importante, además, resaltar la importancia que tales vasallos le daban a la región como vínculo de un futuro camino que comunicara con Mariquita, y también a la erección de una nueva población que le sirviera de apoyo. En la motivación de las gentes desplazadas estaba no solo la necesidad de hacerse a buen clima, a tierras y a minas, sino la posibilidad de facilitar el comercio interregional por medio de vías y de centros de acopio y de abastecimiento en la zona. En esa época, Mariquita era la provincia que colindaba con Antioquia por el suroriente, y su capital, del mismo nombre, era un nexo geográfico y comercial con el río Magdalena (Honda) y con la capital del virreinato: Santa Fe de Bogotá. Así pues, en la mentalidad de esos colonos “modernos” (parafraseando a Parsons), así fueran pobres, se adivinaba un sentido comercial bastante nítido, porque relacionaban inversión productiva con intercambio y vías de comunicación, así como con la necesidad de fundar poblados que centralizaran las decisiones económicas y políticas. Esto es supremamente importante que ocurriera en esa época y en esa región, signada precisamente por el enclaustramiento físico y mental y por el atraso en la producción. Con relación a esto, Otto Morales Benítez trae la siguiente apreciación de Alejandro López2, uno de los primeros analistas del fenómeno colonizador: “El aislamiento de cada poblado y el cultivo simplemente extensivo de las tierras creaba en cada población una economía cerrada con pocas posibilidades de intercambio de productos con otras más o menos lejanas”, situación que para López ayudó a desatar la colonización. Las gentes no quisieron permanecer ociosas: “No iban a comprar tierras; iban a ocuparlas, las más de las veces arrebatándoselas al poseedor excluyente” (Morales, 1995, pp. 62-63). Al respecto, es fundamental mencionar algo que desarrollaremos en el siguiente aparte: el papel del minero independiente y el del comerciante fueron definitivos en el despegue de Antioquia al final de la Colonia. De la movilidad social que generó la búsqueda de oro, a pesar de su lastre y causa del decaimiento productivo, quedó una actitud de motivación económica y de amplitud de horizontes, que serán los aspectos que caracterizarán a los antioqueños a partir de los inicios del siglo XIX3.

La relatividad de la decadencia

Según lo visto en el anterior aparte, existe el criterio generalizado de que imperaba una crisis económica y social en Antioquia a finales del siglo XVIII. Pero también se ha divulgado la idea de que la labor del visitador oidor Juan Antonio Mon y Velarde por esa época (1785-1788) fue la que sacó a la provincia del estado de decaimiento general4. Si bien es cierto que ambos hechos tienen algo de verdad, es necesario precisarlos y entender que existían condiciones más profundas que fueron las que en verdad decidieron los destinos de Antioquia y, particularmente, contribuyeron de forma decisiva al proceso de poblamiento y fundación de ciudades más importante del período independiente de Colombia. Para empezar, remitámonos a lo que la investigadora Ann Twinan, tal como lo había esbozado Parsons, señala como actitud “atípica” de los antioqueños ante la propiedad de la tierra en la Colonia, “en una sociedad donde la propiedad territorial se consideraba la más segura inversión y la fuente de prestigio social y poder político”. Sin embargo, reafirma Jaime Jaramillo Uribe, en el caso de Antioquia, “allí la gran hacienda5 tuvo un desarrollo limitado y su producción estuvo destinada a la satisfacción de las necesidades locales y las de los inmediatos distritos mineros” (Jaramillo, 1987, p. 62).

Por otra parte, la investigación de Álvaro López Toro demuestra que los fenómenos económicos y sociales son más complejos de lo que muchas veces se pretende exponer. Ante todo, explica también cómo el caso antioqueño se diferencia de los del resto del país, porque allí la gran hacienda tuvo limitaciones en su desarrollo6, y reconoce la especialidad de la producción colonial antioqueña, orientada a la explotación minera esclavista ante la progresiva escasez y el bajo rendimiento de la mano de obra indígena (López, 1979, pp. 11-12). Se produjo así un “proceso de desarrollo económico dentro de un modelo de crecimiento desequilibrado entre dos sectores productivos, de los cuales el minero era el sector líder y el agrícola el sector atrasado” (López, 1979, p. 23). También López expone los siguientes rasgos particulares de la evolución de las relaciones productivas en la provincia durante la Colonia, para explicar su posterior desarrollo en la República: desde la segunda mitad del siglo XVII, comenzó a presentarse en Antioquia el fenómeno del pequeño minero o mazamorrero, y poco a poco se formaron núcleos de gente nómada, buscadores de oro autónomos y aventureros. Al lado de estos grupos independientes, operaban también empresarios lavadores de oro que iban desplazándose hacia las altiplanicies del centro y del oriente de la provincia, en donde el clima era más favorable (López, 1979, pp. 13-14). En este panorama, se manifestó el advenimiento gradual de una nueva clase social, compuesta por un grupo de comerciantes y “rescatantes”, importadores e intermediarios entre el agricultor o ganadero y el productor minero. Y asegura López que las condiciones en que se movía el comerciante eran bien diferentes de las que prevalecían en el sistema de la hacienda, porque en Antioquia los productores no se constituyeron en sus clientes perpetuos, y en medio de las dificultades se desarrolló una escuela de disciplina cuyos resultados lo colocaron en una posición favorable para operaciones de alto alcance y para asegurarse el dominio político posterior a la Independencia (López, 1979, pp. 17-21). Estos aspectos llevaban implícitos la movilidad social, el debilitamiento del latifundio, la dispersión demográfica y la diversificación urbana, y, como afirma Albeiro Valencia, sirvieron de base para orientar la colonización y el poblamiento del suroriente antioqueño y el Gran Caldas (Valencia, 2000, p. 4).

El proceso expuesto por López Toro demuestra que los fundamentos económicos del siglo XIX en Antioquia se encuentran en el período colonial. Es decir, que a pesar de la crisis de finales del siglo XVIII se venían produciendo internamente unas condiciones favorables para el despegue posterior, y que lo que hicieron los reformadores Francisco Silvestre y Mon y Velarde estaba sustentado sobre unos cimientos que ya se estaban consolidando. Al respecto, uno de los más importantes historiadores económicos del siglo XIX en Colombia, el norteamericano Frank Safford, hace precisiones que son clave para entender los procesos económicos de la provincia en las postrimerías del período colonial. Observa que “las lamentaciones de los administradores españoles tienen que ver muchas veces con la falta de servicios públicos necesarios en el mundo civilizado”, principalmente en los pueblos de minas decadentes, como Remedios, Zaragoza, Cáceres y Santiago de Arma. Y agrega que “en Medellín y Rionegro, los centros comerciales que se desarrollaron en el siglo XVIII, se encontraba una comodidad igual al menos con la de Bogotá” (Safford, 1965, p. 61). Es decir, plantea la relatividad de la situación de postración económica en toda Antioquia y sostiene que existían diferencias marcadas entre las antiguas y las nuevas ciudades. Pero, con relación a la falta de servicios públicos, deja entrever que también hay contrastes en el interior de algunos pueblos cuando anota que era perfectamente factible “la coexistencia de una pobreza pública con una riqueza particular”, sobre todo en algunos “de fundación reciente y muy lejos de los centros administrativos” (Safford, 1965, p. 61). Deja claro que la “pobreza” no era general, que ya existía una concentración de riqueza particular, e insinúa que la abundancia de oro que se producía se estaba concentrando en pocas manos.

Las aseveraciones de Safford en el sentido de que la acumulación de capital ya se estaba dando al final de la Colonia coinciden con la posición del historiador inglés Roger Brew, quien asegura que en las dos últimas décadas del siglo XVIII comenzaron a prosperar los grupos comerciales de Rionegro y Medellín7 (Brew, 2000, p. 55). Para Brew, como para Safford, el dinamismo de estos se relacionó con la minería, pero fundamentalmente con el intermediario comerciante que estableció relaciones económicas entre los diferentes mercados basadas en el oro. Esta es la clave para entender el despegue de Antioquia desde finales del siglo XVIII, mucho antes del incipiente repunt e del tabaco o del gran auge cafetero o de la industrialización manufacturera del siglo XX. El padre Finestrad tenía razón en que la causa de la pobreza de Antioquia en la Colonia era la abundancia del oro, pero no por el oro en sí, sino por su utilización. Por eso, Safford aduce que lo que Finestrad lamentaba era “la necesidad de exportar oro” y que una parte de los artículos de consumo se importaran a un costo muy alto. Por eso, ante la situación de atraso técnico y la tendencia al monocultivo del maíz, “quería una economía más equilibrada, si no autárquica, en la cual todos los artículos de primera necesidad se producirían dentro de la región a menor costo” (Safford, 1965, pp. 62-63). Y esa situación ya se comenzaba a dar en las regiones principalmente frías, y en familias inicialmente de bajos ingresos y escasa educación, aprovechando las grandes diferencias de precio entre los distintos mercados que empezaban a tener contacto entre sí. Así se explica cómo esa “élite” de comerciantes, principalmente de Medellín, contribuyó con sumas considerables a la causa de la Independencia (Brew, 2000, pp. 5-6).

Por consiguiente, existía ya a finales del siglo XVIII una incipiente acumulación de capital, basada en el oro, entre la ascendente capa de comerciantes de Medellín y de la región oriental de Antioquia. Esto hace suponer que la expansión poblacional que se produjo hacia el sur y el suroeste pudo haber sido inducida, en alguna medida, por esos intereses económicos que comenzaban a darse. Veamos a continuación en qué medida la acción política y administrativa pudo coadyuvar a ese cometido y cómo la estructura de la tenencia de la tierra se constituyó en la condición necesaria para lograrlo.

Reformas y despegue económico

En la historiografía de Antioquia se ha mencionado, casi sin excepción, el papel predominante que cumplieron algunos legisladores en el decisivo despegue social y económico que se produjo en esa provincia al final de la dominación española. Las reformas del gobernador Francisco Silvestre, con el postrero apoyo del visitador, oidor Antonio Mon y Velarde8, en verdad contribuyeron al desarrollo de las relaciones productivas y, por ende, al poblamiento de nuevas regiones y al establecimiento de colonias agrícolas. Esta política reformista no era exclusiva de Antioquia, se extendía a toda Latinoamérica y obedecía a dictámenes que provenían directamente de las Coronas española y portuguesa, más concretamente en la España de los ministros del rey Carlos III, de la dinastía borbónica, que en una continuidad colonialista interpretaban con claridad la nueva época, cuyas manifestaciones se extendían a todo el mundo conectado con los mercados internacionales. Al respecto, José Luis Romero (1984), uno de los más importantes historiadores urbanos de Latinoamérica, define el fenómeno reformista así:

La presión del mundo mercantilista sobre la península alcanzó a mediados del siglo XVIII tal grado de intensidad que los grupos más lúcidos encabezaron un movimiento para renovar la vida económica, social y cultural de ambos reinos. Fue la era de las ‘reformas’, esto es, del reajuste de las estructuras sin modificarlas, mediante decisiones racionalmente elaboradas –sobre la base de la experiencia extranjera– que desterraran los prejuicios y los sistemas consuetudinarios que impedían un desarrollo óptimo de las posibilidades.

Y más adelante afirma que, “si el campo de las reformas alcanzó a la política, fue solo para acentuar el autoritarismo” (Romero, 1984, p. 151). En sí, la posición de los grupos reformistas ibéricos obedeció a una particular interpretación del pensamiento ilustrado que había penetrado la Corona española, ya con ánimo prevenido –la guillotina había cortado cabezas en el reino vecino–, o ya con el criterio de reformar ahora, para que no cambiara al final nada. Claro que también contribuyó a propiciar un ambiente científico y, en forma indirecta, a agitar el clima revolucionario que a la postre se revirtió contra los dominadores y que fue capitalizado por los nacientes grupos criollos9. “A través de extraños canales, la reforma se transformaba en revolución” (Romero, 1984, p. 153).

En esta atmósfera renovadora relacionada con la ampliación de los mercados y las ideas, para el dignatario Francisco Silvestre –cuando asumió el primero de sus dos mandatos en Antioquia (1775)– debió resultar un verdadero desafío enfrentarse a una provincia absolutamente postrada y encerrada. Por eso, “su primera preocupación fue la relacionada con la apertura de caminos a fin de abrir la provincia al flujo comercial entre los puertos del norte y la capital del reino”. Y el primer camino que proyectó fue el que comunicara a Santa Fe de Antioquia con el río Magdalena (Mariquita y Honda) por la vía de Sonsón (Robinson, 1988, p. 24). Igualmente, los gobernantes “desarrollistas” pretendían introducir modificaciones en la administración, en los sistemas productivos y en la posesión de las tierras con el solo interés de asegurar un mejor recaudo del tesoro real10. No era posible que el saqueo fuera acaparado por unos aventureros que actuaban a nombre del Rey, pero al final a la Corona no le quedaba sino la mínima parte del botín. Al respecto, es ilustrativo el siguiente criterio que Mon y Velarde emitió con respecto a la distribución desigual de las tierras, que repercutía negativamente en la recaudación del erario:

Mi ánimo no es perjudicar a nadie; pero tampoco será justo que, por comprender un sujeto inmensidad de tierras en un registro o denuncia, acaso por cortísima cantidad que entren en cajas, quede privado su majestad de conceder tierras a cien colonos que perpetuamente contribuyen a su erario y le sean útiles, aumentándose acaso a cien mil... (Robledo, 1954, pp. 76-77)

Debido a que la actividad productiva se concentraba casi exclusivamente en la minería y no había cómo abastecer de alimentos a esa provincia aislada, el principal cometido de los reformadores era propiciar la agricultura, que hasta ese momento había sido “mirada con poco aprecio”, según el visitador (Robledo, 1954, p. 102). Pero, como el obstáculo para desarrollar esta actividad era la concentración de las tierras, era necesaria una reforma agraria que garantizara la función social de la propiedad y la eliminación de las tierras improductivas. Entonces, el impulso a la colonización de las áreas potencialmente agrícolas tropezaba con las grandes mercedes de tierra concedidas por el rey pero que estaban al margen de los desarrollos económicos11. Por eso se explica en parte, como lo señala Hoyos Körbel, que Mon y Velarde haya propiciado dicha colonización hacia el valle de los Osos, en el norte, debido a que principalmente allí “existían concesiones de tierras hechas por la Corona, más fáciles de conciliar que aquellas concesiones que cerraban el sur” (Hoyos, 2001, pp. 5-6). Hoyos debe referirse fundamentalmente a la concesión Villegas, creada en 1763 entre los ríos Buey y Arma. Esta concesión se había creado bajo una norma vigente desde 1754 que favorecía la gran propiedad, como todas las promulgadas desde el siglo XVI, basadas en los privilegios y en los servicios prestados a la Corona. Pero, a partir de la real cédula de 1780, bajo le égida borbónica, se modificó sustancialmente el criterio de adjudicación de las concesiones: ahora se entregaban a cambio de tributos a la Real Hacienda; de esta manera se beneficiaron aquellos que podían ofrecer y pagar más en los “remates” de tierras (Arango, 2002, p. 40). Es significativo que el cambio de orientación en la legislación de la Corona sobre la propiedad de la tierra, basada en el poder económico, coincidiera en Antioquia con el primer auge de los comerciantes de Medellín y Rionegro, ya reseñado arriba, que comenzaban a prosperar basados en la primera acumulación de capital procedente de la minería del oro. El latifundio adquiría así en Antioquia una dimensión diferente de la que había prevalecido en el resto del virreinato: no representaba estrictamente un factor de inmovilidad como el imperante en la provincia del Cauca, en la costa atlántica o en el altiplano cundiboyacense, puesto que se concentraba en manos de hombres con gran poder económico que fincaban su prosperidad en la posible venta de parcelas valorizadas por la acción dinámica de miles de colonos que las estaban poniendo a producir12. Esta situación, agravada por el fuerte crecimiento demográfico de la segunda mitad del siglo XVIII en Antioquia, originó que los pobladores sin tierra –por lo general pobres y sin posibilidad de dedicarse a las actividades de sustento que proporcionaban la minería y la agricultura– quedaran limitados en sus posibilidades de expansión y desarrollo (Arango, 2002, p. 40).

Entonces, las reformas en la tenencia de la tierra no representaron de verdad cambios en la estructura agraria. Las propiedades seguían siendo improductivas y no se las vinculó a ninguno de los renglones agroexportadores que requerían los países industrializados, lo cual originó la consiguiente pérdida de ingresos para la Corona; el potencial humano que podía cultivar la tierra seguía siendo desplazado o agregado a los latifundios; y a pesar de que las posesiones territoriales se convirtieron en una mercancía, la mentalidad feudal se mantenía y las familias tradicionales relacionadas endogámicamente mantuvieron sus privilegios (Arango, 2002, p. 199). Como señala Roberto Luis Jaramillo, “las élites de Antioquia se habían amparado hábilmente en las normas de 1754 y 1780 para adquirir grandes extensiones de terrenos, para acapararlos y prepararse para la famosa empresa de la ‘colonización antioqueña’: tenían una economía capaz y suficiente, apoyada en un renacer de la minería y en una habilidad especial para el comercio legal o clandestino, y para el transporte” (Jaramillo, 1989, p. 39). Esta situación condujo a que en 1786 y 1798 se dictaran nuevas normas –ante los conflictos que generó la de 1780– que permitieron la imposición del criterio de que se aplicaría el derecho de propiedad a quienes cultivaran las tierras baldías y que todo terreno que fuera abandonado por cuatro años podría adjudicarse a quienes quisieran desmontar, sembrar y cultivar, prefiriendo a quien las denunciara (Arango, 2002, p. 41). Por lo menos en esta norma escrita había alguna voluntad de cambio de las relaciones de propiedad, pero las argucias legales e ilegales de los poderosos y las influencias políticas ocasionaron privilegios y acaparamientos en una sociedad en la que predominaban la pobreza y el analfabetismo13. Tal fue el caso de la concesión asignada al súbdito español José María Aranzazu (concesión Aranzazu) en 1801, en cuya gran extensión entre los ríos Pácora y Pozo ni su propietario ni sus descendientes realizaron una sola mejora hasta que les fue ratificado el título en 1824, en plena República.

Entre las anteriores circunstancias descritas era lógico que aumentaran los desempleados y desplazados, a los que los gobernantes ilustrados tildaban de “vagamundos y ociosos” y a los que había que forzar para que salieran de sus territorios y formaran nuevas poblaciones. Es claro que lo que se pretendía era dirigir y formar colonias agrícolas para tratar de controlar a los pobladores para que no realizaran colonizaciones por su propia cuenta. Y, anota Eduardo Santa, ante la resistencia de algunos terratenientes por las medidas de Mon y Velarde, este los convenció de que las fundaciones valorizaban las minas y las tierras y que no era justo que la Corona quedara privada del erario de los colonos (Santa, 1993, pp. 45-46). Como ya señalamos, la colonización y la fundación de poblados bajo los nuevos criterios se dirigieron en lo fundamental al valle de los Osos, al norte de la provincia, bajo el auspicio del visitador Mon y Velarde. Se fundaron así establecimientos agrícolas en las altiplanicies más frías y libres del paludismo y se ofrecieron bonificaciones por la introducción de nuevos cultivos, bajo la disciplina del trabajo (Parsons, 1997, p. 27). Pero también hacia el sur y el suroeste, más en forma espontánea, la colonización y la fundación de poblados prosiguieron a pesar de los grandes obstáculos que significaron para los colonos las grandes concesiones de tierra al sur de la provincia, las cuales no desanimaron del todo a los antioqueños desposeídos, porque lentamente se iban filtrando en búsqueda de una mejor vida (Hoyos, 2001, p. 6).

La relación de los hechos hasta aquí consignados, referente a las reformas de las últimas dos décadas del siglo XVIII en Antioquia, muestra claramente que los “regeneradores” favorecieron fundamentalmente a las élites, que la estructura de la propiedad de la tierra se mantuvo o se concentró aún más y que la “colonización” estaba preparada para que los grupos económicos poderosos se beneficiaran de ella mientras fueran sus protagonistas. Sin duda, existía la intención de propiciarla y dirigirla con el apoyo gubernamental, apuntalado con recursos tributarios y eficiente administración, pero dando cierto margen para que los desposeídos marcaran los derroteros con su trabajo, valorizaran las tierras y prepararan el camino para una supuesta colonización empresarial. Entonces, desde el principio, la colonización “moderna” tuvo dos impulsores: por una parte, los colonos en “extrema pobreza”, y por el otro, el gobierno provincial al servicio de los grandes poderes comerciales y territoriales en ciernes. Sin embargo, en esos momentos iniciales era evidente que los primeros fueron los principales protagonistas, quienes de manera espontánea realizaron sus avanzadas hacia el sur, invadiendo la gran concesión Villegas. La acción gubernamental, que en el papel tenía todo calculado, en la práctica, en el norte tuvo que tropezar necesariamente con las condiciones propias de los lugares y con las acciones espontáneas de los colonos; y en el sur, a pesar de los esfuerzos de las autoridades de la ciudad de Rionegro para encauzar la colonización de manera oficial, la migración desbordada la sobrepasó y solo los latifundistas trataron de canalizarla en su propio beneficio.

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22 ekim 2025
Hacim:
553 s. 72 illüstrasyon
ISBN:
9789587836677
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