Kitabı oku: «El medallón misterioso»

GINKGO BILOBA 
© del texto: Belén A.L. Yoldi
© diseño de cubierta: Equipo BABIDI–BÚ
© de esta edición:
Avda. San Francisco Javier, 9, 6ª, 23
Edificio Sevilla 2
41018 - SEVILLA - España
Tlfns: 912.665.684
www.babidibulibros.com
Primera edición: enero, 2022
ISBN: 978-84-19106-97-1
Producción del ePub: booqlab
transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o scanear algún fragmento de esta obra».
Dedicado a mi gran familia. En especial para mis padres: Ignacio y Maribel.
«Cuando ante ti se abran muchos caminos y no sepas cuál recorrer, no te metas en uno cualquiera al azar; siéntate y aguarda. Respira con la confiada profundidad con que respiraste el día en que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga: aguarda y aguarda más aún. Quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón. Y cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve». «Donde el corazón te lleve» de Susanna Tamaro
ÍNDICE
El nigromante de la torre
PARTE 4. UNA ALDEA EN LAS NUBLADAS
Los cazadores de cabezas
Un mal despertar
La huida
La persecución
Tras las huellas de los darkos
El rescate
La aldea
Una tregua breve
La patrulla
En el portillo de los cabreros
PARTE 5. BAJO LA BÓVEDA DE LAS ESTRELLAS
Un regreso accidentado
Selene, la artista de Bernedo
Un nuevo compañero de viaje
Un vuelo por el espacio
PARTE 6. LA ESTEPA PÚRPURA
En la estepa púrpura
En el campamento Kasak
Gorgonias y telumorfos
Camino a las montañas del cielo
El mentagión
| EL NIGROMANTEDE LA TORRE |
En lo alto de la Torre de los Espejos que se levantaba sobre un islote en mitad del Mar de la Locura, un encapuchado escudriñaba en el interior de una esfera casi tan alta como él. De las cuencas vacías de sus ojos salía una luz eléctrica que se reflejaba en la superficie curva de la esfera como los faros encendidos de un coche deportivo en un espejo retrovisor.
Afuera era noche cerrada. A través de los cristales de la cúpula se podía ver el vuelo ominoso de un dragón, su sombra más negra aún que la noche se recortaba contra el cielo estrellado. Por lo demás, estaba solo.
Dentro de la gran bola vítrea se reproducían en aquel momento imágenes muy vivas, con destellos y sombras de un bosque tenebroso, primero, de un arco de mármol blanco y de montañas agrestes después. Los colores escapaban de la esfera y se reflejaban en las paredes y teñían la atmósfera del salón circular, creando un caleidoscopio en movimiento de tonalidades cambiantes.
El encapuchado alzó la mano enguantada y, al colocarla sobre la superficie de la esfera, un rostro moreno y barbudo pasó al primer plano. El espía de la torre examinó con atención a aquel hombre de mirada magnética y dura que se proyectaba dentro de la bola y que, evidentemente, no podía verlo a él. Se fijó en la espada que sobresalía sobre su hombro, con aquel rubí tan valioso adornando la empuñadura. Luego estudió a las personas inofensivas que lo acompañaban, caminando por la montaña, una mujer de cabellos cobrizos y dos muchachos, chico y chica. Se fijó sobre todo en la mujer, que llevaba colgando del cuello un amuleto de plata con el árbol de la vida.
Tras un agudo examen, dejó que la escena siguiera su curso. Parecía ver una película de cine, solo que esta era una película en tres dimensiones y con personajes palpitantes, muy real.
El encapuchado estaba espiando con la esfera a Miles, el guerrero Ad-whar errante, y a Finisterre, la monitora del campamento de Ochate, en su viaje con Nika y Javier a través del Bosque Umbrío, los Desfiladeros del Buitre y las Montañas Nubladas.
Pronto, muy pronto, esos extranjeros caerían en sus manos. Y el errante también.
Pasó su dedo índice de nuevo sobre la esfera y la imagen cambió para dar paso a otras en las que se aparecían hombres armados con espadas y hachas, también vio a duendes con piel de lagarto y a bestias que rastreaban las huellas de los forasteros en la montaña.
El encapuchado volvió a enfocar la vista en los cuatro viajeros y murmuró:
—¡La red está tendida! Todos los puntos de desembarco, controlados. —Y añadió con determinación implacable—: Vayan donde vayan, ¡mis sicarios estarán allí, para cazarlos! Están rodeados. No podrán escapar.
Hablaba quién sabe si para él mismo o para alguien que podía escucharlo en la distancia a través de algún altavoz. El caso es que su voz salía amenazadora y sibilina desde dentro de la capucha, aunque por el sonido podría haber salido perfectamente desde las mismísimas profundidades del averno.
—¡Solo falta añadir un detalle para que la trampa se cierre definitivamente! Así la caza tendrá mayor emoción todavía…
El extraño personaje se dio la vuelta con decisión, en medio de un revoloteo airoso de la capa morada que le cubría. Al separarse, la luz de la esfera se apagó y su superficie se tornó opaca, gris platino. Él abandonó la sala sin mirar atrás, bajó con paso altivo por unas largas escaleras de caracol y salió al aire libre.
El islote estaba en medio de un océano negro azotado por un viento inclemente. Las olas alborotadas se rompían con bulla contra el anillo de arrecifes que rodeaba el peñón, pero allí se apaciguaban y después llegaban mansas a la orilla pedregosa. La espuma blanca era el único signo de vida marina en la quietud.
Alumbrado por dos lunas soberbias, una blanca y enorme, otra cobriza, el encapuchado bajó la escalinata exterior con poderío, pasando al lado de una esfinge, y continuó adelante sin estremecerse. Unas figuras de humo gris vinieron a su encuentro, le rodearon e hicieron pasillo en torno suyo. Era un ejército de sombras evanescentes, de fumaradas que se desdibujaban y dibujaban con formas cambiantes de fantasmas, que montaban guardia a derecha e izquierda, y alrededor de la torre.
Escoltado por esa guardia incorpórea, el encapuchado llegó hasta el borde mismo de la orilla, donde sus pies casi podían tocar el mar, y se detuvo. Se abrió la capa y una luz proyectada desde su interior iluminó el contorno. Levantó en alto un bastón metálico y pronunció unas frases retumbantes e ininteligibles dirigidas a la noche que sonaron como un mantra. El cabezal esférico del bastón emitió entonces unos haces muy potentes de azul eléctrico y automáticamente la superficie del mar cambió. Se espesó como papilla de metal derretido teñido de tinta negra.
A una orden del encapuchado, se formaron unas ondas circulares que tremolaban serpenteantes y giraban con reflejos de mercurio líquido, lentamente. Las ondas se fueron haciendo más profundas y separadas, conforme la voz se tornaba más imperiosa. Dentro de ese remolino líquido metálico se abrió al fin un pozo y por él salieron unas volutas densas de gris ceniciento muy semejantes a las de los centinelas fantasmas. Las volutas emergían de las profundidades de aquel pozo negro modelando figuras de humo que, poco a poco, fueron ganando cuerpo, hasta adoptar unas formas semihumanas delante del personaje que las había convocado. El agua negra iba resbalando de sus cabezas agachadas al elevarse, luego de sus hombros escurridos, de sus extremidades esqueléticas, de los garfios de sus uñas, hasta dejar unos cuerpos femeninos macabros al descubierto.
A una orden del encapuchado, esos seres tenebrosos despertaron. Levantaron los rostros cadavéricos hacia aquel que les había convocado y desplegaron unas alas polvorientas de polilla nocturna. El mago, adelantando el cabezal metálico del bastón hacia ellos, ordenó con voz cruel:
—¡Traedme a la presa que estoy buscando! ¡Necesito su cuerpo y también su alma!
Las horribles criaturas alzaron el vuelo obedientes y se perdieron en la noche agitando sus alas grises, camino de la tierra de los mortales.
| LOS CAZADORESDE CABEZAS |
Esa mañana se habían levantado contentos y más descansados en una choza de las Montañas Nubladas, en la frontera de Arn-Goroth. Habían iniciado el camino en compañía de Miles, el guerrero Ad-whar errante que un par de días atrás les había protegido del ataque de un broncotauro, un monstruo mitad orangután mitad toro que habitaba en las tierras ásperas del Bosque Umbrío. Desde entonces viajaban con él. Les había prometido guiarles hasta la Montaña del Oráculo, en Metairos, donde esperaban encontrar respuestas al misterio de por qué estaban allí los tres, en un universo paralelo viviendo aventuras que ellos no deseaban. Nika, Javier y Finisterre solo querían que ese oráculo les mostrase el modo de regresar a su casa. Era lo único que les importaba.
Por suerte, Miles viajaba también en esa dirección, aunque él por otros motivos muy distintos que aún no había terminado de desvelar y que ellos preferían no saber, pero que se imaginaban por la mirada peligrosa y la espada afilada de aquel tipo.
Justo habían comenzado a caminar, risueños, cuando en la lejanía había sonado de repente un chasquido seco, como el de la rama de un árbol al partirse por la mitad. Y ese chasquido había provocado que el guerrero Ad-whar levantara la cabeza con inquietud hacia las cimas de los montes. A continuación, habían escuchado aquel aullido salvaje y un rasquido, como el arañar de unas patas duras en la superficie de la tierra. Y eso había trastocado de golpe todos sus planes.
—¿¡Qué pasa!? —habían preguntado ellos a su guía, alarmados.
—Alguien ha dado suelta a una jauría y… ¡nosotros somos las presas! —les había informado el guerrero con voz grave, acelerando el paso y cambiando de rumbo.
—¿¡Nosotros!?
No había tiempo para explicaciones y Miles no se entretuvo en darlas.
Hasta sus oídos llegó de nuevo aquel sonido espeluznante. Y el guerrero se había lanzado montaña abajo a la carrera, conminándoles a seguirlo, diciendo con una urgencia desusada en él:
—¡CORRED! ¡CORRED, POR VUESTRA VIDA!
Y cuando ellos le habían preguntado la razón de sus prisas, qué era aquello que venía aullando por la montaña, su guía les había respondido con aquella frase críptica:
—¡El demonio y la oscuridad cabalgan juntos!
La frase parecía tener algún sentido para el Ad-whar, para ellos no. Así que, antes de romperse la crisma en esa accidentada carrera que habían iniciado a toda prisa, insistieron entre jadeos.
—Pero ¿qué es lo que ocurre? ¿Qué son esos aullidos? ¿¡Lobos!?
—Peor. ¡¡Cazadores de cabezas!! Seis. Siete, tal vez… Se dirigen hacia aquí, los malditos. ¡Vienen persiguiendo nuestro rastro! —respondió él, mordiendo las palabras—. ¡Corred! No os paréis, debemos llegar al río. El río es nuestra única oportunidad...
De nuevo oyeron aquel aullido desafinado al que acompañó un cloqueo amenazador que les erizó los pelos de la nuca. Ya no hicieron falta más apremios. Aceleraron el paso tanto como se lo permitían las piernas, atemorizados.
Corrían en desbandada, casi volaban, trazando una diagonal en la dirección del torrente. ¡Abajo y adelante; hacia adelante y abajo!, siguiendo a duras penas la estela del Ad-whar.
Habrían recorrido así más de un kilómetro cuando arriba, en la loma que acababan de dejar atrás, se escucharon unos ruidos inequívocos, como si un tropel de alimañas hambrientas diera vueltas alrededor de un punto, buscando comida. Enseguida se oyó un grito de llamada y después cloqueos y alaridos salvajes de triunfo que salían de unas gargantas que no parecían humanas. Así supo Miles que los cazadores de cabezas habían encontrado sus huellas, sin duda alrededor de la choza donde habían dormido pues el sonido procedía de allí. Sus perseguidores se hallaban más cerca aún de lo que esperaba.
La certeza de que los tenían encima aceleró la carrera del guerrero hasta convertirla en un galope a tumba abierta por aquel terraplén infernal. Ellos le iban a la zaga, brincando y patinando sobre las hojas húmedas con la lengua fuera y un temor creciente de abrirse la cabeza contra el suelo. Tenían que agarrarse a las ramas al pasar pues cada vez resultaba más difícil mantener el equilibrio sobre el terreno mojado.
En uno de esos resbalones, Nika se dio una dolorosa culada y a punto estuvo de ir en tobogán hasta el fondo del barranco.
—¡Esperadme! —llamó cuando pudo sujetarse a un matojo. Pero no había tiempo para la compasión. Tuvo que levantarse y seguir corriendo porque el errante no les daba cuartel.
Al fondo de la angosta vaguada, una serpiente blanca se deslizaba como espuma de cerveza entre las rocas y árboles. No se veía agua, solo espuma y piedras. Le acompañaba un rugido sordo que recordaba al tronar lejano de una tormenta.
De la pendiente a su espalda venía también un martilleo rítmico, como si alguien usara piquetas metálicas para golpear la roca.
¡Deprisa, más deprisa!
Los metros finales hasta el torrente eran los más escarpados. Para salvar el último desnivel, Miles usó una soga que guardaba en su macuto. La ató aceleradamente al tronco de un árbol con un nudo corredizo de escalador y probó su resistencia. Luego se deslizó por ella. En dos saltos, el errante se plantó en la orilla y miró atrás. Sus compañeros le alcanzaron unos segundos después. Bajaron agarrados a la cuerda y aterrizaron uno detrás de otro, arrastrando piedras y ramas. Cuando llegó el último, el guerrero dio un tirón a la cuerda para recobrarla y el nudo se soltó. Conforme recogía la cuerda alrededor del codo, se metió en el agua helada con las botas puestas. El nivel le llegaba primero a los tobillos y después por las rodillas, mientras avanzaba. Desde el centro de la corriente, apremió a los demás para que hicieran lo mismo.
Ellos dudaron antes de obedecer. Las aguas bajaban rápidas y parecían gélidas. Sin embargo, las sombras negras que venían disparadas desde la cima, apareciendo y desapareciendo entre los árboles, daban más miedo que el río. Así que se introdujeron los tres de un salto en el torrente. El choque térmico con el agua helada los dejó paralizados, hasta que un grito de su guía los espabiló.
—¡¡¡Moveos!!! Esto aún no ha acabado…
Corrieron todos juntos río abajo, tan rápido como se lo permitían las piernas. La fuerza de la corriente los empujaba.
En sus adentros, el guerrero empezaba a temer que fuera ya demasiado tarde para escapar de sus acechadores, pero no lo dijo. En lugar de eso, su voz imperiosa empujaba a sus compañeros de fuga a adentrarse más y más en la torrentera.
Por fin una lanza negra cruzó disparada entre dos árboles como una centella, a unos cuantos metros por encima de sus cabezas.
Soltando entre dientes un improperio, Miles descolgó la ballesta que llevaba, tensó el alambre y montó un dardo sin dejar de avanzar, con todos los músculos en tensión. Por un mecanismo inconsciente de defensa, Javier y Nika empuñaron también sus armas respectivas, la espada corta y el hacha. Miraban con sospecha hacia los lados esperando la aparición de no sabían qué.
Vadeaban el torrente con el agua por las rodillas cuando aquel peligro que tanto temía el guerrero les dio alcance.
¡De pronto estaban allí, asomados sobre el talud izquierdo, a unos metros sobre sus cabezas! Acechándolos desde las sombras del bosque, con sus grandes ojos de mosca, saltones y malignos.
El Ad-whar fue el primero en descubrirlos. Al principio eran solo tres —observó—, desplegados en abanico sobre la cresta del repecho, pero enseguida se sumaron más hasta llegar al número de seis que había barruntado.
A Nika, Javier y Finisterre se les pusieron los pelos de punta al verlos.
¡Eran insectos! Unas mantis casi tan altas como jirafas y recubiertas con un caparazón duro de crustáceo, negro con ribetes rojos, afilado y lustroso como una armadura de guerra. Las líneas rojas brillaban en la sombra por un mecanismo de bioluminiscencia que acentuaba su fealdad terrorífica. En verdad parecían criaturas salidas del averno. Alargaban el cuello y husmeaban el aire levantando el pico, en el extremo de sus cabezas pequeñas y triangulares.
Se desplazaban con cautela sobre las cuatro patas traseras, estudiando el terreno sin apresurarse. Tenían una forma remilgada de andar en puntas, como si estuvieran subidas en zancos, igual que bailarinas de ballet. Y encogían las dos patas delanteras en actitud boxeadora, preparadas para asestar el golpe mortal a las víctimas con sus lanzas aserradas.
—¡No os paréis! —ladró duramente Miles a sus protegidos para sacarles del estupor que les había provocado la súbita aparición de las bestias. Él mismo se empeñaba en avanzar con denuedo, llevando la ballesta en ristre, como si la salvación se encontrara a un paso de ellos.
Las paredes rocosas eran altas, casi verticales en ese punto, así que las bestias se separaron para buscar un camino de bajada mejor y eso dio un pequeño respiro a los que huían. Tres de aquellas enormes mantis continuaron avanzando por encima del talud, siguiendo el curso del río sin perderlos de vista, mientras el otro grupo retrocedía buscando un lugar más propicio para descender al fondo del torrente.
Por desgracia, no tardaron mucho en encontrar una senda. Y dos de las mantis saltaron al río, cruzaron el cauce por un vado donde apenas cubría el agua y treparon por la orilla derecha con el propósito de rodear a sus presas.
Los cuatro fugitivos redoblaron sus esfuerzos. Querían correr más, pero la propia fuerza del agua dificultaba su avance. Entonces Miles les condujo a la orilla, sin importarle ya las huellas que dejaban, y les hizo correr por suelo seco como si les persiguieran los mismísimos diablos del infierno. Unos diablos que poco a poco iban cerrando el círculo en torno a los humanos.
Pronto se vio que los intentos de escapar por el río resultaban inútiles. Tenían a las depredadoras ya encima.
Lo malo, sin embargo, no eran las mantis negras. Lo peor venía cabalgando sobre su espalda.
Unos pigmeos flacos con piel escamosa de lagarto y ojos de pupila vertical montaban sobre las bestias y las azuzaban contra los fugitivos con gritos punzantes, haciendo restallar violentamente sus látigos de jinete. Iban cubiertos con pieles horrorosas, tenían los rostros pintados y llevaban colgando adornos hechos con huesos y cabezas reducidas de seres que antes fueron humanos. Casi se confundían con sus monturas por el modo en que se adherían a ellas.
Iban sentados a horcajadas sobre la espalda de los insectos, y los dirigían como si fueran caballos de silla, con un dominio férreo, ayudados por un atalaje de correas primitivo. En ese momento los espoleaban con saña animal, manejando con habilidad pasmosa el arnés y el látigo que utilizaban para golpearlos en las partes blandas. Los hostigaban para que fueran más deprisa mientras clavaban sus ojos despiadados de reptil en los humanos que corrían por el fondo de la vaguada. Y las mantis, en lugar de rebelarse por ese trato bárbaro, respondían rápidas como potros domesticados a las indicaciones de sus feroces amos.
Miles observó que no se escondían, y eso era un mal indicio, en su opinión. Los cazadores se sabían en superioridad de condiciones y exhibían su poderío frente a unas presas que consideraban más débiles, prácticamente indefensas.
Apretando los dientes, el guerrero alentó a sus compañeros para que siguieran adelante sin detenerse mientras él se preparaba para lo inevitable.
¡Un esfuerzo más!, y el río tendría la profundidad suficiente para llevarlos a nado...
—En el río, esos demonios no podrán seguirnos. —El Ad-whar parecía saber bien de lo que hablaba.
La tormenta había descargado toneladas de lluvia sobre la montaña, la noche anterior. Ahora el agua bajaba en escorrentía por la pendiente, desbordaba las torrenteras y se precipitaba en forma de cascadas. El caudal del río subía por momentos.
Parecía que iban a lograr su propósito cuando unos alaridos salvajes llegaron por la derecha y unos dardos comenzaron a caer a su alrededor en el río revuelto. Los estaban cazando.
—¡SEGUID VOSOTROS! No me esperéis —ordenó Miles a sus protegidos. Acto seguido, se plantó sobre un saliente con las botas bien asentadas en tierra firme y levantó la ballesta. Solo necesitaba tener un objetivo claro a tiro para disparar.
—¿Qué vas a hacer? —preguntaron ellos, alarmados. No querían seguir sin el errante.
—¡MARCHAOS! —vociferó este con furia redoblada, viendo que se quedaban parados en el momento y lugar más inoportunos.
Ellos obedecieron. Aunque no podían dejar de mirar a su espalda, mientras se alejaban.
Las dos mantis que habían cruzado el torrente venían cargando por la pendiente derecha y sus jinetes apuntaban con cerbatanas al guerrero. Una tercera mantis embestía bajando por el río, siguiéndoles los pasos. Esta avanzaba más despacio que las otras, levantando mucho las patas, pues las puntas de sus zancos patinaban sobre la superficie pulida de las piedras o bien se hundían en el fango, si no tenía cuidado. El pigmeo que iba encima espoleaba a su montura con violencia, mientras blandía en su mano una lanza adornada con crines y cabelleras. Se levantaba sobre el tórax de la bestia y aullaba como un loco. La prisa que demostraba por cazar a seres humanos ponía los pelos de punta, aún más.
En cambio, el rostro de Miles no evidenciaba ninguna emoción. Se limitaba a esperar con los nervios tensos a que los tres jinetes llegaran. Cuando tuvo al primero de ellos a su alcance, disparó la primera flecha sin pestañear y volvió a cargar rápidamente la ballesta. De nuevo apuntó e hizo saltar el gatillo que sostenía el alambre, así otro proyectil salió volando.
El primero de sus dardos atravesó limpiamente el ojo de una de las mantis y se clavó en su cerebro. La bestia cayó fulminada en el acto y rodó por la pendiente con las patas en desorden, descabalgando a su yóquey. Este rodó también, pero consiguió zafarse del atalaje que le ataba a la montura y se levantó dando saltos nerviosos de rabia.
La segunda flecha del errante fue a clavarse con la misma certera puntería en el insecto negro que pretendía alcanzarlos por el río. Un tercer proyectil sirvió para rematarlo y el cuarto alcanzó a su jinete recién descabalgado en el corazón.
Cuatro dianas de cuatro. El pulso y el ojo de Miles eran verdaderamente letales.
Los pigmeos, que no esperaban una resistencia tan dura, estallaron en aullidos de cólera. Los que estaban sobre el talud de la ladera izquierda comenzaron a lanzar flechas furiosas sobre el río con la intención de abatir sin contemplaciones a sus presas. Como resultado, una peligrosa lluvia de dardos cayó alrededor de los cuatro fugitivos.
—¡Nag, nag! —advirtió colérico otro de aquellos demonios verdes. Se distinguía de los demás por la vistosidad de su collar, con mayor número de trofeos, y por el capacete de hierro emplumado que le cubría la cabeza. Constituían, por lo visto, los signos visibles de su jefatura.
Levantó la lanza mientras increpaba agriamente a los suyos con una jerga rara, mezcla de cloqueos y ladridos ininteligibles. Lo único que los humanos pudieron interpretar de esa sucesión de gestos y chillidos salvajes fue que pretendían cazarlos vivos.
Las mantis que bordeaban el talud izquierdo habían encontrado por fin un camino para salvar el desnivel hasta la orilla del río y empezaron a descender en fila india por una pendiente tendida de tierra, intentando cortar el paso a los fugitivos que corrían en la dirección de la corriente.
Al verlos el Ad-whar volvió a detenerse, apuntó hacia arriba, disparó su ballesta sobre la bestia que iba en cola y volvió a dar en el blanco. Esta vez, la bestia herida derrapó por la cuesta terrosa arrastrando consigo a otra cabalgadura que iba delante, en medio de los alaridos de sus jinetes.
Miles aprovechó la confusión que él mismo había creado para reemprender la huida detrás de sus compañeros, que le jaleaban excitados. Apenas había dado un puñado de zancadas, cuando un enjambre furioso de flechas silbó a su espalda. Los enanos con piel de lagarto se habían rehecho y lo perseguían saltando sobre las rocas. Intentaban derribar al hombre en plena carrera. Un par de proyectiles se clavaron en el escudo que, por suerte para él, llevaba colgado atrás. Las demás flechas se perdieron en el río, entre la rociada que Miles salpicaba al correr.
No resultaba fácil acertar sobre un blanco tan móvil y rápido. Pero tampoco iba a ser fácil escapar de aquellos cazadores sanguinarios, avezados en el arte de matar.
De nuevo se habían dividido y avanzaban formando un tridente. Tres de aquellas cabalgaduras monstruosas aún seguían en pie. Sus jinetes habían cambiado las cerbatanas por unas redes y muy pronto adelantaron al errante. Su intención era pescar al humano como si fuese un gran pez.
Al sentirse acorralado, Miles descargó todas las flechas que le quedaban directamente sobre las mantis. En un combate cuerpo a cuerpo, el guerrero prefería vérselas con hombres antes que con esos insectos monstruosos. Sin embargo, en esta ocasión no tuvo tanta fortuna; bien por las prisas o porque estorbaban las redes para hacer puntería, ningún proyectil se clavó en el blanco. Todos rebotaron en las corazas de los insectos. El guerrero arrojó entonces la ballesta contra la cabeza de uno de sus atacantes, para desestabilizarlo, y asestó un espadazo a las cuerdas del enorme retel que portaban, abriendo un agujero en la malla. Pero ya no pudo escapar.
Los enanos con se habían dado cuenta de que el guerrero moreno era un objetivo muy peligroso, con el que tendrían que emplear todas sus armas y eso hacían. Usaron a los insectos para rodearlo, con sus patas aserradas y sus corazas duras de cangrejo. Lo habían escogido como primer plato de caza, dejando de lado a los demás, aunque no se daban prisa. No necesitaban apresurarse en su opinión.
Poco a poco fueron formando una tenaza,
Al mismo tiempo, el guerrero retrocedía de espaldas hacia tierra firme, buscando un terreno más favorable para defenderse, sin dejarse atrapar por el arpón de las patas espinadas. Fuera del río, sus piernas ganarían mayor libertad de movimientos y el talud le protegería la retaguardia.
Sus compañeros de fuga observaban de lejos con temor la escena. Se habían parado para mirar, en lugar de aprovechar la ventaja para poner tierra por medio.
—¡Yo voy a ayudarle! —resolvió de pronto Nika, con la inconsciencia y el arrojo propios de su edad.
—¿Estás loca? Ha dicho que nos marchemos —chilló Javier. Pero ella se había puesto ya en marcha.
El Ad-whar no podría resistir solo, eso decía mientras caminaba decidida a contracorriente.
Contagiado por su valor, Javier sacó también su espada y la siguió. Finis intentó detenerlos, en vano. Lo que pretendían era muy peligroso, pero Javier y Nika ya volvían sobre sus pasos, sin escucharla, y ella finalmente echó a correr detrás con cara de fatalidad.
En los planes de Nika no entraba entablar un combate cuerpo a cuerpo con los hombres lagarto. Solo quería distraerlos para que Miles pudiera escapar. Cuando estuvo lo bastante cerca, se parapetó tras una roca y comenzó a arrojar piedras sobre sus perseguidores intentando hacer puntería. Sus amigos la imitaron.
La inesperada lluvia de proyectiles sorprendió a los pigmeos que tuvieron que apartarse para eludirlas. El Ad-whar aprovechó entonces el desconcierto para lanzar una veloz embestida y salir del círculo en el que pretendían encerrarlo. Se abrió paso a golpes de espada y corrió hacia sus compañeros de fuga. Juntos continuaron después la huida.
El chapoteo de sus pies corriendo por el agua se mezclaba con el griterío espeluznante de los cazadores que se rehacían y les perseguían con voluntad implacable.
El terreno resbaladizo entorpecía el desplazamiento de aquellas bestias zancudas, que caminaban por el lecho pedregoso del río como señoritas remilgadas. Pero el olor de la sangre fresca las había soliviantado. Quizá por eso hacían percutir sus picos duros produciendo un claqueteo repulsivo.
Avanzar por el centro de la corriente les permitió ganar unos metros a los que huían. El agua les empujaba y los llevaba consigo, casi flotando. El Ad-whar iba el último, haciendo de escudo, mientras gritaba a voz en cuello:
—Hacia el río. ¡DEPRISA!
Pero cómo… ¿El río no era esto?, se preguntaron los más jóvenes.
Pronto descubrirían que esa torrentera era solo el afluente de otro cauce mayor. La desembocadura estaba muy cerca. De hecho, ya se escuchaba un sonido clamoroso y creciente delante de ellos, el de una corriente caudalosa que llegó como música celestial hasta sus oídos.
Rozaron la salvación con la punta de los dedos. Pero los pigmeos tenían muchas estratagemas para atrapar a sus víctimas y los territorios salvajes como aquel constituían su hábitat natural.
Dos insectos vinieron dando saltos por la orilla derecha. Sus jinetes cargaban con unas redes de malla con boleadoras que lanzaron a distancia sobre las dos chicas en fuga. El caso es que Nika y Finis se vieron de pronto atrapadas dentro de la red, tropezaron y cayeron juntas. Manotearon entre chapuzones para zafarse de las cuerdas y bolas, sin resultado. Cuando Miles quiso acercarse a liberarlas, una de aquellas mantis se interpuso y su jinete le cerró el paso mientras otro golpeaba en la cabeza de las prisioneras con el tacón de su lanza, dejándolas inconscientes. Después echaron mano a otra red boleadora y dirigieron sus monturas hacia el guerrero con el propósito evidente de cazarlo del mismo modo. Los de las orillas disparaban dardos para apoyar a sus compinches.
Poco podía hacer ya Miles, con su espada, para contenerlos. El combate estaba perdido y las damas no se levantaban.
Así que el guerrero agarró rudamente a Javier por la capucha de la sudadera y tiró de él con fuerza, arrastrándolo río abajo, lejos de la contienda. El muchacho quiso zafarse, pero no le sirvió de nada.
—¿Qué haces? No podemos abandonarlas así… ¡Tenemos que salvarlas! —gritó, exasperado. No es que quisiera luchar con aquellos monstruos. ¡Esa idea le aterraba! Pero se resistía a abandonar a las únicas personas amigas que conocía en ese mundo, las únicas con las que podía tener un objetivo en común, salir de allí.
—¡Es inútil! —sentenció el errante tirando con más energías de él.
Llevaba al chico a rastras mientras huía, con el agua ya por la cintura. Sus músculos y tendones de atleta acusaban el esfuerzo y se le marcaban claramente, lo mismo que las venas del cuello.
Lograron ganar unos metros preciosos hacia la libertad porque sus perseguidores no se atrevían a entrar en esa parte estrecha del río, donde la corriente era ya demasiado rápida y las paredes de roca, demasiado altas.
Javier volvió a forcejear con el errante para intentar liberarse. Estaba furioso, creía que solo buscaba salvar su culo.
—¡Ahora, no! —contestó Miles con apremio. Había arrojado la capa contra la cara de uno de los perseguidores para cegarlo momentáneamente y quitarse un peso de encima. También había envainado su espada mientras corría. Con la otra mano aferraba al chico y lo empujaba, obligándolo a caminar torrente abajo, quisiera o no. Para el niño esa huida era una traición.
—Pero, pero… ¡las matarán! —gritó desesperado.
—No. Ya lo has oído. ¡Las necesitan vivas! —Y añadió—: ¡No podremos salvarlas si nos hacen también prisioneros!
El muchacho pareció comprender al fin, porque la expresión de su cara cambió.
—Y ahora, si quieres salir de esta… ¡nada! —recomendó el guerrero lanzándole a lo más hondo del río de un empujón. Después se echó él mismo al agua, aferró el escudo de madera que flotaba sobre las olas y se dejó llevar por la corriente detrás del muchacho.
Desde ahí, el río se precipitaba por un cauce encajonado entre dos escarpaduras. Solo había una vía de escape, el mismo camino peligroso que seguía el agua.
El muchacho apenas podría recordar después los detalles del accidentado descenso por los rápidos y nunca se explicaría cómo había logrado salir vivo de aquel cañón. Pues la fuerza del agua lo arrastraba y más de una vez creyó que iba a morir estrellado contra una roca o ahogado en el torrente.
Un torbellino de olas y espuma arrastró consigo, impetuoso, a los dos fugitivos. Ellos solo podían luchar para mantenerse a flote. Atrás quedaron sus perseguidores.
Dos enanos montados en aquellas mantis negras les habían seguido tenazmente por la parte alta del acantilado, pero tuvieron que frenar la carrera al llegar al borde de una cortadura. Ahora contemplaban coléricos cómo el río les arrebataba a unas presas que ya consideraban suyas.
Viendo el giro que tomaba aquella fuga, los endiablados jinetes consideraron más prudente desistir de su empeño. Si no se ahogaban en esas aguas revueltas, tarde o temprano los humanos tendrían que regresar a tierra firme —eso lo sabían sus perseguidores— y entonces los cazarían; les harían pagar cara su huida, sobre todo a aquel tipo de la ballesta; harían que los insectos se comieran sus ojos para torturarlo. Eso mascullaban, furiosos.
Lo último que vieron los perseguidores fueron dos cabezas, una rubia y otra morena, flotando junto a un tronco a la deriva, mientras se alejaban barranco abajo a lomos de la tempestuosa corriente. Poco después, el tronco desapareció también de la vista de los cazadores en la lejanía.
| UN MALDESPERTAR |
Mientras Javier y Miles todavía luchaban por salir del río, Nika había despertado con un fuerte dolor de cabeza. Se encontró tirada sobre unas piedras y rodeada por los rostros más feroces y horripilantes que había visto en su vida. Unos rostros escamosos y lampiños de pez abisal, con barbillas salientes, pómulos marcados y frentes en retroceso. Sus ojillos eran pequeños como botones de camisa, con pupilas verticales de serpiente, y sus bocas sin labios eran por el contrario enormes, abiertas de lado a lado de la cara. Unas bocas que dejaban al aire dos filas de dientes de aguja, largos y curvos, con colmillos sobresalientes que al juntarse producían un chasquido siniestro. En cambio, no tenían narices ni orejas, al menos visibles, solo se veían dos pequeños orificios sobre la boca para respirar y unas ranuras oblicuas a los lados de la cabeza protegidas por una especie de aleta de pez y por un pliegue móvil de la piel. Una cresta aserrada y cartilaginosa, que recordaba a la aleta dorsal de algunos reptiles, les recorría el cráneo desde mitad de la frente hasta la nuca. Estaban cubiertos de escamas y tenían dedos largos de lagarto, aunque caminaban erguidos y mostraban la inteligencia de un ser humano primitivo.
Parecían el producto de una mente calenturienta. Un cruce imposible entre hombre, pez abisal y reptil.
Al principio no se dieron cuenta de que la prisionera había despertado.
Espiando a través de las pestañas, Nika contó hasta cuatro de aquellos lagartos duendes. Se golpeaban furiosos las corazas que les cubrían, hechas con cuero y pieles de animales, y esgrimían unas armas toscas. Parloteaban agriamente entre sí, enseñando los dientes, y parecían enzarzados en una disputa. Hablaban con sonidos guturales primitivos, chasquidos de lengua y cloqueos, más que con palabras articuladas. Les faltaba poco para llegar a las manos. Por lo visto, no estaban contentos con los resultados de la caza.
De los seis que habían formado inicialmente la partida, dos pigmeos yacían en el barro, muertos, y los cadáveres de tres mantis gigantes vertían un líquido negruzco en las aguas del torrente.
Estaban acostumbrados a sembrar el terror sin esfuerzo y, cuando salían a cazar humanos, los capturaban sin demasiada resistencia como a conejos asustados. Pero aquel guerrero les había plantado cara con una eficacia y unos reflejos demoledores, sin demostrar miedo. Para colmo, conocía bien el terreno que pisaba y había sabido aprovecharlo huyendo por el único elemento en el que las skrugs se desenvolvían con dificultad y donde más fácil se podía perder el rastro.
Ahora, los pigmeos supervivientes estaban reunidos en corro y reñían entre ellos, dándose empujones y puñetazos violentos. O bien se echaban las culpas los unos a los otros por los errores cometidos o no se ponían de acuerdo sobre el plan de acción que debían seguir.
Apeados de sus monturas parecían más pequeños e insignificantes, pensó Nika. Se desplazaban a saltitos, flexionando las rodillas. Sus brazos flacos tenían una largura desproporcionada y sus manos eran nerviosas y huesudas con unos dedos de reptil y unas uñas negras en punta, tan afiladas como los dientes. Daban grima.
La chica desvió la vista con cuidado de no delatarse para explorar los alrededores. Observó que seguían al fondo del mismo barranco donde la habían capturado. No se habían movido del sitio.
Al mirar a su derecha, tropezó con unas patas aserradas descomunales de cangrejo que se clavaban en la tierra delante de sus narices. Cuando levantó la vista, con un escalofrío, descubrió a su lado a una de aquellas horribles mantis. Estaba alimentándose con los restos de uno de sus congéneres caídos, tan cerca que la chica podía contar cada pelo filoso que salía de su abdomen. Con las pinzas delanteras sujetaba la pieza y al mascar con el pico producía unos crujidos de cáscaras rotas que se mezclaban con el sonido repulsivo que hacía al sorber el contenido.
Mientras ella la espiaba, la cabeza triangular de la skrug giró 180 grados sobre la base del cuello hasta volverse completamente. Nika no pudo evitarlo. Se le escapó un grito de miedo cuando los ojos saltones, globosos y fríos del insecto se clavaron en ella.
Al instante siguiente, uno de los pigmeos se inclinó sobre la muchacha con los dientes puntiagudos de aguja tan pegados a su cara que pudo sentir la humedad de su saliva en la mejilla. Sus ojos amarillos la recorrían con malignidad.
Aturdida y horrorizada por esa visión, Nika hizo un brusco movimiento de retroceso hasta tropezar con otro cuerpo que se interpuso en su camino y la detuvo. Intentó apretar la pulsera para huir, pero entonces se dio cuenta de que tenía los brazos maniatados a un palo e inmovilizados de tal modo que no podía juntar las manos ni llegar con los dedos a la muñeca. No pudo ver qué obstáculo había detrás porque se encontró bajo las fauces de otro pigmeo. Ella cerró los ojos con verdadero terror y se quedó quieta, rogando mentalmente para que alguien la librase de aquella pesadilla.
Solo oyó un grito agrio, mezcla de cacareo y chasquido. Después de eso, los salvajes se apartaron y la dejaron en paz. Volvían a hablar entre sí con aquel lenguaje altisonante, áspero y grosero.
Al cabo de un rato, la muchacha se atrevió a abrir de nuevo los ojos con disimulo. Los pigmeos formaban un corro en cuclillas, a unos metros escasos. Se volvió con precaución para buscar a sus amigos. Las patas de la skrug seguían estando muy cerca, pero se esforzó por ignorarlas. Giró el cuello sin hacer ruido y descubrió que justo detrás se encontraba Finisterre, muy pálida y despierta, empapada también. Era el cuerpo con el que había ido a chocar de espaldas.
La pelirroja le parpadeó un mensaje de ánimo en silencio. Tenía las manos atadas, igual que la niña, y un chichón sangrante en la esquina de la frente. Aparte de eso, no parecía estar herida.
De Javier y Miles no había rastro. Ignoraban que sus amigos habían escapado, porque se habían desmayado antes, y la incertidumbre sobre su suerte las corroía.
Por fin, el que parecía su jefe lanzó un grito, que sonó como un cloqueo, y todos callaron. A una nueva orden, los salvajes se levantaron bruscamente y se pusieron en movimiento a la vez.
Uno de los duendes bajó a la orilla del río y regresó arrastrando consigo la capa y la ballesta del errante, que arrojó delante del hocico de una de las skrugs vivas y dejó que los olfateara. Después las apartó y se montó de un brinco sobre la bestia.
Un temor más grande se apoderó de las prisioneras al ver las posesiones de Miles en manos de aquel duende. ¿Estarían muertos sus compañeros de aventura?
«Que no les haya ocurrido nada malo, por favor...», rogaron, angustiadas.
Dos de los pigmeos las obligaron a levantarse a puntapiés. Agarraron el extremo de la soga con que las tenían maniatadas, tiraron de ellas y les hicieron caminar penosamente montaña arriba tras las patas zancudas de una de las mantis. Uno de los pigmeos iba montado delante en su cabalgadura y el otro detrás, vigilándolas estrechamente.
En cambio, los otros dos pigmeos y la tercera skrug tomaron una ruta distinta, barranco abajo, siguiendo el curso del río. Buscaban algo. ¡O a alguien! A Miles y a Javier, no podían ser otros, se dijeron. Y eso despertó una leve esperanza en el corazón de Nika y Finis.
Ya no pudieron ver más. Habían emprendido un camino distinto junto a sus carceleros, remontando penosamente la cuesta que antes habían descendido a trompicones.
Mientras se alejaban por el bosque, las dos se preguntaban aterradas qué pretendían hacer esas bestias con ellas y adónde las llevarían. ¿Por qué las habían hecho prisioneras? ¿Encontrarían de nuevo a sus amigos, vivos? Pero, sobre todo, ¿volverían algún día a casa?
| LA HUIDA |
En cuestión de minutos, una corriente de aguas turbulentas que bajaba de las montañas arrastró a los dos perseguidos muy lejos de los duendes con piel de lagarto y de sus endiabladas monturas, a una velocidad de vértigo. Para Javier Goñi, aquel descenso a tumba abierta por las aguas bravas de un río perdido en la frontera de Aerne-Gorothia sería una travesía de infarto que jamás olvidaría.
Las aguas se precipitaban tumultuosas por una escala natural de piedra. La fuerza del oleaje les sumergía a Miles y a él dejándoles casi sin respiración. Les zarandeaba como si fueran muñecos y les arrastraba barranco abajo. Ellos braceaban desesperados entre olas rugientes de espuma. Pero todos sus esfuerzos por mantenerse a flote resultaban pequeños ante la fuerza elemental de aquel torrente.
Miles tropezó en su accidentada travesía con un tronco que navegaba a la deriva y se aferró a él. Lanzó un grito de aviso a su compañero, pero el fragor de la corriente ahogaba su voz. Así que, aprovechando un golpe de ola, el guerrero Ad-whar pataleó, estiró el brazo todo cuanto pudo y consiguió enganchar al muchacho por la ropa, luego lo atrajo de un tirón hacia él. «¡Agárrate!», chilló. Para Javier fue un alivio encontrarse con aquel inesperado salvavidas, porque estaba a punto de sucumbir.
El tronco les sirvió de ariete y de flotador a la vez durante el descenso, y salvó sus vidas. A cada choque con las rocas saltaba una lluvia de astillas y toda la madera temblaba, pero el tronco seguía adelante sorteando los escollos y cabalgaba sobre las olas salvajes con los dos fugitivos aferrados a su cintura.
Por fin las paredes de la montaña se abrieron. Parecía que su azaroso descenso iba a acabar. Sin embargo, al final del barranco les esperaba un último salto, el más peligroso, una caída hasta un remolino donde el torrente se reunía con su hermano mayor, un río caudaloso de montaña que bajaba crecido por la tormenta del día anterior.
Los dos se zambulleron a la vez en la poza. La fuerza del remolino tiraba de ellos violentamente hacia abajo en medio de un hervidero de burbujas que les impedía respirar. Por suerte, su milagroso salvavidas de madera logró salir a la superficie arrastrando a los dos náufragos consigo.
Sacaron la cabeza con ansia buscando el aire que les faltaba, patalearon y se aferraron con más fuerza al madero que, tras unas vacilaciones, continuó su camino corriente abajo por el cauce de un río ancho y profundo. Y ellos nadaron agarrados al tronco.
Un kilómetro y medio más abajo, aproximadamente, el terreno se allanaba y las aguas dejaron de rugir. La furia del río se fue aquietando. Ellos probaron a dirigir el tronco hacia remansos más tranquilos. Pataleando y remando con un brazo, llegaron hasta una zona donde las aguas se desbordaban mansamente inundando la ribera. Solo entonces, al hacer pie, los dos fugitivos se atrevieron a abandonar su salvavidas y caminaron juntos hasta la orilla más cercana.
Primero Javier y detrás suyo el hombre, los dos salieron del río con pasos tambaleantes, chorreando, tosiendo y vomitando un agua turbia con sabor a barro.
El chico se dejó caer aturdido sobre un trozo de terreno seco nada más pisar la orilla, con respiración jadeante. A sus catorce años, era la primera vez que vivía una situación así, tan al límite, y en ese momento no deseaba protagonizar otra aventura semejante nunca más.
Confuso y mareado, no quería pensar en sus dos compañeras perdidas, en Mónica y Finisterre. No quería pensar en nada. Las sensaciones vividas en el accidentado descenso por aquel torrente embrutecido ocupaban toda su mente. Le dolían las piernas, los brazos, todo el cuerpo. Temblaba.
La ropa chirriada le pesaba tanto que enseguida se sacó a tirones el jersey y la camiseta y los arrojó sobre las piedras. Luego se tumbó boca arriba completamente agotado, sin fuerzas, vacío de todo.
Al contrario que él, Miles se quedó de pie con las piernas medio flexionadas, la cabeza hundida entre los hombros y las manos apoyadas sobre las rodillas. Inspiraba y expiraba el aire con repetida fruición, tan honda y profundamente como se lo permitían sus pulmones. Intentaba recuperar las fuerzas sin rendirse a la tentación fácil de tumbarse en la hierba.
Pronto se dejaron de escuchar sus toses y jadeos. En cuanto pudo respirar con normalidad, el guerrero Ad-whar se irguió en toda su estatura y procedió a examinar los alrededores con su vista aguda. Luego repasó las pertenencias que le quedaban. Había perdido parte de sus posesiones durante la lucha y en la huida posterior; le faltaban el escudo y la ballesta, también la capa. Pero aún tenía el hacha y el cuchillo de monte, y la daga a salvo dentro de su bota. Por supuesto conservaba la espada, jamás se separaba de ella. La desenvainó y examinó la rectitud de la hoja. Pasó el dedo con suavidad por el filo y comprobó, satisfecho, que ningún golpe la había mellado; luego batió el aire con su hoja para pulsar su equilibrio antes de devolverla a la funda y depositarla cuidadosamente sobre la hierba.
Sus movimientos hicieron que Javier despertara de su letargo y abriera los ojos.
—¿Qué… qué eran esas ‘cosas’? —preguntó con un escalofrío aterrorizado. No hacía falta que describiera a las mantis gigantes para que el guerrero supiese de qué hablaba.
—Skrugs. ¡Los caballos del diablo! Son bestias de la Región de Penumbra. Unas depredadoras implacables.
—¿De la Región de Penumbra? —repitió el chico a lo tonto. Ignoraba qué lugar sería aquel—. ¿Y esos enanos horribles?
—¡Ellos son el diablo! —declaró el guerrero sin vacilar—. Reptilianos. Seres oscuros. ¡Darkos!, así los llaman. Una raza subhumana de caníbales y cazadores de cabezas.
El niño tragó saliva mientras el guerrero dirigía sus ojos pensativos hacia la montaña, aguas arriba.
—Es raro verlos por aquí. Muy raro… —Hablaba para sí mismo.
Conforme volvía a recuperar las fuerzas y también a recobrar la memoria de todo lo que había pasado, Javier sintió que una garra helada le apretaba el corazón. Cinco días atrás, él estaba tranquilamente de vacaciones en un campamento de verano en la Montaña Alavesa con pantalón corto, zapatillas deportivas y camiseta. Habían ido de excursión por la tarde al despoblado de Ochate incitados por uno de sus monitores, Mikel, que era un friki de Cuarto Milenio y un cazador de misterios, como a él le gustaba decir. Habían ido hasta el pueblo maldito de Ochate, que en la lengua vasca significaba «puerta del frío», por la fama que tenía de avistamientos de ovnis. Y he aquí que de pronto se había formado aquella niebla extraña, cuando regresaban al autobús, y una columna de energía había caído sobre él cuando caminaba por el descampado con Mónica Ramos, esa bocazas, y con Finisterre, la mejor de las monitoras.
Por más vueltas que daba al asunto, no podía entenderlo. Cómo ellos tres habían podido ser abducidos por aquel flujo de energía, y habían aparecido de pronto en una plataforma del espacio delante de una máquina en forma de rueda giratoria que, en realidad, era una puerta interdimensional que conducía a otros universos paralelos, planetas y mundos.
Y ahora estaban allí, en esa tierra desconocida y salvaje, en un reino feudal donde la gente se vestía y actuaba como si hubieran regresado a la Edad Media, rodeado de bárbaros y de bestias peligrosas que les acechaban. Un puñado de esas bestias les había perseguido a través de la montaña, para cazarlos como si fueran animales; habían capturado con redes a sus amigas Nika y Finisterre y él había tenido que escapar a nado por el río de aguas bravas en compañía de aquel sujeto moreno de ojos penetrantes, un guerrero Ad-whar con cara de malas pulgas y peor genio. Algo muy excitante para vivirlo a través de un videojuego, pero nada divertido, más bien angustioso, cuando uno se veía obligado a sufrirlo de verdad en sus carnes con todas las consecuencias.
Se tocó torpemente con los dedos un chichón que le había salido en la cabeza.
—¿Qué va a pasar con ellas, con Finis y Nika? ¿Qué crees que les harán esas cosas y... los darkos? —se atrevió a preguntar al fin, temiendo escuchar la respuesta.
—No las matarán, tranquilo. Tienen que entregarlas vivas a quienquiera que les haya pagado por cazarlas o no cobrarán la recompensa... Aun así, no las tratarán muy bien…
—Pero… pero… ¿por qué nos persiguen a nosotros?
El ceño de Miles se acentuó aún más. Por su frente cruzó una sombra.
—Eso me gustaría saber a mí también —murmuró pensativo. Después bajó la cabeza, miró de frente al muchacho y aclaró—: Ya os dije que soy un proscrito. Mi cabeza tiene un precio en Arn-Goroth que el rey pagará con gusto a cualquiera que se presente con esa cabeza en un saco. Os lo advertí. Pero además… ¡hay un hombre que me busca para matarme!... Alguien que con el tiempo se ha vuelto muy poderoso… con mercenarios a su servicio… ¡Yo también le persigo a él!, por eso he vuelto… Para cobrarle una deuda de sangre que tenemos pendiente, él y yo…
Hablaba entre jadeos, mientras se recuperaba del esfuerzo casi sobrehumano de aquella accidentada huida. Se paró unos segundos más para tomar aire, apoyado sobre las rodillas, y esperó a que su corazón dejara de latir a mil.
Luego reflexionó y dijo para sí:
—Pero es raro… —Él ya esperaba un ataque, sabía que sus enemigos intentarían interceptarlo a toda costa, tenderle una trampa. Lo esperaba, pero no tan pronto ni con esa clase de mercenarios—. Estamos en la frontera… No pueden haber enviado tan rápido, tan lejos a sus sicarios contra mí… Y esos darkos venían de las Tierras Ásperas…
De nuevo clavó sus pupilas aceradas en el chico extranjero con el que había compartido la ruta y al que había tenido que proteger durante los dos últimos días, desde que se habían tropezado con el broncotauro que él pretendía cazar en el Middle Umbra o Bosque Umbrío.
—Venían a por nosotros, por los cuatro… No solo me buscaban a mí… —razonó.
Alrededor de las botas del Ad-whar se había formado un gran charco y seguía chorreando agua, aunque a él eso parecía no importarle. Un poco más calmado y habiendo recuperado el resuello, por fin se puso en acción. Se despojó del peto de cuero y de la camisa, empapada, y examinó un tajo que le sangraba en el antebrazo izquierdo. Tenía un aspecto feo.
—¿¡Estás herido!? —exclamó entonces el chico, alarmado, sentándose de golpe.
—No es nada —le informó el hombre con indiferencia. Se enjugó la sangre, cogió un pellizco de barro fresco y unas hojas verdes cercanas, y se los aplicó sobre la herida. Luego se ató una pequeña venda alrededor del corte con un pedazo de tela arrancado de su propia camisa, para impedir que siguiera sangrando—. ¿Y tú? ¿Estás herido?
El muchacho se repasó bien; tenía moratones por todo el cuerpo e incluso los pantalones desgarrados, pero todos los huesos seguían en su sitio. Lo único digno de resaltar era el corte abultado en la frente que goteaba sangre sobre la ceja izquierda. Había tenido mucha suerte, sí. Su compañero le recomendó que se pusiera barro como había hecho él. En cuanto lo hizo, Miles apretó sin miramientos con el pulgar sobre la herida para cortar la hemorragia.
—Ay —se quejó el chico—, ¡ten más cuidado!
El guerrero no le hizo el menor caso. Rasgó otra tira de la tela de su camisa y se la tendió diciendo:
—¡Tápalo con esto! Las skrugs tienen un olfato del demonio. Pueden oler la sangre a distancia. Y si olfatearan la nuestra, estaríamos perdidos.
Miles volvió a ponerse el peto de cuero directamente sobre la piel, sin las mangas. Rasgó una parte de la camisa rota y se la guardó en el saco, luego hizo una bola con los restos manchados de sangre y la lanzó al río. Contempló cómo flotaba la tela sobre la corriente y, al alejarse, se hundía.
No solo el olfato, las skrugs también tenían el oído fino y sus ojos compuestos eran capaces de distinguir los objetos incluso en la oscuridad de la noche. Así que el guerrero siguió tomando sus precauciones. Esa orilla del río debía ser un abrevadero de animales porque se veían rastros de excrementos por doquier y Miles se restregó a conciencia los pantalones con un puñado de boñigas frescas que encontró.
—¿Nunca has visto a un animal revolcarse en los excrementos de otro para camuflarse y disfrazar su olor? ¿A un perro, a un zorro? —preguntó ante la cara de extrañeza del chico.
—Yo no tengo perro.
El Ad-whar movió la cabeza de un lado a otro con incredulidad, una vez más. Después amasó fango y algas de la orilla, y se cubrió con esa masa los brazos, la piel del rostro y los cabellos. Era un camuflaje perfecto para fundirse con el entorno. Hecho esto levantó de nuevo la cara manchada de barro hacia la montaña y estudió el terreno por el que habían venido. Durante unos segundos permaneció inmóvil escuchando, olfateando el aire como un animal.
Luego se volvió hacia el muchacho y clavó los ojos en él. Más que una mirada, era una orden muda. Por su actitud, Javier comprendió al fin que el guerrero se había preparado para volver a la lucha. Y que esperaba que el chico hiciera lo mismo.
Eso le hizo acordarse de sus compañeras de aventura. Tenían que rescatarlas. Debían encontrar a esos pigmeos, si querían salvar a las chicas. Según dijo Miles, no podían demorarse mucho o perderían sus oportunidades; cada segundo resultaba crucial.
No es que quisiera convertirse en un héroe por culpa de la Bocazas, precisamente. Habría preferido salir corriendo en dirección contraria. Pero aún le atraía menos la idea de quedarse solo en ese mundo extraño.
Así que se incorporó y, sin decir palabra, se cubrió él también el rostro y el cuerpo con barro. Con la banda de tela en la frente y el barro, ahora parecía un indio del salvaje oeste antes de una escaramuza. Torció el gesto y vaciló ante el montón de boñigas frescas; la idea de rebozarse en ellas no le seducía en absoluto; pero ante la orden categórica del errante —«¡hazlo!»— no tuvo elección. ¿Qué sería peor, revolcarse en mierda o terminar devorado por una de aquellas mantis gigantes? La mierda al menos se la podría quitar después con una buena ducha, se dijo para consolarse. Pinchó resignadamente un par de pegotes, lo más pequeños posibles, con la punta de un palo y se los aplicó con muchos escrúpulos en los bajos de la capa y en el pantalón. Tan lejos de su nariz como pudo.
Por fin procedió a revisar lo que llevaba encima, igual que había hecho Miles. Había logrado a duras penas conservar la espada con su funda y ahora se alegró por ello, pero decidió no ponerse el jersey mojado ni tampoco la camiseta, le estorbaban más que otra cosa. Enroscó juntas las dos prendas y se las colgó de la cintura anudándolas por las mangas del jersey. Solo tardó un minuto.
El guerrero aprobó el camuflaje de Javier con un asentimiento de cabeza y, clavando la vista río arriba, exclamó en tono duro y resuelto:
—¡Es hora de salir de caza! Y desde ahora te digo que ¡no habrá tregua! ¡No, hasta que las encontremos a ellas! ¡No, hasta que la última de esas bestias caiga!
Las dos cosas parecían ir unidas en sus pensamientos.
| LA PERSECUCIÓN |
Javier descubrió muy pronto la cruda realidad que se escondía detrás de la promesa del guerrero.
Las caminatas de los días anteriores resultaron paseos domingueros en comparación con el feroz galope que emprendió el errante por peñascales abruptos y bosquetes sin sendas, insensible al dolor e indiferente ante los obstáculos. La maleza crecía espesa allí por donde pasaban, era imposible soslayarla. En ocasiones formaban muros que debían franquear a golpes de hacha abriendo brecha mientras las espinas de algunas zarzas les arañaban sin piedad. Eso retrasaba su avance pues no siempre era posible dar un rodeo. Las zonas con matorrales se alternaban con otras más boscosas. Miles apartaba las ramas con el brazo, sin dejar de caminar ni un segundo. Javier le seguía de cerca aprovechando la senda que había abierto el guerrero y así se evitaba problemas.
De ese modo desanduvieron, a marchas forzadas, parte del camino que antes habían recorrido por el río a lomos de la corriente. No bordearon la orilla, como el chico pensaba que harían, sino que siguieron un camino paralelo, remontando el curso del torrente a una distancia prudencial. El guerrero pretendía ocultar así sus huellas en la espesura. Pero de eso se daría cuenta Javier mucho más tarde.
Llevarían recorridos unos dos kilómetros, cuando el hombre frenó en seco la marcha.
—¡Nos detendremos aquí!
Y, en efecto, se quedó parado como si de pronto le sobrara todo el tiempo del mundo.
Habían llegado junto a un altozano soleado y rodeado de espinos desde el que se veía perfectamente el curso del río durante un buen trecho. Javier comprobó jadeando que ese no era el lugar del que habían partido. Ni siquiera habían llegado al punto donde se juntaban los dos ríos. Todavía debía quedar un buen trecho hasta regresar al punto de partida donde habían dejado abandonadas a sus compañeras, en manos de aquellos demonios horribles.
—¿Por qué nos paramos? No podemos detenernos ahora —exclamó el chico en un tono apremiante inusual en él. Pero es que la carrera entre la maleza le había irritado e insuflado a la vez un ardor combativo.
—¿Por qué no?
—¡Tú mismo has dicho antes que había que darse prisa si queríamos salvarlas!
—Tal vez haya cambiado de idea —respondió Miles, levantando una ceja ante la mirada imperiosa del muchacho. Parecía que le divertía esa actitud.
—Pero... pero... ¡no puedes cambiar de opinión así como así! —insistió Javier, desconcertado por su cambio de planes y a la vez furioso. Aquella situación empezaba a desbordarlo y no sabía cómo reaccionar—. ¡Están en peligro! Tú mismo has dicho que...
—¡Ahora digo que nos paramos aquí! —El guerrero cortó bruscamente sus comentarios, sin gastar saliva en explicaciones. Acto seguido, se puso en cuclillas y se dedicó a analizar el terreno que les rodeaba.
El chico malinterpretó su gesto. Pensó que había perdido interés por la persecución, que se desentendía definitivamente de sus amigas. Y sintió rabia y temor también ante la idea de tener que continuar solo. Pero en lugar de decirlo con sinceridad, estiró el cuello y exclamó:
—¡Ya veo! Eres un rajado. Entonces, ¿no te importa lo que les pase a Finis y a Nika?
—¿Y por qué habría de importarme? —preguntó el Ad-whar con voz cargada de intención—. ¿O por qué tienes que importarme tú? Que yo sepa, no somos «colegas».
Lo subrayaba con mayor intención todavía.
El chico se quedó parado ante semejante análisis, cruel y despiadado, de la situación.
—No debería sorprenderte lo que hago. Sería de tontos querer jugarse la vida por unos forasteros desconocidos como vosotros. Y tú ya sabes que soy un cabrón con cara de cemento, ¿no es así? —recalcó el hombre, impasible.
El rostro de Javier enrojeció intensamente al darse cuenta de que el errante repetía algunos de los calificativos y frases que Nika y él habían empleado horas antes refiriéndose al guerrero, cuando creían que este no podía oírles. Era evidente, por el retintín, que Miles sí había escuchado esos comentarios y ahora los volvía en contra suya. ¿Por qué habrían dicho esas tonterías?, pensó con desesperación.
Bajó la cara avergonzado. No tenía argumentos para su defensa. Pero había un hecho que no podía soslayar, Nika y Finisterre estaban en algún lugar de aquel extraño mundo y él no podía dejarlas abandonadas allí. Debía encontrarlas como fuese, para poder regresar todos juntos a casa.
—¡Está bien! Iré solo —dijo al fin, arrastrando con cansancio las palabras. E hizo ademán de continuar andando.
El guerrero Ad-whar se encogió de hombros con indiferencia.
—¡Adelante! —le animó, con la misma ironía dura—. Puedes continuar solo si te empeñas... Y lo más probable es que entonces también tenga que sacarte a ti de las garras de los darkos. En el caso de que no te hayan matado antes, claro.
Javi se detuvo temeroso.
—¿Por qué dices eso? —preguntó con recelo. Quería creer que Miles simplemente pretendía asustarle, pero en su interior algo le decía que tras las palabras del errante había una razón y eso le puso más nervioso. Era inútil disimular. Seguro que ese tipo adusto se daba cuenta de cómo le temblaban las piernas.
Si lo veía, Miles no dijo nada al respecto. En cambio, avisó:
—Los darkos jamás dejan escapar una presa. Ahora mismo, algunos de ellos estarán bajando por el río en nuestra dirección, rastreando a conciencia las orillas para encontrarnos. Al menos, eso es lo que haría yo en su lugar. Y calculo que no tardarán mucho en llegar aquí con alguna de sus bestias. Aparecerán de un momento a otro...
La idea de que una de aquellas mantis gigantes pudiera estar cerca hizo que Javier se agachara de inmediato y mirara a su alrededor intranquilo. Intentó controlarse y pensar.
—¿Quieres decir que…? Bueno, ¿no estás pensando en abandonarnos? —inquirió.
El guerrero había terminado su examen visual. Tomó un puñado de arena suelta del suelo y la dejó caer desde lo alto observando la dirección hacia donde la llevaba el viento. Y mientras caía la arena, hizo un único comentario:
—¡Yo no soy de los que abandonan!
No se molestó en mirar al chico mientras lo decía. Y, por tanto, no reparó en el rubor intenso que cubrió de golpe su cara. Porque Javier sí había pensado en abandonar, durante la galopada que les había llevado hasta ese punto. Había mirado muchas veces la pulsera digital que portaba en su muñeca, tentado de apretar el resorte que le teletransportaría fuera de ese planeta, solo para escapar de allí. Lo único que le había contenido era pensar que en la estación de las estrellas estaría solo y aquí, al menos, tenía compañía.
¿Acaso aquel tipo podía leer también sus pensamientos? No era posible, se dijo sacudiendo la cabeza. Tragó saliva de todos modos e intentó concentrarse en el verdadero problema.
—Podríamos dar un rodeo para despistarlos... —sugirió bajando la voz, con un carraspeo incómodo.
El guerrero negó con la cabeza.
—Sería peor. Los tendríamos a nuestras espaldas y ya no sabríamos dónde ni cuándo vendrían a atacarnos. Prefiero esperarlos donde yo pueda verlos venir —masculló.
Después de su inspección ocular, volvió a ponerse en movimiento. Había encontrado el punto idóneo para tender una emboscada y Javier le siguió como un cordero, con la cabeza gacha. Se dirigieron a grandes pasos hacia un promontorio rocoso y cubierto de matorrales que sobresalía por encima del torrente. Desde aquella posición, se dominaban las dos orillas del río en un amplio tramo y contaban con vegetación y rocas suficientes para ocultarse. Una senda de animales bajaba de allí hasta la hondonada en cuyo fondo bramaba con fuerza la corriente.
—No tenemos mucho tiempo —advirtió el hombre cuando se apostaron entre los matorrales.
A continuación, le dio unas instrucciones rápidas sobre lo que debía y no debía hacer. Hablaba con perfecta calma, como si no hubieran discutido los dos cinco minutos antes.
—Cuando lleguen los darkos, obsérvalos; estudia cómo se mueven... pero no dejes que ellos te vean. ¡No levantes la cabeza del suelo o te descubrirán! Esos condenados tienen una vista muy aguda. Espía a través del ramaje y te confundirás con las hojas. No te muevas del sitio, ¡ni pestañees!, salvo que yo te lo diga. Y cuando tengas que hacerlo, arrástrate como una culebra, en silencio, sin aplastar ninguna rama y tan despacio como puedas. Al menor ruido, al menor chasquido, los tendremos encima.
El muchacho asintió para hacerle ver que comprendía.
—¡Bien! Vendrán por separado para cubrir más terreno, uno por cada orilla, y probablemente les acompañarán algunas de sus bestias, que son su olfato, sus ojos y sus oídos más agudos. ¡Ojo con esos bichos! Tendrás que convertirte en una estatua cuando lleguen, ¿entiendes? ¡Ante todo, no te descubras! —Después le advirtió—: Estate atento a todos mis gestos y señales porque no hablaré...
El guerrero no estaba seguro de que Javier pudiera hacerlo bien. Era muy joven y a todas luces demasiado inexperto, pero no le quedaba más remedio que confiar. De todos modos, tenía un presentimiento sobre aquel muchacho. La intuición de que bajo aquella apariencia exterior de niño mimado había una roca firme. Y a Miles nunca le había fallado su instinto; desde que levantaba cuatro palmos y era un mocoso, un soldadito de la Centuria, siempre había sabido calibrar a las personas, tenía ese don. Así que echó un último vistazo sobre el chico y luego, definitivamente, fijó sus ojos en el río.
Después de aquella última y perentoria recomendación, los dos guardaron silencio y esperaron tensos, con los cuerpos aplastados contra la tierra.
Fue Miles quien los vio llegar primero y tuvo que mostrárselos al muchacho, que no acertaba a distinguirlos a través del follaje. Con su piel de serpiente y su escaso tamaño, los darkos pasaban fácilmente desapercibidos entre los árboles de la ribera.
Una vez más, Javier se admiró de la exactitud de cálculo del Ad-whar. Había dicho que no tardarían en aparecer y, en efecto, así había sido. Y lo hacían divididos en dos grupos tal y como él había previsto. Eran dos reptilianos y les acompañaba tan solo una skrug. Un insecto tan grande como un caballo y estilizado como una jirafa, con patas largas como zancos, ojos saltones de celdillas múltiples y recubierto por una coraza queratinosa negra ribeteada con puntos rojos fosfóreos que emitían destellos bajo las sombras del bosque. Un depredador de mandíbulas temibles.
Habían sufrido bajas importantes durante su combate con el Ad-whar y supusieron que por ese motivo no habrían podido desplazar más efectivos en su persecución. O tal vez contaban con que el río se hubiera tragado a los dos fugitivos y no tenían miedo de sufrir una emboscada.
Cada pigmeo recorría una orilla con una lanza en la mano, examinando meticulosamente cada palmo del terreno con sus ojillos de pupila vertical, mientras la mantis gigante olfateaba el aire en todas las direcciones llevado de las riendas por uno de los darkos.
El muchacho se dio cuenta entonces de que tampoco el lugar de la emboscada había sido elegido al azar por Miles. El río en aquel punto formaba un oportuno meandro. El recorrido era más largo para uno de los rastreadores, el que estaba en el lado opuesto, por lo que pronto se quedó más rezagado. La propia curva y la densa vegetación de las orillas harían que los perseguidores se perdieran de vista entre sí durante unos minutos, si se descuidaban. Y eso era lo que el guerrero había buscado.
—Vamos a tener suerte, después de todo... —susurró Miles para sí mismo, de un modo casi imperceptible. Lo decía porque el primer pigmeo llegaba por su lado del río mucho más adelantado y venía solo. La skrug rastreaba la otra orilla acompañando al segundo de los reptilianos El errante hizo una seña a su compañero para que permaneciera quieto y luego se alejó con el sigilo de una pantera, empuñando tan solo su cuchillo.
A Javier se le hizo eterno el tiempo que tuvo que permanecer inmóvil. Intentó estudiar a sus enemigos, como Miles le había indicado, pero resultaba difícil hacerlo y permanecer aplastado a la vez entre la maleza. Sus figuras aparecían y desaparecían entre la densa vegetación de las orillas, por lo que a duras penas lograba verles más de unos segundos seguidos. Aun así pudo advertir que tenían un modo peculiar de moverse sobre sus piernas dobladas de alambre, con un andar nervioso y encorvado. Para dar un paso, levantaban primero la rodilla huesuda y después adelantaban el pie mientras descargaban el peso del cuerpo en la otra pierna igual que haría un mono. Y al inclinarse para examinar el suelo abrían las rodillas como los sapos y adelantaban la cara de pez abisal en actitud de alerta mirando alternativamente las huellas y el bosque. Pocas cosas lograrían escapar a la estrecha vigilancia de aquellos ojillos ávidos de lagarto. Cuando un par de ellos se clavó en los arbustos de su promontorio, Javi aplastó aún más su cuerpo contra la tierra y hundió la cabeza en las raíces del boj que le cubría, quedándose tan quieto como pudo.
Cuando menos lo esperaba, Miles se deslizó a su lado de improviso y al ver su cara de susto, se llevó el dedo a los labios para pedirle silencio. Su mano derecha todavía empuñaba el cuchillo, ahora manchado por un líquido oscuro, y con su mano izquierda arrastraba cuidadosamente un fardo de pieles que dejó caer junto al chico. También traía un arco rudimentario y un haz de flechas. Eran las pertenencias que había arrancado al primero de los darkos, después de degollarlo bajo los árboles sin dejarle proferir ni un suspiro.
Mediante mímica, el guerrero ordenó a Javier que se pusiera aquellas ropas. Eran los andrajos más pestilentes y asquerosos que había visto en su vida. Sin embargo, por sus gestos comprendió lo que pretendía Miles con aquel disfraz, que él sustituyera al darko muerto al menos durante el tiempo suficiente para engañar al pigmeo que aún seguía vivo.
Tragó saliva con repugnancia, pero accedió. El Ad-whar le ayudó a esconder su rostro y su pelo castaño bajo el capuchón de pieles.
—No te acerques a la orilla. Camina entre matas... Actúa como ellos... —le siseó al oído en un susurro casi inaudible. Él asintió.
Cuando estuvo preparado, el guerrero le hizo una señal afirmativa y Javier salió a gatas de su escondite con un nudo en el estómago, se alejó en silencio unos cuantos metros y luego, irguiéndose, inició la pantomima. No quiso mirar atrás, aunque sentía que los ojos de Miles le observaban. Empezó a andar encorvado, como un pigmeo, inclinando el cuerpo a un lado y otro, y examinando el suelo. De vez en cuando se agachaba como un sapo y fingía estudiar alguna piedra. Entonces dirigía miradas furtivas hacia el río, espiando los movimientos del otro lado.
Continuó así su fingido rastreo por un tiempo que no sabría precisar pero que le pareció eterno, hasta que oyó la voz áspera del pigmeo en la otra orilla. Al tercer grito comprendió que le llamaba a él, confundiéndole con su compañero muerto. Javier se había metido entre unos matorrales y el enano lo buscaba. Levantó un poco el brazo con la lanza por encima de la cabeza, para dejarse ver, y soltó un gruñido gutural, parecido a los de ellos, mientras calculaba de reojo los metros de distancia que le separaban de la skrug. El insecto dirigía sus ojos globosos y fríos hacia el muchacho, desde la orilla misma del torrente. «Demasiado cerca», pensó angustiado. En cualquier momento, esa horrible bestia cruzaría el cauce en dos brincos, se abalanzaría sobre su cuello, le clavaría las pinzas y le devoraría... Con las rodillas flojas, rezó para que el bicho no pudiera escuchar los acelerados latidos de su corazón y para que el Ad-whar llegara pronto en su auxilio.
Entretanto, Miles había reptado ribera arriba llevando consigo, además de su espada, el arco y las flechas del pigmeo muerto. Una vez fuera del alcance de la vista, se había introducido silenciosamente en el río y lo había atravesado hasta el otro lado del cauce donde había emergido, sin un solo chapoteo, bajo las sombras protectoras de los árboles. Se había arrastrado fuera del agua, gateando sobre las piedras como una lagartija, hasta alcanzar la protección de los matorrales más cercanos. Y una vez en tierra seca, se había desplazado velozmente, de árbol en árbol y por entre las rocas hasta encontrarse con la espalda de sus enemigos. Apenas había tardado unos minutos. Las salvajes figuras de la skrug y de su jinete se dibujaban a contraluz contra el torrente, muy nítidas, tal como se había propuesto. Se apostó tras una peña y preparó el arco y las flechas, de acuerdo con el plan que se había trazado.
Los cazadores se habían convertido, sin saberlo, en la presa.
Tenía la bestia a tiro, pero no a su jinete, que se había apeado de la montura y desaparecía a intervalos irregulares entre la vegetación. Aguardó con paciencia a que se hiciera visible para asegurar el golpe. Quería abatirlos a los dos juntos. De repente el salvaje se irguió y lanzó una llamada desagradable en dirección a la figura cubierta de pieles que merodeaba al otro lado del río. El interpelado, sin levantar la cabeza, respondió con un gruñido que provocó una sonrisa divertida en el guerrero. El enano no se conformó, sin embargo. Algo extraño le había llamado la atención así que aprestó su arco y lanzó esta vez un grito airado, que erizó la cabeza de la skrug y le hizo entrechocar el pico con fuerza. Los dos, bestia y duende, se acercaban ahora a la orilla con sus armas, garras y colmillos preparados, examinando la sombra que se agazapaba al otro lado.
El Ad-whar comprendió que no podía demorarse más. Apuntó, tensó al máximo la cuerda, la soltó y la flecha salió disparada, silbando, para clavarse profunda y certeramente en el ojo del insecto que se desplomó con un chillido estridente de dolor. Su amo, al verlo malherido, buscó alarmado al misterioso autor de aquel ataque mientras se desplazaba con rapidez hasta el cobijo de una roca. Gruñía mostrando sus dientes afilados como un animal. Quienquiera que fuera su atacante, no le daría facilidades para que practicara el tiro al blanco con él.
El salvaje soltó de pronto un alarido de rabia porque desde su nuevo emplazamiento podía ver perfectamente el rostro de Javier, disfrazado con las pieles de uno de los suyos. El muchacho se había puesto de pie para ver mejor y estaba inmóvil, paralizado por los acontecimientos. Había visto caer a la skrug pero no sabía de dónde provenía la flecha y la rapidez de reflejos del darko le había pillado desprevenido hasta el punto de que había olvidado seguir los consejos de Miles. El reptiliano levantó con ferocidad su arco en dirección al chico, dispuesto a acabar con él. Pero antes de que pudiera disparar, otra flecha distinta cruzó el aire, voló hasta su pecho y le atravesó de parte a parte sin que el duende con boca de pez pudiera determinar su origen. Cayó de espaldas y ya no volvió a levantarse. El Ad-whar se había movido deprisa hasta una nueva atalaya y, en cuanto el darko se le había puesto a tiro, había disparado su propio arco sin la menor vacilación. En el instante justo.
Con un tercer dardo remató definitivamente al insecto, que se despatarró boca arriba como un saltamontes pinchado con alfileres, ante los ojos atónitos de Javier.
El guerrero se alzó de su escondite y bajó a saltos, corriendo, hasta la orilla. El segundo pigmeo aún boqueaba y miró a su enemigo rabioso. Este se inclinó sobre él y, apuntándole con su espada sin la menor piedad, le espetó:
—¿Por qué nos perseguís? ¿Quién te paga?
El pigmeo contestó con voz ronca:
—¡Date por muerto, errante!… Tú y la bruja de cabellos rojos… estáis muertos…
—¿Quién nos busca? —insistió Miles, con urgencia furiosa.
—El nigromante… —El reptiliano se atragantó con su propia saliva y chasqueó la lengua dentro de su enorme boca dentuda.
—¿¡El nigromante de Megisto!? ¿Te refieres a Tenebris? —dijo el hombre. Y añadió—: ¿Para qué nos busca?
—El nigromante… Es muy poderoso… Juo, juo, juo…
—¿Qué quiere Tenebris de la mujer?
—Estás muerto, errante, juo juo juo… —repitió el darko con un gorgoteo agonizante. Levantó velozmente el brazo y agarró a Miles por la pantorrilla, clavándole con odio sus uñas negras y afiladas de cuchillo con las últimas fuerzas que le quedaban. Él reaccionó levantando la espada y de un tajo le cortó el cuello. Se cercioró de que estaba bien muerto. Luego se apartó sin examinarse siquiera la pierna, tenía otras cosas más urgentes que hacer.
El darko se había apropiado del escudo del errante, que había encontrado durante su rastreo abandonado en una de las orillas y desde entonces lo llevaba encima. Miles lo recuperó ahora con satisfacción. Recuperó también una por una las valiosas flechas que había lanzado, arrancándolas de un tirón de las bestias. Las limpió en las propias ropas del enano caído y las guardó en el carcaj. También se apropió de las flechas del darko, por si le servían más adelante. Pronto terminó la inspección. El resto de los pertrechos carecían de interés, así que dejó abandonados los cadáveres donde habían caído y volvió a vadear las aguas para reunirse en la orilla opuesta con Javier sin mirar más los cuerpos de sus enemigos.
El muchacho le aguardaba al otro lado, con horrorizada estupefacción. Aún no se había quitado las pieles de darko, ni el casco con las plumas de la cabeza, y todavía llevaba su espada pegada a la mano. Parecía una estatua.
—Ha resultado más fácil de lo que esperaba... —empezó a decir el guerrero al trepar por la orilla. Se interrumpió al ver la expresión del niño—. ¿Qué ocurre?
—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó a su vez con brusquedad el muchacho, sin poderlo remediar. Algunas de sus costumbres le parecían bárbaras e inconcebibles.
El guerrero se extrañó por la pregunta, hasta que comprendió el motivo de su enfado. Ceñudo, explicó:
—Antes de dar la espalda a un enemigo como ese, hay que cerciorarse de que está bien muerto. Y tampoco conviene dejar atrás cosas que a él no le van a hacer falta y tú puedes necesitar. Ya lo sabes.
A Javier no le convencían sus razones. Le repugnaba el ensañamiento de esas muertes. Le repugnaba robar a los muertos y, más aún, tener que usar sus ropas manchadas de sangre fresca. Estuvo a punto de expresar una nueva crítica, pero se contuvo, quien sabe si por educación o por prudencia. En lugar de hablar, comenzó a desprenderse de las odiosas vestimentas que se había visto obligado a llevar encima y las fue arrojando con asco a sus pies.
El guerrero intentó impedírselo:
—¡Consérvalo! El peto, al menos. Está hecho con piel dura de serpiente de los pantanos y va forrado con anillas de hierro. ¡Te protegerá! —Como el muchacho no le hacía caso, levantó más el tono y le soltó feroz—: No es una sugerencia. ¡Es una orden!
El chico tuvo que obedecer y volver a colocarse el peto, muy a su pesar. Miles recogió el capacete de hierro que el muchacho había arrojado al suelo y se lo puso también sobre la cabeza, con fuerza, después de quitarle las plumas. Con ese casco y la tela anudada alrededor de la frente mostraba un aspecto curioso, también más combativo; sus amigas se habrían echado a reír al verlo, pero ahora no estaban con ellos y Javier no tenía humor para reír.
—Tendrás que acostumbrarte, «niñato». —El Ad-whar usaba intencionadamente el odioso apelativo que Nika le dedicaba a veces—. A esto y a mucho más, mientras sigas a mi lado... ¡Ya no te encuentras en las faldas de tu dulce madre! Y si esto no es el infierno, no le falta mucho, te lo aseguro.
Se sacudió el barro de las botas y exclamó con cara de tormenta:
—¡Sigamos! Aún no hemos terminado el trabajo.
Un violento escalofrío recorrió la columna vertebral del chico. La tenacidad del guerrero le parecía admirable y terrible a la vez. Daba auténtico miedo.
Estaba empapado, fatigado y herido en el brazo, pero continuaba adelante con tal determinación que Javier sintió lástima por sus enemigos. Le invadió además un profundo desaliento que no se paró a analizar. En el fondo era cansancio, pero también el temor o más bien la certeza de no estar a la altura de lo que se esperaba de él.
No tuvo demasiado tiempo para compadecerse de sí mismo, porque su compañero echó a andar de nuevo y le obligó a seguirlo a trote largo.
Mientras retomaban el sendero, río arriba, Miles lo examinó de reojo sin que se diera cuenta. Había que reconocer que el muchacho empezaba a sacar por fin algo de rasmia, pensó satisfecho para sus adentros. Tenía un aspecto bastante bronco, no solo debido al barro que le cubría, ni por las ropas de cuero y hierro que le tapaban casi hasta las cejas, sino más bien por su actitud. Caminaba con expresión reconcentrada y con los puños firmemente apretados. Estaba dejando de ser el chico inseguro de su primer encuentro y empezaba a mostrar su verdadero carácter. Tenía espíritu, madera de luchador.
Una sana dosis de mal genio era algo que Miles podía comprender y manejar. Lo prefería mil veces a la apatía o la pereza. Porque en su opinión, si algo le faltaba a aquel chaval era un poco más de mordiente. La rabia que ahora veía asomar en él le vendría bien más adelante, le daría fuerzas adicionales para llevar a cabo la tarea que les aguardaba. Por su parte, solo tenía que mantener encendida aquella rabia para que pudiera servir al muchacho de acicate cuando llegara el momento.
Ninguno de los dos sabía que, varios kilómetros torrente arriba, los otros darkos huían por el monte arrastrando consigo a sus compañeras de viaje.
| TRAS LAS HUELLASDE LOS DARKOS |
Ni Miles ni Javier volvieron a cruzar una palabra entre sí y la última galopada por la orilla del torrente les llevó sin más interrupciones hasta el punto del bosque donde les habían atacado los darkos. Se habían acercado sigilosamente, adoptando precauciones por si alguien les esperaba, pero lo encontraron desierto.
Les fue fácil reconocer el lugar porque la tierra y la vegetación de la orilla estaban fuertemente pisoteadas y los cadáveres de las skrugs y duendes abatidos por el Ad-whar seguían tirados allí. Sus compañeros no se habían molestado siquiera en cubrirlos con piedras o tierra para ocultarlos a los carroñeros. El olor a muerto había empezado a extenderse por los alrededores y las moscas y buitres acudían en tropel para alimentarse de su carne.
Aparte de los cadáveres, allí no encontraron nada más. Nika y Finisterre habían desaparecido. Javier, que había esperado terminar la persecución en el mismo lugar de partida, se dejó caer sobre un asiento de piedra decepcionado. «Jamás las encontraremos», se dijo con pesimismo.
Al contrario que Javier, el guerrero no se sorprendió. Conocía el espíritu inquieto de los reptilianos y hubiera sido el colmo de la suerte que siguieran allí sentados, aguardando pacientemente a que sus compañeros de expedición regresaran. Habrían establecido otro punto de encuentro y habían partido con las prisioneras hacia ese lugar, se limitó a decir.
Los darkos eran cazadores avezados, pero, habían encontrado un rival a su altura en el errante.
Mientras el muchacho descansaba, Miles rastreó rápidamente el terreno.
Entre los restos olvidados de la lucha, halló la capa de Finisterre y el coletero con el que Nika se sujetaba el pelo, tirados por el barro y pisoteados. También su propia capa y su ballesta abandonadas y aprovechó para recuperarlas.
No le fue difícil localizar las huellas del grupo que había partido llevando consigo a las prisioneras. Las señales del suelo resultaban legibles incluso para el rastreador más inexperto, lo que demostraba la tranquilidad de los captores.
—Aquí está su pista. Los seguiremos —comentó en voz alta para que el muchacho lo oyese.
Las huellas indicaban que el grupo se había internado en las montañas, en dirección suroeste. Habían dejado tras de sí un rastro bastante elocuente. Aunque les llevaban una buena ventaja.
Después de examinar con atención las señales y explorar detenidamente los alrededores, Miles volvió a reunirse con Javier. Este se había entretenido llenando de agua su cantimplora en el riachuelo e intentaba hacer de nuevo acopio de fuerzas. No tenía buena cara. El accidentado descenso por el torrente, las carreras por el monte y el enfrentamiento con los darkos habían hecho mella en él. Su rostro reflejaba una mezcla de cansancio físico y desazón profundos, que su compañero ignoró deliberadamente. El chico necesitaba un descanso. Miles lo sabía, pero sabía también que no podían permitírselo o perderían su ventaja. Tenían que alcanzar a los darkos y sorprenderles antes de que estos echaran de menos a sus camaradas muertos.
—Han dejado un rastro claro y fresco, fácil de seguir —le informó con gravedad—. Tus amigas van a pie. He visto algunas marcas ahí… y allá… Huellas de caídas, pero no hay señales de sus manos.
—¿Eso es malo?
—Para ellas sí. Significa que las han maniatado y no pueden utilizar los brazos. Y después de la lluvia, todo el monte está embarrado y resbaladizo… ¡Puedes imaginártelo, supongo! Probablemente las encontraremos bastante magulladas, espero que con ningún hueso roto... ¡Y ruega para que no sufran nada peor! Tenemos que apresurarnos… Los darkos no suelen ser anfitriones agradables, ni siquiera para los de su sangre.
Las severas prisas con que el otro le azuzaba terminaron por desatar la irritación del muchacho, que necesitaba tiempo para mentalizarse. Comprendía las razones del guerrero y también deseaba liberar a Finisterre y a Nika de sus captores. Pero al mismo tiempo se sentía desbordado por los acontecimientos, nervioso y atemorizado por lo que pudiera ocurrir.
—¿Qué piensas hacer cuando los encuentres? ¿Los matarás por la espalda, a traición, como a los otros? —le preguntó, empujado por aquella irritación que sentía. En realidad, estaba enfadado consigo mismo por su propio miedo, aunque lo descargara en el errante. Pero necesitaba sacarse aquella opresión del pecho de algún modo—. Yo creía que los auténticos caballeros luchaban de cara y daban una oportunidad a sus enemigos para defenderse.
A Miles le dolió la pulla y, por una vez, el muchacho se lo notó en la cara. No obstante, el hombre se rehízo enseguida y respondió muy seriamente:
—Cuando un perro rabioso o una víbora te atacan, no esperas a que se acerquen y te muerdan la mano. Los matas sin contemplaciones. Esos darkos son peor que alimañas; se dedican a cazar a seres humanos y a menudo encuentran a alguien que les paga por hacerlo. No en vano los llaman cazadores de cabezas. Si yo les hubiera dado la menor oportunidad, probablemente uno de nosotros estaría muerto a estas horas. Por eso, a la primera ocasión que tenga, los detendré y no les daré cuartel en efecto. —Hizo una pausa, tras la cual añadió ceñudo—: Comprendo que eso no te guste. O que no te guste yo. Pero mientras sigas a mi lado, deberás respetar mis reglas y tendrás que aguantarte. De todos modos, ¡nunca he pretendido ser un caballero! Así pues, no te extrañe si actúo así.
La mirada oscura del guerrero cayó sobre Javier con la fuerza de un puño, cargada de reproches, y su respuesta le dejó más frío que una ducha helada. Pensó que le debía una disculpa o, siquiera, una reparación. Después de todo, intentaba ayudarles. Sin embargo, no tuvo la oportunidad porque el errante reanudó la persecución por la huella abierta en la montaña. Y Javier volvió a experimentar en su propia carne lo que significaba para Miles perseguir a alguien sin tregua.
De nuevo le condujo a un ritmo infernal, sin apiadarse de él, con la pericia del rastreador experimentado. Tuvieron que escalar taludes, cruzar por encima de un barranco haciendo equilibrios sobre un puente de troncos carcomidos, vadear arroyos de agua helada o correr como atletas a través del monte, hasta que al muchacho le faltó el aliento.
En un momento dado, el guerrero le advirtió:
—¡Apresta tu espada! Tenemos compañía… —Sin parar de correr, sacó su hacha con la mano izquierda y con la derecha desenvainó la espada por encima de su cabeza. Y añadió—: ¡Recuerda lo que te he enseñado!
Javier apenas tuvo tiempo de reaccionar. Cuatro malhechores les salieron al encuentro, saltando desde detrás de unas peñas. Debían estar emboscados allí y se abalanzaron sobre ellos blandiendo hachas y mazas.
El Ad-whar lanzó su hacha contra el más cercano con tal habilidad que la clavó en su pecho y lo derribó. Seguidamente cargó a la carrera contra los otros, sin vacilar, y ordenó a Javier con voz tonante que se colocara a su espalda y se defendiera. El chico no sabía muy bien cómo, pero, a pesar del miedo, intentó cumplir con su parte. Esgrimió su espada con más rabia que valor. La sangre se le había subido a la cabeza y el pulso se le había acelerado. Era su vida lo que estaba en juego, se repetía a sí mismo. ¿Qué había dicho Miles? «No pensar, no tendrás tiempo para pensar», solo debía actuar. Y se encontró intercambiando golpes con furia y revolviéndose, a la sombra de su compañero Ad-whar.
Por suerte, Miles estaba allí. Se movía en círculos, repartiendo estocadas a diestro y siniestro con la espada en una mano y el cuchillo de cazador en la otra. Todo sucedió muy deprisa. De un solo tajo de su espada, cortó la garganta del más corpulento y en el siguiente movimiento detuvo el asalto del segundo atacante sin contemplaciones, sus dos aceros chocaron y a este le lanzó una patada que le hizo perder el equilibrio. A continuación, se giró y arrojó el cuchillo contra el cuarto bandido que se había abalanzado sobre Javier y se lo clavó en el ojo antes de que derribara al chico. El bandido se desplomó, aullando de dolor.
Finalmente, Miles asestó una estocada mortal al tercero de los bandidos, que trastabilló. Una vez más, el Ad-whar no mostró compasión. Le atravesó el pecho. Luego se inclinó hacia él y preguntó:
—¿Quién te paga?
El caído negó con un barboteo ininteligible y una bocanada de sangre salió por su boca antes de desmayarse. El errante terminó la faena rematando a los que agonizaban en el suelo, evitándoles en realidad así un sufrimiento innecesario pues sus heridas eran mortales.
Tras comprobar que ellos dos seguían enteros, el guerrero envainó la espada y recuperó su hacha. Una borrachera de euforia y alivio se apoderó de Javier al ver que aún estaba vivo a pesar de todo. Miles no tardó mucho en bajarle los pies a la tierra, diciendo:
—Quizá encontremos más por el camino. ¡Larguémonos de aquí! —Y reemprendió la marcha con su infernal trote, sin mirar atrás.
Javier respiró hondo y volvió a correr tras sus pasos.
—¿Por qué…? —preguntó mientras lo seguía.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué piensas… que habrá más…? —jadeó.
—Porque alguien nos ha señalado y ahora somos la presa a cazar.
A Javier le invadió el desánimo. El chute de adrenalina le ayudó a mantenerse en pie y correr durante otro par de kilómetros. Pero no pudo ir más lejos. Tenía las baterías muy gastadas.
A la mitad de un repecho empinado, se derrumbó. Le faltaba el aire y sus piernas se negaban a dar otro paso. Cayó con sus rodillas en la tierra y resbaló hasta un matorral que le retuvo y al que se aferró derrotado.
—¡Espera! —llamó entre jadeos. Miles, que llevaba como siempre la delantera, se detuvo pero no retrocedió. El chico explicó sin aliento—: ¡No puedo más...! Necesito... necesito parar...
—No hay tiempo. —El guerrero hablaba con determinación implacable.
—Pero es que yo… no puedo... De verdad que no... no puedo más... —repetía él con un hilo de voz.
Se desplomó de espaldas en el suelo dándose por vencido. Miles volvió a su lado.
—¡Sí que puedes! ¡Si quieres, puedes! —le recriminó, erguido ante él—. Si te lo propones, continuarás adelante. Y cuando estés tan agotado que se te nuble la vista, ¡seguirás caminando, si tu voluntad lo manda así! ¡Créeme!, yo lo sé muy bien.
—Dame unos minutos… —gimió el muchacho, sin fuerzas.
Pero esos minutos podían ser cruciales, la diferencia entre la vida o la muerte para Nika y Finisterre. El errante intentó convencerlo con ese argumento.
Aun así, el chico continuó tendido en el suelo con los ojos cerrados, incapaz de escuchar lo que le decían. Entonces, Miles tomó una decisión fría.
—Está bien. Seguiré adelante solo. Y tú, cuando tengas ánimos, ya me alcanzarás. Iré dejando señales por el camino para que sepas qué dirección he tomado.
Cogió dos palos cortos y unas piedras y los dispuso sobre el suelo. «Dos palos cruzados en aspa significaban camino cortado», dijo con seriedad. Las piedras en pequeños montones mostraban la ruta a seguir. Dos palos dispuestos en uve significaban girar en la dirección que señalaran. Tendría que estar muy atento, para no saltarse ningún hito ni desviarse de la ruta.
Javier le interrumpió, anonadado.
—¡No pensarás abandonarme aquí! —exclamó, saliendo un poco de su desmayo—. No conozco el camino. ¡Me perderé!
—No te perderás si sigues las señales. ¡Hasta un bebé encontraría el camino con solo ver estas marcas! Y tú pronto serás un hombre. —Aún añadió exasperado—: ¡Me pregunto cómo podéis sobrevivir en tu mundo!
No se doblegó a las súplicas del muchacho, ni a sus repetidas protestas.
—La vida de tus amigas puede depender de nuestra rapidez. Y yo no voy a rendirme tan fácilmente
—¡No son mis amigas! —gritó el niño con desesperación. Era una excusa infantil para acallar su conciencia.
—Tal vez no lo sean —respondió con calma el guerrero—. Pero has dicho que querías salvarlas. Si decides algo, cumple tu palabra o de lo contrario no hables.
El chico agachó la cabeza.
—Yo me marcho ahora —advirtió el otro con dureza, sin ablandarse—. Te iré dejando señales como he prometido. Lo que hagas después será cuestión tuya. Adiós.
Javier contempló con incredulidad cómo el errante le daba la espalda y echaba a andar de nuevo.
—¡Aguarda! —pidió con una exasperación cercana a las lágrimas mientras lo veía marcharse—. ¿Es que tú no te rindes nunca?
—¡Nunca! El que se rinde está muerto —fue su respuesta—. La vida no se detiene porque tú te pares, seguirá rodando. ¡Y, si te descuidas mucho, pasará por encima de ti y te aplastará!
La voz rotunda iba perdiendo volumen conforme el hombre se alejaba. Muy pronto doblaría un recodo más allá del cual su figura desaparecería tras las peñas y dejaría de verle.
Un coraje sordo se apoderó del chico. Cerró los puños y se puso de rodillas.
—¡Cabrón! ¿En serio me vas a dejar aquí?
Nunca había estado tan furioso con nadie.
El guerrero continuó alejándose como si no le escuchara.
Entonces Javier inspiró profundamente con rabia. Hizo acopio de toda la energía que pudo encontrar en su interior y la dirigió hacia sus piernas. A una orden de su cerebro, se levantó. Las piernas le temblaban, pero no permitió que se doblaran. Apretó los dientes y volcando toda su rabia en el pie derecho consiguió dar el primer paso. Después movió el otro pie. Agarró un palo de madera que encontró tirado y lo usó como bastón para apoyarse y seguir adelante.
Así empezó a caminar de nuevo con la ayuda de la improvisada muleta, sin perder al hombre de vista. Y a cada paso que daba iba rezongando una sarta de improperios contra el errante:
—¡Míralo! ¡Se larga, el muy cerdo! Y le da igual... ¡Cabrón! Y encima va cuesta arriba, buff... ¿¡Es que no hay carreteras en este pueblo!? ¡Seguro que sí! Seguro que lo hace a propósito, solo para fastidiarme. ¡Desgraciao! Que eres un desgraciao, el tipo más borde que conozco..., un... —Le arrojó a la espalda toda la retahíla de insultos que conocía y algunos más que se inventó sobre la marcha.
El rencor que sentía hacia el compañero que le abandonaba era lo que le impulsaba a seguir andando. No se daba cuenta de que el errante había refrenado el paso para dejarse alcanzar, dominando su impaciencia. Y que gracias a eso lograba mantener la distancia. Tampoco le habría consolado saberlo. Solo le consolaba despotricar a sus anchas, desahogar su furia, aunque fuese de una forma infantil y aunque de ese modo gastara aliento inútilmente.
—Mecagüen la leche, ¿quién me mandaría a mí meterme en este follón? Buff, buff… ¿Sabes qué te digo? ¡Que en cuanto las encuentre, yo me largo! Y aquí os quedáis... ¿Te enteras, pedazo de mamón...?
Su voz se iba apagando porque le faltaba el resuello. Por fin dejó de rezongar y les envolvió el silencio de la montaña. Javier necesitaba todas sus reservas de energía para avanzar, un paso detrás del otro. Andaba completamente grogui con los pies a rastras. La rabia era lo único que le sostenía. Solo tenía un pensamiento, no perder de vista al errante.
Por suerte la cuesta terminó pronto y al traspasar una loma entraron en un pequeño valle verde de laderas herbosas donde se veía pacer unos animales lanudos. El camino bajaba a través de un damero de prados cercados con setos silvestres y muretes de piedra que daban al conjunto una imagen rural ordenada y bucólica. La misma pendiente le llevaba sin necesidad de hacer grandes esfuerzos y él se dejó llevar exhausto, ni siquiera veía ya dónde pisaba.
Le faltaba poco para perder el conocimiento cuando oyó la voz de Miles decir a su lado:
—¡Hemos llegado! Descansa.
Para Javier fue una delicia tirarse en la hierba y olvidarse de todo. Ni se enteró de que el guerrero partía a explorar los alrededores, después de recomendarle silencio. En aquel momento de desmayo todo le daba igual. Lo siguiente que notó fue un líquido amargo que le entraba por la boca y le bajaba por el cuello quemándole la garganta.
—¡Traga! Te hará bien.
—¿Qué... qué es eso...? —balbuceó.
—¡Licor de raíces! Resucita a un muerto.
Le obligó a tomar otro trago.
—Cof, cof… —Tosió el chico atragantándose. Más que resucitar, abrasaba. Si no se espabilaba pronto moriría ahogado con semejante brebaje—. ¿De dónde, aggh, lo has sacado?
—No preguntes.
El Ad-whar lo había encontrado dormido y había tenido que zarandearlo para hacerle volver en sí. Le había incorporado y había vertido en su boca aquel licor vigorizante. El efecto había sido inmediato.
—¿Dónde… dónde estamos...? —preguntó el chico sentándose y mirando a su alrededor. Al principio le costó enfocar los ojos, pero la amenaza de tener que tomar otro trago de aquel licor supuestamente medicinal terminó de espabilarle.
—Los hemos encontrado —le informó el errante—. Hay dos darkos, allá abajo, y dos skrugs. Se han detenido junto a una aldea. A esperar a sus compinches, supongo. Toma, come esto.
Le tendía un puñado de frutos secos y Javier los devoró con ansia, sin preguntar esta vez de dónde los había sacado. Después bebió agua de la cantimplora y se sintió un poco mejor. Lo suficiente como para poder pensar.
—¿Y las chicas? ¿Qué hay de Finis y Nika? —preguntó acordándose al fin de ellas.
—Están vivas. Prisioneras.
Javier maldijo mentalmente su parquedad de palabras.
—¿Se encuentran bien? —insistió.
—No he podido acercarme lo suficiente para comprobarlo.
—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó el muchacho, dejando caer los brazos indeciso.
—¡Rescatarlas!
| EL RESCATE |
Los pigmeos de piel verdosa y sus feroces monturas habían acampado a las afueras de una aldea pequeña y húmeda que rezumaba melancolía y pobreza por los cuatro costados.
Más bien, era un conjunto disperso de chozas levantadas en desorden cerca de un río; parecían caparazones de tortuga cubiertos de musgo, unidos por una red de senderos de barro. Ni siquiera la luz pálida del sol que asomaba entre jirones de nubes lograba dar alegría al conjunto. Separado de la aldea y en un montículo se alzaba la única excepción, un torreón cuadrado construido con sillares de piedra y rematado con tablones gruesos de madera oscura en la parte más alta. Las ventanas estrechas eran más propias de una torre de defensa, y Miles dedujo que ahí viviría el jefe de algún clan local.
La aldea parecía desierta. Toda la población estaba reunida, en un corral junto al río donde los darkos les habían encerrado. Habría una treintena de personas metidas dentro del cercado de estacas, hombres, mujeres, ancianos y niños.
Los pigmeos con piel de lagarto se habían instalado en el prado vecino y mantenían aterrorizados a los habitantes del pueblo con sus gigantescas mantis.
Media docena de cadáveres humanos yacían sobre la hierba, desangrándose. Las skrugs estaban devorando a dos de ellos con voracidad salvaje. Sus mandíbulas triangulares producían un ruido horrible al sorber los líquidos corporales o triturar los huesos. De vez en cuando volvían sus cabezas de insecto hacia el corral y clavaban sus ojillos saltones, amenazadores, en las personas que seguían vivas. Algunas mujeres lloraban histéricas por los muertos mientras otras intentaban acallarlas, por miedo. Los demás permanecían mudos y pálidos, arremolinados contra la cerca, con los rostros sombríos e impotentes fijos en las skrugs y en sus feroces jinetes verdes.
La inesperada invasión había interrumpido una fiesta local. Eso podía deducirse por las mesas de madera que había tiradas en mitad del prado, con fuentes de comida desparramada violentamente por la hierba. Los darkos eran los únicos que disfrutaban del festín. Se comportaban igual que sus bestias con la comida. Devoraban a dentelladas todo lo que encontraban de su gusto, ante las miradas atemorizadas y rabiosas de los aldeanos.
Junto a los darkos se veía a un grupo de rehenes, chicas jóvenes, sentadas o arrodilladas en la hierba. Estaban maniatadas unas con otras con sogas en el cuello. Nika y Finisterre se encontraban entre ellas. Si alguna hacía algún movimiento raro, de inmediato caía sobre ella uno de los pigmeos para golpearla, enseñando los colmillos largos y curvos de pez abisal.
Desde el altozano que dominaba la aldea, Miles y Javier estudiaban con suma atención el escenario de lo que iba ser su próximo combate.
El errante había examinado el terreno antes y había elegido a propósito aquella atalaya. Había comprobado que la dirección del viento fuese la correcta para que las skrugs no les olfatearan. También había estudiado los caminos que conducían hasta el valle. Incluso se había deslizado hasta las primeras casas, únicamente para verificar que no había enemigos escondidos en el pueblo. En una de las chozas había encontrado el licor y los frutos secos que les habían servido de tentempié.
—¿Tú qué opinas? —preguntó el Ad-whar a su compañero. Su mente ya había pergeñado un plan. Sin embargo, antes de exponerlo, quería conocer los pensamientos del muchacho.
Este, que no esperaba ser consultado, abrió la boca con asombro.
—¿Yo? —Miró a un lado y a otro, confundido.
Los adultos rara vez pedían su opinión. O, si lo hacían, solía ser por cosas más bien banales de las que ya sabían de antemano la respuesta. Pero he aquí que aquel desconocido de talante arisco se interesaba por conocer su opinión ante un asunto de extrema gravedad. Estaba tan perplejo que repitió, incrédulo:
—¿¡YO!?
—¡Sí, tú! ¿Acaso hay alguien más aquí, aparte de nosotros? —contestó el otro, irritado.
—No, no. Es que yo… —Era difícil para Javier expresarlo, se sentía fuera de lugar. Ignoraba qué se esperaba de él en una situación semejante— no entiendo para qué necesitas mi ayuda.
—Me vendría bien. Seríamos dos. Aunque si no deseas participar en esta acción, bastará con que lo digas. No estás obligado. Si es eso lo que te hace vacilar, iré yo solo —dijo el guerrero con acritud, interpretando erróneamente sus dudas.
—¡No pienso rajarme! He llegado hasta aquí, ¿no? —le interrumpió el muchacho con aspereza, picado en su amor propio. La frase se le escapó sin pensar y al instante se arrepintió de haberla dicho. En realidad, no tenía ningunas ganas de enfrentarse otra vez con aquellos pigmeos ni con sus mantis. Ver cómo devoraban a los muertos le había puesto aún más nervioso. Quería huir.
Pero, por otro lado, la idea de salvar a sus amigas hacía que la sangre volviera a circular por sus venas con un calor y fuerza especiales. Era el efecto de la adrenalina y quizá también del licor que había tragado. Le aterraba la idea de enfrentarse con esas bestias, pero le asustaba aún más quedarse solo. ¿Y si ocurría algo malo mientras esperaba a que todo se solucionase? ¿Y si Miles ya no volvía a buscarle? Y lo peor, ¿cómo se sentiría si Nika y Finis morían porque él no había ayudado a salvarlas?
Prefería mil veces acompañar a aquel tipo y saber a qué atenerse, aunque fuera un estorbo más que una ayuda. Solo por eso repitió:
—No creas que vas a librarte de mí. ¡No voy a dejar a Finis y a Nika tiradas!
—¡Bien! Entonces, mira ahí abajo y dime qué opinas. No te preocupes por pintar el panorama demasiado negro, no me asustaré.
—Nunca antes he hecho esto. Yo no sé si…
—Tienes ojos en la cara, ¿no? Y hay un cerebro dentro de esa cabeza o al menos debería —cortó irónico el hombre—. Puesto que vas a tomar parte en esta acción, es justo que des tu parecer. Y cuatro ojos siempre ven más que dos.
A Javier le pareció que el guerrero quería examinarle de algo y también que se burlaba de él. Desde luego era un examen, pero no del tipo académico al que el chico estaba acostumbrado.
Vuelto hacia él, el hombre lo miraba fijamente.
Eso le insufló coraje y al mismo tiempo le hizo sentir una gran responsabilidad. Se propuso hacerlo bien. Todo lo mejor que pudiera, aunque no supiera qué quería exactamente el Ad-whar. Examinó con mucha atención el prado, el pueblo, el río, los grupos de prisioneros... Intentó imaginar lo que ocurriría si ellos dos irrumpían de pronto en medio de las skrugs y peleaban con los darkos.
—Ellos son cuatro y nosotros solo dos… Pero se les ve muy tranquilos, distraídos. Eso lo pone más fácil, ¿no? ¡Quiero decir, que podía haber sido peor! Vamos, que no piensan que podamos atacarlos. Eso nos da una ventaja, ¿no? Tendríamos que pillarlos por sorpresa...
Su entrenador de fútbol solía decir que los partidos se ganaban en los diez primeros minutos de cada tiempo, que el factor sorpresa era importante. Siempre les incitaba a salir al campo «arrasando» y lanzarse a muerte hacia la portería contraria. Psicológicamente, meter el primer gol era el primer paso hacia la victoria. Quizá esa misma filosofía pudiera valer también para luchar contra esos pigmeos.
Intentó pensar en el modo de llegar hasta los darkos sin que les descubrieran, ¿por el pueblo, por el río? Había muchos sitios donde podrían esconderse y llegar hasta ellos sin ser vistos. Sin embargo, estaban esas dos mantis. Sus ojos múltiples parecían verlo todo. ¿Qué pasaría si les descubrían? También le ponía nervioso que estuvieran tan cerca de Finis y de Nika ya que podrían usarlas como escudo.
—¿Por qué no han encerrado a las chicas en el cercado con los demás? —preguntó al errante, sorprendido por el detalle.
—Ellas son su botín. Por eso los darkos las guardan a buen recaudo. Los demás no importan. Si les causan problemas, darán una orden y las skrugs caerán sobre ellos como lobos en un corral de ovejas. Harán una escabechina sin deteriorar el material más valioso, ¿entiendes? Esa es su idea.
El chico tragó saliva.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque les he visto actuar antes y porque no son los únicos que pensarían así en esta situación.
—¿Tú piensas así? —Quiso saber el chico, desconfiando otra vez de él.
El errante levantó una de las comisuras de los labios con cinismo.
—No tenemos tiempo para discusiones. ¿Hay algo más que quieras decir? ¿Algo que yo deba saber sobre nuestro próximo campo de batalla?
Su tono le hizo apretar los dientes. Aquel tipo tenía la virtud de sacarle de quicio.
—¡Hay demasiada gente ahí abajo! ¿Qué haremos si los del pueblo se ponen de parte de los darkos y nos atacan? —dijo mirándole con odio.
—No se pondrán de parte de los darkos pero tampoco de la nuestra, así que habrá que andarse con ojo. ¡Bien! Como dices, tenemos que sorprenderlos. ¡Habrá que actuar deprisa, golpear duro y salir zumbando antes de que esos campesinos reaccionen!
Javier se apresuró a asentir. Por primera vez en su vida se sentía tratado como un adulto y le gustaba.
—¿Cuál es tu plan? —preguntó, muy serio.
—Atravesaremos por el pueblo, las casas nos servirán de escondite. Tú te acercarás hasta aquel establo, junto al corral de los prisioneros, y esperarás mi señal para salir. Yo me apostaré donde pueda tener más a tiro a esos diablos. A mi señal, sal corriendo y corta las cuerdas de tus amigas con el cuchillo. Hazlo deprisa, ¿me oyes? Luego salid volando hacia aquel puente y pasad al otro lado. Vigila tu espalda, que nadie os persiga. Corred hacia aquel bosque, yo os seguiré.
—De acuerdo.
Estaba dispuesto a darlo todo, como si fuese el partido de fútbol más importante de la liga.
El guerrero percibió su coraje si bien no dijo nada al respecto. Se limitó a darle las últimas instrucciones. Después sacó su cuchillo y su espada, el chico le imitó y bajaron deprisa por la cuesta siguiendo agachados una línea de setos y árboles que les ocultaba a la vista del pueblo.
En las primeras chozas, se separaron. Javier se fue por la derecha, bordeando la aldea en dirección al río, al abrigo de los cercados y cobertizos.
«Acércate sin hacer ruido. Mejor carreras cortas. Elige escondites seguros y asegúrate de que nadie te vigila antes de salir. Si crees que van a descubrirte, detente y aguarda; tenemos tiempo... No entraré en acción hasta que tú estés en tu puesto» había dicho Miles. El ataque debía ser rápido y contundente. Sin fallos. Javier no dejaba de repetírselo a sí mismo mientras se deslizaba de choza en choza y de valla en valla, con andar agazapado y silencioso, igual que los indios de las películas del Oeste americano.
Miles entretanto avanzaba en línea recta, corriendo entre las chozas, con la espada lista por si alguien pretendía cerrarle el paso. Cuando alcanzó la posición elegida, miró en todas direcciones para comprobar que estaba solo. Después trepó, con suma cautela, por el tejado de una de las chozas situada en la frontera con el campo. Una vez arriba, asomó sigiloso la cabeza por encima de la arista. Desde allí se podía ver perfectamente a los siniestros duendes con sus monturas, los tenía al alcance de su arco. No sospechaban lo que se les venía encima porque continuaban devorando su banquete. Miró despacio a su derecha y comprobó que también Javier estaba llegando sin percances hasta su meta, un cobertizo medio derruido en el extremo más alejado del pueblo, cerca del río, donde debía apostarse.
El chico acababa de esconderse detrás del cobertizo, cuando una de las mantis gigantes cambió inesperadamente de posición. Saltó sobre una de las mesas que quedaban en pie y empezó a husmear a un lado y otro sobre sus zancos, acechando el aire, con sus patas delanteras de boxeadora encogidas en actitud de alerta. Algo había llamado su atención. Tanto Miles en el tejado como el chico tras la cabaña se aplastaron y se quedaron quietos esperando a que pasara el peligro. Se oyó un ruido entre el grupo de prisioneros del cercado y automáticamente la skrug giró 180 grados la cabeza en esa dirección. De un salto regresó al suelo y se encaminó hacia el corral donde se apiñaban los aldeanos. Lo malo era que, en su trayecto, pasaba precisamente junto al cobertizo.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.