Kitabı oku: «La puerta secreta»

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GINKGO BILOBA

© del texto: Belén A.L. Yoldi

© diseño de cubierta: Equipo BABIDI–BÚ

© de esta edición:

Editorial BABIDI–BÚ, 2022

Avda. San Francisco Javier, 9, 6ª, 23

Edificio Sevilla 2

41018 - SEVILLA

Tlfns: 912.665.684

info@babidibulibros.com

www.babidibulibros.com

Primera edición: enero, 2022

ISBN: 978-84-19106-96-4

Producción del ePub: booqlab

transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o scanear algún fragmento de esta obra».

Lo dedico a mis hijos, Pablo y Daniel. Por ellos, escribí este libro. Y para Ángel, que me acompañó en todo el camino.

«Fantasía es una tierra peligrosa, con trampas para los incautos y mazmorras para los temerarios. (…)

(…) Hay allí toda suerte de bestias y pájaros; mares sin riberas e incontables estrellas; belleza que embelesa y un peligro siempre presente; la alegría, lo mismo que la tristeza, son afiladas como espadas.

Tal vez un ser humano pueda sentirse dichoso de haber vagado por ese reino, pero su misma plenitud y condición arcana atan la lengua del viajero que desee describirlo. Y mientras está en él le resulta peligroso hacer demasiadas preguntas, no vaya a ser que las puertas se cierren y desaparezcan las llaves».

J.R.R. TOLKIEN Sobre los cuentos de hadas.

«Universo, un gran casino donde los dados son tirados y la ruleta gira alguna vez»,

Stephen HAWKING

ÍNDICE

Prólogo: La guardiana de la llave de la puerta secreta

PARTE 1. VIAJE AL REINO PROHIBIDO

Javier

Nika

Finisterre

Ochate

Bajo la bóveda estrellada

Los jardines de Sammuramat

PARTE 2. EN EL CORAZÓN DEL BOSQUE UMBRÍO

Encuentro en el bosque

Un guía inesperado

Los bandidos

En el corazón del Middle Umbra

Por el barranco de las almas perdidas

PARTE 3. MÁS ALLÁ DEL ARCO CICLÓPEO

Gravelón

La garganta del buitre

La pesadilla

Un refugio bajo la tormenta

El despertar

EL MENTAGIÓN

AGRADECIMIENTOS


PRóLOGOLA GUARDIANA DE LALLAVE DE LA PUERTA SECRETA

Anoche volví a asomarme al abismo insondable. La negrura más profunda se extendía ante mí, su energía primigenia me succionaba, me atraía hacia el vacío infinito mientras una bóveda de estrellas silentes brillaban misteriosas sobre mi cabeza. Y sentí un estremecimiento helado en los huesos.

Yo creí que tendría más tiempo…

En mi visión, unas largas cortinas de pintura plástica caían en oleadas desde el cielo y empezaban a tapar el mundo, mi mundo. Me encerraban y me empujaban hacia la negrura mientras a mi alrededor iban desapareciendo lugares familiares, las personas que amaba. Hasta el sol se borraba devorado por el agujero negro.

Cuando se apagaron todas las luces me vi de nuevo ante al abismo, con el mentagión brillando en mi pecho, en ese inmenso lugar vacío y carente de vida. Sola.

Me he despertado de golpe. Y me he encontrado en mi cama en plena noche, bañada en un sudor frío. Mi Ángel, mi amor, dormía plácidamente a mi lado. He alargado la mano hasta su brazo para cerciorarme y me he acurrucado en el calor de su cuerpo fuerte, tan familiar. Ha sido su respiración acompasada y el latido firme de su corazón en mi oído los que me han calmado.

«Estoy en casa», he pensado con alivio, pero ya no he vuelto a dormirme.

Sé lo que significan estos sueños.

Es un aviso, la señal de que está cerca la hora de partir.

Porque este año, tal y como reza una antigua leyenda que solo algunos elegidos en la Tierra conocen:

«Cuando la ardiente estrella Sirio cabalgue en el cielo nocturno junto al cazador Orión, llegará la canícula y, si un cometa naranja cruza entonces el firmamento, sabrás que la esfera del Nunrat ha comenzado a girar en el vértice del universo y que se ha abierto la Puerta a las Estrellas». Otra vez.

El portal estelar vuelve a abrirse, sí. Y para una «Nunrat Gitzé» como yo, Guardiana de la Llave que sella la Puerta Secreta entre los mundos, llega la hora del gran viaje… Un viaje en el que todo es posible, también morir.

Es la hora de partir a las estrellas y ahora debo darme prisa en prepararme.

He vivido dos veces una vida. Me siento cansada y estoy enferma… No sé si podré reunir las fuerzas suficientes para volver a cerrar esa puerta, antes de que se desate el caos. Pero el mentagión aún responde ante mí, yo soy su guardiana y debo intentarlo. Sea como sea, no puedo fallar.

Ruego también para que pueda encontrar a alguien digno y valiente al que confiar el mentagión y transmitir este legado. Gamal me ha enviado a su hijo menor desde Egipto, dice que está preparado para asumir la carga; procede de una larga estirpe de Guardianes que se remonta ininterrumpidamente hasta la época de los faraones y desea con vehemencia emular a sus antepasados y convertirse en un centinela del Nunrat, siguiendo el ejemplo de su padre y su hermano mayor. A priori parece un buen candidato. Pero hay algo en él, en su mirada huidiza, que me hace dudar de que sea un Elegido.

Por si acaso, dejo escrito un diario para mi sucesor o sucesora con la esperanza de que sabrá qué hacer cuando lo lea, si yo falto…

A ti te hablo. Cuando la esfera comience a girar y las puertas del universo se abran de nuevo, todos y todas las Guardianas de la Puerta estelar deberán entrar en el orbe del Nunrat con el mentagión, y allí sobre los puentes, al borde mismo del abismo, deberán repetir el conjuro que sirve para cerrar esas puertas. Generaciones y generaciones de guardianes que nos preceden lo han logrado; sus nombres están escritos con luz. Si ahora eres tú la persona elegida, has de saber que el futuro de nuestro mundo estará en tus manos.


JAVIER

En la inmensa vastedad del universo, alguien lanzó los dados del destino y uno vino a caer precisamente en un pequeño punto del norte de España, un día tórrido del mes de julio. Y esa voluntad quiso que la suerte se fijara en ellos cuando caminaban por los campos yermos de un pueblo abandonado llamado Ochate, que algunos consideran maldito.

Lo único que compartían eran unos días de vacaciones en un campamento juvenil de verano.

¿Por qué nosotros?, se preguntarían después a menudo. ¿Por qué no?, respondería la suerte sin dar explicaciones.

Si les hubiesen dejado elegir, Javier y Mónica jamás habrían emprendido un viaje juntos. Mucho menos para compartir una aventura.

Lo cierto es que su primer encuentro no había sido nada afortunado. Más que encuentro podría calificarse de encontronazo y solo sirvió para que los dos adolescentes se odiaran a muerte, al menos durante un tiempo.

Pero la vida casi nunca te pregunta tu opinión. Y proporciona extraños compañeros de viaje cuando uno menos se lo espera.

Cuando se conocieron, dos meses atrás, Javier acababa de mudarse a la casa de Mutilva con sus padres y la nueva vecina le pareció una chavala muy desagradable, de lo más impertinente y fastidiosa, con una boca demasiado grande, unos ojos castaños demasiado vivos y con demasiada mala leche para su gusto. Insufrible.

—¡Pedazo de bestia! ¿Por qué no miras por dónde vas? —Fue el saludo abrupto que Nika le soltó entonces, enfadada, sacudiendo la coleta.

Claro que, literalmente, él acababa de atropellarlas con su bicicleta en plena calle, a ella y a una niña gafosa más pequeña que la acompañaba. Esto también hay que decirlo.

Javier bajaba pedaleando a toda velocidad desde Pamplona por la avenida, con la mochila en la espalda. Llegaba tarde a comer y su madre era una maniática de la puntualidad.

Había tomado demasiado deprisa el cruce y, tras girar a la izquierda por la rotonda del Club de Marketing, había enfilado hacia Mutilva Alta sin apretar el freno, mirando hacia los lados para vigilar el tráfico de otros vehículos que se acercaban. No se había fijado en las dos niñas que empezaban a cruzar la calle por el paso de cebra hasta que fue demasiado tarde para esquivarlas.

El sol brillante de finales de mayo había contribuido también, un poco, a deslumbrarle.

Había intentado frenar en el último segundo, al verlas, y había girado el manillar para esquivarlas, pero no con la rapidez suficiente. Él tampoco era un acróbata con la bici. Así que, tras un violento derrape, los tres habían terminado rodando por el suelo en un revoltijo, con los brazos y piernas enredados entre los pedales y las ruedas.

Las gafas habían aterrizado sobre el asfalto caliente, unos metros más allá.

La chica mayor se zafó enseguida de la bicicleta y se levantó de un salto en actitud peleona, con la huella de una rueda marcada en su pantorrilla. La niña más pequeña, en cambio, se agarraba la rodilla contusionada con lágrimas en los ojos.

Javier se habría disculpado con ellas, pues solía ser un chico educado, si Mónica le hubiese dado tiempo. Pero su lengua rápida y el comentario agrio cortaron de raíz las buenas intenciones.

—No lo he hecho a propósito, ¿te enteras? Ha sido un accidente —farfulló, apartando nervioso la bici de la carretera para dejar pasar a los nuevos coches que llegaban. Todos los conductores se paraban, indagaban a través de la ventanilla y luego pasaban de largo al comprobar que no había ocurrido nada grave—. Bueno, qué, ¿os habéis hecho daño?

—¡Claro que nos hemos hecho daño, idiota! ¿A ti qué te parece? Como que venías lanzado...

En realidad, Mónica había parado con su cuerpo el mayor golpe y le dolía terriblemente, pero estaba demasiado indignada con aquel estúpido y demasiado preocupada por su hermana menor como para quejarse.

—¿Te encuentras bien, Leyre? —preguntó a la pequeña, solícita, mientras la ayudaba a levantarse. La menor asintió entre pucheros frotándose la rodilla.

Su hermana recogió las gafas del suelo y se las devolvió. Acto seguido, se encaró con el atolondrado ciclista con expresión beligerante. Era casi tan alta como él, pero parecía mayor. Con catorce años recién cumplidos, estaba bastante desarrollada y se la veía muy resuelta y adulta.

—¡Al menos podías pedir perdón! —espetó al muchacho.

—¡Ya te he dicho que no lo he hecho a propósito! —respondió acalorado en lugar de disculparse.

—¡Solo faltaba eso!

Retraído por naturaleza, Javier se puso decididamente a la defensiva. No estaba acostumbrado a recibir tantos reproches juntos. Además, aunque no quisiera reconocerlo, se sentía un poco intimidado por la actitud combativa de la niña, en inferioridad de condiciones. Él no entendía mucho de chicas —no tenía hermanas, era hijo único, y con sus compañeras de clase se trataba lo justo—, pero esta chillaba demasiado en su opinión. Le parecía que estaba montando un espectáculo por una tontería y Javi odiaba montar espectáculos en público.

—Pero estáis bien, ¿no? ¿Podéis andar?

—Claro que podemos andar… ¿Es que no lo ves o qué?

Pensó que lo mejor sería largarse de allí cuanto antes.

Se agachó a recoger su bicicleta del suelo y al hacerlo comprobó que se le había torcido el manillar y el faro colgaba roto de un cable. «Mierda». Enderezó la bici y puso el pie en el pedal. Al menos la cadena seguía en su sitio y las ruedas giraban sin problemas.

—Pues si estáis bien, yo me marcho. Lo siento, tengo prisa —dijo.

—¡Hala, así de fácil! Nos atropellas y tan fresco…

—Bueno, ¿y qué quieres que haga?

—Sí, sí. ¡Mejor lárgate!

Montado en la bici maltrecha, Javier se escabulló a toda prisa. Por suerte su casa no estaba lejos, en la calle Ezkibel, a solo unos metros de distancia. Pedaleó deseando no volver a ver nunca más a esa niña impertinente. Aún sentía en la nuca los ojos indignados de la chica.

Cuando llegó frente a su casa, uno de los primeros chalés adosados en la línea de números pares de la calle, Javier se apeó de la bicicleta y echó un mal disimulado vistazo hacia atrás antes de entrar en el garaje, más que nada por saber qué hacían ellas. Observó que las dos niñas venían caminando desde la rotonda y que entraban en una casa de la acera de enfrente. Precisamente en la casa tradicional de piedra restaurada que tanto le había llamado la atención, por sus recios muros, el balcón con barandilla de hierro forjado y el jardín que hacía de esquina entre dos calles.

«¡Mierda!». Solo faltaba que esa niña tan bocazas fuera vecina suya.

Hacía poco que se había trasladado con sus padres a Mutilva. Así que el chico apenas había tenido tiempo todavía para explorar el entorno, mucho menos para hacer amistades. Pero si todos los vecinos de su edad eran como aquella niña, prefería quedarse en casa con su ordenador y sus pantallas digitales.

Por desgracia, basta que no quisiera volver a ver a la «Bocazas», como Javi la llamaba, para que se la encontrara en todas partes tras el día del accidente. En la calle, en el autobús urbano, en la plaza Eguzki de Mutilva…

Cuando eso ocurría, Javier se ponía colorado, desviaba rápidamente la vista y fingía no conocerla. Menos mal que la chica hacía lo mismo y le ignoraba olímpicamente con una tranquilidad pasmosa.

Entretanto transcurría el mes de junio con los últimos exámenes, las despedidas de clase, los primeros baños en la piscina, las notas finales… Todo ello salpicado de calor y tormentas, en los preludios de un verano que prometía.

Poco a poco, a lo largo del último trimestre de curso, sus padres habían ido desvelando el programa de vacaciones con las actividades que habían planeado para mantener ocupado a su hijo único y que aprovechara el tiempo libre al máximo, mientras ellos hacían sus propios planes y viajes de adultos.

Ese año habían decidido mandarle la última semana de julio a un campamento de golf. Su padre era un adicto al golf; había empezado a practicarlo más por marketing laboral que por verdadera afición, pero con los años se había enganchado a la práctica de caminar por la hierba con un palo golpeando una bolita. Y quería inculcar ese deporte de élites en su hijo, convencido de que le serviría en el futuro para crearse relaciones sociales muy fructíferas.

Javier no entendía por qué se empeñaban sus padres en apuntarlo a tantos campamentos de idiomas y deportivos, con actividades y horarios estrictos, cuando el sol del verano invitaba a tumbarse a la bartola y disfrutar sin hacer nada. Odiaba además estar rodeado las 24 horas de desconocidos a los que forzosamente tenía que gustar y de los que debía hacerse amigo, según sus padres, le gustaran o no.

La verdad es que nunca le había resultado fácil hacer amigos. No tenía don de gentes. Demasiado introvertido, eso decían las pruebas psicotécnicas de él. Muy inteligente y con una habilidad extraordinaria para las matemáticas, pero con pocas habilidades sociales. Javier sabía que era un friki y no el chico más famoso de su colegio, como hubieran deseado sus padres, no hacía falta que se lo restregasen en la cara. No quería serlo, pero estaba aprendiendo a resignarse ya que no podía hacer otra cosa.

Por fin terminó el curso y llegaron las ansiadas vacaciones.

Pensaba que disfrutaría de un periodo de gracia y felicidad. Pero sus esperanzas se torcieron en la última semana de junio, cuando acudió a la reunión preparatoria del campamento de golf.

Los organizadores habían convocado por correo electrónico a las familias a las siete de la tarde de un miércoles en la Casa de Cultura de Mutilva. Y la familia García en pleno había acudido al llamamiento. Solo habían tenido que doblar la esquina y caminar desde su casa hasta la cercana plaza Eguzki donde se encontraba el edificio público. En la puerta, al entrar, les habían entregado una hoja impresa a color que daba información sobre el campamento, las condiciones del viaje y los patrocinadores.

El «Campamento de Iniciación al Golf» era una idea novedosa. Estaba organizado por la Federación Navarra para promocionar ese deporte entre las nuevas generaciones y contaba para ello con la colaboración de los ayuntamientos de Egüés y Aranguren, que buscaban dar a los jóvenes de sus valles otras alternativas de ocio diferentes, con el patrocinio de una conocida entidad bancaria.

El cursillo se iba a celebrar en el Izki Golf de Urturi, un pequeño pueblo situado en la Cuadrilla de Campezo-Montaña Alavesa, a unos 100 kilómetros de distancia de Pamplona. Era el primer campo de golf de iniciativa pública construido en España, creado por la Diputación Foral de Álava y diseñado por el famoso campeón español Severiano Ballesteros. El centro contaba con un buen programa de actividades para jóvenes y, al estar en parte subvencionado con fondos públicos, resultaba bastante asequible. Además, estaba situado junto al Parque Natural de Izki, uno de los parajes naturales más hermosos y bien conservados de Euskadi, con rutas para realizar senderismo y actividades de media montaña.

Después de saludar a algunos conocidos, la familia García se había acomodado al fondo de la sala a esperar el comienzo de la reunión. Y justo acababa de ocupar su asiento, cuando Javi vio entrar a la Bocazas con una mujer que, por el parecido y la familiaridad de trato, tenía pinta de ser su madre. El chico se hundió inmediatamente en la silla y se escondió tras el folleto. A continuación, comprobó aterrado que sus ojos no le engañaban. Era la misma chavala del accidente y llevaba en la mano el mismo folleto que daban en la entrada, lo que significaba que también asistiría al campamento. ¿Para qué si no iba a sentarse en la segunda fila? Ahora la Bocazas se había vuelto y recorría con mirada curiosa la sala y, por mucho que intentó evitarlo, acabó descubriendo dónde estaba él. Reaccionó frunciendo el ceño. Javi no logró ver más porque otras personas se pusieron delante y se sentaron en medio.

Sin embargo, ya no pudo parar en la silla, se removía inquieto como un pez fuera de su ambiente. Y aunque estaba deseando marcharse, no podía porque sus padres le cerraban el paso y querían enterarse de las normas que regirían el campamento.

Los organizadores, sin embargo, apenas dieron normas. Hablaron más bien de las excelencias del lugar elegido, empezando por las instalaciones del Izki Golf con sus campos de césped ondulantes. También mostraron un vídeo fantástico de la zona y de la localidad de Bernedo, donde iban a alojarse esos días en un albergue juvenil. Se trataba de una cuenca agrícola franqueada al norte y al sur por unas sierras accidentadas y fragosas. Estaba jalonada de pueblos con casas de arquitectura tradicional, con ríos rápidos que atravesaban gargantas verdes, montes de relieve agreste y boscoso en un entorno natural donde el grupo de jóvenes podría probar el sabor de la aventura sin correr peligro, eso dijeron.

La organización quería causar una buena impresión y en general lo logró de sobra.

Aunque Javier estaba tan disgustado que apenas se fijó en el vídeo. Solo prestó atención cuando subieron al estrado los que serían sus monitores en el campamento, dos hombres y dos mujeres jóvenes. El primero de todos en presentarse fue Mikel. A los padres de Javi no les causó buena impresión ver que llevaba el pelo muy rapado y un pendiente en cada oreja, pero como maestro de profesión, debía saber su oficio. El otro monitor, Koldo, parecía un joven agradable y con buen carácter cuando se presentó.

En cuanto a las monitoras… Javier se enamoró de la sonrisa de Violeta nada más verla. Era una sonrisa encantadora y positiva que abrazaba a quien la miraba. Que hacía brillar sus ojos verde miel como si fuesen de agua e iluminaba por completo su rostro fino, bello y juvenil. Tenía una media melena rizada de cabellos llameantes, teñidos de un vibrante color rojo cobrizo, que le daban un aire moderno y distinto. Pequeña y delgada, se desenvolvía en el estrado con la fluidez y ligereza de una mariposa volando en la brisa y, mientras se presentaba, sus brazos gesticulaban como alas. A Javi le recordaba vagamente a una actriz famosa del cine americano, delicada y elegante como ella.

Su compañera, Amaia, era todo lo contrario, más terráquea. Grande y alta, su melena rubia enmarcaba un rostro saludable de corte celta. Parecía simpática también, extrovertida y un tanto malhablada, eso dijo la madre de Javi al oírla soltar varios tacos.

A la salida, los monitores se habían repartido por la sala para ser más accesibles. Y Violeta había saludado a Javier al pasar deduciendo que sería uno de los participantes.

—¡Hola! Tú vienes al campamento, ¿verdad? ¿Cómo te llamas?

—Javier García —respondió tímidamente.

—Estupendo, Javier. ¡Nos vemos dentro de un mes, entonces! —dijo sonriendo con optimismo la joven del pelo rojo—. ¡Nos lo pasaremos muy bien, ya lo verás!

El muchacho habría salido contento de la reunión, pensando que en efecto aquel campamento podría resultar divertido, de no ser por un desagradable detalle. Nada más atravesar la puerta, en el hall de la Casa de Cultura, a punto estuvo de tropezarse con la Bocazas. Los dos se cruzaron al pasar una mirada de desaprobación mutua, más enfadada la de ella, más desesperada la del muchacho.

—¡Cuántos chicos de Mutilva van al campamento! Así podrás hacer amigos nuevos… —comentó la madre satisfecha, mientras volvían a casa.

No reparó en que su hijo bajaba la cabeza y miraba el suelo con pesimismo.


NIKA

—¿Cómo? ¿CÓMOOO...?

Dos veces. Lo repitió dos veces por si con una no bastara para expresar su malestar. Nika no se lo podía creer. De pie en la confortable cocina de su casa, miraba a su madre con indignación mientras esta preparaba la cena.

Físicamente, madre e hija se parecían mucho, con sus melenas abundantes y encrespadas difíciles de domar, también por los rasgos pronunciados de sus caras en las que destacaban la nariz potente y una boca generosa y propensa a la risa, y por sus curvas contundentes enfundadas en ropas prietas y sexys, sin complejos. Más delgada la hija, eso sí. Las dos tenían además el mismo carácter fuerte, desenvuelto y extrovertido, de convicciones firmes que exponían con lengua viva y rápida así que con frecuencia chocaban, sobre todo ahora, cuando la hija atravesaba por la tempestuosa etapa de la adolescencia.

—¡Me niego a ir al campamento de golf con ese niñato! —declaró la niña con voz rotunda.

—Ay, Nika, ¿qué te pasa con ese chico? Es «mono» y a mí no me ha parecido tan malo.

La madre intentaba endulzar la situación.

—¿Monooo? —repitió Nika, poniendo los ojos en blanco—. Un kamikaze y un idiota, eso es lo que es.

—Ya sé, ya sé que tuvisteis ese tropiezo con él y con su bici el otro día. Y que podía haber sido más grave. Seguro que está arrepentido. Por suerte, todo acabó bien. No deberías darle más vueltas…

—¿¡Solo un tropiezo, dices!? Si casi nos pasó por encima…

La tormenta familiar se había desatado en la calle, nada más salir de la reunión en la Casa de Cultura, y había continuado al llegar a casa. Todo aquel lío, solo porque entre los chicos y chicas que iban a participar en el campamento de golf se encontraba el muchacho que las había atropellado hacía un mes con la bici, a Leyre y a Mónica.

El día del accidente, Carmen, la madre de Mónica, se había alarmado mucho. Habría querido estrangular a aquel ciclista imprudente. Pero luego se había tranquilizado al comprobar que ninguna de las niñas había sufrido daños serios. Más tarde se había echado a reír y casi se había apiadado del pobre chaval al escuchar la descripción de su precipitada huida que hacía su hija mayor. Ahora que lo había visto de cerca ya no le parecía tan antipático como su hija lo había descrito. Solo era un adolescente espigado y tímido, de ojos y cabello castaños con un mechón de pelo grueso que le caía sobre la frente y detrás del cual parecía esconderse.

—Mamá, por favooor… ¡Te aseguro que es un pijo y un idiota! ¡Y no pienso ir a ningún campamento de verano con él!

—Tú quisiste apuntarte a ese cursillo de iniciación al golf en vacaciones, Nika. ¡Estabas encantada de ir!

—¡Pues hoy no quiero!

Carmen aspiró hondo e intentó razonar con ella.

—Ya hemos pagado el campamento con antelación. No podemos anularlo, sin tener un buen motivo. No nos devolverían el dinero.

—¡Claro, te importa más el dinero que la felicidad de tu hija!

—Mira, Nika. En ese campamento habrá otros chicos y chicas. Seguro que te diviertes y haces amigos nuevos, ya verás. ¡No tendrás que estar con ese chico que te cae tan mal, si no quieres!

—¿Es que ahora quieres decidir también sobre mis amigos? —estalló Nika, incontenible—. No solo nos arrastráis papá y tú a la fuerza hasta este pueblo, tan lejos de Madrid y de nuestra casa, ¡de todo lo que era mi maravillosa vida! ¿Y ahora también quieres elegir los amigos que debo tener?

Todavía, a pesar de los meses transcurridos, Mónica seguía sin perdonar a sus padres aquella locura que les había dado de volver a la ciudad que les vio nacer, cerca de sus familias. Había surgido aquella oportunidad laboral para su padre de ocupar un puesto importante en una buena empresa y la habían aprovechado. La habían arrancado del hogar que conocía y amaba, de su colegio de siempre y la habían separado de sus mejores amigas. Todo para irse a vivir al norte, a un pueblo llamado Mutilva, al lado de Pamplona, donde su madre había trasladado el estudio de ilustradora gráfica; un pueblo que resultaba tremendamente aburrido en comparación. ¿Cómo habían podido cambiar la vida excitante y moderna de una capital cosmopolita como Madrid por ese muermo?

La madre suspiró para sus adentros. Carmen era una mujer de bandera, que nunca se arrugaba y solía hacer frente a las dificultades con buen humor. Pero tenía que reconocer que últimamente esto resultaba muy difícil con su hija mayor en plena fiebre adolescente. El traslado de domicilio tampoco había ayudado a mejorar las cosas.

En ese momento se oyó la llave de la puerta girando en la cerradura, señal de que el padre de familia regresaba a casa. Y Carmen dijo la frase definitiva para acabar con la discusión:

—¡Punto final! Ya estás inscrita en el campamento de golf, Mónica. ¡Desde hace tres meses! No vamos a cambiar ahora de planes por una ventolera mental, ya lo sabes.

La niña le dedicó una de sus miradas flamígeras.

—¡No pienso ir!

Para ratificar su decisión, Nika se fue a su cuarto donde se encerró enfadada.

Pero la rueda de la ruleta ya había empezado a girar y, lo quisieran o no, ella y Javier formaban parte inseparable de una nueva partida.


FINISTERRE

En el futuro, cuando tuviera que fijar un kilómetro cero para el comienzo de su extraordinario viaje, Violeta pensaría en aquella primera noche de campamento juvenil, quizá porque había sido la última vez que había mirado las estrellas con ojos inocentes, sin buscar algo, o a alguien, en ellas.

Estaban sentados chicos y chicas en el suelo del patio del albergue juvenil donde se alojaban, en las afueras de la localidad alavesa de Bernedo, iluminados por las bombillas de sus linternas portátiles.

Habían salido de excursión nocturna después de cenar para contar estrellas. Y después de caminar un rato a la luz de la luna por un camino rural, habían regresado al patio donde ahora charlaban animadamente formando un corro.

Una estrella fugaz anaranjada cruzó entonces por el firmamento nocturno. Solo Violeta acertó a verla pasar. El caso es que su vida cambiaría de rumbo a partir de esa hora cero, aunque ella tardaría un tiempo en darse cuenta.

—¡Hoy habéis dado el primer paso para convertiros en aventureros de verdad! Habéis aprendido a guiaros por las estrellas, algo muy importante para la vida y esencial para emprender cualquier aventura —declaraba en ese momento Mikel, el jefe de los monitores. Lo dijo con voz solemne, sin saber que para algunos de los presentes la mayor aventura comenzaría muy pronto, antes de lo que se imaginaba.

Hizo una pausa teatral para dejar que sus palabras calaran. Luego adelantó la cabeza hacia el círculo juvenil y en tono confidencial no exento de cierta guasa, dijo:

—¿Creíais que solo veníais aquí a jugar al golf? Pues no. ¡Estáis aquí para emprender un viaje iniciático!

En medio del campo y envueltos en la oscuridad, con los ruidos nocturnos desconocidos acechando a su alrededor, aquellas frases impresionaban un poco.

—Un viaje iniciático, sí. Nosotros seremos vuestros guías, ¡pero solo eso! El éxito de este viaje, que lleguéis a convertiros al final de esta semana en guerreros y guerreras, en auténticos ‘trotamontañas’ y ‘exploramundos’, dueños del cielo y las estrellas, depende enteramente de vosotros.

Varios adolescentes reaccionaron con desdén y burla ante la propuesta, que consideraban ridícula; pero otros, la mayoría, abrieron los ojos con interés.

«Algunas cosas no cambian. Y está bien que sea así,» pensó Violeta sonriendo para ella misma mientras observaba, uno por uno, los rostros frescos de los que iban a ser sus pupilos durante una semana. Aún se notaba en ellos la tensión del primer día, las miradas tímidas que se lanzaban entre sí, la incomodidad de estar fuera de casa. Se esforzaban por parecer muy mayores y autosuficientes, pero bastaba una promesa de aventura mezclada con juegos de aprendizaje y bien aderezada con unos cuantos relatos de misterio para que en sus caras asomaran de nuevo la curiosidad y el asombro.

La mirada de la monitora se cruzó con la de Mikel y este le guiñó el ojo disimuladamente con complicidad. A Violeta le entraron ganas de reír porque no le cabía duda de que su amigo estaba en su salsa, disfrutando a tope por la expectación que iba despertando.

Allí estaban, cuatro monitores organizando actividades para una tropa de chavales y chavalas con las hormonas revolucionadas, en pleno mes de julio, mientras otros jóvenes de su edad se iban de fiesta o a tumbarse en la playa o bien recorrían Europa en tren.

Mucha responsabilidad, pero también resultaba divertido, al menos para ella. Y uno de esos momentos felices solía ser cuando tenías al grupo alrededor tuya totalmente conectado a ti, atento a cada palabra, mientras les proponías un juego o les contabas una historia emocionante. Para la monitora, cada momento de la vida o cada persona estaba asociada a una música, a una canción distinta que solo ella podía sentir en su cabeza, y este instante estaba acompañado por una música excitante y muy alegre, que la subyugaba. Porque a Violeta le encantaba contar historias.

—¿Queréis saber en qué consiste este viaje iniciático? ¡No va a ser fácil, os lo advierto! —aseguraba en ese instante el jefe del campamento—. Tendréis que andar muy listos para pasar todas las pruebas...

Los días de verano eran muy largos. Y con una tropa de adolescentes de vacaciones, poco descanso cabía esperar.

Por eso, junto a las actividades deportivas programadas por la organización, el equipo de monitores había diseñado una serie de actividades de ocio, destreza e ingenio para amenizar el campamento y mantener ocupado al grupo. Habían inventado un juego de rol de inspiración medieval donde cada participante podría adoptar el papel que quisiera siguiendo el hilo de una historia. Se encontraban en un escenario propicio para ello.

—Desde ahora debéis saber que ya no estáis en la montaña alavesa, tampoco en Bernedo… —avisó Violeta. Acto seguido, con su gran don de contadora de cuentos, comenzó a desplegar el escenario de la historia imaginaria donde iban a desarrollar el juego de rol que habían ideado—. En un mundo paralelo a este, oculto bajo estas piedras antiguas y disimulado por la sombra de los montes selváticos, se encuentra el Reino Prohibido de la Amilamia, Señora de la lluvia y de los regachos, de los torrentes bravos que bajan salvajes de la sierra y de los ríos profundos de aguas quietas que riegan los sembrados y huertos. Un reino misterioso y secreto lleno de magia que muy pocos pueden llegar a descubrir...

—Para entrar en el Reino Prohibido y encontrar el tesoro de la Amilamia, es preciso demostrar mucho ingenio y valor. Tendremos que armarnos con objetos mágicos y superar algunas pruebas —corroboró Mikel siguiéndole el hilo.

—Habrá pruebas en equipo y otras individuales donde deberéis ejercitar la inteligencia y la memoria, también habrá pruebas deportivas, etecé, etecé… ¡Y todos deberéis manteneros muy atentos para poder superarlas!

—¡Ah, y el último día tendremos un examen final! ¡Una gran yincana por todo Bernedo! donde deberéis poner en juego todo lo que hayáis aprendido estos días. Por ejemplo, a orientaros con las estrellas…

Un murmullo de emoción recorrió el círculo juvenil al oír la palabra yincana.

—Será de noche, por supuesto. A la hora en la que salen los fantasmas de paseo… —Mikel soltó una risotada terrorífica de película de miedo, tan exagerada que no asustó a nadie—. ¡Ah! Y para esa yincana, cada uno de vosotros deberá elegir un nombre, ser un personaje, tener una identidad secreta…

—¿Qué clase de nombre? —preguntaron de inmediato los muchachos y muchachas entrando en el juego, claramente intrigados.

—Dentro de vosotros hay un guerrero o guerrera de la luz, un guía, un mago o maga, un cazador de sueños, una sanadora… Estos días deberéis pensarlo bien, qué queréis ser en el juego final del campamento. Y elegir un nombre que vaya en consonancia con eso —explicó Violeta.

—¡Exacto! Un nombre sonoro que os distinga y simbolice algo importante para vosotros, que represente vuestro valor y saber. Por ejemplo… —Mikel se puso de pie y abriendo los brazos para saludar, como un actor al final de una obra, declaró—: Yo soy Bandoleón Saltamontañas, juglar aventurero y alpinista. Desde ahora podéis llamarme así.

Violeta hizo lo mismo diciendo que ella era la Capitana Finisterre, viajera de las estrellas y una maga de las palabras. Después se presentaron Koldo y Amaia cada uno con un apodo. Los tres saludaron igualmente con una reverencia simpática.

Alrededor se formó un alboroto plagado de risas al oír los motes. Sin embargo, bajo esas risas, recorriendo el círculo, se podía pulsar la electricidad de una expectación nerviosa que se apoderaba progresivamente de los más jóvenes.

—Como veis, todos son nombres de guerra, capaces de asustar a un fantasma, ¡y hasta a la Santa Compaña si tenéis la mala suerte de tropezar con ella en una de estas noches!

—¿Qué es la Santa Compaña? —preguntó una voz inocente.

Nunca fallaba. Siempre había alguien que caía en la trampa y hacía esa pregunta. Para Violeta y los demás monitores era la señal, el punto de partida para encadenar un chorro de historias misteriosas, empezando por la fantástica leyenda popular gallega.

—¡Cómo! ¿Nunca habéis oído hablar de eso? Pues esa ignorancia podría costaros la vida... ¡Habéis de saber que la Santa Compaña es una procesión de ánimas que recorre en las noches oscuras los caminos rurales, cubiertas con ropones negros y con cirios encendidos! Caminan atravesando los bosques y campos como esas procesiones de Semana Santa, haga frío o calor. A su paso, solo se ven luces. Son espíritus de otro mundo… ¡fantasmas! —explicó Mikel al círculo de oyentes, adoptando un tono misterioso.

Su compañera Violeta tomó el relevo y, modulando la voz con gravedad dramática, prosiguió:

—Cuando se presenta la Santa Compaña, alguien desaparece de este mundo... Los fantasmas se levantan y salen en la medianoche, se cree que para encontrar a algún vivo al que llevarse con ellos. Les ponen en la mano una antorcha y les obligan a seguir a la procesión de encapuchados hasta que se convierten en fantasmas, también ellos… ¡Así se alimenta la compañía de nuevas ánimas!

—Si os tropezáis alguna vez con la Santa Compaña, lo mejor es salir corriendo —recomendó Mikel con un guiño de payaso que sirvió para rebajar la tensión—. Pero si por alguna mala suerte no podéis escapar, cuando pregunten vuestro nombre… ¡no se lo digáis! No el verdadero. Decidles vuestro nombre secreto y, como el diablo no lo tendrá apuntado en sus listas, ya no podrán llevaros consigo…

Justo en ese momento se oyó a lo lejos la risa estridente de una lechuza escondida y todos los chicos y chicas del corro pegaron un brinco. Hubo un movimiento perceptible de acercamiento y el círculo se apretó como si de ese modo se sintieran más a salvo.

Al verlo, Violeta volvió a sonreír para sus adentros. Allí había treinta chicos y chicas de entre trece y catorce años. La peor edad, según algunos. O la mejor para despertar el espíritu a la aventura de la vida. Todo dependía de los ojos con que se mirase.

Habían tomado el autobús esa mañana temprano, cargados con sus mochilas, bolsos y sacos de dormir, y tras despedirse de sus respectivas familias se habían sentado desperdigados por las butacas, solos muchos de ellos. La mayoría se había pasado todo el viaje mirando al móvil e ignorando el paisaje. Únicamente tres eran amigos y, cómo no, habían avanzado hasta el final del pasillo para ocupar la fila de asientos del fondo desde donde llegaban sus risas y bromas. El resto guardaba silencio. A Violeta no le cabía duda de que, al terminar la semana, en el viaje de vuelta, aquellos asientos del fondo estarían llenos. Siempre ocurría igual.

Los monitores habían pasado lista antes de partir, para ir conociéndolos personalmente y comprobar que no se dejaban a nadie. Unos habían contestado con voz adormilada, tímida o displicente; otras voces habían sonado alegres y vivas o tranquilas y expectantes ante lo desconocido. La niña de coleta gruesa y ojos simpáticos, al escuchar su nombre «Mónica Ramos», había contestado resuelta:

—¡Nika!, llamadme Nika.

El autobús había partido temprano de Mutilva y en hora y media había cubierto la distancia hasta el pequeño pueblo de Urturi, en la Montaña Alavesa. La primera parada había sido en el Izki Golf, donde habían visto las instalaciones y habían recibido su primera clase. Al terminar las prácticas, dos horas después, empezaba a caer a plomo el sol achicharrante de julio y todos se habían refugiado en la sombra del bar-cafetería para tomar refrescos mientras se secaban el sudor.

A continuación, se habían trasladado en el mismo autobús al pueblo de Bernedo, antigua plaza fuerte amurallada que aún conservaba el trazado estrecho de las viejas calles medievales y hoy capital de la comarca del mismo nombre; en las afueras estaba situado el albergue juvenil donde pernoctarían. Era un edificio de arquitectura moderna y funcional, pintado con colores alegres y vestido con grandes ventanales por donde entraba a raudales la luz. Allí habían desembarcado con sus mochilas y sacos, y habían comido en un espacioso comedor tras el ruidoso reparto de literas.

Por la tarde, habían recorrido con gran bullicio la vieja villa, en una primera toma de contacto con el que iba a ser su centro base durante la semana del campamento. A las nueve en punto habían regresado al albergue donde les habían servido una buena cena.

Y en la primera noche de campamento, nada mejor que salir de exploración con la excusa de contar las estrellas, eso pensaban los monitores. De ese modo, los chicos comenzaban a hacer piña y a conocerse unos a otros. Después, con cualquier pretexto, Violeta y Mikel se lanzaban a narrar historias terroríficas a la luz de la luna que ponían los pelos de punta y hacían reír al mismo tiempo a los oyentes, por su forma de contarlas.

En los Pirineos o en la Montaña Alavesa, en todas partes había leyendas que se pasaban de generación a generación de narradores. Y siempre triunfaban porque, desde los tiempos más remotos, las buenas historias contadas alrededor de una hoguera o a la luz de las linternas ejercían una magia poderosa que atraía y acercaba a las personas.

—Todos los móviles se quedan en el albergue. ¡Nada de teléfonos móviles! —Esa había sido la consigna al levantarse de las mesas del comedor, antes de lanzarse a la excursión nocturna.

Como los monitores habían imaginado, la protesta fue general. ¿Por qué tenían que dejar sus móviles?, respondían los adolescentes. No podían estar desconectados. ¿Y total para qué?, ¡ver estrellas! ¡Vaya chorrada! Yo me quedo en el albergue, dijo alguno.

—Ah, ah, ah. Así que tenéis miedo a salir de noche, ¿eh? —saltó Mikel.

—Sí, sí, no pongáis esa cara... Todo ese rollo del móvil a mí me suena a excusa. —Koldo lo secundaba desatando la indignación de los chicos que ya no se atrevían más a decir que se quedaban dentro por temor a parecer cobardes.

—¡Fuera móviles! No se necesitan maquinitas para contar estrellas. ¡Solo los ojos!

Entre bromas y frases jocosas, pero con firmeza, los monitores habían ido empujando a la tropa renuente de chicos y chicas a la calle armados tan solo con linternas vulgares de pila. Y los habían llevado de paseo en la oscuridad, primero por el arcén de la carretera hasta la vecina residencia de ancianos y después internándose por una vía de tractores que cruzaba entre los campos. Allí, entre risas, los monitores les habían hecho apagar las linternas y después les habían enseñado a leer el mapa del firmamento nocturno señalando las principales constelaciones.

Para la mayoría de aquellos urbanitas, caminar a oscuras por el campo y contemplar el cielo nocturno era una experiencia insólita, también un descubrimiento fascinante. Algo curioso teniendo en cuenta que las estrellas siempre estaban ahí para quien quisiera mirarlas.

—Para que os hagáis una idea, aquí en el campo en una noche sin luna podemos ver más de 3000 estrellas. En cambio, en una ciudad grande y llena de luces artificiales como Madrid o Barcelona, el cielo nocturno se ve plano y amarillo, apenas se pueden distinguir las estrellas más brillantes. ¡A eso se le llama contaminación lumínica!

—¿Sabíais que la bóveda celeste gira por la noche? Por eso, el mapa de estrellas va cambiando según la hora y la época del año. En realidad, no es el cielo sino la tierra la que gira sobre sí misma. Pero si te quedas quieto mirando al cielo en un mismo lugar, tienes la sensación de que toda la bóveda celeste se está moviendo. Lo hace alrededor de un eje que es el polo norte. Por eso no se ven las mismas estrellas en el mismo sitio a la medianoche que a las cuatro de la madrugada. Con las estrellas ocurre como con el sol durante el día; según pasan las horas, hay astros que aparecen por el este y otras estrellas se van poniendo y desaparecen por el oeste.

—Para guiarse por el cielo, lo primero hay que encontrar la estrella Polaris. Es la estrella situada justo encima del Polo Norte, la única que permanece quieta, ¡siempre señala el norte!, por eso los antiguos navegantes la usaban como brújula en sus viajes.

Al volver, el grupo caminaba más junto y contento. Nadie tenía ganas de irse a la cama. Así que, al llegar al albergue, se habían sentado en el patio y, tras los preliminares, Mikel y Violeta habían empezado a desplegar su arte para entretener desgranando hábilmente algunas leyendas tal y como esperaban los más jóvenes porque las historias de miedo, según dicta la tradición, forman parte inseparable de los campamentos de verano.

—¡Bah, eso de la Santa Compaña es un cuento! Los fantasmas no existen... —decía en ese momento un chaval, haciéndose el entendido.

Fue Violeta quien respondió con voz enigmática:

—¡Eso creemos! Pero los fantasmas son como las estrellas, ¡como el aire! Puede que en una ciudad llena de farolas no los veáis, porque la luz artificial os ciega. ¡Pero habéis de saber que aquí estamos en tierra de frontera!, donde cualquier misterio es posible.

Sus compañeros asintieron.

—Seguramente a vosotros, estas tierras os parecerán unas simples montañas con bosques y desfiladeros de rocas por donde corren inofensivos ríos, el Ega y el Ayuda. O llanuras aburridas, con campos de cereal recién cosechado. Pero sobre estos mismos campos cabalgaron en otro tiempo, no hace tanto, ejércitos de caballeros que iban a la batalla. Hace mil años, dos reyes poderosos se disputaban entre sí estos lugares, el rey de Castilla y el de Navarra. Durante tres siglos esta región formó parte del antiguo Reino de Navarra y el mismísimo rey Sancho el Sabio dio privilegios y convirtió Bernedo en una villa. Se levantaron murallas para defender el pueblo. Al final, el rey de Navarra perdió estas tierras que pasaron a pertenecer al reino de Castilla. Oh, sí, hay mucha sangre seca mezclada con esta tierra… Y los huesos de muchos muertos se blanquearon al sol. Se dice que los fantasmas de algunos de esos muertos que cayeron por la espada aún se pasean por las antiguas cañadas en busca de su señor. Y otros buscan venganza de los que les dieron muerte con malas artes de brujería. Como el caballero que regresó de la tumba para ayudar a su amada a acabar con un basilisco que asolaba estas tierras...

Como narradora, Violeta era una verdadera artista, una contadora de cuentos nata que hechizaba con su voz y sus relatos. Tenía el don de la poesía y el talento natural de una actriz para crear ambiente. Así que durante un buen rato mantuvo a todos en vilo con la leyenda de un ser mágico, un basilisco creado por un brujo para complacer a un caballero rico y envidioso que quería matar a su rival para conquistar con malas artes los amores de una dama muy hermosa. En realidad, era una variante de la leyenda alavesa del basilisco de Urrialdo, que Violeta había adaptado a las circunstancias para darle mayor emoción y cercanía.

El basilisco había hecho su nido en una cueva junto a una fuente de la comarca, dijo la joven, y todos los que iban a coger agua a la fuente desaparecían sin que al principio los vecinos supieran la razón. Su primera víctima había sido, claro está, el buen caballero odiado por su vecino.

El relato fue dando vueltas hasta la conclusión en la que lógicamente triunfaba el bien, cuando la dama valiente, tras rechazar al pretendiente envidioso, se enfrentaba al basilisco con los ojos vendados, una espada bendecida y una traílla de comadrejas amaestradas.

Al terminar su cuento, parte inspirado en la leyenda local y parte inventado, era tarde. Cosa rara, la historia había mantenido en vilo a los adolescentes hasta el final. Sin embargo, ahora los bostezos empezaban a abrir muchas bocas.

Los monitores se pusieron de pie y los chavales del campamento les imitaron. Al moverse, el hechizo que les cubría se desvaneció.

—¿Conoces más leyendas? —preguntaron algunos a Violeta, curiosos.

—¡Claro! Navarra, Euskadi, Castilla… ¡Estas tierras están sembradas de leyendas y misterios! No muy lejos de aquí hay un pueblo abandonado que muchos consideran maldito… ¡Ochate!, en el Condado de Treviño. Pero esa es otra historia que os contaremos mañana.

—¿Por qué te llamas Finisterre?

—¡Porque fui hasta el fin de la tierra persiguiendo estrellas!

—Sí, claro… Y yo que me lo creo.

—¡No, en serio! Hice el camino de Santiago en bici siguiendo la Vía Láctea con unos amigos y después continuamos hasta llegar al cabo Finisterre, donde antes decían que se acababa el mundo. Yo quería ver el mar y me empeñé en seguir hasta la costa. Mis amigos me pusieron entonces ese mote y ahora es mi nombre artístico de cuentacuentos.

Esa noche, después de muchos cuchicheos entre las literas, todos se durmieron por fin.

Al día siguiente, mientras los muchachos daban su clase diaria de golf en Urturi acompañados por Amaia y Koldo, Violeta y Mikel se dedicaron a recorrer a fondo la villa de Bernedo.

Los dos monitores querían estudiar con detalle el lugar para marcar los hitos y empezar a organizar la yincana del último día. Así que caminaron sin prisa por el pueblo, comenzando por su plaza Mayor, donde estaba la iglesia parroquial, y por la cercana ermita de Santa Teresa, donde colgaba aquella inscripción en piedra que tanto les había llamado la atención: «La maldición de la madre abrasa, y destruye de raíz hijos y casa». También se acercaron a la Fuente del Suso donde estaba el viejo lavadero. Al mismo tiempo iban creando un plano con hitos, sacando fotos, poniendo pegatinas de colores en arcos de piedra, bajo escudos o detalles curiosos que les servían de inspiración.

En uno de los bares del pueblo, mientras tomaban un café, les hablaron de una casona de piedra en las afueras que albergaba un taller artístico, donde vivía y trabajaba una escultora local de cierto renombre. No les resultó difícil localizarla.

La casona tenía un arco de entrada y una puerta tradicional de madera gruesa que daba a la calle, adornada con un eguzkilore de metal, como les habían indicado. Un muro hecho con piedras de río salía desde la esquina de la casa y bordeaba una pequeña parcela. La verja estaba abierta y ellos se asomaron al interior con curiosidad. Descubrieron un jardín con césped y con macizos de hortensias, rosales y margaritas, muy bien cuidado. Un camino de losas lo cruzaba desde la verja hasta un pequeño edificio de piedra bajo y alargado, anexo a la casa grande, que tenía delante un porche. Debía ser el taller artístico del que les habían hablado, pues la pared estaba adornada profusamente con objetos originales de cerámica pintada, con farolillos colgantes y con flores hechas de hierro forjado. El lugar parecía desierto.

—¿Hay alguien? —llamaron.

El silencio se ahondó aún más porque callaron los pájaros. Luego, una mujer que rondaba la sesentena hizo su aparición en el umbral del taller. Llevaba un vestido suelto, largo y sin mangas y un delantal encima con manchas de pintura. Pero lo más llamativo era el pañuelo de seda que cubría su cabeza, enrollado como un turbante. Por su característico nudo y por la delgadez de la cara, Violeta y Mikel dedujeron que aquella mujer padecía algún tipo de cáncer. En esas circunstancias, muchas enfermas adoptaban el pañuelo con coquetería para esconder la calvicie provocada por el agresivo tratamiento que les hacía perder el pelo.

—¿Qué desean?

—Perdone la intromisión. Estamos alojados en el albergue y nos han hablado de su taller...

—Si molestamos, nos vamos —se apresuró a añadir Violeta. O Finisterre, como ya habían empezado a llamarla las chicas del campamento.

—Está abierto, sí. Adelante, —respondió la mujer con amabilidad. Su mirada agradó a los recién llegados—. Podéis pasar. Aunque está todo un tanto desorganizado, os advierto. Este es mi lugar de trabajo no la tienda...

—¡Es fantástico! —exclamó Mikel con admiración nada más cruzar el umbral, mientras sus ojos recorrían el taller con la pequeña fundición, el banco de ceramista y los curiosos instrumentos de trabajo que estaban dispuestos en tableros y mesas de madera.

—Unas veces trabajo con metal y otras con cerámica… Depende de lo que me inspire más en cada momento. ¡Como artista, no soy muy clasificable! No sigo ninguna tradición artesana. Voy a mi aire —confesó ella con sencillez, respondiendo a las preguntas que le hacían mientras acariciaba una pieza a medio pintar en la que estaba trabajando, que representaba una bella luna con nariz de perfil griego y boca carnosa rodeada por un medio arco de estrellas. Era un diseño delicado y a la vez potente, muy femenino.

Les invitó a que mirasen tranquilamente mientras ella seguía trabajando, sentada en una banqueta alta e inclinada sobre una mesa del taller. La luz de la calle que entraba por un ventanuco cercano daba relieve a su figura, creando alrededor un halo de serenidad.

Empezaron a recorrer la estancia sin necesidad de que se lo dijeran dos veces. Era una bodega alargada y fresca dividida en dos zonas, sin una separación clara entre ellas. Al lado derecho de la puerta se encontraba la zona de trabajo, con mesas cubiertas de sopletes, herramientas, botes de pintura, pinceles y material en bruto, un torno de ceramista y algunas máquinas. Al fondo vieron apiladas en un rincón unas cajas de embalaje plegadas y tintadas de color azul océano, con un logotipo y un nombre impreso: Selene. En el otro lado estaban las piezas ya terminadas, dispuestas sobre varias mesas y en estanterías pegadas a la pared.

Había multitud de objetos, desde llaveros, pendientes y colgantes hasta adornos decorativos de pared y esculturas de diversos tamaños. Vieron eguzkilores, girasoles, árboles de la vida... Pero el motivo preferido eran los astros del firmamento. Dondequiera que mirasen, predominaban las formas de sol y luna, rodeados de estrellas, pintados con bocas sonrientes o serias y con ojos humanizados, almendrados y sensuales. Soles con rayos flamígeros, lunas de rasgos marcados. Eran objetos tan bellos que les fascinaron.

—¿Podríamos venir con un grupo de chicos para enseñarles su trabajo? —preguntó Mikel a la escultora, entusiasmado—. Somos monitores de un campamento juvenil de verano y estamos en el albergue…

—Lo sé. —La artista esbozó una media sonrisa ante el asombro reflejado en la cara de su interlocutor—. Vivimos en un pueblo pequeño. Aquí es difícil pasar desapercibido.

Pero no contestó ni que sí ni lo contrario, ante la petición del joven.

Mientras terminaban de recorrer la nave, Violeta riñó por lo bajo a su compañero.

—¿Cómo se te ocurre? No podemos traer aquí al grupo. Molestaríamos a la señora… ¡Y ya tenemos un programa de actividades demasiado apretado! Yo ni siquiera iría hasta Ochate. ¡No sé por qué te empeñas tanto! Allí no hay nada que ver...

—¡Claro que sí! —respondió el otro, con su optimismo incombustible—. ¡No pienso perder la oportunidad de visitar Ochate, el famoso pueblo de los ovnis! ¿Te lo imaginas? Ya se lo he comentado al chófer del autobús y no ha puesto ninguna pega en acercarnos hasta allí. Y seguro que a los chicos les encanta, sobre todo después de que les contemos hoy su historia un poco aderezada de misterio.

—¡Si no es más que un pueblo abandonado! He visto fotos por internet y allí no hay nada interesante. Es a ti a quien te llaman esos temas esotéricos. Como si no te conociera, colega. ¡Eres un friki de Cuarto Milenio!

—Vale, me encanta ese programa de televisión. Pero no me negarás que hay misterios en el mundo muy excitantes. Y ya que estamos tan cerca, no hacemos nada malo si visitamos uno de esos lugares misteriosos con una panda de adolescentes ávidos de aventuras…

—Insisto en que tenemos demasiados planes y...

—Luego hablamos. No me rayes ahora la cabeza. ¿Has visto qué llaveros? Creo que voy a comprar uno para mí y otro a mi churri, para que vea que me acuerdo de ella. ¿A ti cuál te gusta? Ya sabes que yo soy fatal para elegir regalos.

Mientras Mikel elegía y preguntaba a la artista el precio de los objetos que le interesaban, Violeta terminó su recorrido por la nave. De pronto le llamó la atención un reloj de pared peculiar fabricado con metales dorados y en bronce, decorado con cristales de colores y con detalles pintados en el azul turquesa que tanto gustaba a la escultora. Estaba colgado junto a una puerta interior que parecía comunicar el taller con el resto de la casa.

Se trataba de una pieza de buen tamaño y muy elaborada, con un llamativo sol de sonrisa femenina enigmática, ojos hipnóticos y rayos dorados flameantes con cristales engarzados en el extremo. Dos medias lunas azules, creciente y menguante, miraban a ese sol. Curiosamente, las lunas tenían perfiles masculinos de rasgos poderosos. Sobre la frente solar se veían las manecillas de un reloj. Y bajo el sol había otros astros más pequeños de metal pintado, muy decorativos.

Uno llamó especialmente la atención de la monitora por su rareza y se acercó a observarlo con curiosidad. Era una pequeña joya en sí misma, con una elaborada filigrana en relieve; un objeto muy delicado de plata y azul. Su diseño floral en mosaico recordaba a un mandala y, por sus materiales, parecía un medallón antiguo. Representaba una rosa con sus cuatro pétalos iguales dispuestos en forma de cruz y con las puntas de unas hojas triangulares sobresaliendo entre los pétalos; cada pétalo tenía tallado un dibujo que recordaba vagamente la forma de un árbol y la corola central era un octógono que repetía dentro el esquema de la flor. La rosa-estrella parecía una de esas imágenes de caleidoscopio donde todas las caras se repetían.

—Es un fractal —le informó Mikel, que también se había parado a admirar aquel objeto detrás suya—. Una estructura geométrica que se repite idéntica a diferentes escalas...

—¡Es precioso!

Fascinada por el hallazgo, Violeta alargó la mano para tocar el metal con los dedos y cuando acarició la pieza, se produjo un hecho insólito. Por algún mecanismo oculto, el medallón comenzó a moverse y cambiar de forma por sorpresa, abriéndose de dentro hacia afuera. Primero se desplegaban los triángulos y después los pétalos, metamorfoseándose así en flor o en estrella sucesivamente. En cuanto la joven retiró la mano, el mecanismo se detuvo y adoptó la posición inicial.

—¿Cómo hace eso? ¡Es una maravilla! —exclamó la pelirroja, acariciando fascinada el medallón y poniéndolo en marcha de nuevo. Con Mikel, en cambio, la flor permanecía inmóvil.

Los dos monitores se volvieron hacia la artista, intrigados. En un primer instante, ella misma pareció sorprendida por lo que acababa de ocurrir, no se lo esperaba. Pero enseguida se rehízo y explicó:

—Es un artilugio que me regalaron y va como quiere. ¡Ni siquiera yo entiendo cómo funciona! —Después se volvió hacia Violeta—. No está en venta, aunque tú… tú deberías saber que...

Les pareció que iba a decir algo. ¡Quería decirles algo! Al menos esa impresión le dio a Violeta por el paso que la artista dio hacia ella y el modo atento con que la miraba. Pero entonces entró alguien en el taller. La escultora reparó en el recién llegado y su expresión cambió automáticamente para volverse cauta. Se apartó de los monitores.

—Lo siento. Tengo que cerrar. Si queréis comprar algo, hacedlo ya por favor... —dijo.

De repente mostraba una prisa enorme por echarlos cuando cinco minutos antes estaba trabajando tan tranquila, en la mesa del taller. Violeta advirtió pese a todo que la examinaba a ella de una manera especial, como si quisiera atraparla con los ojos.

—Enseguida nos vamos —se apresuró a prometer, incómoda por esa mirada—. Yo ya he elegido un colgante. Y tú, Mikel deberías comprarle otro colgante a tu chica, no un llavero. Le hará más ilusión.

La mujer tuvo que dejarles porque el otro visitante demandaba su atención. Era un hombre joven, un extranjero de tez muy morena y pelo rizado, que se dirigió hacia la artista sin reparar en nada más. Daba la impresión de que se conocían, aunque de forma más bien profesional. Por su aspecto, los monitores dedujeron que sería oriundo del norte de África; se fijaron en que vestía ropa elegante al estilo europeo. Los dos entablaron una conversación en inglés. Ni Mikel ni Violeta prestaron atención a su charla hasta que el tono del hombre se elevó más de la cuenta y su actitud adquirió tintes agresivos. Parecía presionar a la mujer por algo y ella se resistía con terquedad, negando con la cabeza. El diálogo se tornó amenazador por parte de él; dio un paso más hacia la artista y levantó peligrosamente las manos como si quisiera agarrarla.

Entonces Mikel, ni corto ni perezoso, se interpuso entre los dos mostrando un colgante.

—Perdone, señora. ¿Podría decirme cuánto vale esto?

El extranjero se percató por primera vez de la presencia de los dos turistas y, cuando el joven de pelo rapado y pendiente en la oreja le dirigió una mirada flamenca, casi de aviso, retrocedió un paso y se apartó de ellos. Violeta se había acercado también con el teléfono móvil en la mano. Esto hizo que el hombre se lo pensara mejor; se despidió de la artista con un saludo seco y se marchó deprisa, cejijunto y airado.

—¿Quieres que llamemos a la policía? —preguntaron los dos a la dueña de la casa en cuanto el sujeto se perdió de vista.

—No hace falta. Estoy bien, gracias. —La mujer movió la cabeza con disgusto y se recolocó nuevamente el turbante, que se había movido de su sitio durante la discusión—. Por desgracia, hay personas que no aceptan un no como respuesta…

Sus ojos se volvieron un instante, de forma mecánica y pensativa, hacia el reloj decorativo con el sol flamígero y el medallón fractal.

—La hora va mal… —advirtió Mikel creyendo que consultaba el reloj.

Pusieron los objetos que pensaban comprar sobre la mesa de trabajo. Mientras sacaban la cartera para pagar el importe, ella envolvió los objetos en papel de seda, diciendo:

—He oído que pensáis ir a Ochate.

—¿Lo conoces? —A Mikel se le iluminó la cara ante la oportunidad de intercambiar información con una habitante local.

—Todo el mundo de por aquí conoce Ochate. ¡Cómo no! —contestó ella—. Hubo unos años en que la foto publicada en las revistas atrajo a muchos periodistas y curiosos. Algunos vecinos del Condado de Treviño terminaron hartos en los años ochenta porque los cazadores de ovnis pisoteaban los campos sembrados y dejaban basura por todas partes. Otros, en cambio, estaban encantados con la fama y el dinero que dejaban los turistas. Ahora parece que nos dejan más tranquilos…

—¿Tú crees que era un ovni? —preguntó el joven.

—¿Y tú?

—Soy un escéptico abierto a la duda...

—Eso está bien. Hay cosas que parecen misteriosas solo porque la mente humana aún no está preparada para comprender y esa podría ser una de ellas.

—¡Lo mismo opino yo! Hace nada, el mundo estaba convencido de que la tierra era plana y, aún hoy, todavía hay gente que lo cree así a pesar de tener satélites girando alrededor del planeta y sacando fotografías...

—¿Cuándo pensáis ir?

—Pasado mañana, si los planes no se tuercen.

—¡En plena canícula! Humm… Si vais a Ochate, deberéis tener cuidado... —Sonaba como un aviso por la forma calculada que lo decía la mujer, mirándoles a los dos en plan adivina. Lo que hubiera querido decirles antes de la aparición del extranjero se le había olvidado. Ahora no dejaba de mirar, nerviosa, hacia la verja del jardín. Enseguida carraspeó y añadió apresuradamente (demasiado apresuradamente, en opinión de Violeta)—: Por el calor, ya me entendéis. En esta época hay que cuidarse mucho del sol… Ejem. ¿Sabéis de dónde proviene la palabra «canícula»?

Fue Mikel quien se encargó de responder:

—Sí. Deriva del latín «canis» que significa «perro». Se llama así por la constelación Canis Mayor y por su estrella Sirio, la Abrasadora, que curiosamente ya no se ve en esta época del año, sino en septiembre. Pero en la época de los romanos hacía su aparición en el horizonte justo a mediados de julio, después de un periodo de invisibilidad; salía coincidiendo con los días más calurosos del año. Por eso los romanos llamaban a esa época el «tiempo del perro».

—¡Veo que entiendes del tema!

—Me gusta la astronomía y también la historia. No soy un experto, pero esa pregunta resulta fácil incluso para un novato aficionado como yo.

—¡Un lugar curioso, Ochate! —Mirando a Violeta, la artista explicó—: Allí está la torre de la antigua iglesia de San Miguel que se conserva bastante bien, dadas las circunstancias. También hay una necrópolis medieval cerca del pueblo, con tumbas antropomorfas esculpidas en la roca. En su día yo creo que debieron ser personas importantes a las que quisieron honrar de un modo especial, porque no es el tipo de enterramiento que se hacía en la Edad Media por aquí... En fin, hay muchas leyendas sobre Ochate. Por algo se le llama la «puerta secreta»...

Terminó de envolver los objetos. Pero antes de cobrarles y que se marcharan, la mujer sacó un saquito de tela de un cajón particular y se lo dio a Finisterre.

—¡Toma, esto es para ti!

Dentro había un colgante de plata vieja que representaba el árbol de la vida, con el mismo diseño vegetal simétrico en espejo, arriba y abajo. El árbol estaba inserto dentro de una circunferencia marcada con extraños símbolos cuneiformes. Y a cada lado del tronco, en el hueco entre las ramas y raíces, había dos medias lunas mirando en direcciones opuestas.

—No, no… No puedo aceptarlo. —La monitora intentó devolverlo, pero la artista recogió el colgante de su mano, se lo metió por la cabeza y le puso el cordón de cuero negro alrededor del cuello.

—Por favor, no lo desprecies. ¡Es un regalo! Un amuleto protector. Por lo que habéis hecho por mí… Y si vas a Ochate, llévalo puesto. Es importante. Por favor…

Después los echó de su taller alegando que tenía que salir a hacer un recado.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Violeta con un escalofrío mientras caminaban por la calle en dirección al albergue.

—¿Te refieres al reloj ese que tan pronto se movía como que no? Cuando lo tocabas tú, parecía que le dabas cuerda… —Se rio su compañero, tomándole el pelo.

—Eso también. Pero me refiero a ¡ella! —La pelirroja se tocó el amuleto del árbol, pero no se lo quitó del cuello porque tenía miedo de guardarlo en un bolsillo del pantalón y perderlo—. Qué mujer más extraña. Tan pronto estaba fría con nosotros como amable. Al final no paraba de mirarme. Y tanto hablarnos de Ochate… Un poco raro, ¿no?

—Lo raro es que te haya dado a ti el amuleto y no a mí, que he sido quien la ha salvado de ese cafre —respondió Mikel con guasa—. ¡Claro que es rara! Como todos los artistas. Y hoy nosotros hemos invadido su espacio... ¡Normal que al final se haya cansado y nos haya echado de allí!

Su compañera asintió, aunque sin demasiado convencimiento.


OCHATE

—Existen lugares llenos de misterio, donde se producen hechos inquietantes que nadie acierta a explicar. Y nosotros estamos muy cerca de uno de esos lugares mágicos, junto a un pueblo que muchos consideran maldito, que se llama Ochate. Se encuentra en el Condado de Treviño que es tierra castellana metida en la provincia de Álava. Hoy es solamente un puñado de casas y una iglesia en ruinas... Pero hay quien cree que una maldición antigua acecha entre sus piedras y que por eso está abandonado...

En la segunda noche de campamento, Mikel había tomado la iniciativa de la narración, tal y como había dicho que haría. Treinta rostros adolescentes se volvían hacia él, embobados y expectantes. Hablaba en tono bajo, como si quisiera proteger un secreto, y su voz planeaba poderosa como un águila entre las cuatro paredes de la sala común del albergue. A su alrededor no se oía un carraspeo, ni una risita velada. Todo el alboroto, las risas y las riñas habían cesado cuando él había levantado la mano para pedir silencio.

Por la tarde había caído un fuerte tormentón en la zona. Por eso en lugar de salir al patio del albergue, donde el cemento estaba mojado y lleno de charcos, se habían acomodado en una sala dentro del edificio. Habían apartado las mesas y sillas para sentarse en el terrazo, todos formando un círculo. También habían apagado las luces generales y habían encendido las linternas para crear un ambiente más agradable y misterioso. El techo pintado de blanco no podía competir en belleza con el firmamento nocturno lleno de estrellas, pero una vez comenzada la narración a nadie le importaba.

—Su nombre, Ochate, significa en vasco «puerta secreta» o «puerta del frío». Hay quien piensa que, en efecto, en ese lugar existe un portal de entrada para seres de otro mundo... —Un murmullo recorrió la sala—. Habéis de saber que ese lugar se hizo muy famoso en los años ochenta por una foto que se publicó en una revista especializada en temas de misterio. En esa misma revista se hablaba de luces muy extrañas que se habían visto allí, en la «puerta secreta»...

De ese modo dio Mikel comienzo a la historia de Prudencio Muguruza, un empleado de banca vitoriano que una tarde calurosa del mes de julio se había ido a pasear con su cámara de fotos y su perro por la zona de Ochate. Caminaba tranquilamente por el campo cuando vio un extraño fenómeno luminoso en el cielo que no supo explicar. Parecía una enorme bola incandescente que se precipitaba sobre la tierra con una cola luminosa detrás. En medio de la sorpresa, tuvo tiempo y la inspiración de disparar su cámara mientras caía. Luego el objeto luminoso se desvaneció. Al principio nadie le creía cuando lo contaba, porque nadie más había visto aquel extraño fenómeno en el cielo, pese a ser bastante grande y llamativo.

Así que, pasada la primera impresión, volvió a su casa y se olvidó del tema. Pero cuando Prudencio reveló el carrete de fotos un tiempo después, descubrió que aquel cometa luminoso había quedado impreso en uno de sus negativos. ¡Por fin podía demostrar lo que había visto!

Muy pronto, la foto y el extraño suceso se convirtieron en noticia. ¡Eso ocurría en el verano de 1981! Al año siguiente, en 1982, la fotografía se publicó en la portada de una revista española entonces famosa Mundo desconocido, que era una publicación de referencia para los aficionados a la ufología. Lo titularon «Ovni en Treviño». El propio Muguruza escribió un artículo en la misma revista que tituló «Luces en la puerta secreta» y todo esto desató una gran fiebre por descubrir sus secretos.

—Ochate se convirtió de la noche a la mañana en el lugar más misterioso de España, en un sitio de peregrinación para los «cazadores de misterios» —explicó Mikel—. En aquellos años estaba muy de moda perseguir ovnis. La gente realizaba excursiones a lugares de avistamientos. Y muchos aficionados a la ufología y a los fenómenos paranormales acudían a Ochate cargados con sus cámaras y con aparatos de grabación de sonido. Algunos dijeron que se oían voces de ultratumba en la noche, voces extrañas que luego salían en las grabaciones, aunque allí no hubiera nadie. Otros llegaron a ver sombras humanas muy raras, que aparecían y desaparecían de forma inexplicable. Fuera verdad o mentira, el caso es que muchos curiosos salían huyendo… Se oyeron bastantes historias raras sobre eso. Incluso se hicieron programas de radio y televisión sobre el asunto. La gente comenzó a decir que Ochate estaba maldito...

Los más jóvenes se miraban unos a otros. Esas historias de ovnis siempre sonaban a cuentos. Aunque estar tan cerca de un pueblo maldito también tenía su cosa, imponía.

—Hubo expertos que dijeron que la fotografía estaba trucada y era un montaje, que aquella forma era una nube —dijo Violeta para poner un punto de realismo y tranquilidad.

El narrador hizo un barrido con la mirada a todo el círculo. Luego tomó aire y fue soltando lentamente las palabras, ahuecándolas en la boca con voz grave y enigmática:

—Quizá los expertos tengan razón y la foto fuera un truco… Pero también es verdad que en Ochate, a lo largo de la historia, han ocurrido cosas muy extrañas. Demasiadas, dicen, para un pueblo tan pequeño. Sucesos inexplicables y a veces terribles... En un documento antiguo del siglo XII por ejemplo se hablaba de los «diablos de Ochate». ¿Qué clase de diablos eran aquellos? Y se cuenta que el pueblo quedó deshabitado a finales del siglo XIX debido a tres epidemias misteriosas, una de viruela, otra de tifus y la tercera de cólera. Pero lo más extraño es que ningún otro pueblo vecino sufrió esas epidemias. Desde entonces, Ochate quedó abandonado y comenzó a crecer su leyenda de pueblo maldito...

Esa noche, más de uno durmió mal soñando con apariciones de extraterrestres y con bolas de fuego que caían de las nubes como meteoritos. A otros, en cambio, la historia les dio risa. Y desde luego fue motivo de comentarios muy variados.

A Javi, la narración le despertó una enorme curiosidad por conocer Ochate.

No es que creyese en seres extraterrestres ni en ovnis, claro que no, pero Mikel había contado aquella historia de una forma que incitaba a investigar en aquel pueblo abandonado. Y antes de irse a dormir, Javi había buscado en internet con el móvil más información; así había visto la famosa foto publicada en la portada de la revista Mundo desconocido. La foto, desde luego, llamaba la atención.

Por eso, cuando al día siguiente les dijeron que posiblemente se acercarían con el autobús hasta la zona de Ochate a última hora de la tarde para dar un paseo, la excitación se apoderó de él. ¿Verían ellos también una luz parecida?, se preguntaba.

La clase de golf transcurrió sin pena ni gloria; a esas alturas, Javier ya sabía que el golf no sería nunca su deporte preferido. Prefería las caminatas en plan aventura que hacían con los monitores por el monte, donde siempre surgía la oportunidad de descubrir cosas nuevas. Esa tarde, según lo prometido, tomaron el autobús cargados con unas mochilas ligeras, llevándose agua y merienda para la caminata.

No había carretera hasta Ochate, así que el autobús les dejó en Imiruri, el pueblo vecino, y tuvieron que andar un buen trecho por una pista de tierra para llegar hasta allí. Su única referencia en la distancia para localizarlo era la torre de la iglesia de San Miguel, una edificación de planta cuadrada con los ojos de un campanario vacío abiertos a los cuatro vientos y que aún mantenía sus muros en pie con gallardía. El resto estaba en ruinas, lleno de maleza.

Después de tantas historias de misterio, la realidad les pareció insulsa cuando la tuvieron delante.

El Ochate que contemplaban era un lugar desolado y solitario, requemado por el sol. La hierba se veía seca y la vegetación pobre, los tallos de las espigas quebradizos, la tierra pedregosa y baldía. En otra época más gloriosa, el pueblo había tenido un puñado de casas de arquitectura tradicional; ahora quedaban sus restos. Al frente se extendía una llanura irregular donde todavía se podían reconocer las lindes de algunos campos de cultivo y corralizas de pastores. Pero las huellas de sus antiguos pobladores, cada vez más, se iban difuminando. La naturaleza salvaje volvía por sus fueros y estaba engullendo lentamente las casas y los sembrados, apoderándose del lugar. Las viejas piedras aparecían diseminadas entre la hierba y bajo los matojos, arrumbadas al olvido. Y por encima correteaban las lagartijas, los saltamontes y las hormigas.

—¡Aquí no hay nada! Deberíamos regresar al autobús ya, si queremos llegar al albergue de Bernedo a tiempo para la cena —sugirieron Koldo y Amaia cuando terminaron de recorrer las ruinas y hacer fotos. Violeta opinaba como ellos y Mikel accedió sin poner inconvenientes, pues ya había cumplido su deseo de visitar ese lugar de leyenda. Así que los monitores del campamento se separaron y empezaron a llamar y a recoger a sus pupilos rezagados para llevarlos de vuelta al camino de tierra y al autobús.

Caía el sol por el oeste y la luz se había vuelto mortecina y misteriosa. Por suerte, los atardeceres eran largos y cálidos en esa época del año, todavía faltaba tiempo para que se hiciera completamente de noche.

Mientras localizaba a las personas de su grupo, Violeta observó que no estaban solos en el páramo. Una figura solitaria recorría los campos con la única compañía de un perro grande de pelaje oscuro, marrón y negro. La paseante parecía una mujer, aunque resultaba difícil precisarlo con exactitud a esa distancia. Tampoco tuvo tiempo de mirarla dos veces porque, mientras reunía a su grupo, inesperadamente el tiempo cambió.

No supieron de dónde venía. El caso es que de repente se levantó un aire helado desde el suelo que hizo temblar la hierba y enfrió sus pies.

Y el aire trajo consigo la niebla.

Una niebla ligera al principio que, por momentos, se fue volviendo más turbia y espesa, inexplicable en una tarde despejada de verano como aquella. Parecía surgir del cerro y de las piedras de Ochate y se extendía igual que una alfombra desde las ruinas hasta los campos adyacentes. Era una niebla baja que crecía y se desbordaba como leche hirviendo en un puchero o como la espuma artificial de las fiestas infantiles, y que se arrastraba como un gran animal reptante, engullendo la tierra a su paso.

—¡Daos prisa! No os separéis. Tenemos que volver al autobús enseguida —urgieron los monitores, acelerando el paso con cierta alarma.

Pero antes de recorrer la mitad del trayecto de vuelta, la niebla los alcanzó y los cubrió.

De pronto no se veía nada a un metro de sus narices. Y en lo profundo de la niebla se empezó a escuchar un siseo desasosegante, como si algo más reptara con la extraña nube o se amparase en su velo para medrar.

A Javier se le erizaron los pelos de la nuca y un escalofrío le sacudió la espalda. De forma instintiva se agachó a recoger un palo y lo empuñó como autodefensa, a pesar de que los monitores les habían advertido de que no debían tocar nada para que todo se conservara en su estado original. Después apretó aún más el paso. A su alrededor, sus compañeros se habían convertido en sombras o simplemente habían desaparecido de la vista. Oía las voces de los monitores llamándoles e intentó guiarse por ellas mientras caminaba deprisa. Su único pensamiento era encontrar el autobús y escapar cuanto antes de esa niebla.

Entonces oyó una llamada de auxilio lanzada por una voz que le resultó familiar y que estaba en su ruta.

—¡Ey, aquí! ¡Por favor, ayudadme! ¡Necesito ayuda!

Forzó la vista y dio unos pasos en esa dirección, intentando localizar a la dueña de la voz sin perder de vista el camino. Así fue como dio con la Bocazas que estaba caída en el suelo sobre su mochila de excursionista y con el pie izquierdo atrapado en una especie de agujero escondido entre rocas y raíces.

—¡Por favor, ayúdame! Me he hecho daño en el tobillo y no puedo mover el pie… —pidió la niña, angustiada.

A pesar de la tirria que sentía hacia ella, Javi se acercó a socorrerla. Excavó con las manos en las raíces y sacó el pie de la chica con cuidado. Mientras la ayudaba a levantarse, otro chico del grupo apareció dentro del círculo visible sobresaltándolos. Corría con el rostro muy pálido, aparentemente desorientado.

—Ayúdanos, me he torcido el tobillo…

Pero el chico salió huyendo mientras decía:

—¡Que os jodan, yo me largo al autobús!

Por suerte un segundo más tarde apareció Violeta, que venía a buscarles. Ella y Javier se pusieron uno a cada lado de Nika. Así la niña pudo andar cojeando, apoyándose en esas muletas improvisadas.

—Tranquilos, ya estamos llegando —decía la monitora mientras avanzaban a ciegas por el camino de tierra. Con una mano sujetaba a Mónica y con la otra apretaba el amuleto del árbol de la vida que llevaba colgado del cuello—. Mirad bien por dónde pisáis. El autobús queda por ahí...

Debían faltar unos quinientos metros, a juzgar por la distancia a la que sonaban las voces y llamadas de los que habían llegado a la carretera, cuando una sombra se interpuso en el camino de los tres.

Una mujer con un pañuelo anudado alrededor de la cabeza emergió repentinamente de la niebla y se acercó a Violeta, que la reconoció al instante. Era la artista del taller de Bernedo. La acompañaba trotando un perrazo enorme de cara cuadrada, ojos vigilantes y pelaje de rayas atigradas marrón y negro; parecía el mismo perro que había visto la monitora en la distancia.

—¡Escucha!, no hay tiempo para explicaciones... Debes proteger el mentagión. Ahora es cosa tuya, ¡tú eres su guardiana! No se lo des a nadie…

La mujer hablaba muy rápido y al mismo tiempo puso en la mano de Violeta un disco de metal tallado a doble cara, una especie de medallón de plata y lapislázuli que ocupaba toda la palma. La monitora lo reconoció enseguida por su dibujo en forma de rosa-estrella; era el medallón que estaba incrustado en el reloj del sol, en el taller artístico. Al contacto con su piel, el mecanismo entró en funcionamiento un segundo y desplegó las hojas de su resorte para volver a detenerse cuando recobró la forma de rosa. Entonces la artista le cerró los dedos sobre el objeto y apretó con fuerza.

—¡Protege el mentagión! Eso es lo más importante. Con tu vida, si hace falta… —dijo a Violeta con una urgencia y un apremio raros—. Pronto nos veremos…

A continuación, se dio la vuelta y desapareció a toda prisa.

—¿Qué? ¿Cómo? Pero ¡oye!...

Era inútil. Sus pasos se alejaban entre la niebla acompañados por los jadeos del perro. Tras una vacilación, la joven pelirroja desechó la idea de ir tras ella; pensó que ya tendría ocasión más tarde de devolverle aquel objeto, se acercaría hasta su taller cuando volvieran a Bernedo. Ahora tenía que encontrar el autobús y ocuparse de los chicos del campamento. Siguieron andando y otra sombra fugaz se atravesó en su camino, un hombre moreno de pelo rizado que parecía perseguir a la mujer; pasó y se marchó tan deprisa como había venido sin reparar apenas en la monitora y en los muchachos que caminaban juntos.

Un minuto después, notaron que el siseo de la niebla se hacía más fuerte. Y, cuando menos lo esperaban, una claridad radiante se abrió paso entre la niebla. Una columna de energía cegadora cayó sobre ellos y les rodeó a los tres, como si estuvieran bajo un foco deslumbrador. A continuación, se sintieron livianos, igual que plumas flotando dentro de una especie de flujo de energía. Ese flujo comenzó a succionarles, tiraba de sus cuerpos hacia arriba con tal fuerza que levantó sus pies del suelo firme y comenzó a alejarles de la tierra. Gritaron de miedo y sorpresa los tres, agitaron los brazos y las piernas desesperadamente intentando aferrarse a algo firme, lo que fuera. Pero con ojos desorbitados por el terror comprobaron que no había nada que hacer.

Una fuerza superior los absorbía igual que a hojas secas.

Entonces Javier, Violeta y Mónica notaron como si les pincharan con millones de alfileres o como si sus cuerpos se deshicieran en infinidad de átomos dispersos. Violeta aferró con fuerza el medallón que llevaba en la mano, al tiempo que lanzaba un alarido de dolor, antes de perder el sentido. En un último segundo de angustia, los tres sintieron que se desintegraban y desaparecían en la negrura.


BAJO LA BÓVEDAESTRELLADA

Al despertar, a Javier le dolía todo el cuerpo y le retumbaba la cabeza como si le hubieran metido un tambor dentro del cráneo.

Abrió los ojos con esfuerzo y lo primero que vio fue un cielo estrellado de un azul oceánico profundo, donde cada uno de los puntos brillantes refulgía como diminutas bombillas led en una guirnalda de navidad, con extraordinaria belleza.

«Estoy soñando», pensó. No podía haber anochecido, tan pronto. ¿Y dónde estaba?

Se incorporó sobre los codos e intentó enfocar mejor la vista y hacer memoria. Lo último que recordaba era la niebla que le envolvía en el descampado de Ochate.

Entonces oyó una exclamación a su espalda y supo que no estaba solo.

—¡Mi tobillo! Ya no me duele…

El chico se levantó y, al volverse, descubrió a la Bocazas sentada y mirando alrededor con la misma cara de extrañeza e intriga que él.

—¡Estoy soñando! —repitió Javier, esta vez en voz alta y con desagrado—. Tiene que ser un sueño… ¡por fuerza!

—¡Una pesadilla, dirás! Tiene que ser una pesadilla si estás tú aquí. ¿Es que vas a seguirme a todas partes, niñato?

—¡Tú me persigues a mí, bocazas!

No podían creerlo, que volvieran a coincidir los dos en una… ¿pesadilla?... Sí, sin duda tenía que ser eso, una pesadilla por culpa del porrazo que se había dado en la cabeza, pensaba el chico. No podía ser otra cosa. Aunque tampoco recordaba haberse dado ningún golpe… Solo recordaba la niebla y una luz. Quizá se habían ido a dormir después. Ya no se acordaba.

—¿Dónde estamos? —preguntó la muchacha poniéndose también de pie.

Parecía como si acabara de bajarse del autobús para emprender una excursión por el monte, con la mochila a cuestas. Vestía la misma bermuda corta de color arena y camiseta ajustada de tirantes azul celeste y en la cabeza llevaba puesta su gorra de visera, con el pelo recogido y sujeto por un coletero llamativo de goma y tela del que se escapaban unos mechones rebeldes. Exactamente igual que cuando recorrían la pista de Ochate.

Lo primero que hizo la chica nada más levantarse fue mirar en su teléfono móvil.

—¡Qué rabia! No hay cobertura… No puedo mandar ni recibir mensajes...

El chico comprobó que su móvil también estaba muerto. Después se fijó en sí mismo, reparó en sus pantalones vaqueros recortados sobre la rodilla, en su camiseta y sus deportivas de aventura, y movió la cabeza con incredulidad en un intento desesperado por despejar las telarañas. Sentía una presión enorme dentro del cráneo y un gran dolor entre los ojos, como si su cerebro hirviera.

—Me he dado un golpe o estoy dormido. ¡Esto no puede estar pasando! ¡Es imposible! —farfulló.

—Parece un sueño, sí. ¡Pero un sueño demasiado real, creo yo! —dijo una tercera voz, aguda y clara, a espaldas de los dos.

Al girarse, sus ojos se encontraron con los de Violeta, la monitora, que venía de dar una pequeña vuelta de exploración. Se la veía muy despierta y también preocupada, con el mismo gesto de incredulidad, desconcierto y asombro que se reflejaba en los rostros adolescentes.

—¡Finis, estás aquí!

Nika dio un salto de alegría hacia la monitora y la abrazó con la sensación de aferrarse a un salvavidas en mitad de un naufragio. Javier sintió el mismo alivio, pero no se atrevió a demostrarlo tan aparatosamente y se limitó a saludar a la pelirroja con su torpeza acostumbrada. De pronto se dio cuenta de lo pequeña y delgada que era ella. Javier había empezado a dar el estirón y le pasaba unos centímetros de altura por la cabeza; no había reparado en que tenía que bajar los ojos para mirarla, hasta ahora. Sin embargo, de su aparente fragilidad física emanaba una gran fuerza interior, una energía que le transmitió serenidad y confianza.

—¿Os encontráis bien? —Quiso saber la monitora.

—Sí. Bueno, no, a mí me estalla la cabeza —respondió la chica—. Aunque se me ha curado el pie, ya no me duele el tobillo…

A Javier también le dolía la cabeza y se sentía un poco mareado.

—¿Ya has averiguado dónde estamos? —preguntó Nika.

—No. La verdad, no lo sé —contestó ella sin poder disimular el desaliento—. He intentado llamar por teléfono o enviar algún mensaje, localizar dónde estamos por GPS… pero no tenemos cobertura y tampoco hay internet. ¡Nada!

Sus teléfonos móviles estaban encendidos, pero sin conectividad, se habían convertido en aparatos tontos e inútiles.

—Parece que es de noche…

—Sí, pero de noche, ¿dónde?

Lo mismo se preguntaban los tres. Se quedaron en silencio, como islas en el espacio.

Se encontraban en un lugar vacío y vasto envuelto en penumbra, bajo una bóveda azul noche cuajada de nebulosas y estrellas titilantes. Cada uno de esos puntos de luz se reflejaba sobre la superficie lisa y espejada de un piso negro perfectamente pulido, tan brillante como un cristal nuevo y donde ellos podían ver también su propio reflejo.

Javier golpeó el suelo, dos veces, con la punta del calzado para probar su solidez. Luego lo tocó con la mano. Comprobó que era firme y regular como una plancha nueva de cristal de obsidiana. Y, lo más extraño, en toda la superficie pulimentada no había ni una sola mácula, ni un arañazo, ni una junta de unión, como si lo hubieran fabricado en una sola y gigantesca pieza plana y uniforme.

El chico dio unos pasos y miró hacia sus pies con aprensión. Daba la impresión de que bajo la superficie espejada de cristal negro se movían en ondas y círculos, lentamente, unas aguas oscuras en un abismo sin fondo.

Empezaron a caminar en un sentido y en otro intentando encontrar alguna salida, pero la plataforma se extendía sin límites aparentes y el horizonte nocturno seguía siendo el mismo, lejano y difuso.

—Es inútil, ya lo he intentado antes —dijo Finisterre.

Parecían estar fuera de la tierra, sobre una plataforma abierta colgada en el espacio exterior. En algún lugar desconocido del universo, al menos para la monitora, porque el mapa de estrellas y galaxias que había en ese cielo nocturno era muy distinto al que ella conocía. Quería creer que alguien estaba proyectando en esa bóveda una película para desorientarlos, pero tampoco estaba muy convencida de eso.

Todo era muy raro.

Al moverse, probaron otra vez a captar la señal de cobertura móvil levantando y bajando los brazos en diversas direcciones, pero fue inútil. Definitivamente, estaban desconectados del resto del mundo. Aun así, Javier y Nika siguieron un rato trasteando en los aparatos, cada uno con la cabeza inclinada sobre su pantalla y aislados de los demás, sin resignarse a lo evidente.

Comenzaban a desesperarse cuando de repente se presentó ante de ellos, como por arte de magia, una mujer elegantemente vestida con una larga túnica blanca drapeada de diosa griega. Parecía una azafata o una modelo de revista. Una melena ondulada y oscura le caía en cascada sobre la espalda y los tirantes de la túnica dejaban al aire un cuello y unos hombros de curvas sedosas, así como unos brazos morenos y perfectos. Resplandecía, toda ella, con un aura irreal.

—¡Bienvenidos, viajeros del Tiempo y del Espacio! Sed bienvenidos a la Puerta Estelar… —saludó con una voz musical, verdaderamente dulce y armoniosa.

La sorpresa ante tal aparición los dejó paralizados y no supieron qué responder.

—Os halláis en el Atrium del Nunrat, dentro de la esfera donde convergen los vórtices de los universos espejo. En el lugar único donde confluyen los puentes que parten hacia las «estrellas gemelas» —siguió diciendo la desconocida.

¿¡Atrium!?, ¿puerta estelar, estrellas gemelas? Pero ¿qué significaba todo eso?

—Es una broma, ¿verdad? ¿Estamos en uno de vuestros jueguecitos de campamento, Finis? —preguntó Nika, escamada. Pero la monitora negó con la cabeza.

Pasado el primer susto, las preguntas se agolpaban en sus cabezas y salían a borbotones sin ningún orden, atropellándose.

—¿Quién es usted? ¿Dónde estamos? ¿Por qué estamos aquí?...

Sin embargo, la azafata continuó soltando su discurso sin responder a sus preguntas. O bien las ignoraba deliberadamente o era un robot con forma humana que se limitaba a repetir un texto previamente grabado. Incluso llegaron a pensar si sería un holograma en tres dimensiones, por ese aire ingrávido en el que parecía flotar; probaron a tocar con la mano la tela de su vestido y descubrieron que su tacto era sólido, y también parecían sólidos y carnales sus brazos y su rostro. «Aunque eso —pensó Violeta intranquila—, con los avances de la robótica y las modernas tecnologías ya no era garantía de que tuviesen delante a un verdadero ser humano».

—¡Yo soy la «mayordama» de la Puerta Estelar y estoy a vuestro servicio! Os ayudaré a dar los primeros pasos en el Atrium. —Así se presentó ella—. Sabed que habéis sido elegidos para iniciar un viaje hacia el conocimiento y la sabiduría porque uno de vosotros está llamado a cumplir una importante misión.

—¿Elegidos por quién? —preguntó la monitora—. ¿Para cumplir qué misión?

—¡Por favor, seguidme! —contestó la aparición con tono de guía turística, amable y perentorio a la vez.

La mujer misteriosa se deslizó unos metros sobre el suelo. Después extendió la mano y ante ellos se materializó un gran anillo metálico de unos tres metros de altura por otros tantos de anchura. Se sostenía vertical a metro y medio del piso con el apoyo de dos juegos de piezas también metálicas en forma de cuña que hacían de base a cada lado. Una doble rampa bajaba desde el anillo hasta el suelo de obsidiana.

Observaron que, distribuidos por el borde de la rueda y cubriendo toda la circunferencia, había símbolos grabados en altorrelieve, que recordaban vagamente a los símbolos del zodiaco o a las runas celtas. Había treinta y dos símbolos diferentes, ocho por cada cuarto, dispuestos en casillas contiguas como marcas alrededor de la esfera de un reloj. En la parte exterior sobresalían ocho pestañas dispuestas a intervalos regulares, cuatro en forma de cruz y cuatro en equis; y dentro de cada una de esas pestañas poligonales había un triángulo de cristal azul.

Frente al anillo metálico se materializó también un atril flotante de diseño futurista en el que sobresalía una bola gelatinosa. Al presionar la azafata con la mano encima de la bola, el interior del anillo se iluminó. Su luz se expandió por el espacio de la bóveda igual que haría un foco desde el centro de un escenario. Y la enorme rueda metálica se transformó en una gran pantalla de cine circular dentro de la cual podía verse proyectada la tierra de un planeta extraño porque —eso era lo raro— en el azul cobalto de su cielo colgaban tres lunas, una de ellas enorme y blanca, tres o cuatro veces mayor de la que ellos conocían.

—¡Esta es la «Puerta de los Mundos»! —dijo la desconocida al tiempo que señalaba el aro.

Los tres se quedaron contemplándolo con la boca abierta, incapaces de reaccionar.

La misteriosa dama, entretanto, siguió dando sus explicaciones en un tono didáctico y afable pero impersonal.

—Cada uno de esos símbolos de la rueda representa un mundo que podéis visitar. Al seleccionar un símbolo, abriréis el portal que conduce hacia esos mundos. Cada puerta que crucéis os conducirá hacia un lugar diferente del primer universo estelar.

Podrían hacer girar la rueda y pararla para seleccionar un símbolo, a voluntad. De ellos dependía la elección de su destino. Y cuando se completara el viaje, volverían al principio, dijo.

Hablaba de «destinos», lugares y mundos como si estuviera presentando una ruta turística. También explicó que ellos podían pasar todo el tiempo que quisieran dentro de cada uno de esos mundos, recorrerlo a voluntad y partir de él en el momento en que lo desearan… aunque era preciso visitarlo durante un tiempo mínimo que no llegó a precisar.

Enseguida comprendieron que la bola del atril era el mando a distancia que servía para manejar la máquina. Nika y Javier se acercaron a pesar de todo a meter la nariz para estudiar su mecanismo, que parecía sencillo y bastante intuitivo. En el fondo, les dominaba la curiosidad.

Violeta, en cambio, contemplaba hipnotizada la rueda llena de símbolos, con un miedo y una sensación de irrealidad crecientes que no la dejaban respirar. No paraba de pensar en todas esas historias y reportajes chungos que había leído alguna vez en los noticieros, sobre ovnis y abducciones de personas por parte de seres extraterrestres, y se le ponían los pelos de punta al recordarlos. Habría querido huir, escapar de allí corriendo, pero para ir… ¿¡adónde!? Intentó inspirar hondo y centrarse; lo fundamental era centrarse y averiguar dónde estaban.

A una nueva presión de la azafata en el atril, la enorme rueda metálica había comenzado a girar en la dirección opuesta a las agujas del reloj. Muy despacio. Cuando el siguiente símbolo llegó a la posición vertical de las doce, las líneas de su icono se dibujaron con luz de láser. La rueda se detuvo con el triángulo superior señalando ese símbolo y todos los triángulos se iluminaron de azul fosforescente. El interior del aro se convirtió de nuevo en una gran ventana al otro lado de la cual se veía, a tamaño natural, un lugar distinto, un jardín de ensueño con paseos y parterres llenos de flores donde reposaban aves exóticas de plumas arcoíris y colas de pavo real. Había también bancos tallados en piedra rosa a la sombra de árboles exquisitos, cuyas ramas plumosas se mecían con la brisa; miradores con balaustradas blancas y pérgolas elegantes cubiertas de enredaderas en flor. Traspasando la ventana, llegaban sonidos reales de pájaros. Y al fondo se extendía un horizonte azul turquesa que parecía ser el mar, con la luz resplandeciente de un sol mañanero realzando la belleza del conjunto.

—Eso tiene que ser un vídeo, o una película en 3D… —opinó Nika.

Javier y Nika dieron dos vueltas alrededor de la rueda. Querían cerciorarse de que se mostraba la misma imagen en movimiento a los dos lados de la pantalla y que no había nada detrás.

—Ya sé… ¡Estamos en un «escape room»! Tiene que ser eso, seguro —afirmó Nika al fin con convencimiento—. Todo esto no es más que un juego...

Tanto los chicos como la monitora sabían perfectamente qué era una sala de escape. En los últimos años se habían puesto de moda esos juegos de escapismo, que consistían en encerrar a un grupo de jugadores en una habitación o laberinto donde debían resolver juntos una serie de retos y enigmas. Había que ir desentrañando una historia para poder alcanzar la puerta de salida. Los jugadores tenían que conseguir las claves en un plazo de tiempo fijado. Esas salas de escape, inofensivas y sin ningún peligro, habían ido incorporando equipos digitales e instalaciones cada vez más sofisticadas, incluso gafas de realidad virtual, para hacer que la aventura pareciese más verídica. Este escenario, desde luego, era lo más perfecto que habían visto nunca, con unos efectos muy bien logrados. Como un plató de cine, pero a lo bestia.

La impresión de que estaban en un salón de juego se acentuó cuando la azafata comenzó a enumerar las reglas que deberían cumplir dentro de lo que ella denominaba «Nunrat».

El Atrium, dijo, era una estación de paso. No podrían permanecer en él indefinidamente, solo el tiempo necesario para preparar un nuevo salto al espacio. Podrían transportar objetos de un mundo a otro, a través de la rueda, pero solo objetos materiales inertes, ningún ser vivo.

No podrían seleccionar el mismo icono y visitar un mismo lugar dos veces seguidas, porque eso distorsionaría la realidad de esos mundos, repitió. Tendrían que alternar, como mínimo, dos saltos diferentes.

Y una vez dentro de los mundos, ellos se moverían como otro habitante más.

La dama alzó la mano para señalar algo. Entonces descubrieron suspendido en el aire un gigantesco reloj de arena. Los granos debían ser de oro puro, a juzgar por su brillo metalizado, e iban cayendo de una copa transparente a otra opuesta, deslizándose por un delgado y retorcido alambique. En el momento en que terminara de caer el último grano, la puerta del anillo se abriría de forma automática, si es que los viajeros no la habían abierto antes, y ellos atravesarían inevitablemente la pantalla.

El tiempo en que terminaban de pasar todos los granos brillantes era de unas dos horas terrestres, según comprobarían más tarde. Así pues, solo podrían permanecer un máximo de dos horas bajo la bóveda.

—Mi consejo es que elijáis un mundo que queráis visitar y, antes de terminar el plazo, seleccionéis su icono —dijo la dama—. De lo contrario, podríais caer en un lugar indeseado. Para atravesar la puerta lo único que debéis hacer es acercaros al anillo, alargar la mano y tocar la superficie. Entonces la puerta interestelar se abrirá y podréis pasar al otro lado.

—¿Al otro lado? Es broma, ¿verdad? No podemos meternos en una película —objetó Nika.

Pero la azafata insistió en que el aro era una puerta y que estaban viendo una imagen real. Cuando atravesaran ese portal «interdimensional», entrarían en ese jardín y podrían moverse por él libremente como si fuera su casa.

—¡Pero cuidado! —advirtió—. Hay lugares peligrosos donde una vida no vale nada… Por ello, deberéis usar estas pulseras en vuestro viaje; son el pasaporte que os permitirá entrar y salir a voluntad de cada mundo y regresar a esta plataforma espacial, donde estaréis a salvo.

En su mano abierta, les mostró tres pulseras de color platino con una pequeña pantalla digital incrustada. Les recordaron a esas pulseras electrónicas «inteligentes» que medían la actividad deportiva. Se las pusieron de forma mecánica siguiendo sus instrucciones, pero al cerrarlas sobre su muñeca el mecanismo de apertura y cierre desapareció como si lo soldaran. La pulsera se había convertido en una argolla. Ahora ya nadie podría quitárselas, dijo la dama. «Tampoco nosotros podemos quitárnoslo» pensó la monitora con un desasosiego creciente. Pese a la sonrisa de la azafata, tenía la sensación de estar prisionera y esa impresión se acentuaba más por momentos.

Al cerrarse la pulsera, su diminuta pantalla digital se encendió y aparecieron tres grupos de rayas rojas en posiciones triangulares, que giraban sobre sí mismas. Al entrar en cada uno de los mundos, las pulseras se activarían y, pasado un plazo, cambiarían de rojo a verde, también marcarían el tiempo transcurrido en cada viaje. Cuando quisieran abandonar un lugar, bastaría con apretar un resorte y las pulseras les devolverían al lugar de origen donde estaba la puerta, es decir, donde se encontraban ahora.

—¿Cómo podemos saber qué hay en cada sitio? ¿Cómo elegir lo más conveniente?

En la pantalla del atril, con cada icono, se mostraría una breve reseña del lugar seleccionado, lo que les serviría de ayuda para hacer una buena elección, dijo la dama.

—¿Cuánto va a durar este juego? Queremos volver a casa el domingo, ¿sabes? —se quejó Nika medio en broma, pensando aún que estaba dentro de un sueño.

—Volveréis sanos y salvos pronto, si seguís las reglas. La principal regla es: usar las pulseras cuando haya un peligro inminente. Está bien que lo consideréis un juego, pues en cierto modo es así. Un juego de conocimientos y superación. En cada etapa de este viaje, recibiréis información que os ayudará para seguir avanzando y resolver el enigma. Cuando el «juego» acabe y los puentes del Nunrat se hayan plegado, volveréis al origen...

La azafata inició un movimiento de retirada diciendo que podrían llamarla a ella siempre que necesitasen ayuda. Bastaba con que dieran tres palmadas y aparecería para atender a los viajeros. Eso sonaba a despedida.

—¡Espera! No nos has dicho dónde estamos en realidad —objetó Violeta—. ¿En Vitoria, Logroño…? ¿Y cómo volveremos a casa?

La figura extendió sus manos abiertas hacia ellos y con ojos de misterio declaró:

—¡Las respuestas llegarán cuando dejéis de haceros preguntas! La sabiduría encuentra el camino a la mente cuando las mentes se abren al conocimiento.

—¡Yo tengo la mente muy abierta! —aseguró Nika, adelantándose a los demás.

Fue otro intento inútil. Estaba claro que ella no quería o no podía resolver sus dudas, solo era una mensajera.

—Deberéis olvidar todo lo conocido y abrir bien los ojos —les recomendó. Dicho esto, la vestal recogió los bajos de su larga túnica blanca e hizo una reverencia de despedida—. ¡Os deseo un feliz periplo y que la suerte os sea propicia, valientes viajeros!

Se alejó caminando hacia el horizonte y enseguida se desvaneció en el aire, igual que había llegado.

Ellos se quedaron clavados, sin saber qué decir. Nika fue la primera en reaccionar. Señaló la rueda y exclamó alucinada:

—¡Es como en Stargate!

—¿Qué es «estargueit»? —se extrañó Javier.

—Una película sobre una máquina extraterrestre que hacía de puerta a otros planetas lejanos. ¡Igual que esta! ¿Sabéis lo que creo? Que estamos en un parque temático y que todo esto no es más que un juego de realidad virtual. ¡Uno de esos nuevos «escape rooms» con efectos digitales!, donde uno se pone esas gafas y cree que está tomando el sol en una isla desierta… En Madrid se ha convertido en la última moda.

—Ninguno llevamos gafas —objetó la monitora.

Eso no pareció un obstáculo para la chica que se volvió hacia Violeta y le preguntó directamente:

—¿No será esto un juego de rol que habéis montado vosotros, los monitores del campamento? El viaje al reino prohibido de la Amilamia, ya sabes...

—Te aseguro que este tinglado no lo hemos montado nosotros —respondió ella, indignada de que lo creyese así—. ¿Cómo, dónde…?

Pero Nika seguía aferrada a su idea.

—¡Seguro que estamos en un parque temático! ¿Qué otra cosa podría ser, si no? Alguien nos ha traído hasta aquí dormidos para darnos una sorpresa. Quizá tú no sepas nada de este montaje, Finis. Pero yo de ese Mikel, el Bandoleón Saltamontañas, no me fío un pelo. ¡Me parece un liante! Muy capaz de meternos en un rollo así. Y tanto hablar el otro día de estrellas y de ovnis… ¡Estaba preparando la broma! Seguro que los demás nos están viendo a través de una cámara, escondidos, y se están riendo de nuestras caras…

La joven pelirroja movió negativamente la cabeza intentando dominar su miedo ante esa situación tan inexplicable como imposible.

—¡No es ninguna broma, Nika! Y desde luego no lo hemos montado nosotros —insistió—. Estoy de acuerdo en que esto parece una pesadilla, pero yo al menos tengo los ojos bien abiertos. Mira a tu alrededor. ¿Qué lugar es este? Ella ha dicho que estábamos «en el Atrium de la Esfera, donde convergen los Universos Espejo»… ¿Eso qué significa?

—Universos paralelos o universos espejo son lo mismo, creo… Puede que se refiriese a eso —sugirió Javi sin dejar de mirar la rueda.

—¿Universos paralelos? —repitió la monitora, con asombro.

—Sí. Hay una teoría científica sobre el origen del universo que dice que no hay un único universo, sino muchos universos paralelos... Mi profesora de matemáticas nos lo explicó un día, en clase. —Mientras hablaba, Javier intentaba hacer memoria de la clase magistral de una modesta profesora de secundaria enamorada de la ciencia, ante unos alumnos revoltosos. En su momento, la explicación apasionada de la profesora le había fascinado y se le había quedado muy grabada tal vez porque se salía del discurso de clase normal. Ahora tenía que estrujarse el cerebro para recordar las palabras exactas—. Nos dijo que era la última teoría científica que había publicado Stephen Hawking antes de morir. Creo que tenía relación con la teoría de la relatividad y la física cuántica...

—¿Tú sabes de física cuántica? —se extrañó Nika.

—Yo solo os cuento lo que nos dijo mi profesora, ¿vale? Y bueno, sí, me gustan las ciencias y las matemáticas, ¿qué pasa? —se defendió él, molesto. En clase intentaba no destacar para que no le llamaran empollón y ahora empezaba a arrepentirse de haber hablado tan irreflexivamente. Sin embargo, Violeta recriminó a la chica por la interferencia y luego animó a Javier a que continuara con su explicación.

—Bueno. Básicamente, la idea es que tras la explosión del Big Bang, la energía se expandiría ramificándose no en uno, sino en muchos universos gemelos que se desarrollan y tienen existencia simultánea, en el mismo espacio y tiempo. Mi profesora lo llamó el multiverso. Los agujeros negros podrían ser la frontera, algo así como un túnel de comunicación entre los universos paralelos. Según eso, nosotros no tendríamos una sola vida sino muchas; podemos vivir una vida diferente en cada uno de esos mundos; en uno podemos morir jóvenes de un accidente, pero en otro ser abuelos. En nuestro mundo, los dinosaurios se extinguieron por un meteorito, pero en otro universo podrían seguir existiendo… ¡Cosas así! Es como si el multiverso fuera un multicine con muchas salas conectadas donde se proyectaran películas simultáneas diferentes, pero nosotros solo pudiéramos estar en una sala y ver una película cada vez.

Tanto Violeta como Mónica le escuchaban con atención.

—¿Qué más dicen los científicos? ¿Es posible pasar de un universo a otro? ¿Cómo? —preguntó al fin la monitora.

—No lo sé. Creo que aún lo están estudiando, en realidad no hay ninguna prueba de que existan… Todo son teorías. —Javier hizo otro esfuerzo por refrescar su memoria, pero realmente aquella clase de matemáticas no había dado para más. En los inicios, había sido un homenaje al científico Stephen Hawking que acababa de fallecer y a sus teorías científicas. De ahí había derivado todo—. Solo recuerdo que mi profesora dijo que el multiverso sería como un fractal de proporciones infinitas. Dijo que, tras el Big Bang, el universo se habría expandido como una imagen fractal, con una estructura básica que se repetiría a diversas escalas y que seguía creciendo. Algo así como una coliflor donde cada uno de los arbolitos tiene la misma forma que los demás y todos juntos forman un árbol cada vez más grande, igual a cada una de las partes...

—¿¡Un fractal!? —La monitora se sobresaltó. Miró a los lados para cerciorarse de que estaban solos. Luego se acercó más a los chicos haciéndoles un gesto para que se acercaran también. Y cuando estuvieron suficientemente juntos, metió la mano en el bolsillo y sacó con cuidado un disco de metal que llevaba ahí guardado. Las tres cabezas se agacharon a mirar a la vez el curioso diseño en flor y estrella de lo que parecía ser un medallón antiguo—. ¿Algo así como esto?

—¿De dónde lo has sacado?

—Esa mujer, en Ochate, me lo ha dado hoy. Vosotros estabais delante...

La pelirroja les contó cómo había conocido a la artista en su taller de Bernedo y su encuentro después en Ochate, entre la niebla, donde le había entregado el medallón con aquellas frases misteriosas susurradas a toda prisa. Era el mismo disco que la artista tenía incrustado en aquel curioso reloj de pared de su estudio.

—¿Que lo protejas con tu vida? ¿Eso qué quiere decir? —Nika observaba alternativamente el objeto y a la monitora con ojos acuciantes—. ¿Y qué tiene que ver esto con nuestra situación?

—Quizá nada. Quizá todo —contestó ella guardándolo en su mochila.

Entretanto, el tiempo iba pasando. Tenían que moverse, tomar una decisión porque de lo contrario podía ser peor. Así que dejaron de discutir y, por fin, se acercaron al atril y a la gran rueda metálica para examinarlos.

—Si estamos en una sala de escape, cuanto antes empecemos antes acabaremos y volveremos a casa —declaró Nika, que seguía convencida de ser víctima de una broma.

Decidieron probar en la primera pantalla, solo como prueba, se dijeron. El jardín que había dentro de la circunferencia parecía un lugar agradable, muy civilizado. Y en el atril se podía leer el siguiente texto descriptivo, que realzaba el encanto y lo hacía más atractivo de visitar: «Los fabulosos jardines colgantes de Sammuramat son una de las grandes maravillas de los Doce Reinos. Los mandó construir el rey Apud para su amada esposa, la reina Merisia. Dispuestos en terrazas excavadas en acantilados blancos, rodean el templo de Shemed y están regados por las aguas del río sagrado de la fertilidad, en el Reino Prohibido de Nirari».

Subieron a la plataforma que servía de pasillo de acceso y, una vez arriba, se miraron.

—Si hay que hacerlo, hagámoslo juntos. Sobre todo, no os separéis por si acaso —dijo la monitora intentando que no se notara su nerviosismo.

Era una recomendación sensata y tanto Javier como Nika asintieron obedientes, muy nerviosos también. Después, los tres levantaron la mano y acercaron los dedos a la membrana acuosa y transparente que cubría el interior del anillo. A esa distancia tan corta, la membrana parecía tener vida, temblaba y se estremecía como la superficie del agua en un estanque. Al tocarla con los dedos notaron frío, también se formaron ondas concéntricas que se expandieron hasta el borde del anillo, igual que olas en un charco al tirar una piedra. Entonces la cortina se volvió aire, el aire se hinchó en forma de globo acuoso que los fue engullendo al crecer. Tras sus manos fueron los brazos y las piernas los que se vieron succionados dentro de la burbuja, y también el cuerpo y la cabeza. Arrastrados por una fuerza invisible, atravesaron el umbral como quien traspasa la puerta abierta de una terraza y, en pocos segundos, todos ellos se encontraron pisando el suelo arenoso de un jardín bien cuidado y exótico, en un precioso día soleado.


LOS JARDINESDE SAMMURAMAT

Los jardines colgantes de Sammuramat resultaron ser tan fabulosos y bellos como los describían. Nada más entrar en ellos, se quedaron extasiados. Estaban plantados en terrazas sobre la pared de un acantilado, colgados frente a un mar azul mediterráneo. Las terrazas, amplias y llenas de árboles y flores, formaban una escalera a distintos niveles dentro de una gran bahía y estaban conectadas entre sí por suntuosas escalinatas de mármol blanco, con balcones que asomaban a una costa rocosa y salvaje de acantilados impresionantes acariciados por las olas y coronados de vegetación verde. Los arquitectos paisajistas habían aprovechado una gran pared de piedra caliza natural y la habían tallado y rellenado de tierra, sembrándola con plantas muy diversas de especies raras. Cada terraza albergaba un jardín diferente y exquisito recorrido por senderos de arena gruesa. En unos rincones había plantados árboles exóticos de hojas palmeadas; en otros, matorrales de hojas duras y brillantes mezclados con grandes sauces de ramas péndulas que proyectaban una sombra fresca. Había macizos de flores aromáticas muy coloridas y arbustos recortados con formas caprichosas. Enredaderas trepadoras cubrían los arcos de celosía y daban sombra con racimos de campanillas rosáceas a las bancadas estratégicamente distribuidas para proporcionar descanso y alegrar los sentidos del paseante.

Sobre las balaustradas y columnas se veían esculturas de animales fabulosos tallados en piedra y recubiertos con esmaltes de vidrio decorativos de colores brillantes. Había grifos e hipogrifos con plumas doradas y penachos en la cabeza; también centauros y dragones, leones sedentes con cabezas de hombres barbudos y tigresas con cabezas de mujer, elefantes de enormes colmillos y otros animales nunca vistos por ellos como reptiles con alas o delfines con hocico aserrado.

El primer destino de su viaje se desplegaba ante sus ojos tan fascinante y agradable como prometía la reseña.

Antes de lanzarse a investigar comprobaron que el túnel de acceso hasta el Atrium seguía abierto. Por este lado era un agujero negro y circular abierto en la pared del acantilado, velado por una cortina vibrante que se asemejaba a una pompa de jabón y a través de la cual podían ver, aún, un pedazo de la bóveda estrellada. Pensaron no alejarse demasiado para tener cerca el túnel y poder regresar así en cuanto lo desearan.

Sin embargo, cuando empezaron a explorar el lugar, muy pronto se olvidaron de sus buenas intenciones absorbidos por la belleza de aquel paisaje. La curiosidad les llevó primero al borde de la terraza desde donde descubrieron la hermosa bahía abrigada y un mar azul turquesa que se perdía en el horizonte, separado del cielo claro tan solo por una línea fina de reflejos de plata. Tras recorrer la terraza ajardinada en la que estaban, sus pasos les llevaron por una de las escalinatas hacia el nivel inferior donde unas vistosas aves, cruce de garza con pavo real, hacían gala de su formidable plumaje. Descansaban con aire regio a la sombra de los magnolios, entre las rosaledas y arbustos de hibiscos, hortensias, fucsias y madreselvas.

Recorrieron los jardines tranquilamente, disfrutando de las fantásticas vistas y los aromas perfumados. Más que nunca les pareció estar dentro de un parque turístico destinado al ocio. Alargaban las manos y tocaban las flores y las estatuas para comprobar su solidez y se pellizcaban la cara para comprobar que estaban despiertos.

Su visita transcurría con la placidez de un paseo vacacional. Pero al volver a la terraza superior, todo cambió de repente y se precipitó hacia el desastre.

Comenzó con la llegada de tres mujeres maduras vestidas con saris vaporosos, que bajaban por las escaleras y les salieron al encuentro con gestos de sorpresa. Al verlas, pensaron que los habrían tomado por intrusos y que venían a expulsarlos del jardín. Casi esperaban oírlas parlotear a gritos en algún idioma extraño para ellos, pues sería lo lógico. Pero en lugar de eso, las mujeres se echaron encima de Violeta con los brazos abiertos y empezaron a achucharla mientras exclamaban, aliviadas:

—Ay, Yereia, qué alegría. ¡Por fin te encontramos!

—Creo que te confunden con otra, Finis —avisó Mónica.

En efecto, las mujeres se dirigían a la monitora con familiaridad, como si la conocieran. La trataban con una mezcla de afecto y autoridad. Se escandalizaban por su aspecto desaliñado, por sus ropas extrañas para ellas y su pelo rizado y revuelto.

Cuando ella intentó explicar que se equivocaban de persona, las tres mujeres lo negaron absolutamente.

—¡Tú eres Yereia, claro que sí! Nuestros ojos no nos engañan. ¡Eres la «llama viva»!, la portadora del mentagión...

—¿Cómo sabéis que llevo conmigo el mentagión? —se sorprendió la monitora. Palpó el bolsillo exterior de la mochila para comprobar que no lo había perdido.

—¿Quién otro lo portaría salvo tú? Estabas predestinada desde tu nacimiento, princesa. Lo dicen los augurios. —Eso declararon las recién llegadas sacudiendo con viveza sus largas trenzas negras. Acariciaban los brazos y la cabeza de Finisterre como si fuese una niña perdida que acabasen de recuperar.

Entonces empezó a llegar más gente, hombres y mujeres de piel oscura. Ellas llevaban unos vestidos de seda ligeros con los que se envolvían el cuerpo, al estilo de los saris indios. Los hombres vestían túnicas claras y sueltas y parecían pacíficos. Todos tenían las manos y brazos decorados con dibujos vegetales de alheña.

Rodearon a los tres viajeros con gran jolgorio, celebrando su llegada, y se los llevaron consigo casi en volandas, escaleras arriba, recorriendo los cinco pisos de jardines. Solo una muchacha joven permanecía seria y les seguía sin quitar los ojos de Finisterre ni un segundo, como si quisiera analizar cada centímetro de su rostro o dudara de su identidad. Tenía una melena corta y lisa del color del bronce, con flequillo recto cortado al estilo egipcio antiguo, piel morena y unos ojos grandes almendrados negros.

Todo el grupo acompañó a los extranjeros hasta la cúspide de los jardines donde se alzaba un edificio blanco de líneas armónicas que recordaba a una mastaba egipcia o una pirámide truncada de planta rectangular. En la base había una entrada muy semejante a la del Partenón griego por sus columnas estriadas de mármol blanco. Al acercarse, les chocó el frontón que se alzaba sobre las columnas, decorado con altorrelieves que representaban un carro tirado por pegasos y conducido por una amazona brava de melena suelta que llevaba una lanza y un medallón en forma de estrella sobre el pecho desnudo. El carro se dirigía hacia un cielo de tres lunas donde aguardaban unas figuras que parecían astronautas por los cascos que les cubrían.

Era el templo de Shemed donde les aguardaba una sacerdotisa vestida con ornamentos recargados y acompañada de una pequeña guardia. Como todos los demás, en un primer momento se alegró de ver a Violeta a la que dio la bienvenida con cara estirada.

—Llevábamos dos días buscándote, princesa. ¡Llegas tarde! Pero has llegado al fin. Después nos contarás los pormenores de tu viaje. Ahora dinos, ¿quiénes son ellos? ¿Cómo has podido traerlos contigo al jardín de los dioses? —preguntó refiriéndose a los dos adolescentes que la acompañaban. Había arrugado el ceño y los señalaba como si tuvieran alguna enfermedad apestosa.

—Son amigos míos. ¡Vienen conmigo! —se apresuró a decir la monitora envolviendo a Javier y Nika con un gesto protector de sus brazos.

—¡Ningún extranjero puede entrar en este templo! Y tampoco son bien recibidos en el palacio del Reino Prohibido, salvo invitación de la reina. Deben irse.

—Si ellos se van, yo me iré también. No podemos separarnos, somos compañeros de viaje —contestó ella, resuelta, dejando asomar a la capitana Finisterre que llevaba dentro. En adelante, durante su aventura, ese sería su nombre. Se volvió y dio los primeros pasos para marcharse, pero las que estaban detrás se lo impidieron.

Entre las gentes que les rodeaban se produjo un rifirrafe. La sacerdotisa quería aplicar de forma estricta las normas, pero pronto resultó evidente que no tenía la máxima autoridad allí. Y las demás mujeres estaban demasiado contentas con Finisterre como para aceptar perderla, así que tras una larga discusión acabaron por salirse con la suya y la sacerdotisa terminó por admitir a los dos muchachos extranjeros en su palacio.

Entonces invitaron a los tres a lo que llamaron «la casa de las flores», en los jardines aledaños al templo. Y una vez allí se esforzaron por complacerles. ¿Qué deseaban?, les preguntaron. Cuando Finisterre dijo que les gustaría lavarse y conocer el lugar, les condujeron a una sala de columnas con una piscina de agua caliente, alimentada con chorros que salían de una pared, donde pudieron darse un baño con jabones y sales olorosas. La piscina se prolongaba hasta una terraza abierta del exterior, desde donde se podía tocar el cielo y también ver y oler el aire salobre del mar cercano.

Después les proporcionaron ropa que, al principio, no querían aceptar. Ante su insistencia, accedieron por fin a ponerse unos pantalones bombachos, camisas sin mangas y chinelas, pero guardaron por si acaso toda su ropa y demás posesiones en las mochilas, que llevaban siempre encima.

Finalmente, hicieron un recorrido turístico acompañados por una corte jovial de damas hasta acabar de nuevo en el edificio principal del templo. Llegaron así a una sala trasera llena a rebosar de objetos curiosos, algunos incluso estrambóticos, amontonados durante años a juzgar por la capa de polvo que se acumulaba en algunos de ellos. Sus guías la llamaron «sala de las ofrendas» y estaba situada detrás del altar, en un rincón oscuro del edificio, tras una puerta pequeña y estrecha. Los objetos eran regalos, les dijeron, que habían traído de sus viajes las sucesivas generaciones de ‘yeraias’.

Fisgaron entre los objetos, sin reparar en las voces ásperas y en el alboroto que se empezaba a formar en el vestíbulo del templo y que hizo salir a algunas de las damas acompañantes.

Javier encontró una pequeña espada con caracteres tallados en la hoja y un caballo de largas crines tallado en la empuñadura de bronce y la esgrimió fascinado. Por su parte, Nika recogió del suelo algo que a primera vista parecía un bolígrafo grueso con botones de colores. Al apretar en ellos, salía pintura magenta, amarilla, azul, verde, negra… Si la gota de pintura caía al suelo, se secaba formando una pequeña burbuja globosa. «Qué curioso» pensó la niña. Se le ocurrió probar a pintar un limón usando un trozo vacío de suelo como lienzo, para ver qué pasaba. De haberse quedado hasta el final, se habría maravillado al descubrir cómo el limón recién pintado tomaba volumen y cuerpo, hasta convertirse en un limón auténtico que rodó y chocó con una ánfora. Pero algo la distrajo antes y la arrancó de su tranquilo paseo, lo mismo que a los demás.

El alboroto de la entrada se había convertido finalmente en un airado tumulto, donde se mezclaban órdenes autoritarias, gritos descompuestos e insultos intercalados. Intrigados por el motivo de esas voces, los forasteros salieron de la sala de las ofrendas con la última de sus acompañantes, a tiempo de ver a un grupo de hombres fornidos con rostros morenos barbudos y armados con espadas, invadiendo la nave principal del templo. Parecían la cabeza de una manifestación reivindicativa con tintes violentos. Todos vestían igual, unas túnicas cortas, sandalias y corazas de cuero; también lucían unas melenas rizadas y barbas trenzadas en rastas y un curioso colmillo blanco les atravesaba la base de la nariz.

La sacerdotisa del templo se encaró con ellos dignamente y cuando preguntó qué querían, el que encabezaba el motín respondió sin vacilar:

—¡Hemos venido a por el mentagión! Ya no seremos más gobernados por féminas desde las estancias de este templo. ¡El Reino de Nirari necesita un rey! Necesita héroes y no sacerdotisas, puños fuertes que lo defiendan y lo lleven a la victoria, no más oraciones inútiles. ¡Vuestros dioses no nos librarán de las espadas!

—Vosotros habéis traído las espadas y sois vosotros los que atacáis al corazón de Nirari. Si necesitamos defendernos de algo, ahora mismo es de vosotros, Sajum. Volved a vuestros puestos y reservad las armas para nuestros enemigos, pues aún no ha pasado nada irreparable… ¡Hablemos! Y seguro que dialogando llegaremos a un acuerdo...

Todos los presentes aguantaron la respiración deseando que los rebeldes atendieran la llamada del diálogo, pero los violentos insistieron con más furia en su demanda.

—¿Dónde está el mentagión? ¡Entregádnoslo! Solo así os respetaremos la vida.

Cuando las mujeres se negaron, el cabecilla del tumulto lanzó un grito enardecido y se abalanzó con furia sobre la sacerdotisa mayor, espada en ristre, diciendo que el mentagión pertenecía al pueblo. La derribó de un golpe sin respetar su indefensión ni la autoridad que tenía en ese reino. Después atravesó el pecho de la mujer clavándole su acero en medio del clamor consternado de los habitantes del templo, que contemplaban impotentes la escena. A continuación, el asesino se volvió hacia los suyos y ordenó que buscaran el objeto más sagrado del templo y que matasen a todo el que quisiera impedirlo o se pusiera delante.

—¡Vámonos de aquí! Deprisa. Volvamos a la puerta —se dijeron alarmados los viajeros, mientras echaban a correr junto a la pared más alejada de los violentos, hacia la salida.

Al mismo tiempo se puso en marcha una matanza que hizo huir despavoridos a todos los pacíficos habitantes del lugar, perseguidos por hombres de ojos fanáticos que acuchillaban sin piedad a cuantos se ponían a su alcance.

El cabecilla de los atacantes se dirigió hacia el fondo del templo, hacia la sala de los objetos almacenados, esperando quizá encontrar allí lo que quería y entonces descubrió a Finisterre, pegada a la pared y en mitad de la fuga.

—¡TÚ! No puede ser… ¡Estás muerta! —exclamó atónito—. ¡Yo mismo arrojé tu cuerpo al mar desde el acantilado!

—Sería otra, no yo —respondió mecánicamente la pelirroja mirando al mismo tiempo y con desesperación hacia los lados en busca de una vía de escape que le librase de aquel bruto.

—¿Dónde tienes escondido el mentagión? —rugió el barbudo dando un paso amenazador hacia ella.

Sin embargo, antes de que la monitora pudiera decir nada, algunas mujeres del templo se interpusieron como escudo gritando:

—¡Huye, princesa!

Consciente del peligro en el que se encontraban, la pelirroja echó a correr de nuevo, llevando delante suya a Javier y a Nika. Corrían desesperados para salvar sus vidas. El suelo del templo estaba para entonces salpicado de cadáveres y regado con charcos de sangre. Tuvieron que saltar por encima de esos charcos, rodeando uno de los cadáveres, y sortear a otro de los atacantes mientras salían disparados hacia la puerta. Por suerte, los violentos estaban más interesados por atrapar a las mujeres de las túnicas que por perseguirles a ellos.

Afuera se oyeron gritos nuevos, alguien más acudía al templo con ruido de sables. Se escondieron tras una columna a tiempo de ver entrar un escuadrón de hombres armados. Con sus túnicas cortas, sus corazas y escudos redondos, recordaban a los hoplitas, los antiguos soldados de la Grecia clásica. Ya no miraron más. Salieron huyendo en cuanto quedó el hueco libre y se precipitaron escaleras abajo hacia la terraza ajardinada donde había quedado abierto el agujero de la «puerta» dimensional.

Mientras escapaban, Nika observó que una de las muchachas jóvenes del templo, la que tenía el cabello oscuro y había mirado a la monitora con insistencia, huía también y les hacía señas perentorias para que la siguieran. Pero en vez de hacerle caso, se marcharon corriendo.

—Ya sabía yo que te confundían con otra —dijo Nika a Finisterre mientras saltaban por las escaleras abajo.

El túnel permanecía en el mismo lugar donde lo habían dejado. Sin embargo, al intentar traspasarlo, chocaron contra un muro invisible.

—¡Las pulseras! Tenemos que usar las pulseras...

Con dedos nerviosos, accionaron los resortes de sus pulseras y la burbuja que cubría el agujero vibró. Nika fue la primera en traspasar el umbral, después lo hizo Javier y por último la monitora. Justo a tiempo, porque detrás suya llegaron dos tipos barbudos que se dieron de bruces contra la pared y quedaron tendidos en el suelo.

Esa fue la última imagen que vieron de los jardines colgantes de Sammuramat. A continuación, una cortina circular acuosa cubrió el interior del anillo y la luz que venía del paisaje se apagó, como si se cerrase de golpe la ventana de un camarote submarino.

Volvían a estar en el principio, bajo la bóveda de estrellas del Atrium.

Los tres se pararon a coger aliento, alucinados por lo que acababan de vivir. Se miraron entre sí con una mezcla de temor y alivio al comprobar que estaban bien. Solo entonces se dieron cuenta Nika y Javier de que aún llevaban en la mano los objetos que habían estado curioseando en la sala trasera del templo, aquel bolígrafo grueso tan curioso y la espada con el caballito de bronce en la empuñadura.

Se dejaron caer en el suelo sin fuerzas, apretando en las manos los objetos que llevaban, y durante un buen rato se quedaron contemplando atónitos la gran rueda metálica sin saber qué hacer o qué decir. Les envolvía una sensación de irrealidad y de miedo que no podían quitarse de encima, tras haber visto los muertos llenos de sangre y haber sido perseguidos por hombres furiosos armados con espadas. La presencia material de aquella rueda contribuía a aumentar más su confusión. Ya no sabían qué creer o adónde ir.

Pese a todo, aquella primera experiencia no hizo sino reforzar las ideas tan dispares que cada uno de los viajeros tenía respecto a su situación.

Para Nika fue la prueba, más que nunca, de que estaban atrapados en un parque de aventuras. No podía ser otra cosa. Alguien les había llevado allí para jugar a un juego peligroso hasta cierto punto, porque tenían las pulseras. Para volver a casa, solo tenían que encontrar la puerta de escape que, seguro, estaría escondida en uno de los símbolos de la rueda o bien camuflada en algún lugar de lo que ella llamaba la «Estación de las estrellas», quizá porque su espaciosidad vacía le recordaba vagamente a una estación de tren o un aeropuerto en horas bajas.

Por su parte, Javier se convenció aún más de que estaba soñando. No encontraba otra explicación para lo que ocurría, salvo que fuese una pesadilla en la que, por desgracia, también participaba la Bocazas. Ansiaba despertar pronto de aquel mal sueño.

En cuanto a Violeta, no sabía qué pensar, pero sí veía que aquello era muy real y también peligroso. Su intuición le decía que estaban presos y no en un parque temático para jugar a juegos de niños, precisamente. Dónde y por qué, era un misterio para ella. Que sus cadenas fueran invisibles y que la jaula estuviera adornada con barrotes de oro no la tranquilizaba, todo lo contrario. No obstante, se guardó para sí sus preocupaciones y de cara a los chicos intentó parecer animosa. Apoyó a Mónica en su teoría, más que nada porque daba la posibilidad de buscar —y encontrar— alguna vía de escape. Debía de haber una salida, un modo de regresar a casa, en eso estaba de acuerdo.

Así que, en las dos horas siguientes, optaron por recorrer el espacio diáfano de la «Estación de las estrellas» hasta donde pudieron alcanzar, buscando una puerta o trampilla, cualquier cosa que no fuese aquella rara e inquietante máquina.

Mientras tanto, la arena dorada del reloj seguía cayendo grano a grano.


ENCUENTRO ENEL BOSQUE

Llegó un punto en que ya no pudieron posponerlo más. Seguían en ese lugar llamado Atrium sin encontrar la salida y faltaba poco para que terminaran de caer los últimos granos en el reloj de arena.

La rueda misteriosa seguía tiesa en el mismo sitio, como testigo de la anormalidad en que vivían. Por fin se habían decidido a usar el mando del atril; Nika había sido la primera, la más atrevida de los tres. Y había conseguido hacer avanzar la rueda unas casillas. Cada vez que accionaba la bola de tacto gelatinoso, por cada símbolo seleccionado, se mostraba un trozo de paisaje diferente. El aro metálico parecía una gran ventana redonda a través de la cual podían ver mundos distintos, mientras ellos permanecían escondidos en un salón oscuro bajo el manto de estrellas. Eso en cierto modo les fascinaba e inquietaba a la vez, el contraste entre la vida palpitante y luminosa que se colaba a través de la fina burbuja de agua y la oscuridad silente que les rodeaba.

Ahora sabían que dentro de la rueda había mucho más que un decorado, había una realidad desconocida que les superaba.

Llegaron a seleccionar hasta una decena de lugares, intentando encontrar un destino seguro entre los treinta y dos símbolos incrustados en el borde del anillo, con la precisión milimétrica de una esfera de reloj. Pero ninguno les convencía. Finalmente se habían detenido en el decimosegundo símbolo. El aro metálico enmarcaba un trozo de bosque envuelto en una ligera bruma otoñal.

Un rayo de sol dorado se colaba entre las ramas y traspasaba el aire húmedo y decaído de la tarde, iluminando también suavemente la atmósfera del Atrium alrededor.

En el centro de esa imagen destacaba un árbol viejo, muy viejo, de corteza áspera y rugosa. Su tronco ascendía en espiral y se dividía en ramas robustas llenas de nudos que se abrían formando una copa grande, frondosa y rizada como un peinado afro. Las barbas de chivo verdes que colgaban de sus ramas bajas le daban un aspecto todavía más vetusto y milenario. Y a ras de tierra, una red de raíces colonizaba el suelo, tapado por una alfombra de hojas secas amarillas y rojas.

Era una imagen evocadora de reminiscencias étnicas, detenida en el tiempo, que hacía pensar en un mundo ancestral y mágico poblado por hadas y duendes.

—Podríamos probar aquí —sugirió Nika, aburrida.

Los símbolos abstractos de la rueda no les decían nada. Tampoco las descripciones. No obstante, debían elegir. Lo mejor era hacer algo pronto y no arriesgarse a que otros eligieran por ellos.

Fijaron su atención en aquel bosque porque al pie del árbol viejo, justo donde daban los rayos de sol, se veían unas matas silvestres cargadas de fresas maduras y en torno al tronco revoloteaban mariposas de colores. Además, parecía tranquilo y solitario. No querían viajar a otro lugar habitado y que ocurriera lo mismo que en Nirari; preferían evitar a los desconocidos.

En un bosque suele haber arroyos y fuentes, se dijeron; también frutos maduros como las fresas. Tal vez podrían acampar allí, encontrar agua y algo de comer. Las meriendas que llevaban en las mochilas se las habían terminado hacía tiempo.

Subieron a la pasarela y se pararon los tres ante la pantalla.

Examinaron con calma el árbol a través de la pantalla acuosa. Parecía darles la bienvenida a su reino, con sus enormes brazos extendidos. Pese a todo, había algo retorcido y enigmático en el dibujo de la madera y en el colorido verde azul lánguido de sus hojas.

—No sé… —dudó Finisterre.

Para ella todos los iconos se parecían, aun siendo distintos e indescifrables. Las imágenes y el texto publicitario resultaban sugerentes, pero en realidad no daban mucha información, al menos no la clase de información que ella buscaba. En todos veía algún inconveniente.

—¿Qué puede pasar? —insistió Nika con atrevimiento. Una vez dentro podrían decidir qué hacer. O regresar allí si algo les iba mal. Para eso tenían las pulseras.

Finalmente alargaron las manos y tocaron con la punta del dedo índice la lámina fina y transparente que cubría el interior de la rueda. Nada más poner el dedo, la superficie acuosa vibró provocando ondas circulares concéntricas que se desplazaron hacia el borde y a través del hueco les llegó una súbita corriente de aire impregnada de un olor vegetal áspero, a musgo y madera vieja.

Fuera como fuese, ya no podían volverse atrás.

El portal se había abierto. Pasaron el pie a través del aro y esta vez se sintieron transportados velozmente a través de un túnel vegetal. Miraron intrigados a su alrededor al detenerse.

Se encontraban en el claro de un bosque umbrío y melancólico, rodeados por árboles centenarios de troncos venerables. Un extenso tapiz de musgo cubría la tierra mojada y trepaba por los pies leñosos en pugna con líquenes grises y verde lima que coloreaban los troncos.

Los rayos solares penetraban oblicuos a través del follaje y formaban en el suelo del claro un mosaico de colores vivos naranjas, ocres, rojos y verdes. El bosque, en cambio, estaba sumido en una penumbra densa y apagada.

Un aire taciturno lo envolvía todo y pesaba en el ánimo.

Dieron unos pasos indecisos sin saber qué dirección tomar. La lámina circular acuosa flotaba a un centímetro del suelo, mostrando oscuridad en su interior. Probaron a traspasarla de nuevo, pero resultó inútil, como les habían advertido. Las pulseras electrónicas parpadeaban con luces rojas, así que tendrían que pasar un tiempo allí antes de poder regresar al Atrium.

—Busquemos algo de comer —sugirió Nika.

¡Como si fuera tan fácil!

Por desgracia, no estaban en un supermercado con estanterías llenas de alimentos, sino en una espesura bastante intrincada, sumida en un letargo turbador, sin dispositivos geolocalizadores ni carteles para orientarse.

Finisterre, que había crecido en un pueblo de montaña, sabía que para arrancar a un bosque sus frutos maduros había que conocerlo bien, buscar en el lugar y la época apropiados. Su experiencia servía de muy poco en aquella selva tan diferente a lo que ella había conocido. No obstante, se armó de valor. Sonrió e intentó infundir un poco de optimismo a Javier, el más negativo de los tres. Y apoyó la idea de la chica. No perdían nada por intentarlo. Así que comenzaron por recolectar las fresas salvajes que había al pie del roble centenario y de otros cercanos, que justamente les sirvieron como aperitivo.

El túnel circular, oscuro e irreal, seguía suspendido en mitad del claro. Eso les animó a explorar los alrededores. No irían muy lejos, se dijeron.

Trazaron un plan sencillo para no perderse. Conforme se adentraban en el bosque, irían dejando pistas con palos sobre la hierba o marcas en los árboles para poder encontrar con facilidad el camino de vuelta. No dejarían de vigilar las pulseras electrónicas y, en cuanto tuvieran luz verde, regresarían.

No tardaron en escuchar un murmullo líquido y, guiados por aquel sonido, llegaron hasta un arroyo limpio que discurría medio escondido entre piedras. Sentir su frescura y beber el agua les produjo cierto consuelo. Después de rellenar sus botellas de plástico retomaron la exploración con mayor energía.

De mata en mata fueron internándose poco a poco, casi sin enterarse, en la espesura más profunda.

La búsqueda tuvo, al fin, su recompensa. En unas matas rastreras iluminadas por el sol, descubrieron más fresas y también unos pequeños frutos morado-verdosos que crecían en unos arbustos cercanos. Su forma oblonga recordaba a las aceitunas. Los tres se pusieron a recolectar frutos a puñados, llenándose los bolsillos para comerlos después.

Entonces, cuando más confiados estaban, ocurrió lo inesperado.

Primero oyeron unos chasquidos, después el sonido de unos pasos y gruñidos en el bosque, como si un animal grande merodeara entre la vegetación.

Instintivamente empezaron a andar hacia atrás y se refugiaron tras unos arbustos desde donde podían espiar sin ser vistos, o eso creían. No podían apartar los ojos de los árboles que tenían enfrente, intrigados. Necesitaban averiguar cuál era el misterioso animal que se dirigía hacia ellos. Quizá eso les diera una pista de dónde estaban.

Por fin entre las ramas acertaron a distinguir una masa de pelaje castaño. Primero vieron aparecer una cabezota y luego todo el cuerpo de un ser increíble, mitad neandertal, mitad toro. Tenía brazos y cara de gorila malhumorado, con la nariz aplastada, los ojos embrutecidos y una frente amplia en retroceso, igual a las representaciones que habían visto de los hombres prehistóricos en sus libros escolares. Sus manos eran grandes y peludas como guantes de béisbol. Sus piernas robustas terminaban en unos pies gruesos con dedos juntos y uñas fuertes y coriáceas que recordaban a las pezuñas de muchos animales. De su cabezota, y eso era lo más sorprendente, sobresalían dos soberbios cuernos astifinos de toro bravo en forma de lira. Todo su cuerpo estaba cubierto de un pelo áspero y ralo, enredado y lleno de pulgas. Caminaba tan pronto a cuatro patas como erguido sobre los cascos traseros, y balanceaba la cabeza para mirar a un lado y otro. Daba verdadero pavor.

Ellos se quedaron petrificados. Jamás habían visto una bestia semejante.

La extraña criatura no parecía tener prisa, se limitaba a merodear por el terreno quizá en busca de comida. De vez en cuando dejaba descansar los nudillos de sus manos en el suelo como haría un orangután, mientras olisqueaba el aire. Gruñía, se rascaba y se lamía una herida del hombro como un animal.

Sin embargo, algo debía haber de humano dentro de aquel cerebro ya que su forma de estar alerta revelaba cierto grado de inteligencia. Además, se tapaba el cuerpo con la piel de otro animal y también apretaba un tosco garrote de madera en su garra derecha.

Por desgracia, su merodeo lo conducía directamente hacia ellos.

De pronto, la formidable bestia se detuvo y husmeó el aire con desconfianza. Los tres se agazaparon detrás de los arbustos, deseando que el monstruo se fuera por donde había venido. Pero estaban apostados en la dirección del viento y su olor les delataba.

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Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
354 s. 8 illüstrasyon
ISBN:
9788419106964
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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