Kitabı oku: «La Incógnita»

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Benito Pérez Galdós

La Incógnita


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664172624

Índice

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

XXVI

XXVII

XXVIII

XXIX

XXX

XXXI

XXXII

XXXIII

XXXIV

XXXV

XXXVI

XXXVII

XXXVIII

XXXIX

XL

XLI

XLII

I

Índice

Madrid, 11 de Noviembre.

Querido Equis: Allá va mi primera carta. La empiezo recordándote la condición sine qua non de mi compromiso epistolar, y es que esto no ha de leerlo nadie más que tú. Sólo con la seguridad de que humanos ojos, fuera de los tuyos de ratón, no han de ver el contenido de estas cartas, puedo ser, como me propongo, absolutamente sincero al escribirlas. Á cambio de la solemne promesa de tu discreción, nada te ocultaré, ni aun aquello que recelamos confiar verbalmente al amigo más íntimo.

Ya que por tus pecados, de los cuales más vale no hablar, te ves recluído en la estrechez carcelaria de ese lugarón, donde todas las murrias del alma humana tienen su asiento, quiero enviarte la sal de estas cartas para que sazones con ella el pan desabrido de tu destierro forzado ó voluntario, que esto es harina de otro costal. En ellas verás personas, sucesos, chismes y trapisondas de esta pícara Corte, cuya confusión y bullicio tanto te agradan, como buen gato madrileño; y la sociedad que has dejado con pena, la vida ésta, entretenidísima, variada y estimulante, revivirán en tu espíritu, descritas sin galanura, pero con veracidad, por tu mejor amigo.

Hemos cambiado nuestros papeles, como trocamos nuestra residencia. Yo perdí de vista á la gran Orbajosa, muy á gusto mío, para venirme acá, y tú abandonas tu patria intelectual para confinarte en lo que fué mi destierro durante cinco años de faenas tan necesarias como fastidiosas, arreglando dos testamentarías, midiendo y partijando fincas, pleiteando con medio pueblo, deshaciendo enredos de curiales y líos de lugareños astutos, deslindando pertenencias mineras, con otras muchas fatigas y trabajos que me permiten hombrearme con Hércules, y tener por niños de teta á los héroes más templados de la antigüedad.

Yo resucito, y tú mueres; yo salgo á la luz, y tú caes en ese pozo de ignorancia, malicia y salvaje ruindad. Y así como en mi largo cautiverio me distraje contándote las marrullerías y gansadas de esos lugareños, capaces de marear á Cristo, si Nuestro Señor tuviera el mal gusto de meterse con ellos; ahora que en Madrid estoy, libre, gozoso, rico, sin otra pena que no tenerte á mi lado; ahora que me agasajan y miman más de lo que merezco, y que la vida, con mi posición independiente y el cargo de diputado (obtenido de momio y por mi linda cara), es para mí como una racha favorable, que ojalá no se quede corta; ahora, querido Equis, estoy obligado á cuidar de que no te aburras ó desesperes, y te escribiré con verdadero ensañamiento, á fin de alegrar algunos instantes de tu existencia solitaria.

Lo peor es que no sabré contar la historia de mi vida en Madrid de un modo que te interese y cautive. Ni poseo el arte de vestir con galas pintorescas la desnudez de la realidad, ni mi conciencia y mi estéril ingenio, ambos en perfecto acuerdo, me han de permitir invenciones que te entretengan con graciosos embustes. Conoces á casi todas las personas de quienes he de hablarte. Mal podría yo, aunque quisiera, desfigurarlas; y en cuanto á los sucesos, que de fijo serán comunes y nada sorprendentes, el único interés que han de tener para tí es el que resulte de mi manera personal de verlos y juzgarlos. La última vez que hablamos me anticipaste la opinión que yo había de formar de ciertas personas. Ya puedo anunciarte que has acertado con respecto á algunas. Otras hay que conoces poco, ó al menos no las has visto tan de cerca como ahora las veo yo. Por éstas quiero empezar, y creo darte agradable sorpresa estrenándome con mi buen tío y padrino don Carlos María de Cisneros, cuya fama de estrafalario justamente incita tu curiosidad. Sé que has deseado tratarle, y que le admiras, por lo que de él se cuenta, como uno de los tipos más singulares de nuestra sociedad y de nuestra raza. Yo te le presentaré. Verás su casa y sus costumbres; le oirás exponer sus ideas, que á las de ningún mortal se parecen, y será tu amigo como lo es mío.

Habíale yo conocido en mi niñez, cuando mi madre vino á Madrid, trayéndome consigo, á consultar los médicos. Recordaba la casa, toda llena de cuadros desde la antesala á la cocina, pinturas ennegrecidas en su mayor parte, entre las cuales me causaban más miedo que admiración las que cubrían las paredes del recibimiento, representando asuntos de frailes cartujos, rostros cadavéricos, muertos que se levantaban de sus ataúdes, y mártires en carne viva ó estrangulados, con medio palmo de lengua fuera de la boca. Recordaba también la persona de don Carlos, un señor muy fino, muy amable, pulcro y decidor, cariñoso con mi madre y conmigo. Después le ví en París dos veces, pero tan rápidamente, que continuaba siendo poco menos que un desconocido para mí. Hasta el mes pasado, cuando me instalé en la Corte, no se me han revelado la persona completa y el carácter originalísimo de este sujeto, que me hizo el honor de tenerme en brazos en la pila bautismal.

No te quiero decir las bondades y miramientos que he merecido de él desde que vine aquí. Me cotiza á precio mucho más alto del que debo tener; me mima, me adula, celebra todo lo que digo, me da palmetazos en la espalda á cada instante, y repite, aunque no venga á cuento, esta frase: «Mira, Manolito, tú no me has de dejar mal, porque cuando te cristiané, hice la profecía de que aquel muñeco que en brazos tuve había de ser un grande hombre.» Me ha presentado á todos sus amigos, que son muchos, y entre los cuales hay algunos que no se me quedarán en el tintero. Me convida á almorzar dos veces por semana, haciéndome el increíble honor de discutir conmigo sobre mil cosas, y de explanarme sus deliciosas teorías políticas y sociales.

La primera vez que fuí á su casa, no me dejó salir hasta media noche, y al despedirme, hízome prometer que volvería al día siguiente. La alegría inquieta y locuaz del buen señor era como el entusiasmo de un niño á quien entregan un juguete nuevo. Hablamos de la familia: de mi madre, á quien Cisneros tanto admiraba; de mi padre, que era para él como un hermano. Sacamos á relucir episodios de la historia de los Cisneros, de los Calderones de la Barca, de los Infantes, y de toda nuestra parentela, hasta no sé qué generación. Su felicísima memoria le permite restaurar los árboles genealógicos más carcomidos y con más saña talados por el tiempo, el abandono y la democracia. El pobre señor no acaba cuando se pone á contar las aventuras que corrió con mi padre, allá por los años del 40 al 50; lances de amor y pendencias que ya no se estilan, porque los muchachos, con esta educación hipócrita de los tiempos modernos, han trocado la inocencia petulante por la formalidad corrompida. El 53 se casaron ambos. Mi padrino tuvo una hija, Agustina Cisneros, mujer de Tomás Orozco, á quien tú conoces mejor que yo; y á mi padre le nacieron cinco hijos, de los cuales yo solo he quedado para muestra. La señora de mi padrino y mi mamá eran primas hermanas, de la familia de los Calderones de Valladolid: se habían criado juntas y se amaban tiernamente. Cisneros también tiene lejano parentesco con los Infantes, y por eso le llamo tío. Suspendo aquí las informaciones genealógicas para no volverte loco. Te diré tan sólo que ambas familias dejaron de tratarse con intimidad y frecuencia hace unos quince años, por residir mi padre casi constantemente en país extranjero.

De este largo período de expatriación he tenido que dar cuenta prolija á mi buen don Carlos, que no se saciaba de oirme. También le hablé de tí, y te conoce por tus obras, mejor dicho, por la fama de tus obras, pues declara con ingenuidad un tanto vergonzosa que no las ha leído. Le he contado cómo se trabó y remachó nuestra amistad en aquel maldito colegio de Beauvais, siendo tu padre cónsul de España en el Havre y después en París. Departimos extensamente sobre las vicisitudes de mi familia, y el santo varón se hace lenguas de mí, admirando que tuviera yo bastante virtud y firmeza de carácter para sepultarme, á la muerte de mis padres, en esa triste Orbajosa, con el fin de buscar el derecho y la razón en el caos de mi herencia.

¿Verdad que no debo quejarme de la suerte? Porque, terminada aquella labor de gigantes y encontrándome más rico de lo que creía, mis amigos y deudos me obsequian una mañanita con un acta de diputado, que tomo con mis manos lavadas; me vengo á Madrid; mi pariente Cisneros, así como su hija, la de Orozco, me acogen con afectuosa simpatía, y el pobre huérfano encuentra en ambos hogares ese calorcillo de familia que le hace llevadera su soledad. Entro en los Madriles con pie derecho, y en la política con cierto estruendo de notoriedad. Ya supiste los ruidosos incidentes electorales y la guerra sañuda que me hizo en la Comisión de actas el candidato derrotado. Pero no sé si llegaron á tu noticia las infamias de cierto periódico, diciendo que yo era deudor al Tesoro de gruesas sumas, por atraso en la contribución de la mina Esperanza. Para defenderme, publiqué una carta que reprodujo la semana pasada toda la prensa. Ha sido muy elogiada por su lacónica dignidad y por las insinuaciones maliciosas que, en justo desquite, supe encajar en ella. Te la mando para que te rías un poco.

Y ahora te diré otra cosa que te hará reir más. Sabes que soy bastante desmañado, y ya puedes figurarte que, al venirme á estas esferas, donde la vida es tan distinta de aquel desgaire tosco que impera en la episcopal Orbajosa, he tenido que arrostrar los azares de la aclimatación social. Cierta aspereza que hay en mí; el desconocimiento de los convencionalismos de forma y de lenguaje imperantes en cada sociedad; el no saber encontrar la justa medida que aquí existe entre la etiqueta y la confianza, me han hecho aparecer un tanto desairado y cohibido en el salón de mi prima (por rutina sigo dando este nombre á la hija del célebre Cisneros). Fácilmente comprenderás que mi asimilación ha hecho prodigios en pocos días, y que voy soltando la cáscara de lugareño; pero no he podido evitar, con tan notorios progresos, que se haya ejercitado en mi humilde persona el arte exquisito de esta gente para poner motes muy salados. De mi rudeza social y de la momentánea celebridad que adquirí cuando me discutieron el acta, han sacado el dicharacho. Me llaman el payo de la carta. Díjomelo ayer mi prima en casa de su padre, celebrando con risas la ocurrencia; y al ver que yo, no sólo no me enfadaba ni pizca, sino que aplaudía el chiste, añadió que esta broma inocente no disminuye la estimación que me tienen sus amigos. Convenimos todos en reir la gracia, y por mi parte aseguro que no siento molestia alguna. Sin duda te ríes al leerme, como yo me río al escribirte.

Pero mi buen humor no me libra, querido Equis, de la fatiga de esta larga carta. He llenado dos plieguecillos, y tengo más sueño que vergüenza. Dispénsame por esta noche, y aguarda un día ó dos la continuación, que si tú rabias porque te cuente cosas de mi padrino, más rabio yo por desembucharlas. Abúrrete lo menos posible, y que Dios te haga ligera la cruz de tu existencia en la metrópoli ajosa, urbs augusta, que dijeron los romanos, si es que lo dijeron. Aquí de nuestras bromas escépticas. ¿Crees tú que hubo romanos? Quita allá, bobo... Invenciones de los sabios para darse pisto. Siempre tuyo

Manolo Infante.

II

Índice

13 de Noviembre.

Pues volviendo á lo mismo, Equis de mis pecados, te diré que encuentro á mi padrino más viejo de lo que yo me lo figuraba. ¡Pero qué chispa en aquel rostro, qué ojos de lince, y qué gracia de dicción la suya! Su cara es enjuta, morena, bien afeitadita; el labio superior enérgico y velloso, casi negro de la fuerza del pelo bien descañonado; la nariz tajante, corta, y unida al labio como si quisiera hacerlo suyo; la mandíbula robusta y saliente; los ojos vivos, bajo cejas tan pobladas que parecen dos tiras de terciopelo negro; la cabeza de perfectísima hechura; sin calva; el pelo con bastantes canas y cortado al rape. Si te digo que su perfil se me parece al del insigne cardenal de su mismo nombre y que tal vez es su pariente, no te digo más que la verdad. No lo creas si no quieres, hombre sin fe. Pertenece á la más genuína cepa castellana ó extremeña; es seco como la tierra, agudo con toda la agudeza de la raza, duro y flexible como el clima de aquel país; mezcla de sagaz lugareño y de señor magnánimo, con no sé qué de fraile que lleva pistolas debajo del hábito. No te puedo expresar bien mis impresiones acerca de esta figura eminentemente nacional. Trae á tu imaginación aquellos guerreros afeitados que parecían curas, aquellos señores que semejaban labriegos vestidos de seda, los comuneros de rostro recurtido por el sol y los hielos de Castilla; piensa en el obispo Acuña, en el conde de Tendilla, en Torquemada, en San Pedro Alcántara, que sólo comía dos veces por semana; reconstruye el cuño de la raza y tipo de la madre Castilla, y podrás decir: «Vamos, ya le tengo.»

Habrás oído que mi padrino posee una buena colección de cuadros y antigüedades, parte por herencia de su hermano don Diego, parte allegada por él. Y aquí, ¡oh ínclito Equis! mi sinceridad me hace soltar una herejía, que de seguro leerás con indignación. Mas no me importa, y allá va: Me cargan las antigüedades. No iré tan lejos como el poeta, que, cuando se estaba muriendo, reunió á sus hijos y deudos en torno al lecho del dolor, para decirles con mucho misterio que le cargaba el Dante. Pero sí te aseguro que no tengo maldito entusiasmo por las colecciones de bric-à-brac, pues si bien reconozco que en algunas figuran objetos de extraordinario mérito, la mayor parte de ellas sólo tiene un valor convenido. Á eso me dirás, ya lo estoy oyendo, que la historia del arte... y que patatín, y que patatán... Estamos conformes: me tomo, antes que me lo des, el diploma de bruto. Es que no lo entiendo, y tengo la franqueza de decirlo, mientras que otros, sin entenderlo más que yo, fingen extasiarse delante de cualquier roñoso cachivache ó de un trapo descolorido y mugriento. Excuso decirte que me guardaré muy bien de decir esto al amigo don Carlos, quien, al segundo día de nuestro conocimiento, empleó no sé cuántas horas en enseñarme su galería. Si te descuidas, te hará creer con sus aspavientos y ponderaciones que el Kensington de Londres es, en comparación de lo que él posee, un puesto del Rastro. Indudablemente, la colección es grande, y á mi parecer, de tí para mí, muy poco selecta. Apenas cabe en aquel enorme principal de la plaza del Progreso, el cual tiene veinticinco balcones y da á tres calles; casa de tal amplitud, que pocas he visto en Madrid con tanta luz y desahogo.

Salí de la visita artística con una mediana jaqueca, y si he de decirte la verdad, fuera de algunos tapices, de media docena de cuadros, de tres ó cuatro piezas de armería y herraje, todo me aburrió soberanamente, y más que nada, aquello en que el anticuario funda su orgullo, que es la colección copiosísima de tablas del siglo XV. Repito que soy muy bruto, y declaro que mi antipatía á las tales tablas no es inferior á la que me inspiran los códices en lengua sabia, de esas que no entiende ya ningún cristiano. Juzga de mi apuro al tener que asombrarme y entusiasmarme á cada rato cuando Cisneros á ello me incitaba mostrándome las maldecidas tablas, sin perdonar una, y explicándome su asunto.

No sé si la pasión de mi padrino por las antiguallas es verdadera ó afectada. Bien podría ser lo último, pues le tengo por hombre de esos que, movidos del orgullo, se imponen un papel con el fin de agradar ó de distinguirse, y lo representan sin desmayo, llegando, con la perfección histriónica, á formarse una personalidad artificial, y á subordinar á ella todos los actos de la vida.

Para satisfacer su codicia arqueológica, en la cual hay más de dilettantismo que de sentimiento artístico, Cisneros ha explorado todos los pueblos de Castilla la Vieja, donde tiene sus propiedades, buscando pinturas, trapos y cacharros. Las sacristías de las iglesias de Toro, Valoria la Buena, Villalón, Villalpando y Bermillo de Sayago le conocen de antiguo. Palacios y conventos expolió con mano dadivosa. Las monjas le agradecen que les haya cambiado por dinero contante tablas apolilladas, algún cerrojo cubierto de orín, ó el plato en que debieron de servirle las gachas al pobre Rey que rabió por ellas.

Como todo fanático, el buen Cisneros se corre un poco en la filiación de los objetos preciosos que posee. Si hay dudas sobre un autor, se quita de cuentos y cuelga el milagro á los artistas más ilustres. ¿Trátase de una obra de platería? Pues seguramente es de Arfe... «Arfe legítimo... ¿no lo ves? Conozco la huella del cincel como conocería el carácter de letra de un amigo que me escribiera todas las semanas.» Si es cosa de cerrajería, se la endosa al maestro Villalpando. Si el cuadro dudoso tiene figuras atléticas y frescachonas, ello es del propio Rubens, ó por lo menos de Jordaens. Si es algún retrato escuálido y con cara de tercianas, por fuerza tiene que ser del Greco, ó á todo tirar, de Juan Bautista Mayno.

En su conversación artística, mejor dicho, en todas las conversaciones, es amenísimo. ¡Qué ideas tiene y con qué salero las expresa! Te digo que hay que tratarle de cerca para apreciar bien su originalidad. Siempre que hablo con él, me acuerdo de tí; pienso que su charla te agradaría extraordinariamente, y que sacarías de ella inmenso partido. Y todo en él, fondo y superficie, es digno de observación. Dentro de casa gasta una célebre bata bastante arqueológica, color de guinda, rameada, que, al parecer, ha salido de una de aquellas tablas del siglo XV que cubren las paredes. ¿Querrás creer que hace dos días, hallándonos presentes tres personas de su intimidad, fumando y tomando café, se empeñó en enseñarnos cómo se bailan las seguidillas en los pueblos de tierra de Campos, y las bailó delante de nosotros, haciendo la más graciosa y estrafalaria figura que te puedes imaginar? Pues ayer nos contaba á Villalonga, á Federico Viera y á mí lances de su juventud, entreverando mentiras muy gordas con donaires finísimos, y se dejó decir que en su tiempo no había mujer de alta ó baja clase que se le resistiera. Es hombre, además, á quien nunca oyes hablar bien de nadie. Como se le diga algo que enaltezca á cualquier persona, ó lo pone en duda, ó lo admite con salvedades y reticencias malignas. Pero si se le lleva algún cuento que denigra ó envilece, le falta tiempo para repetir, haciendo ademán de machacar en el mortero, la célebre frase del boticario aquél: «¡como si lo viera, como si lo viera!»

Hay quien dice que á pesar de estas malicias, puramente externas, mi padrino es lo que en lenguaje usual llamamos un infeliz. Con los criados, aparentemente, se las da de hombre de mal genio, y hace el papel de amo severo y gruñón. Pero me han dicho, con referencia á los mismos sirvientes, que en el trato doméstico, y cuando no hay delante personas extrañas, es bondadoso y tolerante. Hasta se susurra que los criados, si son listos y saben llevarle el genio, le dominan y hacen de él lo que quieren.

En el poco tiempo que conozco á este hombre singular, no le he oído tratar con benevolencia á ninguna persona de la familia, como no sea á su hija y á mí. Por Agustina, á quien él llama Tinita y todos los demás Augusta, tiene verdadera idolatría. Sólo ante ella doblega su altivez, y pone freno á sus genialidades despóticas y á veces pueriles. Pero de esta influencia de la hija sobre el difícil carácter del padre, no participa el yerno, por quien Cisneros siente una antipatía que á veces logra disimular y á veces manifiesta sin rebozo alguno. Cuán injusta es esta inquina del castellano viejo no necesito demostrártelo, pues conoces á Orozco mejor que yo. Y te diré de paso que los encomios que de él me has hecho, no me parecen exagerados. Mientras más le trato, más me gusta este hombre, todo rectitud, nobleza y veracidad, y que á tan sólidas prendas añade trato afabilísimo y otros adornos personales. Su suegro no le traga: ignoro la causa, y sólo puedo atribuirla á un sentimiento envidioso, por la consideración y las ardientes simpatías que el otro merece de cuantos le tratan.

Por lo que á mí respecta, mi padrino parece quererme tanto como quiere á su hija. ¿Le durará esto? Presumo que no, porque lo que conozco de su carácter me permite reconstruirlo enterito, induciendo de la forma de algunos huesos el conjunto del esqueleto. El hombre que tiene los aspectos que te he descrito, debe de ser también versátil en sus sentimientos, antojadizo en sus pasiones; ha de pasar fácilmente del amor al odio, por móviles escondidos, cuya explicación es difícil encontrar en los repliegues de su alma.

Ayer almorzamos con él mi prima y yo. ¡Qué de carantoñas nos hizo, prodigando por igual sus afectos á ella y á mí! ¡Qué expresiones cariñosas para ambos, y qué elogios casi ridículos de mi persona, apelando al testimonio de Augusta, que, riendo y bromeando, no vacilaba en asentir á todo para tenerle contento! Al despedirnos nos dijo con paternal benevolencia: «Hijos míos, id con Dios, y divertíos.»

Y aquí me despido también yo, amigo de mi alma, incitándote á divertirte todo lo que puedas.

III

Índice

16 de Noviembre.

Modera tu impaciencia, voluntarioso y desocupado Equis. ¿Deseas saber pronto lo que pienso de mi prima? Me había propuesto dejar ese interesante tratado para cuando mi observación hubiese reunido datos suficientes en que apoyar una buena crítica. Pero cedo á tus exigencias de proscripto aburrido y mimoso, y empiezo por decirte que Augusta no me pareció, la primera vez que la ví, tan hermosa como yo me la representaba. No puedo olvidar que nunca me diste una opinión terminante sobre ella, tú que debes conocerla, aunque no tanto como á su marido. En tus expresiones al hablarme de esta mujer, he notado siempre como una velada reticencia. No creas: el recuerdo de tus vaguedades en tal asunto me pone en guardia. Observo, reparo y escudriño en torno de ella, sospechando que podré descubrir algo que me asombre, y aunque nada veo, nada absolutamente más que una conducta pura y una reputación intachable, la escama persiste en mí y suspendo mi juicio. Contén tu insana curiosidad, oh varón depravado, que yo, cuando sepa bien á qué atenerme, no me pararé en pelillos para manifestártelo. Por ahora, no me sacarás del cuerpo sino una apreciación breve y superficial. Que Augusta es elegante, no tengo por qué decírtelo. Te reirás sin duda de mi descubrimiento. Sobre si es ó no hermosa, ya cabe mayor variedad de opiniones. Hermosa, lo que se llama hermosa, quizás no lo sea para los que creen, como tú, en eso de las reglas y proporciones estéticas. Para mí, que no le encuentro ninguna gracia á la boca chiquita de las Venus griegas y de las Vírgenes de Rafael, una de las mayores seducciones de mi prima es su boca, que un amigo mío llama el templo de la risa. ¡Vaya que es grandecita! ¡Pero qué salada y hechicera! Dime, ¿tú la has visto reir, pero con gana, burlándose de alguien ó contando un pasaje chistoso? ¿Y no te has extasiado ante aquella doble sarta de dientes blancos, duros, igualitos, de los cuales te dejarías morder si á su dueña se le antojase? ¿No te divierte, no te embelesa oir la cascada de aquella risa, que inunda de alegría el mundo y sus arrabales, como el trinar de los pájaros celebrando la aurora? Toma poesía... Otrosí, querido Equis, tiene mi prima unos ojos negros que te marean si fijamente te miran; ojos que llevan en sí el vértigo de las alturas y el misterio de las profundidades (aguántate esa imagen), ojos que... no sigo por temor á mi retórica y á tus guasitas.

Fuera de los ojos, que son, como dice un amigo nuestro, la sucursal del cielo, si miras aisladamente las facciones de Augusta, las encontrarás imperfectas; pero luego se componen y arreglan ellas á su manera, y resulta un conjunto encantador que te vuelve loco; digo, á tí no; pero á otros, si no les ha enloquecido, les enloquecerá. ¿Y qué tienes que decir de su figura? ¿Has conocido alguna más arrogante? Dí que no, hombre, dí que no, ó te pego. Buena talla, sin ser desmedida; buenas carnes, sin gorduras; curvas hermosísimas... Yo me la figuro con poca ropa, y me extasío, como lo harías tú, castamente estético, delante de la estatua viva, considerando con la mayor formalidad que la belleza de las líneas convierte la carne tibia en el más honesto de los mármoles... Suprimo las imágenes porque te estás riendo de mí, y de seguro dices al leerme: «¡Miren el tonto ese...!» ¡Ah! la edad la fijo en treinta años; y lo más, lo más que añado, si en ello te empeñas, es dos ó tres á lo sumo.

Y pensarás también, clareándote con una de esas muequecillas profesionales que son resultado del hábito de la crítica: «Mujer hermosa, pero sin instrucción.» Ya tenemos en campaña el problema educativo. Pues á eso te digo que, en efecto, Augusta carece de instrucción, si por esto entiendes algo más que las llamadas tinturas de las cosas; pero tiene tal gracia y desenfado para abordar cualquier cuestión grave ó ligera, que oyéndola no podemos menos de celebrar que no sea instruída de verdad. Si lo fuera; si la sosería de la opinión sensata apuntara en aquellos ojos y en aquella boca, cree que perderían mucho. Habías de oirla cuando se pone á hincar el colmillito en las ridiculeces humanas ó á sostener una tesis paradógica. Si entonces no se te caía la baba, no sé yo cuándo se te iba á caer. Pues en aplicar motes no hay quien le gane. Cuando tuvo bastante confianza conmigo, me confesó, llorando de risa, que de su cacumen había salido el apodo de el payo de la carta, y te aseguro que nunca he perdonado con más gusto un agravio.

Basta, basta: no has de sacarme una palabra más acerca de esta interesante persona. Lo único que me resta decirte es que anoche estuve en el teatro con ella y su marido. Este es un cumplido caballero, digno de poseer tal joya. Paréceme de salud algo delicada. Su mujer le mima, le cuida, y no está profundamente seria sino cuando teme que aquella salud se quebrante más. Hallo perfecta armonía en este matrimonio. Podré equivocarme; pero... ¿Qué es eso? ¿te ríes? Á mí no me descompones tú con tus risitas... ¿He dicho algún disparate? Tu opinión sobre Orozco, ¿no es la mía? ¿No eres tú quien me ha hecho ver en él una excepción dentro de la actual sociedad? ¡Ah! ya sé por qué te ríes, hombre incrédulo y malicioso. Es porque desde que empecé esta carta estoy diciendo que no quiero hablar de Augusta, y ya llevo tres carillas sin ocuparme de otra cosa. Punto, punto aquí, vive Dios. Pon un punto como una casa, indiscreta pluma, ó te estrello contra el papel.

Hablemos otra vez de Cisneros, de ese espejo de los padrinos, de esa potencia crítica de primer orden, que por sí solo representa una escuela sistemática de sátira social, á la que ajusta sus juicios sangrientos. Tú no sabes bien lo que es este hombre y cuánto se prestan sus pensamientos á la admiración y al análisis. ¡Y yo, tonto de mí, que los primeros días, juzgando por la superficie de las ideas, le tuve por carlista ó al menos por partidario del poder absoluto! Figúrate, Equis de mi alma, cómo me quedaría hoy cuando me expuso las ideas más contrarias al absolutismo... Poco á poco: quizás no; puede que ello sea el propio absolutismo en su forma más concentrada. Vamos por partes, y dime si estas rarezas no merecen que un observador como tú las estudie.

Mi padrino vive, como sabes, en la plaza del Progreso. Aborrece los barrios del Centro y del Este de Madrid, que son los más sanos. La tradición le amarra al Madrid viejo y á la parte aquélla donde siente el tufo de la plebe, apiñada en las calles del Sur. Ha vivido siempre al borde del abismo, según dice, y no quiere apartarse de él. Detesta la prensa, que en su sentir es la vocinglería, el embuste, el instrumento de corrupción con que nuestra edad envilece los caracteres y falsea todas las cuestiones. Á pesar de esto, no conozco á nadie que lea más periódicos. Por las mañanas, en su casa, se traga tres ó cuatro, y de noche, en el Casino, media docena. Busca en ellos la comidilla, la información mal intencionada, el palpitar convulsivo de la sociedad que considera enferma. La política, tal como aquí se practica, le inspira despiadadas burlas. Atiende á ella, según dice, como quien asiste á un sainetón extravagante. Para él no hay ministro honrado, ni personaje que no merezca la horca... Y, sin embargo, muchos de éstos son sus amigos, se sientan á su mesa y le celebran las gracias. Cuando surge algún escándalo en la prensa, adopta y da por válidas las versiones más desfavorables. La complacencia y el orgullo iluminan su rostro cuando tiene que dar su opinión pesimista sobre cualquier asunto que cautiva y apasiona al público. Cada frase suya es un alfiler candente que penetra hasta el hueso y hace chisporrotear la carne.

Á propósito de mi entrada en la política, oigo de él opiniones y consejos que, la verdad, me entristecen. Hoy, después de almorzar, pasamos al gabinete donde habitualmente lee y escribe, y después de ofrecernos (los convidados éramos Federico Viera y yo) un par de cigarros secos, duros, amargos, que tiene en el cajón de una de las papeleras, y que por lo viejos deben de ser los primeros que como muestra vinieron á España en los albores del vicio, dió á Viera una carpeta de estampas para que se entretuviese, y me echó este sermoncito, del cual te doy un extracto, que, gracias á mi excelente memoria, ni tomado por taquígrafos sería más ajustado á la verdad:

«Mira, hijo, todas las cuestiones que se refieren á libertad política, á garantía de derechos, ó á leyes que robustezcan la Constitución y los altos poderes, son pura pamema. Oye estas cosas como aquel paleto que decía: por un oído me sale y por otro me sale; es decir, que no le entraba por ninguno. Cuida mucho de que estas rimbombancias huecas no te entren en el cerebro, porque si llegan á entrar, siempre queda en la masa encefálica algo que puede trastornarte. Otra tocata muy común es la organización de los partidos, la necesidad imperiosa de que haya partidos, y de que estén bien disciplinados... ¡Oh! ¡la gran simpleza...! bien disciplinaditos. Esto lo oyes y te callas, como se calla uno cuando oye el canto del grillo. ¿Nos vamos á poner á discutir con un grillo y á refutarle lo que canta? No. Pues lo mismo haces cuando te echen el registro ese de los partidos y de la disciplina. En esto sigue la norma de conducta que he seguido yo cuando me han llevado á la reata del Senado ó á la del Congreso. Mira, hijo: yo, á los badulaques que me hablaban de cohesión, de apoyar al Gobierno, les contestaba que sí, que muy santo y muy bueno; y después hacía lo que me daba mi santa gana. Siempre que veía al Gobierno comprometido en las Secciones, votaba con los enemigos. En el salón, te juro que nadie ha tenido tanta gracia para abstenerse á tiempo. Y nadie supo nunca si yo soltaba el sí ó el no hasta que salía de mis labios. Veo que frunces el ceño y alargas el hocico, como si esto que te digo fuera una gran inmoralidad que escandaliza tu conciencia. Ten calma, que te daré razones convincentes para acallar tus escrúpulos. Mi sistema se inspira en el bien universal, no en el interés de unos cuantos charlatanes y explotadores de la nación. Ya lo irás conociendo; ya te vendrás á mi campo, al campo de las negaciones, de todas las negaciones juntas, donde se asienta la soberana afirmación.

»También tratarán de meterte en la cabeza esa monserga de la paz... que necesitamos paz para prosperar y enriquecernos con la... la... industria, la agricultura... y dale que le darás. Esto, chico, es como si al que no tiene que comer se le dice que se siente á esperar que le caigan del cielo jamones y perdices, en vez de salir y correr en busca de un pedazo de pan. ¡La paz!... Llamar paz al aburrimiento, á la somnolencia de las naciones, languidez producida por la inanición intelectual y física, por la falta de ideas y pan, es muy chusco. ¿Y para qué queremos esa paz? ¿De qué nos sirve esa imagen de la muerte, ese sueño estúpido, en cuyo seno se aniquila la nación, como el tifoideo que se consume en el sopor de la fiebre? En el fondo de este sueño late la revolución, no esa revolución pueril porque trabajan los que no tienen el presupuesto entre los dientes, sino la verdadera, es decir, la muerte, la que todo debe confundirlo y hacerlo polvo y ceniza, para que de la materia descompuesta salga una vida nueva, otra cosa, otro mundo, querido Manolo; otra sociedad, modelada en los principios de justicia.»

Al llegar aquí, no pude menos de mostrarme asombrado de que tales ideas profesase un hombre que vive tranquilamente de las rentas extraídas de la propiedad inmueble y de la riqueza mobiliaria, es decir, un fortísimo sillar del edificio del Estado, tal como hoy existe. Por respeto á las canas de Cisneros, no me eché á reir ante ellas. ¿Estará loco este hombre? me dije. Y le tiré de la lengua, preguntándole qué forma social era esa en la cual quiere que resucitemos después de muertos y putrefactos.

No creas que se acobarda cuando se le estrecha pidiéndole que concrete sus ideas. Al contrario, esto le estimula á exprimir el magín para sacar de él nuevos donaires. «Es—me dijo,—como si me mandaras escribir la historia antes de que ocurran los hechos que han de componerla. ¿Qué es lo que ha de venir? ¿Qué forma traerá la catástrofe, y en qué posición van á quedar las piedras del edificio una vez caídas? ¿Cómo he de saber yo eso, tonto? Lo que yo sé es que debo hacer cuanto esté de mi parte por ayudar al principio de suicidio que late en nuestra sociedad, y apresurar la destrucción, contribuyendo á fomentar todo lo negativo y disolvente. Que me hablan de libertades públicas y de los derechos del hombre. Música, bombo y platillo. Contesto que el pueblo no tiene más aspiración que la indiferencia política, ni más derecho que el derecho á esperar, cruzado de brazos, el vuelco de la sociedad presente, que ha de producirse por un fenómeno de física social. Háblanme de los partidos y de la disciplina, y hago tanto caso como de las disputas de los chicos de la calle, cuando juegan á los botones, al trompo y á cojito-pie. Me ponderan la necesidad de apoyar á estos gobiernos de filfa para que duren mucho, y yo me persuado más de la urgencia de combatirlos para que duren lo menos posible. ¿No has observado que, cuando se habla de crisis, la sociedad toda parece que se esponja, palpitando de esperanza y de júbilo? Es que tiene la conciencia de que el remedio de sus males ha de venir de la pulverización. Que esas cuadrillas de vividores que se llaman partidos y grupos se dividan cada vez más; que los gobiernos sean semanales, y tengamos jaleos y trapisondas un día sí y otro también. Esta movilidad, este vértigo encierra un gran principio educativo, y el país va sacando de la confusión el orden, de lo negativo la afirmación, y de los disparates la verdad. Yo, que siento en mí este prurito de la raza, me alegro cuando soplan aires de crisis, y aunque no la haya, digo y sostengo que la hay ó que debe haberla... para que corra... Cuando mi barbero entra á afeitarme por las mañanas, siempre le pregunto dos cosas: «¿Cómo está el tiempo, Ramón?... Ramón, ¿tenemos crisis?»

Con ésta tienes para un rato, hijo de mi alma. Mientras la digieres, te preparo la continuación, que irá, Dios mediante, mañana.

IV

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17 de Noviembre.

Escucha y tiembla. Después de reir á carcajadas de las observaciones que le hice, hijas, según él, del estúpido eclecticismo de estos tiempos vulgares, burgueses, insignificantes; después de llamarme cándido y paloma torcaz, dijo el gran Cisneros: «¿Pero tú has reflexionado bien lo que significa la anarquía? Medita bien sobre ella, y verás que un pueblo sin gobierno de ninguna clase, entregado á sí mismo, un pueblo sin leyes, está en situación de hacer efectivas las leyes verdaderas, las inmortales. ¡Que hay sacudimientos, tiranías, atropellos! Déjalo, tonto, déjalo. Esto es precisamente lo que hace falta para que nazca el verdadero derecho... Por mi parte, detesto estas sociedades acompasadas, verdaderas aglomeraciones de cuákeros, donde la policía y la justicia oficial impiden la florescencia de las facultades humanas. ¿Concibes que el gran arte y la ciencia noble puedan existir en ninguna sociedad donde hay más leyes que ciudadanos, y donde sale la Gaceta todos los días con su fárrago de disposiciones, que son otras tantas ligaduras puestas á la acción del individuo? Estas son sociedades estériles; y no me hables de la industria y de los inventos, pues la mayor parte de esas llamadas conquistas sólo han servido para hacer más infelices á los hombres, y aumentar las horribles desigualdades sociales; para establecer el hambre allí donde reinó la hartura, implantar la tiranía de la ropa, quitar á los viajes su encanto, y destruir el misterio de las cosas; el misterio, sí, fuente que antes manaba delicias, y ahora está seca, seca, con tanta ciencia y tanta máquina, y tanta tontería de adelantos materiales. No me digas que te entusiasma esta edad de hierro, más árida que ninguna otra edad, y más antipática y pedestre.

«¡Y qué trajecitos usamos! ¡Parece que nos vestimos, no para engalanarnos, sino para disimular lo deforme y enteco de nuestros cuerpos jimiosos! ¡Y qué costumbres tan necias; y qué idiotismo en las relaciones de los sexos; y qué monotonía desesperante en la vida toda; qué aburrimiento en esta selva inmensa de leyes, que prevén hasta nuestros menores movimientos; qué inmenso tedio en este sistema de profundizar todas las cosas, para matar todo lo desconocido; lo desconocido, Manolo de mis entrañas, lo desconocido, que es la alegría de las almas, la sal de la existencia! No, no: yo quiero que toda esa balumba de artificios y de esclavitudes, formada por el puritanismo inglés y la gazmoñería protestante, desaparezca en el abismo de esa historia fastidiosa que nadie ha de leer. Quiero la libertad, no estas libertades que son como la disciplina de un cuartel, y que le obligan á uno á andar á compás, á uniformarse, y á no poder toser sin permiso del cabo, sino la verdadera libertad, fundada en la Naturaleza. Quiero que la sociedad florezca, y produzca el gran arte, las virtudes sublimes, la santidad; que en ella sea posible lo que hoy no existe, la inspiración artística y las acciones heróicas. Quiero que se vaya con mil demonios toda esta corrección grotesca y policiaca que mata la personalidad, la iniciativa, la idea, la santa idea, producto del entendimiento, y ahoga el producto de la fantasía, la imagen... Ea, punto final. Me parece que he hablado bastante. Me sofoco...»

No pude menos de celebrar su elocuencia y de aplaudir su ingenio, añadiendo que, conforme le oía, me iban entrando ganas de trocar mi ropa por cualquier traje de teatro, ó por los verdes lampazos de la edad de oro, y echarme á un monte para ser ciudadano de cualquier república de pastores.

Cisneros se levantó de la butaca y dió cuatro ó cinco vueltas por la estancia, inquieto y nervioso, cual si quisiera envolver en un ovillo el hilo del discurso que acababa de enjaretarme. Acerquéme á Federico Viera, que seguía examinando estampas, y de pronto mi padrino se paró ante nosotros, arremangóse la bata y nos mostró su pierna, vestida de un pantalón bastante estrecho y no flamante. «Á ver, ¿qué tienen que decir de esa pierna?—nos preguntó con pueril orgullo.—Toquen, toquen para que vean que aquí no hay relleno. Les desafío á que me presenten otra tan bien formada, ni con estas curvas de la pantorrilla... toquen, miren... tan elegantes y tan... ¿No merece esta extremidad vestirse con aquellas calzas de listas rojas y negras que se usaban en Italia en el siglo XV?»

Sin esperar nuestra respuesta, siguió paseándose. Federico y yo nos miramos, conteniendo la risa. ¿Qué pensarás tú al leer esto? Lo mismo que pensaba yo al presenciarlo. Que mi buen padrino, si no está rematado, tiene momentos en que se destornilla casi por completo.

Nuestro amigo Viera, que le conoce hace tiempo y sabe tomarse con él confianzas que yo no me tomaría, le dió bromas sobre aquello de las calzas italianas; pero Cisneros se lo sacudió como se sacude una mosca, diciéndole: «Sois unos encanijados de cuerpo y de espíritu, y en vuestros caletres hidrocefálicos no cabe ninguna idea grande. Sois incapaces de comprender la vida más que como un reglamento, escrito con el fin de que toda la humanidad se ajuste á la talla de los tontos... Os he argumentado de un modo parabólico, única manera de que podáis comprenderme, almas cándidas. Vamos á ver...» Puso una mano en el hombro de Viera y otra en el mío, y con tonillo autoritario nos dijo: «¿Creéis vosotros que el Dante habría escrito la Divina Comedia si hubiera sido bachiller en Artes, licenciado en Derecho, después ateneísta, alcanzando fama de persona ilustrada, viviendo entre el tumulto de lo que llaman crítica, y expuesto á ser académico, diputado ó quizás, quizás ministro de Fomento?... ¿Creéis, hijos míos, que el autor del Cantar de los Cantares habría compuesto este delicioso poemita si, en vez de andar con las piernas al aire, hubiera gastado pantalones?... No admito distingos: contestar sí ó no... ¿Creéis que Miguel Ángel habría hecho el Moisés y pintado el techo de la Capilla Sixtina si en su tiempo se hubieran usado los sombreros de copa, los informes de Academias, los estudios de estética y los paraguas?... Sí ó no... No se me escapen por la tangente... Lo que hay... (diciendo esto nos sacudía con violencia como si quisiera arrojarnos al suelo), lo que hay es que sois unos pobres idiotas, educados en las tonterías de la enseñanza oficial, de esa enseñanza que, si dura, concluirá por retrotraer á la humanidad á la época de los monos, micos ilustrados si se quiere, pero micos al fin.

Federico y yo le hicimos ver que tales ideas son admisibles como elemento de amenidad en esa literatura sin imprenta que se llama la conversación, y que influye tanto ó más que la estampada en la opinión general; pero que no pueden admitirse con pretensiones de formar doctrina. Además, le demostramos que sus pensamientos estaban en contradicción con sus actos. La cosa era bien clara. «Usted—le dijimos,—truena contra la Instrucción pública, como un medio de fabricar tontos y de conseguir la extensión de la cultura á costa de la intensidad. ¿No es eso?

—Sí—replicó:—abomino de esta enseñanza estúpidamente niveladora. ¿Creéis que si á Homero le hubieran dado la nota de sobresaliente en los exámenes, habría compuesto la Iliada?

—Claro que sí—le aseguró mi amigo,—y por ella habría ganado el accésit en cualquier certamen... Pero déjeme completar mi argumento. Si usted es tan enemigo de la Instrucción pública, ¿para qué ha fundado dos escuelas en Tordehumos, dotándolas con esplendidez? Y si cree que la actual organización de la sociedad y de la propiedad es tan mala, ¿para qué defiende sus rentas con tanto tesón? Porque á mí me han dicho, don Carlos, y no vaya á enfadarse por esto, á mí me han dicho que usted no perdona un céntimo, y al infeliz arrendatario que no es puntual, le revienta sin andarse en chiquitas...»

Federico seguía; pero mi padrino le cortó la palabra, airado y descompuesto, y pisando, alterna pede, como caballo que se encabrita, nos dijo: «Sepan, señores mequetrefes, que he fundado las escuelas porque me ha dado la gana, y que mis móviles no cabrán nunca en esas molleras llenas de la paja del saber oficial. Sepan también que si cobro mis rentas, no hago más que tomar lo mío, y defenderme de pillos y ladrones... ¿Pues qué querían? ¿que tenga lástima de los que se gastan mí dinero en las tabernas y en las timbas de los pueblos? ¡Pobrecicos de mi alma! Cuando me vienen llorando por las malas cosechas, yo les daría una mano de palos por tramposos, embrollones, y por esa fea maña de achacar al Cielo y á la Tierra lo que sólo es culpa de sus vicios... ¿Pues qué quieren estos mocosos, que yo deje á mis colonos reirse de mí y comerse mis rentas?...

—No; si nosotros no queremos eso... Hemos señalado una contradicción y nada más...

—No hay contradicción... ¿Pero qué entendéis vosotros de esto? Si me querrán marear estos gaznápiros... Sois muy niños para meteros conmigo... Vamos, no quiero haceros caso, no me rebajo á discutir con esta infancia enfatuada, pedantesca... Tengo canas, señores, y no las quiero ensuciar metiéndome con chicos...»

Nosotros le estrechábamos; injuriábanos él, mitad en broma, mitad en serio, y nuestra disputa habría sido interminable, si no la cortara bruscamente la llegada de un amigo de Cisneros, ex-ministro que había soltado la cartera en la última crisis, hombre muy corrido en política, y que tenía mucho metimiento en aquella casa, así como en la de Orozco. Acogióle mi padrino con exclamaciones de gozo, y el visitante no gastó preámbulos para decirle á qué venía. Pues simplemente á pedirle su voto para la elección parcial en no sé qué distrito de Castilla. Don Carlos, poseedor de grandes tierras en Tordehumos, Magaz y Valoria la Buena, tiene influencia en el país, y como se meta de hoz y de coz en la lucha electoral, se lleva de calle á los contrarios. No bien le explicó el tal sus deseos de sacar adelante al candidato amigo, Cisneros le dió un abrazo diciéndole: «Pues no faltaba más... Hoy mismo escribiré. ¿Le apoya el Gobierno? Ya sabe usted que soy ministerial de todos los ministerios, ministerial furibundo...

—Querido don Carlos, no nos apoye tanto ni nos abrace tan fuerte—dijo el otro riendo.—Temo sus caricias y su ministerialismo.

—Y con razón. Es la mejor manera de ser disolvente. Ya conoce usted mi sistema: apoyo á todos los gobiernos para que duren poco.

—Usted es de los que no temen el diluvio porque tiene ya hecha el arca. Si yo la tuviera...

—¡Que no tiene usted su arca! Yo creía que sí. Pues aquel asunto de la subvención á los ferrocarriles de vía estrecha, ¿no le proporcionó algunas tablas para su salvamento el día en que toquen á ahogarse?

—Don Carlos, don Carlos—replicó el personaje, en tono agridulce.—No es propio de persona tan respetable acoger los chismorreos del vulgo.

—Pero si yo no le retiro á usted mi estimación...

—Es que debería retirármela.

—No... lo malo es que cuando suban las aguas no habrá arca que las resista. Diga usted, ¿qué hay de eso que tanto da que hablar? ¿Es cierto que dos ministros andan á la greña, y que por una cuestión de faldas presenta su dimisión un alto personaje?

—¡Absurdo, disparate...! Don Carlos de mi vida, ¿cómo cree usted esas cosas?

—Vamos, desahogue ese corazoncito. Aquí todos somos ministeriales, y viene bien aquello de que la ropa sucia debe lavarse en casa. Usted, como todos los que están convalecientes de ministros, tiene lo que llaman los médicos la febris carnis, disgusto, mal cuerpo y peor paladar, tristeza, alternativas de desgana y hambre canina... Vamos, no me niegue usted que está torcido con el Gobierno. Si se lo conozco en la cara. Soy ya perro viejo; he andado algunos años en esos trotes de la política, y he visto siempre que todos los que salen se convierten en ruiseñores, es decir, que trinan. Con que, si usted no es un hipócrita, trinemos todos ahora; es decir, mordamos.»

El ex-ministro denegó con frases ingeniosas las malicias de Cisneros, declarándose poseído de aquella satisfacción interior, tan necesaria á la disciplina de los ejércitos, así en la milicia como en la política. Pero luego, en el curso de la conversación que trabamos los cuatro sobre los asuntos corrientes, dejaba entrever mi hombre su mal humor. Que las cosas del partido no van bien, y el mejor día puede sobrevenir un desastre; que si esto sucede, él se lava las manos... Mi padrino, con refinada ironía, le llevaba la contraria; y por fin, tratando de la próxima elección parcial, aprovechó la coyuntura que se le presentaba para arrimar el ascua á su sardina, pues es hombre que, en medio de sus desenfrenos de argumentación paradógica, sabe conservar la serenidad y el sentido práctico, como esos borrachos que, aunque beban mucho y se trastornen, no hacen jamás un disparate que les pueda comprometer.

Este juicio del carácter de don Carlos es fruto de mi observación en el poco tiempo que llevamos de conocimiento. He visto que, aun en las ocasiones en que parece más delirante y más tocado de la manía de originalidad, lima siempre para dentro, si la cuestión que trata conduce á algún fin positivo, que afecte á sus intereses. El ex-ministro desplegaba mucho donaire contra el donaire del castellano viejo, y éste, que nunca pierde ripio, le ofreció los votos con las siguientes condiciones: Que sin tardanza sea destituído el Ayuntamiento de Tordehumos, en el cual hay un concejal que se ha plantificado como una mosca en la nariz de mi buen padrino. El tal es un revolucionario que con el dinero de los consumos levanta partidas, y últimamente disputa á Cisneros una finca que había sido de propios y pasó á manos de éste por medios legales. Que se despache prontito el expediente de información posesoria incoado por Cisneros, tocante á la susodicha dehesa de Tordehumos. Y, por último, que se limpie el comedero al jefe de Propiedades ó Impuestos de la Delegación de Hacienda de Palencia, tío del dichoso concejal y encubridor de sus chanchullos, y se dé la vacante al hijo del administrador que mi padrino tiene en Valoria la Buena, muchacho listo, que hoy es oficial segundo en Santander. El ex-ministro se llevó la nota de estos encarguillos, prometiendo recomendarlos, y salimos Federico y yo con él, dando por terminada sesión tan interesante.

Por la calle íbamos haciendo la monografía de don Carlos, de quien dijo el ex-ministro que es uno de los hombres más amenos que conoce, explicándonos por qué, con su talento, riqueza y grandes relaciones, no figura en la política activa. Es que ningún partido ha podido hacer carrera de él, y de todos le han tenido que echar por perturbador y revoltijero. Fíjate ahora en otra cosa, querido Equis, y es que siendo este hombre una calamidad en política, en el terreno privado no hallarás persona de más formalidad. Fuera de ciertos devaneos mujeriles, que con la edad se van concluyendo, es Cisneros lo que se llama un perfecto ciudadano: paga puntualmente sus contribuciones, cumple con fidelidad todos sus deberes, y en sus tratos resplandece la honradez más pura. Dicen que, en cualquier negocio que con él se entable, su palabra vale tanto como la mejor escritura. ¡Y á un hombre así no se le puede fiar, en política, el valor de un alfiler! ¿Cómo me explicas esto tú, sociólogo y psicólogo; tú que sabes tanto, y que, de tanto saber, no se te puede aguantar? ¿Cómo me explicas el fenómeno contrario, no menos real, que sean piezas útiles, y aun necesarias, de la máquina política, tantos y tantos que en el mecanismo privado no son nada de fiar?

Cuando el ex-ministro se separó de nosotros, quedámonos hablando de lo mismo Federico Viera y yo, sin encontrar solución medianamente satisfactoria. Y á propósito: me has preguntado varias veces en tus cartas por tu amigo Viera. Poco te he hablado de él; pero le nombro con frecuencia, lo que te bastará para saber que vive y está bueno. De todos los muchachos de nuestro tiempo, con los cuales he reanudado amistad, éste es el más agradable y el más simpático para mí. He llegado á quererle mucho y á ser indulgente, pero muy indulgente, con sus defectos graves. Anoche me dijo que te había escrito; pero no sé por qué se me antoja ponerlo en duda. No desconfío de su veracidad, sino de la fijeza de sus ideas, y me temo que esté persuadido de que te ha escrito sin haberlo hecho. Adiós.

V

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23 de Noviembre.

Ayer estuvo Augusta en la tribuna del Congreso. Fué con las de Trujillo, la marquesa de Monte-Cármenes y otras damas ilustres. Por cierto que las infelices pasaron una tarde cruel, prensadas, estrujadas, y lo que es peor, aburridas como quien va á un baile y se encuentra en un duelo. Desde los escaños, varios amigos y yo las mirábamos con piedad, deplorando no poder dar á los debates un carácter divertido y sainetesco para aliviar la tristísima situación de aquellas desgraciadas. Nosotros, al menos, podíamos confortar nuestros decaídos espíritus contemplando aquella batería de mujeres, entre las cuales las había muy guapas. Pero ellas, ¿qué iban ganando con mirar calvas, presenciar una votación, el barullo de los que entran y salen, y el acto de encender el gas? Figúrate que fueron á oir á Castelar, á Cánovas y á todas las primeras partes, atraídas por el cartel parlamentario de aquel día, publicado en los periódicos de la mañana. Como habían madrugado por coger la delantera, al abrirse la sesión, á las dos y cuarto, ya estaban las pobrecillas medio fritas. La parte de la sesión destinada á preguntas las entretuvo un poco y aun las hizo reir, porque tuvimos discurso de chascarrillos. Hombre hubo, además, que, al hacer su preguntita, parecía que la brindaba á las señoras de la tribuna, mirándolas, como si la defensa del Ayuntamiento de Valderrediles de Abajo no fuese más que fórmula enigmática de una declaración amorosa. Todo esto aliviaba las angustias del plantón, y lo demás se llevaba con paciencia esperando la orden del día. Pero á nuestro Presidente le dió la mala idea, sugerida sin duda por algún espíritu maligno, de meter el embuchado de una enmienda pendiente, con cuya discusión creía despachar en breve tiempo el artículo último de la ley de Jurisdicciones administrativas. Total: que la discusión se enzarzó cuando menos se creía, y he aquí, mi buen Equis, que entre la general consternación se levanta, decidido á explicar su actitud en aquel asunto, un orador de los que hablan á cántaros, excelente persona por otra parte, pero que tiene la desgracia de no acertar á exponer la cosa más sencilla sin consumir un par de horitas, más bien más que menos. Bien examinado todo lo que mi hombre dijo, era de lo que no le interesa á nadie. Que si en 1870 opinó ó dejó de opinar esto ó aquello; que si, al poner su firma en la proposición tal, lo hizo simplemente por autorizar la lectura, con todo lo demás que es de cajón, y aquello de si se me permite recordar lo que tuve el honor de exponer ante el Congreso en la tarde de ayer, me será fácil demostrar que al poner de manifiesto en la tarde de hoy las deficiencias del proyecto que se discute, no dije nada, no expuse nada y no expresé nada, ni de cerca ni de lejos, que no estuviese en perfecto acuerdo, en perfecta consonancia, en perfecta conformidad con lo que salió de mis labios en la tarde de anteayer.

Pasó una hora, dos horas, dos horas y media, y la salmodia no tenía fin. Las toses y murmullos parecía que le animaban cual si fuesen aplausos, y su voz sin matices caía sobre el cerebro del auditorio como lluvia menuda y persistente sobre un techo de cristales. Á ratos molestaba como el ruido del andar isócrono de un reloj de pared, cuando luchamos con el insomnio, dando vueltas en la cama; á ratos me hacía el efecto de uno de esos cantorrios con que las nodrizas duermen á los niños. Los bancos rojos se despoblaban, como país empobrecido por las malas cosechas, en el cual se propaga la fiebre de la emigración de un modo alarmante. La gente se iba á fumar y á murmurar á los pasillos ó á la cantina, y en el salón no quedaban sino unos cuantos amigos del orador, y los que se entretenían timándose con las señoras de arriba.

Estas pobrecitas mártires de la curiosidad me infundían tanta lástima, que subí á consolarlas. Observé en todos y cada uno de los rostros la consternación y el desaliento. Charlaban criticando acerbamente el régimen, y poniendo de oro y azul al Presidente, por habar alterado los números del programa, echando aquella murga insufrible antes del gran quinteto clásico que esperaban oir y gozar. Les llevé dulces y caramelos, y les dí esperanza de que pronto concluiría la terrible lata que aquel buen patricio nos estaba dando á todos. «Sí, buenas trazas tiene de acabar—me dijo mi prima.—Ahora ha dicho que esto es grave, gravísimo, y que se ha traído los datos para probarlo. Mira, mira el rimero de papeles que tiene en el banco. ¿Ves? Se prepara á leernos media docena de Gacetas.»

Pasó todavía una hora más, una de esas horas negras, tediosas, que se estiran languideciendo, y al desperezarse juntan la cabeza con la cola, imitando el emblema de la eternidad, y entonces el orador dijo: Voy á concluir, señores... Las tribunas le hicieron una ovación; y el muy tunante ¿creerás que lo agradeció? En vez de abreviar el epílogo, lo alargó media hora más, regalándonos, por vía de resumen, una nueva paráfrasis de lo que ya había dicho. Las cinco y media serían cuando la Mesa decidió que el debate gordo se quedara para el lunes siguiente. Subí á comunicar la noticia á las pobres mártires, medio muertas ya de calor, estrechez é inmovilidad. Algunas no tenían ni fuerzas para levantarse; otras estaban en pie para salir, y todas maldecían las Jurisdicciones administrativas y al perro que las inventó. Augusta salió con jaqueca, y cuando la bajaba del brazo, me dijo que no volvería á la tribuna hasta que yo no hablase.

Creo que lloverá bastante de aquí á ese día, porque me siento sin ninguna aptitud para la oratoria, y cuando me figuro que tengo que hablar y que me levanto y empiezo, me parece que el pavor me ha de suspender las ideas y paralizarme la lengua. El afán de Augusta porque yo hable es ya verdadera manía, y siempre que me coge á tiro, me vuelve loco. Anoche me dijo que si no me arranco pronto, hasta me negará el saludo, y que todos mis progresos en el arte de la cortesanía no valen nada, si no suelto el último pelo de lugareño lanzándome á usar de la palabra en público. Y puesto que entre tú y yo no ha de haber nunca misterios, según lo convenido, te diré sin rodeos que mi prima me gusta cada día más, y que siento hacia ella una inclinación que me ha ocasionado no pocas horas de tristeza. No había querido contártelo, esperando que pasase esto, que me parecía una fugaz indisposición del alma, semejante á los resfriados en el orden físico. Pero hace días que me encuentro sorprendido con invencible tendencia á pensar en ella, á figurármela delante de mí, á recordar sus gestos y palabras, y á suponer y anticiparme las que me ha de decir la primera vez que nos veamos. Al propio tiempo, nace en mi espíritu una admiración irreflexiva hacia ella, y me sorprendo á mí mismo en la tarea ideal de adornarla con las más excelentes cualidades que jamás embellecieron á criatura alguna. De aquí nace mi mayor pena, pues precisamente las cualidades que le atribuyo ponen una barrera moral entre ella y yo. Para imaginar que esta aspiración mía, incierta y tímida, pueda satisfacerse alguna vez, tengo que destruir mi propia obra, y exonerar á la señora de mis pensamientos, quitándole aquellas mismas perfecciones que le supuse. Aquí tienes la brega que traigo en mi mente estos días, y que viene á ser como una enfermedad que me ha cogido de súbito.

Apuesto á que te reirás de mí al leerme, pues no caen bien, en hombres de nuestra edad descreída, el misticismo amoroso de un Petrarca, ni la fiebre de un Werther. No: todavía disto mucho de llegar á tales extremos. Lo que te cuento no tiene valor más que como presagio. También te diré que se me ha ocurrido visitarla lo menos posible, huir de su trato, apartar de mis ojos su hermosura y gracia incomparables, su donaire y suprema elegancia... Sí, no te rías. Te veo haciendo garatusas y dudando de estas honradas disposiciones mías. Pues sí, querido Equis: la delicadeza me inspira el propósito de evitar su compañía, y te aseguro que he podido cumplirlo, dejando de ir repetidas noches á su palco y á su casa. Pero el demonio, que en todo se mete, ha hecho sin duda juramento de impedir los virtuosos planes de tu amigo; el demonio, ¡asómbrate! toma la figura de mi buen padrino para perseguirme y llevarse mi alma, pues Cisneros me obliga á almorzar con él casi todos los días, y su hija ha dado en la flor de ir también, y allí me vuelve loco con su cháchara, sus monerías, su amabilidad y demás seducciones. De modo que el terreno que gano de noche alejándome de la montaña, lo pierdo por el día viendo venir la montaña hacia mí; y no me vale huir del abismo, porque se me pone delante cuando menos lo pienso. De todo lo cual deduzco que... Vete al diablo, que no tengo ganas de hacer deducciones ni de continuar esta deslavazada epístola. Estoy fatigado y de malísimo humor. ¿Te sabe á poco ésta? ¿Te deja á media miel? Pues fastídiate, y aguántate, y revienta.

VI

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25 de Noviembre.

Continúo, señor de X, bajo la influencia de esta tontería, de esta murria estúpida que me iguala al más cándido de los colegiales. Mi desordenado trabajo mental sigue dándome mucha guerra, y por las noches la hiperemia del cerebro no me deja dormir. El gran simpático responde al punto á la presión de arriba, y ya me tienes hecho un ovillo ardiente, de puro nervioso, con alternativas de angustia y de exaltación febril. No te cuento las cosas que se me ocurren en las horas negras de insomnio, porque, de fijo, mis disparates y atrevimientos te parecerían los más estrafalarios que habrías oído en tu vida. Te contaré lo que en pleno día pienso, cuando mi mente se despeja de aquellas nieblas y el contacto del mundo me devuelve la razón.

Verás: ahora he dado en la tecla de que Augusta no es ni con mucho el arquetipo de perfecciones que imaginé, llevado de aquel prurito de idealización, que me entró como podría entrarme un dolor neurálgico. Esta maldecida enfermedad ha tomado otro sesgo, y ahora discurro que la bella por quien suspiro (la frasecilla será todo lo cursi que quieras, pero la sostengo) no es un ángel, que está dotada de las seductoras imperfecciones que Naturaleza derramó con sabia mano en la humanidad toda, y que quizás, quizás se juntan y hermanan en ella dichos defectos con mayor relieve que en otras de su edad y clase. No vayas á deducir de esto que la tengo por mala, no. Es que en la tierra no tenemos ángeles, ni en verdad nos hacen gran falta. Mi inclinación hacia Augusta, á quien acabo de borrar del escalafón de los serafines, no es, en esta nueva etapa de mi mal, menos vehemente; y si en ella no hay pureza absoluta, tampoco hay absoluta impureza, pues en las pasiones humanas entran siempre por lo común todos los estímulos que corresponden á las diferentes regiones que componen nuestra naturaleza. Decir amor de corazón, amor de imaginación, amor de sentidos, es no decir nada, ó expresar abstracciones sin valor alguno en la realidad. Todo marcha con orgánico engranaje, y ninguna parte de nuestro sér se emancipa de las demás que lo constituyen.

Pero basta ya de filosofías, y sigue prestando la debida atención á las confidencias de tu amigo. ¿Á que no aciertas en qué empleo ahora mis facultades de idealización? Pues en figurarme el marido de mi prima, Tomás Orozco, como el hombre más completo que imaginarse puede, y en esto no hago más que responder con mis ideas á tu opinión acerca de él. Orozco es, según tú, la mayor perfección moral que en nuestros tiempos puede alcanzarse; Orozco merecería, según tú, el dictado de santo, si nuestra época consintiese aplicar este nombre con propiedad. Es la persona que deberíamos tomar por modelo para cumplir nuestros deberes humanos y sociales. Si alguien existe en quien la observación leal no puede señalar un solo defecto, es Orozco. Fijas están en mi mente tus ardorosas alabanzas de este hombre, y créelo, me duelen como si fueran abrojos de una corona de martirio clavada en mi cabeza. Porque has de saber, amado Teótimo, que este sujeto, á ningún otro comparable, según tú, y también según mi entender, me demuestra vivísimo afecto, me rodea de delicadas atenciones cuando voy á su casa, me recuerda la estimación que su familia tuvo siempre á la mía y su padre á mi padre, y con esto ha traído á mi alma una turbación y un desasosiego que no puedo encarecerte.

Ahora falta un término de la ecuación que no puedo resolver, y allá va para que te hagas cargo de todo. Me preguntas si creo que mis pretensiones respecto á Augusta podrán tener acogida favorable, y muy bajito, pero muy bajito, de modo que nadie lo entienda más que tú, te respondo que sí. ¿Me fundo acaso en algo terminante y afirmativo? No: es una idea, un presentimiento, una corazonada. Estas cosas se saben sin saber por qué se saben. Es algo que se ve en las brumas del horizonte con los ojos de la previsión y, si se quiere, del temor. Pues bien, amigo mío: espero, y me tengo por un miserable si lo que espero llega. Hay y habrá siempre en mí algo que me impide caer en la depravación y en la laxitud de conciencia de mis contemporáneos. Al menos, creo que seré de los últimos que caigan. Ciertas traiciones, que fácilmente obtienen disculpa en nuestros tiempos, no caben en mí. Y no te digo más, porque fácilmente comprendes mi confusión y la tremenda batahola que llevo en mi conciencia. Aquí pongo punto, porque si me dejara llevar de mi pensamiento, y me abriera todos los grifos para seguir vaciando en el papel lo mucho que sobre el particular se me ocurre, te aburriría; y si intento escribir de otra cosa, no podré, porque el horno no cuece más bollos que los que tiene dentro.

Sigue el consejo que voy á darte. No vuelvas más á este Madrid, donde se pierde el candor, y se deshoja al menor soplo la flor de nuestras honradas ilusiones. Equisillo de mis pecados, quédate en esa ruda Orbajosa, entre clérigos y gañanes; búscate una honrada lugareña, con buen dote y hacienda de diez ó doce pares de mulas, que las hay, yo te aseguro que las hay. Búscala guapa, no digo rolliza, porque lo que es rollizas y frescas no las habrás visto nunca. Elige la menos amarilla y flácida, la que se te figure menos puerca dentro del hinchado armatoste de refajos verdes y amarillos; cásate con ella, hazte labrador, ten muchos hijos, sanotes y muy brutos, vive vida patriarcal y bucólica, y no aspires á otros goces que los que te brinden esa ciudad y ese campo, productor de los mejores ajos del mundo. Fórmate una familia, en la cual no pueda salir nadie que tenga ideales; come sopas, y no aspires ni á ser cacique de campanario. Dichoso el que logra emanciparse de esta esclavitud de las ideas, y aprende á vivir en la escuela de la verdadera sabiduría, que tiene por modelo á los animales, querido Equis, á los mismísimos animales.

VII

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1.º de Diciembre.

Vengan esos cinco, Equis de mis entretelas. El espíritu de tu amigo no se dejará dominar de la maleza estúpida que le amenazaba, y cuyas primeras manifestaciones pudiste colegir de mis cartas precedentes. Ha surgido en mí una energía medicatriz, que de la noche á la mañana me regenera, atiesando mi voluntad, mi sér todo, dándome noción cierta de la ridiculez de mi enfermedad. Ello ha sido de una manera súbita: me levanté un día con ganas atroces de reirme de mis sandeces amorosas, y me reí, sorprendiéndome mucho de verme objeto de mi propia burla. La naturaleza moral, como la física, tiene estas bruscas remisiones, victorias rápidas que la vida alcanza sobre la muerte, y la razón sobre el principio de tontería que en nosotros llevamos. Bastóme aplicar algunos esfuerzos mentales á esta acción interna, para verla crecer y hacerse dueña al fin de todo el campo. No tardé en ver las cosas con claridad, y en notar lo inconveniente de que se rompa la relación armónica que cada individuo debe guardar con su época. Augusta no dejó de parecerme tan interesante y bonita como antes; pero al propio tiempo comprendí que no debía apasionarme como un cadete, ni devanarme los sesos como un seminarista descarriado, sino plantarme esperando los sucesos con frialdad y mundología. El que tome por lo serio esta sociedad, está expuesto á estrellarse cuando menos lo piense.

El fenómeno que te estoy refiriendo no ha venido aislado. Apareció entre accidentes varios, que en el término de un día, de horas quizá, distrajeron mi ánimo, movieron mis ideas como el viento mueve la veleta. La política, hijo de mi alma, con las vehemencias increíbles que determina en nosotros, no ha tenido poca parte en este cambio, de lo que deduzco que la res pública es cosa muy buena, un emoliente, un antiflogístico eficacísimo para ciertos ardores morbosos de la vida. Y las irritaciones que uno coge en este dichoso Congreso, obran también como revulsivo, trasladando el desorden orgánico á la piel, ó si quieres, á la lengua, por donde se escapa el mal ó fluido pernicioso.

Y á propósito de esto, voy viendo cuán cierto es lo que tantas veces me has dicho, fundado en tu larga experiencia. Aquí hay que hablar ó condenarse á perpetua nulidad é insignificancia. Al que se calla no le hacen maldito caso. Supón que eres, como yo, consumado gramático del idioma del silencio, y que en tales condiciones pides un favorcito á cualquier ministro. Como no te teme, ni le prestas tus servicios en el banco de la Comisión, ni le consumes la figura de vez en cuando con preguntas fastidiosas, te sonríe muy afable cuando le saludas; pero no te da nada, créelo; no te da más que los buenos días; cosa de substancia ten por cierto que no te la da. No creas que me incomodo por esto: reconozco que el favor ministerial es un resorte del sistema, y no debemos criticar que se utilice para acallar á los descontentos y recompensar á los servidores, porque si suprimimos aquel resorte, adiós sistema. Ello está en la naturaleza humana, y es resultado de la eterna imperfección con que luchamos de tejas abajo. Ó nos declaramos serafines con patas, ó hemos de reconocer que el régimen, bueno ó malo, tiene su moral propia, su decálogo, transmitido desde no sé qué Sinaí, y que difiere bastante de la moral corriente; y si no, que salga el Moisés que ha de arreglarlo.

Hoy estoy inspirado, amigo mío, y si no escribo de política, reviento, porque este tema me divierte, hace derivar mis pensamientos del centro congestivo en que me atormentan, y me esponja, créete que me esponja, me refresca el cuerpo y el alma... Pues verás. He caído en la cuenta de que es una sandez este silencio mío, esta pasividad, esta inercia de grano inconsciente en el famoso montón parlamentario que hace las leyes, sostiene los gobiernos y robustece las instituciones. Tiene muy poca gracia desperdiciar la influencia y el favor con que el amigo Estado debe corresponder á nuestros servicios. Nada, yo hablo ó reviento, yo me despotrico el mejor día; y aunque me tengo un miedo horrible como orador, y aunque, al considerarme hablando, me entran ganas de prenderme á mí mismo y mandarme á la cárcel, la lógica humana y cierta ambiciosilla que me muerde el corazón, impúlsanme á vencer mi torpeza y cobardía. Ya empecé anteayer, como quien deletrea, presentando á primera hora una exposicioncita de Orbajosa para que le rebajen los consumos; pronto seguiré mi aprendizaje en las Secciones, dando explicación breve, de acuerdo con otro que me las pida; y, por fin, metido en una comisión de fácil asunto, ten por cierto que lo empollo bien, y me largo mi discursito como un caballero. Todo es empezar. Una vez perdida la vergüenza, lo demás va por sus pasos contados. Y dejando de ser pasivo en la política, da uno empleo y desagüe á mil cosas malas que dentro le bullen. Si la política es un vicio, con este daño inocente se pueden matar otras diátesis viciosas que nos trastornan el seso. ¿Qué te parece? ¿te ríes? Dame tus graves consejos, alma de cántaro; vacía ese saco de filosofías pardas y de marrullerías espirituales. Espero tu exequatur ó una rociada de vituperios, porque te conozco, y quien no te conoce, que te consulte. Con que, ¿hablo ó no hablo? ¿Conviene hablar, aunque sea ladrando?

VIII

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3 de Diciembre.

Sin esperar tu contestación, te encajo ésta. Mira que me escarba en el magín, y más aún en la voluntad, la portentosa oración que ha de sacarme de la sosa esfera de la nulidad parlamentaria; mira que me disparo el mejor día y te avergüenzo, porque saben que eres mi mentor, y los dislates del discípulo recaerán sobre el maestro.

Consulté con mi padrino lo que á tí te consulto, y me dió un abrazo muy apretado, felicitándome por mi sabia resolución. Incitóme á hablar contra el Gobierno, sin reparar que éste me apoyó á rajatabla en la elección, sacándome por los cabellos de aquella misteriosa urna. Díjome que haciéndolo así prestaba un servicio á la sociedad, y favorecía los principios eternos contra lo transitorio y accidental; que nada es tan útil como los cambios de mandarines, para que el telón de esta comedia suba y baje muchas veces, hasta ver si el público se aburre y prorrumpe en la gran pita final. Augusta, que tales cosas oía, se indignó y tuvo una fuerte agarrada con su padre, diciéndole: «Hubieras sido ministro, serías por lo menos senador vitalicio si tuvieras más juicio, papá.» Él lo tomaba con calma, recalcando la extravagancia como siempre que se le contradice. De palabra en palabra, en la tertulia de sobremesa, la conversación pasó de la política al arte, y Cisneros se despachó á su gusto, sosteniendo delante de su hija, de Villalonga (el célebre Villalonga, ¡qué tipo!) y de mí, que no puede existir el Arte verdadero en los países organizados, donde hay Justicia y Policía, instituciones esencialmente enemigas del numen artístico. Pon atención á esto: «El genio de Shakespeare floreció en medio de la dramática barbarie inglesa del siglo XVI, como las artes italianas en medio del elegante desconcierto de las repúblicas florentina y genovesa, y de las guerras civiles desde el XIV al XVI, en aquellos tiempos pintorescos, anárquicos, de pasiones sin freno, igualmente propicios á la santidad y al crimen, al ascetismo y al homicidio; tiempos en que el derecho público llegó á tener por ley el veneno y el dogal, y se creó la diplomacia de la traición. La frecuencia del asesinato fomentaba en el pueblo la idea del desnudo; la Iglesia protegía las humanidades, y el paganismo resucitaba en el propio regazo de los Papas. César Borgia personifica esa época gloriosa, y cierra el período de florecimiento artístico, en el cual caben todas las ideas activas que pueden inflamar la mente de los pueblos. Entre la moral austera de Dante y las licencias de Bocaccio, hay una extensión, un campo inmenso y fecundo en que nacen las flores más bellas de la vida humana. Entre el místico Giotto y el aventurero Benvenuto Cellini, se encierran todos los desarrollos de la belleza corporal, base del arte pictórico.» Y por aquí siguió deslumbrándonos y confundiéndonos. Su hija le rebatía, como si dijéramos, á puñados, y aunque no estaba muy fuerte en la historia de César Borgia, sostuvo que era un sinvergüenza. Luego soltó varias herejías, hablando pestes del Giotto, de fra Angélico y de todos los pre-rafaelistas, y diciendo que no daría dos pesetas por ninguna de las tablas del siglo XV ni por la mayor parte de los cuadránganos religiosos que llenan aquella casa. Cisneros llamó á su hija tonta é ignorante, y le dió muchos besos. Así acaban siempre sus reyertas.

En esto entró Malibrán. (Si esto fuera novela pondría: Aparición de un nuevo personaje.) Adivino tu gesto de sorpresa al leer este nombre. No sabes quién es, mejor dicho, no le conoces por su apellido, aunque le has visto y le has hablado. Te ayudaré á hacer memoria, ¿Recuerdas que yendo los dos una tarde de París á Enghien, nos encontramos á un señor á quien teníamos por extranjero, y de pronto nos habló correcto español, y estuvo muy fino y obsequioso con nosotros al despedirse, ofreciéndonos su casa, que señaló extendiendo la mano hacia un techo gris cercano á la estación? ¿Recuerdas que, visitando algún tiempo después el Salón, nos le encontramos acompañando á un amigo nuestro, Pepe Díez, y éste nos le presentó? Al poco rato nos acompañaba en el examen de algunos cuadros, oficiando de crítico, y mostrándose muy severo con la mayor parte de las obras que vimos. Tú no tienes tan buena memoria como yo: no recordarás que al salir dimos una vuelta por los Campos, y el tal habló pestes de España y de los españoles; nos dijo que su residencia habitual era Italia, que había reunido algunos cuadros antiguos de grandísimo mérito, y que se hallaba en París gestionando la venta de un estupendo Mantegna, por el cual le ofrecía el Louvre cien mil francos y Rotschild un poco más; pero que no pensaba darlo en menos de doscientos mil. ¿No se te ha quedado presente ese detalle del Mantegna? Después de separarnos de él y del amigo con quien iba, hicimos la observación de que nos parecía uno de esos tipos de nacionalidad equívoca que en París tan á menudo se encuentran. Su fisonomía, como su apellido y la facilidad con que se expresa en diferentes idiomas, daban lugar á que se le creyese oriundo de todas las fronteras europeas. Al mismo tiempo notamos su atildada educación, su finura, la elegancia de su vestir.

Pues bien: este sujeto que entonces pasó ante nuestra vista como un cometa y de quien hablamos como se habla de aquello que no se espera volver á ver más, llámase Cornelio Malibrán y Orsini, es español y nacido en Madrid, hijo de un antiguo empleado de Palacio, y nieto de un coronel de guardias walonas. Su madre es italiana, hija de no sé qué militar extranjero al servicio de España. De modo que en nuestro don Cornelio se juntan y mezclan todas las sangres europeas, y en su progenie por ambas líneas, según nos explicaba la otra noche, hay una señora holandesa de la familia de Riperdá, y un caballero portugués, y un emigrado polaco, y qué sé yo qué más.

Te presento con tantos pelos y señales á este prójimo, porque presumo he de tener que ocuparme de él más de lo que quisiera. Ha servido en la diplomacia; estuvo algún tiempo cesante, residiendo en Italia y en Francia, y ahora ha logrado pasar al Ministerio. Es célibe, y vive con su madre, señora mayor, según he oído, bastante instruída y que sabe muchas y buenas historias de interioridades palatinas y aristocráticas... Un poco de paciencia, querido Equis, y acabaré el retrato. El origen de la amistad de este don Cornelio con mi padrino hay que buscarlo en la contagiosa chifladura de ambos en materias de arte pictórico. Cisneros es inteligente (al menos él lo dice, y yo lo creo bajo su palabra) en tablas españolas del siglo XV; pero en pintura italiana me parece á mí que no da pie con bola, y precisamente las escuelas italianas anteriores á Rafael son el fuerte de Malibrán. En cualquier sombrajo negro y ahumado, donde nosotros apenas vemos algún torso indefinible, señala él un Boticelli, un Sodoma, un Signorelli ó un fra Bartolomeo, nombres que rara vez sonaron en mis profanos oídos. Mi tío y él se pasan largas horas discutiendo sobre los inciertos caracteres que separan la escuela paduana de la veneciana, ó acerca de otro problema pictórico tan obscuro como éste.

De la intimidad con Cisneros vino la introducción de Malibrán en la casa de Orozco, donde le tienes todas, todas las noches. Su finísimo trato, su conocimiento del mundo, le ponen en primera línea en toda sociedad, sin que él necesite esforzarse por alcanzar aquel puesto. Descuella naturalmente y por la propia virtud de sus modales, que son la misma perfección, pues hay en ellos el grado exacto de rigidez compatible con la soltura. Sabe combinar como nadie la cortesía respetuosa con esas licencias que hoy agradan tanto, usadas discretamente, como la sal y los picantes en la culinaria. No conozco otro que sepa entretener y divertir á las damas como él las entretiene; es la única persona á quien he oído sostener largas conversaciones sobre vestidos, mostrando en ello la espiritual erudición que al asunto corresponde. Las señoras le consultan acerca de sus trajes, del adorno de sus casas, y, sobre todo, las asesora con maestría. Al propio tiempo, si le hablas de política extranjera, te pasmas oyéndole, querido Equis, porque la conoce al dedillo, tan bien como podríamos apreciar nosotros la nuestra.

Pues bien: presentado el tipo, me falta expresarte, para concluir, un sentimiento mío con respecto á él. Allá va, y no te asustes. Este hombre me es profundamente antipático, tanto que mi antipatía traspasa los límites que separan este sentimiento del odio verdadero. Te oigo preguntarme: «¿por qué?» Te asombrarás si te digo que no me es fácil definir la causa. Malibrán me considera mucho; parece estimarme, y aun quererme. Jamás ha tenido palabra ni acto, con respecto á mí, que puedan molestarme. Hasta se digna elogiar lo que digo, y oirme con afable atención. Pero ello es que no le puedo ver. Te muestro este fenómeno de mi alma, como le mostraría al médico una llaga que nadie ha visto y que sólo el médico debe ver. Yo mismo me asombro de llevar en mí un afecto depresivo que no me favorece; me sondeo, y trato de analizarlo para encontrar su origen. ¿Es envidia, es más bien intuición? ¿Es que penetro, sin darme cuenta de ello, el carácter de este individuo, y adivino que es una mala persona revestida de brillantes adornos sociales? ¿Es que...?

Pero estoy fatigado, aturdido, y presumo que en mi próxima, después de pensar un poco en este peregrino caso, te podré decir algo más concreto.

IX

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6 de Diciembre.

He vuelto á las andadas, compañero, y aquella serenidad de espíritu que adquirí dándome un baño (perdona lo extravagante de la figura) en las turbias aguas de la política, se la llevó la trampa. Hoy estoy muy nervioso, y á pesar mío saldrán á relucir en mi carta conceptos amargos y apreciaciones que no se ajustarán quizás á la realidad. He pasado mala noche, batiéndome con lo absurdo, queriendo ahuyentar las cavilaciones sin poderlo conseguir, porque me atacaban con lógica deslumbradora, y me desarmaban y me rendían. No extrañes, pues, que esté hoy inaguantable.

Ese Malibrán se me ha atravesado de tal modo que no le puedo tragar. Seguramente te has olvidado de su fisonomía, y quiero recordártela. Representa como unos cuarenta años, pero creo que tiene más. Buena figura: es lo que comunmente se llama un hombre guapo. No se olvida, vista una vez, su cara expresiva, que comparo, relacionándola con la pintura, á algo que abunda en la variada colección de mi tío. Aquel rostro afilado, aquel mirar penetrante, aquellas facciones correctísimas, la barba rubia acabada en punta, la frente de marfil, la color anémica, te recuerdan esos cuadros votivos de la pintura italiana que tienen en el centro á la Virgen, y á cada lado de ésta dos santos, San Jorge ó San Francisco, San Jerónimo ó San Pedro. Cornelio me hace recordar á veces al San Jorge, con su cariz de guerrero afeminado, y á veces, pásmate, al San Francisco de Asís, de seráfica y calenturienta belleza. Vas á decir que me voy del seguro. Es que, en efecto, estoy bastante excitado, y me excito más escribiéndote estas cosas, en vez de ponerme á estudiar el discursito que pronunciaré dentro de dos días, combatiendo el dictamen sobre el Proyecto de ley de rectificación de listas electorales. Ahora, relatemos.

Pues, como te dije, entró Malibrán, llamado con premura por mi padrino para consultarle acerca de un cuadro que acababa de adquirir. Tiempo hacía, según nos dijo, que lo había visto en la sacristía de las Descalzas de Villalón, sin poder meterle mano. Por fin, el administrador de Cisneros logró apandar la joya, y se la remitió. Es una tabla como de cincuenta centímetros por cuarenta, y representa el bautismo de Jesús. Las dos figuras desnudas, amarillas y tiesas destácanse en el fondo ennegrecido, con cuya lóbrega tinta se funde el sombreado de los cuerpos. En la parte superior se ve un par de ángeles con vestiduras de elegantes pliegues, sosteniendo un letrero con las palabras sacramentales del Bautismo. En cuanto llegó Malibrán, empezaron las discusiones frente á la obra de arte. «Ó esto es un Massaccio—dijo Cisneros con suficiencia triunfal,—ó yo no entiendo palotada de pintura.» Á lo que respondió el diplomático, después de mirar mucho la tabla, de cerca y de lejos, y de frotarla en diferentes partes: «Qué sé yo, qué sé yo... Me inclino á creer que es más bien un Pinturrichio. La figura del Bautista se parece extraordinariamente á las que hay en los frescos de Araceli en Roma.» Y tras esta razón pericial, siguió dando otras, que debían de ser muy fuertes. Entráronme ganas de contradecirle, aunque no entendía ni jota de aquellas cuestiones, y apoyé la opinión de Cisneros, el cual la sustentaba con furor, fundado en una referencia de Ceán Bermúdez. Luego corrió á su archivo y trajo una carta autógrafa, inédita, en la cual el célebre investigador de Bellas Artes da cuenta de haber visto una relación de los cuadros traídos de Italia por un don Alonso Núñez de Villalpando, fundador de las Descalzas de Villalón. Háblase en dicha nota de una tabla del Massaccio, tasada en no sé cuántos miles de escudos, y que se tenía por obra en alto grado maravillosa. Respecto á dimensiones y asunto, dice el papel: «Es como de un pie y medio de alto, y representa el bautismo de Nuestro Redentor.» Malibrán movía la cabeza, sonriendo, y quitaba importancia, con la mayor urbanidad, á las fuentes críticas de donde mi tío sacaba sus especiosos argumentos. Por fin, el testarudo castellano se atufó, y nada... tijeretas han de ser... «¡Oh! un Massaccio, el padre del Renacimiento... Tengo el cuadro más raro que existe en las galerías particulares de Europa y aun en las oficiales. Esta tabla no se sabe lo que vale. Es un tesoro. Véanla ustedes: les permito tocarla; pero... con muchísimo respeto. Usted, señor Malibrán, es muy inteligente; pero por esta vez reconozca que se ha caído. Y por más que en ello se empeñe, no logrará desacreditar mi colección ni desvirtuar la gloria de este gran hallazgo.»

La discusión no se acababa. Villalonga y yo nos pusimos de parte de mi tío, y Augusta votaba con Cornelio, lo que me sabía muy mal. Allá nos íbamos ella y yo en conocimiento de tal asunto, y opinábamos por capricho, ó quizás por simpatías personales, como suele suceder en la mayoría de las polémicas. Es casi seguro que ambos oíamos entonces por primera vez el nombre de Massaccio. Y, no obstante, yo sostenía con calor el partido de Cisneros ó massaccista, y ella se declaraba franca y resueltamente pinturrichista.

Querido Equis, ríete todo lo que gustes de esta simpleza; pero en aquel punto y hora, y mientras disputábamos sobre una cosa que entendíamos como si nos pusieran á descifrar escritura chinesca, asaltó mi mente una sospecha que me trajo al estado de inquietud en que me encuentro todavía. Mi corazón, antes que mi entendimiento, se lanzaba ansioso al campo de las adivinaciones, partiendo de un hecho insignificante, incierto quizás. Pero ¡cuántas tonterías hay, reveladoras de hechos graves! ¡Cuántas nimiedades saltan ante nuestra vista destapando misterios, y abriendo los horizontes de investigación que cerrara la cautela! Mi suspicacia y el odio instintivo que aquel pegajoso diplomático me inspiraba, odio revelador también, lleváronme á creer que cuanto hablaron mi prima y Malibrán aquel día encerraba un sentido doble, y que sus palabras eran fórmulas de inteligencia convenidas, al modo de una clave cifrada. Augusta se fué, diciendo que iba á recoger á unas amigas para llevarlas á paseo, y á poco se despidió también Malibrán, dejando á mi padrino solo con su cuadro y su tenaz opinión de que era legítimo Massaccio, por encima de todas las cábalas de la envidia. Como yo me mostrara bastante frío y con pocas ganas de jalearle, toda la matraca que dió después fué contra el amigo Villalonga, que le aguantaba con estóica paciencia.

Retiréme á un ángulo del gabinete aquél, tan bonito, tan diferente de cuanto vemos en otras casas, y durante largo rato examiné una por una las rosas del suelo. Necesito explicarte esto. Hay allí una magnífica alfombra de Santa Bárbara, hermana de las de Palacio y Sitios Reales, blanda, gruesa y amorosa bajo nuestras pisadas. Es de fondo blanco, rameado amarillo y guirnaldas de rosas, estilo Carlos IV, que ante la crítica dominante pasa hoy por anticuado. Á mí no me lo parece... Pero, sea lo que quiera, los colores se conservan admirablemente; el tejido es de una solidez que avergonzaría á toda la industria moderna; y en cuanto á las rosas, te diré que las deshojé con mis miradas, mientras en el otro extremo de la pieza apuraban el tema Villalonga y Cisneros. Este, inquietísimo, entraba y salía, trayendo papeles y librotes con alguna referencia en apoyo de su dictamen, y también cuadros para buscar argumentos comparativos. Ví abierta ante mí una papelera, en cuyos compartimientos brillaba el oro antiguo y de ley con la amarillez elegante de las onzas peluconas. De aquellas áureas gavetas sacó mi tío un papel, que leyó como se podría leer un bando. Era el inventario citado por Ceán Bermúdez; y en el tragín que el buen señor armaba, se tambaleó de improviso una armadura completa, milanesa, y cayó al suelo con estrépito y chirrido de articulaciones metálicas, como guerrero que cae mal herido en el combate.

Después oí la voz de Cisneros en la pieza inmediata, riñendo con los criados, llamándoles idiotas, embusteros y enredadores. Pedía su ropa, no ésta, sino aquélla. El gabán de pieles no, ¡zopenco!... sino el otro... Al cochero le amenazaba con despedirle por borracho, al lacayo por sucio, al administrador por entrometido, á la cocinera por habladora, á la pincha por sisona, al ayuda de cámara por indecente. Todo aquello era genialidad pasajera, pues al poco rato les trataría con la familiaridad más revolucionaria.

Villalonga se marchó, diciéndome que no salía nunca de aquella casa sin sentir que se le aflojaba un tornillo del cerebro, y cuando me quedé solo con mi padrino y pasé á su cuarto, mientras se vestía me dijo: «Ese Malibrán, que es un trasto envidioso, quiere quitarme la gloria de poseer el cuadro más raro que hay en el mundo. Pero se fastidiará, se fastidiará. La culpa tiene quien le da alas, consultándole sobre lo que no entiende. ¿Has visto qué fatuidad? ¿No salta á la vista que mi tabla es Massaccio, pero tan claro que negarlo es como negar la luz del sol? Pues qué, ¿Ceán Bermúdez es algún gacetillero? Tú has dado razones que no pueden rebatirse... Vamos, vámonos á tomar el aire.»

Llevóme al Retiro en su carruaje, y paseamos á pie desde la Casa de Fieras al Ángel Caído. Saludamos á muchos amigos, y de cuantas personas conocidas pasaron á pie ó en coche tuvo Cisneros algo que decir. Su feliz memoria, suplida á veces por ingeniosa inventiva, regalóme aquella tarde mil anécdotas, picantes unas, despiadadas y terribles otras, ninguna inocente, todas con ese singular acento que da la verosimilitud ó la probabilidad de los yerros humanos. Era aquello la historia, compuesta y adornada á lo Tito Livio, como arte verdadero; historia no inferior por su transcendencia y ejemplaridad á la que nos cuenta en fastidiosas páginas las bodas de los reyes, y las batallas que se ganaron ó se perdieron por un quítame allá esas pajas. Mi tío me ilustró también con algunas particularidades de su vida, en las cuales no pude menos de ver esa mano de gato con que algunos cronistas desfiguran y engalanan lo que les conviene; y por fin me dió este consejo: «Mira, Manolo, tú no seas tonto. Haz el amor á las mujeres de todos tus amigos, y conquístalas si puedes. No pierdas ripio por cortedad, ni por escrúpulos, ni por miramientos sociales de escaso valor ante las grandes leyes de la Naturaleza. Las prójimas que más respeto te infundan, son quizás las que más deseen que avances: no te quedes, pues, á mitad del camino. Sé atrevido, guardando las formas, y vencerás siempre. Toma el mundo como es, y las pasiones y deseos como fenómenos que constituyen la vida. La única regla que no debe echarse en olvido nunca es la buena educación, ese respeto, ese coram vobis que nos debemos todos ante el mundo.»

Algo más me dijo; pero yo dejé de oirle, porque el alma toda se me fué detrás de Augusta, á quien ví de lejos en su landó, con otra señora, su amiga, su encubridora quizás. Tal pensé en aquel momento, y con ellas, tieso y amable en la delantera, el hombre más cargante que alumbra el sol: Malibrán. Sí, le ví, y no quiero decirte más. ¿Qué tenía de particular que la acompañase como yo mil veces lo había hecho? ¿Qué podía significar cosa tan sencilla? Nada en rigor. Era una simpleza que me atormentaba, como nos atormenta el granito de tierra que en un ojo nos cae... Hasta debía pensar que la circunstancia de acompañarla públicamente revelaba la mayor inocencia, pues de haber algo, evitarían mostrarse juntos en el paseo... Pero nada de esto, que he pensado después, me ocurrió entonces. Habrás comprendido que yo estaba aquella tarde hecho un imbécil, un sentimental de la peor especie, digno de que me cogieran por su cuenta los novelistas chirles. Ahora estoy viendo que tú, con la sorna que sueles gastar, vas á decirme que merezco una camisa de fuerza. Pero yo sigo en mis trece: la idea es la madre de los hechos. ¿Qué importa que no aparezcan los hechos, si se ve que la idea, por el bulto que hace, está embarazada de ellos? No, no te hagas cruces... Mira, vete al cuerno y no fastidies más.

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16 ocak 2025
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4057664172624
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