Kitabı oku: «Pecado»
XI Premio RBA de Novela Policiaca
Otorgado por un jurado formado por Paco Camarasa, Luisa Gutiérrez,
Antonio Lozano, Soledad Puértolas y Lorenzo Silva.
Título original: Snow
© John Banville, 2017.
© de la traducción: Miguel Temprano García, 2017.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO119
ISBN: 9788490568927
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
INVIERNO, 1957
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VERANO, 1947
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INVIERNO, 1957
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CODA
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GANADORES DEL PREMIO RBA DE NOVELA POLICIACA
NOTAS
INVIERNO, 1957
Soy un cura, por el amor de Dios, ¿cómo me puede estar pasando esto a mí?
Había reparado en el casquillo vacío y sin bombilla, pero no le había dado importancia. No obstante, cuando llegó a mitad del pasillo, donde la oscuridad era mayor, algo le agarró del hombro izquierdo, una especie de animal, le pareció, o un pájaro grande y robusto, que le clavó las garras en la parte derecha del cuello justo por encima del borde del alzacuellos de celuloide. Solo sintió el golpe rápido y lacerante, luego el brazo se le entumeció hasta la punta de los dedos.
Con un gruñido, se apartó de su atacante. Notó un regusto a bilis mezclada con whisky, y algo metálico y áspero que era el sabor del terror mismo. Una calidez pegajosa descendió por su costado derecho y por un instante dudó de si el animal no le habría vomitado encima. Avanzó tambaleándose y llegó al rellano, donde brillaba una única bombilla. Se tocó la pechera de la camisa y se puso las manos delante de la cara; a la luz de la bombilla, la sangre que había en ellas parecía casi negra.
El brazo seguía entumecido. Trastabilló hasta las escaleras. La cabeza le daba vueltas y temió rodar por ellas, pero se aferró al pasamanos con la mano izquierda y consiguió bajar la amplia curva hasta el vestíbulo. Una vez allí se detuvo, mareado y jadeante, como un toro herido. No oía nada, solo un retumbar lento y sordo en las sienes.
Una puerta. La abrió, buscando con desesperación dónde refugiarse. La punta del pie se le enganchó en el borde de la alfombra y cayó de bruces, desmadejado y sin fuerzas, y al caer se golpeó la frente contra el parqué.
Yació inmóvil en la penumbra. La madera, que olía a cera y polvo viejo, le rozó suave y fría la mejilla.
El abanico de luz del suelo a sus pies se plegó de pronto cuando alguien entró y empujó la puerta para cerrarla. Un animal, el mismo u otro, se inclinó sobre él, respirando. Unas uñas o garras, no supo decir qué, rebuscaron en su regazo. También ahí estaba pegajoso, pero no por la sangre. Vio el brillo de la cuchilla, notó cómo cortaba, fría y profundamente, su carne.
Habría gritado, pero le fallaron los pulmones. No le quedaban fuerzas, ya no. A medida que desfallecía, también fue disminuyendo el dolor, hasta que no quedó más que un frío cada vez más gélido. Confiteor Deo... Rodó de espaldas, soltó un suspiro como un estertor, y una burbuja de sangre se hinchó entre los labios separados, se hinchó y se hinchó, y estalló con un leve sonido que sonó cómico en el silencio, aunque a esas alturas ya no pudo oírlo.
Lo último que vio, o le pareció ver, fue un leve parpadeo de luz que amarilleó un instante la oscuridad.
1
—El cadáver está en la biblioteca —dijo el coronel Osborne—. Venga por aquí.
El inspector Strafford estaba acostumbrado a las casas frías. Había pasado sus primeros años en una mansión grande y sobria muy parecida a esa, luego lo habían enviado al colegio en un lugar que era aún más grande, gris y frío. A menudo se maravillaba de los extremos de pobreza e incomodidad que se daba por descontado que soportarían los niños sin la más mínima queja o protesta. Ahora, mientras seguía a Osborne por el amplio vestíbulo —losas pulidas por el tiempo, una cornamenta en una placa, retratos borrosos de los antepasados de Osborne en las paredes a ambos lados—, le pareció que el aire era incluso más frío allí que fuera. En una cavernosa chimenea de piedra, tres trozos de turba húmeda colocados en forma de trípode ardían hoscos, sin emitir ningún calor detectable.
Había estado nevando sin cesar durante dos días y esa mañana todo pareció detenerse con silencioso pasmo ante el espectáculo de semejantes extensiones de blancura ininterrumpida por todas partes. La gente decía que era inaudito, que nunca había visto un tiempo así, que era el peor invierno que se recordaba; pero decía eso mismo todos los años cuando nevaba y también los años en que no nevaba.
La biblioteca daba la impresión de ser un sitio donde no hubiese entrado nadie desde hacía mucho tiempo, y ese día era como si estuviesen abusando de su paciencia, como si estuviera indignada de que violasen su soledad de forma tan brusca y repentina. Las vitrinas con la puerta de cristal de las paredes miraban hacia delante con frialdad y, detrás del vidrio empañado, los libros aguardaban hombro con hombro con una actitud de resentimiento mudo. Las ventanas con parteluces estaban encajadas en gruesos alféizares de granito, y la luz reflejada por la nieve, irreal, cruda y blanca, brillaba a través de los numerosos cristales emplomados. Strafford ya había echado un vistazo escéptico a la arquitectura de la casa; falso estilo Artes y Oficios, había pensado enseguida con desprecio. No es que fuese un esnob, o no exactamente, lo único que pasaba era que le gustaba que se dejasen las cosas como estaban y no que se las disfrazase de lo que nunca podrían ser.
Pero ¿y él? ¿Era enteramente auténtico? No le había pasado desapercibida la mirada de sorpresa con la que el coronel Osborne, al abrir la puerta principal, le había observado de pies a cabeza. Era solo cuestión de tiempo que le dijesen, el coronel Osborne o alguna otra persona de la casa, que no parecía un policía. Estaba acostumbrado. La mayor parte de la gente lo decía a modo de cumplido, y él intentaba tomárselo como tal, aunque siempre se sentía como un estafador a quien le hubiesen descubierto el truco.
Lo que querían decir era que no parecía un policía irlandés.
El inspector Strafford, de nombre St. John —se pronuncia «Sinyún», explicaba fatigado—, tenía treinta y cinco años y parecía diez años más joven. Era alto y delgado —la palabra era desgarbado—, de rostro estrecho y afilado, ojos que bajo cierta luz eran verdes y pelo de ningún color en particular, con un mechón que tenía tendencia a caerle sobre la frente como un ala lacia y brillante, y que él se apartaba con un gesto rígido característico en el que utilizaba los cuatro dedos de la mano izquierda. Llevaba un terno gris que, como toda su ropa, parecía ser una talla o dos más grande de la cuenta, una corbata de lana con el nudo muy apretado, un reloj de bolsillo con una cadenilla —había sido de su abuelo— y una gabardina gris con una bufanda de lana gris; se había quitado el sombrero de fieltro negro blando y ahora lo sujetaba a un lado por el ala. Tenía los zapatos empapados por la nieve fundida —no pareció reparar en los charcos que se estaban formando a sus pies en la alfombra— y también tenía los bajos de los pantalones mojados.
No había tanta sangre como debería, en vista de las heridas infligidas. Cuando miró más de cerca, reparó en que alguien había fregado la mayor parte. También habían manipulado el cadáver del cura. Yacía de espaldas, con las manos juntas sobre el pecho y con los pies, calzados con unos zapatos de clérigo grandes y brillantes, alineados con pulcritud. Solo le faltaba un rosario alrededor de los nudillos.
No digas nada de momento, se dijo Strafford; ya habrá tiempo de hacer preguntas incómodas después.
En el suelo, al lado de la cabeza del cura, había un alto candelabro de latón; la vela se había consumido y el sebo se había derramado por los lados; extrañamente, parecía una cascada helada de champán.
—Qué cosa tan rara, ¿verdad? —dijo el coronel tocándolo con la puntera del zapato—. Le aseguro que me dio escalofríos. Como si hubiesen celebrado una misa negra o algo así.
—Hum.
Strafford nunca había oído hablar del asesinato de un cura, no en este país, o al menos no desde los días de la Guerra Civil, que había terminado cuando él daba sus primeros pasos. Cuando se conocieran los detalles, si es que llegaban a saberse, sería un escándalo enorme; no quería pensar en eso, aún no.
—¿Dice que se llamaba Lawless?
El coronel Osborne frunció el ceño al mirar al muerto y asintió con la cabeza.
—El padre Tom Lawless, sí... o el padre Tom, que es como lo llamaba todo el mundo. —Alzó la vista para mirar al inspector—. Gozaba de mucha simpatía entre la gente de aquí. Todo un personaje.
—¿Amigo de la familia?
—Sí. Viene a menudo, supongo que ahora debería decir «venía», desde su casa en Scallanstown. Guarda su caballo en nuestros establos... Soy el montero mayor de Keelmore, el padre Tom nunca se perdía una salida. Se suponía que ayer íbamos a cazar, pero nevó. Vino de todas formas, se quedó a cenar y le ofrecimos una cama para pasar la noche. No podría haberle dejado marchar con ese tiempo. —Sus ojos volvieron a mirar el cadáver—. Aunque, al verlo ahora y lo que le ha pasado al pobre hombre, lamento no haberlo enviado a su casa, con nieve o sin ella. No se me ocurre quién puede haber hecho algo tan espantoso. —Tosió un poco y apuntó avergonzado con el dedo en dirección a la entrepierna del muerto—. Le he abrochado los pantalones como mejor he podido, por decoro. —Adiós a la integridad de la escena del crimen, pensó Strafford con un suspiro silencioso—. Cuando lo examine verá que... en fin, que han castrado al pobre hombre. Qué salvajes.
—¿Cree que han sido varias personas? —preguntó Strafford arqueando las cejas.
—Varias. Una. No lo sé. Esto se veía mucho en los viejos tiempos, cuando luchaban por su supuesta libertad y el campo estaba abarrotado de asesinos energúmenos de todo tipo. Todavía deben de quedar unos cuantos, si es que eso sirve de algo.
—Entonces ¿cree que el asesino, o los asesinos, vinieron de fuera?
—Por Dios, hombre, no creerá que alguien de la casa haría una cosa así, ¿no?
—¿Un ladrón? ¿Algún indicio de allanamiento..., una ventana rota, una cerradura forzada?
—No sé, no lo he mirado. ¿No es ese su trabajo, buscar pistas y demás?
El coronel Osborne parecía rondar los cincuenta, era delgado y correoso, tenía un bigote como un cepillo de uñas y unos ojos azul hielo de mirada penetrante. Era de talla mediana, habría sido más alto de no haber sido tan patizambo —el resultado, tal vez, pensó sardónicamente Strafford, de tanto salir de caza— y tenía unos andares extraños, entre inseguros y tambaleantes, como un orangután con un problema en las rodillas. Llevaba zapatos gruesos de cuero muy bien cepillados, pantalones de montar de sarga con la raya muy marcada, una chaqueta de caza de tweed, camisa de cuadros y una pajarita de topos de color azul pálido. Olía a jabón, a humo de tabaco y a caballos. Empezaba a clarearle la coronilla y tenía unos mechones de pelo rubio muy engominados y peinados hacia atrás que se juntaban en la base del cráneo formando una especie de rizos puntiagudos, como la punta de la cola de un pájaro exótico.
Había combatido en la guerra como oficial de los Dragones de Inniskilling, había hecho algo notable en Dunkerque y le dieron una medalla.
Todo un tipo el coronel Osborne, un tipo que Strafford conocía muy bien.
Era raro, pensó, que alguien se tomara la molestia de vestirse y acicalarse tan minuciosamente, cuando el cadáver de un cura castrado y apuñalado yacía en el suelo de su biblioteca. Pero, claro, había que guardar las formas, fuesen cuales fueran las circunstancias —durante el sitio de Jartum habían seguido tomando el té todos los días, a menudo al aire libre—, ese era el código de la clase a la que pertenecía el coronel, que era también la clase de Strafford.
—¿Quién lo encontró?
—Mi mujer.
—Entiendo. ¿Dijo si estaba así, tumbado de esta forma, con las manos juntas?
—No; de hecho, lo adecenté un poco.
—Entiendo.
Demonios, pensó, ¡demonios!
—Pero no le junté las manos... eso debió de ser la señora Duffy. —Se encogió de hombros—. Ya sabe cómo son —añadió despacio con una mirada elocuente.
Strafford sabía que con eso se refería a los católicos, claro.
Luego el coronel sacó una pitillera de plata del bolsillo interior de la chaqueta, apretó el cierre con el pulgar, abrió la pitillera en la palma de la mano y mostró dos pulcras hileras de cigarrillos, cada una de ellas sujeta con una goma elástica. Strafford reparó automáticamente en que la marca era Senior Service.
—¿Le apetece fumar?
—No, gracias —respondió Strafford. Siguió contemplando el cadáver. El padre Tom había sido un hombretón de hombros robustos y pecho ancho; unos mechones de pelo lanoso le asomaban de las orejas... Los curas, al no estar casados, tendían a descuidar esas cosas, pensó Strafford. Lo que le recordó—: ¿Y dónde está ella ahora? —preguntó—. Su mujer.
—¿Eh? —Osborne le miró por un segundo, con dos colmillos de humo de cigarrillo saliéndole de la nariz—. Ah, sí. Está arriba, descansando. Le he dado un poco de brandy y de oporto. Ya imaginará en qué estado se encuentra.
—Por supuesto.
Strafford se dio unos golpecitos con el sombrero en el muslo izquierdo y miró distraído. Todo tenía un aspecto irreal: la enorme sala cuadrada, las estanterías nobles, la elegante aunque descolorida alfombra turca, la disposición de los muebles y el cadáver, tendido con tanta pulcritud, con los ojos abiertos y velados, mirando vagamente hacia arriba, como si su propietario no estuviese muerto, sino sumido en una especulación desconcertante.
Y luego estaba el hombre que había al otro lado del cadáver con los pantalones recién planchados, la camisa de algodón de cuadros y la pajarita anudada de forma experta, con su bigote militar, los ojos fríos y un rayo de luz de la ventana que había a su espalda centelleando en la pendiente de su cráneo tenso y bronceado. Era demasiado teatral, sobre todo con esa luz brillante y artificial que se abría paso desde fuera; parecía la escena final de un melodrama de salón, con el telón a punto de bajar y el público dispuesto a aplaudir.
¿Qué había ocurrido la noche anterior para que este hombre acabase muerto y mutilado?
—¿Ha venido desde Dublín? —preguntó el coronel Osborne—. Debe de haber sido peligroso. Las carreteras parecen de cristal. —Hizo una pausa, levantó una ceja y bajó la otra—. ¿Ha venido solo?
—Me llamaron por teléfono y me acerqué. Estaba visitando a unos parientes cerca de aquí.
—Ah, ya veo —murmuró el coronel. Luego carraspeó—. ¿Cómo ha dicho que se llama? ¿Stafford?
—Strafford, con erre.
—Lo siento.
—No se preocupe, le pasa a todo el mundo.
El coronel Osborne asintió con la cabeza, frunció el ceño y se quedó pensando.
—Strafford —musitó—. Strafford.
Le dio una larga calada al cigarrillo y cerró el ojo por el humo. Estaba intentando ubicar el nombre. El inspector no se ofreció a ayudarle.
—Pronto llegará más gente —dijo—. Guardias, de uniforme. Un equipo forense. Y un fotógrafo.
El coronel Osborne le miró alarmado.
—¿De prensa?
—¿El fotógrafo? No... uno de los nuestros. Para hacer un registro fotográfico de la... de la escena del crimen. Apenas les molestará. Pero es probable que la historia llegue a los periódicos y también a la radio. Es inevitable.
—Sí, supongo que sí —dijo sombrío el coronel Osborne.
—Claro, lo que cuenten no dependerá exactamente de nosotros.
—¿Qué quiere decir?
Strafford se encogió de hombros.
—Estoy seguro de que sabe tan bien como yo que en este país los periódicos no publican nada que no haya sido..., en fin, censurado.
—¿Censurado? ¿Por quién?
—Por los que mandan. —El inspector hizo un gesto hacia el cadáver que había a sus pies—. Han asesinado a un sacerdote.
El coronel Osborne asintió con la cabeza y movió la mandíbula a los lados como si mascase.
—Por mí pueden censurar todo lo que quieran. Cuanto menos salga a la luz, tanto mejor.
—Sí. Podría tener suerte.
—¿Suerte?
—Podría no salir nada a la luz. Me refiero a que las circunstancias podrían..., digamos, encubrirse. No sería la primera vez.
El coronel no reparó en la ironía de esa última observación: el encubrimiento en caso de escándalo no solo no era raro sino más bien la norma. Volvió a contemplar el cadáver.
—Aun así, es un mal asunto. Dios sabe lo que dirán los vecinos.
Una vez más, miró de soslayo al detective con una mirada intrigada.
—Strafford —dijo—. Es raro, pensaba que conocía a todas las familias de por aquí.
Se refería, claro, a todas las familias protestantes, y Strafford lo sabía. Los protestantes eran más o menos el cinco por ciento de la población de la todavía joven República, y, de ese número, solo una pequeña fracción —los «protestantes de a caballo», como los llamaban con desprecio los católicos irlandeses— se las arreglaban aún para aferrarse a sus fincas y vivir más o menos como habían vivido antes de la independencia. Por eso no era ninguna sorpresa que pretendieran conocerse o al menos tener noticia unos de otros, mediante una intrincada red de parientes, familia política, vecinos y una cohorte de antiguos enemigos.
En el caso de Strafford, no obstante, era evidente que el coronel Osborne no tenía respuesta. Divertido, el inspector decidió ceder... ¿qué más daba?
—Roslea —dijo, como si fuese una contraseña, que, cuando se paró a pensarlo, es lo que era—. Cerca de Bunclody, esa parte del condado.
—¡Ah, sí! —dijo ceñudo el coronel—. ¿Roslea House? Creo que estuve una vez, en una boda o algo por el estilo. ¿Es su...?
—Sí. Mi familia todavía vive allí. Bueno, mi padre. Mi madre murió joven y solo tuvieron un niño.
«Solo un niño»; siempre le sonaba raro a sus oídos de adulto.
—Sí, sí —farfulló asintiendo el coronel, que no le había prestado mucha atención—. Sí, claro.
Strafford notó que no estaba muy impresionado: no había ningún Osborne cerca de la parroquia de Roslea, y el coronel no estaba muy interesado en ningún sitio donde no hubiese ningún Osborne. Strafford imaginó a su padre riéndose; a su padre le divertían las pretensiones de sus correligionarios y los complicados rituales de clase y privilegios, o de privilegios imaginarios, con que vivían, o intentaban vivir, en esos tiempos difíciles.
Al pensarlo, Strafford volvió a dejarse llevar por el asombro: ¿qué podía haber sucedido para que un cura católico, «un amigo de la familia», estuviese tendido muerto en su propia sangre, en Ballyglass House, la casa solariega de los Osborne, de la antigua baronía de Scarawalsh, en el condado de Wexford? No era raro que quisiera saber qué dirían los vecinos.
A lo lejos oyeron llamar a la puerta principal.
—Debe de ser Jenkins —dijo Strafford—. El oficial Jenkins, mi ayudante. Me avisaron de que estaba de camino.
2
Lo primero en lo que reparaba todo el mundo al ver al oficial Jenkins era en lo achatada que tenía la cabeza. Era como si le hubiesen rebanado la coronilla, como el extremo de un huevo cocido. ¿Cómo, por pequeño que sea, puede caber un cerebro en un espacio tan reducido?, pensaba la gente. Intentaba disimular la deformidad untándose el pelo con Brylcreme y peinándoselo con una especie de tupé, pero no engañaba a nadie. Se decía que a la partera se le había caído de cabeza cuando nació, pero la historia parecía un tanto inverosímil. Extrañamente, nunca llevaba sombrero, tal vez pensaba que un sombrero le aplastaría el pelo ahuecado con tanto cuidado y echaría a perder el intento de camuflaje.
Era joven, todavía en la veintena, serio y entregado; también era inteligente, aunque no tanto como él creía, tal como había tenido ocasión de pensar a menudo Strafford con cierta comprensión. Cuando alguien decía algo que no entendía, se quedaba callado y atento, igual que un zorro al olfatear la presa. No era popular en el Cuerpo, lo cual era razón suficiente para que a Strafford le fuese simpático. Los dos eran marginados, algo que no preocupaba a Strafford,o al menos no mucho, aunque Jenkins odiaba que lo dejaran de lado.
Cuando la gente le decía en broma, como si por alguna razón eso les divirtiera, que lo que necesitaba era echarse novia, fruncía el ceño y se le ruborizaba la frente. Que se llamase Ambrose no era ninguna ayuda, y menos cuando todo el mundo, excepto él mismo, lo llamaba Ambie: Strafford reconocía pesaroso que era difícil parecer un hombre serio cuando tenías el cráneo achatado como un plato vuelto del revés y te llamabas Ambie Jenkins.
Por pura coincidencia, Jenkins llegó a la vez que el equipo forense, que subió detrás de él los escalones de la entrada, dejando tras ellos penachos de humo de cigarrillo.
Eran Hendricks, el fotógrafo, un hombre fornido con gafas de concha, espesas cejas negras y un caso grave de acné heredado de la adolescencia; Willoughby, el experto en huellas dactilares —al menos se suponía que era un experto— cuya piel color de masilla y manos temblorosas eran las marcas evidentes de un bebedor secreto; y su jefe, el fumador compulsivo Harry Hall —a quien siempre llamaban por el nombre y el apellido, como si fuesen uno solo, por lo que sonaba como un apellido con guion: HarryHall—, que, con sus enormes hombros encorvados, el cuello grueso y los colmillos prominentes y amarillos, a Strafford le recordaba siempre a un elefante marino.
Strafford había trabajado antes con los tres; en privado los conocía como Lew, Curly y Mo. Se quedaron sobre las losas del vestíbulo sacudiéndose la nieve de las botas y echándose el aliento en las manos. Harry Hall, con la colilla de un cigarrillo pegada al labio inferior y dos centímetros de curva ceniza en la punta, contempló la cornamenta y los retratos ennegrecidos de las paredes y soltó una de sus risas de fumador.
—Dios, ¿habéis visto esto? —resolló—. Solo falta que se presente Poirot en la escena. —Lo pronunció «Puarrot».
También habían llegado un par de guardias de uniforme en un coche patrulla, uno alto y el otro bajito, ambos boquiabiertos, recién salidos de la academia de la Garda en Templemore e intentando ocultar su falta de experiencia y su torpeza con su actitud desafiante y mirando con fijeza y la mandíbula adelantada. En realidad, no tenían nada que hacer, así que Jenkins les pidió que esperasen en el vestíbulo a ambos lados de la puerta principal y no dejasen entrar ni salir a nadie sin la autorización correspondiente.
—¿Cuál es la autorización correspon...? —quiso preguntar el más alto de los dos, pero Jenkins le dedicó una mirada vacía y no dijo más.
Aunque, cuando Strafford hizo pasar a Jenkins y a los forenses a la biblioteca, el guardia alto observó al otro y murmuró:
—La autorización correspondiente... ¿a qué se refiere si se trata de una casa particular? —Y los dos se rieron con la risa cínica que estaban intentando aprender de los veteranos del Cuerpo.
El coronel Osborne seguía de pie al lado del cadáver, tieso como una vela, rígido y expectante. También allí Harry Hall miró feliz y asombrado a su alrededor, y contempló los estantes, la chimenea de mármol y los muebles medievales falsos.
—Es una biblioteca —le susurró incrédulo a Hendricks—. Una puta biblioteca de verdad, ¡y con cadáver y todo!
Los forenses nunca dedicaban su primera atención al cadáver, era una parte no oficial de su código profesional. No obstante, Hendricks se había puesto manos a la obra, las bombillas del flash de su Graflex se encendían, silbaban y dejaban a todos los presentes ciegos uno o dos segundos después de apagarse.
—Venga a tomar un poco de té —dijo el coronel Osborne.
La invitación estaba dirigida solo a Strafford, pero el oficial Jenkins no se percató o le trajo sin cuidado —Jenkins tenía una vena engreída— y siguió a los dos hombres cuando salieron de la sala. En la cocina, Osborne le miró con severidad, pero no dijo nada. Jenkins se alisó el pelo de la nuca; no iba a dejarse avasallar por un irlandés anglófilo con zapatos de cuero y pajarita.
—¿Se las arreglarán ahí dentro? —le preguntó el coronel Osborne a Strafford, haciendo un gesto hacia la biblioteca.
—Serán muy cuidadosos —respondió cortante Strafford—. Normalmente, no rompen nada.
—¡Ah!, no me refería..., es decir, solo quería saber si... —Frunció el ceño. Estaba rellenando el hervidor de agua en el fregadero.Al otro lado de la ventana las ramas negras y desnudas de los árboles estaban cargadas con tiras de nieve que brillaba como azúcar granulada—. Parece una pesadilla.
—Casi siempre es igual. La violencia siempre parece fuera de lugar, lo que no es de extrañar.
—¿Ha visto usted muchos? Asesinatos y cosas así.
Strafford esbozó una leve sonrisa.
—No hay «cosas así»..., el asesinato es único.
—Sí, entiendo lo que quiere decir —respondió Osborne, aunque era evidente que no lo entendía del todo.
Dejó el hervidor sobre el fogón; tuvo que buscar las cerillas, las encontró por fin. Abrió los armarios y se quedó mirándolas con impotencia. Estaba claro que no había pasado mucho tiempo en la cocina en los últimos años. Sacó tres tazas de un estante; dos tenían grietas en los lados, como finos pelillos negros. Las dejó sobre la mesa.
—¿A qué hora encontraron el cadáver...? —empezó Jenkins, pero se interrumpió al ver que los dos hombres miraban detrás de él. Se volvió.
Una mujer había entrado sin hacer el menor ruido.
Se quedó al lado de una puerta baja que conducía a otra parte de la casa, con una mano tensa sobre la otra a la altura de la cintura. Era alta —tenía que encorvarse un poco para pasar por la puerta— y muy delgada, su piel era pálida y sonrosada, como la leche desnatada cuando se mezcla con una gota de sangre. Tenía el rostro alargado, igual que una Virgen de un pintor clásico poco conocido, ojos negros y la nariz fina con un bultito en la punta. Llevaba una rebeca beis y una falda gris que le llegaba hasta la pantorrilla y que le hacía arrugas en la cadera, apenas más ancha que la de un muchacho.
No era guapa, le faltaba carne para eso, pensó Strafford, pero de todos modos algo en su apariencia frágil y melancólica hizo sonar una campana en su interior con un silencioso y pequeño «¡tin!».
—¡Ah!, estás ahí, cariño —dijo el coronel Osborne—. Pensaba que estabas durmiendo.
—He oído voces —respondió la mujer, mirando a Strafford, a Jenkins y otra vez a Strafford con ojos inexpresivos.
—Es mi mujer —explicó Osborne—. Sylvia, este es el inspector Strafford, ¿y...?
—Jenkins —replicó Jenkins, subrayando la palabra con un gesto de desaprobación; no entendía por qué la gente no recordaba nunca su nombre..., al fin y al cabo no se llamaba Jones, ni Smith—. Oficial Jenkins.
Sylvia Osborne no les saludó, se limitó a adelantarse desde la puerta mientras se frotaba las manos. Daba la impresión de tener frío, era como si no hubiese entrado en calor en toda su vida. Strafford tenía el ceño fruncido; al principio había pensado que debía de ser la hija de Osborne, o tal vez una sobrina, pero desde luego no su mujer. De hecho, le había dado la impresión de que era como mínimo veinte años, e incluso veinticinco, más joven que su marido. En cuyo caso, pensó, tenía que ser su segunda esposa, puesto que tenía hijos crecidos; le habría gustado saber qué había sido de la primera señora Osborne.
El hervidor de agua soltó un pitido estridente.
—Me he cruzado con alguien en las escaleras —dijo la señora Osborne—, un hombre. ¿Quién es?
—Probablemente, uno de los míos —respondió Strafford.
Ella le miró con gesto inexpresivo, luego se volvió de nuevo hacia su marido. Le observó mientras vertía el agua hirviendo en una gran tetera de porcelana.
—¿Dónde está Sadie? —preguntó.
—La he enviado a casa de su hermana —respondió con brusquedad Osborne. Luego miró a Strafford—. El ama de llaves. La señora Duffy.
—¿Por qué? —quiso saber sorprendida su mujer, arrugando la pálida frente. Todos sus movimientos eran lentos y cuidadosamente calculados, como si estuviese vadeando en el agua.
—Ya sabes lo cotilla que es —observó Osborne, desviando la mirada, y luego murmuró para sus adentros—, aunque su hermana tampoco es que sea muy discreta.
La señora Osborne miró a un lado y se llevó una mano a la mejilla.
—No lo entiendo —dijo con voz vacilante—. ¿Cómo pudo entrar en la biblioteca si rodó por las escaleras?
Una vez más, Osborne contempló a Strafford, con un movimiento de cabeza casi imperceptible.
—Imagino que eso es lo que está intentando averiguar el hombre del inspector Strafford —le dijo a la mujer en voz alta, aunque luego suavizó el tono—. ¿Quieres un poco de té, cariño? —Ella negó con la cabeza y, con la misma expresión de perplejidad, dio media vuelta y salió por la puerta por la que había entrado, sin apartar las manos de la cintura y con los codos apretados contra los costados, como si corriese peligro de derrumbarse y necesitara sujetarse—. Cree que ha sido un accidente —les aclaró en voz baja Osborne cuando se marchó—. No me ha parecido oportuno contárselo... ya se enterará.
Repartió las tazas de té y se quedó la que no estaba desportillada.
—¿Sabe si alguien oyó algo por la noche? —preguntó Jenkins.
El coronel Osborne le miró con cierto desagrado, como sorprendido de que alguien de rango inferior se creyera con el derecho de hablar sin pedir permiso a su superior.
—Desde luego yo no oí nada —dijo lacónico—. Supongo que es posible que Dominic sí lo oyese. Me refiero a mi hijo Dominic.
—¿Y qué hay de los demás? —insistió Jenkins.
—Nadie ha oído nada, que yo sepa —replicó muy envarado el coronel, mirando su taza.
—¿Y dónde está ahora su hijo? —preguntó Strafford.
—Se ha llevado al perro a dar un paseo —dijo Osborne. Su expresión daba a entender que incluso a él le parecía como mínimo incongruente: aquí un muerto y allí un perro al que hay que sacar a pasear.
—¿Cuánta gente había anoche en la casa? —preguntó Strafford.
Osborne desvió la mirada hacia arriba y movió los labios mientras contaba en silencio.
—Cinco —dijo—, contando al padre Tom. Además del ama de llaves, claro. Tiene una habitación —hizo un gesto en dirección al suelo—, en el piso de abajo.
—Entonces usted, su mujer, su hijo y el padre Lawless.
—Eso es.
—Así me salen cuatro; ¿no ha dicho que eran cinco, sin contar al ama de llaves?
—Y mi hija, ¿no se lo he dicho? Lettie. —Algo cruzó vagamente por su semblante, como la sombra de una nube que rozara una colina un día ventoso—. Dudo que oyera nada. Duerme muy profundamente. De hecho, no parece hacer otra cosa. Tiene diecisiete años —añadió, como si esto explicase no solo la afición a dormir de su hija, sino también muchas otras cosas.
—¿Dónde está ahora?
El coronel Osborne dio un pequeño sorbo de la taza y torció el gesto, Strafford no supo si por el sabor del té —era tan fuerte que casi era negro— o al pensar en su hija. Aunque decidió meditarlo después. Una de sus reglas era que en un caso de asesinato no había nada en lo que no valiese la pena fijarse. Puso las dos manos sobre la mesa y se levantó.
—Quisiera ver la habitación donde durmió anoche el padre Lawless —dijo.
Jenkins también se había puesto en pie. El coronel Osborne siguió sentado mirándoles, abandonó un instante su actitud enérgica y escéptica y, por primera vez, pareció inseguro, vulnerable y asustado.
—Es como una pesadilla —repitió. Miró casi implorante a los dos hombres que tenía delante—. Supongo que se pasará. Que pronto parecerá más que real.
3
El coronel Osborne había hecho pasar a los policías de la cocina al pasillo, y se hallaban al pie de la escalera —Strafford admiró para sus adentros la elegante curva del pasamanos—, cuando, en ese instante, Harry Hall salió de la biblioteca arrastrando los pies y encendió un cigarrillo cubriéndose con la mano.
—¿Tiene un momento? —le preguntó a Strafford.
El inspector miró la corpulenta figura que tenía delante e intentó no mostrar su antipatía. No era que tuviese mucha importancia: hacía mucho que los dos habían dejado claro su mutuo desagrado, aunque habían llegado al acuerdo tácito de no dejar que eso interfiriese con su trabajo: a ninguno de los dos le importaba tanto el otro como para pelearse.
El coronel Osborne y el oficial Jenkins se habían detenido en los primeros escalones y se habían dado la vuelta, esperando.
La tensión entre Strafford y el forense era palpable, el coronel Osborne frunció el ceño y miró a Harry Hall, a Strafford y a Jenkins con interés inquisitivo.
Era curioso —estaba pensando Strafford— cómo, en la escena de un crimen violento, las peleas y las disputas estallaban de forma exagerada y extrema, igual que, cuando se quema un bosque, se producen pequeños incendios en otros sitios cercanos que todavía no parecen amenazados por las llamas.
—Claro —dijo Strafford, mientras se volvía hacia los dos hombres que le esperaban en la escalera—. Jenkins, suba con el coronel Osborne y vaya echándole un vistazo al dormitorio. Subo en un minuto.
Harry Hall volvió a la biblioteca. Hendricks estaba colocando otro rollo de película en la cámara, mientras Willoughby, que se había puesto un par de guantes de goma, se arrodillaba al lado de la puerta e, indiferente, aplicaba unos polvos en el picaporte con una brocha suave de marta cibelina. Harry Hall dio una calada al cigarrillo con gesto preocupado.
—Es raro —dijo en voz baja.
—¿Usted cree? Empezaba a pensar algo por el estilo —respondió Strafford. Harry Hall se limitó a encogerse de hombros. A Strafford siempre le sorprendía que su ironía pasara desapercibida tan a menudo.
—Lo apuñalaron arriba y, de algún modo, se las arregló para llegar aquí —dijo Harry Hall—. Supongo que intentando huir de quien le había apuñalado. Mi suposición es que entró y se cayó, había perdido ya litros de sangre, y que yacía en el suelo cuando le cortaron el aparejo: los cojones, la polla, todo el tinglado. Que, dicho sea de paso, no hemos encontrado. Alguien debe de habérselos quedado de recuerdo. Un corte limpio, a propósito, con un cuchillo afilado como una cuchilla de afeitar, un trabajo de profesional.
Dio otra calada al cigarrillo. Al aspirar hizo un sonido sibilante y se volvió para mirar el cadáver del suelo. Strafford se preguntó distraído cómo alguien, cualquiera, podía haber realizado un número suficiente de castraciones para ganarse el título de profesional.
—Como puede ver —prosiguió Harry Hall—, alguien lo adecentó. Fregaron la sangre del suelo, pero después de que estuviera seca. Menudo trabajito.
—¿Y cuándo debieron de hacer el trabajito?
El hombretón se encogió de hombros; estaba aburrido, no solo con este caso, sino con su trabajo en general; le faltaban siete años para jubilarse.
—A primera hora de esta mañana, lo más probable —dijo—, teniendo en cuenta que la sangre estaba seca. También limpiaron la alfombra de la escalera; todavía se ven las manchas.
Se quedaron un momento en silencio contemplando el cadáver. Hendricks estaba sentado en el brazo de un sillón de respaldo alto con la cámara en el regazo: su misión allí había concluido y estaba descansando un poco antes de subir a hacer más fotografías. De los tres, Hendricks daba la impresión de ser el más despierto, cuando en realidad era el más perezoso de todos.
Willoughby seguía arrodillado al lado de la puerta, todavía aplicando los polvos.Al igual que los otros dos, sabía que la escena del crimen había sido totalmente alterada, y que su trabajo casi seguro sería una pérdida de tiempo; aunque no parecía importarle mucho.
—El ama de llaves —dijo Strafford apartándose el mechón de pelo de los ojos con cuatro dedos rígidos—, ella fue quien hizo la limpieza, o al menos lo intentó.
Harry Hall asintió con la cabeza.
—Siguiendo órdenes del coronel Siniestro, supongo.
—¿Se refiere al coronel Osborne? —preguntó Strafford con una sonrisa imperceptible—. Es probable. Tengo entendido que a los viejos soldados no les gusta ver sangre: les trae demasiados recuerdos o algo por el estilo.
Volvieron a guardar silencio, luego Harry Hall dio un paso hacia el inspector y bajó aún más la voz.
—Oiga, Strafford, esto pinta muy mal. ¿Un cura muerto en una casa llena de protestantes? ¿Qué van a decir los periódicos?
—Probablemente, lo mismo que los vecinos —respondió distraído Strafford.
—¿Los vecinos?
—¿Qué? ¡Ah!, al coronel le preocupa que pueda producirse un escándalo.
Harry Hall resopló.
—Diría que la probabilidad es bastante alta, la verdad —dijo con sequedad.
—¡Oh! Yo no estaría tan seguro —murmuró Strafford.
Se quedaron allí, mientras Harry Hall apuraba el cigarrillo y Strafford se acariciaba pensativo la mandíbula enjuta. Luego fue a donde estaba Willoughby.
—¿Qué hay?
Willoughby se incorporó con movimientos dificultosos haciendo muecas.
—Esta espalda mía —jadeó— me está matando. —Tenía gotas de sudor en la frente y en el labio superior; era casi mediodía, y necesitaba una copa cuanto antes—. Hay huellas, claro —dijo—, cuatro o cinco diferentes, una de ellas ensangrentada, que supongo que podemos asegurar que es del reverendo padre. —Sonrió, levantando el labio por un lado en lo que pareció más una mueca—. Debía de ser un tipo fornido, para llegar aquí desde el rellano.
—Puede que lo trajesen.
Willoughby se encogió de hombros; estaba tan aburrido como los otros dos. Los tres estaban aburridos: aburridos, helados y deseando largarse de ese sitio lúgubre, frío y sanguinolento y volver a su acogedor despacho en Pearse Street. Eran dublineses: estar en el campo les daba escalofríos, al menos a Harry Hall y a Hendricks, pues Willoughby ya los tenía.
—¿Y en el candelabro? —quiso saber Strafford.
—¿Qué?
—¿Ha encontrado huellas en él?
—Aún no lo he comprobado. Lo he mirado por encima... parece que lo han limpiado.
Harry Hall se acercó al tiempo que encendía otro cigarrillo. Fumaba Woodbines, no porque fuesen baratos, sino porque eran fuertes. «No hay nada mejor para arrancar las flemas», decía, y tosía con fruición para demostrarlo.
—Bueno —dijo—, ¿cómo vamos a manejarlo?
—¿Manejarlo?
—Ya sabe a qué me refiero. Esto va a traer muchos problemas, más de uno podría quemarse los dedos.
Strafford miró las manchas de nicotina en las manos rollizas de aquel hombretón.
—¿Ha llamado alguien a una ambulancia? —preguntó.
—Hay una del hospital general de Wexford de camino —respondió Harry Hall—. Aunque a saber cuándo llegará con este tiempo.
—No es más que nieve, por Dios —dijo Strafford con un destello de irritación—. ¿Por qué tiene que repetir todo el mundo lo mismo?
Harry Hall y Willoughby cruzaron una mirada; hasta el menor estallido de Strafford se consideraba una prueba de su frialdad aristocrática y de su desprecio por quienes lo rodeaban; sabía que lo llamaban lord Estirado por un personaje de un tebeo del colegio. Y no le habría importado de no ser porque su reputación de ricachón dificultaba aún más su trabajo.
—En cualquier caso —dijo Harry Hall—, ya hemos terminado.
—Sí —respondió Strafford—. Gracias, sé que no podían hacer mucho dadas las...
—Hemos hecho todo lo posible —le interrumpió Harry Hall entornando los ojos—. Espero que lo refleje en su informe.
Strafford suspiró; estaba harto de esos Tres Chiflados y tenía tantas ganas de perderlos de vista como ellos de marcharse. Harry Hall se alejó y empezó a ayudar a los otros dos a recoger el equipo; los tres tenían una sufrida expresión de agravio. El inspector fue hacia la puerta, se detuvo al llegar y se volvió hacia Harry Hall.
—¿Han advertido al doctor Quirke de que hay un cadáver de camino?
Hacía poco que habían nombrado al doctor Quirke patólogo del Estado.
Harry Hall volvió a mirar a Willoughby y sonrió.
—No está —dijo.
—¡Ah! ¿Adónde ha ido?
—¡De luna de miel! —exclamó Hendricks—. ¡Yuju!
Y disparó el flash, para celebrarlo.
4
En vez de subir a ver el lugar donde habían atacado al cura, Strafford deambuló un rato por las habitaciones de abajo, para orientarse. Siempre hacía lo mismo cuando investigaba un crimen, tenía que fijar en su imaginación la geografía del lugar donde se había cometido; la clave era formarse una imagen de la escena y ubicarse en ella para de ese modo tener un punto de vista. A veces, en situaciones así, se incorporaba a sí mismo a la escena, como una figura de cartón en la maqueta de un escenógrafo, sin moverse y dejando que lo moviesen a él; la idea le gustaba, aunque no sabía muy bien por qué. Jugaba a ser Dios, habría dicho su novia —su antigua novia— con una de sus miradas amargas.
Había dos salones: uno a la izquierda y otro a la derecha de la puerta principal. Pero solo el de la izquierda daba la impresión de estar en uso. Un fuego de leña ardía en la chimenea y había libros y periódicos desperdigados aquí y allá, y tazas, platillos y vasos en una mesa baja, y la bufanda de tela escocesa de alguien estaba colocada sobre el respaldo de un sillón. Qué familiar le resultaba todo: los muebles destartalados, el vago desorden y ese leve olor a moho y humedad que desprenden todas las casas antiguas. Había pasado su infancia en habitaciones como esas; las viejas impresiones solían ser duraderas.
Se plantó delante de una de las grandes ventanas que daban a los árboles desnudos, al césped cubierto de nieve y a la curva del camino lleno de baches que conducía a la carretera principal. Había una montaña cubierta de nieve a lo lejos; parecía irreal, nítida y pintoresca, igual que los adornos de un pastel de Navidad. Debía de ser el monte Leinster, pensó; detrás el cielo estaba cargado de nubes plomizas y purpúreas: más nieve en camino.
Strafford se dio unos golpecitos en los incisivos con las uñas de dos dedos, como hacía cuando estaba distraído, o ensimismado, o ambas cosas.
Harry Hall tenía razón, ese era un caso raro, y tenía muchas posibilidades de causarle muchas complicaciones si no iba con sumo cuidado y lo manejaba de la mejor manera.
Aún no sabía con exactitud qué manera era esa ni cuáles eran las complicaciones que le amenazaban. Pero los curas no morían asesinados, y menos en sitios como Ballyglass House; la Iglesia católica —los que mandan, dicho con otras palabras— se entrometería, y sin duda lo taparía, contaría alguna mentira creíble para el público; la única cuestión era saber cuán profundamente enterraría los hechos.
Sí, era raro. Sabía muy bien que esa era la razón por la que Hackett —el comisario jefe Hackett, su superior en Dublín— le había puesto al frente del caso. «Conoce usted el terreno —le había dicho Hackett por teléfono esa mañana—. Habla usted su idioma, confiarán en usted. Buena suerte».
Pero en este caso iba a necesitar más que suerte, algo en lo que de todos modos no creía: cada cual se labra su propia suerte, o bien otros, por lo general idiotas, la labran por él.
Algo, un instinto primitivo, le dijo que no estaba solo, y que le estaban observando. Con cuidado se volvió y contempló la sala. Entonces la vio, debía de llevar ahí todo el tiempo. En esas casas viejas bastaba con quedarse inmóvil y en silencio para confundirse con el entorno, como un lagarto en una tapia de piedra. Estaba acurrucada bajo una manta marrón en un viejo sofá delante del fuego, con las rodillas apretadas contra el pecho y el pulgar en la boca. Sus grandes ojos parecían enormes, ¿cómo había tardado tanto tiempo en intuir, en un punto central entre sus omoplatos, la fuerza de su escrutinio?
—Hola —dijo—. Disculpe, no la había visto.
Ella se sacó el dedo de la boca.
—Lo sé. Le he estado observando. —Lo único que podía ver eran la cara y las manos, porque todo lo demás estaba oculto por la manta. Tenía la frente ancha y la barbilla puntiaguda, y unos ojos que parecían tan grandes como los de un lémur. Su pelo encrespado rodeaba el rostro con una mata de rizos rebeldes y, a juzgar por su aspecto, no muy limpios—. ¿No le da asco —preguntó mirándose el pulgar— cómo se arruga y palidece la piel al chuparla? Mire —alargó el dedo para que lo viera—, es como si acabaran de sacarme a rastras del mar.
—Usted debe de ser Lettie —dijo.
—¿Y quién es usted? No, déjeme adivinar. Es el policía.
—Sí. El inspector Strafford.
—No tiene usted pinta de... —Se interrumpió al ver su gesto cansado—. Supongo que deben de decirle a menudo que no parece un policía.Y, con ese acento, tampoco habla como tal. ¿Cómo se llama?
—Strafford.
—Me refería al nombre de pila.
—En realidad es St. John. —Era incapaz de decir su nombre sin sentirse cohibido.
La chica se rio.
—¡St. John! Es casi peor que el mío. Me llaman Lettie, pero en realidad me llamo Lettice, lo crea o no. Imagínese llamar a una niña Lettice. Es por mi abuela, pero aun así...
Sus ojos entornados, entre astutos y divertidos, estaban fijos en él, como si esperase que en cualquier momento fuese a realizar algún truco maravilloso, como, por ejemplo, hacer el pino o levitar; recordó, por su propia juventud, que una cara nueva en la casa siempre parecía augurar un cambio y algo de emoción, o al menos un cambio, pues la emoción es tan rara en una familia así, como la de ella, o la de él antes, que parece una fantasía descabellada.
—¿Le gusta observar a la gente? —preguntó él.
—Sí. Es increíble la de cosas que alguien puede hacer cuando cree que no hay nadie mirando. La gente delgada siempre se hurga la nariz.
—Espero no haberlo hecho.
—Probablemente lo habría hecho, si hubiese pasado más tiempo. —Hizo una pausa—. Es emocionante, ¿verdad? ¡Un cadáver en la biblioteca! ¿Lo ha resuelto ya? ¿Nos va a juntar a todos después de cenar para explicarnos la trama y revelar el nombre del asesino? Yo digo que ha sido el Ratón Blanco.
—¿El...?
—Sylvia, mi madrastra, la reina de los cazadores de cabezas. ¿La ha conocido? Es posible que no se haya percatado, porque es casi transparente.
Apartó la manta a un lado, se levantó del sofá, se puso de puntillas y entrelazó las manos por encima de la cabeza, gruñendo y desperezándose. Era alta para ser una chica, pensó él, delgada y de tez oscura, y un poco patizamba: digna hija de su padre. No era guapa, en ningún sentido convencional de la palabra, y ella lo sabía, pero que lo supiera, lo cual era evidente por su actitud cómica y desgarbada, le daba, paradójicamente, cierto porte enfurruñado. Llevaba pantalones y una chaqueta de hípica de terciopelo negro.
—¿Iba a montar? —preguntó Strafford.
La joven bajó los brazos.
—¿Qué? ¡Ah!, la ropa. No, no me gustan los caballos; son bichos malolientes, que se desbocan, muerden o ambas cosas. Me gusta la ropa, es muy favorecedora y, además, cómoda. Esta era de mi madre, la de verdad, la que murió, aunque tuve que hacerla arreglar. Era muy corpulenta.
—Su padre creía que todavía estaba usted durmiendo.
—¡Ah!, se levanta con las gallinas y piensa que los que no lo hacen son... —hizo una imitación muy convincente del coronel Osborne— «unos puñeteros holgazanes», ya me entiende. En serio, es un viejo farsante. —Volvió a coger la manta, se la echó sobre los hombros, fue a su lado a la ventana y contempló el paisaje cubierto de nieve—. ¡Dios! —exclamó—. ¡Puñeteras extensiones heladas! Y mire: han talado más árboles del bosque. —Se volvió hacia Strafford—. Sabrá usted, claro está, que somos pobres como ratas. Han vendido la mitad de la madera y cualquier día se caerá el tejado. Es la casa Usher. —Sorprendida, hizo una pausa, y arrugó la nariz—. A saber por qué se supone que las ratas tienen que ser pobres. Además, ¿cómo iban a ser ricas? —Se estremeció y se arrebujó en la manta—. ¡Estoy helada! —Le echó otra mirada de soslayo—. Pero, claro, las mujeres siempre tienen frío, ¿verdad?, en las extremidades. Para eso están los hombres, para calentarnos.
Una sombra cruzó por delante de la ventana y Strafford se asomó a tiempo de ver pasar a un muchacho enorme con botas de goma y una chaqueta de cuero, que andaba con un torpe paso de la oca en la nieve. Tenía pecas y una espesa mata de pelo enmarañado, de color rojo tan oscuro que casi parecía de bronce. Las mangas de la chaqueta le quedaban cortas y le asomaban las muñecas, que brillaban más blancas que la nieve de alrededor.
—¿Es su hermano? —preguntó Strafford.
La joven soltó una risa chillona.
—¡Esta sí que es buena! —gritó moviendo la cabeza y transformando la risa en un gorgoteo—. Estoy deseando contarle a Dominic que lo ha confundido usted con Fonsey. Lo más probable es que le dé un puñetazo o algo así; tiene muy mal genio.
El muchacho había desaparecido de la vista.
—¿Quién es Fonsey? —quiso saber Strafford.
—Él —señaló ella con el dedo—, el mozo de cuadra, supongo que lo llamaría usted. Cuida de los caballos, o se supone que lo hace. En realidad, él también es medio caballo. ¿Cómo se llamaban esas criaturas que había en la antigua Grecia?
—¿Los centauros?
—Eso es. Eso es Fonsey. —Volvió a soltar una risa gutural como si tuviese hipo—. El centauro de Ballyglass House. Le advierto que está un poco chiflado —se llevó un dedo a la sien e hizo un movimiento giratorio—, así que vaya con cuidado.Yo lo llamo Calibán. —Una vez más miró a Strafford con esos enormes ojos grises sujetándose la manta contra el cuello, como si fuese una capa—. St. John —dijo pensativa—. Nunca había conocido a ningún St. John.
Strafford estaba golpeándose otra vez el muslo con el sombrero; era otro de sus hábitos, uno de sus muchos tics, tantos que su novia decía que la volvía loca. Hizo ademán de marcharse.
—Tendrá que disculparme —dijo—. Tengo cosas que hacer.
—Buscar pistas, supongo. ¿Olisquear colillas de cigarrillo y buscar huellas dactilares con una lupa?
Él empezó a volverse, luego se detuvo.
—¿Conocía mucho al padre Lawless? —preguntó.
La chica se encogió de hombros.
—¿Que si lo conocía mucho? No sé ni si lo conocía. Siempre estaba por aquí, si se refiere a eso. Todo el mundo pensaba que era muy simpático. Nunca me fijé mucho en él. Era un poco siniestro.
—¿Siniestro?
—¡Oh!, ya me entiende. No era compasivo, no sermoneaba, bebía, era el alma de la fiesta y demás, pero al mismo tiempo se fijaba en todo, siempre estaba atento...
—¿Como hace usted?
Ella apretó los labios en una línea fina.
—No, como yo no. Como un mirón... por eso era siniestro.
—¿Y qué cree que le pasó?
—¿Que qué le pasó? ¿Se refiere a quién le apuñaló en el cuello y le cortó su cosita? ¿Cómo quiere que lo sepa? A lo mejor no fue el Ratón Blanco. A lo mejor ella y el Hombre de la Sotana estaban haciendo cosas raras y papá se lo cargó en un ataque de celos. —Volvió a imitar la voz de su padre sacando el labio superior—. «¡Hace falta tener la cara muy dura para venir aquí a tontear con mi mujer!».
Strafford no pudo contener una sonrisa.
—¿No oiría usted nada anoche, verdad? —preguntó.
—¿Quiere decir si oí cómo le cortaban el cuello al reverendo? Me temo que no... duermo como un tronco... cualquiera se lo dirá. Lo único que oigo es al fantasma de Ballyglass gimiendo y arrastrando sus cadenas. Sabe que este lugar está embrujado, ¿no?
Él volvió a sonreír.
—Tengo que irme —dijo—. Estoy seguro de que nos veremos otra vez antes de que me marche.
—Sí, en el salón, sin duda: cócteles a las ocho. Diez negritos y todo eso... lo estoy deseando. —Él se apartó riéndose en voz baja—. Llevaré un vestido de noche y una boa de plumas —gritó ella—. ¡Y un puñal en la media!
5
El equipo forense se había marchado en la furgoneta, dejando una estela de humo de tubo de escape en la puerta principal. Strafford fue al pie de las escaleras y se inclinó con las manos en las rodillas para inspeccionar la alfombra; sí, había manchas de color rosa que subían. Eran muy tenues; el ama de llaves había hecho lo que había podido, pero, como él mismo se dijo, la sangre es más espesa que el jabón y el agua. Sonrió. «Más espesa que el jabón y el agua». Le gustaba.
Subió las escaleras, dando palmaditas en el pasamanos. Intentó imaginar al cura bajando a trompicones las escaleras con la sangre brotando de la arteria seccionada del cuello. A no ser que hubiese visto o al menos oído a su atacante, debió de quedarse perplejo: ¿quién se atrevería a matar a un cura? Y no obstante alguien se había atrevido.
Al atravesar el descansillo llegó al pasaje corto y estrecho que llevaba al otro pasillo y a las habitaciones. También ahí había restos de una mancha de sangre en la moqueta. Esta era grande y circular; así que era donde le habían apuñalado. Lo habían hecho por detrás, sin duda, pues era un hombretón y se habría defendido de un atacante que hubiese ido hacia él blandiendo un cuchillo.
¿Significaba eso que había sido alguien que estaba en una de las habitaciones esperando a que pasara? ¿O había otra forma de llegar hasta allí, otra entrada desde el exterior? Esas casas antiguas siempre eran desconcertantes, por las muchas reformas que se hubieran ido haciendo poco a poco a lo largo de los años.
Siguió andando, y sí, había un ventanal y una antigua salida de incendios, oxidada en algunos sitios hasta formar una filigrana delicada como el encaje. Examinó el pestillo: no lo habían forzado; de hecho, supuso por su aspecto que la ventana no se había abierto desde hacía años.
Oyó voces que salían de una puerta que tenía a su espalda. Entró en la habitación y encontró a Jenkins y al coronel Osborne de pie al lado de una cama deshecha. La habitación era pequeña, la cama grande y el colchón tenía un hueco en el centro; los únicos muebles eran unos cajones y una silla con el asiento de mimbre. La sotana del cura colgaba detrás de la puerta, como el pellejo de un animal grande y sin pelo.
—¿Ha encontrado alguna cosa? —preguntó Strafford.
Jenkins negó con la cabeza.
—Se levantó por la noche, Harry Hall dice que la hora de la muerte debió de ser entre las tres y las cuatro de la madrugada, se vistió, incluso se puso el alzacuellos, salió del cuarto y ya no volvió.
—¿Por qué se pondría el alzacuellos si solo iba al baño?
—El baño está en la otra dirección, al final del pasillo —dijo el coronel Osborne señalando con el pulgar.
—Entonces ¿qué cree que estaba haciendo? —preguntó Strafford.
—No sé —replicó Osborne—. Puede que fuese a por otro trago de Bushmills. Le serví un último vaso para que se lo llevara a la habitación al acostarse.
Strafford miró a su alrededor.
—¿Dónde está?
—No lo he visto —dijo Jenkins—. Se lo llevaría, si iba a servirse otro trago, y tal vez se le cayó cuando le atacaron.
Strafford aún no se había quitado la gabardina y seguía sosteniendo el sombrero con la mano izquierda. Miró una vez más la habitación pequeña y sin espacio, y salió.
En el rellano, el coronel Osborne se le acercó furtivamente y le habló con la boca ladeada.
—¿Quiere quedarse a comer? —murmuró—. La señora Duffy va a volver de casa de su hermana. Ella nos preparará algo.
Strafford miró a Jenkins, que en ese momento salía del dormitorio a su espalda.
—¿Incluye eso a mi colega?
Osborne pareció incómodo.
—Bueno, había pensado que su hombre podría arreglárselas por su cuenta. Bajando por la carretera está la Gavilla. Tengo entendido que no está mal. Bocadillos, sopa, hasta puede que tengan un plato de estofado.
—¿La Gavilla de Cebada? Ahí es donde me alojaré esta noche.
—¡Oh, pero podríamos haberle ofrecido una cama!
Strafford le dedicó una sonrisa insulsa.
—¿Quiere decir dos camas: una para mí y otra para el oficial Jenkins?
El de más edad suspiró irritado.
—Como quiera —cedió lacónico—. Diga al señor Reck, es el dueño de la Gavilla, que va de nuestra parte. Le tratará bien. Pero comerá con nosotros, ¿verdad? Digo ustedes dos.
—Gracias —respondió Strafford—. Muy amable.
Otra vez salió al pasaje oscuro entre los dos pasillos donde habían acuchillado al cura. Strafford se detuvo y escudriñó la oscuridad.
—Tenemos que encontrar el vaso de whisky —dijo—. Si se le cayó tiene que estar aquí en alguna parte. —Se volvió hacia el oficial Jenkins—. Ponga a esos inútiles que tiene montando guardia en la puerta a buscarlo, así no se dormirán. El vaso probablemente habrá rodado debajo de algo.
—Muy bien.
Strafford alzó la vista.
—¿Suele haber una bombilla ahí? —preguntó, señalando hacia el casquillo vacío, metido en una pantalla apenas mayor que una taza de té de un material que podría haber sido piel humana, tensa, seca y traslúcida.
El coronel Osborne examinó el casquillo.
—Debería haber una bombilla, sí, claro. No me había dado cuenta de que no la hubiese.
—Entonces ¿alguien la ha quitado? —preguntó Strafford.
—Supongo que sí, puesto que no está en su sitio.
Strafford se volvió hacia el oficial Jenkins.
—Dígale a esos dos que busquen el vaso y una bombilla. —Miró de nuevo el casquillo vacío y se llevó la mano a la barbilla—. Así que fue planeado —murmuró.
—¿Cómo? —preguntó Osborne.
Strafford se volvió hacia él.
—El asesinato fue premeditado. Eso debería facilitar un poco las cosas.
—¿Ah, sí? —Osborne parecía confundido.
—Alguien que actúa por impulso puede tener suerte. Golpea sin pensar y después todo parece natural porque lo es. Pero un plan siempre tiene algún error. Siempre hay un fallo. Nuestra labor es dar con él.
Se oyó ruido abajo, gritos y los ladridos de un perro. Una corriente de aire frío ascendió por la escalera, luego se oyó la puerta principal al cerrarse de un portazo.
—¡Sujétalo, por Dios! —gritó enfadado alguien—. A la señora Duffy le dará un ataque si pone las patas llenas de barro en las alfombras.
Strafford y los otros dos se asomaron por encima del pasamanos y miraron abajo hacia el vestíbulo. El mozo de cuadra, Fonsey, se encontraba allí con su mata de pelo rojo y la chaqueta de cuero. Tiraba con violencia de la correa, e intentaba controlar a un perro labrador negro muy grande y mojado. En la puerta, quitándose un par de guantes de cuero, había un joven con un abrigo de cuadros y, en la mano, un sombrero con una pluma en la cinta. Sus botas de goma estaban embarradas y con pegotes de nieve fundida. Apoyado en la mesa del vestíbulo había un largo cayado de pastor. Se quitó el sombrero y lo sacudió con fuerza.
—Mi hijo —le dijo Osborne al inspector Strafford, y luego gritó—: ¡Dominic, está aquí la policía!
El joven alzó la vista.
—¡Ah, hola! —exclamó.
Al ver al coronel, Fonsey soltó al perro, dio media vuelta, corrió apresuradamente a la puerta principal y desapareció. El perro perdió de pronto el interés por estar nervioso, extendió las cuatro patas y se sacudió salpicándolo todo de agua de nieve.
El coronel Osborne descendió el primero por la escalera.
—Dominic —dijo—, este es el inspector Strafford, y... y su ayudante.
—Jenkins —gruñó el oficial, espaciando las sílabas—. O-ficial Jen-kins.
—Sí, eso, lo siento —se disculpó el coronel ruborizándose un poco—. Jenkins.
Dominic Osborne tenía una belleza clásica, con la mandíbula larga y recta, una boca de aspecto ligeramente cruel y los azules ojos de pedernal de su padre. Primero miró a un detective y luego y al otro, y le tembló la comisura del labio, como si hubiese visto algo gracioso.
—El largo brazo de la ley —dijo con superioridad y sarcasmo—. ¿Quién lo iba a decir, aquí en Ballyglass House?
Strafford estudió al joven con interés; no era tan frío como quería dar a entender y su sarcasmo era forzado.
El perro olisqueó los zapatos de Strafford.
—Vamos —les indicó el coronel a los dos detectives, frotándose las manos—. Veamos si está lista la comida.
Strafford se agachó y rascó al perro detrás de la oreja; el animal movió la cola y sacó la lengua en una sonrisa amistosa; a Strafford siempre le habían gustado los perros.
Desde el principio había notado algo raro en este caso, en un sentido que no había visto antes; la sensación le había inquietado desde que llegó y de pronto reparó en qué se trataba. No había nadie llorando.
6
La ambulancia iba de camino desde el hospital general de Wexford cuando llamaron al teléfono a Strafford, y su superior, el comisario jefe Hackett, le ordenó que la cancelase.
—Vamos a enviar un furgón desde aquí —dijo Hackett entre las interferencias de la línea; la conexión era tan mala que distorsionaba el sonido de su voz y daba la impresión de estar hablando desde el espacio exterior—. Quiero traer el cadáver a Dublín. —Strafford no respondió; supo por el tono de voz de su jefe que se estaban dando los primeros pasos para encubrir el asunto, igual que cuando se coloca la utilería en el escenario. Strafford no era el único que se veía a sí mismo en el papel de escenógrafo; había otros, más decididos y mucho más hábiles que él en pintar decorados falsos, aguardando entre bambalinas—. ¿Está usted ahí? —le espetó irritado Hackett—. ¿Ha oído lo que he dicho?
—Sí, lo he oído.
—¿Y?
—Es demasiado tarde para cancelar la ambulancia, llegará de un momento a otro.
—¡Pues envíela de vuelta! Ya le he dicho que el cadáver tiene que venir aquí. —Se produjo otra pausa. Strafford notó que la irritación de Hackett iba en aumento—. ¡No se quede ahí sin decir nada! —gruñó el comisario jefe—. Le oigo. Sabe de sobra que este asunto hay que manejarlo con guante de seda. —Suspiró—. Han llamado del palacio al inspector jefe. Oficialmente, por lo que a nosotros se refiere, la muerte del cura ha sido un accidente. Y por nosotros, me refiero a usted, Strafford.
Strafford sonrió lúgubre al micrófono. El palacio era la residencia de John Charles McQuaid, el arzobispo de Dublín, el clérigo más poderoso del país; Jack Phelan, el inspector jefe de la Garda, era un conocido miembro de los Caballeros de San Patricio; con la Iglesia habían topado. Si su excelencia reverendísima el doctor McQuaid decía que el padre Lawless se había apuñalado a sí mismo en el cuello por accidente y luego se había cortado los genitales, eso era lo que había ocurrido y a la gente no se le permitiría saber otra cosa.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Strafford.
—¿Cuánto tiempo qué? —le espetó Hackett. Estaba tenso; Hackett no solía estar tenso. Jack Phelan debía de haber arremetido contra él por venganza.
—¿Cuánto tiempo se supone que debemos mantener la ficción de que han apuñalado a este cura por accidente? Es mucho pedir que la gente se lo trague.
Hackett volvió a suspirar. Cuando se producía una pausa como esa en la línea, si se escuchaba bien, se podía oír, detrás de las interferencias eléctricas, una especie de trino lejano.A Strafford siempre le había fascinado esa música inquietante y cacofónica que le daba escalofríos. Era como si las huestes de los muertos cantaran para él desde el éter.
—«Mantendremos la ficción» —a Hackett le divertía imitar el acento y los giros educados de Strafford— mientras haga falta.
Strafford se dio unos golpecitos con las uñas en los dientes.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó con suspicacia Hackett.
—¿Qué ha sido qué?
—Ha sonado como si alguien hiciera chocar dos cocos.
Strafford se rio para sus adentros.
—Enviaré a Jenkins con el cadáver —dijo—. Él le dará un informe preliminar.
—¡Ah!, se va a encargar usted solito, ¿eh? Gideon de Scotland Yard resuelve el caso él solo.
Strafford nunca había tenido claro qué le molestaba más al comisario jefe, si el pedigrí protestante de su subordinado o su tendencia a hacer las cosas a su manera. Lo más probable era que tampoco lo supiese el propio Hackett.
—¿Quiere que escriba el informe ahora —propuso Strafford—, o dejo que Jenkins se lo explique con sus palabras? Todavía no sabemos mucho.
Hackett no respondió, pero le hizo una pregunta a su vez:
—¿Dígame, Strafford, usted qué cree? —Parecía preocupado, solo una imposición de palacio podía preocuparle tanto.
—No sé qué pensar —dijo Strafford—. Ya se lo he dicho —prosiguió—.Apenas tengo nada aún..., señor —añadió en tono mecánico.
Hacía frío para estar en el discreto rincón del vestíbulo donde tenían el teléfono, con el auricular pegajoso en la mano y una corriente de aire que se colaba por debajo de la puerta principal y se le enroscaba alrededor de los tobillos.
—Alguna impresión tendrá de lo ocurrido —reiteró Hackett.
—El coronel Osborne cree que el crimen lo cometió alguien de fuera... Insiste en que tiene que tratarse de un allanamiento.
—¿Y lo ha sido?
—No lo creo. Harry Hall ha echado un vistazo antes de marcharse, y yo también, y no hemos encontrado indicios de que hayan forzado la entrada.
—Entonces ¿fue alguien de la casa?
—Por lo que he visto, debe de serlo. Es la suposición en la que me estoy basando.
—¿Cuánta gente había anoche en la casa?
—Cinco, seis, contando al muerto, y el ama de llaves. Hay una fregona que trabaja allí, pero vive en el pueblo y debió de irse a su casa. Siempre es posible que alguien tuviese una llave de la puerta principal, la nieve habría tapado sus huellas esta mañana.
—Dios Santo —murmuró Hackett, con un suspiro de irritación—. Este asunto va a acabar apestando, ¿lo sabe?
—Ya huele bastante mal, ¿no cree? —dijo Strafford arrastrando las palabras con su voz de lord Peter Wimsey; si a Hackett le gustaba imitarlo, a él le gustaba darle suficiente material para que lo hiciera. No obstante, Hackett no picó el anzuelo.
—¿Cómo es la familia? —preguntó.
—Aquí no puedo hablar —dijo en voz baja Strafford—. Jenkins le informará.
Hackett estaba pensando otra vez; Strafford lo imaginó con claridad, repantigado en la silla giratoria de su pequeño despacho en forma de cuña, con los pies en la mesa y las chimeneas de Pearse Street apenas visibles tras él a través de la ventana, cuyos cristales estarían empañados por la escarcha, excepto un óvalo transparente en el centro de cada uno de ellos. Llevaría su traje azul brillante por el uso y la corbata grasienta que Strafford estaba convencido de que no desanudaba nunca, sino que se la aflojaba por la noche y se la quitaba por encima de la cabeza. Habría el mismo calendario viejo en la pared y la misma marca de color marrón oscuro donde alguien había aplastado un moscardón hacía incontables veranos.
—Es un asunto muy puñetero y muy raro —dijo pensativo el comisario jefe.
—Desde luego, es raro.
—Bueno, téngame informado. Y, Strafford...
—¿Sí, señor?
—Recuerde que aunque sean gente bien, uno de ellos ha matado a ese cura.
—Lo tendré presente, señor.
Hackett colgó.
Hasta que volvió a la cocina, Strafford no reparó en el frío que hacía en el vestíbulo. Allí estaban encendidos los fogones, el aire vibraba de calor y olía a carne cocinada. El coronel Osborne estaba sentado a la mesa y daba golpecitos con los dedos en la madera, mientras el oficial Jenkins se apoyaba en el fregadero con los brazos cruzados delante del pecho; llevaba abrochados los tres botones de la chaqueta; Jenkins era muy escrupuloso con lo que consideraba los buenos modales. Strafford tuvo la sensación de que no habían intercambiado una palabra desde que lo llamaron al teléfono.
—Era Hackett —le dijo a Jenkins—. Han enviado una ambulancia desde Dublín.
—Pero ¿y la de...?
—Tenemos que enviarla de vuelta.
Los dos hombres se miraron con frialdad. Los dos sabían que el caso iba a ser difícil, pero no habían imaginado que la maquinaria se pondría en funcionamiento tan rápido.
Al otro lado de la ventana, encima del fregadero, un petirrojo se posó en el alféizar y miró a Strafford con un ojo como una cuenta negra y brillante. El cielo estaba cubierto de grandes nubes de color malva tan bajas que parecían descansar sobre el tejado, como una almohada sucia y enorme.
—Enseguida servirán la comida —anunció el coronel Osborne, en tono despistado, sin mirar a ningún sitio en particular.Volvió a dar golpecitos con los dedos. Strafford pensó que ojalá parase; era un ruido que le ponía los nervios de punta.
La señora Duffy había regresado de casa de su hermana, y en ese momento salía muy ajetreada de la despensa. También ella, como todas las personas a quienes había visto hasta el momento en Ballyglass House, parecía sacada del reparto de una obra de teatro y desempeñaba el papel casi de forma demasiado convincente. Era gruesa y bajita, con ojos azules y mejillas rollizas y sonrosadas y el pelo gris recogido en un moño en la nuca. Llevaba una falda negra, un delantal inmaculado y borceguíes negros forrados de piel. Empezó a poner los platos, los cuchillos y los tenedores en la mesa. Osborne se levantó de la silla y se la presentó a Strafford y al oficial Jenkins. Ella se ruborizó y por un momento pareció que iba a hacer una reverencia, pero se contuvo, fue a los fogones y avivó el fuego.
—Siéntense, caballeros, por favor —dijo Osborne—. No son necesarias tantas ceremonias.
Oyeron el timbre de la puerta principal.
—Debe de ser la ambulancia de Wexford —dijo Strafford. Miró a Jenkins—. ¿Puede ir usted? Dígales que lo sentimos, pero que no les necesitamos.
Jenkins salió. Osborne miró a Strafford con ojos inquisitivos.
—¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Por qué han enviado una segunda ambulancia?
—Supongo que es una cuestión de eficacia —dijo con frialdad Strafford—. Cuanto antes se haga la autopsia, tanto mejor.
Osborne asintió, pero su mirada era escéptica.
—Imagino que su jefe debe de estar preocupado —observó.
—Lo está, desde luego —respondió Strafford.
Se sentó a la mesa. La señora Duffy se acercó con una cazuela de barro humeante, sujetando las asas con ayuda de un trapo. Dejó la cazuela entre los dos hombres.
—¿Les sirvo yo, coronel —preguntó—, o prefieren servirse ustedes? —Se volvió hacia Strafford—. Espero que le guste el estofado de carne con riñones, señor.
—Oh, sí, claro —respondió Strafford, y tragó saliva.
—Es ideal para un día tan frío —opinó el ama de llaves, sonriendo al inspector, con las manos rollizas entrelazadas sobre su regazo.
—Sí, gracias, Sadie —dijo el coronel Osborne, y la mujer dejó de sonreír, dio media vuelta y regresó a la despensa con unos andares como los de un pato.
El coronel frunció el ceño disculpándose.
—Si se le da la oportunidad, no para de parlotear. —Levantó la tapa de la cazuela y sirvió a Strafford—. Me temo que es de ayer —dijo.
Strafford esbozó una sonrisa tímida.
—Oh, siempre he pensado que el estofado de carne con riñones está mejor el segundo día, ¿no cree? —Se sintió noble y valeroso; no podía entender que los riñones de vaca hubiesen llegado a considerarse un alimento apto para el consumo humano.
El oficial Jenkins volvió y cerró la puerta a su espalda. Osborne frunció el ceño —estaba claro que seguía irritado por tener que invitar a un miembro de otro rango a su mesa—, pero se las arregló para hablarle con cordialidad.
—Vamos, oficial, siéntese y pruebe este excelente estofado. Los huevos cocidos son pequeños, como verá... Son huevos de pollita. Las cría el marido de Sadie, de la señora Duffy. En mi opinión, son mejores que las variedades más grandes.
Huevos de pollita y una cadáver en la biblioteca; la vida es rara —opinó Strafford—, pero la vida de los policías aún lo es más.
Strafford notó que Jenkins tenía hambre, pero no empezó hasta que los otros dos cogieron el cuchillo y el tenedor; un tipo muy educado, pensó Strafford: su madre le había enseñado bien.
—Imagino que al chófer no le habrá hecho mucha gracia que le dijese que se fuera —observó Strafford—, después de venir hasta aquí con la nieve y el hielo.
Jenkins le miró sorprendido; no se acostumbraba a la idea de Strafford de que era posible hacer su trabajo de forma caballerosa. Él se había limitado a decirle al chófer y a su compañero que no necesitaban sus servicios y no se había quedado a oír sus quejas. Los tres hombres comieron un rato en silencio, luego Strafford dejó el cuchillo y el tenedor.
—Debo pedirle, coronel Osborne —dijo carraspeando y frunciendo el ceño—, que me haga un relato exacto de lo sucedido esta mañana.
Osborne, mascando un trozo de carne lleno de ternillas, lo miró con las cejas arqueadas. Se tragó la carne más o menos entera.
—¿Es necesario hablarlo en la mesa? —preguntó irritado. Strafford no respondió, solo le dedicó una mirada neutral. El hombre mayor suspiró por la nariz y contempló las líneas profundas y gastadas de la mesa de madera—. Me despertaron los gritos de mi mujer —dijo—. Pensé que se había caído, o que había chocado con algo y se había hecho daño.
—¿Por qué estaba en la biblioteca? —quiso saber Strafford.
—¿Qué?
—¿Qué hacía en la biblioteca en plena noche?
—Oh, pasa horas allí —dijo Osborne en un tono desdeñoso por los insondables caprichos de las mujeres en general y de su esposa en particular.
—¿Es insomne? ¿Le cuesta conciliar el sueño?
—¡Si lo sabré yo! —soltó Osborne—. Y sí, lo es. Siempre lo ha sido. He aprendido a convivir con ello.
¿Y ella?, le habría gustado saber a Strafford. Imaginó que no era una cuestión que su marido preguntase a menudo, de sí mismo, o de su mujer. El segundo matrimonio de Osborne parecía estar estancado; ¿cuánto tiempo llevaría casado ese soldado envejecido con una mujer mucho más joven, una mujer a quien su hijastra había apodado el Ratón Blanco?
—¿Y qué hizo usted?
Osborne se encogió de hombros.
—Me puse la bata y unas zapatillas, y fui a buscarla. Dormía como un tronco, así que supongo que debía de estar un poco espeso. La encontré en el vestíbulo, sentada en el suelo, llorando. No conseguí que me dijera nada con sentido, lo único que hacía era señalar a la puerta de la biblioteca. Entré... y lo encontré.
—¿Estaba encendida la luz? —preguntó Strafford. Osborne le miró sin comprender—. De la biblioteca —le aclaró Strafford—, ¿estaba encendida?
—No sabría decirle. Supongo que sí... Recuerdo haber visto con claridad lo que... Me llevé una buena impresión, se lo aseguro. Pero a lo mejor la encendí yo, no lo sé. ¿Por qué lo pregunta?
—Por nada. Estoy intentando imaginarme la escena; eso ayuda.
—En fin, había sangre por todas partes, claro..., un charco enorme en el suelo debajo de él.
—¿En qué postura estaba? —preguntó el oficial Jenkins—. Quiero decir, ¿estaba bocabajo?
—Sí.
—¿Y usted le dio la vuelta?
Osborne le miró con el ceño fruncido, se volvió y respondió a Strafford.
—Sí, tenía que echar un vistazo para ver qué le había ocurrido. Luego vi la sangre en los pantalones, y la... la herida. —Se detuvo y luego prosiguió—. Estuve en la guerra, conozco la violencia, pero les aseguro que estuve a punto de vomitar al ver lo que le habían hecho. —Volvió a hacer ese movimiento de masticación con la mandíbula—. Cabrones... Perdonen mi lenguaje.
Strafford toqueteó la carne del plato, como si estuviese comiendo, aunque en realidad la estaba distribuyendo alrededor del plato como había aprendido a hacer de niño. Ese estofado en concreto siempre le había parecido repugnante, pero los huevos, apenas mayores que canicas, hacían que lo fuese aún más.
—¿Llamó usted a la Garda? —preguntó.
—Sí, telefoneé al cuartel de Ballyglass y pregunté por el sargento Radford. Tiene la gripe.
Strafford le miró.
—¿La gripe?
—Sí. Se puso su mujer, dijo que estaba muy enfermo y que no pensaba sacarlo de la cama con este tiempo. He de decir que su tono me pareció de lo más impertinente. Claro que hace poco que han perdido a un hijo; de no ser por eso, le aseguro que le habría echado un buen rapapolvo. Fue a hablar con Radford y luego volvió y me aconsejó que llamase al cuartel de la Garda en Wexford. En vez de eso llamé al 999 y me pasaron con su gente.
—¿Con mi gente? ¿En Pearse Street?
—Supongo que sería Pearse Street; algún sitio de Dublín.
—¿Y con quién habló usted?
—Con alguien de la oficina. —De pronto, Osborne soltó irritado el cuchillo, que rebotó en la mesa y cayó con estrépito sobre las losas del suelo—. Por el amor de Dios, ¿qué más da con quién hablase?
—Coronel Osborne, en su casa se ha cometido un asesinato —dijo Strafford en voz baja y tranquila—. Mi misión es investigar el crimen y descubrir quién lo cometió. Como comprenderá, necesito saber todo lo posible sobre lo ocurrido anoche. —Hizo una pausa—. ¿Recuerda algo de lo que dijo su mujer cuando la encontró usted en el vestíbulo, después de que hallara el cadáver del padre Lawless?
El ama de llaves, al oír el cuchillo golpear contra el suelo, llegó corriendo de la despensa con uno limpio. El coronel Osborne se lo quitó irritado de la mano sin dignarse a mirarla.
—Ya le he dicho —respondió— que no tenía sentido lo que decía..., estaba histérica. ¿Qué esperaba?
—Tendré que hablar con ella, claro —dijo Strafford—. De hecho, tendré que hablar con todos los que estuvieron en la casa anoche. ¿Tal vez pueda empezar por la señora Osborne? —El coronel, cuya frente se había puesto de color rojo oscuro por debajo del apergaminado bronceado, estaba esforzándose por dominar su genio. Cuando Strafford volvió a hablar, lo hizo en un tono aún más tranquilo que antes—. Como antiguo soldado, comprenderá, coronel, la importancia del detalle y la meticulosidad.A menudo la gente ha visto u oído cosas en cuya importancia no repara. Ahí es donde intervengo yo. Parte de mi formación consiste en reparar en los... llamémoslos matices.
Notó que Jenkins lo miraba con incredulidad; sin duda estaba pensando en el hecho de que la formación que había recibido él había sido muy básica, de personas que probablemente no sabían lo que significaba la palabra «matices».
El coronel Osborne estaba atacando enfadado la comida, clavando el cuchillo y el tenedor como si fuesen armas. Strafford le observó; supuso que había cosas que prefería no revelar —aunque ¿acaso no era igual con todo el mundo?— y que no sería fácil sacárselas.
Volvió a sonar el timbre. El coronel Osborne se apoyó en el respaldo de la silla y alargó el cuello para ver por encima del fregadero.
—Es la segunda ambulancia —dijo.
Jenkins miró el plato y suspiró. A diferencia de su superior, le gustaba el estofado de carne con riñones —su madre se lo hacía de niño—, con huevos o sin ellos. Dejó los cubiertos y se levantó despacio de la mesa, bastante molesto.
Strafford le puso una mano en el brazo.
—Dígales a esos novatos que pueden irse también, ¿quiere, oficial? No tiene sentido que se queden.
Cuando Jenkins se marchó, Strafford se inclinó hacia delante y apoyó los codos en la mesa.
—Bueno, coronel —dijo—, volvamos a empezar desde el principio, ¿de acuerdo?
7
—Usted debe de ser el cuñado —dijo el hombre deteniéndose en el pasillo.Y añadió con jovialidad—: Pensaba que tenía prohibida la entrada en la casa.
Era un tipo rubicundo de unos treinta y tantos, con el pelo ondulado y ojos oscuros muy grandes. Llevaba un terno de tweed del color y la textura de unas gachas, zapatos de ante marrones y un pañuelo de seda rojo en el bolsillo de la chaqueta. También llevaba un abrigo de pelo de camello colgando del brazo y un sombrero de fieltro marrón en la mano; venía de fuera, pero los zapatos estaban secos, así que debía de usar chanclos. Olía a humo de cigarrillo y a brillantina cara. Strafford le miró y reconoció otro tipo familiar: el profesional rural —¿abogado?, ¿médico?, ¿veterinario de éxito?—, alegre, desenvuelto, consciente de ser un seductor, orgulloso de su reputación de disoluto, pero despierto como un hurón.
—A propósito, me llamo Hafner, doctor Hafner. También conocido como el Boche, si le pregunta usted a Lettie.
—Strafford. Casi todo el mundo me llama Inspector.
—¿Ah, sí? —No se habían dado la mano. Hafner levantó una poblada ceja—. ¿Y de qué es inspector, si se puede saber? —Había notado el acento de Strafford, de ahí que subrayara lo de «si se puede saber».
—Soy policía.
—¿Ah, sí? ¿Qué ha pasado? ¿Han robado la cubertería?
—Ha habido... ha habido un incidente —respondió Strafford. Miró el maletín negro a los pies del médico—. ¿Viene por trabajo o solo de visita?
—Un poco de cada. ¿Qué tipo de incidente?
—Fatal.
—¿Ha muerto alguien? Dios mío... ¿quién? ¿No será el viejo?
—¿El coronel Osborne? No. Un cura llamado Lawless.
Esta vez las dos cejas de Hafner se arquearon tanto que casi le rozaron la línea del pelo.
—¿El padre Tom? ¡No!
—Me temo que sí.
—¿Qué le ha pasado?
—Tal vez sea mejor que vea usted al coronel Osborne. ¿Quiere acompañarme?
—Dios —exclamó en voz baja Hafner—. ¡Así que por fin se lo han llevado por delante!
El oficial Jenkins había partido en el asiento delantero de la ambulancia, apretado entre el conductor y su ayudante, pues no le había apetecido hacer el viaje con el cadáver. Strafford le había dado instrucciones sobre lo que debía decirle al comisario jefe Hackett cuando llegara a Dublín, y le había ordenado volver al día siguiente con las instrucciones del jefe.
En rigor, Hackett debería haber ido él mismo a Ballyglass, pero había dejado claro que no tenía intención de hacerlo, y había argüido el tiempo como excusa. Strafford sabía muy bien que la verdadera razón de su astuto jefe para mantenerse a distancia era su prudente determinación de no ponerse directamente en la escena de un caso que podía ser explosivo. A Strafford no le importaba que lo dejaran a su aire... Al contrario, estaba agradecido de ser el único al mando. Por lo general, el comisario jefe no dejaba las manos libres a sus subordinados, ni siquiera cuando, como en ese caso, si usaba las suyas corría el riesgo de que se las amputasen hasta el codo.
Strafford fue a la cocina, pero el coronel Osborne ya no estaba allí: la señora Duffy le informó de que había ido a ver cómo se encontraba «la señora de la casa». Ella estaba fregando los platos.
—Buenos días, Sadie —la saludó Hafner con desenfado.
—Buenos días, doctor —respondió con sequedad el ama de llaves, volviéndose hacia el fregadero y sumergiendo los brazos en el agua jabonosa; estaba claro que el doctor Hafner no le era simpático.
—Vamos —le dijo Strafford—, busquemos un sitio donde hablar. —Salió de la cocina y fue hacia la parte delantera de la casa—. ¿Cuida usted de la salud de toda la familia? —preguntó por encima del hombro.
—Supongo que sí —contestó Hafner—, aunque nunca me lo había planteado de ese modo. —Dejó el abrigo y el sombrero en la mesa del vestíbulo, se palmeó los bolsillos y sacó un paquete de Gold Flake y un mechero Zippo—. ¿Quiere un cigarrillo?
—No, gracias —respondió Strafford—. No fumo.
—Sabia medida.
Strafford abrió la puerta del salón y asomó la cabeza.
—Bien, se ha ido —dijo.
—¿Quién?
—Lettice.
—¿Lettice? ¿Quiere decir Lettie? ¿Se llama Lettice? Ahora me entero. —Se rio—. ¡Imagínese, llamar a una niña Lettice!
—Sí, eso ha dicho ella.
El fuego había perdido fuerza y el salón estaba bastante más frío que antes. Strafford se inclinó sobre el hogar, apoyándose con un brazo en la repisa de la chimenea, juntó las brasas en un montoncito con el atizador y echó dos troncos encima. Se alzó una voluta de humo que le llenó la nariz y le hizo toser y parpadear. Hafner, de pie en el centro de la sala, encendió el cigarrillo y guardó el paquete.
—Bueno, ¿qué le ha pasado al bueno de Tom? —preguntó—. Quiero decir al padre Lawless, supongo que debería mostrar un poco de respeto.
Strafford no respondió directamente; estaba observando los troncos humeantes, todavía con los ojos llorosos.
—Me ha llamado la atención lo que ha dicho en el vestíbulo.
—¿Qué he dicho? —preguntó Hafner.
—«Así que por fin se lo han llevado por delante». ¿Qué quería decir?
—Nada. Una broma... admito que de mal gusto, dadas las circunstancias.
—Algo debía de querer decir. ¿Es que el padre Lawless no era bien recibido en la casa? Sé que venía mucho de visita. Que le guardaban el caballo y que a veces se quedaba a dormir...; anoche, sin ir más lejos, a causa de la nieve.
Hafner se acercó a la chimenea y también él se quedó contemplando los troncos del hogar, que habían empezado a arder, a regañadientes, según daba la impresión, sin emitir todavía ningún calor perceptible.
—Oh, siempre era bienvenido, claro. Ya sabe cuánto les gusta a los protestantes tener a un cura complaciente en la casa... —Se detuvo y miró de soslayo a Strafford—. Dios, supongo que usted debe de serlo también, ¿no?
—Sí, si se refiere usted a eso, soy protestante. Es decir, me bautizaron en la Iglesia de Irlanda.
—Ya he vuelto a meter la pata. ¿Serviría de algo si digo que lo siento?
Strafford se rio un momento.
—No tiene por qué disculparse —repuso—. No me importa. —Empujó uno de los troncos con la puntera del zapato—. Ha dicho que era «una especie» de médico de la familia. ¿Le importaría explicármelo?
Hafner soltó una risita gutural.
—No veo motivos para no hablar con usted —dijo—. Lo que quise decir es que sobre todo cuido de la señora O.
—¿Por qué? ¿Es que está enferma?
Hafner no le miró y dio una larga calada al cigarrillo.
—No, no. Solo delicada, ya sabe... muy tensa. Sus nervios... —Dejó la frase sin terminar.
—Es bastante más joven que el coronel Osborne.
—Sí, así es.
Guardaron silencio; la cuestión del matrimonio de los Osborne y su probable complejidad quedó suspendida en el aire frío, pero cerrada de momento a más preguntas.
—Hábleme del padre Lawless —pidió Strafford.
—Lo haré, si antes me cuenta qué le ha pasado. ¿Lo ha derribado ese puñetero caballo? Es una bestia.
Uno de los troncos crujió y chisporroteó.
—Su paciente, la señora Osborne, lo encontró esta mañana en la biblioteca.
—¿El corazón? Abusaba mucho de la botella y... —alzó el cigarrillo— del tabaco.
—Más bien... una hemorragia, podría decirse. Se han llevado el cadáver a Dublín, le harán la autopsia a primera hora de la mañana.
—Tenía que pasar, antes o después —dijo Hafner con desenvoltura profesional—. El padre Tom llevaba una vida de excesos, a pesar del alzacuellos. La jerarquía siempre lo estaba llamando al orden. Creo que el propio arzobispo tuvo que hablar con él más de una vez... Tiene una casa aquí, en la costa.
—¿Quién?
—El arzobispo.
—¿Quiere decir el doctor McQuaid?
Hafner se rio.
—Solo hay un arzobispo... o al menos uno que cuente. Si te desmandas, cae sobre ti como una tonelada de ladrillos, seas católico, protestante, gentil o judío. Su excelencia reverendísima lo tiene todo atado y bien atado, con independencia de tu credo, raza o color... Da igual quién seas, puedes llevarte un pescozón en el cuello.
—Eso tengo entendido.
—Ustedes lo tienen más fácil, créame. Está harto de los protestantes, pero si eres católico y ocupas un puesto de relevancia, monseñor no tiene más que levantar el meñique y tu carrera se desvanece como si fuese humo... o primero en las llamas del infierno y luego como si fuese humo. Y no solo funciona con los sacerdotes. Cualquiera puede recibir una reprobación eclesiástica y sus días se han acabado en lo que se refiere a la santa Irlanda. No creo que le sorprenda, aunque sea usted metodista.
Hacía mucho tiempo, desde que iba al colegio, que Strafford oía llamar despectivamente, a él y a sus correligionarios, metodistas; nunca había sabido por qué.
—Habla como si lo supiese por experiencia —dijo.
Hafner negó con la cabeza con una especie de sonrisa desdeñosa.
—Siempre he medido mis palabras. La Iglesia vigila de cerca a los médicos: la madre, el hijo y demás son la base de la familia cristiana, hay que protegerlos. —Guardó silencio pensativo un momento—. Una vez me presentaron a McQuaid. —Se volvió hacia Strafford—. Un cabrón frío como el hielo, se lo aseguro. ¿Lo ha visto alguna vez en persona? No se ha perdido nada. Se parece mucho a Stan Laurel, pero sin gracia. Tiene la cara larga y fina, pálida y exangüe, como si llevase años viviendo en la oscuridad. ¡Y los ojos...! «He oído decir que va usted mucho por Ballyglass House, doctor», me dijo con esa voz meliflua suya. «¿Es que no hay suficientes familias católicas en la parroquia?». Créame que pensé si no debería coger el maletín e irme a trabajar a Estados Unidos. Aunque no he hecho nada para atraerme su ira, excepto hacer mi trabajo.
Strafford asintió con la cabeza. No le gustaba ese tipo con su tosca jovialidad y su cháchara mundana; a Strafford le gustaba muy poca gente.
—Me tomó usted por el cuñado de alguien —murmuró—. ¿De quién?
Hafner frunció los labios y soltó un silbido para demostrar lo impresionado que estaba.
—No se le pasa a usted nada, ¿eh? ¿Cómo ha dicho que se llamaba?
—Strafford.
El médico echó la colilla al fuego, que por fin empezaba a desprender un poco de calor.
—Le tomé por el famoso Freddie Harbison, el hermano de la señora, cuyo nombre nunca se pronuncia entre estas cuatro paredes. Siempre está sin un céntimo y pulula por ahí para ver qué puede rebañar. Es la oveja negra de los Harbison de Harbison Hall; todas las familias tienen una.
—Sí, supongo que sí —respondió abstraído Strafford; y reparó en que, si lo que decía Hafner era cierto, él sería la oveja negra de su familia, puesto que al ser hijo único no había otro candidato para el puesto. Aunque dudaba que tuviese el valor necesario para ser «negro», por más que quisiera—. ¿Qué ha hecho para tener tan mala reputación?
—Oh, circulan todo tipo de historias sobre él. Turbias iniciativas comerciales, dispendios, la hija de esta o aquella gran casa... ya sabe. Podrían ser solo cotilleos, claro. Uno de los grandes placeres de la vida rural es denigrar a los vecinos y apuñalar a los mejores por la espalda.
Strafford, que había estado sonriendo y asintiendo con la cabeza mientras escuchaba la descripción del hermano disoluto de la señora Osborne, cogió una fotografía un tanto descolorida que había sobre la repisa de la chimenea y en la que un coronel Osborne más joven y delgado en mangas de camisa, con pantalones bombachos y un jersey de críquet, de pie en el césped delante de Ballyglass House, sonreía, con envarado cariño paterno, a un niño de unos doce años y a una niña más pequeña mientras jugaban; la niña estaba tendida como una carretilla en miniatura y el niño la empujaba por la hierba. Detrás, en las escaleras de la casa, había una figura femenina borrosa. Llevaba un vestido de verano de color pálido que le llegaba a las rodillas, tenía la mano izquierda levantada, al parecer no a modo de saludo sino de advertencia, y, aunque tenía el rostro borroso por la sombra de un haya, su postura, inclinada en ángulo y con la mano extendida, hacía que pareciera asustada, enfadada o ambas cosas. Era una escena extraña, pensó Strafford; parecía ensayada, una especie de retablo cuyo significado se había desvanecido igual que la propia fotografía. Solo se veía uno de los pies de la mujer, con un zapato pasado de moda, estrecho y puntiagudo, apoyado de manera tan precaria en el escalón que parecía estar a punto de salir volando por los aires, igual que una figura mítica y alada vestida de gasa en un cuadro prerrafaelita.
—¿La primera señora Osborne? —preguntó Strafford, dándole la vuelta a la fotografía para que pudiera verla Hafner.
—Supongo que sí —dijo el médico observando la figura borrosa de la mujer—. Yo no llegué a conocerla.
—Murió, ¿no?
—Sí, murió. Se cayó por las escaleras y se partió la espalda. —Notó la mirada de sorpresa de Strafford—. ¿No lo sabía? Fue una tragedia. Sobrevivió unos días, creo, luego expiró.
Inclinó la cabeza, frunció el ceño y contempló con atención la imagen.
—Desde luego, por su aspecto, parece frágil, ¿verdad?
8
El doctor Hafner, después de fumar otro cigarrillo y de compartir un par de cotilleos más —Strafford sabía que tendría mucho cuidado de no revelar ningún secreto familiar, si es que lo sabía, lo cual siendo médico era casi seguro—, se despidió y fue en busca de su paciente.
Cuando se marchó, Strafford se quedó al lado de la chimenea, con los brazos relajados y las manos en los bolsillos de los pantalones —cualquiera que lo hubiese visto habría pensado que esos bolsillos eran profundísimos al ver lo hundidas que estaban las manos—, con el ceño fruncido y la mirada perdida. Tenía la costumbre, cuando intentaba desenmarañar pruebas, o fragmentos de pruebas, de caer en una especie de trance. Después, cuando volvía en sí, apenas podía recordar la dirección que habían seguido sus pensamientos o cuál había sido el resultado; lo único que quedaba era un vago resplandor, como el de una bombilla que está a punto de fundirse. Solo podía suponer que, abstraído de ese modo, debía de haber llegado a alguna parte, debía de haber hecho algún progreso, aunque no supiese adónde había ido ni cuáles eran esos progresos. Era como si se hubiese quedado dormido un instante y se hubiera sumido en el acto en un sueño revelador profundo y poderoso, cuyos detalles se hiciesen transparentes al despertar, aunque perduraran el sentido y el brillo de su significado.
Salió al vestíbulo y se probó varios de los pares de botas de goma que había debajo del perchero hasta que dio con uno que le valía más o menos. Luego se puso el abrigo y el sombrero, se envolvió el cuello con la bufanda y partió al frío y blanco resplandor de la tarde invernal.
Había dejado de nevar, pero a juzgar por el aspecto cargado del cielo estaba claro que aún nevaría más. Rodeó la casa, deteniéndose de vez en cuando para orientarse. El edificio necesitaba reparaciones y reformas urgentes; los marcos de las grandes ventanas estaban podridos, la masilla estaba resquebrajada y había grietas que recorrían las paredes allí donde se había colado la budelia, cuyas ramas ahora no tenían hojas; al alzar la vista, vio que los canalones estaban caídos y que las tejas se habían roto después de incontables tormentas invernales. Lo embargó una cálida oleada de nostalgia; solo alguien que hubiese conocido la vida en un lugar así, supuso, podría entender el particular cariño y la tristeza que sentía ante el espectáculo de tanta decadencia y decrepitud.
Llegó a la salida de incendios que había visto desde el ventanal del primer piso; allí abajo el óxido había hecho aún más daño que arriba y le sorprendió que todavía se sostuviera en pie. La nieve estaba intacta alrededor de la base: nadie había subido por esos escalones recientemente; nadie, imaginó, los había subido desde hacía mucho tiempo. Que el cielo ayudase a quien se quedase atrapado por el fuego en los pisos de arriba y su única escapatoria fuera esa escalera frágil y desvencijada.
Entonces, de pronto, por segunda vez ese día, tuvo la sensación de que lo estaban observando. Volvió la cabeza aquí y allá, entornando los ojos contra el cegador brillo del césped blanco que se extendía ante él hasta una lejana cerca de alambre de espino que señalaba la linde de un bosque muy espeso. Todavía no se había orientado bien y dudó de si sería el bosquecillo que le había enseñado Lettie antes, desde la ventana del salón, donde habían talado los árboles. Pero no, era demasiado extenso para llamarlo bosquecillo. Los árboles de ramas negras parecían presionar hacia delante con desesperación, como si en cualquier momento pudieran romper la cerca y avanzar, con las raíces a rastras por campo abierto, apelotonarse alrededor de la casa y golpear furiosamente las ramas contra los muros indefensos. Strafford respetaba la naturaleza, a distancia, pero nunca había conseguido amarla, ni siquiera en la adolescencia, cuando leyó a Keats y a Wordsworth y se hizo panteísta; detrás de las flores y del canto de los pájaros, solo veía la lucha sangrienta y constante por la dominación y la supervivencia.
Al principio, cegado por el contraste entre el blanco de la nieve y la oscuridad de los árboles del fondo, no pudo ver a nadie. Luego algo se movió de un modo en que no podría desplazarse una rama agitada por el viento o por los pájaros, y, concentrándose y entornando mucho los ojos, distinguió lo que podría ser una cara, aunque a tanta distancia no era más que una mancha pálida y borrosa contra el trasfondo oscuro de los árboles, rodeada por una especie de halo oxidado de pelo. Nada más detectarlo, fuese lo que fuese, una persona de verdad o un efecto de la luz, desapareció en un segundo, o eso pareció, en las pardas profundidades de los árboles invernales.
¿Era una persona o un fantasma de su imaginación?
Echó a andar a través del césped. La nieve era espesa, pero no tanto como para no dejar pisadas verdes a su paso. Cuando llegó al sitio donde había visto, o creído ver —seguía sin estar seguro—, al observador camuflado que lo había estado mirando, no encontró ningún hueco en la cerca de alambre de espino, y las ramas de los árboles de detrás estaban tan juntas que parecían una pared impenetrable. Luego encontró un sitio donde habían pisoteado unos helechos. Empujó el alambre de espino hacia abajo, se recogió los faldones de la gabardina y pasó una pierna por encima de la cerca pensando en el daño que podría hacerse con una maniobra tan arriesgada.
Libre del alambre, avanzó hacia los árboles. La zona estaba a cubierto y solo había unas cuantas manchas de nieve en el suelo, demasiado pocas y demasiado dispersas para que cualquiera que hubiera pasado por allí hubiese dejado huellas. No vio ningún sendero, aunque un instinto primitivo, de eones de antigüedad, le guio mientras se internaba más y más en el bosque. Las ramas le azotaban como un látigo de siete colas, e inmensos arcos de zarzamora tan gruesos como su pulgar extendían sus espinosas antenas y le tiraban de la gabardina y de la pernera de los pantalones. Pensó en lo deprisa que desaparecen los adornos de la humanidad; ahora era solo un cazador, persiguiendo a su presa, con los nervios en tensión y la mente en blanco, el aliento contenido y las venas cosquilleándole; también estaba un poco asustado.
Observó algo que brillaba oscuro sobre una hoja, lo tocó con la punta de los dedos; era sangre, y fresca.
Continuó abriéndose paso entre los árboles hoscos y resistentes, buscando más gotas de sangre y encontrándolas. Se sentía como el intrépido héroe de una saga antigua siguiendo con tesón la pista dejada especialmente para él, que le conduciría por fin a la peligrosa capilla oculta en el bosque helado.
Al cabo de un rato se detuvo; fue como si notase el ruido antes de oírlo. Delante de él, alguien estaba cortando algo; no madera, sino algo parecido. Inmóvil, escuchó, inhalando sin prestar atención los olores que le rodeaban, el olor verde y fuerte de los pinos, el olor pardo y suave de la arcilla.Volvió a avanzar, con más cuidado, apartando las ramas y agachándose para esquivar las zarzas.
Escaramujo: Rosa rubiginosa; no era consciente de saber el nombre científico hasta que surgió de la nada; siempre le fascinaban las cosas que sabía sin saber que las sabía.
Tenía frío, mucho frío; su gabardina y su sombrero eran absurdos e inútiles en esas condiciones, le recorrieron espasmos de escalofríos y tuvo que apretar los dientes para que no castañearan. Además, una de las botas de goma que había tomado prestadas debía de tener una raja pues notaba una humedad gélida empapándole el talón del calcetín.
El terreno descendía en pendiente y tuvo que ir con cuidado para no resbalar en las hojas mojadas y medio heladas. Se detuvo a escuchar. El ruido había cesado. Siguió bajando, bajando y bajando, a trompicones, resbalando, tambaleándose y manteniéndose a duras penas en pie, hacia el corazón más profundo del bosque, donde reinaba una especie de penumbra. Notaba el corazón que latía despacio en su celda. «No pienses en nada, limítate a ser, como un animal». Su entrenamiento en la policía le había enseñado no a no tener miedo, sino a no prestarle atención.
La oscuridad empezó a clarear y, casi de pronto, llegó a la linde de un claro, una especie de hondonada en el centro del bosque. En ese terreno despejado había una alfombra de nieve.
En medio del claro se alzaba, o más bien se tambaleaba, una vieja caravana de esas familiares que se enganchan al coche; no tenía ruedas, la pintura estaba descascarillada y sus ventanas estaban empañadas. A saber cómo habría llegado allí. En una esquina del tejado redondeado una alta chimenea de metal, inclinada a un lado como el tubo abollado de una estufa, soltaba perezosas volutas de humo gris.
Delante de la puerta estrecha había una traviesa de ferrocarril aserrada a modo de escalón.
En el suelo, a la izquierda de la puerta, había una mancha de sangre circular de unos noventa centímetros de diámetro. ¿En qué pensó al ver el marcado contraste entre la sangre y la nieve? Luego cayó en la cuenta: en la irresistible manzana de piel roja como la sangre y carne blanca de la malvada madrastra. No obstante, estaba seguro de que dentro de ese desvencijado vehículo no le esperaba ninguna Blancanieves.
Salió de los árboles y cruzó el claro. Las suelas de las botas de goma crujieron en la nieve, un ruido imposible de evitar y que por fuerza alertaría de su llegada a cualquiera que hubiese en la caravana, si es que había alguien dentro.
La puerta tenía una vieja manija de coche, rayada y comida por el óxido, en vez de picaporte. Alzó los nudillos para llamar, hizo una pausa y, de pronto, como si se le adelantaran, de hecho, como si le hubiesen estado esperando, la puerta se abrió de par en par, con tanta fuerza que tuvo que apartarse para que no le golpeara. Una figura corpulenta apareció ante él, una figura que reconoció: hombros grandes, frente despejada y pelo rojo cobrizo a la luz que salía por la puerta.
Era Fonsey, el joven asilvestrado, con un mono de trabajo, botas de clavos, un chaleco sucio de lana y la chaqueta de cuero con el cuello de piel comido por la polilla.
El inspector, dominándose, esbozó su más amable sonrisa.
—Me llamo Strafford —dijo—. Y usted es Fonsey. —Miró la mancha de sangre a su derecha—. Ha estado cazando, ¿no?
—Tengo permiso —respondió enseguida Fonsey—. No soy un furtivo.
—No he dicho que lo fuese —replicó el detective—. Solo... —volvió a contemplar la mancha en la nieve— la sangre. —Puso un pie, el del talón mojado, en el escalón improvisado—. Oiga, ¿le importa si entro un momento? Aquí fuera hace frío.
Notó que Fonsey dudaba de si tendría valor para negarse y que acabaría decidiendo que no. Se hizo a un lado. Era joven, probablemente no tendría más de dieciocho o diecinueve años, tímido, desconfiado y vulnerable a pesar de su corpulencia. Le faltaba uno de los incisivos; el hueco rectangular parecía muy negro y lúgubre, como la entrada de una cueva muy profunda vista desde el otro lado del valle.
El interior de la caravana olía a parafina, a sebo, a carne, a sudor, a humo y a calcetines sucios. Debajo de la ventana, en una mesa —era poco más que un estante cubierto de formica, enganchado a la pared y con dos patas—, sobre una hoja de papel de carnicero manchada de sangre, había un conejo despellejado y listo para asar.
—Le he interrumpido la cena —dijo Strafford.
—No hace ni un minuto que he encendido el fuego —respondió Fonsey; el diente que le faltaba hacía que tuviese un leve ceceo. Señaló con la cabeza hacia una estufa rechoncha, detrás de cuya ventana sucia de hollín chisporroteaba una débil llama. Había unos cuantos trozos de madera colocados en círculo alrededor de los lados bulbosos—. Estoy esperando a que se seque la leña.
Había cerrado la puerta de la caravana, y en el espacio cerrado, los fétidos olores agobiaron tanto a Strafford que le obligaron a respirar por la boca.
Contempló el lugar de un vistazo. Había dos catres estrechos, uno enfrente del otro, a ambos lados de lo que habría sido la ventana trasera cuando la caravana todavía estaba en uso; un armarito alto de madera brillante y veteada, y un par de sillas antiguas de madera. Al otro extremo, había una especie de cocina pequeña con un infiernillo de gas, un fregadero y un sitio para secar los platos, con unos ganchos arriba para colgar las tazas y unos cuantos utensilios de cocina.
Strafford notó como el muchacho le observaba y le oyó respirar, se volvió hacia él y se fijó mejor en las bolsas del mono de trabajo y en las manchas del chaleco, y le recorrió una punzada de lástima como una rápida descarga eléctrica. Fonsey; debía de llamarse Alphonsus. Parecía un crío confundido, un niño abandonado en el bosque. ¿Cómo habría ido a parar allí, solo en ese lugar desolado? Y los padres que lo habían bautizado con ese nombre tan ridículo —¡Alphonsus!—, ¿qué había sido de ellos?
—¿Se ha enterado de lo que ha pasado en la casa? —preguntó Strafford—. ¿Sabe que han matado a un cura?
Fonsey asintió; sus ojos tenían un tono verde amarillento sucio, con unas incongruentes pestañas largas y curvas como las de una chica. Su frente despejada estaba cubierta de espinillas y tenía una herida abierta en la comisura del labio que no paraba de toquetearse. A los olores de aquel lugar tan poco ventilado se sumaba el suyo, una mezcla de cuero, heno, polvo de caballo y hormonas.
Sus manos eran enormes y estaban cubiertas de sabañones por el frío. Acababa de entrar después de limpiar y trocear el conejo. ¿Serían capaces esas manos de apuñalar a un hombre en el cuello y de mutilarlo después? Pero las manos no son más que manos, se dijo; ¿sería capaz Fonsey de asesinar a un cura?
Notó un olor a caza procedente de la mesa donde estaba el conejo.
—Dígame, Fonsey —soltó—, ¿dónde estuvo anoche? —Volvió a mirar con aire despistado a su alrededor—. ¿Estuvo usted aquí? ¿Durmió aquí?
—Siempre estoy aquí —respondió sin más Fonsey—. ¿Dónde iba a estar si no?
—Así que esta es su casa, ¿no? ¿Qué hay de su familia? ¿Dónde vive?
—No tengo —dijo el chico sin inmutarse, expresando el hecho crudo sin más.
Estaba claro que había sufrido mucho. Strafford creyó percibir la angustia sorda y constante del muchacho: era un olor a carne fuerte y cálido.
—¿Es usted del pueblo? ¿Nació aquí, en Ballyglass? —El chico apartó la cara y murmuró algo para sus adentros—. ¿Cómo? —preguntó Strafford sin cambiar el tono amable y tranquilizador.
—He dicho que no sé de dónde soy.
El inspector no supo qué decir. Al principio había sospechado que podía ser retrasado mental, pero a pesar de su tamaño y su porte —era fuerte como un toro y tan alto que tenía que agacharse para no darse con el techo de la caravana— estaba atento a todo con disimulo y había un brillo de astucia en su mirada.
Strafford fue a la estufa y extendió las manos, aunque solo despedía un levísimo calor.
—¿Conocía al padre Lawless? —preguntó—. Al padre Tom, ¿lo conocía?
Fonsey volvió a apartar la mirada, como si le hubiesen golpeado, y de nuevo encogió los enormes y cargados hombros.
—Lo veía en la casa. Tiene un caballo aquí. Mister Sugar. Una bestia muy grande —lo pronunció «bisti»—, diecisiete manos y ojos de loco.
—¿Cuidaba usted de él..., de Mister Sugar?
—Cuido de todos. Es mi trabajo.
Strafford asintió. Notó que el muchacho quería que se fuese.
—O sea, que no tenía mucho trato con el cura —dijo—.Aparte de cuidar de su caballo. ¿Alguna vez le habló a usted?
Fonsey frunció el ceño y entornó los ojos, como si le pareciese una pregunta capciosa, y se toqueteó la herida del labio.
—¿Qué quiere decir con que si me habló?
—Ya me entiende: ¿charlaba con usted, hablaban de caballos y demás?
El muchacho movió despacio la cabeza con la frente despejada y la maraña de rizos; su pelo, en la oscuridad de la caravana, parecía más oscuro y brillaba como caramelo quemado.
—¿Charlar? —dijo, como si fuese una palabra nueva para él, un concepto nuevo—. No, no charló conmigo.
—Ya sabe, tenía reputación de ser muy..., en fin, muy cordial y amistoso.
Se hizo una pausa, luego Fonsey soltó una risita grave, apretó los labios sonrosados y volvió a tocarse la herida de la comisura del labio.
—¡Ah!, claro —respondió—. Todos son muy amistosos.
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