Kitabı oku: «Demonia», sayfa 2
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Antes de ese inicio en el puerto mexicano, esta historia tuvo un arranque más formal en la Ciudad de México, hace once meses, en el departamento que compartimos –que compartíamos– Ligia y yo en el Centro Histórico, en la calle de Donceles, justo a un lado del Templo Mayor. Un edificio viejo, cuyas paredes están cubiertas de mosaicos de puntos amarillos y negros que dan la sensación de vivir dentro de un gran panal. Don Roberto, el conserje, siempre está arreglando algún departamento próximo a rentarse, y pone su radio a todo volumen que, sintonizada en alguna estación de boleros o big bands, proporciona la atmósfera adecuada. Para mí, más que el conserje, es una especie de disc jockey encargado de transportar a los inquilinos a la época en que el edificio fue construido.
Cierta madrugada, Ligia me despertó sobresaltada, y aseguró que alguien acababa de tocar a la puerta del cuarto. Aún medio dormido, le dije que se trataba de las vibraciones de algún camión, pero ella insistió hasta despertarme por completo. Molesto, salí de la cama y abrí la puerta para comprobar que no había nadie en el umbral. Para dejarla tranquila, revisé la casa por todos su rincones –también para mi tranquilidad, pues ella estaba convencida de haber escuchado no una, sino varias tandas de golpes contundentes en la puerta del dormitorio. Tras la minuciosa investigación volví a la cama y apagué la luz, pero ambos tardamos en volver a conci-liar el sueño. Esta escena se repitió cuatro o cinco veces en el transcurso de un mes agotador. Más exhausto que desconcertado, tomé la decisión de que dormiríamos con la puerta abierta. Durante algunos días recuperamos la tranquilidad y el buen sueño, hasta que otra noche las cosas empeoraron. Ligia me despertó y me juró que había visto una silueta en el umbral de la puerta. Encendí la luz; no había nada, pero ella estaba temblando. Para calmarla, le pedí que me describiera a la sombra. “No le vi el rostro”, me dijo entre sollozos, “solamente estaba ahí, observándonos”.
Para mí estaba claro que Ligia pasaba por una crisis nerviosa, aunque no descartaba el tema de alguna aparición. Jamás me he topado con un fantasma, pero no desestimo las historias de quienes afirman haberlos visto –quizá por mi educación católica, quizá por mi exacerbada imaginación, quizá sólo porque resulta más interesante creer que no creer, y porque los escépticos me parecen personas planas y aburridas. Además, estábamos en un edificio antiguo y en una zona cargada de historia y energía. Más de alguna vez, al caminar de noche por República de Argentina y doblar en Donceles, pude sentir que algo ocurría entre las ruinas del Templo Mayor, algo parecido a un rumor de pasos furtivos y respiraciones agitadas que se confundían con el viento.
Indagué con Don Roberto sobre sus experiencias sobrenaturales en los treinta años que tenía como conserje del edificio, y me confesó que en más de una ocasión había visto “cosas extrañas” pero, aclaró, nunca en el departamento donde Ligia y yo vivíamos. Hablé con mi mujer y la convencí de que, por el bien de los dos, era momento de ver a un médico y pedirle pastillas para dormir. La medida funcionó un tiempo, y hubo algunas noches en las que Ligia durmió de corrido, aunque con una permanente expresión de angustia en el rostro, tal vez sumida en sueños tormentosos de los que era incapaz de despertar. Eso comenzó a generar en mí un miedo creciente, así como ciertos lapsos de insomnio durante los cuales mis ojos iban del rostro de Ligia al umbral de la puerta. Una noche que caía una llovizna arrulladora –me gustaba imaginar que el agua calmaba la sed milenaria de nuestras vecinas las pirámides–, Ligia despertó sobresaltada, señalando al umbral de la puerta: ahí estaba de nuevo la sombra, gritó, enorme y oscura, acechándonos. Yo no vi nada, pero no necesitaba contemplar aquello para saber que nuestras noches tranquilas habían llegado definitivamente a su fin. Lo que no sabía entonces era que esta historia nada tenía que ver con fantasmas.
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Ligia y yo llegamos a un acuerdo: ella iría a terapia y yo aceptaría que trajera a una médium a la casa. Quise estar presente en la sesión espírita, y le pagué por adelantado a la mujer para evitar que se sintiera comprometida a decirnos algo. Tras encender velas por toda la casa y recorrer las habitaciones, la médium se detuvo en la sala, cerró los ojos, juntó las palmas de las manos frente a su rostro y meditó durante largos minutos. Su conclusión fue que ahí habitaba el espíritu de una adolescente que se había suicidado por desamor. Después, la mujer nos preguntó si queríamos entrar en contacto con ella, pero Ligia le dijo que no, le dio las gracias y la despachó. Le reclamé que hubiera desaprovechado la oportunidad:
–Muy mal. Nos cobró carísimo.
Ligia me lanzó una mirada en la que se mezclaban miedo y enojo.
–Estaba mintiendo.
–¿Cómo sabes?
–Porque la otra noche pude ver el rostro de la sombra. Y es un hombre. Un negro.
Ligia comenzó a asistir a terapia y a tomar medicamentos fuertes. Dejó de mencionar a la sombra; no supe si la seguía viendo, y la verdad prefería no saberlo. Lo cierto era que ambos continuábamos intranquilos, había un ambiente tenso en nuestra habitación antes de apagar la luz, y el insomnio nos asaltaba por turnos. Ahora que lo reflexiono a la distancia, no me explico cómo pudimos vivir así durante los pasados once meses, en un permanente estado de angustia y paranoia. Quizá, como dicen, uno se acostumbra a todo, o tal vez lo que llamamos “mala vida” provoca adicción. También creo que el miedo es un estado alterado que el cerebro llega a necesitar, como una droga. Por eso los escritores de terror que tanto admiro siempre tienen lectores.
Ligia y yo éramos ya un par de sonámbulos, dos espectros que rondaban su propia casa; procurábamos pasar el menor tiempo posible en la habitación, y si se presentaba el insomnio yo me levantaba a escribir y ella aprovechaba para adelantar sus propios pendientes, cuando llegó la invitación a la Feria de Santo Domingo. Era por una semana, y sólo para mí, pero pensé que aquel viaje podría ayudar a distraernos y olvidar por completo los episodios de la sombra. Eché mano de los ahorros y los dos partimos a República Dominicana con unas profundas ojeras que esperábamos evaporar bajo la brisa del Caribe. Sin embargo, desde el momento que aterrizamos y nos metimos en el taxi, me di cuenta de que eso no iba a suceder.
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Mientras recorríamos la autopista recta y monótona que separa el aeropuerto del malecón –son kilómetros de mar sin playa, pegado a las rocas, que alejan tanto a locales como a turistas de aquella zona–, el taxista comenzó a hablarnos de las mejoras recientes en la infraestructura carretera. Nos anticipó que cruzaríamos un colosal puente que conectaba con la ciudad, y volaba sobre el río en un alarde de tecnología. En algún momento, al pasar por un entronque, nos informó que ese tramo nuevo de carretera conectaba con Samaná, al otro lado de la isla, un pueblo plagado de hermosas playas y al que antes sólo se llegaba rodeando la costa en un viaje largo. Ahora el traslado resultaba bastante rápido.
–¿En Samaná hay brujos? –le interrumpió Ligia.
–Toda República Dominicana es territorio de brujos –dijo el taxista–. Pero en Samaná se encuentran los más poderosos.
Nos dijo que los brujos abundaban en los bateles de los ingenios, pero también en zonas donde no había caña, como Samaná o San Juan de la Maguana. Explicó que tenían la herencia haitiana del vudú y que sus pócimas estaban hechas con ron, miel de abeja, especias y refrescos, contentivas de sapo o pichón de culebra muertos. Hacían sus rituales siempre junto a un ataúd, y una vez que los hechiceros eran poseídos por un espíritu “hablaban en lenguas”. Relató todo ello con creciente entusiasmo, y remató diciendo que la hechicería europea y negroafricana había llegado a las Indias con sus descubridores.
* * *
Yo sabía por qué Ligia le había preguntado eso al taxis-ta. Existía una especie de leyenda en su familia, una historia que solía contar su bisabuelo materno, un hombre que había llegado a ser alcalde en Tampico. La historia pasó al abuelo y de ahí a la madre, y contaba lo siguiente: el bisabuelo, trasformado por el poder y las influencias, emprendió un negocio sucio que arruinó el patrimonio de un mulato. Traicionado, el hombre se vengó echándole la maldición de Samaná y condenando a cinco generaciones de la familia a padecer en la salud y la economía. Esa quinta generación llegaba hasta Hilda, la sobrina de Ligia, a la cual adoraba por encima de todas las cosas.
Un día le pregunté:
–¿Ha pasado algo en tu familia que te haga creer en esa maldición?
–Enfermedades, accidentes, despidos del trabajo, divorcios…
–Eso pasa en cualquier familia –repuse–. En todo caso, es la maldición de la vida.
Pero a Ligia no le importaban las demás familias, sólo la suya, y eso bastaba para dar por verídico un hecho del que nadie había sido testigo. Creía ciegamente en ese destino, al igual que el resto de su familia, como si se tratara de una tradición.
–¿Y cómo se puede terminar con ella? –concedí.
–Mi madre me lo dijo, pero es mejor que no lo sepas.
–¿Matando al brujo? Pero si ya debe estar bajo tierra, devorado por cinco generaciones de gusanos.
–No: la muerte del brujo sólo hace más fuerte su maldición. La única manera de acabar con ella es sacrificando a un miembro de la familia para borrar la afrenta.
–Tú deberías ser narradora. Tienes más imaginación que yo.
No calculé el costo de mi burla; Ligia jamás volvió a hablarme de las supersticiones de su familia, cosa que lamenté porque, como ya he dicho, me parece que las personas que creen en lo que está más allá de nuestros ojos son dignas de atención. Después olvidé el asunto hasta que nos subimos en el taxi en Santo Domingo.
* * *
Ahora que he terminado de contar todo esto, y antes de proceder a reportar la desaparición de Ligia, debo ser honesto y anotar aquí la duda que me asalta: ¿en verdad ella partió a Samaná en busca de su destino o simple-mente decidió abandonarme aparentando ese pretexto, como una siniestra manera de vengarse de mi incredulidad en las supercherías de sus ancestros? Supongo que nunca lo sabré. Pero si he de responderme a mí mismo diré que, sea cual sea la verdad –con brujos o sin ellos– lo que motivó a Ligia fue el deseo de alejarse de mí. Y eso es difícil de aceptar, sobre todo ante los demás, así que sostendré la versión más conveniente: la desaparición. Sin embargo, aún no puedo cerrar mi libreta. A esta historia le queda una parte por contar, una que no puedo omitir. Ésa es la auténtica maldición de todo escritor: no descansa hasta que la historia termina de ser contada.
5
Sucedió durante los días que Ligia fue a cuidar a su madre al hospital. Se le había salido el líquido de las rótulas –en general padecía de los huesos, calvario que a Ligia le ratificaba la autenticidad de la maldición– y la habían operado por enésima ocasión. Una de esas tardes fui a dar un recorrido por las librerías de viejo en la calle de Donceles. Estaba buscando un libro llamado Montañas de locura. Usos y costumbres del Manicomio General La Castañeda, un ensayo histórico que abarcaba desde sus primeros años durante el Porfiriato hasta su cierre en 1968, y en el que me apoyaría para escribir un relato. Lo encontré en Bibliofilia, entre ejemplares de Life que se deshacían en las manos y enciclopedias tan enmohecidas como un jardín. Mientras pagaba escuché una voz familiar que se imponía al barullo de la calle. Era un indigente loco que solía sentarse en la entrada de la librería para tomar algún libro y leerlo en voz alta. Los empleados de Bibliofilia estaban acostumbrados a él y lo toleraban. Era parte del paisaje de la calle de Donceles, junto al resto de las librerías de viejo, a otros vagabundos menos cultos y a los changarros de comida corrida olorosos a fritangas y caldo de gallina. En ese momento se me ocurrió hacer una disparatada versión del juego de bibliomancia, aquél en el que se elige un libro cualquiera de la biblioteca personal, se le hace una pregunta concreta, y después se abre y se señala un párrafo al azar para conocer la respuesta. Me acerqué al menesteroso y le extendí el libro sobre la Castañeda. Al principio me ignoró, pero ante mi insistencia tomó el libro, lo abrió por la mitad y comenzó a leer: “Hay cosas que están ahí. No sé si en la mente o en algún otro lugar del espacio que no alcanzamos a identificar. Probablemente habiten en el entrecruzamiento del mundo interior con el exterior. Pero lo que sí sé es que las comenzamos a ver por contagio…”.
Desconcertado, le arrebaté el volumen al indigente y me marché a casa. Busqué las líneas que había repetido y no pude encontrarlas. Por un momento sentí que yo también enloquecía. Tras varios minutos de lectura di con ellas. Pertenecían a un capítulo que reproducía el diario de una enfermera. Se llamaba Leonarda Servín y había trabajado en el manicomio en los años cuarenta. Hice unos subrayados y después guardé el libro en mi estudio, en un lugar poco visible. No sabía qué pensar de todo aquello y no quería darle más vueltas. Fui al cuarto y miré la televisión hasta que me dio sueño. Instintivamente, busqué con el brazo el cuerpo de Ligia y me topé con su almohada. La imaginé en el hospital, acostada en el sillón contiguo a la cama de su madre, atenta a las siluetas que se formaban en el techo de la habitación, tan incapaz de dormir como de entender lo que le sucedía.
Esa noche tuve una pesadilla. En el sueño, estaba acostado en la cama, a punto de dormirme mientras buscaba el cuerpo de Ligia con el brazo, cuando en el marco de la puerta apareció un mulato. Era tan alto como la puerta misma, y el amarillo de sus ojos y sus dientes destacaba en la penumbra con un brillo siniestro que hacía pensar en oro maldito. No me atreví a moverme ni decir nada. Estoy soñando, pensé –es lo que uno siempre piensa cuando ocurre algo malo–, es una pesadilla y sólo tengo que despertar. El mulato tampoco hablaba, sólo me observaba con sus ojos turbios desde el umbral de la puerta. ¿Por qué no entra?, recuerdo que pensé en el sueño. ¿Qué es lo que quiere? Como si leyera mis pensamientos, el mulato comenzó a reír. Empezó poco a poco, hasta que sus carcajadas crecieron y se volvieron insoportables. Entonces tuve ganas de gritarle que se largara, que ésa era mi casa y que no tenía derecho a entrar en ella sin tocar.
–Nadie tiene casa –me dijo, adivinando de nuevo mis pensamientos– cuando el alma no tiene sosiego.
Entonces, dentro del sueño, comprendí todo. Lo que había estado ocurriendo con Ligia y conmigo en los últimos meses se me reveló en un instante. Y en ese momento desperté, o creí despertar. El mulato ya no estaba, sólo permanecía el eco de su risa en la habitación, y también el eco de una última frase: No podrás despertar, tampoco dormir, tan sólo caminar entre dos mundos…
* * *
Días después me hicieron la invitación a Santo Domingo. Y aquí estoy, en el cuarto de hotel, escribiendo en la última hoja de mi libreta. Más allá de la ventana, la noche envuelve las grúas y el mar comienza a fundirse con el cielo en una sola y compacta oscuridad.
La verdad de aquel sueño es la misma que escribo en este momento, la misma que me espera en casa cuando regrese: hay una sombra en el umbral del cuarto que no necesita tocar porque una puerta se abrió para siempre.
Miro por la ventana y cuento los cascarones de concreto. Ahora falta un edificio.
MANUSCRITO ENCONTRADO EN UN DEPARTAMENTO VACÍO
Samuel Luján
Detective Privado
Presente
Por este medio le hago llegar el documento solicitado a esta Secretaría, esperando sea de utilidad para los fines que persigue. Cabe señalar que es una copia del original, tal cual fue encontrado.
Atentamente
Raúl Solís
Agente Ministerial
Sistema de Personas Extraviadas
Secretaría de Seguridad Pública
I. EL DOCUMENTO
Mi hermano Pablo murió atropellado hace dos semanas. Un taxi lo embistió cuando cruzaba la calle, justo frente al local de Estafeta donde pretendía enviar un paquete. La noticia me conmocionó, a pesar de que estaba distanciado de él y llevaba tres años sin verlo. Era mi único pariente cercano. No teníamos más hermanos y nuestros padres habían fallecido tiempo atrás. No existe una razón concreta que explique el abismo que nos fue separando, lo único que se me ocurre decir es que su mundo era el de las palabras y el mío el del dinero. Pablo se dedicaba a dar talleres de poesía –había publicado algunos poemarios; plaquettes, les llamaba él, aunque para mí eran lo mismo: nunca leí una línea suya–; yo soy corredor de bolsa en un banco nacional. Ahora que lo pienso, otro de los motivos que contribuyeron a que nos alejáramos fue el hecho de que Pablo tenía una gran facilidad para ligarse mujeres, algo que a mí siempre me ha costado trabajo. Mientras yo pasé años tratando de convencer a la mujer que posteriormente se convirtió en mi esposa –y más tarde en exesposa–, él pasaba de una relación a otra con una sonrisa de satisfacción en los labios. Tras mi divorcio no quise saber nada de mujeres durante un tiempo, y tampoco de mi hermano y sus múltiples conquistas. Nunca envidié que fuera escritor. ¿Quién, en su sano juicio, puede desear una profesión que importa a pocos, y que además reditúa miserables ingresos? El problema era ese imán con el que atraía a las mujeres a pesar de su precaria situación económica. Y no sólo eso: me consta que más de alguna llegó a mantenerlo. Las pocas veces que nos veíamos para comer se la pasaba hablando del poder de las palabras y de una teoría que a mí me parecía sacada de un cuento fantástico: decía que los versos eran capaces de abrir agujeros a otras dimensiones. La auténtica poesía, porque –aclaraba– había poetas que camuflaban historias con versos. “Ahora los poetas sueñan con ser narradores”, decía en su perorata, la cual sólo se permitía interrumpir para pedirle al mesero otra botella de vino sudafricano que bebería a mis costillas. Yo le ponía atención un rato, pero después mi mente comenzaba a moverse hacia el terreno de las cifras, haciendo cuentas sobre lo que habíamos pedido y lo que iba a costarme. Después, le hacía una seña al camarero para pedirle la cuenta, gesto que marcaba el final de nuestras forzadas reuniones.
Tras identificar el cadáver la policía me entregó un paquete, el mismo que mi hermano se disponía a enviar por Estafeta cuando el taxi le pasó por encima. Era un sobre de papel manila que contenía un objeto abultado. En el reverso tenía escrita una dirección de la ciudad de Guanajuato, pero ningún nombre. Arrojé el paquete en el asiento del copiloto de mi coche y no lo abrí hasta más tarde, cuando volví a casa después del trabajo. Dentro tenía un libro. No recuerdo el autor, pero era de poesía. En la primera página mi hermano había escrito algo con su puño y letra:
Amaranta:
No puedo hacerlo.
Aquél extraño mensaje me conmovió, como si en su parquedad incomprensible se resumiera la historia de nuestra difícil relación. Nunca hice nada por mi hermano, salvo invitarle vinos caros en restaurantes de moda, pero en ese momento supe que tenía una misión: hacer que ese paquete llegara a su destino. Y conocer a Amaranta: tal vez esa mujer podría decirme algo sobre el hermano con el que rehusé intimar. Pedí vacaciones en el trabajo y una semana después tomé un avión a Guanajuato. No pretendía quedarme más tiempo del necesario; mi idea era entregar el paquete y después tomar otro avión rumbo a Acapulco. Pero mi destino estaba en otra parte.
En el aeropuerto de Guanajuato me subí a un taxi y me dirigí al centro. Primero quería comer algo y pasear un poco. Hacía mucho tiempo que no iba a esa ciudad, y al atravesar los túneles que la recorren por debajo recordé que era misteriosa por naturaleza; que a pesar de su aspecto turístico daba la sensación de encerrar un secreto. Esa percepción se reafirmó cuando bajé del taxi y me puse a caminar por sus callejones laberínticos. Después de comer, mientras vagaba por pasillos estrechos y olorosos a orina, topándome con montones de colillas y botellas de cerveza rotas, recordé que mi hermano me había dicho alguna vez que solían invitarlo a Guanajuato a dar talleres de poesía. Decidí que era momento de entregar el paquete. Tomé otro taxi y la dirección anotada en el reverso del sobre me llevó a un edificio de departamentos situado en una zona residencial a las afueras de la ciudad. Del balcón del primer piso colgaba un letrero de SE RENTA. Me dirigí al interfón y timbré en el número 17. Nadie respondió, y obtuve el mismo resultado durante los diez minutos siguientes. Decidí esperar en el taxi. Una hora más tarde, nadie había entrado ni salido de aquel edificio, el taxímetro seguía corriendo y mi paciencia se había agotado. Pensé en dejar el paquete con el conserje, pero estaba decidido a conocer a aquella mujer, que para esas alturas ya me intrigaba bastante (debía ser guapa, mi hermano cuidaba muy bien su reputación); así que tramé un plan. Presioné el timbre del conserje y pretexté estar interesado en el departamento en renta. Minutos después era conducido al primer piso por un hombre moreno y chaparro. Le hice las preguntas de rigor mientras recorríamos la estancia –¿cuánto cuesta la renta?, ¿qué requisitos solicitan?, ¿hay más personas interesadas?– y finalmente le comenté, con la mayor naturalidad de la que fui capaz:
–El dato me lo pasó mi amiga Amaranta, que vive en el 17.
El conserje me miró como si le hablara en una lengua extranjera, y me dijo:
–Debe estar confundido. En ese departamento no vive nadie desde hace mucho tiempo. Pero no está en renta; no me pregunte por qué, eso es asunto de Don Eulalio, el casero.
Inventé cualquier excusa, le dije que pensaba rentarlo, y salí de ahí con los datos de Don Eulalio. Decidí ya no ir a Acapulco y le pedí al taxista que me llevara a un hotel cercano. No creía que mi hermano se hubiera equivocado en la dirección del sobre. Sin duda, aquella mujer era su amante, ese libro contenía una comunicación cifrada y yo me proponía desentrañarla. ¿Así se seducía a las mujeres? –recuerdo que pensé–, ¿con poesía y mensajes ambiguos?
Al día siguiente estaba en la inmobiliaria de Don Eulalio, hablando con él y diciéndole que vivía en el Distrito Federal pero que me cambiaría a Guanajuato por cuestiones de trabajo. Mientras me entregaba una fotocopia con la lista de papeles y documentos que requería, le dije:
–Me gusta el departamento del primer piso, pero preferiría algo más arriba. El conserje me dijo que el departamento 17 está deshabitado.
Don Eulalio me dirigió una mirada severa, como la que se le hace a un menor cuando dice una tontería, y me dijo:
–Imposible. Hay gente que lo renta, aunque no lo habiten.
–¿Y se puede saber quiénes son? Tal vez yo logre negociar con ellos…
El casero comenzó a impacientarse.
–Olvídelo. La discreción es una parte importante en este negocio. Lo único que le puedo decir es que de algún modo lo utilizan… Creo que como bodega.
Estreché su mano, le dije que pronto tomaría una decisión respecto al departamento en renta y salí de la inmobiliaria, convencido de que no me iría de Guanajuato hasta que consiguiera entrar al departamento 17.
Entrar fue fácil. Lo difícil fue comprender lo que ahí encontré. Regresé al edificio al día siguiente y le pedí al conserje que me mostrara de nuevo el departamento del primer piso, “para salir de dudas”. Tras abrirme la puerta, un billete lo convenció de que me dejara a solas. Necesitaba “sentir el espacio como si ya fuera a vivir ahí”. El conserje tomó el dinero –en este país hasta la caja de Pandora se abre con billetes– y me dijo que regresaba en veinte minutos. En cuanto se retiró, salí del lugar y subí hasta la cuarta planta, donde se encontraba el departamento 17. El instinto –aunque a la distancia puedo decir que más bien fue una especie de llamado – me hizo poner la mano en la perilla y girarla. La puerta se abrió sin más y yo entré, aunque ahora sé que uno debe desconfiar de todas las cosas que se abren fácilmente, sobre todo si se trata de puertas. El departamento estaba vacío. Lo único que había era un librero de madera empotrado en una de las paredes de la estancia. Estaba lleno de libros y era de forma ovalada. Tras asegurarme de que no había nadie en los otros cuartos, inspeccioné su contenido. Albergaba sólo volúmenes de poesía. Lo más extraño era que en la primera página de todos los libros estaba escrita la misma frase:
Amaranta:
Una llave para la puerta,
un ojo para la tuerta.
No era la letra de la misma persona. En cada libro la frase estaba rubricada por quien la había escrito, y se agregaban la fecha y el lugar desde el que había sido enviado al departamento 17. Las fechas abarcaban los dos últimos años y los lugares distintas partes de la República: lo mismo Tijuana que San Luis Potosí o Chiapas. Algunas personas repetían, entre ellos mi hermano. Aquel lugar no estaba tan solo como me habían asegurado. Alguien, al menos, había estado ahí para recibir y acomodar los libros. Y ese alguien tenía que ser Amaranta.
Salí del departamento y abandoné el edificio ante la sorpresa del conserje. No me importó; ahora tenía otro objetivo: Estafeta. Fui a la oficina que tenían en el centro y hablé con el encargado. Deslicé otro billete y le dije que lo único que quería saber era quién recibía los paquetes en la dirección del departamento 17. Mandó llamar a un muchacho de cabeza rapada, responsable de las entregas en aquella zona de la ciudad, y nos dejó a solas.
–Siempre abre una ñora –dijo mientras mordía una torta con displicencia.
–¿Se llama Amaranta?
–Sepa –subió y bajó los hombros para reforzar su respuesta.
–Una última cosa: ¿es tuerta?
El joven dejó de masticar y me miró con recelo.
–Nel … esa ñora tiene ojos bien bonitos.
El encargado lo llamó desde el otro lado del local y le mostró los paquetes que tenía pendientes. Lo entendí más como una señal para mí: era hora de irme con mis preguntas absurdas a otro lado.
Cuando salí del local, un hombre de chamarra negra me abordó y me mostró una identificación que sacó de su cartera: Samuel Luján, detective privado.
–Tenemos que hablar –dijo mientras encendía un cigarro–. Me parece que ambos buscamos a la misma mujer.
Nos metimos a un café cercano. Me contó que había sido contratado por el esposo de Amaranta, un rico empresario de la industria del calzado, quien sospechaba de la conducta esquiva de su mujer. Justo el día que comenzó a seguirla, desapareció. El último lugar en el que la vio fue en el edificio del departamento 17.
–Entró y nunca salió de ahí –hizo una pausa dramática que aprovechó para darle un largo sorbo a su taza de café–. Al menos no por la puerta del frente…
–¿Hace cuánto de eso?
–Tres meses.
Samuel encendió un nuevo cigarro. Después me miró a los ojos.
–¿Y tú qué chingados pintas en todo esto?
Su tono amable había quedado atrás. Decidí relatarle todo, desde la muerte de Pablo hasta el solitario librero del departamento 17.
–Eso comprueba mi teoría –dijo Samuel–. Esa zorra salió por la puerta de atrás.
Sacó un folder de su portafolio y arrojó sobre la mesa un puñado de fotografías. En todas aparecía una mujer de unos cuarenta años, de melena negra y tez blanca; en su rostro destacaban dos intensas pupilas verdes. El chico de Estafeta tenía razón.
–¿Amaranta? –pregunté, inquieto.
–No: la Virgen María.
–¿A qué se dedica?
–A gastar lo que gana su esposo.
–¿Y además de eso?
–Tiene un centro cultural donde se ofrecen talleres de poesía, pero también charlas sobre ocultismo, lecturas de Tarot y otras pendejadas. O lo que es lo mismo: tira el dinero de su marido por el escusado.
Samuel recogió las fotografías y dejó un billete sobre la mesa. Nuestro encuentro había terminado.
De vuelta en el hotel, pedí un trago al cuarto y me conecté a internet. Necesitaba revisar el correo de la oficina y olvidarme de aquel enredo durante un rato. Pero un mensaje me lo impidió: era el casero de mi hermano, quien me informaba que pondría nuevamente en renta el departamento y que yo debía sacar sus cosas de ahí cuanto antes. Entonces lo intuí: la respuesta que había ido a buscar a Guanajuato me esperaba en la Ciudad de México.
Hoy volví al D.F. Pasé por las llaves a la oficina del casero y vine a este departamento en la calle de Álvaro Obregón que Pablo habitó durante los últimos años de su vida. Antes de entrar comprendí por qué mi hermano vivía allí y la manera en que la Roma condensaba su espíritu: era una colonia vieja, habitada por gente con pretensiones bohemias que se esforzaba por transformar la decadencia del barrio en algo elegante y de moda. No me sorprendió encontrar su casa vacía. Tampoco que sólo hubiera un librero de madera empotrado en la pared, de forma ovalada, lleno de volúmenes de poesía, cuyos títulos eran los mismos que los del departamento 17. Lo que sí llamó mi atención fue que faltaba un único libro, el último de la hilera de hasta abajo. Y no está porque es el que traigo en mi maleta, el mismo que Pablo no pudo dejar en la paquetería. Ahora escribo todo esto en un cuaderno porque sé lo que tengo que hacer y necesito dejar testimonio. Desconozco qué consecuencias traerá, pero es la única manera de enterarme qué le pasó a mi hermano y de encontrarme con Amaranta.
Dejo la pluma y me dispongo a colocar el libro en su lugar.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.