Kitabı oku: «Valencia inédita»
VALENCIA INÉDITA
TESTIMONIOS
DE VIAJEROS ALEMANES
(SIGLOS XVIII-XX)
VALENCIA INÉDITA
TESTIMONIOS
DE VIAJEROS ALEMANES
(SIGLOS XVIII-XX)
Ingrid García-Wistädt,
Isabel Gutiérrez Koester, Berta Raposo
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

© De los textos: las autoras, 2019
© De esta edición: Universitat de València, 2019
Coordinación editorial: Maite Simón
Maquetación: Inmaculada Mesa
Corrección: Letras y Píxeles S.L.
Cubierta:
Ilustración: Adolphe Françoise Pannemaker, Valencia (1847), grabado en Emmanuel Cuendias, Spanien und die Spanier
Diseño: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-9134-469-8
ÍNDICE
PREFACIO
VIAJEROS ALEMANES ANTERIORES AL SIGLO XVIII
VIAJEROS ALEMANES DEL SIGLO XVIII
Emmerich Fischer: Andanzas de siete años, 1753
Carl Christoph Plüer: Los viajes de Plüer según sus manuscritos, 1777
Franz Jenne: Viajes de Jenne a España, Piamonte, Lombardía y Tirol, 1790
Karl Friedrich von Jariges: Fragmentos de un viaje por el sur de Francia, España y Portugal, 1810
Friedrich Studer: Recuerdos de España, 1810
Conclusiones
Bibliografía
VIAJEROS ALEMANES DEL SIGLO XIX
Franz Xaver Rigel: Siete años de lucha en la Península Pirenaica de 1807 a 1814, 1819-1821; Recuerdos de España, 1839
Victor Aimé Huber: Jaime Alfonso, llamado el Barbudo. Esbozos de Valencia y Murcia, 1833
Ida Hahn-Hahn: Cartas de viaje, 1841
Eduard Delius: Excursiones de un alemán del norte por Portugal, España y Norteamérica. En los años 1827-1831, 1834
Moritz Wilkomm: Dos años en España y Portugal. Recuerdos de viaje, 1847
Moritz Wilkomm: Excursiones por las provincias del noreste y centrales de España. Recuerdos de viaje del año 1850, 1852
Ludwig von Rochau: Vida de viaje en el sur de Francia y España, 1847
Alfred von Wolzogen: Viaje a España, 1857
Friedrich Wilhelm Hackländer: Un invierno en España, 1855
Karl Thienen-Adlerflycht: Al país lleno de sol. Cuadros de España, 1861
Graf Bastiano: En el sur. Esbozos de viaje, 1865
Reinhold Baumstark: Mi viaje a España en la primavera de 1867, 1868.
Wilhelm Wattenbach: Un viaje de vacaciones a España y Portugal, 1869.
Rosa von Gerold: Un viaje de otoño a España, 1880
Ludwig Passarge: De las actuales España y Portugal. Cartas de viaje, 1884.
Alois Zöggeler: Por Lourdes a España. Un peregrinaje en el otoño de 1887,1889
Heinz Hoffmeister: Por el sur de España a Marruecos. Páginas de un diario, 1889
Conclusiones
Bibliografía
VIAJEROS ALEMANES DEL SIGLO XX
Robert Klimsch: Ciudades, paisaje y gentes de España, 1912
Johannes Mayrhofer: España. Imágenes viajeras, 1918
Otto Bürger: La Riviera Española y las Islas Baleares. Un tranquilo viaje primaveral y estival, 1924
Dr. Anton Stegmann: Al corazón de España. Relato de viajes según el diario de un estudiante universitario, 1928
Peter Schmid: Impresiones españolas, 1952
Hans Joachim Sell: Tentación España, 1963
Hanns Buisman: España, 1972
Wolfgang Abel, Michael Müller y Cornelia Stauch: España. Una guía de paisajes y vivencias para viajeros individualistas, 1985
Beat Sterchi: Going to Santiago. España viajes rutas fiestas, 1995
Conclusiones
Bibliografía
ÍNDICE ONOMÁSTICO
PREFACIO
El ámbito meridional y mediterráneo ha ejercido desde tiempo inmemorial una fuerte atracción sobre el mundo del norte y centro de Europa. La península ibérica y, más concretamente, Valencia y su entorno (es decir, el territorio de la actual Comunitat Valenciana) como parte del Mediterráneo occidental conforman ya desde antiguo ese ámbito, llegando a convertirse en objeto de los más diversos deseos y proyecciones, tanto en el campo de la realidad histórica como en el de la ficción literaria o la especulación filosófica.
A este respecto, la literatura de viajes es una fuente inestimable de información de todo tipo, no solo sobre realidades concretas, sino también sobre percepciones subjetivas que pueden llegar a rozar lo ficcional. La combinación de partes narrativas y descriptivas con reflexiones antropológicas, sociológicas, políticas, etc., convierte este tipo de textos en testimonios histórico-culturales de primer orden.
Los estudios críticos sobre literatura de viajes por España se han limitado generalmente a ofrecer una visión nacional en la que la zona de Valencia raramente se tiene en cuenta, y nunca de manera independiente. A esta limitación se añade el hecho de que los relatos de viajeros procedentes del ámbito lingüístico alemán han sido muy poco estudiados por la crítica especializada hasta el momento, pese a su importancia como testimonio histórico-cultural. Las autoras del presente volumen, junto con un grupo de investigadores internacionales, realizaron un primer acercamiento al tema con la traducción y edición crítica del Cuadro de Valencia (1803) de Christian August Fischer, el primer viajero que dedicó una obra íntegra a Valencia y que tuvo una influencia determinante en la literatura posterior. Esta edición contiene una presentación biográfica del autor y de su obra desde el punto de vista filológico, estético e histórico, así como una retrospectiva sobre la imagen de Valencia vista desde la óptica alemana desde la Edad Media hasta el siglo XIX.1 Dos estudios recientes de García-Wistädt y Gutiérrez Koester abordan por primera vez de manera más específica la imagen de Valencia en textos de viajeros alemanes de los siglos XIX y XX,2 dejando patente que la falta de traducciones hace estos textos inaccesibles a un público que no conozca el idioma. Además, en algunos casos se trataba de ediciones limitadas que no se han vuelto a publicar desde entonces. El especial interés del presente volumen radica en que se propone suplir dicha carencia y dar a conocer una amplia selección de estos textos aparecidos a partir del siglo XVIII.
El siglo ilustrado constituye una época en la cual la literatura de viajes experimenta un extraordinario auge y la cultura del viaje un punto de inflexión, debido a motivaciones no solo utilitaristas o eruditas, sino también y sobre todo al deseo de formación y a la necesidad de introspección personal, ambas cosas fomentadas por la Ilustración. A partir del siglo XIX Valencia se convierte en un destino independiente en los viajes a la Península, sobre todo por su atractivo como ciudad del Cid y por su pasado árabe-musulmán, elementos que son buscados expresamente por los viajeros románticos o influidos por el Romanticismo. Con la llegada del siglo XX, la cultura del viaje vuelve a sufrir un cambio radical que la aleja progresivamente de la de épocas anteriores. Unido a ello, la creciente importancia cultural, político-económica y social del Mediterráneo situará la zona de Levante entre los destinos más populares de los viajeros alemanes.
La presente monografía pretende así, mediante la traducción y el comentario crítico de una selección de fragmentos de textos inéditos, mostrar la evolución de la imagen de Valencia que transmiten los relatos de estos viajeros y poner de manifiesto su relevancia internacional a lo largo de tres siglos.
* * *
Quisiéramos expresar nuestro agradecimiento al Ministerio de Economía y Competitividad por su apoyo económico a la publicación de este libro, en el marco del proyecto de investigación del Plan Nacional HUM2010-17906, «Imágenes y estereotipos españoles en libros de viaje alemanes. Evolución histórica entre realidad y ficción interculturales».
Observaciones sobre la selección de textos y sobre las traducciones
El libro está dividido en cuatro partes: una breve retrospectiva sobre los viajeros anteriores al siglo XVIII y tres amplios capítulos correspondientes a los siglos XVIII, XIX y XX. Aunque se ha intentado mantener una cierta uniformidad en la estructura de cada uno de ellos, los textos de cada época exigen unos criterios de selección y una manera de citar diferentes. Todas las citas de textos alemanes que se recogen en este volumen están traducidas al español por las autoras. Se ha intentado realizar una versión lo más fiel posible a los originales, aun a riesgo de sacrificar a veces la elegancia de la redacción.
En aras de la coherencia, todos los topónimos y antropónimos han sido adaptados a la ortografía española actual, aunque los autores no siempre sean consecuentes en este sentido y usen indistintamente la denominación valenciana o la castellana, o incluso a veces una grafía incorrecta.
1. Cf. Berta Raposo et al.: Cuadro de Valencia (Gemälde von Valencia), Valencia, Biblioteca Valenciana, 2008.
2. Cf. Ingrid García-Wistädt: «Der Cid zu Valencia und im Tod: La Valencia mítica en los relatos de los viajeros alemanes a España (s. XIX)», e Isabel Gutiérrez Koester: «Topografía cultural en la literatura de viajes alemana. Un recorrido por la Valencia del siglo XX», en B. Raposo y W. L. Bernecker (eds.): Spanische Städte und Landschaften in der deutschen (Reise)Literatur / Ciudades y paisajes españoles en la literatura (de viajes) alemana, Frankfurt am Main, Peter Lang, 2017, pp. 73-94 y 95-109.
VIAJEROS ALEMANES ANTERIORES AL SIGLO XVIII
El territorio de la actual Comunitat Valenciana en general nunca fue uno de los preferidos por los viajeros alemanes antes del siglo XIX. Lo habitual era que entraran a España, ya por los Pirineos occidentales (Bayonne, Saint Jean de Luz, Irún) ya por vía marítima. En el primer caso, o bien podían dirigirse hacia el centro y sur, o bien hacia el oeste siguiendo el Camino de Santiago. En el caso de la vía marítima, la entrada era o por el puerto de Barcelona o por el de Alicante para viajeros procedentes de Italia, o por el de Lisboa para los que venían del norte de Alemania, siendo los destinos más usuales el centro y el sur de la península, incluso ya antes de que Madrid se hubiera convertido definitivamente en capital del reino. La entrada por los Pirineos orientales (Perpignan, La Junquera) solo fue elegida en contadas ocasiones, como explica Holger Kürbis en su estudio sobre los viajeros de la Edad Moderna temprana (2004: 110-115). Así pues, y según la apreciación de Dietrich Briesemeister, Valencia y su territorio quedaban relativamente al margen de los circuitos habituales (2008: 75). Una excepción la encontramos en el siglo XV, época en que la ciudad pasaba por su momento más boyante. Los viajeros Hieronymus Münzer y Nikolaus Popplau le dedicaron interesantes descripciones y comentarios. Pero ninguno de ellos puede considerarse como inédito. El texto de Münzer, originariamente escrito en latín, ha sido traducido varias veces al español desde 1924 (Bas Carbonell, 2004: 211) y, curiosamente, ninguna al alemán. Del relato alemán de Popplau se hizo una traducción parcial en 1878 por Felix Rozanski, que está incluida en la breve compilación de Javier Liske (1878: 15-65). Desde entonces no ha vuelto a ser editado en español.
En contraste con estos testimonios de una época de esplendor, apenas tenemos constancia de ningún viajero alemán que haya pasado por la ciudad de Valencia documentando su estancia por escrito. Únicamente Alicante aparece en tres de esas crónicas, y Valencia de manera muy tangencial, como se verá a continuación.
Entre los años 1594 y 1597, el caballero Johann Wilhelm Neumayr von Ramssla (1572-1641) viajó por Italia, España, Francia y los Países Bajos. En 1622, su sobrino Hans Chilian Neumayr von Ramssla publicó su crónica de viaje. En el transcurso de este largo periplo y procedente de Génova, Neumayr desembarcó en Alicante y dedicó a esta ciudad una breve descripción:
Alicante es una pequeña ciudad situada en el Reino de Valencia, a un día de viaje de la capital de dicho Reino, junto a una montaña rocosa cerca del mar. Está rodeada de fuertes murallas y bastiones y su trazado es muy simple, aunque las casas por dentro son algo más bonitas que por fuera. Como el puerto de mar no es amplio y ni siquiera seguro, y además no hay comercio, raras veces recalan allí los barcos.
Cerca de la ciudad hay una alta montaña rocosa sobre la cual se eleva un castillo bien fortificado y guarnecido, que se tiene por inexpugnable. Desde allí se puede ver la ciudad y el mar.
En esta misma zona, a lo largo de la orilla se ven altas torres guardadas por soldados que vigilan la costa para impedir las incursiones de los moros de África, que diariamente merodean por Alicante, Cartagena y otros lugares causando grandes daños (Ramssla, 1622: 388).
Además de la ciudad, los moriscos llamaron poderosamente la atención del viajero, que por lo demás parece bastante desinformado sobre la extensión de los dominios de Fernando el Católico (no hay que olvidar que este viaje tuvo lugar a fines del siglo XVI, mucho después de la muerte del rey y poco antes de la expulsión definitiva de los moriscos en 1609):
En Alicante y alrededores viven muchos moros de los que expulsó de España Ferdinandus [sic] rey de Castilla. Cultivan la tierra con vides, aceite, fruta y otros deliciosos productos, que venden diariamente en la ciudad. No son tan negros como los moros de África. Se dice que todavía se encuentran 300.000 de ellos en España. No se les deja hacerse soldados ni religiosos, y tampoco les está permitido, so pena de castigos corporales, llevar cualquier tipo de armas. Es decir, que son como siervos de la gleba (1622: 388-389).
De Alicante siguió rumbo a Madrid sin pasar por la capital del antiguo Reino de Valencia. Mucho más breve parece haber sido la estancia de Hieronymus Scheidt, que llegó a Alicante más bien por casualidad (Kurbis, 2004: 88) en 1614, de vuelta de su peregrinaje a Jerusalén y a bordo de un buque holandés que regresaba a Ámsterdam. Dado que España no era el destino del viaje, sino solo zona de paso, su descripción es muy superficial, y además contiene un error comprensible teniendo en cuenta esas circunstancias:
Alicante es una ciudad muy agradable situada a la orilla del mar. Está fortificada por un castillo inexpugnable en lo alto de un monte cercano a la ciudad. El rey de España mantiene allí una compañía de soldados. Esta ciudad es muy rica en naranjas, granadas, limones, azúcar, higos y sobre todo vino, que es exportado a todas partes y también a nuestro país. Es la capital de la región de Valencia (Scheidt, 1615: s. p.).
No es este el único error geográfico de Scheidt, que ya antes, a su paso por Barcelona, hace limitar a Cataluña al sur «por Italia» y más tarde, al pasar el estrecho de Gibraltar, afirma que esta ciudad había pertenecido antiguamente a la «región de Valencia».
Años más tarde (de 1633 a 1634), el escribiente en la cancillería imperial de Viena Hieronymus Welsch viajó a España en el séquito del embajador del virrey de Sicilia (Kürbis, 2004: 66). A pesar de haber dejado una voluminosa obra, en numerosos pasajes Welsch da la impresión de no estar relatando su propio viaje, sino proporcionando datos de carácter enciclopédico extraídos de fuentes escritas. Este es el caso de la brevísima descripción de Valencia y Alicante.
Valencia, la capital arzobispal y un importante puerto de mar en este reino, está gobernada por un virrey y es realmente espléndida. Su paisaje es encantador y fértil. Además, tampoco es desdeñable el comercio de la seda y de los buenos paños que se practica allí.
En este reino se encuentra también el famoso puerto de Alicante, con su fortaleza. De allí viene el delicioso vino de Alicante (Welsch, 1658: 232).
Otros viajeros1 dan todavía menos información sobre Valencia, y sus observaciones se limitan a experiencias de viaje de carácter fuertemente estereotipado, como lo son las quejas por el comportamiento de los aduaneros y los comentarios sobre la belleza y la frivolidad de las mujeres (Kürbis, 2004: 73).
Como puede comprobarse, los viajeros de los siglos XVI y XVII apenas dejan testimonios valiosos que contengan información relevante y no transmiten impresiones que vayan más allá de lo ofrecido por los del siglo XV. El verdadero punto de inflexión en la literatura de viaje por Valencia llegará con el siglo XVIII.
BIBLIOGRAFÍA
NEUMAIR VON RAMSSLA, Johann Wilhelm (1622): Reise durch Welschland vnd Hispanien, Leipzig, Große/Jansonius, Ed. Hans Chilian Neumayr von Ramssla.
SCHEIDT, Hieronymus (1615): Kurtze und Warhafftige Beschreibung der Reise... Erfurt, Jacob Singe.
WELSCH, Hieronymus (1658): Warhafftige Reiß-Beschreibung..., Stuttgart, Joh. Andreae Endters.
Literatura secundaria
BAS CARBONELL, Manuel (2004): «Viatgers alemanys per València», en Viatjar per saber. Mobilitat i comunicació a les universitats europees, Universitat de València, pp. 201-236.
BRIESEMEISTER, Dietrich (2008): «Imágenes de Valencia. Antecedentes del imaginario valenciano», en Ch. August Fischer: Cuadro de Valencia (Gemälde von Valencia), coordinado por Berta Raposo Fernández, Valencia, Biblioteca Valenciana, pp. 75-124.
KÜRBIS, Holger (2004): Hispania descripta. Von der Reise zum Bericht. Deutschsprachige Reiseberichte des 16. und 17. Jahrhunderts über Spanien. Ein Beitrag zur Struktur und Funktion der frühneuzeitlichen Reiseliteratur, Frankfurt/Main et al., Peter Lang.
LISKE, Javier (1878): Viajes de extranjeros por España y Portugal en los siglos XV, XVI y XVII. Colección de Javier Liske, traducidos del original y anotados por F. R., Madrid, Casa editorial de Medina.
1. Se trata del embajador de la Hansa Heinrich Brokes en 1607 y de un anónimo recogido en el compendio Initerarium Hispaniae de Martin Zeiller. Nurnberg, Endters, 1637.
VIAJEROS ALEMANES DEL SIGLO XVIII
En este siglo se dan dos extremos, ya que en sus comienzos tiene lugar el descenso más acusado y en sus décadas finales el repunte de la actividad viajera entre Valencia y los países de habla alemana. En la primera mitad del XVIII solamente hay un caso esporádico (Emmerich Fischer en 1727), tres en la segunda mitad (Carl Christoph Plüer en 1764, Franz Jenne en 1790 y Christian August Fischer en 1798) y uno en el tránsito del siglo XVIII al XIX (Wilhelm von Humboldt en 1800).
En un estudio de Mónica Bolufer sobre viajeros extranjeros en Valencia en la Edad Moderna se consignan nombres de alemanes, franceses, ingleses, italianos, neerlandeses y «daneses» (2009: 280). Entre los alemanes solo aparecen Wilhelm von Humboldt y Christian August Fischer, que ya han sido editados en español,1 pero faltan Emmerich Fischer, Carl Christoph Plüer (que sí aparece, pero erróneamente catalogado como danés) y Franz Jenne. En el presente capítulo presentamos precisamente a estos tres, cuya obra hasta ahora permanece inédita en España. A estos añadimos a los también inéditos Karl Friedrich von Jariges y Friedrich Studer, cuyas estancias tuvieron lugar en la primera década del siglo XIX, antes del comienzo de la Guerra de la Independencia, que en muchos aspectos marca el fin del siglo XVIII en España, y en todo caso supone una importante cesura en la historia del país. El hecho de incluirlos aquí se debe además a la conveniencia de descargar el capítulo del siglo XIX, la época con mayor acumulación de relatos de viaje por Valencia.
En primer lugar, se delimita el itinerario y se traza una breve semblanza de cada uno de los autores, seguida de una panorámica general de sus respectivos viajes, apoyada por amplias citas o por el texto completo, para documentar de la manera más exhaustiva posible las impresiones de estos primeros viajeros modernos, y para compensar la escasez de datos biográficos sobre ellos.
EMMERICH FISCHER
Sieben-Jährige Wanderschafft... (Andanzas de siete años..., 1753)
Viaje en 1727-28. Itinerario: Caudete, Biar, Onteniente, Ollería, Alberique, Valencia, Alcira, Játiva, Albaida, Alicante, Elche, Albatera, Orihuela.
Emmerich Fischer era un fraile capuchino oriundo de Hall en el Tirol (Austria), que acompañó al padre general de su orden, Hartmann von Brixen, en un largo viaje de siete años por Italia, España, Alemania y Austria, publicando a la vuelta, bajo el seudónimo de Emericus Halensis, una extensa crónica de dicho viaje (Sieben-Jährige Wanderschafft Das ist: Kurtze und wahrhaffte Beschreibung der Sieben-Jährigen Visitations-Reis R.mi P. Hartmanni Brixinensis Des gantzen Capuciner-Ordens weiland gewesen Ministri Generalis durch Spanien, Franckreich, Niederland, Teutschund Welschland: worinn nebst denen vornehmsten Städten und Landschaften in Europa vil rare Merckwürdigkeiten und seltsame Zufäll wie auch die Gewohnheiten verschiedener Nationen enthalten sind). La estancia en España tuvo lugar desde enero de 1727 hasta junio de 1728, pero la publicación se hizo esperar veinticinco años.
Esta obra de título prolijo y barroco (Andanzas de siete años, esto es: Descripción breve y veraz del viaje de visita de siete años del Rvdo. P. Hartmann de Brixen, entonces general de toda la orden de los Capuchinos por España, Francia, Países Bajos, Alemania e Italia, donde aparecen, junto a las principales ciudades y regiones de Europa, muchas curiosidades extrañas y acontecimientos peregrinos, así como también las costumbres de varias naciones) es un ejemplo de las crónicas de viaje típicas de la Edad Moderna temprana, en las cuales el acompañante de un viajero de alto rango relata detalladamente en forma de diario todas las estaciones del periplo, sin mostrar apenas rasgos de subjetividad y centrándose en los aspectos concernientes al objetivo del viaje. En este caso se trata de todo lo relacionado con la piedad religiosa (conventos, monasterios, iglesias, ermitas, peregrinaciones, cultos, fiestas, milagros) y con las recepciones y los honores dispensados al padre general. Sin embargo, también incluye algunas observaciones más personales, como puede leerse a continuación.
16 de mayo. Llegamos a la villa de Caudete, donde está el primer convento [capuchino] de la provincia de Valencia, después de un penoso camino por Chinchilla, Albacete, Gallana, Corralrubio y Almansa, habiendo recorrido 55 millas desde que salimos de Madrid.
[...]
20 de mayo. Llegamos al pueblo de Biar, donde los capuchinos tienen un hospicio. El Padre General fue recibido allí con alegre júbilo, con disparo de morteros, con volteo de campanas y con el canto de un Te Deum laudamus, siendo luego conducido a nuestra morada.
21 de mayo. Partimos de madrugada y tras recorrer 5 millas llegamos con un brillante sol español de mediodía a la villa de Onteniente, donde fuimos recibidos por los habitantes con tanta alegría como en el lugar anterior. Luego nos dirigimos a nuestro convento, que está a una media hora de allí (Fischer, 1753: 15).
Lo que en este punto todavía es «un brillante sol español» se revelará a lo largo del viaje como causante de un fuerte calor casi insoportable, que hará que muchas etapas tengan que hacerse de noche.
24 de mayo. A las cuatro de la madrugada nos pusimos en camino y después de recorrer dos millas llegamos a la villa de Ollería, donde también tenemos un convento. El recibimiento fue casi igual que el anterior, pero también aquí se veían las ventanas adornadas con tapices o colgaduras de seda. El Padre General fue acompañado por una tropa de soldados hasta el convento, que está a un cuarto de hora del lugar. Al cantar el Te Deum, etc., se oyeron los instrumentos musicales.
26 de mayo. Tras recorrer cinco millas españolas llegamos a nuestro pequeño convento en la villa de Alberique, donde el recibimiento fue como más arriba, pero las estrechas calles estaban adornadas con flores y hojas, y el pueblo exclamaba con alegría ¡Viva Sant Francés! [sic].2
29 de mayo. A medianoche partimos hacia Valencia, que está a 4 millas de Alberique. El gobernador envió un coche tirado por seis mulos, que el padre general no aceptó. El camino al convento estaba lleno de hierbas esparcidas; y a mediodía se dispararon los cañones.
Valencia, capital del reino de Valencia junto al río Guadalaviar, es grande y bien construida. La comarca, que se extiende a lo largo de una hora de camino, se llama en español La Huerta de Valencia («el huerto frutícola de Valencia») porque es extraordinariamente fértil, sobre todo en naranjas, limas, limones, aceitunas y vides. La ciudad tiene, además de un arzobispo, un virrey y está dotada de una prestigiosa universidad. En la catedral vimos, entre otros objetos de valor, el cáliz o la copa en la cual Nuestro Señor Jesucristo consagró en la última cena; está hecho de una piedra preciosa algo parecida a la esmeralda. Además, vimos el cuerpo del obispo San Luis, traído de Marsella en Francia por los españoles; el diente de San Cristóbal, que es tan grande aproximadamente como el puñito de un niño pequeño; y muchas cosas más. En el convento de los venerables padres dominicos vimos a San Luis Beltrán incorrupto con los hábitos de su orden, así como la celda del famoso predicador penitencial San Vicente Ferrer, en la cual, según él profetizó, siempre hay en este convento un lego santo y al mismo tiempo un sacerdote loco. Porque ese servidor de Dios que hemos mencionado fue considerado por unos como un santo y por otros como un loco desvariado. También hay en esta ciudad varias imágenes de María, entre las cuales la más visitada es la que descansa cerca de la catedral y se llama Amparo de los Desamparados,3 esto es, el auxilio de los abandonados. La Madre de Dios tiene en una mano al Niño Jesús, en la otra un lirio de plata, y se dice que suele dirigirlo hacia el lugar donde haya ocurrido alguna desgracia, por ejemplo, donde esté enterrado el cuerpo de un asesinado en secreto, etc. (1753: 15-17).
El punto culminante de la visita a Valencia lo constituye la fiesta del Corpus, ante cuya magnificencia (y exotismo) incluso un prelado católico como Fischer se muestra impresionado:
12 de junio. Hoy, día de Corpus Christi, vimos aquí una magnífica procesión, en la cual es de destacar lo siguiente: El Santísimo no es llevado en una custodia como en nuestro país, sino en un valioso tabernáculo muy grande bajo un costoso palio portado a hombros por doce religiosos. La multitud de clérigos vestidos con capas pluviales, así como de religiosos de diferentes órdenes parece no tener número. No llevan cruces o estandartes, sino un ferculum adornado con figuras o estatuas. Por eso, delante de los religiosos van niños y muchachos que llevan esos mismos hábitos por devoción, como por ejemplo pequeños dominicos, pequeños franciscanos, etc. Detrás de cada comunidad religiosa van ocho Baladores [sic] que se esfuerzan por imitar a David bailando ante el arca de la alianza. No puedo recordar si vi a algunos bailarines en la comitiva de los capuchinos, pero quiero creer que bailaban interiormente en sus corazones por su amor especial al santísimo sacramento del altar. Además se pasean los llamados Gigantones,4 es decir, ocho estatuas de gigantes extraordinariamente grandes, cuyas cabezas pueden llegar a tocar las ventanas; cuatro de ellos tienen figura de hombre, cuatro de mujer, y cada uno lleva en la mano una gran antorcha ardiendo. Además, se ven ocho Nanos [sic] o enanos gigantes con cabezas enormemente grandes; cuatro representan animales extraños, otros cuatro dicen que representan a los cuatro evangelistas, y algunas figuras más. El clero canta en tono alegre y emotivo aquel himno de la sagrada iglesia «Sacris solemniis juncta sint gaudia, & ex præcordiis sonent præconia, etc.». Toda la catedral, que es grande e impresionante, está bellísimamente iluminada, y cuando entra la procesión, los bailarines saltan con todas sus fuerzas al son de los instrumentos musicales; porque la archicatólica nación de los españoles acostumbra a hacerlo así como una alegre muestra de reverencia ante el Santísimo Sacramento del altar (1753: 17-18).
Una vez la comitiva ha abandonado Valencia, el siguiente hito de su ruta es la visita a Játiva, donde todavía estaban presentes las huellas de la Guerra de Sucesión:
18 de junio. Hoy llegamos a una ciudad cuyo nombre anterior fue Játiva, actualmente San Felipe. En tiempos de la guerra entre el archiduque Carlos de Austria y Felipe, duque de Anjou, fue totalmente devastada porque sus habitantes eran partidarios de Carlos. Después, el ya rey Felipe le concedió la gracia de poder levantarse de sus ruinas con el nombre de San Felipe, para que así el nombre antiguo fuera exterminado. Esta buena ciudad todavía tiene que soportar una pesada carga, y es que los gitanos (los Quitános [sic]) pueden asentarse en las cuevas de sus montañas, y parece que son unos cien. El Padre General fue recibido allí con extraordinarios honores; en las calles por donde pasó estaban expuestos bellos cuadros e imágenes. Aquí tenemos un convento donde tuvimos ocasión de descansar dos días del calor sofocante de este verano (1753: 18-19).
Durante la estancia en Albaida, se revela de nuevo que el interés de Fischer está centrado en temas religiosos, aunque las visitas piadosas adquieren a veces un carácter que las asemeja a visitas turísticas.
3 de junio. Algunos de la comitiva visitan hoy a los Padres Dominicos, que están a media hora de nuestro convento en un lugar muy solitario. Allí veremos las celdas de San Luis Beltrán, los cubículos donde llevó a cabo sus obras de penitencia, el crucifijo que habló con él, etc. En la carretera vimos un árbol junto al cual le ocurrió a Beltrán un portentoso milagro, cuando el proyectil en manos de un malvado noble se transformó en crucifijo. Este árbol se llama en español Algaróba [sic], en alemán «Bockshorn». La historia de este milagro puede leerse con detalle en las dolorosas Horas de la Pasión capítulo 12, página 2, al cual remitimos al atento lector por motivos de brevedad (1753: 19).
La estancia en Alicante es algo más breve que en Valencia, y Fischer apenas describe la ciudad.
Alicante, en latín Alóna [sic], es una ciudad de tamaño medio, pero bien construida, a orillas del Mar Mediterráneo. Tiene una fortaleza que en tiempos fue tenida por inexpugnable. El puerto de mar está algo alejado de la ciudad. Los habitantes comercian sobre todo con vinos finos que son exportados a ultramar.
1 de julio. Hoy algunos de nosotros han ido al puerto a visitar un gran barco de guerra francés que llevaba el nombre de Achilles escrito con letras doradas. Albergaba a tres mil soldados y portaba sesenta y cuatro cañones. Había, además, otros siete barcos similares en el puerto, y se decía que estaban destinados a represaliar a los argelinos, que parece ser que han expulsado al cónsul francés y a todos sus compatriotas. Pero quizá tengan otro objetivo oculto (1753: 20).
Continuado el camino y llegando a Elche, Fischer nos ofrece la primera descripción que un viajero alemán del siglo XVIII hace de una palmera, pero no se detiene mucho en la forma del árbol, sino en otros aspectos al margen de la botánica.
12 de julio. Aproximadamente a medianoche el Padre general sale de Alicante con los suyos y después de recorrer cuatro fatigosas millas bajo un fuerte calor veraniego, llega a la villa de Elche. Allí se ve una enorme cantidad de palmeras, cuyas ramas se exportan por mar a Italia, como p. ej. a Roma, Génova y a otros lugares. Este árbol solo crece en las tierras más cálidas, tiene bellas y largas ramas de las cuales cuelgan sus hojas bien ordenadas; y si se quiere recoger los frutos hay que plantar juntos el árbol macho y el árbol hembra. El fruto, en español Dáttiles [sic] o dátiles, es tan delicioso que se dice que el primer dátil de la cosecha tiene que ir a parar a la mesa de la reina de España.
13 de julio. Partimos a la una de la madrugada, de nuevo para huir un poco del fuerte calor. A mediodía comimos en el pueblo de Albatera y pernoctamos en nuestro convento de Orihuela, que es una ciudad obispal a dos millas españolas de Albatera. Allí se venera en una capilla la imagen milagrosa de «Nuestra Sennora de la Fé» [sic]. Por cierto, en esta tierra los mosquitos son casi insoportables (1753: 20-21).
Con esta observación de pasada sobre los mosquitos veraniegos termina la parte dedicada al Reino de Valencia y los viajeros pasan a Murcia. La combinación del tema central de la vida religiosa con las quejas por el calor –ocasionales, pero constantes– conforman una descripción altamente atractiva, que está a medio camino entre las tradicionales crónicas y las descripciones más subjetivas que se imponen a partir de finales del siglo XVIII.
CARL CHRISTOPH PLÜER
Plüers Reisen durch Spanien aus dessen Handschriften (Los viajes de Plüer según sus manuscritos, 1777)
Viaje del 18 al 31 de mayo de 1764. Itinerario: Orihuela, Albatera, Elche, Alicante, Monforte, Elda, Sax, Villena, Caudete, Fuente la Higuera, Mogente, Vallada, Montesa, Játiva, Manuel, Puebla Larga, Carcagente, Aguas Vivas, Tavernes de Valldigna, Gandía, Oliva, Cullera, Sueca, Silla, Catarroja, Masanasa, Sollana, Valencia, Murviedro, Almusafes, Algemesí, Alzira, Játiva, Vallada, Fuente la Higuera.
Carl Christoph Plüer (1725-1772) era un pastor protestante natural de Hiddersdorf, cerca de Hannover. De 1758 a 1765 fue predicador de la embajada danesa en Madrid, motivo por el cual algunos historiadores españoles lo denominan erróneamente como danés (Bolufer, 2009: 280). Durante este tiempo realizó varios viajes por distintas regiones de España (Castilla la Vieja, Andalucía, Murcia y Valencia). Por encargo del profesor de teología y lenguas orientales de la Universidad de Göttingen, Johann David Michaelis, indagó en los manuscritos árabes, hebreos y griegos de las bibliotecas de Toledo y de El Escorial, tomando contacto con importantes intelectuales ilustrados españoles, sobre todo con los valencianos Gregorio Mayans y Francisco Pérez Bayer. Su viaje a los reinos de Murcia y Valencia tuvo lugar en 1764 en compañía de Louis de Visme, secretario de la embajada inglesa en Madrid. Uno de los objetivos principales de este viaje fue precisamente visitar a Mayans.
La mayor parte de sus escritos de viaje fueron publicados a título póstumo en 1777 en una compilación titulada Plüers Reisen nach Spanien, editada por Christoph Daniel Ebeling. Plüer es un observador minucioso e interesado por todos los temas, algo típico de los viajeros ilustrados, lo cual se demuestra en la cantidad y en la exactitud de los datos que proporciona. Pero ello también hace que se resienta la amenidad del conjunto, debido a su estilo frío y monótono, que no está muy lejos del de la crónica de Emmerich Fischer. En ciertos detalles se percibe todavía que el original en principio era un diario privado; por ejemplo, los abundantes párrafos extraordinariamente cortos probablemente fueron escritos como apuntes breves susceptibles de ser ampliados luego. En la traducción mantenemos la separación original de dichos párrafos.
Procedente de Murcia, Plüer hace su entrada por Orihuela:
La ciudad de Orihuela está situada en una encantadora región, llamada la Huerta de Orihuela,5 que está irrigada por varios canales del Segura y se parece muchísimo a la Huerta de Murcia. Ambas ciudades están a 5 millas una de otra. Esta huerta se extiende hasta el mar y tiene 10 millas de longitud y entre dos y dos millas y media de ancho.
Orihuela yace al pie de una montaña que se eleva en este fértil llano. Por eso desde el convento de San Miguel, que está situado en la cima, se puede divisar toda la comarca. Además, también se encuentran allí restos de un castillo. / Se cuentan en la ciudad tres iglesias parroquiales, seis o siete conventos y tres mil familias, comprendida la huerta.
El río Segura fluye por en medio y desemboca a cinco millas de allí en el mar.
Este lugar es conocido por sus tabaqueras de madera de terebinto que se producen aquí con gran calidad. Ese arbusto se llama aquí cornicabra y crece silvestre en las montañas circundantes. Las tabaqueras se fabrican con la raíz.
El obispo de Orihuela es sufragáneo del arzobispo de Valencia. La universidad está bajo la dirección de los dominicos.
De Orihuela se sale por un fértil llano rodeado de montañas. Llegando a Albatera desaparecen las montañas de la derecha y se hacen cada vez más pequeñas; pero las de la izquierda se elevan hasta las nubes. Aquí se las llama Sierra Morena, un nombre que ya no tienen las montañas bajas de Murcia, y que recobran en Andalucía.
Albatera es un pueblo con una parroquia y trescientas familias. A su alrededor hay bosques de higueras (Plüer, 1777: 533-534).
La contrapartida de esta sequedad del estilo es el valor documental de las observaciones sobre orografía, vegetación, población, agricultura, comercio, industria y economía en general, muy en consonancia con el pensamiento fisiocrático del siglo XVIII.
El 19 de mayo nos dirigimos hacia Elche, adonde llegamos a mediodía. Esta gran villa tiene tres iglesias parroquiales, tres conventos y 5.000 familias. Destaca por su palmeral, y también sus jardines están todos llenos de palmeras. Se cuentan 60.000. Una de estas palmeras da entre una y veinte arrobas de dátiles, de los cuales se vende la libra entre tres y cuatro cuartos. Vimos ambos sexos de esta planta en plena floración. Los dátiles se recogen en el mes de enero. Los higos se venden aquí a dos cuartos la libra.
La gente común come aquí pan de avena, un cereal que se da en abundancia en esta tierra.
En un valle a media milla de Elche hay un lago llamado Pantano6 que sirve de recipiente para el agua de la lluvia, que se recoge allí y con la cual se riegan las huertas y las palmeras, que necesitan mucha agua. El río que aparece en el mapa y que atraviesa el lago se seca cuando no llueve. Hace doce años se construyó sobre ese río un puente de piedra muy alto, de dos arcos, por el que se pasa antes de llegar a Elche.
Este lugar pertenece al duque de Arcos bajo el título de un marquesado. No hay duda de que en época de los romanos tenía puerto.
Aquí había antes más de treinta fábricas de jabón; pero esta manufactura se ha venido abajo con la importación a Alicante de jabón de Marsella, que es más barato, aunque la soda con que se fabrica viene de España.
El camino a Alicante es bastante bueno, y solo a veces muy estrecho. La tierra está bastante cultivada; en las colinas sin cultivar crece el esparto, una especie de caña que ya era conocida por los antiguos conquistadores de España bajo el nombre de Spartum.
A la derecha, a una milla de Elche hay un fangal donde crece mucha soda. En esta parte también hay un lago llamado Albufera de Elche que está unido al Mar Mediterráneo y es muy rico en peces, sobre todo anguilas. Por la salida del lago se puede navegar o cabalgar hasta el mar, pero con la mar crecida es peligroso.
A lo largo de todo el camino se puede ver el mar, excepto cuando lo ocultan las colinas costeras.
En la carretera había algunas cisternas amuralladas cubiertas por una bóveda. Parecen ser antiguas y se sirven de ellas para irrigar los campos (1777: 534-536).
La descripción se vuelve especialmente detallada cuando aparece por primera vez alguna planta o cultivo desconocido para el autor:
En los alrededores de Elche vimos por primera vez una gran cantidad de Aljoravas [sic].7 Así se llama un árbol bastante grande, propio del reino de Valencia, donde se encuentran muchos ejemplares. Las hojas son ovales y los frutos, que ya estaban casi totalmente formados, se parecen a las vainas de haba. Los granos son blandos y dulces. Se los dan a los caballos y mulos para comer. La gente pobre también come la vaina en caso de necesidad. Se cuenta que un rey mantuvo a su ejército durante un tiempo con este fruto, por lo cual ordenó que permaneciera siempre libre de contribuciones (1777: 536).
La descripción de Alicante está más centrada en los aspectos geográfico-eco-nómicos que en los artísticos.
En Alicante nos quedamos del 20 al 22 de mayo.
Esta ciudad, Alicante, en la Antigüedad Lucentum, yace en una llanura muy cerca del mar, al pie de una alta roca en cuya cima está construida una fortaleza natural que tiene aproximadamente 30 cañones de metal y de hierro en las baterías y unos 30 hombres de guarnición, aunque con esa amplitud se necesitarían unos 3.000. Se tarda una hora en subir, y tuvimos que procurarnos un permiso del gobernador para visitarla por dentro.
En el año 1707 la guarnición inglesa fue obligada a entregarse al saltar por los aires una mina colocada por los franceses de manera muy hábil. Todavía se ve un gran hueco en lo alto de la roca, donde se han instalado nuevas murallas y baterías.
Desde lo alto del castillo se divisa desde el Este hasta el mar la Huerta de Alicante a media hora de la ciudad. Su anchura a lo largo de la costa se calcula en una milla y media y su longitud hacia el interior en dos millas. En los montes cercanos hay un depósito de agua llamado Pantano de Alicante donde se recolecta el agua de la lluvia para regar la huerta.
La ciudad tiene dos iglesias parroquiales, de las cuales una es colegiata. La más grande, llamada de San Antonio, está separada de la ciudad pequeña por una altura apartada de la roca y por una muralla.
La colegiata está hecha de piedras de sillería, es amplia e impresionante, sin lujos.
El ayuntamiento es insignificante. La bahía de Alicante (pues no hay puerto) es espaciosa y segura y tienen un buen fondo para las anclas. Está protegida al oeste por el cabo Algibe y la isla de la Plana, situada enfrente del cabo, y hacia el Este le sirve de protección el cabo Alcodra.
La Plana, también llamada Santa Pola, tiene ese nombre porque es totalmente llana y casi no se puede distinguir del mar.
Se ha tendido un dique desde la ciudad al mar y sobre el cual se ha instalado una batería. Pero los barcos grandes no pueden atracar en el dique, y la carga y descarga se hace desde los botes. El regimiento de Aragón estaba aquí de guarnición.
El suelo de Alicante es yesoso y salitroso, de por sí muy fértil, pero enormemente seco; y como falta el agua también falta la fertilidad.
La rama principal del comercio en Alicante es la seda.
La exportación de vino ha caído mucho desde hace diez años debido a unas cuantas malas cosechas, que han hecho que los propietarios se hayan retraído y no hayan podido pagar a los comerciantes que les habían dado créditos.
Los dátiles y las ramas de palmera se exportan sobre todo a Italia.
El anís, que se cultiva mucho por aquí, también es un artículo para la exportación.
Las limitaciones al cultivo de arroz en la zona de Valencia favorecerán la venta de arroz de las colonias norteamericanas, porque los españoles no pueden vivir sin arroz, tan acostumbrados están a él.
De Alicante se exporta la mayor parte de la soda que va a Inglaterra, Francia y Holanda. Se calcula la exportación anual en 30.000 arrobas.
Pocas pasas y otros frutos se cargan para el extranjero. Las traen de Málaga, ya que son las mejores de España porque se secan al sol en la misma vid, y se recogen cuando ya están secas. En cambio en Alicante se las pasa por agua jabonosa sin secarlas antes. Este procedimiento, que es signo de pereza, se disculpa alegando que así se mantienen más frescas.
Los ingleses despachan aquí 70 cargas de bacalao, que se transporta a las provincias y a Madrid. En Bilbao y aquí es donde tiene lugar el comercio inglés de pescado más intensivo.
Los peces que se pescan en la costa de Alicante son buenos y se prefieren a los de Valencia. Entre ellos se cuenta el atún, un pez grande que tiene una carne recia y que sirve de alimento para los pobres (1777: 536-539).
Plüer y su acompañante continúan camino por el interior, donde la tónica general es el contraste entre la fertilidad de algunos parajes y la extrema sequedad de otros.
El 22 de mayo salimos de Alicante por unos valles entre montañas estériles y sin agua. Al acercarnos a Monforte se nos abrió un valle muy cultivado en el cual se encuentra el pueblo de Elda.
Monforte es una aldea muy pobre con una parroquia y 200 habitantes. Desde Alicante hasta aquí se cultiva mucho anís, que en esta aldea estaba en flor. Junto a la carretera había gran cantidad de arbustos de adelfas.
Desde aquí se entra por caminos hondos entre las montañas, donde las torrenteras han excavado profundos surcos y agujeros. El camino de aquí a Elda causa temor por los bandoleros, que encuentran aquí buenos escondrijos. Por el camino encontré espato. La tierra es amarronada.
Elda es un lugar de 300 familias, una parroquia y un convento de franciscanos. El contorno es atractivo y está bien irrigado. Las mujeres de Elda estaban ocupadas en hilar y hacer encaje de bolillos. El ver esto, que no habíamos visto hasta ahora, fue una agradable sorpresa. Los encajes eran de clase corriente, como los que se empleaban para los flecos de las colchas. La vara se vende a 60 cuartos. Una chica puede confeccionar tres varas diariamente.
Abandonamos Elda a las cuatro de la tarde y pasamos por un pequeño arroyo que venía de un Pantano que nos mostraron allá arriba en los montes de la izquierda y que desemboca en el Pantano de Elche. Dejamos a la izquierda la aldea de Sax, que yace al pie de una poderosa roca en cuya cima se mostraba un viejo castillo. Los alrededores estaban bien cultivados. Un pequeño arroyo a este lado del pueblo, a la izquierda del camino, irriga esta llanura. Al ir llegando a Villena vimos dos Pantano [sic], uno de los cuales está muy cerca de la carretera cerca de Sax, y el otro más a la derecha en un valle entre montañas. En torno al primero crece mucha sosa.
Cerca de Villena se pasa por un pequeño arroyo que fluye de este a oeste. La Huerta de Villena, que es fértil y está bien cultivada, es irrigada por los manantiales que brotan en las montañas vecinas.
Villena, un pueblo grande, con una iglesia parroquial, un convento, 3.000 familias. Está al pie de una roca sobre la cual se alza un castillo habitado por una familia, donde se encuentra una capilla. Este pueblo está en Castilla y actualmente pertenece al rey, antiguamente al duque del mismo nombre.
A medida que nos alejábamos del mar los cereales estaban menos maduros, la cebada aún no estaba cortada, el trigo todavía muy verde y el centeno, que no se da en las llanuras costeras, estaba en flor en los alrededores de Villena.
El 23 de mayo salimos de esta bella aldea y entramos en un gran valle rico en vino y grano, por el cual fuimos yendo monte arriba. A dos millas a la izquierda dejamos el pueblo de Caudete, que da nombre a esta llanura. Entre Caudete y Villena se ve a la izquierda un lago a los pies de una montaña, quizá el mismo que habíamos visto la tarde anterior. El suelo pierde poco a poco su blancura; por Villena había arena y la tierra se volvió gris y finalmente de un color marrón rojizo, sobre todo en Fuente de la Higuera.
La tierra se vuelve accidentada y solo se ven pequeñas llanuras y montes cultivados hasta las alturas. No puede encontrarse una zona más variada ni más atractiva y fértil. Solo las montañas muy altas están sin cultivar.
Fuente de la Higuera es una aldea donde viven entre 300 y 350 familias. Está situada en un ameno lugar sobre una colina. El valle que lleva hasta Játiva o San Felipe salta en seguida a la vista, y las laderas de las montañas, las terrazas cultivadas en su mayoría ofrecen una vista extraordinariamente bella. Pasamos por un gran bosque de olivos cuyos árboles eran sorprendentemente gruesos y altos. Las casas de Higuera eran las más bonitas que vimos en ningún lugar, y casi todas construidas al mismo estilo. Enfrente de la entrada ya se ve toda la casa; los utensilios de cocina de cerámica, primorosamente esmaltados, saltan a la vista por su bello aspecto.
Mogente, un pueblo de 300 familias, una parroquia, un convento, está a los pies de un monte sobre el cual se ven unas viejas torres junto a una muralla de comunicación. Al entrar en el pueblo se pasa por el puente sobre un pequeño río llamado Guadamar [sic]8 que irriga el fértil valle hasta Játiva o San Felipe. En lo que respecta a fertilidad y belleza, este valle no le va a la zaga a lo que vimos esta mañana.
A una milla de Mogente se ve a la izquierda la aldea de Vallada. A dos millas de Mogente, a la izquierda está Montesa, con un viejo castillo que fue destruido por el terremoto del año 1748. La orden9 está construyéndose ahora un magnífico convento en Valencia en lugar del que había en el castillo. Todavía pasamos por allí antes de una pequeña aldea que quedó a nuestra derecha.
San Felipe es una ciudad con cuatro iglesias parroquiales, de las cuales una es catedral, nueve conventos de frailes, dos de monjas y 12.000 familias. [...] Esta ciudad, cuyo nombre habitual es Játiva, recibió su nombre de Felipe V cuando la conquistó después de una fuerte resistencia, ya que estaba de parte de Carlos III.10 Hizo reconstruir la ciudad destruida y la llamó por su nombre. Está al pie de una montaña sobre la cual hay dos fortalezas sin guarnición. Las cisternas de estas fortalezas son magníficas, y en las montañas hay cuevas que dan a la ciudad un agua excelente. Todas las casas tienen un pozo. / La ciudad tiene dos arrabales, uno de los cuales, del lado de Mogente, se llama Arrabal de San Jaime. A esta ciudad pertenecen 36 pueblos y aldeas.
El 24 de mayo muy temprano pasamos por la huerta que está llena de campos de cereales, moreras y arroz. Este último estaba crecido unas cuantas pulgadas y cuidadosamente plantado y limpiado. Luego pasamos dos veces por el río de Játiva y detrás de un promontorio varias veces por un puente de piedra tendido sobre ese río ya cada vez más ancho. No lejos de allí está la aldea de Manuel y otra más pequeña, Puebla Larga, y Carcagente, un pueblo considerable, que es famoso por sus excelentes granadas, aunque no encontramos ninguna allí. Las casas de estos pueblos y aldeas eran del estilo de las de Mogente. El primero y segundo piso estaban siempre dedicados a los gusanos de seda. Los cestos donde se guardaban las hojas de morera y los capullos eran como los de los chinos.
Los habitantes de aquí llevan vestidos muy ligeros: calconçillos [sic], camisas y un pañuelo en el pecho, todo de lino.
Saliendo de Carcagente la tierra rojiza se hace arenosa, pero sigue estando cultivada. La llanura era hasta ahora bastante ancha y tenía una cadena de montañas a ambos lados; a una milla de Carcagente se hace más estrecha y el valle está casi sin cultivar, pero tiene un aspecto risueño debido a las flores, las hierbas silvestres y las altas montañas. Dejamos en este valle el convento de Aguas Vivas, a dos horas de Carcagente a la derecha. El monasterio de Valldigna, a media hora de Tavernes, pertenece a los cartujos y es muy rico.
Tavernes es una aldea de 940 familias y una parroquia. El camino hasta allí es miserable.
Comimos a mediodía allí en un albergue bastante bueno. Los valencianos son en general muy serviciales. El cultivo de la seda es una de las ocupaciones principales de los habitantes. Cultivan trigo y cebada, pero sobre todo arroz, que es el alimento del pueblo y de los pobres. Por una nueva orden gubernativa se ha restringido el cultivo de arroz, por lo cual las zonas de cultivo a partir de Carcagente han presentado un recurso al rey.
Tavernes está desde hace muchos años en pleitos, todavía no resueltos, con los monjes de Valldigna.
Al salir de esta aldea se abre el estrecho valle en una gran llanura que se extiende hasta el mar. A la izquierda, al pie de una montaña de camino a la ciudad de Valencia hay un lugar... A la derecha junto al mar una aldea llamada...11 (1777: 539-545).
Llegado a este punto Plüer retrocede en su camino hacia Valencia para dirigirse a Oliva, donde residían los hermanos Mayans, deteniéndose antes en Gandía.
Aquí se pasa por muchos campos de arroz y por un puente que pasa sobre un estrecho río o brazo de mar, junto al cual hay una torre de vigía redonda hacia la parte de tierra. Luego se ve un fangal a la derecha hasta poco antes de Gandía, a la izquierda junto a la bahía algo de boscaje y a veces el mar abierto. En la Huerta de Gandía se atraviesa un pequeño río. A las nueve llegamos a Gandía y allí pernoctamos.
Gandía es una ciudad bastante grande rodeada de murallas situada en una llanura a la orilla derecha del río Alcoy, no lejos del mar. Si mal no recuerdo, contiene cuatro parroquias, algunos conventos, el primer colegio de los jesuitas y más de 3.000 familias. Sus alrededores están bellamente cultivados. La seda es la ocupación principal. Los frutos del país son arroz, trigo, vino, limones en gran cantidad. Los limones los dejan mucho tiempo en el árbol porque así se conservan mejor.
El 25 de mayo a las 9 llegamos a Oliva. Por el camino vimos mucha pitera; así se llama la planta americana parecida al áloe que crece en las provincias de Murcia y Valencia en las carreteras y que suele plantarse para proteger los campos y huertos. Dispara a la altura un tronco de algunas pulgadas de grosor que da una flor blancuzca que no se usa para nada; y cuando esto pasa, la planta se seca. De la médula de las hojas de esta planta los mejicanos hacen papel y lo cubren con un barniz. He visto algunas pruebas de esto. Los españoles la utilizan para hacer cuerdas. Se cogen las hojas frescas y de esta manera se separa la parte inútil.
La caña de azúcar se planta en marzo. Fue en Oliva donde la vimos, algunas pulgadas sobre tierra. Se corta en diciembre y se planta el desecho superior de la caña. En Oliva todavía se puede ver toda la fábrica de azúcar y la refinería que fue abandonada hace doce años por el duque de Gandía, como conde de Oliva y Benevenel [sic].12 En Gandía también hay algo de caña de azúcar. En el reino de Granada todavía se cultiva y se prepara el azúcar.
El arroz se siembra en marzo en la tierra anegada de agua. Se cambia por San Juan y se cosecha en septiembre y octubre.
El cultivo de la seda es la ocupación principal de la ciudad de Oliva. El gusano de seda, que sale en marzo, necesita siete semanas hasta que se desarrolla la larva. Todavía estaban alimentando a algunos, pero la mayor parte de la cosecha estaba ya terminada y se estaban ocupando en devanar la seda. Los gusanos desarrollados se colocan al sol.
El devanado se hace en agua muy caliente. La bobina recoge seis bandas de seda y cada hilo de estas seis tiene doce hilos de seda. Con esta bobina un trabajador asistido por un ayudante puede devanar tres arrobas de capullos de seda, que a su vez producen cuatro libras de seda.
El algarrobo es un árbol que produce cien arrobas de fruto.
En el reino de Valencia crece una especie de trébol que se puede cortar todos los meses y dura cuatro años; y si se siembra de nuevo, puede aprovecharse seis meses después.
Oliva, a 10 millas de Valencia, tiene dos parroquias, dos conventos, aproximadamente mil familias y una fortaleza derruida en un monte próximo a cuyos pies está situada la ciudad, a un cuarto de milla del mar. El castillo del antiguo conde de Oliva todavía puede verse íntegro. Las murallas de la ciudad también están derribadas, una consecuencia de la Guerra de Sucesión, durante la cual el Reino de Valencia se puso de parte de la Casa de Austria.
Nos apeamos en casa del señor Gregorio Mayans, que nos recibió junto con su hermano Don Antonio de la manera más afectuosa y amable, y en seguida nos llevó a su biblioteca, que posee unos 6.000 volúmenes, entre los cuales, 600 manuscritos. Sus propios manuscritos son 300 volúmenes. Don Antonio es un gran especialista en historia y antigüedades de España, y muy imparcial en sus juicios (1777: 545-548).
En este punto, se produce un salto en la descripción del itinerario, puesto que ya anteriormente se había relatado el camino de Tavernes de Valldigna a Gandía. La siguiente etapa empieza ahora en Cullera.
Llegamos a Cullera el 27 de mayo a la una. Este pueblo está a la orilla izquierda del río navegable Júcar, donde hay un puente de madera donde hay que pagar peaje de puente. Una iglesia, un convento, 1.000 casas o familias. Los vehículos no suben más arriba del puente. Llevan bacalao, algarrobas y otras mercancías y cargan los frutos de la tierra. Cullera está rodeada por una muralla, y un viejo castillo sobre el monte próximo le ha servido de defensa.
Los campos de los alrededores de Cullera están excelentemente cultivados, como en Gandía. La llanura, que en Gandía y Oliva solamente forma una estrecha franja junto a la costa, aquí se ensancha mucho y es interrumpida por el cabo a cuyos pies está situado este pueblo y que por eso lleva el nombre de Cabo de Cullera. Desde el castillo de Oliva se ve este cabo, junto con el cabo de Murviedro, que se adentra todavía más en el mar, y otro más allá a 30 millas de distancia.
Salimos de Cullera a las cuatro, pasamos por una bella llanura irrigada por el Júcar, junto a moreras, olivos y campos ricos en cereales, y por el simpático pueblo de Sueca, no lejos del Júcar. Este lugar tiene una iglesia, un convento y más de 400 casas. Aquí entramos en los arrozales que estaban bajo el agua que se reparte desde los muchos canales que los atraviesan. Solo había unos pocos campos plantados. Sobre estos canales se tienden varios puentes, que yendo en coche hay que pasar con mucho cuidado debido a sus curvas muy pronunciadas.
Los campos de arroz, que hacen insalubre esta comarca debido a sus evaporaciones, se extienden dos millas más hasta la aldea de Sollana, adonde llegamos a las ocho de la tarde para pernoctar. El agua de allí es mediocre, así como el albergue. A mi criado le robaron el paquete donde llevaba toda su ropa. Después de nuestra partida, el posadero y un fraile franciscano que estaba allí pusieron una denuncia ante la autoridad, que hizo detener a unos gitanos declarados sospechosos. Pero el paquete perdido no se pudo recuperar.
[...]
Aproximadamente a la mitad del camino de Sollana a Valencia el camino de Oliva confluye con la carretera. Esta zona no está tan bien cultivada e irrigada como podría. La Huerta de Valencia no se extiende mucho por esta parte.
A la derecha se ve la Albufera, pasando muy cerca de ella.
Salimos de Sollana a las seis y llegamos a Valencia el 28 de mayo a las diez.
Nos alojamos en casa de un comerciante irlandés, el señor Moor, que es socio del señor Comins en Alicante. Visité al doctor Augusto Sales,13 que nos recibió muy bien y me prestó el plano de la ciudad de Valencia del señor Tosca y la obra de Martín para que fuera leyendo la descripción del teatro de Sagunto. He visto la catedral, el convento de dominicos, la iglesia de San Juan, en cuyas inmediaciones estábamos alojados, el convento de franciscanos, el Colegio del Corpus Christi, en cuyo patio hay una estatua de mármol de una mujer con una inscripción ilegible; la Lonja, un antiguo edificio gótico, según cuyo modelo dicen que se ha diseñado la Bolsa de Londres, como se imaginan los valencianos. Se parece algo a la de Copenhague, pero no es ni con mucho tan espaciosa. Sirve como almacén de la seda que se necesita para las fábricas de la ciudad.
En Valencia hay, contando la catedral, 14 parroquias y 45 conventos que están a las puertas de la ciudad; un seminario de jesuitas (el Colegio San Felipe Neri) y otros colegios diferentes, un hospital general y otros seis hospitales, dos orfanatos y muchos otros edificios públicos. Véase el plano de Valencia de Tosca.
Las pinturas al fresco de la iglesia de San Juan son de Palomino, realizadas con gusto y corrección del dibujo, exceptuando que coloca a los14 españoles arriba en contra del orden y la cronología naturales.
El Palacio Real es un edificio antiguo y de poca prestancia, fuera de la ciudad, junto a la Alameda, donde vive el capitán general. El conde de Aranda, nombrado para ese importante puesto, todavía no había llegado. El consejo de guerra contra Prado15 y otros a quienes se atribuye la pérdida de La Habana, lo retenía en la corte, ya que presidía dicho consejo de guerra convocado a este efecto.
El palacio arzobispal es muy espacioso, pero no esplendoroso, y está ya viejo. Este prelado tiene unos ingresos anuales de 150.000 pesos. El arzobispo actual ha instalado hace cuatro años una biblioteca cuyos fondos ahora mismo se calculan en 8.000 volúmenes. La sala del palacio arzobispal que está dedicada a esta biblioteca es más imponente que la Biblioteca Real.16 También se ha comenzado a hacer un gabinete de medallas, al cual se unirá un gabinete de ciencias naturales, para el cual se han reunido ya seis mejillones y caracoles y una docena de plantas marinas.
La aduana es un edificio nuevo de piedra, impresionante. La Universidad no tiene nada destacable. El Ayuntamiento es viejo y la Audiencia que está justo al lado, igualmente sin prestancia.
En una torre de esta ciudad, cuando toca la campana de oración al anochecer, se da el santo y seña a todas las torres de vigía de la costa, que encienden un fuego siguiendo el ejemplo de las torres de Valencia.
[...]
Se nos dijo que el único que poseía algunas curiosidades naturalistas era un sacerdote de la catedral, el doctor Gómez, y encontramos en su casa una bella colección de monedas romanas consulares e imperiales y varias españolas de la colonia romana. Tenía también algunas antigüedades, una estatua de metal de Hércules y figuras de bueyes traídas de Cerdeña.
La catedral fue construida por Jaime I el Conquistador y es un edificio gótico nada bello, en el cual destacan el altar mayor, que es de plata maciza, y la sacristía.
La poderosa torre, a la cual conduce una escalera de caracol de 206 peldaños, es la más alta, y desde arriba se tiene la más bella vista de las huertas de Valencia. He contado veinte torres en la ciudad.
La cúpula de la iglesia de San Pedro, que es una capilla de esta iglesia, merece también ser destacada. La pintura perspectívica de la cúpula es bella en su estilo. En esta capilla está el monumento funerario de un arzobispo con la siguiente inscripción
Hic situs Martinus de Ayala, Archiepiscopus, qui, licet tres ecclesias
Rexerit, Guindensem, Segoviensem et
Decessit, nihil tamen
Tulit aegrius, que prae esse
Obiit Nonis Augusti VI. MDLXI.
El convento de dominicos fue fundado por Jaime el Conquistador en el año 1239 después de haber conquistado la ciudad el año anterior 1238. Es un edificio espacioso y magnífico. Estaba anunciada allí la siguiente disputa académica: Propositiones universales et essentiales sunt aeternae veritatis.
La ciudad está rodeada por una fuerte muralla y por un foso seco. Este foso es propiedad del verdugo. El río Guadalaviar, que es pequeño debido a los muchos canales que se derivan de él, rodea una parte de la ciudad y lo cruzan cinco puentes de piedra.
Los ingresos de la ciudad procedentes de los impuestos de los productos alimenticios se elevan a 80.000 pesos.
La plaza más grande no es regular, y allí está la Bolsa o la Lonja.
Los paseos se encuentran enfrente de la ciudad. El más bello es la Alameda, que linda con el palacio del capitán general. El camino al puerto, el Grao, o más bien la rada, a media milla de la ciudad, se hace de paseo en coche. La aldea que lleva también el nombre del Grao, es vistosa y está bien construida. Estaban anclados algunos barcos pequeños a lo lejos en el mar, y muchos habían entrado en la playa de arena. Estuvimos a bordo de un barco maltés, que hacía ya meses que estaba allí y no se va hasta que no haya despachado toda su mercancía de lana. Los interesados lo han equipado personalmente, con algunos cañones y 35 hombres. Estos barcos malteses de dos mástiles dan siempre un rodeo por las costas de Italia, Francia y España para no caer en manos de los piratas africanos.
[...]
En la orilla derecha del Guadalaviar, cerca de la Alameda, hay otro paseo. Río arriba se ha construido una muralla que mantiene al río en su cauce y al mismo tiempo sirve para pasear. Aquí está colocado el mármol que fue encontrado en el río en 1559 y en el cual se lee la siguiente inscripción, no especialmente bella: «Sodalicium Vernarum colentes Isidem [sic]». El señor Sales, doctor e historiador de la ciudad y del Reino de Valencia, ha escrito sobre esto una disertación en latín dedicada al rey Carlos III, entonces recién llegado a España. Algo más arriba se ve una cascada de agua.
La Huerta de Valencia se extiende desde Silla hasta aproximadamente una milla a este lado de Murviedro a lo largo de cinco millas; y desde el mar hacia el interior es de anchura desigual, máximo tres millas.
Los frutos de esta región son jugosos y sabrosos. Las fresas que comí allí eran incomparables en su aroma y sabor; los albaricoques, igualmente jugosos. Los melones son superiores a todos los demás de España. Sin embargo, esta fértil tierra no produce tantos cereales como son necesarios para el abastecimiento de sus habitantes.
El comercio de la ciudad con el extranjero no es importante porque le falta un puerto, y todavía hace pocos años que se le ha permitido exportar mercancías embarcándolas desde la rada. El principal producto es la seda.
La seda producida anualmente en el Reino de Valencia se calcula en tres millones de pesos. Las fábricas de Valencia tienen los derechos de venta por unos tres meses a partir de junio; luego los comerciantes pueden exportar también la seda cruda. Pero como ya han cerrado sus contratos provisionalmente con los propietarios de la seda, este aplazamiento de la venta al extranjero no es ninguna ventaja. En el año 1763 la cosecha de seda fue muy mala. En el presente año (1764) sin embargo, muy fructífera, por lo que el precio de la seda que había subido ha bajado ya considerablemente. Las malas cosechas se deben a la falta de hojas de morera, que a veces sufren los efectos de la helada y el mal tiempo. El árbol de la morera es regado en todas partes porque entonces las hojas se hacen más suaves, más tiernas y mejores. Cada dos o tres años se podan las ramas, y esa madera es suficiente para el consumo. La libra de seda que llega a la ciudad para su uso en las fábricas paga unos dos reales y los gastos; si va al extranjero, hasta que es llevada a bordo, unos ocho reales.
Las fábricas de seda de aquí, que son las más importantes de España, trabajan para la sociedad de comerciantes de Madrid, que se llama Gremio.17 Además de la seda se produce mucho aceite de oliva en los alrededores de Valencia, así como en todo el Reino, pero se exporta poco. Es el mejor de España, pero no tan bueno como el aceite de Provenza.
También se comercia con la fruta. Sobre todo se exportan melones.
La lana de este país es mala y más burda que la castellana porque los pastos de montaña no son tan buenos ni tan tiernos. Pero de Aragón baja mucha lana y se exporta desde aquí.
El 29 de mayo hicimos un viaje de desvío a Murviedro, el antiguo Saguntum. Pasamos por la fértil huerta y por algunas aldeas muy bien construidas, cuyas iglesias y torres saltan a los ojos. A media milla de la ciudad, a mano derecha, se encuentra el antiguo monasterio de los Reyes, fundado por Jaime el Conquistador rodeado por una muralla.
Además, vimos con gran curiosidad dos grandes árboles de la pimienta a mano derecha del camino, que estaban en flor y que, tal como se me aseguró, también dan un fruto, que se parece a la pimienta india, pero no es tan fuerte.
Pasamos primero por los arrabales y luego por la mal construida ciudad de Murviedro junto al templo de Baco, sobre el cual hay un techo que descansa sobre una muralla cuadrangular. Pero no hay nada más que ver allí que el suelo hecho de mosaico.
La ciudad está situada a media milla del mar, al pie de una gran roca solitaria, sobre la cual se eleva el castillo. Solo hay una iglesia y algunos conventos (1777: 548-556).
El editor inserta aquí la siguiente nota a pie de página: «El difunto autor dejó aquí en el manuscrito un espacio libre, sin duda para describir más detalladamente los monumentos antiguos del lugar». A continuación, añade una pequeña bibliografía sobre Sagunto.
Abandonamos Valencia el 31 de mayo a las cinco de la mañana. Pasamos por Catarroja, donde termina la Huerta de Valencia, y Silla, donde ya pueden verse algunos cultivos y fertilidad. Llegamos a las nueve a Almusafes, una aldea donde comimos. Hay allí una parroquia. Esta zona está menos cultivada hasta que se llega al lugar de Algemesí. Algemesí tiene una iglesia, un convento y mil familias. Su bella huerta es regada por el Júcar, y toda la zona hasta Alcira está excelentemente cultivada.
Antes de Alcira se pasa por un puente de piedra sobre uno de los brazos del Júcar. Alcira tiene una parroquia y cuatro conventos. Está situada a lo largo en una isla del Júcar y tiene 1.500 familias.
Pasamos por Cogullada, la Puebla Larga y Manuel hasta Játiva o San Felipe, adonde llegamos a las siete y pernoctamos.
Salimos de San Felipe, donde esta vez vimos la nueva iglesia parroquial sin terminar, la gran plaza y el único hospital general, a las ocho. La ciudad está rodeada por una muralla, donde hay una guarnición de inválidos.
Pasando por la pequeña aldea de Vallada, que se ve a la derecha, llegamos a las doce a Mogente, donde comimos (1777: 556 y ss.).
En este punto, Plüer retorna a Fuente la Higuera y prosigue el camino rumbo a Madrid. Así termina su estancia en el Reino de Valencia.
Continuamos el viaje el 1 de junio a las cuatro, hasta que a las siente llegamos de nuevo a Fuente la Higuera. De Valencia hasta aquí se ven montañas a ambos lados, y el valle que en Valencia es amplio en San Felipe se estrecha; luego va ensanchándose y estrechándose hasta aquí. Por aquí solo se puede entrar al Reino de Valencia viniendo de Castilla.
Visitamos al párroco, que, como es amigo del señor Mayans nos recibió amablemente. Tenía una considerable colección de libros, muy selecta. Nos la enseñó y vimos muchos libros prohibidos.
Hablaba de los herejes y del despotismo con mucha libertad.
Salimos de Fuente la Higuera a las siete y llegamos a Almansa a las doce (1777: 557-558).
FRANZ JENNE
Jenne’s Reisen nach Spanien, Piemont, der Lombardei und Tyrol (Viajes de Jenne a España, Piamonte, Lombardía y Tirol, 1790)
Viaje (22 de) noviembre de 1787 a 1788. Itinerario: Llegada por barco a Alicante. Elche, Orihuela.
Apenas se conocen datos sobre la vida de Franz Jenne y sobre las circunstancias de su viaje. Lo poco que se sabe procede de dos reseñas de su obra aparecidas en revistas de la época, de las cuales se desprende que era un comerciante natural de Frankfurt am Main afincado en Viena. Curiosamente, ambas reseñas son extraordinariamente negativas y solo ven defectos en esta obra, que al parecer es una «simple compilación llena de errores geográficos, topográficos, históricos y estadísticos» (Raposo, 2016: 127). También se le reprocha que, a pesar de ser comerciante, no ofrezca ninguna información que pueda ser interesante y útil para los de su gremio. En lugar de ello solo aparecen en su obra «secos itinerarios, noticias sobre menús, anécdotas de postillones, aduaneros y frailes, historietas escabrosas y otros arrebatos producto de un ingenio poco instruido» (ibíd.). La verdad es que Jenne parece tener una predilección especial por las anécdotas de viaje, por la descripción de la incomodidad de las posadas y las molestias de las inspecciones aduaneras. Pero lo que a los críticos del siglo XVIII les parecía aburrido y carente de interés, hoy en día representa una valiosa fuente de información sobre la vida cotidiana de los países visitados en aquella época, aunque haya que poner en tela de juicio la veracidad de los datos concretos.
El relato del comienzo del viaje muestra ya desde el principio la tendencia de Jenne a contar anécdotas en estilo novelesco-trivial:
A falta de una buena combinación a Barcelona concerté un pasaje a Alicante por cuarenta florines. [...] Éramos cuatro pasajeros: dos franciscanos, un presunto maronita de Siria y yo. Los frailes son los mismos de los cuales ya hablé en el volumen anterior de mis viajes. Estaban ansiosos por volver a Madrid, donde siempre les esperan con alegría los piadosos cristianos para conseguir indulgencias mediante sus santas mercancías. ¡Oh, la industria monacal! El supuesto maronita me pareció algo sospechoso durante el viaje. Al parecer era un napolitano de buena familia. No voy a cuestionar que en todo caso haya estado en Siria; pero para ir vestido de árabe debe de tener causas muy fundadas que le hacen renegar de su nación. Su misterioso viaje y su objetivo final, así como la falta de decisión sobre el destino de dicho viaje y, sobre todo, su gran devoción, con la que se ocupaba todo el día más que los franciscanos, manoseando el rosario y contando horribles milagros, etc., todo eso me hizo sospechar que el Signore Antonio, o bien había dado un golpe... o lo estaba planeando (Jenne, 1790: 1-2).
La descripción del transcurso del viaje demuestra asimismo qué poco se preocupa Jenne de la veracidad de los datos al mencionar un improbable paso marítimo entre Mallorca y Montserrat:
El lunes pasamos entre la isla de Mallorca y las famosas montañas de Montserrat, el martes pasamos por Ibiza, el miércoles por la mañana por el Cabo de San Antonio y el jueves día 22 a la una echamos el ancla en la bahía de Alicante. De todos mis muchos viajes por mar este fue el más rápido, el más caro y el peor (1790: 3).
Una vez llegado a Alicante el relato adquiere tonos más convencionales. A partir de aquí, Jenne divide el texto en apartados encabezados por un título entre paréntesis, lo cual reproducimos literalmente en la traducción.
La ciudad de Alicante está construida a lo largo de la costa, y en la parte de atrás limita con montañas altas y peladas. Al norte se levanta la fortaleza sobre una roca escarpada. De los edificios de la ciudad llaman poderosamente la atención el ayuntamiento, adornado con dos torres, y la gran iglesia colegiata de San Nicolás con su delicada cúpula. El resto de las casas no hace el más mínimo efecto al tener el mismo color que las canteras y las rocas con las que lindan.
[...]
La bahía es extraordinariamente ancha y, sin embargo, segura debido a que tiene un fondo para anclas muy bueno. El lado oriental empieza en el Cabo de la Huerta y termina al oeste en el Cabo de Palos y la isla de Tabarca. En esta isla se ha construido un fuerte en el cual se encuentra siempre un gran destacamento de soldados. El resto de la isla fue poblado por el anterior rey Carlos III con familias genovesas que rescató de la esclavitud, a quienes solo la necesidad y la miseria obligaron a ello. Se dice de esta isla que le faltan por completo tres de los cuatro elementos: fuego, agua (ambos tienen que ser traídos en barco) y tierra; pero el cuarto sustituye a los demás, ya que el viento sopla allí incesantemente.
(Importación y exportación.) Había más de treinta barcos fondeados en la bahía de Alicante, entre los cuales algunos eran ingleses. Habían traído bacalao salado de Terranova y se llevaban soda, aguardiente, almendras, anís y uvas pasas; también algo de vino tinto, que se usa para mejorar el clarete.
(Hospedería.) Me llevaron a la hospedería de la Cruz de Malta, cuyo propietario es un genovés. Pero allí estuve muy mal servido por una piastra (dos florines y 4 cruceros) al día. En mi segunda llegada fui a la hospedería de la Fuente de Oro, donde tuve una bonita habitación con vistas a toda la bahía, y tuve un servicio tan bueno en la manutención como en la primera lo fue malo, sucio y deficiente (1790: 3-5).
Pero poco después retorna a sus características anécdotas novelescas. En este caso, aunque parezcan irrelevantes para el viaje, sin embargo, están configuradas como un pequeño capítulo sobre personajes curiosos y vida social en Alicante.
(Visita.) Apenas había entrado en mi habitación de la Cruz de Malta cuando ya recibí visita, aunque desconocida. Entraron un oficial de artillería y un español con una capa sucia, con zapatos destrozados y medias. Me preguntaron por mi salud, se pusieron a hablar del tiempo y luego el oficial empezó a poner a prueba mi paciencia. Me obligó a escuchar una larga narración sobre su vieja familia noble y sobre su abolengo. Mientras tanto, su acompañante había abierto la capa dejando ver la cruz de Malta. Por suerte llegó mi barbero, y el caballero desapareció, pero el oficial se quedó para endosarme la segunda parte de la historia, a saber, los antepasados del caballero español que acababa de irse. Yo estaba muerto de miedo en manos del barbero, preocupado por si el caballero hubiera ido al archivo municipal para buscar su árbol genealógico, y por eso cogí rápidamente mi sombrero y mi sable, pedí disculpas a mi superfluo visitante por asuntos urgentes y por esta vez me libré de tener que ejercer más paciencia.
(Cónsul imperial.) En seguida me fui a visitar al cónsul general del Imperio, Don Peter Arabet,18 que además también ocupa el consulado de Toscana, encontrando en él a un hombre muy galante. Al salir vi al embajador de Trípoli yendo a Madrid en dos coches tirados por seis mulos y acompañados por dos soldados de caballería de seguridad. Había pasado la cuarentena en la isla de Menorca, donde el rey está construyendo un lazareto y un almacén para las personas y las mercancías que tengan que pasarla.
(Regalos del bey.) Los regalos enviados por el bey al rey están en consonancia con su bárbara alteza. Constan de cinco caballos, cuatro avestruces, algunas cabras pequeñas, corderos con amplias colas, un gato y un papagayo. Los corderos probablemente son el resto de la provisión, ya que esa especie es común en África, así como los de cola larga lo son en Europa. Y para el papagayo hubieran podido evitarse los gastos de transporte, pues en España cada zapatero tiene un pájaro gritador así y es barato de conseguir.
Después de no haber consumido nada más que malas comidas en la posada durante cinco días, tomé un exquisito almuerzo en el barco con el mencionado señor cónsul. Empezó por el plato nacional, la ollia [sic], que es una fuente repleta de toda clase de carnes y vegetales, de la cual se hace una sustanciosa sopa y cuya carne adquiere un excelente sabor. Yo únicamente haría una pequeña objeción al tocino y los embutidos que siempre la acompañan, junto con los caravenseras [sic].19 Esta mesa, cubierta de viandas muy bien preparadas, se cerró con varias clases de los mejores vinos viejos de la tierra. Como aquí se tiene la costumbre de refrescar el vino con agua helada, debido al fuerte y persistente calor, también se mantiene este uso en invierno, que por cierto aquí no es nada frío.
(Pan.) El aspecto del pan ya le da a uno ganas de comer. Blanco como la nieve, bien cocido y de sabor delicioso, como los panecillos en Viena, pero solo como los de la panadería en la Naglergasse o como los panes de leche de Frankfurt en el Flathaus; así es el pan de aquí. Estas son las tres mejores clases de pan que he encontrado en toda Europa; pero el de aquí era todavía más excelente para mi gusto. Por la noche hubo concierto en casa del señor cónsul, que lo ofrece todos los jueves; y vino mucha gente (1790: 5-8).
Después de este pasaje más o menos homogéneo, Jenne vuelve a saltar bruscamente de unos temas a otros sin coherencia aparente.
(Historia de la ciudad.) Alicante fue conquistado en 1706 por los ingleses después de un duro asedio. Una vez que se apoderaron de la ciudad la rodearon con una muralla o más bien un muro, sobre el cual hay un camino de varios pies de ancho que sirve como paseo. Las calles son en su mayoría rectas, bien pavimentadas e iluminadas por la noche. Únicamente sería deseable que las farolas se limpiaran dos veces al año, pues al parecer solo se hace una vez, los cristales están cubiertos de un grueso polvo.
(Dátiles.) Lo primero que me encontré fueron dátiles frescos; pero aún no estaban totalmente maduros. La cáscara exterior era amarilla, la pulpa blanda y muy jugosa. El sabor dulce, ácido y amargo a un tiempo, por lo cual sacié tan pronto mi apetito que ya el cuarto me repugnó. Por el contrario, las bellotas de aquí son de sabor dulce y bueno y tienen mucho parecido con las castañas. Son mucho más grandes que las nuestras y la gente las come tanto crudas como cocidas y asadas; y por eso se preparan y se venden por las calles como las castañas entre nosotros.
Las mujeres son más feas que guapas. Tienen el pelo negro, la piel morena, y eso podría ser la causa de que el color generalizado de los trajes, tanto de hombres como de mujeres, sea el negro o el marrón oscuro. Estos dos colores tan parecidos los encontré luego usados por toda la nación, como en Prusia el azul y en Turquía el verde. Cuando las españolas salen, las de las clases bajas se ponen una franela blanca en la cabeza; las mujeres de los artesanos algo negro y las más principales tienen algo de color semejante de tafetán, Gros de Naples o Gros de Tour, con o sin encaje. Pero las clases altas llevan un tupé y los cabellos atados por detrás en una red, que generalmente es tan grande que se podría hacer un par de pantalones con ella. De ahí cuelgan muchas borlas, de la misma manera que en los tocados de las italianas.
En la plaza se vendían entonces las más bellas rosas y claveles, así como las uvas más frescas, de la variedad larga. Me aseguraron que esas uvas se mantienen en la rama hasta Pascua.
Caballos se ven muy pocos aquí, pero sí grandes mulos e incontables asnos, que tienen toda la espalda rapada y los agujeros de la nariz, como los caballos en Rusia, abiertos, probablemente debido a que estos animales de carga tienen que subir a altas montañas y así pueden respirar mejor (1790: 8-10).
Una descripción típica de los libros de viajes, la de una iglesia, da ocasión a Jenne para expresar una constante que se repite a lo largo de toda su obra: su animadversión hacia los frailes.
La iglesia de San Nicolás es un edificio majestuoso construido totalmente con grandes piedras de cantería. Ciertamente una bella obra, que para mi extrañeza tiene todas las paredes limpias y sin pintar, de manera que las piedras se ven con su color natural. Ninguna imagen ni ninguna representación de milagros quitan la más mínima vista para poder admirar esta obra de arte de la arquitectura. Tampoco hay altares laterales que estorben la devoción con el altar principal aislado. Solo en medio de la nave hay un muro en forma de cuadrilátero que sirve para el coro y que en otra parte sería suficientemente grande como para albergar una iglesia, como lo era la capilla de los difuntos en la iglesia de San Agustín de Viena. Es una lástima que esta nave tan bella esté manchada por esta idea frailuna tan torpe. En la forma de construcción se nota que este coro fue realizado después de que la iglesia estuviera construida. En una capilla se ven piezas de obra a medio hacer en mármol blanco, y todas son admirables.
Ahora mismo suena bajo mi ventana una campanilla y oigo que alguien grita. Me apresuro a asomarme y veo a un fraile con su criado, que lleva la campanilla y una linterna (pasa de las siete). Convoca a todos los buenos cristianos para que reciban de él la santa bendición, pero nadie quiere venir. Así pues, se va una calle más allá, el criado alumbra y toca de nuevo la campanilla (1790: 11-12).
De aquí pasa otra vez a temas cotidianos, en los que predominan las observaciones sobre cuestiones económicas, algo esperable en un comerciante como Jenne.
(Fumar tabaco.) En todo el mundo se fuma tabaco, pero con diferencias. Los turcos tienen pipas de ocho y más pies de largo. Su tabaco es dulce, ligero y delicado. Los españoles por el contrario enrollan una hoja de tabaco negro y picante, que ya se vende así preparado y se llama sigara [sic]. De esta hoja enrollada que no es más larga ni más gruesa que la parte inferior de una pluma de cisne corta la décima parte, la envuelve a lo largo en un papel que se vende igualmente en las tabaquerías apilado en folios, y enciende el papel por debajo, mete ese pedacito en la boca y fuma hasta que el fuego le quema los labios. Y así pasa el papel ya masticado de boca en boca, tal como en nuestros educados países uno ofrece a los sucios dedos de otro la tabaquera para que tome una pizca de rapé. Pero los españoles adinerados meten todo el sigara [sic] sin papel en la boca, lo encienden por abajo y lo fuman igualmente hasta que el fuego llega a la boca. Esta forma de fumar tabaco no me agrada; en cuestión de pipas sigo las costumbres de mi país. Pero el tabaco tiene que ser de Turquía.
(Pescado.) El mercado del pescado es un espectáculo agradable a los ojos. Como el tiempo estuvo muy tranquilo durante varios días, esta mañana fue un verdadero placer ver las capturas de pescado. Un número increíble, no solo de todas las especies sino de todos los colores posibles y de admirables figuras, puede adquirirse aquí a precios muy bajos. Y sin embargo, este país no goza de las ventajas que le ofrece este mar tan rico en peces, sino que prefiere comprar el bacalao salado y sin salar con un dinero que aquí apenas tienen, y prefiere ese pescado maloliente, o el salmón en salazón, que a veces tiene más de un año, a los peces de aquí todavía vivos, delicados y además muy baratos. ¡Hay que ver de qué manera tan obtusa algunos hombres siguen las costumbres heredadas de sus mayores!
[...]
(Productos del país.) La exportación consiste en anís, que aquí se cultiva mucho, alumbre, almendras, dátiles, higos, cuyos árboles alcanzan aproximadamente el mismo grosor y altitud que nuestros avellanos y se encuentran en los campos con tanta frecuencia como estos. Además, crece aquí también una caña muy fina, más bien una especie de junco grueso como un cordón de dos pies o más de largo, que se llama esparto. Es extraordinariamente fuerte y resistente, y de ahí se hacen muchas cuerdas gruesas para las anclas y para otros usos en los barcos, al mismo tiempo también cestos para el transporte con los animales de carga y esteras para embalar la suda. Todo esto son trabajos que ocupan a mucha gente pobre (1790: 12-15).
Sobre los alrededores de Alicante hace observaciones que coinciden en parte con las de Plüer sobre la huerta y sobre el tema omnipresente del agua.
(El Huordo [sic].)20 Hicimos un viaje a más de una hora de la ciudad, donde está el llamado Huordo (jardín, huerto). Es una llanura o valle circundado por montañas rocosas altas y peladas, la cuarta parte de las cuales limita al sur con el mar. En esta llanura crece el delicioso vino blanco y tinto. Algunas higueras, almendros, granados, algarrobos y palmeras cubren igualmente estos grandes viñedos, entre los cuales también están esparcidos algunos campos de cereales. El rendimiento anual se eleva a unas quinientas botellas francesas. Fuimos a una bodega y probamos el vino tinto nuevo que, aunque todavía estaba fermentando, sin embargo ya era extraordinariamente fuerte. Se vende a seis cruceros por botella.
La miel está aquí en consonancia con el vino, pues es la más deliciosa que pueda ser producida por las abejas. Lo enérgico y duro compite con el sabor dulce y agradable.
(Depósito de agua.) A cuatro millas de aquí hay un depósito de agua que merece verse. La naturaleza parece haber formado un profundo valle en la montaña rocosa. Por un lado hay un dique de piedras de cantería de doscientos pies de alto y cuarenta de ancho, y desde ese depósito se riegan todos los campos. La mayor parte pertenece al rey, y el resto a distintos propietarios (1790: 17-19).
Al abandonar Alicante retorna el tema típicamente odepórico de los aduaneros.
(Partida.) El jueves 29 alquilé una calesa con un caballo hasta Cartagena. Antes de salir me advirtieron de que tenía que pagar una peseta (que equivale a 23 cruceros) en cada puerta de la ciudad para no ser registrado y para librarme de las burlas y de los robos de los aduaneros, que viven mayoritariamente de esos tributos. Luego vi que este aviso era muy fundado.
Hasta que uno se aleja a una hora de la ciudad el camino es poco interesante. Luego aparece una poderosa colina rocosa en la cual está tallado un camino que tiene solo la anchura de un coche. Desde arriba se divisa un valle extraordinariamente grande, cuya parte meridional limita con el mar. En ese momento había allí tres grandes barcos que cargaban sal. Los ingleses, holandeses, suecos y daneses, también los hamburgueses que vienen cargados y no encuentran otras cargas para la vuelta la compran (la sal) para salar sus pescados. Esta sal se vende en la exportación solo a un cuarto del precio por el que se vende aquí y del que cada aldea tiene que tomar una cantidad determinada.
Toda esta llanura está cubierta de algarrobos, tanto que podría pensarse que con ellos todo el país podría ser abastecido de este fruto. Se parece a un haba; la hoja tiene cinco pulgadas de largo y uno de ancho. Su sabor es dulce, por lo cual les gusta a los niños, y debido a su abundante jugo también es buscado por las ancianas para caramelos. Pero por lo demás sirve como forraje para asnos y mulos, pero es muy astringente y poco alimenticio, sobre todo para animales que trabajan mucho. Puede mezclarse en el mismo recipiente con la malta o el salvado que los cerveceros y los molineros dan a sus caballos. El árbol es de hoja perenne y tan ancho como un avellano grande. Debajo de él se cultiva en esta llanura la hierba de la cual se hace la soda (1790: 19-20).
A poca distancia de Elche reaparece otro de los temas estrella de los viajeros por tierras ilicitanas: el palmeral.
(Bosque de palmeras.) A ambos lados del camino se ve mucho áloe que crece en estado salvaje como los setos de espino en nuestro país, y sirve como allí para separar los campos. Pero al acercarse a la pequeña ciudad de Elche se ofrece a la vista un objeto muy agradable a ojos europeos, es decir, un bosque de palmeras. Al pasar bajo su sombra me pareció estar transportado a la Arabia Feliz. Ya desde lejos se percibe esta magnífica visión. Su tronco tan recto está adornado con una corona de largas ramas que más bien se parece a un plumero que a los árboles que estamos acostumbrados a ver. De las ramas penden a miles los dátiles de color dorado y castaño, pero solo en los árboles hembra, pues el tronco masculino no lleva frutos. Además de su belleza, este árbol tiene la ventaja sobre todos los demás de que no solo sirve para alimento del cuerpo, sino también del alma, en el sentido espiritual. De sus majestuosas coronas, después de haber dado una fresca sombra durante todo el verano, cuando sus frutos ya están recolectados para general disfrute, se cortan todas las ramas y se envían en varios cargamentos de barcos a Génova y a Roma. De Génova se mandan por tierra a Alemania, donde sirven a los judíos para su fiesta de los tabernáculos, donde cada israelita que quiere agradar especialmente a Moisés se compromete a mostrar a su profeta una rama de palmera en una mano y una de cedro en la otra. Las ramas de palmeras destinadas a Roma son para nuestros sacerdotes católicos, en Italia igual que en España. Porque en Alemania nos conformamos con brotes de sauce, que prestan el mismo servicio para celebrar el Domingo de Ramos. Se ve entonces a todos los reverendos el Domingo de Ramos con una rama de palmera o un brote de sauce en la mano, adornados de manera tan piadosa como los israelitas. Mi calesero me aseguró que aquí había más de cien mil de estos hermosos árboles, y este bosque tan especial se extiende hasta llegar a la ciudad (1790: 20-22).
De ahí pasa a una breve descripción de Elche que contiene de nuevo pequeños elementos de crítica de la religión, además de una de las constantes del relato de Jenne: la comparación con Turquía (cf. Raposo, 2016: 127-129).
La ciudad de Elche es pequeña, pero tiene una hermosa plaza en la cual estaban instaladas muchas tiendas de buhoneros para el mercado anual.
La Catedral de Santa María tiene una nave muy grande, de bella hechura, culminada en una delicada cúpula. Las ventanas tienen placas de mármol de una pulgada de grosor, dos de ellas de varios pies de alto, de una pieza y dan una luz muy bonita. Estos serían inmejorables cristales para los harenes en Turquía, y también para nuestros conventos de monjas. Hice que me guiaran a lo alto de la iglesia para divisar todo el contorno de la ciudad, y así tuve una magnífica vista de este gran palmeral que se extiende alrededor de tres tercios de la ciudad (1790: 22).
Aunque no sea un tema específicamente valenciano ni de ningún lugar concreto, los temas característicos de la odepórica se repiten prácticamente en todos los relatos de viaje desde la Edad Media. Franz Jenne parece tener una predilección especial por la descripción y la crítica de las incomodidades de las hospederías y posadas. Pero es en Elche donde más se extiende sobre este enojoso tema:
Antes de salir me preguntó mi calesero si quería comer algo. Como le contesté muy naturalmente que sí, me pidió dinero para comprar carne, pan y vino. Todo esto tiene que procurárselo uno mismo, pues en las hospederías, que solo lo son de nombre, no hay provisiones más que para los mulos y los burros. Al volver a entrar extendieron sobre la sucia mesa un grosero trapo que tuvo que servir de mantel y de servilleta. El cubierto consistía en un plato pequeño de arcilla marrón, la mitad de grande que los platos normales, y una cuchara de madera con un mango corto y redondo, como las cucharas de cocina; es un diseño como los turcos, pero aún peor. La cena consistió en carne de cordero troceada en caldo, y una ensalada cortada como la col, aliñada con aceite de lámpara que a un viajero procedente de la Provenza, donde está uno acostumbrado al mejor de los aceites, le resulta todavía más fuerte. Pero en toda España el aceite es extraordinariamente malo. Por otro lado, las aceitunas son mucho más grandes, y muchas de ellas se comen en salmuera. Esta clase de hospederías tienen cierto parecido con las de Turquía, pero con la diferencia de que aquí hay que pagar más que si se hubiera cenado y pernoctado en las mejores de Alemania. Porque el precio nunca bajó de una peseta, un duro y aún más, con lo cual siempre me quedé con hambre (de puro asco) y por la mañana me dolían las costillas de unos colchones que solo lo eran de nombre.
(Orihuela.) El viernes a las dos y media de la madrugada se engancharon los caballos. Los campos de estos alrededores están cultivados mayormente con cáñamo. A las seis llegamos a Totana y a las nueve a la gran ciudad de Orihuela, atravesada por el río Segura, que desemboca en el mar a cinco millas de aquí; pero antes se reparte en muchísimos canales que cruzan los campos. Gracias a esta bella obra puede esta gran llanura llamada la Huerta di Orichuella [sic] ser regada en todo momento. La tierra adquiere así tanta fertilidad que ha dado lugar al dicho «Ya puede llover o no, Orihuela siempre tiene cereales», mientras que por el contrario los campos no regados producen muy poco o nada en los años secos. El trigo de aquí pasa por ser el mejor de todo el reino.
El convento de los dominicos es destacable solo por su gran tamaño. Sus dos patios son de una bella hechura. El primero está adornado con pilastras dóricas, sobre las cuales en el primer piso hay columnas jónicas, ambas en arcos soportales. El otro tiene igualmente dos soportales, uno sobre otro, soportados por columnas de orden compuesto. La iglesia es extraordinariamente grande, recargada de pinturas y tallas de madera. Delante del altar mayor está el mausoleo del fundador, pero no tiene nada destacable. Me guiaron por todo el convento, cuyo refectorio o comedor me habían recomendado antes como digno de verse. Pero no encontré nada especial excepto la más perfecta consonancia con la iglesia, extraordinariamente grande e igualmente demasiado cargada de pinturas y tallas de madera. La biblioteca tiene incontables obras de teólogos y predicadores. Un joven fraile estaba allí estudiando, y tuve curiosidad por ver con qué se ocupaba. Tenía ante sí una vieja descripción de viaje, donde en ese momento precisamente estaba leyendo algo sobre México. En este convento habría espacio para tres regimientos de caballería, y el refectorio podría servir como una incomparable sala de ejercicios militares. Saliendo de aquí se encuentran muchas plantaciones de limoneros y naranjos hasta Murcia (1790: 22-25).
Doce años después de Jenne visitaron Valencia dos viajeros alemanes cuyas obras son sobradamente conocidas en la literatura odepórica: Christian August Fischer en 1798 y Wilhelm von Humboldt en 1800. Fue sobre todo Fischer quien con sus entusiastas descripciones contribuyó a difundir una imagen idílica y radiante de Valencia, que se recogerá en muchos relatos de viaje posteriores.
A continuación presentamos a dos viajeros de principios del siglo XIX que pueden asimilarse a los del XVIII por haber tenido lugar sus respectivas estancias en Valencia antes del estallido de la Guerra de la Independencia, aunque la publicación de sus relatos de viaje se retrasó todavía algunos años. Ambos aparecieron en 1810, y quizá ello se debiera a la renovada actualidad que habían adquirido los temas españoles desde el levantamiento de 1808.
KARL FRIEDRICH VON JARIGES
Bruchstücke einer Reise durch das südliche Frankreich, Spanien und Portugal (Fragmentos de un viaje por el sur de Francia, España y Portugal, 1810)
Viaje en noviembre de 1802. Itinerario. Orihuela, Elche, Alicante, Elda, Villena, Fuente la Higuera, Valencia, Murviedro, Nules, Vinaroz.
Karl F. Jariges era hijo de un ministro prusiano de familia acomodada, por lo cual pudo permitirse llevar una vida dedicada a la literatura y a los viajes de formación. Bajo el seudónimo de Beauregard Pandin, realizó traducciones de la literatura española, inglesa, francesa e italiana al alemán, entre las que destacan Spanische Romanzen. Su viaje a España tuvo lugar en 1802, pero el relato se publicó en 1810 con el título Bruchstücke einer Reise durch das südliche Frankreich, Spanien und Portugal.
Jariges penetra en el Reino de Valencia procedente de Murcia, y antes de entrar en descripciones paisajísticas se fija en la indumentaria típica.
El traje del campesino valenciano es muy especial. Lleva pantalones bombachos muy anchos de lino blanco, que dejan libres la rodilla y parte de los muslos, y que de lejos parecen faldas cortas de mujer. Un chaleco blanco corto, una faja roja rodeando el vientre, un pequeño gorro negro, normalmente de terciopelo, y sandalias atadas con cintas negras. Esta vestimenta, toda ella muy ligera y cómoda, tiene algo oriental, así como las pequeñas cabañas con sus paredes delgadas hechas de barro y cañas, a menudo a la sombra de unas palmeras (Jariges, 1810: 230-231).
Su primera parada es en Orihuela, donde es testigo de una de las diversiones más típicas de esta tierra: los fuegos de artificio.
Estaba ya oscuro cuando llegamos a la importante ciudad campesina de Orihuela y en seguida nos dirigimos a la plaza del mercado para ver los fuegos artificiales organizados en honor de la onomástica del rey. Toda la gran plaza, así como los edificios circundantes, estaban llenos de espectadores en ventanas y azoteas. Antes y después del disparo de los fuegos se lanzaron cohetes borrachos desde las casas hacia la multitud, y las autoridades se regocijaron de la confusión que provocaron; algún viejo abrigo se hizo un agujero más en esta ocasión. Por cierto, los fuegos artificiales se malograron bastante y casi todos los artificios habituales salieron mal. Al volver a casa, algunos de nosotros echamos de menos nuestros pañuelos de bolsillo (1810: 231).
Jariges aprovecha muchas veces la ocasión de demostrar su formación y sus ambiciones literarias en las descripciones de paisajes, pero también al tratar uno de los temas preferidos de los viajeros nórdicos, como es la vegetación característica del sur: al observar las palmeras se explaya especialmente en su descripción y la amplía con citas de la Biblia, uniendo así las imágenes meridionales a las de un exotismo oriental que empieza a despuntar ahora y proseguirá su andadura con gran éxito en el siglo XIX:
El octavo día pasamos por muchas aldeas, y por la villa de Callosa de Segura el valle se ensanchó y los cultivos disminuyeron, incluso desaparecieron casi por completo hasta que se mostraron de nuevo de una manera especial, como no se encuentra apenas en ninguna otra parte de Europa. Alrededor de la bonita ciudad de Elche (aproximadamente 10.000 habitantes) se eleva un espeso bosque de palmeras. La palmera datilera (Phoenix dactilifera) es en toda su figura tan diferente de los árboles europeos que no se puede comparar con ninguno. El tronco, esbelto y recto, cuya corteza nudosa no crece hasta edad avanzada, se eleva libre y sin ramas hasta el pináculo, donde las largas ramas con hojas como plumas, cuelgan inclinadas formando un semicírculo; y los dátiles cuelgan en grandes manojos en forma de guirnalda. El pináculo parece una corona en la cual se balancean grandes plumas de avestruz y recuerda a los adornos de la cabeza de los indios, que parece ser una imitación. Cada año se forma un nuevo pináculo y las ramas viejas se secan; de ahí proceden los tramos nudosos del tronco, y probablemente también el nombre botánico de Phoenix. Esta curiosa maraña y las sombras tan extrañas que forman las palmeras jóvenes y bajas al pie de las viejas son extraordinariamente agradables. No es raro que los magníficos bosques de palmeras les sirvan a los orientales como la imagen de la belleza suprema, y que los utilicen para las comparaciones más encantadoras, cuyo sentido y adecuación solo puede entender quien haya visto este árbol al natural; como por ejemplo en el siguiente pasaje del Cantar de los Cantares:
¡Qué hermosa eres, qué encantadora, / qué amada, hija deliciosa! Esbelto es tu talle como la palmera, / y son tus senos sus racimos. Yo me dije: voy a subir a la palmera, / a tomar sus racimos; / sean tus pechos racimos para mí.21
En un huerto de palmeras vimos también una plantación de algodón que estaba en flor. Por lo demás, el camino no tenía nada digno de destacar, y por fin alcanzamos el monte en forma de cono que habíamos divisado desde hacía varias horas y entramos en Alicante (1810: 232-233).
La descripción de Alicante difiere notablemente de la de sus predecesores Plüer y Jenne: no se fija tanto en aspectos económicos, sino paisajísticos, vistos de manera muy subjetiva. Al final hay una breve alusión a otro de los temas preferidos del Jariges literato: el teatro.
Alicante no es un lugar agradable, y tampoco lo es su situación. La ciudad se extiende a lo largo de la costa pegada al mar y sobre la empinada colina que conduce a ella. Solo abajo en el llano tiene algunas calles rectas y bien construidas. Las demás son abruptas, estrechas y sucias y tienen míseras casas pequeñas sin encalar. Ninguna calle está pavimentada y muchas están tan poco limpias como en las ciudades portuguesas. Para ser una ciudad marinera tiene muy poca vida y no se percibe mucho bienestar. Los alrededores son extremadamente tristes. Detrás de la ciudad se eleva una poderosa masa rocosa y desnuda con una gran fortaleza que parece amenazarla como un monstruo horrible. En la parte de Poniente hay pequeñas elevaciones y hendiduras sembradas de piedras como un caos desierto por el cual pasa la carretera a Madrid, que está en parte bordeada de árboles, formando así el único y pobre paseo. En la parte de Levante se extienden desnudas elevaciones rocosas. Se mire donde se mire, en ninguna parte se descubre algo pintoresco, e incluso la vista del mar cansa aquí con su uniformidad muerta. Con esta situación no es extraño que en verano el calor alcance un grado insoportable, pues la gran roca pelada al norte refleja los rayos del sol como un espejo en la hondonada. Incluso ahora en noviembre era tan penoso al mediodía que nos obligó a buscar la sombra. No hay aquí ningún teatro, pero una compañía ambulante actuó en un granero (1810: 234-235).
La ruta de Alicante a Valencia es descrita de manera muy breve y sucinta. Obsérvese que aquí aparece el adjetivo «romántico» en el sentido que le da Jariges y que corresponde al que era usual en el alemán del siglo XVIII, es decir, más o menos pintoresco.
El viaje de aquí a Valencia, que dura tres días y medio, lleva por lugares románticos, mayormente bien cultivados, pero que no ofrecen nada digno de destacarse. El primer día pasamos de Elda a Villena por altos valles de montaña; el segundo por Fuente la Higuera a la carretera de Madrid y a la Venta de Morena, un magnífico edificio; de aquí a Roblas y luego a una venta real donde por fin encontramos buenas camas, chimenea e incluso provisiones. Al tercer día atravesamos un amplio valle y entramos en la Huerta de Valencia, que incluso supera a la de Murcia en fertilidad y arte. Las casas cubiertas de paja tienen mejor aspecto, y los lugareños van muy bien vestidos. Las mujeres llevan el pelo en moños sujetos por horquillas de plata. En la excelente calzada nos encontramos con muchos coches de cuatro ruedas, algo que no veíamos desde hacía tiempo y que solo se encuentra en esta provincia y en Cataluña. La carretera, cada vez más movida, anunciaba la proximidad de una gran ciudad, y pronto llegamos a Valencia (1810: 235-236).
En su descripción de Valencia dedica relativamente poco espacio a la ciudad y más a los alrededores.
No puede decirse que sea un lugar bello. Las calles son estrechas, torcidas y todas sin pavimentar. Pero no faltan importantes edificios privados y públicos. La extensión de la ciudad tampoco es muy grande en proporción al número de habitantes, que se cuentan por 100.000. El mejor panorama se ofrece desde la fea torre de la magnífica catedral, que en poco le va a la zaga a la de Granada. La vista que se disfruta desde ahí es encantadora. Se ve toda la extensa huerta, rodeada en la lejanía por un semicírculo de montañas, cuyos puntos finales tocan el mar. Por la tarde brilla el gran lago de la Albufera, cuyo color claro contrasta agradablemente con el oscuro del mar. Una cantidad incontable de viviendas campesinas esparcidas asoman desde las exuberantes plantaciones de olivos, algarrobos y naranjos. Es cierto, la vista de una huerta así es extraordinariamente agradable y regocijante; tiene el suave encanto de un bello idilio; pero al mismo tiempo los ojos se cansan pronto de la falta de contrastes y de la regularidad de los cultivos, que tiene algo de monotonía a pesar de su variedad. Nos llamó la atención la gran cantidad de mendigos que no habíamos encontrado tan pesados en otra ciudad española; aquí, donde hay tanta industria en marcha, sobre todo fábricas de seda, no se los espera.
Se habían hecho muchos preparativos para recibir al rey, a quien se esperaba en breve de su viaje de vuelta de Barcelona. Muchas casas fueron encaladas y pintadas. El Ayuntamiento había ofrecido recompensas de mil a cien reales para quienes se destacaran en esos trabajos. Para las ceremonias se construyeron toda clase de carros de triunfo, barcazas, etc., y en la nueva puerta se colgaron luminarias. Saliendo de esa puerta se abre una gran perspectiva de cinco puentes de piedra no muy alejados uno de otro que cruzan el Guadalaviar. Al otro lado está la Alameda, un paseo muy agradable, sobre todo por el aspecto campestre que le dan los pequeños jardines y casas campesinas a los lados. Se compone de varias avenidas un poco estrechas; en el medio circulan los coches normalmente de un lado a otro.
Si se sigue todo recto el camino que parte de aquí, se llega en una hora al pueblo del Grao, no lejos del mar. Aquí visitamos el muelle, en el cual se está trabajando desde hace tiempo para construir un puerto artificial. Son enormes las máquinas, cargadas de grandes trozos de roca, que se hunden para rellenar la profundidad del mar. Hasta ahora no pueden arribar los barcos en esta costa debido a las grandes profundidades y al fuerte oleaje. Incluso las barcas de pescadores no son seguras y están en seco. El espectáculo de las olas rompiendo en la orilla es muy entretenido y me recordó a los pintorescos versos en el Torquato Tasso de Goethe «La ola vacila y se encrespa y se curva llena de espuma».22 El camino de vuelta lo hicimos en una tartana para poder conocer ese extraño vehículo; es un coche de un caballo con dos ruedas y un toldo redondo y dos bancos con sitio para seis personas. Se entra por detrás como en un horno; ahí no hay que pensar en comodidad.
Un domingo vimos en ese paseo a muchos lugareños vestidos de fiesta, una indumentaria que causa muy buena impresión y es testimonio de bienestar. A ese traje se añade un sombrero negro y redondo con alas muy anchas, atado a la barbilla con cintas negras. Alrededor del pelo llevan una pequeña red muy ceñida, habitualmente de color verde. Aquí notamos que el otro sexo no tiene formas bellas y que la fisonomía de los valencianos ya casi no es española; el cabello rubio no es nada raro entre ellos, siendo así que en otras provincias (exceptuando Cataluña) eso es tan extraño que «un rubio»23 quiere decir un extranjero del Norte. Hay un refrán burlesco sobre los valencianos que alude a esa degeneración y dice:
En Valencia la carne es hierba, la hierba agua.
Los hombres mugeres, y las mugeres nada24 (1810: 236-239).
Estas observaciones antropológicas continúan con una referencia a la piedad popular, algo que siempre llamaba la atención de los viajeros protestantes:
Los valencianos deben de ser unos celosos defensores de la Inmaculada Concepción de la Virgen María; por lo menos se oye a menudo el saludo «Ave María», a lo que se contesta «Sin pecado concebida».25 Como muestra de cómo creen todavía en el demonio, sirva esta anécdota: en el muro de una casa no lejos de la catedral hay una placa de mármol nueva sobre la cual un bajorrelieve hace visible una inscripción mal escrita, que traducida literalmente dice así:
«Una mora de Túnez, esclava de Micer Artes, Doctor en derecho, dormía en el desván de esta casa, que en tiempos perteneció a Don Bonifacio Ferrer de San Vicente,26 cuando su señor notó que algunas noches, pasando al lado de su cama, iba a una habitación contigua, en la cual el santo varón acostumbraba a retirarse para descansar de sus negocios: Y como se lo reprochara, ella contestó: “Cuando me voy a dormir me persigue un fantasma diabólico que me da un miedo horrible, y no sé librarme de él de otra manera que entrando en la habitación de San Vicente, porque entonces el fantasma se queda a la puerta y me hace unas caracas y unos gestos amenazadores y horribles, pero no se atreve a entrar”. Cuando la famosa ciudad se vio obligada a derribar una parte de la casa y de la habitación para ensanchar la calle, dedicó en memoria de este suceso esta placa de mármol junto con un bajorrelieve. 9 de mayo de 1796» (1810: 239-241).
La descripción de Valencia finaliza con temas relacionados con los intereses literarios y culturales de Jariges.
El teatro de aquí es uno de los mejores. Vimos El Sol y el Alba de Asturias,27 una obra cuyo tema es la expulsión de los moros de Asturias. El personaje principal es una hechicera que proporciona la victoria a los cristianos. Hacia el final los actores salieron para saludar como es costumbre y nos creíamos que el telón iba a caer cuando detrás de nosotros en el patio de butacas se hizo oír una voz femenina. Nos volvimos y vimos a la hechicera a caballo que dio un largo discurso final. No pudimos recibir información sobre ese extraño fenómeno. Los trajes de los actores representaban la antigua indumentaria española con todo su esplendor fantástico, y también aquí me di cuenta de que en el teatro español se da más importancia al vestuario que en el nuestro.
Es muy digna de verse la pequeña pero selecta colección de cuadros del canónigo Don Blasco,28 un anciano muy vivaz que muestra sus tesoros con una atenta amabilidad. Posee cuadros de Juanes (el Rafael español), de Velázquez, Murillo, Leonardo da Vinci, Fiamingo, etc. Se alegró mucho cuando pude darle información sobre un busto del cual no conocía ni el pintor ni la persona representada. Yo había visto el original en la galería de Viena, un retrato del escultor veneciano Sansovino hecho por Tiziano (1810: 241-242).
Jariges es el único de estos viajeros que atraviesa las comarcas del norte del reino de Valencia. Pero con excepción de Murviedro, les dedica una descripción muy breve, dominada por un tema adyacente como lo es la visita del rey Carlos IV.
Este agradable viaje29 de 56 leguas lo hicimos en siete días. El primer día, por un camino extraordinariamente risueño, pasando por la Huerta de Valencia que todavía se extiende a lo largo de cuatro leguas, llegamos a mediodía a Murviedro, que está situado no lejos del mar al pie del macizo montañoso que cierra el valle de Valencia. Murviedro, un lugar de 10.000 habitantes aproximadamente, es el antiguo Sagunto, tan famoso en la historia de los cartagineses. De la vieja ciudad no se ha conservado completo nada más que el teatro. Está situado en la ladera nordeste de la montaña antes mencionada. Los asientos hechos de ladrillo, que se elevan en semicírculo unos detrás de otros, todavía están lo suficientemente intactos como para hacerse una idea del tamaño del teatro. Pero el proscenio está casi totalmente destruido. En la descripción de este teatro hecha por el conservador real especialmente encargado de eso se declara como probable que no fueran los romanos, sino los mismos saguntinos quienes lo construyeron al estilo de los teatros griegos. Tenía cabida para 10.000 personas. También se cuenta que el conservador hizo representar allí una comedia en el año 1785, con lo cual hubo ocasión de notar qué fácil era oír a los actores, incluso desde los asientos más alejados, lo cual testimonia una observación muy exacta de las leyes acústicas, ya que todo el edificio está al aire libre sin ninguna techumbre.
A partir de Murviedro, el camino hasta Barcelona se extiende siempre no lejos de la costa. Las montañas que se despliegan a lo largo del mar abren estribaciones a mayor o menor distancia de las orillas, lo cual confiere una agradable variedad a los paisajes. Se encuentra uno, ya sea en la llanura, ya en las alturas, desde las cuales se disfruta de la vista del Mediterráneo. Después de pasar por varias huertas pequeñas llegamos por la noche a Nules. Era divertido ver cómo en todos los pueblos grandes y pequeños por donde pasamos, incluso las cabañas más miserables eran blanqueadas por las mujeres en honor del rey, cuya visita se esperaba cualquier día. A algunas casas viejas ese honroso vestido les sentaba tan gracioso como la nueva librea a un mozo campesino que lleva a la ciudad a su señor.
Los siguientes días pasamos por Benicássim, Torreblanca, Benicarló y Vinaroz. Esta pequeña y bella ciudad junto al mar estaba muy animada por los guardias y los numerosos séquitos del rey, que ya se adelantaban hacia Valencia. Algunas casas tenían una iluminación en pruebas, de una manera muy especial: una cantidad de pequeños globos iluminados por dentro, pintados de todos los colores y adornados con inscripciones, estaban colgados de las ventanas (1810: 243-246).
FRIEDRICH STUDER
Rückerinnerungen aus Spanien (Recuerdos de España, 1810)
Viaje en 1806. Itinerario: Murviedro, Valencia.
Friedrich Studer es el único de estos viajeros que llega al Reino de Valencia procedente de Cataluña. Su itinerario es muy breve, ya que en su relato solamente hace referencia a Murviedro y a Valencia. Tras su breve estancia sale de la capital por la carretera de Madrid.
Studer (1784-1824) era un pastor protestante y pedagogo suizo discípulo de Pestalozzi que vino a España para trabajar como instructor en el Real Instituto Militar Pestalozziano de Madrid en 1807 (Goedeke, 1857: 123). Cuando la amenaza de una posible ocupación francesa en España se fue haciendo cada vez más palpable, Studer decidió abandonar el país, después de que el primer ministro Godoy, anteriormente el principal valedor del instituto, decidiera cerrarlo en enero de 1808.30
En su relato de viaje, publicado anónimamente en 1810 bajo el título Rückerinnerungen aus Spanien, dedica poco espacio a Valencia, que fue solo una breve etapa en su camino de Tarragona (donde se encontraba el primer instituto pestalozziano abierto en España) a Madrid. Su descripción es extraordinariamente vaga e indefinida, y se diferencia mucho de todas las de sus antecesores por su falta de concreción. Es patente en él la influencia de Christian August Fischer, a quien se remite directamente nombrándolo como su maestro. A esa influencia se debe también probablemente el peculiar cuadro de costumbres que acompaña la descripción.
Tan solo una mirada fugaz a la ciudad y la región, pues ya Fischer nos ha hechizado con su veraz descripción del país de las Hespérides; y solo un necio seguiría pintando allá donde el maestro dejó su consagrado pincel.
Es en febrero, en el período de lluvias, cuando atravesamos esta tierra; pero aun así tiene un aspecto más veraniego que nuestro país cinco meses más tarde. Casas ligeras, construidas como de barro, el heno al aire libre en cobertizos, placas redondas de arcilla para trillar los cereales hollados por los cascos de los mulos. Y por doquier el dominio de las mujeres. La hija está sentada junto al fuego del hogar, toda engalanada con pendientes y anillos, ambas manos en el regazo. El padre trincha la carne en la tabla con el delantal de cocina puesto. La madre oye misa con su vestido de fiesta y la criada enciende el fuego por orden de la hijita, trae el agua y la comida (Studer, 1810: 95).
Es oportuno recordar aquí que Fischer en su relato de viaje por toda España (aparte del que escribió dedicado exclusivamente a Valencia), había presentado una imagen muy peculiar de las relaciones entre los sexos: la mujer como señora absoluta, recayendo sobre el hombre todo el peso de la economía doméstica, e incluso de la compra (Fischer, [1799] 2007: 225). Es probable que Studer no presenciara nunca una escena semejante a la que describe, sino que esta fuera fruto de la influencia de Fischer.
El único dato concreto que nos proporciona en su descripción de Valencia es una breve alusión a su alojamiento, que al mismo tiempo nos dice algo sobre sus expectativas en este sentido:
Quien busque la mejor casa de huéspedes de Valencia debe ir a la «Fonda de la Platz»:31 todo forastero encuentra allí una mesa bien provista, una compañía educada, que generalmente incluye a algún paisano, a veces incluso varios, un servicio atento, precios moderados (Studer, 1810: 197).
Al emprender camino hacia Madrid echa una mirada hacia atrás comparando el paisaje de La Mancha con el de la costa mediterránea:
La última semana de nuestro viaje se arrastra perezosamente por la monotonía de La Mancha, ciertamente fértil en vino y cereales, pero sin vida elevada, sin atractivo y sin poesía. El cálido, fresco, amable sentimiento de la existencia que sopla de cualquier manantial de Cataluña, de cualquier arbusto de Murviedro, enmudece ante el caminante por La Mancha con un eterno silencio. Y a sus habitantes les falta claramente aquella vivacidad y aquel carácter ligero, alegre, meridional del valenciano (1810: 101).
CONCLUSIONES
De todas estas descripciones de viajes a lo largo de medio siglo aproximadamente se pueden resaltar brevemente ciertos aspectos comunes:
El paisaje y la vegetación son lo primero que salta a la vista y, en este sentido, a todos los viajeros les llama la atención la escasez de agua, así como las plantas y los cultivos menos conocidos a ojos alemanes, tales como palmeras y algarrobos, o arroz y caña de azúcar, en cuya descripción suelen detenerse ampliamente.
Las fiestas de todo tipo, tanto religiosas como profanas, llaman también la atención en sus aspectos más exóticos. Incluso un prelado católico como el padre capuchino Emmerich Fischer se muestra sorprendido por las celebraciones del Corpus Christi en la ciudad de Valencia y las describe con mucho detalle. Jariges se encuentra con diversos festejos al entrar y al salir del Reino de Valencia: en Callosa de Segura presencia una exhibición de fuegos artificiales, y al salir de Valencia camino de Castellón encuentra engalanadas todas las poblaciones a la espera de la visita del rey Carlos IV.
Los viajeros del siglo XVIII, como buenos ilustrados, estaban altamente interesados en la cultura clásica. El antiguo teatro de Sagunto era el único vestigio de dicha cultura conocido por ellos. Plüer lo visitó desviándose de su ruta de vuelta de Valencia a Madrid, pero no llegó a describirlo. Jariges lo hizo de camino a Barcelona. En 1800 Wilhelm von Humboldt estuvo allí y lo describió brevemente en su diario de viaje, y de manera exhaustiva en un extenso estudio que se publicó póstumo en una colección de seis ensayos editados por Albert Leitzmann en 1896, es decir, sesenta y un años después de la muerte de Humboldt.
Junto a estos elementos descriptivos, la parte narrativa de estos textos está constituida por anécdotas, encuentros con la población autóctona y pequeñas aventuras. Aquí es Jenne –el autor del menos convencional de estos relatos de viaje– quien más material ofrece, pero también Plüer –el más neutral y sobrio– narra un breve episodio ocurrido en Sollana, cuando roban el equipaje de su criado.
Como colofón a esta retrospectiva puede servir una larga cita de Studer, el último de los viajeros aquí presentados, cuya visión extraordinariamente positiva de Valencia le lleva a hacer divagaciones sobre toda España:
El valenciano llama a su tierra el jardín de España, y con razón. Plantaciones de algarrobos, sericultura y dátiles. Delicados vinos a precios irrisorios, que crecen en campos pedregosos a lo largo de la costa, destilados por el sol del mediodía. Verduras, frutas, pescado, carne y arroz en abundancia. Un clima como en el paraíso y un tipo humano lleno de vida, lleno de sentimiento y vivacidad.
Lleno de nostalgia y henchido de deseos, el alemán peregrina a muchos lugares de la tierra: a Roma, a Atenas, a Palmira. ¿Por qué no también a Sevilla, a Málaga y Cádiz? ¿Es que el azahar de los jardines de las villas italianas huele más dulce que el de Valencia, la tierra de las Hespérides? Y las columnas de Hércules ¿no existían ya desde hacía tiempo cuando se fundó Roma? ¿No se viaja más tranquilamente con un honrado arriero por la patria de Don Quijote y de Cervantes que por los rincones de Calabria infestados de bandidos? Y ¿no nos hechizan Tarragona, Cartagena y Sagunto con sus monumentos de la Antigüedad? ¿O es que teméis la furia del fanatismo? ¡Oh! ¡No olvidéis los millones de tumbas que yacen entre nosotros y aquellos días del horror en los que solo las llamas de las hogueras iluminaban la noche en España! Ahora crecen matas de laurel y mirto en las perfumadas orillas y de las cenizas del pasado brota la flor divina de la tolerancia. España durmió un largo sueño que todos los pueblos duermen a veces. Ahora vuelve a despertarse. El espíritu de la época, la lucha con Francia, quizá la pérdida de las riquezas de México y Chile la despertarán. La regeneración es inevitable. Los monasterios desaparecen, los curas se vuelven ciudadanos, las monjas madres, los prejuicios ceden al conocimiento, el esclavo de la superstición se ve obligado a volar las ataduras. De los escombros de la iglesia surgen talleres de artesanos, y el arte y la ciencia, la laboriosidad y el orden, la limpieza y el bienestar, de la mano de los sentimientos y la chispa de la razón del pueblo, convertirán a España de aquí a doscientos años en la segunda Grecia de Europa (Studer, 1810: 98-99).
Este desbordante optimismo ilustrado recuerda lo expresado por Fischer en su relato de viaje por España, cuando, refiriéndose al talento y el ingenio de los valencianos, afirma:
¿Qué provincia ha engendrado tantos pintores y artistas como Valencia? ¿Dónde hay tantos institutos científicos y artísticos? En el curso de los cambios generales que pronto habrá en España, desaparecerán también aquí la presión de la nobleza y el clero, y Valencia se convertirá en la fuente de la nueva luz para todas las restantes provincias de España (Fischer, [1799] 2007: 373).
El transcurso de los acontecimientos en España truncaría estas visiones utópicas. Pero la imagen de Valencia como lugar paradisíaco, aun en medio de circunstancias adversas, quedó ya asentada para tiempos posteriores.
BIBLIOGRAFÍA
Fuentes
FISCHER, Emmerich [P. Emericus Halensis] (1753): Sieben-Jährige Wanderschafft. Das ist: Kurtze / und wahrhaffte Beschreibung der Sieben-Jährigen Visitations-Reyß..., Innsbruck, Wagner.
JARIGES, Karl Friedrich von (1810): Bruchstücke einer Reise durch das südliche Frankreich, Spanien und Portugal, Leipzig, Gleditsch.
JENNE, Franz (1790): Jenne’s Reisen nach Spanien, Piemont, der Lombardie und Tyrol, Frankfurt und Leipzig.
PLÜER, Carl Christoph (1777): Plüers Reisen durch Spanien aus dessen Handschriften, Leipzig, Weygand, Ed. C. D. Ebeling.
STUDER, Friedrich (1810): Rückerinnerungen aus Spanien, Aarau, Sauerländer.
Literatura secundaria
BOLUFER, Mónica (2009): «La Valencia moderna a los ojos de los viajeros», en J. Hermosilla Pla (coord.): La ciudad de Valencia: historia, geografía y arte de la ciudad de Valencia, vol. I, Historia, Valencia, Universitat de València, pp. 279-283.
FISCHER, Christian August [1799] (2007): Viaje de Ámsterdam a Génova pasando por Madrid y Cádiz, traducción de Hiltrud Friederich-Stegmann, Alicante, Publicaciones de la Universidad de Alicante.
GOEDEKE, Karl; Franz MUNCKER y A. ROSENBAUM (eds.) [1929] (1957): Goedekes Grundriss zur Geschichte der deutschen Dichtung aus den Quellen, Bd. XII, Dresden, Ehlermann, reimpresión en Berlin/Düsseldorf, Akademie.
PIQUERAS, Juan y María del Carmen SANCHIS DEUSA (2006): Hostales y ventas en los caminos históricos valencianos, Valencia, Generalitat Valenciana.
RAPOSO, Berta (2016): «Esquematismo y polaridad en las comparaciones interculturales de los relatos de viaje alemanes hacia 1800», en M. Fernández Bueno et al. (eds.): La literatura es algo más que el texto. Homenaje a Luis A. Acosta Gómez, Bern, Peter Lang, pp. 125-133.
1. Respecto a Christian August Fischer, cf. Prefacio del presente volumen. Respecto a Humboldt, cf. W. V. Humboldt: Diario de viaje a España 1799-1800, traducción de Miguel Ángel Vega, Madrid, Cátedra, 1998.
2. Probablemente, Fischer transcribe aquí de oído la versión valenciana del nombre del santo («Francesc»).
3. En español en el original.
4. En español en el original.
5. En español en el original.
6. En español en el original.
7. Se refiere a los algarrobos.
8. No existe ningún río de ese nombre en esa zona. El río que atraviesa el término municipal de Mogente se llama Cáñoles. Es evidente que Plüer se confunde con el nombre de la población de Guardamar del Segura.
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