Kitabı oku: «Yo era el mar y no lo sabía»

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«Fui criada en un espacio donde la importancia de ser madre o esposa eran el punto máximo de felicidad y de realización personal, el culmen de la vida de cualquier ser humano, y hacia eso iba. Soy la mayor de cuatro hermanos, diez nietos y dieciséis bisnietos. Mi boda fue la mejor planeada, con destellos de cuentos de hadas y paisajes de ensueño, con melodías de princesas y vestidos más blancos que las nubes que observaba de niña; debía ser un sueño hecho realidad, no solo mío sino de la familia entera. Yo realmente creí que serían el inicio de una vida ideal y de una mujer perfecta. Puse a todos en movimiento con seis meses de anticipación solo para que un día antes del día soñado yo me enterara que no me casaría. Mi familia lo supo el mismo día; otros, al llegar a la Iglesia. Algunos me creen hasta hoy casada». (BGV)









Yo era el mar y no lo sabía

Primera edición electrónica: enero de 2022


© Betsheba Gil, 2022

© Paracaídas Soluciones Editoriales S.A.C., 2022

para su sello Narrar

APV. Las Margaritas Mz. C, Lt. 17,

San Martín de Porres, Lima

http://paracaidas-se.com/

editorial@paracaidas-se.com


Composición: Juan Pablo Mejía

Fotografía de portada: Nilton Vásquez Mejía

Retrato de la autora: Archivo personal


ISBN ePub N.° 978-612-48825-0-0


Se prohibe la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio sin el correspondiente permiso por escrito de la editorial.


Producido en Perú

ella habla cuatro idiomas

yo hablo de vez en cuando

ella conoce mis palabras

lo importante es el silencio.


Cayre Alfaro Fonseca

A mi madre por enseñarme a amar y cómo no amar

A mi papá, a quien amo por sobre todo


A todas las mujeres que aún creen en mí

y en ellas mismas


Y a Moi, Ale, Mati, José Ignacio


Y a mi Eugenio

Julio, 21


No creo que la maldad tenga género.

Creo en la humanidad y considero que solo se puede desaprender cuando aceptamos que somos ignorantes y que, probablemente, partamos de esta vida ignorando muchas más cosas de las que sabemos, pero apelo a concientizar sobre aquello que ignoramos que transgrede la convivencia con el otro, pues somos los libros que leemos, la gente con la que compartimos, los amigos de los que nos rodeamos.

Observo y cuestiono siempre la «supuesta» alegría que expresan muchos al saber que hay algún embarazo, y también el desdén frente a un embarazo no deseado; en cualquiera de las dos posturas, lo común son las frases trilladas acerca de una nueva vida y la ternura frente a los latidos de un corazón dentro de un cuerpo en el que late otro, las atenciones desmesuradas frente a una gestante, el miedo a la pérdida y lo difícil que puede ser el antes, durante y después frente a una decisión de aborto.

¿Por qué digo todo esto? Porque automáticamente el bebé deja de ser niño, el niño pasa a ser adolescente, y nos olvidamos de que este ser humano era el poseedor de esos latidos que tanto nos conmovía, la vida que esperábamos o la razón por la que nos cuestionábamos una pérdida. Me inclino a pensar que este olvido se da antes incluso, y que la expectativa del ser humano que llega, luego de nacer, se desvanece, y que si la mantuviéramos tendríamos el cuidado anterior, ya que lo importante, esencial y determinante es saber que esos primeros años de vida serán el esbozo de la vida posterior. La responsabilidad es gigantesca si es que hay alguna palabra que pueda definir su tamaño; somos los libros que leemos, la música que escuchamos, las personas que frecuentamos. Es utópico pensar en «hacer» un ser humano infalible, pero más utópico es creer que desde donde estamos no podemos hacer nada, que «uno» no cambia el mundo, que lo que hacemos es poco en comparación a la humanidad entera.

He visto mujeres dejarse violar en silencio por sus esposos para que sus hijos no despierten asustados, he visto hombres devastados al verse engañados, madres quitarse un pan de la boca para que sus hijos coman, hombres avergonzados pidiendo dinero prestado para las cuentas del hogar, mujeres aprovecharse de su maternidad, varones aprovecharse de sus hijos, mujeres cansadas, hombres muertos de miedo.

La maldad no tiene género, pero la bondad sí existe en todos nosotros.

Yo era el mar y no lo sabía es un viaje por la naturaleza humana desde una visión amorosa, aunque hace falta reconocernos como ese mar, poderoso, majestuoso y dador de vida, pues esa es nuestra esencia, independientemente de lo que hayamos vivido, esa es nuestra esencia, que tarde o temprano, siempre nos reclama su razón de ser en cada uno de nosotros.

EL TSUNAMI MÁS GRANDE DE MI HISTORIA


La verdad es que no puedo quejarme de nada, ni hoy, ni mañana, ni nunca... De niña escuché tantas historias de mis padres, miedos traspasados, ideas aprendidas, que en algún momento había que soltar. Supongo que lo valioso de vivir es evolucionar. Lanzarte sin miedo —o a pesar de él— a desaprender todo lo que nos tomó una vida cultivar.

Soy mujer y eso me hace frágil, temerosa y dependiente; es la principal influencia de mi padre y quizá de mi abuela.

¿Por qué vas a la universidad? A ti te van mantener. ¿En serio vamos a invertir en una carrera? Acabarás lavando ollas y bañando a tus hijos, es lo que te toca, eres mujer, para eso has nacido, vas a ser madre...

No tiene sentido que saques brevete, no creo que lo uses alguna vez.

Ya sabes, si tienes sexo con un hombre, acabarás siendo su mujer siempre, o te puede golpear y justificado está, no vengas llorando tampoco nueve meses después a preguntarme qué debes hacer. Te quiero mucho, pero ya sabes, el hombre avanza hasta donde una mujer se lo permite.

No creo que Ingeniería sea una carrera para ti.

Llegas a la casa máximo 10:30 de la noche, si no qué pueden pensar los vecinos, y sabe Dios de dónde vendrás.

Ya estás en edad de casarte, se te pasará el tren.

Los hijos son una bendición. Algo debes estar haciendo mal.

¿Crees que una mujer decente usaría esas transparencias?

Lo que de ti encanta es tu forma de ser, no tu físico, así que no te pintes tanto. Olvídate de los escotes.

Supongo que podría seguir enumerando mil cosas más. Solo puedo decir hoy:

Todo lo creí.

Todo.

Y viví feliz en mi mundo ideal, evitando reírme fuerte y usar faldas cortas, menos labial rojo; saqué el brevete por insistencia de mi mamá y me titulé tres veces por insistencia... mía; obtuve el magíster porque asumí que eso era lo que seguía. Llevo a mi padre en mi auto cada vez que está enfermo, porque, aunque soy la mayor de cuatro, «tengo más tiempo»; nunca me casé y no tengo hijos.

Cuando pienso en todo lo que aprendí y dejé atrás, me doy cuenta de que hay una elección inmanente —divina o genealógica— en cada ser humano que lo hace dar el gran salto, a veces forzosamente, a veces a voluntad propia, el hecho es que siempre hay algo que nos hace dar el gran salto, aunque también es cierto que no todos lo damos. La vida nos presenta diariamente oportunidades de cambio, pero cada uno se defiende como puede. Nos aferramos a nuestras creencias o damos un giro que nos coloca incluso en otra figura geométrica.

Con todo, amo a mi padre y agradezco cada instante de su vida entregado a mí, todos hacemos lo mejor que podemos desde donde estamos. Amo a mi madre, «estaba enamorada» y aquello justificaba todo, mis abuelos, mis hermanos, todos han sido importantes para llegar hasta aquí y desaprender lo adquirido en una vida.

La elección estaba hecha, escrita quizá. Este libro está inspirado en mi bisabuelo Jesús. Probablemente en el camino hubo otras elecciones, pero él y yo estábamos conectados. Él creía en mí y yo en él, jugábamos en el mundo soñado, donde no hay jerarquías de acuerdo al género ni a la fuerza, él se hacía como yo y yo como él. Él tenía fe en mí y yo en él, no le temíamos a caminar en la oscuridad, ni al amanecer ni al anochecer, contábamos el uno con el otro. Nos encantaba el olor a leña, él cocinaba y yo traía como podía los palos de madera, a veces le alcanzaba los baldes para sacar agua del pozo o sacábamos el agua juntos. Observábamos las vacas cuando estaban listas para ordeñarse o cuando se caían a la acequia, les poníamos nombres de acuerdo a lo que veíamos en el día, una era «tarde bonita», otra, «leche agria». Nos sentábamos con un libro entre manos y luego conversábamos. Yo no sabía leer, pero él dejaba que inventara las historias que se me ocurrían, porque cuando estábamos juntos mi cerebro se armaba de valor y me revelaba lo escrito. Me bajaba niditos de palomas que encontrábamos en los árboles y me explicaba que probablemente la madre, al volver, entristecería si no encontraba sus huevitos, entonces me hacía decidir si los llevábamos o no; a veces me los llevaba, otras los dejábamos con la idea de retornar después a ver cómo serían esos pajaritos bebés. Yo le alcanzaba chanchitos de tierra que caminaban por nuestras manos y nos hacían cosquillas. Luego nos poníamos a ver el Chavo del Ocho después de cenar, y antes de irnos a dormir planeábamos el día siguiente, y el día siguiente llegaba y él me esperaba para desayunar. En realidad, él tomaba dos veces desayuno porque se levantaba muy temprano y yo dormía más, tenía que bañarme y dejar que me peinaran para luego ir a verlo; a él no le gustaba bañarse, tenía frío en las mañanas, pero siempre olía a Chincha, es decir, a leña, a tierra, a hojas, a felicidad.

Mi bisabuelo y yo fuimos amigos desde que nací hasta mis veintiún años. Él se fue cuando murió el Papa Juan Pablo II. Supongo que, así como ocurrió con la Iglesia, mi bisabuelo, años después, también ocasionaría un cisma, y desde algún lugar del mundo estaría observando la rebelión que trajo todo lo sembrado en mí.

Con honestidad, no lo recordaba conscientemente como cuando apareció el último hombre del que hablaré en este libro. El parecido físico es increíble, y la sensación al momento de vivir juntos también. Ya no soy una niña, es verdad, pero la jerarquía inexistente, el apoyo del uno en el otro, las conversaciones eternas, la escucha y el saber «estar» aún en silencio, me trajeron a la memoria a mi bisabuelo. La tierra, el sol, la música, el aislamiento, la falta de agua y de luz contribuyeron a avivar más el recuerdo y, finalmente, el reconocimiento diario de las faltas cometidas.

Cierro este libro con Diego, porque con él culmino una parte del viaje que venía ya revelándose; aunque es cierto que la convivencia me ayudó a confirmar lo que leerán en las siguientes páginas en pequeños episodios. Estoy segura de que la lucha es recíproca, y puedo dar fe a través de este libro que hay muchos hombres deconstruyéndose a diario, que reconocen el daño que hacen, la fragilidad que poseen, la apertura para admitir sus limitaciones y sus temores, que saben que es absurda la competencia, que eso nos tiene devastados y cansados y que, desde la cooperación, el trabajo, la diversidad y la sensibilidad, propias de nuestra humanidad, podemos edificar un mundo mejor para las nuevas generaciones.

Debo reconocer que un buen tiempo olvidé lo aprendido con mi abuelo y con ello la autenticidad con la que nací, pero que tuve que recordar y sacarlo de a pocos, sobre todo después del golpe mortal que recibí.

Fui criada en un espacio donde la importancia de ser madre o esposa eran el punto máximo de felicidad y de realización personal, el culmen de la vida de cualquier ser humano, y hacia eso iba. Soy la mayor de cuatro hermanos, diez nietos y dieciséis bisnietos. Mi boda fue la mejor planeada, con destellos de cuentos de hadas y paisajes de ensueño, con melodías de princesas y vestidos más blancos que las nubes que observaba de niña; debía ser un sueño hecho realidad, no solo mío sino de la familia entera. Yo realmente creí que serían el inicio de una vida ideal y de una mujer perfecta.

Puse a todos en movimiento con seis meses de anticipación solo para que un día antes del día soñado yo me enterara que no me casaría. Mi familia lo supo el mismo día; otros, al llegar a la Iglesia. Algunos me creen hasta hoy casada.

Manuel vino un 20 de julio a decirme que no se casaba conmigo (nuestra boda iba a ser el 21).

A veces pienso que todo fue un mal sueño, una pesadilla que todos mis sentidos percibieron. He llegado a la conclusión de que cuando sueñas no todos tus sentidos están activos, quizá algunos se potencian, pero no todos funcionan. Cuando viví lo que me tocó —o lo que yo elegí quizá—, estaban mis cinco sentidos activos, algunos probablemente repotenciados.

No estaba soñando.

Mis ojos consumados de ver todo y no entender nada, de tener frente a mí a un hombre que se deshacía en llanto, sentado en el suelo, tirado contra la pared, agobiado por no saber qué decir, agotado de yo no sé qué. Mis oídos atónitos, perplejos, tratando de no perder ni un instante después de haber escuchado «Ya no nos casamos». Mi lengua salada después de haber tragado tantas lágrimas. Mi nariz que sabía que sería la última vez que olería al hombre que más amó. Finalmente, mi piel y mis manos abrazando y sosteniendo a quien se llevaba esa noche todas mis ilusiones, mi plan de vida y hasta mis hijos soñados... Mis cinco sentidos estuvieron activos aquella noche en que veía el mundo caerse a pedazos y la vida replegarse para mí.

Nueve años tuvieron que pasar para que pusiera a prueba mi fortaleza y mi corazón. No tuve el valor de botarlo de mi casa. En un instante de lucidez, quiero imaginar, tiré las llaves con la esperanza de que se fuera para siempre después de haber oído que no me amaba. Hice miles de preguntas al enterarme por su propia confesión que no me casaba; y a pesar de sus lágrimas y de las mías, no obtuve respuesta alguna. Fui yo la que se animó a decir: «Contra todo podemos si me amas, lo único que cambiaría la historia sería que no lo hicieras», a lo que él muy bajito susurró: «No te amo».

Me quité el anillo suavemente y recordé entonces la pedida de mano más amorosa y ostentosa de la cual yo había participado. Me arrodillé, coloqué el aro de compromiso a su lado y me paré despacio sin quitarle un instante la vista, luego rebusqué en mis bolsillos y encontré mis llaves; las puse sobre la mesa, me volví a agachar y le dije: «Perdóname por haberte obligado a vivir todo lo que no quisiste». Él no levantó la mirada todo el tiempo que permanecí allí.

Imaginé que todo era mi culpa, y que por eso tenía que pedir perdón; el resto, como un mal sueño, no vale la pena recordarlo. Subí a mi cuarto, envolví en una bolsa negra de basura mi vestido blanco de novia, y lo lancé por la ventana. Luego corrí en dirección al pasadizo donde estaban los regalos de bodas y empecé a arrastrarlos hacia la calle. Había luna llena y, juro por Dios, que se me cruzó un gato negro. Eran las tres de la mañana, lo sé por el repiqueteo del reloj de la sala: aquella fue la primera vez que conté sus campanadas que, excepto aquella noche, siempre me asustaron. Volví tirando la puerta, subí las escaleras como pude, me caí sentada en el piso y vi a mi madre correr a abrazarme fuerte, gesticulando algo, supongo que haciendo preguntas que yo no escuchaba, mientras mi padre, de pie, me miraba de lejos sin poder acercarse.

Me llevaron a mi cama, donde me dormí llorando. Esa noche pensé que mis ojos iban a reventar, que en mi cuerpo no podía caber más dolor... incluso llegué a pensar que en algún momento moriría. Recordé frases de mi padre, fotos mentales de Manuel, la voz de mi abuela, el color de la madre de Manuel, el olor a tabaco y alcohol, la Virgen María, un rosario, la oscuridad absoluta y, de pronto,

el silencio


la nada


y yo.


Nunca fue tan cierta la frase que reza «Teniendo madre, padre, hijos, esposa o esposo, la vida la enfrentas solo, siempre».

Me dormí pensando «Él no es malo, no sabe lo que hace. Mañana será otro día, mañana será otro día (Juro que nunca vi el cielo tan negro). No tengas miedo, Betsheba, has hecho todo bien, tal cual te lo han enseñado, nada puede salir mal». Así lo creí.

Silencio.


Absoluto silencio.


Dormí.


Y soñé.

Soñé que jugaba en Chincha y subía a los árboles más altos a bajar pacaes.

Dormí.


Desperté

Manuel se había ido para siempre.


Dormí

Desperté.

Me dolía la vida, los sueños, los recuerdos...

Puedo asegurar que duele más lo que se proyectó y no se hizo, que lo que se hizo bien o mal.

Dormí.


No quería despertar jamás.


No dormí.


Dejé pasar el tiempo.


Dejé sangrar las heridas para revolcarme en la oscuridad de la sangre vertida.

Quise volar.

Quise borrar.

Quise morir.


...


Morí.


Morí de verdad.


Si era de día o de noche, no lo distinguía.


Morí.

La Betsheba que todos conocían murió.

Perdió la dulzura, imagino...

Me envolví en un mundo desconocido...

Y me dejé llevar...

Morí.


Morí de verdad.


Mi madre insufló e insufló las veces que pudo...

Sin descanso...

Sin parar...

Presenció mi dolor, acudió a mi muerte, pero no me quiso enterrar; eran sus sueños perdidos también, su ilusión, la vida misma, la historia repetida una vez más.

Mi padre jamás se acercó, solo aquella noche en el que vi su rostro cuartearse, avejentarse y oscurecerse. «La culpa ya está pagada», lo oí decir alguna noche cuando negociaba con Dios o con algún demonio, no lo sé. «Y la pagó la más frágil de mis hijas, la menos indicada, la más ingenua, con ella ya está pagado el daño causado en mis días de juventud. Sus sueños destruidos están, no puedo siquiera mirarla, abrazarla o tocarla. Déjala vivir, llévame a mí, puedo reconocer ante ti lo canalla que fui, lo cruel y desalmado que hasta hoy soy, pero ella siempre ha obedecido y ha creído que lo correcto viene de mí, de su madre, o de ti, Señor. Es muy frágil, sostenla tú que ahora yo no sé qué hacer».

El dolor de mis padres era inconmensurable, tenía que reponerme.

Sin embargo...

No sería fácil.

Poco a poco el dolor de ellos iba calando en mí. Manuel me había matado, pero no podía permitir que los matara a ellos también.

Poco a poco me fui levantando. Algo me inspiró a empezar a pintar y pasé días enteros en la habitación mezclando colores, imaginado paisajes y empezando a comer... Me aferré a la vida como pude.

Hice una audición. Siempre había querido actuar, así que pese al dolor que sentía, me arriesgué. En el escenario solo rompí a llorar y me rechazaron. Aquella experiencia me hizo buscar otras escuelas de teatro, y fue así como, en el segundo intento, ingresé.

Mi vida se redujo a estudiar teatro y pintar. La actuación fue mi refugio y mis pinturas como las cuatro rueditas de los patines. Había días en que me caía y otros donde la frustración me sobrepasaba, pero jamás desistí, el tiempo nunca se detuvo, me lanzó remos para subsistir, y yo remé y remé; no sabía que lo hacía ni hacia dónde me dirigía, pero remaba sin parar. Aprendí a patinar, a nadar, viajé y decidí que no permitiría que nadie se me acercara nunca más.

O eso creí.

LA SUAVE BRISA SOBRE LOS ESCOMBROS


—Aló.

—Hola.

—¿Con quién hablo?

—Vincenzo Canale.

Silencio.

—Ajá.

—Betsheba, ¿eres tú?

—Sí, ella habla.

—¿No te acuerdas de mí?

Recordaba tanto, pero tanto, sobre todo su voz tan peculiarmente perfecta y sus ojos y su cabello...

—No tanto.

—Ehmmm... Yo estaba en primero de secundaria y tú en quinto.

—Ajá.

—Te escribía cartas. Te seguía. ¿Recuerdas?

—Sí...

Mi boca respondió antes que mi pensamiento. Yo lo veía detrás de mí siempre. Era tan perfecto y tan pequeñito, tenía seis años menos que yo; bueno, tiene.

—¿Sí?

—Sí.

—Bueno, te busqué en Facebook, tu nombre es único.

—Ajá.

—¿Qué tal si nos vemos uno de estos días? ¿Te provoca? No sé, ¿un café en Starbucks?

No podía creerlo, ese niño me encantaba... ¿Y si me quiere meter a Herbalife o venderme algo?

—No creo, no tengo tiempo. ¿Este es tu número? Qué tal si lo guardo y te llamo la otra semana, o te escribo y vamos viendo.

—Uhmmm... lo que pasa es que, bueno, me alegró encontrarte e hice lo primero que pasó por mi cabeza, pero... tienes razón, mejor lo coordinamos con tiempo. Tú me escribes. ¿Queda?

—Perfecto.

—Qué gusto escucharte, sinceramente.

—Oye, ¿sabes la edad que tengo, verdad?

De nuevo hablé sin pensar.

—No, ¿por qué?

—Digo no más.

—Siempre vas a ser mi amor platónico, aunque seas mayor que yo.

Qué imbécil fui, ¿por qué tuve que aclarar lo de mi edad? Todos mis miedos se activaron, las luces de alerta se encendieron, tragué saliva. Cómo voy a ser el amor platónico de alguien que no habló conmigo más que dos horas en total en toda su vida. Si lo pienso bien, nadie se enamora de mi físico sino de mi forma de ser, ¿entonces de qué me está hablando? ¡Ok!, es una broma tonta. Él continuó conversando mientras yo me abstraía en mis recuerdos y pensamientos.

—Sueña bonito. Yo voy hacer lo mismo: voy a soñar contigo —dijo, y cortó.

Nada podía ser verdad, así que no había razón para darle importancia a esa llamada.

Vincenzo fue el primer hombre que apareció después de Manuel, diría yo que el más bonito también, aunque no cabe duda de que todos siempre fueron bonitos.

Cuando se fue Manuel, no sé cómo la vida continuó. Me refiero a que no sé cómo seguí viviendo a pesar de las heridas. Estuve seis meses sin ser consciente del día o la noche, de las comidas o las amistades, me aferré a... nada, o sí, a pintar y a actuar. Qué irónico, las dos actividades que Manuel puso como condición yo no debía practicar para casarnos. Escribir no podía, por más que lo intentaba siempre terminaba llorando frente a la hoja en blanco, sentía que me desangraba cada vez que me colocaba frente a la computadora, así que solo me dediqué a pintar, actuar y vivir de mis ahorros. Me dejaba llevar por quien apareciera, no creía en mi razón pues me había fallado, así que comencé a darle chance a mi intuición y a construirme en base a mí misma. Al principio, deshacerme de lo aprendido y ser yo fue una lucha constante. Pero ¿quién era yo después de aquel golpe? La vida solo me dejó una opción: desaprender lo anterior y encontrar mi esencia... ¿Cómo lo haría?... Fue entonces que aparecieron maestros, todos nuevos, la mayoría hombres. Siempre he creído que la amistad entre varón y mujer es posible, pero entiendo que aún hoy es un tema discutible; y quizá hayan tenido que ser hombres quienes curaran la herida dejada por otro hombre.

Mis amigas andaban un poco molestas, su nivel de exigencia respecto a mi estar me sobrepasaba; mis amigos, en cambio, permanecían en silencio dejándome ser, o amándome quizá, pero, al fin y al cabo, dejándome ser.

Vincenzo fue el primer maestro que tuve. Estoy convencida de que ninguno de los hombres de los que hablaré aquí fueron conscientes de la labor que cumplieron, mas sí que sufrieron conmigo e hicieron suyo mi dolor. Al menos un tiempo y a su manera, me llenaron de amor. Y fue el amor lo que los indujo a la paciencia infinita, la conversación auténtica, la admiración genuina, y a dejarme ir cada vez que yo así lo quería.

Al día siguiente volvió aparecer Vini, como lo llamábamos en el cole. «¿Qué haces?», me preguntó por mensaje. No respondí, y un par de horas después, llamó. No contesté, solo le envié un mensaje donde le pedí que mejor habláramos en la noche porque en ese momento estaba ocupada; obviamente nada de eso era verdad. Apenas dieron las 9, Vincenzo llamó. No contesté, no entendía bien qué quería y tampoco quería saberlo. Pasaron unos días, me olvidé y él no insistió. Llegó septiembre y el cumpleaños del enamorado de mi hermana. Fuimos a su fiesta, me divertí un poco, pero en determinado momento quise volver a casa. No sabía cómo decirles sin incomodarlos pues se sentirían comprometidos a volver conmigo. Era medianoche y tenía miedo de irme sola, así que mientras iba pensando cómo salir de allí, entró la llamada de Vincenzo. Lo primero que me dijo fue: «Quiero verte hoy». Siempre he admirado a las personas que tienen el valor de hablar de frente, pues pienso que no te dan muchas opciones, es sí o es no, así que casi siempre les digo que sí, tal cual lo hice esa noche.

—¿Dónde estás? —preguntó.

—En Lince.

—Yo en Barranco, voy para allá, mándame la dirección.

Al colgar estaba nerviosa, no podía creer que él vendría por mí; es más, no sabía para qué. Me llené de emoción, así que me metí al baño para arreglarme. Estaba en eso cuando mi hermana tocó la puerta. «Ha venido un niño hermoso preguntando por ti», dijo. Salí muerta de nervios y allí lo vi, esperando a que yo saliera, recuerdo que llevaba una camisa negra, un bluejeans y un olor delicioso. Tragué saliva y me sentí la más horrible del mundo. Mi hermana nos observaba sin parpadear cuando él dijo: «Qué hermosa estás, no has cambiado nada, Betsheba», y me abrazó. Nos veíamos después de mucho tiempo, así que me dejé abrazar, y mientras permanecía abrazada, boté todo el aire contenido por hacerme la fuerte. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Solo nos separamos cuando la mamá del cumpleañero nos ofreció unos bocaditos que ambos rechazamos para de inmediato sentarnos a conversar. Nunca había visto, hasta ese momento, a un hombre así por mí. Me observaba el cabello y luego decía que era muy brilloso; pasaba sus dedos, luego se acercaba como queriéndose ver en mis pupilas. Yo me sentía plenamente admirada, jamás me había pasado algo igual, así que traté de sobrellevarlo. Ahora que lo pienso, quizá yo lo observaba igual. Conversamos mucho, me enteré de que él había estudiado Ingeniera Mecatrónica en San Marcos, su familia se había ido a vivir a Estados Unidos, él trabajaba en una transnacional y algunas veces era modelo de algunas marcas de tablas de surf. Esa noche hablamos de música, de películas, de comidas, de política; tenía una manera tan pragmática de ver la vida, y yo fui tan pesada; no era la diferencia de edades, era mi complejidad.

Después de un rato conversando dijo:

—Vámonos, todos están tomando mucho.

—¿Y a dónde vamos?

—A donde quieras.

—Quiero ir a mi casa.

—Vamos a tu casa, entonces. ¿Te da miedo ir caminando?

—No, pero...

—Digo que me gustaría pasar un tiempo más juntos.

Salimos y empezamos a caminar, me hizo mil preguntas, reímos mucho, por ratos en mi mente se filtraba el recuerdo de Manuel y me quedaba callada. En esos momentos él preguntaba si quería que tomemos taxi para evitar el frío. Todas las veces respondí que no era necesario. Cuando llegamos a la puerta de mi casa dijo:

—Gracias por dejarme verte al fin —y se acercó con intención de besarme, a lo que yo solo atiné a bajar la mirada—. Discúlpame, no te pregunté si tenías enamorado. Tienes, ¿no? ¿Por qué te ríes?

—No es nada, me acordé cuando estábamos en el cole.

—Me gustas mucho.

—Tengo que irme.

—Solo es un beso, Betsheba.

Lo miré, pero no respondí.

—Gracias por acompañarme.

Nos miramos unos segundos y sentí su respiración cada vez más acelerada y luego su frustración al botar el aire.

—¿Nos vemos mañana? —preguntó.

—Nos vemos mañana —respondí yo.

Abrí la puerta, me acerqué, le di un beso en la mejilla y me metí a la casa.

En el transcurso de los días, Vincenzo volvió a pedirme que nos viéramos. Y no es que me hiciera de rogar, yo de verdad no podía, así que inventaba algo, él insistía un poco, luego se ausentaba.

Una noche mis tíos me invitaron al teatro, sabían que me encantaba. Al finalizar la función fuimos a comer y, finalmente, a tomar helados. Estábamos por el Óvalo de Miraflores cuando entramos a la heladería y vi a Vincenzo. Al verme se le dibujó una sonrisa divina en el rostro y, sin más, se acercó y me abrazó. Se lo presenté a mis tíos y ellos, después de una pequeña charla, optaron por irse y me dejaron con él. Vincenzo no salía de su asombro, constantemente repetía «¿Tanta suerte puedo tener?». Yo admiraba la forma en que nunca pedía explicaciones ni se molestaba, incluso si se daba cuenta de que me inventaba pretextos para no verlo. Cada vez que hablábamos por teléfono, o en las dos ocasiones que nos vimos, yo esperaba algún maltrato, alguna queja, algo que nos hiciera pelear o me asustara, y cada vez que no pasaba, me sorprendía. Esa noche llegué a pensar que la razón por la que él actuaba así era que no tenía otro interés que el amical, así que decidí entregarme poco a poco a nuestra amistad. No había nada que temer, nada que perder, además, como yo era mayor que él, en teoría, podía llevar el control de la situación. Esa fue una gran ventaja para él, ya que su supuesta inocencia y mi «vasta» experiencia me daban más confianza. Con el tiempo me di cuenta de que fue exactamente al revés. Mi edad no me había hecho más experta.

Aquella noche caminamos por San Isidro y después seguimos por el malecón de Miraflores, hasta que finalmente llegamos a su casa, que estaba a unas cuantas cuadras del malecón. Conocí a Rob, el perro más dulce que había visto en mi vida. Mi mente no estaba con Vincenzo, me invadía un sentimiento de culpa y confusión. Había llegado hasta allí, de noche, muy tarde, ¿qué seguía? Yo no estaba preparada para nada. ¿Mis cálculos de amistad me habían fallado? Parecía que sí. Trajo dos copas y una botella de vino, puso Bossa Nova y no pude evitar pensar que estaba en una degustación en algún centro comercial. La música me transportó y él se dio cuenta.

—¿De qué se ríe usted, señorita?

—Nada.

—¿No le gustó el vino?

—Me encanta.

—¿Mucho o poco?

—Mucho.

—¿Tanto como tú a mí?

—Eso no lo sé.

Vincenzo se fue acercando y yo me quedé quieta. Lo vi tan cerca, pensé que me iba a besar, pero se detuvo a oler mi rostro y mi cabello, y cuando creí que al fin me besaría, se alejó y siguió:

—Me gustas.

Silencio.

—Te he perseguido desde chiquitos, y ahora que estás frente a mí, me muero por besarte, pero no te siento conmigo. ¿Qué pasa, Betsheba?

Me quedé perpleja sin entender cómo pudo darse cuenta, no tuve reacción, solo parpadeé.

—Estás asustada, no te voy a hacer nada malo —se rio—. Tampoco nada bueno.

Sonreí.

Se acercó y me besó al fin. Era el primer hombre que lo hacía después de Manuel. Solo atiné a intentar retener mis lágrimas, y no pude. Y entonces el amor de Vincenzo alcanzó para apoyarme en su pecho y dejar que hablara toda la noche. Entre sollozos y llanto, me dejó liberarme. Todavía tengo fotografiado su rostro en mi mente cuando le dije: «Y un día antes me enteré que no me casaba, teniendo el vestido blanco, la iglesia separada, el viaje comprado y las invitaciones repartidas; mi proyecto de vida, mis hijos, se fueron con él esa noche, cuando vino a decirme que no me amaba». Vi los ojos perdidos de Vini. Cada vez que yo perdía el control, me consolaba. No hizo preguntas, me dejó hablar hasta el final y luego me abrazó con toda la ternura que pudo, mientras decía: «Vales mucho, Betsheba, vales mucho»; me lo repitió tantas veces como pudo, hasta que me quedé dormida.

Al despertar, vi que ya había amanecido y que seguíamos en el sillón, yo apoyada en su pecho. Me asusté cuando no reconocí la casa, luego vi a Rob y a Vincenzo, sentí su olor y me levanté abruptamente. Entré en crisis, no entendía cómo le había contado sobre mi humillación. Vincenzo se limitó a observarme. Después preguntó si quería bañarme. Fue en ese instante que me di cuenta de que realmente habíamos dormido esa noche, solo dormido, que él ya sabía todo sobre mi gran pesar, y que para mí eso era peor que haber tenido una relación sexual. De verdad no sabía qué hacer. Él se paró y preguntó si quería desayunar, yo respondí que quería irme a casa. Dijo que estaba bien, que llamaría un taxi. Cuando llegó, él subió conmigo, no dije nada durante todo el trayecto. Bajamos, y cuando estuvimos en la puerta de mi casa, dijo: «Duerme un poco. Te quiero». Me dio un beso chiquito en los labios y se fue.

Entré a mi cuarto con una sensación extraña, inexplicable. Había dormido en casa de un chico, la culpa me invadía, y la avalancha de pensamientos sobre mi reputación y mi buen comportamiento pudo más que yo. Felizmente era domingo, así que me puse el pijama y me metí a dormir, o al menos lo intenté. Di mil vueltas antes de resignarme y levantarme para darme una ducha. Intenté pintar, encontrar paz, y en esa búsqueda todo se fue aclarando. Tenía culpa, pero ¿por qué?, si yo no había hecho nada malo. Extrañaba a Manuel, es normal, fue el hombre con el que me iba a casar. ¿Y en el fondo? ¿Qué más había en el fondo? Me gustaba Vincenzo, y me gustaba gustarle, ¿o no le gustaba? Así estuve buen rato, hasta que descubrí que las respuestas las traería el tiempo, la experiencia y la vida misma; y en ese momento no contaba con ninguno de los tres ingredientes. Había decidido, sin darme cuenta, dejar de vivir, por tanto, carecía de experiencia. El tiempo se había detenido el día que Manuel se fue.

En la noche, después de pensar tanto y no llegar a nada, excepto terminar un cuadro, llegó Vini. Apareció muy abrigado, lo recuerdo con tanto amor porque me encanta el color verde militar y él vino con una casaca de ese color. Después de que Manuel se fue yo perdí la delicadeza para preguntar o decir cosas. Tocó la puerta, salí por el balcón y lo vi.

—Hola.

—Hola.

—Quería verte.

—¿Para qué?

Me odiaba a mí misma cuando tenía estas reacciones. ¿Cómo es qué no pienso antes de hablar?

—¿Qué?

—Nada. Ya voy, espérame.

Bajé corriendo, abrí la puerta y lo abracé para sentir su olor. Nuevamente me odié, él venía ordenadito, oliendo tan rico y yo... yo tenía las manos de colores, manchadas con el óleo, un pantalón de buzo más grande que yo, un polo blanco holgado y un pincel puesto en la cabeza a modo de sujetador de cabello; pero Vincenzo era único, observó mis manos y dijo: «A ver, qué has pintado». Cuando él hacía esas cosas, yo olvidaba todo el constructo social impuesto, y aunque ya estaba acostumbrada a hacerlo, él hacía evidente que, al menos entre nosotros, este no tenía sentido. Vini pasó a la casa y le enseñé todas mis pinturas y las fotos de las que ya había vendido. Tengo clavado en mi recuerdo su sonrisa, sus ojos asombrados y sus preguntas interminables, que me revelaban lo realmente interesado que estaba por cualquier cosa que yo le mostrara o le contara. Se quedó a tomar lonche y preparamos un queque al que le pusimos queso crema; cuento esto porque a pesar de que puede ser muy normal para algunos, para mí siempre fue un descubrimiento. Yo me asombraba con lo que él sabía, desde hacerme probar queque con queso, hasta explicarme por qué no se fue a Estados Unidos con su familia. Nuestra conversación fue interminable, por lo que terminó quedándose hasta la medianoche. Nos despedimos con un beso muy delicado y tímido, y comprendí que las circunstancias anteriores habían sido distintas: no estábamos solos en su casa y tampoco habíamos tomado una sola copa de vino.

Después de ese día dejé de temerle a Vincenzo y me entregué a nuestra amistad, me hice amiga de Rob, conocí a sus amigos, me acompañaba a comprar ropa, al cine, almorzábamos juntos algunas veces y otras cocinábamos. Vincenzo era realmente mi amigo. Yo nunca cuestioné nada, a mí me gustaba andar con él y a él conmigo, pero debo admitir hoy que yo marcaba una distancia, y aunque fuera de manera inconsciente, él me lo aclaró.

Un día antes de Año Nuevo Vincenzo vino a verme. Se apareció en mi casa con un ramo gigante de rosas rojas. Mi primer impulso fue bajar corriendo y abrirle la puerta, y así fue; pero después de hacerlo, cuando lo vi a él con todas las flores, se apoderó de mí una sensación inexplicable, nada agradable, que no pude evitar. Lejos de alegrarme, sentí malestar. Era Vincenzo, sin duda. Lo observé, lo abracé, le agradecí y las puse en el centro de la sala, y cuando pensé que lo más difícil ya había ocurrido, vino el verdadero desastre. Estoy segura de que Vini es un tipo inteligente y empático, y sabía lo que me pasaba, pero él estaba decidido y supongo que nada lo detendría. De la manera más amigable inició:

—¿Todo bien?

Asentí.

—¿Por qué nunca me llamas?

—¿Yo?

—Sí.

—¿No te llamo?

—Creo que en estos tres meses me has llamado un par de veces para confirmar la hora o avisar que vas a tardar un poco.

—No entiendo.

—Qué tal si... Betsheba...

Éramos tan amigos, teníamos tanta confianza, pero lo vi tan nervioso, no podía creerlo. Lo corté:

—Oye.

—No, escúchame.

—Vincenzo...

Me levanté para acercarme.

—Yo te quiero, Betsheba.

Actué muy tarde.

—Yo te quiero y me encanta estar contigo, nosotros deberíamos... estar juntos.

No podía creer lo que estaba pasando, me abstraje en sus ojos.

—Creo que si fuéramos enamorados podrías llamarme con mayor libertad...

No pude contener las lágrimas y me senté. Vincenzo era perfecto, pero yo no estaba preparada, sentí náuseas, empecé a toser, me puse mal, realmente mal. Manuel no estaba, pero aún existía, no me hablaba, pero estaba instalado en mi mente, vivía en mí.

Eran náuseas, no era vómito real, así que no podía huir al baño. Me quedé tosiendo un buen rato mientras él me observaba. Vincenzo también existía y era un sueño hecho realidad, pero por amor a él y por respeto al amor que empezaba a tenerme, no podía mentirnos. Me armé de valor y le dije:

—No puedo, Vini.

Su sonrisa se apagó.

—Me encanta estar contigo, verte, esperarte, saber que vendrás, pero de verdad no puedo. Es raro, es como el pastel que siempre deseaste y que por alguna razón no te atreves siquiera a tocar.

—Bet...

—Escúchame, huele bien, tiene una linda apariencia, pero no puedes.

Contuve mis lágrimas lo más que pude.

—No puedes por más que quieras... aunque quizá... pero necesito tiempo y no puedo asegurar nada... No confío en mí.

Mientras veía a Vincenzo sentado frente a mí, escuchándome con los ojos muy abiertos como siempre, recordé la sensación de tener a Manuel frente a mí, aunque esa vez era yo quien lo escuchaba con los ojos bien abiertos. De cualquier forma, no podía, y a pesar de que no se entendiera, fue un acto de amor, hoy lo sé. Con Vincenzo yo empecé a hacer lo que sentía y no lo que debía, lo que quería y no lo políticamente correcto.

—Quizá sea mejor dejar de vernos —dije, pero él no respondió.

Nos quedamos en silencio por varios minutos. Por ratos nos mirábamos a los ojos e intercalábamos con el piso o las flores. Estoy segura que fue la mejor forma de comunicarnos. Finalmente, Vincenzo se me acercó y me dio un beso en la mejilla, y como si se hubiera cansado de hablar en silencio, irrumpió:

—Tengo que irme. Las flores quedaron chiquititas frente a ti.

Hice un ademán de pararme y prosiguió:

—No te preocupes, sé por dónde ir.

Me quedé sentada, sin reacción. Dentro de mí solo sentí dolor y volví a ver la oscuridad de aquella noche en que se fue Manuel.

Silencio.

Silencio nuevamente. Luces apagadas.

Telón.

La diferencia es que ningún actor saldría a agradecer, ni las luces se prenderían ipso facto.

Estuve en silencio días enteros, noches eternas, sin pintar, sin dormir, sin cantar, solo observando, observándome, odiándome, queriéndome, reconociéndome; no sabía quién era yo, y necesitaba estar sola para descubrirlo, caminar con el dolor, probablemente, pero sola.

Si la estancia de Vincenzo fue reveladora, su ausencia lo fue más. Lo extrañaba, pero me resistí a llamarlo; él tampoco apareció, más de una vez me acosté pensando en qué debía hacer y amanecí decidida a aclarar lo que sentía por él, y por más que lo pensaba, no llegaba a nada. Supongo que es cierto que frente a la duda no hay nada, que las certezas, o lo que para nosotros es verdad, nos inducen a... Yo estaba en un mundo oscuro, con recuerdos latentes, y pese a que Vincenzo era luz, yo no estaba preparada.

Los días pasaron y no lograba olvidarlo, y como tampoco olvidaba a Manuel, decidí seguir sin ninguno; extrañando a uno, pensando en los dos.

Por ese tiempo tuve a mi cargo un grupo de mujeres por cuyo desempeño me hice acreedora a tres días y dos noches en el hotel Westin, para seguir capacitándonos y disfrutar de sus instalaciones. Evidentemente, no tenía intenciones de ir. Qué me podía a mí importar nada, qué rayos el hotel, yo a las justas si podía dormir en mi cama. Sin embargo, era un premio intransferible, es más, me fue otorgado hacía medio año, lo que significaba que, si esta vez no lo tomaba, lo perdería. Entonces recibí la llamada del gerente y asistí a una reunión que él convocó para mí, por lo que no tuve más remedio que aceptar el premio e ir esos días al Westin.

Cuando llegué al hotel nos asignaron habitaciones en pareja. Ese viernes, después de la cena, me informaron que mi compañera de cuarto no iba a llegar. No sé hasta el día de hoy quién era ella, pero de verdad deseé tanto que haya un ser humano en ese cuarto que me hablara de cualquier cosa y no me hiciera recordar la suite separada en el Country Club para mi noche de bodas. Entré a la habitación y me dispuse a dormir. Luché como pude para conciliar el sueño, pero no lo logré; llamé a mi mamá, a una amiga, y luego me quedé sola con mil preguntas sin responder, incluso llegué a olvidar que hacía allí. Hay dolores que estoy segura a todos nos ocurren en la vida, hechos a nuestra medida, y este que yo sentía, me superaba, era insufrible y no se lo deseo a nadie... estaba enamorada.

Amaneció e hice caso omiso a las llamadas, estaba decidida a irme, no quería estar allí, no tenía nada qué disfrutar. Hice las maletas nuevamente y, cuando terminé, vino a buscarme una señorita a decirme que me esperaban para almorzar. Era tan dulce y parecía tan inocente e ignorante de todo el dolor que yo llevaba, que por alguna razón accedí y solo atiné a agradecerle.

Bajé y vi que las mesas estaban enumeradas. Encontré la que tenía mi nombre y me senté; intenté departir, supongo que lo estaba haciendo bien, hasta que me llamaron para premiar mi desempeño del año anterior. Me acerqué a recibir unas flores, y estando parada en el podio, diciendo unas palabras de agradecimiento las cuales ahora no recuerdo, mientras observaba a todo mi público, me crucé con la mirada de Vini. No entendía qué hacía allí, es más, recuerdo que pensé que era alguien muy parecido a él. Proseguí con mi discurso, terminé de agradecer, me bajé y me dirigí a mi mesa. Una vez instalada ahí, volví la mirada hacía donde me pareció ver a Vincenzo, pero él ya no estaba, la silla estaba vacía, lo que quería decir que allí hubo alguien. Traté de concentrarme en la tarde de reconocimientos, pero no pude, olvidé que había decidido irme y me quedé sentada solamente para esperar que vuelva a aparecer Vini. Pero nunca apareció.

Terminó la celebración y con más ganas quise irme. Ahora, además, debía buscar un psiquiatra pues tenía serias alucinaciones. Caminé hacia mi habitación, llegué a la puerta y me di cuenta de que no sabía abrirla, es decir, la cerré al salir sin pensar en una llave, pues tampoco tenía donde insertarla y ahora, al volver, reparé que, si existía una llave, la había olvidado en la mesa. Volví a tomar el ascensor, bajé y llegué a la mesa: no había llaves, no tenía compañero de cuarto y me daba vergüenza admitir que no sabía cómo abrir esa puerta, así que me senté un rato en la sala de espera. Revisé mi celular y me di cuenta de que estaba apagado, no tenía batería. No sabía qué estaba pasando, estuve unos minutos pensando qué hacer. Al final, decidí acercarme a recepción y preguntar. Al ponerme de pie, salió a escena Vincenzo Canale. Juro que me quise volver a sentar para que no me vea, pero solo me lo quedé observando. Nos veíamos casi después de un mes. Él se acercó a saludarme y, para variar, yo no había perdido el don de hablar sin pensar.

—He perdido la llave de mi cuarto ¿Puedes creerlo?

Me dio un beso en la mejilla y luego respondió:

—Sí, sí puedo creerlo.

Sonreímos y él siguió:

—¿Qué ha pasado? ¿Qué llave?

—La de mi cuarto.

—No es con llave, es con una tarjetita que introduces en una rendija de la puerta, esta que tienes puesta en la muñeca, aquí al reverso de tu fotocheck.

Me quedé impávida.

—No puedo creerlo. No puedo creerlo. Qué vergüenza, por Dios.

Recién allí caí sentada en el sillón, mientras él se reía dulcemente. Yo no salía de mi asombro. Se sentó, me miraba, sonreía y se reía, tan fresco, tan radiante.

—Ya. No es para tanto, a cualquiera le pasa.

—Qué vergüenza.

—Te vi hace un rato.

—¡Ah, sí! Eras tú.

Empecé a tomar conciencia de todo.

—¿Qué haces acá?

—Un congreso de mecatrónica.

—¿En serio?

—No.

—¿En serio?

—No.

—Ya pues.

—Nada... fotos.

—¿De qué?

—De una marca de ternos... nos han hecho fotos, tú sabes.

Reí.

—No, no sé.

—Para la temporada otoño-invierno, usan de fondo las instalaciones del hotel.

—Me gusta más el Country Club.

—A mí también.

—Es más, creo que se vería más elegante.

—Ajá, tal cual, pero eso no lo decidimos nosotros, pues.

—¿Ya te vas?

Tomó aire para responder, lo contuvo y respondió rápidamente:

—No.

—¿No?

—¿Y esa maleta?

—Un poco de ropa.

Me confundió, tenía toda la pinta de irse. Irrumpió una voz femenina:

—¿Usted es del grupo 11810?

—Sí —respondí.

—Puede ir a su habitación a descansar o disfrutar de su tarde en el hotel, no hay capacitación en la tarde por el evento de la noche.

—¿Evento de la noche?

—La noche de gala, señorita.

—Ah, ok.

—Tiene que asistir con un vestido de noche maxi.

—¿Maxi?

Vincenzo sonrío. La señorita prosiguió, sin parpadear:

—Es decir, un vestido largo, si es posible, de color champagne.

—¿Pero por qué?

—Le enviamos un correo con veintiocho días de anticipación a todas las asistentes.

—A mí no me ha llegado.

—A ver, permítame.

Recordé: 1194 correos sin leer, si no me falla la memoria fotográfica.

—Sí, sí, perdón, sí me llegó, van a traer el vestido en unas horas, no hay problema, ¿verdad?

—¿Quién lo trae?

Me quedé en blanco.

Vincenzo respondió:

—Arturo Olarte.

—Ok. Lo apunto, ¿Que lo deje en recepción o que suba?

Seguí en blanco.

Vincenzo se apuró en responder:

—Que lo deje en recepción, por favor.

—Ok. Muchas gracias. Asimismo, le recuerdo que puede hacer uso de cualquier servicio del hotel sin ningún recargo adicional. Son la empresa con mayor productividad y gestión empresarial en el país, «Mujeres empoderando Mujeres».

Me quedé en silencio nuevamente. Vincenzo nos miró.

—Wao, no sabía.

Quise responderle «Yo tampoco», pero solo asentí cordialmente.

—Me retiro entonces, señorita.

—Muchas gracias.

—A usted.

Y se fue.

—Betsheba, no entiendo cómo no me has contado nada de esto.

—¿De qué?

—De tu empresa.

—O sea...

—¿Cómo se llama?

—Hatun Warmi

—¿Qué significa?

—Mujeres maravillosas.

—¿Y qué hacen?

Se acercó un señor con uniforme de chofer.

—¿Señor Vincenzo Canale?

—Sí.

—Lo estamos esperando.

—Ah, sí.

Vincenzo nos miró a los dos unos segundos.

—Beth, espérame.

Salió con el señor a la calle. Yo me saqué el fotocheck y comencé a pensar cómo metería aquella tarjeta en la rendija de la puerta. Me abstraje. A los minutos, Vincenzo volvió.

—¿Todo bien? ¿Qué pasó? —pregunté.

—¿Quién te va a traer ese vestido?

—¿Qué vestido?

—El que te están pidiendo.

—Ah... nadie.

—¿Por qué?

—Porque no quiero

—¿No quieres que te lo traigan?

—No leí nada, Vincenzo. No quiero ir además a esa «Noche de Gala»

—Te regalo el vestido.

—¿Qué?

—Vamos a comprarlo.

—¿Y tus fotos?

—Ya acabé.

—Vamos, lo compramos y me voy a mi casa.

—No entiendo.

—O sea, yo ya me estaba yendo, te vi y me quedé.

—¿Tus amigos ya se fueron?

—Sí, por eso vino el señor de la movilidad.

—¿Y te quedaste?

—Sí.

—Pero...

—Beth, vamos a comprar ese vestido.

—No, estás loco.

—Vamos.

—No.

—En serio.

—No.

Oye, yo también me estaba yendo.

—¿A dónde?

—A mi casa, pues.

—¿Por qué?

—Ay, ya basta, esto parece un juego.

Nos reímos.

—En serio, no quiero el vestido.

—¿No vas a ir a la fiesta?

—No quiero.

Nos miramos nuevamente, cómplices los dos, como hace un mes.

—Quiero un postre.

Vincenzo me miró extrañado.

—Hagamos uso de mi celebración real. Todo gratis.

Volvimos a reír y nos dirigimos al Salón Café.

—Espera, Betsheba, yo no puedo estar acá.

—¿Por qué?

—Tengo que ser huésped. Anda separando una mesa. Ya vengo.

—¿A dónde vas?

—Si no soy huésped, no puedo consumir, han separado estos días solo para ustedes y para los huéspedes.

—¿Cómo sabes?

—Pregunté.

—¿En qué momento?

—Apenas te vi con tus flores.

Tragué saliva.

—Ya vengo, Beth.

Estaba feliz, Vincenzo estaba allí. Comimos postres, probamos todo los que pudimos, reímos, conversamos, como cuando éramos amigos y nadie estaba enamorado de nadie. Escuchamos de lejos la premiación de mis compañeras y las disculpas que alguien debió dar por mi ausencia, mi celular seguía apagado. Exploramos cada espacio del Westin. Cuando nos intentaban parar, inventábamos excusas, él indicando la necesidad de sus fotos y yo fingiendo ser fotógrafa, él mi asistente y yo la gerente de Hatun Warmi; todos nos creían porque nosotros lo creíamos. No tuvimos ninguna foto juntos para que no duden de nuestra labor específica. Anduvimos toda la tarde, conversamos de muchos temas, ninguno mencionó algo respecto a la última vez que nos vimos, así que no hubo tensiones, fuimos luego al Salón-Bar, tomamos solo dos copas de vino cada uno, y creyendo que era mejor irme a dormir que seguir bebiendo, le dije a Vini que iba a mi habitación. Él aceptó y prometió llevarme y luego irse. Emprendimos la marcha, llegamos a la puerta y recordé que no sabía cómo abrirla. Nos miramos, él me entendió, le di la tarjeta y, como por arte de magia, se abrió.

Al ver la puerta abierta, las camas vacías, recordé el infierno que había sido la noche anterior. Por unos segundos dudé en qué hacer, si irme o quedarme. Pero Vincenzo cerró la puerta y nos quedamos mirándonos. Se fue acercando despacio, llegó a mí y me besó. No me resistí, solo me dejé llevar, era Vini, era yo, una mujer vulnerable que luchaba cada día, cada minuto, cada instante por dejar atrás sus temores y prejuicios, y que ya se había resistido mucho, además, «él era menor que yo, y siempre podía manejar la situación», quise seguir creyendo.

Me entregué al momento, no quise pensar qué era correcto o incorrecto, éramos solo los dos en el espacio deseado, en la noche más genuina, era Vini, era yo. Juro que traté de seguir, pero empecé a escuchar la voz de Vincenzo, no lo que me decía si no su voz, el sonido de su voz, mi nombre en su voz, y no pude, no pude continuar, una vez más, aunque quise, no pude, la sensación de no reconocerlo se iba apoderando de mí, toda yo me iba desvaneciendo, alejando, haciéndome consciente de que no era él a quien yo quería. Me propuse hacer un esfuerzo y fue peor, fracasé. Detuve mis movimientos sin darme cuenta, me quedé paralizada esperando que todo pase, me abstraje en mí misma, mi mente fugó.

Pausa.

Pausa en mí.

Pausa en la oscuridad.

Pausa en Vini.

Pausa en los dos.

Sentí entonces que su sonrisa infinita decayó, sentí mis lágrimas, sintió mis lágrimas, su respiración se desaceleró, su excitación se desvaneció, paró, se apartó de mí, se acostó boca arriba.

Silencio.

Me empecé a llenar de angustia, tuve miedo, me quedé inmóvil mirando a la nada.

Pausa.

Lo escuché pensar, lo vi sentir.

—Ven, échate aquí a mi lado.

No respondí, no me moví. Él se acercó. Se puso muy juntito a mí.

Silencio. Gran silencio entre nosotros dos. Había bulla afuera, pero gran silencio entre nosotros dos.

No sabía qué estaba pasando, mis lágrimas caían y yo era incapaz de calmarme, no podía parar. Él seguía callado, lo sentí pensar sin saber qué hacer, puedo jurar que le dolía mi dolor. Permanecimos en silencio un tiempo más, luego se acercó despacito y empezó a secar mis lágrimas como pudo, con sus manos, con su boca, a acariciar mi cabello como un acto involuntario pero consecutivo, hasta que por fin preguntó:

—¿Qué pasa?

Pensé tantas cosas, pero opté por decir la verdad.

—Tengo miedo.

—¿A qué?

—No sé.

De algún lado sacó mi coleta y comenzó a peinar mi cabello hasta hacerme una cola.

—No, no quiero.

Él insistió y me dejé peinar. De un salto prendió la luz. Yo estaba desnuda, así que rápidamente me tapé mientras él se sentó nuevamente en la cama.

—Apaga la luz —le pedí.

—Apágala tú.

—Por favor, apágala.

—¿A qué le tienes miedo?

—Apaga la luz.

—No, Betsheba, no la voy a apagar.

No entendía qué hacía, no sabía qué pretendía, me quedé un rato mirándolo, nuestros ojos empezaron a comunicarse. Dejé que con suavidad quitara la sábana y me ayudara a ponerme de pie para luego dirigirme hacia el ropero. Cerró la puerta y quedamos los dos desnudos frente a un espejo de cuerpo entero. Hice un ligero ademán de querer salir de allí, pero él me retuvo besando mi hombro izquierdo, después se sentó y me quedé sola frente al espejo, en ese momento la sensación de llanto nuevamente volvió.

—¿Qué ves?

No respondí y él insistió.

—¿Qué ves? Mírate.

Empecé a observarme, no reconocí mi cuerpo, era como si lo viera por primera vez. Pasados unos minutos, la sensación de llanto se esfumó. Rápidamente cogí la sábana, me cubrí y me senté a su lado sin dejar de mirarlo.

—Eres perfecta.

No supe qué responder. Entendí entonces que estaba dañada, rota por dentro. Me metí a la cama mirando hacia el lado opuesto de él, perdida. Se recostó a mi lado, me abrazó de la cintura y, besándome la cabeza, nos quedamos dormidos.

Al amanecer lo vi acostado todavía a mi lado y me sentí ridícula del numerito que había armado la noche anterior. Traté de no moverme e intenté jalar algo para vestirme, pero lo desperté. Nos miramos. Me moría de vergüenza y parecía que él tampoco sabía qué hacer, así que me cubrí y fui al baño, no le di tiempo de nada. Entré y me quedé impresionada con todo lo que venía ocurriendo, supongo que debí abrir la ducha para que no pareciera que lo estaba esperando. En ese momento tocó la puerta.

—¿Te vas a bañar?

—Sí

—¿Quieres que nos bañemos?

Sonreí.

—Sí.

Vincenzo fue el tipo más dulce, paciente e inteligente que conocí. Anduvimos unos meses juntos, y creo que no pude tener mejor couch que él en esos tiempos en que andaba con el alma partida y el corazón deshecho. Se compró lío ajeno y pagó alto costo. Estoy segura de que intentamos lo que pudimos y por eso guardo el mejor recuerdo de él, un hombre constante, generoso y frontal. Lo que más admiro de Vini es su capacidad para curar mis heridas cuando sangraban, sabía las raíces de mi dolor y mi angustia, y aunque él no quiso dejarme, tuve que hacerlo yo. Nos arriesgamos los dos, pero yo no estaba preparada aún.

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