Kitabı oku: «Sentimientos encontrados»

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Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Betty Neels

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Sentimientos encontrados, n.º 1453 - diciembre 2020

Título original: Discovering Daisy

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.:978-84-1348-884-4

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

Era una tormentosa tarde de octubre. El color del cielo había convertido la superficie del mar en un gris apagado de olas bravas que se arremolinaban en su movimiento incesante hacia la desértica playa. No del todo desértica, ya que había una muchacha que caminaba y se detenía de vez en cuando a ver el mar o a recoger una piedra para arrojarla después al agua y seguir caminando. La amplitud y vacío que la rodeaba, la hacía parecer pequeña y solitaria. Y así era, pero sólo porque no había nadie más que ella.

Caminaba a paso ligero, sin tratar de limpiarse las lágrimas. No le importaba llorar, era un modo de desahogar sus sentimientos. Un buen llanto, se decía, y todo se terminaría y olvidaría. Después, presentaría de nuevo un rostro sonriente al mundo y nadie sospecharía nada.

La muchacha se dio la vuelta, se limpió los ojos y se sonó la nariz. Luego, se metió el cabello bajo el pañuelo y puso en su rostro una expresión que confiaba fuera alegre. Finalmente, subió las escaleras que conducían hacia el paseo marítimo de la pequeña ciudad y se dirigió a la calle principal, estrecha e inclinada. La temporada se había acabado y la ciudad se había vestido con su habitual pereza invernal. Uno podía caminar sin agobios por la calles y conversar sin prisa con los tenderos. Los únicos coches que había eran los de los granjeros de las afueras y los propietarios de las fincas en mitad de la campiña.

La muchacha torció por una de las calles transversales, pasó una serie de antiguas casas convertidas en tiendas: una elegante boutique, una joyería y, un poco más allá, una tienda grande con un letrero pintado sobre la ventana antigua: Thomas Gillard. Antigüedades. La chica abrió la puerta de la tienda, haciendo sonar la campana.

–Soy yo –declaró, quitándose el pañuelo.

Su cabello de color castaño claro cayó sobre sus hombros. Era una muchacha normal: de estatura media y algo rellenita. Aunque era el suyo un sobrepeso encantador, de los de las mujeres de antes. Los ojos eran grandes y de color avellana, rodeados por densas pestañas. Iba vestida con una chaqueta acolchada y una falda de tweed adecuada para la temporada, pero sin pretensiones de resultar moderna. No había ni rastro de las lágrimas de antes en su rostro.

Se abrió paso entre las mesas de roble, los sofás victorianos, los taburetes antiguos y una variedad de sillas de todos los tipos y épocas. Algunas, muy antiguas; otras, victorianas, con remaches en el respaldo.

Al lado de las paredes, estaban colocados varios armarios de diferentes tipos. Uno de ellos con una preciosa puerta de cristal. Por todas partes había figuritas chinas, frascos de esencias y objetos pequeños de plata. Para ella eran todos bien conocidos. En la parte posterior de la tienda, había una puerta medio abierta que conducía a una pequeña habitación que su padre utilizaba como despacho. Al lado, otra puerta conducía a las escaleras que llevaban a la planta de arriba.

Depositó un beso en la cabeza lisa de su padre al pasar a su lado y subió las escaleras para encontrarse a su madre al lado de la estufa de gas, arreglando la funda de un cojín bordado. Miró hacia arriba y sonrió.

–Es casi la hora del té, Daisy. ¿Puedes poner el agua al fuego mientras yo termino esto? ¿Qué tal el paseo?

–Muy bien, aunque ya empieza a hacer frío. En cualquier caso, es agradable que se hayan ido ya todos los turistas.

–¿Va a venir a buscarte Desmond esta noche, cariño?

–No hemos hablado nada. Tiene que ver a alguien y no está seguro de a qué hora volverá.

–¿Va lejos?

–A Plymouth.

–Ya veo. Probablemente volverá pronto.

–Iré a poner el agua.

Daisy estaba casi completamente segura de que Desmond no iría. La noche anterior habían salido a cenar a uno de los restaurantes de la ciudad, donde Desmond se había encontrado con algunos amigos. Ella no había visto nada extraño en su novio, pero sus amigos no habían estado muy amables con ella. De manera que luego, cuando habían sugerido ir a un club en Totnes, ella se había negado y Desmond se había enfadado mucho. La había llamado aguafiestas y ñoña.

–Es hora de que madures –le había dicho, acompañando la frase con una carcajada desagradable.

Luego, la había llevado a casa en silencio y se había despedido de ella con un simple gesto. Daisy, que era la primera vez que se enamoraba, había permanecido despierta toda la noche.

Se había enamorado de él un día que él entró en la tienda buscando unas copas de cristal. Daisy, con sus veinticuatro años, su corazón lleno de romanticismo y su sencillez, había quedado atrapada inmediatamente por su aspecto, encanto y maneras. Cualidades que compensaban su falta de estatura. Era sólo unos centímetros más alto que Daisy. Vestía bien, aunque llevaba el cabello demasiado largo. Algunas veces, cuando Daisy permitía que la sensatez se impusiera sobre el romanticismo, pensaba para ella que le desagradaba que llevara el pelo así, pero estaba demasiado enamorada para decírselo a él.

Era un hombre presumido y esa presunción le había hecho invitarla a cenar. A eso le siguieron otras citas. Él, nuevo allí, había sido enviado desde Londres para supervisar algo que nunca explicó muy bien a Daisy. Ésta imaginó que ocuparía un importante cargo en la capital.

Daisy ayudaba a su padre en la tienda, pero tenía mucha libertad de horario. De manera que pudo enseñarle la ciudad y los alrededores con toda comodidad. El aparente interés del hombre, la había animado a llevarlo a visitar los museos locales, las iglesias y el centro histórico de la ciudad. Él se había aburrido terriblemente, pero el evidente deseo de ella por agradarlo había sido un aliciente para su ego.

Muchas tardes, la invitaba a tomar el té y la obsequiaba con una charla brillante donde no faltaba alguna que otra explicación sobre su importante trabajo. Ella lo escuchaba atentamente y se reía de sus chistes.

Aunque Desmond no la estimaba especialmente, tampoco le molestaba verla. Le servía de distracción en aquella ciudad aburrida después de la vida que había llevado en Londres. Para él era un pasatiempo hasta que llegara la chica deseada, que debería estar dotada, a ser posible, de dinero y belleza. Y de un buen ropero también. La ropa de Daisy no era para él más que un motivo secreto de burla.

No fue a buscarla aquella noche. Daisy trató de ahogar su malestar limpiando una cubertería de plata que su padre había comprado aquel mismo día. Estaba muy gastada por el uso y los años, pero Daisy pensó que sería delicioso comer con ella. Terminó de dar brillo a la última cuchara y la puso con el resto en su bolsa de terciopelo. Luego, la colocó en el armario donde se colocaban las piezas de plata y lo cerró con llave. Una vez en la planta de arriba, fue a la cocina para tomar un vaso de leche antes de irse a la cama.

En ese momento, sonó el teléfono.

Era Desmond. Se mostró muy animado y, al parecer, estaba arrepentido por la discusión del último día.

–Tengo una sorpresa para ti, Daisy. Habrá un baile en el hotel Palace el sábado por la noche. Me han invitado y tengo que llevar pareja… dime que vendrás, cariño. Es muy importante para mí. Habrá algunos conocidos y es una buena oportunidad para que…

Daisy no dijo nada.

–Va a ser un gran acontecimiento. Necesitarás un vestido bonito… algo original que llame la atención. Quizá un vestido rojo…

Daisy tragó saliva, excitada.

–Me parece estupendo. Me gustaría ir contigo, sí. ¿Hasta qué hora durará?

–Lo normal, me imagino. Hasta las dos. Prometo llevarte a casa no muy tarde.

Daisy, que si hacía una promesa, la cumplía siempre, lo creyó.

–Estaré muy ocupado el resto de la semana, así que no te veré hasta el sábado. Estáte preparada para las ocho.

Después de que Desmond colgara, ella se quedó inmóvil unos segundos, saboreando su felicidad y planeando comprar un vestido para la ocasión. Su padre le daba un sueldo por estar en la tienda y ella lo ahorraba casi todo… Fue a ver a su madre para contárselo.

Había muy pocas boutiques en la ciudad, pero como su padre no tenía coche y los horarios de autobuses se habían reducido al terminar la temporada veraniega, Totnes y Plymouth quedaban eliminados. Daisy visitó cada una de las tiendas de ropa de la calle principal y, afortunadamente, encontró un vestido. Era de color rojo y de un estilo al que no estaba muy acostumbrada, pero Desmond quería que fuera rojo…

Lo llevó a casa y se lo probó de nuevo… Al hacerlo, pensó que no debería habérselo comprado. Era demasiado corto y más bien provocativo. Cuando se lo enseñó a su madre, pudo ver que la mujer pensaba lo mismo, pero la señora Gillard la quería mucho y su único deseo era que su hija fuese feliz. Pensó que el vestido serviría sólo para aquella noche y rezó en silencio para que Desmond, que le desagradaba profundamente, fuera enviado por su empresa a la otra parte del mundo.

Llegó el sábado y Daisy, loca de alegría, se vistió para el baile. Se maquilló cuidadosamente y se recogió el cabello en un moño mucho más apropiado para una profesora que para aquel vestido rojo. Luego, fue abajo a esperar a Desmond.

La tuvo esperando diez minutos, por los que no se disculpó. Los padres lo saludaron educadamente, a pesar de que hubieran preferido que Daisy se hubiera enamorado de cualquier otro hombre. Desmond se quedó mirando el vestido.

–Me parece muy bien –le dijo en tono ligero. Luego, frunció el ceño–. Eso sí, el peinado te está fatal, pero es muy tarde para hacer nada ya…

Había mucha gente en el hotel, esperando a que empezara la cena. Algunas personas se acercaron a saludar a Desmond. Cuando éste la presentó, sus amigos la saludaron secamente y después la ignoraron, pero a ella no le importó. Se quedó en silencio escuchando a Desmond, que era un conversador inteligente y sabía cómo mantener el interés de los que lo escuchaban. Daisy pudo darse cuenta de que los tenía encantados a todos.

Después de unos momentos, pasaron al salón, parándose de vez en cuando a saludar a algún conocido de Desmond. Algunas veces, ni siquiera se molestaba en presentarla. Cuando finalmente se sentaron en el restaurante, formaban un grupo de ocho y Desmond dominaba la conversación, en la que no hizo ningún intento de incluir a Daisy. Un hombre joven que estaba sentado a su lado, le preguntó a ella que con quién había ido.

–¿Ha venido con Des? No es el tipo de mujer con la que él suele salir. El pícaro quiere llamar la atención del huésped de honor, un hombre importante y muy estricto. Opina que todo hombre joven debería tener una mujer agradable y un montón de hijos, cuantos más mejor. Y usted da esa imagen, si me permite que se lo diga.

Daisy lo miró con frialdad, reprimiendo el deseo de darle una bofetada. En lugar de ello, siguió comiendo nerviosamente. Si no hubiera sido porque Desmond estaba a su lado, se habría marchado en ese preciso instante. Pero se acordó de lo que su novio le había dicho sobre la importancia de la fiesta y todo eso…

Daisy se pasó toda la cena tratando de ignorar al hombre que tenía a la izquierda y deseando que Desmond hablara con ella. Pero éste estaba totalmente concentrado en la conversación que mantenía con una elegante mujer sentada a su derecha, y cuando no, se ponía a charlar con los demás. Quizá todo iría mejor cuando comenzara el baile…

Pero no fue así. La sacó a bailar al principio, pero pronto comenzó a excusarse con ella porque tenía que dejarla sola.

–Tengo que hablar con algunas personas cuando termine la canción. No tardaré mucho. Además, seguro que te sacan a bailar, lo haces muy bien. Pero tienes que fingir que lo estás pasando estupendamente. Sé que va a ser un poco difícil, pero no dejes que te intimiden.

El hombre saludó a alguien que estaba al otro lado de la pista.

–Ahora tengo que dejarte, pero luego volveré –le aseguró.

La dejó sola entre una estatua enorme que sujetaba una lámpara y un pedestal que soportaba una cesta con flores.

El salón de baile se abría por un lado al corredor que conducía al restaurante. En él había dos hombres que paseaban hacia un lado y hacia otro, parándose de vez en cuando a mirar a las parejas que bailaban mientras charlaban tranquilamente. De repente, se dieron la mano y el de más edad se marchó, dejando a su compañero solo. El hombre se fijó en el vestido rojo de Daisy. Se quedó mirándola unos minutos y decidió que aquel vestido no la favorecía en absoluto.

Rodeó el salón de baile y se dirigió hacia ella, deseando que Daisy pusiera algo de su parte. Al verla de cerca, notó que no era guapa y que parecía totalmente fuera de lugar en aquel ambiente, incluso le resultó un poco ñoña.

–¿Es usted extranjera, como yo?

Daisy lo miró, preguntándose cómo no había reparado en él antes, ya que era un hombre que no podía pasar desapercibido. Era alto y fuerte, con un rostro bello y el pelo corto canoso. Tenía una nariz grande y una boca más bien fina, pero la sonrisa daba confianza.

–Sí, no conozco a nadie, aunque he venido acompañada… Él está con unos amigos…

A Jules der Huizma le encantaba ayudar a las personas. Comenzó a hablar de cualquier cosa y notó como Daisy se relajaba al poco tiempo. Era una chica bastante agradable, pensó. Una pena que llevara ese vestido…

El hombre se quedó con ella hasta que Desmond se acercó adonde ellos estaban. Jules hizo un gesto con la cabeza y los dejó solos.

–¿Quién era ése?

–No lo sé… imagino que otro invitado. Ha sido agradable hablar con alguien.

–Cariño, lo siento –dijo rápidamente Desmond, esbozando una sonrisa maravillosa–. Escucha, me han pedido que vaya a una discoteca de Plymouth… irá mucha gente. Puedes venir si quieres, claro.

–¿A Plymouth? Pero, Desmond, son casi las dos. Me dijiste que me llevarías a casa, y ya se está haciendo tarde. Además, seguro que a mí no me han invitado, ¿no es así?

–Bueno, no, pero, ¿qué importa eso? ¡Por Dios, Daisy, déjate llevar, aunque sea por una sola vez… !

El hombre se detuvo al acercarse una chica delgada, vestida a la moda y con tacones altos, balanceando un bolso.

–Des… ¡aquí estás, por fin! Te estamos esperando.

La chica miró a Daisy y él dijo rápidamente.

–Ésta es Daisy, ha venido conmigo. Daisy, Tessa.

–Oh, vale. Me imagino que uno más no importa. Habrá sitio para ella en uno de los coches –respondió Tessa con una sonrisa débil.

–Eres muy amable, pero dije que estaría en casa hacia las dos.

Los ojos de Tessa se abrieron de par en par.

–Casi como la Cenicienta, aunque te has equivocado con el vestido. Eres demasiado tímida para llevar un vestido rojo –la mujer se volvió hacia Desmond–. Lleva a Cenicienta a casa, Des. Yo te esperaré aquí.

La muchacha se giró sobre sus ridículos tacones y se perdió entre los bailarines.

Daisy esperó a que Desmond dijera algo, por ejemplo que no pensaba ir con Tessa.

–De acuerdo, te llevaré a casa, pero date prisa al recoger tu abrigo. Estaré en la entrada –dijo enfadado–. Estás haciendo todo lo posible por arruinarme la noche.

–¿Y qué me dices de mi noche?

Pero él ya se había dado la vuelta y Daisy imaginó que ni siquiera la había oído.

Tardó varios minutos en encontrar su abrigo. Se lo estaba poniendo cuando oyó unas voces muy cerca.

–Siento que me tengas que esperar, Jules. ¿Vamos a la cafetería? Hay algunas cosas de las que te querría hablar. Me gustaría que pudiéramos estar más tranquilos, sin embargo. Sé que no habrá sido una gran noche para ti. Espero que encontraras a alguien con quien hablar.

–Hablé con una persona –Daisy reconoció la voz del hombre que tan simpático había sido con ella–. Una muchacha muy sencilla con un horrible vestido rojo. Un pez fuera del agua…

Los hombres se fueron y Daisy se dirigió a la entrada, donde Desmond la estaba esperando. Luego, él la llevó en silencio a su casa. Sólo habló cuando ella salió del coche.

–Pareces una estúpida con ese vestido.

Fue curioso, pero el comentario no le molestó tanto como el del hombre con el que había hablado poco antes.

La casa estaba en silencio. No se veía ninguna luz. Daisy entró por la puerta trasera, pasó al lado del despacho de su padre y subió las escaleras hasta su habitación. Su dormitorio era pequeño, aunque amueblado con gusto con cosas de la tienda de su padre. Los muebles eran de estilos distintos, pero en conjunto armonizaban de una manera agradable. Sobre la cama había un edredón hecho con trozos de tela de diferentes colores, unas cortinas blancas tapaban la pequeña ventana y de la pared colgaba una estantería, también de reducidas dimensiones, llena de libros.

Se desnudó rápidamente y luego envolvió el vestido, pensando en llevarlo al día siguiente a la tienda de segunda mano que había en la calle principal de la ciudad. Le habría gustado tener unas tijeras y cortarlo en pedazos, pero habría sido una estupidez. Tenía que haber alguna chica a la que le quedara bien. Daisy se metió en la cama cuando el reloj de la iglesia dio las tres. Luego, se quedó pensativa, repasando la jornada. Todavía amaba a Desmond, estaba segura de ello. La gente enamorada se peleaba, pensó. Desde luego, él había sido muy desagradable… Ella no había estado a la altura y Desmond había dicho cosas de las que seguramente se arrepentiría más tarde.

Daisy, una muchacha sensata y práctica por lo general, se estaba dejando cegar por el amor y parecía dispuesta a buscar cualquier disculpa para Desmond. Cerró los ojos, decidida a dormir. Por la mañana, todo volvería a su cauce.

Pero no fue así. Estuvo todo el día impaciente, esperando una llamada de él o una visita breve.

Trató de mantenerse ocupada con una vajilla china, pensando en que no sabía nada del trabajo de Desmond ni en qué pasaba su tiempo. Cuando salía con él alguna tarde y ella le hacía preguntas, él respondía de una manera vaga que no explicaba nada. Y, sin embargo, a pesar de la noche anterior, estaba dispuesta a escuchar sus disculpas… a reírse de la desastrosa jornada.

Incluso cuando se consolaba a sí misma con aquellos pensamientos, algo en su interior le decía que se estaba comportando como una adolescente ingenua, aunque no quisiera admitirlo. Desmond era, en su vida rutinaria, el símbolo del amor.

Él no telefoneó ni tampoco fue a verla. Varios días después, se lo encontró en la calle principal. Él debió de verla, porque la calle estaba casi vacía, pero continuó caminando como si no la conociera.

Daisy volvió a la tienda y se pasó el resto del día empaquetando unas copas de vino antiguas que un cliente conocido había comprado. Era un trabajo lento y que exigía mucho cuidado y eso le dio tiempo para pensar. Una cosa estaba clara: Desmond no la amaba, nunca la había amado, admitió con tristeza. Era cierto que la había llamado «cariño», y la había besado, incluso le había dicho que era la mujer de sus sueños, pero no había sido sincero. Ella había creído en él por necesidad. Ella no había conocido nunca lo que era el amor y al aparecer él fue como la respuesta a sus sueños románticos. Pero el romanticismo había sido sólo por parte de ella.

Terminó de envolver en papel de seda la última copa y puso la tapa a la caja. En ese preciso instante, se dijo a sí misma que su relación con Desmond se había terminado para siempre y… que no volvería a enamorarse nunca más.

De todas formas, las semanas siguientes fueron bastante duras. Había sido fácil habituarse a salir con Desmond y trató de llenar el vacío yendo al cine o a tomar café con sus amigas, pero no resultó todo lo bien que esperaba. Sus amigas tenían novio o se iban a casar y le era difícil no comparar su situación con la de ellas. Empezó a adelgazar y a pasar más tiempo del necesario en la tienda. Tanto, que su madre comenzó a animarla para que saliera.

–No hay mucho que hacer en la tienda en esta época del año –observó la mujer–. ¿Por qué no te vas a dar un paseo, tesoro? Pronto los días serán más cortos y más fríos y tendremos que trabajar mucho en navidades.

Así que Daisy salía a pasear. Casi siempre recorría el mismo camino hacia el mar. Iba bien abrigada para hacer frente al viento y la lluvia de noviembre. Solía encontrarse a otras personas solitarias que conocía de vista, paseando a los perros. La saludaban alegremente al pasar y ella les devolvía el saludo.

Fue en la última semana de noviembre cuando Daisy se encontró al hombre que la había comparado con un pez fuera del agua. Jules der Huizma estaba, de nuevo, pasando unos días con un amigo suyo en una casa a las afueras de la ciudad para disfrutar de la vida tranquila del campo. Le encantaba el mar, decía que le recordaba a su país.

Un día, él iba caminando cuando vio a Daisy, que iba delante de él. La reconoció inmediatamente. Hacía un viento frío y él aumentó el paso mientras silbaba para que el perro de su amigo corriera delante de él. No quería sorprenderla y los ladridos de Trigger harían que volviera la cabeza, pensó.

Y así fue. Daisy se detuvo para acariciar la cabeza del animal y miró hacia atrás. Lo saludó educadamente, aunque en un tono frío. Se acordaba perfectamente de los comentarios que el hombre había hecho en el hotel acerca de ella. Aunque cuando él contestó a su saludo, dejó a un lado la frialdad.

–¡Qué agradable encontrar a alguien que le guste caminar bajo la lluvia y el frío!

El hombre esbozó una sonrisa y ella lo perdonó. Después de todo, era cierto que se había sentido como un pez fuera del agua y que era una muchacha sencilla.

Caminaron uno al lado del otro sin hablar demasiado, ya que el viento era muy fuerte. Al poco tiempo, decidieron de mutuo acuerdo volver a la ciudad. Subieron las escaleras del paseo y se dirigieron hacia la calle principal. Daisy se detuvo cuando llegaron a su calle.

–Vivo aquí cerca con mis padres. Mi padre tiene una tienda de antigüedades y yo trabajo con él.

El señor der Huizma entendió que estaba siendo despedido educadamente.

–Entonces, espero tener la oportunidad de ir a ver la tienda algún día. Me gustan los objetos de plata antiguos.

–A mi padre también. Incluso es bastante conocido por ello.

La muchacha se quitó el guante y extendió la mano.

–Me ha gustado mucho el paseo –dijo, estudiando el rostro de él–. No sé su nombre…

–Jules der Huizma.

–Desde luego, no es un nombre inglés. Yo soy Daisy Gillard.

El hombre le dio la mano con firmeza.

–A mí también me ha gustado el paseo. Quizá podamos repetirlo algún día.

–Sí… quizá algún día –dijo ella–. Adiós.

Y se alejó sin mirar atrás. Una lástima, pensó, que no se le hubiera ocurrido cómo hacer para que hubieran concertado alguna cita. Recordó entonces a Desmond y se dijo que no debía caer en el mismo error. Ese hombre no se parecía en nada a Desmond, pero, ¿quién había dicho eso de que los hombres siempre engañan? Probablemente eran todos iguales…

En los días siguientes tuvo cuidado de pasear por otro camino… lo cuál fue totalmente inútil, ya que el señor der Huizma había regresado a Londres.

Una semana después, cuando en las tiendas ya se exhibían los regalos y adornos de Navidad, volvió a encontrárselo. Pero esa vez fue en la tienda. Daisy estaba atendiendo pacientemente al párroco, que trataba de decidirse entre unos prendedores de la época de Eduardo VIII para su esposa. Daisy le dijo que se tomara su tiempo y se dirigió hacia el señor der Huizma que estaba al lado de una mesa llena de amuletos de plata.

La saludó amablemente.

–Estoy buscando algo para una adolescente. Quizá una pieza de éstas quedara bien en una pulsera, ¿qué le parece?

Daisy abrió un cajón y sacó una bandeja con cadenas de plata.

–Éstas son todas victorianas. ¿Cuántos años tiene?

–Quince años más o menos –el hombre sonrió–. Y conoce perfectamente lo que está de moda.

Daisy agarró una de las cadenas.

–Si quisiera comprarla, mi padre podría fijar el amuleto en ella –la muchacha tomó otra de las pulseras–. Quizá le guste más ésta. Por favor, mire con toda confianza, no tiene por qué comprar nada… mucha gente viene sólo a echar un vistazo.

Ella le sonrió y volvió con el párroco, quien todavía no se había decidido.

En ese momento su padre entró en la tienda y atendió al señor der Huizma, de manera que para cuando el párroco se decidió finalmente y ella terminó de envolverle el broche elegido, el señor der Huizma se había ido ya.

–¿Ha comprado algo el señor der Huizma? –preguntó Daisy–. No sé si te comenté que me lo encontré el otro día paseando.

–Un hombre muy entendido. Me dijo que volvería antes del día de Navidad… le han gustado unas cucharas de plata…

Dos días después, fue Desmond el que apareció en la tienda. Y no iba solo. Lo acompañaba la chica que Daisy conoció en el hotel. La chica iba muy bien vestida y, a su lado, Daisy se sintió como un ratón, ya que su padre la obligaba a vestir discretamente para que los clientes no se distrajesen y pudieran apreciar debidamente los tesoros de la tienda.

Le hubiera gustado darse la vuelta y salir corriendo, pero eso habría sido una cobardía.

Respondió educadamente al descuidado saludo de Desmond, a pesar de que sabía que se había sonrojado, y escuchó pacientemente como él le explicaba que sólo iban a echar un vistazo.

–Aunque quizá nos llevemos algo para los regalos de Navidad.

–¿Algo de plata? ¿O quizá de oro? –preguntó Daisy–. También tenemos unos adornos chinos muy bonitos que son algo más baratos.

Quizá no había sido un comentario muy educado, pero Daisy no lo pudo refrenar, y tuvo que admitir que incluso le dio cierta satisfacción comprobar el enojo de Desmond. Aunque también se dio cuenta de que hubiera deseado que éste la mirara de un modo que dejara ver que la amaba a ella y no a la chica que lo acompañaba. Pero sabía que eso no tenía ningún sentido y que quizá tampoco ella lo amaba. Probablemente lo único que sucedía era que ese hombre había herido su orgullo.

Estuvieron un rato mirando cosas y finalmente se marcharon sin comprar nada. Antes de eso, Desmond hizo un comentario en voz suficientemente alta para que lo oyera ella acerca de que habría sido mucho más probable encontrar algo de valor en Plymouth. Ese comentario hizo que Daisy perdiera el posible interés que le quedara por él.

Durante sus habituales y solitarios paseos vespertinos, algo más cortos debido a las fiestas navideñas, decidió que no volvería a enamorarse nunca de ningún hombre. Y tampoco es que fuera a tener muchas oportunidades de que eso sucediera, pensó. Ni por su aspecto, nunca tendría el mismo cuerpo que las chicas de las revistas, ni por su conversación, incapaz de seducir a ningún hombre.

Ella tenía varias amigas a las que conocía desde siempre. La mayoría estaban casadas ya o tenían un buen trabajo. Para Daisy, sin embargo, el futuro siempre había estado bastante claro. Había crecido entre todas esas antigüedades, las amaba y había heredado el talento de su padre para la profesión. De hecho sus padres, sin haberle obligado nunca a ello, estaban muy contentos de que siguiera en casa con ellos y los ayudara en la tienda, yendo de vez en cuando a visitar familias que se veían obligadas a vender sus pertenencias.

Habían hablado de la posibilidad de que fuera a estudiar a alguna universidad, pero eso hubiera supuesto que su padre tuviera que emplear a alguien y su economía quizá no se lo hubiera permitido.

Así que Daisy había aceptado su destino con resignación.

Y así como dejó de pensar en Desmond, comenzó a acordarse del señor der Huizma, al que le hubiera gustado poder conocer mejor. Le gustaba lo educado que era y parecía que él la aceptaba tal como era, como a una chica normal.

Pero ese día no le iba a quedar mucho tiempo para pensar en nadie. La tienda del señor Gillard se llenaba de antiguos clientes que solían ir todos los años a comprar algunos objetos para regalar por navidades.

Daisy, mientras ordenaba varios juguetes antiguos durante esa fría y oscura mañana de diciembre, pensó que le gustaría ser una niña de nuevo para jugar con la casa de muñecas de estilo victoriano que estaba amueblando con los pequeños utensilios que la acompañaban. La había encontrado en Plymouth en muy mal estado, pero ella la había restaurado y, en ese momento, la estaba colocando en un sitio bien visible.

Era muy cara, pero alguien quizá pudiera comprarla. A ella le hubiera gustado quedársela para sí.

El señor der Huizma estaba esa mañana en la tienda y se acercó hasta donde estaba ella para observar la casa de muñecas de cerca.

–¿Bonita, verdad? –comentó ella–. El sueño de cualquier chica…

–¿Sí?

–Oh, sí. Sólo que tendría que ser una niña cuidadosa a la que le gustaran las muñecas.

–Entonces me la llevaré. Conozco una niña que cumple esos requisitos.

–Le advierto que es muy cara…

–Pero esa niña se merece lo mejor.

Daisy no se atrevió a preguntar más debido a que había notado algo extraño en el tono de voz de él.

–¿Se lo empaqueto? ¿O se lo enviamos a su casa?

–No, me la llevaré en mi coche. ¿Me la puede tener preparado para dentro de unos días, cuando vuelva a por ella?

–Sí.

–Voy a salir unos días al extranjero.

Daisy pensó que seguramente volvería a su país natal para las navidades.

–No se preocupe. Si alguien se interesa por ella, le diré que ya está vendida. Le puedo hacer una factura, si quiere.

–Es usted muy eficiente –dijo él con una sonrisa–. No sabe lo contento que estoy de haber encontrado esta casa de muñecas. Los regalos para los niños son siempre un problema.

–¿Tiene usted muchos hijos?

–Somos una familia enorme –contestó y ella tuvo que contentarse con esa respuesta.

Capítulo 2

Daisy se pasó todo el día empaquetando la casa de muñecas. Envolvió cada pieza del mobiliario con mucho cuidado e hizo un inventario completo de su contenido. Mientras lo hacía no dejó ni un momento de pensar en el señor der Huizma. ¿Quién sería exactamente?, se preguntó. Debía ser un hombre muy rico para comprar ese regalo. Y seguramente también un hombre ocioso, ya que nunca había mencionado nada sobre trabajo. ¿Viviría en Inglaterra o sólo iría de vez en cuando?

Mientras tanto, el señor der Huizma, ajeno al interés de Daisy por él, hacía su ronda por el edificio infantil de un hospital de Londres. Se acercó a un niño que estaba llorando a pleno pulmón y lo levantó en brazos. A su lado había una enfermera de mediana edad, pero que parecía mayor debido a las canas que comenzaban a poblar su cabello. La mujer tenía unos bonitos ojos azules y un rostro angelical.

–Tenga cuidado, le va a estropear el traje –y luego, cuando él la miró sonriente, añadió–. ¿Qué va a hacer con él? No ha hecho ningún progreso.

–Sólo hay una cosa que podamos hacer –dijo, mirando a su ayudante.

–¿Mañana por la mañana? Habrá que decírselo a sus padres. Hablaré con ellos esta tarde…

Él continuó visitando a los niños sin ninguna prisa. Luego, cuando acabó, fueron al despacho de la enfermera para tomar un café. Hablaron de los preparativos para la fiesta de Navidad. Pondrían un árbol, por supuesto, del que los niños colgarían sus calcetines para los regalos e invitarían a los padres a tomar el té.

El señor der Huizma apenas dijo nada. Él trabajaría en el hospital el día de Nochebuena por la mañana y al terminar volaría en su avión particular a Holanda para estar por la noche con su familia. Así lo había hecho desde que aceptó la plaza de pediatra en el hospital. El día siguiente, el día de Navidad, iba al hospital de Amsterdam en el que también trabajaba y se reunía con los niños de allí para celebrar las fiestas. E incluso sacaba algo de tiempo para estar con su familia también…

Unos días antes de Navidad, llamó a la tienda para recoger la casa de muñecas. Daisy, que estaba absorta limpiando un collar de esmeraldas, se dio la vuelta al oír la puerta. Luego, le señaló la casa de muñecas empaquetada.

–Ya está lista. Debe tener cuidado de no golpearla. Todo está envuelto cuidadosamente, pero el material es muy frágil y sería una pena que se rompiera algo.

–Tendré cuidado. Y antes de dárselo a Mies, lo desenvolveré para comprobar que todo está bien.

–Mies… ¡qué nombre tan bonito! Seguro que es una niña encantadora. ¿Cuántos años tiene?

–Cinco años.

Ella quería preguntarle si tenía algún otro hijo, pero él no parecía un hombre al que le gustaran ese tipo de preguntas.

–Le diré a mi padre que lo ayude. ¿Ha traído el coche?

Él asintió.

–¿Va a volver a Holanda hoy mismo? –preguntó ella, suspirando inconscientemente–. Su familia se alegrará de verlo…

–Eso espero –afirmó él–. Se supone que las navidades son unas fiestas que deben pasarse en familia –se quedó mirándola–. ¿Y usted? ¿Tiene alguna reunión familiar?

–¿Yo? Oh, no. Quiero decir que sólo estaremos papá, mamá y yo. Pero lo pasamos muy bien juntos.

El señor der Huizma pensó en ella sola con sus padres y se entristeció. En ese momento entró el señor Gillard en la tienda.

Entre los dos hombres llevaron el paquete al coche. Antes de marcharse, él entró en la tienda para dar a Daisy las gracias por su trabajo y para desearle que pasara unas felices navidades.

Por su forma de decirle adiós, Daisy se temió que no se volverían a ver.

Durante las fiestas, pensó en él muchas veces. El día de Nochebuena estuvieron trabajando en la tienda hasta casi la hora de la cena y el día de Navidad lo pasaron, como era habitual, abriendo los regalos, yendo a la iglesia y comiendo juntos. Al día siguiente, también fiesta, se reunió por la tarde con unos amigos, pero también encontró tiempo para acordarse de él.

Los días que seguían a las fiestas solían ser muy tranquilos. La gente no tenía dinero para antigüedades. Así que Daisy aprovechaba para limpiar y ordenar y su padre se iba fuera a buscar nuevo material.

El señor Gillard volvió muy satisfecho con un juego de té de plata de estilo georgiano. También adquirió un cuadro holandés y un biombo dorado de cuero del siglo XVIII en muy buen estado, aunque los dibujos chinos estuvieran algo oscurecidos por el polvo y la suciedad acumulados durante años. Había pagado por él algo más de lo que se podía permitir, pero quizá lo consiguiese vender ventajosamente.

Daisy se dedicó a limpiarlo y lo dejó como nuevo después de varios días de paciente trabajo. Mientras lo hizo, tuvo mucho tiempo para pensar en el señor der Huizma, incluso sabiendo que quizá no volviera a verlo jamás.

Poco después de terminar la restauración del biombo, hacia finales de enero, entraron dos ancianos en la tienda. La saludaron cortésmente y le dijeron que querían echar un vistazo.

Estuvieron mirando los objetos de la tienda durante largo tiempo. Hablaban en una lengua extranjera, aunque con el padre de Daisy hablaron en inglés. Cuando descubrieron el biombo demostraron una gran emoción, impropia de dos personas de su edad. No hubo necesidad de que su padre se lo describiera. Ellos parecían saber incluso más que él acerca del objeto. Lo examinaron detenidamente y luego preguntaron su precio. Después de que su padre se lo dijera, sacaron el talonario sin más tardanza.

–Le explicaré algo –comenzó a decir uno de los caballeros–. Este biombo, que usted dice haber comprado en una subasta en el estado de Kings Poulton, perteneció a nuestra familia. Usted puede ver las iniciales en el borde superior. Son de una antepasada nuestra que vino a Inglaterra en el siglo XVIII para casarse y se trajo el biombo, incluido en su dote. Nosotros intentamos recuperarlo, pero nos dijeron que había sido destruido, así que ya puede imaginarse nuestra alegría cuando lo hemos descubierto… y en tan buen estado.

–Eso tienen que agradecérselo a mi hija –dijo el señor Gillard–. Estaba bastante deteriorado.

Los tres hombres se giraron hacia ella, que les sonrió.

–Es muy bonito –les dijo–. No sé dónde viven ustedes, pero tendrán que tener cuidado para transportarlo. Es muy frágil.

–Lo llevaremos de vuelta a nuestra casa en Holanda, cerca de Amsterdam. Y le podemos asegurar que tendremos mucho cuidado al transportarlo.

–Pueden enviarlo por correo, debidamente empaquetado.

–Tendría que ser por correo certificado, desde luego –dijo uno de ellos, el mayor, que tenía bigote. Luego, hizo una pausa y se volvió hacia su compañero.

–¿Quizá podría usted encargarse de llevarlo a Holanda, señorita? Ya que lo ha restaurado, sabrá usted mejor que nadie cómo debe transportarse. Y luego, podrá quedarse a revisarlo para asegurarse de que no ha sido dañado durante el viaje.

–¿Yo? –preguntó Daisy–. Bueno, la verdad es que me encantaría, pero no sé si estoy cualificada para esa tarea.

–¿Pero lo haría si se lo pidiéramos?

Ella miró en dirección a su padre.

–Es una buena idea, Daisy. Puedes hacerlo perfectamente. Necesitarás un día para llevarlo y otro para volver, aparte de uno o dos días de estancia allí para comprobar que todo está bien.

–Muy bien, lo haré encantada. Necesitaré un par de días para empaquetarlo…

El caballero del bigote le tendió la mano.

–Gracias, señorita. Volveremos mañana para discutir todos los detalles. Mi nombre es Heer van der Breek.

Daisy le dio la mano.

–Yo soy Daisy Gillard. Me alegro de que hayan encontrado el biombo.

Su acompañante le dio también la mano. Luego, ambos se despidieron del padre y se marcharon.

–¿Estás seguro de que puedo hacerlo? –preguntó Daisy una vez estuvieron solos–. Yo no sé hablar holandés.

–Eso no será ningún problema. Podrás hacerlo perfectamente. Además, mientras estás allí, podrás ir a la tienda del señor Friske en Amsterdam. Acuérdate que me escribió para decirme que tenía una cubitera para enfriar el vino de estilo georgiano que quizá me interesara. El coronel Gibbs me ha pedido una, así que si compruebas que es auténtica, la puedes comprar y traértela contigo.

–¿Dónde me hospedaré? –preguntó Daisy.

–Oh, ellos te recomendarán algún hotel…

Fue sorprendente lo rápido que todo estuvo arreglado. En menos de una semana, Daisy estaba de camino a Holanda con el biombo. Llevaba dinero, su pasaporte y la dirección en su bolso de mano. Aparte, llevaba una maleta con todo lo necesario para pasar fuera unos pocos días. Se quedaría en la casa de Mijnheer van der Breek para asegurarse de que el biombo se desempaquetaba e instalaba adecuadamente. Luego, iría a Amsterdam a la tienda del señor Friske y se hospedaría en un hotel cercano el tiempo que hiciera falta. Aunque seguramente dos o tres día sería suficientes.

Iba en una furgoneta de reparto, acompañada por el conductor y a pesar de su aparente calma, estaba muy excitada. Su acompañante era muy simpático y le contó que estaba algo triste por tener que perderse el cumpleaños de su hija mayor.

–Aunque la compraré algo especial en Amsterdam –comentó él.

Cruzaron el Atlántico en el ferry nocturno. Mijnheer van der Breek lo había arreglado para que no les faltara dinero en el viaje.

Estaba lloviendo cuando desembarcaron por la mañana temprano. Daisy no se esperaba ese clima tan húmedo ni ese paisaje tan llano. Pararon a tomar un café y luego siguieron su camino.

–Dentro de poco tendremos que desviarnos –comentó el conductor.

Circunvalaron Amsterdam y tomaron un camino rural que corría paralelo a un río.

–El río Vecht –dijo Daisy, señalándolo en el mapa.

Era un camino precioso, rodeado por dos hileras de árboles y desde el que se podían ver casas rurales dispersadas aquí y allá. En la otra orilla podían verse más casas y algunas parecían residencias señoriales.

Poco después, cruzaron un puente.

–¿Está por aquí cerca? –preguntó Daisy–. ¿No será una de estas casas? Son preciosas…

Se metieron por un camino al que se accedía a través de unas puertas de hierro forjado y se pararon frente a la entrada de una casa ante la que se veían unas escaleras de piedra. La casa mostraba hileras de ventanas bien ordenadas bajo un tejado con aguilones. Al lado de la puerta había una campanilla para llamar. Daisy se bajó de la furgoneta y la observó con ojos expertos. Debía ser una casa del siglo XVII.

El conductor bajó también y tocó la campanilla. Su sonido debía llegar a cualquier lugar de la casa. Al poco, un hombre corpulento les abrió la puerta. Daisy le presentó la carta que Mijnheer van der Breek le había dado en Inglaterra.

El hombre la invitó a entrar, cosa que Daisy hizo, advirtiéndole prudentemente al conductor que esperara en la furgoneta. La muchacha entró en un vestíbulo oscuro que tenía al fondo una doble puerta de cristal. El mayordomo la abrió y ambos entraron en un cuarto, igualmente oscuro, donde Mijnheer van der Breek estaba sentado.

Tras recibir la carta de manos del mayordomo, Mijnheer van der Breek se levantó para dar la mano a Daisy.

–¿Tiene el biombo? Eso es estupendo. Es una lástima que mi hermano esté indispuesto. De no ser así, habría compartido conmigo el placer de recibirla.

–El biombo está fuera en la furgoneta. Si me dice dónde quiere ponerlo, le diré al conductor que lo baje.

–No, no, joven. Cor ayudará al hombre. Aunque usted tendrá que supervisar cómo lo mueven, por supuesto. Hemos decidido que lo vamos a colocar en el salón. Cuando lo hayan puesto allí, iré a decirles personalmente dónde queremos que vaya exactamente.

Daisy habría preferido descansar cinco minutos con una taza de té, pero parecía que eso no iba a ser posible. Así que volvió a la furgoneta con Cor y observó cómo los hombres sacaban el biombo cuidadosamente y lo metían en la casa. El salón era grande y majestuoso, con ventanas altas y estrechas, cubiertas con cortinas de terciopelo rojo. Los muebles eran antiguos, pero no de una época que a Daisy le gustara especialmente, ya que eran oscuros, pesados y vagamente teutónicos. Aunque tenía que admitir que serían un buen escenario de fondo para el biombo.

Tardaron bastante tiempo en colocar el biombo según las indicaciones de Mijnheer van der Breek. Luego, éste sugirió a Daisy tomar el almuerzo antes de desenvolver y examinar dicho biombo. Sólo cuando el propietario de la casa vio su tesoro a salvo, envió a por su ama de llaves para que enseñara a Daisy su dormitorio.

Daisy se despidió del trasportista, recordándole que tuviera cuidado con la carretera y encargándole que le dijera a su padre que habían llegado bien. Después siguió al ama de llaves por las escaleras de madera tallada.

Fue conducida a lo largo de la galería que recorría la planta de arriba hasta un pequeño pasillo, bajaron unas escaleras, tomaron otro pasillo y finalmente llegaron a un dormitorio colocado en una de las esquinas de la casa. Tenía ventanas en dos de las paredes y el techo alto. La cama tenía un dosel y el suelo, cubierto por diversas alfombras, era de madera. En una de las esquinas, podían verse una pequeña mesa y dos sillas. También había una cómoda de mármol con un espejo de marquetería con dos floreros, feos, pero muy valiosos. Aunque los muebles no le gustaban especialmente, Daisy tenía que admitir que aquella casa estaba llena de antigüedades. El cuarto de baño, sin embargo, ganó inmediatamente su aprobación. Se arregló el pelo, se retocó ligeramente el rostro y bajó dispuesta a comer algo.

Comieron en un salón un poco más pequeño que aquél al que habían llevado el biombo, aunque, al igual que el otro, espléndidamente amueblado. Un mantel de tela de Damasco cubría la mesa y sobre él había colocada una vajilla de china y plata. Fue una lástima que el almuerzo no estuviera a la altura de lo que le rodeaba.

–Un ligero almuerzo de media mañana –explicó Mijnheer van der Breek, describiéndolo exactamente.

Una sopa ligera, una fuente de carne fría y una de quesos, y un plato de panecillos que no fueron capaces de satisfacer el apetito de la invitada. Pero el café estaba delicioso.

Probablemente, la cena sería más sustanciosa, pensó Daisy con esperanza, levantándose de la mesa para ir a examinar el biombo como esperaba su anfitrión.

Estuvo toda la tarde revisando cuidadosamente cada centímetro del biombo, quitando cada mota de polvo y asegurándose de que la luz no era demasiado fuerte y de que el dorado no había sufrido daños. Lo hizo relajadamente, sin notar el paso del tiempo y se detuvo sólo cuando el ama de llaves llegó con una bandeja de té. Continuó trabajando después hasta que fue informada de que la cena se serviría a las siete. Entonces, subió a su cuarto para cambiarse de ropa. Se puso un vestido de punto de color marrón que no le sentaba especialmente bien, pero que no se arrugaba al ir empaquetado.

Los dos propietarios de la casa estuvieron presentes en la cena, así que Daisy pasó bastante ocupada la velada contestando a sus preguntas. La cena fue bastante sustancial, cosa que alegró bastante a Daisy. Había chuletas de cerdo con guarnición de remolacha, escarola cocida y patatas con mantequilla. De postre tomaron pudding de vainilla con salsa de frutas. Daisy pensó que en aquella casa o no había un buen cocinero o a los caballeros no les gustaban las comidas demasiado elaboradas. Pero, de nuevo, el café estaba delicioso. Mientras lo tomaban, discutieron sobre su partida.

–¿Qué tal mañana al mediodía? –sugirió Mijnheer van der Breek, mirando a su hermano, quien asintió–. La llevarán a Amsterdam. Tiene que hacer allí un recado a su padre, ¿no es así? Le agradecemos mucho que haya venido a traernos el biombo, pero estamos seguros de que estará deseando terminar sus tareas y volver a su casa lo antes posible.

Daisy esbozó una sonrisa y pensó que, aunque adoraba su casa y a sus padres, le encantaba estar sola en un país extranjero. Decidió que vería todo lo que pudiera de Amsterdam, incluso llamaría a su padre en cuanto llegara y le pediría quedarse otro día más… Había allí algunos museos que le gustaría visitar.

Al día siguiente, el mayordomo la llevó a Amsterdam en un precioso Daimler. El hotel en el que su padre la había reservado habitación era pequeño y acogedor. Estaba situado en una calle pequeña dividida por canales. El dueño hablaba inglés y la condujo, escaleras arriba, hasta una pequeña habitación que daba a la calle. La recordó que la cena se serviría a las seis y luego se volvió a su pequeño cubículo de la entrada.

A esas horas el cielo estaba ya muy oscuro. Era demasiado tarde para visitar la tienda del señor Friske, así que Daisy se dedicó a arreglarse relajadamente, a sacar las cosas de la maleta y a estudiar el mapa de la ciudad, sentada al lado de la ventana. Sería complicado llegar hasta allí, pensó, cuando por fin encontró la pequeña plaza donde estaba la tienda del señor Friske. Pero no importaba, tenía todo el día siguiente para buscarlo. Además, como su padre la había animado para que se quedara un segundo día, dedicaría otro día entero a visitar la ciudad antes de tomar el ferry de vuelta.

A las cinco y media, bajó al pequeño salón de la planta baja y vio que había ya una docena de personas sentadas. Todos eran holandeses. La saludaron amablemente y se sentó a cenar, disfrutando del ambiente. Había sopa, chuletas de cerdo con verduras y patatas, y, de postre, natillas. Una comida sencilla, comparada con la del señor Mijnheer van der Breek, pero mucho más exquisita…

Durmió muy bien esa noche y, a la mañana siguiente, desayunó bollos y queso con carne fría, tomando varias tazas de café. Y así, fortalecida, comenzó su viaje hacia la tienda del señor Friske. En el hotel no se daban comidas, aunque ella no tenía intención tampoco de volver hasta la noche. Mientras caminaba, vio a su paso bastantes cafeterías donde podría tomar un aperitivo a media mañana.

Se perdió varias veces, pero, como era una chica sensata, no llegó en ningún momento a ponerse nerviosa. De todas maneras, se alegró cuando llegó a la tienda. Ésta era pequeña y vieja y el escaparate estaba lleno de pequeñas antigüedades. Pasó varios minutos mirándolas antes de entrar. El lugar era muy oscuro y estaba atestado de piezas y muebles, de manera que tuvo que andar con bastante cuidado para ir al encuentro del anciano que estaba sentado en una mesa en medio de la sala.

–Buenos días –dijo, extendiendo la mano.

Daisy se dio cuenta en seguida de que no era un hombre que perdiera el tiempo en conversaciones banales, ya que apenas alzó los ojos de la cafetera de plata que estaba limpiando.

–Soy Daisy Gillard. Usted habló con mi padre y le dijo que tenía una cubitera para enfriar el vino de estilo georgiano. ¿Podría verlo?

–¿Ha venido a comprarla? ¿Es usted capaz? –contestó el hombre con un fuerte acento.

–Mi padre cree que sí.

El hombre se levantó despacio y la condujo hasta el interior de la tienda. Sobre una sólida mesa, estaba colocada la cubitera. El hombre permaneció en silencio mientras Daisy la examinaba. Era una pieza espléndida, estaba en muy buenas condiciones y era auténtica.

–¿Cuánto quiere por ella?

El precio era muy alto, aunque era lo que ella había esperado. Después de media hora, se pusieron de acuerdo y Daisy le firmó un cheque, asegurándole que iría al día siguiente para preparar la pieza convenientemente, ya que era bastante delicada. Finalmente, salió de la tienda, contenta de tener todo el día por delante para pasear.

Volvió al hotel ya tarde, cansada, pero contenta. Había visitado el Rijksmuseum, dos iglesias, la casa de Anne Frank y había hecho un pequeño viaje en barco por uno de los canales. Sólo se detuvo una vez para tomar un daas broodje y una taza de café.

Durante la cena contó a sus compañeros dónde había estado y éstos asintieron con aprobación y la animaron a visitar aquella noche la plaza de Leidesplein, cuyos pequeños cafés se llenaban de jóvenes a esas horas.

Daisy, animada después de aquel día en el que todo le había salido bien, decidió ir. No estaba lejos y aunque la noche era un poco fría, había luna y mucha animación por las calles. En seguida encontró el camino y se metió en uno de los cafés. Después de estar un rato sentada observando a la gente, pagó y se dirigió de vuelta al hotel.

Pero el regreso no le resultó tan sencillo. Se confundió de camino y al girarse bruscamente, buscando la calle por donde había ido, dio un paso hacia atrás y se cayó en uno de los canales.

Emergió de la helada superficie y su primer pensamiento fue que afortunadamente no llevaba consigo nada valioso. El segundo fue de terror. El agua no sólo estaba fría, sino que olía horriblemente mal… y sabía peor. Probablemente estaría llena de ratas.

Pidió auxilio y comenzó a nadar, incómoda por la ropa, hacia la orilla. Una vez allí, las piedras estaban muy resbaladizas y resultaban demasiado inclinadas para poder salir. Volvió a gritar y, de repente, una mano milagrosa la agarró con firmeza y la sacó de allí.

–¿Le duele algo? –preguntó su salvador.

–No –contestó ella, medio arrodillada sobre los adoquines.

–Sólo está empapada y… desprende un olor horrible –añadió una voz conocida.

El hombre se agachó y la agarró para que se pusiera en pie.

–Venga conmigo.

–¡Señor Huizma! –exclamó Daisy–. Es usted, ¿verdad? –añadió la muchacha.

Era maravilloso haber sido rescatada, pero, ¿por qué no podía haber sido por un desconocido? ¿Por qué tenía que ser alguien que pensaba de ella que era una muchacha educada, tranquila, con muchos conocimientos en antigüedades y a la que le gustaban los paseos a la orilla del mar… ? Ahora pensaría de ella que era una persona tonta y torpe.

–Pues sí, soy yo –contestó, agarrándola por un brazo–. Al otro lado del puente está el hospital donde trabajo. Allí podrás lavarte y ponerte ropa seca y limpia. ¿Has perdido algo en el canal?

–No, sólo llevaba unos cuantos gulden encima. Me di la vuelta para ver dónde estaba y…

–Claro, claro, es lo más natural. Por aquí.

El hospital estaba muy cerca y, cuando llegaron, él la dejó en manos de una enfermera delgada que esbozó una sonrisa y se la llevó sin que tuviera apenas tiempo de dar las gracias al señor der Huizma. Le quitaron la ropa, la metieron debajo de una ducha caliente, le lavaron el pelo y le pusieron una inyección. La enfermera, que hablaba bien inglés, esbozó una sonrisa.

–Por las ratas –dijo, metiendo la aguja–. Por precaución.

Le dieron un café caliente, la envolvieron en una bata blanca demasiado grande para ella y en una gruesa manta. Luego, la dejaron sola en uno de los cubículos. En seguida, se encontró físicamente recuperada, aunque su mente estaba agitada. No tenía ropa, pensó, se la habían quitado y aunque la lavaran, nunca se secaría lo suficientemente rápido para que se la pudiera poner. ¿Cómo volvería al hotel? Nadie le había preguntado nada, pensó. Así que comenzó a preocuparse.

De repente, las cortinas del cubículo se abrieron y la enfermera delgada apareció. A su lado, estaba el señor der Huizma. Daisy miró a ambos de hito en hito.

–¿Mi ropa? ¿Me podrían… ?

–El señor der Huizma la llevará a su hotel y le explicará lo que ha ocurrido –dijo la enfermera en un tono amable, aunque firme–. ¿Podría traernos la bata y la manta por la mañana?

–¡Oh! Por supuesto, gracias. He sido una molestia, me temo. ¿Me puedo llevar la ropa?

–No. La están lavando y desinfectando. Podrá llevársela por la mañana.

Daisy evitó la mirada del doctor.

–Siento haberles causado tantas molestias. Se lo agradezco mucho…

La enfermera esbozó una sonrisa.

–Es bastante normal que la gente, incluso los coches, se caigan en los canales…

–¿Nos vamos, señorita Gillard?

De manera que Daisy, envuelta en la manta y con unas zapatillas cuyo tamaño le impedía caminar bien, salió del hospital detrás del doctor, que la condujo hasta un Rolls Royce de color gris que estaba aparcado fuera.

Fue un paseo corto y después de desearle una agradable estancia en Amsterdam, el doctor no tenía mucho más que decirle. A Daisy, por su parte, tampoco le parecía un buen momento para tener una conversación relajada.

La acompañó al hotel y habló brevemente con el propietario en holandés, por lo que Daisy no entendió nada. Finalmente, se volvió hacia ella y se despidió con un apretón de manos que a Daisy le pareció extrañamente cálido.

A la mañana siguiente, con ropa limpia y el cabello perfectamente arreglado, tomó un taxi hasta el hospital. Cambió la bata, las zapatillas y la manta por su ropa y dio las gracias una vez más a la enfermera, que asintió con amabilidad y le deseó una feliz estancia.

No vio allí aquella mañana al señor der Huizma. Él, probablemente, era un especialista que iría sólo cuando fuera requerido por causas mayores. De todas maneras, Daisy prefería no verlo por el momento.

El señor Friske tenía la cubitera ya empaquetada y lista para entregársela. Ella dijo que la recogería aquella tarde a última hora y se marchó dispuesta a disfrutar el resto del día viendo escaparates, visitando el centro y comprando algún regalo.

Como era bastante precavida, había dejado el paquete con la ropa que le habían devuelto en el hospital, en la tienda del señor Friske. El abrigo, en cambio, lo llevó a una tintorería para que se lo secaran en el transcurso del día. Todo le estaba saliendo bien aquella mañana y esperaba poder disfrutar a partir de ese momento de su tiempo libre.

Y así fue. Visitó todo lo que pudo: otro museo, una iglesia o dos y varias tiendas de antigüedades, así como algunas tiendas de regalos que había alrededor de Bijnenkorf.

Fue al final de la tarde, después de tomarse una taza de té y un trozo de tarta de nata, cuando se dirigió hacia la tienda del señor Friske.

Caminó por las estrechas calles, pensando en su estancia en Holanda. Había sido muy agradable, a pesar del incidente del canal que, por otra parte, había sido el motivo por el que había vuelto a coincidir con el señor der Huizma. A pesar de que ése no habría sido el encuentro que ella había soñado precisamente. Sabía que no era una belleza y, completamente empapada por el agua de un canal, no debía estar mucho mejor. Tampoco había mucha elegancia en estar envuelta con una manta de hospital.

Ya casi en la tienda del señor Friske, en una calle estrecha y tranquila con las puertas y ventanas de las casas completamente cerradas, de repente, sintió miedo. Demasiado tarde. Alguien agarró su bolso y cuando trató de recuperarlo, otra persona la golpeó en la cabeza. Se cayó al suelo y notó un dolor agudo antes de desmayarse.

Los dos hombres desaparecieron tan silenciosamente como habían aparecido. Y diez minutos después, un hombre en bicicleta la encontró. Poco después, una ambulancia la llevaba al hospital.

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Litres'teki yayın tarihi:
23 ekim 2024
Hacim:
151 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9788413488844
Telif hakkı:
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