Kitabı oku: «Un sueño hecho realidad»

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© 1999 Betty Neels
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un sueño hecho realidad, n.º 1518 - octubre 2020
Título original: Matilda’s Wedding
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1348-877-6
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
EL DOCTOR Lovell contempló a la joven que estaba sentada frente a él, al otro lado de su escritorio. Tendría que servir, pensó; ninguna de las demás aspirantes era apropiada para el puesto. Claro que, la inestimable señorita Brimble, que había estado trabajando para él durante largos años, hasta que se había visto obligada a quedarse en casa para cuidar de su anciano padre, era insustituible. Aun así, aquella joven de rasgos insípidos y voz sumisa no alteraría el curso regular de su vida. Ningún rasgo de su aspecto lo distraería del trabajo: ni el pelo pardusco, que llevaba recogido en una trenza, ni la pequeña nariz discretamente empolvada, ni los labios, que, si se los había pintado, no lo parecía. Además, llevaba la clase de ropa que pasaba desapercibida… Sí, era la apropiada.
Matilda Paige, consciente del escrutinio al que estaba siendo sometida, contempló al hombre que estaba sentado detrás del escritorio. Era corpulento, de unos treinta años, y atractivo. Tenía una nariz dominante, labios delgados, ojos permanentemente entornados y pelo castaño oscuro con vetas plateadas. Matilda no se sentía intimidada, pero pensó que cualquier persona tímida lo estaría en su presencia. Como era una joven tranquila y callada por naturaleza, no tenía motivos para tenerle miedo. Además, nada más verlo, apenas hacía media hora, se había enamorado de él…
–¿Podría empezar a trabajar el próximo lunes, señorita Paige?
–Sí, por supuesto –contestó Matilda, y deseó que el doctor Lovell le sonriera. Seguramente estaba cansado, o no había tenido tiempo para desayunar aquella mañana. Ya había averiguado que tenía una buena ama de llaves, porque se lo había dicho el jardinero. También sabía que estaba prometido. «Una engreída», había declarado la señora Simpkins, la de la tienda de ultramarinos. La prometida del médico había ido de visita, con su hermano, en un par de ocasiones y había declarado que no le gustaba el pueblo.
–Fueron muy groseros –había dicho la señora Simpkins–. Refunfuñaron porque no tenía un queso especial que se les había antojado. Lo que es bueno para el doctor Lovell debería ser bueno para ellos, digo yo. Él sí que es una persona encantadora, igual que su padre, que también fue un buen hombre. Lástima que se haya prometido con una muchacha como esa.
Matilda concluyó que la señora Simpkins estaba en lo cierto. «El amor es ciego», pensó, y se levantó al ver que el médico miraba fugazmente la hora en su reloj de pulsera.
El doctor Lovell también se puso en pie. «Tiene buenos modales», se dijo Matilda, y, cuando el médico le abrió la puerta del despacho, se despidió con un enérgico «adiós» y siguió a la enfermera hasta la puerta de salida.
La casa del médico era una vivienda antigua y agradable situada en el centro del pueblo, de ladrillos rojos y enormes rejas de hierro que la resguardaban de la estrecha calle principal. Los Lovell vivían allí desde hacía más de dos siglos, y la profesión de médico de cabecera había pasado de padres a hijos. Aquel hijo del siglo veinte, en concreto, era bastante notable. Había rechazado cargos importantes en Londres porque se resistía a abandonar la casa de sus antepasados.
Matilda caminó con paso enérgico calle abajo y sonrió a alguno de los viandantes con timidez, ya que todavía se sentía un poco fuera de lugar. El pueblo, situado en la parte más rural del condado de Somerset, tenía un buen número de habitantes, pero había escapado a la especulación inmobiliaria, seguramente, porque estaba bastante apartado de la carretera principal. Por ese motivo, los habitantes de Much Winterlow no aceptaban a los recién llegados con facilidad. Claro que, no podían censurar la presencia del reverendo Paige, de su esposa y de su hija. El padre de Matilda se había jubilado a causa de su delicado estado de salud y había aceptado, con gratitud, la pequeña casa, situada a las afueras del pueblo, que un viejo amigo suyo le había alquilado. Después de vivir durante tantos años en una vicaría, el pastor acusaba la falta de espacio, pero el entorno era tranquilo, el paisaje idílico, y podría seguir escribiendo su libro…
Matilda divisó su nuevo hogar al aproximarse al final de la calle principal. Había un par de campos arados, que esperaban la llegada de la primavera, y la casa, que daba a la carretera, era cuadrada y apenas llamaba la atención. Construida hacía un siglo como residencia del administrador de la extensa finca adyacente, con el tiempo, se había quedado vacía y había servido de hogar para distintos inquilinos. La madre de Matilda se había echado a llorar al verla, pero Matilda le había recordado lo afortunados que eran por haber encontrado un alquiler tan barato. Había añadido alegremente:
–Tal vez parezca una caja de ladrillos, pero no hay razón para que no tengamos un bonito jardín.
–Tan sensata como siempre, Matilda –había dicho su madre con frialdad.
Y menos mal que lo era, porque su madre no tenía intención de hacer de tripas corazón. La señora Paige había disfrutado de una vida desahogada como esposa de un vicario rural. Sí, en la vicaría habían contado con demasiadas habitaciones y, de no ser por Matilda, que había vivido con ellos y había asumido la mayor parte de las tareas domésticas, la señora Paige apenas habría tenido tiempo para cumplir con su papel de esposa del vicario. Un papel que había desempeñado a la perfección, por la posición social que la confería. Sin embargo, en aquellos momentos, se veía forzada a vivir en aquella aldea, en una casa minúscula, con apenas dinero para subsistir…
Matilda abrió la verja del jardín y recorrió la senda de ladrillos que conducía a la puerta principal. El jardín estaba terriblemente descuidado; tendría que hacer algo mientras todavía hubiera luz por las tardes.
–Soy yo –dijo al abrir la puerta, como tenía por costumbre, y al ver que nadie contestaba, abrió la puerta de la izquierda del estrecho pasillo. Su padre estaba sentado detrás del escritorio, escribiendo, pero levantó la vista al oírla entrar.
–Matilda… ¿no me digas que ya es la hora del almuerzo? Precisamente ahora iba a…
Matilda le dio un beso en los cabellos grises. Era un hombre de rostro benigno y buen corazón, que vivía dedicado a su familia y se contentaba con lo que la vida quisiera ofrecerle, y al que no le preocupaba de dónde salía el dinero para sobrevivir. Se había resistido a la jubilación, pero, cuando no le había quedado más remedio, había sabido aceptar el cambio con entereza.
El hecho de que su esposa no estuviera nada contenta con las circunstancias presentes lo preocupaba, pero suponía que, con el tiempo, se adaptaría a su nueva vida. Matilda no le había dado problemas; su hija había aceptado todo sin objeciones. Simplemente había declarado que, si era posible, buscaría un trabajo.
Después del colegio, Matilda había hecho un curso de taquigrafía y mecanografía, había aprendido a manejar un ordenador y a aplicar las reglas básicas de la contabilidad. Nunca había tenido oportunidad de emplear aquellos conocimientos, porque su madre la había necesitado en casa, pero se alegraba de poder incrementar la pensión de su padre. Había sido una suerte que la señora Simpkins le mencionara que el doctor Lovell necesitaba una recepcionista…
Dejó a su padre con la promesa de llevarle un café y fue en busca de su madre.
La señora Paige estaba en el segundo piso, en su dormitorio, sentada delante del tocador. Había sido una joven bonita, pero la mueca de descontento y el ceño de su rostro echaban a perder su atractivo. Se volvió al oírla entrar.
–La peluquería decente más próxima está en Taunton, a kilómetros de distancia. ¿Qué voy a hacer? –miró a Matilda con enojo–. A ti te da lo mismo, eres tan insulsa…
Matilda se sentó en la cama y miró a su madre. La quería, por supuesto, pero, en ocasiones, tenía que reconocer que era egoísta y caprichosa. La señora Paige no tenía la culpa, había sido hija única y consentida, y había enviado a Matilda a un internado, así que nunca se había sentido unida a su hija.
Y Matilda lo había aceptado todo: el afecto vago de su padre, la falta de interés de su madre, la vida en la vicaría, su ayuda constante en el catecismo, en el bazar anual, en las partidas de cartas… Pero todo aquello había terminado.
–He conseguido un trabajo en la consulta del médico –le dijo–. De media jornada, por las mañanas y por las tardes, así que tendré tiempo de sobra para hacer las tareas de la casa.
–¿Cuánto piensa pagarte? La pensión de tu padre no es bastante, y yo no tengo ni un penique.
Matilda le dijo la cifra y su madre repuso:
–No es mucho…
–Es el salario establecido.
–Bueno, menos da una piedra… y tú no necesitas gran cosa.
–No, la mayor parte la dedicaremos a la casa.
–Pobre de mí –la madre de Matilda sonrió de repente–. ¿Podré disponer de algo yo también? Solo lo bastante para parecer la mujer de un pastor, y no una pobre ama de casa.
–Sí, madre, ya se nos ocurrirá algo sin que haya que molestar a papá.
–Espléndido, cariño –su madre era todo sonrisas en aquellos momentos–. Dame tu sueldo al final de la semana y yo me encargaré de distribuirlo como Dios manda.
–Creo que ingresaré el dinero directamente en la cuenta de papá y apartaré lo bastante para ti y para mí.
Su madre volvió a mirarse al espejo.
–Siempre tan egoísta, Matilda. Siempre quieres salirte con la tuya. Cuando pienso en todo lo que he hecho por ti…
Matilda ya lo había oído antes. Dijo:
–No te preocupes, madre, quedará bastante para ti.
Cruzó el pequeño rellano hasta su dormitorio, se sentó en la cama e hizo cuentas en el reverso de un sobre. Era consciente de que la pensión de su padre era insuficiente; si se apretaban el cinturón, dispondrían del dinero justo para comer y pagar las facturas; cualquier extra tendría que salir del pequeño capital de su padre… que había mermado considerablemente con los gastos de su enfermedad y de la mudanza.
El vicario había recibido un talón de sus feligreses antes de marcharse de la vicaría, pero una buena parte se había empleado en comprar alfombras y cortinas, y en reformar el cuarto de baño de la pequeña casa al gusto de la señora Paige. Aunque de estilo funcional, el cuarto de baño podría haberse utilizado tal cual estaba, pero el padre de Matilda amaba a su esposa, no veía ningún defecto en ella y le había dado ese capricho.
Matilda bajó a la pequeña cocina para hacer café y, mientras esperaba a que hirviera el agua, miró a su alrededor. Era una habitación desnuda, con una vieja cómoda contra una pared, una antigua cocina de gas y una lavadora recién instalada, que su madre había insistido en comprar. La mesa del centro era sólida y cuadrada, la misma que habían usado en la vicaría, y tenía cuatro sillas de respaldo alto alrededor. Junto a la pequeña ventana, había un armario destartalado en el que se acurrucaba el gato de la familia, Rastus. En cuanto tuviera un poco de dinero, decidió Matilda, pintaría las paredes de un suave color amarillo cálido, y un bonito mantel y un centro de mesa harían maravillas…
Llevó el café al salón y encontró allí a su madre.
–Le llevaré esto a papá –sugirió Matilda, y atravesó el pasillo hasta la pequeña habitación en penumbra situada detrás de la cocina, a la que grandiosamente denominaban despacho. Estaba muy desordenada, con montones de libros sobre el suelo, que esperaban la instalación de una estantería, y más libros desperdigados sobre el escritorio, que era demasiado grande para la estancia. Aun así, era el escritorio en el que el reverendo había trabajado toda su vida, y le parecía impensable deshacerse de él.
El señor Paige levantó la vista cuando ella entró.
–¿Matilda? Ah, el café. Gracias, querida –se quitó las gafas–. ¿Has salido esta mañana?
–Sí, padre, tenía una entrevista con el doctor Lovell, el médico del pueblo. Voy a trabajar para él a tiempo parcial.
–Muy bien, muy bien. Así conocerás a otros jóvenes y podrás llevar cierta vida social, espero. ¿No te supondrá mucho trabajo?
–Qué va. Solo tendré que recibir a los pacientes, ocuparme de sus fichas y escribir cartas. Me gustará.
–Y, además, te pagarán. Así podrás comprarte cosas bonitas, querida.
Matilda bajó la vista a la mesa. Allí estaba la factura del gas y una nota del fontanero recordándoles que había arreglado los grifos de la cocina.
–Eso haré, padre –dijo en un tono demasiado alegre.
El lunes por la mañana, Matilda se levantó antes de la hora acostumbrada, les llevó el té a sus padres y se retiró a su habitación. No podía transformarse en una belleza, pero, al menos, podía ir impecable. Estudió su rostro en el espejo mientras se extendía los polvos y se pintaba los labios. Enseguida se quitó la pintura. No había ido maquillada a la entrevista y, aunque no creía que el doctor Lovell se hubiese fijado mínimamente en ella, siempre existía la posibilidad de que lo hubiese hecho. Además, sospechaba que había conseguido el trabajo porque era lo más parecido a la señorita Brimble que le permitía su juventud.
La había visto una vez: insulsa, con gafas y ropa de color pardo. Nada en su aspecto habría llamado la atención del doctor Lovell y, Matilda, incapaz de hallar nada en su armario de un color tan insípido, optó por el azul marino con recatado cuello blanco. Lástima, pensó mientras se recogía el pelo en una trenza, que las circunstancias la obligaran a no sacar partido de su físico.
Hizo una mueca al ver su reflejo. Tampoco importaba. Tenía tantas oportunidades de atraer al doctor Lovell como una vaca de volar. Había sido una estúpida al enamorarse de un hombre que ni siquiera la había mirado durante más de un momento.
La consulta estaba a un lado de la casa, y había una senda estrecha que conducía a la puerta lateral. Ya estaba abierta cuando se presentó, y una mujer estaba quitando el polvo a la fila de sillas. Matilda le dio los buenos días y, siguiendo las instrucciones que había recibido, entró en el despacho. El doctor Lovell todavía no estaba allí. No le extrañó, porque faltaban varios minutos para las ocho.
Abrió una ventana, se cercioró de que tuviera todo lo necesario en su escritorio y regresó a la sala de espera, para sentarse detrás de su mesa, que estaba situada en un rincón. El libro de citas ya estaba allí, así que se dispuso a sacar las fichas de los pacientes de aquella mañana del archivador que estaba junto al escritorio. Ya las había ordenado a su gusto, cuando llegó el primer paciente, el anciano señor Trimble, el padre del propietario de la taberna. Era un hombre callado, que tosía con frecuencia, y, a juzgar por el amplio número de fichas, iba a la consulta con asiduidad. Masculló un saludo y se sentó. Tras él entró una joven con un bebé. Tanto la madre como el hijo tenían mal aspecto, así que Matilda se preguntó quién de los dos sería el paciente.
La sala se llenó y Matilda se mantuvo ocupada, aunque era consciente de las miradas curiosas y de los susurros. La señorita Brimble había trabajado allí durante tanto tiempo, que su sustituta era una novedad y, tal vez, no del agrado de todos.
El doctor Lovell abrió, por fin, la puerta de su despacho, dio los buenos días a todos, tomó las fichas del señor Trimble de manos de Matilda e hizo pasar a su paciente. Diez minutos después, salió detrás de él, tomó las fichas del siguiente paciente y dejó que Matilda le diera hora al señor Trimble para una siguiente visita.
No era un trabajo difícil, pensó Matilda, pero tampoco tenía tiempo para aburrirse, porque el teléfono sonaba de tanto en cuando y algunos de los pacientes tardaban en decidir la fecha y la hora de su siguiente visita, pero, cuando el último paciente entró en el despacho del médico, Matilda se sentía contenta. De acuerdo, el doctor Lovell no se había fijado en ella, pero, al menos, lo había visto de vez en cuando.
Trató con paciencia a la anciana que fue la última en salir, porque era casi sorda y, además, estaba preocupada por no perder el autobús.
–Mis gatos –le explicó la anciana–. No me gusta dejarlos solos más de una hora.
–Entiendo –dijo Matilda–. Yo también tengo un gato. Se llama Rastus.
La puerta que estaba a su espalda se abrió y el doctor Lovell dijo con impaciencia bien disimulada:
–Señorita Paige…
Matilda se volvió y le sonrió.
–La señora Trim tiene un gato, y yo, también. Estábamos hablando de ellos –despidió a la señora Trim y cerró la puerta tras ella–. Pondré todo en orden, ¿le parece?
El doctor Lovell no contestó; se limitó a hacerse a un lado para que pasara ella primero al despacho. Una vez dentro, la puerta que comunicaba con la casa se abrió y una mujer alta y huesuda entró con la bandeja del café. Matilda le dio los buenos días.
–Qué amable… Café. Y tiene un aroma delicioso.
Henry Lovell la miró con expresión inescrutable. Matilda le había parecido tan dócil y callada durante la entrevista. Dijo con firmeza:
–Mientras se toma el café, por favor, tome nota de ciertas instrucciones que quiero darle.
Matilda no necesitaba mirarlo para saber que lo había irritado.
–Hablo demasiado –le dijo, y abrió el bloc de notas. Sintió un cosquilleo en la nariz al inspirar el aroma que emanaba la cafetera.
–Sea tan amable de servir el café, señorita Paige. Debo señalar que, normalmente, no tendrá tiempo para tomar nada. Esta mañana ha habido pocos pacientes y, normalmente, me marcho en cuanto sale el último, para que usted ordene y cierre la puerta y los armarios. Debo advertirle que la consulta de la tarde suele estar bastante concurrida.
El doctor abrió un cajón y le tendió un llavero.
–Si me entretengo, confío en que usted reciba a los pacientes y lo tenga todo listo para cuando yo llegue. La señorita Brimble era muy eficiente; espero que usted también lo sea.
Matilda tomó un sorbo de café. Qué extraño, pensó, que de los millones de hombres que había en el mundo, se hubiese enamorado de un médico distante y educado de fríos ojos azules y, por lo que sabía, con un corazón igual de frío.
–Haré lo posible por seguir los pasos de la señorita Brimble –le dijo, y Matilda tomó nota de sus instrucciones–. ¿Me necesita para alguna otra cosa, doctor? Entonces, ordenaré la sala de espera y echaré la llave.
El doctor Lovell asintió, sin levantar la vista del montón de fichas que tenía sobre el escritorio.
–La veré esta tarde, señorita Paige –le dijo, y la miró entonces–. Este no es un trabajo en el que se pueda estar muy pendiente de la hora.
Matilda se puso en pie y caminó hacia la puerta, desde donde dijo en voz baja:
–Supongo que echa de menos a la señorita Brimble. Confiemos en que todo salga bien, ¿no?
Matilda cerró la puerta con cuidado al salir y el médico se quedó mirando el rectángulo de madera que lo separaba de la sala de espera con una expresión de sorpresa en su atractivo rostro. Se concedió una sonrisa, aunque fugaz. La señorita Paige tendría que adaptarse a su forma de trabajar o buscarse otro empleo.
Matilda se fue a casa, se puso el delantal y empezó a llenar de ropa la lavadora. Su padre estaba en el despacho, su madre, preparando café en la cocina.
–Bueno, ¿qué tal te ha ido? –preguntó la señora Paige–. Supongo que no es un trabajo muy difícil. ¿Es un hombre agradable el doctor Lovell? Tu padre tiene que ir a verlo dentro de unos días. Es un fastidio que tenga que ir al médico tan a menudo. Cuando se recuperó del ataque al corazón, pensé que ya se había curado.
–Bueno, está curado, madre. Pero es posible que sufra otro ataque si el médico no lo vigila. Aunque, se siente a gusto aquí, ¿verdad? Esta es la clase de vida ideal para él.
La señora Paige dijo con fiereza:
–Sí, claro, es ideal para él, pero ¿y para mí? No hay nada que hacer en esta minúscula aldea.
–No es minúscula. Y la señora Simpkins me ha dicho que siempre hay alguna actividad. Teatro para aficionados en el invierno, partidas de bridge, y tenis y cricket en el verano. En cuanto conozcas a la gente…
–¿Y cómo voy a conocerlos? ¿Llamando a su puerta? Llevamos aquí casi dos semanas.
–Si fueras al pueblo más a menudo… –empezó a decir Matilda–. Todo el mundo va a la tienda de la señora Simpkins.
–¿Todo el mundo? ¿Quién es todo el mundo? Nadie con quien pueda trabar amistad. Cuando pienso en la vida tan agradable que llevábamos en la vicaría… en mis amigas, en las personas tan interesantes que iban a ver a tu padre…
–Estoy segura de que aquí también hay personas interesantes –dijo Matilda–. ¿Vas a tomar café con papá? Yo ya he tomado en la consulta. ¿Preparo unos macarrones con queso para el almuerzo?
Su madre se encogió de hombros.
–¿Cómo es el doctor Lovell? El típico médico de cabecera rural, supongo.
Matilda no contestó. No creía que el doctor Lovell fuese típico para nadie, pero, claro, ella estaba enamorada de él.
Tuvo cuidado de presentarse en la consulta varios minutos antes de las cinco. Ya tenía preparadas las fichas de los pacientes y estaba sentada detrás de su escritorio, cuando se presentó el primer paciente. El doctor Lovell había dicho la verdad; la afluencia de personas era constante: varios hombres con catarros molestos, unos cuantos niños quejicosos y dos jóvenes con las manos vendadas. Por las fichas, sabía que la mayoría provenían de granjas cercanas y, como todos se conocían entre ellos, la habitación era una algarabía de voces alegres mezcladas con ataques de tos y gemidos infantiles.
El doctor no había dado señales de vida y ya eran más de las cinco. Matilda salió de detrás de su escritorio para sostener a un niño díscolo, mientras la madre llevaba al hijo mayor al servicio. Todavía estaba con él en brazos, cuando el doctor Lovell abrió la puerta e hizo pasar al primer paciente, un anciano aquejado de tos.
Miró a Matilda con las cejas levantadas, pero no hizo ningún comentario y, cuando salió a recibir a su segundo paciente, ella ya estaba sentada detrás de la mesa, ocupada con el libro de citas y consciente de que todos la observaban. A fin de cuentas, era una recién llegada en la aldea y, aunque la señora Simpkins había dado la opinión de que Matilda era una joven agradable, un poco callada, pero educada, el pueblo no tenía intención de precipitarse en sus conclusiones.
La hija del pastor, se decían. Bueno, la señorita Brimble también lo era, aunque le doblaba en edad. La despedían con amabilidad y, una vez en sus casas, durante la cena, expresaban su opinión: una joven agradable, un poco insulsa, pero sonriente.
En cuanto al doctor Lovell, que aquella noche fue a cenar a casa del reverendo Milton, se mostró satisfecho con su nueva recepcionista. Aunque, no tenía nada más que decir sobre ella.
La semana transcurrió sin novedad. Los martes solo había consulta por la tarde, porque el doctor tenía el cargo de anestesista en el hospital de Taunton y pasaba allí la mayor parte del día, y los jueves, solo recibía pacientes por la mañana. El miércoles, la consulta se llenó con las víctimas de las primeras gripes invernales. Matilda disfrutaba del trabajo, aunque deseaba poder llevarlo a cabo en una atmósfera más limpia, y no con olores a abrigos húmedos y a granjas. Y, aunque el doctor Lovell seguía mostrándose educado, pero frío, al menos, ella lo veía todos los días. Tarde o temprano, dejaría de compararla con la señorita Brimble y concluiría que Matilda era una joven agradable.
Y, con lo que era Matilda, ya había urdido varios planes. Una planta para la sala de estar, un pequeño jarrón con flores para el escritorio del doctor Lovell, un orinal para los bebés y algún recipiente donde los pacientes pudieran dejar los paraguas en los días de lluvia. Había muchos trastos que su madre había relegado al cobertizo del jardín; tal vez encontraría allí algo que pudiera servir.
Después del primer día, Matilda había declinado educadamente la invitación de tomar café y se había limitado a permanecer de pie junto al escritorio del médico, para recibir instrucciones, a despedirse alegremente y a cerrar la puerta con cuidado al salir. No tenía sentido que se quedara más tiempo del imprescindible cuando, prácticamente, era invisible para él.
El viernes por la mañana, Matilda encontró un sobre encima de su mesa. Durante la entrevista, le había pedido al doctor Lovell que le pagara en metálico al final de cada semana, y el médico había accedido sin hacer ningún comentario. Guardó el sobre en el bolso y saludó al primer paciente. Su padre le había enseñado que el dinero no era el camino fácil a la felicidad, pero, por una vez en su vida, no podía evitar sentirse como una millonaria…
En el pueblo, había una pequeña sucursal del banco de su padre, que abría tres días a la semana durante unas horas. Matilda ingresó la mayor parte del dinero en la cuenta del señor Paige, le compró unas salchichas a la señora Simpkins y se fue a casa rebosante de alegría.
Había un coche aparcado delante de la verja: un antiguo Rover perfectamente conservado. Pertenecía al reverendo Milton, y Matilda se alegró de verlo, porque significaba que el pastor había ido a visitar a sus padres. Ya se había pasado a verlos en otra ocasión, justo después de la llegada de los Paige a Much Winterlow, pero dado el caos en el que había estado sumida la casa, no se había quedado mucho tiempo.
El reverendo estaba en el salón, con su esposa. La señora Milton era una mujer plácida, de corta estatura y rostro amable y, según la señora Simpkins, gozaba del afecto de todos los habitantes del pueblo.
Matilda los saludó y, a petición de su madre, fue a preparar más café. Lamentaba no haber comprado algunas galletas de regreso a casa. Rellenó las tazas de todos y se sentó para contestar a las amables preguntas de la señora Milton.
¿Le gustaba trabajar con el doctor Lovell? Era un hombre muy bueno y valioso, aunque trabajaba demasiado. Había sido una suerte que hubiese encontrado a Matilda como sustituta de la señorita Brimble. ¿Sabía jugar al tenis? En verano, había un club que organizaba torneos, y en invierno, teatro para aficionados.
–Tienes que conocer a algunos de nuestros jóvenes –dijo la señora Milton.
La señora Paige la interrumpió de la forma más educada posible.
–Matilda no es una joven muy sociable –le dijo–. De lo cual me alegro, porque no soy muy fuerte y la preocupación por la enfermedad de mi marido me ha destrozado los nervios.
–Lo lamento, señora Paige –dijo la señora Milton–. Confiaba en poder presentarle a algunas personas del pueblo y en persuadirla para que se uniera a uno o dos de nuestros comités. Recaudamos bastante dinero para los pobres sin armar mucho revuelo. Y la asociación de madres crece cada día. Lady Truscott es la presidenta, y nos reunimos en su casa una vez al mes. Toda una mansión, ya sabe…
–Me encantará asistir y brindarle toda la ayuda que pueda –se apresuró a decir la señora Paige, mucho más animada, y profirió una carcajada de pesar–. Esto es tan distinto. Echo de menos nuestra antigua casa, y la vida social que iba unida a la vicaría. Y, por supuesto, la variedad de tiendas. Tengo entendido que la peluquería más cercana está en Taunton.
–La señorita Wright no lo hace tan mal, y está en el pueblo. Confieso que yo voy a Tessa’s, en Taunton. Si quiere, le daré su teléfono y, si menciona mi nombre, estoy segura de que le hará un hueco.
–Es usted muy amable. Tendrá que ser el día en el que el autobús va a Taunton. Me han dicho que solo hay uno.
–¿No tiene coche?
–No, yo no sé conducir y a Jeffrey se lo han prohibido, así que vendimos el que teníamos.
La señora Milton se volvió hacia Matilda.
–¿Tú no conduces, querida?
Matilda solo tuvo tiempo para decir que sí, antes de que su madre se apresurara a explicar:
–No tenía sentido conservar el coche solo para disfrute de Matilda. Le gusta andar y también puede moverse en bicicleta.
–En ese caso –dijo la señora Milton–, me encantará llevarla a Taunton la próxima vez que vaya a la ciudad. A Matilda también, si…
–Una de nosotras debe quedarse en casa, por si acaso Jeffrey no se encontrase bien, pero le agradezco su ofrecimiento. Me encantará ir a Taunton con usted. Tal vez podría arreglarlo para ir a la peluquería y hacer una pequeña compra. Estoy segura de que la tienda del pueblo es excelente, pero necesito algunas cosas que no creo que abastezcan aquí.
–Organizaremos un viaje dentro de poco, y tendrá noticias del comité –la señora Milton se puso en pie–. Me alegro de que haya venido a vivir a Much Winterlow, y estoy segura de que se encontrará a gusto una vez que esté totalmente instalada.
Miró a su marido y este, a regañadientes, puso fin a la interesante conversación que estaba manteniendo con el señor Paige. Se dijeron adiós y Matilda los acompañó hasta la verja, desde donde los despidió con la mano.
–Una joven muy agradable –dijo la señora Milton–, pero creo que no tiene mucho tiempo para divertirse. Su madre…
–Vamos, querida, no te precipites en juzgar a las personas, aunque entiendo lo que quieres decir. Debemos procurar a Matilda algunas amistades.
–Me pregunto qué tal se llevará con Henry.
–Seguramente, bastante bien. No creo que sea un jefe muy duro. En cuanto se hayan acostumbrado el uno al otro, sin duda, Matilda demostrará ser igual de eficiente que la señorita Brimble.
Aunque eso no era lo que la señora Milton había querido decir, pero no se molestó en aclarárselo a su marido.
La señora Paige siguió a Matilda hasta la cocina.
–¿Te han pagado?
Matilda apiló las tazas y los platos junto al fregadero.
–Sí, madre.
–Me alegro. Si la señora Milton cumple su promesa, podré ir a Taunton. Necesito un par de cosas, aparte de arreglarme el pelo. Si me das veinticinco libras… Comprende que, si tengo que conocer a todas esas mujeres, tengo que estar presentable, y podrás disponer del resto del dinero…
–Lo he ingresado en la cuenta de papá, en el banco.
–Matilda, ¿te has vuelto loca? Le ingresarán la pensión dentro de una semana, y podemos abrir una cuenta en la tienda.
–Hay que pagar la factura del gas, al fontanero….
La señora Paige dijo con voz llorosa:
–No puedo creer que mi propia hija sea tan malvada –se echó a llorar–. Odio este lugar, ¿es que no lo entiendes? Esta casa minúscula y este pueblo sin tiendas y nada que hacer en todo el día. Siempre ocurría algo en la vicaría: la gente iba de visita, para pedir consejo o ayuda; pasaban cosas. Claro que a ti no te importa –añadió–. No creo que eches de menos a tus amigas, y dudo que hubiera ningún hombre interesado en ti. Tanto mejor, porque dudo que conozcas a nadie que quiera casarse contigo.
Matilda dijo en voz baja:
–No, supongo que no. Lamento que seas tan desgraciada, madre, pero tal vez conozcas a gente que sea de tu agrado cuando vuelvas a ver a la señora Milton –sacó algunos billetes de su bolso–. Aquí tienes veinticinco libras –dejó el dinero sobre la mesa–. Yo prepararé el almuerzo, ¿te parece?
Su madre dijo algo, pero Matilda no lo oyó, porque estaba reprimiendo el impulso de salir corriendo de la casa y huir a algún sitio en el que no le recordaran que era insulsa, poco agraciada y malvada. La vida habría sido muy distinta de haber sido bonita…
Movió con fuerza la cabeza. La autocompasión era una pérdida de tiempo; la vida no era tan mala. Tenía un trabajo, le gustaba el pueblo, había conocido a gente agradable y, además, estaba el doctor Lovell. El amor que sentía hacia él llenaba su vida de color y, con el tiempo, si conseguía parecerse más a la señorita Brimble, conseguiría agradarlo. No esperaba nada más, su madre ya había dejado claro que no podía atraer a un hombre como él.
Preparó el almuerzo, escuchó los alegres comentarios de su padre sobre el reverendo Milton y su esposa y, luego, con Rastus como única compañía, salió al jardín y empezó a recoger las hojas que cubrían el césped.
Hacía fresco y el viento soplaba con fuerza, así que la trenza se le deshizo y, además, se había atado un saco sobre la falda. El doctor Lovell, al pasar por delante, en su coche, pensó con indiferencia que Matilda estaba desaliñada. La borró de su mente y se sintió vagamente irritado al sorprenderse recordando aquella mata de pelo castaño claro flotando al viento.
Capítulo 2
EL LUNES por la mañana, Matilda no se parecía en nada a la joven desaliñada que el doctor Lovell había visto al pasar por delante del jardín. Era la personificación de la pulcritud, y trataba a los pacientes con buen humor, paciencia y agrado, ya que se sentía que, por fin, la habían aceptado en el pueblo. Era de esperar, pensó Matilda, que el doctor Lovell también acabaría aceptándola.
Era una mañana fría y con llovizna, y Matilda se alegró de haber arrastrado, hasta la sala de espera, el cañón de chimenea que había encontrado en el cobertizo del jardín. No era lo ideal, pero, al menos, haría las veces de paragüero. Estaba segura de que el doctor no se había dado cuenta; con suerte, tampoco se fijaría si llevaba algunos de los crisantemos que crecían, desatendidos, en el jardín de atrás y los ponía sobre la mesa de la sala de espera… y sobre el escritorio del doctor Lovell. Quizá le alegraran el día.
Terminada la consulta, ordenó la sala, recibió unas cuantas instrucciones sobre la consulta de la tarde, rechazó su ofrecimiento del médico de tomar café y cruzó la calle hasta la tienda. La señora Simpkins vendía de todo; al menos, de eso alardeaba y, cómo no, de las profundidades de su tienda, rescató un orinal de plástico.
–A esto llamo yo tener sentido común –declaró–. A la señorita Brimble nunca se le ocurrió. Bueno, estaba soltera, así que es comprensible, ¿no? Será una bendición para todas las madres con pequeños –echó un vistazo por la ventana de la tienda–. El doctor Lovell acaba de pasar, así que puedes llevarlo ahora a la consulta.
Y eso hizo Matilda.
Una vez en casa, encontró a su madre de un humor espléndido. La señora Milton iría a Taunton el miércoles y la llevaría en su coche.
–Solo trabajas por la mañana –le recordó a Matilda–, así que podrás quedarte aquí con tu padre. No sé cuánto tiempo estaré fuera, tal vez la señora Milton me invite a tomar el té. ¿Puedes preparar algo de café? Tu padre tiene dolor de cabeza, tal vez una taza le siente bien. Tengo que planchar un par de cosas… ¿podrías encender el fuego en el salón? Hace un día tan desapacible.
Después del almuerzo, Matilda se puso un viejo impermeable y un pañuelo para la cabeza, y salió al jardín de atrás. Era bastante grande y la hierba estaba tan crecida que costaba ver lo que había sido antes. Pero, casi ocultos junto a la valla, estaban los crisantemos, de un rosa intenso y un poco manchados de barro. Escogió los mejores, llenó un jarrón para el salón y metió el resto en una bolsa de plástico para llevarlos a la consulta aquella tarde. Y, de paso, rebuscó en el cobertizo, y encontró dos jarrones. Cuando los colocó en la mesa de la sala de espera y en el antepecho de una ventana del despacho, los crisantemos cobraron nueva vida. Algunos pacientes los alabaron, pero, si el doctor Lovell se fijó en ellos, prefirió no decir nada.
De hecho, Henry los había visto nada más entrar en la consulta, pero había centrado su atención rápidamente en el primer paciente. Confiaba en que Matilda no fuera a desparramar cojines por la sala o a poner plantas en los antepechos de las ventanas. Quizá debería cortar de raíz aquellas ideas…
Pero no tuvo oportunidad de hacerlo aquella tarde; un trabajador de una de las granjas de la zona se había caído de una escalera y debía ir a atenderlo. Se marchó dando las buenas noches de forma brusca y dejó que Matilda recogiera y echara la llave. Y, por supuesto, al día siguiente, no había consulta hasta la tarde.
Cuando Matilda apareció, el doctor ya estaba detrás de su escritorio, escribiendo, y ella se apresuró a sacar las fichas de los pacientes y a contestar las llamadas constantes de teléfono. Hasta que no despidió al último paciente, el doctor Lovell no salió a la sala de espera.
Matilda estaba de rodillas, recogiendo, de debajo de las sillas, los juguetes con los que habían estado jugando los niños.
–Señorita Paige –dijo el doctor Lovell fríamente, y ella se puso inmediatamente en pie, contenta de verlo pero consciente de que no estaba en su mejor momento–. Ya veo que ha introducido una o dos… eh… innovaciones. Y, aunque agradezco sus esfuerzos, debo rogarle que no haga cambios muy drásticos.
Matilda se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.
–Bueno, no lo haré –lo tranquilizó–. Pero es que resulta desagradable que los paraguas calen el suelo, y no se le puede pedir a un niño pequeño que se encarame a un retrete, ¿sabe? Y pensé que unas cuantas flores alegrarían un poco el lugar. ¿Y una planta o dos? –añadió en tono esperanzado.
–Si está decidida, adelante, pero que quede bien claro que yo no quiero tener ninguna planta en mi despacho.
–Vaya, ¿le dan fiebre de heno o algo así? –preguntó Matilda en tono preocupado.
El médico, tan seguro de sí mismo y acostumbrado como estaba a que lo trataran con respeto, no pudo articular palabra. Como solía ser él quien aconsejaba a los demás sobre sus dolencias, lo último que esperaba oír era una opinión sobre su salud.
El miércoles por la mañana, cuando Matilda regresó de la consulta, su madre ya se había ido con la señora Milton. Cuando volvió a casa, estaba encantada con los acontecimientos del día.
–Una peluquera maravillosa, Matilda, merece la pena gastarse lo que pide, y las tiendas son excelentes. Cómo no, no tenía dinero, pero la próxima vez compraré algunas cosas imprescindibles para mí –profirió una carcajada–. Acompañaré a la señora Milton a casa de lady Truscott, a la siguiente reunión del comité para un acto benéfico, así que debo ponerme un poco elegante. No querrás que tu madre parezca un adefesio, ¿verdad?
El padre de Matilda dijo:
–Querida, estoy seguro de que podré dejarte hacer un gasto extra. Pero Matilda debe disponer de su propio dinero para gastarlo según le plazca.
Matilda salió a hurtadillas de la habitación. Había oído la suave protesta de su padre en más de una ocasión, pero siempre era desoída. En cuanto pagara las facturas pendientes, iría a Taunton y se compraría ropa nueva, se arreglaría el pelo, se haría la manicura, se compraría maquillaje… El doctor Lovell todavía no se había fijado en ella, y tal vez nunca lo haría. Estaba prometido, se dijo Matilda, y recordó que a la señora Simpkins no le había agradado su prometida.
Mientras pelaba patatas, Matilda decidió averiguar más cosas sobre ella.
Al día siguiente, después de la consulta de la mañana, como hacía un buen día a pesar del viento, llenó la lavadora y salió al jardín para rastrillar las hojas acumuladas sobre la alta hierba. Se había puesto un viejo jersey, una falda y unas botas de agua, un atuendo apropiado para la faena pero nada favorecedor. Como no la veía nadie, se había recogido el pelo con un trozo de cuerda del cobertizo. Encontró un rastrillo y se puso manos a la obra con alegría. Olvidó sus pequeñas preocupaciones y empezó a proyectar cómo quedaría el jardín cuando terminara de arreglarlo. Hizo un alto y se apoyó sobre el rastrillo.
–Rosas –decidió–. Y lavanda, peonías, altramuces y malvas.
Había estado hablando sola, un hábito que había adquirido y que practicaba, aun cuando Rastus no estaba presente para oírla.
–Quedará precioso, te lo prometo.
Extendió un brazo y a punto estuvo de caer al suelo cuando el doctor Lovell le dijo, a pocos centímetros del oído:
–¿Suele hablar sola?
Matilda se dio la vuelta para mirarlo y Henry pensó que estaba bastante bonita con las mejillas sonrojadas y el pelo suelto.
–Por supuesto que no –repuso con aspereza–. Estaba hablándole al jardín. A las flores les gusta que les hablen. El Príncipe de Gales habla a sus…
–Eso hace –el doctor hablaba en tono afable–. Pero yo nunca he tenido tiempo.
–No, bueno, supongo que no. De todas formas, antes preferiría estar con su… –Matilda se interrumpió al ver la mirada fría del médico. Se apresuró a continuar–. ¿Ha venido a verme a mí por algo, o a mi padre?
–A su padre –Henry la observó distraídamente. Las ropas viejas que llevaba no la favorecían, pero debía reconocer que le gustaba su pelo… y le intrigaba su naturalidad. Claro que, no era su tipo… –¿Se encuentra en casa? –le preguntó con brusquedad.
–Sí. Estará en su despacho. Está escribiendo un libro –Matilda caminó por delante hasta la puerta principal, se quitó las botas y lo condujo por el estrecho pasillo–. Mi madre está en el salón…
–Veré primero a su padre, si no le importa.
Matilda asomó la cabeza por la puerta del despacho.
–Padre, el doctor Lovell ha venido a verte.
El médico entró en la estancia y cerró la puerta con suavidad y, al instante siguiente, la madre de Matilda salió del salón.
–¿Quién es? –frunció el ceño–. Deberías haberme avisado, Matilda.
–El doctor Lovell dijo que, primero, quería ver a papá.
–Bueno, tú vuelve al jardín. Yo hablaré con él.
La señora Paige regresó al salón y se miró en el antiguo espejo que había sobre la chimenea. Tenía buen aspecto, pensó, pero no le vendría mal retocarse la pintura de labios. Y, quizá, empolvarse un poco más…
El doctor Lovell estrechó la mano de su paciente y se acercó una silla.
–He recibido todas sus fichas de su anterior médico, el doctor Grant, ¿no es así? Lo conozco, ha estado en buenas manos. Pero me gustaría que me dijera cómo se siente y, luego, si le parece, quisiera echarle un vistazo.
El doctor escuchó pacientemente el recuento vago del señor Paige sobre su estado de salud.
–Claro que, soy consciente de que puedo sufrir otro infarto en cualquier momento, pero me siento bien. Vivir aquí me parece muy relajante, y puedo escribir en silencio. Y, tal vez, más adelante, pueda ayudar al señor Milton, si él lo desea.
El doctor Lovell escuchó con gravedad y dijo:
–Bueno, ¿qué tal si lo examino? –acto seguido, volvió a sentarse–. Por lo que he visto, está en excelente forma. Le recetaré unas pastillas diferentes y le aconsejo que dé un paseo todos los días. Bien abrigado, durante media hora. A parte de unas precauciones razonables, podrá disfrutar de una vida normal.
–Espléndido. Me siento fatal porque usted me visite; podría ir sin problemas a su consulta.
–Será mejor que me pase a verlo de vez en cuando, pero hágame saber si le preocupa alguna cosa.
–Lo haré; Matilda podría darle el mensaje. Confío en que su labor en la consulta le resulte satisfactorio, parece muy feliz con su nuevo trabajo. Tal vez así conozca a algunos jóvenes del pueblo. Lleva una vida tranquila y, por supuesto, su ayuda en casa es indispensable para mi mujer –el señor Paige asintió con satisfacción–. Tenemos mucha suerte de tener una hija tan abnegada.
El doctor, que casi nunca pensaba en Matilda, sintió lástima por ella. Parecía destinada a hacer las funciones de hija sumisa… ¿Y por qué su ayuda era indispensable para la madre?
–¿Su esposa está inválida?
–No, no, nada de eso, pero siempre ha tenido la salud delicada… los nervios.
Así que, el médico estaba advertido cuando encontró a la señora Paige esperándolo en el umbral del salón. Ella le tendió la mano.
–Doctor Lovell, le agradezco que haya venido. Me preocupo tanto por mi marido; me altera tanto los nervios… –le sonrió–. No soy muy fuerte, y haberme tenido que mudar a esta minúscula casa también me ha afectado. A mi marido le encanta, y a Matilda también, así que tendré que adaptarme a esta nueva vida. Los dos se contentan con tan poco.
–Entonces, se alegrará de saber que el señor Paige se encuentra bien –le dijo el médico en tono afable–. Le he aconsejado que dé un paseo todos los días.
–Lástima que vendiéramos el coche. Pero, claro, él ya no puede conducir, y yo nunca he aprendido –profirió una pequeña carcajada–. Tonta de mí.
–¿Su hija conduce?
–¿Matilda? Sí, claro, pero no tenía sentido que conserváramos el coche solo por ella. ¿Por qué no pasa y se sienta un rato?
–Me temo que no puedo quedarme; estoy haciendo la ronda de la tarde –Henry sonrió, una sonrisa profesional sin afecto, estrechó la mano de la señora Paige y salió por la puerta al jardín.
Matilda seguía recogiendo hojas, pero cuando lo vio, fue a su encuentro.
–¿Cómo se encuentra mi padre? No quiero entretenerlo, doctor, sé que está haciendo la ronda.
Matilda lo acompañó hasta el coche y él dijo:
–Está en buena forma física. Mañana, le daré unas pastillas para él y, por favor, cuide de que dé un paseo todos los días. Si ve que le preocupa algo, dígamelo –Henry sonrió con amabilidad.
Subió al coche, se despidió con una ligera inclinación de cabeza y arrancó. Matilda observó cómo el automóvil gris se alejaba por la calle. Pensó en la sonrisa del doctor; por un momento, le había parecido una persona distinta. Se preguntó cómo era, en realidad, sin aquella máscara de calma y profesionalidad. ¿Lo averiguaría alguna vez? Era cortés con ella, pero de una forma fría y brusca que la desanimaba; era evidente que no sentía deseo alguno de tratarla con más afecto.
Y con razón, pensó Matilda aquella noche. «Si yo estuviese prometida con una persona, no me preocuparía por nadie más». Deseaba con todas sus fuerzas poder conocer a su prometida porque, ya que lo amaba tanto, la felicidad del doctor Lovell era importante para ella.
–Soy una estúpida –le dijo Matilda a Rastus mientras preparaba la masa para un pastel de carne. El carnicero pasaba con su furgoneta dos veces por semana por el pueblo, y era un plato que a su padre le encantaba. Rastus le dirigió una mirada larga y reflexiva, y le dio la espalda.
El día que cobraba siempre se animaba. Matilda ingresó la mayor parte de su sueldo en el banco y cruzó la calle para comprar algunos extras para la despensa. También necesitaba medias y pasta de dientes, y la señora Simpkins vendía un champú que, al parecer, dejaba los cabellos brillantes y sedosos.
La tienda estaba bastante llena. Matilda no era la única que cobraba los viernes, y la señora Simpkins estaba despachando con energía y disfrutando, de paso, de los chismes.
–He oído que viene este fin de semana –dijo una matrona robusta, mientras esperaba que la señora Simpkins le cortara el tocino–. Se alojará en casa del doctor Lovell, por supuesto, pero vendrá acompañada de ese hermano suyo.
Matilda se acercó un poco más, ansiosa por no perder palabra.
–Ya es hora de que se casen –dijo otra voz–. Aunque ella no me gusta, la verdad. Es una chica de ciudad, no quiere saber nada de gente como nosotros.
Hubo un murmullo de confirmación.
–Pero bonita como ella sola –dijo otra persona.
La señora Simpkins intervino.
–Los hombres no quieren a una mujer bonita por esposa, sino una esposa que les dé un hogar e hijos. Y él es un buen hombre.
Se produjo un suspiro colectivo de pesar y Matilda se preguntó qué diría el médico si supiera lo que se decía de él. Pensó que no le importaría, más bien, que le haría gracia. Y el doctor Lovell no tenía motivos para preocuparse, gozaba del respeto y la simpatía de todo el pueblo. A ojos de los habitantes de Much Winterlow, estaba a la misma altura que el reverendo Milton.
Matilda compró las medias, la pasta de dientes y una crema de manos que, según la señora Simpkins, era ideal si iba a trabajar en el jardín. Además, compró tocino, coliflor, manzanas para cocer y un paquete de galletas de chocolate. Contestó las preguntas de la señora Simpkins sobre la vida en la consulta y sobre la salud de sus padres.
–Si hace buen tiempo, espero que mi padre pueda ir a la iglesia el domingo –dijo Matilda–. Y, por supuesto, mi madre irá con él. El señor Milton se ha ofrecido amablemente a llevarlos en coche.
–¿Tú también irás?
–Bueno, sí, eso espero…
La señora Simpkins asintió.
–Ya es hora de que salgas un poco y conozcas a gente del pueblo. La iglesia es un lugar tan bueno como otro cualquiera.
Matilda le dio la razón y se fue a casa. No había llovido y podría trabajar en el jardín. Su madre, ante la perspectiva de ir a la iglesia el domingo, estaba feliz. Conocería a algunas de las personas que la señora Milton había mencionado y era una oportunidad espléndida para que la gente del pueblo los conociera. Empezó a cavilar sobre lo que debía ponerse, hasta que el señor Paige dijo con suavidad:
–Querida, vamos a la iglesia, no a una reunión social –y le sonrió amorosamente.
El sábado por la mañana, Matilda caminó hasta el pueblo con la lista de la compra. Era larga y, enseguida, supo que tendría que aportar parte de su dinero.
–Dime cuánto te gastas –le había dicho su madre–. Te lo devolveré cuando tu padre me dé el dinero del mes.
Matilda regresaba a casa cargada con dos enormes bolsas de plástico, cuando vio que la puerta de la casa del médico se abría y salían tres personas: el doctor, un hombre grueso de corta estatura y una mujer joven. Y muy bonita, según vio por el rabillo del ojo. Era alta, rubia, delgada, e iba vestida a la última moda. Tal vez demasiado para Much Winterlow, pensó Matilda con cierta malicia, pero la mujer llamaba la atención.
Recorrieron la senda de entrada y llegaron al enrejado que separaba la propiedad de la calle justo cuando Matilda pasaba por delante. El doctor Lovell le dio los buenos días.
–¿De compras? –preguntó.
«Pues claro, hasta un idiota se daría cuenta», pensó Matilda. Pero el médico solo estaba siendo educado.
–Sí –le dijo–. Buenos días –y siguió caminando.
Apenas había dado unos pasos, cuando oyó la voz modulada de la joven.
–Qué personita más singular –comentó.
¿Y qué había querido decir con eso?, pensó Matilda. Ya había llegado a las afueras y podía expresar sus pensamientos en voz alta.
–Soy sosa y poco elegante, supongo, pero, por lo demás, soy tan normal como cualquier otra persona. Bueno, no permitiré que eso me desanime.
De todas formas, el domingo por la mañana, se vistió con esmero para ir a la iglesia: con su traje bueno de corte inmortal, y el pequeño sombrero de fieltro a juego. Los zapatos y los guantes habían visto mejores días, pero eran buenos, y no necesitaba bolso: se metió las monedas para el platillo en el guante.
La señora Milton pasó a recogerlos temprano y, como Matilda no estaba del todo lista, su madre y su padre fueron en coche y ella caminó hasta al pueblo. Llegó a la iglesia justo cuando cesaba de sonar la campana.
La congregación era numerosa y vio que sus padres estaban sentados en uno de los bancos delanteros, con la señora Milton, pero su plan de quedarse rezagada en uno de los bancos del fondo de la iglesia se frustró cuando su madre se volvió y la vio. Al llegar al banco delantero, vio que el médico y sus invitados estaban sentados al otro lado del pasillo, detrás de ellos. Solo pudo verlos de reojo al pasar, pero le bastó para darse cuenta de que la joven era la elegancia personificada…
Matilda intentó recordar que estaba en la iglesia mientras rezaba, cantaba los himnos y escuchaba el sermón, pero en cuanto el servicio terminó y salieron al pórtico, donde la señora Milton les estaba presentando a varias personas, dejó que sus pensamientos se centraran en el médico y en sus acompañantes, que estaban de pie, muy cerca, hablando con lady Truscott. Se apartó un poco y se refugió detrás de la señora Milton, pero, de repente, los dos grupos se fundieron.
–Ya conoces al señor y a la señora Paige, ¿verdad? Y Matilda trabaja para ti –dijo la señora Milton, y le dirigió a Henry una mirada interrogadora. El doctor Lovell prosiguió con las presentaciones:
–Dos amigos míos que han venido a pasar el fin de semana: Lucilla Armstrong y su hermano Guy –se volvió hacia ellos–. La señora Milton, la esposa del vicario, y el reverendo Paige y su esposa… y su hija Matilda.
Lucilla los saludó con una fría inclinación de cabeza.
–Te vimos ayer –paseó la mirada por la figura de Matilda–. Me preguntaba quién podías ser.
Matilda dijo en tono casual:
–Regresaba de la compra. Me sorprende que me recuerde. Debí de parecerle un tanto «singular» cargada con las bolsas.
Matilda sonrió con dulzura y el médico reprimió una carcajada. La señorita Matilda Paige acababa de revelar una faceta inesperada de su personalidad, ¿o estaba equivocado? ¿Acaso su comentario había sido tan inocente como su rostro?
Conversaron educadamente durante unos minutos antes de que la señora Milton dijera:
–No podemos quedarnos mucho tiempo; tengo que llevar al señor y a la señora Paige a su casa. Y a ti también, Matilda, por supuesto –sonrió al círculo de rostros que la miraban–. Espero que pasen un fin de semana muy agradable. A Henry le vendrá muy bien relajarse un poco.
Henry, pensó Matilda, teniendo cuidado de no mirarlo. Un antiguo nombre inglés. Contempló a su invitado. Guy Armstrong era atractivo, reconoció Matilda, pero tenía una barbilla endeble y se reía demasiado. Además, a los cuarenta, estaría gordo…
Sumó su despedida a la de los demás y se acomodó en la parte de atrás del coche, junto a su padre, porque su madre quería hablar con la señora Milton de otro comité al que la mujer del reverendo le había sugerido que se uniera.
Y, de vuelta en casa, durante el almuerzo, mientras su madre hablaba animadamente de las personas que había conocido en la iglesia y de la perspectiva de una vida social, aunque estuviera reducida al pueblo, Matilda tuvo tiempo libre para pensar en el doctor Lovell. También pensó en Lucilla, que sería la esposa ideal para él. No era tan joven como Matilda había creído en un principio… de hecho, debía de rondar los treinta, pero estaba tan cuidada que ningún hombre lo creería… Y, cómo no, sus preciosas ropas eran una gran ayuda.
«Estoy celosa», pensó Matilda, «pero no puedo remediarlo. Debería alegrarme de que Henry haya encontrado a alguien que le hace feliz».
Fue a fregar los cacharros, mientras su madre, que seguía haciendo planes, se sentaba en el salón, con su padre.
–Tal vez debería buscar otro trabajo –le dijo Matilda a Rastus, que la miró intensamente antes de afanarse con su comida–. Pero, entonces, no lo vería, ¿no? Y eso sí que no podría soportarlo. Claro que, cuando se casen, Lucilla me despedirá. No le agrado, y eso es una tontería, porque no soy rival para ella, ¿no?
Rastus, con el estómago agradablemente lleno, se sentó y la miró fijamente.
–No eres una gran ayuda, ¿verdad? –dijo Matilda.
El lunes por la mañana, llovía a cántaros. Matilda se sacudió el agua antes de entrar en la consulta, se secó la cara y se recolocó el pelo mojado antes de sacar las fichas de los pacientes de la mañana. Luego, paseó la mirada por la sala de espera. Estaba impecable, y los crisantemos que había puesto en la mesita, junto al montón ordenado de revistas, daban un toque de color.
Llegaron los primeros pacientes, se quitaron los impermeables mojados, los paraguas, y dejaron marcas de barro en el suelo. A las ocho en punto, el médico abrió la puerta de su despacho y llamó al primer paciente.
Ya eran más de las diez cuando salió el último. Matilda guardó las fichas, ordenó las revistas y recogió un par de guantes olvidados, una bufanda o dos y un juguete de plástico… además de una bolsa de la compra que alguien había dejado olvidada en un rincón. La llevaría a la tienda de la señora Simpkins.
La puerta se abrió y el doctor Lovell se quedó mirándola.
–Será mejor que tome un café antes de irse –dijo con firmeza. Matilda dejó la bolsa de la compra sobre la mesa.
–Gracias, doctor, pero prefiero no entretenerme.
–No debe permitir que el orgullo herido le nuble el sentido común –observó–. Y no estoy dispuesto a dejarla marchar con este tiempo sin, al menos, una bebida caliente en el estómago.
–¿Orgullo herido? –dijo Matilda–. Si se refiere a la primera mañana, cuando me dijo que no estuviera pendiente de la hora, no pasa nada. No soy rencorosa.
Sonrió y entró delante de él en la consulta, donde la bandeja con el café descansaba sobre el escritorio.
–¿Está contenta con el trabajo? –preguntó el doctor Lovell, que, después de tomar una de las tazas, le acercó la caja de galletas.
–Sí, gracias.
–Es una vida bastante apagada para usted –prosiguió el doctor–. La señorita Armstrong se preguntaba si no le resultaba un tanto aburrida.
–Es muy amable al preocuparse por mí –dijo Matilda, con una voz suave que no reflejaba la rabia que sentía por dentro… Esa entrometida había dado el primer paso para ponerla de patitas en la calle.
–Me dijo que era usted muy joven para un trabajo tan monótono. La señorita Brimble era una anciana.
–Siempre que usted esté satisfecho con mi trabajo –dijo Matilda–, desearía seguir aquí. Y si me quedo el tiempo suficiente, seré tan anciana como la señorita Brimble, ¿no cree? –dejó la taza de café en la bandeja–. ¿Quiere que haga algo antes de irme?
–No, creo que no.
–Gracias por el café. Hasta esta tarde –se escurrió por la puerta, echó la llave y cruzó la calle hasta la tienda, bajo la lluvia–. Alguien ha dejado la compra en la consulta –le dijo a la señora Simpkins–. ¿La dejo aquí, o quiere que se la lleve a su dueña, si es que sabe quién es?
–Que Dios te lo pague, niña, eres muy amable. Es la compra de la semana de la anciana señora Harding. Vive en esta misma calle, en el número catorce. Es tan olvidadiza. Si no es mucha molestia…
La señora Simpkins se apoyó cómodamente sobre el mostrador.
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