Kitabı oku: «Recursión»


Para Jacque
LIBRO UNO
El tiempo es solamente memoria en proceso de creación.
VLADIMIR NABOKOV
BARRY
2 de noviembre de 2018
Barry Sutton se estaciona en el espacio reservado para los bomberos ante la entrada principal del edificio Poe, una torre estilo art déco que brilla con luz blanca, iluminada por luces exteriores. Sale de su Crown Victoria, cruza la acera con prisa y empuja la puerta giratoria para entrar al vestíbulo.
El velador está de pie junto a los elevadores, y mantiene uno abierto mientras Barry se apresura hacia él, con sus pasos haciendo eco sobre el piso de mármol.
—¿Qué piso? —pregunta Barry mientras entra a la cabina del elevador.
—Cuarenta y uno. Cuando llegue arriba, doble a la derecha y llegue hasta el final del pasillo.
—Vendrán más policías en un minuto. Dígales que yo dije que esperen hasta que dé la señal.
El elevador sube rápidamente, desmintiendo la edad del edificio que lo alberga, y los oídos de Barry truenan después de unos segundos. Cuando las puertas se abren al fin, Barry pasa al lado del cartel de un bufete de abogados. Hay luces aquí y allá, pero el piso está casi todo a oscuras. Barry corre sobre la alfombra, pasando junto a oficinas silenciosas, una sala de conferencias, otra de descanso, una biblioteca. El pasillo termina finalmente en un área de recepción adyacente a la oficina más grande.
A la tenue luz, los detalles se ven en tonos de gris. Un enorme escritorio de caoba enterrado bajo un montón de carpetas y papeles. Una mesa circular cubierta de blocs de notas y tazas de café frío y de olor amargo. Un mueble que sirve de bar con un fregadero en el que solo hay botellas de whisky Macallan Rare. Un acuario luminoso que zumba en un extremo de la habitación y contiene un pequeño tiburón y varios peces tropicales.
Mientras Barry se acerca a la puerta de cancel, silencia su teléfono y se quita los zapatos. Toma la manija, abre la puerta despacio y se desliza hacia la terraza.
Los rascacielos circundantes en el Upper West Side tienen un aspecto sobrenatural, envueltos en sudarios de niebla luminosa. El sonido de la ciudad es fuerte y está cerca: los cláxones rebotan entre los edificios y las ambulancias remotas corren hacia alguna otra tragedia. El pináculo del edificio Poe está a menos de quince metros arriba: una corona de cristal y acero con mampostería gótica.
La mujer está sentada a cinco metros de distancia bajo una gárgola erosionada, de espaldas a Barry, con las piernas colgando del borde del edificio.
Él se acerca poco a poco, mientras la humedad de las losas empapadas se cuela por sus calcetines. Si puede llegar lo bastante cerca sin ser detectado podrá apartarla del borde antes de que ella se dé cuenta…
—Puedo oler su loción —dice ella sin voltearlo a mirar.
Él se detiene.
Ella se gira y dice:
—Un paso más y me tiro.
Con la luz ambiental es difícil saberlo de cierto, pero ella parece estar cerca de los cuarenta. Lleva un blazer oscuro y una falda a juego, y debe de haber estado sentada allí durante un buen rato, porque su cabello está húmedo, apelmazado por la neblina.
—¿Quién es usted? —pregunta.
—Barry Sutton. Soy detective de la División Central de Robos del Departamento de Policía de Nueva York.
—¿Mandaron a alguien de robos…?
—Era el que estaba más cerca. ¿Cuál es su nombre?
—Ann Voss Peters.
—¿Puedo llamarle Ann?
—Claro.
—¿Quiere que le llame a alguien por usted?
Ella niega con la cabeza.
—Voy a caminar hasta allá para que no se tuerza el cuello.
Barry se aleja de ella en diagonal, lo cual le acerca al parapeto, a dos metros y medio de donde está sentada. Echa un vistazo por sobre el borde y sus entrañas se contraen.
—Bueno, dígamelo —dice ella.
—¿Perdón?
—¿No está aquí para intentar convencerme? Haga lo mejor que pueda.
Él ya había armado su discurso mientras subía en el elevador, recordando su entrenamiento para suicidios. Ahora, justo en este momento, se siente menos confiado. Lo único de lo que está seguro es de que sus pies están helados.
—Sé que ahora mismo parece que no hay esperanza, pero sólo es temporal. Estos momentos pasan.
Ann mira hacia abajo, ciento veinte metros hasta la calle, sus palmas descansan sobre las piedras desgastadas por décadas de lluvia ácida. Todo lo que tendría que hacer es impulsarse. Él sospecha que se está preparando, avanzando de puntillas hacia el pensamiento de hacerlo, amasando el último impulso necesario.
Está temblando.
—¿Le puedo dar mi saco? —pregunta.
—Estoy segura de que usted no querría acercarse más, detective.
—¿Por qué lo dice?
—Tengo SFR.
Barry resiste las ansias de salir huyendo. Por supuesto, ha escuchado del síndrome del falso recuerdo, pero nunca ha sabido de nadie ni visto a nadie con dicha enfermedad. Nunca ha respirado el mismo aire. Ahora ya no está seguro de que intentar detenerla sea lo mejor. Ni siquiera desea estar tan cerca. No, al carajo. Si ella intenta saltar, él tratará de salvarla, y si contrae SFR en el proceso, que así sea. Son los gajes del oficio.
—¿Desde hace cuánto lo tiene? —pregunta.
—Una mañana, hace como un mes, en lugar de estar en mi casa en Middlebury, Vermont, estaba de pronto en un departamento aquí en la ciudad, con un horrible dolor de cabeza y la nariz sangrando. Al principio no tenía idea de dónde estaba. Después recordé también… esta vida. Aquí y ahora soy soltera, agente de inversiones, y uso mi nombre de soltera. Pero tengo… —visiblemente trata de contener la emoción—, tengo recuerdos de mi otra vida en Vermont. Era madre de un niño de nueve años llamado Sam. Tenía un negocio de jardinería con mi esposo, Joe Behrman. Yo era Ann Behrman. Éramos más felices que nadie.
—¿Qué se siente? —pregunta Barry, dando un paso clandestino hacia ella.
—¿Qué se siente qué cosa?
—Tener esos recuerdos falsos de esa vida en Vermont.
—No nada más me acuerdo de mi boda. También recuerdo haber discutido por el diseño del pastel. Recuerdo todos los detalles de nuestra casa. Nuestro hijo. Cada momento del parto. Su risa. El lunar que tiene en su mejilla izquierda. Su primer día de escuela y cómo no quería soltarse de mí. Pero cuando trato de imaginar a Sam, está en blanco y negro. No hay color en sus ojos. Me digo que eran azules. Yo sólo veo negro.
”Todos mis recuerdos de esa vida están en tonos de gris, como fotogramas de cine negro. Se sienten reales, pero son recuerdos fantasma, embrujados —se quiebra—. La gente cree que el SFR consiste en falsos recuerdos de los grandes momentos de una vida, pero los que más duelen son los pequeños. No sólo recuerdo a mi esposo. Recuerdo el olor de su aliento en la mañana cuando se giraba y me miraba en la cama. Recuerdo cómo cada vez que se levantaba antes que yo para lavarse los dientes, yo sabía que iba a volver a la cama y a tratar de tener sexo. Eso es lo que me mata. Los detalles diminutos y perfectos que me hacen saber que sí sucedió.
—¿Y qué hay de esta vida? —pregunta Barry—. ¿No vale algo para usted?
—Tal vez algunas personas contraen SFR y prefieren sus recuerdos a los falsos, pero no hay nada en esta vida que yo quiera. He estado intentándolo por cuatro largas semanas. Ya no puedo fingir —las lágrimas trazan surcos a través de su rímel—. Mi hijo nunca existió. ¿Lo entiende? Es únicamente un bello desperfecto en mi cerebro.
Barry da otro paso hacia ella, pero esta vez ella se da cuenta.
—No se acerque más.
—Usted no está sola.
—Claro que estoy sola, carajo.
—Apenas la conozco, pero quedaré devastado si usted hace esto. Piense en la gente de su vida que la quiere. Piense en cómo van a sentirse.
—Encontré a Joe —dice Ann.
—¿A quién?
—Mi esposo. Vivía en una mansión en Long Island. Actuó como si no me reconociera, pero sé que sí lo hizo. Él tenía otra vida. Estaba casado…, no sé con quién. No sé si tenga hijos. Se comportó como si yo estuviera loca.
—Lo siento, Ann.
—Esto es demasiado doloroso.
—Mire, sé por lo que está pasando. También he querido acabar con todo. Pero estoy aquí para decirle que me alegro de no haberlo hecho. Me alegro de haber tenido la fuerza para superarlo. Este momento malo no es todo el libro de su vida. Es sólo un capítulo.
—¿Qué le pasó a usted?
—Perdí a mi hija. La vida también me ha roto el corazón.
Ann mira las siluetas incandescentes de los edificios.
—¿Tiene fotos de ella? ¿Todavía habla de ella con otras personas?
—Sí.
—Al menos ella existió alguna vez.
No hay nada que responder ante eso.
Ann mira sus piernas otra vez. Con una patada se quita uno de los zapatos.
Lo mira caer.
Luego hace caer el otro.
—Ann, por favor.
—En mi vida previa, mi vida falsa, la primera esposa de Joe, Franny, saltó de este edificio, de esta cornisa de hecho, hace quince años. Tenía depresión clínica. Sé que él se echaba la culpa. Antes de que me fuera de su casa en Long Island, le dije a Joe que iba a saltar del edificio Poe esta noche, igual que Franny. Suena tonto y desesperado, pero quería que él viniera hoy y me salvara. Como no pudo venir por ella. Cuando usted llegó primero pensé que era él que venía por mí, pero Joe nunca usó loción —ella sonríe, con nostalgia, y añade—: Tengo sed.
Barry mira a través de la puerta de cancel y la oficina a oscuras y ve a dos patrulleros de pie, listos, junto al mostrador de la recepción. Mira de nuevo a Ann.
—Entonces ¿por qué no baja de ahí, vamos adentro y le consigo un vaso de agua?
—¿Me lo traería acá?
—No puedo dejarla.
Sus manos tiemblan ahora, y él detecta una resolución súbita en sus ojos. Ella mira a Barry.
—Esto no es culpa de usted —dice—. No hay otra manera de que esto termine.
—Ann, no…
—Mi hijo ha sido borrado.
Y con gracia, sin esfuerzo, ella se deja caer de la cornisa.
HELENA
22 de octubre de 2007
De pie en la regadera a las seis de la mañana, tratando de despertar mientras el agua caliente resbala sobre su piel, Helena tiene una intensa sensación de haber vivido este momento preciso. No es nada nuevo. Ha tenido déjà vu desde los veintitantos. Además, no hay nada especial en este momento en la regadera. Se pregunta si Mountainside Capital ha revisado ya su propuesta. Ha pasado una semana. Ya debería tener noticias de ellos. Deberían haberla llamado para una reunión al menos, si es que están interesados.
Ella prepara una jarra de café junto con su desayuno habitual: frijoles y tres huevos estrellados, rociados con cátsup. Se sienta a la pequeña mesa junto a la ventana y mira el cielo sobre su vecindario llenarse de luz, en las afueras de San José.
No ha tenido ni un día para lavar ropa en más de un mes y el piso de su dormitorio está prácticamente alfombrado de ropa sucia. Excava entre las pilas hasta que encuentra una camiseta y unos jeans suficientemente decentes como para salir de la casa.
El teléfono suena mientras ella se cepilla los dientes. Escupe, se enjuaga y contesta la llamada al cuarto timbre.
—¿Cómo está mi niña?
La voz de su padre siempre la hace sonreír.
—Hola, papá.
—Pensé que no te iba a encontrar. No quería molestarte en el laboratorio.
—No, está bien. ¿Qué hay?
—Sólo pensaba en ti. ¿Alguna noticia de tu propuesta?
—Nada aún.
—Tengo un presentimiento de que sí va a suceder.
—No lo sé. Esta ciudad es dura. Mucha competencia. Mucha gente muy inteligente buscando dinero.
—Pero no tan inteligentes como mi niña.
Ella no puede con la fe de su padre en ella. No en una mañana como ésta, con el fracaso pendiendo sobre ella, sentada en un dormitorio pequeño y sucio en una casa de paredes blancas y sin decorar a la que no ha llevado a una sola persona en más de un año.
—¿Qué tal el clima? —dice, para cambiar de tema.
—Nevó anoche. La primera de la temporada.
—¿Mucho?
—Dos, tres centímetros. Pero las montañas están blancas.
Ella puede imaginarlas: las Rocallosas, las montañas de su niñez.
—¿Cómo está mamá?
Hay una pausa brevísima.
—Tu madre está bien.
—Papá.
—¿Qué?
—¿Cómo está mi mamá?
Ella lo escucha exhalar despacio.
—Hemos tenido días mejores.
—¿Está bien?
—Sí. Ahora mismo está arriba, durmiendo.
—¿Qué pasó?
—No es nada.
—Dime.
—Anoche, jugamos gin rummy después de la cena, como siempre. Y ella…, ella ya no sabía las reglas. Se quedó sentada a la mesa de la cocina, mirando sus cartas, llorando. Hemos jugado eso durante treinta años.
Ella escucha que su mano cubre el receptor.
Él está llorando, a mil quinientos kilómetros de distancia.
—Papá, voy a casa.
—No, Helena.
—Necesitas mi ayuda.
—Aquí tenemos suficiente contención. Vamos al doctor esta tarde. Si quieres ayudar a tu madre, consigue tus fondos y construye esa silla.
Ella no quiere decírselo, pero la silla está aún a años de distancia. Años luz de distancia. Es un sueño, un espejismo.
Sus ojos se llenan de lágrimas.
—Sabes que estoy haciendo esto por ella.
—Yo lo sé, mi amor.
Por un momento los dos callan, intentado llorar sin que el otro lo sepa y fracasando miserablemente. Ella quisiera poder decirle que sí va a suceder, pero sería una mentira.
—Te llamo cuando llegue a casa esta noche —dice ella.
—Okey.
—Por favor, dile a mi mamá que la quiero.
—Lo haré. Pero ella ya lo sabe.
Cuatro horas después, en lo profundo del edificio de Neurociencias en Palo Alto, Helena está examinando la imagen del recuerdo del miedo de un ratón —neuronas con iluminación fluorescente interconectadas por una red de sinapsis— cuando el desconocido aparece en el umbral de su oficina. Ella mira por encima de su monitor a un hombre de pantalones de algodón y una camiseta blanca. Su sonrisa es demasiado brillante.
—¿Helena Smith? —pregunta él.
—¿Sí?
—Soy Jee-woon Chercover. ¿Tendría un minuto para hablar conmigo?
—Éste es un laboratorio resguardado. Usted no puede estar aquí.
—Me disculpo por la intrusión, pero creo que usted querrá escuchar lo que tengo que decir.
Podría pedirle que se fuera, o llamar a seguridad. Pero no parece peligroso.
—Okey —dice, y de pronto se le ocurre que este hombre es ahora testigo del paraíso de la acumulación obsesiva que es su oficina: sin ventanas, atestada, muros de concreto pintado, y todo aún más claustrofóbico gracias a las cajas de archivo apiladas hasta un metro de alto y medio metro de profundidad alrededor de su escritorio, llenas con miles de abstracts y artículos científicos—. Disculpe el desorden. Déjeme traerle una silla.
—Ya tengo una.
Jee-woon arrastra una silla plegable y se sienta del otro lado de su escritorio. Sus ojos se deslizan sobre las paredes, que están casi totalmente cubiertas por imágenes de alta resolución de recuerdos de ratones y de disparos neuronales en pacientes de Alzheimer y demencia.
—¿Qué puedo hacer por usted? —pregunta ella.
—Mi empleador se interesó mucho en el artículo sobre retratos de la memoria que usted publicó en la revista Neuron.
—¿Su empleador tiene nombre?
—Depende.
—¿De…?
—De lo que suceda en esta conversación.
—¿Por qué tendría siquiera que tener una conversación con alguien cuando no sé en nombre de quién habla?
—Porque su financiamiento de Stanford se acaba en seis semanas.
Ella alza una ceja.
—Mi jefe —dice él— me paga muy bien para que sepa todo acerca de la gente que le parece interesante.
—Se da cuenta de que lo que acaba de decir es muy desagradable, ¿verdad?
Jee-woon mete una mano en su morral de cuero y saca un documento que está resguardado en una carpeta color gris.
Es la propuesta que redactó ella.
—¡Claro! —dice Helena—. Usted está con Mountainside Capital.
—No. Y ellos no van a financiarla.
—¿Entonces cómo consiguió eso?
—No importa. Nadie va a financiarla.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque esto —él arroja su solicitud de financiamiento al caos que es su escritorio— es cobarde. Es solamente un poco más de lo que ha estado haciendo en Stanford los últimos tres años. No es una idea lo suficientemente relevante. Usted tiene treinta y ocho años, que es como noventa en la academia. Una mañana en el futuro cercano, usted se va a despertar y se dará cuenta de que sus mejores años ya pasaron. De que malgastó…
—Creo que debe irse.
—No pretendo insultarla. Si no le molesta que lo diga, su problema es que tiene miedo de pedir lo que realmente quiere —a ella se le ocurre que, por alguna razón, el desconocido la está troleando. Sabe que no debería seguir conversando, pero no lo puede evitar.
—¿Y por qué tengo miedo de pedir lo que realmente quiero?
—Porque lo que realmente quiere cuesta muchísimo. No necesita millones de dólares. Necesita cientos de millones. Tal vez miles. Necesita un equipo de programadores para ayudarla a diseñar un algoritmo para catalogación y proyección de recuerdos complejos. Necesita la infraestructura para pruebas con seres humanos.
Ella lo mira desde el otro lado del escritorio.
—Nunca mencioné pruebas con seres humanos en esa propuesta.
—¿Qué pasaría si le dijera que le daremos todo lo que pida? Financiamiento sin límites. ¿Le interesaría?
Su corazón late más y más rápido.
¿Así es como sucede?
Piensa en la silla de cincuenta millones de dólares que ha soñado construir desde que su madre empezó a olvidar. Extrañamente, no puede imaginarla bien representada: sólo como dibujos técnicos en la patente de aplicación utilitaria que un día registrará, titulada Plataforma de inmersión para la proyección de recuerdos episódicos explícitos a largo plazo.
—¿Helena?
—Si le digo que sí, ¿me dirá quién es su jefe?
—Sí.
—Sí.
Él le dice.
Mientras ella se queda boquiabierta, Jee-woon saca otro documento y se lo pasa por encima de las cajas de archivo.
—¿Qué es esto?
—Un acuerdo de empleo y confidencialidad. No negociable. Creo que los términos financieros le parecerán muy generosos.
BARRY
4 de noviembre de 2018
El café ocupa un local pintoresco en la ribera del Hudson, a la sombra de la West Side High. Barry llega cinco minutos temprano y se encuentra a Julia ya sentada a una mesa bajo una sombrilla. Los dos comparten un abrazo breve y frágil, como si estuvieran hechos de vidrio.
—Qué gusto verte —dice él.
—Me alegra que quisieras venir.
Se sientan. Un camarero se acerca para tomar su orden de bebidas.
—¿Cómo está Anthony? —pregunta Barry.
—Muy bien. Ocupado con el rediseño del vestíbulo del edificio Lewis. ¿Tu trabajo, bien?
Él no le cuenta acerca del suicidio que no logró detener hace dos noches. En cambio, conversan de naderías hasta que llega el café.
Es domingo y hay toda una multitud que viene por el brunch. Todas las mesas aledañas parecen un geiser de risas y conversaciones gregarias. Ellos, en cambio, beben sus cafés despacio y en la sombra.
Nada y todo que decir.
Una mariposa aletea alrededor de la cabeza de Barry hasta que éste la aparta con gentileza.
A veces, muy de noche, imagina conversaciones elaboradas con Julia. Intercambios donde le dice todo lo que lleva pudriéndose en su corazón durante estos años, el dolor, la ira, el amor, y luego escucha mientras ella hace lo mismo. Un intercambio por medio del cual él pueda entenderla y ella lo pueda entender a él.
Pero en persona, nunca se siente bien. Nunca puede transmitir lo que hay en su corazón, que siempre se siente apretado y encerrado, envuelto en tejido cicatricial. La incomodidad no le molesta como antes. Ha hecho las paces con la idea de que parte de la vida es enfrentar tus fracasos, y a veces esos fracasos son personas que alguna vez amaste.
—Me pregunto qué estaría haciendo hoy —dice Julia.
—Espero que esté sentada aquí con nosotros.
—Me refiero al trabajo.
—Ah. Leyes, por supuesto.
Julia se ríe. Es uno de los mejores sonidos que ha escuchado y no puede recordar la última vez que lo oyó. Hermoso, pero también aplastante. Es como una ventana secreta hacia la persona que solía conocer.
—Argumentaba contra cualquier cosa —dice Julia—. Y usualmente ganaba.
—Éramos unos pusilánimes.
—Al menos uno de los dos lo era.
—¿Yo? —dice con falsa indignación.
—A los cinco años ya te hacía como quería.
—¿Recuerdas la vez que nos convenció para que la dejáramos practicar echarse de reversa en la entrada…?
—Te convenció.
—Y estampó mi coche con la puerta del estacionamiento.
Julia se ríe a carcajadas.
—Estaba tan disgustada.
—No, avergonzada.
Durante medio segundo su mente conjura la memoria. O al menos una parte de ella. Meghan al volante de su viejo Camry, la mitad trasera atravesando la puerta del estacionamiento, la cara de ella roja y las lágrimas cayendo por sus mejillas mientras apretaba el volante con fuerza, los nudillos blancos.
—Era tenaz e inteligente y habría hecho algo interesante con su vida.
Termina su café y se sirve otra taza con la prensa francesa de acero inoxidable que están compartiendo.
—Es agradable hablar de ella —dice Julia.
—Me alegro de que finalmente hayamos podido hacerlo.
El camarero se acerca para tomarles la orden, y la mariposa regresa, bajando a la mesa junto a la servilleta aún doblada de Barry. Estira sus alas. Se acicala. Hace un esfuerzo por sacar de su mente la idea de que la mariposa es Meghan, que de alguna manera lo persigue hasta el día de hoy. Es una idea estúpida, por supuesto, pero es un pensamiento persistente. Como la vez que un petirrojo lo siguió por ocho calles en NoHo. O recientemente cuando paseaba con su perro en el parque Fort Washington y una mariquita se posó en su muñeca.
Cuando llega la comida, Barry se imagina a Meghan sentada a la mesa con ellos. Con la adolescencia ya lejana. Toda su vida por delante. No puede imaginarse su cara, no importa cuánto lo intente, sólo sus manos, en constante movimiento mientras habla, de la misma manera que su madre lo hace cuando está emocionada y se siente segura de algo.
No tiene hambre, pero se obliga a comer. Hay algo en la mente de Julia, pero ella sólo picotea los restos de su frittata. Él toma un trago de agua, da otro mordisco de su sándwich y mira fijamente al río lejano.
El Hudson proviene de un cuerpo de agua en las Adirondacks llamado lago Lágrima de las Nubes. Fueron allí durante un verano cuando Meghan tenía ocho o nueve años. Acamparon junto a los abetos. Vieron caer las estrellas. Trataron de entender cómo ese pequeño lago era la fuente del Hudson. Es un recuerdo al que regresa casi obsesivamente.
—Pareces pensativo —dice Julia.
—Estaba pensando en ese viaje que hicimos al lago Lágrima de las Nubes. ¿Recuerdas?
—Por supuesto. Nos llevó dos horas levantar la tienda en una tormenta.
—Pensé que había habido buen clima.
Ella niega con la cabeza.
—No, temblamos en la tienda toda la noche y nadie durmió.
—¿Estás segura de eso?
—Sí. Ese viaje fue la base de mi política de no-naturaleza.
—Cierto.
—¿Cómo has podido olvidar eso?
—No lo sé.
La verdad es que lo hace constantemente. Se la pasa mirando hacia atrás, viviendo más en los recuerdos que en el presente, a menudo alterándolos para hacerlos más bonitos. Para hacerlos perfectos. La nostalgia es tan analgésica para él como el alcohol. Finalmente dice:
—Tal vez es que ver estrellas fugaces con mis chicas sea un mejor recuerdo.
Ella arroja su servilleta en su plato y se inclina hacia atrás en su silla.
—Pasé por nuestra vieja casa recientemente. Vaya que ha cambiado. ¿Alguna vez has ido?
—De vez en cuando.
La verdad es que sigue pasando por delante de su antigua casa cada vez que va a Jersey. Él y Julia la perdieron en una ejecución hipotecaria el año después de la muerte de Meghan, y hoy apenas se parece al lugar en el que vivían. Los árboles son más altos, más llenos, más verdes. Hay una nueva construcción sobre el estacionamiento, y una joven familia vive allí ahora. Toda la fachada ha sido remodelada en piedra, le han añadido nuevas ventanas. El camino de entrada se ha ensanchado y lo han repavimentado. Hace años que quitaron el columpio de cuerda que solía colgar del roble, pero las iniciales que él y Meghan tallaron en la base del tronco siguen ahí. Él las tocó el verano pasado, cuando por alguna razón le pareció que un viaje en taxi a Jersey, después de una noche con Gwen y el resto de la División Central de Robos, era una buena idea. Un policía de Jersey llegó después de que los nuevos dueños llamaran al 911 para denunciar a un vagabundo en su patio. Aunque estaba borracho, no fue arrestado. El policía conocía a Barry, y sabía por lo que había pasado. Llamó a otro taxi y ayudó a Barry a subir al asiento trasero. Pagó la tarifa de vuelta a Manhattan y lo mandó a casa.
La brisa que llega del agua es una bocanada de aire fresco, y el sol se siente cálido sobre sus hombros, es un contraste agradable. Los barcos turísticos suben y bajan por el río. El ruido del tráfico es incesante en la autopista que pasa por encima. El cielo está cruzado por las descoloridas estelas de mil aviones. El final del otoño se acerca a la ciudad y éste es uno de los últimos días buenos del año.
Piensa en que pronto será invierno y llegará un año más con el otro ya en la guillotina. El tiempo fluye cada vez más rápido. La vida no es para nada como la esperaba cuando era joven y vivía bajo la ilusión de que las cosas se podían controlar. Nada puede ser controlado. Sólo se puede soportar.
Llega la cuenta y Julia trata de pagar, pero él se la quita y le devuelve la tarjeta.
—Gracias, Barry.
—Gracias por invitarme.
—No volvamos a pasar un año sin vernos.
Ella levanta su vaso de agua helada y hace un brindis.
—Por nuestra cumpleañera.
—Por nuestra chica del cumpleaños.
Puede sentir la nube de dolor acumulándose dentro de su pecho, pero toma un respiro, y cuando vuelve a hablar su voz es casi normal.
—Veintiséis años.
Después del brunch da un paseo por Central Park. El silencio de su departamento se sentiría como una amenaza para el cumpleaños de Meghan. Y los cinco anteriores la cosa no salió nada bien.
Ver a Julia siempre le trastoca. Por mucho tiempo después de que su matrimonio terminara, él pensó que extrañaba a su ex. Pensó que nunca la superaría. A menudo soñaba con ella y se despertaba con el dolor de su ausencia consumiéndole. Los sueños le hacían un daño muy profundo —mitad memoria, mitad fantasía— porque, en ellos, la sentía como la Julia de antaño. La sonrisa. La risa sin vacilar. La ligereza de su ser. Ella es la persona que le había robado el corazón. Durante toda la mañana siguiente, ella no abandonaría su mente, la realidad de esa pérdida lo miraba sin parpadear, hasta que la cruda emocional del sueño finalmente liberaba su control sobre él como una niebla que se disipaba lentamente. Vio a Julia una vez, tras un sueño de ésos; un encuentro inesperado en la fiesta de un viejo amigo. Para su sorpresa, no sintió nada mientras charlaban rígidamente en la terraza. Estar en su presencia cortó el dolor del sueño; él no la quería. Fue una revelación liberadora, aunque devastadora. Liberadora porque significaba que no amaba a esta Julia, sino a la persona que solía ser. Devastadora porque la mujer que atormentaba sus sueños se había ido de verdad. Tan inalcanzable como un muerto.
Los árboles del parque están alcanzando su máximo esplendor después de una dura helada hace varias noches, las hojas todas escarchadas se quemaron en un brillo otoñal tardío.
Encuentra un lugar en el camino, se quita los zapatos y los calcetines, y se apoya en un árbol perfectamente inclinado. Saca su teléfono e intenta leer la biografía que ha estado escribiendo durante casi un año, pero es difícil concentrarse.
Ann Voss Peters lo persigue. La forma en que cayó sin hacer ruido, su cuerpo rígido y erguido. Le tomó cinco segundos, y no miró hacia otro lado cuando ella chocó con el Lincoln Town Car que estaba estacionado en la acera.
Cuando no está repitiendo su conversación en su mente, está lidiando con el miedo. Presionando sus recuerdos. Probando su fidelidad. Preguntándose…
¿Cómo sabría si uno ha cambiado? ¿Qué se sentiría?
Las hojas rojas y naranjas bajan a través de la luz del sol, acumulándose a su alrededor en la sombra veteada. Desde su punto de apoyo en los árboles observa a la gente caminando por los senderos, paseando junto al lago. La mayoría está acompañada, pero algunos están tan solos como él.
En su teléfono aparece un mensaje de su amiga Gwendoline Archer, líder del Equipo Hércules, una unidad SWAT antiterrorista de la Unidad de Servicios de Emergencia de la Policía de Nueva York.
Te pienso mucho hoy. ¿Estás bien?
Él contesta:
Sí, acabo de verme con Julia.
¿Y cómo te fue?
Bien. Difícil. ¿Tú qué haces?
Acabo de terminar una ronda.
Tomándome algo en el bar de
Isaac ¿Quieres compañía?
Por favor, sí. En camino
Es un trayecto de cuarenta minutos hasta el bar cercano al departamento de Gwen en Hell’s Kitchen, cuya única virtud aparente es su longevidad de cuarenta y cinco años. Camareros irritables y aburridos sirven cerveza local de barril y ni un solo whisky cuya botella no se pueda comprar en una tienda por menos de treinta dólares. Los baños son asquerosos y todavía contienen máquinas expendedoras de condones. La rocola toca únicamente rock de los setenta y ochenta, y si nadie la alimenta con monedas, no hay música.
Gwen está sentada al final del bar, usando pantalones cortos de motociclista y una camiseta descolorida del maratón de Brooklyn, deslizando el dedo a la izquierda en una app de citas mientras Barry se acerca.
—Pensé que te habías dado por vencida con eso.