Kitabı oku: «El fin del imperio cognitivo»
El fin del imperio cognitivo
El fin del imperio cognitivo.
La afirmación de las epistemologías del Sur
Boaventura de Sousa Santos
Traducción de Àlex Tarradellas

COLECCIÓN ESTRUCTURAS Y PROCESOS Serie Ciencias Sociales
Título original: The End of the Cognitive Empire.
The Coming of Age of Epistemologies of the South
© Editorial Trotta, S.A., 2019
www.trotta.es
© Duke University Press, 2018 © Álex Tarradellas Gordo, traducción, 2019
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ISBN (EPUB): 978-84-1364-037-2
Depósito Legal: M-14971-2019
Para MIR
CONTENIDO
Prefacio
Introducción: ¿Por qué las epistemologías del Sur? Caminos artesanales para futuros artesanales
Parte I EPISTEMOLOGÍAS POSABISALES
Capítulo 1: Recorridos para las epistemologías del Sur
Capítulo 2: Preparar el terreno
Capítulo 3: Autoría, escritura y oralidad
Capítulo 4: ¿Qué es la lucha? ¿Qué es la experiencia?
Capítulo 5: Cuerpos, conocimientos y corazonar
Parte II METODOLOGÍAS POSABISALES
Capítulo 6: Descolonización cognitiva: una introducción
Capítulo 7: Sobre las metodologías no extractivistas
Capítulo 8: La experiencia profunda de los sentidos
Capítulo 9: La desmonumentalización del conocimiento escrito y archivístico
Parte III PEDAGOGÍAS POSABISALES
Capítulo 10: Gandhi, un archivista del futuro
Capítulo 11: Pedagogía de los oprimidos, investigación-acción participativa y las epistemologías del Sur
Capítulo 12: De la universidad a la pluriversidad y la subversidad
Conclusión: Entre el miedo y la esperanza
Bibliografía
Índice analítico
Índice general
PREFACIO
Vivimos en un periodo en el que las formas de desigualdad social y discriminación social más repugnantes se están volviendo políticamente aceptables. Las fuerzas sociales y políticas que solían desafiar este estado de cosas en nombre de alternativas políticas y sociales parecen estar perdiendo fuerza y, en general, parecen estar, por todas partes, a la defensiva. Las ideologías modernas de contestación política han sido capturadas, en gran medida, por el neoliberalismo. Existe resistencia, pero cada vez es menos creíble que pueda traer una alternativa realista. La resistencia se da cada vez más fuera del contexto institucional y no a través de los modos de movilización política que predominaban en el periodo anterior: partidos políticos y movimientos sociales. La política dominante se vuelve epistemológica cuando es capaz de defender activamente que el único conocimiento válido que existe es el que ratifica su propia supremacía. En un tal Zeitgeist, o espíritu de la época, me parece que el camino para salir de ese punto muerto tiene como premisa el surgimiento de una nueva epistemología que es explícitamente política. Esto significa que la reinvención o reconstrucción de la política de confrontación exige una transformación epistemológica.
En 1845, Karl Marx concluía las Tesis sobre Feuerbach con la famosa tesis XI: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo»1. Esa tesis acabaría por convertirse en el fundamento esencial del pensamiento crítico occidentalocéntrico, al reivindicar la centralidad del concepto de praxis como síntesis de teoría y práctica. Casi doscientos años después, es imperioso que regresemos a la interpretación para poder reinterpretar el mundo antes de intentar transformarlo. Las teorías críticas desarrolladas durante este periodo con el objetivo específico de transformar el mundo no lograron hacerlo en los términos que habían sido previstos. Por el contrario, provocaron una enorme frustración histórica formada por efectos perversos, de sueños que se volvieron pesadillas, de esperanzas que desembocaron en miedos profundos, y de revoluciones traicionadas; se acabaron por destruir los beneficios civilizadores que se consideraban irreversibles y las expectativas positivas se invirtieron y se volvieron negativas. Además, el pensamiento conservador moderno, siempre dedicado a la prevención de los tipos de transformaciones defendidas por el pensamiento crítico, parece haber tenido mucho más éxito. Tanto es así que la reducción gradual de las alternativas reivindicadas por el pensamiento crítico progresista alcanza tal extremo en nuestros tiempos que se ha hecho posible afirmar aquello que en los últimos doscientos años se consideraba en gran medida y de manera obvia un error pronunciar: no hay otra alternativa.
Una vez asumida por la teoría y la práctica políticas, el dominio por excelencia del pensamiento de alternativas, la afirmación creíble de que no hay ninguna alternativa acaba por ganar valor epistemológico. Lo político se vuelve epistemológico cuando pensar en cualquier alternativa política al estado actual de cosas significa lo mismo que fantasear en contraposición a la factualidad o falsificar en contraposición a la verdad. Este estado de cosas dictaría el fin de la necesidad de todas las formas de pensamiento crítico transformador, un pensamiento de alternativas, si dicho estado de cosas no fuera intolerable o inaceptable para grupos sociales oprimidos por el statu quo que, en todo el mundo, resisten y luchan contra la opresión y la dominación. Al no ser el caso, ¿cómo se pueden explicar y fortalecer dichas resistencias y luchas? ¿Recurriendo al mismo pensamiento crítico, el pensamiento crítico eurocéntrico que, aparentemente, se dejó secuestrar por la hegemonía conservadora? ¿No será ese esfuerzo inútil o contraproducente? A fin de cuentas, ¿por qué el pensamiento crítico eurocéntrico se ha rendido? ¿Por qué ha renunciado a formular alternativas creíbles que expliquen y fortalezcan las luchas creíbles contra la dominación y la opresión? En este libro defiendo que para responder a estas cuestiones es imprescindible cuestionar los cimientos epistemológicos del pensamiento crítico eurocéntrico e ir más allá de este, por más brillante y magnífico que sea el conjunto de teorías que haya generado. Intentaré mostrar que el problema central radica en que las premisas epistemológicas del pensamiento crítico eurocéntrico y del pensamiento conservador eurocéntrico tienen grandes (y fatales) afinidades electivas, que representan dos versiones diferentes de lo que aquí denomino epistemologías del Norte.
Para recuperar la idea de que existen alternativas, así como para reconocer que las luchas contra la opresión que siguen teniendo lugar en el mundo son portadoras de potenciales alternativas, es necesario un giro epistemológico. El argumento de este libro es que ese giro se encuentra en lo que llamo las epistemologías del Sur. Esto equivale a defender la necesidad de una decimosegunda tesis: tenemos que transformar el mundo al mismo tiempo que permanentemente lo reinterpretamos; al igual que la propia transformación, la reinterpretación del mundo es una tarea colectiva. De esta tesis se derivan seis consecuencias. La primera es que no necesitamos alternativas y sí un pensamiento alternativo de las alternativas. La segunda es que la reinterpretación permanente del mundo será posible solo en un contexto de lucha y, por ese motivo, no se puede llevar a cabo como si fuera una tarea autónoma, independiente de la lucha. La tercera es que, al ser verdad que las luchas movilizan múltiples tipos de conocimiento, la reinterpretación permanente del mundo no se puede producir por un tipo único de conocimiento. La cuarta consecuencia es que, dada la centralidad de las luchas sociales contra la dominación, si, por algún motivo absurdo, los grupos sociales oprimidos dejaran de luchar contra la opresión, por no sentir la necesidad de hacerlo o por considerar que están completamente privados de las condiciones necesarias para esa lucha, no habría espacio para las epistemologías del Sur ni, en efecto, serían necesarias. La obra de George Orwell 19842 es la metáfora de la condición social en la que no hay espacio para las epistemologías del Sur. La quinta es que no necesitamos una nueva teoría de la revolución; lo que necesitamos es revolucionar la teoría. La sexta es que, como el trabajo exigido por la permanente reinterpretación del mundo, necesariamente paralela a la respectiva transformación, es un trabajo colectivo, no hay en él espacio para filósofos entendidos como intelectuales de vanguardia. En cambio, las epistemologías del Sur exigen intelectuales de retaguardia, intelectuales capaces de contribuir con su saber a reforzar las luchas sociales que emprenden contra la dominación y la opresión.
En una época caracterizada por una gran desertificación de alternativas, es tan difícil imaginar el fin del capitalismo, el colonialismo y el patriarcado como imaginar que no tendrán un fin (Santos, 2014a: 19-43; 2017a: 41-75). El fin de la imaginación está corrompiendo la imaginación del fin. Con la caída del Muro de Berlín, el capitalismo global se vio libre de una amenaza potencialmente fatal a la que se había enfrentado durante todo el siglo XX: el socialismo. En el proceso, también se libró de otra amenaza, menos grave, que, pese a no poner en duda la posibilidad de que el capitalismo se reproduzca indefinidamente, afectaría su tendencia a la concentración de riqueza. Estoy pensando en la socialdemocracia al estilo europeo. Al haberse liberado de esas dos amenazas, el capitalismo global parece florecer a pesar de (o exactamente a causa de) estar en crisis permanente. Por su propia etimología, el concepto de crisis connota la idea de perturbación ocasional de un determinado sistema y, al mismo tiempo, la oportunidad para mejorarlo. Sin embargo, hay una diferencia radical entre la crisis ocasional y la crisis permanente. Una crisis ocasional tiene que ser explicada y es, como he dicho, portadora de alternativas para superarla. En esto se basa la lógica profunda del propio pensamiento crítico. En cambio, una crisis permanente, en lugar de exigir ser explicada y vencida, explica todo y justifica el actual estado de cosas como el único panorama posible, aunque ello signifique infligir las formas más repugnantes e injustas de sufrimiento humano que el «progreso de la civilización» había depositado supuestamente en la papelera de la historia. El eslogan «capitalismo o barbarie», proclamado por apóstoles del libre comercio y del Estado mínimo de mediados del siglo XX, como Von Hayek, está evolucionando hacia la versión «capitalismo y barbarie». Sin embargo, no es una coincidencia que el lema original de Rosa Luxemburgo, «socialismo o barbarie» esté conspicuamente ausente. Según la lógica de la crisis permanente, la gente se ve obligada a vivir y actuar en una situación de crisis, pero no a pensar y a actuar de forma crítica.
En una época como esta, los que luchan contra la dominación no pueden contar con la luz al final del túnel. Tendrán que llevar con ellos una linterna portátil, una luz que, aunque sea trémula o tenue, ilumine lo suficiente para que sean capaces de identificar el camino adecuado y, así, evitar accidentes fatales. Ese es el tipo de luz que se proponen generar las epistemologías del Sur.
Este libro está dividido en tres partes. La Parte I describe las bases de las epistemologías del Sur. La Parte II trata de las cuestiones metodológicas que se derivan de la búsqueda efectuada en consonancia con las epistemologías del Sur. La Parte III se centra en los desafíos pedagógicos planteados por las epistemologías del Sur. En la Introducción presento un resumen de mi argumento. Las epistemologías del Sur «ocupan» las concepciones hegemónicas de epistemología, que denomino epistemologías del Norte. Pese a recurrir a la dicotomía Norte-Sur, las epistemologías del Sur no son simétricamente opuestas a las epistemologías del Norte en el sentido de oponer un conocimiento válido exclusivo a otro conocimiento.
En el capítulo 1, se explican los conceptos clave de las epistemologías del Sur: la línea abisal y la distinción entre exclusiones abisales y no abisales, la sociología de las ausencias, la sociología de las emergencias, las ecologías de saberes, la traducción intercultural y la artesanía de las prácticas. El capítulo 2 aborda las respuestas dadas a las objeciones que normalmente presentan las epistemologías del Norte, y se eligen tres: lo conceptos de ciencia, relativismo y objetividad. En el capítulo 3, inicio un análisis de las cuestiones epistemológicas específicas de las epistemologías del Sur o planteadas por ellas. A la vez, abordo las cuestiones de la autoría del conocimiento y del conocimiento escrito y oral. En el capítulo 4, discuto dos conceptos que se hallan en el centro de los saberes en conformidad con las epistemologías del Sur, el concepto de lucha y el concepto de experiencia. En el capítulo 5, defiendo la corporeidad o corporalidad del conocimiento, desafiando así la distinción mente/cuerpo tan apreciada por las epistemologías del Norte y dejando atrás la concepción de «conocimiento encarnado» de Merleau-Ponty. Me centro en tres experiencias de corporeización del conocimiento especialmente relacionadas con las epistemologías del Sur: el cuerpo moribundo, el cuerpo sufridor y el cuerpo jubiloso. Asimismo, discuto aquello que designo como calentamiento o apasionamiento de la razón, el punto existencial en el que se encuentran razones y emociones a fin de alimentar la voluntad y la capacidad de luchar contra la dominación y la opresión.
En el capítulo 6, introduzco las principales cuestiones relativas a la creación de metodologías de investigación dedicadas a las luchas sociales que estén en consonancia con las epistemologías del Sur, es decir, metodologías de investigación posabisal. Defiendo la necesidad de descolonizar las ciencias sociales y la búsqueda de metodologías no extractivistas, metodologías fundamentadas en relaciones sujeto-sujeto y no en relaciones sujeto-objeto. Este trabajo metodológico requiere una dosis significativa de imaginación epistemológica. Identifico algunos de los rasgos de dicha imaginación. En el capítulo 7, analizo con más detalle el contexto existencial en el que se deben poner en práctica las metodologías orientadoras de la investigación posabisal. En el capítulo 8, me concentro especialmente en las dimensiones sensoriales y emocionales de la investigación posabisal. La experiencia profunda de los sentidos se sitúa en las antípodas de las epistemologías del Norte y, como tal, se ha visto demonizada, despreciada e incluso suprimida. En el capítulo 9, sigo exponiendo otras cuestiones metodológicas, principalmente las formas de desmonumentalización del conocimiento escrito y la cuestión de cómo concebir el uso contrahegemónico del archivo; en otras palabras, como una sociología de las ausencias y una sociología de las emergencias.
En el capítulo 10, comienzo el enfoque de las implicaciones pedagógicas de las epistemologías del Sur. Me centro en la pedagogía de la traducción intercultural desarrollada por Mahatma Gandhi y procedo al análisis de las formas a través de las cuales esa pedagogía puede contribuir a reforzar articulaciones transnacionales entre luchas y entre movimientos sociales, construyendo así la globalización contrahegemónica, uno de los principales objetivos de las epistemologías del Sur. En el capítulo 11, destaco dos pedagogías radicales, la pedagogía del oprimido, de Paulo Freire, y la acción-investigación participativa, de Orlando Fals Borda, de cuyos legados son deudoras las epistemologías del Sur. El contexto de nuestro Jetztzeit, nuestro tiempo-ahora histórico, explica, más que cualquier otra cosa, las peculiaridades de las epistemologías del Sur respecto a una herencia tan rica y tan brillante. El capítulo 12 trata de los desafíos y las tareas que implica la descolonización de la universidad occidental u occidentalizada, que fue el jardín de infancia de las epistemologías del Norte y hoy es su residencia de la tercera edad. Al mismo tiempo, se discute el asunto clave de la educación popular y se ponen algunos ejemplos de los caminos que debe seguir la universidad para florecer como pluriversidad y subversidad.
Algunas lenguas, por ejemplo las latinas, tienen dos palabras diferentes para designar la actividad cognitiva y su producto, saber y conocer, el saber y el conocimiento. En este libro uso los dos términos como si fueran sinónimos y solo opto por uno de ellos según los usos convencionales de la lengua portuguesa. En la Introducción explicaré en detalle el motivo de esta opción.
La mayoría de las personas a quienes debo este libro no tendrán la oportunidad de leerlo. Son los activistas y líderes de movimientos sociales que comparten conmigo su saber en innumerables ocasiones y en numerosas circunstancias, en las reuniones del Foro Social Mundial, en retiros y seminarios, en marchas y manifestaciones y, más recientemente, en los talleres de la Universidad Popular de los Movimientos Sociales. Este libro se lo debo, sobre todo, a mis amigas y amigos de la favela de Jacarezinho, en Río de Janeiro, donde viví durante unos meses para realizar el trabajo de campo que estructuró mi tesis de doctorado presentada en la Universidad de Yale, y a mis amigos y amigas de Barcouço, un pequeño pueblo situado cerca de mi ciudad, Coímbra, campesinos y campesinas que durante más de una década compartieron el sueño de fundar una cooperativa, la COBAR (Cooperativa de Barcouço).
En los últimos años he dirigido dos proyectos de investigación internacionales que me han dado la oportunidad de colaborar muy de cerca con un gran número de académicos de muchos países: «Reinventing Social Emancipation: Towards New Manifestos»/«Reinvención de la Emancipación Social: Para Nuevos Manifiestos» (1999-2001), financiado por la Fundación John D. y Catherine T. MacArthur y por la Fundación Gulbenkian; «ALICE — Strange Mirrors, Unsuspected Lessons: Leading Europe to a New Way of Sharing the World Experiences»/«ALICE — Espejos extraños, lecciones imprevistas: definiendo para Europa un nuevo modo de compartir las experiencias del mundo» (2011-2016), financiado por el European Research Council3. Este libro se escribió en el marco de este último proyecto, y refleja la investigación y los debates científicos llevados a cabo en el contexto de ambos proyectos, en especial del más reciente. Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a los compañeros y compañeras que han compartido conmigo la coordinación científica del proyecto ALICE (por orden alfabético de los nombres propios): Bruno Sena Martins, João Arriscado Nunes, José Manuel Mendes, Maria Paula Meneses, Sara Araújo y Teresa Cunha. Aunque todos han tenido un papel activo en la preparación de uno o más de los capítulos de este libro, debo un agradecimiento especial a Maria Paula Meneses, cuyo apoyo a la investigación fue más diversificado y exigió más tiempo. Asimismo, me gustaría dar las gracias a todo el equipo de investigación (también por orden alfabético del nombre propio): Alice Cruz, Aline Mendonça, Antoni Aguiló, Cristiano Gianolla, Élida Lauris, Eva Chueca, Francisco Freitas, José Luís Exeni Rodríguez, Julia Suárez-Krabbe, Luciane Lucas dos Santos, Mara Bicas, Maurício Hashizume, Orlando Aragón Andrade, Raúl Llasag Fernández y Tshepo Madlingozi. Un proyecto de investigación de esta magnitud no se habría podido llevar a cabo sin la dedicada y competente colaboración de dos colaboradoras, Rita Kacia Oliveira, secretaria ejecutiva, e Inês Elias, asistente de investigación.
Como en todos mis libros anteriores, he tenido la oportunidad de discutir con Maria Irene Ramalho todos los temas principales de esta obra y ha sido ella quien ha traducido al inglés una buena parte del texto. Pero hay mucho más que eso, durante más de medio siglo me ha ayudado a ser una persona mejor y un académico mejor y a no separar nunca las dos facetas. Nadie logrará expresar de manera adecuada toda mi gratitud hacia ella. También quiero expresar mis agradecimientos más sentidos a mi asistente de investigación, Margarida Gomes, que durante estos años me ha ayudado en la investigación y la preparación de los textos para publicarlos con una insuperable competencia. Mi asistente de investigación, Mateo Martínez Abarca, me ayudó en mis investigaciones sobre sumak kawsay. Asimismo, quiero dar las gracias especialmente a tres compañeros: a Gustavo Esteva, por haberme transmitido el pleno significado de la Comuna de Oaxaca; a Miguel Teubal, por ayudarme a descubrir la riqueza metodológica de la obra de una querida amiga y compañera, entretanto fallecida, Norma Giarraca; y a Mário Chagas, por la ayuda en la investigación sobre el Museo de Maré, un archivo insurgente. Como siempre, en la versión inglesa de este libro he podido contar con el excelente trabajo de revisión de texto de Mark Streeter, mientras que mi querido colega Antoni Aguiló hizo lo propio con la versión española, que ha tenido presente el texto en portugués. Y, finalmente, pero no por ello de manera menos especial, se merece un agradecimiento más que merecido mi secretaria, amiga y colaboradora, Lassalete Simões, que durante años de intenso trabajo ha supervisado todas mis actividades profesionales y muchas otras.
El Centro de Estudios Sociales (CES), el centro de investigación en ciencias sociales de la Universidad de Coímbra, siempre ha sido mi casa. Sería imposible dar las gracias individualmente a todos mis compañeros y a todos los empleados y empleadas. En el CES somos una comunidad que se distingue por una excepcional combinación de competencia profesional y entusiasmo. Sin embargo, es mi deber dar especialmente las gracias al director ejecutivo del CES, João Paulo Dias, a la bibliotecaria Maria José Carvalho y al bibliotecario Acácio Machado, así como al coordinador de informática Pedro Abreu, todos ellos queridísimos amigos y a la vez poseedores de una gran profesionalidad y de un empeño entusiástico, la más valiosa de las combinaciones que se puede encontrar actualmente en un centro de investigación.
En un mundo en el que el número de personas sintecho crece más que nunca, tengo la impresión y la gran suerte de tener dos casas. Mi segunda casa en los últimos treinta y cinco años ha sido la Facultad de Derecho de la Universidad de Wisconsin-Madison. Mis agradecimientos más sinceros a su directora, Margaret Raymond, a mis compañeros y compañeras, que son demasiados para citarlos individualmente. Quiero dar las gracias en especial a dos funcionarios, Jay Tucker, bibliotecario, cuya disponibilidad es insuperable y cuyo amor por los libros rivaliza con el mío; y Darryl Berney, el especialista informático, siempre dispuesto a facilitar mi relación algo incómoda con los ordenadores. Dos revisores anónimos del manuscrito de la versión inglesa de este libro me hicieron comentarios y sugerencias muy pertinentes, por lo que les estoy muy agradecido. Una última palabra de agradecimiento a mi querido amigo y editor con quien he tenido la fortuna de trabajar en este libro, Alejandro Sierra, de la editorial Trotta, por haber conducido de forma tan aplicada y diligente la publicación de esta obra.
Introducción
¿POR QUÉ LAS EPISTEMOLOGÍAS DEL SUR? CAMINOS ARTESANALES PARA FUTUROS ARTESANALES
Las epistemologías del Sur se refieren a la validación de conocimientos basados en las experiencias de resistencia de todos los grupos sociales que han sido sistemáticamente víctimas de la injusticia, la opresión y la destrucción causadas por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Denomino Sur antiimperial al amplio y muy diverso campo de esas experiencias. Se trata de un Sur epistemológico, no geográfico, formado por muchos Sures epistemológicos que tienen en común el hecho de ser conocimientos nacidos en luchas contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Se producen allí donde ocurren esas luchas, tanto en el norte geográfico como en el sur geográfico. El objetivo de las epistemologías del Sur es permitir que los grupos sociales oprimidos representen el mundo como suyo y en sus propios términos, pues solo de ese modo serán capaces de transformarlo de acuerdo con sus propias aspiraciones. Teniendo en cuenta el desarrollo desigual del capitalismo y la persistencia del colonialismo occidentalocéntrico, el Sur epistemológico y el sur geográfico se superponen parcialmente, sobre todo en lo que respecta a los países que estuvieron sometidos al colonialismo histórico. Sin embargo, dicha superposición apenas es parcial, no solo porque las epistemologías del Norte también florecen en el sur geográfico (es decir, el sur imperial, las «pequeñas Europas» epistemológicas que se encuentran, y que frecuentemente son dominantes, en América Latina, el Caribe, África, Asia y Oceanía), sino también porque el Sur epistemológico, a su vez, se encuentra en el norte geográfico (Europa y América del Norte), en muchas de las luchas contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado que se dan allí, protagonizadas por trabajadores precarios, inmigrantes, víctimas de xenofobia, afrodescendientes víctimas de racismo, musulmanes pobres víctimas de islamofobia, refugiados víctimas del «fascismo del apartheid»1, mujeres víctimas de violencia doméstica y otras formas de violencia, población LGTBI víctima de homofobia, etcétera.
Las epistemologías del Sur se refieren a los conocimientos que surgen de las luchas sociales y políticas y son indisociables de dichas luchas. Por consiguiente, no se trata de epistemologías en el sentido convencional del término. Su objetivo no es estudiar el conocimiento o la creencia justificada como tales, y mucho menos el contexto social e histórico en el que ambos surgen (la epistemología social es un concepto igualmente controvertido). Más bien se trata de identificar y valorar lo que muchas veces ni siquiera figura como conocimiento conforme a las epistemologías dominantes, la dimensión cognitiva de las luchas de resistencia contra la opresión y contra el conocimiento que legitima esa misma opresión. Muchas de esas formas de conocimiento no configuran conocimientos pensados como actividad autónoma y sí conocimientos generados y vividos en prácticas sociales concretas. Las epistemologías del Sur ocupan el concepto de epistemología para resignificarlo como instrumento de interrupción de las políticas dominantes y de los conocimientos que las sostienen. Son epistemologías experienciales2. Las epistemologías del Sur existen solo y en la medida en que existen las epistemologías del Norte. Hoy en día, las epistemologías del Sur existen para que en el futuro dejen de ser necesarias.
Ocupar la epistemología
El término epistemología corresponde, a grandes rasgos, a lo que en alemán se denomina Erkenntnistheorie o Erkenntnislehre. Centrada al principio en la crítica del conocimiento científico, actualmente la epistemología tiene que ver con el análisis de las condiciones de producción e identificación del conocimiento válido, así como de la creencia justificada. Por consiguiente, posee una dimensión normativa. En este sentido, las epistemologías del Sur desafían las epistemologías dominantes en dos niveles diferentes. Por un lado, consideran crucial la tarea de identificar y discutir la validez de conocimientos y modos de saber no reconocidos como tales por las epistemologías dominantes. De este modo, se concentran en conocimientos «inexistentes», considerados así por el hecho de no producirse de acuerdo con metodologías aceptables, o incluso inteligibles, o porque quienes los producen son sujetos «ausentes», sujetos concebidos como incapaces de producir conocimiento válido debido a su falta de preparación, o incluso debido a su condición no plenamente humana. Las epistemologías del Sur tienen que proceder de acuerdo con aquello que denomino sociología de las ausencias; en otras palabras, transformar sujetos ausentes en sujetos presentes como condición imprescindible para identificar y validar conocimientos que pueden contribuir a reinventar la emancipación y la liberación sociales (Santos, 2014a, 2017a). Las epistemologías del Sur evocan necesariamente otras ontologías (revelando diferentes maneras de ser, las de los pueblos oprimidos y silenciados, pueblos que han sido radicalmente excluidos de las maneras dominantes de ser y conocer). Teniendo en cuenta que esos sujetos se producen como ausentes a través de relaciones de poder muy desiguales, rescatarlos es un gesto eminentemente político. Las epistemologías del Sur inciden en procesos cognitivos relacionados con el significado, la justificación y la orientación en la lucha puestos a disposición por quienes resisten y se rebelan contra la opresión. La cuestión de la validez surge a partir de esa fuerte presencia. El reconocimiento de la lucha y de los respectivos protagonistas es un acto de preconocimiento, un impulso intelectual y político pragmático que implica la necesidad de examinar la validez del conocimiento que circula en el marco de la lucha o que la propia lucha genera. Por otro lado, los sujetos rescatados o revelados, o hechos presentes, son muchas veces sujetos colectivos, lo que altera completamente la cuestión de la autoría del conocimiento y, por tanto, la cuestión de la relación entre el sujeto que conoce y el objeto del conocimiento. Estamos ante procesos de lucha social y política en los que un tipo de conocimiento que muchas veces no posee un sujeto individualizable se vive de manera performativa.
Los conocimientos rescatados por las epistemologías del Sur son técnica y culturalmente intrínsecos a determinadas prácticas —las prácticas de la resistencia contra la opresión—. Existen incorporados en prácticas sociales. En la mayoría de los casos surgen y circulan de forma despersonalizada, aunque ciertos individuos en el grupo tengan un acceso privilegiado a esos conocimientos y los formulen con mayor autoridad (esta cuestión se desarrolla más adelante). Conforme con los hechos y teniendo en cuenta los usos de la lengua, se puede pensar que se trata de saberes y no de conocimientos. Esta distinción solo existe en algunas lenguas, en las latinas, por ejemplo, lo que, por sí solo, plantea un desafío a la traducción intercultural, que se discutirá más adelante. Para las epistemologías del Sur el conocimiento y el saber deben entenderse casi como sinónimos, como términos que se pueden usar permutablemente aunque las diferencias sutiles entre ellos se manifiesten en el uso de la lengua. Estas diferencias sutiles se basan en el propio origen etimológico de ambas palabras. Conocer, del latín cognoscere, que procede del griego gnosis + cum, significa «obtener conocimiento de, pasar a tener conocimiento de a través del ejercicio de las facultades cognitivas». Es por ello que se trata de un proceso acentuadamente intelectual. A su vez, saber, del latín sapere, significa «tener conocimiento como si se sintiera mediante el gusto» (de sapio, «tener gusto, tener buen paladar, tener olfato»). Sabor tiene exactamente la misma etimología que saber. Por detrás de esta distinción (conocer con la razón, saber con el cuerpo y los sentidos), me parece que también existe la distinción fatal en la cultura occidental, a partir de Platón y Aristóteles, entre razón y cuerpo, una distinción exacerbada por el cristianismo, que separó inmediatamente el cuerpo del alma. La tensión creada entonces en la cultura occidentalocéntrica quizás explique la razón por la que el término conocimiento se aproxima fácilmente al de ciencia, del latín scientia, de scire, «saber», que seguramente al principio significaba «distinguir, separar cosas», de la raíz indoeuropea, skei, «cortar, separar». Mientras que saber se aproxima a sabiduría y sagacidad (prudencia)3. A lo largo de este libro, saberes surge frecuentemente como un término más abarcador que conocimiento(s). Sin embargo, son equivalentes. Es por ello que hablo de conocimientos nacidos o aprendidos en las luchas y de ecología de saberes.
Foucault (1969) puso de relieve esta distinción entre saberes y conocimiento, aunque aquí se ha interpretado de manera diferente. Según Foucault, el saber implica un proceso colectivo, anónimo, algo no dicho, un a propri histórico-cultural accesible solo a través de la arqueología de los saberes. Sin embargo, los saberes que tienen que ver con las epistemologías del Sur no son a priori culturales; en otras palabras, lo no dicho de Foucault. Como mucho, serán los no dichos de esos no dichos, es decir, los no dichos que surgen de la línea abisal que separa en la modernidad occidentalocéntrica las sociedades y las sociedades metropolitanas y coloniales. Foucault ignoró esa línea abisal, el fiat epistemológico más fundamental de la modernidad occidental que, como veremos más adelante, sobrevivió al fin del colonialismo histórico. Las disciplinas de Foucault se basan tanto en las experiencias del lado metropolitano de la sociabilidad moderna como en los no dichos culturales que él identifica. Las disciplinas son falsamente universales no solo porque se «olvidan» activamente de los respectivos no dichos culturales, sino porque, como sus no dichos culturales, no consideran las formas de sociabilidad existentes en el otro lado de la línea, en el lado colonial. Lo no dicho foucaultiano es, por tanto, tan falsamente común a la modernidad y tan eurocéntrico como la idea kantiana de racionalidad como emancipación con relación a la naturaleza. Esta misma forma de racionalidad relacionaba con la naturaleza a las personas y las sociabilidades existentes en el otro lado de la línea, en la zona colonial. Es evidente que tanto la filosofía de Kant como la de Foucault representan importantes avances respecto a la tabula rasa de Locke, teoría según la cual el conocimiento surge de la nada. En vez de la tabula rasa, ambos filósofos propusieron presupuestos o «a prioris» que, según ellos, condicionan toda la experiencia humana contemporánea. Sin embargo, «toda esa experiencia» considerada por ellos era una experiencia intrínsecamente truncada, puesto que se había construido sin considerar, o incluso para no considerar, la experiencia de quien se situaba en el otro lado de la línea abisal, la gente colonial. Si pretendiéramos formular las epistemologías del Sur en términos foucaultianos, lo que no es mi intención, diríamos que estas tienen en el punto de mira la arqueología de la arqueología de saberes.
Durante todo el siglo pasado, las epistemologías feministas nortecéntricas llevaron a cabo una ocupación inicial de las versiones dominantes de las epistemologías del Norte. Mostraron que la idea de conocimiento concebido como independiente de la experiencia del sujeto de conocimiento, sobre la base del cual, especialmente después de Kant, se estableció la distinción entre epistemología, ética y política, era la traducción epistemológica, y la consiguiente naturalización, del poder político y social masculino. La perspectiva universal, así como la de la mirada de Dios, era el otro lado de la perspectiva de ninguna parte. Esas epistemologías feministas, que le deben tanto a Foucault, defienden la naturaleza situada y posicional del conocimiento y la implicación mutua del sujeto y del objeto de conocimiento. Sin embargo, esa ocupación solo fue parcial, puesto que no se quejaba de la primacía del conocimiento como práctica aislada. Así pues, no sorprende que las epistemologías feministas nortecéntricas hayan presionado a las epistemologías del Norte hasta el límite y, pese a ello, se hayan mantenido dentro de esos mismos límites. De este modo, funcionaron como crítica interna, como varias otras que mencionaré en este libro. Sin embargo, fueron de vital importancia al crear un espacio para el surgimiento de epistemologías feministas surcéntricas, que van más allá de los mencionados límites, y produjeron críticas externas con relación a las epistemologías del Norte. De este modo, se transformaron en un componente constitutivo de las epistemologías del Sur, como se muestra más adelante.
Antes de identificar los varios grados de diferencia entre las epistemologías del Sur y las epistemologías del Norte, es necesario responder a las siguientes preguntas: ¿acaso existen juegos especulares entre las epistemologías del Sur y las epistemologías del Norte que se deban evitar? ¿Podremos construir un espacio común amplio basado en la alteridad, en el reconocimiento del ser otro?
El peligro de las imágenes especulares
Al comparar las epistemologías del Sur con las epistemologías del Norte es fácil caer en la tentación de la imagen reflejada, que tiene mucho que ver con la estructura dualista binaria de la imaginación occidental. Las corrientes dominantes de las epistemologías del Norte se concentraron en la validez privilegiada de la ciencia moderna, que se desarrolló predominantemente en el Norte global desde el siglo XVII. Dichas corrientes se basan en dos premisas fundamentales. La primera es la de que la ciencia que se basa en la observación sistemática y en la experimentación controlada es una creación específica de la modernidad occidentalocéntrica, radicalmente distinta de otras «ciencias» originarias de otras regiones y otras culturas del mundo. La segunda premisa es la de que el conocimiento científico, teniendo en cuenta su rigor y su potencial instrumental, es radicalmente diferente de otros saberes, ya sean laicos, populares, prácticos, de sentido común, intuitivos o religiosos.
Ambas premisas contribuyeron a reforzar el excepcionalismo del mundo occidental con relación al resto del mundo, y, por la misma razón, a la determinación de la línea abisal que separaba, y sigue separando, las sociedades y las sociabilidades metropolitanas de las coloniales. Ambas premisas se examinaron críticamente, y esa crítica ha acompañado, en efecto, el desarrollo científico desde el siglo XVII. En gran parte, se trata de una crítica interna, elaborada en el marco del propio mundo cultural occidental y de los respectivos presupuestos. El caso de las teorías de Goethe sobre la naturaleza y el color es singular, ya que es un ejemplo de esos enfoques iniciales. El autor alemán tenía el mismo interés en el desarrollo científico que sus contemporáneos, pero opinaba que las corrientes dominantes, cuyo origen se remonta a Newton, estaban totalmente equivocadas. Goethe oponía el empirismo artificial de las experiencias controladas a lo que llamaba el empirismo delicado (zarte Empirie), «el esfuerzo para entender el significado de una cosa a través de una mirada y una visión prolongadas y empáticas basadas en la experiencia directa» (Seamon y Zajonc, 1998: 2)4.
En un libro anterior tuve la oportunidad de analizar algunas dimensiones de la crítica interna dirigida a la ciencia occidental moderna por las diversas corrientes de la epistemología crítica, así como por la sociología de la ciencia y por los estudios sociales de la ciencia (Santos, 2007b). Las epistemologías del Sur van más allá de la crítica interna. Más que una orientación crítica, sobre todo están interesadas en formular alternativas epistemológicas que puedan reforzar las luchas contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. En este sentido, la idea de que no existe justicia social sin justicia cognitiva genera, de acuerdo con lo referido antes, la idea de que no necesitamos alternativas; lo que realmente necesitamos es un pensamiento alternativo de las alternativas.
Al igual que en el caso de las epistemología del Sur, no existe una epistemología del Norte única. Existen varias, aunque algunos de sus presupuestos básicos sean, en general, los mismos5: prioridad absoluta dada a la ciencia por ser un conocimiento riguroso; rigor, entendido como determinación; universalismo, entendido como una peculiaridad de la modernidad occidental y referente a cualquier entidad o condición cuya validez no es dependiente de ningún contexto social, cultural o político concreto; verdad, entendida como la representación de lo real; una distinción entre sujeto y objeto, el que conoce y el que es conocido; la naturaleza como res extensa; la temporalidad lineal; el progreso de la ciencia a través de las disciplinas y la especialización; la neutralidad social y política como condición de objetividad.
Desde el punto de vista de las epistemologías del Sur, las epistemologías del Norte contribuyeron crucialmente a convertir el conocimiento científico desarrollado en el Norte global en el modo hegemónico que tiene el Norte global de representar el mundo como suyo y, por este medio, de transformarlo de acuerdo con sus propias necesidades y ambiciones. De este modo, el conocimiento científico, combinado con la superioridad del poder económico y militar, atribuyó al Norte global el dominio imperial del mundo en la era moderna hasta nuestros días.
Las epistemologías del Norte tienen como premisa una línea abisal que separa las sociedades y las formas de sociabilidad metropolitanas de las sociedades y formas de sociabilidad coloniales, y según la cual lo que es válido, normal o ético del lado metropolitano de dicha línea no se aplica en el lado colonial de la misma6. El hecho de que esa línea sea tan básica como invisible permite la existencia de falsos universalismos que se basan en la experiencia social de las sociedades metropolitanas y que se destinan a reproducir y a justificar el dualismo normativo metrópolis/colonia7. Estar en el otro lado, en el lado colonial, de la línea abisal equivale a ver cómo el conocimiento dominante impide representar el mundo como propio y en los propios términos. En eso radica el papel crucial de las epistemologías del Norte de contribuir a la reproducción del capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Las epistemologías del Norte conciben el Norte epistemológico eurocéntrico como la única fuente de conocimiento válido, indiferentemente del punto geográfico en el que se produzca ese conocimiento. En la misma medida, se entiende el Sur, es decir, lo que se halla en el «otro» lado de la línea, como el reino de la ignorancia8. El Sur es el problema; el Norte es la solución. En consecuencia, la única comprensión válida del mundo es la comprensión occidental del mundo.
El sociólogo indio J. P. S. Uberoi formula de manera elocuente la alienación, el extrañamiento con relación a uno mismo, y la subordinación mental que este estado de cosas provoca en las poblaciones no occidentales, incluyendo a científicos sociales no occidentales. Las palabras de este autor merecen citarse extensamente, ya que, pese a estar escritas en 1978, dudo que la situación que describen haya cambiado drásticamente:
A través de la aplicación de dichos medios se puede hacer que parezca que solo hay un tipo de ciencia, la ciencia occidental moderna, que hoy en día tiene el poder de mandar en el mundo. Ese conocimiento científico y racional es el almacén de la verdad, que existe por sí mismo y es sui generis, al no haber ningún otro del mismo tipo. Al resto se le da, en el mejor de los casos, el nombre simpático de «etnociencia» y, en el peor, de superstición falsa y de ignorancia de lo más sombría. La lógica implacable de esta situación general de sufrimiento espiritual, que ha prevalecido de manera consistente en el mundo no occidental desde 1550, o 1650, o cualquier otra fecha histórica parecida, produce inevitablemente en mí, por ejemplo, un vergonzoso complejo de inferioridad que creo que nunca seré capaz de superar, ya sea solo o en buena compañía. Se trata de una situación falsa que destruye completamente cualquier originalidad científica. Con un único golpe es capaz de matar toda la alegría interior del entendimiento, tanto individual como colectivo, que es la única cosa que sostiene verdaderamente el trabajo intelectual local. Es verdad que, en la naturaleza de las cosas, no existe ninguna razón por la que esa relación subordinada y colonial, más o menos interrumpida en el marco político alrededor de 1950, se siga verificando aún en la ciencia. Por lo que sé, la situación no ha mejorado del todo, cuando se da el supuesto de la existencia de dos tipos de teorías diferentes, las importadas y las heredadas, que se mantienen de algún modo unidas entre ellas, uno de los tipos para fines científicos y otro para fines no científicos. Me parece que esto solo sustituye el problema de la mente subordinada por el de la autoalienación intelectual; y yo no sé cuál de ellos es peor. En mi opinión, este es el principal problema de toda la vida intelectual en la India moderna y en el mundo no occidental (1978: 14-15).
Sin embargo, el Sur antiimperial, el Sur de las epistemologías del Sur, no es la imagen invertida del Norte de las epistemologías del Norte. Las epistemologías del Sur no tienen como objetivo sustituir a las epistemologías del Norte ni situar el Sur en el lugar del Norte. El objetivo es superar la dicotomía jerárquica entre el Norte y el Sur. El Sur que se opone al Norte no es el Sur constituido por el Norte como víctima y sí el Sur que se rebela para superar el dualismo normativo vigente. La cuestión no consiste en borrar las diferencias entre el Norte y el Sur y sí en borrar las jerarquías de poder que los habitan. Las epistemologías del Sur afirman y valoran así las diferencias que permanecen tras la eliminación de las jerarquías de poder. Lo que pretenden es un cosmopolitismo subalterno, de la base al punto más alto. En vez de la universalidad abstracta, promueven la pluriversalidad. Se trata de un tipo de pensamiento que promueve la descolonización potenciadora de pluralismos articulados, y formas de hibridación liberadas del impulso colonizador que en el pasado los orientó, como la criollización y el mestizaje. Esta liberación solo es posible mediante la traducción intercultural a tenor de las epistemologías del Sur.
Las epistemologías del Sur pretenden mostrar que los criterios dominantes del conocimiento válido en la modernidad occidental, al no reconocer como válidos otros tipos de conocimiento más allá de los producidos por la propia ciencia, originaron un epistemicidio masivo, es decir, la destrucción de una enorme variedad de saberes que prevalecen sobre todo en el otro lado de la línea abisal: en las sociedades y sociabilidades coloniales. Dicha destrucción desarmó esas sociedades e hizo que estas se volvieran incapaces de representar el mundo como suyo y en sus propios términos y, por tanto, incapaces de considerar el mundo como susceptible de sufrir cambios mediante su propio poder y en el sentido de proseguir sus propios objetivos. Esa tarea es tan importante hoy en día como lo fue durante el colonialismo histórico, puesto que la desaparición de este no implicó el fin del colonialismo como forma de sociabilidad basada en la inferioridad étnico-cultural e, incluso, ontológica, del otro; aquello que Aníbal Quijano denomina colonialidad (2005). La colonialidad del conocimiento (así como la del poder) sigue siendo el instrumento fundamental para la expansión y el refuerzo de las opresiones generadas por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. En realidad, la colonialidad es la continuación del colonialismo mediante otros medios, es otro tipo de colonialismo. Es por ello que prefiero seguir hablando de colonialismo para caracterizar lo que Quijano define como colonialidad, puesto que no hay ninguna razón analítica para reducir el colonialismo al tipo específico de colonialismo que fue el colonialismo histórico caracterizado por la ocupación territorial llevada a cabo por una potencia extranjera. Al contrario de lo que se piensa vulgarmente, la independencia política de las colonias europeas no significó el fin del colonialismo, tan solo significó la sustitución de un tipo de colonialismo por otros (colonialismo interno, neocolonialismo, imperialismo, racismo, xenofobia, etcétera).
Rescatar los saberes suprimidos, silenciados y marginados requiere la práctica de lo que he denominado «sociología de las ausencias», un procedimiento destinado a mostrar que, dada la resiliencia de la línea abisal, muchas prácticas, saberes y agentes que existen en el otro lado de dicha línea son de hecho activamente producidos como inexistentes por los saberes «de este» lado de la línea abisal. La identificación de la existencia de la línea abisal es el impulso fundador de las epistemologías del Sur y de la descolonización del conocimiento que tienen en el objetivo de emprender. Identificar la línea abisal es el primer paso para superarla, tanto en el ámbito epistemológico como en el político. Identificar y denunciar la línea abisal permite abrir horizontes con relación a la diversidad epistemológica del mundo. En el ámbito epistemológico, dicha diversidad se traduce en aquello que defino como «ecología de saberes»; en otras palabras, el reconocimiento de la copresencia de diferentes saberes y la necesidad de estudiar las afinidades, las divergencias, las complementariedades y las contradicciones que existen entre ellos, a fin de maximizar la eficacia de las luchas de resistencia contra la opresión.
¿Podemos construir un terreno común amplio basado en el reconocimiento de la alteridad?
Las epistemologías del Sur rechazan guetos epistemológicos o políticos, así como las inconmensurabilidades de las que se alimentan. Me gustaría poner sobre el tapete algunos conceptos surgidos a raíz de las luchas de resistencia contra la dominación occidentalocéntrica durante los últimos setenta años y, sobre todo, durante los últimos cuarenta. Esos conceptos se formularon en lenguas neocoloniales y, pese a este hecho, o debido a él, ganaron un peso específico. Los conceptos en cuestión son los siguientes: ubuntu, sumak kawsay, Pachamama, chachawarmi, swaraj, ahimsa9.
En los últimos cuarenta años, un impulso crucial para las epistemologías del Sur surge de los pueblos que sufrieron más violentamente el epistemicidio provocado por la ciencia moderna y el genocidio resultante del colonialismo europeo. Se trata de los pueblos indígenas de las Américas, África y Oceanía. Estos pueblos fueron los más invisibilizados o los que el pensamiento político eurocéntrico, incluyendo la teoría crítica, consideró prescindibles. En contra de ese silenciamiento, las respectivas luchas configuraron propuestas que ampliaron significativamente la agenda política de algunos países, contribuyendo así a revelar facetas de la diversidad de la experiencia social, política y cultural del mundo, así como nuevos repertorios de emancipación social. Esa experiencia riquísima se perderá si no se entiende y valora a través de un giro cultural capaz de sostener una política de conocimiento adecuada. Tal desperdicio será tanto una pérdida intelectual como una pérdida política para el mundo. Será lo mismo que trivializar u ocultar luchas sociales que, desde otro punto de vista, serían importantes, y no permitir que esas mismas luchas contribuyan a la expansión y la profundización del horizonte global de emancipación social, es decir, a la propia idea de que otro mundo es posible. Las epistemologías del Sur son la expresión de la lucha contra un posible doble desperdicio: un desperdicio intelectual y un desperdicio político.
A continuación, se muestran algunos ejemplos, entre muchos otros posibles, de las formas en que los guiones emancipatorios del mundo se han ido expandiendo y enriqueciendo más allá de los límites de la política y el conocimiento occidentalocéntricos. En algunos casos, evocan prácticas e ideas que son ajenas a la política y el conocimiento occidentalocéntrico, por lo que se expresan en sus respectivas lenguas de origen; en otros casos, constituyen equivalentes no eurocéntricos de conceptos eurocéntricos, como derecho, Estado o democracia, por lo que se expresan en una lengua colonial y normalmente se califican con un adjetivo (por ejemplo, democracia comunitaria, Estado plurinacional). El concepto de ubuntu, un concepto sudafricano que requiere una ontología de ser con y de estar con («Yo soy porque tú eres»), tuvo una influencia decisiva en la Comisión Verdad y Reconciliación, que se enfrentó a los crímenes del apartheid; también tuvo influencia en alguna jurisprudencia constitucional de Sudáfrica después de 1996, además de permanecer como un importante tema de debate en el campo de la filosofía africana10. El concepto de sumak kawsay, en quechua, y el de suma qamaña, en aimara, se incluyeron en las Constituciones de Ecuador (2008) y Bolivia (2009) para definir un horizonte de emancipación, es decir, la idea de un buen vivir que prescinde tanto del concepto de desarrollo como del de socialismo. El concepto de Pachamama, incluido también en la Constitución ecuatoriana, define una interpretación no cartesiana y no baconiana de la naturaleza, es decir, la naturaleza no como un recurso natural, sino como un servicio y como una fuente de vida, al que se le reconocen derechos del mismo modo que a los seres humanos: los derechos de la naturaleza lado a lado con los derechos humanos, ambos poseedores del mismo estatuto constitucional (capítulo 7, artículo 71 de la Constitución ecuatoriana). El concepto quechua de chachawarmi se volvió un concepto clave de las luchas de liberación de mujeres indígenas en algunos países de América Latina. Define una noción igualitaria y complementaria de relaciones entre los sexos, y prescinde de los modelos y los lenguajes subyacentes al feminismo eurocéntrico.
Mucho antes de las luchas que trajeron a las agendas políticas los conceptos mencionados antes, Gandhi ya utilizaba la lengua hindi para expresar conceptos clave de su lucha contra el colonialismo británico. Por ejemplo, el concepto de swaraj, entendido como la búsqueda de la autodeterminación profunda, mucho más allá de la independencia política, que se recupera recurrentemente en luchas políticas en la India y otros lugares. Asimismo, está el concepto de ahimsa, extremadamente importante en los textos hindúes y que Gandhi transformó en el principio crucial de resistencia como no violencia, adoptado por grupos sociales en la India y en otros países, según veremos en el capítulo 10.
En lo que se refiere a las adaptaciones no eurocéntricas o híbridas de conceptos eurocéntricos, también existen varios ejemplos posibles. El concepto de democracia indígena y comunitaria aparece en el artículo 11.II de la Constitución boliviana como uno de los tres tipos de democracia reconocidos por el sistema político. Los otros dos son la democracia representativa y la democracia participativa. El concepto de democracia comunitaria tiene que ver con formas de deliberación democrática totalmente diferentes de las de la democracia representativa y la democracia participativa, los dos tipos que normalmente se tienen en cuenta en los debates eurocéntricos sobre la democracia. Otro ejemplo es el del Estado plurinacional, que aparece en las Constituciones de Bolivia (art. 1) y Ecuador (art. 1)11, que asocia el concepto occidental moderno de nación cívica con el concepto de nación étnico-cultural, y que propone una estructura administrativa asimétrica, no monolítica, e intercultural. O también el concepto de economía social y solidaria, que tiene en el punto de mira expresar las varias formas de economía de base indígena y campesina, y los tipos de propiedad asociados a ellas, que difieren entre sí, pero que, en general, son anticapitalistas y anticolonialistas (y no es inusual que también sean antipatriarcales) y se basan en principios de reciprocidad y de relacionalidad que se encuentran en las antípodas de las lógicas capitalistas y colonialistas.
El carácter extraño de los conceptos referidos anteriormente no debe exagerarse. Esos conceptos deberán entenderse como entidades culturales muchas veces híbridas, mestizajes culturales y conceptuales, criollizaciones que combinan elementos occidentales y no occidentales. Por un lado, el hecho de que algunos estén incluidos en un texto hipermoderno y occidental, como es una Constitución, altera profundamente su naturaleza, aunque solo sea porque esa inclusión exige la transición de una cultura oral a una cultura escrita, una transición cuya complejidad abordaré más adelante. Además, las formulaciones que permiten que los incluyan en agendas políticas más amplias son necesariamente híbridas. Por ejemplo, el concepto de los derechos de la naturaleza (de acuerdo con lo establecido en la Constitución ecuatoriana) es un concepto híbrido, que articula elementos culturales occidentales y no occidentales12. Según las cosmovisiones o las filosofías indígenas, no tiene sentido atribuir derechos a la naturaleza al ser ella el origen de todos los derechos. Sería como reconocer los derechos de Dios en las religiones monoteístas. El concepto de derechos de la naturaleza es una construcción híbrida que combina la noción occidental de derecho con la noción indígena de naturaleza, la Pachamama, la Madre Tierra. Los derechos de la naturaleza se formulan así para que sean inteligibles y políticamente eficaces en una sociedad saturada por la idea de derechos humanos.
Asimismo, se debe destacar que una revisión cuidadosa y no monolítica de la tradición occidental moderna, es decir, una revisión que incluya tanto las concepciones dominantes como las excluidas, demostrará que en esta tradición existe una complementariedad o una correspondencia con algunos de estos conceptos no occidentales referidos arriba. Para dar solo un ejemplo, existen afinidades entre la idea de Pachamama y la idea de natura naturans (en oposición a natura naturata) en Spinoza, aunque la concepción spinoziana haya sido objeto de prohibición inquisitorial (y acusación de panteísmo) y haya quedado relegada bajo el peso de la concepción cartesiana de la naturaleza como res extensa, que se acabaría convirtiendo en la concepción de naturaleza occidental y del sentido común. La supervivencia de esa corriente marginal de la modernidad occidental resurgió en los siglos siguientes, desde la concepción de naturaleza de Goethe hasta la filosofía de Aldo Leopold13 y la ecología profunda de Arne Naess14.
La búsqueda de reconocimiento y la celebración de la diversidad epistemológica del mundo subyacente a las epistemologías del Sur exige que esos nuevos repertorios (de hecho, ancestrales o recientemente reinventados, en muchos casos) de dignidad humana y de emancipación social se entiendan como relevantes mucho más allá de los grupos sociales que protagonizaron su aparición desde sus luchas contra la opresión o incluso fuera de contextos de lucha. Lejos de aprisionarlos en esencialismos identitarios, esos repertorios deben verse como contribuciones para la renovación y para la diversificación de las narrativas y los repertorios de las utopías concretas de otro mundo posible, un mundo más justo (justo en el sentido más amplio del término), no solo en lo que se refiere a las relaciones entre seres humanos, sino también a las relaciones entre seres humanos y seres no humanos. Esta renovación se vuelve aún más necesaria cuando es verdad que parece haberse agotado la eficacia movilizadora de los conceptos eurocéntricos que definían esas utopías en la modernidad, ya sea el concepto de socialismo o de comunismo, ya sea incluso el de democracia. En consecuencia, la idea africana de ubuntu o las ideas andinas de Pachamama y sumak kawsay, que en el pasado se introdujeron en el mundo a través de las voces de grupos sociales oprimidos de África o América Latina, se pueden volver potencialmente relevantes para las luchas contra la opresión y la dominación del mundo en general. Lejos de tratarse de una idiosincrasia o de una excentricidad, esas ideas integran efectivamente una polifonía «pluriversal», una concepción «polilectal», más que «idiolectal», de imaginación cultural y política. Es por ello que las vicisitudes que dichas ideas sufren en sus contextos de origen no les roban legitimidad epistemológica o política. Bien al contrario, estas se pueden convertir en una fuente de inspiración para otras luchas en otros tiempos y en otros contextos.
En la actualidad ya es perfectamente evidente que muchas de las innovaciones interculturales y plurinacionales mencionadas antes, como las que se integraron en las Constituciones de Ecuador y Bolivia, no se están poniendo en práctica, y más bien se están subvirtiendo y están perdiendo su carácter mediante las prácticas políticas dominantes; de hecho, en los últimos años las políticas gubernamentales y las legislaciones nacionales han contradicho, con frecuencia de manera explícita, lo que está plasmado en las Constituciones de los dos países, proceso que los constitucionalistas y los sociólogos políticos han definido como «desconstitucionalización». Por más radical que pueda ser dicho proceso, no logrará borrar la introducción de las nuevas narrativas de dignidad y justicia que aquellas ideas suscitaron en las luchas contra la opresión en todo el mundo. Una prueba de ello es la forma en la que los jóvenes ecologistas de todo el mundo incluyen las ideas andinas de Pachamama y sumak kawsay en sus repertorios de lucha. No necesitan pedir permiso a los pueblos indígenas ni ser especialistas en culturas andinas. Tan solo tienen que estar de acuerdo e identificarse con la orientación política y filosófica general de esas ideas para integrarlas en las ecologías de saberes a las que recurren, a fin de dar un sentido más profundo a sus luchas y, de este modo, fortalecerlas. Como indicaré más adelante, apenas tienen que saber ser traductores interculturales.
Grados de separación: construir nuevos hogares para pensar y actuar
Las epistemologías del Sur plantean problemas, cuestiones y desafíos epistemológicos, conceptuales y analíticos. De hecho, formulan nuevas preguntas y buscan nuevas respuestas, nuevos problemas para nuevas soluciones. Requieren mucha crítica e innovación metodológicas. Sin embargo, algunos de esos problemas se formulan necesariamente en términos puestos a disposición en gran medida por las epistemologías dominantes del Norte. Por ese motivo, algunos de esos problemas son más previsibles que otros. A continuación, identifico las varias capas de problemas, partiendo de los más previsibles a los menos previsibles. Representan los grados sucesivos de separación entre las epistemologías del Sur y las epistemologías del Norte. La primera capa tiene que ver con los problemas que confrontan directamente las epistemologías del Sur con las epistemologías del Norte. Son los cimientos sobre los que se deben analizar las cuestiones teóricas y metodológicas abordadas por las epistemologías del Sur. Entre ellos, refiero los siguientes:
1. El problema del relativismo. Teniendo en cuenta que las ecologías de saberes consisten en la copresencia de diferentes tipos de conocimientos, ¿cómo deberemos establecer su validez relativa?
2. El problema de la objetividad. Cómo distinguir la objetividad de la neutralidad, una distinción esencial para las epistemologías del Sur.
3. El problema del papel de la ciencia en la ecología de saberes. A pesar de que la ciencia moderna no sea el único tipo válido de conocimiento, está reconocida como uno de los más importantes. ¿Cómo se deberá articular el conocimiento científico con el conocimiento no científico en el marco de las ecologías de saberes?
4. El problema de la autoría. La mayoría de los conocimientos que surgen de las luchas sociales son colectivos o funcionan como tal. En lugar de tener autores, son autores. Sin embargo, de esas luchas surgen frecuentemente superautores. ¿Cómo se entiende esto?
5. El problema de la oralidad y la escritura. Teniendo en cuenta que la mayoría de los conocimientos presentes en las ecologías de saberes circulan oralmente y algunos no disponen de ninguna versión escrita, ¿cómo se pueden validar los conocimientos existentes en un flujo evanescente, o incluso imperceptible?
6. El problema de la lucha. Teniendo en cuenta que el conocimiento privilegiado por las epistemologías del Sur es conocimiento nacido o usado en la lucha, ¿qué es una lucha y cuál es su potencial o contenido epistemológico específico?
7. El problema de la experiencia. ¿Dónde se sitúa el territorio en el que se planifican las relaciones prácticas de la lucha, se calculan las oportunidades, se valoran los riesgos y se sopesan los pros y los contras?
8. El problema de la corporalidad del saber. Las epistemologías del Sur tratan de conocimientos materializados en cuerpos concretos, que pueden ser colectivos o individuales. El cuerpo, como entidad viva, es el cuerpo que sufre opresión y resiste a ella, que se entristece con la derrota y con la muerte, y se regocija con la victoria y con la vida. ¿Puede una epistemología explicar esa presencia poderosa de cuerpos individuales y colectivos?
9. El problema del sufrimiento injusto. Vivimos en un tiempo de guerra, un tiempo de guerras declaradas y no declaradas, regulares e irregulares, internas e imperialistas. La mayoría de las víctimas de violencia no está activamente implicada en los conflictos, por lo que es inocente. Son muchas las superposiciones de factores que causan ese sufrimiento generalizado, y que vuelven menos clara la dicotomía entre opresores y oprimidos y los juicios éticos y políticos del sufrimiento. Una de las formas posibles de abordar el problema del sufrimiento es empezar por las consecuencias en lugar de empezar por las causas.
10. El problema del calentamiento de la razón, o el corazonar. Inspirándome en Ernst Bloch, en mi trabajo anterior propuse la distinción entre razón caliente y razón fría. La razón caliente es la razón que vive bien con las emociones, afectos y sentimientos sin perder su razonabilidad. En un contexto de lucha, especialmente de luchas que acarrean riesgos personales, la razón tiene que calentarse de una manera muy específica. ¿Cómo hacerlo?
11. El problema de cómo relacionar sentido y copresencia. La centralidad de las luchas contra la opresión en las epistemologías del Sur exige que se aborde la cuestión de la posible inmediatez de la copresencia, de la copresencia que antecede al sentido que se le puede atribuir. En la lucha, especialmente en las que acarrean mayores riesgos, la copresencia es una cosa en sí que, de algún modo, se impone al sentido o el significado que después se le atribuye. ¿Puede el reconocimiento preceder a la cognición? ¿Podemos explicar las formas no mediadas de copresencia como las que ocurren en la lucha?
La segunda capa de problemas tiene que ver con las reconstrucciones teóricas, metodológicas y conceptuales exigidas por las epistemologías del Sur.
12. ¿Cómo descolonizar el conocimiento, así como las metodologías a través de las cuales se produce? Al ser el colonialismo una cocreación, descolonizar implica la descolonización tanto del conocimiento (del) colonizado como del conocimiento (del) colonizador.
13. ¿ Cómo crear metodologías de acuerdo con las epistemologías del Sur, es decir, metodologías no extractivitas? Las ciencias sociales modernas abisales se basan en metodologías que extraen información de objetos de investigación de modo muy parecido al modo con el que las industrias mineras extraen minerales y petróleo de la naturaleza. En cambio, las epistemologías del Sur, al tener como base el saber con y no el saber sobre, es decir, al basarse en la cocreación de conocimiento entre sujetos cognitivos, deben proporcionar algunas directrices sobre qué metodologías podrán llevar a cabo con éxito esas tareas.
14. ¿Cuáles son los contextos de las combinaciones de saberes científicos y artesanales en las ecologías de saberes? Diferentes conocimientos tienen diferentes relaciones con las luchas contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Su integración en las ecologías de saberes plantea cuestiones dispares.
15. ¿Cuáles son las implicaciones de ser un investigador posabisal? La posicionalidad de diferentes sujetos de conocimiento (internos y externos) es crucial para entenderse cuánto desaprendizaje y despensamiento exige la construcción de mingas epistémicas (véase el capítulo 7). Como los procesos cognitivos están incorporados en contextos de lucha y resistencia, también se deben considerar los riesgos subyacentes, así como las heridas existentes y los procesos de curación.
16. ¿Qué es una experiencia profunda de los sentidos? Tomarse en serio la idea de que el conocimiento está corporeizado, encarnado en un cuerpo, implica reconocer que conocer es una actividad corpórea que moviliza potencialmente los cinco sentidos. Para las epistemologías del Norte, valorar los sentidos como fuentes de conocimiento está fuera de discusión. Solo la mente conoce, solo la razón es transparente con relación a lo que se conoce y, por tanto, solo la razón merece credibilidad. Las epistemologías del Sur están en las antípodas de esa posición, lo que plantea cuestiones que por ahora casi no se han identificado.
17. ¿Cómo desmonumentalizar el conocimiento escrito y promover la autoría? El conocimiento escrito, en general, y el conocimiento científico, en particular, son conocimientos monumentales. Debido a ello, son fatalmente inadecuados para dialogar o conversar con otros conocimientos, un objetivo que subyace al concepto de epistemologías del Sur como tal. De ahí la tarea metodológica de la desmonumentalización.
18. El problema del archivo. ¿Cómo se pueden recuperar las experiencias y las memorias de modos de actuar y de realidades del pasado que estuvieron sujetas a la exclusión abisal llevada a cabo por el pensamiento abisal occidentalocéntrico? A través de la sociología de las ausencias y de la sociología de las emergencias, las epistemologías del Sur abren el archivo del presente. ¿Pero qué ocurre con el archivo del pasado, sin el cual no será posible ningún archivo del futuro?
La tercera capa de problemas tiene que ver con las pedagogías posabisales que las epistemologías del Sur preconizan y que constituyen las formas a través de las cuales estas epistemologías se convierten en un nuevo sentido común para nuevos públicos subalternos y contrahegemónicos más amplios, empeñados en prácticas transformadoras progresistas.
19. El problema de la traducción intercultural. ¿Cómo articular y mantener un diálogo entre diferentes saberes que, en algunas situaciones, se basan en culturas diferentes?
20. El problema de la educación popular. ¿Cómo desarrollar, hacer proliferar y sostener contextos que conduzcan al autoaprendizaje colaborativo a través del cual se practiquen las ecologías de saberes conforme prácticas transformadoras comúnmente acordadas?
21. El problema de la descolonización de la universidad. ¿Cómo refundar la universidad sobre la base de la primacía del principio de la justicia cognitiva?
22. ¿Cómo relacionar la educación popular y la universidad a través de la ecología de saberes y de la artesanía de las prácticas?¿Cómo reconocer conocimientos que nacieron o están presentes en luchas sociales mientras duran estas luchas y tras su fin, independientemente de los respectivos resultados?
Los problemas pertenecientes a la primera capa se tratarán en el capítulo 2 (1-3), en el capítulo 3 (4 y 5), en el capítulo 4 (6 y 7) y en el capítulo 5 (8-11). La segunda capa de problemas se discutirá en el capítulo 6 (12), en el capítulo 7 (13-15), en el capítulo 8 (16) y en el capítulo 9 (17 y 18). La tercera capa de problemas se analizará en el capítulo 10 (19), el capítulo 11 (20) y el capítulo 12 (21 y 22).
Parte I
Capítulo 1
RECORRIDOS PARA LAS EPISTEMOLOGÍAS DEL SUR
Los instrumentos principales de las epistemologías del Sur son los siguientes: la línea abisal y los varios tipos de exclusión social que crea; la sociología de las ausencias y la sociología de las emergencias; la ecología de saberes y la traducción intercultural; y la artesanía de las prácticas.
Exclusiones abisales y no abisales
He defendido que la ciencia moderna, en especial las ciencias sociales modernas, incluyendo las teorías críticas, nunca han reconocido la existencia de la línea abisal (Santos, 2014a: 118-134; 2017a: 159-178). Las ciencias sociales modernas han concebido la humanidad como un todo homogéneo que habita en este lado de la línea y, por tanto, que está totalmente sujeta a la tensión entre regulación y emancipación. Es evidente que la ciencia moderna reconoció la existencia del colonialismo histórico, basado en la ocupación territorial extranjera, pero no reconoció el colonialismo como forma de sociabilidad que forma parte de la dominación capitalista y patriarcal y que, por ello, no terminó cuando el colonialismo histórico llegó a su fin. La teoría crítica moderna (expresión de la máxima conciencia posible de la modernidad occidental) concibió la humanidad como un dato y no como algo a lo que se aspira. Creía que toda la humanidad podría emanciparse a través de los mismos mecanismos y según los mismos principios, reivindicando derechos junto a instituciones creíbles basadas en la idea de igualdad formal ante la ley. En el centro de esa imaginación modernista se halla la idea de humanidad como totalidad construida sobre la base de un proyecto común: derechos humanos universales. Esa imaginación humanista, heredera del humanismo renacentista, fue incapaz de entender que el capitalismo, una vez combinado con el colonialismo, sería intrínsecamente incapaz de abdicar del concepto de lo subhumano como parte de la humanidad, es decir, de la idea de que existen algunos grupos sociales cuya existencia social no se puede regir por la tensión entre regulación y emancipación, simplemente porque no son completamente humanos. En la modernidad occidental no hay humanidad sin subhumanidades. En la raíz de la diferencia epistemológica hay una diferencia ontológica.
Tanto en este campo como en otros, Frantz Fanon está inevitablemente presente. Contribuyó con las denuncias más elocuentes de la línea abisal entre la metropolitanidad y la colonialidad y del tipo de exclusiones que esta provoca. Asimismo, es quien mejor formula la dimensión ontológica de la línea abisal, la zona de no ser que esta crea, la «cosa» en la que se transforma el colonizado, que «se convierte en hombre en el proceso mismo por el cual se libera» (1968: 37). Inspirándose en Fanon, Maldonado-Torres propone el concepto de colonialidad del ser como paralelo a los conceptos de colonialidad del poder y colonialidad del conocimiento. Según él, «las relaciones coloniales de poder dejaron marcas profundas no solo en las áreas de la autoridad, la sexualidad y la economía, sino también en el entendimiento general del ser» (2007: 242). «La invisibilidad y la deshumanización son las expresiones primarias de la colonialidad del ser […]. La colonialidad del ser se vuelve concreta en forma de sujetos liminares, que definen, por así decirlo, el límite del ser, es decir, aquel punto en el que el ser destruye el sentido y la prueba hasta el punto de la deshumanización. La colonialidad del ser produce la diferencia colonial ontológica, y presenta una serie de características existenciales fundamentales y de realidades simbólicas» (2007: 257).
La línea abisal es la idea fundamental que subyace a las epistemologías del Sur. Marca la división radical entre formas de sociabilidad metropolitana y formas de sociabilidad colonial que ha caracterizado el mundo occidental moderno desde el siglo XV. Esta división crea dos mundos de dominación, el metropolitano y el colonial, dos mundos que, aunque sean gemelos, se presentan como inconmensurables. El mundo metropolitano es el mundo de la equivalencia y la reciprocidad entre «nosotros», aquellos que son como «nosotros», completamente humanos. Existen desigualdades sociales y de poder entre «nosotros» que son susceptibles de crear tensiones y exclusiones; sin embargo, en ningún caso pueden poner en duda «nuestra» equivalencia y la reciprocidad básicas. Es por ello que, dichas exclusiones son no abisales. Se generan debido a la tensión entre la regulación social y la emancipación social, así como a los mecanismos creados por la modernidad occidental para gestionarlas, como el Estado liberal, el Estado de derecho, los derechos humanos y la democracia. La lucha por la emancipación social siempre es una lucha contra exclusiones sociales generadas por la forma actual de regulación social con el objetivo de sustituirla por una forma de regulación social nueva y menos excluyente.
Del mismo modo, el mundo colonial, el mundo de la sociabilidad colonial, es el mundo del «ellos», aquellos a quienes les resulta inimaginable la existencia de cualquier equivalencia o reciprocidad, puesto que no son totalmente humanos. Paradójicamente, la exclusión es al mismo tiempo abisal e inexistente, ya que es inimaginable que puedan acabar por incluirse. Se hallan en el otro lado de la línea abisal. Las relaciones entre «nosotros» y «ellos» no se pueden gestionar a través de la tensión entre regulación social y emancipación social, como sucede en este lado de la línea, en el mundo metropolitano, ni a través de los mecanismos relacionados con él. Se pueden evocar esos mecanismos, por ejemplo, el Estado liberal, el Estado de derecho, lo derechos humanos y la democracia, pero solo como una forma de conseguir algo. En el otro lado de la línea, las exclusiones son abisales y su gestión se da a través de la dinámica de apropiación y violencia; la apropiación de las vidas y de los recursos es casi siempre violenta, y la violencia tiene en el punto de mira, directa o indirectamente, la apropiación. Los mecanismos implicados han evolucionado con el paso del tiempo, pero se mantienen estructuralmente similares a los del colonialismo histórico, principalmente, los mecanismos que implican regulación violenta sin la contrapartida de la emancipación. Estos son el Estado colonial y neocolonial, el apartheid, el trabajo forzado y el trabajo esclavo, la eliminación extrajudicial, la tortura, la guerra permanente, la acumulación primitiva de capital, los campos de internamiento para refugiados, la dronificación del conflicto militar, la vigilancia de las masas, el racismo, la violencia doméstica y el feminicidio. La lucha contra la apropiación y la violencia es la lucha por la completa liberación de la regulación social colonial. A diferencia de la lucha por la emancipación social en el lado metropolitano de la línea abisal, la lucha por la liberación no aspira a una forma mejor y más inclusiva de regulación colonial. Aspira a su eliminación. La prioridad epistemológica dada por las epistemologías del Sur a las exclusiones abisales y a las luchas contra ellas se debe al hecho de que el epistemicidio causado por las ciencias modernas eurocéntricas ha sido muchísimo más devastador en el otro lado de la línea abisal, con la conversión de la apropiación y la violencia coloniales en la forma colonial de regulación social.
Las teorías críticas modernas reconocieron los diferentes grados de exclusión, pero se negaron a considerar cualitativamente diferentes tipos de exclusión, demostrando no tener ninguna conciencia de la línea abisal. Esto no significa que las exclusiones no abisales y las luchas contra ellas no sean igualmente importantes. Es evidente que lo son, ni que sea porque la lucha global contra la dominación moderna no tendrá éxito si no tiene también como objeto las exclusiones no abisales. Si las epistemologías del Sur no conceden ningún privilegio epistemológico a las exclusiones no abisales solo es porque ya han sido objeto de mucha inversión cognitiva y también porque las luchas de los últimos quinientos años contra dichas exclusiones tuvieron mucha más visibilidad en términos políticos. Desde el punto de vista de las epistemologías del Sur, las exclusiones no abisales y las luchas contra ellas se vuelven de nuevo centrales al reconocerse la existencia de la línea abisal. La agenda política de los grupos que luchan contra la dominación capitalista, colonial y patriarcal debe, por tanto, aceptar como principio orientador la idea de que las exclusiones abisales y no abisales funcionan en articulación y que la lucha por la liberación solo será exitosa si las variadas luchas contra los variados tipos de exclusiones se articulan como es debido.
Para esclarecer lo que acabo de afirmar, propongo una incursión en la experiencia concreta de exclusión abisal y no abisal. Tras el fin del colonialismo histórico, la línea abisal se mantiene en forma de colonialismo de poder, de conocimiento, de ser, y sigue separando la sociabilidad metropolitana de la sociabilidad colonial1. Esos dos mundos, a pesar de ser radicalmente diferentes, coexisten en nuestras sociedades «poscoloniales», tanto en el Norte global geográfico como en el Sur global geográfico. Algunos grupos sociales experimentan la línea abisal al cruzar los dos mundos en su vida cotidiana. A continuación, presento tres ejemplos hipotéticos, pero demasiado reales para ser solo productos de la imaginación sociológica.
Primer ejemplo: En una sociedad predominantemente blanca y con prejuicios raciales, un joven negro que estudia en una escuela de educación secundaria vive en el mundo de la sociabilidad metropolitana. Se puede considerar excluido, tanto porque los compañeros a veces lo evitan como porque el plan de estudios contiene asignaturas que son insultantes para la cultura o la historia de los pueblos afrodescendientes. Sin embargo, estas exclusiones no son abisales, puesto que él forma parte de la misma comunidad estudiantil y, por lo menos en teoría, tiene a su disposición mecanismos para argumentar en contra de dichas discriminaciones. En cambio, cuando a este joven, al volver a casa, lo intercepta la policía de manera visible solo por ser negro (ethic profiling) y recibe una violenta paliza, en ese momento el joven está cruzando la línea abisal y pasando del mundo de la sociabilidad metropolitana al mundo de la sociabilidad colonial. A partir de ahí, la exclusión es abisal y cualquier evocación de derechos no es más que una cruel fachada.
Segundo ejemplo: En una sociedad de mayoría cristiana y con fuertes prejuicios islamofóbicos, un obrero inmigrante documentado y con contrato de trabajo habita el mundo de la sociabilidad metropolitana. Se puede sentir excluido porque el compañero de su lado, no inmigrante, recibe un salario superior a pesar de desempeñar las mismas funciones. Como en el caso anterior y por razones parecidas, esta discriminación configura una exclusión no abisal. Sin embargo, cuando sufre una agresión física o psicológica en la calle solo por ser musulmán y se le considera amigo de terroristas, en ese momento el obrero está cruzando la línea abisal y transitando del mundo de la sociabilidad metropolitana al mundo de la sociabilidad colonial. A partir de ahí la exclusión es racial porque incide en lo que él es, y no en lo que él hace o dice.
Tercer ejemplo: En una sociedad con fuertes prejuicios sexistas, una mujer empleada en la economía formal habita el mundo de la sociabilidad metropolitana. Es víctima de una exclusión no abisal puesto que, en contravención de la legislación laboral, los trabajadores de sexo masculino ganan un salario superior para realizar el mismo trabajo. En cambio, cuando ella, de camino a casa, es víctima de una violación en grupo o amenazada de muerte solo por ser mujer (feminicidio), en ese momento está cruzando la línea abisal y transitando del mundo de la sociabilidad metropolitana al mundo de la sociabilidad colonial.
La diferencia crucial entre exclusión abisal y no abisal radica en el hecho de que la primera se basa en la idea de que la víctima, o el blanco, sufre una capitis diminutio ontológica por no ser totalmente humana, por ser un tipo de ser humano fatalmente degradado. Es por ello que se considera inaceptable, o incluso inimaginable, que la misma víctima o blanco pueda ser tratada como un ser humano como «nosotros». En consecuencia, la resistencia contra la exclusión abisal engloba una dimensión ontológica. Necesariamente, es una forma de reexistencia. Mientras sigan vigentes las tres formas de dominación moderna (capitalismo, colonialismo y patriarcado) y funcionen en tándem, grandes grupos sociales vivirán de forma sistemática, aunque de maneras diversas de acuerdo con las diferentes sociedades y contextos, este fatal acto de cruzar la línea abisal. La dominación moderna es un modo global de articulación de las exclusiones abisales y no abisales, una articulación que, por un lado, es desigual, puesto que varía de acuerdo con las sociedades y los contextos, y, por el otro, se combina a escala global. Tras el colonialismo histórico, el carácter impreciso de la línea abisal y la consecuente dificultad en reconocer los tipos de exclusión se deben al hecho de que la ideología de la metropolitanidad, así como todo el aparato jurídico y político que la acompaña, amenaza el mundo de la sociabilidad colonial como el fantasma de un paraíso prometido, pero aún no perdido. El fin del colonialismo creó la ilusión de que la independencia política de las excolonias europeas implicaba una fuerte autodeterminación. A partir de entonces, todas las exclusiones pasaron a considerarse no abisales; en consecuencia, las únicas luchas que se consideraba que tenían legitimidad eran las que tenían como objetivo eliminar o reducir las exclusiones no abisales. Esta poderosa ilusión contribuyó a legitimar luchas que, a pesar de atenuar las exclusiones no abisales, agravaron las exclusiones no abisales. Durante todo el siglo XX, las luchas de los trabajadores europeos lograron importantes victorias, que implicaron un compromiso entre democracia y capitalismo, conocido como el Estado del bienestar europeo y la socialdemocracia; con todo, esas victorias se obtuvieron, por lo menos en parte, a través de la intensificación de la apropiación violenta de recursos humanos y recursos naturales en las colonias y neocolonias, es decir, a costa del agravamiento de las exclusiones abisales2.
El hecho de que los grupos sociales que son víctimas de exclusión abisal tengan la tentación de recurrir, en sus luchas, a los medios y mecanismos propios de las luchas contra la exclusión no abisal es una consecuencia de la invisibilidad y la confusión sobre diferentes tipos de exclusión. El actual modelo de «ayuda al desarrollo» es un buen ejemplo de cómo una exclusión abisal se puede disfrazar (y agravar) al tratarse como si fuera no abisal. La persistencia de la línea abisal invisible y la dificultad en distinguir exclusiones abisales y no abisales vuelven aún más difíciles las luchas contra la dominación. Sin embargo, desde el punto de vista de las epistemologías del Sur, la liberación tiene como premisa la construcción de alianzas entre grupos abisalmente excluidos y grupos no abisalmente excluidos, articulando así luchas contra exclusiones abisales y luchas contra exclusiones no abisales. Sin esa articulación, las exclusiones no abisales, al ser vistas desde el otro lado de la línea abisal (desde el lado colonial), adoptan la apariencia creíble de formas privilegiadas de inclusión social. Del mismo modo, las exclusiones abisales, cuando son vistas desde este lado de la línea abisal (desde el lado metropolitano), se consideran una fatalidad, o un mal autoinfligido, o el orden natural de las cosas. Por esta razón, los grupos sociales excluidos abisalmente se han visto frecuentemente forzados a usar en sus luchas dispositivos solo adecuados para luchar contra exclusiones no abisales. Así pues, no sorprende que haya habido una gran frustración.
Las alianzas y las articulaciones son una tarea histórica de gran exigencia, no solo porque diferentes luchas movilizan diferentes grupos sociales y requieren diferentes medios de lucha, sino también porque la separación entre luchas contra exclusiones abisales y luchas contra exclusiones no abisales se superpone a la separación entre luchas consideradas principalmente contrarias al capitalismo, o contra el colonialismo, o contra el patriarcado. Dicha separación provoca tipos contradictorios de jerarquías entre luchas y entre las subjetividades colectivas que las emprenden. Así pues, una lucha concebida como una lucha contra el capitalismo se puede considerar exitosa en la medida en que debilita una lucha que se concibe a sí misma como una lucha contra el colonialismo o contra el patriarcado. También es posible lo contrario. Es evidente que existen diferencias entre los tipos de luchas, pero esas diferencias deberían movilizarse para potenciar el efecto acumulativo de las luchas y no para justificar boicots recíprocos. Por desgracia, el boicot recíproco es lo que ha ocurrido con más frecuencia.
Las dificultades en establecer alianzas no se pueden atribuir solo a la miopía de los líderes sociales o a las diferentes historias y contextos de lucha. Entre las exclusiones abisales y no abisales hay una diferencia estructural que repercute en las luchas contra ellas. A diferencia de las luchas contra las exclusiones no abisales (que luchan por la transformación de los términos de la lógica regulación/ emancipación), las luchas contra las exclusiones abisales implican una interrupción radical de la lógica de la apropiación/violencia. Esta interrupción implica una ruptura, una discontinuidad. La necesidad de la violencia descolonizadora en Fanon se debe interpretar como una expresión de interrupción sin la cual la línea abisal, aunque se desplace, sigue dividiendo las sociedades en dos mundos de sociabilidad, el mundo de la metropolitanidad y el mundo de la colonialidad. La interrupción puede estar presente tanto en la violencia física o la lucha armada como en el boicot y la no cooperación (este punto se desarrolla más adelante). El reconocimiento de la línea abisal obliga a tener presente que las alianzas entre las luchas contra los diferentes tipos de exclusión no se pueden construir como si todas las exclusiones fueran del mismo tipo. El pensamiento crítico eurocéntrico se construyó sobre un espejismo, el de que todas las exclusiones eran no abisales. Por más vehementes que sean las proclamaciones contra la teoría política liberal, pensar que las luchas contra la dominación se pueden conducir como si todas las exclusiones fueran no abisales es un prejuicio liberal.
La sociología de las ausencias y la sociología de las emergencias
Estos dos instrumentos se basan en la distinción entre exclusiones abisales y no abisales y también en los diferentes modos en que el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado se articulan para generar aglomeraciones específicas de dominación. La sociología de las ausencias es la cartografía de la línea abisal3. Identifica las formas y los medios a través de los cuales la línea abisal produce la no existencia, la invisibilidad racial y la irrelevancia. El colonialismo histórico fue la mesa de dibujo principal desde donde se trazó la línea abisal, donde las exclusiones no abisales (las que se dan en el lado metropolitano de la línea) se volvieron invisibles, mientras que se escondieron las exclusiones abisales (las que se dan en el lado colonial de la línea). Hoy en día, la sociología de las ausencias es la investigación sobre los modos en los que el colonialismo, en forma de colonialismo de poder, de conocimiento y de ser, funciona en conjunto con el capitalismo y el patriarcado a fin de producir exclusiones abisales. En otras palabras, para volver a ciertos grupos de personas y formas de vida social no existentes, invisibles, radicalmente inferiores o radicalmente peligrosos; en suma, descartables o amenazadores. Esa búsqueda se concentra en las cinco monoculturas que han caracterizado el conocimiento eurocéntrico moderno: la monocultura del conocimiento válido, la monocultura del tiempo lineal, la monocultura de la clasificación social, la monocultura de la superioridad de lo universal y lo global, y la monocultura de la productividad (Santos 2009a: 103-110; 2014a: 172-175). Estas monoculturas han sido responsables de la producción masiva de ausencias en las sociedades modernas, la ausencia (invisibilidad, irrelevancia) de grupos sociales y de modos de vida social respectivamente etiquetados de ignorantes, primitivos, inferiores, locales o improductivos. Esas etiquetas se han atribuido con diferentes grados de intensidad. El grado de intensidad máximo ha generado exclusiones abisales y, a continuación, ausencias.
La investigación realizada por la sociología de las ausencias no puede tener éxito a menos que el sociólogo de las ausencias se vuelva un sociólogo ausente —y ausente en un doble sentido—. Por un lado, desde el punto de vista sociológico académico, lo que no existe (porque está ausente) solo se puede rescatar como realidad pasada o como artefacto de la imaginación utópica o distópica —nunca como una realidad social efectivamente existente—. Por otro lado, la investigación debe realizarse al margen de la disciplina de la sociología. En otras palabras, debe realizarse a fin de contradecir el entrenamiento o la formación, las teorías y las metodologías que conforman la disciplina de la sociología académica, independientemente de si esta es convencional o crítica. La sociología de las ausencias es una sociología transgresora en una acepción muy radical.
Se deben considerar tres momentos clave en su aplicación. El primero es una crítica sistemática, profunda y rigurosa del conocimiento científico social producido con el objetivo de establecer la hegemonía de las cinco monoculturas referidas en todo el periodo moderno y en especial desde finales del siglo XIX. Dicha crítica es importante debido a que, al revelar el pluralismo interno de la ciencia social moderna, contribuye a desmonumentalizar las monoculturas eurocéntricas. Además, pone en duda las concepciones simplistas y reduccionistas de la modernidad occidental que proliferan en la mayoría de los enfoques académicos descoloniales (véase capítulo 6), lo que, en mi opinión, corrobora paradójicamente la superioridad de las epistemologías del Norte. Sin embargo, para no ser rehén de las epistemologías del Norte, la sociología de las ausencias tiene que ir más allá del pensamiento crítico eurocéntrico. Es por ello que el segundo momento consiste en reconocer y dialogar con otros saberes que ofrecen interpretaciones de la vida social y la transformación social alternativas a las monoculturas occidentalocéntricas del conocimiento válido, del tiempo lineal, de la clasificación social, de la superioridad de lo universal y lo global, y de la productividad. En vez de una crítica interna a la modernidad occidental, hacen una crítica externa. La producción de ausencias se vuelve mucho más evidente cuando los cimientos epistemológicos de las monoculturas se contextualizan y se provincializan más allá de los límites de la crítica interna. El tercer momento es el del contexto pragmático en el que los otros dos momentos se desarrollan. La sociología de las ausencias no es un emprendimiento intelectual motivado por la curiosidad cognitiva y sí, principalmente, un recurso para las luchas contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado, que se debe aplicar teniendo en cuenta luchas específicas. El contexto de la lucha —los objetivos y los grupos sociales específicos en cuestión— proporciona dimensiones no cognitivas que condicionan los modos en que los grupos sociales y los conocimientos ausentes se vuelven presentes. En los capítulos 6, 7, 8 y 9, en los que se abordan las orientaciones metodológicas, discutiré la autonomía relativa de la investigación llevada a cabo por la sociología de las ausencias.
Consideradas desde el punto de vista de las epistemologías del Norte, tanto la sociología de las ausencias como la sociología de las emergencias (véase más adelante) parecen implicar un suicidio sacrificial en la medida en que las indagaciones que implican se realizan obligatoriamente a contracorriente de la formación, las teorías y las metodologías instituidas por la ciencia social académica. Para entender mejor la naturaleza de un suicidio como este podemos compararlo con la autorreflexividad propuesta por Pierre Bourdieu. Bourdieu es, sin lugar a dudas, el sociólogo del siglo XX que se manifestó con más ímpetu contra el cientificismo ingenuo de los científicos sociales. Defendió que la sociología y la historia del conocimiento sociológico eran instrumentos clave para entender tanto la sociedad como los límites del conocimiento científico sobre la misma. Por un lado, el conocimiento científico social inventó mucho de lo que describió como existente; dicha invención integró la realidad social al incorporarse en los comportamientos de la gente y en el modo en el que perciben la vida social. Por otro lado, la ciencia social vigente crea una falsa transparencia que impide la investigación adicional e innovadora. La ciencia vigente siempre es un obstáculo para la ciencia emergente. A ello se debe que Bourdieu concluyera que «se debe practicar una ciencia —y, en especial, la sociología— tanto al margen de nuestra formación científica como en concordancia con nuestra formación científica»4 (Bourdieu, 1990: 178).
Bourdieu ilustra de forma brillante las posibilidades, pero también, en oposición a su propio pensamiento, las limitaciones del tipo de sociología de las ausencias que se puede realizar en el contexto de las epistemologías del Norte. Para empezar, parte del principio de que las limitaciones del conocimiento previo sobre la sociedad pueden superarse a través de un nuevo y mejor conocimiento científico. Esto explica la razón por la que, en la opinión del autor, solo logran ser verdaderamente innovadores quienes dominan la ciencia establecida. En Bourdieu no hay espacio para las limitaciones epistemológicas del conocimiento científico moderno, las limitaciones que, al ser intrínsecas a las epistemologías del Norte, no son superables a través de nuevas investigaciones basadas en el mismo tipo de conocimiento. Según Bourdieu, un exigente ejercicio de autorreflexividad no puede dejar de reforzar la creencia en la monocultura del conocimiento válido propuesta por las epistemologías del Norte. No hay espacio para que se consideren otros saberes capaces de corregir o superar los fallos o los fracasos del conocimiento científico anterior o de lidiar con otros conjuntos de cuestiones. Por este motivo, en vez de convertirse en un docto ignorante5, el sociólogo autorreflexivo es un conocedor con una autoconfianza arrogante. Sabe que la indagación de los límites no es una indagación sin límites, pero cree que no vale la pena considerar lo que no es abordable por la ciencia moderna. Además, la autorreflexividad es un ejercicio intelectual autónomo que, para realizarse de manera eficaz, debe reforzar la distancia entre el científico y su objeto de investigación, incluyendo su conocimiento sociológico previo. En las antípodas de esta situación, quienes practican la sociología de las ausencias propuesta por las epistemologías del Sur, tanto si se trata de un sujeto individual como si es uno colectivo, además de lidiar con otros saberes, lo hacen en el ámbito de la lucha social y política, que es importante precisamente por no tratarse de una mera competición intelectual con uno mismo (la autorreflexividad) o con otros (la rivalidad académica entre escuelas de pensamiento).
Las precauciones epistemológicas referidas antes relacionadas con la sociología de las ausencias son, por las mismas razones, totalmente aplicables a la sociología de las emergencias. La sociología de las emergencias implica la valoración simbólica, analítica y política de formas de ser y de saberes que la sociología de las ausencias revela que están presentes en el otro lado de la línea abisal. Las exclusiones abisales y la resistencia y las luchas que originan son el objetivo primordial tanto de la sociología de las ausencias como de la sociología de las emergencias. Sin embargo, mientras que la sociología de las ausencias se dedica a la negatividad de esas exclusiones, puesto que subraya y denuncia la supresión de la realidad social generada por el tipo de conocimiento validado por las epistemologías del Norte, la sociología de las emergencias se dedica a la positividad de dichas exclusiones, y considera a las víctimas de exclusión en el proceso de rechazo de la condición de víctimas, que se vuelven personas resistentes que practican formas de ser y de conocer en su lucha contra la dominación. Hacer posible el paso de la victimización a la resistencia es, a fin de cuentas, la tarea política más importante de la sociología de las ausencias: desnaturalizar y deslegitimar mecanismos específicos de opresión. La sociología de las emergencias parte de este punto y se concentra en nuevas potencialidades y posibilidades para la transformación social anticapitalista, anticolonial y antipatriarcal que surge en el amplio dominio de la experiencia social antes rechazada y ahora recuperada. Con la resistencia y la lucha surgen nuevas valoraciones de condiciones y experiencias concretas que resignifican subjetividades individuales y colectivas. Esas nuevas características, que surgen en forma de prácticas materiales o simbólicas, se afirman siempre de modo holístico, artesanal e híbrido, reconociendo así la presencia multidimensional de la exclusión y la opresión. La sociología de las emergencias las valora según premisas que amplían su potencial simbólico y material. De ahí su definición como emergencias, como realidades embrionarias, como movimientos incipientes, tendencias que apuntan a una lucha exitosa contra la dominación6. Constituyen aquello que Ernst Bloch denominó el «todavía no» (véase Santos, 2014a: 182-183; 2017a: 230-232). Son los elementos básicos con los que se construye la política y la esperanza.
Mientras que la función de la sociología de las ausencias es producir un diagnóstico radical de las relaciones sociales capitalistas, coloniales y patriarcales, la sociología de las emergencias tiene el objetivo de convertir el paisaje de la supresión que surge a partir de ese diagnóstico en un amplio campo de experiencia social intensa, rica e innovadora. Aquí, las epistemologías del Sur se encuentran presentes por partida doble. Por un lado, prestan una atención epistemológica especial a las experiencias embrionarias, los «todavía no», e invitan a la inversión social, política y analítica a alimentarlas de la forma más capacitadora. Por otro lado, constituyen una defensa epistemológica contra los falsos aliados que muchas veces hacen que estas estrategias se vean obligadas a instalarse en campos que separan las diversas dimensiones de la dominación moderna existentes: los campos del anticapitalismo, el anticolonialismo y el antipatriarcado. Con el glamour proporcionado por las divisiones disciplinarias y temáticas de las ciencias sociales europeas, esa instalación y separación son, en términos históricos, el instrumento más violento e incapacitante que se ha usado para debilitar las luchas contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. La «oenegización» internacional de la supuesta solidaridad con las luchas es la versión más simple de este proceso de neutralización a través de la clasificación o el etiquetado (este asunto se trata con mayor profundidad más adelante)7. Es así que, por ejemplo, se lleva a las campesinas que luchan por su propia dignidad y la dignidad de sus familias, por las economías locales y las tierras comunitarias y contra los prejuicios patriarcales de sus culturas y religiones a asumir una identidad específica —la de feministas—, a pesar de ser al mismo tiempo campesinas, luchadoras por la defensa de la tierra comunitaria y empresarias no capitalistas. Se trata, como es lógico, de mujeres, y la mayoría se considera feminista, pero, además, son protagonistas (o víctimas) de muchas otras agendas locales, nacionales y transnacionales —económicas, políticas, religiosas— que permanecen fuera del sistema de etiquetas identitarias y que, por esa razón, se dejan de lado o se invisibilizan. Del mismo modo, las comunidades negras de América Latina ven protegidos sus juegos y danzas seculares con el estatuto de patrimonio mundial intangible, mientras que sus comunidades siguen siendo dejadas de lado, asoladas por la violencia, atrapadas en la materialidad de la exclusión social, de la vida precaria, de la falta de acceso a la salud y la educación, y corren muchas veces el riesgo de ser expulsadas de sus tierras por carecer de documentos de propiedad «adecuados».
Distingo tres tipos de emergencias: ruinas-semilla, apropiaciones contrahegemónicas y zonas liberadas. Las ruinas-semilla son un presente ausente, simultáneamente memoria y alternativa de futuro. Representan todo lo que los grupos sociales reconocen como concepciones, filosofías y prácticas originales y auténticas que, pese a ser históricamente derrotadas por el capitalismo y el colonialismo modernos, siguen vivas no solo en la memoria, sino también en los intersticios de lo cotidiano alienado, y son una fuente de dignidad y de esperanza en un futuro poscapitalista y poscolonial. Como en todas las ruinas, hay un elemento de nostalgia por un pasado anterior al sufrimiento injusto y la destrucción causados por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado reconfigurado por ambos. Sin embargo, esa nostalgia se vive de modo antinostálgico, como una orientación hacia un futuro que huye del colapso de las alternativas eurocéntricas precisamente porque siempre se ha mantenido fuera de dichas alternativas. Puede consistir en la innovación de un mundo premoderno, pero el modo en el que se evoca es moderno, representa la aspiración a otra modernidad. Estamos ante ruinas que están vivas, no por recibir la «visita» de vivos, sino porque las viven los vivos en su práctica de resistencia y de lucha por un futuro alternativo. Es por ello que, simultáneamente, son ruinas y semillas. Representan la paradoja existencial de todos los grupos sociales que han sido víctimas de la cartografía del pensamiento abisal moderno al encontrarse «localizados» en el otro lado de la línea abisal, en el lado de la sociabilidad colonial. Para responder a la pregunta —¿Podemos construir un terreno común amplio basado en el reconocimiento de la alteridad?— necesitamos conceptos no eurocéntricos como los mencionados en la Introducción, como, ubuntu, sumak kawsay y Pachamama. En los capítulos siguientes volveremos a este tema.
Tal y como las conciben las epistemologías del Sur, las ruinassemilla están en las antípodas de la atracción nostálgica por las ruinas, que es propia de la modernidad occidental desde el siglo XVIII y que sigue presente en nuestros días. En 2006, Andreas Huyssen llama la atención sobre el hecho de que «en los últimos quince años [ha surgido] una extraña obsesión por ruinas en los países transatlánticos del Norte, que formaba parte de un discurso mucho más amplio sobre memoria y trauma, genocidio y guerra. Esta obsesión contemporánea por las ruinas oculta una nostalgia de una época anterior que aún no había perdido la capacidad de imaginar otros futuros. Lo que está en juego es una nostalgia de la modernidad a la que le cuesta asumirse tras haber reconocido las catástrofes del siglo XX y las heridas causadas por la colonización interior y exterior que permanecen» (2006: 7). Y más adelante especifica que dicha imaginación de las ruinas, al oponerse al optimismo del pensamiento ilustrado, «sigue consciente del lado negro de la modernidad, que Diderot escribió como las inevitables ‘devastaciones del tiempo’, visibles en las ruinas» (2006: 13)8.
Mientras que para el mundo colonizador, la nostalgia de las ruinas es la memoria perturbadora de la «cara oscura de la modernidad», para el mundo colonizado es simultáneamente la memoria perturbadora de una destrucción y la señal prometedora de que la destrucción no ha sido total, y de que lo que se puede rescatar como energía de resistencia aquí y ahora es la vocación original y única de un futuro alternativo.
Las apropiaciones contrahegemónicas constituyen otro tipo de emergencia. Son conceptos, filosofías y prácticas desarrollados por los grupos sociales dominantes para reproducir la dominación moderna de la que los grupos sociales oprimidos se apropian, resignificándolos, refundándolos, subvirtiéndolos, transformándolos creativa y selectivamente a fin de convertirlos en instrumentos de lucha contra la dominación. Entre dichas apropiaciones cito, como ejemplo, el derecho, los derechos humanos, la democracia, la Constitución. En mi investigación anterior sobre la sociología crítica del derecho analicé en detalle estas apropiaciones9, y abordé específicamente dos preguntas: «¿Puede el derecho ser emancipatorio?» y «¿Existe un constitucionalismo transformador?»10. Volveré a este tema más adelante11.
Las zonas liberadas son el tercer tipo de emergencia. Se trata de espacios que se organizan basándose en principios y reglas radicalmente opuestas a los que imperan en las sociedades capitalistas, colonialistas y patriarcales. Las zonas liberadas son comunidades consensuales basadas en la participación de todos sus miembros. Poseen una naturaleza performativa, prefigurativa y educativa. Se consideran utopías realistas o, mejor dicho, heterotopías12. Su objetivo es crear, aquí y ahora, un tipo diferente de sociedad, una sociedad liberada de las formas de dominación que prevalecen en el presente. Pueden surgir en el contexto de procesos de lucha más amplios o ser el resultado de iniciativas aisladas concebidas para poner a prueba alternativas de construcción de comunidad. Estas alternativas se pueden vivir siguiendo una lógica de confrontación o siguiendo una lógica de existencia paralela. Vistas desde fuera, las zonas liberadas parecen unir experiencia social y experimentación social. De ahí la dimensión educativa que las caracteriza: se conciben a sí mismas como procesos de autoeducación. Actualmente, existen muchas zonas liberadas, tanto en áreas rurales como urbanas; la mayoría de ellas son de pequeñas dimensiones, algunas de duración significativa, otras relativamente efímeras. Las comunidades neozapatistas de la Sierra del Lacandón, en el sur de México, que se volvieron mundialmente famosas a partir de 1994, se pueden considerar pertenecientes a zonas liberadas, y de este modo constituyen un amplio campo de investigación para la sociología de las emergencias13. El movimiento de los indignados, que surgió después de 2011, a veces originó la constitución de zonas liberadas, algunas de las cuales subsistieron como forma de vida cooperativa y asociativa mucho después de que se terminara el movimiento14. Rojava, la región autónoma del Kurdistán sirio, también se puede considerar una zona liberada organizada sobre la base de principios anarquistas, autonomistas, antiautoritarios y feministas (Dirk et al., 2016).
La gran mayoría de las zonas liberadas, en especial las que están compuestas por jóvenes urbanos, surgen a raíz de un sentimiento de impaciencia histórica15. Cansados de esperar una sociedad más justa, hay pequeños grupos que se organizan para vivir de manera experimental, es decir, para vivir hoy como si hoy fuera el futuro que ambicionan, porque no quieren esperar más tiempo. En eso radica su carácter prefigurativo. Cuando no se trata de meros actos de diletantismo social, en otras palabras, cuando son genuinas e implican riesgos y costes, esas zonas liberadas se vuelven especialmente prefigurativas y promueven la autoeducación. En una época en la que la ideología del neoliberalismo proclama que el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado son la forma natural de vivir, las zonas liberadas demuestran lo contrario, aunque sea solo en las áreas restringidas en las que ocurren. La emergencia radica en la naturaleza performativa y prefigurativa de la rebelión.
La ecología de saberes y la traducción intercultural
La ecología de saberes y la traducción intercultural son las herramientas que convierten la diversidad de saberes visibilizada por la sociología de las ausencias y por la sociología de las emergencias en un recurso capacitador que, al hacer posible una inteligibilidad ampliada de contextos de opresión y resistencia, permite articulaciones más abarcadoras y más profundas entre luchas que reúnen las variadas dimensiones o tipos de dominación de modos diferentes. La ecología de saberes comprende dos momentos. El primero consiste en la identificación de los principales conjuntos de conocimientos que, al discutirse en una determinada lucha social, podrán destacar dimensiones importantes de una lucha o una resistencia concretas: contexto, reivindicaciones, grupos sociales implicados o afectados, riesgos y oportunidades, etc. Esa diversidad es mucho menos fascinante en el terreno de la lucha que en el de la teoría. Incluso puede ser paralizante. Puede provocar una cacofonía de ideas y puntos de vista que serán incomprensibles para algunos de los grupos implicados y aumentarán la opacidad sobre «lo que está en juego» y «lo que se debe hacer». Asimismo, puede suponer una sobrecarga de análisis teórico, político y cultural, necesariamente limitada por una excesiva lucidez intelectual y una cautela y una ineficacia excesivas. Atenta a esa posibilidad, la ecología de saberes debe complementarse con la traducción intercultural e interpolítica. Esta última tiene el objetivo específico de reforzar la inteligibilidad recíproca sin disolver la identidad, ayudando así a identificar complementariedades y contradicciones, plataformas comunes y perspectivas alternativas. Estos esclarecimientos son importantes para fundamentar de forma sólida las decisiones sobre alianzas entre grupos sociales y articulaciones de luchas, así como para definir iniciativas concretas tanto en lo que respecta a sus posibilidades como a sus límites.
Al permitir la articulación de diferentes movimientos sociales y de diferentes luchas, la traducción intercultural contribuye a transformar la diversidad epistemológica y cultural del mundo en un factor favorable y capacitador, promoviendo así la articulación entre luchas contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. La traducción intercultural no es un ejercicio intelectual separado de las luchas sociales, motivado por un impulso cosmopolita cualquiera. Es más bien una herramienta usada para, desde el reconocimiento de la diferencia, promover consensos sólidos suficientes que permitan compartir luchas y riesgos. Al no ser un ejercicio intelectual, no tiene sentido que lo lleven a cabo militantes con «perfil intelectual» ni «intelectuales orgánicos», el nombre que Antonio Gramsci (1971: 6) dio a sus miembros politizados o «conscientes» de la clase obrera europea de los años veinte del siglo pasado. Gran parte del trabajo de traducción intercultural se da en reuniones o sesiones de trabajo militante, de capacitación, de formación, de educación popular, llevado a cabo a través de las intervenciones de los participantes, sin protagonismos especiales. Por esta razón, en lo que respecta a la construcción de resistencia y luchas sociales, la traducción intercultural tampoco es una actividad excesivamente individualizada. Es una dimensión del trabajo cognitivo colectivo siempre que hay ecologías de saberes, intercambios de experiencias, valoración de luchas (propias y ajenas) y escrutinio del conocimiento que los grupos sociales dominantes movilizan para aislar o desarmar a los oprimidos. El trabajo de la traducción intercultural tiene una dimensión de curiosidad, de apertura a otras experiencias, pero es una curiosidad que no nace por curiosidad diletante, nace por necesidad. En la gran mayoría de los casos, el trabajo de traducción intercultural se desempeña en grupo, de manera anónima e informal en interacciones dominadas por la oralidad.
Es posible distinguir varios tipos de traducción intercultural, tanto en lo que respecta a los procesos de traducción como a los tipos de conocimientos o culturas entre los que se hace la traducción. De acuerdo con este criterio, la traducción intercultural puede ser difusa o didáctica. La traducción intercultural difusa es la más frecuente, la que, como acabo de mencionar, ocurre informalmente como una dimensión del trabajo cognitivo colectivo. Se caracteriza por la fluidez, el anonimato y la oralidad. La traducción intercultural que se da en los talleres de la UPMS (Universidad Popular de los Movimientos Sociales) (véase el capítulo 12) es de este tipo. El segundo tipo es la traducción intercultural didáctica. Se da en procesos que combinan, por un lado, lo individual y lo colectivo y, por el otro, lo oral y lo escrito. Se refiere a situaciones en las que los líderes de movimientos u organizaciones se distinguen por el trabajo de traducción que llevan a cabo para fortalecer las luchas sociales en las que están implicados. Su individualidad no es, en este caso, individualista, pues su trabajo no solo expresa una voluntad colectiva, sino que también tiene en el punto de mira fortalecer la lucha contra la dominación económica, social, cultural y política. Por otro lado, la oralidad, que domina en la práctica de la organización y de la lucha política, se complementa con la reflexión escrita y publicada. En el capítulo 10 presentaré a Gandhi como un caso de traducción intercultural didáctica.
Según el criterio de los conocimientos o las culturas que participan en la traducción, es especialmente relevante distinguir dos tipos de traducción: traducciones Sur-Norte o Norte-Sur y traducciones Sur-Sur. Las primeras se dan entre conocimientos o culturas del Norte global (occidentalocéntricas o eurocéntricas) y del Sur global (que también incluye Oriente), y las segundas se dan entre diferentes conocimientos o culturas del Sur global. «Localizar» los conocimientos y las culturas en diferentes regiones epistémicas del mundo no significa de ningún modo imaginar que estamos ante «mónadas» leibnizianas, es decir, estructuras dotadas de «razón suficiente», completamente autónomas y distintas. Después de tantos siglos de intercambios y movimientos transnacionales de personas e ideas, exponencialmente acelerados en las últimas décadas con la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, no existen entidades cognitivas o culturales puras que se puedan comprender sin tener en cuenta influencias, miscegenaciones, hibridaciones. Hablamos de regiones culturales o epistémicas como conjuntos de estilos, problemáticas, prioridades de pensamiento y de acción dotados de alguna identidad al compararse con otros.
Tanto la ecología de saberes como la traducción intercultural ya han sido analizados en detalle en trabajos anteriores (Santos, 2014a: 188-235; 2017a: 237-261). En los capítulos 4, 6, y 7 abordaré los aspectos metodológicos de la construcción de ecologías de saberes específicas en el contexto de luchas concretas; en el capítulo 10 se presentarán algunos ejemplos de traducción intercultural.
La artesanía de las prácticas
La artesanía de las prácticas es la culminación del trabajo de las epistemologías del Sur. Consiste en el diseño y la validación de las prácticas de lucha y resistencia llevadas a cabo de acuerdo con las premisas de las epistemologías del Sur. Debido a la naturaleza desigual y combinada de las articulaciones entre los tres modos de dominación modernos, ninguna lucha social, por más fuerte que sea, puede tener éxito si se piensa y se organiza centrándose en solo uno de los modos de dominación. Por más intensa que sea la lucha de las mujeres contra el patriarcado, nunca tendrá un éxito significativo si se organiza para luchar exclusivamente contra el patriarcado y no se considera que el patriarcado, al igual que el colonialismo, es hoy un elemento esencial de la dominación capitalista. Además, en una lucha concebida de este modo se puede considerar que es un éxito o una victoria un resultado que, en realidad, implica el agravamiento de la opresión de otros grupos sociales. Ocurre lo mismo en el caso de una lucha de trabajadores que incide exclusivamente en la lucha contra el capitalismo, o en el de una lucha de grupos que son víctimas de racismo que solo se centran en combatir el colonialismo. De aquí se deriva la necesidad de construir articulaciones entre las luchas y las resistencias. Existen muchos tipos de articulaciones posibles, pero debemos tener en cuenta tres de las principales, que se distinguen por la naturaleza abisal o no abisal de dicha exclusión: 1) la articulación entre diferentes luchas que resisten, todas ellas, a las exclusiones abisales; 2) la articulación entre diferentes luchas que resisten, todas ellas, a las exclusiones no abisales; 3) la articulación entre luchas contra exclusiones abisales y luchas contra exclusiones no abisales. La construcción de alianzas es, en cualquier caso, compleja y depende de muchos factores que no tienen que ver directamente con el carácter abisal o no abisal de las exclusiones. Factores como, por ejemplo, la escala de las alianzas (local, nacional, internacional), la diferencia cultural, la intensidad específica del sufrimiento injusto provocado por una exclusión social en particular, el tipo y el grado de violencia con el que se reprimirá la lucha.
Los instrumentos o recursos de las epistemologías del Sur analizados antes propician las condiciones para que se puedan dar dichas articulaciones, pero el modo específico en el que ellas se plasman en el terreno de la lucha y la resistencia exige un trabajo político que tiene algunas características propias del trabajo artesanal y del producto de artesanía. El artesano no trabaja con modelos estandarizados, no fabrica dos piezas iguales, su lógica de construcción no es la mecánica, sino la repetición-creación. Los procesos, las herramientas y los materiales imponen algunas condiciones, pero dejan espacio a un nuevo margen significativo de libertad. La verdad es que, bajo la orientación de las epistemologías del Sur, el trabajo político subyacente a las articulaciones entre luchas tiene muchas semejanzas con el trabajo del artesano. Lo mismo se aplica al trabajo cognitivo (científico y no científico) que se realiza para reforzar y ampliar dicho trabajo político16. No obedece a reglas sin infundirles su libertad en la manera de obedecer, en caso de decidir obedecer; no concibe conflictos, compromisos o resoluciones como parte de grandes planes u opciones trascendentes de transformación social con privilegio legislativo; reconoce determinaciones, pero no el determinismo; con frecuencia siente la necesidad de actuar en una situación de caos; tiene aversión a burocracias partidarias u otras que la aten de pies y manos (el pensamiento y el habla) y le impidan innovar e improvisar. Se trata de un trabajo muy específico que mantiene a raya la universalidad; no pierde de vista que su objetivo es luchar por la liberación contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado, pero sobre todo intenta que la lucha política dé testimonio de ese objetivo y sea, ella misma, una zona liberada.
Capítulo 2
PREPARAR EL TERRENO
El problema del relativismo: relativizar el relativismo
El primer problema que pretendo tratar en este capítulo es el problema del relativismo. El concepto de relativismo no está exento de equívocos. Los debates sobre el relativismo han estado, de hecho, dominados por antirrelativistas. Para ellos, el problema del relativismo es el problema del subjetivismo, del nihilismo, de la incoherencia, del maquiavelismo y de la ceguera estética. Según Michael Krausz, el relativismo defiende que «las premisas cognitivas, morales o estéticas que involucran valores como verdad, relevancia, rigor, razonabilidad, conformidad, adecuación y similares son relativas a los contextos en los que surgen […]. El relativismo niega la viabilidad de la fundamentación de premisas relevantes en términos ahistóricos, aculturales o absolutistas» (1989: 1). En cambio, las epistemologías del Sur parten del principio de que la validación de los criterios de conocimiento no es exterior a los conocimientos que validan. Como he mencionado antes, en La arqueología del saber, Foucault muestra claramente que la filosofía de la ciencia, o epistemología en el sentido convencional, no es exterior a la ciencia cuyas bases investiga a fin de validarlas. Ambas se basan en los mismos presupuestos culturales, o, usando el término foucaultiano, en los mismos epistemes.
Los conocimientos surgidos en la lucha y la resistencia que conciernen a las epistemologías del Sur exigen una forma práctica de validación del conocimiento. Los grupos sociales históricamente oprimidos por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado fueron obligados a valorar el conocimiento científico que afecta a sus vidas por sus consecuencias y no por sus causas o premisas. Del mismo modo, al luchar contra la opresión y buscar alternativas, los conocimientos deben valorarse y, en última instancia, validarse de acuerdo con su utilidad para la maximización de las posibilidades de éxito en las luchas contra la opresión. De una forma pragmática, las epistemologías del Sur tienen el objetivo de reforzar la resistencia contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado proporcionando credibilidad, viabilidad y precisión a formas alternativas de ser en sociedad. El éxito o el fracaso de la búsqueda de la verdad está siempre relacionado con la fuerza o la debilidad de un determinado compromiso ético. Cualquiera de ellos solo se puede determinar por el modo en que un conocimiento dado refuerza o debilita la experiencia de lucha en una determinada comunidad epistémica que pretende resistir en un contexto concreto a una práctica concreta de dominación que la oprime injustamente.
Desde el punto de vista de las epistemologías del Sur, el relativismo cultural o político es tan inaceptable como el universalismo o el fundamentalismo. Sin embargo, el relativismo también puede verse como la respuesta cierta a una pregunta mal formulada. Si esa pregunta tiene que ver con la posición que se debe tomar con relación a un mundo entendido como una realidad inequívocamente objetiva que está siendo captada por la misma experiencia colectiva, independientemente del contexto, entonces la respuesta correcta es relativismo. Para quienes creen en conceptos universales autoproclamados de razón, racionalidad, naturaleza humana y mente humana, todo lo que no está de acuerdo con ese concepto configura irracionalidad, superstición, primitivismo, misticismo, pensamiento prelógico y emotivismo. En una palabra, anticognitivismo. Visto desde esta perspectiva, el relativismo no solo está equivocado, sino que es peligroso. De hecho, gran parte de la literatura antirrelativista asume el carácter de una cruzada mortal1. El hecho de que ese moralismo esté fácilmente legitimado en nombre de supuestas realidades que son válidas independientemente del contexto y la diferencia cultural refleja el enorme epistemicidio causado por la ciencia moderna. Esa arrogancia epistemológica se traduce en dualismos normativos, como verdad/falsedad o conocimiento/ opinión; todo lo que no cumpla la premisa se considera una falsedad o una opinión. Como mostraron Aníbal Quijano y Enrique Dussel, la arrogancia epistemológica moderna es la otra cara de la moneda de la arrogancia de la conquista colonial moderna2.
En cambio, la diversidad de experiencias del mundo, junto a una «conversación del mundo» que se las toma en serio —es decir, que permite un diálogo entre dichas experiencias en vez de imponer por la fuerza una de ellas sobre todas las otras—, no tiene sentido si se parte del principio de que la objetividad del mundo puede captarse sobre la base de una única experiencia. En este caso, una única experiencia, aunque fuera subjetiva o parcial, podría arrogarse el poder de declarar que todas las otras son subjetivas y parciales. Y, de hecho, fue precisamente lo que sucedió, y que aún sucede, con la modernidad occidental y su incesante reproducción de experiencias colonialistas, capitalistas y patriarcales. No existe un universalismo europeo3; existe, eso sí, una experiencia fundacional eurocéntrica que, debido al poder económico y militar dominante que tiene, se impuso a otras experiencias fundacionales existentes en el mundo, asegurándose así la prerrogativa de proclamarse universalmente válida. Si, por el contrario, aceptamos que existen múltiples mundos de la vida, objetivos y subjetivos, de sentido y de acción4, que pueden definirse como pluriverso, entonces el relativismo no es más que la expresión de la relatividad. La tarea de las epistemologías del Sur consiste en valorar la razonabilidad y la adecuación relativas a los diferentes tipos de conocimiento conforme con las luchas sociales en las que la comunidad epistémica en causa está implicada.
La principal dificultad a la que se enfrentan las epistemologías del Sur en este ámbito es el hecho de tener que validar sus orientaciones en un mundo dominado por las epistemologías del Norte, cuyo presupuesto o prejuicio básico es considerar la diversidad como superficial (apariencia) y la unidad como profunda (estructura subyacente). En palabras de Clifford Geertz, ese prejuicio corresponde al deseo «de presentar las interpretaciones propias no como si fuesen construcciones que se aplican a determinados objetos —sociedades, culturas, lenguajes— en un intento de entenderlos mínimamente, o en algunos de sus aspectos, sino las auténticas esencias de tales objetos reveladas a nuestro pensamiento» (1989: 26). Así pues, se deben destacar dos dimensiones de lo que podremos denominar una concepción fuerte de la diversidad de mundos objetivos/subjetivos.
Por un lado, la diversidad no es el primer paso de una evolución inevitable hacia la uniformidad o la unidad. No existe un estado ideal de convergencia o fusión hacia el que converja todo. Desde un punto de vista pragmático, convergir o divergir, fundirse o proliferar son objetivos siempre provisionales en el contexto de los problemas concretos del mundo de la vida que necesitan resolverse. Desde el punto de vista de las epistemologías del Sur, la diversidad no es una cuestión, la cuestión son las varias formas de experimentar la diversidad y el hecho de que, contextualmente, algunos grupos están más bien dotados que otros para reforzar las luchas contra la opresión. La unidad de la lucha, en vez de excluir la diversidad de los que la emprenden, la nutre. En cambio, la unidad que se basa en la uniformidad es el camino que conduce al despotismo y al fundamentalismo.
Por otro lado, la existencia de múltiples mundos de la vida objetivos y subjetivos no crea una inconmensurabilidad o incomparabilidad inevitable. Para quienes piensan que la elección se halla entre la transparencia total (equivalencia, no diferencia) y la opacidad total (ininteligibilidad, indiferencia), el relativismo es siempre una posición incoherente. El problema de esta opción reductora es que, desde su propio punto de vista, todas las formas de sociabilidad socialmente relevantes también son necesariamente incoherentes. Cualquier forma no solipsista de sociabilidad es la expresión de un deseo de entender y coexistir que trasciende las zonas de confort de lo que se considera igual o equivalente. Las ganas de entender nos empujan a ver lo que se ve muy bien a partir de la perspectiva de alguien que no ve la misma cosa muy bien; también nos empujan a entender lo que se considera relevante desde la perspectiva de alguien que no considera la misma cosa igualmente relevante. Abandonar nuestra zona de confort significa considerar que aquello que vemos y entendemos forma parte de un contexto más amplio que incluye aquello que no se ve ni se percibe y que otros ven y entienden. Más aún, salir de nuestra zona de confort con la voluntad de comprender implica que se vea sabiendo que se está siendo visto, que se observe sabiendo que se está siendo observando, que se entienda sabiendo que se está siendo objeto de la comprensión de los otros. Al mismo tiempo, implica admitir que los que se encuentran en el otro lado de los actos de ver, observar y comprender pueden ser o mostrarse más o menos reacios a salir de sus propias zonas de confort. La forma más perversa de condenar al exilio la diversidad es considerar que la diversidad solo se siente bien en nuestra casa.
El problema de la objetividad
He defendido que no existe ni ignorancia en general ni conocimiento en general (Santos, 2014a: 138). Toda ignorancia es ignorancia de un determinado tipo de conocimiento y todo conocimiento consiste en superar un cierto tipo de ignorancia. Todo conocimiento implica una trayectoria desde un punto A, llamado ignorancia, hasta un punto B, llamado conocimiento. Ninguno de estos dos puntos existe por separado. Ambos existen apenas como elementos de un par, lo que significa que una determinada ignorancia siempre presupone un determinado conocimiento sobre el cual es ignorante. Una vez consciente de este presupuesto, la ignorancia se vuelve una cierta forma (residual) de conocimiento, la docta ignorancia de Nicolás de Cusa, por ejemplo (Santos, 2017a: 137-155). El aprendizaje de un cierto tipo de conocimiento puede implicar el acto de desaprender otro tipo de conocimiento. Por tanto, en el flujo de los diferentes tipos de conocimiento en los que los seres humanos se integran y de los cuales se ocupan, la ignorancia se puede ver tanto como un punto de partida como como un punto de llegada. En otras palabras, cualquier sistema de conocimiento también es un sistema de desconocimientos. Un determinado sistema de conocimiento es hegemónico en la medida en que omite convincentemente lo desconocido o los desconocimientos con los que (con)vive o que genera, un sistema que niega de manera creíble la existencia de cualquier otro tipo de conocimiento en cualquier sistema cognitivo rival.
Para las epistemologías del Norte, la confianza en un determinado conocimiento radica en su objetividad. La confianza siempre se menciona al hablar de los objetivos que se alcanzan usando el conocimiento en el que se confía. La concepción de esos objetivos en la modernidad occidental tiene dos aspectos: la regulación social y la emancipación social. Esa dualidad es la que ha estructurado las divisiones sociales y políticas modernas (Santos, 1995: 7-55). Desde un punto de vista epistemológico, comprende dos tipos básicos de conocimiento: el conocimiento que permite alcanzar los objetivos de la regulación (conocimiento-regulación) y el conocimiento que permite alcanzar los objetivos de la emancipación social (conocimiento-emancipación)5. En cuanto al conocimientoregulación, el punto A, el punto de ignorancia, se define como el caos, mientras que el punto B, el punto de conocimiento, se define como el orden. En este tipo de conocimiento, conocer consiste en hacer posible el paso del caos al orden. Por otro lado, en lo que respecta al conocimiento-emancipación, el punto A (ignorancia) se define como exclusión y el punto B (conocimiento), como solidaridad. En cuanto a este tipo de conocimiento, conocer consiste en hacer posible el paso de la exclusión a la solidaridad. Esta dualidad está presente en todas las ciencias sociales y humanas. Las teorías funcionalistas modernas se basan en el conocimientoregulación, mientras que las teorías críticas modernas se basan en el conocimiento-emancipación. Esta dualidad epistemológica se reproduce en las concepciones de confianza. Mientras que para el conocimiento-regulación la confianza radica en la capacidad de alcanzar el orden, para el conocimiento-emancipación la confianza radica en la capacidad de alcanzar la solidaridad.
Ese paradigma epistemológico se confrontó desde el principio con dos problemas fundamentales, cuya visibilidad fue aumentando a lo largo del siglo pasado. Los dos problemas están relacionados y se pueden definir como la agenda oculta o los prejuicios arraigados de las epistemologías del Norte. El primer problema se originó en el hecho de que, desde el principio de la época moderna eurocéntrica, ese paradigma ha construido (al mismo tiempo que escondió dicha construcción) la línea abisal que separa las sociedades y sociabilidades metropolitanas y las sociedades y sociabilidades coloniales. La dualidad entre la regulación social y la emancipación social se concibió como universal, cuando, de hecho, solo se refería a las sociedades y sociabilidades metropolitanas6. En las colonias, la dualidad era totalmente otra, entre la apropiación y la violencia (Santos, 2017a: 159-177). En una época en la que la gran mayoría de la población mundial se encontraba bajo el dominio colonial, el conocimiento-emancipación estaba excluido de las sociedades coloniales. Privado del otro elemento de la dualidad (el conocimiento-emancipación), el conocimiento-regulación se aplicaba en las colonias como una forma de ordenación que garantizaba la reproducción de la apropiación y de la violencia. Las relaciones con los saberes existentes en las colonias se pautaban igualmente por esa dualidad. Cualquier tipo de conocimiento no susceptible de permitir alcanzar los objetivos del orden colonial y, por tanto, no susceptible de ser apropiado, se suprimía violentamente. De ese modo, el epistemicidio fue mucho más devastador en las colonias que en las sociedades metropolitanas.
Tal y como he defendido (más recientemente, en 2017a y 2018b), la gravedad de dicho estado de cosas radica en el hecho de que la línea abisal no ha terminado con el fin del colonialismo histórico. Las exclusiones abisales creadas por ella también se dan, muchas veces, en formas aún más insidiosas y destructivas, como el neocolonialismo, el colonialismo interno y las intervenciones imperialistas, con el objetivo de imponer cambios de régimen definidos unilateralmente, las guerras declaradas y no declaradas, el racismo, la islamofobia, la xenofobia, el tratamiento inhumano de refugiados y trabajadores migrantes indocumentados, el trabajo esclavo, etcétera.
El segundo problema con el que se confronta la dualidad entre conocimiento-regulación y conocimiento-emancipación consiste en el hecho de que, incluso en las sociedades y sociabilidades metropolitanas —en las que las epistemologías del Norte estarían plenamente en vigor—, esta se está convirtiendo en algo más aparente que real. Sobre todo a partir del siglo XIX, dicha dualidad escondía un dualismo normativo que priorizaba el conocimiento-regulación en detrimento del conocimiento-emancipación. Con la consolidación de los tres sistemas de dominación de la modernidad occidental —el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado— esa prioridad se llevó al límite y el conocimiento-regulación acabó por canibalizar el conocimiento-emancipación. Al hacerlo, de hecho, resignificó y subvirtió la trayectoria cognitiva implicada en el conocimiento-emancipación; la solidaridad, que constituía la forma de conocimiento en el marco del paradigma del conocimiento-emancipación, se reconceptualizó como caos, la forma de la ignorancia según el conocimiento-regulación. Por otro lado, la exclusión, que constituía la forma de ignorancia para el conocimiento-emancipación, se reconceptualizó como orden, la forma de conocimiento según el conocimiento-regulación. Exclusión entendida como orden, y solidaridad entendida como caos: ese es el punto muerto al que nos han conducido las epistemologías del Norte desde el siglo XIX. Ese punto muerto hoy en día afecta tanto a las teorías críticas modernas como a las posmodernas.
La crisis de gobernabilidad que, de una forma u otra, está presente en las sociedades contemporáneas es el resultado de una condición histórica intrínsecamente relacionada con la fase actual del capitalismo global (el neoliberalismo) en la que el conocimiento-regulación está en condiciones de liberarse de su opuesto (el conocimiento-emancipación) y, en consecuencia, de producir un tipo de orden estructurado por la dualidad entre apropiación y violencia, que es característica de la ordenación colonial. A medida que avanza esta tendencia epocal, la línea abisal se mueve insidiosamente de tal modo que «este» lado de la línea, el lado de las sociedades y las sociabilidades metropolitanas, se reduce, mientras que el «otro» lado de la línea, el lado de las sociedades y las sociabilidades coloniales, se expande. En esas circunstancias, la objetividad, como criterio de confianza, está hoy más que nunca relacionada con el intento de garantizar un tipo de orden posible solo a través de la apropiación y la violencia, es decir, a través de formas radicales de exclusión epistemológica o sociopolítica.
La objetividad científica se considera un tipo superior de justificación, completamente distinta de otras justificaciones de confianza posibles, como la autoridad, el consenso, la tradición, la revelación o la eficacia. Sin embargo, es posible que la confianza en la ciencia pueda tener como base, por lo menos en parte, aquellas otras justificaciones, incluso cuando estén disfrazadas de objetividad. Solo así se entiende la razón por la cual la ciencia sigue generando tamaña confianza, aunque el concepto de objetividad científica sea uno de los conceptos más cuestionados, tanto en términos de métodos o resultados como en términos de fidelidad a los hechos, ante la cada vez mayor falta de autonomía de la comunidad científica con relación a los poderosos compromisos y condicionalidades normativas extracientíficas.
Las epistemologías del Sur se refieren a varios tipos de conocimiento, así como a las articulaciones que se pueden establecer entre ellos en las luchas contra la opresión. A esas articulaciones las llamo ecologías de saberes. En las ecologías de saberes existen dos tipos básicos de conocimientos: los conocimientos que nacen en la lucha y los conocimientos que, pese a no haber nacido a partir de la lucha, pueden ser útiles para la lucha. Cualquiera de estos tipos puede incluir conocimientos científicos y no científicos. A los conocimientos no científicos los denomino conocimientos artesanales. Se trata de saberes prácticos, empíricos, populares, conocimientos vernáculos que son muy diversos, pero que tienen una característica en común: no se han producido por separado, como una práctica de conocimiento separada de otras prácticas sociales.
Los diferentes tipos de conocimientos que integran la ecología de saberes poseen en los respectivos orígenes diferentes criterios de confianza. Sin embargo, una vez integrados en las ecologías de saberes, la confianza de la que puedan gozar depende de la eficacia de dichos conocimientos según el refuerzo de las luchas y las resistencias concretas contra la opresión, es decir, de los modos en que esos conocimientos contribuyen a maximizar las posibilidades de éxito de las luchas y las resistencias. La confianza en un determinado tipo de conocimiento, lejos de ser la causa de la importancia de este en una ecología de saberes específica, es más bien una consecuencia de la eficacia esperada de ese mismo conocimiento en el refuerzo del éxito de la lucha concreta en la que la ecología de saberes está comprometida. En la medida en que la ecología de saberes incluye conocimiento científico, la objetividad que se le atribuye como fuente de confianza (con relación, por ejemplo, al uso adecuado de métodos científicos) se complementa con los criterios de confianza propios de las epistemologías de Sur (según los resultados obtenidos al recurrir al conocimiento científico). Volveré a abordar este tema cuando discuta las cuestiones metodológicas.
Este entendimiento de la objetividad de la ciencia es determinante y, curiosamente, empieza a estar presente en los debates epistemológicos sobre la ciencia en general. Teniendo en cuenta la imposibilidad de un consenso mínimo, la objetividad empieza a verse no como una variable independiente («causa») de la confianza en la ciencia, sino como su variable dependiente («consecuencia»). En otras palabras, si el problema fundamental es el de la confianza en la ciencia, la objetividad tiene que concebirse como todo lo que puede contribuir a aumentar la confianza en la ciencia. De este modo, se puede entender la objetividad de formas diferentes, siempre que el resultado sea el mismo: mayor confianza en la ciencia7.
En las epistemologías del Norte, la cuestión de la objetividad está relacionada con la cuestión de la neutralidad, incluso cuando se trata de dos cuestiones distintas. La cuestión de la objetividad tiene que ver, en general, con métodos y valores epistémicos (simplicidad, consistencia, capacidad explicativa, capacidad de previsión, etc.), mientras que la cuestión de la neutralidad tiene que ver específicamente con resultados y valores contextuales (morales, sociales, políticos). Desde el punto de vista de las epistemologías del Sur, la neutralidad no tiene sentido porque el criterio del que depende la confianza se encuentra en las vicisitudes de la lucha contra la opresión, imposibilitando así cualquier indiferencia contextual. An-Na’im describe de manera elocuente la imposibilidad, o incluso el carácter inmoral, de la neutralidad en el contexto en el que realizó su trabajo científico: «Es inaceptable que un académico africano dedique toda su atención al análisis académico distanciado sin intentar responder a las necesidades urgentes y al sufrimiento inaudito de africanos en todo el continente» (2006: viii). La neutralidad es un dispositivo ideológico en una sociedad dividida entre opresores y oprimidos. En una sociedad así, permanecer neutral equivale a estar del lado de los poderosos y los opresores.
Las teorías críticas eurocéntricas modernas llevaron a cabo la crítica de la objetividad de la ciencia. En la tradición marxista, la relación entre objetividad y neutralidad se resolvió mediante la articulación entre objetividad y una subjetividad fuerte —una subjetividad colectiva e históricamente constituida—. La formulación más brillante de esta idea fue la propuesta de Lukács de subjetividad fuerte de la clase trabajadora autoorganizada como garantía de objetividad científica8. El optimismo de Lukács era excesivo, como más tarde reconoció la Escuela de Frankfurt (Horkheimer y Adorno, 1972), pero su intuición sobre la no existencia de objetividad sin subjetividad que le dé sentido y orientación permanece válida (con la excepción de que, con permiso de Lukács, una subjetividad fuerte siempre será necesariamente una forma de intersubjetividad). De hecho, la dominación capitalista, al funcionar siempre en conjunto con la dominación colonial y patriarcal, multiplica las dianas del sufrimiento injusto9. Por tanto, la resistencia necesita ser plural; las formas de articulación y la asociación de luchas implican siempre una multiplicidad de sujetos que no son reductibles a la homogeneidad o a la singularidad. Para las epistemologías del Sur, la objetividad es siempre intersubjetividad o, mejor dicho, intersubjetividad autoconsciente. Es por ello que los conocimientos nacidos o usados en la lucha son siempre cocreaciones.
Levantar el peso pesado de la ciencia: el lugar de la ciencia moderna en las ecologías de saberes
El tercer problema del primer grado de separación tiene que ver con el lugar de la ciencia moderna en las ecologías de saberes. Las epistemologías del Sur presuponen que ni la ciencia moderna ni cualquier otra forma de conocimiento logran captar la experiencia y la diversidad inagotables del mundo. Todos los conocimientos son incompletos: cuanto más amplio es el conocimiento de la diversidad de conocimientos, más profunda es la conciencia de la naturaleza imperfecta de todos ellos. Una mejor comprensión de la diversidad de conocimientos que circulan en el mundo implica una mejor comprensión de los respectivos límites y de la ignorancia que producen. Como he dicho antes, no existe conocimiento en general, así como no existe ignorancia en general.
Teniendo en cuenta su naturaleza pragmática, las epistemologías del Sur no rechazan, por norma, cualquier forma de conocimiento. En lo que respecta a la ciencia, lo que se rechaza es solo la reivindicación del monopolio del rigor, es decir, la pretensión de que constituye el único tipo de conocimiento válido. Una vez integrada en las ecologías de saberes, la ciencia moderna puede ser un instrumento muy útil en las luchas contra la opresión10. El pluralismo interno de la ciencia abre espacio a su uso en las luchas contra esas formas de dominación11. En las condiciones de nuestro tiempo, los conocimientos que se movilizan en las luchas sociales son, en general, una combinación de, por un lado, conocimientos científicos, eruditos, y, por otro, conocimientos artesanales, empíricos y prácticos. La construcción de esas combinaciones, mezclas e hibridaciones es la principal tarea de las ecologías de saberes. Integrar la ciencia en las ecologías de saberes presenta tres problemas importantes: en primer lugar, cómo distinguir el conocimiento científico de otros tipos de conocimiento, en especial de los conocimientos artesanales; en segundo lugar, qué importancia se le debe dar al pluralismo interno de la ciencia12; en tercer lugar, qué importancia merecen las concepciones no occidentales de ciencia, es decir, las concepciones de ciencia que no se adaptan a las que formulan las epistemologías del Norte.
La especificidad del conocimiento científico
En cuanto al primer problema13, parece que no es posible estipular una serie de características que definan de manera inequívoca y consensual un conocimiento específico como científico. Los debates epistemológicos actuales muestran que sería difícil llegar a un mínimo consenso a la hora de elegir las características. Para las epistemologías del Sur, el conocimiento científico es el que la comunidad científica competente considera como tal14. Lo que en un determinado contexto espacio-temporal funciona como ciencia se puede usar como ciencia en las ecologías de saberes.
Para integrarse en las ecologías de saberes, la ciencia debe respetar el doble criterio de confianza mencionado antes; en otras palabras, debe respetar el criterio de la objetividad propio de la ciencia, y a la vez respetar el criterio de confianza para fortalecer las luchas contra la opresión. Este doble criterio hace posible la separación de la objetividad y la neutralidad, tal y como exige el criterio pragmático que subyace a toda la validación del conocimiento según las epistemologías del Sur.
La relevancia del pluralismo interno de la ciencia
¿Qué relevancia tiene el pluralismo interno de la ciencia cuando esta vale por el modo en el que se integra en las ecologías de saberes15? Ese pluralismo tiene que ver con la posibilidad de la opción por vías metodológicas y teóricas alternativas, pese a respetar algunos, o incluso la mayoría, de los presupuestos filosóficos subyacentes a la ciencia moderna; puede provocar una situación en la que coexistan resultados científicos diferentes o incluso contradictorios, que diferentes sectores de la comunidad científica consideran válidos16. En las ciencias sociales y humanas, la fuente definitiva del pluralismo interno de la ciencia ha sido la distinción, ya mencionada, entre conocimiento-regulación y conocimiento-emancipación. Las vicisitudes que esta distinción ha sufrido en las últimas décadas y de las cuales se ha hablado antes son una expresión perfecta de los límites del pluralismo interno. En las ciencias de la vida y en las ciencias naturales, los últimos cuarenta años han sido testigos de un pluralismo significativo, pese a haber sido atravesados por episodios de estigmatización mutua, que muchas veces iban más allá de los límites de la razonabilidad17. Para poner un ejemplo, refiero un caso específico —reciente e importante— de este pluralismo interno de la ciencia y de su impacto en las luchas sociales. Actualmente, se está dando un intenso debate en el marco de las ciencias biológicas, químicas y agroquímicas sobre los peligros medioambientales y los peligros para la salud derivados del uso de productos agrotóxicos; un debate que, de hecho, opone la expansión de la agricultura industrial a la conservación de una agricultura campesina, indígena o de escala doméstica. Algunas corrientes científicas minimizan los peligros y presentan argumentos a favor de la expansión de la agricultura industrial, mientras que otras adoptan la posición contraria18. Estas últimas se alían a las luchas de los campesinos y de los pueblos indígenas, que, por propia experiencia, saben perfectamente que la agricultura industrial los expulsa de sus tierras, destruye sus bosques, contamina sus aguas, envenena sus cuerpos y degrada el medio ambiente. Las luchas contra el capitalismo y el colonialismo agrarios pueden obtener beneficios y ganar más fuerza si construyen ecologías de saberes que combinen el conocimiento campesino o indígena con el conocimiento científico que, de manera objetiva, apoya las luchas campesinas e indígenas.
Sin embargo, teniendo en cuenta la tendencia capitalista a mercantilizar el conocimiento científico y, por tanto, a reducir el valor de ese conocimiento al respectivo valor de mercado, y con el consiguiente sometimiento de la investigación de las universidades y centros de investigación a criterios de beneficio a corto plazo, el pluralismo científico puede acabar por desaparecer, sobre todo en las áreas convertidas en sectores codiciados para la acumulación de capital. La reducción del pluralismo interno de la ciencia puede tener un impacto significativo en la capacidad de integración del conocimiento científico en las ecologías de saberes. Cuanto mayor sea el sometimiento de la comunidad científica a los objetivos de la acumulación de capital, menor será la probabilidad de que el conocimiento científico se use en las luchas sociales contra la propia dominación de la que el capitalismo forma parte. La reducción del pluralismo interno de la ciencia vuelve más difícil el uso contrahegemónico de la ciencia.
Concepciones otras de la ciencia
Muchas veces se descarta el tercer problema, el de la relevancia de concepciones alternativas, no occidentales, de la ciencia, por considerarse un no problema, dado el aparente amplio consenso sobre qué es y qué no es la ciencia. Sin embargo, si se tuviera en cuenta, como he expresado antes, que aquello que en un determinado contexto espacio-temporal funciona como ciencia se puede usar como ciencia en las ecologías de saberes, no se puede excluir la posibilidad de prevalecer, en un determinado contexto, una concepción alternativa, no occidental, de la ciencia. En efecto, hay algunos ejemplos históricos importantes que referiré más adelante. Así pues, las epistemologías del Sur entienden la ciencia desde un punto de vista más amplio que las epistemologías del Norte. Para estas últimas, solo existe un tipo de ciencia: la ciencia moderna que se ha desarrollado en Europa desde el siglo XVII. Sin embargo, fuera del mundo occidentalocéntrico de la ciencia, la existencia de modos no occidentales de producir ciencia cuenta con un amplio reconocimiento, y algunos de esos modos son más antiguos que la ciencia occidental moderna, como sucede con la ciencia china estudiada por Joseph Needham (1954) (véase más adelante). Como expresa Roger Hart, «frecuentemente, la ignorancia de las ciencias sobre otras culturas [se ha] confundido con la ignorancia de otras culturas sobre ciencia» (1999: 89)19. No hay criterios transhistóricos y transculturales que permitan definir la ciencia y distinguirla inequívocamente de otros tipos de saberes no científicos. En la India20 y en el mundo islámico21 ha habido discusiones al respecto dignas de mención. En el caso del mundo islámico, Alatas representa el intento más elocuente y sistemático de los últimos años de abordar la necesidad de una concepción alternativa de ciencia social que corresponda a las preocupaciones teóricas y filosóficas de las sociedades asiáticas. En palabras de Alatas: «He introducido el término ‘discursos alternativos’ como categoría que abarca el trabajo de varios autores de una gran variedad de disciplinas de las ciencias sociales, muchos de los cuales se interesan por la tarea de la liberación del colonialismo académico y por el problema de la irrelevancia de las ciencias sociales euroamericanas y, a su vez, han expresado la necesidad de crear condiciones para el surgimiento de ciencias sociales alternativas en las sociedades no occidentales» (2006a: 18). A continuación, me centraré en un ejemplo anterior, el de un notable practicante de la ciencia otra, Mahatma Gandhi.
La concepción gandhiana de la ciencia
Debido a su crítica de la civilización occidental moderna, Gandhi ha sido acusado de defender una posición anticiencia. Según Shambhu Prasad, este asunto no se ha abordado como es debido ni por sus seguidores ni por los analistas sociales de la filosofía y la práctica gandhianas22. En las siguientes observaciones adopto las perspectivas de Prasad y también de J. P. S. Uberoi y Shiv Visvanathan.
Aldous Huxley fue de los primeros en etiquetar a Gandhi y al movimiento khadi como anticiencia:
Los seguidores de Tolstói y Gandhi nos dicen que tenemos que «volver a la naturaleza», o sea, a abandonar completamente la ciencia y vivir como primitivos, o, en el mejor de los casos, al estilo de nuestros antepasados medievales. El problema de esta recomendación es que no la podemos seguir o, mejor dicho, podemos seguirla si estamos dispuestos a sacrificar por lo menos ocho o nueve millones de vidas humanas. La ciencia, en forma de industrialización y tecnología agrícola modernas, ha permitido que la población mundial se duplique en el espacio de cerca de tres generaciones […]. Tolstói y Gandhi son humanitaristas convencidos, pero abogan por la masacre, que, al compararla con las masacres de Tamerlán y de Gengis Kan, hace que estas parezcan triviales e imperceptibles (1933: 211).
En el mismo campo, Nehru, al explicar la actitud de Gandhi sobre la ciencia, acaba por reforzar la división entre el llamado punto de vista personal de Gandhi y el punto de vista público del Congreso. Nehru establece una diferencia muy clara entre él mismo como hombre de ciencia y Gandhi como hombre de religión23.
Partiendo del supuesto de que «la India como área de cultura no tendrá ningún lugar en el mundo del conocimiento, las ciencias y las artes si no empieza por desafiar el monopolio del método científico europeo establecido en los tiempos modernos», Uberoi concluye que «proponer esperar hasta convertirnos nosotros mismos en europeos no es la solución», y destaca que ve a Gandhi como alguien con una teoría y una práctica de la experiencia científica distintas y también con una explicación científica que presupone la igualdad entre el ser humano y la naturaleza (1984: 8). A su vez, Nandy defiende que Gandhi no se oponía a la tecnología en sí misma y sí al tecnologismo, una condición que creaba una relación jerárquica tanto entre quienes poseen la tecnología y los que no, como entre el ser humano y la naturaleza. Según Nandy, Gandhi valoraba la tecnología basándose en lo que sustituía, representaba y simbolizaba (1995), y no en lo que ella era. Visvanathan ve a Gandhi como uno de los mayores y más inventivos científicos de la era swadeshi. Para escapar del Occidente moderno, Gandhi tuvo que subvertir o transformar la ciencia, tanto de manera lúdica como política. Según Visvanathan, la ciencia gandhiana era una ciencia fluida de resistencia. En el cambio de la organización de la ciencia propuesto por Gandhi, el dinero no sería lo que la ciencia más necesitaría; en vez de los grandes laboratorios, habría ashrams y gurukuls de la ciencia (escuelas con un gurú residente) (1997: 231).
En palabras de Gandhi: «La civilización moderna, lejos de haber proporcionado el bien más preciado a la humanidad, se olvidó de que sus principales gestas son las armas de destrucción masiva, el temible crecimiento del anarquismo, las disputas terribles entre capital y trabajo, y la crueldad diabólica y arbitraria perpetrada contra los animales vivos inocentes y sin voz en nombre de a lo que falsamente se llama ciencia» (1999a: 206). Así pues, «[el] alarde a propósito de los maravillosos descubrimientos de la ciencia, por mejores que sean en sí mismos, es, a fin de cuentas, un vano alarde» (1999b: 209). Estas citas muestran la posición tan firme sobre la ciencia que defendía Gandhi en los inicios de su vida pública. La expresión «a lo que falsamente se llama» indica la convicción de Gandhi de que la práctica científica prevaleciente tenía defectos, pero que estos no eran necesariamente intrínsecos a la indagación científica. Ni esa condición justificaba irremediablemente un rechazo absoluto. Se volvía necesario corregir el curso del emprendimiento científico24.
Prasad destaca el hecho de que Gandhi pusiera a la ciencia en el contexto más amplio de la descolonización. Era de la opinión de que el científico también debería beneficiarse de la interacción con las colonias y sus sujetos. Sugería que la popularización de la ciencia no era una transposición lineal de conocimiento del especialista al no especialista en la materia, sino que debería constituir un esfuerzo colaborativo. Solo así la ciencia podría beneficiarse también de ese proceso25. Gandhi no veía razones para que la ciencia debiera estar inevitablemente vinculada a la idea de progreso o a la idea de naturaleza como recurso natural infinito. Afirmaba: «Los progresos materiales de la ciencia occidental nos dejan deslumbrados. No me apasiona ese progreso. De hecho, casi parece que Dios, en su sabiduría, evitó que la India siguiera esa dirección para poder cumplir la misión de resistir a la tentativa del materialismo»26.
En varias partes de sus escritos, Gandhi se ve como un científico:
Ahora pienso que la palabra «santo» se tendría que prohibir en la vida actual. Se trata de una palabra demasiado sagrada para que se aplique de forma ligera a cualquier persona, y mucho menos a alguien como yo, que solo busca humildemente la verdad, conoce sus limitaciones, comete errores, nunca duda a la hora de admitirlos cuando los comete y confiesa abiertamente que, al igual que un científico, se dedica a crear experiencias sobre algunas «verdades eternas» de la vida, pero no puede ni siquiera reclamar para él el estatuto de científico porque no es capaz de mostrar ninguna prueba tangible de la precisión científica de sus métodos ni resultados tangibles de sus experiencias que sean compatibles con lo que exige la ciencia moderna (1999c: 304).
Siguiendo el camino recorrido por Gandhi, Uberoi defiende que «si acabamos entendiendo el problema intelectual intrínseco de la teoría y la praxis positivistas de la ciencia y de sus respectivos argumentos, lo que conlleva un diálogo con la teoría y la praxis nativas, tanto sin son las clásicas como las vernáculas, entonces la ciencia occidental moderna se reconstituirá por sí misma como algo nuevo en el proceso» (1978: 86). La idea de la búsqueda de una ciencia alternativa en vez de la actitud anticiencia surge claramente cuando, en 1921, en la inauguración del Tibbia College, en Delhi, Gandhi expuso su punto de vista sobre la medicina moderna y la medicina tradicional. El discurso empezó con su crítica radical, en su momento bien conocida, sobre la medicina moderna. Sin embargo, en el mismo discurso, Gandhi elogiaba el espíritu investigador de los científicos modernos y lanzaba a los médicos tradicionales el reto de que adoptaran una actitud semejante, en lugar de «seguir fórmulas no cuestionadas»:
Me gustaría rendir un humilde homenaje al espíritu de investigación que estimula a los científicos modernos. Mi disputa no se centra en ese espíritu. Es más, me quejo del camino que ha seguido ese espíritu. Se ha dedicado sobre todo a la exploración de leyes y métodos que han propiciado la promoción meramente material de su clientela. Sin embargo, solo tengo elogios para el cuidado y la capacidad de trabajo y de sacrificio que han animado a los científicos modernos en su búsqueda de la verdad. Lamento tener que dejar constancia de mi opinión, basada en una considerable experiencia, de que nuestros hakims y nuestros vaids no poseen aquel espíritu en un grado mínimamente reseñable. Siguen fórmulas sin cuestionar. Investigan poco. La situación de la medicina indígena es verdaderamente deplorable. Al no haberse mantenido al corriente de la investigación moderna, la profesión se ha visto, en gran parte, desacreditada. Mi esperanza es que esta escuela intente remediar este serio problema y vuelva a restaurar a la ciencia médica ayurvédica y unani la gloria obtenida en el pasado. Así pues, estoy feliz de que esta institución cuente con una vertiente occidental (1999d: 342).
Para Gandhi, el conocimiento de la «ciencia del hilado» era fundamental para el éxito del movimiento khadi; es por ello por lo que hizo un llamamiento a todos los trabajadores de la comunidad para que se instruyeran en ella. Gandhi opinaba que solo quienes tuvieran un conocimiento profundo tanto de los aspectos teóricos como de los aspectos prácticos de la ciencia del hilado se podrían volver trabajadores del pueblo. Los rigurosos criterios técnicos referentes a los trabajadores del khadi muestran que Gandhi veía al trabajador de la comunidad como un científico. El trabajador debería conocer muy bien todos los aspectos de la manufactura de tejidos, incluyendo las diferentes variedades de algodón y el método de cosecha adecuado para el hilado manual. Tenía que saber desgranar y conocer los diferentes desgranadores manuales usados en los pueblos indios. Asimismo, tenía que saber testar la resistencia, la uniformidad y los recuentos de yar, y distinguir una buena charkha27 de una mala charkha, ser capaz de reparar charkhas degradadas y de reajustar un huso defectuoso. Gandhi analizó con preocupación el estado de decadencia de las industrias rurales. Se sentía fuera de su área al investigar sobre el tema, para el que no estaba preparado:
En este ámbito, el campo es tan amplio, con una variedad tan infinita de industria para tratar y organizar, que pondrá a prueba nuestro talento empresarial, nuestro conocimiento especializado y nuestra formación científica. No se puede conseguir sin trabajo duro y esfuerzo incesante ni sin aplicar todas nuestras capacidades empresariales y científicas a este objetivo supremo. Por consiguiente, envié un cuestionario a varios de nuestros médicos y químicos conocidos para solicitarles que me iluminen sobre el análisis químico y los diferentes valores nutricionales del arroz pulido y no pulido, el jaggery y el azúcar, etc. Muchos amigos me respondieron de inmediato, por lo que les estoy agradecido, y solo confesaron que hasta ahora no se ha realizado ninguna investigación sobre algunos de los temas que había abordado en mis preguntas. ¿No es trágico que ningún científico haya sido capaz de proporcionarme el análisis químico de un artículo tan sencillo como el gur? La razón es que no hemos pensado en el habitante de los pueblos (1999e: 410).
En el esquema de Gandhi, el papel activo del científico tenía una importancia fundamental. El científico tenía que ser consciente y capaz de pensar por sí mismo, y estaba claro que su lugar no era ni el mercado explotador ni el Estado asfixiante y sí estar al lado del pueblo. Todas las experiencias de Gandhi en la ciencia fueron un intento de definir y articular esta área. Lo que más le gustaba a Gandhi era guiar al científico:
Siempre que tengáis dudas o si vuestro ego crece demasiado, haced la siguiente prueba. Recordad la cara del hombre más pobre y más débil que hayáis visto alguna vez y preguntaos si el paso que estáis contemplando dar le será de alguna utilidad. ¿Ganará algo con ello? ¿Desarrollará un control de su propia vida y de su destino? En otras palabras, ¿acaso guiará hacia el swaraj a los millones de personas hambrientas y con hambre espiritual? Así veréis como se disipan vuestras dudas y vuestros miedos (1999f: 311).
En la cosmología gandhiana, la unidad del cuerpo, la mente y el espíritu fue necesaria para la exploración de la relación entre la naturaleza, el ser humano y Dios. Uberoi afirma, en la misma línea de pensamiento:
Desde el lado de la ciencia, el nuevo modo de vida y de pensamiento nos obligará a reestructurar el proyecto, el currículum y la jerarquía de las ciencias especiales, teóricas y experimentales, para descubrir y afirmar la unidad superior del sujeto y del objeto, del ser humano y del sistema. La nueva clasificación condenará, en todas las ciencias especiales, la distinción entre la naturaleza exterior y el ser humano interior, entre el participante y el observador, como principio de conocimiento (1978: 85).
Concluyo este apartado con las siguientes palabras de Anthony Parel: «En cuanto a la epistemología, Gandhi parte del principio de que los seres humanos viven según las verdades establecidas por el empirismo, la razón y las instituciones espirituales» (2000: 9). Esta cita resume la trayectoria de Gandhi por los saberes occidentales y no occidentales.
Capítulo 3
AUTORÍA, ESCRITURA Y ORALIDAD
En este capítulo inicio la discusión del segundo grado de separación entre las epistemologías del Sur y las epistemologías del Norte. La segunda capa de problemas se refiere a los diversos contextos y lugares de conocimiento, así como a la diversidad de los conocimientos a los que dan lugar. Son la base sobre la cual se deben tratar las cuestiones teóricas y metodológicas planteadas por las epistemologías del Sur. En este capítulo, abordo los dos primeros problemas. El problema de la autoría se refiere al hecho de que la mayoría de los conocimientos que se originan en las luchas sociales son colectivos o funcionan como tal. En vez de tener autores, ellos mismos son autores. Sin embargo, en las luchas frecuentemente surgen superautores. ¿Cómo debemos entender este hecho? El problema de la oralidad y la escritura tiene que ver con la siguiente pregunta: teniendo en cuenta que la mayoría de los conocimientos presentes en las ecologías de saberes circulan oralmente, incluso disponiendo de una versión escrita, y otros no tienen ninguna versión escrita, ¿cómo pueden validarse los conocimientos en ese flujo evanescente, o incluso imperceptible?
La cuestión de la autoría
Para las epistemologías del Sur, la cuestión de la autoría es compleja; engloba tipos de autoría que van más allá del paradigma de individualismo autoral privilegiado por las epistemologías del Norte, que se caracteriza por distinciones como la de sujeto/objeto, conocedor/ conocido, mente/cuerpo y teoría/práctica. Para las epistemologías del Sur, el propio concepto de autoría es problemático. En la modernidad occidental, el concepto de autor implica nociones como originalidad, autonomía y creatividad. Forma parte del mismo conjunto de filosofías idealistas que subyacen al individualismo posesivo moderno. Este concepto de autoría casi no tiene validez en las epistemologías del Sur, puesto que, para ellas, los conocimientos más relevantes o son inmemoriales o son generados en el ámbito de las experiencias sociales de opresión y de las luchas contra esa opresión. Sea como sea, pocas veces son identificables como una única persona o proceden de una única persona. Las experiencias colectivas nuevas o antiguas son siempre subyacentes a esos conocimientos. Los conocimientos irrumpen, muchas veces de formas sorprendentes, en momentos de acción o de reflexión, momentos especialmente tensos debido a los riesgos y desafíos en juego. O entonces se trata de memorias colectivas (conocimientos tácticos, latentes) que preceden en gran medida a los contextos de vida y lucha del presente.
Una vez descritos lo peligros del concepto de autoría, se pueden identificar por lo menos dos tipos de autoría: por un lado, los conocimientos colectivos; por el otro, los conocimientos de los superautores. La mayoría de los conocimientos que surgen de la lucha son colectivos o funcionan como tales. Muchas veces los conocimientos más cruciales no tienen autores. Ellos mismos son autores. Esto suscita dos cuestiones: la cuestión del anonimato y la cuestión de la unanimidad. Aunque los conocimientos colectivos pertenezcan a un determinado grupo o comunidad, siempre hay personas que los formulan con especial autoridad, precisión, fiabilidad o eficacia. Y ese es el caso de los sabios-filósofos (sages) africanos de la filosofía de la sagacidad que refiero más adelante, o el caso de los sabios y sabias indígenas o campesinos y campesinas de África, las Américas y Asia. Se trata de los intermediarios entre el conocimiento colectivo y el grupo o la comunidad como un todo. El conocimiento colectivo se expresa a través de ellos y ellas, en un tipo de mediación que, lejos de ser neutral o transparente, es un espejo prismático, como un filtro creativo y transformador. Dichas situaciones no caben, en efecto, en la dicotomía individual/colectivo. Por otro lado, aunque los comparta un determinado grupo o comunidad, los conocimientos colectivos no son necesariamente comunes, puesto que no todos los miembros de los referidos grupos o comunidades los comprenden y los sancionan del mismo modo. Por el contrario, pueden surgir variaciones, énfasis diferentes e incluso conflictos interpretativos con especial intensidad en momentos de crisis o de cambio súbito o significativo28. El segundo tipo de autoría, la autoría de los superautores, engloba dos subtipos. Por un lado, los líderes de los movimientos y luchas que, debido a la ejemplaridad de sus trayectorias o a su posición política, dominan un tipo de conocimiento que les concede una autoridad especial. Ese protagonismo autoral es complejo, puesto que su naturaleza individualizada muchas veces es el resultado de laboriosos procesos de construcción colectiva de conocimiento. Los líderes de movimientos de liberación nacionales —como Mahatma Gandhi, Julius Nyerere, Kwame Nkrumah, Amílcar Cabral, José Rizal o José Martí— son ejemplos de individuos cuya trayectoria política les otorgó el estatuto de portavoces privilegiados de conocimiento colectivo. Por otro lado, están aquellos cuyos conocimientos son portadores de una autoridad especial en una determinada comunidad. Como he mencionado antes, ese es el caso de los sabios y las sabias, los y las sages que inspiraron al filósofo africano Odera Oruka a convertir su filosofía de la sagacidad en una de las más importantes vertientes de la filosofía africana29. Reconstruyendo de manera crítica y creativa la experiencia colectiva y la tradición oral del grupo, los sabios-filósofos conciben formas críticas y creativas de interpretar y transformar la realidad30. La siguiente frase del pensador africano Amadou Hampâté Bâ (1901-1991) está inspirada en estos sabios: «En África, cuando muere un anciano, arde una biblioteca» (Diagne, 2013: 69). La estructura-base de las relaciones entre lo individual y lo colectivo también es muy compleja. Desde el punto de vista de Oruka, los sabios-filósofos combinan un entendimiento profundo, muchas veces ancestral, de la tradición oral con una percepción individual que les permite adquirir una conciencia crítica frente a las perspectivas heredadas y, de este modo, crear nuevas perspectivas. Esas nuevas perspectivas siempre tienen un carácter doble de análisis y orientación, interpretación y ética. Los sabios-filósofos son traductores creativos de su propia cultura; al mismo tiempo, mantienen los pies bien firmes en el suelo ante las emergencias y las exigencias del presente, recurriendo de manera selectiva y pragmática a un pasado que es inagotable y solo parcialmente transparente.
Escritura y oralidad
El conocimiento científico es un conocimiento escrito divulgado por la escritura; esta es la condición indispensable para que se considere riguroso y monumental. Es riguroso porque proporciona una versión unívoca, la versión escrita presente en el texto, y escrita en una determinada lengua fijada por su origen; es monumental porque, como los monumentos, la escritura permanece y, por esa razón, se distancia de las prácticas diarias. Me refiero, evidentemente, a los textos y no a las interpretaciones, que varían y evolucionan, motivo por el cual las tradiciones escritas son menos rígidas que los textos escritos que constituyen la respectiva base. Sin embargo, en paralelo a los conocimientos escritos, hay conocimientos que se divulgan oralmente y que no tienen ninguna expresión escrita; en la mayoría de los contextos de la vida cotidiana, esos conocimientos orales constituyen enunciados y no textos. Si consideramos la totalidad del mundo como un paisaje de conocimientos escritos y orales, entendemos que los conocimientos orales son más comunes que los escritos, aunque tengan menos prestigio, en general por la sencilla razón de que los criterios predominantes de atribución de prestigio se establecen en contextos en los que prevalece el conocimiento escrito. El conocimiento oral no es necesariamente el conocimiento de personas analfabetas31. Y no es simple, ingenuo, de fácil acceso o no fiable en comparación con el conocimiento escrito. Es un saber con una lógica de producción y reproducción diferente.
Para entender la diferencia, se ha propuesto una distinción entre literatura y oratura. El concepto de oratura, acuñado por el lingüista Pio Zirimu, tiene el objetivo de dar a la expresión oral el mismo estatuto que tiene la expresión escrita. Según Ngũgĩ wa Thiong’o, Zirimu concibe la oratura como algo más que literatura oral, como un sistema estético oral que dispensa la validación del canon literario (escrito). De hecho, la oratura entiende la literatura como derivativa, y frecuentemente encuentra sus fuentes en la literatura oral. La oratura posee su propio valor, a pesar de que la literatura escrita muchas veces se ha apropiado del conocimiento oral y lo ha tomado como materia prima para someterlo a sus criterios estéticos o epistemológicos. Lo cierto es que un gran número de productos culturales escritos tienen su raíz en la oratura. Es lo que sucede, como menciona Ngũgĩ wa Thiongo’o, en el caso de los épicos clásicos de cualquier cultura, puesto que «incluso cuando se registran por escrito, solo adquieren un carácter real cuando son dichos, en la narración oral»32.
Hoy en día, la gente predominantemente formada en el marco del conocimiento escrito es tendencialmente incapaz de escuchar conocimientos no escritos. Incluso pueden oírlos cuando se expresan, pero en realidad no logran escucharlos. Esto significa que no entienden los silencios, aquello que está implícito en lo que efectivamente se dice, o aquello que solo puede decirse y nunca escribirse33. Desde el punto de vista del conocimiento escrito, la ausencia de una escucha profunda no constituye un problema; de hecho, es una condición para el refuerzo de la capacidad de distinguir el conocimiento relevante (escrito) del irrelevante (oral)34. Mutatis mutandis, si la oratura, al invertir las prácticas dominantes, sometiera a su propia lógica los textos escritos y los respectivos autores, revelaría los límites del rigor de estos últimos y contribuiría, así, a desmonumentalizarlos35. Seguiremos discutiendo este tema más adelante.
La oratura tiene una dimensión performativa que no se encuentra en el conocimiento escrito36. Exige la presencia de un performer (un agente, un actor) y de un público, así como, como es obvio, de un espacio de performance, de presentación/representación, que puede ser una plaza, la calle, la sombra de un árbol, una iglesia o un autobús. Al transmitirse en copresencia, el conocimiento oral también es visual. Cuando se trata de conocimiento oral tradicional, su interpretación implica el conocimiento tanto de la tradición oral como de la tradición visual37. La transmisión del conocimiento oral puede incluir la danza, el teatro y la música. El escultor, poeta y contador de historias sudafricano Pitika Ntuli indica que la característica básica de la oratura es algo más que la fusión de todas las formas de arte: «La oratura es más que la fusión de todas las formas de arte. Es la concepción y la realidad de una perspectiva total de la vida. Es una cápsula de sentimiento, pensamiento, imaginación, gusto y oído. Es el flujo de un espíritu creativo […]. La oratura es el universo de expresión y de apreciación y una fusión de ambos en un individuo, en un grupo, en una comunidad» (1988: 215). Dentro de la misma lógica, Ngũgĩ wa Thiong’o explica que «la oratura no considera absolutas las fronteras entre la especificidad de la naturaleza y de la cultura o la educación» y considera que sus «elementos genéricos más importantes —adivinanzas, proverbios, historias, canciones, teatro y danza— son un intento imaginativo de explicar el universo» (2007: 6).
La frontera entre el arte y el conocimiento oral es muchas veces difícil de determinar. ¿Cómo dar espacio a la performance en contextos en los que predominan los conocimientos no performativos y cómo valorar la presencia de conocimientos orales en contextos dominados por conocimientos escritos? Estos son los desafíos a los que se tienen que enfrentar las epistemologías del Sur. Estos desafíos no se deben ver como formas de reconciliar conocimientos pasados y presentes, modernos y tradicionales. Probablemente, tendrán una mejor base si se consideran teniendo en cuenta el futuro, puesto que la era de la electrónica y el espacio virtual creado por ella producen un regreso a la oralidad amplio y transformado; aquello que Ngũgĩ wa Thiongo’s (2007: 5) denomina cibertura: «Al igual que la naturaleza dio origen a la cultura, la cultura, a su vez dio origen a la cibercultura o cibertura (realidad virtual). La cibertura es a la cultura lo que la cultura es a la naturaleza. La cibertura imita la cultura del mismo modo que la cultura imita la naturaleza»38. De hecho, el resurgimiento de la cultura oral en el mundo de Internet se está volviendo un tema de gran interés. Por ejemplo, el proyecto Pathways, de John Miles Foley, pretende ilustrar las semejanzas y correspondencias fundamentales «entre las tecnologías de pensamiento más antiguas y más recientes de la humanidad: la tradición oral e Internet»; «pese a las diferencias superficiales, ambas tecnologías son radicalmente afines, pues no dependen de productos estáticos y sí de productos continuos, no dependen del ‘qué’ y sí del ‘cómo llego hasta allí’. A diferencia de la página espacial de la página y del libro, las tecnologías de tradición oral y las de Internet imitan la forma en que pensamos y lo procesan todo a través de los circuitos de una red. En los dos medios de comunicación los circuitos —y no las cosas— son lo importante» (2012: 5).
El conocimiento oral no conoce disciplinas, tiempos lineales, espacios delimitados39. En sus múltiples manifestaciones, imita, recrea y subvierte dominios de la realidad que se alteran, que de tan distantes se vuelven próximos, de tan extraños se vuelven conocidos, o viceversa. Una de sus manifestaciones más genuinas son las historias narradas por contadores de historias. El acto de contar historias genera una sensación de copresencia inmediata y concreta a través de la cual las experiencias sociales que existen en tiempos, espacios y culturas diferentes se vuelven más fácilmente accesibles e inteligibles, un tipo de copresencia que no se logra obtener a través del lenguaje conceptual (ya sea técnico, filosófico o científico). Según Ngũgĩ wa Thiongo’o, «[en] una historia, al contrario de la vida real, podemos saber lo que sucede a continuación. Un buen contador de historias es el que crea de nuevo el ansia de la expectativa […]. Incluso cuando los oyentes ya conocen el contenido general de la historia y su fin, el contador de historias incluso así es capaz de recrear una vez más el ansia de la expectativa y satisfacerla después. La historia se vuelve nueva cada vez que se cuenta y se vuelve a contar» (2012: 79).
La narrativa, incluso cuando se trata de una narrativa histórica, subvierte la lógica temporal al producir un efecto de sincronicidad y de contemporaneidad que ayuda a convertir lo extraño en conocido y en contemporáneo lo que es distante en el tiempo. Además, la memoria passionis (una categoría judeocristiana en sí misma) del mundo se basa en la rememoración y en las narrativas que, al contar de nuevo luchas ejemplares de vida y muerte, de sufrimiento y liberación, de pérdida y ganancia, refuerzan los sentimientos de alegría y miedo, de temor y estupor, de venganza y compasión, desde los cuales surge una especie de sabiduría compartida y ascendente sobre el mundo.
A diferencia de la reconstrucción histórica, la memoria passionis hace desaparecer la diferencia entre pasado, presente y futuro, ve fuerzas en las debilidades y posibilidades alternativas en las derrotas. La sabiduría que origina es tan contemplativa como activa; es un depósito global de memoria y visión que convierte el pasado en una energía capaz de dar poder al presente y de reforzar el todavía no o el quizá del futuro. Además, las narraciones, historias y parábolas tienen un final abierto. Se dejan reinterpretar y recontextualizar y, en ese sentido, permiten una continua reinvención de la autoría o la coautoría. Los contadores de historias son siempre coautores de las historias que oyeron contar a sus antepasados.
En los procesos de lucha, las historias a menudo configuran conocimiento capacitador, ya sea porque realzan la fuerza de los oprimidos (por ejemplo, recordándoles victorias pasadas) o porque reducen la fuerza de los opresores (por ejemplo, ridiculizando la realidad que los opresores tienen como incontestable o subrayando la fragilidad de las relaciones de poder que tienen como inalterables). Se cuentan historias, se cantan canciones con el mismo objetivo de crear un sentido intensificado del acto de compartir y pertenecer que contribuirá a reforzar y radicalizar la voluntad de transformación social. No es por capricho proselitista ni por exceso de celo que todas las reuniones, todos los comicios, protestas y ocupaciones de tierras organizados por uno de los movimientos sociales más importantes de nuestros días —el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) de Brasil— se inician con aquello que llaman la mística, un momento de silencio, oración y canto, con los militantes en círculo, cogidos de las manos, convirtiendo los cuerpos físicos individuales en un cuerpo físico colectivo.
En términos históricos, las canciones y los cánticos siempre han tenido una presencia muy fuerte en las luchas de resistencia y liberación como forma de reponer fuerzas para superar la desesperación y el valor para luchar contra opresores intimidantes. La presencia a través de canciones y cánticos es una forma de trascender el cuerpo sin abandonarlo nunca, de trascender diferencias a favor de una armonía necesaria para una tarea práctica al alcance de la mano (que puede ser el propio canto o algo que va más allá de él), de crear fuerza material a partir de la fuerza simbólica40.
Por las informaciones que me constan, uno de los proyectos más notables sobre la descolonización del conocimiento y el uso de la historia oral como herramienta de resistencia contra la dominación capitalista y colonial es el Taller de Historia Oral Andina (THOA), fundado en Bolivia en 1983 por iniciativa de Silvia Rivera Cusicanqui. Desde sus inicios, el objetivo del THOA es construir la historia genuina y concreta de los pueblos indígenas de la región andina, una historia contada por ellos, que refleja sus visiones del mundo y modos de vida, sus puntos de vista sobre las luchas que llevaron a cabo a lo largo de los siglos, sus héroes, sus ansias respecto a la justicia, la dignidad y la autodeterminación. El recurso creativo a las metodologías de la historia oral, la implicación activa de las comunidades, las decenas de publicaciones y los debates que promovieron, todo esto permitió que el proyecto THOA no solo llevara a cabo una crítica consistente de las epistemologías del Norte, sino también que constituyera una fuente de conocimiento militante al servicio de muchas organizaciones indígenas que disfrutaron de él para reforzar sus propias luchas contra el capitalismo y el colonialismo41. La búsqueda de un tipo diferente de conocimiento, un conocimiento artesanal característico de los pueblos y los campesinos indígenas, dio lugar a una epistemología nueva y compleja en la que el texto oral se asociaba al texto escrito y en la que el conocimiento característico de los pueblos indígenas se complementaba gracias al conocimiento de los científicos sociales que se mostraban solidarios con ellos42. Lo que vuelve este proyecto y el trabajo de Rivera Cusicanqui verdaderamente extraordinarios es la articulación entre esos diferentes tipos de conocimiento como opción epistemológica adoptada de un modo consistente.
Las ecologías de saberes que se originan en las luchas incluyen muchas veces conocimientos orales y escritos, que pueden ser historias, documentos, canciones o manifiestos. La performatividad se reviste de varias formas. Una de ellas es la memorización y la recitación. Ninguna de ellas es una simple reproducción de conocimientos escritos u orales; se trata, por el contrario, de conocimientos de un tercer tipo: el performativo. En determinados contextos, los conocimientos performativos son crucialmente formativos en la educación de la comunidad, incluso cuando hacen un llamamiento a la lucha. Ese es el caso de la revitalización religiosa del islam a través de la lectura y la recitación intensivas del Corán. En su estudio sobre el revivalismo religioso en Indonesia en la década de 1990, Anne Gade refiere el papel social de la memorización del Corán: «En las tradiciones islámicas, la memorización del Corán es un deber religioso especial de los musulmanes que tienen una responsabilidad ante la comunidad como ‘guardianes’ de la revelación» (2004: 62). En cuanto a la recitación, Gade escribe: «Los concursos de recitación del Corán representan en el sudoeste asiático expresiones del movimiento global del ‘despertar islámico’, un fenómeno que en Indonesia realza el desarrollo entusiástico de las artes coránicas, la lectura y la memorización» (2004: 216). Según la autora, «quien memoriza el Corán recibe el reconocimiento de ser su ‘guardián’ (hafiz), conocido por su persona social específica que resulta de la capacidad de recitar el Corán sin la ayuda de un texto […] Los que memorizan el Corán negocian afectivamente las expectativas relativas al papel y las responsabilidades sociales de quien ‘trae’ el Corán en la memoria para el bien de la comunidad» (2004: 60).
La memorización y la recitación son procesos de hibridación entre lo escrito y lo oral y están bien presentes en luchas de fuerte dimensión religiosa. En esos casos, la posibilidad referida antes de composición en performance no está presente, por lo menos de manera explícita, puesto que la oralidad pretende reproducir y reforzar la estabilidad y la permanencia del texto escrito. Sin embargo, hay que distinguir la memorización y la recitación de textos escritos de la memorización y la recitación de narraciones orales. Los textos escritos son objeto de canonización con más facilidad. Al discutir las conclusiones de su análisis de mitos del norte de Ghana, Goody destaca que los «enunciados normalizados», como define el equivalente a los textos religiosos en las culturas orales, varían significativamente incluso cuando se dice que estamos oyendo «una versión única de una recitación larga» (2000: 125). «En diferentes tiempos y espacios la recitación se alteró no solo en detalles sin importancia, sino también en términos de características (estructurales) importantes» (2000: 126)43.
En general, tanto los textos orales como los escritos intervienen en las luchas de modos flexibles y creativos. De hecho, las luchas se definen muchas veces por el grado de flexibilidad y creatividad que permiten en la movilización e interpretación de los textos. Ese grado puede tener que ver con la naturaleza del texto o con el respectivo estatuto para el grupo que lo convoca para la lucha; por ejemplo, hay textos fundadores que seleccionan grupos y luchas, y textos seleccionados por grupos y luchas; textos propios y textos que han sido apropiados, importados, tomados prestados o adaptados a través de la traducción intercultural e interpolítica; textos ocultos y secretos y textos divulgados o manifiestos; textos para consumo interno y textos para consumo público, para seducir aliados o para alejar enemigos; textos francos, que lo dicen todo, y textos que esconden otros textos; textos hegemónicos, especialmente religiosos, como la Biblia o el Corán, que se los apropian grupos subalternos a fin de usarlos para objetivos contrahegemónicos. Cuanto más enardecida es la lucha, más intenso es el debate relativo a la interpretación de textos, tanto escritos como orales. En determinados contextos y en ciertos momentos, la lucha puede incluso limitarse a un conflicto de interpretaciones. Es cierto que, teniendo en cuenta la interpretación creativa de quienquiera que lo proponga, el texto oral es, generalmente, más flexible que el escrito, pero ambos permiten usos flexibles y creativos a través de diferentes tipos de mecanismos. De hecho, la controversia sobre cuál de los dos tipos de textos es más manipulable y, por tanto, menos fiable, es muy antigua. En la Antigüedad clásica, el tema era objeto de encendidas disputas, puesto que algunos confiaban más en el texto oral y otros lo hacían más en el texto escrito (Cooper, 2007)44.
Para las epistemologías del Sur, la valoración del conocimiento, la cultura y la tradición orales no tiene nada que ver con cualquier tentación romántica de idealizar el pasado. Simplemente, es el resultado del papel de la oralidad y la cultura oral en las luchas sociales, un papel muchas veces infravalorado por la cultura escrita que prevalece en nuestro tiempo y que frecuentemente controla los protocolos normativos que legalizan el ejercicio de la dominación capitalista, colonialista y patriarcal. Así pues, deberíamos hacer caso a Goody cuando advierte de lo siguiente: «Tenemos que tener cuidado para no concebir las culturas orales como una versión más satisfactoria de nuestra civilización corrompida, y, por otro lado, para no ver esa civilización, la cultura de las ciudades, una cultura escrita, como cura para todas las barbaries» (1987: 293). En el mismo sentido, en Tristes trópicos, Lévi-Strauss afirma que la escritura es una invención extraña cuya relación con la civilización está lejos de ser lineal. Por ejemplo, durante el periodo neolítico, la humanidad dio pasos de gigante sin la ayuda de la escritura. Según este autor, «el único fenómeno que ella ha acompañado fielmente es la formación de las ciudades y los imperios, es decir, la integración de un número considerable de individuos en un sistema político, y su jerarquización en castas y en clases». De Egipto a China, cuando surgió la escritura, «parece favorecer la explotación de los hombres antes que su iluminación». Y concluye: «Si mi hipótesis es exacta, hay que admitir que la función primaria de la comunicación escrita es la de facilitar la esclavitud. El empleo de la escritura con fines desinteresados para obtener de ella satisfacciones intelectuales y estéticas es un resultado secundario, y más aún cuando no se reduce a un medio para reforzar, justificar o disimular el otro» (1973: 298-299).
La relación entre el texto escrito y el texto oral tiene un significado muy especial para las epistemologías del Sur, porque en el periodo del colonialismo histórico el texto escrito se usó muchas veces para silenciar el texto oral de los pueblos colonizados y estos, a su vez, recurrieron con frecuencia al texto oral para resistir a la dominación colonial. Como ya he dicho antes, el propio texto escrito, destinado a funcionar, sobre todo en un contexto colonial, como la transcripción oficial de la élite, muchas veces se usó creativamente, subvertido, reinterpretado, leído entre líneas, para hacer oír las voces silenciadas de los pueblos colonizados a quienes, en general, solo se concedía la oralidad subalterna. Este fue, en particular, el caso de los textos religiosos. La tarea histórica de los misioneros fue afirmar y confirmar la superioridad de la religión del libro y su implicación en campañas de alfabetización tuvo siempre el objetivo de promover la aceptación de la religión eurocéntrica y, en términos más generales, de la cultura imperial y el consecuente rechazo de la religión transmitida por la tradición oral. En su trabajo monumental sobre este tema en el África Austral, Of Revelation and Revolution (1991, 1997), Jean y John Comaroff muestran que hubo «un largo diálogo» entre los misioneros y los pueblos africanos: «Más obvia fue la tentativa tangible de convertir a los africanos, de impresionarlos con argumentos de imágenes y mensajes, para establecer así la verdad del cristianismo. El esfuerzo realizado para reformar el mundo indígena, para inculcarle señales y prácticas —las formas espaciales, lingüísticas, rituales y políticas— de la cultura europea solo se distinguió parcialmente de esto en la iniciativa evangélica» (1991: 310).
Con este objetivo en mente, los poderes coloniales intentaron mantener el control de los textos y de la interpretación, pero dicho control siempre fue menos eficaz de lo que se pretendía. En la práctica, se crearon múltiples intersecciones entre la oralidad y el texto escrito que frecuentemente se usaron para reforzar la resistencia al colonialismo45. Sobre la base de una teoría centrada en los conceptos de hegemonía, ideología y grieta o brecha, muestran que cuando surgen grietas o brechas se hace posible la innovación, la reconstrucción y la resistencia a través de mezclas llevadas a cabo por bricoleurs46.
Sin embargo, pese a ser importante poner de relieve la resiliencia de la cultura oral, tanto en el contexto colonial como en el contexto poscolonial, no se puede dejar de tener en cuenta las relaciones desiguales entre la cultura escrita y la cultura oral ante la alfabetización impuesta por la cultura dominante colonial o poscolonial. La larga duración histórica de esta asimetría justifica las dos preguntas hechas por Draper en el contexto sudafricano: «¿Por qué las formas orales y los propios rituales sobreviven y sufren mutaciones en una interacción muy rica con las nuevas posibilidades traídas por el contexto colonial alfabetizado? […] ¿Por qué las formas orales tradicionales proporcionan recursos para la memoria ante las atrocidades del apartheid en el proceso de la Comisión Verdad y Reconciliación o ante la catástrofe social del sida?» (2003: 3). Acentuar la resiliencia de la forma oral es importante, pero puede dar a entender que nos encontramos ante un conocimiento tradicional, orientado hacia el pasado y poco dinámico en su evolución. Ahora bien, la verdad es que, incluso sin hablar de las nuevas tecnologías de la comunicación, siempre están surgiendo nuevas «tradiciones» orales en contextos rurales y urbanos que responden a las exigencias de adaptación o contestación de las formas siempre mutantes por las que la dominación moderna capitalista, colonialista y patriarcal se va reproduciendo47.
Capítulo 4
¿QUÉ ES LA LUCHA? ¿QUÉ ES LA EXPERIENCIA?
Tipos de lucha
Teniendo en cuenta la centralidad de las luchas contra la dominación, la exclusión, la discriminación y la represión en las epistemologías del Sur, se vuelve importante especificar qué pretendemos decir con la palabra lucha. La respuesta adecuada a esta pregunta exige un ejercicio complejo de traducción intercultural. La fenomenología de la lucha implica un amplio conjunto de cuestiones, y ninguna de las cuales encuentra una respuesta fácil desde una perspectiva transcultural. ¿Cómo se distingue la lucha de otras prácticas sociales? ¿Cuándo se inicia y cuándo termina? ¿Quiénes son las partes implicadas en la lucha y de qué lado están? ¿Cuáles son los objetivos de la lucha y cuáles son los medios para alcanzarlos? En el presente capítulo, en vez de intentar responder a estas preguntas, destaco las características estructurales de los campos sociales cuyas líneas de fractura podrán originar prácticas que se pueden construir social y culturalmente como luchas.
En la teoría social eurocéntrica, excluyendo el marxismo, el tema de la lucha y la resistencia social se ha tratado siempre como un mero subtema de la cuestión social, y se ha privilegiado el tema del orden social con relación al del conflicto social. Por otro lado, las organizaciones políticas —partidos y movimientos sociales— contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado emprendieron una profunda reflexión sobre el tema, reflexión que incluyó diferentes formas de lucha, tipos de organización, objetivos, políticas de alianzas, relaciones con el Estado, etc. Las dificultades de la sociología crítica eurocéntrica en este campo son claramente visibles en la obra de Pierre Bourdieu, sin duda su más notable representante a lo largo del siglo XX. Esas dificultades tienen raíces teóricas y epistemológicas. La presencia del estructuralismo y de las estructuras de dominación era tan fuerte que acabó por eliminar la propia noción de sujeto o actor social. Bourdieu entendió ese problema e intentó resolverlo a través del concepto de habitus, que intenta reconciliar los constreñimientos sociales (las estructuras) con la libertad y la capacidad de improvisación del individuo. El significado de habitus para Bourdieu es básicamente la forma en la que las estructuras se materializan y son asimiladas por los individuos1. Habitus es, al mismo tiempo, tanto la interioridad de la exterioridad como la exterioridad de la interioridad. La posibilidad de lucha es rehén de este esquema conceptual, puesto que, como Bourdieu subraya ampliamente en su obra, los propios oprimidos contribuyen de manera activa a su dominación; el mundo se encuentra organizado de tal modo que, para funcionar, las estructuras necesitan la complicidad de quienes las interiorizan2. Así pues, cualquier lucha tiene que empezar por la lucha contra uno mismo. Porque, para Bourdieu, era tan difícil teorizar la lucha, la resistencia y la revuelta cuando decidió, ya cerca del fin de su vida, intervenir activamente en las luchas políticas, que se vio obligado a reconocer la existencia de una cierta contradicción entre su sociología y su práctica política, algo que varios de sus colaboradores muchas veces lamentaron y criticaron de forma severa3.
La dificultad sentida por Bourdieu en reconciliar su teoría y las luchas sociales tiene, efectivamente, una raíz más profunda, una raíz que es, en realidad, común a toda la ciencia social eurocéntrica basada en las epistemologías del Norte. Como he destacado antes, el problema es el privilegio epistemológico concedido a las ciencias sociales como conocimiento científico completamente distinto de otros saberes que circulan en la sociedad. Y, cuanto más distinto, más poder tiene para desvelar las estructuras de poder. Cualquier contaminación con otros tipos de conocimiento afecta al rigor de la sociología y a la respectiva capacidad de revelar lo que se encuentra oculto. El problema de esta concepción es que lo que es distinto es distante y, pese a que lo que está distante puede en efecto aproximarse, no lo hace nunca como un vecino que quiere ayudar, sino como un técnico que viene a interferir. En estas condiciones, se vuelven impensables las ecologías de saberes, la intelectualidad de la retaguardia y la artesanía de las prácticas. Lo que Bourdieu acaba por mostrar, ni que sea reluctantemente, es que no es necesaria ninguna teoría de la revolución; lo que necesitamos es revolucionar la teoría, y eso no es posible sin que se revolucione la epistemología.
Como he destacado antes, hay dos tipos genéricos de lucha posible, el que aborda las exclusiones abisales y el que aborda las exclusiones no abisales. Sin embargo, como también he puesto de relieve, los modos en los que las luchas se construyen y experimentan por quienes participan en ellas, demuestran su gran diversidad. ¿Qué significa luchar contra la dominación del capitalismo, del colonialismo y del patriarcado? Hoy en día existen muchas organizaciones que afirman combatir la dominación, pero que, de hecho, son, consciente o inconscientemente, agentes de esa misma dominación. Su presencia aplastante da lugar a lo que ya se ha denominado como «oenegización» de las luchas, un enorme fraude intelectual y político4. En vez de salir de las luchas, los saberes, discursos y repertorios promovidos por las ONG internacionales se imponen desde fuera e ignoran la experiencia concreta, vivida, de los grupos sociales que, en realidad, están en la lucha. Por más estridente que pueda ser su denuncia de la injusticia y el sufrimiento, la tendencia de dichas organizaciones es la de ocultar las causa de esos problemas y favorecer los tipos de luchas que no afectan a los regímenes de dominación. Ofrecen un repertorio de lemas y pseudosoluciones casi siempre formulados en un lenguaje muy alejado de la experiencia concreta de los oprimidos. Su objetivo es presentar como liberación o emancipación lo que, en realidad, acaba por ser una mayor dependencia de los oprimidos ante las agendas hegemónicas de las organizaciones. Esas agendas y los respectivos agentes consideran que están proporcionando todas las explicaciones y soluciones relevantes. No están mínimamente interesados en oír lo que los grupos sociales oprimidos tienen que decir sobre su propia condición y sobre su resistencia. En suma, son totalmente hostiles a la idea de las ecologías de saberes y de la traducción intercultural. Rechazan la artesanía de las prácticas, al verlas más como una amenaza a sus programas y términos de referencia predefinidos, a sus concepciones de objetivos, gobierno, liderazgo, supervisión, apoyo y resultados. Las ONG internacionales son, actualmente, los principales artífices de este fraude epistemológico y político.
Las luchas contra la dominación apoyadas por las epistemologías del Sur son aquellas que transforman cualquier margen de libertad, por pequeño que sea, en una oportunidad de liberación, al tiempo que aceptan los riesgos inherentes a dicha transformación. Lo hacen más por necesidad que por opción. Transformar libertad mínima en liberación implica ser consciente de que los límites de la liberación no son ni naturales ni fijos; más bien se imponen de manera injusta y son susceptibles de ser desplazados. En suma, son campos de disputa. Ganar o perder una lucha siempre acaba por ser un desplazamiento de límites. Así pues, la libertad hegemónica se debe distinguir de la libertad contrahegemónica. La primera es una libertad heterónoma, una libertad autorizada por alguien que posee el poder de definir sus límites. Se ejerce en la medida en que se acepta la necesidad de actuar dentro de sus límites establecidos. Para no correr riesgos, la libertad autorizada es siempre inferior de lo que los respectivos límites permitirían si se vieran presionados. A su vez, la libertad contrahegemónica es autónoma y emancipatoria. Reconoce la fuerza, pero no la legitimidad de los límites y, de este modo, actúa para desplazarlos, ejerciendo la máxima presión sobre ellos a fin de trascenderlos siempre que sea posible. La «oenegización» de las luchas a la que me he referido antes pretende limitar el ejercicio de la libertad a la libertad hegemónica.
Las luchas de los oprimidos asumen un número infinito de formas. Las más obvias son las luchas explícitas y deliberadamente organizadas por grupos, organizaciones y movimientos sociales a fin de reducir o acabar con un determinado caso de opresión considerado injusto. En general, esas luchas son fácilmente delimitables en el tiempo y el espacio, los respectivos protagonistas son fácilmente identificables, así como lo son aquellos contra quienes luchan, y los términos de la confrontación son claros para las partes implicadas. Este tipo general de lucha se despliega en muchos subtipos, que dependen de las escalas y los horizontes espacio-temporales, de sus niveles de confrontación, de los tipos de liderazgo, de los tipos de narraciones que los legitiman, de la naturaleza pacífica o violenta de la lucha, y así sucesivamente. Los diferentes subtipos exigen y generan diversos tipos de conocimiento.
Sin embargo, hay otras formas de lucha que no se distinguen fácilmente de la vida cotidiana de grupos sociales oprimidos. Son luchas en las que no existe una confrontación directa ni formas de resistencia abiertas y declaradas y, por tanto, pocas veces se reconocen como políticas. James Scott las denomina, acertadamente, «formas cotidianas de resistencia», cuando se enfrentan a la dominación material; «transcripciones ocultas», cuando se enfrentan a la dominación del estatus; y «desarrollo de subculturas disidentes», cuando se enfrentan a la dominación ideológica (1985: 198)5. No implican organización y mucho menos confrontación; son anónimas, llevadas a cabo por nadie y por todo el mundo; nadie sabe a ciencia cierta cuándo empiezan y acaban. Son las «luchas silenciosas» de las que también habla James Scott cuando estudia el comportamiento de campesinos sometidos a una fuerte represión, cuando la confrontación frontal sería suicida. Con todo, el hecho de no haber confrontación no significa que exista complicidad, consentimiento o falta de conciencia de la injusticia de la situación. Muy por el contrario: en esas luchas está muy presente la conciencia de la injusticia, así como los conflictos de valores y de sentido, que se expresan bajo diferentes formas de resistencia pasiva, como el acto de arrastrar situaciones o demorar procesos, la disimulación, la falsa conformidad, el hurto, la ignorancia fingida, la difamación y el sabotaje6. En esos contextos, la lucha tiene el fin de burlarse de los que tienen el poder, por ejemplo, a través de su neutralización mediante dispositivos que les hacen pensar que su poder no es impugnado.
Estas formas de lucha también presuponen conocimientos que las apoyen y les den sentido, por ejemplo, la conciencia del sufrimiento injusto, de la arbitrariedad del poder y de expectativas frustradas; el análisis crítico de la situación real; la decisión sobre cómo resistir en las situaciones concretas, llevando la oposición al límite sin confrontación directa; la ponderación cuidadosa de situaciones pasadas y de cómo evolucionaron; la previsión de lo que podrá suceder dependiendo de la acción que se lleve o no a cabo. Todo esto exige la aplicación de conocimientos complejos y experienciales íntimamente relacionados con los mundos de la vida de aquellos para quienes vivir es implicarse en la lucha o, en su defecto, no sobrevivir.
Estos dos tipos de lucha presuponen y generan diferentes tipos de conocimientos, pero las luchas en sí mismas no deben entenderse como actos no relacionados. En la vida de los grupos sociales que resisten a la opresión, existe un tiempo para luchas activas y confrontacionales y un tiempo (probablemente el más largo) para luchas pasivas y no confrontacionales; y también hay un tiempo en el que las luchas pasivas preparan pacientemente las luchas activas. La naturaleza de las prácticas de lucha determina los tipos de conocimientos que deben movilizarse y las articulaciones entre ellos. En las luchas infrapolíticas, no abiertamente confrontacionales, los conocimientos son como trampas que solo atrapan a quienes no pertenecen a los grupos subordinados en lucha. Disfrazan cualquier confrontación u objetivo anticonformista bajo la apariencia de prácticas condescendientes y de reverencia hiperconformista, rituales religiosos, festividades carnavalescas, contando historias, y así sucesivamente. Los códigos que permiten interpretar esos conocimientos performativos se limitan al grupo, como condición de supervivencia7.
Conocimientos e ideas en luchas confrontacionales abiertas: Gandhi y las luchas de liberación nacionales en África
Las luchas abiertas y confrontacionales pueden ser de muy diversos tipos. Cada tipo exige un cierto saber sobre la sociedad actual y la sociedad por la que se lucha, sobre los enemigos o adversarios, así como sobre los propios colectivos implicados en la lucha. En el transcurso del siglo pasado, había una gran diferencia entre lucha pacífica y lucha armada, la cual contribuía a dividir a los grupos que luchaban contra la dominación capitalista y colonial. Este no es el lugar para describir en profundidad las características o los méritos o deméritos atribuidos a cada uno de estos dos tipos de lucha. Solo quiero destacar que estos movilizan y generan diferentes tipos de conocimiento y que la opción por uno o por otro desencadena diferentes construcciones cognitivas. Elijo dos ejemplos que me parecen bastante reveladores de los diferentes procesos cognitivos subyacentes a cada uno de los dos tipos de lucha: por un lado, la lucha de Gandhi y, por el otro, los movimientos de liberación africanos.
La lucha no violenta de Gandhi (ahimsa) se basa en las ideas de no cooperación, desobediencia en forma de boicot8, en el conocimiento de uno mismo y en la autenticidad (satya), es decir, se basa en la reivindicación de una representación del mundo generada endógenamente y, por tanto, situada en las antípodas de la impuesta por el poder colonial. El poder colonial es, en sí mismo, un abuso de poder. Es por ello que el boicot, la no cooperación y la desobediencia no son meras estrategias de lucha, sino que son derechos; más que derechos, son deberes. Representan la reivindicación de un derecho natural que se opone al derecho positivo y debe prevalecer sobre él. La dimensión epistemológica de dicha estrategia —no olvidemos que Gandhi identifica su lucha como una experimentación constante con la verdad y define el movimiento como satyagraha— radica en la construcción de una ética transformadora que tiene en el punto de mira transformar al opresor.
Según las epistemologías del Sur, la naturaleza utópica del proyecto gandhiano se traduce en lo siguiente: tras reconocer la línea abisal y, por tanto, la exclusión de las poblaciones indias según la lógica de la apropiación/violencia, Gandhi propone una autonegación doble y recíproca. Por un lado, una autonegación del opresor, en la medida en que se le da la oportunidad de que las poblaciones indias no lo traten como a un enemigo irreductible, siempre que se reconozcan las mentiras que subyacen a la opresión. Por otro lado, una autonegación del pueblo indio, al que, a pesar de estar abisalmente excluido, se le insta a luchar como si la exclusión no fuera abisal y a «olvidarse» de la apropiación/violencia a la que se encuentra sujeto, evocando un tipo diferente de regulación (sus propias leyes) y un tipo diferente de emancipación (la autodeterminación), puesto que el tipo de regulación/emancipación propuesto por el colonizador solo tiene sentido en la metrópolis. Gandhi no tiene ninguna duda respecto a la situación de sometimiento de las poblaciones indias a formas de exclusión abisal; no obstante, lo que propone es que los colonizados se autodescolonicen para combatir contra el colonizador de manera eficaz, un gesto que también implica la autodescolonización del colonizador. Según Gandhi, no se debe responder a la apropiación colonizadora con la expropiación del opresor, ni la violencia del opresor debe tener la violencia del oprimido como respuesta. Sin embargo, la aparente simetría de la autonegación esconde la enorme superioridad moral del oprimido; pese a que se le excluya abisalmente, el oprimido empuña las armas que no solo son moralmente superiores a las del opresor, sino que también son mucho más eficaces. En el capítulo 10 volveré a la construcción cognitiva de la lucha gandhiana, a través del análisis del notable ejercicio de traducción intercultural emprendido por Gandhi, que ilustra de manera magnífica una de las ideas básicas de las epistemologías del Sur.
Las luchas de liberación africanas ilustran otra construcción cognitiva de la lucha, que tuvo una extraordinaria influencia durante todo el siglo XX. Las luchas de África formaron parte de un proceso más amplio que incluyó el colapso de la época dorada de Europa en el torbellino de las dos guerras mundiales (1914-1918 y 1939-1945) y en la ola de descolonizaciones que se derivaron de ellas, en África, Asia, el Caribe y otras partes del mundo. El realineamiento de poderes causado por el surgimiento de estos nuevos actores globales conllevó el acontecimiento precursor que anunció, articuló y movilizó la posibilidad de un nuevo orden poscolonial del mundo: la Conferencia de Bandung. Celebrada del 18 al 24 de abril de 1955, esta conferencia contó con la participación de 29 países, de los cuales 15 de Asia (Afganistán, Birmania, hoy oficialmente Myanmar, Camboya, Ceilán, hoy Sri Lanka, la República Popular de China, Filipinas, la India, Indonesia, Japón, Laos, Nepal, Pakistán, la [entonces] República Democrática de Vietnam, el [entonces] llamado Vietnam del Sur, y Tailandia); 8 de Oriente Medio (Arabia Saudí, Yemen, Persia, hoy Irán, Irak, Jordania, Líbano, Siria y Turquía); y solo 6 de África (la Costa del Oro, hoy Ghana, Etiopía, Egipto, Libia, Liberia y Sudán). Estos números reflejan el hecho de que una gran parte del continente africano se halle, en este momento, aún bajo el dominio colonial europeo. La Conferencia de Bandung fue el primer encuentro que reunió Estados africanos y asiáticos, la mayoría de ellos había conquistado recientemente la independencia. El objetivo de la conferencia era promover la cooperación económico-cultural afroasiática a fin de resistir a todas las formas de colonialismo y neocolonialismo, y se pretendía que dicha cooperación se basara en la unidad no solo política e institucional, sino también cultural y espiritual. Los pueblos anteriormente colonizados9 se reunieron con el objetivo de planificar el futuro de una nueva potencia política global denominada «el Tercer Mundo»10. La conferencia reunió diferentes corrientes del mismo movimiento de liberación en diferentes fases de desarrollo y países con regímenes políticos distintos, desde la monarquía al socialismo. Se trató de un primer intento de estrategia de concertación en el ámbito del sistema social mundial periférico, que anunció simultáneamente un globalismo diferente y una red alternativa de solidaridad que constituyó la primera versión de la solidaridad Sur-Sur. Su mayor legado fue la posibilidad de imaginarse otro mundo más allá de la dualidad capitalismo/comunismo, así como la búsqueda activa de una alternativa poscolonial o descolonial. Chakrabarty describe ese contexto de manera muy elocuente:
Había dos preocupaciones que dominaban las ideas relativas a la descolonización. Una era el desarrollo. A la otra la llamaré «diálogo». Muchos pensadores anticoloniales consideraban el colonialismo como algo parecido a una promesa traicionada. Se decía que el dominio europeo prometía modernización, pero no concretaba esa promesa. Sin embargo, había otro lado de la descolonización, que no ha sido objeto de tanta atención académica. Los pensadores anticoloniales dedicaron mucho de su tiempo a la cuestión de si, y de qué modo, un diálogo global de la humanidad reconocería de forma genuina la diversidad cultural sin atribuir a esa diversidad una escala de civilización jerárquica; en otras palabras, un ímpetu dirigido al diálogo cultural transversal liberado de la carga del imperialismo. Voy a llamarlo el lado dialógico de la descolonización. La descolonización no fue un simple proyecto de desarrollo de un sentido de desvinculación respecto a Occidente. En Bandung no hubo ningún racismo invertido (2010: 46).
Si nos centramos más específicamente en las luchas de liberación en África, pese a las muchas diferencias entre ellas, se pueden identificar algunas características comunes. Al igual que Gandhi, muchos de sus líderes habían tenido una educación eurocéntrica, pero, a diferencia de él, no tenían la crítica de los presupuestos de esa misma educación como preocupación principal. Estaban más interesados en identificar los tipos de conocimientos obtenidos mediante esa educación que podrían usarse de un modo contrahegemónico. Muchos de esos líderes se adhirieron al marxismo y al socialismo e intentaron adaptarlos a las realidades africanas, que, como es obvio, eran muy diferentes de aquellas que habían servido de base a las investigaciones de Marx y a los socialistas europeos. La estrategia más habitual consistía en combinar las ideas de Marx y otras ideas del pensamiento occidental con ideas específicas del pensamiento africano tal y como lo concebían. Julius Nyerere afirmaba entonces que la ujamaa, la versión tanzana del socialismo africano, era el resultado de una articulación entre la filosofía occidental y el humanismo africano. Nyerere es muy crítico con la lógica del conflicto social (conflicto de clases) subyacente al marxismo y el socialismo europeo. En su opinión, esa lógica es comprensible en sociedades que pasaron por primera vez por la experiencia de dos grandes revoluciones —la agraria y la industrial—, pero no tiene sentido en África, donde la base concreta del socialismo es la familia extensa. En palabras de Nyerere, «ujamaa11 es el concepto que describe nuestro socialismo. Se opone al capitalismo, que busca construir una sociedad feliz basada en la explotación del hombre por el hombre; y a la vez se opone al socialismo doctrinario, que busca construir su sociedad feliz basada en una filosofía de conflicto inevitable entre el hombre y el hombre» (1967: 170). Con relación a la democracia, Nyerere también destaca la necesidad de superar las nociones eurocéntricas usando un argumento muy parecido al que usaron en las últimas décadas los pueblos indígenas de Bolivia y Ecuador. Según el líder africano, «para los países anglosajones, o para los que tienen una tradición anglosajona, el sistema bipartidista se ha vuelto la propia esencia de la democracia. No vale la pena explicar a alguien de esos países que cuando un poblado de cien habitantes se sienta y conversa hasta llegar a un acuerdo sobre el lugar en el que se va a perforar la tierra para hacer un pozo está practicando democracia. Esa persona querrá saber si la conversación se ha organizado adecuadamente. Querrá saber si había un grupo organizado ‘a favor’ de la propuesta y otro grupo, también organizado, ‘contra la propuesta’» (1967: 105).
A su vez, Kwame Nkrumah teorizó su filosofía política de la liberación como el resultado de una mezcla de filosofía occidental (el marxismo), islámica y de la cultura africana tradicional12. Denominó la actitud intelectual que presidía esa mezcla como consciencismo. El líder afirma: «El consciencismo es el mapa, en términos intelectuales, de la disposición de formas que permitirán que la sociedad africana dirija los elementos occidentales, islámicos y eurocristianos en África, y los desarrolle de manera que se ajusten a la personalidad africana. La personalidad africana se define, a su vez, como el conjunto de principios humanistas que subyacen a la sociedad africana tradicional» (1970: 79). Sin embargo, Nkrumah es bastante más escéptico que Nyerere en cuanto a la posibilidad de construir un socialismo africano basado en una concepción idealizada de la sociedad africana anterior a la presencia de los colonialistas europeos; una sociedad que vive de forma armoniosa, comunal y sin clases. En su opinión, «no hay ninguna evidencia histórica, o incluso antropológica, de que alguna vez haya existido una sociedad como esta. Creo que las realidades de la sociedad africana eran un poco más sórdidas» (1973: 440). La inspiración política y epistemológica para la construcción del socialismo africano no debe surgir de la estructura de la sociedad tradicional y sí de su espíritu, el espíritu del comunalismo o comunitarismo. A continuación, hace una importante distinción epistemológica: «En suma, un enfoque antropológico de la ‘sociedad africana tradicional’ será demasiado infundado, pero un enfoque filosófico tiene una base mucho más sólida y vuelve viables las generalizaciones» (1973: 441).
Léopold Senghor, que, al igual que Nkrumah, conocía muy bien el pensamiento occidental, es bastante explícito tanto en su cuidado selectivo en la adopción de ese pensamiento como en los criterios que usa para ello. Su objetivo es absorber lo que pueda ser útil para la lucha del pueblo senegalés por una vida mejor, conservando a la vez los valores africanos, que resume a través del concepto de «negritud»13. «Negritud» es, en la definición de Senghor, «el conjunto de valores económicos, políticos, intelectuales, morales, artísticos y sociales de los pueblos de África y de las minorías negras de América, Asia, Europa y Oceanía» (1971: 3-26). Sobre esas bases epistemológicas, Senghor define su versión del socialismo africano como «una mezcla bien avenida de socialismo africano y tradicionalismo espiritual» (Skurnik, 1965: 353)14.
Otro ejemplo importante es el de Amílcar Cabral. Al igual que Senghor y Nkrumah, Cabral está lejos de rechazar la cultura colonialista europea por completo o como una cuestión de principio, pero la somete a una hermenéutica de la sospecha que pretende sacar de ella lo que pueda ser útil para una lucha eficaz contra el colonialismo y, después, construir una nueva sociedad. En el seminario de cuadros del Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC), que se celebró en noviembre de 1969 —uno de los mejores manuales para la educación insurgente popular que conozco—, Cabral expresa lo siguiente al hablar sobre la lucha contra la cultura colonial:
Debemos trabajar mucho para eliminar de nuestra mente la cultura colonial, camaradas. Y, se quiera o no, en la ciudad o en el monte, el colonialismo nos ha metido muchas cosas en la cabeza. Y nuestro trabajo debe ser quitar lo que no sirve y dejar lo que es positivo. Porque el colonialismo no solo tiene cosas que no sirven. Por tanto, debemos ser capaces de combatir la cultura colonial y de dejar en nuestra mente aquel aspecto de la cultura humana, científica, que afortunadamente los tugas15 trajeron a nuestra tierra y también entró en nuestra mente (1975: 72).
Puede que Cabral sea el líder africano que reflexionó más profundamente sobre las exigencias cognitivas de la lucha de liberación, sobre los conocimientos surgidos de ella y sobre los conocimientos que, aunque se produjeran en otros contextos, podían usarse en beneficio de la lucha16. Uno de sus textos más notables es «El arma de la teoría», título de su intervención en la Primera Conferencia Tricontinental de los Pueblos de Asia, África y América Latina, que se celebró en La Habana en enero de 1966. Amílcar Cabral empieza por expresar que, aunque el tema de la lucha sea un tema central del programa de la conferencia, ese programa no se refiere en ningún momento a una lucha muy importante, la lucha contra nuestras propias debilidades. Y afirma: «Nuestra experiencia nos enseña que, en el marco general de la lucha que trabamos cada día, sean cuales sean las dificultades que nos crea el enemigo, esa es la lucha más difícil tanto en el presente como para el futuro de nuestros pueblos» (1976: 201). La dificultad de la lucha radica en el escaso conocimiento de las contradicciones económicas, sociales y culturales de los pueblos implicados en ella y, de un modo más general, en el escaso conocimiento de la realidad contextual en la que ocurre. Una vez más, en palabras del líder, «también sabemos que, a nivel político, por más bella y atractiva que sea la realidad de los otros, solo podremos transformar verdaderamente nuestra propia realidad sobre la base de su conocimiento concreto y de nuestros propios esfuerzos y sacrificios. […] infelizmente o felizmente, la liberación nacional y la revolución social no son mercancías de exportación» (1976: 201-202). En una formulación elocuente —avant la lettre— de las epistemologías del Sur, Amílcar Cabral destaca que el conocimiento surgido de la lucha es el más preciado de todos, puesto que es aquel en el que la relación entre la teoría y la práctica es más compleja. «Esta opinión la dicta nuestra propia experiencia de lucha y la apreciación crítica de las experiencias ajenas. Se debe recordar a quienes verán en ella un carácter teórico que toda práctica engendra una teoría. Y que, si bien es cierto que una revolución puede fracasar, aunque se nutra de teorías perfectamente concebidas, por ahora nadie ha realizado victoriosamente una revolución sin teoría revolucionaria» (1976: 202). Cabral destaca que, si bien la lucha siempre tiene una ideología, la verdad es que las ideologías existentes son, todas ellas, eurocéntricas, basadas en historias y realidades completamente diferentes de las historias y las realidades africanas. De ahí la necesidad de una vigilancia teórica constante que someta las referencias ideológicas al control permanente de la realidad. En palabras de Amílcar Cabral:
Creemos que una lucha como la nuestra es imposible sin ideología. Sin embargo, ¿qué tipo de ideología? Quizá decepcione a mucha gente al decir que no pensamos que la ideología sea una religión […]. Pasar de las realidades de nuestro propio país, en el sentido de la creación de una ideología, a nuestra lucha no implica que se tenga la pretensión de ser un Marx o un Lenin o cualquier otro gran ideólogo, es simplemente una parte necesaria de la lucha […]. Necesitamos conocerlos [a Marx, Lenin, etc.], como he dicho, para poder valorar en qué medida sería posible aprovechar su experiencia para ayudarnos en nuestra situación; pero no necesariamente para aplicar la ideología ciegamente solo porque se trata de una ideología muy buena […]. Nuestro deseo de desarrollar nuestro país con justicia social y con el poder en manos del pueblo es nuestra base ideológica. No queremos ver nunca más a un grupo o personas de determinada clase explotando o dominando el trabajo de nuestro pueblo. Esa es nuestra base. Si queréis llamarlo marxismo, podéis llamarlo marxismo. Es vuestra responsabilidad […] Pero estamos totalmente seguros de que hay que crear y desarrollar en nuestra situación específica la solución para nuestro país (1971: 21).
Otra característica general de las luchas africanas también tiene que ver con la línea abisal. A primera vista, esas luchas parecen alineadas con la posición de Gandhi. Dan por hecho que la línea abisal que separa lo metropolitano y lo colonial desaparecerá tras la independencia política y que, una vez iniciada la lucha de liberación, la lucha seguirá basándose en la autonegación progresiva de la lucha abisal. Como consecuencia de ello, se dio prioridad a la lucha pacífica y el diálogo basados en el reconocimiento de los derechos de los pueblos colonizados. En una recopilación de artículos organizada por Aquino de Bragança e Immanuel Wallerstein, estos afirman en la introducción del volumen:
Todos los movimientos de liberación del África portuguesa y el África Austral empezaron por intentar alterar pacíficamente la situación a través de la vía simple del diálogo y la persuasión. Todos, sin excepción, pasado algún tiempo comprobaron que quienes tenían el poder les habían prohibido esa vía. La violencia de la conquista se repitió en la violencia de la supresión de la protesta. Cada movimiento pagó su precio, vio como se masacraba a sus militantes en el transcurso de una manifestación o una huelga. Cada uno valoró la situación y analizó la naturaleza de la respectiva situación colonial. Cada uno de ellos llegó a la conclusión de que el único camino que se les concedía para la liberación nacional era el de la lucha armada. Eso no significa que rechazaran el diálogo. Solo que constataron con tristeza que solo a través de la lucha armada sería posible llegar a un diálogo abierto entre colonizador y colonizado, un diálogo que se volvería viable a través del equilibrio del impacto del combate militar (1978: 33).
El caso de la lucha de liberación de Guinea-Bisáu liderada por Amílcar Cabral es especialmente esclarecedor a este respecto. Según Cabral:
Durante los años 1950, 1953, 1954, 1955 y 1956 intentamos convencer al Gobierno portugués de que era necesario cambiar la situación. Por aquel entonces, ni siquiera pensábamos en la independencia. Esperábamos que con un cambio en la situación pasáramos a tener derechos civiles, a ser hombres, y a no ser tratados como animales en general, pues los portugueses nos habían dividido en dos grupos, el pueblo indígena y los individuos asimilados […]. Como respuesta, solo recibimos represión, prisión, tortura […]. No queríamos, de ningún modo, recurrir a la violencia, pero nos dimos cuenta de que la dominación colonial portuguesa generaba una situación de violencia permanente. Respondían sistemáticamente contra nuestras aspiraciones con violencia, con crímenes, y en ese momento decidimos prepararnos para luchar. […] En las áreas liberadas, organizamos y desarrollamos nuestro partido, nuestra organización política, nuestra administración, y hoy en día podemos decir que nuestro país es como un Estado que aún tiene parte de su territorio nacional ocupado por las fuerzas colonialistas. El pueblo portugués se está dando cuenta progresivamente de que las guerras coloniales no solo perjudican al pueblo africano, sino que también van contra sus propios intereses (1976: 108-109)17.
En el caso de la lucha contra el apartheid, y teniendo en cuenta la naturaleza del régimen blanco de Sudáfrica, el Congreso Nacional Africano (CNA), la principal fuerza política contra el apartheid, adoptó una estrategia basada en el supuesto de que la exclusión de las grandes mayorías negras no tenía una naturaleza abisal y, por tanto, la lucha contra ella podría llevarse a cabo según la lógica de la regulación/emancipación. La reacción brutal del régimen obligó al CNA a cambiar de estrategia.
Albert Luthuli, uno de los líderes del CNA18, comentó del siguiente modo el Proceso de Rivonia (12 de junio de 1964):
En el Proceso de Rivonia, en Pretoria, se dictaron sentencias de cadena perpetua contra Nelson Mandela, Walter Sisulu, Ahmed Kathrada, Govan Mbeki, Dennis Goldberg, Raymond Mhlaba, Elias Motsoaledi y Andrew Mlangeni. A lo largo de los años estos dirigentes defendieron una política de cooperación racial, de colaboración y de lucha pacífica que convirtió el momento de liberación sudafricano en uno de los más éticos y responsables de nuestro tiempo […]. Sin embargo, finalmente, se cerraron todas las vías de resistencia. Se declararon ilegales el Congreso Nacional Africano y las otras organizaciones; sus líderes acabaron en la cárcel o se les forzó a exiliarse o a vivir en la clandestinidad. El Gobierno intensificó su opresión contra los pueblos de Sudáfrica, usando su Parlamento totalmente blanco como medio para legalizar la opresión, y usando todas las armas de este Estado moderno y altamente industrializado para imponer esa «legalidad» […]. Nadie puede censurar que hombres justos y valientes busquen justicia mediante métodos violentos; ni se les podría censurar el hecho de intentar crear una fuerza organizada con el objetivo último de establecer la paz y la armonía racial (1976: 72-73).
El pensamiento de Fanon resulta muy relevante en este asunto y otros relacionados con las epistemologías del Sur. Este no es el lugar para discutir el tema de la violencia en Fanon, el cual dio lugar a uno de los debates más intensos del pensamiento crítico occidental19. Como he mencionado antes, la importancia y la actualidad del pensamiento de Fanon radica en el hecho de permitirnos continuar pensando y actuando de forma creativa sobre la base del concepto de interrupción, es decir, de la interrupción de un desorden abisal que solo se puede confrontar con eficacia desde el punto de vista de su negación radical. Esa negación se encuentra tan presente en Fanon como en Gandhi20. Pese a que lo hayan comentado pocos autores, no es por casualidad que, en las primeras páginas de Los condenados de la Tierra (1968: 37), Fanon recurra a una expresión bíblica y no a un comentario de un intelectual eurocéntrico cualquiera: «Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos» (Mateo, 20: 16). Y añade: «La descolonización significa poner en práctica esta frase […]. Porque, si los últimos serán los primeros, esto solo pasará tras una lucha asesina y decisiva entre los dos protagonistas» (1968: 37). Según Fanon, la descolonización es un acto de cultura, una afirmación de la identidad humana, una exigencia de la dignidad ontológica de la «cosa» colonizada. Por tanto, la posición de Fanon se aproxima al llamamiento de la lucha armada de Amílcar Cabral. Según este último, la lucha armada expresa resistencia cultural y dignidad ontológica: «Nuestra resistencia armada también es una expresión de nuestra resistencia cultural y, al estar en peligro nuestra vida cada día, negamos la situación de portugueses de segunda clase, si no de tercera, o de cachorros de portugueses que los extranjeros colonialistas portugueses nos querían imponer» (1975: 108).
En este apartado, en el que abordo conocimientos que están presentes en luchas sociales concretas mientras estas se desarrollan, será útil saber cómo recibieron la teoría de Fanon algunos movimientos de liberación. Aquí me limito a los movimientos de liberación contra el colonialismo portugués. Después de haber tenido, como psiquiatra en Argel, la experiencia directa de la violencia del colonialismo francés en Argelia, en 1956 Fanon presentó su dimisión en el hospital en el que trabajaba y se enroló en el FLN (Frente de Liberación Nacional) argelino. Estaba en contacto con otros líderes de los movimientos de liberación, algunos de los cuales conocían bien su trabajo. Todos veían su teoría de la violencia como la principal estrategia de resistencia para el sujeto colonizado. Según ellos, Fanon iba tomando partido entre los diferentes movimientos de liberación sin un conocimiento profundo del contexto específico de las diferentes colonias africanas que los portugueses poseían. Por dicho motivo, muchos líderes de los movimientos, así como muchos otros intelectuales progresistas africanos, tenían algunas reservas con relación a Fanon. Por ejemplo, el hecho de que Fanon diera prioridad a la UPA (Unión de Poblaciones de Angola), entre las varias otras organizaciones que luchaban contra el colonialismo portugués en el país, causó mucha controversia. La UPA, que más tarde adoptó el nombre de FNLA (Frente Nacional de Liberación de Angola), en aquel entonces estaba liderada por Holden Roberto. Para Fanon, la UPA simbolizaba la lucha del campesinado revolucionario negro. Aquino de Bragança, uno de los más importantes miembros del movimiento anticolonialista exiliado en Argel, se refiere, de modo bastante sarcástico, a la «canción paracientífica de Frantz Fanon» (1976: 6). En sus memorias, Sérgio Vieira resume las principales críticas realizadas por Fanon:
En la FEANF (Federación de Estudiantes del África Negra en Francia) discutimos los textos de Fanon en 1962 y 1963. En algunas discusiones participaron dirigentes e intelectuales africanos como Paul Vergès, de Reunión, Aimé Césaire, de Martinica y Cheik Anta Diop, de Senegal, todos ellos anticolonialistas, antifascistas y dirigentes de fuerzas progresistas y comunistas. En general, había unanimidad a la hora de rechazar las tesis de Fanon. Entre las críticas principales, destacamos las siguientes: 1. Considerar la sociedad oprimida como un todo único que se rebela contra el opresor extranjero; 2. Ignorar las contradicciones de clase en el seno de la sociedad indígena, cuando fracciones importantes de las élites dirigentes se aliaron con frecuencia con los invasores y ocupantes, por razones propias de consolidación de su poder personal, o de su etnia, clan y familia; 3. Subestimar la realidad de que entre los hijos de colonos surgieron los que se aliaban a la rebelión y rechazaban al opresor; 4. Considerar la violencia en sí misma como una panacea, método y solución de los problemas (2010: 242-243).
Estos comentarios de Sérgio Vieira muestran el tipo de lectura estratégica que los líderes de los movimientos hacían de las teorías y autores que discutían. Sin embargo, también revelan la polémica generada por las ideas y la práctica política de Fanon, incluso entre quienes compartían su lucha anticolonial. Si tenemos en cuenta las cinco fases del debate sobre las ideas de Fanon propuestas por Lewis Gordon (1997a: 33), profundo conocedor de su obra, queda claro que las lecturas simplistas de Fanon, como la que encontramos en el análisis de Vieira, se superarían de manera muy lenta21. Hoy en día, Fanon, así como Gandhi, Cabral, Senghor, Nkrumah y Nyerere (mencionando apenas los líderes de los movimientos de liberación referidos en este apartado), es un testimonio elocuente de los horizontes abiertos por las epistemologías del Sur.
Los conocimientos y el desarrollo de las luchas
En lo que respecta, en términos más generales, a los conocimientos surgidos de las luchas sociales, hay que hacer otras distinciones como resultado de las relaciones de poder en las que se basa una determinada lucha. Los grupos que luchan contra la dominación tienen que lidiar con tres tipos de conocimientos: sus propios conocimientos, que sostienen y legitiman su lucha; los conocimientos que los grupos dominantes producen y activan para garantizar la reproducción de su poder; y los conocimientos generados o movilizados por otros movimientos o grupos sociales con los que son posibles articulaciones y alianzas basadas en las ecologías de saberes. Los conocimientos movilizados en una lucha activa y confrontacional son solo una selección de lo que el grupo conoce sobre la lucha y el poder al que se enfrenta. Los criterios subyacentes a esa selección constituyen, ellos mismos, un tipo de conocimiento subalterno, que en realidad también es un conocimiento especialmente valioso y conservado con celo. El conocimiento se expresa en narraciones y discursos que frecuentemente son dobles, es decir, tienen dos versiones: una versión existe en el dominio público de la confrontación; la otra circula en el ámbito del grupo y de las respectivas relaciones con quienes son aliados de la lucha22. La misma doble naturaleza puede surgir, en otras formas, en las interacciones que tienen en el punto de mira potenciales alianzas. En todo el Sur global muchos grupos sociales (pueblos indígenas, campesinos, mujeres, dalits, etc.) recurren a la narrativa de los derechos humanos en el discurso público como forma de hacerse entender por los públicos que no pertenecen al mismo universo cultural, como forma de construir puentes y alianzas con otros movimientos e, incluso, como forma de lidiar con las burocracias judiciales o administrativas del Estado. Dentro del propio grupo, se utilizan narraciones diferentes, muchas veces expresadas en un lenguaje bien diferente.
Según las condiciones de la lucha, la discrepancia entre el discurso público o externo y el discurso privado o interno puede variar mucho. Por ejemplo, esa discrepancia puede disminuir de forma drástica, o incluso desaparecer, en momentos de lucha más intensa, como cuando los discursos internos que se mantienen en el ámbito privado durante un largo periodo de tiempo acaban por explotar en el campo público de la confrontación. Así son los momentos de gran visibilidad e intensidad de confrontación política e ideológica cuando se vuelven parte del campo de la contienda diagnósticos conflictivos y soluciones contradictorias para los temas discutidos. En esas situaciones, se vuelve crucial reivindicar justicia cognitiva. Para consolidar este nivel avanzado de confrontación y lucha, el grupo o movimiento que lo haya alcanzado debe evitar la tentación de considerarse singular o excepcional y usar el protagonismo momentáneo del que goza para crear alianzas con otros grupos sociales implicados en procesos de lucha o resistencia menos avanzados. El objetivo es promover el acto de compartir y dialogar con otras experiencias y otros conocimientos, intentando identificar afinidades y potenciar la solidaridad activa. Es ahí donde se sitúan las ecologías de saberes.
Los conocimientos en la lucha son tanto productos como productores de luchas en proceso constante de reconstrucción. Es un error considerar que se relacionan con las luchas de manera estable y unívoca. Los conocimientos que en el pasado reforzaron las luchas pueden debilitarlas en el presente. Lo importante es recordar que, según las epistemologías del Sur, el valor concreto de los conocimientos depende de los resultados que producen en un determinado punto en el tiempo y el espacio. Esto no significa que la valoración de los resultados no sea, también, un acto de conocimiento. Sin embargo, los conocimientos que posteriormente se evocan para realizar esa valoración no son los mismos que han llevado a los resultados en cuestión; son conocimientos que corresponden al nuevo momento o contexto de lucha. Por la misma razón, la distinción entre aplicación técnica (ética y políticamente neutral) y aplicación edificante (ética y políticamente comprometida) que ha dominado algunos de los debates en el terreno de la filosofía crítica de la ciencia no tiene sentido cuando se observa desde el punto de vista de las epistemologías del Sur23. Todo el conocimiento válido movilizado por las luchas, ya sea científico o no científico, posee en efecto una dimensión técnica, pero dicha dimensión solo es relevante en la medida en que profundiza de manera eficaz en el compromiso ético-político derivado de los conocimientos implicados en la lucha.
Las ecologías de saberes son construcciones colectivas orientadas por los principios de la horizontalidad (diferentes saberes reconocen las diferencias existentes entre ellos de un modo no jerárquico) y de la reciprocidad (diferentes saberes incompletos se refuerzan a través del establecimiento de relaciones de complementariedad entre ellos). Solo así se alcanza la justicia cognitiva dentro de los diferentes grupos sociales que resisten a la opresión, así como en el marco de las relaciones entre ellos. En las fases iniciales de los procesos de articulación entre luchas sociales (y de las ecologías de saberes que las acompañan), esa justicia cognitiva probablemente no pasa de una aspiración. Sin embargo, el proceso solo avanzará a medida que la ambición se vuelva realidad; en otras palabras, a medida que las relaciones de poder cognitivo desiguales se sustituyan gradualmente por relaciones de autoridad compartida. La justicia cognitiva global, objetivo de las epistemologías del Sur, solo será —una aspiración creíble una aspiración por la que vale la pena luchar— en el caso de orientar la práctica aquí y ahora, en el interior de las luchas sociales, en las relaciones existentes en el seno de cada uno de los grupos sociales que luchan contra la dominación y entre ellos. La experiencia concreta de los objetivos por los que se lucha tiene que empezar por los medios que se usan para alcanzarlos.
¿Qué es la experiencia?
Si, como defiendo en este libro, todo el conocimiento es corpóreo, no es aceptable que se conceda a la experiencia un estatuto inferior al de la teoría. Expresiones como «basado en mi experiencia» y «habiendo pasado por ello» —al referirse tanto a un suceso como a una condición— indican una concepción testimonial de verdad y una relación inmediata e intensa con los hechos. Aunque se analicen objetivamente, esos hechos son relevantes teniendo en cuenta la forma en que los vive una persona, una comunidad o un grupo social. La experiencia es tanto la vida subjetiva de la objetividad como la vida objetiva de la subjetividad. Como gesto vivo, la experiencia reúne en su conjunto todo lo que la ciencia divide, ya sea el cuerpo y el alma, la razón y el sentimiento, o las ideas y las emociones. Conceptualizada de este modo, la experiencia no se puede transmitir completamente ni aprehender en su totalidad. Cuanto más intensamente se vive, más cuesta entenderla. Los límites de la inteligibilidad y la transmisibilidad son social y políticamente importantes, puesto que circunscriben el ejercicio de la ética y la política del cuidado, es decir, de la solidaridad activa, la reciprocidad y la cooperación.
La traducción es lo que hace posible la inteligibilidad y la transmisibilidad. La traducción nos permite relatar una determinada experiencia a otros, independientemente de si dicha experiencia nos resulta cercana o extraña. Como veremos más adelante24, al convertir gradualmente conjuntos de diferencias y distancias en conjuntos de semejanzas y proximidad, la traducción configura un acto de intermediación que permite volver familiar lo extraño, cercano lo distante y común lo extraño. La solidaridad activa muchas veces implica esfuerzo y riesgo y, en esos casos, solo los conjuntos de semejanza/proximidad son capaces de activar los imperativos éticos («como esto tiene que ver conmigo, me tengo que implicar»). Del mismo modo, los conjuntos de diferencia/distancia se usan socialmente para neutralizar posibles inquietudes provocadas por la indisponibilidad para correr riesgos («yo no me tengo que implicar en algo que no tiene que ver conmigo»).
Las experiencias sociales de injusticia y opresión causadas por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado son siempre experiencias corpóreas; sin embargo, sus principales manifestaciones pueden incluir dimensiones físicas, mentales, emocionales, espirituales o religiosas. Generalmente, se viven con mayor intensidad cuando incluyen resistencia y lucha contra la injusticia y la opresión. En sociedades muy desiguales e injustas como las nuestras, cuanto más intensa es la opresión, más dificultades tienen los grupos oprimidos a la hora de comunicar el sufrimiento y las emociones que acompañan esa experiencia de opresión a fin de suscitar solidaridad activa. Y ese es el mayor dilema de las epistemologías del Sur: los actos de comunicarse y compartir el conocimiento son cruciales para reforzar las luchas contra la opresión causada por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado, porque comunicarse y compartir amplían y consolidan la solidaridad y la cooperación entre los que están implicados en la lucha y sus aliados. Sin embargo, cuanto más intensa es la experiencia de opresión, más difícil es compartirla; en otras palabras, la solidaridad y la cooperación necesarias en general se vuelven más escasas precisamente cuando son más necesarias para reforzar las luchas contra la opresión. Teniendo en cuenta la interrelación constitutiva entre el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado, la liberación se hace posible solo cuando la reciprocidad, la solidaridad y la cooperación entre grupos sociales que son objeto de una opresión diferente, pero oprimidos conjuntamente, sustituyen el aislamiento. En un momento en el que existe tanta diversidad, tanto en lo relativo a las experiencias de opresión como a la lucha contra la opresión, la traducción intercultural e interpolítica es una condición previa para dicha sustitución.
El concepto de experiencia exige una reflexión. En su sentido más amplio, la experiencia es una práctica, un estado de ánimo, una sensación de que se puede tener un conocimiento directo de las cosas (comer, admirar un paisaje, creer en dioses, etc.). En ese sentido, la experiencia se puede definir sin la necesidad de referirnos a un sujeto específico que la experimente o la viva. El concepto de experiencia que es relevante para las epistemologías del Sur es un concepto más denso: la experiencia como experiencia vivida. En cuanto a la experiencia vivida, no se puede distinguir la experiencia en sí misma del sujeto que la vive. Identifiquemos, en la senda de Sarukkai (2012a: 35), dos tipos de experiencia vivida: la experiencia vivida en sí misma, independientemente de la elección, y la experiencia vivida por sustitución. El primer tipo de experiencia vivida, la acepción fuerte de experiencia vivida, es la experiencia de alguien que la vive sin tener la opción de no vivirla; es decir, se trata de una experiencia vivida como necesidad o inevitabilidad. La experiencia de los pobres tal y como la viven los pobres es experiencia concreta en esta acepción. La experiencia vivida por sustitución es la experiencia de alguien que tiene la posibilidad de escoger entre vivirla o alejarse de ella siempre que lo desee. Si, pese a ello, una determinada persona quiere vivir la experiencia de una persona pobre (por ejemplo, en lo que respecta a la alimentación, la ropa o la convivencia), la experiencia de pobreza de esa persona es una experiencia vivida por sustitución. Lo que distingue estos dos tipos de experiencia es la presencia o la ausencia de libertad. En términos existenciales, nos topamos con dos tipos de experiencia, pero esto no significa que solo la experiencia vivida sin alternativa sea auténtica. Dependiendo de las circunstancias, del nivel de compromiso, de los riesgos que comporta, la experiencia vivida por sustitución puede ser auténtica o no. Cuando no es auténtica, se trata de una forma de diletantismo.
La experiencia vivida por quienes se encuentran sometidos a la dominación capitalista, colonialista y patriarcal es una experiencia vivida en el sentido fuerte del término, puesto que los que la viven no tienen otra alternativa que no sea vivirla, mientras se sigan viendo como víctimas de la opresión. En realidad, en sociedad, la necesidad siempre tiene como límite la capacidad humana de superarla o evitarla, siempre que dicha capacidad tenga las condiciones mínimas para su ejercicio. Sin embargo, la resistencia y la lucha no se deben entender como ejercicios de libertad en el marco de la lucha para erradicar la opresión. Solo quienes no viven la opresión en su propia carne podrían imaginar que resistir a la opresión es un acto supremo de libertad. Resistir y luchar contra la opresión muchas veces es tanto una necesidad como lo es vivir o experimentar la opresión. La experiencia de la necesidad se puede vivir de maneras diferentes: ya sea como la inevitabilidad de sufrir la opresión, ya sea como la necesidad de interrumpirla. Lo que distingue a la víctima de una opresión de la persona o el grupo que resiste a la victimización no es la elección entre necesidades, por un lado, y la voluntad, por el otro; casi siempre se trata de una elección entre dos tipos de necesidad. El acto de elegir es, en este caso, un acto de contingencia extrema; la necesidad solo se vuelve visible después de la elección.
Desde el punto de vista de las epistemologías del Sur, la experiencia vivida por sustitución es relevante solo en la medida en que constituye la base de una solidaridad activa con grupos sociales que luchan contra la opresión. Dicha solidaridad la pueden ejercer tanto individuos como grupos sociales que no se sienten víctimas directas de opresión (por ejemplo, el intelectual de retaguardia, el investigador posabisal) o que no son víctimas de la forma específica de opresión a la que están sujetos los grupos sociales con los que se muestran solidarios (por ejemplo, la solidaridad de mujeres urbanas o LGTBI con los campesinos o pueblos indígenas y viceversa). El tipo de solidaridad subyacente a la articulación entre grupos sociales combina experiencias vividas por necesidad y experiencias vividas por sustitución. La forma de solidaridad que implica compartir luchas y, por tanto, riesgos solo es genuina cuando se basa en experiencias que se viven con autenticidad.
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