Kitabı oku: «Mayo del cuarenta y cinco»


Mayo del cuarenta y cinco
Boti García Rodrigo
Prólogo de Eduardo Mendicutti

Primera edición: junio de 2021
MAYO DEL CUARENTA Y CINCO © 2021 Boti García Rodrigo
© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.
Publicado por Dos Bigotes, A.C.
www.dosbigotes.es
ISBN: 978-84-122617-9-0
eISBN: 978-84-122925-7-2
Depósito legal: M-13795-2021
Impreso por Kadmos
www.kadmos.es
Diseño de colección:
Raúl Lázaro
www.escueladecebras.com
Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.
El papel utilizado para la impresión de Mayo del cuarenta y cinco es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.
Impreso en España — Printed in Spain
Índice
Prólogo
Mayo del cuarenta y cinco
Epílogo
«Donde hoy nos levantamos
Contra vosotros todos
Contra vuestra moral contra vuestras leyes
Contra vuestra sociedad contra vuestro dios
…
Para que dé su fruto
Fruto de odio y de alegría
Fruto de lucha y de reposo».
Luis Cernuda
Prólogo
Boti, la valerosa chiquilla de siempre
Sorprende, y para bien, que Boti García Rodrigo, nuestra querida Boti, haya elegido para retratarse a sí misma, llegada ya a su madurez vital y política, una narración de su niñez desde incluso antes de nacer —los recuerdos tienen esa asombrosa flexibilidad— hasta sus trece años. Ella sabe que un hombre y una mujer son fundamentalmente su infancia, y a evocar a aquella chiquilla vivaracha, cariñosa, a veces asustada y siempre resuelta y tenaz dedica este texto ajustado, vivaz y delicado que desprende el irresistible encanto de una risueña lealtad a lo que ella siempre ha sido: un modelo de compromiso y solidaridad.
La actual directora general de Diversidad Sexual y Derechos LGTBI en el Ministerio de Igualdad sigue siendo, después de una vida colmada de lucha y conquistas en favor del colectivo LGTBI, aquella chiquilla de expresión traviesa, casi pícara, bajo la que cualquiera puede adivinar un carácter poderoso y una capacidad fuera de lo común para aunar e impulsar voluntades y organizar escaramuzas de combate. Ha sido una vida entera dedicada a exigir la dignidad y el respeto para ella misma y para otros y otras durante tanto tiempo acusados de vagos y maleantes y de peligros sociales, y perseguidos y castigados por ello. Pero nada ha desdibujado en lo más mínimo a la niña que fue.
Boti no necesita en ningún momento recargar las tintas para hacerse admirar y respetar. Para hacerse querer. La narración de esa infancia madrileña, llena de colorido y colmada de afectos, de esos años de colegio y vacaciones —qué bien está contado el hallazgo del mar—, con tantos indicios sutiles sobre el descubrimiento de su identidad —esa fascinación por las corbatas, incluida la del uniforme de su colegio de monjas— y el primer gran atrevimiento de su vida —decir a un tío paterno, que vivía huyendo siempre que podía de aquella España atroz, que él y ella eran iguales— bastan y sobran para componer una fotografía exacta y palpitante de la mujer que es hoy.
El relato está estructurado en capítulos muy breves que, pese a su naturalidad y aparente ligereza, envuelven no pocos momentos de desconcierto, inquietud, miedo y emoción. También de felicidad. Algunos episodios están enhebrados de principio a fin por una ironía bienhumorada y peleona. Abundan los detalles que iluminan las profundas verdades y los hondos compromisos de esta mujer menuda que, aún hoy, parece estar controlando todo el tiempo las ganas de ser bulliciosa, incluso pizpireta, porque lo primero es lo primero: lograr y mantener la reparación, el consuelo y la absoluta igualdad en derechos de tantos hombres y mujeres que tanto han llorado por ser como son, por amar como aman.
En cualquier caso, no es posible soslayar la dimensión política de un relato así, de una infancia contada de esta manera. Esta biografía empieza cuando en nuestro país se ha impuesto ya la hostilidad de los vencedores de la Guerra Civil. Esta infancia se ha construido en un marco asfixiante para las libertades que propician que fragüe un país más sano, más equilibrado, más alegre y, también, más divertido. Lo que nuestra Boti, la Boti de todos, ha conseguido, lo que sigue logrando cada día, ahora desde responsabilidades de gestión política, no ha sido solo proporcionar seguridad, orgullo y valor a miles de hombres y mujeres que desde niños tuvieron que sufrir, esconderse o exiliarse por su diferencia afectiva y sexual, sino contribuir como pocas a dar consistencia y carta de naturaleza a una sociedad más limpia, más cálida y más justa, más políticamente decente. Y Boti tiene el buen gusto de no ponerse como ejemplo de nada, no necesita abrirse en canal, no necesita exhibir el dolor y el vértigo incrustados en sus años más jóvenes de un modo más o menos evidente. Le basta con contarnos el tiempo, el entorno familiar y social que le tocó vivir, con esa honestidad tan transparente que siempre sobrevuela el candor y que siempre ha sido en ella marca de la casa. Ella nunca va a presumir de nada, salvo en todo caso de escribir y de narrarse a sí misma tanta delicadeza y calidez, y nosotros, que le debemos tanto, bien haremos en leer su historia y compartirla como el gesto más fraternal de agradecimiento.
Eduardo Mendicutti
Sanlúcar de Barrameda, octubre de 2020
Mayo del cuarenta y cinco
Uno
Todo lo que conozco del tiempo anterior a mi nacimiento es para mí como un recuerdo. Se pueden tener recuerdos de las cosas no vividas, incluso a veces he tenido la sensación de haber vivido lo no vivido, pues las imágenes son tan claras de puro haberlas oído repetir cien veces que ya no sé qué hay de verdad en lo que me contaron, qué de fabulación de los mayores o qué de una vida propia vivida anteriormente.
No sé desde qué edad tengo recuerdos y no puedo separar lo vivido de lo contado, lo que sé por mí misma de lo que me fue narrado.
Cuentan —escuché— que mis padres se conocieron en junio en una noche de verbena la víspera de San Pedro y San Pablo, envueltos en la magia que producen las noches de verano en Madrid. Eran jóvenes y haría calor. Él iría, postinero y chulito, con sus amigos del barrio, campechanos y carabancheleros. Ella iría esa noche, como siempre, con Margarita o Sofía, sus hermanas mayores.
Mi madre con su familia había ido a pasar el verano a Carabanchel Alto —un pueblo entonces, que hoy es un barrio de Madrid— buscando descanso y por cambiar de aires, dijo el médico, pues había sufrido un conato de tuberculosis. Me la imagino, escuchimizada, respirando fuerte para sanar pronto «que con la salud no hay que gastar bromas», le diría su abuela, una viuda con muchas ínfulas, un aire de nobleza trasnochada, una ciega devoción alfonsina, en la nuca un moño altivo y hermoso; una señora de otro tiempo, muy dada a los refranes, a la que le gustaba repetir «el mejor hombre, ahorcado».
Tal vez quien insistiera en que tenía que cuidarse mucho fuese su hermano mayor, Marianito, que era médico y murió tan joven; escuché su historia contada por mi madre y sus hermanas en voz muy baja y lágrimas en los ojos, mientras repasaban sin ver unas fotos manoseadas de un joven de bata blanca y cara de viejo que, devorado por la tuberculosis, «pasaba las horas muertas estudiando librotes de medicina que apoyaba en un atril para no fatigarse».
… de veintiocho años, natural de Chiclana, Cádiz, soltero, falleció en la calle de Floridablanca el día de ayer, a las nueve horas, a consecuencia de un síncope cardiaco.
«Que Dios le perdone lo que hizo, pobrecito, cuando supo que no saldría de su enfermedad, y qué horror para su novia de toda la vida, qué chica tan buena, y hay que ver lo que tuvo que padecer el abuelo —su padre, el padre de él, de ellas, mi abuelo— para conseguir que le enterraran en sagrado, que a los suicidas ya se sabe… qué disgusto y qué vergüenza para el abuelo, tuvo que echar mano de todas sus amistades».
Dos
Entre los García no hubo esos dramas: sus vidas y sus muertes fueron de lo más corriente, vidas y muertes muy de andar por casa. En la familia de mi padre nunca se habló de alfonsinos ni de carlistas.
Los García eran gente del pueblo, empleados, comerciantes, trabajadores del Grao de Valencia, sin mayores trajines. «Mi casa estaba cerca del mar, pero enseguida, cuando murió mi hermano Julianín del garrotillo, vinimos a Madrid». Vinieron enseguida a Madrid y el mar quedó en un recuerdo, en una devoción por Valencia y su bullicio mediterráneo, por su luz, las fallas y el olor de la pólvora de las tracas, por la paella, que «como en Valencia, que sepas que no se hace en ningún sitio, que lo sepas». Que lo sepas.
El abuelo, con mucho pelo blanco repeinado hacia atrás, era un orgulloso funcionario de Correos, la abuela era bajita y muy castiza, sin altivo moño en la nuca y usaba palabras raras como apechugar, jícara, botica, miasmas, tirria, apencar y trinar; «se armó un Tiberio» o «eres más tonto que Pichote» eran expresiones muy de ella.
Vivían los García en un pueblo cerquita de Madrid que hoy es ya Madrid, pues el abuelo era el orgulloso administrador de la oficina de Correos de Carabanchel Alto —Correos con una enorme ce mayúscula—, y con mucho esfuerzo y más vocación todos sus hijos llegaron a obtener plaza en el Cuerpo de Correos. Mi padre explicaba siempre que, con diecisiete años, fue nombrado Cartero del Extrarradio de Carabanchel Alto con un sueldo anual de 750 pesetas. Tan feliz.
Los García sentían como algo suyo los matasellos, las sacas, el coche-correo, las carteras de los carteros, los variados, brillantes, artísticos, infinitos sellos de correos —de Correos—. Y, sobre todo, especialmente, sentían suyo el Palacio de Comunicaciones de Cibeles: «Es como una catedral, mira qué enormes las escaleras, qué grande y reluciente el hall principal; esto es la capilla; esto, el museo postal».
Mi padre me llevaba al Palacio de Cibeles y hablaba y no paraba. Me repitió mil veces que una carta llegó sin señas a su destino, solo con dibujos: «Fíjate, nena, un sobre sin señas, solo con signos, como un jeroglífico egipcio… Fíjate, y es que los del Cuerpo de Correos somos muy listos y no se pierde nunca ninguna carta, todas llegan a su destino, menudos somos los de Correos, el cuerpo más serio y sacrificado de la Administración».
Tres
Mi bisabuela materna, refranera y gaditana, era hija de un ingeniero belga que había venido para construir las primeras líneas del ferrocarril y se quedó aquí para siempre, así que además del altivo moño, lucía ella un hermoso apellido extranjero terminado en equis y un acento andaluz que no llegó a perder en la vida.
Esta señora rubia me mira desde una foto sepia junto a un militar de empenachado ros y mostacho claro de puntas retorcidas, con muchas condecoraciones en el pecho. Mi madre solía enseñarme esa foto y repetirme muy ufana lo guapos que eran sus abuelos: «Hay que ver lo guapos que eran tus bisabuelos».
Se encargó la abuela de llevar la casa de su hijo Mariano al enviudar este de su mujer Margarita, «que pasaba las horas muertas tocando el arpa y era frágil, delicada y rubia, un poco extranjera pues había nacido en San Juan de Luz». Margarita y Mariano se casaron muy jóvenes y muy felices, él recién ganada la plaza de juez, mas al nacer su primera hija, a Margarita se le marchó lejos la razón; los médicos no supieron curarla ni acertaron siquiera a explicarse su mal. Si había enfermado por un parto, concluyeron, otro parto le devolvería la salud, y así Margarita padeció hasta seis embarazos más en busca de su imposible curación; cinco hijas y dos hijos que iban pasando directamente a manos de una colección de amas de cría bajo la estricta supervisión de su suegra. Muchos años después, Margarita, tras un penoso internamiento, murió en el frenopático de Cádiz.
Mi madre y sus hermanas jamás hablaban de la enfermedad de la madre, guardando en silencio el gran secreto de los Rodrigo.
Cuatro
Sin secreto alguno ni asomo de solemnidad, de la infancia de mi padre me han llegado tres fotos de un deslustrado color; en una, de enero de 1909, un niño muy serio y algo bizco posa sobre un tosco caballo de cartón con un sombrero enorme, embutido en un abrigo de botonadura dorada, con medias blancas y zapatos de charol. En otra, el mismo niño con enfadada expresión aparece vestido de valenciano, enfundadas las piernas en unas medias de croché muy gruesas y con unas toscas alpargatas de cintas que le llegan a la rodilla, la cabeza bien erguida y con un enorme pañuelo de seda amarillo con flores rojas. La tercera foto es del día de su Comunión y en ella se le ve con un aspecto tremendamente solemne, posando de pie entre infinitos espejos que le reflejan con un pantaloncito corto y una chaqueta oscura rematada con un gran lazo de raso bordado, el pelo muy rapado y las orejas algo despegadas de la cabeza. Yo he heredado esas orejas.
Cinco
Los hijos de Margarita y Mariano fueron naciendo aquí y allá debido a los sucesivos destinos del joven juez, de forma que se puede seguir su carrera profesional en las anotaciones de su Libro de Familia. En Arrecife de Lanzarote nació mi madre en diciembre de 1908.
Aunque fuera canaria solo por designio del Ministerio de Gracia y Justicia y viviera allí poco tiempo, añoraría siempre su isla; aseguraba que un día volvería a Canarias, que iría a Arrecife y buscaría su casa natal, que se pasearía por la playa, montaría en un camello y subiría a un volcán. Incluso, afirmaba con una sonrisa limpia, «freiré un huevo en el suelo».
De pequeña yo confundía las Canarias con las Baleares, lo que le provocaba un gran enfado y, con resignado empeño, se daba a explicarme que su isla natal estaba abajo, abajo, muy cerquita de África. Yo sospechaba que estaba equivocada porque en mi mapa escolar veía claramente las islas Canarias en un rectángulo, pegadas junto a Portugal y Andalucía, y desde luego África no aparecía por ningún sitio, pero no se lo decía para no soliviantarla más.
Los Rodrigo —la madre enferma, la abuela siempre ocupada— iban de ciudad en ciudad sin hacer mudanza: compraban lo imprescindible en cada lugar para malvenderlo todo al marchar y empezar de nuevo en el siguiente destino del padre: nuevas las sillas, las mesas, las camas. El arpa de Margarita habría quedado perdida mucho tiempo atrás, muchos hijos antes.
Seis
Recuerdo apenas al abuelo Mariano; si me esfuerzo mucho, puedo recordarle vagamente avanzando con cara de mal humor por el largo pasillo de la casa de la tía Sofía, envuelto en una ajada bata de cuadros atada de mala manera a la cintura por un cordón despeluchado, en la cabeza el gorro de dormir con una borla que le caía sobre la oreja; igual llevaría la dentadura postiza en una mano, o puesta, vaya usted a saber. Mi madre contaba riéndose que para dictar sentencia —sentencia in voce, presumía del término mi padre— se quitaba la dentadura postiza y la dejaba en la mesa junto al crucifijo que la presidía, al lado del martillo, «el martillo de orden en la sala», apostillaba mi padre.
El incendio del Teatro Novedades fue un asunto muy traído y llevado en la familia, muy recordado con orgullo por mi madre y sus hermanas, pues su padre, mi abuelo, había sido el juez encargado del levantamiento de cadáveres. En esa fecha ellas serían adolescentes y la tragedia del Novedades debió ser un mazazo. «Imagínate qué panorama, vaya trago, requemados todos y el abuelo levantando los cadáveres», decían mis tías poniendo los ojos en blanco, y yo imaginaba al abuelo levantando carbones con su cara de mal humor, la dentadura postiza en la mano, o puesta, vaya usted a saber, y el gorro de dormir sobre la oreja.
El Teatro Novedades ardió la noche del 23 de septiembre de 1928 con un balance de 67 muertos y 200 heridos.
En el momento en que se inició el fuego se estaba representando la pieza El mejor del puerto. El decorado estaba formado por un telón que representa la ciudad de Sevilla y frente a él una pequeña embarcación con faroles de iluminación eléctrica. Eran las 20:50 horas cuando falló el entramado eléctrico —probablemente un cortocircuito— y se originó el fuego en el escenario desde uno de los farolillos que lo adornaban.
Ante el escenario en llamas, el público entró en pánico y salió huyendo hacia la salida del Teatro. La estampida se había iniciado antes desde los palcos, por lo que el tapón humano se formó irremisiblemente al intentar salir los espectadores del patio de butacas. Buena parte de las víctimas lo fueron a causa de la estampida humana. El elenco de actores sobrevivió al completo.
«Fue algo espantoso y lo peor fue el pánico —se quitaban la palabra las hermanas—, menos mal que los actores pudieron escapar», concluían aliviadas. «Los actores salieron tan frescos y el abuelo, un héroe».
Parece que el abuelo, el héroe, tuvo también problemas con José Antonio Primo de Rivera, «ya sabéis —aclaraban—, el Fundador, el Ausente, el hijo del Dictador… Resulta que de jovencito fue detenido por desórdenes públicos y le juzgó el abuelo, que le condenó a no sé qué multa; el petimetre, envalentonado y rabioso, se acercó al estrado y le amenazó con inconcebibles palabrotas».
Siete
Al nacer me querían llamar Fernanda; Fernanda o Soledad. Soledad por la Virgen de la Soledad de la Paloma, tan de Madrid, tan castiza, y también por mi madrina Soledad; Fernanda por el santo del día, 30 de mayo, san Fernando, con ese calor de Madrid cuando la primavera ya se instala y entra por los balcones y lo inunda todo.
Al final, ni lo uno ni lo otro, pues al nacer era tan parecida a mi padre —solo me faltaba el bigote— que mi madre al verme se echó a llorar y dijo: «Ay, Gerardo, es igualita a ti, solo le falta el bigote, a mí no se parece nada, que al menos lleve mi nombre». Y, por eso, ni Soledad ni Fernanda.
Me contaron que se barajó también la posibilidad de llamarme Juana por mi abuelo Juan. Cuentan que arranqué a andar en su funeral, avanzando temblona y por primera vez en solitario por el pasillo de la iglesia, entre el olor a cirio y a incienso y el asombro de los llorosos parientes, de fondo las retahílas del cura y el jolgorio de los monaguillos. «Vaya susto me diste, y tu padre muerto de risa en el funeral de su padre»; la propuesta de llamarme Juana, al parecer, quedó en nada.
Rogad a Dios en caridad por el alma de Don Juan García, Jefe de Administración de Primera clase con ascenso, del Cuerpo de Correos, que falleció en Madrid el 8 de septiembre de 1946, a los 64 años de edad.
He visto muchas fotos del abuelo Juan en mi bautizo —fue mi padrino—, un señor muy orondo con una impecable chaqueta tan blanca como su pelazo, que miraba con aire satisfecho a esa recién nacida envuelta en lazos y organdí, también con mucho pelo y los ojos muy abiertos. Me miraba, quién sabe si orgulloso, sin sospechar que los días de vida que estrenaba esa niña eran la cuenta atrás de la suya.
Ocho
Quizá de aquel primer paseo en el funeral del abuelo me nació el entusiasmo por estar siempre en la calle: metida en casa me asfixiaba y solo quería salir, salir de paseo, hiciera frío o calor. «Ay, Gerardo, que esta niña nos ha salido guardia de la porra, que no quiere más que estar siempre en la calle». La casa se me caía encima y en la calle me ponía contenta y sonriente.
Decían que me aburría tanto en casa por ser hija única, pero yo creo que el enorme horizonte de la glorieta de Atocha del que disfrutaba asomada al balcón me llamaba a voces a escaparme de las cuatro paredes de la casa y, además, tener enfrente la estación de Atocha era una tentación permanente a la aventura.
Atocha: matorral, mata, esparto. Atochar: llenar algo de cualquier materia, apretándola.
La glorieta de Atocha, la calle de Atocha y la estación de Atocha formaron parte de mi infancia. Me pregunto si la vida me atochó, me llenó de cualquier materia, apretándola.
Nueve
Cuentan, me contaron mil veces, que aquel 30 de mayo fue un día de un espantoso calor madrileño. Cuentan que mi padre salió pitando a buscar a la comadrona y que nací sobre la mesa de la cocina de mi casa, glorieta de Atocha 10, principal derecha, a las quince y treinta minutos, «¡vaya calorazo!». Cuentan también que la comadrona tuvo que usar fórceps, que mi padre al verlos, cuentan, le dijo amenazante que «como le estropee usted la cabeza, la mato». No la mató y mi cabeza quedó sin daños aparentes.
Nací nueve años después de haberse casado mis padres. «Esta niña nos costó —decía él entre alegres risotadas— nueve años en lugar de nueve meses».
Por mi nacimiento, mi padre regaló a mi madre —«qué disparates hace este hombre»— un aparato de radio que ella escucharía cada día, cada tarde, casi cada noche, ocupando sus ocios, llenándole la vida.
Me bautizaron en una iglesia pequeña del barrio, una iglesia pequeña y modesta de la calle de Atocha, justo a mitad de la empinada cuesta.
La iglesia del Santísimo Cristo de la Fe, antes iglesia de Incurables del Carmen, es una de las más antiguas de Madrid y también de las más modestas. Se encuentra en la calle de Atocha número 87, esquina a la Costanilla de los Desamparados, y forma parte del conjunto construido entre los años 1592 y 1620. En sus inicios, a finales del siglo XVI, allí hubo un hospital. A comienzos del XVII acogió al Colegio de los Desamparados, que atendía a niños huérfanos, y después aquí estuvo instalado un hospital para hombres, el Hospital de los Incurables de Nuestra Señora del Carmen.
Mucha historia esconde este inmueble. La casa contigua a la iglesia durante un tiempo fue imprenta, propiedad de María de Quiñones, viuda de Juan de la Cuesta. Un espléndido relieve de 1905, obra del escultor Lorenzo Coullaut Valera, que representa a Don Quijote y a Sancho Panza, recuerda que allí en el año 1605 se imprimió la primera edición del Quijote. Actualmente es la sede de la Sociedad Cervantina. La iglesia fue construida en tiempos de Felipe III, y aparece representada en el Plano de Texeira con la fachada casi tal como la podemos contemplar hoy.
En las fotos del bautizo se destaca lo pequeña y espabilada de la nacida, con mucho pelo negro, y las caras tan García de los García que, embelesados, la rodean. El embarazo había sido, decían, providencial dada la edad y la mala salud de mi madre, así que «esta niña es un regalo para Gerardo, qué alegría».
Todo el mundo parecía contento; parecía contento incluso el primo Juanito, el castizo primo de mi padre que vivía en una buhardilla junto a la plaza de la Cebada, que era representante de un Flit matamoscas y que tenía una bicicleta a motor mosquito con la que iba por todo Madrid repartiendo el letal producto. Aunque, a decir verdad, no todo el mundo estuvo contento en mi bautizo, pues, para disgusto de mi madre, apenas hubo presencia de los Rodrigo, cuesta trabajo encontrarlos en las fotos.
Conservo todavía en un altillo el traje de bautizo —«tu traje de cristianar»— y también guardo unas pequeñas tarjetitas color crema que invitaban al convite con el que mi padre se empeñó en celebrar el acontecimiento, una merienda en el Hotel Nacional del Paseo del Prado: «Gerardo ha tirado la casa por la ventana, se ha vuelto loco con el nacimiento de la niña».
Jamón de York, mortadela de Bolonia, pavo trufado, cabeza de jabalí, jamón serrano, ensaladilla cantábrica, tarta Blanca Nieves, Pinochos al chocolate, Mari-Pepas, Enanitos, Helado Monte Blanco, Margaritas, café y té. Cup de Chablis, vinos de Jerez, Moscatel y Málaga.
Cuentan que en el festejo (mi primera fiesta con tan solo once días de vida) estuve muy espabilada y que mi padre mojó mi chupete en moscatel para que pudiera participar en los brindis, ante el escándalo y asombro de la —de nuevo escasa— representación Rodrigo.
Si él se afanó en procurarme el bien corporal, ella se volcó en el espiritual: «Ofrecí a mi hija María Dolores a la Santísima Virgen de la Soledad de la Paloma el día 20 de junio de 1945». Sin llegar al mes de vida, la Virgen Santísima ya estaba al tanto para ampararme y guardarme para siempre a su servicio.
Diez
Mi padre no se llevaba nada bien con la familia de mi madre. Todo lo que le olía a Rodrigo le incomodaba, le inferiorizaba un poco: «Son tan pretenciosos, tan estirados, siempre presumiendo de glorias pasadas, de palco en el Liceo, de parientes con muchos galones en la bocamanga y de amistades empingorotadas. Son unos pelmas, unas antiguallas, siempre con tanto ringorrango y tanto floripondio».
La familia Rodrigo —sobre todo, la abuela— no vio con buenos ojos que un empleadillo de correos pretendiera a su nieta querida, «que hay que ver la de estupendos pretendientes que ha tenido mi nieta, con lo guapa y lo rubia que es, chicos finos con buenas carreras y de buenísimas familias de toda la vida». Pero a partir de aquella calurosa noche de verbena de la víspera de San Pedro y San Pablo, se acabaron los estupendos pretendientes, chicos finos con buenas carreras y de buenísimas familias de toda la vida.
Después de aquella calurosa noche de verbena, empezaron a verse, a salir, se hicieron novios; un día él le dijo que iban a casarse pero que antes iba a terminar una carrera, así que le dijo que le esperara. Y ella le esperó.
Le esperó y le esperaba todas las tardes en la puerta de la Escuela de Aparejadores; él por la mañana trabajaba en correos —Correos— y por la tarde sacaba con mucho esfuerzo y mucho sueño la carrera.
Los domingos se iban al cine Monumental o al Retiro a montar en barca o a la Gran Vía a pasear o a merendar chocolate en San Ginés por cinco pesetas. «Con un par de duros en el bolsillo, uno se comía el mundo». A peseta camiseta.
Once
Comprendo un poco el sentimiento de mi padre ante su familia política, esa familia que tanto escozor le provocaba. Recuerdo que mi madre, sus hermanas y sus primas de apellidos compuestos pasaban tardes enteras enfrascadas en interminables repasos a sus vidas antiguas en blanco y negro, a sus inverosímiles amistades del pasado; sus conversaciones eran como un guion de una película trasnochada entre colonial y provinciana.
Eran tardes que olían fuerte a café aguado con leche y una galleta maría y a naftalina.
No paraban de hablar del Protectorado, de sus temporadas en Larache, donde murió la abuela, o en Tetuán como invitadas del Jalifa, «el Jalifa era muy amigo de la familia». Hablaban de otros tiempos y de otros lugares extraños; hablaban de un África de película muda y de absurdos personajes que me recordaban al gran visir de los cuentos de Ali Babá, con nombres que me sonaban raros, como a jarabe. Escucharlas me asombraba y me daba un poco de risa, a partes iguales.
A mi padre esas conversaciones tan manidas le soliviantaban, eran las cosas que le producían el escozor, a él, tan García, tan del Grao de Valencia. «Antiguallas», decía despreciándolo todo: las placas y las órdenes militares, el Protectorado, Larache y Tetuán, el Jalifa y el jarabe. «Tanto nombrar a tanta viuda de tanto militar muerto en la Cruzada, tanto recordar a tanto heroico general fusilado de madrugada por la horda roja en Paracuellos»; y además «no me gusta la forma en que tus primas me miran siempre por encima del hombro». Y menos aún le gustaban los maridos de las primas, tan repeinados y embutidos en sus gabanes claros, «venga de sombrerazo y besamanos, donjuanes de guardarropía, que no hay quien los aguante, ¡caramba!».
Hay que reconocer —al César lo que es del César— que esa parte de la familia materna no le había tratado bien. Él nunca olvidó el feo aquel cuando necesitó un aval al terminar la guerra. Ella le dijo: «Deberías pedírselo al general, a quién mejor, al marido de mi prima, que no tendrá problema en firmarte el aval». Y él se lo pidió y tuvo que soportar la humillante respuesta escrita a máquina a dos espacios por el asistente del general, un muy laureado excombatiente de la División Azul, de fría mirada tras unas gafas de cristales muy limpios: «Cuánto lo siento, querida prima… pero comprenderás que qué se yo de tu marido y de sus ideas políticas».
Mi padre guardó toda la vida esa carta que pude leer yo, ya amarilla, al cabo de muchos años; nunca olvidó ese desprecio y repitió muchas veces que en la vida lo que más importa es saber la forma del estar y que «ese generalucho de tres al cuarto ni en sueños ha sabido lo que es la verdadera forma del estar».
No era monárquico como mi madre —monárquica y alfonsina—; él se decía liberal y chasqueaba la lengua despectivamente al oír en la radio las alabanzas y los logros del Caudillo, movía la cabeza y mascullaba por lo bajini, sabía que tenía que aguantarse y se aguantaba. Mi madre no chasqueaba la lengua ni mascullaba, pero decía poniendo los ojos en blanco: «Con el rey estábamos mejor». A veces me contaba lo bien que lo había pasado en su época de jovencita entre puestas de largo, uniformes y fidelidades monárquicas: «Entonces todo era menos chabacano».
A él también le gustaba presumir de su juventud —«mis tiempos mozos»— y recordaba lo bien que bailaba en las verbenas embutido en un fresco mil rayas, con su canotier y sus flamantes zapatos bicolor; «a veces me llegaron a hacer corro, no te vayas a creer que era un cualquiera bailando; también me gustaba patinar y de chaval llegué a competir en carreras de patines en Carabanchel».
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.