Kitabı oku: «Cadenas en China»
Cadenas en China
Bradley Booth

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenido
Tapa
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Epílogo
Cadenas en China
Bradley Booth
Título del original: Chains in China, Pacific Press Publishing Association, Boise, ID, E.U.A., 2015.
Dirección: Gabriela S. Pepe
Traducción: Rolando A. Itín
Diseño de tapa: Ivonne Leichner
Diseño del interior: Giannina Osorio
Ilustración: Propiedad de Shutterstock
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e-book
MMXX
Es propiedad. © 2015 Pacific Press Publ. Assn. © 2016, 2020 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-304-3
| Booth, BradleyCadenas en China / Bradley Booth / Dirigido por Gabriela S. Pepe. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.Libro digital, EPUBArchivo Digital: onlineTraducción de: Rolando A. Itín.ISBN 978-987-798-304-31. Narrativa Estadounidense. 2. Relatos. I. Pepe, Gabriela S., dir. II. Itín, Rolando A., trad. III. Título.CDD 813 |
Publicado el 18 de noviembre de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
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Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
El autor asume plena responsabilidad por la exactitud de todos los hechos y citas presentados en este libro.
A fin de proteger sus identidades, los nombres de todos los personajes en este libro son ficticios, con la excepción de Chen, cuyo nombre ya está en la prensa. Además, muchos de los nombres de los lugares en esta historia se han cambiado para proteger la identidad de los obreros adventistas que todavía pueden estar sufriendo bajo el régimen comunista chino.
Capítulo 1
El sol, cálido y brillante, estaba asomando en el horizonte oriental, cuando Chen entró en las callejuelas poco transitadas del viejo Shanghai. Los gorriones chirriaban entre los arbustos junto a las veredas, deteniéndose solo al verlo pasar. Chen inclinó un poco su cabeza para oler las hortensias florecidas, que estaban en el enrejado que cubría la puerta del frente de la casa. ¡Qué regalo de Dios!, pensó, mientras absorbía la dulce fragancia de las flores blancas.
A los ojos de Chen, ese momento y desde la puerta delantera de la cabaña de su tío, esta era la única realidad. Sin embargo, el mundo real, fuera de ese tranquilo rincón al que él llamaba su hogar, era de clima de guerra; una guerra mundial.
La maquinaria bélica alemana de Hitler había unido fuerzas con Italia y Japón, para conquistar el mundo. Y por un tiempo, pareció que eran imparables. Los alemanes habían invadido casi toda Europa, y aun partes de África y de la Unión Soviética. Italia luchaba lado a lado con Alemania en el Mediterráneo, forzando a los ejércitos aliados a concentrarse en el norte de África, en lugar de en Europa, donde la guerra verdadera estaba rugiendo.
Los japoneses, por su parte, eran otra historia. Tenían una sola meta en mente: dominar completamente Asia y el Pacífico. En los primeros años de la década de 1930, invadieron Manchuria y entraron en guerra con China. Luego, atacaron las islas del Pacífico y gran parte del sudeste asiático, incluyendo Birmania [ahora Myanmar], Tailandia y Hong Kong. Luego, en 1941, los japoneses atacaron Pearl Harbor, lo que llevó a que Estados Unidos se involucrara activamente en la guerra. Por fortuna, los ejércitos aliados, conducidos por los británicos y los estadounidenses, frenaron a los japoneses lo suficiente como para evitar que dominaran por completo a Birmania, el sur de China y las islas del Pacífico.
Y cuando los alemanes fueron finalmente vencidos y lograron un armisticio el 7 de mayo de 1945, Japón fue el único país del “Eje” que quedó luchando para alcanzar sus metas bélicas. Ahora se encontraba muy deteriorado, empujado hacia el Pacífico norte, y las pequeñas islas del Japón eran apenas una sombra del monstruo militar que había erguido su horrible cabeza unos diez años antes. No obstante, los japoneses seguían luchando, y parecía que estaban decididos a pelear hasta el último hombre. Todos los diarios del mundo decían que si las naciones aliadas no podían detenerlos, millones más morirían en una lucha continua.
Qué desastre ha llegado a ser esta guerra mundial, pensaba Chen. Hombres hambrientos de poder la comenzaron para ganar territorios por la fuerza; hombres dispuestos a sacrificar incontables víctimas en el proceso. Solo Dios puede saber plenamente la devastación y el horror que estos crueles déspotas han sembrado sobre nuestro mundo.
Chen siguió por las polvorientas calles de Shanghai, en camino al sector comercial de la ciudad. Hasta ahora, había estado trabajando en una fábrica de calzado, confeccionando botas para los soldados del ejército. Ese había sido su trabajo durante los tres últimos años, desde el día en que abandonó la escuela para siempre. No tenía la edad suficiente para ser reclutado como soldado, para unirse a la guerra contra Japón... hasta ahora. Hoy cumplía 18 años, el número mágico que demandaba que él se enrolara.
No era que él deseara hacerlo; odiaba la idea de una guerra. ¡La guerra es muy violenta, cruel, y un sin sentido! Pero, eso no quería decir que él no tuviese que ir a la guerra, pues era más fácil adiestrar a los jóvenes, algo muy importante en tiempo de guerra. Quizás él nunca vería la acción en un campo de batalla, pero también pudiera ser que sí. Cargar un arma, dominar la guerra de guerrillas, tripular un tanque, nada de esto concordaba con su idea de cómo divertirse.
Pero ¿cómo podría escapar de su deber? Sí, podía no presentarse en las oficinas de enrolamiento o falsificar los papeles que identificaban su edad, o sencillamente, escapar donde nadie pudiera encontrarlo. Sin embargo, él sabía que esas no eran opciones realistas. Tarde o temprano, alguien vendría a buscarlo, y la perspectiva de lo que sucedería cuando lo encontraran no era agradable. Así que, tenía que pensarlo muy bien antes de actuar.
Además, Chen era adventista del séptimo día, y lo había sido toda su vida; se esperaba que los adventistas fueran leales a su país y a su Dios. Los principios de la Biblia no alientan a los cristianos a que sean cobardes, que se escapen o se oculten. No obstante, portar armas con la intención de matar y no poder observar el sábado son problemas que los adventistas enfrentan en el ejército, y Chen sabía que no tendría escapatoria para lo uno ni para lo otro. Se supone que un soldado, al alistarse, se compromete a obedecer a su comandante. ¿Estaba Chen dispuesto a portar un arma y usarla para matar? Esa era una pregunta muy fácil de responder para un no cristiano, pero para un adventista del séptimo día era algo muy diferente. Chen sabía que estaba sobre la Tierra para salvar vidas, no para destruirlas.
¿Y la observancia del sábado? Él sabía que nunca violaría las sagradas horas del sábado, sin importar lo que le hicieran, ya fuese pegarle, torturarlo, encarcelarlo o fusilarlo. Chen no quería ni pensar en eso.
Sin embargo, debía enrolarse. Y a eso se dirigía ahora: a las oficinas centrales del ejército. De todos modos, tal vez no lo llamaran para el servicio: había millones de jóvenes de la edad de Chen. ¿Cuáles eran las posibilidades de que lo llamaran justo a él?
Chen se unió a la fila en el distrito comercial. Su jefe en la fábrica de zapatos le había dado la mañana libre para ir a la oficina de enrolamiento, llenar los formularios apropiados y obtener su documento de identidad.
Dieciocho años. En la mente de Chen, él era todavía un muchachito. Su padre le había contado historias acerca de la Gran Guerra, o la Primera Guerra Mundial, como todos la llamaban ahora. Había habido tanto derramamiento de sangre sin sentido en esa guerra, y ningún bando se consideraba el vencedor; ni siquiera los que la habían ganado. Se habían gastado cerca de 200 mil millones de dólares para levantar otra vez a los países de Europa y de Asia, y unos 35 millones de personas habían perdido su vida. Qué desperdicio de vidas humanas, pensó Chen. Y en esta guerra también se estaba gastado mucho, mucho dinero, especialmente en la década de 1940, cuando todos recién salían de una depresión global.
Los hombres en las oficinas de enrolamiento fueron bastante corteses, a pesar de que Chen había escuchado relatos acerca de lo que era realmente el ejército, una vez que un soldado estaba reclutado. “Le enviaremos una carta de notificación acerca de cuándo y dónde deberá ir a servir”, le comunicó el hombre detrás del escritorio.
Esa noche, cuando llegó a su casa, el tío de Chen, Renshu, le entregó una carta. El corazón de Chen dio un vuelco. No podía ser que el oficial de enrolamiento lo estuviera llamando tan pronto. ¡Se había enrolado recién ese día! En el sobre no figuraba un remitente, de modo que no pudo adivinar de quién procedía. Sin embargo, cuando rompió el sobre, recibió la sorpresa de su vida.
“Querido Chen”, comenzaba la carta. “Queremos invitarte a ser un instructor bíblico para la iglesia adventista del séptimo día de Shanghai. El trabajo requerirá que pases largas horas yendo de una casa a otra, vendiendo Biblias y otros libros religiosos. También, demandará que tengas un buen conocimiento de la Biblia y que estés dispuesto a dar estudios bíblicos a quienes estén interesados. Si deseas conversar sobre esto, por favor, ponte en contacto con el pastor Lin David, en la Iglesia Adventista de Shanghai”.
Chen no sabía qué decir. A menudo se había preguntado cómo sería trabajar como instructor bíblico, pero nunca pensó que él sería elegido para esa tarea. En respuesta, esa misma noche escribió una carta:
“Muchas gracias por su bondadosa oferta. Me gustaría mucho llegar a ser un instructor bíblico, y estoy dispuesto a empezar cuando me necesiten. Sin embargo, debo decirles que acabo de cumplir 18 años y que podría ser reclutado por el ejército en cualquier momento. Oro a Dios porque me permita servir a su iglesia, en vez de servir al ejército, pero estoy dispuesto a permitir que Dios dirija todo”.
–No te ilusiones tanto –le dijo su tío, mientras Chen ponía su respuesta en un sobre y escribía la dirección del destinatario que figuraba en el texto de la carta–. Si el ejército te llama, esa es una orden que tendrás que obedecer. Recuerda: es la voluntad de Dios que cumplas las leyes de nuestro país; a menos que, por supuesto, estas leyes te exijan quebrantar los Mandamientos de nuestro Dios.
–Sí, señor –fue todo lo que Chen pudo decir.
Pero él estaba ahora muy preocupado. ¿Qué pasaría si, después de todo, lo llamaban al ejército, como decía su tío? ¿Qué pasaría, si tuviera que ir a la guerra? Él prefería luchar en el ejército de Dios en contra de las fuerzas de las tinieblas, en lugar de pelear en un ejército contra los japoneses.
–Por favor, Señor –oró Chen junto a su cama esa noche–, ¡este es un sueño hecho realidad! Permíteme servirte como instructor bíblico. Hay muchos jóvenes de mi edad que serían buenos soldados para China, pero no hay muchos que estén dispuestos para luchar las clases de batallas que estaré peleando con mi Biblia en la mano.
Los días pasaron lentamente. Llegó y pasó el mes de julio, y pronto llegaron los sofocantes calores de agosto (verano en el hemisferio norte). Chen renunció a su trabajo en la fábrica de calzado, donde se hacía botas para los soldados, y se puso a trabajar como instructor bíblico de la iglesia de Shanghai. Sin embargo, esperaba cualquier día recibir noticias de la Oficina de Reclutamiento.
Y leía los diarios. Las noticias acerca de la guerra aparecían en todos los diarios de la tarde, y mientras leía las noticias, se preguntaba qué vendría después. Sin embargo, la primicia que recibió la tarde del 6 de agosto no era de ninguna manera lo que esperaba.
Estaba bajando la escalinata de la iglesia adventista, cuando vio que había personas que corrían y gritaban por la calle. Muchos agitaban diarios en las manos, así que, él corrió entre la gente para ver de qué se trataba toda esa conmoción.
–¡Escuchen esto! –gritó alguien, mientras leía en voz alta el artículo de portada, y el ruido de la calle disminuyó mientras todos se detenían para escuchar:
“El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, los Estados Unidos dejaron caer una bomba atómica sobre Hiroshima, Japón, que destruyó totalmente la ciudad. No se sabe cuántas víctimas resultaron de la explosión, pero el censo más reciente de Hiroshima registra más de ochenta mil habitantes. Todos los informes indican que no hubo sobrevivientes”.
Chen se apoyó contra un farol, para estabilizarse. ¡Qué giro alarmante de los eventos! Les habían dado un terrible golpe a los japoneses, y ¿quién podría predecir qué seguiría a eso? ¿Se rendirían? ¿Tendrían los estadounidenses otras bombas como esta?, Y si así fuera, ¿la arrojarían también sobre Japón?
Nadie sabía las respuestas. Pero tres días más tarde, el 9 de agosto, la ciudad japonesa de Nagasaki también fue bombardeada, lo que selló la suerte del Japón. Se decía que la Segunda Guerra Mundial había terminado. China estaba a salvo; y eso significaba que Chen estaba a salvo. No tendría que servir en el ejército chino para pelear con armas y granadas. Podría, en cambio, servir en el ejército del Señor, peleando las batallas de la gran controversia entre el bien y el mal. Esa era una guerra que Chen sabía que podía ganar. La iglesia de Dios podría perder algunas batallas en el proceso, pero la guerra había terminado ya el día en que Jesús murió en la cruz.
“Gracias, Señor”, fue todo lo que Chen pudo decir mientras volvía en su bicicleta a su casa esa tarde. Dios obra de maneras misteriosas para responder a nuestras oraciones, pensó Chen. Aunque ni en sus sueños más descabellados había esperado que Dios lo hiciera de ese modo.
Capítulo 2
Nacido en Ning Bo, China, en 1927, de padres adventistas, Chen había sido criado para servir a la iglesia. Las responsabilidades de su padre como evangelista misionero para la Iglesia Adventista en la provincia de Zhe Jiang habían mantenido a la familia siempre en movimiento. Esto dificultaba la vida de la familia de muchas maneras. Cuando Chen cursaba la primaria, no permanecía en una misma escuela más de tres o cuatro meses seguidos, por causa de los viajes de su padre. Su asistencia esporádica influyó en sus calificaciones, lo que le impidió acceder a la enseñanza media. Esa era una verdadera desventaja, y más adelante sufrió por ello.
Lamentablemente, sus desventuras con la escuela lo habían empujado demasiado temprano a una vida de trabajo, lo que él resentía. A los quince años, había abandonado definitivamente el estudio y se había ido a Shanghai, para trabajar como aprendiz de oficios. Todos los jóvenes que no estaban en la escuela hacían lo mismo. Para empeorar las cosas, había iniciado la Segunda Guerra Mundial, y todos tenían que trabajar horas extras en la fábrica para cumplir con las entregas que exigía el gobierno durante la guerra.
Los tiempos eran difíciles, y Chen trabajaba tan bien como podía, pero sabía que no se quedaría allí para siempre. Había nacido para más que solo un trabajo de fábrica. Dios tenía algo mejor para él; de eso estaba seguro. Y aunque todavía no tenía en claro qué podía ser eso, oraba para que Dios lo guiara en esa decisión tan importante.
Sus padres siempre habían querido que fuera un pastor, como su padre. Una vez, había oído que su padre hablaba con un amigo acerca de Chen, que era el primogénito y había sido dedicado al servicio de Dios siendo niño. Esto hizo que Chen, siendo aún pequeño, sintiera mucha presión, pues sabía que sus padres esperaban que él hiciera de su vida algo especial para Dios.
Chen amaba a su padre y a su madre, y los respetaba por los sacrificios que habían hecho para Dios y para la iglesia. Él quería complacerlos, pues el honor de la familia significa mucho en la cultura china. No obstante, Chen era muy cauteloso, porque sabía lo que el futuro probablemente tendría para él como pastor. No estaba seguro de que pudiera ser predicador como lo era su padre; y tampoco estaba seguro de que estuviera listo para las responsabilidades de un pastor. Sin embargo, parecía que él no podía decir nada al respecto, ya que esa era la costumbre en los hogares de las familias asiáticas. Como su padre había dicho muchas veces, su suerte era la vida de un pastor.
Pero ahora Chen tenía ante sí una nueva vida: un trabajo nuevo, que le permitía aprender y crecer espiritualmente. Él no era predicador; no era un pastor de iglesia. Chen estaba trabajando como instructor bíblico para la Iglesia Adventista de Shanghai, y lo disfrutaba más que cualquier otra cosa que le hubiese gustado en lo pasado. En este nuevo trabajo, se le pagaba para estudiar su Biblia y compartirla con otros, entre otras cosas. ¡Qué oportunidad! ¡Qué bendición!
Las semanas pasaron volando, y antes de mucho, Chen estaba experimentando toda clase de aventuras nuevas. Estaba vendiendo Biblias y otros libros religiosos que la iglesia lograba conseguir; eso era una bendición para todos, y ayudaba en el crecimiento de la iglesia. Sin embargo, un obstáculo para la misión de Chen era que los libros en idioma chino eran costosos, si es que se los podía encontrar. Y la iglesia tenía muy pocos libros de Elena de White, muchos menos de los que necesitaban, provenientes de los Estados Unidos. Para Chen, los libros de aquella autora eran los más inspiradores, después de la Biblia; después de todo, ella había sido inspirada mediante visiones y visitas reales de ángeles. Cuando Chen pensaba acerca de esto, su mente se estremecía con entusiasmo y más que nunca deseaba dedicar su vida a la obra de Dios, a través de la Biblia y de otros los libros.
Lo que necesitaban era encontrar una manera en que ellos mismos pudieran traducir algunos de los libros de Elena de White. De esa manera, podrían disminuir los costos e imprimir muchos ejemplares de forma independiente. Cuando mencionó esto al pastor Lin en la iglesia de Shanghai, el pastor quedó impresionado con esta idea.
Sin embargo, lo que más le gustaba a Chen era estudiar la Biblia con personas interesadas. Generalmente, encontraba a tales personas cuando estaba vendiendo Biblias y otros libros religiosos. Si podían adquirir algún libro, eso lo ayudaba a sostenerse económicamente; pero si no podían comprar, a menudo los invitaba a estudiar con él. Y si les gustaban los estudios, les preguntaba si querían asistir a la Iglesia Adventista del Séptimo Día con él, en Shanghai.
No ganaba mucho dinero como instructor bíblico, pero eso no le molestaba. Era joven, no tenía compromisos y necesitaba muy pocas posesiones terrenales. Aunque tenía una bicicleta que lo ayudaba a recorrer la ciudad, no tenía un reloj propio. Aquella era la totalidad de sus bienes terrenales, excepto unas pocas camisas buenas, que tenía que lavar y planchar él mismo casi cada día, pero pensaba que esa era una buena práctica para cuando quisiera conquistar a una señorita algún día.
“A una jovencita le gusta ver a su hombre bien vestido”, le había dicho su madre más de una vez, y él creía que tenía razón. Ciertamente, no hacía ningún daño; y estar bien vestido siempre lo ayudaba a entrar en los hogares cuando vendía libros. Eso era, en sí mismo, una ventaja.
Después de dedicarse dos años a esta tarea, ya era un vendedor excelente. Aunque tenía que admitir que, probablemente, regalaba tantos libros como los que vendía. “¿Cómo puedo salir del hogar de la gente sin darles algo para leer?”, le planteaba al pastor Lin.
También era un buen estudiante de la Biblia, y podía encontrar en ella cualquier texto o tema que necesitara, como si fuese un pastor. Él no lo sabía en ese entonces, pero el trabajo que estaba realizando como instructor bíblico en Shanghai, sin dudas, lo iba preparando para su vida futura de servicio más que cualquier otra cosa que pudiera hacer. Lo único que le interesaba era que compartía la verdad del amor de Jesús. No le importaba dónde lo hiciera o por cuáles pruebas Dios lo hiciese pasar. Si Dios quería que él escalara los montes del Everest, lo haría. Si compartir la historia de la salvación requería que surcara los siete mares, eso era lo que quería hacer. La vida, para Chen, era todo lo que tuviese que ver con el evangelismo y la aventura de hablar de Jesús, a cualquier precio.
Pero había otras aventuras que iban en dirección a Chen, cambios que darían forma a su futuro de maneras que él ni siquiera imaginaba. No siempre pudo leer lo que escribía aquella mano en la pared de su vida; sin embargo, en los años que vendrían, él desearía haber sido lo suficientemente sabio como para hacerlo. Su energía y entusiasmo eran sus dones mayores, pero a veces era joven e ingenuo en cuanto a las cosas de la vida, y Satanás encontraría maneras de explotar eso.
Mientras estuvo en Shanghai haciendo la obra de Dios, se encontró con la mujer de sus sueños. Y ¡qué niña era! Ruolan era diferente de cualquier señorita que Chen hubiese conocido alguna vez. Ella era entusiasta, divertida, y enamorada de la vida. Su nombre significaba “Orquídea”, nombre que su padre había insistido en darle. “Con un nombre como ese, siempre será hermosa”, había dicho él cuando Ruolan todavía era un bebé, y Chen tuvo que concordar en esto.
Capítulo 3
Chen y Ruolan se encontraron en el hogar-iglesia donde Chen adoraba cada sábado. Ella había sido invitada por una amiga, y había quedado intrigada por el espíritu de comunidad que había encontrado allí. La iglesia se preocupaba mucho por los pobres y los enfermos, y parecía que siempre estaba lista para ayudar a los que estaban en dificultades. Cuando un miembro de la iglesia perdía su trabajo, otro miembro aparecía en su puerta con comida y ropa. Cuando alguien del grupo de la iglesia enfermaba, algún otro iba a su casa, para darle tratamientos con hierbas y otros remedios.
Y cuando Ruolan se unió al grupo de estudio de la Biblia que dirigía Chen, ella se dio cuenta de por qué los miembros eran tan bondadosos y amantes. Era porque estaban llenos de la paz y el amor de Dios. Jesús había muerto por ellos para salvarlos de este mundo lleno de tragedia. Si oraban a él, él los ayudaba con sus dificultades. Si embargo, lo más importante para Ruolan era la increíble noticia de que este Dios, llamado Jesús, vendría pronto para llevarlos al cielo.
Fue así que Ruolan aprendió acerca de las grandes verdades bíblicas. Ella era joven, con ojos brillantes e inteligente, y parecía saber exactamente lo que quería. Estaba entusiasmada con las ideas que escuchaba, y compartía su alegría por su recién encontrada fe durante los momentos de testimonio personal. No siempre entendía todo lo que escuchaba de la Biblia, pero se sentía atraída por ese mensaje, y por estas personas que le habían enseñado las buenas nuevas de la salvación.
Semana tras semana, Chen se encontró esperando los cultos del sábado. Semana tras semana, se encontraba más atraído hacia esta mujer, que llenaba de vida a su iglesia. Pasaron horas paseando juntos en bicicleta durante los fines de semana, caminando por los parques y cocinando sus platos favoritos.
No obstante, él no podía saber que estaba pisando terreno peligroso. Aunque veía el camino que se extendía por delante, no podía divisar la curva en el camino, y esta falta de previsión fue lo que sería su caída.
Una cosa que le molestaba a Chen más de lo que estaba dispuesto a admitir, era la falta de interés misionero en la vida de Ruolan. Parecía que a ella le gustaba el mensaje de esperanza que la iglesia adventista le había traído, pero que no sentía una necesidad real de compartirla con otros fuera del círculo de la iglesia. Reflexionando sobre esto mucho más tarde, Chen supo que, en lo que se refería a Ruolan, él había estado pensando con su corazón, y no con su cabeza. Pero en ese entonces Chen era joven, y no pudo prever las dificultades que esto pudiera generar en una relación.
Otras cosas que deberían haber alertado a Chen eran las fuertes conexiones políticas de Ruolan y un orgullo nacional que era casi obsesivo. Chen pensó que su gran devoción a China era un rasgo admirable, excepto en las ocasiones en que los llevó a discusiones que no tenían solución. Ruolan estaba a favor de un gobierno comunista más fuerte, y Chen no. Ella deseaba que hubiera menos influencia cultural de Occidente, y él estaba en favor de esa influencia. Ruolan sentía que el país estaría mejor en lo económico con una jornada laboral más larga, mientras que Chen recordaba sus largos días de trabajo en la fábrica e insistía en que esa no era la solución. “Permitir que la gente maneje sus propios negocios familiares pequeños es el camino a un futuro económico más brillante para China”, decía él.
Hubo personas que trataron de razonar con Chen acerca de Ruolan. Ella era joven y recién convertida. ¿Qué sabía realmente Chen acerca de ella, y de sus antecedentes? ¿No sería mejor dar más tiempo a esa relación, antes de entregarse tan completamente a los encantos de ella? ¿Y sus antecedentes políticos? ¿No era eso una preocupación para él?
Chen no quería admitir que estos problemas podrían estorbar su felicidad y la de Ruolan. Para él, la vida era un gran horizonte de cielo azul, y Ruolan era el centro de ese horizonte. Se encontraba irresistible e incontroladamente enamorado de esta hermosa mujer.
Su romance fue un torbellino, y antes de mucho, estaban casados. Ahora, la luz del sol iluminaba a Chen cada día, y para él la vida no podía ser mejor.
Sin embargo, lamentablemente, esto no habría de durar.
En 1949, el nuevo gobierno comunista, que Ruolan había deseado, llegó al poder. La llegada del revolucionario Mao Zedong (o Mao Tsé Tung) a la escena política produjo mucha alabanza entusiasta, especialmente de parte de aquellos que eran jóvenes de corazón.
Pero para los cristianos en toda China, no podría haber ocurrido un desastre mayor. Todas las iglesias tuvieron que ocultarse, reunirse en secreto, y eso hizo que fuera muy difícil para Chen y para Ruolan adorar con los demás creyentes. Tenían que ser muy cuidadosos acerca de cuándo adoraban y con quién. Generalmente, se reunían en lugares inesperados, lugares en que los espías del gobierno nunca pensarían en buscar, y esos sitios tenían que cambiarse cada semana. Pero aun así, algunas personas se infiltraban procurando hacer amigos entre los cristianos, buscando creyentes que no sospechaban nada, para luego poder atraparlos en un acto de adoración.
La fe de Chen prosperaba durante esos tiempos difíciles, por causa de la manera en que había sido criado. Aun bajo circunstancias difíciles, encontraba formas de ganar algún dinero para vivir y testificar en favor de Jesús. Conseguía preciosos ejemplares de la Biblia o de libros de Elena de White, y los vendía a personas que expresaban una necesidad de las cosas espirituales. Si la gente no podía adquirirlos, a menudo los regalaba. También trabajaba como tutor enseñando a los niños a leer, y luego daba estudios bíblicos a los padres tarde por la noche, después de terminar las lecciones. No ganaba mucho dinero con esas actividades misioneras, pero estaba ayudando a llevar el evangelio a quienes buscaban la verdad.
Para Ruolan, las cosas eran diferentes. Sus raíces cristianas no eran muy profundas. Había sido cristiana poco tiempo, y no sentía el deseo ni la responsabilidad de compartir el evangelio, como le sucedía a Chen. Ella no podía entender su gran deseo de testificar de Jesús, y cuando los fuegos de la persecución comenzaron a arder, su fe se debilitó. ¿Por qué pasaba Chen todo ese tiempo haciendo obra misionera?, le preguntaba. ¿Por qué no se conseguía un trabajo, como todos los demás, que le diera un salario regular?
Y cuando ella dio a luz a un hijo, Zian, su primer niño, las cosas se pusieron más difíciles; ya no podían subsistir con lo poco que Chen llevaba a la casa. Día tras día, Ruolan le rogaba a Chen que consiguiera un trabajo verdadero que pudiera sostenerlos, y al final él consintió.
Encontró trabajo en una línea de ensamblaje en una planta farmacéutica, y la paga era bastante buena, considerando lo que eran los salarios luego de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el nuevo gobierno comunista había tomado todas las fábricas, y desde el comienzo Chen pudo ver que tendría conflictos. La fábrica requería una semana de seis días de trabajo, así que, se esperaba que los operarios trabajaran los sábados. Chen sabía que él nunca estaría dispuesto a hacerlo. ¿Cómo podría deshonrar a Dios, violando el santo día sábado?
Chen decidió pedir los sábados libres antes de que llegara el primer fin de semana. Daría a conocer sus deseos y descubriría dónde estaba parado su supervisor, o perdería su trabajo intentándolo. El supervisor se rehusó, pero sorprendió a Chen enviándolo a otra sección de esa fábrica. Esta decisión fue una suerte inesperada para Chen, y le dio esperanzas de que Dios tenía algo para él allí.
El administrador en esa nueva área descubrió que Chen era un hombre que trabajaba bien. Siempre llegaba temprano y, a menudo, se quedaba hasta tarde. Era organizado y eficiente, y se llevaba bien con los demás operarios. También era honrado, algo que el nuevo gobierno comunista valoraba altamente. Esto puso a Chen en una buena relación con su nuevo supervisor, y cuando Chen pidió el sábado libre, el administrador aceptó. Más sorprendente aún fue que Chen recibiera permiso para trabajar cinco días en lugar de seis, pero por el mismo salario.
Ese primer sábado, el testimonio personal de Chen en la iglesia fue de alabanza por las bendiciones increíbles que Dios le había otorgado en su nuevo lugar de trabajo. Todos se alegraron con él, y con Ruolan. Las cosas parecían ir mejor para la joven pareja, y esto fortaleció su fe en el cuidado de Dios por ellos.
Chen miró de reojo a Ruolan y al pequeño Zian, sentados junto a él en el hogar-iglesia, y agradeció a Dios por su bondad. Tener una esposa y un hijo amantes, y un buen trabajo donde pudiera ganar un sueldo aceptable y testificar de su fe, era más de lo que había esperado.
En 1953, la iglesia de Shanghai abrió un nuevo seminario para preparar instructores bíblicos. Las clases se daban de noche, para permitir que asistieran los hombres que trabajaban durante el día, y Chen era uno de ellos. Esto comenzó una nueva fase para Chen, que cambiaría su vida para siempre.
La escuela nocturna fue una bendición para todos, y Chen progresaba bien. En realidad, él mostró ser un alumno tan bueno que pronto le pidieron que ayudara a escribir las lecciones bíblicas que usaban cada noche.
Lamentablemente, después de casi un año de trabajar en la planta farmacéutica, comenzó a tener problemas. El administrador fue transferido y llegó un nuevo jefe. El Sr. Jiang era un hombre bajo, de contextura sólida, algo encorvado, y con un rostro esculpido en piedra. “No creo que haya sonreído una sola vez en su vida”, le dijo Chen a Ruolan ese primer día con el nuevo administrador.
El Sr. Jiang no sabía nada de los arreglos previos de Chen para tener los sábados libres; ni le importaba. Por supuesto, Chen no sabía esto, y suponía que se le permitiría mantener los privilegios del sábado libre como antes. Sin embargo, estaba equivocado.
Capítulo 4
Ese primer sábado bajo la nueva administración, Chen participó del servicio de adoración a Dios con su grupo regular, sin pensar en el trabajo. El sábado era su día favorito de la semana. En este día especial, él y su familia se gozaban cantando himnos sencillos, leyendo las Escrituras y socializando con creyentes de igual pensamiento, mientras adoraban a su Hacedor. Y además, celebraban el santo día de Dios, podían compartir sus problemas, y testificar con alabanzas que la bondad de Dios era la razón de su esperanza de salvación.
En todo esto, Chen estaba dichosamente inconsciente de un obstáculo que pronto perturbaría su vida. El lunes de mañana, encontró en el tablero de anuncios de la fábrica una nota con su nombre en grandes letras, anunciando que no debería faltar más al trabajo los sábados. Chen se quedó pasmado, mirando atónito el anuncio por un largo tiempo. Dios lo había bendecido con el sábado libre durante casi un año, y él había llegado a dar por sentada esa situación, pero ahora podía ver que se había terminado esa bonanza. Satanás estaba en pie de guerra. Era solo cuestión de tiempo, antes de que su trabajo estuviera en la balanza. Si había de mantenerse fiel en su devoción al santo sábado de Dios, probablemente, muy pronto quedaría sin trabajo.
Sin embargo, el sábado siguiente Chen fue a la iglesia, esta vez, desoyendo la clara advertencia que había permanecido en el tablero de anuncios durante casi una semana. Honraría el sábado sin importarle nada. Dudas molestas lo apremiaban en la orilla de sus pensamientos. ¿Le daría su jefe el lunes otra vez un aviso público?
No obstante, y para su sorpresa, cuando el lunes de mañana llegó al trabajo, su jefe no le dijo nada. Todo el día cumplió sus responsabilidades en la línea de montaje. Chen estaba sobre ascuas, esperando la confrontación inevitable con el jefe. Pero cuando llegó la hora de dejar el trabajo, marcó su tarjeta en el reloj y salió, sin que el administrador se hubiese acercado a él.
Al pasar los días de esa semana sin que le dijeran nada, Chen comenzó a pensar que el administrador le daría otra vez un pase y le permitiría continuar faltando al trabajo los sábados.
Sin embargo, el viernes el administrador lo llamó aparte, y le advirtió severamente que si no iba a trabajar al día siguiente, le pediría que renunciara. El corazón de Chen dio un vuelco, sabiendo que sus temores más graves finalmente se habían hecho realidad. ¿Qué podría hacer? Sus opciones eran limitadas. Ser fiel a sus convicciones y buscar trabajo en otra parte, o trabajar los sábados y mantener su puesto. En su mente, no tenía dudas sobre lo que debía hacer, pero eso no hizo que el resultado fuera menos difícil. Él sabía que tenía que guardar el sábado, pero también sabía que necesitaba un trabajo para sostener a su esposa y a su hijo.
Chen decidió guardar el sábado, por supuesto, y le comunicó al administrador su decisión.
–No tengo otra opción –le dijo Chen–. Le debo eso a mi Creador. Él hizo que el sábado fuera un día santo, y me pide que descanse ese día, para adorarlo. No importa lo que me cueste, no puedo deshonrarlo trabajando en sábado.
El administrador se quedó mirando a Chen.
–Entonces, supongo que sabes lo que tienes que hacer el lunes próximo. Trae tu nota de renuncia –respondió fríamente–. Es tu sábado libre o tu trabajo. No puedes tener las dos cosas.
Encogiéndose de hombros, se fue. Entonces, Chen supo que a menos que Dios interviniera de alguna manera, este sería su último día de trabajo en la fábrica.
La mañana siguiente amaneció clara y brillante, y Chen pensó que nunca en su vida había visto un día más hermoso para estar vivo. Le pareció que los pájaros cantaban más alegremente que nunca, mientras caminaba la corta distancia para adorar con el grupo de creyentes. Las flores de cerezo en el parque de la ciudad eran aún más fragantes de lo que recordaba que pudieran ser. Sin embargo, otra vez Chen encontró difícil relajarse y gozar realmente del día de reposo, que él más amaba. Todo parecía confuso, al recordar vez tras vez la conversación que había tenido con su jefe en la fábrica: “Es tu sábado libre o tu trabajo. No puedes tener las dos cosas”.
Y adorar a Dios en la iglesia, ese sábado, fue una batalla. Él amaba los himnos, aunque no era un gran cantante, pero encontraba difícil lograr que su alabanza fuera genuina. Leer las Escrituras para el grupo parecía un enigma, ya que su mente estaba preocupada con la creciente certeza de perder su trabajo. No dio su testimonio, porque tenía miedo de que se notara su falta de fe en Dios.
Y Chen se preguntaba: ¿Sabrá Ruolan de la lucha que me está torturando por dentro? Ella no había ido a la iglesia ese día porque no se sentía bien, había dicho. Él supuso que Ruolan había percibido que algo andaba mal, por la forma en que lo había mirado durante el desayuno. Había tensión en el aire entre ellos, y varias veces Chen había tenido que pedirle que repitiera lo que ella había dicho. Chen no quería admitirlo, pero las cosas decididamente se estaban enfriando entre ellos.
No obstante, si Ruolan sospechaba algo, no lo había expresado ni lo había señalado, y por esto Chen estaba contento. Él no quería tener que luchar con su calamidad inminente, y también darle la mala noticia a ella. Habría tiempo suficiente para hacerlo el lunes.
El lunes, el administrador estaba en su oficina esperando a Chen. Sin decir nada, el Sr. Jiang se sentó a su escritorio y miró a Chen fijamente, por encima de sus gafas con marcos de alambre; aunque no habló, su mirada decía mucho. Él mostraba una confianza en su mirada que no podía negar, como si esperara que Chen hubiera cambiado su decisión.
Chen se quedó de pie, cambiando su peso de un pie al otro, preguntándose cómo darle mejor la noticia. Como si postergar el anuncio hiciera que el resultado fuera más fácil. Pero no había una forma buena o fácil de decir lo que tenía que decir.
–He decidido escribir la nota de renuncia –anunció finalmente Chen.
Miró fijo al Sr. Jiang, sabiendo que esta era la decisión más importante que alguna vez hubiese tomado, y añadió:
–He decidido que no puedo renunciar al sábado como día de adoración a Dios. Tenía la esperanza de que usted hubiera cambiado su decisión y me permitiera tener los sábados libres, señor, pero sospecho que eso no ocurrirá.
–Yo podría decir lo mismo de usted –dijo el administrador, incrédulo–. Realmente estoy sorprendido. Pensé que después de reflexionar durante el fin de semana, su respuesta esta mañana sería diferente –el Sr. Jiang hizo una pausa, para tomar un sorbo del té que tenía en una taza sobre la mesa–. Usted es un hombre de familia, ¿verdad? Su esposa es Ruolan, ¿no? ¿Qué dice ella acerca de todo esto?
Chen lo miró con cuidado. ¿Qué estaba queriendo decir? ¿Cómo sabía el nombre de Ruolan? ¿Sabía el administrador algo que Chen desconocía? ¿Era todo esto algo armado?
–He oído que usted pronto se divorciará –siguió diciendo el Sr. Jiang–. Esas no pueden ser buenas noticias para nadie. Piense en lo que eso significará para usted y para su hijo.
–¡Un divorcio! –tartamudeó Chen–. ¿De qué está hablando?
Su mente daba vueltas, y su visión se nubló mientras miraba fijamente al Sr. Jiang, que seguía sentado detrás de su escritorio. ¿A dónde quería llegar el administrador de la fábrica con su última expresión?
–¡Mi esposa no sabe nada de esto! –logró, finalmente, decir Chen.
–Ella lo sabe –replicó el Sr. Jiang–. Hemos estado en conversaciones con ella por algún tiempo, y es algo que a ella le gustaría decirle.
El Sr. Jiang levantó el teléfono de su escritorio y marcó un número.
–Camarada Ruolan, aquí habla el Sr. Jiang, de la fábrica farmacéutica. Su esposo está aquí. Puede hablarle a él ahora –y el Sr. Jiang le pasó el teléfono a Chen–. Hable. Cuéntele de su decisión –le ordenó con frialdad.
Chen miró fijamente al administrador, sin poder creer lo que oía. Su boca se abrió mientras tomaba el teléfono. Al principio no pudo hablar, pero la voz de Ruolan lo llamaba incesantemente por el teléfono. Él podía escucharla débilmente, y como si estuviera lejos, pero todo le parecía una pesadilla.
–¡Chen! ¡Chen! –ella estaba casi gritando–. ¿Me oyes?
–Estoy aquí –tartamudeó–. ¡Te oigo! No tienes porqué gritar.
Chen logró recobrar la compostura, y comenzó a molestarle que ella lo tratara de ese modo. ¿Dónde estaba la mujer diligente y respetuosa que había prometido ser cuando se enamoraron y se casaron, hacía unos pocos años?
–Dime que no es cierto –Chen podía oír el hielo en la voz de Ruolan–. Dime que no hemos llegado a esto. ¿Preferirías que Zian y yo pasemos hambre, antes que trabajar los sábados?
–¿Dejarte con hambre? –Chen no podía creer lo que oía–. Tú no pasarás hambre aunque yo pierda este trabajo. Tú sabes que nunca permitiré que eso ocurra. ¿Qué clase de esposo crees que soy?
¡Un esposo perfectamente loco!, resopló ella aparte. Y luego él pudo oír que la voz de Ruolan estaba dirigida de nuevo al teléfono:
–¡Yo no tendré un esposo que elige su religión por encima de su esposa y su hijo!
Capítulo 5
-¿Qué está pasando, Ruolan? –Chen bajó la voz, al ver que el Sr. Jiang lo seguía mirando–. Tú sabes cuál es mi convicción acerca del sábado. Siempre lo supiste. ¿Por qué esta repentina preocupación sobre algo en lo que sabes que no cederé?
–Es que los tiempos son difíciles, y ¡no creo que le preocupe a Dios que trabajes de vez en cuando en sábado! No cuando él sabe que tu familia necesita del dinero.
–Pero no será de vez en cuando, Ruolan.
Chen estaba comenzando a irritarse, y le molestaba que a ella no le importara tener esta conversación por teléfono, en público.
–Ellos quieren que yo trabaje cada sábado, y tú sabes que no puedo hacer eso.
–¿No puedes hacerlo, o no quieres hacerlo? –argumentó ella.
–¿No puedo hacerlo? ¿No quiero hacerlo? ¿Cuál es la diferencia? –Chen se estaba enojando otra vez, ante su insistencia–. No seguiré esta conversación por teléfono.
–¿Le darás a tu jefe tu nota de renuncia? –demandó ella, fríamente–. El Sr. Jiang dijo que eso es lo que vas a hacer.
–Cuando llegue a casa te explicaré todo.
–¡Oh, no, no lo harás! –contestó ella.
Para ese entonces, su voz se había vuelto tan fría como un témpano de hielo
–Si presentas esa nota, no te molestes en venir a casa.
Chen no podía dar crédito a lo que oía. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué le había ocurrido a Ruolan? ¿Cómo podía ella tratarlo tan rudamente, y sobre algo tan precioso como el sábado?
–¿Qué quieres decir con que no vuelva a casa? –pudo decir finalmente–. ¡Es mi casa!
–¡Ya no lo es más! No lo es, si eliges el sábado por sobre tu familia –aseguró ella enfáticamente–. Yo ya preparé mis papeles para el divorcio. Si firmas esa carta de renuncia, puedes firmar al mismo tiempo tu renuncia a nuestro matrimonio.
Ella colgó el teléfono, y Chen se quedó parado, con el teléfono en la mano. El Sr. Jiang lo miraba fijamente, esperando su decisión. Pero Chen no decía nada.
–Bueno –dijo, al final, el administrador– sospecho que estamos perdiendo nuestro tiempo aquí. Acabemos con esto –añadió, sacando una hoja de papel y una lapicera. Las empujó sobre la mesa hacia Chen.
–No entiendo...
Los hombros de Chen fueron cayendo, mientras tomaba la lapicera, sosteniéndola sin moverla.
–¿Qué le sobrevino a mi esposa? Nunca fue así.
–Le diré lo que le sobrevino –respondió el Sr. Jiang, mientras sacaba una carpeta del cajón de su escritorio, y comenzaba a hojear su contenido–. Ella recuperó sus sentidos y volvió a lo que ama más. No sé qué clase de cristiana era ella, pero ella es una muy buena comunista.
–¿Comunista? –Chen se quedó mirando la sonrisa maliciosa del Sr. Jiang.
Su mente retrocedió a las discusiones que habían tenido sobre cómo debía manejarse el gobierno, y se asombró de cuán ingenuo había sido él, por no haber visto antes cuáles eran las lealtades políticas de ella. ¿Cómo pudo haber sido tan ciego? ¿Cómo pudo haber despreciado los consejos que otros le daban acerca de los antecedentes de ella? Sin duda, el partido comunista había convencido a Ruolan de que trabajara junto con la fábrica y el Sr. Jiang para presionar a Chen. Evidentemente, ella había accedido, y el Sr. Jiang lo había sabido todo ese tiempo. Pero ¿qué le habían hecho a Ruolan, para que diera ese giro de 180º en sus previas convicciones como cristiana? Ella no era una persona débil; aunque era cierto que había sido cristiana solo un tiempo muy corto.
–Escribiré esa carta, sin importar las consecuencias –dijo Chen, tomando resueltamente la lapicera–. Pero tengo una pregunta: ¿Qué le hicieron a Ruolan, para que se volviera contra mí?
–No fueron bondadosos –el Sr. Jiang no pudo mirar a Chen a los ojos–. Pero esto puedo decirle: creo que tuvo algo que ver con su hijo.
–¡Esos miserables bribones! –murmuró Chen en voz muy baja, al darse cuenta de lo que eso significaba.
Los líderes comunistas debieron de haber amenazado a Ruolan respecto de la seguridad de su hijo. Eso hizo que Chen se enojara. ¿Vendrían ellos para llevarse al pequeño Zian, a fin de alejarlo de la influencia del cristianismo? Chen sabía que los líderes comunistas hacían esa clase de cosas a menudo, a fin de asustar a la gente y hacerla obedecer.
Pero ahora mismo, él sabía que no podía hacer nada. Los comunistas habían trazado una línea en un movimiento calculado, desafiándolo a cruzarla. Él había hecho eso mismo en sus esfuerzos para honrar a Dios y el sábado, y ahora tendría que pagar un precio muy alto. ¿Habría cambiado su decisión, si hubiese sabido todo lo que significaría ese paso? Tal vez no, pero Chen nunca estaría seguro porque, para cuando se hubiera asentado el polvo sobre todo este problema, sería demasiado tarde para volverse atrás. Al final de ese día, había perdido su trabajo, su esposa, su hijo y su hogar.
Esa noche, mientras dormía en el suelo en la casa de un amigo bondadoso que lo había recibido, Chen miraba fijamente el techo, preguntándose una vez más dónde había fallado. ¿Qué podría haber hecho él en forma diferente? Y llegaba siempre a la misma conclusión. Se había casado con Ruolan conociendo sus diferencias y, tal vez, ese había sido su mayor error. Pero ¿y el sábado? Él nunca renunciaría a sus convicciones acerca de lo sagrado de ese día, y nunca renunciaría a su derecho y privilegio de adorar a Dios como lo requería el cuarto Mandamiento.
“Acuérdate del sábado, para consagrarlo”, Chen comenzó a repetir los bien conocidos versículos en su mente. “Trabaja seis días, y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero el día séptimo será un día de reposo para honrar al Señor tu Dios. No hagas en ese día ningún trabajo, ni tampoco tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni tampoco los extranjeros que vivan en tus ciudades. Acuérdate de que en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y que descansó el séptimo día. Por eso el Señor bendijo y consagró el día de reposo”.1
Esas palabras de algún modo le trajeron algo de consuelo. Él no sabía cómo podía ser eso. Su devoción al cuarto Mandamiento era la razón por la que ya no tenía familia ni hogar. El trabajo que había perdido no era realmente importante en su mente; algún día, en algún lugar, podría conseguir otro trabajo. Pero ¿su esposa y su hijo? Ellos constituían su hogar y le daban felicidad. La desesperanza de ese pensamiento casi lo abrumó, pero luego se detuvo cuando se puso realmente a pensar en esa idea. ¿Había algo mal en ese cuadro? ¿Era cierto que solamente una mujer, un hijo y un hogar podían darle felicidad?
Chen contempló las formas de las sombras danzarinas que jugaban en el techo. ¿Quién podría saber que la luz de un débil farol callejero y las ramas de un árbol cerca de la casa podían fabricar tales caricaturas en el cielorraso? Tal vez su vida era como una de esas imágenes; tal vez, Dios estaba obrando de maneras misteriosas, usando diversas circunstancias para producir un plan más amplio y profundo para la vida de Chen. Después de todo, si ponía a otros por encima de Dios, ¿qué sentido tendría decir que era cristiano? ¿No había advertido Jesús a sus seguidores exactamente acerca de eso? ¿No se había entregado Jesús a sí mismo, cuando dejó al Padre y vino para morir por la raza humana?
Más pasajes de las escrituras vinieron a su mente, mientras seguía mirando el cielorraso. “Ustedes serán traicionados aun por sus padres, hermanos, parientes y amigos [...] Todo el mundo los odiará por causa de mi nombre”.2 “Los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz cada día y sigue en pos de mí, no es digno de mí”.3
Chen no quería ser traicionado por miembros de la familia, pero tampoco quería vivir sin Dios en su vida. Eso sería peor que la muerte misma. Cerró los ojos, y trató de echar fuera tales pensamientos. No le gustaba la idea de vivir sin Ruolan y sin la compañía del pequeño Zian. Tal vez, Ruolan cambiaría de idea. Probablemente, ella volvería a buscarlo por la mañana. O, tal vez, ella simplemente necesitaba algunos días para reflexionar sobre la situación. Quizás en una semana, o algo así, ella volvería a sus sentidos, y se daría cuenta de que la sangre familiar que corría por sus venas era más valiosa que su lealtad a alguna ideología gubernamental.
Tal vez sí... pero quizá no. Si había una cosa que Chen conocía acerca de Ruolan, era su orgullo porfiado. Ella se aferraría a esto por más tiempo de lo que la mayoría de las mujeres lo haría, y para ese entonces, los oficiales comunistas la habrían atrapado totalmente. ¿Quién sabía qué medidas estaban tomando en ese mismo momento, para asegurar sus planes? ¿Quién sabía qué mentiras le estarían diciendo acerca de él?
Chen era un joven de apenas 26 años, pero parecía que su vida ya era un fracaso. Había perdido su trabajo y su hogar. Su esposa de hace pocos años lo había echado, y se había quedado con el único hijo de ellos. ¿Volvería a ver alguna vez a su hijito, Zian? Él había pensado que era un buen esposo y padre, pero ¿de qué le valieron todas sus buenas cualidades? Sin ninguna duda, había llegado al peldaño más bajo de la escalera.
Chen consideró nuevamente cuál era la causa de esta situación. Evidentemente, los antiguos vínculos de Ruolan con el partido comunista habían sido demasiado fuertes para ella; y su amor por la iglesia había sido solo superficial. Ahora, él estaba cosechando el resultado de las decisiones que había tomado hacía unos años, y volvía a estar solo, sin familia.
Chen pensó en todo el dolor y el sufrimiento que padecía... ¿habían valido la pena su devoción al servicio a Dios y a la iglesia? Su padre había sufrido por los sacrificios que había hecho para ver que otros oyeran las buenas noticias del evangelio, ¿y qué recompensa había obtenido? Nada más que una vida errante; ningún lugar que pudiera llamar su hogar.
1 Éxodo 20:8-11 (NVI).
2 Lucas 21:16, 17 (NVI).
3 Mateo 10:36-38.
Capítulo 6
Chen se restregó los ojos y se enderezó de la máquina de escribir ante la cual estaba sentado, en una pequeña habitación de la Iglesia Adventista China de Shanghai. Se reclinó en el respaldo recto de la silla, e inspiró profundamente, para despejar sus pulmones. El olor del alcohol del mimeógrafo era fuerte y lo mareó un poco.
Ya hacía seis semanas que había comenzado a traducir del inglés al chino un ejemplar de El conflicto de los siglos, un libro acerca de la historia y el futuro de la humanidad y de la iglesia cristiana, escrito por Elena de White. Pero su máquina de escribir era muy antigua, y los dedos le dolían de tanto golpear las teclas oxidadas. Ya había completado trescientas páginas, y todavía le quedaban unas cuatrocientas.
Una mariposa nocturna revoloteaba cerca de la lámpara de kerosén en su mesa de trabajo, atraída en forma irresistible por el danzante resplandor de la mecha. ¡Qué idea!, pensó Chen. La luz de esta lámpara de kerosén es como la luz del evangelio para el pueblo de la China. Como esta mariposita, las personas que busquen realmente la verdad verán la luz de Dios en los preciosos libros que estoy traduciendo.
Chen miró la hoja a medio escribir que tenía delante. Sus esfuerzos parecían muy débiles. Golpeando una tecla por vez en esa vieja máquina de escribir se formaban palabras en el papel; estas palabras formaban oraciones y párrafos; los párrafos se volvían páginas y capítulos. Cuando, finalmente, el libro estuviese terminado después de meses de un trabajo agotador, sería realmente un triunfo. Pero el proceso insumía tanto tiempo...
Él no podía negar que estos libros con los cuales trabajaba día y noche eran sagrados. La inspiración y el duro trabajo invertido en estos libros especiales habían costado mucho a la iglesia. La misma tarea de Chen parecía insignificante, en comparación con la de los hombres y las mujeres que se habían sacrificado mucho para llevarlos al público. Los instructores bíblicos habían arriesgado su libertad, caminando las calles de Shanghai y otras ciudades chinas para vender los libros. Algunos de estos soldados de Cristo habían sido encarcelados por sus esfuerzos de mantener los libros a salvo. Algunos hasta habían pagado con sus vidas.
Chen miró el reloj en la pared. Ya era tarde, casi las diez de la noche, y él sabía que era hora de concluir el día de trabajo, pero ¿cómo podía hacerlo? Su pastor, Lin David, todavía estaba sentado a una mesa cercana trabajando con otra máquina de escribir. Su proyecto actual era un ejemplar de El Deseado de todas las gentes, un libro acerca de la vida de Jesús, también de Elena de White.
El pastor Lin era un monumento de fortaleza espiritual, un gigante en la comunidad cristiana china. Durante catorce años había dirigido ese grupo de adventistas del séptimo día en Shanghai, y ahora la Iglesia en el Oriente chino estaba creciendo a pesar de la persecución. La obra había tenido tanto éxito, en realidad, que la “iglesia” había designado a nueve hombres para que trabajaran con el pastor Lin en sus planes de evangelización. Los creyentes los llamaban la “junta directiva”, porque el pastor y este grupo de ayudantes tomaban todas las decisiones finales acerca de los asuntos de la iglesia. Sin embargo, ese título les confería muy poco estatus. Su misión principal era llevar las Biblias y los libros de Elena de White a las personas honradas y trabajadoras que buscaban la verdad, y la única manera de hacerlo era saliendo a las calles.
La mayoría de los miembros de la junta eran jóvenes, no mucho más mayores que Chen mismo. El pastor Lin le había dicho a Chen que probablemente él pronto sería parte de esa junta, pues él trabajaba arduamente para lograr que se imprimieran esos libros. No obstante, Chen no se sentía digno de ese llamamiento. ¿Cómo podría ser parte de la junta, cuando su propia vida era un desastre, un fracaso en todo sentido? Él no tenía nada que ofrecer a la iglesia, en cuanto a liderazgo. Él no era sabio, ni rico ni influyente en la comunidad. Nadie en la calle lo llamaría una persona de éxito, de esto estaba seguro. Por causa de su determinación por guardar el sábado, había perdido su trabajo, a su esposa y a su hijo, todo en un solo día. La experiencia lo había sacudido hasta lo más íntimo, y se preguntaba si podría volver a ser el hombre fuerte y confiado que una vez había sido.
Todo parecía muy desalentador, pero el pastor Lin le recordaba que Jesús había hablado de esas cosas. Los cristianos podían esperar que los seguidores de Jesús fueran abandonados por su familia, y que perdieran sus posesiones y hasta su casa, por sus esfuerzos para mantener en alto las verdades del evangelio.
Estaba prohibida la evangelización de cualquier iglesia cristiana bajo el nuevo régimen chino, de modo que la Iglesia Adventista del Séptimo Día había pasado a la “clandestinidad”, como lo llamaba la policía del gobierno. Ahora, cada semana, nadie sabía realmente dónde debían o podían reunirse los cristianos. El edificio de la iglesia no era una posibilidad, aun en medio de la noche. Los espías del gobierno estaban en todas partes. Pululaban en cada muchedumbre y, a menudo, se infiltraban en las reuniones cristianas realizadas en secreto.
Pero esto no impedía que los cristianos se reuniesen. Las noticias de los servicios secretos corrían de boca en boca. Cuando los informantes daban al pastor Lin indicios de que los soldados del gobierno o la policía secreta estaban a punto de descubrir su escondite, ellos sencillamente cambiaban las reuniones a otro lugar. Aun la junta de dirigentes de la iglesia no se atrevía a encontrarse en la iglesia.
Chen bostezó y miró su catre en el rincón de la habitación donde estaba escribiendo. Hacía justo un mes que el pastor Lin le había hecho una oferta que no podía rechazar. A cambio de un lugar para dormir, Chen debía servir como guardia de seguridad, para prevenir robos en la iglesia. Ya nadie adoraba en el edificio, pero eso no importaba. Era un lugar perfectamente bueno para Chen, y estaba seguro de que los ángeles de Dios estarían con él en ese lugar. No podría haber pedido un lugar mejor.
Estaba agradecido al pastor Lin por aceptarlo así otra vez. Por supuesto, él sabía que el pastor Lin realmente no lo necesitaba en la iglesia por razones de seguridad. Chen estaba avergonzado por haber dejado su tarea como instructor bíblico, para tomar ese trabajo en el laboratorio farmacéutico. Pero en ese momento el dinero en el hogar era escaso, y Ruolan había sido muy insistente. No había sido una buena situación para un joven con familia, y la fe de Ruolan había sido débil, haciendo que fuera más difícil mantenerse junto al pastor Lin en la iglesia.
No obstante, ahora estaba de vuelta. Después de que Chen aceptara la oferta del pastor Lin de ser guardia de seguridad en la iglesia, el pastor había preguntado a Chen si podría ayudarlo a traducir Biblias y libros, usando una de las antiguas máquinas de escribir de la iglesia.
–Me gustó su idea cuando me la mencionó hace algunos años –admitió el pastor Lin–, pero no teníamos el equipo o las personas para hacerlo bien en ese momento. Pero ahora, gracias a usted, tenemos una buena operación en marcha aquí, en la iglesia, y podemos traducir y publicar más de media docena de libros por año.
La habitación donde estaban trabajando ahora era un cuarto interior sin ventanas, de modo que los dos podían trabajar con sus libros hasta tarde en la noche. La iglesia ya no se usaba para reuniones públicas, de modo que la policía no sospechaba que estaba realizando en ella una tarea editorial.
Capítulo 7
-Es mejor que nos vayamos a dormir –dijo el pastor Lin, como si fuera un eco de los pensamientos cansados de Chen–. No podemos terminar estos libros esta noche. Es mejor que me vaya a casa –agregó riendo, con una sonrisa cansada, y apagó de un soplido la llama de su lámpara de kerosén–. Si me quedo más tiempo, mi esposa se preguntará dónde estoy.
–No, no hay peligro de eso –respondió Chen, riendo también–. Usted hace esto casi todas las noches.
Chen siguió al pastor Lin hasta la salida, para luego cerrar con llave y poner el barrote en la puerta.
–Tengo que ir a ver a la viuda Lanfen mañana –dijo el pastor Lin, dándose vuelta por última vez en la oscuridad–. Ella se está deteriorando mucho, rápidamente. La semana pasada, su hija me rogó que fuera a verla, y me lo pidió otra vez este sábado, de modo que sencillamente no puedo postergarlo más. Espero visitarla a ella y a otra familia durante la mañana, y luego, más tarde, tal vez vaya a vender algunos libros. Estoy contento porque hayamos decidido que tú nos ayudes a traducir libros aquí, en la iglesia, en lugar de enviarte a recorrer las calles como lo hacemos el resto de nosotros. Alguien tiene que tratar de que los libros sigan saliendo de las prensas.
Puso una mano sobre el hombro de Chen e inclinó la cabeza instintivamente. “Señor, protege a mi hermano aquí esta noche, en la iglesia”, oró. “Que tus ángeles lo cuiden a él y a nuestra amada iglesia”. Dicho esto, se fue.
Chen volvió a su habitación y se arrodilló junto a su catre militar, antes de apagar la lámpara por esa noche. Le gustaba trabajar para la iglesia de esta manera, y se sentía honrado de servir a Dios en tiempos de persecución, pero el estar completamente solo le resultaba duro. Trató de no pensar en su esposa y su hijito, pero era casi imposible. Amaba a su esposa. Ella había sido una mujer muy buena, sirviendo con él en una de las iglesias de Shanghai, y su hijo era la niña de sus ojos. Se puso triste al pensar que todo había salido mal.
Debo confiar en el Señor, suspiró, mientras una lágrima furtiva se deslizaba por su rostro en la oscuridad . “Debo creer que tú puedes lograr que algo bueno resulte de estas grandes pruebas que me han ocurrido en la vida”. Y entonces se durmió, exhausto, pues había trabajado muchas horas.
A la mañana siguiente, despertó antes del amanecer con el sonido de suaves golpes en la puerta. Era Manchu, uno de los instructores bíblicos, que había venido a buscar ejemplares de Biblias y libros para vender. Chen se puso contento de ver a Manchu y le ofreció algo de comer, pero él declinó, temeroso de que la policía lo viera ir y venir a esta hora temprana, si se quedaba.
Chen lo ayudó a llenar su mochila con libros que estaban en u n escondite secreto debajo de las tablas del piso de la iglesia. Luego, después de una brevísima oración en la oscuridad, Manchu se apresuró a salir en medio de las nieblas del amanecer, con su mochila llena de libros en la espalda.
Fuera del pastor Lin, Manchu era la primera persona que había aparecido en la iglesia en casi una semana. Aun los otros miembros de la junta no se acercaban a la iglesia sino para buscar libros cuando se les terminaban, y entonces solo envueltos en la oscuridad.
Toda la mañana, Chen trabajó en su maltrecha máquina de escribir, terminando página tras página a la luz de su lámpara de kerosén, en la habitación sin ventanas. En su tarea de traducción, cuando llegaba a un lugar difícil del contenido, primero tenía que anotar sus pensamientos a mano en un papel, antes de escribir el texto en la máquina. Si había cometido un error al escribir, tenía que tomar una hojita de afeitar y raspar la tinta del papel, y luego corregir el error. Hacia el mediodía, había terminado cuatro páginas más, deteniéndose solo lo suficiente para comer apenas un poco de arroz hervido al vapor, con repollo y zanahorias ralladas.
Luego, volvió al trabajo. Esas largas horas en su máquina de escribir, a la luz de la tenue lumbre de la lámpara, eran cansadoras e intensas. A veces, lo único que lo mantenía en marcha era su devoción al evangelio y el pensamiento de que el pastor Lin contaba con él. Y, por supuesto, sabía que estaba ayudando a imprimir libros para salvar almas y acercarlas al Reino de Dios. Esa era la razón más importante de todas.
Nadie más llegó hasta el templo en todo el día, ni siquiera el pastor Lin, así que, Chen estuvo bastante solo. Hacia el final de la tarde, sintió la necesidad de tomar aire fresco y decidió arriesgarse a hacer una caminata. Salió de la iglesia por la puerta de atrás, mirando en ambas direcciones para estar seguro de que nadie lo veía, y luego caminó apresuradamente por una callejuela lateral.
Era maravilloso estar afuera, al fresco aire del otoño. Se dio cuenta de que no había estado afuera durante varios días, y el aire se sentía maravilloso. Fue hasta la zona del mercado, donde los vendedores ofrecían sus mercaderías y comidas. En uno de esos locales, vio toda clase de faroles de papel, y en otro, escobas para barrer el piso. Un poco más adelante, había locales de ropa, y más allá, se encontraba el área de comida al aire libre. Canastas de arroz estaban bajo los aleros de lona, y pilas de repollos, zanahorias y cebollas le recordaban que no había disfrutado de una buena comida casera desde hacía varios días. Más allá estaba la venta de carnes, con sus patos, gansos y cerdos colgados de ganchos.
Para ese tiempo, las sombras de la noche estaban acercándose, y Chen se dio vuelta y dirigió sus pasos hacia la iglesia. Pronto estaría oscuro. Cuando el pastor Lin llegara, Chen quería estar allí, para saludarlo y esperarlo con una comida caliente, una sopa de wantanes (especie de bolas rellenas).
Chen caminó de regreso a la iglesia por una ruta diferente, que le llevó más tiempo del necesario. Esta era una de sus muchas estrategias para evitar ser seguido, en caso de que la policía sospechara que él era obrero religioso. Siempre llevaba consigo sus papeles oficiales de identificación, y trataba de no llamar la atención, de modo que no estaba preocupado porque lo detuvieran. Solo tenía miedo de que lo siguieran hasta la iglesia y descubrieran las veintenas de valiosos libros religiosos almacenados allí.
El sol se había puesto sobre los techados rojos de Shangai, cuando Chen se acercó a la callejuela que pasaba detrás de la iglesia. Había retornado sin que lo detectaran, y agradeció a Dios por ello. En pocos minutos, estaba de nuevo adentro, con unas pocas llamas en el fogón con carbón e hirviendo agua para la sopa de wantanes que pensaba hacer.
De repente, oyó gritos y pies que corrían. Había estado trabajando en la oscuridad, sin otra luz excepto el fuego bajo la olla, de modo que se sentía seguro. Al instante se acercó a una pequeñita abertura que se encontraba a bastante altura, en una pared que daba hacia la callejuela, y lo que vio hizo que su corazón de detuviera por unos segundos. El pastor Lin estaba en la callejuela rodeado por cuatro policías del gobierno, con bandas rojas en las mangas de sus chaquetas. Uno de los policías tenía tomado al pastor por un brazo y lo estaba sacudiendo.
¡Chen quedó congelado! ¿Qué debía hacer? ¿Había seguido la policía al pastor Lin hasta allí? ¿Habían venido para allanar la iglesia? En un instante, él pensó en las Biblias y los libros escondidos bajo las tablas del piso. No había tiempo para adivinar lo que había que hacer: ¡él sabía que tenía que actuar con rapidez! Los segundos eran ahora muy importantes. ¿Podía escapar de la iglesia y llevarse escondidas algunas de las Biblias sin ser detectado? No era probable. Sin duda, la policía tendría para entonces rodeada toda la iglesia. A menos que, por supuesto, no supieran que Chen estaba en allí.
Rápidamente, Chen tomó una decisión. Escaparía –si podía– y se llevaría consigo tantos libros como le fuera posible. Parecía la única salida. Tomó su mochila y corrió hacia la esquina donde las tablas del piso estaban sueltas. Separándolas, saltó hacia el reducido espacio desde el que podía arrastrarse por debajo del piso, y comenzó a cargar Biblias y libros en su mochila. Esta era grande, pero igual se sorprendió por la cantidad libros entraban en ella: más de los que pensaba que era posible.
En menos de lo que a Chen le pareció un minuto, ya estaba saliendo de allí y puso las tablas otra vez en su lugar. Sus ojos recorrieron velozmente el lugar. No debía dejar ningún indicio del escondite. Rápidamente, arrastró una alfombra para cubrir las tablas sueltas, y luego colocó una mesa pequeña y una silla sobre la alfombra. Entonces, pensó en los manuscritos de los libros que él y el pastor Lin habían estado copiando en las máquinas de escribir. Si la policía veía páginas recién escritas, sospecharían y comenzarían a buscar esos libros preciosos, y también Biblias. Hasta podrían arrancar las tablas del piso buscando más libros, si sospechaban que había algún escondite en el lugar.
Capítulo 8
La policía todavía estaba gritando en la callejuela, y se le ocurrió a Chen que el pastor Lin estaría tratando de demorarlos, de modo que pudiera salir a tiempo para salvarse. ¿Y los libros? ¿Habría sospechado el pastor Lin que Chen podría estar tratando de rescatar algunos? Era probable. Chen y el pastor Lin pensaban en forma muy similar.
Chen tomó las páginas sin terminar de las máquinas de escribir y la pila de manuscritos que estaban sobre las mesas. Apretándolas en la mochila entre los libros, tomó su chaqueta y corrió a la puerta delantera de la iglesia. Cómo salir ahora de la iglesia era ahora el mayor problema. Cuando miró por la ventana delantera, se sorprendió de no ver a nadie allí. No había policías. Ni siquiera parados, para ver de qué se trataba toda la conmoción atrás de la iglesia.
Se puso el abrigo, acomodó la capucha sobre su cabeza y saltó hacia la oscuridad. El aire frío de la noche llenó sus pulmones, añadiendo emoción a la tensión del momento. Miró a un lado y a otro. ¿Adónde podría ir? ¿Dónde debía esconderse? Él no sabía exactamente qué debía hacer, pero sabía lo que no podía hacer: no podía volver a la iglesia, ni siquiera para recoger sus pocas pertenencias que había dejado atrás. ¡Era demasiado arriesgado! Los espías y los informantes lo estarían vigilando, sin duda, y podrían suponer que volvería una vez que la excitación del ataque hubiese pasado. ¿Debería ir a la casa de alguno de los otros instructores bíblicos o miembros de la junta? ¿Eran sus hogares lugares seguros, o los habrían buscado también? Chen sabía que no tenía tiempo para perder mientras caminaba rápidamente hacia el lugar más transitado de la ciudad. En esa parte de la ciudad, se podía perder fácilmente entre la multitud.
Al dar vuelta a la esquina, miró hacia atrás una vez más, para ver la iglesia, el lugar que había llegado a amar. ¿Regresaría alguna vez? Él sabía que, para él, no había nada más en Shanghai. No tenía trabajo, ni hogar ni familia. Con estas severas restricciones impuestas por el nuevo gobierno, debía salir de la ciudad. Tendría que comenzar de nuevo, en algún lugar alejado, donde nadie lo reconociera. Pero ¿dónde? Decir que necesitaba irse era una cosa; hacerlo era otra. Había tantas incógnitas.
En el este, la luna estaba asomando, de un color naranja pálido, por sobre la ciudad. Dios no me abandonará, pensó Chen, mientras cambiaba la mochila al otro hombro. Se detuvo para recostarse en una columna de luz, cerró los ojos y recordó las palabras de las Escrituras que el pastor Lin había repetido muchas veces. “Por mi causa los llevarán ante gobernadores y reyes para dar testimonio”, decía. “Por causa de mi nombre todo el mundo los odiará, pero el que se mantenga firme hasta el fin será salvo”.4
Pensar en esas cosas ahora era deprimente, y no obstante, de un modo extraño, los versículos eran animadores. Jesús les había dicho cosas que sucederían, pero él también había prometido que finalmente algo bueno resultaría de todo ello. ¿No había dicho: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”?5
Cuando Chen pensó en esto, sintió que descendía sobre él una extraña paz. Ya no temía a lo desconocido y, de alguna manera, todo parecía esperanzador. Sí, estaba preocupado por el pastor Lin y su encuentro con la policía, pero oró para que no sufriera ningún daño. Seguramente, Dios estaría con el pastor, mientras él y la iglesia pasaban por las llamas de la persecución; de la misma manera en que habían sucedido las cosas antes de que Chen comenzara a trabajar en la iglesia, y por la gracia de Dios siempre sería así. El pastor Lin y los demás eran fuertes y fieles. Eran hombres y mujeres piadosos, listos para mantenerse firmes en favor de Dios, sin importar cuál fuera el costo.
Chen deambuló por las calles de la ciudad durante varias horas, no muy seguro de adónde debía ir. Necesitaba un lugar donde pudiera quedarse unos días, hasta decidir qué hacer. Finalmente, pensó en una hermana anciana, la Sra. Ah Lam, que siempre había sido bondadosa con él en la iglesia local. ¿Se atrevería él a ir a su casa? ¿Lo aceptaría ella? ¿Estaría dispuesta a correr el riesgo, y a permitirle ocultarse en su hogar por un tiempo?
La Sra. Ah Lam lo dejó entrar cuando llamó a la puerta de su hogar, tarde en la noche. Ella le dio una cálida bienvenida y le dio de comer una sabrosa sopa de wantan. Luego, le dio una estera y un lugar, donde durmió en el piso. Chen quedó emocionado por la bondad de ella. Le hizo sentir bien el saber que había personas en la iglesia que lo amaban y se interesaban por su seguridad.
Pero aún allí, en el hogar de la Sra. Ah Lam, él sabía que no estaba seguro. La policía sabría que había otros miembros de la iglesia en la comunidad. Ellos tenían sus informantes y podrían ir a buscarlo.
Para el mediodía siguiente, Chen se enteró de que los diez miembros de la junta habían sido arrestados con la acusación de espionaje y tráfico ilegal de la religión. Chen sabía que esas acusaciones eran ridículas, pero también sabía ahora que sus temores habían estado bien fundados. Ya no era seguro para él quedarse más tiempo en Shanghai. Debía huir de la ciudad. Un tren probablemente sería la mejor opción, aunque no tenía mucho dinero para el pasaje.
Chen sacó su monedero y contó los pocos yuanes chinos que tenía. ¿Debía ir a vivir con sus padres? Esa localidad quedaba a una buena distancia, si tenía suficiente dinero para llegar hasta allí. Contó otra vez los billetes. Era claro que no le quedaría dinero para comida.
Agradeció a la Sra. Ah Lam por su bondadosa hospitalidad y salió de su hogar a la tarde temprano. La policía podría ir a buscarlo en cualquier momento, y él no se atrevía a poner la vida de la Sra. Ah Lam en peligro. En su mochila, llevaba las únicas posesiones que tenía en el mundo: unas pocas prendas de vestir, una docena de galletas de repollo que le había dado la Sra. Ah Lam, y, por supuesto, su Biblia.
Parado en la calle, pensando en su próximo movimiento, un ómnibus de larga distancia se acercó a la vereda y se detuvo. Aquí hay una idea, pensó Chen para sí mismo, mientras veía que los pasajeros bajaban y subían. ¿Por qué no tomar el autobús? Sería más barato, y podría ir tan lejos como lo llevara. De ese modo, al menos se alejaría de la policía comunista que podría estar buscándolo.
Sin pensarlo dos veces, Chen saltó al ómnibus, y se acomodó junto a una ventanilla. “Espero que esta sea una buena idea, Señor”, susurró Chen. “Llévame donde me necesites. Quiero servirte en algún lugar; pero creo que, en este momento, ese lugar no es aquí”.
El ómnibus partió pronto, y con él fue Chen en una nueva aventura para Dios. Sin embargo, todavía no tenía ningún plan real, ninguna respuesta de a dónde podría ir para comenzar de nuevo, ahora él solo. Y más importante aún, ¿qué debía hacer con su vida de ahora en adelante? ¿Tenía que prepararse para ser pastor? Chen pensaba que tenía la vocación de ser pastor y que era idóneo para esa tarea; le gustaba estudiar la Biblia. Le gustaba traducir y publicar libros. Y más que todo, quería compartir el evangelio con otros. No obstante, ¿cómo podría hacer eso y dónde?
4 Mateo 10:18, 22 (NVI).
5 Apocalipsis 2:10.
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