Kitabı oku: «El Evangelio de la inclusión»
Hablan del Rev. Brandan Robertson y “El Evangelio de la Inclusión”
“Brandan Robertson es una de las voces más poderosas de su generación, Este libro es un tour de force de su pensamiento teológico y de su percepción. A la vez, es sucinto y poderoso... una reflexión madura que llama a los lectores y lectoras a decidir dónde se encuentra en su propia vida y dar testimonio de ello”.
—Floyd Thompkins, seminario teológico de San Francisco
“Me complace ver a Brandan Robertson abordar el tema de la sexualidad humana utilizando el enfoque de la interpretación bíblica promovido por los abolicionistas; un enfoque que lidia con la trayectoria ética de las Escrituras hacia la inclusión. Este libro es simple, claro y conciso, y llega al meollo del asunto de una manera que ayudará a los líderes de la iglesia y salvará vidas vulnerables”.
—Brian D. McLaren, autor, activista y orador
“Animo a todos y todas en el ministerio y a quienes buscan mejorar su comprensión de la teología LGBT+ a tomarse el tiempo para leer y reflexionar sobre el mensaje que transmite aquí el pastor Brandan. Un mensaje de amor y comprensión”.
—Aaron Bianco, Universidad de San Diego
“Brandan presenta un poderoso argumento para la inclusión total de la comunidad LGBT+ en la iglesia cristiana, centrado en la creencia de que Dios está trabajando para brindar una mayor inclusión para absolutamente todos y todas”.
—Rich McCullen, líder visionario en Missiongathering Movement
La gran fortaleza de Brandan Robertson es que no es un cristiano progresista, como yo. Sus profundas raíces en la fidelidad cristiana conservadora lo convierten en el mensajero perfecto ‘para articular las buenas noticias para la inclusión y afirmación LGBT+ en la iglesia’. En este libro, reconcilia de manera convincente la fe y la sexualidad no solo para los cristianos y cristianas LGBT+, sino también para toda la comunidad evangélica.
—Janet Edwards, Iglesia Presbiteriana (EE. UU.), ex co-moderadora de More Light Presbyterians
Copyright © 2019 by Brandan J. Robertson
El Evangelio de la Inclusión
Las Buenas Noticias de la Inclusión LGBTIQ+ en la Iglesia Cristiana
de Brandan Robertson, 2021, JUANUNO1 Ediciones.
Título de la obra original en inglés “The Gospel of Inclusion”
This edition licensed by special permission of Wipf and Stock Publishers.
Esta edición tiene licencia con permiso especial de Wipf and Stock Publishers. www.wipfandstock.com
ALL RIGHTS RESERVED. | TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.
Published in the United States by JUANUNO1 Ediciones,
an imprint of the JuanUno1 Publishing House, LLC.
Publicado en los Estados Unidos por JUANUNO1 Ediciones,
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Library of Congress Cataloging-in-Publication Data
Name: Robertson, Brandan, author
El evangelio de la inclusión: las buenas noticias de la inclusión lgbtiq + en la iglesia cristiana / Brandan Robertson.
Published: Miami : JUANUNO1 Ediciones, 2021
Identifiers: LCCN 2020952583
LC record available at https://lccn.loc.gov/2020952583
REL105000 RELIGION / Sexuality & Gender Studies
REL012110 RELIGION / Christian Living / Social Issues
REL006630 RELIGION / Biblical Studies / History & Culture
Paperback ISBN 978-1-63753-002-3
Ebook ISBN 978-1-63753-003-0
Traducción Ian Bilucich
Corrector Tomás Jara
Créditos Portada Equipo de Media y Redes JuanUno1 Publishing House
Concepto diagramación interior & ebook Ma. Gabriela Centurión
Director de Publicaciones Hernán Dalbes
First Edition | Primera Edición
Miami, FL. USA.
Enero 2021


Para cada persona LGBT+ que está luchando por reconciliar su fe y sexualidad: que este libro te ayude a empezar a ver y saber, desde la profundidad de tus huesos, que eres amado y digno de
amor tal y como eres.
Contenido
Cover
Portada
Hablan del Rev. Brandan Robertson y “El Evangelio de la Inclusión”
Portada
Legales
Dedicatoria
Prefacio
Reconocimientos
Introducción.
Cambiando nuestro enfoque
1. Conocidos por sus frutos.
El daño de la teología no inclusiva
2. Garroteado.
Reexaminando los textos bíblicos sobre la homosexualidad
3. La trayectoria redentora.
Poniéndole atención al llamado del Espíritu a la inclusión
4. Hacia la inclusión.
Explorando una interpretación inclusiva
5. Nivelar el terreno.
Deconstruyendo el patriarcado
6. Creando el cambio.
El rol de la teología y el poder de la relación
7. Una fe que vale la pena.
Aplicando el Evangelio de la inclusión
Conclusión.
Que comience la Revolución
Apéndice 1.
Respuestas a preguntas y objeciones comunes
Apéndice 2.
Escritos selectos sobre inclusión
Prefacio
Durante siglos, la Biblia cristiana ha sido interpretada por los grupos cristianos dominantes de modos que dañan a las personas, tanto dentro como fuera de la iglesia. En esos grupos dañados se incluyen judíos, musulmanes, personas indígenas, esclavos africanos, personas colonizadas, personas afrodescendientes, mujeres, aquellos a los que se los consideraba herejes o heterodoxos en sus creencias, y minorías sexuales y de género (esto incluye hoy a los llamados lesbianas, gay, bisexuales, transgénero, intersexo, y queer).
Mucha de la teología y ética más importante que ha sido publicada y diseminada ampliamente en los últimos setenta y cinco años (desde la II Guerra Mundial) ha emergido de los grupos previamente dañados. Todos ellos, de una forma u otra, han reclamado que los cristianos dominantes dejaran de lastimarlos. Los movimientos que empezaron en protestas casi siempre han madurado para ofrecer versiones alternativas de la fe cristiana, lecturas alternativas de las Escrituras cristianas y comprensiones alternativas de la ética cristiana. Se han movido de ser teologías de protesta a teologías constructivas —al menos, esa es una manera de describir la trayectoria.
Hoy conocemos estas teologías constructivas alternativas como la teología de la liberación, la teología negra, la teología indígena, la teología feminista, la teología mujerista, la teología latina, la teología asiática-estadounidense, y así sucesivamente.
La oferta de Brandan Robertson me parece un trabajo de transición entre la teología de protesta LGBTQ y lo que ahora está madurando bajo la etiqueta de “teología queer”. La primera generación de teología de protesta LGBT emergió en el seno del cristianismo católico romano a finales de los sesenta y setenta. Sin embargo, este tipo de literatura (con algunas excepciones) también emergió mucho después en el cristianismo evangélico, a finales del 2000 y principios de 2001. Mucho de este trabajo fue defensivo; esto es, defendía a las personas LGBTQ del daño hecho por los cristianos tradicionalistas y procuraba despojar el repertorio tradicional de los versículos bíblicos más citados para estigmatizarlos y rechazarlos.
Aquí, Brandan hace algo de ese trabajo de defender y despojarse de, pero realmente no es su foco. Eso es bueno, porque tal aproximación les permite a los intérpretes tradicionalistas establecer la agenda, y esto rara vez ha funcionado bien para aquellos que se ven perjudicados por el cristianismo tradicionalista.
Con bastante rapidez, Brandan sale del campo de juego de los adversarios y se dirige a su propio terreno, que es más interesante. Por ejemplo, argumenta que el abordaje de los supuestos tradicionalistas e intérpretes bíblicos inerrantes difícilmente se parece al abordaje de los textos sagrados que adoptaron Jesús o Pablo, y sí se parece mucho más al modo de leer la Escritura de sus adversarios. Él centra su atención en el patriarcado profundo y penetrante del mundo antiguo —por lo tanto, de los antiguos textos bíblicos—, fundamental tanto para entender lo que sucede con estos textos y como razón para rechazar cualquier aplicación literalista de ellos. Ofrece una interpretación más creativa de la emasculación del Jesús traspasado de múltiples formas en la cruz. Y ofrece un enfoque de los rasgos distintivos del reino inclusivo de Dios y del movimiento de su Espíritu, tanto en el Nuevo Testamento como entre los cristianos LGBTQ en la actualidad.
De esta manera, el trabajo de Brandan contribuye a la teología queer constructiva de la próxima generación; es decir, la que surge de la experiencia LGBTQ, que pasa de la protesta a representaciones alternativas maduras de la teología y ética cristianas. Esta teología ahora está tomando su lugar dentro del abanico de otras similares. No es ninguna coincidencia, por ejemplo, que la mayoría de las teologías emergentes de las márgenes del cristianismo blanco, heterosexual, masculino y colonial desafíen (selectivamente) el literalismo bíblico y midan los frutos de los cristianismos dominantes por su impacto en individuos y grupos marginados. Cada una de estas teologías enfatiza el significado de la ubicación social de los intérpretes del cristianismo, atiende a las dinámicas de poder en la comunidad cristiana y enfatiza que el texto bíblico siempre es interpretado por seres humanos, que nunca son infalibles. Y a fin de cuentas, todas estas teologías movilizan hacia un entendimiento del Evangelio cristiano que enfatiza el amor de Dios e intentan liberar a los oprimidos y crear un mejor mundo a través de Jesucristo. Algo que se asemeja mucho al Jesús que encontramos en los relatos de los evangelios, incluso si no se parece tanto a las teologías de, digamos, Lutero y Calvino.
Lo que estamos viendo en esta teología de la siguiente generación escrita por personas queer, es un grupo más de personas históricamente marginadas y profundamente dañadas que reclaman a Jesús para sí mismas, incluso, si es necesario, contra los dictados del cristianismo tradicionalista.
Uno no tiene que coincidir con cada movimiento de interpretación teológica o ética de este libro para gozar de su mensaje general —una vez más, que el amor, la justicia y la misericordia sublimes de Jesús están demostrando ser de mayor alcance de lo que algunos de sus defensores más fervientes están dispuestos a aceptar. Lo que significa que millones de personas a las que se les ha enseñado a temer a Jesús como su enemigo, van a ser capaces de darle la bienvenida a su mejor amigo; de hecho, a su Salvador y Señor, su Roca y su Redentor.
Y esa sí que es una buena noticia.
David P. Gushee
Reconocimientos
Este libro es producto de ocho años de investigación y estudio en profundidad de los textos bíblicos y la cultura grecorromana. En esos ocho años, tanto académicos como teólogos brillantes se han tomado un tiempo para ayudarme a desarrollar mi entendimiento de toda la información disponible en estos tópicos. Quisiera agradecer a la Dra. Jenny Barry, al Dr. Leonard Martini, al Dr. J. R. Daniel Kirk, al Dr. Tom Wright, al Dr. Miguel De La Torre, al Dr. David Gushee, a la Dra. Kathrine Turpin y a Matthew Vines por las conversaciones, debates y dirección que me proveyeron mientras hallaba mi camino a las conclusiones presentadas en estas páginas. Su trabajo pionero y osado sobre estos temas ha ayudado a multitudes a encontrar su lugar en la mesa de la gracia. Gracias.
Al equipo de publicaciones de Wipf and Stock por comprometerse a publicar un amplio espectro de perspectivas en temas como estos, y especialmente a mi editor Robin Parry, cuyas percepciones teológicas no solo en este proyecto sino también en sus propios escritos han dado forma a mi fe de manera profunda. Gracias.
A nuestro Creador de gracia que ha confeccionado la vasta matriz de la humanidad a su propia imagen y semejanza, y que continúa llamándonos a una comprensión más profunda de quiénes somos tú y yo. Te honro y glorifico en estas páginas.
Introducción.
Cambiando nuestro enfoque
No hay tema que haya dividido más al cristianismo de occidente en la última década que el tema de la inclusión plena de las minorías sexuales y de género (también conocidas como la comunidad LGBT+)1 a la vida eclesial de las denominaciones cristianas de todo el mundo. Si bien el movimiento de derechos LGBT+ ganó un tremendo impulso durante la década de 1960 culminando, en muchos sentidos, el 26 de junio de 2015 con la legalización nacional del matrimonio entre personas del mismo sexo por parte de la Corte Suprema de los Estados Unidos, gran parte del cristianismo ha tenido problemas en mantenerse al día con los rápidos cambios culturales, sociales y legales, poco seguros de cómo reconciliar sus creencias doctrinales con los datos psicológicos modernos y la aceptación social generalizada del espectro de sexualidades queer2 e identidades de género.
Esto ha resultado en dos respuestas predominantes desde dentro de las denominaciones cristianas. O bien algunas denominaciones han clavado sus talones en la tierra y declararon que no están abiertas a reconsiderar sus creencias en este asunto, sugiriendo que ha sido agotado por las enseñanzas de la Escritura y la tradición de la iglesia; o bien han adoptado ampliamente lo que despectivamente ha sido llamado el abordaje “revisionista”3 a las enseñanzas bíblicas sobre la homosexualidad, buscando reinterpretar el significado de los pasajes que se refieren a las relaciones entre personas del mismo sexo, sugiriendo que o no se aplican a los cristianos en la era del nuevo pacto o que hemos entendido mal el significado original del idioma y contexto griego y hebreo.
Mientras que ambos abordajes tienen legitimidad en el discurso teológico sobre la inclusión LGBT+, también han fallado en buena medida para convencer a alguien de cambiar su perspectiva. El abordaje conservador (o “tradicionalista”) funciona para evangélicos y otros cristianos conservadores que sostienen la doctrina de la inerrancia de la Escritura, y allí pone fin a la conversación.4 La aproximación revisionista funciona para aquellos que buscan continuar trabajando dentro de los límites puestos por los argumentos tradicionalistas, centrados en los seis textos bíblicos referidos a la homosexualidad,5 e intenta dirimir la conversación con la afirmación de que hemos entendido mal lo que estaba sucediendo en la mente y el contexto del autor bíblico, o que los textos bíblicos ofrecen poca perspectiva sobre la comprensión moderna de la sexualidad y la identidad de género.6
Cuando mantenemos enraizado en nuestro debate LGBT+ la interpretación personal que tenemos de los seis versículos relacionados con la homosexualidad, el árbol nos impide ver el bosque. Hay poco movimiento en ambos lados del debate porque estamos muy enfocados en cuál es la interpretación más histórica y teológicamente correcta de estos versículos, la cual es una pregunta que nunca puede llevar a una respuesta firme y conclusiva, pues nadie puede acceder a la mente de los autores bíblicos. En vez de centrarnos en estos versículos como el punto principal de nuestra discusión, creo que debemos dar un paso atrás y observar la metanarrativa de la escritura y la teología cristiana, y preguntarnos si el panorama más amplio de la enseñanza cristiana tiene algo para decirnos sobre la inclusión de minorías sexuales y de género en la vida de la iglesia. Esta aproximación ha sido abrazada por muchos movimientos teológicos a través de la historia del cristianismo, y ha propiciado el nacimiento de la teología de la liberación, la teología feminista, la ecoteología y, en años recientes, se ha reconvertido y vuelto a aplicar al contexto queer.
Como una persona LGBT+ que ha crecido y sido entrenada en contextos evangélicos conservadores, he pasado la última década de mi vida luchando por reconciliar mi fe con mi identidad sexual. Me he sometido a programas de terapia de conversión, he consultado con teólogos líderes en estos asuntos y he viajado por el mundo buscando respuestas a preguntas teológicas de si se puede adoptar o no un posicionamiento para la afirmación e inclusión total de minorías sexuales y de género al cristianismo y en la sociedad. Conforme mi viaje se fue desenrollando, me he convencido de que la trayectoria ética de la Biblia debería guiar a los cristianos hacia la posición de una inclusión y aceptación más grande de aquellos que previamente han sido considerados “impuros”, y que el imperativo de Jesús en el Nuevo Testamento es escuchar y depender de la revelación continua del Espíritu Santo para guiar nuestra fe y práctica. También me he vuelto cada vez más consciente del gran daño psicológico y espiritual que produce la teología no inclusiva en las vidas de los individuos LGBT+ que se encuentran en contextos religiosas conservadores, y creo que el “fruto” que se manifiesta de la no inclusión es la imputación contra su validez como una buena teología y práctica.
Si bien mi propia fe y paradigma teológico se ha sometido a grandes cantidades de evolución y reformas en la última década, todavía siento un llamado especial a moverme dentro del paradigma teológico del cristianismo evangélico para realizar una argumentación bíblica y teológica de cómo el trabajo moderno del Espíritu Santo expande los límites del “reino de Dios” para incluir del todo a las minorías sexuales y de género. En este libro, exploraré los efectos de la teología y práctica no inclusiva y la trayectoria redentora de la Escritura hacia una mayor inclusión. Luego de explorar el contexto de los denominados “versículos garrote”, subrayando una muestra de textos bíblicos que demuestran la necesidad de una reforma dirigida por el Espíritu hacia la inclusión, concluiré con evidencia sociológica moderna que sugiere que el Espíritu Santo está, de hecho, provocando un avivamiento entre las minorías sexuales y de género en las comunidades cristianas de todo el mundo.
Desde el comienzo, quiero postular que este libro no busca proveer de una teología exhaustiva de la sexualidad y el género desde una perspectiva cristiana progresista, sino brindar un punto de entrada para aquellos que buscan entender cómo la Biblia y la tradición cristiana proveen un camino para la inclusión y recepción de las personas LGBT+. Mi intención es que este libro sirva como complemento de mi libro previamente publicado, Our Witness: The Unheard Stories of LGBT+ Christians [Nuestros testigos: Las historias no escuchadas de los cristianos LGBT+]. Ese volumen incluye unos muestreos de argumentos contenidos en este libro pero no era el proyecto apropiado para que diera cuerpo a aquellos postulados en profundidad. Mi meta en este libro es revisar algunos de los argumentos que toqué en Our Witness, y luego crear una guía teológicamente robusta y aun así accesible para los cristianos LGBT+ y nuestros aliados, para articular una argumentación teológica cristiana tendiente a la inclusión y afirmación LGBT+ en la iglesia. Es mi oración que todo aquel que acceda a este material sea provocado y alentado a cavar más hondo en la vasta tradición cristiana de la inclusión y sea fortalecido en la lucha contra las teologías no inclusivas que por mucho han clamado ser la única posición legítima cristiana sobre la inclusión LGBT+. Nuestras tradiciones nos dieron un terreno sólido donde pararnos en nuestra lucha por darles un lugar en la mesa de la gracia a los cristianos LGBT+, y debemos pararnos con confianza y convicciones al proclamar el evangelio radicalmente inclusivo de Jesucristo en nuestros días y época.
1 “LGBT+” es una jerga común que refiere a lesbianas, gay, bisexuales, transgénero y otras sexualidades queer o identidades de género.
1
Conocidos por sus frutos.
El daño de la teología no inclusiva
Antes de empezar a dialogar sobre la exploración de una teología cristiana inclusiva, creo que es importante resaltar el impacto negativo de las teologías no inclusivas en los individuos sometidos a tales enseñanzas. Una de las pruebas bíblicas más básicas para determinar la verdad de una doctrina o práctica está basada en la enseñanza de Jesús en el Evangelio de Mateo, donde proclama que una forma en que sus discípulos pueden discernir entre los profetas verdaderos y falsos es “por sus frutos”.1 Este lenguaje de “frutos” aparece numerosas veces a lo largo del Nuevo Testamento2 y plantea el imaginario agrícola de primer siglo, que nos presenta unos cultivos que dan “buenos frutos” o una cosecha que es deliciosa, comestible y rentable, en comparación con los cultivos que dan “malos frutos”, o una cosecha enferma y escasa. A lo largo del Nuevo Testamento, se nos recuerda continuamente que la fidelidad de los seguidores de Jesús portará “buenos frutos”, o lo que el apóstol Pablo llama “fruto del Espíritu”.3 Si alguien toma este llamado a discernir y examinar la enseñanza cristiana en serio, resulta inevitable preguntarse: ¿Cuál es el resultado de la enseñanza en las vidas de aquellos que la recibimos? Si una enseñanza produce vida y amor, uno podría argumentar que da buenos frutos, y por lo tanto que es una enseñanza fiel y verdadera. La vida misma de Jesús nos sirve como ejemplo de cuán buenos frutos poseía: defendió a los oprimidos, les dio la bienvenida a los marginados y sanó a los lastimados por los poderes religiosos y políticos. Pero ¿qué si una enseñanza produce muerte, daño mental y miedo? Siguiendo el patrón desplegado en las Escrituras, pareciera que deberíamos condenarla por sus “malos frutos” y “cortarla y arrojarla al fuego”4 o descartarla de inmediato como “falsa”.
La evidencia psicológica del daño
Aun así, cuando se trata de las enseñanzas de la iglesia sobre la no inclusión, este estándar bíblico ha sido ampliamente ignorado. Durante la última década, se han llevado a cabo docenas de estudios revisados por pares que demuestran una clara relación entre las enseñanzas y prácticas religiosas no inclusivas y tasas más altas de depresión y suicidio en minorías sexuales y de género. En 2008, el Dr. Louis Hoffman publicó un artículo que describe un esfuerzo de investigación de varios años para determinar qué daño psicológico, si es que hubo alguno, fue causado por las enseñanzas religiosas que escuchó una persona LGBT+. Concluyó sus hallazgos con la siguiente declaración: “Es evidente que las afirmaciones negativas y ambiguas de la religión tienen un impacto en la salud espiritual, religiosa y particularmente psicológica de los individuos LGBT”.5
En 2012, el European Symposium of Suicide and Suicidal Behavior [Simposio Europeo del Suicidio y Comportamientos Suicidas] publicó una encuesta innovadora que sugería que las tasas de suicidio entre los jóvenes LGBT+ eran significativamente más altas si crecían en un contexto religioso.6 De manera similar, docenas de estudios entre 2001 y 2015 encuentran puntos de encuentro entre la afiliación religiosa y las tasas más altas de depresión y suicidio en los adultos LGBT+. Un estudio publicado en 2014 por Jeremy Gibbs concluyó:
La [minoría sexual joven] que madura en contextos religiosos, que facilitan el conflicto de identidad, tiene mayores probabilidades de pensamientos suicidas e intentos de suicidio comparado con otras minorías sexuales jóvenes.7
Un estudio publicado en el American Journal of Preventive Medicine encontró que las afiliaciones religiosas incrementaban significativamente el riesgo de suicidio entre la juventud LGBT+, mientras que, en general, reducían el riesgo de suicidio entre la juventud heterosexual. Carol Kuruvilla, una reportera del Huffington Post, resumió los hallazgos del estudio, diciendo:
… entre los jóvenes gay y lesbianas, el alto nivel de relevancia que se le otorga a la religión está asociado con mayores probabilidades de pensamientos suicidas recientes. De hecho, la juventud lesbiana y gay que afirmó que la religión es importante para sus vidas, resultó un 38 por ciento más proclive a haber tenido pensamientos suicidas recientes en comparación con jóvenes lesbianas y gay que reportaron que la religión tenía menos importancia. Solo el factor de la religión entre lesbianas fue vinculado a un 52 por ciento de incremento en la posibilidad de ideas suicidas recientes.8
Hasta Christopher Yuan, académico, cristiano y gay, no solidario para con las identidades LGBT+, dio a conocer los resultados de un estudio que realizó con estudiantes que se identifican como LGBT+ en universidades cristianas, en el cual encontró que los estudiantes que asistían a escuelas cristianas no afirmantes9 “la soledad que sentían por ser cristianos y cristianas LGB [o con atracción por su mismo sexo], era comparable a la de los marginados sociales”.10
Cada año, salen nuevos estudios que sugieren que las enseñanzas religiosas no inclusivas resultan en mayores tasas de depresión y pensamientos suicidas entre jóvenes y adultos LGBT+ por igual. Estos hechos deben ser acatados por aquellos cristianos en el liderazgo y llevarlos a una profunda reflexión sobre cómo sus enseñanzas y sus prácticas son cómplices en estas tendencias preocupantes.
Sumando los costos
Mientras muchos exponentes religiosos conservadores tienen una resistencia muy fuerte contra cualquier sugerencia de que su teología tiene algún efecto real en la salud mental y en las tasas de suicidios LGBT+ —y de hecho, suelen usar estas estadísticas para sugerir que no son sus enseñanzas sino más bien el “estilo de vida gay” el que contribuye a las enfermedades mentales de las personas LGBT+—,11 estos números y las experiencias de las personas LGBT+ no pueden ser negados o ignorados. Las enseñanzas religiosas que perpetúan la idea de que las minorías sexuales y de género son, de alguna manera, mentalmente trastornadas, defectuosas o pecaminosas debido a esta parte de su identidad tienen efectos directos en la salud mental de tales personas. Del mismo modo, cuando los congregantes heterosexuales digieren estas enseñanzas y las implementan en la práctica al momento de relacionarse con personas LGBT+, a menudo resulta en rechazo duro y condenación. Si la persona LGBT+ es joven, puede que sea forzada a terapias de conversión, una práctica pseudopsicológica que ha sido condenada como peligrosa para la salud y bienestar de las personas LGBT+12 por cada asociación psicológica de renombre13 en los Estados Unidos. Si un joven escoge abrazar su sexualidad o identidad de género, es probable que sea echado de su hogar, incrementando las tasas de jóvenes LGBT+ en la calle, los cuales actualmente representan entre el 20 y 40 por ciento de jóvenes sin hogar.14
Mientras uno examina la evidencia más de cerca, el fruto de la enseñanza y la práctica religiosa no inclusiva es innegablemente clara —engendra muerte, rechazo, daño psicológico severo y daño espiritual en minorías sexuales y de género. Entonces, de estos malos frutos se deduce que estas enseñanzas deberían ser “arrojadas al fuego”15 y los practicantes religiosos de todo tipo deben volver a sus textos sagrados y tradiciones para reevaluar los mensajes que están predicando, buscando escuchar atentamente la voz del Espíritu en busca de un mensaje que sea verdaderamente una buena noticia y que dé vida a todas las personas.
1 Mateo 7:16.
2
Garroteado.
Reexaminando los textos bíblicos sobre la homosexualidad
Si bien desde la abundante evidencia psicológica se desprende que la enseñanza cristiana tradicional que condena a la homosexualidad es inherentemente dañina a la psiquis de los individuos LGBT+ que quedan aplastados bajo su peso, para empezar a desmantelar la enseñanza no inclusiva es esencial examinar cómo su mal manejo y mal entendimiento de los textos bíblicos parecen abordar el tópico de la homosexualidad. Pero, como con muchos temas modernos, en realidad la Biblia dice muy poco sobre la homosexualidad. De hecho, quiero sugerir que la Biblia no dice absolutamente nada sobre las relaciones sexuales entre las personas del mismo sexo modernas tal y como las conocemos hoy.
Digo esto principalmente porque la noción de orientación sexual ni siquiera se entendió hasta el siglo XVI, y por ende, los escritores de la Biblia no habrían entendido o pensado en términos de las categorías de “heterosexualidad” y “homosexualidad”. De todos modos, la Escritura hace algunas referencias a experiencias sexuales entre personas del mismo sexo, y es desde estos pasajes limitados que la iglesia ha construido una teología antiafirmante.
En toda la Biblia, desde Génesis hasta Apocalipsis, hay 23.145 versículos. De esos, solo cinco dicen algo sobre las relaciones entre personas del mismo sexo. Estos son:
• Levítico 18:22
• Levítico 20:13
• Romanos 1:26-27
• 1 Corintios 6:9-10
• 1 Timoteo 1:9-10
En mi propia búsqueda de reconciliar mi fe cristiana y mi sexualidad queer, debo admitir que los argumentos hermenéuticos hechos sobre estos cinco versículos no fueron lo que me convencieron de que no había contradicción entre mi fe y mi sexualidad. Como verán, hay muy buenas razones para creer que estos textos, cuando se entienden en su contexto bíblico y cultural, no aplican en absoluto a la conversación moderna sobre la inclusión LGBT+ en la iglesia. Por otro lado, no tengo problema en admitir que, para algunos de estos textos, particularmente los pasajes de Levítico, su interpretación en el mundo antiguo hubiera sido una condenación llana a todas las formas de expresión queer. Estoy de acuerdo con la evaluación del académico William Loaders de que “la Biblia condena rotundamente la homosexualidad y la actividad homosexual. De esto no hay sombra de duda. Sus escritores deploraron los actos homosexuales como una perversión deliberada de la naturaleza humana, una burla de la intención de Dios en la creación”.1
Como luego exploraremos con una profundidad considerable, la visión del mundo patriarcal en la que funcionaron los autores de las Escrituras exigía que condenaran todas las formas queer de sexualidad y género, porque tales expresiones amenazaban intrínsecamente el orden de su sociedad. Así que, si una pareja gay moderna hubiera aparecido dentro del contexto histórico del pueblo hebreo antiguo, es muy probable que hubieran sido “puestos a muerte”2 de forma horrible, como ordena Levítico, por la amenaza que suponía su relación a lo que el pueblo hebreo consideraba el orden fundamental de la creación. Para llegar a un lugar de afirmación total y de celebración de las identidades LGBT+ desde una perspectiva judeocristiana, me parece que el único camino lógico y fiel es descubrir más maneras fidedignas de relacionar la Escritura como un todo (es decir, entenderla en su contexto histórico y cultural y no aplicarla de modos literalistas e inerrantes), y trazar la trayectoria de inclusión en la misma dirección en la que el Espíritu parece llevar la narrativa de las Escrituras desde las primeras páginas del Génesis hasta las palabras finales de Juan en Apocalipsis.
Con eso dicho, creo que el entendimiento del contexto de cada uno de los llamados “versículos garrote” es esencial para combatir su mal uso y abuso por cristianos no afirmantes. Como decía siempre uno de mis profesores, Dr. Christopher Yuan: “El contexto no solo es el rey, es todo el mazo de cartas”. Cuando entendamos el contexto de cada pasaje y cómo la cultura antigua entendía la expresión sexual homosexual, empezaremos a ver que, en casi toda instancia, la condenación tenía que ver menos con la relación romántica entre personas del mismo sexo y más con pecados severos tales como la idolatría, la explotación y la amenaza hacia el “orden divino” de la sociedad antigua.
Conforme exploremos los pasajes “garrote” de la Escritura, examinaré el contexto bíblico y cultural, así como las palabras elegidas por el autor, para mostrar cómo una lectura simplista y nominal de textos aislados puede llevar a interpretaciones no del todo fieles a la intención original y conducir a un mal uso y al abuso de estos pasajes.
La Biblia hebrea
Sodoma y Gomorra
Un pasaje importante de la Escritura que a menudo fue usado para elaborar argumentos no afirmantes es la historia de Sodoma y Gomorra, en Génesis 18 y 19. En estos capítulos se nos cuenta de dos mensajeros angelicales que conocieron a Lot en las puertas del pueblo y quisieron pasar la noche en la plaza del pueblo. Lot, que sabía que las ciudades estaban llenas de personas malvadas, y en una muestra de hospitalidad, insiste que los mensajeros se queden con él en su casa. Más tarde en la noche, los hombres de las ciudades fueron a la puerta de Lot y demandaron que los mensajeros salieran afuera para violarlos. Sorprentemente, Lot se niega a que los mensajeros salgan y, en su lugar, ofrece a sus hijas. La historia concluye con los mensajeros angelicales dejando ciega a la turba, permitiendo, así, que Lot y su familia escapen antes de traer el juicio de Dios, por medio de fuego y azufre, sobre la ciudad.
Por milenios, lectores desinformados han vinculado la destrucción de Sodoma y Gomorra a la turba de hombres que deseaban tener sexo con los mensajeros enviados a la casa de Lot. Es de esta historia que nació la idea y la palabra “sodomía”, que es definida como el acto sexual de penetración entre dos hombres. Sin embargo, casi todos los comentaristas y eruditos modernos sobre este texto, tanto tradicionalistas como afirmantes, argumentan que los pecados por los que se juzgó a Sodoma y Gomorra no fueron la homosexualidad o la “sodomía”, sino la falta de hospitalidad de las ciudades.
En el antiguo cercano oriente, el código de la hospitalidad estaba en el corazón de sus conceptos de moralidad. Incluso en las culturas de medio oriente de la actualidad, la hospitalidad radical es una parte integral de su expresión cultural. A medida que leemos sobre el estado de las cosas en la antigua Sodoma y Gomorra en el libro del Génesis, aprendemos que la gente de estas ciudades era orgullosa, egoísta y autocomplaciente. Se preocupaban por sus propias necesidades más que por las de aquellos que les rodeaban.
En Génesis 19 obtenemos un vistazo de cómo trataban a los extranjeros (los mensajeros angelicales): intentaron violarlos en grupo en una demostración de dominación y “pasión” sexual incontrolable. Esto contrasta notoriamente con el código de hospitalidad de la mayoría de las culturas de oriente medio, que instruye a las personas recibir a los viajeros y extranjeros con los brazos abiertos. Lot representa bien este código al dar la bienvenida a los hombres, prepararles algo de comer y asegurarse de que estén a salvo, mientras que los habitantes varones del pueblo muestran gran inmoralidad. Más adelante en la Biblia hebrea, la postura no hospitalaria es declarada como el pecado por el cual Sodoma es destruida: “He aquí que esta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso. Y se llenaron de soberbia, e hicieron abominación delante de mí, y cuando lo vi, las quité”.3
Nuevamente, vemos al escritor de Ezequiel resaltando que Sodoma fue destruida por su orgullo, lo que la llevó a ser egoísta e inhospitalaria, en vez de asistir al pobre y al necesitado. Luego, este punto hace eco en el Nuevo Testamento, en el libro de Hebreos, donde el escritor dice: “No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”.4
Este texto claramente hace referencia a las narrativas de Sodoma y Gomorra y nos advierte que deberíamos ser hospitalarios con todo aquel que encontramos, porque nunca sabemos cuándo podríamos estar recibiendo ángeles disfrazados. La enseñanza clara aquí es que los cristianos deberían buscar siempre extender hospitalidad a todo aquel que encuentra, sin importar su lugar de origen, como imperativo ético y como medio para estar preparados para una potencial interacción con mensajeros de Dios.
A menudo, los tradicionalistas afirman que el pasaje de Judas 7 contrasta con esta interpretación de la narrativa de Sodoma y Gomorra. El pasaje en cuestión dice: “… como Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquellos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno”.5
Cualquier lector de la narrativa de Sodoma y Gomorra puede ver claro que los “vicios contra naturaleza” que deseaba la turba era la propia naturaleza de los ángeles, que eran seres de otro mundo, antinaturales desde una perspectiva terrenal. El deseo sexual antinatural de los hombres de Sodoma y Gomorra fue que intentaron violar en grupo a los extraños, que terminaron siendo mensajeros angelicales de Dios. Las acciones de la turba muestran una inmoralidad sexual atroz a muchos niveles, pero no hay indicios claros en ningún texto relacionado con la narrativa de Sodoma y Gomorra de que los llamados “deseos homosexuales” de la turba deban ser entendidos como la razón para el juicio de Dios sobre la ciudad.
Levítico 18:22 y 20:13
18:22: No te echarás con varón como con mujer; es abominación.
20:13: Si alguno se ayuntare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos; sobre ellos será su sangre.
Los dos “versículos garrote” claves en la Biblia hebrea vienen del libro de Levítico. Al examinar estos textos, he llegado a la conclusión de que, en general, pueden ser, de hecho, una condena de cualquier forma de relaciones sexuales entre personas del mismo sexo. Esto tiene que ver principalmente con los lentes patriarcales de la cosmovisión del pueblo hebreo. Más adelante explicaré por qué creo que la trayectoria de la Escritura nos lleva desde un mundo patriarcal hacia uno igualitario, justo y equitativo. Pero nuestros predecesores de la fe hebreos poseían una cosmovisión patriarcal y, por lo tanto, veían a Dios, al sexo y a las relaciones a través de esa lente.
De todos modos, para entender cada pasaje, es de vital importancia conocer el contexto cultural. Ambos versículos de Levítico son precedidos por recordatorios de que estas reglas estaban destinadas a hacer que el pueblo hebreo no fuera como los adoradores de Moloc, los cananeos y egipcios, las culturas politeístas dominantes a su alrededor.6 Algunos eruditos sugieren que ambas culturas adoraban a dioses de la fertilidad y el amor, como Astarté e Ishtar, y parte de la adoración a estos dioses incluía sacrificio sexual. Se creía que, al depositar semen en el cuerpo de un sacerdote o sacerdotisa de los dioses, esa persona sería próspera y tendría vida eterna.7 En Egipto, adorar al dios Moloc y a la diosa Astarté involucraba rituales en los cuales individuos de ambos sexos tenían sexo entre ellos para adorar y apaciguar a esas deidades. El académico Robert Gagnon, anti-LGBT+, escribe sobre una práctica institucionalizada y aceptable que ocurría en la antigua Mesopotamia, donde se describe a los prostitutos masculinos de la diosa Ishtar vestidos como mujeres y bailando en procesiones públicas, tomando el rol pasivo en las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo.8 Incluso si tal adoración sexual no siempre era algo común en estas culturas (esta es una afirmación muy debatida), sabemos que era bastante regular que los antiguos egipcios violaran a los hombres que habían conquistado.9
Claramente, había prácticas en muchas culturas antiguas que rodeaban al pueblo judío en las que las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo eran comunes, y en ocasiones incluso celebradas, relacionadas con la adoración de deidades paganas o expresadas como un acto de agresión y dominio sobre los conquistados.
Los códigos de pureza judíos emergieron en un contexto increíblemente específico, y, en el momento de su redacción, estaban destinados para ser aplicados en la pequeña colección de tribus que era el pueblo hebreo. La mayoría de los códigos relacionados con las expresiones y relaciones sexuales a lo largo de toda la Torá están centrados en prevenir al pueblo judío de involucrarse en actos sexuales entre miembros de la misma familia. De hecho, el contexto de Levítico 18:22 está en el medio de prohibiciones sobre el incesto y, por lo tanto, debería interpretarse bajo esta luz. Para ampliar esta línea de razonamiento, también debería notarse que en el libro de Deuteronomio, donde se da un resumen de los códigos morales clave para el pueblo judío, no hay ni una sola condenación a las relaciones entre personas del mismo sexo, pero sí una lista dedicada al incesto.10 Claramente, el contexto y aplicación de las prohibiciones a las relaciones entre personas del mismo sexo era tan estrecho dentro del antiguo pueblo hebreo que no soportaba ser repetido en ningún otro lugar de las leyes y codigos de la Biblia hebrea.
Todo el código de pureza judío emergió con un solo propósito: distinguir al pueblo hebreo, entre todas las otras culturas, como los adoradores del Dios verdadero, una tarea increíblemente difícil para un pequeño grupo de tribus ex-nómadas y a menudo colonizadas. Los códigos fueron establecidos no tanto como un estándar sólido de moralidad y si como una respuesta directa a las amenazas culturales que rodeaban al pueblo judío en el mundo antiguo.
Esta es también la razón por la que el Nuevo Testamento, de tanto en tanto, hace una fuerte distinción entre “la ley” y “el Espíritu”. En el nuevo pacto de Jesucristo, las leyes de pureza se volvieron inútiles, porque se vio que el plan de Dios se pasaba de un pacto con un pueblo selecto a toda la humanidad. Por lo tanto, someter a toda la humanidad a leyes culturales habría sido una tarea increíblemente difícil y un obstáculo para la difusión del evangelio en todo el mundo.
Tanto Jesús como Pablo se opusieron fuertemente a los “legalistas” que buscaban limitar la adhesión a la comunidad mesiánica solo a individuos culturalmente judíos y exigían que cualquier gentil convertido comenzara a adoptar sus estándares culturales. Pablo llama a estos estándares “piedras de tropiezo”11 y demanda que ningún cristiano debería imponerlos en el camino de una persona que intenta seguir a Jesús. Todos eran bienvenidos al camino de Jesús, manteniendo y adaptando su propia cultura y costumbres a la sabiduría que encontraron en las enseñanzas del nuevo movimiento cristiano.
El erudito William Loader concluye que la postura más fiel que los cristianos y cristianas pueden adoptar es no interpretar las prohibiciones levíticas como contrarias a las relaciones homosexuales. Dice:
Las personas que argumentan que la sexualidad [homosexual] debería ser tan respetada como la heterosexual, sin mayores ni menores restricciones, operan con una hermenéutica parecida a la de Jesús, Pablo y Marcos. Citar los textos bíblicos para contrarrestar tal hermenéutica podría colocarnos, involuntariamente, del lado equivocado entre las personas del primer siglo, incluyéndonos entre aquellos que acusaron a Pablo de solo querer apaciguar a la gente de su época.12
Todas y cada una de las figuras centrales en el Nuevo Testamento son acusadas de transgredir las leyes de la Biblia hebrea, como exploraremos luego, y casi todas ellas están bastante felices de declarar que estas son incompatibles e inadecuadas, y que se quedan cortas con respecto a los deseos éticos más verdaderos de Dios para la humanidad. Para la persona que abraza la ética del Nuevo Testamento de Jesús y Pablo, se vuelve cada vez más difícil afirmar que alguno de los códigos de pureza levíticos se apliquen o sean relevantes para la vida de los cristianos y cristianas en la actualidad.
Cuando entendemos el contexto cultural del que emergen las prohibiciones enseñadas por la ley de pureza judía, y entendemos el contexto literario en el que se encuentran estas prohibiciones, queda muy claro que los escritores de Levítico estaban pensando en los actos sexuales homosexuales dentro del contexto de costumbres culturales o adoración paganas. La intención expresa de las leyes de pureza era distinguir al pueblo hebreo de los paganos que los rodeaban. Eran principalmente estándares culturales, no leyes morales eternas, y la ética del Nuevo Testamento llama a que los cristianos busquen dejar de vivir bajo estos estándares. En su lugar, deben abrazar al Espíritu detrás de las leyes —el Espíritu de Amor.
El Nuevo Testamento
Romanos 1:26–27
Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.
La condena de Pablo en la epístola a los romanos parece bastante clara para el lector promedio —se está refiriendo a algún tipo de relación sexual entre personas del mismo sexo, aplicable a hombres y mujeres, y la declara pecaminosa. Pero, una vez más, cuando se lee algún texto bíblico, es incorrecto asumir que habla de cualquier equivalente moderno de aquello que parezca estar referenciando.
Antes de abordar estos versículos, es vital entender el contexto de la condena. Todo el argumento de Pablo en la apertura de esta carta es una denuncia para la iglesia de Roma por sus actitudes juzgadoras hacia los paganos: intenta convencerlos de su propio pecado de establecerse como jueces. Como escribe Richard Hays:
El pasaje construye un crescendo de condenación, declarando la ira de Dios sobre la injusticia de los humanos y utilizando la retórica característica de la polémica judía contra la inmoralidad gentil. Lleva al lector a un frenesí de indignación contra los demás: esos incrédulos, esos adoradores de ídolos, esos enemigos inmorales de Dios. Pero luego, la picadura hace su efecto en Romanos 2:1: “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo”. El lector que se une alegremente a la condenación de la injusticia se queda “sin excusa” (2:1) ante Dios, así como quienes se niegan a reconocer a Dios (1:20).13
Este contexto es de vital importancia. Pablo está llamando a los lectores cristianos de esta epístola a ser cautelosos con el pecado de juzgar en el que todos somos propensos a caer. Sí, él puntualiza la pecaminosidad de los gentiles y debe haber una conversación sobre a qué pecados se refería Pablo exactamente, pero antes de abordar Romanos 1 para explorar lo que puede decir acerca de la homosexualidad, es esencial que comencemos con una postura de no juzgar, que es el mismísimo punto de este texto.
El descenso de la cultura pagana
Primero y principal, en Romanos 1, Pablo está describiendo la decadencia de la cultura romana, que se aleja del único Dios verdadero y se adentra en la idolatría pagana. Él dice que, en el principio, las personas romanas, como todas las demás, sabían del Dios verdadero y vivo, pero que por alguna razón decidieron volverse a la idolatría politeísta, que los llevó a un descenso inmoral hacia formas “innaturales” y “paganas” de ser. Pablo, como judío fiel, está recordando la misma enseñanza que encontramos en los pasajes levíticos: que las culturas que rodean al pueblo justo de Dios se han alejado del conocimiento innato de Dios y han caído en patrones destructivos de pecado a través de la idolatría, y que el pueblo de Dios debe resistir la influencia de estas culturas a toda costa.
La mayoría de los académicos creen que Pablo escribe la carta a la iglesia de Roma desde Corinto, la segunda ciudad más prominente en el Imperio Romano. Tanto en Corinto como en Roma, como a lo largo de todo el mundo grecorromano, la adoración a la gran diosa madre, conocida como Magna Mater, era una de las principales religiones y prácticas culturales. A lo largo de cualquier ciudad en aquel lugar se podían ver miles de sacerdotes y sacerdotisas de Afrodita, Cibeles, Artemisa y Venus, y en el centro de cada gran ciudad uno podía encontrar un gran templo dedicado a una de estas diosas prominentes. El erudito Lynn Roller describe la importancia de estos cultos, diciendo:
En el siglo I d. C., la Magna Mater era, por tanto, una divinidad con un lugar central en la vida romana... Su prominencia en la literatura, el arte y la práctica habla de un culto que se encontraba en el centro mismo de la experiencia religiosa romana. Su templo estaba ubicado en el corazón de la ciudad, cerca de sus santuarios más venerables.14
El culto a estas diosas solía involucrar sexo sagrado: los sacerdotes y sacerdotisas practicaban desde sexo anal, penetración con un elemento fálico y sexo oral como un acto de adoración. Los sacerdotes casi siempre eran afeminados, travestidos, y, en general, castrados; por lo tanto estaban impedidos de desempeñar su papel sexual “natural”, lo que los convertía en menos que hombres en la conciencia patriarcal grecorromana, un concepto que exploraremos más adelante. Los sacerdotes y sacerdotisas del templo, a menudo vivían juntos, como marginados de su sociedad patriarcal, y solían involucrarse en actividades sexuales. Apuleyo, escritor del segundo siglo, describe el estilo de vida de los sacerdotes en esta sensual viñeta:
El eunuco, llamado Filebo, me llevó a su alojamiento. Cuando llegó a la puerta, gritó: “¡Miren, chicas, miren! ¡Les he traído un nuevo y encantador sirviente!”. Las chicas eran un grupo de jóvenes sacerdotes eunucos repugnantes que estallaron en gritos de falsete y risitas histéricas de alegría, pensando que Filebo decía la verdad y que lo pasarían bien conmigo.15
No hay duda de que para gran parte de la sociedad en general, igual que para el incipiente movimiento cristiano, el estilo de vida encarnado por estos sacerdotes y sacerdotisas era inmoral, aunque en el mundo grecorromano solía aceptarse como lo que podría llamarse un “mal necesario”; después de todo, necesitaban a alguien que apaciguara a la diosa. Pero en la mente de Pablo, como en la consciencia de muchos del mundo antiguo, el sexo era visto como un acto destinado únicamente a fines reproductivos. El sexo no estaba pensado para el placer ni para traer conexión o intimidad a las parejas, sino que tenía el fin de producir descendencia; punto. Por lo tanto, cualquier actividad que no tuviera ese fin, o peor, que desperdiciara la eyaculación de un hombre, era vista como impura e innatural. El sexo natural era procreativo, y todo lo demás era innatural. Tiene lógica, entonces, que Pablo condene la cultura pagana del mundo grecorromano, que empieza con idolatría y luego pasa a rituales sexuales sagrados, que no producen descendencia. El apóstol escribe:
... pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.
Noten que Pablo no dice que las mujeres hayan tenido sexo con otras mujeres, al contrario de lo que usualmente se asume por los lectores. El sexo entre mujeres era extraño en el mundo antiguo, e incluso si era practicado, solía ignorarse por ser benigno. Pablo dice que las mujeres se involucraron en idolatría —una referencia a las sacerdotisas y a los variados cultos a Magna Mater— e intercambiaron las relaciones naturales por aquellas contrarias a la naturaleza, en referencia a actividades sexuales rituales cuyas metas no eran procreativas. Luego dice que los hombres —una referencia a los sacerdotes de varios cultos a Magna Mater— intercambiaron sus relaciones naturales (procreativas) con mujeres y cometieron hechos innaturales “vergonzosos” con otros hombres. En el contexto cultural, es claro que, por “natural” e “innatural”, Pablo se refiere a un entendimiento del sexo encuadrado en la procreación, por lo que condena correctamente a los sacerdotes y sacerdotisas del templo por involucrarse libre y orgullosamente en tales prácticas. En este paradigma, sus acciones idolátricas eran, de hecho, en contra de la naturaleza.
Uno de los problemas interpretativos clave para los cristianos modernos que buscan usar este pasaje como una condena a la homosexualidad es que casi ningún cristiano de la actualidad sostiene la ética sexual que Pablo defiende. La mayoría de los cristianos de hoy creen que el sexo tiene el fin principal de la procreación, pero que también está para ser usado por placer y para construir intimidad relacional. Ya no creemos que el semen es una sustancia “sagrada” y que su “derroche” constituya un grave pecado moral. La mayoría de los teólogos cristianos protestantes y eticistas dirían que los condones, la masturbación, y el sexo oral y anal están permitidos en el contexto del matrimonio —y, sin embargo, todos estos actos caerían directamente en la categoría de “antinaturales” para el apóstol Pablo. Si la iglesia desea ser consistente en el uso de Romanos 1 para condenar la homosexualidad como antinatural, debe estar dispuesta a condenar todos los actos sexuales no procreativos como igualmente pecaminosos, una tarea que estoy seguro de que la mayoría de los líderes cristianos protestantes no están dispuestos a asumir.
Es importante notar que, en Romanos 1:26–27, los escritos de Pablo están limitados a una cultura en particular —el estilo de vida romano pagano y no santificado— y no a la condición humana en general. Él escribe sobre un pueblo específico en un contexto específico. Después de todo, no toda la humanidad ha seguido la misma trayectoria que delinea Pablo en este primer capítulo —era específico al contexto y cultura grecorromanos. Las relaciones sexuales entre hombres eran bastante comunes en el mundo grecorromano que Pablo habitaba,16 pero la mayoría de las expresiones sexuales entre personas del mismo sexo estaban vinculadas a la adoración en el templo pagano, fiestas con cenas paganas conocidas como convivium,17 prostitución, abuso de esclavos o pederastia.18 El erudito Lynn Roller comenta justamente cuán comunes eran en el mundo de Pablo estos sacerdotes y estas prácticas:
La evidencia sugiere que los sacerdotes eunucos eran moneda corriente en Roma. La prominencia de estos en la sociedad romana puede haber resultado de la posición segura de la que gozaban, asignada por el culto a Magna Mater. Tal estatus protegido podría haber causado que su número se multiplicara, ya que los sacerdotes demostraron ser un imán para los transexuales, travestis, y otros que se encontraban en las márgenes de la sociedad.19
Por lo tanto, universalizar la condenación de Pablo en Romanos 1 para aplicarla a toda la humanidad de todos los tiempos no es una lectura fiel al texto. El contexto cultural y bíblico aquí es la idolatría pagana existente en Roma, y él está condenando las relaciones entre personas del mismo sexo ofrecida para la adoración a falsos dioses. El tipo de encuentro sexual que Pablo condena en Romanos 1 no se encuentra en las relaciones homosexuales modernas, sobre las que no dice nada, sino más bien en las expresiones sexuales idólatras de carácter único en el contexto romano. Consecuentemente, no puede ser usada para las relaciones amorosas y comprometidas de las personas LGBT+ de hoy.
Es más, cuando examinamos las palabras que Pablo usa para condenar este comportamiento explotador entre personas del mismo sexo, hay razones significativas para deducir que su condena no tiene nada que ver con el tipo de relaciones que encontramos entre las personas LGBT+ modernas. Primero, es esencial notar que la condenación de Pablo a las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo se basa en que son vergonzosas, y no en que son pecaminosas. Pablo era un creyente judío fiel y estaba bien entrenado en las leyes levíticas. Sabemos, por sus otros escritos, que luchaba con su entendimiento de cómo la tradición judía debería relacionarse con esta nueva comunidad espiritual que estaba construyendo, centrada alrededor del ejemplo y las enseñanzas de Jesús. Eventualmente, el apóstol concluye que las leyes de pureza de la Biblia hebrea no son “de beneficio” a los cristianos gentiles, y se opone con fuerza a cualquier sugerencia de que los seguidores gentiles de Cristo necesitasen convertirse en judíos a través de rituales o de adherencia a los códigos de pureza. Sin embargo, a lo largo de sus cartas fluctúa significativamente en este punto.
En Romanos 1, Pablo parece hacer eco de los códigos de pureza de Levítico al decir que el coito entre personas del mismo sexo era vergonzoso porque lo volvía impuro. Las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo no eran algo vergonzoso en la cultura grecorromana: se practicaban bastante abiertamente y estaban aceptadas por la mayoría en ciertos contextos culturales y rituales. En aquella cultura, a los hombres se les permitía tener sexo con otros hombres, siempre y cuando estuviesen por debajo en la jerarquía social. El acto inmoral hubiera sido si un hombre romano se permitía penetrar o ser penetrado por otro hombre del mismo estatus —esto hubiera sido visto como un acto de emasculación y sería condenado por todos en su sociedad patriarcal.
Otro argumento popular en contra de las interpretaciones anti-LGTB de Romanos 1 se centra en otra interpretación de la palabra “innatural”. El académico John Boswell fue el primero en postular que, quizás, lo que Pablo quería decir por “naturaleza” es que un hombre y una mujer heterosexuales que mantuvieran sexo con sus congéneres estaban actuando de manera contraria a su naturaleza. Cualquier transgresión contra la forma en que hemos sido creados, entonces, podría verse como pecaminosa y digna de condenación en esta interpretación. Mientras que este argumento tiene sentido lingüístico y lógico, hay argumentaciones teológicas más fuertes para sugerir que Pablo no está diciendo que la homosexualidad está en contra del orden natural del mundo. Pero lo que está claro es que cuando Pablo usa la palabra “innatural”, se refiere claramente a los actos sexuales en sí mismos, y no a la naturaleza de la persona que los comete. Como se afirmó más arriba, en el contexto grecorromano hubiera sido visto innatural que dos hombres de igual estatus se involucraran en coito o que cualquier persona entablara una actividad sexual que no fuera procreativa. Lo innatural no era la naturaleza u orientación de la persona, sino el acto en sí mismo, porque iba en contra del orden natural de la sociedad romana y del diseño de Dios para el sexo.
El erudito Jeremy Punt muestra cómo la misma palabra griega usada en Romanos 1 para “naturaleza” luego es usada por Pablo en Romanos 9–11 con un sentido positivo, en el que describe que Dios actúa de acuerdo a la naturaleza al injertar a los gentiles en el pueblo elegido. Punt escribe:
El argumento de Pablo sobre la inclusión de los gentiles en el pueblo de Dios en Romanos 9–11 depende del mismo contraste entre lo que es natural y lo que es innatural. Usando el mismo lenguaje, y teniendo a Dios como el autor implícito que corta e injerta, aquí es Él quien actúa en contra de la naturaleza y es Pablo quien defiende esta acción antinatural de Dios como parte de Su gracia natural. Incluso, y de manera análoga, se espera que los seguidores de Dios sigan su ejemplo: ¡actuar en contra de la naturaleza!20
Entonces, es claro que Pablo no implementa la palabra “innatural” para denotar algo fundamentalmente pecaminoso o inmoral, sino para indicar algo que está fuera de lo ordinario. Es un término moralmente neutral. Lo que Pablo parece estar haciendo a lo largo de toda la epístola es armar una argumentación de por qué los gentiles necesitan salvación en Cristo y por qué deberían ser incluidos en la iglesia, y lo hace al comenzar su argumento con un retrato dramático del modo en que los gentiles han dado su espalda a Dios y han actuado de formas contrarias a lo que era visto como “normal”, es decir, fuera de sintonía con el diseño de Dios. En Romanos 1:26–27, Pablo busca alejar a los gentiles de sus comportamientos sexuales de explotación o que reflejan la cultura idólatra y gentil en la que están inmersos. Cuando se ve a la luz del contexto cultural de la Roma del siglo I y de todo el mensaje de la epístola, se vuelve claro que el tipo de relaciones sexuales entre personas del mismo sexo de las que Pablo habla no reflejan las relaciones LGBT+ modernas, de las que el apóstol no tienen ningún tipo de conciencia y, por lo tanto, estos versículos no pueden ser usados para condenar tales relaciones.21
1 Corintios 6:9–10
¿No se dan cuenta de que los que hacen lo malo no heredarán el reino de Dios? No se engañen a sí mismos. Los que se entregan al pecado sexual o rinden culto a ídolos o cometen adulterio o son prostitutos o practican la homosexualidad22 o son ladrones o avaros o borrachos o insultan o estafan a la gente: ninguno de esos heredará el reino de Dios.
Las palabras que Pablo usa en 1 Corintios 6:9, mal traducidas aquí arriba como “prostitutos” y “homosexualidad”, son los términos griegos malakoi y arsenokoitai. Más adelante en esta sección exploraremos malakoi, pero para nuestros propósitos de explorar el sentido de 1 Corintios 6:9, deberíamos observar el término arsenokoitai, que es literalmente una palabra inventada y nunca antes encontrada en la literatura antigua hasta que Pablo la usó. La mayoría de los académicos concuerdan que Pablo creó este término luego de fijarse en la traducción griega de Levítico 18:22 y 20:13, que en griego se traducen de la siguiente manera:
Leviticus 18:22: meta arsenos ou koimethese koiten
gunaikos
Leviticus 20:13: hos an koimethe meta arsenos koiten gunaikos
La traducción literal del término es “cama de hombre” y la mayoría de los eruditos están de acuerdo en que, nuevamente, probablemente se refiera a alguna forma de violación ritual o prostitución en el templo, como ya hemos discutido anteriormente en nuestra interpretación de los pasajes de Levítico. De todos modos, cualquiera que trate de aseverar que conoce con certeza el uso que hace Pablo de este término, simplemente que está siendo deshonesto (su falta de uso histórico impide que se entienda de manera definitiva).
La palabra arsenokoitai solo se usa algunas veces en la literatura griega luego de que Pablo la introdujera en las epístolas. Una de esas fuentes externas es Sibylline Oracle 2.7077, donde se presenta en una lista de “pecados económicos” o pecados enraizados en la explotación de otros:
No robes semillas. El que toma para sí mismo es maldito por generaciones de generaciones, hasta la dispersión de la vida. No arsenokoitein, no revelar información privada y no asesinar. Dale al que haya trabajado su salario. No oprimas al pobre. Preste atención a su discurso. Mantenga un asunto secreto en su corazón.
De nuevo, la mayoría de los académicos acuerdan en que esto muy probablemente se refiera a algún tipo de violación ritual23 o prostitución en el templo. Pero es muy improbable, contextualmente, asumir que arsenokoiten se refiere a una relación sexual comprometida entre dos compañeros del mismo sexo. Esta interpretación también es la más probable porque hay —literalmente— docenas de otras palabras bien conocidas en el idioma griego del primer siglo que el apóstol Pablo podría haber usado para describir relaciones sexuales entre personas del mismo sexo, pero intencionalmente escogió no hacerlo. He aquí una breve descripción de algunas de las alternativas que tenía:
• arrenomanes: es decir, loco por los hombres o loco por los chicos.
• dihetaristriai: un sinónimo que hace referencia al sexo entre mujeres.
• erastes: un hombre mayor que ama a uno más joven.
• erōmenos: un joven que ama a un hombre más grande.
• euryproktoi: hombre que se viste como mujer, también una referencia vulgar a la penetración anal.
• frictrix: una palabra latina que se refiere a una mujer lasciva. A veces se usa para referirse a una mujer que tuvo relaciones sexuales con otra.
• hetairistriai: mujer atraída por otras mujeres.
• kinaidos: una palabra para decir “afeminado”, un hombre “cuya característica más destacada era un deseo, supuestamente femenino, de ser penetrado por otros hombres”.
• lakkoproktoi: una referencia lasciva y vulgar a la penetración anal.
• lesbiai: un sinónimo que hace referencia a las relaciones sexuales entre mujeres.
• paiderasste: comportamientos sexuales entre hombres.
• paiderastēs o paiderastïs: amante de niños.
• paidomanes: un hombre loco por los niños.
• paidophthoros: palabra griega para corruptor de niños.
• pathikos: aquel en la pareja masculina que es penetrado.
• tribas: la parte activa en una pareja de mujeres, que toma el “rol masculino”.24
Francamente, si Pablo buscara condenar de manera explícita las relaciones homosexuales en alguno de sus textos, podría y debería haber usado una palabra más común, que sus lectores entendieran de inmediato. Pero no lo hace, lo que vuelve increíblemente probable que no se esté refiriendo a la homosexualidad, como se entiende comúnmente.
El otro término que Pablo usa en 1 Corintios es malakoi, que es la palabra griega común que en el idioma moderno se traduce como “hombre afeminado” o “niños”. Literalmente, el significado más básico de la palabra es “suave”, y se usa para describir vestimentas, el viento, comida sofisticada y hombres que son “suaves” o “afeminados”. Cuando la palabra es usada en el mundo antiguo como una condenación moral, suele ser para sugerir que alguien es perezoso, falto de coraje y, por lo tanto, que tiene una disposición femenina. En el mundo grecorromano antiguo en particular, las mujeres eran vistas como menos que los hombres porque eran, literalmente, suaves y penetrables. Los hombres eran superiores, porque dominaban; sus cuerpos tendían a ser naturalmente más fuertes, y eran ellos quienes penetraban, tanto con sus penes en los encuentros sexuales, como en los campos cuando cazaban y en las batallas cuando estaban en guerra.
Por lo tanto, se vuelve fácil entender porque la cultura grecorromana habría pensado que cualquier hombre que se permitiera ser penetrado sexualmente por otro estaba renunciando voluntariamente a su codiciada masculinidad, convirtiéndose en malakos y volviéndose como una mujer, lo que habría sido motivo para que fuera marginado y despreciado en esa cultura híperpatriarcal. De todos modos, no es el contexto en el que más se utiliza malakos. Otra palabra común, kinaedos, era el término griego típico para referirse literalmente a un hombre pasivo en una relación sexual.
Cuando malakos describía a un hombre, quería hacer hincapié en su naturaleza como “débil” o “femenino”. Si un hombre estaba siendo penetrado sexualmente por otro hombre (si era un kinaedos), entonces también podría haber sido visto como un malakos. Pero ser un malakos no queria decir, necesariamente, que el hombre hubiera sido penetrado por otro. Una vez más, el uso más común de la palabra malakos en la Grecia del primer siglo era para avergonzar a los hombres por ser débiles, afeminados o cobardes. De este modo, también se podría haber utilizado para hombres homosexuales como heterosexuales. No hay ningún tipo de debate entre los académicos de reputación sobre que malakos significaba “afeminado” o “niño/joven” en la cultura patriarcal grecorromana, ni en que no se refería de forma explícita a las relaciones consentidas entre personas del mismo sexo, sino a los sacerdotes del templo, a los jovencitos forzados a encuentros sexuales pederastas y a hombres afeminados.
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