Kitabı oku: «Ardiente atracción - Un plan imperfecto»

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28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 226 - septiembre 2020

© 2013 Brenda Streater Jackson

Ardiente atracción

Título original: Canyon

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

© 2013 Brenda Streater Jackson

Un plan imperfecto

Título original: Stern

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2013 y 2014

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.

I.S.B.N.: 978-84-1348-626-0

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Ardiente atracción

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Epílogo

Un plan imperfecto

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Epílogo

Si te ha gustado este libro…


Capítulo Uno

Canyon Westmoreland tuvo la tentación de salir del coche para estirar las piernas, pero decidió no hacerlo. Si había aprendido algo de las series policíacas era que, cuando uno estaba de vigilancia, no debía hacer nada que pudiera delatarlo. Había que hacerse notar lo menos posible. Y él estaba de vigilancia, dispuesto a averiguar de una vez por todas por qué Keisha Ashford se negaba a verlo.

Sabía muy bien que lo odiaba porque creía que la había traicionado con otra mujer. Y sabía que esa era la razón por la que se había ido de la ciudad hacía tres años, cortando toda relación con él. También por eso, cuando había vuelto a Denver, se había creído con derecho a actuar como si él no existiera.

Pero Canyon ya estaba harto de aguantar esa situación.

Ambos eran abogados corporativos, una profesión que los había unido en un principio y seguía haciendo que se vieran en muchas ocasiones. Desde que ella había vuelto a Denver, hacía diez meses, se habían sentado frente a frente en la mesa de negociaciones más de una vez. Y a él le molestaba que Keisha se comportara como si no se conocieran.

Varias veces, había intentado acercarse a ella para aclarar las cosas, aunque solo fuera para poder cerrar de una vez el capítulo de su relación. Sin embargo, ella nunca había querido escucharlo.

Pero eso iba a cambiar. Canyon se negaba a dejar que siguiera pensando que la había traicionado.

Por eso, había ido hasta su despacho de abogados y había aparcado delante. Planeaba seguirla a casa y enfrentarse a ella. Al fin, tendrían la conversación de la que ella había estado tratando de escapar.

Sus hermanos, Stern y Riley, le habían advertido de que Keisha podía llamar a la policía si se sentía acosada. Pero Canyon solo quería hablar con ella.

Se miró el reloj. No estaba seguro de a qué hora salía ella de trabajar. Llevaba más de una hora allí parado. Había salido temprano de su trabajo en la compañía familiar, Blue Ridge Land Management, para asegurarse de que Keisha no se le escaparía.

Cuando se inclinó para cambiar de canal en la radio, le sonó el móvil. Al ver que era su hermano, frunció el ceño.

–¿Qué quieres, Stern?

–Solo llamaba para ver si te han arrestado.

–No me van a arrestar.

–No estés tan seguro. A las mujeres no les gusta que las espíen.

–No la estoy espiando –negó Canyon, apretando las manos contra el volante.

–¿Y cómo llamas a tu plan de esperar delante de su trabajo con la intención de seguirla a casa?

Canyon se removió en el asiento.

–No tendría que seguirla si me hubiera dicho dónde vive.

–Quizá no te lo dijo porque no quiere que lo sepas. Su casa es su territorio y puede que no le guste que lo invadas.

Canyon estaba a punto de responderle que le daba igual que a ella no le gustara, cuando vio que Keisha salía del edificio con otra mujer. Estaban charlando y sonriendo, en dirección a sus coches. Las dos eran bonitas, pero él tenía los ojos puestos solo en Keisha. Al verla, pensó lo mismo que la primera vez que se habían encontrado. Era increíblemente bella.

Seguía teniendo una piel morena y cremosa, nariz respingona y enormes ojos negros. Y seguía llevando el pelo largo, liso y suelto con raya en medio. Al mirar sus jugosos labios, recordó su sabor y el deseo se disparó.

Sin embargo, algo había cambiado en su figura. ¿Era su imaginación o tenía más curvas de lo que recordaba?

Removiéndose en su asiento, pensó que había cosas que no cambiaban, como su deseo por una mujer que no lo soportaba.

Sin embargo, había habido un tiempo en que ella sí lo había soportado. Canyon nunca había creído que estaría listo para sentar la cabeza antes de los treinta y cinco años, pero se había enamorado de Keisha de pies a cabeza y había estado dispuesto a pedirle que se casara con él…

Soltando un suspiro, siguió observándola, deteniéndose en sus largas piernas, las mismas que lo habían abrazado mientras habían hecho el amor…

–Canyon, ¿estás ahí?

–Sí, aquí estoy –repuso él. Casi se había olvidado de Stern–. Pero tengo que irme. Keisha acaba de salir y tengo que seguirla.

–Ten cuidado, hermano. Hace mucho tiempo que un Westmoreland no va a la cárcel. Seguro que lo recuerdas.

Canyon respiró hondo. ¿Cómo podía olvidarlo? Solo había habido un Westmoreland en la cárcel. De adolescente, su hermano Brisbane no dejaba de meterse en problemas. En el presente, sin embargo, se había convertido en un hombre responsable y formaba parte de la marina americana.

–No llegaré tan lejos, Stern. No soy una amenaza para Keisha. Solo quiero hablar con ella.

–Antes tampoco eras una amenaza para ella y estuvo a punto de pedir una orden de alejamiento. Mira, Canyon, no es asunto mío pero…

–Lo sé, lo sé, Stern. No quieres que haga nada para avergonzar a la familia.

Keisha se había separado de su compañera y se dirigía sola a su coche. Seguía teniendo esa forma de andar tan sexy. Parecía una mezcla entre modelo de alta costura y profesional de prestigio, con sus tacones altos y un maletín en la mano.

–¡Canyon!

–Te llamaré luego, Stern –se despidió él y colgó.

Keisha se metió en su coche, sin verlo. Cuando hubo salido del aparcamiento, Canyon se dispuso a seguirla, pero un coche negro arrancó y salió disparado también, interponiéndose.

–Diablos –murmuró él, pisando el freno.

Para no perder a Keisha, Canyon arrancó detrás del coche negro, que parecía estar siguiéndola también.

Como abogado, sabía que, a veces, los clientes de la parte contraria no quedaban satisfechos con la decisión del juez y querían expresar su desacuerdo. Tal vez era eso lo que estaba pasando.

Su instinto protector entró en acción cuando Keisha dobló una esquina y tomó la carretera que salía del pueblo, y el coche negro también lo hizo. No podía ver si el conductor era hombre o mujer, porque tenía cristales tintados. Pero si podía leer la matrícula.

Canyon apretó un botón en el volante.

–Sí, señor Westmoreland, ¿en qué puedo ayudarle?

–Hola, Samuel. Por favor, pásame con Pete Higgins.

Pete, el mejor amigo de su primo Derringer, trabajaba en la jefatura de policía de Denver.

–Un momento –repuso Samuel, su asistente personal.

–Higgins al habla.

–Pete, soy Canyon. Necesito que compruebes un número de matrícula.

–¿Por qué?

–Están siguiendo a una mujer.

–¿Y tú cómo lo sabes?

Canyon se mordió la lengua para no maldecir. Estaba a punto de perder la paciencia.

–Lo sé porque yo también la estoy siguiendo.

–Ah. ¿Y por qué la estás siguiendo?

Canyon siempre había admirado la tranquila forma de ser de Pete. En ese momento, la odió.

–Mira, Pete…

–No, mira tú, Canyon. Nadie debería seguir a una mujer, ni tú ni nadie. Eso se llama acoso y puede denunciarte. ¿Cuál es la matrícula?

Nervioso, Canyon le dio los números, preguntándose cómo era posible que Keisha no se diera cuenta de que la estaban siguiendo dos vehículos.

–Vaya, qué interesante –murmuró Pete.

–¿Qué?

–Es una matrícula robada.

–¿Robada?

El conductor del coche negro era lo bastante listo como para no acercarse demasiado a Keisha. Aunque, al parecer, tampoco se había dado cuenta de que lo seguía un tercero.

–Sí. Según nuestra base de datos, pertenece a un coche que ha sido robado esta mañana. ¿Dónde estás?

–Ahora mismo estoy en la intersección entre Firestone y Tinsel, en dirección a Purcell Park.

–¿La mujer lleva un coche caro y nuevo?

–Sí, parece que sí. ¿Por qué?

–Estoy pensando que igual quieren robárselo. Voy para allá. No hagas nada estúpido hasta que llegue.

Canyon miró al cielo. ¿Significaba eso que podía hacer algo estúpido cuando Pete llegara?

Solo de pensar en que alguien acosara a Keisha se ponía furioso, aunque él estuviera haciendo eso mismo. La gran diferencia era que él no pretendía lastimarla. No podía decir lo mismo del conductor del otro coche.

Lo primero que había que evitar era que el acosador supiera dónde vivía Keisha, caviló él. Si ella estaba yendo a casa, no tenía tiempo para esperar a Pete, pues la jefatura estaba en la otra punta de la ciudad.

En ese momento, Canyon tomó una decisión.

Se ocuparía de la situación él solo.

Keisha se movía al ritmo de la música de la radio del coche. Le encantaba ese canal, donde ponían sus canciones favoritas todo el día, sin anuncios. Y ese día, necesitaba distraerse.

Había tenido un mal día, todo había empezado a las diez, en el juzgado. Apenas había tenido tiempo para comer antes de tener que regresar para otro caso. Alrededor de las tres, había llegado a su oficina para asistir a una reunión. Al menos, era viernes.

Sin embargo, tampoco iba a poder descansar mucho el fin de semana. Aunque no debía desanimarse. Había ganado tres casos esa semana y sus jefes, Leonard Spivey y Adam Whitlock, estaban contentos con ella.

Hacía tres años, a Leonard le había disgustado que se hubiera mudado a Texas y hubiera avisado solo con una semana de antelación. Pero, como había sido una de las mejores abogadas de la firma, le había dado buenas referencias… y la había recibido con los brazos abiertos cuando había regresado a Denver.

A veces, las cosas sucedían por algo. Cuando se había mudado a Texas, no había tardado mucho en encontrar otro empleo, en Austin. Y, si no hubiera vuelto a su hogar, no se habría enterado de que su madre padecía cáncer de pecho.

Por suerte, Keisha había podido acompañarla en los momentos difíciles. Siempre se habían llevado bien. Lynn Ashford era una mujer fuerte e independiente, madre soltera. Después de que el padre de Keisha hubiera negado su paternidad, Lynn se había ido de Austin y se había establecido con su hija en Baton Rouge.

Había vivido muchos momentos difíciles en la infancia. Para compensar la situación, su madre había tenido dos empleos y había dejado a Keisha al cuidado de su abuela. Al haber sido testigo de lo mucho que su madre había trabajado para salir adelante sin ayuda de un hombre, había comprendido que, si era necesario, ella podía hacer lo mismo.

Con el corazón encogido, Keisha pensó en el hombre que se lo había demostrado.

Canyon Westmoreland.

Se había enamorado de él desde el primer día, pero su amor había muerto cuando había descubierto que él le había sido infiel. Ella podía tolerar muchas cosas, pero la infidelidad no era una de ellas. No era posible mantener una relación sin confianza… Ni siquiera una relación que ella había creído tan prometedora. Sin embargo, era obvio que se había equivocado.

Después de tres años, Keisha había vuelto a Denver. El escándalo que había salpicado al despacho de abogados para el que trabajaba en Austin la había obligado a ello. Echaba de menos a su madre, pero al menos, al regresar al despacho de Spivey y Whitlock, había sabido que no tendría que empezar desde abajo. Necesitaba el dinero y ya no podía pensar solo en sí misma. De todas maneras, para evitar encontrarse con Canyon, se había establecido en una casa en la otra punta de la ciudad.

Keisha conocía la historia de los padres y los tíos de Canyon, que habían muerto en un accidente de avión y habían dejado quince huérfanos, muchos de ellos menores de dieciséis años. Manteniéndose unida, lo que había quedado de la familia Westmoreland había superado los tiempos difíciles y, en la actualidad, estaba disfrutando de su fortuna, gracias al éxito de la empresa de gestión de terrenos Blue Ridge.

Los padres de Canyon habían tenido siete hijos: Dillon, Micah, Jason, Riley, Canyon, Stern y Brisbane. Sus tíos habían tenido ocho, cinco chicos: Ramsey, Zane, Derringer, y los gemelos Aiden y Adrian; y tres chicas: Megan, Gemma y Bailey. Por lo que Keisha sabía, la mayoría de los Westmoreland había ido a la universidad y tenían buenos puestos de trabajo. Ocho de ellos trabajaban para la empresa familiar. Ella los había conocido a casi todos cuando había asistido al baile de los Westmoreland. La fiesta era un evento destacado en la ciudad y los beneficios que sacaban iban destinados a organizaciones benéficas.

Entonces, Keisha no pudo evitar pensar en él. Lo había amado con toda su alma y había creído que él la correspondía. Le había abierto su corazón y su hogar. Él se había mudado a vivir con ella después de haber salido juntos seis meses. Y ella había asumido que su relación había ido viento en popa. Pero había sido un error.

El sonido de un claxon la hizo mirar por el espejo retrovisor. ¿Qué sucedía?

Los conductores de dos coches que había detrás de ella parecían estar luchando por sacarse el uno al otro de la carretera.

Como lo último que necesitaba era verse implicada en una pelea de gallitos que querían ser los amos del asfalto, aceleró y los dejó atrás.

Entonces, miró el reloj. Estaba ansiosa por llegar a su destino y encontrarse con la persona que la estaba esperando.

El coche negro aceleró y desapareció de allí. Aunque Canyon se había acercado mucho a él, los cristales tintados le habían impedido ver al conductor o a la conductora.

Cuando volvió a posar la atención en la carretera, vio que Keisha tomaba un desvío. Continuó siguiéndola a cierta distancia, sin querer que ella lo viera.

Entonces, la vio parar delante de una guardería. Frunció el ceño. ¿Por qué iba ella a ir a una guardería? Quizá estaba haciendo un favor a alguna compañera recogiendo a su hijo o, tal vez, se había ofrecido a hacer de canguro.

Deteniendo el coche, la observó acercarse a la puerta con una gran sonrisa. Sin duda, debía de estar contenta porque se acercaba el fin de semana. Era una suerte que estuviera de buen humor, pensó. Así, tal vez, no se enfadaría al descubrir que la había seguido a casa. Embobado, se quedó contemplando su contoneo hasta que la perdió de vista.

Entonces, le sonó el móvil. Canyon esperaba que no fuera Stern de nuevo. Al mirar la pantalla, vio que era su prima Bailey, la más joven de la familia Westmoreland.

–Hola, Bay, ¿qué tal? –saludó Canyon.

–Zane ha vuelto hoy.

Su primo Zane se había ido de la ciudad hacía tres semanas. Él había pensado que estaba en viaje de negocios, pero luego había descubierto que estaba corriendo detrás de una mujer con la que había salido, llamada Channing Hastings. Se rumoreaba que Zane volvía a casa con una alianza en el dedo.

–¿Se ha casado?

–Todavía, no. Channing y él están planeando la boda para Navidad.

–Nunca pensé que vería a Zane sentar la cabeza.

–Bueno, yo me alegro de que haya entrado en razón –comentó Bailey–. No te olvides de que esta noche hemos quedado.

Todos los viernes, los Westmoreland se reunían en casa de Dillon. Las mujeres hacían la comida y, después, los hombres se enfrascaban en una partida de póquer.

–Puede que llegue un poco tarde –avisó Canyon. No sabía cuánto tiempo iba a necesitar para hablar con Keisha. Si ella iba a hacer de canguro, tendría que seguirla a casa para ver dónde vivía y volver otro día. Además, tenía que advertirle de que otra persona la había estado siguiendo.

–¿Por qué?

–¿Por qué qué? –preguntó Canyon, frunciendo el ceño.

–¿Por qué vas a llegar tarde? Dillon me ha dicho que hoy has salido temprano del trabajo.

En vez de responderle, Canyon dio unos golpecitos con el dedo en el auricular.

–Se está yendo la cobertura. Hablamos luego.

Después de colgar, Canyon vio salir a Keisha. Ella seguía sonriendo, lo que era buena señal. Y estaba hablando con un niño de unos dos años que llevaba de la mano.

Contemplando al pequeño, pensó que parecía el doble del hijo de Dillon. Una extraña sensación se apoderó de él mientras seguía observando al niño, que sonreía tanto como ella.

Entonces, Canyon contuvo el aliento. Solo había una razón que explicara por qué se parecía tanto a un Westmoreland, pensó, aferrándose al volante.

Sin pensarlo, se quitó el cinturón, salió del coche y se acercó a Keisha. Ella se quedó paralizada con una extraña expresión, mezcla de sorpresa, culpa y remordimiento. Duró poco porque, al instante, el rostro se le tintó de fiereza mientras ponía el brazo por encima al niño con gesto protector.

–¿Qué estás haciendo aquí, Canyon?

Él se detuvo delante de ella, lleno de furia. Posó los ojos de nuevo en el pequeño que, sin duda, debía de ser su hijo y lo miraba con desconfianza, agarrado a su madre.

–¿Podrías explicarme por qué no me has dicho que tenía un hijo? –inquirió él con ojos ardiendo de rabia.

Capítulo Dos

Keisha tomó aliento mientras pensaba qué podía decir. Por el tono de voz de Canyon, intuyó que más le valía pensar en algo rápido. A menudo, se había preguntado cómo reaccionaría él cuando descubriera que tenía un hijo. ¿Negaría su paternidad como el padre de ella había hecho?

–¿Qué hubiera cambiado eso? –preguntó ella a su vez.

Canyon la miró sorprendido un instante.

–Muchas cosas –afirmó él–. Ahora quiero saber por qué no me lo dijiste.

Por la forma en que su hijo se agarraba a su falda, era obvio que sentía que algo iba mal. Además, el pequeño solía ponerse muy nervioso en presencia de extraños.

–Tengo que llevar a Beau a casa y…

–¿Beau?

–Sí. Mi hijo se llama Beau Ashford –señaló ella, levantando la barbilla.

–No por mucho tiempo –murmuró él, furioso.

Ella respiró hondo.

–Como te he dicho, Canyon, tengo que llevar a Beau a casa para prepararle la cena y…

–Bien. Me incluyo en tus planes –le interrumpió.

–Mira, Canyon, yo…

Keisha se calló al ver salir a Pauline Sampson, la directora de la guardería. Pauline había sido una de sus primeras clientas en el despacho de abogados y también era muy amiga de Joan, la mujer del señor Spivey. La mujer se estaba acercando a ellos con cara de preocupación y un toque de curiosidad.

–Keisha, te he visto desde la ventana. Solo quería asegurarme de que todo va bien –señaló Pauline.

Fuera como fuera, Keisha no tenía intención de contárselo a Pauline.

–Sí, todo va bien.

Comprendiendo que Keisha no iba a presentarlos, Canyon le tendió la mano a la otra mujer.

–¿Cómo estás, Pauline? Soy Canyon Westmoreland, el padre de Beau.

–¿Westmoreland? –preguntó Pauline, arqueando las cejas.

–Sí, Westmoreland –respondió él con una sonrisa arrebatadora, la misma que le hacía ganar casos en al juzgado.

–¿Eres pariente de Dillon Westmoreland? –inquirió Pauline con interés.

–Sí, es mi hermano mayor.

–El mundo es un pañuelo. Sí que te pareces a él. Dillon y yo fuimos juntos al instituto –comentó Pauline, sonriente.

–Sí, el mundo es un pañuelo –repitió él y se miró el reloj–. Si nos disculpas, Pauline, Keisha y yo tenemos que llevar a Beau a casa para cenar.

–Claro, lo entiendo –repuso la otra mujer con una sonrisa, y se dirigió a Keisha–: Buen fin de semana.

–Lo mismo digo, Pauline.

Cuando se hubieron quedado solos de nuevo, Canyon se agachó y tomó a Beau en brazos. Keisha soltó un grito sofocado, dispuesta a advertirle de que a su hijo no le gustaban los extraños. Pero se quedó boquiabierta y muda al ver que el pequeño le rodeaba el cuello con sus bracitos.

–Yo lo llevaré al coche –se ofreció Canyon.

–Puede ir andando.

–Lo sé. Pero quiero llevarlo en brazos. Dame ese gusto.

Keisha no quería darle ningún gusto. No quería tener nada que ver con él. Si Canyon pensaba que iba a poder hacer lo que quisiera con Beau, se equivocaba. Él ya había hecho su elección hacía tres años.

Entonces, recordó las palabras de su madre cuando le había comunicado que estaba embarazada. Lynn le había advertido que no diera por hecho que Canyon iba a ser como Kenneth Drew. Su madre pensaba que todos los hombres tenían el derecho a saber si tenían un hijo, por eso ella se lo había dicho a Kenneth. Y solo había empezado a excluirlo de su vida familiar cuando Kenneth se había negado a reconocer a su hija.

Lynn pensaba que Keisha no le había dado a Canyon la oportunidad de aceptar o rechazar a su hijo. Pero Keisha no estaba de acuerdo. El saber que su padre la había rechazado la había atormentado toda la infancia y parte de la edad adulta. Por eso, había decidido no arriesgarse a que su hijo pasara por la misma experiencia.

Cuando llegaron al coche, ella abrió la puerta y se apartó para que Canyon colocara al niño en su asiento. Sorprendida, observó cómo Beau protestaba e intentaba volver a los brazos de su padre.

–Parece que le gustas –murmuró ella, sin mucho entusiasmo.

–Es un Westmoreland.

Keisha no dijo nada. Parecía que él estaba pensando en ponerle su apellido. Sin embargo, era ella quien decidiría qué derechos quería darle respecto a su hijo.

–A partir de ahora, no estaré lejos de ti, compañero –le dijo Canyon a Beau.

Como si el niño lo hubiera entendido, miró a su padre y le preguntó cómo se llamaba.

–Papá –dijo Canyon, alto y claro.

–Papá –repitió el pequeño.

–Sí, papá –volvió a decir Canyon con una sonrisa. Tras cerrar la puerta del coche, se giró hacia Keisha.

–Dillon tiene un hijo llamado Denver que es un poco mayor que Beau. Se parecen.

–¿Quién?

–Denver y Beau. Aunque Denver es un poco más alto, si los pusieras juntos apenas podrías diferenciarlos.

Keisha se encogió de hombros. Ella reconocería a su hijo en cualquier parte. Además, no creía que los dos niños se parecieran tanto.

–Ya que insistes en que hablemos hoy, puedes seguirme a casa. Pero no pienso romper mi rutina con Beau por ti.

–Ni yo quiero que lo hagas.

Cuando ella iba a subirse al coche, Canyon la tocó. Al instante, su cuerpo subió de temperatura. Al parecer, tres años sin tener contacto con él no la habían hecho inmune a la poderosa química que había entre ellos.

–¿Keisha?

–¿Qué? –preguntó ella con el pulso acelerado.

–¿Hay alguna razón para que alguien te esté siguiendo?

–¿Por qué lo dices? –replicó ella, frunciendo el ceño.

–Hoy te empecé a seguir desde tu oficina, pero no fui el único. Un coche negro salió delante de mí y te siguió durante un par de kilómetros. Intenté llamar su atención poniéndome a su lado para obligarle a parar. No sé si era un hombre o una mujer, porque tenía cristales tintados. En vez de parar, hizo un rápido giro en la siguiente intersección y desapareció.

Keisha recordó cuando había mirado por el retrovisor y había visto dos coches que parecían estar tratando de adelantarse el uno al otro.

–¿Tu coche es rojo?

–Sí.

–Escuché el sonido de un claxon y te vi intentando sacar al coche negro de la carretera. Pensé que no eran más que dos conductores haciendo el tonto.

–No, solo quería descubrir por qué te seguía. Hasta he llamado a la policía para informar de ello.

–¿La policía?

–Sí. Pete Higgins es jefe de policía y amigo de Derringer. Él comprobó la matrícula del coche que te seguía y me dijo que era robado. Hace un rato me ha telefoneado para informarme de que están buscándolo.

Aunque Keisha solo había visto a Derringer Westmoreland una vez, había oído muchas cosas de él. Antes de casarse, había tenido reputación de mujeriego, como muchos de los hombres de su familia.

–Bueno, no tengo ni idea de por qué iban a querer seguirme. ¿Por qué me seguías tú?

–Porque he intentado hablar contigo durante meses y siempre te negabas. Ahora sé por qué.

–Hablaremos después –repuso ella.

–Iré detrás de ti.

Hasta que Canyon no se hubo subido al coche y se hubo puesto el cinturón, no asimiló lo que había descubierto en los últimos veinte minutos.

Tenía un hijo. Un hijo del que no había sabido nada hasta ese momento.

Con el corazón a galope tendido, Keisha salió del aparcamiento. Pensó en lo que Canyon le había dicho del otro coche. No tenía sentido que nadie la siguiera. Ninguno de los casos en los que había estado trabajando era tan grave como para que alguien quisiera acosarla.

Llevaba un coche nuevo, un modelo que era muy popular. ¿Quizá habían querido robárselo?, se preguntó con un escalofrío.

Al instante, entonces, pensó en lo rápido que Canyon había aceptado a su hijo.

No había pedido un test de ADN para verificar su paternidad. Solo había afirmado que se parecía mucho al hijo de Dillon. ¿Tendría algún interés oculto? Bueno, no lo sabría hasta que no hablaran.

Tomando aliento, Keisha miró por el espejo retrovisor y sus ojos se encontraron con los de Canyon. ¿Por qué tenía que mirarla de esa manera? La intensidad de la mirada le hacía subir la temperatura y estremecerse. Aferrándose al volante, emprendió el camino a casa.

Canyon siempre había tenido la habilidad de calarle muy hondo. Entonces, sin poder evitarlo, Keisha recordó la primera vez que se habían visto, hacía cuatro años…

–Disculpa, ¿está ocupado este asiento?

Keisha había levantado la vista de lo que estaba leyendo. Al ver al imponente hombre que estaba delante de ella, se le aceleró el pulso.

Era muy alto y tenía piel morena y ojos oscuros, una mandíbula fuerte y jugosos labios. Tras examinar su rostro, ella había posado los ojos en sus anchos hombros y en aquel cuerpazo vestido con traje de chaqueta.

–Bueno, ¿lo está? –había insistido él con voz profunda y sensual.

–¿Qué? –había dicho ella, humedeciéndose los labios.

–¿Está ocupado el asiento? Parece el único libre.

–No, no está ocupado –había respondido ella, mirando a su alrededor en el abarrotado comedor de los juzgados.

–¿Te importa si me siento?

Keisha había tenido que morderse la lengua para no contestarle que podía hacer lo que quisiera con ella.

–No, no me importa.

–Soy Canyon Westmoreland –se presentó él, tendiéndole la mano–. ¿Y tú?

–Keisha Ashford –había respondido ella, antes de estrecharle la mano.

En ese instante, su cuerpo había subido de temperatura y el comedor pareció quedarse en silencio, como si estuvieran solos los dos. Cuando sus ojos se habían encontrado, ella se había quedado sin respiración.

Entonces, el sonido de un tenedor cayéndose le había hecho salir de su ensimismamiento y darse cuenta de que Canyon todavía no le había soltado la mano. Ella la había apartado.

–Dime, Keisha, ¿eres abogada o procuradora?

–¿Qué más da?

–A mí me da igual. Solo sé que estoy sentado con una mujer hermosa y no pienso quejarme de nada.

Keisha sonrió ante el cumplido. Se había fijado en el dedo anular de él, que no tenía alianza.

–Soy abogada.

–Yo también –respondió él.

–Ya lo había adivinado. Tienes toda la pinta.

Canyon se había inclinado hacia ella, envolviéndola con su embriagador aroma masculino.

–¿Por qué no quedamos después para que puedas explicarme qué quieres decir con eso?

En cualquier otra situación y con cualquier otra persona, Keisha habría rechazado un acercamiento tan directo. Pero, por alguna razón, ese día no lo había hecho.

–Canyon es un nombre poco común –había comentado ella, sin querer responder a su pregunta.

–Según mis padres, no. Fui concebido en el Cañón de Colorado, por eso me llamaron así, cañón en inglés. Creo que lo pasaron muy bien esa noche.

–¿Eso te dijeron tus padres?

–No, pero de vez en cuando bromeaban entre ellos sobre el tema. Durante años, les traje muy buenos recuerdos.

–¿Y ahora no?

–No lo sé. Mis padres murieron en un accidente de avión hace quince años –había respondido él con expresión triste.

–Lo siento.

–Gracias. Bueno, ¿qué me dices de quedar después para tomar algo? Podemos ir a Woody´s. No está lejos de aquí –había sugerido él–. Sobre las cinco, si te parece. Con suerte, los dos ganaremos los casos que tenemos esta tarde y tendremos algo que celebrar.

–Sí, me gustaría. Allí estaré.

–Bien. Estoy deseando que lleguen las cinco –había dicho él con una sonrisa cautivadora.

Keisha tragó saliva, observando cómo él la recorría con su ardiente mirada.

–Y yo… –había murmurado ella.

–Mami.

Keisha volvió de golpe al presente al oír la voz de su hijo. Beau había estado ocupado jugando hasta ese momento. Ese día, parecía más callado de lo habitual. Keisha se preguntó si la presencia de Canyon tenía algo que ver con eso.

–Dime, Beau.

–¿Papá se ha ido?

Keisha reconoció un inconfundible tono de decepción en su voz. El niño ya lo había pasado bastante mal al mudarse a Denver y separarse de su abuela, con quien habían vivido en Texas.

–No, viene detrás de nosotros.

–¿Por qué? –preguntó Beau, tratando de girarse para verlo–. ¿Por qué no viene con nosotros en nuestro coche?

–Porque tiene su propio coche –repuso ella, pensando que iba a tener que hablar con su hijo en serio más adelante sobre Canyon.

–¿Viene a casa con nosotros?

–Sí. Pero él tiene su propia casa también.

–Tiene su casa.

El niño no dijo nada más y siguió jugando. Cuando llegara, le daría un baño, luego la cena y le dejaría jugar un poco antes de llevarlo a la cama, pensó Keisha. En lo relativo a dormir, tenía suerte. Beau no daba ninguna guerra a la hora de acostarse.

Mirando por el retrovisor, sus ojos volvieron a cruzarse con los de Canyon.

Ella ya no lo amaba. Estaba segura. Su amor no se había disipado de inmediato, sino poco a poco. Solo de pensar que había planeado contarle que estaba embarazada justo cuando había regresado a casa pronto y se lo había encontrado con Bonita…

Keisha apartó la mirada y se concentró en la carretera. Aquella noche, cuando había descubierto que la engañaba, había decidido hacer lo mismo.

Momentos después, llegaron a su casa. Estaba en una urbanización nueva y casi todos los vecinos eran parejas con hijos, también había algunas madres solteras. Eran todos muy amigables y a ella le encantaba vivir allí.

Keisha aparcó y salió del coche. Canyon salió también.

–Me gustaría que pudiéramos hablar en otro momento –le dijo ella, antes de ayudar a salir a su hijo.

–No siempre puede uno tener lo que quiere, Keisha.

Frustrada y molesta, ella se inclinó para abrir la puerta trasera y sacar a Beau.

–Yo lo hago –se ofreció Canyon.

Ella se apartó para dejarle paso, pues no quería hacer una escena delante del niño. Sin embargo, pretendía dejarle muy claro cuando hablaran que, aunque fuera el padre de Beau, no permitiría que se hiciera con el control de sus vidas.

Entonces, se dirigió a la puerta de su casa, seguida por Canyon, que llevaba a Beau en brazos. Tuvo la tentación de recordarle, una vez más, que su hijo sabía andar, pero decidió contenerse.

En cuanto abrió la puerta, supo que algo iba mal. Para empezar, no sonó la alarma de seguridad. Cuando entró y miró a su alrededor, soltó un grito, horrorizada.

Alguien había entrado en su casa.

Canyon entró en acción de inmediato.

–Toma a Beau y vuelve al coche –dijo él, entregándole a Beau. Acto seguido, llamó a Pete–: Canyon al habla. Alguien ha entrado en la casa de la mujer a la que estaban siguiendo antes.

–¿Cuál es la dirección? Estoy en la zona. No toques nada.

Cuando Canyon se giró, vio que Keisha no lo había obedecido y seguía allí, como debía de haber imaginado.

–¿Cuál es la dirección? –preguntó él, pero ella estaba paralizada, en estado de shock–. ¿Keisha?

–¿Sí?

–¿Cuál es tu dirección?

Keisha consiguió balbucear el número de su casa.

–La casa está desordenada, mami –murmuró Beau.

–Salgamos, Keisha. La policía está de camino –le dijo él con suavidad, observando lo conmocionada que estaba–. No podemos tocar nada hasta que lleguen.

Keisha iba a protestar, pero cerró la boca. Canyon se había parado delante de ella a propósito, para impedirle ver cómo estaba todo. Sin embargo, al abrir la puerta, había podido ver el estado del salón. No quería ni imaginarse cómo estaría el resto de la casa. ¿Qué le habrían robado?

–¿Keisha?

–¿Sí? –repuso ella, haciendo un gran esfuerzo para hablar.

–Vamos al coche.

Titubeando, ella comprendió que era lo más razonable. No quería que su hijo se preocupara.

–Vamos a jugar, mami –dijo Beau al sentarse en el coche, y le entregó su juguete favorito.

Mientras, Canyon se quedó fuera, hablando por el móvil.

–Sí, Keisha está bien, Dil –le dijo Canyon a su hermano mayor. Le había hecho un rápido resumen de lo que acababa de pasar, incluyendo el hecho de que tenía un hijo.

–Han venido todos a cenar. ¿Qué quieres que les diga? –preguntó Dillon–. Imagino que querrás ser tú quien les dé la noticia de que tienes un hijo.

–Sí –afirmó Canyon, tomando aliento–. Pete está de camino. Cuando terminemos aquí, Keisha y Beau vendrán conmigo hasta que sepamos quién ha hecho esto y por qué. Dejaré mi coche aquí, así que voy a necesitar que alguien lo recoja y lo lleve a mi casa después.

–Yo puedo hacerlo. ¿Pero crees que Keisha aceptará ir contigo?

Canyon se frotó la cara con frustrado. Lo más probable era que ella no quisiera. Keisha había heredado su independencia de la madre soltera que la había criado. No le gustaba depender de nadie. Pero, en ese caso, las cosas eran distintas. Tenía que pensar en el bienestar de su hijo.

El hijo de los dos.

–No, Dil, no lo aceptará con facilidad. Pero estoy convencido de que lo que ha pasado en su casa y el coche que la seguía están relacionados. Espero que se atenga a razones, pensando en Beau.

En ese instante, llegaron tres coches patrulla.

–Ha llegado Pete. Te llamaré luego, Dil.

Keisha miraba al policía, presa de la confusión.

–¿Cómo que venían buscándome a mí?

Pete se apoyó en la encimera de la cocina.

–Has comprobado que no te falta nada de valor, ni siquiera el vaso lleno de monedas de oro que tienes en tu cómoda. Mi conclusión es que la persona que ha hecho esto no ha robado nada porque lo que quiere es asustarte.

Eso no tenía sentido, pensó Keisha.

Por suerte, sus vecinos de al lado, que tenían un niño de la edad de Beau, se habían ofrecido a ocuparse de su hijo durante el interrogatorio. Con Canyon y Pete a su lado, había recorrido todas las habitaciones, que estaban destrozadas. Los intrusos habían dado la vuelta a sofás y sillones, habían tirado por el suelo los cojines y todas sus revistas. En la cocina, habían sacado la harina y la habían esparcido por el suelo. Ninguna habitación había quedado intacta… ni siquiera la de Beau. Habían roto algunos de sus juguetes favoritos. Y, en el dormitorio de ella, las ropas estaban esparcidas por el suelo, algunas rasgadas, además habían dejado abierto el grifo de la bañera para inundarlo todo.

Pete tenía razón. No faltaba nada de valor. Ni siquiera la colección de monedas que su madre le había regalado para Beau, ni los caros bolsos que guardaba en el armario, ni las televisiones de plasma. Lo único que el intruso había hecho había sido destrozarlo todo, como para advertirla de algo. Sin embargo, ella no tenía ni idea de qué se trataba.

–Piense bien, señorita Ashford. ¿Está trabajando en algún caso delicado? ¿Hay alguna razón para que alguien quiera asustarla?

A ella no se le ocurría ninguna. Tampoco pensaba que nadie quisiera vengarse de ella por su trabajo. Había ganado todos los casos en los últimos meses, excepto uno. Y ninguno de ellos había sido especialmente peliagudo.

–No se me ocurre nada, oficial.

Pete asintió y se guardó el cuaderno de notas en el bolsillo.

–Si le viene algo a la cabeza más tarde, hágamelo saber. Le entregaré el caso a un detective. También tenemos que investigar el coche que la seguía antes, del que me informó Canyon.

Keisha casi lo había olvidado.

–¿Crees que las dos cosas están relacionadas? –preguntó Canyon.

–Ahora mismo, Canyon, no descarto nada. Si no hubieras espantado al tipo que la seguía, tal vez habría podido averiguar algo. Pero supongo que es mucho esperar que un Westmoreland haga lo que se le dice.

Canyon se encogió de hombros, suspirando.

–¿Y ahora qué?

–Estamos buscando el vehículo. Voy a sacar vídeos de las cámaras que hay en los semáforos de la zona. Espero que nos revelen algo. Aunque ya sabemos que era un Ford negro robado, si tenemos una foto podemos determinar si tenía alguna marca que facilite su identificación. Quiero encontrar a la persona que hizo esto.

–Y yo.

Su tono amenazador llamó la atención de Pete y Keisha. Aunque, en cierto modo, a ella no le sorprendía su reacción. Había percibido que, mientras la había acompañado en su recorrido por la casa, Canyon había estado cada vez más furioso, sobre todo, cuando habían visto cómo había quedado el dormitorio de Beau.

–No le aconsejo que se quede aquí esta noche –señaló Pete, mirando a Keisha–. Quien hizo esto puede volver a burlar el sistema de seguridad.

–No se quedará aquí –se apresuró a decir Canyon, antes de que ella pudiera hablar–, se viene conmigo.

–Buena idea –observó Pete, dando el asunto por zanjado.

–Un momento. Me iré a un hotel.

–Nada de eso –negó Canyon.

–Claro que sí.

–No.

–Si no os importa, arreglad esos detalles entre vosotros –indicó Pete, aclarándose la garganta–. Si recuerda cualquier cosa, señorita Ashford, llámeme. De todos modos, el detective Ervin Render se pondrá en contacto con usted enseguida.

En cuanto Pete se hubo ido, Keisha se volvió hacia Canyon.

–Espera un momento, Canyon Westmoreland. ¿Por qué iba a quedarme contigo cuando puedo ir a un hotel? Además, donde yo vaya no es asunto tuyo.

En vez de amedrentarse ante su tono decidido, Canyon dio un paso hacia ella con gesto fiero.

–Si estuvieras sola, puede que te dejara hacer lo que quisieras, ya que la decisión que tomaste hace tres años demuestra lo poco que confías en mí. Si crees que soy capaz de decirte que te amo y acostarme con otra mujer… en tu cama…

–Sé lo que vi, Canyon –replicó ella, tensa.

–¿Y qué viste? ¿Me viste haciendo el amor con Bonita? ¿Abrazándola? No. Me viste solo saliendo del baño después de la ducha, cuando descubrí a Bonita tumbada en tu cama.

–¡Estaba desnuda! –le espetó ella, llena de rabia.

–Yo la vi al mismo tiempo que tú. Te conté lo que había pasado. Bonita fue a tu casa a buscarte justo cuando yo acababa de llegar del gimnasio. Estaba disgustada porque se había peleado con su novio, Grant Palmer, y yo le ofrecí una copa para que se calmara. Me pidió que la acompañara y no vi razón para negarme. Después, me dio las gracias y me preguntó si se podía quedar un rato para recomponerse, pues estaba demasiado disgustada para volver a su casa conduciendo. Le dije que sí, pero que yo iba a darme una ducha. Esperaba que se hubiera ido cuando salí del baño –explicó él, e hizo una pausa antes de añadir–: No tenía ni idea de que se había quitado la ropa y se había tumbado en tu cama, hasta que la vi allí, al mismo tiempo que tú. Te dije la verdad, pero no me creíste. Preferiste creer la mentira que te contó tu amiga Bonita.

–¿Por qué iba ella a mentirme? Estaba prometida con Grant.

–Quizá eres tú quien debe responder a esa pregunta, ya que Bonita desapareció hace tiempo.

Su comentario le recordó a Keisha que Bonita había muerto en un accidente de coche hacía un año.

–No voy a perder el tiempo hablando de nuestro dramático pasado –señaló Canyon, sacándola de sus pensamientos–, de lo que quiero es hablar de nuestro hijo… Y, si quieres ir a un hotel, sin importarte quién te ha seguido y quién ha hecho esto en tu casa, hazlo. Pero mi hijo no irá contigo.

–¿Quién diablos te crees que eres para decirme dónde puede ir mi hijo? –preguntó ella, dando un paso al frente para mirarlo a los ojos.

–Su padre. Y, si pudieras dejar de lado tu odio, comprenderías que lo mejor para vosotros dos es venir a mi casa conmigo. ¿Acaso te vas a sentir segura viviendo aquí?

–He dicho que me voy a un hotel.

–¿Y si la persona que te seguía descubre dónde estás? Todavía no sabes por qué te persiguen. Diablos, ni sabes si es un hombre o una mujer. Creo que debes pensártelo dos veces, teniendo en cuenta la seguridad de Beau.

Keisha se mordió el labio. ¿Estaba Canyon intentando asustarla a propósito? Mirando a su alrededor, respiró hondo. Él tenía razón. Hasta que descubrieran quién le había hecho eso en su casa y por qué, la seguridad de Beau debía ser su prioridad. Y sabía que el niño estaría seguro con su padre.

¿Pero qué pasaba con ella? Canyon no la lastimaría físicamente, aunque emocionalmente… Él seguía insistiendo en que era inocente, a pesar de que ella sabía lo que había visto esa noche.

Keisha recordó cómo Bonita había admitido entre lágrimas que no había planeado acostarse con él, que había sucedido sin más.

Bonita estuvo disgustada después de una pelea con su novio y, para calmarla, Canyon se había tomado una copa con ella. Los dos se habían emborrachado y habían hecho el amor en el suelo del salón. Canyon se había dado una ducha después y le había pedido a Bonita que lo esperara en la cama.

Pero Keisha había regresado a casa antes de lo esperado y se había encontrado con la terrible escena.

Sí, Canyon había fingido estar tan sorprendido como ella de ver desnuda a Bonita, pero ella no se había creído su historia entonces, ni la creía en el presente. Había encontrado dos vasos vacíos de vino y las ropas de Bonita esparcidas por el suelo del salón.

Sin embargo… ¿y si la versión de Canyon fuera cierta? ¿Y si todo hubiera sido un montaje de Bonita?

–Se está haciendo tarde, Keisha, tenemos que irnos.

Ella lo miró a los ojos. ¿Podía pasar veinticuatro horas con Canyon sin pelearse? Al día siguiente era sábado y tenía cita en la peluquería para llevar a Beau, iba a hacer la colada, comprar comida y lavar el coche. Tendría que cambiar de planes y llamar a alguien para que le limpiara la casa. Lo que más le preocupaba era proteger a su hijo.

–Solo una noche –aceptó ella–. Me quedaré una noche –repitió y, al pensar en todo lo que había que hacer en su casa, añadió–: O dos.

Canyon frunció el ceño con desesperación.

–Bien, una o dos noches. Pero puedes quedarte todo el tiempo que quieras. Hay un loco suelto y, hasta que Pete y ese detective lo encuentren, tengo la intención de protegeros a ti y a Beau.

Ella se mordió la lengua para no decirle que no le hacía falta, pues era mentira. La verdad era que, con tanta incertidumbre a su alrededor, Beau y ella… lo necesitaban.

Capítulo Tres

–Siéntete como si estuvieras en tu casa.

Keisha entró en el vestíbulo de Canyon y pensó que debía de estar de broma. Aquello no parecía una casa, sino un castillo de película.

Habían llegado de noche y no había reparado en lo enorme que era el edificio hasta que los faros del coche lo habían alumbrado.

Canyon había estado diseñando los planos de la casa cuando ella se había ido de la ciudad. Había oído que, después de la muerte de sus padres, sus hermanos y él habían heredado un gran terreno, excepto Dillon, a quien le había tocado la mansión de la familia.

Canyon y varios de sus hermanos habían vivido en la mansión familiar hasta que Dillon, el mayor, se había casado. Entonces, los demás habían decidido construirse sus propias casas. Canyon no había tenido mucha prisa al principio y se había mudado, junto con su hermano Stern, a casa de Jason. Luego, se había mudado con ella.

–¿Qué te parece? –quiso saber él, sosteniendo al niño dormido en sus brazos.

Ella se quedó mirándolo, en un salón que era tres veces el de su casa.

–¿Puedo preguntarte algo, Canyon?

–¿Qué?

–¿Para que necesita un hombre soltero tanto espacio?

–Si esto te parece grande, deberías conocer El Caserío de Micah, La Guarida de Derringer, La Estación de Riley y El Escondite de Zane.

Ella sonrió.

–Ya veo que les habéis puesto nombres. Me gustan –señaló ella– Debes de haber pagado una fortuna por la decoración.

Canyon rio.

–Me gustaría poder decir que mi prima Gemma me hizo un precio especial, pero la verdad es que me salió muy caro, sí –repuso él con una sonrisa.

–Hizo un buen trabajo –comentó ella.

Una de las cosas que más le había gustado de Canyon cuando lo había conocido había sido lo mucho que quería a su familia. Le había hablado mucho de ellos, aunque ella nunca había querido conocerlos. Lo cierto era que, aunque el sexo entre ellos había sido magnífico, nunca había creído que su relación pudiera durar.

Sin embargo, Canyon había empezado a ganarse un lugar en su corazón y, a los seis meses de estar juntos, lo había invitado a vivir con ella. La convivencia había sido muy buena y se habían llevado muy bien… hasta que él la había traicionado.

–La habitación de invitados está lista, pero no tiene cama de niños.

–No pasa nada. Puede dormir conmigo.

–De acuerdo. Es por aquí –indicó él.

Keisha lo siguió por una escalera de caracol, observándolo todo a su paso. Los techos eran altos, las paredes estaban pintadas de colores, los suelos tenían bonitos azulejos y había lámparas talladas de cristal. Todo realzaba la elegancia y el estilo de la casa. Sin duda, se notaba que había sido decorada por una mujer.

–Por desgracia, tampoco tengo la casa a prueba de niños.

Ella no dijo nada. No importaba, pues se quedarían solo un par de días, pensó. Al llegar al piso de arriba, un pasillo se extendía en tres direcciones.

Canyon tomó una que daba a tres dormitorios. Abrió la puerta de uno de ellos y se apartó para dejarla entrar. Era una habitación de invitados impresionante, pensó ella.

–Este es el cuarto azul –indicó él.

Las paredes estaban pintadas de azul cielo y las ventanas tenían cortinas color algodón. También azules eran las colchas de la cama de matrimonio. Había un sofá blanco de cuero y dos preciosas lámparas de cerámica a cada lado de la cama.

–Es bonita.

–Gracias.

Keisha se acercó a la cama, apartó la colcha y colocó a Beau en el centro. Miró a su hijo, que dormía con placidez, ajeno al torbellino de sucesos.

–Yo solía hacer eso de niño.

–¿Qué? –preguntó ella, sobresaltada porque no lo había oído acercarse.

–Dormir acurrucado con la cabeza en las manos.

–Y también hace los mismos ruiditos que tú cuando duerme –dijo ella con una sonrisa.

–¿Qué ruiditos?

–No importa –repuso ella, sin querer hablarle de esa especie de pequeños gemidos que tanto la excitaban cuando lo veía dormir.

–¿Crees que se puede caer de la cama?

–No. No se mueve mucho.

–Bien, porque, si estás de acuerdo, tenemos que bajar a hablar.

Era un detalle que le diera opción a decir que no, pensó Keisha. Pero ella sabía que tenían que hablar y quería zanjar ese asunto de una vez.

–De acuerdo.

Al girarse, Keisha se topó con él, que la miraba muy de cerca. Entonces, ella no pudo reprimir el aguijón del deseo. Canyon solía tener ese efecto en las mujeres. Lo mismo le había pasado cuando se había encontrado con él en el comedor del juzgado. Y cuando se habían visto hacía un mes en una reunión de negocios. Cada vez que él la había mirado, le había hecho subir la temperatura.

–Tengo que ir al baño primero –dijo ella, frotándose las manos sudorosas en la falda.

–Todos los dormitorios tienen un baño privado. Nos vemos abajo dentro de unos minutos –replicó él, y salió cerrando la puerta.

Keisha suspiró al oír sus pasos alejándose. Cuando había decidido no contarle lo de Beau, había estado muy segura de ello. Sin embargo, tenía la sensación de que, cuando Canyon terminara con ella, iba a desear habérselo contado desde el principio.

Canyon estaba de pie ante la ventana del salón. Fuera, bajo la oscuridad, yacían los cien acres que había heredado.

Desde niño, aquel punto de la finca había sido el que más le había gustado, el que tenía vistas del cañón Whisper Creek. No le interesaban ninguno de los otros lagos y arroyos de la finca de los Westmoreland. Ni sus valles o prados. Allí era donde quería estar.

Recordó cuando iba a cazar con su padre, su tío y sus hermanos y primos. Habían ido a caballo y habían acampado junto a calón. Él solía quedarse despierto mirando las estrellas mientras todo el mundo dormía. Había estado convencido desde siempre de que aquel era un lugar especial. A lo largo de los años, cada vez que algo le había preocupado, lo único que había necesitado hacer había sido ir allí y mirar a las estrellas en busca de respuestas.

Había sido allí donde había huido hacía casi veinte años, cuando había descubierto que sus padres y tíos habían muerto en un accidente de avión. Y había sido ahí donde había tomado la decisión de dejar la carrera de Medicina para hacer Derecho.

En un principio, había creído querer seguir los pasos de su hermano Micah, el médico, pero después de dos años de estudios había comprendido que había sido un error.

Dillon le había sugerido que se tomara un tiempo libre y se quedara allí para buscar las respuestas que había necesitado.

Durante cuatro meses, Canyon había vuelto a la mansión familiar y había estado ayudando a Ramsey con las ovejas o a Zane, Derringer y Jason con los caballos. Y, en los fines de semana, había acampado allí, junto al cañón.

Cuando empezó el nuevo curso, había tomado la decisión de cambiar de carrera, con el apoyo de su familia.

Tomando aliento, Canyon recordó otra decisión que había tomado allí mismo hacía años, la de casarse con Keisha. Una tarde, mientras ella había estado de viaje de negocios, había ido allí a relajarse. Mientras había estado pensando en la casa que quería construirse, había tenido una repentina certeza. «Keisha será la mujer que vivirá aquí conmigo», le había dicho una voz en su interior.

Aquella revelación no le había sorprendido, pues él no había tenido problemas con estar enamorado. La única razón por la que no había sentado la cabeza todavía había sido porque había disfrutado mucho de su vida de soltero. De todos modos, había estado dispuesto a conocer a una persona especial, enamorarse y casarse con ella. Aunque no había contado con que fuera a pasarle tan pronto.

Esa noche, había ido a caballo hasta el cañón y había acampado allí. Mirando a las estrellas, lo había decidido.

Entonces, había estado deseando que Keisha regresara cuanto antes. Sin embargo, cuando ella había vuelto a casa antes de tiempo, se había encontrado con Bonita en su cama y había pensando lo peor. Encima, Bonita le había mentido.

Eso le enfurecía más que nada, pues la amiga de Keisha nunca había hecho nada para rectificar la situación. Él nunca había comprendido los motivos para que hubiera engañado a su amiga.

Los pasos de Keisha en la escalera sacaron a Canyon de sus pensamientos. Mientras se acercaba hacia ella, tomó las copas de vino que había preparado momentos antes.

–Toma. Creo que necesitarás esto –le dijo él, tendiéndole una.

Ella la aceptó y tomó un trago.

–Sabe bien.

–Mi primo Spencer y su mujer tienen un viñedo en California. Pertenece a la familia de Chardonnay desde hace años…

–¿Chardonnay?

–Sí, es la mujer de Spencer.

–¿Su familia tiene un viñedo y le han puesto de nombre Chardonnay?

–Sí –afirmó él, riendo–. Supongo que no es distinto de que mis padres me llamaran Canyon después de concebirme en sus vacaciones en Colorado –añadió y se quedó pensativo unos segundos–. ¿Cómo se te ocurrió el nombre de Beau?

Keisha se sentó en un peldaño de las escaleras.

–Tengo un bonito sofá.

–No, estoy bien –negó ella, y tomó otro trago–. Su nombre completo es Beaumont. Era el nombre del hermano de mi madre, que murió cuando yo era pequeña. Mi madre y él estaban muy unidos, por eso, me pidió que lo llamara como él.

–¿Cuándo supiste que estabas embarazada? –quiso saber él.

–Ya había tenido un retraso cuando me fui a Tampa, así que me hice la prueba mientras estaba allí –explicó, e hizo una pausa–. Esa fue la razón por la que volví antes de tiempo, para contártelo. Me pareció demasiado importante como para contártelo por teléfono. Pero vine y te encontré con Bonita.

A Canyon se le encogió el estómago de rabia. Hasta ese momento, había creído que era posible tener una conversación civilizada con Keisha. Pero, al saber que ella había intuido lo de su embarazo antes de irse de viaje de trabajo en aquella ocasión y no se lo había contado, pensó que era demasiado.

–Ven conmigo, por favor. No quiero despertar a Beau.

Keisha lo siguió. Por su tono de voz, adivinaba que estaba furioso. Era mejor que se enfrentaran a la verdad cuanto antes. Él la condujo hasta la cocina, sacó dos sillas y se quedó de pie, esperando que ella se sentara.

Al ver cómo él fruncía el ceño cada vez más, Keisha se sentó y levantó la barbilla.

–¿Tienes más preguntas, Canyon?

–Sabes muy bien que sí –repuso él, echando humo por la nariz. Entonces, se quedó callado unos segundos, como si necesitara tiempo para controlar su enfado–. No pienso repetirte que soy inocente de lo que pasó esa noche. Además, si te soy sincero, no me importa lo que pienses. Porque, si preferiste creer una mentira en vez de a mí, es que no merecías mi amor. Me niego a sentirme culpable por lo que pasó.

Su acusación hizo que ella se encogiera, no por su brusco tono de voz, sino por lo que decía. De pronto, la sombra de la duda le hizo mella. ¿Y si se había equivocado? ¿Y si Bonita había mentido? ¿Y si él era inocente y lo había juzgado mal?

No podía dar crédito a esa posibilidad. La versión de Bonita había sido muy verosímil. Sin embargo…

–¿Me odiabas tanto que no quisiste decirme que iba a ser padre? –preguntó él, tenso.

–Ya no estábamos juntos y…

–¿Y qué? –la interrumpió él.

–Después de un tiempo, pensé que, si te decía que estaba embarazada, dudarías de que Beau fuera tuyo.

Canyon se quedó mirándola en silencio, más y más furioso.

–Eso es una mentira y lo sabes. No tenía razón para pensar que el niño no fuera mío. Yo confiaba en ti, no como tú. Esa excusa no cuela. Y tampoco puedo aceptar que no me lo contaras todas las veces que me has visto en Denver desde que volviste. ¿Acaso piensas que no tenía derecho a saberlo?

Keisha decidió ser honesta con él.

–No. Lo que me hiciste es imperdonable y te dejó sin derechos en lo que a mí y al niño se refiere. Además, lo último que quería era que eso te hiciera sentirte obligado a atarte a una mujer a la que está claro que no querías.

–Sí te quería –afirmó él, acercándose más a la mesa–. Te lo había dicho muchas veces.

–Pero luego me demostraste que tu amor era falso.

–Me has apartado de mi hijo durante dos años porque no creías que te amaba, porque creías que te había traicionado –le espetó él, sin poder ocultar su furia–. Lo que has hecho es imperdonable. Un día, descubrirás que la única mentira aquí es la que tú has creído durante tres años. Te equivocaste conmigo y, cuando descubras la verdad, quiero que pienses muy bien lo que nos has hecho a Beau y a mí.

–Beau me tenía a mí –señaló ella, poniéndose más tensa.

–¿Y tú ibas a hacer de madre y de padre?

–Una mujer hace lo que tenga que hacer cuando no hay un padre presente. Así lo hizo mi madre.

–Pero tú no me diste la oportunidad de estar presente –se defendió él–. ¿Se trata de eso, Keisha? Como tu padre no quiso reconocerte, asumiste que yo tampoco iba a querer reconocer a mi hijo, ¿no es cierto? No solo no confiabas en mí, sino que pensaste que era tan idiota como lo había sido tu padre.

Sus palabras la hirieron como flechas.

–Ha sido un error venir esta noche.

–Ya has cometido varios errores, Keisha –repuso él–, pero venir aquí no ha sido uno de ellos. Estoy seguro de que, algún día, te darás cuenta de que te equivocaste respecto a mí y al alejarme de mi hijo –afirmó e hizo una pausa–. Pero te advierto de que Beau y yo no vamos a volver a separarnos.

–¿Qué quieres decir? –preguntó ella, presa del desasosiego.

–Lo que he dicho. Si intentas separarme de mi hijo otra vez, te llevaré a juicio y lucharé por la custodia.

–¿Me quitarías a mi hijo? –inquirió ella, lanzando un grito.

–¿No me has hecho tú a mí lo mismo? No me dejaste estar en el embarazo, ni en el nacimiento, ni ver sus primeros pasos, ni oír sus primeras palabras. Me negaste mi derecho a todas esas cosas. Por eso, sí, te lo quitaría sin pestañear. Y tengo medios para hacerlo.

Ella exhaló con frustración.

–Pelearnos no nos conducirá a nada, Canyon.

–Ya lo sé. Pero quiero dejarte clara mi postura –indicó él, y se puso en pie–. El detective Render ha llamado cuando estabas arriba. Vendrá mañana a mediodía para hablar contigo –informó–. Y ha llamado Pam.

Ella sabía que Pam era la mujer de Dillon.

–¿Y?

–Nos han invitado a desayunar a las nueve.

–No creo que…

–En este momento, no importa lo que creas. Es hora de que mi familia conozca a mi hijo.

–Iré, pero no fingiré.

–¿Fingir qué? –preguntó él con rostro pétreo–. ¿Que estamos enamorados? ¿Que somos una familia? ¿Que no me odias porque crees que te traicioné, tanto como para quitarme a mi hijo durante dos años? No, Keisha, no quiero que finjas sentir nada por mí porque te aseguro de que yo no voy a fingir tampoco.

Keisha tragó saliva con el corazón galopándole en el pecho. En otras palabras, Canyon pensaba dejar claro a su familia lo mucho que la despreciaba.

–Bien –dijo ella con voz temblorosa–. Es tarde y quiero acostarme. Si puedes traerme mis cosas del coche, te lo agradecería.

Keisha no había querido llevarse ninguna de sus cosas allí. Se le ponía la piel de gallina solo de imaginar que alguien las había tocado antes de tirarlas por el suelo. De camino, Canyon había parado en unos grandes almacenes, donde ella había comprado cosas de aseo, un vestido para el día siguiente y un pijama para dormir. Por suerte, siempre llevaba una muda para Beau en el coche para casos de emergencia.

Iría de compras al día siguiente, de camino a un hotel, pensó ella. Y estaba segura de que, después de hablar con el detective, se iría a un hotel.

De ninguna manera podía quedarse con Canyon una noche más.

Una hora más tarde, Canyon se fue a la cama, pero no pudo dormir. Estaba demasiado enfadado. Se sentía ultrajado. ¿Cómo se atrevía Keisha a negarle tantas cosas? Se había quedado sin su amor y sin su hijo. Y todo porque ella había creído la mentira de otra mujer.

Se levantó, pero no le sirvió para sosegarse. Solo una cosa podía ayudarle: mirar por el telescopio.

Cómo le fascinaban las estrellas, su primo Ian, de los Westmoreland de Atlanta, le había regalado aquella belleza. Como a él, a Ian le encantaban las estrellas. Canyon meneó la cabeza, pensando en su primo, experto en astronomía. Había trabajado en la NASA y en un laboratorio de investigación, tenía un barco y un casino flotante en el lago Tahoe.

Mirando por el telescopio, Canyon buscó su estrella especial. La había visto por primera vez con diez años y la había bautizado como Flash. En ese momento, veintidós años después, Flash seguía cautivándolo. Tardó media hora antes de poder encontrarla y, cuando lo hizo, respiró aliviado ante la belleza del universo.

Minutos después, iba a meterse en la cama, cuando le sonó su móvil.

–¿Hola?

–Llamaba para ver si todo iba bien.

Canyon se incorporó en la cama. Cuando sus padres y tíos habían muerto, Dillon se había convertido en el cuidador de todos los demás niños. Y seguía siendo el líder y el guía de la familia. Todos acudían a él en busca de consejo y confiaban en su buen juicio. Además, él siempre parecía intuir cuándo alguien tenía problemas o podía necesitar su ayuda.

–Sí, Dillon, todo está bien –afirmó Canyon, e hizo una pausa–. Al menos, por ahora. Pero, después de haber comprobado lo que Keisha y yo sentimos el uno por el otro, mañana será otro cantar.

–¿Y qué sentís el uno por el otro?

–Ella me odia. Y yo la odio a ella.

–Eso son palabras mayores, Canyon. Además, no creo que tú seas capaz de odiar a nadie.

Canyon frunció el ceño. Le molestaba que su hermano mayor hablara como si lo conociera mejor que él mismo.

–De acuerdo, no la odio. Pero no me gusta.

–No, porque la amas.

–La amaba –repuso Canyon, mirando al techo–. Ella destruyó mi amor.

–¿Cómo?

–Maldición, Dillon, tengo un hijo. Ella me lo ocultó, incluso después de haber vuelto a Denver. Todas esas veces que intenté hablar con ella, tuvo la oportunidad de contármelo, pero no lo hizo. Beau tiene poco más de dos años y nació ocho meses después de que Keisha se fuera de aquí –explicó él–. Lo que más me molesta es que no me llamara ni me mandara un mensaje en todo ese tiempo para decirme que tenía un hijo. Encima, cree que está justificada, porque sigue pensando que me acosté con otra. Por eso, cree que no tengo derechos sobre mi hijo. Me he perdido los dos primeros años de su vida –continuó, e hizo una pausa–. ¿Te imaginas qué sentirías si te hubieras perdido los dos primeros años de Denver?

–No, no puedo imaginármelo –contestó Dillon tras un silencio.

Canyon sabía que su hermano lo comprendía. Pero también sabía que era la voz de la razón, por muy inconveniente que a él le resultara en ese momento.

–Tienes que ver las cosas desde otra perspectiva.

–¿Qué perspectiva?

–¿Qué habría pasado si ella hubiera decidido no tenerlo?

Canyon cerró los ojos, encogiéndose solo de pensarlo.

–Entonces, sí que la odiaría.

–En otras palabras, Keisha no tiene escapatoria. La odiarías hiciera lo que hiciera.

–No intentes defenderla, Dil –le espetó Canyon, furioso.

–No la defiendo. Solo quiero que lo pienses. Keisha creyó que la estabas siendo infiel. Tienes que admitir que, por la escena que presenció, tenía toda la pinta. Esa mujer estaba desnuda en la cama y tú salías desnudo del baño.

–Sí, pero Keisha prefirió creerla a ella en vez de a mí.

–Me pregunto una cosa…

–¿Qué?

–Si tú hubieras vuelto de viaje y hubieras encontrado a un hombre desnudo en su cama, ¿qué habrías pensado? –preguntó Dillon y, sin darle tiempo a responder, añadió–: Nos vemos en el desayuno. Buenas noches.

–Buenas noches, Dillon –se despidió Canyon y, después de colgar, se frotó la cara. Por culpa de su hermano, iba a pasarse el resto de la noche en blanco, dándole vueltas a la pregunta que había dejado en el aire.

Capítulo Cuatro

–Despierta, mamá. Estoy en una cama grande.

Cuando abrió los ojos, Keisha se encontró con la cara de su hijo pegada a la suya. Recordó dónde estaban.

–Buenos días, Beau. Es una cama muy grande, sí.

–No es la mía.

–No, no es la tuya –repuso ella, acariciándole la cabeza–. ¿Quieres ir al baño?

–Sí, mami.

Keisha se levantó y lo condujo al baño. Justo cuando salían, Canyon llamó a su puerta.

Después de ponerse una bata a toda prisa, le abrió. Y tuvo que hacer un esfuerzo para no quedarse embobada mirándolo. Canyon Westmoreland era un regalo para la vista. Se había puesto vaqueros y una camiseta que le resaltaba los abdominales y su fuerte pecho…

–¿Qué tal habéis dormido?

Ella levantó la vista al rostro de él pues, sin darse cuenta, se había quedado mirándolo como una tonta.

Canyon sonrió.

¿Por qué diablos sonreía?, se preguntó ella. ¿Y por qué parecía de tan buen humor? Antes de irse a la cama, habían intercambiado muy duras palabras… Entonces, comprendió por qué se estaba comportando con tanta amabilidad. Por Beau. Quizá, Canyon no quería fingir delante de su familia, pero no parecía tener problemas en hacerlo delante de su hijo.

–¡Papá!

Antes de que Keisha pudiera detenerlo, Beau salió corriendo y se lanzó a sus brazos. La risa de Canyon llenó la habitación, mientras levantaba del suelo al alegre pequeño.

Ella se quedó allí mirando la interacción entre padre e hijo, sorprendida por lo rápido que Beau parecía haberlo aceptado. Por lo general, el niño solía ser bastante reservado con los desconocidos y, hasta el día anterior, Canyon había sido un completo desconocido.

Sosteniendo a Beau en sus brazos, Canyon la miró. Tenía los ojos brillantes y no era de rabia, sino de deseo, observó ella.

–¿Cómo estáis? –preguntó él.

–Estamos bien –repuso ella, sonrojándose por haberse quedado embobada mirándolo–. Has madrugado mucho.

–Tenemos que ir a desayunar con mi hermano, ¿recuerdas? –dijo él y dejó al niño en el suelo–. ¿No habrás cambiado de opinión?

–No. Pero dijiste que era a las nueve y apenas son las siete.

–Lo sé. Me he levantado a las cinco para hacer algo de ejercicio. Ahora voy a montar un rato a caballo por el cañón. Es lo que hago siempre los sábados por la mañana.

–He dormido en una cama grande, papá.

–La mía es más grande –repuso Canyon, riendo.

–¿Más grande? –preguntó el niño con los ojos muy abiertos.

–Sí, más grande –respondió su padre, y miró a Keisha–. Os dejo que os preparéis. Dentro de una hora o así, volveré y os enseñaré la casa.

–No es necesario.

–Sí lo es. Beau va a pasar mucho tiempo aquí conmigo. Y quiero que tengas la confianza de que está en un entorno seguro.

Ladeando la cabeza, ella contempló al atractivo hombre que tenía delante. Sus ojos tenían un brillo inconfundible de determinación. Estaba claro que, en lo relativo a Beau, no dejaría que ella se interpusiera en su camino.

–Estaremos listos cuando regreses –indicó Keisha.

Canyon arqueó las cejas, sorprendido porque ella hubiera aceptado con tanta rapidez.

–Vamos, Beau, tenemos que vestirnos…

–Quiero ver la cama grande de papá, mamá.

Ella también tenía curiosidad.

–Más tarde. Ahora tenemos que vestirnos. Papá va a llevarnos a un sitio.

–Papá –repitió el pequeño, como si todavía estuviera digiriendo el significado de la palabra–. Quiero ver la cama grande de papá.

–Y te la enseñaré, pero aún, no –contestó su padre, riendo. Luego, se dirigió hacia Keisha–. Gracias.

Canyon había captado cómo Keisha lo había llamado «papá» delante de su hijo. Sabía lo que eso significaba y lo apreciaba.

Tras una horrible noche de insomnio, él se había levantado decidido a pasar un día agradable. Le emocionaba mucho poder presentar a Beau a su familia.

Una hora más tarde, cuando Canyon regresó de su paseo a caballo, seguía entusiasmado. No solo había disfrutado, como siempre, de cabalgar por el cañón. Además, había estado acariciando la idea de que, algún día, sus tierras serían de su hijo.

Beau.

Para él, nunca había sido una prioridad tener hijos. Ni casarse. Pero, al ver a Beau y tenerlo en sus brazos, el instinto paternal le había surgido con fuerza. Como le había dicho a Keisha la noche anterior, no pensaba dejar que nada lo separara de su hijo nunca más.

No estaba seguro de cómo iba a reaccionar ella, pero eso no era asunto suyo. Lo único que le preocupaba era establecer un vínculo sólido con su hijo. Y pensaba empezar en ese mismo momento. Tenía que recuperar todo el tiempo perdido.

Lo único que le permitía calmar su furia por haberse perdido los dos primeros años de vida de Beau era lo que Dillon le había dicho la noche anterior. Keisha podía haber tomado otra decisión respecto a su embarazo pero, por suerte, no lo hizo.

Cuando entró en casa y dejó el sombrero en el perchero, Beau y Keisha bajaban las escaleras. El niño sonrió cuando lo vio y estuvo a punto de salir corriendo hacia él, pero su madre le sujetó con firmeza de la mano.

–No, Beau. Recuerda, no se corre por las escaleras.

–Sí, mami.

Canyon se quedó mirando a Keisha. Llevaba vaqueros y una blusa y estaba preciosa. Recordó cuando la había visto salir de su oficina el día anterior y había pensado que su cuerpo había cambiado. En ese momento, sabía por qué. Por Beau.

Ella siempre había tenido un cuerpo bonito. Ahora tenía más curvas, era más tentador.

Tratando de bloquear esos pensamientos, Canyon se repitió que no podía tener ninguna relación con una mujer que no confiaba en él.

En cuanto bajaron el último peldaño, el niño salió corriendo hacia su padre.

–Ya sabes cuáles son las reglas, Beau. No se corre en casa.

–No es mi casa –repuso el pequeño, parando en seco.

Canyon simuló toser para camuflar la risa e inclinó la cabeza ante la mirada reprobatoria de Keisha.

–No importa de quién sea la casa, jovencito. No se corre dentro. ¿Entendido?

Beau asintió y caminó todo lo rápido que le permitían sus piernecitas. Al llegar junto a su padre, le tendió los brazos.

–Aúpa, papá.

Canyon rio, levantando al pequeño en el aire, que reía a carcajadas.

–Esta es tu casa también, Beau –indicó Canyon con seguridad, y lo dejó en el suelo–. Ahora, como os prometí, vamos a verla.

Keisha ya había visto la cocina y el salón, pero él se los mostró de nuevo.

–Si encuentras algo que creas peligroso para un niño, dímelo, para que lo cambie.

–De acuerdo –repuso ella, siguiéndolo por las escaleras.

–Aquí está mi dormitorio y el resto de las habitaciones que uso –indicó él al llegar al primer piso.

La primera de ellas era un gimnasio con todos los equipos posibles para hacer ejercicios. Luego había una sala de juegos con billar, dardos y una pantalla gigante de plasma.

–Muy bonita –comentó ella, imaginándoselo allí después de un duro día de trabajo.

–Por aquí se va a mi dormitorio –señaló él, y abrió dos grandes puertas de roble.

–¡Qué cama tan grande, mami! –exclamó Beau nada más entrar.

Era la cama más grande que Keisha había visto nunca.

–Sí, muy grande.

–Grande, grande –repitió el niño.

–Sí, tu papá tiene una cama grande, grande –añadió ella, riendo.

–Qué divertido, mami. Ven, vamos a tumbarnos en la cama de papá.

Keisha se sonrojó solo de pensarlo.

–No, gracias. Me quedaré aquí viendo cómo lo haces tú –contestó ella, sintiendo la mirada de Canyon clavada en ella.

Para evitar encontrarse con sus ojos, Keisha se dirigió a la ventana, que tenía unas vistas impresionantes del cañón y del cielo.

El corazón se le aceleró al sentir el calor del cuerpo de Canyon a pocos centímetros.

–Es un paisaje precioso –observó ella.

–Sí, a mí también me lo parece. Diseñé la casa pensando en las vistas.

–¿Y tus invitados? Ellos no tienen estas vistas –comentó ella, viendo cómo Beau saltaba en la cama.

–No, las habitaciones de invitados tienen vistas de las montañas. También son bonitas.

Keisha estaba de acuerdo. De hecho, esa mañana, cuando se había despertado, se había quedado cautivada mirando por la ventana.

–Vamos, venid para que os enseñe el resto de la casa –invitó él, se acercó a la cama y tomó a Beau en sus brazos.

Ella los siguió, no sin antes echar un vistazo al baño. Era impresionante, más grande que el salón de la casa de ella. Entonces, al pensar en su hogar, recordó lo que alguien le había hecho y se encogió. Como había dicho el oficial de policía, quien había irrumpido en su santuario privado lo había hecho para asustarla. Pero ella no tenía ni idea de por qué.

Quince minutos después, Canyon terminó la visita de la casa en una gran piscina cubierta. Como el resto, era una sala preciosa. Además, con independencia del tiempo que hiciera fuera, incluso si todo estaba nevado, se podía dar uno un delicioso chapuzón.

–¿Has visto algo? –preguntó él.

–¿Algo como qué? –replicó ella, hiptnotizada por el sensual tono de voz de Canyon.

–Algo que deba cambiar para que Beau pase aquí los fines de semana sin peligro.

Sus palabras le recordaron a Keisha que él pretendía ser parte de la vida de su hijo, lo quisiera ella o no.

–Lo único que me preocupa es la piscina. Beau no sabe nadar.

Él asintió mientras volvían al salón. Beau seguía subido en sus hombros.

–No hay problema. Tengo la intención de enseñarle a nadar la semana que viene.

Keisha se mordió la lengua para no advertirle de que no fuera tan rápido. Por otra parte, al ver lo bien que su hijo se llevaba con él, estaba empezando a lamentar haberlos mantenido separados.

–¿Recuerdas que yo te enseñé a nadar? –dijo él, mientras Beau, ya en el suelo, corría a pegar la cara en un acuario lleno de peces.

A Keisha se le encogió el estómago. Había tardado mucho en aprender a nadar, no porque fuera más torpe de lo normal, sino porque se habían entretenido explorando todas las posiciones en que se podía hacer el amor en el agua. Por eso, nunca olvidaría aquellas lecciones de natación en uno de los lagos de la finca Westmoreland County. Y, a juzgar por la mirada de Canyon, él tampoco.

Sin embargo, Keisha decidió ignorar su comentario, así como la excitación que le producía.

–En cuanto al resto de tu casa, no me he fijado en nada más, ya que no vamos a estar mucho tiempo. De todas maneras, me gustaría dar otra vuelta esta tarde sola para confirmarlo.

–De acuerdo. Quiero asegurarme de que no haya nada peligroso y, además, quiero que no te quedes preocupada cuando esté aquí conmigo.

–Es muy difícil que no me preocupe, Canyon –repuso ella con sinceridad–, pero no te lo tomes como algo personal. Es algo normal en una madre. Y, ahora que lo conoces, a ti te pasará lo mismo –añadió y titubeó un momento–. Aunque algunos hombres se toman su papel con más seriedad que otros –puntualizó con una sonrisa–. Yo me preocupo por él incluso cuando se lo dejo a mi madre. Solía llamarla tantas veces que acababa enfadándose.

–¿Tu madre se ocupaba de él cuando tú trabajabas?

–Los primeros ocho meses, sí. Pidió una excedencia en su empleo para hacerlo.

Canyon nunca había conocido a su madre, pero había hablado con ella un par de veces por teléfono cuando había llamado para hablar con Keisha. Sabía que las dos estaban muy unidas, y que Keisha había heredado su naturaleza independiente. También sabía, porque ella se lo había contado, que su padre se había negado a reconocerla cuando su madre le había dicho que estaba embarazada.

–Tenemos que irnos si no queremos llegar tarde –señaló ella.

Él observó cómo se miraba el reloj y le agarró la muñeca, mirándolo.

–Lo has conservado.

Canyon se lo había regalado el día de su cumpleaños, pocas semanas antes de su ruptura.

–Sí. ¿Acaso crees que iba a tirarlo?

–Se me ocurrió que podías hacerlo, la verdad.

Nerviosa, ella se frotó las manos en la falda.

–¿Te preocupa la visita del detective?

–No es eso –negó ella.

–¿Entonces qué?

–Es por tu familia.

–¿Qué pasa con ellos?

–Tú y yo acordamos no fingir y tengo la sensación de que ellos tampoco lo harán.

–¿Qué quieres decir?

–Que tu familia y tú estáis muy unidos, Canyon –repuso ella, bajando el tono de voz para que no la oyera Beau–. Estoy segura de que les encantará conocer a Beau, pero respecto a mí…

–¿Qué?

–Quizá deberías haberles llamado para saber si querían que yo fuera. Estoy segura de que todos están de tu parte respecto a lo que pasó. Pensarán que yo debía haberte creído a ti. Y que hice mal en no contarte lo de tu hijo.

Canyon se quedó callado un minuto.

–Lo primero, deja de juzgar a mi familia de forma prematura. Conoces ya a casi todos mis hermanos y primos, menos a Bane, Micah y Gemma. También conoces a algunas de sus mujeres. Conoces a Pam, Chloe, Lucia y Bella, porque Dillon, Ramsey, Derringer y Jason ya se habían casado cuando empezamos a salir –indicó él–. Mi familia decidirá si les gustas y no se meterán en nuestros asuntos. Los Westmoreland son bastante respetuosos con eso. En todo caso, igual creen que tienes algo en su contra, pues no te gustaba mucho quedar con ellos cuando salíamos juntos.

Sonrojada, ella admitió que era cierto. Nunca había querido aceptar las invitaciones de su familia a comer o cenar. Pero no había sido por ellos.

Sus abuelos no habían tenido hermanos y su madre solo había tenido uno. Por esa razón, le abrumaba pensar en una familia tan grande como la de Canyon. Por suerte, él lo había comprendido y no la había presionado. Cuando había asistido a un baile benéfico con él y, al fin, los había conocido, todos le había caído muy bien. Las mujeres de los primos y hermanos de Canyon la habían invitado a comer en una reunión femenina, pero no había asistido porque, antes de que hubiera tenido lugar, habían roto.

–Había pensado que iba a tener más tiempo para conocerlos –se defendió ella–. Pero los dos sabemos lo que pasó, ¿no es así?

–Sí, lo sabemos. Preferiste creer una mentira y no la verdad.

Keisha iba a responder a su acusación cuando Beau la tiró de los pantalones.

–¿Vamos a saltar a la cama de papá otra vez? –pidió el pequeño con ojos grandes y suplicantes.

–No, Beau –dijo ella con firmeza, cuando Canyon se agachó para tomarlo en sus brazos, dispuesto a rendirse a sus deseos–. Nada de saltar en la cama –añadió y miró a su padre–. Estamos listos para irnos.

Asintiendo, Canyon los condujo hacia el coche.

–No puedo creerlo –dijo Pamela Westmoreland, mirando al pequeño que Canyon llevaba en brazos, y se giró hacia su marido–. ¿Qué te parece?

–Sí –afirmó Dillon con una sonrisa–. Así es como Dare y yo supimos que éramos primos la primera vez que nos vimos, porque éramos idénticos. Los genes Westmoreland son muy fuertes.

–No creo que Keisha nos crea hasta que vea a Denver –señaló Canyon, riendo–. ¿Dónde está?

–En el patio, jugando con Bailey –repuso Dillon–. Vamos, entrad. Bienvenida a nuestra casa, Keisha.

–Gracias –respondió ella, mirando a su alrededor. La casa era más grande que la de Canyon. Ella sabía la historia y que había sido construida por el tatarabuelo de Canyon y Dillon.

–Me alegro de volver a verte, Keisha –señaló Pamela, y la abrazó–. Canyon nos ha contado lo que te ha pasado en casa. Es horrible. Si hay algo que podamos hacer, háznoslo saber, por favor.

–Gracias –contestó Keisha, apreciando la oferta de Pamela, que sonaba sincera. Por lo que Canyon le había contado, la bella Pamela había sido actriz antes de casarse con su hermano.

–¿Dónde están los demás? –quiso saber Canyon.

–Están en el patio también. Hace tan buen día que Pam y las chicas han decidido desayunar fuera. Todo el mundo está deseando veros. No les he contado lo de Beau, para dejar que lo hicieras tú.

Keisha sintió que se le encogía el estómago. No quería ni pensar cuántos miembros de la familia Westmoreland habría allí. Lo más probable era que la culparan por haberles privado de conocer a Beau antes.

–Jill llegó anoche y estoy deseando verla –comentó Pam, sonriente.

–Jillian es la hermana de Pam –explicó Dillon–. Tiene veinticuatro años y estudia Medicina en Lousiana. Quiere ser neurocirujana. Es la primera vez que vamos a verla este año. Tenemos todos muchas ganas.

Dillon los condujo por un espacioso comedor hasta la cocina. Keisha se quedó sin respiración al llegar a unas grandes puertas correderas de cristal. Allí estaba el patio, con preciosas vistas del lago. Entonces, notó que Canyon le daba la mano. Tal vez, él se había dado cuenta de que estaba nerviosa y quería darle ánimos. Pero ella se sentía confusa. Si él había dicho que no iba a fingir, ¿por qué actuaba como si le importara?

–Mirad quién ha llegado por fin –indicó Dillon.

Todo el mundo se volvió hacia ellos y posaron los ojos primero en Keisha y, luego, en Beau.

–Casi todos conocéis a Keisha –dijo Canyon–. Quiero presentaros a nuestro hijo, Beau.

Todos se quedaron mirando, en silencio, atónitos. A Keisha le sorprendió su exagerada reacción, hasta que vio salir a un chiquillo corriendo detrás de unos arbustos.

–¡Papá! ¡Papá! ¡Mira lo que me ha dado Megan!

Al posar los ojos en el pequeño, Keisha se quedó petrificada.

–¡Cielo santo! –exclamó, llevándose la mano al pecho.

Aquel niño podía haber sido el gemelo de Beau.

–Intenté decírtelo –le susurró Canyon al oído.

A Keisha le tembló el cuerpo al sentir su cálido aliento tan cerca.

Dillon tomó en sus brazos a Denver, mientras todos se acercaban a ella para saludarla y abrazarla. También rodearon a Beau, que parecía encantado de recibir tanta atención. Nadie les preguntó por qué habían tardado tanto en presentárselo. Ella supuso que no querían meterse.

–¿Cuántos años tiene? –preguntó Bailey con el niño en sus brazos.

–Dos.

Bailey sonrió mirando a Denver y a Beau.

–Denver tiene casi cuatro. A excepción del tamaño, son idénticos. Es increíble.

Keisha también pensaba que era increíble. Si Denver no hubiera sido dos años mayor, podían haber pasado por gemelos… igual que los gemelos Westmoreland que tenía delante.

–Aiden y Adrian –saludó ella, recordando cuando los había conocido en el baile benéfico–. ¿Quién es quién?

–Es un secreto –repuso uno de ellos, sonriendo.

–De acuerdo, vosotros los habéis querido –dijo ella, y le tomó la mano derecha a uno de ellos, volviéndola con la palma hacia arriba. Después de observarla un momento, asintió–. Tú eres Adrian.

Ambos miraron a Canyon.

–Se lo has contado –le acusó Aiden.

Canyon se encogió de hombros y Keisha sonrió. Sí, él le había contado que la única forma de distinguirlos era por la cicatriz que Adrian tenía en la mano derecha, justo debajo del pulgar.

–Dejad paso, chicos, Keisha necesita venir con nosotras para hablar de cosas de mujeres –señaló la esposa de Ramsey, Chloe.

Bailey se acercó también, después de dejar a Beau en el suelo. Denver corrió a unirse al pequeño y los dos empezaron a jugar. Parecían tan fascinados el uno con el otro como todo el mundo.

–Ahora Denver tiene un amiguito con quien jugar –comentó Dillon, sonriendo–. Susan siempre quiere jugar a juegos de niñas –añadió, refiriéndose a la hija de Ramsey y Chloe, que tenía pocos meses menos que Denver.

–Espero que, cuando crezcan, no les de por ir engañando a la gente con su identidad como solían hacer Adrian y Aiden –dijo Megan, riendo.

–Aiden y Adrian siguen haciéndolo –afirmó Riley, acercándose a ellos–. Keisha, te presento a mi prometida, Alpha Blake.

En vez de darle la mano, Alpha le dio un abrazo.

–Felicidades y encantada de conocerte.

–Lo mismo digo –respondió Keisha.

Entonces, Beau llegó corriendo hasta Canyon, tendiéndole los brazos.

–Papá.

Feliz, Canyon lo levantó del suelo y lo sentó en su hombro.

–¿Dónde está Zane?

–Supongo que Channing y él han preferido levantarse tarde –opinó Riley, conteniendo la risa–. Vendrán luego.

Canyon asintió y miró hacia donde las mujeres de la familia se habían reunido con Keisha. Sonrió pensando en lo reservada que era con los desconocidos. Pronto iba a descubrir que los Westmoreland eran todo lo contrario.

–Hola, Canyon. ¿Estás bien? –preguntó Stern, siguiendo la mirada de su hermano hasta Keisha.

–Sí, estoy bien. ¿Por qué no iba a estarlo?

–Por nada. Solo preguntaba –respondió Stern, encogiéndose de hombros–. Está muy guapa.

–Veo que no has perdido el buen gusto –señaló Canyon, posando los ojos de nuevo en Keisha–. Pero te sugiero que cambies el rumbo de tus miradas.

–Vaya, qué picajoso –bromeó Stern, riendo.

En ese momento, llegaron el primo de Canyon, Zane, y su prometida Channing Hasting. Todo el mundo los saludó y Channing levantó a Beau en sus brazos. Fue a reunirse con las mujeres, llevándose a Beau. Entonces, Zane aprovechó para llevarse a Canyon aparte.

–Veo que te has ocupado de tus asuntos sin mi ayuda –comentó Zane, lanzándole una mirada a Keisha.

Canyon miró al cielo. Hacía unas semanas, cuando había estado harto de que Keisha lo evitara, había llamado a Zane y se lo había contado. Había sido entonces cuando había trazado su plan de seguirla a casa.

–Sí, pero no es lo que piensas.

–Bueno, tengo la sensación de que vas a descubrir que una vez que encuentras a tu mujer… siempre es tu mujer.

Canyon estaba a punto de explicarle lo equivocado que estaba cuando Zane lo dejó solo, para irse con Riley. Frustrado, se fue a buscar a su hijo, pues quería estar con él todo el tiempo posible.

A pesar de la aprensión que Keisha había sentido, no pudo evitar estar a gusto con las mujeres Westmoreland. Eran muy amistosas y amables y no pudo resistirse a su camaradería. Lo mismo le había pasado la noche del baile, cuando las había conocido.

Tenía buenos recuerdos de aquella noche, a pesar de que se había sentido un poco abrumada por la familia de Canyon. Él le había presentado no solo a los Westmoreland de Denver, también a los de Atlanta, Montana y Texas.

Nunca olvidaría lo rápido que la habían aceptado entonces. La habían tratado como si hubiera sido parte de ellos, tanto que ella había empezado a creer que su relación con Canyon había ido en serio. Sin embargo, no había podido estar más equivocada.

Sumida en sus pensamientos, echó una mirada hacia la zona de juegos, donde Canyon estaba subiendo a Beau al tobogán. Se oía la risa del niño y ella sabía que estaba pasándolo en grande.

Como si hubiera notado que alguien lo estaba mirando, Canyon levantó la vista hacia Keisha. Su mirada no fue sensual, ni amistosa, aun así, hizo que la sangre de ella se incendiara. La atracción que bullía entre ambos era frustrante, pensó, segura de que a él tampoco le hacía ninguna gracia.

Conteniendo un suspiro, Keisha prestó atención a las mujeres que la rodeaban. Además de la mujer de Dillon, Pam, la mujer de Ramsey, Chloe, y la novia de Riley, Alpha, estaban también Kalina, casada con Micah; la prima de Canyon, Megan, que se había casado hacía un par de meses; Lucia, casada con Derringer, y Bella, la mujer de Jason. Y estaba Channing Hastings. Por lo que Keisha había oído, Channing y Zane habían roto hacía un tiempo, pero habían arreglado las cosas y estaban juntos de nuevo.

Además, se habían unido a ellas las tres hermanas de Pam. Jillian tenía veinticuatro años. Paige tenía veintidós, se había graduado hacía poco en UCLA y vivía en Los Ángeles, decidida a convertirse en actriz. Y Nadia estaba estudiando en la universidad de Wyoming. Era obvio que Pam adoraba a sus hermanas y que el cariño era recíproco.

Jillian estaba hablando de lo difícil que era la carrera de Medicina cuando Keisha se dio cuenta de que Bailey, la más pequeña de las mujeres Westmoreland, la estaba mirando. Estaba claro que Bailey se había quedado cautivada por Beau y era muy probable que la culpara por no habérselo presentado antes, caviló Keisha. Igual las demás pensaban lo mismo y solo estaban fingiendo delante de ella.

–Nos alegra que seas parte de la familia, Keisha –afirmó Pam en ese momento, como si le hubiera leído el pensamiento.

Keisha tragó saliva. Aunque apreciaba las palabras de Pam, era necesario que aclarara las cosas.

–No soy parte de la familia. Canyon y yo no estamos juntos.

–Beau es un Westmoreland y tú eres su madre. Eso te convierte en parte de la familia –replicó Pam con seguridad.

Keisha no creía que Canyon pensara lo mismo, pero prefirió guardárselo para sus adentros.

Había varios niños jugando en el arenero, muchos parecían de la edad de Beau. Ramsey y Chloe tenían a Susan, de tres años y medio, y a Rembrandt, de dos años. Micah y Kalina esperaban un bebé y tenían ya un hijo de dos años, Macon. Derringer y Lucía tenían otro hijo de dos años, Ringo. Y Jason y Bella tenían gemelas de la misma edad, Faith y Hope. Keisha se alegró de que, durante los fines de semana que pasara con su padre, Beau tendría con quién jugar.

–¿No te parece preciosa la casa de Canyon?

Keisha se dio cuenta de que, con su pregunta, Bailey solo quería obtener información y saber si ella había dormido allí o no. Por otra parte, aunque las demás eran demasiado educadas como para preguntarlo, intuía que estaban deseando saber cómo había averiguado Canyon lo de su hijo y qué lugar iba a ocupar ella en su vida.

Sin embargo, Keisha prefería que fuera Canyon quien les diera la información que considerara oportuna. Lo que sí podía compartir con ellas era que no estaba saliendo con él, ni tenía ningún lugar en su vida.

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