Kitabı oku: «Engaño y seducción»
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2012 Brenda Joyce Dreams Unlimited, Inc. Todos los derechos reservados.
ENGAÑO Y SEDUCCIÓN, Nº 137 - junio 2012
Título original: Seduction
Publicada originalmente por HQN™ Books
Traducido por Carlos Ramos Malave
Editor responsable: Luis Pugni
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
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I.S.B.N.: 978-84-687-0200-1
ePub: Publidisa
Para Sue y Laurent Teichman, con todo mi amor y mi agradecimiento
PRÓLOGO
1 de julio, 1793. Cerca de Brest, Francia
—¿Está vivo?
Aquella voz le sorprendió. Sonaba lejana. E incluso mientras oía al inglés, el dolor le consumía la espalda y los hombros, como uñas que se le clavaran en el cuerpo, como si estuvieran crucificándolo. El dolor era tan horrible que no podía hablar, pero maldijo en silencio. ¿Qué había ocurrido?
Estaba ardiendo. Incluso peor, se preguntaba si estaría ahogándose. Apenas podía respirar. Un terrible peso parecía estar empujándolo hacia abajo. Y estaba completamente a oscuras…
Pero su mente comenzaba a funcionar. El hombre que acababa de hablar era inglés, pero eso era imposible. ¿Dónde estaba? ¿Qué diablos había ocurrido?
Y las imágenes comenzaron a pasar ante sus ojos a una velocidad alarmante, acompañadas de sonidos horribles; los gritos de los heridos y de los moribundos entre el ruido de los mosquetes y los cañones, el río que fluía de color rojo con la sangre francesa de campesinos, monjes, nobles y soldados…
Gimió. No podía recordar cómo le habían herido, y tenía miedo de estar muriéndose. ¿Qué le había sucedido?
Alguien habló, y la voz le resultó familiar.
—Apenas está vivo, Lucas. Ha perdido mucha sangre y lleva inconsciente desde la medianoche. Mi cirujano no sabe si vivirá.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó otro inglés.
—Sufrimos una terrible derrota en Nantes, messieurs. Una derrota de los franceses bajo las órdenes del general Biron, pero Dominic no fue herido en esa batalla. Fue asaltado por un asesino frente a mis aposentos anoche.
Y entonces se dio cuenta de que era su amigo de toda la vida, Michel Jacquelyn, quien hablaba. Alguien había tratado de asesinarlo, porque alguien sabía que era un espía.
—Dios —dijo el segundo inglés.
Dominic logró abrir los ojos con gran esfuerzo. Estaba tumbado sobre un camastro en la playa, tapado con mantas. La espuma de las olas golpeaba la orilla y las estrellas brillaban sobre su cabeza. Había tres hombres a su alrededor, vestidos con chaquetas, pantalones y botas. Tenía la visión borrosa, pero pudo distinguirlos a duras penas. Michel era bajito y moreno, tenía la ropa manchada de sangre y el pelo recogido con una coleta. Los ingleses eran altos y rubios y llevaban el pelo suelto. Todos iban armados con pistolas y dagas. Oyó entonces el crujir de los mástiles de madera y el sonido del viento golpeando las velas. Y ya no pudo mantener los ojos abiertos. Agotado, los cerró.
Iba a perder el conocimiento…
—¿Os han seguido? —preguntó el tal Lucas.
—No, pero la gendarmerie está por todas partes, mes amis. Debemos darnos prisa. Los franceses bloquean la costa; habréis de tener cuidado para esquivar sus barcos. El otro inglés habló en ese momento, y parecía alegre.
—No temáis. Nadie puede dejar atrás a la armada como yo. El capitán Jack Greystone, monsieur, a vuestro servicio en esta noche tan interesante. Y creo que ya conocéis a mi hermano, Lucas.
—Así es. Debéis llevarlo a Londres, messieurs —dijo Michel—. Immédiatement.
—No llegará vivo a Londres —respondió Jack.
—Lo llevaremos a Greystone —dijo Lucas—. Está cerca y es seguro. Y, si tiene suerte, vivirá para poder luchar un día más.
—Bien. Mantenedlo a salvo. En La Vendée lo necesitamos de vuelta. Que Dios os acompañe.
CAPÍTULO 1
2 de julio, 1793. Penzance, Cornualles
Llegaba muy tarde.
Julianne Greystone prácticamente saltó del carruaje tras aparcarlo frente a la sombrerería. La reunión de la Sociedad era en la puerta de al lado, en el salón de la posada El Ciervo Blanco, pero todos los huecos frente al lugar estaban ya ocupados. La posada siempre tenía mucho bullicio por las tardes. Volvió a comprobar el freno del carruaje, acarició a la vieja yegua y la ató al poste.
Odiaba llegar tarde. No estaba en su naturaleza perder el tiempo. Julianne se tomaba la vida muy en serio, al contrario que las demás damas que conocía.
Esas mujeres disfrutaban de la moda y de las compras, del té y de las visitas sociales, de los bailes y de las cenas, pero no vivían en las mismas circunstancias que ella. Julianne no recordaba un solo momento en su vida en el que hubiera podido relajarse y mostrarse frívola; su padre había abandonado a la familia antes de que ella cumpliera tres años, aunque sus circunstancias ya eran duras por entonces. Su padre había sido el menor de sus hermanos, sin medios económicos, así como un verdadero gandul. Ella había crecido haciendo el tipo de tareas en la mansión que sus semejantes reservaban a los sirvientes. Cocinar, fregar los platos, llevar la leña, planchar las camisas de sus hermanos, dar de comer a sus dos caballos, limpiar los establos… Siempre había una tarea aguardándola. Siempre había algo más que hacer. Pero no había tiempo suficiente en un día cualquiera, y por eso la tardanza le parecía imperdonable.
Claro que había una hora de camino desde su casa en Sennen Cove hasta la ciudad. Su hermana mayor, Amelia, se había llevado el coche de caballos aquel día. Todos los miércoles, lloviese o hiciese sol, Amelia se llevaba a mamá a visitar a sus vecinas; no importaba que mamá ya no reconociera a nadie. Mamá no estaba bien. Ya no tenía la cabeza en su sitio y a veces no lograba reconocer a sus propias hijas, pero le encantaba ir de visita. Nadie era tan adepto a la frivolidad como mamá. A veces se consideraba a sí misma una debutante, rodeada de sus amigas y de sus pretendientes. Julianne pensaba que sabía lo que había sido para su madre crecer en un hogar con todos los lujos, antes de que los americanos buscaran su independencia; una época con alguna guerra ocasional; una época sin miedo, sin rencor y sin revolución. Había sido una época de esplendor absoluto, de indiferencia y de ostentación; una época para el disfrute, una época en la que nadie se molestaba en pensar en la miseria del vecino.
Pobre mamá. Había comenzado a desvanecerse poco después de que su padre los abandonara por el juego y por las mujeres desvergonzadas de Londres, Amberes y París. Pero Julianne no estaba segura de que su madre hubiera perdido la cabeza por culpa de un corazón roto. A veces le parecía más simple y mundano; mamá simplemente no podía controlar las circunstancias oscuras y amenazantes del mundo moderno.
Pero su médico decía que era importante sacarla a pasear. Todos en la familia estaban de acuerdo. Así que a ella le habían dejado el carruaje de dos caballos y la yegua de veinte años. La hora de camino se había convertido en dos horas.
Jamás se había sentido más impaciente. Vivía por las reuniones mensuales en Penzance. Ella y su amigo, Tom Treyton, que era tan radical como ella, habían fundado la sociedad el año anterior, después de que el rey Luis XVI hubiera sido derrocado y Francia hubiera sido declarada una república. Ambos habían apoyado la revolución francesa desde el momento en que había quedado claro que en aquel país estaban aconteciendo grandes cambios, todos orientados a facilitar la situación del campesinado y de la clase media, pero ninguno de los dos había soñado con que el antiguo régimen pudiera caer al fin.
Cada semana sucedía algo nuevo en la cruzada de Francia por la libertad del hombre de a pie. El mes anterior, los líderes jacobinos en la Asamblea Nacional habían dado un golpe y habían arrestado a muchos de la oposición. De ahí había salido una nueva constitución que otorgaba el voto a todos los hombres. Era casi demasiado bueno para ser cierto. Recientemente había sido establecido el Comité para la Seguridad Pública, y Julianne estaba ansiosa por saber qué reformas propondría. Y además estaban las guerras en el continente. La nueva república francesa pretendía llevar la libertad a toda Europa. Francia había declarado la guerra al imperio de los Habsburgo en abril del noventa y dos. Pero no todos compartían las ideas radicales de Julianne y de Tom, ni su entusiasmo por el nuevo régimen francés. El pasado mes de febrero, Gran Bretaña se había unido a Austria y a Prusia y había entrado en guerra contra Francia.
—Señorita Greystone.
Julianne había estado a punto de llamar al chico uniformado del otro lado de la calle para pedirle que diese de beber a su yegua. Al oír aquella voz estridente, se tensó y se dio la vuelta lentamente.
Richard Colmes estaba mirándola con el ceño fruncido.
—No podéis aparcar aquí.
Julianne sabía perfectamente por qué quería enfrentarse a ella. Se apartó un mechón de pelo rubio de la cara y dijo educadamente:
—Esta es una calle pública, señor Colmes. Ah, y buenas tardes. ¿Qué tal está la señora Colmes?
El sombrerero era un hombre bajito y rechoncho con patillas canosas. No llevaba la peluca empolvada, pero era de buena calidad, y por lo demás su presencia era impecable, desde las medias pálidas y zapatos de cuero hasta la chaqueta bordada.
—No aprobaré vuestra sociedad, señorita Greystone.
Julianne se sentía furiosa, pero sonrió con dulzura.
—No es mi sociedad —dijo.
—Vos la fundasteis. ¡Vosotros los radicales estáis condenando este gran país a la ruina! —exclamó el sombrerero—. Sois todos jacobinos y os reunís para intercambiar vuestras terribles ideas en la puerta de al lado. ¡Deberíais estar avergonzada, señorita Greystone!
Ya no tenía sentido seguir sonriendo.
—Este es un país libre, señor, y todos tenemos derecho a tener nuestras propias ideas. Podemos reunirnos en la puerta de al lado si John Fowey nos lo permite —Fowey era el posadero.
—¡Fowey está tan loco como vos! —gritó Colmes—. Estamos en guerra, señorita Greystone, y vuestro grupo apoya al enemigo. Si cruzan el canal, sin duda recibiréis al ejército francés con los brazos abiertos.
Julianne levantó la cabeza.
—Estáis simplificando un asunto muy complejo, señor. Yo defiendo los derechos de todos los hombres, incluso de los vagabundos que vienen a esta ciudad en busca de algo que llevarse a la boca. Sí, apoyo la revolución en Francia, ¡pero también lo hacen muchos de nuestros compatriotas! Yo apoyo a Thomas Paine, Charles Fox, lord Byron y Shelley, por nombrar solo algunas de las mentes distinguidas que reconocen que los cambios en Francia son por el bien de la humanidad. Soy una radical, señor, pero…
—Sois una traidora, señorita Greystone, y si no movéis vuestro carruaje, lo haré yo por vos —se dio la vuelta, entró en su tienda y cerró de un portazo.
Julianne se estremeció y sintió un vuelco en el estómago. Había estado a punto de decirle al sombrerero lo mucho que adoraba su país. Una podía ser patriota y aun así apoyar la nueva república constitucional en Francia. Una podía ser patriota y aun así abogar por una reforma política y un cambio social, tanto en el extranjero como en su propio país.
—Vamos, Milly —le dijo a la yegua. Condujo al animal y al carruaje hacia el establo situado al otro lado de la calle. A cada semana que pasaba se le hacía más difícil relacionarse con sus vecinos; gente que había conocido toda su vida. Hubo un tiempo en el que todo el mundo la recibía en las tiendas y en los salones con los brazos abiertos. Ya no era así.
La revolución en Francia y las guerras posteriores en el continente habían dividido al país.
Y ahora tendría que pagar por el privilegio de dejar a su yegua en el establo, cuando no les sobraba el dinero. Las guerras habían aumentado el precio de la comida, por no hablar de casi todos los demás gastos. Greystone tenía una mina de plomo próspera y una cantera de hierro igualmente productiva, pero Lucas invertía casi todos los beneficios de la finca, pensando en el futuro de toda la familia. Era frugal, pero todos lo eran; salvo por Jack, que se mostraba imprudente en todos los sentidos, y probablemente por eso era tan dado al contrabando. Lucas estaba en Londres, o eso creía ella, aunque resultaba algo sospechoso; parecía estar en la ciudad todo el tiempo. Y en cuanto a Jack, conociendo a su hermano, probablemente estuviera en el mar, huyendo de algún agente de aduanas.
Ignoró sus preocupaciones por el gasto inesperado, pues no podía evitar pagar, y dejó atrás la desagradable conversación con el sombrerero, aunque se lo contaría a su hermana más tarde.
Se sacudió el polvo de la nariz y de la falda de muselina. No había llovido en toda la semana y los caminos estaban increíblemente secos. Su vestido era ahora beige en vez de color marfil.
A medida que se acercaba al cartel situado junto a la puerta de entrada de la posada, iba entusiasmándose más. Ella misma había pintado el cartel.
Sociedad de los Amigos del Pueblo, decía. Recién llegados sean bienvenidos. Sin cuotas.
Estaba muy orgullosa de esa última frase. Se había enfrentado a su querido amigo Tom Treyton con uñas y dientes para no cobrar cuotas a los miembros. ¿Acaso no era eso lo que hacía Thomas Hardy para las Sociedades Correspondientes? Cualquier hombre y mujer debía poder participar en una asamblea destinada a promover la igualdad, la libertad y los derechos del hombre. A nadie debía negársele el derecho ni la capacidad para participar en una causa que los liberaría solo por no poder permitirse pagar una cuota mensual.
Julianne entró en el salón de la posada y vio a Tom inmediatamente. Tenía más o menos su altura, con el pelo castaño claro y rasgos agradables. Su padre era un terrateniente acomodado y Tom había sido enviado a Oxford para estudiar en la universidad. Julianne había pensado que viviría en Londres después de graduarse; en vez de eso, había vuelto a casa para fundar su propio despacho de abogados en la ciudad. Casi todos sus clientes eran contrabandistas que habían sido capturados. Por desgracia no había logrado defender con éxito a sus dos últimos clientes; ambos habían sido condenados a dos años de trabajos forzados. Por supuesto eran culpables de los cargos y todos lo sabían.
Tom estaba de pie en el centro de la sala, mientras todos los demás estaban sentados a las mesas. Julianne advirtió de inmediato que la asistencia había vuelto a bajar; incluso más que la última vez. Había solo dos docenas de hombres en la reunión, todos ellos mineros, pescadores y contrabandistas. Desde que Gran Bretaña había entrado en la coalición contra Francia en la guerra, se había producido un resurgimiento del patriotismo en la zona. Los hombres que habían apoyado la revolución encontraban ahora a Dios y a su país. Julianne suponía que dicho cambio de alianzas era inevitable.
Tom la había visto. Su cara se iluminó mientras corría hacia ella.
—¡Llegas muy tarde! Temía que te hubiera ocurrido algo y que no pudieras llegar a nuestra asamblea.
—He tenido que traer a Milly, y ha sido un viaje muy lento —bajó la voz—. El señor Colmes no me dejaba aparcar frente a su tienda.
Los ojos azules de Tom se encendieron.
—Maldito bastardo reaccionario.
Ella le tocó el brazo.
—Está asustado, Tom. Todos lo están. Y no comprende lo que está ocurriendo en Francia.
—Tiene miedo de que le quitemos la tienda y la casa y se las entreguemos al pueblo. Y tal vez debería tener miedo —dijo Tom.
Habían estado en desacuerdo sobre el método y los medios de reforma durante el último año, desde que formaran la sociedad.
—No podemos ir por ahí quitándoles las posesiones a los ciudadanos de alto estatus como Richard Colmes —respondió ella suavemente.
Tom suspiró.
—Estoy siendo demasiado radical, por supuesto, pero no me importaría quitarle sus posesiones al conde de Penrose y al barón de St. Just.
Julianne sabía que hablaba en serio. Sonrió.
—¿Podemos debatirlo en otro momento?
—Sé que estás de acuerdo en que los ricos tienen demasiado, y simplemente porque heredaron las tierras y los títulos —dijo él.
—Estoy de acuerdo, pero también sabes que no apruebo el robo masivo a la aristocracia. Quiero saber en qué debate me he metido. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cuáles son las últimas noticias?
—Deberías unirte a los reformistas, Julianne. No eres tan radical como te gusta pensar —gruñó su amigo—. Ha habido una derrota. Los monárquicos de La Vendée fueron derrotados en Nantes.
—Eso es maravilloso —dijo Julianne, casi incrédula—. Lo último que supimos fue que esos monárquicos nos habían vencido y que habían tomado la zona a lo largo del río en Saumur.
Las victorias de los revolucionarios franceses dentro de Francia no estaban en absoluto aseguradas, y había oposición interna a lo largo y ancho del país. La primavera pasada había comenzado una fuerte rebelión monárquica en la Vendée.
—Lo sé. Y es un gran golpe de suerte —Tom sonrió y la agarró del brazo—. Con suerte los malditos rebeldes de Tolón, Lyon, Marsella y Burdeos caerán pronto. Y también los de Bretaña.
Ambos se miraron. El alcance de la oposición interna a la revolución era alarmante.
—Debería escribir a nuestros amigos en París inmediatamente —decidió Julianne. Una de las metas de las Sociedades Correspondientes era mantener el contacto con los clubes jacobinos de Francia y mostrarles su apoyo por la revolución—. Tal vez haya algo más que podamos hacer aquí en Gran Bretaña, además de reunirnos y discutir sobre los últimos acontecimientos.
—Tú podrías ir a Londres e infiltrarte en los círculos conservadores —dijo Tom—. Tu hermano es conservador. Finge ser un simple minero de Cornualles, pero Lucas es el biznieto de un barón. Tiene muchos contactos.
Julianne sintió miedo.
—Lucas no es más que un simple patriota —dijo.
—Es un conservador y un tory —respondió Tom con firmeza—. Conoce a hombres poderosos, hombres con información, hombres cercanos a Pitt y a Windham. Estoy seguro de ello.
Ella se cruzó de brazos y se puso a la defensiva.
—Tiene derecho a tener sus propias opiniones, aunque sean contrarias a nuestras ideas.
—Yo no he dicho que no lo tenga. Solo digo que tiene contactos. Más de los que crees.
—¿Estás sugiriendo que vaya a Londres y espíe a mi hermano y a sus pares?
—Yo no he dicho eso, pero es una buena idea —contestó Tom con una sonrisa—. Podrías ir a Londres el mes que viene, dado que no puedes asistir a la convención en Edimburgo.
Thomas Hardy había organizado una convención de Sociedades Correspondientes, y casi todas las sociedades del país iban a enviar delegados a Edimburgo. Tom representaría a su sociedad. Pero desde que Gran Bretaña había entrado en guerra contra Francia en el continente, las cosas habían cambiado. Ya no miraban a los radicales y a sus clubes con condescendencia. Se hablaba de represión gubernamental. Todos sabían que el primer ministro no toleraba a los radicales, al igual que muchos otros ministros, y lo mismo pasaba con el rey Jorge.
Era hora de enviar un mensaje a todo el gobierno británico, y sobre todo al primer ministro Pitt: no se dejarían reprimir por el gobierno, nunca. Seguirían promoviendo y apoyando los derechos del hombre, así como la revolución en Francia. Seguirían oponiéndose a la guerra contra la nueva república francesa.
Se había organizado otra convención más pequeña en Londres, frente a Whitehall. Julianne esperaba poder asistir, pero un viaje a Londres era costoso. Sin embargo, ¿qué estaba sugiriendo realmente Tom?
—No pienso espiar a mi hermano, Tom. Espero que estuvieras bromeando.
—Lo estaba —le aseguró él, pero Julianne seguía incrédula—. Iba a escribir a nuestros amigos en París, ¿pero por qué no lo haces tú? —le acarició la barbilla—. Las palabras se te dan mejor que a mí.
Julianne sonrió, con la esperanza de que no le hubiera pedido que espiara a Lucas, que no era un tory y desde luego no estaba involucrado en la guerra.
—Sí, así es —contestó.
—Sentémonos. Aún nos queda por delante una hora de discusión —dijo Tom guiándola hacia un banco.
Durante la siguiente hora hablaron sobre los acontecimientos recientes en Francia, sobre las mociones en la Cámara de los Comunes y en la de los Lores y sobre los últimos cotilleos políticos en Londres. Para cuando terminó la reunión, eran casi las cinco de la tarde. Tom la acompañó fuera.
—Sé que es pronto, ¿pero puedes cenar conmigo?
Ella vaciló un instante. Habían cenado juntos el mes anterior tras una reunión de la sociedad. Pero al ofrecerse Tom a ayudarla a subir a su carruaje, la había agarrado y la había mirado como si deseara besarla.
Julianne no había sabido qué hacer. Ya la había besado una vez antes, y había sido agradable, pero no apasionado. Lo quería mucho, pero no estaba interesada en besarlo. Aun así estaba bastante segura de que Tom estaba enamorado de ella, y tenían tanto en común que deseaba enamorarse de él. Era un buen hombre y un gran amigo.
Lo conocía desde la infancia, pero no se habían hecho verdaderos amigos hasta hacía dos años, al encontrarse en la reunión de Falmouth. Ese había sido el inicio de su amistad. Pero a Julianne le quedaba cada vez más claro que sus sentimientos eran más fraternales y platónicos que románticos.
Aun así, cenar con Tom era muy agradable; siempre tenían conversaciones estimulantes. Julianne estaba a punto de aceptar su invitación cuando vio a un hombre a caballo subir por la calle.
—¿Es ese Lucas? —preguntó Tom, tan sorprendido como ella.
—Muy probablemente —contestó Julianne, y empezó a sonreír. Lucas era siete años mayor que ella, tenía veintiocho. Era un hombre alto y musculoso con unos rasgos cincelados de manera clásica, ojos grises penetrantes y pelo rubio. Las mujeres intentaban captar su atención incesantemente, pero, al contrario que Jack, que se declaraba a sí mismo un canalla, Lucas era un caballero. Más bien distante, era un hombre de gran disciplina, empeñado en mantener a la familia y sus tierras.
Lucas había sido más una figura paterna para ella que un hermano, y Julianne lo respetaba, lo admiraba y lo quería mucho.
Lucas detuvo a su caballo frente a ella y, al verlo, la sonrisa de Julianne se desvaneció. Lucas parecía sombrío. De pronto pensó en el cartel situado a su espalda, que daba la bienvenida a los recién llegados a su reunión, y deseó que no lo viera.
Ataviado con una chaqueta marrón, un chaleco color burdeos, una camisa verde y unos pantalones claros, Lucas saltó de su caballo al suelo. No llevaba peluca y tenía el pelo echado hacia atrás.
—Hola, Tom —le dio la mano a Tom sin sonreír—. Veo que sigues defendiendo la sedición.
La sonrisa de Tom desapareció.
—Eso no es justo, Lucas.
—La guerra nunca es justa —miró entonces a su hermana.
Llevaba años desaprobando sus ideas, y lo había dejado muy claro cuando Francia les había declarado la guerra. Ella sonrió, vacilante.
—No te esperábamos.
—Obviamente. He venido galopando desde Greystone, Julianne —había cierto tono de advertencia en su voz. Lucas tenía un temperamento feroz cuando se le provocaba. Julianne veía que estaba muy enfadado.
Se puso tensa.
—¿Deduzco que me estabas buscando? ¿Se trata de una emergencia? —sintió un vuelco en el corazón—. ¿Es mamá? ¿Han atrapado a Jack?
—Mamá está bien. Jack también. Me gustaría hablar en privado contigo y no puedo esperar.
—¿Cenarás conmigo en otra ocasión, Julianne? —preguntó Tom.
—Por supuesto —le aseguró ella. Tom le hizo una reverencia a Lucas, que no se movió. Cuando su amigo se marchó, ella miró a su hermano, completamente perpleja—. ¿Estás enfadado conmigo?
—No podía creérmelo cuando Billy me dijo que habías venido a la ciudad para asistir a una reunión. Enseguida supe a lo que se refería —dijo, refiriéndose al chico que acudía diariamente a ayudar con los caballos—. Ya hemos hablado de esto muchas veces; y recientemente, desde la proclama del rey en mayo.
Ella se cruzó de brazos.
—Sí, hemos hablado de nuestra diferencia de opiniones. Y sabes que no tienes derecho a imponerme tus ideas de tory.
Lucas se puso rojo, sabiendo que su hermana pretendía insultarlo.
—No deseo cambiar lo que piensas —dijo—. Pero pienso protegerte de ti misma. ¡Dios mío! La proclama de mayo prohíbe explícitamente las reuniones sediciosas, Julianne. Una cosa fue embarcarte en tales actividades antes de la proclama, pero no puedes seguir haciéndolo ahora.
En cierto modo tenía razón, pensaba Julianne, y sabía que había sido infantil llamarlo «tory».
—¿Por qué das por hecho que nuestras reuniones son sediciosas?
—¡Porque te conozco! —exclamó Lucas—. Defender los derechos de todos los hombres es una causa maravillosa, Julianne, pero estamos en guerra, y tú apoyas al gobierno contra el que luchamos. Eso es sedición, e incluso podría considerarse traición. Gracias a Dios que estamos en St. Just, donde a nadie le importan nuestros asuntos, lejos de los agentes de aduanas.
Ella se estremeció, pensando en esa horrible disputa con el sombrerero.
—Nos reunimos para hablar de los acontecimientos de la guerra y de los acontecimientos en Francia, y para difundir las ideas de Thomas Paine. Eso es todo —pero era muy consciente de que, si alguna vez el gobierno se molestaba en investigar su pequeño club, los acusarían a todos de sedición. Claro que Whitehall ni siquiera sabía de su existencia.
—Escribes a ese maldito club de París, y no lo niegues. Amelia me lo ha contado.
Julianne no podía creer que su hermana hubiera traicionado su confianza.
—¡Confié en ella!
—Ella también quiere protegerte de ti misma. Debes dejar de asistir a estas reuniones. Y también debes abandonar la correspondencia con ese maldito club jacobino en Francia. Esta guerra es un asunto muy serio y peligroso, Julianne. Los hombres mueren cada día; y no solo en los campos de batalla de Flandes y del Rin. Mueren en las calles de París y en los viñedos del campo. He oído cosas en Londres. No tolerarán la sedición durante mucho más tiempo, no mientras nuestros hombres sigan muriendo en el continente, no mientras nuestros amigos huyan de Francia en masa.
—Son tus amigos, no los míos —y nada más hablar, no pudo creer lo que acababa de decir.
Lucas se sonrojó.
—Tú nunca le darías la espalda a un ser humano necesitado, ni siquiera a un francés aristócrata.
Tenía razón.
—Lo siento, Lucas, pero no puedes darme órdenes como hace Jack con sus marineros.
—Oh, sí que puedo. Eres mi hermana. Tienes veintiún años. Estás bajo mi techo y bajo mi cuidado. Yo soy el cabeza de familia. Harás lo que yo te diga por una vez en tu vida.
Julianne no sabía qué hacer. ¿Debía seguir y desafiarlo abiertamente? ¿Qué podría hacer él? Nunca la repudiaría ni la obligaría a marcharse de Greystone.
—¿Estás pensando en desafiarme? —preguntó Lucas con descrédito—. Después de todo lo que he hecho por ti, todo lo que he prometido hacer por ti.
Ella se sonrojó. Cualquier otro tutor la habría obligado a casarse. Lucas no era ningún romántico, pero parecía desear que encontrara un pretendiente que pudiera gustarle de verdad. En una ocasión le había dicho que no podía imaginársela encadenada a un viejo terrateniente que despreciara el discurso político. En vez de eso, quería emparejarla con alguien que apreciara sus opiniones deslenguadas y su carácter poco común, no que la castigara por ello.
—No puedo cambiar mis principios —dijo ella finalmente—. Aunque seas un hermano maravilloso, el hermano más maravilloso que pueda imaginarme.
—¡Ahora no intentes halagarme! No te estoy pidiendo que cambies tus principios. Te estoy pidiendo que seas discreta, que actúes con cautela y con sentido común. Te pido que desistas de estas asociaciones radicales mientras estemos en guerra.
Julianne tenía la obligación moral de obedecer a su hermano, pero no sabía si sería capaz de hacer lo que acababa de pedirle.
—Me estás poniendo en una situación terrible —dijo.
—Bien —respondió él—. Pero no he atravesado el distrito a caballo para decirte eso. Tenemos un invitado en Greystone.
De pronto todos los pensamientos sobre las reuniones radicales se esfumaron. En circunstancias normales, Julianne se habría sentido alarmada por la presencia de un invitado inesperado. No esperaban a Lucas, mucho menos a un invitado. Tenían solo una botella de vino en la casa. La habitación de invitados estaba sin preparar. La sala no estaba limpia. Tampoco el salón principal. Los armarios no tenían suficientes provisiones para celebrar una cena. Pero la expresión de Luke era tan funesta que no creyó que debiera preocuparse por limpiar la casa o llenar la despensa.
—¿Lucas?
—Jack lo llevó a casa hace unas horas —se mostraba sombrío. Se dio la vuelta para agarrar las riendas de su caballo—. No sé quién es —dijo de espaldas a ella—. Supongo que será un contrabandista. En cualquier caso, te necesito en casa. Jack ya se ha ido en busca de un cirujano. Debemos intentar que el pobre hombre esté cómodo, porque está a las puertas de la muerte.
Greystone se alzaba en la distancia. Era una mansión de doscientos cincuenta años de antigüedad. Situada en lo alto de unos acantilados escarpados y sin árboles, frente a unos páramos yermos y sin color, rodeada solo del cielo gris, parecía inhóspita y lúgubre.
La cala Sennen se encontraba debajo. Las historias sobre las aventuras, fechorías y victorias de los contrabandistas y agentes de aduanas eran en parte mito y en parte realidad. Durante generaciones, la familia Greystone había hecho contrabando con los mejores. La familia había mirado hacia otro lado mientras sus amigos y vecinos llenaban la cala de cajas ilegales de whiskey, tabaco y té, fingiendo no saber nada sobre cualquier actividad ilegal. Había noches en las que el agente de aduanas destinado en Penzance cenaba en la mansión con su esposa y sus hijas, y bebía uno de los mejores vinos franceses que existían mientras compartía cotilleos con sus anfitriones como si fueran sus mejores amigos; en otras ocasiones encendían las almenaras para advertir a los contrabandistas de que las autoridades estaban de camino. El barco de Jack estaba allí anclado, y en la cala todo el mundo se apresuraba a esconder las cajas en las cuevas de los acantilados mientras Jack y sus hombres huían y las autoridades británicas descendían por los acantilados a pie disparando a cualquiera que hubiera quedado atrás.
Julianne había presenciado aquello desde que era una niña pequeña. Nadie en el distrito consideraba el contrabando un crimen; era una forma de vida.
Le dolían las piernas terriblemente. También la espalda. Rara vez montaba de lado, a la inglesa; la única opción que le quedaba con su vestido de muselina. Mantener el equilibrio sobre el caballo de alquiler no había sido tarea fácil. Lucas la había mirado con preocupación varias veces a lo largo del camino y le había ofrecido detenerse en diversas ocasiones para que pudiera descansar. Temiendo que Amelia se hubiera entretenido con los vecinos y que el desconocido moribundo estuviera solo en la mansión, Julianne se había negado.
Lo primero que vio cuando Lucas y ella se aproximaron a la casa fue a los dos caballos del carruaje detrás del establo de piedra. Amelia ya estaba en casa.
Desmontaron apresuradamente y Lucas tomó sus riendas.
—Yo me ocuparé de los caballos —le dijo con una sonrisa—. Mañana te dolerá.
—Ya me duele.
Lucas condujo a los dos caballos hacia el establo.
Julianne se levantó la falda y corrió hacia la mansión. La casa era un rectángulo simple, más larga que alta o ancha, con tres pisos. El piso más alto contenía áticos y, en otra época, aposentos para los sirvientes que ya no tenían. El salón principal conservaba su forma original. Era una sala enorme que anteriormente se usaba para cenas y fiestas. Los suelos eran de piedra gris oscura y las paredes, una versión más clara de la misma piedra. Dos retratos ancestrales y un par de espadas antiguas decoraban las paredes; en un extremo del salón había una gran chimenea y dos sillones majestuosos de color burdeos. Los techos eran de madera.
Julianne atravesó corriendo el salón, la biblioteca y el comedor. Comenzó a subir entonces las escaleras.
Amelia bajaba en ese momento. Llevaba trapos húmedos y una jarra. Ambas se detuvieron al verse.
—¿Está bien? —preguntó Julianne.
Amelia tenía de bajita todo lo que Julianne tenía de alta. Llevaba la melena rubia oscura recogida y su expresión era seria como siempre, pero su rostro si iluminó aliviado.
—¡Gracias a Dios que estás en casa! ¿Sabes que Jack ha dejado aquí a un hombre moribundo?
—¡Es tan típico de Jack! —respondió Julianne. Por supuesto, Jack ya se había marchado—. Lucas me lo ha dicho. Está fuera con los caballos. ¿Qué puedo hacer?
Amelia se dio la vuelta abruptamente y la guió escaleras arriba. Recorrió apresuradamente el pasillo, que estaba oscuro y lleno de retratos familiares que databan de doscientos años atrás. Lucas se había apropiado de la suite principal tiempo atrás y Jack tenía su propio dormitorio, pero Amelia y ella compartían habitación. A ninguna de las dos le importaba, pues solo usaban la habitación para dormir. Pero la única habitación de invitados que quedaba había quedado prácticamente intacta. No era frecuente tener invitados en Greystone.
Amelia se detuvo frente a la puerta abierta de la habitación de invitados y la miró.
—El doctor Eakins acaba de marcharse.
La habitación de invitados daba a las playas rocosas de la cala y al océano Atlántico. El sol estaba poniéndose y llenaba la habitación de luz. La sala albergaba una cama pequeña, una mesa con dos sillas, una cómoda y un aparador. Julianne se fijó inmediatamente en el hombre que había en la cama.
El corazón le dio un vuelco.
El hombre moribundo estaba sin camisa y tenía la sábana alrededor de las caderas. Julianne no quería quedarse mirando, pero, estirado como estaba, no dejaba mucho a la imaginación; era un hombre grande, moreno y musculoso. Se quedó mirándolo unos segundos más, poco acostumbrada a ver el torso desnudo de un hombre, y mucho menos un hombre con un físico tan poderoso.
—Hace un minuto estaba boca abajo. Debe de haberse dado la vuelta al marcharme yo —dijo Amelia—. Le han disparado en la espalda. El doctor Eakins ha dicho que ha perdido mucha sangre. Le duele mucho.
Julianne se fijó entonces en que sus pantalones estaban manchados de sangre y barro. Se preguntó si las manchas de sangre serían de su herida o de la de otra persona. No quería mirar sus caderas o sus muslos, así que lo miró a la cara.
El corazón le latía aceleradamente. Su invitado era un hombre muy guapo de piel morena y pelo negro, con los pómulos marcados y una nariz recta. Sus pestañas eran espesas y negras.
Julianne apartó la mirada. El corazón se le había desbocado, lo cual era absurdo.
Amelia le entregó el paño húmedo y la jarra y corrió hacia la cama. Julianne logró levantar la mirada, consciente de lo ardientes que tenía las mejillas.
—¿Respira? —preguntó.
—No lo sé —respondió Amelia tocándole la frente—. Para empeorar las cosas, tiene una infección, porque no le han curado la herida correctamente. El doctor Eakins no se ha mostrado optimista —se dio la vuelta—. Voy a enviar a Billy a buscar agua de mar.
—Debería traer un balde lleno —dijo Julianne—. Yo me quedaré con él.
—Cuando venga Lucas, le pondremos boca abajo de nuevo —añadió Amelia mientras salía de la habitación.
Julianne vaciló, se quedó mirando al desconocido y se pellizcó. El pobre hombre se estaba muriendo; necesitaba su ayuda.
Dejó la jarra y el paño sobre la mesa y se acercó. Con mucho cuidado, se sentó junto a él y el corazón se le aceleró de nuevo. Su pecho no se movía. Acercó la mejilla a su boca y tardó unos segundos en sentir su aliento. Gracias a Dios que estaba vivo.
—Pour la victoire.
Julianne se enderezó como si la hubieran disparado. Lo miró a la cara. Seguía con los ojos cerrados, pero acababa de hablar, en francés, con el acento de un francés. Estaba segura de que había dicho: «Por la victoria».
Era un grito de guerra común entre los revolucionarios franceses, pero aquel parecía un noble, con sus rasgos patricios. Le miró las manos; los nobles tenían las manos suaves como la piel de un bebé. Tenía los nudillos sangrantes y las palmas llenas de callos.
Julianne se mordió el labio. Estar tan cerca hacía que fuese demasiado consciente de él. Tal vez fuera por su desnudez o por su masculinidad. Tomó aire con la esperanza de aliviar parte de la tensión.
—Monsieur? Êtes-vous français?
No se movió.
—¿Está despierto? —preguntó Lucas.
Julianne se volvió y vio a su hermano entrar en la habitación.
—No. Pero acaba de hablar en sueños. Ha hablado en francés, Lucas.
—No está dormido. Está inconsciente. Amelia me ha dicho que tiene fiebre.
Julianne vaciló antes de atreverse a ponerle una mano en la frente.
—Está ardiendo, Lucas.
—¿Puedes encargarte de él, Julianne?
Ella miró a su hermano, preguntándose si su voz había sonado extraña.
—Claro que puedo. Lo mantendremos envuelto en paños húmedos. ¿Estás seguro de que Jack no ha dicho nada sobre su identidad? ¿Es francés?
—Jack no sabe quién es —contestó Lucas con firmeza—. Quiero quedarme, pero tengo que volver a Londres mañana.
—¿Ocurre algo?
—Voy a ver un nuevo contrato para nuestro hierro. Pero no sé si me gusta la idea de dejaros a Amelia y a ti solas con él —volvió a mirar a su invitado.
Julianne se quedó mirándolo hasta que Lucas le devolvió la mirada. Cuando decidía mostrarse impasible, era imposible saber lo que estaba pensando.
—No creerás que puede ser peligroso.
—No sé qué creer.
Julianne asintió y se volvió hacia el desconocido. Había algo extraño en aquella situación. De pronto se preguntó si su hermano sabría quién era el invitado, pero no quería decirlo. Se dio la vuelta para mirarlo, pero Lucas ya se había ido.
No había ninguna razón lógica por la que pudiera querer ocultarle información. Si supiera quién era aquel hombre, sin duda se lo diría. Obviamente estaba equivocada.
Se quedó mirando al desconocido, frustrada por no poder ayudarlo. Le apartó un mechón de pelo de la cara. Al hacerlo, el hombre se retorció de repente y le golpeó el muslo con el brazo. Julianne se incorporó alarmada de un salto cuando él gritó:
—Ou est-elle? Qui est responsible? Qu’est il arrivé?
«¿Dónde está ella? ¿Quién ha hecho esto?», tradujo Julianne mentalmente. El desconocido volvió a agitarse con más fuerza y ella tuvo miedo de que pudiera hacerse daño a sí mismo. De pronto gimió de dolor.
Julianne volvió a sentarse en la cama, junto a su cadera, y le acarició el hombro.
—Monsieur, je m’appele Julianne. Il faut que vous reposiez maintenant.
Respiraba con dificultad, pero no se movía y estaba más caliente que antes. Aunque debía de ser su imaginación. Y entonces empezó a hablar.
Por un momento pensó que estaba intentando hablar con ella. Pero hablaba tan rápidamente y con tanta furia que Julianne se dio cuenta de que estaba delirando.
—Por favor —dijo ella suavemente, y decidió hablar solo en francés—. Tenéis fiebre. Por favor, no intentéis hablar.
—Non! Nous ne pouvons pas nous retirer! —resultaba difícil entenderlo, pero Julianne se esforzó por encontrarle sentido a sus palabras aceleradas. «No podemos retirarnos ahora», había dicho. Ya no le quedaba duda de que era francés. Ningún inglés podía tener un acento tan perfecto. Ningún inglés hablaría en un segundo idioma mientras deliraba.
Julianne se inclinó junto a él para intentar entenderlo. Se movía violentamente, tanto que acabó dándose la vuelta sin parar de gritar. Maldijo entre lamentos. No podían retirarse. ¿Estaría hablando de una batalla? Dijo que muchos habían muerto, pero que tenían que mantenerse en su sitio. ¡Por la libertad!
Julianne le agarró el hombro y sintió las lágrimas en los ojos. Probablemente estaría reviviendo una terrible batalla que sus hombres y él estaban perdiendo. ¿Sería un oficial del ejército francés?
—Pour la liberté! —gritó él—. ¡Seguid, seguid!
Julianne le acarició el hombro intentando ofrecerle consuelo.
El río estaba lleno de sangre… Muchos hombres habían muerto… el sacerdote había muerto… tenían que retirarse. ¡El día estaba perdido!
El hombre comenzó a llorar.
Julianne no sabía qué hacer. Nunca había visto a un hombre adulto llorar.
—Estáis delirando, monsieur —le dijo—. Pero ahora estáis a salvo, conmigo.
Estaba jadeando, con las mejillas húmedas por las lágrimas y el pecho empapado de sudor.
—Siento mucho todo lo que habéis sufrido —le dijo—. No estamos en el campo de batalla. Estamos en mi casa, en Gran Bretaña. Aquí estaréis a salvo, aunque seáis un jacobino. Os esconderé y os protegeré. ¡Os lo prometo!
De pronto pareció relajarse y Julianne se preguntó si se habría quedado dormido.
Tomó aire y respiró. Era un oficial del ejército francés, estaba segura. Tal vez incluso fuera noble; miembros de la nobleza francesa habían apoyado la revolución y apoyaban la república. Había sufrido una gran derrota en la que muchos de sus hombres habían muerto, y eso lo atormentaba. Julianne sufría por él. ¿Pero cómo diablos lo habría encontrado Jack? Jack no apoyaba la revolución, y aun así tampoco era un patriota británico. En una ocasión le había dicho que la guerra le venía bien; el contrabando era más rentable entonces que antes de la revolución.
El desconocido estaba ardiendo. Le acarició la frente y de pronto se sintió furiosa. ¿Dónde estaba Amelia? ¿Dónde estaba el agua de mar?
—Estáis ardiendo, monsieur —le dijo Julianne en francés—. Tenéis que guardar reposo para recuperaros.
Tenían que bajarle la fiebre. Volvió a humedecerle el paño y en esa ocasión se lo pasó por el cuello y por los hombros. Después lo dejó allí y humedeció otro.
—Al menos ahora estáis descansando —dijo suavemente, y entonces se dio cuenta de que se había pasado al inglés. Repitió lo mismo en francés mientras deslizaba el paño por su pecho. Y el pulso se le aceleró.
Acababa de dejar el paño húmedo sobre su pecho, donde pensaba dejarlo, cuando él le agarró la muñeca con violencia. Ella gritó, asustada, y lo miró a la cara.
Sus ojos verdes brillaban con furia.
—Êtes-vous reveillé? —«¿Estáis despierto?».
Él no la soltó, pero aflojó la fuerza.
—¿Nadine? —susurró.
¿Quién era Nadine? Sería su enamorada, o su esposa. Era difícil hablar. Se humedeció los labios.
—Monsieur, os han herido en una batalla. Yo soy Julianne. Estoy aquí para ayudaros.
Su mirada era febril, no lúcida. Y de pronto la agarró del hombro sin soltarle la muñeca.
Puso cara de dolor, pero no dejó de mirarla.
Sonrió lentamente.
—Nadine —deslizó su mano fuerte y poderosa por su hombro hasta llegar a su nuca. Antes de que ella pudiera protestar o preguntarle qué estaba haciendo, comenzó a tirar de ella.
Alarmada, Julianne se dio cuenta de que pretendía besarla.
Su sonrisa era seductora, segura y prometedora. Y de pronto sus labios se encontraron.
Julianne jadeó, pero no intentó apartarse de él. En su lugar, se quedó quieta y le dio total libertad mientras su cuerpo se calentaba con el deseo.
Era un deseo que nunca antes había experimentado.
Entonces se dio cuenta de que había dejado de besarla. Ella respiraba entrecortadamente contra su boca. Era plenamente consciente del fuego que recorría su propio cuerpo. Le llevó unos segundos darse cuenta de que estaba inconsciente de nuevo.
Se incorporó asustada. ¡La había besado! Tenía fiebre; deliraba. ¡Ni siquiera sabía lo que estaba haciendo!
¿Acaso importaba?
La había besado y ella había respondido de una manera que jamás habría creído posible.
Y además era un oficial del ejército francés; un héroe revolucionario.
Se quedó mirándolo.
—Seáis quien seáis, no vais a morir. No lo permitiré —dijo.
Estaba tan quieto que podría haber sido un cadáver.
CAPÍTULO 2
Era una multitud de docenas de hombres, todos gritando de rabia, agitando los puños en el aire. Él sabía que debía correr… Mientras lo hacía, los adoquines bajo sus pies cambiaban, se volvían rojos. No lo comprendía; y entonces se dio cuenta de que estaba corriendo sobre un río de sangre.
Gritó mientras los majestuosos edificios parisinos se desvanecían. Ahora el río de sangre estaba lleno de hombres moribundos. Se sentía consumido por el miedo y el pánico.
Y sabía que debía despertarse.
Sintió el algodón bajo las manos, no el barro ni la sangre. Luchó contra el río sangriento y vio a Nadine sonriéndole con ojos brillantes y la luna llena detrás de ella. La había besado… pero eso no podía ser, porque Nadine había muerto…
Nadine había muerto y él estaba tumbado en una cama… ¿Dónde estaba?
Tremendamente agotado, Dominic se dio cuenta de que todo había sido un sueño. Sus recuerdos seguían confusos y se sentía invadido por el miedo, pero intentó controlarlo. Tenía que pensar con claridad. Era una cuestión de vida o muerte.
No era seguro para él permanecer en Francia.
Alguien conocía su verdadera identidad.
Y recordaba que le habían tendido una emboscada frente a los aposentos de Michel. Se tensó por el miedo y la incertidumbre e intentó controlar esas emociones. Y todos sus recuerdos del último año y medio regresaron con fuerza a su cabeza. Había ido a Francia a buscar a su madre y a su prometida para llevarlas de vuelta a Inglaterra. Nunca había encontrado a Nadine, pero sí había encontrado a su madre, escondida encima de una panadería en París, después de que destrozaran su casa. Tras embarcarla con destino a Gran Bretaña en Le Havre, había regresado a París con la esperanza de encontrar a Nadine.
Nunca había pretendido quedarse en Francia, recabando información para su país. Aunque su madre, Catherine Fortescue, fuese francesa, su padre era el conde de Bedford y él era inglés hasta la médula. Dominic Paget había nacido en la finca familiar en Bedford. Siendo hijo único, había ido a estudiar a Eton y a Oxford. Tras la muerte de William Paget, heredó tanto el título como el condado. Aunque ocupaba su asiento en la Cámara de los Lores varias veces al año, ya que se sentía al servicio de su país, la política nunca le había interesado. De hecho, hacía varios años había rechazado un puesto en el ministerio de Pitt. Sus responsabilidades estaban claras; eran para con el condado.
No había descubierto qué había sido de Nadine. Fue vista por última vez en el tumulto que había acabado con el hogar de su madre. Catherine temía que pudiera haber sido pisoteada hasta la muerte por la muchedumbre. Al regresar a Gran Bretaña, se había sentido lo suficientemente preocupado por la revolución en Francia como para reunirse con varios de sus semejantes, incluyendo a Edmund Burke, un hombre con grandes contactos políticos. La información que Dominic había recopilado mientras estaba en Francia resultaba tan inquietante que Burke le presentó al primer ministro Pitt. Pero fue Sebastian Warlock quien lo convenció para regresar a Francia. En esa ocasión con una única ambición: el espionaje.
Era imposible determinar quién habría descubierto la verdad sobre Jean-Jacques Carre, la identidad que había adoptado. Podría haber sido cualquiera de las docenas de parisinos, o incluso un topo entre las filas de Michel. Pero alguien había descubierto que Carre no era un jacobino dueño de una imprenta. Alguien se había enterado de que en realidad era un agente inglés.
Su tensión era creciente. Estaba preocupantemente débil, y por tanto era vulnerable. La espalda le dolía cada vez que respiraba.
¿Estaría entre amigos o entre enemigos?
¿Seguiría en Francia?
Temeroso y completamente alerta, advirtió que no estaba encadenado. Abrió los ojos con mucho cuidado, lo suficiente para poder ver a través de sus pestañas.
No alteró el ritmo de su respiración. No movió un solo músculo, salvo los párpados. Sintió que no estaba solo. Deseaba que fuera quien fuera la persona que estuviera con él pensara que seguía dormido.
Distinguió los contornos de un pequeño dormitorio. Vio un armario y una ventana. Segundos más tarde advirtió el olor del aire y saboreó la sal.
Estaba cerca de la costa, ¿pero de qué costa?
Intentó rescatar todos los recuerdos posibles. ¿Habría soñado su viaje en la parte trasera de un carro, en su mayor parte de noche? ¿Habría soñado el vaivén del barco con el movimiento de las olas? ¿Qué había ocurrido después de que le disparasen? Unas imágenes borrosas intentaban tomar forma en su cabeza, y de pronto Dominic creyó recordar a una mujer de pelo rojizo inclinada sobre él, bañándolo, cuidando de él.
Y entonces una mujer apareció en su campo de visión y se acercó. Dominic advirtió el pelo rojizo, su cara pálida y su vestido de color marfil.
—Monsieur? —susurró.
Dominic reconoció el sonido de su voz. Así que había cuidado de él; no había sido un sueño.
No podía dar por hecho que fuese amiga o aliada. ¿Podría defenderse si fuera necesario? ¿Escapar? Estaba tan cansado y tan débil… ¿Quién era ella y por qué había cuidado de él? Consideró la posibilidad de esperar; tarde o temprano ella abandonaría la habitación, y entonces podría decidir en qué situación se encontraba. Lo primero sería inspeccionar la habitación, después la casa. Tenía que averiguar su ubicación. Y necesitaba un arma para poder defenderse.
Por otra parte, aquella mujer no podía estar sola. Debía de tener camaradas. Cuando ella se marchara, tal vez enviaran a otra persona a vigilarlo, y tal vez fuese un hombre.
Abrió los ojos por completo y se quedó contemplando la mirada gris de aquella mujer.
Estaba sentada en una silla, junto a la cama, con un tablilla de escritura en el regazo y una pluma en la mano. Dio un respingo y susurró:
—Monsieur, vous êtes reveillé?
No tenía intención de responder, aún no. En vez de eso, miró a su alrededor. Vio que estaba tumbado en una cama estrecha situada en una habitación que no reconocía. La estancia era modesta, con un mobiliario sencillo, y resultaba difícil discernir si estaba en la casa de un burgués o de un noble. Si era lo segundo, no tenían mucho dinero.
La luz del día entraba por una ventana; debía de ser primera hora de la tarde. La luz del sol era débil y gris, nada parecido al sol veraniego del valle del Loira.
¿Cómo había llegado a aquel dormitorio? ¿Lo habrían transportado en carro y después en barco, o había sido un sueño? ¡No recordaba nada tras el disparo en aquel callejón de Nantes! Lo único de lo que tenía certeza absoluta era que estaba en la costa, ¿pero dónde? Podría estar en Le Havre o en Brest, pero no estaba seguro. Podía estar en Dover o en Plymouth. Incluso aunque estuviera en Inglaterra, tenía que proteger su identidad. Nadie podía saber que era un agente británico.
Pero ella le había hablado en francés.
Volvió a hablar. Él se quedó completamente quieto mientras ella repetía lo mismo que había dicho antes.
—¿Señor, estáis despierto?
Aunque hablaba en francés, tenía un ligero acento. Dominic estaba seguro de que era inglesa. Y eso debería ser un alivio, salvo que no le gustaba el hecho de que le hablase en francés. ¿Sería medio francesa, como él? ¿O habría dado por hecho que era francés, por alguna razón? ¿Se habrían visto cuando él iba de incógnito? ¿Sabría la verdad, o parte de ella? ¿De qué lado estaría? ¡Si pudiera recordar algo más!
¿Y por qué diablos estaba completamente desnudo bajo las sábanas?
De pronto ella se levantó. Él la observó con desconfianza mientras atravesaba la habitación, y advirtió que su cuerpo resultaba agradable, aunque tampoco le importaba realmente. Podría ser una aliada… o una enemiga. Y él haría cualquier cosa para sobrevivir. Seducirla no quedaba descartado.
Vio que dejaba la tablilla de escritura sobre la mesa y la pluma en el tintero. Después agarró un paño y lo sumergió en un balde con agua. Dominic no se relajó. Las imágenes borrosas se hicieron más nítidas. Imágenes de aquella mujer inclinada sobre él, lavándolo con aquel paño… y su cara junto a la suya, mientras se preparaba para besarla…
La había besado. Estaba seguro de ello.
Su interés se agudizó. ¿Qué había ocurrido entre ellos? Sin duda aquello jugaba a su favor.
La mujer regresó, pálida salvo por sus mejillas sonrojadas. Se sentó y escurrió el paño mientras él la miraba atentamente, esperando a ver qué hacía después. Todo su cuerpo se tensó.
En Francia, viviendo al borde de la muerte todos los días, había perdido los principios éticos con los que lo habían criado. Muchas mujeres francesas habían pasado por su cama, unas guapas y otras no, pero pocas cuyos nombres supiera, y mucho menos recordara. La vida era corta, demasiado corta. Se había dado cuenta de que la moralidad era un esfuerzo inútil en tiempos de guerra y revolución.
Las imágenes con las que se había despertado siempre estaban ahí, en el fondo de su mente, atormentándolo. Esa muchedumbre enfurecida, la calle ensangrentada y el río de sangre en Saumur. La familia que había visto guillotinada, el sacerdote que había muerto en sus brazos. Su moralidad había muerto años atrás, tal vez con Nadine. El sexo era entretenimiento, una vía de escape, porque la muerte era la única certeza en su vida.
Alguien podía asesinarlo al día siguiente.
Una multitud enfurecida podía sacarlo a rastras de esa casa y apedrearlo hasta matarlo, o podrían llevarlo encadenado hasta la guillotina.
Ella sonrió ligeramente y dejó el paño húmedo sobre su frente.
Dominic se estremeció y aquello sorprendió a ambos. Entonces le agarró la muñeca.
—Qui êtes vous? —«¿Quién sois?». Ella le había hablado en francés, así que él respondió en el mismo idioma. Hasta que supiera dónde estaba y quién era ella, y si era seguro darse a conocer, simplemente le seguiría el juego.
Ella se quedó con la boca abierta.
—Monsieur, estáis despierto. ¡Me alegro mucho!
Él no la soltó. En vez de eso, tiró de ella, con el corazón acelerado por el miedo. No soportaba aquel vacío de conocimiento; tenía que descubrir quién era esa chica y dónde estaba.
—¿Quién sois? ¿Dónde estoy?
Ella pareció quedarse helada, con su rostro a pocos centímetros del de él.
—Soy Julianne Greystone, monsieur. He estado cuidando de vos. Estáis en la casa de mi familia, y aquí estáis a salvo.
Dominic se quedó mirándola, negándose a relajarse. El hecho de que dijera que estaba a salvo indicaba que sabía algo sobre sus actividades. ¿Por qué si no sugeriría que de otro modo estaría en peligro? ¿Y de quién tendría que temer? ¿De los jacobinos? ¿De alguien en concreto, como el asesino de Nantes?
¿O acaso pensaba que tenía que temer de sus propios aliados? ¿Creía que era un francés que huía de los británicos?
¿La casa de su familia estaría en Inglaterra o en Francia? ¿Por qué seguía hablando en francés?
Ella se humedeció los labios y susurró:
—¿Os sentís mejor? Os ha bajado la fiebre, pero seguís estando muy pálido.
Dominic luchó contra el mareo. Se sentía muy débil. La soltó. Pero no se arrepintió de haberla intimidado. Deseaba que estuviera nerviosa y que se dejara manipular con facilidad.
—Estoy magullado, mademoiselle. Me duele la espalda, pero sí, estoy mejor.
—Os han disparado en la espalda. Fue muy serio —dijo ella—. Habéis estado muy enfermo. Temíamos por vuestra vida.
—¿Temíamos?
—Mi hermana, mis hermanos y yo.
Entonces había hombres en la casa.
—¿Todos habéis cuidado de mí?
—Mis hermanos no están aquí. Principalmente yo he cuidado de vos, aunque mi hermana Amelia me ha ayudado cuando no estaba cuidando de mamá.
Estaba a solas con tres mujeres.
Se sintió aliviado, pero solo ligeramente. Tenía que hacer que la situación estuviese a su favor. Aunque estuviera débil, encontraría un arma, y tres mujeres no serían rivales para él; no debían serlo si pensaba sobrevivir.
—Entonces parece que estoy en deuda con vos, mademoiselle.
Ella se sonrojó y se puso en pie de un brinco.
—Tonterías, monsieur.
Dominic se quedó mirándola. Era muy susceptible a la seducción, o eso le parecía.
—¿Tenéis miedo de mí? —le preguntó. Estaba muy nerviosa.
—¡No! ¡Claro que no!
—Bien. Al fin y al cabo no hay nada que temer —sonrió lentamente. Se habían besado. Ella lo había desnudado. ¿Sería esa la razón por la que estaba tan nerviosa?
Ella se mordió el labio.
—Habéis sufrido mucho. Es un alivio que estéis bien.
¿Cuánto sabría aquella mujer?
—Sí, así es —estaba calmado. Esperaba que siguiera hablando y le dijera cómo había llegado a aquella casa, y qué le había ocurrido después de Nantes.
Se quedó callada, pero su mirada gris no vaciló ni un instante.
No se lo diría por voluntad propia; tendría que sacárselo.
—Siento haberos molestado. ¿No tenéis sirvientes?
Ella tardó unos segundos en responder.
—No tenemos sirvientes, monsieur. Hay un mozo de cuadras, pero viene durante unas horas al día.
Dominic se sintió aún más aliviado, pero se mantuvo receloso.
—Os habéis quedado mirándome —dijo ella.
Dominic le miró las manos, que tenía agarradas sobre su falda de muselina blanca. No llevaba anillo de boda; no llevaba ningún anillo en absoluto.
—Me habéis salvado la vida, mademoiselle, así que siento curiosidad por vos.
Ella levantó sus elegantes manos y se las cruzó sobre el pecho; a la defensiva… o nerviosa.
—Estabais herido. ¿Cómo no iba a ayudaros? No me habéis dicho vuestro nombre.
La mentira le salió tan natural como respirar.
—Charles Maurice. Siempre estaré en deuda con vos.
Finalmente ella sonrió.
—No me debéis nada —dijo con firmeza. Después vaciló—. Debéis de estar hambriento. Enseguida vuelvo.
En cuanto oyó sus pisadas alejarse por el pasillo, Dominic se incorporó y se destapó, dispuesto a levantarse. Sintió un fuerte dolor en la espalda y en el pecho. Se quedó quieto y gimió.
La habitación comenzó a dar vueltas.
¡Maldición!
Se negaba a tumbarse de nuevo. Le llevó unos segundos combatir el dolor, controlar el mareo. Estaba en peor estado del que había imaginado. Entonces se puso en pie muy lentamente y con mucho cuidado.
Se apoyó en la pared, exhausto. La habitación tardó un tiempo en dejar de dar vueltas. Pero en cuanto paró, él se acercó cojeando hasta el armario. Para su desgracia, estaba vacío. ¿Dónde estaba su ropa?
Maldijo de nuevo. Entonces se acercó a la ventana, pero su equilibrio era tan precario que tiró una silla a su paso. Una vez allí, se apoyó en la repisa de la ventana y contempló el océano más allá de los acantilados.
No le cabía duda de que era el océano Atlántico lo que estaba contemplando. Conocía el color gris metálico de aquellas aguas turbulentas. Y después se quedó mirando los acantilados rocosos y aquel paisaje desolador y yermo. En la distancia vio la silueta de una torre solitaria. No estaba en Brest. El paisaje se parecía mucho al de Cornualles.
Cornualles era conocido por sus simpatías hacia los jacobinos. Se dio la vuelta y se apoyó contra la ventana. Tenía ante él la pequeña mesa, con la tablilla de escritura, el tintero y el pergamino. Dio dos pasos hacia la mesa, gruñó y se agarró al borde para no caerse.
Volvió a maldecir. No iba a ser capaz de huir de nadie si tenía que hacerlo, no en los próximos días. Ni siquiera sería capaz de seducirla.
Se fijó en el pergamino. La chica había estado escribiendo la carta en francés.
Sintió pánico. La agarró y leyó la primera línea.
Queridos amigos, escribo para celebrar con vosotros las victorias recientes en la Asamblea Nacional, y sobre todo el triunfo al establecer una nueva constitución que proporciona a todos los hombres el derecho al voto.
Era una maldita jacobina.
Era el enemigo.
Las palabras parecieron emborronarse sobre el papel. Siguió leyendo las demás líneas.
Nuestra sociedad espera que se sucedan más victorias sobre la oposición. Queremos preguntaros cómo podemos ayudar a nuestra causa de igualdad y libertad en Francia, y por todo el continente.
Las palabras parecían cada vez más borrosas y oscuras, y no lograba distinguirlas. Se quedó mirando el papel sin ver. Era una jacobina.
¿Estaba jugando con él al gato y al ratón? En Francia todo el mundo espiaba a sus vecinos en busca de rebeldes y traidores. ¿Sería igual en Gran Bretaña? Como jacobina, ¿se dedicaría a cazar hombres como él con la esperanza de identificar a agentes británicos y después traicionarlos?
¿O creería que era francés? Debía asegurarse de que nunca supiera que era inglés. ¿Y cuánto sabría? ¿Sabría que acababa de llegar de Francia? ¡Necesitaba información!
Estaba sudando y casi sin aliento. No podía soportar la agitación en su estado. Se dio cuenta demasiado tarde de que el suelo se ondulaba bajo sus pies. Dejó caer el papel y maldijo en voz alta.
Las sombras oscuras comenzaban a envolverlo.
Le costaba trabajo respirar. La habitación daba vueltas lentamente, junto con todos sus muebles.
No podía desmayarse.
Finalmente cayó al suelo. Mientras yacía allí, luchando por mantenerse consciente, oyó las pisadas corriendo hacia él. Sintió el miedo en el corazón.
—Monsieur!
Intentó mantenerse alerta, tanto que el sudor le cubría todo el cuerpo. Apretó los puños, respiró y abrió los ojos. Lo primero que vio fue su mirada gris sobre su cara al arrodillarse sobre él. Parecía tener expresión de preocupación.
Milagrosamente la habitación dejó de dar vueltas.
Se quedó mirándola y ella le devolvió la mirada con gran ansiedad.
Agarrotado por la tensión, tendido en el suelo, estaba demasiado débil para defenderse, y lo sabía. Ella también debía de darse cuenta.
Pero no fue un arma lo que apareció en su mano. En vez de eso, lo agarró por los hombros desnudos.
—Monsieur! ¿Os habéis desmayado? —su voz sonaba rasgada. Y entonces Dominic se dio cuenta de la razón.
Estaba desnudo; ella estaba completamente vestida.
—Me he caído, mademoiselle —mintió. No pensaba hacerle saber lo débil que estaba. Debía creerlo capaz de defenderse, incluso de agredirla. Logró levantar una mano y le acarició la mejilla.
—Seguís siendo mi salvadora.
Durante unos segundos, sus miradas se encontraron. Entonces ella se puso en pie y giró la cabeza para evitar mirar su cuerpo. Estaba totalmente sonrojada.
Estaba seguro de que nunca había visto a un hombre desnudo. Su inexperiencia haría que resultase fácil de manipular.
—Os pido perdón —dijo él, y rezó para no volver a derrumbarse mientras se incorporaba—. No encuentro mi ropa.
—Vuestra ropa —repitió ella— está lavada.
Dominic vio que seguía sin mirarlo, así que se levantó. Quería tirarse sobre el colchón; en vez de eso, quitó la sábana y se la enroscó en la cintura.
—¿Vos me habéis desnudado?
—No —ella se negaba a mirarlo—. Fue mi hermano. Tuvimos que daros un baño de agua salada para bajaros la fiebre.
Dominic se sentó en la cama. Sintió el dolor, pero lo ignoró. Hacía ya mucho tiempo que había dominado la habilidad de mantener una expresión impasible.
—Entonces os doy las gracias de nuevo.
—Llegasteis aquí solo con los pantalones y las botas. Los pantalones no están secos aún. Ha llovido desde vuestra llegada. Pero os traeré unos pantalones de mi hermano Lucas.
Dominic buscó su mirada hasta que la encontró. Seguía alterada por haberlo visto desnudo. Con un poco de suerte no habría advertido lo incapacitado que estaba. Sonrió.
—También agradecería una camisa.
Ella lo miró como si acabase de hablar un idioma desconocido que no comprendiera. Su comentario tampoco le pareció gracioso.
—Lo siento si he ofendido vuestra sensibilidad, mademoiselle.
—¿Qué intentabais hacer, monsieur? ¿Por qué os habéis levantado sin mi ayuda?
Dominic estaba a punto de responder cuando vio su carta tirada en el suelo tras ella, donde él la había tirado. Sabía que no debía intentar esquivar su mirada; ella ya se había dado la vuelta para mirar.
—Al caerme he tirado esa silla y también he golpeado la mesa. Mis disculpas. Espero no haber roto la silla.
Ella recogió la carta del suelo y la colocó junto al tintero; acto seguido levantó la silla y la puso en su sitio.
—Había pensado abrir la ventana para que entrara aire fresco —añadió él.
Sin darse la vuelta, ella se dirigió hacia la ventana y la abrió. La brisa fría del océano se coló en la habitación.
Dominic la observó atentamente.
De pronto ella se dio la vuelta y lo pilló mirando.
Y supo que se había creado una nueva tensión entre ellos.
Finalmente ella le devolvió la sonrisa.
—Lo siento. Debéis de creer que soy muy tonta. No esperaba regresar a la habitación y encontraros en el suelo.
Era una buena mentirosa, pero no tan buena como él.
—No —contestó Dominic—. Creo que sois muy guapa.
Se quedó callada.
Él bajó la mirada. Se hizo el silencio. Pensó que, para mantenerse a salvo, lo único que tenía que hacer era jugar con ella.
A no ser, claro, que fuese la espía que temía, y que su ingenuidad no fuese más que una farsa. En ese caso, sería ella la que estaría jugando con él.
—¿Julianne? ¿Por qué estás tan preocupada? —preguntó Amelia.
Estaban de pie en el umbral de la puerta de la habitación de invitados. Era una noche estrellada y Julianne había encendido el fuego, que iluminaba la estancia. Charles permanecía dormido y la bandeja con su cena yacía sobre la mesa, sin tocar.
Julianne no olvidaría nunca el miedo que había sentido al encontrarlo tendido en el suelo; por un momento había temido que hubiese muerto. Pero no, simplemente se había caído. Al levantarse, completamente desnudo, había fingido no mirar, pero había sido incapaz de mantener la mirada apartada.
—Han pasado más de veinticuatro horas desde la última vez que se despertó —dijo.
—Está recuperándose de una herida terrible —señaló Amelia en voz baja—. Empiezas a comportarte como una madre preocupada.
Julianne se estremeció. Amelia tenía razón. Estaba preocupada y quería que se despertara para quedarse tranquila. ¿Pero entonces qué?
—Eso son tonterías. Simplemente estoy preocupada como lo estaría cualquiera.
Amelia se quedó mirándola con las manos en las caderas.
—Julianne, puede que yo no haya hablado con él, al contrario que tú, pero no soy ciega. Incluso dormido, es un hombre muy atractivo.
Julianne intentó parecer impasible.
—¿De verdad? No me había dado cuenta.
Amelia se carcajeó, un sonido poco frecuente en ella.
—Oh, por favor. Me he dado cuenta de que, cuando estás con él, no puedes dejar de mirarlo. Menos mal que está durmiendo, de lo contrario te habría pillado mirándolo. Pero me alegro. Había empezado a preguntarme si serías inmune a los hombres.
Amelia no parecería tan contenta si supiera lo que Julianne sabía sobre su invitado; y pronto tendría que decírselo, pues estaban todos bajo el mismo techo. Amelia era apolítica. Aun así, era una patriota, y la persona más racional que Julianne conocía. Le horrorizaría saber que estaban alojando a un enemigo del estado.
—Le dijo la sartén al cazo —dijo Julianne rápidamente para cambiar de tema.
—Yo no siempre he sido inmune a los hombres guapos, Julianne —contestó Amelia suavemente.
Julianne se arrepintió de inmediato por haber dicho eso. Ella tenía solo doce años el verano en el que Amelia se había enamorado del hijo pequeño del conde de St. Just, pero recordaba su cortejo breve y apasionado. Recordaba estar de pie frente a la ventana de abajo, viéndolos a los dos galopar lejos de la casa. Simon Grenville persiguiendo a su hermana. Él era gallardo, lo más parecido a un verdadero príncipe y su hermana le había parecido la mujer más afortunada del mundo. Pero también recordaba la sorpresa de Amelia al enterarse de la muerte del hermano de Simon. Había sido llamado a Londres, y Julianne recordaba haber pensado que su hermana no debía llorar, pues Simon la amaba y regresaría. Pero por entonces ella era ingenua y tonta. Nunca regresó. Amelia lloró durante semanas con el corazón roto.
Al parecer Simon se había olvidado enseguida de Amelia. Julianne creía recordar que nunca escribió una sola misiva, y dos años más tarde se había casado con la hija de un vizconde. En los últimos nueve años, no había ido ni una sola vez a su condado, situado al norte de St. Just.
Julianne sabía que Amelia nunca lo había olvidado. El año en que St. Just se marchó, Amelia había rechazado dos ofertas muy buenas; de un joven abogado y de un guapo oficial del ejército. Después ya no hubo más ofertas…
—Tengo veinticinco años y no soy guapa —dijo con firmeza—. Mi dote es escasa y tengo que cuidar de mamá. Si soy inmune a los hombres, es por elección propia.
—Eres muy atractiva, pero parece que deseas desaparecer —dijo Julianne—. Tal vez algún día conozcas a alguien que haga que se te acelere el corazón —se sonrojó al pensar en Charles Maurice.
—¡Espero que no!
Julianne sabía que debía dejar el tema.
—Muy bien. No soy ciega, y sí, el señor Maurice es muy guapo. Y se mostró muy agradecido cuando habló. Fue encantador —Charles Maurice era muy elocuente, lo que indicaba que habría recibido educación y tal vez tuviera un origen gentil. Y era peligrosamente encantador.
—Ah, si esa última parte es cierta, entonces es evidente que te ha robado ese corazón veleidoso.
Julianne sabía que estaba tomándole el pelo, pero no podía sonreír. Había pensado en su invitado noche y día, mucho antes de que se despertara. Esperaba no estar tan encaprichada con el desconocido francés como parecía estarlo. Tal vez aquel fuera el momento adecuado para revelarle su identidad a su hermana.
—¿Julianne? —dijo Amelia.
Julianne se apartó de la puerta.
—Hay algo que debería contarte.
Amelia se quedó mirándola.
—Y obviamente no me va a gustar.
—Creo que no. Ya sabes que el señor Maurice es francés, como te dije, pero no es emigrante.
Su hermana parpadeó.
—¿Qué quieres decir? Seguramente sea un contrabandista, como Jack.
Julianne se humedeció los labios y continuó.
—Es un oficial del ejército francés, Amelia. Ha sobrevivido a terribles batallas y a la pérdida de muchos de sus hombres.
Amelia se quedó con la boca abierta.
—¿Cómo has llegado a esa conclusión? ¿Te lo contó mientras estaba despierto?
—Estaba delirando —explicó Julianne.
Amelia se dio la vuelta y ella la agarró del brazo.
—¡Tengo que notificárselo a las autoridades! —exclamó su hermana.
—¡No puedes hacer tal cosa! —Julianne se puso en su camino para cortarle el paso—. Está muy enfermo, Amelia, y es un héroe.
—¡Solo tú podrías pensar tal cosa! —exclamó Amelia. Después bajó la voz y continuó—. No creo que sea legal tenerlo aquí. Debo decírselo a Lucas.
—¡No, por favor! Es inofensivo. ¡Está enfermo! Por favor, deja que lo ayude a recuperarse y luego podrá seguir su camino.
—Alguien lo descubrirá.
—Voy a ir a ver a Tom inmediatamente. Él nos ayudará a mantenerlo aquí en secreto.
Amelia no parecía muy convencida con la idea.
—Pensaba que Tom te estaba cortejando.
Julianne sonrió; el cambio de tema significaba que ella había ganado.
—Tom y yo siempre estamos discutiendo de política, Amelia. Compartimos los mismos puntos de vista. Pero eso no puede llamarse cortejo.
—Está prendado contigo. Puede que no apruebe lo de tu invitado —miró hacia la habitación y palideció.
Charles estaba observándolas a las dos con expresión de alerta.
En cuanto vio que ella lo estaba mirando, sonrió y comenzó a incorporarse. Las sábanas le cayeron hasta la cintura y dejaron ver su torso musculoso.
Julianne no se movió. ¿Acababa de mirarla como si fuera una adversaria en la que no confiaba?
Amelia entró corriendo en la habitación. Julianne la siguió con tensión creciente.
¿Habría oído Charles su conversación?
De ser así, no dio muestras de ello. En su lugar, intercambió una mirada íntima con ella. Julianne sintió un vuelco en el estómago; era como si los dos compartieran un secreto pecaminoso.
¿Pero acaso no era así?
Recordó el momento en que se había levantado del suelo completamente desnudo, después de caerse; recordó también el modo en que se había enrollado la sábana alrededor de la cintura, obviamente sin preocuparse por el pudor; y también se acordó de su sonrisa sugerente antes de besarla cuando estaba delirando.
El corazón se le había desbocado.
Miró fijamente a Amelia, pero su hermana no parecía estar interesada en su torso. Charles volvió a taparse y, cuando Amelia se dirigió hacia la mesa para recoger la bandeja de la cena, volvió a mirar a Julianne con calor en la mirada.
—Vuestra hermana, imagino —dijo.
Amelia lo miró antes de que Julianne pudiera hablar. Su francés era excelente; también hablaba español y algo de alemán y de portugués.
—Buenos días, monsieur Maurice. Espero que os encontréis mejor. Soy Amelia Greystone.
—Es un placer conoceros, señorita Greystone. Os estoy inmensamente agradecido a vuestra hermana y a vos por vuestra hospitalidad y la amabilidad al cuidarme durante la recuperación de mis heridas.
Amelia le acercó a Charles la bandeja.
—De nada. Veo que sois tan elocuente como ha dicho mi hermana. ¿Habláis inglés?
Charles aceptó la bandeja.
—Así es —contestó con un inglés fuertemente acentuado. Después volvió a mirar a Julianne y su sonrisa desapareció—. ¿Deberían pitarme los oídos?
Julianne sabía que se había sonrojado.
—Habláis muy bien, monsieur. Se lo he comentado a mi hermana. Nada más —le parecía que su inglés, aunque acentuado, era impresionante.
Charles pareció halagado. Se volvió hacia Amelia, que estaba de pie junto a la cama, y dijo:
—¿Y qué más ha dicho de mí?
La sonrisa de Amelia fue breve y forzada.
—Tal vez debáis preguntárselo. Disculpadme —se dio la vuelta y miró a Julianne—. Mamá necesita la cena. Te veré más tarde, Julianne —dijo antes de marcharse.
—No le caigo bien —dijo él, de nuevo en francés.
Julianne se dio la vuelta y vio que se había puesto la mano sobre el pecho desnudo.
—Amelia es seria y pragmática, monsieur.
—Vraiment? No me había dado cuenta.
Julianne sintió que parte de su tensión desaparecía.
—Veo que estáis de buen humor.
—¿Cómo no iba a estarlo? He dormido muchas horas y estoy con una mujer hermosa; mi propio ángel de la guarda.
Julianne sintió un vuelco en el corazón. Se recordó a sí misma que a todos los franceses les gustaba flirtear. Para disimular su agitación, dijo:
—Habéis dormido más de un día seguido, monsieur. Y obviamente os sentís mejor.
Él abrió mucho los ojos.
—¿Qué día es hoy?
—Es diez de julio —contestó ella—. ¿Eso es importante?
—He perdido la noción del tiempo. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
Julianne no podía saber en qué estaba pensando.
—Lleváis aquí ocho días.
Charles pareció sobresaltado.
—¿Ese hecho os inquieta? —preguntó ella acercándose a la cama. Su hermana había dejado la bandeja en la mesa situada al lado.
—Simplemente me sorprende —respondió él con una sonrisa.
Julianne acercó una silla a la cama.
—¿Tenéis hambre?
—Me muero de hambre.
—¿Necesitáis ayuda? —preguntó ella mientras se sentaba en la silla.
—¿No estáis cansada de cuidar de mí?
—Claro que no —contestó ella, con cuidado de no apartar la mirada de su rostro.
Charles pareció satisfecho con su respuesta. Julianne se dio cuenta de que se miraban mutuamente todo el tiempo. Ella logró apartar la mirada. Sentía las mejillas ardiendo. Y también el cuello y el pecho.
Lo ayudó a dejar la bandeja sobre su regazo, se apartó y él comenzó a comer. Se hizo el silencio. Parecía estar desfallecido. Ella se quedó mirándolo abiertamente y empezó a pensar que Charles la encontraba tan intrigante como ella a él. Todos los franceses flirteaban… ¿pero y si tenía los mismos sentimientos por ella que ella tenía por él?
El corazón se le aceleró. Fue consciente de las sombras en la habitación, de las llamas en la chimenea, de la luz de la luna que entraba por la ventana, y del hecho de que estaban los dos solos en su habitación, de noche.
Cuando Charles hubo acabado, se recostó sobre las almohadas, como si el esfuerzo de comer lo hubiera dejado agotado, pero su mirada era firme. Julianne dejó la bandeja en la mesa y se preguntó qué significaría su mirada intensa.
Era muy tarde y era inapropiado quedarse con él. Pero acababa de despertarse. ¿Debía marcharse? Si se quedaba, ¿volvería a besarla? ¡Probablemente ni siquiera se acordara de aquel beso!
—¿Os hago sentir incómoda? —preguntó él.
Julianne se sonrojó y estuvo a punto de negarlo. Pero entonces cambió de opinión.
—No estoy acostumbrada a pasar tanto tiempo en compañía de un desconocido.
—Sí, ya lo imagino. Obviamente es tarde, pero acabo de despertarme. Disfrutaría de vuestra compañía, mademoiselle, solo durante un rato.
—Por supuesto.
—¿Sería posible que me prestarais algo de ropa de vuestro hermano? —preguntó él con una sonrisa fugaz e indolente.
Julianne sacó la ropa, se la entregó y salió de la habitación. Cuando llegó al pasillo, se cubrió las mejillas ardientes con las manos. ¿Qué le pasaba? Era como si fuese una niña pequeña, cuando en realidad era una mujer adulta. Charles había estado delirando al besarla. Parecía sentirse solo. Nada más. Y tenía docenas de preguntas que hacerle; aunque no podía dejar de pensar en la presión de sus labios.
Tras ella la puerta se abrió y apareció Charles con la camisa y los pantalones de Lucas. No dijo nada, lo cual acrecentó su tensión, y aguardó a que ella lo precediera para volver a entrar. Puso de nuevo la silla junto a la mesa, pero la mantuvo allí para ella. El silencio resultaba más incómodo que antes.
Era un caballero, pensó ella mientras se sentaba. Jamás se aprovecharía de ella ni intentaría besarla de nuevo.
Él se sentó en la segunda silla.
—Estoy sediento de noticias, mademoiselle. ¿Qué ocurre en Francia?
Julianne recordó su delirio y quiso preguntarle por la batalla de la que había hablado. Pero temía disgustarlo.
—Hay buenas y malas noticias —contestó.
—Contadme.
Ella vaciló.
—Desde que derrotaron a los franceses en Flandes, los británicos y sus aliados siguen enviando tropas al frente por la frontera franco-belga, lo cual fortalece su posición. Mainz continúa sitiada, y hay rebeliones monárquicas en Tolón, Lyon y Marsella.
Él se quedó mirándola con expresión de piedra.
—¿Y cuáles son las buenas noticias?
—Los monárquicos fueron derrotados cerca de Nantes. Aún no sabemos si su rebelión ha finalizado de una vez por todas, pero parece posible.
La expresión de Charles nunca cambiaba; era casi como si no la hubiese oído.
—Monsieur? ¿Cuándo vais a decirme la verdad? —preguntó sin poder evitarlo.
—¿La verdad, mademoiselle?
—Estabais delirando.
—Comprendo.
—Sé quién sois.
—¿Acaso era un secreto?
Julianne sentía como si estuvieran en mitad de un terrible juego.
—Monsieur, llorasteis en mis brazos mientras delirabais, dijisteis que habíais perdido a muchos de vuestros hombres, soltados. Vuestros soldados. ¡Sé que sois un oficial del ejército francés!
Él no dejó de mirarla.
Julianne buscó su mano y se la estrechó. Él no movió un solo músculo.
—He llorado por vos. Vuestras pérdidas son mis pérdidas. ¡Estamos en el mismo bando!
Y finalmente Charles le miró la mano. Ella no podía verle los ojos.
—Entonces es un alivio —dijo suavemente— estar entre amigos.
CAPÍTULO 3
¿Acaso había pensado que estaba entre enemigos?
—He cuidado de vos toda una semana —dijo Julianne, y apartó su mano.
—Estoy seguro de que hubierais cuidado de cualquier hombre moribundo sin importar su país o sus ideas políticas.
—Desde luego.
—Soy francés. Vos sois inglesa. ¿Qué iba a pensar al despertarme?
Julianne comenzó a darse cuenta de la compleja situación en la que habría podido pensar que se encontraba.
—Estamos en el mismo bando. Sí, nuestros países están en guerra. Sí, soy inglesa y vos francés. Pero estoy orgullosa de apoyar la revolución de vuestro país. ¡Me sentí entusiasmada al saber que sois un oficial del ejército francés!
—Entonces sois una radical.
—Sí —sus miradas se encontraron. Los ojos de Charles ya no parecían tan duros, pero aun así se sentía incómoda, como si hubiera perdido el equilibrio, como si estuviese en un interrogatorio importante—. Aquí, en Penzance, tenemos una Sociedad de los Amigos del Pueblo. Yo soy una de las fundadoras.
Charles se recostó en su silla, parecía impresionado.
—Sois una mujer poco corriente.
Julianne no pudo sonreír.
—No permitiré que me dejen atrás por ser mujer, monsieur.
—Eso ya lo veo. Así que sois una auténtica simpatizante de los jacobinos.
Ella vaciló. ¿Estaba siendo interrogada? ¿Acaso podía culparlo?
—¿Creíais que estabais en una casa llena de enemigos?
—Claro que lo creía.
Julianne no tenía ni idea de su preocupación; él parecía un maestro a la hora de ocultar sus pensamientos y sus emociones.
—Estáis entre amigos. Soy vuestra amiga. A mis ojos sois un héroe de la revolución.
Él arqueó las cejas. Y entonces ella supo que se había relajado.
—¿Podría ser más afortunado por haber acabado a vuestro cuidado? —de pronto le agarró la mano—. ¿Estoy siendo demasiado directo, Julianne?
Ella se quedó quieta. Nunca antes la había llamado por su nombre; ni siquiera la había llamado «señorita Greystone». Siempre había sido mademoiselle. Aun así no protestó.
—No.
Y él supo que le había permitido cierta intimidad, y que quizá hubiera abierto la puerta para más intimidad.
No le soltó la mano. Era tarde, de noche y estaban a solas.
—Espero que no me tengáis miedo —dijo él.
Ella levantó la mirada lentamente.
—¿Por qué iba a teneros miedo?
—Héroe o no, soy un desconocido… y estamos a solas.
Julianne no sabía qué decir. Su mirada era firme e intensa.
—Disfruto con nuestra conversación, monsieur —dijo finalmente—. Tenemos muchas cosas en común.
—Sí, así es. Me alegra que pienses así de mí, Julianne.
—¿Qué otra cosa podría pensar? —preguntó ella con una sonrisa frágil—. Lucháis por la igualdad en Francia y por la libertad en todo el mundo. Habéis puesto vuestra vida en peligro por una causa universal. Habéis estado a punto de morir por la libertad.
Finalmente él le soltó la mano.
—Eres una romántica.
—Eso es cierto.
—Dime en qué estás pensando.
Hablaba en un murmullo, pero su voz había adquirido de nuevo ese tono autoritario. Julianne se sonrojó y logró mirar a la mesa que había entre ellos.
—Algunos pensamientos son privados.
—Sí, algunos. Yo estoy pensando que soy afortunado por haber acabado a tu cuidado. Y no porque seas jacobina.
Julianne lo miró entonces.
—Cuando me desperté la primera vez, recordé haber soñado con una mujer hermosa de pelo rojo que me cuidaba. Y entonces te vi y me di cuenta de que no era un sueño.
Acababa de cruzar la puerta que ella le había abierto…
—¿Estoy siendo demasiado directo? Estoy acostumbrado a hablar con franqueza, Julianne. En la guerra, uno aprende que el tiempo es muy preciado y que no hay que desperdiciar un solo momento.
—No. No estáis siendo demasiado directo —contestó ella, temblorosa. Charles sentía hacia ella la misma atracción que ella hacia él. Amelia se escandalizaría si supiera lo que estaba sucediendo; sus hermanos se pondrían furiosos.
—¿Y tu hermana piensa de mí lo mismo que tú?
Julianne se quedó tan desconcertada que, por un momento, pensó que estaba preguntándole si Amelia también lo encontraba atractivo.
—Me da la impresión de que ella no me considera un héroe de guerra —añadió él.
A Julianne le resultaba difícil pensar en Amelia en aquellos momentos. Pero Charles estaba esperando una respuesta. Tomó aire. El cambio de tema había sido muy abrupto.
—No, no lo considera —contestó.
—¿No es tan radical como tú? —sugirió él.
Julianne tomó aliento para recuperar la compostura.
—No es radical en absoluto —no podía imaginar lo que estaba pensando o sintiendo. No quería preocuparle—. Pero es apolítica, y jamás os entregaría a las autoridades. Os lo prometo.
Él se quedó pensando en sus palabras durante unos segundos. Después, se frotó el cuello, como si le doliera. Antes de que ella pudiera preguntarle si estaba bien, dijo:
—¿Y has podido ayudar a nuestros aliados jacobinos en Francia? ¿Es fácil ponerse en contacto con ellos?
—No es fácil, pero hay mensajeros. Solo hay que pagar bien para lograr pasar un mensaje al otro lado del canal —¿desearía enviar una carta a Francia? Se tensó. ¿No querría que Nadine supiese que estaba vivo?
—¿Qué sucede?
Esa francesa tenía que ser una amante; no podía estar casado, no cuando había flirteado con ella de esa manera. Pero no quería estropear la velada preguntándole por ella. Tenía miedo de averiguar que aún la amaba. Así que sonrió fugazmente.
—Solo estaba pensando que ojalá pudiera ser de más ayuda para nuestros aliados en París. Hasta ahora solo hemos intercambiado algunas cartas e ideas.
Él le devolvió la sonrisa.
—¿Y cómo es tu hermano Lucas? Tendré que encontrar la manera de recompensarle por dejarme usar su ropa.
Ella lo miró fijamente y le dio la sensación de que quería preguntarle algo más.
—A Lucas no le importará que llevéis su ropa. Es un hombre generoso.
—¿Me entregaría a las autoridades?
Estaba preocupado, y tenía razón para estarlo. Julianne vaciló. Ella misma había temido que Lucas pudiera hacer justo eso. Era evidente que Charles estaba interrogándola.
—No —contestó al fin—. No lo haría —ella no lo permitiría.
—Entonces él es un radical, como tú.
—No.
—¿Julianne?
—Me temo que mi hermano Lucas es un patriota —explicó ella—. Es un conservador. Pero no tiene tiempo para la política. Lleva esta casa, monsieur, se encarga de su familia y tiene mucho que hacer todo el tiempo. Rara vez está aquí, y yo nunca le diría quién sois, en caso de que apareciera de pronto.
—¿Así que le ocultarías la verdad a tu propio hermano para protegerme?
—Sí, lo haría.
—Entonces crees que sí me entregaría.
—¡No! Al menos nunca podría hacerlo, porque no le diríamos quién sois.
—¿Esperáis que aparezca en un futuro próximo?
—Siempre envía una carta cuando va a regresar. No debéis preocuparos por él —pero Lucas no había enviado carta alguna la semana anterior; simplemente había aparecido. Decidió no decirle eso a Charles.
—¿Y tu otro hermano? —preguntó él.
—A Jack no le importa esta guerra.
—¿De verdad? —se mostraba incrédulo.
—Es un contrabandista. La guerra ha hecho subir el precio del whiskey, del tabaco y del té; de hecho ha subido el precio de muchos productos. Y dice que es bueno para su negocio.
Él volvió a frotarse el cuello y suspiró.
—Bien.
Julianne no le culpaba por sus preguntas. Era lógico que quisiera saber quiénes eran los miembros de su familia, y cuál era su tendencia política. Querría saber si estaba a salvo. Vio como se masajeaba el cuello. ¿Tanta era su tensión?
—He estado preguntándome por qué Jack os trajo aquí.
Charles la miró.
Pero no dijo nada, y ella no pudo descifrar aquella mirada directa.
—No he visto a Jack desde que os trajo aquí —explicó—. Va y viene de forma irregular. Y ya se había ido cuando llegué a la mansión y os encontré aquí. He estado pensando en ello. Lucas solo dijo que Jack os encontró desangrándoos en el muelle de Brest.
—Tengo que confesarte algo, Julianne. No recuerdo cómo llegué aquí.
—¿Y por qué no dijisteis nada? —preguntó ella.
—Nos acabamos de conocer.
Julianne no entendía aquella explicación. ¿Por qué no le habría preguntado cómo había llegado a la mansión si no se acordaba? ¡Qué extraño! Pero se sentía muy mal por él.
—¿Qué recordáis? ¿Tenéis más lagunas en la memoria?
—Recuerdo que me hirieron en una batalla —dijo—. Estábamos luchando contra los monárquicos de La Vendée. En cuanto sentí el proyectil en mi espalda, supe que estaba en peligro. Todo se volvió doloroso y después solo hubo oscuridad.
¡Había participado en esa gran batalla contra los monárquicos de La Vendée! Cuando le había dado la noticia sobre la derrota, ni siquiera había parpadeado. Se preguntaba por qué no habría revelado lo contento que estaba; pues sin duda su derrota debía de alegrarle. Le parecía extraño que recibiera la noticia de su última batalla con un comportamiento tan impasible.
—¿Pero Nantes no está en el interior?
Él se quedó mirando la mesa.
—Supongo que mis hombres me llevaron a Brest. Ojalá pudiera acordarme. Puede que estuvieran buscando un cirujano. Siempre estamos escasos de cirujanos. Tal vez nos separamos de nuestra tropa. Tal vez desertaron. Hay diversas posibilidades. Puede que incluso decidieran dejarme atrás cuando llegaron a Brest.
Ella estaba conmovida. ¿Cómo podían sus hombres haberlo dejado morir? ¿Tan cobardes eran?
—¡Gracias a Dios que Jack os encontró! No entendía por qué os había traído a Cornualles, pero tal vez os confundió con otro contrabandista. Conociendo a mi hermano, probablemente tuviera prisa por desembarcar. Siempre va huyendo de un ejército u otro. Supongo que, en vez de dejaros morir, simplemente os trajo aquí en su barco. Lucas también debió de pensar que erais un contrabandista.
—No importa lo que ocurriera. Soy muy afortunado. Si Jack no me hubiera rescatado, ahora no estaría aquí, contigo.
—Yo me alegro mucho de que os rescatara —contestó ella—. Jack volverá, tarde o temprano, y entonces podremos averiguar qué pasó realmente.
Charles estiró el brazo por encima de la mesa y le dio la mano.
—El destino me ha puesto en tus manos —dijo—. ¿Eso no es suficiente por ahora? Me has salvado la vida.
Su voz suave provocó una gran tensión en su interior.
Mientras lo observaba, él suspiró, le soltó la mano y volvió a frotarse el cuello.
—Gracias a Dios que apareció Jack —dijo suavemente.
Julianne lo observó frotarse el cuello.
Él se dio cuenta y puso cara de dolor.
—Me parece que he estado demasiado tiempo en cama. Tengo el cuello terriblemente agarrotado.
La tensión dentro de ella aumentó. Podría ayudarlo… si se atrevía.
—¿Os duele?
—Un poco.
Deseaba aliviarlo. Pero más aún, deseaba tocarlo.
Lo había lavado mientras estaba inconsciente. Sabía cómo era el tacto de su piel, cómo eran sus músculos. En pocos segundos se quedó sin aliento.
Se puso en pie lentamente, apenas capaz de creer lo que iba a hacer. Se sentía una mujer diferente, alguien mayor, más sabia y con más experiencia. La Julianne que ella conocía, que conocían sus familiares y amigos, jamás haría lo que iba a hacer en ese momento.
—¿Puedo ayudaros a aliviar el dolor? —preguntó.
—Oui —contestó él mirándola a los ojos.
Julianne bordeó la mesa hacia él. Se colocó detrás, casi como hechizada. Y comenzó a masajearle el cuello.
Él emitió un sonido profundo y gutural. Era terriblemente masculino y sensual.
El deseo se activó de nuevo. Dejó de pensar en todo lo demás y empezó a aumentar la presión de sus pulgares sobre los músculos agarrotados de su cuello, intentando no temblar, intentando no respirar. Y, mientras lo hacía, sintió los músculos relajarse ligeramente; Charles echó la cabeza hacia atrás.
Si sabía que acababa de apoyar la cabeza en sus pechos, no dijo nada.
Julianne ya había ido a ver a Charles varias veces aquella mañana, pero siempre estaba dormido. Aun así, se estaba recuperando de un disparo y la consiguiente infección, y ella no había abandonado su habitación hasta las diez y media la noche anterior.
Se mordió el labio. Era pronto. Cuando se detuvo frente a su puerta, el corazón le latía aceleradamente como si fuera una colegiala. ¿Se lo había imaginado, o estaba ocurriendo algo maravilloso? Charles la encontraba hermosa; se lo había dicho varias veces. Parecía tan consciente de ella como ella de él. Y ambos eran revolucionarios apasionados. ¿Y si estaban enamorándose?
Si tan solo tuviera un poco más de experiencia… Nunca antes había estado tan interesada en alguien. ¡Los sentimientos que tenía no podían ser unidireccionales!
Pero iba a tener que preguntarle por Nadine. Tenía que averiguar cosas sobre su relación con la otra mujer.
Asomó la cabeza por la puerta y sonrió nerviosa. Charles estaba de pie junto a la ventana. No llevaba camisa y miraba hacia el exterior. Durante unos segundos, Julianne se quedó contemplando sus hombros anchos y su cintura estrecha. Se le secó la boca y se le aceleró el pulso.
—Monsieur? Bonjour.
—Buenos días, Julianne —dijo con una sonrisa al darse la vuelta. Obviamente había sabido que estaba allí.
El corazón le dio un vuelco. La manera en que la miraba indicaba que tenía que estar pensando en la velada que habían compartido la noche anterior. Significaba que estaba tan interesado como ella en él.
La miró de arriba abajo y se fijó en el hecho de que se había rizado el pelo alrededor de la cara. Lo llevaba suelto y liso por la espalda, como marcaba la moda. Llevaba otro vestido de muselina de color marfil, pero ese tenía un escote redondeado y la falda más abombada. Se fijó en su escote antes de bajar la mirada y acercarse a la silla donde había colgado su camisa. La recogió.
Julianne quería apartar la mirada, pero lo observó mientras se la ponía. Los músculos de su torso y de sus brazos se tensaron. Charles levantó la cabeza y la pilló mirando. En esa ocasión, no sonrió.
El deseo la hacía sentirse mareada. Rezó para no sonrojarse. Se obligó a sonreír.
—¿Cómo os sentís hoy? —se dio cuenta de que estaba agarrada al pomo de la puerta, como si eso la mantuviera de pie.
—Mejor —contestó él—. Te has cambiado el pelo.
—Puede que esta tarde tenga que ir a Penzance —mintió.
—¿No te lo has cambiado por mí?
Julianne se quedó muy quieta.
—Sí, me lo he cambiado por vos.
—Me alegro. Creo que me encuentro suficientemente bien para ir al piso de abajo, si no te importa. Caminar me vendrá bien.
—Claro que no me importa —pero se preguntó si podría bajar las escaleras, que eran bastante estrechas e inclinadas.
—Estas cuatro paredes van a volverme loco —añadió él mientras terminaba de abrocharse la camisa.
Julianne observó sus dedos largos deslizando los botones en los ojales. La noche anterior sus manos habían estado en los brazos de la silla mientras ella le daba el masaje en el cuello. Al final había visto que los nudillos se le ponían blancos. Aún no podía creer su osadía, ni lo alterada que se había sentido al tocarlo.
Charles se sentó y comenzó a ponerse las medias.
Ella quería preguntarle por su familia, pero dijo:
—¿Puedo ayudaros?
—¿No me habéis ayudado ya suficiente? —sonaba irónico.
Debía de saber que estaba tan nerviosa y excitada como una debutante.
—¿Dónde vive vuestra familia?
—Mi familia es del Loira —contestó él poniéndose en pie—. La tienda de mi padre estaba en Nantes —extendió el brazo con una sonrisa—. ¿Quieres caminar conmigo, Julianne? No hay nada que me apetezca más.
Julianne aceptó su brazo.
—Sois muy galante. Claro que caminaré con vos. Solo espero que no estemos precipitándonos y que eso afecte a vuestra recuperación.
—Disfruto con tu preocupación —deslizó la mirada sobre sus rasgos y se fijó en su boca.
Ella se olvidó por completo de su bienestar. Estaba pensando en besarla.
—Me sentiría afligido si no te preocuparas por mí.
Julianne no logró sonreír. Él hizo un gesto y atravesaron el pasillo en silencio. Ella deseaba poder saber exactamente en qué estaría pensando. Sin duda estaría pensando en ella.
De pronto se dio cuenta de que Charles respiraba con dificultad.
—Monsieur?
Él se detuvo y se apoyó en la pared.
—Estoy bien.
Julianne lo agarró con fuerza del brazo para sujetarlo y presionó su bíceps contra sus pechos. Sus miradas se encontraron.
Y entonces él se dobló, como si no le aguantaran las rodillas. Julianne le colocó ambos brazos alrededor de la cintura por miedo a que se cayese por las escaleras. Lo abrazó y presionó la cara contra su torso.
—Estáis demasiado débil para esto —lo acusó sin aliento. Podía oír su corazón latiendo bajo su oreja.
Él se quedó callado, respirando con dificultad, y Julianne sintió que el ánimo de él cambiaba. Charles la agarró por la cintura y presionó la barbilla contra su sien.
Estaban el uno en brazos del otro.
Respirar era casi imposible. Ella sentía su corazón acelerado. Se quedó muy quieta. Levantó la mirada y vio el calor en su mirada.
—Julianne —dijo él—. Eres demasiado tentadora.
—Monsieur —se humedeció los labios. ¿Se atrevería a decirle que estaba tan tentada como él?
—Llámame Charles —dijo él suavemente—. Eres tan hermosa…
Eres tan amable.
Julianne apenas podía pensar. Casi todo su cuerpo permanecía pegado al suyo. Sus pechos estaban aprisionados contra su torso. Le tapaba las piernas con su falda. Sentía sus rodillas contra los muslos. Charles estaba frotándose contra ella, una sensación que nunca había experimentado. Quería decirle que no le importaría si pensaba besarla. Quería que la besara; deseaba besarlo desesperadamente.
De pronto él cambió de posición y fue ella la que se encontró contra la pared. Charles le miró la boca, pero la soltó y dio un paso atrás.
—No quiero aprovecharme de ti.
Julianne no creía haberse sentido tan decepcionada en toda su vida.
—No sería así.
Él arqueó una ceja con escepticismo.
—Eres una mujer sin experiencia.
—He tenido muchas experiencias —dijo ella.
—No me refiero a las asambleas y a los debates, Julianne.
Ella no sabía qué decir.
—Me han cortejado. Tom Treyton está enamorado de mí.
Él se quedó mirándola.
—Vayamos abajo. Ahora estoy decidido.
Julianne se sentía afligida. ¿Por qué no la había besado? ¿Y acaso le daba igual lo de Tom? Pasaron unos segundos hasta que fue capaz de hablar.
—¿Estás seguro? Estás más débil de lo que pensábamos.
—Estoy seguro —contestó él— de que debo recuperar mi fuerza, cosa que no podré hacer tumbado en la cama contigo cuidando de mí —de pronto se apartó de ella, se agarró al pasamanos y comenzó a bajar las escaleras.
A Julianne no le quedó más remedio que seguirlo.
Cuando llegó al recibidor, Charles hizo una pausa sin soltar el pasamanos y miró a su alrededor.
Por un momento Julianne casi tuvo la sensación de que estaba memorizando los detalles de la casa.
—Tal vez debamos sentarnos frente al fuego —dijo ella señalando los dos sillones burdeos que allí había.
—¿Eso es la sala? —preguntó él, mirando hacia unas puertas cerradas.
—Es la biblioteca. La sala es la estancia más cercana a la puerta principal.
Charles se quedó mirando más allá de la biblioteca.
—Eso es el comedor —explicó ella. Charles estaba pálido. No debía haber bajado aún.
Se giró para mirarla.
—¿Dónde están tu madre y tu hermana?
¿Quería saber si estaban a solas?
—Amelia se ha llevado a mamá a su paseo diario. Volverán pronto, porque mamá no puede ir muy lejos.
—Esperaba que me hicieras una visita guiada —finalmente Charles sonrió, pero no pareció una sonrisa sincera, y a ella le pareció extraño, hasta que se dio cuenta de que estaba inusualmente pálido. Además tenía la frente empapada en sudor.
—Tú tampoco puedes ir lejos. Tu visita tendrá que esperar.
Él arqueó las cejas.
—Vamos a volver arriba —insistió ella—. No eres el único capaz de dar órdenes. ¡Sigues estando enfermo!
Charles la miró. Parecía estar divirtiéndose.
—Estás muy preocupada por mí. Echaré de menos tus cuidados cuando me marche.
Julianne se quedó quieta. Casi había olvidado que, algún día, volvería a Francia. Pero seguramente para eso quedaran semanas, o incluso meses.
—Has estado a punto de caerte por las escaleras —continuó.
Él sonrió.
—¿Y si me hubiera caído? Disfrutaría con tus atenciones después de una caída como esa, Julianne.
—Que vuelvas a hacerte daño no es divertido en absoluto. ¿Has olvidado lo enfermo que has estado?
—De hecho, no lo he olvidado —contestó él tras abandonar su sonrisa.
Julianne lo agarró del brazo y lo condujo de nuevo hacia las escaleras.
—¿Estoy siendo demasiado regañona?
—Nunca podrías ser regañona. De hecho creo que me gusta que me des órdenes.
Ella sonrió.
—Creí que las mujeres pálidas, frágiles y quejumbrosas estaban de moda.
Él se carcajeó. Comenzaron a subir las escaleras, en esa ocasión lado a lado. Julianne no tenía intención de soltarlo, y Charles se apoyó en ella de nuevo.
—No me importan las modas. Y nunca me han gustado las mujeres que se desmayan.
Julianne se alegraba de no haberse desmayado ni una sola vez en su vida. Atravesaron el pasillo en silencio.
—¿Y vas a ordenarme que me meta en la cama? —preguntó él cuando entraron en la habitación.
Julianne vio el humor en sus ojos. Pero también le parecía que sus palabras llevaban otro significado. Tuvo miedo de mirar hacia la cama.
Se humedeció los labios y consiguió sonar enérgica.
—Puedes sentarte a la mesa si quieres y yo traeré algo de comer.
—Tal vez sea mejor que me tumbe —dijo él con un traspié.
Julianne corrió a ayudarlo.
Pocas horas más tarde, Julianne vaciló frente a la puerta de Charles. Cuando le había llevado la comida antes, lo había encontrado profundamente dormido. Había dejado la bandeja sobre la mesa, lo había tapado con una manta fina y se había marchado.
La puerta estaba entreabierta y, por si acaso seguía durmiendo, ella no llamó. Asomó la cabeza y lo vio sentado a la mesa, comiéndose el estofado que le había dejado.
—Hola —dijo ella.
—Me había quedado dormido —exclamó él.
—Sí, así es. Obviamente nuestro pequeño paseo ha sido demasiado cansado para ti. Y veo que has disfrutado de la comida.
—Eres una cocinera excelente.
—Charles, yo quemo todo lo que toco; no se me permite cocinar. Es una norma en esta casa.
Él se rio.
—Veo que te sientes mejor.
—Sí. Ven y siéntate conmigo.
Ella obedeció.
—Espero no haber sido tan testarudo como recuerdo, al exigir bajar las escaleras.
—No has sido demasiado testarudo —bromeó ella, remarcando el «demasiado»—. ¿Tienes prisa por recuperarte del todo? —vaciló y recordó que abandonaría la mansión y volvería a Francia cuando estuviera bien.
—Por mucho que disfrute de tus atenciones, prefiero ser capaz de cuidarme solo. No estoy acostumbrado a estar débil. Y estoy habituado a cuidar de aquellos que están a mi alrededor.
—Esto debe de ser incómodo para ti.
—Lo es. Mañana tendremos que intentar volver a salir.
Su tono era autoritario, y Julianne supo que no se negaría.
—Sin embargo, tú eres la única cosa buena en esta circunstancia difícil. Me gusta estar aquí contigo, Julianne. No me arrepiento.
Ella deseaba decirle que se alegraba de tenerlo allí, y que tampoco se arrepentía. En vez de eso, vaciló.
—Cuando te preocupas, te muerdes el labio —dijo él—. ¿Soy una carga terrible? Debe de ser agotador tener que cuidar de un desconocido día sí y día también. Estoy ocupando todo tu tiempo.
Julianne le agarró la mano sin pensar.
—Nunca serías una carga. Estoy encantada de cuidar de ti. No me importa en absoluto —y sintió como si acabara de admitir todos sus sentimientos hacia él.
Sus ojos verdes se oscurecieron y le devolvió el apretón.
—Eso es lo que deseaba oír.
Julianne se quedó mirándolo a los ojos, que parecían arder lentamente.
—A veces pienso que deliberadamente me llevas a hacer confesiones —dijo casi sin aliento.
—Nuestras conversaciones fluyen libremente. Es tu imaginación, Julianne.
—Sí, supongo que sí.
—Me pregunto si alguna vez podré devolverte todo lo que estás haciendo por mí.
Cuando la miraba de ese modo, Julianne sentía como si se estuviera derritiendo.
—Nunca lo aceptaría. Cuando estés bien de nuevo, tomarás las armas en nombre de la revolución. ¡Esa es toda la gratitud que necesito! —volvió a tocarle la mano.
Él se la estrechó y la llevó de pronto contra su pecho. Ella se quedó quieta. Por un momento, estuvo segura de que iba a darle un beso en la palma. En vez de eso, la miró fijamente.
—¿Qué harían tus vecinos si supieran que estoy aquí?
—¡Nunca deben saber que estás aquí! —exclamó ella—. Tienes la costumbre de cambiar de temas de repente.
—Supongo que es así. Deduzco que tus vecinos no comparten tus simpatías —dijo antes de soltarla.
—No, no las comparten. Hay algunos radicales en el distrito, pero desde que Gran Bretaña entró en guerra con Francia, el patriotismo ha invadido casi todo Cornualles. Será mejor que mis vecinos no sepan que estás aquí… o que estuviste aquí.
Era como si no la hubiese oído.
—¿Y puedo preguntar quiénes son tus vecinos y a qué distancia están de esta casa?
Estaba interrogándola de nuevo, pero no podía culparlo. Si estuviera en su posición, le haría las mismas preguntas.
—El pueblo de Sennen está a un corto paseo de la casa, y está mucho más cerca que las granjas que bordean Greystone. Estamos bastante aislados.
—¿Y a qué distancia está la granja más cercana?
¿Realmente creía que tenía algo que temer de sus vecinos?
—El señor Jones le alquila sus tierras a lord Rutledge, y está a unas dos horas de camino de aquí. Hay otros dos granjeros que alquilan sus tierras al conde de St. Just, pero están a unos cincuenta kilómetros de distancia. Penrose tiene muchos terrenos al este, pero son terrenos yermos y desiertos. Los terrenos de Greystone también son yermos; no tenemos arrendatarios.
—¿Y el señor Jones viene de visita? ¿O Rutledge?
—La única vez que ha venido Jones fue cuando su esposa estaba terriblemente enferma. Rutledge es un grosero y un ermitaño.
Él asintió.
—¿Y St. Just?
—St. Just lleva años lejos de aquí. Se mueve en los círculos torys en Londres, al igual que Penrose, que rara vez viene al distrito. Creo que son amigos. Ninguno de los dos vendría a visitarnos, aunque estuvieran aquí.
—¿A qué distancia está St. Just? ¿Y Penrose?
—La mansión de St. Just está a hora de aquí, a caballo y con buen tiempo. La finca de Penrose está más lejos. Y el tiempo en el sur rara vez es bueno —estiró el brazo por encima de la mano para agarrarle la mano—. No te culpo por hacer tantas preguntas. Pero no quiero que te preocupes. Quiero que descanses y te recuperes.
—Simplemente estoy siendo cauteloso. ¿Dónde estamos exactamente, Julianne? —miró su mano como si no deseara que lo tocara en ese momento y la apartó—. ¿Puedes enseñarme algunos mapas?
—Estamos en la cala Sennen —dijo Julianne intentando disimular lo dolida que estaba—. ¡Estás más preocupado de lo que creía!
Charles no respondió a eso.
—¿A qué distancia estamos de Penzance?
—A una hora en carruaje.
—¿Y el canal? Estamos en el Atlántico, ¿verdad? ¿A qué distancia estamos a pie del punto de partida más cercano?
Ya estaba pensando en regresar a Francia. Pero estaba débil. No podría marcharse aún.
—Si caminas hasta el Fin de la Tierra, cosa que yo puedo hacer en quince minutos, estarás frente a la porción más meridional del canal.
—¿Tan cerca estamos del Fin de la Tierra? —parecía sorprendido y complacido—. ¿Y dónde está el puesto naval más cercano?
Ella se cruzó de brazos. Sin duda era así cuando estaba al mando de sus tropas. Se mostraba tan autoritario que sería difícil negarle nada, aunque no tenía ninguna razón para no responderle.
—Normalmente hay un barco de la armada en St. Ives o en Penzance para ayudar a los de aduanas. Desde que comenzó la guerra, nuestra armada ha sido desviada al canal. Pero de vez en cuando viene alguna embarcación.
Charles juntó las manos y apoyó la frente en ellas.
—¿Cuándo te marcharás? —preguntó ella.
—Obviamente no estoy en condiciones de ir a ninguna parte —contestó él mirándola—. ¿Les has hablado de mí a los jacobinos de París?
—No, aún no.
—Te pido que no me menciones. No quiero que mi familia se entere de que me han herido. No quiero preocuparlos.
—Claro que no —dijo ella con comprensión.
Finalmente Charles se relajó. Le tomó la mano y la sorprendió al besarla.
—Lo siento. Tú has sido amable conmigo y yo acabo de interrogarte. Pero necesito saber dónde están mis enemigos, Julianne, igual que necesito saber dónde estoy, por si alguna vez tengo que escapar.
—Lo comprendo —el corazón le latía con tanta fuerza que apenas podía pensar. Un beso así de sencillo y ya estaba perdida.
—No, Julianne, no puedes comprender lo que es estar rodeado de enemigos, y temer que te descubran a cada instante.
Se llevó su mano al pecho. Ella intentó respirar, intentó pensar.
—Yo te protegeré.
—¿Y cómo harás eso? —parecía sorprendido, pero le apretó la mano con más fuerza. Y Julianne acabó con los nudillos aprisionados contra la piel desnuda que quedaba al descubierto por encima de los botones abiertos de su camisa—. Eres una mujer muy pequeña.
—Asegurándome de que nadie sepa de tu existencia.
Sus ojos se oscurecieron. Su sonrisa se esfumó.
—Amelia lo sabe. Lucas lo sabe. Jack lo sabe.
—Solo Amelia sabe quién eres, y nunca me traicionaría.
—«Nunca» —repitió él— es un concepto peligroso.
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