Kitabı oku: «La Pirámide de la Sabiduría», sayfa 3

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Capítulo 2

LA NOVEDAD PERPETUA

«Ahora bien, al igual que aislamos y exageramos el placer de comer para producir la glotonería, aislamos y exageramos el natural placer del cambio y lo distorsionamos hasta una exigencia de absoluta novedad». ESCRUTOPO (EN CARTAS DEL DIABLO A SU SOBRINO, DE C. S. LEWIS)

¿PUEDES NOMBRAR cinco noticias que hayan ocurrido la semana pasada? ¿Cuatro personas a las que les enviaste un mensaje de texto ayer? ¿O tres cosas que hayas visto hoy en televisión o en un sitio de transmisión en continuo? Si eres como yo, te cuesta recordar la información y el entretenimiento (o infoentretenimiento) que viste en la última semana, por no decir en la última hora. Esto se debe a que la abrumadora cantidad de contenido que ingresa a nuestros cerebros hoy en día también llega a un ritmo abrumador.

Las velocidades de Internet se vuelven más rápidas cada año. En 2018, las velocidades de descarga de banda ancha en Estados Unidos aumentaron un 35,8 % con respecto a 2017.1 En todo el mundo, el promedio global de velocidad de descarga móvil aumentó un 15,2 % con respecto a 2017.2 La velocidad es primordial en la economía de la atención, ya que los proveedores de contenido quieren mantener a los consumidores en sus plataformas sin perderlos por algún desfase. Que el flujo de información sea más rápido que nunca puede ser un beneficio para la situación de los negocios digitales, pero un fiasco para la sabiduría humana.

Así como comer demasiada comida nos enferma, comer demasiado rápido también nos enferma. Engullir la comida de forma rápida puede saciar nuestra hambre inmediata o la necesidad de combustible «sobre la marcha», pero, por lo general, no es bueno para nuestra salud. Algo similar sucede cuando consumimos información demasiado rápido. Puede parecer que estamos maximizando el tiempo y optimizándonos, consumiendo de manera eficiente todo tipo de información a velocidades cada vez mayores, pero, en realidad, estamos deteriorando nuestra capacidad de sabiduría.

El horror a lo mismo de siempre

Los seres humanos siempre han sido criaturas inquietas. Tanto Internet como otras tecnologías pueden exacerbar esta tendencia, pero no la crearon. Los dedos inquietos de Adán y Eva no pudieron contenerse en el Edén y, desde entonces, los seres humanos hemos luchado con el contentamiento: queremos más de lo que tenemos y lo queremos ya.

El diablo se deleita en esta tendencia y se aprovecha de ella. En Cartas del diablo a su sobrino, C. S. Lewis capta de maravillas lo vulnerables que somos por nuestra aversión al «horror a lo mismo de siempre». Escrutopo (un demonio experimentado) aconseja a su sobrino Orugario (un demonio en entrenamiento) que explote la demanda humana de novedades: «Esta exigencia es valiosa en varios sentidos. En primer lugar, reduce el placer mientras aumenta el deseo. El placer de la novedad, por su misma naturaleza, está más sujeto que cualquier otro a la ley del rendimiento decreciente».3

El trabajo del diablo en el área de la obsesión por la novedad nunca ha sido tan fácil. Revisamos nuestros teléfonos inteligentes más de doscientas veces al día, llenando cada espacio vacío de la vida con cualquier cosa nueva que aparezca en pantalla: mientras estamos en la fila de un supermercado, en el automóvil al llegar a los semáforos, en la mesa de la cena, en el baño. Nuestro teléfono suele ser lo primero que miramos por la mañana y lo último que miramos antes de acostarnos.

En lugar de contentarnos con el silencio en los momentos «intermedios» de la vida, nuestros dedos inquietos no pueden evitar agarrar el teléfono, para hacer algo, cualquier cosa, para maximizar el tiempo. De hecho, la moda de los pódcast coincide con el frenesí impulsado por los dispositivos móviles por «aprovechar cada momento» escuchando episodios mientras limpiamos la casa o vamos al trabajo, o quizás hasta escuchamos un audiolibro mientras salimos a correr.

No faltan contenidos que reclamen nuestra atención —muchos de esos contenidos son buenos—, y la presión de «mirar eso, leer aquello, escuchar esto» puede ser difícil de resistir. Pero ¿qué le hace todo esto a nuestro cerebro?

Los estudios no son alentadores.

Nuestros cerebros cambiantes

En el libro Superficiales, Nicholas Carr llama a Internet «una tecnología de olvido» y describe cómo gracias a la plasticidad de nuestras vías neuronales, nuestros cerebros están siendo literalmente reconfigurados por las distracciones digitales:

«Cuanto más usemos la web, más entrenamos nuestro cerebro para distraerse, para procesar la información muy rápidamente y de manera muy eficiente, pero sin atención sostenida. Esto ayuda a explicar por qué a muchos de nosotros nos resulta difícil concentrarnos incluso cuando estamos lejos de nuestros ordenadores. Nuestro cerebro se ha convertido en un experto en olvido, un inepto para el recuerdo».4

Aunque leemos muchísimo en nuestros dispositivos y pantallas, de hecho, leemos el equivalente de una novela por día, no es el tipo de lectura continua, sostenida y atenta que conduce al pensamiento reflexivo. Maryanne Wolf sostiene lo siguiente: «No hay tiempo ni ímpetu para cultivar un ojo tranquilo y mucho menos el recuerdo de sus cosechas».5

Nuestra rápida alternancia entre espectáculos —un episodio de un programa de Hulu por aquí, un álbum de Spotify por allá— va en contra de la sabiduría del momento, al no darnos tiempo para reflexionar o hacer una síntesis antes de que lo siguiente nos atraiga. Aunque también va en contra de la sabiduría a largo plazo, como demuestran las investigaciones sobre el cerebro. Nuestros cerebros sobrestimulados se están volviendo más débiles, menos críticos y más crédulos en un momento de la historia en el que necesitamos que estén más agudos que nunca.

Respuestas rápidas en vez de reflexiones lentas

Google ofrece respuestas rápidas a cualquier consulta que tengamos. Sin embargo, la sabiduría no consiste en obtener respuestas lo más rápido posible. Se trata más bien del recorrido, del panorama general, de las preguntas y de las complicaciones que surgen en el camino. La entrega rápida de respuestas de Google es eficiente, aunque no tan nutritiva ni agradable para nuestras almas. Es como tratar la comida solo como combustible y renunciar al valor de prepararla y disfrutarla lentamente.

La velocidad y el acceso a la información nos han condicionado a recolectar información con impaciencia. Leer echando un vistazo se ha convertido en la única forma de lectura. En este mundo, señala Carr: «… estamos evolucionando de ser cultivadores de conocimiento personal a cazadores recolectores en un bosque de datos electrónicos. […] La extracción aislada de “contenido relevante” sustituye a la excavación lenta en busca de significado».6 Esto tiene consecuencias para el cerebro, que puede volverse más hábil en la extracción de información rápida, pero pierde la capacidad de reflexionar lentamente en cosas que requieren síntesis e introspección. Vamos rápidamente de una cosa a la otra, pero no vemos cómo se relacionan entre sí. Si bien ahora podemos obtener información más rápido que nunca, estamos perdiendo la capacidad de procesarla de manera tal que podamos absorber por completo sus nutrientes.

Presentismo perceptivo

Para agravar el problema está lo que llamo «presentismo perceptivo», donde la realidad se nos filtra en fragmentos fugaces de lo que está ocurriendo ahora, en lugar de hacerlo a través del filtro del tiempo y de la sabiduría generacional. Los tuits en tiempo real y las publicaciones en Facebook que a menudo discuten la tendencia del debate del día dominan ahora nuestra atención. Las actualizaciones de estado y las historias que desaparecen en un día pueblan nuestro campo perceptivo. Después de todo, se llama Instagram por una razón. La prontitud se convierte en una toxina adictiva. La inmediatez se convierte en un ídolo.

Además, este enfoque del tiempo no solo es narcisista, también es peligroso. Nos desconecta de la sabiduría de la historia y pone un énfasis mental indebido (y una confianza ciega) en lo que es menos probable que genere sabiduría: el ahora que no se puede comprobar. C. S. Lewis llamó a este énfasis en el ahora «orgullo cronológico», definido como «la aceptación sin reservas del clima intelectual que se desarrollaba en nuestra época y la suposición de que todo lo pasado de moda queda desacreditado».7 El filósofo católico, Augusto Del Noce, escribió en 1970 y lo expresó de esta manera: «El hombre de hoy, aislado del pasado y del futuro, vive una secuencia de instantes discontinuos. […] La novedad perfecta es su oxígeno».8

En un aleccionador artículo de la revista The Atlantic de 2019, Jonathan Haidt y Tobias Rose-Stockwell señalan el modo problemático en que las ideas y los conflictos del momento presente «dominan y desplazan las ideas antiguas y las lecciones del pasado». Ellos observan que una paradoja de la era de la información es que, aunque las generaciones más jóvenes crecen con un acceso sin precedentes a todo lo que se ha escrito y digitalizado, las nuevas generaciones «se encuentran menos familiarizadas con la sabiduría acumulada de la humanidad que cualquier generación reciente y, por lo tanto, [son] más propensas a adoptar ideas que aportan prestigio social dentro de su red inmediata [y] que, sin embargo, son básicamente erróneas».9

El panorama tecnológico actual no ha creado este tipo de presentismo problemático, sino que lo ha ampliado. Nuestra inclinación humana hacia lo último y lo más moderno se ve acelerada por la velocidad vertiginosa con la que las cosas van y vienen. Esta orientación presentista es particularmente tóxica (y demasiado común) en las comunidades de fe evangélica, donde la obsesión por la «relevancia», la aceptación poco crítica de la tecnología y la desconexión con la historia dejan a muchas iglesias vulnerables a ser moldeadas más por el espíritu efímero de la época que por la sabiduría sólida y probada de épocas pasadas.

El presentismo es tóxico no solo porque rechaza los recursos del pasado, sino porque también carece prácticamente de disciplina para mantenerse en rumbo en el futuro. La orientación en torno a lo nuevo es, por definición, inestable, porque lo «nuevo» se convierte rápidamente en «viejo» y pasado de moda. El mundo presentista se consume a través de modas e ideas a un ritmo alarmante. Entre otras cosas, esto socava el tipo de cualidades esenciales para resolver problemas complejos, como la determinación, la perseverancia y el compromiso a largo plazo. El presentismo nos lleva a estar muy comprometidos en una causa durante unos meses solo para perder el interés no bien otra causa capte nuestra atención. Nos convierte en consumidores volubles, «activistas de sillón», cuyos breves estallidos de pasión —por un nuevo plan de pérdida de peso, un programa atrapante de Netflix, una campaña de hashtags contra alguna injusticia— no marcan la diferencia, excepto en el margen de ganancias de las plataformas que se benefician de nuestra adicción por el «ahora».

El negocio de nuestra atención

Nuestra obsesión por la novedad alimenta el consumismo. Nuestro deseo incesante por lo «nuevo» (ropa, autos, electrodomésticos, café artesanal, etc.) mantiene a flote innumerables industrias. Nuestra constante demanda de nuevos espectáculos y polémicas ha hecho multimillonarios a los directores ejecutivos de Silicon Valley. A los titanes de la tecnología les interesa mantenernos constantemente alimentados con lo que Tony Reinke denomina «microespectáculos»: videoclips virales, tuits polémicos, memes y «dulces de atención» que alimentan nuestro apetito «por algo nuevo, raro, espectacular, divertidísimo, curioso o bonito».10 Estas empresas de medios de comunicación saben que los dulces pueden ser adictivos (aunque sepamos que son terribles para nosotros) y quieren mantenernos enganchados. Se han vuelto expertos en empaquetar estímulos que nuestros cerebros encuentran irresistibles, sostiene Matthew Crawford, «al igual que los ingenieros de alimentos se han convertido en expertos en crear alimentos “hiperpalatables” manipulando los niveles de azúcar, grasa y sal». Nuestra consiguiente distracción, por lo tanto, «podría considerarse el equivalente mental de la obesidad».11

El cofundador de Facebook, Sean Parker, admitió, en una infame entrevista en 2017, que el proceso de pensamiento detrás de Facebook era: «¿Cómo obtenemos la mayor cantidad posible del tiempo y la atención consciente de la gente? Eso significaba que teníamos que darles un pequeño golpe de dopamina de vez en cuando, por ejemplo, cuando a alguien le ha gustado o ha comentado una foto o una publicación o lo que sea».12 Por eso son tan eficaces los sonidos y las notificaciones automáticas que nos bombardean a cada hora. Nos dan un subidón de dopamina, similar a lo que mantiene a los jugadores adictos a las máquinas tragamonedas: hacemos clic inconscientemente y, ¡zas!, volvemos a la plataforma sin saber por qué, con nuestra atención centrada en otro microespectáculo. Como señala Carr: «Redunda en el interés económico de Google asegurarse de que hagamos clic, cuántas más veces, mejor. Lo último que la empresa quiere es fomentar la lectura pausada o lenta, el pensamiento concentrado. Google se dedica, literalmente, a convertir nuestra distracción en dinero».13

No solo Google y Facebook luchan por el producto lucrativo de nuestra atención; todos los productores de contenido lo hacen. Con una competencia cada vez mayor por la atracción visual de nuestros ojos que tienen una capacidad de atención cada vez más corta, todos los editores de medios de comunicación deben recurrir a medidas desesperadas para ganar nuestros codiciados clics. Esta es una de las razones por las que el periodismo ha visto mejores días. En el mundo actual de los microespectáculos, lo que gana en el juego de la atención son, a menudo, las opiniones controversiales, el titular escandaloso, la historia reportada precipitadamente, las «noticias de último momento» que no son realmente de interés periodístico. Los canales de noticias por cable tienen mucho más tiempo de emisión que noticias reales que informar, por lo que llenan sus horarios con comentarios de panelistas, debates partidistas, escándalos sexuales, divorcios de celebridades y otro tipo de infoentretenimiento para mantener a los espectadores pegados a sus pantallas, al menos hasta que otra alerta de «noticias de último momento» o un video viral «imprescindible» atraiga la atención del espectador a otra parte.

Vulnerabilidad a las noticias falsas

La velocidad del ciclo de noticias y nuestra decreciente capacidad de pensar lenta y cuidadosamente tiene otro efecto preocupante: somos cada vez más crédulos y cómplices en la difusión de noticias falsas. Al igual que los reporteros se apresuran cada vez más a ser los primeros en dar la «primicia», nosotros solemos apresurarnos a opinar o a enfurecernos con los últimos titulares. En ambos casos, la rapidez juega en contra de la precisión y la prudencia.

El auge de las #FakeNews (noticias falsas) no solo tiene que ver con los robots rusos y la nefasta propaganda política. Es algo con lo que luchan incluso los medios de comunicación de prestigio. Consideremos el caso de Jussie Smollett. En enero de 2019, el actor de la serie Empire, que es gay y negro, le dijo a la policía de Chicago que dos hombres lo atacaron y le pusieron una soga al cuello mientras le gritaban epítetos racistas y homófobos. Casi todos los principales medios de comunicación le dieron mucha relevancia a la historia, que alimentó la narrativa popular sobre un aumento de crímenes de odio descarados en los Estados Unidos de Trump. Un reportero del Daily Beast tuiteó que el ataque demostraba que el apoyo de Trump era «equivalente a proporcionar artillería para el fanatismo armado».14 Excepto que luego resultó que Smollett había escenificado el ataque con fines publicitarios. La velocidad de la información y la velocidad de la propagación de la ira de los medios de comunicación impulsaron la historia de forma viral, tal y como Smollett quería. Todos fueron engañados.

Un buen artículo requiere tiempo. Se deben verificar las fuentes, se debe buscar el panorama más completo con citas, imágenes y videos fuera de contexto. Sin embargo, la naturaleza del periodismo actual caracterizada por «la suerte favorece al más rápido» a menudo se salta estos pasos esenciales. Además, por lo general, los consumidores estamos deseosos de compartir cosas de inmediato. Nuestra postura rápida para atacar en las redes sociales suele ser «publicar primero, pensar después» (si es que pensamos). Esto es desastroso, no solo porque nos vuelve fáciles de manipular, sino también porque perjudica nuestra credibilidad y puede ocasionar mucho daño a los demás.

La tentación en el mundo actual es hacer público cada pensamiento. ¿Pero es esto sabio? Algunas de las personas más sabias que conozco son muy lentas a la hora de compartir públicamente sus opiniones. Reconocen la falibilidad de las primeras impresiones y la necedad de la «reacción instantánea». Kevin DeYoung señaló hace poco que una de las marcas distintivas de una «persona pendenciera» es que no deja opiniones sin expresar. «¿Las personas saben lo que piensas sobre cada tema?», pregunta DeYoung. «No deberían. Para eso tienes un diario o una habitación de oración o un perro».15

Una de las áreas más valiosas de la sabiduría bíblica que necesitamos para nuestros días es la domesticación de la lengua. Antes de despotricar en línea, deberíamos recordar proverbios como:

• «El que guarda su boca guarda su alma; mas el que mucho abre sus labios tendrá calamidad» (Pr 13:3).

• «El que tarda en airarse es grande de entendimiento; mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad» (Pr 14:29).

• «El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias» (Pr 21:23).

Santiago 1:19 es un versículo al que, si se le prestara atención, evitaría todo tipo de problemas en el mundo actual (pero que también probablemente acabaría con las redes sociales): «Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse». El problema, por supuesto, es que la economía de los medios de comunicación de hoy en día se alimenta de comentarios llenos de enojo, turbas y amontonamientos de los que son «rápidos para hablar» que crean picos de tráfico web y temas de actualidad. Resistir esta tentación es una de las cosas más desafiantes y subversivas que puede hacer un cristiano que busca la sabiduría.

«El valor y la determinación de un soldado cristiano —escribió Jonathan Edwards hace casi trescientos años— se demuestra con mayor gloria cuando mantiene una calma santa, con humildad y amor, frente a todas las tormentas, heridas, comportamientos extraños y sucesos preocupantes de un mundo malvado e irracional».16 La Escritura parece insinuar que la verdadera fortaleza consiste principalmente en esto: «Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad» (Pr 16:32).

La insensatez de la distracción

En Proverbios, lo opuesto a la sabiduría se personifica a menudo en un personaje conocido como «la mujer extraña». Una mujer «que halaga con sus palabras» (Pr 2:16-17) cuyos labios «destilan miel» (5:3), es «alborotadora», «ignorante» y «se sienta en una silla a la puerta de su casa» «para llamar a los que pasan por el camino» (9:13-15). A. W. Tozer la describe como «la insensatez moral personificada» que «trabaja por el poder de la sugestión». En el mundo actual, vemos a la «mujer extraña» trabajando mediante algoritmos que nos dicen: «¡mira lo siguiente!» y que nos llevan a la distracción constante poniendo «sugerencias» en nuestras mentes. Esto es lo que Tozer opina:

«A muchos les lavan el cerebro por el poder de la sugestión desde las nueve de la mañana o antes hasta que el último párpado se cierra por la noche. Estas personas no se comprometen. Van por la vida sin comprometerse, sin saber en qué dirección van».17

Aquí vemos el quid de la cuestión de por qué el entorno mediático actual es tan propenso a llevarnos a la insensatez. Cuando agarramos nuestros teléfonos sin rumbo fijo, navegamos por nuestros canales de noticias sin un objetivo en mente, o le sugerimos a nuestro cónyuge que «deberíamos ver algo en Netflix», no estamos comprometidos. Somos vulnerables al poder de la sugestión, piezas de la maquinaria de algoritmos cada vez más sofisticados que nos mantienen distraídos en sus plataformas. Somos vagabundos digitales, y esto es algo peligroso.

El antídoto contra la distracción peligrosa es el propósito, la concentración y la intención. Proverbios 4:25 dice: «Tus ojos miren lo recto, y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante». Esta sabiduría contrasta con la mujer insensata, cuyos «caminos son inestables; no los conocerás, si no considerares el camino de vida» (Pr 5:6).

Cuando te conectas, pregúntate qué es lo que vas a hacer. ¿Tienes un objetivo específico? Cuando abres YouTube, ¿es para ver algo concreto? Cuando agarras el teléfono mientras esperas en una fila o vas de un lugar a otro, ¿es con un propósito o solo por costumbre? Cuando no vamos a ningún sitio, iremos a cualquier sitio, y los «sitios» de Internet rara vez son buenos para nosotros.

PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR

1. ¿De qué manera práctica pueden los cristianos ser ejemplo de un ritmo más lento y sabio en un mundo acelerado?

2. Analiza ejemplos concretos y recientes de cómo la velocidad de la información y la difusión de las noticias han ido en contra de la verdad. ¿Qué podemos hacer para protegernos de la difusión de noticias «falsas» o informadas al azar?

3. ¿Por qué es tan peligroso ser un «vagabundo digital»? ¿Qué medidas prácticas podemos tomar para evitar desplazarnos y hacer clics sin rumbo en Internet?

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