Kitabı oku: «La campaña escarlata»

Yazı tipi:

LA CAMPAÑA ESCARLATA

Brian McClellan

Traducción: Federico Cristante


Esta secuela vertiginosa de Promesa de Sangre lleva al lector a ser testigo de las eternas luchas de poder, llenas de intrigas políticas y militares en un mundo de fantasía salpicado de pólvora”.

—Publishers Weekly.

“Una entrega sumamente gratificante que hará desear ansiosamente la conclusión”.

—Kirkus.

“La Campaña Escarlata es una secuela fantástica que recomiendo sin reservas a los amantes de la fantasía, desde la más oscura a la épica. No soy un fanático furioso de demasiados autores, ahora lo soy de McClellan”.

—Grimdark Magazine.

“Seguimos los pasos de Taniel, Tamas y Adamat en esta segunda entrega. La revolución ha llegado para quedarse en Adopest. La promesa que inició McClellan en el primer libro es altamente recompensada en esta entrega”.

—Lucila Quintana, editora.

Título original: The Crimson Campaign

Edición original: Orbit Books

© 2014 Brian McClellan

© 2022 Trini Vergara Ediciones

www.trinivergaraediciones.com

© 2022 Gamon Fantasy

www.gamonfantasy.com

ISBN: 978-84-18711-45-9

Índice de contenido

Portadilla

Citas elogiosas

Legales

La campaña escarlata

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Epílogo

Agradecimientos

Nuestros autores y libros en Gamon

Brian McClellan

Sinopsis

Manifiesto Gamon

Para Michele, la única. Mi amiga, mi colaboradora y mi amor.




Capítulo 1

Adamat se encontraba completamente quieto en medio de un frondoso seto que había fuera de su casa de verano, y observaba por las ventanas a los hombres que había en el comedor. La casa era una vivienda de dos plantas y tres habitaciones ubicada en el bosque, al final de un camino de tierra. Para llegar al poblado había que caminar unos veinte minutos. Era poco probable que alguien fuera a oír los disparos.

O los gritos.

Cuatro de los hombres de lord Vetas estaban en el comedor, bebiendo y jugando a las cartas. Dos de ellos eran corpulentos y musculosos como caballos de tiro. Había un tercero de estatura mediana, con una gran barriga que le caía por debajo de la camisa y una barba negra tupida.

El último hombre era el único al que Adamat reconocía. Tenía la cara cuadrada y su cabeza era tan pequeña que era casi cómica. Su nombre era Roja el Zorro, y era el luchador más pequeño del circuito de boxeo sin guantes que el Propietario dirigía en Adopest. Se movía más rápido que la mayoría de los boxeadores por necesidad, pero no era popular entre el público y no luchaba a menudo. Adamat no tenía ni idea de qué podía estar haciendo él allí.

Lo que sí sabía era que temía por la seguridad de sus niños, sobre todo de sus hijas, frente a un grupo de malvivientes como aquellos.

—Sargento —susurró Adamat.

El seto se movió, y Adamat divisó el rostro del sargento Oldrich. Tenía la mandíbula bien definida, y la tenue luz de la luna dejaba ver el bulto del tabaco en una de sus mejillas.

—Mis hombres están en posición —respondió Oldrich—. ¿Están todos en el comedor?

—Sí. Adamat vigilaba la casa desde hacía tres días. Durante todo ese tiempo, se mantuvo al margen y observó a aquellos hombres gritarles a sus hijos y fumar cigarros en su casa, dejar caer la ceniza y derramar cerveza sobre el mantel bueno de Faye. Conocía sus hábitos.

Sabía que el gordo de la barba se quedaba arriba, vigilando a los niños todo el día. Sabía que los dos matones corpulentos escoltaban a los niños a la letrina mientras Roja el Zorro hacía guardia. Sabía que aquellos cuatro hombres no dejaban solos a los niños hasta la noche, cuando se ponían a jugar a las cartas en la mesa del comedor.

También sabía que, en esos tres días, no había visto señales de su esposa o de su hijo mayor.

El sargento Oldrich le colocó una pistola cargada en la mano.

—¿Estáis seguro de que queréis ir a la cabeza? Mis hombres son buenos. Sacarán ilesos a los niños.

—Estoy seguro —dijo Adamat—. Son mi familia. Mi responsabilidad.

—No dudéis en apretar el gatillo si alguno se dirige hacia las escaleras —dijo Oldrich—. No queremos que tomen rehenes.

Los niños ya eran rehenes, quería responder Adamat. Se tragó sus palabras y se alisó con la mano la pechera de la camisa. El cielo estaba nublado y, ahora que se había puesto el sol, no había luz que pudiera revelar su presencia a los que estaban dentro. Salió del seto y de pronto recordó la noche en la que lo habían mandado llamar del Palacio del Horizonte. Esa fue la noche en la que todo aquello había comenzado: el golpe de Estado, luego el traidor, luego lord Vetas. En silencio, maldijo al mariscal de campo Tamas por meterlos a él y a su familia en el conflicto.

Los soldados del sargento Oldrich cruzaron cautelosamente el desgastado camino de tierra junto a Adamat y se dirigieron hacia el frente de la casa. Él sabía que había otros ocho detrás. Dieciséis hombres en total. Tenían la ventaja numérica. Tenían el factor sorpresa.

Los matones de lord Vetas tenían a los niños de Adamat.

Adamat se detuvo en la puerta de entrada. Algunos de los soldados adranos, con sus uniformes de color azul oscuro imposibles de ver en la oscuridad, tomaron posición debajo de las ventanas del comedor, con los mosquetes listos. Adamat observó la puerta. Faye había elegido aquella casa, en lugar de una más cercana al poblado, en parte a causa de la puerta. Se trataba de una puerta de roble fuerte, con goznes de hierro. Ella sentía que una puerta pesada haría que su familia estuviera más segura.

Él nunca había tenido el valor de decirle que el marco de la puerta estaba plagado de termitas. De hecho, Adamat siempre había querido reemplazarlo.

Dio un paso hacia atrás y lanzó una patada justo a un lado del pomo.

La madera podrida explotó por el impacto. Adamat entró en el vestíbulo y levantó la pistola mientras doblaba la esquina.

Los cuatro matones entraron en acción. Uno de los grandullones brincó hacia la puerta trasera que llevaba a la escalera. Adamat mantuvo la pistola firme, disparó y el hombre cayó.

—No os mováis —dijo Adamat—. ¡Estáis rodeados!

Los tres matones que quedaban se quedaron mirándolo paralizados en el sitio. Vio que sus ojos se clavaban en su pistola ya usada, y los tres corrieron hacia él al mismo tiempo.

Las descargas de mosquetes de los soldados que estaban fuera hicieron estallar las ventanas y en la sala llovieron fragmentos de cristal. Los matones que quedaban cayeron, excepto Roja el Zorro. Avanzó tambaleándose hacia Adamat con un cuchillo en la mano, con la manga empapada de sangre.

Adamat cogió la pistola por el cañón y le dio a Roja un culatazo en la cabeza.

Y así, sin más, todo había terminado.

Los soldados entraron en el comedor. Adamat se abrió paso entre ellos y subió la escalera a toda prisa. Primero revisó las habitaciones de los niños: todas vacías. Finalmente, la habitación principal. Abrió la puerta con tanta fuerza que casi la arrancó de los goznes.

Los niños estaban acurrucados todos juntos en el estrecho espacio que había entre la cama y la pared. Los hermanos mayores abrazaban a los más pequeños, protegiéndolos lo mejor posible entre sus brazos. Siete rostros asustados le clavaron la mirada a Adamat. Uno de los mellizos lloraba, sin duda a causa de las explosiones de los mosquetes. Unas lágrimas silenciosas se deslizaban sobre sus mejillas regordetas. El otro asomó la cabeza tímidamente desde su escondite, debajo de la cama.

Adamat lanzó un suspiro de alivio y cayó de rodillas. Estaban vivos. Sus niños. Los pequeños cuerpos se apiñaron a su alrededor, y él sintió que las lágrimas le brotaban espontáneamente. Las manos diminutas se extendieron hacia él y le tocaron el rostro. Extendió los brazos lo más que pudo, aferró a todos los niños que le fue posible y se los acercó.

Adamat se limpió las lágrimas de las mejillas. No era apropiado llorar frente a los niños. Tomó una gran bocanada de aire para recomponerse y dijo:

—Ya estoy aquí. Estáis a salvo. He venido con los hombres del mariscal Tamas. —Hubo más abrazos y sollozos de alegría, hasta que Adamat pudo restablecer el orden—. ¿Dónde está vuestra madre? ¿Dónde está Josep?

Fanish, su segunda hija, ayudó a acallar a los otros niños.

—Se llevaron a Astrit hace algunas semanas —dijo tirando de su larga trenza negra con dedos temblorosos—. La semana pasada vinieron y se llevaron a mamá y a Josep.

—Astrit está a salvo —dijo Adamat—. No os preocupéis. ¿Dijeron dónde llevarían a mamá y a Josep?

Fanish negó con la cabeza.

Adamat sintió que se le caía el alma a los pies, pero no permitió que su rostro lo expresara.

—¿Te han hecho daño? ¿Os han hecho daño a alguno? —Su mayor preocupación era Fanish. Tenía catorce años, ya era prácticamente una mujer. Tenía los hombros desnudos debajo de su fino camisón. Adamat buscó hematomas y suspiró aliviado al no encontrar ninguno.

—No, papá —dijo Fanish—. Oí hablar a los hombres. Ellos querían, pero...

—Pero ¿qué?

—Vino un hombre, cuando se llevaron a mamá y a Josep. No oí su nombre, pero estaba vestido como un caballero y hablaba en voz muy baja. Él les dijo que si nos tocaban antes de que él les diera permiso, los... —Ella se quedó sin palabras y se puso pálida.

Adamat le dio una palmada en la mejilla.

—Fuiste muy valiente —le dijo con dulzura para tranquilizarla.

Por dentro, Adamat ardía. Una vez que Adamat hubiera dejado de serle útil a Vetas, este sin duda habría dejado a sus hijos a merced de esos matones sin pensarlo dos veces.

—Los encontraré —dijo.

Volvió a darle una palmada en la mejilla a Fanish y se puso de pie. Uno de los mellizos le cogió la mano.

—No te vayas —le rogó.

Adamat le secó las lágrimas al pequeño.

—Volveré enseguida. Quedaos con Fanish.

Adamat se liberó de sus hijos. Aún quedaban por salvar un niño más y su esposa; más batallas por ganar antes de que pudieran volver a estar reunidos a salvo.

Encontró al sargento Oldrich fuera de la habitación, esperando respetuosamente con el sombrero entre las manos.

—Se llevaron a Faye y a mi hijo mayor —dijo Adamat—. Los demás niños están a salvo. ¿Quedó vivo alguno de esos animales?

Oldrich mantuvo la voz baja para que los niños no pudieran oírlo.

—Uno recibió un balazo en el ojo. Otro, en el corazón. Fue una descarga afortunada. —Se rascó la parte posterior de la cabeza.

Oldrich no era viejo en absoluto, pero el pelo se le estaba encaneciendo por encima de las orejas. Tenía las mejillas enrojecidas a causa de la tormenta de violencia. Su voz, sin embargo, se mantenía serena.

—Demasiado afortunada —dijo Adamat—. Necesitaba que quedara alguno con vida.

—Uno está vivo —dijo Oldrich.

Cuando Adamat entró en la cocina, Roja estaba sentado en una de las sillas con las manos atadas por detrás de la espalda, sangrando por las heridas de bala que tenía en el hombro y en la cadera.

Adamat extrajo un bastón del paragüero que había junto a la puerta de entrada. Roja miraba hosco el suelo. Era un boxeador, un luchador. No caería fácilmente.

—Tienes suerte, Roja —dijo Adamat señalando las heridas de bala con el extremo del bastón—. Puede que sobrevivas. Si recibes atención médica pronto.

—¿Te conozco? —dijo Roja resoplando. Salpicó con sangre su camisa de lino sucia.

—No. Pero yo te conozco a ti. Te he visto pelear. ¿Dónde está Vetas?

Rojas inclinó el cuello hacia un lado y lo hizo sonar. Su mirada era desafiante.

—¿Vetas? No lo conozco.

Debajo de la ignorancia fingida, a Adamat le pareció percibir un dejo de reconocimiento en la voz del boxeador.

Colocó el extremo del bastón contra el hombro de Roja, justo a un lado de la herida de bala.

—Tu jefe.

—Vete a la mierda —dijo Roja.

Adamat presionó con el bastón. Podía sentir que la bola seguía allí dentro, apoyada contra el hueso. Roja se retorció. En su favor, no emitió sonido alguno. Un boxeador sin guantes, si era bueno, aprendía a aceptar el dolor.

—¿Dónde está Vetas? —Roja no respondió. Adamat se acercó—. Quieres sobrevivir a esta noche, ¿no?

—Lo que me hará él será peor que cualquier cosa que me puedas hacer tú —dijo Roja—. Además, no sé nada.

Adamat se alejó de Roja y le dio la espalda. Oyó que Oldrich avanzaba, seguido del golpetazo pesado de una culata de mosquete impactando contra el vientre de Roja. Adamat permitió que la paliza continuara por unos momentos, y luego se volvió y le hizo un gesto a Oldrich para que se alejara.

El rostro de Roja se veía como si hubiera luchado algunos asaltos contra SouSmith. Se inclinó hacia delante y escupió sangre.

—¿Adónde se llevaron a Faye? —“Dímelo”, rogó Adamat en silencio. “Por tu bien, el de ella y el mío. Dime dónde está”—. El muchacho, Josep. ¿Dónde está?

Roja escupió en el suelo.

—Eres tú, ¿verdad? ¿El padre de estos mocosos estúpidos? —No esperó que Adamat respondiera—. Íbamos a violar a todos esos niños. Comenzando con los más pequeños. Vetas no nos lo permitió. Pero tu esposa... —Roja se pasó la lengua por los labios rotos—. Ella estaba dispuesta. Pensó que no seríamos muy duros con los pequeños si ella nos tomaba a todos.

Oldrich se adelantó y golpeó el rostro de Roja con la culata de su mosquete. Roja cayó hacia un lado y dejó escapar un quejido ahogado.

Adamat sintió que todo su cuerpo temblaba de la ira. No Faye. No su hermosa esposa; su amiga y compañera, su confidente y madre de sus hijos. Cuando Oldrich se preparó para volver a golpear a Roja, Adamat levantó una mano.

—No —dijo—. Esto es su día a día. Tráeme un farol.

Cogió de la nuca a Roja, lo levantó de la silla y lo sacó a empujones por la puerta trasera. Roja tropezó y se cayó contra un enorme rosal que había en el jardín. Adamat lo puso de pie, asegurándose de tirar del hombro herido, y lo empujó para que siguiera caminando. Hacia la letrina.

—Mantén a los niños dentro —le dijo Adamat a Oldrich— y trae algunos hombres.

La letrina tenía el ancho suficiente para albergar dos asientos; algo necesario en una casa con nueve niños. Adamat abrió la puerta mientras dos de los soldados de Oldrich sostenían a Roja entre ellos. Tomó el farol que le ofrecía Oldrich e iluminó el interior de la letrina para que Roja pudiera verlo.

Adamat cogió la tabla que cubría el agujero de la letrina y la arrojó al suelo. Olía a podrido. Aun habiendo anochecido ya, las paredes estaban llenas de moscas.

—Yo mismo cavé este agujero —dijo Adamat—. Tiene dos metros y medio de profundidad. Debería haber cavado uno nuevo hace años, y la familia lo ha estado usando mucho últimamente. Han estado aquí todo el verano. —Iluminó el agujero con el farol e inspiró con un gesto exagerado—. Ya está casi lleno. ¿Dónde está Vetas? ¿Adónde se llevaron a Faye?

Roja miró a Adamat con desprecio.

—Vete al diablo.

—Ya estamos allí —dijo Adamat.

Cogió a Roja de la nuca y lo obligó a entrar en la letrina. Casi no entraban los dos juntos. Roja forcejeó, pero la fuerza de Adamat aumentaba por su ira. Adamat derribó a Roja y le metió la cabeza en el agujero.

—Dime dónde está —le susurró.

No hubo respuesta.

—¡Dímelo!

—¡No! —La voz de Roja resonó en la caja que formaba el asiento de la letrina.

Adamat presionó la parte posterior de la cabeza de Roja. Unos centímetros más y el otro tendría el rostro lleno de excrementos. Adamat se tragó su propio asco. Aquello era cruel. Inhumano. Pero también lo era tener de rehenes a la esposa y a los hijos de alguien.

La frente de Roja tocó la superficie de la mierda y él dejó escapar un sollozo.

—¿Dónde está Vetas? ¡No volveré a preguntarlo!

—¡No lo sé! No me dijo nada. Solo me pagó para que mantuviera a los niños aquí.

—¿Cómo te pagó? —Adamat oyó las arcadas de Roja. El cuerpo del boxeador tembló.

—En kranas, en efectivo.

—Tú eres uno de los boxeadores del Propietario —dijo Adamat—. ¿Está al tanto de esto?

—Vetas dijo que fuimos recomendados. Nadie nos contrata para un trabajo a menos que el Propietario nos dé permiso.

Adamat apretó los dientes. El Propietario. La cabeza del mundillo criminal adrano y uno de los miembros de la junta de Tamas. Era uno de los hombres más poderosos de Adro. Si sabía lo de lord Vetas, podía significar que había sido un traidor desde el principio.

—¿Qué más sabes?

—Hablé poco más de veinte palabras con el sujeto —dijo Roja. Balbuceaba entre lágrimas, y sus palabras salían como resoplidos entrecortados—. ¡No sé nada más!

Adamat lo golpeó en la parte posterior de la cabeza. A Roja se le aflojó el cuerpo, pero no perdió el conocimiento. Adamat lo levantó del cinturón y lo obligó a meter el rostro en la porquería. Lo levantó un poco más y empujó. Roja se agitó y pateó con fuerza mientras trataba de respirar en medio de la orina y de la mierda. Adamat tomó al boxeador de los tobillos y empujó hacia abajo, lo que hizo que Roja quedara atascado en el agujero.

Adamat se volvió y se alejó caminando de la letrina. La furia no le permitía pensar. Destruiría a Vetas por hacer que su esposa y sus hijos pasaran por todo aquello.

Oldrich y sus hombres se mantuvieron al margen, observando a Roja mientras se ahogaba en la podredumbre. Uno de ellos se veía descompuesto en la tenue luz del farol. Otro expresaba su aprobación asintiendo con la cabeza. Entonces la noche estaba silenciosa, y Adamat llegaba a oír el canto constante de los grillos del bosque.

—¿No vais a hacerle más preguntas? —dijo Oldrich.

—Él mismo lo dijo: no sabe nada más. —Adamat sintió que se le revolvía el estómago, y volvió a mirar las piernas de Roja, que seguían sacudiéndose. La imagen mental de Roja violando a Faye casi detuvo a Adamat, pero luego le dijo a Oldrich—: Sacadlo de ahí antes de que muera. Luego enviadlo a la mina de carbón más profunda que tenga la Guardia de la Montaña.

Adamat juró hacerle algo peor a Vetas cuando lo encontrara.

Capítulo 2

El mariscal de campo Tamas se encontraba sobre la entrada sur de Budwiel, observando el ejército keseño. Aquella muralla era el punto más austral de Adro. Si arrojaba una piedra hacia delante, esta aterrizaría en territorio keseño, y quizá rodara por el declive del Gran Camino del Norte hasta llegar a los piquetes keseños apostados en los bordes de su ejército.

Las Puertas de Wasal, un par de riscos de unos ciento cincuenta metros de altura, se elevaban a ambos lados, divididos por miles de años de erosión ocasionada por el agua que fluía desde el mar Ad, atravesaba el Camino de Surkov y alimentaba los campos de grano de la Expansión Ámbar, en el norte de Kez.

El ejército keseño había dejado las ruinas humeantes del Pico del Sur hacía solo tres semanas. Los informes oficiales estimaban que el ejército que había asediado la Fortaleza de la Corona contaba con doscientos mil soldados, acompañados por seguidores de campamento que incrementaban ese número a casi setecientos cincuenta mil.

Según sus exploradores, ahora el número total sobrepasaba el millón.

Una pequeña parte de Tamas se encogía de miedo ante semejante número. El mundo no había visto un ejército de ese tamaño desde las guerras de la Desolación, hacía más de mil cuatrocientos años. Y en ese momento se encontraba a su puerta, intentando arrebatarle su nación.

Tamas podía reconocer a los soldados nuevos sobre las murallas por el volumen de los gritos ahogados que lanzaban al ver al ejército keseño. Casi podía oler el miedo de sus propios hombres. La expectativa. El terror. No estaban en la Fortaleza de la Corona, fácilmente defendible por unas pocas compañías. Aquello era Budwiel, una ciudad comercial de unos cien mil habitantes. Las murallas estaban en mal estado y había demasiadas entradas, además demasiado anchas.

Tamas no permitió que su cara reflejara el miedo. No se atrevía. Enterró sus preocupaciones tácticas, el terror que sentía a causa de que su único hijo estuviera en coma en Adopest, el dolor que aún le atravesaba la pierna a pesar de los poderes curativos de un dios. Su semblante no mostraba nada, salvo el desdén por la osadía de los comandantes keseños.

Unas pisadas constantes resonaron en las escaleras de piedra que había detrás de él, y se le unió el general Hilanska, comandante de la artillería de Budwiel y de la Segunda Brigada.

Hilanska era un hombre de un sobrepeso excesivo, tenía unos sesenta años, era viudo hacía diez y era veterano de las campañas gurlas. Le faltaba el brazo izquierdo a la altura del hombro, se lo había arrancado una bola de cañón hacía unos treinta años, cuando Hilanska aún no era capitán. Él nunca había permitido que ni su brazo ni su peso afectaran su desempeño en el campo de batalla, y solo por eso tenía el respeto de Tamas. Por no mencionar que sus cañoneros podían arrancarle la cabeza a un soldado de caballería en pleno galope a casi setecientos cincuenta metros.

Dentro del Estado Mayor de Tamas, cuyos integrantes habían sido elegidos por sus capacidades y no por su personalidad, Hilanska era lo más cercano que Tamas tenía a un amigo.

—Los he estado observando aumentar sus filas durante semanas y no dejan de impresionarme —dijo Hilanska.

—¿Por sus efectivos? —preguntó Tamas.

Hilanska se inclinó sobre el borde de la muralla y escupió.

—Por su disciplina. —Extrajo el catalejo de su cinturón, lo extendió con un tirón bien practicado de su única mano y se lo llevó al ojo—. Todas esas malditas tiendas blancas como el papel, alineadas hasta donde llega la vista. Parece una maqueta.

—Alinear medio millón de tiendas no hace que un ejército sea disciplinado —dijo Tamas—. Yo he trabajado con comandantes keseños. En Gurla. Mantienen a sus hombres a raya por medio del miedo. Eso hace que tengan un campamento limpio y bonito, pero cuando se enfrentan a otros ejércitos, no tienen resistencia. Se quiebran a la tercera descarga. —“No como mis hombres”, pensó. “No como las brigadas adranas”.

—Espero que tengas razón —dijo Hilanska.

Tamas observó a los centinelas keseños haciendo sus rondas a poco menos de un kilómetro de distancia; estaban perfectamente a tiro de los cañones de Hilanska, pero no valía la pena gastar la munición en ellos. El cuerpo principal del ejército acampaba unos tres kilómetros más allá; sus oficiales temían más a los magos de la pólvora de Tamas que a los cañones de Hilanska.

Tamas se aferró al borde de la muralla de piedra y abrió su tercer ojo. Sintió una oleada de mareo, y luego pudo ver con claridad el Otro Lado. El mundo adquirió un brillo color pastel. En la distancia se veían luces, que refulgían como los fuegos de una patrulla enemiga durante la noche: el fulgor de los Privilegiados y de los Guardianes de Kez. Tamas cerró el tercer ojo y se masajeó la sien.

—Aún lo estás considerando, ¿verdad? —preguntó Hilanska.

—¿Qué?

—Invadir.

—¿Invadir? —preguntó Tamas con tono burlón—. Tendría que estar loco para lanzar una ofensiva contra un ejército diez veces más grande que el nuestro.

—Tienes esa mirada, Tamas —dijo Hilanska—. Como un perro tirando de su cadena. Te conozco hace demasiado tiempo. Ya has dicho que tienes la intención de invadir Kez si se te presenta la oportunidad.

Tamas observó a esos centinelas. El ejército de Kez estaba tan alejado que sería casi imposible pillarlos desprevenidos. El terreno no ofrecía una buena cobertura para lanzar un ataque nocturno.

—Si pudiera llevar a la séptima y a la novena hasta allí manteniendo el factor sorpresa, podría atravesar el corazón de su ejército y estar de regreso en Budwiel antes de que supieran qué les había pasado —dijo Tamas en voz baja.

El corazón se le aceleró con solo pensar en eso. No debía subestimarse a los keseños. Tenían la ventaja numérica. Aún les quedaban algunos Privilegiados, incluso después de la batalla por el Pico del Sur.

Pero Tamas sabía de lo que eran capaces sus mejores brigadas. Conocía las estrategias de Kez y estaba al tanto de sus debilidades. Los soldados keseños eran reclutados de la inmensa población de campesinos. Sus oficiales eran nobles que habían comprado sus ascensos. No eran como sus hombres: patriotas, hombres de acero y de hierro.

—Algunos de mis muchachos estuvieron explorando un poco —dijo Hilanska.

—¿Ah, sí? —Tamas sofocó la irritación de ver interrumpidos sus pensamientos.

—¿Conoces las catacumbas de Budwiel?

Tamas asintió con un gruñido. Las catacumbas se extendían debajo del Pilar Oeste, una de las dos montañas que constituían las Puertas de Wasal. Eran una mezcla de cavernas naturales y artificiales, utilizadas para alojar a los muertos de Budwiel.

—Su acceso está prohibido para los soldados —dijo Tamas, sin poder evitar el tono de reproche.

—Ya lidiaré con mis muchachos, pero quizá quieras oír lo que tienen que decir antes de hacer que los azoten.

—A menos que hayan descubierto una red de espionaje keseña, dudo que sea relevante.

—Mejor aún —dijo Hilanska—. Encontraron un camino por donde enviar a tus hombres a Kez.

Tamas sintió que el corazón se le aceleraba ante la idea.

—Llévame con ellos.

Capítulo 3

Taniel miraba el techo, a solo unos treinta centímetros por encima de él, mientras contaba los vaivenes de su hamaca de cuerda y escuchaba la flauta gurla que llenaba la sala con sus suaves melodías.

Odiaba esa música. Parecía resonarle en los oídos, demasiado suave para poder oírla bien y, al mismo tiempo, tan fuerte que le hacía rechinar las muelas. Perdió la cuenta de los vaivenes de la hamaca cuando iba por los diez, y luego espiró. De sus labios brotó una voluta de humo cálido que dio contra el mortero deteriorado del techo. Observó el humo que escapaba de su nicho y ascendía en espiral hacia el medio del fumadero de mala.

Había unos doce nichos de esos en la sala. Dos estaban ocupados. En los dos días que Taniel llevaba allí, aún no había visto a los ocupantes comer, levantarse para ir a mear o hacer cualquier otra cosa más que aspirar de las pipas de tubo largo que se usaban para fumar mala o hacerle un gesto al dueño del fumadero para que les volviera a llenar la pipa.

Se inclinó hacia un lado y extendió la mano para buscar más mala para su propia pipa. En la mesa que estaba junto a su hamaca había un plato con algunos restos de mala oscura, una bolsa vacía y una pistola. No recordaba de dónde provenía la pistola.

Taniel juntó los pedacitos de mala y formó una bola pequeña y pegajosa, y la metió en el extremo de su pipa. Se encendió de inmediato. Taniel dio una calada larga.

—¿Quieres más?

El dueño del fumadero se acercó a la hamaca de Taniel. Era gurlo; tenía la piel marrón, pero no tan oscura como la de un deliví, con un tono más claro debajo de los ojos y en las palmas. Era alto, como la mayoría de los gurlos, y muy delgado, con la espalda encorvada a causa de tantos años de inclinarse hacia los nichos de su fumadero de mala para limpiarlos o para encender la pipa de algún adicto. Su nombre era Kin.

Taniel extendió la mano hacia su bolsa y movió los dedos por el interior, pero recordó que estaba vacía.

—No tengo dinero —dijo, y su propia voz le sonó entrecortada.

¿Cuánto tiempo había pasado allí? Después de pensarlo un momento, llegó a la conclusión de que hacía dos semanas. Pero lo más importante: ¿cómo había llegado allí?

No se refería al fumadero, sino a Adopest. Taniel recordaba la lucha en el Palacio de Kresimir, en la que Ka-poel había destruido a la Camarilla de Kez, y recordaba haber apretado el gatillo de su rifle y ver que la bala impactaba contra el ojo de Kresimir.

Después de eso, todo fue oscuridad, hasta que despertó empapado de sudor con Ka-poel sentada sobre él con sangre fresca en las manos. Recordaba los cuerpos en el vestíbulo del hotel; los soldados de su padre, con una insignia desconocida en las chaquetas. Él había abandonado el hotel y había llegado allí con la esperanza de olvidar.

Si aún recordaba todo eso, estaba claro que la mala no estaba haciendo su trabajo.

—Chaqueta de Ejército —dijo Kin, tocándole la solapa—. Los botones.

Taniel miró la chaqueta que llevaba puesta. Era del ejército adrano: azul oscuro con trenzados y botones plateados. La había tomado del hotel. No era la suya, era demasiado grande. En la solapa tenía una insignia de mago de la pólvora; un barril de pólvora de plata. Quizá sí era suya. ¿Había perdido peso?

Hacía dos días, la chaqueta había estado limpia. Eso sí lo recordaba. En ese momento estaba manchada con baba, trozos de comida y pequeñas quemaduras de las brasas de mala. ¿Cuándo diablos había comido?

Taniel extrajo el cuchillo de su cinturón y tomó uno de los botones entre los dedos. Se detuvo. La hija de Kin entró en la habitación. Llevaba un vestido blanco deslucido que estaba limpio a pesar de la sordidez del fumadero. Debía de tener algunos años más que Taniel, pero no tenía ningún niño aferrándosele a la falda.

—¿Te gusta mi hija? —preguntó Kin—. Danzará para ti. ¡Dos botones! —Levantó dos dedos para subrayarlo—. Más bonita que la bruja de Fatrasta.

La esposa de Kin, que estaba sentada en un rincón tocando la flauta gurla, detuvo la música el tiempo suficiente para decirle algo. Intercambiaron algunas palabras en gurlo, y luego Kin se volvió hacia Taniel.

—¡Dos botones! —reiteró.

Taniel cortó uno de los botones y lo colocó en la mano de Kin. Conque danzar, ¿eh? Taniel se preguntó si Kin tenía un manejo suficiente de los eufemismos adranos o si ella realmente se limitaría a danzar.

—Quizá más tarde —dijo Taniel reacomodándose en la hamaca con una bola de mala fresca del tamaño del puño de un niño—. Ka-poel no es una bruja. Ella es... —Hizo una pausa, buscando la manera de describírsela a un gurlo. Sus pensamientos se movían despacio, ralentizados por la mala—. Está bien —concedió—, es una bruja.

Taniel llenó su pipa de mala. La hija de Kin lo estaba observando. Él le devolvió la mirada con los párpados medio caídos. Era bonita, en algunos aspectos. Demasiado alta para Taniel, y demasiado flaca; como la mayoría de los gurlos. Se quedó allí con la ropa para lavar en equilibrio sobre la cadera, hasta que su padre la echó de allí.

¿Cuánto hacía que no estaba con una mujer?

¿Una mujer? Se rio, y le brotó humo de la nariz. La risa terminó convirtiéndose en tos y no recibió más que una mirada de curiosidad por parte de Kin. No, no una mujer. La mujer. Vlora. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Dos años y medio? ¿Tres?

Se volvió a incorporar y revisó su bolsillo en busca de una carga de pólvora, preguntándose donde estaría Vlora en ese momento. Probablemente aún con Tamas y con el resto de la camarilla de la pólvora.

Tamas seguramente querría que Taniel regresara al frente.

Al diablo con eso. Que Tamas fuera a Adopest a buscar a Taniel. En el último lugar que se le ocurriría buscar sería un fumadero de mala.

No había ni una carga de pólvora en el bolsillo de Taniel. Ka-poel lo había dejado limpio. No había consumido ni un grano de pólvora después de que ella lo despertara de aquel condenado coma. Ni siquiera su pistola estaba cargada. Podría salir y conseguir un poco. Encontrar un cuartel, mostrar su prendedor de mago de la pólvora.

La sola idea de levantarse de la hamaca hizo que la cabeza le diese vueltas.

Ka-poel bajó los escalones del fumadero justo cuando Taniel comenzaba a quedarse dormido. Él mantuvo los ojos casi cerrados mientras le salía humo por entre los labios. Ella se detuvo y lo observó.

Era baja, con rasgos diminutos. Tenía la piel blanca, con pecas cenicientas, y su cabello rojo no tenía más de dos o tres centímetros de largo. A él no le gustaba tan corto, la hacía parecerse a un muchacho. “No hay forma de confundirla con un muchacho”, pensó Taniel mientras ella se quitaba su abrigo largo negro. Debajo llevaba una camisa blanca sin mangas, sacada de quién sabe dónde, y pantalones negros ajustados.

Ka-poel le tocó el hombro. Él la ignoró. Que pensara que estaba dormido, o demasiado ido por la mala para notar que ella estaba allí. Sería mejor.

Se acercó él y le apretó la nariz con una mano mientras le tapaba la boca con la otra.

Él se levantó sobresaltado e inspiró cuando ella lo soltó.

—¿Qué diablos haces, Pole? ¿Intentas matarme?

Ella sonrió, y no fue la primera vez que, bajo la influencia de la mala, él miró esos ojos verdes cristalinos con pensamientos poco apropiados. Los ahuyentó. Ella era su protegida. Él era su protector. ¿O era al revés? Ella se había encargado de proporcionar protección en el Pico del Sur.

Taniel volvió a acomodarse en la hamaca.

—¿Qué quieres?

Ella sostuvo en alto un grueso fajo de papeles encuadernados en cuero. Un cuaderno de bocetos. Como reemplazo del que había perdido en el Pico del Sur. Eso le provocó remordimientos de conciencia. Bocetos de ocho años de su vida. Personas a las que había conocido; muchas de ellas, muertas hacía mucho. Algunos amigos, algunos enemigos. Perder ese cuaderno de bocetos le dolió casi tanto como perder su rifle Hrusch auténtico.

Casi tanto como...

Se metió el tubo de su pipa de mala entre los dientes y aspiró con fuerza. El humo le quemó la garganta y los pulmones, se le escurrió por el cuerpo y le embotó los recuerdos. Taniel se estremeció.

Cuando alargó la mano para coger el cuaderno, vio que le temblaba. La retiró rápidamente.

Ka-poel entrecerró los ojos. Le colocó el cuaderno sobre el estómago, y luego un paquete carboncillos. Eran mejores útiles para dibujar que lo que había usado en Fatrasta. Ella los señaló y luego lo imitó a él dibujando.

Taniel cerró la mano derecha con fuerza. No quería que ella lo viera temblar.

—Yo..., ahora no, Pole.

Ella volvió a señalar, con más insistencia.

Taniel aspiró más mala y cerró los ojos. Sintió que unas lágrimas le caían por las mejillas.

Luego notó que ella cogía el cuaderno y los lápices. Oyó que la mesa se movía. Esperó un reproche. Un golpe. Algo. Cuando volvió a abrir los ojos, llegó a ver los pies descalzos de ella desapareciendo por las escaleras del fumadero. Volvió a aspirar mala y se limpió las lágrimas del rostro.

La sala comenzó a desdibujarse por la influencia de la mala junto con sus recuerdos; todas las personas a las que había matado, todos los amigos a quienes había visto morir. El dios que él había visto con sus propios ojos y que luego había eliminado con una bala hechizada. No quería recordar nada de eso.

Solo unos días más en el fumadero y luego estaría bien. Sería el mismo de antes. Se presentaría ante Tamas y volvería a hacer lo que mejor se le daba: matar keseños.

Tamas se encontraba a unos cuatrocientos metros debajo de mil toneladas de roca unas pocas horas después de haber dejado atrás las murallas de Budwiel. Su antorcha vacilaba en la oscuridad y arrojaba luces y sombras por las filas y más filas de los nichos tallados en las paredes de las cavernas. Del techo colgaban cientos de calaveras en un morboso tributo a los muertos, y él se preguntó si así se vería el camino hacia la otra vida.

Se imaginó que habría más fuego.

Luchó contra su claustrofobia inicial recordándose que esas catacumbas habían sido utilizadas durante miles de años. Difícilmente iban a derrumbarse en ese momento.

El tamaño del pasadizo lo sorprendió. Por momentos, las salas tenían el ancho suficiente para albergar a cientos de hombres. En sus puntos más estrechos, podría pasar hasta un carruaje sin llegar a rozar los laterales.

Los dos artilleros que Hilanska había mencionado caminaban adelante. Llevaban sus propias antorchas y hablaban entusiasmados, sus voces resonaban a medida que pasaban por las distintas recámaras. Junto a Tamas, su guardaespaldas Olem le seguía el ritmo con una mano sobre la pistola y una mirada de sospecha clavada en los dos soldados. En la retaguardia iban dos de los mejores magos de la pólvora de Tamas: Vlora y Andriya.

—Estas cavernas fueron ensanchadas con herramientas —dijo Olem pasando los dedos por las paredes de piedra—. Pero mirad el techo. —Señaló hacia arriba—. No hay marcas de herramientas.

—Fueron hechas por el agua —dijo Tamas—. Probablemente, miles de años atrás. —Paseó la mirada por el techo y luego la llevó al suelo. El camino descendía en una suave pendiente, interrumpida de vez en cuando por algunos escalones desgastados por el paso de miles de peregrinos, familias y sacerdotes. A pesar de aquellas señales de uso, las catacumbas estaban completamente desprovistas de seres vivos; los sacerdotes habían suspendido los entierros durante el asedio, preocupados porque el fuego de artillería hiciera derrumbarse algunas de las cuevas.

De niño, Tamas había jugado en cavernas como aquella todos los veranos, cuando su padre, un boticario, investigaba las montañas en busca de flores, setas y hongos poco comunes. Algunos sistemas de cavernas se metían en el corazón de la montaña hasta profundidades increíbles. Otros terminaban abruptamente, justo cuando las cosas parecían comenzar a ponerse interesantes.

El pasadizo se abrió en una caverna ancha. La luz de las antorchas ya no danzaba en el techo y en las paredes lejanas, sino que desaparecía en la oscuridad que tenían encima. Estaban en la orilla de un espejo de agua estancada más negro que una noche sin luna. Sus voces hacían eco en aquel espacio vacío enorme.

Tamas se detuvo junto a los artilleros. Abrió una carga de pólvora con los dedos y se la esparció sobre la lengua. El trance lo atravesó y le causó mareo y claridad al mismo tiempo. El dolor de la pierna desapareció y los pequeños haces de luz generados por las antorchas de pronto fueron más que suficientes para que él pudiera examinar la caverna en su totalidad.

Contra las paredes había apoyados sarcófagos de piedra, apilados unos sobre otros casi de cualquier modo, y las pilas llegaban a tener unos diez u once metros de altura. El sonido de un goteo resonaba por toda la cueva: la fuente de aquel lago subterráneo. Tamas no llegaba a ver salida alguna, excepto aquella por donde habían entrado.

—¿Señor? —dijo uno de los artilleros. Se llamaba Ludik, y sostenía su antorcha sobre el agua, tratando de calcular la profundidad.

—Estamos a cientos de metros debajo del Pilar Oeste —dijo Tamas—. Y no estamos más cerca de Kez. No me gusta que me lleven a lugares extraños.

El amartillado de la pistola de Olem perturbó el silencio de la cueva. Detrás de Tamas, Vlora y Andriya tenían sus rifles listos.

Ludik intercambió una mirada nerviosa con su camarada y tragó saliva.

—Parece que el sistema de cavernas se termina —dijo Ludik señalando con su antorcha sobre el agua—. Pero no es así. Continúa, y va derecho hacia Kez.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Tamas.

Ludik dudó, esperando un reproche.

—Porque lo recorrimos hasta el final, señor.

—Muéstramelo.

Pasaron por detrás de un par de sarcófagos del otro lado del lago y por debajo de un saliente que resultó ser más profundo de lo que parecía. Un momento después, Tamas estaba de pie al otro lado. La caverna volvía a abrirse y los llevaba a la oscuridad.

Tamas se volvió hacia su guardaespaldas, que estaba junto a él.

—Trata de no dispararle a nadie, a menos que yo lo diga.

Olem se pasó una mano por la barba, cuidadosamente recortada, con la vista fija en los artilleros.

—Por supuesto, señor. —Su mano no se separó de la culata de su pistola. Por aquellos días, Olem no era un sujeto dado a mostrar confianza.

Una hora después, Tamas salió de la caverna, trepó por entre la maleza y el pedregal y salió a la luz del día. El sol ya había pasado sobre las montañas que había hacia el este; el valle estaba en sombras.

—Todo en orden, señor —dijo Olem mientras lo ayudaba a ponerse de pie.

Tamas revisó su pistola, luego se esparció distraídamente el contenido de otra carga de pólvora sobre la lengua. Estaban en un valle profundo en la pendiente sur de las montañas Adranas. Según su estimación, estaban a menos de tres kilómetros de Budwiel. Si eso era correcto, entonces, se encontraban flanqueando perfectamente al ejército keseño.

—El viejo lecho de un río, señor —dijo Vlora, avanzando entre las rocas—. Va hacia el oeste y después dobla hacia el sur. La base del valle está oculta detrás de un montículo. En este momento, no estamos a más de un kilómetro de los keseños, pero no hay señales de que hayan explorado este valle.

—¡Señor! —dijo una voz desde el interior de la cueva.

Tamas se volvió. Vlora, Olem y Andriya levantaron sus rifles y apuntaron hacia la oscuridad.

De allí salió un soldado adrano. En el hombro llevaba un galón con un cuerno de pólvora debajo. El sujeto era un soldado de primera, un miembro de la nueva compañía de los soldados de élite de Olem, los rifleros.

—Silencio, estúpido —susurró Olem—. ¿Quieres que nos oiga todo Kez?

El mensajero se limpió el sudor de la frente y parpadeó a causa del brillo de la luz.

—Mis disculpas, señor —le dijo a Tamas—. Me perdí en la montaña. El general Hilanska me envió a por vos un momento después de que se fueran.

—¿Qué sucede, hombre? —preguntó Tamas impaciente. Los mensajeros agitados nunca eran una buena señal. Nunca se apresuraban, a menos que se tratara de un asunto de lo más importante.

—Los keseños, señor —dijo el mensajero—. Nuestros espías informan que atacarán en masa pasado mañana. El general Hilanska os solicita que regreséis a la muralla inmediatamente.

Tamas pasó la vista por el valle profundo en el que se encontraban.

—¿Cuántos hombres pensáis que podríamos llegar a traer por aquí en dos días?

—Miles —dijo Vlora.

—Diez mil —dijo Olem.

—Un martillo de dos brigadas —dijo Tamas—. Y Budwiel será el yunque.

Vlora parecía tener sus dudas.

—Es un martillo pequeño, señor, comparado con la fuerza monstruosa que hay allí.

—Entonces tendremos que golpear fuerte y rápido. —Tamas observó el valle una vez más—. Regresemos. Haced que los ingenieros comiencen a ensanchar el túnel. Traed algunos hombres para que apuntalen este pedregal, para que no armemos un alboroto al pasar. Cuando los keseños ataquen, los destrozaremos contra las puertas de Budwiel.

Capítulo 4

Había pocas cosas más tediosas en el mundo, reflexionó Nila sentada en el suelo de la cocina mientras observaba las llamas retorcerse en la base de la enorme olla de hierro que colgaba sobre el fuego, que esperar que el agua hirviera.

La mayoría de las mansiones estarían en silencio a esa hora. Ella siempre había disfrutado la quietud; el aire nocturno inmóvil que la aislaba del caos que era la vida de los sirvientes cuando el amo y la ama se encontraban en el hogar y la casa rebosaba de actividad. Hubo un tiempo, no hacía más que unos pocos meses (aunque parecía que fueran años), en el que Nila no conocía otra vida más que hervir agua y lavar la ropa para la familia y el personal del duque Eldaminse.

Pero ahora lord Eldaminse estaba muerto, sus sirvientes dispersados y su hogar incendiado. Todo lo que Nila había conocido en la vida había desaparecido.

Allí, en la mansión que lord Vetas tenía en una calle lateral, en el centro de Adopest, el personal nunca dormía.

En algún lado de la enorme casa había un hombre gritando. Nila no llegaba a entender las palabras, pero las decía con rabia. Probablemente fuera Dourford, el Privilegiado. Él era uno de los tenientes de lord Vetas, y tenía un mal carácter como Nila nunca había visto. Tenía la costumbre de golpear a los cocineros. Todos los habitantes de la casa le temían, incluso los descomunales guardaespaldas que acompañaban a lord Vetas cuando salía a hacer algún recado.

Todos le temían a Dourford excepto Vetas, por supuesto.

Hasta donde Nila sabía, lord Vetas no le temía a nada.

—Jakob —le dijo Nila al niño de seis años sentado junto a ella en el suelo de la cocina—, alcánzame la lejía.

Jakob se puso de pie y se detuvo haciendo un gesto.

—¿Dónde está? —preguntó.

—Debajo del lavabo —respondió Nila—. En el bote de cristal.

Jakob hurgó entre los objetos que había debajo del lavabo hasta que encontró el bote. Lo cogió de la tapa y tiró.

—¡Cuidado! —dijo Nila. Se puso de pie y estuvo junto a él en un momento; lo cogió de los hombros justo cuando el bote se soltaba y él trastabilló hacia atrás. Colocó una mano debajo del bote—. Te tengo —dijo, y cogió el bote. No era muy pesado, pero Jakob nunca había sido un niño muy fuerte.

Desenroscó la tapa y, con una cuchara, sacó un poco de lejía para lavar la ropa.

—No —dijo cuando Jakob extendió una mano hacia el bote abierto—. No toques eso. Es muy venenoso. Te comerá esos deditos rosados. —Le cogió la mano y, jugando, hizo que le mordía los dedos—. ¡Como un perro furioso!

Jakob lanzó una risita y se escapó por la sala. Nila guardó la lejía en un estante alto. No deberían mantener ese tipo de productos al alcance de los niños. Incluso si Jakob era el único niño de la casa.

Nila se preguntó cómo sería su vida si aún estuviera en la mansión Eldaminse. Dos semanas antes, habría habido una fiesta por el sexto cumpleaños de Jakob. Al personal de la casa le habrían dado un estipendio y una tarde libre adicional. El duque Eldaminse probablemente habría vuelto a intentar propasarse una vez más (o dos, o tres) y lady Eldaminse habría considerado dejarla en la calle.

Nila extrañaba la quietud de las noches de lavandería en el hogar Eldaminse. No extrañaba las habladurías y los celos entre los sirvientes, o los manoseos de lord Eldaminse. Pero lo había cambiado todo por algo peor.

La mansión de lord Vetas.

Hubo un grito en algún lugar del sótano, donde lord Vetas tenía su... sala.

—Diablos —dijo Nila suavemente para sí, con la vista fija en las llamas de la cocina.

—Una dama no debe maldecir.

Nila sintió que la columna se le ponía rígida. La voz era silenciosa, tranquila. Como la superficie del océano: engañosamente plácida, a pesar de los tiburones que nadan debajo.

—Lord Vetas. —Ella se volvió y le hizo una reverencia al hombre que se encontraba en la puerta de la cocina.

Vetas era un rosveliano de piel amarillenta grisácea. Tenía la espalda recta, una mano metida en el bolsillo del chaleco y la otra sosteniendo su copa nocturna de vino tinto con una familiaridad informal. Si alguien lo viera en la calle, podría confundirlo con un empleado o comerciante bien vestido, con su camisa blanca, su chaleco azul oscuro y los pantalones negros que ella misma había planchado.

Nila sabía que suponer cualquier cosa sobre Vetas era un error fatal. Se trataba de un asesino. Ella había sentido sus manos en la garganta. Había mirado esos ojos, unos ojos que parecían verlo todo a la vez, y había visto el desapego con el que contemplaba a los seres vivos.

—No soy una dama, milord —dijo Nila.

Los ojos de Vetas la estudiaron con frialdad. Nila se sintió desnuda ante esa mirada. Se sintió como un trozo de carne en la mesa del carnicero. La asustaba.

Y la enfurecía. Se preguntó por un momento si lord Vetas se vería tan calmado y sosegado en su ataúd.

—¿Sabes para qué estás aquí? —preguntó Vetas.

—Para cuidar a Jakob. —Ella le lanzó una mirada al niño. Jakob miraba a Vetas con curiosidad.

—Así es. —De pronto, una sonrisa apareció en el rostro de Vetas, y su expresión adquirió una afabilidad que no le llegó a los ojos—. Ven aquí, muchacho —dijo Vetas arrodillándose—. No te preocupes, Jakob. No tengas miedo.

El entrenamiento de Jakob como hijo de noble no le dejó otra opción más que obedecer. Comenzó a caminar hacia Vetas mirando a Nila en busca de alguna indicación.

Nila sintió que se le enfriaba el pecho. Quería arrojarse entre ellos, tomar un hierro caliente del fuego y hacer retroceder a Vetas a golpes. La sonrisa falsa de su rostro le resultaba más terrorífica que su habitual mirada estoica.

—Adelante —dijo con una vocecita leve.

—Te he traído un dulce. —Vetas le entregó una golosina envuelta en papel coloreado.

—Jakob, no... —comenzó a decir Nila.

Vetas le clavó la mirada. No había amenaza en ella, ni emoción alguna. Solo frialdad.

—Puedes aceptarlo —dijo Nila—, pero deberías guardarlo para mañana, después del desayuno.

Vetas le dio el dulce a Jakob y le alborotó el cabello.

“¡No lo toques!”, gritó Nila por dentro. Se obligó a sonreírle a Vetas.

—¿Por qué está Jakob aquí, milord? —dijo Nila, dejando de lado su miedo.

Vetas se puso de pie.

—Eso no te concierne. ¿Sabes cómo comportarte como una dama, Nila? —preguntó él.

—Su... supongo. Solo soy una lavandera.

—Yo creo que eres más que eso —dijo Vetas—. Todos tienen la capacidad de ascender más allá de su posición. Tú sobreviviste a las barricadas realistas, luego te infiltraste en el cuartel del mariscal de campo Tamas con el objetivo de rescatar al joven Jakob. Y eres bonita. Nadie mira más allá de la belleza si está vestida correctamente.

Nila se preguntó cómo podía haber sabido Vetas lo de las barricadas realistas. Ella le había contado lo del cuartel de Tamas, pero... ¿qué quería decir exactamente con eso de la belleza?

—Podría darte otras tareas además de —hizo un gesto hacia Jakob y la ropa sucia— esta.

Jakob estaba demasiado ocupado intentando mordisquear su dulce tan discretamente como podía para notar el desdén de la voz de Vetas. Pero Nila no. Y le daba miedo lo que él querría decir con “otras tareas”.

—Milord. —Ella hizo otra reverencia y trató de que no se le notara el odio en el rostro.

Quizá pudiera matarlo mientras se bañaba. Como había leído en esas novelas de misterio que le había prestado el hijo del mayordomo en la casa de los Eldaminse.

—Mientras tanto —dijo Vetas. Salió al pasillo al que daba la cocina, manteniendo la puerta abierta con el pie—, traedla aquí —ordenó.

Alguien maldijo. Una mujer gritó de ira; era el alarido furioso de un gato salvaje. Hubo un forcejeo en el pasillo y dos de los guardaespaldas de Vetas arrastraron a una mujer hasta la cocina. Tenía unos cuarenta y tantos, y su cuerpo estaba hundido en lugares donde no debía por haber tenido demasiados niños; tenía la piel arrugada a fuerza de trabajar, pero no marcada por el sol. Tenía el cabello negro ondulado atado en un moño en la nuca, y sus ojeras delataban su falta de sueño.

La mujer se detuvo cuando vio a Nila y a Jakob.

—¿Dónde está mi hijo? —le preguntó a Vetas.

—En el sótano —dijo Vetas—, y no se le hará daño siempre y cuando tú cooperes.

—¡Mentiroso!

En los labios de Vetas apareció una sonrisa arrogante.

—Nila, Jakob. Esta es Faye. No se encuentra bien, por lo que debe ser observada en todo momento, o quizá se lastime a sí misma. Ella compartirá tu habitación, Jakob. ¿Podrás ayudarme a cuidarla, mi muchacho? —Jakob asintió solemnemente con la cabeza—. Buen chico.

—Te mataré —le dijo Faye a Vetas.

Vetas se acercó a Faye y le susurró algo al oído. Ella se puso rígida y su rostro perdió todo color.

—Ahora bien —dijo Vetas—, Faye se hará cargo de todas tus responsabilidades, Nila. Ella lavará la ropa y ayudará con Jakob.

Nila intercambió una mirada con la mujer. Sintió un nudo de miedo en el estómago, que reflejaba el que Faye tenía en el rostro.

—¿Y yo? —Nila sabía lo que haría Vetas con alguien que no tenía una tarea asignada. Aún recordaba a la niñera muerta de Jakob, la que se había negado a seguirle el juego a Vetas.

De pronto, Vetas cruzó la sala. Tomó a Nila del mentón, le giró el rostro hacia un lado y luego hacia el otro. Le metió el pulgar en la boca por la fuerza y ella tuvo que resistirse a mordérselo mientras él le examinaba los dientes. De pronto, él se alejó y se limpió las manos con una toalla de cocina, como si acabara de manipular un animal.

—Tus manos tienen muy poco desgaste de lavar la ropa. Llamativamente poco, para ser sincero. Por la mañana te daré una crema y te la aplicarás cada hora. Esas manos parecerán tan suaves como las de una noble en muy poco tiempo. —Le dio una palmada en la mejilla.

Nila resistió el impulso de escupirle en un ojo.

Vetas se inclinó hacia delante y habló en voz baja para que Jakob no pudiera oírlo.

—Esta mujer —dijo señalando a Faye— es tu responsabilidad, Nila. Si hace algo que me desagrade, tú sufrirás por ello. Jakob sufrirá por ello. Y, créeme, sé cómo hacer sufrir a la gente. —Vetas se alejó lanzándole una sonrisa a Jakob. En voz más alta dijo—: Creo que necesitas ropa nueva, Jakob. ¿Te gustaría que fuéramos de compras?

—Muchísimo, señor —dijo Jakob.

—Mañana iremos. También compraremos algunos juguetes.

Vetas miró a Nila, y sus ojos cargaban con una advertencia silenciosa. Luego abandonó la sala con sus guardaespaldas.

Faye se acomodó el vestido y tomó una bocanada de aire. Pasó la vista por toda la sala. Una mezcla de emociones le fue pasando por el rostro: furia, pánico y miedo. Por un momento, Nila pensó que la mujer tomaría una sartén y la atacaría.

Nila se preguntó quién era. ¿Por qué estaba allí? Obviamente, se trataba de otra prisionera. Otro peón en los planes de Vetas. ¿Podría Nila confiar en ella?

—Soy Nila —le dijo—. Y este es Jakob.

Faye posó la vista sobre Nila y asintió con la cabeza con un gesto de ira.

—Soy Faye. Y voy a matar a ese desgraciado.

Capítulo 5

Adamat se escabulló por la puerta lateral de uno de los ruinosos edificios de la zona de muelles de Adopest. Avanzó por los corredores, pasando de largo secretarios y contables, y mirando siempre hacia delante. Según su experiencia, nadie cuestionaba a un hombre que sabía donde iba.

Adamat sabía que lord Vetas lo estaba buscando.

No era difícil suponerlo. Vetas aún tenía a Faye. Aún tenía ventaja sobre él, y sin duda quería a Adamat muerto o bajo su control.

Así que Adamat mantenía un perfil bajo. Los soldados del mariscal Tamas estaban protegiendo a su familia; parte del acuerdo al que Adamat había llegado con el mariscal de campo para salvar su propio cuello de la guillotina. A partir de entonces, Adamat debería trabajar desde las sombras, encontrar a lord Vetas y descubrir sus planes, y liberar a Faye antes de que pudieran hacerle más daño. Si es que aún estaba con vida.

Él no podría hacerlo solo.

La sede central de los Nobles Guerreros del Trabajo era un edificio horrible de ladrillos, desproporcionadamente bajo, ubicado no muy lejos de los muelles. No parecía gran cosa, pero albergaba las oficinas del sindicato más grande de los Nueve. Cada subdivisión de los Guerreros pasaba por ese centro: banqueros, metalúrgicos, mineros, pasteleros y molineros, entre otros.

Pero Adamat solo necesitaba hablar con un hombre y no quería llamar la atención al entrar. Avanzó por un corredor de techo bajo del segundo piso y se detuvo en la puerta de una oficina. Se oían voces dentro.

—No me importa lo que pienses de la idea —dijo la voz de Ricard Tumblar, el líder de todo el sindicato—. Lo encontraré y lo persuadiré. Es el mejor hombre para ese trabajo.

—¿Un hombre? —respondió una voz de mujer—. ¿No crees que una mujer pueda hacerlo?

—No me vengas con eso, Cheris —dijo Ricard—. Fue una forma de hablar. No hagas que esto sea una cuestión de hombres o mujeres. No te agrada la idea porque se trata de un soldado.

—Y tú sabes muy bien por qué.

Adamat no pudo oír la respuesta de Ricard porque las tablas del suelo crujieron detrás de él. Se volvió, había una mujer allí.

Parecía tener unos treinta y tantos años, y llevaba el pelo rubio y lacio recogido en una coleta. Llevaba un uniforme con pantalones holgados y una camisa blanca con chorreras, de la clase que podría usar un sirviente. Tenía las manos cruzadas detrás de la espalda.

Una secretaria. Lo último que Adamat necesitaba.

—¿Puedo ayudaros, señor? —dijo ella. Su tono era brusco, y tenía los ojos clavados en el rostro de Adamat.

—¡Ay, no! —dijo Adamat—. Esto debe parecer algo terrible. No era mi intención escuchar a escondidas, solo necesitaba hablar con Ricard.

Ella no pareció creerle en absoluto.

—El secretario debería haberle hecho aguardar en la sala de espera.

—Entré por una puerta lateral —admitió Adamat. ¿Entonces ella no era la secretaria?

La mujer respondió:

—Venid conmigo al vestíbulo y os daremos una cita. El señor Tumblar está muy ocupado.

Adamat hizo una media reverencia.

—Preferiría no tener que programar una cita. Solo necesito hablar con Ricard. Es un asunto muy urgente.

—Señor, por favor.

—Solo necesito hablar con Ricard.

Ella bajó un poco la voz, lo que le dio de inmediato un tono más amenazador.

—Si no venís conmigo, os entregaré a la policía por allanamiento.

—¡Un momento! —Adamat alzó la voz. Lo último que quería era causar un altercado, pero necesitaba desesperadamente llamar la atención de Ricard.

—¡Fell! —dijo la voz de Ricard desde el interior de la oficina—. ¡Fell! ¡Maldición, Fell! ¡¿Qué es ese escándalo?!

Fell entrecerró los ojos.

—¿Cuál es vuestro nombre? —preguntó con firmeza.

—Soy el inspector Adamat.

La actitud de Fell cambió de inmediato. La mirada severa que no admitía discusiones desapareció. Ella dejó escapar un suspiro suave.

—¿Por qué no me lo habéis dicho antes? Ricard nos ha hecho buscaros por toda la ciudad. —Pasó por delante de Adamat y abrió la puerta—. Es el inspector Adamat, señor; vino a veros.

—Bueno, no lo dejes en el corredor. ¡Hazlo pasar!

La sala estaba atestada de cosas, pero limpia... por primera vez. Había estanterías a lo largo de cada pared y un escritorio de madera dura ubicado en el centro del lugar. Ricard estaba sentado detrás de su escritorio, frente a una mujer que parecía tener unos cincuenta años. Adamat se dio cuenta de inmediato de que era una mujer acaudalada. Sus anillos eran de oro, engastados con gemas preciosas, y su vestido era de la más fina muselina. Se abanicaba el rostro con un fino pañuelo de encaje y apartó intencionadamente la mirada de Adamat.

—Tendrás que disculparme, Cheris —dijo Ricard—. Esto es muy importante.

La mujer pasó junto a Adamat y salió de la habitación. Adamat oyó que la puerta se cerraba con fuerza detrás de él; se quedaron solos. Consideró por un momento preguntar sobre lo que acababa de suceder, pero luego decidió no hacerlo. Ricard era tan capaz de pasarse una hora explicándoselo como de decirle que se trataba de un asunto privado. Adamat se quitó el sombrero y el abrigo y volvió al acogimiento de Ricard.

Ricard volvió a sentarse detrás del escritorio y le señaló la silla vacía. Hablaron exactamente al mismo tiempo:

—Adamat, necesito tu ayuda.

—Ricard, necesito tu ayuda.

Ambos se quedaron en silencio, y luego Ricard se rio y se pasó una mano por la calva frontal de la cabeza.

—No has necesitado mi ayuda durante años —dijo. Inspiró profundamente—. En primer lugar, quiero que sepas cuánto lamento lo de los Barberos.

Los Barberos de la Calle Negra. La pandilla callejera que en teoría obedecía a Ricard, pero que había ido a por Adamat en su propio hogar. ¿Realmente había pasado solo un mes? Parecían años.

—Tamas los eliminó —dijo Adamat—. Los sobrevivientes se están pudriendo en Diente Negro.

—Con mi aprobación.

Adamat asintió con la cabeza. No se atrevió a decir más sobre el asunto. No era que culpara a Ricard por el incidente, pero entonces tenía mucha menos fe en la gente de Ricard.

—¿Faye sigue fuera de la ciudad? —preguntó Ricard.

Algo debió de llegar a los ojos de Adamat. Ricard era un hombre que se había ganado la vida leyendo gestos y sabiendo qué decir en el momento indicado. Se puso de pie y abrió un poco la puerta.

—Fell —dijo—. No quiero que me molesten. No quiero gente. No quiero ruidos. —Cerró la puerta, deslizó el pestillo y regresó al escritorio—. Cuéntamelo todo.

Adamat se quedó en silencio. Se había debatido durante días entre si acudir o no a Ricard y qué decirle exactamente. No era que no confiara en él; no confiaba en la gente de Ricard. Lord Vetas tenía espías en todos lados. Pero si no podía confiar en el propio Ricard, entonces, no le quedaba nadie a quien pedir ayuda.

—Faye y los niños fueron secuestrados por un hombre llamado lord Vetas —dijo Adamat—. Fueron retenidos contra su voluntad para garantizar mi cooperación. Le di a Vetas información sobre mis conversaciones con Tamas y sobre mi investigación.

Ricard se puso tenso. Eso no era lo que él se había esperado.

—¿Traicionaste a Tamas? —“¿Y sigues con vida?”, fue la pregunta silenciosa.

—Le conté todo a Tamas —respondió Adamat—. Me ha perdonado, por ahora, y me ordenó atrapar a lord Vetas. Me las arreglé para rescatar a algunos de los niños, pero Vetas aún tiene a Faye y a Josep.

—¿No puedes usar los soldados de Tamas para ir tras Vetas?

—Primero tendría que encontrarlo. Y una vez que lo haga, ojalá fuera tan simple. En el momento en que Vetas averigüe dónde estoy, sin duda me amenazará con la vida de Faye. Necesito encontrarlo en silencio, rastrearlo y quitarle a Faye de las manos antes de hacer caer la furia de Tamas sobre él.

Ricard asintió lentamente con la cabeza.

—¿Entonces no sabes dónde está?

—Es como un fantasma. Lo investigué cuando comenzó a chantajearme. Es como si no existiera.

—Si tú no puedes encontrarlo, dudo que mi gente pueda.

—No necesito que lo encuentren. Necesito información. —Adamat se metió una mano en el bolsillo y extrajo la tarjeta que Vetas le había dado hacía meses. Tenía una dirección—. Esta es la única pista que tengo. Es un viejo depósito, no muy lejos de aquí. Necesito saber todo sobre el lugar. ¿De quién es? ¿De quién son las propiedades que lo rodean? ¿Cuándo se vendió por última vez? Todo. Tu gente tiene acceso a ciertos registros a los que yo no puedo acceder tan fácilmente.

Ricard asintió con la cabeza.

—Por supuesto. Lo que sea. —Alargó la mano para coger la tarjeta.

Adamat lo detuvo.

—Esto es extremadamente serio. Están en juego la vida de mi esposa y la de mi hijo. Si no crees que puedas confiar en tu gente, dímelo ahora y lo encontraré por mi cuenta. —“Recuerda lo que sucedió con los Barberos”, se dijo Adamat mentalmente.

Ricard pareció recibir el mensaje.

—Tengo gente —le respondió—. No te preocupes. Será seguro.

—Una cosa más —dijo Adamat—. Hay dos personas involucradas en cierto modo en esto con quienes quizá preferirías no tener problemas.

Ricard sonrió.

—Si no es Tamas, no me imagino quiénes serán.

—Lord Claremonte y el Propietario.

La sonrisa de Ricard desapareció.

—De lord Claremonte no me sorprende —dijo—. La Sociedad Mercantil Brudania-Gurla ha intentado abalanzarse sobre el sindicato desde el principio. Es un fullero, pero no me asusta.

—No lo desestimes tan rápidamente. Lord Vetas trabaja para él.

Y Vetas tenía de rehenes a la esposa y al hijo de Adamat. Según Adamat, Claremonte bien podría haber retenido a Faye y a Josep personalmente.

Ricard hizo un gesto despectivo.

—¿Dices que el Propietario puede estar involucrado? No confío en él, por supuesto, pero pensé que tú mismo ya lo habías eliminado de tu lista de posibles traidores.

—Nunca lo eliminé —dijo Adamat—. Tan solo averigüé que Charlemund era el que estaba intentando matar a Tamas. Uno de los boxeadores del Propietario mantenía a mi familia retenida. Ya sabes lo que piensa de que sus boxeadores encuentren trabajo en otro lado; nadie trabaja para otra persona sin el permiso del Propietario.

Lo que significaba que el Propietario podía estar aliado con lord Claremonte.

—Ve con cuidado, amigo mío —le advirtió Ricard—. Vetas puede estar intentando utilizarte, pero el Propietario matará y enterrará a toda tu familia sin pensárselo dos veces. —Miró la tarjeta que Adamat le había dado y se la guardó en el bolsillo del chaleco—. Me encargaré de esto, no te preocupes. Pero necesito que me hagas un favor.

—Continúa.

—¿Conoces a Taniel Dos Tiros?

—He oído hablar de él —dijo Adamat—. Al igual que toda la gente de los Nueve. Según los periódicos, cayó en coma después de una batalla de hechicería en la cima del Pico del Sur.

—Ya ha salido del coma —dijo Ricard—. Despertó hace una semana y desapareció.

La reacción de Adamat fue pensar en lord Vetas. Había estado trabajando activamente en contra de Tamas. Aprovecharía sin dudar la oportunidad de capturar al hijo del mariscal de campo.

—¿Algún indicio de violencia?

Ricard negó con la cabeza.

—Bueno, sí. Pero no es lo que piensas. Abandonó su servicio de guardia por voluntad propia. Tamas tenía a sus propios hombres protegiéndolo, pero mi gente también le estaba vigilando. El hecho de que se haya escabullido de ambas redes es bastante vergonzoso. Necesito encontrarlo discretamente.

—¿Quieres que regrese? —preguntó Adamat—. No voy a obligar a un mago de la pólvora a hacer algo que no quiere hacer.

—No, solo averigua dónde está y avísame.

Adamat se puso de pie.

—Veré qué puedo hacer.

—Y yo me encargaré del tal lord Vetas. —Ricard levantó una mano para interrumpir las protestas de Adamat—. Discretamente. Te lo prometo.

Tamas entró en la cantina más grande de Budwiel y el remolino de aromas tentadores que había en el interior casi lo noqueó.

Pasó por delante de las mesas en las que cientos de sus hombres estaban comiendo y se dirigió a la cocina, intentando ignorar los retortijones de hambre.

Era difícil pasar por alto al hombre al que buscaba: corpulento, gordo, más alto que la media, con el pelo negro largo hasta la cintura y recogido en una coleta, y una piel morena que dejaba entrever un toque de ascendencia rosveliana. Se encontraba en un rincón de la cocina de puntillas para poder ver la hilera más alta de los hornos.

Mihali era, oficialmente, el chef de Tamas. Él y su equipo de asistentes suministraban comida de la más alta calidad para todo el ejército de Tamas, e incluso para la ciudad de Budwiel. La gente amaba a Mihali; los soldados lo adoraban.

Bueno, quizá debían adorarlo.

Él era Adom reencarnado, santo patrono de Adro y hermano del dios Kresimir, lo que lo convertía en un dios por derecho propio.

Mihali se volvió hacia Tamas y le hizo un gesto con la mano a través de la miríada de asistentes, lo que elevó una nube de harina a su alrededor.

—Mariscal de campo —dijo el chef—. Venid aquí.

Tamas suprimió la irritación de que se lo llamara como a un soldado común, y avanzó por entre las mesas de pan.

—Mihali...

El dios-chef lo interrumpió.

—Mariscal de campo, me alegro mucho de que estéis aquí. Tengo un asunto de gran importancia que discutir con vos.

¿De gran importancia? Tamas nunca había visto tan angustiado a Mihali. Se inclinó hacia delante. ¿Qué podría preocupar a un dios?

—¿De qué se trata?

—No logro decidir qué preparar para el almuerzo de mañana.

—¡Cretino! —exclamó Tamas, retrocediendo un paso. El corazón le retumbaba en los oídos, como si hubiera esperado que Mihali anunciara que el mundo se acabaría al día siguiente.

Mihali no pareció notar el insulto.

—La última vez que no supe qué cocinar fue hace décadas. Normalmente tengo todo planificado, pero... Disculpadme, ¿estáis enfadado por algo?

—¡Estoy intentando librar una guerra, Mihali! Los keseños están golpeando la puerta de Budwiel.

—¡Y el hambre está golpeando la mía!

Mihali parecía estar tan alterado que Tamas se obligó a calmarse. Le apoyó una mano en el brazo.

—A los hombres les encantará cualquier cosa que prepares.

—Había pensado en huevos pasados por agua con puntas de espárrago, filete de salmón, chuletas de cordero glaseadas con miel y una selección de frutas.

—Acabas de mencionar tres comidas.

—¿Tres comidas? ¿Tres comidas? Eso son cuatro platos, lo mínimo indispensable para un almuerzo adecuado, y ya preparé lo mismo hace cinco días. ¿Qué clase de chef prepara la misma comida más de una vez en una semana? —Mihali se dio unos golpecitos en la mejilla con los dedos cubiertos de harina—. ¿Cómo es que he metido tanto la pata? Quizás sea año bisiesto.

Tamas contó hasta diez en silencio para mantener su malhumor a raya; algo que no había hecho desde que Taniel era niño.

—Mihali, entraremos en batalla pasado mañana. ¿Me ayudarás?

El dios parecía nervioso.

—No voy a matar a nadie, si eso es lo que me estáis pidiendo —dijo Mihali.

—¿Puedes hacer algo por nosotros? Nos superan en número diez contra uno.

—¿Cuál es el plan?

—Llevaré la Séptima y la Novena a través de las catacumbas y flanquearé la posición de los keseños. Cuando intenten atacar Budwiel, los aplastaremos contra las puertas y los derrotaremos.

—Eso suena muy militar.

—¡Mihali! ¡Concéntrate, por favor!

Mihali finalmente dejó de mirar a su alrededor como si estuviera buscando el menú del día siguiente y miró fijamente a Tamas.

—Kresimir era un comandante. Brude era un comandante. Yo soy un chef. Pero ya que lo preguntáis, la estrategia parece conllevar un gran riesgo, pero ofrece un gran beneficio. Os cuadra perfectamente.

—¿Puedes hacer algo para ayudar? —preguntó Tamas con delicadeza.

Mihali pareció considerarlo.

—Puedo asegurarme de que vuestros hombres no sean percibidos hasta el momento en que ataquen.

Tamas sintió una oleada de alivio.

—Eso sería perfecto. —Luego esperó un momento—. Mihali, pareces muy inquieto.

Mihali cogió a Tamas del codo y lo llevó hasta un rincón de la cantina. En voz baja, dijo:

—Kresimir ya no está.

—Así es —dijo Tamas—. Taniel lo mató.

—No, no. Kresimir ya no está, pero no lo sentí morir.

—Pero todos los Nueve lo sintieron. El Privilegiado Borbador me dijo que todos los Dotados y los Privilegiados del mundo sintieron su muerte.

—Eso no fue su muerte —dijo Mihali, moviendo el trozo de masa de pan que aún tenía en una mano—. Eso fue su contragolpe contra Taniel por dispararle en la cabeza.

A Tamas se le secó la boca.

—¿Quieres decir que Kresimir sigue con vida? —El Privilegiado Borbador le había advertido a Tamas que no se podía matar a un dios. Tamas había tenido la esperanza de que Borbador estuviera equivocado.

—No lo sé —respondió Mihali—, y eso es lo que me preocupa. Siempre pude percibirlo, incluso cuando nos separaba medio cosmos.

—¿Se encuentra con el ejército keseño? —Tamas tendría que cancelar todos sus planes. Repensar cada estrategia. Si Kresimir estaba con el enemigo, serían todos eliminados.

—No, no está allí —dijo Mihali—. Yo lo sabría.

—Pero dijiste que...

—Os lo aseguro. Si él estuviera tan cerca, yo lo sabría. Además, él no se arriesgaría a una confrontación abierta entre nosotros.

Tamas apretó los puños. Las incertidumbres eran la peor parte de hacer planes para una batalla. Siempre lo ponía nervioso saber que no podía anticiparse a todo, y aquella era una incertidumbre del tamaño de un dios. Tendría que seguir adelante con sus planes y esperar que la ayuda de Mihali de ocultar a sus tropas fuera suficiente.

—Ahora bien —dijo Mihali—, si ya hemos terminado con eso, necesito ayuda con el menú de mañana.

Tamas le apoyó el dedo en el pecho.

—Tú eres el chef —le dijo—. Yo soy el comandante, y tengo que planear una batalla.

Salió del comedor y estaba camino a su tienda de mando cuando se maldijo por no haber tomado un plato de la sopa de calabaza de Mihali.

Menos de veinticuatro horas después de que Ricard lo enviara a buscar a Taniel Dos Tiros, Adamat se volvió a encontrar en la oficina de Ricard, ubicada cerca de los muelles.

Ricard masticaba el extremo de un lápiz bastante rústico con la vista clavada en Adamat. El poco pelo que le quedaba en la parte superior de la cabeza parecía un pajar alborotado por el viento, y Adamat se preguntó si habría dormido algo durante el tiempo que había transcurrido entre reunión y reunión. Al menos llevaba una camisa y una chaqueta diferentes. El lugar olía a incienso, a papel quemado y a carne en mal estado. Adamat se preguntó si habría algún sándwich olvidado debajo de alguna de las pilas de registros.

—No fuiste a casa anoche, ¿verdad? —le preguntó.

—¿Cómo te has dado cuenta?

—¿Además de por el hecho de que te ves como el diablo? Porque no te has cambiado las botas. Desde que te conozco, nunca te he visto usar las mismas botas dos días seguidos.

Ricard se miró los pies.

—Lo has notado, ¿verdad? —Ricard se restregó los ojos para combatir el cansancio—. No me digas que ya has encontrado a Dos Tiros.

Adamat le mostró un trozo de papel. Allí había escrito la dirección del fumadero de mala en el que había encontrado al héroe del ejército adrano revolcándose en su propia autocompasión. Le ofreció la nota a Ricard. Alargó la mano para cogerla y Adamat la retiró a último momento, como si de pronto hubiera cambiado de parecer.

—Esta mañana leí algo muy interesante en el periódico —dijo Adamat. Como Ricard no respondió, se sacó el periódico en cuestión de debajo del brazo y lo arrojó sobre el escritorio—. “Ricard Tumblar se presenta como candidato a primer ministro de la República de Adro” —dijo leyendo el titular en voz alta.

—Ah —dijo Ricard débilmente—. Eso.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Me pareció que ya tenías demasiados problemas.

—Y tú estás compitiendo para convertirte en el líder de nuestro nuevo Gobierno. ¿Por qué diablos estás haciendo negocios en los muelles?

Ricard se animó.

—Ya hemos edificado un lugar nuevo. De hecho, nos mudaremos allí mañana. También queda en el distrito industrial, pero será fantástico para agasajar a dignatarios. ¿Quieres verlo?

—Estoy un tanto ocupado ahora —dijo Adamat. Cuando vio la cara de decepción de Ricard, agregó—: En otro momento.

—Te gustará. Llamativo. Imponente. Pero con estilo.

Adamat resopló. Conociéndolo a Ricard, “llamativo” difícilmente comenzaba a describir el lugar. Arrojó el trozo de papel sobre el escritorio de Ricard.

—O tenías menos personas buscándolo que las que me hiciste pensar, o tu gente es idiota.

—No conozco la dirección —dijo Ricard esbozando una sonrisa tan ancha que las mejillas se le pusieron coloradas.

Adamat no estaba de humor para mostrar entusiasmo.

—Después de una batalla, hay dos posibles lugares donde los soldados se dirigen sin dudar: o a su hogar, o al vicio. Taniel Dos Tiros es un soldado de carrera, así que supuse que sería el vicio. La manera más rápida de encontrar uno de esos sitios cerca del Tribunal del Pueblo es ir hacia el noroeste, al Barrio Gurlo. Estaba en el sexto fumadero de mala que revisé.

—Tuviste suerte —dijo Ricard—. Admítelo. Podría haber ido a cualquier lado. Solo que tú buscaste primero en el Barrio Gurlo.

Adamat se encogió de hombros. El trabajo de investigación dependía más de la suerte de lo que le gustaba admitir, pero nunca se lo confesaría a un cliente.

—¿Hay alguna posibilidad de que hayan encontrado el registro de la dirección que te di ayer?

Ricard revisó los papeles que tenía sobre el escritorio. Un momento después, le devolvió a Adamat la tarjeta de Vetas. Tenía un nombre y una dirección escritas en lápiz.

—La propia Fell lo investigó —dijo Ricard—. El depósito lo compró, mira por dónde, un sastre hace dos años. No hay registros que indiquen que haya sido vendido después, lo que significa que no cayó en manos del sindicato. Deben de haberlo comprado de manera privada. Lamento no haber podido hacer más para ayudarte.

—Esto es un comienzo —dijo Adamat. Se puso de pie y cogió su sombrero y su bastón.

—Llevarás a SouSmith contigo, ¿verdad? —preguntó Ricard—. No quiero que vayas detrás de este Vetas tú solo.

—SouSmith aún guarda cama —dijo Adamat—. Sufrió muchos daños cuando lo de los Barberos.

Ricard hizo una mueca.

—Podría ir a ver a lady Parkeur.

Lady Parkeur era una mujer excéntrica de mediana edad que vivía con miles de pájaros en una vieja iglesia de Alto Talian. Siempre tenía plumas en el pelo y olía a gallinero, pero también era la única Dotada de la ciudad con la capacidad de curar heridas. Podía unir tejidos y huesos rotos a voluntad, y costaba más dinero que un sanador Privilegiado.

—Ya me he gastado hasta la última moneda que tenía para que me curara a mí después de la paliza que me dio Charlemund —dijo Adamat—. Tuve que hacerlo para poder ir en busca de mi familia.

—¡Fell! —gritó Ricard, lo que hizo sobresaltarse a Adamat.

La mujer apareció un momento después.

—¿Señor Tumblar?

—Envíale un mensaje a lady Parkeur. Dile que me cobraré ese favor que me debe. Hay un boxeador llamado SouSmith que necesita atención. Dile que hoy tiene que hacer una visita a domicilio.

—No hace visitas a domicilio —dijo Fell.

—Pues más le vale que la haga si yo se lo digo. Si se queja, recuérdale el incidente con la cabra.

—De inmediato —dijo Fell.

—¿Un incidente con una cabra? —preguntó Adamat.

Ricard miró a su alrededor.

—No preguntes. Necesito un maldito trago.

—Ricard, no necesitas cobrar favores por mí —dijo Adamat. Él sabía por experiencia propia lo que costaban las sanaciones de lady Parkeur. El tiempo de espera para ir a verla solía ser de semanas. Adamat había podido ir por una petición personal del mariscal de campo Tamas.

—Olvídalo —dijo Ricard—. Me has salvado el trasero tantas veces que ya he perdido la cuenta. —Sacó una botella de detrás de un montón de libros, se bebió hasta la última gota de líquido turbio que quedaba y luego hizo una mueca. Pasó un momento más hasta que cesó su búsqueda de más alcohol y luego se dejó caer en su asiento—. Pero no creas que no te pediré más favores. Vendrán tiempos difíciles con eso de presentarme para primer ministro.

—Haré lo que pueda.

—Bien. Ahora vete a encontrar a ese lord como-se-llame. Se me ha ocurrido un gran regalo de aniversario para ti y para Faye para el año que viene. Preferiría que ambos estuvierais disponibles para recibirlo.

Capítulo 6

Taniel arrancó el último botón de plata de su chaqueta y se lo entregó a Kin. El encorvado gurlo examinó el botón detenidamente a la luz de la vela, luego se lo llevó al bolsillo, como había hecho con todos los demás, y colocó una bola de mala sobre la mesa que había junto a la hamaca de Taniel.

A pesar de la avaricia que dejaba entrever el rostro de Kin, había preocupación en su mirada.

—No la consumáis tan rápido. Saboreadla. Degustadla. Disfrutadla —dijo Kin. Taniel metió un gran trozo de mala en su pipa. Se encendió de inmediato por las brasas de la mala vieja y Taniel inhaló profundamente—. Fumáis más en un día de lo que cualquier hombre consume en veinte. —Se sentó en cuclillas y observó fumar a Taniel.

Taniel levantó su insignia de plata de mago de la pólvora y la hizo girar entre los dedos.

—Debe de ser por la hechicería —dijo—. ¿Alguna vez estuvo aquí un mago de la pólvora? —Kin meneó la cabeza—. Yo nunca conocí a un mago de la pólvora que fumara mala. Todos consumimos pólvora. No necesitamos más que eso para sentirnos vivos.

—¿Y por qué la mala? —Kin comenzó a barrer el centro del fumadero.

Taniel inhaló profundamente.

—La pólvora no te hace olvidar.

—Ah. Olvidar. Todos fuman mala para olvidar. —Kin asintió con conocimiento de causa.

Taniel miró el techo de su nicho y comenzó a contar los vaivenes de la hamaca.

—Me voy a la cama —dijo Kin mientras dejaba la escoba en un rincón.

—Espera. —Taniel extendió una mano, pero luego la retiró, cuando se dio cuenta de lo patético que debía de parecer—. Dame lo suficiente para pasar la noche.

—¿La noche? —Kin meneó la cabeza—. Es de mañana. Yo trabajo toda la noche. Es cuando viene la mayoría de los fumadores.

—Entonces dame lo suficiente para pasarla.

Kin pareció considerarlo y miró la bola que acababa de darle a Taniel.

Por lo que había dicho, una bola así debería haberle durado cuatro o cinco días.

—Dadme la insignia del barril de pólvora y os daré todo lo que pueda fumar durante tres semanas.

Taniel apretó el puño con fuerza alrededor de la insignia.

—No. ¿Qué más me puedes ofrecer?

—También os daré a mi hija durante las tres semanas.

A Taniel se le revolvió el estómago ante la idea del gurlo de la mala prostituyendo a su propia hija con sus clientes.

—No.

—¿Os gusta el arte? —Kin tomó el cuaderno de bocetos y los lápices que Ka-poel le había llevado a Taniel.

—Deja eso.

Kin lanzó un suspiro y dejó caer el cuaderno.

—No tenéis nada de valor. No tenéis dinero.

Taniel revisó los bolsillos de su abrigo. Nada. Pasó los dedos por el bordado de plata.

—¿Cuánto me das por la chaqueta?

Kin olfateó y tocó la tela.

—Poca cosa.

—Pues dame lo que sea. —Taniel apoyó la pipa de mala sobre la mesa, se quitó la chaqueta y se la entregó a Kin.

—Moriréis de frío y yo no pagaré el funeral.

—Estamos en pleno verano. Dame la maldita mala.

Kin le entregó una bola pequeña de la pegajosa mala y desapareció por las escaleras con la chaqueta de Taniel. El tamaño de esa bolita negra era decepcionante. Taniel oyó el crujido de los pasos sobre los tablones de madera que había sobre él, y la voz de Kin hablando en gurlo.

Se volvió a acomodar en la hamaca e inhaló una gran bocanada de su pipa.

Se decía que la mala podía hacer que un hombre olvidara durante horas. Taniel intentó recordar las horas que había perdido. ¿Cuánto tiempo había pasado allí? ¿Días? ¿Semanas? No parecía demasiado tiempo.

Se sacó la pipa de la boca y la examinó a la tenue luz de las velas del fumadero.

—Esta porquería no funciona —se dijo a sí mismo.

Aún podía ver a Kresimir saliendo de esa nube después de haber descendido del cielo. ¡Un dios! Un dios real. Taniel se preguntó qué habría hecho el sacerdote de su infancia si hubiera sabido que algún día Taniel le dispararía al dios de los Nueve.

El tiempo no se detuvo cuando la bala hechizada atravesó el ojo de Kresimir, por lo que parecía que el mundo podía vivir sin su dios. Pero ¿cuánta gente había muerto intentando evitar que Kresimir regresara al mundo? Cientos de adranos. Amigos. Aliados. Miles de keseños; cientos por la mano del propio Taniel.

Cada vez que cerraba los ojos, veía un rostro diferente. A veces era un hombre o una mujer a quien había matado. A veces era Tamas, o Vlora. Y a veces era Ka-poel. Quizás era la mala, pero, ¡por el diablo!, cada vez que veía el rostro de la muchacha salvaje, el corazón le latía más rápido.

Los peldaños crujieron. Taniel levantó la mirada. A través de la bruma, vio a Ka-poel descendiendo por las escaleras. Atravesó la sala, llegó hasta su lado y le miró con enfado.

—¿Qué? —preguntó él.

Ella le tiró de la camisa y luego pellizcó su propio abrigo largo.

“Chaqueta”. Maldición. Fue lo primero que había notado.

Puso la mano alrededor de su bola de mala para protegerla.

Más rápida que la vista, la mano de ella se extendió hacia delante y le quitó la pipa de entre los dientes.

—Si serás perra —susurró él—. Devuélvemela.

Ella se alejó esquivando las manos de Taniel y se quedó de pie en el medio de la sala, sonriendo.

—Ka-poel, dame esa pipa.

Ella meneó la cabeza.

Él comenzó a respirar con un poco de dificultad. La visión se le nubló y parpadeó sin saber si se trataba de la mala o de su propia furia. Después de un momento de forcejeo, se incorporó en la hamaca.

—Devuélvemela ahora. —Pasó las piernas por el borde de la hamaca, pero cuando intentó ponerse de pie, le dio una oleada de náuseas más severa que la que sufría cuando abría el tercer ojo para ver el Otro Lado. Se volvió a sentar en la hamaca con el corazón retumbándole en los oídos.

—Diablos —susurró apretándose las sienes—. Estoy jodido.

Ka-poel apoyó la pipa de mala sobre un taburete ubicado del otro lado de la sala.

—No la dejes allí —dijo Taniel, y su propia voz le sonó débil—. Tráemela aquí.

Ella se limitó a negar con la cabeza y se quitó el abrigo. Antes de que él pudiera protestar, fue hasta él y se lo puso sobre los hombros.

Taniel se lo quitó.

—Cogerás frío —le dijo ella, y lo señaló.

—Es verano, maldita sea. Estoy bien.

Ella le volvió a tapar el pecho con el abrigo.

Una vez más, Taniel se lo devolvió.

—No soy un niño.

Algo pareció encendérsele en los ojos al oírlo. Le quitó el abrigo de encima y lo arrojó al suelo.

—Pole, ¿qué co...? Sus siguientes palabras se perdieron en su propio grito entrecortado, cuando ella pasó una pierna sobre la hamaca y se le sentó a horcajadas, justo sobre el regazo. El corazón de Taniel comenzó a latir un poco más rápido cuando ella meneó el culo para ponerse cómoda. En el espacio cerrado que era el nicho, sus rostros casi se tocaban.

—Pole... —dijo él sin aliento. La pipa y la pequeña bola de mala que tenía en las manos quedaron olvidadas.

Ella sacó la lengua y se humedeció los labios. Parecía estar a la expectativa, vigilante; como un animal.

Taniel casi no oyó el sonido de la puerta de la casa de arriba abriéndose con fuerza. Unos pasos retumbaron en los tablones. Una mujer comenzó a gritar en gurlo.

Ka-poel bajó la cabeza. Los hombros de Taniel se flexionaron y lo empujaron hacia ella.

—¡Capitán Taniel Dos Tiros! —Las escaleras traquetearon bajo un par de botas decididas. Una mujer de uniforme y sombrero en mano entró en la sala—. ¡Capitán! —dijo—. Capitán, yo...

Se quedó paralizada cuando vio a Taniel con Ka-poel sobre el regazo. Taniel sintió que las mejillas se le sonrojaban. Echó una mirada rápida hacia Ka-poel. Ella le esbozó una pequeña sonrisa cómplice, pero sus ojos parecían enfadados. Se bajó de encima de él, cogió su abrigo del suelo y se lo colocó sobre los hombros con un movimiento veloz.

La mujer se volvió hacia un lado y se quedó mirando la pared.

—Señor, lo lamento, no sabía que estabais ocupado.

—Ella no está desnuda —replicó Taniel. La voz se le quebró y se aclaró la garganta—. ¿Quién diablos eres tú?

La mujer hizo una pequeña reverencia.

—Soy Fell Baker, subsecretaria de los Nobles Guerreros del Trabajo. —A pesar de haberlos encontrado en una situación comprometedora, no parecía estar avergonzada en lo más mínimo.

—¿El sindicato? ¿Cómo diablos me encontraste? —Taniel se incorporó y se quedó sentado sobre la hamaca, aunque eso hizo que se le revolviera terriblemente el estómago. Se preguntó cuánto hacía que no comía.

—Soy la asistente de Ricard Tumblar, señor. Me envió a buscaros. Le gustaría reunirse con vos.

—¿Tumblar? No me suena ese nombre. —Volvió a acomodarse en la hamaca y le lanzó una mirada a Ka-poel. Ella se había sentado en el taburete al otro lado del fumadero de mala, golpeteando la pipa contra la palma de su mano mientras estudiaba a la subsecretaria.

Fell levantó una ceja.

—Es el líder del sindicato, señor.

—No me importa.

—Me pidió que os hiciera llegar una invitación para que os reunierais con él.

—Vete.

—Dice que hay una gran cantidad de dinero en juego.

—No me importa.

Fell lo examinó unos instantes, luego se volvió y subió por la chirriante escalera tan abruptamente como había llegado. Unas voces acalladas resonaron a través del suelo. Hablaban en gurlo. Taniel miró a Ka-poel. Ella le devolvió la mirada por un instante y luego le guiñó un ojo.

¿Qué diablos pasaba?

Unos momentos después, la subsecretaria bajó por la escalera.

—Señor, al parecer ya no os queda dinero.

Taniel buscó su pipa de mala. Ah. Aún la tenía Ka-poel. Cierto.

—¿Podrías quitarle eso y alcanzármelo? —le dijo Taniel a Fell.

Fell se volvió hacia Ka-poel. Ambas mujeres intercambiaron una mirada que parecía estar cargada de significado. A Taniel no le gustó para nada.

La subsecretaria juntó las manos.

—No lo haré, señor.

Atravesó la sala de dos saltos, tomó a Taniel de la barbilla y lo obligó a mirarla. Taniel le aferró la muñeca, pero Fell era más fuerte de lo que parecía. Ella le examinó los ojos.

—Suéltame, o juro que te mataré —rugió Taniel.

Fell le quitó las manos de encima y retrocedió.

—¿Cuánto habéis fumado desde que llegasteis?

—No lo sé —refunfuñó Taniel. Ka-poel no se había movido cuando la subsecretaria se le echó encima. Qué gran ayuda.

—Tres kilos y medio en cuatro días. Eso es lo que me dijo el dueño.

Taniel se encogió de hombros.

—Eso es suficiente para matar a un caballo de guerra, señor.

Taniel se sorbió la nariz.

—Pues no parece hacer gran efecto.

Una mirada de perplejidad cruzó el rostro de Fell. Abrió la boca, la volvió a cerrar, y luego dijo:

—¿No os ha hecho gran efecto? Yo... —Cogió su sombrero y volvió a subir; regresó a los pocos minutos—. El dueño insiste en que él mismo os vio fumar. Os he examinado los ojos. No hay el menor indicio de envenenamiento por mala. ¡Diablos!, yo misma me debo de haber envenenado con mala solo por estar aquí hablando con vos. Estáis tocado por la divinidad.

Taniel se levantó de golpe. En un momento se encontraba en la hamaca, al segundo siguiente tenía a Fell cogida de las solapas con ambas manos. La cabeza le daba vueltas, tenía la visión deformada y las manos le temblaban de rabia.

—No estoy tocado por la divinidad —dijo Taniel—. No tengo... No...

—Por favor, señor, os pido que me soltéis —dijo Fell con suavidad.

Taniel dejó caer las manos. Dio un paso hacia atrás y murmuró para sí.

—Os daré un momento para que os arregléis —dijo Fell—. Os conseguiremos una nueva chaqueta de camino a ver a Ricard.

—No voy a ir —dijo Taniel débilmente. Fue tambaleándose hasta el rincón, agradecido de tener una pared contra la que inclinarse. También podría ser que no pudiera ir. Dudaba que pudiese caminar más de cinco metros.

Fell suspiró.

—El señor Tumblar os ofrece la hospitalidad de su propio fumadero de mala, señor. Es un lugar mucho más cómodo, y el encargado no se quedará con vuestra chaqueta. Si declináis esta invitación, tenemos instrucciones de llevaros a la fuerza.

Taniel miró a Ka-poel. Se limpiaba las uñas con lo que parecía ser una afilada aguja de tejer casi tan larga como su antebrazo. Ella le devolvió la mirada durante un momento. De nuevo, la pequeña sonrisa cómplice. De nuevo, los ojos enfadados.

—El fumadero de Ricard tiene muchísima más privacidad que este, señor —dijo Fell, tosiendo una vez en su mano.

Taniel no estaba seguro de que lo que acababa de suceder con Ka-poel fuera a repetirse.

—Muy bien, Fell. Solo una cosa.

—¿Señor?

—Creo que no he comido nada en dos días. Me vendría bien comer algo.

Dos horas después, Taniel estaba en los muelles de Adopest. Tradicionalmente, el comercio adrano se llevaba a cabo desde los muelles; comandaban el transporte de mercancía desde el río Ad y sus afluentes del norte, pasando por el Camino de Surkov y a través de la Expansión Ámbar. A causa de la guerra, el comercio que pasaba por Kez estaba paralizado, y la mercancía que solía circular por el río ahora era enviada por las montañas con mulas y caballos de carga.

A pesar del cambio de medio de transporte, los muelles seguían siendo el centro del comercio de Adopest. Por el río llegaban mineral de hierro y troncos para abastecer a las armerías y los aserraderos de Adro, que, por su parte, entregaban cientos de armas y municiones todos los días.

Los muelles apestaban a pescado, aguas residuales y humo, y Taniel comenzaba a extrañar el olor dulce y calmante de la mala del fumadero de Kin. Su escolta consistía en la subsecretaria Fell Baker y un par de obreros metalúrgicos de anchos hombros. Taniel se preguntó si los metalúrgicos estaban allí para cargar con él hasta la reunión con Ricard si él decidía no asistir.

Ka-poel caminaba detrás del grupo. Los metalúrgicos la ignoraban; Fell la vigilaba constantemente. Ella parecía sospechar que Ka-poel era algo más que tan solo una salvaje muda, mientras que Taniel tenía la corazonada de que Fell quizá fuera algo más que tan solo una subsecretaria.

Fell se detuvo frente a un depósito del muelle casi pegado al agua. Taniel echó una mirada entre los callejones y a través del mar Ad. Aun durante el día, llegaba a ver un brillo sobre el horizonte y la notoria ausencia del Pico del Sur. La vista le hacía desear ocultarse debajo de una piedra. La agonía de un dios había echado abajo una montaña, y él se había escapado con un coma de un mes. No estaba seguro de por qué no estaba muerto, pero sospechaba que tenía algo que ver con Ka-poel.

Se preguntó si todos los demás habían tenido tanta suerte. ¿Dónde estaba Bo? ¿Dónde estaban los hombres y mujeres de la Guardia de la Montaña con quienes había trabado amistad durante la defensa de la Fortaleza de la Corona?

En la mente le apareció una imagen de estar apretando a Ka-poel contra su pecho mientras el Palacio de Kresimir se derrumbaba a su alrededor. Fuego y roca, el calor de la lava ardiente mientras la montaña caía.

—Cuesta creer que ya no está, ¿verdad? —dijo Fell, señalando con la cabeza más allá del agua mientras abría la puerta y le hacía un gesto a Taniel para que entrara.

Taniel echó una última mirada hacia el este e inclinó la cabeza hacia Fell.

—Tú primero.

—Muy bien —dijo Fell. Miró a los metalúrgicos y les ofreció cigarros de una caja metálica que llevaba en el bolsillo del chaleco—. Volved al trabajo, muchachos. —Los dos hombres saludaron con el sombrero a Fell, encendieron sus cigarros y regresaron a la calle—. Vamos —dijo. Una vez que estuvieron dentro, cerró la puerta detrás de Ka-poel—. Bienvenidos a las nuevas oficinas de Ricard.

Taniel tuvo que contenerse para no lanzar un silbido. Desde el exterior, el edificio parecía un viejo depósito. Las ventanas estaban cerradas y las paredes de ladrillos necesitaban reparación urgente. El interior era otra historia.

Los suelos eran de mármol negro y las paredes estaban blanqueadas, detrás de unas cortinas de seda color escarlata. El edificio parecía tener solo un salón principal: un salón de dos plantas de alto y al menos unos ciento cincuenta metros de largo, iluminado por media docena de candelabros de cristal. Se oía un eco resonando en el lugar. En el extremo más cercano del salón había una barra larga, con un camarero uniformado y una mujer bien dotada que solo llevaba puestas unas enaguas.

—Vuestra chaqueta, señor —dijo la mujer.

Taniel le entregó su nueva chaqueta color azul oscuro del uniforme. Sintió que su mirada se posaba sobre ella un poco más de lo apropiado. Sin mirar a Ka-poel, se volvió para estudiar el salón. Había obras de arte adornando las paredes y esculturas ubicadas a intervalos regulares dentro de unas hornacinas no muy profundas. Aquella era la clase de riquezas exhibidas por los más altos niveles de la nobleza, incluyendo los reyes. Taniel pensaba que Tamas había erradicado esa clase de riquezas al masacrar a la nobleza. Se le ocurrió que tal vez solo había intercambiado a los más ricos y poderosos por más de lo mismo.

Un hombre atravesó el lugar en dirección a ellos. Llevaba una chaqueta blanca de esmoquin y un cigarro entre los dientes. Parecía tener unos cuarenta años, con una calvicie incipiente que ya le había desprovisto de cabello más de la mitad de la cabeza. Llevaba barba larga, al estilo fatrasto, y la sonrisa le llegaba a las orejas, e incluso a los ojos.

—Taniel Dos Tiros —dijo el hombre extendiendo una mano—. Ricard Tumblar. Soy un gran admirador tuyo.

Taniel le tomó la mano con cierta duda.

—Señor Tumblar.

—¿Señor? Bah, llámame Ricard. Estoy a tu servicio. Y esta debe de ser tu compañera constante. La dynizana. ¿Milady? —Ricard hizo una gran reverencia, tomó la mano de Ka-poel, se inclinó y se la besó con delicadeza.

A pesar de su naturaleza atrevida, la observaba como quien mira algo bonito pero lejos de estar domesticado, algo que podría morder en cualquier momento.

Ka-poel no parecía saber cómo reaccionar ante todo aquello.

—Había oído que eras una mujer hermosa —dijo Ricard—, pero las historias no te hacen justicia. —Se separó de ellos y se dirigió hacia el bar—. ¿Un trago?

—¿Qué tienes? —Taniel sintió que el estado de ánimo le mejoraba un poco.

—De todo —dijo Ricard.

Taniel dudaba que así fuera.

—Cerveza fatrasta, entonces.

Ricard le hizo un gesto con la cabeza al camarero.

—Dos, por favor. ¿Y para la dama?

Ka-poel levantó tres dedos.

—Que sean tres —le dijo Ricard al camarero. Un momento después, le entregó una jarra a Taniel.

—Hijo de puta —dijo Taniel después de dar un sorbo—. Realmente tiene cerveza fatrasta.

—Dije que tenía de todo. ¿Podemos tomar asiento?

Los guio hasta el extremo más lejano del salón. Taniel le echó la culpa a la mala que nublaba su mente por no haber notado antes que no estaban solos. Había unos doce hombres y unas seis mujeres sentados en divanes, bebiendo y fumando, y hablando en voz baja entre ellos.

Ricard habló mientras se acercaban al grupo.

—Ah, tengo que hacerte una pregunta, Taniel. ¿Cuánta pólvora negra utiliza el Ejército?

Taniel se restregó los ojos. Le dolía la cabeza, y no había ido hasta allí a conocer a los amigotes de Ricard.

—Mucha, me imagino. No estoy en la intendencia del Ejército. ¿Por qué lo preguntas?

—He estado recibiendo cada vez más encargos de pólvora del Estado Mayor —dijo Ricard haciendo un gesto con la mano como si se tratara de una pequeñez—. Me pareció extraño. Es como si sus requisiciones se duplicaran semana a semana. No creo que seanada para preocuparse.

La charla se acalló cuando Taniel llegó al grupo ubicado en el extremo del salón, y de pronto él se sintió incómodo.

—Pensé que esta sería una reunión privada —dijo Taniel en voz baja mientras detenía a Ricard sujetándolo del brazo.

Ricard ni siquiera bajó la mirada hacia la mano que Taniel le había puesto encima.

—Dame un momento para que haga las presentaciones y luego iremos a lo nuestro.

Fue por el salón dando nombres que Taniel olvidó de inmediato y títulos que no le interesaron demasiado. Aquellos hombres y mujeres eran los líderes de distintas facciones dentro del sindicato: pasteleros, metalúrgicos, molineros, herreros y joyeros.

Fiel a su palabra, cuando terminó de presentarlos a todos, Ricard los llevó hacia un rincón tranquilo del enorme salón, donde solo se les unió una mujer. Era una de las primeras que Ricard le había presentado, y Taniel no recordaba su nombre.

—¿Un cigarrillo? —ofreció Ricard cuando tomaban asiento.

Un hombre con una chaqueta igual que la del camarero les acercó una bandeja de plata donde había cigarrillos, cigarros y pipas. Taniel vio una pipa de mala entre los otros elementos recreativos. Sus dedos ansiaban tomarla, pero reprimió el impulso y le hizo un gesto al sirviente para indicarle que no deseaba nada.

—Tu secretaria me dijo que querías reunirte conmigo —dijo Taniel, notando sobresaltado que Fell había desaparecido—. No dijo por qué. Y me gustaría saberlo.

—Tengo una propuesta.

Taniel volvió a mirar a la mujer. Era mayor y tenía el aire de desdén típico de la gente muy adinerada. ¿Cómo se llamaba? ¿Y a quién representaba? ¿A los pasteleros? No. ¿A los joyeros?

—No me interesa —dijo Taniel.

—Ni siquiera te he dicho de qué se trata —dijo Ricard.

—Mira —respondió Taniel—. He venido porque tu subsecretaria dejó en claro que me haría venir incluso si yo no quería hacerlo. Fui educado. He venido. Ahora quisiera irme. —Se puso de pie.

—¿Para esto me has traído, Ricard? —dijo la mujer, mirando a Taniel con desprecio—. ¿Para ver a un soldado ebrio de mala cagarse en tu hospitalidad? Temo por este país, Ricard. Se lo hemos entregado a los soldados ignorantes. Lo único que saben es entregarse al vicio y matar.

Taniel apretó los puños y sintió que los labios se le curvaban.

—Vos no me conocéis, señora. No sabéis quién diablos soy o lo que he visto. No finjáis entender a los soldados cuando vos nunca habéis mirado a otra persona a los ojos y habéis visto que uno moriría.

Ricard se reclinó sobre el diván y volvió a encender su cigarro con un fósforo.

Tenía el aire de un hombre que había ido a ver las peleas de boxeo. ¿Había sabido que sucedería aquello?

La mujer estaba enfurecida.

—Conozco a los soldados —dijo ella—. Son unos brutos enfermos y estúpidos. Violan y roban, y cuando no pueden hacerlo, matan. He conocido a muchos soldados y no necesito matar a un hombre para saber que no son más que unos bandidos groseros con uniforme.

Ricard suspiró.

—Por favor, Cheris, ahora no.

—¿Que ahora no? —preguntó Cheris—. Si no es ahora, ¿entonces cuándo? Ya me he hartado del control férreo de Tamas sobre la ciudad. Yo no quería que trajeras a este supuesto héroe de guerra aquí.

Taniel se volvió para irse.

—Taniel —dijo Ricard—. Concédeme solo unos momentos.

—No con ella aquí —respondió Taniel. Quiso dirigirse hacia la puerta, pero Ka-poel le bloqueó el camino—. Me voy, Pole.

Ella le devolvió una mueca y meneó la cabeza con la mirada fría.

—¡Mira eso! —dijo Cheris detrás de él—. El cobarde huye de regreso a su fumadero. No puede enfrentar la verdad. ¿Y quieres a este hombre a tu lado, Ricard? Lo lleva de las narices una niña salvaje.

Taniel se volvió. Ya había tenido suficiente. Furioso, avanzó hacia Cheris con una mano en alto.

—¡Golpéame! —dijo ella, inclinándose hacia delante y ofreciéndole una mejilla—. Dejará a la vista cuán hombre eres.

Taniel se quedó helado. ¿Había estado a punto de golpearla?

—Yo maté un dios —dijo enfurecido—. ¡Le atravesé el ojo con una bala y lo vi morir para salvar este país!

—Mentira —dijo Cheris—. ¿Me mientes en la cara? ¿Piensas que me creo estas tonterías de que Kresimir regresó?

Taniel habría hecho volar su mano en ese momento si Ka-poel no hubiera pasado veloz por su lado. Ella se enfrentó a Cheris con los ojos entrecerrados. De pronto, Taniel sintió miedo. Por mucho que quisiera lastimar a aquella mujer, él sabía de lo que Ka-poel era capaz.

—Pole —dijo.

—Fuera de mi vista, puta salvaje —dijo Cheris poniéndose de pie.

El puño de Ka-poel impactó contra la nariz de Cheris con tanta fuerza que pasó por encima del diván y cayó detrás. Cheris gritó. Ricard se puso de pie de un salto. Los jefes del sindicato que seguían hablando en voz baja del otro lado del salón se quedaron en silencio y miraron, conmocionados, en dirección a ellos.

Cheris se puso de pie rechazando el ofrecimiento de Ricard para ayudarla. Salió del salón sin mirar atrás, con sangre brotándole de la nariz.

Ricard se volvió hacia Taniel con una expresión que se encontraba en el punto medio entre el horror y la risa.

—No me disculparé —dijo Taniel—. Ni por mí ni por Pole. —Ka-poel se colocó a su lado con los brazos cruzados.

—Era mi invitada —dijo Ricard. Hizo una pausa y miró su cigarro—. Más cerveza —le dijo al camarero—. Vosotros también sois mis invitados. Me hará pagar por eso en algún momento. Esperaba que fuera una aliada en los meses venideros, pero al parecer eso no sucederá.

Taniel miró a Ricard y luego en dirección a la puerta principal, donde Cheris reclamaba a su cochero.

—Debería irme —dijo Taniel.

—No, no. ¡Cerveza! —volvió a gritar Ricard, aunque Taniel veía que el camarero ya se dirigía hacia ellos—. Tú eres más importante que ella.

Lentamente, Taniel volvió a tomar asiento.

—Yo maté a Kresimir —dijo. Parte de él quería estar orgulloso de eso, pero decirlo en voz alta lo ponía enfermo.

—Eso es lo que Tamas me dijo —dijo Ricard.

—No me crees.

El camarero llegó y cambió la jarra de Taniel por otra, a pesar de que él solo había bebido la mitad. El sujeto repartió el resto de las jarras y desapareció. Ricard se echó un buen trago de la suya y luego comenzó a hablar.

—Soy un hombre práctico —dijo Ricard—. Sé que la hechicería existe, aunque no soy Privilegiado, Dotado ni Marcado. Si hace dos meses me hubieras dicho que Kresimir regresaría, me habría preguntado de qué manicomio habías escapado. Pero yo estuve allí cuando los Barberos intentaron matar a Mihali. Vi a tu padre, un hombre el doble de pragmático que yo, ponerse blanco como un fantasma. Percibió algo del chef y...

—Disculpa —interrumpió Taniel—. ¿Mihali?

Ricard sacudió la ceniza del extremo del cigarro con un golpecito.

—Ah. Me parece que te falta bastante información, ¿verdad? Mihali es Adom renacido. El hermano de Kresimir, en persona. —Taniel sintió que se le erizaba el pelo de la nuca. ¿Otro dios? ¿El propio hermano de Kresimir?—. Lo que intento decir es que tu padre cree que Mihali es Adom renacido. Entonces, si Adom ha regresado, ¿por qué no Kresimir? Así que sí. Creo que tú le disparaste a Kresimir. ¿Es posible matar a un dios? No lo sé. —Miró su jarra con gesto de preocupación—. La gente y los periódicos se muestran escépticos. Los rumores vuelan. La gente está tomando partido. En este momento todo se reduce a una cuestión de fe, y solo tenemos tu palabra y la palabra de algunos miembros de la Guardia de la Montaña de que Kresimir regresó y que recibió un balazo en el ojo.

Taniel sintió que sus fuerzas lo abandonaban. ¿Ser considerado un fraude después de todo aquello por lo que había pasado? Era el golpe final. Señaló la puerta.

—¿Cómo explican lo del Pico del Sur? Se derrumbó la montaña entera.

Se dio cuenta de que la ira le había hecho elevar la voz.

—Gritando no harás cambiar de parecer a nadie —dijo Ricard—. Créeme. Soy el líder del sindicato. Lo he intentado.

—¿Qué puedo hacer entonces?

—Convéncelos. Muéstrales la clase de hombre que eres y entonces, solo cuando confíen en ti, diles la verdad.

—Eso parece... poco honesto.

Ricard extendió las manos.

—Eso depende de tu propio juicio moral. Pero, para mí, cualquier hombre que lo vea de esa manera es un necio.

Taniel apretó los puños. ¿Cómo podía ser que no le creyeran? ¿Cómo podía ser que no supieran lo que había sucedido allí arriba? ¿Tamas no había informado a los periódicos? ¿Ni siquiera Tamas creía lo que había sucedido?

Taniel no sabía dónde estaba su padre. En Budwiel, según los soldados que lo habían estado observando cuando despertó. ¿Acaso seguía allí?

—¿Sabes dónde está Bo? —preguntó Taniel.

—¿Bo?

—El Privilegiado Borbador. ¿Sigue con vida?

Ricard extendió las manos.

—No puedo ayudarte.

—No sirves de mucho, ¿verdad, Tumblar? —Taniel quería golpear algo. Se puso de pie de un salto y recorrió la habitación de un lado a otro. No tenía amigos. No tenía familia. ¿Qué podía hacer?—. ¿Quién era esa mujer? —preguntó.

—¿Cheris? La líder del sindicato de banqueros.

—Pensé que tú eras el líder del sindicato.

—Los Nobles Guerreros del Trabajo tienen muchas subdivisiones. Yo hablo por todos ellos, pero cada oficio tiene su propio jefe de sindicato.

—Has dicho que yo soy más importante que ella.

Ricard asintió con la cabeza.

—Así es.

—¿En qué sentido?

—¿Cuánto sabes de la política de Adro? —contestó Ricard.

—El rey solía tener el poder. ¿Pero ahora? —Taniel se encogió de hombros—. No tengo idea.

—Nadie sabe quién tiene el poder ahora —dijo Ricard—. La gente supone que es Tamas. Tamas piensa que es la junta, pero, de hecho, la junta se encuentra prácticamente dividida. Lady Winceslav está recluida después del escándalo que hubo a causa de un comandante de brigada traicionero, el archidiocel fue arrestado y Prime Lektor está en el este, estudiando los restos del Pico del Sur en busca de alguna señal del dios Kresimir.

—Entonces, ¿quién gobierna Adro?

Ricard se rio.

—Eso nos deja a mí, al Propietario y a Ondraus, el tesorero. No es exactamente el grupo más noble. La verdad es que a Adro le está yendo bien por el momento. Tamas y sus hombres mantienen la paz. Pero eso no durará para siempre. Necesitamos continuar nuestros planes. Desde el principio, la junta decidió que en cuanto nos quitáramos a Manhouch del medio, estableceríamos una democracia: un sistema de gobierno votado por el pueblo. El país quedaría dividido en principados, cada uno con su gobernador electo, y esos hombres se reunirían en Adro y votarían las políticas del país.

—Bastante parecido a un ministerio, pero sin el rey a la cabeza.

—Así es —respondió Ricard—. Por supuesto, debe haber alguien que haga las veces de rey.

Taniel entrecerró los ojos.

—No me imagino a Tamas aceptando eso.

—No lo llamaremos “rey”, por supuesto. Y la verdad es que tendría muy poco poder. Sería una especie de figura decorativa. Un hombre al que el país pueda acudir en busca de liderazgo y guía, aunque la política sea determinada por los gobernadores; lo llamaremos “primer ministro del pueblo”.

—Recuerdo que Tamas descartó una idea igual a esta que le presentaron los realistas.

—Tamas lo ha aprobado —dijo Ricard—. Créeme. A ninguno de los de la junta le interesa llevarle la contra, sobre todo de una manera tan pública. La clave es que, al igual que los gobernadores, este nuevo primer ministro del pueblo será reemplazado cada tres años. Ya hemos puesto el mecanismo en marcha. Solo necesita llevarse a cabo.

Taniel se dio cuenta fácilmente hacia dónde iba todo aquello.

—Y tú tienes la intención de postularte como candidato.

—Por supuesto.

—¿Por qué?

Ricard aspiró con fuerza su cigarro y lanzó las volutas de humo por las fosas nasales. A Taniel le hizo recordar el humo de su pipa de mala. Podía sentir la atracción de aquel humo maravilloso tirando de él.

—El primer ministro del pueblo tendrá muy poco poder por sí mismo, pero tendrá la mirada de los Nueve dirigida a su persona. Su nombre quedará en los libros de historia para siempre. —Ricard suspiró—. Yo no tengo hijos. Me han dejado —hizo una pausa para contar— seis esposas, y me lo merecí cada una de las veces. Lo único que me queda es mi nombre. Y quiero que se lo enseñen a cada niño de escuela de Adro por el resto de la eternidad.

Taniel se bebió lo que le quedaba de cerveza. Los restos de lúpulo que había en el fondo del vaso eran amargos. Le recordaban a Fatrasta, al tiempo que había pasado cazando Privilegiados keseños en la naturaleza.

—¿Y yo dónde encajo en todo esto? Solo soy un soldado que mató a un dios que nadie cree siquiera que haya regresado.

—¿Tú? —Ricard echó la cabeza hacia atrás y se rio. Taniel no entendía qué le resultaba tan gracioso. —Lo siento —dijo Ricard secándose los ojos—. ¡Tú eres Taniel Dos Tiros! Eres el héroe de dos continentes. Un soldado que mató a más Privilegiados que cualquier otro hombre en toda la historia de los Nueve. Por el modo en el que lo cuentan los periódicos, tú defendiste la Fortaleza de la Corona contra medio millón de keseños por tu cuenta.

—No estaba yo solo —murmuró Taniel pensando en los hombres y mujeres que había visto morir en aquella montaña.

—Pero eso es lo que piensa la gente común. Te adoran. Te aman más de lo que aman a Tamas, y él ha sido el preferido de Adro desde que, décadas atrás, salvó las campañas gurlas por su cuenta.

—Entonces, ¿qué quieres de mí? ¿Mi apoyo?

—¡Diablos, no! —dijo Ricard entregándole la jarra vacía al camarero—. Quiero que seas mi segundo ministro. Serás uno de los hombres más famosos del mundo.

Capítulo 7

En el noreste de Adopest había un pequeño sector del Distrito Samalí que no había sido incendiado cuando el mariscal de campo Tamas permitió el saqueo de las propiedades de la nobleza después de la ejecución de Manhouch. Se trataba de una zona comercial, repleta de negocios que ofrecían sus bienes y servicios a la nobleza. Según los rumores, los dueños de aquellos negocios habían colocado sus propias barricadas y ellos mismos habían mantenido a raya a los saqueadores.

En ese momento, cinco meses después de los disturbios, el antiguo emporio de los ricos se había transformado en un mercado para la clase media. Los precios habían bajado, pero no la calidad, y la gente atravesaba media ciudad y esperaba en fila los servicios de zapateros, sastres, pasteleros y joyeros.

Adamat fue temprano por la mañana, antes de que llegaran las multitudes, y encontró al sastre que había adquirido el depósito de Vetas. Se sentó en un pequeño café que había frente a la sastrería y ordenó el desayuno, atento por si llegaba la compañía que esperaba. No pasó mucho tiempo hasta que lo vio.

Adamat se levantó de su asiento y cruzó la calle. Se colocó con discreción junto a SouSmith y preguntó:

—¿Te han seguido?

En su favor, SouSmith casi no se sobresaltó.

—Diablos —dijo SouSmith—. No te había reconocido.

—Esa es la idea.

Adamat se había teñido el pelo de gris. Un polvo seco en el rostro hacía que su piel pareciera agrietada, lo que lo hacía aparentar veinte años más de edad, y fingía que cojeaba. Sostenía buena parte de su peso sobre un bastón nuevo con mango de plata. Su chaqueta y su pantalón eran los mejores que el dinero podía comprar; había tenido que cobrarse algunos favores solo para obtenerlos. Pero necesitaba parecer un caballero acaudalado.

SouSmith meneó la cabeza.

—No me han seguido —dijo—. Mantuve un perfil bajo.

—Bien —respondió Adamat—. ¿Cómo te sientes?

—Peor imposible. Maldita Dotada sanadora.

A pesar de sus palabras, SouSmith se veía mejor. Hacía solo cinco semanas, había recibido dos disparos y lo habían apuñalado; casi no había salido con vida. La recuperación habría muy larga si no fuera por la generosidad de Ricard.

—Ve a ese café de allí —dijo Adamat— y pide un desayuno. Siéntate mirando a esa tienda de allí. —Señaló el negocio del sastre—. Iré a hacer algunas preguntas.

Por mucho que quisiera que SouSmith fuera con él al negocio del sastre por si llegara a resultar solo una tapadera de Vetas y este tuviera hombres apostados allí, SouSmith era un sujeto demasiado fácil de recordar, y no había forma de disfrazar a un boxeador de su tamaño. No tenía sentido llevarlo hasta que fuera necesario.

Adamat cruzó la calle y entró en la tienda. Una mirada rápida le indicó que aquel sastre se especializaba en chaquetas de alta calidad. Había maniquíes alrededor de la sala, y exhibían toda clase de artículos; desde esmóquines y chaquetas de noche hasta prendas que un duque llevaría a un baile de gala. Había un fuerte aroma a aceite de menta en el lugar, que el dueño utilizaba para ocultar el olor a tela guardada.

—¿Que deseáis?

El sastre emergió de la habitación trasera. Era un deliví; un hombre pequeño de tez oscura con dedos largos y firmes. Llevaba unos anteojos con montura fina y un chaleco de solapas anchas que tenían clavadas toda una serie de agujas y alfileres.

—¿Haime? —dijo Adamat adoptando un acento común en los suburbios del sur de Adopest.

—Soy yo —dijo el sastre con una leve reverencia—. Chaquetas y trajes. ¿Queréis que os tome las medidas para una nueva chaqueta?

—No vine en busca de vestimenta —dijo Adamat. Levantó la mirada y fingió estudiar los maniquíes—. Al menos, hoy no.

Haime cruzó las manos detrás de la espalda.

—¿Algún otro asunto?

Adamat extrajo un trozo de papel del bolsillo del pecho y lo desdobló.

—Mis jefes están buscando adquirir una propiedad —le dijo—. Los registros dicen que vos sois el dueño.

Haime parecía genuinamente desconcertado.

—Yo no tengo ninguna propiedad.

—¿No comprasteis un depósito ubicado en la calle Donavi, en el distrito industrial, hace dos años?

—No, yo... —Haime se detuvo repentinamente y se golpeteó la barbilla con el dedo—. Ah, sí. Así es. Uno de mis clientes me pidió que hiciera la compra y que después le transfiriera el título a su nombre. Quería mantener el asunto en secreto. Me dijo que no quería que los periódicos se enteraran de las adquisiciones de su empleador, o algo así.

Adamat sintió que el corazón le daba un salto. Había muy pocas organizaciones que podrían llegar a los periódicos por la simple compra de una propiedad. Una de ellas era la Sociedad Mercantil Brudania-Gurla. Y su director era lord Claremonte, el empleador de Vetas.

—¿Me podríais decir el nombre de vuestro cliente, por favor? —dijo Adamat. Extrajo una pluma fuente del bolsillo y la colocó encima de su trozo de papel.

Haime lo miró como pidiendo disculpas.

—Lo lamento mucho, pero mi cliente me pidió que no divulgara esa información.

—Mi empleador tiene muchos deseos de adquirir ese edificio —dijo Adamat—. Estoy seguro de que podríamos llegar a algún acuerdo... —Extrajo una chequera del bolsillo.

—No, no —dijo Haime—. Lo lamento, pero no es una cuestión de dinero. Soy un hombre de palabra.

Adamat lanzó un suspiro sufrido.

—Ya veo.

Guardó la chequera y la pluma y tomó el sombrero y el bastón. Se detuvo un momento y fingió admirar los maniquíes una vez más. Su mirada se detuvo en uno de ellos y Adamat casi se atragantó. Era la misma chaqueta que lord Vetas llevaba la última vez que habían hablado.

—Veo que tenéis buen ojo —dijo Haime yendo hacia el maniquí—. Esta chaqueta es de muy buen gusto, es sutil. Os quedaría fantástica.

Adamat sintió que el corazón comenzaba a latirle más rápido. Vetas debía de haber sido el mismo cliente que había comprado el depósito y la chaqueta. Si Haime se daba cuenta de que él lo sabía, comenzaría a sospechar.

—No, creo que no es de mi estilo.

—Tonterías —dijo Haime—. Esta chaqueta estiliza y atrae las miradas al rostro. Podría haceros el traje entero.

Adamat fingió pensarlo un rato. Era obvio que la chaqueta estaba hecha a medida. Había una leve decoloración en la cintura, donde se había remendado un desgarro, y se dio cuenta de que aquella podía ser realmente la chaqueta que había tenido puesta el propio lord Vetas.

—Esta parece de mi talla. ¿Podríais ajustármela ahora?

—Por desgracia, no. Esta chaqueta en particular tiene dueño. La retirará en algunos días. Podría haceros una nueva en... —Se detuvo para pensar—. Una semana. Tan solo dejadme tomaros las medidas.

Adamat se tanteó los bolsillos.

—Parece que me he dejado la chequera en casa. Solo tengo la de mis empleadores. Hoy no os podría pagar la señal.

—Obviamente, sois un caballero, señor —dijo Haime—. Me basta con que me deis vuestra dirección.

Adamat no tenía una dirección que darle. No quería arriesgarse a que le llegara algún comentario a Vetas. Estaba corriendo un gran peligro, ya que Haime podría mencionar el intento de compra a Vetas de pasada. Adamat extrajo su reloj de bolsillo.

—Tengo una cita en menos de una hora —dijo—. Y no puedo llegar tarde. Me gustaría volver a principios de la semana que viene para que me toméis las medidas.

Haime pareció decepcionado. Un buen vendedor nunca permite que un objetivo se vaya sin un compromiso de compra.

—Si es lo que más os conviene.

—Así es —respondió Adamat—. Regresaré, no os preocupéis.

Adamat cruzó la calle deprisa y encontró a SouSmith esperando en el café.

—¿Algún indicio de Vetas o de alguno de sus espías?

SouSmith meneó la cabeza.

—Vamos —dijo Adamat.

—El desayuno, en camino.

Adamat se fijó para asegurarse de que el sastre no lo observaba por la ventana de la tienda y tomó asiento junto a SouSmith.

—El sastre no está directamente involucrado —dijo—. Compró y vendió la propiedad para uno de sus clientes: creo que se trata de Vetas. Vi la misma chaqueta que Vetas llevaba la última vez que lo vi, y coincide hasta el último detalle.

—¿Estás seguro?

—Yo no olvido, ¿recuerdas? —Adamat se dio un golpecito en la sien—. Me di cuenta de que las líneas de la chaqueta coincidían perfectamente. Por desgracia, el sastre no me dio ni el nombre ni la dirección de Vetas.

—Callejón sin salida.

—No. Vetas, o más probablemente uno de sus hombres, vendrá a recoger la chaqueta en los próximos días. La estaban arreglando. Vigilaré la sastrería y veré quién recoge la chaqueta. Lo seguiré y averiguaré dónde vive Vetas.

—¿Dónde quieres que me ponga? —El desayuno de SouSmith llegó: cuatro huevos pasados por agua y queso de cabra de Novi. Sonrió cuando lo colocaron frente a él y comenzó a comer rápido.

—En ningún lado —respondió Adamat—. No puedo arriesgarme a que te reconozcan. Yo puedo disfrazarme. Pero tú no.

SouSmith se sorbió la nariz.

—No puedo permitir que lo sigas solo —dijo con la boca llena de huevo.

Adamat conocía los riesgos. Si Vetas o su hombre era lo suficientemente habilidoso para detectar a Adamat, podía darse por muerto. Pero SouSmith era una carga en esa clase de trabajo. Era fácil de reconocer, y aun si no lo fuera, su tamaño lo hacía poco apto para seguir a alguien.

—Lo haré yo solo —dijo Adamat.

Tamas yacía sobre la alta hierba de una loma que había debajo de las montañas Adranas; observó a través de su catalejo al ejército keseño, que se preparaba para atacar Budwiel.

Tenía el uniforme de combate empapado por el rocío matinal. Ese día, las nubes se encontraban bajas y había una niebla persistente en las llanuras de las afueras de Budwiel. Había mucha humedad en el aire. Tamas sabía que eso perjudicaría las armas de fuego de ambos bandos, pero cuando miró hacia Budwiel, notó un rayo de sol que se asomaba por entre las nubes sobre la ciudad y limpiaba el aire.

Sin duda, la participación indirecta de Mihali en la batalla.

Y necesitarían toda la ayuda que él pudiera darles. Tamas volvió a apuntar el catalejo hacia los keseños. El aliento se le atascó en la garganta al ver el ejército. Había hilera tras hilera de uniformes color canela con ribetes verdes extendiéndose hacia lo que parecía el infinito. Su larga experiencia le permitió contar las hileras a primera vista.

Ciento veinte mil, como mínimo. Y eso solo contando la infantería.

Enviarían primero a sus reclutas para utilizarlos como carne de cañón, para poner a prueba las defensas de Budwiel. Cinco mil o quizá diez mil de ellos atravesarían los campos pisoteando la hierba húmeda y recibirían toda la intensidad de la metralla. Los seguirían sin demora los hombres más experimentados, quienes formarían el pilar del ataque principal y empujarían sin piedad a los reclutas que tendrían delante, incluso a punta de bayoneta. Los Guardianes acompañarían el frente de la segunda oleada.

Para Tamas, aquel era un método absurdo de ataque, pero los comandantes keseños siempre habían preferido un ataque en masa antes que la astucia, sin importar el costo en vidas.

Y podía ser que funcionara. La clave para rechazar el ataque de Kez sería quebrantar la resolución de la segunda oleada. Matar a los Guardianes y hacer que los veteranos corrieran para ponerse a cubierto. Sería difícil romper una fuerza tan formidable.

Pero no imposible.

Y para eso estaban la Séptima y la Novena. Una vez que Kez pusiera en movimiento el cuerpo principal, Tamas ordenaría a ambas brigadas pasar sobre el montículo y cargar contra el flanco keseño.

Sin importar el tamaño de la multitud, correrían si el pánico se apoderaba de ellos.

Los cañones keseños habían sido adelantados antes del amanecer. Disparaban contra las fortificaciones de Budwiel, y la artillería pesada de Hilanska les devolvía el fuego.

Tamas observó mientras la infantería keseña se acomodaba en hileras algunos cientos de metros detrás de la artillería. Sintió que se le revolvía el estómago.

—Son muchos hombres, señor —dijo Olem junto a él.

—Muchísimos —admitió Tamas. ¿Había percibido inquietud en la voz de Olem?

Si así era, Tamas no podía culparlo. Semejante número de soldados pondría nervioso a cualquiera.

—¿Pensáis que podremos vencerlos?

—Mejor que así sea. La caballería ayudará.

—Pero solo contamos con doscientos jinetes —dijo Olem.

—Lo único que necesitamos es la ilusión de una brigada de caballería. Estamos aquí para causar pánico y luego una matanza. No al revés.

Durante la noche, habían tenido tiempo para llevar doscientas unidades de caballería por las cavernas. El hecho de que los ingenieros de Tamas se las hubieran arreglado para ensanchar las cavernas el espacio suficiente para que pasaran diez mil hombres y un pelotón de caballos en solo una noche era un testimonio de su gran pericia.

La victoria real de la noche, sin embargo, habían sido los seis cañones de campaña. Eran pequeños, disparaban bolas de casi tres kilos y tenían ruedas de un metro y medio que les permitían moverlos con facilidad; eran suficientes para dar la impresión de que había un ejército completo sobre el flanco keseño.

Tamas dejó que su mente divagara hacia los momentos posteriores de la batalla. Podrían hacer que los keseños huyeran, pero no podrían perseguirlos demasiado tiempo. Morirían decenas de miles, pero para los keseños eso sería tan solo otro número. Aún les quedarían cientos de miles. Aquella batalla serviría para quebrantar la moral de su ejército. Kez no podía darse el lujo de sufrir otra derrota del nivel psicológico de la batalla por el Pico del Sur.

Los espías de Tamas ya le habían informado que había descontento en el ministerio de Ipille. Con la chispa suficiente, el ejército podría incluso volverse contra Ipille, aunque eso ya era demasiado esperar.

—Señor —dijo Olem—. Las columnas están avanzando.

Tamas regresó al presente. Daba mala suerte pensar en la victoria al comienzo de la batalla. Él tenía planes en marcha. Si llegaba el triunfo, ese sería el momento de implementarlos. No antes.

—Hazles señas a los hombres para que se preparen.

Vlora se acercó arrastrándose y se colocó junto a Tamas mientras Olem se alejaba deprisa.

—¿Tus hombres ya están en posición? —preguntó Tamas.

—¿Os referís a los hombres de Andriya, señor?

Tamas detectó el rencor de su voz. Para esa batalla, él le había dado el mando de la camarilla de la pólvora a Andriya, y eso la fastidiaba.

Él reprimió su propio enfado. ¿Cuándo aprendería que, por muy hábil que fuera, ella aún no tenía la experiencia suficiente para estar al mando?

—Mis magos de la pólvora —respondió Tamas con severidad—. ¿Están en posición?

—Sí, señor.

—¿Y has visto a los Privilegiados keseños que quedan?

—Están más atrás —respondió Vlora—. Creen que estamos sobre las murallas de Budwiel, esperándolos a ellos, por lo que están muy por detrás de las columnas. Pero bien a tiro desde esta posición. Ordenad el ataque, señor, y nosotros mataremos a los Privilegiados.

—Excelente. Ve a tu posición.

Vlora descendió del montículo sin decir nada más. Tamas miró sobre su hombro y la vio alejarse.

—Todo listo, señor. —Olem subió al trote la colina y se arrojó al suelo junto a Tamas—. Es momento de apresurarse y esperar. —Notó la dirección en que miraba Tamas—. ¿Aún pensáis en golpearla, señor?

Tamas miró a Olem con ironía. ¿Desde cuándo sus hombres le hablaban de esa manera y se salían con la suya?

—No.

—Parecéis enojado, señor.

—Aún tiene que madurar mucho. Estoy más bien triste. Si las cosas hubieran sido distintas, en este momento ella podría ser mi nuera. —Tamas suspiró y se volvió a llevar el catalejo al ojo—. Taniel podría no haber estado en esa maldita montaña ni en coma bajo la Casa de los Nobles.

Olem habló en voz baja.

—Él podría no haber estado allí para meterle un balazo a Kresimir en el ojo y salvarnos a todos, señor.

Tamas tamborileó en el catalejo con los dedos. Olem tenía razón, por supuesto. Si cambias un evento de la historia, bien podrías cambiar todo lo que sigue. Lo que le preocupaba entonces era encontrar la forma de despertar a Taniel del coma, y mantener su cuerpo a salvo hasta que lograran hacerlo.

Como si pudiera leer los pensamientos de Tamas, Olem dijo:

—Él estará bien, señor. Tengo a algunos de mis mejores rifleros cuidándolo.

Tamas quería volverse hacia Olem y agradecerle las palabras de aliento.

Pero aquel no era momento de preocupaciones o de sentimientos.

—Las líneas comienzan a avanzar —dijo Tamas—. Asegúrate de que los hombres esperen. No quiero que los keseños sepan que estamos aquí hasta el momento indicado.

—Esperarán —dijo Olem con confianza.

—Asegúrate. Personalmente.

Olem se alejó para revisar las brigadas y dejó a Tamas solo sobre el montículo por unos preciados momentos. Pronto, un flujo interminable de mensajeros comenzaría a solicitar más y más órdenes, cuando la batalla comenzara y se fuera extendiendo durante el día.

Tamas cerró los ojos y se imaginó el campo de batalla tal como lo vería un cuervo.

La infantería keseña formaba un semicírculo frente a las murallas de Budwiel. Sus filas se amontonarían a medida que avanzaran, a causa del terreno, y llenarían los huecos que dejaban las muertes ocasionadas por los cañones adranos. Una única hilera de caballería keseña, de quizás unos mil jinetes, esperaba en el Gran Camino del Norte que la infantería tomara las murallas y abriera las puertas, en cuyo momento ellos cabalgarían hacia el interior de la ciudad. El resto de la caballería acampaba a unos tres kilómetros detrás del campo de batalla. La mayoría de los jinetes ni siquiera se encontraban montados. No consideraban que fueran a ser necesarios.

Las reservas de Kez aguardaban detrás del resto del ejército. La multitud era algo terrible de observar, pero el catalejo y los espías de Tamas decían otra cosa: solo estaban allí para hacer bulto. Solo uno de cada cinco tenía mosquete. Llevaban uniformes desparejados y los colores no eran los correctos. Tamas meneó la cabeza. Kez tenía más hombres que armas. Las reservas romperían filas y correrían en cuanto vieran sus tropas.

El rat-tat-tat-tat de los tamborileros keseños reverberaba contra las montañas, y Tamas sintió que el suelo temblaba cuando la infantería de Kez comenzó a avanzar. Apuntó el catalejo hacia las murallas de Budwiel.

La artillería pesada, que ya estaba disparando hacia los cañones de campaña keseños, redobló los esfuerzos mientras el muro de infantería se fue acercando. Tamas llegaba a ver soldados de la Segunda sobre las murallas, con sus uniformes adranos en perfecto estado y su disciplina inquebrantable.

Mientras las líneas de la infantería keseña se acercaban al campo de batalla, la artillería fue dejando huecos en las filas. Esos huecos se cerraron enseguida, y los uniformes canela y verde siguieron marchando, dejando atrás unos cien muertos por cada decena de pasos que avanzaban. El viento le hizo llegar a Tamas el olor a pólvora; él inhaló profundamente y saboreó el azufre amargo.

Se puso de pie y llamó con un gesto a su abanderado. En el campo que veía bajo su posición estratégica, observó que las reservas keseñas avanzaban y se situaban detrás de la infantería. Tamas miró con preocupación. Si la idea era tomar la ciudad, lo harían con la infantería. ¿Por qué moverían las reservas a su posición...?

Tamas sintió un hormigueo frío por la columna vertebral. Los keseños pensaban que podrían saquear Budwiel ese mismo día. Asegurarían las murallas con la infantería y ordenarían a las reservas que entraran a la ciudad para incendiar, violar y saquear. Él los había visto hacer lo mismo en Gurla. Si traspasaban las murallas, sería un horror inimaginable.

Pensar que podrían hacerlo en un solo día era más que optimista por parte de los comandantes de Kez.

Él no podía permitir que eso sucediera.

—Envía la señal de preparados —dijo Tamas. El abanderado hizo ondear la bandera con la orden. Tamas veía las ansias en el rostro del soldado. La Séptima y la Novena estaban listas. Atravesarían el flanco keseño con entusiasmo. Tamas sintió que la sangre comenzaba a encendérsele—. Un momento... un momento...

Tamas parpadeó sorprendido. ¿Qué era aquello?

Se llevó el catalejo al ojo. Cuando enfocó en el campo que había justo delante de Budwiel, vio decenas de hombres retorcidos corriendo hacia las murallas. Llevaban abrigo negro y bombín. Guardianes.

Pero aquellos Guardianes... Tamas tragó saliva. Nunca había visto a nadie correr tan rápido, ni siquiera a uno de esos condenados asesinos creados por la hechicería. Cubrieron los últimos cientos de metros hasta el muro con la velocidad de un pura sangre.

A través del catalejo, Tamas llegaba a ver a los comandantes de la muralla gritando órdenes. Los mosquetes abrieron fuego. No cayó ni uno de los Guardianes. Llegaron a la base de la muralla y brincaron, se aferraron a la pared vertical como insectos y treparon a toda prisa hasta la parte superior. En unos instantes, se encontraban entre los artilleros, blandiendo espadas y pistolas.

Un momento, ¿pistolas? Los Guardianes no portaban pistolas. Los Privilegiados eran alérgicos a la pólvora, y eran sus poderes los que permitían crear a aquellos monstruos.

Unas pequeñas explosiones sacudieron la parte superior de las murallas. De las fortificaciones fueron cayendo cuerpos y, uno a uno, los cañones dejaron de disparar.

Tamas se inclinó hacia atrás sobre los talones. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Cómo podían esos Guardianes haber ganado la muralla tan fácilmente? Golpeó el catalejo contra la palma de su mano. Sin los cañones para mantenerla a raya, la infantería keseña tomaría las murallas con facilidad. No tendrían la amenaza de tener la artillería a su espalda para evitar que se volvieran y enfrentaran a las brigadas de Tamas frontalmente.

—Señor —preguntó el abanderado—, ¿envío la señal de atacar?

—No —dijo Tamas. La palabra le salió como un grito entrecortado.

Continuó observando mientras la infantería llegaba a la base de la muralla. Las escaleras se elevaron, y para cuando los uniformes canela y verde llegaron a la parte superior de la muralla, Tamas no divisaba ni un uniforme adrano en pie. Los Guardianes los habían eliminado a todos.

—Señor. —Olem apareció a un lado de Tamas. Se llevó su propio catalejo al ojo—. ¿Qué... qué ha sucedido? —Tamas oía su propia incredulidad reflejada en la voz de Olem.

—Guardianes —dijo Tamas con la voz entrecortada. Quería escupir, pero tenía la boca demasiado seca.

Enseguida se acercaron los oficiales de la Séptima y de la Novena. Todos se pusieron a observar la batalla.

La infantería de Kez pasaba a raudales sobre las murallas. Unos minutos después, las puertas de entrada se abrieron. La caballería de Kez avanzó por el camino hacia las puertas.

—Debemos atacar, señor —dijo un mayor cuyo nombre Tamas no recordaba.

Tamas oyó que sus oficiales, entre murmullos, expresaban su asentimiento y se volvió hacia ellos.

—Es un suicidio —dijo. La voz se le quebró—. Budwiel está perdida.

—Podríamos salvar la situación —dijo otra voz.

Tamas apretó los dientes. Estaba de acuerdo con ellos. Demonios, claro que estaba de acuerdo.

—Tal vez —dijo—. Quizá podamos hacer huir a la retaguardia del ejército keseño. Podríamos eliminar las reservas e incendiar el campamento keseño. Pero entonces quedaríamos atrapados en la llanura vacía, nos podrían rodear con facilidad y no podríamos recibir refuerzos.

Hubo silencio. Aquellos oficiales eran valientes, pero no eran estúpidos. Podían ver que tenía razón.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Tamas oyó una explosión que resonaba desde Budwiel. De la base del Pilar Oeste brotaron humo y polvo. Gritó la orden de que un explorador revisara los túneles, pero él ya sabía qué había sucedido. Las catacumbas.

Alguien había colocado una carga explosiva en el interior y le había bloqueado a Tamas el camino de regreso a Budwiel.

—He sido traicionado de nuevo —susurró. En voz más alta, dijo—: Nos mantendremos de espaldas a la montaña. —Trató de recordar cuál era el paso más cercano de la Guardia de la Montaña que les permitiera regresar a Adro. Sería una pesadilla mover diez mil hombres por cualquiera de los pasos—. Marcharemos hacia el paso de Alvación. Avisad a vuestros hombres.

El general Cethal, de la Novena Brigada, tomó a Tamas del brazo.

—¿Alvación? —preguntó—. Eso nos llevará más de un mes de marcha severa.

—Tal vez dos —dijo Tamas—. Y nos perseguirán. —Echó un vistazo hacia Budwiel. Había humo elevándose de la ciudad—. No tenemos alternativa.

Se le revolvió el estómago. Muchos de sus hombres tenían familia en la ciudad, seguidores de campamento. Los keseños la incendiarían. Las mismas técnicas para infundir el miedo que había visto en Gurla. Sus hombres lo odiarían por alejarse mientras la ciudad ardía, pero era la única esperanza que tenían de sobrevivir. Juró hacerlos regresar a Adro y brindarles su venganza.

Capítulo 8

Adamat esperaba a algunas tiendas de distancia de la sastrería. Estaba sentado en un pórtico con un periódico en las manos. Su disfraz de aquel día era el de un hombre más joven, con cabello negro y engominado peinado hacia un lado, a la última moda entre los dueños de cafés. Llevaba pantalones marrones planchados y camisa de vestir arremangada hasta los codos. Sobre la rodilla había dejado su chaqueta a juego. Antes de salir aquella mañana, se había aplicado un poco de ungüento de ballena Dortmoth, lo que le había dado a su piel un brillo juvenil. Un bigote falso negro y unas gafas coloreadas le ocultaban el rostro.

Adamat observaba por encima del periódico mientras el tráfico se movía por la calle entre tiendas y cafés. Había estado observando la tienda de Haime durante dos días. Ya eran casi las tres en punto del tercer día y aún no había visto ni rastro de lord Vetas.

Su ubicación le brindaba una vista perfecta de la sastrería de Haime. No solo podía vigilar la salida y la zona aledaña sin problemas, sino que llegaba a ver también a través de la ventana delantera y casi todo lo que sucedía en el interior. Muchos hombres entraban y salían de la tienda. Muy pocas mujeres. A eso de las dos y media, entró un trío de hombres corpulentos y de aspecto rudo. Adamat estaba seguro de que se trataba de los matones de Vetas, pero cuando se fueron, unos minutos después, vio que la chaqueta de Vetas seguía colgada del maniquí.

Adamat leyó a medias los artículos del periódico. El enfrentamiento en Budwiel continuaba en punto muerto, aunque como la noticia era de hacía tres o cuatro días, podría haber sucedido cualquier cosa.

El periódico informaba que una repentina pérdida de ingresos había obligado a lady Winceslav a disolver dos de las ocho brigadas de las Alas de Adom. Aquello era un mal presagio para el esfuerzo bélico. Otras cuatro brigadas mantenían la posición al norte de Budwiel, mientras que las últimas dos hacían guardia en los restos ardientes del Pico del Sur, por si el ejército keseño intentaba cruzar aquel yermo volcánico.

Cuando comenzaba a leer un artículo sobre los efectos de la guerra en la economía adrana, el movimiento de la puerta de Haime le llamó la atención. Levantó la mirada justo a tiempo para ver que un vestido desaparecía por la puerta. Un momento después, una mujer apareció en la ventana y comenzó a hablar con el sastre.

Era una joven de pelo caoba. No podía tener más de dieciocho o diecinueve años, y aunque era joven, sería imposible de confundir con una mera niña. Tenía un porte confiado, con la espalda recta y la barbilla levantada, y el vestido de gala rojo que llevaba parecía estar ajustado especialmente para su figura.

Haime se volvió hacia la chaqueta de Vetas e hizo un gesto. Movió la mano de arriba abajo señalando la chaqueta y luego le mostró la parte inferior, donde Adamat había notado el desgarrón reparado. La mujer asintió con la cabeza, Haime tomó la chaqueta y la envolvió cuidadosamente con papel de seda.

La mujer salió un momento después con una caja marrón debajo del brazo. Miró hacia ambos lados, y Adamat resistió el impulso de ocultarse detrás del periódico. “Actúa con normalidad”, se recordó a sí mismo. No la conocía. Y, con toda seguridad, ella no le conocía a él.

La mujer se dirigió hacia el oeste. Adamat se puso de pie, dobló el periódico y se lo colocó debajo del brazo, y luego tomó su bastón.

La siguió a una distancia prudencial. La clave de seguir a una persona era alejarse lo suficiente para no ser notado, pero permanecer lo suficientemente cerca para no perderla en el caso de que se desviara repentinamente de su camino. Ayudaba saber si ella sospechaba que la seguían. A Adamat le parecía que no, pero sería mejor ser cuidadoso.

Supuso que ella pararía un carruaje en un par de manzanas. Estaba vestida como una dama con ese elegante vestido, y sus botas de tacón no estaban pensadas para dar caminatas largas. Sin embargo, siguió caminado despacio por en la calle en dirección noroeste. Se detuvo en un puesto callejero para comprar una tartaleta de frutas y luego continuó su camino.

Dobló hacia una calle tranquila de las Jaurías. Era una parte acaudalada de la ciudad, conocida mayormente por el distrito bancario que tenía en el centro. La calle en sí tenía menos tráfico peatonal, lo que preocupó a Adamat. En algún momento llamaría la atención, y eso era lo último que deseaba.

Retrocedió diez metros y luego dobló por la misma calle. Lo hizo justo a tiempo para ver que la mujer se metía en una casa grande de tres plantas.

La casa tenía una ancha fachada que ocupaba toda la calle. Las paredes eran de ladrillo blanco, con ventanas de postigos azules. Era bastante grande, de la clase de edificio construido para albergar a varias familias de la creciente clase media. Si en lugar de Vetas hubiera estado implicado cualquier otro, Adamat la habría pasado de largo, pensando que estaba demasiado expuesta y que era demasiado ordinaria.

De hecho, se preguntó si tal vez no habría cometido un error. Quizá la chaqueta no era de Vetas. Quizás había estado observando la prenda equivocada por la ventana de Haime. Tal vez la mujer había notado que él la seguía y había ido hasta allí para perderlo.

Adamat maldijo en voz baja. Había demasiadas variables.

Caminó despacio por la calle, dando pasos largos y despreocupados, como si estuviera admirando los edificios. Se acercó a la casa y tomo nota mental del número y del nombre de la calle, y pasó la mirada por cada una de las ventanas. Si aquel era el centro de operaciones de Vetas, seguramente tendría un hombre haciendo guardia.

Nada. Adamat intentó no sentirse decepcionado, pero no había absolutamente nada que indicara que aquella casa le pertenecía a Vetas. Tendría que revisar los registros de propiedad.

Justo cuando pasaba por la última ventana, vio un rostro. Se trataba de un niño de unos seis años que miraba el tráfico. Saludó a Adamat con la mano.

Adamat le devolvió el saludo.

No. Aquella no podía ser la casa de lord Vetas. ¿Para qué quería a un niño pequeño?

Salvo que tuviera un hijo. Eso parecía poco probable. El niño no compartía el menor rasgo de la estructura facial de Vetas. ¿Un pupilo? No. Vetas era un espía de lord Claremonte. No tendría un pupilo. ¿Otro rehén? Eso sí parecía una posibilidad.

Adamat continuó caminando por la calle. Pararía el siguiente carruaje y regresaría para vigilar la casa. Era la única pista que tenía.

Se metió en un carruaje y tomó asiento, y vio que alguien más subía detrás de él. Era un barrendero, tenía el rostro y la ropa roñosos después de un largo día de trabajar al sol.

—Disculpa —comenzó a decir Adamat, cuando vio la pistola que el barrendero tenía en la mano. Una gota de sudor frío le recorrió la parte baja de la espalda—. ¿Qué es esto? —preguntó.

—Tu cartera —dijo el hombre, y su voz salió como un gruñido.

A Adamat lo invadió una sensación de alivio. Un robo. Solo era eso. No era uno de los hombres de Vetas que lo había reconocido cuando pasaba. Lentamente, Adamat extrajo su cartera del chaleco y se la entregó al ladrón. No le iba a servir de mucho. Solo tenía cincuenta kranas en efectivo. No había cheques ni identificación.

El hombre revisó la cartera con una mano, sin dejar de apuntar a Adamat con la pistola. Unos momentos después, el sujeto saldría del carruaje y desaparecería entre las multitudes de la tarde.

Pero claro, estaban en las Jaurías. ¿Quién tenía las agallas para perpetrar un robo en una calle residencial de las Jaurías en medio de la tarde? Adamat abrió la boca.

Y entonces reconoció al niño de la ventana.

Se trataba del hijo del duque Eldaminse. Los realistas se habían enfrentado a Tamas en una pequeña guerra en el centro de la ciudad con el objetivo de colocarlo en el trono después de la ejecución de Manhouch. Adamat recordaba al niño por un trabajo que había hecho para la familia Eldaminse hacía casi un año.

El ladrón levantó la vista y miró a Adamat.

—Esto no sirve —dijo.

—¿Qué?

El ladrón giró la pistola en su mano y lo último que Adamat vio fue la culata del arma yendo hacia su rostro.

Cuando Taniel despertó, Fell estaba sentada junto a su hamaca.

Habían regresado al fumadero de Kin. Había humo en el aire, pero no era de mala. Tabaco de cereza, por el aroma. Llegaba a ver a Fell por el rabillo del ojo; la subsecretaria tenía una pipa de tubo corto colgando de la comisura de los labios.

Una mujer fumando en pipa. No era algo que Taniel hubiera visto a menudo. La mayoría de las mujeres qué él conocía preferían los cigarrillos fatrastos.

La subsecretaria del sindicato era una mujer atractiva. Demasiado severa para Taniel. Con el cabello echado hacia atrás y su rostro delgado, le recordaba a una institutriz que había tenido alguna vez. La observó durante algunos momentos con los ojos entrecerrados, preguntándose en qué pensaría ella. No parecía haber notado que Taniel estaba despierto. Tenía la vista clavada en el otro lado de la sala. Taniel se volvió en la hamaca para ver qué era lo que Fell miraba.

Ka-poel. Por supuesto. Estaba sentada junto a la escalera, haciendo una figura de cera con los dedos. Tenía su morral sobre el regazo. Cada poco tiempo, echaba un vistazo hacia la subsecretaria. Estaba haciendo un muñeco. De Fell.

Taniel se preguntó si la subsecretaria parecía una amenaza suficiente para justificar un muñeco o si Ka-poel había comenzado a hacer uno de cada persona que conocían. Si ese era el caso, pronto se quedaría sin lugar en el morral.

Los cuatro días anteriores le resultaban borrosos. Taniel intentó recordar, pero lo único que encontró fue humo de mala y el techo del fumadero de Kin. Antes de eso...

Ricard Tumblar quería que Taniel se postulara con él para el Primer Ministerio.

Eso significaba política.

Taniel odiaba la política. Había visto de primera mano las luchas de poder de la élite mercantil en Fatrasta mientras la guerra por la independencia avanzaba hacia el éxito; las traiciones, las intrigas. Ricard sostenía que no sucedería nada de eso. Sostenía que habría elecciones, abiertas y justas para el público; que el gobierno sería elegido por el pueblo.

Ricard, como la mayoría de los políticos, no era alguien en quien confiar.

Pero eso no parecía suficiente para un atracón de mala de cuatro días. ¿Por qué regresaría Taniel a aquel agujero y...

Ah, sí. Ricard había mencionado algo sobre informar a Tamas que Taniel estaba despierto y en buen estado. Sin importar lo que Taniel le dijera, Ricard no parecía entender que el mariscal de campo exigiría su presencia en el frente de inmediato.

Eso era algo bueno, intentó decirse a sí mismo. Él era útil. Podía ir hasta allí y ayudar a defender su país.

Matando. La única cosa para la que Taniel parecía ser bueno. ¡Diablos!, si hasta había matado a un dios. Aunque nadie le creyera.

Se volvió en la hamaca y extendió una mano para tomar la pipa de mala y la enorme bola de la sustancia pegajosa que Kin le había dejado.

La mala ya no estaba.

—¿Despierto? —preguntó Fell, dejando de prestarle atención a Ka-poel.

Taniel se incorporó. Revisó el bolsillo de su chaqueta (aún tenía chaqueta, eso era bueno), luego sus pantalones y el borde de la hamaca.

—¿Qué estáis buscando? —preguntó Fell. Por su expresión, sabía exactamente qué era lo que buscaba Taniel.

—¿Dónde está mi mala?

—Según Kin, os la fumasteis toda. Se le acabó en algún momento de la noche. —Fell se echó algo en la boca y masticó—. ¿Anacardos? —preguntó, ofreciéndole una bolsa hecha con papel de periódico.

Taniel negó con la cabeza. Revisó su pipa de mala. No quedaba nada. Luego miró el suelo.

—Ese gurlo ladrón debe de haberme robado el resto de la bola. Tenía suficiente para fumar durante semanas.

—Sé la velocidad a la que habéis estado fumando —dijo Fell—. No creo que os haya estafado. Sabe de dónde proviene el dinero. —Taniel hizo una mueca. ¿De dónde provenía el dinero? Miró a Fell. Ah, cierto. Ricard—. ¿Sabéis una cosa? El fumadero de Ricard tiene mala de mucha mejor calidad. Las esterillas son de seda y el entretenimiento es mejor que la hija de Kin.

Taniel sintió que se le revolvía el estómago. Volvió a acostarse en la hamaca. La hija de Kin. Taniel no recordaba nada.

—¿Acaso yo...?

Fell se encogió de hombros y miró a Ka-poel. Ka-poel negó ligeramente con la cabeza.

Taniel dejó escapar un leve suspiro. Lo último que necesitaba hacer en ese momento era encamarse con la hija de un gurlo dueño de un fumadero de mala.

—¿Qué quieres? —le preguntó a Fell.

Fell golpeó la pipa contra su zapato y se la colocó en el bolsillo, luego se echó más anacardos en la boca.

—Hoy recibimos noticias de vuestro padre.

Taniel se volvió a incorporar.

—¿Y?

—Hay cosas interesantes para informar. Los keseños se preparaban para atacar al día siguiente. Esto habría sido hace tres días. Tamas planeaba liderar un contraataque con sus mejores hombres.

—¿Cuántos soldados de Kez?

—Según los rumores, un millón. Tamas no lo dijo.

“Sus mejores soldados” significaba la Séptima y la Novena. ¿Y rumores de un millón? Eso era el doble del ejército de la batalla por el Pico del Sur. Aun si fuera una exageración y solo se tratara de la décima parte, Tamas igual lideraría a diez mil hombres contra cien mil. Estúpido presuntuoso.

De alguna manera, el hecho de que Tamas probablemente ganaría lo empeoraba todo.

—Ah —agregó Fell, como si acabara de recordarlo—. Preguntó por vos.

Taniel se sorbió la nariz.

—“¿Dónde está el maldito inútil de mi hijo? Lo necesito en el frente”. ¿Algo así?

—Preguntó si habíais tenido alguna mejoría y si los doctores pensaban que su presencia aquí podría ayudar de alguna manera.

—Ahora sé que estás mintiendo —dijo Taniel—. Tamas no abandonaría un campo de batalla por nadie. “Ni siquiera por mí. Sobre todo, no por mí”.—Ha estado muy preocupado. Le enviamos a decir que parecíais estar mejor, pero ¿quién sabe si la noticia le llegó antes de la batalla? —Fell metió la mano en su bolsa de papel en busca de otro anacardo con una pequeña sonrisa en los labios.

—Pero no le dijeron que estoy despierto.

—No. Ricard pensó que tal vez quisierais tiempo para recuperaros.

Entonces, las súplicas de Taniel por que su padre no se enterara habían surtido algún efecto.

—Más bien creo que le preocupa que Tamas mande llamarme en el momento en el que sepa que no estoy guardando cama.

—Eso también —admitió Fell.

—Por supuesto. —Taniel volvió a acostarse en la hamaca y suspiró. Se sentía cansado y utilizado. ¿Qué era él, más que una herramienta para los demás? —El viejo desgraciado de Tamas...

Lo interrumpió el sonido de la puerta de arriba abriéndose de un golpe.

La escalera que daba al fumadero se sacudió y un joven entró en la sala a toda prisa. Fell se puso de pie.

—¿Qué sucede?

El mensajero miró a su alrededor con cara de espanto. Respiraba con dificultad por la carrera.

—Ricard quiere que vayáis al Tribunal del Pueblo inmediatamente.

Fell arrugó la bolsa vacía de papel y la arrojó al suelo.

—¿Qué ha sucedido?

El mensajero miró a Taniel, luego a Ka-poel y luego volvió a mirar a Fell. Parecía estar a punto de derrumbarse.

—Hemos recibido noticias de Budwiel. La ciudad ha caído y ha sido incendiada. El mariscal de campo Tamas está muerto.

Nila estaba sentada junto a la ventana, con las cortinas un poco separadas. Miraba al mundo pasar con sus sombreros de copa y sus abrigos, con los bastones chasqueando contra los adoquines y las mujeres echándose el bonete hacia atrás para disfrutar el sol en el rostro. El calor del verano se abatía sobre Adro, pero nadie parecía notarlo. El clima era demasiado agradable para que a alguien le importara.

Ella deseaba estar allí fuera disfrutándolo. Su habitación era demasiado sofocante, y los hombres de Vetas habían claveteado todas las ventanas de la casa. El aire era espeso y húmedo, demasiado cargado, y ella sentía que de un momento a otro se iba a desmayar. Vetas la había enviado a hacer un recado el día anterior, y la libertad de sentir el sol en el rostro había sido tan maravillosa que casi abandonó la ciudad y olvidó a Vetas y a Jakob y todos los recuerdos terribles de los meses anteriores.

El corazón le dio un vuelco cuando oyó que se abría la puerta de la habitación, pero se obligó a no exteriorizarlo. No era Vetas. Él solía venir del corredor. No de la puerta del cuarto de juegos, donde Jakob jugaba en silencio con un pequeño ejército de caballos de carreras y se quejaba del calor una y otra vez.

—Nila —dijo una voz—. Debes vestirte.

Nila echó una mirada al vestido tendido sobre su cama. Uno de los matones de Vetas se lo había llevado hacía una hora. Era un vestido camisero largo de muselina blanca, de cintura alta. El ribete era escarlata, lo que le daba un toque de color en el dobladillo, en el busto y en el borde de las mangas cortas. Parecía muy cómodo, y mucho más fresco que el vestido de gala que él le había ordenado utilizar durante los recados del día anterior.

Sobre su mesilla de noche había una cadena de plata con una perla del tamaño de una bala de mosquete, y en una caja había un par de botas negras hasta la rodilla, que a simple vista se notaba que le sentarían de maravilla. Otros tres atuendos, cada uno más caro que el anterior, colgaban en el interior de su ropero.

Obsequios de parte de lord Vetas. Ella nunca había tenido prendas de tan buena calidad. El vestido era sencillo, nada llamativo, pero las líneas eran absolutamente perfectas. Al revisar el interior del dobladillo, había visto las iniciales D. H.; Madame Dellehart, la mejor costurera de Adopest. Ese vestido costaba más de lo que una lavandera común ganaba en un año.

—Nila —insistió la voz—. Vístete.

La ropa cara y las joyas le revolvían el estómago a Nila. Aceptar obsequios de lord Vetas era como aceptar los de un demonio. Ella sabía que tenían un precio.

—No lo haré —dijo Nila.

Unos pasos hicieron crujir el suelo de madera. Faye se arrodilló delante de Nila y le tomó la mano.

Habían estado encerradas juntas en la mansión durante seis días, y Nila aún no sabía gran cosa sobre aquella mujer. Sabía que el hijo de Faye estaba prisionero en el sótano, que ella tenía otros hijos en otro lado, y que también eran prisioneros de lord Vetas. También sabía que Faye mataría a Vetas si tenía la oportunidad.

Al menos, lo intentaría. Nila comenzaba a preguntarse si era posible matar a Vetas. No parecía humano; casi no comía, no dormía y no se emborrachaba, sin importar cuánto vino consumiera.

Faye le tiró de la mano.

—Arriba —dijo—. Vístete.

—No eres mi madre —dijo Nila. Las palabras le salieron como un gruñido.

—Ella te diría lo mismo si estuviera aquí.

Nila se inclinó hacia delante.

—Está muerta. No la conocí, y tú tampoco. Tal vez me diría que rompa esta ventana y me corte las muñecas antes que ceder ante las exigencias de Vetas.

Faye se puso de pie. La súplica gentil de su rostro desapareció y su expresión se endureció.

—Tal vez —dijo—. En ese caso, sería una idiota. —Faye comenzó a caminar por la habitación.

Nila había supuesto que ella era un ama de casa esposa de algún mercader de clase media. Se preguntó cuál era el valor de Faye para lord Vetas. Faye no había hablado sobre eso. Y solo había dicho unas pocas palabras aquí y allá acerca de sus niños. De hecho, la mujer estaba demasiado tranquila. Desde aquel arrebato inicial la noche en que la habían llevado, Faye había estado mansa como un cordero. Nila se imaginaba que, si tuviera hijos, no descansaría hasta verlos fuera de peligro. O Faye era muy paciente (y, por ende, una mujer más fuerte de lo que Nila la consideraba), o había algo más. ¿Un ardid de Vetas, tal vez? ¿Una espía?

Eso no tenía sentido. No valía la pena espiar a Nila. Si Vetas quería algo de ella, era el tipo de hombre que lo conseguiría a fuerza de tortura.

De cualquier manera, Nila no confiaba en Faye. No podía confiar en nadie en la guarida de Vetas.

—Si no te vistes —dijo Faye—, Vetas desahogará su ira contigo o con el niño. Tal vez con ambos.

—No soy su puta —dijo Nila.

—No te ha pedido que hagas nada degradante. —El “aún” tácito flotó en el aire por un momento—. Solo que lo acompañes en sus recados. Eso te permitirá volver a salir de esta condenada casa. Yo vigilaré a Jakob mientras tú no estás. Vamos, déjame ayudarte. —Nila dejó que Faye la ayudara a ponerse de pie y le quitara su viejo vestido—. Hay ropa interior nueva —dijo Faye levantando una caja pequeña de la cama.

Nila le arrebató la caja y la arrojó al suelo.

—Ya la he visto, gracias —le dijo—. Solo una puta usa una prenda como esa. —Inspiró profundamente y se dio cuenta de que le temblaban las manos.

Faye dejó caer los brazos. Se acercó a la puerta de la habitación de juegos, se fijó si estaba Jakob y entonces la cerró. Se volvió hacia Nila con las manos en las caderas.

—¿Has visto la sala del sótano? —preguntó Faye. Nila la miró desafiante ¿Quién era esa vieja para exigirle cosas a ella?—. ¿Y bien? —Nila asintió bruscamente con la cabeza y trató de no pensar en la sala de las mesas largas y las manchas de sangre y los cuchillos afilados sobre la mesa de trabajo—. También me la mostró a mí. Cuando llegué aquí. Yo no quiero ir a esa sala y me imagino que tú tampoco. Así que mantenlo contento.

—Yo...

—No me importa quién eres —dijo Faye— o por qué estás aquí. Pero Jakob parece importarte. Vetas no es la clase de hombre que vacilaría en aplicar sus prácticas insidiosas en los niños.

—No se atrevería.

Faye dio un paso en dirección a Nila. Nila se obligó a no retroceder, pero la expresión de la mirada de aquella mujer la atemorizó.

—Me obligó a mirar mientras le cortaba un dedo a mi muchacho —dijo Faye—. Obligó a mis niños a mirar. Todos gritábamos, y sus matones nos retenían. Luego le envió el dedo a mi esposo para asegurarse de que cooperara en uno de sus planes. —Faye escupió en el suelo.

—¿Y qué estás haciendo ahora? —preguntó Nila.

—Estoy esperando.

—¿Qué esperas? —preguntó Nila con tono burlón.

—Mi oportunidad. —Sus palabras casi no se oían. Faye se limpió una lágrima del rabillo del ojo e inspiró profundamente—. Hay un momento para la furia. Y hay un momento para la paciencia. A Vetas ya le llegará el momento de saldar deudas.

—¿Y si yo le llegara a contar esto que me has dicho? ¿Cómo sabes que puedes confiar en mí?

Faye inclinó la cabeza hacia un lado.

—Ve y díselo si quieres. ¿Crees que él no sabe que le arrancaría las tripas por el culo si tuviera la oportunidad? —Faye meneó la cabeza con asco—. Mi esposo es inspector. Es un hombre inteligente, un hombre de principios. Siempre pensó que la nobleza consistía en un montón de idiotas engendrados por endogamia. Una vez le pregunté cómo podía tolerar las burlas de un barón o la idiotez obtusa de una duquesa el tiempo suficiente para terminar de resolver un caso relevante. —Nila permaneció en silencio, observando el lado del rostro de Faye mientras ella hablaba—. Me respondió que tragarse el orgullo y ser paciente frente a la adversidad le había permitido alimentar y proteger a su familia durante años, mientras que ceder a su instinto de devolver los ataques solo lo haría ir a prisión o algo peor. Lo único que puedo hacer ahora es esperar. Así que espero. Tú deberías hacer lo mismo. Ponte el maldito vestido.

Nila observó a la mujer en busca de algún indicio de falsedad. Tenía fuego en los ojos. Furia. La clase de ira de la que solo una madre es capaz.

—Dame un poco de privacidad —dijo Nila.

Ella ya estaba vestida cuando alguien llamó a la puerta. No la de la habitación de Jakob, sino del corredor. Nila se tragó su miedo al oír que la puerta se abría, y se alegró de haberse puesto aquella ropa.

—Vamos progresando —dijo lord Vetas—. Date la vuelta.

Ella se volvió hacia él y se obligó a mirarlo a los ojos.

Él la miró de arriba abajo y lentamente hizo girar el vino de su copa.

—Servirás —dijo él.

—¿Para qué? —preguntó ella.

Si él oyó el enfado en su voz, hizo caso omiso.

—Desde hace un tiempo, he estado intentando asegurarme un almuerzo con una mujer llamada lady Winceslav. Finalmente lo conseguí. Me acompañarás al almuerzo como mi sobrina. Eres una muchacha tímida y no dirás más que “sí, señora” o “no, señora”. Tengo la intención de cortejarla, y ella se mostrará más afable si cuento con una pariente cercana femenina. Solo te necesitaré durante unas pocas semanas, como mucho.

—¿Quién es...?

—Eso no te concierne. Interpreta bien tu papel y te permitiré conservar la pequeña medida de libertad que te he permitido. Hazlo mal y te castigaré. ¿Entiendes?

—Sí —dijo Nila.

—Bien. ¿Dónde está el niño?

Nila deseó que hubiera alguna mentira que pudiera decirle. ¿Pero dónde más podía llegar a estar Jakob si no en su cuarto de juegos?

—Jakob —lo llamó ella—, ¡ven aquí, por favor!

La puerta de la habitación se abrió y Jakob atravesó el dormitorio al trote. Miró a Vetas con una sonrisa.

—¡Hola!

Vetas esbozó una amplia sonrisa. A Nila la expresión le recordó un cráneo pulido que una vez había visto en la tienda de un boticario.

—¡Hola, mi muchacho! —dijo Vetas. —¿Te gusta tu ropa nueva?

Jakob dio vueltas sobre sí mismo con los brazos extendidos para mostrar un elegante traje de chaqueta azul con pantalones hasta la rodilla y calcetines altos.

—Es muy bonita —dijo Jakob—. Gracias.

—Es un placer, niño —dijo Vetas—. Te he traído algo. —Salió al corredor y regresó con una caja no mucho más grande que la de las botas de Nila. Colocó la caja en el suelo, quitó la tapa y dejó a la vista un juego de soldados y caballos de madera, veinte en total.

Jakob dio un grito ahogado de alegría y de inmediato comenzó a sacarlos de la caja y a dispersarlos por el suelo.

—Llévalos a tu habitación —dijo Nila.

Jakob se detuvo y miró Nila con gesto de enfado. Volvió a guardar los juguetes y comenzó a llevarse la caja a rastras hacia el cuarto de juegos.

—¿Te gustan? —preguntó Vetas.

—¡Claro! ¡Gracias, tío Vetas!

—De nada, niño.

En cuanto Jakob se perdió de vista, la sonrisa de Vetas desapareció. Bebió un sorbo de vino.

—Estate lista en media hora. —Se fue de la habitación y Nila oyó que la puerta se cerraba con llave desde el otro lado.

“Tío Vetas”, había dicho Jakob.

Nila se preguntó cómo planeaba Faye matar a Vetas, y si, tal vez, ella tendría la oportunidad primero.

Capítulo 9

Taniel recorrió deprisa las calles de Adopest cegado por la incredulidad. ¿Tamas, muerto? No podía ser. El viejo desgraciado era demasiado terco para morir. Era avanzada la mañana y había bastante tránsito; no le quedaba otra que abrirse paso entre los peatones con el hombro y esquivar carruajes y carros. Oía a Fell disculpándose con la gente a la que Taniel derribaba.

Taniel se detuvo un momento para asegurarse de que Ka-poel seguía con él. Estaba justo a su lado, fiel como su propia sombra. Fell surgió de la multitud. Del mensajero que los había hallado en el fumadero de mala no había ni rastro.

—Pole —dijo Taniel—. ¿Sabes si está muerto? —Ka-poel pareció desconcertada. La cogió por los hombros y la acercó—. ¿Alguna vez hiciste una figura de él? ¿Tienes algún tipo de conexión?

Su gesto de concentración desapareció y luego negó con la cabeza. Nada.

—Diablos. —Taniel se volvió.

—Lamento lo de vuestro padre —dijo Fell, ya llegando a su lado.

—Creeré que el viejo cabrón está muerto cuando vea su cuerpo —dijo Taniel.

De pronto sintió que se descomponía cuando en su mente vio una imagen de Tamas tendido frío y rígido en un ataúd abierto. Hizo a un lado la visión, pero tuvo que inclinarse sobre Ka-poel para apoyarse.

Ella lo miró con sus ojos verdes cristalinos. En ellos había una mezcla de emociones: ira, desconcierto, compasión, determinación. Los ojos de ella se endurecieron y él apartó la mirada.

—En fin, ¿dónde diablos estamos? No reconozco nada.

—Es porque habéis estado corriendo a ciegas por entre la gente —dijo Fell—. Para ir al Tribunal del Pueblo es por aquí. —Señaló hacia el este. Habían estado yendo hacia el norte.

Taniel asintió con la cabeza.

—Te seguimos —le dijo. Aún tenía la mano sobre el hombro de Ka-poel. Ella no lo había movido—. Pole —le dijo—, yo... —Se detuvo.

Su mente era pura neblina, pero el hombre que se le acercaba por la calle le pareció familiar. Taniel podría haber jurado que lo había visto pasando el rato en el fumadero de Kin. Era alto, de hombros anchos y tenía una leve cojera. Había algo fuera de lugar en él.

El hombre levantó la vista y miró a Taniel a los ojos. Fue toda la advertencia que Taniel recibió.

El sujeto dio dos saltos enormes hacia él. Hizo a un lado a Ka-poel con el hombro y luego Taniel sintió que el puño del sujeto impactaba en su esternón. El golpe lo levantó en el aire, por encima de las cabezas de la multitud, y luego Taniel cayó al suelo y golpeó con el hombro sobre los duros adoquines.

Taniel comenzó a respirar entrecortadamente. ¿Se le habían roto las costillas?

Una pequeña multitud se juntó a su alrededor. Oyó unas voces que preguntaban si se encontraba bien. Un caballero tocó el brazo de Taniel con el bastón. Una mujer gritó.

Solo una clase de criatura podría haberlo golpeado con tanta fuerza.

Un Guardián.

Taniel cogió el bastón del caballero, ignoró su grito de protesta y se puso de pie justo a tiempo para ver a una joven que era arrojada al suelo mientras el Guardián avanzaba a empellones y cogía a Taniel del cuello con ambas manos.

De la garganta del Guardián surgió una hoja de acero, que se detuvo a unos pocos centímetros de los ojos de Taniel. El Guardián lo arrojó al suelo y se volvió, lo que dejó a la vista un estilete que tenía clavado en la nuca, justo en la columna vertebral. El Guardián borboteó y atacó a Fell, que lo esquivó mucho más rápido de lo que Taniel habría imaginado que fuera capaz.

Taniel se puso de pie de un salto y golpeó la parte de atrás de la cabeza de la criatura con el bastón. Aunque era de madera dura, se hizo astillas por la fuerza del impacto.

El Guardián se estremeció levemente. Se volvió hacia Taniel, luego hacia Fell, como si estuviera decidiendo qué amenaza atacar. Mientras ellos lo observaban, extrajo un pañuelo del bolsillo, extendió la otra mano hacia la nuca y se extrajo el estilete de su propia columna. Una sangre negra y repugnante brotó del agujero de su cuello. Taniel oyó que alguien vomitaba con violencia en la calle.

El Guardián presionó el pañuelo contra la herida para detener la hemorragia. Todo aquel procedimiento espeluznante había durado unos cinco o seis segundos. Entonces se volvió hacia Fell y saltó deprisa.

Taniel estaba listo. Saltó hacia delante sosteniendo el extremo dentado del bastón roto como si fuera una daga. Echó el brazo hacia atrás para clavar su arma improvisada en la espalda del Guardián.

Algo lo golpeó desde un lado. Sus dientes castañearon. La visión se le oscureció.

Un segundo después, Taniel tenía la vista clavada en el rostro deformado de otro Guardián, que tenía la rodilla apoyada contra su pecho y las manos alrededor de su cuello. Taniel se retorció, pero no tenía la fuerza para defenderse. Necesitaba pólvora.

Logró levantar la rodilla y colocarla entre ellos, lo que le quitó el peso de la criatura de encima del pecho. Con el brazo que tenía libre, atacó con el bastón y se lo clavó profundamente en el brazo del Guardián. El Guardián se rio y volvió a apoyarle la rodilla en el pecho.

Taniel gruñó mientras la rodilla se hundía sobre su esternón con más peso. Ka-poel trepó a la espalda de la criatura. Le clavó su larga aguja en la columna vertebral una y otra vez. El Guardián se sacudió como un toro intentando librarse de un jinete inesperado. A Taniel le pareció sentir que algo se le rompía dentro del pecho.

El Guardián se puso de pie, incapaz de quitarse a Ka-poel de la espalda, y Taniel resopló, sintiendo con regocijo que el aire volvía a llenarle los pulmones. Necesitaba alejarse. Irse de allí. Necesitaba pólvora.

Rodó hasta quedar tendido sobre el estómago y luego logró ponerse de rodillas. El Guardián le lanzó una patada y lo volvió a arrojar sobre los adoquines. Taniel se puso de pie con dificultad. Detrás de él, Ka-poel luchaba por mantenerse sobre la espalda del Guardián mientras este extendía sus desproporcionados brazos hacia ella para tratar de quitársela de encima.

Para entonces, la gente llamaba a los gritos a la policía. Se había reunido una multitud, pero mantenían la distancia.

Ka-poel no podía ganar esa pelea. Pero, claro, tampoco podía Taniel. Extendió los sentidos. Tenía que haber pólvora por algún lado. Alguien tenía que tener un poco.

Avanzó tambaleante hacia un joven con bombín que llevaba un rifle al hombro. Se trataba de un Hrusch y parecía recién comprado: no había sido disparado ni una vez. Taniel agarró al joven por la pechera de la camisa.

—¡Tu cuerno de pólvora! ¡Dámelo ya!

El joven intentó separarse de él. Taniel extendió una mano hacia su kit y sintió que sus dedos se cerraban alrededor de la forma suave y cilíndrica de un cuerno de pólvora. Lo extrajo triunfal de la bolsa y se volvió, y vio que Ka-poel seguía encima de la espalda del Guardián a duras penas.

—¡Pole, abajo!

Ka-poel se soltó y fue arrojada a un lado. Taniel sostuvo el cuerno de pólvora como una granada y lo arrojó por encima de su cabeza. Extendió la mente para encender la pólvora y dirigir la explosión para hacer pedazos a la criatura.

No sucedió nada.

El Guardián atajó el cuerno de pólvora con una mano. Miró a Taniel a los ojos, giró el cuerno para que el extremo cónico apuntara hacia sí mismo y mordió el cuerno. De sus labios comenzó a derramarse pólvora. Lamió la pólvora con la lengua y la molió con los dientes.

Taniel retrocedió hasta que chocó contra el joven al que le había robado el cuerno de pólvora.

—Cargas —le dijo—. ¡Necesito cargas de pólvora! —Un sudor frío brotó en la frente de Taniel. Aquel Guardián, aquella cosa...

El joven se volvió y huyó. Taniel oyó alaridos y vio más gente corriendo. Intentó retroceder otro paso, y la bota golpeó contra algo. El joven había dejado caer su kit y su rifle.

Taniel hurgó dentro de la bolsa a toda prisa, asegurándose de no quitarle la vista de encima al Guardián. Había un puñado de cargas de pólvora. Rompió el extremo de una de las cargas con los dedos y se echó una línea de pólvora negra sobre el dorso de la mano. El Guardián seguía comiendo la pólvora del cuerno. Se la estaba comiendo toda.

No tenía sentido, pero de alguna manera, aquel Guardián era un reflejo deformado del propio Taniel. Aquel Guardián era un mago de la pólvora. Taniel aspiró la pólvora.

Por unos momentos, pensó que iba a desmayarse. En los límites de su visión el mundo quedó a oscuras, pero luego todo se volvió repentinamente tan claro que hizo que le dolieran los ojos. Flexionó las manos, luego se tanteó el pecho. No le dolía. Apretó los dientes y tomó el rifle con ambas manos.

El Guardián se le echó encima sin advertencia alguna. Taniel dio un paso a un lado y cogió el cañón con ambas manos, alzando la culata por encima de su hombro, y lanzó un latigazo con el rifle que dio de lleno en el rostro del Guardián.

La culata de nogal se hizo pedazos y el Guardián cayó dando un golpe de lo más satisfactorio. La criatura se puso boca abajo y empujó con los brazos hasta quedar de rodillas, luego se lanzó hacia el pecho de Taniel.

Taniel retrocedió, intentando permanecer de pie. Le resultaría imposible hacer caer a un Guardián al suelo por la fuerza; al menos, si el Guardián se encontraba en un trance de pólvora. Taniel plantó un pie detrás de él para detener su retroceso y envolvió los brazos alrededor del abdomen del Guardián. Lo empujó para hacerlo perder el equilibrio y lo soltó.

La criatura rodó y luego se puso de pie lentamente.

Su rostro era un amasijo de carne destrozada y astillas de madera. Le brotaba sangre de la nariz y de la boca, y tenía un ojo tan hinchado que no podía abrirlo. Le mostró los dientes a Taniel. Le faltaba media dentadura.

—¿Qué diablos eres? —dijo Taniel.

El Guardián inclinó la cabeza hacia un lado. Se levantó el cabello castaño, que llevaba atado en una coleta sobre el hombro derecho, y reveló la roncha roja y abultada. Le habían quemado en la piel la imagen de un rifle del largo de un dedo.

Era la marca que los Privilegiados keseños les hacían a los magos de la pólvora antes de ejecutarlos.

El Guardián soltó el cabello. Observó a Taniel por un momento, y luego miró hacia un lado. Ka-poel estaba agazapada allí, con su larga aguja en la mano. Le gruñó al Guardián.

—Pole, aléjate...

El Guardián brincó hacia Ka-poel. Se movía con una velocidad increíble, y cruzó la distancia en un abrir y cerrar de ojos.

Taniel era más rápido ahora que estaba en el trance de pólvora. Se lanzó contra el Guardián y vio que la criatura se retorció en el último momento. El puño de Taniel voló más allá del rostro del Guardián, y los dedos del Guardián volvieron a cerrarse con fuerza alrededor de su cuello.

Ahora el Guardián no intentaría asfixiarlo. Le retorcería el cuello y se lo quebraría como un niño rompe un fósforo.

Taniel le dio un puñetazo en el pecho al Guardián. Este gruñó levemente. Taniel lo golpeó una y otra vez, con la velocidad de un rayo. Sintió que los dedos del Guardián perdían fuerza. Ka-poel se arrojó sobre el Guardián. Él le dio un revés que la lanzó hacia los adoquines.

La visión periférica de Taniel se volvió roja. En su mente, vio el cuerpo de Ka-poel en la calle, con el cuello torcido en un ángulo equivocado, con los ojos sin vida clavados en el cielo.

De pronto, el Guardián comenzó a derrumbarse. Taniel apretó el puño, lo retiró...

Y se detuvo, horrorizado. Tenía la mano cubierta por la sangre negra del Guardián. Entre los dedos sostenía una de las gruesas costillas de la criatura, con la carne aún adherida. Bajó la mirada. El Guardián, ya abatido, tenía la mirada fija en él. Su abrigo estaba empapado de sangre.

Taniel volvió a tener la visión mental del cuerpo sin vida de Ka-poel y clavó la costilla en un ojo del Guardián.

Luego se quedó allí de pie, jadeando. Algo lo tocó y él casi lanzó un alarido de lo tenso que tenía el cuerpo. Era Ka-poel. No estaba muerta. Colocó una de sus pequeñas manos en la de él, haciendo caso omiso a la sangre del Guardián.

—Nunca vi a un mago de la pólvora hacer eso —dijo Fell sin aliento, mientras se acercaba a ellos por la calle desierta.

La parte delantera del guardapolvo de la subsecretaria estaba cubierto de sangre negra, y también de un poco de la suya. Tenía una mejilla roja e hinchada, pero no parecía notarlo.

—¿Dónde está el otro Guardián? —preguntó Taniel.

—Huyó —dijo Fell.

—Tú no eres tan solo una subsecretaria —dijo Taniel, recordando el estilete que Fell, sin temor, había clavado en la garganta de un Guardián—. Los Guardianes no huyen.

—Este lo hizo cuando vio lo que le hicisteis a su amigo —dijo Fell—. Yo solo lo mantuve ocupado hasta entonces. —Se sorbió la nariz—. Vos no sois un mago de la pólvora común y corriente.

Taniel se miró las manos. Había atravesado la piel del Guardián de un puñetazo y le había arrancado una costilla. Nadie podía hacer eso. Ni siquiera él, en su trance de pólvora más intenso. Pero claro, quizá el asesino de un dios sí pudiera. Algo le había sucedido en el Pico del Sur.

—Supongo que no. —Miró la carnicería que había a su alrededor. Las personas más cercanas se encontraban a unos setenta y cinco metros, observando y señalando. Oyó los silbatos de la policía adrana que se acercaba—. Esto fue una trampa —dijo—. Una trampa de Kez. ¿Cómo es que están en la ciudad? Pensé que Tamas había acabado con el traidor de Charlemund y con su cómplice keseño.

—Así es —dijo Fell. Parecía preocupada.

Taniel tomó una carga de pólvora y cerró los ojos. Había regresado al trance de pólvora. Se sentía increíblemente. Sus sentidos estaban vivos. Podía oler cada aroma que flotaba en el aire, oír cada sonido de la calle.

Su corazón aún retumbaba por la pelea.

—Me voy —dijo tomando a Ka-poel de la mano.

—Ricard... —comenzó a decir Fell.

—Se puede ir al diablo —dijo Taniel—. Me iré hacia el sur. Si Tamas verdaderamente está muerto, y los keseños están convirtiendo magos de la pólvora en Guardianes, el ejército me necesita.

Tamas cabalgaba junto a Olem, a la cabeza de la Séptima Brigada. Detrás de ellos, la columna se extendía a lo largo del Gran Camino del Norte, que se elevaba y caía por las estribaciones de las montañas Adranas. Sus hombres ya estaban cansados, cubiertos de polvo, y la travesía para regresar a Adro casi no había comenzado.

Marchaban hacia el noroeste sin la protección de la niebla mágica de Mihali, que les había permitido escapar del ejército keseño hacía cuatro días. Hacia el este, la cordillera de las montañas Adranas recortaba el cielo con sus picos escarpados y cubiertos de nieve, mientras que el sofocante calor del verano abatía al ejército de Tamas. Hacia el sur y hacia el oeste, la Expansión Ámbar (el granero de los Nueve y la fuente de la gran riqueza de Kez) se extendía más allá de donde llegaba la vista.

Tamas habría preferido marchar a pie junto a sus hombres. Pero seguía teniendo punzadas de dolor en la pierna, y necesitaba poder recorrer rápido la columna. Bajo sus órdenes, muchos caballos de los oficiales habían sido redistribuidos a los centinelas y se habían unido a sus doscientos hombres de caballería para explorar.

—Nos estamos quedando sin comida —dijo Olem desde su caballo, junto a Tamas.

No era la primera vez que Olem mencionaba las raciones, y no sería la última.

—Lo sé —dijo Tamas.

Sus hombres contaban con el kit básico, que equivalía a una semana de raciones para el camino. No tenían seguidores de campamento ni caravana de suministros. Habían ido a paso ligero durante cuatro días, y a él no le cabía duda de que algunos de los muchachos ya habían terminado sus reservas, a pesar de las órdenes.

—Da la orden de reducir las raciones a la mitad —dijo Tamas.

—Ya lo hicimos, señor. —Olem masticaba nerviosamente la colilla de un cigarrillo.

—Hazlo de nuevo.

Tamas miró hacia el oeste. Era exasperante. Millones de hectáreas de granjas a la vista, al parecer a muy poca distancia. La realidad era que no podían estar más lejos. Las cosechas más cercanas podían estar a doce o trece kilómetros de distancia, y sin caminos que les permitieran llegar a ellas. No había forma de atravesar las estribaciones y llegar a la llanura, buscar comida con más de diez mil soldados y regresar al camino sin perder dos días completos de marcha.

Esa era la ventaja que les llevaban a los ejércitos keseños, y Tamas no podía arriesgarse a perderla, ni siquiera por comida.

—Organiza más equipos de aprovisionamiento —dijo Tamas—. De veinte hombres cada uno. Diles que, al explorar, no se alejen más de un kilómetro y medio del Camino del Norte.

—Tendremos que aminorar la marcha —dijo Olem. Escupió la colilla y llevó una mano al bolsillo en busca de otro cigarrillo, pero lo observó por un momento y lo volvió a guardar. Murmuró algo en voz baja.

—¿Disculpa? —preguntó Tamas.

—Dije que me quedaré sin cigarrillos tarde o temprano.

Los cigarrillos eran la menor de las preocupaciones de Tamas.

—Los hombres están exhaustos. —Se volvió sobre la montura para mirar la columna, que se extendía detrás de ellos—. No puedo obligarlos a ir paso ligero otro día. Si han podido avanzar tan rápido durante tanto tiempo es gracias a lo que quedaba de la comida de Mihali. —Olem hizo un saludo y avanzó por la columna.

Tamas deseaba que el dios los hubiera acompañado en la maniobra fallida de flanqueo. Pasó la mirada por el rostro de los soldados de la Séptima y de la Novena. En general, le devolvían la mirada. Aquellos eran hombres duros. Los mejores de los mejores. Habían recorrido cuarenta kilómetros por día durante cuatro días. La infantería de Kez hacía doce de promedio.

Tamas divisó un jinete que se acercaba a un lado de la columna. La figura parecía enorme, aun montada sobre un animal de la caballería.

Gavril.

Cuando su cuñado se acercó, Tamas saludó con el sombrero.

Gavril se limpió el sudor del rostro con la manga y bebió unos sorbos de su cantimplora. Ante el calor de las altas llanuras, se había quitado sus pieles roñosas de la Guardia de la Montaña y solo llevaba su chaleco descolorido de líder de la Guardia y unos pantalones azul oscuro de un viejo uniforme de caballería.

Gruñó un hola. No hizo un saludo. Eso habría sorprendido a Tamas.

—¿Qué novedades hay? —preguntó Tamas.

—Detectamos a los keseños —dijo Gavril. Tampoco un “señor”.

Tamas sintió que el corazón se le subía a la garganta. Sabía que los keseños lo perseguían. Sería estúpido no darse cuenta de eso. Pero durante cuatro días no habían visto indicios de ellos.

—¿Y? —Tamas se llevó su propia cantimplora a los labios.

—Al menos dos brigadas de caballería keseña —respondió Gavril.

Tamas escupió el agua que tenía en la boca.

—¿Dijiste brigadas?

—Brigadas.

Tamas dejó escapar una bocanada temblorosa de aire.

—¿A qué distancia?

—Yo diría a unos noventa kilómetros.

—¿Te acercaste lo suficiente para hacer una cuenta precisa?

—No.

—¿A qué velocidad están cabalgando?

—No estoy seguro. La caballería de Kez llega a cubrir sesenta y cinco kilómetros en la llanura abierta si cabalgan rápido. Un ejército de ese tamaño, y en las estribaciones, cuarenta o quizá cincuenta kilómetros por día. —Eso significaba que, si Tamas permitía que sus hombres descansaran y buscaran comida, los keseños los alcanzarían en siete días. Si Tamas tenía suerte—. En seis días llegaremos a la linde del bosque Hune Dora. El terreno será demasiado escarpado para que la caballería nos rodee. Podrán perseguirnos desde atrás, pero nada más. Al menos, hasta que lleguemos a los Dedos de Kresimir.

Tamas cerró los ojos, tratando de recordar la geografía del norte de Kez. Aquel había sido el lugar predilecto de Gavril, cuando aún era Jakola de Pensbrook, el mujeriego más famoso de todo Kez.

—Los Dedos de Kresimir —dijo Tamas. Conocía la ubicación, pero le sonaba familiar por ser algo más que tan solo una marca en el mapa...

—Camenir —dijo Gavril en voz baja.

A pesar del calor, Tamas sintió que un fragmento de hielo le recorría la columna. Tuvo una ráfaga de recuerdos, y se encontró una vez más de pie junto a una tumba poco profunda, cavada con las manos en el frío de la noche, junto a las aguas de un río embravecido. El final de un plan valiente (pero, en última instancia, fallido) y el escape más angustioso de toda la larga carrera de Tamas.

Gavril tiró de la parte delantera de su chaleco empapado de sudor.

—Pasaremos muy cerca de allí. Me detendré para presentar mis respetos.

—No creo que pueda encontrarlo —dijo Tamas, aunque sabía que era mentira. La ubicación de la tumba estaba marcada a fuego en su memoria.

—Yo sí puedo —dijo Gavril.

—Queda bastante apartado del camino. Si mal no recuerdo.

—Tú también te detendrás.

Tamas volvió a mirar su columna de soldados. Seguían avanzando, y una brisa ligera arrastraba el polvo que se elevaba sobre ellos.

—Tengo hombres marchando, Jakola —dijo—. No me detendré por nada.

Gavril se sorbió la nariz.

—Ahora me llamo “Gavril”, y sí, te detendrás. —Continuó hablando, sin darle la oportunidad a Tamas de objetar—. Puedes dejar atrás a los keseños en los Dedos. Solo tenemos que llegar al primer puente antes que ellos.

Los Dedos de Kresimir eran una serie de ríos profundos y muy turbulentos que se originaban en las montañas Adranas, alimentados por sus nieves. Eran imposibles de vadear, incluso a caballo. El Gran Camino del Norte los atravesaba por medio de una serie de puentes que habían sido construidos hacía casi cien años.

—Si es que podemos llegar al puente antes que ellos —dijo Tamas, agradecido por abandonar el tema de aquella tumba solitaria—. Y aun si lo logramos, la caballería puede ir hacia el oeste, rodear los ríos y estar esperándonos cuando salgamos a las llanuras.

—Ya se te ocurrirá algo.

Tamas apretó los dientes. Tenía once mil soldados de infantería y doscientos de caballería, y solo una ventaja de cuatro días sobre un grupo de caballería keseña que bien podría contar con una fuerza equivalente a la suya. En una batalla campal, los dragones y los coraceros aventajaban por mucho a la infantería.

—Necesitamos comida —dijo Tamas.

Gavril miró hacia el oeste y los tentadores campos de trigo de la Expansión Ámbar.

—Si nos detenemos demasiado para buscar alimentos, la caballería nos alcanzará antes del bosque Hune Dora. Una vez en el bosque, habrá pocas granjas. Aquellos a quienes mandemos a cazar quizás obtengan ciervos y conejos, pero no será suficiente para todos.

—¿Y la ciudad?

Tamas recordaba que había un poblado justo al sur del bosque Hune Dora. No sabía si el bosque había tomado el nombre del poblado o si había sido a la inversa.

—Es bastante generoso llamarlo “ciudad” —dijo Gavril—. Tiene murallas, seguro, pero no puede haber más que unos pocos cientos de habitantes. Quizá podamos comprar o robar suficiente comida para un día o dos. —Hizo una pausa—. Espero que no estés planeando dejar todo el campo desprovisto. La gente de la zona ya sufre bastante. Ipille trata a sus siervos mucho peor que Manhouch.

—Un ejército necesita comida, Jak... Gavril.

Tamas miró hacia las montañas, casi sin ver los picos blancos. Tenía que equilibrar su ejército a la perfección. Necesitaban comida y seguridad. Si alcanzaban el bosque Hune Dora sin comida, sus hombres comenzarían a pasar hambre y desertarían. Si perdían demasiado tiempo para buscar comida, la caballería los alcanzaría antes de llegar al bosque y se encargaría de la columna completa.

Olem regresó de su tarea a medio galope y se colocó junto a Tamas y Gavril.

—Olem —dijo Tamas—. Haz la señal para que la columna se detenga. —Hizo una pausa para observar el campo. A la izquierda del camino, un campo cubierto de malas hierbas caía en pendiente hacia un barranco ubicado a poco menos de un kilómetro—. Aquí, este lugar servirá.

—¿Para qué, señor?

Tamas se armó de valor.

—Es hora de hablar con los hombres. Que se formen en hileras.

Llevó casi una hora informar a los últimos miembros de las columnas. Era tiempo perdido, pero hasta ese momento Tamas había dejado que los oficiales se encargaran de sus hombres y los mantuvieran informados. Si quería retener el mando de aquel grupo (mantener su disciplina y lealtad durante las siguientes semanas), necesitaba hablarles él mismo.

Se colocó en el borde del camino y miró por la pendiente. El campo quedó todo pisoteado, y el verde fue reemplazado por el azul adrano, de pie en hileras como si fueran briznas de hierba.

Tamas sabía que muchos de aquellos soldados morirían sin llegar a su hogar.

—¡Atención! —gritó Olem.

Hubo un sonido perceptible de las piernas que se acomodaban y de las espaldas que se enderezaban; once mil soldados se pusieron firmes.

El mundo se quedó en silencio. Se levantó una brisa, que sopló desde las montañas y empujó suavemente contra la espalda de Tamas. En favor de sus soldados, ninguno de ellos extendió la mano hacia el sombrero.

—Soldados de la Séptima y de la Novena —comenzó, gritando para que todos lo oyeran—. Vosotros sabéis lo que sucedió. Sabéis que Budwiel ha caído y que los keseños están metiéndose en Adro, y que lo único que los mantiene a raya es el ejército adrano.

”Estoy afligido por Budwiel. Y sé que vosotros también lo estáis. Muchos os preguntáis por qué no nos quedamos a luchar. —Tamas hizo una pausa—. Nos superaban en número y en poder de fuego. La caída de las murallas de Budwiel hizo que nuestra estrategia quedara obsoleta y no podríamos haber ganado esa batalla. Como todos sabéis, yo no peleo en batallas que sé que no ganaré.

Hubo un murmullo de afirmación. El enfado que les causaba haber abandonado Budwiel se había apagado durante esos seis días. Ellos lo entendían. No había necesidad de seguir hablando de eso.

—Budwiel puede haber caído, pero Adro no. Os prometo, os juro, que Budwiel será vengada. ¡Regresaremos a Adro y nos uniremos a nuestros hermanos y defenderemos nuestra nación!

Una ovación se elevó entre los hombres. Para ser sincera, le faltaba entusiasmo, pero al menos era algo. Tamas levantó las manos para que hicieran silencio.

—Pero antes —dijo cuando el ruido se acalló— tenemos una peligrosa travesía por delante. No voy a mentiros. Tenemos poca comida, no tenemos caravana de suministros ni reabastecimiento. No hay refuerzos. Nuestra munición menguará y las noches serán frías. Estamos completamente solos en una tierra extranjera. En este mismo momento, el enemigo tiene sus perros detrás de nosotros.

”Tenemos a la caballería keseña sobre nuestra pista, compañeros. Coraceros y dragones, en una fuerza equivalente a la nuestra, como mínimo, y quizá más poderosa. Apostaría mi sombrero a que los encabeza Beon je Ipille, el hijo favorito del rey. Beon es un hombre valiente, y no será fácil derrotarlo.

Tamas veía el miedo en los ojos de sus hombres. Dejó que lo contemplaran un momento, observando la sensación creciente de pánico. Y luego extendió una mano y señaló a sus hombres.

—Sois la Séptima y la Novena. Sois los mejores de Adro, y eso os convierte en la mejor infantería que el mundo haya visto. Para mí es un placer y un honor estar al mando en el campo de batalla y, si llega a suceder, morir con vosotros. Pero yo digo que no moriremos aquí, en territorio keseño.

”¡Que vengan los keseños! —rugió Tamas—. ¡Que envíen a sus mejores generales a por nosotros! ¡Que aumenten las probabilidades en nuestra contra! ¡Que nos caigan encima con toda su furia, porque estos sabuesos que nos pisan los talones pronto sabrán que somos leones!

Tamas terminó con la garganta irritada de tanto gritar y con el puño levantado sobre la cabeza.

Sus hombres tenían la mirada clavada en él. Nadie emitió un sonido. El corazón le retumbaba en los oídos, y entonces, entre las últimas hileras de las tropas reunidas, alguien gritó “¡Hurra!”.

Otra voz se le unió. Luego otra. Las voces se convirtieron en una ovación, luego en un grito de guerra, y once mil hombres levantaron su rifle sobre la cabeza y gritaron con actitud desafiante, y los herrajes y las espadas resonaron en un sonido que podría haber ahogado un cañonazo.

Esos eran sus hombres. Sus soldados. Sus hijos e hijas. Le sostendrían la mirada al propio diablo por él. Se apartó del camino para que no le vieran las lágrimas.

—Buen discurso, señor —dijo Olem, protegiendo un fósforo del viento mientras encendía un cigarrillo.

Tamas se aclaró la garganta.

—Quítate esa sonrisa del rostro, soldado.

—De inmediato, señor.

—Una vez que esto se apacigüe, haz que la cabeza de la columna comience a moverse. Necesitamos ganar más terreno antes de que caiga la noche.

Olem se fue a cumplir con su deber, y Tamas se tomó un momento para recomponerse. Miró hacia el sudeste. ¿Era su imaginación?, ¿o llegaba a ver movimiento en las estribaciones distantes? No. Los keseños no estaban tan cerca. Aún no.

Capítulo 10

Adamat había pasado la noche en la oscuridad, atado a una silla. En algún momento ya no había podido aguantarse más y se lo había hecho encima. El aire olía a orina, a moho y a tierra. Estaba en el sótano de un edificio que tenía mucho tránsito, y oía el crujido y los chirridos de los tablones del suelo mientras numerosos pies se movían sobre ellos.

Había comenzado a gritar cuando se despertó en completa oscuridad. Alguien había ido a decirle que se callara. Había reconocido la voz rasposa del ladrón y lo llamó maldito perro.

El ladrón se había ido riéndose para sí mismo.

La mañana había llegado hacía horas. Adamat se daba cuenta por la luz que entraba a través de las grietas del suelo que había sobre él. Oía su propio estómago refunfuñando por comida. Tenía la garganta seca y la lengua hinchada. Tenía dolores en el cuello, en las piernas y en la espalda por estar atado a la silla durante catorce horas o más.

El ungüento de ballena que había usado para alisarse las arrugas y ocultar su edad comenzaba a quemar. Se suponía que aquella sustancia debía limpiarse en menos de doce horas.

Adamat sintió que comenzaba a adormecerse y sacudió la cabeza para mantenerse despierto. Dormir en aquella situación era mortal. Necesitaba seguir despierto. Estar alerta. Tenía una herida en la cabeza. Necesitaba más luz para poder ver si sus ojos podían enfocar correctamente.

Era difícil darse cuenta de dónde estaba. Las voces por encima de él se oían apagadas, no sobresalía ningún olor específico, excepto el de su propia orina y el de la fría humedad del sótano.

Adamat oyó el crujido de una puerta y luego vio luz por el rabillo del ojo. Volvió la cabeza, un movimiento que le resultó doloroso, y vio que una lámpara bajaba meneándose por unas escaleras. Oía dos voces. Ninguna era la del ladrón.

—No ha dicho demasiado, más que haber llamado a Toak maldito perro —dijo un hombre. La voz era aguda y nasal—. No tenía nada en su cartera, solo un billete de cincuenta kranas y un bigote falso. Ni chequera ni identificación. Podría ser un poli.

Una voz le contestó por lo bajo. Adamat no pudo oírla.

—Bueno, sí —dijo la primera voz—. La mayoría de los polis llevan una marca de la ciudad encima, aun si están intentando arrestar a alguien. Podría ser uno de esos encubiertos. El mariscal de campo los estuvo usando para acabar con los espías keseños.

Otro murmullo como respuesta.

La primera voz sonó al borde del pánico cuando siguió hablando.

—No lo sabíamos —dijo—. Toak dijo que lo capturáramos, así que eso hicimos. Estaba siguiendo a la señorita de regreso a la casa.

El que hablaba se colocó delante de Adamat con la lámpara. La sostuvo frente a su rostro. No pudo evitar alejarse de la luz titilante de la vela. Parpadeó ante el brillo y trató de ver el rostro de quien hablaba y el del hombre que murmuraba. Podía ser Vetas. Vetas reconocería a Adamat en un segundo, y él sería hombre muerto, o algo peor.

—Mi nombre es Tinny —dijo la primera voz—. Levanta la vista y mira al jefe. —Tinny cogió a Adamat por la barbilla y le hizo volverse hacia la luz. Él juntó la flema que tenía en la garganta y se la escupió a Tinny en el ojo. Como recompensa obtuvo un fuerte golpe en el rostro que hizo que su silla cayera al suelo.

Adamat yacía de espaldas, con las manos aplastadas debajo de él y con estrellas flotándole en la visión. No pudo evitar lanzar un gemido de dolor. Se preguntó si no tendría las muñecas rotas.

—Levántalo —dijo la voz murmurante.

Tinny colgó la lámpara del techo y enderezó la silla de Adamat. Consideró darle un cabezazo, pero pensó que últimamente su cabeza había recibido suficiente daño.

—¿Qué queréis de mí? —Adamat intentó hacer que su voz saliera como un gruñido, pero la garganta seca no le permitió lograr más que un tono áspero.

—Eso depende —respondió la voz murmurante—. ¿Por qué seguías a la mujer del vestido rojo?

¿Por qué...? Entonces no era Vetas. O Vetas aún no lo había reconocido.

—No seguía a nadie —dijo Adamat. Intentó mantener un acento del noroeste—. Solo salí a hacer compras y a caminar.

—¿Sin identificación? ¿Con un bigote falso? Alúmbrale el rostro.

Tinny volvió a coger a Adamat por la barbilla y colocó la lámpara a su lado.

La voz murmurante lanzó una risita suave.

—Ah, si serás estúpido.

—¿Estúpido por qué? ¿Por salir a caminar? —dijo Adamat.

—No te decía a ti.

La lámpara se alejó del rostro de Adamat, y él llegó a ver a Tinny con claridad. Tenía los ojos muy abiertos y se había puesto pálido.

—Solo fue un error inocente, jefe. Os lo juro.

—Vete —murmuró la voz—. Espera. Dile al amo que tenemos al inspector Adamat.

Tinny volvió a colgar la lámpara del techo y se fue de la habitación. Adamat no pudo evitar el miedo helado que le trepó por la nuca. Entrecerró los ojos en la luz tenue, intentando ver el origen de ese murmullo.

—Adamat —le dijo de pronto la voz murmurante al oído.

Adamat se sobresaltó. No había oído que el hombre se moviera, y no había otra persona en aquel sótano húmedo.

—¿Quién? —dijo Adamat. Mantén la pose. Hazte el idiota. No dejes que te dobleguen.

Oyó un suave suspiro en el oído. De pronto, una hoja se apoyó contra su garganta expuesta.

Aún tenía el recuerdo demasiado vívido de tener una navaja pasando cerca de su garganta, no hacía más de dos meses. Se echó hacia atrás por instinto, dejando escapar un soplido. El cuchillo no lo siguió. Algo le tiró las muñecas atadas y de pronto estuvieron libres.

Se las masajeó para que recuperaran algo de sensibilidad y miró directo al frente. No se atrevía a suponer que lo habían liberado. En cualquier momento le podían clavar un cuchillo entre las costillas o cortarle la garganta. Sin duda, el hombre que tenía detrás estaba listo para cualquier movimiento repentino, e incluso si Adamat podía vencerlo en una pelea, se encontraba en un sótano, debajo del cuartel general de alguien.

Adamat aún no sabía dónde estaba. El murmullo pertenecía a alguien que lo reconocía, incluso con tan poca luz. Repasó cientos de nombres de distintos hombres, tratando de vincular un rostro con la voz, pero fue en vano.

Sintió, más que oyó, que la presencia volvía a colocarse frente a él. Le parecía distinguir una sombra corpulenta con una camisa sin mangas. Una cabeza calva brilló a la luz de la vela. Definitivamente no era lord Vetas.

Adamat intentó volver a enfocar la vista parpadeando y tomó una bocanada de aire. Se le atascó en la garganta cuando percibió un leve aroma a pimentón dulce y recordó un aroma similar en su propio hogar la misma noche en que lo atacaron los Barberos de la Calle Negra.

—Eunuco. —La palabra se escapó de su garganta junto a un suspiro entrecortado de alivio. Sintió que el cuerpo se le aflojaba y presionaba las cuerdas que aún le amarraban los tobillos a la silla, pero se le volvió a tensar un momento después, cuando se dio cuenta de que el eunuco del Propietario bien podía estar aliado con lord Vetas.

El eunuco se volvió hacia Adamat.

—Por fin —dijo—. Dejamos la farsa. Ahora bien, ¿qué hacías siguiendo a la mujer del vestido rojo?

Adamat se sorbió la nariz. El olor de su propia orina era menos tolerable, de alguna manera, ahora que tenía las manos desatadas.

—Estaba trabajando —dijo.

—¿En qué?

—Yo respondo al mariscal de campo Tamas, y solo a él. Deberíais saberlo. —El eunuco se golpeteó la mandíbula con un dedo, estudiando a Adamat con sus ojos fríos y rasgados—. Estamos del mismo lado, ¿verdad? —dijo Adamat. La pregunta sonó un poco desesperada para su gusto.

—En algunos minutos mi amo habrá decidido qué hacer con vos. Si decide dejaros vivir, os sugiero que mantengáis este pequeño incidente en secreto.

—¿“Si”?

El eunuco se encogió de hombros.

—Quisiera saber si tenemos objetivos opuestos. Se corren rumores sobre vos, Adamat. Haberos encontrado donde lo hicimos puede significar una de dos cosas.

Adamat se quedó esperando a que el eunuco explicara cuáles eran esas dos cosas. No lo hizo.

—¿Que estoy con vosotros o que estoy en vuestra contra? —arriesgó Adamat.

—Estas cosas rara vez son tan simples como “con o contra”.

—Estaba siguiendo una corazonada —dijo Adamat—. Intentaba encontrar a alguien.

—¿A lord Vetas?

Adamat observó al eunuco durante algunos segundos muy largos. Ni un tic. Ningún indicio. Ninguna revelación involuntaria. El sujeto era tan imposible de penetrar como un mármol pulido. ¿El Propietario estaba trabajando con Vetas, proveyendo refuerzos y espías, como Adamat temía?

—Sí.

—¿Por qué?

Adamat se miró las manos. En la luz tenue llegaba a ver las marcas oscuras donde habían estado atadas. Aún podía mover los dedos. Debía sentirse agradecido por eso. Sabía que no sentiría el verdadero dolor hasta que intentara caminar. Volvió a mirar al eunuco.

Aún impenetrable. En aquella situación, la verdad podría hacer que lo mataran.

Había cientos de mentiras que podría decirle. Adamat se consideraba un buen mentiroso. Pero también podrían matarlo por la mentira incorrecta, por muy bien que la dijera, o si el eunuco siquiera sospechaba que le mentía.

Era mejor decir la verdad.

—Secuestró a mi familia —dijo Adamat—. Me chantajeó, y aún tiene a mi esposa y a mi hijo mayor. Quiero recuperarlos y luego quiero matarlo lentamente.

—Demasiada violencia planeada por tratarse de un hombre de familia —dijo el eunuco.

Adamat se inclinó hacia delante.

—“Familia” —dijo—. Recordad esa palabra. No hay nada que haga surgir en un hombre la desesperación y la capacidad de ejercer violencia como poner en peligro a su familia.

—Interesante. —El eunuco no parecía conmovido.

Una puerta se abrió. El lado opuesto del sótano se llenó de luz y unos pasos descendieron por los peldaños.

—El amo dice que lo llevéis arriba, jefe —dijo Tinny.

El eunuco frunció el ceño.

—¿Ahora?

—Sí. Quiere verlo.

Adamat se alisó la pechera de su chaqueta mojada de orines. No pensó que podría estar más nervioso que cuando estaba sentado en un sótano atado a una silla a merced de vete a saber quién, pero lo estaba.

—¿Voy a reunirme con el Propietario?

—Así parece. —El eunuco extendió una mano y ayudó a Adamat a ponerse de pie—. No os preocupéis —le dijo—. En los Nueve hay solo tres hombres que conocen su rostro. Vos no seréis uno de ellos.

Eso no tranquilizó a Adamat. Se miró los pantalones, la mancha fría y húmeda que le pegaba la tela a las piernas.

—¿Y cómo...?

—Ah. —El eunuco le hizo un gesto a Tinny para que se acercara—. Adamat es ahora un huésped. Haz que un par de las muchachas lo aseen, y llévalo a ver al amo en veinte minutos.

Tinny pasó su peso de un pie al otro.

—Parecía muy insistente.

—¿Has visto la nueva alfombra del amo? —Tinny asintió vacilante con la cabeza—. ¿Y quieres que huela como este sótano?

—No, jefe.

—Que lo aseen y luego llévalo a ver al amo.

Lo primero que debía hacer Adamat era lograr alguna impresión de aquella nueva ubicación.

Estudió la decoración y la arquitectura, pero ambas le resultaron completamente inútiles. Bajo sus pies crujía un suelo de madera pulida. Las paredes eran de yeso sobre madera, y los candelabros eran de latón. Era un lugar amplio, pero recatadamente utilitario.

Adamat fue llevado a un baño que contaba con agua corriente caliente.

Un par de sirvientas le quitaron la ropa sin ceremonia y con tanta rapidez que no pudo protestar por la indecencia de todo aquel asunto.

Cuando el eunuco dio la orden de que un par de muchachas lo bañaran, Adamat había pensado que serían prostitutas. Aquellas eran lavanderas corpulentas.

Le restregaron la espalda y el cabello a toda prisa, le echaron agua fría para enjuagar el jabón y le ofrecieron un nuevo par de pantalones. Cuando Adamat salió del baño, las mismas dos mujeres le peinaron y le colocaron el cuello de la camisa.

Tinny esperaba en la puerta. Con mejor luz, Adamat pudo ver que se trataba de un hombre enclenque de mediana estatura. Llevaba un abrigo cruzado de doble botonadura y con colas cuadradas y un corbatín almidonado.

La chaqueta, los pantalones color crema y las botas que le llegaban a las rodillas eran tan increíblemente ordinarios que Adamat dudaba ser capaz de detectar a Tinny en la calle, en una hilera de hombres, a pesar de haber memorizado su rostro.

Ese era el don de Adamat, después de todo. Nunca olvidaba un rostro, y tampoco olvidaría el del Propietario. Una mirada rápida era todo lo que necesitaba.

Tinny le entregó a Adamat su cartera.

Adamat la abrió. El billete de cincuenta kranas seguía dentro. Junto al bigote falso.

Adamat tomó la chaqueta que le ofrecía una de las mujeres y guardó la cartera dentro. Lo hizo todo sin desviar la mirada de Tinny. El hombre le devolvió la mirada con una leve sonrisa burlona, y miró a Adamat de arriba abajo.

—Así estaréis bien —dijo Tinny—. Al menos ya no oléis a orina. —Le sonrió con malicia—. Tenéis una marca en el rostro.

Donde Tinny lo había golpeado. Encantador.

—Veo que tú te has limpiado la saliva.

La sonrisa de Tinny se convirtió en una mueca. Cogió a Adamat de la chaqueta. En voz baja dijo:

—Si el amo me lo ordena, os coseré a puñaladas. Me llevará tres días mataros. Sé quién sois vos. Poli. No me gustan los de vuestra clase.

Tan de cerca, Adamat percibió el olor a vino en el aliento de Tinny. Antes no lo había olido. ¿Tinny estaba tan aterrorizado del eunuco que había ido a por un trago? Interesante. Pero lo más interesante era la manera en que Tinny estaba de pie; se inclinaba levemente hacia la izquierda, bien a causa de tener la pierna izquierda más corta que la derecha o de descargar la derecha por alguna herida.

Adamat tiró de la chaqueta para que Tinny lo soltara.

—Después de vos —dijo Tinny.

—Por favor. —Adamat hizo un gesto hacia delante con la mano.

Tinny le hizo una reverencia burlona y salió al corredor.

Adamat le observó las piernas. Cojeaba, definitivamente, descargando la pierna derecha.

Lo atacó sin advertencia, su bota impactó con firmeza contra el lado de la pierna derecha de Tinny. Este se inclinó de lado, y Adamat le tapó la boca con la mano para acallar su grito de sorpresa. Luego le aplicó casi todo su peso y lo hizo descender hasta el suelo, y le colocó una mano firme en la garganta.

—Nunca amenaces con matar a un hombre a menos que sepas sin lugar a duda que tendrás la oportunidad de hacerlo —le susurró Adamat—. Me pasé todo el verano con las personas más poderosas de los Nueve respirándome en la nuca. ¿Crees que me importa un lacayo cojo? ¿Crees que tengo tiempo para ti? Voy a hablar con tu amo. Si las cosas van mal, me matará, no me cabe duda. Pero te prometo que, si me dejan solo en una habitación contigo, no importará cuán bien me aten; me soltaré y te mataré.

Adamat soltó el cuello y la boca de Tinny.

Los distintos tipos de hombre respondían de manera diferente frente a aquellos que tenían poder sobre ellos. Algunos se enfadaban. Algunos lo aceptaban en silencio. Algunos quedaban tan aterrorizados que creían cualquier cosa que se les dijera, sin importar lo disparatada que fuese.

Por la mirada de Tinny, Adamat supuso que él pertenecía al último grupo.

Adamat se dirigió al gran salón. Le dolía todo el cuerpo por haber pasado la noche atado a una silla, y se esforzó para ocultar su propia cojera. Pasó por delante de una docena de hombres y mujeres. Todos vestidos de manera corriente, al igual que Tinny. Probablemente fueran mensajeros y cosas por el estilo.

Adamat había estado en los cuarteles de quizás media docena de jefes criminales. Cada uno de ellos había sido un opulento palacio o un antro de perversión plagado de escoria. El centro de operaciones del Propietario era tan corriente que Adamat estaba casi estupefacto. Por lo que llegaba a ver, bien podría haberse tratado de las oficinas de algún noble poderoso, pero consciente del dinero.

En el gran salón había algunos matones. Hombres corpulentos que ponían mala cara a todo el mundo, con pistolas en los cinturones. Flanqueaban las ventanas y la puerta del frente. Adamat vio una mujer a la que reconoció, una madama de un prostíbulo del este de Adopest que una vez le había dicho dónde encontrar a un asesino. Llevaba sus mejores galas y estaba sentada en una banca junto a la puerta de entrada. Parecía una niña esperando ver al director de la escuela.

Alguien cogió a Adamat del brazo. Él mismo se sorprendió de no sobresaltarse; se volvió y le clavó la mirada a uno de los enormes matones.

Antes de que el hombre pudiera hablar, Adamat dijo:

—Estoy buscando al eunuco. Ordenó que me bañaran y parece que he perdido a mi guía. Debo reunirme con el Propietario ahora mismo.

El matón abrió la boca y luego la cerró. Pareció pensárselo.

Obviamente, no se había esperado aquello.

—Adamat —dijo una voz.

El eunuco atravesó el gran salón y le hizo un gesto con la cabeza al matón. A la luz del día, Adamat vio que llevaba un traje marrón hecho a medida, con faldones largos y un pañuelo color esmeralda. El grandullón se alejó y Adamat se dejó guiar por el eunuco por un corredor lateral.

—¿Dónde está Tinny? —preguntó el eunuco.

—Se tropezó. Cayó por una escalera. Le dije que yo me las arreglaría para encontrarme con vos.

—Ah. —No parecía que el eunuco fuera a poner en duda la historia de Adamat—. Bueno, si entráis, el amo os verá ahora.

Se habían detenido frente a una puerta situada a un lado del corredor.

Una puerta corriente. Sin adornos. Adamat miró a un lado y al otro del corredor.

—¿Aquí?

—Sí.

—Ya veo.

—¿Esperabais otra cosa? —preguntó el eunuco—. ¿Algo más imponente, tal vez?

Adamat estudió el decorado sencillo del salón, y vio a una mujer con una pila de papeles en los brazos; llevaba un vestido largo y sencillo de aspecto tan ordinario que le hizo daño al cerebro.

—No, supongo que no.

El eunuco golpeó la puerta.

—Adelante —ordenó una voz bruscamente.

Adamat entró a la sala y cerró la puerta detrás de él.

Para su sorpresa, el lugar estaba muy bien iluminado. Era un despacho de tamaño considerable, con paneles de madera fina, ventanas de arco alto y un hogar enmarcado por una mampostería ornamentada. Junto al hogar, no muy lejos de la puerta, había dos sillas bastante desgastadas. En el otro extremo de la sala había un escritorio ancho, cubierto parcialmente por un biombo. Adamat notó que, salvo por la fina alfombra que había en el suelo, no había adorno alguno.

Junto al escritorio estaba sentada una mujer de aspecto severo, de mandíbula marcada y patas de gallo pronunciadas. Su postura era perfecta, y su vestido caía liso sobre sus piernas. En el regazo tenía una bufanda a medio tejer.

—¿Inspector Adamat? —preguntó la mujer.

Adamat asintió con la cabeza, mirando el biombo con curiosidad. Detrás del biombo se oían los arañazos de una pluma.

—Mi nombre es Amber —dijo la mujer. Al decirlo, lo pronunció “ambe”—. Lo primero que debéis saber es que si veis el rostro del amo, incluso por accidente, moriréis. —De pronto, Adamat sintió menos curiosidad por lo que había detrás del biombo—. Sentaos —ordenó la mujer, señalando una de las sillas que había junto al fuego.

Adamat se sentó.

Amber continuó.

—Yo hablo por el amo. Soy su portavoz, y vos podéis dirigiros a mí como si yo fuera él, y yo hablaré con vos como si yo misma fuera él. Ahora bien, quisiera disculparme por la noche que habéis pasado en nuestro sótano. Fue algo muy lamentable.

Los sonidos de pluma se habían detenido. Adamat notó que Amber ya no miraba hacia él, sino hacia detrás del biombo. ¿Leía alguna clase de lengua de señas por parte del amo?

—Algo absolutamente desagradable, os lo aseguro.

—Vayamos al asunto que nos ocupa —dijo el Propietario por medio de Amber—. Hay un hombre llamado lord Vetas que le ha estado causando una cantidad considerable de problemas a mi organización.

—No conozco ese nombre —mintió Adamat, preguntándose por qué se molestaba en hacerlo. Ya le había hablado al eunuco sobre Vetas y su familia.

—Vamos. Tamas lo ha mantenido muy en secreto, pero el nombre pasó por los más altos niveles de su gabinete militar. Junto con el vuestro. Me parecería demasiada coincidencia que mis hombres se toparan con vos mientras seguíais a una espía de Vetas.

—Han sucedido cosas más extrañas —dijo Adamat.

—¿Como que Taniel Dos Tiros, un célebre héroe de guerra, le dé un balazo en medio del ojo a un dios en la cima del Pico del Sur? —dijo el Propietario—. ¿O que el mariscal de campo Tamas, uno de los hombres más razonables de Adro, declare que un chef es el dios de Adro?

Adamat tamborileó con los dedos sobre la pernera del pantalón y observó a Amber mientras ella miraba detrás del biombo. Era desconcertante llevar a cabo una conversación de esa manera, pero no parecía haber alternativa.

—No creéis en esa estupidez, ¿verdad?

—No dije que lo creyera —dijo el Propietario a través de su intérprete—. Solo tiendo a creer en los hechos innegables, pero si solo actuara basándome en hechos innegables, no estaría aquí. La mitad de mi negocio se basa en los murmullos y los rumores. En la información.

—La información es poder —admitió Adamat—. Y, sin duda, os habéis ganado la vida bastante bien.

—No solo es poder, también es dinero. Pero os daré esta información gratis: el mariscal de campo Tamas está muerto.

Adamat juntó las manos para ocultar el repentino temblor de sus dedos. ¿Eso era verdad? ¿Podía estar muerto el mariscal de campo? Si así era, Adamat se encontraba de pronto sin mecenas. Su campaña contra lord Vetas ya contaba con muy poco respaldo, por tratarse de un hombre tan peligroso, pero dieciséis soldados y una chequera en blanco no eran para nada despreciables. Adamat dudaba poder atacar a Vetas por su cuenta.

—¿Cómo lo sabéis? —dijo Adamat cuando sintió que podía volver a hablar. Le tembló la voz.

—Esta mañana recibí esta misiva del general Hilanska, de la Segunda Brigada. —Una mano se extendió desde detrás del biombo y le dio una nota a Amber. Ella, a su vez, se la entregó a Adamat—. Supongo que los otros miembros de la junta (lady Winceslav, Prime Lektor, Ondraus el tesorero y Ricard Tumblar) recibieron la misma nota.

Adamat quitó la cinta de seda de la nota y la desenrolló. Las letras eran adranas, pero el único párrafo que había era un gran sinsentido.

—¿Está en clave? —dijo Adamat.

—Así es. Dice...

Adamat lo interrumpió.

—Que Kresimir ha regresado y que el mariscal de campo Tamas quedó atrapado tras las líneas enemigas con solo dos brigadas. Se lo da por muerto.

El Propietario se quedó en silencio. Amber se quedó mirando detrás del biombo durante unos momentos. Abrió un poco más los ojos antes de dar la respuesta del Propietario.

—Eso fue... impresionante.

Adamat le devolvió la misiva a Amber.

—Una memoria perfecta hace que resolver claves sea muy fácil. Me pasé dos veranos, cuando niño, memorizando las claves de más de cuatrocientos códigos, comunes y no tan comunes. Este es extremadamente infrecuente, pero yo no olvido. Kresimir. Pensé que Taniel Dos Tiros le había dado un balazo en el ojo.

—Dioses. Rumores. He levantado este imperio en el hampa de Adro sacando muy buenas conjeturas, y mi conjetura en este caso es que el general Hilanska no diría tal cosa a menos que la creyera por completo.

Adamat se reclinó hacia atrás. Observó el biombo, sintiéndose menos intimidado por algún motivo. ¿Qué había detrás de ese biombo? ¿Qué clase de persona? La mano que Adamat había visto asomándose era vieja, obviamente masculina, con las uñas cuidadas. El Propietario no se pasaba toda la vida detrás de un biombo. En otro lado, tenía una identidad diferente.

Una identidad que le permitía moverse en público.

—Solo un puñado de personas de Adopest están al tanto de esta información —dijo Adamat—. ¿Por qué me la dais a mí?

El Propietario pareció vacilar.

—Porque os deja disponible. Tamas era vuestro empleador.

—¿Y vos queréis contratarme? —Adamat sintió que se le erizaba el cabello. En toda su vida, nunca pensó que recibiría una oferta de trabajo del mismísimo Propietario.

—Ricard Tumblar os pedirá que lo ayudéis con su campaña por el nuevo ministerio. Os ofrecerá una buena paga. Yo puedo pagar mejor. Fuera de eso, ¿a qué otra cosa os podríais dedicar? ¿Regresaríais a la fuerza policial? No creo que deseéis recorrer las calles en uniforme durante los próximos años.

—¿Para qué me contrataríais?

—Eso me lleva de regreso a la primera pregunta. ¿Qué interés tenéis en lord Vetas?

Adamat inclinó la cabeza hacia un lado. El Propietario no sabía nada sobre la esposa de Adamat. Lo que significaba que el eunuco todavía no se lo había dicho. Lo que significaba que el Propietario no estaba trabajando para lord Vetas o que no eran tan cercanos y que, por ende, Vetas no le había dicho nada sobre Adamat.

—Tiene a mi esposa. Lo voy a encontrar, voy a rescatar a mi esposa y voy a matar a lord Vetas.

Adamat oyó una pequeña risita que provenía de detrás del biombo. No pudo evitar fruncir el ceño.

—Perfecto —dijo el Propietario a través de Amber—. Absolutamente perfecto.

—¿Por qué os importa lord Vetas a vos?

—Como dije, le ha estado causando problemas a mi organización.

—¿Qué clase de problemas?

—La clase de problemas que no puedo resolver sin hacer mucho ruido. Él cuenta con al menos sesenta matones, y uno de ellos es un Privilegiado.

El corazón de Adamat dio un salto. ¿Un Privilegiado? Diablos. ¿Cómo podría lidiar con algo como eso?

—Me ayudaría si fuerais más específico sobre los problemas.

—Ninguno os concierne.

Adamat volvió a alisarse la pechera de la camisa.

—¿Una guerra territorial, tal vez? ¿Vetas entrometiéndose en vuestras fuentes de ingreso? ¿Levantando el avispero en el hampa? ¿Robándoos a vuestros empleados, tal vez?

Eso explicaría por qué Roja el Zorro era uno de los guardias que había tenido como rehenes a los niños; pero si Roja se había pasado al bando de Vetas sin la autorización del Propietario, quería decir que Roja pensaba que Vetas era el más poderoso de los dos.

Un pensamiento verdaderamente aterrador.

—Ninguno —dijo el Propietario, y la traducción de Amber se tornó un tanto fría— os concierne. Esta reunión ha terminado. Podéis iros.

Adamat parpadeó sorprendido ante lo repentino del asunto.

—¿No queréis contratarme?

—Ya no.

—¿Y no vais a matarme?

—No. Fuera.

Adamat se puso de pie y estudió la sala una vez más, evitando enfocar su atención en el biombo. Todo lo que había allí era de una gran calidad, pero no había nada artesanal. Los paneles eran fresados; los candelabros, de segunda mano. Incluso el escritorio parecía ser de esos fabricados de a docenas por día en una gran carpintería. Nada que se pudiera rastrear.

Excepto la alfombra. Gurla, a juzgar por su diseño, con fibras finamente entrelazadas, incluso a los ojos de alguien sin experiencia.

Adamat buscó un pañuelo en el interior de su chaqueta. Se sonó la nariz ruidosamente y lo dejó caer, luego se inclinó y lo tomó del suelo, asegurándose de desviar la mirada del escritorio del Propietario.

Cuando se puso de pie, Amber aún tenía esa mirada expectante que le decía que ya no era bienvenido. Ella miró hacia la puerta y él asintió con la cabeza.

Afuera, el eunuco se encontraba junto a la puerta.

—Quedaos aquí —dijo mientras entraba a la oficina del Propietario.

Adamat se tomó ese momento de soledad para estudiar las fibras que tenía entre los dedos. Solo eran unas pocas, arrugadas y secas. No podía distinguirlas de la pelusa de su bolsillo. Pero conocía a una mujer que quizá pudiera identificarlas.

El eunuco salió de la oficina y cerró la puerta detrás de él con un chasquido. Parecía preocupado.

—Podéis iros —le dijo—. Por supuesto, no podemos permitir que salgáis por la puerta delantera. Quedaos con la ropa.

Adamat abrió la boca para responder cuando alguien lo aferró por detrás. Le apoyaron un trapo sobre la boca y la nariz, y lo último que llegó a recordar fue el olor penetrante del éter.

Capítulo 11

Unos cañonazos distantes despertaron a Taniel. Había estado dormitando con las riendas en la mano.

Unos pensamientos oscuros le rondaban la mente, densos como las nubes de humo del fumadero de mala. Aún podía ver al Guardián comiendo pólvora negra. Aún podía sentir la fuerza aumentada por la pólvora de los miembros retorcidos de aquel monstruo. ¿Cómo podían los keseños haber hecho una de esas criaturas a partir de un mago de la pólvora? Por lo que sabía de los Guardianes y de los Privilegiados, eso parecía imposible.

Al igual que apuñalar a un Guardián con su propia costilla después de arrancársela del pecho, claro.

La sensación repentina de estar cayendo lo hizo aferrarse con pánico al cuerno de la montura, lo que asustó al caballo. El mundo pareció girar a su alrededor. Tomó varias bocanadas de aire profundas y entrecortadas. Incluso cuando notó que no se estaba cayendo de verdad, el corazón siguió latiéndole acelerado. Cinco días sin mala. Le temblaban las manos, tenía la boca seca y la cabeza le palpitaba. El calor del sol no ayudaba para nada.

De pronto, una mano fresca le tocó la mejilla. Ka-poel iba sentada detrás en la montura. Había pasado casi todo el viaje con los brazos rodeando la cintura de Taniel porque no sabía cómo montar un caballo. Debería de haber sido muy incómodo tenerla aferrada con ese calor, pero, en cierto modo, era lo único que lo aliviaba.

Claro, no se lo admitiría a ella.

Era temprano por la tarde, y las montañas se iban acercando a cada lado a medida que se adentraban en el Camino de Surkov. Habían pasado la noche en Fendale, una gran ciudad de unos cien mil habitantes que había pasado a tener el cuádruple de eso a causa de las reservas del Ejército y de los refugiados de Budwiel.

El poco tiempo que Taniel había logrado dormir en Fendale había sido con un sueño inquieto y plagado de pesadillas. Una vez había leído que la única manera de dormir después de hacerse adicto a la mala era con más mala.

Ka-poel le quitó la mano de la mejilla; él lo lamentó de inmediato, y eso le hizo sentirse decididamente incómodo. ¿Qué iba a hacer con aquella muchacha? Ella parecía pensar que él le pertenecía de alguna manera. Suponía que podría acostarse con ella, pero pensar en eso lo hacía tener... sentimientos encontrados. Ella era una salvaje, y su sirvienta. Una compañera y nada más. No había una sola persona en la alta sociedad adrana que no lo considerase completamente inapropiado.

Pero ¿cuándo le había importado a él lo que la sociedad consideraba apropiado?, se recordó a sí mismo. ¿Y una salvaje? Taniel había visto la hechicería de Ka-poel. Ella le había salvado la vida varias veces. Ella era cualquier cosa, menos “tan solo una muchacha salvaje”.

Taniel parpadeó para intentar liberarse de la niebla que se le extendía en la mente, pero no tuvo éxito. Quedarse dormido de esa manera podía ser peligroso. Llegarían al frente al otro día por la noche, y allí tendría que averiguar si quedaba algún otro mago de la pólvora en el Ejército, y si había noticias de su padre. Y, por supuesto, tendría que presentarse ante... ¿ante quién? Taniel nunca se había presentado ante nadie más que el mariscal de campo Tamas.

¿Podía Tamas estar realmente muerto? Taniel se sorprendió al sentir un nudo en la garganta al pensar en eso. Él amaba a su padre, y hasta lo admiraba, pero Tamas no le caía bien, y nunca habían estado demasiado cerca. Después de todo, el viejo desgraciado le había ordenado matar a su mejor amigo. Taniel ni siquiera sabía dónde estaba Bo en ese momento. Tal vez había muerto en la montaña, o había sido ejecutado por Tamas semanas atrás.

Taniel esperaba que ambos estuvieran con vida, tanto Tamas como Bo. Aún había cosas que necesitaban ser dichas.

Y en cuanto a Ka-poel... Respeto. Eso era todo lo que Taniel sentía. Y una sensación de desesperanza, pues Tamas había sido la mejor apuesta para que Adro ganara la guerra.

Se detuvieron a descansar en uno de los tantos pueblecitos que había en el Camino de Surkov entre Fendale y Budwiel. En circunstancias normales, un pueblo como aquel tendría unos pocos miles de residentes. En aquellos tiempos de guerra, estaba desbordado. Las caravanas de suministros fluían a través de la ciudad, y las reservas de infantería recorrían las calles de uniforme, disfrutando algunos días lejos del frente de batalla. Taniel observó pasar decenas de carros que llevaban soldados muertos y heridos desde el frente. Había visto cientos de esos carros desde su partida de Adopest. No era un buen presagio para la guerra.

—Capitán, si me seguís ignorando un segundo más, os haré azotar. —Ka-poel, que estaba sentada junto a él sobre una ladera con hierba mientras almorzaban, le dio un codazo a Taniel en las costillas. Él levantó la mirada, genuinamente sorprendido de que alguien le estuviera hablando. Un coronel a caballo, con sus rasgos estrechos retorcidos en una mueca. Señaló a Taniel con su fusta—. Capitán, ¿a qué brigada pertenecéis? —Le dio a Taniel un momento para responder, y luego dijo—: Quitaos esa expresión estúpida del rostro. ¿Es una pregunta tan difícil de responder?

—A ninguna —dijo Taniel.

—A ning... ¿Sois idiota? ¿Sois capitán del ejército adrano o no? ¡Cuidado como respondéis, muchacho, u os haré arrestar por haceros pasar por un oficial!

Taniel tanteó las estrellas de capitán que tenía en la solapa. Eran de oro, pues había usado sus botones de plata para comprar mala, y aquellas eran el único reemplazo que había conseguido con tan poca anticipación. Tenía su insignia de barril de pólvora en el bolsillo. ¿Quién diablos era ese hombre? Taniel nunca le había dado explicaciones a nadie, más que al mariscal de campo. Supuso que, técnicamente, estaba vinculado a una brigada. ¿La Séptima, tal vez?

Taniel se encogió de hombros.

El rostro del coronel se puso rojo.

—¡Mayor!

Una mujer de unos treinta y tantos años se acercó con su caballo hasta el coronel.

—¿Señor?

Tenía el perlo castaño y largo peinado en una trenza, y un rostro delgado con un lunar en la mejilla izquierda. Le hizo un saludo al coronel y miró a Taniel.

—Arresta a este hombre —dijo el coronel.

—¿Cargos, señor?

—Faltarle el respeto a un oficial superior. No me saludó, ni respondió mis preguntas, ni se puso de pie ante mi presencia.

La mayor descendió del caballo y le hizo un gesto a un par de soldados perfectamente uniformados para que se acercaran.

Taniel observó a los tres mientras se acercaban. Tomó un bocado de cordero y queso y masticó lentamente.

—Poneos de pie, capitán —dijo la mayor. Cuando Taniel no respondió, le hizo un gesto con la cabeza a uno de los soldados. Él se inclinó para coger a Taniel del brazo.

Taniel levantó la pistola de su regazo, la amartilló y apuntó al soldado.

—Mala idea, soldado. —Taniel casi sonrió al ver la expresión en el rostro de la mayor y del coronel, pero dudaba que eso hubiese mejorado su situación.

—Eh, señor —dijo uno de los soldados—, ¿sois vos Taniel Dos Tiros?

—Sí —dijo Taniel—. Así es.

—Yo estuve en la Séptima. Es un placer conoceros, señor, pero parece que debemos arrestaros.

Taniel le clavó la mirada a la mayor.

—Eso no va a suceder hoy.

La mayor retrocedió un momento y habló en voz baja con el coronel. Unos momentos después, el coronel asintió con la cabeza y la mayor y los soldados recibieron la orden de retirarse.

Taniel siguió almorzando, y se dio cuenta de que el coronel seguía sobre su caballo, a no más de tres metros de él. El hombre se acercó un poco. Taniel levantó la mirada. No estaba de humor para aquello.

La expresión del coronel seguía siendo de desaprobación.

—Mis disculpas, capitán, no os reconocí. Ya nos habíamos visto antes, pero fue hace años. Vuestro padre era un gran hombre.

Taniel tragó un bocado. ¿Cómo debía responder a eso?

—Sí, lo era.

—Capitán, debo advertiros algo. El mariscal de campo era bastante indulgente con todos sus soldados, sobre todo con sus magos. Tras su muerte, hubo un cambio de política en ese sentido. Dudo que el Estado Mayor haga una excepción por vos, aun con vuestra reputación. Si volvéis a apuntar con vuestra pistola a un oficial de rango, seréis...

—¿Fusilado? —preguntó Taniel, incapaz de evitar una sonrisa de satisfacción.

El coronel hizo una mueca.

—Colgado.

—Gracias por la advertencia. Señor.

El coronel le hizo un gesto con la cabeza.

—Me alegra saber que os habéis recuperado, capitán. Os necesitamos en el frente. —Se quedó allí un momento, como si esperara que Taniel se pusiera de pie y lo saludara. Si era por Taniel, el sujeto podría haber esperado todo el día. Después de casi un minuto, hizo girar a su caballo y se alejó al trote.

Taniel no pudo evitar preguntarse por qué el coronel no se encontraba en el frente con el resto del ejército.

—Pole —dijo—. No sé si sea buena idea que vengas conmigo.

Ella le puso los ojos en blanco.

—Hablo en serio, Pole. Es una zona de guerra. Sé que ya has estado en una guerra. —Diablos, ella había estado con él enfrentándose al mismo Gran Ejército keseño hacía solo un par de meses. Él la había visto masacrar a media camarilla real keseña en el Pico del Sur—. Pero me he sentido... extraño desde que me hiciste regresar. No sé qué es lo que haré. Preferiría que no murieses por culpa mía.

Taniel volvió a recordar la sangre que ella tenía en las manos cuando él despertó del coma. Había visto soldados muertos y un hombre que él creyó que debía reconocer inconsciente en el suelo. Ka-poel había intentado explicárselo con gestos de las manos. Taniel llegó a la conclusión de que ella había intercambiado una vida por la suya. No sabía de quién, pero pensar en eso le ponía enfermo.

Ka-poel le quitó el trozo de queso de la mano y se lo echó a la boca. Esa parecía ser toda la respuesta que Taniel obtendría.

—Bueno —dijo—. Tenía que intentarlo. Será bueno tenerte a mi lado.

Ka-poel frunció los labios en una sonrisa socarrona.

—A mi lado, Ka-poel. Yo no...

Ella se llevó un dedo a los labios, y su sonrisa se ensanchó.

—No les gustará que estés conmigo —dijo él—. Hay algunas mujeres soldado, y la confraternización está estrictamente prohibida. Sucede todo el tiempo, por supuesto, pero los oficiales prefieren mantener las apariencias. Quizás intenten hacerte dormir en otra tienda.

Ka-poel extendió las manos, como en una expresión de pregunta.

—¿Qué? ¿La confraternización? Ya sabes. Hombres y mujeres... juntos. En la intimidad.

Ella señaló entre ellos y luego hizo un movimiento de corte con la mano. “Pero nosotros no estamos juntos”. Su sonrisa hizo que el movimiento pareciera una burla, como cuando un niño niega haber hecho algo malo cuando lo atraparon haciéndolo.

Eso hizo que el corazón de Taniel latiera más rápido, y sintió que se estaba ruborizando.

—Bien, niña, nos vamos ya. Después de que vaya a mear.

Cuando él regresó al caballo, la encontró ya sentada sobre la montura, pero tirada hacia delante, como si esperara que él se sentara detrás de ella.

—Muévete hacia atrás —le dijo.

No le hizo caso. Él se subió a la montura y se colocó detrás de ella, y para tomar las riendas, no le quedó otra que envolver con sus brazos la cintura de Ka-poel. Ella se acurrucó contra su pecho y él chasqueó las riendas dando un suspiro.

La cantidad de gente que circulaba por el camino fue aumentando a medida que se acercaban más y más al frente. Durante los últimos quince kilómetros había tantas tiendas que cubrían el valle completo de un lado al otro. Parecía un mar de gente; había todo tipo de profesiones, desde soldados hasta putas. Taniel vio soldados con galones de casi todas las brigadas de Adro, incluyendo todas las de las Alas de Adom, los mercenarios de lady Winceslav. Para ese entonces, ella debía de saber que Tamas estaba muerto. Taniel se preguntó si retiraría a sus mercenarios de la guerra.

El camino parecía desaparecer debajo de la multitud, y Taniel sabía que solo estaban a una tormenta de que aquello se convirtiera en un lodazal de porquería. El río Bajo Ad atravesaba el lugar; un chiquero sucio tapado con los desperdicios de cientos de miles de personas. Había barcazas amarradas aquí y allá a lo largo del río; embarcaciones de suministros que provenían de Adopest y que seguramente llevaban comida, armas y nuevos reclutas.

Las tiendas pasaron a estar un poco más ordenadas cuando Taniel llegó finalmente al ejército de verdad. Nunca pensó que desearía volver a ver líneas rectas y disciplina, pero después de tener que atravesar los últimos kilómetros, se alegraba de haber dejado atrás a las reservas y a los parásitos.

Durante todo el recorrido por el Camino de Surkov, los cañonazos habían retumbado todos juntos como truenos en la distancia. En ese momento podía distinguir las explosiones individuales. Al parecer, los artilleros trabajaban a tiempo completo.

Eso no lo sorprendía; él había visto al gran ejército keseño.

Lo que sí lo sorprendió fueron los estruendos y chispazos de hechicería que detectó al acercarse. Había Privilegiados luchando en el frente, en ambos bandos. La mayor parte de la Camarilla de Kez había sido eliminada por Ka-poel en la batalla por el Pico del Sur o en Kresim Kurga. ¿Y dónde había conseguido Adro a sus Privilegiados?

Taniel tuvo que preguntar un poco, pero enseguida encontró el comedor de oficiales más cercano. Eran mayormente oficiales de la Tercera Brigada. Arrojó su insignia del barril de pólvora sobre la barra.

—Necesito una habitación —dijo.

El cantinero lo miró con recelo.

—No tenemos habitaciones, señor. Estamos llenos.

—Echa a alguien —dijo Taniel—. No dormiré en una tienda en este desorden. —Diablos. Él despellejaría a cualquiera que intentara hacerle eso a él. Pero, con un ejército de ese tamaño, Taniel no pensaba dejar a Ka-poel en ningún lugar que no contara con una puerta con cerradura.

—Lo lamento, señor. No puedo hacer eso.

Taniel bajó la mirada hacia su insignia de barril de pólvora.

—Ves esto, ¿verdad?

El cantinero deslizó la insignia de mago de la pólvora por la barra en dirección a Taniel.

—Mirad, señor. Ya no quedan magos de la pólvora en el ejército. Fueron todos eliminados. Así que no intentéis engañarme.

Taniel se inclinó hacia atrás en su taburete. ¿Todos? ¿Muertos?

—¿A qué te refieres con “eliminados”? ¿Cómo podrían ser eliminados?

—Estaban con el mariscal de campo Tamas cuando se perdió detrás de las líneas enemigas.

—¿No hay un solo Marcado de este lado de Budwiel?

—No solo de este lado de Budwiel. Están muertos.

—¿Has visto los cadáveres? —preguntó Taniel enérgicamente—. ¿Y bien?, ¿los has visto? ¿Conoces a alguien que los haya visto? ¿Ha habido noticias recientes de Kez? Me parece que no. Ahora dame un trago y haz que alguien haga algo para conseguirme una habitación.

El cantinero cruzó los brazos encima de su delantal sucio y no se movió.

—Mira —dijo Taniel—, si soy el último mago de la pólvora con vida al norte de Budwiel, entonces, soy una maldita celebridad. Allí afuera hay Privilegiados a los que hay que matar. Necesitaré un trago y, finalmente, dormir un poco para poder hacerlo.

—¿Este hombre te está molestando, Frederik?

Una mujer se situó en la barra y miró perpleja a Taniel. Se trataba de la mayor con el lunar en la mejilla. La que había intentado arrestarlo antes.

¿Lo había seguido?

—Señora —dijo Frederik—. Dice ser un mago de la pólvora.

—Así es. Es Taniel Dos Tiros.

El cantinero le hizo una reverencia rápida.

—Lo lamento, señor. ¿Qué deseáis beber?

—Ginebra. —Taniel se aclaró la garganta—. La disculpa no es necesaria.

—¿Y para la salvaje?

Ka-poel tamborileaba con los dedos sobre la barra, con expresión aburrida.

—Se llama Ka-poel, y beberá agua.

Ella lo golpeó en el hombro.

—Vino —se corrigió Taniel—. Algo que tenga sabor suave.

La mayor observó a Taniel con cautela, midiéndolo como lo haría con un enemigo en el campo de batalla.

—¿Dejáis que vuestros sirvientes os traten así? —preguntó.

—Disculpad —dijo Taniel intentando que no se notara su irritación—. Me parece que no he oído vuestro nombre.

—Soy la mayor Doravir, de la Tercera, adjunta de la general Ket.

—Mi “sirvienta” es una Ojo de Hueso, mayor. Una hechicera más poderosa que media Camarilla de Kez junta.

Doravir pareció vacilar.

—¿Es vuestra esposa?

—No.

—¿Vuestra prometida?

Taniel miró a Ka-poel. ¿Le había dado esa impresión a aquella mayor?

—No.

—¿Tiene rango?

—No.

—Entonces no tiene lugar en el comedor de oficiales. Puede esperaros fuera.

—Es mi invitada, mayor.

—Con toda esta multitud, la general Ket ha decretado que solo los cónyuges pueden permanecer con los oficiales en el comedor. Había muchos hombres trayendo a sus putas para que durmieran con ellos.

Taniel sintió que sus dedos se acercaban a la pistola que llevaba en el cinturón, pero recordó el consejo que el coronel le había dado antes. No, no podía hacer eso allí. Se volvió hacia Ka-poel.

—Pole, ¿quieres casarte conmigo?

Ka-poel asintió con la cabeza, completamente seria.

Diablos. Taniel rogó que ella viera a qué estaba jugando. Volvió a mirar a Doravir.

—Es mi prometida. —Le echó una mirada al camarero—. Consígueme una habitación.

Doravir resopló por la nariz.

—Sois gracioso, Dos Tiros. Podéis quedaros conmigo en mi habitación. Frederik, dale una llave.

—¿Y mi prometida?

—Puede quedarse en el ropero. —Doravir le esbozó una sonrisa burlona a Ka-poel. Aquello no pintaba bien.

Taniel tomó el vaso de ginebra de la barra y se lo bebió de un solo trago. Casi lo tumba. ¿Cuánto hacía que no bebía licores fuertes? Parpadeó varias veces, rogando que sus ojos no estuvieran lagrimeando visiblemente.

—Me quedaré en otro sitio, gracias.

—Buena suerte —resopló Doravir—. No hay una habitación vacía a menos de ocho kilómetros del frente, y ahora que Tamas ha muerto, nadie tolerará que un mero capitán lo eche. Tendréis que echar a un soldado raso de su tienda.

Taniel sintió cierto placer ante el tono de enfado en la voz de Doravir.

—Creo que haré eso, entonces. Vamos, Ka-poel.

A Adamat lo despertaron las bofetadas de unas manos ásperas. Se lanzó hacia delante extendiendo una mano hacia un bastón que no estaba allí y, atontado, miró a su alrededor.

Estaba en el interior de un carruaje con otro hombre; el mismo carterista que lo había golpeado con una pistola antes de llevarlo a casa del Propietario. El carruaje no se movía. Fuera se oía el ajetreo general de una muchedumbre vespertina.

—Toak, ¿verdad? —preguntó Adamat.

El hombre asintió con la cabeza. Tenía una pistola en la mano derecha; amartillada y apuntando a Adamat.

—Salid.

—¿Dónde estamos?

—A cuatrocientos metros de la plaza de las Elecciones, hacia el norte —dijo Toak—. Salid.

Adamat descendió del carruaje y mantuvo la mano en alto para cubrirse los ojos del sol de la tarde. En cuanto se bajó del estribo, el carruaje arrancó y desapareció por la calle. Adamat se restregó los ojos e intentó hacer funcionar su mente. Tenía náuseas. ¿Qué le habían dado? Ah, sí. Éter. Estaría aturdido durante varias horas más.

Se quedó en un café cercano hasta antes de que oscureciera, recuperando poco a poco sus sentidos.

¿Por qué le había ofrecido empleo el Propietario y luego lo había echado de nuevo a la calle? Era una forma muy extraña de comportarse. El Propietario era conocido por su confidencialidad y por su eficiencia. Por cumplir sus promesas y por destruir a su competencia. No era conocido por comportarse de manera extraña.

Debía de ser algo que Adamat había dicho.

Le llevó más de una hora darse cuenta de lo obvio. Le echó la culpa al éter.

El Propietario había tenido la intención de pagarle por ir tras lord Vetas. Pero ¿por qué pagarle a alguien por algo que ya piensa hacer? Adamat meneó la cabeza. Una estupidez. Por parte de él como del Propietario. Si Tamas realmente estaba muerto, él perdería los pocos soldados que le había asignado. Adamat no podía atacar a lord Vetas él solo.

Adamat sabía dónde se escondía lord Vetas. La casa de la mujer del vestido rojo. La casa donde había visto al niño Eldaminse.

Ahora que lo sabía, sería necesario llevar a cabo un asalto frontal. Lo mismo que habían hecho para rescatar a sus hijos. Tirar abajo las puertas, tomarlos por sorpresa. Un hombre como lord Vetas tendría guardias. ¿Qué había dicho el Propietario? Al menos sesenta hombres y un Privilegiado.

Adamat necesitaba gente. Necesitaba ayuda. La del Propietario.

Sin duda, el Propietario lo haría seguir. Pero Adamat no quería que el Propietario conociera la ubicación de su piso franco ni los recados de los que necesitaba encargarse. Adamat se puso de pie y llamó un carruaje de alquiler.

Cambió de carruaje tres veces y cortó camino por media docena de edificios antes de sentirse lo suficientemente seguro de que ya nadie lo seguía.

Ya había anochecido hacía rato cuando llegó a la fábrica textil. Los telares seguían trabajando, a pesar de la hora tardía. Adamat persuadió a quienes fue necesario persuadir para que le permitieran entrar y subió por unas escaleras desvencijadas de hierro forjado hasta una sala desde donde se veía la planta de trabajo de la fábrica. Dentro había una mujer inclinada sobre un microscopio de latón. Tenía unos cuarenta años, y llevaba el pelo teñido de negro para ocultar las raíces grises. Las paredes de su oficina estaban cubiertas con muestras de tela de todas clases; desde lona barata hasta sedas delicadas que costaban cien kranas por metro.

Adamat golpeó la puerta.

La mujer le hizo un gesto para que entrara sin levantar la vista del microscopio.

—Hola, Margy —dijo él.

La mujer finalmente levantó la mirada.

—Adamat —dijo sorprendida—. Qué placer.

—Me alegro de verte. —Adamat se quitó el sombrero.

—Igualmente.

Adamat le tomó la mano un momento. Margy era una de las más viejas amigas de Faye. Él consideró contarle toda la situación, pero luego descartó la idea.

—Necesito ayuda —le dijo.

—¿No es una visita social, entonces?

—Por desgracia, no.

Margy regresó a su microscopio.

—¿No sueles enviar a Faye para esta clase de tareas? Y por cierto, ¿cómo está? No he oído noticias suyas durante todo el verano.

Adamat se encogió de hombros.

—No está bien. Con todo lo que sucedió, con la revolución y todo eso. Le ha sentado pésimo.

—Lamento oírlo. —De pronto, Margy escupió en el suelo con expresión amarga—. ¡Maldito sea ese Tamas y su condenado golpe de Estado!

—¿Margy? —Adamat no pudo evitar parecer sorprendido.

Margy siempre había sido franca, pero él no la habría considerado una realista en absoluto. Ella había ascendido a capataza en jefe de la fábrica textil más grande de todo Adro por sí misma, no porque alguien la hubiera enchufado.

—Nos llevará a todos al desastre —dijo Margy apuntando con el dedo a Adamat—. Espera y verás. Ojalá no te creas todo ese sinsentido de que está intentando mejorar el mundo. Se trata de una toma de poder, eso es todo.

Adamat levantó las manos.

—Yo no me meto en cuestiones políticas.

—Todos tenemos que tomar partido en algún momento, Adamat. —Se colocó un mechón suelto detrás de la oreja y se aclaró la garganta. Adamat se daba cuenta de que ella estaba un poco avergonzada por su arrebato—. Bueno, ¿qué necesitabas?

Adamat extrajo delicadamente las fibras del bolsillo, con la esperanza de estar dándole fragmentos de la alfombra del Propietario y no un hilo de su chaqueta prestada.

—Necesito encontrar esta alfombra —le dijo.

Ella cogió las fibras con delicadeza.

—Esto no es pelusa de tu bolsillo, ¿verdad? Faye me trajo pelusa de bolsillo más de una vez.

—Espero que no.

Margy colocó las fibras debajo del microscopio y ajustó las ruedas del artefacto durante algunos momentos.

—Lana vanduviana —dijo ella.

—¿De alta calidad?

—La más fina. La persona que tiene esta alfombra es muy muy rica.

—¿Hay alguna probabilidad de rastrear la alfombra?

Margy se alejó del microscopio.

—Diría que sí. Hay pocos vendedores de alfombras que vendan vanduvianas. Preguntaré por ahí. Regresa en un par de semanas y quizá tenga algo.

—¿Tanto tiempo? —dijo Adamat.

—¿Lo necesitas antes?

—Si fuera posible. Es un asunto bastante urgente.

Margy suspiró.

—Te costará.

—No tengo demasiado dinero encima.

—No quiero dinero —dijo Margy—. Dile a Faye que me lleve a cenar a Café Palms antes de que llegue el otoño y quedaremos en paz.

Adamat tragó saliva y se obligó a esbozar una sonrisa.

—Eso haré.

Margy regresó a su microscopio.

—Vuelve en una semana, para entonces ya sabré de dónde proviene la alfombra.

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Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2024
Hacim:
676 s. 11 illüstrasyon
ISBN:
9788418711459
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