Kitabı oku: «Counseling centrado en la persona»

Mearns, Dave
Counseling centrado en la persona en acción / Dave Mearns ; Brian Thorne. - 1a ed . - Cuidad Autónoma de Buenos Aires : Gran Aldea Editores - GAE, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-1301-95-9
1. Desarrollo Personal. 2. Psicología. I. Thorne, Brian. II. Título.
CDD 158.1
Diseño de cubierta e interior: Michelle Kenigstein y Claudio Perles
Cuidado de la edición: Estela Falicov
Coordinación de producción: Carolina Kenigstein
Corrección: Romina Ryzenberg
Revisión técnica: Martín Lange, María José González Cerezo, Patricia Szychowski, Sergio Daniel López.
© Dave Mearns y Brian Thorne, 1988, 1999, 2007.
© Traducción: Estela Falicov y Silvia Lombardi, 2009.
Título original: Person-Centred Counselling in Action.
English language edition published by SAGE Publications of London, Thousand Oaks, New Delhi and Singapore, © Dave Mearns & Brian Thorne, 1988, 1999, 2007. Traducción autorizada de la tercera edición por acuerdo con SAGE Publications, Londres, Reino Unido.
1a edición: noviembre de 2009
Edición en formato digital: julio de 2020
ISBN 978-987-1301-95-9
© 2009, 2020 Gran Aldea Editores SRL
Tel: (5411) 4584-5803 / 4585-2241
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Conversión a formato digital: Libresque
Esta tercera edición está dedicada a Elke y Christine en agradecimiento por su apoyo e inspiración.
PREFACIO A LA EDICIÓN EN CASTELLANO
Esta edición comenzó a gestarse en el cuarto de un hotel en Buenos Aires a principios de septiembre de 2005. El evento mayor, en su último día, era el Congreso Mundial de Psicoterapia y el evento menor que se desarrollaba en él era “la carpa del enfoque centrado en la persona”.
La “carpa” consistía en un salón con capacidad para cerca de 80 personas, donde se había producido, durante el transcurso de la semana anterior, una gran variedad de presentaciones y diálogos sobre el enfoque centrado en la persona.
Aunque para la mayoría de los 4000 participantes el congreso había finalizado unas pocas horas antes, todavía había 200 personas sentadas apretadas juntas en el piso, compartiendo comida y bebida propias de distintas partes del mundo, cantando canciones y contando historias que también reflejaban sus distintas culturas. Éste era el último de los diarios “encuentros” que tuvieron lugar en la “carpa centrada en la persona” en el 2005. La comunidad había crecido cada tarde de la semana, de 80 a las actuales 200, con personas de distintas partes del mundo y de una amplia variedad de orientaciones terapéuticas que aprendieron acerca de esta experiencia centrada en la persona que tanto valora el encuentro entre personas. El encuentro fue emocionalmente movilizante, porque se encontraban individuos de todos los países de Latinoamérica y también una minoría de otras partes del mundo. Fue un verdadero evento latinoamericano que no habría sido igual en ninguna otra parte del mundo.
Somos conscientes del notable crecimiento del interés en el enfoque centrado en la persona en Latinoamérica durante los últimos diez años, pero esta experiencia en la “carpa del enfoque centrado en la persona” reforzó la comprensión creciente de que el enfoque centrado en la persona se encuentra particularmente “a tono” con las culturas de Latinoamérica en su valoración de la expresión y en el encuentro humano y nos llevó a trabajar junto con colegas de Argentina para crear la presente edición y también la futura traducción del libro de Mearns y Cooper, Trabajando en profundidad relacional en counseling y psicoterapia, cuya publicación en castellano también está prevista por Gran Aldea Editores para 2010.
A lo largo de sus tres ediciones, desde la primera en 1988, Counseling centrado en la persona en acción fue un best seller en el campo del counseling y la psicoterapia en Gran Bretaña y fue traducido a varios idiomas, pero no al castellano, hasta ahora. Por supuesto, que hay “castellano” y “castellano”, con la división marcada por el océano y quinientos años de diferencias políticas e históricas. En esta edición, hemos optado firmemente por un lenguaje que, en líneas generales, refleje la experiencia y la cultura latinoamericana, aunque por supuesto va a haber diferencias en ese contexto. Se tuvo un gran cuidado con la traducción. Después de haber estado inmersa como intérprete en varios cursos de entrenamiento basado en el libro, Silvia Lombardi hizo el trabajo inicial, para después consultar su traducción con otras personas, incluyendo a Martín Lange, María José González Cerezo, Patricia Szychowski y Sergio Daniel López. El control de calidad fue apoyado en todo el proceso por Estela Falicov, la editora de Gran Aldea Editores y cotraductora. Las ediciones en inglés recibieron consistentemente elogios por la claridad de su lenguaje y, con el cuidado de estas personas, esperamos que lo mismo suceda con esta edición.
Profesor Dave Mearns
Profesor Brian Thorne
Agosto de 2009
RECONOCIMIENTOS
Nuestra deuda con nuestros primeros formadores y colegas cercanos sigue siendo tan profunda como siempre y muy especialmente, por supuesto, con el Dr. Carl Rogers sin cuya vida y obra nuestras propias vidas personales y profesionales habrían sido muy diferentes. Más recientemente, nos han enriquecido y estimulado las contribuciones de otros profesionales más jóvenes y, en especial, queremos reconocer la influencia de Mick Cooper, Judy Moore, Margaret Warner y Peter F. Schmid.
Como siempre, estamos muy agradecidos a nuestra editorial y al equipo de marketing de Sage Publications, cuyo apoyo y eficiencia han sido ejemplares, que lograron que escribir libros sea una actividad desafiante y divertida a la vez. Finalmente, queremos agradecerle a Tessa Mearns, por su trabajo paciente y meticuloso con el procesador de textos. Representó una fuente constante de aliento y su prolongado e íntimo conocimiento de ambos autores, nos hizo sentir seguros a la vez que nos ayudaba a dar lo mejor de nosotros.
PREFACIO A LA TERCERA EDICIÓN
Pasaron más de veinte años desde que se publicó la primera edición de Counseling centrado en la persona en acción. Durante este período, se produjo un notable florecimiento de la práctica del counseling y la psicoterapia y un desarrollo comparable en el campo del counseling centrado en la persona. En 1988, además de los escritos de Carl Rogers, había poca literatura disponible para ayudar al aspirante a counselor centrado en la persona y la primera edición de este libro aportó tanto sustancia como disciplina a una orientación que estaba en peligro de volverse anárquica. En verdad, no era raro en esa época que los profesionales se adjudicaran la denominación “centrados en la persona” sin tener conocimientos firmes de la teoría y la práctica de lo que es, de hecho, uno de los enfoques terapéuticos más exigentes que surgieron en el siglo XX. Irónicamente, el uso inapropiado y desinformado de la expresión “centrado en la persona” se encuentra todavía en la literatura oficial, especialmente en el contexto del Sistema Nacional de Salud británico, en el cual el énfasis de poner al paciente en el centro del tratamiento es reforzado por terminología que nada tiene que ver con la teoría y la práctica del counseling centrado en la persona tal como lo entendemos nosotros. Es verdaderamente difícil evitar el pensamiento malicioso de que si el Sistema Nacional de Salud estuviera verdaderamente imbuido de una genuina filosofía centrada en la persona, estaríamos viviendo en una cultura muy diferente del ambiente orientado a objetivos, obsesionado con la eficiencia, con vigilancia monitoreada, que prevalece en tantos campos profesionales en el presente.
Esta tercera edición aparece en el contexto de los profundos cambios que se produjeron en el mundo centrado en la persona durante las dos últimas décadas. En Gran Bretaña, el enfoque está bien consolidado y es aplicado por miles de profesionales. Existen varios cursos muy serios de formación y encontramos profesionales centrados en la persona, especialistas e investigadores en prestigiosas universidades –las más notables son las de Strathclyde y de East Anglia– en las que estos autores han sido responsables del desarrollo de centros reconocidos a escala internacional. También, se produjeron importantes contribuciones al enfoque desde la literatura, ya que hay varios autores centrados en la persona cuyos libros son leídos y apreciados internacionalmente (Merry, 1995, 1999; Keys, 2003; Tolan, 2003; Wilkins, 2003; Sanders, 2006; Tudor y Worrall, 2006). Existen dos asociaciones profesionales florecientes, la Asociación Británica para el Enfoque Centrado en la Persona (BAPCA, por sus siglas en inglés) y su hermana escocesa, la Asociación para la Terapia Centrada en la Persona. El enfoque, también, está admirablemente provisto por PCCS Books Limited de Ross-on-Wye que, bajo el liderazgo inspirado de Pete Sanders y Maggie Taylor-Sanders, está casi completamente dedicada a la publicación de libros centrados en la persona y se han convertido en los principales editores de este tipo de material, no sólo en Gran Bretaña sino en todo el mundo. A su vez, Sage (UK) continúa ocupando un rol central en la publicación de libros (como éste) que abrieron caminos en la tradición centrada en la persona. Más recientemente, se creó la Asociación Mundial de Psicoterapia y Counseling Centrados en la Persona y Experienciales (WAPCEPC, sus siglas en inglés) y su revista Psicoterapias Experienciales y Centradas en la Persona tiene actualmente dos mil subscriptores en todo el mundo.
La rápida expansión y consolidación de este enfoque en Gran Bretaña y en otras partes del mundo también ha asegurado su vitalidad. Se crearon nuevas escuelas de pensamiento que permanecieron fieles a los elementos centrales del enfoque y, a la vez, resaltaron distintos énfasis y abrieron nuevas posibilidades terapéuticas. Nosotros, los autores, damos la bienvenida a estos desarrollos; y, al mismo tiempo, nos mantenemos alertas a desviaciones que amenazan con el abandono de los elementos claves del enfoque. También, revisamos continuamente la base teórica del trabajo centrado en la persona para ver dónde necesita ser extendido o elaborado. Dave Mearns ha sido especialmente activo y su trabajo sobre las configuraciones y el proceso egosintónico resulta particularmente esclarecedor y de relevante importancia en la práctica clínica. Ambos adoptamos el concepto de profundidad relacional como una noción de excepcional utilidad para evaluar la competencia y la eficacia terapéutica del counselor. A Dave Mearns le resulta un concepto valioso para encarar el desafío de la desesperación existencial, mientras que a Brian Thorne le brinda un contexto para explorar la cualidad de la presencia y el movimiento hacia la experiencia espiritual. Desde el comienzo de nuestra amistad y colaboración, que ya lleva treinta y dos años, el hecho de que Dave sea un ateo humanista y Brian un cristiano anglicano del credo católico liberal resultó ser una inesperada fortaleza y dotó a nuestra obra de una energía creativa que parece atraer a una amplia gama de lectores. Quizás, también, refleja el hecho de que los profesionales centrados en la persona tienden a estar divididos en forma pareja entre aquellos que se consideran a sí mismos agnósticos o ateos y aquellos que tienen un sistema de creencias religioso o espiritual que postula algún tipo de poder superior o significado universal.
Dentro de este contexto, tratamos por todos los medios de producir un libro que tanto en estilo como en contenido sea valioso para profesionales cuyo nivel de experiencia puede ser muy diverso. Aquellos que sean nuevos en el enfoque y puedan estar en las primeras etapas de su formación encontrarán en estas páginas una clara exposición de los aspectos claves de la teoría y la práctica. También obtendrán conocimiento de primera mano de la desafiante y, a veces dramática, experiencia diaria de ser un counselor centrado en la persona. Sin embargo, creemos que los profesionales sólidos, y aun los estudiosos experimentados del enfoque, encontrarán mucho que les interese y los estimule. En un libro anterior, Person-Centred Therapy Today (Sage, 2000), intentamos explorar las nuevas fronteras tanto en la teoría como en la práctica y en este volumen se incorporó una introducción a ese libro. Estamos orgullosos, sin embargo, de pertenecer a una tradición que permanece siempre abierta a nuevos insights y posibilidades y en esta nueva edición hay momentos en los que damos pasos tentativos adentrándonos en terrenos poco explorados.
Los lectores de las primeras dos ediciones fueron generosos en sus elogios al libro, que encontraron claro, cautivante, accesible y, a la vez, inspirador de profunda reflexión. También comentaron en muchas oportunidades acerca del placer de estar acompañados por dos autores tan evidentemente diferentes en temperamento y, al mismo tiempo, tan unidos en valores y propósitos. Las dos primeras ediciones vendieron 130.000 ejemplares. Quizás, estemos algo “locos” en hacer esta revisión tan radical en la tercera edición, agregando 20.000 palabras y triplicando las referencias. Aun así creemos que esta nueva edición no perdió nada de la claridad y el fácil acceso de las anteriores y que su contenido será lo suficientemente convincente como para conservar la lealtad de nuestros viejos lectores, al mismo tiempo que les damos la bienvenida a nuevos investigadores. Hay algo de lo que estamos seguros: no nos aburrimos de la compañía mutua y no perdimos la capacidad de sorprendernos el uno al otro con nuestras percepciones diferentes pero complementarias acerca del fascinante escenario de un enfoque terapéutico que, creemos, tiene mucho que ofrecer a un mundo desesperado. Por encima de todo, puede contribuir a restablecer la confianza en la capacidad de los seres humanos de avanzar, a pesar de todo lo que está en contra, hacia un futuro más constructivo.
Profesor Dave Mearns,
Universidad de Strathclyde, Glasgow
Profesor Brian Thorne,
Universidad de East Anglia, Norwich
INTRODUCCIÓN
El 8 de julio de 1997, se fundó en Lisboa la Asociación Mundial de Psicoterapia y Counseling Centrados en la Persona y Experienciales y tres años más tarde, en Chicago, en una asamblea general, se aprobaron por unanimidad sus estatutos. Estos eventos probablemente habrían sorprendido al Dr. Carl Rogers, el pionero creador del counseling centrado en la persona, y quizás hasta lo hubieran horrorizado, ya que sentía un disgusto casi visceral hacia las asociaciones y organizaciones. Para Rogers, tendían a llevar a una forma de profesionalismo atrincherado en el cual resulta muy fácil que las necesidades y los insights de los consultantes sean obscurecidos por formas de conocimiento experto que sirven para reafirmar la importancia, el prestigio y el poder de los terapeutas. Sin embargo, para los profesionales de todo el mundo la formación de la Asociación Mundial marcó un hito importante en la evolución de un enfoque del counseling y la psicoterapia que tenía sus orígenes en el trabajo de Rogers y sus colegas en las décadas de 1930 y 1940. Ofreció la posibilidad de lograr una identidad más firme y una voz más potente en un momento en el cual, como ahora, las ideas y las creencias imperantes eran menos que favorables a muchos de los principios que desde su inicio sustentaron la teoría y la práctica del counseling centrado en la persona.
La verdad central de Rogers era que el consultante es el que sabe mejor. Es el consultante el que sabe qué le duele, dónde siente el dolor y el que a fin de cuentas descubrirá la forma de salir adelante. La tarea del counselor es ser el tipo de acompañante que pueda relacionarse con el consultante de manera tal que éste pueda acceder a su propia sabiduría y recobrar su propia auto dirección. Los diferentes nombres con los que se identificó a este enfoque a lo largo de los años dan testimonio de los principios fundamentales. Rogers comenzó llamando counseling no directivo a su manera de trabajar, enfatizando así la importancia del counselor más como un compañero no impositivo que como un guía o experto en la vida de otra persona. Como los críticos interpretaron la no directividad como una cierta pasividad mecánica de parte del counselor, Rogers posteriormente describió a su enfoque como centrado en el cliente, poniendo así mayor énfasis en la centralidad del mundo fenomenológico del consultante y en la necesidad del counselor de permanecer sintonizado fielmente con la manera en que el consultante experimenta y percibe la realidad. Muchos profesionales en todo el mundo siguieron llamándose a sí mismos “centrados en el cliente”. Sostienen que cuando Rogers mismo usó por primera vez la expresión centrado en la persona estaba pensando en enfocar con una cierta actitud ciertas actividades realizadas fuera del consultorio de counseling, como el trabajo grupal, los procesos educacionales y la comprensión entre culturas. Sostienen que la expresión enfoque centrado en la persona debería continuar utilizándose sólo para los contextos externos al counseling. Si bien respetamos ese punto de vista, optamos por la expresión counseling centrado en la persona y la utilizamos en todo este libro. Ambos somos miembros comprometidos de la Asociación Mundial y nos parece totalmente apropiado adherir a la descripción que aparece en el nombre de la Asociación.
Nuestra decisión de usar la expresión “centrado en la persona” no se basa solamente en un deseo de alinearnos con la terminología de la Asociación Mundial. Existen por lo menos otras tres poderosas razones. En primer lugar, no es cierto que Rogers mismo haya limitado siempre la expresión enfoque centrado en la persona a actividades externas al counseling. Hay claros ejemplos en los que utilizó “centrado en la persona” y “centrado en el cliente” en forma indistinta y se sentía plenamente satisfecho de participar en cursos de entrenamiento que apuntaban a formar counselors y psicoterapeutas centrados en la persona. Sin embargo, es más importante la segunda razón, que se basa en nuestra creencia de que la descripción “centrado en la persona” transmite más fielmente el doble énfasis en el mundo fenomenológico del consultante y en el modo de estar del counselor. Nuestra actividad terapéutica es esencialmente el desarrollo de una relación entre dos personas; tanto el mundo interno del consultante como el del counselor tienen igual importancia para forjar una relación que servirá, de la mejor manera posible, a las necesidades y los intereses del consultante. El concepto de profundidad relacional tiene gran importancia en la búsqueda de eficacia terapéutica y la habilidad del counselor de vincularse en profundidad con el consultante depende de su propia disponibilidad para entrar sin temor en el encuentro. El counseling centrado en la persona es, esencialmente, una relación entre dos personas, y ambas están comprometidas a avanzar hacia una mayor plenitud de ser. La tercera razón para optar por la expresión “counseling centrado en la persona” tiene que ver con la continuación del trabajo de Rogers que distintos profesionales realizaron después de su muerte, en 1987. Cuando estábamos trabajando en la primera edición de este libro, Rogers todavía estaba vivo y en el Reino Unido sólo había pocas oportunidades para formarse con profundidad en este enfoque. El resultado fue una situación que nos parecía muy lamentable, en la cual muchos profesionales con inadecuada o mínima comprensión fueron formados para llamarse “centrados en la persona”, trayendo desprestigio al enfoque con su práctica superficial, confusa o erróneamente anárquica, que no tenía ninguna base sólida en la verdadera teoría centrada en la persona. En una segunda edición, unos diez años más tarde, relatamos que aunque todavía quedaban elementos de la situación de los años 80, que aún alimentaban nuestra exasperación, existía un cierto número de cursos formativos especializados que tenían una trayectoria académica consolidada. En síntesis, era cada vez más factible identificar a un creciente grupo de profesionales que había recibido un entrenamiento profundo en el enfoque. Al mismo tiempo, se había producido un florecimiento de la literatura sobre el enfoque, se crearon asociaciones profesionales y se concretó un considerable número de nombramientos docentes en universidades británicas. Era mucho más difícil, ahora, lucir una falsa etiqueta de “centrado en la persona” o alegar ignorancia de la real, frente al desarrollo cada vez mayor del enfoque en institutos de formación y actividad académica.
En años recientes, la situación tanto aquí (en Gran Bretaña) como en otros países ha dado un giro que, a la vez que complejizó el campo, fortaleció nuestra convicción de conservar la expresión “centrado en la persona”. Como es quizás inevitable después de la muerte de una figura destacada, quienes fueron más influenciados por su trabajo comienzan a seguir sus propios caminos, desarrollando algunos aspectos del trabajo original y abandonando otros. En el caso de Rogers, esto era predecible, ya que a lo largo de toda su vida siempre había insistido en el carácter provisional de la teoría y había estado totalmente abierto a las nuevas experiencias y los nuevos resultados de la investigación. El nombre de la Asociación Mundial es también revelador. La incorporación de la palabra “experiencial”1 indica que la asociación invita a los profesionales que han sido profundamente influenciados por el trabajo de Eugene Gendlin y su psicoterapia orientada al focusing, así como también a aquellos que enfatizan el proceso de experienciar del consultante y ven al counselor como facilitador experto del proceso, mientras que mantienen una postura de no directividad con respecto al contenido. Tales vástagos de la rama principal de lo que se podría llamar counseling clásico centrado en el cliente son, para nosotros, evidencia de una situación sana. Demuestran un enfoque que no está moribundo y en el cual los profesionales están abiertos a nuevos desarrollos prácticos y teóricos a la luz de la experiencia. Al mismo tiempo, escritores como Lietaer (2002), Schmid (2003) y Sanders (2000) intentaron elucidar los principios o los criterios irreducibles del trabajo centrado en la persona, haciendo así posible diferenciar los desarrollos que siguen siendo fieles al núcleo central de los conceptos básicos de los que se han desviado tanto de los orígenes del enfoque que ya no son lo que Margaret Warner (2000b) describió como “tribus” de la nación centrada en la persona. Para nosotros, el counseling centrado en la persona es una denominación apropiada para aglutinar a todas esas “tribus” que suscriben a los principios primarios o del enfoque; anhelamos que lo que sigue sea valioso para los profesionales o aquellos que se están formando, ya sea que se consideren counselors centrados en el cliente “clásicos” o prefieran identificarse con una u otra de las tribus centradas en la persona más recientes. Por nuestra parte, mientras que por temperamento y experiencia nos ubicamos en el extremo clásico del continuo, pusimos nuestro mejor esfuerzo en desarrollar y refinar muchos de los constructos teóricos originales de Rogers y ese trabajo está incorporado en este libro. El counseling centrado en la persona, como nosotros lo vemos, no está grabado en tablas teóricas de piedra, ni restringido a una forma particular y exclusiva de la práctica.
Donde el libro se limita intencionalmente es en su foco primario en la práctica informada –como es ésta– por lo que confiamos que sea una exposición clara de la teoría. No pretende ofrecer una exploración detallada de estudios de investigación o elaborar un análisis de la investigación. Por lo tanto, no se menciona gran parte del cuidadoso trabajo de los investigadores norteamericanos de las últimas generaciones, como tampoco el trabajo más reciente de eminentes investigadores europeos. Invitamos a los lectores que desean subsanar esta deficiencia a consultar la monumental historia del enfoque de Goff Barrett-Lennard (Sage, 1998), que presenta, entre otras cosas, un completo informe de la inserción del enfoque en la investigación. PCCS Books (una editorial dedicada al enfoque centrado en la persona y fundada a principio de los ‘90) también ha publicado una colección de escritos de la Conferencia Internacional de Chicago de 2000, incluyendo informes de recientes estudios de investigación sobre este punto (Watson, Goldman y Warner, 2002). Desde 2002, la Revista Internacional de Psicoterapias Centradas en la Persona y Experienciales, actualmente en su sexto volumen, representa el vehículo principal para divulgar nuevos desarrollos en el enfoque.
Esperamos que también esta nueva edición de Counseling centrado en la persona en acción esté escrita de manera tal que resulte útil a los profesionales y estudiantes en Europa, América y otras partes del mundo donde el enfoque centrado en la persona está prosperando. Sin embargo, hay dos temas que quizás son característicos de Gran Bretaña y necesitan aclaración para los lectores de otros países. En primer lugar, hay varias referencias al trabajo que el counselor hace con su supervisor. Este énfasis en la supervisión refleja el encuadre británico, donde la acreditación continua con la Asociación Británica de Counseling y Psicoterapia requiere supervisión de por vida, una condición que, por lo que sabemos, no es obligatoria en la mayor parte de América y de Europa continental. En segundo lugar, debe entenderse que, en lo que se refiere al enfoque centrado en la persona, las actividades de counseling y psicoterapia suelen considerarse indistinguibles porque los procesos implicados entre el profesional y el consultante siguen siendo iguales, independientemente del nombre dado a la actividad. Para los lectores norteamericanos, la situación es aún más confusa, porque en Gran Bretaña la palabra counseling tiende a ser utilizada mucho más en contextos que en América del Norte serían denominados psicoterapia. En este libro, seguimos siendo congruentes con el espíritu de la serie refiriéndonos a lo que hacemos como “counseling” y limitándonos a relaciones terapéuticas relativamente cortas. Ninguno de los casos que presentamos duró más de un año.
Este libro, como en sus ediciones anteriores, procura invitar al lector a la experiencia viva del counseling centrado en la persona. Intenta atraer a profesionales y estudiantes tanto a nivel emocional como intelectual. Sobre todo, intenta transmitir el entusiasmo –a veces, combinado con la ansiedad y el riesgo– de relacionarse con otro ser humano en profundidad. También, esperamos que el libro sea leído por algunos posibles consultantes y más particularmente por los que pudieron haber tenido la experiencia desafortunada de encontrarse con profesionales de la ayuda que, por temperamento o por entrenamiento, hayan sido renuentes a encontrarse con ellos como personas. Los capítulos iniciales presentan una descripción contemporánea de los principales constructos teóricos del enfoque y de las demandas sobre el counselor en términos de su propio conocimiento y actitud disciplinada con su sí mismo.2 De ahí en adelante, el lector se zambulle en los desafíos que el counselor centrado en la persona enfrenta momento a momento en su trabajo y con todos los dilemas que inevitablemente se le presentan. Se exploran de cerca las actitudes y las habilidades, especialmente cuando éstas disparan en el counselor la capacidad y el atrevimiento de entrar en profundidad relacional con las personas que antes pudieron haber sido gravemente heridas dentro del contexto de relaciones que resultaron traicioneras o abusivas. Una parte substancial del libro se dedica a la experiencia de una relación terapéutica en particular a la que la buena voluntad de la consultante de participar plenamente en el proceso de reflexión sobre su viaje terapéutico hace más vívida. El libro concluye con los dos co-autores pasando un momento agradable, respondiendo a las preguntas hechas a menudo por los alumnos, nuevos profesionales, profesionales experimentados y counselors curiosos u hostiles de otras orientaciones. Damos la bienvenida a la oportunidad de hacer frente a estas preguntas, que se dan con frecuencia al final de una conferencia agotadora o de un taller, cuando lo que estamos deseando es un gin tonic.
Esperamos alentar a los lectores a reflexionar acerca de sus propios procesos terapéuticos –ya sea como counselor o consultante– y que puedan contagiarse de algo del entusiasmo que siempre experimentamos cuando intentamos poner en palabras la belleza y el misterio del encuentro persona a persona al que llamamos counseling. Sabemos, por supuesto, que el intento será infructuoso porque solamente la poesía, en su más rica expresión, puede verdaderamente capturar tal belleza y penetrar en el corazón del misterio.
1 Ver Glosario al final del libro. (N. del E.).
2 Ver Glosario al final del libro. (N. del E.).
1
EL ENFOQUE CENTRADO EN LA PERSONA: UNA REVISIÓN CONTEMPORÁNEA Y TEORÍA BÁSICA
El paradigma actual
El concepto de sí mismo
Condiciones de valor
El proceso de valoración organísmica
El locus de evaluación
Crear las condiciones para el crecimiento
El paradigma actual
Cuando salió la primera edición de este libro, en 1988, había mucha evidencia que sugería que el counseling centrado en la persona estaba en contradicción con la cultura predominante. Su insistencia en la singularidad de las personas, en la necesidad de prestar constante atención al proceso, en la confiabilidad del organismo humano, parecían estar totalmente fuera de sintonía con una cultura vorazmente materialista, en la cual el fin de lucro, las metas a corto plazo, la eficiencia tecnológica y las sofisticadas técnicas de vigilancia gobiernan las vidas de la gran mayoría de ciudadanos, en Gran Bretaña así como en la mayor parte del mundo desarrollado. En los años transcurridos desde entonces, el impulso de una cultura cada vez más despersonalizada se ha intensificado a un punto tal que está creciendo toda una generación que no conoce otra cosa que el frenesí de una sociedad brutalmente competitiva, en la que las repuestas rápidas, los expertos que logran una fama efímera, la maravilla tecnológica y la dominación de las fuerzas del mercado son aceptados como telón de fondo inevitable de la llamada existencia civilizada.
La situación tomó un giro más siniestro en los últimos años del milenio pasado y el comienzo del actual. A los terribles conflictos en Ruanda, Somalia, Bosnia, Kosovo y Chechenia, les siguió la llamada guerra del terror en la que estamos embarcados desde el ataque a las Torres Gemelas y el Pentágono en 2001. La desesperada situación de Afganistán e Irak continúa, mientras que el conflicto de Oriente Medio entre Israel y la autoridad palestina sigue sin resolverse. La situación en Irán y Corea del Norte promete más inestabilidad en el futuro. Por si esto no fuera suficiente, los efectos cada vez más alarmantes del calentamiento global son evidentes en todos lados y el avance meteórico de las economías de India y China contribuyó enormemente a la contaminación que la insensatez humana inflige sobre el planeta. El resultado neto de estas catástrofes es inducir pánico y un sentido casi global de impotencia. En tal contexto, los gobiernos inevitablemente desarrollan políticas defensivas y se obsesionan con la seguridad, la vigilancia y las medidas draconianas para asegurar la supervivencia. Se ha creado un mundo psicológico donde escasea la confianza, la ansiedad genera suspicacia, se restringen las libertades individuales en favor de la seguridad corporativa y se imponen soluciones impulsivas ante la proliferación de problemas engendrados por una sociedad bajo amenaza.
Es difícil imaginar un escenario menos propicio para la recepción de los valores que sustenta el enfoque centrado en la persona. La cultura actual no otorga un alto valor a la singularidad de la persona y a la importancia de su realidad subjetiva. No es una cultura que dota a la naturaleza humana con la capacidad de moverse hacia el desarrollo creativo de su potencial inherente. Por cierto que no intenta afirmar el poder personal de cada individuo o dar máxima importancia a fomentar la profundidad relacional entre padres e hijos, maridos y esposas, amigos y compañeros, colegas en el lugar de trabajo o profesores y estudiantes. Por el contrario, es una cultura que se ha vuelto profundamente suspicaz de la autonomía personal e intenta regular casi todas las áreas de participación interpersonal. Cada vez más, vivimos en una pesadilla regulada, en la que los docentes temen ser compasivos con los niños que sufren, las enfermeras ya no tienen ni el tiempo ni la voluntad de relacionarse con los pacientes y los counselors y psicoterapeutas pueden encontrarse tildando mentalmente párrafos en códigos de ética para la práctica profesional de sus asociaciones profesionales antes de responder a la señal de angustia de un consultante particularmente difícil.
Es bastante extraño que, en lo que parecería ser un mundo cada vez más triste, no sintamos desesperación. Por el contrario, creemos que la situación actual es tan desesperante que quizás nos estemos acercando a un momento crucial en el que se produzca un cambio de paradigma y el mundo recupere su sentido común. En cierto modo, nuestros consultantes y alumnos nos alientan en esta esperanza. Suelen ser personas que padecieron todo el rigor de las fuerzas de la cultura que acabamos de describir, pero que descubren en el contexto del counseling centrado en la persona una nueva fuente de fortaleza e inspiración. Especialmente llegan a conocer –quizás por primera vez– qué significa tener la sensación de autoestima y tener acceso a sus propios pensamientos y sentimientos. Son cada vez más conscientes de su propio poder personal. Con esa conciencia1 viene una nueva libertad para tomar decisiones y lograr un sentido de propósito. Quizás lo más transformador es el escape de la soledad que acompaña a la experiencia de ser recibido en profundidad relacional por alguien que no les impone ninguna exigencia, sino que sólo insiste en ser plenamente humano en el consultorio.
El lector no estaría del todo equivocado si detectara un tono levemente evangélico en estos últimos comentarios. La experiencia de vivir los principios del enfoque centrado en la persona, tanto en nuestra vida profesional como personal, nos permite captar una esperanza que trasciende la desesperación. Cuando nos encontramos con la actitud despectiva hacia el counseling centrado en la persona aún frecuente en los ámbitos académicos, o cuando presenciamos una vez más la aceptación basada en criterios cuestionables de la terapia cognitiva conductual tanto en el gobierno como en los círculos médicos, ya no nos sentimos tan afligidos. Gracias a nuestros consultantes y estudiantes encontramos la confirmación diaria del poder y la eficacia del enfoque que adoptamos. Estamos conscientes de su base sólida tanto en la teoría como en la investigación y, sobre todo, tenemos presente la disciplina necesaria para esperar el proceso y lo importante que es la disposición del consultante para emprender el counseling. Creemos que nuestra cultura se está acercando rápidamente a un punto crítico en el que el espíritu humano no tolerará más el estéril atolladero al que hemos llegado. Creemos que entonces habrá una mayor disposición para adoptar los conceptos claves del enfoque centrado en la persona y encontrar en ellos la fuente de una manera más positiva y esperanzada de relacionarse consigo mismo, con los otros y con todo el orden creado. Es a esos conceptos que ahora nos abocaremos.
El concepto de sí mismo
La desconfianza hacia los expertos es muy profunda entre los profesionales centrados en la persona. Para ser un counselor eficaz, quien practica el enfoque centrado en la persona debe aprender a usar su pericia como una prenda invisible. Se espera que los expertos brinden su maestría para recomendar qué se debe hacer, para ofrecer orientación calificada o hasta para dar órdenes. Sin duda, en algunas áreas de la experiencia humana esa pericia es esencial y adecuada. Lamentablemente, la gran mayoría de los que buscan la ayuda de counselors han pasado gran parte de su vida rodeados de personas que de manera avasallante e inapropiada se han autoproclamado como expertos en la conducción de la vida de otras personas. En consecuencia, esos consultantes se sienten desesperados por su incapacidad de satisfacer las expectativas de los otros, ya sean padres, profesores, colegas o los llamados amigos, y no sienten respeto por sí mismos ni autoestima. Y sin embargo, a pesar del daño que han sufrido a manos de los que han intentado dirigir su vida, esas personas a menudo recurrirán a un counselor buscando a otro experto más para que les diga qué hacer. Los counselors centrados en la persona, a la vez que aceptan y entienden esta necesidad desesperada de autoridad externa, harán todo lo posible para evitar caer en la trampa de desempeñar ese rol. Hacerlo sería negar un supuesto central del enfoque: que se puede confiar en que el consultante encontrará su propia manera de seguir adelante sólo si el counselor puede ser la clase de compañero capaz de alentar una relación en la que el consultante pueda comenzar, al menos tentativamente, a sentirse seguro y a experimentar los primeros indicios de la autoaceptación. Las probabilidades de que esto no suceda son a veces muy altas porque la percepción que el consultante tiene de sí mismo es pobre y porque los “expertos” críticos con quienes se encontró en su vida, en el pasado y en el presente, fueron muy destructivos. La gradual revelación del concepto de sí mismo de un consultante, es decir, la construcción conceptual que la persona hace de sí misma (aunque se exprese de una manera muy deficiente), puede ser tremendamente desgarradora para el que escucha. Esta revelación pone de manifiesto el alcance del rechazo que un individuo siente por sí mismo y esto suele presentar un severo desafío para la fe del counselor, tanto en el consultante como en su propia capacidad de ser un compañero confiable en el proceso terapéutico.
El breve extracto del recuadro 1.1 resume el desarrollo triste y casi inexorable de un concepto de sí mismo que socava todo lo que la persona hace o intenta ser. Hay un sentido de desvalorización y de estar condenado al rechazo y a la desaprobación. Una vez que se ha internalizado ese concepto de sí mismo, la persona tiende a reforzarlo, porque es un principio fundamental del punto de vista centrado en la persona que nuestro comportamiento es en gran parte una expresión de cómo nos sentimos en verdad sobre nosotros mismos y sobre el mundo en que vivimos. Esencialmente, lo que hacemos suele ser un reflejo de cómo nos evaluamos a nosotros mismos; si llegamos a la conclusión de que somos ineptos, sin valor e inaceptables, es más que probable que nos comportemos de una manera que demuestre la validez de tal valoración. Por lo tanto, las probabilidades de lograr estima o aprobación se vuelven más remotas a medida que pasa el tiempo.
Recuadro 1.1
La evolución del bajo concepto de sí mismo
| Consultante: | No recuerdo que mis padres me hayan elogiado nunca por nada. Ellos tenían siempre algo crítico para decir. Mi madre estaba siempre encima mío por mi desprolijidad, mi falta de pensamiento sobre todo. Mi padre siempre me decía estúpida. Cuando saqué seis “A” en mis GCSEs (exámenes de ingreso a la universidad) me dijo que era típico que me hubiera ido bien en las materias equivocadas. |
| Counselor: | Parece que nunca podías hacer nada bien para ellos por más que trataras o por bien que te fuera. |
| Consultante: | Mis amigos eran igual de malos. Siempre criticaban mi aspecto y me decían que era una tragalibros granujienta. Lo único que quería era moverme sin que nadie me viera. |
| Counselor: | Te sentías tan mal acerca de ti misma que habrías querido ser invisible. |
| Consultante: | No todo quedó en el pasado. Ahora pasa lo mismo. Mi marido nunca aprueba nada de lo que hago y mi hija dice que a ella le da vergüenza traer a sus amigos a casa por si yo los molesto. Parece que no le sirvo a nadie. Sería mejor si simplemente desapareciera. |
Condiciones de valor
Por suerte, la desaprobación y el rechazo que mucha gente experiencia no llega a ser totalmente aniquilante. Conservan algunos rastros de autoestima, aunque puedan sentirse tan frágiles que el miedo a la condena final nunca está lejos. Es como si estuvieran viviendo según una especie de contrato legal, y sólo tienen que dar un mal paso para que todo el peso de la ley caiga sobre ellos. Luchan, por lo tanto, para mantener la cabeza afuera del agua intentando hacer y ser esas cosas que saben que obtendrán aprobación, mientras que, con gran cuidado, evitan o suprimen los pensamientos, los sentimientos y las actividades que sienten que les acarrearán un juicio adverso. Su sentido del valor, tanto ante sus propios ojos como a los de quienes fueron importantes para ellos, está condicionado a obtener aprobación y evitar desaprobación, y esto significa que la gama de acciones está severamente restringida porque su comportamiento está supeditado a la aprobación de los demás. Son las víctimas de las condiciones de valor que otros les impusieron, pero su necesidad de aprobación positiva es tan fuerte que aceptan esta camisa de fuerza antes que arriesgarse al rechazo en el caso de violar las condiciones establecidas para ser aceptados.
A veces, sin embargo, la situación es tal que ya no pueden seguir jugando a este juego acordado y, entonces, cuando experiencian la desaprobación y el rechazo cada vez mayor de la otra persona sus peores miedos pueden llegar a hacerse realidad. (Ver recuadro 1.2).
Recuadro 1.2
Condiciones de valor
| Consultante: | Todo estaba bien al principio. Sabía que él admiraba mi brillante conversación y la manera en que me vestía. También le gustaba cómo hacía el amor con él. Me proponía charlar cuando él venía y me aseguraba de estar bien incluso después de un día de mucho trabajo en la oficina. |
| Counselor: | Sabías cómo ganar su aprobación y estabas feliz de satisfacer las condiciones necesarias. |
| Consultante: | Sí, pero eso cambió cuando quedé embarazada. Quería hablar sobre el bebé pero parecía que él no estaba interesado. Obviamente no le gustaba lo que estaba pasando con mi figura y me sentía tan cansada que no tenía energía para la manera de hacer el amor que a él le gustaba. Él se puso cada vez más malhumorado y yo empecé a sentirme cada vez más deprimida. |
| Counselor: | Ya no eras aceptable ni para él ni para ti. |
El proceso de valoración organísmica
Carl Rogers creía que había una fuerza motivacional que determina el desarrollo del ser humano. Él la llamó tendencia actualizante. Era la tendencia actualizante la que, a pesar de todo tipo de oposición u obstáculo, aseguraría que un individuo continuara esforzándose por crecer hacia la mejor realización de su potencial. Quienes fueron suficientemente afortunados de haber tenido un ambiente cariñoso y de apoyo durante sus primeros años recibirían el refuerzo necesario para garantizar la nutrición de la tendencia actualizante. También serían confirmados en su capacidad de confiar en sus propios pensamientos y sentimientos y de tomar decisiones de acuerdo con sus propias percepciones y deseos. Su proceso de valoración organísmica, para utilizar la terminología de Rogers, funcionaría bien y les permitiría moverse en la vida con un sentido de satisfacción y logro.
Aquellos que no tuvieron la suerte de tener ese tipo de relaciones de apoyo, sino que, al contrario, sufrieron la imposición de muchas condiciones de valor punitivas, pronto descubrirían que sentían una abrumadora necesidad de valoración positiva. Tan grande es esta necesidad en todos nosotros que su satisfacción puede, con mucha frecuencia, tener prioridad por sobre las iniciativas de la tendencia actualizante y, por consiguiente, crear una gran confusión en el proceso de valoración organísmica. (Ver recuadro 1.3). Este conflicto entre la desesperada necesidad de aprobación y la sabiduría del proceso de valoración organísmica del individuo es la raíz de muchos trastornos y suele producir un desconcierto interno que socava la confianza y hace imposible una eficaz toma de decisiones.
Recuadro 1.3
Confusión temprana del proceso de valoración organísmica
| Niño: | (Se cae y se corta la rodilla: corre llorando hacia su madre buscando consuelo o seguridad.) |
| Madre: | ¡Qué tontería! Deja de llorar y no te portes como un bebé. Apenas te sale un poquito de sangre. |
| Niño: | (Piensa: es estúpido caerse; está mal llorar; no debería querer que mami me ayude pero lo necesito. Pero yo quería llorar; quería que mami me abrazara. No fui estúpido. No sé qué hacer. ¿En quién puedo confiar? Necesito el amor de mami pero quiero llorar.) |
La pérdida de confianza en el proceso de valoración organísmica y la pérdida de contacto con la tendencia actualizante que le proporciona información pueden dar lugar a la creación de un concepto de sí mismo que está obligado a suprimir o negar por completo las iniciativas que emanan de las partes más profundas de la respuesta de la persona a la experiencia. Una persona a quien se le dice en repetidas ocasiones, por ejemplo, que es incorrecto y destructivo estar deprimido puede llegar a un momento en que se diga: “soy una persona que nunca se deprime” o, igualmente desastroso: “soy una persona que merece ser castigada porque siempre me siento desgraciado”. En el primer caso, los indicios de la depresión fueron suprimidos de la conciencia; mientras que en el segundo, son una causa de auto condena y culpa. En ambos casos, se da un concepto de sí mismo que está muy alejado de cualquier sensación de confianza en la fiabilidad del proceso de valoración organísmica como guía para evaluar la experiencia en forma directa y sin ataduras. Uno de los momentos más gratificantes en un proceso de counseling se produce cuando el consultante descubre o redescubre la fiabilidad de su proceso de valoración organísmica por muy temporal o parcial que pueda ser (ver recuadro 1.4). Un momento así puede hacer mucho para fortalecer la fe del counselor en la capacidad del consultante para encontrar su propia manera de seguir adelante. También muestra la resiliencia de la tendencia actualizante, a veces con todas las probabilidades en su contra, para sobrevivir a pesar de todos los obstáculos a su sano funcionamiento. En el nivel más profundo parecería que el anhelo de ser más de lo que actualmente somos nunca se extingue del todo.
Recuadro 1.4
Se restaura el proceso de valoración organísmica
| Consultante: | Me siento muy triste: es una sensación abrumadora. |
| Counselor: | Como si no tuvieras otra opción que rendirte a la tristeza. |
| Consultante: | Eso suena muy aterrador; como si fuera a perder el control. Pero yo nunca pierdo el control. (Estalla repentinamente en llanto.) |
| Counselor: | Tus lágrimas hablan por ti. |
| Consultante: | Pero los hombres grandes no lloran. |
| Counselor: | ¿Estás diciendo que te avergüenzas de tus lágrimas? |
| Consultante: | (Pausa larga.) No… por primera vez en años me siento en contacto conmigo mismo... se siente bien llorar. |
Sería incompleto dejar la discusión del proceso de valoración organísmica en este punto. Los seres humanos, porque son en esencia criaturas relacionales, son afectados profundamente no sólo por las respuestas de otras personas significativas para ellos durante el curso de su vida, sino también por las normas sociales y culturales del entorno en el que se encuentran. Es inevitable que el proceso de valoración organísmica se vea afectado por estas normas y de hecho está impregnado por ellas en tal medida que a veces impide que el individuo actúe de manera temeraria o hasta autodestructiva. Lo que llamamos mediación social es un factor importante para el counselor que se encuentra con un consultante que está luchando para determinar una línea de conducta en función de los impulsos del proceso de la valoración organísmica. Una respuesta a esos impulsos –que parecen exigir el crecimiento a toda costa– puede necesitar la influencia moderadora de la mediación social para prevenir el desastre. La tendencia actualizante y el proceso de valoración organísmica, a veces, requieren el freno compasivo de la mediación social para asegurarse de que el cliente escuche a una voz que le susurra que, en este caso y en este momento, el no-crecimiento es la opción más prudente. Esto no implica negar, por supuesto, que muy a menudo las normas de la sociedad o de la cultura dominante impiden el funcionamiento del proceso de valoración organísmica en lugar de darle forma o realzarlo. No siempre es fácil distinguir entre la mediación social como freno compasivo y el condicionamiento social como vehículo de condiciones de valor dominantes que sofocan la creatividad, minan la confianza y condenan a las personas a una vida a medias. En el capítulo siguiente se presentará un análisis más detallado de éste y otros temas complejos que influyen sobre el proceso actualizante que surgieron de recientes desarrollos de la teoría centrada en la persona.
El locus de evaluación
La persona que tuvo la poca fortuna de estar rodeada por individuos muy críticos y sentenciosos, seguramente se vio obligada a recurrir a todo tipo de estrategias para alcanzar un mínimo de aprobación y consideración positiva. En la mayoría de los casos esto habrá implicado una enajenación progresiva del proceso de valoración organísmica y la creación de un concepto de sí mismo divorciado de los recursos innatos de la persona y de la sabiduría que ha desarrollado. Es probable que su concepto de sí mismo sea pobre, pero en algunos casos la persona construye una imagen de sí que le permite conservar cierto grado de amor propio mediante un bloqueo total de cualquier experiencia significativa sensorial o “visceral”. En todos estos casos, sin embargo, el proceso de valoración organísmica dejó de ser una fuente significativa de conocimiento o de guía para el individuo. Es probable que tenga mucha dificultad para tomar decisiones o para saber lo que piensa o siente. Probablemente, confíe en autoridades externas para que lo orienten o hará un intento desesperado de complacer a todos, lo que a menudo dará lugar a un comportamiento imprevisible, inconsistente e incongruente.
Las personas psicológicamente sanas son los hombres y las mujeres que tuvieron la suerte de estar rodeados por otros cuya aceptación y aprobación les permitieron desarrollar conceptos de sí mismos que les permiten, al menos parte del tiempo, estar en contacto con sus sentimientos y sus experiencias más profundas. No están separados de la esencia de su ser y están bien ubicados para avanzar hacia lo que Rogers ha descrito como personas de “funcionamiento pleno”. (Rogers, 1963a). Están abiertas a la experiencia sin sentirse amenazadas y, por lo tanto, pueden escucharse a sí mismos y a los otros. Están altamente conscientes de sus sentimientos y de los sentimientos de los otros y tienen la capacidad de vivir en el momento presente. Y lo que es más importante, exhiben una seguridad y confianza en su proceso de valoración organísmico de la que obviamente carecen los que han tenido que luchar constantemente con el juicio adverso de los demás. Esa confianza es más evidente en el proceso de toma de decisiones y en el conocimiento y la articulación de los pensamientos y los sentimientos actuales. En lugar de buscar dirección en el exterior o de experienciar confusión interna o vacío, la persona de funcionamiento pleno conserva disponible, dentro de sí, su fuente de sabiduría profunda. Rogers ha descrito este referente propio como el locus de evaluación interno y, para el counselor, uno de los momentos más significativos de la terapia es aquel en el cual un consultante reconoce este punto de referencia en su interior quizás por primera vez. (Ver recuadro 1.5).
Recuadro 1.5
El locus interno de evaluación
| Consultante: | Supongo que tomé este trabajo para complacer a mi padre. Parecía lógico también, en el sentido de tener cierto tipo de estructura de carrera. |
| Counselor: | Para ti era importante complacer a tu padre y sentirte bien en términos de una carrera convencional. |
| Consultante: | Sí, y tengo la sensación de que me casé con Jean porque sabía que a mis padres les gustaba. En verdad no estaba enamorado de ella. |
| Counselor: | En verdad te casaste para complacerlos. |
| Consultante: | Y anoche supe que no podía seguir. Odio el trabajo y mi matrimonio es una farsa. Tengo que descubrir lo que deseo, qué tiene sentido para mí, antes de malgastar toda mi vida tratando de complacer a otras personas. Y pienso que estoy comenzando a tener una leve idea de lo que tengo que hacer. Da miedo escuchar la propia voz por primera vez. |
Crear las condiciones para el crecimiento
El counselor centrado en la persona cree que todos los consultantes tienen dentro de sí vastos recursos para el desarrollo. Tienen la capacidad de crecer hacia la realización de sus identidades únicas, lo que significa que los conceptos de sí mismo no son inalterables y las actitudes o los comportamientos pueden ser modificados o transformados. Cuando se bloquea o distorsiona el desarrollo, esto es el resultado de relaciones que han pisoteado la necesidad básica de consideración positiva del individuo y que lo llevaron a la creación de un concepto de sí mismo y un comportamiento que lo acompaña que sirve como protección contra el ataque y la desaprobación. La tarea del counselor es crear nuevas condiciones de relación en las que se estimule el proceso de crecimiento y se remedie la atrofia o la deformación. En cierto sentido, el counselor procura brindar un terreno distinto y un clima diferente en los que el cliente se pueda recuperar de las carencias o del maltrato del pasado y comience a florecer como el individuo único que realmente es. Es la naturaleza de este nuevo ambiente de relación y la habilidad del counselor de crearla lo central a toda la tarea terapéutica.
Es posible describir breve y claramente la naturaleza del clima que produce crecimiento. Rogers creía que se caracterizaba por tres condiciones claves. El primer elemento se enfoca en la autenticidad, o congruencia del counselor, en cuán real sea. Cuanto más pueda el counselor ser él mismo en la relación sin usar una fachada profesional o personal, más probable será que el cliente cambie y se desarrolle de una manera positiva y constructiva. El counselor que es congruente transmite el mensaje de que no sólo está permitido sino que es deseable ser uno mismo. También se presenta como transparente al consultante y se rehúsa a alentar una imagen de sí como superior, experto, omnisciente. En una relación con estas características es más probable que el cliente encuentre recursos dentro de sí y no se aferre a ninguna expectativa de que el counselor le dé las respuestas. El segundo requisito para crear un clima para el cambio y el crecimiento es la capacidad del counselor de ofrecer al consultante una aceptación total, una apreciación, una consideración positiva incondicional. Cuando el counselor puede adoptar esta actitud de aceptación y de no juicio, el movimiento terapéutico es mucho más probable. El consultante puede sentir una mayor seguridad para explorar sentimientos negativos y para llegar al centro de su ansiedad o su depresión. También es probable que se enfrente a sí mismo con honestidad sin el miedo omnipresente al rechazo o la condena. Más aún, la experiencia intensa de la aceptación del counselor es el contexto en el cual aumentan las probabilidades de que perciba los primeros sentimientos momentáneos de aceptación de sí mismo. El tercer elemento necesario en la relación terapéutica es la comprensión empática. Cuando está presente, el counselor demuestra una capacidad de seguir y de sentir con exactitud las sensaciones, sentimientos y significados personales del consultante; puede aprender cómo se siente estar en la piel del consultante y percibir el mundo como lo percibe el consultante. También desarrolla la capacidad de comunicar al consultante esta comprensión sensible y aceptante. Ser entendido de esta manera es una experiencia rara o única para muchos consultantes. Les muestra la disposición del counselor a prestar atención y un nivel de cuidado e interés que innegablemente los dota de valor. Más aún, cuando una persona es profundamente comprendida de esta manera es difícil mantener por mucho tiempo una postura de enajenación y de separación. La comprensión empática restaura en el individuo solo y enajenado un sentido de pertenencia a la raza humana. Estos tres elementos de la relación terapéutica están resumidos en el recuadro 1.6. En la literatura centrada en la persona a menudo se los conoce como las condiciones claves y fueron constantemente reiteradas por Rogers (1951, 1961, 1974, 1979, 1980a).
Recuadro 1.6
Las condiciones claves
La creación de un clima favorable al crecimiento en una relación terapéutica requiere que el counselor pueda:
1 ser genuino o congruente
2 ofrecer consideración positiva incondicional y aceptación total
3 sentir y comunicar una comprensión empática profunda.
Las condiciones claves son bastante simples de enunciar, pero desarrollar y mantener esas actitudes implica que el counselor haga un trabajo de por vida y exige un compromiso que tiene profundas consecuencias no sólo para la actividad profesional del counselor sino para toda su vida. Gran parte de este libro, de hecho, se dedica a la exploración de las complejas cuestiones implicadas cuando un counselor intenta ser congruente, aceptante y empático. Las palabras pueden ser muy fáciles de decir pero lo que significan es más que crucial.
1 Ver Glosario al final del libro. (N. del E.).
2
DESARROLLOS RECIENTES DE LA TEORÍA CENTRADA EN LA PERSONA
El proceso actualizante
Proceso egosintónico
Proposiciones teóricas 1-4
Proceso difícil
Diálogos del sí mismo
Proposiciones teóricas 5-8
Una concepción moderna centrada en la persona del proceso de counseling
El proceso actualizante
Desde la muerte de Rogers en 1987 se produjeron avances significativos en la teoría centrada en la persona. En este capítulo interrelacionaremos la teoría original de Rogers sobre la tendencia actualizante y la creación de trastornos (Rogers, 1951, 1959, 1963b) con los esfuerzos de Mearns por extender la teoría de Rogers (Mearns y Thorne, 2000, Mearns, 2002) y las contribuciones de Warner desde la teoría del desarrollo (Warner, 2000a, 2002a, 2006).
El punto de partida es el concepto de motivación de Rogers, la tendencia actualizante que él describe como:
(…) la tendencia del organismo a mantenerse, asimilar alimentos, de comportarse defensivamente ante una amenaza, lograr el objetivo del auto-mantenimiento aun cuando el camino usual hacia esa meta esté bloqueado. Estamos hablando de la tendencia del organismo a moverse en dirección a la maduración, tal como se define la maduración para cada especie. (1951: 488).
En su teoría de la personalidad la tendencia actualizante fue el único concepto motivacional de Rogers. Describió un impulso de los seres humanos a mantener, desarrollar y mejorar su funcionamiento. En un sentido es la “fuerza de vida” fundamental que no disminuye, sino que constantemente impulsa a la persona hacia el desarrollo. La tendencia actualizante impulsa a la persona a hacer lo mejor posible en sus circunstancias. Algunos críticos que no entienden el concepto lo ven como una evidencia del punto de vista ultra optimista de Rogers acerca de la naturaleza humana: la gente continúa desarrollándose de manera positiva. Sin embargo, este concepto, en realidad, no se relaciona con valores como “positivo” o “negativo”; es simplemente una fuerza que impulsa hacia el desarrollo continuo, que puede ser ratificada o anulada dependiendo de diferentes circunstancias. Tomemos como ejemplos a Sheila y Nigel.
SHEILA está inquieta en su relación con Maureen. La relación ha durado quince años a pesar de la considerable diferencia de edad (Sheila tiene 35 y Maureen 54). Pero durante los últimos dos años Sheila le otorga menos valor a la seguridad que la relación siempre le brindó y ansía un estilo de vida más emocionante.
NIGEL fue prisionero del abuso físico y emocional de su padre a lo largo de sus primeros catorce años de vida. Su padre lo ataba ritualmente y le pegaba una vez por semana con cualquier pretexto; la más leve desobediencia podía hacer que su padre sacara el cinturón. El maltrato no solo era físico, cuando Nigel mostraba señales de estar haciendo las cosas bien en el colegio recibía un torrente de insultos. Nigel sobrevivió como persona “pasando a la clandestinidad”. Ahora, a los 22 años, maneja una operación de drogas en la que participan cuarenta personas. Controla con mano firme su negocio y a las personas involucradas ejerciendo su autoridad a veces abiertamente con considerable crueldad en público. Logró la victoria en la guerra entre pandillas en parte mediante la violencia pero también gracias a su intelecto.
Ambos, Sheila y Nigel, muestran evidencia de la tendencia actualizante. Si bien en el pasado la seguridad era de primordial importancia en su relación con Maureen, ahora está buscando desarrollarse de otras maneras. Esto puede ser considerado “positivo” por Sheila y sus amigos, pero quizás no con tanto entusiasmo por Maureen, a menos que ella también esté buscando avanzar en otras direcciones. Nigel sobrevivió a su niñez, pero tuvo que “pasar a la clandestinidad” para lograrlo. Sin embargo, todavía muestra evidencias de la presión de la tendencia actualizante al lograr lo mejor que puede de sus, literalmente, tortuosas circunstancias. No se quedó en el lugar de “víctima” sino que usó su intelecto para encontrar formas de expresarse y desarrollarse, aunque sea dentro de los límites de su subcultura. Como dijo: “No hay muchas personas de mi escuela que se hicieron millonarios a los 22 años”. Muchos lectores se sentirán poco inclinados a considerar el desarrollo de Nigel como “positivo”. Pero la tendencia actualizante no está direccionada por los valores sociales. Tiene dirección sólo en el sentido de que impulsa a la persona a hacer lo mejor posible para sobrevivir, desarrollarse y progresar.
La tendencia actualizante, por supuesto, tampoco se detiene. Para Sheila era necesario lograr seguridad en una etapa anterior de su desarrollo, pero ahora ansía diversidad y más adelante estará impulsada por diferentes metas. La situación actual de Nigel representa un éxito de desarrollo, al menos en el sentido psicológico, aunque no lo sea en el social. Pero seguirá siendo impulsado por su tendencia actualizante hacia la continuación de ese desarrollo. Esa presión no necesariamente da como resultado un desarrollo inmediato; quizás Nigel se quede estancado por un tiempo, incapaz de continuar en una dirección que considere como “hacia adelante”. A veces, la frustración y la depresión son una motivación secundaria. (Ver el sexto “postulado” teórico de Rogers, 1951: 492-4). Quizás el desarrollo continuo de Nigel hará que aplique sus habilidades intelectuales y de gerenciamiento a emprendimientos legales, o quizás se convierta en un criminal aún más efectivo.
Rogers publicó tres escritos teóricos principales sobre su teoría de la personalidad. (1951: 481-533, 1959, 1963b). En su versión de 1951 y 1959 su concepto de la tendencia actualizante en relación con la creación de trastornos era, en términos generales, consistente. Sin embargo, hubo un marcado cambio en su escrito menos conocido de 1963, tal como él reconoce:
Gradualmente he llegado a ver esta disociación, ruptura, distanciamiento (entre la estructura del sí mismo y la experiencia) como algo aprendido, una canalización perversa de parte de la tendencia actualizante hacia comportamientos que no actualizan… con respecto a esto mi pensamiento ha cambiado durante la última década. Hace diez años yo estaba empeñado en explicar la ruptura entre el sí mismo y la experiencia, entre las metas conscientes y las direcciones organísmicas, como algo natural y necesario, si bien desafortunado. Ahora creo que los individuos están culturalmente condicionados, recompensados, reforzados, por comportamientos que son, en realidad, deformaciones de las direcciones naturales de la tendencia actualizante. (1963a: 19-20).
Esto representa un cambio de perspectiva sustancial en relación con sus escritos anteriores. Ahora, introduce un juicio de valor negativo con respecto a las fuerzas sociales que pueden obrar en contra de la expresión de la tendencia actualizante. En 1963, cuando publicó su artículo, Rogers estaba terminando un período de su vida que había dedicado a la psicoterapia. Había realizado la mayor parte de ese trabajo en Chicago, con un grupo de personas al que tanto él como Bill Couson (1987) describían como “los neuróticos de Chicago”.1 En un desorden “neurótico” típico a la tendencia actualizante se opondrían poderosos mandatos de los padres, por ejemplo: no confíes en tus sentimientos; expresar lo que sientes y lo que piensas es peligroso; mejor ser cuidadoso que espontáneo; y otros similares. Con respecto al grupo de personas con las que trabajaba, es comprensible el juicio de Rogers con respecto a las fuerzas que limitan la tendencia actualizante. Pero tiene el efecto desafortunado de calificar como negativas a todas las influencias que desafíen la tendencia actualizante. No hay lugar para la restricción “normal” de la sociedad: cualquier limitación impuesta por la sociedad es considerada una influencia negativa. A su vez, este cambio en la forma en que Rogers encuadraba su teoría fue lo que le dio un gran atractivo popular, caracterizado por su mudanza a California. Se convirtió en un adalid de la contracultura de los años ‘60 que desafió las restricciones a la libre expresión que habían enfatizado las generaciones anteriores.
Un crítico de la nueva posición valorativa de Rogers fue Bill Coulson (1987). En varios artículos puede encontrarse una descripción más detallada de esta crítica (Mearns y Thorne, 2000: 179-80), pero, en síntesis, Coulson sugirió que muchas de las restricciones sociales son en verdad “normales” y representan una razonable adaptación entre la persona y su mundo social. El desafío de Coulson, al provenir de alguien tan cercano dentro del movimiento (trabajó con Rogers en Wisconsin y se trasladó con él a California), fue considerado como una herejía por muchos de los colegas de Rogers, aunque no así, según Coulson, por el mismo Rogers. (Coulson, 2000). Desde el punto de vista simplista de sus oponentes, Coulson sólo estaba representando las fuerzas represivas de los padres en la socialización. Esta respuesta representa una posición comprensiblemente defensiva de parte del nuevo movimiento, pero actualmente podemos reconsiderarlo como un punto de vista limitado. Para Coulson, los contextos sociales, especialmente la familia, no representan una fuerza inhibidora sino lo contrario. Ofrecen un medio rico para el desarrollo y la expresión de sí mismo. Estar atentos al diálogo con los otros en el mundo social sirve principalmente para ampliar las oportunidades de actualización de la persona.
La inmersión de Rogers en el proceso de socialización “neurótica” había restringido su perspectiva acerca del medio social. Sus observaciones sobre los efectos perjudiciales de la socialización fueron importantes y útiles, pero el efecto a corto plazo fue el de ayudar al péndulo a alejarse mucho en la dirección contraria llegando al extremo de rechazar toda influencia social. Es interesante ver cómo este mismo proceso se repite en los consultantes en proceso de counseling. Una vez que escapan de las limitaciones de la sociedad que los incapacitan, por un tiempo suelen irse al otro extremo y resulta “imposible vivir con ellos”, ya que rechazan hasta la influencia normal de la sociedad. Afortunadamente, a su debido tiempo, el péndulo logra un equilibrio más realista.
Sin embargo, en términos de la teoría de Rogers, la posición defensiva y sentenciosa con respecto a la influencia de la sociedad impidió su desarrollo y su potencial aplicación a otras culturas y sistemas de creencias en los cuales se considera al individuo inserto en su ambiente social e inseparable de él, en donde la noción de actualización sólo tiene sentido en el contexto de esa inserción. Un ejemplo de esto puede ser la cultura japonesa de hoy en día. Aunque la sociedad está muy “occidentalizada”, prevalece el sentido fundamental de la importancia de la comunidad que está entretejido con las estructuras modernas. Entonces, por ejemplo, el counselor escolar del enfoque centrado en la persona en la universidad Kyusyu Sangyo, en Fukuoka, buscará trabajar no sólo con el estudiante, sino que también irá a la casa a hablar con su madre y con su abuela antes de volver a la escuela para conocer a su docente y quizás a sus amigos. En muchas otras partes del mundo, los counselors escolares podrían alarmarse ante esta manera de trabajar con límites tan amplios y estarían preocupados por la confidencialidad. Pero su forma de trabajar con límites tan estrechos no es ni mejor ni peor, es simplemente diferente, de una manera que refleja su propia cultura. En Japón, el consultante-estudiante esperaría que su counselor trabaje con toda su comunidad, porque como persona no sólo es parte de su comunidad, sino que su comunidad es parte de él. (Ide, Hirai y Murayama, 2006; Morita, Kimura, Hirai y Murayama, 2006). Hoy en día se presentan muchas oportunidades y desafíos similares para que el enfoque centrado en la persona se aplique a diversas culturas y subculturas. (Balmforth, 2006; Boyles, 2006; Chantler, 2006, Khurana, 2006; Lago, 2006; Lago y Haugh; 2006; Sembi, 2006; Shoaib, 2006). También somos testigos de sorprendentes intentos de diálogo como, por ejemplo, la articulación del concepto islámico del sí mismo en relación con las teorías psicológicas de Inayat (2005). Estos cambios muestran que la teoría, hasta donde Rogers la desarrolló, necesita ajustes y modificaciones para llevarla desde la California de la década de 1960 hacia la perspectiva del mundo moderno.
Cuando Rogers estaba escribiendo acerca de la tendencia actualizante dijo: “Finalmente la auto actualización del organismo parece ser en la dirección de la socialización, definida en términos generales”. (1951; 488). Esta concesión a la dimensión social es insuficiente y no refleja la experiencia clínica de trabajar con una amplia gama de consultantes con diversas formas de trastorno, ni tampoco la de trabajar con una amplia gama de culturas en el mundo. Los seres humanos son animales profundamente sociales y la mayoría de sus caminos de desarrollo son de naturaleza social. Nuestras relaciones con amigos, colegas, parejas e hijos representan la mayoría de los contextos potenciales para nuestro propio crecimiento y desarrollo. Por lo tanto, en uno de los aspectos de la teoría de Rogers introducimos la noción de mediación social (Mearns, 2002; Mearns y Thorne, 2000: 182-3) como intermediaria de la tendencia actualizante. Además del impulso hacia el mantenimiento y el desarrollo (la tendencia actualizante), planteamos como hipótesis que hay una fuerza restrictiva, también dentro de la persona, que busca articularse con su contexto social. En otras palabras, la fuerza hacia el crecimiento no tiene permiso para promover su propia mejora sin algún tipo de chequeo o “mediación”. Por medio de este mecanismo la persona no sólo promueve su propio desarrollo sino que, además, conserva suficientes contextos sociales los cuales, a su vez, le proporcionan las bases para un futuro crecimiento. Utilizamos la expresión proceso actualizante para describir esta articulación entre las fuerzas de la tendencia actualizante y la mediación social. En otra parte decimos:
En esta revisión de la teoría el concepto central resulta ser el proceso actualizante que describimos en términos de homeostasis entre los imperativos de la tendencia actualizante y la mediación social en diferentes áreas del ámbito de la vida social de la persona, y la reconfiguración de la homeostasis para responder a las circunstancias cambiantes. (Mearns y Thorne, 2000: 184).
En otras palabras, en el curso de su propio mantenimiento y desarrollo la persona toma en cuenta a las otras personas en su vida. En su época, Rogers podría haber visto con recelo este tipo de afirmación porque muchos clientes con los que él y sus colegas trabajaban en Chicago mostraban una valoración neurótica de los deseos de los otros hacia sus propias necesidades. De acuerdo con la nueva teoría, su proceso actualizante había perdido el equilibrio y en consecuencia había un énfasis exagerado en las fuerzas de la mediación social y una infravaloración del impulso de la tendencia actualizante. Es frecuente encontrar este tipo de consultante en la práctica del counseling. Desarrolló su desequilibrio como una forma de adaptarse a la disonancia entre la experiencia que tiene de sí mismo y la visión que los otros tienen de él y para él. Como describimos en el capítulo 1, perdió contacto y confianza en su proceso de valoración organísmica y conforma su concepto de sí mismo, no a través del diálogo entre sus propias experiencias del sí mismo y la visión de los otros, sino casi por completo internalizando los puntos de vista de los otros con respecto a quién es él, como muestra el ejemplo de Rachel, que recién empieza a cuestionar la carrera de maestra de escuela primaria en el último año de su entrenamiento.
De pronto, me di cuenta de que la razón por la cual me estoy metiendo en más problemas en la práctica de la enseñanza es que no amo a los niños. Quizás ésa fue una manera de seguir en el rol de cuidadora de niños que desempeñé con mis cuatro hermanos y hermanas menores. Era una buena definición para aceptarme, me daba una manera fácil de verme y de obtener aprobación; lamentablemente, esa definición persistió y desperdicié estos últimos cuatro años. Tener que verme todo el tiempo como alguien que ama a los niños es una “mentira” difícil de mantener en la realidad de las escuelas. Además, no se me ocurre qué sentiría realmente por los niños si no tuviera que amarlos.
El concepto de sí misma de Rachel, en relación con el área específica de su amor por los niños, se distorsionó para reflejar más la visión de otros que sus propias experiencias, pero esa distorsión se puede extender a todo el concepto de sí mismo, contaminándolo. Entonces, la persona se vuelve vulnerable en general, incapaz de confiar en su propia experiencia y en su juicio. A veces, no puede ni siquiera confiar en la vivencia de sus emociones. Su experiencia interna de tristeza puede haber sido inaceptable para unos padres que consideraban que sentirse triste era un signo de “debilidad”. Si él experienciaba lo que sentía como enojo, y lo expresaba, también se metía en dificultades, pero eran dificultades “varoniles” más aceptables. De igual modo, en la mayoría de las culturas occidentales, la experiencia interna de enojo puede ser redefinida y expresada como tristeza. Gradualmente, el locus de evaluación de la persona, al que antes nos referimos, se vuelve más externalizado al ir cediendo su autoridad sobre sí misma y aceptando la autoridad de otros como fuente para autodefinirse.
Rogers estudió en detalle esta dirección de desequilibrio en el proceso actualizante, pero es sólo una parte de la historia en lo que hace a la creación de trastornos. Cuando la persona pierde confianza en su experiencia de mediación social se produce otra dirección de desequilibrio. En lugar de darse un diálogo entre el impulso de la tendencia actualizante y las advertencias de su imperativo de mediación social, pasa a confiar solamente en su vivencia de sí mismo. Como resultado, su concepto de sí mismo no tiene la oportunidad de desarrollarse de manera socialmente articulada; se pierde el diálogo que lo posibilita y su concepto de sí mismo queda basado en su necesidad de autoprotección. Todo queda centrado alrededor del “yo” en un esfuerzo de autopreservación. Su proceso está “centrado en el yo”: sólo se permite entender su mundo social desde la perspectiva egocéntrica, razón por la cual Mearns (2006a) tomó prestada la expresión psicológica de proceso egosintónico para denominar a este patrón de ser. Esta expresión merece una detallada elaboración.
Proceso egosintónico
La base evolutiva del desarrollo del proceso egosintónico es el abuso emocional; algunas veces, aunque no necesariamente, está acompañado por otras formas de abuso. La persona ha sobrevivido a una relación con sus padres en la cual el amor y la valoración eran impredecibles. Se daban experiencias negativas cuando se esperaban que fueran positivas; no había manera de confiar en la relación. Para sobrevivir en este contexto social poco confiable y dañino, la persona necesita hacer tres cosas:
1 Retraer su apego emocional
2 Encontrar formas de controlar la relación
3 Encontrar formas de controlarse a sí mismo en las relaciones.
En un documental de televisión sobre el trabajo de Bruno Bettelheim en su Escuela Ortogénica de Chicago, un ex paciente, “Sandy”, actualmente un exitoso agente de bolsa de Wall Street, nos da una visión única sobre cómo se siente estar en esta situación cuando se es niño. Sandy había sido uno de los chicos más perturbados que había pasado por la escuela, con severas fantasías suicidas y homicidas. Había descrito cómo quería cortarle el vientre a Patti, su counselor que estaba embarazada, y destruir a su bebé. Muchos años más tarde, Sandy describe cómo se había sentido siendo él en esos momentos:
La persona que tiene un progenitor que a veces es bueno y amable y otras veces es malo piensa que el mundo es así. En mi propio caso, era así. Creo que cuando llegué a la escuela la dificultad fue, entre otras cosas, que fui confrontado por Patti (su counselor), que era un ser humano maravilloso, decente y muy afectuoso. Yo no podía aceptar el afecto, lo que me causaba aún mayor enojo porque a todo el mundo le gusta aceptar afecto. Pero si uno se condiciona para no aceptar afecto porque cree que al aceptarlo se está exponiendo a que lo vuelvan a lastimar, se pone en una posición en la que no se permite tener la esperanza de que el afecto sea real; y sigue probando para descubrir si es verdadero o no, y ese es el proceso en el cual, paso a paso, descubres si lo es. En cierto sentido, quizás, eso explica mi propia necesidad de herir a aquellos que habían sido buenos conmigo, porque necesitaba descubrir si a pesar de que los hiriera me iba a seguir llegando su cariño… (Bettelheim, 1987).
Quienes trabajan en una institución infantil comprenden perfectamente lo que Sandy quiere decir. Es obvio que la mayoría de las personas que muestran un proceso egosintónico no están tan severamente perturbadas como Sandy lo había estado; sin embargo, la discapacidad social que llevan a su vida de adultos puede ser crónica. Los sistemas de autoprotección que desarrollan para sobrevivir a su abuso emocional se generalizan a las otras relaciones. (Ver la noción de Stern de “RIGs” –“Representaciones de interacciones que han sido generalizadas”–, Stern, 2003; Mearns y Cooper, 2005, 27-30). Las consecuencias sociales de este proceso pueden ser muy diversas. Al aumentar la severidad, aquellos cercanos a la persona la perciben como:
Popular pero inalcanzable → sola y solitaria → controladora → fría → cruel → homicida y suicida.
En su forma leve, el proceso egosintónico lleva a la persona a estar confundida y asustada en sus relaciones. Sabe que las cosas le salen mal. Pero realmente no entiende por qué salen mal. Hizo lo mejor que pudo. Trató de pensar lo que la otra persona quería y hasta intentó ser eso (dentro de ciertos límites). Pero siempre sale mal. Desde la perspectiva de la otra persona, por supuesto, lo que se percibe es la incongruencia de estos esfuerzos y la falta de verdadera empatía.
Otra forma de proceso egosintónico es aquella en la que las personas atraen las relaciones pero fracasan en ellas porque, en última instancia, necesitan ser muy controladoras. Necesitan definir la realidad y protegerse a sí mismos de sus cambios. Se manejan bien a nivel material y funcionan adecuadamente en relaciones más superficiales, pero necesitan ser la “estrella” en la relación: se valora la relación en la medida en que los ponga a ellos en el centro y, por supuesto, no les impongan constantes exigencias. Una y otra vez se sorprenden cuando la otra persona termina la relación a pesar de que hicieron lo mejor que pudieron.
En una forma más severa, la persona es peligrosa para sí misma y para los demás. Se siente tan amenazada por las relaciones que su autoprotección se manifiesta no ya en confusión y control, sino en distanciamiento y aun en violencia. Su temor es tan profundo y la adaptación que ha logrado es tan superficial que el distanciamiento y hasta la destrucción (de sí misma y de los otros) pueden ser la única protección existencial que les queda.
El objetivo de este capítulo es esbozar un panorama general de la nueva teoría centrada en la persona, de modo que no vamos a profundizar los ejemplos de procesos de counseling con consultantes egosintónicos. Sin embargo, el lector puede encontrar ejemplos del trabajo con el consultante llamado “Bobby”, descrito en Mearns y Thorne (2000) y Mearns y Cooper (2005).
Algunos de los desarrollos recientes en la teoría centrada en la persona amplían la población de consultantes a los que se aplica el enfoque. En la profesión de counseling en general, no sólo dentro del enfoque centrado en la persona, hay una tendencia a estrechar los límites de su área de aplicación para crear zonas de comodidad. Es fácil para el counseling establecer límites para trabajar sólo con la denominada población “neurótica”. Excepto con un consultante particularmente difícil, aquel con proceso frágil (ver más adelante en el capítulo), esta población generalmente se adapta a la estructura y la definición que el counselor elige para trabajar. Los consultantes que presentan otra forma de trastorno plantean nuevos desafíos a la relación terapéutica y a la estructura de trabajo. Entre quienes quieran considerar el counseling como un conjunto de sesiones de una hora a intervalos regulares, con un consultante que suele ser cooperativo, puede haber resistencia ante esta definición más amplia del área del counseling. Pero debemos plantear ese desafío porque en el presente el counseling es considerado como una opción válida probablemente sólo por el diez por ciento de la población. Si queremos ampliar su validez, debemos adaptar nuestra teoría a un campo más amplio de sistemas culturales de creencias y lograr mayor flexibilidad y creatividad en la manera en que definimos el contexto terapéutico. Debemos cuestionar la clásica obsesión psicodinámica con la estructura y los límites a la que permitimos dominar las definiciones de lo que es apropiado profesionalmente, porque limita su avance y puede terminar sofocando la profesión.
Proposiciones teóricas 1-4
Para resumir la nueva teoría hasta este punto, presentamos cuatro proposiciones teóricas con respecto a la creación de trastornos. Las mismas se describen con mayor detalle en Mearns y Thorne (2000; 181-4) y Mearns (2000).
Proposición 1: la tendencia actualizante es la única fuerza de motivación. Esta idea de la tendencia actualizante como la única fuerza de motivación refleja la proposición número 4 de Rogers en su formulación original de la teoría. (Rogers, 1951: 487). No hay necesidad de cambiar esta proposición. Como sucede con toda buena teoría, refleja una elegante sencillez.
Proposición 2: los impulsos de la tendencia actualizante dan lugar a su propia resistencia dentro del ámbito de la vida social de la persona. Esta resistencia se denomina “mediación social”. Éste es un encuadre más sólido y enfático de la “capacidad pro social” de la tendencia actualizante. (Brodley, 1999). Pone al mundo social experienciado por la persona en un lugar más central de su procesamiento. La persona toma en cuenta a su contexto social y de relación. Cuando la tendencia actualizante impulsa una respuesta, parte de ésta da lugar a un vector de contrapeso que representa lo social además de los intereses de crecimiento puramente individuales. No se trata de la preocupación neurótica por complacer a otras personas que Rogers desafió en 1963; es una consideración razonada por los otros y una apreciación de la importancia que ellos tienen en el desarrollo personal como proceso continuo.
Proposición 3: entre el impulso de la tendencia actualizante y la restricción de la mediación social se desarrolla una homeostasis psicológica. La configuración y reconfiguración de esta homeostasis es el “proceso actualizante”. El proceso actualizante es el concepto clave en esta nueva teoría y surge exclusivamente de observaciones en la práctica clínica. La persona no está gobernada por un único impulso, como la tendencia actualizante. El funcionamiento de los seres humanos es mucho más sofisticado. Hablando metafóricamente, podríamos manejar un auto sólo con el acelerador, pero logramos un control más sofisticado cuando le agregamos un freno. De la misma manera que en el funcionamiento fisiológico, el control generalmente se mantiene por la secreción de hormonas con efectos opuestos, en el funcionamiento psicológico hay un sistema de control dual con un equilibrio preciso y delicado, establecido entre las fuerzas de la tendencia actualizante y la mediación social. Por otra parte, este balance puede variar considerablemente a lo largo del tiempo y en diferentes áreas de la vida de la persona. Es fascinante observar el proceso actualizante funcionando, ver cómo las personas negocian nuevos equilibrios apropiados a las dimensiones cambiantes de su vida. Estos ajustes no son meras acomodaciones a las presiones externas; son diálogos constructivos y sofisticados consigo mismo y en la relación con otros, diálogos que logran crecimiento para la persona y facilitan el crecimiento en los otros. Cuando el adulto joven desarrolla formas de equilibrio radicalmente cambiadas en numerosas áreas de su espacio vital para enfrentar los desafíos de la paternidad, son evidentes tanto el proceso actualizante como estos diálogos internos y externos. Es igualmente sorprendente observar el proceso actualizante en personas más jóvenes. El período de la adolescencia, y aun etapas anteriores, se caracterizan porque la persona configura y reconfigura el equilibrio al entrar en la lucha por la vida, no sólo para sobrevivir, sino también para hacerla más rica y variada.
Proposición 4: “el trastorno” se produce cuando la persona queda crónicamente atascada dentro de su propio proceso actualizante, de modo tal que el equilibrio homeostático no puede ser reconfigurado para responder a las circunstancias cambiantes. En el marco de la teoría centrada en la persona, es la pérdida de fluidez lo que genera perturbación en el sistema. La fluidez es reemplazada por rigidez, un término ampliamente usado por Rogers. “Los individuos… se mueven de la rigidez a la “mutabilidad”, de estructuras rígidas a la fluidez, de lo estático al proceso” (1961: 131). Mearns describe la génesis de esta rigidez en otra publicación.
La persona puede haber desarrollado sistemas autoprotectores que le permiten sobrevivir al estrés psicológico y a la angustia, las amenazas a su ser existencial o su identidad y todo tipo de desafíos que encuentra en su vida. En los sistemas humanos normales el proceso de actualización le permitirá seguir adelante: reconfigurar el equilibrio cuando los peligros van disminuyendo o aumentando a medida que cambian sus circunstancias sociales. Sin embargo, en aquellos aspectos en los que se conserva la rigidez, a la persona le resultará difícil seguir adelante con su vida, especialmente en el entorno social. Encontramos que esto es lo que les sucede a muchos de nuestros consultantes que están “sobreviviendo su supervivencia”. (2004: 24).
Por lo tanto, si reflexionamos acerca de nuestro joven adulto que está enfrentando los desafíos de la paternidad, podemos encontrarnos con que su proceso de actualización está anquilosado; no hay una fluida reconfiguración del equilibrio. Le resulta difícil abandonar ciertos puntos de equilibrio que fueron logrados con gran esfuerzo en el pasado. Siente que volver a equilibrarse significa abandonar libertades sin ningún contrapeso garantizado o experienciado. La adaptación se produce, pero no en forma proactiva, sino reactivamente en respuesta a otras personas. Aumenta la ansiedad, ya que sólo experiencia la dimensión de “pérdida” del cambio. La pareja de una persona que esté atravesando un proceso así también sentirá ansiedad.
Proceso difícil
Para los dos autores de este libro la contribución teórica más significativa de los últimos años es la elaboración de Margaret Warner de la noción de proceso difícil. Como todo ser humano, la persona con un proceso difícil busca entender, otorgarle significado a su experiencia social, pero a diferencia de otros tiene que hacerlo mientras está enfrentando circunstancias de desarrollo extremadamente inhibidoras. Por ejemplo, en un proceso frágil la persona padeció “fracaso empático” (Warner 2002a: 150) por parte de las figuras parentales de su vida. Al principio de nuestro desarrollo dependemos solamente de la empatía de nuestros padres o de las personas que nos cuidan para aprender a procesar nuestras experiencias. Si hay empatía, le transmiten al niño un reflejo de lo que expresó de modo que puede gradualmente alinear su experiencia y la expresión de la misma y así desarrollar la sofisticada habilidad de entender lo que siente, manejar sus sentimientos y relacionarse con los otros eficazmente desde su mundo afectivo. Pero en el caso de fallar la empatía, el feedback que reciba puede ser mínimo, no existir o estar extremadamente distorsionado. Si se golpea la rodilla y grita de dolor, puede recibir como respuesta de sus padres variaciones de:
“Oh, eso debe haberte dolido” (y lo abraza).
Los padres ignoran su sufrimiento.
“Vamos, vamos, no hay necesidad de gritar tanto.”
“Vamos, vamos, los chicos grandes no lloran.”
En el primer ejemplo, le responden empáticamente, pero en los otros no encuentra respuesta o es mínima; y el último, nos muestra una compleja distorsión que equipara su dolor con debilidad o falta de madurez.
La calidad de la empatía de la persona que cuida a un niño varía día a día. Algunas veces esa persona está presente para la criatura y otras puede estar demasiado absorbida por su propia supervivencia. Las variaciones de este tipo son normales y no dañan al niño en lo que hace a su desarrollo. Es más, cuando tales variaciones se producen sobre una base sólida ayudan al niño a lograr una sofisticación aún mayor para procesar su experiencia, porque hay veces en que necesitan procesar la brecha entre su experiencia y el feedback del progenitor, quizás llegando a la siguiente conclusión: “Mamá ignoró mis gritos… pero igual dolió”. Sin embargo, cuando el niño no tiene una base empática sólida –cuando lo normal es que la empatía esté ausente– su forma de procesar se vuelve frágil. Margaret Warner describe las dificultades que manifiestan los clientes con esa manera de procesar:
Los clientes que tienen un estilo frágil de procesar tienden a experienciar los temas importantes con niveles muy bajos o muy altos de intensidad. Tienden a tener dificultad para empezar y detener las experiencias que le son personalmente significativas o con carga emocional; además es probable que tengan dificultades para tomar en cuenta el punto de vista de otra persona y al mismo tiempo permanecer en contacto con sus experiencias. Por ejemplo, un cliente puede hablar superficialmente la mayor parte de la hora de terapia y sólo conectarse con los sentimientos subyacentes de ira justo sobre el final. Entonces puede sentir que le es imposible tranquilizarse lo suficiente como para volver al trabajo. Puede pasar horas caminando en el parque tratando de manejar la intensidad de lo que siente. El cliente puede llegar a hablar acerca de los sentimientos de ira con el terapeuta y anhelar entenderlos y manifestarlos. Aun así los comentarios que haga el terapeuta para explicar la situación o mostrar su desacuerdo con el cliente serán sentidos por éste como intentos por parte del terapeuta de aniquilar su experiencia. (2000a: 150).
Margaret Warner también describe el proceso disociado. Lo primero que observa es que todos y cada uno de sus clientes que muestran un proceso disociado fueron traumatizados por abuso físico o sexual antes de la edad de siete años. Continúa describiendo el proceso:
A una edad tan temprana los niños tienen una facilidad de sugestionarse casi hipnótica. Si se enfrentan con un trauma abrumador y carecen de maneras más complejas de sobrellevar sus experiencias, quizás disponibles para niños más grandes, nuestros clientes parecen haber encontrado una solución en la disociación. Una clienta, por ejemplo, descubrió que si miraba los puntos del empapelado se podía separar, quedando afuera del temor y la angustia de ser violada por su padre. Algunos clientes se describen como experienciándose fuera de sus cuerpos y observando los eventos desde el cielorraso.
Es comprensible que en estas circunstancias la disociación sea extremadamente “reforzante”. Los niños pasan de una angustia extrema a una ausencia de dolor intenso y una capacidad de no pensar en ello al día siguiente. Esta capacidad hace que la vida les parezca tolerable y a algunos hasta les permite tener la ilusión de disfrutar de una vida familiar normal y feliz. (2000a: 160).
El proceso disociado puede tomar muchas formas, en las que diferentes partes de la persona desarrollan sus propias características distintivas y la persona puede pasar de una a la otra; a veces, consciente y deliberadamente y, en otras ocasiones, de una manera que aparentemente está fuera de control. Es interesante comparar los procesos disociados con la psicología de las configuraciones. (Mearns, 2002; Mearns y Thorne, 2000). Las configuraciones son “partes” de “sí mismo” que se han desarrollado para manifestar diferentes temas dentro de sí mismo (ver más adelante en este capítulo). Se puede sostener lo mismo de las “partes” disociadas, pero ellas tienden a estar mucho más separadas unas de las otras; a veces, unas ni siquiera conocen la existencia de las otras, y hay un grado mucho más alto de personificación en las partes disociadas, pueden parecer personas totalmente diferentes. Una hipótesis interesante es que el proceso disociado es una extensión radical de las configuraciones. Al tratar de sobrellevar el trauma, se forman diferentes partes para representar los distintos temas y crear un sistema de contención autoprotector. Pero si bien ese proceso puede ser efectivo en casos de conflictos psicológicos menos profundos, se ve superado más allá de sus límites si tiene que enfrentar altos niveles de trauma. En lugar de que las partes puedan contener y expresar el conflicto, éste termina por escindirlas. (Warner y Mearns, 2003).
En un proceso difícil, del cual el egosintónico antes mencionado puede ser otro ejemplo, vemos los resultados del proceso actualizante tratando de enfrentar circunstancias de desarrollo desafiantes y hacer lo mejor posible para ayudar a la persona a sobrevivir y desarrollarse (aunque dentro de límites estrechos). El proceso difícil, en su inicio, no es un “trastorno”, ni una “patología”, ni una “enfermedad”. Son los esfuerzos de la persona para sobrevivir, así como la fiebre no es la enfermedad sino un intento del organismo de combatirla. Ésta es una característica distintiva de la perspectiva del enfoque centrado en la persona. El enfoque no apunta a la “reducción” de síntomas, sino a facilitarle al consultante la capacidad de explorar y comprender sus procesos. Más aún, el proceso difícil no es la totalidad de la persona. Representa los esfuerzos que hizo en el pasado para sobrevivir en circunstancias relacionales difíciles.
Evidentemente, la persona habrá tenido otras experiencias de relación y ellas también habrán tenido un impacto. En nuestra experiencia clínica suele haber otra parte, o partes, de la persona, que reflejan algo diferente al proceso difícil. A menudo se manifiestan en counseling como una pequeña voz disonante. Suelen estar relegadas a un segundo plano en relación con el empuje dominante del proceso difícil. Una de las fortalezas de un enfoque orientado a las relaciones, como el del counseling centrado en la persona, es que esta parte, pequeña al principio, puede ser atraída y comprometida por la relación terapéutica. En el contexto de esta relación nueva y saludable, puede presentarse con mayor frecuencia. A medida que esa voz crezca en fuerza, se establecerá un diálogo con el sí mismo más pleno, la disonancia dentro del sí mismo se intensificará y el cambio comenzará a ser posible.
Diálogos del sí mismo
El concepto de un “diálogo dentro del sí mismo” tiene un atractivo de sentido común en la medida en la que todos estamos familiarizados con la noción de “hablar con nosotros mismos”, pero en los últimos años las observaciones clínicas de profesionales de una amplia variedad de enfoques terapéuticos han compartido la opinión de que los diálogos del sí mismo son algo común (Berne, 1961; Gergen, 1972, 1988, 1991; Brown, 1979; Bearhrs, 1982; Schwartz, 1987, 1997; Rowan, 1990; Hermans et al., 1992; Hermans y Kempen, 1993; Schwartz y Goulding, 1995; Hermans, 1996; Honos-Webb y Stiles, 1998; Rowan y Cooper, 1999; Hermans y Dimaggio, 2004). Esta área ha llegado a ser conocida como teoría de la pluralidad del sí mismo, la persona parece simbolizar su sí mismo como comprendiendo diferentes partes, voces, sub-personalidades, sub-sí mismos o, la palabra que hemos utilizado, configuraciones. (Mearns, 1999; Mearns y Thorne, 2000). Hemos definido este concepto de la siguiente manera:
Una configuración es un constructo hipotético que denota un patrón coherente de sentimientos, pensamientos y respuestas conductuales preferentes simbolizadas o presimbolizadas por la persona como reflejo de una dimensión de existencia dentro del sí mismo. (Mearns y Thorne, 2000; 102).
Pueden encontrar un análisis detallado de esta definición en la referencia anterior (2000; 102-3), pero es importante saber que lo que estamos describiendo no es meramente el hecho de que las personas tienen una variedad de inclinaciones, tendencias o respuestas diferentes, sino que una configuración es un “sí mismo desarrollado dentro del sí mismo” que puede contener un amplio despliegue de elementos: un conjunto de pensamientos, sentimientos y comportamientos que juntos representan una importante dimensión de la existencia de la persona. Dos o más configuraciones pueden estar en diálogo entre sí. Ese diálogo a menudo se experiencia como conflicto, pero el proceso es más constructivo de lo que sugiere el término, puesto que las diferentes configuraciones promueven alternativas de manera tal que la persona puede escuchar todas las posibilidades.
Dentro del enfoque centrado en la persona abundan los trabajos relacionados con el pluralismo del sí mismo (Millar, 1995; Gaylin, 1996; Keil, 1996: Elliot y Greenberg, 1997; Stiles, 1999; Stickens, 2000; Stiles y Glick, 2002; Barret-Lennard, 2005). Mientras que estas observaciones presentan una abundante cantidad de evidencias en favor de la probable existencia de diferentes partes del sí mismo, queremos destacar que sentimos profundamente la necesidad de ser cautelosos. Aunque sin duda el concepto de pluralismo del sí mismo es relevante para muchas personas, no es significativa para todo el mundo. Desarrollamos la teoría de las configuraciones como un medio para responder a los consultantes que simbolizan su sí mismo de manera pluralista. Es ilógico suponer que la teoría debería ser de aplicación universal. No corresponde al enfoque centrado en la persona presuponer que todos nuestros consultantes tendrán configuraciones. Lo que hacemos es trabajar con ellos tal como se presentan a sí mismos. Si la persona se presenta de manera holística, trabajamos con ese todo. Pero si presenta lo que experiencia como diferentes partes, trabajamos con todas estas partes de la persona.
La nueva teoría nos ayuda a enfrentarnos a los desafíos prácticos de trabajar con consultantes que se simbolizan a sí mismos en términos de partes. Mary y Joe nos dan ejemplos:
| Mary: | la mayor parte del tiempo soy una princesita: toda dulzura y luminosidad. Una mosquita muerta. Mi princesita se lleva bien con todo el mundo y en general la gente la trata bien. Se desarrolló en mi infancia y todavía anda por acá. Pero también tengo un lado duro, tan duro como suave es la princesa. Yo la llamo mi parte arpía. Tiemblo cuando pienso en ella: es capaz de arrancarte los ojos con las uñas; mejor que no te metas con ella. Ésta también aparecía en mi infancia, y por buenas razones. |
| Joe: | Tengo un yo fuerte y un yo débil. Durante años mi yo fuerte odió a mi yo débil pero esto fue cambiando durante mi proceso de counseling. Ahora entiendo cómo surgió mi yo débil; no se trataba sólo de que fuera “patético”, estaba asustado, profundamente asustado. Mi yo fuerte me ayudó a sobrevivir pero también necesito a mi yo débil; tiene partes mías que mi yo fuerte no tiene. |
Mary y Joe están familiarizados con sus configuraciones y hasta les pusieron nombres que reflejan sus temas principales. Para otras personas hay menos familiaridad, menos claridad, pero aun así tienen una sensación de pluralismo, como en el caso de Teri que, al sobrevivir una situación en la que fue rehén, descubrió otra dimensión de su sí mismo:
| Teri: | Al principio sólo lloraba, sentía que era lo único que podía hacer. Entonces algo sucedió; dejé de llorar y me volví más fría, clara y decidida. Empecé a elaborar una estrategia. Había leído acerca del hecho de que más rehenes sobreviven cuando se vuelven “conocidos” para sus captores. Entonces dejé de lloriquear y empecé a relacionarme con esa gente. Estaba sorprendida: ésta no era yo hablando, pero en verdad lo era, no estaba “actuando”; estaba siendo “yo”, pero había una parte mía que no reconocía. |
Hemos documentado el trabajo con clientes que simbolizan no sólo dos partes de su sí mismo sino muchas, así como también una compleja dinámica entre la partes. (Ver “Alexander” en Mearns y Thorne, 2000: 120-6). Nuestra primera tarea fue describir un método de trabajo con clientes que simbolizaban a su sí mismo en términos de partes. Esta etapa duró ocho años y dio como fruto el primer texto formal (Mearns, 1999). La dificultad radicaba en conservar un enfoque centrado en la persona consistente y, al mismo tiempo, relacionarse con las diferentes partes. Anteriormente, el criterio aceptado dentro del enfoque era que debíamos “trabajar con el consultante como un todo”. Teníamos que aprender a distinguir eso de “trabajar con la totalidad del consultante” porque muchos de nuestros consultantes no se experienciaban a sí mismos como un “todo”. El sistema que desarrollamos, y que se describe en Mearns y Thorne (2000: 127-43), se parece mucho a la terapia de familia centrada en la persona (O´Leary, 1999): todas las partes están relacionadas, pero actualmente algunas están en conflicto, y debemos ofrecer una relación terapéutica a cada una de ellas. La tarea final fue formular una teoría que pudiera describir la formación y la existencia de configuraciones. El proceso implicaba combinar la teoría de Rogers acerca de la estructura del sí mismo con la nueva evidencia proveniente de nuestras observaciones clínicas. Esto dio por resultado cuatro proposiciones teóricas más.
Proposiciones teóricas 5-8
Proposición 5: las configuraciones se pueden establecer en torno a introyecciones sobre el sí mismo. Una introyección sobre el sí mismo transmite un mensaje o un juicio de los otros. Una manera de sostener esa introyección es albergarla dentro de una “configuración” cuyo sentido refleje dicha introyección. La personalización de la proyección le da un estatus más sólido y funcional, a la vez que habilita a que otras configuraciones incluyan narrativas diferentes acerca del sí mismo. Por ejemplo, nuestra consultante Lorraine, que introyecta el imperativo debo ser perfecta, sólo si soy perfecta soy aceptable, no necesariamente encontrará que este mandato dominó toda su existencia. Puede convertirse en una parte predominante de su sí mismo, representada como la parte mía que necesita ser perfecta. Esa parte puede hacer que a ella le resulte difícil aceptarse a sí misma, y podría desarrollar un sofisticado repertorio de acciones para evitar situaciones difíciles. Pero no necesariamente define la totalidad de su sí mismo. En términos de adaptación, esto es lo bello de las configuraciones como mecanismos psicológicos. Permiten que nos adaptemos a situaciones que nos definirían, pero limitando esa definición a una parte del sí mismo. (Mearns y Thorne, 2000: 108-113).
Proposición 6: las configuraciones pueden establecerse en torno a experiencias disonantes del sí mismo. De la misma manera, la persona necesita encontrar formas de responder a experiencias del sí mismo que son inconsistentes con otras dimensiones de sí mismo. Estas experiencias disonantes pueden englobarse y encarnarse en configuraciones del sí mismo. Aquí, también se cumple la función de permitir que el sí mismo “posea” experiencias bastante variadas y hasta contradictorias (Mearns, 1999; Mearns y Thorne, 2000). Por ejemplo, nuestra consultante Lorraine puede haber acumulado experiencias de sí misma que no fueron manejadas por el imperativo de la perfección, y aun así ser aceptables para ella. También en este caso pueden haber sido albergadas dentro de una configuración representada por la parte mía que se opone a tener que ser perfecta. Ahora Lorraine tiene un sistema dialógico en el cual contener la disonancia entre estos imperativos. Le está permitido buscar la perfección y también oponerse a buscar la perfección. Puede encontrar que las diferentes configuraciones adquieren predominancia en diferentes relaciones de su vida; las personas muchas veces cuentan cómo cambian en diferentes contextos sociales.
La teoría de Rogers en esta área es coherente con el énfasis unitario de su época y con las “teorías de la consistencia” vigentes en esos años en el área de psicología social (Festinger, 1957; Heider, 1958). De ese marco unitario sólo podía remitir a la negación como medio para manejar la disonancia, como lo expresa en su proposición XIII:
El comportamiento puede, en algunos casos, ser provocado por experiencias orgánicas y necesidades que no han sido simbolizadas. Ese comportamiento puede ser inconsistente con la estructura del sí mismo, pero en tales casos la conducta no es reconocida como propia por el individuo. (Rogers, 951: 509).
A esta proposición podríamos agregarle ahora la siguiente salvedad:
En algunos casos el comportamiento puede ser “tomado como propio” pero asignado a una parte o una configuración dentro del sí mismo. Esa configuración puede ser inconsistente con otras partes de sí mismo y tener acceso restringido.
Si no estamos obligados a pensar en el sí mismo como un fenómeno unitario, sino que podemos pensarlo como compuesto por una variedad de configuraciones cuyas inconsistencias son toleradas por sus límites y dinámicas, ahora tenemos un sistema que puede describir la experiencia humana de manera más integral.
Proposición 7: las configuraciones en formación asimilan a otros elementos consistentes. Una configuración es un principio organizador dentro del sí mismo. Le puede dar estructura y función a pensamientos individuales, sentimientos y experiencias. Por ejemplo, la configuración de Lorraine, que se desarrolló inicialmente para albergar su introyección acerca de su necesidad de ser perfecta, va a reunir más elementos con el mismo mensaje. Aunque la fuente de la introyección original ya no esté sosteniéndola, la configuración misma puede acumular más elementos. Por lo tanto, Lorraine “debería ser perfecta” en todo lo que emprenda como adulta. Es innecesario decir que bajo este imperativo bastante agobiante lo único que Lorraine puede acumular son fracasos. Por supuesto, su otra configuración, la parte de mí que se opone a ser perfecta, también estará agregando elementos; por ejemplo, cuando abandonó a su pareja en lugar de seguir intentando ser la “esposa perfecta” y cómo se sintió inundada de energía (así como también de temor) cuando le dijo a su gerente ¡que se preparara su propio café!
Como ambas configuraciones se van expandiendo y cada una suma su propia verdad, la disonancia crece hasta que ya no puede contenerse. Tal es la naturaleza del proceso de desarrollo humano contenido en un marco dialógico y tal es el impulso para cambiar, que a veces monitoreamos en el proceso de counseling.
Proposición 8: Las configuraciones se interrelacionan y se reconfiguran. Esta concepción de los sub-sí mismos es más dinámica que la de la teoría de las relaciones objetales (Fairbairn, 1952), que considera que los “objetos” permanecen bastante estáticos a lo largo de la vida. En la concepción actual, las configuraciones no están permanentemente compartimentadas como “costras psíquicas”. Los consultantes hablan de partes que van cambiando en sí mismas y en relación con las otras. Es frecuente que el consultante le dé un nombre diferente a una configuración que está evolucionando. Pensamos que ese proceso de reconfigurarse ayuda al cambio y al desarrollo dentro del sí mismo y también permite que los sistemas de autoprotección sean más complejos. Estos sistemas pueden evolucionar con el cambio del espacio vital social de la persona. Pero quizás nunca perdemos las primeras autoprotecciones, simplemente evolucionan hacia una forma menos restrictiva, pero conservan un rol de “guardián”.
Hay otras propuestas que podríamos presentar en relación con la dinámica de las configuraciones. Por ejemplo, es claro que algunas configuraciones incluyen una narrativa autoprotectora consistente, mientras que otras son más autoexpresivas. Sin embargo, es necesario actuar con cautela antes de formular más proposiciones en torno a estas observaciones, porque llegar a ese nivel de especificación hipotética podría comenzar a debilitar la naturaleza esencialmente fenoménica de nuestro trabajo. Quizás sea suficiente observar la interacción entre estos imperativos diferentes y dejar el resto de la teorización a nuestras investigaciones con cada consultante individual: esa es la esencia de la disciplina científica del counseling centrado en la persona.
Fundamentalmente, lo que estamos describiendo es un sistema para el desarrollo del sí mismo que genera una enorme flexibilidad para la adaptación. El sí mismo puede desarrollar una gama de aspectos, o configuraciones, que permiten un amplio repertorio de maneras de enfrentar los diferentes desafíos sociales. La persona no es solamente un único sí mismo, sino un múltiple elenco de actores, cada uno firmemente apegado y coherente para permitir que exista una congruencia de expresión. Es posible que esta dimensión de autodesarrollo permita a los seres humanos ser expertos “actores”. El actor experto encontrará un aspecto de su sí mismo en el que puede entrar para encajar en un rol con más fluidez. Lo que estamos presenciando en esta multiplicidad de configuraciones dentro del sí mismo es creatividad y expresividad, además de un sistema de adaptación increíblemente sofisticado que hasta puede permitirle a una persona presentar, de manera congruente, aspectos del sí mismo opuestos en distintos contextos sociales.
Una concepción moderna centrada en la persona del proceso de counseling
El nuevo cuerpo de teoría que resumimos en este capítulo nos permite concluir con una concepción actualizada del proceso de counseling desde una perspectiva centrada en la persona. Esto se ilustra en la figura 2.1.

Figura 2.1 El proceso de counseling
La figura 2.1 representa tres áreas en las cuales es posible enfocar el trabajo psicológico. El consultante puede presentar como su problema el hecho de que a pesar de tener muchas amistades a corto plazo, parece que nunca logra tener una relación duradera. Un enfoque de counseling “centrado en el problema” podría intentar trabajar con él a este nivel considerando diversas estrategias que podría seguir para mejorar la situación. Sin embargo, la mayoría de las terapias psicológicas sondearían más profundamente y estarían abiertas a trabajar con él en el proceso egosintónico que sustenta su problema con las relaciones. Ese trabajo también estaría abierto a relacionarse con los diversos diálogos del sí mismo que han llegado a caracterizar su forma de procesar. El enfoque centrado en la persona sería una de las terapias pertenecientes al pequeño grupo que no definiría su proceso egosintónico o los diálogos de su sí mismo como toda la historia, sino que estaría abierto a explorar a la persona en su totalidad, incluyendo las potencialmente poderosas experiencias del sí mismo, que sustentan su proceso egosintónico, y los otros aspectos fundamentales de su existencia: el dominio que llamamos su proceso existencial.
Nosotros utilizamos la palabra “existencial” como un simple adjetivo de la palabra existencia (no del “existencialismo”) para denotar algo que la persona experiencia como particularmente significativo para ella. Porque este concepto es totalmente fenomenológico, o sea que describe un fenómeno experienciado en forma única por cada persona, es muy difícil de describir y es probable que sea imposible de definir, al menos como es usual hacerlo en psicología. Brindar ejemplos individuales también podría inducir a error porque cada ejemplo es importante sólo en la vida de esa persona. Es probable que el mismo ejemplo no tenga la misma trascendencia existencial para otra persona. Aún así trataremos de establecer algunos aspectos de su proceso existencial, como lo hemos llamado.
Nuestra práctica con los consultantes nos señala que su proceso existencial contiene una rica mezcla de experiencias y supuestos del sí mismo, esperanzas, temores, fantasías, terrores, experiencias en relación con los otros, supuestos acerca de ellos y valores profundamente respetados. Los elementos y las dinámicas son experienciados por la persona como más centrales a su existencia que los aspectos del sí mismo que ellos suelen presentar al mundo, y por lo tanto son protegidos con gran celo. Ser juzgado por otro sobre la base del sí mismo que presentamos es una cosa, pero ser juzgados por lo que creemos que es nuestra esencia es, en particular, peligroso, puesto que el consultante puede correr el riesgo de ser aniquilado, como una clienta, Sandra, describe:
Tenía tanto odio adentro que nunca podía mostrarlo a nadie tal como era. Salía de muchas formas pero no podía mostrarlo de la manera exacta que era para mí. No podía mostrar la ira, el afán de venganza, los insultos listos para salir a borbotones de mi boca, no podía mostrarlo de la manera en que era para mí; no podía ni siquiera mostrármelo a mí de la manera que era para mí, era demasiado destructivo.
Paul describe material que parece bastante diferente; sin embargo, desde el punto de vista existencial tiene la misma trascendencia potencialmente aniquilante:
No puedo describir como soy para mí de una manera que tenga sentido para los demás. Me da vueltas en la cabeza y por el cuerpo como olas en un sueño, a veces en primer plano, otras retrocediendo; es todo feo, es todo acerca de cómo yo soy todo feo; como si estuviera podrido por dentro. Puedo sentir los gusanos arrastrándose dentro de mí, comiéndome. Quizás coman la podredumbre y me ayuden. ¿Cómo podría mostrarle esto a otra persona? ¿Cómo puedo permitirme verlo yo mismo?
No es sorprendente que ese acceso al proceso existencial esté muy bien guardado. En los casos de Sandra y Paul el temor tiene que ver con lo potencialmente destructivo del material, pero el temor puede tener que ver con el peligro de ser destruido por el otro. Esto fue muy bien captado por Bernard, cuyo sí mismo de presentación era sociable, extravertido, acorde con su alta posición en el mundo de los negocios. Pero no era la manera en que era para él mismo:
A veces, mi yo real me mira en el trabajo. Ve al calmo operador, totalmente confiado, patoteando a los otros con mi confianza. Es como si fuera una ampliación de lo contrario de quien soy en realidad. En el fondo sólo soy un niño pequeño llorando; estoy acurrucado, meciéndome y sollozando. Mi cara está hinchada de haber llorado toda la vida. Mis ojos están permanentemente cerrados; casi no puedo soportar el dolor de lo que es ser yo; no puedo abrir los ojos para ver a nadie por si acaso me ven a mí.
Los consultantes muchas veces se refieren a este dominio existencial como el “verdadero yo”. Cuando estamos trabajando con un consultante tenemos que seguir este sentido fenoménico de su sí mismo. Pero no necesariamente debemos extender eso a nuestro teorizar psicológico en general. No significa que hay, en realidad, un núcleo, un centro de la cebolla, o que el material que se encuentra dentro del proceso existencial tenga más importancia que otras dimensiones más cercanas al nivel de presentación del sí mismo, aunque ésta sea la forma en que lo sientan algunas personas.
Hay marcadas diferencias entre las personas con respecto al acceso que tienen a su proceso existencial. Para algunos, este dominio es un viejo amigo al que nunca se conoce por completo y, sin embargo, es muy familiar. Su proceso existencial es para ellos un referente existencial perdurable, pueden fácilmente comparar experiencias actuales con otras pasadas para lograr un sentido de su valor. En el otro extremo está la persona cuyo miedo la ha mantenido como una extraña a su proceso existencial, pudiendo conocerlo fugazmente sólo en sueños. Para esta persona elegir centrar el trabajo en el nivel de su proceso existencial implica, potencialmente, enfrentarse a su propio terror.
Por supuesto que, desde la perspectiva centrada en la persona, es crucial que sea el consultante quien defina el área del trabajo. Sin embargo, esa definición no la hace en aislamiento, sino que surge de la relación que experiencia con el counselor y depende del grado en que esa relación disipe su temor, que en algunos casos llega a ser terror. A un consultante esto le permitirá llegar sólo hasta problemas de conducta, y con eso es suficiente, al menos por el momento. Para otro, la relación le permitirá llevarlo hasta el dolor de su proceso frágil o el terror de su proceso disociado y con eso es suficiente. Para algunos, quizás mediante una combinación del progreso que hicieron antes y la profundidad relacional obtenida con su counselor, les será posible entrar en esa zona más privada en la cual las experiencias formativas de su sí mismo, sus dudas, temores, esperanzas y desesperación esperan ser exploradas; un área que puede no haber sido expresada todavía a ningún ser humano, ni siquiera a sí mismos. No es la técnica del counselor lo que ayudará a que el consultante desarrolle ese coraje, sino la humanidad que él ofrece. Es esa humanidad lo que explora el resto de este libro.
1 Los lectores actuales deben tener cuidado de no considerar esta palabra como un término peyorativo. En el contexto clínico de los años sesenta en Estados Unidos era simplemente descriptivo de un grupo de clientes, distinguiéndolos de los “psicóticos”, “psicópatas” y otros.
3
EL USO DEL SÍ MISMO DEL COUNSELOR
Una disciplina rigurosa
La actitud del counselor para consigo mismo
Escuchando al sí mismo
Autoaceptación
El desarrollo de la empatía
Aprendiendo a ser genuino
La “relación saludable” entre el counselor y el consultante
El sí mismo único del counselor
Corriendo riesgos con nuestro sí mismo único
El sí mismo cambiante del counselor
La experiencia de profundidad relacional
Una disciplina rigurosa
Ser counselor no es una tarea para pusilánimes y a veces se ha sugerido que aquellos que adoptan la orientación centrada en la persona se están comprometiendo con una disciplina particularmente rigurosa. Sin duda abundan las razones para apoyar este punto de vista. En comparación con muchos otros enfoques, el counselor centrado en la persona no puede buscar refugio en sus habilidades de diagnóstico o en la aplicación de una serie de técnicas terapéuticas. También debe evitar cubrirse con el manto de experto que tan fácilmente puede realzar un sentido de superioridad. Si el counselor decide cultivar la clase de relación en la cual el consultante se siente aceptado como un igual y está cada vez más preparado para arriesgarse a ser vulnerable y abrirse a explorar terrenos difíciles y dolorosos, debe resistir la tentación de erigir barreras que impidan el desarrollo de la intimidad. Cada nuevo encuentro representa un desafío a la habilidad del counselor para ofrecerse como alguien que está dispuesto a entrar en profundidad relacional y que no tiene miedo de llegar a un nivel de compromiso en el cual el consultante puede enfrentar dolores ocultos y arriesgarse a nuevas maneras de ser.
El énfasis en el compromiso, la intimidad y los riesgos emocionales se contrapone a aspectos importantes de la cultura dominante. Es difícil evitar la conclusión de que para muchos profesionales de ayuda el clima actual, favorecido por gran parte de la legislación reciente, alienta una actitud de precaución y de temor que conduce a un grado menor de compromiso del que deberían asumir y que suele afectar a quienes más necesitan la asistencia. El counselor centrado en la persona debe encontrar, de alguna manera, el coraje de oponerse a esa tendencia. Lejos de permanecer “objetivo”, o conscientemente alejado, trabaja basado en el supuesto de que es precisamente su habilidad de entrar en el mundo del consultante y ofrecer una relación en profundidad lo que determinará la efectividad de la tarea terapéutica. Esto no significa que el counselor centrado en la persona no necesite una base teórica para su trabajo. Al contrario, es muy importante la comprensión tanto del desarrollo de la personalidad como del proceso terapéutico. Lo que sí enfatizamos, sin embargo, es que la primera prioridad del counselor no es ni la adquisición de conocimiento teórico ni el desarrollo de habilidades terapéuticas, sino la comprensión y la valoración de su propio ser. El counselor centrado en la persona tiene una profunda fe en la sabiduría interna y en el potencial de cada consultante y sabe que su tarea es ofrecer una relación en la cual puedan desplegarse y enriquecerse esa sabiduría y ese potencial. Tal fe no tendrá sustento, sin embargo, si el counselor no puede considerar a su propio ser con la misma convicción positiva. Tampoco puede ofrecer a su consultante la relación necesaria a menos que esté convencido de que merece la misma consideración positiva incondicional, y la misma comprensión empática que desea que experimente su consultante. Un terapeuta centrado en la persona que se rechace, se castigue y no pueda ejercitar una compasión comprensiva hacia sí mismo, está en peligro de actuar una farsa que va a ser rápidamente percibida por la mayoría de los consultantes y, con toda certeza, por quienes están más gravemente heridos.
La actitud del counselor para consigo mismo
El mundo está lleno de profesionales de la ayuda cuya actividad es una estrategia desesperada para evitar enfrentarse consigo mismos. Esta evasión de sí mismo, a veces, se toma erróneamente por desinterés y puede ser reforzada por una comprensión equivocada de la tradición cristiana en la cual los conceptos de egoísmo y de amor por uno mismo suelen confundirse sin remedio. De acuerdo con este malentendido, las necesidades propias deben estar siempre subordinadas a las necesidades de los otros e inclusive se considera poco saludable reflexionar demasiado sobre nosotros mismos. Una vez que esa forma de pensamiento queda unida a la desconfianza habitual por la introspección, tenemos el escenario listo para un tipo de ayuda que está teñido por un sentido de sometimiento y de martirio que daña aún más el respeto por sí mismo de la persona que está siendo ayudada. Para el counselor centrado en la persona, la habilidad de aceptarse y afirmarse es, de hecho, la piedra fundamental de su práctica terapéutica y, si se carece de ella, la utilidad de la relación de ayuda va a estar gravemente dañada. Es imposible ofrecer a un consultante aceptación, empatía y autenticidad al nivel más profundo, si no podemos aplicar tales respuestas a nosotros mismos.
La autoaceptación y, más aún, el amor por uno mismo no se logran con facilidad y una vez obtenidos necesitan ser cuidados. Fundamentalmente, se requiere que estemos dispuestos a brindarnos tiempo, atención y cuidado, que no surjan de un deseo de autocomplacencia sino de un sentido de responsabilidad para con los consultantes al servicio del trabajo de counseling. Con frecuencia, esto significa que nos dispongamos a buscar, de manera regular, el apoyo de un amigo o colega con quien podamos mostrarnos abiertos, vulnerables y hasta confundidos. Puede o no ser la misma persona que supervise nuestro trabajo de counseling. En la tradición centrada en la persona, sin embargo, es común que la supervisión incluya la atención del desarrollo personal continuo del counselor. Esto no es para nada sorprendente cuando la cualidad del ser del counselor es un factor tan fundamental en la creación de las condiciones terapéuticas. La relación que el counselor tiene consigo mismo determinará, en gran medida, la calidad del trabajo que puede iniciar con sus consultantes y, por lo tanto, es uno de los temas usuales de la supervisión.
Escuchando al sí mismo
Cultivar una relación que afirme y valore el sí mismo no se logra de un día para otro. Los counselors centrados en la persona, como muchos de sus consultantes, pueden haber experienciado relaciones críticas y punitivas en el pasado, que menguaron su autoestima. También, pueden estar cargados con profundos sentimientos de culpa que socavan su confianza. La conciencia y el conocimiento de sí mismo, cruciales para evitar el autoengaño, probablemente tengan que lograrse a través de un proceso doloroso que implique afrontar condiciones de valor condenatorias y establecer contacto con el proceso de valoración organísmica, cuyas señales, en el mejor de los casos, pueden haber sido intermitentes y, en el peor, haber sido inadvertidas. Es precisamente el dolor potencial que implica escucharse a sí mismo la razón por la cual es un proceso temido y resistido por mucha gente. Sea como fuere, para el counselor centrado en la persona que se está formando, no hay manera de evitar una tarea que llegará a ser una actividad clave en la vida disciplinada que está comenzando. Escucharse a sí mismo requiere períodos de atención plena y para el counselor centrado en la persona probablemente se convierta en una tarea diaria. Esa escucha regular no sólo es crucial para el desarrollo y el mantenimiento de la conciencia de sí mismo, sino que también es un elemento esencial para asegurar la congruencia o autenticidad que va a caracterizar su relación con los clientes. Escucharse a sí mismo de esta manera constituye para el counselor una manera disciplinada de monitorear su mundo interno, que reducirá las probabilidades de que las revelaciones de los consultantes lo encuentren con la guardia baja. También ayuda a establecer la confianza interna de la cual el conocimiento de sí mismo es un ingrediente principal y, por lo tanto, reduce el temor de verse enredado en la angustia o la confusión del otro. Esa reducción del temor es un prerrequisito para entrar en la profundidad de la relación necesaria para aliviar la desesperación existencial.
Para la mayoría de los counselors que se están formando, escucharse disciplinadamente se logra mejor en presencia de otra persona y con su ayuda competente. Para muchos probablemente sea un terapeuta, aunque a veces un pequeño grupo de colegas que se están entrenando puede ofrecer un clima excelente en el que priman la seguridad y la atención, en el cual las partes del sí mismo pueden animarse a hacerse oír por primera vez. La formación centrada en la persona no insiste en que los estudiantes hagan terapia individual, aunque muchos eligen hacerlo. Sin embargo, escuchar al sí mismo no siempre se logra mejor dentro de una relación de counseling formal. El grupo suele ser el mejor ámbito donde se pueden correr riesgos y explorar aspectos que podrían permanecer ocultos durante un prolongado proceso terapéutico individual. Para otros, un amigo de confianza puede resultar el compañero ideal en la práctica de escuchar al sí mismo. También están aquellos para quienes la práctica de la meditación o ciertas formas de oración contemplativa pueden ser provechosas, mientras que aun otros pueden escucharse mejor cuando emprenden caminatas solitarias, o simplemente se detienen a contemplar un hermoso paisaje. Sin embargo, cualquiera que sea el modo o el contexto, es casi seguro que las personas tendrán que buscar tales oportunidades deliberada o conscientemente, y que deben programarlas. El mundo interno es el recurso más preciado del counselor y rozaría lo irresponsable dejar su exploración librada a la suerte, dado el ambiente frenético en el que vivimos casi todos nosotros.
También están aquellos –y pueden ser la mayoría– que pueden beneficiarse de un enfoque estructurado para escuchar al sí mismo y la exploración que surge inevitablemente como resultado. Pueden crear su propio método. Es posible, por ejemplo, diseñar ejercicios para facilitar el acceso a partes más profundas del sí mismo. Pueden consistir en hacerse preguntas directas tales como: ¿qué me produce más alegría estos días?, ¿cuándo siento mayor ansiedad?, ¿qué extraño más? Una estrategia tan simple como ésta puede proporcionar una amplia gama de oportunidades válidas para largos períodos de reflexión provechosa. El método conocido como “focusing”, desarrollado por Eugene Gendlin, uno de los primeros asociados de Rogers, es una elaboración más sofisticada del mismo intento de localizar y articular la experiencia interna. Describiremos el trabajo de Gendlin en el capítulo 4. Algunos counselors escriben un diario dedicado no a los acontecimientos externos, sino a sus estados mentales y al mundo de los sentimientos. Hasta podría ser que a los counselors nos toque recuperar el gran arte de escribir cartas, al buscar explorar la experiencia interna y compartir nuestros hallazgos con amigos o colegas en quienes confiamos. En tiempos recientes, también la escritura de poesía se ha convertido para muchos counselors en una manera entrañable para expresar los complejos o turbulentos estados de su mente, y quizás sea significativo que algunos counselors centrados en la persona con mucha experiencia encuentren en el lenguaje de la poesía el vehículo ideal para transmitir los hallazgos de la más profunda escucha a su sí mismo. De alguna manera, también, la disciplina que se requiere para escribir un poema simboliza el intenso compromiso con la tarea de escuchar al sí mismo necesaria para todo counselor centrado en la persona que intenta convertirse en un valiente compañero de aquellos que sufren.
Autoaceptación
Escuchar al sí mismo es una cosa, pero el conocimiento de sí mismo resultante es algo diferente y quizás no siempre sea fácil de sobrellevar. Aunque tal conocimiento es infinitamente preferible a la ignorancia intencional que resulta de una vida no examinada, puede muy bien presentarle desafíos mayores al counselor en relación con su autoaceptación. En el proceso de valorización y afirmación del sí mismo, la aceptación es una primera etapa crucial. Es más, el counselor centrado en la persona que no se acepte a sí mismo corre el riego de vivir una contradicción que se encuentra en el núcleo central de la tarea terapéutica, ya que carecerá de una de las respuestas actitudinales esenciales para el bienestar de los consultantes. La autoaceptación de la que estamos hablando no debe confundirse con la complacencia, ni tomarse como una aceptación resignada. La persona complaciente o resignada dejó de escuchar a su sí mismo y no tiene ni la fuerza de voluntad ni la energía para continuar con el proceso de autoexploración que, como hemos señalado, es un compromiso de por vida para el counselor centrado en la persona. Por el contrario, la aceptación de sí mismo se nutre del deseo de crecer y de la voluntad y disposición para enfrentar la verdad. Sin embargo, si la verdad fuera dolorosa, y en particular si exacerbara los sentimientos de culpa o la convicción de no ser merecedores de valoración, la tarea de lograr la autoaceptación puede resultar extremadamente ardua. En tales casos, el contexto en el cual está viviendo el counselor centrado en la persona adquiere una enorme importancia.
En especial, cuando la autoaceptación debe ser lograda por aquellos que en el pasado fueron objeto de innumerables juicios adversos, es casi seguro que necesitarán el acompañamiento de personas que tengan la capacidad de aceptar y que estén empáticamente sintonizados con el mundo interno de los otros. Para el counselor que se está formando, probablemente sean los miembros de su grupo de entrenamiento, reforzado quizás por sus tutores, un supervisor o un terapeuta personal. Los amigos leales y confiables o los parientes también pueden jugar un rol crucial. Éstas son las personas que crean un espacio seguro para la autoexploración y brindan el apoyo y la aceptación cuando se hacen descubrimientos difíciles o dolorosos, o surgen sentimientos de culpa. Ellos también permitirán que la persona distinga la diferencia entre aquellos sentimientos de culpa que son inapropiados, que surgen de no haber logrado vivir de acuerdo con las expectativas o demandas de otra persona –o sea, que no logren cumplir las condiciones de valor impuestas por los otros– y aquellos sentimientos de culpa apropiados originados en una traición a sí mismos donde aparece la sensación de habernos fallado a nosotros mismos y, por lo tanto, no haber logrado cumplir el significado de la propia existencia. En el primer caso, es necesario reconocer los sentimientos de culpa y rechazarlos, o sea, no reconocerlos como propios, de modo de privarlos de su fuerza; mientras que los sentimientos de culpa apropiados pueden resultar el disparador para restablecer contacto con el proceso de valoración organísmica y actuar como un potente estímulo del crecimiento y del cambio. Irónicamente, los counselors centrados en la persona a menudo son capaces de distinguir estos diferentes sentimientos de culpa en sus consultantes y pueden mostrar una extraordinaria paciencia mientras desentrañan esa intrincada maraña. Sin embargo, cuando se trata de su propio proceso, pueden perder la paciencia muy rápidamente y caer en una poco saludable autorrecriminación. Esto suele suceder cuando el counselor vive con una pareja o un pariente que muestra desprecio hacia su persona o su trabajo y formula frecuentes comentarios cínicos o juicios adversos. Para alguien que está luchando por avanzar en la autoaceptación puede ser extremadamente debilitante verse enfrentado todos los días con duras críticas, que pueden llegar hasta la denigración. Lamentablemente, no es raro que un counselor centrado en la persona tenga que elegir entre el trabajo por el que siente vocación y una relación que, por el impacto invalidante que tiene sobre él, no lo deja progresar hacia la autoaceptación que es vital para su bienestar personal y profesional. (Ver también Thorne, 2002: 39).
Si la autoaceptación es una de las condiciones básicas de la actitud hacia el sí mismo del counselor centrado en la persona, se podría decir que el amor a uno mismo constituye un grado superlativo de desarrollo de la personalidad que permite al counselor disponer de valentía emocional frente a los clientes que aparentemente son más difíciles de ayudar. El amor a uno mismo valoriza y enriquece a la persona y es exactamente lo opuesto al egoísmo. Se basa en una evaluación realista de la propia persona con sus cualidades y sus carencias, pero a la vez está impregnado de una tierna compasión que es transformacional. La persona se experiencia a sí misma como amable y deseable, con todas sus debilidades y vulnerabilidades, y en consecuencia carece de egoísmo. Para la persona con amor por sí mismo, el sí mismo ya no es un problema y puede estar plenamente presente para el otro sin sentir temor. La persona egoísta, por su parte, está tan preocupada por sí misma y sus necesidades y deseos que no puede reconocer ni encontrar verdaderamente al otro. Sin autoaceptación, el counselor centrado en la persona irá descubriendo que su trabajo es imposible. Si siente amor por sí mismo, disfrutará la maravilla de haber encontrado un trabajo que le producirá placer y alegría a diario. (Ver también Thorne, 2002: 23).
El desarrollo de la empatía
Indudablemente, la autoaceptación se fortalece cuando el counselor experiencia no sólo la comprensión de los otros, sino también el aumento de sus propias capacidades empáticas. La empatía no debe confundirse con la simpatía. Mientras que ésta surge de sentirse conmovido compasivamente por la experiencia del otro, y en alguna medida compartiéndola, la empatía requiere el proceso mucho más complejo y delicado de ponerse en los zapatos de la otra persona y ver el mundo a través de sus ojos y, al mismo tiempo, no perder contacto con su propia realidad. Es probable estimular esa capacidad haciendo un esfuerzo deliberado para salir de los confines del medio social normal o subgrupo al que pertenecemos. El counselor hace bien en encontrarse con aquellas personas sobre las que tiene poco conocimiento o con aquellos por los que se siente amenazado o intimidado. Los beneficios de ampliar su experiencia social van más allá de incrementar la comprensión de las personas o los grupos reales con los que se encuentra. En términos más generales, tiende a aumentar la confianza y también la humildad, dos cualidades que facilitan el desarrollo de la empatía.
La mentalidad provinciana, pueblerina, es enemiga de la empatía, pero tiene tanto que ver con la actitud como con la geografía. Para desarrollar su capacidad empática el counselor necesita estimular y enriquecer su imaginación, cualidad que difícilmente encontrará en la psicología. Por el contrario, muchos textos psicológicos, en su intento de transmitir la impresión de una investigación científica objetiva, oprimen el espíritu con su estilo elaborado y prosaico. Se dan excepciones a esto, cuando se hace el intento de explorar la experiencia más subjetiva a través de las aplicaciones de paradigmas más humanistas y, afortunadamente, estos intentos están empezando a crecer con el aumento de proyectos de investigación cualitativa y el creciente énfasis en la experiencia de los consultantes (Alexander, 1995; Sands, 2000; Bates, 2006). Sin embargo, el counselor centrado en la persona probablemente encuentre más alimento para su imaginación en las obras de novelistas, poetas, dramaturgos y sería bueno que se requiriera a los counselors que se están formando hacer estudios en profundidad sobre algunos de los principales escritores creativos del mundo. El counselor que nunca lee una novela o nunca abre un libro de poesía está descuidando un recurso importante para el desarrollo empático.
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