Kitabı oku: «Reescribir mi destino»

Yazı tipi:



Enojarme, llorar, aceptar

para ponerme de pie

y avanzar.

Respirar hondo,

transformar las dudas

en certezas,

enfrentar los miedos.

Volver a empezar

una y mil veces.

Creer en mí.

Creer que es posible.

Tomar el timón

de mi vida.

Reescribir mi destino.

Amar, reír, soñar...

Vivir.




vera.romantica


vera.romantica




El destino siempre hallará la forma de encontrarnos.


PRÓLOGO

Ostuni, Valle de Itria, Italia

Sábado, 14 de enero de 2017

Caminaba a paso ligero y con la mente puesta en el objetivo que se había fijado. Puede que su intención fuese no pensar en nada más, al menos por algunos minutos. Necesitaba esos instantes de paz que obtenía allí, en la inmensidad de ese campo de olivos donde solo se oía su respiración agitada y, de vez en cuando, el trino de algún pájaro a lo lejos que la brisa traía hasta sí.

Poco después, al comenzar el ascenso de la lomada y duplicar el esfuerzo, notó que se había abrigado en demasía. El error lo había cometido al creer que la temperatura estaría más baja. No obstante, a pesar de transitar el apogeo del invierno, el clima de ese día estaba resultando atípico y el calor del sol podía percibirse más fuerte. Puede que la caminata también hubiese influido en su acaloramiento.

Caeli necesitaba recuperar el aliento y no le hubiese venido mal quitarse la bufanda que llevaba al cuello, pero aunque sintió la tentación de detenerse, descartó la idea y siguió avanzando entre los imponentes olivos que ese día parecían acompañarla en su penar. Entre sus brazos cargaba una urna de yeso, que si bien no resultaba físicamente pesada, sí lo era para su alma.

Alcanzado su objetivo, desde la cima del promontorio, la panorámica la dejó sin palabras. Puede que haya sido ese el momento exacto en el que tomó real dimensión de la propiedad que se extendía a sus pies y que ahora había quedado en sus manos. Hectáreas y más hectáreas de olivos, algunos centenarios, exhibían orgullosos sus frondosas copas ahora en letargo a causa del invierno.

A lo lejos distinguió el tejado a dos aguas y los muros blancos de su casa que, con algunas casitas más, desperdigadas a cierta distancia igual que en la pintura de algún artista de renombre, parecían haber sido colocadas de manera estratégica para otorgar puntos de contraste entre el paisaje natural y la obra del hombre. Alejada del caserón principal, se distinguía la fábrica de aceite de oliva. Junto a esta, se alzaba un techo cónico más alto adosado a otros de igual estructura pero más pequeños, que destacaban en belleza y originalidad del resto de los edificios. Se trataba de trulli –trullos– típicos de la zona, que tenían más de cien años de antigüedad. Antaño se habían utilizado para guardar las herramientas de trabajo, y ahora, luego de que fueran restaurados, albergaban las oficinas principales de Collina del Sole.

Caeli bajó la vista hasta la urna que sostenía contra su pecho. La apretó con fuerza, obedeciendo a la necesidad gestada en su interior que a gritos le reclamaba un abrazo. Pero la necesidad no se aplacó ni un ápice ante ese abrazo unilateral, incompleto, que no hizo más que redimensionar el vacío que la engullía. Los ojos se le llenaron de lágrimas. La angustia pretendió cerrar su garganta; entonces ella, para ganarle la batalla, exhaló un hondo suspiro con el que se infundió de valor para dar ese paso y destapar la urna.

Esperó. Y cuando la brisa adquirió la fuerza suficiente como para alborotar su cabello, supo que había llegado el momento. Liberó las cenizas, que se alzaron en alas invisibles y, durante varios segundos que parecieron acontecer en cámara lenta, formaron remolinos ante sus ojos. Caeli sintió que una profunda emoción le inundaba el pecho al imaginar que esa era la manera de Paolo de decirle adiós antes de expandirse como para abarcar una mayor superficie y volar hasta perderse entre las copas de los árboles. Aunque el acto en sí era desgarrador, ese instante resultó ser sorprendentemente hermoso.

–Adiós, Paolo mío. Vuela. Vuela y recorre estos campos que tanto has querido –se despidió con los ojos ciegos de lágrimas; después envió un beso al cielo.

Sabía que en cuanto se enterara, su suegra reprocharía su accionar. En contraposición, ella estaba segura de que ese era el mejor destino para su esposo. Paolo había dedicado su vida al olivar. De hecho, ¡esos campos habían sido su vida entera! Era justo, entonces, que esas tierras lo recibieran en sus brazos en la hora de su descanso eterno.

Un estremecimiento le recorrió la columna. Su cuerpo entero temblaba por dentro. No sentía frío, al contrario, percibía la tibia caricia del sol en su piel; no obstante, en su interior era como si se le hubiesen helado los huesos. Volvió a fijar la vista en los añejos olivos en un intento de distraer la mente. Falló de manera grosera. Sentía una fuerte opresión en el pecho y que le faltaba el aire. Su respiración pasó a ser rápida y superficial; parecía que se aceleraba al ritmo de sus inquietudes. Su frecuencia cardíaca también se vio aumentada; las palpitaciones reverberaban hasta en su cuello. Sobre la piel se le formó una capa de sudoración que en contacto con el aire le provocaba escalofríos. No pudo hacer nada para evitar que el pánico la atrapara en sus redes de acero, y una vez capturada, este se negó a liberarla.

–¿Qué voy a hacer ahora que ya no estás, Paolo? ¿Qué voy a hacer?

Mientras se repetía esas preguntas con insistencia, la angustia siguió escalando desde su pecho hasta que se le instaló en la garganta, que le ardía de manera salvaje. Creyó que ya no podría respirar, y por un momento temió estar sufriendo un ataque cardíaco. Se dejó caer de rodillas, depositó la urna vacía en el suelo para liberar las manos y se las llevó al rostro en el momento justo en el que estallaba en llanto.

Desde que le dieran la noticia del fallecimiento de su esposo, esa era la primera vez que podía dar rienda suelta a su dolor, al miedo despiadado y a la incertidumbre. Hacerlo la ayudó a descargar la angustia y a hacer un poco más ligeros los síntomas.

–¿Qué voy a hacer? –volvió a preguntarse cuando fue capaz de pronunciar las palabras–. ¿Qué voy a hacer, si solo sé ser esposa y madre?


Caeli tenía veintidós años cuando un conocido en común le presentó a Paolo. En ese tiempo, ella cursaba el último año de la Licenciatura en Ciencias y Tecnología Agraria en la Universidad de Bari. Diez años mayor que ella, con una presencia masculina y elegante, y una retórica que esgrimió sin reparos, no le resultó difícil enamorarla.

Tras mantener un breve noviazgo, tiempo durante el cual ella había alcanzado a graduarse, los primeros e inequívocos síntomas advirtieron a la pareja del incipiente embarazo. Ambos, provenientes de familias tradicionalistas y religiosas, supieron que el único camino a seguir consistía en contraer matrimonio. Y así lo hicieron. Se habían casado enamorados y para toda la vida; ella, creyendo que envejecerían juntos. No tuvieron en cuenta que el “para toda la vida” de Paolo fuese a caducar tan pronto, al exhalar su último aliento tras sufrir un infarto. De su boda, habían pasado casi dieciséis años.

Paolo había sido un buen esposo. Al respecto, sentía que no podía hacerle reproches más allá de su firme carácter. Desde el primer día en el que la llevó a la propiedad matrimonial, él había sido claro y no había permitido que se hiciera lo contrario: su esposa se quedaría al cuidado del hogar, no saldría a trabajar, tampoco intervendría en los negocios familiares, aun cuando su título la hubiese facultado para ello. Los Bianchi poseían una finca de olivos que dedicaban mayormente a la explotación oleícola y ella se había graduado en Ciencias y Tecnología Agraria. Según Paolo, no era necesario que su esposa trabajara porque para eso estaba él que era el hombre de la casa. Ella había aceptado, habituada a que esa fuera la costumbre en general dentro de su entorno de crianza. En su propia familia, hasta que Caeli marcó un precedente al seguir una carrera, la mujer solía ocupar el puesto de ama de casa, esposa y madre, sin mayores aspiraciones. Sus hermanas, inspiradas por ella, habían seguido sus pasos y también habían asistido a la universidad; pero esto se había dado tiempo después. Luego de la boda, los mandatos adquiridos, la cultura y las costumbres pesaron más que las aspiraciones personales, y aceptó sin reclamos que su esposo decidiera qué era “lo mejor” para ella y para su destino...

Aunque durante dieciséis años había convivido con ese acuerdo y no había sido necesario nada más de su parte, su vida había dado un vuelco: viuda y con un hijo adolescente, a sus treinta y ocho años, Caeli no sabía ser otra cosa más que esposa y madre. Poseía un título, claro que sí, pero temía que este se hubiera herrumbrado junto a los conocimientos adquiridos en la universidad a fuerza de haberlos dejado aletargados y durmiendo en una gaveta.

Para mantener la economía del hogar era imperioso que saliera a trabajar o que se ocupara del olivar y de la fábrica de aceite de oliva; esto último, para mayor bochorno, representaba la herencia de su hijo: Paolo siempre había dado por sentado que Tiziano debía seguir sus pasos. No podía darse el lujo de perderlo. La responsabilidad que ahora recaía sobre sus hombros era mayúscula. La presión, indescriptible.

Caeli se tomó la cabeza con las manos. Ignoraba cómo iba a hacer frente a semejante desafío. Cómo iba a salir adelante. Era tan grande el cambio que se avecinaba, que el pánico volvía a apretar una mano de hierro alrededor de su garganta. Sin Paolo se sentía a la deriva. Se encontraba perdida. Su esposo, por supuesto que amparado en su pasiva complicidad, la había convertido en un ser dependiente de él para todo; pero se había olvidado de enseñarle cómo vivir cuando él le faltara.


1

Desanduvo el camino, primero colina abajo y después a través del campo, ralentizando los pasos tanto como le fue posible con la intención de demorarse. De solo pensar en llegar, se sentía agobiada. Hacía dos días que su casa estaba invadida por gran cantidad de gente que había arribado a Ostuni desde distintos puntos del país. Un ejemplo eran sus padres y hermanas que habían viajado varios kilómetros desde Nápoles para acompañarlos a ella y a su hijo y darles el pésame. De los Dalmonte solo había faltado su hermano Dante con su familia, que justo por esas fechas estaban de viaje en el extranjero. Desde la ciudad de Bari habían llegado los padres de Paolo y las hermanas con sus respectivos esposos y progenie. Tíos, primos y amigos del difunto –de algunos hasta entonces Caeli había ignorado su existencia– también habían viajado desde sus lugares de residencia para darle el último adiós. Y, por supuesto, allí estaban los empleados de Collina del Sole y algunos vecinos. La casa se había convertido en un mundo de gente y actividad cuando ella hubiese preferido prolongar el silencio reinante en el promontorio, la paz transmitida por el paisaje, el abrazo de su hijo; nada más.

A Tiziano tampoco se lo había visto feliz con semejante invasión. Cuando ella, superada su paciencia, había tomado la urna con las cenizas de su esposo y se había escabullido entre los olivos, su hijo hacía rato que se había encerrado en su dormitorio en busca de lo mismo que Caeli: la preciada soledad. Al respecto eran muy parecidos: los dos preferían la introspección, el sonido del silencio o el de la música al de las voces. Las conversaciones multitudinarias tenían el poder de abrumarlos; las concentraciones de gente, les causaban una especie de claustrofobia. Paolo solía reírse de ellos cuando lo planteaban: “No parecen italianos”, les decía. Pero lo eran, y a mucha honra; pero preferían la paz al bullicio.

Caeli había logrado tener un momento de soledad y la libertad de dar rienda suelta a su angustia, que tanto había reprimido en presencia de las visitas; sin embargo, debía volver a hacerles frente.

Ante la puerta trasera de la casa inhaló una bocanada de aire y tomó la manija, después empujó para abrir. La recibió la cocina, donde platos y vasos sucios la esperaban acumulados en el fregadero. Se quitó el abrigo y la bufanda, que dejó colgados en un perchero detrás de la puerta. Después se arremangó el jersey hasta debajo de los codos y se puso manos a la obra: prefería dedicarse a la limpieza que escuchar una vez más las frases: “Lamento su pérdida”. “Mi más sentido pésame”, todas, por supuesto, acompañadas por el rosario de virtudes de su esposo. No tenía ninguna objeción a esto último, aunque en esos días, en los que solo ella sabía lo que sentía su corazón, prefería aislarse. Porque, aunque otros también habían sufrido pérdidas, cada uno las siente y sufre a su manera: algunos mostrando su angustia; otros, como en su caso, guardándola en lo profundo de su corazón para compartirla únicamente con su soledad. En definitiva, le resultaban contraproducentes los intentos que la gente hacía por consolarla. Y, si bien reconocía que algunos lo hacían de manera sincera y preocupados por su estabilidad emocional, se daba cuenta de que otros perseguían el objetivo de quebrarla para alimentar el propio morbo. Y, por supuesto, no había faltado la persona que entre cuchicheos había soltado la frase: “¡Mujer desalmada, no es capaz de soltar ni una lágrima por ese pobre hombre, que Dios lo tenga en su santa gloria!”.

¿Qué pueden saber ellos de cuánto sufro yo, Paolo, de cuánto te extraño ya, del vacío que dejaste en mi vida?, se repetía mientras enjabonaba la vajilla.

–Aquí estás –comentó Marianela. Hacía un momento que había ingresado a la cocina y, apoyada en el vano de la puerta, observaba a su hermana mayor lavar los platos: la cabeza gacha, la vista fija en la vajilla, como quien mira sin ver realmente. Los movimientos aprendidos de memoria y realizados solo por no dejar las manos quietas. La mente, a miles de kilómetros... Así es como ella la veía.

Marianela aguardó por una respuesta. Sin mirarla siquiera, Caeli solo asintió con la cabeza para evitar que viera sus ojos enrojecidos. Detestaba llorar, y mucho más detestaba que alguien supiera que había llorado. No quería quedar expuesta, desnudar sus miedos; mucho menos en ese momento en el que deseaba aparentar una fortaleza de la cual carecía. La incertidumbre ante el futuro, la inseguridad... todo la llevaba a sentirse vulnerable, perdida. Sin embargo, frente a los demás, y sobre todo por su hijo, quería mostrarse fuerte.

Marianela, que había comprendido la necesidad de silencio de su hermana, caminó hacia el fregadero, tomó un paño de cocina de una de las gavetas y empezó a secar los platos que ella iba dejando en el escurridor. Al cabo de unos minutos del repetitivo ritual en el que solo se limitaban a lavar y secar la vajilla, Marianela volteó hacia su hermana y le tomó la mano derecha con la intención de detener sus movimientos. Esto obligó a Caeli a mirarla. Se trató de un instante al cabo del cual volvió a voltear el rostro.

–¿Dónde estabas? –quiso saber Marianela. Caeli se alzó de hombros.

–Por ahí –fue su escueta respuesta.

Marianela exhaló un hondo suspiro al comprender que, al menos por el momento, no pretendía decir mucho más. Ella, que en cambio era de la idea de que no hay que guardarse nada: ni palabras, ni emociones, no se quedaría callada con tal de empujar a su hermana a un sanador desahogo.

–¡Tu suegra anda como loca! –exclamó–. No sé, dice que las cenizas de Paolo han desaparecido. Lo cierto es que, de un momento a otro, su urna ya no estaba en su lugar –acotó en tanto indicaba con un ademán hacia la puerta. Se refería al altar que las hermanas de Paolo habían improvisado sobre una vitrina baja donde, además de cubrirla con un mantelito blanco de encaje tejido a mano, habían puesto velas, flores y un Jesús crucificado.

Caeli se limitó a esbozar una mueca. Sin palabras, ese simple gesto hablaba de resignación, cansancio y profunda pena.

–Caeli, ¿tienes algo que ver con eso? –insistió Marianela.

La aludida suspiró, dejó la esponja dentro del fregadero y apoyó las manos sobre el mármol frío de la encimera. Le pesaban los hombros. Le pesaba el alma. Volvió a inhalar en profundidad y exhaló el aire, despacio. En ese momento se planteaba si hablar o no con su hermana, tras lo cual aceptó que tal vez lo necesitaba: dentro de su garganta, un nudo apretado de angustia le dolía demasiado. Supuso que podía tratarse de las palabras atascadas, de los sentimientos guardados, de las emociones reprimidas... Suspiró, y una nueva exhalación profunda dio paso a las palabras.

–Intuyo que doña Nydia se pondrá aún más loca.

–¿Qué hiciste, Caeli?

–Nada... Solo llevé a Paolo al único lugar donde sé que él desearía estar: colina arriba, en el promontorio –con la vista perdida en el infinito, como si estuviera viendo imágenes pasadas, continuó–: Allí, desde donde él podía observar todas sus posesiones. Donde le gustaba estar... Si cierro los ojos, hasta puedo verlo: de pie, erguido y con las manos en la cintura, el cabello entrecano despeinado por la brisa, la media sonrisa dibujada en su boca... Se veía como un rey orgulloso. Estoy segura de que allí se sentía poderoso... –clavó sus ojos en los de su hermana al momento que inquiría con ímpetu–: ¿Acaso imaginas un mejor lugar para él?

–No, por supuesto que no. Has sido su esposa por más de dieciséis años; nadie mejor que tú sabría interpretar sus deseos. Sin embargo, puede que doña Nydia no lo comprenda y que hubiese preferido tener las cenizas arriba del aparador. Algo así le oí decir.

–¡¿Sobre el aparador?! –clamó con el rostro desencajado, lo que denotaba su estupor ante una idea que para ella era por completo descabellada–. ¡Pero ese no sería un lugar apropiado para Paolo! No para él, que le gustaba el campo, el aire libre, sus olivos. ¿Cómo podía dejarlo sobre un mueble, encerrado en una urna? ¿Entiendes, Marianela? ¡Eso para él no hubiese sido paz!

–Claro, Caeli, claro. No te alteres, por favor –procuró tranquilizarla–. Seguro que doña Nydia comprenderá lo que hiciste en cuanto le expliques que solo cumplías con los que hubiesen sido los deseos de su hijo.

Caeli respiró hondo y asintió con la cabeza. Su hermana tenía razón, tenía que tranquilizarse. Buscó la tetera, la llenó con agua y la puso al fuego.

–Me prepararé una taza de tilo y manzanilla. ¿Quieres? –le preguntó a su hermana mientras, sin esperar respuesta, sacaba tazas y platos de la alacena. Había decidido que, en cuanto se sintiera con más calma, iría a hablar con su suegra; la señora merecía una explicación. Todos los miembros de la familia estaban atravesando por un momento difícil y cada uno le hacía frente de la manera que podía.

–Sí, gracias. ¿Puedo ayudarte con algo: llevar el azúcar a la mesa, las cucharitas...?

Caeli le dirigió a su hermana una mirada cargada de ternura y le sonrió con el mismo sentimiento.

–Ya lo haces, Marianela. Ahora mismo me ayudas de maneras en las que ni siquiera lo imaginas. Ven, tomemos la tisana, que estoy segura me hará sentir mejor –acompañó las palabras señalando hacia la mesa. Allí se dirigió portando la bandeja con el servicio listo para degustar la deliciosa infusión, que ya inundaba la cocina con su dulce aroma. El tilo y la manzanilla tenían ese poder: reconfortaban y apaciguaban los ánimos, primero con su perfume, y completaban su magia al beberlo. La contención que Marianela había ejercido sobre su hermana había sido el ingrediente extra de la fórmula. Caeli se sentía mejor; al menos por el momento.


2

Tiziano se escabulló de la sala de estar y se dirigió hacia las escaleras. A medida que subía los escalones de uno en uno, el murmullo iba quedando atrás: las conversaciones ininteligibles de la gente que se había acercado a darles el pésame, el llanto ahogado de su abuela Nydia, las voces potentes de sus tías...

Se sentía aturdido, igual que aquella vez en la que en un partido de fútbol había saltado a cabecear y había chocado la cabeza con un adversario. La situación era por completo distinta, sin embargo, se sentía de manera similar: confundido, aturdido, angustiado. La cabeza como a punto de estallar. Todavía no podía creer que su padre estuviera muerto, que ya no lo vería nunca más, que ya no compartirían momentos propios del día a día, de la vida.

En su inocencia de niño, creyó que sus padres serían eternos; ya de adolescente, evitaba pensar en que ellos pudieran faltarle. Además, Caeli y Paolo eran jóvenes, la lógica indicaba que era difícil que alguno de ellos pudiera morir de repente. Pero a la muerte rara vez se le encuentra la lógica, razonó Tiziano.

Ya en el pasillo del primer piso, a pesar de que tomó la manija de la puerta para ingresar a su dormitorio, la soltó y caminó hacia el final del corredor, donde se encontraba la habitación de sus padres. Una vez dentro, la recorrió con la mirada. Las pertenencias de su padre seguían por todas partes, tal como él las había dejado el jueves a la tarde antes de salir con sus amigos, como hacía cada jueves de manera religiosa antes de que sufriera el infarto repentino, inesperado.

Sobre el respaldo de la silla junto al vestidor, descansaba una camiseta gris con cuello polo de Armani. Cuando Tiziano la tomó en sus manos, los restos del perfume que usaba su padre y un dejo de olor a tabaco de sus cigarrillos invadieron sus fosas nasales de manera tan vívida, que si cerraba los ojos podía imaginar que Paolo estaba con él dentro del dormitorio. Sin pensarlo siquiera y obedeciendo a la necesidad de aferrarse a esa sensación de presencia, se quitó la camisa escocesa que llevaba puesta para ponerse el polo de su padre; luego volvió a colocarse la prenda a cuadros rojos y negros, que dejó desabrochada.

Dejó la habitación ya sin recorrerla con la mirada. Si lo hacía, la ausencia volvería a tornarse real. Poco después, ingresó a su dormitorio y cerró la puerta tras de sí, aunque no logró apagar las voces y llantos provenientes de la planta baja.

Al acercarse a la mesa de noche en busca de un par de auriculares, vio a su madre a través del cristal de la ventana. Caeli cargaba la urna de Paolo entre sus brazos y en ese momento se adentraba en el olivar. Tiziano inhaló una honda bocanada de aire al deducir lo que ella estaba a punto de hacer y, por algunos segundos, se debatió entre la posibilidad de acompañarla o dejar que fuera sola. Prevaleció la segunda opción aunque se sintió egoísta al preferir evitarse el angustioso momento de liberar las cenizas de su padre. Sabía que al presenciar semejante acto la realidad caería por su propio peso, cruda e inamovible.

Se recostó en la cama, abrió la aplicación de música y buscó un tema: Save me, de XXXTentacion, comenzó a sonar. La melodía lo acompañaba a la perfección en su estado de ánimo. A pesar de su estilo oscuro y en apariencia depresivo, la canción no lo sumía en una depresión mayor. Al contrario, parecía cobijarlo en un abrazo reconfortante. Lo sostenía, tal como si empatizara con su dolor, y así le impedía caer más profundo.

Tiziano cerró los ojos cuando sintió que ya no podía contener las lágrimas y estas brotaron con naturalidad debajo de sus párpados. Las dejó fluir y en algún momento se quedó dormido.

Despertó con golpes a la puerta. Al echar un vistazo al celular, advirtió que al menos había pasado una hora. En el reproductor de música ahora sonaba Do I wanna know?, de Arctic Monkeys. Caeli volvió a golpear, esta vez un poco más fuerte como para hacerse oír, y pronunció su nombre. Tiziano no le respondió todavía. Se incorporó en la cama y se quitó los auriculares, que dejó colgando del cuello. Después se secó la humedad de las mejillas y se restregó los ojos con la intención de ocultar todo vestigio de llanto.

–Tizi, ¿puedo pasar? –preguntó ella en tanto, esta vez, abría la puerta lo justo como para asomar la cabeza.

–Sí –murmuró él.

Con el mayor disimulo posible, radiografió a su hijo con la mirada. No le pasó en absoluto desapercibido que él vestía el polo gris de Paolo, mucho menos sus ojos enrojecidos. No hizo referencia ni a una ni a la otra cosa para no incomodarlo; en cambio, procuró iniciar una conversación desde otro ángulo. Tampoco le iba a preguntar cómo se sentía; el interrogante era absurdo dadas las circunstancias.

–Te traje una leche chocolatada y un panino de queso –le comunicó. Dejó la bandeja sobre la silla junto a la cama y ella se sentó en el borde del colchón, sin tocarlo pero a una distancia ínfima en caso de que su hijo necesitara el contacto. Tiziano siempre había sido un chico muy emocional y sensible, aunque después de cumplir los doce años, puede que por pudor, se había vuelto reacio a demostrar sus sentimientos y emociones. A causa de ello, no quería invadir sus espacios ni propiciar que no se sintiera a gusto. No obstante, debía saber que ella estaba allí para él, como siempre había sido desde el día en el que había llegado al mundo. Sin esperar una respuesta a su comentario, que era probable que no llegara, Caeli continuó con la mayor naturalidad posible–: Imaginé que preferirías tomar aquí la merienda.

En esa ocasión, Tiziano esbozó una sonrisa, que aunque apenas perceptible, lograba transmitir agradecimiento ante el gesto de su madre.

–¿Tú comiste algo? –le preguntó él. Ser muy protector con ella era otro rasgo del chico. La joven mujer se sintió conmovida.

–Hace un momento tomé una tisana con tu tía Marianela.

–Pero no comiste –reafirmó él.

–En realidad, no –tuvo que reconocer. Tiziano negó con la cabeza, luego estiró la mano hacia el plato para tomar el panino, que partió a la mitad. Le entregó a ella una de las porciones–. Podemos compartir este.

Caeli lo aceptó sin rechistar a pesar de sentir el estómago cerrado. Todo fuera para que su hijo probara algún bocado; le constaba que no había comido mucho en lo que iba del día.

Tiziano dio un mordisco al emparedado. Volteó el rostro hacia la ventana y su mirada se perdió entre las copas de los árboles, que se extendían a lo largo y ancho del campo como un infinito mar verde y plateado, agitado con suavidad por la brisa. Las lomadas del terreno lograban un efecto visual de ondas que se aplanaban hacia el final para después emprender el ascenso a la parte de mayor altura. Allí, en lo alto, se encontraba el promontorio.

–Te vi ir hacia el mirador con... papá –murmuró Tiziano sin mirar a su madre. Su mirada todavía se paseaba por los senderos de tierra rojiza que serpenteaban entre las hileras de olivos. No había sido capaz de pronunciar las palabras correctas: urna, cenizas, restos... Decirlas en voz alta las volvería reales y, por lo pronto, necesitaba seguir negando, aunque fuera a medias, la verdad.

Caeli se sintió en falta, aunque la tranquilizó saber que su hijo la había visto. No es que pensara ocultarle lo que había hecho; solo había estado esperando el momento para decirlo. Tiziano se le había adelantado.

–Lo siento, Tizi, tendría que haberte preguntado si querías acompañarme –se disculpó ella, apenada. Sin mirarla, Tiziano negó con la cabeza. Su madre prosiguió–: Creo que mi comportamiento fue egoísta porque en ese momento no pensé en los deseos de nadie más, solo en mi necesidad de soledad y en lo que Paolo hubiese querido.

–Todo está bien, mamma. Papá está donde a él le gusta.

Caeli inhaló una honda bocanada de aire para mitigar la angustia. Su hijo seguía hablando de Paolo en presente; se negaba a dejarlo ir. Y aceptó que estaba bien, porque cada quien tiene sus tiempos para transitar por el enorme dolor que causa una pérdida.

En un principio, ella también había querido negar la verdad. También había ansiado despertar y descubrir que esos últimos dos días habían sido producto de una pesadilla y que, de un momento a otro, Paolo ingresaría a la casa después de pasar el día en el olivar o en la fábrica. O que saldría del cuarto de baño con el cabello húmedo y dejando una estela de su masculino perfume. O que se acercaría a abrazarla y ella lo regañaría por ese cigarrillo que había fumado. Porque aunque Paolo hacía tiempo que prometía dejar de fumar, jamás había podido alejarse de ese vicio.

Pero no. Por más empeño que hubiese puesto en negarlo, Paolo ya no estaba, y la revelación de la verdad había dado paso al enojo. Estaba enojada con su esposo por no haberse hecho los chequeos médicos. Tal vez, solo tal vez, de esa manera hubiesen detectado a tiempo su afección cardíaca. Estaba enojada con su esposo por no haberse cuidado más, por no haber dejado de fumar, por haberse sobrepasado con el trabajo. Las preocupaciones y el estrés no habían sido una buena combinación. Estaba enojada con Paolo, muy enojada, por haberse ido y haberles dejado ese vacío tan grande e imposible de llenar. Ese dolor tan profundo en el pecho, como si al irse les hubiese arrancado un trocito del corazón, ¿o había sido un trocito del alma? Y ahora Caeli no sabía cómo harían su hijo y ella para seguir sin él, que hasta dos días atrás, les había dado sentido a sus vidas.

La angustia trepó por su pecho y se enroscó en su garganta. Fue inevitable que los ojos traicioneros se le llenaran de lágrimas. Y eran traicioneros, porque si había algo que no quería hacer, eso era llorar delante de su hijo.

Desvió la vista hacia la ventana. Por el rabillo del ojo advirtió que Tizi la miraba. Apretó los labios en un vano intento por contener la angustia, que pronto se materializó húmeda rodando por sus mejillas. Sintió la mano de su hijo sobre la suya y ya no pudo contenerse más. Volteó hacia él con el rostro desencajado, e igual que si se hubiese mirado en un espejo, encontró la misma mueca de dolor en el rostro de él. No fueron necesarias las palabras, solo la necesidad que cada uno tenía de desahogo y contención. Se fundieron en un abrazo fuerte, apretado. En un abrazo que pretendía ser el inicio de ese camino que empezarían a recorrer juntos, solos los dos. Esa nueva realidad, esa nueva vida en la que los caminos parecían inciertos. No obstante, en ese abrazo también supieron que no estaban solos. Se tenían uno al otro para empezar a sanar.


3

–Caeli. ¿Has sido tú quien se llevó a mi Paolo? –clamó doña Nydia en cuanto vio a su nuera ingresar a la sala de estar en la que todavía seguían reunidos los miembros de la familia, unos pocos empleados de la fábrica y algunos de los amigos de Paolo; los demás ya se habían ido. La señora, vestida de negro riguroso, estrujaba entre sus manos un rosario de cuentas de nácar y un pañuelo de lino bordado de manera artesanal.

La sala olía a flores muertas producto de las coronas y arreglos que la gente había hecho llegar como muestras de respeto. Resultaba asfixiante. Insoportable. Caeli avanzó con calma abriendo todas las puertas y ventanas de par en par. Un poco del aire fresco del exterior les vendría bien para renovar el ambiente viciado por la acumulación de gente, la calefacción encendida y la gran cantidad de flores. Terminada su tarea, se sentó junto a su suegra. Le tomó una mano entre las suyas y buscó su mirada acuosa de ojos gastados.

El matrimonio compuesto por doña Nydia y don Vicenzo Bianchi había tenido tres hijos: dos mujeres y, cuando la pareja ya creía que el varón no sería más que un anhelo, había llegado Paolo. El hijo varón, el menor de los tres hermanos y el que había nacido cuando sus padres ya habían pasado los cuarenta años. Había sido el hijo mimado, y ahora lo habían perdido.

–Sí, doña Nydia. Fui yo quien se llevó la urna de Paolo –le aclaró Caeli procurando mantener la calma.

–¿Pero adónde te lo has llevado, hija? ¿Para qué? –interrogó la señora con el rostro crispado.

–Liberé sus cenizas en el promontorio.

–¡No, no puede ser! ¿Por qué has hecho eso? ¡Dios mío, qué tragedia! –gimió la anciana.

–Madre –intervino Amadea, la hermana mayor de Paolo, en tanto le apoyaba una mano en el hombro a modo de contención.

–Tranquila, doña Nydia. Ahora Paolo es libre y está en el que era su lugar favorito en el mundo.

–Pero si ya fue una aberración cremarlo... y ahora esto... –negó con la cabeza. La señora, que era tradicionalista en extremo y que hubiese preferido llevar adelante un funeral a la vieja usanza, había mirado con malos ojos la cremación. Liberar las cenizas ya le resultaba demasiado.

–Piénselo así, doña Nydia: esto es lo que Paolo hubiese querido. ¿Qué mejor que estar en sus campos y entre sus amados olivos?

–¿Pero así quién le llevará flores? –preguntó de manera tan infantil que a Caeli la conmovió. Le sonrió con ternura.

–Paolo tendrá millares de flores, las mismas que él cuidaba con mimo, las que le gustaba admirar cuando los olivos se cuajaban de brotes y después abrían sus pétalos lechosos. ¿Se le ocurren mejores flores para él? Le aseguro que allí Paolo está bien, siendo parte de su tierra, del que fue todo su mundo.

–Pero no podré visitarlo... –murmuró la señora mayor–. Así, lo habré perdido del todo.

–¡No, doña Nydia! Usted sabe que aquí puede venir cuando guste. Además, Paolo siempre vivirá en su corazón y en sus recuerdos –mientras Caeli hacía el intento de consolar a su suegra con palabras que no sabía de dónde salían, esperaba con todas sus fuerzas poder creer en ese concepto, en el que las personas que mueren no se van por completo mientras alguien más mantenga vivo su recuerdo. Si era así, entonces Paolo viviría eternamente en su legado y en el amor y el recuerdo de su familia.

Doña Nydia apretó los labios y se secó los ojos con su pañuelo húmedo. Caeli reforzó el apretón de manos y le sugirió:

–¿No quiere recostarse y descansar un rato?

La anciana alzó el rostro hacia su hija como pidiendo aprobación.

–Sí, madre, sería lo mejor –afirmó Amadea–. Recuéstate un rato así después emprendemos el viaje de regreso a casa.

–¿Y tu padre, no debería descansar también? Además está ahí afuera, con este frío –manifestó la señora, echando un vistazo y señalando hacia el jardín. Más allá del enorme ventanal y del porche con techo de madera, se veía a don Vicenzo sentado en una banca bajo un árbol. Junto a él se encontraba Carlo, su acompañante terapéutico, un hombre de mediana estatura pero de brazos fuertes. A cierta distancia, Albertina, la otra hermana de Paolo, conversaba con una de sus hijas mientras que Fabio, su esposo, daba un paseo entre los olivos en compañía del contador de la fábrica.

–Claro. Vayamos yendo nosotras que en un momento él nos seguirá –Amadea miró a su esposo y le pidió–: Renzo, por favor, ¿puedes encargarte de hablar con Carlo para que acompañe a mi padre al dormitorio de huéspedes?

–Por supuesto, despreocúpate –asintió él, después se levantó de la silla que ocupaba junto a su esposa y se dirigió hacia el jardín.

Caeli observó a su suegro. El anciano, de cabellos blancos y piel curtida por el sol y los años, tenía la cabeza inclinada hacia la izquierda y el rostro un poco alzado como si mirara un punto fijo a mediana altura. Su torso se balanceaba de manera mecánica hacia adelante y hacia atrás en un vaivén monótono y constante que ya era parte de él y que solo se detenía cuando se concentraba en alguna tarea que no dejara volar su mente.

–¿Cómo está don Vicenzo? –le preguntó Caeli a su cuñada. Amadea se alzó de hombros y suspiró con resignación.

–De salud, como siempre: bastante bien si no tenemos en cuenta su estado mental –dirigió una mirada hacia el jardín–. Respecto a... Paolo –negó con la cabeza y tragó saliva para aliviar el nudo que se le instalaba en la garganta cada vez que mencionaba a su hermano–. De eso ni se entera... y tal vez sea mejor así.

Hacía tres años que don Vicenzo sufría de demencia senil, y el aumento había sido progresivo. En un principio, habían sido algunos olvidos, repetir la misma anécdota no bien terminaba de contarla, y en ocasiones varias veces. Con el tiempo pasó a una fase más aguda de la enfermedad. Fue fácil detectar que esto había sucedido porque empezó a no reconocerse en el espejo, mucho menos reconocía a su familia.

En la actualidad, don Vicenzo Bianchi vivía aislado de la realidad y del tiempo presente. Se encerraba en sus propias memorias, casi todas referentes a su niñez y juventud. Era como si su vida adulta, sobre todo la de las últimas décadas, se hubiese borrado de un plumazo. En general, se lo veía tranquilo, hasta que se empecinaba en volver a lugares o a personas que habían sido parte de su juventud. Ante la negativa de su familia, a quienes no reconocía la mayor parte del tiempo, podía ponerse agresivo y gritar que lo retenían en contra de su voluntad. La familia libraba batallas a diario porque no quería internarlo en un hogar de ancianos, pero si la condición empeorara, sería inevitable.

Amadea y Caeli ayudaron a doña Nydia a ponerse en pie, luego madre e hija se dirigieron hacia el dormitorio de huéspedes. Pocos minutos después, don Vicenzo y su acompañante terapéutico cruzaron la sala.

–Yo no sé qué hace acá toda esta gente –alcanzó a oír Caeli que cuchicheaba su suegro. Al pasar, el anciano escuchó el nombre de Paolo, por lo que prosiguió diciendo en tanto avanzaba y su voz se perdía por el corredor–: Yo tengo un hijo de dos años que se llama Paolo. ¡Es de travieso! Ahora debe de estar con su madre durmiendo la siesta.

A Caeli se le partió el alma. Inhaló profundamente y al exhalar cerró los ojos. Los mantuvo así un momento, como si con ese simple gesto pudiese evadir la realidad. Nada lo lograba. La realidad la atravesaba desde todos los flancos y atacaba cada uno de sus sentidos: las conversaciones, en las que el tema principal era la muerte de Paolo, bombardeaban sus oídos. El perfume de las flores muertas, denso, insoportable, se había impregnado en su nariz a pesar de que puertas y ventanas estuvieran abiertas, hasta el punto de crearle la sensación de que le faltaba el aire. Pero el peor de todos los ataques lo provocaba el dolor, que parecía filtrarse en su piel desde su entorno y al mismo tiempo expandirse desde su propia alma. Entonces se preguntó si su cuerpo sería capaz de soportar tanto o si de un momento a otro empezaría a desgarrarse a jirones. Se preguntó cuánto más sería capaz de soportar antes de romperse del todo.

Albertina ingresó a la sala tras su padre. Se secaba los ojos con el dorso de la mano y sorbía por la nariz. Tras divisar a Caeli, se dirigió hacia ella.

–Mi padre está cada vez peor –acotó en tanto se sentaba junto a su cuñada en el sillón. Su esposo, que la había seguido, tomó asiento frente a la viuda.

–Ya les he dicho que es hora de que lo internen en un geriátrico –proclamó Fabio con esa actitud desafiante que lo caracterizaba. Ese hombre, a Caeli había dejado de caerle bien hacía bastante tiempo. No era la primera vez que hacía comentarios tan desafortunados o fuera de lugar. A su pesar, jamás había entrado en debates con él dado que había preferido callar aunque, en su interior, hubiese querido gritarle cuatro verdades.

–Esto ya lo hemos discutido, Fabio, y sabes que preferimos que papá pase sus últimos años en casa –refutó Albertina de manera tajante. Ella tenía un carácter fuerte y no se dejaba amedrentar. Además, no solía dejar pasar ningún comentario desafortunado de su esposo y esto acarreaba que el matrimonio tuviera discusiones con bastante frecuencia.

–¿Preferimos? ¿Quiénes prefieren? Porque yo, ciertamente no.

–Mi madre, mis hermanos... –inhaló en profundidad. Fabio había alzado una ceja en explícita referencia a la reciente desaparición de Paolo. Albertina, que por un momento había dejado caer los hombros, irguió la espalda y alzó el mentón para responder con firmeza–: ¡Y yo!

Caeli abrió los ojos y no pudo evitar que los labios se le curvaran en una sutil sonrisa cuando la recorrió una profunda admiración por su cuñada.

–¡Pfff! –bufó él como toda respuesta. Sabía que, al fin y al cabo, no podía insistir en ese asunto dado que él, su esposa y sus hijos menores, una chica de veinte años y un chico de dieciocho, residían en la casa de sus suegros gracias a la gentileza de ellos. Al respecto, todavía debía hacer lo que doña Nydia quisiera, y ella quería que su esposo permaneciera en la casa. Para tal fin habían contratado a Carlo, que acompañaba a don Vicenzo durante la mayor parte del día, y una enfermera que les hacía visitas de manera regular para controlar el estado de salud de la pareja mayor.

–Rami fue a ver a Tizi –mencionó Albertina haciendo referencia a Ramiro, su hijo menor, y con la velada intención de dejar de lado ese tema espinoso que después, ya en privado, su esposo y ella deberían profundizar, una vez más.

–Gracias, Albertina. Tizi adora a su primo; estoy segura de que le hará bien compartir tiempo con él.

Albertina asintió con la cabeza antes de comentar:

–Sabes que el cariño que se tienen esos dos es mutuo –echó un vistazo hacia la escalera para comprobar que los chicos seguían en el dormitorio. Suspiró–. Todos estamos pasando un mal momento, pero no puedo imaginarme lo afectado que debe de estar Tizi... Pobrecito, mi vida, perder a su papá en esta etapa, en plena adolescencia, cuando los varones más necesitan de la figura paterna... ¡Tantas preguntas que le habrán quedado por hacer! ¡Tantas dudas y tanto por compartir! –se lamentó.

Caeli se sentía en una montaña rusa emocional. Cuando creía que había logrado controlar la angustia, aparecía algún detonante que otra vez la lanzaba al abismo sin piedad. Las inquietudes que planteaba su cuñada no estaban lejos de sus propias reflexiones, de sus propios miedos. En ese escaso tiempo se había preguntado, entre otras cosas, si sería capaz de suplir de alguna manera la ausencia de la figura paterna en la vida de su hijo. Si acaso ella sería suficiente, si sabría responder a sus interrogantes...

–Cuñada, puedes decirle a Tizi que hable conmigo –ofreció Fabio–. Porque Albertina tiene razón, ese chico va a necesitar tener con quién hablar de cosas de hombres, ¿me entiendes? –le guiñó un ojo para reforzar la intención de la pregunta.

–Gracias, Fabio, pero respecto a mi hijo no forzaré nada. Él sabe que conmigo puede hablar de cualquier tema. De todos modos, dejaré que sea él quien decida con quién se siente más cómodo para conversar y, desde luego, recurriremos a algún terapeuta en busca de orientación –respondió, tajante. Al tratarse del bienestar de su hijo, el instinto había hecho que ganara coraje. Lo cierto era que Caeli, de ninguna manera, quería que Tiziano tomara a su tío Fabio como figura masculina de referencia. Consideraba que ese hombre prepotente, altanero y ventajista no podía ser un buen ejemplo para nadie. Había aparentado valentía, pero por dentro le temblaba el cuerpo.

–Bueno, cuñada, pero ya sabes que el chico puede recurrir a mí –insistió–. Y otra cosa, ¿ya has pensado qué harás con el olivar y con la fábrica? –inquirió. No esperó respuesta y siguió con su discurso–. Porque déjame darte un consejo: acá lo que te conviene es vender todo; el campo y la fábrica no son cosas de mujeres. Esto mismo que te digo se lo escuché decir muchas veces al mismísimo Paolo, que en paz descanse –se persignó en un falso intento por parecer religioso.

La dueña de casa sentía que la temperatura de su sangre se elevaba al ritmo que avanzaba el monólogo de su cuñado. En el exterior de su cuerpo, el fenómeno se manifestó en sus mejillas, que ardían.

–Todavía no he tenido tiempo de pensar en ello, Fabio. ¿No crees que sea demasiado pronto para hacer esta pregunta? –interrogó con ironía y con una ceja en alto.

–Nunca es demasiado pronto para tratar las cuestiones monetarias –refutó él–. Y ahora que eres una mujer sola deberías tener la humildad de escuchar los consejos de un hombre.

Ella inhaló profundo. Quería decirle tantas cosas a Fabio, pero no le salía ni una palabra. Intervino su cuñada, que había notado su incomodidad y la impertinencia de su esposo.

–Fabio, por favor. ¿Por qué no dejamos tranquila a Caeli y vamos a caminar? Necesito un poco de aire, el olor de las flores me está ahogando.

A pesar de estar en desacuerdo con su esposa, Fabio aceptó. Asintió con la cabeza y se puso de pie. Su mirada estaba fija en Caeli, que a esas alturas parecía haber perdido todo vestigio de valentía.

–Volveremos a conversar cuando te sientas más tranquila –le dijo él, convencido de que podría llevar a cabo los planes que había empezado a gestar hacía años y que ahora, mientras paseaba entre los olivos centenarios, estaba seguro de haber ideado el golpe final. Hacía tiempo que ambicionaba esa fábrica y creía que había llegado el momento de que pudiera hacerse con ella.


Horas después, cuando el sol caía tras la casa y las sombras empezaban a insinuarse, Caeli y Tiziano, arrebujados en sus abrigos y de pie uno junto al otro delante de la puerta principal, despedían a los últimos familiares que emprendían el viaje de regreso a sus hogares. Caeli alzó la mano cuando los vehículos se pusieron en marcha y avanzaron por el camino pedregoso. Tras cruzar la tranquera de ingreso, la caravana seguida por una nube de polvo que se levantaba a su paso pronto se perdió de vista.

El camino había quedado vacío. Fue entonces cuando Caeli tomó conciencia de lo reducida que era su familia; es decir, la familia que habían formado Paolo y ella. Aunque los esposos habían deseado tener más hijos, después de Tiziano todos los intentos habían sido en vano. En ese momento de desesperación y llevándose las manos al vientre en un acto reflejo, Caeli deseó tanto que alguno de esos intentos hubiese dado sus frutos. Así, tal vez, no se hubiese sentido tanto el vacío dejado por Paolo, cuya presencia en vida parecía colmarlo todo.

Si bien de ambas ramas familiares los miembros eran numerosos y sabía que podía contar con ellos, la realidad era que su círculo familiar más íntimo, los que convivían en esa finca, habían sido solo ellos tres. Y allí estaban ahora Tiziano y ella, los únicos dos que habían quedado, frente a un largo camino de incertidumbre.

El cuerpo le temblaba por dentro. Practicó algunas respiraciones profundas para aplacar la angustia y para darse valor. No quería volver a padecer un ataque de ansiedad como el que había sufrido en el promontorio o volver a sentirse vulnerable como cuando discutió con su cuñado. No podía volver a mostrarse así frente a nadie. En ese momento, cuando más lo necesitaba, el brazo de su hijo le rodeó los hombros. No necesitó más que eso para que la invadiera una poderosa fuerza interna que le dio la certeza, de manera arrolladora, de que haría todo cuanto estuviera en sus manos para que los dos pudieran salir adelante.

–Estaremos bien –decretó. Con su brazo izquierdo rodeó la cintura de su hijo y percibió que él asentía con la cabeza. Con la vista al frente y más decidida que nunca, reafirmó, para Tiziano y para ella misma–: Estaremos bien.

Había llegado el momento de juntar los fragmentos de su alma rota y, aún con el dolor y los miedos a cuestas, porque claro que seguían allí y de eso no sería tan fácil desprenderse, empezar a reconstruirse y a reescribir su destino.

Se lo debía a su hijo.

Se lo debía a sí misma.


4

Roma, Italia

Martes, 27 de diciembre de 2016

Bastian se sentía eufórico. Estaba un paso más cerca de lograr su mayor objetivo laboral, el que había empezado a tomar forma un mes atrás. Quería gritar de felicidad, bailar, saltar como un loco. Por supuesto, no podía hacerlo. Tenía que mantener la compostura, al menos hasta abandonar el lujoso edificio. Con una ansiedad que hacía tiempo no experimentaba, oprimió el botón del elevador y aguardó hasta que se abrieron las puertas metálicas. Dentro estaban el ascensorista y una señora de porte distinguido que llevaba en sus brazos un perrito de pelaje blanco y rizado. Era curioso que el pelo del animalito fuese tan parecido al cabello de su dueña, que asomaba debajo de un coqueto sombrero negro.

–Buenas tardes –saludó Bastian al ingresar al cubículo espejado. La señora, cuyo penetrante perfume había invadido cada centímetro del elevador, apenas si inclinó la cabeza. El empleado, en cambio, lo saludó con cordialidad y le preguntó el piso de destino–. Planta baja, por favor –solicitó.

El perrito lo miraba curioso con sus ojos redondos y tan oscuros que parecían dos uvas negras. Tenía una carita simpática, tanto que le inspiró ternura. No era de extrañar que un animal le provocara tales sentimientos. Aunque solo de pequeño había tenido mascotas, le gustaban y esperaba a que su situación se volviera más estable para adoptar algún perrito callejero, de esos que tan necesitados estaban de un hogar y de amor.

Con gran alegría recordó que estaba muy cerca de concretar sus mayores sueños y proyectos. A sus treinta y cinco años, Bastian Berardi tenía todo cuanto había soñado en su juventud.

Había nacido y se había criado en Ostuni, a orillas del mar Adriático –literalmente pues su casa daba al mar–, en el marco de una familia de clase media. Había tenido una infancia feliz y una excelente relación con sus hermanos mayores, Daniela y Leandro. Entre sí, los hermanos se llevaban más o menos un año de diferencia, siendo Daniela la del medio. Terminada la escuela secundaria, Bastian había asistido a la universidad y se había recibido de Contador Público. Diplomado y de regreso en Ostuni, había llevado la contabilidad de un supermercado local.

Y porque no siempre todo son rosas, por ese entonces habían llegado períodos tristes a los que los Berardi tuvieron que hacer frente: El primer golpe al corazón, Bastian lo había sufrido a los veintisiete años, con la muerte de su madre. Y a los treinta y uno, la vida le daba el segundo impacto al arrebatarle a su padre.

Con el cambio de década, había empezado a soñar con un futuro mejor y a proyectar la idea de cambiar de aire. Roma se le presentó como un destino posible. Tenía treinta y dos años cuando renunció a su puesto de trabajo, hizo las maletas y dejó Ostuni sin mirar atrás.

De eso hacía poco más de tres años.

Roma no le había hecho la vida fácil, pero sí le había brindado buenas oportunidades a las que les había sacado el máximo provecho, y a fuerza de esmero y perseverancia, con los años había progresado. A su llegada había alquilado una pieza en una pensión más que humilde, pues sus ahorros no le habían permitido aspirar a mejores locaciones: los alquileres en Roma eran astronómicos. Con el primer trabajo estable, en una empresa modesta pero de buena ubicación, había podido alquilar un apartamento y así había ganado la privacidad tan ansiada. Desde entonces no compartía baño ni cocina con otros inquilinos, tampoco escuchaba gritos o discusiones ajenas.

Tiempo después había cambiado de trabajo a la oficina contable de una empresa constructora de renombre y con él había llegado la oportunidad de ganar experiencia y prestigio. También había sumado a su columna de ganancias un nuevo grupo de amigos y compañeros de trabajo con quienes había entablado una excelente relación.

El amor merecía un párrafo aparte, y para Bastian había llegado de la mano de Nancy, una de las arquitectas de la empresa constructora. Nancy era todo cuanto podía desear: tan hermosa como inteligente y sexy, una combinación que le resultaba irresistible, y eso sin sumarle el par de piernas kilométricas que ella sabía lucir tan bien. Se habían comprometido hacía unos días y planeaban mudarse juntos; seguramente a mediados del próximo año. Habían tomado la decisión ante la propuesta laboral que Bastian había recibido un mes atrás y que, según la reunión que acababa de tener en uno de los últimos pisos del lujoso rascacielos, se concretaría para los primeros días de enero, tal como habían acordado en la reunión anterior. No faltaba nada, por lo que la euforia y la felicidad estaban más que justificadas.

Al llegar a la planta baja, se abrieron las puertas del elevador y, tras darle paso a la señora del perfume sofisticado con su perrito lanudo, Bastian salió apresuradamente hacia la entrada. Daba pasos largos para no salir corriendo, que era lo que en realidad quería hacer. Una vez en la acera, el encuentro con Nancy fue inminente.

El día anterior, Nancy y Bastian habían acordado encontrarse allí, a la salida de la sede principal de Colosseo Hotels, la cadena hotelera más importante de Italia. Con una sonrisa de oreja a oreja, él la tomó por la cintura para levantarla en el aire y hacerla girar. Nancy reía a carcajadas sin perder la delicada sensualidad que la caracterizaba. Bastian estaba loco por ella y nunca se preocupaba en ocultarlo. La dejó en el suelo, le tomó el rostro entre las manos y la besó en la boca... por fin. Eso es lo que había ansiado hacer desde que había dejado la oficina personal del dueño de esa importante cadena hotelera para la cual comenzaría a trabajar a partir de enero; en días nada más.

–¿Ya está? ¿Firmaste el contrato? –quiso saber la joven en cuanto Bastian liberó su boca.

–Todavía no, pero es un hecho –respondió con una ancha sonrisa que le marcaba hoyuelos en las mejillas y le iluminaba los ojos de felicidad–. El objetivo de la reunión de hoy era más social que laboral, dado que las condiciones del contrato ya las habíamos hablado con el área de recursos humanos en la primera reunión.

–¿Entonces el ofrecimiento del puesto sigue en pie? –quiso corroborar ella. Esperaba que así fuese, puesto que Bastian ya había hecho modificaciones en su vida de acuerdo a esta nueva perspectiva laboral.

–¡Por supuesto! Después de Año Nuevo firmaremos el contrato y seré oficialmente el contador de Colosseo Hotels. ¿Puedes creerlo, Nancy?

–¡Claro que puedo creerlo, cariño, si te has esforzado mucho por esto! ¡Nadie más que tú se merece este logro! –exclamó y lo recompensó con un beso de labios rojos que dejó caer en su mejilla–. Y hablando de eso, ¡tenemos que festejarlo! Y sé de buena fuente que los chicos nos esperan en VinAllegro.

–¿Ah, sí? ¿Y tú cómo sabes que nos esperan? –preguntó, risueño.

–Cariño, me extraña esa pregunta –sonrió y añadió con una caída de ojos–: Sabes que yo me entero de todo.

–Mmm, y si te enteras de todo, entonces sabrás qué es lo que yo preferiría hacer para festejar –mencionó con sutil intención y con un seductor guiño de ojos que a Nancy la hizo suspirar. Con el brazo alrededor de la estrecha cintura la atrajo hacia su cuerpo y le acercó la boca al oído para susurrarle con voz grave–: Ahora mismo, en el único lugar en el que quisiera estar, es dentro de ti.

–¡Las cosas que dices, cariño! –apoyó la palma sobre el pecho masculino y lo apartó un poco, lo justo como para que él viera su sonrisa y su aleteo de pestañas, que combinados con su arma secreta, humedecerse los labios con la lengua, con Bastian resultaba letal. Sabía cómo enloquecerlo. Sabía cómo llevarlo hasta el límite del deseo y así obtener todo cuanto ella misma deseaba–. Yo también quisiera festejar así, amor, pero no podemos fallarles a los chicos. Estaban muy ilusionados de celebrar contigo. Por cierto... –estiró el brazo para mirar la hora en su fino reloj–, será mejor que tomemos un taxi, de lo contrario nos perderemos el happy hour.

–¿No tengo opción de evadir este compromiso, entonces? –preguntó él de todos modos aunque sabía que la respuesta sería un no rotundo. Y la verdad sea dicha, tampoco era que le molestara ir a tomar un trago con sus amigos.

De la mano avanzaban hacia la parada de taxis, Nancy iba un paso más adelante, guiando la marcha. Volteó sin detener su andar y su cabello rubio flotó en el aire de manera sensual, o así le pareció a Bastian, que a cada segundo parecía más embobado con su novia.

–No, no puedes –y entre sonrisas le prometió–: Pero después lo compensaremos.


5

Unos veinticinco minutos después, Bastian y Nancy llegaron a VinAllegro Wine Bar, un pintoresco restaurante italiano y bar de vinos ubicado en Piazza Giuditta Tavani Arquati. Allí solían encontrarse algunas tardes después del trabajo para tomar un trago, alguna cerveza o una copa de vino, según la ocasión. Y esa, en efecto, era una gran ocasión que ameritaba una reunión de “los siete”, tal como se autodenominaban los miembros de ese grupo de amigos y compañeros de trabajo. Podrían festejar por anticipado la culminación del año y también los logros obtenidos por cada uno de ellos.

Anochecía y las luces artificiales se iban encendiendo como millares de luciérnagas. Las paredes pintadas en color ocre, iluminadas por los faroles de hierro y los carteles luminosos con el nombre del restaurante escrito con letras floridas, contagiaban calidez aún en un día tan frío como el que hacía ese 27 de diciembre. Dentro del local, la decoración todavía resultaba más acogedora, repitiendo los tonos ocres y combinándolos con la madera oscura, la iluminación amarilla y con algún detalle rústico logrado con piedra y con barricas de roble. La variada colección de vinos ofrecida en el local se destacaba en las estanterías que cubrían paredes completas.

“Los siete”, o mejor dicho, los cinco miembros de “los siete” que habían llegado primero, ya ocupaban una de las mesas del recinto y, por lo visto, ya se habían adelantado al festejo. Sobre la mesa había una frapera con una botella de prosecco y siete copas; como para empezar. En cuanto vieron que Bastian y Nancy habían llegado, Claudia, Chiara, Gianni, Emilio y Taddeo se pusieron de pie para recibirlos. Por espacio de algunos minutos tuvieron lugar los saludos con besos, abrazos y la pregunta obligada ¿Cómo te ha ido?, generando un poco de alboroto en ese sector del bar.

–Empiezo el 2 de enero –les adelantó Bastian, algo que todos suponían desde hacía un mes, cuando el director ejecutivo y el área de recursos humanos de Colosseo Hotels lo habían citado para una primera reunión. Fue entonces cuando le presentaron la tentadora propuesta laboral en la que le ofrecieron incorporarse al área contable de la prestigiosa cadena hotelera italiana con sede principal en Roma. Los beneficios que le traería el cambio de empresa eran imposibles de rechazar: tendría un cargo de mayor categoría pues estaría al frente del área de contabilidad de toda la cadena hotelera, su sueldo superaría al actual de manera exponencial, y eso sin contar que la empresa le proporcionaría movilidad propia y se haría cargo de los gastos de alquiler del nuevo apartamento, que dicho sea de paso, venía junto con el puesto.

Bastian había aceptado, desde luego, aunque no sin poner una condición: por respeto a la empresa constructora que constituía su actual fuente de trabajo, pidió ese mes que quedaba del año para presentar su renuncia pero no sin antes capacitar a la persona que ocuparía su puesto a partir de enero. Su solicitud había sido aceptada y así Bastian había podido cumplir con la constructora y capacitar a Gianni, que ya se encontraba más que preparado como para asumir sus funciones. El ascenso de Gianni, por supuesto, también era motivo de festejo.

Finalmente, en esa nueva reunión que Bastian había tenido hacía un momento con la gente de Colosseo Hotels, y sobre todo con su dueño, habían concluido que el 2 de enero se presentaría a trabajar y que ese mismo día se firmaría el contrato laboral.

–¡Muy bien, campeón! –lo felicitó Taddeo acompañando sus palabras con enérgicas palmadas que descargó sobre su espalda. Y a esas felicitaciones se sumaron las de cada uno de los miembros del grupo.

–Esto hay que festejarlo como se debe –reclamó Emilio, que ya había empezado a descorchar la botella de prosecco.

–¿Y crees que con una sola botella alcanzará? A mí me parece que no –señaló Chiara.

–Por supuesto, Chiarita, esta es solo para empezar –confirmó Taddeo, que de inmediato alzó el brazo para hacerle señas a la camarera; cuando obtuvo su atención le pidió–: ¿Podrías traernos otra botella, por favor?

–Enseguida le traigo su pedido –respondió la chica, solícita–. ¿Y podrá ser alguna otra cosa?

Los amigos se miraron en busca de una respuesta mientras Emilio servía las copas con el espumante.

–Podrían ser algunos bocaditos para acompañar el brindis –sugirió Claudia–. Ya saben que si bebo alcohol sin acompañarlo con algo sólido, enseguida me pongo achispada.

Entre todos hicieron sugerencias de bocadillos y así pronto la mesa se vio repleta de platillos dulces y salados, indicadores más que explícitos de que la reunión se extendería hasta la cena.

Cuando “los siete” abandonaron VinAllegro, eran más de las diez de la noche. Frente a la puerta del restaurante siguieron conversando un rato más, en voz alta, con la euforia burbujeando con el prosecco por las venas. No habían sido suficientes ni una ni dos botellas: habían sido cinco y algunas cervezas las que se habían consumido durante el encuentro.

–Bueno, ya nos vamos, que tú mañana no trabajas, campeón, pero nosotros tenemos que madrugar –señaló Emilio para poner fin a la reunión, de lo contrario se extendería de manera interminable ahí mismo donde estaban, de pie en la calle.

–Sí, chicos, vayan por favor –estuvo de acuerdo Bastian. Emilio tenía razón: mientras que el resto del grupo al día siguiente debía ir a trabajar, él disfrutaba de unos pocos días libres como desempleado. Esto se daba porque había quedado desafectado de la constructora desde el viernes 23.

Tras la despedida, que no fue menos ruidosa que la llegada o la estadía en el lugar, empezaron a dispersarse en diferentes direcciones.

Distraídos y bastante acaramelados, Bastian y Nancy cruzaban la calle empedrada para dirigirse hacia el apartamento de él, que quedaba a pocas cuadras de allí, y no advirtieron que a gran velocidad se les aproximaba una motocicleta con dos hombres a bordo. Vestidos de negro y con cascos que les ocultaban las facciones, al pasar junto a la pareja uno de ellos intentó arrebatarle el bolso a la joven.

El violento episodio duró apenas unos segundos, en los que estuvieron envueltos en confusión y angustia. Cuando sintió el tirón, Nancy gritó y, a causa de esa tonta costumbre que tenemos los seres humanos de aferrarnos a las cosas materiales sin medir los riesgos, abrazó su bolso con fuerza mientras se tambaleaba peligrosamente sobre sus altos stilettos. Bastian intervino con prontitud y así logró impedir que su novia cayera en medio de la calle. No obstante, al hacerlo él quedó expuesto y una segunda moto con delincuentes, que circulaba a una velocidad inaudita en apoyo del primer vehículo, lo arrolló sin piedad.


6

Una multitud se había amontonado alrededor de Bastian, que yacía sobre la fría calle empedrada. Las luces amarillas hacían que su piel se viera macilenta y que la sangre que manchaba la calzada se tornara oscura, casi negra.

–¡Bastian! –gritaba Nancy de manera histérica.

Los demás miembros de “los siete” habían acudido al lugar de inmediato en cuanto escucharon el alboroto y los gritos de la joven. Al fin y al cabo, no habían alcanzado a alejarse más que unos pocos metros.

Por órdenes de Gianni, que había tomado el mando de la situación al tener breves conocimientos de primeros auxilios, Taddeo intentaba comunicarse con Emergencias para que enviaran una ambulancia. En tanto, Emilio con la ayuda de empleados de VinAllegro, habían hecho una especie de barrera con algunas sillas para detener el tráfico, pues Bastian había quedado tendido en medio de la calle. Claudia y Chiara habían apartado a Nancy y procuraban tranquilizarla. A decir verdad, ninguno de ellos podía mantenerse en calma ante tamaña situación.

Gianni revisó los signos vitales de su amigo: Bastian permanecía inconsciente, no respondía a su voz ni a ningún estímulo doloroso, como el pellizco que Gianni le propinó sobre el dorso de la mano. Aunque de manera débil, tenía pulso y aún respiraba. No quiso moverlo e impidió que otros lo hicieran a fin de prevenir ocasionarle una lesión mayor, sobre todo en la zona cervical y a nivel de la médula espinal. Por lo que murmuraban los testigos, la motocicleta lo había atropellado de costado. El golpe, que había sido fortísimo, lo desestabilizó impulsando su caída de espaldas y el subsiguiente impacto de la parte posterior de su cabeza contra los adoquines.

–¿Está muerto? ¿Por qué no se mueve si no está muerto? –clamó Nancy, presa de la desesperación–. ¿Por qué no viene la ambulancia?

–Tranquila, Nancy. Taddeo ya llamó a Emergencias; vendrán pronto y Bastian estará bien –la consoló Claudia, que no podía dejar de temblar.

–¡No se puede morir! ¡No se puede morir!

–Nadie se va a morir, Nancy –la reprendió Chiara, que estaba a poco de abofetearla para que se calmara de una vez.

Gianni se quitó el abrigo, que usó para cubrir a Bastian y así evitar que perdiera calor, algo común en las víctimas de accidentes, sin contar que de por sí, la noche invernal se sentía gélida. Volvió a controlar su pulso y su respiración, gracias a lo cual comprobó que no habían sufrido cambios. Sin embargo, la herida detrás de su oreja seguía sangrando profusamente.

–¡Necesito algún trapo limpio para contener la hemorragia! –gritó Gianni para hacerse oír. Con cuidado palpó que Bastian no tuviera otras heridas externas. Si las había, ninguna sangraba como la del cráneo. Aunque lo que notó durante su inspección fue una deformidad en el fémur de la pierna izquierda; probablemente fuera donde había recibido el impacto de la motocicleta. Pero no podía hacer nada al respecto. Enseguida alguien le alcanzó un trapo blanco. Estaba limpio y servía, tal vez se tratara de un paño de cocina de alguno de los restaurantes que abundaban en las inmediaciones; lo sostuvo sobre el corte.


Habían pasado al menos quince minutos cuando la estridente sirena de la ambulancia cortó el aire igual que un cuchillo afilado. Algunos instantes después ingresó a Piazza Giuditta Tavani Arquati desde Via della Lungaretta abriéndose paso entre el tráfico nocturno y los curiosos que se habían congregado más allá de la improvisada barrera de sillas y del límite que les habían impuesto los dos agentes de policía que, tras acercarse al lugar, habían ayudado a organizar la situación. Las luces, con su constante parpadeo, creaban un fascinante mosaico en movimiento en las paredes de los edificios circundantes y en el gris de la calzada. La atmósfera se tornó extraña, inexplicable, con conversaciones y voces ininteligibles, con movimientos apresurados, pero que al mismo tiempo parecían discurrir en cámara lenta. Algunos incluso filmaban con sus teléfonos celulares.

Tras obligar a los curiosos a dejar paso al personal de salud, los paramédicos pudieron realizar su trabajo: constataron por sí mismos los signos vitales del herido, posibles hemorragias, heridas o lesiones. Tras inmovilizar su cuello con un collarín, le colocaron un respirador y, con maniobras apropiadas para resguardar su columna, lo subieron a una camilla rígida con la cual lo trasladaron hasta la ambulancia. Allí dentro los profesionales pudieron brindarle los primeros cuidados in situ mientras el vehículo se dirigía a gran velocidad hacia el hospital Sandro Pertini.


7

Bastian alzó los párpados, confundido pues en un principio no entendió qué era lo que sucedía. Su cuello estaba rígido y tenía puesta una máscara de oxígeno que le abarcaba desde cerca del entrecejo hasta la barbilla. Si acaso había estado durmiendo, ese sin dudas era el peor despertar que había tenido en su vida. Una sirena estridente que jamás se alejaba –dedujo que se encontraba dentro de esa sirena– le perforaba los tímpanos y no hacía más que acrecentar el insoportable dolor de cabeza que sentía, como si el cráneo estuviese a punto de estallarle en mil pedazos. Él estaba inmóvil, pero de alguna manera se desplazaba.

–Está despierto –escuchó que alguien decía.

–Señor Berardi, ¿me escucha? –preguntó otra persona a su lado.

¡No griten!, quería pedirles. Puede que las personas no hubiesen alzado la voz, pero a su cerebro los sonidos llegaban amplificados. Y la maldita sirena no paraba de sonar.

–Señor Berardi –volvieron a llamarlo. Bastian procuró fijar su atención en el hombre tras el barbijo, que con una linterna le examinó los ojos y le pidió que siguiera el recorrido de la luz–. No intente moverse, pero necesito que me responda si me escucha. ¿Puede hablar?

¿Puedo hablar?, se preguntó, en ese estado de confusión del que no podía salir. Suponía que sí, sin embargo, tenía la sensación de que la voz le saldría con esfuerzo, ronca como cuando uno recién se despierta. Le daba la impresión de que no había hablado en un millón de años.

–¿Entiende lo que digo? ¿Puede hablar? –volvieron a preguntarle.

–Sí... –en efecto, su voz se oyó ronca y más débil de lo que hubiese creído. Ansiaba beber un sorbo de agua.

–¿Puede decirme su nombre? –le preguntó el hombre, que tomaba anotaciones en una tablilla.

Bastian había deducido que se trataba de dos médicos y que se encontraba dentro de una ambulancia. El motivo lo ignoraba.

–Bastian –indicó con matiz ronco. Carraspeó para aclararse la voz, y el dolor en el cráneo le llegó hasta los ojos. No quería toser por miedo a que los globos oculares saltaran fuera de sus órbitas. Así de mal se sentía. A duras penas completó–: Berardi.

–Muy bien, señor Berardi. ¿Cómo se siente?

Bastian se preguntó si realmente tenía que responder tamaña estupidez. ¿Cómo me siento? ¡Como el diablo!, pensó que hubiese sido la respuesta correcta. Desistió, por supuesto. Se agotaba de solo imaginar el esfuerzo que le llevaría pronunciar tantas palabras.

–Mal –dijo en cambio.

–¿Siente dolor?

–Mucho... –cerró los párpados por un instante, la luz le molestaba–. La cabeza... me explota.

–De acuerdo. ¿Recuerda qué le pasó?

–No... sí... algo –tenía algunos destellos. Estaban “los siete”, Nancy y él en la calle. Reían. Una moto... Forcejeo... No recordaba nada más. Estaba seguro de que faltaban piezas al rompecabezas.

–¿Tiene algún otro dolor, señor Berardi?

–En la espalda... como latigazos.

–¿Alguna otra zona que le duela?

Bastian procuró concentrarse en el resto de su cuerpo; sin embargo, el terrible dolor de cabeza parecía dominarlo todo.

–No.

Los médicos se miraron con seriedad.

–De acuerdo. ¿Siente esto? –interrogó el profesional mientras le pellizcaba el dorso de la mano derecha.

–Sí –respondió Bastian.

–¿Y esto? –repitieron lo mismo en la mano izquierda, donde Bastian advirtió que tenía conectada una vía, y en distintos puntos de los brazos.

–Sí –respondió Bastian a todo.

–¿Y esto le duele? –le preguntó en esa ocasión el otro médico, que hasta ese momento no había intervenido en la conversación. Estaba ubicado cerca de sus piernas.

–No.

–¿No le duele? –quiso asegurarse.

–No.

–¿Pero siente que lo toco? –intentó ahora.

–Un roce... una leve molestia.

–De acuerdo –volvió a repetir el médico, con preocupación. Estaba seguro de que el paciente tenía el fémur izquierdo fracturado. Palpaba una protuberancia donde la motocicleta había hecho el impacto, y podía saber de manera fehaciente dónde había sido, porque la huella de la rueda había quedado marcada en el pantalón. Si el señor Berardi no sentía dolor en las piernas, solo un leve roce y una molestia, el cuadro podía ser de gran complejidad.

Según la Escala de Coma de Glasgow, el paciente presentaba un traumatismo craneoencefálico, leve. No obstante, el cuadro se complicaba con una posible lesión de médula espinal a nivel torácico o lumbar, lo que podría estar ocasionando la falta de sensibilidad de los miembros inferiores. Se le realizaron otras pruebas, en este caso de estimulación plantar, y se anotaron los resultados en la historia clínica.

–La cabeza me va a estallar –se quejó Bastian.

Uno de los médicos volvió a controlarle los signos vitales. Luego de ello, frente a la situación de compromiso de espacio con evidentes signos de hipertensión intracraneal, puso en marcha un protocolo de medidas antiedema y como parte de la misma le administró una medicación por vía intravenosa. Esto ayudaría a evitar una lesión secundaria que pudiera agravar el cuadro.

La ambulancia recorrió el camino hasta el hospital Sandro Pertini en unos quince minutos. A su llegada, ingresaron al paciente a la sala de emergencias, donde el personal de salud pudo profundizar los controles y hacerle nuevos estudios. Con el diagnóstico dictaminado, el equipo médico analizó el caso y planteó cuáles serían los pasos a seguir.


8

Hospital Sandro Pertini, Roma

Madrugada del miércoles, 28 de diciembre de 2016

Amanecía. Prueba de ello era que por las ventanas empezaba a entrar claridad.

–¿Familiares de Bastian Berardi? –preguntó el cirujano que había sido designado como vocero para llevar adelante la comunicación con los allegados del paciente.

–Nosotros –señaló Emilio. El grupo de amigos había llegado al nosocomio algunos minutos después de que arribara la ambulancia. Desde entonces no se habían movido de la sala, en espera de que alguien les dijera cómo se encontraba Bastian. Habían pasado horas.

–¿Todos son familiares? –dudó el médico.

–Sus hermanos viven en Ostuni –informó Gianni. Después de intercambiar algunas miradas con el resto del grupo, se había decidido por contar la verdad–. Aquí en Roma solo nos tiene a nosotros, que somos sus amigos, y a su novia. De todos modos, ella está en observación... Tuvieron que administrarle un sedante –aclaró ante el gesto interrogativo de su interlocutor.

A poco de llegar al hospital, y presa de un ataque de nervios que venía arrastrando desde el momento en el que se había producido el accidente, Nancy había tenido que ser acompañada a la guardia para ser atendida. Chiara permanecía con ella.

El médico negó con la cabeza.

–Necesitamos comunicarnos con los familiares directos –recalcó el profesional–. El cuadro del señor Berardi es complicado y debe ser ingresado a cirugía de inmediato. Se trata de un procedimiento complejo –hizo una breve pausa adrede para que sus interlocutores pudieran prepararse emocionalmente para recibir el parte médico. Lo expuso a continuación, con términos técnicos poco claros que asustaban–: Berardi presenta traumatismo craneoencefálico leve, con buena evolución. Fractura transversal de diáfisis de fémur izquierdo, sin conminución. Compresión medular aguda por traumatismo a nivel de la T12 y L1, sin sección medular. Y fractura inestable en columna T12 y L1.

–¿Y todo eso qué significa? –Gianni no entendía nada, sobre todo lo referido al tercer y cuarto ítem del diagnóstico, y suponía que sus amigos estarían de igual modo que él. Reformuló la pregunta haciendo referencia a esto último–: ¿Bastian tiene problemas en la médula y en la columna?

–Así lo demuestran los resultados de la resonancia magnética, radiografías y demás estudios que se le realizaron al paciente, así como también los síntomas que manifiesta...

–¿Y qué síntomas son esos? ¡Por favor díganos, doctor!

–Berardi presenta un cuadro de paraplejia, es decir que no tiene movilidad en los miembros inferiores, aunque conserva algo de sensibilidad.

–¡¿Pero entonces... Bastian quedó inválido?! –exclamó Chiara, que había regresado a la sala de espera a tiempo para escuchar el parte médico. Se sentía al borde de un ataque de nervios. Si seguía así, necesitaría el mismo tranquilizante que le habían administrado a Nancy.

–Tranquila, señora. Si bien el pronóstico de recuperación es reservado, con la cirugía justamente se buscará aliviar la compresión medular, que es lo que está causando la inmovilidad en las piernas.

–¿Entonces cabe la posibilidad de que pueda volver a caminar de manera normal? –quiso saber Gianni. Chiara sollozaba presa de la angustia. Su estado de ánimo también reflejaba el del resto del grupo.

–Como toda cirugía que compromete la columna y la médula espinal, es una intervención compleja y no podemos asegurar los resultados –aclaró el facultativo, que tampoco podía crear falsas expectativas en los allegados del paciente. Además, eran muchos los factores intervinientes en el procedimiento que podían salir mal, por ejemplo, la reacción de Berardi ante la anestesia total–. Primero tenemos que atravesar la cirugía y después ver cómo evoluciona. A raíz de esto que les he dicho, comprenderán por qué razón es preciso que sus familiares directos estén aquí para acompañarlo. Sea cual sea el resultado de la cirugía, el postoperatorio y la rehabilitación no serán sencillos –concluyó.

–Ya mismo me pondré en contacto con ellos –aseguró Gianni.

Luego de la “sentencia”, el médico se despidió y desapareció tras las puertas vaivén que llevaban hacia el quirófano.

Chiara rompió en llanto y corrió a refugiarse en el pecho de Emilio. Taddeo se tomaba la cabeza. Ninguno de ellos podía entender cómo en un segundo la vida les había pegado semejante bofetada. Apenas unas horas atrás habían estado celebrando los mayores logros de su amigo, y ahora estaban allí, congregados en esa sala tan impersonal que olía a antiséptico, esperando ver si Bastian podría o no volver a caminar.


Bastian había sido comunicado de su diagnóstico y de la necesidad urgente de ingresar a cirugía. Le habían informado que tanto en la columna como en el fémur le realizarían una intervención llamada reducción abierta y fijación interna: con tornillos en la columna, y enclavado de Ender con bloqueo estático en el fémur. En conformidad había firmado los documentos protocolares y se había sometido a todas las pruebas médicas prequirúrgicas necesarias. Su actitud era pasiva, entregada, ¿qué más podía hacer?

Ya en el quirófano, el anestesista le pidió que se mantuviera tranquilo y que contara hacia atrás. Le advirtió que se sentiría un poco mareado pero que era normal, y que después se quedaría dormido.

Bastian cerró los ojos y, en ese mínimo espacio de tiempo antes de perder la conciencia, solo alcanzó a formularse una breve reflexión:

¿Tan frágil y efímera es la vida, tan caprichoso el destino, que de un momento a otro y sin aviso, puede virar el timón y echar por tierra toda perspectiva, proyecto o sueño? Entonces, ¿cómo se hace para seguir cuando desde lo más alto se cae a la oquedad más profunda?


9

Ostuni

Lunes, 16 de enero de 2017

–Dime, ¿y tú cómo estás, Tiziano? –la psicóloga formuló la pregunta con su habitual tono de voz dulce. Sus modos y manera de ser eran agradables, lo que había generado que Tiziano poco a poco se fuera relajando.

–Bien –respondió él, acompañando la palabra con un encogimiento de hombros.

–¿Y cómo estás durmiendo? –quiso saber ella como parte de su estrategia para recabar información acerca de su paciente. De esa manera, podría ayudarlo a transitar la etapa compleja que el adolescente estaba atravesando. Ya habían ahondado en distintas áreas de su vida y ahora era preciso llevar la conversación hacia el área personal.

–Uff, mal –negó con la cabeza–. No sé, a veces son las tres o las cuatro de la madrugada y no me puedo dormir. Y después, claro, no me puedo levantar.

–Y sí, después cuesta levantarse –señaló la profesional–. ¿Siempre te costó dormir o es algo más reciente?

–Es de ahora. Antes me iba a dormir, y me dormía –volvió a alzarse de hombros–. Tal vez escuchaba un poco de música o leía primero; pero en cuanto lo dejaba, me quedaba dormido.

–Esto que te sucede es normal, ¿sabes? –Tiziano advirtió que ella lo comprendía y que no lo juzgaba, y eso lo hizo sentirse más cómodo aún–. Vamos a trabajar en un plan de actividades diarias que te ayudará a reestructurar tus horarios.

–¿Algo así como una rutina? –quiso saber él.

–Claro, algo así. Al principio te puede parecer que es aburrido tener que seguir horarios, incluso es probable que te cueste adaptarte y no será de un día para otro. Pero si te esfuerzas en cumplirlos, cuando te quieras dar cuenta, lo habrás conseguido.

–Me parece bien –aceptó él.

–Entiendo que es probable que te tomes algunos días antes de retornar a clases. De todos modos, fijaremos la hora de levantarse teniendo en cuenta la escuela, de manera que tengas tiempo suficiente como para que puedas desayunar. Es importante que cumplas con todas las comidas diarias, ¿de acuerdo?

–Sí, por mí está bien. Siempre hacía eso.

–¿Y qué otras cosas hacías? Por ejemplo, actividades deportivas u otras aficiones que hayan formado parte de tu rutina.

–Jugaba al fútbol con mis amigos casi todas las semanas. Y también iba al conservatorio... Toco el violonchelo desde los ocho años.

–¡Ah, pero qué bueno eso, Tiziano! Y por cierto, sería muy positivo que pudieras retomar esas actividades también. Vamos a añadirlas, y te explico la razón: si practicas deportes y ocupas el día con cosas que te gustan, vas a gastar energía y al mismo tiempo te vas a sentir de mejor ánimo. El gasto de energía mismo te va a exigir que te alimentes, por lo que no te resultará forzado cumplir con las comidas, y llegada la noche estarás tan cansado que, tras una ducha reparadora, podrás dormir bien. Lo que estamos buscando es reacomodar tu rutina a lo que venías haciendo. ¿Se entiende?

–Ajá –asintió él.

–Antes me dijiste que desayunabas todas las mañanas antes de ir a la escuela. ¿Lo hacías solo?

–No. Con mamá y... papá –suspiró.

–¿Y qué desayunaban? –preguntó, con una sonrisa amable.

–Yo café con leche, mamá su infaltable cappuccino y papá café solo. Y comemos cornetti, claro –a la profesional no le pasó desapercibido el uso del tiempo presente.

–Tiziano, vamos a situarnos en el último desayuno que compartiste con tu padre –le pidió ella. Él dio un respingo ante la consigna porque no se la esperaba. Guardó silencio en espera de que la licenciada Ciampo le dijera qué más hacer. En sus pensamientos, ya había vuelto al jueves 12 de enero–. ¿Ya estás ahí? –le preguntó para confirmar.

–Ajá.

–Bueno. Ahora quiero que me vayas relatando lo que sucede, en tiempo presente, como si lo estuvieses viviendo ahora otra vez. Es importante que incluyas todos los detalles que recuerdes: aromas, sensaciones, sabores...

Tiziano inhaló y exhaló repetidas veces antes de decidirse a hablar. No comprendía la razón por la cual la profesional deseaba hacerlo atravesar otra vez por esos sucesos. La respiración se le había acelerado, igual que el ritmo cardíaco. Apretó los puños. Por un momento, sintió ganas de salir corriendo. Sin embargo, la intuición le dijo que si la psicóloga le estaba pidiendo volver en sus recuerdos al día jueves, no era a causa de morbo por verlo sufrir, sino que ella buscaba un bien mayor.

–Me despierto con la alarma del teléfono –comenzó a contar con voz pausada–. Quisiera quedarme un rato más en la cama, pero si lo hago, no tendré tiempo de desayunar y no me gusta salir de casa sin comer. Mientras me visto, percibo el olor del café y el de los cornetti recién horneados, que como siempre, preparó mamá. Ella es la primera que se levanta. Abro la puerta de mi dormitorio para ir al baño, pero encuentro que está ocupado; es papá quien está dentro –Tiziano hizo una pausa para tragar saliva antes de retomar su relato–: Le pregunto si le falta mucho, y él me responde que se está afeitando, que enseguida termina. Regreso a mi dormitorio, entonces aprovecho ese tiempo para guardar en mi mochila una carpeta que había quedado sobre el escritorio. Hasta ahora, no hay nada demasiado diferente a lo que hacemos cada mañana.

»Escucho a mamá avisarnos que se enfría el desayuno. Seguro gritó al pie de la escalera para hacerse oír. Papá sale del baño y nos cruzamos en el corredor –se mordió el labio inferior y apretó los puños con mayor fuerza, reprimiendo la angustia–. “Buenos días, campeón”, me dice papá –esta vez, a Tiziano la voz le ardió en la garganta–. Siempre me saluda así. “Hola, pa”, le respondo. Nada más.

Hizo una pausa adrede para tomar aire. La licenciada Ciampo le alcanzó un vaso de agua y él bebió varios sorbos para aclarar la garganta. Le dolía un poco. Cuando se sintió mejor, volvió a esa mañana invernal ocurrida apenas unos días atrás.

–Nada más. No le digo nada más, y entro al baño. Huele a su crema de afeitar y el vapor de la ducha todavía empaña el espejo. Protesto porque no puedo verme mientras paso la mano para limpiarlo. Me lavo la cara y me peino. Bajo a la cocina algunos minutos después.

»Papá está de pie junto a mamá. Ella está sirviéndole el café. Él tiene una mano sobre la cintura de ella. Todavía no me vieron. Papá se inclina y le da un beso en el hombro, y ella sonríe. Carraspeo y entro a la cocina. Papá le dice algo que no alcanzo a oír y se aleja hacia la mesa, donde espera a que mamá le lleve su café. Allí están los cornetti. Me acerco a mamá, que ya le dejó el café a papá y regresó hacia el sector de la cocina donde está la encimera. Le doy un beso en la mejilla; a ella siempre la saludo así. Ocupo mi lugar y tomo un cornetto; le doy un mordisco, sabe delicioso. Mamá se une a nosotros; en una mano trae mi café con leche y en la otra su cappuccino. Durante algunos minutos ninguno habla.

»Mamá le pregunta a papá qué quiere comer en el almuerzo y él le responde “involtini di melanzane”. A mí mucho no me gustan, pero es una de las comidas preferidas de papá, así que mamá le promete que los preparará para el mediodía.

»Papá me pregunta: “¿Hoy tienes clases en el conservatorio?”. Le respondo que sí y le cuento que estamos ensayando la Suite para violonchelo Número Uno de Bach, una de las composiciones que es posible integren la muestra final antes del receso de verano. Él asiente, complacido. Adora la música clásica.

»Papá mira la hora y dice que debe irse a trabajar. Subo a lavarme los dientes y a recoger mi mochila; también debo irme. De vuelta en la planta baja, nos cruzamos al pie de la escalera. “Que tengas un gran día, campeón. Nos vemos luego”, me dice. “Nos vemos, pa”, le respondo y salgo al patio, donde mamá me espera en el auto para llevarme a la escuela y después de ahí irse a hacer las compras. No le di ni un beso... –a Tizi se le anudó la garganta y se le llenaron los ojos de lágrimas–. Ni un beso.

–¿Por qué no se saludaron con un beso? –quiso saber la psicóloga.

Tiziano alzó los ojos y la observó durante un momento. Tenía las pestañas húmedas. Suspiró y se encogió de hombros. Volvió a desviar la vista. Mientras hablaba, la mantenía en un punto fijo: miraba con los recuerdos, no con los ojos.

–Papá conmigo es más de las palmadas en la espalda, a veces puede darme algún abrazo, pero siempre es con alguna palmada... Saludos de hombres, qué sé yo. Desde que dejé de ser chiquito es así.

La licenciada Ciampo notó que Tiziano, aun cuando salía del relato al que ella le había pedido que narrara en presente, seguía utilizando ese tiempo verbal. De alguna forma seguía negando la muerte de su padre.

–¿Y tú estabas cómodo con esos saludos o te hubiese gustado que entre ustedes hubiese mayores demostraciones de afecto?

–Me había acostumbrado... –respondió, sin ahondar en sus deseos.

–¿Después de que con tu padre se saludaran en la cocina, qué pasó, Tiziano? –le preguntó ella.

–Voy a la escuela. El día transcurre de manera normal. Vuelvo a casa y llego poco después de las dos y media. Papá ya había vuelto a la fábrica. Rara vez nos vemos al mediodía porque él va a la casa a almorzar cerca de la una y a las dos de la tarde ya está otra vez trabajando –aclara–. En mi habitación, hago la tarea de matemáticas y después ensayo un rato con el violonchelo hasta que se hace la hora de ir al conservatorio. Voy en bicicleta y regreso tres horas después. Cuando llego, papá no está. Los jueves se reúne con sus amigos del club de póker: cenan juntos y después juegan a las cartas... –traga saliva y la respiración vuelve a tornarse superficial y agitada. Detiene el relato.

–¿Qué pasa entonces, Tiziano? –lo alentó ella a seguir. Tiziano negó reiteradas veces con la cabeza. La licenciada le tomó la mano para infundirle valor y hacerle notar que no estaba solo–. ¿Dónde estás en este momento? –le preguntó para volver a llevarlo a ese jueves, ya cerca de la hora funesta.

–Estoy en mi dormitorio jugando un juego en línea. Entra una llamada al teléfono de mamá. Escucho que repite: “No, no”. Presto atención sin dejar de jugar. Mamá sigue repitiendo esa palabra. Ahora dice: “No puede ser”. La escucho llorar así que salgo del juego para ir a su habitación. Está sentada en la cama, con el teléfono junto a su oreja. Llora. No sé qué pasó pero seguro es algo muy malo –Tiziano apretó los puños. Su voz parecía una catarata. Fluía sin contención. Ya no podía detener el relato–. Nunca la vi así a mamá. Ella me ve y su llanto se intensifica. Me siento a su lado, deja el teléfono y me abraza fuerte. No puede dejar de llorar. Entonces me pide disculpas, ahora imagino que fue por tener que darme esa noticia, y me dice que papá murió, pero yo no le creo. No puedo creerlo. Tiene que ser mentira, si hoy en la mañana estaba bien, estaba como siempre –Tiziano miró a la psicóloga fijamente, con el rostro desencajado y clamó en voz alta–: ¡Si estaba bien! ¿Cómo se va a morir?

La psicóloga guio a su paciente para que a través de respiraciones controladas pudiera tranquilizarse. Cuando se sintió mejor, él prosiguió:

–A la noche casi no podemos dormir. Todo es un caos. Mamá me deja algunas horas en casa de Mirko y se va a hacer no sé qué trámites. Pasa por mí al volver. Se la ve devastada. Ya es viernes. En la mañana la casa empieza a llenarse de gente. Quiero estar solo. Me recluyo en mi dormitorio la mayor parte del tiempo. Por la tarde a mamá le entregan una urna. Mis tías arman una especie de altar en la sala y la ponen ahí. Yo no quiero verla. Y así llega el sábado, todo más o menos igual. Me explota la cabeza. Mamá está igual que yo. Vuelvo a recluirme en mi dormitorio pero antes paso por la habitación de mis padres y me visto con un polo de papá. Tiene su perfume y si cierro los ojos, imagino que él está conmigo –imposibilitado de contener las lágrimas por más tiempo, Tiziano las dejó fluir–. Desde la ventana de mi dormitorio veo a mamá salir hacia el promontorio con la urna. Sé qué es lo que está por hacer. No quiero acompañarla. No... –negó con la cabeza y se secó los ojos de un manotazo.

–¿Por qué no quieres acompañarla?

–Porque... –miró a la licenciada, ella asintió con la cabeza para animarlo a hablar, porque él necesitaba tomar conciencia real de la pérdida para poder superar la etapa de negación y así dejar emerger las emociones dolorosas. Tiziano inhaló profundo y cerró los ojos. Las lágrimas se habían convertido en un torrente imposible de parar–. Porque si lo veo, se tornará real.

–¿Qué cosa, Tiziano? Dilo, por favor.

Tiziano suspiró.

–La muerte de papá –se tapó la cara con las manos y siguió llorando de manera desconsolada. Balbuceando, desnudó su alma rota–: Esa mañana tendría que haberle dado un beso. Yo... no sabía que esa sería la última vez que lo vería.


10

Martes, 17 de enero de 2017

Picaba cebollas sobre una tabla de madera. Mientras lo hacía, con la cabeza llena de pensamientos sombríos, podía disimular las lágrimas de tristeza que le provocaba el ácido de la hortaliza. De manera mecánica, la salteó en un poco de aceite de oliva virgen extra, su variedad preferida dado que su sabor es más suave y con un leve dejo picante. Pronto el aroma se expandió por toda la cocina y, contra todo pronóstico, le hizo abrir el apetito. Mientras la cebolla se tornaba transparente en una sinfonía de crujidos, Caeli cortó la calabaza en daditos pequeños que reservó en un plato. Al oír pasos acercarse, se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Después volteó hacia su hijo, que acababa de ingresar a la cocina. Inhaló una honda bocanada de aire para hacer retroceder la pena y lo recibió con una media sonrisa que se esforzó por esbozar.

–Buenos días, Tizi. ¿Cómo amaneciste?

Tiziano se alzó de hombros. Si bien había reemplazado la ropa de dormir por un jean y un jersey de color azul, todavía llevaba el cabello revuelto. Se acercó a su madre y la besó en la mejilla, tal como acostumbraban saludarse cada mañana. Al menos esa rutina cariñosa no había cambiado.

–¡¿Otra vez comeremos risotto de calabaza?! –protestó tras echarle una ojeada a la cacerola y a los ingredientes que su madre había separado para cocinar: arroz, mantequilla, perejil, caldo de verduras, queso parmesano y calabaza, por supuesto.

–¿Otra vez? –dijo Caeli matizando su pregunta con una risa–. ¿Qué dices, Tizi? ¡Hace rato que no hacía risotto de calabaza! –siguió en lo suyo sin dejar de sonreír. Tiziano la miraba con seriedad, entonces ella añadió–: Además, a ti te encanta esta comida.

–Pero hoy no me apetece. Hubiese preferido una hamburguesa –refutó. Tomó un plátano de la frutera que había sobre la encimera y después se dejó caer en una silla frente a la mesa.

–Bueno, hoy almorzaremos risotto de calabaza y por la noche podemos cenar hamburguesas –concedió. Tiziano se estaba comportando como un niño caprichoso.

El susodicho peló la fruta y la comió en pocos bocados mientras su madre hablaba de platillos que poco le importaban. La cáscara quedó sobre el mantel de tela.

–Tizi, tira esa cáscara a la basura –le llamó la atención Caeli.

–Ahora la tiro, mamma –respondió él sin ninguna intención de llevarlo a cabo, al menos por el momento–. Bajé más temprano pero no estabas –señaló, cambiando de tema de manera radical, así como su interior pasaba de una emoción a otra con la rapidez de un tornado; emociones que le resultaban difíciles de manejar.

–Es que... –dudó un momento entre contarle o no la verdad. Se decidió por ser sincera, nada ganaba con ocultar lo que le había sucedido esa mañana–. Fui hasta la fábrica, pues mi intención era empezar a involucrarme en ese tema –le contó–. Pero no pude, Tizi. Caminé hasta allí pero ni siquiera pude entrar. Dejaré pasar algunos días...

–Ah... –murmuró sin darle demasiada importancia a lo que su madre acababa de contarle. Se recostó en el respaldar y, alzando una punta de la servilleta de lino que Caeli había usado para tapar un cornetto, espió qué había en el plato. Tomó la pieza de pastelería y, sin preocuparse en el tendal de migas que dejaba en el piso, lo fue devorando.

Caeli contó hasta veinte para no reaccionar. Como consecuencia de la muerte de Paolo, Tiziano atravesaba por un período de mucho enojo. Ella también, la sustancial diferencia radicaba en que su hijo parecía descargar esa ira en ella y buscaba cualquier excusa para confrontarla. Ignoró los intentos de Tiziano y, en cambio, mientras seguía cocinando, le sugirió algo que también había sido parte de la cotidianeidad familiar y que creyó no sería motivo de disputa.

–¿No quieres poner música?

Se equivocó por completo. Tiziano había encontrado su detonante para estallar a gusto. Se irguió en la silla con cara de espanto y con la mano aplastó sobre la mesa lo que quedaba del dulce.

Caeli se sobresaltó con el golpe. Giró el rostro para ver a su hijo justo cuando él, con los ojos inyectados de rabia, le preguntaba:

–¿Música? ¡¿Acaso no te enteraste de que papá murió?!

–Por supuesto que sé que tu padre murió –respondió sin alzar la voz aunque impactada ante la escena violenta.

Tiziano bufó, irritado.

–¿Entonces? ¡Por eso mismo lo digo! ¿Papá murió y tú quieres poner música? ¿Tan poco te importa?

Caeli dejó sobre un plato la cuchara de madera con la que revolvía el contenido de la cacerola y volteó lentamente hacia su hijo. No se sentía con la suficiente fuerza mental como para afrontar una nueva discusión –en esos días habían tenido varias– pero resultaba evidente que Tiziano no podría empezar su día si no descargaba su enojo. Su voz procuró ser tranquila aunque no ocultaba el profundo dolor que sentía, no solo por el duelo en sí, sino también por ser la receptora de la ira de su hijo.

–Yo también cada día tengo que hacer un gran esfuerzo para levantarme de la cama a sabiendas de que deberé lidiar con su ausencia. ¿Si me importa? ¿Cómo crees que no? ¡Claro que me importa! –Dios era testigo de ello y cuánto esfuerzo ponía en intentar sentirse de mejor ánimo. Así se lo hizo saber–: Paolo era mi esposo, el amor de mi vida, el padre de mi hijo. ¡Paolo murió, pero nosotros no! Nos guste o no tenemos que seguir adelante, y no hay nada de malo en intentar sentirnos de mejor ánimo a medida que pasen los días. ¿Qué puede haber de malo en escuchar un poco de música? ¡Si tú mismo escuchas cuando estás en tu dormitorio! ¿O ahora me dirás que no es así?

–No es lo mismo –refutó él. Caeli se acercó a su hijo sin llegar a tocarlo. Él desvió la mirada.

–Mírame, Tiziano –le exigió ella, imponiéndose–. ¿Qué cosa consideras que no es lo mismo?

Tiziano miró a su madre de manera breve antes de volver a desviar la vista con gesto obstinado, como si no quisiera dar el brazo a torcer. Sin embargo, ante la falta de argumentos que fuesen lo suficientemente fuertes para rebatir, relajó un poco su postura rígida y dejó caer los hombros.

–No lo sé –murmuró al final.

Caeli le apoyó una mano en el hombro y aguardó la reacción de su hijo. Con el paso de los segundos, bajo la palma sintió que él aflojaba la tensión de sus músculos.

–No hay nada de malo, Tizi. No te sientas culpable por seguir vivo ni me culpes a mí. No sientas culpa si quieres escuchar música o si de pronto te encuentras sonriendo. No hay nada de malo –repitió argumentos que ella misma se decía a cada momento– en intentar que nuestros días no sean tan grises, en recuperar algo de normalidad.

–Ya no serán normales...

–Ya no tendrán la normalidad a la que estábamos acostumbrados, desde luego. Tendremos que aprender a construir una nueva realidad y nadie nos pide que esa realidad sea de completo sufrimiento.

–Pero papá ya no estará, y eso duele.

–Duele mucho, hijo, claro que sí, y su ausencia dolerá siempre.

Tiziano buscó a su madre con la mirada.

–¿Entonces, si su ausencia dolerá siempre, cómo vamos a hacer para seguir? ¿Cómo vamos a volver a ser felices?

–Cariño, ahora ese dolor invade todo en nuestra vida. Sin embargo, con el paso de los días y a medida que ocupemos la mente en otros pensamientos y diversas situaciones comiencen a ser parte de nuestra cotidianeidad, el corazón se nos va a inundar de otros sentimientos y emociones, entonces ese dolor no va a desaparecer, pero ya no será lo único que nos atraviese.

–¡Estoy muy enojado! –exclamó él.

–Lo sé, Tizi, yo también lo estoy. Y está bien que sientas y que dejes fluir tus emociones. Lo que no es justo es que descargues tu enojo conmigo.

–Yo... –se quedó pasmado ante las palabras de su madre al darse cuenta de la manera en la que había estado actuando. Se avergonzaba por su temperamento, el cual le resultaba difícil de controlar, y mucho más lo avergonzaba haber descargado ese enojo en ella. En su favor podía decir que recién ahora era verdaderamente consciente de esas acciones. También se daba cuenta de que esa era la razón por la cual, mientras su madre no lo miraba, le había resultado sencillo gritarle, pero cuando estaban frente a frente, el valor se le escurría dando paso a la vergüenza. Sabía que estaba actuando mal–. Yo...

Ella lo detuvo con un gesto de la mano.

–Puedes hablarme de lo que sea y si prefieres aislarte, también está bien, hijo –continuó ella con voz cariñosa–. Pero con lo que decidas, debes saber que si necesitas un abrazo, aquí estoy. Podemos también llorar juntos. Lo único que te pido es que no me uses de saco de boxeo. No es mi culpa que papá ya no esté; tampoco es tu culpa. No nos lastimemos más de lo que ya lo estamos.

–Lo siento... –se disculpó, avergonzado. Ella le sonrió con amor infinito y lo recibió en sus brazos, donde él fue a refugiarse como cuando era chiquito.

–Estaremos bien, mi vida –lo tranquilizó.

–Es muy difícil aceptar que papá ya no está.

–Lo sé, cariño, es muy difícil. Nadie dijo que sería fácil. Vayamos paso a paso, día a día. Enfrentemos las batallas a las que nos someten nuestro corazón y la razón.

–Te quiero, mamma. Yo... no te culpo. Ni siquiera sé por qué me enojo contigo –se sinceró.

–No te enojas conmigo, es solo que soy quien está aquí y eso me convierte en receptora colateral de tu enojo... y de tu miedo –agregó. Intuía que al perder a su padre, Tiziano necesitaría pruebas constantes de que no había quedado desamparado, de que no se había vuelto invisible. Él nunca había sido invisible para ella, y jamás lo sería; no necesitaba hacerse notar por medio de esos arranques de furia y caprichos sin sentido–. Te veo, Tizi. No estás solo. Y sabes que también te quiero, con mi alma entera.

–Gracias –susurró tras algunos segundos de un abrazo reparador que Caeli reforzó al oírlo. Al separarse, ambos asintieron con la cabeza en un mudo consentimiento de continuar–. Se te va a quemar el risotto –apuntó él, señalando hacia la cacerola.

–¡Oh, por Dios, es cierto! –corrió a revolver la comida, que empezaba a pegarse en el fondo de la cacerola. Mordiéndose el labio inferior, volvió a cruzar una mirada con su hijo y exclamó con una risa compartida–. ¡Por poco!

Todavía sonriendo, Tiziano recogió la cáscara de plátano que había quedado sobre el mantel y la arrojó al cesto de residuos; después barrió las migas que habían caído al suelo. Caeli sintió que el pecho se le expandía de orgullo.

–Ve poniendo la mesa que a esto no le falta mucho –le pidió, procurando que en la voz no se notara la emoción.


Unos diez minutos después, madre e hijo compartían el risotto de calabaza y queso parmesano que, Tiziano tuvo que reconocer, estaba delicioso.

–Entonces fuiste a la fábrica... ¿y cómo está todo por ahí? –se interesó, ahora sí, por lo que su madre le había dicho.

–Bueno... –Caeli dejó la cuchara a medio camino y esbozó una mueca en tanto la regresaba a su plato–. No fui capaz de entrar. Solo llegué hasta la puerta... Para mí también es muy difícil esto que estamos viviendo, cariño...

–Sí, lo sé... –se quedó pensativo.

–Dejaré pasar unos días antes de volver –dijo Caeli. Inclinó el rostro y, sin quitarle la vista de encima a su hijo, le preguntó–: ¿Y tú cuándo quieres regresar a la escuela? Recién empieza el semestre, por lo que si quieres tomarte unos días, no creo que te atrases mucho. Aunque regresar a la escuela también puede significar nuevos aires para ti... No sé, creo que podría ayudarte. De todos modos, debes decidir tú qué prefieres hacer.

Tiziano parpadeó repetidas veces.

–Estuve pensando y... –con la cuchara jugueteó en su plato. Inhaló profundo para darse valor antes de exponer su idea–: No creo que regrese al colegio... No me refiero a no regresar esta semana o la entrante, sino a no hacerlo nunca.

–¿De qué hablas, Tizi? –inquirió Caeli con el ceño fruncido.

–Ahora que papá no está... –se le quebró la voz. Carraspeó para continuar–: tendré que ir a la fábrica.

–No, hijo, ¡claro que no! Tu lugar está en la escuela, no en la fábrica; de eso tengo que ocuparme yo –todavía no sabía cómo lo haría, aunque esto prefirió guardarlo para sí.

–Pero...

Caeli lo detuvo y le apoyó la mano en el antebrazo, a la altura de la muñeca para lograr su completa atención.

–¿Eso es realmente lo que quisieras hacer? –lo interrogó. No es que fuera a acceder, por supuesto, solo necesitaba saber cuál había sido el detonante de esa idea. A los catorce años, había iniciado la secundaria de segundo grado, cuando los chicos eligen la especialización que prefieren. Tiziano no había tenido oportunidad de opinar al respecto dado que, de manera arbitraria, Paolo lo había inscrito en el Instituto Técnico Agrario. Tras cinco años de formación práctica y teórica, Tiziano saldría con una instrucción que le permitiría trabajar en Collina del Sole y, si era de su agrado también, iniciar sus estudios agrarios en la universidad. A pesar de que Tiziano no había podido decidir al respecto, no se había opuesto y acudía al instituto con gran entusiasmo, por eso le resultaba extraño que quisiera abandonar los estudios.

–No, pero...

–¿Pero qué, Tizi?

Se lo veía inquieto.

–Es que en el funeral de papá, la abuela dijo que ahora yo soy el hombre de la casa y que debo asumir su lugar.

Caeli suspiró.

–Detente, Tiziano. La abuela se equivoca. Tu rol no debe ser el de ocupar el lugar de tu padre. Eres un chico de quince años, un adolescente que debe seguir siéndolo –recalcó–. Esto significa que debes seguir con tu vida de la manera lo más normal posible. Tienes que continuar con tus estudios y, cuando termines la escuela, decidir si sigues alguna carrera en la universidad. La fábrica es tu herencia, pero ahora no tienes obligación de hacerte cargo de ella y, cuando llegue su momento, podrás decidir qué hacer al respecto.

–Pero no puedo dejarte sola... ¿Por qué está bien que tú tengas que asumir esa responsabilidad y yo no?

–Ya te lo he dicho: tú debes seguir con tu vida, de eso no se hable más. Mi situación es distinta porque, al fin y al cabo, en mi juventud me preparé para desempeñar las tareas que requieren el olivar y la fábrica –esto era cierto, aunque Caeli temía que sus conocimientos ya fueran obsoletos–. Si tu padre me lo hubiese permitido, yo podría haber trabajado a su lado; sin embargo, quiso que me quedara en casa...

–¿Entonces tú también te graduaste?

–Sí. Tengo el mismo título que tenía tu padre.

–Sabía que habías ido a la universidad porque papá siempre contaba la anécdota de cuando se conocieron. Lo que no sabía es que te habías diplomado.

–De eso no se hablaba en esta casa –murmuró con cierta tristeza.

–¿De verdad no necesito dejar el colegio? ¿Tomarás el mando de Collina del Sole? –su voz sonaba más ligera. Caeli notó que él lucía como si le hubiesen quitado un peso de encima.

–¡No necesitas dejar tus estudios, cariño! –respondió con seguridad–. Respecto a mí, sé que el destino me ha puesto en un camino en el que me encontraré con parte importante de mis anhelos de juventud, cuando me soñaba trabajando en el campo... ¿Sabes? Lo había olvidado, pero la agricultura siempre fue una de mis grandes pasiones –lo miró con intensidad y apretó suavemente el antebrazo de su hijo cuando clamó–: Cuando me sienta preparada para reabrir la empresa, lo haré, y sé que estaré a gusto. ¡Te prometo que no permitiré que tú postergues o abandones tus sueños y proyectos! Nunca olvides quién eres y quién quieres ser. Nunca, hijo mío.

–Te lo prometo, mamma –asintió él–. Entonces volveré al colegio y terminaré mis estudios. Pero si me necesitas para que te ayude en la fábrica, sabes que aquí estoy –le hizo saber, parafraseándola.

–Lo sé, Tizi. Lo sé. Ahora come ese risotto, que se te enfría.

Él asintió. Inclinó la cabeza para llevarse una cucharada de comida a la boca. Cuando por fin lo tragó, alzó los ojos hacia su madre.

–Volveré mañana... a la escuela, digo...

–Me parece bien. Después alistaré tu uniforme –le prometió. Luego, impulsada por nuevas energías, añadió–: Y yo en un principio retomaré, también mañana mismo, mis clases de yoga, que es algo que me hace bien y me permitirá enfocarme mejor en mi interior.

–Che figo!, mamma. Le escribiré a Mirko para que me pase las tareas de todos estos días que me perdí –señaló él. Caeli asintió con una sonrisa. Se sentía complacida de que, en apariencia, sus vidas empezaran a encauzarse.


11

Martes, 16 de mayo de 2017

Hacía tres días que no paraba de llover, y esa había sido la nueva excusa para que Caeli pudiera postergar otro poco su visita a la planta fabril y, con mayor razón, el recorrido exploratorio por el olivar. Llevaba cuatro meses postergándolo.

Justo antes de la muerte de Paolo, Collina del Sole había concluido la elaboración de aceite de oliva derivado de la última cosecha, y habían alcanzado a vender buena parte de esa producción. Por lo tanto, terminada la temporada de recolección y molienda, la fábrica había vuelto a operar con el mínimo indispensable de empleados. Esgrimiendo este argumento, Caeli había mantenido cerradas las puertas justificándose en la creencia de que era improbable que esto fuese a repercutir de manera desfavorable en la economía de la empresa. Pero la inactividad, que en un principio creyó que sería de algunas semanas, ya llevaba cuatro meses. Caeli había estado sumida en una profunda depresión que le había imposibilitado cumplir con sus funciones.

Durante ese tiempo, ella solo había tenido contacto con Rodolfo Raggi, responsable a cargo del área contable y de la tesorería de gestión financiera de la empresa, para que este se encargara de pagar los salarios a los empleados permanentes de la planta. En una de sus últimas conversaciones, Raggi le había informado que la situación se estaba volviendo insostenible.

Caeli sentía todo el peso del mundo sobre sus hombros. Al menos de ese pequeño gran universo que había sido “el mundo” para Paolo y que ahora también debería serlo para ella, con el objeto de que, al momento de heredarlo, Collina del Sole fuera un “mundo” digno para Tiziano. Sabía que era imperioso que se hiciera cargo del lugar, y al mismo tiempo, tenía tanto miedo de hacer las cosas mal, que se paralizaba.

Era media mañana. Caeli bebía una infusión de tilo y manzanilla sentada tras la mesa de la cocina y su mirada estaba fija en la cortina de agua que formaba la lluvia en el alero de la ventana. Su mente iba y venía. En algunos momentos se encontraba abarrotada de pensamientos, de preocupaciones y de miedos. En otros, y apelando de manera inconsciente al instinto de supervivencia, se perdía con desesperación en la nada más absoluta, se vaciaba por completo.

Había alcanzado ese estado de ingravidez que le permitía aislarse de todo y donde el dolor no era más que una sombra que acechaba en la periferia, esperando el instante para saltarle otra vez encima y atravesarle la piel con sus garras, cuando el violento aleteo de un pájaro tras la ventana la devolvió a la realidad.

El sobresalto le hizo derramar algunas gotas de su infusión. Parpadeó repetidas veces antes de realizar una inspección rápida en la que comprobó que el plato, el mantel y también parte de su ropa tenían salpicaduras. Negó con la cabeza y se miró las manos. Sin darse cuenta, había dejado el tazón sobre la mesa. En el instante en el que su mente se había permitido razonar, advirtió que estaba actuando como una autómata. Se cuestionó, entonces, cuánto más podría dilatar las cosas y si realmente valía la pena hacerlo.

El pájaro, que se había refugiado en el alféizar, sacudía el cuerpo y las alitas para quitarse el agua de encima. Pasmada, Caeli abrió los ojos con amplitud ante la gráfica revelación. No pudo más que sentirse avergonzada por la manera en la que había buscado evadirse de la realidad y también, con pobres excusas, de las responsabilidades que la esperaban, y así, con su pasividad, la empresa no hacía más que irse a pique. Esa pequeña ave le había demostrado que aquello que nos incomoda o intranquiliza se quita cuando no nos quedamos inmóviles. Supo, entonces, que era mejor caminar hacia adelante y ya no postergar las nuevas reglas que le imponía la vida.

Tomada la decisión, Caeli se colocó un par de botas de goma y un holgado impermeable color gris con capucha, y se aventuró al exterior. En el fregadero había quedado la taza a medio beber y sobre la mesa un platito con una confitura que ni siquiera había probado y que solo había atinado a cubrir con una servilleta de lino, hábito que se había repetido varias veces en estos últimos meses al no sentirse capaz de comer demasiado debido a la angustia.

A pesar de que la lluvia era persistente, carecía, al menos en ese momento, de la furia que la había caracterizado en los días anteriores. Entonces, la tormenta eléctrica y las ráfagas de viento no habían dado tregua y en un episodio incluso había caído un poco de granizo. Ya no olía a petricor, como cuando habían caído las primeras gotas sobre la tierra seca; ahora el aire se sentía fresco y limpio, oxigenado y vivificante para sus pulmones.

La capucha del impermeable le había permitido prescindir del paraguas, objeto del cual no era adepta dado que le resultaba molesto. Además, prefería tener las manos libres, que en ese momento llevaba en los bolsillos, más por costumbre que para no mojarlas, mientras recorría los setecientos metros que la separaban de la planta fabril, ubicada dentro de la finca.

Hacer el camino a pie le permitió tener un primer vistazo general del olivar. Si bien no se trataba de un análisis profundo, le resultaba útil para registrar en su mente algunos datos relevantes y así complementar la información que guardaba en su memoria, ya fuera de comentarios hechos por Paolo o de conversaciones oídas al pasar. Por ejemplo, tenía presente que la cosecha anterior había sido excelente. Teniendo esto en cuenta –más sus conocimientos acerca del ciclo productivo de los olivos, cuya producción ideal se da cada dos años– y la acotada floración que estos lucían, podía asegurar que ese sería un año de vecería. Es decir, que los árboles producirían bastante menos de su capacidad normal, y había que sumar los estragos causados por la reciente tormenta: el suelo regado de pétalos lechosos era prueba suficiente del desastre. En resumen, Caeli podía deducir que la producción de ese año en Collina del Sole, sería de alrededor de un veinte por ciento del volumen de lo que había sido el año anterior. Hacer este análisis le trajo a la memoria una frase popular, o que al menos era popular en su familia pues se la había oído repetir un centenar de veces a su abuela. Rogó para que no se cumpliera: “Las desgracias nunca vienen solas. Vienen de a par, vienen de a tres... pero nunca vienen solas”.

El ingreso a la fábrica estaba franqueado por dos olivos centenarios, uno a cada lado del camino de ingreso, perfectamente marcado en el suelo por ladrillo molido. El color anaranjado resaltaba de manera notoria en el entorno verde oliváceo, otorgado por los árboles, y el blanco de las paredes del edificio, que con el devenir del tiempo se había tornado marfil. Adosado a la construcción de líneas rectas y simples había un conjunto de trulli –trullos– de buenas dimensiones, con un gran sol pintado con cal en el techo oscuro del trullo principal. Los trulli, con sus techos de forma cónica y construidos con bloques planos de piedra caliza intercalada de manera estratégica para que no cayeran, otorgaban una cuota tradicionalista al edificio. Aunque esto en un principio hacía dudar del buen criterio del arquitecto al haberlos conservado en pie junto a la planta fabril de líneas más modernas, al rato uno se daba cuenta de que no había errado... al menos no por completo. ¿Y acaso esa extraña mezcla no había sido una analogía del carácter de su propietario? Paolo había sido un hombre conservador y arraigado a las tradiciones; pero al mismo tiempo había sido un defensor acérrimo de la tecnología y de la modernidad en cuanto a su fábrica se refería. Allí, en los trulli, justamente funcionaban las oficinas de Collina del Sole, y allí había tenido Paolo su estudio personal.

Frente al ingreso del trullo principal y todavía con las manos en los bolsillos, Caeli fue consciente de que había hecho todo el trayecto apretando la llave en su mano izquierda. También advirtió que tenía las palmas húmedas de sudor. Estaba nerviosa. Desde luego que no era esa la primera vez que iba a ingresar al recinto. Había concurrido muchas veces en compañía de Paolo, y tal vez fuera por ello y porque en ese lugar la presencia de su esposo era tan viva, que ahora al momento de hacerlo sola, le resultaba tan difícil.

Insertó la llave en la cerradura y abrió la puerta de madera. Cuando dio los primeros pasos dentro de la sala, fue recibida por el olor acre de la piedra y el húmedo frescor que en el interior se generaba gracias a las gruesas paredes de más de un metro de espesor, necesarias para contener el techo.

Encendió la lámpara central. La mañana estaba tan gris que sin la luz artificial las amplias ventanas no alcanzaban a iluminar y esto otorgaba una mayor sensación de tristeza, si es que era posible. Desde las cenizas del último leño que había ardido dentro de la chimenea, y que ahora permanecía apagada, se desprendía un sutil olor a humo que la retrotrajo a la imagen de su esposo, pues así olía su pelo en épocas de frío cuando volvía de las oficinas. Así olía su pelo ese último día...

Cada detalle despertaba en Caeli recuerdos de Paolo. Y no es que ella quisiera evitarlos, porque al contrario, sentía que recordarlo era una forma de mantenerlo vivo. Lo que la angustiaba de manera exponencial era que cada recuerdo la llevaba al día de su muerte y eso era lo que no quería recordar. Deseaba mantener vivos los momentos hermosos que había vivido junto a él... tantos años, tantas cosas... Pero no, cualquier detalle que abriera en su mente la chispa de alguno de esos recuerdos, pronto y sin que siquiera fuera consciente, terminaba en aquel día fatídico...

Esa noche de jueves, tal como hacía religiosamente cada semana, Paolo se había reunido con sus amigos del club de póker. Por lo que esos hombres habían declarado a la policía, Caeli supo que la velada había transcurrido de manera normal: un juego de cartas, un poco de alcohol, algún que otro cigarro... Nada que para ellos estuviera fuera de los parámetros a los que estaban habituados.

Hasta que Paolo sufrió el ataque.

“Así, de la nada”, habían dicho, y entre todos habían reconstruido los últimos minutos de la vida de su esposo, que ella había visto en su mente con una claridad impresionante.

“Estaba bien pero de pronto se le contrajo el rostro en una mueca horrible y se tomó el pecho. ¡Cayó al suelo con naipes y todo! No nos decía nada, pero gemía de dolor. Se le hacía difícil respirar. Sudaba a mares. Llamamos a emergencias, que acudieron con bastante rapidez; de todos modos no pudieron hacer nada para salvarlo. Paolo no respondió a la RCP”.

Los médicos habían confirmado que el deceso se había producido a causa de un infarto de miocardio por obstrucción de las arterias coronarias. De haberse realizado chequeos médicos, hubiese saltado a la luz que las arterias de Paolo se estaban estrechando a causa del colesterol alto. Pero él no había tomado ningún recaudo y todo lo que se supo fue después de su muerte a través de la autopsia. Estaba enojada con su esposo por la negligencia que había cometido. No podía evitarlo.

Se quitó el impermeable, que colgó en el perchero ubicado junto a la puerta de ingreso. Le hubiese encantado poder desprenderse con esa misma facilidad de los recuerdos asociados a la tragedia, ocurrida cuatro meses y cuatro días atrás. Sí, debía reconocer que llevaba la cuenta de manera obsesiva. Tampoco podía evitarlo.

Para Caeli, encender la luz y traspasar la puerta del estudio personal de Paolo, significó otro shock. Con cierto resquemor caminó hacia el robusto escritorio de caoba de líneas elegantes y masculinas, detrás de este estaba ubicado un sillón de escritorio tapizado de cuero negro. A sus espaldas, en un marco de madera cincelada a mano y colgado en la pared en un punto que atraía todas las miradas, destacaba el título de Paolo que acreditaba su Licenciatura en Ciencias y Tecnología Agrícola. Ella poseía el mismo título, solo que su diploma no estaba a la vista ni ella había ejercido la carrera.

Se dirigió hacia el archivador en el que sabía que Paolo guardaba los documentos de la propiedad y de la familia. La gaveta estaba bajo llave, por lo que había tenido la precaución de llevarla también. Fue sacando y revisando las carpetas durante unos minutos hasta que encontró lo que buscaba. Tal como suponía, allí, al fondo de la gaveta –tal el orden de importancia que esos documentos habían tenido para su esposo– encontró su diploma.

Le tembló el pulso al tomarlo en sus manos y se le cerró la garganta en una mixtura de emociones al rememorar cuánto empeño había puesto durante la cursada, pues amaba la carrera que había elegido. El curso de la vida, que en un principio la llevó a relegar su título para dedicarse a su hogar, a su esposo y a su hijo, hoy la ponía frente al desafío de retomar aquello que había dejado postergado. Aquello que ella misma había permitido que quedara al fondo de una gaveta junto a los sueños que tuvo alguna vez, cuando decidió que sería la primera mujer de su familia en seguir una carrera universitaria. Se había esforzado y obtenido altísimas calificaciones; no obstante, de eso había pasado tanto tiempo que temía que sus conocimientos ya fueran obsoletos... o que ni siquiera los recordara.

Se dejó caer en el sillón de Paolo y apoyó su título sobre el escritorio. Con los dedos delineó las letras de su diploma y leyó una y mil veces las palabras allí escritas. Tal vez así volvieran a calar en su mente y se convenciera de que Caeli Dalmonte, además de ser ama de casa, esposa y madre, también era Licenciada en Ciencias y Tecnología Agrícola.

–Soy Caeli Dalmonte, y soy Licenciada en Ciencias y Tecnología Agrícola –dijo en un susurró con la vista fija en el certificado–. Soy Caeli Dalmonte, y soy Licenciada en Ciencias y Tecnología Agrícola –repitió con un tono de voz un poco más fuerte aunque se le notaba un cierto temblor.

Inhaló una honda bocanada de aire e irguió la espalda. Procuró que su pulso adquiriera firmeza antes de repetir una vez más su mantra. Tenía que convencerse a sí misma antes de poder convencer a los demás de que estaba capacitada para llevar adelante la plantación y la fábrica.

–Soy Caeli Dalmonte, y soy Licenciada en Ciencias y Tecnología Agrícola. Graduada en la Universidad de Bari.

Ya casi podía creérselo.

–¡Soy Caeli Dalmonte, y soy Licenciada en Ciencias y Tecnología Agrícola! –hizo una nueva respiración profunda y hasta sonrió un poco cuando las palabras vibraron con fuerza en su garganta y en su corazón, y volvió a repetir una y otra vez, con esa mezcla de emociones que habían anidado en su interior, con una sonrisa ancha en los labios y con lágrimas en los ojos–: ¡Soy Caeli Dalmonte, y soy Licenciada en Ciencias y Tecnología Agrícola!


12

Las manos todavía le temblaban y su cuerpo seguía vibrando a causa de la emoción que experimentaba. Ese era el efecto que le había provocado repetir una y otra vez esa simple frase, que para ella significaba tanto y que le recordaba de manera rotunda quién era además de esposa y madre.

Porque Caeli Dalmonte también era esa mujer transgresora que tras terminar sus estudios secundarios había desafiado las costumbres de su familia, había armado una maleta y en la estación de su Nápoles natal se había subido a un tren para ir hasta la ciudad de Bari.

Caeli Dalmonte era esa mujer valiente que se había inscrito en la universidad y que había buscado un trabajo de camarera para pagar el apartamento que alquilaba mientras completaba sus estudios. Era esa mujer perseverante que aún con los miedos propios que ese gran desafío le había inspirado, no se había rendido ni abandonado sus objetivos. Había pasado tiempos buenos y tiempos difíciles, pero lo había logrado y se había diplomado; ese título con olor a humedad era prueba de ello.

Caeli Dalmonte era mucho más de lo que ella misma había creído que era, y hoy la vida la ponía frente a nuevos desafíos. La vida, el universo... el destino, la situaban una vez más en ese camino que tantos años atrás había elegido y que también había abandonado al aceptar seguir la voluntad de su esposo. Porque el destino y los pendientes siempre hallan la vuelta para encontrarnos.

Con manos firmes dejó el diploma sobre el escritorio pues ya no volvería a abandonarlo en el fondo de una gaveta. Lo tendría a la vista para que cada día, y cada minuto si fuese necesario, le recordara quién era ella. Al menos hasta que lo asumiera de manera natural sin tener la necesidad de recordatorios. Un escalofrío le recorrió la espalda al darse cuenta de que existía la posibilidad de que su esposo ocultara su título y erradicara el tema por completo adrede para hacerle olvidar quién era ella realmente. ¿Tan ciega estuve, tan obnubilada por él que solo con su ausencia me doy cuenta de estas cosas? ¿Cuánto más hizo Paolo, de manera consciente o no, para apagar en mí el motor que en mi juventud me impulsó a superarme, a ser cada día mejor y más instruida? Los interrogantes, una vez que se dispararon, no dejaron de bullir en su cabeza.

Decidida a perdonar a su esposo y a perdonarse a sí misma, pero sobre todo, resuelta a resucitar su verdadera esencia, se puso manos a la obra. Revisó el resto de las carpetas para tener una idea general de los documentos que estaban allí archivados, después volvió a dejarlos en su lugar, aseguró el cerrojo y se guardó la llave en el bolsillo trasero del pantalón.

Siguió revisando las otras gavetas del escritorio. En una de ellas encontró dos cuadernos de cubiertas duras: uno verde y el otro rojo. Los puso sobre la superficie y revisó primero uno y después el otro. Con gran asombro y profundo agradecimiento, dado que sabía que esa información le resultaría valiosísima para llevar adelante sus funciones, descubrió que se trataba de bitácoras que Paolo había llevado de las actividades relacionadas con el olivar y con la fábrica de aceite de oliva. En la última hoja escrita del cuaderno rojo encontró una anotación fechada el jueves 12 de enero: era lo último que Paolo había escrito el mismo día de su muerte. Esto le provocó una fuerte impresión y se vio obligada a tomarse algunos segundos para recomponerse.

Lo imaginó sentado en ese mismo lugar, con el bolígrafo en su mano derecha, el torso y la cabeza un poco inclinados sobre el cuaderno mientras trazaba las letras cuidadosas y parejas aunque de gran tamaño, sobre todo las mayúsculas. Otra característica de su escritura era que estaban muy arriba las virgulillas de las letras te y efe, así como los puntos de las íes y jotas.

Esa observación desencadenó el recuerdo de una tarde en la que Paolo y ella merendaban en la cocina. Él había regresado hacía unas horas del centro de la ciudad y le había traído una revista femenina que ella leía con ganas, de esas que traen consejos de belleza y salud, algo de moda y decoración, algún test interesante de personalidad. En ese número en particular había salido una nota de grafología que a Caeli le había interesado especialmente. Al menos le había parecido bastante acertada la descripción de su personalidad de acuerdo a su letra. El análisis casero que ella había hecho a la escritura de Paolo había dado como resultado que pertenecía a una persona dominante. En su momento le pareció exagerado, o al menos había justificado las acciones de Paolo como necesarias para llevar adelante la casa y la fábrica. Hoy, al permitirse mirar en retrospectiva, podría llegar a afirmar que él lo había sido. Y ella, por supuesto, se había dejado dominar. Por comodidad, por costumbre, por cultura... El motivo no podía saberlo. No obstante, que hubiese accedido a quedarse en la casa y relegar su carrera, también que él la volviera dependiente de su persona para todo, había sido el resultado de esa relación dominante-permisiva que hubo entre ellos.

Caeli por fin se daba cuenta de que los dos habían estado mal, porque la dependencia había sido la forma en la que Paolo había ejercido esa dominación y control sobre su esposa. Ella, a lo largo de los años se había acostumbrado a vivir así, lo había naturalizado. Ahora se arrepentía de haberlo hecho, porque en la situación en la que se encontraba se daba cuenta de que esos años no la habían preparado para vivir por sí sola. A fuerza de golpes, ahora tendría que aprenderlo. También tendría que aprender a no depender de nadie nunca más. No podía permitirse volver a cometer el mismo error.

Cerró el cuaderno con un poco de brusquedad. No llegaba a vislumbrar si el enojo que proyectaba era hacia Paolo o hacia ella misma; aunque puede que lo correcto fuera que ambos compartieran esa carga.

Siguió revisando las gavetas, en una de las cuales encontró, entre otros documentos y objetos de escritura, los libros de contabilidad. Pasó las páginas e intentó interpretar las anotaciones. Al cabo de un buen rato, desistió de la idea: por más voluntad y empeño que pusiera, los números y la contabilidad no eran lo suyo, nunca lo habían sido. Tomó la decisión de esperar a reunirse con el contador de confianza de Paolo para que la pusiera al tanto del estado financiero de la empresa. Y, como muestra de su voluntad por tomar el control de la situación sin dilatar la espera ni un segundo más, llamó al señor Raggi para concertar una cita para el día siguiente.

Cuando a eso de las once de la mañana regresó a su casa, Caeli se sentía mucho mejor por haber recuperado un poco de autoestima y también por haberse puesto en acción, porque no importa qué es lo que suceda, el mundo nunca se detiene, y los que quedan en él tienen que seguir andando.


13

Hospital Sandro Pertini, Roma

Jueves, 12 de enero de 2017

Martes... Miércoles... Jueves. Jueves, hoy es jueves. Con los ojos fijos en la madera blanca de la puerta de su habitación, Bastian siguió mirando sin ver en realidad. Frente a él pasaban los últimos dieciséis días de su vida: monótonos, horribles, de una irrealidad exagerada para su raciocinio. Y es que se negaba a aceptar que ese que estaba allí, en esa cama de hospital, conectado a sondas, con las piernas inútiles y un corsé rígido en el torso, fuera él.

Con un control remoto había levantado un poco la cabecera de la cama. Tenía que cambiar de posición cada dos horas para evitar la aparición de escaras en la piel y en el tejido subyacente, que de aparecer, le harían la vida imposible. Todavía más. Para evitarlo, el equipo de enfermeros y de kinesiólogos del hospital se encargaba de mantener en él un estricto control postural, también para evitar deformidades. Al menos los brazos y la parte superior de su cuerpo funcionaban con normalidad, eso cuando no sufría algunos ataques de tos, para lo cual enseguida le ponían oxígeno. De todos modos, el tratamiento de rehabilitación al que lo sometían los kinesiólogos incluía el fortalecimiento tanto de miembros inferiores como de superiores, que le serían imprescindibles como apoyo y sostén, por ejemplo, a la hora de pasar a la silla de ruedas.

–Hola, Bastian –lo saludó Silvana, una de sus kinesiólogas, cuando ingresó a la habitación–. ¿Cómo te encuentras hoy?

Él prefirió no responder y en su lugar se encogió de hombros. No obstante, no pudo evadir la pregunta para sí. ¿Cómo me encuentro?, se interpeló con la intención de reflexionar en ello. Como si no fuese yo. O mejor dicho, queriendo no ser yo a quien le está ocurriendo esto. Queriendo evadirme de la realidad. Escapar... escapar lejos, donde este cuerpo inútil no me alcance. Bastian despreciaba verse así, pero sobre todo se despreciaba por verse así.

Silvana, que era sumamente paciente y amable, se acercó hasta la mesa de noche y tomó el control remoto de la cama.

–Bajaré la cabecera así empezamos con los ejercicios de hoy –le comunicó. Estaba acostumbrada a los silencios de Bastian–. ¿Estás listo?

Cuando él asintió con la cabeza sin siquiera mirarla, ella accionó el botón. Segundos después, ya con la cama en posición horizontal, la terapista se posicionó a la altura de la cadera masculina.

–Vamos a descorrer la sábana, Bastian, ¿te parece bien? –le consultó para no invadir su espacio. Él volvió a asentir. Ella lo destapó y evaluó de manera integral las condiciones del paciente antes de comenzar con los ejercicios. Empezaron con movilizaciones pasivas asistidas.

De pie. junto a la rodilla izquierda de Bastian, Silvana lo tomó a la altura de la pantorrilla y, con suavidad, le levantó la pierna en extensión hasta donde daba la amplitud de movimiento de la cadera. Luego volvió a bajarle la pierna, siempre en extensión, y repitió ese ejercicio diez veces. A ese le siguió otra serie de ejercicios que repitieron con ambas piernas.

Bastian continuaba sumido en el silencio. No oponía resistencia, aunque tampoco colaboraba. Silvana tomó la decisión de volver a tratar el tema con el equipo interdisciplinario del hospital. Era imperioso que Berardi iniciara terapia psicológica de manera urgente, a la cual el paciente se había negado de manera rotunda hasta ese momento. Esperaba que el hombre cambiara de parecer, porque eso lo ayudaría a transitar de una mejor manera ese período de su vida.

Completaron la sesión trabajando los brazos y después con ejercicios que lo ayudarían a mejorar su capacidad respiratoria.

–Bastian –lo llamó Silvana mientras volvía a cubrirlo con la sábana. En esta ocasión, él le dirigió la mirada–. Mañana comenzaremos con una nueva etapa de tu rehabilitación, en la que esperaré una mayor colaboración de tu parte, ¿estamos de acuerdo?

Él asintió con la cabeza.

–¿Estamos de acuerdo? –volvió a preguntarle ella con firmeza y sin apartarle la mirada.

–Sí –respondió él, al comprender que la kinesióloga esperaba que respondiera de forma oral, no solo con gestos.

–Bien. Muy bien. También te pediré un mayor compromiso, es decir que te involucres más, ¿entiendes? Porque esta es tu terapia, Bastian –recalcó–. Y a mayor compromiso, mayores serán también los resultados que obtengas. ¿De acuerdo?

–De acuerdo –masculló él.

–Muy bien. Mañana quiero que empecemos a trabajar en el pasaje a silla de ruedas.

Bastian le dirigió una mirada glacial.

–¿Puedo darte un consejo? –le preguntó Silvana, armada de paciencia.

–Seguro me lo dará de todas formas –señaló él. Ella sonrió y asintió con la cabeza. Él no se equivocaba, lo haría con o sin su consentimiento porque esperaba que sus palabras le resultaran de ayuda para abrir los ojos.

–Mira, Bastian. Yo te aconsejo que tomes cada pauta como un trocito de camino que te acerca al objetivo final, que es que logres la mayor independencia posible y tu bienestar físico y psíquico.

–Tiene razón. Lo siento... –se disculpó. Tenía la obligación de aceptar que ella estaba en lo cierto. Cuando se miraba en conjunto y enceguecido por el enojo y la frustración, sentía que no había más que fracasos. Pero si miraba cada objetivo alcanzado o en vías a serlo, entonces reconocía que desde el accidente había hecho varios avances camino a su recuperación.

Silvana le tomó la mano con un apretón reconfortante y le sonrió con ternura. Guardaba esperanzas de que esta vez Bastian Berardi se involucrara de verdad en la terapia. Al menos, su paciente parecía haberle prestado atención durante la breve conversación que mantuvieron.

–Hasta mañana, Bastian –se despidió ella.

–Hasta mañana –correspondió él esta vez el saludo.


14

Lunes, 16 de enero de 2017

Bastian estaba sentado en la cama, con la mirada perdida a través del cristal de la ventana. Tenía los brazos fuera de la manta y en su mano derecha, que descansaba sobre el colchón, estaba su teléfono celular. Acababa de cortar una llamada y todavía estaba en shock. No es que no se lo hubiera esperado, de todos modos no podía evitar que esto le afectara.

–¿Se puede? –la voz de su hermano Leandro interrumpió sus pensamientos. Daniela y él habían viajado de Ostuni en cuanto Gianni les había telefoneado, y no se habían movido de Roma en todo ese tiempo. Bastian llevaba veinte días internado, y tenía para otro tanto, por lo menos, y ellos de todos modos no habían desistido de su idea de acompañarlo.

–Sí, pasa –le respondió, aunque no era necesario. Leandro ya había ingresado el metro ochenta y cinco de su anatomía a la habitación. Se detuvo a los pies de la cama. Cruzó los brazos delante del pecho y con la cabeza apenas inclinada lo observó con detenimiento.

–¿Pasó algo? –le preguntó. Bastian esbozó una mueca de disgusto.

–Me acaban de telefonear del área de recursos humanos de Colosseo Hotels. ¡Imagínate! Me desearon una pronta recuperación.

–¡Ah, pero qué atentos!

Bastian puso los ojos en blanco.

–También tuvieron “la gentileza” de notificarme que quedó sin efecto la propuesta laboral que me habían hecho. No pueden esperarme, razón por la cual –continuó con esa mezcla de desencanto e ironía con la que teñía las palabras–, ya te imaginarás que tomaron un nuevo contable para ocupar el puesto.

–¡Pero qué malditos desgraciados! –soltó Leandro. Descruzó los brazos y los detuvo a tiempo antes de impactar las palmas sobre ese extremo de la cama–. Lo siento –se disculpó de todos modos por lo que no había llegado a hacer. Nervioso, avanzó hasta situarse junto a su hermano–. ¿Y no podemos demandarlos? –inquirió.

–Técnicamente no, porque no habíamos llegado a firmar el contrato laboral. Lo haríamos efectivo el 2 de enero, ¿recuerdas?

–¡No te puedo creer!

–Créelo, porque es así. Y no es que no me lo esperara –negó con la cabeza–. Ya me lo veía venir... Semejante empresa no iba a esperarme a mí, que soy insignificante.

–¡No vuelvas a decir una estupidez de esas! –lo reprendió.

–Seamos sensatos, Lean. Hay cientos de contadores públicos que pueden ocupar ese puesto. Y yo no soy nadie especial, solo alguien que tuvo la posibilidad de entrar a trabajar en esa empresa tan importante, pero que por esas malditas vueltas que da el destino, también la perdió.

–Podrían haberte esperado –Leandro no pudo evitar la irritación que experimentaba. Cada día, después del accidente y de la cirugía, había sido una batalla para Bastian especialmente, pero también para quienes estaban a su lado. Lo cierto era que resultaba difícil asumir el nuevo estado de su hermano y verlo transitarlo.

Bastian había tenido días de mucho enojo e irritabilidad, y también días de completo abatimiento y depresión. Esos habían sido los peores, porque entonces se quedaba quieto, no hablaba, no lloraba, no gritaba. Verlo enojado y desahogar la rabia era preferible a la apatía que desencadenaba un estado de introspección en el que Bastian se encerraba como en una ostra, en la que nada parecía hacerlo reaccionar. No obstante, toda la tristeza e incertidumbre que sentía seguían allí dentro de ese caparazón inanimado, bullendo y carcomiéndole las entrañas y la mente. Y matándolo cada día un poco.

Si bien el equipo de terapistas había empezado a trabajar con él veinticuatro horas después de la cirugía, había sido recién en los últimos días que Bastian había mostrado cierta aceptación. Solo entonces había empezado a tomar la rehabilitación como un camino esperanzador en vías de recuperarse. Por esta razón, Leandro se enojaba tanto con la gente de Colosseo Hotels, porque que hubieran desestimado la propuesta laboral que le habían hecho a Bastian, seguramente sería un golpe tremendo para su autoestima y para su endeble confianza, y Leandro temía que lo hiciera retroceder varios pasos en su recuperación.

–No, Lean, aunque me enoje esta situación, comprendo que no pudieran esperarme; hubiese significado una carga para ellos. Tengo para al menos quince o veinte días más acá adentro –se refería al hospital y su voz sonaba resignada–. Y cuando salga, ni siquiera estaré recuperado por completo. Ya escuchaste a mi médico ayer: mi rehabilitación llevará su tiempo... ¿semanas, meses, años? Nadie lo sabe.

–Igual me enoja –gruñó. Tras algunos segundos en los que pretendió serenarse, porque sus exabruptos no ayudaban en nada, sugirió–: Pero bueno, ahora no pienses en eso, ya vamos a ver cómo lo solucionamos, ¿eh? –le palmeó el hombro en un intento de distraerlo y también de calmarse por completo él mismo. La incertidumbre respecto a la recuperación de Bastian tenía a todos en vilo.

La doble cirugía a la que lo habían sometido había llevado horas interminables por lo compleja y minuciosa, pero había resultado un éxito. Veinte días después, las heridas habían sanado sin complicaciones y los huesos se estaban consolidando de acuerdo a lo esperado. En base a la evolución que había tenido lugar hasta el momento, los médicos se permitían ser optimistas respecto a la recuperación, que en el caso de la fractura de fémur, consideraban que podía llevar entre cuatro y seis meses.

Respecto a la columna, los cirujanos habían logrado fijar con tornillos la fractura y descomprimir la médula espinal, que no había llegado a seccionarse. Después de la intervención y gracias al trabajo realizado con un equipo de kinesiólogos, Bastian había empezado a recuperar poco a poco la movilidad y el control de las piernas. No obstante, quedaba un largo camino por recorrer para que la lesión remitiera en su totalidad. Bastian esperaba que así fuera.

–¿Quieres que ponga algo en el televisor para distraerte? –le preguntó Leandro, que de tacto y sutileza tenía poco y nada. Bastian no pudo más que sonreír y alzarse de hombros.

–Pon lo que quieras –concedió. Al fin y al cabo, su hermano tenía razón al sugerir que debía ocupar la cabeza en otra cosa que no fueran sus dudas, sus miles de preguntas, sus miedos. Porque los tenía, y eran muchos. Porque no todos los días te despiertas y te enteras de que es posible que no vuelvas a caminar, que tu vida no va a cambiar, sino que ya cambió y de manera radical, sin que tuvieras ni voz ni voto al respecto.

Leandro tomó asiento en una silla plástica que había junto a la cama y accionó el control remoto del televisor. Buscó entre los canales hasta que encontró una película de acción, se respaldó en la silla y entrelazó los brazos con el control en la mano. Estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos.

–Esta está buena –señaló acompañando sus palabras con la cabeza–. Te va a gustar.

–Seguro que sí –afirmó Bastian con una media sonrisa. Valoraba mucho lo que hacía su hermano. A Leandro no le iba el sentimentalismo y siempre decía que no era bueno para consolar a la gente porque nunca sabía qué decir. Puede que fuera cierto, pero había ocasiones en las que las palabras no eran necesarias, pero sí la compañía, como en esa situación en particular. Y en ese sentido, Leandro estaba siempre, no dejaba que el otro se sintiera solo. Como en ese momento, como en tantos otros momentos que los hermanos habían compartido a lo largo de la vida.

Habían visto unos quince minutos de película, cuando la puerta de ingreso volvió a abrirse para dar paso a Nancy. Bastian se sorprendió gratamente al verla. Ansioso por recibirla, se impulsó con las manos para enderezar un poco más el torso en la cama.

–¡Hola! –le dijo Bastian.

–Hola... ¿Cómo estás? –se acercó reticente. Se sentía incómoda.

Después de saludar, Leandro los dejó solos. Además, en la habitación no podía permanecer más de un acompañante.

–Bastante bien. Te extrañaba... Hacía como una semana que no venías –señaló Bastian, a quien la ausencia de su novia le había dolido cada día. En sus palabras iba velado el reproche y el desencanto. Con frecuencia lo habían visitado todos sus amigos, excepto ella. Esa era la tercera vez que la veía en casi tres semanas y tampoco podía decir que sus visitas hubieran sido extensas: cinco minutos a lo sumo.

–Sí, bueno... –soltó, inquieta–. Es que... es que... –había acudido al hospital dispuesta a hablar con Bastian, pero allí, frente a frente, las palabras se le atascaban en la garganta. Él percibió que algo sucedía, y también supo que “ese algo” se había gestado después del accidente. Antes de ese negro veintisiete de diciembre, Nancy jamás había necesitado mayores incentivos para acercársele o tocarlo. Había sido cariñosa en extremo. De hecho, la relación que mantenían había sido puro fuego.

–¿Qué pasa, Nancy? ¿Qué es lo que tanto te inquieta? Dilo de una vez, por favor –le pidió–. ¿Acaso no hemos tenido siempre confianza?

Ella lo miró a los ojos durante una brevísima fracción de segundo, después se apresuró a desviar la vista. No podía sostenerle la mirada. En realidad, no soportaba mirarlo.

–Lo siento, Bastian, pero no puedo verte así. No puedo seguir con esto... Ya no soporto tanto dolor, esto me supera –soltó sin más, en una catarata de excusas y disculpas entremezcladas.

–¿Qué quieres decir, Nancy? ¿Ya no vendrás a verme? ¿Es eso? –tanteó él, aunque sospechaba que las palabras de su novia abarcaban mucho más que una visita en el hospital.

Nancy negó con la cabeza. Tenía húmedos los ojos y la boca se le contraía en una mueca de angustia. Quería mucho a su novio, sin embargo, se daba cuenta de que con ellos –o con ella mejor dicho– no iba esa frase de “en las buenas y en las malas”. En las buenas habían sido inseparables, pero en las malas no podía estar. No quería estar.

Ella sabía que con su decisión se arriesgaba a que Bastian y los de su entorno, incluso sus amigos, la consideraran superficial. Puede que lo fuera. Durante esos últimos días había reflexionado mucho respecto a ese interrogante y eso la llevó a replantearse si lo que había sentido por él realmente había sido amor. La descarnada conclusión a la que había llegado fue que seguro que no, porque dicen que el amor es capaz de superar lo que sea. En su caso, lo que sentía por Bastian no había logrado resistir esa adversidad.

–Me odiarás por esto, Bastian, pero no puedo seguir con nuestro noviazgo –dijo por fin–. No estoy preparada para acompañarte. No puedo lidiar con tanta tragedia.

Bastian desvió la vista hacia la ventana, donde la postal que creaban el cielo sin nubes y las palmeras plantadas en los espacios verdes, normalmente lograban apaciguar su ánimo. Permaneció en silencio. Estático. Solo su pecho se movía al compás de la respiración, y tampoco podía decirse que su ritmo fuera agitado. Otra vez el ostracismo. Otra vez se metía dentro de ese caparazón en el que pretendía aislarse de la realidad, de esa realidad que consideraba por completo injusta.

–Dime algo, por favor –le pidió ella al cabo de un rato en el que el silencio se volvió insoportable.

Él ni siquiera buscó su mirada.

–¿Qué quieres que te diga, Nancy? –se alzó de hombros. Su voz sonaba monocorde, sin inflexión y carente de emociones–. No te culpo por tomar esta decisión ni puedo pedirte que permanezcas a mi lado en estas condiciones –negó con la cabeza con la vista todavía fija en la ventana–. Solo me pregunto cuánto más me tocará perder... ¿Dónde está el fondo? ¿Cuándo dejaré de caer? –cerró los ojos para que no se le escaparan las lágrimas–. Vete, Nancy. Ya vete, por favor.


15

Roma

Viernes, 10 de febrero de 2017

A través de la ventanilla del taxi, Bastian veía discurrir el paisaje sin mirarlo en realidad. Como últimamente veía sus días, sin querer mirarlos con conciencia, como si eso que estaba viviendo se tratara de la vida de otro y no de la suya.

Desde el accidente, ocurrido cuarenta y cinco días atrás, había pasado por distintos estados anímicos: enojo, depresión, frustración, y su grado de aceptación había fluctuado a la par de esas emociones. Le costaba aceptar que ya no era el mismo. No quería admitirlo. Como si con eso solo pudiera hacer desaparecer la realidad, que él consideraba cruel e injusta, y que le devolvieran su pasado.

La pregunta del millón: ¿Por qué a mí?, se la había formulado incontable cantidad de veces. Lo difícil era plantearse la respuesta a la pregunta que rebatía su cuestionamiento: ¿Y por qué no a mí? ¿Qué tengo de especial o de diferente al resto de los mortales que para los demás sí es factible una situación semejante pero no para mí?

Aunque doliera, para las impersonales estadísticas, el suyo era un caso más de inseguridad y violencia callejera. Un caso más que engrosaba la lista de personas con capacidades disminuidas. Incluso, con su diagnóstico médico en particular, había grandes posibilidades de recuperación. Sus amigos y más de un miembro del personal sanitario le habían dicho que tenía que sentirse afortunado...

¡Afortunado! ¡Cómo no!

Le decían tantas cosas intentando darle ánimos, y él mismo se daba cuenta de ello cuando se permitía un instante de reflexión. ¡Pero qué difícil era estar en su piel y aceptar! Qué difícil que le resultaba en la práctica sentirse afortunado, cuando quería ponerse de pie y las piernas no le respondían. O cuando temía volver a pasar por lo que había experimentado en las primeras semanas después de la agresión sufrida.

No le gustaba hablar de ello porque lo avergonzaba, pero en ese entonces, ni siquiera había podido tener control sobre sus esfínteres. ¡Tenía treinta y cinco años y habían tenido que limpiarle el trasero como a un bebé! Sin dudas, no podía sentirse afortunado cuando corría el riesgo de retroceder en la recuperación y volver a defecarse encima.

No podía sentirse afortunado, tampoco, cuando temía volverse una carga para los demás. Él, que había sido siempre tan independiente, sentía que se había vuelto un ser indefenso, endeble, y esa sensación lo llevaba a preguntarse si alguna vez podría volver a arreglárselas por sí solo.

Y, definitivamente no podía sentirse afortunado, cuando su novia lo había abandonado debido a su nueva condición. Su consuelo era repetirse una y otra vez que eso había sido lo mejor. Al fin y al cabo, ignoraba si algún día podría volver a sentirse un hombre completo, y de ninguna manera quería ser una carga para nadie.

Ese ciclo de elucubraciones se repetía en su mente sin descanso.

El taxi se detuvo frente a su edificio y eso obligó a Bastian a centrar su atención en lo que ocurría a su alrededor. Vio cómo el conductor y Leandro descendían del vehículo con rapidez para abrir la cajuela y retirar la silla de ruedas. Poco después, lo ayudaban a él a salir del automóvil y a tomar asiento.

Y otra vez lo asaltaban la rabia y la incredulidad, porque no podía hacerse a la idea de que estando en la flor de la edad y con un buen estado físico que, gracias a los ejercicios de fortalecimiento había mantenido al menos en sus brazos aún después del accidente necesitara ayuda para algo tan simple como para salir de un vehículo o desplazarse. Caminar, algo que le había resultado tan natural, hoy estaba entre sus limitaciones.

Por más que intentara reprimirlos, la ira y la depresión, monstruos invisibles pero gigantescos, estaban dentro de él esperando agazapados el momento justo para liberarse y tomarlo a él como rehén. A veces ganaba la rabia, otras la tristeza más profunda. ¿Acaso alguien podía culparlo por sentirse así, por no poder manejar las emociones, por no poder olvidar quién había sido y seguir adelante con su nueva versión? Seguramente no. Pero con certeza podía afirmarse que los demás tampoco podían saber con exactitud qué era lo que él sentía, y así resultaba sencillo exigirle más de lo que él podía dar en ese momento. Porque es fácil exigir cuando no se estuvo o no se está en la piel del otro.

–¡Señor Berardi! –exclamó el portero a modo de saludo en cuanto lo vio ingresar al edificio. Leandro empujaba su silla de ruedas–. ¿Cómo lo va llevando? –quiso saber. Bastian se alzó de hombros.

–Acá me ves, Santino, se hace lo que se puede.

–Sí, claro, me imagino... –negó con la cabeza–. Una tragedia realmente esto que le pasó...

Bastian asintió. Él ya sabía que era una tragedia lo que le había ocurrido, no era necesario que se lo recordaran a cada rato; pero las personas también tendían a hacer eso.

Sin detenerse en la entrada, Daniela se dirigió hacia el elevador.

–Vamos que ya viene –señaló para que sus hermanos se le sumaran y así cortar con esa conversación que resultaba tóxica para Bastian. Desde donde estaba, alzó la mano y saludó al portero–: Que tenga un buen día.

Leandro, que no necesitaba de mayores palabras para interpretar cuál era la intención de su hermana, apuró el paso. Ella esbozó una mueca cuando se le puso a la par. Ingresaron al cubículo y, un momento después, cuando este volvió a detenerse en el piso indicado, la silla de ruedas se desplazó por el largo pasillo alfombrado.

Cuando los hermanos estuvieron dentro del apartamento, Bastian suspiró. Estaba en casa; sin embargo, todo lo que allí se encontraba representaba un estilo de vida que ahora le resultaba ajeno. No podía entender sentirse perdido en su propio espacio. Para colmo de males, al maniobrar la silla chocó contra el sillón y después contra la mesa de café. Detuvo a Daniela cuando quiso auxiliarlo a pesar de que su intento por valerse solo estaba siendo un fracaso.

–Si esto lo corremos un poco, no tendrás problemas para pasar –sugirió Leandro, puesto ya manos a la obra. Bastian explotó. La frustración no estaba dirigida hacia su hermano, aunque él la recibió por daño colateral.

–¡Chocarme contra los muebles es el menor de mis problemas! Nada en este apartamento está preparado para una persona con discapacidad, que es lo que ahora soy. Debería poner pasamanos y barras de seguridad en la ducha, en el dormitorio... ¡Hasta en el baño, de lo contrario no podré ir solo ni a orinar!

–Bueno, Basty, tranquilo, no te pongas así –intervino Daniela con voz calma. Puede que se debiera a sus prácticas de yoga o a las horas que dedicaba a la meditación, lo cierto es que tenía la paciencia de una santa y era necesario mucho más que un exabrupto para hacerla reaccionar de mala manera.

–¿Y cómo quieres que me ponga, Dani? –negó y se llevó las manos al rostro, se apretó los ojos con la intención de advertir a sus lágrimas que marcaran la retirada. La garganta le ardía producto de las intensas ganas de llorar que sentía y de las palabras que se le atascaban allí.

–Antes que nada, debes aprender a manejar tus creencias. Tal vez te parezca una trivialidad, pero no lo es. Lo que afirmas es como te proyectas hacia el universo. Deja de afirmar que eres un discapacitado, de lo contrario quedarás atascado en ese círculo vicioso de autocompadecimiento sin poder avanzar. Eres un ser valioso. Eres fuerte, decidido y tienes una garra increíble. Proyecta eso.

–Ojalá pudiera, pero no es fácil –se justificó.

–¡Claro que no lo es! Y justamente es más sencillo focalizar en lo malo que esforzarse por enfocar lo bueno o lo que realmente deseas lograr –le dijo, y sus palabras fueron como un cachetazo. Directas, simples y tan reales que pasmaban.

–¡No sé qué hacer, me siento perdido! –expuso por fin.

Leandro se acuclilló frente a Bastian.

–No te vamos a dejar solo, en esta estamos metidos los tres.

Bastian negó repetidas veces.

–Yo no quiero transformarme en una carga. Ustedes dos tienen que volver a Ostuni, donde tienen su vida, y yo tendría que quedarme en Roma... –se frotó el rostro con las manos, después se mesó el cabello. Confuso, dubitativo, desnudó lo que sentía respecto a su situación–: Pero acá ya no me queda nada.

–Por nosotros no te preocupes, que si estamos aquí es porque no hay nada que consideremos más importante –intervino una vez más Daniela–. Y respecto a ti, puedes volver a empezar donde sea, pero si dices que aquí ya no te queda nada, entonces vente con nosotros a Ostuni –sugirió.

–¡Claro, Dani tiene razón! –secundó Leandro–. Buscaremos asesoramiento para acondicionar la casa, tal como nos recomendaron. Además, en Ostuni hay hospitales donde podrás hacerte los controles médicos y excelentes centros de rehabilitación como para que puedas continuar allí con tu terapia. No necesitas quedarte en Roma. Te prometo que buscaremos los mejores profesionales.

–No lo sé... Dejé Ostuni con el firme propósito de escalar alto, ¡y vaya que lo había logrado! Había llegado a la cima, parecía que tocaba el cielo con las manos. Tenía todo lo que siempre había querido... ¿Y ahora? Ahora no tengo nada. ¡Soy un fracaso! –una y mil veces volvía a entregarse a la negatividad. Él también, dadas las circunstancias, había pensado en la posibilidad de volver a Ostuni. Lo frenaba la percepción de que, si se iba de Roma, se estaría traicionando a sí mismo. Pero si no queda nada del Bastian que fui, ¿de qué manera me estaría traicionando?, se planteó.

Daniela le tomó las manos. Bastian se veía abatido.

–No lo eres, Basty. ¡No eres un fracaso! –rebatió–. A veces se necesita caer para volver a levantarse con más fuerza, para conocerse de verdad. Eres un guerrero, lo has sido siempre, y lo has vuelto a demostrar en estos últimos días con tus avances.

–¿Qué demostré, Dani? ¿Que no dejo de llorar como un chico o de enojarme? –preguntó con angustia y un poco avergonzado.

–¡Qué ridículo sería pedirte que no lloraras después de lo que estás pasando! Lloras, claro que sí, y es esperable. También luchas y te empeñas por mejorar cada día un poco; yo lo veo. Y porque tengo fe en ti, en tu entereza y en tu determinación, es que sé que volverás a sentir que tocas el cielo con las manos. Solo que ahora tal vez cambien tus objetivos, y la cima que quieras alcanzar sea otra.

–¡Y lo vas a lograr, hermano! Cascasse il mondo. Capito? –reafirmó Leandro con la emoción a flor de piel. Bastian asintió con la cabeza.

–Gracias. Gracias a los dos –las palabras de Bastian quedaron amortiguadas contra el pecho de su hermano. Los tres se habían fundido en un estrecho y cariñoso abrazo que sellaba ese acuerdo que no necesitaba de mayores palabras.


16

Ostuni

Viernes, 17 de febrero de 2017

Una semana después de que a Bastian le dieran el alta médica del hospital, los hermanos Berardi regresaron a Ostuni. Regresaron a casa. Bastian había emprendido ese viaje con un sabor agridulce en la boca. Por tener que dejar el lugar que él había creído le traería el éxito, pero también por tener que dejar atrás a sus amigos, que con lágrimas en los ojos habían ido a despedirlo a la terminal. Solo había faltado Nancy, que desde que lo dejara en el hospital, había desaparecido de su vida por completo.

Su hermana, sentada a su lado en el tren y percibiendo la resistencia emocional que ponía al tener que dejar esa ciudad, le había tomado la mano con fuerza y, con esa sabiduría tan simple que tenía, le había dicho: “Vamos a Ostuni, Bastian. Roma no se irá a ninguna parte. Y cuando te pongas bien, si quieres volver, aquí estará”. Entonces él se había dado cuenta de que ella tenía razón. Roma siempre estaría allí. Desde ese momento empezó a vivir el regreso a Ostuni ya no como una pérdida y se propuso sacarle el máximo provecho.

El reencuentro con el hogar familiar había propiciado también el reencuentro con el Bastian de su juventud. Ese que añoraba los pasteles que horneaba su madre, el que pasaba horas compartiendo juegos con sus hermanos, trepando el paraíso del jardín, y al que le gustaba tanto nadar en el mar. Solo al estar de vuelta en Ostuni fue consciente de cuánto había extrañado las vistas del Adriático. ¡Qué paz le infundía contemplarlo desde la ventana de su habitación y cuánto ansiaba hundir sus plantas en la arena, caminar por la playa, dejar que la espuma le empapara los pies!

Estar en su hogar era también una forma de sentirse protegido. Cobijado en un abrazo inmenso e interminable, como si sus padres, aún en la ausencia de la muerte, lo protegieran y cuidaran como cuando era pequeño. Porque allí, esa ausencia no lo era tanto. En Roma los había sentido muertos; en Ostuni los sentía vivos en cada recuerdo que afloraba a él con vivacidad y nitidez asombrosas.

Tras dejar las maletas en los dormitorios y ponerse ropa cómoda –Leandro había asistido a Bastian en la tarea–, los hermanos se reunieron en la cocina para tomar un almuerzo ligero y resolver los pasos a seguir.

–Basty, ¿te acuerdas de Lola, mi profe de yoga? –le preguntó Daniela.

–Ajá, me acuerdo –confirmó él. Dani conocía a Lola desde hacía más de doce años y siempre habían sido muy buenas amigas además de ser alumna y profesora, por lo que Bastian la recordaba muy bien–. ¿Qué pasa con ella?

–Le conté que volvías a Ostuni y que tenías que completar tu tratamiento, así que hace unos días me pasó el dato y las mejores referencias de un centro de rehabilitación. Dice que los médicos y terapistas son absolutamente profesionales y que el lugar está muy bien equipado. Ella lo conoce bien porque allí la atendieron cuando se fracturó la muñeca.

–Bueno, entonces nos quedamos con ese lugar –estuvo de acuerdo. Llegar al hogar de su infancia, sumado al acompañamiento constante y cariñoso que le brindaban sus hermanos, habían obrado de manera favorable en el estado de ánimo de Bastian. Esto, junto a su deseo de no volverse una carga para nadie, lo habían hecho tomar conciencia de la importancia de su tratamiento y de su propia colaboración–. Es preferible recurrir a donde ya nos han dado referencias y no estar buscando a ciegas –completó, inducido por un pensamiento práctico.

–Yo estoy de acuerdo. Para mí, si lo dice Lola es palabra santa. Aun así, si no te convence el lugar puedo pedir otras referencias en el trabajo –Daniela había hecho un secretariado. Tras graduarse y después de pasar por dos empleos sin demasiada relevancia, había ingresado como secretaria en una clínica de la ciudad. Llevaba allí cerca de ocho años, por lo que contaba con varios contactos dentro del rubro de la salud.

–Seguro estará bien, Dani. Quedémonos con ese.

–Bien. Entonces, por mi parte sugiero telefonear al centro ahora mismo para pedir cita y no dilatar más la espera respecto a tu rehabilitación. También, como ya lo hablamos anteriormente, debemos pedir el asesoramiento de una terapista ocupacional. Porque con el sentido común podemos darnos cuenta de alguna cosa puntual, pero nadie mejor que una profesional, que lidia con estos temas a diario, para que nos indique de manera concienzuda qué modificaciones hay que hacer en la casa.

–Sí, en eso estábamos todos de acuerdo –asintió Bastian.

–Bueno, entonces no hay nada más que decir. Llamemos ya –indicó Leandro.

–¿Quién lo hace? –quiso saber ella.

–Hazlo tú, por favor –pidió Bastian, que a pesar de mostrarse más colaborativo, tenía pocas ganas de lidiar con esas cosas.

Quince minutos después, ya tenían cita en el centro de rehabilitación y una entrevista con la terapista ocupacional. Ella los visitaría el lunes siguiente, después de que Bastian tuviera su primera sesión en el centro.


Lunes, 20 de febrero de 2017

–Hola, Bastian. Mi nombre es Daniela, y soy la terapista ocupacional que te asignó el centro de rehabilitación –se presentó la recién llegada.

–Buenas tardes, Daniela... –respondió el saludo estrechando con firmeza la mano de su interlocutora. Con una media sonrisa añadió–: Te llamas igual que mi hermana –la señaló con una inclinación de cabeza. La aludida y Leandro también estaban presentes en la sala; de hecho, habían sido ellos quienes habían recibido a la profesional en la puerta. Daniela por haber acudido al llamado del timbre, y Leandro por haber llegado justo en ese momento de hacer unas compras. El ingreso a la sala lo habían hecho los tres juntos tras los saludos y presentaciones de rigor.

–¡Sí, me acabo de enterar! –exclamó con una sonrisa franca.

Tomaron asiento. Daniela Berardi fue hasta la cocina en busca de café. Hablaron de temas triviales hasta que otra vez estuvieron los cuatro reunidos. Solo entonces la terapista ocupacional inició la conversación con el tema que los convocaba.

–Debes saber que en nuestro centro de rehabilitación todos los profesionales trabajamos de manera mancomunada con un solo objetivo: que alcances la mayor recuperación posible en todos los aspectos en función de tu lesión. Y con esto me refiero a que logres mayor independencia y bienestar físico y psíquico. Es por esto que no solo trabajará contigo un equipo de kinesiólogos, también lo hará una psicóloga y terapistas. Entiendo que esto mismo deben habértelo explicado cuando acudiste al centro esta mañana, ¿verdad? –quiso asegurarse la profesional. Aguardó la respuesta con la mirada fija en el paciente, mientras se acomodaba detrás de la oreja un mechón de su larga cabellera pelirroja.

–Así me lo han comunicado, sí. Y me parece bien –recalcó él.

–Perfecto, Bastian –revisó los apuntes que llevaba en su carpeta, entre ellos el cuestionario que el paciente y sus familiares habían completado en su visita a la clínica. En el cuestionario se hacía mención a las “actividades básicas cotidianas”, y “actividades de la vida diaria”, y el grado de dificultad que cada una de ellas significaba para el paciente, clasificadas con el siguiente rango: puedo, no puedo, con ayuda, sin ayuda–. De acuerdo a tu historia clínica y a la evaluación integral que te realizaron en el centro esta mañana, los kinesiólogos que te asignaron son César y Rita. También iniciarás terapia psicológica con la licenciada Ciampo, y yo seré tu terapista ocupacional. ¿Vamos bien hasta aquí?

–Sí –aseguró él.

–Bien. Sigamos, entonces. Mi función, entre otras cosas, es la de hacer un análisis detallado de tu casa y de tu lugar de trabajo, y determinar las adaptaciones a realizar. ¿Cuál es el objetivo de esto? Que puedas volver a ser una persona autónoma.

–Bueno, esta es la casa –Bastian abarcó con un ademán todo el recinto–. Respecto al trabajo, en este momento estoy desempleado... –hizo una pausa para mantener controlada la mixtura de emociones negativas que lo invadían cada vez que algún detonante le recordaba todo lo que había perdido tras el accidente. Aflojó las manos, que había apretado en puños sin darse cuenta y en su lugar se centró en el recuerdo de la conversación que había tenido con sus hermanos acerca de su posible futuro laboral–. La realidad es que tengo para un buen tiempo de tratamiento y, en estas condiciones, dudo que me resulte sencillo encontrar un empleo. Al respecto, con mis hermanos creemos que podría abrir aquí mismo mi estudio contable y trabajar de manera independiente.

–Es una idea excelente, Bastian. En principio puedo decir que es un puesto de trabajo que, tomando las medidas pertinentes, podrías desempeñar muy bien. Eso sí, vamos a recorrer la casa y a determinar qué ambientes son los adecuados para esto, ¿de acuerdo? Y, por supuesto, como les dije antes, les indicaré todas las adaptaciones a realizar, necesarias para que desarrolles de manera independiente tanto tus actividades básicas cotidianas y actividades de la vida diaria, como las relacionadas con tu trabajo.

–¡Gracias, tocaya! –exclamó Daniela con entusiasmo–. Te aseguro que haremos todas las modificaciones que nos indiques para que Basty pueda desenvolverse sin problema.

–Perfecto –cerró la carpeta pero mantuvo un lápiz y el cuestionario de Bastian a mano–. Entonces, si les parece bien –se puso de pie–, podríamos iniciar el tour por la casa –sonrió con amplitud.

–¡Estupendo! –clamó Daniela. Leandro y Bastian asistieron con la cabeza, aunque Bastian prefirió permanecer en la sala mientras el grupo realizaba el recorrido.

Daniela se dirigió en primera instancia hacia la puerta de entrada de la casa. Pidió que la abrieran.

–Aquí tenemos el primer aspecto a modificar –señaló los cinco escalones que conducían a la calle–. Esta es una edificación en altura y estos escalones son un problema de acceso para Bastian. En esta etapa de su rehabilitación, en la que realiza su tránsito en silla de ruedas, es necesaria una rampa que no sea muy empinada para que él pueda entrar y salir de la casa sin ayuda –explicó–. En un futuro, cuando incorpore el uso de muletas, será imprescindible la adición de un pasamanos firme, preferentemente en ambos lados de la escalera, para asegurar una sujeción perfecta.

–No habrá problema con eso –señaló Leandro–. El jardín es lo suficientemente extenso como para añadir esa rampa. ¿Y respecto al porche? –quiso saber. Hacía referencia a la galería de unos dos metros de ancho que se extendía desde la parte frontal de la casa hasta la faceta que daba directo al mar. Desde toda la galería se tenía una preciosa vista del Adriático desde diferentes frentes.

–Es perfecto. Solo le añadiría una reja que funcione como barrera de contención para que él pueda maniobrar sin peligro al entrar o salir, o al deambular por la misma galería.

Ya dentro de la vivienda, la terapista ocupacional fue señalando las distintas adaptaciones que deberían hacer: pequeñas rampas en los desniveles, acomodar los muebles de manera que quedara espacio suficiente para el tránsito libre en silla de ruedas, quitar alfombras pequeñas que en un futuro pudieran ocasionar tropiezos.

En todos los ambientes de la casa, y en el que sería su estudio contable, debían estar al alcance de la mano de Bastian los utensilios y herramientas que él fuera a utilizar para sus necesidades básicas y demás actividades. Todos los armarios, archivadores y ficheros debían ser de fácil acceso, para que él no tuviese que inclinarse o estirarse para alcanzarlos; también para que no necesitara solicitar ayuda.

En el baño debían cambiar la puerta por una plegadiza de mayor tamaño para facilitar el ingreso con la silla de ruedas y colocar barrales para sujeción, sobre todo en la ducha. Que no hubiera bañadera era un punto a favor. No obstante, Daniela les recomendó quitar el salpicadero para que Bastian no tuviera que alzar las piernas para entrar y salir de la ducha. También mencionó la importancia de instalar una regadera de mano y antideslizantes, dado que el momento de la ducha se volvía peligrosísimo para la estabilidad al mojarse todo y llenarse de jabón. Otro punto a favor que tenía el baño de los Berardi era que ya tenía un bidet, que sería de gran utilidad para higienizarse.

En el dormitorio, como la cama tenía una altura considerable al tratarse de un sommier, no habría mayores problemas para que Bastian pudiera hacer el traspaso a la silla de ruedas y viceversa, o ponerse de pie llegado el caso. Daniela se despidió de los Berardi dos horas después, tras haber realizado un trabajo impecable.

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Yaş sınırı:
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Hacim:
501 s. 19 illüstrasyon
ISBN:
9789877476941
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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