Kitabı oku: «Mentes insanas»
BRIGITTE VASALLO
MENTES
INSANAS
Ungüentos feministas
para males cotidianos

© del texto: Brigitte Vasallo.
© de la ilustración final:
Natalia Fariñas, 2020.
Los artículos seleccionados para este libro se publicaron
por primera vez en el blog Mentes Insanas, de la revista Mente Sana, desde 2017 hasta 2019.
© de esta edición: RBA Libros, S.A. 2020.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: noviembre de 2020.
REF.: ODBO774
ISBN: 978-84-9187-755-4
COMPOSICIÓN DIGITAL • GRAFIME, S.L.
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CONTENIDO
1 Prólogo
2 1. UNGÜENTOS PARA PROTEGER LA PIELCumpleañosVieja, ¡por fin!La vida te enseña a vivirlaUn eslabón en la cadenaLa playa de la gente vieja y gordaQue nos lleven las maletasNo: llevémonos las maletasLa barba es nuestraTerror en el hipergimnasio
3 2. BATIDOS PARA LAS DEFENSASMi placer es míoSexo sin amor, dubidubidáSexo con amor, dubidubidáQué eres cuando te masturbasQue una mala noche no te fastidie el titularGente que te hace la vida más fácilToda la gente que mejoró tu vidaViva el mal, viva el capitalEl aula como espacio de conmociónCinco propuestas feministas ante los flames en las redes socialesLa niña de El exorcista es feministaSi nos hieren a una, nos hieren a todasVamos a competir hasta que perdamosBanda sonora y así nos va
4 3. INFUSIONES PARA EL BIENESTARFotos (poderosas) en contrapicadoQué necesitasSi no hay cucharita, no es mi revoluciónCincuenta sombras de más de lo mismoEl legado feministaCinco propuestas insanas para un año feministaNarciso no se enamoró de sí mismoHay que gitanizar el mundoTwitter acabará con nosotrasFeminismos fermentadosCómo enfadarte con una película en tres sencillos pasosVasallo… la VasalloSalir del armario entre pitos y flautas
5 4. HIERBAS PARA LOS AMORESLa perfecta enamorada de la persona perfectaAmores y zapatos que te gustan, pero te sientan fatalCelosaSantoriniLargarse a tiempoQuererse no va de gustarseLa poliamorosa no nace, se haceEl poliamor no funcionaAmor neoliberal: ponme otra de gambasCuanto más conozco a la gente, más amo a mi geranioDeseamos por encima de nuestras posibilidadesApps de ligue: el último campo de batalla¿Dónde ligamos las raritas?El miedo no solo es miedoLas amantes de mis amantes no son mis amantesDolores colectivos para amores colectivizadosLa ex de tu novio sabe cosasSolo pido por San Valentín que dejen de matarnosEstás coartando mi libertad, beibi¿Por qué romper la monogamia?
6 5. EN CASO DE HERIDAS SANGRANTESQue yo no tengo una pena, la pena me tiene a míSomatizar no es un bichitoCorrer detrás de la vida sin llegar a alcanzarlaTengo una novia que se llama AnsiedadLa depresión no tiene poesíaMi cuerpo es más sabio que yoEstar sola en NavidadLas que fuimos maltratadasEl mapa emocional para quien se lo trabajeEl #MeToo de la violencia en la infanciaEl infierno somos todasHoy no se juzga a una mujer violadaQue La Manada no oculte el bosqueCompañeras jornalerasAutostop en un mundo chungoNuestras niñas de AlcàsserNo es no es no es noVivir acumulando pruebasEl dolor, cuando se acaba
7 Epílogo
PRÓLOGO
Queridas Mentes Insanas:
Cuentan una historia que dice más o menos así: estaba Emma Goldman bailando cuando un correligionario fue a llamarle la atención. Emma Goldman, la filósofa, la anarquista, la revolucionaria, la que fue nombrada como la mujer más peligrosa de Estados Unidos, la encarcelada, la abortista. Esa Emma Goldman. En opinión del tal correligionario, bailar no era una acción apropiada para una alta pensadora, a lo que ella contestó, tranquilamente, que, si no se podía bailar, no es mi revolución.
Me interesa mucho Emma Goldman porque me preocupan mucho los dogmas, las doctrinas, y el proceso según el cual cualquier gesto liberador queda congelado inmediatamente en una nueva normativa. Es decir, el proceso según el cual un dogma sustituye a otro y todo cambio se queda apenas en un reemplazamiento. Ella, como Hannah Arendt, como Audre Lorde, fue extremadamente fina en detectar ese proceso y no dejarse atrapar por él. Fue extremadamente fina en ser revolucionaria todo el rato, incluso dentro y hacia la revolución.
Lo del baile, pues, no es ninguna tontería.
El pensamiento crítico tiene también sus dogmas, esos que dicen de antemano cómo tienen que ser las cosas nuevas aun antes de que existan, cómo tiene que ser el resultado, porque ese es el único resultado «bueno», «correcto». Y el dogma de la revolución tiene su estética también: señores cejijuntos, cabizbajos, atormentados en sus pensamientos profundos, como si pensamiento crítico, lucidez, rigor y alegría, sentido del humor y petardeo fuesen incompatibles.
Yo no creo que todos esos pensadores cabizbajos, llámalos Walter Benjamin, Marx, Martin Luther King, Platón o Fanon, no creo que ninguno de ellos estuviese siempre enfadado. Dudo de Marx, pero los otros seguro que tenían momentos de gracia. Pero esos no eran los momentos de representación. Y si alguna muestra hay de ellos fuera del cajoncito de cómo debe ser un revolucionario, esta desaparece de la memoria colectiva porque no encaja en el cajoncito que, como la banca, siempre gana. Las feministas andamos atrapadas en la pinza que hacen el género y el pensamiento crítico. La estética del género nos pide que seamos agradables, risueñas, divertidas, amorosas. La estética del pensamiento crítico nos pide que estemos enfadadas todo el día. Y entonces está Emma Goldman para recordarnos que los feminismos llegaron precisamente para desmontar todos esos tinglados y construir un espacio aligerado del peso constante de tanta norma. Y aunque se nos señale a menudo como mujeres amargadas, poco disfrutonas, nosotras somos de la estirpe de las brujas, aquellas mujeres que celebraban orgías con el demonio. No tengo ni idea de cómo se celebra una orgía con el demonio, pero tendréis que reconocer que suena a cualquier cosa menos a aburrido.
Cuento todo esto porque en la primavera de 2017 recibí una propuesta de la revista Mente Sana para escribir un blog sobre bienestar y ese tipo de cosas. Faltaban apenas dos meses para mi cuadragésimo cuarto cumpleaños, apenas cinco semanas para que muriese mi padre elegido y yo ya caminaba, sin saberlo pero sin pausa, hacia mi tercera depresión diagnosticada y hacia un duelo profundo que iba a reconfigurar buena parte de mi vida. Y fue con todo este panorama abriéndose ante mí que acepté el reto. Y así nació el «Mentes Insanas»: el título irónico de una columna escrita en pleno hundimiento para una revista sobre equilibrio emocional.
Porque las feministas, si algo tenemos, es un gran sentido del humor.
LA INDEFENSIÓN APRENDIDA
Cristy Tojo Velasco, campeona de parakarate, me presentó una vez diciendo que yo, al igual que ella, me dedico a la autodefensa, aunque yo lo haga con las palabras y ella con el cuerpo.
Crecí en un entorno violento, pensando que tener miedo era normal. No era una violencia de esas de película, de pistolas y puñetazos, era otra cosa mucho más difícil de narrar, mucho más difícil de identificar y que nos fue calando a todas las que estuvimos expuestas a su radiación, como un veneno de esos que no detectas hasta que todos tus órganos internos están podridos, pulverizados. Mi cuerpo asumió tanto y tan profundamente la indefensión que solo era capaz de protegerme imaginando que era una persona distinta, interpretando a alguien que se parecía a mí pero que no era yo.
Escribir tiene algo de estar en otros cuerpos desde los que poder hablar, estar en otras voces. Mientras escribía el «Mentes Insanas» y me sumía en la depresión, también estaba cerrando una investigación de muchos años sobre sistemas relacionales, que publiqué en 2018. Un libro intenso, aunque mesurado, un trabajo serio acorde con la estética y la ética que se espera de un ensayo científico. Y aunque escribirlo y poder acabarlo en plena depresión fue un logro personal y fue sanador, el «Mentes Insanas» me dio espacio para otra voz mucho más personal y mucho más perdida en mis procesos, una voz añorada que se enredaba en los mismos temas de mis otros escritos, pero que los resolvía de manera distinta. La voz personal de alguien que no estaba siendo yo pero que podía volver a ser si lograba sacarme de la desolación. La voz de alguien que planta cara, que se ríe de las cosas que le pasan, que da portazos y no se culpa por darlos, que se atreve a verbalizar el hundimiento porque ya no está del todo hundida. Esa fue mi voz en el «Mentes Insanas», y ese fue, también, un hilo que me permitió volver a hacer mía esa voz. Recuperarla.
Fue, efectivamente, un ejercicio de autodefensa ante una vida que me estaba dando demasiado fuerte.
Tengo que decir que mis editoras del momento no sabían de la dimensión de todo esto, así que este texto es también una salida del armario ante ellas. Y posiblemente ahora entenderán los mails sin respuesta durante semanas y ese tipo de imposibilidad de lidiar con la vida que yo iba disimulando como podía y que ellas aceptaron con una tranquilidad que les agradezco profundamente.
En los dos años que existió el blog pasaron muchas cosas. Escribí sobre amores, sobre violencias, sobre género, sobre feminismo… todo aquello que se esperaba de mí, porque se supone que son temas de los que sé cosas. Pero los escribí aterrizados en realidades concretas, pequeñas, cotidianas. El feminismo, para mí, es una herramienta, no una identidad. Una herramienta como muchas otras, ni mejor ni peor, que utilizo según la ocasión, cuando me es útil para esa ocasión concreta. Si no lo es, porque no siempre lo es, uso otras herramientas, o las combino, o las adapto. Ni el feminismo como corriente ni sus variantes concretas, los feminismos, me solucionan nada (sospecho de las teorías emancipadoras que dan soluciones), sino que me ayudan a mirar fuera del marco, a encontrar preguntas donde ni siquiera había dudas, y a encontrar respuestas a través de esas preguntas. Y escribí desde la decepción colectiva de no poder hacer más de lo que hacemos, de no estar a la altura de nuestros sueños, ni de nuestros discursos. También están escritos desde el enfado, desde la rabia, desde el puñetazo sobre la mesa y la patada a la puerta y el ataque de llanto. Y escritos, aun, desde la risa, la ironía, la autoparodia, la comicidad y una intrascendencia que es como el bailar de Emma Goldman: no solo compatible con la revolución, sino consustancial a esta.
Para sacarlos en papel he reorganizado las entradas, he roto la línea temporal en favor de otra que tenga más sentido fuera del espacio-red. Me hace ilusión que estén juntas ahí en un objeto físico, olible, tirable contra la pared, dibujable, y me da vértigo, al mismo tiempo, que cojan tanto cuerpo estos textos que fueron pensados en un modo más etéreo.
Gracias por volverlos a acoger, y feliz lectura, Mentes.
1 UNGÜENTOS PARA PROTEGER LA PIEL
LA CASA DE LA DIFERENCIA
Me gusta mucho Audre Lorde y vuelvo a ella siempre, desde hace un montón de años. Y, a cada nueva lectura, aparecen capas de significado a las que no había prestado atención y que de pronto están, inevitablemente allá, relucientes, inesquivables.
En su biomitografía, una autobiografía novelada, narra las dificultades para encontrar un entorno seguro, certero, en cuanto que mujer, Negra (ella lo escribe con mayúscula), lesbiana y pobre, y de cómo todo encuentro articulado a través de la similitud es una ficción temporal. Cuenta de qué manera participó en grupos que giraban en torno a la experiencia lesbiana donde el racismo no era tomado en consideración, o en grupos donde el eje aglutinador era la racialización, pero donde su experiencia lesbiana era mirada de medio lado, o en grupos donde el común denominador era el género, y en los que no se tenía en cuenta ni lo uno ni lo otro. Y así, Lorde inicia un recorrido en busca de sus iguales, donde cada espacio se proyecta en un juego de espejos infinito que remite a una nueva diferencia interna, que a su vez genera un subgrupo que remitirá a una nueva diferencia interna que generará un subgrupo.
«Tardé mucho en darme cuenta —dice— de que nuestro lugar era el hogar mismo de la diferencia más que la seguridad de cualquier diferencia particular. (Y con frecuencia éramos cobardes en nuestro aprendizaje)».
Lorde, como la realidad, ni es simple, ni es simplista. Ella, sus textos, no sirven para negarles la diferencia a las y a los demás mientras reivindicamos la propia, no sirven para hacer ejercicios de abuso de poder. Eso que ella llama «la casa de la diferencia» es precisamente un espacio donde atender al hecho irrefutable de que somos distintas y de que, en el mundo en que vivimos, somos desiguales de manera multidimensional.
Y solo atendiendo a esa realidad podremos estar juntas.
CUMPLEAÑOS
Queridas Mentes Insanas:
Inicio este blog en las fechas que rodean mi cuarenta y cuatro cumpleaños, abrumada por la infinidad de mensajes que, desde hace más de una década, me informan puntualmente de que algo anda mal. No directamente, claro: cuando digo mi edad se hace un instante de silencio tras el cual todo el mundo se lanza a quitarle hierro a la cosa.
Y «la cosa» no es otra que el hecho de que soy una mujer y cumplo cuarenta y cuatro años.
Oye, pues no se te nota nada.
Parece que tengas treinta.
¿Cuántos cumples… dieciocho? (seguido de risa-risa, codazo-codazo).
Vamos a poner las cosas claras.
Haciendo un cálculo digno de la nefasta matemática que soy, cuarenta y cuatro años han sido unos 16.071 días sobre la faz de la tierra. En ese porrón de días, he aprendido a distinguir entre lo que me gusta y lo que me hace bien, he aprendido a escoger mis batallas, a no enfadarme más de la cuenta pero a enfadarme cuando es necesario, a no darle mayor importancia a algunas cosas pero a no dejar pasar ni una en otras cuestiones, a aguantarme a mí misma en general y a tratarme bien en particular.
Nada de esto venía de serie y nada lo he hecho yo sola: me ha acompañado una constelación de gente que me ha hecho bien, y otra que no tanto, y unas cuantas personas que me han hecho mal, así, directamente.
Me he llevado una cantidad de palos que prefiero no calcular, me he deprimido unas cuantas veces y lo he superado otras tantas, he ido a terapia una vez y he salido bastante renovada, a lo fénix.
Tengo un sentido del humor afinado y una perspectiva sobre el mundo que me alegra la vida y me la amarga simultáneamente, estoy de vuelta de un montón de cosas, mientras que a otras tantas ni siquiera he empezado a ir. Y cada vez me faltan más cosas por hacer, pues cada cosa que hago me remite a decenas que aún no he hecho pero que quiero hacer.
Todo esto, queridas Mentes, necesita tiempo. No lo pude hacer con treinta, ni mucho menos con dieciocho.
Por lo demás, cada una de estas cosas ha dejado una huella clara en mí, en mi cabeza, en mi espíritu y en mi cuerpo. Tengo magulladuras, cicatrices, arrugas, incluso una específica y vertical entre ceja y ceja de tanto fruncir el ceño y romperme la crisma buscando soluciones a los problemas que he ido encontrando.
Y si estoy aquí es porque, de alguna manera, he encontrado esas soluciones.
Mis 16.071 días se notan en todo lo que hago: se notan en los orgasmos que doy y que recibo, en las fiestas que monto, en los artículos que escribo, en las cosas de las que me río y en las que no me hacen gracia, en los límites que pongo y en las cuestiones que dejo pasar y que hace unos años se me hacían chicle en la boca del estómago.
Haber llegado hasta aquí me parece una especie de milagro, visto cómo anda el mundo. Y hacerlo orgullosa entre todos esos mensajes compasivos por algo que me parece un milagro, hace que el milagro sea aún mayor.
El problema con mi edad lo tiene el mundo, no yo. Un mundo que quiere que las mujeres seamos eternamente infantiles, inexpertas, maleables, dubitativas, controlables y muy poco peligrosas.
Pero yo, queridas, como muchas de vosotras, tengo peligro. Y, la verdad: estoy encantada de ser peligrosa.
VIEJA, ¡POR FIN!
Queridas Mentes Insanas:
Las actrices se quejan de que no hay papeles para ellas pasados los cuarenta. Como consecuencia, no tenemos representaciones audiovisuales de mujeres de más de cuarenta años, a menos que aparenten tener la mitad o que su rol sea puramente residual y estereotipado; las compañeras heterosexuales se quejan de que a partir de esa edad devienen invisibles… Me encantaría deciros que son invisibles a los ojos de los hombres, pero, desgraciadamente, en las redes de ligue lesbiano y bisexual hay un filtro de edad que ejerce una función invisibilizadora. Añado que en las apps de ligue para mujeres con mujeres hay muy pocos filtros. No los hay, por ejemplo, para cosas tan trascendentes como la ideología política, pero sí hay un filtro de edad para que ni siquiera veas los perfiles de mujeres que no entran en tu franja escogida. Cada cual sus gustos, me diréis, pero curiosamente el gusto de todo el mundo se parece mucho, y eso siempre es sospechoso.
¿Qué pasa con las mujeres a partir de una edad, y qué edad es esa?
La respuesta es bastante triste. Dejamos de ser posibles reproductoras y, por lo tanto, ya no tenemos espacio social asignado. Por mucho que las cosas hayan cambiado, por mucho que eso ya no se estile, por mucho que ahora el feminismo nosequé o nosecuántos. Que las mujeres ya no estamos reducidas únicamente a nuestra función reproductiva es relativamente cierto, sí. Aunque es como si hubiésemos derribado un muro, pero hubiéramos olvidado retirar los escombros, así que el espacio sigue ocupado por el muro en ruinas que ahí continúa al fin y al cabo.
Los escombros de aquella idea de las mujeres únicamente como madres es nuestra fecha de caducidad como mujeres, que sigue estando vigente en mil detalles. Desde el clásico «no aparentas tu edad» como piropo, aunque sea un insulto infantilizador, hasta la abuelización de las mujeres mayores, a las que llaman abuelas tengan o no descendencia.
En el mundo laboral, la cuestión es escandalosa: desde los entornos donde la apariencia física tiene tanto peso como la calidad del trabajo, hasta entornos que pretenden huir de esas dinámicas, pero confunden cuerpo joven con ideas novedosas, y acaban construyendo entornos solo de mujeres jóvenes con ideas decimonónicas sin darse siquiera cuenta.
El espacio postfértil, en lugar de ser un espacio liberado de ese mandato de la mujer-madre, es un espacio aleccionado de autoodio plasmado en el imaginario de la bruja, que tiene todos los defectos «imperdonables»: vieja, fea, mala, despeinada, con una nariz grande y una especie de falo (¡esa escoba!) entre las piernas.
Nosotras no nos ayudamos las unas a las otras tampoco. Y no por aquello de que somos nuestro peor enemigo, que menuda frase también, sino porque el mundo nos ha enseñado a confrontarnos y tenemos que llevar a cabo un proceso de deconstrucción para darnos cuenta de ello. No nos viene dado de serie eso de apoyarnos las unas a las otras. La manera en que imponemos normas de edad a las otras mujeres es muy significativa. Parece unánime que tenemos que vestir y comportarnos acorde con un estereotipo que incluye nuestra edad. Y pobre de la que se quiera salir de la norma. Al mismo tiempo, aquellas que intentan seguir a rajatabla la norma y, por ejemplo, escogen los retoques estéticos, también son defenestradas por haberse «estropeado» la cara.
Parece un callejón sin salida, pero no lo es. Si no hay espacios de existencia, tendremos que crearlos. Y las viejas somos solo uno de los muchos grupos de mujeres que escapan al sistema, de manera voluntaria o impuesta. Tenemos un montón de alianzas por forjar y un montón de cosas que aprender las unas de las otras. Y eso es, siempre, una estupenda noticia.
LA VIDA TE ENSEÑA A VIVIRLA
Queridas Mentes Insanas:
He vuelto a ver, por enésima vez y pico, el documental Amy sobre la vida de la Winehouse. Esta vez me he quedado enganchada a una frase que dice Tony Bennett. Reflexionando sobre aquello que le hubiese querido decir a Amy que, como sabéis, murió a los veintisiete años por una mezcla letal de capitalismo bestia, patriarcado violento, amor Disney tóxico (oxímoron) y sustancias químicas asociadas, del tipo alcohol, cocaína, crack…
La frase de Tony Bennett era: «La vida te enseña a vivirla, si vives el tiempo suficiente para aprender».
Y sí, la vida hay que sobrevivirla. Diría que cada vez se pone más fácil, pero eso para nada es cierto, mal que nos pese. Lo que sí se pone es más comprensible, más inteligible, como que cada vez la película va sonando más a la misma película, más a ese déjà vu que canta Shakira refiriéndose a otra cosa. Y cada vez tienes más herramientas para relativizar lo relativizable, y para darle espacio a las cosas que son trascendentes, porque entiendes su trascendencia. Y eso te enseña a escoger mejor tus batallas, a saber en qué líos meterte y cuáles dejar pasar, porque total…
Vale, esa es mi experiencia después de cuarenta y pico años en el tinglado. Pero igual no, igual esto solo pasa a veces, o igual solo parece a veces que esté pasando.
Aunque, como todo, nuestras experiencias, todas ellas y todas distintas, tienen partes compartidas con el tinglado grande, con eso que llamamos «el sistema», tachán.
A las mujeres, al menos en el norte global y urbano en el que vivo, nos lo ponen muy difícil para aprovechar esa experiencia, que vamos acumulando con tanto esfuerzo, porque no paran de mandarnos mensajes para que odiemos nuestra edad, nuestro tiempo, nuestro recorrido. A ver, no hace falta ser muy lista para entender que, a menos experiencia, más fácil vendernos motos. Afortunadamente las diosas le dan a la juventud otra herramienta, que es la furia. Pero cuando la furia (que no la rabia) se calma, porque no puedes sobrevivir eternamente en estado de furia, o porque la vida es muy cansina en perpetuo estado de furia (que no de rabia, que es otra cosa y ojalá la conservemos siempre), llega lo otro: la zorrez. Que más sabe la diabla por vieja que por diabla. La edad te da listura, que no es inteligencia, es otra cosa.
Las mujeres viejas somos un peligro para el sistema. No lo digo yo, lo dice el sistema. ¿Cómo lo dice? Pues poniéndonos trabas constantes para la vejez. Quiere que actuemos siempre como si fuésemos jóvenes, pero sin la furia, que también nos la penalizan infinitamente. Quiere que estemos en la inopia constante, como si no hubiésemos visto la película mil veces, como si tuviésemos que comprar la misma moto una y otra y otra vez, como si la vida no nos hubiese ensañado a vivirla.
En mundos donde las viejas aún conservan su espacio social, existe la posibilidad de transmitir conocimiento entre unas y otras. Un conocimiento que va en todas las direcciones: la listura de los muchos años y la furia de los pocos, puestas a trabajar juntas son imparables. Por eso nos separan en categorías cerradas desde que nacemos. Cada cual con su edad. Las mayores criticando infinitamente a las jóvenes porque en «nuestros» tiempos nosequé no pasaba o nosecuántos, y las jóvenes criticando a las mayores porque están pasadas de rosca.
Y así nos va.
Esa es otra de las grandes motos que hemos comprado. Pero, una vez más, el proceso es reversible desde hoy mismo, si nos ponemos a ello.
UN ESLABÓN EN LA CADENA
Queridas Mentes Insanas:
Hace unos días estuve en Ferrol dando una conferencia con motivo del Orgullo Crítico, que están las compañeras en plena ebullición y os recomiendo encarecidamente que sigáis las cosas que están haciendo los colectivos por allá, que solo nos fijamos en las grandes ciudades y así acabamos, viviendo de puro refrito del refrito del refrito.
Después de la charla se me acercó una mujer y me contó que una amiga suya había querido extirparse los pechos por riesgo de cáncer de mama, pero que «la medicina», así, en abstracto, no la había dejado. Me explicó que te puedes aumentar las mamas o reconstruírtelas, pero que no te dejan extirpártelas por mucho que el cuerpo sea tuyo, y el riesgo sea tuyo, y el miedo sea tuyo, y la vida sea tuya y hasta la medicina sea la tuya porque la pagamos entre todas. Y venía a contármelo para que yo os lo contase a vosotras, Mentes, para que supiésemos que eso está pasando y para que hablásemos del tema. Porque su amiga había muerto de cáncer de mama y ella se había quedado con esa angustia dentro.
Justo me he traído de Galicia un libro que me tiene fascinada y que es de lo mejorcito que he leído, así en general. De lo mejorcito. Es de Susana Sánchez Arins, y en galego se titula Seique, y si tenéis la suerte de poder leerlo en ese idioma, a por él en formato original, que es una maravilla. Está traducido también al castellano bajo el título de Dicen.
Tiene un fragmento maravilloso en el que habla del anonimato. Vivimos en una época y un contexto en los que consideramos la visibilidad como un bien superior, como un bien en sí mismo y, por supuesto, como un derecho. Susana Sánchez Arins le da la vuelta a esa lógica y propone el anonimato como un derecho también. Que lo es, efectivamente. Y dice que hay cosas que no son dignas de anonimato, que no merecen el anonimato precisamente por su dureza. Mostafà Shaimi habla del derecho a la diferencia, sí, y también del derecho a la indiferencia.
Tenemos que transmitir nuestras historias porque solo nosotras las transmitiremos. Porque solo nosotras podemos hacernos cargo de todo ello y darle la importancia y la trascendencia que tienen, y porque todas merecemos esa transmisión de conocimiento, incluso desde el dolor, o especialmente desde el dolor. Porque las violencias que recibimos no merecen el anonimato y nosotras merecemos el anonimato del vivir sin violencias.
Para la compañera de Ferrol que no me dio su nombre sino su historia: aquí va también mi eslabón en la cadena que empezaste. Para que siga adelante.
LA PLAYA DE LA GENTE VIEJA Y GORDA
Queridas Mentes Insanas:
Paso el verano en una especie de pueblo balneario de la Europa periférica, donde la Unión pierde su nombre y empieza a ser otra cosa. En mi pueblo, porque ya es mío también, las verduras se compran a la persona que las cultiva, los coches van a veces en contradirección y tampoco es tan grave, y hay tanto tiempo que puedes perder un poco y aún te queda de sobras.
Este es un pueblo de mar y montaña todo junto y mezclado, y en eso que llamamos playa hay gente gorda y gente vieja y gente coja. Supongo que por eso lo llamo yo balneario, o también porque tiene un poco de óxido aquí y allá, algo de haber tenido delirios de grandeza y haberse quedado en menos sin saber muy bien por qué o sin querer recordarlo.
La combinación de playa y gente gorda, gente vieja y gente coja es un regalo, porque todos los cuerpos estamos allí, de repente. Hay playas donde es difícil ser gorda, porque eres la única gorda en muchos metros a la redonda. La gorda. O la vieja. O la coja. Nunca tenemos ocasión de mirarnos los cuerpos y entender que los cuerpos raros son los otros, los que salen en los anuncios y en las revistas, y que el tuyo y el mío son eso: cuerpos. Nunca tenemos suficiente espacio para ver lo bonitos que son todos los cuerpos raros, todas las barrigas que cuelgan, todas las piernas dispares, todos los ojos torcidos.
En mi pueblo balneario la gente pasa de todo, o al menos pasa de estas cosas. Seguramente porque la gente es obrera a la vieja usanza y tiene otras cosas más importantes que atender. Y seguramente porque venir aquí de vacaciones es el mejor momento del año y han decidido que no se lo amarguen menudencias como los kilos, o los ojos torcidos, o las barrigas que cuelgan, ni todas esas historias que poco tienen que ver con una misma y con su vida sino con unas modas que vete tú a saber de dónde vienen y para qué.
Si estáis imaginando un paisaje idílico, pues tampoco. La gente aquí, en mi pueblo, es medio taciturna, medio malcarada, medio a la defensiva siempre, ni especialmente simpática, ni especialmente sonriente. Por si esto fuera poco, de buenas a primeras, conmigo no saben muy bien ni qué hacer, con mi pinta, que es rara más allá de las rarezas que aquí pasan desapercibidas, ni saben en qué idioma hablarme, ni saben cómo he venido a parar aquí ni de dónde he venido. Que si rusa, que si sueca. Pero hay un par de señoras que, a fuerza de verme y reverme, me han empezado a hablar. En un idioma que yo chapurreo y que ellas me hablan muy rápido como si las estuviese entendiendo. Yo les digo que sí porque me fascinan. Por muchas cosas, pero una de ellas es que van maquilladas a la playa. No se avergüenzan de su cuerpo viejo en la playa y se maquillan, tal vez, precisamente, porque no se avergüenzan de su cuerpo viejo. Y entran en el agua perfectamente maquilladas y salen igual de divinas y vuelven a contarme cosas. Y yo vuelvo a dejar mi libro de lado y me pongo a escuchar esas cosas que no entiendo y a admirarlas y a desear ser como ellas.
Y se acabará mi tiempo aquí y volveré a las playas de gente guay, a las playas delgadas, a las playas jóvenes, y me pasaré el resto del año añorando a las señoras maquilladas con bañadores de flores y sombreros de rayas hasta que el nuevo verano me devuelva aquí.
QUE NOS LLEVEN LAS MALETAS
Queridas Mentes Insanas:
He estado pensando mucho últimamente, y me refiero con ello a los últimos veinte años, en la cosa esta del patriarcado y el feminismo y los cuidados y los autocuidados. Estamos ahí luchando, resistiendo, pensando, exprimiéndonos el coco, las tripas, haciendo asambleas de esas que no terminan nunca o que ya empalman con la siguiente, montando manifestaciones y todo eso y hay muchas cosas que han cambiado y mucho trabajo por hacer y voy a poner un punto en esta frase porque ya.
Punto.
Todo esto ya lo sabemos, y que quede constancia de que ni lo niego ni lo nada. Pero iba yo el otro día (de 1993) carreteando penosamente una maleta por una estación de tren cuando me dije a mí misma: «Joder, Brigitte, qué mal nos lo estamos montando. Ahora los hombres ya pueden llorar, y nosotras ya podemos cargar maletas infinitamente y montar estanterías».
Sí, claro, ya sé que la idea es desvincular estas cosas del género y todo eso, pero a lo que vamos. Que a nosotras nos siguen violando y ahora, además, tenemos que cargar las maletas, que es un hecho central en tu pensamiento feminista cuando la estás cargando por una estación de tren después de mil horas de viaje y estás que trinas.
¡Es que nosotras, me diréis ofendidas, también somos capaces de cargar maletas! Y sí, lo sé. Soy de esas mujeres que demuestran que la estadística es mentira, que miden 1,80 m y pueden partirle la cara a cualquiera sin despeinarse mucho. Esa soy yo, por regalo de mi genética. Ahora bien, el caso es: puedo cargar maletas, pero… ¿quiero hacerlo? ¿Qué parte del mundo es mejor si yo cargo mis propias maletas?
Y ¿sabéis qué me dije en 1993? Que no quiero, que no me da la gana. Así que no volví a cargar una maldita maleta, porque siempre había un señor dispuesto a ejercer de susodicho y a herniarse la espalda para demostrar su masculinidad. Pues bienvenido, colega. Yo, a lo mío.
Ahora, con los años y la pinta marimacho que luzco, cada vez tengo menos señores dispuestos a galantear a costa de sus hernias. Pero ahora aprovecho la edad, mis cuarenta y pico años como cuarenta y pico soles, y siempre hay un gallito dispuesto a ayudar a una señora mayor para demostrar que es un nuevo masculino de esos. Pues bienvenido también. Y yo, a lo mío.
Tengo la suerte de que ya nadie me puede quitar el carnet de feminista porque hace siglos que me lo quitaron por diversos motivos que no vienen a cuento, pero todos ellos bien justificados. Soy una feminista nefasta. De hecho, soy una feminista entre comillas. «Feminista». Porque no me va la identidad en ello. El feminismo es una perspectiva, una forma de mirar y estar en el mundo. Y cuidarse la espalda a costa de los privilegios masculinos me parece una perspectiva feminista de autocuidados maravillosa. Y un acto de teatro callejero de esos disruptivos muy divertido si después de que el gallito de turno te haya subido la maleta, haces una demostración de fuerza bajándola tú solita o cualquier otra cosa así. O cuando le dices a la niña de al lado: «¿Sabes? Yo puedo subir esa maleta, pero no me da la gana». Y la niña te mira con un brillo en los ojos y el señor también, pero de odio.
Que sí, queridas. Que a nosotras nos matan. Bastante tenemos con ello.
Y, para acabar, echad un vistazo a Sojourner Truth y su «¿Acaso no soy una mujer?».
Para situar el tema feminismo y tal.
NO: LLEVÉMONOS LAS MALETAS
Queridas Mentes Insanas:
Me acabo de marcar un post diciendo que está muy bien eso de utilizar el patriarcado a nuestro favor, ya que ahí está y goza de buena salud, por lo que parece. Que decía yo que basta de cargar maletas si hay señores dispuestos a herniarse por la cosa caballeresca esa. Que a nosotras nos violan, qué menos que ellos carguen maletas.
Bueno, pues no. Me desdigo.
A ver, yo vivo en una burbuja como todas, que vivimos en nuestros micromundos y que nos parece que todo el mundo es así y resulta que no, y te pegas unas hostias antológicas cuando sales de tu rinconcito y ves el percal. Y lo de las maletas y tal está muy bien cuando tú ya has aprendido a llevártelas sola, ya has entendido que no necesitas a un maromo para que te las lleve. Parece obvio, ¿sí? Pues no, de nuevo.
El patriarcado, como todos los sistemas esos que están tan bien aposentados, hace una cosa muy graciosa, que es meternos en el cuerpo una serie de creencias que no pasan por la cabeza sino por otros sitios más moleculares. Con esta cosa tan graciosa resulta que una acaba creyendo, rollo ciencia infusa, que conduce peor que los hombres, que todas las maletas pesan demasiado o que si no tienes un maromo, a tu vida le falta un nosequé muy importante. Eso no lo crees conscientemente, no lo piensas, sino que está ahí metido, incrustado. El malestar ese maldito, el autoboicot constante y todos los autoodios del mundo interiorizados. La misoginia interiorizada, sin ir más lejos, o la confrontación femenina esa de natural que nos hace decirnos a nosotras mismas que preferimos tener amigos hombres porque las mujeres nosequé. Pero a ver, Mentes, ¿cómo que las mujeres nosequé? ¿Qué mujeres, por favor? ¿Cuáles? ¿Y qué hombres? Todo eso es misoginia interiorizada, y es la razón final por la que el patriarcado sigue ahí. Porque no está ahí, sino aquí, caladito padentro, metido en cada poro, cada célula y cada gesto que hacemos. Por eso lo de las maletas está muy bien siempre y cuando tú sepas que puedes llevártelas perfectamente pero que no te da la gana. Eso es la libertad, tener opciones reales. Y ¿qué es una opción real? Pues hagamos un ejercicio de sinceridad con nosotras mismas, cada cual con su ella misma, para saber si realmente sabemos bien sabido que si no hay maromo las maletas nos las llevamos nosotras y tan panchas, oiga. Que, si no hay maromo, no solo no pasa nada, sino que incluso a veces pasan muchas cosas que jamás pasarían estando el señor de turno allá. Y cuando eso lo tenemos claro, lo hemos vivido, lo hemos interiorizado y estamos encantadas de la vida, solo entonces, podemos tomar decisiones reales sobre nuestras maletas, nuestras mochilas, nuestras compañías, nuestras parejas y nuestras formas de vida.
Así que, un pasito para atrás. Que el rollo de poder elegir no sea una mentira más que nos cuela el sistema. Y una vez que todo el proceso está hecho, entonces sí, queridas Insanas, que nos lleven las maletas, que bastante tenemos nosotras con lo nuestro.
LA BARBA ES NUESTRA
Queridas Mentes Insanas:
Como parece ser que hablar de depilación es un tema de alto riesgo, que levanta unas sorprendentes ampollas y malestares, vamos a hablar más de ello. Especialmente en verano, cuando no puedes ni comerte una paella en un chiringuito cualquiera sin que la tele te bombardee con mensajes negativos sobre esos pelos que, ¡maldita!, permites que te salgan en las piernas para agravio de todo el entorno. Pero… si solo son unos pelos… dices, mientras tratas de concentrarte en el arroz. No, queridas Mentes, no son solo pelos: son el mayor negocio del mundo. El negocio de la producción de feminidad.
Empezamos por el deseo, si queréis. Eso de que con pelos no gustas es un invento. A mucha gente nos gustan las mujeres peludas, pero como no las hay, no hay ocasión de demostrarlo. Además, la cosa se convierte en una especie de perversión, como si te diese morbo el monstruo del lago Ness o algo así, una idea que esconder entre fantasías más infames que guardas en el fondo de tu imaginario porno.
Seguimos por la normalidad. Como ninguna mujer muestra su vello corporal, parece que tenerlo sea algo totalmente anormal. Dos amigas mías, Mar y Marta, un día decidieron dejar de depilarse la cara. Y ¡sorpresa! les creció una barba. La verdad, todas nos quedamos de piedra. ¡Tenéis barba! Pero entonces empezamos a repasar nuestros hábitos, y entendimos que la mayoría de nosotras tiene barba o bigote, pero desde adolescentes hemos estado retirando urgentemente cualquier vello que aparezca en el rostro como si fuese algo tan maligno que no se pudiera ni ver crecer un rato. Desde que van por la vida barbudas reciben todo tipo de violencias. Lo que queda claro es que la barba de las mujeres es una cuestión de orden público, y así se lo hacen saber constantemente en el metro, en la calle, en el trabajo. Su barba pertenece a todo el mundo, y todo el mundo tiene derecho a opinar. Y a insultar, claro está.
La higiene también es un argumento interesante. Que una mujer tenga vello corporal es sucio. ¿Qué hay de sucio en ello, exactamente? Si el pelo en la cabeza no es sucio (cuando lo llevas limpio), ¿por qué debería serlo el pelo en las piernas? ¿El vello de los hombres, no sería sucio también?
En resumen: que el tema es estético (y económico). Pero, a lo que vamos: que la estética debería ser una opción, pues la vida ya es lo bastante complicada como para que la estética sea una obligación tan sumamente obligatoria también. Y veo anuncios donde chicas comentan con sus amigas que no pueden salir de fiesta porque no van depiladas. Y veo a mis amigas sacar tiempo de donde no lo tienen para correr a depilarse antes de ponerse un pantalón corto, o ante la posibilidad de ir a la piscina el fin de semana. Porque si no se depilan, no podrán ir. ¿Realmente tiene sentido todo esto? ¿Existe la posibilidad de decirnos que, aun sin ir depiladas, lo prioritario es salir, es ir a la piscina, es ponerse ropa fresca?
Igual tendríamos que permitírnoslo por una vez, y ver que no pasa nada. Que igual nos miran un poco mal, pero que vale la pena aguantar esas miradas hostiles a cambio de un día al fresco con el cuerpo que tenemos, moleste a quien moleste.
TERROR EN EL HIPERGIMNASIO
Queridas Mentes Insanas:
Hace unos días, una alumna mía nombró el gimnasio como una zona de violencias machistas de esas que parecen que no son nada pero que van calando… y yo aluciné, la verdad. El gimnasio. A mí nunca se me han dado bien esos espacios, pero pensé que era una cosa mía, que me socializo mal o yoquesé. Así que me puse a consultar con mi entorno.
Os digo una cosa, Mentes: si hablásemos más de nuestras miserias cotidianas con nuestro entorno saldríamos muy reforzadas. Porque la mayoría de las cosas que te pasan a ti, me pasan a mí también. ¡¿A ti también?!, nos decimos las unas a las otras. Y sí, a mí también.
A lo que iba: que me he puesto a consultar con mi entorno y he recibido un montón de historias alucinantes de personas que no nos sentimos a gusto en un sitio tan anodino, al fin, como es un gimnasio. Todas somos demasiado algo: o demasiado patosas, o demasiado gordas, o demasiado viejas, o demasiado musulmanas (sí, eso también opera), o demasiado nosequé o demasiado nosecuántos. Total. Que me he ido al gimnasio a verlo con mis propios ojos.
Lo primero que he descubierto en mi estudio improvisado es que hay una manera correcta de vestir y una incorrecta… y yo iba incorrecta, ya podéis imaginar. Al gimnasio hay que ir vestida ajustada, pero igual eso tiene motivos ergonómicos que no he llegado a entender. Pero, además, las zonas están divididas por géneros, así, a lo bestia: hay una zona para hombres muy hombres, y una zona para el resto, seamos lo que seamos. Los hombres muy hombres toman la zona de pesas y hacen cosas curiosas: se miran mucho en el espejo, ocupan mogollón de espacio y hacen ruidos. Rugen. Los y las demás se ponen en otras zonas, hacen máquinas a lo discreto, no rugen ni gimen ni nada. Si alguien de las zonas periféricas se atreve a tomar la zona de los hombres muy hombres, una de las posibilidades es que vengan a explicarte cómo hacer las cosas y tengas que sostenerle la conversación a un señor que ruge empapado en sudor.
Hay muchas maneras de poner barreras en los espacios. En los patios de las escuelas, por ejemplo, el fútbol ocupa el centro y los demás juegos se van colocando en las periferias. Curiosamente (qué curioso), al fútbol juegan los niños con masculinidades de esas hegemónicas y algunas niñas de las mías, las marimachos, que aún no se han enterado de que eso no les toca hacerlo. Pero que ya se enterarán, en cuanto lleguen a la adolescencia y la cosa del género se ponga chunga. Nadie les dice a los niños futboleros que tomen el centro: es algo que va sucediendo, si nadie se encarga de regularlo y cambiar la disposición del espacio. Y así unos van aprendiendo que el centro es su derecho y ni se dan cuenta de ello nunca más, y otros y otras van aprendiendo a estar en la periferia, y que ese es su lugar. No solo las niñas: los niños que no quieren ser machos, los patosos, los gordos, los tartamudos… todo ese bosque de personas que van volviéndose invisibles y van aprendiendo desde pequeñas cuál es su lugar.
Y así, hasta el gimnasio.
Como siempre, la solución está en las alianzas. Deberíamos tomar la zona de pesas ni que fuese un momento para ver que no pasa nada. Deberíamos rugir un rato para ver qué se siente al poder hacer ruidos de esos y mirarte al espejo como si fueses Rocky antes de un combate. Y deberíamos hacerlo juntas. Las viejas, las gordas, los tartamudos, las patosas, los y las y les que no visten ajustadas y todo el resto de las periferias. Llegar un día y tomar el espacio. Y ver qué pasa.
Yo me voy a poner a ello. Ya nos iremos contando. Igual no cambiamos el mundo, pero seguro que nos echamos unas risas con todo esto.
2 BATIDOS PARA LAS DEFENSAS
TU CUERPO ES UN CAMPO DE BATALLA
En 1989, Barbara Kruger, artista estadounidense, lanzó una obra en forma de cartel que se mostraba sin título, pero con un subtítulo de impacto: «Your body is a battleground» (Tu cuerpo es un campo de batalla).
Desde entonces hemos ido repitiendo esta frase cada vez que un gran poder, como el poder legislativo, aplica leyes específicamente sobre algunos cuerpos. Porque todas las leyes se aplican sobre los cuerpos, pero no todos los cuerpos reciben las mismas leyes.
Sin embargo, que nuestro cuerpo sea un campo de batalla tiene infinidad de matices, y la pieza de Kruger nos invita a buscarlas. Debajo de las letras llamativas de la consigna, aparece el rostro de una mujer dividido en dos mitades, una en revelado fotográfico positivo, la otra en negativo. El campo de batalla no es solo para las leyes y las miradas externas, sino también para la propia existencia. Somos cuerpo y, a través de procesos culturales, vivimos dentro de un cuerpo. Es decir: la concepción de cómo ese cuerpo se entiende a sí mismo y se relaciona con el entorno no es una cuestión innata, sino una cuestión contextual. Y esa construcción sucede de diferentes maneras: tiene una capa de creación orgánica, ecosistémica, donde el entorno y el cuerpo dialogan para encontrar espacios aceptables para todas las partes, y una capa de una organización jerárquica donde las formas se impongan y no sean adaptativas. La tensión entre ese ser corporalidad y las corporalidades construidas es uno de los procesos íntimos que transitamos, a menudo en forma de tumulto.
Las teorías emancipadoras, aquellas corrientes de pensamiento, sentimiento y acción que quieren generar espacios habitables y no de mera supervivencia, corren siempre el riesgo de devenir un nuevo corsé que aprisiona el cuerpo que somos dentro del cuerpo en el que estamos. Y, a menudo, no alcanzamos a mucho más que a hacer un zigzag. Como en el cartel de Kruger, pendulamos entre el negativo fotográfico como respuesta a la foto revelada, y la foto revelada como respuesta al negativo fotográfico.
Si no puedo bailar, no es mi revolución, amigo.
Recordar que «somos campos de batalla» habla de esa tensión.
MI PLACER ES MÍO
Queridas Mentes Insanas:
Hace unos días hablaba con una amiga de esas que no quieren ser citadas y que me ha amenazado con acciones legales, así que no la cito. El caso es que nos pusimos a hablar de sexo, vaya, vaya, de parejas y de separaciones y de enganche a amantes y de todas esas cosas y ella me decía que no entendía eso de «el sexo con fulanita o menganito es lo más y que ya nunca más tendré un sexo así si se va». Porque tu sexualidad es tuya. Así lo dijo, con cara de estarse enfrentando a la mismísima física cuántica. A ver, decía, pero tu sexualidad es tuya, ¿no? Y me miraba con cara de marciana, con cara de no estar entendiendo el mundo pero ni de lejos.
Y sí, no es poca cosa la cosa. Tu y mi y su sexualidad es de cada cual, y tenemos una tendencia muy metida dentro, muy sistémica, a creer que nuestra sexualidad es de quien sexualiza con nosotras. O sea, que es la otra persona la que hace que nos lo pasemos bomba o regulero pero fingiendo que nos lo pasamos bomba (va, seamos sinceras).
Pues resulta que no. Que el deseo es mío, y el sexo es mío, de mí, y tuyo de ti. Que follar con una misma, para empezar, es un gustazo si le diésemos el espacio que merece y no esa especie de parada técnica que le damos a la masturbación, que es como para sacarnos el tema de encima hasta que llegue alguien que nos haga nosequé. Que si tienes claro qué te gusta le puedes decir a la otra persona que te lo haga y no esperar a que adivine tus pensamientos o lea tu cuerpo como un libro abierto escrito con letras grandes y en un idioma que la otra persona domine, con la de idiomas que hay. Claro que, entonces, la romantización como que cae en picado. Porque hemos aprendido también a tirar cohetes cuando se da el bingazo de que alguien acierte a tocarte las teclas y entonces ya empezamos con que si es la persona de mi vida, que si nunca he tenido sexo como con esa persona, que si tal, que si cual, ansiedad parriba, frustración parriba también, dependencia más parriba aún, y agencia y autoestima pabajo, pabajo, pabajo…
Si echamos cuentas, así, poniéndonos prácticas a tope, que es algo que no nos está de más, Mentes Románticas, nos saldría mejor lo segundo, la practicidad, que lo primero, la romantización. En orgasmos ganaremos por goleada, y también en placer sin orgasmos, que estar siempre pendiente de la productividad del sexo es un palo, ganaríamos en placer, digo, aunque perderíamos en fliparnos cuando esa persona a la que no hemos dado ninguna información sobre cómo es nuestro placer resulta que te acierta los puntos y las comas, posiblemente por casualidad.
Ya me conocéis: yo estoy a favor de fliparnos… pero como juego, no como realidad. Fliparnos sabiendo que nos estamos flipando, y no creyendo que aquello es verdad, es real. Porque el relato cambia que no veas, y la agencia, queridas, la agencia que me tiene frita, la agencia amorosa que todas tenemos aunque no nos demos cuenta, la agencia sigue ahí y nos da más margen para decidir qué sí y qué no y cuándo sí y cuándo no, sin dejarnos llevar por esos huracanes que molan mogollón hasta que te estrellas contra la primera farola que te encuentras en el vuelo.
SEXO SIN AMOR, DUBIDUBIDÁ
Queridas Mentes Insanas:
He estado leyendo un ensayo gráfico, un cómic, hablando a lo bruto, ma-ra-vi-llo-so, de Liv Strömquist titulado Los sentimientos del Príncipe Carlos. Yo, como soy una radical que no veas, lo hubiese titulado Los sentimientos de Lady Di, pero eso ya son cosas mías.
Total, que el libro va de amores, y empieza con aquel momento de la petición de mano de Lady Di cuando le preguntan a su novio si está enamorado y él dice: «Sí… [pausa dramática]… sea lo que sea que eso significa».
¡Tacháááán!
Bueno, pues yo os venía a contar la cosa del sexo. Que dice la Strömquist, así con una ironía muy guapa, que igual molaría no darle tanto peso al hecho de rozar tus genitales con los genitales de otra persona. Y, añade, sobre todo si estás planeando pasar sesenta y dos años con tu pareja.
Me gusta la idea, pero ahí vamos un poquito más allá. Estoy totalmente de acuerdo con que el sexo, madre mía, tiene un peso que no veas. Tiene tanto peso que, ya lo he escrito alguna vez, no sé ni cómo logramos corrernos con tantas cosas que hacemos mientras follamos. Cosas del tipo gustar a la otra persona, estar sexi, ponernos como se ponen las actrices en el porno, que es el único sitio donde hemos visto a otra gente follar a excepción de lo que vemos cuando follamos, que, no sé vosotras, pero yo veo poco porque estoy en una nube que no sé muy bien nada. Eso e idealizar a la otra persona, idealizar el sexo que estamos teniendo, que aunque esté saliendo mediocre hacemos como que no, eso y fingir orgasmos, y sonreír y yo qué sé cuántas cosas que no tienen nada que ver con el sexo.
En relaciones no exclusivas, lo ideal, creo yo, es tener claro qué estás haciendo cuando tienes sexo con alguien, para que todo el mundo tenga la información y las cosas estén claras. Pero como no hemos aprendido a tener sexo sin más jaleo, al menos las mujeres, porque de los muchachos yo ni me ocupo ni me dedico a pensarlos, que bastante tengo con lo mío, pues como no hemos aprendido eso, cuando alguien se acuesta con otra persona la cosa se complica que no veas. Porque necesitamos ponernos todas, o al menos algunas, en línea, para que el pacto de acostarnos con otras personas sea un pacto de acostarnos con otras personas. Que si el pacto es otro, todo bien. De lo que estoy hablando es de claridad. Porque tú lo puedes tener claro, y la otra persona también, pero la tercera igual no, y como nos gusta gustar, y a veces aclarar las cosas rompe la burbuja esa del sexo y no sé qué cuentos, pues rozar los genitales (una expresión bastante heterocentrada, la verdad), o que te pasen lenguas por los labios de todo tipo, o que te pongan yogur y juguetitos en el ano, o que te hagan cosas en la oreja, o todas esas cosas tan bonitas que son tener y hacer sexo con otra u otras personas, pues todas esas cosas se convierten en enamorarse, ¡chas!, empezar a proyectar no sé qué tipo de historia, empezar a sentirte amenazada por las demás personas involucradas por si te van a «robar» a tu amorcito, que aún no es tal amorcito, sino que es un polvazo, cosa que no es poco pero tampoco es nosequé, y ya la tenemos liada. El festival de la confrontación.
Lo que vengo a decir es que tenemos que aclarar el tema del sexo para poder tener sexo. Que el sexo no necesita del amor: necesita de los cuidados como lo necesita todo en la vida. Como lo necesita hacer cola en el supermercado, prepararte la comida o subir al autobús. Pero que para poder tener sexo sin amor y que sea bonito y nadie acabe con un patatús tenemos que estar todas las involucradas de acuerdo en lo que hay y lo que no hay. Y ser responsables en ello.
Creo, vamos. Que igual no. Pero igual sí.
SEXO CON AMOR, DUBIDUBIDÁ
Queridas Mentes Insanas:
Sigo con el hilo del enamoramiento porque la cosa merece unas cuantas vueltas. Ya me sé la teoría que dice que el sexo es sexo y que el enamoramiento es otra cosa y que se puede tener muy buen sexo sin estar enamorada y todo eso. Pero luego te enamoras y el sexo con esa persona es la leche, y sigues repitiendo la teoría pero piensas que es mentira o que tú estás fatal, por aquello que hacemos de sí o no, blanco o negro, todo o nada, que parece que los matices nos dan pereza o nos perdemos si hay que matizar.
Lo afirmo: el sexo cuando estás enamorada es una pasada. Al menos, el sexo con esa persona. Es especial, sí. Pero vamos a ver: ¿qué cosa no es especial con esa persona cuando estás enamorada? Quedas a tomar un café con ella y parece que vas dando saltitos por la calle de la alegría que te da, te pones a mirar una peli y es una experiencia extracorpórea aunque la peli sea una basura, se te estropea el coche en mitad de un viaje y todo es tan gracioso allí cambiando la rueda bajo un sol de castigo y sin agua porque os la habéis tirado por encima para haceros la gracia y ahora estáis al borde de la muerte por desecación pero no pasa nada porque es maravilloso. Estar enamorada es básicamente eso. Así que el sexo forma parte de todo eso también.
Pero:
Como el sexo lo tenemos puesto en un lugar distinto por aquello de que es la marca de exclusividad, porque es aquello que la otra persona se supone que solo hace contigo y que te pone por encima de las demás relaciones, le damos un peso al sexo que no le damos a cambiar una rueda del coche en mitad de la canícula. Y por eso la sola idea de que la persona de la que estamos enamoradas tenga sexo con otra nos hace explotar todo, porque imaginamos que el sexo con la otra persona será «eso». Pero sabemos perfectamente que cuando se toma un café con otra persona no pasa nada ni estás embobada mirándola más que tomando café, y sabemos que cambiar una rueda le pondrá de mala leche y no como le pasa cuando está enamorada.
Esa distinción para empezar. Pero, para seguir, como tenemos ese batiburrillo con el sexo y el enamoramiento, en muchas ocasiones sí sucede que cuando nos acostamos con otras personas (y hablamos de relaciones donde está consensuado que eso pase) jugamos a estar enamoradas, performamos el enamoramiento, y al performarlo, sucede. O a veces no te sucede a ti, pero estás induciendo a que le suceda a la otra persona, porque enamorar a alguien no solamente nos sube la autoestima, sino que, para las mujeres, es un mandato de género. No solo enamorarnos sino, especialmente, enamorar a los y a las demás.
Así que el drama del poliamor no puede reducirse a que nos acostemos con más gente, sino a qué sucede cuando lo hacemos. Y no, tampoco tiene por qué pasar nada por enamorarnos de toda la gente que nos da morbo y con la que queramos acostarnos, pero al menos deberíamos ser más claras con lo que está pasando ahí. Claras con nosotras mismas y claras con las demás, porque nuestras entrañas son muy frágiles y el mundo está lleno de dolores y ya está bien de seguir sumando más daño en lugar de ir a terapia cuando nuestra personalidad amorosa es dañina, como iríamos a la dentista si nos huele el aliento y toda la gente que se acerca a nosotras acaba sufriendo un soponcio. Pues lo mismo.
QUÉ ERES CUANDO TE MASTURBAS
Queridas Mentes Insanas:
Hay una cosa con el tema de la orientación sexual, que es una expresión que a mí personalmente me pone un poco mala porque es reduccionista que te mueres y no pone el dedo en el cogollo del asunto de todo esto. Cuando decimos «orientación sexual» parece que tú te levantas un buen día y ¡pluf!, estás sexualmente orientada hacia un sitio. Curiosamente ese sitio es el género, vaya, vaya. No estás sexualmente orientada hacia, no sé, la gente simpática, o la gente alta, o la gente patizamba, sino, cuidadín, hacia hombres o mujeres, básicamente. Esa es la línea de corte. Vaya línea de corte más rara, ¿no? Es decir, que si estás orientada hacia los hombres preferirás el hombre que menos te guste del mundo antes que a la mujer que más te podría gustar, no sé si me explico. Por el hecho de ser hombre pasa a la categoría de potencialmente deseable y todas las mujeres pasan a la categoría de indeseables de raíz.
Por otro lado, está el tema de lo sexual. Creo que ya lo he contado alguna vez: cuando doy clases y tengo que explicar el sistema sexo-género binario siempre digo que si la cosa fuese de sexo nos acostaríamos con X pero viviríamos con nuestras amigas, que es con quienes se vive bien. Pero el tema es que la orientación sexual va de todo menos de sexo.
¿Y esto qué tiene que ver con la masturbación? Pues todo. Porque cuando digo estas cosas saltan las alarmas y las compañeras heterosexuales me dicen: ¡pero es que a mí me gustan los hombres! ¡A mí me ponen los hombres!
Y no, Mentes, no te pone nosequién, te pones tú. Seguimos convencidas de nuestra «orientación sexual» incluso cuando no hay nadie que nos guste especialmente en ese momento. Y seguimos convencidas de ello cuando nos masturbamos. No es un hombre o una mujer quien nos pone calientes cuando nos masturbamos, somos nosotras, es nuestro cuerpo, y luego proyectamos las imágenes que sean. Y ya que entramos en materia, y ahora que no nos ve nadie, juradme todas vosotras, queridas Mentes, que vuestras fantasías van siempre coordinadas con vuestra «orientación sexual». Y si me contestáis que sí, aceptadme un reto: intentad alguna variación estando solas, masturbándoos, y contadme si el cuerpo responde o qué…
Aviso de que el «contadme» es una forma de hablar. No me contéis, que ya bastante tengo con lo mío…
Pues eso, que esto no va de orientación ni de sexual. Esto va de construcción de género, de cómo nos entendemos en cuanto que hombres y mujeres, de qué rol relacional adquirimos y aceptamos e incorporamos como propio.
Y me diréis: vaya, vaya, solo hablas de la heterosexualidad… pues, entonces, ser lesbiana o bisexual ¿qué?
Y yo os diré: estamos demasiado acostumbradas a analizar la diferencia. Vamos a poner el dedo en la llaga de la normalidad, y veréis cómo todo salta por los aires.
QUE UNA MALA NOCHE NO TE FASTIDIE EL TITULAR
Queridas Mentes Insanas:
Ayer estaba con unas amigas y una de ellas lanzó el suspiro habitual sobre la cerveza habitual. Que ya sabemos que el amor Disney es un desastre y tal, pero que cómo se hace. Y ese cómo no era una pregunta, era una resignación. Era decir, la vida es así, no la he inventado yo.
A ver, queridas, el amor romántico y los romanticismos tóxicos del amor son autosugestionados también. No son un destino inmutable, son algo que nos construyen, pero que también le damos al pico y la pala para construirlos.
Un ejemplo así sencillito que podéis considerar deberes que os pongo: vuestra primera noche de sexo con esa persona que os gusta tanto. Bueno, bueno, bueno, a la mañana siguiente el whatsapp echando humo para poner al día a todas tus amigas de cómo ha ido la cosa. Y la cosa siempre siempre siempre ha ido buaaaah superbién, todo maravilloso, qué conexión de los cuerpos, qué pasada, qué bonito, cuántos orgasmos múltiples y encadenados durante nosecuántas horas y qué bien nos entendemos.
En fin.
Ahora volved a la realidad, por favor. Las primeras noches con alguien acostumbran a ser reguleras. No conoces a la otra persona, además, quieres gustarle porque aún no lo tienes muy claro, estás nerviosa, quién sabe si medio borracha por aquello de darte valor… bueno, que lo dicho, regulero. Pero como todo el mundo hace una narración superlativa de esa primera noche porque el amor romántico rige que la cosa sea así, pues nos subimos al carro para no ser las fracasadas de la vida y del amor y nos ponemos también a contar fantasías.
Con esto pasan dos cosas: por un lado, contribuimos a la fantasía de que esto sucede así, y cada una se queda pensando que debe de tener un problema específico y vergonzoso que no le puede contar a nadie. O peor aún, que su gran amor-pasión no es para tanto. Que una mala noche no te fastidie una gran romantización, se podría llamar la cosa.
También pasa con eso que nos vamos autosugestionando y metiéndonos en el lío solitas. Porque el espíritu crítico se va al garete, porque Disney nos enseñó que la otra persona tiene que ser perfecta y lo nuestro tiene que ser divino. Y aunque sabemos que eso es imposible queremos creer por un rato que sí lo es, porque nos da un subidón que creo que solo se puede lograr así o con sustancias ilegales.
Todo bien, viva el subidón. Lo malo es que después del subidón viene la bajona, o que en el subidón arrasas con todo a tu paso, o que, si la otra persona no está por la labor de ser tu droga dura, pues a veces se nos va la pinza y así empiezan las violencias serias.
Y ahora que lo estoy escribiendo, pienso en si el amor Disney es una forma de cosificación de la otra persona para tu autodisfrute. Porque no ver a esa persona en su realidad, no querer verla, también es un problemón. Porque pedirle a alguien que esté a la altura de tus fantasías tiene tela. O pedirte a ti estar a la altura de las fantasías de otra persona, que vete tú a saber qué tiene esa persona en la cabeza, también tiene tela.
GENTE QUE TE HACE LA VIDA MÁS FÁCIL
Queridas Mentes Insanas:
Una de las cosas buenas de haber salido de una depresión es que has salido, y la otra es que, como has salido y llevas a saber cuánto tiempo metida en tu pecera de angustia, de pronto lo ves todo con una nueva luz, que imagino que es la luz normal, pero cuando una la ha tenido apagada tanto tiempo pues da gusto que no veas. Y hoy he ido a hacer una cosa que he hecho muchas veces y me ha parecido que allí había algo maravilloso a lo que no había prestado atención.
El señor A, que me ha pedido que no diga su nombre, pero me ha dejado que le ponga la inicial, es la persona que arregla los teléfonos móviles en mi barrio, que es un barrio cualquiera como todos los barrios donde hay un señor A. Él no tiene una tienda de esas molonas con anuncios de colores y asientos cómodos y hasta café gratis que he visto en algunas. Él tiene un rincón lleno de cables, un ventilador precario y una sonrisa. Y tiene soluciones fáciles, prácticas y eficaces. Es un solucionador. No sé si él sabe cómo acabar con el machismo, el racismo y el clasismo, pero vamos, que tampoco yo sabría deciros cómo y me dedico a pensar en ello veinticuatro horas al día. Pero en este mundo tan complicado y tan lleno de estrés y de prisas y de todo, el señor A es capaz de guardar la calma y la sonrisa y ofrecerte soluciones para lo suyo, que son los malditos teléfonos móviles que se empeñan en escacharrarse cuando tienes cincuenta mensajes urgentes que mandar y no te queda dinero para comprarte otro móvil.
Hace unos meses se me estropeó la moto, mi Lucía, y tuve que montar un cristo en el taller para conseguir una moto de sustitución. Hoy se me ha escacharrado el móvil y he ido al señor A explicándole mi vida atropellada y con ganas de llorar porque solo me faltaba eso, y él, tranquilamente, ha sacado un móvil hecho polvo pero funcional de su mostrador y me ha dicho: «Tranquila, llévate este y en un rato te llamo para ver si el tuyo se puede reparar». Y ha sonreído. Y de pronto se me ha pasado la angustia, como si el señor A fuese una pastillita de esas que no quiero decir la marca pero que te metes debajo de la lengua para que el corazón no se te salga por los ojos.
Cuando yo era pequeña no teníamos móviles, pero teníamos zapatos que se rompían y tampoco había dinero para comprar unos nuevos. Y en mi barrio también había un señor A que en aquel momento era el zapatero remendón. Supongo que no es casualidad que el señor A de entonces fuese un señor migrado como lo es el señor A de ahora, aunque llegados de lugares distintos. El señor A antiguo no sonreía y a mí me recordaba a Drácula y me daba mucho miedo, pero eso es porque una no entendía entonces la importancia de que te arreglasen los zapatos cuando no había dinero en casa para unos nuevos. Su tienda también estaba medio destartalada y también estaba llena de cables, que en aquel momento eran cordones porque los zapatos ya me dirás para qué quieren cables. Y también daba soluciones prácticas. No te daba zapatos de sustitución, pero te hacía trapicheos para que pudieses tenerlos de urgencia, y le ponía parches en lugares imposibles y te salvaba de la gripe por llevar los pies mojados.
Ya no le puedo ir a dar las gracias a aquel señor A porque su tienda ya no existe y en su lugar hay un sitio de colorines donde venden magdalenas que se llaman de otra manera. Pero a veces el agradecimiento no es lineal, y tal vez estando agradecida al nuevo señor A ya se cierra una especie de ciclo de toda esa gente que te facilita la vida en cosas tan sencillas que ni nos damos cuenta hasta que ya no están.
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