Kitabı oku: «Conocerán la verdad»
Sinopsis y recomendaciones
“Conocerán la verdad”
dijo Jesús
“y la verdad los hará libres”
Muchos cristianos ya han comenzado a conocer a Dios y su verdad. Este manual nos ayudará a crecer en ese conocimiento liberador, ya que presenta los grandes temas de la Palabra de Dios y nos muestra cómo estos se complementan entre sí.
Cada capítulo examina un aspecto de la verdad bíblica, ofrece una lista de textos bíblicos pertinentes, propone preguntas para la reflexión y libros para la lectura adicional. Sugiere igualmente formas prácticas de aplicación que nos invitan a adorar al Dios vivo.
Además de actualizar la bibliografía, esta edición revisada, responde al desarrollo reciente del pensamiento secular cristiano. Esto garantiza que Conocerán la verdad seguirá siendo una excelente introducción a la doctrina cristiana.
“Es un privilegio recomendar un compendio tan inteligente, claro y provechoso de la fe cristiana básica”.
J. I. Packer
“Es una excelente guía para la comprensión de la doctrina cristiana… Milne no nos guía por un museo de verdades disecadas, sino mas bien por un jardín”.
Samuel Escobar

Conocerán la verdad
Un manual para la fe cristiana
Bruce Milne
Título original en inglés: Know the Truth
© 2005 Inter Varsity Press
38 De Montfort Street, Leicester LE1 7GP, England
© 2008 Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip) – Ediciones Puma
Primera edición digital, enero 2021
Categoría: Teología - Doctrina
ISBN N° 978-612-4252-88-4 | Edición digital
ISBN N° 978-9972-701-47-4 | Edición impresa
Editado por:
© 2021 Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip) – Ediciones Puma
Av. 28 de Julio 314, Int. G, Jesús María, Lima
Apartado postal: 11-168, Lima - Perú
Telf.: (511) 423–2772
E-mail: administracion@edicionespuma.org | ventas@edicionespuma.org
Web: www.edicionespuma.org
Ediciones Puma es un programa del Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip)
Traductor: Elma Flores
Diseño de carátula: Adilson Proc
Diagramación y ePub: Hansel J. Huaynate Ventocilla
Reservados todos los derechos
All rights reserved
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o introducida en un sistema de recuperación, o transmitida de ninguna forma, ni por ningún medio sea electrónico, mecánico, fotocopia, grabación o cualquier otro, sin previa autorización de los editores.
Las citas bíblicas corresponden a la Nueva Versión Internacional (nvi)
ISBN N° 978-612-4252-88-4
Prólogo
Poseídos de un sentido de misión y de urgencia, los evangelizadores avanzan por los caminos de nuestra América. No hay tiempo para teorizar ni para lo académico, “pronto la noche viene”. ¿No será acaso pérdida de tiempo ponerse a estudiar sistemáticamente la doctrina cristiana? Al fin y al cabo poca cosa hace falta saber para llevar seres humanos a los pies de Jesucristo. ¿No es acaso Juan 3.16 una síntesis completa del Evangelio? Entiendo perfectamente la fuerza de este tipo de argumento, pero no lo comparto. También Jesús y Pablo estaban poseídos de un santo sentido de urgencia y, sin embargo, emplearon buena parte de su ministerio en la enseñanza sistemática de la verdad. Si nos fijamos bien, las Epístolas son exposiciones cuidadosas y ordenadas de la doctrina cristiana, que proveen fundamento al discipulado. Y los Evangelios nos brindan en forma narrativa la base de lo que las Epístolas explican: el hecho fundamental de Jesucristo. No se avanza muy lejos en el camino del Señor si no se comprende la riqueza de la doctrina cristiana.
Cuando empecé mi tarea de evangelista y maestro, allá por los años sesenta, me encontré muchas veces con amigos ecuménicos que me decían: “La acción une, pero la doctrina separa”. Le restaban importancia a la comprensión de la verdad cristiana en nombre de un activismo, para el cual hoy se usa la palabra praxis. Pronto descubrí que estos amigos tenían siempre un programa de acción que imponían a sus colaboradores, el cual era expresión de una manera particular de entender la verdad cristiana. Fue la comprensión de la verdad lo que me ayudó a forjar una práctica evangélica que no fuese la de ser “tonto útil”. En la década siguiente hizo explosión la ola del espiritualismo y se escuchó la frase: “La experiencia espiritual une, la doctrina separa”. Percibí luego que aquí también había una falacia, porque tarde o temprano hace falta discernimiento para distinguir los espíritus, y eso sólo puede venir de la verdad revelada, comprendida y aplicada. Lo dijo Pablo con claridad cristalina: [...] sigue el ejemplo de la sana doctrina que de mí aprendiste. Con el poder del Espíritu Santo que vive en nosotros, cuida la preciosa enseñanza que se te ha confiado (2Ti 1.13–14).
El libro de Milne que aquí presentamos es una excelente guía para la comprensión de la doctrina cristiana. No sólo se trata de una sistematización de las grandes verdades bíblicas, sino que nos ofrece un resumen histórico de cómo esas verdades han sido comprendidas y expresadas por los grandes teólogos del pasado, y llega a la manera en que esas mismas verdades responden a las grandes preguntas del presente. Pero Milne no nos guía por un museo de verdades disecadas, sino más bien por un jardín. Nos provee una lista de pasajes bíblicos apropiados y preguntas clave que nos ayudan en nuestro propio diálogo actual con la palabra del texto bíblico que el Espíritu vivifica. El estudiante acostumbrado a una metodología de estudio personal y discusión en grupo, encontrará que la metodología de Milne le permite apropiarse de la herencia del pasado, y también realizar su propia tarea de contextualización, respondiendo a las preguntas y demandas de su situación particular.
Me hubiese gustado disponer de este libro cuando me iniciaba en mi propio ministerio, aunque otras herramientas parecidas me ayudaron en la tarea. Quiera el Señor que los miles de estudiosos que han de recorrer sus páginas se sientan desafiados a profundizar más en el estudio sistemático de la verdad y algunos produzcan un día un manual similar, forjado en la fragua de la vida latinoamericana.
Samuel Escobar
Profesor del Seminario Teológico de la
Unión Evangélica Bautista de Madrid, España
Valencia, Enero de 2008
Prólogo
El capellán solía invitar a sus paseos pastorales a los estudiantes que asistían a la capilla; así fue cómo me encontré caminando a su lado aquella cruda tarde de mi primer año. Me instaba a que cursara teología, la asignatura que él mismo dictaba, como complemento de la licenciatura en estudios clásicos en la que me había embarcado. Le expliqué que prefería no hacerlo, pues la teología era peligrosa para el alma. “¡Tonterías! —exclamó, con lo que debe haber sido el bufido más fuerte de la historia—. ¡La teología es la reina de las ciencias!”. Luego se quedó callado, y yo hice otro tanto. Con esto terminamos nuestro paseo. Lo creía poco ilustrado. No hay apuntes de lo que él pensó de mí; pero tenía todas las razones para sentirse disgustado. Él estaba en lo cierto, y conocía lo suficiente como para saber que se hallaba en lo cierto, y yo estaba todo lo equivocado que puede estar un ignorante porfiado de 18 años. A lo largo de mi vida he cometido muchas “metidas de pata”, pero ninguna tan torpe y descortés como la de aquella tarde.
¿Por qué dije semejante tontería? La espantosa verdad es que, como cristiano de apenas seis semanas solamente, me encontraba repitiendo mecánicamente lo que había oído en el Grupo Estudiantil Cristiano que me nutría. Sin duda había alguna justificación para esas oscuras sospechas. Durante los años de la guerra, la teología de las afamadas universidades de Oxford y Cambridge no se hallaba en sus mejores tiempos, y lamentablemente la experiencia muestra que la mala teología infecta el corazón con ideas falsas e incredulidad, los equivalentes espirituales de la esclerosis múltiple. Muchos que iban bien han ido quedando progresivamente paralíticos por ingerir mala teología, y ese peligro todavía existe. Además, la pericia teológica puede alimentar el orgullo intelectual, convirtiéndolo a uno en una persona que se interesa más en conocer nociones verdaderas en lugar de al Dios verdadero, y eso también es desastroso. Pero esto únicamente muestra cómo se puede arruinar una cosa buena. La corrupción de lo mejor es la peor corrupción; sin embargo, el mal uso no impide el buen uso. Hago constar con gratitud que por la gracia de Dios, a su debido tiempo comprobé que había estado hablando tonterías, y tras los estudios clásicos acabé cursando teología; una decisión de la cual nunca me he arrepentido, y que no dudaría en recomendar a cualquiera.
Se ha dicho que el hábito del estudio personal de la Biblia hace innecesaria la teología. Pero, al no estudiar ésta, en realidad uno se perjudica como estudiante de la Biblia, ya que la teología (es decir, una comprensión completa de la enseñanza bíblica), enriquece enormemente el estudio bíblico. ¿Cómo? Permitiéndonos ver más de lo que aparece en cada pasaje. Así como el efecto de saber botánica es que uno percibe más flora y fauna en una caminata campestre, y el efecto de saber electrónica es que se vea más de lo que se tiene a la vista cuando se desarma el televisor, así el efecto de saber teología es que, en iguales circunstancias, uno ve más adentro en el significado y la trascendencia de los pasajes bíblicos de lo que podría ver sin ese conocimiento. El contexto definitivo de cada frase escritural es toda la Biblia, con lo que me refiero no sólo a los sesenta y seis libros, sino también a la enseñanza bíblica; y cuanto mejor conocemos las Escrituras en ese doble sentido, más a fondo vemos lo que implican los textos particulares.
Es una verdad reconocida que la buena teología nace como consecuencia del estudio bíblico, y siempre se debe enseñar con referencia a su base bíblica. Menos conocido, pero no menos verdadero, es lo opuesto: que el estudio bíblico recibe información de la teología. Este es el caso también del testimonio cristiano, que en la Biblia significa no solamente relatar una experiencia, aunque la práctica es excelente, sino principalmente proclamar al Creador como Redentor, y a Jesucristo como Salvador resucitado. Lo que debemos decir acerca de Dios y su Hijo proviene de la Biblia, pero el estudio teológico nos permitirá verlo y, por tanto, expresarlo con más claridad de lo que sería posible de otra manera.
Aquí también tiene importancia la teología histórica, ya que aprender de los santos del pasado (y con ellos también) es una dimensión de la comunión en el cuerpo de Cristo, y los grandes estudiosos bíblicos de ayer (Agustín, Lutero, Calvino, Juan Owen, Jonatan Edwards y otros) a menudo tienen una visión más rica de los temas clave que sus equivalentes actuales. Y, como acertadamente se ha afirmado, ya que se halla más allá de la capacidad del hombre inventar una nueva herejía, es de gran ayuda conocer las antiguas, para poder detectarlas cuando reaparecen con un maquillaje moderno.
¿Qué libros de teología nos serán más útiles en estos asuntos? Durante años he obtenido ayuda de la Institución de la religión cristiana, de Calvino (1559), el cual desde su segunda edición en adelante estuvo adaptado explícitamente para ayudar a los estudiantes y profesores de la Biblia a vivir y testificar para Dios. Esta aún sigue siendo una obra en forma maravillosa para aquellos que pueden sacarle provecho, pero no se puede negar que no todos los cerebros cristianos pueden asimilar tantísima materia. En cambio, el libro del doctor Milne, en menor escala, difícilmente podría ser mejorado para cumplir ese propósito.
Le deseo larga vida y mucha salida; merece ambas cosas. En relación con Conocerán la verdad, las palabras toma y lee que Agustín oyó por sobre la tapia del jardín y que lo condujeron a un encuentro salvador con la Biblia, son mis palabras para los estudiantes serios. Pruébenlo; les gustará, será de gran provecho. Es un privilegio recomendar un compendio tan inteligente, claro y provechoso de la fe cristiana básica.
J. I. Packer
profesor de teología en el regent college
en vancouver, canadá
Prefacio a la primera edición en inglés
Sería imposible enumerar a todos los que han tenido alguna participación en la preparación de este libro: mis padres, quienes por enseñanza y ejemplo fueron los primeros en señalarme la verdad de Dios; los miembros de mi anterior congregación en Escocia y las iglesias donde he tenido oportunidad de ministrar en este país y en el exterior; los muchos estudiantes a quienes he tenido el privilegio de enseñar en este seminario durante años, así como también los miembros de mis clases en el Departamento de Extensión de la Universidad de Londres; mis amigos y colegas del cuerpo docente del Spurgeon College, y en particular todos aquellos que leyeron el manuscrito en alguna etapa de su producción y ofrecieron comentarios y críticas valiosas. Ninguno de ellos, desde luego, es responsable de las ideas expresadas en este texto, que en definitiva son mías, aunque espero que no sólo mías. También debo mi agradecimiento a Kingsway Publications por el permiso para incluir en la Parte 7 material que aparece en forma más completa en What the Bible Says About the End of the World (Lo que dice la Biblia sobre el fin del mundo), mi contribución a su programa de enseñanza bíblica. Finalmente, quiero rendir homenaje especial a mi esposa, quien además de estimularme a través de las diversas etapas de la obra, mecanografió dos borradores completos del manuscrito, uno de los cuales fue considerablemente más largo que su forma final.
Es mi fervorosa oración que el Dios Omnipotente se complazca en usar estas páginas para revelar más de la grandeza y el poder de su verdad como se ha dado a conocer en las Sagradas Escrituras, y en consecuencia que Él, nuestro bendito y glorioso Señor, sea ensalzado. A Él sea la gloria por siempre.
Bruce Milne
Spurgeon College
Londres, Inglaterra
Prefacio a la nueva edición
Es un placer escribir unas líneas al salir a circulación esta edición revisada de Conocerán la Verdad. Durante los años transcurridos desde su primera aparición en 1982, en la medida en que he viajado a muchas partes del mundo, ha sido enormemente gratificante encontrar que líderes cristianos y estudiantes se me han acercado y manifestado que han encontrado ayuda a través de sus páginas.
Estos años han visto cambios significativos en la comunidad cristiana, y han traído al mundo en general al borde de un nuevo milenio. Esta revisión es un intento de reflexionar acerca de una pequeña parte de ese cambio de contexto.
Para mí, el lapso que va desde su primera publicación hasta ahora, lo he pasado mayormente ejerciendo liderazgo y exponiendo las Escrituras a una comunidad tremendamente cariñosa y enormemente diversa en el corazón de una bella, pero profundamente secularizada, sociedad norteamericana. Las experiencias de estos años han servido precisamente para aumentar mis convicciones en cuanto a la verdad y relevancia de las cosas que Conocerán la verdad busca expresar. Que el Espíritu Santo se complazca en utilizar esta nueva edición aún más para la gloria de Dios.
Bruce Milne
Introducción
“Claro que no soy teólogo”. Cuántas veces he oído ese comentario a través de los años, con frecuencia en boca de aquellos que deberían saber que no se debe decir nada semejante. Generalmente, se supone que pensar seriamente acerca de la fe cristiana y tratar de expresar esa fe en forma organizada es totalmente diferente del cristianismo real, el cual se relaciona con lo práctico: nuestro andar con el Señor, predicar el evangelio y todo lo demás. Aunque los teólogos pueden tener su lugar, el estudio serio de la doctrina es considerado como algo por el cual los cristianos comunes no deben preocuparse, y se piensa que en realidad podría estorbar su vida cristiana si lo toman demasiado en serio.
Este espíritu antidoctrinal del presente está muy lejos del instinto cristiano de los primeros tiempos y se halla profundamente arraigado en la cultura occidental contemporánea. Frente a los tremendos retos y oportunidades a que se enfrenta la iglesia en los albores del siglo xxi, este abandono de la doctrina es, a mi juicio, nada menos que una receta para el desastre.
¿Por qué, pues, es tan vital el estudio de la doctrina?
Primero, la realidad es que todo cristiano es un teólogo. Teología significa literalmente ciencia que trata de Dios, o en forma más completa, toda palabra y toda ciencia que resultan del conocimiento de Dios (cf. 1Co 1.5). En virtud de haber nacido de nuevo, hemos comenzado a conocer a Dios y, en consecuencia, tenemos cierta comprensión de su naturaleza y sus acciones. Es decir, todos somos teólogos en cierta manera aunque no nos hayamos sentado a pensarlo. De manera que, bien entendida, la teología no es para unos pocos intelectuales religiosos con aptitud para el debate abstracto: es asunto de todo el mundo. Una vez que captamos esto, nuestra tarea es llegar a ser los mejores teólogos que podamos para la gloria de Dios, ya que nuestra comprensión de Él y de sus caminos se clarifica y profundiza al estudiar el libro que nos ha dado precisamente para ese propósito: la Biblia (2Ti 3.16). Este manual se ha escrito con el sencillo propósito de ayudarlo en ese empeño.
En segundo lugar, lograr entender bien la doctrina es la clave para comprender bien todo lo demás. Si queremos saber quién es Dios, quiénes somos nosotros, y qué espera Él de nosotros, debemos estudiar las Escrituras, es decir, su enseñanza como un todo, y ello implica la doctrina. Esto tiene vigencia para cada esfera de la vida cristiana: la adoración (Jn 4.23), el testimonio (Hch 17.11), el discipulado (Jn 8.31s), las relaciones cristianas (1Co 12.12), el trabajo diario (Ef 6.5–9); en cualquier esfera, el vivir correctamente comienza con el pensar correctamente. Los autores del Nuevo Testamento ejemplifican este principio. Al enfrentar problemas prácticos en la iglesia, siempre buscaban clarificar primero los temas teológicos que estaban en la base del problema, para luego aplicar el remedio práctico. En este profundo sentido, la doctrina es la clave de la vida; el Espíritu Santo usa la verdad de Dios en su obra y por medio de nosotros.
Desde luego, la doctrina correcta en sí misma no es suficiente; es trágicamente posible no llegar a convertir la verdad de Dios en obediencia práctica. Esa es una de las razones por las que a menudo la doctrina no tiene buena fama. Si la doctrina correcta no conduce a vidas maduras, amantes y santas, algo ha ido terriblemente mal. Pero esa no es razón para descuidarla o rechazarla. En un esfuerzo por recalcar este punto, he terminado cada parte de este manual con una sección de aplicación. Estas no son de ninguna manera detalladas; su significado reside en lo que procuran demostrar: que la doctrina correcta es la base para la vida correcta.
En tercer lugar, el estudio de la doctrina es una expresión de amar a Dios con nuestra mente (Mt 22.37). La verdadera meditación y comprensión son tan válidas como expresión de nuestra respuesta a Dios, y tan significativas en traer gloria al Dios de la verdad, como las acciones verdaderas y las palabras verdaderas. En una época en que para muchos la práctica es la prueba de la verdad, hace falta demostrar que la búsqueda de la verdad en sí misma también honra a Dios.
En cuarto lugar, la doctrina es fundamental porque es imposible separar a Cristo de las verdades que las Escrituras revelan acerca de Él. No hay otro Cristo que el Cristo que se conoce a través de las verdades y doctrinas de toda la Biblia. Cristo viene a nosotros, como decía Calvino, “vestido de su evangelio”. En consecuencia, la lealtad a su persona inevitablemente implica un compromiso con las verdades acerca de Él. Y, a la inversa, el descuido o la indiferencia de las doctrinas bíblicas es una forma de deslealtad a su nombre y desinterés por su honra.
Estos cuatro argumentos no son alternativos, sino complementarios. Su mensaje combinado es simple e incuestionable: “la doctrina importa”. Esfuérzate por presentarte a Dios aprobado, como obrero [...] que interpreta rectamente la palabra de verdad (2Ti 2.15).
Este manual trata de las grandes áreas de la doctrina cristiana tal como han sido formuladas a través de los siglos. Está principalmente destinado a los cristianos que piensan, que desean saber más de lo que la Biblia enseña, y un poco de cómo las doctrinas en cuestión han sido expresadas a través de los siglos, y también algo sobre las corrientes actuales.
El interés dominante ha sido exponer la enseñanza bíblica. Los pasajes principales de las Escrituras que tratan cada tema están enumerados al final de cada unidad de enseñanza; algunos lectores preferirán comenzar con dichos pasajes y de allí volver al estudio de la doctrina. Asimismo, al final de cada sección se plantean preguntas para estimular la reflexión y el repaso.
Jesús se dirigió entonces a los judíos que habían creído en él, y les dijo: —Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.
Juan 8.31, 32
Me alegré mucho cuando vinieron unos hermanos y dieron testimonio de tu fidelidad, y de cómo estás poniendo en práctica la verdad.
3 Juan 3
Bibliografía general
Doctrinal
• L. Berkhof, Systematic Theology (Banner of Truth, 1959). Teología sistemática (Libros Desafío, 2002).
• J. M. Boice, Foundations of the Christian Faith (ivp, 1986). Los fundamentos de la fe cristiana (Editorial Unilit, 1996).
• G. Bray (ed.), Contours of Christian Theology series (ivp, 1993).
• J. Calvin, Institutes of the Christian Religion. Institución de la religión cristiana (Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1968).
• S. B. Ferguson et al. (eds.), New Dictionary of Theology (ivp, 1988). Nuevo diccionario de teología (Casa Bautista de Publicaciones, 2003).
• S. J. Grenz, Created for Community (Victor/BridgePoint, 1996).
• W. Grudem, Systematic Theology (ivp, 1994). Teología sistemática (Vida, 2007).
• T. C. Hammond, In Understanding Be Men (ivp, 6th edn, 1968). Cómo comprender la doctrina cristiana (Ediciones Certeza, 1978).
• C. Hodge, Systematic Theology (James Clarke, 1960). Teología sistemática 1 y 2 (Clie, 2003).
• J. I. Packer, God’s Words (ivp, 1981).
• G. Vos, Biblical Theology (Banner of Truth, 1976).
Histórico
• L. Berkhof, The History of Christian Doctrines (Banner of Truth, 1969). Historia de las doctrinas cristianas (El Estandarte de la Verdad, 1969).
• G. C. Berkouwer, A Half Century of Theology (Eerdmans, 1977).
• G. W. Bromiley, Historical Theology: an Introduction (T. & T. Clark, 1978).
• S. J. Grenz and R.E. Olson, 20-Century Theology (Blackwells, 1992).
• J. N. D. Kelly, Early Christian Doctrines (A. & C. Black, 5th edn, 1977).
• J. G. Machen, Christianity and Liberalism (Eerdmans, 1946).
• J. Orr, The Progress of Dogma (Eerdmans, 1962). El progreso del dogma (Clie, 1988).
Abreviaturas
Libros del Antiguo Testamento:
Gn, Éx, Lv, Nm, Dt, Jos, Jue, Rt, 1S, 2S, 1R, 2R, 1Cr, 2Cr, Esd, Neh, Est, Job, Sal, Pr, Ec, Cnt, Is, Jer, Lm, Ez, Dn, Os, Jl, Am, Abd, Jon, Mi, Nah, Hab, Sof, Hag, Zac, Mal.
Libros del Nuevo Testamento:
Mt, Mr, Lc, Jn, Hch, Ro, 1Co, 2Co, Gá, Ef, Fil, Col, 1Ts, 2Ts, 1Ti, 2Ti, Tit, Flm, Heb, Stg, 1P, 2P, 1Jn, 2Jn, 3Jn, Jud, Ap.
| a.C. | antes de Cristo |
| at | Antiguo Testamento |
| bj | Biblia de Jerusalén |
| bla | Biblia de Las Américas (NT) |
| ca. | circa, cerca de, aproximadamente, hacia |
| cf. | Confer, compare |
| d.C. | después de Cristo |
| e.d. | es decir |
| dhh | Versión Dios habla hoy |
| gr. | griego |
| heb. | hebreo |
| ibd | The Ilustrated Bible Dictionary (ivp, 1980) |
| lat. | latín |
| lit. | literalmente |
| lbd | La Biblia al día |
| ndt | New Dictionary of Theology (ivp, 1988) |
| nt | Nuevo Testamento |
| por ej. | por ejemplo |
| rv60 | Reina Valera, revisión 1960 |
| rv77 | Reina Valera, revisión 1977 |
| p. | página |
| pp. | páginas |
| s | siguiente |
| ss | siguientes |
| vla | Versión latinoamericana |
| vm | Versión moderna |

Parte 1
La autoridad suprema en materia de fe

Capítulo 1
La autoridad
“Si la gente no conoce a Jesús, simplemente no tiene conocimiento de Dios y punto. No hay manera de experimentar paz con Dios si no es por medio de Jesús”.
“Lo siento, pero con todo respeto debo discrepar con usted. Jesús es el centro de todo, de hecho, pero Dios se ha revelado en muchas otras formas. Tengo una amiga que está metida en lo de la Nueva Era y ella dice que realmente siente que Dios está en ella”.
Ideas como éstas se discuten constantemente entre los cristianos hoy en día. Pero en el calor de tales debates podemos pasar por alto un desacuerdo más básico, es decir, la autoridad religiosa. ¿Apelaremos solamente a lo que sentimos personalmente, o a la experiencia que la gente afirma haber tenido? ¿Arrojarán alguna luz sobre este asunto los hallazgos de los estudiosos de religión comparativa o de los psicólogos de la religión? ¿Y qué de la enseñanza bíblica?
Preguntas semejantes podrían plantearse acerca de muchos de los temas que se debaten continuamente; la existencia de Dios, la reencarnación, el hablar en lenguas, la resurrección, el cristiano y el activismo político, pluralismo religioso, etc. La raíz de los diversos puntos de vista adoptados está determinada principalmente por una decisión previa, hecha consciente o inconscientemente, acerca del asiento de la autoridad religiosa. Plantear el asunto de la autoridad tal vez no resuelva los desacuerdos, pero puede clarificar los verdaderos puntos de diferencia y de esa manera evitar innecesarias malas interpretaciones.
Cualquier exposición de la doctrina cristiana básica debe comenzar en este punto. ¿Cómo decidimos cuál es la enseñanza cristiana correcta? ¿A qué podemos apelar para resolver diferencias y conflictos? ¿Cuál es nuestro criterio de verdad? Estas son las preguntas que deben llamar nuestra atención en primer lugar.
El significado de la autoridad
La autoridad es el derecho o el poder de exigir obediencia. Hay una crisis de autoridad generalizada en la sociedad contemporánea, donde la única autoridad aceptable para muchos es la que conscientemente se imponen a sí mismos.
Desde la perspectiva de la fe cristiana, Dios tiene todo el derecho y el poder de exigir obediencia porque es el Creador y el Señor de todos. “Sé lo que Dios piensa de esto, pero no siento ninguna obligación de adecuarme a ello” es un sentimiento que ningún verdadero cristiano comparte. Podrán desobedecer la voluntad de Dios, incluso deliberadamente, pero siempre en contra de su propio entendimiento de lo que le corresponde. Su posterior mala conciencia le será un testimonio de que la autoridad de Dios todavía funciona y sigue siendo reconocida. La autoridad reside en Dios.
Cuando el cristiano capta este principio fundamental, el asunto de la autoridad se convierte en el problema práctico de encontrar la voluntad y el pensamiento de Dios con respecto a cualquier asunto. Pero ¿cómo encontramos a Dios y descubrimos su voluntad y su pensamiento? Más exactamente, ¿ha provisto Él alguna fuente desde la cual podamos llegar a su verdad y ponernos bajo su autoridad?
La fuente de la autoridad
A través de los siglos, los cristianos han apelado a una variedad de voces como fuentes de autoridad decisiva.
Los credos
Estos resúmenes de la verdad cristiana se produjeron en los primeros siglos para afirmar la esencia de la fe en tiempos de confusión teológica. El credo apostólico1 es el más antiguo y conocido, por tanto, merece mucha autoridad. Efectivamente, proporciona una serie útil de puntos de apoyo sobre los que se pueden asentar exposiciones de la fe cristiana, pero no sirve como fuente ni regla final de la verdad cristiana. En primer lugar, es demasiado general. Tiene valor en cuanto a controlar puntos de vista extremos, pero no proporciona una declaración suficientemente completa de las doctrinas en cuestión. Segundo, su reclamo de autoridad descansa en algo anterior y más primitivo: las enseñanzas de Jesucristo y sus apóstoles.
Las confesiones históricas
Estas declaraciones de la fe cristiana pertenecen al período de la Reforma y años posteriores, por ej., los 39 Artículos (1571) y la Confesión de Westminster (1647). Son mucho más completas que los credos, pero tampoco sirven como autoridad suprema. Primero, se trata de declaraciones “parciales” que reflejan puntos de vista de una rama de la iglesia universal, y, en consecuencia, contienen elementos que no podrían exigir el apoyo de las otras ramas. Además, son también declaraciones “secundarias”. Una mirada superficial muestra que justifican deliberadamente sus afirmaciones apelando a la enseñanza bíblica.
El pensamiento de la iglesia
Según este enfoque, la presencia de Dios en la iglesia implica que su voluntad se puede descubrir consultando la tendencia principal de la opinión cristiana, “el pensamiento de la iglesia”. Aunque no debemos despreciar sin más las creencias y convicciones de nuestros hermanos cristianos, hay grandes dificultades en adoptar esto como nuestra norma fundamental. El “consenso cristiano” es sumamente difícil de concretar. ¿A quiénes escuchamos: a los teólogos, al clero, a las comisiones eclesiásticas, a la opinión laica común, o a qué? Además, si este “pensamiento” es nuestra autoridad fundamental, cualquier conflicto de opinión nos trae a un callejón sin salida, ya que detrás de eso no hay autoridad. Por otra parte, ¿qué hacemos con el hecho de que a lo largo de los siglos el “consenso” de opinión en la iglesia no ha sido invariablemente fiel a la [...] fe encomendada una vez por todas a los santos (Jud 3), ni consecuente con el consenso de otras épocas?2
La experiencia cristiana
Este enfoque comienza con la experiencia humana concreta acerca de Dios y trata de identificar las doctrinas expresadas mediante esa experiencia. Muchos teólogos influyentes del siglo xix siguieron este camino. Pero tiene dos grandes dificultades. En nuestra experiencia de Dios, a veces tenemos que distinguir entre la verdad objetiva acerca de Dios, y nuestras propias opiniones subjetivas, limitadas y torcidas. Esta dificultad depende del hecho de ser criaturas caídas con mentes caídas. También limita la verdad cristiana, quitándole todo lo que está más allá de nuestra experiencia inmediata, por ej., la doctrina de la Trinidad.
La razón cristiana
Este punto de vista afirma que la verdad cristiana consiste en lo que podemos demostrar acerca de Dios mediante el razonamiento lógico, y tiene sus seguidores desde el siglo iii. Pocos excluirían realmente las consideraciones racionales al formular la verdad cristiana; pero de todos modos no sirve como autoridad esencial. La percepción de la verdad de la humanidad caída, especialmente en la esfera moral y espiritual, está severamente limitada: la mente de la criatura no puede abarcar al Creador; y este enfoque nunca puede captar la vitalidad de la religión bíblica auténtica.
La “voz interior”
Algunos afirman que Dios habla directamente en las profundidades de la conciencia, y que esta “voz interior” es la fuente máxima de autoridad. Esta idea se halla bastante generalizada en la actualidad, y frecuentemente se interpreta como la influencia del Espíritu Santo. Desde luego, incluye un elemento de verdad: el Espíritu Santo cumple un papel fundamental en la comprensión cristiana de la autoridad, pero obra esencialmente por medio de las Escrituras. Cualquier afirmación específica sobre esta influencia debe tratarse con escepticismo instintivo si no hace referencia a la Palabra escrita de Dios o recibe confirmación por la experiencia del grupo o la iglesia. La sinceridad de muchos de los que hacen ese tipo de afirmaciones no debe ocultar el inmenso peligro del engaño de sí mismos en ese sentido. Los informes de muchos consejeros cristianos dan amplia evidencia de los repetidos naufragios espirituales en ese escollo.
La fuente suprema
Ninguna de las fuentes mencionadas es adecuada para señalarnos la voluntad de Dios y ser la fuente autoritativa de la verdad cristiana, pero cada una contribuye. Los credos, las confesiones y el “pensamiento de la iglesia” afirman nuestro lugar en la antigua y universal Iglesia de Jesucristo. Su testimonio ha de tenerse en cuenta. La experiencia cristiana nos recuerda que la doctrina nunca es puramente intelectual, mientras que la razón cristiana insiste en que expresemos la doctrina de acuerdo con nuestras formas humanas de comunicación. Sin embargo, la fuente primordial de autoridad es el trino Dios mismo, como se nos da a conocer a través de las palabras de la Biblia. Esto combina tres verdades.
1. Dios ha tomado la iniciativa. Aprendemos de Él y nos sometemos a su autoridad directa por su decisión de darse a conocer a sí mismo y a su voluntad. Este proceso se denomina “revelación”.
2. Dios mismo ha venido a nosotros en Jesucristo, el Dios-hombre. Como Palabra y Sabiduría eterna de Dios, Jesucristo es el mediador de todo nuestro conocimiento de Dios (cf. Jn 1.1s; 14.6–9; 1Co 1.30; Col 2.3; Ap 19.13).
3. Nuestro conocimiento de Dios viene por medio de la Biblia. Él ha determinado que se escribiera, y a través de ella nos habla hoy como habló a su gente cuando se expresaron originalmente esas palabras. Debemos recibir la Biblia como las palabras de Dios para nosotros y reverenciarla y obedecerla como tal. A medida que nos sometemos a su autoridad, nos ponemos bajo la autoridad del Dios vivo, que se nos da a conocer principalmente en Jesucristo. Esta declaración concisa sobre la fuente máxima de autoridad se ampliará más adelante.
Pasajes bíblicos
Gn 1.1; Job 40.1–5; 42.1–6; Sal 95.6; Is 40.21–23; 45.9; Ro 9.19s; 11.33–36; Ef 1.11; Ap 4.9–11
Preguntas
1. Exprese el concepto cristiano de la autoridad.
2. Explore la importancia de este criterio para: (a) los cristianos que trabajan en todos los niveles de la educación; (b) asuntos del orden público; (c) el enfoque cristiano de las artes.
3. Resuma los puntos fuertes y débiles de las diferentes posiciones que aseveran ser la autoridad máxima en el campo de la verdad cristiana.
4. Bosqueje el consejo que daría a un cristiano que está tratando de encontrar la voluntad de Dios para un asunto específico.
Bibliografía
• Art. ‘Autority’ en ibd y ndt.
• D. A. Carson and J. D. Woodbridge (eds.), Scripture and Truth (ivp, 1983).
• C. F. H. Henry, God, Revelation and Autority 1 and 2 (Word Books, 1976).
• H. Heppe, Reformed Dogmatics (Baker, 1978).
• B. Ramm, The Pattern of Religious Autority (Eerdmans, 1975).
• P. Schaff, The Creeds of Christendom (Baker, 1977).
1. El título es algo engañoso. Este credo probablemente data del siglo iii y era un resumen de la fe que aprendían los candidatos al bautismo.
2. La Iglesia Católica Romana afirma que Cristo estableció un oficio de enseñanza en la persona de Pedro y sus sucesores como obispo de Roma; por lo tanto, el papado representa la voz de Dios. Algunas de las dificultades arriba mencionadas se aplican a esta pretensión. Las objeciones al planteamiento católico se verán con más detalle en la Parte 6.

Capítulo 2
La revelación
El significado de la revelación
Revelar significa descubrir algo que estaba oculto, para que se pueda ver y saber en qué consiste. La palabra principal del Antiguo Testamento que expresa este concepto, galá, viene de un término que significa desnudez (cf. Éx 20.26), pero con frecuencia se usa metafóricamente: en Isaías 53.1, el brazo de Jehová es literalmente desnudado en su obra de salvación (cf. Is 52.10). En 2 Samuel 7.27 (rv), [...] revelaste al oído de tu siervo significa literalmente desnudaste al oído de tu siervo. El equivalente griego, apokalypto, se usa en el Nuevo Testamento únicamente en el sentido teológico avanzado de dar a conocer realidades religiosas (cf. Lc 10.21; Ef 3.5).
Estas palabras expresan lo que se sobrentiende cada vez que la Biblia se refiere a que Dios habla y se relaciona con los hombres y las mujeres: la religión bíblica es una religión, una fe basada en la afirmación de que Dios ha venido a nosotros y se ha dado a conocer. Si queremos conocer a Dios, la revelación es indispensable por dos razones complementarias:
Somos seres creados
Dios, en el principio, creó [...] al ser humano (Gn 1.1, 27). Estas primeras palabras de la Biblia expresan la diferencia entre Dios y la especie humana. Dios como Creador existe libremente en forma independiente de nosotros; la criatura, en cambio, depende totalmente de Dios para su existencia (cf. el hombre y la mujer como “polvo” en Génesis 2.7; 3.19; Salmo 103.14). En consecuencia, Dios y el género humano pertenecen a diferentes categorías del ser3.
Esta diferencia no es absoluta. Estamos hechos “a imagen de Dios”; Dios se comunica con nosotros (Gn 1.28); Dios se hizo ser humano en el Señor Jesucristo (Jn 1.1, 14); Dios el Espíritu mora en los cristianos y los trae a una relación personal con Dios (Ro 8.9–17). Todos estos factores confirman un grado de correspondencia entre Él y la humanidad. Sin embargo, hay todavía una profunda e irreducible diferencia.
Esta diferencia en el ser implica una diferencia en el conocer: ¿Quién conoce los pensamientos del ser humano sino su propio espíritu que está en él? Así mismo, nadie conoce los pensamientos de Dios sino el Espíritu de Dios (1Co 2.11). Sólo Dios conoce verdaderamente a Dios. Ya que Él es el creador y el Señor del ser humano, su conocimiento incluye nuestro conocimiento de nosotros mismos (Sal 139.2s); pero nuestro conocimiento no incluye el conocimiento que Dios tiene de sí mismo4. Nuestra condición de seres creados, en consecuencia, requiere que Dios se revele a sí mismo si hemos de tener un adecuado conocimiento de Él. Incluso el Adán anterior a la caída necesitaba que Dios le hablara personalmente para poder saber la voluntad de Él (Gn 1.28ss; 2.16s).
Somos pecadores
Nuestra necesidad de revelación se intensifica enormemente por causa de nuestro pecado. La caída ha afectado cada aspecto de nuestro ser, sobre todo nuestra percepción de las realidades espirituales y morales. El pecado nos vuelve espiritualmente ciegos e ignorantes de Dios (Ro 1.18; 1Co 1.21; 2Co 4.4; Ef 2.1s; 4.18).
En consecuencia, no hay camino desde nuestra percepción intelectual y moral hacia un genuino conocimiento de Dios. El único acceso para llegar al conocimiento de Dios es que Él se sitúe voluntariamente dentro de nuestro campo de percepción y renueve nuestro caído entendimiento. Por tanto, si queremos conocer a Dios y tener una base correcta para nuestra comprensión y experiencia cristiana, es indispensable la revelación.
La probabilidad de la revelación
Si Dios es nuestro Creador, alguna forma de revelación es tremendamente probable, puesto que podemos suponer que Él nos hizo con un propósito. Y como sus criaturas son evidentemente seres sensibles, con tendencias inherentes para relacionarse, también podemos suponer que el propósito de Dios al crearnos implicaba algún tipo de relación y sensibilidad hacia Él mismo. Tal sensibilidad y relación requiere revelación de alguna clase; en consecuencia, la creación misma parece implicar revelación. Efectivamente, ¿sería posible que un Creador a todas luces inteligente y sabio dejara a sus criaturas andar a tientas en la oscuridad en busca de alguna clave de su existencia y no darse a conocer? Tal pensamiento es realmente absurdo.
Si suponemos, además, como hacen vagamente muchos, que el Dios Creador es amoroso, la probabilidad de la revelación se vuelve aplastante. Ningún padre amoroso se mantendría deliberadamente fuera de la vista y campo de referencia de sus hijos para que crecieran ignorantes de su existencia. Aunque no podemos equiparar el amor humano al amor de Dios, podemos suponer un grado de identificación suficiente para interpretar un ocultamiento deliberado y total de Dios como una negación del amor. Debido a la caída, nuestra capacidad para percibir y sacar provecho total de esa revelación está severamente restringida, como veremos a continuación.
La revelación general
Los teólogos generalmente distinguen entre dos ramas principales de la revelación: la “general” y la “especial”. La revelación general es la revelación de Dios a todas las personas en todas partes. Tiene varias formas y características.
La creación
En Romanos 1.18–32, Pablo explica el juicio de Dios sobre el mundo gentil (los no judíos) de sus días. Dios los entregó (1.24, 26, 28) a las tendencias autodestructivas de su naturaleza caída porque a pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias [...] (1.21), sino que cambiaron la gloria del Dios inmortal [...] cambiaron la verdad de Dios por la mentira [...] estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios (1.23, 25, 28). Este conocimiento perdido de Dios consistía en que reconocieran las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que Él creó [...] (1.20). Según eso, [...] nadie tiene excusa (1.20). Esta revelación de Dios data desde la creación del mundo (1.20); en consecuencia, parece que Pablo ve el orden creado como la revelación de Dios a toda criatura para dar a conocer su eterno poder y deidad, lo que las obliga a reconocerlo y darle gloria y gracias (1.20s). En Hechos 14.17, Pablo informa a los paganos de Listra que Dios no ha dejado de dar testimonio de sí mismo; esto lo confirma su bondad, dándoles lluvias del cielo y estaciones fructíferas, proporcionándoles comida y alegría de corazón. Hechos 17.26s se refiere al orden de Dios en los asuntos individuales y nacionales para que todos los seres humanos busquen [a Dios] y, aunque sea a tientas, lo encuentren.
La experiencia moral
Romanos 2.14s afirma que cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige [...] muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan. Es decir que los conflictos de la conciencia humana se relacionan con los resultados del juicio final de Dios (Ro 2.16, cf. 1.32). Los profetas del Antiguo Testamento hablan con frecuencia de los justos juicios de Dios sobre las naciones gentiles, aunque estas naciones no habían conocido la ley del Antiguo Testamento (por ej., Jer 46.51; Am 1.6–2.3). El Nuevo Testamento reconoce que la conciencia no cristiana está calificada para juzgar la conducta general de los cristianos (por ej., 1Ti 3.7; 2P 2.12). Efectivamente, el llamado moral del evangelio, su afirmación de que todos han pecado (Ro 3.9–23), su llamado al arrepentimiento (Hch 17.30), su interpretación de la obra de Cristo en términos morales (Ro 3.21–26; 1Co 15.3), todo supone una verdadera continuidad entre la experiencia moral universal y la del creyente; esto, a su vez, implica cierta conciencia de la voluntad de Dios por parte de los no cristianos.
Estas citas bíblicas confirman el hecho de que Dios se ha revelado a todos en los conflictos de su experiencia moral. Ello no se invalida por las discrepancias entre los códigos morales humanos. Aunque Dios se revela a sí mismo en la conciencia del incrédulo, a causa de la caída, el conocimiento de la voluntad de Él que tienen los no cristianos de ninguna manera es perfecto. El pecado causa una torpeza moral que tuerce toda nuestra conciencia de Dios y de su voluntad. Los dictados de la conciencia de los incrédulos no son, en consecuencia, “la voz interior de Dios” en un sentido inequívoco. Nuestra idea limitada, pero esencial, es que “Dios no se ha dejado a sí mismo sin testimonio”; en todos los conflictos morales de la experiencia humana todos tenemos cierta conciencia de que el sentido de obligación de hacer el bien y rechazar el mal refleja la voluntad de un Señor supremo ante quien somos finalmente responsables.
Esto no “demuestra” la existencia de Dios más de lo que puede hacerlo la revelación general por medio de la creación. Más bien las Escrituras afirman que de hecho Él da testimonio de sí mismo a todas las personas en estas dimensiones de su experiencia, sea o no posible verificar esto por medio de la deducción racional.
Podemos mencionar brevemente un aspecto adicional de la revelación general, al que a veces se hace referencia, aunque su base bíblica es menos segura.
El sentimiento religioso universal
El instinto para adorar parece ser un fenómeno humano universal. Los antropólogos todavía no han encontrado ningún pueblo, por muy primitivo que sea, que carezca de un sentido de sobrecogimiento ante lo sobrenatural. Calvino se refiere a “un sentido de deidad”, el cual ha sido implantado en el corazón humano, y Lutero afirma que “El ser humano debe tener a Dios o a un ídolo”. Se toma a Juan 1.9 como referencia para apoyar esta forma de revelación general (ver también Salmo 139.1–18).
El factor dinámico
Sin embargo, la revelación de Dios no es imparcial y objetiva como una exhibición de museo. Más bien es una realidad dinámica continua; Él se revela de manera reiterada, el ser humano resiste repetidamente, oscureciendo y haciendo uso indebido de la revelación (Ro 1.21–28). En consecuencia, solamente con una actitud de total sumisión y obediencia se puede encontrar verdaderamente la revelación de Dios. Cuando las personas se niegan a adoptar esa actitud, probablemente cierran la puerta para cualquier futura revelación (Mt 25.29; Lc 8.18; cf. Herodes en Mr 6.21–28 y Lc 23.9).
Una persona que resiste repetidamente la revelación de Dios puede con el tiempo volverse incapaz de reconocerla o responder a ella. La Biblia no desconoce a la “persona secular” que no manifiesta interés por la realidad de Dios. Lo que sí afirma es que Dios es justo. Él se revela a todas las personas en algún momento u otro del peregrinaje de su vida. Cuando la persona resiste esa luz y el corazón se endurece contra ella, la luz probablemente será quitada.
Puesto que por ser pecadores todos (en la práctica) reaccionamos constantemente contra la revelación de Dios precisamente de esa manera, y a pesar de la evidencia de la bondad y el amor de Dios para con nosotros, uno de los comentarios más acertados que se pueden hacer respecto a nosotros es sencillamente que somos unos necios (Sal 14.1; Ro 1.22).
Sus efectos
Si la revelación general adolece de tantas limitaciones. ¿cuál será su importancia?
En primer lugar, refleja la bondad de Dios. La estabilidad de la sociedad humana, debido a la sanción de la ley moral, es fruto de la revelación general. Nuestro sentido de obligación moral —por medio del cual distinguimos entre el bien y el mal, el pecado se mantiene a raya, y en general la vida humana funciona tolerablemente sin que continúe sumergida en desaforadas explosiones de maldad— se debe en definitiva a la revelación de Dios, por poco que ello se reconozca.
En segundo lugar, debido al estado caído del ser humano, en la práctica, la revelación general nos hace culpables ante Dios. Él no se ha dejado sin testimonio. A lo largo de la experiencia de sus vidas, se dirige a todas las personas. Si extinguimos la luz que se nos da, la responsabilidad de la oscuridad que le sigue recae sobre nosotros. Dios siempre es veraz, aunque el hombre sea mentiroso [...] (Ro 3.4). De ese modo, se cuestiona al pueblo de Listra por haber hecho de la “bondad de Dios” un objeto de idolatría. (Hch 14.11–18).
Esta verdad es particularmente importante para la evangelización cristiana. Cada cual es convocado por Dios y en consecuencia es responsable de toda falta de una verdadera relación con Él. Esta culpabilidad humana universal está implícita en el evangelio. Desde luego, las personas serán juzgadas al final según la luz y las oportunidades que hayan tenido, las que evidentemente no son iguales para todos (Mt 13.11; Lc 10.13s; cf. “El juicio”, pp. 413–417). La Biblia, sin embargo, enseña claramente que esa luz llega en alguna medida a todos, y todos luego incurren en pecado por desconocer a Dios.
Sus limitaciones
La revelación general era insuficiente aun para Adán antes de la caída; una relación significativa de este con Dios, y con conocimiento de Él, se hizo realidad solamente cuando Dios se dirigió a Adán directamente (Gn 1.28s; 2.17s). El pecado arruinó esta relación y conocimiento, abriendo un abismo entre nuestro pensamiento y experiencia y el ser y la naturaleza de Dios. La revelación general es incapaz de franquear el abismo. Como lo expresa Pablo (1Co 1.21), a pesar de toda su sabiduría, el mundo dejado a sí mismo no conoce a Dios.
De acuerdo a esto, ya que la revelación general no es suficiente, hace falta una revelación más completa y detallada. Si hemos de conocer a Dios, “corresponde a Dios dar testimonio de sí mismo desde el cielo” (Calvino).
En resumen, la Biblia enseña claramente que “Dios no se dejó a sí mismo sin testimonio”. Nosotros vivimos en el mundo de Dios como criaturas de Dios; estamos en todo momento “ante el ojo de Dios” (Lutero). A pesar de los efectos enceguecedores del pecado, no podemos alegar total desconocimiento de Él. Por medio de la revelación general, Dios ha manifestado a la humanidad algo de su naturaleza y sus propósitos.
La revelación especial
La revelación especial muestra las formas en que Dios se ha dado a conocer con una claridad y plenitud que van mucho más allá de la revelación general. Tiene por centro el milagro de la encarnación y se expresa por medio de las palabras divinamente inspiradas de la Biblia. En consecuencia, la revelación especial asume más de una forma.
Jesucristo
La forma suprema de la autorrevelación de Dios se dio cuando se encarnó en la persona de Cristo Jesús (Jn 1.1s, 14). En este “gran milagro” (C. S. Lewis) Dios tendió un puente sobre la brecha que separaba al Creador de la criatura cuando Él mismo [...] se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo [...] manifestarse como hombre (Fil 2.7, 8). En Jesucristo, Dios está presente en persona y su carácter y naturaleza esencial son revelados a nosotros. [...] El que me ha visto a mí, ha visto al Padre (Jn 14.9). Esta identidad del Padre e Hijo es decisiva en nuestro conocimiento de Dios. Jesús no es una imagen parcial o transitoria de Dios que necesita complementarse con otras imágenes y cuadros de otros lugares y de otros tiempos. Él es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que Él es (Heb 1.3). En Jesucristo, nos confrontamos con el corazón eterno de Dios. Jesucristo es, por tanto, el centro y la cumbre de toda revelación divina.
Las Sagradas Escrituras
Más adelante consideraremos específicamente la Biblia. Aquí simplemente afirmamos su aseveración de que transmite las palabras de Dios a sus criaturas (Jn 10.35; Ro 3.2; 2Ti 3.16). Estas palabras fueron habladas y escritas originalmente a determinadas generaciones, pero por su divina providencia tienen vigencia para todas ellas (Hch 7.38; Ro 15.4; 1Co 10.11).
La correlación de estas formas
Estas formas no pueden estar separadas. Cristo, la Palabra encarnada, se da a conocer por medio de la Palabra escrita de Dios: la Biblia. Desde luego, conocer a Cristo es una realidad más rica que la simple familiaridad con las enseñanzas bíblicas acerca de Él. Pero el Cristo que conocemos por la experiencia personal es el Cristo del testimonio bíblico; no hay otro. La respuesta salvadora a Cristo envuelve el compromiso con Él en los términos del testimonio que de Cristo dan las Escrituras.
A la inversa, la Palabra escrita no se puede separar de la Palabra encarnada. Solamente se puede interpretar correctamente la Biblia desde la perspectiva de una fe viva en Cristo, que es su tema central, la culminación y el objeto de toda la revelación bíblica de la persona y los propósitos de Dios.
¿Una tercera forma?
Algunos autores hacen referencia a una tercera forma de revelación especial: el testimonio que los cristianos dan del evangelio. Esto abarcaría la predicación formal y toda clase de testimonio o enseñanza cristiana informal. Aunque no se puede poner al mismo nivel que Cristo Jesús y las Escrituras, el testimonio cristiano sí vincula estas dos formas primarias de revelación especial con nuestra experiencia actual, como lo hizo en los días de los apóstoles (Hch 2.37s; 8.4s, 26s; 11.20). Sin embargo, la predicación y el testimonio cristiano sólo pueden apoyar la revelación de Dios si expresan fielmente su Palabra, tanto encarnada como escrita.
Revelación redentora
La revelación especial constituye un tremendo avance frente a la revelación general; es mucho más lo que se manifiesta de Dios por medio de la cruz de Cristo que por un cielo encendido de estrellas. Sin embargo, a causa de la naturaleza del ser humano, incluso la revelación especial en Cristo y las Escrituras no es suficiente para darnos un pleno y satisfactorio conocimiento de Dios. Si Adán se hubiera mantenido “justo”, la revelación especial habría sido totalmente suficiente como lo era antes de la caída (Gn 2.16). Sin embargo, las criaturas caídas tienen una tendencia inherente a resistir toda clase de revelación divina y a alejarse de ella. Muchos judíos de los tiempos de Jesús rechazaron tanto las Escrituras (Mt 15.6; 22.29) como a Cristo mismo (Jn 19.15; Hch 7), y todo testigo cristiano se lamenta por la misteriosa capacidad de las personas para resistir no sólo la revelación general de Dios en la naturaleza y en la conciencia, sino también la Palabra de Dios, escrita, encarnada y predicada. Detenemos o sofocamos la verdad de Dios (Ro 1.18; 2Co 4.4). Si vamos a conocer verdaderamente a Dios, entonces la revelación debe redimir a la vez que informar, al mismo tiempo que enseñar.
Por la maravillosa gracia de Dios, ese es precisamente el carácter de su revelación especial en Cristo y las Escrituras. Estas registran la progresiva revelación de Dios mismo y su plan de salvación para nosotros. Su centro radica en la cruz donde Cristo murió por nuestros pecados (1Co 15.3) para superar la barrera que nos impide conocer verdaderamente a Dios. El Espíritu Santo hace efectiva la redención de Cristo, sometiendo nuestra voluntad rebelde y abriendo nuestros ojos ciegos para que podamos creer el evangelio y así permitirnos entrar al reino de Dios y conocerlo verdaderamente (Jn 3.1ss; 15.26; 1Ts 1.5; Tit 3.5).
En resumen, la revelación de Dios tiene dos partes principales: una revelación general para todos, principalmente por medio de la naturaleza y la conciencia; y una revelación especial por medio de Cristo y las Escrituras. Sin embargo, la revelación especial requiere una división más: algunos la rechazan, pero otros la reciben por el ministerio del Espíritu Santo, que les permite creer en Cristo. En este caso final, podemos hablar de una verdadera revelación, la cual conduce a un verdadero conocimiento de Dios.
Pasajes bíblicos
• La revelación en general: Dt 29.29; Is 55.8s; Dn 2.22; Ro 1.18; 1Co 1.21; 2.6–14
• Nuestra necesidad de revelación
(1) como criaturas: Gn 2.7; Job 12.13–25; 42.1–6; Sal 103.14
(2) como pecadores: Job 37.19; Sal 73.22; 82.5; Jer 17.9; Hch 17.23, 30; Ro 1.18–32; 1Co 1.21; 2Co 4.4; Ef 2.1s; 4.18
• Revelación general: Sal 19.1s; Jn 1.9; Jer 46–51; Am 1.2–2.5; Ro 1.18–32; 2.14s; Hch 14.17; 17.26s; 2Co 4.2
• Revelación especial: Éx 31.18; 2R 22; Sal 19.7–11; Is 55.11; Jer 20.9; Mr 7.13; Jn 1.1–18; 10.35; 14.6; 1Co 1.21, 30; 2Co 4.6; Gá 1.12; Col 2.2s; 2Ti 3.16; Heb 4.12; 2P 1.21
• La obra del Espíritu: Jn 3.1–16; 14.25; 15.26; 16.13s; 1Co 2.4–16; Ef 1.17; 1Ts 1.5; 1Jn 2.20, 27; 3.24; 5.7s
Preguntas
1. “Sólo Dios puede dar testimonio adecuado de sí mismo”. “Podemos conocer a Dios únicamente cuando Él se pone al alcance de nuestro conocimiento”. ¿Pueden apoyarse estas ideas basándose en la Biblia? Investigue la importancia de la manera en que podemos llegar a conocer a Dios.
2. Distinga entre la revelación general y la especial. ¿Es una distinción necesaria? ¿Puede sugerir una terminología alternativa?
3. ¿Cuál es la importancia de la revelación general para: (a) la evangelización; (b) el concepto cristiano de la cultura; (c) la apologética o defensa de la fe cristiana; (d) el concepto cristiano del Estado?
4. ¿Hay algún sentido en que Dios sea conocido en otras religiones del mundo?
5. ¿En qué sentido puede la conciencia ser una guía para conocer a Dios?
6. Explore la relación entre Cristo y las Escrituras en la revelación cristiana.
7. ¿Cuál es la función del Espíritu Santo para que podamos llegar a conocer verdaderamente a Dios?
Bibliografía
• Art. ‘Autority’ en ibd y ndt.
• G. C. Berkouwer, General Revelation (Eerdmans, 1995).
• J. Calvin, Institutes of the Christian Religion, 1–3. Institución de la religión cristiana (Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1968).
• C. F. H. Henry (ed.), Revelation and the Bible (Tyndale Press, 1959).
• C. F. H. Henry, God, Revelation and Autority 1 and 2 (Word Books, 1976).
• L. Morris, I Believe in Revelation (Hodder, 1976). Creo en la revelación (Editorial Caribe-Betania, 1979).
• J. I. Packer, God Has Spoken (Hodder, 2° ed, 1979) La voz del Dios Santo (Editorial Vida, 2008).
• B. Ramm, Special Revelation and the Word of God (Eerdmans, 1961). La revelación especial y la Palabra de Dios (Editorial La Aurora, 1967).
3. El término técnico para este tipo de distinción es ontológica; una distinción en el ser.
4. El término técnico para este tipo de distinción es epistemológica; una distinción en el conocer.

Capítulo 3
Las escrituras
La biblia: la forma material de la revelación especial
La revelación especial de Dios nos viene por medio de la Biblia. Por ella nos enteramos acerca de Jesús y nos encontramos con Él. Es la base y la norma para toda predicación y enseñanza cristiana, y, por tanto, se la puede describir como la forma material de la revelación divina especial. Esto significa varias cosas:
La condescendencia de Dios
Nuestro conocimiento de Dios depende de que Él se haya dignado comunicarse con nosotros. Como un adulto que habla con un niñito, Dios ajusta su lenguaje y forma de expresión a nuestra capacidad. “Como las nodrizas con las criaturas, Dios acostumbra a ‘balbucear’ en cierta medida al hablar con nosotros” (Calvino; cf. 1Ts 2.7). Por tanto, no debemos ofendernos por el lenguaje directo de la Biblia o por su contenido frecuentemente mundano.
Posibilidad de la revelación verbal
La afirmación de que Dios ha hablado por medio de las palabras de la Biblia, corresponde a la suposición cristiana de un Dios personal no creado. Él puede perfectamente comunicarse al nivel de sus propias criaturas racionales y hablantes por medio del lenguaje. Negar la revelación verbal en principio, como hacen algunos, es en efecto negar la realidad de un Dios creador. Aquel que ha formado la boca, ¿no podrá hablar? (cf. Sal 94.9).
Verdad analógica
Al darse a conocer al ser humano, Dios usa el principio de la analogía, por medio de la cual algo que pertenece a una esfera de la experiencia y el lenguaje, se usa para explicar algo de otra esfera. La revelación especial se relaciona con la esfera de la experiencia de Dios de sí mismo y su propia expresión eterna de esa experiencia, por un lado, y la esfera de la experiencia humana y nuestra expresión de ella, por otro. Dios elige aquellos elementos de nuestra esfera de experiencia y lenguaje que puedan servir como analogías pertinentes de la verdad de su propia esfera de experiencia y expresión de sí mismo. Únicamente Él se conoce a sí mismo, pero como Creador y Redentor también nos conoce a nosotros, y puede, por tanto, establecer soberanamente puntos de contacto donde su esfera de experiencia se refleje verdaderamente en la nuestra. Las Escrituras son la expresión material de esta autorrevelación de Dios.
Es obvio que la cosa análoga no refleja plenamente la verdad de lo que es únicamente una analogía. Retenemos nuestras limitaciones humanas; el lenguaje de la Biblia sigue siendo humano. No toda la verdad de Dios puede transmitirse por medio del lenguaje. Las Escrituras mismas distinguen las “cosas secretas” que pertenecen a Dios, de las cosas “reveladas” que [...] nos pertenecen a nosotros y para nuestros hijos para siempre (Dt 29.29; Is 55.8–11). Esto de ninguna manera estorba que sean una afirmación totalmente verdadera en todas sus partes. “¿Hay alguna razón para que el Dios personal no creado no pudiera hablarnos verdaderamente de sí mismo, aunque no plenamente?” (Schaeffer). El lenguaje humano es un medio totalmente adecuado para comunicarnos la verdad de Dios. Las afirmaciones de la revelación especial en las Escrituras, cuando se reciben como la palabra fidedigna de Dios, transmiten un verdadero y confiable relato de Dios y sus propósitos.
El propósito de Dios
En su gran sabiduría Dios nos proporciona un relato escrito de su revelación. El teólogo holandés Abraham Kuyper señala cuatro ventajas de un relato escrito: 1. Alcanza durabilidad. Se reducen los errores de la memoria y las alteraciones accidentales o deliberadas a lo largo de un período prolongado. 2. Puede diseminarse universalmente por medio de la traducción y la reproducción. 3. Posee los atributos de pureza y fijeza. 4. Tiene una finalidad y calidad normativa que otras formas de comunicación no logran.
Bases para aceptar la Biblia como la palabra escrita de Dios
Una manera de expresar la convicción de que en la Biblia es Dios mismo quien dice sus palabras directamente a nosotros, es llamarla “Palabra de Dios”. Este es un concepto bíblico. Aparece en el Antiguo Testamento en la idea de la palabra creativa de Dios (Gn 1.11; Sal 33.6), la “sabiduría” de Dios personalizada (Pr 8), el vehículo de la actividad de Dios (Is 55.11). Jesús la usa en relación con el Antiguo Testamento (Mr 7.13; Jn 10.35), y los apóstoles también (por ej., Hch 6.4; Ro 9.6; Heb 4.12). A veces se usó respecto del evangelio (por ej., Hch 11.1; 13.46). También se usa en relación con Jesús mismo (Jn 1.1, 14; 1Jn 1.1; Ap 19.13).
En la cultura clásica, el término griego logos, que se traduce como palabra, significaba el principio racional de la coherencia en el universo. Fundamentalmente, logos transmite la idea del acto en que Dios se da a conocer. Nuestra aplicación del término Escritura como un todo sencillamente intenta reflejar la actitud de Jesús hacia el Antiguo Testamento.
El concepto de Jesús del Antiguo Testamento
Jesús otorgó autoridad divina a las Escrituras del Antiguo Testamento. Citaba el at de una forma que revelaba su respeto personal por su jerarquía divina (Mt 4.4; Mr 14.27); se refería a ellas como “la palabra de Dios” (Mt 19.4s; Mr 7.11–13; Jn 10.34s) y habló de su inspiración divina (Mr 12.36). Lucas 24.25–27 y 44 indican su concordancia con la totalidad del AT canónico, y en otra parte lo cita apelando a cada una de sus divisiones principales: la ley (Mt 4.10); los libros poéticos/sapienciales (Mr 12.10s); y los profetas (Mr 7.6).
Jesús aceptaba como verdadera la historia del Antiguo Testamento (Mt 22.29, 32; Jn 8.56; Mr 12.26; Lc 11.30–31; Mt 25.35; Mt 12.3; Lc 17.26–28; Jn 3.14). Afirmaba la profecía del at (Mt 11.10; Mr 7.6), y el carácter normativo de su ética (Mt 5.27s; 19.3–6; Mr 10.9). Decisivamente, Jesús vio las Escrituras del at como una previsión de su propia e incomparable misión (Lc 24.46ss; Jn 5.30, 45s). Estaba dispuesto a reprochar a aquellos que no creían en ellas (Mt 22.29s; Lc 24.25), o las privaban de su autoridad divina (Mt 15.3).
Es significativo que, aunque como deidad encarnada, Jesús ejerció la autoridad de Dios mismo; en ningún momento opuso su autoridad personal a la de las Escrituras5. Se remitió a la autoridad bíblica en dos asuntos centrales: sus enseñanzas y acciones (Mt 12.3–5; 19.4s; Jn 10.35) y su ministerio mesiánico (Mt 26.24, 53s; Lc 24.46).
Esto último es particularmente significativo. Convencido como estaba de que era el Mesías esperado, por medio de quien vendría el reino de Dios, modeló su papel mesiánico en los términos de las enseñanzas del Antiguo Testamento sobre el particular. Fueron las Escrituras las que lo convencieron de lo inevitable de su rechazo y futuro sufrimiento, y las que lo impulsaron en su último viaje a Jerusalén para someterse finalmente al horror de la cruz (Mt 26.24; Mr 8.31; Lc 22.37).
Por supuesto que su comunión incomparable con el Padre le daba una guía para cada etapa; pero esta dirección intuitiva estaba claramente apoyada y completada por el anteproyecto divino para la obra del Mesías, el cual se encontraba en las Escrituras.
Esto es importante para responder a una objeción común a nuestras afirmaciones sobre la actitud de Jesús hacia las Escrituras. Algunos sostienen que apeló a las Escrituras, la autoridad religiosa del momento, sólo porque ello le aseguraría la aprobación de sus contemporáneos. Esta idea queda refutada por la forma en que Jesús permitía que la Palabra escrita dirigiera su misión; por su uso de las Escrituras para resistir a Satanás en el desierto (Mt 4.1–11; Lc 4.1–13); y por la forma en que las citó durante su última agonía en la cruz (Mt 27.46; Lc 23.46). En ningún momento actuó Jesús como un contemporizador. Se sometió a las Escrituras del Antiguo Testamento porque esa era, a su manera de ver, la actitud adecuada, fuera o no en contra de la trama de las teologías tradicionalistas o radicales de su tiempo (o, para el caso, de nuestro tiempo).
Otros afirman que las convicciones de Jesús en este asunto estaban condicionadas por los patrones mentales de su sociedad y cultura, que en realidad esto iba envuelto en el hecho de ser Él verdaderamente encarnado y que, por tanto, su actitud no tiene particular autoridad en nuestros días. Esta posición, sin embargo, parte de una suposición totalmente gratuita: como nosotros estamos condicionados por los axiomas y normas de nuestra sociedad, lo mismo debe haber ocurrido con Jesús. Pero dudo que digamos eso sin reservas acerca de cualquiera de las figuras verdaderamente grandes de la historia, cuyo genio consistía precisamente en desafiar los supuestos de su generación. ¿Fue Jesús inferior a éstos, confinado a conformarse al punto de vista de su sociedad en un asunto tan fundamental como la autoridad religiosa?
Esta perspectiva tampoco tiene en cuenta el testimonio de la Biblia de lo que implicaba el caso de Jesús: no la aparición de una conciencia humana temporal (como en nuestro caso), sino más bien el asumir una naturaleza humana alguien que era la Palabra y Sabiduría eterna de Dios (Jn 1.1–14; 8.58; 17.5; Flm 2.5–11; Col 1.15–20). También pasa por alto su naturaleza humana no caída (Jn 8.46; Heb 4.15; 1P 1.19). Por tanto es un error fundamental de método usar nuestra experiencia de humanidad para medir a Jesús. Él puede ser entendido solamente cuando dejamos de lado las normas de nuestra comprensión caída y fragmentaria, y permitimos que nuestros pensamientos sean moldeados por el testimonio de Dios acerca de Jesús en los evangelios. En consecuencia, no tenemos base para despreciar su actitud respecto a cualquier cosa, menos aun hacia algo tan cercano al centro de su pensamiento y actividad.
Esta posición incluye, además, la dificultad de que declara a Jesús errado, no en alguna cuestión periférica, sino en el centro mismo, en su comprensión de la autoridad, lo que a su vez representaba la base de su comprensión tanto de sí mismo como de toda su misión. Kuyper lo expresó de la siguiente manera:
¿Podría haberse equivocado, con respecto a cosas sagradas, en lo que tendría que ser para nosotros la base y la fuente de nuestra fe? En ese caso, ¿podría haberse equivocado también en asignarse un elevado papel mesiánico sobre la base de las Escrituras? Pero la idea misma es incompatible con la confesión de la naturaleza divina de Jesús. Errar en lo que es sagrado no es una simple falla del intelecto, sino que delata un estado de deterioro de todo el ser interior de uno. Por lo tanto, en el pecador un error es natural, pero no en alguien que es santo [...] El conflicto que se ha originado con el objeto de privamos de las Escrituras como Sagradas Escrituras, no puede tener otra intención que privamos de Cristo6.
En fin de cuentas, más que académico, el problema que confrontamos es moral. Si sobre el carácter divino del at adoptamos un punto de vista más bajo que el de Jesús, ¿en qué sentido —en realidad, con qué derecho— podemos conocerlo como maestro y Señor (Jn 13.13)?
El concepto apostólico del Antiguo Testamento
Los apóstoles también apelaron directamente a la letra del Antiguo Testamento para dar autoridad a su enseñanza y constantemente presentaban la fe cristiana como el cumplimiento de las Escrituras (Hch 2.16–35; 3.22–25; 4.11; 7.2–53; 13.29–37; Ro 1.2; Gá 3.16–18, etc.). En realidad, era precisamente para este cumplimiento que se habían escrito las Escrituras (Ro 15.4; 1P 1.12). Los apóstoles estaban particularmente preocupados en mostrar las formas en que la vida y la misión de Jesús cumplían con la esperanza de salvación del at. Así su nacimiento (Gá 4.4; 2Ti 2.8), las circunstancias y estilo de su ministerio (Hch 3.22–26; Heb 7.1–22), y principalmente su muerte, resurrección y exaltación (1P 2.6–8, 22; Heb 8.8–13; 10.5–22; Hch 2.25–36; 4.11, 25–27; 10.37–43; 13.26–37) se anunciaron en las Escrituras proféticas.
No obstante estar conscientes de su autoridad especial como los fundadores electos del nuevo movimiento (cf. 2Co 10.8; Gá 1.1) y objeto especial de la autorrevelación de Dios (1Co 2.13; 1Ts 2.13; 1Jn 1.1–3), atribuían constantemente sus enseñanzas al Antiguo Testamento. Pablo, por ejemplo, estaba profundamente interesado en mostrar que su enseñanza sobre la justificación se basaba en las Escrituras (cf. Ro 4). Para los apóstoles, así como para su Maestro, el at era la Palabra escrita de Dios (Hch 4.25; 2Ti 3.16s; Heb 4.3; 10.15–17; 2P 1.21). Enseñaron a los convertidos que no deben [...] ir más allá de lo que está escrito [...] (1Co 4.6). Su actitud de siempre hacia el Antiguo Testamento está adecuadamente resumida en la frase de Pablo: [...] los oráculos de Dios (Ro 3.2, bla).
Palabras y enseñanza de Jesús
Jesús creía firmemente en el incomparable poder y autoridad de sus palabras (Jn 6.63; 15.3). No pasarán (Mr 13.31), y debemos escucharlas y obedecerlas (Mt 5.21s; 7.24; Jn 8.31s).
Los apóstoles reconocieron su autoridad divina (Heb 20.35; 1Co 7.10; 11.23s). 1 Timoteo 5.18 es particularmente significativo, ya que combina un versículo del at (Dt 25.4) con uno del Nuevo Testamento de la enseñanza de Jesús (Lc 10.7). Tomados en conjunto como Escrituras autoritativas, están igualmente investidos con autoridad divina y ambos expresan la manera de pensar y la voluntad de Dios. La reverencia apostólica hacia las palabras de Jesús también está demostrada por la existencia de cuatro evangelios.
La autoridad especial de los apóstoles
Jesús eligió deliberadamente a algunos hombres para que fueran sus discípulos inmediatos (Lc 5.27; 6.12–16; Jn 17.6) y les dio una dotación especial del Espíritu Santo (Jn 20.22; cf. Hch 1.5). Les ordenó que salieran a enseñar en su nombre (Mt 28.18–20; Jn 20.21; Hch 1.8), prometiéndoles que el Espíritu Santo guiaría sus enseñanzas y su testimonio (Jn 14.26; 15.26s; 16.13s).
Los apóstoles afirmaban tener experiencia directa de esta singular autoridad y luz interior (1Co 2.9s). Juntamente con sus compañeros predicadores, proclamaban el evangelio con la confianza de que hablaban por medio del Espíritu Santo (1P 1.12), a quien estaban dispuestos a atribuir tanto el contenido como la forma de su mensaje (1Co 2.13). También notamos la preocupación singular en Hechos del rol de los apóstoles como testigos especialmente designados (Hch 1.21–26; 2.32; 4.26, 33; 5.32; 10.41–42; 13.31) y, por tanto, como pregoneros autoritativos (con el testimonio corroborativo del Espíritu, Hch 5.32) del evangelio de Jesús. Hablaban con completa seguridad (Gá 1.7s) y emitían órdenes con autoridad (2Ts 3.6–12). En efecto, el que una persona afirmara tener el Espíritu Santo, se medía por su reconocimiento de la autoridad divina de las enseñanzas de los apóstoles (1Co 14.37).
Este elevado concepto de su enseñanza y predicación se aplicaba plenamente tanto a sus afirmaciones escritas como a las habladas. La prueba de la verdad era esto que les escribo o las instrucciones que les damos en esta carta (1Co 14.37; 2Ts 3.14). En realidad Pedro clasifica las cartas de Pablo como escrituras (2P 3.16); y Pablo manda que la carta a los colosenses se lea en la iglesia (Col 4.16).
A veces se alega que el argumento esgrimido en este punto es peligrosamente circular, porque establece la autoridad de las Escrituras apelando a pasajes bíblicos. Parte de la respuesta a este cargo está en nuestra razón final para la autoridad de las Escrituras, la cual exponemos más abajo. Aquí señalamos la dificultad de plantear la afirmación de autoridad máxima salvo haciendo referencia a sí misma; cualquier otra autoridad citada para apoyar nuestra autoridad suprema se convertiría ella misma en autoridad máxima. Este principio se aplica igualmente a otras esferas de la investigación humana. Lo que sí podemos mostrar es la uniformidad con que se presenta la doctrina cristiana de la autoridad a partir de la apelación constante de los escritores bíblicos a las Escrituras. Por tanto, la voz de Dios en las Escrituras es constantemente la autoridad máxima.
Dios mismo se dirige a nosotros en las palabras de la Biblia
Para muchos cristianos, la razón principal para darle a la Biblia el rango de Palabra de Dios escrita es sencillamente el hecho de que Dios mismo se dirige a nosotros por medio de ella. Él habla en las palabras de la Biblia de tal manera que disipa toda duda acerca de su origen, carácter y autoridad divinos. En fin de cuentas, sólo Dios puede ser un testigo adecuado de sí mismo. Todo otro testimonio, como la evidencia histórica o la deducción filosófica, puede tener, en el mejor de los casos, sólo valor secundario.
En cada generación, multitudes de cristianos han testificado que al leer la Biblia y escuchar su exposición, se ven impulsados a reconocer su inherente autoridad. Esto fue planteado por Agustín cuando puso en boca de Dios las palabras: “En verdad [...] hombre, lo que dice mi Escritura, lo digo yo”. Calvino vio esto como la obra de Dios el Espíritu Santo dando testimonio divino de las Escrituras; lo llamó “el testimonio interior del Espíritu Santo”, que es “más fuerte que toda demostración”.
Los cristianos que reconocen la realidad de este “testimonio interior” pueden, como último recurso, sencillamente dar testimonio de que es así. La Biblia viene a ellos con la autoridad y la convicción de la Palabra de Dios que los examina en las profundidades; allí encuentran una majestad, un llamado definitivo e incondicional que sólo pueden describir como la voz y la Palabra de Dios, su Creador y Redentor. Contra la acusación de un peligroso subjetivismo, responden:
1. Aunque es inevitable que esté presente un elemento subjetivo si la autoridad en cuestión ha de ser plenamente personal (Dios se dirige a mí), el testimonio del Espíritu nos aleja de nosotros mismos hacia la autoridad objetiva de la Palabra escrita. Por lo tanto, al defender esta realidad, los cristianos no hablan de su propia experiencia interior, sino que citan las Escrituras.
2. Esta realidad no es un asunto privado, sino que es común al pueblo de Dios. La comunidad cristiana constituye un freno contra las inferencias excesivamente subjetivas que provienen de experimentar el testimonio del Espíritu.
3. Este testimonio ha sido común a los cristianos de todos los tiempos y culturas en cualquier nivel de inteligencia. Dios no ha hecho depender la autoridad de su Palabra de las investigaciones de los eruditos; más bien es universal, compasiva y amable, como cabría esperar del Dios manifestado en Cristo Jesús.
4. Esta doctrina de la autoridad es sencillamente la posición cristiana ortodoxa. La apoyan en forma explícita e implícita los escritos de los principales teólogos en casi todos los tiempos.
5. Existen controles objetivos de esta afirmación en la forma de evidencias históricas y otras. Algunos pretenden que es ilógico, incluso irrelevante, aducir evidencias para confirmar la autoridad del testimonio del Espíritu Santo. Sin embargo, el Nuevo Testamento mismo da evidencias históricas racionales para apoyar la afirmación cristiana (Hch 1.3; 2.32; 4.20; 1Co 15.3–11; cf. 1P 3.15). Esas evidencias contrarrestan las objeciones de que el testimonio del Espíritu, al ser en definitiva subjetivo, no tiene valor. Los cristianos que no pueden dominar este tipo de evidencia, no están privados de una base adecuada para su fe; pero aquellos que pueden apropiarse de ellas son capaces de mostrar que su fe se relaciona con el proceso histórico humano y, en consecuencia, está arraigada en un Dios cuyo testimonio de sí mismo es universal (Hch 17.31).
6. La acusación de subjetivismo palidece frente a la completa profundidad y persuasividad del testimonio del Espíritu. Dios ha hablado y continúa hablando por medio de las palabras de las Escrituras. Ninguno que tenga una experiencia de primera mano de la evangelización cristiana y la alimentación de los nuevos creyentes, puede dejar de notar su deseo instintivo de estudiar y obedecer la Biblia (cf. la analogía significativa de la leche del niño recién nacido que presenta Pedro en 1P 2.2).
Los críticos de la autoridad bíblica nunca podrán aceptar esto. Por más convincente que sea su argumento, por más sofisticado su razonamiento, todo se viene abajo de golpe por el ministerio soberano del Espíritu al traer a la vida una nueva generación e implantar en sus corazones un sentido de la divina autoridad de las Escrituras.
En fin de cuentas, reconocemos la autoridad de la Biblia como la Palabra de Dios escrita porque no tenemos otra posibilidad. El impulso viene desde más allá de nosotros mismos: sencillamente estamos permitiendo que Dios sea Dios.
La inspiración
La “inspiración” se refiere a la forma en que la autorrevelación de Dios ha llegado a ser expresada en las palabras de la Biblia. Es una actividad del Espíritu de Dios por medio de la cual supervisó a los autores humanos de las Escrituras para que sus escritos se convirtieran en una expresión normativa en lenguaje humano de la Palabra de Dios para la humanidad. Llamar “inspirada” a la Biblia es sencillamente una manera de decir que es la autorrevelación autoritativa de Dios. En realidad, su inspiración divina produce esa misma autoridad que el Espíritu confirma. Según esto, todos los argumentos usados arriba para establecer la autoridad única de la Biblia como Palabra de Dios también tienen vigencia para apoyar su inspiración.
Todo verdadero cristiano acepta la inspiración de la Biblia en algún sentido. Las discrepancias se centran en cómo ocurrió esa inspiración y en las consecuencias de ello para la autoridad y la confiabilidad de las palabras concretas de las Escrituras como las conocemos ahora.
El método de la inspiración
La inspiración significa que Dios estuvo directamente comprometido en la escritura de la Biblia. ¿Qué alcance tuvo esta influencia divina?
Tres pasajes importantes del Nuevo Testamento
• 2 Timoteo 3.16 presenta la idea de la inspiración. Toda la Escritura es inspirada por Dios; en forma más literal, Toda la Escritura es dada por el aliento de Dios (bla)7. El “aliento” de Dios es una metáfora familiar y gráfica del Antiguo Testamento para la acción de Dios, particularmente por medio de su Espíritu (Gn 2.7; Job 33.4; Sal 33.6). La afirmación de que la Escritura es inspirada establece su origen y carácter divino, e implica algo más que la palabra española “inspiración”. Más acertadamente, las Escrituras son expiradas, es decir, exhaladas por Dios. Obsérvese que el objeto de la acción de Dios son las Escrituras escritas; los autores humanos reales no se mencionan. Desde luego, tuvieron parte en ello, pero aquí la formación de las Escrituras se adjudica totalmente a la actividad de Dios. Obsérvese también el alcance de la inspiración. “Toda” la Escritura es el producto de la “exhalación” de Dios; en este contexto esto significa la totalidad del Antiguo Testamento.
• 2 Pedro 1.19–21 confirma y extiende estas afirmaciones. El testimonio de testigos oculares ratifica la palabra de los profetas, una referencia al Antiguo Testamento en general. No surgió de las reflexiones privadas de los autores, sino que los profetas hablaron de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo. En Hechos 27.15 las palabras que nos dejemos llevar señalan el movimiento de un barco que es llevado por una tormenta. No debemos poner demasiado contenido en esta metáfora, pero es, evidentemente, una decidida afirmación de la actividad divina en la producción de las Escrituras, las que, recuérdese, comprenden todo el cuerpo de escritos del Antiguo Testamento.
• Juan 10.34–36 registra una discusión sobre el uso de la palabra “dios” en la ley, en este caso el Salmo 82. Jesús sostiene que la autoridad de la ley no puede ser anulada porque “la Escritura no puede ser quebrantada”. Expresa la misma convicción cuando equipara las palabras del Antiguo Testamento con las palabras de Dios: Y dijo (Mt 19.5).
El reconocimiento de Jesús de la divina autoridad e inspiración de todo el cuerpo de escritos del Antiguo Testamento ha sido documentado anteriormente, junto con la cuestión de extender esta afirmación de inspiración divina al Nuevo Testamento. El propio sentido de autoridad soberana de Jesús y su declaración de hablar las palabras de Dios mismo, su promesa de enviar el Espíritu para iluminar a los apóstoles, la venida del Espíritu sobre ellos, sus propias aseveraciones de iluminación especial en los escritos apostólicos, todo apunta a la misma actividad inspiradora de Dios en el caso del Nuevo Testamento. Por tanto, toda la Biblia se nos presenta con la afirmación de ser inspirada divinamente, un documento exhalado por Dios.
Los profetas del Antiguo Testamento
La idea de cómo esta actividad de inspiración divina se relacionó con los autores bíblicos, se puede obtener de un estudio de los profetas del Antiguo Testamento.
La esencia de la inspiración profética se expresa en Jeremías 1.5–9: Te había nombrado profeta para las naciones [...] He puesto en tu boca mis palabras (cf. Is 6.8ss; Ez 2). De allí la costumbre de los profetas de introducir sus mensajes con “Así ha dicho Jehová”. Continuamente “venía a ellos palabra de Jehová”, y sus oráculos con frecuencia están expresados en la forma de una conferencia directa de Dios con su pueblo. Los profetas (que incluyen a Moisés, el dador de la ley, y con frecuencia a los salmistas, Lc 24.25–27) estaban tan controlados y cautivados por Dios y su Palabra que, mediante la inspiración del Espíritu, su mensaje era efectivamente identificable como la manifestación de Dios mismo.
La referencia a los escritos proféticos eficazmente, nos recuerda que debemos reconocer la condescendencia de Dios en la producción de las Escrituras. La verdad de Él llega a nosotros, por su voluntad paternalista, en nuestro lenguaje humano (1Ts 2.7). Al examinarla necesitamos ampliarla a nuestros lenguajes humanos. En el primer nivel se reconoce no sólo el uso del hebreo y el griego, sino también el préstamo esporádico de palabras de otros idiomas como el arameo (cf. Mr 5.41; Mt 17.46; 1Co 16.22). En un siguiente nivel, sin embargo, se reconoce que la Biblia consiste en una variedad de géneros literarios. Así, por ejemplo, hay narrativa histórica, poesía, oráculo profético, parábola, etc. La inspiración de Dios del texto de la Biblia significa que esta diversidad de formas literarias no fue anulada en el proceso de composición de las Escrituras. En consecuencia, siendo que todas las Escrituras son igualmente el resultado del ministerio inspirador del Espíritu, la manera en que cada sección, párrafo, oración o palabra se relaciona con nosotros y produce consecuencias para nuestra comprensión y acción, se liga con su forma literaria. Esto nos lleva al punto de las preguntas de la hermenéutica, al cual regresaremos más adelante.
Teorías sobre la inspiración
Se han formulado varias teorías en el intento de describir la forma en que Dios obró en la producción de las Escrituras.
El dictado
En su forma extrema, esta teoría afirma que los autores humanos en realidad fueron pasados por alto en la producción de las Escrituras. Sencillamente funcionaron como teclados de computadora o dictáfonos a través de los cuales la Palabra de Dios pasó camino a su eventual incorporación al canon sagrado.
El “esquema” profético citado arriba, con su acento en la acción de Dios (hemos escrito “controlados y cautivados”), podría evocar la teoría del dictado. Sin embargo, no es totalmente adecuado, ya que no puede acomodar las citas bíblicas que señalan el factor humano: los profetas [...] hablaron (2P 1.21; cf. Mr 7.6; 12.19; etc). Por consiguiente, aunque verdaderamente ocurrieron fenómenos tales como visiones, trances y voces celestiales, no eran necesarios para la inspiración de las Escrituras. Una teoría adecuada necesita tomar esto en cuenta.
Un modo menos directo de inspiración se menciona en el Evangelio de Lucas, que fue escrito porque me ha parecido conveniente (Lc 1.3, dhh). No hay ningún indicio de un estímulo sobrenatural manifiesto detrás de otros pasajes escriturales como el Cantar de los Cantares, la Carta de Pablo a Filemón, o el Testamento de Agur (Pr 30). Además, la ruta por la que los documentos bíblicos llegaron a su forma literaria final es también, en muchos casos, una historia relativamente “humana”, que supone la investigación histórica de primera mano (Lc 1.3), una dependencia directa de fuentes anteriores (1Cr y 2Cr), tomar algo de otro libro (2P y Jud), o pasar por varias ediciones (Pr 10.1; 24.23; 25.1). En algunos lugares el lenguaje también aporta clara evidencia del estilo del autor, o incluso su falta.
Así, pues, la forma común de inspiración no dejaba de lado las personalidades o intenciones de los escritores humanos; estos no se convirtieron en teclados humanos. Ello debe ser claramente explicado, ya que muchas veces los cristianos evangélicos han sido acusados injustamente de estar atados a la teoría del dictado. En realidad, esta no la ha sostenido ningún teólogo protestante responsable desde la Reforma hasta la actualidad.
La adaptación
Este punto de vista expresa la idea de que en el proceso de inspiración, Dios se adaptó a las limitaciones de los autores humanos. Los eruditos que sostienen que la Biblia contiene errores de muchas clases, a menudo se apoyan en esta teoría. Afirman que las fallas humanas en las Escrituras son inevitables, porque Dios ha elegido acomodarse a las limitaciones de los escritores. Así como la luz que pasa por un vidrio de color se tiñe en el proceso, la revelación divina aparece en las Escrituras con la coloración de los contribuyentes humanos. Esto contradice directamente el propio concepto bíblico, así como también la seguridad cristiana dada por el Espíritu sobre el origen divino de la Biblia y su confiabilidad.
La supervisión
Esta es una variante de la adaptación, que incorpora las ideas válidas de las alternativas anteriores sin sus ingredientes cuestionables. Para evitar la confusión, preferimos el término distintivo de supervisión, en el sentido enfático de “ejercer control sobre”. Esta teoría afirma que en el proceso de inspiración Dios supervisó y ordenó soberanamente el historial, las circunstancias y la herencia de los autores individuales. Como resultado, cuando registraron los hechos, las meditaciones o los sermones por escrito, las palabras usadas fueron deliberadamente de su libre composición, a la vez que la Palabra de Dios misma.
En consecuencia, las palabras inspiradas de los autores tienen las marcas claras de ser “de ellos” y se dirigen a su situación inmediata, pero también, en la providencia de Dios, son parte de su Palabra eterna para su pueblo en todos los tiempos. De manera que la ilustración del vidrio de color se aplica también en otra forma. “¿Y qué si los colores de la ventana de vidrio hubieran sido diseñados por el arquitecto con el propósito expreso de dar a la luz que inunda la catedral precisamente el tono y la calidad que recibe de ellos? ¿Qué si la Palabra de Dios que llega a su pueblo es enmarcada por Él en la Palabra de Dios que hemos recibido, la que es precisamente así mediante las cualidades de los hombres formados por Él para ese propósito?” (Warfield).
Se ha objetado que este concepto no tiene en debida cuenta el hecho del pecado humano. ¿Cómo se puede franquear esa gran barrera entre el ser humano y Dios para que ellos lleguen a hablar las mismísimas palabras de Dios?
En respuesta podríamos dar los puntos siguientes: (1) Aquí no estamos tratando de la humanidad “natural”; las personas que Dios usó para transmitir su verdad habían sido renovadas por su Espíritu y llevadas a una relación con Él. (2) Negar que el ser humano común pueda expresar la verdad de Dios equivale a negar que el lenguaje humano pueda, en principio, ser el vehículo de la verdad divina. (3) No hay duda de que los autores bíblicos siguieron siendo pecadores hasta el fin de sus días, pero esto no impidió que fueran los portavoces de la verdad de Dios; los escritores bíblicos fueron particularmente supervisados por la acción del omnipotente Dios a través de su Espíritu en todos los factores que podrían influir en sus mensajes.
Dos términos relacionados
Verbal
Este adjetivo implica que los autores bíblicos fueron inspirados no simplemente en sus ideas, sino también en la palabras que usaron. Esto se debe distinguir cuidadosamente de la teoría del “dictado” en la inspiración. Hablando estrictamente, esta afirmación se ajusta no a las copias que en la actualidad tenemos del Antiguo Testamento, sino a los autógrafos originales, de los que nos han llegado las versiones actuales a través de un proceso de transmisión. Sin embargo, en la práctica, la diferencia entre las copias originales y las actuales es principalmente académica (ver “Como en los escritos originales”, pp. 65–66).
Plenaria
Este adjetivo indica que la inspiración afirma extenderse a toda la Biblia. Dios ha determinado que se escribiera toda la Escritura, no solamente aquellas secciones que llevan más claras las marcas de la inspiración. Esto no es lo mismo que afirmar que todas las partes son igualmente significativas en el desarrollo del mensaje bíblico. Un pequeño detalle de “fondo” en un cuadro es menos importante que la figura central, pero es también un producto del pincel del artista y hace su contribución al cuadro total.
Tres comentarios finales
1. La Biblia enseña que es directa y soberanamente inspirada por Dios y, por tanto, tenemos que someternos a ella como la Palabra viva dirigida a nosotros. Si reconocemos su autoridad, debemos someternos también en este punto: en su doble afirmación de ser la Palabra inspirada por Dios, y en que debemos contemplarla con reverencia y sumisión. Pensar de otra manera es estar en franca oposición a lo que la Biblia enseña claramente.
2. Es claro que siempre habrá un elemento de misterio acerca del modo preciso en que se formó la Biblia. Esto no debe sorprendernos, ya que el misterio acompaña inevitablemente todo el trato de Dios con sus criaturas. La encarnación es un “misterio” similar para nosotros, porque nunca podemos definir con precisión final cómo están unidas la naturaleza humana y divina en la persona de Jesucristo. En ninguno de ambos casos, sin embargo, el “misterio” de la actividad de Dios tiene por qué impedirnos creer en ella y gozar de su verdad.
3. En fin de cuentas, la cuestión de la inspiración vuelve a nuestra doctrina de Dios. Si reconocemos a Dios como [...] aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad (Ef 1.11), que hace todo lo que quiere (Sal 135.6), notaremos que no hay ninguna dificultad básica. No hay nada ilógico en haber producido un libro que, habiendo surgido de la experiencia de sus criaturas, es también, por medio de su mandato soberano, su Palabra para ellos.
La canonicidad
La palabra “canonicidad” viene del griego kanõn, que significa regla o norma de medida. Aparece en el Nuevo Testamento; por ejemplo: Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos (Gá 6.16, rv60), es decir, para los que viven conforme al evangelio apostólico. Usado en forma general en relación con la Biblia, el canon se refiere a sus límites literarios y se ocupa de cuestiones tales como por qué consideramos solamente esos libros como “inspirados”, y por qué se incluyen todos en las “Escrituras inspiradas”.
Se pueden hacer varios comentarios generales. La idea misma de Escritura nos lleva en principio a la idea de canon: un conjunto autoritativo de escritos con límites literarios precisos. Ciertamente, las Escrituras contienen referencias aisladas a esa idea (Lc 11.51; Col 4.16; Ap 22.18). Los factores históricos externos fueron de importancia fundamental en la decisión sobre la canonicidad; por ejemplo, la autoría o la supervisión apostólica de ciertos libros. Los libros bíblicos auténticos llevan una autoridad inherente; es decir, el pueblo de Dios llegó a reconocer su voz, la cual se dirigía a ellos por medio de esas Escrituras.
El canon del Antiguo Testamento
Existen algunas indicaciones en el Antiguo Testamento de que sus cinco primeros libros, el Pentateuco, recibieron un reconocimiento oficial en una etapa temprana (por ej., Dt 31.11; Jos 1.7s; 2Cr 23.18). No se conocen las bases para la aceptación del canon en el judaísmo, y, por tanto, nuestra consideración primera debe ser que el Señor y sus apóstoles reconocieron el canon del Antiguo Testamento. Jesús discutía con las autoridades religiosas de su tiempo en varios temas, pero no se registra desacuerdo acerca del canon. En Lucas 11.51 se sobreentiende que el canon usado en la sinagoga del tiempo de Jesús equivalía a nuestro actual Antiguo Testamento.
Parece que hubo poca disputa entre los judíos de cualquier período en relación con el contenido del canon. La versión griega del Antiguo Testamento incluía varios libros apócrifos, pero aparentemente ninguno de ellos fue reconocido en Palestina. No hay evidencias de que el judaísmo oficial haya reconocido o aceptado los libros apócrifos ya sea en Palestina o en Alejandría, y los judíos de hoy todavía consideran sólo nuestros actuales libros del Antiguo Testamento como libros de las Escrituras.
El canon del Nuevo Testamento
Toda la extensión canónica del Antiguo Testamento no era una necesidad apremiante en el período apostólico por al menos dos razones: primero, las iglesias poseían un cuerpo considerable de tradición oral acerca de los sucesos y enseñanzas del ministerio de Jesús; segundo, una forma más permanente de enseñanza apostólica era relativamente innecesaria mientras los apóstoles y sus discípulos inmediatos estuvieran en vida. En parte, a causa de la dispersión de la iglesia, la recolección y el reconocimiento de los libros del Nuevo Testamento llevó considerable tiempo.
Sin embargo, incluso en el período apostólico, ciertos factores señalaban la posible aparición de una colección de escritos autoritativos. El interés de la iglesia en conservar las tradiciones acerca de Jesús muestra que reconocían el carácter normativo de la misión de Jesús y, por lo tanto, de la memoria escrita de ella; esto es precisamente lo que está en la base de la escritura de los cuatro evangelios. Además, las iglesias vieron con respeto especial las cartas de los apóstoles. Pablo, por ejemplo, puso su firma para confirmar su autoridad apostólica (1Co 16.21; Col 4.18; 2Ts 4.17) y mandó que sus cartas se leyeran en las iglesias. 2 Pedro 3.16 indica que las cartas de Pablo se consideraban “escrituras” ya en los días de Pedro y Pablo. Apocalipsis 22.18s es otra evidencia de una temprana distinción entre escritos autorizados y no autorizados.
Otro indicio significativo respecto a la aparición del canon del Nuevo Testamento viene de los escritores cristianos del período inmediatamente posterior a los apóstoles y que se conocieron como los padres apostólicos o Padres de la Iglesia. Ellos distinguían claramente entre cualquier autoridad que pudieran poseer sus escritos y la autoridad fundamental que poseían los escritos de los apóstoles.
El primer intento que se conoce de hacer una lista de libros aprobados es el Canon Muratorio de alrededor de 175 d.C. La primera lista completa es la de Eusebio (murió el año 340), quien distinguió los libros universalmente aprobados de aquellos aceptados por la mayoría de las iglesias (seis libros). Las bases para dudar de esos seis libros son importantes: no se pueden atribuir directamente a ninguna fuente apostólica. Esto muestra que la preocupación de la iglesia era asegurar que los libros canónicos dieran un testimonio directo y auténtico de las grandes realidades centrales de la fe. Naturalmente el libro del Apocalipsis fue objeto de dudas generalizadas; su mensaje era velado, y aun entonces los extremistas capitalizaron su simbolismo. Hacia el final del siglo iv, se había logrado unanimidad en las iglesias.
Una lectura superficial de los libros apócrifos del Nuevo Testamento es suficiente para mostrar que en general son muy diferentes del nt mismo. Es importante entender que en el proceso de determinar el canon, la iglesia no aspiró a imponer su propia autoridad sobre algunos de los muchos documentos que circulaban entre los grupos cristianos. Por reconocerlo y definirlo, la iglesia no creó el canon del Nuevo Testamento, más de lo que Isaac Newton creó la ley de la gravedad. En estos escritos y únicamente en estos, la iglesia, por la dirección del Espíritu Santo, oyó (y sigue oyendo) la auténtica voz del Buen Pastor (Jn 10.4s).
Otras cuestiones
El modo de enfocar la autoridad, y las Escrituras en particular, que hemos bosquejado aquí necesita completarse respecto a una serie de asuntos adicionales.
Si la Biblia es nuestra autoridad suprema, inspirada por Dios hasta en las palabras usadas por los autores originales, ¿qué grado de veracidad y confiabilidad debemos atribuir a sus afirmaciones?
Infalible
Aplicada a las Escrituras, esta palabra implica la cualidad de no llevar a conclusiones erróneas. Esta afirmación significa que todas las aseveraciones de la Biblia son verdaderas y dignas de toda confianza, lo cual establece un contraste con las palabras y declaraciones humanas “falibles”. Afirma que las Escrituras no llevan a conclusiones erróneas porque son el testimonio de Dios mismo. El término “infalibilidad” aplicado a las Escrituras tiene que ser bien definido con referencia al fenómeno real de los escritos bíblicos.
La infalibilidad de las Escrituras se refiere a su mensaje considerado como un todo. Esto no significa que ciertos pasajes o versículos no sean infalibles, sino que cada afirmación y sección particular es infalible dentro del contexto total de las Escrituras. Si, por ejemplo, citamos en forma aislada la pregunta de Santiago ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? (Stg 2.14), con su respuesta implícita “no”, dejaremos de ver la verdad infalible de Dios en la carta de Santiago. Eso se logra solamente cuando se lee dentro del marco total de la carta junto con la enseñanza complementaria de otras partes de las Escrituras, particularmente las cartas de Pablo a los romanos y los gálatas8.
La infalibilidad de las Escrituras está ligada a la intención que había en la mente del autor. El primer capítulo de Génesis, por ejemplo, sería infalible en cuanto a enseñar la construcción del universo físico en seis días de 24 horas, solamente si ese fuera el sentido cosmológico (pertinente al universo) y científico preciso del autor. Si esa no fue la intención, no se debe exigir la infalibilidad de su relato hasta en los detalles cosmológicos (ver “El problema del origen”, pp. 115–118). Evidentemente una narración puede ser sólo el vehículo literario para verdades teológicas; un ejemplo obvio son las parábolas de Jesús. Es claro que para declarar la infalibilidad de las palabras de Jesús, no se nos exige afirmar que la historia del buen samaritano fue real. La forma literaria de un pasaje afectará a cómo determinemos su infalibilidad.
En efecto, esos puntos señalan que la Escritura es infalible sólo si está correctamente interpretada. No significa ello que cualquiera o toda interpretación humana de un pasaje de la Escritura, o de la Biblia como un todo, sea infalible, ni que se excluyan los problemas de la interpretación.
El hecho de que entendamos el término de esta manera, ha llevado a algunos que tienen un elevado concepto de la confiabilidad de las Escrituras, a cuestionar el sentido de usarlo. Sin embargo, al hacerlo nos identificamos con la larga corriente histórica de la ortodoxia cristiana y con muchas de las grandes declaraciones de la verdad cristiana a través de los siglos. Además, es difícil encontrar otro término que explique la idea con más efectividad.
La infalibilidad es en realidad la cualidad concomitante inevitable de la autoridad y la inspiración divinas que hemos expuesto anteriormente. Es sencillamente la infalible voz de Dios. Afirmar con Jesús que “la Escritura no puede ser quebrantada” y “Tu palabra es verdad”, y apelar a su letra misma como lo hacía Él constantemente, constituye en esencia lo que buscamos expresar con la palabra “infalible”.
Inerrancia
Esta palabra se usa frecuentemente asociada con “infalible”; significa la ausencia de errores. Como la infalibilidad, la inerrancia es un corolario de la inspiración divina. Si la Biblia ha sido supervisada hasta en sus mismas palabras por el Dios de verdad, podemos tener confianza de que estará libre de errores. En consecuencia, cuando la Biblia prescribe el contenido de nuestra fe (la doctrina) o el patrón de nuestra vida (la ética) o registra sucesos reales (la historia), dice la verdad. Aquí debemos aclarar que el grado de exactitud que se afirma en cualquier caso particular es relativo a lo que el texto intenta enseñar. Además, es relativo a la clase de literatura en la cual se expresa. Por lo tanto, por ejemplo, la verdad inerrable de la parábola de Jesús del hijo pródigo no nos impone la necesidad de afirmar que en algún momento haya existido una familia tal en alguna sociedad en particular. Cuando un pasaje de la Biblia se interpreta de acuerdo con la intención del autor y en armonía con otros pasajes bíblicos, su verdad inerrable se percibe claramente.
Varios de los que están comprometidos con una elevada opinión de la inspiración y autoridad de las Escrituras han rehuido el término “inerrancia”, y han preferido hablar, por ejemplo, de la Biblia como “enteramente confiable” o simplemente “infalible”. Parte de la razón de ello es la tendencia a excluir, con el término “inerrancia”, cuestiones interpretativas importantes, como el género literario específico de un pasaje, por ejemplo. Asimismo, esta palabra puede dar la apariencia de suscribir afirmaciones injustificadas en ciertas interpretaciones particulares de pasajes bíblicos. Sin embargo, siempre que se entienda como un corolario de la veracidad del Dios cuya Palabra es la Escritura, la afirmación de que las Escrituras son “inerrables” no carece de significado.
“Como en los escritos originales”
Esta frase se usa a menudo para reconocer que no tenemos los manuscritos originales de la Biblia. La divina providencia que gobernó e inspiró soberanamente la transcripción inerrable e infalible de las mismísimas palabras de Dios a la humanidad, no obró con igual fuerza en la producción de las copias y traducciones que tenemos entre nosotros ahora.
Esto no mina toda la doctrina como la hemos formulado. El estudio de los muchos manuscritos que han llegado hasta nosotros confirma que varían muy poco de sus originales. La copia se realizaba con un adecuado sentido de responsabilidad a la luz del carácter divino de los originales. Un erudito que ha investigado los manuscritos y las versiones bíblicas en considerable detalle afirma que “por el cuidado y la providencia singulares de Dios, el texto de la Biblia nos ha llegado con tal pureza sustancial que incluso la edición con menos sentido crítico del hebreo o del griego, o la traducción menos competente, o incluso la más tendenciosa de tal edición, no pueden oscurecer efectivamente el verdadero mensaje de la Biblia o neutralizar su poder salvador” (F.F. Bruce). Otro ha estimado que los puntos en que hay razón para la incertidumbre respecto a la terminología precisa del original llegarían apenas a una milésima parte del Nuevo Testamento.
Esto agrega una confirmación objetiva al hecho de que el Espíritu no nos lleva a conclusiones erróneas cuando da testimonio en la iglesia actual de la autoridad divina de estas copias. Sin embargo, al usar la frase “como en los escritos originales”, evitamos afirmar demasiado acerca de cualquier manuscrito actual y, en consecuencia, estimulamos la búsqueda de un texto aun más confiable y puro en el futuro.
Dificultades
El concepto de las Escrituras que hemos delineado podría manifestarse sin mucha dificultad como la doctrina ortodoxa de la autoridad bíblica que la gran mayoría del pueblo de Dios ha afirmado a través de los siglos, ya sea en forma implícita por medio de la práctica, o en forma explícita por sus confesiones y escritos teológicos.
Durante los últimos tres siglos, sin embargo, este punto de vista ha sido desafiado. Podemos identificar seis esferas donde continuará la discusión: la confiabilidad histórica; la forma en que los autores del Nuevo Testamento citan pasajes del Antiguo Testamento; referencias a fenómenos físicos; asuntos morales; autoría y cuestiones literarias; y la realización de lo milagroso. Claro que una discusión extensa de estos temas y otros relacionados requeriría un libro para cada uno9. Aquí nos limitaremos a realizar los siguientes comentarios:
1. Muchas de las dificultades se resuelven sencillamente clarificando los límites dentro de los cuales operan la infalibilidad y la inerrancia bíblicas.
2. Un análisis de la literatura pertinente mostrará que no hay ni un solo punto planteado por los críticos de la infalibilidad bíblica que no pueda recibir, o no haya recibido, una respuesta perfectamente compatible con la infalibilidad bíblica.
3. Es un error imaginarse que estas dificultades fueron todas planteadas por la erudición moderna. Muchas fueron consideradas hace tiempo por los Padres de la Iglesia y posteriormente por los grandes expositores de la Reforma y los puritanos, quienes frecuentemente ofrecieron soluciones satisfactorias.
4. Debemos mantener una reserva adecuada ante las afirmaciones de los eruditos de haber “demostrado ser falsas” las aseveraciones bíblicas. La historia de la crítica bíblica está llena de tales “demostraciones”, que una investigación más completa posteriormente ha derribado. Por ejemplo, el arrogante desprecio de algunos a los relatos del Antiguo Testamento acerca de los patriarcas, al tildarlos de fábulas antiguas, ha tenido que retractarse hoy día frente a la sólida evidencia: el Génesis tiene muchas alusiones históricas a la civilización del antiguo Medio Oriente del segundo milenio antes de Cristo, y presenta bastante afinidad con ella.
5. Ocasionalmente un problema queda sin resolver. Aparece un problema sin solución visible, o la que se propone no convence por el momento. En ese caso debemos vivir con la dificultad hasta que aparezca una solución más satisfactoria, como ha ocurrido frecuentemente en el pasado. Mientras tanto, es importante no permitir que cierto problema secundario sin resolver influya en la doctrina bíblica de las Escrituras, ni permitir que ello ensombrezca el testimonio que Dios mismo da de su Palabra por medio del Espíritu.
6. Necesitamos recordar que esta doctrina de la autoridad bíblica es una de las enseñanzas de la fe cristiana. Como tal exige fe; a saber, un compromiso de fe de nuestra parte, una actitud consecuente con la de nuestro Señor mismo y sus apóstoles, y con el concepto histórico de las iglesias. Esto nos ayuda a mantener en perspectiva la doctrina de las Escrituras. No esperamos un informe minuto a minuto de los pensamientos, palabras y acciones de nuestro Señor antes de confiarnos a su impecabilidad y, en consecuencia, a su capacidad de actuar como nuestro Salvador; ni esperamos declaraciones firmadas por testigos oculares imparciales antes de creer y gozar de su resurrección. De la misma manera, no necesitamos exigir la solución de toda posible dificultad antes de confiarnos a la infalible verdad de las Escrituras y someternos a su autoridad.
Hermenéutica: la ciencia de la interpretación de las Escrituras
Hemos procurado mostrar cómo el asunto de la infalibilidad no se puede aislar de la interpretación de las Escrituras. Aquellos que afirman la infalibilidad de interpretaciones dudosas, incluso excéntricas, de la Biblia han provocado gran daño. La Biblia es infalible si está correctamente interpretada. ¿Qué principios deben guiar nuestros intentos de interpretar las Escrituras correctamente, o, para expresarlo técnicamente, de usar una hermenéutica correcta? Podemos identificar cuatro principios fundamentales:
Las Escrituras deben interpretarse literalmente
Este principio, técnicamente conocido como método histórico-gramatical, considera fundamental el sentido natural y directo de un pasaje o texto. Este planteamiento “literal” se debe diferenciar claramente del “literalista”. Este último interpreta las palabras de las Escrituras en forma rígida, sin dar lugar a las imágenes, las metáforas, la forma literaria, etc. Para tomar un ejemplo extremo: Los ojos del Señor recorren toda la tierra (2Cr 16.9, bla) enseña la omnisciencia de Dios, pero no que un par de ojos celestiales barren periódicamente todo el globo. Un planteamiento “literal” requiere interpretar las Escrituras:
1. De acuerdo con el significado original. La Palabra de Dios es casi siempre inmediatamente pertinente a la situación a la que iba dirigida; en consecuencia, necesitamos descubrir en la forma más completa posible la situación y el sentido original antes de intentar relacionarla con nosotros mismos.
2. De acuerdo con la forma literaria. La Biblia se compone de toda clase de literatura: poesía, prosa, parábolas, alegorías (Ez 16), apocalíptica (Ap), fábula (Jue 9.8–15), etc. Siempre se debe tener en cuenta ese hecho. Esto no quiere decir que una sección poética, por ejemplo, no puede incluir material real, pero sí significa que uno no interpretará el material poético o visionario de la misma manera que los pasajes doctrinales o de relatos históricos. También debemos ser sensibles al uso de metáforas y otras figuras retóricas.
3. De acuerdo con el contexto. Es fundamental para la interpretación correcta, ubicar cada texto o dicho en la sección y el libro de la Biblia en el que aparece. Con relación a esto se debe observar que las divisiones en capítulos y versículos no son originales.
Las Escrituras deben ser interpretadas por las Escrituras
“La regla infalible para interpretar la Biblia es la Biblia misma, y por tanto, cuando hay dificultad respecto al sentido verdadero y pleno de un pasaje cualquiera, éste se puede buscar y establecer por otros pasajes que hablen con más claridad del asunto” (Confesión de fe de Westminster). Este principio, conocido técnicamente como el principio de armonización, reconoce la unidad y uniformidad de las Escrituras, que derivan de su autor único y divino. Se puede ampliar en una serie de subtítulos:
1. Interpretar según el propósito de la Escritura. Esto se refiere a la Biblia como un todo (Jn 20.31; 2Ti 3.15). La Escritura se nos ha dado para darnos sabiduría necesaria para la salvación. Calvino afirmó en una oportunidad que “si uno quiere aprender astronomía, o cualquier otro arte recóndito, debe ir a otra parte”10. Este principio también se aplica a cada parte de la Biblia; debemos identificar la situación a la que se dirige. Santiago, por ejemplo, escribe a gente que descuidaba la expresión moral y social de la fe; en Gálatas, Pablo se dirige a una situación opuesta: la gente estaba dependiendo de sus propios logros morales y religiosos para merecer el favor de Dios. No es de sorprender que los dos escritores digan cosas diferentes, aunque complementarias.
2. Interpretar a la luz de otros pasajes sobre el mismo tema. Este principio lo aplicamos cuando leemos cualquier libro de texto; buscamos para ver si el autor explica un punto difícil en alguna otra parte. De esa manera, por ejemplo, ciertas partes oscuras del libro de Apocalipsis adquieren sentido cuando se relacionan con otras secciones proféticas de la Biblia.
3. Interpretar lo primero a la luz de lo último y más amplio. La revelación bíblica se desarrolla a medida que Dios revela más de sí mismo y de sus propósitos para su gente. En particular, el Nuevo Testamento interpreta el Antiguo Testamento. Cristo vino para cumplir la ley (Mt 5.17); por tanto, el at tiene que interpretarse a la luz de este cumplimiento. Además, las cartas del nt interpretan los evangelios, ya que es desde la perspectiva de la enseñanza apostólica que se puede ver todo el propósito de Dios y su culminación en la muerte y resurrección de Cristo. El comentario de Calvino sobre Romanos es un buen consejo: “Si un hombre entiende [la epístola], tiene el camino abierto para la comprensión de toda las Escritura”.
Las Escrituras pueden ser interpretadas sólo por el Espíritu Santo
El verdadero entendimiento no es nuestro por naturaleza; es un don de Dios (Mt 11.25; 16.17) por medio del Espíritu Santo (Jn 16.13s). Esto no nos exime del trabajo arduo, ni supone que podamos aislarnos de otros cristianos en nuestra comprensión de la Biblia. El Espíritu Santo es un Espíritu corporativo, que mora en todo el pueblo de Dios (1Co 12.12s). Es absurdo esperar que Dios nos enseñe por medio de su Palabra si descuidamos los medios ordenados por Él para llegar a la verdad, incluso el don ejercitado por los maestros que Él ha escogido.
Este tercer principio hermenéutico lleva un profundo desafío espiritual. El Espíritu de Dios es santo; por tanto, lo que entendemos de su verdad está menos relacionado con la capacidad de nuestro cerebro que con el grado de nuestra obediencia. Hasta donde se puede ver, depende de la altura a la que uno ha subido y no de la forma elaborada en que estemos preparados. Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios (Mt 5.8).
El hábito de acercarse a las Escrituras en una actitud de oración es completamente acertado con respecto a esto. Ábreme los ojos, para que contemple las maravillas de tu ley (Sal 119.18) son palabras apropiadas cada vez que escuchamos o manejamos la Biblia. A la larga no estamos tratando tanto con un libro como con un Dios vivo, el que se encuentra con nosotros en y a través de sus palabras inspiradas. No nos preocupa tanto “quién es Dios” (o quién fue, o quién será), como si fuera una tercera persona ajena a nuestra conversación o búsqueda. Más bien, nos preocupa “Quién eres Tú, oh Dios”. Estamos interesados en el Dios que está aquí y ahora, ante el que nos postramos en adoración, de cuyo poder y gracia dependemos totalmente en todo momento para la vida y la existencia. ¡Ven, Espíritu Santo!
Las Escrituras deben interpretarse dinámicamente
Este último principio en realidad es una extensión del tercero. El Espíritu de Dios es un Espíritu viviente; usa su Palabra de acuerdo con sus grandes metas para el pueblo de Dios, su regeneración y santificación. La hermenéutica no se puede limitar a aclarar el verdadero significado contextual de la Biblia. La Palabra que hemos extraído de la veta de la verdad eterna de Dios tiene que llevarse a la superficie y ponerla a funcionar en la actualidad. Después de preguntar qué significaba esto en su tiempo y su contexto, y qué significa a la luz de todas las Escrituras, debemos preguntar: ¿qué significa para hoy: aquí y ahora en la vida de esta congregación, de esta persona, y en mi propia vida?
Pasajes bíblicos
• La Biblia: Gn 15.1, 4; Éx 20.1; Nm 22.38; Dt 5.22; Jos 3.9; 2S 7.28; Neh 9.13; Sal 12.6; 19.7–14; 119; Jer 1.9; 30.2; Dn 7.1s; 8.15–18; 10.1s; Mt 4.1–11; 5.17–19; 19.4s; 22.31s; 43; 26.53s; Mr 7.6–13; Lc 16.17; 11.49; Jn 3.33s; 10.34s; 17.17; 19.35; 21.24; Ro 3.2; 15.4; 1Co 10.11; 2Co 6.16s; 2Ti 3.15s; Tit 1.9; Heb 4.12s; 10.15–17; 1P 1.12; 2P 1.21; Ap 21.5; 22.6–8.
• Las palabras de Jesús: Mt 5.21–24; 7.24; Mr 13.31; Jn 15.26; Hch 20.35; 1Co 7.10, 25; 11.23s; 1Ti 5.18.
• La autoridad de los apóstoles: Mt 28.18–20; Jn 14.26; 15.26s; 16.13s; 17.6, 8, 26; 20.21; Hch 1.8; 1Co 2.9–13; Gá 1.7s; Col 4.16; 2Ts 3.6, 12.
• El testimonio interior del Espíritu: Jn 14.25; 15.26; 16.13s; Ro 8.15s; 2Co 1.22; Gá 4.6s; Ef 1.13s; 2Ti 1.14; 1Ts 1.5; 1Jn 2.20, 27; 3.24; 5.7s, 20.
• El canon: Éx 24.4–7; 31.18; Dt 31.9–26; Jos 1.7s; 24.26; Esd 7.6, 14; Neh 8.1–3; Is 8.16; Jer 36.32; Dn 9.2; Mt 21.42; Lc 24.27, 44; Jn 5.39–47; 1Co 14.37s; 2Co 10.8s; Col 4.16; 2Ts 2.15; 3.17; 1Ti 5.18; 2P 3.16; Ap 1.1–3; 22.8s.
• La hermenéutica: Gn 40.8; Neh 8.8; Dn 4.18; Mt 5.17–48; 15.3–9; 22.29–32; Lc 24.27–44; Jn 1.45; 5.39, 46; 16.5–15; Hch 2.16–21; 17.2s; Ro 1.2s; 3.21s; 4.24; 10.4; 16.25; 1Co 10.11; 2Co 1.20; 2Ti 2.15; 1P 1.10–12; 2P 1.20.
Preguntas
1. Distinga los diversos significados de “Palabra de Dios”. Explique en términos generales el caso que considera las Escrituras como la Palabra de Dios.
2. ¿Qué concepto tenía Jesús del Antiguo Testamento y qué importancia tiene ello para nuestra actitud actual hacia las Escrituras? ¿Cómo respondería usted a la objeción de que su criterio estaba condicionado culturalmente y, por lo tanto, no nos concierne?
3. ¿Qué es “el testimonio interior del Espíritu Santo”, y qué significa para nuestra comprensión de la autoridad de las Escrituras?
4. ¿Qué se quiere decir con “la inspiración de las Escrituras”? Dé una idea general de los diversos conceptos, señalando sus puntos fuertes y débiles.
5. ¿Por qué hablamos de: (a) inspiración verbal, y (b) inspiración plenaria?
6. Explore el vínculo entre la autoridad de las Escrituras y su inspiración.
7. ¿Qué se quiere decir con el “canon de las Escrituras”? Bosqueje el proceso por el cual se establecieron: (a) el canon del Antiguo Testamento, y (b) el canon del Nuevo Testamento.
8. Examine las bases para la afirmación de que la Biblia es infalible e inerrable. ¿Hasta dónde se extienden la infalibilidad y la inerrancia de las Escrituras?
9. Enumere las consideraciones que deben tenerse en cuenta cuando se confrontan aparentes contradicciones o inexactitudes de las Escrituras. ¿Cómo respondería a la acusación de que “la Biblia está llena de errores” y “las personas inteligentes no creen que la Biblia sea verdadera”?
10. Identifique los principales principios hermenéuticos. Ilustre su significado con ejemplos de errores que surgen por descuidarlos.
11. Discuta la frase “El Espíritu Santo es todo lo que necesitamos para entender la Biblia”.
12. ¿Cuál es el papel de las “ayudas secundarias”, como apuntes y comentarios, para entender las Escrituras? ¿Cuál es el lugar de la predicación en cuanto a incrementar la comprensión de las Escrituras y cómo la afectan los principios hermenéuticos?
Bibliografía
• Arts. ‘Canon’, ‘Inspiration’ en ibd y ndt.
• F. F. Bruce, The New Testament Documents (ivp, ed. rev. 1960). ¿Son fidedignos los documentos del Nuevo Testamento? (Caribe, 1972).
• D. A. Carson and J. D. Woodbridge (eds.), Hermeneutics, Autority and Canon (Zondervan, 1986).
• D. A. Carson and J. D. Woodbridge (eds.), Scripture and Truth (ivp, 1983).
• G. D. Fee and D. Stuart, How to Read the Bible for all its Worth (su, 1982).
• N. L. Geisler (ed.), Inerrancy (Zondervan, 1979).
• C. F. H. Henry, God, Revelation and Autority 1 and 2 (Word Books, 1976).
• C. F. H. Henry (ed.), Revelation and the Biblie (Tyndale Press, 1959).
• J. I. Packer, God Has Spoken (Hodder, 2° ed, 1979). La voz del Dios Santo (Editorial Vida, 2008).
• M. Silva (ed.) Foundations of Contemporary Interpretation (Apollos, 1997).
• J. R. W. Stott, Understanding the Bible (su, 1984). Cómo comprender la Biblia (Certeza Unida, 2005).
• B. B. Warfield, The Inspiration and Autority of the Bible (prpc, 1951).
5. Las frases “pero yo os digo [...]” del Sermón del Monte (Mt 5.21–48) no son una excepción. Tienen el objeto de vindicar el verdadero propósito de los pasajes del Antiguo Testamento en cuestión contra las interpretaciones generales de los escribas y los fariseos. “No piensen que he venido a anular la ley o los profetas; no he venido a anularlos sino a darles cumplimiento [...] Todo el que infrinja uno solo de estos mandamientos por pequeño que sea [...] será considerado el más pequeño en el reino de los cielos” (Mt 5.17, 19). Cf. D. M. Lloyd-Jones, Studies in the Sermon on the Mount 1 (ivp, 1959), pp. 180–32.
6. A. Kuyper. Principies of Sacred Theology (Principios de teología sagrada, Eerdmans, 1954), p. 430.
7. La traducción “Toda Escritura inspirada es útil” no es una interpretación natural del griego, y no considera realmente el tema en cuestión: las Escrituras judías (2Ti 3.16).
8. Con relación a esto ver más en “la metáfora penal: la justificación”, pp. 238–242.
9. J. Wenham, The Goodness of God (ivp, 1974); Christ and the Bible (ivp, 1972); C. Pinnock, Biblical Revelation (Moody, 1971); A Defense of Biblical Infalibility (prpc, 1967); J. W. Montgomery, ed., God’s Inerrant Word (Bethany, 1974); N. B. Stonehouse and P. Woolley, eds., The Infallible Word (prpc, 1946); C. F. H. Henry, ed., Revelation and the Bible (Tyndale Press, 1959); R. Laird Harris, Inspiration and Canonicity on the Bible (Zondervan, 1975); N. Geisler, ed., Inerrancy (Zondervan, 1979); J. I. Packer, Under God’s Word (Lakeland, 1980); D. A. Carson and J. D. Woodbrige, Scripture and Truth (ivp, 1983); (eds.); Hermeneutics, Authority and Canon (Zondervan, 1986).
10. Comentario sobre Génesis 1.6. Ver Juan Calvino, Genesis (Banner of Truth, 1975), p. 79.
Aplicación
La necesidad del nuevo nacimiento
Ya que somos seres creados y pecadores, podemos encontrar la verdad de Dios solamente como un don de su condescendencia que supera nuestra resistencia instintiva hacia Él e ilumina nuestras mentes oscurecidas. En términos bíblicos, no podemos conocer a Dios y su verdad hasta que hayamos nacido de nuevo (Jn 3.2–3).
El milagro del nuevo nacimiento y la iluminación va siempre asociado a una respuesta al evangelio (o “buenas nuevas”) que está en la base de la fe cristiana. Este maravilloso mensaje al principio no parece en absoluto “buenas” nuevas, porque nos enfrenta con el pecado, nuestra impotencia, nuestra ceguera intelectual, y el hecho sombrío de la ira de Dios contra nosotros. Pero al mismo tiempo nos asegura de su omnipotente amor por los pecadores expresado en el don de su hijo Jesucristo que murió en la cruz por los hombres y mujeres pecadores. El evangelio nos llama a arrepentirnos de nuestro pecado y a apoyarnos en el favor que Dios nos ha ofrecido en Cristo.
Al responder a ese llamado sencillamente por la fe, experimentamos un nuevo comienzo en nuestra vida, un nuevo nacimiento, y con ello una nueva capacidad de captar y responder a la revelación de Dios. Si somos verdaderamente cristianos, esta primera consecuencia ya será una realidad en nosotros, pero nunca podremos destacar bastante la importancia de este axioma bíblico: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Este principio opera en toda nuestra vida cristiana. Dios pone su verdad a disposición sólo de los humildes. Si nos allegamos en total dependencia, reconociendo nuestra ignorancia pecaminosa, nuestra ceguera, y nuestra constante necesidad de su iluminación divina, Él se acerca a nosotros en gracia y nos otorga una y otra vez el don de su verdad.
La necesidad de estudiar a fondo la Biblia
Las Escrituras nos han llegado durante un período que abarca varios milenios como producto de la experiencia de personas cuya cultura desconocemos. Está escrita en idiomas que no son los nuestros. Para entender e interpretar correctamente la Biblia se requiere la severa disciplina de superar estas barreras culturales y lingüísticas que nos separan del mundo y la época de ella.
Es obvio que el Espíritu Santo es un guía indispensable, y debemos cuidarnos de la sugerencia de que el cristiano poco instruido no puede captar con ayuda del Espíritu el mensaje de la Biblia o usarla para su profundo provecho espiritual. Negar esto es desconocer las claras evidencias de la historia; también se acerca peligrosamente a repetir el error de la Iglesia Católica antes de la Reforma, de interponer un intermediario entre Dios y el alma individual (en el caso de la Edad Media, la enseñanza de la iglesia; en la actualidad, los eruditos bíblicos). Tampoco negamos que Dios puede dar aplicaciones prácticas inmediatas de su Palabra, en situaciones específicas, por medio de su Espíritu, aunque es evidente que esa no es la norma y ni siquiera comienza a agotar lo que significa “vivir conforme a las Escrituras”.
Mucha de la verdad de la Biblia se revela solamente después de un estudio arduo y exigente. Constantemente se están descubriendo aspectos nuevos y significativos de las culturas en que se escribió la Biblia, que arrojan luz incluso sobre pasajes bien conocidos. Por ello, la vocación del estudio bíblico y teológico es tremendamente importante; sin embargo, aunque, comparativamente, ese llamado especial es para unos pocos, todos los cristianos están llamados a usar sus mentes al máximo y a estudiar la Biblia con toda la capacidad y oportunidades que tengan. Es decir, el estudio arduo de la Palabra de Dios es absolutamente indispensable.
La necesidad de predicar y exponer la Biblia
El medio supremo que Dios ha instituido en la iglesia para revelar y diseminar su verdad entre su pueblo es la predicación. Todo lo que hemos tratado en este capítulo sirve para destacar cuán vital es que la predicación sea bíblica en su llamado y su carácter.
Por supuesto, esto no significa simplemente ensartar unos cuantos pasajes bíblicos aislados. En el contexto de una congregación cristiana reunida para la adoración, la predicación debe procurar exponer la Biblia en profundidad y luego aplicarla en forma inteligente y directa a la vida y situación de los oyentes. Todo lo que se ha dicho acerca de la necesidad de estudiar arduamente la Biblia, es particularmente aplicable a la preparación para este tipo de predicación.
Si nosotros mismos no estamos llamados a ser predicadores, podemos cumplir un papel muy importante y significativo por medio de nuestras oraciones y nuestro estímulo a la predicación bíblica. Nada está más calculado para traer renovación a la vida, el vigor y la fe de la iglesia en cualquier generación que el libre curso de la Palabra eterna de Dios en medio de su pueblo por el ministerio de predicadores y expositores ungidos por su Espíritu Santo.
La necesidad de obedecer las Escrituras
Si Dios nos ha revelado su persona y sus propósitos en Jesucristo como lo conocemos por medio de las Escrituras, es evidente que tenemos la obligación total de someter nuestras vidas a la enseñanza de la Biblia. Es una tentación particular de la etapa de estudiante imaginar que la verdad es sólo para la mente; para las Escrituras, “conocer la verdad” implica vivirla en nuestras situaciones particulares. En el Antiguo Testamento la verdad es principalmente una cualidad moral que supone las características de seriedad o fidelidad en acción (Sal 51.6). Esta idea se expresa también en la preocupación de Juan por hacer la verdad (Jn 3.21; 1Jn 1.6). Por lo tanto, esta sección final es esencial a la exposición de la doctrina cristiana de la autoridad, porque la verdad cristiana en el sentido más profundo existe únicamente donde haya una mente que se disponga tanto a entenderla como a obedecerla. Si nuestra pasión por la verdad no implica una pasión por la obediencia a la verdad, no estamos tomándola en serio.
En definitiva, la doctrina de la autoridad es eminentemente práctica. Nos confronta con un desafío específico: obedecer todo lo que enseña la Biblia, en todo momento. Nada puede ser más penetrante ni más práctico que eso.

Parte 2
La doctrina de Dios

Capítulo 4
El ser de Dios
Las bases para el teísmo cristiano
Las bases para nuestra fe en Dios han sido dadas en principio en la Parte 1: Dios se ha revelado a nosotros. La Biblia no ofrece alguna demostración racional de la existencia de Dios; más bien señala su incuestionable realidad: Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra (Gn 1.1); Yo soy el Señor, y no hay otro; fuera de mí no hay ningún Dios (Is 45.5; cf. Ro 11.36). Su existencia y su autorrevelación son las presuposiciones fundamentales de la religión bíblica.
El conocimiento intuitivo del ser humano acerca de Dios está ampliamente confirmado por la antropología social, la que reconoce una conciencia religiosa prácticamente universal. En términos generales, los ateos constituyen una minoría. Calvino describió esta conciencia elemental de Dios como “un sentido de divinidad”; el teólogo norteamericano Charles Hodge (1797–1878) hablaba de la convicción humana universal de que “hay un Ser de quien dependen y ante quien son responsables”. Sin embargo, no debemos sobrevalorar esta conciencia innata de Dios porque:
1. La Biblia no la considera una base adecuada para una relación salvadora con Dios.
2. El cristiano podría pasar por alto las dificultades que afrontan los incrédulos para llegar a la fe.
3. La Biblia dice que debemos acercarnos a Dios por medio de la “fe”, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que Él existe y que recompensa a quienes lo buscan (Heb 11.6). La conciencia innata de Dios no anula el acercamiento a Dios desde el campo de la fe, aunque la fe, por supuesto, tiene sus propias convicciones. De allí los credos históricos: “Creo en Dios...”
“Pruebas” racionales de la existencia de Dios
A través de los siglos, muchos pensadores cristianos han tratado de “probar” la existencia de Dios basándose en factores del mundo mismo. Esto se conoce como “teología natural”. Apelando a las leyes de la lógica, la realidad del mundo, y ciertas ideas filosóficas comunmente aceptadas, estos pensadores han procurado probar (1) que la existencia de Dios es lógicamente necesaria (la versión más sólida), o (2) que es relativamente probable que Dios exista, o que los argumentos para su no existencia no son convincentes, o que creer en la existencia de Dios no es ciertamente un acto de suicidio intelectual (la versión más débil). Sus principales “pruebas” (o argumentos) son las siguientes:
La prueba ontológica
Es la más importante filosóficamente. La afirmación clásica, de Anselmo (1033–1109), tiene dos pasos. Primero: Dios es “un ser respecto del cual no se puede concebir nada más grande” (“más grande”, en el sentido de “más perfecto”). Segundo: algo que existe sólo en la mente es distinto de algo que existe en la mente y en la realidad. Uniendo los dos pasos: si Dios no existe (esto es: existe sólo en la mente y no en la realidad) es posible concebir un ser más perfecto que el ser más perfecto; esto es una contradicción imposible. Entonces tenemos que aceptar la alternativa: el ser más perfecto existe en la realidad así como en la mente.
El argumento ontológico sufrió un severo ataque a manos del filósofo alemán Kant (1724–1804), quien mostró que ese argumento sólo demostraba que si es que hay un ser supremo, entonces existe. La existencia en sí no agrega nada a un concepto. En consecuencia, según su propia ilustración, un billete real de 100 dólares no tiene más valor monetario que un billete de 100 dólares imaginario (¡aunque algunos de mis colegas escoceses insistirían en que la realidad es preferible!). Posteriormente Bertrand Russell (1872–1970), que en algún momento se sintió atraído por el argumento, llegó a una conclusión similar luego de analizar la función de la palabra “existe”.
En los últimos años el argumento ontológico ha experimentado algo así como un avivamiento en popularidad. Varios filósofos de la religión creen hoy en día que si se acepta que es posible concebir un ser superior, entonces tiene que existir en la realidad.
La prueba cosmológica
Este argumento, clásicamente formulado por Tomás de Aquino (ca. 1225–1274), afirma que la existencia del mundo requiere la existencia de un ser supremo. Dirige la atención al hecho de la causalidad: todo suceso tiene una causa, que a su vez tiene una causa, y así se sigue hasta una primera causa, Dios.
Los críticos afirman que este argumento no hace frente a la alternativa de que podría no haber una “fuente” o causa primordial: “el universo sencillamente existe, y eso es todo” (Russell). Sin embargo, sus defensores no creen que el argumento pueda ser tan fácilmente descartado. Actualmente se formula más comúnmente en términos de “contingencia”. Las cosas pueden ser “contingentes” (existen, pero igualmente podrían no haber existido), o “necesarias” (tienen que existir). Mientras que la existencia de ciertas realidades contingentes particulares se puede explicar a cierto nivel en referencia a causas contingentes anteriores, el origen de la existencia y la existencia continuada de toda la realidad contingente se pueden explicar únicamente en términos de un ser necesario: Dios.
La prueba teleológica
Este antiguo argumento entró en Occidente por medio de uno de los diálogos de Platón, Timeo. Afirma que las evidencias de un plan y propósito en el universo requieren un Diseñador universal. La formulación clásica del argumento se la debemos a William Paley (1743–1805). En su Natural Theology (Teología natural, 1802) usó la analogía de un reloj en pleno funcionamiento, el que se encuentra por casualidad tirado en el suelo. Su existencia se podría explicar mediante una convergencia fortuita de fuerzas naturales, lluvia, viento, calor, acción volcánica, etc. Pero esto es mucho menos creíble que el postulado de un relojero inteligente. Por la misma razón, un universo que manifiesta un plan, implica un diseñador.
La principal crítica la formuló el filósofo escocés David Hume (1711–76) en sus Dialogues Concerning Natural Religion (Diálogos sobre la religión natural). Dado que el universo es vasto, además del tiempo infinito, la probabilidad por sí sola podría producir un universo como el que habitamos, e inevitablemente manifestaría evidencias de un plan, ya que sería necesario cierto grado de adaptación mutua de sus factores para su existencia y continuidad. El argumento también tiene que enfrentar algunos procesos del universo que parecen relativamente carentes de propósito, al menos en lo que respecta al conocimiento actual.
El abogado norteamericano J. E. Horigan ha intentado rehabilitar este argumento. Afirma que el darwinismo estrechamente antirreligioso desatiende la manera en que la naturaleza inanimada está en armonía con la evolución orgánica; afirma también que la teoría evolucionista no puede explicar el rápido surgimiento del gran cerebro en la especie humana en desarrollo. Claro que muchas personas, cuando ven de cerca el plan que se ve en el universo, por ejemplo, frente a la maravilla de un bebé recién nacido, o frente a la desconcertante complejidad de las células en cono y en bastón del ojo humano, encuentran un tanto académicas las objeciones de Hume; sin embargo, filosóficamente mantienen cierta fuerza.
La prueba moral
Este planteamiento afirma que la experiencia humana universal respecto a la obligación moral, el sentido del “deber”, y la incapacidad de cumplir los dictados de la conciencia moral no se pueden explicar adecuadamente en términos de egoísmo disfrazado ni de condicionamiento social. La existencia de estos valores morales objetivos implica la existencia de una base trascendente de valores.
Kant está particularmente ligado a este argumento. Afirmó que Dios (y la libertad y la inmortalidad) son “postulados” de la vida moral, creencias en presuposición que dan cuenta de nuestro sentido de obligación moral incondicional.
El argumento ha sido acusado de suponer precisamente la verdad que pretende demostrar: que la experiencia moral se puede explicar satisfactoriamente sólo en términos religiosos. También tiene que encarar la evidencia de una variedad de códigos morales (la gente posee diferentes conceptos de lo que significa el “bien”) y la presencia de dilemas morales. Además, para que se pueda sostener también debe demostrar que las explicaciones alternativas (sociológicas, psicológicas) acerca del surgimiento y la continuidad del sentido moral son inadecuadas. Algunos filósofos de la moral y apologistas cristianos piensan que se pueden superar estas dificultades (C. S. Lewis, Cristianismo... y nada más).
La prueba mental
Este argumento afirma que el materialismo puro es incapaz de explicar la capacidad de la mente de pasar lógicamente de las premisas a la conclusión; sólo la existencia de una Mente trascendente explica la operación efectiva de nuestra inteligencia humana o de otras cualidades no materiales de la mente y la imaginación. Si no hay una inteligencia divina, ¿cómo podemos confiar que nuestro pensamiento sea verdadero y, por tanto, qué bases tenemos para confiar en cualquier argumento en favor del ateismo? C. S. Lewis defendió esta posición (cf. Miracles [Milagros]), y más recientemente, aunque siguiendo un camino diferente, el filósofo de la religión norteamericano A. Plantinga (God and Other Minds [Dios y otras mentes]).
La prueba profética
Está estrechamente relacionada con la prueba anterior. Sostiene que la manera en que las circunstancias de la vida y misión de Jesucristo cumplieron las profecías del Antiguo Testamento, las cuales fueron escritas muchos siglos antes de su venida, desafía cualquier otra explicación que la acción de Dios en todo el proceso bíblico de anticipación y cumplimiento mesiánico.
La prueba cristológica
Este argumento apela a las normas de la probabilidad histórica para demostrar que sólo se puede dar cuenta de Jesucristo satisfactoriamente si suponemos la presencia y la actividad de Dios en Él. Sus defensores citan su carácter personal intachable, sus sorprendentes afirmaciones acerca de sí mismo y su misión, y especialmente la evidencia de su resurrección. En este último caso, se pone atención especialmente en la dificultad de dar alguna otra explicación más adecuada para el surgimiento de la iglesia cristiana después de tan cruel e ignominiosa muerte de Jesús.
Este argumento tiene que hacer frente a las preguntas críticas acerca de la confiabilidad histórica del Nuevo Testamento y también a las dificultades filosóficas originadas por los supuestos milagros. Sin embargo, actualmente hay eruditos que se unen a los defensores populares de la fe y afirman que estas objeciones tienen respuesta, y que las consideraciones puramente históricas nos llevan a la antesala de la fe.
Apologética presuposicional
Un campo en el que el pensamiento evangélico ha avanzado en los últimos años es el del intento de alejar del debate, con pensadores y sistemas de verdad no cristianos, las preguntas acerca de la validez de los argumentos cristianos y llevarlo a la validez y congruencia de las posiciones no cristianas. En una serie de escritos, el teólogo Cornelio Van Til ha afirmado que el pensamiento no cristiano no puede dar ninguna respuesta al problema fundamental de la vida y la filosofía, y que toda la filosofía no cristiana es esencialmente un intento encubierto de huir del Dios vivo, la Trinidad ontológica que se da a conocer a todos los hombres.
Más recientemente Francis Schaeffer ha intentado demostrar la necesidad de la presuposición cristiana de la existencia y la realidad del Dios de la Biblia, ya que negar su existencia implica negar toda realidad y sentido. Schaeffer también argumenta que los no cristianos no viven (y en efecto no pueden vivir) de una manera totalmente consecuente con sus presuposiciones no cristianas, que en realidad son inadecuadas para justificar la existencia humana.
Evaluación del enfoque racional
Argumentos en contra de las pruebas racionales
¿Qué debemos entender de la afirmación de que Dios puede ser conocido a través del argumento racional muy aparte de la revelación especial de Él en las Escrituras y en Jesucristo? A lo largo de los siglos, algunos pensadores cristianos han expresado su descontento con todo este enfoque. Aparte de señalar que a menudo los argumentos no logran dar “pruebas”, preguntan:
1. ¿Quién es este Dios? En el mejor de los casos, los argumentos tradicionales hablan de un Poder Soberano, o una Primera Causa, un Garante Moral, etc. No se le reconoce directamente como el Dios de la Biblia, el objeto de la fe y la adoración cristianas. Los argumentos históricos y proféticos, obviamente, están menos expuestos a esta crítica.
2. ¿Cómo se conoce a Dios? Las Escrituras enseñan que se conoce a Dios verdaderamente por medio de la fe. La apologética racional supone que se puede conocer a Dios sin ninguna revelación especial. Además, como lo demuestra claramente la historia, cuando se le da a la razón ese grado de autonomía, tarde o temprano excede sus límites y usurpa el papel de la fe; esto, a su vez, amenaza el concepto de la gracia redentora y quita valor a la gloria de Dios11.
3. ¿Dónde se ubica la humanidad con relación a Dios? El concepto racional supone una continuidad entre el ser humano y Dios, lo que la Biblia niega. Confunde el hecho de que la incredulidad es una forma de enemistad contra Dios, y produce un gran daño al incrédulo al ocultarle este hecho. Además, si el argumento racional no llega a convencer a los no cristianos, bien pueden encontrar confirmación para su incredulidad y quedar menos abiertos a una posterior presentación del desafío moral del evangelio.
4. ¿Qué enseña la Biblia? Según las Escrituras, el ser humano es consciente de Dios, pero ha rechazado ese testimonio. Nuestra tarea como cristianos es confrontar a los no cristianos con el Dios de quien ya tienen conciencia, no la de considerar sus presuposiciones (pecaminosas) de que tal vez Dios no existe. Los hombres y mujeres caídos pueden lograr un pleno conocimiento de Dios sólo mediante el nuevo nacimiento por el Espíritu Santo en respuesta al evangelio.
Unos comentarios finales necesarios
1. Nuestro juicio acerca del valor de la defensa racional del teísmo cristiano será un reflejo de nuestro juicio sobre el grado en que la caída y el pecado han afectado el conocimiento original y la capacidad del ser humano respecto a Dios. Aquí, como en otras cosas, las doctrinas cristianas tienen zonas de coincidencia.
2. Parecería que hay lugar para la argumentación apologética en la respuesta a los prejuicios antirracionales extremos contra el cristianismo. Sin embargo, es probable que, más que ateniéndose a uno a dar argumentos específicos, esto se consiga mejor mostrando la coherencia total y la superioridad del concepto cristiano como interpretación de la existencia.
3. El enfoque racional, particularmente en su apelación a la evidencia de la divinidad de Cristo y el testimonio bíblico sobre Él, puede ayudar a rechazar la acusación de que la fe cristiana depende de factores subjetivos12. Es preciso notar a este respecto que Jesús y Pablo entraron en debate frecuentemente con sus audiencias. El testimonio de Pablo en los centros de cultura griega involucraba la defensa del evangelio contra la crítica racional (Hch 19.9). En Atenas Pablo razonó con sus oyentes sobre la base de su experiencia inmediata (Hch 17.28), y apeló a sus personalidades en apoyo de su posición (Hch 17.28) así como primordialmente al evangelio y la revelación (Hch 17.20ss). Además, los primeros predicadores cristianos apelaron a la evidencia histórica en apoyo de sus afirmaciones, especialmente en cuanto a Jesús y su resurrección (Hch 3.15; 5.31; 1Co 15.3ss).
4. Sin embargo, debemos evitar cualquier acercamiento a los no cristianos que disminuya la naturaleza de Dios y pase por alto u oscurezca el carácter moral de la relación de la raza humana con Dios o la necesidad del arrepentimiento, el perdón y la reconciliación.
5. El Dios de la Biblia es indudablemente un concepto mucho más grande que el del Dios de la teología natural. Como la forma en que se conoce a Dios sólo se puede considerar a la luz de lo que Él es, los cristianos servirán mejor a aquellos a quienes esperan despertar a la fe, planteando lo más adecuadamente posible el Dios de la Biblia, la bendita Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu, con toda su grandeza y majestad trascendente, su belleza y su poder, su gracia y su santidad, y demostrando algo de su realidad en sus vidas personales y la comunidad cristiana.
Pasajes bíblicos
Gn 1.1; Éx 3.14s; Job 23.1–17; 37.19; Is 40.25–28; 42.8; 43.11–13; Hch 14.14–18; 17.16–34; Ro 1.18–32; 11.33; 2Co 4.4; 1Ts 1.9; 1Ti 6.16; Heb 11.6.
Preguntas
1. Repase los diversos argumentos filosóficos para la existencia de Dios. ¿Cuál le parece más convincente?
2. Señale el papel de esos argumentos a la luz de: (a) la enseñanza bíblica sobre la naturaleza de Dios; (b) la enseñanza bíblica sobre la naturaleza humana; (c) el testimonio de los apóstoles.
3. ¿Cuáles son las funciones y límites de la apologética al: (a) afirmar la fe de los cristianos; (b) defender la fe contra las críticas; (c) presentar el evangelio a los no cristianos?
4. ¿Cuál es el punto de vista bíblico de la relación entre la fe y la razón humana?
Bibliografía
• Art. ‘God’ en ndt.
• G. Bray, The Doctrine of God (ivp, 1993).
• C. Brown, Philosophy and the Christian Faith (Tyndale Press, 1969).
• J. Calvin, Institutes of the Christian Religion, 1. Institución de la religión cristiana (Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1968).
• C. S. Evans, Philosophy of Religion (ivp, 1982).
• C. F. H. Henry, God, Revelation and Autority 1 and 2 (Word Books, 1976).
• C. S. Lewis, Mere Christianity (Fontana, 1952). Cristianismo y nada más (Editorial Caribe, 1977).
• A. McGrath, Bridge-Building (ivp, 1992).
• F. A. Schaeffer, Francis A. Schaeffer Trilogy (ivp, 1990).
• J. Sire, Why Should Anyone Believe Anything At All? (ivp, 1994).
11. Por ej., el socinianismo de fines del siglo xvi, el unitarismo del siglo xvii, el deísmo del siglo xviii, el liberalismo clásico (modernismo) del siglo xix.
12. El punto de vista de Calvino parece ser algo aproximado a esto; cf. Institución de la religión cristiana 1.8.

Capítulo 5
Dios la Santísima Trinidad
¿Cómo es Dios? Una respuesta provisoria general es: “Dios es un Espíritu personal viviente”. El Dios de la Biblia es principalmente un Dios viviente que hace cosas (Sal 97.7; 115.3s). No es un poder o una energía impersonal, sino un Dios personal con carácter y naturaleza inconfundibles. Es un Espíritu que trasciende todo el orden mundial, aunque ese orden depende totalmente de Él.
La base bíblica
La Biblia presenta a Dios como tres personas distinguibles, a las que normalmente se refiere como Padre, Hijo y Espíritu. El término técnico para esto, la Trinidad, no aparece en la Biblia, sino que pertenece a esa clase de términos que son bíblicos en el sentido de que expresan enseñanzas bíblicas claras.
El Antiguo Testamento
Para el pueblo de Israel, la unidad fundamental de Dios es un axioma: Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios, es el único Señor (Dt 6.4). Esta insistencia en la divina unidad era muy importante por causa del politeísmo idólatra y depravado de las naciones vecinas. El Antiguo Testamento, sin embargo, contiene indicaciones de una “plenitud” en la Divinidad que prefiguran la enseñanza trinitaria del Nuevo Testamento.
Primero, hay ocasiones en que Dios se refiere a sí mismo en términos plurales (Gn 1.26; 3.22; 11.7; Is 6.8); el evangelista Juan trata el pasaje de Isaías como una visión de Jesús (Jn 12.41). Luego hay referencias al Ángel del Señor que se identifica con Dios, aunque es distinto de Él (Éx 3.2–6; Jue 13.2–22). El Antiguo Testamento también se refiere al Espíritu de Dios como el agente personal de Dios (Gn 1.2; Neh 9.20; Sal 139.7; Is 63.10–14). Habla de la sabiduría de Dios, particularmente en Proverbios 8, como una expresión personalizada de Dios al mundo, y de la Palabra de Dios, la declaración creativa de Dios (Sal 33.6,9; cf. Gn 1.26). También existen profecías que identifican al largamente esperado Mesías con Dios mismo (Sal 2; Is 9.6s).
Evidentemente esto no equivale a la doctrina completa de la Trinidad, pero al presentar una pluralidad dentro de la unidad de Dios, estos pasajes anticipan la enseñanza más completa del Nuevo Testamento.
El Nuevo Testamento
La enseñanza latente en el Antiguo Testamento se deja ver en el Nuevo Testamento. Primeramente, para adaptarse al impacto de la vida y el carácter de Jesús, a sus afirmaciones y milagros, y sobre todo a su resurrección y ascensión, los apóstoles se vieron impulsados cada vez más a adorarlo como a Dios. Segundo, la realidad y actividad del Espíritu Santo entre ellos era claramente la presencia de Dios mismo. En consecuencia el carácter trinitario que Jesús les presentó (Mt 28.19) determinó su propia comprensión del asunto. Dios el Señor era uno solo, pero distinguible en tres: Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu.
Varios pasajes del Nuevo Testamento suponen, implican, o afirman la trinidad de Dios (Mt 3.13–17; 28.19; Jn 14.15–23; Hch 2.32s; 2Co 13.14; Ef 1.1–14; 3.16–19).
Se asevera que cada una de las personas de la Divinidad es divina.
• El Padre es Dios: Mateo 6.8s; 7.21; Gálatas 1.1.
• El Hijo es Dios: Juan 1.1–8; Romanos 9.5; Colosenses 2.9; Tito 2.13; Hebreos 1.8–10.
• El Espíritu es Dios: Marcos 3.29; Juan 15.26; 1 Corintios 6.19s; 2 Corintios 3.17s.
La Biblia, por tanto, presenta esta realidad única y misteriosa: un Dios Padre, Hijo y Espíritu.
Una manera de entender las distinciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu es con referencia a sus diferentes funciones. La forma más popular de esta distinción atribuye la creación al Padre, la redención al Hijo y la santificación al Espíritu. Pablo da una forma modificada en Efesios 1.3–14, donde atribuye la elección al Padre (vv. 4, 5, 11), la redención al Hijo (3, 7, 8), y el “sellado” al Espíritu (13, 14). Romanos 11.36 ha dado lugar a otro concepto basado en las presuposiciones usadas para referirse a la actividad de Dios con relación al universo: “de Él (Padre), y por Él (Hijo) y para Él (Espíritu)”. Estas distinciones, sin embargo, no deben nublar la verdad fundamental de la unidad divina por la cual las tres personas están implicadas en la actividad de cada una; por ej., aunque la creación puede atribuirse especialmente al Padre (Gn 1.1; Ap 4.11), se puede asociar también con el Hijo (Jn 1.3) y con el Espíritu (Is 40.13).
Cómo comprender la doctrina
La revelación bíblica de que Dios es trino y uno fue investigada cuando la iglesia postapostólica intentó expandir su fe en el contexto de la cultura grecorromana. Las conclusiones de estos primeros debates se expresan en el credo de Atanasio (ca. siglo viii): “Adoramos a un Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la Unidad; no confundimos las Personas, ni dividimos la Sustancia”.
Está más allá del alcance de este manual examinar los detalles técnicos de estas controversias; baste referirnos brevemente a cuatro puntos importantes.
Los límites del lenguaje
Es evidente que la vida intertrinitaria de Dios no tiene ningún paralelo en nuestra experiencia. Podemos hablar de este misterio sólo porque Dios mismo lo ha mencionado en las Escrituras. Aquí el lenguaje queda inevitablemente sometido a presión. Por ejemplo, Agustín, al considerar la propiedad del término “persona” en el caso de la Trinidad, señaló: “Cuando se pregunta: ¿tres qué? el lenguaje humano trabaja realmente bajo una gran pobreza de términos. Sin embargo damos la respuesta ‘tres personas’, no porque ello se pueda expresar realmente, sino para que no quede sin explicación”. Hizo una acotación similar sobre el uso de la identidad numérica “tres” con relación al ser de Dios: “En esta Trinidad, dos o tres Personas no son más que una de ellas”.
La forma en que usamos la palabra “Dios”
Los escritores cristianos usan la palabra “Dios” en dos formas: a veces denotan al Padre en particular, en otras ocasiones significan toda la divinidad. Si “Dios” se usa para referirse únicamente al Padre, es inevitable una subordinación del Hijo y del Espíritu al Padre. Muchas sectas no dan importancia a esta distinción, y así caen en dificultades en las enseñanzas bíblicas acerca de la plena divinidad del Hijo y el Espíritu. Por ejemplo, los Testigos de Jehová no reconocen que en el Antiguo Testamento, Dios el Señor (Yahweh/Jehová) es igual al trino Dios (cf. “La divinidad de Jesucristo”, Cap. 14, pp. 203ss). La “divinidad” del Padre no es lo que lo distingue del Hijo y del Espíritu. La divinidad es algo que las tres Personas poseen por igual; en virtud de esto es que Dios es una unidad en la Trinidad.
¿Tres qué?
¿Cómo podemos referirnos a los “tres” de la divinidad sin poner en peligro la unidad de Dios? La fórmula clásica tres “personas” es objeto de una creciente tensión, ya que el uso contemporáneo raramente distingue “persona” de “personalidad” con las connotaciones de particularidad e independencia de esta última. Por tanto, en la actualidad “tres personas” casi viene a denotar tres dioses separados. Sin embargo, no ha aparecido ningún otro término alternativo aceptado universalmente, de manera que se mantiene la fórmula tradicional a pesar de sus limitaciones.
¿Tiene la Trinidad alguna analogía en la experiencia humana?
La dificultad de concebir un Dios trino y uno ha estimulado a los pensadores cristianos a través de los siglos a buscar alguna analogía iluminadora de la Trinidad. En la exposición clásica de Agustín, la Trinidad se ilustraba con referencia a la unidad y a las diferenciaciones de memoria, entendimiento y voluntad en el alma humana. Sin embargo, tal concepto tripartito del hombre es arbitrario desde el punto de vista de la psicología moderna; lo que es más importante, la analogía no puede ser paralelo de la unidad única en la divinidad por medio de la cual las tres Personas coexisten y están todas intrínsecamente involucradas en las actividades de cada una.
Bajo el impulso de ciertos conceptos modernos de la personalidad, unos teólogos han revivido la antigua analogía de un grupo de tres personas. Del mismo modo en que la personalidad humana es capaz de mezclarse y unirse con otras personalidades, así las “Personas” de la divinidad coexisten unas con otras y se expresan en la divina unidad. Este punto de vista puede tener cierto asidero bíblico, pues Jesús afirma que en el matrimonio ya no son dos, sino uno solo (Mt 19.5s). La “analogía social” arroja una luz valiosa sobre la pluralidad de personas en la divinidad, pero puede hacer peligrar seriamente la divina unidad.
Importancia de la doctrina
Tales dificultades pueden tentarnos a cuestionar el valor y la necesidad de plantear tales puntos, especialmente frente al gran enigma de que “uno más uno más uno es igual a uno”. Sin embargo, en realidad casi todo lo que importa en el cristianismo depende de la verdad de que Dios es trino y uno.
Tomemos el importantísimo tema de nuestro pecado que nos separa de Dios y nos deja sujetos a su ira. En último análisis el pecado se relaciona con dos partes: el pecador que ofende y el Dios ofendido. Por consiguiente, si Jesús no es Dios, mi pecado entonces no tiene ninguna relación con Él. En una oportunidad en que Jesús perdonó el pecado de un hombre lo acusaron de blasfemo, porque sólo Dios puede perdonar pecados (Mr 2.5–7). En cierto sentido sus críticos tenían toda la razón; su error consistía en no ver quién era Jesús. Sólo si Jesús es Dios venido a nosotros en forma humana, puede tratar con nuestros pecados; a la inversa, si Él trata con nuestros pecados, tiene que ser Dios. En consecuencia Dios no es simplemente una unidad indiferenciada de ser.
Lo mismo ocurre con el Espíritu Santo. Los cristianos afirman que el poder regenerador de Dios ha entrado en sus vidas; ahora conocen a Dios y experimentan su presencia; están persuadidos de la autoridad de su Palabra, y reciben fuerzas para vivir por Él, y dones con los cuales servirle. Pero si esto no es Dios mismo obrando en nosotros, las afirmaciones cristianas acerca de la actividad del Espíritu Santo son un engaño, sin relación con la realidad sobrenatural. Sólo si el Espíritu Santo que obra en nosotros es Dios mismo, puede nuestra experiencia validar su afirmación de ser verdaderamente redentora. También sobre esta base decimos que Dios es más que una simple unidad de ser.
En consecuencia, todo el material de la redención cristiana y su aplicación a la experiencia humana depende completamente de que Dios sea trino y uno. Esa es la suprema importancia de la Trinidad.
La trinidad de Dios es también la base de la afirmación fundamental de que Dios es amor. Dios no es un Dios solitario que necesita de la creación como objeto de su amor. Un Dios trino es completo en sí mismo y no necesita crear ni redimir. La creación y la redención son actos de pura gracia, expresiones de Dios como amor libre y eterno.
El hecho de que en esta doctrina haya dificultades que surgen de la simple formulación hecha por medio de los pobres elementos de nuestra experiencia humana, es completamente previsible en un sentido, puesto que Dios es el Señor que está por encima de todo lo que existe. Efectivamente, si no encontráramos un profundo misterio en la naturaleza de Dios, habría toda la razón para sospechar de las afirmaciones de la Biblia. Pero a pesar de todas sus dificultades, la Trinidad es sencillamente (!) el precio que debemos pagar por tener un Dios lo suficientemente grande para merecer nuestra adoración y nuestro servicio.
Un último punto relacionado con esto. Reflexionar sobre la trinidad de Dios, Padre, Hijo y Espíritu, en sus personas y funciones distinguibles con su perfecta unidad y armonía en amor mutuo y eterno, es captar una visión de algo tan indeciblemente glorioso, incluso bello y atractivo, que una y otra vez a lo largo de los siglos ha movido a los hombres y mujeres a las alturas de la adoración, el amor y la alabanza.
Santo, santo, santo, Señor omnipotente;
¡Dios en tres personas, bendita Trinidad!
Pasajes bíblicos
Gn 1.2, 26; 3.22; 11.7; Éx 3.3–6; Jos 5.13–6.2; 1R 22.19s; Neh 9.20; Sal 33.6, 9; Pr 8; Is 6.2, 8; 9.6s; 11.1s; Ez 37.24s; Zac 9.9; Mt 3.13–17; 28.19; Jn 14.15–23; Hch 2.32ss; 2Co 14.14; Ef 2.18; 4.4–6; Fil 3.3; 1Jn 5.1–12.
Preguntas
1. ¿Qué afirma la doctrina de la Trinidad?
2. Muestre cómo esta verdad cristiana está basada en las Escrituras: (a) en el Antiguo Testamento; (b) en el Nuevo Testamento.
3. Suponga que está hablando con: (a) un judío (que acepta el Antiguo Testamento); (b) un musulmán (que niega la autoridad bíblica pero acepta la realidad de un Dios). ¿Cómo podría exponer a cada uno de ellos el hecho de que Dios sea trino y uno?
4. Responda a la afirmación de que “la Trinidad es una doctrina inútil y relativamente sin importancia”.
Bibliografía
• Art. ‘Trinity’ en ndt.
• Augustine, On the Trinity, Library of Christian Classics 8 (csm, 1954).
• G. Bray, The Doctrine of God (ivp, 1993).
• G. A. F. Knight, A Biblical Approach to the Doctrine of the Trinity (Oliver and Boyd, 1953).
• S. Olyott, Three Are One (Evangelical Press, 1990).
• A. W. Wainwright, The Trinity in the New Testament (spck, 1962).

Capítulo 6
Atributos o perfecciones de Dios
El trino Dios se ha revelado de tal forma que es posible atribuirle ciertas cualidades o características. Estas no son meras particularidades superficiales de poca importancia. Más bien, “sus atributos coinciden con su ser” (Bavinck). Algunos piensan que en relación con esto, es útil hablar de las perfecciones de Dios en lugar de sus atributos.
Estos se han clasificado en diversas formas. La más importante históricamente distingue los atributos incomunicables de Dios (como su existencia independiente, que no tiene analogía en el ser humano), de sus atributos comunicables (como el amor o la justicia, que se pueden reflejar en otros agentes morales).
Al exponer las perfecciones de Dios, Calvino nos recuerda que “para mantenernos sobrios, Dios habla apenas de su esencia”. En consecuencia, sin omitir ninguna característica de la autorrevelación de Dios, seremos prudentes si evitamos descripciones excesivamente detalladas. También es importante señalar que todas estas perfecciones existen en Dios en una unidad indivisible.
La gloria de Dios
Gloria es un conocido término bíblico que generalmente supone la manifestación visible del ser de Dios. Su gloria nos lleva a todo lo que es esencial a su ser como Dios, su divina majestad, su pura calidad de Dios. Un término paralelo sería “trascendencia”, que se refiere a que Dios “va más allá” de toda realidad finita.
En las Escrituras esta perfección se expresó en la manifestación de Dios en el monte Sinaí (Éx 19–24): La gloria del Señor en la cumbre del monte parecía un fuego consumidor (Éx 24.17; cf. 19.16–22), y en la abrumadora visión de Dios que tuvo Ezequiel en el río Quebar (Ez 1). Algo similar se refleja en la descripción del Cristo exaltado: Sus ojos resplandecían como llama de fuego [...] Su rostro era como el sol cuando brilla en todo su esplendor (Ap 1.14–16). Después de la enceguecedora revelación de Cristo en el camino a Damasco, Pablo testificó haber presenciado la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo (2Co 4.6; cf. Jn 1.14). Esta gloria divina se percibe sólo cuando caemos ante Dios en temor reverencial y adoración.
La gloria de Dios se manifiesta en todas las tres personas de la deidad:
• La gloria del Padre: [...] Cristo resucitó por el poder del Padre [...], escribe Pablo (Ro 6.4).
• La gloria del Hijo: [...] hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre [...], escribe Juan (Jn 1.14).
• La gloria del Espíritu: [...] el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre ustedes, escribe Pedro (1P 4.14).
La conexión que hacemos entre la gloria de Dios y su triunidad es, sin embargo, más profunda que una simple lista de textos de comprobación como estos. Hablar de la gloria de Dios es, como hemos visto, una manera de indicar la singularidad de Dios, en virtud de la cual se distingue a sí mismo de todo otro ser y realidad. Su gloria alude a aquello por y en el cual sólo Él es Dios. Pero ello, al final de cuentas, no es otra cosa sino su triunidad, su ser como Padre, Hijo y Espíritu. En su existencia como el Trino y uno, la gloria de Dios se revela altísimamente. No es de sorprenderse que los largos siglos de adoración cristiana hayan resonado con el grito: “Gloria sea al Padre, gloria sea al Hijo, gloria sea al Espíritu”. Verdaderamente en su templo todos gritan: “¡Gloria!” (Sal 29.9).
Esta perfección puede servir como término abarcador de varios otros aspectos. La gloria de Dios implica:
1. La infinitud: Dios no tiene límites. [...] vive en luz inaccesible [...] (1Ti 6.16); un Dios de indecifrables juicios e impenetrables [...] caminos (Ro 11.33).
2. La autoexistencia: Dios no depende de algo más. Dios, en el principio [...] (Gn 1.1); como si necesitara de algo (Hch 17.25; cf. Is 40.13s).
3. La inmutabilidad: Dios es siempre consecuente. Yo, el Señor, no cambio (Mal 3.6); el Padre que creó las lumbreras celestes, y que no cambia como los astros ni se mueve como las sombras (Stg 1.17); Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos (Heb 13.8). [...] el fruto del Espíritu es [...] fidelidad (Gá 5.22), cualidad que refleja la naturaleza íntima del Espíritu. La invariabilidad de Dios se expresa en su confiabilidad y seguridad en sus relaciones con las personas. La idea total del pacto descansa sobre esta perfección.
La gloria de Dios proclama la total prioridad e independencia de Dios. La creación del universo y la raza humana son actos de libre gracia y no requerimientos del ser de Dios. Por consiguiente, nuestro valor y nuestra significación primordial residen en su gloria (cf. Ef 1.12).
Este concepto de Dios es anatema para el hombre moderno. También la rechazan aquellos que afirman que un Dios independiente cuya acción va dirigida hacia su propia gloria no merece ninguna adoración. Sin embargo, ello pasa por alto el hecho de que el Dios de gloria es el Dios de gracia que se sacrificó por nosotros en la cruz, para salvarnos. En consecuencia, si bien es cierto que los propósitos de Dios verdaderamente van dirigidos a su gloria y la procuran, también lo es que van dirigidos a nuestro bienestar eterno. El principio fundamental fue expresado por Calvino de la siguiente manera: “Por sobre todas las cosas hemos nacido para Dios, no para nosotros mismos”. Estar de acuerdo o no con eso es una línea divisoria y piedra de toque para todo pensamiento humano acerca de Dios.
El Señorío de Dios
Jehová (el Señor) es el título más frecuente de Dios en las traducciones españolas del Antiguo Testamento; la palabra hebrea es Yahweh, íntimamente asociada con el pacto entre Dios e Israel. Es la autodesignación de Dios en respuesta al pedido de Moisés de que Dios dijera su nombre (Éx 3.13–15). Su significado, [...] Yo soy el que soy [...], que también se puede traducir “Seré lo que seré”, representa la promesa de Dios de cumplir su propósito declarado de rescatar a Israel de Egipto para establecerlo en la tierra de promisión. El nombre representa la lealtad de Dios a su pueblo y la infalibilidad de sus promesas.
Una convicción similar se expresa en la referencia a la soberanía de Dios. Él gobierna en el mundo, y su voluntad es la causa final de todas las cosas, incluso específicamente la creación y preservación (Sal 95.6; Ap 4.11), el gobierno humano (Pr 21.1; Dn 4.35), la salvación del pueblo de Dios (Ro 8.29s; Ef 1.4, 11), los sufrimientos de Cristo (Lc 22.42; Hch 2.23), los sufrimientos de los cristianos (Flm 1.29; 1P 3.17), nuestra vida y destino (Hch 18.21; Ro 15.32), y hasta los detalles mínimos de la vida (Mt 10.29). Dios reina en su universo, exaltado sobre todos los demás pretendientes del poder y la autoridad. Sólo Él es Dios: No hay ningún otro fuera de mí; Yo soy el Señor, y no hay ningún otro (Is 45.6; cf. 43.11; 44.8; 45.21).
Una vez más es decisivo entender esta perfección del señorío de Dios en términos de la Trinidad. Así:
• El Padre es Señor: [...] bendecimos a nuestro Señor y Padre [...], escribe Santiago (Stg 3.9);
• El Hijo es Señor: El Dios que da la paz levantó de entre los muertos [...] a nuestro Señor Jesús [...], dice el autor de los Hebreos (Heb 13.20);
• El Espíritu es Señor: [...] el Señor es el Espíritu [...], escribe Pablo (2Co 3.17).
Entender el señorío de Dios en términos de la Trinidad nos previene de admitir que la perfección de Dios se degrade a la operación de una voluntad impersonal, una suerte de destino o karma que se cuelga sobre nosotros y que indolente y despiadadamente avanza. Aquel que es el Padre eterno que ama tanto al mundo, el Hijo resucitado en su humanidad sensible y el Espíritu viviente que vino como paloma tanto como viento y fuego —éste es Dios quien es Señor.
El señorío de Dios se expresa en tres perfecciones relacionadas:
1. La omnipotencia. Dios es todopoderoso (Gn 17.1). Esto se expresa vívidamente en la pregunta de Dios ¿Acaso hay algo imposible para el Señor? [...], pregunta hecha después de la promesa a Abraham y Sara de tener un hijo en su avanzada edad (Gn 18.14) y repetida nuevamente con la promesa de restaurar y libertar a Jerusalén frente a su inminente destrucción por el ejército babilónico (Jer 32.27). En ambos casos la promesa de Dios se cumplió al pie de la letra.
En el Nuevo Testamento hay testimonios similares de la omnipotencia de Dios. Se revela como el Dios para quien [...] no hay nada imposible, ya sea el nacimiento virginal (Lc 1.37) o la regeneración de la humanidad caída (Mr 10.27).
Aquí reside la esencia del señorío de Dios, la cual reclama una actitud de total confianza en medio de las “imposibilidades” de la historia humana y de las circunstancias personales. Él es Señor: “¿Habrá algo que sea demasiado difícil para el Señor?”
2. La omnipresencia. Dios está presente en todas partes. Esto se expresa en el Salmo 139.7–12. Confrontado con la perturbadora e impresionante realidad de la presencia escrutadora de Dios, el salmista comprende que no puede evadir a ese Dios ni en el espacio ni en el tiempo ni en la eternidad. El adulterio de David con Betsabé y su “manejo” de la muerte del esposo de ella pudieron quedar encubiertos en la corte de Jerusalén, pero Dios lo había visto todo y lo podía sacar a luz en cualquier momento (2S 12.11s). La Biblia está llena de estas revelaciones divinas (Gn 3.11; Jos 7.10–26; 2R 5.26; Hch 5.1–11).
La omnipresencia de Dios puede también ser muy tranquilizadora. Cuando triunfa la maldad y la injusticia y la fuerza bruta gobiernan descontroladas, Dios lo sabe y ve todo (Sal 66.12; Is 43.2; Hch 23.11). Dios no puede ser burlado (Gá 6.7) y ha señalado un día para juzgar al mundo (Hch 17.31). De igual manera somos consolados en momentos de prueba o sufrimiento personal por causa de nuestra fe: Toma en cuenta mis lamentos; registra mi llanto en tu libro. ¿Acaso no lo tienes anotado? (Sal 56.8; cf. Ap 6.9; 18.24).
La eternidad de Dios es un aspecto relacionado. La omnipresencia respecto al espacio tiene su equivalente en el tiempo. [...] desde los tiempos antiguos y hasta los tiempos postreros, tú eres Dios (Sal 90.2). No hay ningún momento anterior a Él ni después de Él.
3. La omnisciencia de Dios. Dios lo sabe todo. Esta perfección está estrechamente ligada a la omnipresencia (Sal 139.1–12). Por consiguiente las consecuencias prácticas son similares, perturbadoras y, sin embargo, tranquilizadoras: Dios ve, y por eso lo conoce todo. Esto tiene particular pertinencia para el tema del juicio y se expresa simbólicamente en el “abrir los libros” de Apocalipsis 20.12. El pasado no se ha ido para siempre; para Dios, todo tiempo es el presente. En el juicio final las evidencias excederán con mucho lo que cualquier juez o tribunal humano jamás haya podido considerar: la “repetición” de toda la vida del acusado, tanto cada acción externa como cada mínima actitud o motivación consciente. El juicio final de Dios será completamente justo. Esto pone en perspectiva lo “misterioso” de la vida, eventos que parecen absurdos o sin sentido; puesto que Dios lo sabe todo, estos hechos también están sujetos a su compresión y su voluntad. Con Dios puede haber misterios, pero nunca errores.
Esta perfección no debe ser “sacrificada” para asegurar la libertad humana, como algunos eruditos han sostenido recientemente. Este es un costo demasiado alto. La omnisciencia de Dios es fundamental para la irrevocabilidad de la autorrevelación de Dios. Si Él conociera sólo en parte, su verdad sería únicamente provisoria y Jesucristo, su único Hijo, no sería la revelación definitiva, la verdad. El señorío de Dios en su omnisciencia significa que no tenemos que esperar revelaciones posteriores que pudieran reemplazar la revelación de sí mismo en Jesucristo. Como Hijo eterno de Dios, la realidad del eterno Dios, Jesús es la revelación definitiva, la verdad en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento (Jn 14.6; Col 2.3). La omnisciencia de Dios también es la base para la obra del Espíritu Santo de revelar el pensamiento y la verdad de Dios en las Escrituras, y así garantizar su confiabilidad y su carácter definitivo (Jn 16.13; 17.17).
La Santidad de Dios
El peligro que hemos mencionado antes de separar las perfecciones de Dios surge con más frecuencia con relación a la santidad y el amor de Dios. Muchos sufren una tensión continua entre el santo Dios de la ley y el amante Dios del evangelio. Algunos resuelven esto recalcando excesivamente la santidad de Dios; lo ven como un rigorista austero que impone una carga moral inquietante con la amenaza de un juicio futuro. Otros recalcan excesivamente el amor de Dios, convirtiéndolo en una figura sentimental indulgente, carente de fuerza moral. El Dios de la Biblia es santo y amante a la vez, en una unidad inseparable en cada persona de la Trinidad.
La santidad de Dios es central a su ser. Esto es particularmente destacado en el Antiguo Testamento (Lv 11.44; 19.2; etc.; Jos 24.19; 1S 6.20; Sal 22.3; Is 57.15). Su ausencia relativa en el Nuevo Testamento es más aparente que real, en vista del énfasis nuevotestamentario en la persona y la obra del Espíritu Santo. El elemento fundamental del término hebreo godesh, que se traduce santo en la Biblia en español, es más probable que signifique separación, con el significado positivo de dedicación a ser la propiedad de. En relación con Dios tiene dos significados:
1. Dios es distinto, separado de todo otro ser; sólo Él es Dios. En este sentido su santidad se relaciona con su gloria. Algo de esto se observa en la visión de Isaías: Santo, santo, santo es el Señor Todopoderoso; toda la tierra está llena de su gloria (Is 6.3), que se repite en la visión de Juan casi un milenio después: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era y que es y que ha de venir (Ap 4.8; cf. 1Ti 6.16). Esta divina santidad, además, se refiere al Hijo (Mr 9.2s; Lc 1.35; Hch 9.3s; Ap 1.21s) y al Espíritu (Lc 11.33; Hch 2.4; 4.31; Ef 4.30; Heb 9.8).
2. La santidad de Dios como un concepto ético se refiere también a su separación de todo aquello que se le opone y resiste. “La santidad es aquel atributo en virtud del cual Dios se hace a sí mismo la regla absoluta” (Godet). Esta es la base de toda distinción moral. El bien es la voluntad de Dios; el mal es lo que contradice y se opone a su voluntad, y por ende a su naturaleza.
La santidad de Dios significa que es totalmente puro y perfecto, sin pecado ni maldad; su ser mismo es el reflejo y la expresión de la pureza, la verdad, la justicia, la rectitud, la bondad y toda otra perfección moral. El desafío ético que esto plantea es evidente en ambos Testamentos. Una de las designaciones más frecuentes de Dios en Isaías es [...] el Santo de Israel [...] (5.19; 30.12; 43.3; 55.5), el que requiere de Israel que conforme su conducta al carácter de Dios [...] en medio [...] de la nación (12.6). En el Nuevo Testamento la morada del Espíritu Santo en el creyente lleva consecuencias éticas escrutadoras: los cristianos han de huir de [...] la inmoralidad sexual [...] y vivir como aquellos que están llamados a una vida santa (1Co 6.18s; 1Ts 4.3, 7s).
El no fundamentar la santidad de Dios en su naturaleza esencial es una de las causas principales de que la gente separe equivocadamente la santidad del amor de Dios. Si la santidad es la voluntad de Dios, sus actos de amor y perdón también tienen que ser actos santos.
Una vez más necesitamos subrayar la relación de esta perfección con la totalidad de Dios como trinidad:
• El Padre es santo: [...] Padre santo, protégelos [...], oró Jesús (Jn 17.11).
• El Hijo es santo: [...] ni permitirás que el fin de tu santo sea la corrupción proclamó Pedro hablando de Jesús (Hch 2.27; Sal 16.10);
• El Espíritu es santo: [...] Dios, quien les da a ustedes su Espíritu Santo escribe Pablo (1Ts 4.8).
Así la santidad de Dios nunca puede ser separada de todo lo demás que conocemos de Él, y de ninguna manera puede separarse de su eterna gracia en el don y presencia de su Hijo y su Espíritu.
Tenemos que notar cuatro conceptos relacionados:
1. La justicia de Dios en el sentido de rectitud es su “santa” conformidad consigo mismo; en el Antiguo Testamento lo observamos en su relación con su creación (Sal 145.17) y con su pueblo (Sal 31.1; Jer 11.20). Incluye la acción que libera y restituye a su pueblo (Jer 23.6); así que lo podemos describir como un [...] Dios justo y Salvador [...] (Is 45.21). La falta de esta rectitud o justicia es el embrollo moral del hombre frente a Dios, y es la provisión divina de la rectitud o justicia en Cristo lo que constituye el meollo del evangelio de su gracia (Ro 1.17; 3.21s; 5.17–21).
2. La justicia de Dios propiamente tal es su santa voluntad en acción (Dt 32.4; 1Jn 1.9; Ap 15.3). Algunos teólogos han distinguido entre la justicia gubernativa de Dios en su gobierno del mundo en general, y su justicia distributiva revelada en la distribución de recompensas y castigos. Esta perfección se relaciona con el amor y la misericordia de Dios, ya que en ocasiones su justicia vindica a los necesitados y los arrepentidos (Sal 76.9; 146.7; Is 30.18; 1Jn 1.9).
3. La ira de Dios surge de su eterna consecuencia consigo mismo. Su carácter revelado es una expresión inalterable de su naturaleza. A todo el que se le opone, Él resiste con un compromiso total y definitivo. “La ira es la repugnancia santa del ser de Dios hacia lo que entra en contradicción con su santidad” (O. Murray). La ira de Dios no es, como se afirma frecuentemente, una muestra cruda de antropomorfismo. Más bien es la respuesta de la persona normativa en su cualidad propia de santidad a la presencia de pecado en su universo. Sin su ira Dios dejaría de ser verdaderamente santo y su amor se convertiría en sentimentalismo. Su ira tampoco es arbitraria, caprichosa o sujeta a la emoción como en el hombre. La ira de Dios obra a través de la historia a medida que los hombres cosechan el fruto moral y espiritual de su rechazo a la revelación de Dios (Ro 1.18s); esto es apenas una forma preliminar de algo que será revelado al final de los tiempos y de lo cual la cruz de Cristo representa el anticipo más claro y tranquilizador (Sal 78.31; Os 5.10; Jn 3.36; Ef 2.3; 1Ts 1.10; Ap 6.16).
4. La bondad de Dios es una perfección que se puede clasificar igualmente bajo la santidad o bajo el amor, y como tal implica la imposibilidad de separar estos dos atributos (Éx 33.19; 1R 8.66; Sal 34.8; Ro 2.4).
El amor de Dios
Que [...] Dios es amor (1Jn 4.8) es la definición bíblica mejor conocida acerca de Dios. Sin embargo, en el contexto humano el amor cubre una considerable variedad de actitudes y acciones. Con relación a Dios es una idea claramente específica. En esto consiste el amor [...] en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados (1Jn 4.10); Así manifestó Dios su amor entre nosotros: en que envió a su Hijo unigénito al mundo [...] (1Jn 4.9).
Pero el amor de las tres personas no se expresa sólo internamente dentro de sus propias relaciones mutuas, sino que se desborda en un amor trinitario hacia las criaturas humanas de Dios. Por lo tanto:
• El Padre es amor: [...] tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito [...], escribe Juan (Jn 3.16);
• El Hijo es amor: [...] el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí, dice Pablo (Gá 2.20);
• El Espíritu es amor: Les ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu [...], dice Pablo de nuevo (Ro 15.30).
La palabra que se usa aquí, ágape, tiene comparativamente poco uso fuera del Nuevo Testamento. El término griego más común, eros, habla de un amor que se tiene a un objeto digno, mientras que ágape es un amor hacia lo indigno, hacia alguien que ha perdido todo derecho a la devoción del amante. El Antiguo Testamento da testimonio de este amor en el caso del amor de Dios para con Israel (Dt 7.7s), y en el amor de Oseas para su esposa infiel (Os 3.1s; etc.).
Esto parecería volver a la división que hemos intentado superar entre la santidad y el amor de Dios. ¿Cómo podemos reconciliar a este Dios que obra libremente por amor, con el santo Dios que es celoso de su gloria? Sin embargo, debemos recordar que la santidad de Dios es la base y la fuente de todo bien; de esta manera se puede ver como la presuposición necesaria para su amor. Además, sólo aquel que es libre y plenamente Dios puede condescender libre y plenamente a otro en un amor ágape, que está arraigado en el amor eterno y mutuo de las tres Personas de la Santísima Trinidad.
La santidad y el amor se conjugan perfectamente en la persona y la obra de Jesucristo. Por ser Dios, Jesucristo encarna la divina santidad que está separada de todo mal y pecado y los resiste; sin embargo, su venida misma es la respuesta misericordiosa a la culpa e incapacidad humana. La santidad y el amor se unen también en el ministerio de Dios el Espíritu Santo, cuya función esencial es la renovación y santificación del pueblo de Dios en cumplimiento del propósito amoroso de Él.
En consecuencia, el amor de Dios está siempre ligado a la gracia, un descender para alcanzar a los indignos. Su amor es su decisión libre y espontánea de rescatar a los hombres y mujeres pecadores en Cristo Jesús, y de renovarlos y santificarlos en el Espíritu Santo; es, por lo tanto, un milagro genuino e incondicional.
Consideremos tres aspectos más:
1. El amor de Dios, ágape, se expresa principalmente en la redención de los pecadores y todo lo que ello implica. Pero también se manifiesta en el cuidado de su creación. Generalmente se hace referencia a esto como su bondad o benignidad, que también es evidente en el mundo natural (Hch 14.17).
2. La misericordia de Dios es su amor ante el pecado humano específico. Por misericordia perdona la transgresión del hombre; la misericordia de Dios siempre es costosa porque implica su aceptación de las consecuencias del pecado humano en la cruz (Ef 2.4; Tit 3.5).
3. El pacto es un concepto bíblico clave alrededor del cual se concentra mucho de la enseñanza bíblica acerca del amor de Dios. Se refiere a su amor expresado en su relación con personas. El pacto central del Antiguo Testamento fue con Abraham y alcanza su pleno cumplimiento en el nuevo pacto (lit., nuevo testamento) en Cristo. Con esto Dios se compromete libremente a liberar a su pueblo y a permanecer como su Dios. Las palabras hebreas traducidas para gracia (jen, jesed) son términos contractuales que implican amor leal, o amor firme.
Este aspecto del amor de Dios es la seguridad esencial del cristiano: Si somos infieles, Él sigue siendo fiel [...] (2Ti 2.13). Nuestra situación frente a Dios no depende de la medida en que podamos asirnos de Cristo ni tampoco está determinada definitivamente por nuestras respuestas desobedientes y débiles. El corazón todopoderoso de Dios late por nosotros, y en ese hecho encontramos nuestra seguridad y paz definitivas.
El Dios de la Biblia es entonces:
• el Dios glorioso en su inaccesible y exaltada majestad;
• el Señor, exaltado sobre todas las cosas y que pone todas las cosas al servicio de su propósito;
• el Santo, exaltado y separado del pecado y del mal;
• el Dios de amor, eterno, misericordioso y redentor.
Pasajes bíblicos
• La gloria de Dios: Éx 19–24; Nm 14.21; 16.19s; 1R 8.11; Sal 19.1; Is 6.1–8; Ez 1.28; Lc 9.32; Jn 1.14; 1Ti 6.16; Ap 1.8–17; 21.11.
• El señorío de Dios: Gn 12.8; 17.1; Éx 3.14ss; Sal 135.6; 139.1–12; Pr 21.1; Is 43.11; 45.6; Jer 32.27; Dn 2.20s; Mt 10.29; Mr 10.27; Hch 17.31; Ro 8.29; Gá 6.7; Ef 1.11; Ap 1.7; 4.11.
• La santidad de Dios: Éx 3.5; 19.10–25; 28.36; Lv 11.45; 1S 2.2; Is 6.1–3; 57.15; Am 4.2; Zac 14.20; Mt 3.7; Mr 9.2; Lc 5.8; Jn 3.36; Hch 2.1s; 4.27, 31s; Ro 1.18; 3.21–31; 1Co 1.30; 6.19; Col 3.6; 1Ts 4.8; 1Jn 1.5, 9; Ap 4.8; 15.4.
• El amor de Dios: Nm 14.18; Dt 7.8; Neh 9.17b; Sal 86.5; 103; 118.29; Os 3.1; Lc 11.42; Jn 3.16; Ro 5.8; 8.35s; Gá 2.20.
Preguntas
1. ¿Qué significan: (a) la gloria de Dios; (b) el señorío de Dios; (c) la santidad de Dios; (d) el amor de Dios? Establezca las bases bíblicas para cada uno.
2. Trate de relacionar cada perfección con todas las personas de la Trinidad.
3. ¿Cómo afectan estas perfecciones: (a) la evangelización cristiana; (b) las prioridades de una iglesia local; (c) nuestro carácter cristiano?
4. ¿Cómo expondría estas perfecciones a alguien que está enfrentando: (a) una severa enfermedad; (b) un fracaso moral personal; (c) la pérdida de un ser querido; (d) la pérdida temporal de la fe; (e) una aguda desilusión; (f) una relación rota?
Bibliografía
• Art. ‘God’ en ndt.
• L. Berkhof, Systematic Theology, Part I (Banner of Truth, 1958). Teología sistemática (Libros Desafío, 2002).
• G. Bray, The Doctrine of God (ivp, 1993).
• S. Charnock, The Attributes of God (1682) (Evangelical Press, 1980).
• J. I. Packer, Knowing God (Hodder, 1973). El conocimiento del Dios Santo (Editorial Vida, 2006).
• S. J. Milolaski, The Grace of God (Eerdmans, 1966).
• A. W. Tozer, The Knowledge of the Holy (stl Books, 1976).

Capítulo 7
La obra de la creación
La creación es aquella obra del trino Dios por medio de la cual creó de lo no existente todas las cosas que existen, tanto materiales como espirituales.
Aparte de los dos primeros capítulos del Génesis, hay claras referencias a la creación en cada sección de las Escrituras. Los Salmos (90.2; 102.25s); los profetas (Is 40.26s; Jer 10.12s; Am 4.13); los evangelios (Mt 19.4; Jn 1.3); las epístolas (Ro 1.25; 1Co 11.9; Col 1.16); el Apocalipsis (4.11; 10.6). Nehemías 9.6 expresa el inequívoco testimonio de la Biblia: ¡Sólo tú eres el Señor! Tú has hecho los cielos, y los cielos de los cielos con todas sus estrellas. Tú le das vida a todo lo creado: la tierra y el mar con todo lo que hay en ellos. ¡ Por eso te adoran los ejércitos del cielo! Es de notar que la Biblia considera que cada persona de la Divinidad ha estado activa en la creación: el Padre (1Co 8.6); el Hijo (Jn 1.3); el Espíritu (Gn 1.2; Is 40.12s). En consecuencia, la creación es una verdad divinamente revelada y, por ello, un artículo de fe (Heb 11.3).
La creación “de la nada”
Dios creó el universo físico y espiritual “de la nada” (en latín: ex nihilo). Aunque la frase misma “de la nada” no aparece en la Biblia, la idea está claramente enseñada (Gn 1.1s; Sal 33.6; Jn 1.3; Ro 4.17; 1Co 1.28; Heb 11.3). Esta idea fue particularmente significativa en la lucha de la iglesia primitiva contra el gnosticismo, que consideraba que lo material era malo, como que hubiera tenido su origen en una deidad inferior.
Nuestra experiencia de crear consiste en el reordenamiento de elementos previamente existentes en nuevas formas y modelos; de manera que una “acción” que ponga en existencia tanto el espacio como el tiempo está estrictamente fuera de nuestra comprensión. Sin embargo, recordando la base de esa verdad —la revelación divina— podemos afirmar confiadamente el hecho de la creación, aunque no podamos entenderlo plenamente.
Hay una importante analogía de la creación ex nihilo en la redención (2Co 4.6). La nueva vida en el Espíritu Santo no es un trabajo de reparación, sino la creación de un ser radicalmente nuevo (2Co 5.17).
Positivamente, esta doctrina implica la trascendencia libre y soberana de Dios y también la total dependencia de todas las cosas respecto de Él. Negativamente, implica que:
1. Dios no hizo el universo de materiales preexistentes, aunque la idea contraria se remonta en el pensamiento occidental hasta el Timeo de Platón. La idea de Platón distingue dos principios que están en la base del mundo: Dios y la materia primaria. Contra tal dualismo, la doctrina bíblica de la creación afirma la causalidad única de Dios.
2. Dios no hizo el mundo de la “nada”. Algunos eruditos han interpretado que la fórmula misma “crear de la nada” implica que “la nada” era una entidad, un negativo original que Dios “superó” en su obra de creación. Esta especulación injustificada no tiene base en los textos bíblicos acerca de la creación.
3. Dios no hizo el mundo de sí mismo. El mundo no es una extensión del ser de Dios; Él le ha dado una verdadera independencia de ser. En consecuencia, la creación ex nihilo se opone a todas las formas del panteísmo. Esto tiene profundas repercusiones en nuestra interpretación del mal, ya que si el mundo es una extensión de Dios, entonces o (a) el mal y el bien son igualmente definitivos, o (b) no hay verdadera distinción entre el bien y el mal: todo lo que existe es bueno. La doctrina de Zoroastro acepta la primera tendencia, y el hinduismo la segunda. Esto tiene también consecuencias para nuestra investigación del mundo, como veremos más adelante.
4. “La creación de la nada”, lo que podríamos llamar creación primaria, no cubre toda instancia de la creación. La Biblia también usa el término “creación” para lo que podríamos llamar creación secundaria, donde Dios usa materiales previamente creados en su obra de creación adicional, como en la formación del ser humano (Gn 2.7) o de las bestias y las aves (Gn 2.19).
Una creación constante
El concepto bíblico de Dios como creador incluye su continua e ininterrumpida sustentación y renovación del mundo. Esto se expresa en la idea de sostener (Heb 1.3, pheron, lit. llevar; Col 1.17, sunesteken, lit. se conservan unidas o tienen consistencia; cf. Hch 17.25). Está implícita en los participios hebreos usados en la obra creadora de Dios (cf. Job 9.8s; Sal 104.2s; Is 42.5; 44.24; 45.18). “El participio activo (hebreo) indica una persona o cosa concebida como en el ejercicio continuo e ininterrumpido de una actividad” (Gesenius-Kautzsch, Hebrew Grammar [Gramática hebrea]). Notoriamente las traducciones españolas no reproducen este aspecto, “un índice del deísmo latente en el pensamiento occidental moderno, que prefiere hablar de una creación de una vez para siempre en el pasado, en lugar de la actividad creadora continua de Dios” (R. T. France).
Esta actividad creadora continua se puede ilustrar por la forma en que la Biblia se refiere a lo que nosotros llamamos orden “natural”. Las estrellas y las estaciones (Job 38.31–33; Is 40.26; Hch 14.17), los cambios en el clima (Job 38; Mt 5.45), el ciclo de vida de la criatura más insignificante (Job 39; Mt 6.28–30), todo el ciclo de vida humana (Sal 104.27–29, 36) están directamente referidos a la obra de Dios; como también lo están las habilidades humanas como la agricultura (Is 28.24s), la metalistería (Is 54.16) y otros oficios (Éx 31.2–5), sin excluir el arte de la guerra (Sal 144.1).
Dicho de manera más filosófica, Dios ha creado el universo de la nada y, por lo tanto, en cada momento “cuelga” suspendido, por así decirlo, sobre el abismo de la no existencia. Si Dios llegara a retirar su Palabra sustentadora, entonces todo ser, espiritual o material, instantáneamente caería en la nada nuevamente y dejaría de existir. La continuidad del universo de un momento al siguiente es, pues, un milagro tan grande y una obra tan completa de Dios como lo fue su creación al principio. En este sentido profundo, todos vivimos en cada instante sólo por la gracia de Dios.
Una cuestión de idioma
Estos dos aspectos de la creación destacan un aspecto confuso de la diferenciación común entre lo “natural” (donde operan realidades inherentes en términos de causa y efecto inmediatos) y lo “sobrenatural” (donde “está” y opera Dios).
Buena parte de la discusión entre la ciencia y la religión ha sido orientada en este marco de lo natural y lo sobrenatural, con resultados perjudiciales para ambas partes. El Dios de las personas religiosas parece estar activo en los “vacíos” de la explicación científica, donde lo “natural” da lugar a lo “sobrenatural”. Los milagros, pues, contravienen claramente la ley natural de que todo evento debe tener una causa; es ahí donde el científico y el creyente entran en conflicto. A medida que el científico acumula explicaciones y cadenas naturales que lleven a la causa original, la esfera de intervención sobrenatural se reduce prácticamente a cero; los creyentes retienen su fe a costa de repudiar la empresa científica, y los científicos retienen su integridad científica a costa de renunciar a la religión bíblica genuina.
“El vocabulario hebreo no incluye ningún equivalente de nuestro término ‘naturaleza’. Esto no es de sorprender si por ‘naturaleza’ queremos significar ‘el poder físico creativo y regulador que se concibe como operante en el mundo físico y como causa inmediata de todos sus fenómenos’; la única manera de expresar esta idea en el hebreo sería decir simplemente ‘Dios’” (H. Wheeler Robinson). En el concepto bíblico, un “hecho natural” como una lluvia y un “hecho sobrenatural” como una “lluvia de codornices” (Éx 16) son igualmente acciones de Dios. Para la Biblia la continuidad misma del mundo ya es milagrosa, en el sentido de que es totalmente dependiente de Dios para su existencia continuada. En consecuencia, “[...] no es necesario, ni siquiera deseable, considerar la actividad creadora divina como más milagrosa que el sustento divino de las regularidades de la naturaleza, ni considerar la investigación científica de las actividades creadoras como de menos crédito que la de esas actividades ‘sustentadoras’” (R. Hooykaas).
Este punto de vista bíblico se puede seguir por toda la historia de la teología, y se refleja en muchos de los grandes cristianos que fueron los padres de la moderna revolución científica13. Por consiguiente, en la mayoría de los casos es mejor reemplazar el modelo de lo natural y lo sobrenatural por una alternativa como lo inmanente y lo trascendente, que tiene una historia mucho más larga y refleja mejor la actividad creadora continua de Dios en el universo.
Esta idea bíblica debe distinguirse de un punto de vista no bíblico y filosófico también conocido como “creación continua”, que enseña que Dios mismo sigue desarrollándose y evolucionando junto con el mundo.
En resumen, la doctrina de la creación afirma dos cosas: el señorío libre y soberano de Dios en relación con el mundo, y la dependencia total y absoluta de todas las cosas respecto a Dios.
La empresa científica
La creación de Dios ex nihilo tiene profundas consecuencias para nuestra investigación del mundo. Aunque totalmente dependiente de Dios para su existencia continuada, el mundo es distinto de Dios; Él no lo hizo de sí mismo. En consecuencia, debe ser investigado en sus propios términos inherentes.
La perspectiva cristiana de la empresa científica no radica en encontrar a Dios en las diversas lagunas de las explicaciones, sino en el pavor que surge al ver la “cosa total” como su creación y su don para nosotros. “No debemos ver la mano de Dios en los vacíos de la descripción científica ni más ni menos que en los hechos científicamente explicados” (F. Rhodes). De aquí que la afirmación célebre de Laplace: “No necesito esa hipótesis [de Dios]”, en su explicación del universo es, en un sentido, perfectamente bíblica. La naturaleza, el orden inseparable de lo creado, se puede interpretar mirando la naturaleza misma; igualmente, no obstante el testimonio de la creación sobre su poder y majestad (Hch 14.17; Ro 1.20), Dios puede ser entendido solamente mirando a Dios, esto es, enfocando la atención en su palabra escrita y encarnada. Francis Bacon, el gran padre cristiano de la ciencia moderna, dijo: “Dad a la naturaleza lo que es de la naturaleza, y a Dios lo que es de Dios”. O sea, la doctrina bíblica de la creación legitima la investigación científica.
Esto es cierto en otro sentido relacionado. Los procesos naturales no son simplemente hechos aislados u objetivos, sino que representan la respuesta de la realidad creada al ordenamiento de un Creador personal racional. “No hay leyes de la naturaleza sino solamente costumbres de Dios” (Kingsley). Pero por esa razón precisamente, la naturaleza es inherentemente confiable y previsible, según la coherencia propia y la confiabilidad del Creador. La uniformidad de las causas naturales, de la que depende la investigación científica, es la consecuencia inmediata de la revelación bíblica. No es un accidente que la revolución científica ocurriera en el Occidente cristiano hacia el final de la Edad Media, ni que tantos de los líderes de la revolución fueran hombres de profunda fe bíblica y cristiana.
Los milagros
¿Es entonces el cristianismo simplemente una manera particular de ver la naturaleza? ¿Qué pasa con la idea de lo milagroso y las afirmaciones tradicionales respecto a la acción de Dios en el mundo?
En términos de la interpretación cristiana de Dios y del mundo, el universo de Dios está abierto delante de Él; Él es soberanamente libre en cualquier momento para ordenar su mundo de una manera diferente. ¿Lo haría? La respuesta depende de otra pregunta: ¿por qué creó Dios el mundo? Parte de la respuesta, aquí implica que Dios creó una humanidad a la cual se pudiera manifestar, con la que pudiera entrar en relación, y por medio de la cual pudiera ser glorificado.
Por lo tanto, su actuación en determinados puntos de la historia para revelarse claramente y establecer relaciones satisfactorias con la humanidad no solamente es posible, sino tremendamente probable. En estos casos, Dios obra en forma distinta, aunque incluso entonces el proceso inmanente puede ser puesto bajo su acción (por ej., la referencia al viento cuando se abrió el mar Rojo, Éx 14.21). Estos fenómenos son perfectamente compatibles con sus propósitos totales, y en consecuencia no son ni arbitrarios ni demasiado frecuentes, y se centran en su revelación suprema en Jesucristo.
Con este marco básico, los creyentes pueden seguir su vida con segura confianza en la redención milagrosa de Dios en Cristo en el pasado, y en el cuidado personal y la libertad soberana de Dios para responder las oraciones y cumplir sus propósitos redentores en el presente y en el futuro. Al mismo tiempo, tanto cristianos como científicos pueden seguir sus investigaciones con fe en la constancia de Dios, expresada en las regularidades observadas del universo físico en el pasado y observables en el futuro.
El argumento científico en contra de los milagros pareció más fuerte cuando el punto de vista científico del universo y su función fue dominado por la mecánica newtoniana. Para Newton (1642–1727) y sus sucesores el universo era como una gran máquina con sistema de enclavamiento que opera según leyes fijas. Según este modelo, los milagros fueron vistos como interrupciones externas a la observancia de las leyes y la función normal de las cosas.
La teoría de la relatividad de Einstein (1905) malogró el modelo y nació la física moderna. Mientras el universo claramente demuestra orden, no es el orden de una máquina bien aceitada, sino el orden de una constelación de factores y fuerzas infinitamente más complejas. La teoría cuántica, siguiendo los talones de la relatividad, ha llamado la atención sobre la aparente naturaleza aleatoria o incierta en la estructura básica de la existencia material. Todo eso ha ayudado a producir una nueva imparcialidad acerca del universo y menos dogmatismo en cuanto a lo que pueda o no pueda ocurrir. Hoy existen muchas personas que aprecian el lugar de sorpresa y belleza lado a lado con el orden en cualquier cuadro del mundo y su función. Esto no supone que los científicos estén a un paso de ser creyentes. La manera en que la gente construye una “cosmovisión” y las conclusiones a que llegan son impactadas por muchos factores diferentes en su experiencia personal, de los cuales solamente algunos son “científicos” en un sentido limitado. Hoy en día, sin embargo, los factores específicamente científicos están puestos en contra de los milagros con menos frecuencia.
El argumento filosófico en contra de los milagros está clásicamente asociado con David Hume y ha sido actualizado en los últimos tiempos por pensadores escépticos como A. N. Flew. Sin embargo, ninguno de los argumentos presentados por esos autores es convincente; el intento de negar los milagros en principio sólo puede tener éxito dando por supuesta la conclusión como una de las premisas. En definitiva, el caso de los milagros es cuestión de investigar la afirmación en cada caso en sus propios términos y de pesar las evidencias pertinentes. En las presuposiciones bíblico-teístas no puede haber duda alguna de su posibilidad.
El problema del origen
¿Cuál es la relación entre el relato bíblico de la creación (Gn 1, 2) y la explicación provista por la ciencia natural, que en algunos casos niega un “comienzo” o lo ubica en un punto en el pasado infinito?
El relato de Génesis
Los primeros capítulos de Génesis son totalmente inspirados por el Espíritu Santo, como cualquier otro libro de las Escrituras. Nuestro Señor y los apóstoles los consideraron así terminantemente, y es interesante notar cuántos pasajes del Nuevo Testamento hacen alusión a ellos; por ej., Mateo 19.4s; Marcos 10.6s; 13.19; Juan 1.1; Hechos 17.24; 1 Corintios 6.16; 11.7, 9; 15.45, 47; 2 Corintios 4.6; Efesios 5.31; Colosenses 3.10; Santiago 3.9; 2 Pedro 3.5; Apocalipsis 2.7; 22.2, 14, 19. El origen divino del universo, pues, no se cuestiona; el verdadero problema es la correcta interpretación de la enseñanza bíblica.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.