Kitabı oku: «Memorias de una niña Alba»

Yazı tipi:


Memorias de una niña alba

©Bruna Faro

Primera edición: agosto 2020

© MAGO Editores.

Director: Máximo G. Sáez.

www.magoeditores.cl editorial@magoeditores.cl Registro de Propiedad Intelectual Nº 303.293 ISBN: 978-956-317-589-9 Diseño y diagramación: Sergio Cruz. Edición electrónica: Sergio Cruz Lectura y revisión: Rodrigo Suárez Pemjean. Ilustración de portada: Florencia. Impreso en Chile / Printed in Chile. Derechos Reservados

Prólogo

Cuando la lluvia arremete y me siento en paz, suelo recordar. Hoy el crepitar me transporta a un día, uno especial. Uno en que el sol desde su alto emitía potentes rayos incandescentes que se reflejaban sobre los juegos infantiles y nos bloqueaban parcialmente la visión. Un día de silencios largos, en donde, incluso si hubiese sido de noche, se podrían haber escuchado los ligeros e invisibles pasos del Coco cuando hurtaba el sueño de alguna interna, sustrayéndola de entre sus sábanas. Un día de andares tranquilos. Tan tranquilos, que podríamos habernos demorado media hora en cruzar el patio si así lo hubiésemos dispuesto. Un día de pensares fantasiosos y metáforas reflexivas.

Desde mi lugar, en el columpio más cercano al camino de entrada que daba hacia la puerta de la costura, observaba, frente a mí, a las más pequeñas, jugar con desgastadas muñecas manchadas de cebo que carecían de cualquier accesorio, como ropa por ejemplo. A través de los rayos del sol podía ver cómo se suspendía exageradamente la tierra que removían del suelo tan animosamente. Todas ellas de pelos cortos y desaliñados, con los mocos colgando hasta la nariz y los calzones tapizados en barro. Las internas más grandes, se habían apoderado, como siempre, de la escalera que estaba a la salida de su pabellón. Se pasaban unas a otras algo parecido a un lápiz labial, que movían con coquetería y entusiasmo. Parecía, por momentos, que vivían de forma normal.

Desde mi lugar, era testigo oyente también, de la incesante búsqueda de panoramas de mis compañeras. A mi espalda, las escuchaba susurrar sobre las ideas, ya nada divertidas, para entretener su tarde. Divagaban entre una payaya o armar una pelota con trapos y papel. Enfrente del pasillo chico, en el prado que se extendía de un extremo a otro y junto a las flores, un grupo de internas se secreteaba sobre asuntos que no lograba oír. A un costado, sentadas en lo que parecía un medidor de agua, dos tías mantenían lo que imaginé sería una jocosa conversación.

Al centro del prado y alejada del resto, se encontraba Lidia, pálida, como ya se veía hacía algunos días, con pestañeos pesados y dolorosos. Me detuve en ella, en su soledad, en el claro calvario de su existencia. Lidia, de complexión delgada y desgarbada; con sus cabellos cortos y robustos; su mirada enfocada sobre el pasto. Parecía estar urdiendo un plan postrero. Sentada sobre sus piernas y con los brazos alrededor de su vientre, parecía también, estar personificando la crónica de una locura. Recordaba meses pasados en que no era como entonces, tiempos en que jugaba y existía como todas, como cualquier niña Alba. Se movió lentamente. El sol iluminaba su espalda. Hizo un ademán de levantarse. No pudo. Giré la cabeza en busca de alguien más que pudiera estar siendo testigo de su agonía. Nadie parecía notar que estaba ahí. Volví la mirada hacia ella en el momento justo en que lograba ponerse, con mucha dificultad, en pie. No avanzó. Su mirada seguía fija en el suelo y los brazos sobre su vientre. Su cuerpo convulsionó levemente y supe que quería vomitar. Volvió a convulsionar, pero esa segunda vez nada detuvo el desenlace. El fuerte estruendo que brotó desde sus entrañas, llamó la atención de todas las que estábamos en el patio. No vomitó una vez, sino tres. Cargas de vómito café claro se distinguían desde mi ubicación. Con el cuerpo encorvado escupía los restos que tenía aún en la boca.

Con un movimiento de cabeza. Posó la mirada hacia las tías que estaban a un par de metros de distancia. Ambas, con expresión asqueada, dejaban ver su repulsión libremente. Con dificultad avanzó dos pasos hacia ellas y volvió a convulsionar, pero esa vez no vomitó. Gritos desgarrados salieron desde su boca abierta de par en par, y con las uñas laceraba su cuerpo y rostro. El torso, ya no encorvado, sino torcido hacia atrás, parecía estar quebrándose. Las tías, que la observaban horrorizadas, no se acercaban, al igual que cada una de las que estábamos ahí.

La niña, que aullaba de evidente dolor, se bajó los calzones. Se levantó el vestido y poniéndose en cuclillas, comenzó a defecar dejando salir fuertes alaridos. Las internas comenzamos a acercarnos al ver el asombro de las niñas que estaban justo tras ella. Lo que vimos fue impactante: desde el ano emergían gusanos largos café claro, que caían encima de los que ya había vomitado. Tenía las piernas en posición de 90 grados, y gritaba pidiendo ayuda.

—¡Tía! —gritó con un alarido agonizante, tal cual grita una mujer en parto.

Trataba de dar pasos para acercarse a ellas, mientras que las tías retrocedían para no ser alcanzadas. Un gusano grande se quedó atrapado en el ano y se enroscaba, entretanto ella gritaba tratando de sacarlo. Todas nos mirábamos horrorizadas sin saber qué hacer. De pronto, y sin pudor, una de las internas se acercó y con fuerza tiró de él mientras este se retorcía.

Ya no era un día de silencios. Seguramente, si hubiese habido una mariposa circundante, habría decidido volar para el patio de al lado. Cualquier recuerdo onírico de espanto, había sido sobrepasado por una realidad truculenta y despiadada.

Lidia cayó al suelo junto a sus propios desperdicios, y yo había encontrado a la niña agonizante de mis pensamientos.

1

Me remuevo en el sillón al mismo tiempo que observo las gotas de lluvia bajar por el vidrio de la ventana. Durante estos últimos días, el rostro de Lidia ha ocupado mis recuerdos de manera más recurrente.

Repaso una idea que ha ocupado mi mente. El llamado de Judith a testificar en su denuncia abre una posibilidad en mi imaginario. Escribir sobre su episodio, tal vez, ayude a sanar a otras internas. Paseo la vista por la habitación. Mis ojos se mueven inquietos. Mis ideas se arremolinan. Analizo por dónde empezar. Tal vez deba comenzar hablando sobre Judith. Al final, ella es quien se atrevió a dar el primer paso, sin embargo, el principio es la mejor opción. No podría ser de otra manera. ¿Y qué digo? ¿Qué retratos debo describir? ¿Debo hablar primero de las torturas? ¿Tal vez del hambre? Ese hambre que marca la vida y los huesos.

Me traslado desde mi cómodo sillón hacia el escritorio. Me sudan las manos. Divago entre recuerdos guardados. Abro el computador. La pantalla se enciende. Dudo por un momento. Una hoja en blanco me relaja. Tecleo la primera palabra. He decidido comenzar. Por el principio, es la mejor opción. No podría ser de otra manera.

2

Cruzamos la calle y paramos frente a una enorme puerta de madera, de cuyo borde superior nos miraba tristemente la imagen de una virgen María recién pintada. El edificio era una gran mole de cemento color amarillo que tenía tres pisos de altura y decenas de pequeñas ventanas.

Me aferré a la mano de mi mamá y frené el paso con la intención de que se arrepintiera de dejarnos ahí. Era un miércoles del mes de junio. El frío hacía temblar mi menudo cuerpo y, a pesar de encontrarnos en una calle muy transitada, lo único que podía oír era el silencio extraño de mis pensamientos. Ella no se detuvo. Tomó de mi mano con más fuerza y me obligó a avanzar. Mi hermana menor, tomada de la otra mano de nuestra mamá, miraba con miedo el enorme lugar y avanzaba con pasos tímidos hacia la puerta. Yo la observaba por el rabillo del ojo por si necesitaba, en algún momento, una mirada de tranquilidad. Observé también que, al igual que yo, temblaba de frío. Esa mañana, antes de salir de casa, la vestí con la mejor ropa que encontré para ella. No había mucho, un par de pantalones rotos, unos sweaters desgastados, calcetines impares y nada de ropa interior. Me decidí por un pantalón que nos había regalado la señora Marta, la vecina dueña de la casa. Seguramente, cuando ella lo compró para su hija, habría sido todo una maravilla, pero después de tanto uso estaba roto a la altura del bolsillo trasero derecho y ni decir que a mi hermana le quedaba mucho más arriba del tobillo. Debió haber sido por eso que caminaba con vergüenza y se los acomodaba tirándolos hacia abajo para que le tocaran los zapatos.

Mi mamá dio un paso adelante para tocar la puerta. No hubo contestación, así que golpeó de nuevo y esperamos. En ese pequeño lapso en donde quedé libre de su mano, pensé en correr. Perderme. Huir… pero me acordé de que mi hermana quedaría sola en ese lugar y me arrepentí. También me acordé de lo bueno que mi mamá me había contado acerca de la que sería nuestra nueva casa, que ya no tendríamos hambre. Tendríamos ropa de nuestra talla. Tendríamos una cama, cada una, para dormir. No tener hambre era lo que más me seducía.

De pronto la puerta se abrió. Detrás de ella apareció una monja de cara redonda y colorada. Me dio risa su apariencia, aunque solo sonreí en mis pensamientos.

Nos miró fijamente. Primero a mi mamá, luego a mi hermana y por último a mí.

—¿Usted es la señora Elena? —dijo, dirigiéndose a mi mamá.

—Sí. Hola, vengo a dejar a mis hijas.

—Pasen, las estamos esperando.

Mi mamá nos miró, nos sonrió y nos animó a entrar. Di un vistazo al pasillo oscuro detrás de la puerta y luego a la monja, que nos miraba angelicalmente. Me solté del brazo de mi mamá y tomé la mano de mi hermanita.

Subimos los escalones sin mencionar palabra. Nos adentramos al interminable pasillo lleno de puertas. La monja caminaba delante de nosotras, guiándonos a algún lugar en donde nos esperaban. No miré a mi mamá en todo el trayecto, pero caminaba detrás de nosotras, pues podía oír el fuerte eco de sus pasos.

Finalmente, la monja se detuvo en una de las puertas. Se apresuró a abrirla y nos invitó a pasar. La luz que salía de la habitación iluminó el pasillo. Tras el escritorio, sentada, otra monja nos miraba severamente a cada una. Avanzamos tomadas de la mano, mi hermana y yo. Nos acomodamos a un costado de la puerta, pegadas a la pared. Luego entró mi mamá y la monja que nos había recibido cerró la puerta tras ella.

—Buenas tardes, soy Elena —dijo mi mamá dando un paso hacia adelante y estirando la mano.

La monja se paró y le tendió la mano de vuelta.

—Buenas tardes, soy sor Soledad, la directora del hogar.

Se dirigió hacia nosotras, aún petrificadas en la pared.

—Y ustedes son Aurora y Margarita. —Se situó a nuestra altura, nos dio la mano a cada una—. Bienvenidas.

Tras el saludo, sentí un leve relajo en los hombros de Margarita. Volví a tomar su mano y ella me dedicó una mirada nerviosa.

—Vamo' a estar bien —le dije.

—Tengo miedo.

—Vamo' a estar juntas.

Me concentré en escuchar lo que sor Soledad hablaba con mi mamá. La primera le explicaba las reglas del hogar, horarios de visita y cómo nos acomodarían en el espacio.

—Y ahora la hermana Carmen les mostrará el lugar para que se sientan más cómodas.

La puerta se abrió y la monja que nos recibió, la hermana Carmen, nos invitó a seguirla. Las tres salimos tras ella y mi mamá se dio vuelta tras el llamado de sor Soledad.

—Pase por acá antes de irse, debe terminar de firmar unos documentos.

Seguimos avanzando por el pasillo. La hermana Carmen se detuvo frente a una gran puerta doble.

—Este es el comedor, vengan a conocerlo.

Avanzamos rápidamente y descubrimos una gran sala amarillo pálido, llena de mesas organizadas de cuatro en cuatro y rodeadas por sillas. A simple vista podría haber asegurado que eran unos cuarenta grupos, aunque a esa edad, para mí, solo era un montón de mesas. En la pared del fondo una puerta que, seguramente, conducía a la cocina, y al lado una gran ventana con un mesón recibidor.

Margarita avanzó unos pasos para tocar el borde de una de las mesas. Seguro tiene hambre, pensé, no había desayuno en nuestra casa, como era costumbre. Se me apretó el estómago al recordarlo, quise acercarme con la intención de consolarla, sin embargo, sentí vergüenza de que se enteraran de que no habíamos comido.

—Margarita, vamos a conocer las piezas —le dije con entusiasmo.

—Se dice los dormitorios —me corrigió la hermana Carmen.

—Disculpe, dormitorios.

Tomé a mi hermanita de la mano y la saqué del comedor. Llegamos al final del pasillo y doblamos hacia una escalera a mano derecha. Me preguntaba por qué todo era tan lúgubre. Subimos los escalones de una estrecha escalera. De las paredes colgaban fotos de curas y monjas en tiempos pasados.

Nos detuvimos en el tercer piso. Las tablas crujieron a nuestros pies. El suelo era de una madera oscura que nada ayudaba en dar luz al ambiente. El espacio era de unos tres por cuatro metros. Había dos puertas frente a la escalera y una a cada lado de ésta.

—La puerta que está al final del pasillo a la derecha es el baño, deben pedir permiso cada vez que necesiten ir —dijo la hermana Carmen—. Estas dos puertas del frente están prohibidas. La de mano derecha es la biblioteca, sala de estar y lugar de estudio, y la de la izquierda es la oficina de la hermana que esté de turno. Y, finalmente, este es el dormitorio —concluyó, abriendo la puerta a mano izquierda.

Margarita y yo nos asomamos con recelo. Lo que vimos nos maravilló. Camas de colores. Ordenadas. Limpias.

Miré a mi hermanita y tenía la misma cara de asombro que yo. El dormitorio era grande. La pared a mano derecha estaba llena de pequeñas ventanas, supuse serían las que se veían desde el frente del edificio. Bajo las ventanas, una fila interminable de camas. A los pies de estas, un pasillo que separaba a la primera fila de la segunda, luego otro pasillo que separaba a la segunda fila de la tercera. Pensé en cuántas camas habría. Por lo menos unas sesenta.

Margarita se atrevió a dar el primer paso. Corrió hacia una de las camas.

—¡Esta quiero yo, aquí voy a dormir! —Saltó varias veces y luego se acostó encima.

—Y yo quiero la de al lado, ¡qué lindas que son! —decía yo también con entusiasmo.

La hermana nos miraba y asentía a cada comentario. Mi mamá nos observaba y sonreía.

—Les dije que les iba a gustar, cada una tendrá su cama —nos comentó.

En ese instante no sabía si me encontraba feliz o triste. Nos quedaríamos a vivir ahí. Quedaríamos solas tal como se habían quedado nuestros hermanos el día anterior. Aún recordaba sus lágrimas cuando salieron de casa por la mañana. Sabían que no volverían. Aún sentía sus pequeñas manos tocando por última vez las nuestras, pero también se fueron con una esperanza. Tal como yo, como nosotras. Tener una cama, ropa y no sentir hambre. Me consolaba saber que ambos se acompañarían.

No sé cuánto tiempo había transcurrido desde nuestra llegada, pero mi mamá ya debía irse.

—Bueno, ya está todo claro y es tarde. La mamá tiene que irse —dijo la hermana.

—Vendré el fin de semana, estarán bien —aseveró mi mamá.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Mi hermanita corrió a sus brazos. Trepó con su pequeño cuerpo de cuatro años por su torso. Se prendió a su cuello y lloró. No me atrevía a acercarme. No creí correcto que Margarita me viera débil, yo la cuidaría desde ese día en adelante. Le ordené a mis lágrimas no salir. Mi cuerpo temblaba ante la inminente soledad. Retrocedí y fijé la vista en otro punto. Me avergonzaba de mi debilidad. Ya era grande. O eso creía. Ya tenía siete años. Debía hacerme cargo, pero no pude. No pude sostenerme en pie. Mis ojos explotaron y me atreví a reclamar un cariño.

—Dime que no te vai a ir lejos. Dime que vai a volver —dije llorando. Los mocos me corrían hasta la boca y no me importaba. Me aferré al cuello de mi mamá y le rogué que no nos olvidara.

—No te vayas, mamita, por favor no te vayas —gritaba Margarita.

La hermana Carmen tomó a mi hermanita en sus brazos, mientras ella trataba de alcanzar a nuestra mamá con sus pequeñas manos. Su cuerpo se transformó en una pequeña bola de brazos y piernas entrecruzadas mientras su pelo negro azabache se pegaba a su carita suplicante. Mi mamá se levantó y me apartó de su lado con fuerza. Me paró frente a ella y desde arriba me observó. No sé si tenía tristeza como nosotras, pero quise pensar que sí. Pasó la vista desde mí a Margarita, dio media vuelta y desapareció por la puerta.

3

La hermana bajó a Margarita de sus brazos y ella se prendió de mi cintura.

—No quiero que se vaya. Dile que no se vaya —gritaba sin consuelo.

—Yo tampoco, pero va a volver. No llores por favor, no sé que hacer. —La abracé, le limpié la cara y también la mía.

Nos sorprendió una orden de la hermana. Fue una orden fuerte y enérgica.

—Basta de llantos. La mamá ya se fue, deben acomodarse. Primero a almorzar. —Nos tomó de los brazos, a la altura del codo y nos condujo hacia el pasillo.

Al cruzar la puerta nos encontramos de frente con una niña algo mayor que nosotras. Debió haber tenido unos 14 años.

—Lleva a estas dos al baño. Que se laven bien la cara, y después llévalas al comedor —dijo bajando la escalera. Nos miró con amabilidad y obedeció la orden de la hermana.

Margarita se aferró a mi mano sin despegar la mirada del piso. Yo me quedé petrificada en el lugar. No sabía qué hacer. Si avanzar o esperar una orden para moverme.

—Hola, me llamo Elsa. Y tú, ¿cómo te llamai? —preguntó la interna, mirándome a los ojos.

—Hola, me llamo Aurora, y ella Margarita —respondí tímidamente.

—¿Vení' llegando?

—Sí. Recién se fue mi mamá.

—Apúrense mejor. O la vieja va a volver y nos van a castigar a las tres. Ahí está el baño —dijo, haciendo un movimiento de cabeza hacia la puerta de enfrente.

Con mi hermana de la mano avancé rápidamente y nos metimos dentro. Era un espacio grande, también color amarillo pálido. Al entrar a mano derecha, pegados a la pared, había una fila de cinco lavamanos y arriba de estos un espejo que cruzaba el lugar de lado a lado. Frente a los lavamanos, una fila de 5 duchas separadas por paredes entre sí, y al fondo, un banco de madera.

Avanzamos hacia un lavamanos y lavé el rostro de Margarita. Sus ojos estaban hinchados, rojos y los mocos aún le corrían hasta la boca. La aparté a un lado para poder lavarme. Una vez lista, pasé la vista por el lugar en busca de toalla. Elsa entendió lo que buscaba, porque me miró y movió la cabeza.

—¿Querí' toalla? —preguntó en tono burlón.

—Sí.

—¿Vo' creí' que estái en un hotel?

Moví la cabeza en negación. No es que me haya sentido necesitada de una, en mi casa tampoco había. Cuando nos lavábamos, nos secábamos con una polera vieja y listo, sin embargo, creí que en el hogar sí habría.

—Sécate con la manga no má. Cuando querái venir al baño tení' que avisarle a una de las monjas y ellas te pasarán confor y toalla. Ya, apúrense no más.

Sequé el rostro de Margarita con la punta de mi polera y después el mío. Salimos rápidamente del baño y seguimos a Elsa hacia el primer piso, donde estaba el comedor.

Cuando dimos la vuelta hacia el pasillo, supimos que el comedor estaba lleno, pues se escuchaba el murmullo desde larga distancia. Elsa avanzaba delante de nosotras y abrió completamente la puerta para que pudiéramos pasar. El ruido cesó de golpe. Todas las caras se volvieron hacia nosotras y Margarita se escondió tras de mí. Quedé petrificada de la vergüenza.

Sor Soledad se encontraba de pie junto a la puerta de la cocina, mientras otras mujeres, con delantales blancos y gorros en la cabeza, repartían bandejas servidas en las mesas.

La Sor avanzó hacia nosotras y se dirigió al resto de las niñas.

—Ellas son Aurora y Margarita. Desde hoy vivirán aquí —dijo tirando de nuestros brazos. Luego llamó a otra monja, que ayudaba a repartir platos, con un gesto de manos.

Las niñas nos miraban curiosas y cuchicheaban entre sí.

—Acomoda a estas dos en sus lugares —dijo dirigiéndose a la monja y luego a nosotras—: Memoricen bien el lugar donde se van a sentar. Porque siempre debe ser el mismo desde hoy.

Asentí con la cabeza y comenzamos a caminar. Mi cuerpo frenó de golpe cuando la Sor me detuvo.

—Tú siéntate en la mesa de la esquina —dijo mostrándome un espacio libre—. Tu hermana se sentará con las de su edad.

Margarita se aferró a mi mano. La solté cuidadosamente y le pedí tranquilidad con la mirada. Ella accedió y se sentó en el lugar que le señalaron, en el instante preciso en que ponían una bandeja frente a ella. La vi tomar tímidamente la cuchara y revolver la comida. Sabía que tenía hambre. No habíamos comido desde el día anterior. Aunque no era mucho tiempo para nosotras… una vez habíamos pasado dos días enteros sin comer ni un pedazo de pan.

Miré a mis compañeras de mesa y las saludé con la mirada. Algunas me respondieron, otras no me miraron. Pronto llegó mi bandeja. Era un rectángulo de plástico café claro con compartimientos. En el más grande había un puré con huevo y en uno de los pequeños una ensalada de repollo. No recordaba desde cuándo que no me había servido una comida así. ¡Hasta tenía ensalada!

Al principio me cuidé de no parecer hambrienta, pero lo estaba. Así que olvidé mi vergüenza y comí. Comí como un lobo hambriento desesperado. No paré hasta que mi plato quedó completamente vacío.

Levanté la vista hacia mis compañeras que me miraban conteniendo la risa.

—¡Tenía hambre la rucia! —dijo la interna que estaba sentada a mi lado.

—Es que no habíamos almorzao na hoy —contesté en mi defensa.

—Mejor que te la comiste toa altiro. O me la iba a comer yo —replicó riéndose.

No supe qué contestar a su comentario. Seguramente era una amenaza, pensé. No supe traducirlo, pero me removí con nerviosismo en el asiento y bajé la mirada.

—La chola que estaba contigo también tenía hambre parece —volvió a decir la misma niña, señalando a Margarita.

—No le digái na chola. Es mi hermana y se llama Margarita —le respondí.

—Chola no más y listo —me contestó riendo.

La Sor dio orden de juntar las bandejas y entre todas fuimos poniendo una encima de la otra. Una señora de las que servían la comida pasaba retirándolas y detrás de ella la monja que nos acomodó, sostenía una bandeja llena de naranjas. Nos iba preguntando cómo la queríamos y nos la entregaba. Yo la pedí partida por la mitad. Desde mi lugar veía a mi hermana comiendo gajo por gajo la naranja que había pedido pelada.

Ya todas habíamos terminado de almorzar y el bullicio crecía dentro del comedor hasta que la sor pidió silencio y nos ordenó retirarnos a la sala común.

Margarita corrió a mi encuentro y salimos juntas hacia el pasillo. Seguimos sin hablar a la masa de niñas que caminaba escaleras arriba.

4

Cuando llegamos al tercer piso, la masa nos guió hacia una de las puertas prohibidas. Me asusté en un principio, pero recordé que la orden había sido «ir a la sala común».

La sala común era un espacio enorme, con mesas, cada una con sus sillas, una pared con libros y materiales de colegio y, en el fondo, sillones que se encontraban ordenados en filas frente a un televisor.

Avanzamos hacia uno de los sillones y nos sentamos. Las niñas sacaban cuadernos de las mochilas que estaban colgadas en una de las paredes. No sabíamos qué hacer. No habíamos llevado nuestras mochilas al hogar. Margarita no tenía, aún estaba en kínder.

Por la puerta se asomó una niña de unos dieciséis años que llamó a viva voz.

—¿Quién es la Aurora? —preguntó, alzando una mochila que reconocí enseguida.

—Soy yo —dije levantando el brazo y caminando hacia ella.

No supe de qué manera aterricé en el suelo. Sentí escozor en las palmas de mis manos, que instintivamente trataron de frenar mi caída. Escuché una risa burlona coreada por el resto de las internas. Mis ojos se llenaron de lágrimas y quise quedarme ahí.

De pronto sentí unas manos ayudándome a levantar. Alcé la vista y se trataba de la mensajera que traía mi mochila. Me levanté y ella puso en orden mi ropa. No sé qué expresión debo de haber tenido, porque me acarició la mejilla y me dijo:

—No les hagas caso.

Me limpié las incipientes lágrimas con la manga de mi sweater y tomé la mochila en mis brazos. La niña se dio vuelta hacia la mesa al lado nuestro, donde estaba sentada mi compañera de mesa en el comedor.

—No te pongái weona o te voy a acusar bien acusá. Ya sabí' lo que pasa cuando las viejas se enojan —amenazó a la interna apuntando hacia su rostro con el dedo índice.

—Si era una broma no más, y se cayó de pura casualidad —le contestó la niña.

No me atreví a mirarla a los ojos. Tampoco a Margarita. Qué vergüenza que viera a su hermana así, pensé, humillada, llorando y temblando de miedo.

—Casualidad te voy a ser, asopá. Erí' harto más grande po.

—Ya oh, si la voy a dejar tranquila.

Mi mensajera salvadora, me ordenó el pelo, dio media vuelta y se fue.

Me apresuré para estar de vuelta con Margarita, aunque estaba consciente de que tras mío, unos pasos seguían los míos. Nunca antes debí defenderme de alguien. Solo de mi papá, cuando nos pegaba, pero ese era otro cuento, porque de él no podía defenderme, solo hacerme una bola y esperar, o al menos, eso era lo que nos contaba nuestra mamá.

Sentí un escalofrío cuando mi perseguidora posó sus dedos en mi pelo. Esperé el dolor en el momento en que lo tirara, pero no ocurrió. Así que me di vuelta hacia ella y bajé la mirada a la espera de su reacción.

—¿Te lavaron el pelo con cloro? —me preguntó entonces.

—No, mi pelo es así —dije.

—¿Y esa chola es tu hermana? —dijo señalando a Margarita, que se avergonzó al sentir las miradas de todas las que estábamos ahí.

—Sí —dije, con un nudo en la garganta—, pero no es na chola, se llama Margarita.

—Pero no parecen na hermanas po. Ella es negra y gorda, y tú erí' bien rucia.

—Pero igual somos hermanas, y no es na negra, ni gorda —dije al momento en que se me quebraba la voz.

Tan grande y fuerte me había sentido, hasta ese momento. Junté las manos y no supe qué decir. Dejé la mochila en el suelo y a paso firme corrí hasta Margarita que lloraba en silencio. La abracé, la abracé tan fuerte como pude. Sentí miedo, ya no podía protegerla. Tampoco a mí.

—Vamos al baño —le dije tomándola de la mano.

Ella no me respondió, solo movió la cabeza de manera afirmativa y tomó de mi mano con fuerza. Caminamos despacio entre las niñas que nos miraban y se reían mientras se decían no sé qué al oído. Yo solo miraba al frente y mi cuerpo temblaba de miedo. Esperé, durante todo el trayecto hacia la puerta, algún golpe o empujón, pero nada pasó, solo las risas hacían eco y competían con el sonido fuerte y rápido de mi corazón.

Giré el pomo de la puerta y ambas salimos hacia el baño. No aguanté la presión. Una vez enfrente de los lavamanos, lloré. Lloré sin consuelo. No pensé en Margarita. Solo en mí y en mi pena. Odié a mi mamá por habernos dejado ahí. Imaginé que entraría por la puerta y nos diría que todo estaba bien, que venía a buscarnos. Imaginé que la pared del baño desaparecería y veríamos una luz cegadora por donde bajaría una figura paternal con los brazos abiertos para abrazarnos. Imaginé que ese Dios, al cual tanto había rezado en situaciones anteriores, nos iba a rescatar.

Sin embargo, nada pasó. No fui madura. Lloré hasta que mis ojos se hincharon y ya no me quedaron lágrimas. Cuando la neblina de mis ojos se disipó y comencé a ser consciente de mi alrededor, me di cuenta de que mi hermanita me abrazaba por la cintura fuertemente. Tenía los ojos llorosos que me miraban con compasión. La abracé y se cobijó en mi vientre tembloroso.

—No eres negra ni gorda —le dije con ternura—. Cuando venga la mamá el fin de semana, le vamos a decir que no queremos estar acá.

—Me quiero ir ahora.

—No podemos. La mamá se fue a la casa.

—Llámala fuerte, como la llamábamos cuando salía y no volvía rápido, ¿te acuerdas? Cuando nos dejaba solos y tú nos cuidabas.

—Me van a retar si grito ahora.

—No quiero estar acá —gritó Margarita golpeando el suelo con un pie.

—Yo tampoco.

Estuvimos harto tiempo en el baño. El suficiente para analizar si salir o no. Me lavé la cara, me enjuagué la boca y refresqué mis manos.

5

El alboroto en el baño antes de acostarse era colosal. Una monja nos vigilaba desde la puerta mientras nos lavábamos los dientes. Descubrimos que teníamos cepillos nuevos y estaban marcados con nuestros nombres, junto al de todas las demás.

Cuando las internas terminaban de asearse, iban poniéndose en una fila frente a una monja, a la cual no había visto antes en todo el día. Había tantas de ellas, me preguntaba de dónde salían.

Terminamos de lavarnos, y con Margarita seguimos a la masa y nos pusimos a la fila. A medida que fuimos quedando menos, me di cuenta de que avanzábamos hacia la toalla. Por raro que parezca, era así. La monja iba pasando la misma toalla a cada niña, la cual se secaba bien antes de que le tocara el turno a la siguiente. Cuando llegó el nuestro, la monja nos miró con extrañeza y se dirigió a mí.

—¿Cómo te llamas? —preguntó con voz cortante.

—Aurora —respondí con un hilo de voz mirando hacia el suelo.

—¿Y esta otra? —inquirió, señalando a mi hermana.

—Margarita —respondí.

—Séquense rápido.

Tomé la toalla y sequé a Margarita la cara y manos. Entregué a la hermana la toalla y ella con un movimiento de brazos llamó a una persona que se encontraba a la salida del baño, desde cuyo ángulo no alcanzaba a ver. Por la puerta entró una de las niñas grandes del hogar. Debió haber tenido unos diecisiete años de edad.

—Lleva a estas dos a los dormitorios —le indicó a la joven.

—¿A cuál? —preguntó la interna.

—Tú, ¿qué edad tienes? —preguntó la monja, mirando a mi hermanita. Margarita se asustó y no respondió.

—Tiene cuatro —dije sin pensar.

—¿Y ella no sabe hablar? —me dijo la monja con cara de pocos amigos. Yo no respondí, solo miré el piso. —Te pregunté cuántos años tienes. —dijo otra vez.

—Cuatro años —respondió mi hermanita, que rompió en llanto.

—¿Acaso alguien te pegó? —volvió a hablar la hermana.

—No —respondió Margarita.

—A la de cuatro al segundo piso, la otra aquí arriba. Que les asignen un litera —dijo la monja dirigiéndose a la interna.

Apenas escuché que iríamos a pisos distintos me prendí a mi hermana con fuerza.

—La hermana Carmen nos dijo que íbamos a dormir aquí y que elegiríamos una cama juntas —dije otra vez sin pensar.

—¡No pueden dormir juntas! Cada una va con las de su edad —interrumpió la hermana—. Avancen mejor será. La Sandra las va a llevar

Margarita se aferró a mi cintura y lloraba desesperadamente al escuchar lo que pasaría. Sandra nos tomó del codo a cada una y nos empujó a la salida.

—Oye, Karen, llévate a esta al segundo piso, la hermana dijo que le asignen una litera —dijo la interna, dirigiéndose a otra de las niñas—. Yo me llevo a esta otra pa’ cá.

Margarita se apegaba a mí con más fuerza y lloraba, como si eso pudiera impedir que nos separaran. Yo la abracé sin intención de soltarla, pero nuestra lucha duró poco. Entre las dos adolescentes lograron separarnos y Karen desapareció con Margarita escalera abajo. Yo la escuchaba gritar, y lloraba al compás de sus lamentos. Traté de bajar las escaleras a su encuentro, pero sin darme cuenta, ya estaba siendo arrastrada al dormitorio. Me arrastré y pataleé lo más fuerte que pude para zafarme, hasta que sentí que casi me arrancaban el pelo.

—¡Quédate callá, cabra weona, o te vuelvo a tirar el pelo! —me gritó Sandra.

No reaccioné, solo abracé mi cuerpo y lloré. La joven me levantó del piso tirando de mi ropa y a empujones me introdujo en el dormitorio. Yo trataba de apagar mi llanto. Me escuchaba sollozar, gemir, sufrir, pero no podía controlar las lágrimas. Con el último empujón, me vi mirando la punta de unos zapatos que aparecían por debajo de un manto negro. Supe en seguida que era una monja. No levanté la vista. No me atrevía a mirar.

—¿Cómo te llamas? Deja de llorar —ordenó la hermana.

Mi llanto cargado de sollozos impedían que pudiera articular palabra.

—Mírame cuando te hablo. Deja de llorar y dime cómo te llamas —volvió a exigir.

Solo me quedé ahí, parada frente a ella sin poder hablarle ni mirarla. Mi cuerpo temblaba y el nudo en mi garganta crecía cada vez más.

—Sácate los calzones altiro —espetó la monja.

Yo no sabía si había escuchado bien. No quería sacarme los calzones. No fui capaz de moverme. Tampoco era consciente del lugar en donde estaba.

—¡Sácate los calzones ahora! —gritó la monja al mismo tiempo en que golpeaba algo a su lado.

Mi cuerpo saltó asustado y, por fin, pude levantar la vista. La nueva y desconocida hermana me miraba con ojos furiosos desde su altura. Rehuí su mirada y fui capaz de observar a mi alrededor. Me di cuenta de que al menos había unas treinta niñas mirándome. Todas estaban en una fila. Todas cubiertas tan solo con un calzón. Posé la vista a mi costado izquierdo y divisé una pila de calzones. Luego miré otra vez a la monja, que esperaba impaciente que hiciera lo que me había ordenado.

—Todos los días, después de lavarse los dientes, deben hacer una fila justo aquí —dijo señalando el lugar donde estaba parada—. Todas sin ropa. Dejas tu calzón sucio en el montón de ahí. —Indicó el montón de ropa interior que ya había visto—. Y yo les voy pasando uno limpio. Cuando te lo pongas, te cambias a la fila del lado y te pasarán una camisa de dormir. ¿Escuchaste?

Yo trataba de asimilar lo que me decía. Pensé en que no quería sacarme el calzón delante de todas las niñas. En ese momento, la única palabra que se me ocurría era vergüenza. Volví a mirar a la monja. No sé qué expresión tenía mi rostro. Debió haber sido de gran desconcierto, porque la mujer me arrancó los brazos con fuerza del pecho, con rabia tiró de mi polerón hasta dejarme desnuda la parte de arriba. Yo sollozaba y trataba de taparme. Se agachó a mi altura y bruscamente me desabrochó el botón del pantalón, los bajó hasta mis tobillos y me ordenó levantar los pies. Cuando ya me tenía casi desnuda, jaló de mi ropa interior hasta el piso y nuevamente tuve que levantar un pie y luego el otro. Trataba de cubrirme los genitales para que el resto de las internas no me vieran. La monja me tiró un calzón que tomé con rapidez y me lo calcé. Una vez cubierta, me tomó del codo y me ordenó que avanzara hasta la otra fila. Caminé encorvada, tratando de cubrir mi torso. Avergonzada. Herida. Con miedo. Me situé al final de la fila mirando al piso y avanzaba cuando veía alejarse los pies de la niña que estaba delante de mí. Sentía las miradas de mis nuevas compañeras cuando pasaban a mi lado. Yo las miraba de reojo por detrás de la neblina que formaban mis propias lágrimas.

Cuando por fin llegó mi turno, tomé con rapidez la camisa pijama que me tendió una de las niñas grandes y me la puse de prisa. Caminé hasta ponerme a su lado porque no sabía dónde debía ir.

Desde ahí tuve mejor vista hacia el dormitorio. Era el mismo que habíamos conocido durante nuestra llegada. Todas las internas me miraban y se susurraban cosas en el oído.

—Que ocupe la última litera —le indicó la hermana a la joven que me entregó el pijama.

La niña me tomó suavemente del hombro y me condujo hasta la última litera a mano derecha, justo al lado de las ventanas. Cuando estuvimos a los pies de la cama, ella me cedió el paso.

—Tu cama será la de arriba, puedes subir por ahí —dijo, mostrándome una pequeña escalera al costado de la litera.

Yo respondí con un movimiento de cabeza y subí rápidamente. La niña se marchó y quedé sentada encima de mi nueva cama. No me di cuenta de si en la parte de abajo de la litera había alguien más, no me atreví a mirar. Desde mi lugar podía ver la hilera de camas que estaban frente a mí. Algunas de mis compañeras me dedicaban miradas y apartaban la vista cuando yo las miraba.

—Acuéstense todas y a dormir —mandó la voz de la monja.

Levanté las frazadas y me tapé. Me sentí protegida, como si debajo de las sábanas nada ni nadie hubiese podido dañarme. Pensé en Margarita, imaginé que debió haberlo pasado peor, pues ella no llevaba ropa interior. Su vergüenza debió haberse multiplicado por mil. De pronto la luz se apagó y el murmullo cesó de golpe. Desde pequeña temía a la oscuridad y mi cuerpo comenzó a temblar de miedo. Mis lágrimas volvieron a brotar y ahogué mis gemidos con la almohada. Vi un rayo de luz reflejado en la pared y seguí su recorrido para saber de dónde provenía. Mi alegría fue inmensa cuando me di cuenta de que detrás de mi cabecera había una ventana. Descubrí temblorosa el brazo y corrí un poco la cortina para dejar entrar la luz.

No sé cuanto tiempo miré el foco de la calle. Tampoco cuánto tiempo lloré y me tragué las lágrimas y los mocos que corrían hasta mi boca, pero, después de pensar en Margarita, en mi mamá, en el nuevo hogar en que me encontraba, me dormí. No recuerdo si soñé, pero dormí, y dormida ya no podía llorar.

6

Un fuerte grito me despertó en la mañana siguiente. Una voz femenina, pero adolescente nos despertaba a viva voz. Abrí los ojos de golpe y me asusté al no saber dónde me encontraba. Miré el techo que estaba a escasos centímetros de mí y luego hacia los pies de la cama. Me encontré con un montón de niñas moviéndose en sus camas y recordé dónde estaba. Afuera aún era de noche, pero todas las internas comenzaban a levantarse. Se quitaban los camisones y caminaban hacia la entrada de la gran habitación. Me bajé del segundo piso de mi litera y salí al pasillo para ver a qué lugar tenía que ir. Todas se arremolinaban en una fila solo en ropa interior. El frío se hacía sentir, pues estábamos en junio.

—Sácate el pijama y ponte a la fila —me indicó una de las niñas con amabilidad.

—¿Y para qué es la fila? —pregunté.

—Pa que nos pasen la ropa.

—Pero es de noche.

—Siempre nos levantamos de noche.

—Tengo frío.

—Tení' que sacártela no más o la superiora se va a enojar.

—¿Quién?

—La superiora, ¿no la conocí'?

—No.

—Es la directora y nos castiga si no obedecemos.

—Ah, ayer la conocí.

—Apúrate mejor —dijo la niña mientras avanzaba.

Hice lo que todas hacían. Me saqué el camisón lo puse encima de la cama y avancé hasta la fila. Aún sentía vergüenza, pero menos que el día anterior. Las niñas iban recibiendo, de manos de la misma monja que nos pasó los calzones el día anterior, un montoncito con ropa y regresaban al lado de sus camas a vestirse. Las que ya estaban listas iban saliendo de la habitación.

Rápidamente llegó mi turno. Cuando estuve frente a la monja, esta me miró y dijo.

—¿Se te pasó el llanto?

—Sí —dije tímidamente.

—Qué bueno. Vístete y después vas al baño de este piso, ese es el que debes ocupar ahora, y lávate la cara. Cuando estés lista baja al comedor a desayunar.

Contesté solo con un ademán de la cabeza y regresé a mi cubículo a vestirme. Desdoblé la ropa y me encontré con un pantalón de cotelé azul marino, una polera con mangas largas de color blanco, un sweater de lana amarillo y un par de calcetines. Me vestí rápidamente, todo me quedaba un poco grande, pero jamás había tenido ropa que me quedara completamente bien, jamás había elegido una prenda nueva en una tienda, así que poco me importaba que la ropa no fuese de mi talla. Me di cuenta de que no tenía zapatos. Salí de mi cubículo y por suerte la interna que me había hablado minutos antes aún se estaba poniendo la ropa. Fui hacia ella con timidez.

—Oye, no sé dónde están mis zapatos.

—Aquí no hay zapatos propios, te pasan cualquiera que te quede bueno. Solo las grandes tienen.

—¿Y adónde puedo pedir unos?

—Ahí, a la hermana —dijo, señalando a la monja que repartía la ropa.

Tragué el nudo que se me formó en la garganta y caminé hacia ella. No me salía la voz y opté por tocar su antebrazo con delicadeza. La hermana me fulminó con la mirada.

—¿Qué quieres? ¿No sabes hablar?

—No tengo zapatos —dije con un hilo de voz.

—No te escucho, habla más fuerte.

—No tengo zapatos —repetí.

—Saca del montón de allá —me indicó una montaña de zapatos que estaba detrás de una mesa.

Avancé hasta ahí y revolví en busca de algún par que me quedara bueno. Debo confesar que también traté de elegir los que más me gustaban, nunca había tenido la oportunidad de hacerlo y la variedad era harta. Y, aunque todos estaban usados y algo marcados, ninguno estaba roto. Elegí unos mocasines cafés, me los calcé y fui hasta el baño. Me situé junto al montón de niñas que esperaban un espacio en los lavamanos. Ninguna me integraba, pero tampoco me excluían. Algunos lavamanos se iban desocupando pero, cuando quería avanzar, algunas de ellas me retenían con sus cuerpos y decidí esperar hasta que nadie más tuviera que usarlos. Había solo una toalla que se iban pasando unas a otras y cuando todas acabaron y se fueron al comedor, me tocó el turno de usarla. Estaba tan mojada que de nada servía que la ocupase, así que estiré la manga de mi sweater y me sequé.

Me apresuré en bajar las escaleras para encontrarme con Margarita. Cuando llegué a su piso vi que aún salían niñas del baño, así que me asomé por la puerta y ahí estaba mi hermana, en una fila para secarse la cara con una toalla que les pasaba una monja. La voy a esperar en la escalera, pensé, ahí me quedé, en el primer escalón. La vi salir del baño sola y con la vista en el piso.

—¡Ey, Margarita! —dije casi en un susurro. Ella levantó la vista y corrió hacia mí.

—¡Hola! Te extrañé —pronunció, mientras las lágrimas comenzaron correr por sus mejillas.

—No llorí' po, ¿cómo dormiste? ¿Pelearon contigo? ¿Alguna monja te retó?

—Nadie me habló, pero me sacaron los pantalones y todas se rieron de mí. No tenía na calzones.

—¿Y la monja te retó?

—No.

—A mí también me sacaron los pantalones. Ahora vai a tener calzones todos los días. ¿Te gustó la cama?

—Sí.

—Vamos al comedor.

Bajamos de la mano las escaleras y entramos juntas al comedor. Las niñas aún estaban alborotadas y nadie se dio cuenta de que habíamos entrado, mejor para nosotras. Le indiqué a Margarita que se sentara en el mismo asiento que el día anterior y yo me dirigí a mi mesa.

—Oye, rucia, siéntate del otro lado —me dijo la misma interna que al parecer no le caía muy bien.

Me moví sin objetar del asiento. Recorrí el comedor con la mirada y reconocí a la hermana que nos había recibido el día anterior, la hermana Carmen, que con alegría repartía tazones de plástico a las niñas con algo adentro que imaginé sería leche. Otra monja tras ella repartía un pan a cada interna.

Llegó el turno de nuestra mesa y felizmente recibí mi tazón de leche y el pan que me ofrecían.

—¿Como dormiste? —me preguntó la monja que nos había recibido—. ¿Te gustó el hogar?

—Bien, sí —mentí.

—Come.

Asentí con la cabeza. Desenvolví el pan y lo abrí para saber qué tenía adentro. Por fin comería un pan con unto, pensé, y me llené de felicidad, pero el relleno era un raspado de mermelada que no alcancé a distinguir. No me gustaba el pan con mermelada, pero tenía tanta hambre que no me importaba. No levanté la vista hasta que mi pan se hubiera acabado y de la leche solo quedara el concho, que era intomable.

Todas las internas mayores se fueron al colegio que pertenecía al internado, y por este motivo estaba en el edificio de al lado. En el fondo del pasillo, frente a la escalera para subir a las habitaciones, había una puerta que conectaba directo con el patio techado del establecimiento. Yo tenía jornada de tarde. Aunque aún no sabía si seguiría en el mismo colegio que estaba o debía cambiarme al del internado.

La mañana pasó entre el aseo de los dormitorios y la sala de estudios. Las niñas ya no nos miraban con tanta curiosidad e, incluso, hubo algunas que hasta nos preguntaron el nombre.

Terminábamos de pintar caricaturas con Margarita en la sala de estudio —en donde estábamos siendo supervisadas por una hermana—, cuando la puerta se abrió para dejar paso a otra monja que desde el umbral se dispuso a gritar mi nombre. Me levanté y fui a su encuentro.

—Tú no vas a la escuela hoy —me dijo.

—¿Y por qué? —me atreví a preguntar.

—Porque aún no sabemos dónde se quedarán de forma definitiva, así que pueden volver a esta sala después de almorzar —dijo dando una vuelta para desaparecer tras la puerta.

Debo confesar que me sentí decepcionada y con pena. El patio de la escuela a la que asistía colindaba con el patio de mi casa, y tenía la esperanza de poder ver a mi mamá por encima de la pandereta. Tenía tantas cosas que decirle: que no me gustaba el hogar, que sentía miedo, que la echaba de menos, que no quería sacarme los calzones en frente de las niñas, que habíamos comido de noche y de mañana, que Margarita había llorado mucho, que no queríamos estar ahí, y, por sobre todo, que no nos olvidara.

El comedor estaba lleno otra vez. Las internas que habían asistido a clases durante la mañana habían vuelto, y las que debían ir a la escuela en la tarde estaban almorzando para poder marcharse.

Entre las hermanas y cocineras nos repartían las bandejas. Mi sorpresa fue mayúscula cuando en el plato vi una empanada. Era indescriptible lo que sentí en ese momento. No sabía hacía cuánto tiempo no había comido una, o si había comido siquiera. La tomé con ambas manos y la llevé a mi nariz, quise disfrutar del aroma antes de comerla. Di el primer mordisco a la enorme empanada, sin embargo, el sabor que tenía era totalmente asqueroso. El relleno era una masa blanca y dura que no podía partir con los dientes. Tuve ganas de vomitar y escupí lo que había logrado arrancarle. Mis compañeras de mesa me miraron y sonrieron.

—Son empanadas rellenas con loco —me informó una de ellas.

—En mi casa las hacen con el loco picado, no sé por qué acá se lo ponen entero —comentó otra de ellas.

—¿Qué es loco? —pregunté extrañada.

—¿No sabí' lo que es loco?

—No.

—Lo sacan del mar. Ya estamos acostumbradas a comerlo.

—Es mala esta cuestión —dije arrugando la nariz.

—Pero tení' que comértela toa no má. O si no te van a castigar y si vomitai, el castigo es peor.

Comencé a sacarle la masa a la empanada dejando el relleno a un costado. Jamás había oído hablar del loco. Trataba de imaginarme qué tipo de pescado era. Miré a Margarita, quien no tenía problemas para comerse la suya.

Las monjas pasaron retirando las bandejas y entregando los postres. Pensé que había pasado desapercibida, pero estuve sentada sola en el comedor unas tres horas, hasta que acabé mi empanada. Cuando terminé, me llené de alivio y felicidad, porque tocaba el postre, pero no hubo, ese era el castigo.

Después de la cena vino el baño. Había cinco duchas, y la cantidad de internas en ese piso, superaba con creces ese número. Éramos, por lo menos, treinta niñas. Así que la espera era larga. Llegó mi turno y la monja que nos supervisaba, me ordenó que me desnudara y dejara en el montón que estaba en el pasillo la ropa sucia. Me desvestí lentamente, mientras mis compañeras hacían lo mismo. No quise levantar la vista para que no pensaran que las estaba mirando. Mis mejillas se encendieron como tomates y avancé lentamente hacia el tercer cubículo.

Podía ver el vapor que empañaba los vidrios y me puse bajo el chorro de agua tibia que salía de la ducha. Me sentía tan feliz. No sabía en cuánto tiempo no me bañaba con agua así. En mi casa debía aguantarme el agua fría, y generalmente nos bañábamos por partes con agua acumulada en una fuente. Las únicas veces que disfrutaba del agua caliente era en casa de mi abuela.

—Asomen sus cabezas por el borde para el champú —dijo la monja.

Miré hacia los cubículos vecinos. Desde cada uno se veían las cabezas de las niñas y la monja avanzaba echándoles una por una. También me pusieron a mí.

—Con la misma espuma del champú se lavan el cuerpo. Se apuran, hay más esperando —nos indicó la hermana.

Me refregué el pelo con energía y también el cuerpo.

—¡Corten el agua y vayan saliendo! —gritó la monja.

Cerré con pesar la llave y salí al exterior. Mis poros se marcaron con el frío. La monja nos entregó una toalla a cada una. Me cubrí rápidamente y fui secando mi cuerpo. Las niñas comenzaron a salir del baño, envueltas en sus toallas y yo hice lo mismo. En el dormitorio, nos secamos en la entrada e íbamos dejando las toallas mojadas en una montaña en el suelo. Nos poníamos en la fila de los calzones y después en la de los pijamas.

Tuve mi calzón con mi pijama y me fui a meter debajo de mis frazadas. El frío era casi insoportable, aunque yo ya estaba acostumbrada. En mi casa no había calefacción.

Las luces se apagaron y acurrucada bajo mis sábanas, me dormí.

7

Pasó la semana y no fuimos a la escuela ningún día. Algunas niñas se marcharon con sus familias el día viernes, y felices se despedían diciendo que volverían hasta el día domingo. El día sábado nos despertaron más tarde. Por lo menos ya había luz. Como todos los días, avancé hacia la fila de la ropa y me sorprendí al desdoblar el montón. En él había un vestido rosado, una polera con mangas largas, unas pantis de lana blanca, un chaleco y unos calcetines blancos con adornos. Todo parecía muy elegante. Me vestí rápidamente para alcanzar a elegir un par de zapatos que combinaran con el vestido, antes de que se acabaran los mejores. Salí de mi cubículo y me sorprendí cuando vi a todas las niñas vestidas casi igual. O al menos, así lo veía yo. Todas tenían vestidos y calcetines elegantes.

—¿Oye, por qué nos vestimos así hoy? —le pregunté a mi compañera de al lado.

—Porque es sábado y es día de visita, así nos encuentran bien vestidas —explicó encogiéndose de hombros.

En ese momento lo recordé. Era sábado. Mi corazón se llenó de alegría. Mi rostro se iluminó con una sonrisa. Mi cuerpo comenzó a tiritar de nervios. Ese día íbamos a ver a nuestra mamá. Recordaba perfectamente que dijo que iría de visitas.

Corrí hasta el montón de zapatos y busqué hasta que encontré los adecuados. Quería estar hermosa cuando ella me viera. Fui al baño. Me lavé. Me peiné con más dedicación. Me miré centenares de veces al espejo y bajé a esperar a Margarita en la escalera.

Cuando la vi aparecer, comprobé que a ella también la habían vestido para la ocasión. Su vestido era blanco lo que hacía resaltar su piel morena y su abundante pelo oscuro. Era tan pequeña. Sus cortos brazos regordetes, parecían más rellenos.

—¡Ey! ¡Hoy viene la mamá! —dije con una gran sonrisa.

—¿De verdad? —dijo mostrando sus dientes.

—¡Sí! ¡De verdad!

—¿Le vamos a decir que nos lleve de vuelta?

—No sé.

—¡Yo le quiero decir! —dijo Margarita, dando un golpe al suelo con el pie.

—Bueno, le vamos a decir.

Bajamos al comedor y nos acomodamos en nuestros asientos para desayunar.

Ya estábamos en la sala común, el corazón nos latía más a prisa cada vez que se abría la puerta y llamaban a la interna a la cual iban a visitar. La niña salía de la sala y yo imaginaba que se dirigían a algún salón de visitas.

No sé cuánto rato llevábamos esperando, aunque debió ser harto, porque las hojas que habíamos tomado para dibujar y pasar el rato, ya se habían hecho un montón. Pronto llegó la hora del almuerzo y algunas niñas entraban al comedor acompañadas de sus mamás o papás y se sentaban con ellas a almorzar. Después de comer, decidimos no subir a la sala común. Nos quedamos sentadas en la escalera que unía el primer piso con el segundo. Así cuando la mamá llegara, todo sería más rápido.

Para entretenernos, jugamos a la payaya. Era básicamente un juego con piedras y consistía en hacer piruetas con las manos, sosteniendo las piedras sin dejarlas caer. No éramos tan diestras como el resto de las niñas, sin embargo, repetimos el juego, hasta el nivel que sabíamos, unas quince veces. Subimos tres al baño. Dimos veintitrés vueltas completas desde el principio del pasillo hasta el final. Vimos subir a muchas niñas con sus familias por las escaleras y debimos dejar el paso. Jugamos a la escondida. Nos abrazamos aburridas. Margarita me preguntó una infinidad de veces si ella llegaría. Fuimos dos veces a la sala común a dibujar.

Sentadas en el suelo al final del pasillo, fuimos testigos de cómo se iban despidiendo las niñas de sus familias. A algunas les dejaban una bolsita con sabe qué adentro. Otras recibían monedas que guardaban en sus bolsillos. Muchas lloraron en el último abrazo y no fue hasta ese momento en que me di cuenta de que ella no llegaría. Ahí, sentadas en el suelo, abracé a mi hermanita y lloré. Ambas lloramos. Recordé a mis hermanos. Quería verlos, pero sobre todo, quería ver a mi mamá.

Algunas niñas pasaban y nos consolaban. Otras nos preguntaban por qué llorábamos. Los ojos me dolían. Margarita sollozaba. Hasta que fuimos conscientes que debíamos ir a cenar. Levanté a mi hermana del suelo. Limpié su rostro y sequé sus lágrimas. También las mías y avanzamos al comedor.

—A la rucia no la vinieron na a ver —dijo riendo la misma interna de siempre.

—No la molestí', Sandra —dijo en mi defensa mi vecina de litera.

—Si es la verdá po. Tiene los ojos hinchaos de tanto llorar, la chola también —dijo apuntando a Margarita.

Bajé la vista y me encontré con mi plato. Cada cucharada de comida se hacía más salada junto a mis lágrimas. Tragaba con dificultad y con la manga de mi elegante chaleco me limpiaba los mocos. Ese día me desvelé. Tantas preguntas rondaban en mi cabeza. ¿Se habría olvidado que era sábado? ¿Estaría enferma? ¿Mi papá la habría ido a molestar? ¿Se habría olvidado de nosotras? Angustia, impotencia, rabia. Sí, rabia era lo que sentía mi pequeño corazón infantil. ¿Qué podía hacer? Podría haber gritado por la ventana para llamarla. Nuestra casa, su casa, estaba tan cerca. De seguro habría escuchado.

Me senté en la cama, me puse de frente a la ventana y abrí la cortina. En la calle aún había gente. Parejas pululaban abrazadas, algunas con niños, otras sin compañía. Justo en frente había un restaurante, pero no fino, de etiqueta, sino de esos en donde la señora con minifalda se para en la puerta invitando a pasar. Dos de esas señoras fumaban y le hablaban a los hombres que pasaban. Algunos de ellos entraban al interior del local, otros simplemente las ignoraban. Comprobé si la parte de arriba se podía abrir. A duras penas pude alcanzar la manilla que logré girar hacia la derecha. Estiré un poco más mi cuerpo, logrando separar la ventana unos centímetros. Miré hacia abajo y me di cuenta de que estaba siendo observada por un cliente del local que fumaba y se tambaleaba abrazado a las señoras de las minifaldas. El hombre me saludaba y me lanzaba besos con la mano. Se tocó los genitales y me los mostró. Caí de vergüenza a mi cama y me escondí tras la cortina. Por un lateral vigilé para ver si se marchaba. Cuando por fin, tras dar una última mirada hacia mi ventana, se adentró al local, rápidamente me puse en puntillas y cerré la manilla que había abierto. Dejé un lateral de la cortina abierto, me tapé hasta la cabeza, pensé por última vez en mi mamá y me dormí.

8

Era lunes aún de noche y todas nos despertamos. Ya me sabía las rutinas, y tan solo llevando una semana en el hogar, me parecía que había estado haciendo lo mismo toda la vida. ¿Será que es verdad que cuando se es pequeña el tiempo parece más largo, así como los espacios se ven más grandes?

Era ya media mañana, cuando una hermana dijo alto y claro mi nombre en la puerta de la sala común. Me paré rápidamente y me puse frente a ella.

—Ven a cambiarte de ropa para ir a la escuela —dijo rápidamente.

Mi corazón se aceleró de entusiasmo. ¡Por fin podría ver a mi mamá! En el dormitorio la monja me pasó un jumper, una blusa blanca, calcetines azules y un chaleco de colegio. Jamás había ido con uniforme completo a la escuela. Me vestí rápidamente en mi cubículo y fui en busca de mis zapatos. Cuando volví a la sala común le dije a Margarita que debía quedarse sola durante la tarde, ella trataba de entenderme entre sollozos y yo me deshacía en explicaciones.

Ver las calles otra vez me resultaba extraño. Me sentía como si hubiese estado años encerrada. La hermana Carmen me llevaba de la mano y torpemente cruzábamos cada calle. Tal vez a ella también le parecía estar ya mucho tiempo en aquel edificio. Apenas doblamos la esquina, divisé los altos árboles que cubrían la parte frontal de la escuela. Los niños entraban y sus mamás esperaban a verlos desaparecer por la puerta de entrada. Algunos de mis compañeros me vieron llegar con la monja y notaba sus caras de desconcierto. Entramos por la puerta hasta el hall. La monja me pidió que avanzara hasta mi sala y me marché.

Puse un pie en el patio y sonó el timbre. Todos los niños corrían para no llegar atrasados a sus salas y trotando hacia mí, vi mi amiga Mónica.

—¡Aurora! ¿Por qué no habíai venío? —me preguntó al llegar junto a mí.

—Porque ahora no vivo na con mi mamá —le contesté.

—¿Y dónde viví' ahora?

—En un hogar. Con las monjas.

—¿Y por qué ahora estái ahí? —me preguntó con asombro.

—No sé. Mi mamá nos dejó ahí. Dijo que era pa mejor —respondí encogiéndome de hombros—, aunque el almuerzo no es na rico siempre.

—¿Y dónde queda? ¿Y qué es un hogar?

—¿Queda acá cerca, por la calle grande.

—Ah, ¿y qué es po?

—Es un edificio y viven hartas cabras juntas. Algunas no tienen papá ni mamá. Otras sí tienen, pero no sé na por qué están ahí.

—¿Y te vai a quedar ahí pa siempre?

—No. Mi mamá me dijo que apenas pudiera, nos iba a ir a buscar.

—¿Y estái sola o con el Pato y la Margarita y el César?

—Solo con la Margarita. ¿Hai visto al Pato?

—No lo he visto na.

—El Pato con el César se fueron a otro hogar. Yo creo que no va a venir mas pa ca.

—¡Apurémonos! Ahí va la tía! —dijo Mónica apuntando a la tía Patricia, que caminaba hacia la sala de clases con el libro de asistencia en la mano.

Leímos poemas. Pintamos dibujos. Cantamos canciones, y por una hora y media me olvidé de ella. Solo debía trepar la pandereta y podría verla. La campana sonó y salimos, como ovejas liberadas, todos al patio.

—Ey, mira, ahí viene el David —me comentó Mónica dándome un codazo.

Paré en seco. Lo vi correr justo hacia donde estábamos. Jamás había hablado con él. Nos habíamos dirigido una que otra mirada y un saludo, en los momentos en que coincidimos en el juego de la pescada. Yo rogaba que me tocara en el equipo contrario para que él tuviera que perseguirme, o viceversa.

Llegó hasta nuestra altura y, cuando creí que nos miraría y pararía, solo nos esquivó y pasó. Había alcanzado a levantar una mano hasta la altura del pecho para devolverle el saludo. Rápidamente la bajé y lamenté que no me haya mirado. Pensaba que, seguramente, me habría encontrado más bonita con uniforme completo, limpia y peinada. Con decepción retomé el paso con Mónica y le dije:

—Oye, necesito que me ayudí' en algo.

—¿En qué cosa?

—Vamos a la pandereta de atrás para que me ayudes a mirar a mi casa. Le voy a gritar a mi mamá pa verla.

—Yo te alzo el pie.

Corrimos rápidamente para que no nos pillara la campana. La pandereta tenía grietas por las que miré. No había movimiento.

—¡Mamá! ¡Soy la Aurora! —grité pegando los labios en la abertura. Volví a mirar pero nadie salía por la puerta—. Álzame mejor, ven.

Mónica se acercó, cruzó las manos y puse el pie derecho encima para que pudiera hacerme palanca. Con esfuerzo logró que alcanzara el borde de la cerca y me sujeté. Ella seguía sosteniendo mi pie desde abajo.

—¡Mamá! ¡Soy la Aurora, sale!

Esperé y nadie salió, las cortinas estaban cerradas.

—¡Mamá! Sale.

—¿Qué estás haciendo ahí? —me gritó la señora Marta caminando hacia la pandereta.

—Hola, señora Marta. ¿Sabe si está mi mamá?

—Se fue. Hace dos días, se llevó todas sus cosas.

No, no era cierto. Mis ojos se nublaron. No encontraba aire. Comencé a llorar. Perdí la fuerza. Resbalé por la pandereta. Mi rostro y manos sangraban, pero no me importaba.

—¡Por Dios, Aurorita! ¿Cómo estás? —me gritaba la mujer desde el otro lado.

—No sé —dije entre sollozos.

—Tu mamá no va a volver. Se fue con el Jaime a una isla en donde él trabaja.

Jaime era la nueva pareja de mi mamá. En décimas de segundos até cabos. Él era diez años menor que mi mamá y seguramente le había pedido que se fueran, por eso nos internaron. Mi pequeña cabeza analizaba, recordaba, se consolaba. Planeaba cómo decirle a Margarita que no veríamos a la mamá, al menos no pronto. Pensaba en Patricio, en César. En su soledad. ¿Ellos ya lo sabrían?

Me senté en la tierra y lloré. Mónica se sentó a mi lado y me consoló. Mi mente procesaba todo, entendí que estaríamos en el hogar por un buen tiempo.

Cuando regresé de la escuela, Margarita estaba en la sala común. Después de cambiarme de ropa fui a buscarla. Corrió y nos abrazamos. No quise decirle nada de mamá. Me sorprendía cada vez más de la madurez que sentía en mis actos. Qué estupidez.

9

Había perdido la cuenta de cuántas semanas llevábamos ahí, pero sabía que ya eran hartos fines de semana en que la mamá no había aparecido. Era día martes y debíamos hacer la fila de los calzones. Recorrí el corto pasillo desde el baño hacia el dormitorio, pero un ruido me interrumpió el destino. Un quejido. Un llanto. Me acerqué un poco más hacia la puerta de la sala de la hermana de turno y apoyé el oído derecho. ¡Ahí estaba de nuevo! Un nuevo lamento y muchos más provenían del interior. Me asusté, ¿quién podría ser? Por la voz, intuí que era una interna. ¿Debía avisar a alguien? Miré a mi alrededor. Una de las niñas grandes caminaba hacia mí.

—¿Qué hací' ahí? —me preguntó y me incorporé rápidamente.

—Algo pasa ahí aentro —dije con angustia.

—Sí. sabemos. Es la Sofía. Le pasa por comerse la comida de otra —comentó sin gesto de asombro.

—¿Y qué le hacen?

—Nadie sabe. Las que han estado ahí mismo nunca cuentan na. Yo creo que les prohíben decir, pero avanza mejor, si te pillan aquí te van a castigar también.

Corrí hacia el dormitorio. Mis palpitaciones estaban a mil. Me inquietaba saber qué pasaba ahí. Me saqué los calzones, recibí el pijama y me acosté. No lograba controlar mi ritmo cardíaco. Las sábanas comenzaron a pesarme, unas gotas de sudor corrían por mi frente y se depositaban en mis oídos. La luz se apagó, la monja nos ordenó dormir, pero dormir era justamente lo que no podía hacer. Había una niña, tal vez grande o como yo, como Margarita ahí dentro. A nadie más parecía sorprenderle o importarle.

Miré el techo, esperé. Pensé en un plan. Quería salvarla. Me senté en la cama y, olvidándome por completo del miedo que sentía a la oscuridad, me lancé litera abajo. Mis pies sintieron el frío del suelo. Caminé lentamente hasta el borde de mi cubículo. Las manos me sudaban. Me apoyé con el pecho contra la pared y, lentamente, me asomé al borde. Aparentemente todas las internas dormían. ¿Cómo podían? Salí de mi escondite y avancé hacia la oscuridad. Mi cuerpo temblaba, nervioso, inquieto. Mis ojos ya se habían acostumbrado a la intensa oscuridad y me agaché en el suelo, prefería gatear. Con cada paso que avanzaba, mis rodillas más se resentían, me sobé, descansé. Trataba de aplacar el sonido de mi corazón, temía que despertara a alguna interna y pudieran castigarme también. Tuve cuidado de no rozar las camas de mis compañeras. Sentí algo en la mano. Me petrifiqué. No aguanté. Di un brinco escandaloso, caí a los pies de la cama de alguien. Me incorporé, la interna se despertó, se sentó en la cama, me tiré al suelo y esperé. Nada ocurrió, volvió a acostarse y yo, empapada en sudor, soportando mis palpitaciones, solté el aire retenido lo más despacio que pude. Retomé mi avance, sigilosa, nerviosa. Mis manos comenzaron a congelarse, el frío que emanaba del suelo se colaba en mis huesos y mis rodillas dejaban de sostener mi cuerpo. Sentí un escalofrío, un viento helado, un movimiento, me apresuré a mirar hacia atrás. Una sombra errante se acercaba. Me aparté del centro del pasillo que se formaba entre las hileras de camas y me tendí en el suelo entre dos internas que dormían profundamente. La sombra avanzaba por delante mío. Se me ocurrió que la niña debía ir al baño. Así que esperé. La luz iluminó el pasillo hasta el fondo. Desde mi lugar solo veía las patas de las camas de mis compañeras. El frío se dejaba entrever en mi cuerpo, mi mandíbula comenzaba a temblar sin poder controlarla. Mi compañera se demoraba y yo cambié de posición para poder entregar calor a mis manos. La luz se apagó, la puerta del baño hizo un leve ruido y tuve que acostumbrar la visión, nuevamente, a la oscuridad. La sombra, ya no errante, pasó frente a mí. Agudicé el oído, los metales de la cama sonaron, ya estaba acostada. Me arrastré hacia el pasillo. Ya casi llegaba a la puerta. Dolor. Un agudo dolor en la rodilla. Debía de ser un clavo. Se rasgó mi piel. Ahogué un grito. Me senté, abracé mi rodilla, sentí la humedad, era sangre. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Podría haber estado acostada. ¿Por qué me había levantado? Presioné con fuerza la herida. Limpié mis ojos y caminé cojeando el trayecto que me quedaba hacia la puerta.

Me apoyé de espaldas contra la pared a un costado del umbral. Mis palpitaciones estaban a mil. Me olvidé del dolor y me apoyé con fuerza. Asomé la cabeza por la puerta, desde donde tenía la perfecta visión hacia la entrada de las hermanas. La luz que salía por debajo de la puerta, iluminaban sutilmente el suelo. Volví a agudizar el oído. Aún se oían sollozos. La hermana hablaba, no lograba entender qué decía. Decidí avanzar. Tenía que oír desde cerca. Dudé en dar el primer paso. El frío se había desvanecido. En su lugar había llegado el sudor. Mi cuerpo temblaba. Avancé. Estaba tan cerca de la puerta. La manilla se movió. La luz comenzó a hacerse más visible. En una milésima de segundo, pude ver. La interna, de unos 16 años, estaba hincada encima de un libro que se encontraba en el suelo al lado de un escritorio, de fondo un mueble con libros y adornos. Tenía los brazos estirados hacia adelante y lloraba desconsoladamente.

—Párate y anda al baño —le dijo la monja a la interna.

La niña no podía pararse. Las piernas le temblaban y, cuando pudo ponerse en pie, se desvaneció en el piso. La hermana, a quien no logré ver, le pegaba con lo que parecía una regla para que se parase. Desperté de mi estado de shock y decidí que sería bueno esconderme. Ágilmente corrí de vuelta al dormitorio y me refugié detrás de la puerta. Desde ahí podía escuchar a la monja hablar.

—¡Párate te dije!

—No puedo —gemía la interna mientras mi mandíbula temblaba sin parar, acusando el llanto que quería salir.

—No es para tanto. Espero que hayas aprendido que no puedes comerte la comida de otras compañeras.

—Sí, hermana —lograba decir la niña entre llantos.

—Avanza, y después a tu dormitorio.

Pude ver las sombras que se dibujaban en el pasillo del dormitorio y, como si de un monstruo se tratara, vi avanzar la sombra de la monja hacia la puerta en donde yo estaba. La hermana se detuvo en el umbral. Desde la apertura, entre medio de las bisagras, divisé su perfil. Solo logré distinguir parte de su oreja que el hábito dejaba ver. La luz le daba en la espalda. Imaginé que supervisaba si estábamos todas dormidas. El nudo en mi garganta amenazaba con convertirse en llanto. Una gota de sudor comenzó a caer por mi frente. Avanzaba rápidamente por mi sien y seguía hacia mi mejilla. Comenzó a darme comezón y me retorcí para aguantarme. Mi pecho subía y bajaba a velocidades impresionantes y mis manos se apretaban nerviosas. La monja giró un cuarto de vuelta. Quedó de frente a mí. Me vio. Nuestros ojos se cruzaron. La luz le iluminó la mitad del rostro. Se dio la vuelta completamente y avanzó hacia el lado opuesto del dormitorio. Me quedé ahí, petrificada. No me vio, pensé que sí. Había querido morir. Mis hombros se relajaron y descansaron. Esperé. Escuché una puerta cerrarse y la luz desapareció. No quise moverme de inmediato. Debía estar segura de que se había marchado. No me había dado cuenta de que apreté tanto las manos, que mis uñas habían comenzado a enterrarse en mis palmas. Las relajé y sentí el escozor. Mi corazón ya no galopaba. La espera se había tornado casi eterna. Debía volver a mi cubículo. Entrecerré los ojos. Ya podía ver mejor. Di el primer paso sin emitir sonido alguno. Avancé rápidamente con la sensación de que la monja en algún momento tiraría de mi pijama. No quise mirar atrás. Avancé, corrí, llegué a los pies de mi litera. De un salto subí a la cama de arriba. Me cubrí con las sábanas. Presioné con fuerza el pecho. Quería que mis palpitaciones se tranquilizaran. Me acomodé de lado. Casi en posición fetal. La noche sería larga. No salvé a nadie. No era una súper heroína.

10

Los días siguientes avanzaron sin sobresaltos. Según mi cuenta ya había pasado, aproximadamente, un mes y medio desde que habíamos llegado al hogar. Se suponía que la primavera estaba pronta a llegar, pero el frío seguía, sin piedad, acosándonos cada día, y no se hizo extrañar el día sábado en que, según yo, cumpliría uno de mis mayores anhelos.

Poco después del desayuno, en la sala común, la hermana Carmen dio un comunicado.

—Hoy iremos a Fundación Mi Casa. En media hora las llamaremos para que se pongan chaquetas —dijo la monja.

—¿Y si nos vienen a ver? —preguntó una de las internas.

—Los papás tendrán que volver hasta la otra semana —respondió la hermana sin mucho interés, mientras la interna ahogaba un llanto que no podía disimular.

La monja salió de la sala y el murmullo no tardó en subir de tono. Algunas internas estaban felices. Otras, en cambio, lloraban y reclamaban. Yo trataba de entender qué ocurría y qué lugar era. Me acerqué a Ana, mi compañera de dormitorio.

—Oye, ¿qué es Fundación Mi Casa? —le pregunté con curiosidad.

—Es un hogar también, pero de puros hombres.

—¿Y a qué vamos para allá?

—No sé, de repente nos llevan para celebrar cosas o a jugar.

Sabía que había oído ese nombre antes. Hurgué entre mis recuerdos. ¡La luz se encendió! Lo había recordado. Me embargó la ilusión. ¡Vería a mis hermanos! Lo anhelaba desde el día en que nos habíamos separado. Lo recordaba. Fundación Mi Casa era el hogar adonde los habían llevado. Lo recordaba porque oí nombrarlo a mi mamá varias veces. Los vería al fin. Le conté a Margarita, ambas saltamos felices.

Las internas comenzaron a moverse al baño. Todas se arreglaban y miraban en el espejo. Yo también me peiné, me lavé la cara y a Margarita. La masa se dirigía a los respectivos dormitorios y yo seguí a mis compañeras.

Una de las hermanas ya estaba esperando a que hiciéramos una fila para entregarnos chaquetas. Todo avanzó de prisa. Mi chaqueta era color café claro y no combinada nada con los vestidos aparatosos que nos ponían los días sábado. Todo estaba listo. Bajamos al primer piso y nos formaron en una fila fuera del comedor.

Una monja nos daba instrucciones. Yo buscaba a Margarita entre las internas más pequeñas, pero no la veía. La directora se acercó a cada una y nos inspeccionó rápidamente. Se acercó a mí. Me miró.

—Tú te quedas —me dijo mientras avanzaba hacia atrás en la fila.

—Pero yo quiero ir —dije casi sin aliento, tratando de reprimir las lágrimas.

—No puedes ir.

—Por favor, quiero ir —dije acercándome a ella y tomándole el brazo.

—Dije que no, vuelve arriba.

—Por favor, por favor —dije sollozando moviéndome a su lado mientras avanzaba.

—Llévate a esta para arriba —le dijo a otra monja.

Me aferré a su brazo lo más fuerte que pude. No pensaba en nada más que en ir. Creí que si suplicaba me dirían que sí. La otra monja me tomó el cuerpo tratando de separarme de la directora. Yo pataleaba y lloraba a moco tendido. La monja logró tomarme por la cintura mirando hacia adelante. Yo me retorcía gritando. Mi voz desgarrada se mezclaba con mi llanto inteligible. De vez en cuando lograba arrastrar mi cuerpo hacia abajo y la monja se esforzaba en que no me soltase. Comenzó a subir las escaleras y con mis pies sobre la pared, nos empujaba hacia abajo. Mis esfuerzos eran inútiles. Ya casi llegábamos al tercer piso.

—¡Deja de llorar y quédate tranquila!, o te quedarás sin cena —me gritó la monja mientras seguimos avanzando.

Yo no paraba de llorar. Llegamos directo al baño. Mis gritos y súplicas se habían ahogado. En su lugar quedaban solo sollozos incontrolables. La monja me puso en el suelo. Quedé frente al espejo y no me reconocí. Mis ojos, mi frente, mis mejillas, todo enrojecido, la cara hinchada. Las lágrimas me mojaban hasta la polera. Los mocos llegaban a mi mentón. Mi cuerpo convulsionaba entre sollozos. La hermana me sacó la chaqueta y toda la ropa. Me arrastró hasta una de las duchas. Abrió la llave y me empapó. El agua fría me sorprendió de golpe y me desesperé. Quería salir. Me estaba congelando. La monja me retenía debajo del chorro. Volví a gritar, esta vez ya casi disfónica. Me miré en el espejo. Me avergoncé de mi reflejo. De mi cuerpo desnudo. Dejé de resistirme. Solo lloré. Vi correr el agua por mi rostro y sollocé. Pedí perdón. Pedí por favor salir de ahí.

—No quiero. Por favor, no quiero —dije entrecortando las sílabas.

—Te pasa por no obedecer. Me Obligas a hacer esto. ¿Quién tiene la culpa? —me respondió bruscamente.

—Yo, pero quiero salir.

—¿Vas a dejar de llorar? —me dijo mientras cerraba la llave de agua.

—Sí, sí.

—Quédate aquí, voy a buscar una toalla —salió del baño y me dejó temblando.

Volví a mirar mi reflejo. Aunque había dicho que dejaría de llorar, no podía conseguirlo. El mentón me temblaba, el cuerpo también. Me dolían hasta los huesos. Mis lágrimas seguían corriendo y como pude me abracé para darme calor. La hermana volvió con la toalla. Me envolvió y me ordenó secarme. En el dormitorio me entregó un calzón y una camisa de dormir. Mi sollozo, silenciado a la fuerza, y la pena no me dejaban analizar el porqué me entregaban un pijama de mañana, pero tenía tanto frío que me lo puse sin preguntar.

—Te acuestas. Estarás castigada todo el día. No bajarás a almorzar. Si te portas bien, podrás ir a cenar.

—Ya.

—Anda.

Avancé hacia mi cubículo. Me subí como pude a mi litera. Aún no podía controlar el cuerpo.

Las cortinas estaban abiertas. Miré hacia abajo y vi a las internas subirse a un bus que estaba estacionado afuera de la puerta de entrada. Apoyé la frente en la ventana para poder ver mejor. La mayoría de ellas se veía contenta. Mis lágrimas seguían cayendo y vi el bus alejarse por la calle. Me acosté de lado. Abracé mis rodillas, el pelo mojado había empapado mi camisa de dormir pero no me importó. Me tapé hasta arriba y me permití seguir llorando en silencio. Me acordé que no había visto a Margarita en la fila. Supuse que tampoco había ido. No me pregunté cómo estaría ella. No tenía fuerzas ni para consolarme a mí. No me di cuenta cómo ni cuándo, pero me dormí.

La cena fue silenciosa. Yo, avergonzada por el aspecto de mi rostro, no levanté la cabeza en ningún momento. Ni siquiera para mirar a Margarita, ni para saber cómo estaba. Me dolía la cabeza, con mucho esfuerzo abría los ojos. El dolor me acompañó un par de días, la vergüenza también.

11

La payaya me había atrapado. Ana me había enseñado muy bien y ya tenía la técnica de cómo mover las manos para que las piedras no se cayeran. Jugábamos durante las mañanas y algunas tardes. Margarita intentaba pero no podía.

Ya llevábamos dos meses sin salir. Yo, al menos, recorría el camino a la escuela. Los días se habían vuelto más largos. La luz había cambiado. Faltaba un mes para la llegada de la primavera.

Era día viernes. ¡Íbamos a salir! Almorzamos ansiosas, ya se nos había comunicado que después de almuerzo daríamos un paseo. Antes de salir nos formaron detrás de la puerta y nos dieron las instrucciones. Nadie podía alejarse del grupo. Las más grandes cuidaban a las pequeñas. Las internas mayores se dividirían entre el principio y final de la comitiva, dos hermanas liderarían.

La gran puerta se abrió y salimos al sol con los ojos entreabiertos, como si nos hubiesen tenido privadas de libertad durante décadas. Margarita se aferró a mi mano y una de las niñas mayores la tomó por la otra. Avanzábamos por la avenida frente a las miradas curiosas y compasivas de la gente. Mi hermana miraba todo. En algunas casas se habían adelantado a la fecha de Fiestas Patrias y lucían banderas en sus ventanas y astas.

—¿Aurora, qué es eso? —dijo señalando una bandera vieja que flameaba sobre el techo de una casa.

—Es la bandera de Chile.

—Qué fea, está rota.

—Pero es la bandera po. Es importante, eso nos dijo la tía Cecilia.

—¿Quién?

—Mi tía de la escuela po.

—No importa que sea vieja, es la bandera igual —dijo la interna que llevaba a Margarita de la mano—. Además, si los milicos te escuchan decir eso, te van a llevar y no vuelves más.

—¿Quiénes son los milicos? —preguntó Margarita, antes que yo.

—Son los soldados malos, pero no podemos hablar na de eso, me dijo mi mamá, porque nos pueden llevar si nos escuchan. Así que caminen mejor.

Caminamos tres cuadras, paramos en un negocio. No tenía ni un peso, qué novedad, jamás había tenido. Los estantes estaban llenos de caramelos.

—Aurora, quiero un rico —me dijo Margarita.

—No tengo na de plata.

—Pero yo quiero un rico —volvió a repetir y se puso a llorar.

—No llores, nos van a castigar.

Pero mi hermana no parecía entender. Traté de ahogar su llanto en un abrazo.

Del negocio vimos salir a una de las hermanas que había entrado hacía unos minutos atrás. Traía una bolsa. Se dirigió al principio de la fila y comenzó a repartir algo entre las internas. Yo estiraba el cuello para lograr saber qué era. La monja seguía avanzando y tuve a la vista el contenido. Casi me desmayé de la emoción. Comeríamos helado. No lograba recordar desde cuándo no probaba uno. Por fin llegó nuestro turno. Margarita casi le arrancó el brazo a la monja y ella no se enojó. Todo era sonrisas y disfrute. La interna mayor le abrió el helado a Margarita y después a mí, mientras yo sujetaba el suyo. Le pasé la lengua con ansiedad y cuidado, para que no se acabara y logré hacer durar el helado tres cuadras. Tuve que convidarle a Margarita un par de lengüetazos. Me sentía flotando en el aire. Hacía mucho tiempo no me sentía tan feliz.

Cruzamos un puente. Nos formamos de a dos para poder pasar. Los autos transitaban velozmente. Cada vez que uno pasaba nos despeinábamos. Desde ahí podíamos ver las ruinas de un puente antiguo, que se encontraba a un par de metros. Sobre los pilares se veían monedas brillar.

—¿Por qué hay moneas allá? —le pregunté a la interna mayor.

—Parece que la gente pide deseos —me contestó.

—¿Con moneas?

—Si po. Piden el deseo, tiran la monea. Si le achuntan, entonces se le cumple. Yo una vez tiré una, pero no se me cumplió na.

—No tengo ninguna. También pediría un deseo.

Conforme avanzaba, mis ganas de haber pedido un deseo, se incrementaban. Trataba de decidir cuál habría sido. Tal vez podría haber pedido que nos sacaran del hogar, aunque debía reconocer que hambre no pasábamos, ni frío por las noches. También pensaba en que podría haber pedido ver a mis hermanos. Eso realmente me hubiese gustado, pero, definitivamente, haber comido otro helado, era lo que más quería en ese momento.

Ni cuenta me di cuando ya estábamos en la plaza. Antes de cruzar hacia allá, la hermana nos ordenó juntarnos en un grupo más reducido en espacio, y nos dieron las instrucciones. No debíamos correr, alejarnos del grupo, desobedecer, conversar con desconocidos, ni pedir golosinas. Todas asentimos y cruzamos. En la plaza habían familias, niños corriendo hacia todos lados. Una pileta. ¡Una pileta enorme! Jamás había visto algo así. —Una piscina. Ahí hay una piscina.

—Ja, ja, ja, ¿nunca habíai visto una? —me preguntó la interna.

—No —dije avergonzada—. ¿Nos podemos bañar?

—No po, no es na pa eso. Es de bonito no más.

Solo sonreí, con vergüenza y decepción, yo quería bañarme.

El trayecto de vuelta se nos hizo más corto. No hubo helado, pero yo estaba feliz.

Llegamos justo a la hora del té. Después de comer nos llevaron a un gimnasio que, según yo, estaba en un subterráneo. En los dos meses que llevábamos en el hogar, todavía no me había tocado jugar ahí.

La entrada estaba al lado de la oficina de sor Soledad. Se accedía de inmediato a un ancho pasillo, en cuyos costados había puertas. Desde la entrada se podía ver la cancha. Ya habían ahí internas jugando con una pelota. En el primer peldaño de la gradería, una monja nos acompañaba y animaba a jugar. Jamás fui buena para los deportes con balones, pero debía participar igual.

Mientras corría para que la pelota no me alcanzara, frenaba unas ganas tremendas de ir al baño. Me dolía el estómago, desde que me había comido el helado. Pedí permiso para salir. La hermana me indicó dónde quedaba el baño dentro del gimnasio.

Al entrar sentí de inmediato el olor a amoníaco que salía de cada cubículo. No quería respirar. Elegí el más presentable y me senté. Definitivamente estaba enferma. Recorrí con la mirada en busca de papel higiénico. No había. Qué haría. Grité, nadie respondía, nadie llegaba. No tuve conciencia de cuánto rato llevaba sentada en la taza de baño soportando el olor a pudrición que había en el lugar. No sabía sobre cálculos de tiempos, pero creí haber estado horas. La desesperación y la angustia comenzaron a hacerse presentes. Junto a la puerta había un basurero. Lo miré por un momento largo. Lo abrí. Se notaba que no los limpiaban hacia tiempo, los papeles ya no tenían consistencia, su color ya no era blanco y ni hablar del olor. No tuve otra opción, introduje la mano. Reprimí una arcada, elegí el mejor y lo usé. Salí del cubículo. Por suerte había jabón, la toalla no importaba. Caminé lentamente fuera del baño y a cada paso podía sentir el olor a heces que emanaba mi propio cuerpo. No podía volver con las internas, se darían cuenta, se reirían. Frené el paso, me apoyé en la pared del pasillo, bajé hasta quedar sentada en el suelo y lloré.

Sentí el ruido y las risas de algunas internas que se acercaban, una de ellas se dirigió a mí.

—¿Qué estái haciendo ahí, rucia?

—Na —dije, limpiando mis lágrimas.

—Ya estái llorando. Nos tení' aburrías con tanto alaraqueo.

—Oye, anda a pedir confor donde la hermana pa que pasemos al baño —le dijo a otra interna.

—¡Verdad!

—Ya, chao —dijo acercando su rostro al mío—. ¡Que estái hedionda! ¿Te hiciste caca?

—No me hice na.

—Uf, que estái hedionda. Agáchense y sientan —les dijo al resto de las niñas. Las internas se acercaron y se taparon la nariz junto a un gesto de asco.

—Vamos mejor, esta se hizo caca.

Abracé mis rodillas y seguí llorando. Definitivamente, estaba destinada a no tener amigas ahí. Observaba de reojo a la hermana, vigilaba que no me viera y caminase hacia mí. Las internas volvieron del baño y pasaron a tirar de mi brazo para que me incorporase al juego. La monja nos vio y me hizo una seña para que volviera a la cancha. Caminé con las piernas juntas y me situé en un lugar apartado del resto de mis compañeras. Las internas del pasillo se reían y les decían cosas al oído a las demás. Me miraban y se alejaban. ¡Te hiciste caca! —me susurraban al oído entre todas.

Yo en el centro, petrificada, sin moverme y tragando las lágrimas. Tenía que hacer algo. Tal vez bañarme, pero no era día de baño. Los calzones no los cambiábamos hasta el otro día. Mi desesperación crecía. Mi pequeña mente funcionaba al 300 por ciento y la idea llegó a mí. Salí corriendo de la cancha. Me paré a unos metros de la hermana.

—Hermana, ¿me puede dar confor por favor? —dije mirando hacia el piso.

—Pero fuiste al baño recién.

—Sí, pero quiero ir otra vez.

La monja desenrolló el papel. Me lo tendió. Me acerqué a ella lo menos posible y me fui. Abrí con cuidado la pesada puerta del gimnasio. Miré a ambos lados, como no vi a nadie, salí. Me encaminé de prisa por las escaleras. Una vez en el baño del tercer piso, después de haberme cerciorado de que estaba vacío, me saqué el pantalón, la ropa interior, la revisé y la limpié lo mejor que pude. Era tarea casi imposible. Ya se había ensuciado por completa. ¿Qué haría? Mil cosas pasaban por mi mente. Entré a la ducha y me aseé. Me sequé con el poco confort que me quedaba, terminé de repasarme con la manga de mi sweater. No tuve opción, me coloqué otra vez la ropa interior y me vestí completamente. No quería volver al gimnasio. Decidí quedarme en el baño hasta que me encontraran. Miré detrás de la puerta y había un espacio en donde podría quedarme. Me acurruqué hecha un ovillo e hice lo mejor que sabía hacer desde hacía dos meses: llorar.

Pasé largo rato pensando en qué haría. Recé. Con fe, como me enseñaban en el colegio. Si Dios me escuchaba haría que mi ropa interior volviera a estar limpia. Cada vez que terminaba una petición, miraba mi calzón para verificar si se me había cumplido el deseo. Nada pasó. Dios no me quería. Tenía que volver al gimnasio antes de que terminara la tarde. Debía ir a cenar. Algo sombrío se me cruzó por la mente. Una mente pequeña que nada debía saber sobre ciertas cosas. Había tomado una decisión. Me lanzaría por la ventana de mi cubículo. Me estremecí, lloré hasta que no me quedaron lágrimas. Esa noche moriría. Debía bajar a cenar para poder ver por última vez a Margarita. Tenía que abrazarla. Ya no me importaba que me castigaran por haber desaparecido por varios minutos, tal vez horas. Me puse en pie. Avancé hasta el espejo, me encontré con mi reflejo. No quería morir. Quería que mi mamá llegara a salvarme. Quería que Dios me ayudara. Quería retroceder el tiempo y haberme acordado de pedir papel higiénico. La idea se apoderó de mi mente y ya no se removía. Caminé hacia la salida, no sentía mis extremidades. El ruido circundante se tornaba lejano. Bajé las escaleras con un pito ensordecedor en los oídos. Caminé sin distinguir figuras, hasta la entrada del gimnasio. Todas estaban ahí. Inmersas en el mismo juego. Tal vez solo me ausenté unos minutos. No podía dejar de pensar en cómo iba a ser morir. ¿Me dolería? ¿Me iría al infierno? Mi cuerpo se estremecía con cada pensamiento. Cuando, por unos segundos, fui consciente de mis movimientos, me encontré caminando de un lado a otro del pasillo, refregándome las manos, llorando desconsoladamente. Nadie me veía. O tal vez sí, pero nadie me miraba, ni me invitaban a jugar, y yo, solo podía llorar. Me acordaba de la muñeca que me había regalado mi papá días antes de que nos mudáramos a Osorno. Se me perdió en el patio de la casa, no la pude encontrar. El perro de la vecina debió habérsela comido, o eso pensaba yo. Ella estaba muerta, me iría con ella. Y qué más daba, a nadie le importaría, nadie sabía ni entendía lo que me ocurría, o, al menos eso creía mi pequeña y frágilmente, frágil y fácil de penetrar, solo había que observar, pero nadie observaba.

Sola, caminando, hilando ideas, llorando y temblando estaba, cuando sentí la mano de la monja sacudiendo mi hombro.

—¡Aurora! Te estoy hablando. ¿Qué te pasa? —me preguntó la hermana.

—Na, nada —dije con la voz entrecortada y llorando. Mientras levantaba levemente la vista y divisaba a mis compañeras reírse silenciosamente tras ella. Volví a mirar el piso y ya no pude hablar.

—¿Y, entonces, por qué estás llorando? —me preguntó la monja esperando contestación, pero no llegaba. No podía contestar—. ¡Contesta!… Entonces sube y lávate la cara —dijo empujándome levemente hacia la salida.

Avancé por el largo pasillo apoyada contra la pared. Lejos. Lejos del resto, para que no me vieran, para que no me tocaran, para que no me olieran.

Las piernas no me respondían. Era hora de la cena. Las internas bajaban en grupos desde los pisos superiores. Las evité. En el descanso del segundo piso, me acurruqué en la esquina. No quise levantar la vista. Desde mi lugar solo veía mis manos, el piso y el rápido pasar de pies.

No sabía distinguir el sentimiento y emoción que brotaban desde mi mente, desde mi cuerpo, desde los latidos de mi corazón. Las paredes se juntaban. Quería vomitar. Llegué al baño. Me encontré con mi reflejo. Que feo reflejo. Golpeé mi mejilla una vez. Dos veces. Me saqué el sweater, miré mis feos brazos. Los arañé, les pegué. Odié mi pelo «rucio», qué horrible. Lo tironeé, no se desprendía, logré arrancar algunos mechones. Caí al suelo. Lloré. Como niña, como adulta.

Llegó el momento de la reacción. Me levanté. Lavé mi rostro. Me propuse bajar, ver a Margarita. Me sentía tan grande. Tan capaz de tomar esa decisión, pero no quería ser grande. Quería acurrucarme. Sin vergüenzas, sin hambre, sin frío.

Asomé tímidamente la cabeza por la puerta del comedor. Sor Soledad me vio.

—Pasa, Aurora, ¿dónde estabas? —me preguntó sin mucho interés.

Avancé con cautela. No respondí a su pregunta. Fijé la mirada en Margarita. Sus ojos sonrieron al verme. Yo ya no sonreía. Evité su mirada y me senté en el lugar de siempre. No quise levantar la vista, pero sentía las miradas. Sentí el ruido de las sillas al alejarse. Sabía por qué, ya no me importaba, pero igual se me estrechaba la garganta. No podía comer. No porque no quisiera, comer era una obsesión, nunca se sabía cuándo dejaría de hacerlo otra vez, sino porque la comida no pasaba.

No quería pensar en mis compañeras así que ocupé la mente en planear cómo lo haría. Sería durante la noche, cuando las luces ya estuvieran apagadas, ahí, en medio de la oscuridad. Debía dejar una carta. Había escuchado que era así. No tenía papel, ni lápiz. No tenía nada. Por lo menos cuando estaba en mi casa, aunque fueran trastos viejos, eran míos. Ahí no era dueña ni de un lápiz. Decidí no dejar carta.

Por fin la cena había acabado. Esperé a que mis compañeras se adelantaran para que no me olieran. Llamé a Margarita con una seña.

—¡Mana!¡Quedo pipí! —me dijo y juntaba las piernas.

No le hablé. La empujé hacia sus compañeras. Alguien la llevaría al baño. No quería llevarla. Arrastré con berrinche los pies. Avancé por el pasillo. Las internas se reían y se alejaban con histrionismo. Yo apartaba la mirada y me tragaba las lágrimas silenciosas. Hubiera querido evitar los deberes de la noche; lavado de dientes, entrega de ropa en la ruma, pero lo hice, alejada de todas, me las arreglé.

Me refugié en mi cubículo. Apoyé la espalda en la pared y me dejé caer al suelo. Había llegado el momento. Mis latidos, estaba segura, podían oírse en todo el dormitorio. Una punzada se había situado en el centro de mi pecho, como si una aguja atravesara de lado a lado mi delgado cuerpo.

La luz se apagó. La monja dio la orden de dormir. Esa noche no temía a la oscuridad. Me subí a la litera. Esperaría unos minutos a que se durmieran mis compañeras. Me recosté mirando el techo. Sudaba, temblaba, lloraba. La angustia se apoderó de mi cuerpo. No sabía cuánto rato había pasado desde que se había apagado la luz. Me paré en la cama y abrí la cortina. Afuera todo se veía como todas las noches. Las trabajadoras del bar de enfrente estaban en la calle buscando clientes. Las personas caminaban solas y acompañadas. Mi respiración se agitaba cada vez más, ya no entraba completamente, quedaba a mitad de camino. Abrí el pestillo con dificultad. Doblé mi almohada en dos para poder llegar hasta el borde de la ventana. Lo intenté varias veces. Era inestable. Logré llegar. El aire estaba frío. Comencé a tiritar. Me paré en puntas de pie. Con esfuerzo logré sacar medio cuerpo hacia afuera. Me balanceé. Miré hacia la vereda, me imaginé desparramada abajo. ¿Me reventaría? Si me esforzaba, tal vez caería parada. Mi cuerpo se fue hacia adelante. Perdí estabilidad. Me caería. Me desesperé. Me sujeté fuerte. No quería morir. Con las fuerzas que no sabía que tenía, intenté estabilizarme. Mis manos se incrustaron en el marco de la ventana. Lo logré. Caí sobre la cama. Lloré. Di vueltas encima del cubrecamas. Me lamí las manos, me puse en posición fetal, me protegí, me abracé, me consolé. Cuando logré recuperar el aliento, cerré la ventana y me tapé.

Estaba contenta. Estaba viva. Debía pensar qué hacer con mi ropa interior sucia para que las internas no la vieran al otro día cuando tocara recambio. ¿Y si la tiraba hacia la calle? Temí que alguien la encontrara y tocara la puerta para entregarlo. Y, qué haría todo el día sin calzón. Sería día sábado, día de vestido pomposo. No podía. Solo me tocaba apelar a lo único que sabía y tenía la certeza absoluta que me ayudaría aunque no lo haya hecho jamás. Oraría. Y lo hice. Lo hice como nunca había orado antes. Con desesperación, con devoción, con fe absoluta. Me acosté pensando que en la mañana todo estaría solucionado. Dios. Ese Dios mágico, grande, poderoso, bajaría de su cielo majestuoso y, con un dedo, arreglaría mi inmundicia. Sería así. Yo lo sabía.

Me costó conciliar el sueño, pero lo hice.

Las luces se encendieron de golpe. Abrí los ojos con esfuerzo. Al segundo recordé lo que había pasado. Levanté las sábanas, miré mi ropa interior. Qué sorpresa. Mi ropa interior estaba igual. No hubo milagro. Me la saqué y me la acerqué a la nariz. Ya no olía mal. Debía ser porque ya estaba completamente seca. El olor se había esfumado. Solo podían distinguirse las manchas. Volví a ponérmela. Que ya no oliera mal era un avance. Me puse en la fila de la ropa. Recibí la que me tocaba.

—¡Ey! Deja tu pijama acá. Hoy toca ducha y recambio —me dijo la hermana. No sabía qué responder. No quería que nadie viera mi ropa manchada.

—La traigo altiro, es que tengo frío… por favor —dije con esperanza.

—Ya, apúrate.

Aproveché el buen humor de la hermana y me vestí con rapidez.

El desayuno fue silencioso. Las internas seguían riéndose de mí. El resto del día estuvo solitario. Ni Margarita se acercó. Jugaba con las de su edad. Después de haberme mantenido oculta y alejada durante todo el día, era el momento que había esperado con miedo, la hora de la ducha. En el dormitorio ya había fila. Todas las niñas depositaban sus ropas en una montaña y los calzones en otra. Me puse tras ellas. Quería detener el tiempo. Hice esfuerzos mentales que no funcionaron. Avanzaba al ritmo de la fila detrás de una compañera. Las que estaban detrás de mío mantenían la distancia. De pronto la interna que estaba delante, se dio media vuelta, me miró y me empujó.

—¡Córrete pa tra', cagona! No quiero olerte —me dijo con asco y rabia.

No dije palabra alguna. Solo retrocedí y bajé la mirada. La fila seguía avanzando. Llegó mi turno. Mis pulsaciones se habían acelerado a mil. Comencé a sacarme la ropa lentamente. Las niñas, de a poco, hicieron un semicírculo alrededor mío. Miré hacia un lado. Hacia un punto fijo. Tomé el borde de la panty. La bajé junto a mi calzón. Cuando tuve ambas cosas en la mano, saqué con cuidado la ropa interior, la reduje lo que más pude en una de mis manos y con disimulo las arrojé a la montaña que correspondía.

—Miren, la rucia se hizo caca! —dijo una de las internas. Todas comenzaron reír y a apuntarme con el dedo. Quedé petrificada. Bajé la vista. Me balanceé sobre mi eje. Mis ojos se anegaron.

—¡Basta! —gritó enérgicamente la monja—. ¡Avancen a las duchas!

Las internas avanzaron obedientes. Se burlaban con disimulo. Esperamos en una fila. Ninguna se acercaba.

—¿Estái haciendo pushero? —me preguntó Ana.

—No, no quiero na hablar.

—No estái na hedionda.

—¡No quiero te dije!

—Güeno, te quería ayudar no más. Te poní' más weona.

No dije palabra. Lloré mirando hacia otro lado. Llegó mi turno.

No me costó tanto cerrar los ojos y dormir. Tenía cansancio acumulado desde la noche anterior. Estaba viva. Triste, avergonzada, rota, pero viva.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
261 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789563175899
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar