Kitabı oku: «Espejo para ciegos»


ESPEJO PARA CIEGOS
Autor: Bruno Nero Ilustración de portada: “En el espejo”, Papirosaico ® de Keka Raffo Fotografía autor: Mireia Gil Jordi Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-224153230, 56-224153208. www.editorialforja.cl info@editorialforja.cl Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: octubre de 2020. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.
Registro de Propiedad Intelectual: N° 304.295
Registro de seudónimo: N°2020-S-216
ISBN: Nº 9789563384956
eISBN: Nº 9789563384963
A todos los amantes de la librería más bella del mundo
ÍNDICE
CAPÍTULO 1 En donde se empieza por el retorno
CAPÍTULO 2 En donde ocurrió algo horrible
CAPÍTULO 3 En donde interviene un pianista
CAPÍTULO 4 En donde se leen dos cartas
CAPÍTULO 5 En donde se pacta una alianza
CAPÍTULO 6 En donde se sueña el primer espejo
CAPÍTULO 7 En donde aparecen más fantasmas
CAPÍTULO 8 En donde se ensaya una noche
Entreacto
CAPÍTULO 9 En donde acude un refuerzo
CAPÍTULO 10 En donde se oyen rumores
CAPÍTULO 11 En donde se comete un tremendo error
CAPÍTULO 12 En donde se elevan plegarias
CAPÍTULO 13 En donde hay un misterio
CAPÍTULO 14 En donde alguien alguna vez
CAPÍTULO 15 En donde atardece a media máquina
CAPÍTULO 16 En donde surgen coincidencias
CAPÍTULO 17 En donde todo no basta
CAPÍTULO 18 En donde se obsequian recuerdos
CAPÍTULO 19 En donde manchas disipan sombras
CAPÍTULO 20 En donde hay sinsabores y despedidas
CAPÍTULO 21 En donde un réquiem marca el compás
Acto previo Escena improvisada
La cita, inevitable, era para una función que iniciaba a las seis de la tarde. Las había convidado Dolores, extendiendo la invitación entre muestras de admiración por la rápida sanación que mostraba Pinélides. Esta, visiblemente atareada por las labores de estucar su rostro grande y blanco como un cirio, buscó por el reflejo del espejo de su cómoda a su nieta. Al no verla sentada a los pies de la cama, estalló.
—¡Apúrate, mocosa! Déjame ver cómo quedaste. Si llegamos tarde, Dolores nos mata.
Una muchacha de unos nueve años entró hecha una exhalación en el cuarto. Estaba pálida producto del susto que le ocasionó oír gritar a su abuela. Al temor debía sumarle los nervios por saber si su vestimenta estaba en orden y, punto crítico, si gustaba a la exigente abuela. En el reflejo, la muchacha parecía una vela de torta de cumpleaños junto al cirio que se maquillaba. Pasaron algunos segundos con idas y venidas de reojos y gruñidos entre polvos y matices. ¿Debería ella también llegar a vieja?
Un ceñudo gesto de afirmación le valió un suspiro de tranquilidad. Se marchó enseguida fuera del apartamento para ver desde el rellano el desfile de los Bonpiani, quienes también asistirían a la función. Contaba todavía con unos buenos cinco minutos para aguardar a que su abuela acabase el arduo trabajo de parecer joven otra vez.
Desde donde se encontraba, la muchacha llegó a tiempo para ver el desfile en el piso inferior que tanto le interesaba sobre las baldosas simétricas del suelo, que repercutían bajo los tacones de cinco pares de zapatos perfectamente descoordinados. A la cabeza iba el padre de la familia, Domenico Bonpiani, de traje en sobrio contraste blanco y negro. Caminaba con porte de noble; cabeza en alto, pasos firmes y largos, expresión fría y determinada y, lo más llamativo, indiferente a la dirección de sus tres hijos, como si su estela valiera para que los alborotadores le siguieran.
Si él era el rey sobre el tablero de ajedrez que simulaban las baldosas, su mujer, Valeria, era la reina. Su mirada ácida bastaba para que sus críos se comportaran, pero en aquellos momentos se apresuraba para no perder la zaga de su marido y para acomodarse la piel de zorro en torno al cuello y sobre los hombros. Por este motivo, los tres malhechores del edificio estaban desatendidos. Podrían parangonarse con peones sobre el tablero, diminutos y excesivamente preocupados por avanzar siempre hacia adelante.
Carlo, el mayor con once años, ya contaba con dos piernas fracturadas —una debido a una caída de un árbol y la otra a la coz de un caballo—, un diente menos y un tajo en la panza. Había atribuido este último a una operación de urgencia por una daga que se había tragado haciendo malabares, aunque nadie le creyese. En cada ocasión que se le presentaba mostraba sus heridas con denuedo como un veterano de guerra, orgulloso e impávido.
Alessandro, el segundo bandido, era el cerebro de las operaciones. Por ello no contaba siquiera con una cicatriz. Inspeccionaba siempre los lugares que visitaban hasta dar con la inspiración para una nueva travesura. Sus ojillos, a veces de un brillo despiadado para una criatura de apenas diez años, subieron una vez deslizados por todo el vestíbulo. Arriba, hallaron a la muchacha de cabellos castaños tomados en una cola de caballo, de faz alargada, grandes ojos azules y un vestidito azul marino bajo una chaqueta blanca de lana. Al parecer, fue la mirada de Alessandro la que hizo retroceder a la niña, tan solo por la impresión que causaba.
Giacomo, el menor, decía que tenía ocho años, pero en verdad tenía siete, aunque distara un mes para que su cumpleaños le acercase a la edad de sus hermanos —la década de vida ofrecía nuevas responsabilidades y suculentos beneficios, le decían—. Por su condición de menor representaba el conejillo de Indias. Si bien contaba apenas con una fractura sufrida en un brazo, era por lejos quien más heridas había coleccionado a lo ancho y largo del cuerpo. Ya se había convencido de que su cuerpo acabaría trazado como un mapa. Ante esta idea sopesó ocultar él mismo el paradero de su futura fortuna como el tesoro de un pirata, revelando el secreto solo a quien le batiese en duelo y pudiese leer las inscripciones, no sabía si en el torso o en la espalda. Ya hallaría un lugar sin tantos obstáculos. A pesar de su temprana tendencia al sadismo —siempre a modo de juego, naturalmente— era el único enamoradizo de los tres. Incluso antes que lo hicieran los raudos ojillos de Alessandro, los suyos se habían fijado en la muchacha que le fascinaba. Ella le devolvió la mirada hasta que él desapareció por el pórtico.
Cuando los Bonpiani hubieron desaparecido, fue la muchacha quien ansió el apuro. Entró otra vez y se dirigió a la cámara de su abuela.
—Dolores se enfadará y no nos mandará galletas por un mes —vaticinó con sufrido pesar.
—¡Ya está, ya está! Solo un poco de lápiz labial y ya verás cómo me creen tu madre.
Refunfuñando, la muchacha salió arrastrando los pies. Por un lado, detestaba que su abuela hablase de su madre, porque nunca la conoció y sentía una intensa curiosidad por saber cómo era. Por otra parte, gracias a la demora de su abuela perdería toda chance de caminar junto a los Bonpiani. Acaso ni les vería en el teatro.
Dos martillazos le anunciaron que su abuela había decidido por fin poner los tacones en el suelo para emprender la marcha. Cuando la tomó de la mano empezó a tararear la melodía de un aria con versos mutilados como hacía siempre que iban a un concierto o al teatro: «Senza gioia… mondo libero…». Manojo de llaves y hallar la llave correcta. «…sei tu… bell’anima…». Bajar las escaleras con extremada precaución y con un respiro a medio descenso. «…buio… ho paura». Lanzar una última mirada al espejo del vestíbulo y comprobar que tanto el maquillaje como el peinado se sostenían impecables. «…biridibibí…». Salir por el pórtico con la mirada vuelta atrás en busca de Jacinto, para recriminarle por lo secas que estaban las hortensias de la entrada. La melodía se interrumpía por una imprecación al no dar con él. Recorrían media cuadra de Azcuénaga hasta dar con Arenales. Antes o después de torcer por la esquina retomaba la melodía en un punto cualquiera o, en caso de no recordarla, saltaba a otra aria cualquiera: «Un fiume sotto il ponte…». Debido a lo escasas que iban de tiempo, no se detuvieron frente a los escaparates más tentadores. La muchacha tiraba del faldón de su abuela.
—Me vas a rajar la tela, Leticia. ¿A qué viene tan prisa? Hasta hoy al almuerzo te negabas a ir, pero sabes que sola no te quedas. Eso sí que no.
—Me gustan las galletas de Dolores —mintió, aunque como excusa surtió efecto.
—Quédate tranquila que Dolores apenas se dará cuenta de nuestra presencia —malició la abuela Pinélides con su marcado acento español—. Le importará que lleguemos, claro, pero una vez dentro se olvidará de nosotras. ¡Como que hoy es sábado, ya verás!
Leticia frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué insiste tanto?
—Por varias razones, niña: la comprometida amistad que nos une, no olvidarse de una señora enferma que debe cuidar de su nieta, ser una encantadora dama incluso en los chismes. Qué sé yo, elige una; la que quieras.
Cruzaron una calle y en último instante tuvieron que trotar para no ser arrolladas por una carreta. Un breve jadeo le dio tiempo a Leticia para buscar con la mirada más adelante. Nada. Ningún rastro de los Bonpiani, aunque sí de galantes parejas que iban encauzando su andar como en una suntuosa procesión.
—O bien puede ser porque esta sea realmente una obra digna de ver —retomó su abuela—. Algo mencionó acerca de lo vanguardista y entretenida de la misma. El dramaturgo es un genio loco a su manera. Me ha dicho que es ciego.
Como suele ocurrir a la edad de la nieta frente a la mención de algún tipo de discapacidad, la imaginación de Leticia se excitó en el intento de comprender una vejación semejante.
—¿Ciego, ciego? —preguntó.
—¿Qué quieres decir? ¿Que si es ciego de los dos ojos? Tamaña estupidez. Cierto que sí, pues un ojo velado no hace de la persona un ciego, sino un tuerto, porque le queda el otro.
La abuela rio, pero Leticia se turbó, frustrada.
—Vamos, polluelo, no te enojes. Me ha hecho gracia la pregunta. No sé más que eso, pero quizá tengamos ocasión de verle y podrás contestar tus dudas. ¿Te parece bien?
La muchacha apenas batió el flequillo en señal de asentimiento.
Tras doblar la esquina de Riobamba con la Avenida Santa Fe notaron una muchedumbre que se agolpaba a las afueras del teatro, algunos fumando o tomando algo de aire en aquella húmeda tarde de primavera. Mientras abuela y nieta se acercaban, una mujer regordeta les hizo señas desde la acera opuesta. Cuando cruzaron la Avenida Santa Fe, la mujer de los saludos les bloqueó el paso y se inclinó para tomar la mejilla de la niña.
—¡Habéis llegado justo a tiempo! Están por hacernos pasar para acomodar al público.
La excitación de su rostro contagió tanto a la abuela como a la nieta. Esta última alzó su mirada por la fachada del altísimo edificio y sintió algo de mareo con el cuello flexionado hacia atrás. ¡Le asustó descubrir hombres sosteniendo los balcones de la tercera planta! Pero no podían ser de carne y hueso… Apenas tuvo un momento para reconocer que eran fornidas esculturas forzando sus torsos para aguantar el peso con sus nucas antes de que la marquesina —más bien propia de un lujoso hotel— los ocultase. Al bajar la vista, los ojos de Leticia se encontraron de frente con un cartel que casi le obstruye el paso.
—¡Espabílate, polluelo!
Pero la atención de la muchacha quedó prendada del pomposo anuncio en letras doradas.

Dolores las invitó a entrar al vestíbulo. Una zona cuadrada advertía de las tonalidades que ofrecería el teatro. Cualquiera esperaría encontrar una vitrina con huevos Fabergé a la venta, por dar alguna idea. O un templo a la chocolatería. Acaso un mejor intento: sepias doradas en arquitecturas de lámparas a su vez doradas, barandas de acero negro con curvas naturales, espacios amplios y airosos. El cuadrilátero del vestíbulo se coronaba por unas sutiles escaleras contrarias a la puerta de entrada. Sobre aquella nueva plataforma rectangular, Leticia volvió a subir la cabeza por lo que parecía un enorme respiradero circular que ascendía hasta la segunda planta. En cada una de las plantas superiores podía ver personas charlando apoyadas junto a las barandas negras. Las vetas del mármol con que se irguieron los pilares junto a los que hubieron de pasar, justo a la altura de las boleterías —una a cada lado de ese espacio rectangular—, eran como lava derretida y tallada. Leticia se vio forzada a tocarlas.
—¡Dame la mano, polluelo! Hay muchas personas aquí.
Pronto estuvieron rodeadas por personalidades del mundo artístico que, como ellas, acudían gustosas a la fastuosidad del teatro Grand Splendid. Prácticamente todos estaban agolpados a las puertas de la sala. Los acomodadores ya empezaban a hacer de las suyas. Por más que buscara, Leticia no daba con los Bonpiani. ¿Y si habían subido por alguna de las escaleras que, disimuladas una a cada costado, conectaban con las plantas superiores, a donde acudían los boletos más costosos?
Dolores se les había adelantado y se había perdido entre aquella reducida muchedumbre. Leticia capturó frases sueltas que aventuraban el estreno de una obra como ninguna otra, acaso un nuevo estilo para los tablones. Hubo quien afirmó que la obra en cuestión aventajaba incluso a cualquier concepción francesa o inglesa. Otro repetía hasta el cansancio la genialidad del director, quien había practicado las líneas con los actores personalmente y que nunca había reunido a todo el elenco para un ensayo general, de suerte que entre ellos apenas se conocían.
—Aquello puede resultar un fiasco, de ser cierto.
—Dependerá, por supuesto, de lo que Simeoni quiera lograr.
—Dicen por ahí que desde su ceguera va delirando y esta, en vez de ser su opus magnum, terminará siendo una parodia cómica del drama sincero.
—Con Simeoni nunca se sabe…
Leticia se sintió abrumada por la variedad de comentarios. Al fin y al cabo, ella era una niña de nueve años que nada comprendía del teatro, salvo que actores representaban una historia cualquiera con exagerados aspavientos y diálogos innecesariamente extensos y gritones. Sea como fuera, ya estaban allí y su abuela no daría marcha atrás por nada del mundo.
¿Era Dolores la que se abanicaba allá arriba?
¡Maldición! La pequeña le había visto. Aun así, no cesaría en su intento por ascender junto a la crème de la crème. Había sido demasiado. ¡El mismísimo señor Glücksmann estaba allí! Sería una estupidez dejar pasar la oportunidad de saludarle y halagarle. Quién sabía si acaso así conseguiría entradas reducidas o, por qué no, incluso sin costo alguno. Debía mostrarse encantadora como siempre y dárselas de entendida en cualquier materia.
El abanico le servía para disimular la avidez de sus ojos buscando entre los rostros. Tuvo que usarlo también para ocultar su rostro de Rebeca, la esposa del doctor Facundo Marciano, quien la hubiera hostigado a más no poder con sus opiniones culinarias.
Vio las puntiagudas orejas de un hombre que le daba la espalda. El mentado mantenía una apartada conversación con un tipo más bajo que él y —¿podía ser?— de gafas negras, como las usadas por los aviadores. ¿En un ambiente cerrado? Se sumió en una profunda extrañeza antes de reparar en que las puntiagudas orejas pertenecían a su objetivo. ¡Max Glücksmann estaba a menos de cinco metros de distancia! La paciencia había valido el esfuerzo y ahora podía cobrar con mérito la presa de su acecho. Se acercó un par de pasos; no quería importunar en el peor instante, sobre todo cuando él tenía la palabra.
—…abrir otra sala de cine en Chile —decía—. El tango aquí está muy bien, pero en el resto de Sudamérica no se goza lo mismo que aquí. El cine mudo, en cambio, es algo universal. Las proyecciones pueden ser vistas en todo el mundo de manera simultánea, o casi. En otras palabras, un mismo elenco logra ser reproducido incontables veces sin desgastarse y puede enfocarse en nuevas producciones, mientras que cada representación…
—Diga todo lo que quiera, amigo mío, pero no me hará cambiar de parecer —cortó mordaz su interlocutor—. ¿Separar al auditorio del elenco para inventar emociones de ficción? ¿Decidir de manera premeditada la reacción del público? Y para los actores, ¿cómo sabrán mantener el ritmo? ¿Cómo sabrán cuál es la respuesta de la audiencia? Le digo que está muy bien y la gente vulgar que no conoce el teatro puede acudir como las abejas a encuevarse en un panal, pero no después de haber visto el brillo de sudor en la frente del actor, fundido en uno con su papel. ¿Alguien le espera, Max?
El hombrecillo de las gafas había terminado de hablar abruptamente.
—No que yo sepa, aunque aquí siempre parece haber alguien pronto para distraerle a uno. Aprovechemos para ir al palco de inmediato y no vernos interrumpidos. ¿Llega su compañía?
—Llegará, pero no debemos esperarle.
—Esto… De acuerdo —concedió el hombre de las orejas puntiagudas, extrañado.
Max Glücksmann, el prestigioso hombre de negocios, el magnate de la industria discográfica argentina, el dueño de Discos Glücksmann y Cinematografía Max Glücksmann, el fomentador del tango nacional y el héroe personal de Dolores Avellaneda, se giró por un momento para barrer la planta con la mirada. Tenía facciones limpias y espaciosas: frente alta, cejas separadas y cortas, nariz prominente —aunque con el buen gusto de ser respingada— y un bigote impecable que terminaba precisamente sobre las comisuras de sus labios. Bajo el lagrimal del ojo izquierdo tenía un lunar, detalle que Dolores encontraba “distinguido”. Durante una fracción de segundo sus miradas se cruzaron, prístina la de él y parpadeante la de ella, y el hombre le dirigió una sonrisa sumamente jovial a pesar de sus cuarenta y ocho años.
A punto habían estado de intercambiar cordialidades, pero se le había esfumado en el último instante. ¡Había temido inmiscuirse en una conversación importante! Por lo que lograba deducir, el hombre de las gafas tendría que haber sido Simeoni, el dramaturgo y director de Rumores tras bambalinas, la obra que les reunía en el Grand Splendid aquella tarde.
Si solo hubiese mostrado algo más de valentía y sabido utilizar el recurso de la distracción femenina con soltura… Abatida, Dolores suspiró y volvió a su posición junto a las barandas circulares. Buscó abajo a Pinélides o a su nieta, pero la muchedumbre las había devorado de alguna forma. «Ah, abajo adonde también deberé ir para tomar asiento». Supo que bajar era capitular, pero no tenía más que hacer ahí arriba.
De un momento a otro, justo cuando a oídos de Leticia llegaban las palabras de algún Bonpiani oculto por la muchedumbre, no sabía si emitidas por Carlo o por Alessandro, el asedio del público venció la resistencia de las puertas y cada uno fue a ocupar sus butacas. En comparación con el apuro general, Leticia y su abuela quedaron rezagadas, con lo cual la niña tuvo tiempo para admirar la nave en que se habían sumergido.
Cuatro hileras de palcos y un sinnúmero de butacas alineadas en tres filas, de las cuales la central era la más ancha, abusaban del espacio que convergía en una inmensa cortina bermellón de terciopelo. Antes de poder contemplar con detalle la sala, la cabeza de Leticia se alzó por tercera vez a lo alto.
Una pintura enorme coloreaba la cúpula. ¿Cómo se pintaba algo así? ¿Qué inmenso pincel se utilizaba? Sería mejor tener ojos en la coronilla o cojines en el suelo para que uno pudiese echarse de espaldas y abarcar toda la obra. Por más que su nuca le doliese, no pudo desprender la mirada de lo que parecía un consejo de gentes con túnicas en torno a una mujer vestida de blanco con un brazo alzado y el otro con unas ramas verdes en alto. Todos parecían prestarle oídos, menos el león oscuro que jadeaba cerca de sus pies junto a una escalera surcada por un reguero de flores. Junto a la mujer de blanco volaba una columna de palomas (¿con ramos de olivos en sus picos?) a toparse en el cielo con los querubines que también acudían al concilio.
—¡Espléndido! —celebró Pinélides.
—Splendid puede significar «espléndido» en otro idioma —sugirió la niña, que había aprendido hacía poco que su lengua no era la única hablada en el mundo y que existía gente que jamás la comprendería.
—Tiene sentido, polluelo.
«Mirar hacia arriba es importante, pero hace doler la nuca», concluyó con el incisivo raciocinio propio de quien emite axiomas tempranos, típico en sus nueve años.
No era la única en admirar la obra. A su lado, otros hacían sus empeños.
—Es evidente la alegoría al fin de la Gran Guerra.
—Representa la paz, sin lugar a dudas. ¿Algún modo de enfatizar lo importante de la prosperidad para el bienestar de los pueblos?
—No hace falta ni que lo digas, che.
Otras voces:
—La musa del medio, ¿quién podría ser?
—De buenas a primeras, diría que es la Fortuna.
—¿La Fortuna? Me falta la cornucopia a su lado.
—Fijate bien en las vides, el trigo y la fruta. Presagia abundancia.
—Sin embargo, no están en su posesión. Me inclino a pensar que se trata de otra diosa. Atenea, más bien. ¡Eso es! Atenea es la diosa de la guerra, pero también de la paz. Por si fuera poco, es la diosa de la cultura y de las artes. ¡Vaya, sí debe de ser ella!
—Reconozco que me convencés.
Leticia renovó su interés por la pintura. No tenía idea quién podía ser Atenea, pero le llamó la atención el comentario acerca del final de la Guerra Mundial. En efecto, descubrió muy cerca del borde cercano al telón, donde una mujer y un niño u hombre acuclillado lloraban junto a un murciélago —porque acaso le temiesen y quisiesen espantarlo—, una inscripción sucedida por unos números. ¡Una fecha, sin duda alguna!
«N. ORLANDI 1919»
Logró descifrar la inscripción deletreando en voz alta. ¡Entonces debía ser cierto que la cúpula quería representar la paz tras la guerra! Leticia todavía no era capaz de concebir las distancias, pero ella sabía que la guerra había sucedido muy lejos y, por consiguiente, parecía increíble hallar alguna referencia a la misma en un lugar tan apartado del mundo, según el atlas que aprendían en la escuela.
—¿Qué hacés, Pine? —Era Dolores, que las alcanzaba por la retaguardia—. Vamos a encontrar nuestros asientos.
—Pensé que te habríamos perdido —rezongó la aludida.
—Nada de eso. ¡Andando! —esquivó con maestría el reproche.
Su abuela tironeó de Leticia por uno de los dos pasillos. «A 7» y «A 8» rezaban sus boletos. Dolores, a pesar de la incredulidad de su abuela Pinélides, tenía el «H 5». Desmintió que fuese premeditado y dio a entender que un error de último minuto había acabado confundiendo su número de butaca. A Leticia no le importó, pues la fortuna le sonreía al ofrecerle un asiento en primera línea. Su abuela no parecía la mar de contenta, pero supo ser agradecida. Las amigas se despidieron; deprimida la que no había capturado a su presa y contrita la que se resignaba a ver la obra sin nadie con quien poder comentarla, amén de la excitada nieta que por ningún motivo podría estar a la altura del entendimiento dramático. Pinélides Blanco se dejó caer con un resoplido y quiso hundirse en la butaca al constatar con vergüenza que prácticamente todo el teatro las había visto al ser de las últimas en tomar asiento.
—Sentadas aquí serviremos de receptáculos para los escupitajos de los actores.
Pálida, la niña no dio crédito a lo que oía.
—¿Son tan buenos que la gente los viene a ver incluso si les escupen en la cara?
Su abuela rio de buena gana, justo cuando bajaban las luces y el murmullo general arreciaba en recatadas toses, como una tormenta gobernada a voluntad. Pinélides se vio obligada a susurrar al oído de su nieta.
—Lo verás tú misma. Por el esfuerzo que les significa impostar la voz, suelen…
—¡Ssss! —siseó alguien a su lado, imponiendo el mutismo sobre los últimos arrullos de las primeras filas.
Sobrevino un tímido silencio que poco a poco supo asentarse entre los infaltables quejidos y golpecitos de los paraguas que se caían o de las carteras que se resbalaban por la falda de las señoras.
Leticia giró la cabeza y buscó una última vez a los Bonpiani. Un codazo de su abuela le advirtió que sucedía algo en el escenario. Cuando se volvió, apreció el vaporoso correr de la elegante cortina. Los tablones crujieron bajo el peso de una imponente figura.
CAPÍTULO 1 En donde se empieza por el retorno
—Aquí es.
La silla de ruedas se frena secundando el esperado anuncio, tajante cual acusación de verdugo. Ella, la mayor, no se cree que hayan llegado tan pronto, si hacía tan solo una cuadra que doblaron por la Avenida Santa Fe.
Frente a sus narices pasa la gente con su habitual indiferencia, participando de la corriente citadina que vuelve a la mole de edificios un ente orgánico cuya respiración asfaltada y húmeda le rocía su rostro y sus lánguidos antebrazos de anciana irrevocablemente anciana. El aire primaveral no evita una repentina frialdad en la atmósfera cargada de sugestiones, provocando un escalofrío intruso.
Su promesa había sido la de no volver más siquiera a pisar aquel sitio. Creyó que rodando sentada en su cómoda silla mantendría su promesa. Repara ahora en lo inmaduro de su postura; a su edad ya está bueno de excusas y de intentar salir indemne. ¿Para qué, a fin de cuentas?
Si el anuncio de su arribo le ha sonado a acusación, reconoce que ella es la condenada al patíbulo. Será el castigo por quebrantar su palabra, asume.
—Hemos llegado pronto —se atreve a expresar procurando evitar cualquier temblor en la voz.
Arriba estarán los atalantes custodiando todavía el paso de cualquier paseante. Observarán con pétrea curiosidad la llegada del armatoste de hierro con cuatro ruedas y una apergaminada anciana montada encima de ella con los ojos cerrados, como muerta.
«Todavía no», le gustaría recriminarles a los bestiales gigantes que en sus nucas sostienen los balcones de la segunda o tercera planta, si bien quien la arrastra a empujones no entendería ni pío y pensaría una vez más que su señora ha enloquecido. ¡Nada peor que dar lástima! Acaso uno de los más terribles pesares de la vejez es la usurpación de la cordura y su sustitución por la senilidad.
Pero ya está: llega una vez más, contra marea y corriente y contra ella misma. «Ya está», deja de retorcerse. Se abandona aplicando entereza a su resignación. Sabe que debe restarle amargura a su condición para centrarse en su nuevo e inesperado cometido.
—He de confesar que a mí también me parece que hemos llegado pronto, señora. Son tan imponentes los edificios y tan variadas las gentes que da gusto verles. Y los escaparates distraen. —La que empuja a la anciana calla al constatar lo disparatado de su comentario.
Parece que la inválida no le presta suficiente atención. A medida que el ruedo las acercaba más y más a destino, venía pensando en dar la vuelta y marcharse, pero sus piernas le han dejado de responder hace años, luego de aquella vergonzosa amputación del pulgar. Debe vencer el miedo y aceptar su condición de condenada, de suerte que el reencuentro con el pasado le sirva de purgatorio para expiar su ingenuidad y cerrar un fallido intento de círculo que quedó colgado cual herradura, oxidado pero eterno.
—Lo han convertido en una librería —puntualiza exagerando su resignación. Hay un dejo de amargura en la frase.
—Hará uno o dos años, a lo sumo. He leído una noticia respecto del lugar —completa su asistente o su lazarillo. Nunca ha sabido cómo llamarla—. ¿Pasamos?
Tras unos largos segundos, la anciana asiente. Nadie nota cómo tuerce la boca. Inhala un poco del sofocante aire bonaerense que precede a la lluvia de primavera. Cuando el viento refresca sabe que han entrado al vestíbulo del edificio.
Le dan unas ganas locas de ordenarle a su asistente que emprenda la vil y poco honrosa retirada. ¿Por qué vuelve? De momento olvida la respuesta ante la agria duda. Podría emprenderla con su asistente. ¿No se da cuenta de que la senilidad enturbia su razón? ¿Hacerle caso al capricho inexplicable de una anciana? Sin embargo, cuando recuerda la razón que la hizo tomar la decisión logra apaciguar su tormento, dejándose guiar con soltura y docilidad.
«Ya está. Ya está».
Una afable voz masculina rompe el magnetismo atmosférico del vestíbulo aireado. Opacados quedan los sonidos de la calle a sus espaldas.
—Buenas tardes. ¿Lleva algún libro en su cartera?
Por cómo le cae el hálito del hombre en los párpados sabe que se dirigen a ella.
—Por supuesto —responde.
—Debe dejarlo en uno de nuestros casilleros, si fuese tan amable.
—No hace falta cuando se trata de un Novalis publicado en la década del cincuenta y, más encima, en alemán. Estoy segura de que aquí no lo tendrán a la venta.
—Le creo, señora, pero aun así el protocolo me exige revisar cada bolso que entra.
Como una ventolera cae otra vez el hálito del hombre que se ha dado cuenta de la ceguera de la señora. No sabe hablarle desde la distancia.
—O sea que usted me cree, pero precisa del registro —resume ella con sorna—. Otra prueba de que pertenezco a una época pasada en que la palabra bastaba.
Antepone su cartera de mala gana y ordena a su asistente que saque el ejemplar mentado. A ojos vista se trata de una encuadernación deshilachada en estado decadente, con hojas amarillentas cortadas irregularmente y con una portada arruinada por frecuentes lecturas.
—Muy bien. Adelante —aprueba el hombre dirigiéndose a la guapa muchacha que empuja a la postrada.
—Julia —dice la anciana con una voz de mando que evidencia su autoridad sobre su lazarillo.
Las ruedas retoman su giro, esta vez con apacibilidad y no con la presión de la calle. Julia, enmudecida, sonríe con empatía al afable guardia de ancha panza. Hay veces en que su señora se remonta con exceso al pasado, como si deseara vivir todavía en él.
—Querida niña, quiero que vayas relatando lo que veas, por favor.
Acostumbrada a la petición, Julia adopta un tono de voz monocorde. En España ha sido fácil, porque es su patria y la comodidad de mostrar la propia casa se le hacía patente describiendo los mismos monumentos que conocía desde los textos escolares. Ahora, recién llegada a un país diferente, le resulta artificial apoderarse de algo que le es ajeno. Sabe, por lo demás, que aquel lugar guarda un significado particular para la señora, quien se ha alterado en un par de ocasiones cuando lo rememora, siempre con una emoción indescifrable.
—Bien, pues hay libros amontonados sobre mesas que cortan el avance, por eso giramos ahora hacia la derecha. Es un lindo y amplio vestíbulo. A ambos lados hay repisas y mostradores que ofrecen volúmenes gráficos de hojas anchas. Pasamos junto al inicio de una escalera que da a las plantas superiores. Ahora subimos una rampa que está a la par de las escaleras para llegar a un rectángulo sin mesas. A cada costado hay unos mostradores… No, son los puntos de venta. La gente hace fila para pagar sus productos.
—¿Y la decoración?
Julia se sorprende por la excitación de su señora.
—Se ve muy antiguo y por eso no la he descrito —justifica—. Da la impresión de que siempre ha sido así.
—¡Fabuloso! ¿Qué más?
—Bueno, hay una garganta que nos permite pasar a un salón más grande… Vaya.
—Así que lo han conservado. ¡Lo han conservado! Aquella reacción tuya no puede ser por otra cosa.
Julia se toma unos segundos antes de contestar:
—Cuando usted me comentó que se trataba de un teatro… Bueno, teatros he conocido muchos, pero jamás llegaría a imaginarme algo así.
—Bienvenida, entonces. Bienvenida al pasado …
—Es estupendo.
—No en vano se le bautizó Splendid. Espléndido. No se creería que haya vuelto… Ahora dime cómo se las han arreglado con los libros. —Julia no responde de inmediato, por lo que su señora se ve obligada a elaborar la petición—: Conozco tus silencios tanto como el sonido de tu voz. Sé cuando no has comprendido gran cosa. Lo que quiero decir, niña, es que la última vez que estuve aquí todo el suelo eran butacas. Imagino que ahora algo habrán hecho para dar cabida a los libros.
—¡Por supuesto! Qué tonta he sido. La comprendo absolutamente. —La asistente retoma su voz de locutora radial—: Ante nosotras hay una bifurcación y podría decirse que cada camino es simétrico. Poseen estantes perpendiculares a las paredes del óvalo, en donde se almacenan más libros. Porque la sala es un óvalo, me doy cuenta ahora. Veo espacios de lectura; no muchos, pero los hay. Desde aquí se ve que las plantas superiores no cuentan con repisas atravesadas, sino solo con repisas pegadas a las paredes.
—¿Y ante nosotras?
—¿Delante nuestro?
—¿Qué produce la bifurcación? ¡Han de ser más repisas!
—A decir verdad, unas escaleras mecánicas bajan por un agujero…
—¡Un agujero!
La señora se lleva una mano al pecho, afligida por la novedad.
—Adivino que antes no lo hubo —cavila la muchacha—. Es un óvalo socavado en el medio del salón para descender a lo que desde aquí parece otra sección.
—¡Dios mío! Hay que ver la de cosas que son capaces de hacer las personas, si bien me temía visitar un lugar ultrajado y, por el contrario, pareciera continuar siendo sorprendente. —La señora se acomoda en su silla de ruedas adoptando un talante interesado—. Si tuvieras que elegir una palabra para describir lo que ves, ¿cuál sería?
Julia ni siquiera se lo piensa:
—Eso es fácil: ¡Dorado!
La señora se relaja en su silla móvil.
—Ya tenía razón yo; no parece haber cambiado mucho en todas estas décadas.
Avanzan algo más, rodeando los estantes repletos de libros que llegan a la altura de las caderas y que sirven en cierta medida como barandas del infame agujero practicado en medio del salón. Las portadas de los libros se camuflan como alas de mariposas o bien se entraman como escamas irisadas de peces coleccionados por aficionados que los categorizan con objetividad. Pasadas las novelas de bolsillo de reciente publicación o los best-sellers americanos con retratos de sus autores impresos entre nombre y subtítulo están las secciones de cocina con platos humeantes llamando a la tentación, la de autoayuda con sus preguntas sugerentes del tipo «¿Cansado de la rutina y del estrés?», la de arquitectura con edificios imposibles enmarcados en el frontis de esos volúmenes impagables, la de cómics con sus superhéroes de colores chillones o caricaturas divertidas e infantiles, también la de los infaltables ensayos y de doctrinas universales.
«Da para marearse», piensa Julia con intención de dejar volar a la curiosidad para sumergirse entre tantas materias. No obstante, un acogedor espacio captura todos sus sentidos.
—¡Vaya, vaya! Hay un cafecillo de lo más mono en el escenario —anuncia con evidente alegría. Repentinamente la perspectiva de tomarse una tacita le ha enardecido el ánimo. Lleva la silla de ruedas con inconsciencia hacia una rampa lateral que comparte el espacio de los peldaños que suben a los tablones—. ¿Le apetece algo?
La anciana constata por milésima vez cómo su ceguera le permite anteponerse a los límites de la visión, pues ha capturado el aroma del café molido y hervido varios estantes antes de que Julia se lo anunciase, si bien le parece increíble que el origen del aroma sea justamente el lugar que tanto rehúsa y al que la silla de ruedas parece dirigirse invariablemente.
—¿Es que acaso el escenario también lo mantienen? —pregunta a su vez la señora esquivando abiertamente la primera pregunta.
—Diría que debe tratarse del auténtico, a excepción de la escalerilla que han puesto para subir por el frente. Incluso se ve el cortinaje corrido.
Ya las ruedas delanteras de la silla móvil cogen el ángulo de subida de la rampa.
—Detente aquí mismo —ordena la anciana, subiendo el tono de voz de forma desacostumbrada. Julia se congela sin reparar en las miradas que ellas suscitan—. ¡Atrás, Julia!
Obedeciendo, la asistente retira la presión y deja que la gravedad le devuelva con su impulso la silla que estuvo a punto de empujar arriba. Queda a la espera de una voluntad que tarda en expresarse.
—¿De qué color es el telón?
La pregunta la pilla por sorpresa. Observa con detención los largos paños que cuelgan como columnas de lava junto a los márgenes del escenario.
—Rojo oscuro… Escarlata, creo que es.
Julia cree oír un gemido de impresión y un temblor en la silla.
—Es el mismo —sentencia la señora, hundiéndose en la oscuridad de su ceguera para viajar a una tarde de mil novecientos veintitrés, tan pretérita y a la vez tan presente.
Acto primero Escena I
Toda luz degeneró en un ínfimo brillo áureo. El telón se corrió arrugándose para revelar un cuarto singular y, todavía más singular, a un diablo parado en su centro rodeado por un sinnúmero de detalles que solicitaban la atención: en un extremo del escenario una corrida de perchas atiborradas de prendas multicolores, apretujadas y algunas superpuestas a otras, sin ningún decoro, hablando de presurosos cambios y poca disciplina. La parte trasera del escenario —esto es, aquella directamente opuesta al público— se extendía a través de tres espejos enmarcados en collares de ampolletas, algunas arrancadas o sencillamente quemadas. Tres sillas se anteponían a los espejos. La del medio estaba ocupada por una mujer, aunque de momento se le veía la espalda, si bien resultaba evidente que afinaba su maquillaje con ahínco. El otro extremo del escenario era un caótico conjunto de objetos, a saber: baúles a medio cerrar —o a medio abrir— con sábanas u otro tipo de tela queriendo arrancar; armas de madera, de las cuales sobresalían lanzas y alabardas, pero también había espadas y escudos; un papagayo de paño, puesto ahí seguramente para sugerir algo de color en ese extremo; un busto de una diosa o un dios encasquetado, podría ser Marte o Artemisa; un pequeño armazón semiesférico tejido de alambres, tachonado con máscaras venecianas, casi todas oscuras, aunque también las había cobrizas y de tono más claro.
El diablo exigía atención. Llevaba calzas carmesíes y ajustadas a lo largo de dos piernas huesudas. Se movía de lado a lado, inquieto. Parecía un pavo con su cuerpo largo y curvado hacia adelante, esperando que se le cruzase un conejo o algún animalillo sobre el cual abalanzarse. Mantenía los codos junto a las costillas, como si la articulación brotase de un hombro secundario a medio torso. Arriba, su mentón exagerado con barba de chivo igualaba la prominencia de la nariz de la media máscara huesuda y aquilina, algo menos demoníaca que su indumentaria. Una capa negra acentuaba su aspecto plumífero.
—¡Una vergüenza! —acabó por exclamar entre alguna ida y la respectiva vuelta—. ¡Como si él me debiese tolerar a mí cuando no está ocupado exigiendo pleitesía! Ha dicho maravillas acerca de su trabajo, mas no del mío, aunque estoy seguro de que ha forzado mi participación, pues conoce mis facultades. «Necesito un viejo con presencia, necesito un pilar sobre el que se sostenga el resto de la fronda de especímenes que estoy dispuesto a madurar en el árbol», ha dicho. Nos trataba como frutas, pero sé que mira al mundo de forma diferente. Y para él yo no soy fruta, sino que tronco. Heme aquí, todo un Atlas con el peso de una obra “orbe” a mis espaldas. Acepté, claro está, pero con pocas ganas, ¡y me disfraza así!
La mujer, quien hasta entonces estuvo maquillándose frente al espejo del medio, dejó inesperadamente su labor para buscar en el reflejo el aguileño perfil del hombre-pavo.
—¡Silencio, cariño, o te oirán del otro lado! Calla y presta oídos que la escena ya ha comenzado. —Sonidos ahogados provenían de alguna parte difícil de precisar. Podía suponerse que eran sonidos distantes embadurnados con un roce artificial muy particular que recordaba el gramófono de la abuela Pinélides, siempre presto a cantar óperas—. Me gustaría saber de qué va la obertura. Debemos cuidar lo que digamos, magnífico Pantaleón, para que no nos oigan del otro lado.
—¿Insistirás con eso de mofarte de mi personaje?
—La oportunidad es verdaderamente magnífica. ¿Para quién no sería un honor interpretar a Pantaleón, sacado de su tumba con la increíble promesa de renovar la gloria de antaño? ¿Cuándo volveré a verte convertido en un viejo avaro, cascarrabias, libidinoso y rico? Son cosas que escapan a la realidad e incluso a las fantasías que mejor pudiera haber elaborado.
Pantaleón apuntó al reflejo mediante el cual le hablaba la mujer.
—Pues si te quedas conmigo por otros veinte años, entonces quizás ya no necesite máscara alguna.
—¡Es un bello juego! —Por fin, la mujer dignó darse la vuelta y enfrentarse al público. Dos flecos castaños caían de sus sienes, provenientes de un peinado enrevesado tocado de rosas rojas y un lazo indescriptible. El maquillaje en el que se había ocupado era causante de un intenso rubor en sus mejillas y una extremada blancura del cutis. Tomó un antifaz que tenía sobre el regazo para apoyarlo sobre su diminuta nariz—. Podríamos usar las máscaras también aquí, tras bambalinas, como si el público pudiese filtrarse por los recovecos traseros del escenario y pudiese espiar todo cuanto hacemos. ¡Soy Colombina también aquí, viejo Pantaleón, hermosa y virginal y el deseo de Arlequín y tuyo también y por qué no de otras máscaras! Estrujaremos esta ridiculez, amor mío, y disfrutaremos con ello.
—Exageras, Mona…
—¡Colombina! ¡Soy Colombina! ¿Tendré apellido? Eso es algo que no estaba en el libreto y que no pregunté. ¿Qué me gustaría? ¿Qué me gustaría? ¿Algo italiano, francés o danés? Déjame pensar. A veces caminar me hace pensar con mayor facilidad. —Se incorporó de un ágil salto y se adelantó con la liviandad de una chiquilla—. Debe ser algo ampuloso, mas no rebuscado. Colombina me gusta porque es sutil y entraña ternura. ¿Y el resto? Tres nombres, porque quiero ser noble, claro está. Me pregunto si tendré ocasión de proclamar mis nombres en escena. Algo se me ocurre; sí, sí, me gusta. ¡Ay, es magnífico! ¡Ya sé! ¡Colombina Richiolina Esmeraldina di Montecastania! Así me llamaré.
—Si insistes, pero no pretendas que recuerde más allá de Colombina. ¿Acaso te agrada a tal punto el papel? —Se oye un champañazo. Voces como de fiesta se elevan por sobre los sonidos de fondo—. Por mientras, la escena avanza. Se lleva a cabo el Carnaval de la Serenísima República. Anno domini desconocido, pero he leído que hay más sablazos que pólvora y eso es ineludible pasado, acaso Casanova. Por eso tanto disfraz y caretas. ¡Como si fuese necesario! Da igual que hablemos fuerte; en escena es todo jolgorio y griterío. ¡Las luces brillan en los canales que parecerán estrellas infladas y a punto de reventar! Uno de los nuestros debería estar cantando, mas no se oye canto. Otros deberían emprender jugarretas y salir indemnes. ¿Sabías que estaba permitido hacer prácticamente cualquier cosa siempre y cuando la correría fuese provocada por un enmascarado?
—Pues no lo sabía.
Pantaleón se giró raudamente en su eterno ir y venir, como si de verdad hubiese visto el paso de un conejo y quisiese apresarlo. Por lo demás, no parecía estar atento a lo que dijese Colombina, quien intentaba interponerse en su andar.
—Muchos creen que es por belleza o por algún tipo de alegoría.
—¿Qué cosa, querido?
—Las máscaras. Te digo que las creen mero arte, pero fueron necesarias para los pillos y los cortejos más inverosímiles.
—¡A mí me parecen bellísimas! Yo saldría al Carnaval solo para contemplar las invenciones en los demás. Me cuesta imaginar lo que están haciendo al otro lado. ¿Qué ocurre en la primera escena? He leído únicamente mis líneas.
Aquello había logrado detener las idas y venidas de Pantaleón, paralizándolo por completo.
—¡Cuánto profesionalismo! —vociferó con sorna girándose sobre sus talones, prácticamente pegados el uno al otro—. Seguro que el dire estará feliz con una novata como tú. Llegar y leer solo tus líneas… Ni siquiera en mis inicios hubiera corrido tal riesgo. ¡Es impensable!
—No te enfades, Pantaleón. Aquí estoy y seguiré aquí hasta el final, por lo que puedes ahorrarte tu rabieta. ¿Y bien?
—¿La primera escena? Ah, la primera escena, que debería ser la embriagadora pomada que adormezca a la audiencia y la eleve a la ensoñación a la que han acudido y por la que han pagado una butaca. ¡Pensar que hay quienes han pagado por esto! Pero la primera escena es un cliché, en mi opinión. Lo típico, a decir verdad. No va más allá de un misterioso intercambio de miradas entre una Julieta y un Romeo venidos a menos. Ella es visiblemente mayor que él, por más empolvado que lleve el rostro. Les da en pleno corazón el flechazo de Cupido. Sin riesgos. Luego, porque no hay otra opción, un acercamiento frustrado, porque él va con sus amigos y ella se instala tras dos primas hermanas que cuchichean incesantemente y así la protegen. ¿De qué la protegen si él es noble y ella también? Del candor, de la excitación o de algún hechizo, porque no se sabe si hay algo concreto que prohíba un enamoramiento así. Tal como te digo, nada que escape a un buen cliché teatral. ¡Ninguna novedad!
—Me huele a una obra romántica.
—¡Eso es, Mona! —alabó el hombre-pavo a la mujer alzando los antebrazos y volviendo prestamente a su búsqueda de conejos u otras alimañas—. Colombina, quiero decir. Una obra romántica más, sin brillo alguno, limitada a repetir odas amorosas, a burlar malentendidos, a asestar tajos a los enemigos y otras cosas por el estilo. ¡Es la muerte de nuestro arte, querida! Es el fin de nuestros días, por suerte yo ya he alcanzado la cúspide. Para ti no sé si habrá esperanzas. Después no habrá más trabajo para quien quiera innovar y alcanzar nuevos límites.
—Ya, ya, déjate de cháchara —cortó Colombina poniendo los brazos en jarras—. ¿Y el final?
—¿Quieres que te suelte el final, así sin más? ¿Tampoco te has dignado leer el final? Egoísmo expositivo es de lo que sufres, o así debería llamarse. ¡Y tener que trabajar contigo!
—Dime, al menos, si alguien muere.
—¡Está claro que tú no! Si hay alguien que merece morir es ese engreído que nos ha puesto aquí, haciéndonos quedar ridiculizados. ¡Somos el hazmerreír de un teatro repleto! ¡Quinientas butacas, ni más ni menos! —Los brazos se habían alzado exasperados para caer con brusquedad con el repiqueteo de metales distantes—. Oye, son sablazos. Significa que nuestra escena ya está pronta.
Llegaba amortiguado el metálico entrechocar de filos. Colombina asintió enterada del ruido. De improviso salió corriendo un nuevo personaje, el cual se asemejaba a un payaso. Aparecía del extremo en donde se arrumbaban los objetos desordenados, saltando sobre un baúl con gran destreza.
—¡Estáis aquí! Qué bien. Aprontaos, pues os toca.
—A tus órdenes, Arlequín —bromeó Colombina.
—¿Me tomas el pelo? —preguntó el recién llegado, plantándose entre Colombina y Pantaleón. Ahora se podía apreciar su atuendo, que no eran más que rombos y triángulos y rectángulos remendados. Llevaba una daga al cinto. Su máscara cubría una porción más que la del viejo Pantaleón. La frente estaba marcada por protuberancias que acababan justo encima de los agujeros para los ojos.
—Le ha dado por divertirse con nuestros personajes durante la obra —terció Pantaleón, mesándose la barba de chivo sin apartar el codo de las costillas.
—Oh, ya veo. Muy gracioso, Colombina.
—Colombina Richiolina Esmeraldina di Montecastania.
—Puede que me termine acostumbrando… Por lo tanto, ¿Pantaleón…?
—A secas.
—Pantaleón Hacecas. ¡Eso es fácil de recordar!
Una débil risa brotó del público. Giacomo Bonpiani se aburría terriblemente y no lograba entender la gracia que lograba la simpatía de los espectadores. Descubrió que llevaba más tiempo observando los palcos y la platea en busca de papadas que se asemejasen a ranas o peinados estrambóticos que le resultasen irrisorios que ocupándose de lo que sucedía en el escenario. Arriba, a la derecha, en el palco de la segunda planta, poco antes del techo y el dibujo de la cúpula que le había hecho doler el cuello de tanto mirar (porque su madre aseveró que él se parecía a uno de los querubines alados de la izquierda), vio algo que despertó toda su curiosidad. Había un señor con gafas de sol. Bien vistas eran antiparras, pues eran redondas y diríase que le cubrían los costados hasta las sienes, aunque era difícil de ver por la distancia. ¿Quién necesitaría gafas en aquel ambiente?
Junto al hombre de las gafas reconoció a ese otro que les había valido tantos codazos a sus padres. «Max Glücksmann, Max Glücksmann». Su padre, Domenico Bonpiani, no había perdido la ocasión de saludarle en el vestíbulo, antes del comienzo de la obra, como si fuese una eminencia en los altos círculos bonaerenses. Tanto su madre como su padre estaban prendidos de la obra y el hombrecillo de las gafas esbozaba una sonrisa de satisfacción. Para redoblar la curiosidad que sentía Giacomo por el hombre en cuestión, la faz de este se dirigía constantemente al público, como si allí se celebrase la función. Quizás la mirada del hombre de las gafas desde allá arriba le hiciese desistir de su más reciente desafío.
—Si te birlas una máscara en los bastidores, te compro tu chocolate favorito —le había susurrado Carlo en un momento de diálogo en el escenario. Los cinco integrantes de la familia se sentaban uno al lado del otro. Junto al pasillo, Alessandro, luego Giacomo y Carlo, este junto a su madre y esta junto a su padre. Seguía un completo desconocido que apenas les había dirigido una inclinación de cabeza nada más sentarse.
Ahora Giacomo sopesaba la propuesta. Por un lado el chocolate y por otro la vigilancia imperturbable del hombre de allá arriba. ¿Sería sencillo colarse?
En el escenario seguían con los nombres.
—Todos vosotros, los altos exponentes de la realeza veneciana, han de tener un lugar de procedencia —decía Arlequín—. Me pregunto cuál es el tuyo, Pantaleón Hacecas.
—¡A mí también me gustaría saberlo, cariño!
Por un lado del hombre-pavo se puso la mujer y por el otro el payaso, expectantes.
—En primer lugar, no tengo apellido. ¿Está claro? En segundo lugar, nací en la región del Véneto, pero ni idea si fue en Venecia. Podría ser de Padua y así ni me entero. Me hice noble no por la cuna, sino que por desempeñar con excelencia la profesión de mercader. He apilado una fortuna y no tengo reparos en dilapidarla, pero soy tacaño con quien me pide favores, así que en escena ni siquiera intentéis improvisar un soborno que os irá como la peste. En cuanto a nombre, olvídense que esto tendrá continuidad. A lo más aceptaré un Pantaleón Padovés mientras estemos en escena. Entretanto dejaos de tantas estupideces.
Colombina mostró todos sus dientes con una encantadora sonrisa. Pasó por delante de Pantaleón para coger de un brazo al payaso. ¡Cómo brillaban las escamas de su antifaz! Parecía la piel de una serpiente azulina o de un cocodrilo diamantino.
—Alguien no quiere jugar, Arlequín, pero apuesto a que tú sí que no tendrás objeciones.
—¿Por qué las tendría si te puedo hacer feliz, amiga mía? —indagó con retórica el payaso, hablando muy rápido.
Ambos recorrieron el borde del escenario, tranquilos en comparación con el inquieto hombre-pavo.
—Me divierto con tan solo verte, Arlequín. ¿Sabes que me declararás tu amor en una escena?
—Incondicional, mi Colombina. Espero que nuestro Pantaleón no se ponga celoso.
—En el escenario tendrá que ser así, pero tras bambalinas pueden fanfarronear todo lo que quieran con sus máscaras y burradas —terció este—. Va quedando poco para salir a escena, Mona, así que no te entretengas y concéntrate.
Ella esquivó el llamado de atención de Pantaleón.
—¿Harías una cosa por mí, divino Arlequín?
—Lo que mi amada Colombina desee es para mí la luz del día y el sol que deberé seguir.
—¡Qué romántico! Adivino que en el escenario la pasaremos divinamente. Ahora, dime lo que otro no me ha querido decir.
Miró por sobre su hombro en dirección a Pantaleón, que ya iba y venía otra vez, berreando rabietas insonoras.
—¿Y eso qué es? —se interesó Arlequín.
Colombina adoptó un aire conspiratorio.
—¿Habrá alguna muerte durante la obra?
—Veo que alguien no se ha leído todo el libreto.
—De lo mismo me quejé yo —terció otra vez Pantaleón.
—¡Tan solo dímelo, mi Arlequín! ¿Habrá alguna muerte a la que tengamos que hacer frente?
Arlequín soltó un largo bufido. Buscó apoyo en Pantaleón, quien no le devolvió la mirada. El payaso se encogió de hombros. Su tono se volvió tétrico y podría decirse que le respondió al público más que a la mujer que se le colgaba de un hombro.
—Sí, me temo que la habrá.
Colombina alzó los brazos y giró mostrando su alegría y haciendo una pequeña pantomima de festejo.
—¡Qué excitante!
Justo entonces se oyó una explosión amortiguada y rasposa, producto también del oculto gramófono de los ruidos. Pantaleón cesó en sus idas y venidas para coger a Colombina del brazo y arrastrarla consigo hacia el extremo derecho del escenario.
—¡Los fuegos de artificio! —vociferó—. Es nuestro turno.
Reacia a ser arrastrada, la mujer se zafó de la garra y se alisó las faldas antes de seguir la estela de Pantaleón, quien ya desaparecía por las sombras invisibles del teatro.
CAPÍTULO 2 En donde ocurrió algo horrible
Hay algo preocupante en el silencio al igual que ocurre cuando se es víctima de una bulliciosa cacofonía. Las fauces del escenario permanecen abiertas, listas para engullir a la extraña criatura de dos pies, dos cabezas y cuatro ruedas que se mofa sin saberlo del bostezo, cual plancton incauto o más bien vivaracho que contemplase las barbas de la ballena con expresión miope, inmune a la succión del gigante.
Julia sabe cuánta responsabilidad lleva sobre sus hombros o, precisamente, en las manillas que aferran sus manos: evitar cualquier exposición a lo desagradable —amplísimo espectro de múltiples definiciones—; evitar cualquier discusión acalorada; nada demasiado estimulante, tanto en comidas como en sensaciones; nada que pueda resultar demasiado repetitivo o ruidoso. Por eso, cuando supo que su señora quería ir a una librería, accedió sin reparos. ¿Qué otro lugar podría ser más apacible que una librería? Se le ocurrió una casa en una montaña o un iglú en el Ártico.
No obstante, de lo que conoce a su señora hasta ahora, sabe que ella cae presa de emociones intensas, acaso indeseadas para su débil condición. Súmese a ello que los sentidos restantes se agudizan cuando se ha perdido la visión, según dicen.
Quiere hallar inspiración para fundir el plomo que atenaza el corazón de la dama, que se ha quedado en vilo. Se percata de quienes reparan en ellas desde sus mesas en el escenario. Sabe que aquí despiertan tanta extrañeza como hicieran en Madrid. Las observan con las facturas a media altura o las tazas asidas con pulgares e índices, mas no alzadas.
A todo esto, son las diez de la mañana.
—Y bien, ¿vamos a por ese café o prefiere que se lo traiga?
—¿Eh? —Unos ojos vedados la buscan en los infinitos espacios de la oscuridad, como si hubiera un rostro flotando por ahí que correspondiese al autor de la frase—. No, no, mejor dediquémonos a la misión que nos trae aquí. No quiero pisar el escenario. Al menos no de momento, porque para ello debo prepararme. —A la señora se la ve intranquila e incómoda—. Llévame adonde están las novelas. Alejémonos, Julia.
Es la primera vez que la señora habla de una “misión”. Ni siquiera en las catorce horas que pasaron sentadas lado a lado en el avión —tortuosas horas en que la constante preocupación privó a la asistente de pegar los párpados— le insinuó algo semejante. ¿A qué aludirá? Debe dejar pasar el comentario.
Inclina su cuerpo hacia adelante para imprimir suficiente impulso a la silla de ruedas. Continúan el rodeo del gran óvalo central para dar, aproximadamente a medio camino de vuelta hacia el vestíbulo, con un espacio abierto entre los estantes paralelos y perpendiculares al muro. Tres mullidos sillones y una mesita central están ahí para que los visitantes puedan degustar de algunas páginas puestas a airearse entre manos indecisas, parangonando la condición textil del texto que necesita ser probado con la vista tal como la tela con la yema de los dedos.
Dos de los asientos se encuentran libres. Julia no tarda en ocupar uno, dejando la silla de la señora junto a ella. El ocupante del sillón restante es un hombre barrigudo de unos sesenta años con barba incipiente y cabellos canos y cortos. Irradia su condición de jubilado como si fuese una característica palpable. Alza los ojos por sobre las gafas de lectura para sonreír bovinamente. Lo que Julia no puede saber es si el hombre se ha dado de sopetón con la desocupación y no sabe qué hacer con el ocio de sus días o si siempre ha visitado librerías a las diez de la mañana durante la semana.
En la pared por encima de ellos se lee un cartel negro con letras blancas, sobrio a más no poder:
NOVELA ROMÁNTICA
Cabe suponer que la sección es la más abarrotada de contemporáneos y clásicos. La silla de ruedas queda entre el sillón vacío y el ocupado por la muchacha. La anciana cabizbaja no parece haberse recuperado de su impresión. Tal vez le cueste todavía convencerse de haber vuelto a aquel lugar luego de tanto tiempo.
—Nos he conseguido un puesto privilegiado en medio de un sinfín de libros —dice Julia para levantarle el ánimo.
Junto a ellas, el lector barrigudo carraspea. ¿Le molestará la irrupción de las recién llegadas? Detalles así no se le escapan a la señora, toda oídos y avispada a pesar de los años. Esta vez prefiere callar cualquier comentario. Baja la voz hasta convertirla en un respetuoso susurro:
—Acércate.
Julia obedece, naturalmente. Curva la espalda para quedar a la altura del rostro fláccido de la dama. Presta oídos como haría el paje más solícito, elevando a la postrada a calidad de reina.
—¿Me contará qué ocurre?
—Si mi abuela me hubiese contado todo lo que ocurría… «Cada cosa a su debido tiempo, polluelo», estaría diciendo. La oigo aquí. —Se palpa una sien—. Ahora tengo su rol, por lo que te toca hacer de nieta, aunque no lo seas.
Julia frunce el ceño y como para escudarse de cualquier asomo de locura mira al lado, hacia el señor barrigudo. Este ya notó la ceguera de la dama, por lo que retiene cualquier asomo de incomodidad.
La señora continúa hablando:
—Presencié una obra de teatro aquí mismo. El tiempo ha estropeado su recuerdo, como una difusa humareda que forma figuras bellísimas. Me gustaría hallar esa obra.
—¿De qué trata?
—Recuerdo que giraba en torno a una compañía itinerante venida de lejos. Figúrate que las distancias eran cien veces mayores un siglo atrás. Quizá mentían y venían de la esquina, pero es que no había forma de saberlo. Actuaban con máscaras, pero la obra que desarrollaban sucedía para un público invisible tras bastidores. Calma, calma, me explico: la fantasía del drama consistió en darnos el privilegio de no asistir al drama en cuestión, sino que a los momentos ociosos de los actores. Por lo tanto, lo que nosotros vimos fueron las pasiones y los desencantos de los actores en su piel real, con todo lo que con ello te puedas imaginar. Hablaron de amotinarse contra el director, algunos expusieron sus miedos y otros confesaron sus amores, de manera tan rara que parecía real. Hoy por hoy difícilmente alguien se atrevería a apostar en algo así, porque le tienen aversión al riesgo y a lo original.
Una pausa indica el esfuerzo que le significa el recuerdo.
—Por aquí —prosigue acompañando la palabra con un vago movimiento de la mano, indicando con imprecisión las repisas que supone frente a ellas— debes hallar una novela que transcurre en Venecia en el siglo XVII o XVIII, la cual parte con un carnaval. Mejor dicho, con el Carnaval de Venecia. ¿Fuiste alguna vez? Cuánto me gustaría verlo; dicen que de noche los canales parecen abismos de mármol negro con diamantes incrustados y con bichos enmascarados de todas las especies pululando en ellos.
Por más que parezca delirante la oratoria, Julia la sigue.
—Nunca tuve la oportunidad.
—¡Nunca! Esa es una palabra para los viejos, querida niña, así que no la uses más. “Nunca” es sinónimo de la apestosa podredumbre del ser que te coarta de hacer cosas. Deja de repetirla que te hará mal. —La muchacha no pudo notar que el hombre barrigudo asentía junto a ellas, de acuerdo con las palabras que no quería oír—. La historia que debes buscar sigue a dos enamorados… Bien harías en imaginar a un Romeo y a una Julieta, pero en la historia que nos importa las bondades de él son mezquinas y las de ellas son superfluas, así como tampoco hay familia Montesco ni familia Capuleto. La trama sigue a una banda de pillos (saltimbanquis y ladrones) que sirven a los propósitos de sus amos. La Julieta estaba comprometida a un viejo, si mal no recuerdo. Cuando el Romeo se entera contrae una enfermedad de amor, porque se ha enamorado perdidamente de ella en el Carnaval. El resto es difuso, tanto que no sé si son parte de otras tramas.
Siguió una perorata gentil a modo de justificación por parte de él, pero también como educada manera de dar marcha atrás y volver a la lectura que es, primeramente, por lo que cualquier persona con dos dedos de frente visitaría una librería y se instalaría en un sillón con un libro abierto:
—Para nada, no se preocupe, usted no me interrumpe, es lo más bello recordar en conjunto, cuénteme qué literatura le interesa… ¿Que qué leo? Pues algo de poesía, me ayuda a expandir mi capacidad de sentir… Sí, más o menos, algo así. ¿Y usted?… Qué fascinante.
«Siempre termina siendo así», piensa la dama. «La etiqueta, la etiqueta, la etiqueta, cuando el pobre hombre lo único que quería era leer algo de poesía para ser mejor amante o mejor consejero».
Julia no ve llegar a Miguel, ocupada como está en oír la conversación que percibe a ratos. Cuando se gira, se encuentra con un ojeroso hombre rapado que lleva un aro plateado colgando de su oreja izquierda. Tras el saludo de rigor reitera su petición. Tuvo especial cuidado de mencionar los siglos diecisiete y dieciocho, convencida de que el margen temporal facilitaría la búsqueda.
—Si los personajes son parte de una tropa itinerante de actores, difícilmente habría una historia contextualizada en el siglo XIX o XX. —La mira de reojo, altanero por ser tesorero de altos conocimientos—. El dieciocho de enero de 1801 un edicto de la República Cisalpina prohibió el teatro de las máscaras.
Maravillada, Julia advierte que Miguel es el indicado para servirle de guía. Como se halla en una librería —volcán de cultura, epicentro de ociosos, mercado de bohemios, meca de lectores, sobre todo El Ateneo Grand Splendid— no es capaz de preguntar qué es la República Cisalpina y por qué diablos alguien querría prohibir el inocente teatro de las máscaras.
—Por más que lo pienso no recuerdo haber leído algo semejante —continúa Miguel—. ¿Sabés quién escribió la historia?
Niega, ruborizándose. Sabe de antemano que parecería un bicho raro consultando por una trama vaga sin mayores detalles.
Con el mayor de los decoros, Miguel la invita a «darse una vuelta por los estantes y a coger todos los libros que quiera» mientras él consulta con sus colegas o recurre a alguna enciclopedia.
—Muchas gracias.
Julia adivina que la tarea no será fácil. Lo positivo del capricho de su señora es, afortunadamente, que en El Ateneo Grand Splendid se estaba de maravillas. Eso sí, si pudieran tomar un cafecillo o zamparse algún bocado, mejor aún.
—…abajo han construido una sala para la venta de discos y, al fondo, un espacio para que los niños jueguen —le explicaba el hombre canoso y barrigudo a su señora. Con toda seguridad ella le había preguntado al respecto. Tiene un aspecto deprimido que la avejenta aún más.
—Para alguien que conoció cómo era antes todo esto, le aseguro que es una pena —atina a comentar antes de levantar la cabeza, como un perro que ha oído un ruido desacostumbrado—. Le aprovecho de presentar a mi asistente. Julia Rodríguez.
Julia no tiene idea cómo hace su señora para saber cuándo se halla cerca. Ha intentado creer que se debe a su perfume Chanel, pero ha habido ocasiones en que solo se podía recurrir a un sexto sentido… O quinto, a fuer de respetar la exactitud.
—Encantado. Mi nombre es Adolfo Maretto.
—Un placer —corresponde Julia, tendiendo la mano.
Adolfo aprovecha la ocasión para ofuscarse nuevamente en su lectura, visiblemente relajado, mientras Julia le expone a su señora su mala fortuna.
—No es mala fortuna, niña. Es difícil darse un chapuzón en el pasado creyendo que uno saldrá fresco y revitalizado. Te pido que me ayudes con paciencia, por favor.
Sin razón para oponerse, Julia le toma una frágil mano llena de venitas azules y pronunciadas, amén de los capilares rotos y las manchas. El apergaminado rostro salpicado de puntos negros le queda a un palmo del rostro. Es su trabajo estar junto a ella.
—Con una condición —dice con la risa a flor de piel.
A la señora le divierte aquello con repentina franqueza.
—¿Cuál sería?
—¡Que antes nos tomemos un bendito café!
La faz de su señora se ensombrece durante un momento.
—De acuerdo, niña, pero no aquí.
Por el rabillo del ojo ve cómo Adolfo suspira, sabiendo que podría continuar tranquilo acurrucado en su sillón sin ser importunado otra vez. Toma las manillas de la silla de ruedas y tira de ellas sirviéndose más del cuerpo que de los brazos.
—¿A dónde me llevas?
—Afuera, claro.
—¡Alto, alto! ¿Qué haces, niña? No podemos irnos.
Julia suelta la silla de ruedas y pone los brazos en jarras. Rodea la silla móvil y se acuclilla frente al regazo de la anciana.
—Entonces no comprendo nada de nada.
—Ve tú por el café. No he dicho que yo quiera uno. Vete y déjame aquí un instante, pensando, que es lo que tanto necesito ahora.
Julia quiere zarandear a la señora por los hombros hasta que logre serle sincera, pero se contiene mordiéndose el labio.
—Está bien, la dejo aquí. Voy y vuelvo, ¿eh? —Cambia de parecer en último instante—. Antes de todo, quiero que me diga por qué repele el escenario.
—Lo siento, niña. No he sido del todo transparente. —La tristeza reina en la faz de la señora. Retoma su postura decaída y cabizbaja—. Me gustaría no tener que decírtelo jamás… ¿Ves? Yo puedo usar estas palabras. Puedo decir “nunca” o “jamás”, porque ambas están a la vuelta de la esquina y puedo cumplirlas, mientras que tú distas de ellas… Preferiría no tener que decírtelo. Es más, ¡no tengo por qué hacerlo! Créeme que lo hago por tu propio bien, niña.
—Nadie podría comprenderla.
La anciana suspira, abatida. Confía en que es más seguro refugiarse en la resignación y aplacar la ira del recuerdo con la negligencia del olvido.
Cuando Julia se gira en dirección a la cafetería instalada sobre el escenario, oye una quejumbrosa frase pronunciada con timidez a sus espaldas, como si la ciega se arrepintiese en último momento de ocultarle sus motivos.
—Sobre aquel escenario ocurrió algo… horrible.
Sabe que la frase es un pensamiento en voz alta, por lo que evita detenerse aun cuando desee insistir con su averiguación.
Acto primero Escena II
—¡Insufrible! —gimió apesadumbrado un hombre desenmascarado que había aparecido en escena nada más salir Colombina a la zaga de Pantaleón.
—¡Chitón! Te pueden oír tras bambalinas —reclamó Arlequín.
—Eh, da igual. Tras la primera escena se supone que he contraído el mal de amor y que en estos mismos instantes estoy siendo atendido por el doctor Matasanos. Cualquier gemido mío habría de ser bienvenido por el público. Que piensen lo que quieran, eh: que me están sacando una muela o que me están haciendo una sangría. Sangría, qué curioso término. Y pensar que los españoles se la beben, eh.
—¿De veras?
—Te falta mundo, caro. ¡Claro que se la beben! Si al final nadie sabe cómo se cura el mal de amor y cada uno de los quinientos que están sentados en las butacas de allá —indicó el costado del escenario por donde había aparecido— deben adivinar cuál es el procedimiento de sanación. Si creen que el cuerpo ha de sangrarse, allá ellos. Yo les doy la pauta, les doy algo concreto con qué poder fantasear. Algo para rellenar el vacío, eh.
Arlequín batió los hombros y dio una larga zancada hacia el hombre sin máscara, quien, en compensación por no llevar una, mostraba un maquillaje bastante afeminado. Henchía el pecho y caminaba de puntas, pretendiendo flotar. Llevaba en una mano un pañuelo y al cinto una espada. Alzó el pañuelo.
—Se supone que este pañuelo es la muestra del amor a primera vista, eh. Se supone que es un infantil intento de romper la cubierta y dejar salir el pudor de Flaminia. Se supone que debo llevarme este pañuelo innumerables veces a los labios y a las narices para impregnarme del perfume de mi amada, pero es también lo que me envenena. ¡Se puede creer que la gente se creyese esto, Dios mío! Pero allá, adelante, ha partido bien, eh. Parece difícil de creer, pero ha partido bien.
—Ha estado fenomenal. ¡Sobre todo el robo! Luego el festejo, los fuegos artificiales, los trajes, los guardias.
Flavio alzó una mano para detener la excitación de Arlequín, quien hablaba muy rápido. Hasta entonces había estado apreciando su aspecto en los espejos de atrás.
—¿Me estás diciendo que disfrutas? Dudo mucho que de aquí en adelante se hable bien de la otrora imbatible compañía teatral Tantaluz, pero nadie podrá decir que no nos hemos arriesgado.
Arlequín apreció su atuendo y cambió de pierna, como si repentinamente le incomodase y quisiese asentar mejor los rombos y triángulos y hexágonos y cuadrados y heptágonos que lograban una caleidoscópica tesela.
—Sí, me agrada, pero creo que lo hubiera disfrutado más hace trescientos años, si hubiera nacido en Italia, en donde podríamos haber recorrido toda la bota italiana y nos habríamos denominado I Argenti y hubiésemos competido con las otras compañías itinerantes.
—Veo que alguien ha estudiado un poco, aunque discrepo con el éxito de I Argenti. Me temo que nos habrían expulsado precisamente hacia la Argentina, para ser colonizadores exiliados.
—Quizás. Me gusta conocer el trasfondo de mi personaje. Con este en particular se siente una obligación, a decir verdad, porque hay un montón de información con respecto a los nuestros. ¡La popular Comedia del Arte! —exclamó Arlequín. Rodeó al desenmascarado y se dirigió al armazón de las máscaras—. Ahora jugamos a un juego, invención de Mona…
—Como suele ser.
—…cada uno será su personaje. Soy Arlequín y tú eres Flavio.
—¿Aquí también? —El desenmascarado se tomó un codo con una mano y con la sobrante quiso ocultar su rostro, aunque lo llegó a tocar con las yemas de los dedos. Había un gran pesar en su voz—. Lo repito, y da igual que sea en voz alta, eh. ¡Insufrible!
En ese preciso instante hizo su aparición un nuevo personaje. Si la máscara de Pantaleón mostraba los ojos caídos, la del recién llegado exageraba el ángulo y lograba otorgarle una apariencia porcina y depresiva al extremo caricaturesco. Bajo ella temblaba la papada que partía del mismísimo mentón. Por si fuera poco, corporalmente se parecía a un porcino, incluso si su panza se adivinaba falsa. No es que el hombre no fuera grueso; aquello había que concedérselo. No obstante, al menos la mitad de un tonel semejante debía estar fabricado con algodones o cojines. Llevaba una toga negra y larga de cuyos puños asomaban los vuelos de una camisa blanca. El pobre se estaría asando con ese atuendo.
—Espero que no hablen de mí.
—Nos ocupábamos de algo mucho peor, realmente —comentó Flavio con soltura.
—Gracias.
El recién llegado arrastraba las erres y aleteaba con los brazos.
—¡A Mona se le ha ocurrido que bromeemos con los nombres de nuestros personajes lo que dure la obra! —saltó Arlequín.
—¡F-fantástico! Es una manera de sobrellevar esta función.
Flavio aplaudió.
—Es bueno saber que no soy el único que piensa así, doctor Matasanos.
—Es algo cru-cruento el nombre que me ha puesto Minoesi, pero es parte de esta fantasía. —El recién llegado tartamudeaba. El corpachón porcino pareció resignarse—. Nadie posicionado con firmeza en sus cabales podría tragarse este drama, a fuer de ser sincero. ¿Es que acaso nuestras vidas importan? Y, por si ello no bastara, ahora nos las enmascaran. P-Prefiero venir aquí, a los bastidores, que esperar encerrado en mi camerino frente a un espejo que se ensaña burlón con una pa-papada enterrada bajo una máscara hinchada y narigona y estos ojos d-deprimidos. ¡Lo que hay que hacer! He oído que a Pantaleón (porque sí, me parece aceptable jugar este juego de n-nombres) le han dado el camerino más grande e intuyo que el más opulento. Asimismo, he visto que se han co-co-contrabandeado botellas de licores allí.
—Vamos allá entonces —apuntó Arlequín.
—Cerrado con doble llave y pestillo, te lo digo —rezongó el porcino doctor Matasanos—. P-pero si alguien se consiguiese la llave…
—¡Pan comido!
—Ah, como si yo mismo no lo hubiese intentando. En fin, está Silvia, que también guarda por ahí algo de co-contrabando. Deberíamos importunarla a ella cuando aparezca.
Flavio y Arlequín se encogieron de hombros, mudos.
—Y sí, no me miréis así. ¿Se os ocurre acaso una mejor forma de aguantar esta exposición? —Naturalmente, la pregunta sonó retórica—. Se está mejor aquí que en el camerino, os lo digo, se está mejor aquí, acompañado por la v-vergüenza de otros que enfrentado contra la de-degeneración que revela el espejo, contra le degradación del ser, contra la carrera del exitoso.
—Exageras.
—¿No es como el día a día, efímeros encontrones entre una miríada de paseantes? —continuó el doctor Matasanos, todavía retórico—. A veces me nace p-preguntar si el que lleva máscara no sería más sensato que aquel con rostro descubierto, expuesto a ser encasillado inevitablemente, expuesto a la co-contaminación, expuesto a la segregación, expuesto a la enfermedad, expuesto al re-rechazo, expuesto a la peste y eso que no voy inspirado.
—¡Eso es! —aplaudió otra vez Flavio, ganándose la desesperación de Arlequín, el cual se llevaba los índices de sus manos a los labios para que mantuviese el tono de voz por lo bajo. Quiso apaciguar la exaltación del doctor para ver si podía contrarrestar la empatía gravitacional de ambos hombres.
—¿Y qué hay de la exposición a la conmiseración, a la compasión, al amor, a la simpatía y a esas otras bienaventuranzas? —intentó hablando con rapidez—. No necesito estar inspirado para saber que la exposición es necesaria para alcanzar lo que de otra forma quedaría anulado.
—¿No es d-d-debilidad embarcarse en la búsqueda de la simpatía? ¿No es también d-débil quien se embarca por compasión? ¿No es el más de-débil de todos el que lo hace por amor, fútil deseo de alcanzar la Tierra Prometida en vida? Si me escudo con una máscara p-para siempre (esto es, si pudiese) la pu-puliría cada mañana en vez de afeitar un rostro grasiento y herido y la llevaría con pu-pundonor por las calles, dejándome mi esencia para mí y para quien quiera acercarse a conocerla mediante nuestras voces y gestos y entendimientos superiores a los visuales.
—Eh, deduzco que gozas realizando esta obra…
—¡A la altura del diálogo, hombre! ¡P-Ponte a la altura del diálogo! Invitemos a los leprosos y hagámosles charlar otra vez. —La exaltación le hacía tartamudear con mayor frecuencia—. ¿Quién quiere arriesgarse a sentir lo que han sentido otros antes de nosotros y que han sabido plasmar con maestría en nueve sinfonías o en sonetos o en versos que enaltecen a la luna y la rielan en lagos de seda ribeteada con curvas soleadas, y todo es ardor y llama, y todo es luego penuria y un reproche, un solícito reproche para entender por qué no pudo haber sido de otra manera?
Arlequín, que no se había separado del lado de Flavio, lo llevó a un extremo del escenario y ambos enfrentaron al público en un aparte.
—Diríase que alguien sabe del amor más de lo que aparenta, eh —susurró Flavio.
—Estoy de acuerdo. Una máscara no es más que la excusa perfecta.
—¡A callar! —tronó el doctor—. Alguno de vosotros que me diga dónde hay un tra-trago que mi sed aplacar pudiera.
—¿Al orden poético pasamos entonces? —ironizó Flavio.
—Dudo que lo seguir pu-pudieres.
—Probad el filo de mi lengua, más bien.
—Junto a mí, en mi cinto, un puñal mucho más afilado cuelga.
—¡Basta! Señores, por favor —interrumpió Arlequín—. Llamemos a Silvia para que algo nos servir a todos pudiere… O como sea. ¡Silvia!
El doctor Matasanos le dio la espalda a Flavio y viceversa. Arlequín quedó mirando el sector con las perchas y las prendas colgadas, expectante. Hubo risas revoloteando algunos sectores del público, pero ninguna lograba descifrar —o desgranar— si realmente se trataba de una comedia o de un incipiente drama.
Giacomo reparó que a la llamada —¡Silvia!— el hombre de las antiparras había volcado su atención al escenario. Fue entonces cuando se sintió algo más tranquilo y, por encima de Carlo, tironeó la manga de su madre.
—Mamá, quiero ir al baño.
Valeria se consternó. Inclinó su torso, furiosa. Luego quiso esquivar a su hijo; resonaban unos tacones prontos a aparecer sobre las tablas y no quería perderse lo que seguía.
—Pero si acaba de comenzar. Pudiste haber ido antes, crío.
Giacomo no mostraba ninguna expresión. El eco de los tacones provenía de donde estaban colgadas las prendas, al extremo izquierdo del vestuario.
—¿Sabés cómo llegar? ¿No te perderás? ¿Querés que te acompañe uno de tus hermanos? —El nuevo personaje apareció—. Está bien: andá, andá.
¡Eso! Giacomo se levantó con el correspondiente bufido de Alessandro, sentado entre él y el pasillo. El menor de los hermanos notó cómo le palmeaban dos veces la espalda como si le deseasen buena suerte antes de saltar sobre las piernas de Alessandro.
—¿A dónde vas? —susurró este.
—Al baño.
—Cretino —soltó antes de volver su vista al escenario.
Los tacones de madera sirvieron para preceder la entrada de una mujer esbelta y hermosísima. Quizás defraudó a quien esperaba ver una nueva máscara, pues iba vestida con un sencillo vestido color marino y el pelo en parte tomado en un tomate y en parte lacio y desperdigado por todas las aristas. ¿Por qué no iba disfrazada como el resto del elenco? Desteñía notoriamente.
A Leticia le pareció la mujer más linda que había visto nunca. Era más que agraciada: de labios pródigos a lo largo de una mandíbula cortada con molde, una nariz respingona sobresalía generando un marcado puente entre el labio superior y las fosas nasales, los ojos eran grandes y hablaban por sí solos, un mechón le caía sobre la faz mientras que los mechones restantes caían sobre su nuca. Por primera vez en toda su corta vida, a la niña se le cruzó por la mente ser actriz. Se vio encima de la tarima, apreciada por un público silencioso, todos oyendo lo que tenía que decir, analizando su desplante y sus movimientos.
¿Leticia, la actriz?
—Aquí estoy, aquí estoy. ¿Qué desean los señores? Poco falta para la próxima escena.
Flavio y el doctor Matasanos hablaron al unísono.
—Siempre se debe estar pronto para la próxima escena —dijo el primero, inflando el pecho todavía más.
—To-Tomará solo un minuto —dijo el segundo apartando una mosca invisible con la mano.
Se miraron con incomodidad. ¿Se habían equivocado o era un truco para otorgar realidad a la escena?
—Decí —ajustó Silvia, dirigiéndose puntualmente al doctor Matasanos.
—Tráenos algún malbec de la despensa.
—¡Pero debéis actuar!
—¿No hay?
—No es eso.
—Que sea champán, entonces.
—Me temo que no será posible.
—¿Hemos de contentarnos con gin? Bueno, como sea.
Desorientada, Silvia dejó la estancia, luchando otra vez con las vestimentas para abrirse paso. Leticia se sintió defraudada cuando se marchó.
—¿Brindaremos por esta fiesta de enmascarados? —quiso saber Arlequín.
—Brindemos, mejor, por lo que se guarda tras las máscaras; aquello que mejor fermenta en una larga reserva —sugirió Flavio indicándose el rostro empolvado.
—¿De verdad cre-e-e-éis que hay algo por lo que brindar? ¡Daos cuenta del basurero al que nos mete Minoesi representando un drama de hace dos siglos con caretas que debían proteger a los actores tanto de las flores como de los tomates, según el humor de la gente, y que incluso llegaron a ser p-prohibidas! ¿Qué otra cosa hay para el actor que no sea su rostro?
—Su voz.
—¡La voz varía! Enférmate o contrae un catarro o envejece o quédate con un mendrugo de pan atragantado o tápate la nariz. La voz no cuenta en el cine. —Flavio y Arlequín intercambiaron elocuentes miradas, como si quisieran decir «así que esas son las expectativas que tiene»—. Quien nos utilice así no hace más que ri-ridiculizarnos y estropear nuestra carrera. ¡No se m-merece darnos sus líneas!
—¿Soy yo o es que antes defendías el uso de las máscaras? —intervino Arlequín.
—¡Son co-cosas distintas, necio! La máscara para el día a día puede ser factible, pero no la máscara que cubre al actor y que, tal como sucede contigo y conmigo, nos p-priva de una gloria mucho más amena de alcanzar y mucho más satisfactoria.
—Tranquilízate, tranquilízate, ¿eh? Eres el doctor Matasanos por una hora más y ya está. Si quieres renuncias y lo comprenderemos, pero ten en cuenta que serás echado mucho de menos en Tantaluz.
—El daño ya está hecho, ¿sabes? Tú ya eres Flavio y este payaso ya es Arlequín. ¡Lo somos para la crítica y, en consecuencia, lo seremos ante los ojos del mundo! P-propongo hacer algo al respecto.
—¿Qué se podría hacer?
—He ahí la cuestión.
—Concuerdo contigo —apuntó Flavio, anteponiéndose y destacando—. No digamos que sea apropiado, eh, pero se puede hacer algo. O se podría hacer algo. A fin de cuentas, somos los engranajes, somos esas frutas en maduración, que si caen sin que se las recoja fermentan y llaman a los mosquitos y, si se las deja estar por más tiempo, acaban pudriéndose y volviendo a la tierra de donde vinieron. Larvas y tierra y esas cosas, sabéis.
Flavio se tomó un momento para esculpir una sonrisa burlona y dirigírsela a la oscuridad de las butacas.
—Propongo…
—¡Vuestros refrigerios! —exclamó Silvia con premura, entrando como un huracán con una bandeja de plata y tres copas. Andaba descalza ahora—. Descubrí que sin zapatos me aferro mejor y hago temblar menos la bandeja. Y un clavo o viruta o vidrio sería mala suerte. Pura mala suerte. Tened. Apurad los tragos, porque os buscan para la siguiente escena.
—Gracias, Silvita. Es lo que digo; siempre listo, aunque no nos plazca —comentó el doctor Matasanos, apaciguado de ánimo.
—También he oído decir «constantemente enlistado para al escenario saltar» —aguijoneó Arlequín con sarcasmo.
—Bufón. ¡Salud!
CAPÍTULO 3 En donde interviene un pianista
Un café más tarde, alrededor de las diez y cincuenta, según indicaría su reloj de pulsera de no ir con retraso y de haberlo consultado, Julia ya se ha enfrentado con el muro de los lomos encuadernados de un montón de libros y, como cabía esperarse, ha salido perdiendo. Se sintió empequeñecida ante la frondosa oferta de apellidos solitarios acompañados de títulos muchas veces minúsculos, debido a los cuales hubo de inclinar el pescuezo a diestra o siniestra, amén de acercarse y alejarse blandiendo el cuello como una jirafa. Terminará con tortícolis, está segura.
Ha perdido porque no tiene las armas para la contienda. Apenas se la podría considerar una luchadora apta tras sus escasas experiencias con unos cuantos libros de moda o las ya abandonadas aventuras adolescentes —confabuladas como sagas para incentivar el agotamiento de una idea estrujada hasta la sequedad, así como para estrujar los bolsillos de los padres—, si bien recae una que otra vez en sus páginas plagadas de nostalgia.
¿Cómo se avanza por un bosque sin brújula? ¿Cómo se atraviesa un desierto sin conocerse el ruedo del sol ni la disposición de las estrellas? ¿Cómo hacerles frente a portales de mundos que están ahí para perdernos y no para orientarnos?
Sin embargo, no comenta su primera derrota con la esperanza de que alguien acuda en su ayuda. Este primer lapso le da ocasión de observar con detención en derredor. Quiere ir a las plantas superiores, porque desde allí se aprecia la falta de libros y la presencia de discos de música o cintas de vídeo. Con lo que le apasiona el cine le cuesta sumirse entre el papel como haría un ratón de biblioteca.
Al lado suyo siente la gravedad de su señora que implora desde su silencio para ser sus pupilas. Julia se frota los párpados y ve pasar un rostro fijo en el de ella.
Ya antes creyó percibir un par de ojos que la escrutaban. Con esto lo corrobora.
Se trata de Eugenio.
No sabe por qué siente apuro y se sumerge otra vez en las contraportadas que ha dispersado sobre la mesa que flota anclada cual isla en medio de los sillones de lectura.
Lee críticas que sabe la terminarán perdiendo más aún:
«En el apogeo del romanticismo brota la palabra calibrada y glacial del drama moderno… Lo logrado por A. W. es la ruptura del molde en pedazos que pueden ser moldeados otra vez con nueva voz… –The Times».
Advierte que la contraportada siquiera incluye un resumen del drama que contiene, por lo que se desliza al interior, descubriendo un emplazamiento posterior a la Revolución Industrial en una maltrecha ciudad al oriente de Europa.
Berrea para coger otro volumen. Esta vez, las críticas están escritas con mayúsculas y tampoco parece haber reseña en cuanto a la obra:
«UNA OBRA ASOMBROSA EN CUANTO A ORIGINALIDAD, DESAFIANTE E INESCRUTABLE. –El Clarín».
«L.R. ES UNO DE LOS DRAMATURGOS MÁS PROLÍFICOS Y DOTADOS HOY EN DÍA. –The New Yorker».
Desecha la inspección del interior, dado que está en la búsqueda de una obra casi tan antigua como su señora. Aflora una pregunta obvia la cual no es capaz de responder:
¿Por qué asumen que la historia estará a la venta?
Cuando le transmite la pregunta a su señora, obtiene una respuesta interesante.
—Porque el autor es argentino y punto.
Julia se peina con sus dedos y coge otro libro. Esta vez se excita; las cubiertas imitan un papel pergamino y las letras son góticas. ¡Un drama medieval! Pero en la descripción se habla de reinos germánicos y no se hace alusión alguna a Venecia ni a Italia siquiera.
Se recuesta en el sillón sin saber qué hacer.
Justo cuando levanta la vista sorprende a Eugenio mirándola desde el lado opuesto de la librería. Él enfoca rápidamente al cliente que tiene enfrente.
Sumando esta ocasión, Julia se ha dado cuenta de que a veces él la contempla absorto, a veces con vergüenza. Siguiendo con el juego, Julia constata, miradas más tarde, que Eugenio vuelve la vista con demasiada frecuencia y esto la perturba.
—¿Y bien? —pregunta la ciega.
—Nada todavía. Me distrae un tío que mira para acá.
—Mira en esta dirección o más bien creo que te mira a ti.
—Es esto último, para ser sincera.
Su señora se acomoda en la silla de ruedas y se inclina hacia adelante, verdaderamente intrigada.
—Eso es fascinante, niña. De seguro ha de tratarse de un enamoradizo.
Julia ríe con un radiante despliegue de dientes ante tal idea.
—¿Es apuesto? —anticipa la señora.
—Un poco.
—Debe ser bastante apuesto si te suelta risitas de quinceañera.
La muchacha no sabe cómo reaccionar. Ella tiene veintinueve años. Hay ocasiones en que su señora suelta comentarios certeros que la noquean, tal como sucedía ahora. Opta por volver a enfrascarse en la lectura de contraportadas.
El café se lo ha bebido con prisas luego de que su señora soltara aquella críptica frase referente a un horrible evento ocurrido ahí mismo, en el Grand Splendid cuando fuera teatro, haría a lo menos sesenta años. Había esperado la revelación, mas nunca llegó. En cambio, su señora le dijo que fuese a por libros dramáticos. Por fortuna hay pocos. Los volúmenes más gruesos están reservados a Shakespeare, no hace falta decir.
El obtuso proceder tampoco trae avance alguno esta vez. Sin aviso, la señora hace que Julia detenga la lectura de las contraportadas que tiene desplegadas ante sí, en la mesita.
—Puede que necesite más tiempo para pensar —cavila la anciana.
—¿Para pensar? —Julia no parece creerle, a pesar de lo cual abandona el libro. Conoce bien a la señora y sabe que no dará marcha atrás. Debe tratarse de algo verdaderamente delicado, porque no es primera vez que se lo insinúa.
—Sí, niña linda; por más años que me haya esforzado en ello hay veces en que peco de ingenuidad. Como ahora. Dicen que la gente sincera es ingenua, para que veas. Por mientras, podrías ir a hablar con el empleado de la mirada de cordero degollado. Para entretenerte, digo yo.
—Como degollado no sé si le describiría…
—Solo yo puedo internarme en mi memoria, me temo —arguye la anciana tocándose la sien con el afilado dedo índice de una mano apergaminada y llena de venitas azules, pasando por alto el comentario de su asistente—. Debo comprender qué ocurrió aquí hace muchísimos años; tantos que me da vergüenza contarte.
¿Es que no ha tenido tiempo de pensárselo todo durante el vuelo desde Madrid? ¿No había tenido tiempo innumerables días antes, cuando se decidiera a emprender lo que probablemente sería su último vuelo transatlántico? ¿Qué hacía hamacada en la terraza de la casa solariega de Madrid si no era pensar? Julia se siente desplazada, si bien cede el espacio a su señora. Tal vez no sea tan fácil repasar ocho décadas almacenadas en una memoria a ratos frágil.
Ha tenido un momento de lucidez excepcional durante el avión, poco después de despegar, acaso por la euforia que experimentara la ciega. Mientras las aeromozas dispensaban los primeros refrescos a los pasajeros, la señora deslizó algunos comentarios:
«La curiosidad mató al gato, dicen. De algo hay que morir, dicen también».
«¿Perdone?».
«¿Qué si la decisión sobre la que basaste toda tu vida hubiese sido tomada desde una perspectiva errada? Aquello te haría temblar, cuanto menos».
«Sí, supongo que sí».
«Vamos al pasado, niña. Vamos al pasado a ver si comprendo algo que hasta ahora me tenía engañada, se supone».
«¿Se supone?».
La ciega le había palmeado el antebrazo como cuando daba muestras de viveza, si bien Julia no comprendía palabra alguna.
«Voy a enfrentar al pasado, si puedo, y aquello me deberá preparar para lo que vendrá, para hacer frente a…».
En aquel preciso instante la azafata las había interrumpido ofreciéndoles algo de beber. Despachándola con eficiencia la lazarillo había querido retomar la conversación, pero su señora se reservó lo que estuvo a punto de revelar. Hay veces en que el mutismo acaba con la lucidez como una erupción acaba con la quietud de un volcán.
Julia se compone pronto de la desazón que le significa verse desplazada y se levanta del lado de la ciega para acercarse al sector de la cafetería sobre las tablas de lo que otrora fuera el escenario del Grand Splendid. Lo hace por inercia, pues querría subir a conocer las plantas superiores.
A medio metro de la vitrina es saludada de improviso:
—¡Hola! ¿Qué te puedo ofrecer? —salta la atenta cajera al otro lado del mesón-mostrador lleno de suculentos manjares dispuestos como joyas en una vitrina.
Julia balbucea. ¿De verdad quiere otro café? Al parecer, la muchacha le lee el pensamiento.
—¿Otro exprés?
Afirma sin mucha convicción. Espera que nadie la creyese muda, porque entonces la combinación de una muda más una ciega daría para poblar más de una anécdota.
—Está bien —responde poco antes de ganarse una displicente mirada por parte de la chica, quien por fortuna irradia vitalidad; es baja, blonda y de cara redonda y reluciente.
—¡Ya! ¿Dónde te sentás? —Julia repite su desazón, viéndose pillada en su propia trampa—. Vale; sentate y yo te lo llevo.
Agradece la propuesta, que le conviene como si de una orden se tratase. Se gira y poco a poco va superando mesas hasta quedar, ridículamente, en el centro del escenario.
De pronto, Julia teme. ¿Qué podría haber ocurrido ahí, precisamente ahí, como para mantener a raya a la señora? Inesperadamente se siente lejana a todo, expuesta al vacío dorado de El Ateneo, con sus visitantes haciendo fotografías desde las balaustradas y los clientes recorriendo con fruición ejemplares ansiosos por ser aireados.
En el escenario-cafetería hay un piano apartado en un rincón. Puede ser tocado por quien sea, o al menos eso se da a entender, pero los visitantes son reacios a perturbar la quietud al interior de la librería, motivo por el cual se abstienen de tocar. ¿A quién se le pudo haber ocurrido poner un piano en una librería?
Muchas mesas están vacías; en las demás se escuchan conversaciones aterciopeladas. Una está ocupada por un único comensal: un hombre de pelo engominado, gafas de marco grueso y una camisa abotonada hasta el último botón. Un reloj de pulsera sobresale al borde de la manga izquierda. Parece absorto, aunque sí ha reparado en ella.
Arriba de la mesa hay una miríada de papeles revueltos como plumas en una palomera, mecanografiados casi todos, tachados por montones y con flechas encima de ciertos párrafos apuntando a párrafos de otras hojas.
«De seguro se trata de un escritor».
Quiere decir algo, acaso saludar, pero en aquel preciso instante llega la mesera con el espresso que solicitara Julia sin convicción. La rubia se queda con la taza en el aire entre el hombre sentado y la mujer de pie, porque apenas se observa un ápice de la madera bajo aquella maraña de papeles.
—¿Otro café? —se extraña el escritor—. Esto… Me lo tomaría, si bien no lo he pedido.
—¡Yo lo pedí! —interviene Julia.
—Oh, qué alivio. Si me tomo uno más podría no pegar pestaña por la noche.
El escritor apila algunos cuantos folios, liberando un rectángulo suficientemente ancho como para que cupiese la minúscula taza entre él y su visitante, porque la rubia insiste en apoyar la taza en alguna parte, sin pasársela a Julia en las manos.
—¿Gracias? —se oye decir la española, aunque sin querer que suene a interrogación.
—De nada.
La barista se retira. La taza trae consigo un silencio pesado que se impone entre ambos con toda la brutalidad de una frontera entre terrenos enemigos, porque ella está de pie si bien es él quien posee el café por el que ha pagado. Julia querría irse de ahí, pero aquello sería más inexplicable que su llegada. Taconea sin lograr abrir una brecha en la tierra.
—¿Y vos?
La pregunta la sobresalta. Tarda unos instantes en saber a qué se refiere el escritor.
—¿Yo? —«¿Yo qué?»—. Antes de todo, lo siento.
—¿Por qué?
—Por la distracción. La tía se ha equivocado.
—Vale, pasemos al «todo» entonces.
—¿Qué «todo»? No te pillo.
—Dijiste «antes de todo», por lo que habrá algo más. ¿Qué es?
La manera directa que tiene de hablar la desarma, porque las gafas actúan como lupas que incrementan el diámetro ocular de esos ojos celestes, traspasándola.
—¿Ves? —Julia prueba a dar con la silla de ruedas, pero está oculta por dos estantes repletos de libros y parte del cortinaje del escenario—. Oh, de aquí no se ve. En fin, ¿habrás visto a una señora en silla de ruedas? —Él guiña, inteligente—. Soy su lazarillo, porque ella es ciega.
—Vaya, esto… debe confiarte la vida.
—Creo que sí.
—Una relación así es algo que vale ser descrito. Sentate, ¿querés?
Julia baja la cabeza a los papeles. Su mentón hace las veces de índice.
—No, gracias. ¿Pensando como en un cuento?
—Como sea… Más que un cuento, porque lo de un lazarillo que lleva a un ciego es algo inusual y porque también está lleno de emotividad. Da para historia novelada, si me lo preguntás.
Julia retira su taza con cuidado de no estropear los papeles debido a su pulso nervioso. Él se incorpora, sacándole una cabeza de altura.
—Creo que no es plagio tomar prestados elementos del día a día, si te sirve de inspiración.
Él carraspea, riendo por lo bajo. Julia no entiende por qué se reirá, así que da un sorbo a su café y se quema la lengua. Aún está muy caliente.
—Si más tarde querés compartir una taza, vení y te aparto algunas hojas para hacerte espacio. No todos los días se tiene la suerte de conocer a un lazarillo —agrega a modo de excusa.
—Eres el primero que cree que es una suerte ser los ojos de otra persona.
—Depende de cómo se lo vea —carraspea otra vez, que es su manera de reír.
Julia se descubre sonriendo la gracia.
—Hasta luego —decide y se gira con su taza.
—Hasta pronto —oye a sus espaldas.
Julia se acerca a su señora procurando no derramar el líquido; ni siquiera ha preguntado si puede sacar la taza del escenario, pero le da igual. Ve siluetas pasar a su lado, pero no es capaz de alzar la vista. Paso a paso llega a la isla. Con cada paso cavila en el encabezado que ha descifrado en una hoja del escritor: «RUMORES TRAS BAMBALINAS». Naufraga junto a la silla de ruedas. Le causa interés haberse entrometido en el proceso creativo de un artista, pues supone que la inspiración en este caso proviene precisamente de estar en un escenario.
Por su parte, el escritor se ha estado preguntando hasta hace poco cuántos días más estaría sentado en el templo del lector que es El Ateneo Grand Splendid esperando ver pasar a la inspiración disimulada en cuerpo, cual Atenea disfrazándose a su antojo como ser humano.
Ahora que tiene pólvora quiere evitar otra de esas interminables pausas, por lo que voltea una de esas hojas revueltas por la mesa, desperdigadas y lacias como alas heridas de gaviotas al borde de algún muelle de Puerto Madero, que en el reverso permanece en blanco, ignorando qué es lo que está escrito en el anverso. Nada bueno habrá de ser. Garabatea con rapidez, feliz.
Julia repasa la idea del piano en la librería. Imagina que durante las horas de menor afluencia se oirán breves tocatas entonadas por seres que parecerán fantasmas por la delicadeza con que ejecutan las piezas. Cuando aquello sucede nadie se volteará. Se limitarán a escuchar, encapsulados.
Junto a ella la señora sigue sumida en un profundo mutis. Evaporado el café, Julia se inquieta. Por fortuna se acerca Miguel. Su aro tambalea cuando se detiene junto a la muchacha. Debe tener diez años más que ella. El cuerpo es el de un hombre que jamás se ha entretenido escarbando por músculos ni mucho menos por definirlos. Se lo imagina sentado frente a la pantalla de un ordenador o de una consola de videojuegos pasando las horas que le sobran al día.
—¿Cómo te va?
La señora alza la vista intrigada por la nueva voz. Julia acude a hacer las presentaciones de rigor.
—Es Miguel y trabaja aquí. Nos ofreció ayuda.
—Mucho gusto, Miguel.
—Encantado, señora.
—Usas un perfume de lo más mono.
—¿Le agrada?
—Sí; Tabaco Rabanne estaría orgulloso.
Julia no vio venir la pesadez. Miguel se queda de piedra.
—Oh, señora, no empiece —la recrimina la lazarillo. Volviéndose al empleado, responde—: Pues, la verdad, es que no hemos hecho avances… —retoma el hilo de la conversación, cuando se ve interrumpida por su señora.
—Cuéntame, Miguel, si guardan un catálogo de las obras presentadas en el Grand Splendid durante los años en que sirvió de teatro.
Este se lo piensa un momento.
—Me temo que no. ¿Desea que lo pregunte?
Ahora es la señora quien cavila la contestación.
—Hum… Sí, aunque no creo que sea eficaz.
Miguel asiente, pero se apresura a emitir su afirmación. Julia sabe que es difícil acostumbrarse a la ceguera de otra persona.
—Sí. Con permiso —dice Miguel retirándose con el amago de una reverencia, lo cual divierte a Julia. ¡Habían llegado aquella misma mañana y ya su señora reinaba con sus aires de antaño!
Las galantes contraportadas todavía están dispersas sobre la baja mesa del rincón para los lectores, bajo el letrero de «NOVELA ROMÁNTICA». Julia quiere ordenar los libros y devolverlos a sus estantes, pero con un movimiento veloz su señora le retiene la muñeca y se lleva un dedo a los labios.
—¿Oyes? ¿Quién toca el piano?
Julia aguza el oído. Lo aguza lo más que puede. Incluso quiere levantarse para caminar hasta donde pueda ver el piano, pero la tenaz mano la retiene.
—¿Quién toca el piano? —repite su señora.
A sabiendas que el oído de la anciana es fino, Julia cubre el dorso apergaminado con su suave palma.
—No oigo el piano. ¿Quiere que vaya a ver?
—Esa canción…
La muñeca no logra zafarse.
—Debe escucharse, niña. Es un piano forte, por lo que debe escucharse.
—He de decir que no oigo ni hostia.
De a poco la tenaza se va soltando hasta dejar a Julia libre, quien se levanta para asomarse al escenario… En donde ve un piano perfectamente solitario.
Más acá está el escritor encorvado sobre el bolígrafo que tuerce líneas en el papel. Se ha enajenado, pues ni siquiera se toma un segundo para reparar en ella.
Cuando vuelve junto a su señora, esta le pregunta nuevamente quién toca.
—¿Todavía lo oye?
—Es un bellísimo arpegio. ¿No me dirás que es otro piano que alguien toca en el piso de arriba? Lástima que no lo percibas.
—La verdad… Nadie toca, señora.
En vez de compungirse, la anciana aleja la idea con un aleteo de la mano.
—¡Te lo estás perdiendo! —exclama echándose para atrás en su silla mientras que con un dedo índice imita el compás inaudible.
Julia sabe que debe estar preparada para enfrentar e incluso asistir a la anciana en sus momentos de senilidad —los cuales han ido en aumento conforme la excitación del viaje y la proximidad con la tierra de su infancia y adolescencia—, pero resulta intenso para su personalidad cálida y afable.
Está empezando a temer que todo el viaje se funde en un capricho y, más aún, que el capricho mismo sea insustancial.
Acto primero Escena III
Tanto el doctor Matasanos como Flavio lograron apurar sus tragos. Arlequín bizqueó y tosió tras dar el primer sorbo. Quedó solo un momento cuando los primeros se dirigieron a escena y Silvia volvía a desaparecer. Unos pasos peculiares aproximaban a un personaje que todavía no se mostraba; parecía como si vagase en vez de caminar. Un tintineo de campanillas acompañaba el arrastre de unas botas.
Quien apareció fue un jorobado con una máscara negra y arrugada que, como si eso no bastase para construir el arquetipo del feo, lucía una nariz ganchuda. Se coronaba con un sombrero largo como de cocinero. Tanto el jorobado como su atuendo —una camisa anudada con una cinta y unos pantalones bombachos— eran blancos como la harina.
—Por el rostro de Flavio diríase que ha enfermado de verdad, el muy amanerado —comentó con voz de pocos amigos.
—¿Así que Colombina ya te ha dicho? —reflexionó Arlequín, con los brazos cruzados en medio del escenario, sin haberse excitado por la llegada del nuevo personaje.
—¿El qué?
—Que cada uno debe mantener su papel también tras las bambalinas.
—No, no lo ha hecho —gruñó—. ¿De qué va todo eso?
—Antes responde por qué has dicho Flavio.
—Pues porque él junto a Flaminia son los únicos que no usan máscaras y parece que se ha puesto el personaje encima antes de salir. Se creerá un gran actor, el muy fanfarrón.
—Oh, ya veo. Desde ahora será Flavio también aquí. ¡Todos somos nuestros personajes!
Arlequín zafó sus brazos y fue a dejar su copa a medio vaciar junto al espejo del medio. Aprovechó de mirar al payaso que había ahí en el reflejo.
—Ahora responde mi pregunta: ¿por qué y qué tiene que ver Colombina en todo esto?
—Ella ha sido la artífice —respondió Arlequín sin darse vuelta—. Una exquisita forma de sacar provecho de esta ridícula obra.
—¿Se puede sacar provecho de algo como esto?
—Oh, limitémonos a divertirnos, Poli.
—¡Cuidado ahí, cuidado! No me enorgullezco, pero prefiero que me llames Polichinela, que es, a la sazón, el nombre del muy feo. De lo contrario, me obligarás a decirte Arle.
—Sigue sonando bastante más masculino que «Poli», a mi parecer, Poli.
—¡Ya veo qué es sacar provecho para ti!
Con el paso ligero de un felino entró Colombina sin previo aviso.
—¿Qué es lo que he oído? ¿Os habéis llamado por vuestras máscaras? —Juntó las palmas de las manos y se puso de puntillas, inhalando una gran bocanada de aire—. ¡Soy dichosa! Nunca me escuchan y ahora todos lo habéis hecho. ¿No es precioso que nos ridiculicemos tanto? Con esto Tantaluz se irá a pique, pero la experiencia es enriquecedora. Siento que realmente estoy en un palacio veneciano; oigo las góndolas y adivino un sol aureolado sobre aguas esmeraldas. ¡Por eso uno de mis nombres es Esmeraldina! He descubierto en un libreto divinamente tachado y enmendado que nací en Venecia. Me falta descubrir a qué debo el «di Montecastania».
Polichinela se acercó a la audiencia.
—¿Qué le ha sucedido a esta? —susurró.
—¿No lo habías inventado, cara Colombina? —salvó Arlequín dirigiéndose a la mujer.
Ella exhaló toda la alegría que había acumulado.
—Un momento, no estoy segura. Ninguno de vosotros es capaz de recordar mis nombres a lo largo de toda la obra, por lo que puedo haberme confundido. Quizás sería di Monteparnaso o di Montemandorle.
—¿Y si lo buscas en un libreto? —propuso Arlequín.
—¡Bárbaro! —aceptó para luego salir dando saltitos de felicidad.
—Ahí tienes a una encantadora muchacha que actúa con carisma, pero no con neuronas, la muy simplona.
—No es la única que actúa así.
—¡Vas a seguir!
Polichinela sacó un tenedor guardado hasta entonces en su bolsillo y comenzó a perseguir a Arlequín, quien se sirvió de las perchas y las vestimentas para defenderse. Sombreros y bufandas salieron volando por los aires, cayendo en medio del escenario. Medias y corsés iban a dar a la cara del feo y jorobado personaje.
Leticia estaba verdaderamente asustada porque creía que el tenedor se clavaría en Arlequín y, sin pensárselo siquiera, le había tomado cariño al personaje del traje mil veces remendado. Gritó cuando un guante le cayó en la cara.
Notó cómo el público se tensaba a su alrededor, si bien risas forzadas se oyeron. Buscó el abrazo protector de su abuela, quien ponía una mueca de disgusto, berreando algo del tipo «el teatro no era así en mis días».
Agazapada en el hombro de Pinélides esperó hasta que la correría acabase.
Una patada que brotó de entre los ropajes dio en el estómago de Polichinela, proyectándolo hacia atrás. Cayó jadeando sobre una derruida pila de camisones y faldas. Conservaba el tenedor en lo alto. Arlequín se asomó de entre los vestidos colgados jadeando también. Lentamente, ambos rivales se incorporaron.
—Agradece… que no… hice uso… de mi daga —boqueó Arlequín.
—Gárrulo.
Nuevamente tacones, pero no podía ser Silvia, quien se los había quitado.
—¿¡Qué es todo este lío!? —profirió una mujer pelirroja con sendos zarcillos colgando de sus lóbulos bajo el pelo tomado, coronado por un arreglo de plumas exóticas. Tres collares ocupaban gran parte de su escote, ceñido por un principesco vuelo flamenco del que caía cual cascada un vestido rosado de gráciles volutas. En una mano un abanico y en otra la punta de la manta de satén que cubría el costado enfrentado al público. Varios aplausos brotaron de las butacas. Diríase que se trataba de una actriz reconocida y prestigiosa para los entendidos en la materia.
Arlequín se incorporó como pudo, mientras Polichinela daba un salto y se plantaba frente a Flaminia, que por descarte debía de ser la recién llegada. Guardó su arma, el tenedor, y se tocó el sombrero largo de cocinero. La fea máscara parecía seguir donde mismo.
—Espero ser el primero que pueda decirte lo bella que te ves.
—Bobadas —espetó Flaminia.
—Pero es así. Es verdad, por más que no me creas. Me gusta además el nombre que te han dado: Flaminia. Evoca la flama que arde y bulle y no se apaga. Ardiente pasión, ardiente deseo, fuego intenso, intensamente ígneo.
—Para ahí, ¿quieres? Para ahí, porque no seré más que un fuego fatuo, brillando efímera sobre un pantano de barro estancado, distinguida entre tanta miseria enmascarada. Estoy acostumbrada a brillar, pero nunca me habían ofrecido hacer el papel de sol en un sistema decadente. Vino Minoesi y acepté, porque lo que me ofrece es la lluvia de meteoritos, el estrellato literal, las entrevistas y los programas radiofónicos. Súmale a eso que canto, ¿sabías? Me ha dado un salto en trampolín. Todavía más: me ha puesto pólvora en los pies. Y soy fogosa, eso no te lo recrimino, pero ¿Flaminia? ¡Un fuego fatuo, cariño, y se apaga tal y como se prende!
Para hablar se paraba peligrosamente al borde del escenario. Leticia casi no se lo cree, pero fue víctima de un primer rocío. Nada comparado como cuando un sudoroso Polichinela se puso a la altura de Flaminia, ambos mirando la profundidad del teatro lado a lado.
—Y sé que triunfarás a costa de este pantano. Se ve el brillo que no se puede regar a no ser que sea con dinamita, rubí flamígero. Quien se atreva a eclipsarte se verá absorbido por tu grandeza. Sin embargo, y solo por un instante, imagina que podamos ir juntos y construir una constelación, tú alfa y yo beta, irradiando la luz de los astros en el telón de la oscuridad y por sobre este pantano para marcharnos lejos, muy lejos. Una actriz necesita a un varón en quien se pueda apoyar y proyectar. —De a poco, Polichinela se fue girando hasta quedar cara a cara con Flaminia—. A todo esto, ¿te puedo llamar rubí?
—Ejem… —quiso interrumpir Arlequín, en segundo plano, mas sin conseguirlo.
—¿Para engarzarme como una joya en un anillo de plata y ser mostrada por ahí cual trofeo, cazado en los bosques mejor disimulados de barniz y andamios, mutilada de ambas gambas y zurcida la boca con un abucheo cordial? No, muchas gracias. ¡Qué considerado!
—Ay —soltó Arlequín, como si le doliese algo.
Polichinela pegó el mentón al pecho, decaído.
—Además, no soy yo quien tiene una inmensa joroba a la espalda. Deberías verte en esos espejos —apuntó atrás—. ¿Qué pasaba por tu mente cuando dijiste que aceptabas?
—¿Quieres seguir dándome cuerda? Aburres, mujer, no te quiero oír más. Suficiente, rubí.
—Ejem… —volvió a insinuar Arlequín.
Polichinela rindió los hombros y miró al techo con esfuerzo, venciendo como pudo el obstáculo de la joroba. Llegó a acuclillarse un poco.
«Vaya, y todo eso para poner los ojos en blanco», pensó Dolores Avellaneda, haciendo un glorioso esfuerzo por comprender las aspiraciones de la obra que tanto prometía. A veces el diálogo se le escapaba. Como ahora, por ejemplo. No podía deducir a qué tanto «ejem». Ahora Polichinela algo explicaba. ¡Era eso, claro! El payaso de la máscara con protuberancias en la frente, de los losanges coloridos de verdes y naranjas y también amarillos, insinuaba con sutileza que Poli debía explicarle a la fastuosa y regia Flaminia lo de los nombres. Le decía «es un juego, o una manera de jugar», frente a lo que Flaminia se mostraba de acuerdo con una risa atronadora, queriendo encimarse sobre los otros actores que compartían el escenario. A la sazón resultaba forzado.
Había que sumar a los supuestos de la trama la frecuente distracción que sufría Dolores. ¿Cómo conseguir interceptar al gran Mordechai David Glücksmann, más conocido como Max Glücksmann, sin resultar impetuosa? Desviaba constantemente su mirada al palco de la segunda planta más próximo al escenario. De seguro que el ángulo de visión sería inadecuado para que el director pudiese contemplar su puesta en escena, pero en este caso poco importaba, dado que el director era ciego y el dueño del teatro podría ver la obra tantas veces como le placiera, de llevarse a cabo más funciones.
¿Entrometerse en el palco, tal vez? Sería muy violento. ¿Hacer como que se perdía? Tendría que ser una estúpida. ¿Esperar hasta el interludio y tantear la situación para ver si podía inmiscuirse? Habría que contar con excesiva paciencia hasta entonces. ¿Sentirse indispuesta de pronto y acudir a la puerta más cercana? Era una idea más plausible. Para ello, debía partir localizando los servicios. Recordaba haber descubierto una puertecita que rezaba «DAMAS» junto a la escalera derecha cuando su aventura por las plantas superiores, antes de que iniciase el espectáculo.
Se armó de valor y pidió a sus tres vecinos que le flanqueaban el pasillo en su hilera que la excusasen. Recibió dos gruñidos y un único «Pase usted. Adelante».
Afortunadamente, su butaca pertenecía a una hilera bastante alejada del escenario. La separaban precisamente siete corridas si las hubiera contado, pero qué sentido tenía. Se internó en las sombras y, antes de atravesar las cortinas que cerraban el salón, se giró para ver si se perdía algo valioso de la escena.
—Me gustaría saber por qué nuestro Arlequín ha aceptado el papel —decía Flaminia, abanicándose.
Polichinela se cruzó de brazos, enfurecido porque le prestaran atención a otro que no fuera él.
—Porque… Por dos cosas —explicó acercándose al borde de las tablas y hablando muy rápido, ya algo propio en él—. En primer lugar, tenéis que saber lo comprometido que me siento con Tantaluz y lo mucho que espero que vosotros también os sintáis parte del grupo. Con nuestros defectos, hemos formado una familia. ¿Qué familia no los tiene? La pregunta me queda muy por encima de mis facultades. Sabéis que Pantaleón partió por meternos en esto. Es amigo de Minoesi desde hace años. Creo que estudiaron juntos algo de actuación, aunque Minoesi se desvió por la dramaturgia. Vi cómo se le iluminaban los ojos a Pantaleón cuando supo que podríamos revivir el teatro de las máscaras; pensó que era una gesta noble. Es más, pensó que sería un honor personar la Commedia dell’Arte y que nadie en su sano juicio podría ponerse quisquilloso o esquivo. Toda esa excitación fue anterior al libreto, claro está. Pero son amigos, el dire con Pantaleón, y este hizo eso que hacen siempre los amigos: dijo que sí. Lo que siguió fue una reacción en cadena. Creo que Pantaleón habló con Colombina, facilísima de convencer, que permeó la idea con más tildes de las que haría cualquier otro. Fuimos cayendo uno por uno, como patos asados por el sol que quemó al mismo Ícaro.
Prosiguió un momento de silencio. Otra vez un halo de incomodidad se cerró sobre los tres personajes en escena. Flaminia, demasiado orgullosa como para volverse, observaba impasible la fría masa de espectadores difuminados en espectrales contornos. Polichinela, entretenido en ordenar el desorden de vestimentas que había dejado con Arlequín, se abstuvo de mirar a sus colegas. El único que parecía absolutamente perdido era Arlequín.
—Aquí es cuando uno de vosotros muestra interés por saber cuál es la segunda razón que tuve para aceptar —se quejó.
Flaminia se miró las uñas. Polichinela botó las ropas que había logrado reunir.
—Oh, no te hagas de rogar, Arle. ¿Nos dirás cuál es la segunda razón o deberemos hacer mérito?
Arlequín se volvió y se enfrentó al reflejo de los espejos.
—Sin esto, nada queda.
Hablaba lentamente, lo cual sorprendió a los otros dos. Se volvieron. Algo de solemnidad en la escena.
—¿A qué te refieres? —preguntó altanera Flaminia.
—Cuando no estoy actuando, estoy intentando alegrar a los chicos de mi barrio con malabares o piruetas. Lo hago para no tener que reparar en las deudas. Pago una mísera pensión. Cualquier mes me cortan. Y como me hundo en fuertes dosis de literatura, la dueña no da un peso por mí. ¡Os lo digo que cualquier día me echa a patadas! Ya no me puedo embriagar tranquilo, porque no hay con qué pagar un litro. Sabéis que el alcohólico a alguien le roba para subsistir, porque no es justo andar de vago y tener además con qué poder limpiarse el gaznate. Porque, digamos, el que se quiere embriagar se debe dedicar a ello y hacerlo de la mejor forma. ¡Cuántas veces me ha pasado que empiezo y no logro más que un suave mareo antes de encontrar el vaso vacío! Y ahí quiero que se corte la luz y que se acabe todo. ¡Todo! Que me trague la tierra misma que piso. Pero no, ni siquiera tengo a quién recurrir para embriagarme tranquilo. Ni siquiera sé dónde me puedo caer muerto y tranquilo. Así que ya veis; tuve que aceptar. ¿Qué otra cosa podía hacer? De alguna forma hay que seguir rascando pasta y llenándose el estanque.
—Vaya, creo que hablo por los dos cuando digo que nos pillas desprevenidos.
—Yo algo me olía, pero nunca estuve segura.
—Da igual —sopló Arlequín—. Os tengo a vosotros, todavía. Tantaluz parece apropiado para decir cuánto iluminamos a los que nos ven. Siempre habrá algo a lo que echar mano. Vendrán los pagos de la función. No digo que será una gran cosecha, pero pago el arriendo y una gama de licores dignos de cualquier señor porteño que se precie. —De pronto, el payaso se giró y comenzó a sollozar ruidosamente, rascándose el pecho como si fuese el buche atragantado de un pájaro—. ¿Debería empeñar la única reliquia que me une con el pasado de mi familia? Malditas ropas que no me dejan tomar la medalla. —Se vio cómo se le rajaba un triángulo y un pentágono sobre el esternón—. Lo he arruinado, pero nada importa. Aquí está.
De su mano colgaba un reluciente medallón de oro.
Polichinela lo rodeó con avaricia, pero luego se apartó.
—Aquello sería ir demasiado lejos.
—Es precioso —reconoció Flaminia—, pero es tuyo y deberás atesorarlo por el recuerdo familiar.
Los sollozos se detuvieron. La mujer se le acercó para envolver con sus delicadas manos las de él.
—Gracias. Gracias a ambos.
Dicho esto, salió de escena saltando por sobre el montón de ropa que Polichinela no había sido capaz de ordenar. Este se acercó a Flaminia.
Sin deseárselo, Manuel Villarino se sintió compungido por el relato de Arlequín. Hasta entonces no daba ni un peso por esa obra por la cual, contradicción de contradicciones, su mujer Rosa había pataleado, exigido y malmirado en las veladas tardías y agotadoras que quedaban luego del magisterio. Había empezado por reducir la porción a la hora de la cena; eso fue frente a la primera negativa: «¿Para qué vamos a gastarnos una fortuna en la première?». «Porque ya se habla de su extrañeza. Se ha filtrado (seguramente un actor descontento) que será algo digno de ver».
A los dos días Rosa sufrió una laguna mental que le hizo olvidar completamente la preparación de la cena. Demasiado agotado, el magistrado Villarino no había sido capaz de golpear la mesa. En cambio, había decidido salir al balcón de su residencia en calle Rivadavia y había optado por encender un cigarrillo y pedir, formalmente y sin pesadez, cebar un mate, si no era mucha la molestia. Rosa se le acercó para robarle el pitillo y probar dos caladas. Había nervios en el aire.
«¿Y los niños? ¿Duermen?», preguntó Manuel Villarino.
«A Raulito le han dado una tunda a palos en la escuela», contestó Rosa afirmando y extendiendo la primera pregunta.
«¿Por qué?», se interesó el padre.
«Porque ha presumido que el día de mañana los metería a todos en la cárcel».
Manuel Villarino iluminó la tenue sonrisa que se dibujó en su rostro con el fuego del agonizante cigarrillo. Sintió orgullo por saber que al menos uno de su camada seguiría sus pasos. Faltaba nada más convencer durante los próximos años al bebé de Santiago Wilde para que también siguiese los pasos de su padre y socio y entre ambos —Raulito y el hijo de Santiago— pudiesen proyectar en el porvenir la firma de abogados V & W.
Aquella noche el mate había estado dulce; dos cucharadas de caña de azúcar y un chorrito de aguardiente, tal como le gustaba. Tres noches después —dos semanas antes de la función— supo amargo y quemaba al paladar.
«He oído que las entradas se venden como pan caliente», mencionó Rosa en el balcón. Había preparado un pollo sin sal.
«Entradas… ¿a qué?», apuntilló el magistrado solo para enfurecer a su señora, deporte que emprendía con rigor.
«¡Pues a qué otra cosa va a ser!», estalló Rosa.
«Punto para mí», anotó mentalmente Manuel Villarino. Esta vez tuvo cuidado de que nada iluminase su sonrisa.
Así habían pasado otros eventos, hasta que un día —una semana antes de la función, cuando Rosa de Villarino temía que se hubiesen agotado todas las entradas— dejó sobre la mesa dos papelitos que su señora apenas miró.
«Deberemos hablar con la fámula para que se quede hasta tarde cuidando de los renacuajos», comentó su señora, sin decir más.
Manuel pensó que él se lo tenía bien merecido, aunque no dejaría de practicar su deporte. ¿Acaso alguien pensaría que esos papelitos sobre la mesa, oscilantes a causa del viento que entraba abombando las cortinas y alargando la llama de las velas, impondrían una tregua? Nada de eso.
La noche siguiente se sirvió un banquete en casa de los Villarino. Los comensales eran solo dos: marido y mujer. Así supo el primero que su mujer le estaba infinitamente agradecida.
Ahora la miraba de reojo. ¡Cómo le brillaba el rostro! Estaba prendada de la obra con un interés rayano en la fascinación. Miró por encima de la cabeza de su mujer y advirtió a su socio Santiago Wilde. Se había portado excelente habiéndole conseguido a él y a su mujer asientos a última hora. ¡Y en los palcos, ni más ni menos! Estaban en la hilera de la primera planta, a la izquierda del mar de butacas inferiores. No le había pasado inadvertido que una mujer se había levantado durante esa misma escena. Poco antes lo había hecho un niño, seguramente aburrido. Naturalmente pensó en Raúl y en lo mucho que hubiese molestado si estuviera ahí.
«¿Por qué los disfraces? ¿Por qué las máscaras? ¿Por qué había un señor con gafas de aviador? ¿Por qué esto? ¿Por qué aquello?», hubiese preguntado cíclicamente. Lo peor era que si uno no tenía respuestas quedaba desacreditado y había que acertar varias respuestas más para retomar el podio de eminencia del conocimiento.
De Raúl su pensamiento volvió a centrarse en el chico que se había ausentado del salón. Pensó en la valentía de sus padres por haberlo llevado consigo, aunque notó dos siluetas más de torsos poco desarrollados junto al asiento del cual se retirase. Habría que estar loco para arrastrar tres críos a una obra extraña como lo era aquella. De pronto creyó recordar al padre de la familia. ¿No era un italiano? En Buenos Aires eso era casi regla. ¿Buonpiano o algo así? ¿Domingo Buonpiano? De seguro que su socio, Santiago Wilde, recordaría el nombre. ¡Tenía una memoria para los nombres! Podía ver un rostro de lejos y asociarlo a un nombre susurrado y listo, el registro quedaba grabado a fuego en un archivo pulcro y eidético.
Era fácil dejar vagar el pensamiento cuando no se sentía mayor interés por el teatro. Había catalogado al teatro con una frialdad ártica; para él no era más que una interpolación de monólogos con volteretas grandilocuentes y mimos absurdos. Ello parecía gustar al resto. Se habría sentido identificado en su aburrimiento con el chico que se retiraba de la sala —o se escapaba— de no ser por el diálogo de Arlequín. De pronto advertía un realismo inusitado sobre las tablas del que no había sido testigo en representaciones pasadas. Todavía no sabía qué era, pero presentía que en el trasfondo de ese Rumores tras bambalinas se movían mareas más emotivas de las que podía llegar a imaginar.
Experimentó la fea sensación de que perdía un punto en el deporte que mantenía con su mujer. La miró otra vez por el filo de los ojos y descubrió el por qué: ella parecía entender de qué iba todo y por eso, aunque de manera recatada, la envidió.
—Pon algo de música, quieres —pedía Flaminia, mirándose en los espejos de atrás.
—Nos oirían en la platea —infirió Polichinela refiriéndose a esa platea existente únicamente en el colectivo imaginario de todos los presentes; aquella desde donde la audiencia imaginada presenciaba la obra acaecida en Venecia.
—¿Qué se puede hacer entonces? ¿Tararear?
—Habría que intentarlo.
Flaminia intentó un apurado swing sin separar los labios que solicitaban algún platillo o algunas fusas desparramadas en un piano o algún contrabajo sacudiendo sus cuerdas. Polichinela castañeteó sus uñas contra la superficie de la campanilla que llevaba con él. Comenzó luego con su pie a marcar el ritmo; apenas una compulsión sin necesidad de levantar el talón bastó para que el entablado reverberase y se extendiese por el salón, respetuoso en su silencio. Se contagiaron unos cuantos entre las butacas sin llegar a descubrir que con sus pies seguían la breve pieza.
Sin motivo aparente, entró Silvia, alta y bella, reluciente como una diadema entre tanto desorden. Seguía con los pies descalzos. La música se detuvo.
—¿Qué ha sucedido aquí?
—Un pequeño altercado, pero nada de qué preocuparse —indicó Flaminia, mientras Polichinela destacaba su joroba con el esfuerzo de recoger los trapos y los accesorios sueltos. Leticia, en su butaca de la primera fila, estuvo a punto de devolver el guante que le había caído antes, pero sintió vergüenza.
—Todos vosotros (a no ser que cojan las escaleras de la azotea para ir a encender un cigarrillo) pasan por aquí de camino al escenario, por lo que debemos ordenar este pandemónium cuanto antes —dijo Silvia—. Me he topado con Arlequín afuera de su camerino.
—Así que cuenta con camerino —murmuró Polichinela—. Tan desahuciado no está.
—Oh, Poli, no le trates así —le recriminó Flaminia.
—Estaba llorando, aunque no quiso hablar cuando me acerqué a él. Me asusté al principio, porque le oí berrear sinsentidos.
—¿De qué tipo? —se interesó la pelirroja, desatendiendo su reflejo por un momento.
—Cosas preocupantes, a mi parecer. Decía algo de querer hacerlo desaparecer. Decía «mejor sería que lo hiciera desaparecer» y luego se llevaba la mano al pecho para agregar algo que era «la negra luz de todos nosotros».
Polichinela y Flaminia intercambiaron una mirada de inteligencia, mas nada dijeron.
—¿Nada más?
—Luego me acerqué y se volvió, excitado —negó Silvia—. Pero…
—¿Sí?
—Tenía el puño cerrado con tanta fuerza que se le marcaban las venas y eso me asustó, porque solo he visto los puños de mi padre así de cerrados y fue siempre antes de que aporrease a alguien.
—¡Ja! —rio Flaminia—. Descuida que ese es incapaz de hacerle daño a una mosca. Hablemos mejor de cosas útiles. ¿Ya acaba la escena?
Silvia prestó oídos y asintió con liviandad.
—El doctor Matasanos debe haber atendido ya a Flavio; le promete que le preparará un tónico para curar su mal, pero que primero deberá reunir los ingredientes. Por una de las ventanas abiertas se cuela un cuervo y Flavio cree que es madame La Mort, por lo que le pide una prórroga. El doctor trata de decirle que es un indefenso cuervo, pero Flavio se cree perdido y en su desesperación intenta convencer a madame La Mort. El cuervo vuela otra vez. A través de la ventana se ve la luna menguante y Flavio, en un delirio autoproclamado, ilustra en un monólogo lúgubre y tenaz que es la guadaña sostenida en lo alto a modo de amenaza, cual guillotina preparada para caer sobre él.
—¿Podrá alguien creer que se sufre tanto un mal de amor? —reflexionó Flaminia, cerrando el abanico y apoyándolo en una mejilla—. ¿Habrá alguno entre los del público que sufra o haya sufrido así del amor? Antiguamente estaba bien, pero hoy en día, ¿se lo creerá alguien?
Polichinela, con una montaña de ropa entre los brazos, asomó su rostro por detrás. Su bovino mirar recorrió a Flaminia de arriba abajo. Tosió antes de hacer una solemne confesión:
—Yo amé una vez tanto como para enfermar. Y enfermé.
Flaminia blandió el abanico en su dirección.
—Si vamos a hablar de penas, tendrá que ser luego de la siguiente escena. ¡Apúrate y deja esas ropas! Silvia se encargará. ¿No es así, Silvia?
—Sí, claro, señorita.
—¡Signora Flaminia y la boca te queda donde mismo! Si vamos a representar esta farsa, hagámoslo bien, al menos.
CAPÍTULO 4 En donde se leen dos cartas
La inútil búsqueda de dramas ocurridos en Venecia dejó a Julia exhausta. En más de una ocasión sintió físicamente el peso de todos aquellos volúmenes sobre sus hombros, burlándose de su intento de inspección. Miguel, compadecido del capricho de la cieguita, se ha acercado a ayudar, abandonándola en medio del género dramático para atender a un grupo de japoneses con intenciones de tomarse una fotografía en los balcones cóncavos de las plantas superiores, algo que para muchos es una obligación turística.
La hora abrió el apetito, por lo que han decidido dejar El Ateneo para ir a almorzar algo. Merced a la discapacidad de su señora, Julia opta por el restaurante de la esquina, cuyos rótulos rezan «Babieca» y más abajo «PIZZA-RESTAURANT». ¿Qué puede salir mal?
Adentro, mesas redondas de largos manteles blancos reciben a los visitantes en un interior de doble altura, cedida por la estrechez de un balcón interno, como si el balcón hubiese sido carcomido por los humos de los alimentos, ampliando la sensación de comodidad y aprovechando la luminosidad que otorgan los gloriosos ventanales que dan tanto a la calle Riobamba como a la Avenida Santa Fe. Se sientan junto a una de estas ventanas, procurando que la luz del sol no dé de lleno en la sensible piel de la anciana.
—He pensado, niña —empieza la señora con prístina cadencia—. He pensado lo que van variando los recuerdos. ¿Nos pertenecen? Pareciera que sí, pero hay veces… Los recuerdos se pueden moldear, no te quepa duda. Hoy lo que creo recordar es la escultura y no el bloque original del que nace la escultura. La nitidez se me escapa, porque mi sentimiento es esquivo. Quiero, por todos los medios, dar con la historia, pero no sé cómo hallarla. Por muchísimos años quise olvidarla. Creo que en parte lo logré. Pero ahora…
—Está bien, señora. Está bien, no se inquiete.
—Pensé que sería más sencillo.
Julia agradece que llegue el camarero: un hombre de mirada bizca, con su cabello cano peinado con pulcritud desde la intransigente raya del medio. Les deja con gesto mecánico dos menús sobre la mesa, uno frente a cada una, pues no se ha percatado de la ceguera de la señora.
—¿Desean servirse algo de beber?
—Un agua tónica y una limonada de menta sin azúcar ni endulzante, por favor.
—De inmediato.
Julia toma el menú que tiene enfrente y lo hojea sin saber qué pedir. Su señora está ausente, sin interesarse por lo que comerá.
En eso ve cómo una cara conocida se sienta un par de mesas más adentro. Le reconoce en el acto: es el escritor del Grand Splendid, aquel del incidente de la taza de café. Lógico que acudiese a almorzar ahí. Por su parte, él no dio señas de enterarse de la presencia de la silla de ruedas, ni de la señora ciega ni de su asistente.
—Está aquí también —susurra con tenue espanto la señora.
—¿Quién? —pregunta Julia, incapaz de creer que la presencia del escritor pudiese haber sido notada por la ciega. ¿Sería su perfume, acaso? Debía andarse con cuidado si salía otra vez con lo de «Tabaco Rabanne» o cualquier otro perfume inventado con el fin de zaherir.
—El pianista. Pasó junto a nosotras y siento cómo nos mira.
Julia se voltea esperando encontrarse con la mirada del escritor, pero este revisa con el ceño fruncido el menú del Babieca, indeciso. Entonces, ¿a quién se referirá su señora? ¿Puede un ciego percibir una mirada?
—Nadie nos mira —apunta Julia.
—¿Nadie? De seguro que el restaurante no está vacío; apostaría que más de un par de ojos reparan constantemente en nosotras. Al fin y al cabo, ¿cuántas veces al día se ve a una ciega en silla de ruedas que parlotea con el aire?
—Yo estoy aquí.
—Sí, niña, pero igual llamamos la atención, lo sé y no lo puedes negar.
Para cambiar la dirección de la conversación, Julia se concentra en el listado de platos.
—¿Qué desea comer?
—Pídeme una sopa que no tengo hambre.
—Debe comer algo más.
—No puedo, niña; no mientras él esté cerca, porque su presencia me perturba.
¿A quién rayos se refería? Julia mira en derredor presa de una repentina paranoia. Súmesele a ello el disgusto que experimenta frente a la falta de apetito de su señora, otrora una mujer rolliza. La diabetes la ha mermado lentamente y ahora es un espantapájaros de cabellos lechosos y abundantes de una blancura cloral. Claro que Julia no la conoció en su época gruesa, pero ha visto fotos y se asombra de la diferencia.
Pareciéndole extraña la intranquilidad de su señora, Julia se concentra en ser útil y alcanza el bolso que cuelga de las manillas de la silla de ruedas. Observa de reojo su reloj y asiente.
—Le corresponde tomarse su metformina.
—¿Ya es hora? La prefiero de postre.
—Está bien, pero con una condición.
—Hoy parece ser el día de las condiciones. Adivino, niña, porque tienes una única manera de tratar con este vejestorio malcriado: ¿antes debo terminar mi merienda?
—Justamente.
—Apostaría a que los ciegos conocemos mejor a las personas.
—Lo hemos conversado en un sinnúmero de ocasiones.
—¿Sí? Me parece una idea fresca. Acaso debas anotarla.
Hay algo de mofa en la oración. Julia no pesca el anzuelo.
—Como desee.
—Por mientras, me ocuparé de elevar una oración —añade la señora con el mismo tono jocoso que empleara antes.
Dejándola hacer, una descolocada Julia revisa la cartera en busca de un papel y la cajita del medicamento que le deberá suministrar a su señora. Aparta la esfera digital del glucómetro y la jeringuilla, las cuales emplea exclusivamente en los anocheceres. ¿Se estará trastornando su señora que olvida con facilidad? Debe ser la emoción del retorno.
Advierte el borde de un papel blanco entre el resto de objetos que comparten el interior de la cartera. Claro, se trata de la carta que desató todo. Les llegó mucho antes de emprender el viaje a Argentina. Es más, podía asegurar que estaría fechada el año anterior.
Con el mayor de los disimulos —porque su señora tiene un oído extremadamente fino y a pesar de que se ponga testaruda con su “rezo” como una niña mimada, estará atenta a las acciones de su asistente— saca el sobre junto con las pastillas.
La carta cruje cuando la desdobla. A su señora no parece importarle; mueve los labios pegados y junta las palmas de las manos. Acaso cree que Julia realmente anotará aquella frase referente a la capacidad de los no videntes por visualizar a una persona.
«Que piense lo que quiera con tal que recuerde de qué iba la obra de teatro que vinimos a buscar», reflexiona con sarcasmo la española.
Tenía razón. La carta es de fines del dos mil uno.
Muy distinguida María Leticia Lainez:
Hacer o dejar de hacer. Inmiscuirse o retirarse. ¿Somos observadores o ansiamos ser observados? Evitar la evaporación de los recuerdos para forzar su condensación… Nadie puede, ni por ello habría de caer en la frustración. No obstante, he dado con sus señas y pido a Dios que sean certeras, pues para lo que le debo decir necesito la más absoluta certeza en cuanto a usted.
¿Es usted la niña Leticia que vivió en Azcuénaga y conoció a una familia de apellido Bonpiani? De ser ella, la saludo con cariño.
Sé que usted acudió una noche de primavera al Teatro Grand Splendid a presenciar una obra muy particular que con toda seguridad no ha podido olvidar. De esto harán setenta y siete años o más.
Le pido responder esta misiva con la mayor de las urgencias, pues me temo que la verdad termine olvidándose.
De ser usted quien espero que sea, sepa que le tengo un gran afecto y confío en su bienestar.
Sinceramente suyo,
A. B.
Julia estaba con su señora el día en que el correo les llevara la carta en cuestión. Le pareció encantador el hecho, porque el remitente podía ser un viejito senil intentando tener noticias de sus primeros amores o bien podía haber algún secreto que mereciese salir a la luz y que hiciese partícipe a doña Leticia. Algo más fantasioso que la primera opción, pero posible de todas maneras.
Por su calidad de asistente le correspondió redactar la respuesta, la cual expresó en amables términos la grata acogida del mensaje y afirmaba la identidad de la señora en cuestión. A partir de entonces quedaron a la espera, aguardando para ello tres meses, dado que el remitente residía en Mendoza y ellas en Madrid.
—Sus refrescos.
Es el camarero de mirada bizca con la limonada de menta y el agua tónica; la primera es para la dama y la segunda para ella, aunque el hombre no tiene cómo saberlo y ha puesto los vasos al revés. Mientras Julia los cambia de posición es interrogada acerca de lo que se servirán.
La lectura de la carta ha reemplazado la revisión de aquella otra carta propia del Babieca. Julia pide disculpas y algo más de tiempo.
—Cuando usted quiera —se retira el camarero, muy amable.
Cada vez que coge la metformina la zarandea un escalofrío, porque entonces no puede evitar mirar los ojos fijos de su señora víctima de retinopatía diabética sin preguntarse si le ocurriría lo mismo a ella. ¡Qué atroz padecimiento verse consumido con demoníaca paciencia! Espera ser parte de los rezos de su señora, si bien el trato que se dispensan es de hermética cordialidad.
—Aquí tiene —indica Julia, tomando la mano de su señora y llevándola al vaso de limonada. Ha dejado una metformina a la espera entre las copas de la mesa—. ¿Sopa, entonces?
La señora da un sorbo, tras lo cual asiente. Julia cierra la cajita con los medicamentos, dobla la carta y guarda ambas en la cartera de la señora. Se pregunta qué habrá sido de la segunda carta, la cual nunca llegó a leer —en Madrid trabajaba por turnos con otra muchacha enfermera de profesión, a diferencia de ella. Fue decisión de su señora hacer el viaje a Argentina únicamente con Julia, compensando con creces sus honorarios por la continuidad de la asistencia—, aunque sabe que es la causante de todo el resto y la justificación de este viaje poco recomendable para la salud de la anciana.
Coge por inercia el menú del Babieca y lo hojea sin ganas, porque ahora también piensa en la curiosa presencia que perturba a su señora. ¿Un pianista? Ella no ha oído piano alguno. Coincide luego que su señora nota la presencia aquí, en el restaurante, y es cuando el escritor pasa junto a su mesa.
—¿Sigue aquí? —inquiere sin pensárselo antes.
—¿Quién?
—Pues el pianista del que hablaba antes.
—Hum… —frunce el ceño con la particularidad de pronunciar cada una de sus arrugas faciales—. Sí, y hay apetito en su mirada.
La señora bebe de su limonada, agitada. Ya va por la mitad del vaso. Quizás será mejor no preguntarle al respecto, con tal de no excitar su estado de ánimo.
Julia no sabe por qué se asusta. No le gustaría que la mirasen con “apetito” como si fuese un pedazo de carne para poner a la parrilla. A propósito de lo cual se concentra otra vez en la carta, recordando haber oído mencionar que las carnes argentinas saben fantásticamente bien.
La sombra del camarero bizco se proyecta una vez más sobre el mantel de la mesa. No hay tantos comensales como para que se mantenga ocupado.
—¿Ordenan?
—Sí, sí. Por supuesto. —Julia quiere salir cuanto antes del apuro—. Una sopa de cebolla y… déjeme ver. ¿Cómo se llamaba el corte? Bife… ¡Bife de chorizo! Ahora lo recuerdo.
—¿Una sopa de cebolla y un bife chorizo?
—Sí, exacto.
—No lo lamentará. ¿Algún acompañamiento? Tenemos ensalada variada con verduras del huerto.
—Me parece perfecto, gracias.
El camarero retira ambas cartas de la mesa; aquella que le entregara Julia y aquella otra cerrada sobre la mesa enfrente de la señora. Cuando la lazarillo levanta la mirada, se encuentra con que a través de los cristales está Adolfo Maretto, quien rápidamente pestañea y cambia de posición haciéndose el desentendido. Se marcha mezclándose con los transeúntes del mediodía bonaerense, pareciendo querer perderse entre la corriente.
Julia se queda helada. No es que calificaría aquella mirada como « apetitosa», pero sí muy atenta. Busca, por una compensación que no puede explicar, al escritor, hallándole mansamente entregado a la lectura del menú.
Acto primero Escena IV
«¡Pardiez! Había olvidado por completo a los acomodadores. Tendré que superar la puerta de los servicios cuando no me presten atención. Quizás podría hacer como si el cuarto en cuestión estuviese ocupado por otra dama... Estas escaleras conducen a las plantas superiores. Se dice que en uno de esos cuartos graba el mismísimo Carlos Gardel. Es más, se dice que el cuarto en cuestión está encima de la cúpula. Vaya alusión alegórica. ¿Debería aventurarme a una doble misión por el bien de la cultura porteña? Porque si sucede algo en esta ciudad, Dolores Avellaneda debe enterarse cueste lo que cueste para darle su autorización de copucha fidedigna expresando su versión de los hechos».
Apostando todo a su coraje, superó la puerta de los servicios y fue a entrometerse escaleras arriba.
Simultáneamente, pero en la escalera opuesta, Giacomo Bonpiani cavilaba. Ya se le había acercado un acomodador para preguntarle si se había perdido, ante lo cual el niño se enfureció con justa razón; ya tenía edad suficiente para ir solo a la toilette. Aparentó alargar su molestia, pues le daba tiempo para analizar su situación: pensaba que el acceso para los actores estaría reservado a una puerta trasera, pero observó que la puerta de entrada al Grand Splendid estaba custodiada por los vendedores de boletos, los acomodadores que fumaban y uno que otro administrativo. Por lo tanto, la vuelta a la cuadra estaba descartada. Algo le decía que tampoco hubiese tenido suerte, considerando el tamaño de las manzanas de Buenos Aires, sencillamente enormes ahí por donde discurría la Avenida Santa Fe. Si no podía atravesar el teatro en sí, le quedaba una sola opción: subir esas escaleras que no sabía a dónde llevaban. Se escudó en la indefensión que presentaría un niño de apenas siete años —eran ocho solo cuando le apetecía a su conveniencia—, tal como había aprendido de sus hermanos, Carlo y Alessandro. Así pues, subió con el corazón hecho un puño.
Mientras tanto, las tablas habían experimentado un cambio en el equilibrio del peso encima de ellas; ni Flaminia ni Polichinela ni la divina Silvia estaban ahí. Cada uno se ausentó por razones distintas; Flaminia debía salir a escena para discutir con Pantaleón, porque este la retenía en su palazzo, sospechando los suspiros de su prometida por otro hombre; Polichinela abrazó a un sudoroso Flavio por cuya influencia ambos partieron a merodear el camerino de Pantaleón en busca de esas botellas prometedoras; Silvia fue a consolar a Arlequín, pues se lamentaba cada vez más acerca del estado en que se lo había topado antes.
Fue así como quedó en el escenario el doctor Matasanos, también jadeante por la escena que acababa de interpretar (un jadeo actuado, naturalmente), y una etérea Colombina, exultante por el descubrimiento que había hecho.
—¡Me lo he inventado! No llegué a repasar todo el libreto, porque sería una locura hacerlo en estos momentos. ¡Me gusta tanto como suena!
—¿El qué?
—Mi nombre, por supuesto. Colombina Richiolina Esmeraldina di Montecastania.
El doctor Matasanos se encogió de hombros. Se mesó la prominente barriga y comenzó a rebuscar por la pila de objetos de la derecha; levantó el busto del dios hermafrodita, abrió el baúl mal cerrado, luego fue a los espejos de atrás y abrió los cajones de las cómodas que los sostenían, berreando cada vez más fuerte.
—¿Buscas algo?
—Hay un p-placer sencillo que no debería negárseme con t-t-tanta ignominia. ¿Habré sido burlado por otro más necesitado o por mi p-propia infeliz memoria? —se giró violentamente y apuntó al busto del dios indefinido—. ¡Estoy seguro de haber dejado unas galletas debajo de ese busto du-durante el ensayo! El apetito de todo hombre no debe ser cosa que se preste a juego, sabrás.
—Oh, pensé que sería algo más importante —comentó Colombina—. Los nombres sí que son importantes. ¡Hay tantos que ignoro!
El doctor Matasanos detuvo su búsqueda y miró a la mujer con un mentón que aseveraba desprecio bajo la máscara.
—Seguirán siendo muchísimos los que ignores, querida.
—Vamos, doc, no seas así conmigo. He encontrado un folleto en el pasillo, que nos describe. ¿No sería fantástico echarle una ojeada?
—¿P-para qué? ¿Qué ganamos con ello? ¿La bu-buena acción del día pasa por leer un folleto? ¿Una lectura insulsa me asegura el Re-re-reino de los Cielos?
—Vamos, basta; no me gusta que se desquiten conmigo —gimió Colombina—. Estoy tratando de hacernos pasar a todos una mejor racha.
—…ráfaga, querrás decir.
—…racha, ráfaga, ventisca, vendaval, tormenta, aguacero, torva, cellisca, aluvión; da igual. Sea como sea que salgamos de esta, habrá alguna oportunidad en que Tantaluz se reúna y recuerde y podamos decir «¿no era para reírse cuando hiciste a la que se creía una noble di Montecastania?». Ni siquiera hemos finalizado la función y la perspectiva del reencuentro me parece exquisita.
Escondido bajo uno de los espejos traseros había un escaño de tres patas. El doctor Matasanos lo adelantó al centro de las tablas y dejó caer peligrosamente su cuerpo en el taburete. Se cruzó de hombros y hundió el mentón en los rollos de una papada presionada.
—Te oiré, e incluso te aconsejaré, frente a una condición.
Colombina puso los brazos en jarras y rio.
—Déjame adivinar: que te consiga algo para el bache.
—¡Qué rústica! Pero sí; has adivinado bien. Ahora, entretenme con ese folleto que tanto promete —tartamudeó.
Colombina sacó un tríptico de su escote. Cuando lo extendió, Leticia pudo ver claramente que era un simple papel garabateado que había sido doblado con atención. Junto a ella, su abuela Pinélides entrecerró los ojos para ver si descubría algún dibujo en el papel.
—A ver, a ver. Un título reza «I Argenti», que somos nosotros en la obra que sucede en Venecia. Aparecen los nombres, sin apellidos. El orden de los personajes es alfabético… No, creo que responde al orden por aparición, aunque… En fin, hay una escueta descripción de cada uno y (¡Eureka!) menciona nuestros lugares de procedencia. Por ejemplo, aquí dice que Arlequín… bla bla… veintiún años. Es bastante joven, ¿no? Dice que proviene de Bérgamo. ¿Debería llamarse Arlequín di Bérgamo?
—Muy simplón, moza. Arréglalo un poco. Tíñelo con pi-picardía y maquíllalo con el sentido estético de la m-mujer. Recuerda que Arlequín es pobre; sus orígenes son humildes y lleva ropa zurcida, pues no le da para comprarse nuevas prendas. Dale el agua que hace b-brotar a la planta, si así me entiendes, pero que sea agua embarrada si quieres regar una hortaliza de un huerto en el campo. ¿Ca-capisce?
—Oh, ya veo. Veamos, ¿qué se me ocurre? —Con elegancia, Colombina se llevó un índice al mentón y sostuvo con la otra mano el codo del antebrazo elevado en una postura que venía adoptando frecuentemente—. ¿Qué tal Arlequín Bergamasco?
—Bien, ¡bien! —aplaudió el doctor Matasanos—. Me gusta esto. Eres la c-criatura de los juegos, Colombina. ¿Qué otro nombre te sacas de la manga?
Ruborizada, Colombina efectuó una suave reverencia contra la figura del doctor. Se sentía halagada y fustigada por su apoyo. Impregnó excitación al acto de repasar el folleto que tenía en las manos.
—Luego viene Pantaleón, sesenta y tres años, pero ya hemos indagado al respecto. Luego, yo misma… ¡Polichinela! Vaya, aquí dice que viene de Nápoles. Hummm… —repitió el gesto pensante—. ¿Soy yo o Polichinela me suena más a apellido que a nombre?
—Es tu juego, Colombina —aclaró el doctor Matasanos retirando ambas manos.
—Si hubo un Napoleón, ¿por qué no podría haber un Napolín?
—¡Bravo! —La papada se agitaba—. ¿Cómo quedaría?
—Eso estoy pensando; Napolín Polichinela no me gusta, pero Polichinela Napolín es como dos apellidos consecutivos. ¿Se puede usar un tercer nombre? Cierto que el juego es mío. Además, yo llevo tres y un apellido. ¡O un sobrenombre! Sea Napolio «Polichinela» Chielli.
—Habría que darle una vuelta —reflexionó el doctor—. ¿Qué hay de mí? ¿De dónde provengo?
—Claro, claro… ¡Aquí! —exclamó Colombina alzando el folleto—. Dice que… habla de cincuentena, por si acaso… su origen es boloñés.
—¿Boloñés? ¡Por supuesto! —festejó el doctor Matasanos golpeándose el pecho—. ¿De dónde si no? Bolonia, la cuna de la cultura, la universidad más antigua del Viejo Mundo, los estudiantes y la medicina. ¡Excelente! Falta nada más darme un nombre completo y, dado que Matasanos es sin lugar a dudas un apellido, me estoy quedando corto de nombre de pila.
—Sencillo: Bolonio. Bolonio Matasanos. «Démosle la bienvenida al emérito doctor Bolonio Matasanos». Suena de maravilla.
—¿Bolonio? Pienso en demasiadas razones p-para no llamarme así. Puede provenir de «bolo» o «bola», lo que me hace pensar en alimento o en un testículo, re-respectivamente. Será fácil denigrar al p-personaje de esta manera, aunque bien es cierto que «Matasanos» no co-corresponde con la idea que tengo de un p-prestigio intachable.
—Oh, Bolonio, ¡qué nombre! Somos parte de un drama, pero también de una comedia.
—Sí, a la sazón re-repre-repre… nuestros papeles son hechos p-para personajes t-tragicómicos, como en la vida misma. ¿Quién sigue?
Colombina rodeó con saltitos la mole sentada de su recién bautizado (y favorito) doctor Bolonio Matasanos. Leyó el papel con el entrecejo fruncido.
—¿Quién viene ahora? Ah, es Escaramuza.
—¡Gran bribón! —vociferó el doctor.
Faltó tiempo para que Colombina pudiese leer la descripción que se refería a un personaje todavía incógnito, porque entraban Flavio y Polichinela, cabizbajos y con las manos en los bolsillos. Se detuvieron con sorpresa cuando hallaron el vestuario ocupado.
—Parece que siempre hay alguien aquí —enunció Flavio.
—Es natural, de camino al escenario —asintió Polichinela.
—¿Qué les sucede a los dos? Parecieran haber sido apaleados.
Colombina estuvo a punto de alardear con el folleto en alto, pero se contuvo en último momento, apagando su excitación. Se apartó un tanto para darle espacio a los recién llegados.
Fue Flavio quien habló, dirigiéndose al doctor Matasanos:
—Su conducta es inexcusable. ¡Nos creerá rateros de la peor calaña para hacer algo así! Y en nuestras propias narices, por si eso fuera poco. ¿Quién pretendía que fuésemos como una familia, con sus defectos y virtudes, tantísimos más los defectos y apenas rescatables las virtudes? Pensará acaso que somos un zaino que carga a la espalda como un caracol su casa, de la cual puede prescindir según su conveniencia, vaya uno a saber. Cerrar con llave su propio camerino…
—El muy ruin —añadió Polichinela.
—Alto ahí —cortó el doctor Matasanos—. Explicaos de una vez, po-porque no entiendo de quién habláis.
—Ni yo —agregó Colombina.
Flavio y Polichinela se miraron. Volvió a tomar la palabra el primero, siempre con el pecho inflado:
—Lo sabéis tan bien como yo. ¡Ha sido idea nuestra! —enfatizó parado de puntas frente al doctor—. Hablo de Pantaleón. Algo esconde en su camerino, porque lo ha cerrado con llave. ¡Ha cerrado con llave! Y el lapso de su ausencia no va más allá que de una a otra escena, eh. Nunca había visto tanta desconfianza en carne y hueso. Es para vomitar.
Como impulsado por la picada de una pulga, el doctor Matasanos se incorporó de su escaño —el cual había logrado soportar su peso, válgale el mérito— y apartó a Flavio. Mientras tanto, Polichinela se acercó a Colombina y comenzaron dos diálogos en paralelo, cada uno oído mejor por la proximidad de la audiencia, a diestra o siniestra. Afortunadamente para la confusión de Leticia su asiento se hallaba al centro de la corrida.
El doctor Matasanos dijo:
—Siempre podemos recurrir a Silvia, ¿no es así?
—Ya la he visto y me ha rechazado, porque está ocupada con ese blandengue de Arlequín —respondía Flavio.
—Deberá recomponerse, porque le toca la escena siguiente.
Colombina decía por el lado opuesto del escenario:
—He descubierto algo sensacional. Mira este folleto.
—Mi muy preciada, no hay tiempo para eso —aclaraba Polichinela—. Aquí, en la realidad, sabemos que eres la más cercana a Pantaleón. Flaminia es su prometida solo en la obra, pero queda claro que no llegarían a ser amigos ni aunque de eso dependiese la continuidad del tiempo.
—No comprendo qué quieres decir.
Flavio:
—Nada nos podrá dar Silvia que no se iguale al tesoro que guarda el viejo en su camerino. He intentado forzar la puerta. Hemos intentado sonsacarle a Silvia dónde habría otra llave. Hemos querido salir por la parte posterior, pero es cierto que Polichinela deberá entrar en escena de un momento a otro y no queda tiempo de ir a cambiar pesos por grados a algún boliche cercano.
—Súmale que si ven a cualquiera de nosotros en esta facha, qué pensarán.
—Exacto. ¡Condenados al teatro! Condenados al personaje, alegrando la grandeza de Minoesi, sabio encarcelador.
—Me han condenado tanto al personaje, que ahora incluso t-tengo un personaje completo; nombre y apellido, sí señor.
—¡Válgame Dios!
Polichinela:
—Usa tus encantos. Si es necesario baila una danza árabe. Queda prohibido cantar, porque te oirían adelante. Prométele algo; cualquier cosa. Acaso despierte su avaricia si le prometes obsequiarle el medallón de oro que lleva Arlequín, el muy desamparado.
—¿Qué medallón?
—Eso no es importante. ¡Para nada! Pero habla de medallones o de zafiros o de presas suculentas; di que para tu gesta necesitarás un camerino espacioso y no la despensa compartida que te han asignado. Caerá como pez en la red.
—Pero yo no quiero hacerle eso a mi Panta Padovés.
—¡Pero si es por el bien de todos! Es un beneficio para Tantaluz y como tal vale la pena. Compartiremos la borrachera, cosa que al fin y al cabo es mejor que atribuírsela a un solo hombre, pobre de él.
—¿Qué hay de la actuación?
—¿Eso que llaman profesionalismo? Es para la gente aburrida; es para los que ordenan los números de los otros en una oficina gris, para los que resuelven problemas ajenos, para los que no pueden resolver los problemas internos, para los que tienen que mostrarse en sociedad, para los que tienen parientes en Europa o en Norteamérica, para los que llevan a los niños al zoológico y les parece de lo más normal ver a un chimpancé o a un elefante de otro continente encerrado tras rejas, para los que caminan con el tic-tac de los relojes, para los que se medican ante la hipocondría, para los que «por si acaso» salen con paraguas incluso cuando hace un sol radiante pero sopla la brisa fresca, para los que asignan un cuarto a cada miembro de la familia, para los que se ríen cuando se les hace reír sin ser capaces de reírse solos, para los que pagan por una función «divertida» o «distinta» o «indispensable» para tachar su lista de quehaceres sociales, para los que…
—Ya entiendo, Poli. Entiendo, pero incluso así nos ganaremos nuestro sueldo respetando las formalidades y representando nuestras líneas.
—Líneas las cuales no has leído por completo, según he oído. ¿Me podrías decir cómo termina todo esto? —Colombina retiró el rostro y calló—. ¿Te importa mucho tu trabajo? Porque ahí confundes una obligación con lo que para otros es arte, y así nos vamos, luchando incluso en la cama y en el sueño de otros, colándonos con zapatos de hierro en el ulular de la victoria, rindiéndonos a la mejor oferta, ¿no es así?
—Lo único que quería decir, es que algunos debemos llenar la olla para comer.
—Pero no usted, señorita Colombina. No usted, y le digo por qué no: porque su faz es tersa y disfruta del sol en verano, acaso en otoño y primavera también, porque nunca pregunta “cómo está”, sino que se retuerce en el “cómo es”, porque después de esto se irá a un hotel, porque desea el fogonazo de la cámara y goza con la pupila dilatada tanto como con una droga, porque…
—Oh, cállate. Me hartas con tus eternos listados.
—Pero es verdad, ¿no es así?
Matasanos:
—Después de esta escena, Pantaleón sale y nada de raro que p-pasee por aquí. Arlequín, Polichinela y tú entráis, c-cre-cre… pienso que para encargarles los ingredientes de la pócima que salvarán tu mal de amor.
—Justamente —concordó Flavio.
—Quedo yo, y puede ser que Colombina t-termine siendo útil.
En aquel preciso instante, la actriz pasaba sollozando a espaldas del doctor Matasanos. Se les unió Polichinela, silbando una melodía canaria.
—¿Qué le has dicho a la pobre?
—La verdad, nada más; la pura y santa verdad. Ha sido demasiado para ella, la muy ingenua.
Flavio rindió los brazos, pero sin deshinchar el pecho:
—Así pues, queda en tus manos, doc. Confío en que podamos pasar las restantes escenas con algo de calor en los labios y un poco de ligereza en el corazón, ¿eh?
—Suena a los efectos de la panacea —pensó Polichinela en voz alta.
—Es un tipo de, amigo mío —aseveró Flavio—. No vengas a hablar con sentido común, que una máscara te basta y sobra por lo fea que es.
—Pero si yo no…
—Te conozco. Si ya has hecho llorar a nuestra única aliada, es que andas con sed de más como yo ando con sed, lisa y llanamente. ¿Dónde está el diablo de Arlequín?
—Ya vengo, ya vengo —exclamó este, que entraba precisamente entonces en escena, saltando por encima de las vestimentas que todavía estaban repartidas por el suelo.
Leticia notó que llevaba la camisa de figuras geométricas intacta, como si nunca se la hubiese rajado a la altura del pecho. Intentó ver a través de la negrura que cerraba la salida izquierda. ¿Podría ser, en aquella obra de supuestos, que Arlequín no debiese haber roto el peto? El detalle la llenó de desazón, pues quería explicaciones para todo.
El último alcance de su mirada descubrió algo no menos inusual. Es más, algo completamente fuera de lugar. ¿Tenía algún sentido lo que vio? Se giró para revisar las butacas, particularmente las de los Bonpiani, pero Pinélides le aguijoneó con un codo.
—Quédate tranquila, por favor.
Enfurruñada, Leticia prestó atención a los cuatro personajes.
Flavio:
—Oigo que ya vienen. Andando, payaso. Haz sonar tu campanilla.
Acto seguido, Arlequín Bergamasco, Napolio “Polichinela” Chielli y Flavio Espósito desaparecían por la derecha del escenario para llevar a cabo la escena en donde los dos primeros aceptan ir en busca de los ingredientes para la pócima que curará el mal de amor de Flavio, dejando a Bolonio Matasanos preguntándose qué habría sido de Colombina Richiolina Esmeraldina di Montecastania. Jugando así era fácil aprenderse un nombre, por más que no le correspondiese mencionarlo en escena.
CAPÍTULO 5 En donde se pacta una alianza
La señora se ha tragado la sopa de cebolla a duras penas, cosa curiosa pues siempre gusta de la buena mesa. Luego quiso probar algo de carne, solo para salir del empacho, por lo que Julia cortó unos minúsculos pedazos de su porción, la cual supo a gloria y a salada efervescencia.
Durante el almuerzo, la asistente se abstuvo de hacer comentarios tanto acerca de Adolfo Maretto como de la presencia del pianista. En el caso del primero, podía tratarse de una mera coincidencia y no de un espionaje concertado. En el caso del segundo, acaso fuesen imaginaciones de su señora que ya pasarían. Sea como sea, ha preferido no reincidir en lo que es motivo de exaltación.
Han vuelto al interior de la librería. El cortísimo trayecto por la vereda avisa que habrá una tormenta, porque el viento sopla furioso y de ciertas nubes cae un precario rocío.
«Aquí es primavera», se recuerda Julia, fascinada por la oposición que presenta este hemisferio sur al que viene por vez primera.
Con la isla de sillones y la mesita han tenido mala fortuna, pues las tres están ocupadas. Parece lógico en un día como este, cerrado y nuboso. Sin embargo, podría dejar a la señora en su silla de ruedas conciliando la siesta y ella podría dar acaso algunas vueltas. Tiene pensado visitar las plantas superiores para descubrir lo que contienen.
—Aquí está agradable —dice su señora haciendo alusión a la atmósfera.
—También lo creo así.
—Oigo más murmullos. ¿Es que hay más visitantes?
—A ojos vistas diría que sí, un buen tanto más. Nuestro rincón está ocupado.
—Intrusos —acota rápidamente con un tono mezcla de sarcasmo y altanería única en ella, reforzando su parodia de reina en su trono de rayos.
—¿Dónde quiere que la deje? En el escenario no, está claro.
—No, por ningún motivo. Déjame donde haya poca gente.
Aquello puede sonar sencillo, pero corresponde a un gran problema en los estrechos pasillos del Grand Splendid, colmados de estantes y pilas de libros. De buenas a primeras, el vestíbulo no es el lugar apropiado debido a la cantidad de gente que va y viene y espera en uno de los dos mostradores para pagar.
Ahora bien, amén de la isla usurpada por otros cómodos lectores que no dan muestras de moverse, el escenario sería el espacio ideal para hallar quietud y sosiego de los murmullos. Julia piensa con repentina crueldad en la guardería infantil que está abajo, deshaciéndose del pensamiento inmediatamente.
En eso, descubre un espacio en el cual antes no ha reparado. Se trata de un palco en la planta baja que está próximo al cortinaje del escenario. Eso sí, debe ser un espacio privado, pues se ve que está aislado. ¡Pero no! Ve a un señor encamisado leyendo tranquilamente al resguardo de miradas y paseantes. En efecto, el aislamiento del espacio es producto del arco frontal, pero por el costado está abierto.
Rueda la silla con un repentino impulso en aquella dirección.
—¿Me llevas al muro?
—Casi, doña Leti, porque hay un palco que han dejado como espacio de lectura.
—Excelente.
Nota la felicidad en la voz de su señora. Nunca reconocerá que está agradecida del detalle, pero Julia sabe ya por experiencia que la señora necesita digerir sus alimentos como si fuera con el peso de los párpados, como si requiriese una energía consciente para ocuparse de absorber los minerales y nutrientes, clasificando y disponiendo cada uno en su respectivo compartimento.
Han pedido permiso —y ayuda— a un guardia para acomodar a la señora. El lector se ha mostrado amable y encantado de la visita, o ha sabido actuar el desenfado.
—¿Queda bien aquí?
—De maravilla, niña. Ve a por tu café que sé querrás beber.
—Espero volver con su libro.
—Eso espero yo también. ¡Para eso hemos venido!
Un capricho de anciana o un gesto excéntrico, es difícil diferenciarlo. La verdad es que Julia nunca ha reparado tanto como ahora en la realización del cometido. Sale cavilando del palco para darse a medio camino del escenario con Miguel, quien se ilumina al verla, pues ha estado buscándola.
—Temí que se hubieran marchado definitivamente.
—Hola… Miguel —alcanza a leer en la identificación, pues ha olvidado el nombre del empleado del pendiente plateado—. Fuimos a almorzar.
—Uh, de haberte visto antes de salir te recomendaba un boliche que está buenísimo en donde venden pastas —exagera él con aquella cercanía amistosa tan propia del argentino.
—Muchas gracias, pero hemos ido aquí a la esquina y ha estado excelente, sobre todo la atención.
—¿El Babieca? Es un clásico. Y sí, se come bien. ¿Y la dama en silla de ruedas?
—Está aquí, a la vuelta. Yo voy a por un café y vuelvo junto a ella.
—Vale. ¿Le comentás que me ha ido fatal con la búsqueda de un catálogo? No tenemos esa información.
Julia se desalienta ante la perspectiva de continuar una búsqueda sin pistas.
—Yo le digo. Gracias, Miguel.
—Encantado. Si necesitás cualquier cosa, ya sabés.
—Sí, por supuesto.
Así que ahora tampoco cuentan con un catálogo al que recurrir. ¿De dónde podía haber tenido su señora la idea de ir a meterse a una librería para buscar un libro de un anónimo escrito al menos cien años atrás, contando una trama indefinida? Lo que partió como un feliz viaje a otro continente podía estar tornándose en una sufrida tarea.
Con tantos libros alrededor, la abrumaba pensar en que quizás ni siquiera alguno de aquellos miles y miles de tomos fuese el correcto. ¿Y las librerías de Madrid? ¿Qué? Pero claro, el autor era argentino y, por lo tanto, debía estar forzosamente aquí, en la capital de Argentina, en una de las librerías más impresionantes habidas y por haber.
Hubo una segunda carta proveniente de aquel misterioso emisario de iniciales «A. B.», si bien Julia nunca pudo leerla, porque la correspondencia había llegado un día en que se turnaba con su colega, Ángela Sastre, quien jamás mencionó la carta y por la cual ella tampoco preguntó. ¡Hasta entonces seguía convencida de que se trataba del amor senilmente confesado de un viejo amigo de la infancia! Si antes dudara, ahora estaba segura de que había algo más. Lamentablemente, la señora no ha empacado la segunda carta ni la ha guardado en su cartera o en la bandeja de la silla de ruedas, porque Julia hubiera advertido de inmediato el sobre, más cuando reconocería la caligrafía de «A. B.».
—Buenas tardes, ¿qué tomás?
Parece ser costumbre que la sorprendan en el mesón de la cafetería. Ya no está atendiendo la chica baja y rubia —bien podía ser su hora de colación— a quien la ha reemplazado un par de anteojos inmensos y redondos apoyados sobre una naricita idéntica a una cola de conejo. Los intensos ojos azules están finamente delineados y miran a la espera impregnados de seriedad. La chica es incluso más baja que la rubia y parece no tener cabida para la simpatía.
—Un exprés, por favor.
—¿Corto o doble?
—Eh… corto.
—¿Para servir o llevar?
—¿Para servir?
—Vale. ¿Azúcar o endulzante?
—¡Nada!
«A lo que hemos llegado», se lamenta Julia.
Mientras espera el café, hila el pensamiento que dejó en suspenso: si la teoría del amor senil es cierta, ¿por qué la librería? ¿Habrían pactado encontrarse aquí? Para él sería sencillísimo dar con una señora anciana e inválida, mientras que para la ciega… Y acaso por eso ella busca un libro que no existe; para alargar la espera.
De ser cierto todo esto... ¡La señora Leticia la está empleando para entretenerse con un libro inexistente! Vaya, eso es para poner de mal genio a cualquiera, pero Julia inhala hondo y trata de darle otra vuelta más al asunto.
¿Qué si «A. B.» es escritor y le ha dedicado un libro a ella? ¿Qué si se lo ha autografiado en la primera página y se lo ha dejado como una búsqueda del tesoro? Acaso ni sabe que la señora es ciega. No obstante, esta idea se desarma, porque un libro autografiado queda expuesto a las garras de cualquiera y porque su señora no ha dicho algo semejante. Por el contrario, ha hablado puntualmente de una obra de teatro ocurrida ahí, en el Grand Splendid, la cual se basa en otra obra, la «problemática», porque la memoria de su señora es demasiado frágil como para retrotraerse ocho décadas.
—Aquí está tu café.
—¿Eh? Oh, gracias.
Llevándose el café se sienta sola en una mesa cercana al tétrico piano. Junto a ella, en otras mesas, oye chácharas alegres en ese dialecto argentino que todavía la asombra. Lanza una mirada a la mesa que ocupara el escritor, despejada ahora. Con ello le invoca, al parecer, pues el escritor de la camisa abotonada y las gafas de marcos anchos viene caminando junto al óvalo en dirección al escenario. Habrá tardado en el Babieca, porque cuando ellas se retiraron él seguía ahí. Ahora vuelve con su zaino de cuero abultado de papeles que quieren ser libros.
Julia es víctima de un puñado de ideas que se le retuercen entre las sienes: un libro ambiguo o, incluso peor, una historia vaga; papeles que quieren ser libros; la eternidad en una librería buscando una narración inexistente; la frágil memoria de su señora.
Sin dudárselo coge su taza y se instala frente al escritor que ya ha tomado asiento, como si fuese lo más normal del mundo, justo antes de que este desplegase todos sus borradores y anotaciones.
—Hola.
—Hola —responde él sin detenerse en su quehacer; ahora coge el bolígrafo.
—¿Te interrumpo?
—De nueve a doce y media y de una y media a cinco o seis, depende de cómo me corra la mano. Decidí tomar la escritura como una rutina de oficinista, porque así justifico las horas fuera de casa y también porque me fuerzo a escribir aunque sean un par de líneas al día, promedio que no estaría nada mal. —Consulta su reloj de pulsera, aquel que asoma por su manga izquierda—. Ahora es horario de oficina, pero creo que ya superé mi cuota diaria.
Julia no sabe cómo reaccionar. Agradece que él carraspee, porque sabe que es así como ríe, y ella sonríe en respuesta.
—Pues, me alegro que todo marche bien hoy.
—Tú de lazarillo y una ciega en una librería me han dado un punto de partida. ¡He llegado a escribir casi una página de ideas!
—Hombre eso me alegra y me sorprende.
A él le brilla la cara. Julia juguetea nerviosa con los dedos. Se quema las yemas con la taza, los retira y espera que se enfríen para volver a probar suerte. Es algo que la mantiene ocupada mientras se recrea en la incisiva mirada del escritor. Ha olvidado por completo a la señora; se siente atenazada por la conversación que quisiera estar teniendo.
—Sí, aunque no logro vislumbrar qué resultará.
—¿Vale decir que no estás trabajando en una historia concreta?
—Uf, la literatura es lo más abstracto del mundo. Quizás si cuente las distintas tramas que he anotado darían para cien libros, o bien pueden revolcarse y hacerse uno, ¿sabés? Claro que para ello necesitaría tener una idea fija con la que poder guiarme. He heredado, por decirlo de alguna manera, una historia que quiero usar de trasfondo, para lo que necesito una historia sobre la heredada.
—He de sincerarme, entonces, porque pensé que uno escribía para contar historias nada más y no para retorcer ideas.
—Y bueno, eso todos lo pensamos en algún momento, al principio. La cruda realidad me demostró que yo escribo por el gusto de escribir, no por lo que sale de ello.
Si bien a Julia le parece frustrante oír aquello, sabe disimular su opinión y, por lo mismo, bebe un sorbo de su taza de café.
—¿Y vos? Lo lamento si te doy la lata.
—Para nada, para nada.
—¿Y la señora?
—La he dejado durmiendo la siesta.
Cual siquiatra, él anota algo en un bloc de notas.
—¿Te sirve para tu idea? —pregunta Julia con incredulidad en la voz.
—Todo sirve, ¿sabés? Es ciega, por lo tanto, imaginate que ella oye algo crucial a la hora de producirse, digamos, un asesinato. ¿No sería una buena trama que la única testigo ocular que se pudiera tener fuera ciega?
A Julia le da espanto la idea.
—Creo que está muy bien —dice en cambio. No sabe cómo exponer lo siguiente—: Verás, necesito reconstruir una historia, por lo que pensé que podrías aconsejarme, dado que eres escritor.
Él se recuesta en su silla y cruza los brazos, sumamente atraído por la propuesta.
—Esto es algo especial. Contame más.
Julia se siente revitalizada por el impulso.
—Lo primero es que… bueno, a mi señora parece estar fallándole un tanto la memoria, ¿vale? Y, por consiguiente, quiere hallar un libro cuya trama no recuerda. Enredado, ¿no crees?
—Fascinante, diría yo.
—Quizás, si ella reconoce personajes o diálogos…
—…podés rehacer un libro que acaso existió, pero que sería nuevo a la vez —completó él con los ojos iluminados.
El momento se sostiene un poco en el silencio, ese que resuena con el entrechocar de grandes inventos, pues ha dejado a sus dos participantes alelados.
«¿Será posible?», quiere saber ella.
«Simplemente genial», se relame él su paladar literario.
—Sí, sería un libro fabricado a medida, creo que se lo podría llamar —presume Julia.
—Serías una escritora fantasma, a fin de cuentas. ¡Bienvenida al rubro! —carraspea él.
Julia apura su café y mira divertida al escritor:
—A cambio de la inspiración que te hemos valido… ¿me convidas una hoja y un lápiz?
—Y sí, todas las hojas que querás, pero bolígrafo tengo uno solo.
—Ahora recuerdo que mi señora siempre tiene uno en su cartera.
—Por costumbre será.
Ella no capta la indirecta.
—Pues bien, veré cómo empiezo.
El escritor entrelaza otra vez los brazos. Julia percibe que él gozaría con ser parte de la construcción arquitectónica de ese drama en ciernes, pero que se recata de hacer cualquier insinuación. Ella tampoco quiere entrometer a alguien que pueda acabar revelando el engaño. Sin embargo, ha dicho la frase con un ruego de ayuda en el tono de voz, el cual él ha logrado interpretar.
—Lo primero será cosechar libros. No obstante, una siesta no da tiempo a escribir ningún libro. Acaso necesités de una prórroga.
—¿Una prórroga?
—Sí, una demora; alguna artimaña que te dé tiempo a construir el drama final. Estoy pensando qué sucedería en una novela dadas las mismas circunstancias. —Tamborilea sus labios con los dedos índice y medio de una mano—. ¿Qué tal si encontrás un libro en otro idioma? La traducción del mismo daría suficiente espacio para laburar en el collage de dramas.
—Eso es… ¡estupendo!
A ella tienen que brillarle los ojos tanto como a él, pero no tiene un espejo a mano para poder comprobarlo.
CAPÍTULO 6 En donde se sueña el primer espejo
Una gran puerta líquida se interpone ante su avance. Parece agua contenida en un estaque vertical. Tras la superficie se aprecia una habitación oscura semejante a aquella en la que se encuentra. La única diferencia recae en la sombra que está en medio y de pie. Es ver una silueta lejana, recortada y traída a un punto cercano y, una vez aquí, congelada.
Sin embargo, la quietud se quiebra repentinamente por una conmoción que recorre a la sombra de manera apenas perceptible, pero cierta. Es un batir del pecho, un espasmo nimio. Y una vez que se ha observado un movimiento en el cuadro de superficie acuosa, siente que todo se mueve en ese líquido contenido; absolutamente todo aquello que se encuentra encerrado dentro de los argénteos marcos.
Cree notar el reflejo de una telaraña, venteada por las alas de una mosca apresada. Distingue también la hilera de hormigas al pasar y una piedra que se mueve a los pies de la sombra. Algo la habrá de mover, pero no hay evidencia de un impulso dado. Se vislumbra con nitidez una corriente de aire aventando polvo cerca de la sombra.
Ve con precisión todos los detalles. ¿Acaso ha recobrado la visión y los años de tortuosa ceguera le ofrendan con la intensidad del catalejo y la amplitud del microscopio?
Repara en esa sombra que es lo único difuso de la visión. Un escrutinio pacífico le es devuelto, examinándola con la parsimonia propia de una estatua. La cabeza se inclina ora a la diestra ora a la siniestra, con sopor y vaga frecuencia. Analiza el cuadro de la misma forma, reconociendo la semblanza de la sombra con su propio proceder. Aquello sería una ridiculez: ¿cómo creer que está aprisionada en un marco en dos partes a la vez, es decir, tanto acá como allá? ¿En qué momento se dividió?
Cabe suponer, por descarte, que la visión es un umbral a otra sala y que la sombra es un convidado que ha llegado con premura y que ahora la espera con paciencia gentil.
Intenta cruzar, pero se amilana al ver que la sombra intenta hacer lo mismo en el preciso instante en que antepone su brazo. ¿Qué le hace pensar que la sombra se burla a costa suya y que por esto la imita?
Le habla, estrujando cualquier frase, pero su voz retumba vacía en la cámara. Así que puede ver lo que hay del otro lado, pero se encuentra aislada y, por lo tanto, incapacitada de cruzar. Cruzar, ir, llegar, venir; ¿es siempre la carrera a la Muerte una sarta de trabas? ¿Y los óbices superados trascienden siempre? ¿Y aquellos por superar presentan nuevos desafíos? Porque ya recuperar la visión es un milagro, ahora la misma bendición acarrea consigo un problema no menor.
De saber que se encuentra encerrada, preferiría seguir teniendo la vista cegada. La sombra del otro lado imita su retroceso resignado. ¿Será, por consiguiente, ella misma quien está del otro lado? Tal vez su alma se ha bifurcado. O es el alma sombría de alguien más que ha quedado encerrada allí. Si bien todo lo que su vista aprecia sucede en aquel momento, ¿qué impide que una mosca no hubiera volado antes, que la hilera de hormigas no fuera eterna, que la telaraña fuera siempre reconstruida?; todo en ese orden, sucedido ya en algún momento del pasado lejano o cercano. Es más, de ser esa su sombra, ¿quién le puede negar que ya hubiera estado en esa cámara enfrentada a un artefacto mezcla de puerta y aguas tiesas?
Se mueve un paso hacia el frente sin recapacitar en su condición etérea ni en la falta de la silla de ruedas. En respuesta, la sombra le cierra el paso. Se retira ahora; la sombra baja la guardia y vuelve a su posición, cual torre arrepentida sobre un tablero de ajedrez.
A pesar de esta vil imitación, nota un retardo en los movimientos de la sombra. También nota que los movimientos le resultan forzados, sin naturalidad. Por estas razones, más que suficientes, sabe que la imagen no es suya; que no puede tratarse de ella, porque ella se siente viva y presente y aquí y no en otro lugar.
Agita una mano y la sombra le devuelve el saludo, siempre difusa. Ahora bien, si la sombra es una muestra del pasado reciente, en aquella ocasión la mujer del pasado —la sombra opuesta— hubiera pensado lo mismo que la mujer del presente —ella misma— y sus movimientos coincidirían siempre.
Ella decide quedarse quieta. La sombra del pasado respira con brusquedad. No es ella, pero actúa como ella. Por fin, harta de enfrentarse a un ser que nada tiene que ver con su persona, decide apartarse del marco. A su vez, la sombra en el pasado desiste de enfrentarse a la mujer del presente y se marcha.
Justo entonces, para comprobar que en verdad habita el presente —y que por tanto existe—, asoma su cabeza con presteza sobre las aguas mansas de plateados reflejos; la sombra, insegura, también ha vuelto. No obstante, en vez de preocuparse, ella, en el presente, se alivia.
Ve en la mano de la sombra un mazo de acero que golpea la superficie quieta del artefacto de los sucesos pasados, quebrando por el lado del presente todo en pedazos.
El impacto le ha retumbado en el brazo. Mira abajo para descubrirse sosteniendo un mazo. Lo bota de inmediato, segura de no haber sido ella quien quebrara la unión de los tiempos desde el pasado. Busca, sin querer, en esas gotas rígidas desperdigadas por el suelo algún indicio que le indique si todavía funciona la magia de la puerta que no pudo cruzar.
Desde el pasado, una sombra deambula rota en incontables pedazos preguntándose lo mismo.
Acto primero Escena V
A Max Glücksmann le pareció un detalle novedoso, por decir lo menos. Quiso aprovecharlo para romper el hielo que se había impuesto entre él y el regidor, cual tímpano concreto que desde hacía un par de escenas conseguía sellar un mutismo entre ambos.
—Lo felicito por atreverse con un personaje tan joven.
Simeoni castañeteó los dientes.
—¿Cómo dice?
—Que le felicito, maestro. La adición de un niño promete dar un giro imprevisto. ¡Bravo!
—¿Me está insinuando que hay un niño en la escena?
—¿Insinuando? No le estoy insinuando, sino que le estoy explicitando que su personaje niño está ahí, entremedio de los colgadores.
Simeoni pareció confundido un momento.
—¿Cuántos años cree que tiene? —preguntó.
Max Glücksmann se suavizó. Ahora le estaría probando para ver qué tan bien había personificado al nuevo participante de esa obra especial.
—No más de diez, diría yo. O diez, a lo sumo.
—¡Diablos!
—¿Qué sucede?
—No hay ningún niño en mi función. Debe ser un entrometido.
—¡Ahora usted insinúa que alguien se pueda colar tras las bambalinas de mi teatro!
—En absoluto. No obstante, mi Rumores tras bambalinas se centra en generar espacios invisibles y paralelos, como habrá sabido notar. Una presencia ajena puede romper todo como si fuera un cristal fino y transparente. Hay que atrapar al niño y sacarlo de ahí antes de que lo estropee todo.
Como la reputación de las obras teatrales se extendía al teatro y de este pasaba indirectamente al dueño, Max Glücksmann susurró vehemente:
—¡Mandaré a alguien enseguida! Espéreme aquí.
Simeoni le atenazó un brazo justo cuando Glücksmann se alzaba.
—No haga tal —le dijo—. Piense en los elencos como una familia de ratones; se asustan con lo desconocido. Esta compañía de actores no es diferente. Déjeme a mí enviar a mi brazo derecho, pues es conocido de todos allá abajo.
—¿Seguro?
—Confío en él plenamente. ¿No es así, Cuatro Ojos?
El dueño del Grand Splendid se sintió tremendamente incómodo. En primer lugar, no atinaba a sentarse, inquieto por lo que debería hacerse y, en cambio, todavía no se ordenaba. En segundo lugar, por la mención indecorosa que hacía el director de teatro a alguien que se hallaba bastante cerca de ellos.
Adriano Marconi había estado viendo Rumores tras bambalinas de pie junto a la pared del palco, inmediatamente detrás de los cómodos asientos que ocupaban su jefe y el dueño del teatro. Había llegado poco después de que se corriera el telón, por lo que había saludado con una inclinación de cabeza al anfitrión.
—Perdón, pero… —tartamudeó el empresario.
—No tiene de qué disculparse, señor. He querido pasar lo más inadvertido posible.
«Y vaya qué bien lo ha logrado», pensó Max Glücksmann. Recordó que había inspeccionado por sobre su hombro cuando sintió que alguien entraba y le dirigía el saludo. Había visto una chaqueta de talla holgada, la cual había tomado por una librea, y un bastón, el cual había confundido a su vez por un paraguas, cuadro de donde no había tardado ni un segundo en deducir que se trataba de un acomodador o de un chico que servía champán. No le había merecido mayor atención. No dejaba de sorprenderse. ¡Vaya!
—¿Ves al chico del que habla Max? —preguntó Simeoni.
Adriano Marconi se inclinó entre ambos asientos y afirmó que sí le veía.
«Suena denigrante, pero ya veo por qué le vale el apodo». Unas gruesas gafas que parecían fondos de botellas le servían para ajustar su visión miope. ¿Cómo podría conocer un ciego la apariencia de otro hombre?
—Quiero que lo saques de ahí antes de que sea demasiado tarde.
—Voy.
Cuando «Cuatro Ojos» Marconi se hubo retirado, Simeoni buscó con su brazo a un tranquilizado Max Glücksmann. Este ya había vuelto a tomar asiento.
—Desde que me sucedió esto —murmuró el regidor indicándose el rostro en círculos— cuento con él para que sea mi escriba. Sin quererlo, la tarea se simplificó, porque ahora tengo que limitarme a dictar. Por supuesto que él también quería ver la obra en la que trabajamos juntos. Se ha terminado convirtiendo en mi lazarillo, figúrese.
Ahora Max Glücksmann comprendía a cabalidad dos cosas. A saber: conocía la razón por la que el maestro Simeoni, a su lado, le había pedido una entrada aparte —asunto que había terminado siendo provechoso para el dueño del teatro, porque a un director partía asignándose un palco entero, pero con la petición se había «ajustado» a solo dos asientos, lo que liberaba otros para ser vendidos— y descubría el poder que podía tener un no vidente sobre otras personas provistas de visión, dirigiendo también la vida que corre fuera de un guion. Debía destacar, sin embargo, que con aquellos fondos de botella como gafas, en vez de complementarse uno a otro —dramaturgo ciego y secretario con visión agotable— más bien parecía que apenas sumaban uno.
Esto le hizo recordar un rumor que rondaba al dramaturgo: que su ceguera no era producto de enfermedad alguna, sino que le habían arrancado deliberadamente los ojos. Si había sido para saldar cuentas o para definir una enemistad no se sabía. Max Glücksmann fue presa de un escalofrío que duró algo más de cinco segundos mientras le recorría toda la espina dorsal.
Manuel Villarino veía movimiento en el palco que compartía el director y el dueño del teatro, ambos figuras en el ámbito cultural. Por un momento pensó que les estarían ofreciendo otra copa de champán —a propósito, ¿cuándo les ofrecerían a ellos?—, aunque el intercambio de palabras giraba en torno a algo que apuntaban en el escenario, pero que él no podía ver. Fuese lo que fuese, estaría en el ángulo de su mismo lado, esto es, a la izquierda de las butacas de abajo. Estuvo a punto de codear a su mujer a ver si adivinaba lo que ocurría, pero se abstuvo. Ella seguía disfrutando lo que sucedía en el escenario. Él se había perdido un poco, porque le resultaba difícil deducir una obra que ocurría en paralelo y en un mundo veneciano de líos amorosos y pócimas y máscaras. Dedujo que Arlequín y Polichinela ya habían recibido su encargo —debido a que, durante el altercado o lo que fuese que ocurriese en el palco ocupado por Simeoni y Glücksmann, ambos personajes habían cruzado el escenario en sentido inverso, esto es, de derecha a izquierda. Un breve intercambio con el doctor Matasanos apuntaba a que el paso por el vestuario no era la única salida del falso escenario veneciano— y que Flavio habría salido de escena, en donde quedaron Flaminia y Pantaleón.
Según su parecer, hubiera sido bueno colar esa otra historia, pero descubría que para ello se necesitaría un escenario con dos ambientes o cambios de escenografía en cada escena. Desde un punto de vista práctico, resultaba más cómodo dejar que la obra transcurrida en Venecia se escenificase en el imaginario de cada quien. Algo arriesgado de hacer, pero con la ventaja de forzar la atención de los espectadores. ¿Sería una técnica académicamente aceptada en el género dramático? Tal vez fuese algo recurrente, pero no lo sabía. Acaso su señora, Rosa de Villarino…
Ahora entraba —más bien saltaba— un nuevo personaje a escena. Vestía un jubón negro cubierto por una capa oscura que le llegaba a las corvas. La máscara, negra también, mostraba una afilada nariz que caía como el más tucán de los picos. Una gola blanca separaba su cara del resto del cuerpo, diríase esbelto y en forma. Se tocaba la cabeza con una gorra a lo Robin Hood, obviamente negra.
—Apareces poco después de haberte mencionado, g-granuja, casi como si te hubiésemos invocado.
El nuevo personaje desenvainaba su florete y apuntaba al doctor Matasanos, haciendo que todo el mundo se preguntase qué rayos sucedía.
—¡En guardia! ¿Êtes-vous prêts? ¡Allez, allez, allez!
—D-déjate de sandeces, por favor. Habemos gente seria que quiere hacer su labor en paz.
El florete, impertérrito, se curvaba presionando la falsa barriga del doctor. Este se inclinó en dos oportunidades para eludir el estoque.
—Alalí, qué finta más fina. Hombre, rehúsas del corps-à-corps. ¿No hay algo de mejor y más elevado nivel para nuestra esgrima? —alentó con una ronca impostura de la voz el del gorro a lo Robin Hood. Marcaba las eses con fuerza, como si fuesen zetas.
—No jodas. Los ánimos no están en su mejor momento. A propósito de seriedad, nos llamamos ahora por nuestros nombres fic-ficticios. Estate atento, capitán Escaramuza —apuntó el doctor Matasanos sin agregar que así rendía un pequeño homenaje a la ligereza de Colombina. ¿Por qué no iba a ser posible alegrar a la niña durante una hora más, sobre todo ahora que la había visto llorar?
El aludido bajó su arma y se tocó la pluma de cisne que flotaba desde su coronilla hacia lo alto. El antifaz, verdaderamente aguileño, tenía dos aberturas casi rectangulares que permeaban una visión audaz. Había un bigote extenso. Al principio era fácil confundirlo con un adorno, pero las primeras filas de la audiencia acabaron percatándose de que el mostacho era parte del actor y no de la máscara.
—¡Capitán Escaramuza! ¡Capitán Escaramuza! Su nombre lo dice, pero temo que no haya llegado a parecerme natural. ¿Será mi pronunciación del francés? Quiero que suene del todo real, hombre. Quiero que no parezca un detalle forzado. Ahí va que el dire me dio la libertad de hablar a la española, pero también me dijo que podía ser italiano. Un espadachín italiano me parece muy distinto a un mosquetero francés. Entonces, ¿francés o italiano o español?
—¿Y esto te lo vienes a p-preguntar ahora?
—¡Ya sé! Maldición; hasta hace un instante, en mi camerino, me sentía poseído por mi papel. Es sencillo, pero es riesgoso porque me conecto con el aspecto aventurero del público. Sobre todo con el espíritu de los hombres, sentados cuando quieren blandir espadones y dar gritos de batalla y asediar castillos y perseguir gestas honrosas. Puro pundonor, digámoslo.
—Todavía no dejas oír al capitán Escaramuza italiano.
—¿Debería llegar a atreverme? Sería terriblemente criollo. ¿Quién creería que campeé en el Mediterráneo, pero también crucé a Túnez y fui secuestrado y puesto en prisión para huir? Y está mi quijotesca marcha a España, pero falto de un Sancho. Reyertas por aquí y reyertas por allá, uno que otro amorío y, finalmente, mi empleo como mercenario para las tropas de Víctor “El Victorioso”. Conquistamos Andalucía para la corona hispana y desalojamos a los moros, pero en Cádiz doy muerte a uno que me había salvado en Túnez y mi corazón se quiebra. ¡Me iría bien un retiro a un monasterio! Pero entonces un Rey Alfonso décimo algo exige otra alianza y allá van los mercenarios otra vez, dentro de los que me incluyo.
—V-v-vaya, es impresionante —reconoció el doctor, para luego poner los brazos en jarras—. ¿Cómo es que tu personaje tiene tanto trasfondo y del mío acabo de conocer su procedencia y sobre ella Colombina ha inventado un nombre?
—¿Colombina?
—Mona o Colombina. Son la misma persona (te habrás leído el libreto y lo sabrás, espero), pero aquí es Colombina. Hemos decidido llamarnos todos como nuestros personajes durante la obra, como te he dicho.
—Sí, sí, lo he captado, pero, hombre…
—Ni decir hace falta, capitán Escaramuza.
—Veo que le tomas el gustillo. Bueno, será, Matasanos.
—Emérito doctor Bolonio Matasanos, a sus órdenes.
—Epa, te doy la mano y te aferras desde el codo. Eso es sacar mucho provecho.
El doctor Matasanos rio batiendo su porcina máscara y haciendo temblar el mentón.
—¿Me explicas cómo es que tu personaje ha pasado por tanto? —preguntó.
Con el florete bailándole todavía en la mano, el capitán Escaramuza enfrentó a la audiencia, dándole un lado a su interlocutor.
—Es algo que hago con frecuencia. Lleno los espacios de un personaje, para tener de qué echar mano en caso de necesidad. Sé que tengo la piel tostada, porque me he debido de tostar al sol andaluz y al sol africano. Quizás no me sirva en toda la obra, pero me gusta saber que estoy completo, por decirlo de alguna manera. ¡Me desespero cuando no puedo contestar las incógnitas! Quedo a mitad del puente. ¿Español italianizado, afrancesado o derechamente francés con las erres que parecen jotas? Pareceré un terrible intérprete si no logro dilucidar esto antes de entrar en escena. Acabaremos perdiendo todo el crédito por mi culpa, por no saber si mi foil es el más rápido del mundo conocido o si lo es mi florete. ¿Comprendes un poco lo que quiero decir?
—Antes de subir al escenario hoy, me hubiese p-parecido poco comprensible en un actor maduro y e-expe-expe… con experiencia, pero desde que soy Bolonio y no un apellido a secas lo comprendo perfectamente, porque me he visto de pronto frente al espejo y ahora sé que tengo la piel tostada, por decirlo con una metáfora que me entiendas.
—Hombre, ¡eso es! Cuando uno sabe qué piel tiene, se puede mirar al espejo y reconocerse. —Dicho esto, fue a los espejos de atrás—. Sé que bajo la máscara hay una cicatriz de una lucha contra un mosquetero catalán, que acabó siendo un cazador de recompensas a quien le pareció que yo tenía un gran parecido con su objetivo. Sin embargo, la víctima pudo más que el victimario y acabé venciéndole y enterándome de todo esto. A la postre rogó perdón y, habiéndome impartido la cicatriz, le ofrecí perdón si se volvía contra aquél que le había contratado. Vencimos así al malvado duque Guy d’Aluvois y liberamos a la amada del cazador de recompensas (de nombre Pierre Lasagnan) que estaba tomada como rehén para que Pierre cumpliese su misión y no huyese… Por más que no lo revele, sé que el espejo me refleja a un hombre que bajo su pezón derecho tiene un lunar inusual de nacimiento, que parece una medialuna y que le une con un linaje desaparecido pero poderoso. Está también la quemadura del antebrazo que llevo oculto, cuando el incendio en Burgos…
—Ejem, está muy bien fantasear, creo —concluyó el doctor Matasanos, invitando al capitán Escaramuza a acercársele—. Queda cada vez menos para la otra escena. ¿Te servirá practicar algunas líneas?
El aludido se volvió, pálido.
—¿Lo hacemos en francés o en español? ¿Me olvido de todo y me hago inglés, mejor? Cuánto me gustaría pronunciar un mejor francés. Imagino los vítores de un pueblo salvado por las estocadas y cortes de mi foil. Les oigo gritar «¡Scaramouche! ¡Scaramouche!», pero puede ser que el pueblo en cuestión sea la Venecia de nuestro cuento y lo que oiría entonces sería «¡Scaramuccia! ¡Scaramuccia!» y es así como no sé a qué atenerme.
El doctor Matasanos levantó su mano en un evidente gesto de apacibilidad.
—Tranquilízate. Es como cuando uno canta; se parte con la melodía y las palabras vienen solas.
—¿No que es al revés? ¿Primero hay una letra, un verso, un poema, y a eso se le agrega música y se le ponen instrumentos y se le hace crecer?
Con un dedo de la misma mano que había levantado negó de lado a lado.
—Te equivocas. Esos los hay, y los hay muchos, pero no son los verdaderos músicos. Los músicos de verdad sienten notas y un p-pensamiento para ellos es una co-corchea y luego una negra y luego otras dos corcheas, pa-partiendo del re y creciendo en monocordes. Es en piano, porque casi siempre es en piano. Ahora, ¿la escena? ¿La gran entrada cuando el histérico Pantaleón solicita la presencia del ca-capitán?
—¡Precisamente! ¿Cómo…?
El capitán Escaramuza no pudo terminar de preguntar, porque el mismo dedo del doctor Matasanos lo retuvo.
—Eso pasa cuando uno se lee el libreto por completo y sabe cuál es el fin de su personaje. ¡N-no somos más que engranajes en una máquina enorme! Yo seré el mensajero y tú serás el misterioso hombre del catalejo.
—Lo tengo aquí mismo —dijo. Envainó el florete y sacó un cilindro metálico no más largo que una pipa. Lo extendió mientras se paraba en el borde del escenario, a escasos palmos de Pinélides y Leticia. Ambas cruzaban los dedos para que no les llovieran escupitajos—. Listo.
Por su parte, el doctor Matasanos fue a ocultarse pesadamente entre los abrigos. Se oyó que murmuraba por lo bajo, pero fue ininteligible lo que dijo. Hablaba con alguien que no se dejaba ver. Diríase, por el tono de un repentino enfado, que estuviera expulsando a algún entrometido. Un segundo después, se le oía gritar «¡A-acción!».
Salió trotando porcinamente, agachado como si quisiera empequeñecerse. En su mano había un pañuelo, arrancado con toda probabilidad de las perchas del vestuario. Dirigía la mirada levemente hacia arriba para dirigirse a la nuca de Escaramuza, dando a entender que estaba por debajo de su capitán. Este se afanaba en su catalejo, impasible.
Mensajero: —¡Señor! Ha llegado una carta urgente para...
Capitán: —¡Shhh! ¡Silencio! —susurra, empleando una mano para invitar con un gesto al mensajero a aproximase con cautela—. Las ruirras suelen escaparse con facilidad. Son difíciles de avistar. Procura no ahuyentarlas.
Mensajero: —Debe dejar el catalejo a un lado. Aquí tiene.
Capitán: —¡Silencio otra vez! Ah, ya no las encuentro. Quizás estén por allá.
(Caminan por un barranco, al borde del escenario, hacia el otro extremo. El del catalejo sigue buscando a sus ruirras, mientras el mensajero intenta mostrarle el pañuelo que pretende una carta. Pasa la mano por delante del foco del catalejo).
Capitán: —¿Qué ha sido eso? ¿Se han acercado? ¿Has visto algo?
Mensajero: —No.
Capitán: —¡Silencio, entonces!
(El mensajero antepone el pañuelo-carta al catalejo).
Capitán: —Mudo eres más molesto que parlanchín. Si tanto te urge, ábrela y haz un resumen.
(El mensajero se vuelve al otro extremo del risco, mientras lee. Hace una cosa a la vez; lee con desesperación, da un paso).
Mensajero: —Noticias de la Serenísima —parte su discurso, pálido—. Parece cifrado, porque no se entiende ni pío. Leo en voz alta, mejor. Me perdonarán sus ruirras. «El León está enjaulado. La Reina se hará esposar cuando el plenilunio. Se espera que se la festeje con las exquisiteces del Nuevo Mundo. Del circo avisan acerca de una nueva amenaza. La tribu cuyo nombre deberá ser contestado pide morir en su territorio para purificar a la Gaia Terra». ¡Oh, Dios!
(El capitán silba, haciendo un gesto de que el mensajero guarde silencio. Este corre de vuelta, frenando repentinamente al pasar por el risco).
Mensajero: —La reina se esposará… ¿Cómo es que es reina y no princesa? ¿Venecia tiene una reina? Parece que me quedo corto de intelecto.
Capitán: —¡Y bien, ya las espantaste definitivamente! Te he dicho que hagas un resumen para que me lo cuentes cuando te lo pida. Nada interrumpirá mi expedición: ni siquiera la noticia más grave. Cuando vuelva y pueda dedicar mi atención a lo que sucede, entonces lo pediré.
Mensajero: —Puede que el tiempo sí sea escaso… El próximo plenilunio es en...
—¡Bravo! —terció con estruendo una voz conocida por el público, pero oída hacia el principio de la obra—. ¿Qué mal agüero les hace practicar la siguiente escena minutos antes de que esta comience?
Tanto el capitán Escaramuza como el doctor Matasanos recuperaron sus poses naturales o, mejor dicho, normales. El que había entrado era Pantaleón, desde el sector derecho, luego de atravesar el pandemónium de objetos dispersos por ahí; hizo tambalear al busto del dios hermafrodita y produjo un feo rechinar entre las máscaras de utilería, que sonaron a yeso y no a cerámica.
Escaramuza se dirigió al doctor:
—Admirable memoria. Parecía como si fueran tus líneas. Ni siquiera tartamudeaste.
—Son los años —aclaró, como si la experiencia produjese una memoria prodigiosa—. Aunque he aprendido ese pa-pasaje porque me ha gustado mucho. Es más, creo que es digno de los clásicos.
Intervino Pantaleón:
—Así que no me confundí. Habláis de la entrada del capitán Escaramuza.
—¡Ese soy yo!
—Pero, ¿por qué?
—Dudo que tengamos tiempo de explicarlo, hombre. ¿Qué tanto has escuchado? ¿Ha sonado más español o francés? ¿O va por el flamenco o el catalán? ¡Ay de mí, por qué no mejor un papel mudo!
El doctor Matasanos aplaudió:
—Exactamente. Es lo que digo. ¡Cine mudo! La p-proliferación de actores dotados de miradas re-resplandecientes y sugerentes. R-Rostros bellos para las damas, rostros angulosos para los galanes y rostros como el mío para los bandidos antagonistas. ¡C’est fini!
Escaramuza echó los hombros atrás y levantó la cara al cielo:
—¡Así que francés! ¡Merde, merde, merde! Siempre el francés. Tendré que resignarme. ¡Allez!
Se propuso encaminarse a la derecha del escenario, pero Pantaleón le sostuvo el paso:
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