Kitabı oku: «Pablo: Reavivado por una pasión»

Yazı tipi:

Pablo

Reavivado por una pasión

Bruno Raso


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Prólogo

Agradecimientos

1º de enero

2 de enero

3 de enero

4 de enero

5 de enero

6 de enero

7 de enero

8 de enero

9 de enero

10 de enero

11 de enero

12 de enero

13 de enero

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2 de diciembre

3 de diciembre

4 de diciembre

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28 de diciembre

29 de diciembre

30 de diciembre

31 de diciembre

Pablo: Reavivado por una pasión

Bruno Raso

Dirección: Pablo Ale

Corrector: Pablo Claverie

Diseño de tapa: Mauro Perasso

Diseño del interior: Marcelo Benítez

Ilustración de tapa: Mauro Perasso

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXX

Es propiedad. © 2020 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-282-4


Raso, BrunoPablo : Reavivado por una pasión / Bruno Raso / Dirigido por Pablo Ale / Ilustrado por Mauro Perasso. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineISBN 978-987-798-282-41. Devocionario. I. Ale, Pablo, dir. II. Perasso, Mauro, ilus. III. Título.CDD 242.7

Publicado el 20 de octubre de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Web site: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Prólogo

Pablo es uno de mis personajes bíblicos favoritos. Admiro su profundidad, compromiso, coraje y foco en la misión. Su ministerio fue tan destacado que Elena de White lo presentó como “un ejemplo vivo de lo que cada cristiano debería ser” (Nuestra elevada vocación, p. 365), y el evangelista británico Leonard Havenhil afirmó que “mientras Pablo vivió, el enemigo no tuvo paz”.

Fue “de entre los perseguidores más crueles e implacables de la iglesia de Cristo de donde emergió el defensor más hábil y el heraldo más exitoso del evangelio” (Elena de White, Paulo, o apóstolo da fé e da coragem, p. 9). Su jornada no fue fácil, “sufrió por causa de la verdad; y sin embargo no oímos ninguna queja de sus labios” (Elena de White, La edificación del carácter, p. 95). Aun cuando estuvo preso en Roma, “privado de la luz y del aire del cielo, apartado de sus activas labores del evangelio, y momentáneamente esperaba la condena a muerte, sin embargo, no se rindió a la duda o al descorazonamiento” (ibíd.).

Pero, fue delante del poderoso y cruel Nerón que Pablo dejó las últimas grandes marcas de su ministerio. Enfrentó solo al emperador que hacía temblar al mundo y evidenció el gran contraste entre uno de los peores gobernantes de todos los tiempos y uno de los mejores cristianos de todas las edades. Así, fue decapitado por orden de Nerón, en el año 67 d.C., y murió confiando en la resurrección. Al año siguiente, Nerón huyó de Roma, amenazado por fuertes crisis políticas, y sin esperanza se suicidó el 9 de junio del año 68 d.C.

La historia de Pablo está repleta de capítulos inspiradores que conocerás de manera más profunda en estas lecturas devocionales. Serán 365 mensajes especiales, basados exclusivamente en la vida y los escritos de Pablo, conforme a lo registrado en el libro de Hechos y en sus catorce epístolas, combinando profundidad teológica con aplicaciones prácticas y testimonios motivadores con experiencias personales. Tu comunión diaria podrá ser reavivada por la misma pasión del apóstol.

Recomiendo la lectura de este libro no solo porque aprecio la historia de Pablo y la profundidad de sus escritos, sino también porque conozco y admiro a su autor, el pastor Bruno Raso. Él es un hombre de Dios con más de 43 años de ministerio, quien ha liderado a la iglesia en diferentes países sudamericanos como pastor, evangelista y administrador. Su vida y su ministerio, siempre consagrados y equilibrados, tienen mucha semejanza con el personaje central de este libro.

En los últimos 18 años he trabajado a su lado, en diferentes funciones de liderazgo, y veo la misma dedicación incansable, conocimiento profundo, capacidad intelectual, foco en la misión, amor por la Biblia, y el mismo compromiso con la predicación que tuvo el apóstol. Además, su capacidad teológica es impresionantemente conocida a través de los programas Reavivados por su Palabra, y Creed en sus profetas, que presenta diariamente por TV y Radio Nuevo Tiempo e Internet, donde ya comentó dos veces todos los 1.189 capítulos de la Biblia.

Buena lectura, y que puedas ser animado por las enseñanzas de Pablo, tocado por los comentarios del autor y reavivado por el Espíritu Santo.

Pr. Erton Köhler,

Presidente de la División Sudamericana.

Agradecimientos

A mi esposa, Dorita, y a mis hijas, Doris y Cris, fuente de apoyo, motivación y amor.

Al pastor Erton Köhler, por su liderazgo y su ministerio apasionado por Jesús y por la iglesia, sus ideas, contenidos y sostén constante. Por el privilegio de trabajar a su lado y ser impulsado siempre por su incansable dedicación y compromiso con la causa del Señor.

Al pastor Gabriel Cesano, gerente de la ACES, por la iniciativa, la confianza y la ayuda; así como a los pastores Marcos Blanco y Pablo Ale (editor de este libro), que sustentaron y acompañaron todo el proceso.

A mis colegas de la División Sudamericana, por su gran contribución con materiales e historias: Adolfo Suárez, Luís Goncalves, Herbert Boger y Rafael Rossi.

Al pastor Daniel Belvedere, quien “inyectó” en nuestras venas la “pasión” de Jesús y de Pablo por la salvación de las personas. A los pastores Mario Veloso, Enrique Chaij, Carlos Rando, y al contador Marcelo Cerdá.

In memorian, a quienes descansan en las promesas de Jesús, pero que han dejado marcas en mi vida, pues sus obras siguen vigentes: mis padres, mis suegros, y a los pastores Walter Weiss, Rubén Pereyra, Heriberto Müller, Víctor Peto y Juan Francisco Darrichón.

A tantos hermanos, amigos y familiares, presentes en estas páginas o en mi camino a lo largo del ministerio, pues me enseñaron, fortalecieron y ayudaron a crecer en el cumplimiento de la misión y la consumación de la esperanza.

Al Dios de quien me considero un permanente deudor, manantial inagotable de sostén y motivación, por amarme y concederme la dicha de servir en la causa del evangelio. ¡A él sea la gloria!

¡Embarcando!

El apóstol Pablo siempre me cautivó. Fue el primer y mayor escritor del Nuevo Testamento, pilar indispensable para el crecimiento de la iglesia cristiana primitiva y el movimiento de la Reforma, así como para la doctrina y la misión adventistas.

Cristo, su Palabra y el evangelio fueron su pasión. Esta palabra tiene a veces un sentido negativo, refiriéndose a una vida “carnal” separada del Señor. Sin embargo, tiene un sentido extremadamente positivo, como emblema, bandera, identidad, propósito innegociable, caminar infatigable y “un celo sin límites”. Ese que Pablo tenía por Dios y la misión (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 389).

Por su parte, la Real Academia Española define “pasión” como una “inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona”. Desde que Pablo preguntó: “Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hech. 9:6), siempre vivió inclinado hacia Jesús. Cristo fue lo primero, lo último y lo mejor. Su inclinación y su preferencia fueron categóricamente vivas. Vivir por Cristo fue su delicia; y morir testificando por él, su gran honor.

Pablo tuvo días muy difíciles, pero ningún tipo de tormenta lo limitaba: ni personal, ni climática, ni social, ni política, ni racial, ni religiosa. Nada lo detenía ni lo fragilizaba. Cristo fue su pasión, al punto de exclamar que el amor por él lo constreñía, sin dejarle otra opción que amarlo y servirlo (2 Cor. 5:14). Cristo fue su vida, y su vida fue de Cristo. Que, como Pablo, nuestra pasión por Jesús sea más fuerte y más intensa a fin de ser consumados en la comunión y consumidos en la misión.

El 23 de octubre de 1878, pocos días después de un congreso mundial de la iglesia, en medio de una fuerte tormenta de viento y nieve, Elena de White escribió lo siguiente: “Cuanto más inclemente es el tiempo, mayor es nuestra necesidad de que obtengamos el brillo del sol de la presencia de Dios. Esta vida, aun en su mejor expresión, es solamente el invierno del cristiano; y los fríos vientos del invierno –chascos, pérdidas, dolor y angustia– son nuestra suerte aquí; pero nuestras esperanzas están puestas en el verano del cristiano, cuando cambiaremos de clima. Dejaremos todas las ráfagas invernales y las fieras tormentas detrás, y seremos llevados a las mansiones que Jesús ha ido a preparar para aquellos que lo aman” (Notas biográficas, p. 264).

Más allá de las tormentas presentes o futuras, Cristo es nuestro Piloto. En este espíritu y necesidad, los dejo con Pablo, una voz de esperanza, un reavivado por una pasión.

Pr. Bruno A. Raso,

junio de 2020.

1º de enero
¿Qué mirarás hoy?

“Entonces todos los que estaban sentados en el Concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel” (Hechos 6:15).

Saulo tenía un pasado que lo condenaba y lo descartaba totalmente para ser un buen cristiano. Su nombre significaba “Aquel que fue deseado o pedido insistentemente”. Lejos estaba de cumplir los sueños de sus padres, y menos los de Dios. Nació en una ciudad gentil, era ciudadano romano y educado en Jerusalén por uno de los más eminentes rabinos, llamado Gamaliel. Saulo se presentaba a sí mismo como hebreo, fariseo, perseguidor de la iglesia e irreprochable (Fil. 3:5, 6).

Saulo también había depositado toda su expectativa en la venida del Mesías, pero, chasqueado, después de la muerte de Cristo se unió a los sacerdotes y los príncipes para perseguir y terminar con los seguidores de Jesús. Los dirigentes judíos habían supuesto que la nueva fe y el entusiasmo de los cristianos cesarían al clavar a Cristo en la cruz. Sin embargo, las escenas del Pentecostés y las posteriores mostraban una iglesia activa y poderosa.

Saulo se volvió un acérrimo defensor de las doctrinas defendidas por los fariseos, y dedicó todas sus energías a conducir a los cristianos a los tribunales, a la cárcel y a la muerte. Sin embargo, ni las amenazas, ni las prohibiciones ni los castigos parecían suficientes para apagar tanto fuego que ardía en el corazón de los nuevos creyentes. Hasta la persecución fue un recurso de difusión del evangelio.

Así, un siervo valiente y comprometido como Esteban, lleno de gracia y poder, haciendo prodigios, fue mal juzgado por blasfemia contra Dios, injustamente sentenciado y, finalmente, apedreado. La muerte de Esteban pareció una derrota, pero Dios siempre escribe derecho sobre líneas torcidas. Su vida, sus últimas palabras, su semblante, sus gestos y su compromiso con la verdad conmovieron a muchos, incluso a Saulo. Y Dios transformó la aparente derrota en una resonante victoria.

Dejamos atrás un año marcado por la pandemia y sus consecuencias: pérdida de vidas, recursos, trabajo, lo que generó dolor, angustia y sufrimientos como nunca. Al empezar este nuevo año, tu vida puede estar cargada de prejuicios, miedos, fracasos, tristezas, culpas y sueños no alcanzados. No te angusties. Como a Saulo, Dios quiere darte nuevas oportunidades. Como Esteban, mira hacia arriba, porque allí está la clave para obtener la paz y la victoria.

Inicia estos nuevos doce meses buscando a Jesús. Recibe como propias las palabras de Elena de White para su hijo Edson: “Descansa constantemente en tu Salvador; ve a él en busca de sabiduría, de valor, de firmeza de propósitos y para todo cuando necesites” (Carta 3, del 12 de mayo de 1877).

2 de enero
De Saulo a Pablo

“Lo echaron fuera de la ciudad y lo apedrearon. Los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo” (Hechos 7:58).

Son escasos los detalles biográficos directos del joven Saulo. Tan solo una mención pasajera a su madre y a sus antepasados hebreos, que no era hijo único y que al octavo día fue circuncidado. Es posible que su familia lo considerara un rebelde cuando se convirtió al cristianismo y rompiera toda relación con él, aunque algunos de sus parientes llegaron a ser cristianos.

Jerónimo afirma que los padres de Saulo vivieron originalmente en Giscala de Galilea y que en el año 4 a.C. fueron llevados como esclavos a Tarso, donde obtuvieron su libertad, prosperaron y se hicieron ciudadanos romanos. Allí les nació Saulo, su hijo. Como era de la tribu de Benjamín, esta elección bien pudo haber sido en honor a Saúl, el primer rey de Israel.

Es sumamente probable que la familia de Saulo fuera de cierta alcurnia y de una riqueza más que común. Así, Saulo valoraba su herencia racial y religiosa. Él era “hebreo de hebreos” (Fil. 3:15), y le añadía un orgullo especial ser un auténtico fariseo. Por eso vivía conforme a la más rigurosa secta de la religión judía, fariseísmo heredado de su padre y amplificado por causa de su educación bajo la tutela de Gamaliel en Jerusalén, donde fue enviado cuando tenía doce años (Hech. 22:3).

Saulo se introduce en el relato del libro de Hechos como miembro celoso de la secta más estricta del judaísmo, presenta su apoyo y da asentimiento a la muerte de Esteban. Él siempre está listo para perseguir a los cristianos.

Después de 18 referencias a Saulo en Hechos, aparece el cambio. Ahora “Saulo” se transforma en “Pablo”. Lucas, autor del libro, sabía que el apóstol tenía dos nombres (Hech. 13:9): Saulo, para un ambiente judío; y Pablo, para un ambiente gentil. Cuando él fue circuncidado, recibió un nombre judío, pero como vivía en una comunidad gentil se le dio también un nombre latino relativamente común: “Paulus”.

“Por el apedreamiento de Esteban, los judíos sellaron finalmente su rechazo del evangelio. Los discípulos, dispersados por la persecución, ‘iban por todas partes anunciando la palabra’; poco después se convirtió Saulo el perseguidor, y llegó a ser Pablo, el apóstol de los gentiles” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 200).

Estos dos nombres, más que dos idiomas, ilustran dos actitudes o escuelas de vida. Una recorre la Tierra buscando poder y sembrando odio y muerte; la otra mira hacia el Cielo ofreciendo vida y buscando restaurar en el nombre de Jesús. Una se opone, la otra apoya. Una destruye, la otra construye. Una persigue, la otra salva.

¿Eres un Saulo o un Pablo?

3 de enero
¿Qué quieres que yo haga?

“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? (Hechos 9:4–6).

El más cruel e implacable perseguidor de la iglesia se transforma en el más hábil defensor y paladín de Jesucristo. Su día se volvió noche. Cuando su vista oscureció, él vio definitivamente la luz del evangelio.

La persecución de los seguidores de Jesús llevó a muchos de estos a refugiarse en Damasco, un centro comercial ubicado a unos 100 kilómetros del Mar Mediterráneo y a 240 kilómetros al nordeste de Jerusalén, en la provincia romana de Siria. Varias rutas comerciales conectaban Damasco con otras ciudades del Imperio Romano. La presencia cristiana en ese lugar era una oportunidad para la extensión del cristianismo y hacia allá fue Saulo, con autoridad, fuerza, vigor y celo equivocado para perseguir, encarcelar y matar a los supuestos herejes.

Casi llegando a la ciudad, mientras contemplaban la verde y fructífera vegetación, lo rodeó una luz del cielo más fuerte que el sol en su esplendor; lo arrojó al suelo, y se escuchó una fuerte y poderosa voz que decía: “Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?” Esta experiencia única iba a transformar su vida para siempre.

Aquel de quien Saulo pensaba que era un blasfemo, un impostor, un falso Mesías, cuyos seguidores eran unos fanáticos engañados, ahora le pregunta por qué lo perseguía. Saulo había imaginado otra entrada en Damasco, una repleta de honores y aplausos. Después de todo, él llegaba para terminar con aquella plaga del cristianismo. Saulo escuchó, pero no entendió; vio luz, pero no vio a nadie. Fue conducido por terceros; estuvo tres días incomunicado y en soledad; en penumbra física, pero en reflexión, oración y arrepentimiento. En la oscuridad, todo se le hizo claro. Vio realmente quién era y, sobre todo, quién era Jesús.

Tal vez de manera consciente o inconsciente, tímida o rebelde, estás persiguiendo a Jesús con tu indiferencia, con tu inestabilidad y con tu falta de compromiso. ¿Crees que puedes terminar con Jesús y con su mensaje? Quien aun temblando se anima a preguntar como Saulo: “Señor, ¿qué quieres que haga?”, seguro recibirá la mejor respuesta. Este inicio del año es un buen momento para renovar tu entrega y tu compromiso con Dios y con su Palabra.

Como muy bien decía Spurgeon: “Nadie está tan seguro como aquel a quien Dios guarda; nadie está tan en peligro como aquel que se guarda a sí mismo”.

Si no me creen, pregunten a Saulo.

4 de enero
Un personaje extraordinario

“Entonces Bernabé, tomándolo, lo trajo a los apóstoles y les contó cómo Saulo había visto en el camino al Señor, el cual le había hablado, y cómo en Damasco había hablado valerosamente en el nombre de Jesús” (Hechos 9:27).

Si hay un personaje extraordinario en el libro de los Hechos, ese es Bernabé. Era oriundo de la Isla de Chipre, y su nombre significa “Hijo de ánimo, de consuelo, o de exhortación”. Ningún otro nombre más que ese es el más adecuado para ilustrar lo que fue el propósito de su vida.

Bernabé fue una influencia clave en la formación de Pablo y de Juan Marcos. Dios lo usó para llevarlos a un compromiso con la misión. Estuvo al lado de ellos, acompañando, motivando y guiándolos en el proceso del discipulado. Bernabé fue un discípulo que generó otros discípulos.

Bernabé fue un constructor de puentes entre los creyentes y un recién convertido, Saulo, y arriesgó su propia reputación en favor de un hombre que todos rechazaban. Es él quien percibe el potencial de Saulo, él mismo cuenta su conversión y lo presenta a los demás dirigentes de la iglesia. Bernabé fue el primero en viajar con Pablo y formar un equipo misionero, fue el primero en donar su propiedad y ponerla al servicio de la iglesia. Es decir, era un hombre sensible a las necesidades de los hermanos y de la misión.

Bernabé demuestra ser digno de confianza. Cuando en Antioquía el evangelio se extiende entre los gentiles, se alegra y apoya el crecimiento. Busca a Saulo en Tarso y lo lleva como evangelista. Los dos se convierten en maestros, y la iglesia se multiplica. Fue allí donde se llamó a los creyentes “cristianos” por primera vez (Hech. 11:25).

Bernabé es un siervo generoso, sensible, sacrificado, humilde y comprometido con la tarea de la predicación. Es un hombre de fe y de coraje. Y es un formador de dirigentes de la iglesia.

Bernabé era esa clase de discípulo que no atrajo las luces para sí mismo. Esto se refleja en una historia particular, registrada en Hechos 14:8 al 23. En aquellos días, muchos creían que los dioses podían mezclarse con los hombres. Era tal su influencia que, en Listra, Bernabé y Pablo fueron recibidos como dioses. A Bernabé se lo llamó Júpiter por su porte; y a Pablo, Mercurio, por su oratoria. Por supuesto, ambos rechazaron tal cosa. Nuestro proceder y nuestra vida siempre ejercen influencia.

Bernabé no dejó nada escrito, pero Pablo, su discípulo más notable, inspirado por Dios, escribió casi la mitad del Nuevo Testamento. La iglesia necesita de Pablos arriesgados y valientes, expuestos siempre en el frente de batalla contra el mal. Pero además necesita de los Bernabés, que también son arriesgados y valientes, y no obstante obran detrás de escena, formando, animando, enseñando y discipulando.

Recuerda que sin Bernabés no hay Pablos.

5 de enero
Una mano extendida

“Ahora, pues, he aquí la mano del Señor está contra ti” (Hechos 13:11).

No hay obra de arte mayor ni mecanismo más ingenioso que la simple mano del hombre. Diseñada por el gran Diseñador, Isaac Newton, erudito y matemático y uno de los científicos más destacados de la historia, llegó a exclamar: “Ausentes otras pruebas, me bastaría el pulgar para convencerme de la existencia de Dios”.

La mano humana, maravilla de diseño y de ingeniería, se compone de 29 huesos, 29 articulaciones, más de 100 ligamentos, 35 músculos, y un sinnúmero de nervios y arterias. Solamente para controlar el pulgar, necesitamos nueve músculos y el esfuerzo conjunto de tres nervios principales de la mano. La capacidad de la mano humana es impresionante: fuerza, flexibilidad, destreza, resistencia y control motor refinado. La punta del dedo es un instrumento sensorial dotado de una increíble capacidad para detectar, y lo hace con un grado de sensibilidad que la ingeniería humana apenas si empieza a emular con la disciplina de la robótica.

Si maravillosas nos parecen las obras de nuestras manos, qué decir de las manos de Dios. La Biblia utiliza expresivas figuras materiales para ilustrar ideas morales y espirituales. En toda la Escritura, incluso en los dichos de Pablo, las manos son un símbolo del amor, la sabiduría y el poder de Dios (en el caso de esta historia, para reprender a Barjesús –o Elimas–, un falso profeta).

La mano de Dios es poderosa: su mano sembró de estrellas los cielos, que siguen fielmente su órbita determinada.

La mano de Dios es sabia: su diestra hace maravillas; qué decir del átomo o, simplemente, de un copo de nieve. Bien decía Luis Pasteur: “Un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia nos devuelve a él”. Admiramos una computadora y un teléfono inteligente; entonces, ¡imagina el cerebro humano!

La mano de Dios es suave: como la mano experta de un médico que usa el bisturí de manera milimétrica y experta.

La mano de Dios es protectora: nos ha creado, nos cuida, nos moldea y también nos guarda.

La mano de Dios es justa: a su debido tiempo, coloca cada cosa en su lugar.

La mano de Dios puede ser resistida: porque Dios nos hizo libres para decidir. Y, si hacemos una mala elección, viene a nuestro auxilio (si se lo pedimos) para transformar nuestro carácter a su imagen.

He tenido el privilegio de estrechar las manos de autoridades y presidentes, pero nada más honroso que el Rey del Universo te extienda su mano, esa mano poderosa, sabia, suave, protectora, justa y respetuosa.

Esas mismas manos que fueron clavadas en la Cruz se extienden para abrazarnos y guiarnos. La mano del Señor esta siempre extendida, solo se necesita que la tomes.

6 de enero
Sublime gracia

“Nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres” (Hechos 13:32).

En Antioquia de Pisidia, Pablo fue a la sinagoga en sábado, a adorar a Dios como Creador y a predicar. En este primer sermón, él destaca tres grandes temas.

En primer lugar, la omnipresencia de Dios: él está en todo lugar. El Dios de su mensaje está en todas partes y tiene acceso a todos los sitios.

En segundo lugar, la soberanía de Dios: él está sobre todo y sobre todos. En su sermón, se destacan los verbos “escoger”, “enaltecer”, “sacar”, “soportar”, “dar”, “levantar”, “temer” y “conocer”. Estos son verbos que muestran el propósito específico de la soberanía de Dios a través de los tiempos y las personas. Incluso, la misma presencia de Pablo entre ellos era resultado de la voluntad y los planes de Dios. La soberanía de Dios parece ser contraria a la libertad de elección; sin embargo, ni la soberanía de Dios suprime nuestra libertad, ni nuestra elección puede eludir esa soberanía divina.

En tercer lugar, la gracia de Dios: él nos ama. Pablo muestra un Dios bondadoso, cercano, presente, que siempre busca ayudar, acompañar, salvar y restaurar; a pesar de la reiterada inestabilidad y rechazo de su pueblo.

John Newton era un capitán de barco. Era un hombre vulgar, tosco, blasfemo y arrogante. Miembro de la Marina Real Inglesa, se dedicaba al comercio de esclavos en las costas de Sudáfrica. Cierta noche, una tormenta abatió terriblemente su embarcación, tanto, que el miedo lo llevó a pedir a Dios un poco de misericordia. Este fue el origen de su conversión al cristianismo, y tiempo después, abandonó el comercio de esclavos y estudió Teología. En 1764 fue ordenado como ministro en la Iglesia de Inglaterra y empezó a componer himnos, junto con el poeta William Cowper. Como testimonio de su conversión, escribió el conocido himno “Sublime gracia”:

Sublime gracia del Señor, a un pecador salvó.

Fui ciego, mas hoy veo yo; perdido, y él me amó.

En los peligros o aflicción, que yo he tenido aquí,

Su gracia siempre me libró, y me guiará feliz.

Su gracia me enseñó a temer; mis dudas, ahuyentó.

Oh, cuán precioso fue a mi ser, al dar mi corazón.

Y, cuando en Sion por siglos mil, brillando esté cual sol,

Yo cantaré por siempre allí, su amor que me salvó.

¡Qué bueno es saber que Pablo presentó en aquel sermón a un Dios siempre presente, soberano, y que te ama como si fuera lo único que tuviera que atender en todo el Universo! Ese mismo Dios es quien hoy está esperando a que respondas a su sublime gracia.

7 de enero
Mi primer sermón

“Nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres, la cual Dios nos ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús” (Hechos 13:32, 33).

Tenía trece años cuando la bendición y la misericordia de Dios, y la osadía y el apoyo de mis pastores, me llevaron a predicar mi primer sermón. Fue en un Culto de Oración, en la Iglesia Adventista de Lomas de Zamora, Buenos Aires. Aún conservo el manuscrito a mano del bosquejo sobre Josué 1:9. Recuerdo el contraste, porque, mientras por un lado estaba nervioso y temblando, por el otro intenté comunicar a la iglesia las alentadoras palabras de Josué: “No temas ni desmayes”.

¿Saben? Mi sermón terminó antes del tiempo estipulado, por una combinación de nervios y emoción debida al tremendo privilegio de invitar a la iglesia a confiar en las promesas de aquel que está siempre a nuestro lado.

De los treinta sermones que se registran en el libro de Hechos, once corresponden a San Pablo. Así, en Hechos 13:15 al 52 se registra el primer y más extenso sermón del apóstol recientemente convertido. Si lo leemos, notamos que es como una mezcla del sermón de Pedro (Hech. 2:14–39) y el de Esteban (7:2–53); y el único predicado en una sinagoga. Con notable sabiduría, Pablo presenta un bosquejo de la historia de Israel hasta David, desde los tiempos de David hasta Jesús, y concluye su mensaje con una amorosa invitación y una clara advertencia.

En su primer sermón, Pablo presenta a Jesús, cuya venida había sido profetizada por la Escritura. No obstante, los estudiosos, lejos de ver en él el cumplimiento de la profecía, terminaron siendo instrumentos para llevar a Cristo a la misma muerte. Desde luego que su muerte y su resurrección también se efectuaron con el fin de cumplir la profecía y la promesa de salvación. La muerte y la resurrección de Cristo son el asunto central en el primer sermón de Pablo, pues solo así el perdón y la vida son ofrecidos a todo pecador, que por intermedio de la fe recibe y acepta la gracia de Dios.

El sermón termina con una invitación y una advertencia. Siempre Dios nos concede el derecho a la elección, sin dejar de mostrarnos las consecuencias dispares de nuestra elección. Podemos elegir los actos, pero no las consecuencias. Podemos elegir la semilla, pero no los frutos. No podemos sembrar espinos y esperar cosechar flores. Quien siembra un acto cosecha un hábito; y quien siembra hábitos cosecha un carácter.

Según M. Henry, “cuanto mayores sean los privilegios que disfrutemos, tanto más intolerable será la condenación en que hemos de incurrir si no recibimos con fe y correspondemos con obediencia a la gracia que tales privilegios comportan”. Seamos agradecidos por las bendiciones recibidas y actuemos en consecuencia.

8 de enero
“¿Qué es lo que usted ve?”

“Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (Hechos 13:48).

Jorge navegaba su propio velero pequeño con Mirta, su esposa. Su sueño era navegar el Río de la Plata y el Océano Atlántico para llegar al famoso puerto de Punta del Este, Uruguay. Había planificado entrar en el puerto ese mediodía, en un horario de buena visibilidad. Unas seis horas antes del arribo se desató una fuerte tormenta, con vientos de frente y olas que alcanzaban los seis metros. Era su primer viaje en el océano. No tenía GPS, solo contaba con una carta náutica. Ya era casi medianoche, la visibilidad era casi nula, y la incertidumbre y el peligro iban en aumento.

En cada puerto se señaliza el canal de acceso con boyas luminosas verdes que se dejan ver a la derecha (estribor), y boyas con luces rojas que se dejan ver a la izquierda de la embarcación (babor). Las luces de la ciudad lo confundían. Se conectó con la torre de control con un grito desesperado: “Aquí, embarcación… ¡Por favor! ¡Ayuda!” Recibió una clara respuesta: “¿Qué es lo que usted ve?” Ante las respuestas del navegante, el operario de la torre respondió: “Tranquilo, lo llevaremos al puerto”. Y así, guiado, pudo dejar atrás los peligros de la noche y la tormenta, y arribar con seguridad al muelle.

Pablo tenía limitaciones en su visión física, pero sus ojos espirituales y misioneros ya habían sido abiertos por el Señor. Cuando muchos judíos rechazaron el mensaje de Pablo porque no se consideraban dignos de la vida eterna, los gentiles fueron alcanzados por la predicación. Entonces él aceptó el mandato del Señor de ser luz para los gentiles, a fin de que la salvación pudiera llegar hasta lo último de la Tierra, porque para Dios no hay últimos de la fila. Cuando estos oyeron, se regocijaron y celebraron la Palabra de Dios. Sus vidas oscuras encontraron luz, sus ojos cerrados fueron abiertos. Escucharon, aceptaron, practicaron y compartieron la Palabra.

Como Jorge y como Pablo, nosotros también navegamos en una noche oscura y tormentosa. Las luces de la ciudad pueden parecer encantadoras, pero nos confunden y distraen. Nuestra única salvaguardia es llegar al Puerto seguro. “¿Qué es lo que usted ve?” Solo hay un canal de acceso al Puerto. La voz de la torre de control es amorosa, clara y poderosa. Las luces de la Escritura marcan el sendero. Necesitamos humildad para escuchar y seguir las orientaciones.

“Solo los que hayan fortalecido su espíritu con las verdades de la Biblia podrán resistir en el último gran conflicto” (Elena de White, Consejos para la iglesia, p. 76).

Abre la Biblia y escucha la voz de Dios. Él te dice: “Tranquilo, te llevaré al Puerto”.

9 de enero
Llenos de gozo

“Y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hechos 13:52).

¿Es posible en la época en que vivimos hablar, escribir y –sobre todo– experimentar una vida de pleno gozo? ¿Cómo mantenernos gozosos en medio de tantas angustias e incertidumbres? Pocos han sufrido tanto en la vida como el apóstol Pablo; sin embargo, es él mismo el que dice que estaba lleno de gozo. Este es un concepto que él presenta en sus escritos de manera reiterada.

El diccionario define “gozo” como una emoción intensa y placentera causada por algo que gusta mucho. En la Biblia se nos explica que el pecado, es decir, la separación de Dios, es la causa de la falta de gozo. En realidad, el pecado promete gozo, pero siempre produce tristeza. El gozo que ofrece es superficial, aparente y pasajero.

En la Biblia, el gozo no es placer, ni entusiasmo, ni júbilo ni risa. Gozo es un profundo sentimiento que viene como resultado de sentir la aprobación de nuestro actuar por parte de Dios. Gozo es la seguridad de saberse en los caminos y en la voluntad de Dios, independientemente de toda situación o adversidad que debamos enfrentar.

Contrariamente a la idea generalizada que lleva a pensar que es haciendo lo que me gusta (es decir, lo que yo quiero) como encuentro el pleno gozo, en la Biblia, el verdadero y completo gozo solo es posible en la presencia de Dios. Él es el Dios del gozo, y nos lo concede como un regalo, como un don, una dádiva, y como un fruto del Espíritu. Si es un fruto, entonces es un resultado, es decir, una consecuencia. Es el resultado de confiar y obedecer la Palabra de Dios. Es el resultado de saber que Dios está actuando para cumplir su propósito, aun en las circunstancias más difíciles.

El gozo es también un don que debe ser compartido. El pastor que encuentra a su oveja y la mujer que halla su moneda comparten su gozo con sus vecinos, en tanto los ángeles del cielo se regocijan por un pecador que se arrepiente.

“Porque separados de mí nada podéis hacer. Nuestro crecimiento en la gracia, nuestro gozo, nuestra utilidad, todo depende de nuestra unión con Cristo. Solo estando en comunión con él diariamente y permaneciendo en él cada hora es como hemos de crecer en la gracia. Él no es solamente el autor de nuestra fe sino también su consumador. Ocupa el primer lugar, el último y todo otro lugar. Estará con nosotros, no solo al principio y al fin de nuestra carrera, sino en cada paso del camino” (Elena de White, El camino a Cristo, p. 69).

10 de enero
¿Transpiración o milagros?

“Apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto” (Hechos 14:19).

La transpiración es un líquido (compuesto por dióxido de carbono y vapor de agua) que segregamos naturalmente por los poros de la piel, y en mayor cantidad cuando la temperatura del ambiente es elevada. Se puede dar también porque el cuerpo genera calor (como cuando hacemos ejercicio) y ante situaciones de estrés.

Entre las funciones de la transpiración, podemos destacar la termorregulación –lo que mantiene nuestro organismo en una temperatura estable e ideal–, la eliminación de toxinas y la refrigeración.

Más allá de lo fisiológico, también usamos la expresión para ilustrar el grado de identificación con un ideal o con una causa. Si decimos que alguien “transpira la camiseta” es porque está identificado, apasionado, centrado y totalmente comprometido con una actividad.

Por su parte, un milagro es una intervención divina. Es un acto sobrenatural que se percibe o recibe a través de la fe. Para otros, es tan solo una hipótesis que pretende explicar ciertos fenómenos sin ninguna comprobación científica posible. Y, para los que no quieren creer, un milagro es un defecto o una debilidad del necesitado corazón humano.

Pablo fue apedreado en Iconio y arrastrado fuera de la ciudad. Auxiliado por hermanos, Pablo se levantó, y se dirigió a Derbe para seguir predicando. Todavía las manchas de sangre no se habían secado en su túnica, y él seguía adelante con su misión.

Después de anunciar el evangelio en aquella ciudad y de hacer muchos discípulos, volvió a Listra, Antioquía e Iconio, para seguir predicando, aun en medio de tribulaciones, a fin de extender el Reino de Dios.

De este modo, Pabló visitó algunas de las principales ciudades de aquel entonces. Es verdad que muchos milagros acompañaron el ministerio de Pablo, pero también es verdad que él se entregaba por completo a la causa.

¿Estamos hoy precisando más transpiración, más identificación y más compromiso? ¿Necesitamos más comunión, más foco en la misión y más milagros? ¿Acaso no necesitamos desintoxicar nuestro organismo del egoísmo y el orgullo, manteniendo la temperatura ideal del primer amor, refrigerada permanentemente por Cristo, nuestra Fuente de la vida?

“Los que logran los mayores resultados son los que confían más implícitamente en el Brazo todopoderoso” (Elena de White, Patriarcas y profetas, pp. 508, 509). El Señor hizo muchos milagros de la nada, pero también hizo muchos milagros sobre la base de la transpiración. Actuemos como si todo dependiera de nosotros, confiemos como si todo dependiera de Dios.

11 de enero
¿Pasar o posar?

“Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, hospedaos en mi casa” (Hechos 16:15).

En Filipos no había creyentes suficientes para organizar una sinagoga. Se necesitaban diez jefes de familia para que eso ocurriera. Entonces, cuando eso sucedió, un grupo de oración al aire libre, cerca de un río, congregaba a los pocos creyentes.

Lidia, original de Tiatira, era vendedora de púrpura. Los tejidos de púrpura eran raros y costosos; por lo tanto, eran utilizados por personas de la realeza y por los ricos. Era un negocio sumamente lucrativo. La casa de Lidia era muy amplia, con lugar suficiente para albergar creyentes y cobijar una naciente iglesia. Antes de abrir su casa a la difusión del evangelio, abrió su corazón, recibió el mensaje, fue bautizada y se constituyó en una adoradora de Dios. Ella pidió que tanto Dios como el mensaje quedaran en su casa, en su familia... y en su vida. No le interesa al Señor, y no nos sirve a nosotros, que él tan solo pase por nuestra casa o nuestra vida; necesitamos que él pose, que permanezca para siempre.

Mientras tanto, una joven esclava, que tenía espíritu de adivinación y que producía un gran negocio para sus dueños, salió al encuentro de Pablo con alaridos estruendosos, que la gente consideraba como oráculos divinos. Los dueños de esta esclava habían descubierto el extraño poder, y lo estaban explotando para su propio beneficio. La muchacha interrumpía el caminar misionero de los apóstoles. Aun poseída por el demonio, gritaba animando al pueblo a seguir la enseñanza apostólica presentada por los siervos del Altísimo, un Dios más alto que Zeus, el dios más supremo que ellos tenían.

Los siervos de Dios, en el nombre del Altísimo, liberaron a aquella mujer de la presencia del demonio, y abrieron para ella una nueva vida. Esto generó bendición para la mujer y una fuerte oposición para los misioneros, porque no solo afectaron el negocio de aquellos dueños sino también los del mismo enemigo de Dios.

Para Dios no hay primeros ni últimos. Tanto para la acaudalada empresaria como para la joven esclava, existen los mismos ofrecimientos y oportunidades de salvación; como así también el mismo escozor en las huestes del mal.

“Por los esfuerzos de Satanás para destruirla, la simiente incorruptible de la Palabra de Dios, la cual vive y permanece para siempre, se esparce en los corazones de los hombres; por el oprobio y la persecución que sufren sus hijos, el nombre de Cristo es engrandecido y se redimen las almas” (Elena de White, El discurso maestro de Jesucristo, p. 32).

Renueva ahora tu compromiso de fidelidad con Jesús y con su Palabra. No pases de largo. ¡Quédate con él!

12 de enero
¿Qué significa “creer”?

“Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa” (Hechos 16:30, 31).

El enemigo quiso acallar la voz de los predicadores, y envió a Pablo y a Silas a la cárcel. Dios podía haberlo impedido, pero lo permitió para cumplir propósitos que iban más allá de lo visible. Los misioneros confiaron porque sabían que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan para bien.

El carcelero tenía la orden de mantener bajo suprema vigilancia a esos dos presos especiales, y tomó todos los recaudos necesarios. Pablo y Silas fueron azotados y encarcelados en las peores celdas, en el fondo, en un lugar oscuro, con escaso aire y con ajustados cepos que atrapaban sus pies. De repente, sucedió lo inesperado: la tierra se movió. El carcelero presupone que ese es su fin, y saca su espada y decide matarse. Después de todo, la única razón y misión de su función era mantener a los presos a salvo, es decir, presos. Cuando Pablo le dice que nadie se escapó y que todos estaban ahí, él percibe que Alguien más está detrás de toda esta historia, y entonces pregunta qué debe hacer para ser salvo.

Él estaba totalmente confundido. Nunca antes había visto ni escuchado a presos cantar y alabar a Dios en paz. No era muy lógico. Más que presos parecían ángeles. Es evidente que el enemigo quiso desanimar a los predicadores, pero aun presos ellos seguían animados, orando, cantando y testificando. “Aunque el cuerpo está encarcelado, aunque la carne está en prisión, todas las cosas están abiertas al espíritu. La pierna no siente la cadena cuando la mente está en el Cielo”, declaró Tertuliano.

El enemigo puso cárceles y custodios para evitar la predicación, y la cárcel fue abierta; y los custodios y sus familias, convertidos y bautizados. Un terremoto termina en fiesta, en la que se celebra la nueva vida.

Para ser salvo, solo había que creer. ¿Qué significa eso realmente? Creer es reconocer nuestra total insuficiencia y aceptar y confiar en la suficiencia de Dios. Es reconocer nuestra absoluta indignidad, mientras aceptamos la total dignidad del Señor para salvarnos. Es reconocer que es nuestra independencia lo que nos lleva a la muerte, y que es la dependencia permanente de Jesús lo que nos lleva vida.

Que esta pueda ser hoy tu oración: “Señor, dejo de lado mi insuficiencia, mi indignidad e imposibilidad. Ayúdame a depender permanentemente de ti y que, sin importar las circunstancias que tenga que enfrentar, viva una vida de oración y estudio de tu Palabra todos los días”.

13 de enero
Diligentes y perseverantes

“Estos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).

Aquel ataque terrorista destruyó casi por completo el edificio y terminó con la vida de casi un centenar de personas. Recuerdo que nos acercamos con un grupo de voluntarios para ofrecer ayuda a quienes estaban removiendo escombros, con la esperanza de encontrar con vida y rescatar a las personas. Recuerdo el ir y venir de un joven. Me acerqué a él y me dijo que su esposa estaba debajo de los escombros. Estaba angustiado porque ya habían pasado trece horas del atentado, y la esperanza de rescate se desvanecía.

Por otro lado, los especialistas y el equipo de rescatistas trabajaban con toda diligencia, sin pausa y con prisa, con responsabilidad, con esfuerzo y con compromiso. Así, fueron rescatadas varias vidas.

Pablo visitó a los creyentes de Berea y, al compararlos con los de Tesalónica, dijo que eran más nobles que ellos. Es decir, eran distintivos, leales y generosos porque recibieron el mensaje sin prejuicios, y escudriñaban, profundizaban, investigaban y comparaban por sus propios medios la palabra escuchada de Pablo con la Palabra escrita. Los bereanos fueron instruidos por la Palabra y fortalecidos por la Palabra. Estudiaban las Escrituras con toda solicitud, con diligencia y con el intenso anhelo de obtener más conocimiento. El diccionario define “diligencia” como cuidado, prontitud, agilidad, prisa, solicitud, disposición, eficiencia y búsqueda incesante hasta alcanzar el objetivo. “Si deseas que tu esperanza de salvación crezca en fortaleza y solidez, estudia con diligencia la Palabra de Dios. El cristiano es concebido por la Palabra y debe alimentarse de ella”, expresó William Gurnal.

En un tiempo de superficialidad y de falta de profundidad, cada vez se piensa, se reflexiona y se medita menos. Por eso, como los bereanos, debemos ser perseverantes en el estudio de la Biblia, y debemos hacerlo cada día.

“El estudio de la Biblia requiere nuestro más diligente esfuerzo y nuestra más perseverante meditación. Con el mismo afán y la misma persistencia con que el minero excava la tierra en busca del tesoro, debemos buscar nosotros el tesoro de la Palabra de Dios” (Elena de White, La educación, p. 170).

Como aquellos voluntarios que buscaban vida en la profundidad de los escombros, necesitamos un compromiso mayor con el estudio de la Palabra. Seamos diligentes y perseverantes en su estudio y en su aplicación.

14 de enero
Un dios desconocido

“El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra” (Hechos 17:24).

Atenas era la capital de la antigua Ática y de la moderna Grecia. Existían en aquellas colinas cerca de tres mil estatuas, mayormente dedicadas a sus ídolos y divinidades. Fue en esta ciudad donde Pablo, frente a filósofos e incrédulos, presentó una defensa de la fe y del evangelio. Hechos 17:16 al 34 relata cómo empezó hablando de la doctrina de Dios y de la Creación, y presentó al Dios viviente como Creador, Soberano y Padre. Luego siguió con la doctrina del hombre, animando a vivir una vida no centrada en el ser humano sino en Dios. Finalmente, concluyó con la doctrina del Juicio y de la Resurrección.

Pablo fue a la gente donde la gente estaba, enfrentó la filosofía epicúrea (que sostenía que el objetivo principal de la vida es evitar el dolor) y les habló en su propio lenguaje. Los griegos no negaban la existencia de Dios, pero pensaban que estaba demasiado ocupado y demasiado lejos como para interesarse en el quehacer diario de cada criatura. A su vez, los estoicos enseñaban el autodominio. Así, el objetivo principal era entrenar a las personas para alcanzar un lugar de indiferencia tanto al placer como al dolor. Además, los atenienses creían en alguien superior, desconocido, que actuaba sobre las leyes naturales.

Era tanto el fervor de los atenienses por complacer a todas sus divinidades que existían algunos altares dedicados “al dios no conocido”, con el objeto de no caer en el pecado del descuido o del olvido. Entonces, Pablo les hace un juego de palabras: ustedes tienen un dios no conocido; ese dios que adoran sin conocer es el Dios que yo conozco, adoro y anuncio. Por eso, a Pablo lo llamaron el anunciador o proclamador de nuevos dioses: “Con un tacto nacido del amor divino, apartó cuidadosamente sus mentes de las deidades paganas, y les reveló el Dios verdadero, que era desconocido para ellos” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 195).

¿Qué y cuánto conoces de Dios? En tu vida, ¿Dios es Dios “por si acaso”? En los días de la Reforma protestante, Lutero caminaba por una calle cuando fue sorprendido por una persona que debajo de su abrigo tenía un arma. “¿Por qué caminas solo?”, le increpó el atacante. Y Lutero respondió: “Estoy en manos de Dios, él es mi amparo y mi fuerza”.

Para Pablo y para Lutero, Dios no era un Dios desconocido; era un Dios presente, actuante, cercano. Era un Padre y un Amigo. Que Dios sea en tu vida un Dios conocido y reconocido. Eso marcará toda la diferencia. Reconozcámoslo en todos nuestros caminos, y vivamos hoy y siempre en las manos de Dios.

15 de enero
Hagan todo lo que él dice

“Pablo salió de Atenas y fue a Corinto. Y halló a un judío llamado Aquila, natural del Ponto, recién venido de Italia con Priscila, su mujer” (Hechos 18:1, 2).

Julián y Marta estuvieron casados 68 años, siempre sirviendo juntos al Señor y a la iglesia. Marta, como directora de Dorcas–ADRA, y Julián como jefe de diáconos y predicador evangelista. Cuando tenían 56 años de casados, Julián se cayó de una escalera mientras pintaba la iglesia y sufrió una ruptura del bazo, con sangrado abdominal. La situación era grave. Su vida corría peligro. Lo llevaron de urgencia al hospital. El cirujano necesitaba hacer una tomografía, pero el equipo no funcionaba hacía dos semanas. No obstante, tal estudio era indispensable para confirmar el diagnóstico y resolverlo.

En ese momento, Marta, la familia y la iglesia oraban por Julián. Dios siempre se manifiesta cuando sus hijos oran. Ante el asombro del personal hospitalario, el tomógrafo funcionó para ese único paciente. Julián fue operado, le salvaron la vida y siguió junto con Marta sirviendo al Señor hasta descansar en sus promesas. Ejemplificadora es la entrega completa y el compromiso total de este fiel matrimonio dedicado al Señor.

En Hechos 18 encontramos otro matrimonio entregado absolutamente a la causa del evangelio. Aquila y Priscila conocieron a Pablo en su segundo viaje misionero. Ellos habían sido expulsados de Roma por un decreto del emperador Claudio contra los judíos. En Corinto, comenzaron a fabricar tiendas para ganarse la vida. Ellos ayudaron a Pablo en el trabajo de armar carpas, para que él tuviera su sustento; y él los ayudó en su vida espiritual y misionera. Ellos ofrecieron su casa en Corinto y, años más tarde, en Roma, como base para el crecimiento de la iglesia. Fueron ellos los que llevaron a Apolo a la conversión y a un compromiso misionero.

Aquila y Priscila nunca son mencionados en la Biblia de manera separada, siempre están juntos como matrimonio, ya sea en el trabajo como en la iglesia. Entre ellos se complementan. En ellos observamos ciertas cualidades prácticas: fuerte comunión con Dios y con la misión, flexibilidad, capacidad para establecer relaciones duraderas, motivación propia, habilidad para trabajar en equipo, hospitalidad, sabiduría y responsabilidad.

¿Hay algo que debe ser fortalecido, restaurado o hecho nuevo en tu matrimonio? Recuerda que nunca es tarde. El mismo Dios que creó el matrimonio, el mismo que realizó su primer milagro en la boda de Caná, puede y quiere marcar una diferencia en tu matrimonio presente o futuro. Recuerda las palabras que María indicó a los criados en aquella boda, con relación a Jesús: “Haced todo lo que él os diga”.

16 de enero
Uno planta, otro riega

“Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor” (Hechos 18:24, 25).

Apolos era natural de Alejandría. Esta ciudad era un gran centro cultural y poseía una de las bibliotecas más grandes del mundo antiguo. Apolos era erudito, capaz, fuerte, elocuente y un brillante orador. Había sido “instruido”, palabra de la que se deriva “catequizar” y significa que, además de haber estudiado por sí mismo, había sido enseñado por alguien. Había aceptado la enseñanza de Juan el Bautista acerca de Jesús y, con la ayuda de Aquila y Priscila, su conocimiento de la revelación de Dios, el ministerio de Cristo, la obra del Espíritu Santo y el papel de la iglesia fue ampliado. Eso lo llevó a ser aún más eficiente al enseñar diligentemente con precisión y con esmero.

Él era muy preparado e instruido, pero eso no cerraba las puertas a crecer en el conocimiento. Es necesario aprender, desaprender y reaprender. Nadie sabe tanto que no pueda aprender alguna cosa más, y nadie es tan ignorante que no pueda enseñar.

Después de ampliar sus conocimientos y la comprensión de la verdad, Apolo se transformó en el predicador favorito en Corinto, incluso en comparación superlativa por encima de Pablo, pero él nunca perdió de vista el objetivo, el foco y la misión.

Apolos tenía en claro su responsabilidad individual, pero al mismo tiempo sabía que el equipo, el mensaje y el Originador del mensaje estaban por encima de todo. No es el poder humano lo que asegura el éxito, es la unión de lo divino y lo humano, la bendición de Dios sobre nuestros esfuerzos.

“Un Pablo puede plantar y un Apolo regar, pero es Dios el que da el crecimiento. El hombre no puede hacer la parte de Dios [...]. Como agente humano, puede cooperar con los seres celestiales, y con sencillez y humildad hacer lo mejor que pueda, comprendiendo que Dios es el gran Artífice maestro” (Elena de White, Servicio cristiano, p. 322).

Apolos no se prestó a crear rivalidad ni enfrentamientos. Al contrario, buscó sumar, porque “ningún jugador es tan bueno como todos juntos”(Alfredo Di Stéfano). Pablo afirma que se necesita del que planta y del que riega, pero el crecimiento viene solo de Dios.

Por eso, te invito hoy a dejar de lado el individualismo y a que unas tus fuerzas luchando por el crecimiento. Ya lo decía muy bien Martin Luther King, Jr.: “O aprendemos a vivir juntos como hermanos o vamos a perecer juntos como necios”.

17 de enero
Afortunados

“Entonces descendió Pablo y se echó sobre él, y abrazándolo, dijo: No os alarméis, pues está vivo [...]. Llevaron vivo al joven, y fueron grandemente consolados” (Hechos 20:10–12).

Su nombre significa “Afortunado” y pasó a la historia por ser el joven que se quedó dormido mientras Pablo predicaba en Troas. Él se cayó de un tercer piso y falleció. Estamos hablando de Eutico; quien, “afortunadamente”, fue resucitado.

Pablo había estado una semana en esa ciudad predicando el evangelio. En la última noche, junto con la cena de despedida, predicó su último sermón antes de continuar su viaje. En el piso superior de la vivienda, repleto de gente, el humo de las velas que iluminaban el salón, la poca ventilación y la extensión de la reunión hicieron que este chico (que tendría entre diez y catorce años) buscara la brisa fresca sentado en el borde de la ventana.

A simple vista, podríamos decir que se trataba de un oyente distraído, en un ambiente tóxico, y con un programa intenso y extenso. Y que esta serie de factores llevaron a que Eutico cayera de la ventana hacia el patio exterior. Podemos imaginar la confusión en el auditorio: unos tratando de reanimarlo y otros procurando echar culpas.

Entonces Pablo, interrumpiendo su sermón, desciende y se echa sobre él, así como Elías lo había hecho con el hijo de la viuda y Eliseo con el de la sunamita. Pablo lo abrazó y dijo que estaba vivo, pues había resucitado. Así, se lo llevaron y todos fueron grandemente consolados.

Podríamos decir que hay tantos Euticos distraídos, con un pie “adentro y otro afuera” de la iglesia, tal como hay tantos adultos indiferentes, distantes y distraídos del proceder de las nuevas generaciones. Tal vez nuestros ambientes estén sobrecargados de las velas y el humo de los protocolos y las ceremonias, sin la buena ventilación de la participación y la integración. Acaso nuestros discursos y programas son tan intensos y extensos, centrados en procesos y no en las personas.

No es tiempo de buscar culpables. Es tiempo de renovar nuestro compromiso como adultos, como padres y como educadores para las nuevas generaciones. No podemos jugar al distraído y dejar que se balanceen entre la vida y la muerte en el borde de la ventana. No podemos ofrecer un ambiente que se hace tóxico por la falta de coherencia, ya que nuestros discursos quedan muy distantes de nuestros hechos.

“La gente joven necesita modelos, no críticos”, dijo John Wooden. Pablo ya no está para resucitar a nuestros “Euticos”, pero somos “afortunados” porque el Obrador de aquel milagro quiere repetirlo. Solo necesita contar contigo como su instrumento.

18 de enero
¿Qué es una lágrima?

“Sirviendo al Señor con toda humildad, con muchas lágrimas” (Hechos 20:19).

Si preguntamos a un químico qué es una lágrima, nos dirá que es una solución acuosa compuesta por clorato de sodio y otras sustancias químicas.

Si preguntamos a un estoico, nos dirá que es una señal de flaqueza.

Por su parte, un fisiólogo nos responderá que es un líquido lubricante para mantener los ojos húmedos.

Si habláramos con un epicúreo, nos dirá que no significa nada, y nos recomendará comer, beber y gozar de la vida porque mañana moriremos.

Ya sea que consultemos a unos o a otros, la realidad es que las lágrimas existen y, aunque no todas expresan angustia o dolor, muchas de ellas nos hablan de un corazón herido, de un hogar desecho, de una salud quebrantada, de un recurso faltante o de la pérdida irreparable de un ser querido.

Jesús lloró al vernos dispersos como ovejas sin pastor. Pablo también derramó lágrimas; en realidad, sirvió al Señor con lágrimas. Aunque enfrentó muchas dificultades personales, no se ve al apóstol derramar lágrimas por su propio sufrimiento. No obstante, sí lo hace por ser perseguido y enfrentar una fuerte oposición a la predicación del evangelio (Hech. 20:19) y cuando se angustiaba por las personas que necesitan aceptar el mensaje de Dios y ser convertidas (Hech. 20:31).

En toda su vida, Pablo se entregó completamente para servir al Señor y a la iglesia. Y lloró, pero no por las heridas y los desprecios que él hubiese recibido como siervo y esclavo de Cristo. Lloró por sus hermanos judíos que rechazaban la salvación. Se apenó por las piedras que colocaban en el camino de la verdad. Sintió dolor por todos aquellos que se perdían. Experimentaba tristeza por la dureza de los corazones humanos. Él mismo aconsejaría años más tarde que no sufrieran como resultado de malas decisiones y acciones, pero sí animó a no avergonzarse del sufrimiento por la causa de Cristo sino, más bien, agradecer, dar gloria a Dios y seguir adelante.

¿Estás derramando lágrimas por la salvación de los que sufren y para que el evangelio pueda llegar a todos? Sigamos el ejemplo de Pablo, tal como lo describe Elena de White: “Predicando el arrepentimiento, el retorno a Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo. Se encontraba con los hombres en sus hogares y les suplicaba con lágrimas, declarándoles todo el designio de Dios” (El ministerio de la bondad, p. 65). Y recordemos Salmo 126:6: “Porque irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla, pero al volver vendrá con regocijo trayendo sus gavillas”.

19 de enero
Un esplendor refulgente

“Pero de ninguna cosa hago caso ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24).

Pablo invita a los ancianos de Éfeso a recorrer los 55 km de distancia hasta Mileto, a fin de compartir con ellos un discurso de despedida. Es consciente de los peligros que lo esperan, incluso de muerte, pero no se escapa. Otra persona lo habría hecho; no él. Pablo va a luchar hasta el final, porque “los ganadores nunca se rinden y los que se rinden nunca ganan” (Vince Lombardi).

Pablo reconoce que su capital más valioso es el Señor. Como en la parábola de la perla preciosa (Mat. 13:45, 46), bien valía la pena vender todo para quedarse con el tesoro. Su vivir era Cristo, y Cristo era su vida. Pablo no solo quiere terminar su carrera, quiere hacerlo de manera victoriosa y gozosa. Su ministerio es propiedad del Señor, no le pertenece. Dios es el Dueño y el sueño de Pablo es responderle como fiel administrador. Él está listo para rendir cuentas.

Pablo se consideraba responsable por dar testimonio del evangelio y de la gracia de Dios, como fiel testigo tanto por medio de la vida que vivía como por el mensaje que predicaba. Es el heraldo que declara y predica un mensaje como representante del Rey. El testigo declara lo que vio suceder, pero el heraldo proclama lo que el rey le dice. Es comisionado y enviado con un mensaje; no es originador del mensaje, sino un transmisor.

Pablo se veía como un atalaya. Esta es una referencia al centinela en las murallas de Ezequiel 33:1 al 9. Su misión era estar despierto y alerta, listo para hacer sonar la alarma. Tenía que ser fiel porque la seguridad de muchos dependía de él.

“En la historia de aquellos que han obrado y sufrido por el nombre de Jesús, no hay ninguno que brille con un esplendor más puro y refulgente que el nombre de Pablo, el apóstol a los gentiles. El amor de Jesús, brillando en su corazón, lo hizo olvidarse de sí mismo y ser abnegado. Había visto al Cristo resucitado, y la imagen del Salvador se había impreso en su alma y brillaba en su vida. Con fe, valor y fortaleza, para no ser amedrentado por el peligro o retrasado por los obstáculos, anduvo de un país a otro difundiendo el conocimiento de la Cruz” (Elena de White, Dios nos cuida, p. 119).

Hoy la misión de la iglesia necesita obreros que brillen. Que tengan esplendor puro y refulgente. Que tengan el fuego y la pasión de Pablo.

20 de enero
El mártir

“Y ahora, yo sé que ninguno de todos vosotros, entre quienes he pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro” (Hechos 20:25).

El capítulo 50 del libro Los hechos de los apóstoles, de Elena de White, cuenta el final de la vida Pablo. No hay registro de las últimas escenas, pero sí de su postrer testimonio: “Como resonante trompeta, su voz ha vibrado a través de los siglos, enardeciendo con su propio valor a millares de testigos de Cristo y despertando en millares de corazones afligidos el eco de su triunfante gozo: Porque yo ya estoy para ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida ” (Los hechos de los apóstoles, p. 409).

Nerón pronunció la sentencia: Pablo sería decapitado. Fue conducido al lugar de ejecución con la presencia de pocos testigos, pues querían evitar que el testimonio de su muerte ganará más creyentes que su predicación. La sangre de los cristianos era como una semilla que producía más cristianos. Aun los rudos soldados se asombraron y se convirtieron por su paz, su espíritu de perdón y su inquebrantable confianza en Cristo.

Pablo llevaba consigo el ambiente del cielo. Puede ser que los argumentos, por irrebatibles que sean, no provoquen más que oposición; pero un ejemplo piadoso entraña fuerza irresistible. Se olvidó el apóstol de sus sufrimientos, al llegar al paraje del martirio; no vio la espada del verdugo ni la tierra que iba a absorber su sangre, sino que a través del sereno cielo miraba esperanzado el Trono del Eterno.

Este hombre de fe vio a Cristo, a los patriarcas y los santos que de siglo en siglo testificaron por su fe seguros de que Dios es fiel. Desde la rueda de tormento, la estaca, el calabozo y cavernas de la Tierra, escuchaba el grito de triunfo de los mártires.

Redimido por el sacrificio de Cristo, lavado del pecado y revestido de su justicia, su alma era preciosa a la vista de su Redentor. Se aferraba a la promesa de resurrección en el día final. Sus pensamientos y sus esperanzas estaban concentrados en la segura venida de su Señor.

Nerón terminó su existencia con estas palabras: “Qué artista que va a perder el mundo”, mientras que las últimas palabras de Pablo fueron: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Tim. 4:6–8).

La corona de oro no solo será para él. También hay una para ti.

21 de enero
¡Cuidado con los lobos!

“Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño” (Hechos 20:29).

Los lobos son los animales más grandes de la familia canina. Poseen un grueso pelaje (ya sea blanco, negro o con combinaciones de marrón y rojizo) que los ayuda a sobrevivir en climas diversos. Los lobos buscan transmitir fuerza, generar sumisión, agresión y miedo. Generalmente viven en manadas, dentro de un territorio establecido (al que marcan). Ellos se comunican a través de aullidos, gruñidos, ladridos, olor y lenguaje corporal. Atacan y consumen por la fuerza, y son rapaces, es decir, dados al robo, al hurto o la rapiña.

Por otro lado, es preciso recordar que el lobo es un animal nocturno con un gran sentido de la vista, y trata de obtener ventaja de sus víctimas potenciales que no ven bien por la noche.

Con semejantes características, no es de extrañar que Pablo usara como metáfora a estos animales para advertir a la iglesia. ¿Quiénes serían los “lobos” deseosos de arruinar al rebaño de creyentes? Pues bien, son los falsos maestros que pretenden reemplazar la antigua Palabra de Dios por novedosas y propias ideas; son los que dicen “Así dijo el Señor”, cuando el Señor no ha hablado; son las herejías disfrazadas de doctrinas; son los que se consideran autosuficientes, reclaman su autoridad y actúan como dueños de la iglesia para llevar adelante sus engaños.

Cuidado con los que gruñen, gritan y buscan imponerse por el miedo con amenazas, agresiones y críticas.

Cuidado con los que piensan que son los jueces de la doctrina, de los procedimientos y de la iglesia.

Cuidado con los que trabajan en la oscuridad, aprovechándose de las circunstancias y aun de las debilidades.

Cuidado con los que se creen salvadores de la iglesia, porque Salvador y Dueño de ella hay uno solo: Jesucristo, nuestro Señor, quien, según el mismo Pablo, la compró con su propia sangre.

Cuidado con aquel que, en lugar de permitir ser usado por el Consolador, trabaja para el Acusador.

Cuidado con aquel “que admite la verdad mientras sigue en la injusticia, que declara creerla, y sin embargo la hiere cada día por su vida inconsecuente, se entrega al servicio de Satanás y lleva almas a la ruina. Esta clase de personas tiene comunicación con los ángeles caídos, y recibe ayuda de ellos para obtener el dominio de las mentes” (Elena de White, Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 133).

No seas lobo ni te dejes llevar por uno de ellos. Déjate guiar hoy y siempre por Jesús, el verdadero Pastor del rebaño.

22 de enero
Sanguijuela chupasangre

“Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado” (Hechos 20:33).

Son conocidos popularmente como sanguijuelas o parásitos chupasangre. Hay marinos y terrestres. Son elásticos y flexibles, y pueden vivir unos 27 años. Son depredadores y se alimentan de gusanos y larvas, entre otros. Ciertas especies se alimentan de la sangre. ¿Cómo lo hacen? Se adhieren al organismo y con las mandíbulas cortan la piel de sus presas hasta que sangran. Luego, con la ventosa posterior succionan la sangre al mismo tiempo que liberan un anestésico que evita el dolor (para que la víctima no sienta nada), un vasodilatador para que las venas cercanas al corte liberen mayor cantidad de sangre y un anticoagulante. La cantidad de sangre que succionan no es peligrosa ni para un niño, y no transmiten enfermedades.

La codicia actúa como una sanguijuela chupasangre. Salomón dice que la sanguijuela tiene dos hijas que dicen: “¡Dame! ¡Dame!” (Prov. 30:15). En otras palabras, la codicia solo puede producir más codicia. Los que pretenden las posesiones de otros nunca se satisfacen. Como la sanguijuela que succiona sangre de todo aquel a quien se le adhiere, así hace la codicia: siempre va a querer más y más de los demás. En la lengua original del Nuevo Testamento, significa “deseo de tener más”; es decir, un deseo ingobernable de consumir y controlar lo que otros tienen, para poseer más de lo que ya tenemos.

Pablo fue acusado de avaricia, implicando que su pasión por la evangelización escondía el interés por los bienes materiales de los conversos. Él tenía derecho de pedir donativos por sus labores, pero no lo hizo. Con su notable influencia sobre la gente, podría haber conseguido beneficios materiales y enriquecerse. Pero él sabía vivir modestamente y tener abundancia; sabía contentarse, cualquiera que fuera su situación. Nunca obtuvo ganancia de los corintios ni dádivas de los filipenses; él mismo se sostenía trabajado con sus manos, sin permitir que lo sostuvieran.

El mismo Pablo pone en claro que el amor al dinero es la raíz de todos los males; por eso, la codicia está condenada por el mismo Decálogo. “La avaricia es un pozo sin fondo que agota a la persona en un esfuerzo interminable por satisfacer sus necesidades sin llegar nunca a conseguirlo”, declaró Erich Fromm.

Es necesario prevenir el gran mal de la codicia. Y, si ya estamos afectados, procuremos la cura, porque “por medio de su experiencia y ejemplo manifestarán que la gracia de Cristo tiene poder para vencer la codicia y la avaricia; y la persona que somete a Dios los bienes que le han sido confiados será reconocida como un mayordomo fiel, y podrá demostrar ante otros que cada peso que posee lleva la marca y el sello de Dios” (Elena de White, Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 21).

23 de enero
¿Dar o recibir?

“En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: ‘Más bienaventurado es dar que recibir’ ” (Hechos 20:35).

En el versículo de hoy, Pablo cita una declaración de Jesús que no está en ninguno de los cuatro evangelios. Sin embargo, confiamos en la fuente paulina y creemos que Jesús dijo eso. Aparte, dar está en la misma esencia de Dios. Dice Juan 3:16 (que es, tal vez, el texto bíblico más conocido de la Escritura) que Dios nos ama de tal manera que nos dio a su Hijo. Dar es un acto que se origina en Dios.

Por eso, debemos imitarlo. Quien recibe es bienaventurado, quien da lo es aún más. Quien da se desprende de su propio egoísmo y recibe la bendición de Dios. Dar y darse es cada vez más indispensable en el mundo en que vivimos.

“Cuando observo el campo sin arar, me pregunto: ¿Dónde estarán las manos de Dios?

“Cuando observo la injusticia, la corrupción, el que explota al débil; cuando veo al prepotente pedante enriquecerse del ignorante y del pobre, me pregunto: ¿Dónde estarán las manos de Dios?

“Cuando contemplo a esta anciana olvidada, me pregunto: ¿Dónde estarán las manos de Dios?

“Cuando veo al moribundo en su agonía llena de dolor, me pregunto: ¿Dónde estarán las manos de Dios?

“Cuando miro a ese joven antes fuerte y decidido, ahora embrutecido por la droga y el alcohol; cuando veo titubeante lo que antes era una inteligencia brillante y ahora harapos sin rumbo ni destino, me pregunto: ¿Dónde estarán las manos de Dios?

“Cuando aquel pequeño a las tres de la madrugada me ofrece su cajita de dulces sin vender; cuando lo veo dormir en la calle tiritando de frío, con unos cuantos periódicos que cubren su frágil cuerpecito; cuando su mirada me reclama una caricia; cuando lo veo sin esperanzas vagar con la única compañía de un perro callejero, me pregunto: ¿Dónde estarán las manos de Dios?

“Y me enfrento a él y le pregunto: ¿Dónde están tus manos, Señor? Para luchar por la justicia, para dar una caricia, un consuelo al abandonado, rescatar a la juventud de las drogas, dar amor y ternura a los olvidados.

“Después de un largo silencio, escuché su voz: ‘¿No te das cuenta de que tú eres mis manos? Atrévete a usarlas para lo que fueron hechas’ ” (Autor desconocido).

Nosotros somos en este mundo las manos de Dios. Sirve con amor, porque más bienaventurado es dar que recibir.

24 de enero
Para eso estamos

“Yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús” (Hechos 21:13).

Hace un tiempo, visitaba en un hospital a un bombero que había sido afectado por el fuego debido a sus heroicos movimientos en medio de un incendio. Se encontraba en terapia intensiva; su situación no era grave, pero sí delicada. Después del saludo y como intentando animarlo, decidí felicitarlo por su valiente acción y espíritu de servicio. Abriendo apenas sus ojos, con la mano levantada y con voz débil pero convincente, me agradeció. Sin embargo, casi al instante aseguró que no había nada para felicitar. Él dijo simplemente: “Para eso estamos”.

Desde entonces, pensé muchas veces en su sermón de tres palabras: “Para eso estamos”. En realidad, un bombero no está para quemarse ni dañarse. No obstante, en su servicio para proteger bienes y vidas, si es necesario arriesgar la propia para salvar la ajena, está dispuesto para eso.

Pablo también tenía muy en claro cuál era el propósito de su vida y de su ministerio. En Hechos 20 se narra la profecía de Agabo, quien escenifica lo que le sucederá a Pablo atándose los pies y las manos con el cinto del apóstol, prediciendo así que sería tomado preso en Jerusalén. De manera insistente, los hermanos procuraron que Pablo no fuera a esa ciudad, pero no pudo ser persuadido: no solo estaba dispuesto a ser atado, sino además estaba dispuesto a morir por Cristo, si era necesario. Estaba resuelto a lo que fuese y, por la gracia de Dios, no solo a soportarlo sino también a sufrirlo con gozo.

Al respecto, esto narra Elena de White: “Las pruebas y las penalidades sufridas por Pablo habían agotado sus fuerzas físicas. Padecía los achaques de la vejez. Comprendía que estaba realizando su postrera labor; y a medida que se le iba acortando el tiempo, eran más intensos sus esfuerzos. Su celo no tenía límites. Resuelto en el propósito, rápido en la acción, firme en la fe, pasaba de iglesia en iglesia por diversos países, y procuraba por todos los medios a su alcance fortalecer las manos de los creyentes para que actuasen fielmente en la obra de ganar almas para Jesús, y que en los tiempos de prueba que ya se iniciaban permaneciesen firmes en el evangelio y testificasen fielmente por Cristo” (Los hechos de los apóstoles, p. 389).

Los esfuerzos de Pablo eran cada vez más intensos. Su propósito misionero era innegociable. Su accionar era urgente y prioritario. Su pasión y su coraje para cumplir la misión no tuvieron límites. “El coraje no es tener la fuerza para seguir, es seguir aun cuando se acaban las fuerzas”, dijo Napoleón Bonaparte.

¿Puede decirse lo mismo de nosotros?

25 de enero
Un pecador espantado

“Pero al disertar Pablo acerca de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero, Félix se espantó y dijo: Ahora vete, y cuando tenga oportunidad, te llamaré” (Hechos 24:25).

Félix, ex esclavo liberto, era un gobernador corrupto y sin escrúpulos. Se había enamorado de Drusila, hija de Agripa II, una judía de Jerusalén, que estaba casada con Azizus, rey de Emesa. Esto produjo una guerra en la que Azizus fue derrotado por las legiones romanas. Cuando Félix volvió de la batalla, se encontró con este gran misionero y apóstol llamado Pablo.

El gran apóstol no actúa en carácter de acusado. Más que defenderse, defiende el mensaje del cual es portador. No ve en Félix a un gobernante, sino un pecador inquieto asombrado, asustado, aterrorizado y espantado. Considerando que en su vida antigua Félix había sido un esclavo tratado de manera injusta y había llegado a ser gobernador por maniobras y mentiras, Pablo le habla de la justicia de una conducta correcta hacia Dios y el prójimo.

Desde luego que, al no verse reflejada su vida en las palabras que escuchaba, Félix temblaba pensando en el juicio divino. Entonces, Pablo le habla del dominio propio, algo totalmente opuesto a la vida del gran culpable, quien pensaba que podía vivir sin rendir cuentas a nadie. Ahora, Pablo (el acusado) le habla a quien en ese momento era su juez, brindando tanto para él como para su esposa una oportunidad de salvación frente al gran Juicio ante el Juez del Universo.

Sin duda, el Espíritu Santo estaba obrando en aquel hombre, pero él se resistió. Quedó perturbado por su conciencia culpable; incluso buscó sobornar a Pablo para dejarlo libre. Mientras tanto, él se hacía más y más prisionero de sus pecados. Félix no lo rechazó abiertamente, sino que disfrazó su rechazo, posponiendo. Así, prefirió atrasar el momento de su decisión y esperar otra oportunidad. Desde ya, esta no llegó porque el “después” es pariente del “nunca”.

El gran culpable seguía temblando. Es que una conciencia culpable siempre incomoda. Cuando Félix extendió su mano para pronunciar una sentencia contra Pablo, también la pronunció contra sí mismo. “Vete, y más adelante te llamaré”, expresó.

Ante el Trono de Dios no habrá excusas, mentiras, demoras o indiferencias que justifiquen nuestra indecisión. El único tiempo aceptable es hoy, ahora. ¿Durante cuánto tiempo has estado demorando tu decisión de entrega y de compromiso? Nada resuelve y nada justifica una tardanza. “Esta vida es el tiempo concedido al hombre a fin de prepararse para la vida futura. Si descuidara los actuales privilegios y oportunidades, sufriría una pérdida eterna; no se le daría un nuevo tiempo de gracia” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 338).

26 de enero
Para que abras sus ojos

“[...] Para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados” (Hechos 26:18).

Helen Keller fue una escritora y oradora estadounidense. A los 19 meses sufrió una grave enfermedad que le provocó la pérdida total de la visión y la audición. Su incapacidad para comunicarse fue una realidad muy difícil para Helen y su familia. Cuando cumplió 7 años, sus padres decidieron buscar una instructora, una joven especialista, Anne Sullivan, que se encargó de su formación y logró un avance en la educación especial. Así, Helen logró graduarse y convertirse en una oradora y escritora muy reconocida. Escribió 14 libros y publicó más de 475 artículos y ensayos.

Las dificultades nunca fueron un obstáculo para que transmitiera sus mensajes positivos animando y motivando a tantas personas. Nunca es fácil llegar donde vale la pena llegar. Aun cuando sus ojos y sus oídos físicos estaban cerrados, sus ojos intelectuales, emocionales, espirituales, estaban bien abiertos para percibir y valorar la vida y sus desafíos.

Como Pablo, todos somos llamados a abrir los ojos de las personas, a fin de que puedan salir de las tinieblas a la luz, del poder del enemigo al poder de Dios, de la culpa al perdón, de esta vida limitada a la herencia eterna. Pablo sabía que el pecado había cegado los ojos espirituales del ser humano. Él mismo contó, en su testimonio, que al encontrarse con Cristo pudo ver cosas que antes no había visto. Dejó de mirar hacia la Tierra para mirar hacia el cielo; dejó de estar centrado en su yo para centrarse en su Salvador.

Antes daba la espalda a la luz y a Dios, y caminaba hacia la oscuridad y la muerte. Desde ese encuentro, dio la espalda a las sombras y al pecado, para caminar hacia la luz y la vida. Antes vivía para el reino de este mundo, ahora vivía para el Reino de Dios.

“Únicamente aquellos que se dedican a servirlo diciendo: ‘Heme aquí, envíame a mí’, para abrir los ojos de los ciegos, para apartar a los hombres ‘de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe [...] perdón de pecados y herencia entre los santificados’ solamente estos oran con sinceridad: ‘Venga tu reino’ ” (Elena de White, La oración, p. 294).

No hay opción intermedia. Tan solo los que cada día renuevan su compromiso, oran, estudian la Biblia, testifican, se preparan y preparan a otros para el cielo, y los que por la gracia de Dios se dedican a “abrir los ojos” de los demás, son los que de verdad anhelan la segunda venida de Cristo.

“Dios no manda a los pecadores a buscar una iglesia, ordena a la iglesia buscar a los pecadores” (Billy Graham).

¿Vamos juntos?

27 de enero
El loco

“Diciendo él estas cosas en su defensa, Festo a gran voz dijo: Estás loco, Pablo; las muchas letras te vuelven loco. Mas él dijo: No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura” (Hechos 26:24, 25).

El mote de “loco” se ha adjudicado a muchas figuras eminentes, tanto religiosas como políticas y científicas. El gran predicador y reformador Juan Wesley fue tildado así. Guillermo Carey, fundador de las misiones modernas, fue tratado de loco en el mismo Parlamento inglés. Bacon, a quien se lo ha llamado el mayor genio en ciencias exactas, fue también llamado “loco”, y los “sabios” eminentes de Salamanca consideraron insano a Cristóbal Colón, por sus dichos sobre la forma del planeta Tierra.

Sin embargo, miles de años antes, un apasionado apóstol de Jesucristo que estaba delante de Festo dando su testimonio de fe y conversión (y contando cómo el encuentro con Dios lo había cambiado para siempre y cómo el Resucitado había otorgado significado a su vida) también fue catalogado como “loco”.

Es así. Quienes aceptan a Cristo experimentan un cambio de vida que no se puede explicar con palabras. Los pensamientos, los afectos, los gustos, el rumbo... todo cambia. Y son llamados “locos”.

Festo pensaba que las muchas letras, o conocimientos, habían trastornado la mente de Pablo. El diccionario define la locura como “la privación del juicio o del uso de la razón”. ¿Estaba Pablo privado de su juicio o del uso de su razón, o desacertado en su testimonio de vida? No, pero su encuentro con Jesús constituyó un impacto lo suficientemente fuerte para reflejar con convicción y seguridad sus argumentos.

Todos habían escuchado las maravillas que Pablo había experimentado; ese era su tema predilecto. Así, afirmando que emitía palabras de verdad, fue por más, y exhortó al mismo rey Agripa a que creyera y aceptara el mensaje de los profetas. “Profundamente afectado, Agripa perdió de vista, por un momento, todo lo que lo rodeaba y la dignidad de su posición. Consciente solo de las verdades que había oído, viendo al humilde preso de pie ante él como embajador de Dios, contestó involuntariamente: ‘Por poco me persuades a ser cristiano’ ” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 349).

Resulta que aquel “loco” no solo era un preso terrenal que presentaba su defensa, sino además un embajador celestial que cumplía su misión. Por algo el mismo Pablo diría a los corintios que la palabra de la Cruz es locura a los que se pierden, pero para los que se salvan es poder de Dios (1 Cor. 1:18).

¡Señor, danos más de estos “locos” como Pablo!

28 de enero
Por poco

“Entonces Agripa dijo a Pablo: Por poco me persuades a ser cristiano” (Hechos 26:28).

El vuelo 2933 de LaMia partió desde el Aeropuerto Viru Viru (Bolivia) hacia el Aeropuerto José María Córdova (Colombia) con 68 pasajeros y 9 miembros en la tripulación. Se estrelló el 28 de noviembre de 2016 a las 22:15, hora local. Entre los pasajeros, se encontraba el equipo de fútbol brasileño Chapecoense, que iba camino para jugar la final de la Copa Sudamericana 2016 frente a Atlético Nacional.

Solo seis personas sobrevivieron al accidente. Las investigaciones concluyeron que la causa del siniestro fue producto del agotamiento del combustible por un error humano. Esta es una historia muy triste, por la pérdida de tantas vidas jóvenes a causa de un accidente que podría haberse evitado. Cuando se estrelló, ya se divisaba la pista de aterrizaje. Faltaba muy poco para llegar, solo cuatro minutos. Casi se salvaron.

El 1º de febrero de 2003, el transbordador Columbia regresó de su misión. Después de pasar 16 días en el espacio, estaba a solo 15 minutos de aterrizar. Las familias se reunieron en Houston para dar la bienvenida a sus seres queridos. Pero, algo terrible sucedió. Un pedazo de aislamiento de espuma se desprendió y dañó una de las alas; y la fuerza y el calor hicieron que la nave se desintegrara y cayera en pedazos sobre Louisiana y Texas. Siete astronautas casi regresaron.

El Rey Agripa escuchó la predicación de Pablo, quien era un orador persuasivo, y presentaba el evangelio con un mensaje poderoso. Agripa entendió todo, pero dijo: “Por poco me persuades a ser cristiano”. He aquí un hombre medio convertido que no podía negar su fe en los profetas. A su lado estaba un gobernador pagano, quien había dicho unos momentos antes a Pablo que estaba loco. No sabemos el resultado de aquel testimonio de Pablo. Nadie se levantó, sino las autoridades, para dar por terminada la sesión. Agripa conservó su dignidad humana, pero a un alto precio: su propia alma. Él estuvo muy cerca, “casi” aceptó a Jesús; pero el “casi salvo” significa totalmente perdido. Si la salvación es lo más valioso que podemos experimentar, no alcanzarla es realmente la mayor tragedia.

Pensemos juntos. ¿Hay algún “casi” en tu vida o un “por poco”, que están dejándote afuera de todo? Casi fiel es nada fiel. Casi comprometido es nada comprometido. ¿Qué falta para que tu entrega y tu fidelidad sean completas? ¿Algo en tu corazón, en tu trabajo, en tus relaciones, en tu testimonio? ¿Qué falta para que te persuadas?

Por placentero que parezca el vuelo, lo realmente trascendente es llegar al destino.

29 de enero
Uno de 276

“Por tanto, tened buen ánimo, porque yo confío en Dios que será así como se me ha dicho” (Hechos 27:25).

En el capítulo 42 del libro Los hechos de los apóstoles, Elena de White relata con maestría el naufragio sufrido por Pablo, narrado en Hechos 27. En aquellos días, viajar por mar traía innumerables dificultades y peligros. Los viajes se efectuaban a la luz del sol y orientados por las estrellas. En tiempos de tormenta no se realizaban viajes, porque la navegación segura era casi imposible. Pero, en este relato, la travesía enfrenta una tormenta feroz, que termina en el naufragio del barco frente a las costas de Malta. Pablo soportó las penurias de ese largo viaje a Italia como preso encadenado.

Los vientos contrarios obligaron al navío a hacer escala en un puerto intermedio. Como allí no podían quedarse, y si lo hacían no llegarían a tiempo a su destino final, tuvieron que zarpar. Poco después, el buque, azotado por la tempestad, con el mástil roto y las velas hechas trizas, era arrojado de aquí para allá por la furia de la tormenta.

No había ni un momento de descanso para nadie. Durante catorce días, 276 personas (Hech. 27:37) fueron llevadas a la deriva (Hech. 27:16) bajo un cielo sin sol y sin estrellas. Como consecuencia lógica, habían perdido toda esperanza de salvarse (Hech. 27:20). ¿Todos? No. Había uno que tenía palabras de esperanza para la hora más negra y tendió una mano de ayuda en semejante emergencia. Era uno que se aferraba por la fe del brazo del poder infinito y su fe se apoyaba en Dios. No tenía temores por sí mismo; sabía que su Creador lo preservaría para testificar en Roma a favor de la verdad de Cristo. Aun en una situación límite, su corazón se conmovía por las pobres almas que lo rodeaban.

Ese uno era el gran apóstol Pablo, quien casi de manera ilógica ordena a todos que tengan buen ánimo; porque solo habría pérdidas materiales y ninguna humana. ¿Por qué? Porque se apoyaba en las promesas divinas: “El ángel del Dios del cual yo soy, y al cual sirvo, dice: Pablo, no temas; es menester que seas presentado delante de César; y he aquí, Dios te ha dado todos los que navegan contigo” (Hech. 27:23, 24). Estas palabras despertaron la esperanza, sacudieron la apatía y renovaron los esfuerzos. ¿El final? “Sucedió que todos llegaron a tierra y se salvaron” (Hech. 27:44).

Pablo era minoría, uno entre 276. Estaba enfermo, padecía en carne propia el fuerte viento y el agua helada, y estaba encadenado. Pero era prisionero de su fe y libre de sus pecados. Tenía identidad porque sabía de quién era y a quién servía. Ese uno fue determinante.

Puede que tus circunstancias no sean tan desfavorables como las de Pablo, pero tu testimonio y tu fidelidad con la esperanza necesitan ser los mismos.

30 de enero
Víboras al ataque

“Pero él, sacudiendo la víbora en el fuego, ningún daño padeció” (Hechos 28:5).

Aldi Novel Adilang, joven indonesio de 19 años, sobrevivió 49 días a la deriva en alta mar en una trampa flotante para peces, en la que trabajaba cuando los fuertes vientos rompieron las amarras y lo enviaron mar adentro. Lo rescató un barco carguero cuando se encontraba a más de 2.000 kilómetros de distancia del lugar, en aguas de Guam, y lo dejó en Japón. Durante su odisea, tuvo que lidiar con la soledad, el miedo, la sed y el hambre. Tenía una Biblia, y a ella y al Dios de la Biblia se aferró. Después del rescate, volvió con mucha alegría al seno de su familia.

La Biblia habla de otro naufragio, que dejó a Pablo y a sus compañeros de navegación en Malta, una isla rocosa a unos 100 km de Sicilia, Italia. Ellos son recibidos por los isleños, con clima frío, pero tratados con calidez. Acaban de emerger de un mar helado y están alrededor de una hoguera, calentándose. El servicial Pablo ayudaba a juntar ramas y fue justo en ese momento cuando una víbora se le prendió y quedó colgando de su mano.

“¿Había andado por el peligroso océano para morir en la orilla?”, sin duda pensó más de uno. De ninguna manera. ¿Acaso Dios no había prometido que testificaría de él, delante del César? Pablo tenía suficientes motivos para seguir confiando.

Mientras tanto, los isleños, asustados, esperaban que el cuerpo envenenado de Pablo se desplomara ante sus ojos. Pensaban que estaban en presencia de un gran malhechor, todavía encadenado y que, habiéndose salvado del naufragio, era alcanzado por Diké (la diosa del Olimpo, hija de Zeus), que personificaba la justicia moral. Pero el tiempo pasó y, al ver que nada sucedía, cambiaron de opinión y consideraron a Pablo un ser especial, venerándolo como a un dios. Él mantuvo la calma y salió indemne y prestigiado, ya que no solo quedó demostrada su inocencia, sino también pudo dar testimonio del poder y el amor de Dios.

Este hecho no solo muestra el valor de confiar en el Señor, sino también cuán inestables son nuestros juicios, ya que los isleños pasaron de considerarlo un reo a considerarlo un dios. Por causa de Pablo, todos fueron muy bien tratados y suplidas sus necesidades, durante los tres meses que permanecieron en aquel lugar. “Pablo y sus compañeros en el trabajo aprovecharon muchas oportunidades de predicar el evangelio. De manera notable, el Señor obró mediante ellos” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 356).

El compromiso de Pablo con la misión y la esperanza era tal que nada podía detenerlo. “La esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte” (Vaclav Havel).

Como Pablo, cumplamos siempre el propósito de Dios.

31 de enero
Siento que…

“[...] Y recibía (en Roma) todos los que a él venían, predicaba el reino de Dios y enseñaba acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento” (Hechos 28:30, 31).

El libro de Hechos nos muestra el crecimiento del evangelio desde Jerusalén hasta Roma. Un tema central del libro es el rechazo del mensaje por parte de muchos judíos y la aceptación del evangelio por parte de muchos gentiles. El abanderado en llevar las buenas noticias a estos nuevos grupos fue el apóstol Pablo; por eso su anhelo por llegar a Roma era intenso. El camino no fue fácil, pero Dios lo sostenía para cumplir su misión.

Sin embargo, pensar en este gran hombre de Dios preso en Roma confunde mis sentimientos. Siento tristeza, aceptación y alegría. Dos años enteros pasó este gigante de la oratoria y la enseñanza en arresto domiciliario. ¡Cuántas predicaciones públicas podría haber hecho en ese tiempo! Sin embargo, fue durante estos dos años que escribió sus cartas a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses y a Filemón.

Dios siempre tiene un propósito para nuestra vida que va más allá de lo que nosotros podemos entender y percibir. No podríamos tener hoy el audio de los sermones de Pablo en esos años, pero tenemos sus necesarias e inspiradoras cartas. El Pablo escritor llegó más lejos que el Pablo predicador.

Siento admiración por la pasión sin límites de Pablo. Está encadenado, pero trabajando. Pusieron un cepo a sus pies, pero no a sus manos. El mensajero está preso, pero el mensaje está libre. Por la gracia de Dios, él convierte su celda en una iglesia; y su prisión, en un púlpito. El registro bíblico dice que recibía a todos, les predicaba y les enseñaba de Jesús. El evangelio estaba llegando al mismo corazón del Imperio y del mundo. ¡Cómo no admirar tamaña entrega y sublime compromiso!

¿Qué harías si estuvieras preso de manera injusta? ¿Te quejarías? ¿Te deprimirías? Mira lo que hizo Pablo: “No se desanimó mientras permanecía preso. Por el contrario, una nota de triunfo resonaba en las cartas que escribía desde Roma a las iglesias” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 386).

Siento que puedo aprender de Pablo la manera en que Dios está en el control de todo lo que nos pasa; que nada lo toma distraído y que todo lo que él hace o permite tiene destino de eternidad.

Siento que, como él, todos somos llamados por Dios como sus mensajeros, sin depender de la situación que estemos atravesando.

Siento que tengo que aprender a mirar más allá de lo que se ve.

Siento que tengo un deber y un honor: predicar y enseñar de Jesús y de su Reino.

Siento que, por la gracia de Dios, puedes tú sentir lo mismo hoy.

1º de febrero
Credenciales y documentos

“Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios” (Romanos 1:1).

Pablo inicia su carta a los Romanos presentando sus documentos, de siervo, de apóstol y de apartado.

Pablo como siervo. La palabra “siervo”, en el griego original, es mucho más fuerte que la que usamos hoy. Literalmente significa “esclavo”. Se estima que había unos tres millones de esclavos en el Imperio Romano. El esclavo era considerado un objeto y no una persona. Podía ser comprado y vendido. El esclavo carecía de todo derecho y estaba sometido de manera absoluta al dominio de su dueño.

En el caso de Pablo, no era un amo determinado, ni el César. Era Cristo, el verdadero Señor del Universo, a quien servía en voluntaria elección y amorosa dependencia. Pablo utiliza varias veces esta expresión en sus cartas, incluso la aplica a todos los creyentes que pertenecen a Cristo por haber sido comprados por su sangre.

Pablo como apóstol. En contraste con su anterior credencial, también usa la de “apóstol”. Esto significa que él es enviado como mensajero y con autoridad para cumplir una misión especial. Los emperadores y los reyes tenían sus emisarios y sus representantes. Solo quien había visto al Cristo podía ser apóstol. Pablo vio a Cristo en el camino a Damasco y fue allí que Cristo lo llamó a ser “el apóstol a los gentiles”.

Pablo como apartado. Esto quiere decir “separado de otros”. Cuando era rabí judío, fue apartado como fariseo para las leyes y las tradiciones judías. Pero, cuando se rindió a Cristo, fue apartado para el evangelio y su ministerio. “Evangelio” significa “buenas nuevas”. Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó; y ahora puede salvar a todos los que confían en él.

Para un ciudadano romano, presentarse como siervo o esclavo era algo inadmisible, pero Pablo prefirió presentarse así. Esta credencial, para él, más que un deber era una honra. Desde aquel mediodía en Damasco cuando de rodillas le había preguntado al Señor qué quería que hiciera, siguió haciendo esa misma pregunta todos los días, yendo o no adonde el Señor le indicara, haciendo y dejando de hacer según la voluntad de Dios, ya sea en el camino, en un barco, en una iglesia o en una cárcel.

Con alegría y fe, Pablo fue un siervo para obedecer, un apóstol para misionar y un apartado para vivir en y por el evangelio.

¿Puedes ponerte de rodillas ahora? ¿Puedes elevar tu mente a Dios en oración? ¿Te animas a preguntar: “Señor, ¿qué quieres que haga?” Hazlo ahora. Dios te responderá.

2 de febrero
Hijo de Dios, Hijo de Hombre

“Evangelio que se refiere a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (Romanos 1:3,4).

El evangelio, es decir las buenas nuevas de salvación, se centraliza en el Hijo de Dios e Hijo del Hombre. El mismo Pablo explica que todos pecaron, que todos están destituidos de la gloria de Dios y que la paga del pecado nos conduce a todos a la muerte.

Solo podía salvarnos quien tuviera vida propia. Alguien que fuese Dios y que, al mismo tiempo, viviera como humano sin pecado, pues no podía expiar sus propios pecados y los ajenos.

Pablo hace un resumen del evangelio: dice que Dios se hace hombre, por medio de su encarnación como descendiente de la familia de David. Juan, en Apocalipsis, habla del Señor como raíz y rama de David. Raíz porque como Dios existía desde antes, desde siempre; y rama porque nació como humano, como descendiente del linaje de David. Jesús fue divino y humano a la vez, fue Dios con nosotros. Fue hijo de María y del Espíritu Santo. No fue hijo de José. Fue Hijo del Hombre, pero era también Hijo de Dios.

Jesús fue entregado para salvar a su pueblo de sus pecados, pero de nada serviría un Salvador muerto. Tanto la encarnación como la resurrección de Cristo muestran el amor y el poder de Dios, y garantizan nuestra salvación. Isaías había profetizado que un niño no es nacido, un hijo nos es dado. Vivió una vida sin pecado, murió ocupando nuestro lugar y resucitó de entre los muertos.

La resurrección de Cristo asegura nuestra salvación, porque “si Cristo no resucitó, entonces no era el Hijo de Dios, y en ese caso el mundo se halla desolado; el cielo, vacío; el sepulcro, oscurecido; el pecado, sin solución; y la muerte será eterna” (Mullins). El mismo apóstol Pablo les dice a los Corintios que si Cristo no resucitó vana es nuestra fe.

En la Biblia, el origen del mal es explicado como el misterio de la iniquidad; y para resolver ese misterio hay otro misterio, el de la piedad, porque solo un amor inexplicable podría haber hecho por nosotros lo que fue hecho. Los años sin fin de la eternidad no alcanzarán para estudiar de un amor tan maravilloso e inmenso.

Estas son las buenas nuevas del evangelio: el Hijo de Dios fue hecho Hijo del Hombre, para que nosotros, los hijos de los hombres, podamos llegar a ser hijos de Dios. ¡Que nuestra gratitud y compromiso sean permanentes!

3 de febrero
Santos

“A todos los que estáis en Roma, amados de Dios y llamados a ser santos: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Romanos 1:7).

¿En serio la Biblia me hace un llamado para que yo sea un santo? ¿Qué significa ser un santo? ¿Una imagen en un vitral colorido y costoso en lo alto de una iglesia? ¿Una estatua que en su cabeza tiene una aureola? ¿Habrá que esperar a que una persona muera para declararla y canonizarla como santo y hacerla objeto de culto? En el vocabulario popular, algunos se expresan así: “Tal persona es un santo”, y se refieren a su disposición y su conducta. El diccionario define como “santo” a la persona que carece de toda culpa, que es perfecta y llena de bondad, y dedicada totalmente a Dios.

Sin embargo, cuando la Biblia y Pablo se refieren a “ser santos”, siempre se trata de personas vivas. Pablo con frecuencia llama “santos” a los cristianos. Esto sucede 38 veces en todos sus escritos. Ahora bien, el título de “santos” ¿es un estatus o un estilo de vida? En la Biblia, “santo” es aquello que se dedica a Dios, y puede tratarse del templo, del sábado, del matrimonio, del pueblo y el sacerdocio. Así, para Pablo, la dedicación y la obediencia son parte de la santidad. Santos son aquellos que por su profesión de fe y bautismo pueden considerarse como separados del mundo y consagrados a Dios.

En este caso, Pablo llama “santos” a los creyentes de Roma, en virtud de que Dios los ha llamado para separarse, apartarse del mundo, de otros cultos, y dedicarse al servicio de Dios. No son llamados por ser santos, son llamados santos en virtud del poder de Dios y de la obra transformadora del Espíritu Santo.

Entonces, es interesante destacar que la declaración previa dice “amados de Dios”. Es decir, es por su amor y por sus méritos que se nos convoca y se nos llama a ser santos. El santo es una persona cuya culpa ha sido borrada sobre la base de aceptar a Jesús por medio de la fe y la gracia ofrecida por el sacrificio de Cristo, y que, en consecuencia, gracias al poder del Espíritu, que mora en él, decide vivir para la gloria de Dios, apartado y consagrado para servir al Señor.

En este sentido, Elena de White asevera: “El que está procurando llegar a ser santo mediante sus esfuerzos por observar la Ley está procurando una imposibilidad. Todo lo que el hombre puede hacer sin Cristo está contaminado de egoísmo y pecado. Solo la gracia de Cristo, por medio de la fe, puede hacernos santos” (El camino a Cristo, p. 60).

El gran reformador John Wesley había hecho un pedido: “Denme cien hombres que no teman más que al pecado y no deseen más que a Dios, y cambiaré el mundo”. ¿Quieres ser parte de este grupo hoy y siempre?

4 de febrero
Una vergüenza

“No me avergüenzo del evangelio” (Romanos 1:16).

Cuando Martín Lutero llegó a Roma, la ciudad de las siete colinas, cayó de rodillas, emocionado. Luego, levantando las manos hacia el cielo, exclamó: “Salve, Roma santa”. Quien luego se convertiría en el gran reformador hizo esto porque se prometía indulgencia a todo aquel que subiese de rodillas la “escalera de Pilato”. La tradición decía que era la misma que había pisado nuestro Salvador al bajar del tribunal romano, y que había sido llevada de Jerusalén a Roma de un modo milagroso. Sin embargo, mientras Lutero estaba subiendo devotamente aquellas gradas, recordó las palabras escritas por Pablo en Romanos 1:17: “El justo vivirá por la fe”. La frase repercutió como un trueno en su corazón.

Rápidamente se puso de pie sintiendo vergüenza. Desde entonces, vio con más claridad el engaño de confiar en las obras y los méritos humanos para la salvación y cuán indispensable es ejercer fe constante en los méritos de Cristo. Lutero se avergonzó porque habían desvirtuado totalmente el evangelio.

Por otro lado, Pablo dice que no se avergüenza del evangelio. Muchos judíos creían que Pablo era un traidor. Lo consideraban la escoria del mundo y el desecho de todos. Su predicación sobre la Cruz era una locura para griegos y piedra de tropiezo para judíos. Pero, para Pablo, que había experimentado las buenas nuevas en su propia vida perdonada y transformada, este evangelio era motivo de gloria.

¿Qué implica la vergüenza? Es un sentimiento de pérdida de dignidad causado por una falta cometida o por una humillación o insulto recibidos. Es un sentimiento de incomodidad producido por el temor a hacer el ridículo, es un sentimiento paralizante de la acción.

Todos se avergonzaban de la Cruz: era una locura, un ridículo, un insulto, una humillación. Ellos esperaban un Mesías libertador del yugo romano, no uno que muriera en un madero. Pablo se siente honrado por el inmerecido llamado de Dios, por eso no hacen mella en él la indiferencia, el odio, el prejuicio o el maltrato. No le importa que lo vinculen con ese impostor rechazado por los dirigentes judíos, negado por la cultura griega y crucificado bajo la ley romana. Él sabe que ese Cristo y ese evangelio transformaron su vida. Por eso, no solo no se avergüenza, sino que siente honra y de manera osada lo proclama. Pablo había sido preso en Filipos, expulsado en Berea, burlado en Atenas, considerado loco en Corinto, apedreado en Galacia y, así y todo, quería ir a predicar a Roma.

Cuando todos se burlan o niegan, no es fácil dar un paso al frente y decir “es mi Cristo” y “es mi evangelio”. ¿Cuán dispuestos estamos, así como Lutero y como Pablo, a jugarnos y comprometernos –frente a todo y frente a todos– por este evangelio que transforma nuestra vida?

5 de febrero
El Premio Nobel de la Paz

“No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree, del judío primeramente y también del griego” (Romanos 1:16).

¿Cuál fue el origen del evangelio? El punto central del evangelio es Jesucristo. Pablo lo llama “el evangelio de Cristo”, “el evangelio de Dios”, “el evangelio de nuestro Señor Jesucristo”, pero insiste y defiende que hay un solo evangelio.

¿Cuál es el poder del evangelio? Roma se jactaba de su autoridad y del temor que infundía en el Imperio por el mal uso del poder. Pablo, que ya había estado en otras ciudades impías como Corinto y Éfeso, confiaba en que este evangelio de Cristo también transformaría vidas en Roma.

¿Cuál es el resultado del evangelio? Es la actuación poderosa de Dios para salvar, liberar, perdonar, transformar, restaurar; no es solo para judíos y gentiles sino para todos, en todos los tiempos.

La salvación, en la Biblia, tiene tres tiempos:

1-Pasado: En la Cruz y por su muerte, Jesús nos salvó de la condenación del pecado. El pecado nos condena a morir, pero la muerte de Cristo nos conduce a la vida.

2-Presente: Él nos salva de la culpa del pecado, cuando arrepentidos confesamos nuestras faltas, y nos concede la paz del perdón.

3-Futuro: Cuando el Señor venga a establecer su Reino definitivo, él nos salvará de la presencia del pecado, las primeras cosas habrán pasado y todas serán hechas nuevas.

El poder del evangelio libera y rescata. Libera de la esclavitud, de la oscuridad, de la perdición, de la autoindulgencia pecaminosa y de la ignorancia espiritual deliberada. Rescata a la criatura del castigo final por sus pecados, rescatándola para la vida eterna.

Alfred Nobel patentó la dinamita en 1867 con fines pacifistas. La idea original fue usarla como un sistema revolucionario para la construcción, al permitir dividir las rocas, cavar túneles o construir raíles de forma más sencilla, sin necesidad de tanto esfuerzo manual.

Cuando murió, en 1896, Nobel dejó una herencia equivalente a 256 millones de dólares, para establecer los Premios Nobel, que serían concedidos a los que hicieran grandes contribuciones en un amplio campo de conocimiento y progreso. El premio mayor se destinaría a quien lograra el mayor o mejor trabajo para la hermandad de las naciones, y hoy es conocido como el Premio Nobel de la Paz.

El evangelio es el poder de Dios que dinamita nuestros pecados. Todos somos llamados a recibir de regalo el Premio Nobel de la Paz.

6 de febrero
Vivir por la fe

“Pues en el evangelio, la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17).

Pablo comienza la epístola con el seguro “está escrito” y cita el pasaje de Habacuc 2:4 (“El justo por la fe vivirá”) tres veces: a los Romanos, a los Gálatas y a los Hebreos. Este es el texto que Dios usó para abrir los ojos de Martín Lutero y producir el gran movimiento de la Reforma protestante. Lutero entendió que no era por sus penitencias, esfuerzos, obras, méritos, que podría alcanzar la salvación. Él, como muchos, pensaba que Dios es justo y obra justamente al castigar al injusto hasta que entendió que la justicia de Dios es la capacidad de Dios, por su gracia y misericordia, de justificar al pecador por medio de la fe.

Ser justo, entonces, significa que un pecador que confía en Jesús recibe el perdón y experimenta no solo la sustracción del pecado sino también la adición de la justicia de Cristo. Ya Isaías lo había dicho en su capítulo 53. Él lleva nuestros pecados para que nosotros llevemos su justicia. Fue en la Cruz que el Señor adquiere derecho legal de perdonar y seguir siendo justo. “Mire la cruz del Calvario, y vea cómo allí la misericordia y la verdad se encontraron, cómo la justicia y la paz se besaron. Allí, por medio del sacrificio divino, el hombre puede ser reconciliado con Dios” (Elena de White, Consejos sobre la obra de la Escuela Sabática, p. 191).

Dios no nos pide buena conducta para salvarnos; nos pide que creamos, y aceptemos por fe su regalo. Y entonces que vivamos agradecidos y comprometidos con ese regalo.

La palabra “justicia” se usa más de 60 veces en Romanos. La justicia de Dios se muestra en el evangelio, porque, en la muerte de Cristo, Dios reveló su justicia al castigar el pecado; y en la resurrección de Cristo, Dios reveló su justicia poniendo la salvación al alcance del pecador que cree. En la epístola hay más de 45 referencias a la fe, porque la única manera en que el pecador puede llegar a ser justo ante Dios es por la fe.

En el evangelio tenemos la justicia de Dios en acción. Es una justicia que, en lugar de perseguir al pecador para condenarlo, está empeñada en perseguirlo para salvarlo. El justo no vivirá por confiar en sus propias obras y en sus méritos, sino por su confianza y su fe en Dios.

Nuestra oración agradecida puede ser la misma de Lutero:

“Señor Jesús: Tú eres mi Justicia, así como yo soy tu pecado. Has tomado sobre ti todo lo que soy, y me has dado y cubierto con todo lo que tú eres. Tomaste sobre ti lo que tú no eres y me diste lo que yo no soy”.

7 de febrero
Cuando Dios tiene ira

“La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad” (Romanos 1:18).

¿Sufriste alguna vez un ataque de ira? ¿Fuiste la víctima o el victimario? Algunos hasta lo consideran un asunto normal, de supervivencia y universal; es decir, algo que todos experimentan.

Pero, la ira de Dios es más difícil de entender y de aceptar. ¿Cómo es que un Dios bueno puede tener ira? La Biblia habla de la ira del hombre, y nos advierte de toda ira desenfrenada o arrebato de furor, y de la ira de Dios. Así como la justicia de Dios se revela, la ira de Dios también “se revela”.

El destinatario de la ira de Dios es la impiedad y la injusticia de los pecadores. No se trata de un sentimiento, una emoción o un enojo de parte de Dios; sino un acto de retribución y justicia divinas. Es un hecho contra la impiedad y la injusticia. La impiedad es el mal hacer contra Dios y la injusticia es el mal hacer contra los hombres. La impiedad es el mal en el corazón (o sea, la semilla) y la injusticia es el mal en la acción (es decir, la planta y el fruto).

Dios ama al pecador, pero odia al pecado; porque el pecado ha dañado a su criatura y un día su ira (es decir, su justicia) será manifiesta. “Los hombres se están dejando adormecer en una seguridad fatal y solo despertarán cuando la ira de Dios se derrame sobre la Tierra” (Elena de White, Consejos para la iglesia, p. 47).

¿Qué es lo que apacigua la ira de Dios? La muerte y el sacrificio de Cristo apaciguan la ira de Dios. Cuando aceptamos ese sacrificio en nuestro lugar, estamos “huyendo” de la ira de Dios. En la historia de Jonás y su envío a Nínive resulta claro el propósito divino. Dios envió al profeta a salvar Nínive. Él quería destruir a esa gente. El Señor le dio a Jonás un mensaje para transmitir: “De aquí a cuarenta días Nínive será destruida”. El tiempo otorgado era un llamado al arrepentimiento y la vida. El mensaje fue oído; las oportunidades, aprovechadas; y las personas fueron alcanzadas por la salvación. Eso muestra que Dios no quería destruir sino salvar.

El gran día de la ira de Dios está cercano. Él no quiere la muerte del que muere, sino que todos procedan al arrepentimiento. Vivimos con un dilema: por un lado, anhelamos que Dios haga justicia y, por otro, reclamamos porque hace justicia.

La promesa es segura: Dios hará cielos y Tierra nuevos, en los cuales mora la justicia. Quien no acepta a Jesús como su Abogado lo enfrentará como Juez. Puedes quedar afuera de la ira de Dios, si tan solo quedas adentro del amor del Señor.

8 de febrero
Un juicio justo

“Pero sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según la verdad” (Romanos 2:2).

Cierta vez, en una ciudad, estábamos pasando frente al Ministerio de Justicia y escuché que se referían a ese edifico público como “el Ministerio de Injusticia”. Esto es algo natural que suele suceder en el imaginario colectivo. El ser humano se ha desviado tanto del camino de Dios que muchos de sus actos son el reflejo de su inconducta y de su falta de valores.

Al contrario de lo que sucede en este mundo, Pablo dice que el Juicio de Dios no será sobre supuestos, engaños, pruebas fraguadas o falsos testigos; sino según la verdad.

El Juicio de Dios es universal; es para todos y a la vez es para cada uno, sea judío o gentil, creyente o ateo.

El Juicio de Dios será ecuánime, ya que todos serán juzgados sobre la misma base: el metro tendrá 100 centímetros para todos.

El Juicio de Dios no es optativo; es obligatorio, no hay vías de escape, ni atajos, ni salida lateral. No hay arreglos especiales, ni excusas válidas.

El Juicio de Dios tendrá en cuenta el conocimiento de la voluntad de Dios adquirido por las personas, como así también las oportunidades ofrecidas y aprovechadas de conocer y practicar el mensaje de Dios.

El Juicio es inevitable pero el amor de Dios es incomparable. Él nos ha creado a su imagen con libre albedrío; es decir, con la capacidad de elegir. Es en el mal uso de la libertad, al separarnos de Dios, que creamos este mundo de pecado y sus consecuencias. El Señor no vino para condenar, sino para salvar. Cuando gritaban “a otros salvo a sí mismo no puede salvarse”, estaban gritando una verdad.

No vino a salvarse, vino a salvarnos. El Juicio pondrá en evidencia que los actos de la vida han mostrado la aceptación del plan de Dios, de su amor, de su sacrificio, ya que ninguna condenación hay para los que descansan en Jesús.

Escuchemos el fuerte llamado del Señor, reflexionemos y actuemos:

“¿Qué diré para despertar al pueblo remanente de Dios? Me fue mostrado que nos esperan escenas espantosas; Satanás y sus ángeles oponen todas sus potestades al pueblo de Dios. Saben que, si los hijos de Dios duermen un poco más, los tienen seguros, porque su destrucción es cierta. Insto a todos los que profesan el nombre de Cristo a que se examinen, y hagan una plena y cabal confesión de todos sus yerros, para que vayan delante de ellos al Juicio, y el ángel registrador escriba el perdón frente a sus nombres” (Elena de White, Joyas de los testimonios, t. 1, p. 91).

9 de febrero
¡Hipócritas!

“Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de robar, ¿robas?” (Romanos 2:21).

¿Qué es un hipócrita? Es alguien que actúa, interpreta un texto, finge y usa máscaras que ocultan su verdadero rostro. La hipocresía tiene dos herramientas básicas que pueden actuar de manera individual o combinadas: la simulación y el disimulo. La simulación consiste en mostrar algo distinto de lo que se es, en tanto que el disimulo oculta lo que no se quiere mostrar. En Romanos 2, Pablo plantea algunas actitudes hipócritas.

En primer lugar, jactarse en la Ley por creer que ella nos hace superiores. La jactancia es siempre pecado (incluso de un hecho cierto), pero mucho más si se trata de una falsedad.

Pablo habla de personas que piensan que, por conocer la voluntad divina, son superiores, guías y maestros de otros. Son instructores, pero no practicantes. Tienen la forma, pero no el fondo ni el contenido. El apóstol dice que llevan un nombre como título y como una pretensión, pero solo de palabra. Tienen el conocimiento intelectual pero no experimental; es decir, algo que no llena ni el corazón ni la vida. Es como la lluvia sobre un cuerpo: puede mojarlo, humedecerlo, enfriarlo y calentarlo; es decir, todos efectos externos. No hay humilde dependencia, ni lealtad, ni obediencia. Solo hay jactancia, hipocresía y pecado.

La segunda actitud es no practicar lo que se enseña. Esto implica pasar de la jactancia hipócrita a la falsedad hipócrita. Decir, pero no hacer; pretender ser maestros, pero ni siquiera ser alumnos. Pablo denuncia la hipocresía en la enseñanza, la predicación, la moral, la religión y la doctrina. Todas estas exigen fidelidad, autenticidad y coherencia. La hipocresía es siempre un mal testimonio; por esto, el nombre de Dios es blasfemado.

Recordemos que no podemos engañar a Dios en ningún momento y que si “fingimos lo que somos; seamos lo que fingimos” (Pedro Calderón de la Barca), recordando que de nada sirve una “apariencia de piedad” que contrasta con “la eficacia de ella” (2 Tim. 3:5).

Elena de White, hablando de la lucha de Jacob, dijo: “Jacob salió hecho un hombre distinto [...]. En vez de la hipocresía y el engaño, los principios de su vida fueron la sinceridad y la veracidad. Había aprendido a confiar con sencillez en el brazo omnipotente; y en la prueba y la aflicción, se sometió humildemente a la voluntad de Dios. Los elementos más bajos de su carácter habían sido consumidos en el horno, y el oro verdadero se purificó, hasta que la fe de Abraham e Isaac apareció en Jacob con toda nitidez” (Patriarcas y profetas, p. 185).

10 de febrero
Tengo un sueño

“Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:23, 24).

En 1964, con 35 años, Martin Luther King fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz por su constante apelación a la no violencia y por su lucha por los derechos cívicos. Él fue el principal impulsor de la histórica marcha a Washington, en la que el 28 de agosto de 1963 participaron doscientos mil personas. Ante la multitud, y en las gradas del Lincoln Memorial, pronunció un emotivo discurso, del que destaco lo siguiente:

“Sueño que algún día… la gloria de Dios será revelada y se unirá todo el género humano… No estamos satisfechos y no quedaremos satisfechos hasta que la justicia ruede como el agua y la rectitud como una poderosa corriente. Sé que algunos han venido con grandes pruebas y tribulaciones… No nos revolquemos en el valle de la desesperanza.

“A pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño profundamente arraigado. Sueño que un día los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad.

“Sueño en un oasis de libertad y justicia. Por eso, ¡que repique la libertad, y podremos acelerar la llegada del día cuando todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del antiguo himno: ‘¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!’ ”

Resulta conmovedor pensar en los ideales que impulsaron a soñar y a actuar a Luther King, defendiendo los derechos de los desprotegidos y recibiendo como recompensa el Premio Nobel de la Paz. Pero, más conmovedor es pensar en el sueño de Dios cuando las barreras de separación sean destruidas, cuando todos seamos uno, cuando la esclavitud del pecado finalice y recibamos el premio nobel de la corona de la vida.

Pablo dice que todos los seres humanos están sumergidos en la desgracia del pecado y todos están destituidos de la gloria de Dios. Cuando el pecado entró en la raza humana, perdimos la imagen de Dios, y para que la recuperemos fuimos redimidos. La redención era la recompra de un esclavo perdido o la compra de un cautivo que perdió su libertad en la guerra. En ambos casos, había un precio que pagar. No lo pagaba el esclavo ni el cautivo; lo pagaba el “goel”; es decir, el pariente más cercano.

Jesús es nuestro pariente más cercano, nuestro Redentor. Fuimos comprados a un precio infinito para Dios y gratuito para nosotros. Nadie vende un regalo, menos Dios. Él es amor y generosidad en esencia. Cuenta con él ahora.

11 de febrero
El brazo de oro

“Mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:24, 25).

Conocido como el “Hombre del brazo de oro”, James Harrison nació en 1936 en Australia. Cuando tenía catorce años le extirparon un pulmón, y sobrevivió gracias a las múltiples transfusiones de sangre que recibió. Al salir de la clínica, prometió que cuando llegaría a la mayoría de edad se transformaría en donante.

No solo cumplió, sino además registró 1.173 donaciones durante más de sesenta años. James ha recibido múltiples reconocimientos, incluida la Medalla de la Orden, una de las mayores distinciones de su país. Además, es poseedor de un Récord Guinness como el mayor donante de sangre de la historia.

Resulta conmovedor pensar en alguien dispuesto a ayudar y salvar a tantas personas. Sabemos que la sangre es un fluido vital que circula por el cuerpo para llevar los nutrientes y el oxígeno a todo el organismo, y a la vez los desechos para su eliminación.

Sin embargo, más conmovedor aún es pensar en aquel cuya sangre fue derramada para eliminar nuestros desechos de pecado, llevar el nutriente y el oxígeno salvador y que, asumiendo el costo de nuestras faltas, muere en nuestro lugar.

“Sangre” es una palabra clave para entender el mensaje redentor de la Biblia, desde los sacrificios en los tiempos del Antiguo Testamento, que prefiguraban al Cordero de Dios que llevaría los pecados del mundo. Más importante aún, la palabra “sangre” constituye un tema fundamental para comprender la obra y el ministerio de Cristo.

La sangre como símbolo de una vida entregada voluntariamente para rescatar al pecador, y la sangre como el derramamiento de la vida misma. Al igual que la palabra “cruz”, la frase “sangre de Cristo” es una expresión específica para el sacrificio y la muerte redentores de Cristo.

Gracias a nuestro Señor Jesucristo, quien tiene el verdadero brazo de oro y es el mayor donante del Universo, podemos nacer de nuevo. ¿Cómo no apreciarlo y comprometerse?

Que la decisión de Spurgeon sea también la nuestra: “Si no estamos dispuestos a morir por Cristo, no tendremos ningún gozo en el hecho de que Cristo murió por nosotros”.

12 de febrero
Un acto de fe

“Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia” (Romanos 4:3).

El patriarca Abraham nació en Ur y fue llamado por Dios para vivir en Canaán. La promesa divina implicaba convertirse en padre de multitudes y en hacer de sus descendientes una gran nación. Esta promesa fue cumplida inicialmente en Israel y posteriormente en la iglesia cristiana.

Como señal del pacto y de la promesa, Dios le da a Abram (nombre que significa “Padre venerado”) un nuevo nombre: “Abraham” (que significa “padre de muchedumbre”). Además, el patriarca fue llamado también amigo de Dios, por su fe, su obediencia, su fidelidad y su intercesión.

¿Cómo obtuvo Abraham su salvación? Pablo explica lo que dice la Escritura y nos muestra el camino para todo asunto de la vida: ir a la Biblia para ver qué dice la Escritura. Bien decía Spurgeon que “cuando una Biblia está hecha pedazos por su uso, quien la usa está entero”. Y la Escritura dice que fue por fe (Rom. 4:3). Ahora bien, dice el texto que “le fue contado”. Esta es una expresión contable que implica algo que fue “depositado” o “transferido a la cuenta personal”. La fe de Abraham le fue acreditada en su cuenta con Dios como justicia.

Pablo profundiza al decir que, si consideramos la salvación como un salario, sería un pago o retribución por el trabajo realizado, una recompensa o una remuneración. Por el contrario, la salvación es un don inmerecido que se recibe como un presente, un regalo. El pecador está privado, lejos, destituido. Pero la gracia de Dios no da una compensación por servicios ofrecidos; Dios coloca a disposición su don gratuito, que debe ser recibido y aceptado por fe.

Los judíos tenían a Abraham por modelo, y Pablo sabía eso; solo que para ellos era un modelo de hombre justo. Ellos pensaban que su obrar y su fidelidad le habían hecho ganar méritos delante de Dios. Pero Pablo va al corazón del tema, para mostrar que es un modelo de fe y de un caminar siempre con Dios.

El problema fue siempre el mismo, en los días de Abraham, de Pablo o en nuestros días. Es la autosuficiencia lo que nos lleva a la destrucción. Nadie quiere sentirse necesitado, dependiente; todos quieren valerse por sus propios medios. Pero es allí, cuando reconocemos nuestra necesidad, cuando damos permiso a la actuación de Dios, cuando admitimos la enfermedad, que el médico, el remedio y el tratamiento se aplican y resultan eficaces.

En la angustia de una noche, Abraham oyó otra vez la voz divina: “No temas, Abram, yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande” (Gén. 15:1).

No temas. Cree en sus promesas hoy.

13 de febrero
Perdonado

“Por eso también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no culpa de pecado” (Romanos 4:6-8).

Al igual que Abraham, David creyó, pero su situación al escribir el salmo al que alude Pablo en los versículos de hoy era diferente. Él no tenía buenas obras para mostrar; al contrario, incurrió en una conducta que lo avergonzaba delante de Dios y delante de la comunidad. ¿Cómo se salvó David? No hay bienaventuranza en cuanto al perdón para el incrédulo, solo para aquel que cree.

David escribió su conocido Salmo de arrepentimiento, el Salmo 32, escrito un año después de su triste historia de adulterio y de asesinato perpetrado para encubrir su culpa y resguardar su imagen. Sin duda, fue un tiempo de angustia, de lucha espiritual y de culpa, ya que sentía que sus sacrificios no eran aceptados por Dios.

Por eso, David dice que es bienaventurado aquel a quien Dios perdona sus transgresiones y cubre sus pecados; por lo tanto, no lo culpa de pecado. Pablo dice que David es justificado no por ausencia de pecados, o por ser un hombre bueno, sino porque sus pecados son perdonados.

El Salmo 32 muestra a un David aliviado, ya que se siente como un pecador perdonado. Es tanta su paz que muestra el camino a los demás pecadores para que confíen en el Señor, acepten la manera en que él justifica al pecador, sean alcanzados por la misericordia de Dios y el gozo de la salvación.

Dios esconde de su vista los pecados del creyente, como si no existieran. La base no es la inocencia del hombre, sino la gracia de Dios, que no carga en la cuenta del pecador sus pecados.

Recuerdo a una persona que asistió a una conferencia bíblica que estaba dando en una ciudad. Antes de ir, había estado tres meses encerrado en su pieza, atormentado por la culpa de su vida pasada. Al terminar me agradeció, pero me dijo que se consideraba fuera del alcance del perdón de Dios.Entonces le aseguré que Jesús ya había pagado por sus pecados. Vi unas lágrimas que rodaban por su rostro, en aceptación del perdón.

Él siguió asistiendo a las conferencias, estudió la Biblia y se bautizó junto con su esposa. Hoy, tanto su hijo como su nieto son pastores adventistas.

¿Cómo rechazar el perdón, cuando para recibirlo solo necesitamos tener fe? Si el Salmo dijera: “Bienaventurado el que no tiene pecado”, entonces nadie tendría esperanza. ¡Felizmente, dice otra cosa! Expresa que Dios no ve nuestros pecados porque están cubiertos por la sangre de su Hijo amado. Por eso son benditos los que creen, ya que han sido perdonados.

Experimenta la gracia del perdón ahora mismo.

14 de febrero
¿Placebo o remedio?

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1).

¿Qué es la paz? ¿Quién tiene paz? El diccionario define paz como la situación en la que no existe lucha armada en un país o entre países; la armonía sin conflictos entre las personas; la ausencia de ruido o ajetreo; el estado de quien no está perturbado por ningún conflicto ni inquietud. Es también el sentimiento de armonía interior que los fieles reciben de Dios. La paz verdadera profunda proviene de Dios, y es el resultado de estar bien con él y, por extensión, con los demás.

En el Antiguo Testamento, la palabra paz es shalom e indica un estado de pleno bienestar. Este es un concepto amplio, que incluye la paz espiritual (salvación), la paz física (salud), la paz psicológica (integración) y la paz social (justicia y libertad).

Pablo afirma que esa paz verdadera es profunda y solo viene de Dios. Es por él que la recibimos. Cuando Dios originó la vida, todo era armonía y paz. El pecado provocó división y rebeló al hombre contra Dios, contra el prójimo, contra sí mismo y contra la naturaleza. Así, se produjo un estado de desarmonía que solo puede ser recuperado cuando restablecemos la comunión con Dios.

Todos necesitamos paz. Algunos la buscan por caminos alternativos y se apropian de placebos, es decir, de una sustancia que carece de actividad farmacológica, pero que puede tener un efecto terapéutico cuando el paciente que la ingiere cree que se trata de un medicamento realmente efectivo. Desde luego, el placebo no cura la enfermedad primaria real, sino que solo puede aliviar síntomas superficiales.

En esencia, el pecado es el gran destructor de la paz; esto es, la separación de Dios nos lleva al egocentrismo, la idolatría, el temor, la ansiedad y el odio. La paz completa es un don de Dios y se mantiene en el tiempo a través de una relación de comunión permanente, por medio del estudio de la Biblia, la oración, la meditación y el testimonio.

Necesitamos paz, perdón y el amor del Cielo. Esto es algo que no se consigue con dinero, ni con inteligencia, ni con sabiduría ni con esfuerzos personales. “Dios los ofrece como un don, sin dinero y sin precio. Son vuestros, con tal que extendáis la mano para tomarlos. El Señor dice: ‘¡Aunque vuestros pecados fuesen como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque fuesen rojos como el carmesí, como lana quedarán!’ ‘También os daré un nuevo corazón, y pondré un espíritu nuevo en medio de vosotros’ ” (Elena de White, El camino a Cristo, p. 49).

Muy pronto la paz será definitiva y eterna; mientras tanto, no uses placebo. El remedio es inmejorable.

15 de febrero
Acceso directo

“Por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Romanos 5:2).

En ocasión de una emergencia planteada en cierta ciudad, el Pr. Víctor Peto (un amigo, quien además era un gran hombre de Dios, y hoy descansa en la bendita esperanza) estaba conduciendo a un grupo para prestar un servicio en esa comunidad. En su recorrido, se cruzó con el mismísimo presidente de la Nación, le extendió la mano y le dijo quién era. El primer mandatario, sin soltar su mano, agradeció la labor con estas palabras: “Yo sabía que los adventistas estarían aquí, siempre son los primeros en llegar cuando la gente necesita ayuda”.

Un servicio desinteresado y bien realizado siempre abre puertas y facilita la entrada. Vivimos en una sociedad de puertas y corazones cerrados. Las fronteras tienen fuertes controles; hay barrios y condominios cerrados, con lugares más costosos de adquirir porque, en teoría, son más seguros. Hay llaves, tarjetas, dispositivos y huellas digitales que nos abren puertas.

Solo Pablo utiliza la palabra “entrada”, tanto aquí como en Efesios. Otras versiones de la Biblia usan la palabra “acceso” o “presentación en la misma presencia de Dios”. La fe nos abre la puerta para entrar en la gracia divina. No fuimos solos, fuimos llevados de la mano de Jesús.

Es como la entrada de un barco al puerto, donde las boyas flotantes marcan el canal de acceso. A veces, por causa del mal tiempo, están cubiertas por la marejada y el canal no es visible. Pero el práctico (operario naval encargado de asesorar al capitán en las maniobras de entrada y salida del puerto) conoce la profundidad y los escollos o rocas; sabe a qué velocidad encarar y cómo guiar la entrada segura al puerto deseado. Cristo es nuestro “practico”, que lleva nuestra embarcación al puerto del Trono de Dios.

En algunos lugares solo es posible entrar con una ropa adecuada. Cristo nos vistió con el traje de su justicia, a fin de que podamos entrar donde no teníamos ningún mérito para ello. El pecado nos cerró la puerta y nos destituyó de la gloria de Dios. La gracia nos abre la puerta y nos lleva a la misma gloria de Dios.

El documento de acceso no es temporario, no tiene fecha de vencimiento y no está sujeto a visados especiales. El acceso es completo. No somos llevados a la cámara del Rey para tener una entrevista, sino para permanecer para siempre con él.

“El Señor nos anima a depositar ante él nuestras necesidades y perplejidades, nuestra gratitud y nuestro amor. Cada promesa es segura. Jesús es nuestra Garantía y Mediador, y ha colocado a nuestra disposción todos los recursos a fin de que podamos tener un carácter perfecto” (Elena de White, En los lugares celestiales, p. 20).

16 de febrero
Felices en las pruebas

“Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza” (Romanos 5:3).

¿Cómo es posible alegrarse en las tribulaciones? La palabra tribulación viene de “tribul”, que era un pedazo de madera utilizado para golpear y separar el pasto de la paja. Así, se separaba la paja, que era más liviana. Los golpes de la vida nos dejan presionados, acongojados, afligidos y aplastados. Es decir, atribulados.

Ni Pablo ni el Señor han prometido a los creyentes que estarían libres de problemas. No promete la Biblia librarnos del horno de fuego, pero sí que Alguien estará a nuestro lado y utilizará ese sufrimiento para fortalecer nuestra fe, perfeccionar nuestro carácter y llevarnos a testificar del poder de Dios. No tenemos que provocar el sufrimiento ni buscarlo, como si eso nos agregara méritos. Dios no es el originador del dolor; solo lo permite y lo encauza siempre con un propósito de eternidad.

Quizá ningún otro seguidor de Cristo haya sufrido tanto por causa del evangelio como Pablo. Él sabía por experiencia propia lo que la tribulación produce: lleva a la paciencia, la resistencia y la perseverancia.

El hombre pecador ve en el sufrimiento a un Dios indiferente, distante y castigador. No percibe el propósito escondido. Cristo enfrentó el dolor y la injusticia con valor y entereza. El hijo de Dios, justificado por su gracia, se regocija en la adversidad porque ve en ella una oportunidad de crecimiento, de mayor dependencia y de dar testimonio. Las pruebas y las aflicciones que son soportadas con paciencia muestran que nuestra fe y nuestro carácter son genuinos. La fe se hace más fuerte; y la esperanza, más firme.

Bien decía el sabio Salomón que el oro se purifica en el fuego (Prov. 17:3); así como nosotros en el sufrimiento, si corregimos la conducta y ponemos nuestra confianza en el Señor. Un antiguo refrán dice: “No todo lo que brilla es oro”. ¡Cuidado con guiarnos por las apariencias, ya que no todo lo que parece bueno o valioso es tal! El color o el brillo no aseguran que sea oro. En contraste, existe el oropel, una lámina de cobre o latón que suele utilizarse para aparentar oro.

El fuego purifica y pone a prueba nuestra fe. Ahora bien, cuando somos probados, ¿somos también aprobados?

Señor, ayúdame a no brillar como el oropel, que parece oro pero que no lo es, sino como el oro auténtico. Que tus propósitos se cumplan en mí y que cuando mi fe sea probada, por tu gracia, sea aprobada.

17 de febrero
Adán versus Cristo

“No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir” (Romanos 5:14).

¿Cuál es el descubrimiento más grande de la historia? Algunos hablan del fuego, de la rueda y de la imprenta. Otros, de la computadora y de Internet. Pero Pablo, en Romanos 5, habla de dos acontecimientos y dos personas que marcaron la historia.

Se trata del primer Adán y de Cristo, el segundo Adán. Uno es el gran perdedor; otro, el gran ganador. Uno es el fracasado; otro, el victorioso. Uno es quien fundó y fundió la raza humana; otro, el que la redime y la refunda. Uno nos llevó a la muerte; el otro nos lleva a la vida.

Por uno perdimos el Edén y la herencia; por el otro recuperamos la herencia y el nuevo Edén. Por uno terminó todo lo bueno; por el otro terminará todo lo malo, y lo bueno será recuperado para siempre. Uno viene de la Tierra, el otro viene del cielo. Por la desobediencia de uno entró la muerte, y por la obediencia del otro se recupera la vida.

Adán fue probado en un jardín hermoso; Cristo fue tentado en el desierto. El Antiguo Testamento es el “libro de las generaciones de Adán” y termina con una maldición (Mal. 4:6). El Nuevo Testamento es el “libro de la genealogía de Jesucristo”, y termina con la promesa de que no habrá más maldición (Apoc. 22:3).

En resumen, Adán y Cristo ilustran dos escuelas de vida y dos reinos. Uno es terrenal, y el otro es celestial.

La transgresión de Adán es también la nuestra. Literalmente, “transgredir” significa pasar la línea. ¡Y vaya si nosotros la hemos traspasado!

Somos descendientes de Adán, heredamos su naturaleza pecaminosa y sus consecuencias. Pero Cristo asumió nuestros pecados y sufrió nuestro castigo. Cristo venció donde Adán falló.

Por eso, Satanás es un enemigo vencido, y “nadie está eximido de entrar en la batalla del lado del Señor, pues no hay razón para que no podamos ser vencedores si confiamos en Cristo: ‘Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono’ (Apoc. 3:21)” (Elena de White, La temperancia, p. 250).

¡Gracias, Señor, porque juntos podemos vencer!

18 de febrero
Saber versus vivir ese saber

“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” (Romanos 6:3).

¿Sabemos qué significa “saber”? Técnicamente es conocer, tener noticias de algo, o habilidad o capacidad para hacer algo. Sin embargo, Pablo nos desafía en Romanos 6 a saber, por lo menos, tres cosas.

El primer saber es que estamos unidos a Cristo y su muerte por medio del bautismo. El pecado nos separó de Cristo, pero en el bautismo somos unidos a él, a su muerte y a lo que esto significa. Dejamos de estar bajo el reino de Adán, para formar parte del Reino de Cristo. En el bautismo, crucificamos el pecado en nuestros corazones, morimos a la vida vieja, somos sepultados, inmersos juntamente con él, para emerger, resucitar a una nueva vida.

Así, somos plantados e injertados con él para una vida nueva. Este símbolo bíblico del bautismo se suma al resto de evidencias bíblicas de que el bautismo es por inmersión, para que se cumpla su significado y para seguir el ejemplo de Jesús.

El segundo saber enfatiza la crucifixión de nuestro viejo hombre juntamente con Cristo. Seguimos teniendo una naturaleza pecaminosa, pero por Cristo y la obra del Espíritu Santo, dependiendo siempre de él, podemos vencer.

Así como la muerte del esclavo lo liberaba de su servidumbre, el creyente que muere con Cristo en el bautismo queda liberado de la esclavitud del pecado.

El tercer saber se relaciona con la resurrección de Cristo. El Señor no quiere solo conducirnos a la muerte y la sepultura, sino también a la resurrección y a una vida nueva. Así como Cristo no volverá a la tumba porque ya ha vencido a la muerte, el creyente también será vencedor. La muerte ya no tendrá autoridad.

La conclusión de este saber es que vivamos, es decir, apliquemos, el conocimiento a la vida. Saber y no aplicar lo que sabemos no nos otorga ventajas; por el contrario, aumenta nuestra responsabilidad, porque “al final, no se nos preguntará qué sabemos, sino qué hemos hecho con lo que sabemos” (Jean de Gerson).

¿Qué cosas podrían separarnos de aplicar lo que sabemos? Incoherencia entre el discurso y la acción, indiferencia, fanatismo, desidia, desvalorizar el conocimiento, prejuicios, presiones, burlas y oposición, entre otras. Pero nada disculpa ni justifica que un buen conocimiento no se practique; mucho menos cuando este tiene que ver no solo con el presente, sino con la eternidad.

19 de febrero
¿Ley versus gracia?

“¿Qué, pues? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la Ley, sino bajo la gracia? ¡De ninguna manera!” (Romanos 6:15).

¿Creer u obedecer? ¿Qué viene primero? La respuesta es clave, ya que la comprensión de la armonía entre creer y obedecer nos permitirá diferenciar entre libertad y libertinaje.

Sin duda, primero está el creer, porque el pecador está muerto en sus pecados, y un muerto nada puede hacer. Ya hemos visto que somos justificados por la gracia del Señor, que recibimos por la fe. Algunos piensan que somos justificados por la fe y santificados por las obras. Pero la obediencia también es resultado de la fe, que nos lleva a una vida dependiente del Señor.

Tenemos toda la libertad para hacer el bien. No hay libertad para hacer el mal. Quien no usa la libertad de manera responsable en el marco de la ley, pierde su libertad.

Hay una verdadera y una falsa libertad. Adán y Eva vivieron la falsa libertad, no se sujetaron a la voluntad de Dios y dejaron de ser libres. Cayeron en libertinaje y se hicieron esclavos del pecado. El libertinaje es el abuso de la libertad, para hacer lo que se quiere sin reglas, ni respeto ni ley.

Si quebramos la ley que nos protege perdemos nuestra libertad, porque la misma ley que protege la libertad de los que la respetan pone en la cárcel a los infractores. No somos libres para no obedecer la Ley de Dios. Pensar que el Señor nos libera para que podamos hacer lo que queramos es desvirtuar el sacrificio de Cristo tanto como pensar que podemos ser salvos por nuestra propia obediencia.

La gracia, como el agua, limpia nuestra suciedad del pecado. El papel de la Ley, como un espejo, es mostrar nuestra suciedad y llevarnos al agua de la gracia de Cristo. Romper el espejo porque no sirve para limpiar es distorsionar su propósito. Entonces, ¿vamos a desobedecer la Ley porque no estamos bajo la Ley sino bajo la gracia? Pablo respondió: “¡De ninguna manera!”

Exactamente lo mismo hizo Jesús con la mujer sorprendida en adulterio (Juan 8:1-11): no la limpió con la Ley, sino con su gracia, su amor y su poder perdonador. Reflotó su vida del abismo de la culpa y del pecado, y luego le dijo que se fuera, pero que no pecara más.

Sujeta hoy tu vida a Cristo y a su Ley. “No ganamos la salvación con nuestra obediencia; porque la salvación es el don gratuito de Dios, que se recibe por la fe. Pero la obediencia es el fruto de la fe [...]. He aquí la verdadera prueba. Si moramos en Cristo, si el amor de Dios está en nosotros, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestros designios, nuestras acciones, estarán en armonía con la voluntad de Dios, según se expresa en los preceptos de su santa Ley” (Elena de White, El camino a Cristo, p. 61).

20 de febrero
Pecado versus gracia

“Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:23).

Hagamos un resumen de lo que el pecado nos quitó y lo que la gracia, o dádiva, puede restaurar. Tengamos en cuenta que el pecado es la separación voluntaria del Señor; y la dádiva es un donativo, o regalo, desinteresado e inmerecido.

El pecado nos privó del árbol de la vida. La obediencia al mandato divino no solo era una prueba de amor y lealtad, sino de formación de un carácter dependiente de Dios, probado y aprobado. La gracia nos restaura el derecho al árbol de la vida. Hoy, promesa; en breve, realidad. Ese árbol es símbolo de la vida eterna que procede de la Fuente de vida.

El pecado nos colocó bajo sentencia de muerte. El destino final del pecador es la tumba, a través de un camino de dolor y sufrimiento. La gracia nos da la victoria sobre la muerte. El don de Dios es ofrecernos vida y vida en abundancia, incluso para aquellos que han pasado al descanso confiando en sus promesas, porque los que creen en él, aunque estén muertos, vivirán.

El pecado nos arrojó afuera para ganar el pan con sudor, cansancio, esfuerzo y dolor. La gracia nos provee el maná escondido. Cristo es nuestro Maná, él es nuestro alimento y nuestro Pan de vida.

El pecado nos robó nuestro dominio. Pasamos de ser gobernantes del mundo a esclavos de Satanás. La gracia nos da autoridad sobre todas las naciones, ya que Dios restaura nuestra dignidad. Hoy somos parte del Reino de la gracia, y en breve, en su regreso, seremos parte del definitivo Reino de la gloria, que desmenuzará todos los otros reinos simbólicos y perdurará para siempre.

El pecado nos dejó desnudos, física y espiritualmente. Nos quitó la inocencia y el pudor; nos trajo culpa y vergüenza. La gracia nos concede vestiduras blancas, que representan la justicia de Cristo, que nos es contada como justicia.

El pecado nos alejó de la presencia de Dios. Adán y Eva se escondieron, y nosotros hacemos lo mismo. Pero ¿a dónde iremos? En cambio, la gracia nos promete que siempre estaremos en su presencia. El Señor nos busca, no para condenarnos, sino para darnos otra oportunidad y asegurarnos que un día recuperaremos el vivir para siempre en su presencia.

El pecado nos devuelve al polvo. El hombre fue hecho del polvo de la tierra, y allí volverá. La gracia nos coloca en el Trono de Dios para ser reyes conjuntamente con él.

¡Gracias, Señor, por tu gracia, que nos concede todo este bien presente y el eterno!”

21 de febrero
Las tres erres

“¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!” (Romanos 7:25).

¿Qué es un miserable? Es un desdichado, alguien de escaso valor, un perverso, un desperdicio y una basura. Sin duda, estas definiciones son fuertes, pero esta es la realidad que nos toca enfrentar. No son aspectos ajenos.

La basura, por ejemplo, es parte de nuestra historia. Los griegos y los romanos desarrollaron el hábito de enterrar sus residuos. En la Edad Media, la basura acumulada comenzaba a provocar epidemias. La Revolución Industrial multiplicó la producción de materiales y el consumo. El deterioro de la capa de ozono, el calentamiento global, la contaminación del aire y del agua, el aumento desenfrenado del consumo y el uso de materiales no biodegradables, electrónicos y nucleares, causan un caos planetario, a punto tal que el tema se ha transformado en una de las mayores preocupaciones mundiales de nuestros días. Por año, en nuestro planeta se producen treinta mil millones de toneladas de basura. En los países más desarrollados, la producción diaria de basura sobrepasa los tres kilos por persona.

Hay tres acciones para disminuir los problemas que la basura acarrea: Reducir, Reutilizar y Reciclar. Las 3R puestas en práctica generan muchos beneficios, entre los que se destacan la disminución de la contaminación, el cuidado de la salud y la prolongación de la vida.

Pensar que el producto recién salido de la mano del Creador era perfecto: todo era bueno, y en gran manera. Desdichadamente, el pecado se infiltró en el producto original. El ser humano elige degradarse a sí mismo y se transforma en una descomposición que genera frustración, dolor y muerte.

En los días de San Pablo se castigaba al malhechor encadenando a su cuerpo la evidencia de su delito, es decir, un cadáver. Aplicando esto a la vida espiritual, Pablo exclama que es un miserable, ya que nadie lo podría librar de ese cuerpo de muerte. Felizmente, el mismo Espíritu que le permitió reconocer su situación lo llevó al remedio: Jesucristo, su esperanza.

El plan de Dios también incluye las 3R. Él quiere Reducir, o deshacer, las obras del diablo. Él quiere Reutilizar este residuo que es nuestra vida como un canal que redistribuya el agua de vida. Y él quiere Reciclar la Tierra, para terminar con el caos planetario y la basura del pecado, transformando lo mortal en inmortal y lo corrupto en incorruptible. Será un reciclado total y definitivo.

Somos miserables, pero alcanzados por Dios, transformados y utilizados por él, para terminar con el residuo del pecado y disfrutar la eternidad.

¡Gracias, Señor, por redimirnos, y reutilízanos como mensajeros de esperanza, para que pronto seamos reciclados para tu Reino!

22 de febrero
Sin condena

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:1).

¿Qué significa andar conforme a la carne? La palabra “carne” designa al cuerpo humano e ilustra lo exterior. También puede representar a los parientes y la comunidad. En un sentido moral, significa lo que está opuesto o enemistado con Dios, centrado en lo material y en lo temporal.

Carnal es el hombre que se considera autosuficiente y cree que puede salvarse por sí mismo. Para Pablo, “carne” es un poder actuante en el ser humano, contrario al Espíritu de Dios. Andar en la carne es opuesto totalmente a andar en el Espíritu. Lo carnal no tendrá parte en la eternidad con Dios; sí el cuerpo, que será transformado en incorruptible e inmortal.

¿Qué implica andar en el Espíritu? Es caminar con Dios, así como lo hizo Enoc. Es ser guiados por el Espíritu, quien nos lleva a toda verdad, nos enseña todas las cosas, glorifica y revela a Cristo y nos conduce en todo el proceso de la salvación.

El Espíritu nos convence de pecado (habilitándonos para creer en Jesús), nos convence de justicia (capacitándonos para vivir la vida cristiana) y nos convence de juicio (dándonos la certeza de la salvación y una oportunidad de producir una vida nueva: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza).

Además, graba la Ley de Dios en nuestro corazón y nos da la seguridad de ser llamados hijos de Dios, dependientes, obedientes, fieles y misioneros.

La carne y el Espíritu son dos naturalezas que luchan entre sí por dominar y dirigir nuestra vida, como una embarcación con dos motores que empujan en sentidos opuestos. El motor que alimentamos más es el que dará el rumbo.

Nacemos con la enfermedad hereditaria del pecado, con inclinación hacia lo malo. La lucha y la victoria son permanentes. Tenemos que dar el alimento y el combustible diarios para hacer morir lo carnal y mantener siempre vivo lo espiritual. Alimenta tu espíritu, en lugar de tu carne.

¿Cómo hacerlo? El pastor Mark Finley destaca tres consejos prácticos para hacer más profunda y relevante la vida devocional:

1-Leer con oración, conversando interactivamente con Dios.

2-Leer y meditar en las últimas escenas de la vida de Cristo, tanto en la Biblia como en el Espíritu de Profecía.

3-Tener un momento para compartir la devoción personal con otra persona, con una aplicación a la vida diaria.

El evangelio nos ofrece la seguridad de que Cristo no vino a condenar a los pecadores sino al pecado.

23 de febrero
Muchas gracias, papá

“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Romanos 8:15).

“Abba” es una expresión aramea usada para indicar una estrecha relación entre el padre terrenal y sus hijos, que implica cariño e intimidad. Literalmente, significa “papá” o “papito”

Luego, por extensión, “Abba” comenzó a usarse entre los cristianos para dirigirse a nuestro Padre que está en los cielos. El primero en aplicarla a Dios fue Jesús mismo, cuando dijo: “Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú” (Mar. 14:36). Pablo la empleó en las cartas a los Romanos y a los Gálatas, para demostrar que somos hechos hijos de Dios gracias al sacrificio de Cristo.

Lo que posibilita ese grado de intimidad es la obra del Espíritu, que nos guía, y nos adopta como hijos. Así, Pablo contrasta la servidumbre o la esclavitud con la libertad del hijo de Dios. Es decir, el Espíritu que nos guía nos asegura que somos aceptados como hijos. No somos esclavos, sino hijos. Es la aceptación de esta adopción lo que genera afecto, confianza, gratitud, compromiso, al punto de decir “Abba Padre”.

Adoptar es recibir y tratar a un extraño como a nuestro propio hijo, y Pablo aplica el término a los cristianos porque Cristo los trata de esa manera, aunque por naturaleza eran extraños y enemigos.

En términos jurídicos, se entiende como adopción el acto por el cual se establece un vínculo de parentesco entre una o más personas en una relación de maternidad o paternidad. En sus orígenes, en la adopción romana existía lo que denominaban adoptio plenay, que incluía la cesión de la patria potestad, y adoptio minus plena, que establecía un vínculo entre adoptante y adoptado, pudiendo o no generar derechos, es decir, no eran obligatorios.

Un niño estaba siendo hostigado por sus compañeros de clase por ser adoptado. Sin embargo, él no se sentía inferior o discriminado por eso. Así que, les preguntó: “Ustedes ¿no son adoptados? ¡Qué pena, no se preocupen, alguien los va a adoptar!” Era tal el privilegio que sentía que su autoestima estaba alta, se sentía valorado, querido, tenía sentido de pertenencia, un nombre, una familia, una educación, un presente, un futuro y una herencia.

Fue el amor lo que movió a nuestro Padre que está en los cielos a adoptarnos de manera plena con todos los derechos presentes y eternos. Y es el amor lo que debe llevarnos a decir en palabras y en una vida consecuente: “Abba, Padre… Muchas gracias, papá”.

24 de febrero
Aflicciones versus gloria

“Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18).

Pablo parece contrastar el presente y el futuro: aflicciones de hoy por gloria de mañana, lo temporal por lo eterno. En verdad, es un contraste incontrastable e incomparable. El apóstol ya había sufrido mucho, y mucho sufrimiento más le aguardaba por causa del evangelio, hasta su martirio.

Igualmente, por experiencia y por revelación, él tiene por cierto y asegura que las aflicciones son leves y pasajeras en comparación con la gloria, que es inmensa y eterna. Es como si Pablo tuviera en sus manos una antigua balanza de dos platos: en uno de ellos coloca los sufrimientos presentes; y en el otro, la gloria eterna.

El sufrimiento es a causa del pecado. Sufrimos de manera directa cuando cosechamos lo que sembramos; o de manera indirecta, por la existencia del mal en el mundo. Sufrimos por enfermedad, desengaños, falta de trabajo, falta de recursos, injusticia, frustraciones, soledad, culpa, odio y todo otro dolor del tiempo presente. Podemos sufrir también por causa del evangelio, al vivir y compartir la fe, al dar testimonio de la verdad y del Señor. Aun en medio de tanto dolor, necesitamos recordar que es temporal y que tiene un límite.

La gloria de Dios es consecuencia de la gracia. Es ilimitada y eterna. Pero ¿solo en la eternidad? ¿Podemos tener un anticipo de esa gloria en esta Tierra? Es posible “algo” de gloria en el presente para contrastar con lo “mucho” de aflicciones. Si todos nuestros días presentes son de aflicción, comparados con los días interminables de gloria, igual vale la pena. No importa la cantidad y la severidad de nuestros sufrimientos presentes, quedan insignificantes al compararlos con la gloria eterna. Pero, además de la esperanza del mañana, necesito fuerzas para hoy.

La gloria que muy pronto será revelada incluye el resplandor brillante del regreso de Cristo. Los justos vivos serán transformados, y los justos que descansan serán resucitados, para recibir la gloria, la vida de Dios para siempre. Los injustos que vivan no podrán soportar el resplandor de la gloria de la venida de Jesús. Los justos trasladados al cielo, de regreso a la Tierra, compartirán la gloria de Dios por toda la eternidad.

Experimentando la paz, el perdón, el consuelo, la esperanza, y en el cumplimiento de la misión viendo los milagros de Dios que transforman vidas, tenemos un anticipo de la gloria venidera. Romanos 8:1 dice que tenemos que aguardar esa manifestación con deseo ardiente; es decir, con la cabeza levantada, seguros, confiados, fieles y comprometidos, porque desde su serena eternidad Dios está en el control de todas las cosas.

25 de febrero
Gemidos

“Sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora. Y no solo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Romanos 8:22, 23).

Pablo dice que la Creación gime como con dolores de parto, y que también gemimos nosotros y el Espíritu. El dolor durante el trabajo de parto es ocasionado por las contracciones de los músculos y la presión sobre el cuello uterino. Además, se puede sentir en el abdomen, las ingles y la espalda. La sensación de dolor puede variar de una mujer a otra, pero el dolor del parto es considerado, junto a otros, como de los más dolorosos, tales como migrañas, herpes zóster, cálculos renales y biliares, dolor de muelas, neuralgia del trigémino y quemaduras. En el caso del dolor producido por el parto, la alegría de la vida sobrepasa el sufrimiento.

Vivimos en un tiempo de malestar generalizado. La Creación entera, nosotros incluidos, clamamos y esperamos una intervención. Elena de White lo describe claramente en estas tres citas.

“Las tormentas braman con destructiva violencia. El hombre, las bestias y las propiedades sufren daños. Debido a que el hombre sigue transgrediendo la Ley de Dios, él les retira su protección. El hambre, los maremotos y la pestilencia se suceden porque el hombre ha olvidado a su Creador. El pecado, la plaga del pecado, mutila y desfigura a nuestro mundo; y la Creación agonizante gime bajo la iniquidad de sus habitantes” (Elena de White en Europa, p. 208).

“En el mundo, todo es agitación. El Espíritu de Dios se está retirando de la Tierra, y una calamidad sigue a otra por tierra y mar. Hay tempestades, terremotos, incendios, inundaciones, homicidios de toda magnitud” (El Deseado de todas las gentes, p. 590).

“Satanás ve que su tiempo es corto. Ha puesto a todos sus agentes a trabajar a fin de que los hombres sean engañados, seducidos, ocupados y hechizados hasta que haya terminado el tiempo de gracia, y se haya cerrado para siempre la puerta de la misericordia” (ibíd.).

Mientras tanto, el Espíritu coloca a disposición todo su poder para que entendamos los tiempos en que vivimos, y actuemos con fidelidad, a fin de que los dolores de parto concluyan y alumbremos la vida eterna.

Cuando “la creación gime a una”, el corazón del Padre infinito gime porque se identifica con nosotros. Para destruir el pecado y sus consecuencias, dio a su Hijo amado y nos permite que, mediante la cooperación con él, terminemos con esta escena de miseria.

26 de febrero
Una promesa vigente

“Sabemos, además, que a los que aman a Dios, todas las cosas los ayudan a bien” (Romanos 8:28).

Cuando Elena de White ya era viuda, fue a servir a Dios y a la iglesia a la lejana Australia. Esto sucedió a fines del siglo XIX, cuando el país no era la próspera nación que es hoy y cuando no había aviones para viajar hasta allí de manera rápida.

En Australia, Elena sufrió durante once meses de fiebre palúdica y de reumatismo inflamatorio. Pasó por el mayor sufrimiento de su vida. No podía levantar los pies sin sufrir gran dolor. La única parte del cuerpo sin dolor era el brazo derecho, del codo para abajo. Las caderas y la espina dorsal dolían constantemente. No podía estar acostada por más de dos horas. Se arrastraba a una cama similar para cambiar de posición. Así pasaban las noches. Los médicos le dijeron que nunca volvería a caminar.

Al principio de su sufrimiento e invalidez, sintió que no podía soportarlo, pero no mucho tiempo después pudo entender que la aflicción era parte del plan de Dios. Recordó que el Señor nunca le había fallado. Entonces, oró fervientemente y notó cuán dulce es el consuelo que hay en las promesas de Dios.

¿Cómo pudo sobrellevar todo? “Mi Salvador parecía estar muy cerca de mí. Sentía su sagrada presencia en mi corazón y estaba agradecida por ello. Estos meses de sufrimiento fueron los meses más felices de mi vida, debido al compañerismo de mi Salvador. Él era la esperanza y corona de mi regocijo. Estoy muy agradecida de que tuve esta experiencia porque conozco mejor a mi precioso Señor y Salvador” (Mensajera del Señor, p. 65).

Elena de White sufrió mucho en su vida. Sin embargo, fue una mujer notablemente productiva y activa, y de su sufrimiento provino una filosofía del sufrimiento que ha sido una roca sólida para millones. Su libro El ministerio de curación, además de centenares de cartas, jamás podría haber sido escrito sin que su propia experiencia proveyera el marco humano para principios divinos básicos sobre este tema.

Muchos cobraban ánimo al ver su alegría y su firme resolución bajo intensa adversidad. Los años vividos en Australia fueron los más productivos: ayudó a establecer un sólido programa educativo y evangelizador, y escribió El Deseado de todas las gentes, más miles de cartas oportunas. Sus 87 años, sus escritos y su ministerio demuestran que con el Señor podemos vencer. Su último escrito también rebosaba de esperanza y gozo cristiano.

Para Pablo, para Elena y para cada uno de nosotros, la promesa sigue vigente: “A los que a Dios aman, todas las cosas ayudan a bien”.

27 de febrero
El seguro más completo

“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados ni potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 8:38, 39).

Seguridad significa certeza, certidumbre, convicción, convencimiento, persuasión y evidencia. Las personas quieren y necesitan sentirse seguras en su vida, sobre su salud, sobre sus bienes y sobre sus movimientos. Existen decenas de seguros (personales, patrimoniales y de servicios), que intentan, en parte, brindar seguridad frente a eventuales imprevistos.

Romanos 8 presenta el mejor y más completo seguro. Comienza diciendo que ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús y termina diciendo que nada puede separarnos del amor de Dios. Es decir, nada de nada, ni de esta vida, ni del Universo, ni del tiempo, ni nada que exista. ¿Qué más podría haber dicho Pablo para hacernos sentir seguros?

Dios nos ofrece su justicia; por eso, no podemos ser condenados. Nos ofrece su Espíritu; por eso, podemos vencer la carne y vivir según Dios. Nos ofrece su gloria; por eso, superamos las tribulaciones.

Es el amor del Padre, que envió a su Hijo y nos reveló su amor; es el amor del Hijo, que ofreció su vida e intercede por nosotros; y es el amor del Espíritu Santo, que nos convence de pecado, nos guía a la justicia, a la verdad y la obediencia, y al testimonio.

Con esta explicación de ilimitada confianza en el amor de Dios que salva, Pablo enfatiza el plan divino de restaurar en el hombre la imagen perdida. Esa restauración y salvación provienen de aquel cuyo propósito de salvar es tan poderoso que nada puede hacer perdernos esa salvación, a menos que la rechacemos. Por eso, el apóstol consideraba un imperativo (para él y para nosotros) la proclamación de nuestra confianza, gratitud y obediencia.

Nuestra seguridad no está basada en el amor frágil e inconstante que nosotros podamos tener hacia Dios, sino en el amor invariable e ilimitado que él tiene por nosotros. Pablo tenía todas las respuestas, todas las provisiones y todas las seguridades para declarar, totalmente convencido, que nada de nada lo separaría de ese amor.

El mismo Pablo que en Romanos 7 dice que nada bueno hay en él es quien afirma que nada puede separarlo de ese amor, y es el mismo que les dice a los filipenses que todo lo pueden en el Señor (Fil. 4:13).

Solo Dios puede atender a todos y al mismo tiempo. Él puede atenderte como si fueras lo único en todo su Universo. Sería muy bueno recordar que “lo que somos es el regalo de Dios para nosotros, y en lo que nos convertimos es el regalo de nosotros para Dios (Eleanor Powell).

Que nada te separe de este amor.

28 de febrero
Un dolor interminable

“Tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón, porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos” (Romanos 9:2, 3).

En el 56º Festival Internacional de Publicidad realizado en Berlín (celebrado en febrero de 2006), fue elegido como el mejor cortometraje uno titulado “Pollo a la carta”. La historia, basada en un hecho real, muestra el caminar nocturno de un hombre que recorre las calles y los negocios buscando restos de comida que han sido dejados como desechos o sobrantes.

El desperdicio de unos es la supervivencia de otros. Revuelve los cestos de basura y selecciona a la carta aquellas porciones que aún conservan el rótulo de alimentos comestibles. Al terminar el trabajo de búsqueda y selección, él regresa a su casa. Sin embargo, en el camino, va compartiendo en el vecindario parte de los “trofeos obtenidos”. Es consciente de las necesidades propias y de las ajenas. Los otros tienen hambre, y para ellos también hay alimento.

Produce mucha tristeza y dolor los miles, la mayoría niños, que diariamente desfallecen, viven al límite y mueren porque no pueden alimentarse como corresponde; y un dolor mayor aún por los que viven sin el Pan espiritual.

Pablo siente tristeza y continuo dolor por su gente, por sus hermanos y por la salvación de los perdidos. ¿Cuánta tristeza y dolor sentimos nosotros por los que sufren sin esperanza?

Somos hambrientos alimentados y recuperados por el Pan de vida. Somos los privilegiados y responsables de compartirlo con nuestra familia, nuestros vecinos y todos los que están a nuestro alcance. ¿No somos nosotros los urgidos de llegar con el Pan antes de que sea demasiado tarde?

Nos conmovemos al saber que miles mueren por falta de alimento, y ¿qué hacemos por los miles que mueren o viven sin sentido por falta de Jesús? Elena de White, hablando del Señor, dijo: “Cuán espiritual era el alimento que impartía diariamente al distribuir el Pan de vida a miles de almas hambrientas. Su vida consistía en un viviente ministerio de la Palabra. Era la luz del mundo; señalaba a los hombres el camino, la verdad y la vida. Él mismo era el alimento de ellos” (Cada día con Dios, p. 281).

Necesitamos comer el Pan de vida todos los días para fortalecer nuestra comunión, y compartirlo con fidelidad para cumplir la misión. El mismo Jesús que dijo: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mat. 4:4) es el mismo que con toda autoridad en el cielo y la Tierra indica: “Dadle vosotros de comer” (Luc. 9:13).

1º de marzo
Jugar con ventaja

“Que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la Ley, el culto y las promesas […] los patriarcas, de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Romanos 9:4, 5).

Solemos utilizar la expresión “jugar” en muchos sentidos: “Jugar a dos puntas”, cuando no hay una opinión definida; “jugar con fuego”, cuando se encara algo serio de manera frívola, superficial o peligrosa; “jugar al gato y al ratón”, cuando dos personas intentan comunicarse de forma infructuosa; “jugar fuerte”, cuando apostamos todo a una meta; y “jugar con ventaja”, cuando tenemos condiciones, situaciones y ayudas extras (lícitas o ilícitas) que nos garantizan la victoria.

Saulo de Tarso parecía jugar con ventajas personales. El resumen de su CV decía que fue circuncidado al octavo día, era judío, de linaje especial, miembro exclusivo del partido farisaico, celoso por Dios, organizador de la persecución de los cristianos, devoto defensor de la Ley y de conducta irreprochable (Fil. 3:5, 6). No obstante, estas ventajas humanas no fueron ventajas, y quedaron en la oscuridad cuando la Luz lo rodeó camino a Damasco.

El pueblo de Israel también tuvo ventajas: fue adoptado como hijo, vio la gloria de Dios, el Señor hizo un pacto con él, le concedió la Ley, los cultos, sus promesas, y era el canal para bendecir e iluminar a las naciones y preparar la venida del Mesías. Pero, muchas veces las ventajas no son tales: no son aprovechadas o distraen del centro de atención.

El 29 de diciembre de 2019 se realizaba la tradicional carrera urbana de Sao Silvestre, en San Pablo, Brasil. El keniano Kibiwott Kandie, de 23 años, se consagró ganador de esta 95a edición, una de las competencias de mayor tradición en el país y en el mundo. Jacob Kiplino, un debutante de 19 años oriundo de Uganda, que dominó de principio a fin, parecía imbatible, pero un sprint en el último suspiro dio al keniano Kandie, quien marchaba cómodo y lejos en la segunda posición, la victoria.

Fue en los metros finales cuando Kandie mostró que todavía tenía reservas y traspasó al ugandés en el último segundo. Kandie registró un tiempo de 42 minutos y 59 segundos, y se convirtió en el primer atleta que culmina la carrera de 15 kilómetros por debajo de los 43 minutos, mientras que quien llevaba todas las ventajas terminó ¡solo por un segundo! en segundo lugar.

Es tiempo de no jugar con fuego y jugar fuerte, sin dar vueltas, sin dormirnos ni distraernos por las ventajas y aprovechando toda oportunidad para crecer en fidelidad. Bien decía Víctor Hugo: “El futuro tiene muchos nombres: para los débiles, inalcanzable; para los temerosos, desconocido; y para los valientes, oportunidad”.

2 de marzo
Dios ¿te odia?

“Como está escrito: ‘A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí’ ” (Romanos 9:13).

¿Es esto realmente así? ¿Puede Dios amar a uno y aborrecer al otro? ¿Dónde quedan el amor y la justicia del Señor? El diccionario define “aborrecer” como despreciar, detestar, odiar, abominar, reprobar, condenar. Es decir, Dios ¿ama a uno y desprecia, detesta, odia, reprueba, condena al otro? ¡¿Cómo es posible?!

Sin embargo, hay que destacar que la expresión bíblica de ninguna manera significa odio, sino elección. Por ejemplo, Jesús dice que para seguirlo hay que aborrecer padre y madre, y aun la propia vida. Esto no significa odiar a los padres o a uno mismo, sino seguirlo a él antes de todo. Ahora bien, igual seguimos en problemas, porque Dios elige a uno y no a otro, ¿verdad?

Entonces, hay que expresar que el texto no se está refiriendo a personas, sino a líderes y a cabezas de dos grupos. Pablo explica la razón por la cual Dios eligió a Jacob y rechazó a Esaú, así como a los dos pueblos que de ellos descendieron: Israel y Edom.

Cuando Dios eligió a Israel como su pueblo, no lo hizo en virtud del odio al otro, sino a fin de usarlo como canal de bendiciones para los otros pueblos. La elección no hace injusto a Dios; más bien, tiene el propósito de extender la bendición a todos.

Nadie queda afuera de las oportunidades de salvación, pero Dios escoge los instrumentos para hacerlo. Antes fue Israel, mientras cumplió su propósito. Hoy es la iglesia y tiene que cumplir el objetivo.

No obstante, Éxodo 9:2 dice que fue Dios quien endureció el corazón del Faraón. ¿Qué culpa tiene el Faraón de esto? Aquí debemos recordar que, en la Biblia, a Dios se le atribuye lo que él hace como también lo que él permite. Es decir, él “produce” lo que no impide. El corazón de una persona se endurece porque elige rechazar las oportunidades recibidas por la obra del Espíritu Santo. En cada oportunidad de salvación rechazada se endurece aún más el corazón, y esto la hace responsable de su elección.

El surgimiento de las naciones, su desarrollo y su caída parecen muchas veces depender de su propia voluntad, esfuerzos, ambición o caprichos, pero “en la Palabra de Dios se descorre el velo, y contemplamos detrás, encima y entre la trama y la urdimbre de los intereses, las pasiones y el poder de los hombres, los agentes del Ser misericordioso, que ejecutan silenciosa y pacientemente los consejos de la voluntad de Dios” (Elena de White, La educación, p. 157).

Hoy ten la seguridad de que puedes sentirte amado, elegido por Dios, confiado y fuerte para encarar el día, porque aquel que tiene el Universo en sus manos puede tener también tu vida.

3 de marzo
Resiste un poco más

“¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ‘Por qué me has hecho así’? ¿Acaso no tiene potestad el alfarero sobre el barro para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” (Romanos 9:20, 21).

Cuando el alfarero moldea la arcilla y la somete a una temperatura apropiada, se transforma en un recipiente valioso. Pablo utiliza esta figura bien ilustrativa para establecer una gran diferencia entre el barro y el ser humano: nosotros podemos resistirnos al cambio, impidiendo al alfarero que logre su producto final.

¿Podemos armonizar el asunto de la soberanía de Dios y la responsabilidad humana? ¿Hasta dónde el poder de Dios se impone ante la fragilidad humana, y hasta donde el débil ser impide la actuación divina? Pablo dice que no podemos altercar con Dios, ¿acaso puede el barro discutir con el alfarero? ¿Hay prefabricados vasos de ira, listos para oponerse, y vasos de misericordia, listos para dejarse moldear?

El mismo sol que derrite la nieve endure la arcilla. El sol es el mismo, pero la composición del suelo es diferente. Tanto el sembrador como la semilla son los mismos, pero es la receptividad y la disposición del suelo lo importante. A veces la semilla ni penetra el suelo; otras, penetra y luego se ahoga; y solo en uno cumple el propósito y produce los mejores frutos.

Cierta parábola cuenta que una pareja visitó un negocio y encontraron una valiosa taza que llamó mucho su atención, pues nunca habían visto un producto tan fino. Para su sorpresa... ¡la taza comenzó a hablarles!:

“No siempre he sido así. Yo solo era un montón de barro hasta que mi alfarero me golpeó y amoldó. Entonces me desesperé y le grité: ‘¡Déjeme en paz!’ Él sonrió y me dijo: ‘Resiste un poco más’. Después, me puso en un horno. ¡Nunca había sentido tanto calor!

“Luego, él me dejo enfriar, pero solo lo suficiente para ser cepillada y pintada. La pintura era asfixiante. Yo le gritaba, pero él solamente decía: ‘Resiste un poco más’. Otra vez al horno (ahora mucho más caliente), y otra vez grité y lloré, solo para volver a escuchar: ‘Resiste un poco más’. Después de un tiempo en la repisa, mi creador me dijo: ‘Ahora eres un producto terminado. Eres lo que yo tenía en mente cuando te empecé a formar’ ”.

Tal vez haya cosas en tu vida que aún necesitan ser moldeadas. El Alfarero tiene en mente lo mejor para ti. Quiere y puede hacerlo. Pero, desde luego, necesita tu consentimiento. No dudes en entregarte a él por completo, y si estás pasando por dificultades, escucha su voz: “Resiste un poco más”.

4 de marzo
El Dios que salva

“Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, y a la no amada, amada. Y en el lugar donde se les dijo: ‘Vosotros no sois pueblo mío’, allí serán llamados ‘hijos del Dios viviente’ ” (Romanos 9:25, 26).

El nombre “Oseas” es una abreviatura de Josué y significa “Dios salvó”. El profeta Oseas cumplió su ministerio por unos 25 años, durante un tiempo de intenso dolor nacional. Israel, el Reino del Norte, cayó en manos de los asirios. Fue derrotado y llevado en cautiverio en dos momentos diferentes.

En esa época de luto y dolor, Oseas escribe su libro. No era momento de sentir simpatía y cariño por los extranjeros, pero el profeta no habla desde sus propios sentimientos de angustia sino por la revelación del Señor. Pablo cita a Oseas para mostrar a los creyentes de Roma que el evangelio debía alcanzar a todos.

Dios le había pedido a Oseas algo extraño: “Me dijo otra vez Jehová: ve y ama a una mujer amada de su compañero y adúltera; así ama Jehová a los hijos de Israel, aunque ellos se vuelven a dioses ajenos” (Ose. 3:1). Dios le pide que ame a una mujer infiel, que no merece ser amada; así como él ama a un pueblo infiel, que no merece ser amado. La infidelidad de Gomer es un espejo de la infidelidad y la idolatría del pueblo para con Dios.

El primer hijo de Oseas y Gomer se llamó Jezreel, que significa “Dios esparció”. La segunda hija se llamó “Lo-Rohuama”, que significa “No compadecida”, para mostrar así el sufrimiento en el exilio. Por su parte, el tercer hijo se llamó Lo-ammi, que significa “No mi pueblo”, para mostrar que el pacto entre Dios y su pueblo estaba quebrado. Se usa el significado metafórico de los tres hijos para representar la relación matrimonial restaurada.

Antes de la restauración, Jezreel significaba: “Dios esparcirá”, pero luego significó “Sembraré”. Antes, Lo-ruhama significaba “No compadecida”, después significó: “Tendré misericordia”. Antes, Lo-ammi significaba “No pueblo mío”, pero después significó “Tú eres pueblo mío”.

Por eso, Pablo asegura que Dios llamará “Pueblo mío” al que no era su pueblo y “Amada” a la no amada, con el fin de mostrar a todos los cristianos que Dios siempre estuvo interesado en alcanzar a todos con el mensaje del evangelio. Así, esas naciones también podían ser parte del pueblo de Dios y serían llamadas “hijos del Dios viviente”.

Fue para esto que el Hijo de Dios se hizo Hijo del Hombre: para que todos los hijos de la humanidad, sin ninguna discriminación, sean llamados hijos de Dios. Bien decía C. S. Lewis: “El cristiano no cree que Dios nos amará porque somos buenos, sino que Dios nos hará buenos porque nos ama”.

5 de marzo
El remanente fiel

“También Isaías proclama acerca de Israel: ‘Aunque el número de los hijos de Israel fuera como la arena del mar, tan sólo el remanente será salvo’ ” (Romanos 9:27).

¿Qué es un remanente? Técnicamente, es “lo que queda” y “el resto”. Dios siempre ha tenido, a través de la historia, un remanente que permanece fiel a su Palabra. Isaías cumple su ministerio cuando Asiria está en su apogeo y arrasa con todos los pueblos. El siervo del Señor claramente profetiza: “Aunque el número de los hijos de Israel fuera como la arena del mar, tan sólo el remanente será salvo” (Isa. 10:22).

La nación entera no escaparía del castigo divino; solo se salvaría un remanente. El mensaje del remanente fue clave en las enseñanzas y la misión de Isaías; incluso Dios le ordenó que pusiera a uno de sus hijos el nombre de Sear-jasub (que significa “Un remanente volverá”), para recordar la promesa. Los que eran parte del remanente habían sido sostenidos por la misericordia de Dios y sobrevivido a guerras, cautiverios, pestes y hambrunas. Además, habían soportado y rechazado la idolatría, y fueron preservados por el Señor como su pueblo elegido, fiel y misionero.

Por eso, en Romanos 9:27, Pablo aplica el término “remanente” a los judíos de sus días que ya eran cristianos. En Romanos 11:5 habla de estos judíos cristianos como de “un remanente escogido por gracia”, y el “remanente” de Apocalipsis 12:17 es el cuerpo de fieles de Dios, es decir, “lo que queda” de esta larga línea que sobrevivió a los ataques del enemigo a través de todos los tiempos.

Mis amigos Jorge y Mirta siempre desearon vivir en un lugar soñado, de paz, cerca de la ciudad, donde llevar a jóvenes y familias a fortalecer su fe y su fidelidad a Dios. Oraron mucho, se desprendieron de muchas cosas, y haciendo un gran sacrificio adquirieron una propiedad con una tierra muy fértil y productiva, con sembrados de trigo, maíz y soja.

El nombre que le pusieron a la propiedad fue “El remanente”. Esta designación no solo les permitía testificar a los vecinos mediante el nombre, sino también con su testimonio y con una gran variedad de actividades espirituales, de estudio de la Palabra y alabanzas a Dios.

Dios adquirió como su propiedad al remanente con su propia sangre, para ofrecernos su paz, para que nos volvamos a él, para que demos la espalda al pecado y para que vivamos fielmente leales a Jesús, a sus mandamientos y a su misión. Como bien decía Spurgeon: “El cristiano debe ser el hombre más contento del mundo, pero es el menos contento con el mundo”.

Recuerden nuestra preciosa identidad: somos el remanente de Dios. Renueva hoy tu gratitud y el compromiso de fortalecer diariamente la comunión con Dios, y cumple fielmente la misión.

6 de marzo
Un caso perdido

“Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios es por la salvación de Israel” (Romanos 10:1).

Se suele llamar “caso perdido” a una persona o situación que ha llegado a un punto limite, sin solución. Pablo se refiere, en Romanos, a aquellos que buscaron su propia justicia en lugar de la justicia de Dios; que confiaron en los méritos propios en lugar de los méritos del Señor; que hicieron las cosas a su manera y no a la manera de Dios; y que siguieron sus planes y no los de Dios. Pero él, como apóstol de Jesucristo, no los consideraba un caso perdido.

Entonces, ¿qué hizo Pablo con estos judíos equivocados? Hizo tres cosas:

1-Los trató de hermanos.

2-Tuvo un deseo ferviente de corazón.

3-Oró por su salvación.

Todo esto confirma que Dios no impone ni excluye a nadie de la salvación, sino que la ofrece a todos, de manera reiterada e insistente.

El apóstol usa el término “hermanos” muchas veces, y representa afecto, amistad y cariño. Él no deja de quererlos porque ellos lo hayan rechazado. Al contrario, los sigue amando, y el deseo más ferviente de su corazón es su salvación.

En las antiguas esculturas romanas, la mano inexperta del escultor podría mal usar su herramienta y producir un defecto en la escultura, que los deshonestos tapaban con cera. Este engaño resolvía momentáneamente el problema, porque cuando el sol calentaba la cera, esta se derretía. En cambio, el escultor honesto que había hecho un trabajo cabal colocaba un cartel con esta leyenda en latín: sine cera. Esto implicaba la ausencia de un elemento que “maquillaba” y ocultaba el defecto. Algunos afirman que este es el origen de la palabra “sincero”. Otros sostienen que proviene de un rostro libre de cera, es decir, de maquillaje. Como sea, lo cierto es que una persona sincera es tal cual se expresa. Es veraz, no esconde nada y sus motivos siempre son puros.

Puede ser que hoy tengas un familiar, un amigo o un hijo que está rechazando a Dios. Quiero decirte que nunca hay un caso perdido para él. No desistas, y sigue el consejo de Pablo: trátalo siempre con afecto y amor, actúa con sinceridad y ora mucho.

“¿Qué se puede hacer para romper el hechizo que Satanás ha echado sobre estas almas? No veo ninguna ayuda, excepto que los padres presenten a sus hijos al Trono de la gracia, en oración humilde y fervorosa, rogando al Señor que se una a sus esfuerzos y a los de sus ministros, hasta que la convicción y la conversión sean el resultado” (Elena de White, El ministerio pastoral, p. 320).

7 de marzo
¿Celoso o fanático?

“Tienen celo por Dios, pero no conforme al verdadero conocimiento” (Romanos 10:2).

El celo (no confundir con “celos”) es un deseo reconcentrado, devoto y entusiasta por algo. “El celo es una cualidad neutral y puede ser el mayor de los vicios. Lo que determina su carácter es el objeto al que se dirige” (J. Murray).

Dios es celoso en el sentido de que espera exclusiva adoración, pues desea siempre el bienestar de sus hijos y que nada surja entre ellos que quiebre esa bendición. Así, la Biblia describe los celos como la emoción que surge al violar ese derecho de exclusividad, de la misma forma que un matrimonio espera de manera recíproca fidelidad de parte de su cónyuge. Pablo dice a los corintios (2 Cor. 11:2) que los celaba con el celo de Dios; y a los romanos, que el celo de muchos judíos no era conforme al verdadero conocimiento.

No obstante, un celo inapropiado y mal dirigido desemboca en el fanatismo. “El celo es como el fuego: en la chimenea es uno de los mejores sirvientes, pero fuera de la chimenea es uno de los peores tiranos. El celo encuadrado dentro del conocimiento y la sabiduría, ubicado en su lugar correcto, es un servidor escogido para Cristo y sus santos, pero el celo que no está amordazado mediante la sabiduría y el conocimiento es el camino directo para deshacer todo y convertirlo en un infierno” (Thomas Brooks).

El fanatismo es una actitud exagerada, obsesiva, intolerante e intransigente. “El fanatismo es hijo del celo falso y de la superstición, padre de la intolerancia y la persecución; es muy distinto de la piedad, aunque algunas personas se gozan en confundirlos” (Juan Fletcher).

El fanático se considera iluminado, referente y autoridad. Sus impresiones y sus opiniones son absolutas. Tiene todo para enseñar y nada para aprender. Siente que debe corregir a todos y no ser corregido por nadie.

No necesitamos fanáticos. Pero hay algo que sí necesitamos: “Lo que se necesita es ferviente celo cristiano, un celo que se manifieste en obras. Todos deben trabajar ahora para sí mismos, y cuando tengan a Jesús en su corazón lo confesarán a otros. Más fácil es impedir que las aguas del Niágara se despeñen por las cataratas que impedir a un alma poseedora de Cristo que lo confiese” (Elena de White, Joyas de los testimonios, t. 1, p. 234).

Las cataratas del Niágara pueden mover, en promedio, unos 110.000 metros cúbicos por minuto, lo que nos permitiría llenar 2.500.000 botellas de un litro. Es más fácil impedir la caída de esas aguas que alguien que tiene a Jesús no lo confiese. Mostremos a Jesús, sin fanatismos, hablando y actuando humildemente conforme al verdadero conocimiento de la Palabra.

Sea nuestra oración: Señor, haznos tener celo por tu causa y límpianos de todo fanatismo.

8 de marzo
De corazón

“Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo, porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:9, 10).

Todo lo que viene del corazón sale por la boca. Entonces, las palabras que salen por la boca ¿muestran la calidad del corazón? Exacto. Pablo dice que con el corazón se cree para justicia y con la boca se confiesa para salvación. Todo empieza en el corazón.

Verena tenía siete años cuando, enojada, salió de la cocina dando un portazo... el cual, de manera poco delicada, golpeó a su abuela Nilda. Fue una situación simple, que no produjo ninguna consecuencia mayor. Pero en la familia, todos querían enseñar a Verena que tenía que pedir perdón. Después de tanta insistencia adulta, la niña se paró frente a la abuela. Quería abrir su boca para hablar, pero le costaba mucho. Finalmente, dijo: “Esto es muy difícil”.

Pensemos: ¿Qué era lo “difícil”? ¿Hablar? ¡No! Lo difícil era hablar sobre algo que no salía del corazón. En este caso, se trataba de pedir perdón. El problema siempre está en nuestro interior.

Según el sabio Salomón al escribir los Proverbios, el corazón aparece como el lugar desde donde mana la vida. En la Biblia, el corazón representa la totalidad de la vida interior del ser humano: la mente, las emociones, el intelecto y la voluntad.

El hombre mira afuera, pero Dios puede mirar y leer el corazón. Jesús lo explica de la misma manera, al decir que “el hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Luc. 6:45). Lo que se confiesa con la boca es lo que se cree y recibe en el corazón.

Confesar sin creer es tanto ineficaz como muy difícil, tanto para el que lo recibe como para el que lo transmite, porque “el profesar que se pertenece a Cristo sin sentir ese amor profundo, es mera charla, árido formalismo, gravosa y vil tarea” (Elena de White, El camino a Cristo, p. 45). Y en la página 18 del mismo libro declara: “Debe haber un poder que obre desde el interior, una vida nueva de lo Alto, antes de que el hombre pueda convertirse del pecado a la santidad. Ese poder es Cristo. Únicamente su gracia puede vivificar las facultades muertas del alma y atraer esta a Dios, a la santidad”.

Mario, un profesor que tuve, me dijo cierta vez: “Empieza siempre por lo más difícil, porque eso es lo que vale la pena”. Por eso, aunque sea muy difícil, vamos a empezar por donde corresponde: nuestro corazón.

9 de marzo
¿Quién predicará?

“¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?” (Romanos 10:14, 15).

Sin duda, una declaración poderosa y enfática del apóstol Pablo es la de Romanos 10:13: “Todo aquel que invoca el nombre del Señor, será salvo”. Luego, expresa cuatro preguntas, que tantas personas han intentado responder. He aquí la vida de un gran predicador.

William Franklin Graham Jr. hizo una gran contribución al cumplimiento de la misión. Más conocido como Billy, entregó su corazón a Jesús a los 16 años en una campaña de evangelismo. Y ese compromiso lo acompañó toda su vida. Creció durante la Gran Depresión de los años ‘30; por esa razón, aprendió el valor del trabajo duro, y se dedicó intensamente a la lectura.

Se casó en 1943 con Ruth Bell, nacida en China, quien era hija de misioneros en aquel país. Su padre, L. Nelson Bell, era cirujano general en un hospital presbiteriano a quinientos kilómetros de Shanghai. Ruth sufrió para decidir entre Billy y el campo misionero, y a fines de abril de 1941, después de mucha oración, comprendió que su misión estaría al lado de Billy y su pasión por el evangelismo.

Poco después de su graduación, se casaron. Dedicó su vida a apoyar el ministerio de su esposo y educar a sus hijos. Siempre ayudaba a Billy a investigar y a preparar sus sermones y libros. Tuvieron 5 hijos, 19 nietos y 28 bisnietos. Franklin y Anne también son evangelistas, siguiendo los caminos de su padre.

Billy fue el predicador que alcanzó el mayor número de personas en los tiempos modernos. En sus cruzadas, que comenzaron en 1948, en estadios, parques y otros lugares, alcanzó una audiencia directa de 210 millones de personas en 185 países. Según informes de su equipo, a partir de 1993, más de 2,5 millones de personas habían respondido a sus llamados.

La cruzada de Los Ángeles, en 1949, lo hizo conocido internacionalmente. Las reuniones duraron ocho semanas, con multitudes de asistentes. En 1992 anunció que sufría de Parkinson, lo que lo obligó a alivianar su trabajo. En 2005 inició su última cruzada en Nueva York. Con casi cien años, falleció en 2018.

Su mayor legado, después de sesenta años de ministerio, ha sido la predicación bíblica. Él hablaba el lenguaje de las personas y no usaba otro recurso que no sea la Palabra. Su gran consejo fue: “Estudie la Biblia para ser sabio, crea en la Biblia para ser salvo, siga sus preceptos para ser santo”. ¿Cómo se salvarán, si no hay quien les predique? Billy ya hizo su parte. ¿Y nosotros?

10 de marzo
Un pionero destacado

“Como está escrito: ‘¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!’ ” (Romanos 10:15).

Pablo, una vez más, se basa en lo que está escrito en el Antiguo Testamento para enseñarnos esta verdad. Así, cita Isaías 52:7 y expresa el valor de un enviado. En los tiempos de Isaías, el mensaje produjo alegría porque anunciaba la liberación del cautiverio en Babilonia, que prefiguraba la venida del Mesías. Pablo, por su parte, al escribir a los romanos, se refiere a la redención y la definitiva liberación de la esclavitud del pecado. El mensaje no es cualquier mensaje. ¡Son las buenas nuevas del evangelio!

La historia del Pr. J. N. Andrews es sencillamente extraordinaria. Él fue el primer misionero oficialmente enviado al extranjero por la Iglesia Adventista, fue el tercer presidente de la Asociación General y fue quien logró leer la Biblia en siete lenguas, y podía repetir de memoria todo el Nuevo Testamento. Cuando Elena de White escribió a los primeros creyentes en Europa, les dijo: “Les enviamos al hombre más capaz que teníamos en nuestras filas”.

Su jovencita hija Mary fue de gran ayuda en el campo misionero, en la preparación de la primera publicación al francés. Desdichadamente, contrajo tuberculosis. El Pr. Andrews buscó la mejor atención médica para ella, y noche y día acompañó a su hija agonizante, aun cuando le aconsejaban que se cuidara, para no contagiarse. Mary falleció el 27 de noviembre de 1878, a los 17 años.

En el diario, puede leerse lo siguiente: “Ayer en la mañana, a las 4:30, mi querida hija Mary falleció. Esta niña me ayudó mucho en Europa. Incluso cuando pasamos por momentos de privación, ella enfrentó todo con coraje, paciencia, fe y esperanza. Lo que sufrió allá hizo que se enfermara de tuberculosis, la que avanzó rápidamente. Ella enfermó cuando su ayuda se había vuelto muy valiosa. ¿Quién estará allá, que pueda tomar su lugar?”

Andrews había perdido a su esposa y a su hija, pero él seguía pensando con corazón de enviado. Siguió caminando por mar y tierra y, pocos años después, él mismo contrajo tuberculosis. Mientras la enfermedad avanzaba y su cuerpo se deterioraba, pidió un bolígrafo y un trozo de papel. Reuniendo sus últimas fuerzas, escribió: “Dejo quinientos dólares para la Misión en Europa”. Luego, dijo: “¿Hay algo más que pueda hacer por la causa de Dios?” Y, mientras los pastores oraban, él descansó.

En Crespo, Argentina, en el museo de la primera iglesia en Sudamérica, hay una inmensa placa que dice: “Por su Espíritu, ellos comenzaron; nosotros terminaremos”. Necesitamos el mismo espíritu de sacrificio y compromiso de Andrews y de todos nuestros pioneros.

¿Somos nosotros los que terminaremos la misión para que Jesús pueda venir? Si no somos nosotros, ¿quiénes? Si no es ahora, ¿cuándo?

11 de marzo
La Biblia y el paracaídas

“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).

¿Dónde se consigue la fe? ¿Cómo se fortalece la fe? Pablo dice a los romanos que la fe viene por oír la Palabra; es decir, por leer, meditar, aprender y aplicar lo que dice la Biblia a nuestra vida. En tanto eso ocurre, fortalecemos la fe.

El Pr. Adolfo Suárez recomienda estos pasos para meditar y espaciarnos en la Palabra:

1-Estudiar la Palabra: Debemos usar y ejercitar el intelecto y la memoria, a fin de alcanzar la comprensión de la Palabra de Dios.

2-Reflexionar sobre la Palabra: Debemos pensar con seriedad, a fin de obtener prudencia y juicio. Reflexionar es inclinarse con calma frente a las orientaciones divinas, con el propósito de aplicarlas a nuestra vida diaria.

3-Hablar de la Palabra: Al estudiar la Biblia y reflexionar en sus enseñanzas, se nos impulsa a guardar en nuestra memoria sus pasajes y sus capítulos. El proceso indicado en Deuteronomio 6:7, por el que se nos insta a hablar, conversar y declarar la Palabra, facilita el memorizar porciones bíblicas.

4-Pensar a partir de la Palabra. El resultado final de este proceso es que la Palabra se vuelve una guía de nuestros pensamientos; es decir, una referencia. Nuestro modo de pensar pasa a construirse a partir de aquello que leemos de la Escritura, y luego nuestros pensamientos impactan nuestras acciones.

Este tipo de estudio, meditación, reflexión sobre la Biblia no solo cultiva nuestro intelecto, sino además imparte, fortalece y aumenta nuestra fe, constituyéndose en el gran agente de Dios para la transformación del carácter.

“Si se la estudia y obedece, la Palabra de Dios obra en el corazón, subyugando todo atributo no santificado. El Espíritu Santo viene a convencer del pecado, y la fe que nace en el corazón obra por amor a Cristo, y nos conforma en cuerpo, alma y espíritu a su propia imagen. Entonces Dios puede usarnos para hacer su voluntad. El poder que se nos da obra desde adentro hacia afuera, induciéndonos a comunicar a otros la verdad que nos ha sido transmitida”, sostuvo Elena de White en la página 7 de El discurso maestro de Jesucristo.

Roberto es no vidente. Él leyó la Biblia por medio del sistema Braile y medios auditivos 48 veces. ¿Y nosotros? ¿Podemos renovar o iniciar nuevos y mejores hábitos de estudio y reflexión? ¿Estamos leyendo, asimilando, integrando de esta manera el mensaje de Dios a nuestra vida?

La Biblia es como un paracaídas: sino la abrimos, no sirve. Abre, oye, medita, aplica y comparte. Seamos reavivados por su Palabra, porque la fe viene y se hace fuerte por oír y seguir la Palabra.

12 de marzo
Déjate abrazar

“Pero acerca de Israel dice: Todo el día extendí mis manos a un pueblo desobediente y rebelde” (Romanos 10:21).

El Cristo Redentor, considerado como uno de los mayores monumentos simbólicos de América del Sur, es una obra de arte que plasma a Jesucristo, localizada en el extremo del cerro del Corcovado, a 709 metros sobre el nivel del mar, en la ciudad de Río de Janeiro, Brasil.

Levantado en un lugar paradisíaco, fue elegido en 2007, en una votación por Internet y por teléfono, como una de las siete maravillas del mundo moderno. En 2012, la UNESCO consideró al Cristo Redentor como patrimonio mundial de la humanidad.

El Cristo Redentor tiene una altura de 38 metros (30 del monumento y 8 del pedestal) y equivale a un edificio de 13 pisos. Sus brazos se extienden por 28 metros de ancho. El monumento puede resistir vientos de 250 km por hora. Más allá de la simbología y de la imponencia de esta obra de arte, este Cristo Redentor es de hierro y piedra: un Cristo que extiende sus brazos, pero su rostro no ve, sus ojos están cerrados y su corazón no siente nada. Todo es de piedra.

En el texto de hoy, Pablo vuelve a citar a Isaías para expresar el amor y la paciencia de Dios, a pesar de la desobediencia y la rebeldía de su pueblo. Jesús, el verdadero que está en el cielo, tiene hoy y cada día sus brazos abiertos y extendidos. Son brazos de protección, de compasión, de misericordia y de perdón. Son los brazos que nos formaron y que un día, también extendidos, fueron clavados en una cruz por nosotros.

Elena de White afirma: “Dios, en Cristo, diariamente está rogando a los hombres que se reconcilien con él. Con los brazos extendidos, está listo para recibir y dar la bienvenida no solo al pecador sino también al pródigo. Su amor agonizante, manifestado en el Calvario, es la seguridad que tiene el pecador de aceptación, paz y amor. Enseñe Ud. estas cosas en la forma más sencilla para que el alma entenebrecida por el pecado pueda ver la luz que brilla del Calvario” (Mensajes selectos, t. 1, p. 209).

Los brazos de Cristo están siempre extendidos para todos los pecadores, sean desobedientes, rebeldes o pródigos; y ofrecen un abrazo protector y salvador. Su rostro, el mismo que fue “coronado” con una tiara de espinas, nos mira con ternura ofreciendo restauración y vida nueva. Sus ojos, siempre abiertos, atentos a cada uno de sus hijos como si fuera lo único que tuviese que atender en todo su Universo.

Querido lector: Este Cristo no está afectado por huracanes, vientos o rayos. Más bien, tiene capacidad de calmar aun las más furiosas tormentas que podrían afectar tu vida. Sus brazos están extendidos. Déjate abrazar.

13 de marzo
¿Rama o injerto?

“Las ramas fueron desgajadas para que yo fuera injertado” (Romanos 11:19).

El olivo es uno de los arboles más antiguos y de larga vida. Es típico de climas mediterráneos, pero su cultivo se ha extendido a casi todo el mundo para la producción de aceitunas y aceites. No se destaca por su altura o belleza, sino por sus raíces profundas, fuertes y extendidas, razón de su supervivencia y producción. Una sola planta puede rendir unos 60 litros de aceite al año.

Una parábola relatada en el libro de Jueces cuenta que los arboles decidieron elegir su rey. ¿Quién fue elegido en primer lugar? El olivo. Los escritores bíblicos utilizaron el olivo en sentido figurado para ilustrar el amor de Dios y su pacto con su pueblo.

Pablo también utiliza la parábola del olivo para referirse a judíos y gentiles. La práctica más usual era injertar vástagos de plantas cultivadas en troncos de plantas silvestres. Desde luego, también ocurría lo contrario: se usaban vástagos de plantas silvestres para ser injertados en las plantas cultivadas, con el propósito de suministrar vigor nuevo.

Por eso, Pablo dice que esos son injertos contra naturaleza, es decir, haciendo algo que no era lo normal, ya que lo silvestre fue injertado en lo cultivado. Así, los gentiles fueron “injertados” en los judíos. El injerto podía combinar la fuerza y la resistencia de las raíces con el vigor juvenil, con el objetivo de conseguir una mejor producción.

Dios tiene una advertencia para los injertados, a fin de que no se consideren superiores a los originales: fueron injertados por su fe. ¡Cuidado con la soberbia y con el pensar grandezas! En cambio, ellos necesitaban mantener la humildad y una vida consecuente.

Dios trata a las ramas desgajadas por su incredulidad con severidad. Es la única vez en todo el Nuevo Testamento que se usa esta palabra, que significa “amputar”, “cortar” y “separar”. Dios trata a los injertados que son agregados por la fe con bondad y mansedumbre.

Dios les dice que lo fundamental no es la rama original ni el vástago injertado, sino la raíz. Ambos necesitan una dependencia exclusiva y permanente de la raíz.

“A menos que hundan sus raíces en la verdad de la Biblia y se fundamenten en ella y mantengan una conexión viviente con Dios, muchos quedarán infatuados y engañados [...]. Nuestra única seguridad consiste en velar y orar constantemente. Cuanto más cerca de Jesús vivamos, tanto más participaremos de su carácter puro y santo; cuanto más ofensivo nos resulte el pecado, tanto más deseables nos parecerán la pureza y el resplandor de Cristo” (Elena de White, Consejos sobre la salud, p. 625).

14 de marzo
Ustedes ¿me van a ayudar?

“Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Romanos 11:29).

En 1989, un terremoto de magnitud 8,2 grados en la escala de Richter arrasó Armenia en menos de cuatro minutos. En medio de la total devastación y el caos, un padre corrió hasta la escuela, donde esperaba encontrar a su hijo. Al llegar, descubrió que el edificio estaba destruido hasta los cimientos. Envuelto en llanto, recordó la promesa que había hecho a su hijo: “Pase lo que pase, yo siempre estaré contigo para ayudarte”.

Y fue allí, justo en la ubicación del aula de su hijo, donde inició su obra de rescate. Otros padres, madres, bomberos y policías, todos con buenas intenciones, querían disuadirlo: “Es demasiado tarde, ya no vale la pena ningún esfuerzo”.

Pero él clamaba: “¿Van a ayudarme?” y seguía excavando piedra tras piedra, escombro tras escombro… Sus fuerzas decaían y las manos le sangraban. Estuvo ocho horas cavando. Doce. Veinticuatro. Treinta y seis. Y, cuando ya llevaba 38 horas cavando, al retirar un gran trozo de piedra oyó la voz de su hijo y lo llamó con todas sus fuerzas: “¡Armando!”

Emocionado, escuchó la voz de su hijo. Era débil, pero segura: “Papá, les dije a los otros chicos que no se preocuparan, que tú nos salvarías. Tú me prometiste que pasara lo que pasara siempre estarías conmigo. Aquí estamos 14 de los 33 alumnos. Tenemos miedo, hambre y sed, pero gracias a Dios estás aquí. Cuando se derrumbó el edificio se formó una cuña, una cámara de aire que nos salvó la vida”.

¡Cuántos yacen bajos los escombros de pecado, ya casi sin oxígeno, sin ninguna posibilidad de salir por sus propios medios! ¡Cuántos necesitados de un equipo de rescate que actúen con urgencia, perseverancia y sacrifico! Somos la única oportunidad de muchos. Nuestro Padre, con corazón sangrante, clama y nos dice: “¿Ustedes me van a ayudar?”

Pablo nos muestra en el versículo de hoy que la elección soberana de Dios por Israel, como así también por todos los creyentes de todos los tiempos, es inmutable porque es la manifestación de su carácter de misericordia expresado en la búsqueda, el rescate y la restauración del pecador. Somos colaboradores con Dios. Como Jesús, debemos buscar y salvar lo que está perdido.

Todas nuestras energías, sueños y prioridades deben ser encauzadas en la obra de salvar a las almas por las cuales Cristo murió, porque “la más alta de todas las ciencias es la de salvar almas. La mayor obra a la cual pueden aspirar los seres humanos es la de convertir en santos a los pecadores” (Elena de White, El ministerio de curación, p. 310).

Que nuestra respuesta sea tan irrevocable como su amor.

15 de marzo
Si mil vidas tuviera...

“Por lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo” (Romanos 12:1).

Los resultados de haber sido justificados por la gracia y por la fe son una vida de santificación. Pablo ruega que, en consideración a las misericordias de Dios, presentemos voluntaria e inteligentemente la vida entera, cuerpo, mente y espíritu, como un sacrificio vivo para Dios. Los servicios ceremoniales del Antiguo Testamento ofrecían sacrificios muertos, pero Pablo desafía a vivir por Cristo. Después de todo, quien vive por él también está dispuesto a morir por él. Tal vez el Señor pida a algunos morir por él, pero nos pide a todos que vivamos para él.

En ocasión de la independencia del Perú, declarada el 28 de julio de 1821 en Lima, ocurrió el sacrificio de José Olaya. Él era un excelente nadador, que servía a la causa de la independencia. Sucre necesitaba comunicarse con los patriotas de Lima, ya que quería conocer los movimientos de los realistas, y Olaya era el portador de los mensajes.

Así, él llevaba de manera escondida los mensajes nadando quince kilómetros por el mar, entre Chorrillos y Lima. Esa ruta estaba muy vigilada, de modo que el riesgo era muy grande. El 27 de junio de 1823, cuando llevaba (entre otros recados) una carta de Sucre para Narciso de Colina, Olaya fue descubierto por los realistas. Antes de ser apresado, arrojó las cartas. Otra versión dice que se comió las misivas.

Para obtener información, sus captores intentaron de todo. Sin embargo, de nada sirvieron halagos, promesas, apaleamientos, extracción de las uñas, trituración de pulgares, ni la presencia dolorosa de su madre. ¡Qué dilema! Escoger entre el afecto entrañable a la madre o la seguridad de los patriotas. ¿Era preferible que su madre lo llorase muerto a que se avergonzara de verlo vivo y traidor? En medio de las torturas y antes de morir fusilado, pronunció su célebre frase: “Si mil vidas tuviera, gustoso las daría por mi patria”. Conmueve tal entrega y compromiso en favor de la liberación de su pueblo.

¿Estás dispuesto, como Olaya, a dar tu vida por una causa? ¿Qué costo estás dispuesto a pagar por vivir fielmente tu fe y compartir perseverantemente la esperanza? ¿Cuán dispuestos estamos nosotros a dar nuestra vida en sacrificio vivo y en servicio fiel hasta la muerte?

Nuestra vida debe ser ofrecida a Dios como una ofrenda perfecta y un sacrifico vivo, porque “Dios no quedará satisfecho sino con lo mejor que podamos ofrecerle. Los que lo aman de todo corazón desearán darle el mejor servicio de su vida, y constantemente tratarán de poner todas las facultades de su ser en perfecta armonía con las leyes que nos habilitan para hacer la voluntad de Dios” (Elena de White, Cristo en su Santuario, p. 34).

¿Cuántas vidas estás dispuesto a dar?

16 de marzo
Transformados

“No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:2).

El mensaje de Pablo es claro y directo. No conformarse al mundo, sino ser transformado. En verdad, a menos que seamos transformados, seremos conformados al mundo.

Conformarse significa adaptarse, acomodarse, concordar, armonizar, adecuar, resignarse, aguantarse, avenirse, plegarse, acceder, transigir y asentir. Conformarse es amoldarse al mundo; es decir, adquirir la forma del mundo, su violencia, sus antivalores, su incoherencia de discursos distantes u opuestos a las prácticas, su materialismo, su egocentrismo, su indiferencia, lo superficial y su “sálvese quien pueda”. Somos bombardeados por la publicidad, influenciados por el ambiente, agobiados por un mundo exterior cada vez más fuerte y una vida interior cada vez más débil. Conformarse al mundo no requiere ningún esfuerzo, es solo dejarse llevar por la corriente.

En contraste, la transformación diaria por la renovación del entendimiento es otra cosa. Esto requiere ejercicio de la voluntad, dominio propio, disciplina y lucha permanente; la decisión de conocer y someterse permanentemente a la voluntad de Dios. Es remar contra la corriente. Es un vivir inconforme o disconforme con el mundo. No desde la crítica o la manifestación política, sino desde la conducta que armoniza y muestra el carácter de Jesús.

Podemos ser influenciados por la cultura o influenciadores de la cultura. El ruego de Jesús no fue que fuésemos quitados de este mundo, sino guardados del mal. Él mismo nos envía a todas las naciones a llevar y vivir un mensaje que transforma y cambia vidas, que genera paz, esperanza y destino de eternidad.

¿Hay alguna cosa en la que te estás conformando con el mundo? ¿Un estilo, un hábito, una práctica o una actitud? Necesitamos una transformación por medio de un pensamiento renovado.

Mateo utiliza la misma palabra original que empleó Pablo para “transformación”, al relatar la transfiguración de nuestro Señor, cuando su gloria y su interior divino fueron claramente reflejados y evidenciados en su exterior. De igual manera, el creyente transformado lo muestra en su exterior y en su interior redimido por la sangre del Cordero. Esto es mostrar a Cristo en la vida diaria. Y esto solo ocurre cuando nuestra mente se renueva por la acción del Espíritu Santo en el estudio de su Palabra y en el orar sin cesar.

No te conformes hoy a este mundo y sus males. Necesitamos gente inconforme con el mundo, transformada por el Señor y fortalecida por su Palabra. No digas “Todo el mundo lo hace”, porque Dios dice “No vivas como vive el mundo”. No llevemos el mundo ni a nuestra vida ni a nuestra iglesia; llevemos nuestra vida y la iglesia al mundo.

17 de marzo
Actualiza tu valor

“Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener” (Romanos 12:3).

Según Maxwell Maltz, “la autoestima baja es como conducir por la vida con el freno de mano puesto”. Por su parte, Malcolm S. Forbes dijo: “Hay demasiadas personas que sobrevaloran lo que no son y subestiman lo que son”. Algunas personas se subvalúan, se consideran debajo de su valor, mientras que otras se sobrevalúan, se ponen un precio mayor del que tienen. ¿Cuál es el punto saludable?

El cuerpo humano contiene oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, fósforo, calcio, potasio, azufre, sodio, cloro, magnesio y cantidades minúsculas de otros elementos. ¿Cuál sería el valor económico de los elementos químicos básicos que componen el cuerpo humano? Pocas monedas. ¿Cuál sería el costo de las estructuras más complejas formadas a partir de los elementos básicos, tales como como ADN, las proteínas, los anticuerpos? Miles de monedas. ¿Cuál sería el costo de órganos vitales, tales como corazón, pulmones, riñones, medula? Millones de monedas.

En tanto lo hagamos con cordura, es decir, con sabiduría, debemos reconocer nuestras virtudes, defectos, fortalezas y debilidades.

La humildad es el resultado de la entrega de la vida a Dios, que nos lleva a tener una mente renovada. Es muy importante estimarse a uno mismo. Esa estimación debe elaborarse con buen juicio y sabiduría. El mismo Jesús nos indicó el camino: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Pablo, además, agrega un detalle: todo es según la medida de fe. La naturaleza pecaminosa se estima según los valores del mundo; cada uno vale por lo que tiene. En contraste, para los que son dependientes de Dios, cuanto más grande es su fe más valiosos se vuelven; pero saben reconocer que es en virtud del amor de Dios. Nunca podemos estar orgullosos de nuestra humildad, porque no sería verdadera humildad.

¿Qué imagen o concepto tenemos de nosotros? ¿Idealizado, ficticio o impostado? Algunos intentan mostrarse en las redes sociales como les gustaría ser, no como son. Si la autoimagen coincide con la realidad, entonces tendremos una personalidad sana; si no, esa incoherencia terminará enfermando y destruyendo todo.

Nada te coloca en verdadera perspectiva como aceptar y agradecer que fuiste redimido por el sacrifico de Cristo. Eres tan indigno que él tuvo que morir. Eres tan digno que lo habría hecho solo por ti. Actualiza tu valor.

18 de marzo
Agentes de esperanza

“Gozosos en la esperanza” (Romanos 12:12).

El término “agente” se aplica al sujeto que realiza o ejecuta la acción del verbo. Entre tantos otros, encontramos agentes literarios, económicos, de seguridad, infecciosos, biológicos, casuales y permanentes.

Para Pablo, la esperanza es el mayor motivo de una vida gozosa, pues sus alcances son presentes y también eternos. Alguien que se goza en la esperanza es aquel que en nombre del Señor realiza un fuerte impacto en un ambiente infectado por el pecado, y, como agente, transmite buenas noticias restauradoras de la salud y de la vida.

Se requiere agentes de esperanza para llegar a gente sin esperanza. Como bien decía Martin Luther King: “La esperanza es el sueño del hombre despierto, y si ayudamos a una sola persona a tener esperanza, no habremos vivido en vano”.

En 1977, en el inicio de mi ministerio en la ciudad de General Roca, Argentina, conocí a una hermandad maravillosa. Tengo de ellos los mejores recuerdos y desbordante gratitud, pues marcaron mi ministerio para siempre. Allí conocí a Héctor, quien había sido muy golpeado por los vicios, especialmente el alcohol. Esto estaba arruinando su salud, su economía y su familia. Un día se cayó en un pozo de 27 metros. Sin salida, todo parecía terminar. Antes de desmayarse, en la profundidad del pozo clamó por auxilio divino. Fue asistido y llevado al hospital. Estuvo semanas entre la vida y la muerte. El Señor salvó su cuerpo, pues también quería salvar su alma.

Apenas tuvo el alta, regresó a su casa, y en cuanto estuvo en condiciones, comenzó a recorrer la ciudad buscando una iglesia. Entonces, encontró la nuestra. Entró y nunca más salió. Luego, él estudió la Biblia y se bautizó junto con su familia. Cuando llegué a General Roca, él era maestro de Escuela Sabática, director misionero y anciano de iglesia. Todos los años tenía la alegría de llevar decenas de personas a Jesús. ¿Por qué? Porque él era un gozoso agente de esperanza que trabajaba por gente sin esperanza.

Cierto día, me contó un “secreto”: ¡No sabía leer! Es decir, era maestro, instructor bíblico... ¡y no sabía leer! Entonces, me mostró su Biblia llena de cintas que marcaban los distintos temas y pasajes. Él hacia las preguntas y pedía a la gente que leyera.

¡Cuánto puede hacer Dios cuando colocamos todo en sus manos! Ese día me mostró unas marcas en su pecho, producto de la caída “mortal” en el pozo, que el amor y el poder de Dios transformó en vida nueva. Sus marcas eran de esperanza. Con gratitud y gozo, Héctor vivió como un agente de esperanza. Hoy ya descansa en las seguras promesas del Señor.

¿Qué marcas de gozosa esperanza hay en tu vida? ¿Qué tipo de marcas estás dejando en la vida de otros?

19 de marzo
Sufrido, consolado y victorioso

“Sufridos en la tribulación” (Romanos 12:12).

En el pasaje anterior, Pablo enfatizaba los dones concedidos a la iglesia y el gozo de la esperanza. Ahora, de manera inmediata, aparece el contraste de los “sufridos en la tribulación”. Pablo insiste mucho con este tema. Él mismo lo sufrió en carne propia toda la vida, por eso recomienda que seamos resistentes, pacientes y sufridos, porque tarde o temprano los propósitos divinos se cumplirán.

Una madre, de apenas 26 años, se paró al lado del lecho de su hijito que transitaba los últimos momentos de su vida. Solo tenía seis años, y no tendría chances de crecer y alcanzar sus sueños. Así que, su mamá hizo todo lo posible para que, al menos, uno de estos fuese realidad. Asegurando con fuerzas la mano de su hijo, le preguntó: “Billy, ¿qué te gustaría ser cuando seas más grande?” Sin dudarlo, el niño dijo: “Siempre quise ser un bombero”.

Rápidamente, la mamá hizo los arreglos. Fue al cuerpo de bomberos en Phoenix (Arizona, Estados Unidos) y encontró a un bombero muy gentil, llamado Bob. Le explicó la situación de su hijo, y le pregunto si, como último deseo, podrían darle una vuelta en la autobomba de los bomberos. Sonriente, Bob le ofreció hacer algo más que eso: lo harían bombero honorario durante todo un día, para estar con ellos en el cuartel, compartir la comida, responder las llamadas y salir a atender las emergencias. Incluso, harían un uniforme para él.

Tres días después, el bombero Bob vistió a Billy y le obsequió su nuevo uniforme. Luego, lo llevaron desde el hospital hasta el cuartel en el camión de bomberos. Tres incidentes sucedieron ese día, y Billy estuvo en ellos.

Después de esta demostración de cariño, Billy tuvo una mejoría y vivió tres meses más de lo que los pronósticos médicos habían estimado. Cierta noche, sus signos vitales comenzaron a caer de manera dramática. Toda la familia estaba allí, acompañando, y tuvieron la idea de llamar al cuerpo de bomberos.

El comandante decidió ir con el camión y, frente a la ventana del hospital, hicieron sonar sus sirenas con sus luces. De prisa, con la escalera extendida sobre la ventana, 16 bomberos fueron hasta su cuarto. Con sus últimas fuerzas, Billy preguntó al comandante si había sido un buen bombero. “Sí”, respondió el hombre, “¡has sido uno de los mejores!” Con una sonrisa, Billy cerró sus ojos y ya no los volvió a abrir.

Sean cuales fueren tus tribulaciones, puedes ir hasta el “cuartel de bomberos” del Universo. El Comandante te rodeará con todos sus recursos, y en hora y forma cierta tus luchas serán vencidas. De sufrido, no solo pasarás a ser consolado; también serás victorioso. Dios siempre cumple sus sueños. Entrégate hoy en sus brazos.

20 de marzo
Héroes verdaderos

“No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Romanos 12:21).

Todos sabemos cómo tratar bien a los que nos tratan bien. Sin embargo, no siempre lo conseguimos. Ahora, pretender hacer bien al que nos hace mal es cosa seria. La tradicional “Ley del Talión” es un principio jurídico de justicia retributiva, por el que la norma imponía un castigo acorde al crimen cometido, obteniendo la reciprocidad. “Talión” deriva de la palabra latina tallos, que significa “idéntico”, o “semejante”, es decir, que la pena no debe ser equivalente sino idéntica. Jesús y Pablo presentan un camino inverso a fin de que no seamos vencidos por el mal: declaran que venzamos el mal con el bien.

Cuando la escritora canadiense Margot von Sluytman era adolescente, en 1978, su padre, Theodore, fue asesinado en la tienda donde trabajaba. Cuando la familia recibió la noticia, quedó devastada. Glen Flett, un delincuente reincidente en crímenes, fue preso y condenado por el asesinato. En la prisión fue alcanzado por Cristo, se arrepintió de todos sus pecados y se convirtió al evangelio.

Cuando terminó su condena, descubrió que Margot era una brillante y premiada escritora, y junto con su esposa hizo una donación secreta en favor de su trabajo. Poco después, la esposa de Glen recibió un correo electrónico con la pregunta de si ella estaba casada con Gent Flett, el hombre que había matado a su padre el 27 de marzo de 1978. Este mail abrió un dialogo virtual por un tiempo, hasta que se encontraron cara a cara. Glen pidió perdón, lloró, y Margot abrazó al asesino de su padre. ¿Cómo fue posible esto? Los amigos le decían a Margot que no reabriera sus heridas. Ella solo respondía: “Ahora estamos restaurados y tenemos esperanza”.

¡Qué tremendo ejemplo de perdón! No importa la gravedad de la situación, no podemos poner un signo de interrogación donde Dios ya colocó un punto final. Bien decía Tertuliano: “Si quiere ser feliz por un instante, vénguese; si quiere ser feliz para siempre, perdone”. Esto significa pagar al mal con el bien. Ese pago hace bien tanto al ofensor como al ofendido. Solo los abrazados por Dios pueden abrazar de esta manera.

“La verdadera grandeza y nobleza del hombre se mide por el poder de los sentimientos que subyuga, y no por el poder de los que lo dominan. El hombre fuerte es el que, aunque sensible al maltrato, domina sus pasiones y perdona a sus enemigos. Los tales son verdaderos héroes” (Elena de White, Mente, carácter y personalidad, t. 2, p. 331).

Hoy, sé un verdadero héroe y haz bien al que te hizo mal. No es fácil, pero sí necesario y válido. Dios siempre reparará un corazón quebrado. Para ello, debes entregarle todos los pedazos.

21 de marzo
Cómo pagar todas las deudas

“No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros, pues el que ama al prójimo ha cumplido la Ley” (Romanos 13:8).

Vivimos en un tiempo de deudas. Las personas, las familias, las instituciones y hasta los países están endeudados. Se dice que el ser humano tiene tres centros nerviosos: el cerebro, el corazón y… ¡el bolsillo! Al parecer, solemos inquietarnos más cuando nos tocan el bolsillo que cuando están en juego el cerebro y el corazón, ¿verdad? En el texto, Pablo no dice que no debemos pedir prestado dinero; dice que si estás debiendo algo, debes pagarlo. A veces la deuda es legítima, y se dedica a suplir necesidades reales. Otras deudas podrían haberse evitado.

“Muchas personas gastan dinero que no han ganado, para comprar cosas que no quieren, para impresionar a personas que no les agradan”, sostuvo W. Smith de manera irónica. Y es así. Las deudas generan complicaciones adicionales. Por ejemplo, muchas relaciones entre familiares y amigos se han visto afectadas por las deudas. Ya lo decía Séneca: “Por una pequeña suma de dinero, se vuelve uno tu deudor; si la suma es grande, se vuelve tu enemigo”.

La Biblia nos desafía a evitar la codicia, el materialismo; a hacer previsión, a constituir ahorros y aprender a contentarnos. Pero, más allá de toda actitud y hábito de cuidado, pueden existir situaciones que hacen necesario endeudarse. No tener deudas sería la manera más segura de evitar que se venza el plazo; pero, si existen, Pablo recomienda que se cancelen lo antes posible.

Elena de White también nos aconseja al respecto: “La clase de educación más alta que pueda darse es la consistente en evitar las deudas tanto como se evitaría la enfermedad” (Joyas de los testimonios, t. 2, p. 470). Y agrega que podemos vivir en armonía con las entradas, mantener los gastos dentro de esos límites, aprender a economizar, huir de la complacencia egoísta, evitar la ostentación, no gastar en lo innecesario, y no usar las deudas como excusa para dejar de ser fieles en la devolución de los diezmos o generosos con las ofrendas,

El cristiano podrá pagar todas sus deudas, pero Pablo asegura que hay una que nunca podrá pagar: amar al prójimo como respuesta al amor que recibimos de Jesús. Esta es una obligación que nunca será saldada mientras haya un prójimo a quien amar.

Cuando Jesús realizó el milagro de alimentar a la multitud, además de amarlos, les enseñó una lección de economía. Dijo a los discípulos que juntaran todo lo que sobró sin que se perdiera nada.

Que Dios te ayude hoy a cancelar todas tus deudas. Menos una, ya que debemos recordar que “deuda de dinero y deuda de gratitud son cosas diferentes” (Cicerón). Las deudas de dinero se pagan; las de amar al prójimo como expresión de gratitud a Dios duran toda la vida.

22 de marzo
Es hoy, ¡ahora!

“Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño, porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos” (Romanos 13:11).

Es hoy, más que nunca. Ahora es el tiempo. Hay personas que no prestan mayor atención al tiempo. Creen que es accesible en todo momento; algunos olvidan sus compromisos, otros llegan siempre tarde o no llegan, total, “mañana será otro día”.

Muchas veces nos vestimos de razones que en el fondo solo son excusas, que por disfrazadas que parezcan no son otra cosa que excusas. Cervantes aseguraba: “Cuando consideramos en qué momento deberíamos comenzar, a menudo es demasiado tarde para actuar”. Por su parte, el gran científico Albert Einstein afirmaba: “Cuando pienso en el futuro, siempre viene demasiado tarde”. Cuando preguntaron a Alejandro Magno cuál era el secreto de sus conquistas, respondió: “Estar siempre a tiempo y no demorarse nunca”.

Dwight Moody (1837-1899) fue un famoso evangelista, fundador del Instituto Científico Moody, que resaltaba al Dios creador y sustentador del Universo, mostrando cómo en cada disputa entre la ciencia y la Palabra, finalmente la Biblia tiene razón. En el comienzo de su ministerio, solía terminar sus predicaciones con este mensaje: “Vayan a casa, piensen y resuelvan qué hacer con este tema estudiado”.

Hasta aquella trágica y famosa noche del incendio en Chicago, una de las mayores tragedias del siglo XIX en Estados Unidos. En un juego clandestino de apuestas, un grupo estaba escondido en un establo e iluminado por un farol, y un apostador llamado Cohn derribó la lámpara y se prendió fuego la paja. Las llamas se propagaron de forma muy veloz, y en 48 horas destruyeron 18.000 edificios, 100.000 personas quedaron en situación de pobreza y 300 murieron. Cohn culpó a una vaca, que habría derribado accidentalmente el farol, pero abrumado por la culpa finalmente él mismo confesó su responsabilidad, y dejó a la ciudad de Chicago un generoso donativo y una carta de su puño y letra en la que confesaba la verdad poco antes de su muerte, a los 89 años.

Muchos que había escuchado a Moody esa noche perecieron en el incendio, y desde ese día Moody nunca más admitió tomarse un día para pensar. “Es hoy, ahora. Si hay una decisión que tomar, un hábito que dejar, una verdad que vivir o una acción que realizar… todo es ahora. El único latido de corazón que nos pertenece late ahora”.

“Desear ser bondadosos y santos es rectísimo; pero si no pasáis de esto, de nada os valdrá. Muchos se perderán esperando y deseando ser cristianos. No llegan al punto de dar su voluntad a Dios. No deciden ser cristianos ahora” (Elena de White, El camino a Cristo, p. 48).

Señor, ayúdame a vivir como tu hijo ahora, ahora y ahora .

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