Kitabı oku: «Mis suspiros llevan tu nombre»

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Mis suspiros llevan tu nombre

C. Martínez Ubero


Primera edición en ebook: enero, 2020

Título Original: Mis suspiros llevan tu nombre

© C. Martínez Ubero

© Editorial Romantic Ediciones

www.romantic-ediciones.com

Diseño de portada: Olalla Pons - Oindiedesign

ISBN: 978-84-17474-59-1

Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.


Dedicado a quienes, en los momentos más oscuros,

me hicieron ver lo hermosa que es la luz

PRÓLOGO

No me arrepentí ni un solo instante de la decisión que había tomado, por primera vez en mucho tiempo me sentía realmente bien. Recogí mi pelo, me coloqué la bata blanca, que llevaba con tanto orgullo, y salí al exterior de la pequeña casita donde ahora vivía y trabajaba.

El día era de nuevo precioso. Puse la mano sobre mis ojos, a forma de visera, y miré hacia las enormes montañas que rodeaban aquel inigualable paisaje africano. ¿Quién me iba a decir que iba a encontrar la felicidad tan lejos de todo y de todos?

Desde allí mismo podía escuchar las voces de los pequeños que se acercaban hasta la puerta de nuestra modesta consulta; ellos iban ataviados con sus sencillos uniformes del colegio. Llegaban entre juegos, amontonaban sus escasos libros a un lado del camino y nos deleitaban con sus cánticos. Mi compañera sacó unos caramelos y me pasó un buen puñado. Cada mañana nos visitaban para darnos los buenos días de esa forma tan especial y nosotros se lo agradecíamos con algunas chucherías. Al vernos, los pequeños acudieron corriendo hasta nosotras, me agaché para esperarlos con las manos llenas; en medio de sus bromas me empujaron, caí al suelo entre sus risas y las mías. Cuando se quitaron de encima, yo quedé tumbada en el suelo, sin poder dejar de reír.

Es verdad que a él no podría olvidarlo nunca, a ese hombre lo tendría marcado a fuego en mi piel por el resto de mis días, pero mi vida tenía ahora todo el significado que había estado buscando siempre y no me había hecho falta nadie para conseguirlo; lo había logrado todo, como siempre quise, por mí misma.

CAPÍTULO 1

Es tan curiosa la vida, nada de lo que puedas planear, por muy bien hilvanado que tengas cada uno de tus movimientos, tiene porque salir como lo pensamos. El destino es caprichoso y cuando crees poder tenerlo todo controlado, va él y te lo desorganiza a su antojo. Hoy, montada en este avión de regreso a casa, echo la vista atrás y todo es tan irreal que más me parece una de esas historias rebuscadas de las novelas “venezolanas”, que tanto me gustaban, que algo que me haya podido pasar a mí realmente. El cansancio me vence, pero tengo tantas cosas en la cabeza, que no puedo dormir; cierro los ojos entre sollozos de nuevo, y es entonces cuando mi mente vuela hacia el pasado, hasta aquella mañana, en lo que todo comenzó:

¡Qué calor hacía ese día! Todas mis amigas en la playa y yo allí, metida en la parte trasera de la camioneta de mi padre, aguantando a mi hermano y a él hablando de fútbol otro lunes más. ¡A quién le contara que en pleno corazón de la Costa del Sol tenía ganas que empezase otra vez la universidad, no se lo creería! Recuerdo lo enfadada que me encontraba, ¡estábamos a punto de cumplir veintiún años (digo estábamos, porque mi hermano y yo somos mellizos), pero aun así mi padre se empeñaba en llevarnos de un lado a otro como a dos niños! Le había pedido un millón de veces que me dejase descansar unos días junto a mis amigas, pero no, otra vez aquel “bendito” verano tuvimos que volver a echarle una mano con los arreglos en los jardines de los “ricachones” de la zona. Bien era verdad que, desde la muerte de nuestra madre, cuando éramos aún bastante pequeños y siempre que no estuviésemos en clase, nos llevaba de un lado a otro, con la excusa ser “indispensable” nuestra ayuda. Más niños, eso nos hacía sentir importantes, pero ya mayores, nos dábamos perfecta cuenta que solo era una excusa para no dejarnos tanto tiempo solos en casa, al cuidado de cualquier vecina o buscándonos jaleo con nuestros amigos. Ahora sonrió al recordar todos esos momentos, y reconozco todo lo que mi padre se ha esforzado siempre por nosotros, supongo que no solo lo hacía por su estricto valor del deber, creo que su esfuerzo fue más encaminado a que echásemos lo menos posible a mi madre, de la cual yo no solo era portadora de su nombre, Isabel, aunque todos me conocían como Sisí, sino también de su color cobrizo de pelo. Aún ahora sigue siendo muy cariñoso, cercano y comprensivo. Debo reconocer que ha sido mucho trabajo para un hombre solo, cuidar y educar a un par de críos, y más tarde a unos adolescentes, “algo rebeldes”, pero su amor siempre lo compensó todo.

Menos mal que ese sería el último trabajo de aquél caluroso día. ¡En cuanto termine me voy con mis amigas! Pensaba yo una y otra vez, llevaba hasta el biquini debajo de la ropa y un par de sándwiches en la bolsa para salir corriendo.

Estaba absorta en mis pensamientos cuando me di cuenta que ya había llegamos al chalet de los Grajal. Mi padre atendía el mantenimiento de su jardín desde hacía años, tantos como yo recordaba, semana tras semana se había encargado siempre de todos sus arreglos.

En concreto, en ese precioso chalet no me importaba tanto prestar la ayuda que me solicitaba mi padre. Allí pasaban algunas temporadas estivales sus “fantásticos” dueños. Era una pequeña familia compuesta por solo tres miembros: el abuelo Grajal y sus dos nietos (lo de “fantásticos” iba exclusivamente por los nietos). Por lo visto, los padres de los muchachos habían fallecido en un accidente de tráfico hacía ya muchísimos años. Y su no tan “fantástico” abuelo iba porque era un tipo bastante estirado y hasta me daba la impresión que bastante clasicista.

Fran, el pequeño de los Grajal, era muy amigo de mi hermano, tenía nuestra misma edad. El muchacho se pasaba las mañanas bastante aburrido, allí solo; era un joven muy simpático y divertido, pero en la urbanización apenas conocía a nadie de su edad y solía salir solamente con mi hermano Raúl y sus amigos. Él también empezaba, como nosotros, el tercer año en la “uni”, concretamente, estudiaba administración de empresas, aunque a caballo entre Madrid y Los Ángeles, donde vivían por temporadas, mientras nosotros lo hacíamos en nuestra preciosa Málaga (por ese lado tenía poco que envidiarles). Yo soñaba con ser la mejor traumatóloga del mundo y mi hermano un afamado abogado, ¡qué lo lográsemos ya era otro cantar!

Nada más bajar de la “furgo” ya se podía escuchar a Alejandro Grajal, (o mejor dicho a “mi Alex”, que era como a mí me gustaba llamar al hermano mayor), “aporreando” su piano. Ni siquiera sabía si a él le haría gracia que le llamase de ese modo, porque desde que crecimos apenas tuvimos trato, pero así era como yo lo llamaba en mis ardientes sueños de veinteañera enamoradiza. (¡Qué daño hicieron las novelas eróticas a mis burbujeantes neuronas!). Pero volviendo al tema del hombre más interesante del mundo, recuero que él pasaba los días encerrado en su casa bajo la estrecha supervisión de su abuelo, practicando sus larguísimas sesiones al piano una y otra vez. Según los entendidos, era todo un erudito y se estaba haciendo un importante nombre en la música clásica, aunque yo no había escuchado hablar nunca de él fuera de aquel recinto (desde luego, el tipo de música que tocaba no era para la verbena del pueblo). Eso, y que mis gustos musicales eran bastante diferentes a lo que él practicaba, hacían que me abstuviese de opinar. Aunque, sin querer reconocérselo a los demás, después de tantos años escuchándolo tocar, al final me había acostumbrado y este era en el único sitio donde íbamos a trabajar que yo no me ponía los auriculares para oír mi música, sino que escuchaba la que él emitía y, excepto cuando tocaba aquellas piezas chirriantes, había aprendido a relajarme con ella. Como tiempo atrás, ese verano no había sido nada excepcional en lo referente a nuestros encuentros, no había conseguido hablar con él y apenas lo había visto; solo algunas veces pude alegrarme la vista, aunque a lo lejos, cuando se asomaba al balcón de su cuarto, ¡pero juro que merecía la pena! Madre mía, ¡cómo estaba el muchacho! Ya desde niños siempre me había gustado, pero como era cuatro o cinco años mayor, además de ser muy serio y distante, nunca habíamos sido demasiado allegados, y como apenas lo conocía, pensaba que, si además era de carácter parecido a su abuelo, suponía que él creería que yo no merecía la pena, “solo era la hija de su jardinero” (Dios, otra vez esas dichosas novelas). Por el contrario, a mí, pensar en ese motivo (y de nuevo gracia a las últimas leídas), hacía que me subiese la temperatura varios grados por encima de la media, por eso me aseguraba que los lunes mis vaqueros fuesen los más cortos y estrechos posibles. Sonrío para mis adentros al recordarlo, y es que me gustaba de verdad; su casi metro noventa, con un cuerpo de infarto y un pelo que rozaba el negro, confirmaba que aquel verano yo había decidido, sin lugar a duda, que era mi hombre ideal. Solo me faltaba una cosa para estar totalmente convencida, corroborar el color de sus ojos; no lo recordaba con exactitud, aunque estaba segura que eran claros y eso lo hacía perfecto para mí. De pronto, la voz de mi padre me sacó del trance de mis calenturientos pensamientos con mi amor platónico.

–¡Vamos, manos a la obra! Si nos damos prisa podréis iros a la playa en cuanto terminemos.

Él se fue directo a arreglar los setos de jazmines que rodeaban la finca, mi hermano a la piscina, acompañado de Fran, que en cuantos nos vio llegar, vino hacia nosotros para ayudar a bajar los arreos de jardinería y así poder entretenerse un rato. Yo me dirigí a arreglar las macetas del porche, tenía bastante buena mano con las plantas, por eso mi padre decía que llegaría a ser una buena doctora, puesto que, si tenía sensibilidad para unos seres tan delicados como las flores, podría tenerla para los humanos.

Me di cuenta que se me habían acabado las bolsas de basura y entré en la casa buscando a la Señora Rivera. Aquella adorable mujer era la encargada de atender a la familia.

–Marisa, ¿está usted en casa?

–Sí hija, pasa, estoy en la cocina.

–¡Hola! Se me han terminado las bolsas de basura, ¿podría usted dejarme una?

–Sí cielo –abrió un par de cajones y sin mirarme se lamentó–, pero aquí no me quedan –Con esa dulce mirada que la caracterizaba se dirigió de nuevo hacia mí–. Mira, están en el armario grande que están en la despensa, ¿puedes bajar tú y subir otro paquete para dejarlo aquí?

–¡Claro, enseguida se las traigo!

Bajé las escaleras hasta el sótano, antes de entrar en la habitación que utilizaban como despensa había un gran salón donde mi hermano y Fran jugaban habitualmente a los videos juegos o escuchaban música; me quedé mirando unas fotografías que estaban colgadas en la pared, en varias de ellas había un hombre tocando al piano; eran ya algo antiguas, por eso no podía ser mi pianista de arriba, que afortunadamente nos había dado unos minutos de descanso. Continué mirando todas aquellas viejas reliquias, pensando en el parecido que había con los chicos (sin duda debía ser un familiar, quizás fuese su padre). De pronto una voz me asustó:

–¡Aquí no hay ninguna planta para cuidar!

Di un salto y me volví en dirección a quién me hablaba. Era el mayor de los hermanos, “¡¡mi Alex!!”. Estaba de pie en el quicio de la puerta mirándome, y yo solo podía pensar “¡¡Ole tú!!”, pero él no podía sospechar ni por un momento mis pensamientos, así que toda digna me puse en mi papel:

–¡Joder, qué susto me has dado! No estaba haciendo nada malo, solo miraba las fotos –alcé mi barbilla demostrando que yo también podía ser arrogante. ¿Qué se habría creído?, ¿qué había bajado a robar? – ¡Solo he bajado por unas bolsas para la basura, Marisa me ha dado permiso para cogerlas! –Sonrió, me di cuenta que solamente era un juego. Y si él tenía ganas de jugar, yo era buenísima en eso. Él abrió la puerta de la despensa y sacó un paquete, extendió su mano ofreciéndomelas, me acerqué para cogerlas y al hacerlo rocé intencionadamente mis dedos con los suyos, lo miré desafiante y le dije:

–Quiero más.

Con una sonrisa en sus labios, que parecía tatuársele por momentos, me preguntó casi en un susurro:

–¿Más de qué?

Cambié por completo mi expresión y el tono de voz, entonces le contesté:

– ¡Más bolsas! Marisa me dijo que subiese un paquete para ella.

Se borró esa expresión pícara de su cara y volvió a entrar, sacó otro paquete. Cuando me las ofreció fue él quien atrapó mis dedos con los suyos. Se acercó a mí y me dijo en voz baja:

–¡Verdes! –Lo miré sin entender bien a que se refería, al ver la interrogación en mi cara, continuó diciéndome–: Tus ojos, son verdes. Me preguntaba de qué color serían.

No hice el mínimo intento por separarme, quise dármelas de lista y le contesté:

–Los tuyos son azules, yo también me lo había preguntado.

“Quien juega con fuego, termina quemándose”. Así que sin esperarlo y sujeta como seguía teniendo mi mano, me atrajo hasta él y me dio ese beso en los labios con el que tanto había soñado. Tierno, dulce y… caliente; muy, muy caliente. Fue entonces cuando todo mi cuerpo tembló, como si un cable de alta tensión me hubiera recorrido entera.

¡Me quedé muerta! ¡Era la primera vez que hablaba conmigo a solas en años y me había zampado aquel besazo en toda la boca! Empezaba a reaccionar, cuando él, sin separarse de mis labios me dijo:

–Estaba deseando conocer tu sabor.

¡¿Pero qué acababa de hacer?! Con la inmadurez de los veintiún años, me las había querido dar de mujer de mundo, y me “salió el tiro por la culata”. Sin poder remediarlo y colorada como un tomate, cogí los paquetes de bolsas y salí corriendo del sótano.

Subí de nuevo hasta el jardín y me puse a trabajar como si la vida me fuese en ello. No habían pasado ni diez minutos cuando vi a Alex llegar hasta la piscina; yo me hacía la interesante, no quería mirarlo, pero cuando se quitó la camiseta para lanzarse al agua tuve que sujetarme la mandíbula para que la boca no se me quedase abierta; sabía que estaba bueno, pero de esa guisa era la expresión gráfica del ¡“Madre mía”!

Hizo unos cuantos largos, salió del agua, cogió una toalla y se dirigió de nuevo hacia mí. Yo escuchaba cómo los latidos de mi corazón, que parecían ir a toda revolución, sonaban directamente dentro de mis oídos. No quería levantar la cabeza de la maceta que estaba arreglando, intentando ignorarlo por completo, pero cuando sentí que se paró justo a mi espalda, hasta la respiración se me detuvo.

–Has cambiado mucho, te veo bastante diferente, así como…muy crecidita.

Sin querer mirarlo le contesté:

–¡Hombre, ya era hora de que diera el estirón! ¡Pronto cumplo veintiún años!

–¡Vaya, ya eres toda una mujer! –Su voz sonó a guasa y lo miré haciendo un gesto, como diciéndole: ¿Te estás riendo de mí? Él guardó silencio un momento sin dejar de mirarme a los ojos enseguida me preguntó de nuevo–: ¿No te ha gustado?

Intentando hacer como que todo aquello no tenía la más mínima importancia y que no sabía sobre qué me estaba hablando, le pregunté:

–¿El qué?

Una ladina sonrisa iluminó su rostro, y acercándose muy “peligrosamente” a mis labios, se desvió unos milímetros, rozó mi cara con la suya; y cerca, muy cerca de mi oído, me susurró:

–El beso.

Me volví dándoles la espalda y seguí atareada con la maceta (a la que por cierto estaba destrozando), e intentando no tomarlo en cuenta, aunque sin poder evitar una sonrisa que ahora era a mí a quién se me escapaba, hice un gesto con mi boca y le respondí:

–Bueno, no es de los mejores que me han dado.

–Entonces tendremos que ponerle remedio. –Volví mi cara para intentar replicarle, y, sin esperarlo, como si mi cuerpo no fuese nada entre sus manos, me puso de nuevo frente a él, cogió mi cabeza desde la nuca y me dio el beso más impresionante que me habían dado jamás. Sin separarse de mi cuerpo volvió a preguntarme–: ¿Mejor ahora?

Sin aliento y sin fuerzas apenas para sostenerme, intenté aclarar mi voz para volver a contestarle:

–Sí…sí, ahora algo mejor.

En aquel momento cogió la toalla sin perder su sonrisa, se alejó de mí, y sin volverse a mirarme me dijo:

–Bueno, tampoco ha sido tan bueno. Tendremos que seguir practicando para intentar mejorarlo, ¿te parece bien que volvamos a probar este sábado?

No le contesté, lo mismo que una boba me quedé de pie, sujetándome a la mesa para no caerme, toda mojada por el roce de su cuerpo con el mío, y viendo cómo de nuevo entraba en su casa y se perdía dentro. ¡Pero bueno! ¿Qué había sido del tímido y retraído Alejandro Grajal? ¿Dónde estaba? Y por favor que nadie lo devolviese. ¡Yo me quedaba con el nuevo sin pensármelo dos veces!

En pocos minutos su piano volvía a sonar con una fuerza atronadora.

Todavía estaba intentando reponerme cuando escuché a nuestros hermanos hablando entre risas y bromas. Al llegar a mi altura, empezaron a quitarse las camisetas, Raúl no tardó en llamarme:

–¡Sisí, ven a bañarte a la piscina con nosotros, su abuelo nos ha dado permiso!

Me volví al escucharlos, a la vez que el silbido tan fuerte que pegó Fran al verme me ensordeció. Estaba totalmente empapada por el roce de su cuerpo con el mío, y menos mal que llevaba el biquini debajo porque se transparentaba todo.

–¡Creo que a tu hermana no le hace falta, ya está bastante fresquita! ¿Qué te ha pasado? ¿Hay por aquí un concurso de camisetas mojadas y no nos hemos enterado? – Ambos empezaron a reírse, yo me cubrí toda avergonzada. Pero me sentía tan feliz que no podía dejar de sonreír. Ellos se alejaron hacia la piscina. Raúl miró hacia el balcón, desde donde de nuevo salía la tronante música de su piano.

–¡Joder con tu hermano, debe de estar destrozándose los dedos! No lo había escuchado nunca tocar con esas ganas.

Fran alzó la mirada y le respondió:

–Pues por cómo suena, debe estar contento por algo, no toca esa pieza nada más que cuando algo bueno le pasa.

Sonreí al escucharlo, ¡quizás tocaba con esas ganas por mí! Bajé mis pantalones y saqué mi camiseta, corrí hacia el filo de la piscina donde estaban los muchachos abstraídos por su conversación, empujándoles a los dos en mi carrera y cayendo juntos.

Durante un buen rato estuvimos riendo y luchando en el agua, eso sí, al compás de aquella música del piano que lo envolvía todo. Ya había pasado casi una hora cuando escuchamos cómo mi padre venía acompañado del viejo Señor Grajal, llegaron hasta la piscina y entonces él llamó nuestra atención:

–¡Venga chicos, salid ya, nos vamos!

Ellos seguían hablando sobre unas mejoras que se podían hacer en el jardín, cuando la música dejó de sonar, miré hacia el balcón donde Alex solía asomarse y allí estaba de nuevo.

Muy a lo “Bob Derek” intenté salir del agua para que él pudiese recrearse en mí, pero al subir el último escalón, mi hermano y Fran me pegaron un pelotazo en toda la cabeza haciendo desaparecer todo el “glamour” del momento y yo, lejos de recordar que me estaba mirando, me tiré como una bestia sobre ellos empezando de nuevo otra de nuestras peleas, aunque en cuanto me acordé miré hacia el balcón y allí estaba aún, sin dejar de sonreír y pendiente a nuestros juegos.

¡Menuda mujer de mundo! Debí parecerle una niña pequeña, con mis trenzas destrozadas y aquel biquini de corazoncitos rosa.

La semana fue pasando y aunque Raúl y Fran se veían prácticamente a diario, yo no había vuelto a tener noticias de mi pianista. Sobre todo, ese sábado había esperado con impaciencia algún mensaje o alguna llamada de él, pero en vista que no recibí nada, al final decidí quedar con mis amigas a tomar unos tacos frente al puerto. Ya llevábamos un rato cenando cuando mi hermano me mandó un whatsapp.

 ¿Dónde estáis?

 En la taquería.

 Estamos en la placita, ¿nos vemos en la disco?

 Ok.

–¿Quién es? – Me preguntó Miriam.

–Es mi hermano.

–¿Va a venir?

–No, me ha preguntado si nos vemos luego en la discoteca.

–¿Sabes si ha quedado con Fran?

Mis amigas estaban locas por ellos, mi hermano, aunque estuviese feo que yo lo reconociera, era guapo y simpático como él solo y aunque Fran era tan abierto como Raúl, el dinero de su familia lo hacía atractivo a rabiar para las chicas.

–No lo sé Mónica, seguramente; últimamente son inseparables.

–Le has dicho que sí, ¿verdad? ¡Que nos vemos dentro!

–Sí, pesadas.

–No sé porque te emocionas tanto, no hay nada más que ver como Fran la mira, está claro que tenemos poco que hacer con él –dijo la “enterá” de Miriam.

Mónica me miró con los ojos como platos.

–Sisí, ¿a ti también te gusta Fran? No habías dicho nada.

Terminé de dar un sorbo a mi “coca” y le contesté sin poder ocultar mi sonrisa:

–A mí me gustan más mayores, a Fran y sobre todo a mi hermano Raúl os lo dejo para vosotras solitas.

Las dos me miraron algo intrigadas y de pronto aquello se convirtió en un interrogatorio en toda regla. Me había callado lo ocurrido en el chalet porque me daba un poco de vergüenza decirles lo sucedido, ya me tenían bastante fichada por “ligerilla de cascos” y no solo por mi aventura durante el curso con Carlos, un “ex amigo” de todas, sino por el goteo ininterrumpido de mi lista de conquistas no demasiado afortunadas. Estaba segura que en cuanto les contara lo sucedido aquel lunes, empezarían a reprocharme de nuevo lo de haber sido tan confiada otra vez; pero me moría de ganas por darles pelos y señales de todo, así que entre el “griterío” de las dos y mi risa nerviosa, pude contarles lo que me había pasado con el mayor de los Grajal aquella semana.

En cuanto terminamos de cenar nos fuimos a bailar, nada más entrar vi a mi hermano, estaba sentado con Fran y otros amigos. Había tanta gente que costaba trabajo llegar hasta ellos, de pronto noté cómo alguien me cogía desde atrás por la cintura y me daba un beso en la cara, me volví pensando que era algún amigo cuando para la mayor de mis alegrías vi que era Alex.

–¿Qué haces tú aquí? –Dije, sin poder disimular la sonrisa que se dibujó en mis labios al verlo.

–Quedamos en vernos hoy, ¿no lo recuerdas? ¡Ven, salgamos fuera! –Cogió mi mano e hizo el intento de sacarme de todo ese bullicio.

–¡Espera, espera un momento! Tengo que avisar a mis amigas, si no creerán que me han secuestrado. –Por señas les indiqué que salía fuera, ellas apenas me prestaron atención, estaban más pendientes de la mesa de los chicos que de mí. Pero mi hermano se dio cuenta y con su dedo pulgar levantado me indicó que todo estaba bien.

Salimos hacia la calle, él seguía llevándome de la mano. Sentía la suya caliente y suave, tenía unas manos muy cuidadas, sus dedos eran largos y finos pero fuertes. Anduvimos unos metros en silencio y al llegar hasta el muro que separa la playa del paseo dio un salto entrando en la arena.

–¡Ven! – Dijo de nuevo, ofreciéndome su mano para que yo hiciera lo mismo.

–¡Estás loco! llevo mis zapatos nuevos.

–¡Pues quítatelos! No sé cómo podéis andar con esos tacones, ¿qué miden quince, dieciocho centímetros?

–¡Otro como mi padre! pero bueno ¿acaso os lo tenéis que poner vosotros para molestaros tanto que yo los lleve? ¡Además con esta minifalda no puedo levantar las piernas sin que se me vea todo!

Ni corto ni perezoso desde el otro lado del pequeño muro que nos separaba, me cogió en brazos y me llevó junto a él. Yo lancé un grito y comencé a reír.

Me tenía aún entre sus brazos sin dejarme en la arena, cuando acercó sus labios a los míos y me besó de nuevo, me dejó de pie, yo no podía apartar mis ojos de los suyos fue su dulce voz la que me sacó del trance:

–Quítate los zapatos, se te van a estropear.

Obedecí de nuevo como una boba sin rechistar, sus besos parecían tener narcóticos para mí, me dejaban totalmente drogada. Me los quité y sin que él soltase mi mano comenzamos a caminar hacia la orilla. La noche invitaba a ese paseo, la luz eléctrica era muy suave, solo la de la luna nos acompañaba reflejada en el mar tranquilo, y solamente el ruido de las olas en la orilla rompía aquel silencio. Él no hablaba y por primera vez yo no sabía qué decir, así que me aventuré a sacar un tema de conversación:

–Me ha sorprendido mucho verte, no pensé que vendrías, como no has dado señales de vida en toda la semana.

–No tenía tú número.

¡Escueto, pero sincero! Pues era verdad, jamás nos dimos los números, como volvió a guardar silencio le dije de nuevo:

–También se lo podías haber pedido a tu hermano, ¿no te parece?

–Odio los teléfonos, normalmente no son nada más que para dar malas noticias, apenas uso el mío, siempre que puedo lo dejo en casa.

¡Bueno, parecía que no había modo de sacar conversación! Así que de nuevo volví a intentarlo:

–Lo que me ha sorprendido en serio ha sido verte en la discoteca esta noche.

–Ni creo que vuelvas a verme más.

Suspiré, qué “cortito” era el pobre, “al ataque otra vez”.

–¿Por qué? ¿Acaso no te gusta nada más que tu música?

Él sonrió.

–No, me gustan muchos estilos, pero si mi abuelo se entera que he estado en un sitio cerrado con la música a ese volumen me mata, puede ser fatal para mis oídos.

Si hubiese sido otro ya lo habría mandado a hacer puñetas, pero me gustaba en serio y comprendía que no todo el mundo era tan charlatán como yo, así que le eché ganas de nuevo e intenté mantener viva aquel intento de conversación, y continué preguntándole:

–¿Acaso tienes problema de oído, ¿cómo el Mozart ese?

Él sonrió de nuevo.

–No, del oído estoy bien, pero tantos decibelios en un sitio tan pequeño pueden afectar seriamente al sistema auditivo, tú como futura doctora deberías saberlo mejor que nadie, –se volvió y me dio un beso en los labios–. Y no era Mozart quien perdió el oído, fue Beethoven. Vamos a sentarnos

¡Bueno, yo sabía que uno de ellos era! Pero mejor cerraba mi boca y no metía más la pata.

No me hacía ninguna gracia manchar mi vestido con la arena, pero tampoco quería parecerle una ñoña protestando por todo, así que me senté. Él estaba guapísimo aquella noche, nunca lo había tenido así, solo para mí. Llevaba una camisa negra, que le sentaba de “muerte”, me daba algo de vergüenza mirar un poquito más abajo, pero sus vaqueros se ceñían justo donde debían y no podía evitar que los ojos se me fuesen detrás.

Me senté bastante erguida mientras él se recostó en la arena, no sabía de qué hablar sin volver a parecer una inculta, miraba hacia el mar, supongo que intentando hacerme la interesante (después de lo “del Mozart” más valía estarse calladita), pero él seguía en su tónica y no hablaba, solamente me miraba. Me incomodaba tanto sentirme observada que mi cabeza rodaba a mil por hora para intentar hablar de algo o me volvería loca, así que de nuevo me lancé al vacío:

–Este año, sino llega a ser por que escuchaba tu música, diría que ni habías venido, vendes muy cara tu presencia.

Se tumbó en la arena, colocó los brazos detrás de su cabeza y mirando hacia el cielo me contestó:

–Tengo que estar muy concentrado, pronto volveremos a Los Ángeles. Estoy a punto de firmar unos importantísimos contratos, si todo sale bien en unas semanas comenzaré una gira por Norteamérica. En esta profesión tienes que demostrar que eres el mejor para llegar a algo, aquí no valen los segundos puestos, o eres el primero o todo este esfuerzo no sirve para nada.

–¡En unas semanas! ¿Y vuelves para mucho tiempo?

–No lo sé, todo depende de cómo marchen por allí las cosas; mi abuelo está convencido que todo irá bien, pero yo no estoy tan seguro.

–No me lo puedo creer ¿de verdad es eso lo que tú deseas hacer?

Me miró sorprendido.

–¿A qué te refieres?

–Te llevo viendo trabajar tanto durante años y no sé, por tu tono de voz al decirme lo de la gira, en vez de saltar de alegría como haría yo, estás aquí contándomelo como si no tuviese la mayor importancia. Perdóname si me paso de lista, pero no me pareces emocionado con la idea, por eso me preguntaba si tú deseas de verdad irte dejándolo todo aquí y empezar tan lejos desde cero, según dice tu hermano ya tienes un nombre dentro de la música clásica en Europa.

Dio un fuerte suspiro.

–Supongo que sí, qué esa ha sido siempre la meta. Pero, a decir verdad, ni siquiera me había dado la oportunidad de planteármelo, mi abuelo toma estas decisiones por mí desde hace años y creo que se lo debo.

Por su tono de voz adiviné que no quería seguir hablando. Volví mi cara mirando hacia el mar, queriendo dar por zanjado el tema.

Él cogió uno de mis mechones de pelo entre sus dedos y me dijo:

–Me hipnotiza su color; desde que eras pequeña me encantaba verte enredando entre las flores, me gustaba ver cómo brillaba tu pelo bajo el sol, las pelirrojas me gustan, pero a ti este color te queda genial.

Yo misma cogí uno de mis mechones y me miré el pelo. Ese mismo pelo que en ocasiones me había dado tantos malos ratos en el colegio, donde me habían puesto motes de toda la variedad de frutas y verduras conocidas con tonos naranjas, sin olvidar las distintas especies de animales, que un poco más mayor y debido a mi altura iban creando las “desarrolladas” imaginaciones de mis compañeros; y ahora me confesaba que a él le había gustado desde siempre. Lo miré sonriendo mientras él seguía sosteniéndolo entre sus dedos.

–¿De verdad te habías fijado antes en mí?

No lo dudó, me contestó enseguida:

–¡Claro, siempre me has parecido una niña preciosa!

–¡Pero yo ya no soy ninguna niña, yo…

Él me agarró desde la nuca, arrastró con suavidad mi cuerpo hasta la arena y me atrajo hasta su boca.

–Entonces demuéstramelo. Hasta ahora solo he besado yo, todavía no me has devuelto ninguno de los besos que te he dado y me muero porque lo hagas.

Intenté resistirme un poco, eché mi cabeza hacia atrás, pero él continuó insistiendo sin dejar de mirar mis labios. Cerré mis ojos y volví a dejar que me besara, aunque esta vez sí participé en esos besos.

Me gustaba cómo acariciaba mi cuerpo, erizaba cada trozo de mi piel por donde pasaba sus manos. Me besaba con deseo, en ese momento ya no me importaba el vestido, ni los zapatos, ni siquiera mi pelo, ¡el cual había estado cerca de una hora alisando y peinando! Me importaba él, despertaba cada uno de mis sentidos dormidos hasta ese momento. De pronto se incorporó y cubrió mi cuerpo con el suyo, seguíamos besándonos cuando sentí cómo apretó su pelvis en mí sexo, pude sentir lo excitado que estaba, sus manos comenzaron a subir hábilmente por debajo de mi falda.

Mis ojos se abrieron automáticamente y la alarma saltó en mi cerebro, todas mis clases de biología, de prevención de riesgos, brotaban como una fuerte de información en mi cabeza.

–¡Para, para! ¡Vas bastante rápido, ¿no crees?!

Él seguía besando mi cuello y mis labios alternativamente, sin cesar en su empeño me dijo:

–¿Rápido? ¿Después de tantos años?

Sentí como sus labios intentaban bajar hasta mi pecho. ¡Hasta ahí había llegado! De un empujón lo detuve.

–¿Años? Esta es la conversación más larga que hemos mantenido en toda nuestra vida y no creo que haya llegado ya a las cien palabras, por lo menos por tu parte.

Sonrió y apoyó su cara en su mano, comenzó a rozar mis labios con los dedos de su otra mano y me preguntó:

–¿De verdad quieres que ahora nos pongamos a hablar? Mira, “la noche está para bailar un reggaetón suave”.

Di una risotada al escucharlo. Sin duda había estado escuchando el tipo de música que él “pensaba” que a mí me gustaba, a la vez que me demostraba que no era tan listo como me parecía.

–¡Es lento, “enterao”! ¡“Vamos a bailar un reggaetón lento”!! –Lo miré sin poder dejar de reír y él me devolvió la sonrisa sabiendo que había comprendido su broma. ¡Hombre no, claro que no quería hablar! Pero la cosa no iba a ser llegar y topar. Además, ese no era el momento, ni el lugar, ya había tenido “un aquí te pillo, aquí te mato” en una excursión buscando bichos para la clase de biología y antes de dos minutos mi virginidad a hacer puñetas, desde luego que no iba a pasar por un polvo rápido esta vez y a volver a no enterarme de nada. Al ver que no le contestaba insistió–: ¿O acaso es que no te gusto?

Miré su cara, así de cerca con esa suave luz y sus ojos interrogándome curiosos de mi respuesta le contesté:

–Alex, me gustas y mucho, pero es que no quiero hacerlo aún, y mucho menos así. Ya tuve una mala experiencia, no quiero volver a pasar por aquello, además puede pasar cualquiera y esto no es en lo que yo había pensado contigo.

Él sonrió y rozando mis labios con los suyos, me preguntó:

–¿Entonces tú también habías soñado con este momento?

–¡Alex! – Me avergoncé un poco y sonreí, él me miró haciéndose el falso sorprendido.

–¡Espera, aclárame una cosa! ¿Alex? ¿Ahora me llamo Alex? Nunca nadie me había llamado así.

Pasé mis dedos por su pelo y le contesté:

–Es que Alejandro me parece muy serio, algo así como de hombre mayor, para mí siempre has sido Alex, ¿te molesta?

–No, me encanta como suena de tus labios, será algo tuyo y mío, la primera cosa que tenemos nuestra.

Me gustaba. ¡Oh sí Dios mío, ese hombre me gustaba y mucho!

Volvimos a besarnos, pero tal y como podía esperarse de él, respetó mis deseos, y de un par de roces, un poquito subiditos de tono, no pasamos.

Comenzamos a vernos, aunque siempre que pasaba a recogerme lo hacía un par de calles más abajo de donde yo vivía. Le había puesto a Alex la excusa que si mi padre o mi hermano nos veía juntos no me dejarían salir con él, le repetía que éramos de mundos diferentes y a ellos no le agradaría la idea. Pero la verdad era que, aunque nuestras familias no hubiesen dicho nada al enterarse yo sabía que de un modo u otro yo no encajaría, solamente era la hija de un hombre modesto intentando luchar para salir adelante, mientras ellos cerraban contratos millonarios para una gira por los principales teatros y liceos del mundo. Así que en las contadas ocasiones que me detenía a pensarlo me regañaba, sabía que solo eran excusas, era yo quien entendía que apenas era eso, una aventura para él, un mero entretenimiento de verano, y que ese era el motivo por el que no quería que mi familia se enterase. ¡Pero es que me gustaba tanto!, ¡era tan especial conmigo! No quería ni insinuar que algo me gustaba delante de él, porque antes de terminar de hablar ya lo tenía. Regalos que luego eran imposibles de explicar de dónde habían salido esos carísimos caprichos y que siempre andaba escondiendo. Sus atenciones conmigo eran geniales, pero todas esas cosas no significaban nada; era él quien de verdad me conquistaba a cada momento. Todo, era capaz de dármelo todo, pero siempre con una restricción, el tiempo que podíamos pasar juntos.

Por el día él permanecía horas y horas practicando su música, sino estaba en su casa, lo pasaba en el gimnasio. Según su abuelo, eran tan importantes sus concentraciones, como su preparación física o su descanso, tenía que estar totalmente listo para el desgaste que surgía de las largas horas al piano. Todo eso y su manía de no usar teléfono me impedían hacerle llegar mensajes o llamadas y ya no hablemos de su casa, allí sí que era misión imposible, no podía ser molestado por nadie, tenía totalmente prohibidas las llamadas y las visitas, y pasaban días enteros sin poder comunicarnos. Solo me llamaba cuando el viejo estaba fuera o se acostaba temprano. Eso sí, los lunes, dijese lo que dijese mi padre, yo no faltaba para arreglar las plantas de su jardín, aunque solo fuese para vernos durante un ratito a escondidas.

No sabía si realmente esa situación nos era conveniente o no, pero tampoco le pedía más, lo cierto es que así evitábamos dar explicaciones sobre nuestra relación a ambas familias y era el único modo de poder mantenerlo un poco más en mi vida.

Ya nos encontrábamos a finales de agosto, cuando un domingo por la noche recibimos en casa una llamada del hermano de mi padre. Mi tío lo avisaba que lo ingresaban de urgencias en el hospital de Córdoba, tenían que hacerle una operación de corazón de inmediato, era su único hermano y estaba solo, no tenía más remedio que ir con él.

Así que el lunes nos levantamos mucho más temprano de lo habitual, mi padre quería dejar arreglados los sitios más complicados, para que mi hermano y yo tuviésemos que atender solamente los riegos y las limpiezas de las piscinas durante la semana que él pasaría fuera. Ya a última hora de la mañana llegamos a casa de los Grajal. En la misma entrada, el abuelo de mi adorado pianista veía cómo su chófer, ayudado por sus nietos, metían las maletas en su coche, creí morirme, ¿se iría así, sin despedirse de mí?

Mi padre bajó de la furgoneta y fue hacia él saludándolo.

–¡Buenas tardes, Constantino ¿no me diga que ya se van?!

Él hombre saludó a mi padre y le contestó:

–No, solamente me voy yo, tengo una reunión con los agentes de mi nieto, vamos a ultimar los flecos pendientes del contrato para la gira, si todo sale bien en un par de semanas sí nos marcharemos.

Aunque suspiré de alivio al ver que no se marchaba, sus palabras cayeron sobre mí como jarro de agua helada. Sabía que tarde o temprano tendría que irse, pero no me hacía a la idea de que el tiempo había pasado tan rápido y que sería pronto cuando mi corazón se rompería en mil pedazos.

–Dime muchacho, ¿cómo siendo un contrato para ti, no lo acompañas? –le comentó mmi padre a Alex.

Su abuelo no lo dejó hablar y continuó con la conversación:

–No, prefiero que siga concentrado en su música, los negocios son cosa mía, de camino necesito que le eche un ojo a este trasto de Fran –dijo tocando el pelo de su nieto pequeño.

–Yo también salgo esta tarde para Córdoba –le comentó mi padre–. Mañana operan a mi hermano del corazón y no me queda más remedio que ir a acompañarlo. Me voy, pero con la intranquilidad de dejarlos a ellos solos, yo no tengo quien vigile a mis dos “trastos”, como usted dice.

Ellos sonrieron, pues no era más que una broma; de pronto Fran, que por el contrario, le pareció una idea excelente, se le encendió una bombilla:

–Abuelo ¿por qué no les dejas quedarse en casa? Marisa puede atendernos de sobra a los cuatro y así todos estaremos vigilados.

Mi padre se echó a reír pareciéndole absurda la idea. Pero Alex y yo nos miramos, pensando a la vez que era nuestra oportunidad de estar juntos unos últimos días.

Él entró en la conversación enseguida, aunque con aire de importarle poco, metió las manos en sus bolsillos y le dijo a mi padre:

–No se crea, no es tan mala la idea, habitaciones hay de sobra en la casa y si mi hermano tiene algo que hacer, seguro que me dejará en paz y podré terminar de prepararme para la gira.

Su abuelo lo miró y sorprendentemente le dio la razón:

–No es un mal razonamiento, si Fran no está rondando detrás de su hermano seguro que en esta última semana termina de ponerse al día y estando su hija aquí estos dos personajes no se meterán en demasiados líos.

Mi hermano y Fran chocaron sus manos, como dando por hecho aquello, Alex y yo no podíamos ocultar nuestras sonrisas, aún sin querer mirarnos apenas.

Mi padre me miró y me dijo:

–Sé que a tu hermano le parece genial, pero, ¿y a ti?

Hice un gesto con mis hombros, como diciendo me da igual y le contesté:

–¡Allá ellos! Yo, si me quedo voy a estar todo el día tumbada en la piscina.

El viejo contestó rápido:

–¡Entonces ya está! Me quedo mucho más tranquilo sabiendo que Alejandro no tendrá ningún tipo de interrupciones.

Cruzamos nuestras miradas, solo nos faltó ponernos a saltar, aunque creo que mentalmente lo estábamos haciendo.

Mi padre se marchó después de comer camino a Córdoba, a mi hermano y a mí nos dejó en la puerta del chalet antes de irse, sin dejar de avisarnos una y otra vez la que nos podía caer si metíamos la pata en algo.

Nada más entrar, Fran nos recibió; los dos estaban locos de contentos, fueron directos al dormitorio del muchacho, querían dormir en la misma habitación, aunque por los planes que tenían, dormir iban a dormir poco.

Marisa me llevó hasta el que iba a ser mi dormitorio, yo no podía nada más que pensar en cuál sería la habitación de Alex. Su música seguía sonando sin parar, Marisa se dio cuenta que yo intentaba adivinar de dónde procedía aquella melodía; ella, pensando que me molestaba me dijo:

–No te preocupes, terminas acostumbrándote.

–No, si no me molesta, como nunca he estado en esta parte de la casa me preguntaba en qué habitación tocaba Alejandro, para no interrumpir.

–Bueno, seguro que en cuanto te acerques a ella lo notarás, pero es la del fondo. Intenta no molestarlo, nadie entra en ella durante sus ensayos.

Asentí con la cabeza, y con mi pequeño bolso de viaje aún entre mis manos, la sonreí, esperando que creyese en mi carita de niña buena y saliese del cuarto confiando que no iba a molestar a nadie. Pero ella no había terminado de llegar a la escalera cuando yo ya estaba en la puerta de Alex, directamente entré sin llamar; me quedé inmóvil al verlo tocar, la pieza me era conocida, aunque que nadie me preguntara su nombre, porque no iba a saber contestarle. ¡¿Qué queréis?! Yo estudiaba medicina, había pasado muy por encima lo de la música, a mí me aprobaban en el colegio por llevar la flauta, poco más.

Era increíble escucharlo, él estaba totalmente concentrado, era la primera vez que le veía tocar, ahora comprendía lo de sus horas de gimnasio, era una fuerza brutal la que utilizaba, todo su cuerpo era armonía, me quedé alucinada, la música resonaba dentro de esa habitación de una manera sorprendente, me envolvía por completo y por primera vez su música me llegó al corazón, tanto como él ya lo estaba.

Cuando acabó la pieza aplaudí intensamente llevada por la emoción.

Él se volvió al escucharme, me miró. Pensé que le había sentado mal que entrara y lo interrumpiera, entonces le pregunté con verdadera cara de angustia:

–¿Te molesto?, ¿me marcho?

Sonrió y me ofreció su mano. Yo corrí a su encuentro emocionada, me senté en su regazo, abrazándolo con fuerza, y seguidamente terminé de derretirme al escucharle decirme:

–¡Hola preciosa, me encanta que hayas venido!

No hizo falta nada más que mirarnos para encendernos el uno al otro. Nos besamos con ternura durante un momento, enseguida quise disculparme de nuevo por mi entrometimiento:

–¡No te enfades conmigo, ya me voy, prometo no molestarte más en tus sesiones! Pero tenía muchas ganas de verte tocar, llevo escuchándote desde que tenía diez años y no lo había hecho nunca.

–No me he enfadado, solo me he quedado inmóvil al verte, porque me parece que eres lo más bonito que he visto nunca. –Me besó de nuevo–. ¿Sabes? Pienso que tenemos que aprovechar hasta el último instante que tenemos para estar juntos, no quiero desperdiciar ni un segundo más aquí sentado en vez de estar contigo.

Me dio un sabroso beso. Yo, sin poder parar de sonreír, le contesté:

–¡Sí claro, para que tu abuelo me mate en cuanto se entere que por mi culpa te has estado distrayendo!

–¡Pues que nos mate juntos, así no nos podremos volver a separar!

Sonreí, me volví hacia su piano e intenté hacerlo sonar tocando algunas teclas.

–¿Me vas a enseñar alguna vez a tocar? Tiene que ser muy bonito saber hacerlo.

Él cogió mis manos acariciándolas, su voz sonó tan cerca de mi oído que tuve que cerrar los ojos al sentir cómo succionaba el lóbulo de mi oreja con su boca.

–¿De verdad quieres perder el tiempo en esto?

Con mis ojos aún cerrados mientras sentía sus labios paseándose por mi cuello, le pregunté:

–¿Y has pensado qué otra cosa quieres hacer?

Sin dejar de besarme, volvió a subir sus labios hasta mi oído y me musitó con esa maravillosa voz que me volvía loca:

–Quiero hacerte el amor.

El corazón me dio un vuelco, así en frío y recién llegada no me esperaba esa petición, abrí los ojos y lo miré.

–¡Alex!

Retiró el pelo de mi cara y me dijo:

–Pelirroja, te juro que no me lo puedo quitar de la cabeza, no pienso en otra cosa, ni siquiera puedo concentrarme en la música, todos estos días juntos y tú no has querido, siempre había algo que te parecía mal. ¡Pues bien, si no es por mí, ahora tenemos la oportunidad y una buena cama a nuestra disposición, nadie nos molestará!

Agaché la cabeza un poco avergonzada por su petición.

–Es que…

Buscó mi boca y me besó.

–Es que nada, sé sincera ¿quieres o no?

–Alex claro que quiero estar contigo y sabes de sobra que tú no eres la razón de que me lo haya pensado tanto, pero esperaba un momento romántico, algo más especial para nuestra primera vez.

Acarició mi cara y me dijo:

–Es por aquella mala experiencia que me contaste, ¿verdad?

Asentí al escucharlo e intenté explicarle, muy por encima, el porqué de mi comportamiento.

–Fui una boba, me lo habían magnificado tanto que en la primera ocasión que surgió lo hice, sin pensar dónde ni con quién. Fue algo muy decepcionante y me sentí muy mal durante mucho tiempo por haber sido una inconsciente, además elegí al peor de los candidatos, le faltó publicarlo en los periódicos. Me da un poco de miedo pensar que algo parecido pueda volver a pasar.

–Sabes que conmigo no será así, yo deseo de verdad que compartamos esos momentos juntos.

Acaricié su cara y apoyé mi frente en la suya.

–Lo sé, ahora estoy segura que contigo todo será diferente, tan solo el hecho de estar juntos ya será maravilloso.

–¡Bueno, pues entonces no se hable más, prepárate para esta noche, porque voy a hacer que sea tan especial como tú lo deseas! Te lo prometo preciosa.

Sonreí y le di un beso.

–Gracias por comprenderme y ahora te dejo seguir practicando, de verdad quiero estar guapísima para ti. –Intenté levantarme, pero él me atrajo a su cuerpo de nuevo.

–Es imposible que te pongas más guapa de lo que ya estás.

Nos besamos durante un buen rato, pero me di cuenta que lo estaba entreteniendo más de lo debido, si el viejo se llegaba a enterar me iba a faltar campo para correr. Me levanté después de regañarle entre bromas para que me dejara y siguiese con sus ensayos, pero antes de salir de su habitación recibí un mensaje de mis inseparables, lo leí y le dije:

–¡Alex, me han llamado mis amigas, quieren conocer tu casa! ¿Puedo decirles que vengan un rato a la piscina? Prometo que no haremos ruido.

Asintió con su cabeza sin dejar de sonreírme.

Le lancé un beso desde la misma puerta y mandé un mensaje a Mónica y Miriam para que pasaran la tarde conmigo.

En poco menos de una hora ellas ya habían llegado, bajamos hasta la piscina y nos dispusimos a practicar nuestro deporte favorito y el que mejor se nos daba, tumbarnos a tomar el sol, habiendo llegado a tened récords de entrar en “coma profundo” durante horas. Fran y Raúl estaban metidos en el agua, jugando con una ballena hinchable sin dejar de salpicarnos a posta. Mónica, haciéndose la madura, aparentaba estar bastante molesta por aquello y les regañaba como si fueran unos niños pequeños, mientras mi otra amiga y yo seguíamos relajadas.

De pronto dejé de escuchar a Mónica protestar y noté que me apretaba la mano, la miré preguntando con un gesto que qué quería y ella, sin hablar, me indicó hacia la entrada del jardín, me incorporé un poco y vi a mi pianista acercarse en bañador hasta nosotras, bajé un poco mis gafas de sol para poder verlo bien y me felicité a mí misma por aquel “tiarrón”.

–¡Dios, está buenísimo! –Dijo Mónica, con la boca abierta, me recordó a mí cuando lo vi el día en que me besó la primera vez.

Miriam no tardó un segundo en levantar la cabeza.

–¡Está para comérselo!

Eran los veinticinco años más espectaculares que habíamos visto en todas nuestras vidas.

–¡Chicas y por unos días es solo mío!

Las tres reímos y pataleamos escandalosamente, él nos hizo un gesto de saludo con su cabeza y se tiró al agua.

Al poco rato, y haciendo un esfuerzo sobre humano para nuestra habitual actividad física, jugábamos con una pelota intentando lucirnos un poco con nuestros mini biquinis, mientras ellos tres seguían en el agua.

Alex tenía apoyados sus brazos en el filo de la piscina sin quitarnos ojo, nuestros hermanos en una carrera llegaron hasta él. Fran, sin dejar de mirar hacia nosotras le dijo a mí hermano:

–¡Joder Raúl, las amigas de tu hermana están buenísimas! ¡Pero tío, no te enfades, tu hermana está para mojar pan, tiene un cuerpazo!

Su hermano lo miró como diciendo ¡mira el mocoso! Pero Raúl no tardó en contestarle:

–¡Agg! ¡Tío, estás hablando de mi hermana! Mira mejor a sus amigas, a mí la que me gusta es Miriam.

–Están bien, pero Sisí ¡Uff! –Volvió a insistir Fran sin dejar de mirarnos.

Alex los miró y con toda la tranquilidad del mundo les dijo:

–Raúl, sé que tienes ganada a Miriam por cómo te mira, pero Fran confórmate con la pecosa, porque Sisí es para mí.

Los dos lo miraron sin dar crédito a sus palabras, aunque Raúl no pudo ocultar su desaprobación:

–¡Tío! ¡¿De verdad te gusta mi hermana, eres mucho mayor que ella?!

Alex lo miró haciendo un gesto de reproche.

–¡No soy tan mayor! Solamente nos llevamos unos cuatro años, además, no es que me guste tu hermana… ¡Métete esto en la cabeza, por poco que te guste, esa mujer va a ser para mí!

Los dos amigos se miraron, su respuesta no pareció convencerlos para nada, muy al contrario, Raúl se disgustó mucho con ella.

Me volví y allí estaba mi chico, dentro del agua sin dejar de mirarme con su preciosa sonrisa en la cara, me acerqué hasta el filo de la piscina, me senté a su lado, envolvió mis piernas con sus brazos y besó mis rodillas, mis amigas entraron en el agua, enseguida empezaron su tonto juego de seducción con aquellos niños, mientras nosotros nos miramos a los ojos y comenzábamos nuestro particular juego para adultos.

CAPÍTULO 2

Pasamos toda aquella maravillosa tarde de sonrisas juntos en la piscina. Delante de Raúl no me gustaba dar a entender a las claras que teníamos una relación, a pesar que siempre nos habíamos tenido mucha confianza, pero me daba un poco de miedo la reacción que tendría mi padre si se enteraba por su boca y preferí ser prudente.

Estábamos los seis sentados y hablando cuando vimos a Marisa venir hasta nosotros con unos sándwiches y algo para beber.

–Alejandro, no te he escuchado tocar en toda la tarde, a tu abuelo no le va a parecer bien, ¿qué le voy a decir cuándo llame?

Él estaba sentado a mi lado, la miró y respondió:

–Nada, si nadie se lo cuenta no tiene por qué enterarse, ¿no te parece?

Ella se fue algo disgustada, pero Fran sonrió al ver a su hermano. No podía creerse que por una vez no fuese el chico bueno que obedecía sin rechistar, le dio un bocado a su sándwich y preguntó:

–Bueno ¿qué vamos a hacer esta noche? Tenemos que aprovechar al máximo estos días.

Miriam le contestó en seguida:

–¡Esta noche hay una súper fiesta en la disco, la noche en blanco y negro, todo el mundo estará allí no podemos perdérnosla!

Empezaron a hablar sobre lo que se iban a poner y a quienes llamarían, yo alcé mis ojos y miré a Alex. Estaba serio, aquello no era ni por asomo lo que él tenía pensado para nosotros esa noche. Se levantó de la mesa y al verlo su hermano le preguntó:

–Alejandro, ¿vendrás con nosotros?

–No. Sabes que yo no puedo ir a esos sitios, sobre todo ahora, a tan pocos días del primer concierto.

–Pero, no te importa quedarte solo, ¿verdad?

–Él me miró y sonrió.

–No, ya buscaré algo en qué entretenerme.

Sonreí al escucharlo y escondí mis ojos para que no fuese tan claro lo que sentía.

Alex subió a su habitación y comenzó a tocar de nuevo, mis amigas también se marcharon para empezar a prepararse. Yo esperé a quedarme a solas para hablar con mi hermano, pero de nuevo me acobardé y le conté una pequeña mentira.

–Raúl, me duele un poco la cabeza, estoy pensando que mejor no voy a ir con vosotros esta noche y me quedo descansando –después de decírselo me levanté e intenté entrar en la casa, pero me detuve en seco al escuchar a mi hermano, no me esperaba para nada su reacción, se volvió hacía mí y bastante alterado me contestó:

–¡¿Te crees que soy imbécil?!

–¡Hombre nunca he pensado que fueses muy listo, pero Raúl, ¿a qué viene esto?!

–¡A qué no te vas a quedar aquí sola con este tío!

–¡¿Estás “chalao”?! ¿Pero te estás escuchando? ¿A qué tío te refieres, estás hablando de Alejandro?

–¡Pues claro! ¿Acaso te crees que no me he dado cuenta del royo que tenéis los dos?

–Bueno, y si hay algo, ¿a ti qué te importa?

Alzó la voz bastante más de lo que debía y me gritó:

–¡Qué no te vas a quedar sola con él y no se hable más!

–¡Vete a la mierda! ¡Haré lo que me dé la gana!

Me di la vuelta y quise entrar definitivamente en la casa, pero su voz me detuvo de nuevo:

–Sisí, si insistes en quedarte con él te juro que voy a llamar a papá y se lo voy a contar todo, seguro que no está en absoluto de acuerdo con este rollo.

–¿Serías capaz de hacer eso?

–Prueba y ya verás. Te espero en una hora en la puerta.

Pasó a mi lado dándome un empujón, no podía creer que mi hermano me hiciera eso, no era justo. ¿A él qué le importaba lo que yo hacía o dejaba de hacer? Pero si se lo decía a mi padre, desde luego ya podía despedirme de los pocos días que nos quedaban para estar juntos.

Entré en mi habitación pegando un portazo, escuché cómo Alex dejaba de tocar. Saqué una camiseta negra del cajón y la minifalda, los tiré con todas mis ganas sobre la cama, tenía toda la rabia a flor de piel cuando escuché llamar a la puerta.

–¡¿Qué?!

–¿Puedo pasar?

Era Alex.

–¡Pasa!

–¿Qué te ocurre? ¿A qué ha venido ese portazo?

–¡Es el estúpido de mi hermano, no me deja quedarme contigo en casa! ¡Me ha amenazado con decirle a mi padre que estamos juntos! ¡Este tío es idiota!

–Entonces, ¿qué vas a hacer?

–¡¿A ti qué te parece que puedo hacer?! ¡No tengo más remedio que ir! –Él no dijo nada, dio la vuelta para salir de mi habitación y yo me sentí como una idiota gritando a quien menos culpa tenía, en cuanto me di cuenta bajé mi tono de voz y me acerqué a él– ¡Alex, por favor, no te enfades!

–Sisí, ya eres lo suficiente mayor para saber lo que tienes o no tienes hacer.

No me dejó darle más explicaciones, salió de mi habitación se encerró en la suya y la música comenzó a sonar de un modo atronador.

¡Joder qué mal rollo! No tenía ningunas ganas de ir a aquella fiesta sin él y más sabiendo del chantaje que se había servido mi hermano para salirse con la suya. Pero no podía permitir que se lo contara a mi padre o todo habría acabado antes de empezar.

Antes de una hora, mi hermano estaba llamándome a gritos desde la escalera para que bajara; después de aquel primer momento todo había quedado en calma, Alex dejó de tocar su piano ya hacía rato, el cabreo que debía tener sería casi igual al mío.

Fran ya estaba preparado esperándome junto a Raúl, cuando bajé las escaleras algo preocupada le pregunté:

–Tú hermano no viene, ¿verdad?

–No, sabes que mi abuelo le tiene prohibido ir a esos sitios.

Miré hacia arriba y continué diciéndole:

–Tampoco le he vuelto oír tocar.

–Estará descansando un poco, el viejo lo tiene machacado, estos días le van a venir bien para desconectar, no sabes la caña que le está dando con lo de la gira.

Volví la mirada hacia mi hermano.

–Por favor Raúl, déjame quedarme. No tengo ningunas ganas de ir.

Él sacó el teléfono del bolsillo de su pantalón y me lo enseñó.

–Sisí, te doy dos minutos para salir por esa puerta.

–¡Eres un…!

Terminé de bajar las escaleras, llena de rabia, sabía que no me lo pasaría bien, ¿de dónde le habían salido ahora esas ganas de proteger mi honor? Cuando el estúpido de Carlos me lo hizo, le importó bien poco.

Bajamos hasta Playa Marina en el coche de Fran, mis amigas estaban ya en la puerta esperándonos, las dos se habían puesto de punta en blanco, yo a su lado parecía que iba de compras al supermercado.

–Sisí, ¡¿no te has arreglado?!

–Es que no tenía ganas de venir, me dolía la cabeza y mi hermano me ha obligado.

Miriam se quedó atrás hablando con los chicos, Mónica me cogió del brazo y en voz baja con una pícara sonrisa en sus labios me preguntó:

–¿Seguro que era la cabeza lo que te dolía?

Ella sabía de sobra mis intenciones y yo le contesté llevada por la rabia que sentía:

–¡Es por el idiota de mi hermano, se ha olido que hay algo entre Alex y yo y no me ha dejado quedarme!

–¡Ya me parecía a mí! Perdona que te lo recuerde, pero te dije un montón de veces que se lo contaras.

–Hubiese dado igual, fíjate cómo ha reaccionado. Es un estúpido y punto.

Entramos en la discoteca, el recinto estaba hasta la “campana” de gente, la música sonaba al máximo, comprendí por qué el sitio no podía ser bueno para él. Cualquier otra noche me habría ido a la pista sin pensármelo, pero no tenía ningunas ganas de estar allí, así que fui directa a la barra acompañada de mis inseparables. Nos sirvieron unos chupitos y sin pensarlo me lo bebí de un trago, al verme hacerlo de aquel modo unos chicos jalearon mi modo de beber, enseguida pidieron otra ronda, aquello comenzó a ser un juego y comenzamos a beber, parecía que empezaba a diluirse el cabreo a la misma velocidad en la que el tequila subía. Estaba claro que la solución que le estaba dando a mi problema no era ni por asomo el mejor, pero si tenía que estar allí me lo tendría que pasar lo mejor posible, así que hicimos lo mismo durante tres o cuatro rondas más. Tonteamos con aquellos tipos durante toda la noche, bailamos, bebimos, pero eso sí, todo bajo la atenta mirada de mi hermano. ¿Qué pasaba, le parecía bien con cualquiera menos con él? ¡Con el hombre más perfecto que podía entrar en mi vida! ¿Qué le habría pasado por la cabeza a Raúl para negarse por completo a aceptar mi relación con Alex?

La “cogorza” que cogimos las tres fue de campeonato, Fran y Raúl, ya resignados con que les habíamos fastidiado la noche y que ya no tendría arreglo, nos llevaron a cada una a su casa.

Al llegar a la de mi pianista, mi hermano se empeñó en acompañarme hasta la mismísima puerta de mi habitación.

–Raúl, por favor, no soy ninguna cría, ¡ya está bien!

–¿Quieres hacer el favor de bajar la voz? ¡Vas a despertar a todos!

–¡Pues deja de tratarme de este modo! ¡De verdad no sé qué te está pasando!

–¡Solo pretendo protegerte!

Quería haberle gritado, pero me contuve y llena de rabia y bastante más mareada de lo que debía le contesté:

–¿Pero de qué quieres protegerme? ¡Es que no lo comprendo, ese hombre es lo mejor que podía haberme pasado en la vida!

–Ahora no es el momento, ya hablaremos mañana.

Se dio media vuelta y me dejó parada en la puerta con un palmo de narices. ¡Bueno, pues nada, ya me contaría en otro momento sus razones! Tampoco tenía yo la cabeza para muchas discusiones, así que al entrar en mi habitación fui directa hacia la ducha, necesitaba sentir la frialdad del agua para poder despejarme y pensar qué hacer, no quería resignarme, él solamente estaba a dos puertas de mi habitación y aquello me volvía loca, no sabía si seguiría enfadado conmigo. Al terminar me asomé a la ventana, aunque estaba todavía un poco mareada parecía que poco a poco iba reponiéndome y esperé que la brisa de la noche terminara de ayudarme, me senté en el quicio y absorbí el aroma a jazmines y a dama de noche que venían desde el jardín, miré para ver si había luz en la habitación de Alex, todo estaba a oscuras, no sabía qué hacer, tenía muchas ganas de ir pero me daba miedo que mi hermano hubiese acampado en la puerta de mi dormitorio, o que él me rechazara. ¡Por fin me decidí! ¿Qué podría pasarme? ¿Que tuviese que volver a mi habitación toda avergonzada? ¡No más! Así que me armé de valor y muy despacio abrí con cuidado mi puerta, todo parecía despejado. De puntillas y en pijama fui hasta su habitación, él estaba profundamente dormido, me acerqué hasta el filo de su cama, lo miré durante un momento. Esa noche hacía calor, pero la ventana de su balcón estaba abierta y una suave brisa refrescaba el ambiente, dormía solamente con un pantalón de deporte y solo cubierto en parte por su sabana. ¡Es que me lo hubiese comido allí mismo!

–Alex, ¿estás dormido? –No me contestó–. ¡Alex!

Con la voz totalmente apagada por el sueño me respondió:

–¡Síí!

–Ya he vuelto.

Él seguía con los ojos cerrados.

–Ya te oigo.

–¡Alex!

–¡Quééé!

–¿Puedo dormir contigo?

Se volvió hacia el otro lado.

–¡Haz lo que quieras!

Me acosté en el hueco que dejó, me había dado la espalda y siguió durmiendo en dirección opuesta a la mía. ¡Qué decepción! No es que esperara que me estuviera esperando con la cama llena de flores, pero qué poquito entusiasmo, ¡tan poco era tan tarde, solo las tres de la mañana! Bueno, a lo mejor para él, que llevaría durmiendo desde las once, sí era bastante tarde. Noté que se volvió y apoyó su brazo en mi cintura, una risita tonta se me escapó de entre los labios y me pegué todo lo que pude a su cuerpo, pero sus palabras me quitaron toda esperanza que surgiera algo de aquel momento.

–Duérmete, no pienso hacer nada con una borrachuela, para que te quedes dormida mientras estamos en ello.

Sabía por su tono que era broma, pero era verdad que estaba todavía algo mareada. Apreté su mano con la mía. Él me dio un beso en mi cabeza, y como una estúpida me quedé dormida con una sonrisa de oreja a oreja.

La mañana llegó en un suspiro, me desperté sobresaltada sin saber bien dónde me encontraba, miré su lado de la cama y no estaba, me estiré, cogí su almohada, olía a él, me abracé a ella y quise seguir durmiendo… ¡Hasta que me di cuenta que era su dormitorio! ¡Si Marisa subía me iba a pillar acostada en su cama!

Abrí la puerta, el pasillo estaba libre, estaba llegando a mi habitación cuando escuché unos pasos subiendo las escaleras, los nervios apenas me permitían abrirla, cada vez los escuchaba más cerca, y yo no atinaba, ¡al fin lo logré! me metí en mi habitación a toda prisa. ¡Uf! Quedé apoyada sobre la puerta intentando escuchar hacia dónde se dirigían las pisadas, pero dentro una voz me sobresaltó de una forma inesperada:

–¡Hola Sisí! ¿Dónde estabas?

¡Mierda! Marisa estaba dentro, limpiando y recogiendo mi cuarto.

–Buenos días Marisa, había bajado a tomar algo.

–¡Ah, bien! Pero cariño, no hace falta que hagas la cama, a mí no me cuesta ningún trabajo.

Miré hacia mi cama que estaba totalmente hecha, evidentemente porque no había dormido en ella, pero rápida le contesté:

–¿Cómo voy a dejar que tu hagas mi cama? De eso nada.

Ella seguía quitando el polvo de los muebles y me contestó:

–Bueno querida, haz lo que quieras. Tú hermano me dijo que se iba a terminar unos jardines con Fran, volverán un poco más tarde.

–¡Oh bien! Así podré dormir un poco más.

–¿Otra vez te vas a acostar?

¡Qué bocaza tenía, me iba a pillar de un modo u otro!

–¡No mujer, me refería abajo en la piscina! Si tú no me necesitas, por supuesto.

Ella sonrió.

–No querida, todo está controlado.

Escuché el piano de Alex sonando. ¡Joder, si me hubiese quedado allí, era él quien subía! ¡Es que no me salía ni una bien!

Sabía que mientras siguiese practicando no debía molestarlo y menos estando allí Marisa, así que me cambié y bajé a la piscina, cogí uno de mis libros súper románticos y me tumbé a soñar un ratito, la música de Alex sonaba suave aquella mañana, era el marco perfecto, un libro perfecto y un lugar perfecto, solamente faltaba a mi lado el hombre perfecto, que parecía ser más inalcanzable por momentos.

Al cabo de una hora, vi cómo Marisa salía hacía la compra. ¡Por fin estábamos solos! La música se había detenido, miré hacia su balcón, él estaba asomado, dio un silbido y me indicó con la mano para que subiese a la casa, cogí mi pareo y crucé el jardín en dos saltos, pero llegando a la puerta de la entrada, el motor de la furgoneta de mi padre sonaba justo a mis espaldas. ¡Oh no, mi hermano y Fran ya estaban de vuelta! Miré hacía el balcón, Alex no dejaba de reír mientras levantaba sus manos hacia el cielo y yo di un suspiro que se me escapó directamente desde el corazón. Ni en mis peores pesadillas podía imaginar un cúmulo de tanta mala suerte. ¿Sería nuestro destino no llegar a estar juntos?

Después del mediodía, mis inseparables estaban en la puerta tocando el claxon del coche, me esperaban para ir juntas a la playa.

Nosotros estábamos terminando de comer cuando las escuché, cogí una de las manzanas del frutero y le pregunté a los chicos:

–¿Vais a bajar a la playa?

Fran y Raúl dijeron que algo más tarde, pero a mí quien me interesaba era otro. Lo miré esperando su respuesta.

–No, yo no voy a poder, estoy terminando una pieza nueva y no puedo entretenerme.

Mi decepción era palpable, pero bueno, realmente lo importante para él en ese momento era su trabajo.

Y como tres lagartos nada más llegar nos tumbamos al sol. Miriam no podía aguantar su curiosidad y solo pasó un suspiro cuando se incorporó y con la voz algo más subidita de lo debido, me preguntó:

–¡¿Bueno, es que no vas a contar nada?!

Sin mirarla y con los ojos cerrados sonreí al escucharla, sabía que la curiosidad podía con ella.

–¿Y qué quieres que te cuente?

–¡Pues qué va a ser! Si llegó a pasar algo anoche.

Seguía tumbada en la arena.

–Sí claro, a las tres de la mañana y con una cogorza como su piano de grande, estaba la cosa como para mucho romanticismo.

Mónica seguía acostada con los ojos cerrados, se reía al escuchar mi respuesta.

–Pues yo no voy a ponértela mucho mejor para hoy tampoco.

Me incorporé y la miré.

–¿Por?

Se apoyó sobre sus brazos, incorporando un poco el cuerpo.

–Te iba a pedir si podía quedarme contigo esta noche, ha venido mi abuela y mis tíos con las dos gemelas, llevan todo el día llorando y me va a tocar dormir en el suelo con las niñas. ¡Anda, porfa, mañana se van, solo será esta noche!

–No lo sé, tendremos que preguntárselo a los chicos yo no soy quién para decirte si puedes o no, pero ¿por qué no vas a casa de Miriam? –Le dije pensando que de ese modo desaparecía de nuevo cualquier oportunidad que pudiese surgir.

–¡Sí claro, la última vez sus hermanos intentaron quemarme y cortarme el pelo, de eso nada, prefiero dormir en el suelo con las gemelas!

Vamos, no es que me hiciera ninguna gracia, tenía pensado intentar una nueva escapadilla aquella noche, pero con ella en mi habitación era demasiado hasta para mí y al final accedí:

–De acuerdo, luego se lo preguntaré a Fran cuando venga.

Por su puesto que nada más decírselo el muchacho aceptó, estaba loquito por Mónica. ¡Pero, que yo no tenía ningunas ganas, debía de “constar en acta” o por lo menos que alguien lo supiese!

Llegamos a la casa bien entrada la tarde, Marisa había preparado la mesa para la cena en el jardín, todo estaba precioso, ojalá en esa mesa no hubiese más que dos cubiertos, pero no, estaba puesta para todos, incluso para mis amigas, disimuladamente le pregunté por Alex, pero me respondió que él estaba en el gimnasio. ¡Otro día que se escapaba y nosotros no encontrábamos el momento!

Menos mal que cuando volvió por lo menos cenamos juntos, se me hacía insoportable el tiempo que pasaba sin verlo o por lo menos escuchándolo, su música se estaba metiendo en mi sangre, y era un modo de sentirlo conmigo. Los chicos sacaron unos juegos de mesa y él participó con nosotros, nos reímos e incluso un par de veces que mi hermano se despistó pudimos hasta besarnos.

Pasada la una decidimos acostarnos, aproveché un segundo que mi amiga entraba en el baño para asomarme a la ventana. Él estaba en su balcón fumando un cigarro, gesto que me llamó mucho la atención.

–¡No me lo puedo creer! ¡El intachable Alejandro Grajal fumando! Si uno que yo sé llegara a enterarse, se te caía el pelo.

Sonrió y expulsó el humo de su boca. Me miró y sin alzar la voz me dijo:

–No te sientes en el filo de la ventana puedes caerte.

–¿Y? ¿Vendrías entonces a salvarme?

Tomó otra calada de su cigarro y sin querer mirarme me dijo:

–Sisí déjate de bromas, no saques tanto el cuerpo.

Hice la tonta un poco como si fuese a caerme, él dio un saltó alargando sus brazos. Pero la distancia era mucha, no podía alcanzarme, aunque hubiese querido. Entonces, algo apenada, le dije:

–Así de lejos me siento de ti. Es como si casi pudiera tocarte, pero sé que no lo voy a lograr nunca.

–No digas eso, tarde o temprano lo conseguiremos, además tenemos toda la vida para estar juntos.

–¡Toda la vida! –Le contesté– Te vas en un par de semanas y seguramente no volveremos a vernos más si tu carrera despega, tal y como quiere tu abuelo, no creo que vuelvas por aquí nunca más.

–No te anticipes, ya verás cómo encontramos una solución.

Metiéndome dentro de la habitación le contesté:

–No sé qué solución ves tú, yo no veo ninguna.

–Hasta mañana, mujer de poca fe.

Sonreí al escucharlo, me asomé de nuevo y le lancé un beso desde la ventana.

Él me dijo en voz baja:

–Ven y dámelo en persona.

Escuchamos a mi amiga hablando, salía del baño y seguía con la conversación que había dejado suspendida cuando entró.

Muy bajito le contesté:

–¡Ojalá!

No sé a qué hora pude quedarme dormida, Mónica no dejaba de hablar sobre quién le gustaba más si Fran o mi hermano y ciento de cosas más, pero mi mente estaba muy lejos de allí como para hacerle caso. Tan lejos como dos puertas contiguas a la mía.

Serían las nueve de la mañana cuando bajé a la cocina para tomar un poco de café, Alex estaba ya desayunando, nada más verlo miré a un lado y a otro, al ver que no había nadie fui directa hasta él y le planté un besazo en toda la boca, él me abrazó por la cintura y me preguntó:

–Buenos días cielo, ¿has dormido bien?

–Regular, he pasado toda la noche pensando en ti.

Volvió a besarme, pero escuchamos un ruido y enseguida nos separamos. Me puse un poco de café en mi taza mientras él siguió untándose mermelada en su tostada.

–¿La pesada de tu amiga todavía está durmiendo?

–No, se ha ido con los chicos, esta mañana iban a recoger a Miriam para ir a Marbella, la última casa donde van esta mañana está ahora vacía y comerán allí los cuatro –mientras seguíamos desayunando le pregunté: ¿Y Marisa?, ¿qué raro que no ande por aquí, ya está arreglando las habitaciones de arriba?

Él sin levantar los ojos de su café me contestó:

–No, ha ido a Málaga, tenían que hacerle unas pruebas a su sobrina y seguramente estará todo el día en el hospital.

Ambos nos quedamos en silencio, levantamos los ojos de nuestros desayunos y nos miramos y como si lo hubiésemos ensayado, dijimos los dos a la vez:

–¡Estamos solos!

Con la voz algo excitada Alex me dijo:

–¡Tenemos toda la mañana, para nosotros!

Y como si nuestros cuerpos fueran atraídos por un imán, corrimos a abrazarnos y besarnos, él sacó la camiseta de mi pijama por mi cabeza y yo hice lo mismo con la suya. Con torpes movimientos sin dejar de besarnos y sin dejar de abrazarnos y tocarnos me subió sobre la encimera, a través de nuestros pantalones podíamos sentir nuestros sexos. Como pude, sin separar mis labios de los suyos, le pedí:

–¡Por favor vamos arriba, aquí no!

Tardamos una eternidad en llegar a la planta de arriba, nos besamos en cada escalón de la escalera, nos estrellamos contra la pared del fondo del pasillo, atinamos a quitarnos los pantalones al llegar a la parte alta de la escalera, me cogió en brazos y casi en una carrera me llevó hasta su habitación.

–Alex, ahora sin prisas, quiero recordar hasta el último segundo.

Sonrió y cubrió mi cuerpo con el suyo.

–Te quiero Sisí y no vas a tener que recordarlo, porque esto va a ser así para siempre, llevo enamorado de ti desde que era un niño. –Volvió a besarme–. Has sido todos mis sueños de adolescente, no puedo creerme que hoy estés aquí, en mi cama y que se vayan a hacer realidad todas mis fantasías.

Acaricié su pelo, no podía dejar de sonreír, todo me parecía un sueño, él me confesaba que me había amado desde siempre, igual que me había sucedido a mí.

–Creía que no me hablabas porque no te gustaba, pensé que por tu dinero te creías superior a mí.

–Nada más lejos de la realidad, no me atrevía a hablarte porque pensaba que jamás te fijarías en mí, eras el ser más bonito que había visto en mi vida y esto era algo impensable, pero soñaba con pasar los veranos aquí solo con la esperanza de volver a verte, solamente con eso me conformaba. Y ahora estas aquí, entre mis brazos, me dices que no corra, no te preocupes tengo que paladear cada uno de estos instantes, llevo imaginándomelos toda la vida.

Sus manos acariciaban mi cuerpo, sus labios saboreaban los míos, le entregué mi alma y él a mí la suya. No sabía qué ocurriría en una semana cuando se fuese de mi vida, pero no podía ignorar lo que sentía en ese momento; necesitaba amarlo y sentirlo en mí, era mi despertar al amor y aquella vez lo iba a hacer a lo grande, con un hombre al que adoraba.

En su equipo de música sonaba una suave pieza al piano, la brisa de la mañana mecía las cortinas de su balcón y su agradable olor a jabón hacía el marco perfecto para recordar ese momento por el resto de todos los días de mi vida.

Sentía cómo su piel rozaba la mía, cómo sus manos atrapaban con suavidad mis pechos y cómo en cada uno de nuestros movimientos su sexo acariciaba el mío, la excitación crecía por segundos y no podíamos separar nuestros labios ni un solo momento. Me miró a los ojos y con su aterciopelada voz me dijo:

–¿Estás preparada para mí?

Nunca había estado más preparada para nada en el mundo y simplemente le sonreí. Desgarró el pequeño sobrecito del preservativo, erguido delante de mí, se lo colocó; me avergoncé al verlo, aunque me había criado entre hombres, nunca había visto un pene tan en “vivo y directo”, totalmente erecto me tomó entre sus brazos y fui sintiendo cada centímetro de su piel dentro de mí. Los ojos se me entornaban hasta llegar a cerrarse al sentirlo totalmente mío, su voz era suave, muy cerca de mi oído me musitaba palabras de amor. Con fuerza agarró mi muslo para poder estar aún más en mí. Agarrada a su espalda bajé mis manos hasta sus caderas, sus movimientos eran rápidos, pero sin ansias, ambos queríamos disfrutar el momento hasta que nuestro deseo fue tanto, que necesitamos liberarnos. Ahora era yo la que se movía con fuerza, deseaba sentir el éxtasis que me producía su cuerpo, cuando llegamos al clímax necesité gritar su nombre.

Cayó a un lado de la cama, totalmente exhausto, apenas podíamos hablar, nos abrazamos intentando recuperar nuestras fuerzas antes de seguir amándonos. Tras unos momentos en silencio, él paseaba su mano por mi hombro, teníamos nuestra otra mano unida con los dedos entrelazados. Sus manos se veían tan grandes al lado de las mías. Estaba sumida en mis pensamientos cuando escuché su voz:

–Vas a ser una gran cirujana, tienes las manos pequeñas pero tus dedos son finos y ágiles. ¿En qué te gustaría especializarte?

Sonreía mientras lo escuchaba y miraba nuestras manos unidas.

–Voy a ser traumatóloga. –Soltó una carcajada, me sorprendió mucho su reacción–. ¡Oye! ¿Por qué te ríes? ¿No crees que pueda ser un buen médico?

–Eso ni lo dudo, pero te veo tan frágil que no creo que tengas la fuerza suficiente que debe tener un traumatólogo.

Apreté su mano con fuerza, queriendo demostrarle que no era ninguna debilucha, él se lamentó al sentir mi presión sobre sus dedos:

–¡Ah, ah, ah! ¡Ten cuidado, mi mano!

–Soy delgada pero muy fuerte, además esto no consiste en cuanta fuerza tengas, sino en cómo la utilizas.

En un rápido movimiento, se subió sobre mí y yo grité sin dejar de reír, inmovilizó mis manos.

–¡A ver si ahora eres tan fuerte! –Me besó, sin dejar que pudiera moverme.

Pero yo llevaba haciendo peleas con mi hermano desde que era muy pequeña y sabía bastantes trucos de defensa. Con un rápido movimiento, fui capaz de ponerme sobre él.

–¿Y ahora qué?

Ahora era él quien no podía dejar de reír, seguramente por ese motivo pude ganarle, pero en ese momento era yo quien tenía sus manos inmovilizadas y totalmente a mi merced. Me pareció tan guapo y atractivo, tan libre y tan feliz en ese momento, que deseé grabarlo en mi mente, no quería pensarlo, pero no creí que muchos momentos en mi vida podrían hacerme sentir tan inmensamente feliz.

Lo besé con pasión, me fundí en sus labios, seguí bajando por su cuello hasta su pecho, lo deseaba de nuevo, necesitaba sentirlo en mí otra vez, era como si supiese que aquello tenía final y necesitaba aprovechar cada uno de los segundos que estuviésemos juntos.

Yo misma lo guie hasta mí, y nuestra danza de amor empezó de nuevo, una y mil veces, aquella mañana era nuestra, solo nuestra.

CAPÍTULO 3

Eran más de las cuatro de la tarde, sentía un hambre atroz, pero no había forma de convencer a Alex para que bajásemos a comer algo, no sé si pensaría que si nos movíamos de su habitación aquello se esfumaría como un sueño.

–¡Por favor vamos a bajar, me voy a desmayar! –Él seguía abrazándome muy fuerte y siseó para que callase– ¡Pues yo me voy! –Intenté levantarme, pero de nuevo me atrajo hasta él.

–¡Solo un poquito más!

–¡Alex tengo mucha hambre, mi hermano llegará de un momento a otro y nos va a hacer mil preguntas si ve que estamos solos y aún no hemos comido!

El ambiente de broma que había hasta ese instante dio un giro de 180º y me habló bastante serio:

–Sisí esto se va a acabar, he seguido con la tontería de lo de tu hermano por no meter la pata, pero ya no somos unos críos para tener que estar pendientes a sus caprichos, luego hablaré con él y pondré las cosas bien claras, no sé qué razones tendrá para que no quiera que estemos juntos, pero no le voy a aguantar ni una tontería más.

Cogí su cara entre mis manos, sabía que tenía razón, pero no quería que nuestra relación comenzara con mal pié.

–Escúchame por favor, no estás diciendo nada que no sea verdad, pero déjame que sea yo quien hable con él, con el carácter que tenéis los dos no vamos a conseguir que esto llegue a buen puerto, no podéis ponerme en medio de una encrucijada y tener que decantarme por uno o por otro. ¿Lo harás? ¿Me dejarás que yo hable primero con él?

–Pero tienes que hacerlo hoy mismo, no quiero perder un minuto más sin estar contigo. ¿De acuerdo?

Asentí con la cabeza, me cogió por mi nuca y me acercó de nuevo a su boca. Sin poder separarme de sus labios le dije:

–¡No, no, no, me voy, tengo mucha hambre!

Se echó a reír y aproveché el momento para levantarme de su cama, cogí su camisa, que estaba sobre el respaldo de la silla y me la puse.

Él seguía acostado, puso sus brazos por detrás de la cabeza y no movió un solo musculo más, yo notaba cómo no dejaba de observar cada uno de mis movimientos y me estaba poniendo nerviosa.

–¿Qué? –Le dije sin poder dejar de reírme.

–Que nunca me cansaré de decirte que eres lo más bonito que he visto en mi vida.

Me sonrojé al escucharlo. Él, que había viajado a las mejores ciudades del mundo, que habría conocido montones de chicas y a mí me miraba con esos ojos llenos de amor. Me puse al filo de la cama y lo besé, me abrazó con dulzura, pero de nuevo me atrapó entre sus brazos y me recostó a su lado. ¡Bueno al fin y al cabo tampoco tenía tanta hambre! Y todo empezó otra vez.

Nos habíamos quedado dormidos, exhaustos y hambrientos, el cansancio pudo con nosotros, pero el motor de la furgoneta de mi padre me despertó sobresaltada. Puse atención y lo pude escuchar entrando por el portón hacia el garaje.

Los nervios se apoderaron de mí. Alex seguía durmiendo, no quise despertarlo, mejor así. Fui corriendo hacía mi habitación y me puse algo de ropa, bajé enseguida al jardín recogiendo a mi paso toda la que nos habíamos ido quitado en nuestro camino hacia su dormitorio. Escuchaba la voz de mis amigas y no sabía cómo iba a responder mi hermano cuando se enterara de que habíamos pasado todo el día los dos solos.

–¡Hola!

Las chicas vinieron corriendo hacia mí, mientras ellos descargaban las cosas de la furgoneta.

–¡Hola Sisí! ¡Tenías que haberte venido con nosotros, lo hemos pasado genial!

Pensaba para mí, “tampoco yo lo he pasado muy mal que se diga”

–Bueno, así habéis podido estar toda la mañana con los “Don Juanes” –Las dos se echaron a reír.

–¡Jo, si vieses lo que te tenemos que contar! –Dijo Mónica dando saltitos.

–¿Qué?

Miriam no pudo esperar que Mónica continuara y la interrumpió:

–¡Qué ya es formal! Somos cuñadas, bueno tú no –le dijo a la pobre Mónica– ¡Pero tú y yo sí! –exclamó dirigiéndose a mí.

Lanzamos unos chirriantes grititos, cogí la mano de Mónica y le dije bajando mucho el tono de voz para que mi hermano no me escuchase:

–¡Tú y yo también y así por extensión las tres! ¡Yo estoy ya formalmente con Alex! –De nuevo nos pusimos como tres bobas a abrazarnos sin parar de dar aquellos incómodos gritos para los que nos escuchaban.

En ese instante un taxi paraba en la puerta de entrada de casa, Marisa se bajó y vino hacia nosotras.

–¡Hola! ¿Ahora llegáis?

–Sí, acabamos de hacerlo –dijo mi amiga. Ella continuó con su conversación.

–¡Yo estoy agotada, llevo desde esta mañana en el hospital con mi sobrina, menos mal que todo parece haber salido bien!

Y como si mi hermano y yo tuviésemos una conexión más allá de lo normal, ambos nos miramos; podía leer perfectamente en sus ojos lo que estaba pensando, vino hacia mí y me cogió del brazo apartándome de las miradas de todos que no entendían esa reacción por su parte, me metió casi arrastras hasta el hall de la casa.

–¿Habéis estado toda la mañana solos los dos?

Di un fuerte tirón de mi brazo y me liberé de él.

–¡Cálmate Raúl! Déjame que te explique.

–¿Qué tienes que explicar? Seguro que te ha llevado a la cama ¿a qué has picado como una idiota?

–¡Raúl, no sé por qué te desagrada Alex! ¡Es un tío genial y creo que le gusto enserio!

–¡Joder Sisí! ¿Sabes que se va en una semana y que no va a volver? ¿Te lo ha dicho? ¡Seguramente se van a vivir a Los Ángeles, ya es casi seguro si cierran este último contrato! –La voz de mi hermano sonaba cada vez con más fuerza, no me dejaba explicarle– ¡Va a hacer una gira y no volverá! ¡Además me ha contado Fran que su hermano es de los que van de una mujer a otra, sin nada estable! –Intenté contestarle, pero la voz de Alex me detuvo:

–Tu hermana sabe de sobra lo de mi gira, es verdad que estaremos un año separados, no se lo he ocultado, pero existen los aviones y siempre que pueda volveré para que podamos estar juntos y lo de las chicas, en parte es cierto, no he conseguido estar con nadie porque llevo enamorado de Sisí desde que era un crío y los pocos días que nos quedan para estar juntos, tú los estas echando a perder con tu intransigencia. ¡Déjanos en paz, ya estamos bastante creciditos para saber lo que queremos hacer, sin necesidad de que nadie nos diga lo que es mejor o peor para nosotros!

Alex agarró mi mano e intentó que pasásemos hacia el interior de la casa, pero Raúl me amenazó:

–¡Sisí, voy a llamar ahora mismo a papá y le voy a contar que te estás acostando con este tío!

Me volví hacía él y le contesté:

–¡Haz lo quieras! ¡Si quieres darle un mal rato llenándole la cabeza con esta tontería, hazlo! ¡Cómo si las preocupaciones que tiene ahora no fuesen ya bastante! Pero si vas a seguir adelante ten en cuenta una cosa, tú y yo terminamos aquí, vete olvidando que tienes una hermana. –Agarré con fuerza la mano de Alex y nada más dar un par de pasos separándome de Raúl me volví y le dije–: ¡Ahora nos vamos a comer, hemos estado toda la mañana juntos y no nos había dado tiempo aún!

Me di la vuelta y continué andando de la mano de Alex con los ojos casi entornados y rezando para que Raúl no hiciese la tontería de llamar a mi padre.

Al cabo de un instante escuché cómo el motor de la furgoneta se ponía en marcha, supuse que necesitaba algún tiempo para pensar que hacer, pero a mí me había chafado por completo aquel maravilloso día.

Después de comer algo rápido Alex se despidió de mí con un beso, sin importarle que su hermano y mis amigas estuvieran delante y volvió a sus prácticas con el piano. El ambiente no era el más agradable, todos estábamos incómodos por la situación que se había creado entre mi hermano y yo, Miriam fue la primera en romper el hielo.

–¡Jo, qué mal rollo! Con lo contentos que estábamos.

La miré, mi humor no era el mejor en ese momento tampoco.

–¡Yo no he tenido la culpa! Es que realmente no sé qué ve de malo mi hermano en Alex. No podía pedir alguien mejor para mí, ni siquiera cuando le conté lo que me había ocurrido con Carlos se lo tomó tan mal.

Fran entró en la conversación:

–Creo que yo he sido el culpable de todo esto.

Las tres lo miramos.

–Estoy tan enfadado con mi abuelo por culpa de la gira de Alejandro, que no he dejado de despotricar sobre él, tu hermano lleva estos tres meses escuchándome hablar mal sobre el mío, como si el pobre hubiese tenido otra opción que aceptar el destino que mi abuelo lleva trazando para él desde que murieron mis padres.

Mónica le contestó rápidamente:

–¡Eso es absurdo! En el tiempo en el que vivimos nadie obliga a nadie a hacer algo que no quiere, si tu hermano no quisiera hacer la gira, tu abuelo no podría obligarlo.

Él la miró, dio un suspiro y le respondió:

–Se nota que no conoces a mi abuelo, no lo consiguió con mi padre y se propuso no fracasar en este empeño con mi hermano, lo lleva obligando a tocar ocho horas diarias desde que tenía diez años. Alejandro es un hombre muy íntegro y se siente agradecido por criarnos a los dos, o por lo menos mi abuelo le ha hecho sentirse obligado a estarlo con él, es un manipulador. Ahora está organizando esta estúpida gira y tendremos que mudarnos a los Ángeles, le he pedido mil veces que me deje quedar en España, pero él se niega, por lo único que no le obligo a hacerlo es por no abandonar totalmente a mi hermano en sus manos –lo miraba algo sorprendida, siempre había pensado que Fran tenía un poco de envidia de su hermano, pero era al contrario, lo que realmente sentía era lástima por él, por la situación en la que se había visto envuelto a causa de la ambición y manipulación de su abuelo. Fran continuó hablándome–…Y tú hermano no te lo ha dicho, pero cuando le contaste lo que te ocurrió con aquel tío, le dio tal cantidad de golpes que no pudo asistir a clase durante una semana.

Me quedé perpleja. ¡No me había dicho nada, me dijeron que se había caído “chuleando” con la moto! Miriam dio un grito que me sorprendió sacándome de golpe de mis pensamientos:

–¡Vamos a olvidarnos ahora de esto! Tenemos que empezar a organizar vuestro cumpleaños, estamos a miércoles y es el sábado.

–¡Lo que me faltaba, más jaleos!

–Déjate de tonterías, no están ahora las cosas para fiestas.

–Bueno hoy no, pero tu hermano va a entrar en razón seguro y si es verdad que vosotros os vais –dijo dirigiéndose a Fran–, la fiesta nos servirá también de despedida.

Fran hizo un mohín con su boca y nos dijo:

–No veo por qué no, déjame que yo hable con tu hermano y tú deberás hacerlo con el mío –me dijo a mí.

–Fran, yo no tengo ganas de hacerle esa encerrona, él necesita tranquilidad, sabes lo que opina tu abuelo de todas estas cosas.

–¿Sabes que mi hermano no ha tenido nunca ni un solo capricho en su vida por no disgustar al viejo? Ha hecho siempre su santa voluntad, ¡déjalo que intente vivir un poco, el año que le espera no se lo desearía ni a mi peor enemigo!

–¡Bueno, se lo preguntaré, pero no creo que le haga ninguna gracia!

Mis amigas sin atender a mi respuesta, empezaron a hacer planes de la que querían liar. Pegué un suspiro levantando mis manos hacia el cielo. ¡Nada, ni caso!

Eran más de las ocho de la tarde cuando vi llegar a mi hermano, yo estaba sentada en una de las sillas del jardín intentando echar una ojeada a uno de mis libros. Él bajó del coche, me puse en pie esperando que viniese hacia mí, pero no lo hizo y lo llamé:

–¡Raúl! ¡Raúl, por favor!

Me miró, se quedó quieto, sabía que dudaba lo que hacer, entonces insistí:

–¡Por favor, déjame explicarte! No quiero que estemos enfadados.

Él jugaba con las llaves sin levantar la cabeza y con la voz bastante baja me contestó:

–Yo tampoco quiero estar disgustado contigo, solo intentaba que no te hicieran daño.

Yo corrí a abrazarlo, él había sido siempre mi héroe, mi compañero de juegos, mi confidente. De pequeña, cuando tenía pesadillas me metía en su cama y él me abrazaba con tanta fuerza que todos mis miedos desaparecían, estábamos conectados por algo más fuerte que el cariño.

–Sé que me voy a sentir horrible cuando se vaya, pero Raúl, me he enamorado como una idiota de él, ¿cómo crees que me sentiría si ni siquiera intentara tener una relación, por muy corta que sepa que esta vaya a ser, solo por miedo a lo que me duela después? Debo intentarlo, pero por algún extraño motivo necesito saber que tengo tu aprobación, me he sentido tan mal intentando engañarte, sin poder contarte todo lo que me estaba pasando, sabes que nunca te he ocultado nada.

Me abrazó con mucho cariño.

–Por favor perdóname, he sido un entrometido, no debía haberme metido en tu vida del modo en el que lo he hecho, pero tienes razón y lo peor es que lo sabes, vas a pasarlo fatal cuando se vaya.

Me agarré a su brazo y comenzamos andar hacia el interior de la casa.

–Lo sé, pero ya nos preocuparemos de esa parte cuando ocurra, ¿de acuerdo?

Él besó mi frente y cogió mi mano con fuerza.

–Sabes que eres lo único que tengo en este mundo, aparte de papá, es como si sintiera la obligación continuamente de cuidarte y no me doy cuenta que tú ya sabes hacerlo solita.

Sonreí al escucharlo.

–¿Por eso vas pegando palizas a diestro y siniestro a mis conquistas? –Me miró algo sorprendido, haciendo un gesto con sus ojos preguntándome a qué me referiría. Yo le expliqué–: No te hagas el tonto, me he enterado que tu ex querido amigo Carlos no se cayó de la moto, sino que lo “tiraron”.

Sonrió de nuevo y me contestó:

–¡Se lo buscó por gilipollas, con mi hermanita no se juega!

Entramos hasta el salón, Fran jugaba con el videojuego y Alex estaba de pie junto a la ventana, desde allí se veía el jardín y supuse que había presenciado la escena entre mi hermano y yo. No sabía cómo reaccionarían al verse cara a cara, pero yo se lo había implorado: “No me pongas en la encrucijada de tener que elegir”. Antes de que mi hermano abriera la boca para disculparse, él se acercó a nosotros con su mano extendida y se dirigió a Raúl.

–¿Amigos?

Mi hermano sonrió y asintió con la cabeza.

–Amigos.

El suspiro que lancé pudo haber sido un huracán en cualquier lugar del mundo, los miré a los dos y ahora fui yo la que sonrió aliviada. Jamás hubiese podido elegir. Mi hermano me miró y me preguntó:

–¡¿Por lo menos habréis tomado alguna precaución?! ¿No? Yo no quiero ser tío tan pronto.

–¡Raúl!

Me puse tan colorada que tuve que salir de la habitación bajo las risotadas de los tres.

Esa noche volvimos a dormir juntos, bueno, mejor dicho, pasamos la noche juntos, porque dormir, lo que se dice dormir, lo hicimos poco, no podíamos perder un segundo del tiempo que nos quedaba por pasar uno en compañía del otro. Alex hacía algunos planes para poder vernos a lo largo del año, pero ambos sabíamos que debido a su agenda y los miles de kilómetros que nos separaba, iba a ser casi imposible, pero supongo que el soñar era gratis y así era más fácil para los dos.

Al final mis amigas se salieron con la suya y convencieron a mi chico para poder organizar la fiesta de cumpleaños en su casa. Aunque ya desde el principio estaba empezando a ser un descontrol, el rumor se había corrido como la pólvora y me pasé los dos días siguientes recibiendo mensajes de confirmación de gente que ni conocía. ¡Madre mía, como se enterase el viejo aquello sería terrible!

Teníamos planeado punto por punto cada uno de los pasos a seguir. Alex le había dado el fin de semana libre a Marisa, con la excusa que los cuatro pasaríamos esos días fuera y su sobrina necesitaba de sus cuidados, unos amigos de mi hermano se encargarían de las luces y el sonido, otros amigos de Fran venían desde Madrid para tocar en la fiesta, mis inseparables y yo nos habíamos encargado de organizar la comida y la bebida y otro grupo de nuestros amigos vendrían temprano para ayudarnos a prepararlo todo. ¡Total planazo completo!

CAPÍTULO 4

–Despierta preciosidad.

Abrí los ojos, mientras mi guapísimo pianista pasaba su dedo por el perfil de mi cara.

–Feliz cumpleaños, pelirroja.

Me desperecé y sonreí.

–¡Gracias!

– ¿Cómo te sientes con veintiún añazos?

A la vez que bostezaba le contesté:

–¡Vieja, me siento vieja!

Él se echó a reír.

–Pues eres la vieja más bonita que he visto nunca.

Nos besamos y de pronto me enseñó una caja de color verde agua, con un lacito crema.

Me incorporé un poco.

–¡Qué cajita más linda! Parece de las que salen en las películas, la de esa joyería de “Desayuno con Diamantes”.

–Es qué es de allí, mira el nombre.

–¡Oh Alex! ¿Qué es?

–¡Ábrelo mujer! Espero que te guste.

Quise recrearme en ese momento, deshice con mucho cuidado aquel lazo y antes de abrir la caja, le pregunté:

–¿Cuándo has estado en New York para comprarme el regalo?

Sonrió de nuevo.

–¿Sabes que existe internet?, ¿verdad?

Le di un empujón.

–¡Bobo! Solamente me preguntaba cómo lo habías comprado.

–Ya hay tiendas de esa marca en muchos lugares, no solo en New York, y esta marca de pulsera pude comprarla en cualquier sitio de aquí, pero quise que fuese precisamente de Tiffany para hacer tu regalo más especial – Yo lo miraba embobada, él entonces se impacientó– ¡Pero ábrelo!

Me puse de nuevo manos a la obra y quité la tapadera de aquella cajita. Era una preciosa pulsera de “Pandora” en oro blanco, con unos abalorios que representaban un pequeño piano, un corazón y una llave.

–¡Qué cosa más bonita!

–¿Te gusta? –Me preguntó, mientras se incorporaba para poder ponérmela.

–Es preciosa, pero esto debe ser carísimo. ¡Fíjate, tiene tu piano!

–No encontré otra cosa que pudiese recordarte a mí en los momentos que no estemos juntos.

–¿Y el corazón y la llave?

–Supongo que es mi corazón, la llave es para que sepas que solo tú puedes abrirlo.

–¡Oh Alex! No era necesario, mira todo el jaleo que has permitido a mis amigas organizar para mí.

–Te lo mereces todo, en este momento soy la persona más feliz del mundo, así que he pensado devolverte un poquito de esa felicidad. Hoy durante todo el día quiero darte algunas sorpresas.

Con las dos manos cogí su cara y lo besé con todas mis fuerzas.

–¡Alex, no voy a poder querer a nadie más en toda mi vida que a ti! ¡Prométeme que volveremos a vernos, qué estos días no serán los últimos!

–¡¿Cómo puedes dudarlo, siquiera?! Sisí cielo, me moriría si pensara que no iba a poder verte nunca más.

Me abracé a su pecho, sin querer que me mirara a la cara, en ese momento ya rodaban unas lágrimas de mis ojos, que no quise, ni pude retener. Tenía la certeza que después de estos días, no iba a volver a verlo y lo que le había dicho era verdad, lo quería tanto que jamás iba a poder amar del modo que le amaba a él.

La mañana transcurría entre carreras, risas y recibir amigos que desde primera hora se acercaban para echarnos una mano con la organización, me encantaba ver cómo Alex disfrutaba igual que nosotros, cómo bromeaba con todos, nunca lo había visto tan relajado, hablando con su hermano y con el mío. ¡¿Dios, por qué todo aquello tenía que terminar?! Adoraba a ese hombre más cada segundo que pasaba a su lado. Me gustaba su carácter, su determinación, cómo era conmigo, todo, no había un pedacito de él que no me atrajera, aprovechábamos cada ocasión en la que nos cruzábamos para besarnos y tocarnos. Pero esta situación solamente era humo, en unos días todo esto no sería más que recuerdos. No quería ni pensarlo y mantenía mi cabeza totalmente ocupada en cualquier cosa que me entretuviese.

Después de comer decidí bajar con mis amigas hasta mi casa, quería arreglarme allí para hacerlo con tranquilidad y que me viese cuando ya estuviese bien bonita. Siempre andaba con mi short y en camiseta, con estos pelos que no había manera de domar y quería que también tuviese el recuerdo de mí como el de una mujer sofisticada cómo las que conocería durante sus conciertos. Aunque, solo entre nosotros, realmente, no sabía cómo iba a logarlo.

Pero antes de salir me llamó, yo volví mi cara, él estaba en su habitación y me pidió que lo esperara. Al llegar a mi altura me dijo:

–Se me había olvidado darte mi segundo regalo.

Me pasó un sobre, yo lo miré sonriendo:

–¿Qué es?

–¿Por qué no intentas verlo por ti misma, sin preguntar siempre qué es?

Lo empujé un poco en su pecho, cuando le daba la gana era de un “borde” conmigo.

–¿Un billete de avión?

–Sí, no sé cuándo tendré la oportunidad de volver, por eso quiero que en cuanto tú puedas vueles a mi lado, mira, la fecha y el destino están abiertos, puedes ir cuando y donde quie….

No le dejé terminar de hablar me abracé a él con todas mis ganas.

–¡Ten la seguridad que lo utilizaré!

Él apartó el pelo de mi cara y sin dejar de sonreír me respondió:

–Y en cuanto lo hagas, tendrás otro esperándote para que siempre vuelvas a mi lado.

Lo besé con todo mi amor, aunque los gritos de mis amigas diciéndome que no nos iba a dar tiempo a arreglarnos rompieron aquel impresionante momento.

Andaba rebuscando en mi armario, mientras mis inseparables se maquillaban ya, pero no encontraba nada que me pareciera lo adecuado para aquella noche. El sonido de mi teléfono detuvo mi búsqueda, era una llamada de mi padre.

 ¡Felicidades cariño!

 ¡Gracias! ¡Papá, por fin consigo hablar contigo!

 Lo siento, es que en el hospital son muy estrictos con lo de los teléfonos, aunque ya sabes por los mensajes que todo va muy bien, ¿verdad?

 Sí papi, lo leí.

 ¿Y qué, tenéis pensado hacer algo especial hoy tu hermano y tú por vuestro cumpleaños?

¡Madre mía si se enteraba de la que teníamos organizado, se plantaba aquí antes de decir Amén!

 No, iba a salir con las chicas, pero quería ponerme muy guapa y no tengo nada que merezca la pena.

 Sisí, mamá tenía un vestido que se compró para la boda de una amiga que no llegó a estrenar, está guardado en una caja en el altillo de mi armario, ella decía que era el vestido más bonito que había tenido en su vida, y si a ti te gusta, seguro que estaría encantada con que te lo pusieses, creo que te quedará bien, como se quedó tan delgada quizás sea tu talla.

 ¿De verdad no te importará si me lo pongo?

 No cariño, tal vez fuese el regalo que mamá te compró para que este día ella estuviese presente en tu vida.

 Te quiero mucho papá.

 Y yo a vosotros. Dale un beso al gamberro de tu hermano que no me coge el teléfono.

 Se lo daré de tu parte.

 Nos vemos pronto, ¿de acuerdo?

 Sí, papá, dale tú también muchos besos al tito.

Le di un beso a través del teléfono, era el padre más bueno del mundo, siempre estaba a mi lado para cualquier cosa que lo necesitara.

Fui hasta su dormitorio y efectivamente, encima de su altillo, debajo de unas mantas de cuna, de cuando éramos pequeños, había una caja algo descolorida por el paso del tiempo. La puse sobre la cama con cuidado de no estropearla, abrí la tapa y aparté unos papeles de seda que envolvían el vestido más delicado que había visto en mi vida. Era una preciosa gasa de un suave color nudge; aunque ese verano había cogido algo de color, el blanco de mi piel apenas se tornaba en rosa; lo puse sobre mi cuerpo, ni en mis mejores sueños había pensado tener algo tan bonito. Cogido en un solo tirante en una preciosa lazada con unos diminutos cristalitos, y una falda plisada y larga. ¡Me quedaba que ni hecho a medida! Mis amigas me recogieron el pelo con un moño alto; hubiese dado parte de mi vida por que hubiese sido mi madre la que estuviera conmigo ese día, ayudándome a arreglarme, contra más mayor me hacía más la necesitaba. Suspiré consolándome a mí misma. Las risas de mis inseparables me trajeron de nuevo a la realidad. Con aquel precioso vestido y un cuidado maquillaje, parecía de verdad la mujer que podía hacer pareja con un hombre como Alejandro Grajal, no la niñata con la que Alex se reía.

Llegamos hasta la casa de mi chico, él estaba en el jardín hablando con mi hermano de espaldas a la entrada, ambos arreglados, recibiendo ya a los primeros invitados a la fiesta.

Mi hermano inclinó un poco la cabeza, creo que para cerciorarse que era yo la que llegaba, en sus labios se dibujó una sonrisa de aprobación. Alex se volteó para ver qué era lo que llamaba tanto su atención. Se quedó quieto con una elegante expresión y una preciosa sonrisa en sus labios. Esperó a que cruzara el jardín y me detuviera enfrente a ellos, al llegar los miré:

–¿No vais a decir nada ninguno de los dos?

Raúl habló primero:

–¡Es que no creía que eras tú, pareces una mujer!

–¡Hombre gracias! ¿Y hasta ahora qué parecía, un camello?

Alex acarició mi cara con su mano y con una voz profunda me contestó:

–No, siempre has sido la mujer más bonita del mundo.

No me importó mi pintura de labios, me acerqué hasta él y lo besé con dulzura. ¡Dios mío, ¿por qué me hacías quererlo tanto?! No quise ponerme triste y sonreí sin darle importancia a lo que sentía por dentro.

–¡Vosotros sí que estáis guapos los dos! Voy a ser la más envidiada de toda la fiesta.

En pocos minutos aquello era un hervidero de gente, los músicos amigos de Fran eran geniales y en nada todo el jardín daba saltos bailando al son de la música. Era tan feliz, los brazos de Alex rodeaban mi cuerpo continuamente, estaba pendiente a mí en todo momento, sus labios apenas se despegaban de los míos. Cuando más animada estaba la noche se apagaron las luces, él cogió mi mano y me llevó cerca del escenario.

–¡Ven, ya está preparado mi otro regalo para ti!

–¿Qué es? No veo nada.

–Espera un poco –dijo con voz resignada.

De pronto sonó un piano y la luz se encendió. Todas las chicas gritaron. ¡No podíamos creerlo! Pablo Alborán estaba tocando, sabía cuánto me gustaba y lo había llevado a mi fiesta. Mis amigas corrieron hasta mí y como en el concierto que había dado en Málaga, las tres nos pusimos las primeras, aunque algunas se ganaron algunos empujones por cruzarse en nuestro camino.

Cantó algunas canciones, ¡increíble como siempre! Cuando se despidió, Alex me llevó hasta él para presentarnos, como una idiota me quedé paralizada, sin poder dejar de sonreír, él me dio un par de besos felicitándome, pero yo era incapaz de contestarle. Mi chico al verme tan inusualmente tímida le dijo:

–¡Aunque no te lo creas Pablo, creo que es la primera vez que la he visto sin hablar durante tanto tiempo seguido!

Él se echó a reír y yo seguía sin poder articular palabra, y tan colorada que hasta parecía otra persona.

Entre ellos había una complicidad que no me explicaba, ¿si Alex sabía cuánto me gustaba Alborán, porqué nunca me había dicho que lo conocía? enseguida comenzaron a charlar, yo miraba a uno y a otro y me parecía increíble vivir lo que estaba viviendo en ese instante. Al final conseguí entrar en la conversación y era tan agradable como yo imaginaba, por desgracia tuvo que irse pronto aunque ya pasada la vergüenza inicial, todas nos hicimos fotos con él y pasamos un rato maravilloso.

–¿Te ha gustado mi tercera sorpresa?

–¡Oh Alex, no puedes ni imaginártelo! ¡Creo que no he sido más feliz en toda mi vida que como lo estoy siendo hoy!

–Pues ya tengo lista la cuarta sorpresa, seguro que esta no te gusta tanto como las anteriores, pero la he preparado con todo mi amor.

Cogió mi mano y me llevó hasta la sala de música que estaba cerrada para que nadie pudiera pasar.

–Siéntate por favor.

Me senté en el sillón donde solía hacerlo su abuelo mientras lo escuchaba tocar, él lo hizo delante de su piano me miró y sonrió.

–Sé que no es la música que más te gusta, pero esta pieza la compuse pensando en ti hace ya un par de años, me inspiré mientras te veía entre las flores del jardín desde mi habitación; como es tuya he querido regalártela y la he registrado a tu nombre.

–¡¿Hace un par de años?!

–Te lo dije, llevo toda mi vida enamorado de ti, has sido mi primer amor y no creo que nunca pueda querer a nadie tanto como te quiero a ti.

Empezó a sonar una suave melodía, era tan maravilloso verlo tocar, eran tan pocas veces las que lo había disfrutado, la música envolvía mi alma y cada una de sus notas se clavaba en mi corazón. Alex la había compuesto para mí, y yo pensando que él ni siquiera sabía que existía, ahora estaba segura que me quería de verdad, ese hombre que siempre había sido algo inalcanzable, hoy sentía que era todo mío. Me levanté y rocé con mis dedos sus hombros, mis labios buscaron su cuello mientras él continuaba tocando; deslicé el vestido por mi cuerpo, metí mi mano por el interior de su camisa, buscando su carne y muy suave al oído le musité:

–Hazme el amor ahora, envuélveme entre tus brazos y no dejes que me separe de ti jamás.

Él retiro un poco la banqueta, me senté a horcajadas sobre él, sus ojos buscaron los míos y sus manos abrazaban mi espalda con fuerza, nuestros labios se unieron en un único beso, desabroché su cinturón y bajé la cremallera del pantalón.

–Espera un segundo.

Sacó de su bolsillo un preservativo y me preguntó:

–¿Lo pones tú?

Sonreí, sabía el pudor que me producían todavía todas esas cosas, pero no lo dudé y con mucho cuidado lo acaricié al ponérselo.

Allí mismo, de una forma suave, tan suave como su música, sentí su carne en la mía, desde mi garganta un gemido de placer inundó la habitación, podía sentir con aquella postura cada centímetro de su piel, su boca saboreando con dulzura mis pechos, mientras sus manos recorrían cada palmo de mí.

–Te amo Sisí, te amo tanto, no puedes ni imaginarlo.

–Y yo a ti cariño, lo eres todo para mí.

Nuestro éxtasis llegaba en segundos, no había sitio para más en esa habitación, solo para amarnos con locura y desesperación, no queríamos separarnos, la vida no podía ser tan cruel de alejar un amor tan grande.

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