Kitabı oku: «La poli, la convicta, la gánster y la ladrona»

Yazı tipi:


Título original inglés: Gathering Dark.

Autora: Candice Fox.

© Candice Fox, 2020.

© de la traducción: Víctor Manuel García de Isusi, 2021.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2021.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: septiembre de 2021.

REF.: ODBO901

ISBN: 978-84-9187-837-7

DEPÓSITO LEGAL: B-12.113-2021

EL TALLER DEL LLIBRE, S. L. · REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL

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PARA VIOLET

BLAIR

Levanté la mirada y me encontré con una pistola que me apuntaba. Así de silenciosa había sido aquella joven. Así de rápida. Por el rabillo del ojo me había parecido ver pasar una figura por las ventanas frontales de la gasolinera, una sombra que caminaba, difusa, recortada contra el rojo atardecer y las siluetas de las palmeras. Nada más. Me había puesto la pistola en la cara antes de que el timbre de la puerta hubiera acabado de dar esa nota única que la había anunciado, que la había hecho real. La pistola temblaba, lo que convertía aquella mala situación en algo peor, si cabe. Dejé el bolígrafo con el que estaba rellenando el crucigrama.

Profundo arrepentimiento: «remordimiento». Puede que esa fuera a ser la última palabra que escribía. Una palabra que me resultaba familiar.

Extendí las manos sobre el mostrador, entre un bol con plátanos moteados a un dólar cada uno y las Clark, barritas que vendíamos dos por una.

—No grites —me ordenó la joven.

Me permití pasar la mirada de la pistola a la muchacha y lo único que vi ante mí eran problemas. La mano que sujetaba la pistola estaba sudada y ensangrentada, igual que el dedo que tenía metido en el guardamonte y que se le resbalaba del gatillo. La pistola tenía quitado el seguro. El brazo de la mano que sujetaba la pistola era delgado, flacucho, y no me cabía duda de que pronto se cansaría de aguantarla pues, según parecía, no era suya y le resultaba muy pesada. La cara que había más allá del brazo era del enfermizo color gris púrpura de un cadáver reciente, y tenía un tajo feo en la frente, un tajo tan profundo que se le veía el hueso. La muchacha mostraba marcas sangrientas de dedos en el cuello, marcas demasiado grandes para ser de sus propias manos.

Ponerse a gritar habría sido una mala idea. Como la sobresaltara, aquel dedo que no paraba de resbalar en el guardamonte accionaría el gatillo y mis sesos quedarían estampados contra el dispensador de tabaco que había justo detrás de mí. No quería morir con aquel estúpido uniforme, con aquel sombrero en el que lucía el parche de un canguro rosa y con aquella placa que llevaba en el pecho y que decía la verdad respecto a que me llamaba Blair, pero que mentía en eso de «¡Adoro atenderte!». No sé por qué, pero me puse a pensar en qué ropa llevaría Jamie, mi querido hijo, a mi funeral. Sabía que tenía un traje; lo había llevado en la vista de mi condicional.

—¡Vaya! —exclamé sorprendida y solícita.

—Vacía la caja registradora —la joven alargó la otra mano y miró por la ventana. El aparcamiento estaba vacío—, y dame las llaves del coche.

—¿Las del mío?

Me toqué el pecho, lo que la llevó a ella a retroceder un poco y a sujetar la pistola con más fuerza.

«Será mejor que no te muevas tan rápido y que no hagas preguntas estúpidas».

Mi viejo Honda era el único coche que había a la vista, al fondo del aparcamiento, justo debajo de una valla publicitaria: Idris Elba con un reloj que costaba lo mismo que dos fondos universitarios.

—El coche y la pasta —dijo entre dientes—. Vamos, puta.

—Mira... —empecé a decir despacio. Por un momento, sentí que tenía el control. La nevera de los burritos zumbaba ligeramente. Las luces que había detrás de la cara de plástico de la máquina de los granizados hacían ruidos tintineantes—. Podría ayudarte.

Mientras pronunciaba aquello me sentí como una idiota. En su día había sido capaz de ayudar a la gente. A niños enfermos y a sus aterrorizados padres. Yo manejaba herramientas quirúrgicas y llevaba trajes quirúrgicos, nada de canguros ni placas de mierda. No obstante, entre aquello y el ahora, había llevado un uniforme de presidiaria, y mi capacidad de ayudar a los demás había desaparecido por completo.

La joven cambió el peso de un pie al otro y movió el arma para animarme a que me diera prisa.

—A la mierda tú y tu ayuda. No necesito ayuda. Lo que necesito es salir de aquí.

—Si me dejaras... —Mis palabras las cortó en seco un fogonazo de luz. El sonido llegó más tarde, un ¡bang! en mis oídos, el zumbido retumbante de la presión en mi cabeza, provocada por la bala al pasar por mi lado, demasiado cerca. La joven acababa de hacerle un agujero al dispensador de Marlboro de la pared, justo por encima de mi hombro derecho. Olor a tabaco quemado y a plástico fundido en el aire. Me pitaban los oídos. La pistola volvía a apuntarme—. ¡Vale! ¡Vale!

Me acerqué a la caja registradora y miré a la joven de soslayo. Rizos de oro. Una nariz pequeña, casi de botón. Había algo que me resultaba familiar en ella. Pero, claro, era probable que, durante el tiempo que había pasado en la cárcel, hubiera visto más de un millar de jóvenes como aquella: afligidas, nerviosas y enfadadas con el mundo; todas ellas capaces de utilizar una pistola. Cogí las llaves de la taza que había junto a la caja.

—Esta gasolinera es propiedad de un cártel. —Me di cuenta de que a mí también me temblaban las manos. Enseguida me pondría a sudar, a jadear y me castañetearían los dientes. Mi miedo llegaba poco a poco. Me había entrenado para que así fuera—. Deberías saberlo. Atracas un sitio como este y no solo van a por ti, también van a por tu familia. Llévate el coche, pero...

—Calla.

—Irán a por ti...

Abrí la caja registradora. La joven se echó a reír. La miré de reojo mientras sacaba los billetes. No se reía de lo que le había dicho; era una risa irónica. Sentí como si algo me hiciera un corte, algo frío y afilado. Miré nuestro reflejo en la ventana. Ella también miraba por las ventanas, pero parecía pendiente de la creciente oscuridad. No se veía a nadie más. De pronto, era como si estuviéramos terriblemente solas, las dos, si bien había algo aterrador que me hacía pensar que no era así. Le entregué el dinero.

—Enseguida enviarán a alguien a por ti —le solté.

La joven asintió. Una sola vez. Un gesto cortante.

Poco a poco, saqué las llaves del coche del bolsillo y las dejé caer en su mano. Cuando la joven apartó el cañón del arma de mi cara sentí como si el tornillo de banco que me tenía cogida la garganta se aflojase.

Me quedé mirando cómo daba media vuelta y salía corriendo de la tienda, cómo se metía en mi coche, cómo se largaba.

Por las ventanas, era como si la nocturna Koreatown respirara aliviada, como si recuperara el movimiento. Dos muchachos con el pelo largo se empujaban en la esquina. Un hombre que volvía de trabajar cogió un periódico del buzón, se lo puso debajo del brazo y dejó que la tapa se cerrara de golpe. La presencia maligna que había sentido cuando la joven había estado en la tienda había desaparecido.

Podría haber llamado a la policía, aunque no fuera para informar del robo, sino de que una joven huía de algo o de alguien con la furiosa desesperación de un animal al que dan caza, una joven que se había internado en la oscuridad, perseguida, y de la que era imposible saber cuánto le quedaba de vida. La cuestión es que Los Ángeles estaba lleno de gente así y siempre lo había estado. Una jungla repleta de presas escapando de sus depredadores. No, iba a darle un poco más de ventaja a la joven antes de informar de que mi coche había desaparecido. Me levanté la camisa y me sequé el sudor de la cara con el dobladillo al tiempo que intentaba regular la respiración.

Mi adicción empezó a latir en forma de un corto y agudo deseo que me llevó a coger el móvil, que tenía junto a la caja registradora. Mi dedo sobrevolaba los números. Estaba a punto de marcar, pero me obligué a dejar el teléfono. El reloj de la pared decía que aún faltaba una hora para que acabara mi turno en el Pump’n’Jump. Había pensado en llamar a Jamie, pero sabía que estaría durmiendo.

Lo que hice, por el contrario, fue ir al cajero que había en la esquina de la tienda. Metí la tarjeta en la máquina y saqué cuatrocientos dólares, más o menos la cantidad que se había llevado la joven. Volví al mostrador y guardé los billetes en la caja registradora. Aunque no conocía a los verdaderos dueños de la gasolinera, había conocido a integrantes de cárteles en la cárcel y había aprendido suficiente español a lo largo de aquellos años para entender las historias que contaban. Aquella joven, fuera quien fuese, no necesitaba a los 13s de San Marino tras ella. Y yo tampoco.

Miré por encima el recibo del cajero, lo arrugué y lo tiré a la papelera. ¡Menuda caminata me esperaba para llegar a casa!

JESSICA

—Lo que no entiendo es lo siguiente —insistió Wallert. Llevaba todo el día con la misma cantinela, enumerando todo aquello que no pillaba, a la espera de que la gente se lo explicara. Jessica pensó que, para aquel entonces, debía de haber ya más de cien cosas que Wallert no entendía—. ¿Qué hiciste tú en el caso de Silver Lake que yo no hiciera?

Jessica no respondió, se limitó a mirar al detective a los ojos por el espejo retrovisor. Los tenía inyectados en sangre. Jessica odiaba los asientos de atrás de los coches patrulla, no le parecían normales. Además, estaba acostumbrada al feo perfil de Wallert, no a su nuca. Una empresa de limpieza especializada en peligros biológicos limpiaba la parte de atrás de los coches patrulla más o menos cada mes, pero todos sabían que aquello nunca quedaba limpio del todo. El tacto del asiento de cuero no era como debería. Había zonas en las que estaba como grumosa. Wallert se dedicaba más a mirarla que a conducir. Eso, junto con los frecuentes sorbos que le daba al café con bourbon que llevaba en una tacita de papel, hacía que no mirase la carretera sino uno de cada quince segundos. En cualquier caso, en aquel momento, era ella la que estaba en el lugar más seguro del coche patrulla. El más sucio, sí, pero también el más seguro. El detective Vizchen, de quien habían estado cuidando durante todo el turno de noche como si fuera un bebé, resopló en el asiento del copiloto al ver que Jessica no tenía intención de responder a su compañero, como si el silencio de esta fuera una insolencia.

—Yo también contribuí. —Wallert volvía a la carga. Pasaron junto a un montón de chavales que se encontraban en la puerta de una casa escuchando música a todo volumen en medio de la noche—. Yo también estaba en el caso. Me mostré todo el tiempo disponible para él por si me necesitaba. Día y noche. Y él lo sabía. Fui yo quien llegó con la pista de lo del camionero.

—Una pista que no iba a ningún lado —soltó Jessica por fin—. Una pista que te dije que no iría a ningún lado antes de que te pusieras a seguirla sin entusiasmo. Y no le serviste de mucha ayuda a Stan Beauvoir las pocas veces que te llamó.

—Cho-rra-das —se quejó Wallert.

El detective le pegó una palmada al volante para apoyar su comentario. Jessica no entró al trapo. Decir que Wallert no había sido de mucha ayuda en el caso de Silver Lake era quedarse corto. El caso, que en aquel momento había estado a punto de cumplir una década, se lo habían pasado a Wallert y a ella, como quien dice, como pasatiempo, algo que hacer cuando no tuvieran otra cosa en la que trabajar, y era una labor que su compañero no se había tomado en serio en ningún momento. El secuestro y asesinato de jóvenes en los aparcamientos de la zona de Silver Lake había terminado tan repentina y misteriosamente como había comenzado. Cuatro mujeres asesinadas en tres meses en 2007. Wallert estaba convencido de que el asesino era un camionero de largas distancias, alguien que habría seguido con su fiesta de los asesinatos en otro estado, lo que convertía la situación en problema de otros. Cuando Jessica le había pasado las fotografías de las cuatro jóvenes asesinadas, Wallert las había observado, había bostezado y había comentado lo carnosos y sensuales que tenía los labios Bernice Beauvoir. «No se te ponen así los labios de comer caramelos», había dicho. La fotografía mostraba la cabeza de la joven en la zona boscosa en la que la habían encontrado. El asesino la había dejado sobre un tocón como si fuera un trofeo.

—Una casa como esa tiene que valer... —Vizchen rompió el silencio—. ¿Cuánto? ¿Cinco millones?

—Nadie regala una casa que le ha costado cinco millones a alguien por haber trabajado en un caso, por mucho interés que tuviera en él. —Wallert lanzó una mirada fulminante a Jessica por el espejo retrovisor—. Dime que le chupaste la polla, Jessica. Me sentiría mejor.

La detective se dio cuenta de que estaba apretando los dientes.

—Yo me comería una polla a cambio de cinco millones de dólares —musitó Vizchen.

—Vizchen, o cierras la boca o te meto la pistola en ella para que me digas a qué sabe —le soltó Jessica.

Aparcaron en Linscott Place. Casas oscuras y una calma perfecta. Aunque mantuvo el foco de emergencia apagado, Wallert lo dirigió hacia el número 4652, que es donde les habían informado de que habían visto al sujeto, y apagó el motor. Era evidente que quería acabar con aquello cuanto antes para volver sin demora a su «pobre de mí».

Jessica salió del coche, comprobó su arma, comunicó un 459 —un posible robo— y le dijo a la operadora que respondían a la llamada porque eran la unidad que más cerca estaba del escenario. Se fijó en el reflejo de la luz de la luna en las paredes estucadas de las casas que la rodeaban, una luz que bailaba en los rombos de las vallas metálicas que daban paso a jardines vacíos. Nada de perros ladrando. La mano de Wallert en su hombro fue como si le dieran un martillazo.

—Te vas a quedar la casa, ¿no? —Le dio la vuelta con bastante brusquedad—. ¿Así, sin más? ¿Te dan las llaves y ya está?

—Quítame de encima la puta mano, Wally. —Jessica le dio un empujón en el pecho—. Me han llamado una vez por este asunto. Una. Sé lo mismo que tú: que tengo que reunirme con el abogado encargado del testamento del tipo. Eso es lo único que sé. Todo esto podría no ser más que un error de mierda, ¿sabes? Me tratas como si hubiera aceptado la herencia y me hubiera mudado a Brentwood y, de momento, lo único que sé es que...

—Todas las casas de Brentwood tienen piscina —comentó Vizchen, que estaba apoyado en el coche con los brazos cruzados—. El sitio tiene piscina, ¿no?

—Si la vida fuera justa, compartirías la casa conmigo. —Wallert le dio un golpecito en el pecho—. Eso sería lo justo. Yo también resolví ese caso.

—¡Tú no lo resolviste! ¡Tú...!

—Yo no veo a nadie por aquí. —Wallert se dirigió a toda prisa hacia el coche e hizo un gesto como señalando el vecindario—. Es una falsa alarma. Larguémonos, que quiero tomarme un trago. —Se apoyó en el coche en vez de entrar, con sus enormes manos en el techo y su abultada tripa apretada contra la ventanilla. Miró a Vizchen—. Con que me diera un cuarto de lo que vale esa chabola, quedaría cubierto de por vida.

—De por vida —convino Vizchen, asintiendo y sonriendo a Jessica a oscuras como un gilipollas.

Jessica oyó el gemido.

Al principio pensó que se trataba de Wallert, que se había echado a llorar, y estaba a punto de cargar contra él por darle aquel día de bebida encubierta, quejas y condescendencia. Sin embargo, su instinto le dijo que aquel era un sonido que arrastraba el viento, algo lejano, que solo había oído a medias. El sonido rebota mucho en los barrios pobres. Son todos de cemento. Miró a la derecha, hacia la silueta de las montañas.

—¿No vive Harrison Ford por ahí? —se preguntó Vizchen en alto—. Arnie seguro que sí.

—Chicos, ¿habéis oído eso?

—Esta se llevaba divinamente con él, con el padre. Con el tal Beauvoir —masculló Wallert, dirigiéndose a Vizchen—. Es que, si los hubieras visto juntos... Ella pasaba horas en casa de él... «hablando del caso», de la hija muerta. Sí, claro. Ahora ya sabemos la verdad.

—Callaos de una puta vez. —Jessica encendió la linterna—. He oído algo. Por ahí. Tenemos que ir a inspeccionar. Debemos investigarlo.

—Investígalo tú —le dijo Vizchen mientras señalaba con el mentón hacia donde decía Jessica—, que eres la heroína.

La detective volvió a oír el ruido, más leve esa vez, apenas un susurro en la brisa. Vizchen le sonrió mientras Wallert cogía su taza del coche.

Jessica se dirigió hacia el este, siguiendo la curva que describía la calle, a la espera de que el sonido volviera. Entre las casas captó una rendija de luz dorada. Movimiento. En vez de continuar por la calle, se acercó por el lateral de una casa que estaba tranquila, pasó pegada a unas palmeras bajas y dio con la verja del jardín. La saltó, cruzó el verde césped a toda prisa por si acaso había perros y saltó también la valla. Ya se había olvidado de la casa de Brentwood y del enfado de Wallert. Ahora sentía el calor. El peligro. Como si hubiera electricidad en el ambiente. Sacó la radio camino del garaje de una enorme casa de ladrillo.

Un cadáver. Lo supo en cuanto su bota tocó el bulto en el camino de entrada, por la manera en que se movió el peso cuando lo golpeó. Aún estaba caliente. Recién muerto. Se agachó y lo tocó a la sombra de un enorme aloe vera que crecía junto a la valla frontal. La tripa. El pecho. La garganta cortada, húmeda. No tenía pulso. Mientras se acercaba la radio a la boca, a Jessica le martilleaba el corazón en el pecho.

—Wally, tengo un código dos. Repito: código dos en el número 4699 de Linscott Place.

Un sonido en el garaje, que se ubicaba delante de ella, por el camino de entrada. La puerta del garaje elevada por las guías alrededor de unos treinta centímetros. Del cegador interior salió un nuevo gemido. Un golpe sordo. Un gruñido.

—Wallert, ¿estás ahí? ¿Vizchen? —susurró por la radio.

Nada.

—¡Wallert! ¡Vizchen! ¡Responded! —Apretó el receptor con tal fuerza que el plástico se quejó en su mano. Estática—. Mierda. Mierda. Mierda.

Jessica sacó el arma y se dirigió hacia el garaje. Se detuvo en la esquina del edificio para dar un aviso por radio:

—Aquí la detective Jessica Sanchez, número de placa 260719. Tengo un 10-54 y un código tres en el 4699 de Linscott Place, en Baldwin Village. Repito, código tres.

Por un instante, imaginó a Wallert y a Vizchen riendo. Otro agente podría haberse preguntado dónde estaban, por qué no respondían, si se debería a que estaban en peligro, pero Jessica no lo hizo. Ese día no. Había oído alto y claro lo que acababa de decirle Vizchen y sabía que aquello tendría que soportarlo durante muchas semanas en la comisaría: «Eres la heroína». Nadie la iba a ayudar. Los había traicionado con lo de la herencia de Brentwood. Se había convertido en una traidora.

Se tumbó en el suelo y avanzó hasta pasar por debajo de la puerta del garaje, tras lo que se levantó y apuntó al hombre que se encontró allí. Era un joven corpulento a pesar de que estuviera encorvado, un gigantesco pedazo de carne echado hacia delante con esfuerzo. Al principio, la detective pensó que la anciana y el joven se estaban besando en el suelo. Todo muy íntimo. Con la boca en la garganta. Fue entonces cuando vio la sangre en las manos de él, en su rostro, en el cuello de ella. A Jessica le vinieron a la mente vampiros y zombis, seres fantásticos e irreales, y tuvo que apoyarse en una mesa de billar para no caerse al suelo. Su cerebro se rompió en pedazos por la fuerza con la que lo impactó el terror, y una mitad de su yo le gritaba, le chillaba, que huyera, mientras que la otra intentaba entender qué era lo que estaba viendo: una terrible agresión. Lo más probable era que el asaltante estuviera bajo la influencia de las drogas. Sales de baño, probablemente, que habían llegado a las calles con fuerza en las últimas semanas y estaban llevando a los jóvenes a cometer verdaderas locuras, como sacarse los ojos, matar animales o tirarse en bici por acantilados. Ante ella tenía a un joven que se estaba comiendo viva a una mujer.

—¡Déjala! —le gritó. Una parte de su cerebro le hizo ver que era como si estuviera hablándole a un perro. A un lobo. A un hombre lobo—. ¡Déjala y apártate de ella!

El joven levantó la cabeza. Tenía la cara ensangrentada. La anciana intentó zafarse de él, apartarse. Estaba demasiado débil. Casi muerta. Todas y cada una de las venas del joven destacaban como maromas azules por su cuerpo empapado de sudor. No veía a Jessica. Estaba inmerso en su fantasía.

—¡Apártate de ella ahora mismo o disparo!

El joven se llevó la anciana a los labios. Jessica disparó por encima de la cabeza de él y acertó a una diana para dardos que había en la pared, que cayó al suelo con estrépito. El joven se levantó y trastabilló, alejándose del ruido. Jessica disparó de nuevo y le alcanzó en el hombro izquierdo. La bala hizo que la camisa se le manchara de sangre y se le hundió profundamente en el músculo. El joven ni se inmutó. Fue a por ella. Cogió gran velocidad en solo tres pasos. Jessica le disparó de nuevo, dos veces seguidas en el pecho. Eso mataría a cualquiera. El joven siguió adelante. Con una de sus enormes manos cogió a la detective por la cara y la empujó contra la pared. Después, la atrajo hacia él con una fuerza inhumana. A Jessica se le cayó la pistola de las manos.

Pensó en Wallert mientras el joven le hincaba los dientes en el bíceps. Su compañero estaba por ahí, envuelto por la oscuridad, burlándose de ella.

Jessica agarró los hombros del joven, que parecían rocas, y le pegó un rodillazo en la entrepierna. Cayeron al suelo y rodaron juntos. Él la sujetaba con fuerza, ella estaba debajo y la hebilla del cinturón de él se le clavaba en la cadera. Otro mordisco, esta vez en el omoplato izquierdo, el sonido de la camisa al rasgarse. Jessica se levantó del suelo apenas unos centímetros y le metió un codazo en la cara. Se oyó el crujido de la nariz. El joven le mordió el hombro izquierdo mientras la sujetaba con fuerza contra el suelo. Intentaba arrancarle la carne, arrancarle un buen mordisco. Jessica miró a los ojos a la anciana, que yacía muerta a menos de un metro de donde estaban ellos, y volvió a pensar en por qué no llegaba nadie en su ayuda.

El muchacho intentó sentarse encima de ella y, por accidente, golpeó la pistola de la detective y la dejó a su alcance. Jessica cogió el arma y se retorció por debajo de él. Le puso el cañón en la frente mientras los dientes de él volvían a la carga a por ella.

Disparó.

BLAIR

Empecé a echar de menos a los niños a la mañana siguiente de que me arrestaran. Nueve años de cirujana, cuatro de ellos como especialista pediátrica, habían hecho que pasaran por mis manos miles de niños: adolescentes deprimidos y enfermos, recién nacidos llorones o chicos de ocho años que no dejaban de vitorear a medida que los llevaban en camilla por los pasillos del hospital con sus padres, aterrados, detrás de ellos. En un instante, mi mundo se había llenado de adultos enfadados. Durante nueve años, los únicos niños que vi fue los que había al otro lado de los cristales rayados y empañados de la sala de visitas de la prisión o los de las fotografías que mis compañeras tenían colgadas en la pared junto a su catre.

Cuando di con mi apartamento de Crenshaw, había mucho que no me gustaba de él. Hombres con cara de pocos amigos y camisetas blancas y largas subían y bajaban por la calle en bicicleta vigilándolo todo y a todos. El techo del cuarto de baño del apartamento estaba negro de moho. Las paredes interiores eran de ladrillo visto, incluido el cubículo de la ducha. Eran unas paredes impenetrables. El día en que fui a ver el sitio, una cucaracha nadaba despacio en el fregadero, cuyo grifo goteaba, y, cuando intenté que el agua se llevase a la patética criatura por el desagüe, el agente inmobiliario me aseguró que volvería, que era uno de los compañeros de piso que iba a tener. A punto estaba de darle la mano al agente inmobiliario y marcharme cuando un montón de niños salieron del apartamento de al lado, cada uno de ellos con una funda de guitarra tan grande como su estatura. Dejaron que la mosquitera verde del apartamento se cerrara de golpe y el anciano que vivía al otro lado de esta empezó a quejarse. Desde el jardín, después de que el agente inmobiliario se fuera, observé cómo los niños esperaban a que vinieran a buscarlos y vi llegar a un adolescente con una guitarra eléctrica de color rojo brillante al hombro para recibir su clase. Llamé al agente inmobiliario y me quedé con el apartamento.

Al día siguiente del robo en el Pump’n’Jump, me encontraba de pie junto a la encimera de la cocina, bebiendo café y viendo las noticias de la mañana en la tele cuando oí un golpeteo suave y familiar en mi puerta. Crucé el apartamento en cinco pasos y me encontré con mi habitual visitante mañanero de los sábados: un pequeño niño asiático que se llamaba Quincy y que traía un ukelele en la mano.

—¿Estás lista? —me preguntó tal y como hacía siempre.

Me apoyé en el vano de la puerta con un oído aún puesto en las noticias. Decían algo de una pareja de ancianos y de una policía a los que había atacado y mordido un drogadicto enloquecido. Típico de Los Ángeles.

—Para ti siempre lo estoy, Quince.

Quincy se llevó el ukelele al pecho y tocó Somewhere Over the Rainbow titubeando y saltándose la parte de los azulejos. Cuando acabó, esbozó una sonrisa que era todo dientes e hizo una reverencia. Dejé el café en un estante que había al lado de la puerta y le aplaudí.

—Chaval, cuando seas un cantautor de esos tan flipantes que dan conciertos en el centro, te invitaré a un martini —le dije mientras cogía la caja que tenía en el estante—, pero, por ahora, solo tengo chocolate.

—¿Qué es un martini?

—Es una bebida para mayores.

—Mi padre bebe cerveza y mi madre bebe vino. Mucho. —El crío puso los ojos en blanco.

—Tu madre me caería bien.

—Yo prefiero el chocolate. ¿Me lo das, por favor?

—Aquí tienes. —Le tendí la caja.

El chico revolvió el contenido unos instantes, intentando decidir qué quería de recompensa, haciendo que los envoltorios crujiesen.

—¿Qué te han puesto de deberes para esta semana? —le pregunté.

—What a Wonderful World —respondió mientras cogía una chocolatina Twix.

—¡Qué buena canción! No veo el momento de que me la interpretes.

Quincy se despidió de mí y se dirigió a la esquina a esperar a que vinieran a buscarlo. Me quedé al sol un rato, escuchando aún las noticias. Sabía que sobornar a los niños para que me dieran aquellos breves conciertos a la puerta de mi casa después de una clase de guitarra era raro y, en cierta manera, peligroso. Solo hacía falta un padre que se enterara de que era una expresidiaria violenta que pagaba sus interacciones con niños con caramelos para que un volcán de problemas hiciera erupción sobre mí. Paul, el anciano que vivía en el apartamento de al lado, el que les daba las clases, sufriría un bajón en el negocio. Mi agente de la condicional recibiría una llamada. La cuestión es que tener niños a mi alrededor me recordaba que en su momento había sido buena persona y que algún día quizá fuera una buena madre para mi propio hijo, a quien veía dos horas una vez a la semana. Aquello me recordó que, en mi yo más profundo, la cirujana jefa que había sudado y se había esforzado sobre los tiernos cuerpos de aquellos pequeños en el quirófano, que había pasado la noche en vela leyéndoles cuentos a niños de corta edad con cáncer, que había llorado con los padres durante horas en las salas de espera... seguía allí. Que seguía viva. Solo estaba enterrada. Aunque hubiera quitado una vida «de manera espantosa y terrible», tal y como habían publicado los periódicos, no estaba perdida para siempre, porque a los niños seguía gustándoles.

Las noticias captaron mi atención por completo.

«Increíble escándalo público el de esta mañana, después de que se haya anunciado que unos obreros encontraron tres millones de dólares en una propiedad de Pasadena en la que estaban trabajando el pasado septiembre», decía el presentador.

Cogí el café y miré la televisión, en la que había dos maletas sucias a los pies de unos policías que se encontraban en una abarrotada sala de conferencias. Las imágenes eran de unos meses antes.

«El portavoz del ayuntamiento ha comunicado a los periodistas que los investigadores no han encontrado pruebas físicas de que el tesoro escondido perteneciera al famoso ladrón de bancos y asesino John James Fishwick. En la actualidad, Fishwick se encuentra recluido en la prisión estatal de San Quintín y no ha hecho ninguna declaración acerca del dinero».

En la pantalla apareció la fotografía de un hombre de unos sesenta años con el mentón prominente. La misma mirada muerta de todas las fotos de fichas policiales. La camisa azul de la prisión.

«Los abogados que representan a las familias de algunas de las víctimas de Fishwick han mostrado su incredulidad ante la decisión del gobierno de retener el dinero de acuerdo con el artículo 485 del Código Penal en vez de utilizarlo para compensar a aquellos que perdieron a seres queridos durante el reinado criminal de Fishwick».

Cerré la puerta y apuré el café. Justo entonces, volvieron a llamar, más fuerte en esa ocasión. Estaba claro que Quincy no iba a ser. Cuando abrí y vi de quién se trataba, se me cayó la taza y cerré la puerta a toda prisa.

—¡Mierda!

—Siento mucho haber venido, pero que cierres la puerta no va a servir de nada —comentó Sneak—. Abre, Vecina.

Me sentí avergonzada al oír aquello. Nadie me había llamado «Vecina» en un año, desde que salí por la puerta de Happy Valley, la institución penitenciaria para mujeres de California. La cárcel está llena de apodos estúpidos como ese. Yo era Blair Harbour, la «asesina del vecindario», así que me llamaban «Vecina». Durante el tiempo que había estado en la cárcel, había conocido a ladronas de coches a las que llamaban «Ruedas», a ladronas de joyas a las que llamaban «Joyas» y a pistoleras a las que llamaban «Balas». Me fijé en mis nudillos, blancos por la fuerza con la que agarraba el pomo.

—No puedes estar aquí —dije sin abrir la puerta.

—Ya ves que sí, así que vas a tener que echarle ovarios.

Sneak le dio un golpe a la puerta y la plancha de madera me golpeó en la frente y se abrió. Las grandes zancadas de Sneak hacían que sus enormes tetas se bambolearan mientras se abría paso por mi apartamento.

—¡Por Dios! —Me asomé hacia fuera y miré a un lado y al otro—. ¿Qué coño quieres?

Sneak olía igual que en prisión: a caramelos y a fritanga. Vestía una minifalda de cuero que rechinaba sin parar al intentar contener el culo de aquella mujerona que se dirigía a mi cocina.

—Necesito tu ayuda, pero, antes, tengo que beber algo. Llevo toda la noche dando vueltas. ¿Qué hora es? ¿Tienes hielo?

Empezó a rebuscar en el frigorífico. Sneak hablaba a toda prisa, aunque no estuviera colocada. Era como una tormenta que llegaba soplando con fuerza a mi mundo, derribándolo todo, llenándolo todo de ruido y caos.

—¡Eh, eh, eh! —Cerré la puerta del frigorífico de golpe. Casi le pillo los dedos—. De eso nada. Te vas a largar ahora mismo, que estoy en libertad condicional. Como tú. Me alegro muchísimo de verte, pero tienes que irte. Como nos pillen con otras personas en libertad condicional o con criminales convictos, nos meterán de nuevo en la cárcel. Es una de las condiciones principales.

—¡Venga va! —Me apartó de un empujoncito. Arrastraba las palabras y hablaba sin respirar—. A no ser que tengas un agente de la condicional escondido en la nevera, me arriesgaré. Necesito ayuda, ¿sabes? —Se sirvió un vodka de la gran botella que guardaba en el frigorífico y se metió en el bolsillo dos botellitas de Jack Daniel’s que tenía en un armario. El movimiento fue rápido, pero no lo suficiente para que me pasase desapercibido, entre otras cosas, porque esperaba que me robara—. Anoche te atracaron en el Pump’n’Jump, ¿no es cierto? ¿Perdiste algo de pasta y el coche?

Me quedé de piedra.

—Sí... ¿Cómo sabes...?

—Fue mi hija. Dayly. —Se tomó de un trago el vasito de vodka que se había servido—. Me llamó y me dijo que había dado el golpe en el Pump’n’Jump. Sé que llevas un tiempo trabajando allí. La cuestión es que Dayly ha desaparecido y que tú eres la última que la ha visto, así que necesito tu ayuda para dar con ella.

Me presioné las sienes, miré por las ventanas de enfrente e imaginé que escapaba de aquello. Fuera, el día estaba comenzando, lleno de potencial. Ansiaba formar parte de él. Volví a pensar en Jamie. Una estupidez como esa podía separarnos de nuevo.

Cerré las cortinas. Alguien estaba tocando Hotel California casi a la perfección en la puerta de al lado. Sneak se sirvió otro vodka, muy probablemente mientras se guardaba en los bolsillos objetos de los armarios de la cocina con la mano que no alcanzaba a ver. Cogí una fotografía de Jamie que tenía en un precioso marco de plata en el estante que había junto a la puerta y la escondí detrás de uno de los cojines del sofá. Me sentía incómoda, allí, de pie en medio de mi apartamento casi vacío.

—Tenía problemas. —Sneak se volvió hacia mí—. Muchos.

—Sí, daba la sensación de que alguien la persiguiera. Estaba herida. Parecía muy asustada. Eso es todo lo que sé, ¿vale? No sé en qué andará metida, pero no puedo involucrarme. Lo perdería todo. Como me metan de nuevo en la cárcel tendré que pasar allí otros cinco años.

Sneak no me estaba prestando atención. Cogí la cartera de la encimera. Por muchos años que hubieran pasado desde que todos me consideraran una celebridad médica en Brentwood, deshacerme de los problemas con dinero era un reflejo que aún conservaba. Antes de que me encerraran tenía muchísimo dinero. Trataba a los hijos de las estrellas, conducía un Mercedes-Benz y disfrutaba de mis vacaciones en La Jolla. En una ocasión fui a casa de Oprah Winfrey en medio de la noche para tratar al hijo de una amiga que estaba pasando unos días con su familia. El niño tenía fiebre. Todo eso fue antes de que disparara a mi vecino a sangre fría y me quedara mirando cómo se desangraba en su salón sin hacer nada y mientras su novia me gritaba.

—Ni siquiera puedo dejarte dinero...

Miré la cartera. Estaba vacía. Después de poner de mi bolsillo lo que había robado la hija de Sneak me había quedado un billete de veinte dólares, pero ya no estaba. Sneak debía de habérmelo robado mientras iba a cerrar las cortinas. Dejé de golpe la cartera en la encimera.

—Bueno, ya estoy mejor. —Sneak apuró el tercer trago de vodka, resolló y respiró con fuerza—. Vamos a ello.

—Yo no voy a ningún...

—Ya hablaremos por el camino.

En el taxi me apoyé contra la ventanilla y empecé a preguntarme cómo era posible que me hubiera dejado llevar por los problemas personales de la que había sido mi compañera de celda y a pensar en cuál era la mejor manera de zafarme de ella. Sneak parloteaba a mi lado y se retorcía las manos. La confianza y la determinación que había demostrado en mi apartamento estaban empezando a desaparecer. A mí ya me tenía, así que se estaba preparando para el siguiente reto. Eso es algo que te inculca la cárcel: hace que seas capaz de organizar un frente muy potente para conseguir aquello que quieres, pero, al rato, te apagas y pasas a otra cosa, como el incendio de una enorme extensión de terreno. En ese momento me encontraba mirando la cara aterrada de una madre, algo que había visto en muchas ocasiones en los pasillos de los hospitales. En el espejo también. Sneak estaba borracha y colocada, ante el abismo del pánico más absoluto.

—No me habías dicho que tuvieras hijos.

—No te estoy mintiendo. Esta vez no.

—Tanto tiempo juntas en Happy Valley..., tantas horas que pasaste escuchándome hablar de Jamie y nunca dijiste nada.

—Acabamos de recuperar el contacto. —Sneak se revolvió inquieta en el asiento—. La tuve cuando no era más que una adolescente y la entregué. Me daba vergüenza, ¿vale?

Sneak había sido una buena amiga allí dentro. Lo bastante buena para pasar por alto que me robara cada dos por tres, que me viniera con esas historias grandilocuentes con las que se entretenía tanto y que me despertara en invierno con aquellas manos tan frías que tenía. Aún era capaz de sentir aquellas manos, frías como el hielo, palmeándome las mejillas y la frente. Aquellos ojos azules y grandes mirándome desde el borde de su catre. «¡Eh! ¡Eh, Vecina, despierta, que me aburro! Acaba de pasar ese celador tan mono de las siete. Venga, vamos, sé mi compinche».

—Me ha llamado desde una cabina telefónica esta misma mañana. No sé..., a eso de la una de la madrugada. Me ha dicho que había disparado a la tía que estaba al otro lado del mostrador. Enseguida he pensado que debía de estar refiriéndose a ti. No puede haber muchas personas tan imbéciles para hacer el turno de noche en un sitio como ese.

—Tan desesperadas, querrás decir. Ese era el único sitio en el que...

—Casi no me ha dejado hablar.

—Sé lo que se siente. —Suspiré.

—Me ha dicho que me anduviera con cuidado, que alguien venía a por mí, que iba a pasar algo realmente jodido. —Se mordió las uñas—. Luego, fue como si nos hubieran desconectado. A toda hostia. Se ha quedado callada de repente y, al instante, la llamada se ha cortado.

—¿Por qué has tardado tanto en venir a verme?

—Primero quería enterarme de lo que se decía en la calle. Ver qué podía haber de cierto en eso de que alguien andaba detrás de Dayly, pero nadie ha oído nada. Normalmente, si está pasando algo, siempre hay alguien que se entera.

—¿Adónde vamos?

—Al apartamento de Dayly. —Sneak se tapó uno de los agujeros de la nariz, respiró con fuerza e hizo un sonido parecido al de un ronquido. Tenía los senos irritados por culpa de la cocaína de mala calidad—. He estado allí en un par de ocasiones. Como te he dicho, llevamos un tiempo intentando entendernos. Fue ella la que me buscó. Me parece que está enfadada, pero no fue culpa mía..., ya sabes, lo de la infancia que tuvo. Mis padres me obligaron a que la entregara.

Algo sabía de quién había sido Sneak antes de que cayera en una espiral de drogas y prostitución. Un día que pasaba junto a su catre en Happy Valley, me fijé en que había un recorte de periódico en el suelo. Era un artículo, ya amarillento, con una fotografía de una chica esbelta vestida de gimnasta. El parecido con Sneak era mínimo, porque la muchacha mostraba un gesto agradable, sonreía de oreja a oreja, lucía un ensortijado pelo rubio recogido con una elaborada banda elástica y vestía una licra brillante que hacía que se apreciase su cuerpo musculoso, esculpido. El titular rezaba «Sueños rotos». Al parecer, mientras calentaba, justo antes de su actuación en los Juegos Olímpicos de Sídney, en el año 2000, Emily Lawlor, de dieciséis años, había caído mal en la barra después de dar un mortal hacia atrás y había sufrido una fractura en una vértebra cervical. Dejé el artículo debajo de la almohada de Sneak, que es de donde supuse que se había caído. Una reclusa me contó que Sneak se había enganchado a los medicamentos con hidrocodona después del accidente y que se había pasado a la heroína cuando se le había acabado el seguro.

—No sé quién es el padre —comentó Sneak—. Por aquel entonces me liaba con un montón de tíos malos. Algunos de ellos están en la cárcel..., ya sabes, para siempre.

Me quedé mirando a mi antigua compañera de celda. Aparentaba muchos más años de los que tenía y la preocupación le deformaba la boca. Me vino a la cabeza la idea de que tanto ella como yo habíamos renunciado a nuestros hijos sin querer; ella cuando aún era una adolescente, obligada por unos padres decepcionados, y yo en la enfermería de Happy Valley, apenas una hora después de haberlo dado a luz. Aunque Sneak y yo no habíamos estado ahí para nuestros hijos, la idea de que sufrieran, por la razón que fuera, era agobiante, al menos para mí, y me provocaba la sensación de que tenía una quemadura que nunca se curaría en la parte de atrás de la cabeza. Desde el momento en que habíamos dejado de tener a nuestros hijos en los brazos, habían caído en las manos del mundo, un mundo grande y malo, y parecía que parte de esa maldad estaba empezando a tirar de Dayly.

—¿En qué crees que anda metida tu hija?

Sneak frunció los labios y apartó la mirada.

—No lo sé. En temas de drogas no puede ser. Está tan molesta por quién es su madre que nunca tomaría ese camino.

—No te fustigues. De nada va a servir en momentos como este.

—Es una buena persona. —Pensó en lo que acababa de decir y se encogió de hombros desconcertada—. No sé cómo ha podido acabar así. No dejaba de machacarme con que me metiera en un programa de rehabilitación. Es muy inteligente. Le gustan los animales. Quiere llegar a algo con eso. Es tenaz. Lo que ha pasado no tiene el más mínimo sentido. Dayly no se parece a mí en nada. No he estado a su lado lo suficiente para que esto se le haya pegado.

El edificio de apartamentos en el que vivía Dayly tenía la fachada estucada y con baldosas de terracota, y se ubicaba cerca del aparcamiento de la Warner Bros. Me fijé en cómo cambiaban los carteles en las vallas publicitarias anunciando programas de televisión en horario de máxima audiencia, momentos en los que yo nunca estaba en casa. Los cómicos ojos de Ellen DeGeneres me miraban por encima de una «E» de poliestireno. Sneak subió las escaleras por delante de mí, pero no tardó en detenerse en seco. Había gente en el descansillo. Parecían vecinos del edificio, cuatro o cinco con cara de perplejidad. Uno de ellos vestía un albornoz azul. Sneak se dirigió directa a una joven, una pelirroja delgada con una camiseta en la que podía leerse «Sé amable con las abejas», que estaba de pie junto a la puerta abierta de uno de los apartamentos.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado? —le preguntó. Su voz era más aguda de lo habitual, casi como si estuviera chillando.

No esperó a que le respondiera. Entró de golpe en el apartamento. La joven me miró a mí y al resto de los presentes.

—Deberíamos llamar a la policía —dijo.

—¿Qué ha ocurrido? —le pregunté.

—Estaba comentándoselo a ellos ahora mismo —respondió la joven mientras hacía un gesto con las manos para señalar a las personas que nos rodeaban—. No he pasado la noche aquí. Ayer tuve una audición y me quedé a dormir en casa de mi novio. Hace un rato, cuando he vuelto..., la puerta estaba abierta y la casa... Hay sangre. ¡Eh! No debería entrar. Esa es la madre de Dayly, ¿verdad? Será mejor que salga. Y yo... Yo diría que ese sitio es el escenario de un crimen. Y si es el escenario de un crimen, ¿no deberíamos llamar a la policía?

La muchacha se echó a llorar. Nadie hizo el más mínimo gesto de abrazarla.

Entré en el apartamento. En la moqueta había gotas de sangre, justo al lado de la puerta. Una silla tirada de camino a la diminuta cocina, una mesita por el suelo. También había cristales rotos, papeles arrancados de la puerta de la nevera, donde los habían sujetado coloridos imanes. El hecho de ver todas las luces encendidas fue lo que hizo que me diera un vuelco el corazón. No sabía qué había pasado allí, pero lo que fuese había sucedido durante la noche.

Sneak había estado en lo cierto: su hija se lo había montado bien. El apartamento era muy pequeño, pero estaba claro que en él vivían dos jovencitas que trabajaban duro para alcanzar sus sueños, dos jovencitas con vidas muy ajetreadas. El solitario y moribundo espatifilo que había en el alféizar de la ventana de la cocina me indicó que rara vez estaban ninguna de las dos en casa. Polvo en una revista que había junto al sofá. En el pasillo vi otra mancha de sangre y una fotografía que se había caído de la pared. Encontré a Sneak en la habitación de Dayly, junto a la mesa.

—Su bolso sigue aquí.

Sneak señaló un bolso de mano tirado en el suelo, junto a una cama hecha de mala manera. El bolso estaba abierto y en él se veían los objetos típicos que una mujer lleva en su día a día: pañuelos de papel, una libreta, maquillaje. Me arrodillé y rebusqué en él. Lo moví todo con los nudillos para evitar dejar huellas.

—El móvil no está. ¿Tenía coche?

—No.

—Bueno, pues ahora sí.

En la habitación no había sangre y tampoco estaba revuelta. Me fijé en el cargador de un portátil asomando por el borde del escritorio, indicando, sin lugar a dudas, el espacio vacío en el que debía de estar habitualmente el ordenador, entre los papeles, los vasos de plástico de café y el material diverso de papelería que cubría la mesa.

—El portátil tampoco está —comenté—. A algún sitio ha ido y se ha llevado el móvil y el portátil. El bolso no. O puede que cogiera otro.

—¿Te fijaste en si llevaba bolso en el Pump’n’Jump?

—La verdad es que no.

—Dime, ¿qué es lo que hizo entonces, dejó el portátil en el suelo antes de robarte?

—Y yo qué sé.

—El que la haya atacado tiene su portátil y, muy probablemente, también su móvil.

—No sabemos si la han atacado.

Sneak no dijo nada. Permanecimos allí, en silencio, envueltas por una burbuja de miedo. Intenté cogerla de la mano, pero se alejó de mí, hacia el escritorio, y se hizo con un folleto que había en él.

—¿Paracaidismo?

Me enseñó el folleto. Era un anuncio de una escuela de vuelo que había en un sitio llamado San Chinto. Ofrecía saltos en paracaídas para dos personas —verdaderas aventuras— a doscientos dólares el salto. En el folleto, una pareja sonriente agitada por el viento acababa de tirarse de una avioneta. Sneak se guardó el folleto en el bolsillo y se acercó a una mesa que había junto a la puerta y sobre la que descansaba un acuario. Yo cogí un pedazo de plástico con una forma muy extraña que había en el escritorio. Era como un pequeño tubo compuesto por varias capas de cinta adhesiva pegajosa, cortada en pedacitos, de forma que parecía la piel de una serpiente. En la parte de atrás del escritorio había notas pegadas, recordatorios, al parecer, que se hacía la propia Dayly: «¡No pierdas la concentración!», «¡Alegra esa cara!». Dejé el tubito de plástico y cogí una notita amarilla pegada en el borde del estante que había sobre el escritorio.

«Solo las de pájaros».

Me acerqué a Sneak y me di cuenta de que el acuario no tenía agua, solo una capa de serrín y una rueda de plástico azul.

Situada en la esquina del acuario había una criatura parecida a una rata, pequeña, marrón, que se lamía sus patas rosadas y se rascaba sus diminutas orejas con ellas.

—¡Oh, vaya! ¿Qué es eso? —pregunté entre susurros para no asustar al animal—. ¿Un hámster?

—Una taltuza. —Sneak cogió aquella criatura de donde seguía acurrucada y se la puso en la mano—. Dayly la encontró en el arcén de la autopista. La habían envenenado.

—¿Y se la quedó?

Cuando vivía en Brentwood, había contratado exterminadores de plagas más de una vez para que acabaran con los bichos que me hacían agujeros en el césped, pero nunca había visto ninguno, solo la boca redonda de sus túneles y la manera en que devastaban el carísimo paisajismo que tenía contratado. La taltuza corría por las palmas de Sneak a medida que la mujer las comunicaba una y otra vez para dar forma a un camino sin final.

—Ella es así, muy sentimental. Siempre está recogiendo cosas rotas o animales callejeros. Yo era igual cuando tenía su edad. En su día, yo también recogí unos cuantos pájaros. Se me murieron todos.

Miré la notita con aquel «Solo las de pájaros» y me pregunté si habría alguna relación. Oí voces en la sala.

—Sneak, deberíamos irnos. Esto podría ser... Podría ser importante para la policía que no toquemos ni movamos nada.

—En una ocasión conocí a un tipo. —Sneak estaba concentrada en la taltuza—. A su hija la secuestraron en México. Era una niña, debía de tener unos siete años. La raptaron cuando estaba en los baños de un parque y le pidieron dinero a la familia. Los cárteles tienen unas reglas, ¿sabes? A veces dejan que se canjee a un familiar por aquel que han secuestrado, pero solo en caso de que sea, no sé, muy vulnerable o algo así. Este tipo al que conocí intentó entregarles a su esposa y a su hermana a los del cártel a cambio de la niña mientras él reunía el dinero.

En la cárcel, Sneak era conocida por la gran cantidad de historias que empezaba con un «En una ocasión conocí a un tipo». O eran todas elaboradas mentiras, o aquella mujer había coincidido a lo largo de su vida con lo peor de lo peor, con la gente más salvaje, la más excéntrica, la más desafortunada... La mayoría de las ladronas compulsivas que había conocido en prisión eran, a su vez, unas grandes mentirosas. La cuestión es que esas historias de «En una ocasión conocí a un tipo» que contaba Sneak siempre acababan en tragedia.

—¿Y qué sucedió? —pregunté, imaginándome ya el final—. ¿Le devolvieron a la niña?

—No. El cártel también se quedó con su esposa y su hermana, y pidió un rescate triple.

—No pienses en eso. Venga, que no podemos quedarnos aquí mucho rato más. Al final, van a pillarnos juntas.

—Vámonos —convino Sneak mientras asentía. Dejó la taltuza en el terrario y cogió el bolso de su hija. Se tambaleó. El vodka y lo que fuera que hubiera tomado antes la golpearon de repente—. No sé dónde estará mi pequeña, pero aquí no está.

JESSICA

La casa de Bluestone Lane, iluminada por el amarillo resplandor de la mañana, estaba en calma. En una extraña calma, de hecho, porque en todos los demás jardines de la calle había jardineros con sombrero de ala ancha recogiendo ramitas que llevaban después a sus viejas camionetas o moviendo a uno y otro lado mangueras sobre coloridos arriates. La casa que estaba observando Jessica estaba vacía, casi como si estuviera posando, como si se tratase de la fotografía de una inmobiliaria.

«Imagina cómo sería entretener aquí a tus amigos ricos y famosos».

Cócteles junto a la piscina, cenas de gala íntimas en la parte de atrás, Bentleys aparcados en el largo y ancho camino de piedra diseñado por Exotiq Impressions. Jessica se fijó en un grupo de mujeres extremadamente bronceadas que caminaban a paso ligero. Manicura francesa y pómulos carísimos. Un perrito que costaba más que el Suzuki en el que Jessica estaba sentada se volvió loco detrás de una valla cubierta de hiedra.

Brentwood los sábados.

La llegada de Rachel Beauvoir interrumpió el deambular del coche de los de la empresa de seguridad privada que por tercera vez pasaban por allí, nerviosos porque una latina estuviera sentada en aquel lugar, en su Suzuki de mierda, sin hacer nada. Jessica salió del coche y enseguida le llegó el olor de las plantas del desierto. Había algo que hacía que le latieran las sienes, un animalito atrapado bajo la piel, asfixiado de calor. Rachel se detuvo frente a la gran puerta doble de la casa con la llave en la mano.

—¡Dios mío! —Rachel se llevó la mano derecha aleteando a la altura del pecho—. ¿Qué te ha pasado?

Ya se conocían, aunque su encuentro había sido breve, un rápido interrogatorio al principio de la investigación del caso de Bernice Beauvoir, la sobrina de Rachel. Esta se había mostrado distante y escéptica, pero a Jessica le parecía que todos los blancos ricos eran así. Hacía un mes, Jessica y la anciana se habían saludado con un leve asentimiento de cabeza en el funeral de Stan Beauvoir; pero, ahora, la mujer detuvo sus grandes ojos en los vendajes que la detective llevaba en el cuello y en los brazos, en el moretón que tenía en la cara.

—Tuve un encuentro con un zombi —soltó Jessica.

—¿Eras tú? —Rachel, boquiabierta, la señaló como quien acusa a alguien en un juzgado—. Vi la noticia en el telediario. Te mordió un hombre, ¿no?

—Bueno, ya es agua pasada. Estoy bien —mintió la detective. Al menos tendrían que pasar cuarenta y ocho horas para que recibiera los resultados de las pruebas del VIH y de la hepatitis—. Venga, pongámonos con esto.

La anciana, esbelta, con la elegancia de un pájaro, abrió la puerta de la enorme mansión.

—Bueno, pues esta es —dijo Rachel, como si Jessica no hubiera visto jamás la casa.

En realidad, ambas sabían que Jessica había pasado mucho tiempo allí, sentada con Stan Beauvoir, mirando fotografías de su hija asesinada, escuchando las historias que el hombre le contaba de ella, inspeccionando la habitación de la joven una y otra vez. No era el primer asesinato ocurrido por aquella zona en el que Jessica había trabajado. Recordaba uno a tres manzanas de allí, una disputa por ruidos en el vecindario que se torció terriblemente y acabó en un disparo. Vecino contra vecino. Gente rica muy nerviosa y con armas.

Las dos mujeres se quedaron frente a las escaleras del descomunal vestíbulo. La casa estaba desamueblada y la habían adecentado hacía poco; era evidente por lo limpia y esponjosa que estaba la alfombra y por el aroma a limón.

Jessica metió las manos en los bolsillos.

—No he venido a ver la casa. He venido a decirle que esto es una pérdida de tiempo. Eso no va a pasar.

—Eso ya me lo has dicho por teléfono. —Rachel recorrió el enorme vestíbulo hasta el vasto salón—. «Eso no va a pasar». La cuestión, detective, es que ya ha pasado. Tú eres la beneficiaria. Está en los papeles. Eso es innegable. Stan está muerto, así que no hay marcha atrás, porque él no puede cambiar su última voluntad y yo no voy a llevar el testamento a juicio. ¡Bien sabe Dios que no quiero otra mansión en mi carpeta de propiedades!

A Jessica no le quedó más alternativa que seguir a la anciana por el salón, en dirección al porche trasero, mientras hablaba.

—Ahora, eres tú la que tiene que decidir qué hacer con la propiedad. Siempre puedes venderla. Divídela con... —Rachel hizo un gesto despectivo con la mano— con tu compañero. Tira las llaves y lárgate. A mí me da igual. Ahora bien, hasta que no tomes una decisión, esto es problema tuyo, Jessica, y no va a desaparecer sin más.

Las dos mujeres permanecieron un rato en el gigantesco porche, ahora vacío, que daba a la resplandeciente piscina. Los otros dos pisos de la casa se alzaban tras ellas; grandes láminas de cristal y mampostería artística. Jessica suspiró en alto, aunque no había sido su intención hacerlo. Se dirigió al borde del porche, se sentó en él con las piernas colgando sobre el césped recién cortado y se frotó las sienes, que aún le palpitaban.

—El jueves le pedí a un tasador que viniera. —Con dificultad, Rachel Beauvoir se sentó junto a la detective. Se bajó la falda por debajo de las rodillas y se la alisó. Una mujer de su estatus no hacía aquellas cosas—. Dijo que se vendería por algo menos de siete millones.

—No quiero conocer esos detalles.

—Pero tengo que contártelos, detective Sanchez. La verdad es que me sorprende un poco tu reacción. Trabajas en el Departamento de Policía de Los Ángeles. ¿Cuánto ganas al año después de dos décadas de carrera? ¿Ochenta mil? Ese coche ridículo que conduces me hace pensar que nunca habías imaginado siquiera que pudiera caerte del cielo un dinero como este.

«Que aceptara un dinero caído del cielo como este haría que todo el departamento de policía se volviera contra mí. Destrozaría mi relación con mi uniformada familia de azul».

—¿Cuánto tiempo llevas conduciendo ese coche viejo y abollado? ¡Da hasta cosa mirarlo!

—Deje en paz mi coche. Tiene casi doscientos setenta y cinco mil kilómetros y aún va como la seda.

—Lo único que te digo es que esta casa podría cambiarte la vida.

—Ya me la ha cambiado. —Jessica se señaló los vendajes—. ¿Ve esto?, pues ha sucedido por culpa de esta casa.

—No te entiendo.

—Anoche, mi compañero decidió no responder a mi petición de ayuda porque estaba muy cabreado conmigo por lo de la herencia. Él también estaba asignado al caso de su sobrina y considera que se merece la mitad.

—Veo que dices «asignado al caso», no que trabajara en él. —Rachel esbozó una sonrisa irónica—. Si no te apoyó cuando lo necesitabas, me parece que no debe de ser una persona a la que le guste mucho su trabajo.

—Usted no estaba ahí. No puede hablar.

—Yo solo sé lo que Stan me contaba. —Se encogió de hombros—. «Jessica va a venir para enseñarme unas fotografías». «Jessica me ha llamado otra vez». «Creo que Jessica tiene una hipótesis nueva».

Jessica no dijo nada.

—Esto es lo que Stanley quería. —Rachel se volvió hacia la detective—. Al final, de hecho, era lo único que quería.

Jessica se fijó en cómo parpadeaba la luz de la mañana en la superficie de la piscina.

—Cuando el asesino de Silver Lake... —La anciana se quedó callada. Se aclaró la garganta. Tragó con fuerza—. Me niego a pronunciar su nombre. Para mí siempre será «el asesino». Cuando ese hombre acabó con la vida de mi sobrina, Stan me dijo que jamás iba a poder volver a pensar en sí mismo. Se consideraba un padre que había sido incapaz de proteger a su hija. Bernice había muerto y él... él se sentía impotente. No podía vengarse, así que no podía pasar página. Se sentía desamparado. Entonces tú llegaste a su vida y te dejaste la piel en el caso, tanto que en ciertos momentos Stanley sintió que estabas obsesionada con él.

Jessica esbozó una sonrisa de medio lado.

—Aparecías aquí en busca de una prenda de vestir, aunque hubiera caído la noche. Levantabas las tablas del suelo. Ponías patas arriba el ático. Buscabas en su habitación por enésima vez. Stan me lo contaba todo. En efecto, parecía que estuvieras obsesionada con el caso.

—Es lo normal.

—Yo diría que no todo el mundo piensa así. Como, por ejemplo, los detectives en cuyas manos estuvo el caso antes de que te llegara a ti. ¡Habían pasado diez años, por el amor de Dios!

—Solo cumplí con mi deber.

—Stanley no creía que fuera así. Estaba convencido de que habías ido más allá de lo que requería tu deber. La cosa es que, si bien sabía que ya no podía hacer nada por Bernie, pensó que sí podía compensarte a ti por lo que habías hecho.

Jessica no dijo nada.

—Si te niegas a aceptar la casa, estarás impidiendo que mi hermano cumpla su última...

—Pare. —La detective levantó una mano—. No me venga con esa mierda.

La anciana frunció los labios, dolida. Sacó un juego de llaves del bolsillo, lo sostuvo en el aire y le explicó para qué era cada una.

—La de la puerta principal, la de la trasera, la del porche, la de la piscina y la de la casita de la piscina. —Le señaló el garaje—. La del garaje.

Jessica sintió un pinchazo en el pecho. No quería entrar en otro garaje en su puñetera vida. De solo pensarlo, se le revolvía el estómago.

—Ya tienes mi número de teléfono —le dijo Rachel.

La anciana dejó las llaves en el suelo del porche, entre ambas, se puso de pie y se marchó sin decir nada más. Jessica se quedó largo rato observando las llaves, pero no las tocó.

Había un niño mirándola.

El niño estaba en el patio trasero de una casa que quedaba en la parte de atrás de Bluestone Lane. Lo vio mientras encendía un cigarrillo y se preguntó si estaría prohibido fumar en Brentwood, si aparecería un guardia de seguridad y la empaparía con una manguera en caso de que el viento se llevase muy lejos el humo. Le había llamado la atención que algo se movía detrás de una puerta de celosía que había en la parte de atrás, una puerta que estaba en una valla cubierta de parras. Ignoró al niño. Cuando acabó el cigarrillo y resultó que seguía allí, mirándola, Jessica se acercó a la puerta. Tuvo que rodear la enorme piscina, que emitía un ligero zumbido al otro lado de su valla de cristal.

—¿Eres la nueva vecina? —le preguntó el niño a bocajarro, antes de que a la detective le diera tiempo a saludarlo.

Jessica se quedó parada.

—No.

—Oh, qué pena.

—Soy la que... la que va a encargarse de este sitio. Por ahora.

Jessica sintió la extraña necesidad de confortar a aquel niño al que apenas veía por entre las hojas. Su pelo era rubio y sus ojos, grandes y azules.

—El señor Beauvoir era muy majo —comentó el chiquillo al tiempo que metía los dedos entre la celosía. A Jessica, aquellos dedos le parecieron gusanos curiosos—. No sé, me da pena que se haya muerto. Porque se ha muerto, ¿sabes?

—Sí, lo sé.

—A veces me dejaba que lo ayudara con el jardín. ¿Ves esas flores púrpuras de allí, las más grandes? Tienen espinas. No las toques, ¿eh? Tienes que ponerte guantes y manga larga para hacerlo o te pincharás.

—Entendido. —Jessica encendió otro cigarrillo mientras asentía—. Buen consejo.

—Si necesitas a alguien que te ayude con el jardín, yo puedo hacerlo.

—No creo que vaya a ser necesario.

—El señor Beauvoir me daba cinco dólares cada vez que lo ayudaba.

—Ya veo por qué lo echas en falta.

—Has estado sentada ahí mucho tiempo. ¿Pensabas en algo?

La detective Sanchez miró hacia la casa; las enormes ventanas, el porche trasero.

—Habitualmente, la gente siempre está pensando en algo. ¿Haces a menudo esto de espiar a las personas?

—Solo a veces.

—¿Y lo de plantearles un millón de preguntas nada más conocerlas? ¿Eso lo haces mucho?

—Eso sí.

La detective y el niño se quedaron mirándose por entre las hojas. Una ardilla escaló un árbol cercano a toda prisa.

—¿A la hija del señor Beauvoir la mataron? —El niño asió la celosía con más fuerza.

Jessica no pudo evitar soltar una carcajada, sorprendida por lo seria que se había vuelto de pronto la conversación. Era imposible que aquel niño supiera todo lo que entrañaba aquella pregunta, la de años que había pasado trabajando en el caso.

—Sí. —Jessica estiró el cuello para ver cómo era la casa del niño, en busca de unos padres que interrumpieran aquel interrogatorio vecinal—. La mataron.

—¿La asesinaron?

—Sí.

—Stan me dijo que había muerto, pero no me dijo cómo.

—Estas no son cosas de las que debas preocuparte.

—No estoy preocupado.

—Muy bien. Mejor. —Jessica, perpleja, volvió a reírse.

—A veces, la gente que mata a otra gente... Es como..., como un accidente, ¿verdad? A veces pasa. No es a propósito y, después, se sienten fatal.

«No es el caso».

—Sí, claro.

—Mi madre mató a una persona.

Jessica se quedó petrificada. Se llevó una mano a la frente para cubrirse los ojos del sol y vio que el chico la observaba con atención para comprobar cuál era su reacción.

—Dios. Qué... qué triste. ¿Esto se lo cuentas a todo el mundo?

—No, a todo el mundo no.

—Ya.

—Fue un accidente, pero la metieron en la cárcel de todos modos.

—¿Qué quieres decir?

—Que no tendría que haber ido a la cárcel. Fue un error. La policía cometió un error.

Jessica sintió que se le hacía un nudo en el estómago. De repente, el cigarrillo sabía como a bilis. Lo tiró al césped húmedo y lo pisó con cuidado de apagarlo bien. Pensó en el asesinato que había habido tres calles más arriba. En la mujer embarazada con mala cara, triste, con los ojos desorbitados, unos ojos en los que se reflejaban las luces de los coches patrulla. Había sido Jessica la que la había esposado. Nunca te olvidas de gente así, de esa gente a la que acompañas en su día a día normal y corriente al infierno en que acaba de convertirse su vida. Le daba miedo hacer la pregunta que tenía en la cabeza, pero, aun así, la hizo.

—Chaval, ¿cómo te llamas?

—Jamie Harbour. —Y sonrió.

—Ay..., no me jodas, por favor.

BLAIR

Cuando llegamos al Denny’s de Crenshaw Boulevard me senté en una de las mesas del fondo, lejos de la puerta principal y de las ventanas, cerca de los cuartos de baño, de manera que pudiera esconderme en ellos si veía entrar a alguien que pareciera siquiera que trabajaba en la policía. Llevaba gafas de sol, puse la carta del restaurante como escudo y no les quitaba ojo a los demás clientes. Sneak no dejaba de llamar la atención con aquella camiseta de tirantes y aquella falda minúscula mientras miraba el menú.

—Es demasiado extensa —dijo en un momento dado mientras dejaba la carta de golpe en la mesa—. No estoy acostumbrada a tener tanto donde elegir. Hay quince tipos diferentes de tortitas. No puedo con eso.

—Tú pide el Grand Slam y un café.

—Tienes más pinta de sospechosa actuando de esa manera que si estuvieras sentada como una persona normal. —Se limpió los dientes con una pajita doblada—. Si un agente de la condicional o un poli nos pilla juntas, tú le ofreces algo y ya está.

—¿Que les ofrezca el qué?

—Dinero, idiota.

—No tengo dinero.

—Pues una mamada.

—¡Por Dios, Sneak! —Sacudí la cabeza—. A ver si nos concentramos, ¿eh? Anoche recibiste la llamada de Dayly. Se cortó. Hoy has preguntado por ella a gente que conoces y, luego, has denunciado su desaparición, ¿no?

Sneak jugueteaba con una servilleta. No respondió.

—Un momento, ¿me estás diciendo que no has llamado a la policía? —Me moví en mi sitio—. Vale, pues tenemos que denunciar su desaparición ahora mismo. Ese es el primer paso que hay que dar.

—No, no hay por qué hacerlo. Ya lo hará su compañera de piso. Ya la has oído, iban a llamar a la policía.

—Pero tienes que contarles lo que sabes. —No podía parar de moverme—. Tienes que contarles lo de la llamada.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Mira, en una ocasión conocí a un tipo que robó en un Denny’s —comentó mientras consultaba de nuevo el menú—. Fue como en esa escena de Pulp Fiction. Sacó un arma, pegó un par de voces y amenazó a todo bicho viviente. Obligó a los clientes a meter la cartera en una bolsa de basura.

—Sneak...

—Luego, fue a la parte de atrás y empezó a pegar a los cocineros para que le entregaran la cartera, las joyas y todo eso. —Aspiró con fuerza—. La cuestión es que la encargada de la freidora se puso tan nerviosa que desparramó por el suelo una enorme cacerola con salsa de queso y el tipo se resbaló y se cayó de culo. Perdió la pistola, la bolsa de basura y todo lo demás. Aquel era el momento para echársele encima e inmovilizarlo, pero no era fácil, porque el tipo no dejaba de intentar ponerse de pie y de resbalarse una y otra vez. La escena resultó tan divertida que todo el mundo empezó a partirse de risa. Permitieron que se fuera. El tipo salió deprisa y corriendo por la puerta de atrás cubierto de salsa de queso. Se olvidó de la pistola, de la bolsa..., de todo.

—Sneak, ¿no quieres ir a denunciar la desaparición de tu hija porque te busca la policía?

Sneak se echó a reír y se peinó hacia atrás sus rizos grasientos y deshechos.

—Que me busca... Lo dices de una manera que parece que sea el puto Jesse James.

—La policía puede ayudarnos. Es de tu hija de quien estamos hablando.

—Puede que me busquen... —Suspiró con fuerza—. No lo sé. He oído que me andaban buscando por unos objetos que podrían haber encontrado..., o no..., en un almacén que está a mi nombre.

Me sujeté la cabeza.

—Eres un cúmulo de problemas, ¿lo sabías?

La camarera llegó y pedimos. Sneak se frotó las manos.

—No puedo ir. Como me encierren, no podré seguir buscando a mi hija. La poli me conoce. Me acusarán de cualquier cosa, y entonces serás tú la que tenga que encargarse de todo.

—¿Yo? —me burlé—. ¿Por qué yo?

—Porque eres la única persona en la que confío. —Se quedó mirándome con atención—. Porque estás conmigo, ¿no?

—Mira... —escogí muy bien las palabras antes de seguir hablando—, t-todavía no tengo claro a qué nos enfrentamos... Estoy deseando que nos pongamos a pensar en qué ha podido pasarle a Dayly, pero recuerda que yo también tengo un hijo, eso ya lo sabes. No puedo arriesgarme a que me lo quiten una segunda vez.

Sneak me observó con atención, en silencio, sopesando lo que le decía.

—Te debo una. —Admití.

—Ya te digo. Imaginaba que, antes o después, me vendrías con eso.

—Me sacaste de un agujero muy jodido en Happy Valley.

—No he venido a buscarte porque crea que me debes una, sino porque eres dura. Porque se te dan bien las distancias cortas. Eras una cirujana importante, y eso te convierte en la persona más inteligente que conozco. Así que es hora de que me digas si vas a ayudarme o no, porque si no me vas a ayudar..., ya daré con alguien que lo haga.

Pensé en Jamie. Me imaginé despidiéndome de él por otros cinco años, intentando explicarle que era por ayudar a una amiga..., pero que, con eso, había sacrificado mi relación con él durante media década más. Bastante duro me había resultado ya hablarle de lo que había hecho para que me metieran de nuevo en la cárcel cuando me habían soltado. Le había confesado que había cometido algo que estaba terriblemente mal, que no había sido mi intención hacerlo y que, a pesar de que había actuado de corazón, la policía no lo había entendido así. Parecía imposible que un niño pudiera comprenderlo... Y era una verdadera locura que lo arriesgara todo una vez más, en este caso por Sneak y por su hija, una muchacha a la que ni siquiera conocía, pero...

La cuestión es que Sneak había sido la clave de mi supervivencia en prisión. Era la que había conseguido que saliera de mi asombro y, después, había sido la que siempre había estado ahí, una mujer tristemente acostumbrada a la vida carcelaria, alguien que sabía bien qué era la rutina de aquel lugar, cuál era su idioma y cuáles eran sus reglas. Fue mi guía, mi maestra de la vida penitenciaria. Sneak era una mala influencia, no cabe duda. Siempre estaba colocada y se peleaba muy a menudo con las demás reclusas o intentaba ennoviarse con alguno de los guardias. Además, tenía los dedos tan largos que me veía obligada a llevar en el sujetador todo aquello que no me podía permitir que me desapareciera, como los salvaslips, las fotos de Jamie o mi medicación posparto. No obstante, cada vez que se acababa su condena y se marchaba de Happy Valley, cada vez que desaparecía de mi vida... era como si el suelo se resquebrajase a mi alrededor. Cuando regresaba, meses después, a veces solo unas semanas, era como si hubiera vuelto a reunirme con una hermana a la que hacía tiempo que no veía. Sneak nunca se rendía, daba igual la condena que le hubiera caído, daba igual lo inútiles que parecieran sus intentos por volver a formar parte del mundo real. Tenía claro que como dejara que la vida de la cárcel le quebrara el espíritu, les destrozaría la vida a otros, así que siempre iba por ahí con la cabeza bien alta. Y yo aquello... lo admiraba.

Por otro lado, me daba cuenta de que parte de mí ansiaba unirse a Sneak en la búsqueda de su hija, un ansia, un anhelo, muy similar al que había sentido cada vez que entraba en el quirófano. Estaba deseando darle unos puntos a la relación que tenían Sneak y su hija para unirlas; ponerle un vendaje blanco, esterilizado. Tenía la oportunidad de salvar a una joven. De ayudar a una madre. De ser una heroína. Eso era justo lo que hacía antes de que me metieran en la cárcel. Aquello era una señal. Una prueba. Si la pasaba, significaría que seguía siendo la mujer que era antes de que me encerraran. Significaría que seguía siendo una buena persona.

—Sí, voy a ayudarte.

Sneak sonrió.

—Dime lo que has descubierto sobre Dayly. Cuéntame lo que se dice en la calle.

—Ha estado rodando porno. —Sneak sacó el móvil, puso algo en la pantalla y me pasó el dispositivo deslizándolo por la mesa—. Una amiga mía que trabaja frente a una cámara web me enseñó esto. Ve echándole una ojeada, que necesito un cigarrillo.

Sneak salió a la calle y yo me quedé con su móvil. Estaba conectado a una página web llamada Rareshare-Hx.com. En la parte de arriba de la pantalla se veía el dibujo animado de una mujer brillante, como embadurnada en aceite, haciéndole una mamada a un hombre en una habitación oscura. La mujer movía la cabeza adelante y atrás, y lo miraba a él a los ojos con sus enormes pupilas mientras un cartel retaba al espectador con un ¡INTENTA NO CORRERTE! Había una lista de categorías por encima de una colección de vídeos de chicas reales haciendo cosas similares. En la miniatura del primer vídeo aparecía la chica que me había robado en el Pump’n’Jump, estaba hecha un ovillo en una de las esquinas de un sofá azul, con una copa de vino en la mano. Cliqué en la miniatura y Dayly cobró vida. Saludó a la cámara con una mano.

«¡Para! —dijo guasona—. ¡Esto es una chorrada!».

Vi el vídeo un rato. La cámara estaba fija y, por detrás, apareció un hombre pequeño y delgado, moreno y con el pelo cortado al rape, con un tatuaje azul e ilegible en el cuello. Dayly y él empezaron a meterse mano en el sofá. Subí un poco la página para leer el título del vídeo: A jovencita tetona, rubia y novata le dan bien fuerte en el sofá de su novio.

Justo cuando el hombre del vídeo le estaba quitando la camiseta a Dayly oí una voz por encima de mí.

—¿Le relleno la taza?

Era un camarero alto y musculoso, tanto que parecía que fuera a reventar el polo verde de Denny’s a la altura del pecho. Cliqué de inmediato el botón que silenciaba el móvil y muy deprisa lo dejé bocabajo en la mesa.

—Sí, por favor... —acerté a decir.

Mientras se apartaba de mí, jugueteé con el salero y con el pimentero; dos bonitos recipientes de acero inoxidable. Hacía una década que un hombre no me tocaba de forma íntima. Eso lo incluía todo, desde un buen polvo hasta una palmadita en el hombro o un abrazo cálido. Lo más cerca que había estado de un abrazo en ese tiempo había sido el que podría haberme dado Henry, el marido de Sasha, cuando salí de prisión, y que no había sucedido más que en mi imaginación; la lenta y deliberada repetición mental de sus brazos cerrándose alrededor de mis hombros, de su aliento en mi cuello, de su cadera contra la mía. Me lo imaginé durante semanas a medida que se acercaba la fecha de mi puesta en libertad. La cuestión es que Henry no llegó a abrazarme. Sasha y su marido me habían recogido en la puerta de la cárcel y él se había quedado en el coche. Se había limitado a girarse y a sonreírme mientras yo entraba en el vehículo y me deslizaba por el asiento de atrás. El camarero se inclinó para rellenar la taza de Sneak y me llegó el olor de su desodorante. Vi cómo se movían los gruesos tendones del cuello. Unas manos grandes. Unos antebrazos grandes.

—Gracias —le dije cuando acabó—. ¿Podrías traernos un poco de agua con hielo? Si no es molestia.

El camarero asintió, sonrió y se marchó. Sneak llegó justo en ese momento y se sentó a la mesa junto a mí.

—¿Estabas ligando con el camarero?

—Eh... ¿Qué? ¡No! No. Claro que no.

—Pues le has puesto una cara que parecía que estuvieras ansiosa por arrastrarlo a la mazmorra del placer que tienes en casa y atarlo a un potro.

—Por favor. —Me reí—. Solo le he pedido agua con hielo.

—¿Para qué, para echártela por tu humeante entrepierna?

—¡Sneak!

—Aún no has roto la maldición, ¿eh? —Negó con la cabeza. Era evidente que se alegraba de tener algo de lo que hablar para no pensar en lo de su hija—. Llevas un año fuera y aún no te han follado, ¿verdad?

—¿Podrías... podrías no decir eso de «follado»?

El camarero llegó con nuestros platos y con el agua con hielo. Lo ignoré por completo.

—Y devuelve el salero y el pimentero.

Sneak puso los ojos en blanco, sacó del bolso los recipientes y los dejó de golpe en la mesa.

—El vídeo este de Dayly... —empecé a decir— es porno de aficionados.

—Ya, pero de una página web en la que hay que pagar. —Sneak asintió mientras hablaba—. El espectador paga una mensualidad para ver porno. El que cuelga los vídeos se lleva una parte de los beneficios. Puede que estuviera sin un duro y que hiciera una estupidez. Puede que su novio los grabara y, después, colgara el vídeo con la esperanza de que ella nunca se enterase.

—¿El tipo ese es su novio o no es más que un mierda?

—Al parecer, es su novio. Tengo su nombre y su dirección. Dimitri Lincoln. Es mala gente. Tenemos que hablar con él para ver qué sabe, pero la cosa es que vive en Temple City. Si Dayly hacía esto del porno por voluntad propia es posible que ya hubiera entrado en el circuito. Así es como empecé yo en la industria. Dejé que un tipo me sacara unas fotos a cambio de dinero para comprar hidrocodona. Poco después estaba haciendo mamadas. Lo siguiente fue que acabé en las calles, en una esquina. Como se haya relacionado con la gente equivocada... Quiero enterarme de quién está metido en esto.

—Vale. —Asentí—. Parece un buen punto de partida.

—Pero Temple City está muy lejos para ir en taxi. Vamos a necesitar pasta y un coche.

—Sí, ya.

—Anoche estuve intentando hacerme con un coche, pero no tuve suerte..., y de pasta voy justa. ¿Y tú? O la mujer que se encarga de tu hijo. ¿Te prestaría un coche durante un par de semanas?

—Podría ser..., pero no quiero pedírselo. Bastante parezco ya un desecho de la sociedad. No quiero que su marido y ella piensen que no sé cómo arreglármelas o puede que nunca lleguen a considerar que estoy preparada para tener la custodia de Jamie. —Di unos golpecitos en la mesa con el tenedor. Un pensamiento que llevaba un tiempo rondándome empezó a abrirse camino a pesar de que intentara acallarlo. Me dio la impresión de que Sneak se había dado cuenta, de que me lo veía en la cara.

—He de ir a ver a mi hijo. Nos reuniremos después.

—¿Tienes alguna idea?

—Sí. —Suspiré—. Aunque, realmente, es algo que preferiría no hacer.

Estimado John:

Me llamo Dayly Lawlor. No me conoces, pero si tienes buena memoria es posible que te suene mi apellido. Hace una semana estaba en mi apartamento, viendo las noticias con mi madre, y hablaron de que habían descubierto tres millones de dólares en unas maletas enterradas en el desierto de Pasadena. Creo que fueron unos obreros los que las encontraron. La verdad es que no sé por qué avisaron a la policía y no se quedaron con el dinero. En la noticia decían que es probable que el dinero perteneciera a un recluso que hay en el corredor de la muerte de San Quintín, a John Fishwick, que lo enterró allí para mantenerlo a salvo antes de que lo arrestaran. Algunos de los criminólogos a los que llevaron al programa se mostraron de acuerdo. Yo no había oído hablar de ti, pero mi madre se rio y me contó que os habíais acostado durante una temporada hace ya algún tiempo. Si te soy sincera, recordaba exactamente cuándo había sido: hacía veinte años. Cumplo los diecinueve en febrero.

Es muy probable que estés acostumbrado a recibir cartas de personas que no conoces, de tarados y raritos que quieren saber los detalles de tus crímenes. También he escrito a un par de personas más con las que mi madre me ha dicho que estuvo saliendo en la época en la que me concibió, dos de las cuales se encuentran en la cárcel, igual que tú. Mi madre siempre ha sido complicada. Empezó a enamorarse de la gente equivocada ya desde muy joven, esa es la impresión que tengo. Es una adicta que me entregó en adopción cuando aún no había cumplido los veinte años. No tengo muy claro qué siento por ella, pero tampoco quiero aburrirte con esas chorradas. Me pregunto si la recuerdas. Seguro que tú también te has movido con mucha gente chunga. En aquella época, tú estabas en lo más álgido de tu carrera. Fue poco antes de lo de Inglewood. Mi madre dice que llegabas a las fiestas y tirabas billetes, y que, después, no tardabas en irte, antes de que la policía llegara. Supongo que entiendo que se sintiera atraída por ti. Es muy probable que la gente te viera como una especie de Robin Hood. Antes de seguir, no obstante, quiero decirte que no entiendo en absoluto por qué hiciste todo aquello el 11 de mayo del 2001 en el Chase Bank de Inglewood. He leído todo lo que hay publicado acerca de ti y lo de esa masacre; además de que, hoy en día, en Internet, se pueden encontrar todas las fotografías, las imágenes más horripilantes, si uno navega donde no debe.

Pero no te escribo para preguntarte sobre tus crímenes. Estoy segura de que estás hasta el gorro de eso. Te escribo para ver si te acuerdas de Emily Lawlor, a la que algunos llamaban «Sneak». ¿Es verdad que estuvisteis juntos por esa época? ¿Alguna vez se ha puesto en contacto contigo para decirte que podrías ser mi padre? ¿Habéis estado en contacto a lo largo de estos años?

Acabo de darme cuenta de que aún no te he contado nada sobre mí, aunque no sé si estarás interesado en conocerme. Se me hace raro pensar que yo sienta interés por ti y que tú nunca hayas mostrado curiosidad por conocerme. Vivo en Toluca Lake, cerca de los estudios. Por aquí, los alquileres son baratos, que es por lo que viene mucha gente que quiere dedicarse a la interpretación, como mi compañera de piso. Asisto a un centro de estudios superiores donde estudio los animales y, cuando pueda, me gustaría dedicarme a rescatarlos y rehabilitarlos. Ahora mismo estoy criando una taltuza de Botta muy joven, aunque no sé si habrás oído hablar de estos animales. Son habituales en el noroeste del país. En Texas también hay muchas. Cuando la encontré, la habían envenenado. Es un animal muy dulce. Creo que se trata de un macho, pero es muy complicado determinarlo. Hace un par de meses tuve una paloma que encontré en la autopista de Ventura. Había chocado contra un coche. Por suerte, se recuperó rápido... porque a mi compañera de piso le daba mucho asco tener una paloma en casa. Estaba convencida de que le iba a pasar piojos. Mi vida tiene algunas partes más tristes. No soy una santa, pero de eso ya te hablaré en caso de que me respondas.

Te envío una foto en la que salimos la taltuza y yo. La llamo Pockets. Apenas he encontrado información en Internet sobre si se pueden enviar fotografías a los reclusos del corredor de la muerte de San Quintín, pero deseo que te llegue.

Un saludo. Espero tener noticias tuyas.

DAYLY

JESSICA

La calle estaba llena de coches patrulla porque, en aquel momento del día en el que la temperatura no paraba de subir, los agentes no dejaban de buscar excusas para volver a la comisaría oeste del Departamento de Policía de Los Ángeles, un edificio con un magnífico aire acondicionado. Jessica había pasado la noche en su abarrotado apartamento de Alameda, pensando en lo de la casa que había heredado y en el niño que tenía de vecino: el hijo de Harbour. Se había duchado de una manera muy extraña para no mojarse los vendajes y había soñado que la perseguían unos zombis. A medianoche se había despertado, había cogido las llaves de la casa de Bluestone Lane de la mesita de centro y las había tirado al cubo de la basura. Por la mañana las había recuperado.

En la comisaría, dos agentes con cara de aburrimiento a los que no conocía de nada se encargaban de la recepción con las enormes fotografías enmarcadas de los anteriores jefes que colgaban por encima de sus cabezas. Jessica no llamó su atención, cruzó tan deprisa como pudo la puerta trasera de los despachos con la tarjeta de banda magnética. Que la ignoraran en esa misión que tenía entre manos sería de lo mejor que le podía pasar.

En la zona abierta de despachos del primer piso, no obstante, no tuvo tanta suerte. Enseguida le llegó aquel olor familiar, olor a humanidad, a café y a tabaco. Sintió que todos los de la estancia se volvían para mirarla. Algunos de ellos estaban hablando por teléfono y otros se encontraban inclinados sobre sus desordenados escritorios, examinando fotografías, repasando imágenes de cámaras de vigilancia, releyendo notas. Sin embargo, la llegada de Jessica fue como si empezara a sonar una sirena que cada vez aullaba con más fuerza, molestando a todos y cada uno de los detectives. Jessica se aclaró la garganta y se dirigió a los ascensores.

No llevaba más que unos segundos delante de las puertas de los ascensores, pulsando el botón una y otra vez, cuando empezó a oír aquellas palabras susurradas por detrás de ella: «Brentwood», «mansión», «millones».

Nada sobre sus heridas. Nada sobre Wallert y Vizchen. En el tercer piso no se detuvo a valorar qué impacto causaba en la estancia. Encontró a Wallert en la sala del café, vaciando azucarillos en una taza de papel. Esperó hasta que su compañero se hubo alejado de la encimera, y entonces golpeó con fuerza el culo de la taza con la palma de la mano y le tiró el café por la cara, aunque el líquido también acabó en la máquina, en la encimera y en la pared. Antes de que a su compañero le diera tiempo de limpiarse los ojos, Jessica tomó impulso y le pegó un fortísimo puñetazo en la boca.

—¡Pedazo de mierda! —le gruñó.

—¡Por Dios! Pero ¿qué coño...?

—¡Puto gordo traidor de mierda!

No es que Jessica hubiera pensado en qué decir, no es que hubiera estado planeando qué palabras harían más daño a su compañero o qué comentarios recordaría la gente durante un período más largo. Aquellos improperios escaparon por su boca sin más, como ladridos. Los compañeros se le echaron encima antes de que soltara un segundo puñetazo. Romley, de Narcóticos, y una mujer a la que no conocía la cogieron de los brazos y la apartaron de Wallert. Enseguida se reunió allí una multitud, en un principio con intención de detener la pelea, pero, en realidad, era para coger asiento de primera fila y disfrutar del espectáculo del mes en Homicidios.

—¡Debería matarte, hijo de puta! —aulló—. Ese cabrón me levantó por los aires y me tiró al suelo como si fuera una cría. Si hubieras acudido a mi petición de ayuda, no habría tenido que matarlo. He matado a una persona por tu culpa.

—Lo superarás. —Wallert tenía la pechera de la camisa manchada de café, lo que hacía que se le transparentaran los pelos de sus gordas tetas. Se limpió la sangre del mentón—. Tienes todo el dinero del mundo para gastártelo en terapia, ¿no?

—¿Lo estáis oyendo? —gritó Jessica mientras se zafaba de los policías que la sujetaban y miraba a su alrededor—. ¿Lo estáis oyendo? Este cabrón dejó tirada a su compañera. —Lo señaló—. No es así como nos comportamos aquí. Eso no es propio de nosotros.

La detective examinó los rostros de los que conformaban el círculo a la espera de ver reflejada en ellos la misma furia que ella sentía, pero eran muchos los que miraban al suelo o los que se miraban los unos a los otros, manteniendo conversaciones silenciosas, juzgándola, sopesando la situación. Jessica estaba rodeada por los suyos y, aun así, la palabra «nosotros» había sonado débil, aguda como un chirrido. De pronto, Wallert pasó a formar parte de ellos, del «verdadero nosotros», y Jessica empezó a preguntarse qué habría sucedido en las veinticuatro horas que había estado fuera de la oficina, qué conversaciones habrían mantenido, para que estuvieran marcando esa línea en la arena entre ellos y ella.

—Es increíble. —De repente, se había quedado sin aire—. Esto es...

—Oye, Sanchez, cálmate —le soltó uno de Personal mientras le ponía una mano en el hombro. Jessica sintió una punzada de dolor en la herida—. Montar una escenita no va a servir de ayuda en tu caso.

—¿Mi caso? —Se sacudió la mano del de Personal.

—Lo que hizo Wallert no estuvo bien —dijo Romley, el de Narcóticos, al tiempo que se encogía de hombros—, pero algunos compañeros hemos hablado del asunto. Bueno, todos hemos estado hablando de ello y... parece que, según los informes iniciales, fuiste tú la que decidió ir sola. Vale, sí, Wally y Vizchen tendrían que haberte apoyado, pero la decisión la tomaste tú, Sanchez. Además, lo de la casa esa de Brentwood... Es que, si te soy franco, eso es una mierda descomunal.

—Sí, a mí también me tendría puteado —comentó uno.

—No vas a aceptar la casa, ¿verdad? —La que hablaba era Veronica, de Homicidios—. Alguien va comentando por ahí que vas a aceptarla, pero no deberías.

—He oído que vale nueve millones.

—Eso sí que es traicionar a tu compañero.

Romley le pasó unos cuantos pañuelos de papel a Wallert, que sonrió por detrás de ellos mientras se limpiaba las encías ensangrentadas. Jessica se volvió y vio a Vizchen en la parte de atrás de los allí congregados, inexpresivo, observando. De pronto, a la detective le dio la sensación de que los que la rodeaban irradiaban tal calor que empezó a sentir que le quemaban las heridas. Jessica pensó que quizá tuviera fiebre, una infección, el sida. Se llevó las manos a la cabeza e intentó pensar en que aquello era una representación, una broma que le habían querido gastar y que había salido mal..., que, en cualquier momento, alguien se abriría paso por entre la muchedumbre y la abrazaría y le diría que todo iba a ir bien, que aún formaba parte del equipo, que no la consideraban el enemigo en la trinchera. No obstante, el que se abrió camino entre los policías fue el capitán Whitton, y, desde luego, no había nada amistoso en su expresión.

—Sanchez, a mi despacho. Ahora.

Jessica se sentó en el despacho del capitán pensando en que Andrew Whitton era quien mejor personificaba el liderazgo en el Departamento de Policía de Los Ángeles. El hombre era alto, serio, circunspecto. Sus ojos eran de color gris oscuro, como la pizarra, y siempre parecían inexpresivos. Tenía los hombros anchos —estupendos para cargar con el peso de la responsabilidad—, unos hombros que parecían solemnemente encorvados en los funerales de policías, y viejos pero potentes cuando se machacaba en el gimnasio de la comisaría junto con los jóvenes. En el escritorio tenía una fotografía de Karen, su esposa, una mujer con el pelo rizado y una mirada entusiasta enmarcada por unas gafas de colores, acompañada de sus tres hijos, todos ellos policías. En las demás fotografías aparecía él en su velero.

—Es hora de tomar una decisión —le dijo el capitán mientras se sentaba. Era muy probable que en la vida del capitán Whitton siempre fuera hora de tomar una decisión. De tomar una decisión, de escribir una recomendación, de hacer una petición, de encontrar una solución. Asuntos que requerían papeleo y firmas—. ¿Vas a quedarte con la casa, sí o no?

—Hace cuarenta y ocho horas que sé lo de la casa —empezó a decir Jessica con un tono plano— y en ese tiempo me han herido en el ejercicio de mi deber y he matado a una persona.

—Sí, y no quiero que pienses que todo eso me da lo mismo. —El capitán levantó una mano para aplacar los ánimos—. Tengo entendido que hasta el hospital se acercaron un representante del sindicato y uno de nuestros encargados de salud. Tienes preparado el permiso por lesiones, ¿no?

—Sí, se acercaron y, sí, dispongo de él.

—Bien. En ese caso, los de Asuntos Internos determinarán en qué fecha tendrás que reunirte con ellos por lo del disparo, así que el proceso de cuidar de tus heridas y de que se resuelva todo lo relacionado con el tiroteo ha comenzado. Utilizaste tu arma reglamentaria, pero ellos tienen que comprobarlo. Aparte de decirte que siento mucho lo que sucedió y de trasladarte todo mi apoyo como capitán, mentor y amigo, nada de eso tiene que ver conmigo. De lo que nadie se está encargando es de la posible lluvia de mierda que va a caer con lo de la herencia de Beauvoir.

Jessica se presionó el puente de la nariz. Empezaba a dolerle la cara, era un dolor que le ascendía hacia la frente y tiraba hacia la parte de atrás de la cabeza. Volvió a pensar en si habría contraído algún virus. Si hubiera sido más cuidadosa..., más discreta..., pero la llamada de teléfono de Rachel Beauvoir que había recibido en el gimnasio hacía dos días la había dejado tan sorprendida que le había repetido la conversación que había mantenido con la anciana a una mujer que tenía al lado, envuelta en una toalla, y a la que apenas conocía, Fiona Hardy, de la sección de Entrenamiento con Armas de Fuego. A partir de ahí, la noticia había corrido como la pólvora.

—Un par de patrulleros han ido contando que estuviste ayer en la casa.

—Sí, fui a verla. —Jessica se revolvió en la silla—. Fui directa desde el hospital. ¿Es eso lo que va a suceder a partir de ahora, van a estar circulando las patrullas para comprobar si voy o si no voy?

—Sienten curiosidad. ¿No la sentirías tú?

—No. Lo que los demás policías hagan en su tiempo libre no es asunto mío, joder.

—Que vayas a la casa les hace pensar que seguramente te vas a quedar con ella.

—Y es que la última voluntad del señor Beauvoir fue que me la quedara. Fue lo que deseó en su lecho de muerte. Lo menos que podía hacer era ir a ver la casa, como gesto personal.

—Sí, pero ya estuviste en ella un millón de veces mientras...

—¿Me has hecho venir para tocarme las pelotas?

El capitán se recostó en la silla y miró a Jessica. La detective se dio cuenta de que su superior se recordaba a sí mismo que todo aquello no era culpa de ella, que ella no era sino la víctima, cuando menos, de los efectos colaterales de la herencia.

—Seguro que te sientes tentada de aceptarla. ¡Son doce millones de dólares!

—Cada vez que oigo hablar de la casa, su valor ha subido. Debe de haber un pozo de petróleo del que nadie me había hablado justo debajo.

—Mira, Sanchez, así son las cosas. Esa es la realidad. —El capitán miró la puerta como si quisiera asegurarse de que estaba cerrada—. Soy consciente de que eres tú quien merece todo el reconocimiento por haber resuelto el caso de Silver Lake. Ya sé que Wallert apenas participó en la investigación.

Jessica permaneció en silencio.

—Cuando ascendimos a Wallert a detective sobrevaloramos su carácter. Fue una decisión que se tomó antes de que yo fuese capitán —explicó Whitton con cautela—, y espero que no repitas fuera lo que acabo de decir ahora mismo en este despacho.

La detective siguió en silencio.

—Tengo la sensación de que debería dejar bien claro qué es lo que está en juego en este asunto. —El capitán abrió uno de los cajones del escritorio.

—Sé lo que está en juego, capitán —dijo Jessica entre suspiros.

—Y es mi responsabilidad confirmar que así es, oficialmente.

Jessica se desplomó en la silla. Tal y como habían hecho en numerosas ocasiones durante el tiempo que llevaban siendo detective y capitán, Jessica se quedó allí sentada, en el despacho de Whitton, observando cómo él pasaba el dedo por alguna de las páginas de su vieja copia de Políticas del Departamento de Personal perteneciente al Departamento de Policía de Los Ángeles.

—Si aceptaras la casa de Brentwood como recompensa por parte del señor Beauvoir a cambio del trabajo que realizaste en el caso de su hija —empezó a decir Whitton, que enseguida encontró la parte del texto a la que se estaba refiriendo—, podrían sancionarte de acuerdo con el artículo 33.2. —Leyó—: «Falta de ética profesional dentro o fuera del trabajo por parte de empleados públicos», que reza: «Los empleados públicos deben realizar sus tareas de manera que nunca pierdan la confianza y el respeto de sus supervisores, de sus compañeros y de la ciudad a la que sirven». Tu ofensa consistiría en: «Aceptar favores o gratificaciones por realizar servicios propios de su trabajo».

—Ajá.

—También podrían sancionarte por: «Fraude, deshonestidad, robo o falsificación de informes», dado que: «Los empleados públicos tienen que demostrar su integridad personal y su honestidad a la hora de desempeñar su trabajo». —Sin levantar el dedo de la página, el capitán hizo una pausa para añadir dramatismo al momento—. Mira, Jessica, la cuestión es que se consideraría que has solicitado, aceptado u ofrecido un soborno, lo que supone el despido inmediato.

—En ningún momento el señor Beauvoir dijo que fuera a dejarme su casa en herencia por trabajar en el caso de su hija. No es un soborno. La primera vez que oí hablar del tema fue cuando me llamó su hermana, que es la legataria de su última voluntad.

—Estabas obsesionada con el caso. Aquí, la gente empezó a preocuparse.

—Esa es la cuestión. —Jessica levantó las manos—. Aquí, te vuelcas con un caso y resulta que los compañeros empiezan a preocuparse.

—Perdiste peso. No dormías. No pasabas por casa. A punto estuviste de presentarte a una reunión del departamento recién salida del vestuario... ¡sin camisa!

—Estaba cansada.

—¿Solo cansada?

—Lo sentía, es verdad. —La detective hizo una pausa, como si estuviera buscando las palabras—. Sentía el... el calor.

—¿El calor?

—¿Sabes cuando estás a oscuras... —Jessica se esforzaba por elegir con cuidado las palabras— pero tienes certeza de que hay alguien más? Ni lo ves, ni lo oyes, pero lo sientes... como... como una especie de calor. Como el calor corporal.

El capitán la miraba con atención.

—Yo lo sentía a él. Sentía lo cerca que estaba de atraparlo.

—Hazme un favor. Cuando salgas de aquí, no le digas a nadie más que atrapaste al asesino de Silver Lake porque sentiste su calor corporal en la oscuridad. Parece que estés loca.

—Sí, ya, pero el tipo está en la cárcel, ¿no? ¿Quieres que hablemos de locuras? ¿Por qué no hablamos, entonces, de cómo es posible que esté aquí sentada porque hago mi trabajo demasiado bien?

—Mira, chorradas aparte, dudo mucho que los de Asuntos Internos fueran a tragarse eso de que lo único que te pasaba en ese caso era que estabas ansiosa por atrapar al asesino. Los investigadores dirán que no te movía únicamente la pasión. Hay gente que va contando por ahí que el señor Beauvoir y tú teníais una relación, y ya sabes que eso también iría en contra del reglamento del Departamento de Policía de Los Ángeles.

—No, capitán, no me follé al padre de setenta y cinco años de una de las víctimas de un caso.

—Yo tan solo repito lo que dice la gente y a qué podrían agarrarse los de Asuntos Internos.

Jessica se encogió de hombros.

—Hace mucho tiempo que dejó de importarme lo que piensen de mí los de Asuntos Internos.

—Sea como fuere, Sanchez, si aceptas la casa, te despedirán de la policía. De una u otra forma, harán que salgas por la puerta principal y que nunca vuelvas a ser bienvenida aquí. Creo que eso sería una pena. Este es tu hogar, detective. Esta es tu familia.

Jessica abandonó el despacho del capitán en silencio, con la pulsante ira que sentía cuando había entrado un poco más calmada. Los miembros de su familia del Departamento de Policía de Los Ángeles la observaron mientras se dirigía a los ascensores. La observaron mientras esperaba a que alguno de ellos llegara. En aquel punzante silencio, Jessica miró hacia la sala de documentación que había a la derecha de los ascensores.

Sintió que una oleada de desafío la golpeaba. Una oleada de ira, una oleada grande y silenciosa. Al mismo tiempo, por detrás de ella empezó a sentir la presión de esas personas en las que había confiado hasta hacía poco, compañeros que ahora querían verla de patitas en la calle. Intentó aferrarse a lo que fuera para permanecer en el que era su lugar, allí donde se sentía a salvo.

«La policía cometió un error», había dicho el niño.

«Yo no cometo errores. Estaba en lo cierto entonces y lo estoy ahora».

La detective decidió ir a la sala de documentación. Allí encontró el informe en el que se hablaba del asesinato cometido por Harbour, un archivador de color azul lleno de papeles. Se lo puso debajo del brazo y bajó por la escalera de incendios.

BLAIR

Cuando di a luz a Jamie en la enfermería de Happy Valley tenía una de las muñecas esposada a la cama. Luché contra aquella cadena mientras las contracciones me recorrían el cuerpo como truenos... Me sentía como un cerdo en una pocilga a la espera de que lo sacrifiquen, intentando escapar. Me permitieron tener a mi hijo una hora. Entonces llegó la trabajadora social. Cuando se lo entregué, en ese instante... no sentí nada.

Cuando miraba a Jamie, sobre mi pecho, en la sala en la que lo había alumbrado, pensaba en lo bonito que era, en lo apropiado que era que aquel ser perfecto fuera a dejar aquella institución fea en unos momentos. No me sentía triste por mí, sino aliviada por él.

Aquel desapego deliberado por el presente que empecé a sentir a partir de que mi destino quedara decidido sirvió para que los meses siguientes los pasara nadando en una fantasía que yo misma había creado. Las demás reclusas poco tenían que ver conmigo. A menudo me consideraban demasiado «desconectada» para que se molestaran en hablarme siquiera. La mayoría de los días me quedaba en la cama, callada, soñando que a mis compañeras y a mí nos habían abducido unos alienígenas, y que aquella prisión era una especie de complejo para seres humanos donde los gobernantes supremos de los extraterrestres nos estudiaban. Yo había entregado a mi hijo para que volviera a la Tierra, donde viviría a salvo de todo aquello.

No vi a Jamie en persona en nueve años. Aquella había sido una decisión necesaria para mí. Una decisión que significaba que no tendría que verlo crecer al otro lado de un cristal, sino que podía imaginarlo corriendo por los campos verdes de la Tierra, despreocupado y feliz bajo un interminable cielo azul. Cuando me liberaran, a él no le habría afectado mi encarcelamiento y sería un niño perfecto, listo para darme la bienvenida como madre, como única familia. Seguiríamos con el plan que había trazado para nosotros antes del asesinato.

Había sido un buen plan. Lo había sopesado, lo había calculado todo casi con precisión quirúrgica. Mi incansable necesidad de avanzar en mi carrera nada más acabar la universidad me había llevado a seguir un patrón de flirteos constantes con diferentes hombres, casi siempre doctores, que, a su vez, sentían la misma neurosis por su carrera que yo por la mía. Nunca me había parado a pensar en que quería algo serio con un hombre cuando, de pronto, me di cuenta de que anhelaba ser madre. No me pareció raro buscar un donante de esperma. Tuve una visión para Jamie y para mí: él era el hijo al que no le iba a faltar nada, y yo, la madre de la que tan orgulloso se iba a sentir. Hasta que me pusieran en libertad, lo único que tenía que hacer yo era sobrevivir. Cuando volviera a casa con mi hijo, lo retomaríamos todo, tal y como sucede en las obras de teatro después del descanso.

Sin embargo, había pasado un año desde que había salido de la cárcel y nuestra vida no se parecía en nada al ridículo ideal que había construido. Jamie quería a sus padres de adopción, amigos míos de antes de que me encarcelaran, y el niño, como poco, se sentía raro conmigo y, como mucho..., me tenía miedo. Había permanecido fuera de su vida para protegerlo, pero, al hacerlo, ahora lo había obligado a acomodarse a la fuerza a una nueva madre a la que no conocía, pero a la que tenía que hacer espacio en su joven vida, ya de por sí confusa y tumultuosa.

Mientras levantaba la mano para llamar a la puerta de la casa de Jamie, oí al crío en algún lugar de sus espaciosos metros. Su voz era un gimoteo agudo:

—¡Quiero ir a casa de Benny! ¡No es justo! ¡Van a ir todos menos yo!

—Ya habrá otras fiestas, Jamie. Esto es más importante.

—¡No tiene nada de importante! ¡Es una estupidez!

Llamé y tragué saliva con fuerza. Sasha abrió la puerta. Llevaba un delantal estampado y el flequillo perfecto. Era ese tipo de ama de casa, de las que tienen un blog en el que le enseñan a la gente a preparar galletas con la forma de superhéroes o de personajes de dibujos animados. Estaba cocinando algo; el olor a canela y a vainilla llegaba hasta la puerta. Jamie estaba en el vestíbulo. Su cara era una máscara de miedo.

—¡Hola, colega! —lo saludé con una sonrisa.

—Hola. —Y se marchó.

—Alguien está teniendo una pataleta esta mañana. —Sasha me abrazó con un solo brazo e hizo el sonido de un beso en mi oreja. «¡Mua!»—. Ya se le pasará. Hay una fiesta al final de la calle y quiere ir, pero un niño tiene que pasar tiempo con su madre.

Yo era la «madre» y Sasha era la «mamá». No me gustaba, pero no tenía derecho a cambiarlo... ni capacidad para hacerlo. Además, Sasha había sido muy comprensiva al dejar que Jamie llevara el apellido Harbour, que era lo que yo le había pedido. Sasha había criado a Jamie desde que era un bebé. Su esposo y ella habían aceptado a mi hijo sin poner pegas para que no cayera en las manos de unos extraños, unos extraños que lo adoptarían y que harían lo imposible porque yo no volviera a verlo jamás. Aceptar que, aun siendo la madre de Jamie, el niño me llamara Blair era uno de los cien mil dolores de cabeza a los que había tenido que aprender a enfrentarme desde que había accionado el gatillo y le había arrebatado la vida a un hombre. A tu madre no le dices que la quieres, ni le confías tus secretos o le pides ayuda. Eso son cosas que le corresponden a la mamá. Seguí a Sasha por su casa de techos altos en busca de mi hijo, con el pecho a punto de explotarme por la emoción que me causaba pensar que iba a abrazarlo.

—Jamie, si quieres podemos ir a la fiesta —le dije cuando lo encontramos tirado en un sofá de cuero—. Tomamos un helado y, de vuelta, nos pasamos por allí.

—Lo que tú quieras, aunque seguro que la mejor comida se habrá acabado cuando lleguemos.

—Este es el último «Lo que tú quieras» del día, jovencito. —Sasha estaba apuntando a mi hijo con el dedo de la muerte—. Ya sabes que solo puedes decirlo una vez al día, y acabas de hacerlo. Y, ahora, levántate y dale un abrazo a Blair. Luego, ve a por tus cosas. Y como te encuentre la Nintendo Switch en el bolsillo, te prometo que la pongo a buen recaudo.

Con eso de «a buen recaudo», Sasha se refería a su cajón de la ropa interior, que es donde acababan las maquinitas y las revistas prohibidas que le confiscaba. Recibí un abrazo de lo más incómodo por parte de Jamie, que, a continuación, se puso de pie rojo como un tomate. Sasha fue a su enorme cocina para encargarse de las galletas de Iron Man que estaba horneando.

—¡Ay, Dios mío! —exclamó mientras ajustaba la temperatura de su horno de última generación—. ¡No te lo vas a creer! He estado limpiando el sótano y he encontrado unas fotos nuestras. —Con la mano, protegida con una manopla, señaló un montoncito de fotos que había en la encimera—. ¡Menudo atracón de pasado!

Me acerqué a aquella pila y las miré. Eran fotos de una fiesta en la piscina de Sasha, una extravagante reunión de gente con ganas de emborracharse. A las damas de la alta sociedad que vivíamos en Brentwood nos encantaba beber vino blanco del caro y mantener devastadoras conversaciones profundas junto a la piscina mientras los niños jugaban, y siempre encontrábamos alguna excusa para reunirnos: un ascenso, la graduación de alguno de los niños, una boda, un divorcio... En una ocasión, celebramos una fiesta por el nacimiento de un perro. Enseguida me encontré, junto a Sasha, en la cabaña que mi amiga tenía en el jardín, riéndonos, bebiendo agua con gas y limón. Por aquel entonces apenas se me notaba el embarazo. Intenté calcular cuántos días habían pasado entre la noche en la que nos sacaron aquella foto y la noche en la que asesiné a aquel hombre. Puede que unos dos meses. Dejé las fotografías.

—Mira qué pelo llevaba —comentó Sasha mientras se inclinaba hacia mí—. Qué locura, ¿eh?

—Tengo que hablar contigo.

—¿De qué?

—Hace dos noches me robaron. —Miré hacia el vestíbulo para comprobar que Jamie no estaba poniendo la oreja—. Me robaron el coche y todo el dinero. Todo. He tenido que venir en autobús.

—¡Dios mío! —Sasha se apartó de golpe, como si acabara de captar un mal olor—. ¿Cómo es posible?

—Es una larga historia

—Blair, de verdad —suspiró—, ese no es el tipo de comportamiento con el que espero que te ganes mi confianza para que pases más tiempo a solas con Jamie.

—Puede que no me hayas oído bien —dije con tiento—. Me robaron. No fui yo quien tuvo un mal comportamiento.

—Eres tú la que insiste en vivir en esa zona horrible —soltó Sasha mientras movía la mano en dirección a la zona sureste—. Ya te he dicho que seguro que alguien de por aquí te dejaría vivir en su casa de invitados, donde estarías a salvo. Si quieres, hago un par de llamadas.

—Tener casa está bien, pero también he de comer, y no hay nadie en varios kilómetros a la redonda que vaya a darme trabajo.

—Podrías trabajar en la casa. —Sasha puso los ojos en blanco—. Tendría que ser alguien que conozca bien, pero podría arreglarlo.

—Eso sería un infierno. Además..., ¿qué ibas a decirles? «Mirad, esta es mi amiga la asesina, la exconvicta, la madre de mi hijo. ¿Os la quedáis en casa para que os ayude con los niños? Podría ser un poco peligroso, pero pensad en cuánto vamos a divertirnos mirándola de refilón y hablando de ella mientras nos trae algo de beber».

—¿Y qué es lo que quieres entonces? —Se me quedó mirando—. Dinero y el coche para llevar a Jamie al muelle, ¿no? ¿Es eso?

—Te lo devolveré en un par de semanas.

—Vale, pero algo voy a tener que decirle a Henry. Creo que no voy a contarle lo del robo. Aún tenemos que sacar tiempo para hablar del acuerdo de custodia contigo y no sé qué pensaría de algo como eso... —comentó mientras iba a por el bolso, que tenía en una de las sillas de la cocina que había junto a las ventanas. Cogió la cartera y empezó a sacar billetes—. Últimamente, casi nunca está en casa. El trabajo no le deja tiempo para nada.

Un chispazo de pánico me recorrió el cerebro. Sasha ya me había venido otras veces con eso de la conversación que tenía que mantener con Henry sobre el acuerdo de custodia compartida de Jamie —un acuerdo para determinar cuánto tiempo iba a corresponderme—, conversación que habían intentado mantener en tres ocasiones, pero que se había pospuesto las tres veces. Me pregunté si lo del coche y el dinero iría a ponerlo todo en peligro. No les estaba pidiendo una custodia a medias, tan solo quería algunos días, que no horas, con mi hijo. Estaba cumpliendo todas las condiciones para seguir en libertad condicional. Las representantes de los Servicios de Protección al Menor venían a visitarme y a entrevistarme una vez al mes; dos mujeres remilgadas, y a las que parecía que les hubieran metido una escoba por el culo, que se sentaban la una junto a la otra en mi sofá y miraban de reojo los rayones de mi mesita de centro de segunda mano y la ajada moqueta industrial de mi apartamento. Estaba haciendo todo lo que podía.

Intenté olvidarme del dolor que sentía en el pecho porque el niño acababa de salir de su habitación, aunque con una sonrisa de lo más forzada y con cara de circunstancias. Sasha lo cacheó para comprobar que no llevaba la Nintendo y le dio un beso de despedida.

—¡Venga, vamos! —exclamé animada, como si fuera una aventurera de dibujos animados a punto de emprender el complicado ascenso a una montaña.

De camino a la puerta le apreté el hombro. Puede que demasiado fuerte.

Las góndolas de la noria Ferris, en el muelle de Santa Mónica, se balanceaban con suavidad mientras la maquinaria hacía ruidos sordos entre parada y parada. Jamie chocó conmigo en un momento dado, impelido por el movimiento de la góndola, tras lo cual, incómodo, se deslizó por el asiento para apartarse de mí. Siempre le costaba mucho entrar.

—Bueno, dime, ¿qué tienen de bueno el tal Benny y su fiesta?

—Me han dicho que iba a actuar un mago... o un acróbata, no sé. Mis colegas y yo estamos intentando aprender a dar volteretas hacia atrás y quería que nos enseñara.

—Me gusta cómo has dicho eso de «mis colegas y yo», como si fuerais un grupo de veinteañeros.

—Bueno, somos casi veinteañeros —musitó.

—En la cárcel conocí a una chica que sabía dar volteretas hacia atrás. También sabía hacer el pino con una sola mano.

—¿Por qué estaba en la cárcel si molaba tanto?

—Por drogas. Por robo. De hecho, ayer mismo la vi después de mucho tiempo. —Luché contra la súbita oleada de ansiedad que me golpeó al pensar en Sneak y en su hija—. Oye, ¿sabes qué?

—¿Qué?

—Que te quiero con todo mi corazón y con toda mi alma.

—Oh... —Se tapó los ojos con una mano—. Eso lo has dicho ya un millón de veces, ¿sabes?

El sol refulgía en el pelo de Jamie. Ansiaba abrazarlo con todas mis fuerzas, pero me volví para reprimirme.

—¿Por qué fue a verte tu amiga de la cárcel? ¿Se pasó solo para saludar? ¿Quedas a veces con la gente que conociste allí?

—No. De hecho, no nos permiten quedar.

—Pues qué chorrada, ¿no?

—Es la ley. Es difícil comprenderlo.

—¿Había más asesinas en la cárcel o solo estabas tú?

La pregunta hizo que me sobrecogiera.

—Había más. Había muchas más.

—No sabía que las mujeres también pudieran matar hasta que mamá me contó lo tuyo.

—Pues pueden.

—¿Daban miedo? Tus compañeras de la cárcel.

—Algunas sí, pero la mayoría de ellas eran como yo. Yo no doy miedo. —Esperé a ver qué decía. No dijo nada—. ¿Te doy miedo?

Se lo pensó un momento.

—No.

Me arriesgué y le di una palmadita en la nuca.

—¿Sabes una cosa? —me preguntó de repente—. Tenemos una vecina nueva.

—Ah, ¿sí?

—En la casa de atrás. La conocí anoche.

—¿Te cayó bien?

—Parece que mola mucho —respondió pensativo—, aunque fuma un montón. Fumar es malo para la salud. Provoca cáncer. Eso es lo que le pasó al señor Beauvoir. Tuvo cáncer. Puede que todos los que vivan en esa casa fumen mucho y mueran de cáncer...

Me quedé observando a mi hijo y me pregunté cómo era posible que convirtiera algo tan emocionante como la llegada de un nuevo vecino en algo tan oscuro. Jamie debía de pensar que a su alrededor no había más que asesinatos y muertes inesperadas, parte de las cuales tuvieron lugar en una época de la que él ni siquiera formaba parte, pero que, aun así, eran acontecimientos que daban forma a su realidad. Daba igual cuánto me esforzara, nunca conseguiría proteger a Jamie de lo que había hecho mientras él se acurrucaba, esperando a nacer, en mi interior. Jugueteé con el móvil y noté que me invadía un sentimiento muy fuerte de autocompasión, un sentimiento que me abandonaba tan pronto como había llegado. Pensé en la sangre de Dayly en la pared de su apartamento, en la silla tirada. Vi a la joven desesperada que había al otro lado de la pistola con la que me apuntaba en el Pump’n’Jump, la manera en que le temblaba el brazo, presa de un terror que irradiaba desde lo más profundo de su ser. La hija de Sneak estaba por ahí, viva o muerta.

Nuestra góndola ya casi estaba abajo del todo de la noria.

—¿Podemos tomar un helado ahora? —me preguntó Jamie.

—Lo que quieras.

Habían pasado unas tres semanas desde que Jamie había nacido, en la enfermería de la prisión. La neblinosa y densa fuga disociativa en la que había caído, llena de alienígenas y batallas para salvar la Tierra, se había hecho con el control absoluto de todo el tiempo que pasaba despierta. Cuando ella llegó, yo yacía en mi cama, mirando al vacío.

—Zorra, voy a hacerte una pregunta —soltó mientras apoyaba un codo en la cama que había al lado de la mía y se inclinaba hacia mí—. ¿Cuánto tiempo pretendes quedarte aquí tumbada, haciendo como si estuvieras muerta?

Parpadeé para volver a la realidad y la miré.

—Déjame en paz.

—Ni loca. ¿Sabes por qué? —Se volvió y señaló una cama—. Porque ese de ahí es mi catre, el de la esquina. Duermo sobre el lado izquierdo y eso significa que durante tooodas las mañanas y tooodas las noches del último mes he tenido que dormirme o me he despertado viendo esta cara tuya, con los ojos enrojecidos, babeando. Estoy cansada. Empieza a molestarme. Me ofende. Si darte una somanta de hostias va a servir para que vuelvas a este mundo, te la daré.

—Pues venga, empieza.

Se inclinó aún más hacia mí.

—Mira, tienes que entender lo siguiente: aquí todas estamos tristes. Todas estamos puteadas. ¿Crees que eres la primera que entrega a su bebé en este sitio? El verano pasado tuvimos a una loca que tenía que dormir con una muñeca. Bueno, no solo dormir, tenía que llevarla de aquí para allá, a todos lados, y hacía como que le daba de comer, hablaba con ella, le cambiaba los pañales... ¿Crees que eres la única que ha tenido que enfrentarse a diez años en este agujero de mierda? Pues estás flipando. Aquí tenemos que mantenernos unidas, y que tú estés rota va a hacer que otras empiecen a pensar que deberían abandonarse como tú. Aquí, o todas salimos de esta mierda o no sale ninguna, ¿lo entiendes? ¿No eras médico? ¿Nunca has oído eso?

—Sí —musité.

—Pues, entonces, sabrás que se supone que deberías estar ayudando a las demás. Así que despierta, zorra.

Pensé en las palabras de Sneak mientras llevaba a mi hijo a la comisaría de policía.

—¿Por qué venimos aquí? —me preguntó Jamie mientras entrábamos en el gris edificio de ladrillo—. ¿Es esta la cárcel en la que estuviste?

—Chist.

A decir verdad, aquella era la comisaría a la que me habían llevado la noche del asesinato, pero es que era la única que conocía, y tenía que hacer algo mientras contase con el coche de Sasha.

—Solo vamos a informar de un asunto. Será rápido.

El niño miraba las fotografías enmarcadas de policías, la colección de placas, los relucientes trofeos dorados de los eventos deportivos de la policía que se exponían en una vitrina. El sitio olía igual que la noche en la que me habían trasladado allí: cuero, aceite para armas, problemas, orgullo.

El delgado agente que había en la recepción tecleaba sin ganas algo en el ordenador.

—¿Sí? —nos dijo a modo de saludo.

—Hola. —Puse las manos en el mostrador. Me sudaban—. Vengo para informar del robo de un coche.

El agente suspiró y empezó a rebuscar entre las hojas de papel que guardaban en un estante que había por debajo del mostrador. Me entregó un formulario.

—Rellénelo.

Lo rellené. El agente se lo quedó, lo firmó y lo dejó detrás del mostrador, en un sitio que yo no alcanzaba a ver, probablemente en un gigantesco montón de papeles.

—Y, además..., eh... —Me miré las manos, aún sobre el mostrador, pensando, decidiendo—. Quería saber si alguien ha informado de alguna desaparición.

—¿Ha venido a denunciar la desaparición de una persona?

—No. —Tragué saliva—. Quiero saber si alguien ha denunciado alguna desaparición. Pretendo... pretendo descubrir... si han denunciado una desaparición..., porque, en el caso contrario, puede que yo quiera denunciar una, o puede que tenga que pedirle a alguien que venga a denunciarla. Si no es problema, claro. La joven... Espero que su compañera de piso haya..., eh...

El agente me miraba fijamente. En su placa ponía MCAULEY.

—¿Podría usted comprobar si alguien ha denunciado la desaparición de Dayly Lawlor? —Me corría el sudor por las costillas. Me ahuequé la camisa para apartarla de la piel—. L-A-W-L-O-R. No sé si la primera «i» es latina o griega.

McAuley se quedó mirando a Jamie y, después, volvió a mirarme a mí. La mirada del policía parecía muerta y no dejó de parecerlo mientras la pasaba al ordenador y empezaba a teclear. Luego, cogió una lista de nombres plastificada, bajó el dedo por ella, levantó el teléfono y marcó un número.

—Recepción central —dijo el agente, y colgó sin más.

Me puse tensa. No sabía a quién había llamado McAuley, pero esperaba que la cosa no tuviera nada que ver conmigo, que el agente volviera al ordenador, que buscara a Dayly, que confirmara que no era mi problema y que dejara que me fuera.

Un hombre vestido de calle apareció por una puerta que había por detrás de la recepción y me miró directamente a los ojos. Luego, miró a Jamie y me hizo una señal con la mano, rápida, seca.

—El niño puede quedarse aquí.

Pasillos, esquinas, estancias vastas y llenas de cubículos que aparecían de la nada, ojos, pósteres, percheros llenos de gorras. Estaba siguiendo el mismo camino que había seguido hacía diez años y a cada paso que daba me alejaba más y más de mi hijo. Estaba dentro. El policía me invitó a entrar en una sala de interrogatorios y la puerta se cerró poco a poco. Sonó como a vacío.

Me di cuenta de que no me había parado a mirar al policía mientras me guiaba hasta allí. Como la buena reclusa que había sido en su día, me había concentrado únicamente en sus zapatos. Botas de cuero marrón, gastadas, arañadas, por debajo de unos vaqueros. Ahora, me pareció ver que llevaba el pelo rapado y que era rubio. Mirada inquisitiva. El mentón ancho y con barba de tres días. Aparté la mirada.

—Siéntese.

Hizo un gesto para señalar una silla. En la sala no había mesa tras la que esconderse. Me senté, entrelacé las manos y él se dejó caer en la otra silla.

—Bueno, ¿qué le pasa?

—¿Cómo dice? Nada.

Se me quedó mirando.

—Nada. —Me senté más recta—. Solo he venido para comprobar si han denunciado una desaparición.

—Está usted nerviosa.

—Las comisarías de policía ponen nervioso a cualquiera.

—Se llama. —No era una pregunta, sino una afirmación.

—Blair Harbour.

El policía sacó el móvil y empezó a teclear. Acababa de caerme con todo el equipo. Intentaba regular mi respiración, evitar ahogarme. Me esforcé en silencio.

—¿Y usted? —le pregunté para romper el silencio.

—Soy el detective Al Tasik.

Un detective. Me agarré con fuerza a la silla.

—¿A qué división pertenece?

Silencio. Era él quien controlaba la situación, con un codo apoyado en el respaldo de la silla, mordisqueándose las uñas mientras navegaba por Internet, leyendo sus mensajes o lo que fuera que estuviera haciendo. La calma típica de una persona en la sala de espera de un médico. Como si nada.

—Está usted mintiendo —dijo por fin.

—¿Cómo dice? —Solté una risa tonta—. No, no estoy...

—Es usted Blair Harbour. Asesina. Expresidiaria. En libertad condicional. —Me enseñó la pantalla del móvil y vi mi propia cara durante apenas un fogonazo—. No obstante, se sienta delante de mí y lo primero que me dice es que está nerviosa porque cualquiera se pone nervioso en las comisarías. Eso es mentir por omisión. ¿Cuándo iba a decirme que era una criminal convicta?

—Mire —respiré hondo y me retiré un mechón de pelo de la cara antes de que se me quedara pegado por culpa de las gotitas de sudor que empezaban a aflorarme en las sienes—, solo he venido para ver si alguien ha denunciado la desaparición de una ami..., de una persona. Eso es todo.

—¿Su amiga es Dayly Lawlor?

El corazón me iba a mil. Me pregunté si el policía sería capaz de ver cómo me latía la yugular.

—No, no conozco a Dayly.

—Acaba de decir que es su amiga. ¿Está negando que la conoce porque ella también es una criminal? Tiene usted unas normas muy estrictas para mantener su libertad condicional, señora Harbour. Estoy convencido de que se lo han explicado. De hecho, se especifica en ellas que relacionarse con exconvictos...

—Lo sé —lo corté.

Tenía que recuperar el control de la conversación, pero no le hizo ninguna gracia que lo interrumpiera. Torció el gesto.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a la señora Lawlor?

«En el Pump’n’Jump. Con una pistola en la mano. Con sangre en los dedos».

—Yo no la he visto nunca. Ya le he dicho que Dayly Lawlor no es amiga mía. No la conozco de nada. Sencillamente, tiene relación con una persona que conozco.

—¿Con una persona que conoce? ¿Quién?

—Una persona.

—Dígame su nombre.

—No estoy obligada a hacerlo.

—Así que ha venido usted a ver si habían denunciado la desaparición de una persona que no conoce, y, supuestamente, a la que no ha visto jamás. —El detective asintió despacio y sonrió en dirección a una esquina de la sala como si estuviera tan acostumbrado a intercambiar aquella sonrisa de medio lado con su compañero que lo hacía incluso cuando este no se encontraba allí—. Señora Harbour, le voy a hacer una pregunta: ¿está usted bajo los efectos de las drogas?

Mi cerebro pegó un brinco, chisporroteó y traqueteó por entre una serie de visiones escalofriantes. Una prueba de drogas. Un interrogatorio formal mientras esperaban los resultados. Una llamada a mi agente de la condicional. Una llamada a Sasha y a Henry por parte de McAuley, el policía de la recepción, para decirles que fueran a recoger a Jamie porque me iban a detener por un tiempo indeterminado debido a una serie de circunstancias de las que no podía hablar. Pensar en que la única que me iba a sacar de allí era yo misma hizo que me sintiera presionada. Lo conseguiría con mi labia y trazando un plan. Igual que había hecho para librarme del cañón de la pistola dos días antes. Igual que había hecho para librarme de un millar de violaciones, agresiones y pinchazos a lo largo de la década que había estado encerrada.

«Recupera el control».

—Me voy a marchar. —Me puse de pie.

—No, no se va a ir.

El detective me sujetó antes de que me diera tiempo a ver siquiera cómo se movía. Se levantó de la silla como una exhalación y me cogió del antebrazo derecho, me lo retorció y me lo puso a la espalda. Me estrelló contra la fría pared de cemento. La cabeza, las costillas, la cadera. Nos quedamos quietos. Tenía puestas las manos en mi muñeca y en mi hombro. Ambos respirábamos con dificultad. Eso era algo en lo que tenía que concentrarme. Eso era una pista. El aliento caliente. Agitado. ¿Por qué estaba él agitado? Esperé a que me leyera mis derechos, pero no dijo nada.

Porque estaba pensando.

Me di cuenta de que tenía una oportunidad.

—Quiero llamar a mi abogado.

—No, no va a llamar a...

—Abogado. Abogado. Abogado. Ahora. Ahora mismo.

—No necesita un puto abogado. —Me soltó la muñeca, pero me empujó la mano contra la pared. Luego, me levantó el otro brazo y lo apoyó también en la pared—. Voy a realizar un cacheo de rutina en busca de armas o de objetos prohibidos.

Cerré los ojos, me apoyé con fuerza en la pared y me preparé para que abusara sexualmente de mí. La cámara nos enfocaba, pero estaba segura de que haría como los guardias de Happy Valley en más ocasiones de las que era capaz de recordar: llegar demasiado arriba, demasiado adentro, quedarse demasiado tiempo. Pero no lo hizo. El hombre me pasó las manos por la ropa, me separó de la pared y me dio un golpe en el hombro para que fuera hacia la puerta.

—Lárguese.

Regresé sin detenerme por donde había venido. Al cabo de un rato, me volví y me di cuenta de que el detective no me seguía. Empecé a caminar más y más rápido, hasta el punto de que llegué a la puerta que daba a la recepción corriendo. Jamie estaba despatarrado en la silla en la que lo había dejado, con la Nintendo en el pecho y los pulgares bailando en los botones. Lo puse de pie de un tirón y caminé con él a paso ligero hasta la puerta y, después, hasta el coche.

—¿Qué ha pasado? ¿Ha pasado algo malo?

—Nada —le respondí mientras me reía a voz en cuello—. ¿De dónde coño has sacado la Nintendo? Ay, pillín, pillín. Mira que eres trasto.

—¿Estás bien? Estás roja.

—Hace calor. Llegamos tarde, eso es todo. Tengo que llevarte a casa cuanto antes o nos meteremos en un problema.

«Problema». Como quien dice, había respirado la palabra, apenas capaz de pronunciarla en alto. Mientras abría la puerta del coche me latían las sienes y me temblaban las manos. Huellas húmedas en el volante. Me llevó mucho más rato del habitual darme cuenta de qué era lo que debía hacer con las llaves que tenía en la mano, pensar de dónde las había sacado. Jamie me estaba observando. De la Nintendo salían melodías y efectos de sonido en bucle. Nos quedamos sentados en silencio mientras intentaba recordar cómo dar marcha atrás.

—¡Hala! —exclamó Jamie en un momento dado.

Miré al niño. Estaba sonriendo y señalaba a alguien por el parabrisas. Seguí su dedo y vi a la detective Jessica Sanchez pasando por delante de nosotros en dirección a su coche, con la mirada baja, concentrada en su teléfono móvil y con un archivador lleno de papeles debajo del brazo. Volver a ver a la mujer que me había arrestado por asesinato hizo que un relámpago de dolor me recorriera el pecho.

—Es ella. Es la nueva vecina —me explicó Jamie.

Miré a mi hijo, y a continuación miré de nuevo a Sanchez, que estaba abriendo la puerta de su Suzuki. El cálido viento de la tarde le movía el pelo. Apoyé las manos sobre el regazo.

—Me cago en la puta —solté.

Jamie se echó a reír.

Después de dejar a Jamie en casa, llegué caminando hasta una calle tranquila que había a cinco minutos de allí y me senté en un muro bajo de ladrillo que rodeaba una casona. Intenté marcar un número, pero me temblaban las manos. Ni siquiera miraba las teclas, solo oía el ruidito que hacían cuando las pulsaba. El teléfono sonó en tres ocasiones. Me esforcé por regular la respiración.

—¿Hola?

—Hola. —Tragué saliva. Tenía la boca más seca que el esparto—. Me llamo Blair y necesito hablar con alguien.

Se produjo la pausa habitual. Un ruido, como si estuvieran arrastrando algo.

—¿Eh? ¿Quién es?

—Tan solo quiero hablar un momento contigo —dije—. ¿Cómo te llamas? ¿Dónde estás? ¿Qué estás haciendo?

Ya tenía algunos de los detalles que necesitaba. Una voz profunda, pero no de persona mayor, aunque era complicado determinarlo porque aún no había dicho gran cosa. Di forma a la imagen de su rostro rápidamente. Cerré los ojos para verlo mejor. La voz sonaba como si el hombre estuviera en un sitio tranquilo y cerrado. No había ruido de fondo. ¿Un coche? ¿Su casa? ¿Un ascensor? Las posibilidades eran infinitas. Me lo imaginaba apartándose el teléfono del oído para mirar la pantalla. Número desconocido.

—Perdón, ¿quién eres?

—¿Y tú?

—Soy Steve.

—Steve, yo soy Blair. ¿Estás en casa?

—Perdona, no sé qué es lo que vendes, pero ya te digo que no me interesa.

—No vendo nada. —Empezaba a respirar más despacio. Veía la cara de Steve. Una cara amable. Manos grandes. Le puse una gorra de béisbol. Azul. De los Dodgers—. Tan solo quiero saber qué estás haciendo.

—¿Que qué estoy haciendo? Estoy esperando a una persona.

—¿A quién?

—A una persona. Soy conductor de Uber. ¿Eres Rebecca? —Se mostraba escéptico. Vi que entornaba los ojos.

—No, me llamo Blair. —Me sequé el sudor de la mano en los vaqueros—. ¿En qué tipo de vecindario estás? ¿Hace cuánto que conduces un Uber?

—Un año. ¿Qué...? Ay, tía... ¿Qué quieres?

—Tan solo quiero hablar.

—Esto es muy raro. —Había una sonrisa en su voz.

—Lo sé, disculpa.

—¿Eres una tía que llama a gente al azar para averiguar si da con alguien con quien hablar... de nada en concreto?

—Eso es. Lo hago a menudo.

—Joder, ¿y por qué?

—Porque hace que me sienta mejor.

—¿Así que saber que me llamo Steve y que estoy sentado en un coche, a la puerta de una casa, en medio de la nada, esperando a alguna gilipollas para que la lleve a un sitio desconocido hace que te sientas mejor? —Su tono de voz fue subiendo hasta que, cuando acabó la pregunta, se echó a reír—. Tía, menuda chorrada.

—Lo sé, pero para mí es importante. Es algo a lo que estoy acostumbrada, y te agradezco mucho que hayas respondido.

Steve, el conductor de Uber, volvió a reírse y colgó. Cerré los ojos y sentí el sol en la cara. Me concentré en Steve, sentado en su coche, mirando cómo su pasajera salía de casa. Como siempre, inserté los detalles que necesitaba para aferrarme al sueño... Las ruedas de la maleta de la pasajera del Uber retumbaban por el camino de cemento mientras la mujer dejaba atrás su hogar. El olor del coche de Steve: tabaco difuminado por un ambientador de hibisco. Un girasol de plástico danzarín en el salpicadero. Steve tenía una cicatriz en la muñeca, una cicatriz vieja que se había hecho con el alambre de espino de una valla. Poco después, mi fantasía era tan real, tan gráfica, como si hubiera ido sentada al lado del hombre en su coche. Me olvidé de Jamie, de Dayly, de Sneak, del detective de la comisaría de policía, del tacto de sus duras manos por mis muslos, por mis hombros. Me senté y me quedé mirando cómo Steve saludaba a su pasajera y arrancaba el motor, regulaba el aire acondicionado, y ponía el móvil en el soporte en el que lo sujetaba y marcaba en la pantalla que había recibido a su pasajero.

Llevaba seis años llamando a números al azar y hablando con extraños. La adicción había empezado en la cárcel, un fin de semana en que Sasha se olvidó de decirme que Henry y ella iban a ir de acampada con Jamie y en el que acabé llamando a su casa mil veces con la intención de saber qué tal estaba mi hijo. No paré de telefonearles en todo el fin de semana, desde la sala común de la cárcel, rodeada de ruido y actividad, pero lo único que conseguía era hablar con aquel calmado y autoritario contestador automático. Imaginé incendios. Que les habían entrado en casa. Accidentes repentinos. Enfermedades. Imaginé que Sasha y Henry habían huido a Australia con mi hijo. La cuestión es que, en un momento dado, marqué mal el número sin querer, mi dedo pulsó un ocho en vez de un cinco, y la voz de un anciano croó por el auricular. El terror que había sentido pensando en lo que podía haberle sucedido a mi hijo me había quemado por dentro, me había provocado dolores reales, me había conmovido..., pero la voz confundida del anciano detuvo la violencia con la que mi cerebro estaba tratando a mi cuerpo. Me dijo que nunca lo habían llamado de una cárcel. Sentía curiosidad, quería saber quién lo llamaba. Estuvimos hablando un cuarto de hora. Así empezó mi adicción.

JESSICA

Nunca había llegado sin avisar. Nunca a plena luz del día. Jessica pulsó el discreto timbre dorado que había junto a la ornamentada vidriera de la puerta de aquella casa de la arbolada calle de Beverly Hills y esperó a la sombra. Le dolían los brazos y las piernas por la tensión y la sensación de desprecio. Estaba acelerada. Oyó el zumbido del timbre, abrió la puerta y entró, cruzó el pequeño recibidor de la casa y subió las escaleras.

La casa dormía a su alrededor, callada y en silencio frente a sus estruendosos pensamientos. Siempre iba allí cuando tenía demasiadas cosas en la cabeza y siempre la recibía el silencio. En aquel momento, por dentro, no dejaba de gritar a sus compañeros. Realmente, aquella no era la primera vez que se sentía abandonada por otros agentes de policía.

Los Sanchez siempre habían sido una familia dedicada a los coches. Era así desde hacía décadas y, ya desde pequeños, su abuela les había advertido tanto a Jessica como a sus hermanos que no había necesidad de cambiar las cosas. Había que trabajar en lo que estaba claro que se te daba bien, y a los Sanchez se les daban bien los coches. Los hombres reparaban, mantenían y tapizaban coches, ya fuera en sus talleres llenos de aceite o en los de sus primos o amigos; y las mujeres se encargaban de las ventas, con tacones por el cemento agrietado, con portapapeles de aquí para allá, regateando el precio con los clientes. Jessica había aprendido técnicas de negociación desde que era una cría, a la sombra de las caravanas viejas que tenían en la tienda al aire libre de Vernon, escuchando a su madre hablar de pruebas de emisión de gases con hombres que calzaban botas grandes y sucias.

Fue allí, en aquella tienda al aire libre, con cinco años, donde había visto de cerca por primera vez a unos agentes de policía: dos patrulleros de raza blanca que habían llegado para que les cambiaran la rueda de un coche patrulla. Jessica se había quedado boquiabierta cuando los vio salir del vehículo y mientras se acercaban a su madre, y por detrás de las piernas de esta había observado el interior del coche, la escopeta que se apoyaba en el salpicadero. Jessica había oído al más alto decirle a su compañero: «Hermano, tenemos que hacer esto cuanto antes».

—¡Son hermanos! —le había dicho Jessica a su primo Hernan, que también observaba a los policías desde la puerta de la sala del personal del taller, pero fingiendo el desinterés típico de un chico de doce años.

—No, no lo son —le había respondido este.

—¡Sí que lo son! ¡Se lo he oído decir a uno de ellos!

—Lo que tú digas. —Su primo había puesto los ojos en blanco—. Son hermanos. Todos los polis son hermanos. Son una gran familia feliz.

Jessica había creído al chico a pies juntillas, y a partir de ese día había pensado que los agentes de policía tenían relación de parentesco, que las fuerzas del orden uniformadas de la ciudad eran una gran familia compuesta por miles de personas de diferentes razas. A los doce años había descubierto la realidad, cuando había leído en un artículo del periódico que los agentes de policía iban a celebrar un pícnic con sus madres para conmemorar el día de la Madre. Aunque se había sentido estúpida por haber creído durante tanto tiempo que los policías eran hermanos, también la había embargado la emoción, porque acababa de abrírsele de par en par una puerta que, hasta entonces, había considerado que siempre estaría cerrada para ella. Ya no tenía por qué pasar la vida rodeada de bujías y alineaciones de ruedas, sino que podía pasarla entre los uniformes, las armas y las luces brillantes que había admirado desde que aquella patrulla había llegado al taller, desde que había visto policías por televisión. No era necesario que Jessica hubiera nacido siendo policía, podía estudiar para serlo.

Se había alistado en el cuerpo a los diecinueve años, en el centro de reclutamiento, mientras admiraba pósteres de cadetes en formación con el uniforme de gala. Los hombres y las mujeres que aparecían en las imágenes tenían todos el mismo aspecto: hebillas resplandecientes, gorras altas y picudas, cara seria. Jessica había dado por hecho que llevar el uniforme serviría para que encajara de inmediato entre sus compañeros. Ansiaba formar parte de algo tan grande, tan cordial. El sitio perfecto. El sitio acogedor y cálido al que siempre había pertenecido.

Había sido ya en la academia donde se había dado cuenta de que su nueva familia iba a obligarla a que se ganara un sitio en ella. Cuando había ido en busca de su habitación el primer día —el alojamiento que le ofrecían en aquel serio edificio de ladrillo—, enseguida se había dado cuenta de que toda la planta estaba llena de reclutas hispanos. Los segregaban del resto de la promoción. Pero, claro, es que ellos no eran policías de pura sangre. La sangre pura era blanca. Había policías y policías hispanos. En su día, alguien había clavado un sombrero mexicano en la puerta del baño de la zona de dormitorios y, al parecer, nunca nadie había tenido el valor suficiente para quitarlo.

Tuvo que ser detective para que dejaran de contarle chistes sobre espaldas mojadas, food trucks de tacos y siestas. Para que dejaran de hacer comentarios sarcásticos sobre la cuota étnica y preguntas acerca de su fiesta de los quince años. ¿Había llevado un vestido con mucho vuelo y mangas globo? ¿Tenía fotos? Cuando la habían ascendido a detective, por fin le habían permitido entrar en la familia, y toda la mierda racista había acabado.

Pero ahora volvía a estar fuera, así, sin más, y todo por una estúpida casa. Había que tener en cuenta que Wallert y Vizchen eran blancos. Eran hombres. Eran mayores que ella. Eran miembros con derechos del club que todos ellos integraban. Eran hermanos. Cómo no iban a ponerse de su parte sus colegas con lo de la herencia de Beauvoir. Tendría que haber sabido que siempre sería la hermana adoptada, que, en realidad, nunca formaría parte de la familia.

Goren se encontró con ella en la puerta del dormitorio del primer piso. El hombre ocupaba casi todo el umbral con su musculoso cuerpo. Vestía una camiseta negra y unos vaqueros. Jessica nunca lo había visto así. Lo normal era que llevara traje —Hugo Boss hechos a medida—; a veces, con el pecho desnudo, si es que tenía dos clientes seguidos. De pronto, a Jessica se le ocurrió que quizá lo hubiera pillado en su día libre.

—Hola, Jessica. —El hombre esbozó una sonrisa cálida. La comisura de sus labios se crispó un poco cuando se fijó en los vendajes y en los moratones. Goren, no obstante, nunca hacía preguntas. Era parte de su política. Eras tú la que le traía lo que quisieras que viera de ti y él no necesitaba más—. Ya sabes que tienes que concertar una cita.

—Esperaba que hicieras una excepción, por esta vez. —Suspiró—. Las cosas están... están tan...

—Entra.

El hombre la dejó pasar. Jessica se sentó en la mullida otomana que había a los pies de la cama y él se quedó detrás de ella, de pie. El follaje de los árboles no dejaba ver nada a través de la ventana, pero la cálida luz del atardecer iluminaba parte de los utensilios de trabajo de él. En una esquina había una mesa de masajes rodeada de velas, aceites y envases con ingredientes de aromaterapia. En la pared en la que estaba la puerta colgaban artilugios para todo tipo de experiencias: una serie de cadenas, cintas, cinturones y hebillas. En otra colgaban látigos, palas, cuchillos. Había un pequeño armario de cristal lleno de máscaras, tanto de tela como de cuero, mordazas de bolas, vendas. Apoyado en una de las paredes había un baúl alargado que estaba lleno de objetos que Jessica había explorado con Goren en más de una ocasión, herramientas de placer de todos los tipos y colores imaginados. Goren le puso una de sus grandes manos en la nuca y Jessica dejó que el peso de su cabeza descansara en ella mientras él, con cuidado, le quitaba la goma de pelo. El hombre le pasó los dedos por la melena con ambas manos y le masajeó los tensos músculos y los doloridos huesos del cuello.

Jessica conocía a Goren Donnovich desde hacía más de quince años. Ella todavía era policía de uniforme y acababa de tomar parte en una infructuosa redada por drogas en esa misma casa. Jessica había bajado las escaleras que daban al vestíbulo y Goren y ella se habían mirado a los ojos mientras un detective lo interrogaba. Apenas habían mantenido la mirada durante unos segundos, pero, un mes después, cuando ella había vuelto para pedir hora, a él no le había sorprendido verla.

—Estás herida.

Ella le explicó lo sucedido de la manera más vaga que pudo.

—¿Te has hecho la prueba? —le preguntó él.

—He recibido el mensaje esta misma tarde. Estoy bien.

—El mensaje —repitió él entre risas—. ¿Ahora envían mensajes? Bueno, por lo menos, eso me ahorrará algo de tiempo.

—Humm.

—¿Qué tipo de experiencia quieres hoy, Jessica?

—Algo suave, que estoy herida.

Goren le quitó la camiseta, se la pasó por encima de la cabeza, la dobló con esmero y la dejó en la otomana, junto a la detective.

—Mi mundo se está desmoronando —dijo ella.

—Pues vamos a hacer que te olvides de todo. —Goren empezó a pasarle las manos por la espalda, pero evitó el mordisco que tenía en el hombro—. Comenzaremos en la mesa, y después te bañaré. Nos desharemos de ello juntos, del dolor, de la tensión. Luego, te llevaré a la cama y te abrazaré un rato, y si decides que quieres tener una experiencia íntima, me parecerá bien.

—¿De cuánto tiempo dispones?

—De tres horas.

Jessica suspiró de nuevo. Su cuerpo empezó a relajarse, aunque el agotamiento hizo que se estremeciera.

—Genial.

Goren la levantó con cuidado, la atrajo hacia sí y la besó en los labios con fuerza, durante un buen rato, como sabía que le gustaba. Jessica sentía el pene de él, erecto, a través de los vaqueros.

—Pero cambiemos el orden —propuso la detective.

Él sonrió y la cogió en brazos.

BLAIR

El club de estriptis de Ada Maverick, The Viper Pit, abría a las cinco de la tarde, justo a tiempo para captar a la gente que salía del trabajo. Sneak y yo esperamos en Olympic Boulevard, mirando las grandes puertas de hierro con los ojos entornados por el sol bajo de la tarde, intentando refugiarnos del calor en la marquesina de una parada de autobuses que apestaba a orines. Había cuatro hombres esperando a que el club abriera, consultando el reloj o el móvil, moviendo los hombros y quitándose el sudor de la frente. Cuando llevábamos un rato montando guardia, un predicador con camisa y pantalones negros llegó y empezó a dar consejos a los que esperaban, uno a uno, apelándolos con las manos y los brazos abiertos. Enseguida, un fornido hombre blanco vestido con un traje salió por las puertas de hierro y cogió al predicador por el cuello de la camisa, lo levantó del suelo y lo dejó unos metros calle abajo, tras lo cual le pegó un empujón tan fuerte que la cabeza del predicador salió disparada hacia delante y hacia atrás como si fuera un muelle.

—¿Y esta es tu gran idea? —me preguntó Sneak—. Ahora entiendo por qué no querías hacerlo.

—Y sigo sin tener claro que sea lo mejor. —Estaba inquieta y no podía parar de moverme ni de mirar al club—. Puede que sea una mala idea.

—Supongo que el que no arriesga no gana, ¿no?

—Hum.

—Háblame de eso de la alerta antes de que entremos —me pidió Sneak mientras intentaba encender un cigarrillo con aquella brisa cálida.

—En cuanto le he preguntado al poli de la recepción por Dayly, ha aparecido un detective y me ha llevado a una sala que tienen en la parte de atrás. Al Tasik se llama. —Le conté a Sneak los malos modos con los que me había tratado aquel detective, cómo me había zarandeado y me había interrogado para averiguar cuál era mi conexión con el caso—. Deben de tener una marca en el archivo. Lo han llamado en cuanto he dicho el nombre de tu hija. Y no me ha parecido que el tal Tasik necesitara ayuda. Era, más bien, como... como si estuviera enfadado.

—¿Te ha dado la sensación de que él también está buscando a Dayly?

—Podría ser.

—Puede que lo que vimos en su apartamento fuera un arresto que salió mal. —Sneak suspiró preocupada. Era el fino y dubitativo suspiro de una madre a la que están poniendo al límite—. Fueron a por ella. Ella se enfrentó a ellos y escapó. Se vio obligada a largarse de la ciudad. Puede que le atizará una patada en los huevos al Tasik ese y que, ahora, el tío quiera hacérselo pagar.

—Me dijiste que tu hija no es de esas. Ya sabes, de las que hacen cosas que les llevan a huir de la policía.

—Pronto lo descubriremos. Aunque esta... esta es una idea malísima. —Sneak hizo un gesto hacia el club con el cigarrillo humeante en la mano—. Mav es una puta psicópata. Te lo juro, se lo han diagnosticado y todo.

—¿Es que puedes llamarte Ada Maverick y no ser una puta psicópata?

—He oído que no es su verdadero nombre. —Le dio una calada al cigarrillo y soltó el aire a favor del viento. A pesar de que el sol brillaba en su rostro, parecía una mujer fría y malencarada—. Que se lo cambió porque su madre la parió en un juzgado y la llamó Custodia.

—¿En un juzgado? ¿Delante del juez?

—Sí.

—Eso suena a las chorradas típicas que se cuentan en la cárcel.

—He oído que cuando una conocida mía le preguntó si la historia era verdad o mentira, Ada la tiró desde lo alto del pasillo del bloque B. Casi le rompe el cuello.

Yo había conocido a Ada en Happy Valley. Se trataba de una preciosa negra que llevaba el pelo rapado y que, como la mayoría de los líderes criminales que hay en la cárcel, exceptuando la sala de visitas, nunca iba a ningún lado sin su cohorte de seguidoras: mujeres peligrosas con tatuajes enormes y con trenzas africanas muy prietas que despejaban los pasillos de mironas, de pedigüeñas y de posibles amenazas antes de que Ada llegara. Cuando la conocí, Ada estaba cumpliendo una condena por tráfico de armas. Lo único que contaban de ella eran historias de violencia extrema, de líneas cruzadas y de huesos rotos, de advertencias como la que acababa de hacerme Sneak para que no le preguntara por su nombre. Yo también había escuchado unos cuantos rumores carcelarios sobre Ada, como que había incendiado una celda con dos mujeres dentro, que había iniciado una revuelta y que había matado a un guardia que pretendía chantajearla. Sabía que no todo iba a ser verdad, pero había tantísimos rumores que... En cualquier caso, todos ellos me dejaban claro que aquella mujer era mucho más peligrosa y amenazante de lo que lo sería yo en toda mi vida. Pensar en Ada hacía que sintiera una presión en el pecho.

Un día, en la sala de visitas, mientras esperaba a que llegase mi abogado, sentada junto con otras reclusas en una fila de cubículos de cristal, llegó Ada para hablar con alguien que más tarde descubrí que era su prima. Mi abogado siempre llegaba tarde, por costumbre, así que, mientras lo esperaba, intentando no prestar atención a las conversaciones que oía a mi alrededor, me moví en la silla para ver mejor a las personas que iban y venían en la fila de visitantes. Había oído llorar a un bebé y me fijé en que la que resultó ser la prima de Ada se agachaba para coger a una niña que iba en un carrito situado en una zona que yo apenas lo veía. La mujer levantó en brazos a una bebé rolliza y le hizo carantoñas para ver si se callaba, pero no lo consiguió. La bebé no paraba de retorcerse en los brazos de su madre, intentando liberarse, con los mofletes y la frente sudorosos y brillantes mientras procuraba apartar la mirada para que las fuertes luces no le hicieran daño en los ojos. Me quedé mirando cómo, probablemente, la prima explicaba los síntomas de la criatura, tras lo cual subió una de las perneras del pantalón de la niña y le enseñó un sarpullido a Ada a través del cristal.

—¡Oh, no! —exclamé. Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, de las aguas tan peligrosas a las que me estaba lanzando, toqué a Ada Maverick en el hombro y me dirigí a ella—: Dile que...

Sin mediar palabra, Ada me cogió la mano como una serpiente de cascabel atrapa un ratón, con un movimiento tan rápido que ni siquiera le vi hacerlo. A continuación, me retorció la mano hacia atrás, hacia la muñeca, y se fue girando hacia mí, se levantó de la silla y, de pronto, la tenía mucho más cerca que nunca y me resultó mucho más alta y aterradora de lo que jamás me había parecido. Me crujió la muñeca y me empezaron a doler los dedos. Me obligó a que clavara una rodilla en el suelo.

—Puta, no me pongas las manos encima —me soltó furiosa.

—Soy pediatra. Por favor, suéltame. Soy pediatra. Esa bebé está enferma.

—Ya sé que la bebé está enferma —me obligó a que clavara la otra rodilla—, pero eso no es asunto tuyo.

—Esa mujer no debería haber venido —acerté a decir. El dolor me subía como un fuego por el brazo. Imaginé que me explotaban las venas, que se me astillaban los huesos. Una guardia nos miraba desde el fondo del pasillo, con los brazos cruzados, sin hacer nada—. Ese sarpullido. ¡El sarpullido púrpura! Es...

—¿Qué es?

—No estoy segura, pero que haya un sarpullido...

—Habla más rápido, puta, o te rompo el brazo.

—La niña podría tener meningitis. Puede ser mortal. Esa mujer tiene que llevarla al hospital cuanto antes.

—¿Qué está diciendo? —preguntó la prima de Ada con la voz amortiguada por el cristal de seguridad y mientras lo aporreaba con el puño.

Ada y yo la miramos. La distracción hizo que Ada fuera demasiado lejos. Sentí que dos de mis dedos se salían, un calor seco, que se me quebraban por la falange proximal. Intenté pensar en otra cosa para olvidarme del dolor. Pensé en mis manos. Pensé en que, en su día, habían sido magníficos instrumentos en mi oficio de cirujana y en que, en ese momento, una líder criminal las estaba utilizando para hacerme daño en la sucia sala de visitas de una cárcel.

Ada me soltó de mala gana cuando se lo ordenó su prima y yo me retorcí hasta el asiento y me puse de pie como pude para ver a la niña en los brazos de su madre. Cogí el auricular, que Ada había soltado de golpe, y me lo llevé a la oreja con mano temblorosa. Le pregunté a la madre acerca de la rigidez del cuerpo de la bebé y cuál era su reacción a la comida mientras Ada me bisbiseaba en el otro oído amenazas con su cálido aliento. Parecían los susurros de un demonio.

—Espero que no estés diciendo que mi prima es mala madre, zorra. Espero que no estés diciendo que no es capaz de cuidar de su hija.

—Lleva a la bebé al hospital —insté a la prima de Ada—. Ahora mismo. Enséñales el sarpullido y los moratones, y diles que tiene fiebre y que su sensibilidad es escasa. No dispones de mucho tiempo.

La prima de Ada se marchó muy deprisa con su hija. Intenté darme la vuelta, pero Ada me cogió de la cabeza y me la aplastó contra el cristal, donde me tuvo unos instantes como si me sujetara con una garra de acero. Me empujaba con sus muslos y me tenía atrapada medio agachada en el cubículo, en una posición dolorosa y humillante.

—O tienes razón con lo del bebé, o estás muerta. Nadie me interrumpe durante una visita.

Ada Maverick nunca llegó a decirme si había estado en lo cierto con lo de aquella criatura, pero a medida que se corría el rumor del incidente por la cárcel, me pasé las horas muertas esperando recibir un castigo brutal por parte de aquella gánster bella y salvaje o de alguna de sus secuaces. No fue el caso. No obstante, intenté dejarme ver lo menos posible, dormía con mi pincho y les pedía a todas las reclusas a las que oía hablar del asunto que se callaran y que no extendieran el rumor o convirtieran la historia en algo que no era. Después de unas cuantas semanas, di por hecho, fuera o no fuera verdad, que Ada se había olvidado de mí. Desde luego, su gente y ella pasaban por mi lado sin mirarme siquiera.

Y ahora estaba frente al club de Ada, con Sneak, esperando a que dejaran de circular los coches para cruzar la calle y seguir hacia la oscuridad a los hombres que hacían cola.

—Tú sígueme a mí —le dije a Sneak mientras nos acercábamos a las puertas.

Pero lo de seguirme se convirtió en un imposible. Cuando entramos en el pequeño vestíbulo apenas me dio tiempo a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad —que fue cuando atisbé las baldosas de color negro brillante y las cortinas de terciopelo que ocultaban la entrada al club— antes de que un brazo me cogiera por el cuello. Sentí los botones de un traje en la espalda. El tipo me tenía sujeta contra su pecho y con el rabillo del ojo vi que otro gigante con un traje tenía agarrada a Sneak de un modo similar.

—Por aquí, señoras —nos dijo el que me sujetaba a mí mientras me hacía entrar a empujones por una pequeña puerta lateral tapizada con cuero y ornamentada con tachuelas doradas.

Me sentía como si me hubiera quedado ciega. El estrecho pasillo al que daba aquella puerta estaba oscuro como boca de lobo. Si llegué al final de aquel pasadizo fue, únicamente, gracias a la mano del gigantón, que fue guiándome hasta llegar al despacho de Ada.

El lugar era una habitación formidable y sin ventanas, iluminada únicamente por unos enormes candelabros dorados y una araña de cristal cuyo diámetro era el de una mesa de comedor para cuatro. Ada estaba sentada al otro lado de un enorme escritorio de roble, bien cómoda, con una botella de lo que parecía whisky a un lado y una libreta muy grande de cuero rojo al otro. Iba vestida con encaje rojo y cerró un pequeño ordenador portátil dorado en el que di por hecho que había estado viendo cómo nos acercábamos al club desde el otro lado de la calle. Los gigantes con traje nos empujaron a Sneak y a mí hacia unas sillas de madera como si estuviéramos en presencia de nuestra reina.

—Conque «Tú sígueme a mí», ¿eh? —se burló Ada.

La miré con mala cara.

—Solo hay una explicación para esto —dijo la mujer, cuya voz me devolvió a Happy Valley y sentí una quemazón en los dedos, como si hubiera vuelto a rompérmelos—: que estéis supercolocadas.

—Yo un poco, la verdad —confesó Sneak mientras asentía.

El hombre que tenía detrás le dio una palmada en la nuca.

—Esto no es una hamburguesería, zorras. Aquí no se viene sin avisar y uno entra por la puerta sin más. Esta es mi casa. La última persona que vino a hacer tratos sin decírmelo con anticipación, sin pedir una reunión, se dejó la mitad de los dientes en el suelo antes de que Fred, que es ese de ahí, le enseñara dónde está la puerta.

Miré a Fred, que era el matón que tenía detrás. El tipo lucía el tatuaje de un demonio violando a una mujer en el lateral del cuello. Me miró y me senté más recta.

—Lo siento muchísimo, Ada —empecé a decir—. No sabía cuál era el protocolo.

—No me sorprende viniendo de una tiparraca de Brentwood como tú —me soltó con desdén—, pero este saco de carne de aquí debería conocer las reglas. Me extraña verte en mis dominios después de que me jodieras en Happy Valley. —Se dirigía a Sneak.

—¿Qué? —Me giré hacia Sneak. El cuello se le había puesto rojo y se aferraba con tal fuerza a los brazos de la silla que sus dedos ya eran blancos.

—En mi último día en la cárcel... le robé un par de pendientes.

—¡Sneak! ¿No crees que eso me lo tendrías que haber dicho fuera?

—¡Se me ha olvidado!

—¿Que se te ha olvidado?

—Es que eran unos pendientes muy bonitos... —Resopló—. El chico ese tan mono que había conocido en el programa de correspondencia entre reclusos iba a venir a recogerme... y quería estar guapa.

El matón que se encontraba detrás de Sneak dio un paso hacia delante. Pensé que iba a darle otro golpe con la mano abierta... hasta que vi un brillo plateado entre las tenues luces. No conseguí reprimir un grito de terror cuando el matón cogió a Sneak por la oreja y le cortó el lóbulo con maestría, de un solo tajo. Visto y no visto.

—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! —exclamé.

Intenté levantarme, pero Fred me lo impidió poniéndome las manos en los hombros. Parecían de acero.

—Ahora sí que estás guapa. —Ada sonreía y Sneak sangraba—. El rojo es un color que te sienta muy bien. Deberías agradecérmelo. Acabo de hacerte un favor. A partir de ahora, comprar pendientes solo te costará la mitad.

Ada apoyó la barbilla en el puño.

—Mike estuvo en las Fuerzas Especiales, en Irak —me explicó Ada mientras observaba cómo el gigantón tiraba lo que le había cortado a Sneak en una papelera cromada que había junto a la mesa—. Cuando oyes a alguien desenrollar su juego de herramientas mientras estás atada a una silla con una capucha en la cabeza, es él.

—Escucha. —Me revolví en la silla—. Sé que no deberíamos haber venido así. Ha sido un error, pero te prometo, Ada, que no pretendíamos faltarte al respeto.

—Entonces, dime qué coño estáis haciendo aquí. Y te lo advierto, me aburro muy deprisa, así que esfuérzate porque tu historia sea interesante.

Le conté lo de Dayly, lo del robo en el Pump’n’Jump, lo de la sangre en el apartamento de la joven y lo de la llamada a Sneak en medio de la noche. Le hablé del novio de Dayly y de la violenta reacción de Al Tasik en la sala de interrogatorios. Sneak no decía ni mu. Seguía sentada en la silla, rígida, mirando al suelo, mientras le corría sangre por el cuello.

—Necesitamos ayuda —dije para acabar.

—¿Por qué estás tú metida en esto? —me preguntó mientras me señalaba con la barbilla—. Seguro que esta imbécil te ha robado a ti también. Los ladrones son de lo peor. El mercado del sexo está lleno de ellos. Cuando monté este garito, un tercio de las chicas que contrataba eran ladronas. Me llevó un tiempo que se corriera la voz por la ciudad de que a mí nadie me roba. Por aquel entonces, el suelo estaba manchado de sangre cada dos por tres. Un vendedor de alfombras era uno de los contactos favoritos de mi móvil.

—Sí, tienes razón, Sneak me ha robado. Roba a todo el mundo. La cuestión es que, mientras me atracaba, miré a su hija a los ojos y vi que no era más que una niña aterrada. Yo también tengo un hijo. Quiero ayudarla.

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