Kitabı oku: «Siempre queda el amor - Entrevista con el magnate»
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N.º 518 - enero 2021
© 2014 Cara Colter
Siempre queda el amor
Título original: The Millionaire’s Homecoming
© 2014 Cara Colter
Entrevista con el magnate
Título original: Interview with a Tycoon
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2014 y 2015
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-172-6
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Siempre queda el amor
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capitulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Epílogo
Entrevista con el magnate
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Epílogo
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Capítulo 1
BLOSSOM Valley… Para ser parte de un mundo que iba demasiado rápido, pensó David Blaze, el pueblo en el que había nacido parecía estar anclado en el tiempo.
A orillas de una gran bahía que serpenteaba tierra adentro, uniéndose al lago Ontario, siempre había sido un pueblo turístico, un lugar donde escapar del opresivo calor húmedo del mes de julio, sobre todo para los habitantes de la metrópolis más grande de Canadá, Ontario.
La carretera que llegaba hasta allí discurría entre verdes colinas salpicadas por ganado, graneros pintados de rojo y desteñidos por el sol, puestos de fruta y estaciones de servicio donde aún vendían refrescos bien fríos en botellines de cristal.
Al entrar en Blossom Valley le daba a uno la bienvenida la calle principal con sus edificios victorianos, el más antiguo de los cuales era una tienda fundada en 1832, según rezaba una placa de bronce en la fachada.
Sin embargo, aquella calle había sido diseñada, sin duda por uno de sus antepasados, para los carruajes y los pocos coches que empezaban a verse en aquella época, se quedaba pequeña en el verano con todos los turistas que llegaban a pasar allí sus vacaciones, y se había formado un buen atasco.
David resopló contrariado y se encontró recordando a dos chiquillos despreocupados zigzagueando con sus bicicletas entre los coches parados y riéndose de los turistas que tocaban el claxon a su paso. Apartó aquel recuerdo de su mente. Ese era el problema de estar atrapado en un atasco en Blossom Valley. En cambio en Toronto, donde vivía, tenía un chófer a su disposición y aprovechaba esos tiempos muertos para contestar llamadas y ponerse al día con el correo electrónico en su BlackBerry. No se ponía a darle vueltas a un pasado colmado de pérdidas; un pasado que no podía cambiar.
De pronto, como si el destino estuviese burlándose de sus intentos por acallar los recuerdos, vio a una joven montada en bicicleta pasando entre los coches. Llevaba una falda de algodón blanca que le quedaba un poco por debajo de las rodillas, y el sol de mediodía se filtraba por la tela, delineando el contorno de sus largas piernas.
También vestía una camiseta de tirantes, que dejaba al descubierto unos gráciles brazos, y en la cabeza llevaba un enorme sombrero de paja con un lazo blanco que le caía sobre la espalda.
En la cesta de la bicicleta viajaba un perro pequeño de color beis, tal vez un cachorro, que miraba a su alrededor con expresión preocupada y compartía espacio con una lechuga y un ramo de girasoles.
Había algo que le resultaba familiar en la joven y, cuando giró la cabeza y le vio la cara, se le cortó el aliento. ¿Kayla?
En ese momento un conductor tocó el claxon, y David volvió a centrar su atención en el tráfico. No, por supuesto que no era Kayla. Lo que pasaba era que Blossom Valley despertaba en él, invariablemente, una cierta melancolía por la pérdida de la inocencia, por la pérdida de su mejor amiga, de su primer amor.
Por fin, los coches que tenía delante empezaron a moverse. Giró a la izquierda al llegar a Sugar Maple Lane, una calle tranquila con arces centenarios que le habían otorgado su nombre, e imponentes casas de estilo victoriano con cuidados jardines.
Y allí estaba otra vez aquella joven, pedaleando un poco más adelante. Frunció el ceño, incapaz de ignorar la sensación de que le resultaba familiar. De repente ella dio un chillido, se paró en seco y se bajó de un salto de la bicicleta, dejándola caer.
El perrito y la lechuga rodaron fuera de la cesta, mientras la joven se revolvía como una loca, sacudiéndose la falda, y el sombrero también fue a parar al suelo, dejando al descubierto su cabello, liso y castaño claro. Ella lo ignoró por completo, y siguió sacudiéndose la falda y dándose palmadas en los muslos, angustiada, como si la hubiese picado una avispa o una abeja.
Una abeja… A David, que estaba sonriéndose divertido, se le heló la sonrisa en los labios y el corazón le dio un vuelco. Estaba seguro de que no podía ser Kayla, pero… ¿y si lo era? Kayla era alérgica a la picadura de las abejas.
Aminoró la velocidad, detuvo el coche junto a la acera y se bajó sin molestarse siquiera en cerrar la puerta. Corrió hasta la joven, que alzó la vista y se quedó mirándolo, como paralizada.
Ya no tenía dudas; era ella. Tenía esos mismos ojos de color jade que siempre le habían recordado a una gruta no muy lejos de allí, desconocida para los turistas, con una cascada y unas aguas tranquilas que reflejaban el verde de los helechos que las rodeaban.
Era ella, Kayla McIntosh. No, se corrigió, Kayla Jaffrey, la primera mujer a la que había amado. Y perdido.
Mientras la miraba a los ojos sintió la misma atracción que había sentido años atrás, e intentó convencerse de que no era más que eso, mera atracción física, pero sabía que no era cierto.
–¿David?
Por un momento el pánico de que la hubiese picado una abeja se desvaneció de la mente de Kayla, y el estómago le dio un vuelco, igual que al descender en una montaña rusa, como el día en que se habían conocido.
De pronto ya no se sentía como la mujer de veintisiete años que era, una mujer que había enterrado a su marido, y sus sueños con él. No, se sentía como si volviese a tener quince años, como si volviese a ser la chica nueva en el pueblo y la magia volviese a flotar en el aire, como la primera vez que había visto a David.
En las dos semanas que llevaba en Blossom Valley, desde su regreso, había comprobado que el paso del tiempo no había tratado con demasiada amabilidad a los conocidos con los que se había ido encontrando. Sin embargo, David había mejorado, y no solo físicamente, sino que, por lo que sabía, también había prosperado.
Una de las primeras cosas que había visto al volver había sido su foto en la portada de la revista local, Lakeside Life, por sus logros como empresario. Estaba por todas partes: junto a las cajas en los supermercados, en los quioscos, en el salón de belleza… Era evidente que era el orgullo del pueblo.
Aunque había contemplado la posibilidad de encontrárselo, se había dicho que seguramente no fuera por allí muy a menudo ahora que era un hombre rico y de éxito.
No entendía cómo alguien que, sin duda, se pasaba buena parte del día tras un escritorio, dirigiendo su empresa de inversiones, podía seguir teniendo el físico de un nadador: anchos hombros, cintura estrecha, brazos y piernas musculosos…
Iba vestido con una camiseta azul oscura y unos pantalones cortos de color caqui, y aunque no era un atuendo muy distinto al del resto de hombres que podía una cruzarse en Blossom Valley durante el verano, David exudaba una confianza en sí mismo y una elegancia que lo diferenciaban del resto.
Llevaba el pelo, que era castaño como sus ojos, bastante corto, y su piel tenía un ligero bronceado que le daba un aspecto saludable.
Hacía dos años de la última vez que lo había visto, en el funeral de su marido, Kevin, y ese día ni siquiera se había fijado en su aspecto. Solo había sentido sus brazos rodeándola, su calor y su fuerza, y había pensado, por primera y única vez, que todo irá bien.
Sin embargo, de inmediato esa reacción había ido seguida de ira. ¿Dónde había estado él todos esos años, cuando Kevin había necesitado un amigo? Y a ella tampoco le habría venido mal.
Le había dolido lo frío y distante que se había mostrado tras el terrible accidente que había ocurrido, días después de su graduación del instituto, y estaba convencida de que su actitud no había hecho sino contribuir a la espiral descendente que había arrastrado a Kevin y que nada había podido detener. Ni siquiera su amor.
La trayectoria de sus vidas había cambiado para siempre, y David le había demostrado que no era un amigo de verdad. Los había defraudado, había juzgado con extrema dureza a Kevin cuando había necesitado su comprensión, su compasión y su perdón.
Claro que, se recordó Kayla amargamente, ninguna de esas cosas, que sus padres, ella y todos los demás le habían dado en abundancia, habían logrado salvar a su marido.
¿Y acaso había ido todo bien después del funeral? Gracias al seguro de vida no tenía que preocuparse del dinero, pero no era feliz. Ya no sabía quién era. ¿No era ese uno de los motivos por los que había vuelto a Blossom Valley, para encontrarse a sí misma y recordar a Kevin como alguien divertido junto a quien había crecido y no…?
La picadura y la repentina aparición de David la estaban haciendo sentirse débil, pero no iba a permitirse pensamientos desleales sobre su marido. Y mucho menos con David Blaze cerca.
–¿Dónde llevas la epinefrina que tienes que inyectarte? –le preguntó David con brusquedad.
–No necesito tu ayuda.
–Yo diría que sí.
Kayla quería replicar, pero el pánico se apoderó de ella. ¿Estaba cerrándose la garganta? ¿Se había vuelto agitada su respiración? ¿Estaba hinchándose? ¿Se estaba poniendo roja? ¿Y dónde estaba su perro, Bastigal?
Apartó sus ojos de los de David y buscó con la mirada por los arbustos.
–No necesito tu ayuda –le reiteró obstinadamente, esforzándose en vano por controlar el pánico–. ¡Bastigal! –llamó–. ¡Ven aquí, perrito! –angustiada, se volvió hacia David–. ¿No lo has visto? Se ha debido de caer de la cesta y… Tengo que encontrarlo.
David le puso un dedo bajo la barbilla para que lo mirara, y cuando ella se resistió, tomó su rostro entre ambas manos.
–Kayla –le dijo con voz firme y severa mirándola a los ojos con el ceño fruncido–: dime dónde está el medicamento. Necesito saberlo. Ahora.
Capítulo 2
ERA evidente que David era un hombre demasiado acostumbrado a que todo el mundo le obedeciese. Y aunque a Kayla la irritó la facilidad con que capituló a sus dotes de mando, la verdad era que se sentía algo mareada, sin duda porque se le había bajado la tensión por la picadura.
Se apartó de él y se sentó en la acera.
–Está en mi bolso, en la cesta de la bicicleta –murmuró, sintiéndose como una cobarde por rendirse.
Observó a David mientras se alejaba, y a pesar del desprecio que despertaba en ella, no pudo sino sentir admiración por él en ese momento. Habían pasado años desde la época en la que David, siendo un adolescente, había trabajado como socorrista, pero seguía manteniendo la calma y la eficiencia que lo habían caracterizado entonces.
Al llegar junto a la bicicleta, David se acuclilló y rebuscó en la cesta, bajo las flores, hasta encontrar el bolso. Lo abrió y lo puso boca abajo, vaciándolo sin miramientos en la carretera.
Ella protestó con un «¡Eh!», pero él la ignoró por completo.
Poco después se incorporaba con el autoinyector de epinefrina en la mano, el aparato con el que debía autoinyectarse.
–¿Lo haces tú o lo hago yo? –le preguntó, volviendo a su lado y acuclillándose junto a ella.
Al mirarla y ver que no respondía, le levantó la falda y le plantó la mano izquierda en la cara externa del muslo, tensando un trozo de piel con el pulgar y el índice para ponerle la inyección.
–Creo que voy a desmayarme –murmuró ella, presa del pánico.
–No vas a desmayarte.
Más que como una afirmación, sonó como una orden. Era ella a quien le había picado una abeja, y era ella quien sabía si iba a desmayarse o no, pensó Kayla irritada.
Nerviosa, puso su mano sobre la de él y le pidió:
–Dame un segundo, ¿quieres?
David apartó su mano y, cuando ella volvió a ponerla, le agarró la muñeca y volvió a apartarla.
–Deja de comportarte como una cría –la increpó, apretándole la muñeca.
–¡No estoy preparada! –protestó ella.
–Mírame –le ordenó David.
Kayla obedeció, y la hipnotizaron la fuerza y la calma en sus profundos ojos castaños. De pronto fue como si todos los años que habían pasado se disolvieran.
David era una hebra que formaba parte del tejido de su vida y, aunque había pasado el tiempo, en sus ojos veía al David de antaño. Se encontró recordando su risa, el modo en que ladeaba la cabeza cuando la escuchaba atentamente, la intensidad de su mirada, la confianza que inspiraba…
Notó que su respiración se había vuelto más calmada, pero cuando sus ojos descendieron, como atraídos por una fuerza magnética, a sus sensuales labios, sintió que el corazón empezaba a latirle con más fuerza y que su respiración se tornó agitada de nuevo.
Una vez, años atrás, cuando los dos tenían diecisiete años, había besado esos labios, rindiéndose a la tentación, al deseo que despertaba en ella. Se había sentido igual que la primera vez que había tomado un trago de vino, embriagada.
Había sido un beso excitante y apasionado. David había explorado cada rincón de su boca con fruición, como si en los dos años que, por aquel entonces, hacía que se conocían, no hubiese podido pensar en nada más que besarla.
Sin embargo, había pagado un alto precio por aquel beso. Después de aquel día, David se había tornado distante y frío con ella, y se había esfumado la camaradería que solía haber entre los dos. David había empezado a salir con Emily Carson, y ella con Kevin.
Y a pesar de todo, en ese momento, sentada allí, en la acera, un pensamiento descabellado cruzó por su mente: si fuese a morir por la picadura de aquella abeja y pudiese pedir un último deseo, ¿sería volver a besar a David?
Y de pronto, aunque se detestó a sí misma por lo que estaba a punto de hacer, no pudo evitar inclinarse hacia delante, como si tirara de ella un hilo invisible.
David se inclinó hacia ella también. Kayla cerró lentamente los ojos, entreabrió los labios… y justo entonces David empujó el autoinyector de epinefrina contra su muslo y sintió el picotazo de la aguja.
–¡Ay!
El dolor devolvió a Kayla a la realidad. Abrió los ojos y se echó hacia atrás, avergonzada y preguntándose si David habría adivinado sus intenciones.
A juzgar por su cara de póquer, por suerte parecía que no. Esa expresión de indiferencia le recordó el dolor emocional que había sentido después de ese primer beso. Había pensado, llena de emoción, que aquello era el principio de algo, pero en vez de eso se había vuelto invisible para él.
Igual que Kevin se había vuelto invisible para él. Eso era lo que tenía que mantener presente con respecto a David Blaze: parecía alguien con quien se podía contar, pero, cuando uno lo necesitaba, no estaba a tu lado.
–Eso ha dolido –murmuró.
–Lo siento –se limitó a contestar él.
Solo que no lo sentía en absoluto, igual que no le había importado su dolor ni el de Kevin años atrás. David se incorporó, fue hasta el coche y regresó poco después con un maletín de primeros auxilios.
Se sentó junto a ella en la acera, abrió el maletín y, tras rebuscar un rato en él, sacó unas pinzas pequeñas.
–Voy a ver si puedo encontrar el aguijón.
–¡Ni se te ocurra! –exclamó ella bajándose la falda y apretándola contra sus piernas.
–No seas ridícula. El aguijón podría estar aún inyectándote veneno.
Kayla vaciló, y él, al ver que dudaba, insistió.
–Ya he visto antes dónde te ha picado. Y tus bragas; son de color rosa.
Kayla sintió que se le subían los colores a la cara, y balbució algo incoherente cuando él le levantó de nuevo la falda, a pesar de sus intentos por impedírselo.
–Ya lo veo –dijo David–. Deja ya de revolverte.
–No me da la gana. ¡Dame las pinzas! –Kayla intentó alcanzarlas, pero él alejó la mano.
–Cálmate, mujer –le dijo divertido–. Es como cuando te muerde una serpiente: cuanto más nervioso te pones, peor es.
–Pues deja tranquila mi falda y dame esas pinzas –replicó ella apretando los dientes.
David resopló por la nariz, como conteniendo la risa, y la sonrisa que afloró a sus labios lo hizo parecer aún más endiabladamente atractivo.
–Deberías estar agradecida de que no te picara en otro sitio.
–Agradecida… –masculló ella mientras David maniobraba con las pinzas–. Sí, claro, estoy agradecidísima.
–¡Lo tengo! –exclamó David con satisfacción, examinando las pinzas antes de mostrárselas.
Allí estaba, en efecto, el maldito aguijón.
La sonrisa se había borrado de los labios de David.
–Sube al coche –le ordenó poniéndose de pie.
Kayla parpadeó aturdida.
–Pero mi perro… –le recordó–. Y mi bicicleta… Y mi bolso. Todas mis cosas están desperdigadas por el asfalto. Y mi teléfono móvil es nuevo. Tengo que…
–Lo que tienes que hacer es subirte al coche –la cortó él, pronunciando cada palabra con airada impaciencia.
–No –replicó ella con idéntica firmeza–. Tengo que encontrar a mi perro y quitar mi bicicleta de ahí en medio y recuperar mi teléfono. Es un teléfono muy caro.
David frunció el ceño. Era un hombre que estaba acostumbrado a mandar, al que nadie cuestionaba ni llevaba la contraria, y Kayla sintió una satisfacción algo pueril al ver la sorpresa y el enfado en su rostro.
Hablándole muy despacio, como si fuera tonta, David le respondió:
–Voy a llevarte a urgencias. Y voy a hacerlo ahora.
–Mira, David, te agradezco que me hayas puesto la inyección, y sí, estoy segura de que te debo el seguir con vida, pero…
–Me ocuparé del perro, la bicicleta, el bolso y el teléfono cuando me haya asegurado de que estás bien.
–¡Pero si estoy bien!
En realidad era una mentira; se sentía bastante débil y mareada.
Sin embargo, tuvo la impresión de que a David no lo había engañado ni por un instante.
–Sube al coche –repitió.
Esa actitud autoritaria que tenía era de lo más irritante. Lanzó una mirada a sus posesiones, desperdigadas por el asfalto.
–Con la epinefrina hemos ganado tiempo –le dijo, alzando la barbilla con obstinación–. No hay ninguna prisa.
David suspiró hastiado.
–Kayla, sé razonable; te he dicho que me ocuparé de tus cosas cuando te haya llevado a la clínica.
Kayla escrutó sus serias facciones y se sintió un poco ridícula. ¿Tan malo sería ceder el control a otra persona por una vez, dejar que cuidaran de ella?
David era esa clase de persona, la persona que sabías que podía ocuparse de todo, la persona que uno querría tener a su lado cuando se avecinase un huracán o cuando se declarase un incendio en la casa.
Pero no había estado a su lado cuando lo había necesitado, no se había portado bien con Kevin, se recordó.
Aunque sí era verdad que, cuando decía que iba a ocuparse de algo, lo hacía, eso no podía negarlo. Al contrario que Kevin, que nunca se había preocupado de nada. Aquel pensamiento desleal salido de la nada la hizo sentirse culpable. Bueno, sí, Kevin no había sido muy responsable, pero había tenido otras muchas virtudes. ¿Verdad? La duda la hizo sentirse fatal otra vez, y su animadversión hacia David aumentó, como si tuviese la culpa de que estuviesen acudiendo esos pensamientos a su mente.
–Mi perro anda por ahí solo. Podría llevárselo un extraño, o podrían atropellarlo. Y podrían robarme la bicicleta. Y cualquier coche que pase podría aplastar mi teléfono –le insistió–. Tengo que encontrar a mi perro –reiteró cruzándose de brazos–. Agradezco que quieras hacer el papel de caballero de brillante armadura que acude al rescate de la damisela en apuros, pero ya no necesito tu ayuda, así que sube a tu coche y deja que me ocupe yo. Puedo arreglármelas sola.
Capítulo 3
DAVID se quedó mirándola, y Kayla no pudo evitar contraer el rostro al ver cómo se ensombrecían sus ojos y apretaba la mandíbula.
–Esto no es un juego –le dijo David–. No va de caballeros y princesas; la vida no es un cuento de hadas.
–A mí no hace falta que me lo recuerdes –le espetó ella.
–Entonces tal vez tenga que recordarte que tienes una fuerte alergia a la picadura de las abejas –contestó él, al límite de su paciencia, como un científico intentando explicarle a un tonto una complicada fórmula–. La anafilaxis puede provocar la muerte.
Kayla se llevó una mano a la frente y comprobó, como se había temido, que estaba hinchándosele la cara. Seguramente, más que a una princesa, debía de estar empezando a parecerse a Quasimodo, el jorobado de Notre Dame.
–Hemos conseguido frenar la emergencia con la inyección –continuó David–, pero, como sabes, no es inusual que se produzca una reacción secundaria. Tiene que verte un médico.
–Pero mi perro… –insistió ella, ya sin fuerzas.
Sabía que David había ganado, antes incluso de que la cortara con un autoritario «ya basta».
–Kayla, o subes al coche por tu propio pie, o te echaré sobre mi hombro y te meteré en el coche yo mismo.
Ella escrutó su rostro, y le ardieron las mejillas al comprender que no bromeaba.
Gruñó irritada y alzó la barbilla a modo de protesta, pero, como sabía que tenía razón en lo que estaba diciéndole, no se resistió cuando David la asió por el codo para levantarla.
Irritada consigo misma por claudicar, sacudió el brazo para soltarse, fue hasta el descapotable y se subió a él. Nunca se había subido a un coche tan caro. El que ella tenía era un coche pequeño y modesto, pero que cumplía su función, el que había podido comprar gracias al dinero del seguro de vida de Kevin.
No quería ni acordarse de los que habían tenido antes: una sucesión de coches que solo podían calificarse de chatarra. Siempre necesitaban alguna reparación que Kevin y ella no se habían podido permitir.
Aquel pensamiento la reafirmó en su decisión de no dar a David la satisfacción de parecer impresionada con su descapotable.
David se puso al volante, miró por encima del hombro antes de dar marcha atrás. Se dirigió al pueblo, pero tomó una ruta alternativa para evitar la congestionada calle principal e ir hacia el lago, junto al que estaba la clínica.
Kayla echó la cabeza hacia atrás en el mullido asiento de cuero. Era algo que no le había contado a nadie, pero siempre había soñado con montar en un descapotable y, aunque las circunstancias no eran las que había imaginado, no sabía si alguna vez volvería a presentársele la oportunidad.
David la miró y reprimió una sonrisa a duras penas. Extrañada, Kayla bajó la visera del parabrisas y se miró en el espejito. A pesar de la inyección, seguía hinchándosele la cara. Podría haberse ocultado bajo su sombrero de paja… si no fuera porque se había quedado tirado en medio de la carretera, con el resto de sus cosas, esperando a que un coche les pasase por encima.
Y su pobre perrito… ¿dónde estaría?
–¿Me dejas tu móvil? –le pidió a David.
Su voz sonó como la de un borracho; también debía de estar hinchándosele la lengua, pensó, y tuvo que admitir de nuevo, para sus adentros, que David había hecho lo correcto al insistirle en que debían ir a la clínica de inmediato.
David se sacó el móvil del bolsillo y lo arrojó a su regazo.
¿A quién podría llamar para que buscaran a su perro y recogieran sus cosas? Pensó en los vecinos que vivían al otro lado de la calle. No los conocía, pero al pasar había visto su apellido en el buzón frente a la casa, y sabía que tenían un par de niños que estaban en sus vacaciones de verano.
Usando el navegador de Internet del móvil de David, buscó en la guía telefónica el número de sus vecinos. Fue la madre quien contestó. Kayla le explicó lo ocurrido, y le preguntó si sus hijos podrían buscar a su perro y recoger su bicicleta y sus cosas de la carretera, añadiendo que les daría una buena propina si le hacían el favor. Su vecina le dijo que estaba segura de que lo harían encantados y, después de prometerle que se lo diría enseguida, se despidieron y colgó.
–Te dije que me ocuparía yo –le recordó David.
Ella le lanzó una mirada gélida esperando que, a pesar de que tuviese la cara hinchada, le diese a entender que podía hacerse cargo ella misma de sus asuntos.
Le devolvió el móvil, y no pudo evitar volver a pasear la mirada por el lujoso interior del vehículo. Aquel coche era el símbolo visible de la fortuna que David había amasado y de su éxito. «No como Kevin».
De nuevo aquel pensamiento había salido de la nada, como si la presencia de David estuviese haciendo salir a la superficie los sentimientos que no quería admitir con respecto a su difunto marido.
Una ola de vergüenza la invadió, y volvió a sentir rabia hacia David. Ella había intentado ayudar a Kevin, pero David les había dado la espalda.
Suerte que el trayecto no era muy largo, porque el olor de su colonia, mezclado con el olor del cuero de la tapicería calentado por el sol, resultaba demasiado tentador. Poco después llegaban a la clínica.
Por motivos prácticos, esta se encontraba junto al lago, donde los turistas no siempre eran consciente de los peligros a los que se exponían con frecuencia con su conducta imprudente en el agua.
David, en cambio, conocía muy bien esos peligros, y a Kayla no se le escapó lo tenso que se había puesto de repente. Aparcaron y, cuando se bajaron del coche, David se quedó mirando el lago con el ceño fruncido, como si estuviese recordando aquel día aciago.
Ella no había estado allí cuando pasó, pero después de aquello sus vidas habían cambiado para siempre. Al alzar la vista hacia David vio dolor en sus ojos, y a pesar de su animosidad hacia él, sintió lástima. ¿Podría ser que, al igual que Kevin, no hubiese sido capaz de superar aquello?
–¿David? –lo llamó, tocándole el brazo.
Él salió de su ensimismamiento y la miró aturdido por un instante, como si no supiera quién era, o que estaba haciendo él allí.
–De eso hace mucho tiempo –murmuró Kayla.
David contrajo el rostro y se apartó de ella.
–No necesito tu compasión –le dijo en un tono frío y áspero.
–No lo he dicho por compasión –replicó ella, dolida.
–Entonces, ¿por qué? –inquirió él, con la misma aspereza.
Kayla vaciló.
–Porque desearía poder volver atrás en el tiempo y evitar que aquello ocurriera, que volviésemos a ser quienes éramos antes de ese día.
David apretó los labios.
–Los deseos son algo pueril –dijo sombrío.
–Y aquel día dejaste atrás para siempre la niñez, ¿no es así? –inquirió ella con suavidad.
–Yo ya no era un niño –contestó David. «Y Kevin tampoco», le faltó añadir, pero para Kayla fue como si lo hubiese dicho–. Para la pequeña que se ahogó, sin embargo, sí se truncó su niñez para siempre.
–No fue culpa tuya.
–No –asintió él con firmeza–, no lo fue.
Por supuesto que no; había sido un accidente. Una terrible tragedia. Excepto que para David no había sido así. Él siempre había culpado a Kevin, que había muerto sin que lo perdonara. Y en parte había sido esa actitud intransigente de David lo que lo había destruido.
Eso era lo que tenía que recordarse, se dijo Kayla, cuando volviese a encontrarse pensando en besar sus labios.
–Fue un accidente –le recordó–. Hubo una investigación y se determinó que fue un accidente. Sus padres deberían haber estado vigilándola mejor.
David la miró con los ojos entornados.
–¿Cuántas veces te dijo eso antes de que empezaras a creértelo?
–¿Cómo dices?
La voz de David destilaba ira cuando le respondió.
–Los padres de esa niña no habían recibido el entrenamiento de un socorrista. ¿Cómo podían saber que cuando se ahoga alguien no es como en las películas? ¿Cómo podían saber que hay veces que no se oye ni un ruido? Ni un grito, ni chapoteo. Ni siquiera se ve una mano agitándose frenética en el aire –le espetó–. Kevin sí lo sabía, ¿pero sabes qué? No estaba vigilando, que era lo que tendría que haber estado haciendo.
Kayla se sintió palidecer.
–Siempre lo has culpado a él –murmuró–. Todo cambió entre vosotros después de aquello. ¿Cómo pudiste? Eras su mejor amigo; te necesitaba.
–¡Aquello no habría pasado si hubiese cumplido con su deber!
–Era muy joven; se había distraído. Cualquiera puede distraerse un segundo.
–El fin de nuestra amistad no fue solo cosa mía –respondió él–. Kevin se negaba a hablar conmigo después de la investigación. Estaba furioso porque dije la verdad.
–¿Qué verdad?
David inspiró profundamente y se quedó callado, como vacilante.
–Dímelo –insistió ella.
–Estaba flirteando con una chica en vez de cumpliendo con su deber. Estaba junto a su puesto, pero no estaba mirando al agua.
–¡Mientes! –exclamó ella entre indignada y desesperada–. Entonces ya estaba saliendo conmigo.
–¿Eso crees?, ¿que estoy mintiéndote? –respondió él sin alzar la voz–. Yo llegaba en ese momento, porque mi turno empezaba media hora después, y cuando miré al agua supe de inmediato que algo pasaba. Lo sentí. Y entonces vi a la niña. Tenía el pelo rubio y estaba flotando boca abajo en el agua. Grité a Kevin al pasar corriendo junto a él, y salió corriendo detrás de mí.
–Mientes –repitió ella apretando los dientes.
David la miró con tristeza.
–Para cuando llegamos junto a ella y la sacamos ya era demasiado tarde.
–¿Cómo puedes decirme algo tan hiriente? –le preguntó ella en un hilo de voz–. ¿Cómo puedes mentirme de esa manera?
David no apartó sus ojos de los de ella.
–¿Acaso te he mentido alguna vez, Kayla? –le preguntó quedamente.
–¡Sí!, sí que lo has hecho –le espetó ella.
Y, dándose la vuelta, echó a andar hacia la entrada de la clínica para que no viera las lágrimas en sus ojos.
Capítulo 4
ANTES de que pudiera dar dos pasos, David le plantó una mano en el hombro y la hizo volverse hacia él.
–¿Cuándo? –exigió saber–. ¿Cuándo te he mentido?
–La noche que nos besamos a orillas del lago –le respondió Kayla, desnudando su voz de toda emoción.
David dejó caer la mano de su hombro, se la metió en el bolsillo del pantalón y apartó la vista de ella.
–Después de aquello te volviste frío y distante conmigo. Me diste a entender que sentías algo cuando en realidad no sentías nada. De todas las mentiras posibles, David, esa es la peor.
David la miró y, por un momento, pareció que iba a decir algo, pero en vez de eso apretó la mandíbula y su expresión se volvió impenetrable, como aquel día, años atrás, después de ese desafortunado beso.
–No quiero hablar de eso –dijo finalmente.
Su tono había sonado despectivo, y sus ojos, que hacía unos momentos se habían mostrado tan expresivos, se habían tornado recelosos. Sus facciones se habían endurecido, y tenía los labios apretados en una fina línea, como advirtiéndole que no siguiese por ese camino, que no siguiese hablando del pasado.
Pues para ella, desde luego, eso no suponía ningún problema; ella tampoco tenía ningún interés en remover el pasado.
–Has sido tú el que has sacado el tema –le recordó irritada.
David se pasó una mano por el cabello y suspiró cansado.
–Es verdad. Y no debería haberlo hecho; perdóname.
–Te agradezco que me hayas ayudado y me hayas traído hasta aquí –le dijo Kayla con tirante formalidad–. Ya puedo arreglármelas yo sola. Además, ya te he quitado bastante tiempo; deberías marcharte.
David sabía que la había herido y enfadado, y se sentía mal por ello. Su marido estaba muerto; ¿qué le había hecho contarle, después de todos esos años, lo que había ocurrido en realidad aquel día?
Probablemente el que hubiera creído a Kevin y lo hubiese eximido de toda responsabilidad, culpando en su lugar a aquellos pobres padres, tan inocentes como la pequeña a la que habían perdido.
«De eso hace mucho tiempo», le había dicho cuando se habían bajado del coche. Oírle decir eso, en un tono suave, con compasión, lo había irritado también.
Sí, de eso hacía mucho tiempo, y a veces podían pasar meses sin pensar en ello, pero, en ese momento, allí, a orillas del lago con ella junto a él, le había molestado que Kayla hubiese intuido que todavía no lo había superado.
Tampoco le había gustado que le pusiese la mano en el brazo, como mostrándole lástima y comprensión. Había cosas que nunca cambiaban. Kayla siempre andaba buscando a alguien a quien rescatar, como había sido el caso de Kevin.
Había muerto en un accidente de coche, en una noche lluviosa, porque iba conduciendo a demasiada velocidad; como siempre. ¿Acaso no se había parado a pensar tampoco esa noche en que tenía responsabilidades? ¿Por qué no se había quedado esa noche en casa, con su bonita y joven esposa?
David apartó aquellos pensamientos de su mente. No era asunto suyo. Aun así, no pudo evitar desear que Kayla no hubiese mencionado aquel beso. Cada detalle permanecía fresco en sus recuerdos: la arena pegada a su piel, la hoguera, el oscuro cielo cuajado de estrellas, la cálida brisa, la suavidad de la mejilla de Kayla contra la palma de su mano mientras lo miraba con aquellos grandes ojos verdes… Sus labios se habían sentido atraídos por los de ella como si tirara de ellos una fuerza magnética. Y cuando la había besado le habían sabido más dulces que el néctar de los dioses del Olimpo.
Hasta ese momento, simplemente habían sido dos amigos dentro de un círculo de amigos, pero habían llegado a esa edad en la que los chicos y las chicas empiezan a fijarse los unos en los otros.
Y era verdad que había mentido a Kayla. Al día siguiente, Kevin, que no había estado la noche anterior en la barbacoa que la pandilla había hecho junto al lago, le dijo que se había enamorado de Kayla. Le dijo que era la chica de sus sueños, que le había pedido que fuese con él al baile de graduación, y que ella había accedido.
Obviamente se lo había pedido antes de que él la besara, y David se había encontrado ante un dilema. Desde la muerte de su padre, David había pasado mucho tiempo en casa de sus vecinos, y se había hecho muy amigo de su hijo, Kevin. Habían llegado a ser casi como hermanos.
Tampoco podía entender por qué Kayla había dejado que la besase cuando le había prometido a Kevin que iría al baile con él. En cualquier caso, Kevin se le había adelantado, e hizo lo único que podría haber hecho: dar un paso atrás.
La verdad era que había pensado que quizá podría tener otra oportunidad con Kayla, que lo suyo con Kevin seguramente no duraría mucho. Al fin y al cabo, Kevin se cansaba pronto de todo.
Pero, entonces, aquella pequeña se había ahogado, durante el turno de Kevin. A partir de ese momento las cosas se habían precipitado, y los días de aquel verano se habían convertido en un torbellino que los había succionado a todos. Un torbellino de pérdida, de dolor, de culpabilidad, de remordimientos y tristeza. Y también de ira.
Luego, de algún modo, un día el torbellino se desvaneció, escupiéndolos a todos fuera de él, y David se enteró de que Kayla y Kevin se habían comprometido.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que había estado enfadado con Kevin ya antes de que aquella niñita se hubiese ahogado.
–Márchate –repitió Kayla, esa vez con más firmeza.
David quería alejarse de ella, de la ira y la recriminación que veía en sus ojos, del dolor que los había ensombrecido.
Kayla se dio la vuelta, y David la siguió con la mirada hasta que entró en la clínica. Lo más fácil para él habría sido subirse a su coche y marcharse, pero ¿acaso lo había hecho alguna vez?, ¿tomar el camino más fácil?
Entró en la clínica y vio que Kayla estaba aún en el área de recepción hablando con la anciana enfermera jefe, Mary McIntyre.
Aunque Kayla le había dejado muy claro que quería que se marchase, fue junto a ella, la ignoró cuando se quedó mirándolo irritada, y las siguió a Mary y a ella mientras la anciana mujer la llevaba a una de las salas de observación. Cuando llegaron allí, la hizo tumbarse en una camilla, empezó a hacerle un montón de preguntas, le tomó la presión sanguínea y la auscultó.
–Te quedarás aquí un rato para que veamos cómo evolucionas –le dijo dándole unas palmaditas en la mano cuando terminó–. Y, si hiciera falta, avisaremos al médico. Ahora relájate. Vendré a verte dentro de un rato.
–De acuerdo, gracias –contestó Kayla. Cuando Mary hubo salido, le lanzó a David una mirada furibunda–. ¿Cómo es que aún estás aquí?
–Solo quiero asegurarme de que estás bien.
Ella enarcó una ceja con ironía y le respondió:
–Tú no necesitas mi compasión y yo no necesito tu ayuda. Aquí estoy bien atendida, y los niños de mi vecino ya habrán recogido mis cosas y estarán buscando a mi perro, así que puedes irte.
–¿Quieres que pase dentro de un par de horas para recogerte y llevarte a casa?
David no sabía por qué acababa de ofrecerse a hacer eso. No entraba en sus planes quedarse siquiera dos horas en Blossom Valley; solo el tiempo justo para ir a visitar a su madre, hablar con las personas que había contratado para que cuidaran de ella y marcharse.
–No es necesario –contestó ella–. Volveré andando; no está muy lejos.
Kayla había entrado con su bicicleta por Sugar Maple Lane. ¿Viviría cerca de allí?
–¿Dónde vives?
Ella lo miró extrañada.
–Pensé que tu madre te lo habría dicho.
–¿Decirme qué? –inquirió él enarcando una ceja.
Su madre, esos días, le decía muchas cosas, como que alguien había entrado en la casa y le había robado las gafas, o su decantador de vino favorito, o que había tenido una larga conversación con su padre, que llevaba muerto diecisiete años.
Ese era uno de los motivos por los que estaba allí. Una de las cuidadoras que había contratado, la que se quedaba con ella por las noches, lo había llamado el día anterior para decirle que debería ir lo antes posible, porque temía por la seguridad de su madre, y que quizá debería internarla en un centro.
David se había temido que, antes o después, llegaría ese momento, pero aun así había sido un golpe para él. Había ido allí con la esperanza de que la cuidadora solo estuviese exagerando, y que quizá, si contratase a más personal de servicio, su madre no tendría que abandonar el que había sido su hogar durante cuarenta años.
Era muy doloroso ver que a su madre se le estaba yendo la cabeza, que la estaba perdiendo, pero no iba a contarle eso a Kayla; no quería su compasión.
–¿Pensaste que tu madre me diría dónde estás viviendo ahora?
–David, somos vecinas.
Él se quedó mirándola boquiabierta, y tardó un momento en volver a cerrar la boca. No, eso precisamente no se lo había dicho su madre. ¿Estaba viviendo en la que había sido la casa de la familia de Kevin?
–Albergaba demasiados recuerdos para los padres de Kevin –le dijo Kayla–. Al final decidieron deshacerse de ella.
David sabía que hacía tiempo que los Jaffrey no vivían allí, pero nunca habría imaginado que Kayla acabaría comprándosela y volviendo a vivir en Blossom Valley.
Las últimas veces que había ido a visitar a su madre había visto la casa cerrada y vacía, y se le había hecho raro porque para él aquella casa también estaba ligada a muchos recuerdos de su infancia. Había pasado tanto tiempo allí como en su propia casa, jugando con Kevin, y muchas veces se había quedado a almorzar o a cenar.
No había un solo recuerdo de su infancia que no incluyera a Kevin: cada Navidad, cada cumpleaños… Habían aprendido a montar en bicicleta juntos, a patinar juntos, habían compartido su primer día de colegio… Habían escogido juntos al perrito que su madre le había comprado siendo un chiquillo, y hasta su adolescencia aquel perro siempre había ido corriendo detrás de ellos, fueran donde fueran.
Habían construido una casa en el árbol del jardín trasero de la casa de Kevin, y habían nadado juntos en la bahía cada verano.
Cuando su padre había muerto, el señor Jaffrey, el padre de Kevin, se había convertido en una especie de segundo padre para él. Bueno, más que un padre, un amigo. Muchas veces había pensado que ese había sido parte del problema con Kevin. El señor Jaffrey nunca le había impuesto regla alguna a su hijo, ni lo había tratado con mano firme, por lo que Kevin, como hijo único, se había convertido con el tiempo en un adolescente egoísta, a pesar de que le caía bien a todo el mundo porque era divertido y tenía carisma.
Cada vez que había ido a visitar a su madre, había visto más estropeada la casa vacía de los Jaffrey: necesitaba una buena mano de pintura, las tejas se estaban combando y el césped del jardín estaba muy alto debido al tiempo que hacía que no se cortaba.
Aquella casa que antaño había estado llena de amor y risas, de esperanzas y sueños, estaba en tal estado que más bien parecía las últimas palabras del último capítulo de un libro con un final triste.
A veces David se preguntaba si no sería esa la razón por la que aún estaba enfadado con Kevin, porque temía que al dejar atrás la ira lo engulliría esa inmensa tristeza.
–Los Jaffrey se compraron un apartamento cerca del lago –continuó Kayla–, y me dijeron que querían que me quedase yo con la casa, porque siempre habían pensado dejársela a Kevin.
A David le resultaba difícil hacerse a la idea. Kayla y su madre eran vecinas, y estaba viviendo en la casa en la que Kevin y él habían jugado horas y horas durante los gloriosos días de su infancia, en los que habían vivido sin la menor preocupación.
No quería preguntarle nada; no quería saber nada más. Y, sin embargo, se encontró preguntándole:
–¿Y no necesita un montón de reformas?
Por un instante vio una expresión de agobio en el rostro de Kayla, prueba de que aquello la abrumaba, pero de inmediato cambió la cara y lo ocultó tras una sonrisa de entusiasmo forzado.
–Sí, ya lo creo; es todo un reto.
Típico de ella. No pudo contenerse y le dijo:
–¿No te cansas de ser la abanderada de las causas perdidas?
Capítulo 5
KAYLA lo miró dolida, pero, casi al instante, su expresión se tornó iracunda. Claro que David casi prefería verla enfadada a dolida, porque cuando lo miraba dolida parecía vulnerable, y eso lo hacía sentirse como un miserable.
–¿Lo dices por lo de la casa? –inquirió con los ojos entornados.
–Claro –respondió él, aunque los dos sabían que podría haber estado hablando de Kevin.
–¿Y tú?, ¿no te cansas nunca de ser un aguafiestas?
–Yo lo llamo ser la voz de la razón.
–Pues no tengo ningún interés en que me des un sermón.
A David le daba igual que Kayla no quisiera escucharlo. Era evidente que necesitaba oír unas cuantas verdades, le gustara o no. Alguien tenía que protegerla de sí misma, y según parecía hasta la fecha nadie se había atrevido a ponerle el cascabel al gato.
–Esa casa –le dijo poniendo énfasis en cada palabra– se cae a pedazos, y acabará arruinándote.
–No es verdad –replicó ella, como si no estuviese diciendo más que tonterías–. Y no es una causa perdida.
Estupendo. Aunque su negocio eran las inversiones, y entre ellas las de tipo inmobiliario, Kayla acababa de desdeñar su experiencia y conocimientos de un plumazo. Pero él podía marcharse con la conciencia tranquila; no podía decirse que no le hubiese advertido.
–Van a ponerme todas las ventanas nuevas –le dijo ella tercamente–. Y también tengo fecha para que me acuchillen y barnicen los suelos.
Eso sería solo el comienzo de todo el dinero que se tendría que gastar, pensó David. No iba a decir nada, pero se le escapó un áspero:
–Kayla al rescate.
Ella frunció el ceño. «¡Basta!», se ordenó David, pero no pudo contenerse y añadió:
–Y seguro que ese perro también lo recogiste de algún refugio de animales abandonados, ¿a que sí?
No hizo falta que Kayla respondiera. Supo que estaba en lo cierto cuando la vio sonrojarse. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no era solo con Kevin con quien estaba enfadado.
–Cuando Kevin murió y sus padres me dijeron que querían que me quedase yo con la casa, pensé que no podría haber mejor manera de emplear el dinero de su seguro de vida que en reformar la casa en la que había crecido.
David, que aconsejaba a la gente cómo invertir mejor su dinero, sacudió la cabeza.
–Es una pésima idea invertir en una casa vieja y destartalada de un sitio como Blossom Valley.
–¿Siempre tienes que verlo todo de un modo pragmático?
–Sí.
–Ya, pues además de reformar la casa también voy a comprar un negocio aquí, en Blossom Valley –contestó ella.
–¿Ah, sí? –dijo él, sin intentar disimular siquiera la nota de cinismo en su voz.
–Pues sí. De hecho, estoy pensando en comprar una heladería.
–¿Una heladería? Eso es una inversión peor aún que la casa.
–Es la heladería More-moo, la que está en la calle principal –continuó ella, como si no le hubiese oído–. Me han dicho que los dueños quieren vender el negocio.
¡Como si la ubicación supusiese alguna diferencia! David se dijo que le daba igual en qué se gastase su dinero. ¡Por él como si se lo gastaba todo!
Sin embargo, la verdad era que sí le importaba. Si la dejasen, Kayla intentaría salvar al mundo dando todo lo que tenía hasta que a ella no le quedase ni una migaja.
Y no le cabía la menor duda de que así era como veía More-moo, un negocio abocado al fracaso y que, por tanto, ella tenía que salvar.
Debería marcharse ya, pero sabía que, si no intentaba sacarle esa idea de la cabeza, esa noche sería incapaz de conciliar el sueño, y el sueño era algo importante.
–Nadie vende un negocio que marcha bien –le advirtió.
–Los dueños se jubilan, por eso lo venden.
–Ya.
Kayla le lanzó una mirada furibunda y, si no frunció más el ceño, fue porque tenía la frente hinchada.
No era asunto suyo. Que malgastase todo su dinero hasta que ya no le quedase nada.
Sin embargo, el problema era que era incapaz de marcharse y dejar que se estrellase de esa manera. La culpa la tenían todos los recuerdos que tenía de ella: aquel beso que habían compartido años atrás; haber correteado con ella de niño junto al lago; haber ido andando con ella al colegio cada día; haber pasado tardes enteras estudiando con ella para los exámenes; haber ido al cine con ella; cuando sus dedos se tocaban accidentalmente al ir a tomar una palomita.
Y luego estaba el hecho de que había sido la primera chica que le había gustado de verdad… y se la había cedido a su mejor amigo, antes de que todo acabara en tragedia. Entonces había tenido la sensación de haberlo estropeado todo, de no haber estado a la altura, pero no podía volver atrás en el tiempo y cambiar las cosas. Sin embargo, quizá podría intentar hacer las cosas bien esa vez.
Lo quisiera o no, aún sentía cariño por Kayla, y le importaba lo que pudiera pasarle.
–Es imposible que un negocio así funcione –le dijo, haciendo un esfuerzo por mostrarse paciente–. Como mucho, al año, una heladería tendrá ocho semanas buenas en las que de verdad gane dinero. Ya sabes lo vacío que se queda esto en invierno. Bueno, y en primavera. Y en otoño. Podrías disparar un cañón en la calle principal y no habría un solo herido.
–El patrón demográfico está cambiando –respondió ella, como si esperara impresionarlo con esas palabras grandilocuentes–. Ahora hay mucha gente que vive aquí todo el año. De hecho, está adquiriendo mucha popularidad como lugar de retiro para los jubilados.
–Eso no cambia el hecho de que solo tendrías ocho semanas buenas al año. Incluso en esas ocho semanas la cosa variará dependiendo del tiempo que haga. Nadie toma helado cuando llueve.
–Pues nosotros lo hicimos –replicó ella en un tono quedo.
–¿Eh?
–Que nosotros lo hicimos; nos tomamos un helado un día de lluvia.
David frunció el ceño, y entonces lo recordó: recordó una tormenta repentina en una tarde de verano, años atrás. ¿Qué edad tendrían entonces? ¿Dieciséis? Desde luego había sido el verano anterior al beso, antes de que ella empezara a salir con Kevin, de que aquella niña se ahogara.
Ellos y otros chicos de la pandilla iban pedaleando con sus bicicletas por la calle principal, y la tormenta los había pillado desprevenidos.
Había sido emocionante seguir pedaleando en medio de la lluvia y los relámpagos, hasta que se habían puesto a cubierto bajo el toldo de la heladería.
A Kayla se le había empapado la camiseta y se le transparentaba por completo el sujetador, sorprendentemente sexy. Lo había irritado ver a Cedric Parson mirándola a hurtadillas, y se había quitado la camiseta y había hecho que Kayla se la pusiera encima. Su camiseta estaba tan empapada como la de ella, pero al menos así ya no se le veía el sujetador.
Incluso se recordaba después, con el torso desnudo, sentado junto a ella en la acera, cada uno con un helado de cucurucho en la mano, y que se había sentido orgulloso en vez de ridículo.
Hasta recordaba el helado que había tomado: un helado con sabor a regaliz. Kayla se había inclinado hacia él, con una sonrisa traviesa, para lamer una gota que resbalaba por su cucurucho, y él había pasado después la lengua por el mismo sitio.
Tampoco había olvidado la electricidad que había notado en el aire en ese momento, ni el cosquilleo que había sentido en el estómago. No le había vuelto a saber tan bien un helado después de aquella tarde de verano.
Sin embargo, sacudió la cabeza y se mantuvo en sus trece.
–En general la gente no va a tomarse un helado cuando hace mal tiempo –le insistió pragmático–. Y con una temporada mala que tengas… adiós negocio.
–Me da igual; me atrae la idea de ser la dueña de una heladería –respondió ella con firmeza.
–¿Tu mayor ambición en la vida es sacar bolas y bolas de helado de un contenedor hasta que tengas calambres de frío en las manos?
–¡Ajá! O sea que me ves vendiendo un montón de helado –concluyó ella con satisfacción.
David gruñó, y puso los ojos en blanco.
–Mi mayor ambición –le contestó Kayla– es hacer feliz a la gente. ¿Y qué puede hacer a nadie más feliz que un helado en un día de calor?
«O durante una tormenta», añadió la mente traidora de David. Volvió a gruñir por respuesta, esa vez con más énfasis.
–Es un placer sencillo –apuntó ella obstinadamente–. Es lo que el mundo necesita: placeres sencillos.
David tenía la impresión de que, si quería convencer a Kayla, tendría que respaldar sus argumentos con datos fríos y contundentes, como gráficas y proyecciones, y al menos un balance de cinco años de las cuentas de More-moo. Quizá podría encargarle a su secretaria que se ocupase de buscarle la información necesaria para elaborarlos.
–¿Y sabes qué quiero hacer? Quiero incluir helados poco corrientes en la carta. Por ejemplo, el helado de pétalos de rosa, que, según parece, es todo un éxito en Oriente Medio.
Fue entonces cuando David comprendió que Kayla ya había empezado a tejer un montón de sueños en torno a esa heladería. Y a él estaba empezando a dolerle la cabeza.
–Seguro que la gente vendría desde Toronto para probar mi helado de pétalos de rosa –añadió Kayla soñadora.
David se quedó mirándola. ¿No se creería eso de verdad? ¿Por qué se sentía en la obligación de disuadirla de esos sueños descabellados? Porque le había fallado cuando más lo había necesitado.
«No te cases con él, Kayla», le había suplicado años atrás.
«Tengo que hacerlo», le había respondido ella, con las lágrimas rodándole por las mejillas.
David estaba seguro de que su matrimonio con Kevin no había sido precisamente un camino de rosas, y aun así, ella seguía soñando. En cierto modo era hasta admirable.
–Iré a ver si los niños de tus vecinos han conseguido encontrar a tu perro –dijo de mala gana.
Por la expresión de Kayla, supo que quería rechazar su ofrecimiento, pero al final su preocupación por el pequeño chucho pudo más y no dijo nada.
–Te llamaré aquí, a la clínica, cuando sepa algo. ¿Es de alguna raza concreta?
–¿Por qué?
–Porque, si los niños no lo han encontrado, puedo buscar una foto en Internet y haré que mi secretaria haga un póster con ella, diciendo que se ha perdido, por si alguien lo hubiera visto. Luego le pediré que me lo mande por correo electrónico e imprimiré aquí unas cuantas copias para que las colguemos por las calles.
La expresión de Kayla no pudo ser más transparente: se sentía aliviada de que fuese a tomar las riendas, pero a la vez también la irritaba. Sin duda, reaccionaría del mismo modo cuando le presentase un informe que demostrase la absoluta falta de viabilidad de una heladería en Blossom Valley.
–Es un grifón de Bruselas.
David tecleó el nombre en el navegador de Internet de su BlackBerry, y le apareció la foto del perro más feo del mundo: ojos grandes, cara chata, mentón prominente y un pelaje áspero. Además, parecía que tuviera bigote, y unas cejas pobladas como las de un anciano.
–¿Es cosa mía o los perros de esta raza se parecen a Einstein? –inquirió David, enseñándole la pantalla del móvil.
–Por eso le puse de nombre Bastigal –contestó ella, y David no pudo evitar sonreír.
Sí, también tenía un gran parecido al señor Bastigal, un profesor que habían tenido en el instituto, y que era clavado a Einstein, con su revuelto cabello planteado y su bigote de morsa.
–Le dejaré a la enfermera Mary una tarjeta con mi número de móvil –le dijo a Kayla–. Así podrás llamarme si cambias de idea y necesitas que te lleve a casa.
–No cambiaré de idea.
David suspiró y sacudió la cabeza antes de salir. ¿Habría mujer más terca en el mundo que Kayla?
Capítulo 6
KAYLA estaba en casa, metida en la cama, y no podía dormir. «No mires otra vez el despertador», se dijo, pero aun así se giró hacia la mesilla de noche y lo miró. Las tres y diez de la madrugada.
Estaba exhausta, pero no podía pegar ojo, probablemente por la inyección de epinefrina.
Sin embargo, también le costaba dormirse porque le faltaba Bastigal. Se había acostumbrado a que el perrito se acurrucase a su lado por las noches. Se había acostumbrado a sus suaves ronquidos, a sus bigotes haciéndole cosquillas en la barbilla, a que al abrir los ojos se lo encontrase a veces observándola con esa mirada, en la que solo había lealtad y devoción.
Al contrario que su difunto marido…
En realidad, probablemente ese era el verdadero motivo por el que no se podía dormir, porque no dejaba de pensar en lo que le había contado David sobre el día en que se había ahogado aquella niña.
Lo había acusado de mentiroso, pero en su corazón había sentido, aunque se le había revuelto el estómago de solo pensarlo, que estaba diciendo la verdad.
Eso era lo peor de las noches, se dijo, no poder conciliar el sueño y encontrarse prisionera de esos pensamientos que lograba eludir durante el día. Porque durante el día había tanto por hacer en aquella casa que se mantenía ocupada todo el tiempo. Pero en el silencio de la noche, y sin Bastigal a su lado, esa clase de pensamientos se agolpaban en su mente cansada.
De hecho, antes de que David le dijera que aquel día Kevin había estado flirteando con una chica en vez de cumpliendo con su deber, había pasado muchas noches en vela pensando en su matrimonio.
«Quiero hacer lo que debo hacer, por una vez en mi vida…».
Kayla frunció el ceño al recordar esas palabras. Era lo que le había dicho Kevin cuando le pidió que se casase con él. No había pensado en esas palabras en mucho tiempo, y desde luego nunca con el sentido que les estaba dando en ese momento. ¿La había querido, o solo había hecho lo que consideraba honorable?
Era una locura que estuviese planteándose eso siquiera. Por supuesto que la había querido.
Bueno, sí, a su modo. ¿Qué más daba que una vez le hubiese comprado flores en vez de comprar las verduras y hortalizas que le había pedido? Aquello había sido muy romántico. Además, Kevin siempre había sido un soñador. Muchos fines de semana, en sus primeros meses de casados, mientras terminaban de desayunar en la cocina, Kevin le había hablado, con ojos brillantes, de todo con lo que soñaba para ellos: una gran casa, un negocio propio, un coche caro…
¿Era desleal por su parte pensar que sus sueños de grandeza habían hecho que no fuese capaz de conformarse con una vida normal? Poco tiempo después de que consiguiese su primer trabajo, cada día se había convertido en una letanía de quejas. No lo valoraban, no le pagaban lo suficiente, su jefe era un imbécil, sus compañeros no le llegaban a la suela del zapato, nadie prestaba atención a sus ideas, que eran las mejores.
Kayla nunca había perdido la esperanza de que un día se diese cuenta de que debía ser un poco más humilde y menos exigente con los demás. Sin embargo, la única recompensa que había recibido de Kevin, por su fe inquebrantable en él, había sido que, poco a poco, había dado por hecho su apoyo, y había dejado de valorarlo. Había llegado a un punto en el que ya no le preocupaban sus sentimientos y, solo en las ocasiones en las que había amenazado con dejarlo, había vuelto a mostrarse momentáneamente como el Kevin encantador con el que se había casado.
¿Qué habría querido decir David exactamente con eso de que Kevin había estado flirteando con una chica? ¿Habría estado charlando simplemente con ella… o habría habido algo más? ¿Lo habría visto besándola?
¿La habría engañado durante el tiempo que habían estado casados?
Kayla contrajo el rostro. No había vuelto a plantearse eso desde la muerte de Kevin. Se sentía como si hubiese un vacío en su interior, un vacío que, por más que tratase de ignorar, seguía ahí.
¿Serían aquellas sospechas lo que lo habían causado, esas sospechas que la hacían sentirse tan desleal?
Pero sí, no podía negar que, antes de la acusación de David de esa tarde, se había preguntado muchas veces si Kevin le habría sido infiel. De hecho, siempre le había parecido que, cuanto más la decepcionaba Kevin, más sola se sentía dentro del matrimonio y más se había ido alejando él de ella.
¿Dónde había estado la noche en que había muerto? Su coche había resbalado en el hielo de la carretera y se había estrellado contra un árbol cuando volvía a casa a altas horas de la madrugada. Y por supuesto no había llevado puesto el cinturón de seguridad. ¡Típico de él! Siempre había sido un irresponsable, y otros habían tenido que pagar los platos rotos por él.
Y que estuviese volviendo a pensar esas cosas era culpa de David, se dijo. Su repentina aparición y lo que le había dicho había despertado a aquel dragón dormido.
Pestañeó para contener las lágrimas. Las lágrimas eran para los débiles. Y, sin embargo, era mejor llorar que el frío vacío que había sentido todo ese tiempo.
Y ahora David había vuelto, y las cosas que no se había permitido pensar en los cinco largos años que había estado casada con Kevin estaban saliendo a la superficie.
«No te cases con él, Kayla…».
Consideró por un momento la posibilidad de que David, que le había negado su perdón a Kevin, no hubiera sido el causante de la espiral que lo había llevado cuesta abajo. La posibilidad de que hubiera visto en su viejo amigo algo que a ella se le había escapado.
¿Y quién estaba negándose a perdonar? Sabía que era patético que estuviese mostrándose resentida con él, pero ahora que sus sentimientos se habían liberado se había dado cuenta de que uno de ellos era ira. Era un sentimiento inútil. Kevin estaba muerto; eso no se podía arreglar.
«¡Basta!», se ordenó, pero en vez de eso recordó el instante antes de que David le pusiera la inyección de epinefrina, cuando había creído que iba a besarla. Recordó cómo se había inclinado hacia él, deseosa por probar una última vez sus labios.
Irritada por ser incapaz de controlar su mente, apartó las sábanas, se bajó de la cama y fue hasta la ventana abierta. Su perrito tenía que estar en alguna parte. Seguro que estaba asustado. Al pobre Bastigal todo lo asustaba: los ruidos fuertes, los movimientos bruscos, los hombres, los gatos y el viento cuando agitaba las copas de los árboles.
Probablemente por eso no habían podido encontrarlo. Seguro que llevaba todo el tiempo temblando bajo unos arbustos, escondiéndose de las hordas de chiquillos que habían recorrido el barrio llamándolo.
Y no era una exageración; habían sido hordas. Al volver a casa a pie tras abandonar la clínica, en cada farola se había encontrado pegado un cartel con la foto que David había buscado en Internet y su número de móvil, prometiendo quinientos dólares de recompensa a quien encontrara a su perro.
David había puesto su número porque el móvil de ella había quedado inservible al caer al asfalto y no tenía teléfono fijo. Los niños se lo habían dejado en el porche junto con la bicicleta, su bolso, el sombrero y el ramo de girasoles marchitos.
Lo que no le parecía bien era que David hubiese ofrecido semejante cantidad de dinero como recompensa. No podía devolverle ese dinero, y había sido como poner un palo con una zanahoria delante de un burro. Los niños del barrio habían salido en manadas a buscar a su perro, y seguramente solo habían conseguido asustarlo aún más y que no saliera de su escondite.
Escudriñó la oscuridad, preguntándose si Bastigal podría encontrar el camino para volver a casa. ¿La reconocería como su casa? Solo llevaban viviendo allí algo más de dos semanas. Ni siquiera había acabado de desempaquetar las cosas de las cajas.
Le pareció oír un ruido abajo, en el jardín, y el corazón le dio un brinco. ¿Sería Bastigal? Se puso una rebeca y salió fuera. Hacía una noche muy bonita, y a la luz de la luna el jardín no parecía tan descuidado como durante el día. Volvió a oír el ruido. Parecía provenir del lateral de la casa. Sin embargo, cuando torció la esquina, no fue a su perro a quien se encontró.
–¿Señora Blaze?
La madre de David volvió la cabeza y la miró curiosa. Aunque había una sonrisa en sus labios, tenía la mirada perdida. Iba en camisón, y también llevaba un sombrero de paja y unas botas de goma de color fucsia. Su mano sujetaba unas tijeras de podar, y a sus pies había un montón de tallos con espinas del rosal que tenía delante. Entonces Kayla se dio cuenta de que la mujer tenía varios arañazos en los brazos y de que estaba sangrando.
Era la primera vez que la veía desde que había llegado a Blossom Valley. Había pensado en pasar a saludarla, pero aún no lo había hecho.
En ese momento comprendió por qué la señora Blaze no le había dicho a su hijo que se había mudado a la casa de al lado. Tenía la sensación de que ni siquiera la reconocía.
–Soy yo, Kayla –le dijo con suavidad–, Kayla Jaffrey.
La señora Blaze frunció el ceño, se volvió de nuevo hacia el rosal e hizo ademán de cortar otro tallo, pero erró y solo cortó el aire.
–Mi apellido de soltera era McIntosh. Soy la amiga de su hijo, David.
¿Por qué había dicho eso en vez de decirle que era la viuda de Kevin? Aunque tampoco importaba demasiado, porque la señora Blaze se limitó a mirarla contrariada. Era evidente que estaba perdiendo la cabeza.
Kayla le quitó con cuidado las tijeras de podar, las dejó en el suelo y le puso su rebeca sobre los hombros.
–Vamos, la acompañaré a casa –le dijo a la anciana, ofreciéndole su brazo.
–Pero… los rosales.
–Yo me ocuparé de ellos –le prometió Kayla.
–No sé, es que… me gusta ocuparme de ellos yo misma. No puedo fiarme del jardinero. Si los rosales no se podan con cuidado… –se quedó callada, abriendo y cerrando la boca, como si estuviese intentando recordar qué pasaría si no se podaban bien.
–Yo cuidaré de sus rosales –le repitió Kayla.
–¿Tú eres jardinera?
Kayla vaciló un instante, pero decidió que no había nada de malo en una mentira piadosa.
–Sí, mire qué suerte ha tenido.
–Pues entonces no te olvides las tijeras –la increpó la señora Blaze.
En su tono de impaciencia, Kayla adivinó una necesidad desesperada de mantener el control que estaba perdiendo sobre sí misma y lo que la rodeaba.
Se agachó para recoger las tijeras y volvió a ofrecerle su brazo a la mujer, que esa vez lo tomó y dejó que la llevase hasta la casa. Kayla, al ver el cuidado jardín, había pensado que era la señora Blaze quien se ocupaba de él, pero sin duda debía de hacerlo otra persona, ese jardinero al que se había referido antes. Y seguramente no vivía sola, sino que tendría una empleada del hogar interna.
Subieron las escaleras del porche y llamó a la puerta con los nudillos. Al ver que no acudía nadie a abrir, llamó de nuevo, esa vez con más fuerza. Al cabo de un rato, se oyó ruido de pasos bajando las escaleras.
No le parecieron los pasos de una mujer, sino más bien de un hombre, y dedujo que debía de ser David, ¿quién si no?, pero no se esperaba la sorpresa que se llevó cuando se abrió la puerta y vio a David medio dormido, medio desnudo e increíblemente sexy.
Capítulo 7
DAVID, que tenía el pelo alborotado y parecía aún medio dormido, se quedó mirándolas entre aturdido y divertido.
Kayla se quedó mirándolo a él también. Solo llevaba unos pantalones de pijama y nada más. Tenía un cuerpo de infarto; estaba más musculoso que años atrás, cuando había trabajado de socorrista.
A la luz de la luna parecía que fuese una escultura esculpida en mármol: los anchos y poderosos hombros, el pecho bien definido, los músculos del abdomen… Kayla tragó saliva.
David parpadeó, como si se hubiese despertado del todo, y ya no pareció que la situación le hiciese tanta gracia. Cuando volvió a mirarla de arriba abajo, Kayla recordó de repente que estaba en camisón, y aunque aquel camisón, corto y de algodón, era perfecto para las noches de verano porque no le daba nada de calor, no era muy apropiado para presentarse en casa de nadie.
De pronto se sentía casi desnuda, y se notaba el pulso acelerado en la garganta.
–Mamá, entra en casa –le dijo David suavemente a su madre, abriendo la puerta del todo y haciéndose a un lado.
Su madre lo escrutó con la mirada y frunció el ceño.
–No sé quién eres, pero no creas que no sé que me falta la billetera.
–La encontraremos, no te preocupes –le contestó él con paciencia, y en el mismo tono amable.
Sin embargo, a Kayla no le pasó desapercibido el dolor en sus ojos.
–Y alguien tiene que podar los rosales –lo increpó su madre.
David contrajo el rostro, y en ese momento apareció una mujer detrás de él, vestida con un uniforme de hospital blanco, de camisa y pantalón.
–No sabe cuánto lo siento, señor Blaze; yo…
David le lanzó una mirada cortante, dándole a entender que no quería oír sus excusas, y llevó a su madre con ella.
–Llévela de vuelta a la cama y cúrele esos arañazos que se ha hecho en los brazos.
–Sí, señor.
A Kayla, para quien David seguía siendo aquel chico con el que había correteado en los días de verano y que había hecho tantas travesuras en el colegio, se le hacía raro ver a alguien dirigirse a él en un tono tan respetuoso.
David salió al porche y cerró la puerta tras de sí.
–Gracias por traerla –le dijo–. ¿Dónde estaba?
Kayla apartó la vista de su torso y lo miró a la cara. La preocupación en el rostro de David la hizo olvidarse por un momento de su resentimiento hacia él.
–La he encontrado en mi jardín, podando los rosales –Kayla le tendió las tijeras.
Él las tomó y se quedó mirándolas un momento antes de girar la cabeza hacia la puerta de la valla, que estaba abierta.
–Me parece que va a haber que ponerle un candado –murmuró.
–No sabía lo de tu madre –dijo Kayla suavemente–. Todavía no me había pasado a saludarla. Y como el jardín está tan cuidado pensé que tu madre estaba bien.
–He contratado a una persona para que se ocupe del mantenimiento de la casa y del jardín –le explicó él, mirando a su alrededor con tristeza–. Nadie diría que aquí vive una mujer con Alzheimer, ¿no?
–Lo siento mucho, David; no tenía ni idea –repitió ella.
David esbozó una sonrisa algo tensa.
–No quiero que sientas lástima de mi madre, Kayla.
–No es lástima –replicó ella molesta.
–Entonces, ¿qué es?
–Compasión.
–Ya –dijo él, como si su respuesta no lo convenciese, le diera el nombre que le diera–. ¿Y cómo es que estabas levantada?, ¿qué hora es?
–Más de las tres. Estaba preocupada por mi perro –no iba a confesarle las cosas horribles que había estado pensando y que no la dejaban dormir–. Oí un ruido en el jardín y pensé que podría ser él.
–Y era mi madre. Ha sido una suerte que la encontraras antes de que se alejara más, o de que se cortara con las tijeras –David sacudió la cabeza–. No se acuerda de lo que ha desayunado –añadió. «Ni de su hijo», pensó ella con tristeza–, pero en cambio ha podido con dos cierres de seguridad, un pestillo y un pomo a prueba de niños. Como has visto, también he contratado a una persona para que se quede con ella por las noches, pero tengo la sospecha de que sale aquí fuera de vez en cuando a fumarse un cigarrillo –añadió irritado–. Quizá se dejó la puerta abierta.
Su tono hizo estremecer ligeramente a Kayla. No le gustaría estar en la piel de aquella chica.
–¿Cuánto lleva tu madre así? –inquirió suavemente.
Le dio la impresión de que David no quería hablar de ello, pero finalmente claudicó con un suspiro.
–Hace un par de años empezó a fallarle la memoria. Al principio eran cosas tan pequeñas que le quitaba importancia, o a lo mejor es que no quería verlo. Luego, cuando venía de visita, comencé a notar cosas un poco más preocupantes, como encontrar la pasta de dientes en la nevera, o ver que se había puesto dos calcetines de distinto color, o que repetía las mismas cosas una y otra vez. Y cuando no estaba aquí me llamaba para decirme que había perdido el coche, o para preguntarme dónde estaba mi padre. Eso era cuando aún recordaba mi número de teléfono –se quedó callado un momento e inspiró profundamente–. Contraté a esa cuidadora y a otra que está con ella por las mañanas hace dos meses, pero, por lo que me han contado, parece que durante estas últimas semanas su deterioro ha sido muy rápido. No sé si va a poder seguir viviendo aquí.
Kayla, que sabía lo que era pasar por una situación dolorosa, era consciente de que a veces las palabras, en vez de ayudar, solo hacían que la persona se sintiese aún más sola y desesperanzada.
Por eso, en vez de decir nada, alargó el brazo y puso la mano sobre el corazón de David. No estaba muy segura de por qué; ¿tal vez para que supiera que podía sentir cómo estaba resquebrajándose de dolor?
El tacto de su piel era muy agradable, como de seda calentada por el sol, y los latidos de su corazón eran fuertes y rítmicos. No sabía si aquel gesto lo reconfortaría, y al principio David se quedó mirando su mano, como traspuesto, pero al cabo de un rato la cubrió con la suya.
Kayla se estremeció por dentro y sintió algo muy intenso que no sabría definir, pero que nunca había sentido con Kevin. Agitada y temerosa de que él se diera cuenta, apartó la mano y se hizo un silencio incómodo entre ellos.
–Bueno, y… –dijo David pasándose la mano por el pelo– supongo que tu perro sigue sin aparecer, ¿no?
Kayla se sintió inmensamente aliviada con aquel cambio de tema.
–No, esperaba que pudiese encontrar él solo el camino de vuelta.
–Siento no haber podido encontrarlo.
–No será porque no lo hayas intentado. Gracias por todos esos carteles. Consiguieron que saliera en tropel todo un ejército de niños. Te lo pagaré, por supuesto.
Él se encogió de hombros.
–No es necesario.
–Y por supuesto seré yo quien pague la recompensa si lo encuentran.
–No pasa nada, Kayla. Fui yo quien me ofrecí a hacerlo; yo pagaré.
–No.
–De todos modos, tampoco tiene sentido discutir por eso.
–¿Crees que no vamos a encontrarlo? –inquirió ella, intentando refrenar el pánico que la invadió.
–No, creo que serás tú quien lo encuentre, no los niños. Me da la impresión de que debe de ser un perro bastante asustadizo, ¿no?
–Sí, ¿cómo lo sabes?
–Bueno, lo vi salir corriendo, cuando soltaste la bicicleta y él se cayó de la cesta.
–¿Crees que se haría daño con la caída?
–Por como salió corriendo, yo diría que no. De hecho, ya te había visto antes con él, en la calle principal; iba mirando nervioso a todos lados, con cara de preocupación.
A pesar de lo preocupada que estaba, Kayla no pudo evitar reírse.
–Sí, así es Bastigal. Después de esto, seguramente no querrá volver a subirse en la bicicleta conmigo.
–De tal ama, tal perro, ¿eh? Seguro que se preocupa tanto por todo como tú.
A Kayla le molestó un poco que dijera eso de ella, aunque no estaba segura de cómo querría si no que la viese. ¿Cómo una persona despreocupada?, ¿vital?, ¿feliz?
Sin embargo, la verdad era que David siempre había sido capaz de ver más allá.
–Dudo que vaya a salir de su escondite con todos esos niños corriendo por ahí gritando su nombre. Perdona por eso, fue un error de cálculo por mi parte.
–Ya aparecerá –dijo ella, sin poder reprimir una nota de preocupación y tristeza en su voz.
–Eso espero.
Kayla sabía que debería darle las buenas noches y volver a su casa, pero no se movió. Necesitaba su compañía; no quería regresar a aquella casa vacía, donde empezaría otra vez a darle vueltas a todas esas cosas en las que no quería pensar.
David se había quedado mirándola con una leve sonrisa en los labios.
–¿Qué? –inquirió ella.
–Hay algo en ti que parece que está pidiendo a gritos que te pinten.
–¿Cómo? –preguntó Kayla frunciendo el ceño.
–Es lo que pensé cuando te vi montada en la bicicleta. Casi podía imaginarme un cuadro de ti con el título Chica en bicicleta –le explicó él encogiéndose de hombros, como azorado–. Y ahora aquí fuera, en el porche, con ese camisón, pareces otro cuadro: Chica en una noche de verano.
Para Kayla, esas palabras fueron como gotas de lluvia para una planta que no había sido regada en mucho tiempo.
En aquella revista en la que había salido publicado un artículo sobre David y su compañía, Blaze Enterprises, decía que tenía una de las colecciones privadas de arte más importantes del país.
Al recordarlo, Kayla volvió a pensar que el hombre que tenía enfrente no se parecía al chico que había echado carreras con ella en bicicleta por aquellas mismas calles bordeadas de árboles.
Tampoco podía creerse que ese David adulto, ese hombre de mundo y coleccionista de arte, pudiera ver en ella algo digno de un cuadro. ¿Significaba eso que no la veía solo como a alguien que no hacía más que preocuparse por todo?
Cuando sintió de pronto que los ojos se le llenaban de lágrimas, parpadeó con fuerza para contenerlas y giró el rostro para que no pudiera verle la cara.
–Pues, si me ves como un cuadro, será que ya se me ha deshinchado la cara del todo –dijo en un tono despreocupado.
David la tomó de la barbilla, le giró la cara de nuevo hacia él y, cuando escrutó su rostro en silencio, Kayla tuvo de nuevo esa impresión de que era capaz de leer en ella como en un libro abierto: su soledad, lo decepcionada que se sentía con Kevin, sus constantes preocupaciones… todo.
Mientras la miraba, sintió también un ansia, un anhelo, que la aterró, porque de repente se apoderó de ella la sensación de que cada una de las decisiones que había tomado en su vida habían sido equivocadas.
Y probablemente seguía tomando decisiones erróneas. Se recordó que se había jurado a sí misma no volver a casarse, que sería feliz simplemente con vivir en la casa que le habían dado los padres de Kevin y un pequeño negocio.
Un negocio propio le daría un propósito a su vida, la llenaría y sería capaz de dejar atrás el dolor del pasado, se dijo dando un paso atrás para apartarse de David.
Le dio las buenas noches, bajó los escalones del porche y echó a andar hacia la verja abierta del jardín.
–Kayla, espera, para –la llamó él de repente.
Pero no lo hizo. ¿Para qué iba a pararse?, ¿para que pudiera diseccionar el dolor que le desgarraba el corazón? Ni hablar, se dijo y siguió andando. Nada que pudiera decir la detendría.
–Kayla espera, creo que estoy viendo a tu perro.
Capítulo 8
AL PRINCIPIO Kayla pensó que era un truco. Algunas veces Kevin había recurrido a trucos de esa clase, valiéndose de lo que ella más quería para salirse con la suya. Como aquella vez que le había dicho: «Cuando ya estemos instalados en la nueva ciudad, hablaremos de lo de tener un bebé».
Se giró, segura de que David se estaba inventando lo del perro, pero él no estaba mirándola a ella, sino a los arbustos del jardín. Kayla miró también allí, y vio algo peludo apenas unos segundos antes de que saliera disparado hacia la carretera. El corazón le dio un brinco de esperanza. David bajó las escaleras del porche, saltó por encima de la valla y salió corriendo detrás del animal.
Kayla pensó en entrar en su casa a por una rebeca, ya que la madre de David se había quedado con la suya, pero dudaba que él solo pudiese atrapar a Bastigal, y para cuando saliese de la casa su perro ya estaría lejos. Además, era de noche; tampoco iba a verla nadie.
Sin pensárselo más, y dejándose llevar por una espontaneidad maravillosamente liberadora, fue tras David y lo siguió hasta que dobló la esquina de una de las casas al otro lado de la calle.
El jardín trasero estaba rodeado por una valla baja, y David la saltó con una agilidad pasmosa. Kayla, que no estaba igual de atlética, pasó una pierna por encima y luego la otra.
–¿Lo ves? –le preguntó en un susurro.
Él se llevó un dedo a los labios y los dos se quedaron escuchando. Sé oyó un ruido en los arbustos que bordeaban el otro extremo del jardín.
–¡Bastigal! –llamó Kayla en un siseo, para no asustar a su perro y no despertar a los dueños de la casa.
Se oyó el crujir de una ramita y las hojas del seto se movieron. David avanzó lentamente hacia allí y ella fue de puntillas detrás de él. El animal salió corriendo de nuevo, calle abajo, y David y Kayla lo persiguieron.
Cuando David se detuvo, habían llegado a Peachtree Lane.
–Me parece que lo hemos perdido –dijo jadeante, inclinándose para apoyar las manos en las rodillas e intentar recobrar el aliento.
Kayla maldijo entre dientes e hizo lo mismo que él.
–No muevas ni un músculo –susurró David de repente.
Con un movimiento de cabeza señaló un arbusto del que colgaban delgadas ramas cuajadas de unas flores de color morado. Las hojas del arbusto se movieron y Kayla contuvo el aliento, pero de debajo de él no salió Bastigal, sino un conejo de color beis que se quedó mirándolos y movió la nariz con sus largos bigotes.
–¿Es eso lo que hemos estado persiguiendo? –le preguntó a David.
–Me temo que sí.
Kayla maldijo por segunda vez, pero notaba cómo la sangre le corría por las venas por la carrera, y se sentía deliciosamente viva. Se echó a reír y se tapó la boca con las manos para no despertar a los vecinos.
David se irguió, se cruzó de brazos y se quedó mirándola con una sonrisa divertida antes de reírse suavemente.
Kayla se dejó caer boca arriba sobre el césped y se llevó una mano al pecho entre jadeos y risitas.
David se tumbó a su lado y, cuando recobraron el aliento, los envolvió el silencio de la noche. La fragancia de alguna flor que Kayla no acertaba a distinguir flotaba en el aire, y las estrellas brillaban como nunca en el cielo.
–Esta es una de las cosas que más echaba de menos cuando nos mudamos a Windsor –le susurró a David–. En la ciudad no se ven las estrellas como aquí.
–No, es verdad –asintió él–. ¿Por qué os fuisteis? Siempre te gustó este sitio.
«Esperaba que fuera el comienzo de una nueva vida. Esperaba que un hijo pudiese cubrir el vacío de algunas cosas que habíamos perdido», respondió para sus adentros.
En voz alta, lo que contestó fue:
–A Kevin le salió un trabajo en Windsor.
Lo que no le dijo fue que aquel trabajo no le había durado mucho, pero para entonces no podían permitirse volver a Blossom Valley, y mucho menos tener un bebé. Tampoco le dijo la clase de trabajos que había tenido que aceptar para poder mantenerlos a flote. Había trabajado de camarera, había fregado suelos y había cuidado niños.
Tampoco le dijo lo mucho que había echado de menos la vida que había dejado atrás allí, en Blossom Valley. Sin embargo, tenía curiosidad por saber si David sentía lo mismo, y se lo preguntó:
–¿Echas de menos Blossom Valley alguna vez?
Él se quedó callado un buen rato.
–No, no tengo tiempo para echarlo de menos.
–Y si lo tuvieras… ¿lo echarías de menos?
David volvió a permanecer callado hasta que, casi a regañadientes, admitió:
–Sí, supongo que sí. Lo pasamos muy bien de críos aquí, ¿verdad?
Ella asintió.
–No recuerdo cuándo fue la última vez que me tumbé a mirar las estrellas así, como ahora –murmuró.
–Yo tampoco –contestó David–. ¿Esa es la constelación de Orión? –inquirió señalando el cielo.
–Sí, el Cazador.
–Recuerdo lo impresionado que me dejaste una vez, recitándome los nombres de todas las estrellas de esa constelación.
Kayla se rio suavemente y empezó a enumerarlas:
–Zeta, Épsilon y Delta; son las que forman el cinturón.
–Continúa.
Kayla prosiguió, nombrando una por una las estrellas de aquella constelación y, cuando terminó, se quedaron mirando en silencio el cielo nocturno.
–Siempre pensé que acabarías siendo profesora –le confesó David–. Siempre fuiste la más lista de la clase y te encantaba aprender.
Kayla no dijo nada. Otra ocasión perdida que se alzaba ante ella.
–O que al menos habrías tenido hijos –añadió David–. Siempre te encantaron los niños. Incluso trabajaste como monitora en aquel horrible campamento de día. ¿Cómo se llamaba?
–Sparkling Waters. Y no era horrible; era para niños de familias que no podían permitirse mandar a sus hijos a un campamento.
–Ya entonces me pareció increíble que en un pueblo donde hay un nivel de vida tan alto fueras capaz de encontrar niños necesitados. De hecho, ni siquiera sabía que los había hasta que empezaste a trabajar allí.
–En esa barriada al sur malviven un montón de jornaleros y empleados de la limpieza de los hoteles y moteles del pueblo. Era el secreto a voces de Blossom Valley, y aún lo sigue siendo, pero la gente mira para otro lado.
–Y seguro que tienes un plan para solucionarlo –apostó David.
–Bueno, solucionarlo no, pero podría inventar un sistema de cupones en la heladería para que los niños puedan venir a tomar helado gratis.
–Ay, Kayla, Kayla… –murmuró él, pero no en tono de recriminación.
–Lo sé, así soy yo, siempre intentando cambiar el mundo, aunque cucurucho a cucurucho.
–No me extraña que esos niños te adoraran –dijo David–. Recuerdo que a veces algunos de ellos se nos pegaban por las tardes cuando salíamos por ahí porque querían estar contigo. Lo odiaba, unos adolescentes populares teniendo que cargar con unos mocosos.
–A lo mejor tú eras popular, pero yo desde luego no.
–Es broma; seguramente yo tampoco lo era –dijo él sonriendo–. Pero entonces pensaba que lo era. Supongo que todos los chicos a esa edad son así.
Kevin sí que se había creído siempre el mejor en todo, recordó Kayla, y aunque nunca se lo había dicho para que no se llevase una decepción, nunca lo había sido. Había sido divertido, sí, y encantador, desde luego. Guapo, aunque no espectacular. Atlético, pero no un as en todos los deportes.
Siempre se había mostrado competitivo con David de un modo sutil, pero siempre había llevado las de perder porque este siempre había sido más atractivo y más fuerte.
Cuando David se apuntó al cursillo de formación de socorristas, Kevin se apuntó también. Además, no solo quería igualarlo; quería ser mejor que él. Si David cruzaba a nado el lago, Kevin lo cruzaba y volvía. Cuando David se compró su primer coche, un coche de segunda mano que necesitó bastantes arreglos, Kevin se compró uno nuevo… o más bien hizo que su padre se lo comprara.
Ella se había pasado su matrimonio intentando convencerle de que no tenía que compararse con David, y perdonando sus celos y su resentimiento hacia él. Incluso había excusado su actitud, diciéndose que la había causado la repentina indiferencia de David, tras la muerte de aquella niña, hacia él, que había sido su mejor amigo.
David, en cambio, sí que había sido el chico más popular del instituto. Ya de adolescente había habido algo en él, su porte, el modo en que acostumbraba a tomar las riendas, que lo había distinguido de los otros chicos. Ese mismo algo que lo había hecho irresistible a todas las chicas del pueblo.
«Y en una noche mágica yo fui la chica afortunada a la que besó… para después no volver a mirarme siquiera», pensó Kayla.
–Yo también adoraba a esos niños –dijo.
Prefería recordar el afecto de los pequeños y no la sensación de pérdida que le había causado la repentina indiferencia de David tras aquel beso.
–Eran unos pilluelos –dijo él–. Nunca les decías que se fueran. Recuerdo cuando íbamos al lago con el resto de la pandilla a hacer una barbacoa, y a ti pasándoles los perritos calientes que yo había comprado.
–¿Eso hacía?
–Sí, y también les dabas parte de las nubes de azúcar que asábamos en la hoguera, y latas de refresco.
–Será que no podía soportar la idea de que pasasen hambre.
David se quedó callado un momento y la miró.
–Pero, en serio, siempre te imaginé con un montón de hijos; sobre todo cuando pareció que tenías tanta prisa por casarte.
Kayla se mordió el labio. Había deseado con todas sus fuerzas tener un hijo, pero ahora se daba cuenta de que había sido una bendición que no lo hubiese tenido.
–Nunca parecía el momento adecuado para tenerlo –respondió en un tono frío, que no invitaba a que le hiciera más preguntas.
–Ay, Kayla… –murmuró él y, aunque su tono había sido hermético, tuvo la impresión de que David había intuido en su respuesta cada momento infeliz de su matrimonio.
–¿Y tú?, ¿cómo es que no te has casado? ¿Por qué no tienes una esposa e hijos, una gran familia feliz?
–Al principio era porque no había conocido a ninguna mujer con la que quisiera formar una familia –respondió él en un tono quedo.
–¡Anda ya! ¡Si han salido fotos tuyas en las revistas con varias mujeres con las que has salido! Como Kelly O’Ranahan. Es guapa, tiene talento, éxito…
–Y también es insegura, superficial y no sería capaz de distinguir la constelación de Orión.
David se quedó mirándola a los ojos, y Kayla sintió que la invadía una ola de calor.
–¿Qué has querido decir con lo de «al principio»? –le preguntó en un susurro.
David no contestó, sino que alargó el brazo y deslizó una mano por su cabello, y la miró con tal anhelo, que a Kayla se le cortó el aliento.
De pronto era como si un millar de posibilidades se abriesen ante ella, algo que no había sentido en años, y por algún motivo eso la hizo sentirse aún más culpable que los pensamientos desleales que había estado teniendo con respecto a Kevin.
Y entonces, de repente, una fuerte luz blanca les dio de pleno en la cara.
–¡Policía! ¡Levántense de ahí!
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