Kitabı oku: «Quéreas y Calírroe. Efesíacas. Fragmentos novelescos.»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 16


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por GEMMA PASCUAL (Quéreas y Calírroe) y LOLA LARA NAVA (Efesíacas Fragmentos Novelescos) .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1979.

www.editorialgredos.com

Las introducciones han sido realizadas por CARLOS GARCÍA GUAL (Quéreas y Calírroe ) y JULIA MONDOZA (Efesíacas y Fragmentos novelescos ).

PRIMERA EDICIÓN, 1979. .

ISBN 9788424930493.

CARITÓN DE AFRODISIAS

INTRODUCCIÓN
1. Caritón de Afrodisias, el primer novelista de Occidente

De la literatura helenística se han transmitido hasta nosotros cinco obras que podemos, estrictamente, calificar como novelas, novelas de amor y aventuras. Con ellas se inaugura en Occidente este género literario, el último inventado por la tradición helénica. Los autores de estas cinco novelas nos son conocidos de un modo muy precario, tan sólo por sus obras (como es el caso de Caritón, Jenofonte de Éfeso, Longo) o por muy poco más (Aquiles Tacio y Heliodoro). La época en que vivieron, su cultura y sus intenciones literarias hemos de deducirlas de sus propios relatos en un género tardío y menospreciado de los doctos, que floreció en el anonimato y al margen de las preceptivas literarias de la Antigüedad.

Las cinco novelas que conservamos por entero son cinco muestras afortunadas de una producción romántica que, suponemos, fue bastante numerosa y que en su mayor parte se nos ha perdido. Además de ellas, un par de resúmenes del erudito patriarca Focio (siglo IX ) nos informan de otras dos (la de Antonio Diógenes y la de Jámblico), y los hallazgos papiráceos atestiguan, muy fragmentariamente, al menos una media docena más de títulos. Al margen de estas novelas típicas y dejando a un lado el problema de discutir si todos los «fragmentos novelescos» se refieren a un argumento romántico típico, nos encontramos con otros relatos que, de una manera más laxa, pueden calificarse de novelescos, como son, p. e., la Historia Verdadera de Luciano, la Vida de Apolonio de Tiana de Filóstrato, o la Vida y Hazañas de Alejandro del Pseudo Calístenes. Estos textos forman una especie de eslabón entre la novela romántica y la literatura historiográfica de la época helenística, con su propensión a las aventuras fabulosas y a los efectos dramáticos. Pero, por esa notoria conexión con ese otro género literario, conexión que puede ser paródica, como en el relato lucianesco, podemos considerarlos como ficciones paranovelescas.

A pesar de las enormes lagunas de la traducción textual y de las escasísimas referencias antiguas al desarrollo del género de la novela griega, su historia está bien estudiada en sus líneas esenciales gracias a la labor crítica de filólogos actuales 1 .

Entre los cinco novelistas griegos cuya obra conservamos Caritón de Afrodisias es, sin dudas, el más antiguo. La fecha en que compuso la historia de los amores de Quéreas y Calírroe es tema de discusión. Mientras que algunos estudiosos la fechan en la primera mitad del siglo I antes de J. C. (así lo hace Papanikolaou), la datación más generalmente aceptada la sitúa en el siglo I después de J. C. (p. e., así la datan Reardon, Plepelits, etc.). No tenemos para fecharla otros datos que los que se encuentran en el propio texto. El título original de la novela fue el de Calírroe . El que la novela recibiera el nombre de la protagonista no deja de ser significativo.

Por su posición cronológica, la novela de Caritón se halla, en cualquier caso, situada entre el texto novelesco más antiguo que conocemos fragmentariamente, por unos papiros, la llamada Novela de Nino y las Efesíacas de «Jenofonte de Éfeso» (el nombre es un pseudónimo, que subraya la filiación histórica en que se incluía este otro novelista), que pertenece ya al siglo II d. C. En cuanto a la Novela de Nino se suele datar hacia el año 100 antes de J. C. Con estas dos obras, y probablemente con los fragmentos de Metíoco y Parténope , Caritón nos ofrece el exponente más destacado de ese tipo de ficción romántica no influido por los artificios retóricos de la Segunda Sofística, cuya influencia es bien visible en las novelas posteriores. El decorado histórico de la ficción romántica (Calírroe es hija del famoso estratego siracusano que derrotó a los atenienses, Quéreas combatirá contra el rey persa Artajerjes II, etc.) ha permitido calificar de «novelas históricas» sui generis este tipo de relatos, como una última degeneración de la fabulosa historiografía helenística.

Por un extraño destino, la obra de Caritón ha gozado de un prestigio muy inferior al que merecía y se ha tenido que contentar con un injusto papel de «cenicienta» (como señala K. Plepelits) en el contexto de la literatura helenística. Los bizantinos apreciaron mucho menos las novelas de la época presofística que los relatos más barrocos y técnicamente más refinados del segundo período. Ningún autor antiguo ni bizantino se refiere a esta obra, de no ser en dos alusiones despectivas marginales de Persio y Filóstrato 2 . Por otro lado, el manuscrito único que nos transmite el texto (el códice Laurentianus Conventi Soppresi , núm. 627, del siglo XIV ) no fue conocido hasta su primera edición en el siglo XVIII (en 1750, hecha por J. P. D’Orville). Esta tardía recuperación de Caritón —que no influyó en la constitución de las novelas europeas del Barroco ni en las posteriores—, ha motivado que sea un autor poco conocido hoy, incluso entre los filólogos. El hecho de que la edición crítica más reciente de su obra siga siendo la de W. E. Blake, de Oxford, 1938, es una muestra más de ese mismo fenómeno. En compensación, la crítica especializada, en estos últimos años, viene reconociendo y prestando una gran atención al texto de este primer novelista. Que la obra tuvo en su época y en los siglos siguientes una interesante difusión lo atestiguan algunos fragmentos de papiro (núms. 241-244 Pack + POxy . 2948) y su influencia en los novelistas posteriores, especialmente en Jenofonte de Éfeso.

E. Rohde en el libro 3 , ya centenario, que incitó al estudio de las novelas griegas y que marcó una época por su enfoque filológico, consideraba a Caritón el último de los novelistas griegos en cuanto a su fecha aunque reconocía sus méritos atractivos como narrador. E. Rohde partía de la tesis de que la novela griega se había desarrollado sobre los cauces retóricos de la Segunda Sofística, y el notorio distanciamiento de Caritón lo explicaba situando su obra nada menos que en el siglo VI . El descubrimiento de fragmentos de la novela en papiros de los siglos II -III arruinó su teoría, y modificó sustancialmente la cronología propuesta para las diversas novelas. En el prólogo que W. Schmid (ed. 1914) antepuso al libro magistral de Rohde, ya se coloca a Caritón en el siglo I d. C. (datación que estudios pormenorizados como los de A. D. Papanikolaou pretenden anticipar); y en el prólogo (de 1960) a la tercera edición de la misma obra K. Kerényi califica a Caritón como un «clásico de la literatura novelesca griega».

A su fecha temprana y a su carácter pre-sofístico, se debe el que la novela de Caritón parezca, en comparación con las otras novelas, sencilla en su romanticismo ingenuo, con su clara arquitectura compositiva y su estilo directo. Sin embargo, la obra no carecía de pretensiones, y en un estudio pormenorizado se advierte la cultura literaria de su autor. Desde luego, conviene notar que la sencillez estilística de Caritón es muy diferente de la de la redacción más popular, y desmañada, de su émulo Jenofonte de Éfeso 4 .

Es justo no olvidar, por otra parte, que la novela romántica es un tipo de literatura de diversión, destinada a un público «burgués», con un carácter apolítico. Aunque tal vez sea exagerado considerar a sus lectores como «pobres de espíritu», como apuntó B. E. Perry, en cierto modo y salvando las distancias, se trata de una literatura con una nueva función popular, de algo que podría ser calificado como «literatura de consumo» 5 , y en eso la novela se revela como el más moderno de los géneros literarios, y el más ambiguo, por más que su autor pretenda enlazar con los antiguos géneros de mayor prestigio y ser considerado como un descendiente de los historiadores o un epígono épico 6 . Dentro de ese marco, hay que reconocer que la obra de Caritón de Afrodisias merece un lugar de honor por su calidad intrínseca y por su posición histórica en la creación de un prototipo novelesco.

2. El mito romántico. Pretensiones del novelista y de su público

La novela representa, desde su aparición, el género literario con el máximo de posibilidades narrativas, el menos limitado en su temática y en sus convenciones formales. Como relato de forma abierta, su prosa, fluvial y omnívora, le proporciona una agilidad muy superior a la que tenía la vieja épica en verso. Su lenguaje, claro, poco definido en cuanto al nivel estilístico, contribuye a su difusión. Como ficción la novela no depende ni de la mitología tradicional ni de la historia real. No presupone una relación fija ni comprometida con un público determinado, sea por su nacionalidad, su posición política o su nivel cultural. No se dirige, como la poesía lírica o los discursos filosóficos, a círculos restringidos. No necesita, como el drama, ni un escenario teatral ni la audiencia de una ciudad. Puede leerse sin una notable cultura; puede saborearse en la provincia y en la soledad.

Tras considerar las libertades formidables de expresión que la novela tiene a su alcance, veamos la paradoja fundamental de las novelas griegas: todas ellas vienen a reiterar, monótonamente, un mismo esquema básico. Una y otra vez la misma historia de amor y aventuras: una pareja de jóvenes se encuentran y se enamoran, y emprenden un azaroso viaje en el que se ven separados, y tratan de reencontrarse a través de múltiples peligros en un mundo cruel y un tanto laberíntico. Distanciados por los vaivenes de la Fortuna, enfrentan sus peripecias dispuestos a demostrar su fidelidad al amor hasta la muerte (éste es el rasgo heroico más destacado de los jóvenes protagonistas); pero, protegidos por la divinidad, benévola para los amantes, acaban siempre por reunirse al final, en un «happy end» a la satisfacción del público. Este final feliz convencional parece aquí tan de rigor como en los cuentos de hadas 7 . Este esquema se repite en todas las novelas griegas, constituyendo así una especie de mito nuevo y burgués, sobre cuya pauta los novelistas nos proporcionan una obra que lo realiza con detalles variables y en una estructura narrativa personal 8 .

Para explicar la monotonía fundamental de los argumentos de las novelas griegas, se han propuesto dos teorías. Para algunos filólogos, como K. Kerényi y R. Merkelbach 9 , las novelas repiten el esquema de una ceremonia mistérica de iniciación, y bajo una aparente envoltura profana sus relatos sirven a la propaganda de ciertos cultos (de Isis y de Helios, p. e., en los casos más notorios, los de las novelas de Jenofonte y de Heliodoro; y al de Dioniso en Dafnis y Cloe) . Esta hipótesis no ha obtenido mucho crédito. Sin embargo, ha servido para subrayar, un tanto exageradamente en el libro de Merkelbach, un hecho que vale la pena tener en cuenta: la tonalidad religiosa de algunos textos novelescos.

La otra hipótesis, expuesta por B. E. Perry (en 1930) 10 , supone que se trata sencillamente de que los novelistas aprovechan el éxito de una fórmula de probada aceptación popular. Esta teoría apunta algo que nos parece significativo: la relación peculiar entre la novela y su público. La identificación del lector (o del auditor, puesto que estas obras se leían en alta voz) con el protagonista novelesco resulta un trazo específico de esta literatura romántica, que tiene como función propia la de ofrecer a su público una «ampliación vital», una Existenzerweiterung , por decirlo con un término de K. Kerényi. El lector se identifica, por un rato, con esos bellos, jóvenes y virtuosos protagonistas —en el fondo muy indefinidos como personas—, que alberga el mito romántico. La novela es popular en el sentido de que no se escribe para una «élite» de doctos, los pepaideuménoi , sino para un amplio grupo de lectores 11 , para aquellos que se deleitan en su romanticismo, y que tratan de evadirse de su realidad cotidiana, a través de un universo ficticio donde el amor da un sentido a la vida, donde la belleza y la virtud se premian y donde las aventuras acaban bien para los buenos. Entre ese público ávido de lecturas románticas, para el que componen sus relatos los novelistas, hay que destacar la presencia numerosa de muchachos y, además, de mujeres, lectoras y auditoras sensibles de tantas peripecias eróticas. No podemos, desde luego, constatar directamente la existencia de un público femenino en esa época del mundo antiguo. No poseemos estadísticas ni datos sociológicos que puedan indicarnos qué porcentaje de mujeres había entre esa capa de lectores «burgueses» de las novelas. Pero es probable que ese público femenino, que sería distintivo de la novela frente al público de los géneros literarios clásicos, dirigidos a un estamento social masculino, haya fijado su huella en el idealismo de esas historias de amor. Ya Altheim sugería que «la feminidad proporciona la mayor parte de los lectores, y aunque esto no se deja demostrar cuantitativamente, son, no obstante, tendencias femeninas y un gusto femenino las que definen la posición de la novela».

Como apoyo a esta teoría podríamos recordar el progresivo acercamiento de las mujeres a la cultura en época helenística y romana. Sabemos que los poetas romanos, Propercio u Ovidio, p. e., contaban con fieles lectoras. Antonio Diógenes dedicaba su narración novelesca a su hermana, como Diógenes Laercio dedicaba su extensa obra doxográfica a una dama adepta al platonismo, y Filóstrato, a comienzos del siglo III , componía la Vida de Apolonio de Tiana para la emperatriz Julia Domna, tan influyente en los círculos intelectuales de su época.

La influencia femenina habrá sido decisiva en la matización de ciertos temas; p. e., en la insistencia en el amor sentimental y casto, y en el énfasis sobre la virginidad de los protagonistas. Al principio se valora la de la mujer; pero luego también la castidad del varón, con acentos casi religiosos. En la concepción idealizante del romanticismo puede detectarse una influencia femenina, y esto no constituye una peculiaridad de la novela antigua. Ese mismo trazo puede encontrarse en las novelas corteses del medievo, en las novelas galantes del barroco, o en las sentimentales del romanticismo europeo, y en los telefilmes para las amas de casa del siglo XX . Como señala J. Cazeneuve: «La obra maestra de la feminización de la felicidad es el haber integrado el amor —o el ideal del amor— entre las preocupaciones fundamentales de la sociedad… Es una de las realizaciones más visibles en la predominancia femenina en la cultura de masas. Se trata del amor reconocido como un deber y un derecho, uno de los pilares de la sabiduría, una de las más nobles conquistas de la humanidad…» 12 .

Buscando los antecedentes de este amor romántico, Rohde señalaba algunas escenas de la literatura clásica, del drama, de la lírica o de las novelas cortas recogidas por algunos historiógrafos. Sin embargo, este amor de las novelas tiene unos matices muy distintos al de la pasión destructiva de algunas heroínas euripídeas, y rehuye los extremos y las anomalías. Es el único valor estable en un mundo caótico, fortuito y abstruso. Aunque sus efectos se expresan en la manera convencional, y su irrupción se describe como una enfermedad, no cabe duda que el amor es el sacramento que eleva a los jóvenes a esa condición superior de héroes románticos, y que si les proporciona sufrimientos, también los compensa con creces, dando un nuevo sentido a sus vidas.

En la novela la mujer está en un primer plano y coprotagoniza, con su amante, la trama. A diferencia de las heroínas de Eurípides, no se trata de mujeres terribles o fatales las que merecen este honor. También en eso la novela avanza más allá de la Comedia Nueva. Calírroe, Antía y Cariclea son tan atractivas, o más, como heroínas, que Quéreas, Habrócomes y Teágenes. Es probable que en la Antigüedad las novelas fueran designadas por el nombre de la heroína, es decir, Calírroe o Cariclea designaban las novelas de Caritón o Heliodoro 13 .

Junto al componente erótico, el viaje por comarcas lejanas parece ser otro elemento imprescindible de estas tramas novelescas. Tan sólo falta en una de las novelas antiguas: en la de Longo, donde ha sido sustituido por el decorado bucólico de la prestigiosa campiña de Lesbos. (Puede pensarse que el ambiente pastoril cumple una función similar: invitar al lector al «dépaysement» por un paisaje idílico y un tanto estilizado literariamente). F. Altheim, P. Grimal, B. P. Reardon y otros, han subrayado que el viaje refleja, expresivamente, la soledad en que se albergan los personajes de la novela. Como «forma desarraigada del vivir», el viaje a través de un mundo caótico, con sus naufragios, piratas, bandidos, viudos y viudas apasionadas, juicios peligrosos, tumbas, trampas y torturas, guerras, confusas peregrinaciones, y violencias variadas, proporciona el marco en que los castos y jóvenes amantes sufren una especie de cruel iniciación. El motivo de la falsa muerte se insinúa repetidamente, como en las ceremonias mistéricas, en este rito de pasaje en el que se pone a prueba su fidelidad amorosa. Es característico de estos relatos que los héroes vacilen entre la tumba y la cámara nupcial. El viaje por extraños y salvajes países ofrece ocasiones múltiples de riesgos mortales, y detalles exóticos convenientes a la atmósfera emotiva de las novelas. Y el claroscuro erótico del romanticismo requiere las sorpresas y el «suspense» para conmover a sus cándidos lectores. (Esta función es lo que justifica la recurrencia al viaje en las novelas; no el claro precedente y las posibles influencias historiográficas.)

Se podría discutir si el viaje es un elemento tan esencial como el amor en la constitución de la novela o si, de acuerdo con B. Lavagnini, el relato de aventuras viajeras no es más que un expediente técnico para variar la composición, mientras que sólo la historia de amor definiría a la novela. Preferimos, desde luego, no considerar como novelas propias algunos relatos biográficos un tanto fabulosos, como la Vida de Apolonio de Filóstrato o la Vida de Alejandro del Ps. Calístenes, o una parodia de la literatura de viajes utópicos, como la Historia Verdadera de Luciano 14 . Pero no sólo porque en ellas falta el tema amoroso, sino porque su cohesión con otros géneros literarios parece mucho más evidente que la relación con las novelas románticas, con las que las conexiones son muy generales: el texto de la prosa, la evocación de horizontes exóticos y la ficción. Carecen, además, de esa tonalidad emotiva que, junto a la evocación de un cierto paisaje, caracteriza a la novela.

Los jóvenes amantes no son aventureros ni conquistadores ni espléndidos guerreros (a no ser accidentalmente, como Quéreas, o como Teágenes, al final de sus respectivas novelas); corren el mundo a pesar suyo, y son más bien los héroes pacientes de un torbellino de peripecias desencadenadas por el azar, o la Fortuna. Cuando Caritón dice que va a contarnos un páthos erōtikón , puede verse en este rasgo una oposición a la biografía, que cuenta la vida y hechos de grandes personajes, su bíos y sus práxeis . El héroe novelesco no realiza hazañas, sino que más bien padece avatares fortuitos y trata sólo de escabullirse de tales lances en compañía de su amada. Su virtud se demuestra en su páthos , porque también el enamoramiento y el amor es, en la concepción griega, algo que se sufre. El relato comienza con el encuentro de los amantes y concluye con su reencuentro. El resto de su biografía no le interesa al novelista.

3. Historiografía y novela con decorado histórico

No vamos a entrar aquí en la cuestión harto debatida de los orígenes de la novela. Basta señalar que, como epígono de una larga tradición literaria, ha sido influenciada por los grandes géneros precedentes: por la epopeya, por el drama (sobre todo por la Comedia Nueva) y por la historiografía; y que, por otra parte, su aparición responde a las necesidades de su público y su época, como señaló Perry en su crtíica contra Rohde y el enfoque historicista tradicional.

Las primeras novelas de amor —es decir, las más antiguas de las conservadas— evocan una escenografía histórica, enmarcando su ficción romántica en un pasado prestigioso y en una geografía que evoca ciertos recuerdos historiográficos. Como señala K. Kerényi, todo ese marco viene «menos definido por la exactitud de los datos históricos que por la pretensión de una atmósfera histórica». Lavagnini exagera un tanto al decir que es «un carácter común de todas las novelas griegas el ser novelas históricas, en tanto que la acción se proyecta en un pasado no bien caracterizado, pero ideal y lejano», por no matizar la historicidad del escenario novelesco. Bien distinto es, a este respecto, el marco idílico de Dafnis y Cloe , el ambiente de las Efesíacas , y el de la obra de Caritón. Por otra parte, convendría distinguir entre un tipo de novelas donde el héroe es un famoso personaje histórico, cuya historia juvenil está romantizada al uso de lectores ingenuos, y aquellas en que la conexión de los protagonistas con el gran mundo histórico es sólo tangencial. En el primer grupo, colocaríamos las «novelas» de Nino, de Nectanebo y de Sesoncosis (conocidas fragmentariamente por restos papiráceos); en el segundo, podría figurar Quéreas y Calírroe , y más aún las novelas de Jenofonte y de Aquiles Tacio, que se despegan, aburguesadas, de ese trasfondo «histórico», al que regresa la trama de Heliodoro.

Evidentemente, por su forma de larga narración en prosa, referida a un pasado distante, la novela tiene relación con la historiografía, de la que se distingue porque no busca la verdad (alḗtheia) de los hechos, sino tan sólo una ficción (plásma) de cierta verosimilitud. El emperador Juliano (carta 89 B Bidez-Cumont, escrita hacia el año 365 d. C.) habla de las novelas como «ficciones» compuestas en «forma de historia» o «en el género histórico» (en historías eídei) . Estrabón distingue sólo dos géneros en la prosa: «la dicción histórica» y «la oratoria» (I 2, 6). Los novelistas griegos son los primeros en definir su tema como una historía érōtos (Longo); los bizantinos hablarán de la novela como un drama historikón , y como un mythistórēma . (Todavía en nuestro siglo XX el término «Historia» figura en el título de numerosas novelas románticas.)

Caritón ha buscado además un ambiente muy definido, en cuanto a reminiscencias históricas, para su relato: la Sicilia de comienzos del siglo IV a. C., donde vive Calírroe, hija de Hermócrates, el estratego que derrotó a los atenienses de Nicias en la guerra del Peloponeso, y una comarca oriental bien descrita por los historiadores clásicos: la zona de Mileto y la Persia de Artajerjes II. Por otra parte, incluso la primera frase de su obra, a modo de proemio mínimo, evoca la historiografía clásica: «Yo, Caritón de Afrodisias, secretario del orador Atenágoras, voy a contar un suceso amoroso que acaeció en Siracusa» y puede compararse con famosos comienzos, como el de la Historia de Tucídides: «Tucídides de Atenas refirió por escrito la guerra de los peloponesios y los atenienses.» Pero, frente a la presentación objetiva del historiador, el novelista usa sintomáticamente la primera persona y el verbo futuro (egṓ … diēgḗsomai) . Por lo demás, el tema, un páthos erōtikón , no es propio de un relato historiográfico; sino que, más bien, evoca un contexto dramático o una posible versión lírica. Es muy curiosa la manera en que Caritón recuerda, en varios pasajes, la victoria de los siracusanos sobre los atenienses, para decirnos, con apasionada ingenuidad, que el pueblo de Siracusa se regocija más con el relato de las románticas aventuras de Quéreas y Calírroe que con el recuerdo de la famosa victoria.

El novelista quiere también ser visto como un epígono de la épica. A tal fin intercala, a lo largo de sus ocho libros, algunos versos homéricos, en no menos de veintisiete pasajes. Con estas citas —a veces expresamente introducidas bajo el nombre de Homero, otras sencillamente mediante la inclusión de los versos en medio de su prosa— Caritón trata de suscitar un eco prestigioso, no sólo de la épica en general, sino de un determinado pasaje de la Ilíada o de la Odisea , como un contraste de fondo a tal o cual escena de su obra. Así demuestra su cultura poética y resalta la grandeza heroica de sus personajes, parangonables, al respecto, con los de Homero.

La mezcla de prosa y verso, característica de algunos textos helenísticos, generalmente supone cierto carácter popular, en oposición a la estricta separación de estilos en las obras clásicas. Este tipo de composición, denominado prosimetrum , no aparece en ningún otro novelista griego. Pero una variante del mismo se encuentra en la Vida de Alejandro del Ps. Calístenes, en cuya recensión A aparecen versificadas, en trímetros coliámbicos, las escenas de mayor intensidad paética o retórica. También en la versión latina de Historia Apollonii regis Tyri quedan restos de «prosímetro», que tal vez remonta a su posible prototipo griego. Y, con una intención paródica peculiar, en dependencia con la tradición satírica, la mezcla de verso y prosa tiene otro exponente en el Satiricón de Petronio 15 .

4. Estructura dramática y técnica narrativa

La novela está divivida en ocho libros. (El mismo número de libros que tiene, p. e., la Historia de Tucídides; si bien la extensión de los libros es mucho más breve en el novelista que en el historiador.) Tal división ha de remontar al propio Caritón (cf. Hägg, o. c. , p. 252), pues las separaciones entre libros coinciden con momentos interesantes de la acción, y da la sensación que el novelista aprovecha un momento de «suspense» para clausurar un libro, dejando al lector expectante del desarrollo de los nuevos sucesos. (Al modo como el folletín por entregas interrumpe su marcha en un momento álgido con el típico «Continuará en el próximo capítulo».)

La narración se presta a un claro análisis en cinco partes, a la manera de los cinco actos de una pieza teatral, según mostró R. Reitzenstein:

I. Encuentro de los amantes. Boda, separación y aventuras de Calírroe.

II. Aventuras de Quéreas en busca de su esposa.

III. Reencuentro en la corte de Artajerjes en Babilonia.

IV. Aventuras militares de Quéreas.

V. Reencuentro final de los amantes y regreso a Siracusa.

Esta división esquemática ofrece una idea bastante sencilla de la trama y ha sido aceptada por muchos estudiosos, como, p. e., por Perry (o. c. , p. 141). (B. P. Reardon, en cambio —o. c. , p. 347— prefiere otra: 1) Sucesos en Siracusa (boda, rapto, persecución), 2) Calírroe en Jonia (Dionisio, Mitrídates: desarrollo de la intriga), 3) Debate en Babilonia (= agón) , 4) Guerra y resolución un tanto fortuita). Existen en la novela tres escenarios fundamentales: Siracusa, Jonia y Babilonia (y el mundo de la corte persa), cada uno de los cuales confiere una atmósfera propia de la acción.

Recientemente C. W. Müller (o. c. , pp. 118-121) ha discutido este análisis en actos por influencia del símil teatral, subrayando que las divisiones más claras de la obra, aparte las marcadas por los libros, se encuentran destacadas por dos recapitulaciones: la de comienzos del libro V, que resume los episodios anteriores, y la del principio del VIII, que anuncia el próximo final feliz. Y se siente atraído por la hipótesis de una primera edición del texto en dos rollos de papiro, cada uno con cuatro libros, con lo que estas cesuras adquieren su pleno valor. Por otra parte, tales recapitulaciones (como, en forma más breve las quejas de los protagonistas, al recordar el ritmo progresivo de sus desgracias) tenían otro papel: el de recordar al lector o auditor los datos de las principales peripecias transcurridas, por si acaso, con lo amplio del relato, aquél necesitara rememorarlos. Sin duda, se leía la novela a retazos, en sesiones de lectura en alta voz, como por entregas. También en Jenofonte de Éfeso encontramos tales recapitulaciones, raras en autores más tardíos. (Como contraste, la complicada trama de Heliodoro requiere unos lectores muy atentos, para no perderse en los vericuetos narrativos.)

Al final de la novela (libro VIII, caps. 7-8), como colofón, encontramos una nueva recapitulación total, exigida a los protagonistas por el pueblo de Siracusa, ávido de conocer hasta el fin sus peripecias románticas. Ese pueblo emocionado, que grita «¡Cuéntalo todo!», para no perderse detalles, que se apretuja en el teatro como para oír una tragedia más viva y actual que las tradicionales, y que festeja más el éxito de la pareja de amantes que sus glorias bélicas, es un elemento sintomático del carácter «aburguesado» de la obra de Caritón. También en la novela de Jenofonte se alude, al final, a un relato de todas las aventuras pasadas, pero en esta son los esposos quienes se hacen mutuamente el relato en la soledad de la cámara nupcial, como en un eco de escena odiseica (Od. , XXIII), cuando Ulises y Penélope, se cuentan sus pasadas penas. El contraste en este punto entre Caritón y Jenofonte, que lo utiliza como modelo, es significativo. Caritón tiene una afición notoria por las escenas de masas, y por las escenas espectaculares. Su escena más lograda —y ante la que el propio novelista no se recata de mostrar un ingenuo entusiasmo— es la del encuentro de Quéreas y Calírroe (con Dionisio, Mitrídates, Artajerjes, etc.) en la corte persa en Babilonia. La aparición efectista de Quéreas, redivivo, tras los discursos tan retóricamente cuidados, con todos sus detalles sentimentales y patéticos, y tras las escenas del viaje de Calírroe hasta allí, ocupa el centro del relato.

Caritón sabe usar y dosificar el «suspense». El lector está prevenido para un desenlace que los protagonistas desconocen. La ignorancia del conjunto afecta a los personajes de la obra, tiñendo de un tono de ironía trágica sus acciones y sus palabras. ¡Cuántas veces lamentan como muerto a alguien vivo y próximo, y cuántas la Fortuna desbarata sus planes! La Fortuna que, como el Amor, es calificada por Caritón de «amante de novedades» (philókainos) 16 , es junto a Afrodita el principal motor de la acción, en cuyos irónicos contrastes se complace este autor helenístico.

La narración en prosa aventaja a la presentación escénica en su posible referencia a múltiples escenarios. Ya la épica y la historiografía contaban con esa facultad de evocar variados horizontes, escenas de muchedumbres o coloquios familiares. Pero la novela saca un nuevo partido de esas ventajas, a disposición de un público ávido de distracción sentimental. (La novela griega parece evocar un medio representativo moderno, el cine, como han indicado muchos estudiosos, como Dalmeyda, Haight, Perry, Reardon, etc.).

Caritón, que desea ser considerado epígono de la prestigiosa tradición épica e historiográfica, no pretende una originalidad en la técnica narrativa. La simultaneidad de aciones se resuelve mediante la técnica de relatar primero las andanzas de Calírroe, y luego las de Quéreas, enfocando ya a una, ya a otro, durante largos trechos. (Este es uno de los problemas de la novela griega, que generalmente tiene a los dos protagonistas viajando por separado. Jenofonte lo soluciona cambiando frecuentemente el enfoque de uno a otro, con un brusco zig-zag narrativo, en tanto que Caritón prefiere la narración seguida.) El estilo narrativo de Caritón, aunque no totalmente desprovisto de pretensiones, es sencillo y rápido. Una gran parte del texto está ocupada por el diálogo directo (la proporción exacta es de 44 por 100, según T. Hägg). Y no encontramos en él ni descripciones de objetos (las frecuentes ekphráseis de los novelistas retóricos) ni digresiones ni relatos menores intercalados. (Como ya tenemos en Jenofonte) 17 . No faltan en Caritón las escenas de sorprendente efecto, como la aludida del proceso babilónico; o de curiosa novedad, como, p. e., el parlamento de Calírroe dirigido a su hijo no nato; o de toques poéticos sueltos, como la crucifixión de Terón frente al mar, o de claro patetismo, como el ruego de Policarmo de morir junto a su amigo del alma.

Caritón maneja con cierto buen tino las alusiones mitológicas. Con una psicología sencilla y un fino sentimentalismo, con simpatía, el novelista sabe describir bien los caracteres, como destaca J. Helms. (Como rasgo curioso, advertimos que Caritón trata de caracterizar a los esclavos de la novela como personas de carácter más servil que las personas libres, como si la condición social imprimiera un cierto carácter, y que, paralelamente, los personajes de la nobleza —como Dionisio o Artajerjes— se comportan con notoria nobleza moral. Hay una cierta nota filantrópica en el trato, que se ve en la cortesía con que Dionisio se acerca a su esclava recién comprada, o en la manera de acoger a Calírroe la reina Estatira y la bella Rodoguna, y, recíprocamente, en la generosidad con que el victorioso Quéreas y Calírroe tratarán a la reina cautiva, al devolverla con todos los honores a su marido, el soberano persa.

Si Helms ha analizado la pintura de caracteres, T. Hägg ha estudiado minuciosamente la textura narrativa de la novela, contrastándola luego con la de Jenofonte y la de Aquiles Tacio. En comparación con el estilo seco y la exposición apresurada de las Efesíacas , la prosa de Caritón resalta por su agilidad y su acentuado dramatismo (muy diferente del amontonamiento de peripecias curiosas a que recurre Jenofonte de Éfeso). En comparación con el relato de Aquiles Tacio, Caritón se nos muestra como un narrador amable, sencillo y sentimentalmente ingenuo, sin excesiva malicia y exento de artificios, con una sencillez elegante y precisa.

CARLOS GARCÍA GUAL


1 Como estudios de conjunto, véanse los de: B. E. PERRY , The Ancient Romances. A Literary-historical Account of their Origins , Berkeley, 1967; B. P. REARDON , Courants littéraires grecs des II et III siècles après J. C . (pp. 309-405), París, 1971; C. GARCÍA GUAL , Los orígenes de la novela , Madrid, 1972. Del interés que suscita entre los filólogos actuales el tema da una idea el volumen colectivo que recoge en resumen las conferencias del coloquio internacional de Bangor, 1976, sobre las novelas antiguas, ed. por REARDON con el título de Erotica Antiqua , Bangor, 1977. El resumen más reciente sobre los estudios actuales, con anotaciones críticas claras, es el de T. HÄGG , publicado (en sueco) como apéndice a la traducción danesa de Heliodoro, hecha por E. HARSBERG (Copenhague, 1978, pp. 271-304).

2 La primera Sátira de PERSIO acaba con el verso: «His mane edictum, post prandia Callirhoen do» (I, 134)

«A éstos (a la gente ineducada) les doy por la mañana un edicto, y para después de la comida a Calírroe» , dice el pedante poeta romano. Es decir, traducido al lenguaje actual, algo así como: «por la mañana, el periódico y por la tarde, a la hora de la siesta, la novela rosa de moda». No es seguro, sin embargo, que Calírroe sea el nombre de una obra literaria, y no el de una persona, p. e., una joven esclava. La probabilidad de que Persio, en esta sátira escrita hacia el año 59 d. C., pudiera aludir a nuestra novela ha vuelto a ser defendida por K. PLEPELITS (Cf. Chariton von Aphrodisias, Kallirhoe , Stuttgart, 1976, pp. 29-30 de la Introducción.)

La alusión de FILÓSTRATO fue destacada por Perry, para acentuar el menosprecio que un escritor de prestigio, como este autor de la Segunda Sofística, mostraba respecto de un novelista. Dice así, en su carta 66, fingiendo dirigirse a él:

«A Caritón. ¿Crees que los Griegos van a guardar memoria de tus relatos, una vez que hayas muerto? Los que no son nadie mientras viven, ¿quiénes serán cuando ya no existan?»

Como no conocemos ningún otro literato de ese nombre, es probable que Filóstrato apostrofe al Caritón novelista. De hecho, en otros casos Filóstrato se dirige a personajes ya desaparecidos en el momento en que escribe, a comienzos del s. III . Sin embargo, no deja de ser curioso que esta alusión despectiva testimonie que dos siglos y medio después de componerla, la novela de Caritón aún era recordada por los Griegos, probando lo contrario de lo que dice.

En cuanto a la fecha de composición de la novela, A. P. PAPANIKOLAOU en su Chariton-Studien , Gotinga, 1973, propone la fecha más temprana, subrayando que Caritón sería así anterior al movimiento aticista del siglo I a. C. (en su segunda mitad). Como ya he dicho, la mayoría de los estudiosos siguen prefiriendo fecharlo en el siglo I d. C. Tan sólo R. MERKELBACH , y su discípulo R. PETRI (en Ueber den Roman des Chariton , Meinsenheim am Glan, 1963) han defendido recientemente una fecha posterior, la del siglo II , a fin de situarlo después de Jenofonte de Éfeso. Se proponen así defender la prioridad de la novela de tono mistérico, con su propaganda isíaca, representada por éste (véase la Introducción a las Efesíacas) sobre la de tipo «histórico» profano, como la de Caritón. Pero son poco convincentes en eso.

Un terminus ante quem para la datación de la novela lo ve PLEPELITS , o. c. , pp. 8 y 9, en la prohibición de condenar a algún esclavo a muerte publicada por el emperador Adriano (117-138), que se desconoce en dos pasajes de la obra (II 7, IV 2). Con todo, aunque la Caria en esa época era provincia romana, hay que recordar que la acción de la novela transcurre en un pasado lejano.

3 E. ROHDE , Der griechische Roman und seine Vorläufer , Leipzig, 1876. (3.a ed. por W. SCHMID en Leipzig, 1914, reimp. en Hildesheim, 1960).

4 Véase el excelente estudio de T. HÄGG , Narrative Technique in Ancient Greek Romances , Estocolmo, 1971.

5 Sobre la función de la novela como literatura de uso privado y de su indeterminado público remito a mi libro, ya citado, y a mi art. «Idea de la novela entre los griegos y romanos», en Est. Clás. , 74-76, 1975, pp. 111-144. El carácter popular de la novela había sido ya destacado por PERRY (en 1930), por LAVAGNINI (en 1921) y por ALTHEIM (en 1942), y de nuevo por PERRY y REARDON en sus libros ya citados.

6 C. W. MÜLLER ha insistido, brillantemente, en el hecho de que Caritón pretende resaltar no sólo su vinculación con la historiografía helenística, sino también la conexión con la épica, en un reciente artículo: «Chariton von Aphrodisias und die Theorie des Romans in der Antike» (en Antike und Abendland , XXII, 2, 1976, pp. 115-136).

7 Sobre la relación entre la estructura narrativa de las novelas griegas y la del cuento maravilloso, puede verse el interesante artículo de I. NOLTING -HAUFF , «Märchenromane mit leidendem Helden», en la revista alemana Poetica , 1974, pp. 417-455. (La autora analiza la novela de Heliodoro en sus secuencias narrativas, según el método propuesto por V. PROPP para el análisis de los cuentos.)

8 Es cierto que se ha abusado un tanto al advertir la monotonía de las novelas griegas. Los estudios actuales subrayan más bien la estructura peculiar de cada una y las características individuales de sus autores, muy diferentes en su estilo y su personalidad. En este sentido remito a los estudios, ya citados, de T. HÄGG , de B. P. REARDON , C. GARCÍA GUAL , y, en su perspectiva evolucionista, de E. CIZEK , Evolutia romanului antic , Bucarest, 1970.

9 K. KERÉNYI , Die griechisch-orientalische Romanliteratur in religionsgeschichtlicher Beleuchtung , Tubinga, 1927 (reimpr., Darmstadt, 1962); R. MERKELBACH , Roman und Mysterium , Munich-Berlín, 1962. K. KERÉNYI es mucho más reservado en cuanto al tema, y atiende a la variedad de las novelas en su estudio posterior, Der antike Roman , Darmstadt, 1971.

10 «Chariton and His Romance from a Literary-Historial Point of View», American Journal of Philology , 51, 1930, pp. 93-134, reelaborado luego en su ya citado libro de 1967.

11 Sobre la amplitud del público de las novelas. Cf. O. WEINREICH , Der griechische Roman , Zurich, 1962 (texto ya publicado en 1950), y C. GARCÍA GUAL , LOS orígenes de la novela , Madrid, 1972. cap. II.

12 Cf. Bonheur et civilisation , París, 1966, p. 110.

13 Así dice la última línea de Caritón: «Tal es la historia de Calírroe que he escrito». (Tosáde perí Kallirróēs synégrapsa.)

14 En cierto modo, como señala J. BOMPAIRE (en su Lucien écrivain , París, 1958, p. 674), se trata de «una simple cuestión de vocabulario». También podría adaptarse un contenido más amplio para el género «novela», y dividir ésta entre una especie de «novela de viajes y aventuras» y otra «novela romántica».

15 Sobre esto puede verse el claro libro de P. C. WALSH , The Roman Novel , Cambridge, 1970, y el más reciente de M. COFFEY , Roman Satire , Londres, 1976. (Especialmente en su parte III.)

16 La Fortuna es philókainos , «amante de lo nuevo» (IV 4, 2) y sabe «encontrar la trama de nuevos acontecimientos» (VI 8, 1). También es philókainos Eros (IV 7, 7). Este afán por lo nuevo e inesperado es típico de la novela, que pretende intrigar y mantener alerta al lector. El novelista, con la colaboración del Amor y la Fortuna, se ingenia para buscar episodios sorprendentes para compensar la monotonía del esquema argumental del mito romántico, tan convencional en su base última. De ahí esa búsqueda de lo maravilloso, «Suche nach dem Wunder», propia del género, y cada vez más extremada en escritores posteriores. Al afán de novedades (tó philókainon) como atractivo de la narración alude Luciano (Calumnia non tem. cred . 21), y también Estrabón (I 2, 8); ambos señalan que lo novedoso excita la atención de todo el mundo. De ahí la boga en la época de las colecciones de «maravillas» (parádoxa).

17 Creo posible que en algunas novelas breves, intercaladas en la trama de otras novelas griegas, haya influencias del género mímico, que no existen aún en Caritón, cuyo efectismo es de otro tipo. Cf. C. GARCÍA GUAL , «Apuntes sobre el mimo y la novela griega», en Anuario de Filología , I, Barcelona, 1975, pp. 33-41.

BIBLIOGRAFÍA

1. ESTUDIOS GENERALES SOBRE LAS NOVELAS GRIEGAS .

E. ROHDE , Der griechische Roman und seine Vorläufer , Leipzig, 1879 (4.a ed., Hildesheim, 1960).

R. MERKELBACH , Roman und Mysterium , Munich-Berlín, 1962.

B. E. PERRY , The Ancient Romances. A Literary-historial Account of their Origins , Berkeley, 1967.

K. KERÉNYI , Der griechische Roman , Darmstadt, 1971.

T. HÄGG , Narrative Technique in Ancient Greek Romances: Studies of Chariton, Xenophon Ephesius and Achilles Tatius , Estocolmo, 1971.

B. P. REARDON , Courants littéraires grecs des IIe et IIIe siècles après J. C. , París, 1971. (Págs. 309-405 sobre las novelas.)

C. GARCÍA GUAL , Los orígenes de la novela , Madrid, 1972.

— «Idea de la novela entre los griegos y romanos», en Estudios Clásicos , 74-76, 1975, pp. 111-114.

Los tres libros citados en último lugar indican numerosa bibliografía. Aún más completa es la nota bibliográfica de G. N. SANDY , «Recent Scholarship on the Prose Fiction of Classical Antiquity», en The Classical World , 67, 1974, pp. 321-358. (Recoge los estudios publicados entre 1950 y 1970, y algunos posteriores, con un total de 273 títulos reseñados.)

2. SOBRE CARITÓN :

B. E. PERRY , «Chariton and His Romance from a Literary-Historial Point of View», en Am. Journal of Philology , 51, 1930, pp. 93-134.

R. PETRI , Ueber den Roman des Chariton , Meisenheim am Glan, 1963.

J. HELMS , Character Portrayal in the Romance of Chariton , La Haya-París, 1966.

A. P. PAPANIKOLAOU , Chariton - Studien , Gotinga, 1973.

T. HÄGG , «Some technical aspects of the characterization in Chariton’s romance», en Studii clas. in on. di Q. Cataudella , II, pp. 545-556, Catania, 1972. (Publ. en 1975.)

C. W. MÜLLER , «Chariton von Aphrodisias und die Theorie des Romans in der Antike», Ant. und Abendland , XXII, 1976, pp. 115-36.

K. PLEPELITS , Introducción a su traducción alemana de Chariton von Aphrodisias, Kallirhoe , Stuttgart, 1976, pp. 1-32.

J. BOMPAIRE , «Le décor sicilien dans le roman grec», R.E.G. , XC, 1977, pp. 55-68.

3. TRADUCCIONES .

La editio princeps publicada en Amsterdam en 1750 por JACOBUS P. D’ORVILLE iba acompañada de una traducción latina hecha por J. J. REISKE . Sólo tres años después apareció la primera traducción a una lengua moderna: la alemana de CH . G. HEYNE (Liebesgeschichte des Chäreas und der Kallirrhoe , Leipzig, 1753).

Entre las versiones importantes en nuestro siglo ya conviene citar las de A. CALDERINI al italiano (Turín, 1918), W. E. BLAKE (Michigan, 1939) al inglés, P. GRIMAL al francés (París, 1958) —de la que depende, sin confesarlo, la castellana publ. por J. BERGUA en Madrid, 1962— y K. PLEPELITS al alemán (Stuttgart, 1976).

4. Para la presente versión se ha seguido el texto griego editado críticamente por BLAKE , Charitonis Aphrodišiensis De Chaerea et Callirhoe amatoriarum narrationum libri octo , Oxford, 1938.

Aunque algunos otros estudiosos, como ZIMMERMAN , REARDON y PAPANIKOLAOU , han estado preparando otras ediciones críticas del texto griego, no han publicado todavía ninguna de ellas. También en los catálogos recientes de la col. francesa de «Les Belles Lettres» se anuncia un volumen bilingüe sobre nuestro autor a cargo de G. MOLINIÉ . Esperamos, pues, la aparición de cualquier edición que permita a los filólogos clásicos reemplazar el texto, bien cuidado, pero difícil de hallar por su fecha de publicación de W. E. BLAKE .

LIBRO PRIMERO

Yo, Caritón de Afrodisias, secretario del orador Atenágoras, [1 ] voy a contar una historia de amor que tuvo lugar en Siracusa.

Hermócrates, el estratego 1 siracusano que había derrotado a los atenienses 2 , tenía una hija de nombre Calírroe, muchacha admirable y ornato de toda Sicilia, [2] pues era su belleza no humana, sino divina, y no la propia de una Nereida o una Ninfa de las montañas, sino la de la misma Afrodita Virgen.

La fama de su extraordinaria hermosura se extendía por todas partes, y a Siracusa afluían los pretendientes, reyes e hijos de tiranos; no sólo de Sicilia, sino incluso de Italia y del Epiro y de los pueblos del continente. Pero Eros quiso unirla en yugo insoluble a un [3] simple particular.

Había en efecto un muchacho, Quéreas, de hermosa apariencia, que a todos era superior, tal como muestran los escultores y escritores a Aquiles y Niseo, y a Hipólito y Alcibíades 3 . Su padre. Aristón era el segundo en Siracusa, tras Hermócrates, y había entre ellos una cierta enemistad política, de suerte que se hubieran aliado [4] por matrimonio a cualquiera antes que uno a otro. Pero Eros es amante de la lucha y se complace en los éxitos inesperados; y buscó una ocasión como la que sigue.

Era la fiesta pública de Afrodita y casi todas las mujeres [5] salieron al templo. Aquel día llevó su madre a Calírroe, que hasta entonces no había ido, por haber ordenado su padre que fuesen a prosternarse ante la diosa. Y en ese momento volvía Quéreas del gimnasio a casa, radiante como una estrella, pues resplandecía sobre su rostro brillante el rubor de la palestra como [6] el oro sobre la plata. Por azar se encontraron frente a frente en un recodo estrecho, pues el dios había dispuesto el encuentro para que cada uno pudiese contemplar bien al otro; y al punto se produjeron uno en otro un sentimiento de amor, ya que en ambos iban juntas la belleza y la nobleza de linaje.

[7] Quéreas, tras la herida, volvió a casa con gran dificultad, al igual que un guerrero valeroso herido mortal-mente en combate, que se avergüenza de caer, pero no puede mantenerse en pie. La muchacha, por su parte, se arrojó a los pies de Afrodita y besándoselos dijo:

—Tú, oh Señora, concédeme a ese varón que me has mostrado.

Cayó sobre ellos una noche terrible, pues el fuego [8] los inflamaba. Pero más terriblemente sufría la muchacha a causa de su silencio, ya que sentía pudor de delatarse.

Quéreas, por su parte, joven bien nacido y de noble alma, al ver consumirse ya su cuerpo, se atrevió a decir a sus padres que estaba enamorado, y que no viviría si no conseguía casarse con Calírroe. Su padre, al oírlo, [9] se puso a gemir y dijo:

—Estás perdido para mí, hijo, pues es evidente que Hermócrates no te dará jamás a su hija, teniendo tantos pretendientes ricos, e incluso reyes. Y no debes siquiera intentarlo, para que no seamos públicamente injuriados.

El padre trataba de consolar a su hijo, pero a él se le agravaba la enfermedad, hasta el punto de que ya no iba a sus ocupaciones acostumbradas.

El gimnasio añoraba a Quéreas y estaba como vacío, [10] pues los jóvenes le adoraban. Y así, informándose, se enteraron de la causa de la enfermedad, y todos se compadecieron del hermoso muchacho que corría peligro de perecer por el sufrimiento de su noble alma.

Tuvo lugar la asamblea ordinaria 4 , y el pueblo, una [11] vez reunido, lo primero y lo único que gritó fue esto:

—Noble Hermócrates, gran estratego, salva a Quéreas; eso será el mejor de tus trofeos. La ciudad te solicita hoy las bodas, ya que son dignos uno del otro.

[12] ¿Quién podría describir aquella asamblea, en la que Eros actuaba como líder? Hermócrates, hombre amante de su patria, no pudo oponerse a lo que la ciudad le pedía. Y, al inclinar él la cabeza asintiendo, todo el pueblo salió del teatro, y los más jóvenes fueron a casa de Quéreas, mientras el Consejo 5 y los arcontes 6 acompañaban [13] a Hermócrates; y se presentaron también las mujeres de Siracusa, que debían acompañar a la novia a casa del nuevo marido.

Se cantaba el himeneo 7 por toda la ciudad, las calles estaban llenas de coronas y antorchas y las puertas inundadas de vino y perfumes: aquel día transcurrió para los siracusanos más agradablemente que el del aniversario de la victoria.

[14] La muchacha, que nada de esto sabía, estaba tendida en su lecho cubierta con un velo, llorando y guardando silencio, y la nodriza, acercándose a su lecho, le dijo:

—Hija, levántate, pues ha llegado el día más deseado por todas nosotras. Toda la ciudad va a acompañar el cortejo de tus bodas.

Y entonces a ella se le desataron las rodillas y el corazón 8 , pues no sabía con quién iba a casarse. Se quedó al punto sin voz y las tinieblas le inundaron los ojos, y poco faltó para que expirara; pero eso a los que la veían les pareció pudor.

Después que las criadas la hubieron adornado, la [15] multitud quedó a la puerta; y entonces los padres condujeron al novio ante la muchacha. Quéreas, corriendo a ella, la besó, y a Calírroe, al reconocer a su amado, le ocurrió lo que a la luz de la lámpara que ya se va extinguiendo, que al echarle aceite vuelve de nuevo a brillar y se hace mayor y más fuerte. Así, cuando salió [16] ante el público, toda la multitud se estremeció, como cuando se yergue Ártemis en plena soledad ante unos cazadores. Y muchos de los presentes incluso se posternaron.

Tal cuentan los poetas que fue la boda de Tetis en el Pelión, excepto que también aquí se encontró un dios envidioso, como allí dicen que fue Eris 9 .

En efecto, sus pretendientes, privados así del matrimonio, [2 ] experimentaron pena mezclada con cólera, y ellos, que hasta entonces luchaban unos contra otros, se pusieron entonces de acuerdo; y, por este acuerdo, ya que creían que habían sido ofendidos, se reunieron a deliberar en común. Y fue la Envidia quien los enroló para la guerra contra Quéreas.

El primero en levantarse fue un joven italiano, hijo [2] del tirano de Regio 10 , que habló así:

—Si fuera alguno de nosotros el que se hubiera casado no me irritaría, pues, lo mismo que en los certámenes gimnásticos, tiene que ser uno de los participantes el que venza. Pero como nos ha ganado uno que ningún trabajo ha pasado para conseguir la boda, no puedo [3] soportar tal ofensa. Pues nosotros nos consumimos pasando la noche a las puertas de su casa, halagando a sus nodrizas y criadas, y enviando regalos a sus ayos. ¿Durante cuánto tiempo sufrimos esclavitud? Y, lo que es peor de todo, que por ser rivales en amor nos odiábamos unos a otros. Pero este puto miserable, que no es mejor que ninguno de nosotros, ha conseguido sin esfuerzo la corona 11 , pese a ser reyes quienes competíamos. [4] Pero que sea para él vano el premio. Convirtamos la boda en muerte para el novio.

Todos aprobaron sus palabras, y el único que le contradijo fue el tirano de los acragantinos 12 :

—No es por simpatía hacia Quéreas, dijo, por lo que rechazo vuestra decisión, sino por un cálculo más prudente. Recordad, en efecto, que Hermócrates no es un hombre al que se pueda desdeñar fácilmente, de suerte que nos es imposible dar la batalla contra él abiertamente, y en cambio nos es más fácil darla mediante alguna [5] artimaña. Pues, en efecto, también la tiranía la obtenemos más por la astucia que por la fuerza. Elegidme a mí estratego para la guerra contra Quéreas, y yo os aseguro que haré deshacerse el matrimonio, pues armaré contra él a los Celos, que, tomando como aliado [6] al Amor, realizarán un enorme daño. Calírroe es una mujer íntegra y sin experiencia de sospecha maligna, pero Quéreas, como educado en los gimnasios y no precisamente inexperto en lo tocante a las faltas juveniles, puede fácilmente concebir sospechas y caer en los celos, tan propios de la juventud. Y además es más fácil acercarse a él y hablarle.

Todos, mientras estaba él aún hablando, votaron a favor de su idea, y dejaron en sus manos el asunto, considerándole hombre capaz de urdir todo tipo de intrigas. Y él puso en marcha ya su plan.

Era ya de noche, y llegó un mensajero a anunciar que [3 ] Aristón, el padre de Quéreas, se había caído de una escalera en el campo y tenía muy pocas esperanzas de sobrevivir. Y Quéreas, al oír esto, aunque realmente amaba a su padre, se entristeció, sin embargo, más aún porque tenía que partir solo, pues no era posible hacer salir ya a la muchacha 13 .

En esa noche nadie se atrevió a dar una serenata 14 [2] abiertamente, pero yendo allí ocultamente y sin ser vistos dejaron, sin ruido, señales de una comitiva: adornaron con guirnaldas las puertas, las rociaron con perfumes, vertieron vino hasta hacer fango con él y tiraron antorchas a medio consumir.

Alumbró el día, y todo el que pasaba se detenía con [3] un común sentimiento de curiosidad. Quéreas, al estar ya su padre mejor, se apresuró a volver con su mujer, y al ver la multitud ante sus puertas, al principio se asombró, pero en cuanto conoció la causa se precipitó dentro fuera de sí; y, encontrando la cámara nupcial [4] cerrada, la golpeó violentamente.

Y cuando la esclava le abrió, al encontrarse de pronto frente a Calírroe, cambió su cólera en dolor, y desgarrándose los vestidos se echó a llorar, y al preguntarle ella qué le ocurría se quedó sin voz, incapaz de no creer [5] lo que había visto, ni de creer lo que no quería. Y mientras él estaba confuso y temblando, la mujer, que nada de lo ocurido sospechaba, le suplicaba que le dijera la causa de su cólera, y él, con los ojos inyectados en sangre y voz enronquecida, dijo:

—Lloro mi propia suerte, ya que tan pronto me has olvidado.

Y le reprochó la serenata.

[6] Pero ella, como hija de un estratego, llena de orgullo, se irritó por tan injusta acusación, y dijo:

—Nadie me dio una serenata en casa de mi padre. Son tus umbrales los acostumbrados a los cortejos, y el que te hayas casado ha entristecido a tus amantes.

Después de decir esto se dio la vuelta, y cubriéndose con el velo abrió las fuentes de su llanto.

[7] Fáciles son las reconciliaciones de los amantes, y con gusto aceptan todo tipo de excusas. Así pues, Quéreas, cambiando de humor, comenzó a adularla y la mujer acogió pronto con caricias su arrepentimiento.

Este suceso inflamó con más fuerza su amor, y los padres de ambos se consideraban felices al ver la concordia de sus hijos.

[4 ] Pero el acragantino, al fracasar su primera artimaña, maquinó para el futuro una más eficaz, y preparó lo siguiente:

Conocía él a un parásito con mucha labia y lleno de todo tipo de encantos para las relaciones públicas. A éste le ordenó que fingiese amor y se hiciera amante de la favorita de Calírroe, la más querida entre todas sus [2] criadas. Él lo hizo con dificultad, y solamente consiguió seducirla con grandes regalos y diciéndole que se iba a matar si no conseguía su deseo. Pues la mujer es fácil de engañar cuando se cree amada.

Una vez preparado ya esto, el organizador del drama encontró otro actor, no de tanto encanto, pero astuto y que sabía inducir confianza con sus palabras. Y después [3] de enseñarle lo que debía hacer y decir, envió este desconocido a Quéreas, y él, acercándosele cuando paseaba en torno a la palestra, le dijo:

—También yo tenía un hijo, Quéreas, de tu misma edad, que te admiraba y amaba sobremanera cuando vivía. Y como él ha muerto te considero a ti como mi hijo, pues tu felicidad es un bien común a toda Sicilia 15 . Concédeme, pues, un instante ahora que no estás [4] ocupado, y escucha un asunto tan importante, que atañe a toda tu vida.

Aquel hombre abominable, habiendo puesto en conmoción con estas palabras el alma del muchacho, y habiéndole llenado de esperanza, miedo y curiosidad, al pedirle él que hablara se mostraba remiso, y pretextaba que no era ése el momento adecuado, y que era preciso retrasarlo y buscar una ocasión en que dispusieran de más tiempo libre. Más le instaba entonces Quéreas, esperando [5] ya algo más grave; y él, tomándole de la mano, lo llevó a un lugar solitario, y luego, frunciendo las cejas, y tomando el aspecto de quien está triste, e incluso medio llorando dijo:

—Mal de mi grado, Quéreas, te revelo un triste asunto que he ido dilatando, pues ya hace tiempo que quería hablarte. Pero puesto que ya es pública tu afrenta y se murmura por todas partes esa indignidad, no puedo seguir callando, pues soy un hombre que detesta por naturaleza la maldad y que te aprecia extraordinariamente. Sabe, pues, que tu mujer te es infiel, y, para que me [6] creas, estoy dispuesto a mostrarte «in fraganti» el adulterio.

Así dijo; y a él una nube negra de dolor le cubrió, y tomando con ambas manos ceniza ennegrecida por el fuego la derramó sobre su cabeza y afeó su hermoso rostro 16 .

[7] Durante mucho tiempo estuvo estupefacto, sin poder ni abrir la boca ni levantar los ojos, y cuando por fin recuperó la voz, no la suya de siempre, sino otra más débil, dijo:

—Un triste favor te pido, que me hagas ser testigo ocular de mi propia desgracia. Vamos, muéstramelo, para que con bien fundada razón me quite la vida. Pues a Calírroe, aún culpable, no la dañaré.

[8] —Haz —le contestó— como si fueras al campo, y bien entrada la noche vigila la entrada; entonces verás entrar al amante.

Convinieron en esto, y Quéreas, enviando un mensajero (pues no consintió ni en volver en persona) mandó decir «me voy al campo». Y el malvado y calumniador preparó la escena.

[9] Llegada la noche, el uno se puso al acecho, y el otro, el que había seducido a la favorita de Calírroe, fue a situarse en una callejuela, interpretando el papel del que se propone realizar algo clandestino, pero poniendo todos los medios posibles para no pasar desapercibido: tenía el cabello abrillantado y sus bucles expandían olor a perfumes, los ojos subrayados por un trazo de pintura, un manto lujoso, sandalias finamente trabajadas, y lanzaban destellos sus enormes sortijas. Luego, tras mirar alrededor muchas veces, se acercó, y golpeando [10] ligeramente la puerta hizo la señal acostumbrada. La criada, ella también llena de miedo, abriendo una rendija y tomándole de la mano, le hizo entrar.

Al ver esto Quéreas no se contuvo más, sino que corrió adentro para coger in fraganti al adúltero. Pero él, [11] ocultándose junto a la puerta del patio, salió rápidamente.

Calírroe, por su parte, estaba sentada en el lecho echando de menos a Quéreas sin tener encendida lámpara alguna por la pena. Al producirse un ruido de pasos reconoció inmediatamente a su marido por el modo de respirar y corrió hacia él llena de alegría. Pero él no tenía ni voz para hacerle reproches, y dominado [12] por la cólera le dio una patada cuando se le acercó. Y habiéndole alcanzado el pie justamente en el diafragma, quedó privada de respiración, derribada en el suelo, y las criadas, levantándola, la tendieron en el lecho.

Así pues, Calírroe yacía sin voz y sin respiración, [5 ] pareciéndoles a todos la imagen de una muerta, y la Fama, mensajera del suceso, atravesó toda la ciudad, levantando gemidos por las callejuelas de la ciudad hasta el mar. Por todas partes se oían cantos fúnebres, y la situación era la misma que si hubiesen tomado la ciudad.

Quéreas, hirviendo aún en cólera, encerrándose en su cámara, interrogó durante toda la noche a las criadas, y en primero y último lugar a la favorita. Finalmente, [2] al torturarlas con el fuego y el látigo, se enteró de la verdad, y entonces sintió compasión de la muerta y deseó matarse a sí mismo; pero se lo impidió Policarmo, excelente amigo, tal como cuenta Homero que fue Patroclo de Aquiles.

Al llegar el día, los arcontes designaron por suertes 17 el tribunal para el asesino, apresurando el juicio por consideración a Hermócrates. Pero también el pueblo [3] entero corrió a reunirse en el ágora, gritando cada uno cosas distintas; y se captaban al pueblo los pretendientes rechazados, y sobre todo el acragantino, brillante y orgulloso, como quien ha realizado una obra que nadie esperaba.

[4] Pero ocurrió un hecho extraño y que nunca se había dado en un tribunal: después de hablar la acusación, el asesino, al empezar a medirse para él el agua 18 , en lugar de hacer su propia defensa se acusó con más fuerza, y aportó él el primero el voto de condena, no diciendo nada de lo que era justo para su defensa, ni la calumnia, ni los celos, ni lo involuntario de su acto, sino que les pidió a todos:

—Lapidadme públicamente, pues yo quité al pueblo [5] su corona. Es algo humanitario el que me entreguéis al verdugo. Convenía que sufriera eso incluso si hubiera matado a una esclava de Hermócrates. Buscad una forma indecible de castigo. He hecho algo peor que los ladrones de templos y los parricidas. No me enterréis, no manchéis la tierra, sino arrojad al mar este cuerpo impío.

[6] Al decir esto prorrumpieron en gemidos, y todos, olvidando a la muerta, se dolieron por el vivo. Hermócrates fue el primero en defender a Quéreas.

—Yo —dijo— sé que lo ocurrido fue involuntario. Y estoy viendo a los que han conspirado contra nosotros. Pero no tendrán el placer de conseguir dos cadáveres, ni entristeceré a mi hija muerta. Yo le oí decir muchas veces que prefería que Quéreas viviera antes que vivir ella misma. Dejando, pues, este juicio inútil, volvamos a lo necesario, el entierro. No entreguemos al tiempo a la muerta, ni dejemos su cuerpo sin belleza por la tardanza. Enterremos a Calírroe mientras aún es bella.

Los jueces dieron voto de absolución, pero Quéreas [6 ] no se absolvió a sí mismo, sino que deseaba la muerte e ideaba todos los caminos posibles para su fin. Y Policarmo, viendo que no había otro modo de salvarle, le dijo:

—¡Traidor a la muerta!, ¿no esperarás a enterrar a Calírroe? ¿Confiarás su cuerpo a manos ajenas? Ahora es para ti el momento de ocuparte de la magnificencia de los funerales y procurarle un cortejo fúnebre digno de una reina.

Este argumento le convenció, pues le infundió amor [2] propio y un objeto de preocupación.

¿Quién podría describir dignamente aquel cortejo fúnebre. Yacía Calírroe envuelta en sus vestidos de boda sobre un lecho recubierto de oro, tan bella y majestuosa que todos la comparaban a Ariadna 19 dormida. Iban delante [3] del lecho en primer lugar los jinetes siracusanos, de gala ellos y sus caballos, tras ellos los hoplitas 20 , que llevaban las insignias de los trofeos de Hermócrates, y luego el Consejo y en medio el pueblo, todos dando escolta a Hermócrates.

Era llevado también Aristón, aún enfermo, llamando a Calírroe hija y señora. Después de ellos las mujeres de los ciudadanos vestidas de negro, y luego el tesoro [4] de los funerales, propio de un rey: en primer lugar el oro y la plata de la dote, la belleza y el lujo de los vestidos (y Hermócrates añadió también muchas cosas de su botín de guerra), regalos de sus parientes y amigos. Y en último lugar seguía la fortuna de Quéreas, pues deseaba, si le fuera posible, quemar su hacienda juntamente [5] con su mujer. Llevaban el lecho los efebos de Siracusa, y le seguía la multitud, y aunque todos se iban lamentando, se oía sobre todo a Quéreas.

Estaba la tumba magnífica de Hermócrates cerca del mar, de suerte que era visible incluso para los que navegaban de lejos, y a ésta, como a un tesoro 21 , la llenó la magnificencia del entierro. Pero lo que parecía para honor de la muerta impulsó el inicio de grandes acontecimientos.

[7 ] Había, en efecto, un tal Terón, hombre perverso, que navegaba por el mar con intención injusta, y tenía un equipo de ladrones que se mantenían anclados al acecho contra los puertos, con pretexto de dedicarse al transporte, componiendo una banda de piratas. Éste se encontró con el cortejo funerario y puso con ambición su mirada en el oro, y de noche, acostado en su lecho, no dormía, diciéndose a sí mismo:

—¿Entonces yo me arriesgo combatiendo en el mar y matando a vivos por un botín pequeño, cuando me es posible enriquecerme a costa de una simple muerta? [2] ¡Que juegue la suerte! No dejaré escapar esta ganancia. Y, ¿a quiénes reclutaré para este golpe? Mira, Terón, quién es el más adecuado de los que conoces. ¿Cenófanes el de Turio?, es listo pero cobarde. ¿Menón el Mesenio?, es audaz pero traidor.

Y recorriéndolos uno a uno en su pensamiento como [3] quien prueba la plata, después de excluir a muchos, encontró a algunos que le parecieron bastante adecuados. Y en consecuencia, corriendo al puerto al despuntar la aurora fue buscando a cada uno de ellos, y a algunos los encontró en los prostíbulos, y a otros en tabernas, ejército adecuado para tal estratego. Y diciendo que [4] había algo que tenía que comentar con ellos, se los llevó detrás del puerto y empezó diciendo:

—Yo, que he encontrado un tesoro, os he elegido como socios a vosotros entre todos; pues no es ganancia para uno solo ni exige demasiado esfuerzo, sino que una sola noche puede hacernos ricos a todos. Y no nos falta experiencia [5] en tales empresas, que producen repugnancia entre los hombres estúpidos, pero utilidad a los sensatos.

Al punto se dieron cuenta de que les proponía o piratería o violación de tumbas o profanación de un templo, y dijeron:

—Deja de intentar persuadir a quienes ya están convencidos, y revélanos simplemente el asunto, pues no desaprovecharemos la ocasión.

Entonces Terón tomando la palabra de nuevo dijo: [6]

—Habéis visto el oro y la plata de la muerta. Sería más justo que ése fuera nuestro, ya que nosotros estamos vivos. Soy de la opinión de que abramos de noche la tumba y luego, metiéndonos en la nave y navegando a donde nos lleve el viento, vendamos nuestra carga en tierra extranjera.

El plan les gustó.

—Así pues, ahora —siguió Terón— dedicaos a vuestras ocupaciones acostumbradas. Y cuando esté ya entrada la noche, que baje cada uno al navío llevando herramientas de albañil.

Éstos hicieron lo dicho. Y respecto a Calírroe, estaba [8 ] experimentando un nuevo y más extraño nacimiento. Habiéndose producido por la falta de alimento una cierta relajación en la respiración, que le faltaba hasta entonces, comenzó a respirar penosamente y poco a poco. Luego comenzó a mover su cuerpo miembro a miembro, y al abrir los ojos recobró la consciencia como si saliera del sueño, y llamó a Quéreas creyendo que dormía [2] a su lado. Y como no le oían ni su marido ni las criadas, y todo era soledad y tiniebla, el escalofrío y el temblor se apoderaron de la joven, aunque aún no era capaz de alcanzar la verdad con su razón.

Al levantarse penosamente, tocó coronas y cintillas, y produjo ruido de oro y plata, y había un gran olor [3] a plantas aromáticas. Entonces se acordó de la patada y de la caída por ella producida, y con dificultad y angustia reconoció aquello como una tumba. Y empezó a gritar cuanto pudo «¡Estoy viva!» y «¡Ayudadme!». Y como después de haber gritado muchas veces no ocurrió nada, desesperó ya de la salvación, y apoyando la cabeza en las rodillas se lamentaba diciendo:

—¡Ay de mí, desdichada!, estoy enterrada viva sin haber delinquido en nada y voy a morir de una muerte [4] larga. Y me lloran a mí que estoy sana y salva. ¿Y qué mensajero enviará qué mensaje? Criminal Quéreas, no te hago reproches porque me hayas matado, sino porque te apresuraste a sacarme de casa. No era preciso que enterraras tan rápidamente a Calírroe ni aunque hubiera estado muerta de verdad. Pero quizá sea que ya ahora mismo estás pensando en un nuevo matrimonio.

[9 ] Ella estaba en tales lamentaciones. Y, entre tanto, Terón, después de esperar justo hasta la medianoche, se acercaba sin ruido a la tumba, avanzando con suavidad sobre el mar con los remos. Y desembarcando él el primero dispuso a su tripulación de esta manera:

[2] —A cuatro los envió a un puesto de vigilancia, ordenándoles que si alguien se acercaba al lugar lo mataran si podían, y si no, avisaran de su llegada mediante una señal convenida, y él mismo con otros cuatro se acercó a la tumba. A los demás (pues eran en total dieciséis) les ordenó que se quedaran en la barca y que tuviesen los remos preparados para que, si ocurriera algo de improviso, pudieran alejarse navegando rápidamente después de recoger a los de tierra.

Cuando se aplicaron a forzar la puerta de la tumba [3] con palancas y golpes muy fuertes, se apoderaron de Calírroe miedo, alegría, preocupación, asombro, esperanza, incredulidad, todo a la vez.

—¿De dónde viene el ruido? ¿Acaso es un espíritu que se presenta contra mí según la ley común a los mortales? ¿O no es esto un ruido, sino la voz de los de abajo que me llaman a ellos? Es más lógico que sean profanadores de tumbas. Entonces eso se sumará a mis desgracias. ¡Oh riqueza inútil para un cadáver!

Mientras ella estaba aún pensando estas cosas, metió [4] la cabeza un ladrón y al poco rato entró. Calírroe, entonces, se lanzó hacia él, queriendo suplicarle; pero aquél, aterrorizado, salió de un salto y tembloroso dijo a sus compañeros:

—¡Huyamos de aquí, pues un espíritu custodia lo de dentro y no nos deja entrar!

Terón se echó a reír, llamándole cobarde y más cadáver [5] que la muerta. Luego mandó entrar a otro. Pero como nadie se atrevió, entró él mismo, llevando por delante la espada. Ante el brillo del hierro Calírroe, atemorizada, no habló, se tendió en un rincón y desde allí suplicaba emitiendo una débil voz:

—¡Compadécete, quienquiera que seas, de quien no tuvieron compasión ni su marido ni sus padres! ¡No mates a la que has salvado!

Cobró ánimos Terón, y como hombre listo comprendió [6] la verdad. Se quedó pensativo, y en un primer momento pensó en matar a la mujer, considerando que iba a ser un obstáculo para todo el asunto, pero inmediatamente cambió de idea por la ganancia y dijo para sí:

—¡Que sea también ella parte del tesoro de la tumba! Hay aquí mucha plata y mucho oro, pero de más precio que todo esto es la belleza de la mujer.

[7] Así pues, cogiéndola de la mano, la sacó fuera, y luego, llamando a su cómplice, le dijo:

—He aquí el espíritu al que tuviste miedo. ¡Bonito ladrón que se asusta incluso de una mujer! Tú guárdala, pues quiero devolverla a sus padres. Nosotros llevémonos lo que hay dentro ahora que ya no lo guarda la muerta.

[10 ] Una vez que metieron en la nave el botín, Terón ordenó al guardián que se alejara un poco con la mujer, [2] y luego celebró consejo sobre ella. Y hubo opiniones distintas y opuestas a otras. El primero en hablar dijo:

—Habíamos venido por otras cosas, oh camaradas, pero nos ha ocurrido lo mejor, deparado por la Fortuna. Aprovechémoslo, pues podemos hacerlo sin peligro. Mi opinión es dejar en tierra el tesoro funerario y devolver a Calírroe a su marido y a su padre, diciéndoles que echamos el ancla en este lugar, como es costumbre en los pescadores, y como oímos voces abrimos la tumba por piedad, para salvar a la que estaba encerrada dentro. [3] Hagamos jurar a la mujer que será en todo testigo a nuestro favor. Ella lo hará con gusto por favorecer a sus bienhechores, por quienes está a salvo. ¿De cuánta alegría creéis que llenaremos a toda Sicilia? ¿Cuán grande será la recompensa que obtendremos? Y al mismo tiempo haremos algo justo a los ojos de los hombres y piadoso a los de los dioses.

[4] Mientras él estaba todavía hablando, se puso otro a hablar en su contra:

—Hombre inoportuno y estúpido, ¿nos invitas ahora a filosofar? ¿Acaso el violar tumbas nos ha hecho honrados? ¿Tendremos piedad de aquella de quien no la tuvo su propio marido, sino que la mató? Ciertamente no nos ha hecho ningún daño, pero nos hará el mayor. Pues, en primer lugar, si la devolvemos a sus parientes [5] no sabemos qué opinión tendrán sobre lo ocurrido, y es imposible que no sospechen la causa por la que vinimos a la tumba e, incluso, si nos hacen gracia de su venganza los parientes de la mujer, los arcontes y el propio pueblo no dejarán libres a unos violadores de tumbas aunque les lleven por sí mismos el botín. Pues, en efecto, no llevamos una vida libre de peligros. Pero [6] alguno dirá tal vez que es más provechoso vender a la mujer, pues tendrá un precio alto por su belleza. Pero eso también tiene un peligro. Porque el oro no tiene voz, ni la plata dirá de dónde la tomamos. Sobre estas cosas [7] es posible componer una historia. Pero un botín que tiene ojos y oídos y lengua ¿quién podría esconderlo? Y ni siquiera tiene una belleza de mortal, para que podamos pasar desapercibidos. Porque ¿vamos a llamarla «esclava»? ¿Y quién al verla lo creerá? Matémosla, por tanto, aquí mismo, y no llevemos con nosotros a nuestro propio acusador.

Aunque eran muchos los que estaban de acuerdo con [8] éstos, Terón no dio su voto a ninguna de las dos opiniones:

—Tú, por un lado —dijo—, nos llevas al peligro, pero tú, por otro, pierdes una ganancia. Yo ni devolveré a esta mujer ni la mataré, pues, al ser vendida, callará por miedo, y una vez vendida lejos, que acuse a quienes ya no estarán presentes. ¡Ea, embarcad; hagámonos a la mar, pues ya está cerca el día!

Levada el ancla, la nave se movía sin trabas, pues no [11 ] luchaban contra las olas ni el viento, ya que no se habían fijado previamente ninguna ruta, sino que cualquier viento les parecía favorable y les venía de popa. Terón consolaba a Calírroe, intentando engañarla con diversas invenciones. Y ella, por su parte, se daba cuenta de su [2] situación, y de que en vano se había salvado, pero fingía que no lo sabía, sino que le creía, temiendo que incluso la matasen si creían que estaba irritada con ellos. Y diciendo que no soportaba el mar, cubierta por el velo y llorando decía:

—Tú, oh padre, en este mar derrotaste a trescientas naves atenienses, y en cambio a mí, tu hija, la ha arrebatado una pequeña barca, y no puedes ayudarme. A tierra extranjera soy llevada, y voy a tener que ser esclava [3] yo, una mujer de noble linaje. Y quizá comprará a la hija de Hermócrates algún amo ateniense. ¡Cuánto mejor hubiera sido para mí yacer muerta en la tumba! Al menos Quéreas sería enterrado conmigo; pero ahora nosotros nos vemos separados, al mismo tiempo vivos y muertos.

[4] Mientras ella se entregaba a tales lamentaciones, los piratas pasaban de largo, costeándolas, islas pequeñas y sus ciudades. Pues no era su carga propia de pobres, sino que buscaban hombres ricos.

Echaron el ancla frente al Ática 22 , al abrigo de un promontorio. Allí había una fuente de abundante y pura [5] agua y un tupido prado. Haciendo bajar a Calírroe, la dejaron lavarse y descansar un poco del viaje, pues querían preservar su belleza, y, ya a solas, deliberaron a dónde debían dirigir su ruta, y uno dijo:

—Está cerca Atenas, ciudad grande y próspera. Allí encontraremos gran cantidad de mercaderes y hombres ricos, pues lo mismo que es posible ver en el ágora a los hombres, es posible ver en Atenas a las distintas ciudades.

A todos les parecía bien navegar hacia Atenas, pero [6] a Terón no le agradaba la excesiva curiosidad de la ciudad:

—¿Sois vosotros los únicos que no habéis oído hablar de la indiscreción de los atenienses? Es un pueblo charlatán y aficionado a los juicios, y en su puerto miles de sicofantes 23 se informarán de quiénes somos y de dónde traemos estas mercancías. Y les entrará la mala sospecha a esos hombres malignos. Y allí inmediatamente [7] interviene el Areópago 24 y los arcontes, más duros que tiranos. Temamos a los atenienses más que a los siracusanos. Un lugar más favorable para nosotros es Jonia 25 , pues allí se encuentran riquezas regias que fluyen del interior de la gran Asia, y hombres voluptuosos y desocupados. Y espero también que allí encontraré algunos conocidos.

Aprovisionándose de agua, y tomando víveres de los [8] navíos que había al lado, navegaron inmediatamente hacia Mileto 26 , y al tercer día desembarcaron en una dársena que distaba de la ciudad ochenta estadios, muy apropiada para esperar.

[12 ] Entonces Terón mandó sacar los remos, dejar sola a Calírroe y proporcionarle todo lo necesario para su comodidad. Pero eso no lo hacía por amabilidad, sino por deseo de lucro, actuando como un mercader más que como un ladrón.

Él mismo se apresuró a ir en persona a la ciudad, haciéndose acompañar por dos de sus amigos. No quería buscar abiertamente al comprador, ni hacer el asunto público, sino que tenía prisa de realizar la venta ocultamente y de mano a mano. Pero resultó difícil de arreglar, pues no era ella una posesión propia de la multitud ni del primero que llegase, sino de un hombre rico, e incluso de un rey, y a tales hombres temía acercarse.

[2] Como por ello se produjo gran demora, no pudo ya resistir este retraso, y llegada la noche no podía dormir y se decía a sí mismo:

—Eres un estúpido, Terón, pues has dejado abandonados ya hace tantos días plata y oro en un lugar solitario, [3] como si fueras el único ladrón. ¿No sabes que por el mar navegan también otros piratas? Y además yo temo también a mis compañeros, no sea que abandonándonos se hagan a la mar, pues no has enrolado a los hombres más justos para que te guarden fidelidad, [4] sino a los más malvados de los que conocías. Así pues, ahora —se dijo— duerme por necesidad, y cuando llegue el día, corriendo a la barca, arroja al mar a esa mujer inoportuna e inútil para ti y no lleves más una mercancía invendible.

Pero cuando se durmió vio en sueños unas puertas [5] cerradas. Entonces decidió esperar aquel día. Y, como perplejo, estuvo sentado junto a una tienda con el alma totalmente turbada. En este intervalo pasó una multitud [6] de hombres libres y esclavos, y en medio de ellos un hombre ya en la edad madura, vestido de negro y con el semblante triste. Terón, levantándose (pues la naturaleza del hombre es curiosa) preguntó a uno de los que formaban el séquito:

—¿Quién es éste?

Y él le contestó:

—Me parece que eres extranjero o vienes de muy lejos, puesto que no conoces a Dionisio, que sobrepasa en riqueza, linaje y educación a todos los demás jonios, amigo del Gran Rey 27 .

—¿Y por qué va vestido de negro? [7]

—Porque ha muerto su mujer, a la que amaba.

Terón trataba de alargar mucho la conversación, ya que había encontrado un hombre rico y al que le gustaban las mujeres. Por tanto, ya no dejó irse al hombre, sino que preguntó:

—¿Qué puesto tienes tú junto a él? [8]

Y él contestó:

—Soy el administrador de todas sus propiedades, y educo también a su hija, niña aún muy pequeña, privada antes de tiempo de su desdichada madre.

Terón: —¿Y cómo te llamas tú?

—Leonas.

—En buena hora —dijo Terón—, Leonas, te he encontrado. Soy mercader y vengo ahora navegando desde Italia, por lo que nada sé de los asuntos de Jonia. Una mujer de Síbaris 28 ; la más rica de las de allí, que tenía una esclava bellísima, su favorita, la vendió por celos, [9] y yo se la compré. Así que sea ella un beneficio para ti, si quieres guardarla como institutriz de la niña (pues tiene una buena educación), o si incluso consideras que es digna de agradar a tu amo, pues es más ventajoso para ti que él tenga una mujer comprada con dinero, para que no dé una madrasta a tu pupila.

[10] Esto lo oyó Leonas con alegría, y dijo:

—Un dios te ha enviado a mí como bienhechor; que me presentas despierto lo que he visto en sueños. Ven, pues, a mi casa y sé mi amigo y huésped. Y sobre la elección de la mujer, la vista juzgará si es posesión digna de mi señor o mía propia.

[13 ] Cuando llegaron a la casa, se asombró Terón de su grandeza y magnificencia (pues estaba preparada para recibir al Rey de los Persas), y Leonas le mandó que esperase mientras él se dedicaba primero al servicio de [2] su señor. Luego, tomándole de la mano, le condujo a su propia habitación, que era en todo adecuada a un hombre libre, y mandó poner la mesa. Y Terón, como hombre astuto y hábil para adaptarse a cualquier situación, se dedicaba a la comida y daba con brindis testimonio de amistad a Leonas, por una parte en prenda de su rectitud, pero más aún para dar garantía de camaradería. [3] Y entre todas las cosas surgió muchas veces la conversación sobre la mujer, y Terón alababa más su carácter que su belleza, sabiendo que es lo que está oculto lo que tiene necesidad de defensa, pues la vista se da consistencia a sí misma.

—Vayamos, pues —dijo Leonas—, y muéstramela.

[4] Y él contestó:

—No está aquí, pues a causa de los perceptores de impuestos nos detuvimos junto a la ciudad, y el navío está anclado a ochenta estadios. —Y le describió el lugar.

—Habéis fondeado —dijo Leonas— en nuestras tierras. Eso es magnífico, ya que sin duda la Fortuna os [5] condujo a Dionisio. Marchemos, entonces, al campo, para que también vosotros os repongáis del viaje, pues la villa que hay allí cerca está suntuosamente preparada.

Terón se alegró mucho, considerando que iba a ser [6] más fácil la venta si no era en el ágora, sino en un lugar solitario, y dijo:

—Partamos al apuntar el día, tú a la villa y yo a la nave, y de allí conduciré la mujer ante ti.

Acordaron esto, y dándose la mano uno a otro, se alejaron. Y a ambos se les hizo larga la noche, el uno porque tenía prisa por realizar la venta, y el otro de comprar.

Al día siguiente Leonas fue costeando hasta la villa, [7] llevando también dinero para asegurar de antemano al vendedor. Terón llegó al promontorio junto a sus cómplices, que ya le estaban echando mucho de menos, y después que les contó el asunto comenzó a adular a Calírroe:

—Yo —dijo—, hija, quería devolverte inmediatamente [8] a los tuyos, pero al haber vientos contrarios me lo impidió el mar. Sabes cuánto cuidado hemos tenido de ti, y sobre todo, que te hemos guardado pura. Sin mancha te volverá a recibir Quéreas, salvada del tálamo de la tumba gracias a nosotros. Ahora nos es preciso hacer [9] la travesía hasta Licia 29 , pero no lo es que tú sufras más penalidades en vano, ya que tan terriblemente te mareas. Así que ahora te voy a dejar entre amigos dignos de confianza, y cuando vuelva te recogeré, y con todo tipo de cuidados te llevaré a continuación a Siracusa. Coge de tus cosas las que quieras, pues para ti guardamos también las que quedan.

[10] De esto se rio para sí Calírroe, pese a estar sumamente afligida (él la creía completamente estúpida), porque se daba cuenta de que ya estaba vendida, pero consideraba su venta más feliz aún que su antigua nobleza, ya que quería librarse de los piratas. Y dijo:

—Te estoy agradecida, padre 29 a , por tu bondad hacia mí. ¡Ojalá os devuelvan a todos vosotros los dioses la [11] justa recompensa! Yo considero de mal agüero usar ofrendas funerarias. Guardádmelo bien todo. A mí me basta con este anillito que llevaba incluso muerta.

Y luego, cubriéndose la cabeza, dijo:

—Llévame ya, Terón, a donde quieras. Pues cualquier lugar es mejor que el mar y la tumba.

[14 ] Cuando estuvo cerca de la villa, Terón planeó la estratagema siguiente. Le quitó el velo a Calírroe, le soltó el cabello, y abriendo la puerta la mandó que entrase ella la primera. Y Leonas y todos los que estaban dentro, al presentarse ella de pronto, quedaron estupefactos, creyendo que estaban viendo a una diosa, pues se decía [2] que en los campos se aparecía Afrodita. Y cuando aún no habían salido de su asombro, Terón, que la seguía, entró detrás y dijo a Leonas:

—Levántate y ven a recibir a la mujer, pues ésta es la que quieres comprar.

Y, al oírlo, se produjo en todos alegría y asombro a la vez.

[3] Entonces, a Calírroe, haciéndola acostarse en la mejor de las habitaciones, la dejaron descansar. Y en efecto, necesitaba mucho reposo de su dolor, fatiga y miedo. Y Terón, tomando de la mano a Leonas dijo:

—Mi parte está ya realizada fielmente. Tú sé ya el amo de la mujer (pues, además, eres mi amigo). Ve a la ciudad y coge el contrato, y entonces me darás el precio que quieras.

Y Leonas, queriendo corresponderle, dijo: [4]

—No, por cierto, sino que ya te entrego en prueba de confianza el dinero antes del contrato.

Así, al mismo tiempo, quería asegurarse la venta, temiendo que quizá cambiara de opinión, pues pensaba que iba a haber muchos en la ciudad que querrían comprarla. De modo que le obligó a tomar el talento de [5] plata que había llevado consigo, y Terón lo tomó después de hacerse de rogar. Y como Leonas le retenía para que se quedase a comer (pues ya era una hora avanzada) le dijo:

—Quiero navegar esta tarde a la ciudad. Mañana nos encontraremos en el puerto.

Después de esto se separaron, y Terón al llegar a la [6] nave ordenó levar anclas y hacerse a la mar lo más rápidamente posible, antes de que los descubrieran. Y mientras ellos se alejaban a donde los llevaba el viento, Calírroe, sola al fin, se lamentaba libremente de su suerte.

—He aquí —decía— otra tumba en la que Terón me ha encerrado, más desierta aún que aquélla. Pues allí [7] habrían ido mi padre y mi madre, y Quéreas habría hecho libaciones llorando. Y yo me daría cuenta, incluso muerta. Pero aquí, ¿a quién llamaré amigo? Fortuna envidiosa, no te has saciado con mis males por tierra y mar, sino que primero convertiste a mi amante en mi asesino. Quéreas, que ni a un esclavo pegó nunca, me dio una patada mortal a mí, que le amaba. Y luego me [8] entregaste a las manos de unos violadores de tumbas, y me llevaste de la tumba al mar y me expusiste a unos piratas más temibles que las olas. Para esto poseo mi tan alabada belleza, para que Terón, el ladrón, obtenga [9] por mí un alto precio. He sido vendida en un lugar solitario, ni siquiera he sido llevada a la ciudad como las demás mujeres que se compran con plata. Porque tuviste miedo, oh Fortuna, de que le pareciera noble a alguno de los que me vieran. Por eso fui entregada como un mueble no sé a quiénes, griegos o bárbaros o a otros ladrones.

Y al golpearse el pecho con las manos vio en el anillito la imagen de Quéreas y besándolo dijo:

—En verdad estoy perdida para ti, Quéreas, separada [10] de ti por tanto mar. Y seguro que tú sufrirás y tendrás remordimientos, y te sentarás junto a la tumba vacía, dando testimonio de mi modestia después de mi muerte. Y yo, la hija de Hermócrates, tu mujer, hoy he sido vendida a un amo.

Y después de lamentarse así, a duras penas descendió, al fin, el sueño sobre ella.


1 El estratego, jefe supremo del ejército o la flota, era un alto funcionario que tenía también competencias civiles. En Atenas, desde Clístenes, había diez estrategos, nombrados cada año, que formaban un colegio bajo la dirección del Polemarco.

2 Se trata de la batalla del 414 a. C., en que Siracusa venció a la flota ateniense, asestando con ello un duro golpe al poderío de esta ciudad, y provocando su derrota final en la guerra del Peloponeso.

3 Estos cuatro nombres, sacados de la mitología y la historia griega, representan el paradigma de la belleza del varón. Aquiles es el héroe de la guerra de Troya. Niseo, hijo de la ninfa Aglae, fue uno de los pretendientes de Helena y murió también en esta guerra. Hipólito es el bellísimo hijo de Teseo y la amazona Melanipa, que, solicitado por su madrastra Fedra, la rechaza y muere por su venganza. Su historia fue contada en una tragedia de Eurípides.

De Alcibíades, el político ateniense de la segunda mitad del siglo V , se dice que era tan guapo que era igualmente atractivo para hombres y mujeres.

4 La Ecclesía era la Asamblea de todos los ciudadanos varones de una polis , que tenía el máximo poder legislativo en todos los asuntos públicos. Debía reunirse un número determinado de veces al año, aparte de las ocasiones en que una circunstancia especial (por ejemplo, la guerra) exigía una convocatoria extraordinaria. Las decisiones se tomaban por votación.

5 La Boulḗ o Consejo era el órgano ejecutivo en que la Ecclesía delegaba parte de sus poderes, por la dificultad de regir todos los asuntos de la ciudad mediante la democracia directa. La constitución de este Consejo era distinta en cada polis . En Atenas se elegían por suertes sus miembros entre los ciudadanos de cada dêmos.

6 Los árchontes eran los magistrados que desempeñaban en el régimen democrático las funciones ejecutivas que antes se concentraban en el rey. Eran elegidos cada año, de manera diferente en cada polis , y sus funciones eran también diferentes en cada una.

7 En el rito de la boda, la novia era llevada a casa del novio en un carruaje, sentada entre el novio y un amigo de éste, y acompañada por un cortejo de hombres y mujeres, coronados de flores y con antorchas, que entonaban las canciones de boda (himeneo).

8 Il . XXI, 114.

9 Tetis, una de las hijas de Nereo, el viejo dios del mar, se unió en matrimonio a un mortal, Peleo, y de este matrimonio nació Aquiles, el héroe de la guerra de Troya, que, según el oráculo, había de ser mejor que su padre. Eris es la Discordia.

10 Ciudad situada en la costa de Italia, en el estrecho entre ésta y Sicilia, en lugar preeminente.

11 La corona era el premio de los certámenes atléticos. Caritón sigue aquí la metáfora de una competición gimnástica.

12 Acragante (Agrigento) era otra importante ciudad de Sicilia, situada en la costa del S.O. y también colonia doria, como Siracusa.

13 Tras la boda, la esposa permanecía encerrada en el gineceo, pues era costumbre que durante cierto tiempo no se mostrase en público.

14 Después de un banquete, los jóvenes solían ir en cortejo a las puertas de la mujer cuyos favores esperaban. Naturalmente, tal cosa sólo se hacía de ordinario con las cortesanas.

15 Cita de Menandro (Estobeo, Florilegio 43, 25).

16 Il . XVIII, 22-24.

17 Los miembros que debían formar parte de los tribunales de justicia se elegían por sorteo entre los ciudadanos de pleno derecho.

18 A cada contendiente en un juicio se le concedía, para defender su punto de vista, un tiempo limitado, que se medía mediante el reloj de agua o clepsidra. Tal tiempo no podía sobrepasar la medida de una clepsidra.

19 Ariadna es la hija de Minos, rey de Creta, que, enamorada de Teseo, le proporcionó los medios para vencer al Minotauro y salir del Laberinto, y huyó con él. Pero en una escala en la isla de Naxos, antes de llegar a Atenas, éste la abandonó dormida en la orilla, y allí la encontró el dios Dioniso (Baco), que se casó con ella y la llevó al Olimpo.

20 Los hoplitas eran la infantería pesada de los griegos, formada por los ciudadanos de pleno derecho. Sus armas se componían de lanza, espada, escudo, yelmo, coraza y grebas.

21 Thesaurós se llamaba antiguamente al lugar donde se guardaba algo, y al mismo tiempo a lo guardado. En los templos es la dependencia en que se acumulaban las riquezas procedentes de las ofrendas y el culto.

22 Atenas era la más importante ciudad de la Grecia antigua, centro económico y cultural de toda la vida griega. En el momento en que se sitúa la acción de la novela su poderío político había ya decaído, a consecuencia de su derrota frente a Esparta y sus aliados, pero no así su potencia económica y, sobre todo, su carácter de centro espiritual de la cultura, que pocos años antes había alcanzado su cénit.

23 La palabra sicofante designa a la persona que utilizaba el derecho a ejercer la acusación pública, que la legislación ateniense concedía a todo ciudadano, con el fin de enriquecerse o desacreditar a sus enemigos privados o políticos. Para defenderse de ellos se creó incluso una acusación especial, la sykophantíās graphḗ .

24 El Areópago era el más antiguo tribunal de Atenas, compuesto por todos los antiguos arcontes, que hasta el 462 a. C. concentraba en sí todo el poder judicial. Posteriormente se vio privado, por la reforma de Efialtes, de gran parte de sus atribuciones, que pasan al pueblo, y quedó reducido a entender solamente de casos de asesinatos premeditados, heridas con intención de causar la muerte, y tentativas de incendio o envenenamiento. Pero en la mente de muchos atenienses quedaba éste como el Tribunal Supremo, y, sobre todo, como el guardián de la Constitución.

25 Jonia es la región del O. de Asia Menor, situada en una franja de la costa, que comprendía las ciudades griegas fundadas por los jonios que escaparon del continente empujados por las invasiones dorias.

26 Mileto, famosísima ciudad jonia de la costa de Asia Menor, importante centro comercial y metrópoli de numerosísimas ciudades griegas.

27 Los griegos llamaban al rey del imperio persa el basileús (rey) por antonomasia, y a veces el Gran Rey. Por ello nosotros utilizaremos, cuando el texto se refiera a él, la mayúscula, para distinguirlo de los demás reyes que puedan salir en la acción.

28 Síbaris, colonia griega de la costa Sur de la península itálica se hizo famosa por el lujo y la molicie de sus ciudadanos. De esta fama procede nuestro uso del adjetivo «sibarita».

29 Licia, región del Sur de Asia Menor.

29 a La palabra páter se utiliza como apelativo cariñoso con las personas de cierta edad. Todo este párrafo de Calírroe tiene un sentido claramente irónico.

LIBRO SEGUNDO

Leonas, después de encargar a Focas, el administrador, [1 ] tener mucho cuidado con la mujer, salió de noche aún hacia Mileto, ansioso de anunciar a su señor la buena nueva sobre la muchacha recién comprada, creyendo llevarle un gran consuelo a su pena. Y encontró a Dionisio aún acostado, pues fuera de sí de dolor no salía la mayor parte del tiempo, pese a la nostalgia que de él sentía su ciudad, sino que pasaba el tiempo en su habitación, como si su mujer estuviese aún con él. Y al ver a Leonas le dijo: [2]

—Solamente esta noche he dormido bien después de la muerte de la desdichada, pues la vi claramente, pero más alta y más hermosa, y estaba conmigo como si estuviera despierto. Y me pareció que era el primer dia de nuestras bodas, y que la conducían como novia desde mi finca de junto al mar, y eras tú quien me cantaba el himeneo.

Cuando aún estaba contándolo, gritó Leonas: [3]

—¡Eres afortunado, señor, en sueños y despierto! Vas a oír lo que has visto.

Y comenzando a hablar le explicó:

—Se me acercó un mercader que vendía una muchacha bellísima, y que por los impuestos había anclado su nave fuera de la ciudad, cerca de tu finca. Y yo, después [4] de concertarlo con él, marché al campo, y allí, habiéndonos reunido uno con otro, realizamos la venta de hecho. Yo, en efecto, le di un talento. Pero ahora es preciso que se haga la escritura legalmente.

[5] Dionisio oyó con placer lo de la belleza de la mujer (pues era en verdad hombre amante de las mujeres), pero con disgusto lo de la esclavitud, pues, hombre de estirpe real, muy superior en costumbres y educación al resto de la Jonia, rechazaba como algo indigno las relaciones con una esclava, y dijo:

—Es imposible, Leonas, que sea bello un cuerpo que no ha nacido libre. ¿No has oído decir a los poetas que son hijos de los dioses los bellos, mucho antes que de hombres nobles? Ella te agradó en un lugar solitario, [6] al compararla con las campesinas. Pero en fin, ya que la has comprado, vete al ágora. Adrasto, el más entendido en leyes, organizará las escrituras.

Se alegró Leonas de no ser creído, pues lo inesperado iba a hacer admirarse más a su señor. Y recorriendo todos los puertos de Mileto y las mesas y la ciudad entera [7] no pudo encontrar a Terón por ninguna parte. Interrogó a comerciantes y marineros, pero nadie los conocía. Al encontrarse en tal dificultad tomó una barca de remos y costeó hasta el promontorio, y de allí a la finca, pero no iba a encontrar al que ya se había hecho a la mar.

[8] Entonces penosa y lentamente volvió junto a su señor. Y Dionisio, al verlo con aire sombrío, le preguntó qué le había ocurrido, y él dijo:

—Te he hecho perder, señor, un talento.

—Lo ocurido —dijo Dionisio— te hará más prudente en lo sucesivo. Pero, ¿qué es lo que ha pasado? ¿Acaso se ha escapado la esclava que acabas de comprar?

—Ella no —respondió—, sino el vendedor.

—Entonces era un traficante de hombres libres, y por eso, porque era una esclava ajena, te la vendió en lugar solitario. ¿De dónde dijo el hombre que era la esclava?

—Sibarita, de Italia, vendida por su señora por celos.[9]

—Busca si hay algún sibarita que resida aquí, y entre tanto deja allí a la mujer.

Entonces se marchó Leonas entristecido porque no le había sido favorable el asunto. Pero acechaba la oportunidad de convencer a su señor de ir a la finca, pues sólo le quedaba la esperanza de que viera a la mujer.

Por otra parte, ante Calírroe entraron las campesinas, [2 ] y al punto empezaron a adularla como si fuese una señora. Y Plangón, la mujer del administrador, persona no inexperta, le dijo:

—Estás buscando, hija, en verdad a los tuyos. Piensa que también aquí hay otras cosas y otras personas que somos tuyos, pues Dionisio, nuestro amo, es un hombre excelente y humanitario. Para tu fortuna te han conducido los dioses a una buena casa: aquí vivirás como en tu patria. Así pues, quítate el barro de tan [2] larga travesía. Aquí tienes a tus servidoras.

Con dificultad, y contra su voluntad, la condujo a pesar de todo al baño. Y una vez que hubo entrado, la ungieron de aceites y la lavaron cuidadosamente, de modo que, si al estar ella vestida se admiraban de su rostro casi divino, al quedar desnuda se asombraron aún más, pareciéndoles que su rostro era igual a todo su cuerpo. Pues su piel blanca resplandeció al punto, brillando de un modo semejante a un vivo resplandor, y su carne era tan delicada que temían que incluso el contacto de los dedos le hiciera grandes heridas. Y en [3] voz baja se decían unas a otras:

—Nuestra ama era hermosa y famosa, pero hubiera parecido su esclava.

Pero a Calírroe le entristecían los elogios, pues no le faltaba capacidad de predecir el futuro.

Una vez que estuvo lavada y trenzado su cabello, le proporcionaron finos vestidos, pero ella dijo que no convenían esas cosas a una esclava recién comprada:

[4 ] —Dadme un manto de esclava, pues vosotras sois superiores a mí.

Así pues, se vistió uno de los que encontraron a mano, y éste le sentaba bien e, iluminado por su belleza, daba la impresión de ser un vestido costoso.

[5 ] Una vez que comieron las mujeres dijo Plangón:

—Ve al templo de Afrodita y ruégale por ti misma, pues la diosa se aparece aquí, y no sólo le ofrecen sacrificios los vecinos, sino también gentes que vienen de la ciudad. Ella es particularmente favorable a Dionisio, y él nunca pasa de largo por su templo.

[6 ] Luego le contaron las apariciones de la diosa, y una de las campesinas dijo:

—Te parecerá, mujer, al mirar a Afrodita, que estás viendo tu propia imagen.

Pero Calírroe, al oír esto, se llenó de lágrimas y dijo para sí:

—¡Ay de mí, desdichada, también aquí está Afrodita, la diosa que es causa de todos mis males! Pese a ello, iré, pues quiero hacerle muchos reproches.

[7] El santuario estaba cerca de la casa junto al mismo camino. Calírroe, postrándose y cogiéndose a los pies de Afrodita, dijo:

—Tú fuiste la primera que me mostraste a Quéreas, y habiendo ajustado tan hermoso yugo, no lo cuidaste. [8] Y, sin embargo, nosotros te rendíamos culto. Pero ya que así lo quisiste sólo una gracia solicito de ti: que hagas que a nadie agrade después de a él.

A esto se negó Afrodita, pues es madre de Eros y de nuevo le estaba organizando otro matrimonio, que tampoco le iba a conservar.

Así pues, Calírroe, liberada de los piratas y del mar, iba recobrando toda su belleza, de suerte que asombraba a los campesinos al verla cada día más hermosa.

Leonas, habiendo encontrado el momento oportuno, [3 ] le dijo a Dionisio las siguientes palabras:

—En tu finca de junto al mar, señor, no has estado ya hace mucho tiempo, y allí se añora tu llegada. Es preciso que veas los rebaños y las plantaciones y que apresures la recolección de los frutos. Y que hagas uso [2] de la magnificencia de la casa que construimos por orden tuya. Además, allí soportarás más tolerablemente tu pena, distraído por el placer del campo y la administración de la finca. Y si quieres recompensar a un boyero o un pastor le puedes dar la mujer que acabamos de comprar.

Le agradó esto a Dionisio, y anunció su partida para el día convenido. Y dada la orden, los cocheros prepararon [3] los carruajes, los palafreneros los caballos y los marineros las barcas, y los amigos y gran número de libertos fueron invitados a acompañarlo en el viaje, pues era Dionisio de natural magnificente.

Cuando todo estuvo dispuesto mandó que el equipaje [4] y la mayoría de las personas fueran por mar, y que los carros le siguieran una vez que él mismo se hubiera adelantado, porque no cuadraba la escolta a un hombre en duelo. Así, con la aurora, y antes de que la mayoría se diera cuenta, subió al caballo con otros cuatro hombres, uno de los cuales era Leonas.

Así, Dionisio salía al campo. Y por su parte Calírroe, [5] que aquella noche había visto a Afrodita, quiso de nuevo postrarse ante ella. Y estaba de pie haciéndole súplicas cuando Dionisio, bajándose del caballo el primero, entró en el templo.

Calírroe, al oír ruido de pasos se volvió hacia él. Y [6] Dionisio al verla gritó:

—¡Séme propicia, Afrodita, y que tu aparición me sea para bien!

Y cuando él estaba ya prosternándose le detuvo Leonas y dijo:

—Ésta es, señor, la recién comprada. No te turbes. Y tú, mujer, acércate a tu amo.

Calírroe, bajando la cabeza ante la palabra «amo», dejó escapar un torrente de lágrimas, teniendo que olvidar tardíamente su libertad. Pero Dionisio, golpeando a Leonas, dijo:

[7] —Impío, ¿hablas a los dioses como si fueran hombres? ¿Dices que ésta es una mujer comprada con dinero? Entonces es lógico que no encuentres al que te la vendió. ¿No has oído que Homero nos enseñó que los dioses, tomando la forma de extranjeros de otras tierras, vigilan la insolencia y la justicia de los hombres? 30

Entonces Calírroe dijo:

—Deja de burlarte de mí, llamando diosa a esta que ni siquiera es una persona afortunada.

[8] Y, al hablar ella, su voz le pareció a Dionisio una voz divina, pues sonaba como música y producía un son como el de la cítara. Así que, muy turbado y sintiendo pudor de permanecer con ella más tiempo, se marchó a la casa, inflamado ya de amor.

No mucho después llegó de la ciudad el equipaje, y [9] al punto se corrió la voz de lo ocurrido. Por ello, todos estaban ansiosos de ver a la mujer, y todos ponían el pretexto de ir a venerar a Afrodita. Calírroe, avergonzada ante la multitud, no sabía qué hacer, pues todos eran para ella extraños y no veía ni a la familiar Plangón, sino que ella estaba dedicada a la recepción de su señor.

[10] Como pasaba el tiempo y nadie llegaba a la casa, sino que todos estaban allí detenidos como fascinados, Leonas se dio cuenta de lo ocurrido y, yendo al templo, sacó a Calírroe. Y entonces fue posible ver que los reyes lo son por su propia naturaleza, como ocurre en los enjambres de abejas, pues todos la seguían automáticamente, como si la hubieran hecho por votación señora por su belleza.

Ella, pues, se fue a su habitación de costumbre. Y [4 ] Dionisio estaba herido, pero intentaba esconder su herida, como hombre cultivado y que busca muy especialmente la virtud. Y no queriendo parecer despreciable a sus servidores ni pueril a sus amigos, resistió toda la tarde, creyendo que lo ocultaba; pero haciéndolo más evidente por su silencio. Y tomando una parte de la [2] cena, dijo:

—Que alguien lleve esto a la extranjera. Pero que no diga «de parte del amo», sino «de parte de Dionisio».

Y prolongó mucho la bebida de sobremesa 31 , pues sabía que no iba a dormir, de modo que quería pasar su [3] insomnio con los amigos. Después que hubo pasado parte de la noche, puso fin a la reunión, pero no consiguió el sueño. Todo su ser estaba en el templo de Afrodita, y se acordaba de todo, del rostro, del cabello, de cómo se había dado la vuelta, cómo había mirado, de su voz, de su figura, de sus palabras. Y sus lágrimas le quemaban.

Entonces se pudo ver el combate entre la razón y el [4] sentimiento, pues, inundado por el deseo, intentaba, como hombre de noble linaje, resistir. Y como el que saca la cabeza de una ola, se decía a sí mismo:

—¿No te avergüenzas, Dionisio, el primer hombre de Jonia por tu virtud y tu fama, al que admiran los sátrapas 32 , los reyes y las ciudades, de sentir cosas de chiquillo? Estás enamorado después de haberla visto una sola vez, y eso estando de duelo, antes de haber ofrecido [5] expiaciones a la sombra de la desdichada. ¿Por eso has venido al campo, para celebrar una boda vestido de luto, y una boda con una esclava, y que quizá pertenece a otro? Pues ni siquiera tienes su escritura.

Pero Eros gustaba de luchar con el que razonaba sensatamente, y le parecía orgullo su templanza. Por eso inflamaba más fuerte al alma que filosofaba en cuestiones [6] de amor. Así pues, no soportando más el dialogar solo consigo mismo, mandó a buscar a Leonas. Y éste, al ser llamado, se dio cuenta de la causa, pero fingió desconocerla, y como turbado dijo:

—¿Por qué tienes insomnio, señor? Quizá de nuevo se ha apoderado de ti el dolor por tu mujer muerta?

—Por una mujer sí —dijo Dionisio—, pero no por la [7] muerta. Nada hay que yo no pueda decirte por tu afecto y fidelidad. Pero por tí estoy perdido, Leonas. Tú eres el causante de mis males. Trajiste el fuego a mi casa, o mejor, a mi alma. Y además me conturba el misterio que hay en torno a esa mujer. Me has contado una historia de un mercader con alas, que no sabes ni de dónde venía ni a dónde se volvió a marchar. ¿Quién, que poseyera tal belleza, la vendería en lugar solitario, y por sólo un talento, a una mujer digna de las riquezas del [8] Rey? ¿Te engañó algún dios? Reflexiona, pues, y recuerda lo ocurrido. ¿A quiénes viste? ¿Con quién hablaste? Dime la verdad, tú la nave no la viste.

—No, no la vi, sino que oí hablar de ella.

—Eso es. Una de las Ninfas o de las Nereidas salió del mar. Incluso a los dioses les sobrevienen ocasiones que les obligan a entablar trato con los hombres por decreto del destino. Eso nos cuentan los poetas e historiadores.

Con agrado se convencía Dionisio a sí mismo de glorificar [9] a la mujer para hacerla más augusta que el común de los hombres. Leonas, que quería agradar a su señor, dijo:

—No nos ocupemos más, señor, de quién es. Si la deseas, la conduciré a ti, y no te aflijas, como si no la pudieras obtener, cuando estás en libertad de amarla.

—No podría hacerlo —dijo Dionisio—, antes de saber [10] quién es esa mujer y cuál es su origen. Por la mañana sabremos por ella la verdad. Pero no la envíes aquí, no sea que sospeche alguna violencia, sino a donde la vi por primera vez. Que nuestra conversación tenga lugar bajo la protección de Afrodita.

Eso le pareció bien, y al día siguiente Dionisio, cogiendo [5 ] a sus amigos y libertos y a los más fieles de sus criados, para tener también testigos, fue al santuario, después de arreglarse no precisamente con descuido, sino habiendo adornado moderadamente su cuerpo, como el que va a estar con su amada. Y era él de natural [2] hermoso, y alto, y sobre todo, de apariencia respetable.

Leonas, por su parte, cogiendo a Plangón, y con ella a las esclavas que solían servir a Calírroe, fue hacia ella y le dijo:

—Dionisio es un hombre muy justo y respetuoso de [3] la ley. Ve, pues, al templo, mujer, y dile la verdad sobre quién eres, pues no dejarás de obtener ninguna clase de ayuda justa. Sólo háblale con sencillez, y no le ocultes nada de la verdad, pues eso le inclinará a tener más benevolencia contigo.

Después de oírle marchó Calírroe, con más ánimo porque la conversación entre ellos iba a tener lugar en el templo. Y cuando llegó, aún más la admiraron todos. [4]

Dionisio, impresionado, se quedó sin voz, y después de un largo silencio, tras mucho tiempo y con dificultad habló:

—Mis cosas te son conocidas todas, mujer. Soy Dionisio, el primer hombre de Mileto y casi de toda la [5] Jonia, celebrado por mi piedad y benevolencia. Es justo que también tú nos digas la verdad sobre ti misma. Los que te vendieron dijeron que eras de Síbaris y que fuiste vendida allí por tu ama por celos.

Enrojeció Calírroe, y bajando la cabeza dijo suavemente:

—Esta es la primera vez que he sido vendida. Y nunca estuve en Síbaris.

[6] —Ya te decía yo —dijo Dionisio mirando a Leonas— que no era una esclava. Y adivino que incluso es de noble familia. Cuéntame, mujer, todo, y en primer lugar tu nombre.

—Calírroe —respondió (y agradó el nombre a Dionisio). Pero se calló todo lo demás. Y como le preguntaba con tenacidad le dijo:

—Te lo suplico, señor, permíteme guardar silencio [7] sobre mi suerte. Lo anterior fue un sueño y un cuento. Yo soy ahora lo que he llegado a ser, esclava y extranjera.

Y al decir esto, intentaba ocultarlo, pero le resbalaban las lágrimas por las mejillas. Y se puso a llorar también Dionisio y todos los que estaban con él; y a alguno le pareció que la propia Afrodita se había puesto más triste.

Pero Dionisio se sentía aún más curioso y dijo:

[8] —Yo te pido este primer favor. Cuéntame, Calírroe, tu historia. No hablarás a un extraño, pues ya hay como un cierto tipo de parentesco. No tengas miedo, ni aunque hayas hecho algo terrible.

Ante esto se indignó Calírroe y dijo:

—No me ofendas, pues no estoy implicada en nada [9] vil. Pero como mi condición es muy superior a mi suerte presente, no quiero parecer pretenciosa ni hacer relatos increíbles para quienes no los conocen. Pues no me sirven de testigo las cosas de antes para las de ahora.

Se admiró Dionisio de la cordura de la mujer y dijo:

—Ya te comprendo, incluso aunque no hables; pero habla, pues no puedes decir sobre ti misma nada tan grande como lo que estamos viendo. Cualquier magnífico [10] relato es inferior a ti.

Entonces ella empezó penosamente a contar su hìstoria:

—Soy hija de Hermócrates, el estratego de Siracusa. Habiéndome quedado sin voz por un repentino golpe me enterraron mis padres con todo lujo. Unos ladrones de tumbas abrieron el sepulcro; me encontraron a mí ya volviendo a respirar, me condujeron aquí, y Terón me entregó a este Leonas en lugar solitario.

Al decir todo sólo calló lo de Quéreas. [11]

—Te suplico, Dionisio (pues eres griego y participas de una ciudad humanitaria y de educación), que no seas igual a los violadores de tumbas y no me prives de mi patria y mis parientes. Poco es para ti, que eres rico, un solo esclavo, y no perderás mi precio si me devuelves a mi padre. Pues Hermócrates no es desagradecido. Admiramos a Alcínoo 33 y todos lo amamos porque condujo a su patria al suplicante. Yo también te suplico. Salva a esta huérfana cautiva, pues si no puedo vivir [12] como noble, elegiré una muerte libre.

Al oír esto se echó a llorar, en apariencia por Calírroe, pero en realidad por sí mismo, pues se dio cuenta de que no iba a lograr su deseo.

—Ten valor —dijo—, Calírroe, y mantén con ánimo tu alma, pues no serás privada de lo que reclamas. Pongo por testigo de ello a esta Afrodita. Entre tanto, tendrás entre nosotros el trato de una señora más que el de una esclava.

[6 ] Ella se marchó convencida de que ya no podía ocurrirle nada contra su voluntad, y Dionisio entristecido llegó a su casa, y llamando a solas a Leonas, dijo:

—En todo soy desafortunado y odiado por Eros. A la que había desposado la he enterrado, y se me escapa la que acabo de comprar, la que confiaba que era un regalo de Afrodita, y con la que planeaba una vida más feliz que la de Menelao 34 el marido de la lacedemonia, pues creo que ni Helena ha sido tan hermosa. Y además ésta tiene incluso el poder de persuadir con sus [2] palabras. Mi vida se ha acabado. El mismo día en que Calírroe abandone este lugar abandonaré yo la vida.

Ante esto gritó Leonas:

—No, señor, no te maldigas a ti mismo. Tú eres el amo y tienes poder sobre ella, de modo que, queriendo o no, hará lo que a ti te parezca bien, pues la hemos comprado por un talento.

[3] —¿Que tú has comprado, tres veces desgraciado, a una mujer noble? ¿No has oído hablar de Hermócrates, el estratego de toda Sicilia, que goza de amplia fama, el que el Rey de los persas admira y ama y le envía cada año presentes porque venció en batalla naval a los atenienses, enemigos de los persas? ¿Voy yo a conducirme como un amo con una persona libre, y yo, Dionisio, celebrado por mi templanza, voy a ultrajar contra su voluntad a una mujer a quien ni siquiera Terón el pirata ultrajaría?

Esto le dijo a Leonas, pero en realidad no renunciaba [4] a convencerla, pues por naturaleza es Eros fácilmente accesible a la esperanza, y confiaba en realizar su deseo mediante sus cuidados. Así pues, llamando a Plangón le dijo:

—Me has dado ya suficientes pruebas de tu solicitud. Te encomiendo por eso la mayor y más preciada de mis posesiones, la extranjera. Quiero que ella no se vea privada de nada, que se llegue incluso a la molicie en sus lujos. Considérala tu señora, cuídala, adórnala y haz [5] que nos tome afecto. Alábame ante ella a menudo y cuéntale lo que se te ocurra. Y cuida de no llamarme «amo».

Comprendió bien Plangón su orden, pues era por naturaleza hábil, y aplicando al asunto toda su inteligencia poco aparente, se puso a llevarlo a cabo. De suerte que, presentándose ante Calírroe, no le reveló que se le había ordenado servirla, sino que le hacía ver que era pura buena disposición personal, y quiso que la tomara por consejera digna de toda confianza.

Y ocurrió lo siguiente: [7 ]

Dionisio pasaba el tiempo en la finca, con un pretexto u otro, pero realmente porque no podía alejarse de Calírroe ni quería llevársela de allí, pues en cuanto fuese vista iba a ser famosa y a su belleza se iba a someter toda la Jonia, e iba a subir su fama incluso hasta el Gran Rey. Y al ocuparse durante su estancia más [2] minuciosamente de los asuntos de su propiedad, hizo en alguna ocasión ciertos reproches a la gestión de su administrador Focas.

El reproche no llegó más allá, sino sólo a las palabras, pero así encontró Plangón una buena oportunidad, y llena de miedo corrió a Calírroe arrancándose los cabellos. Y cogiéndose a sus rodillas le dijo:

—Te lo suplico, señora, sálvanos. Pues Dionisio está irritado con mi marido, y por naturaleza es un hombre [3] colérico, tanto cuanto benévolo. Nadie sino tú podría salvarnos, pues Dionisio te concederá con gusto la primera gracia que le pidas.

Calírroe sentía vergüenza de presentarse ante él, pero por otra parte no podía decirle que no a quien tanto le insistía y suplicaba, obligada por sus servicios anteriores. Así que para no parecer desagradecida dijo:

—También yo soy una esclava y no puedo hablar libremente, pero si crees que tengo algún poder, estoy dispuesta a ir a suplicar contigo. Y ojalá tengamos éxito.

[4] Cuando llegaron, mandó Plangón al que estaba ante la puerta que anunciara al amo que Calírroe estaba allí. Y estaba precisamente Dionisio derrumbado por el dolor, y se le iba consumiendo incluso el cuerpo; al oír que Calírroe estaba allí se quedó sin voz, y una especie de niebla le inundó, por lo inesperado, y recobrándose con dificultad dijo:

—¡Que entre!

[5] Calírroe, situándose cerca y con la cabeza baja, al primer momento se inundó de rubor; pero aun así, y con alguna dificultad, habló:

—Yo conozco mi deuda con Plangón, pues ella me quiere como a una hija. Por eso te suplico, señor, que no te irrites con su marido, sino concédele la gracia de la salvación.

Y aunque quería seguir hablando, no pudo.

[6] Dionisio entonces, dándose cuenta de la estratagema de Plangón dijo:

—Estoy irritado, y ningún hombre podría haber librado de perecer a Focas y Plangón por haber hecho tales cosas. Pero con gusto les concedo gracia por ti. Y vosotros sabed que es por mediación de Calírroe por quien os habéis salvado.

Plangón se arrojó a sus rodillas y Dionisio dijo:

—Arrojaos a las rodillas de Calírroe, pues es ella la que os ha salvado.

Y como Plangón vio que Calírroe se alegraba y sentía [7] placer por la gracia dijo:

—Entonces sé tú quien dé las gracias a Dionisio en nuestro nombre.

Y al mismo tiempo la empujó hacia él.

Ella, cayendo a sus pies de este modo, tomó la mano de Dionisio, y él, como el que considera poco digno darle la mano, acercándosele, la besó, y luego rápidamente la dejó ir, para que no hubiera sospecha alguna de la artimaña.

Las dos mujeres salieron, y a Dionisio se le hundió [8 ] el beso como un dardo en el corazón, y ya no era capaz de ver ni de oír, y estaba por todas partes cogido en la trampa, no encontrando ningún remedio a su amor. Ni con regalos, pues veía la grandeza de alma de la mujer, ni con amenazas o violencia, convencido de que ella elegiría la muerte antes que ser ultrajada. Así que consideraba que su única ayuda era Plangón, y enviándola a buscar dijo:

—En la primera empresa has sido buen estratego, y te doy las gracias por el beso. Pero este beso me ha salvado y me ha perdido. Mira, pues, cómo tú, mujer, [2] puedes vencer a una mujer, teniéndome también a mí como aliado. Pues sabe que tu premio será la libertad y, lo que creo que te es más agradable que la libertad, la vida de Dionisio.

Con este impulso aplicó Plangón a la empresa todas sus estratagemas y su arte. Pero Calírroe era absolutamente inconquistable y permanecía sólo fiel a Quéreas. Mas fue vencida por las artimañas de la Fortuna, que [3] es la única contra la que nada puede la inteligencia del hombre, pues es una diosa que ama la lucha y nada que proceda de ella es inesperado. Y así entonces aprovechó un hecho extraordinario, o mejor, increíble. Merece la pena oír cómo.

[4] Conspiró la Fortuna contra la virtud de la mujer, pues Quéreas y Calírroe al tener la primera relación amorosa de su matrimonio, tenían ambos igual deseo de placer uno del otro, y ese deseo equilibrado hizo que [5] su unión no quedara sin fruto. Así que poco antes del golpe la mujer había concebido.

Por los peligros y sufrimientos posteriores no se dio cuenta de que estaba embarazada, pero al empezar el tercer mes se le empezó a curvar el vientre, y en el baño se dio cuenta Plangón, puesto que ya tenía experiencia [6] en los asuntos de las mujeres. Y de momento se calló, por la presencia de varias esclavas, pero al caer la tarde, cuando tuvieron un poco de tiempo libre, sentándose en el lecho le dijo:

—Sabe, hija, que estás embarazada.

Calírroe se echó a llorar y, gritando y arrancándose los cabellos, dijo:

—Aún añades ésta, oh Fortuna, a mis desgracias, para que también engendre un hijo esclavo.

[7] Y golpeándose el vientre dijo:

—Desdichado, antes de nacer estuviste en una tumba y fuiste entregado a manos de piratas. ¿A qué clase de vida vienes? ¿Con qué esperanzas te voy a llevar en mi seno, huérfano, sin patria y esclavo? ¡Antes de nacer busca la muerte!

Plangón la cogió de las manos, prometiéndole que al día siguiente le proporcionaría un modo fácil de abortar.

[9 ] Cada una de las mujeres al quedar sola emprendió sus propias reflexiones. Plangón pensaba:

—Se presenta una circunstancia favorable para realizar el amor del amo. Tienes un defensor en el ser que lleva en su vientre. Ya he encontrado la seguridad de que se dejará convencer. Vencerá a la virtud de la mujer el amor de la madre.

Y combinaba el modo de realizarlo de una manera convincente.

Calírroe, por su parte, deliberaba matar a su hijo, [2] diciéndose a sí misma:

—¿Voy yo a engendrar para un amo al descendiente de Hermócrates, y a traer al mundo un niño cuyo padre nadie conoce? Quizá incluso dirá algún envidioso «en poder de los piratas lo concibió Calírroe». Basta que [3] sea yo sola la infortunada. No conviene que tú, hijo, vengas a una vida miserable, que te convendría rehuir incluso si ya hubieras nacido. ¡Márchate libre, sin que te afecten las desgracias, y no oigas nada de las aventuras de tu madre!

Y de nuevo volvía a reflexionar, y la entraba compasión del que tenía en su vientre.

—¿Estás pensando en matar a tu hijo? Jasón era un hombre licencioso. Y tú, ¿tomas los razonamientos de [4] Medea? 35 . Pero incluso más feroz que la escita parecerás, pues ella odiaba a su marido; pero tú quieres matar al hijo de Quéreas y no dejar ningún recuerdo de vuestro matrimonio tan celebrado. ¿Y si va a ser un niño? ¿Y si va a ser semejante a su padre? ¿Y si va a ser más afortunado que yo? ¿Va a matar su madre al que se salvó de la tumba y los piratas? ¿De cuántos hijos de [5] dioses y reyes hemos oído que, nacidos en la esclavitud, recobraron más tarde el rango de su padre, como Zeto y Anfión, y Ciro 36 ? Quizá tú, hijo, navegues un día a Sicilia, y buscarás a tu padre y a tu abuelo y les contarás la historia de tu madre. Y de allí se enviará una expedición en mi ayuda. Tú, hijo, devolverás uno al otro a tus padres.

[6] Razonando así durante toda la noche le vino el sueño unos instantes. Y se le presentó la imagen de Quéreas, en todo semejante a él, parecida en la altura y en los bellos ojos y en la voz, y sobre su piel tenía las mismas vestiduras 37 . Y poniéndosele delante, dijo: «Te confío, mujer, a nuestro hijo». Y cuando aún quería seguir hablando, se lanzó hacia él Calírroe, tratando de abrazarlo. Así que, creyéndolo un consejo de su marido, decidió criar a su hijo.

[10 ] Al día siguiente, al llegar Plangón le reveló su decisión. Y ella no pasó por alto lo inoportuno de su resolución, sino que dijo:

—Es imposible, mujer, que críes a tu hijo entre nosotros, pues nuestro amo, que está enamorado de ti, no te forzará contra tu voluntad por respeto y por templanza; pero no consentirá en criar al niño por celos, considerándose insultado si pones tanto afecto en el [2] ausente y le desprecias a él, que está presente. Por tanto, a mí me parece mejor matar al niño antes de nacer que después de que haya nacido, pues te ahorrarás a ti misma vanos dolores y un embarazo inútil. Yo te aconsejo la verdad porque te quiero.

Con dolor la oyó Calírroe, y arrojándose a sus rodillas la suplicó que buscara algún modo de poder criar al niño. Ella, después de darle muchas negativas y de dilatar [3] la respuesta dos o tres días, cuando ya la había inflamado más para que le suplicara, y se le había hecho más digna de confianza, en primer lugar le hizo jurar que a nadie diria su artimaña, y luego, frunciendo las cejas y retorciéndose las manos, dijo:

—Las grandes cosas, mujer, se arreglan con grandes proyectos, y yo por cariño hacia ti voy a traicionar a mi amo. Sabe, pues, que te ya a ser preciso una de las dos [4] cosas: o hacer perecer a tu hijo o que nazca el más rico de los jonios, heredero de la más ilustre casa. Y eso te hará a ti una madre feliz. Elige, pues, cuál de las dos cosas quieres.

—¿Y quién —respondió— será tan insensata para elegir la muerte de su hijo en lugar de su felicidad? Pero me parece que dices algo imposible e increíble, así que explícamelo con más claridad.

Preguntó entonces Plangón: [5]

—¿De cuánto tiempo crees que estás embarazada?

Y ella dijo:

—De dos meses.

—Entonces el tiempo nos ayuda, pues puedes hacer creer que lo has tenido sietemesino de Dionisio.

Ante esto gritó Calírroe:

—¡Mejor que muera!

Y Plangón le dijo cínicamente: [6]

—Tienes razón, mujer, al preferir abortar. Hagamos eso, pues es menos peligroso que engañar al amo. Corta todos tus recuerdos de nobleza, y no tengas ya más esperanza de tu patria. Adáptate a tu actual suerte y [7] hazte exactamente una esclava.

Al aconsejarle Plangón esto, nada sospechó Calírroe, muchacha noble y sin experiencia de las astucias de los esclavos. Pero cuanto más le exhortaba ella a matarlo, tanto más compadecía al que llevaba en su vientre, y dijo:

—Dame tiempo para reflexionar, pues se trata de una elección entre las cosas más graves: mi virtud o mi hijo.

[8] De nuevo alabó esto Plangón, el no elegir precipitadamente:

—Pues es poderosa la inclinación hacia ambas cosas. Lo uno tiene la fidelidad de la esposa, y lo otro el amor de la madre. Sin embargo, la ocasión no admite un largo retraso, sino que es preciso que mañana sepas ya cuál de las dos cosas eliges, antes de que tu vientre se haga evidente.

Acordaron esto, y se separaron una de otra.

[11 ] Calírroe, subiendo al piso superior y cerrando las puertas, acercó a su vientre la imagen de Quéreas y dijo:

—He aquí que nos hemos convertido en tres, un hombre, su mujer y el hijo. Deliberemos sobre lo que nos conviene a todos. Yo voy a mostrar primero mi pensamiento. En efecto, yo quiero morir como esposa de Quéreas sólo. Esto es para mí más dulce que los padres, la patria y el hijo, el no tener conocimiento de otro [2] hombre. ¿Y tú, hijo, qué eliges para ti mismo? ¿Morir, con una medicina, antes de ver el sol, y ser arrojado junto con tu madre, y quizá no ser considerado digno ni de una sepultura; o vivir y tener dos padres, uno de Sicilia, y el otro el primero de Jonia? Cuando llegues a hombre serás reconocido fácilmente por tus parientes, pues estoy convencida de que te engendraré igual a tu padre. Y navegarás brillantemente en los trirremes 38 milesios, y Hermócrates recibirá con alegría a su descendiente, ya capaz de ser estratego. Traes, hijo, [3] un voto contrario al mío y no nos consientes matarte.

Preguntemos también a tu padre. Pero en realidad él ya ha hablado, pues él mismo, presentándoseme en sueños me dijo: «te confío a nuestro hijo». Te tomo por testigo, Quéreas, tú me desposas con Dionisio.

Todo el día y la noche estuvo en estas reflexiones, y [4] no por sí misma, sino por el niño, se persuadió de seguir viviendo. Y al día siguiente, cuando llegó Plangón, se sentó primero con semblante sombrío, y mostró el aspecto de participar de su dolor, y ambas permanecieron en silencio. Y cuando hubo pasado largo tiempo Plangón [5] preguntó:

—¿Cuál es tu opinión? ¿Qué hacemos? Pues no es momento de esperar.

Pero Calírroe no pudo contestarle al pronto, llorando y trastornada, y penosamente dijo:

—Mi hijo me traiciona contra mi voluntad. Haz tú lo necesario. Pero temo que incluso si me someto a esta violencia Dionisio me desprecie por mi situación y, considerándome como concubina, no como esposa, no eduque al engendrado por otro, y yo perderé en vano mi virtud.

Mientras estaba aún hablando, la interrumpió Plangón [6] y dijo:

—Yo misma he pensado en eso antes que tú, pues ya te quiero más que al amo. Confío en el carácter de Dionisio, pues es un hombre honrado, pero aún así le pediré juramento, aunque él sea mi amo. Pues es preciso que lo hagamos todo con plena seguridad. Y tú, hija, confía en su juramento. Yo me voy ahora a llevar esta embajada.


30 Od . XVII, 485 ss.

31 En los banquetes griegos se dejaban para el final la bebida y libaciones a los dioses. Era éste el momento en que tenían lugar la recitación de poesías, discursos y discusiones filosóficas, tal como Platón nos describe en algunos de sus diálogos.

32 La palabra sátrapa viene del antiguo persa xšaçapavan que significa «protector de la tierra». Eran los gobernadores enviados por el Rey a las distintas demarcaciones en que el territorio del imperio persa estaba dividido. De poder absoluto dentro de su territorio, debían rendir cuentas al Rey de su gestión.

33 Alcínoo, rey de los feacios, recibió a Ulises como un náufrago en su palacio, y, tras oír el relato de sus aventuras, le proporcionó una nave para volver a su reino, a Ítaca, que no se halla lejos de su isla, y lo cargó además de regalos.

34 Menelao, rey de Esparta y marido de la hermosísima Helena, que, al huir con Paris, hizo estallar la guerra de Troya.

35 Medea, aludida también más adelante como «la escita», es la hija del rey de la Cólquide, nieta, por tanto, del Sol, y de la maga Circe. Ayudó a Jasón y los Argonautas a conquistar el vellocino de oro, y se desposó con él, de quien tuyo dos hijos. Traicionada después por su marido, se venga de la futura nueva esposa de éste, regalándole un vestido que la hace arder a ella y su palacio, y completa su venganza asesinando a sus propios hijos, y escapando en un carro de fuego que le envía su abuelo el Sol. Aquí se alude al famoso monólogo patético de la Medea euripídea.

36 Zeto y Anfión, gemelos, hijos de Zeus y Antíope, fueron expuestos en el monte al nacer por su abuelo. Recogidos y criados por un pastor, reconocieron a su madre cuando fueron mayores, y la vengaron, ocupando el trono de Tebas. De Ciro, primer rey de los persas, cuenta Heródoto que fue también expuesto en el monte al nacer, por orden de su abuelo Astiages, rey de los medos, al que un sueño le había anunciado que el hijo de su hija sería superior a él. Salvado y criado por un pastor, fue más tarde reconocido por su abuelo, al que tiempo más tarde destronó (HERÓDOTO , Historia I, 107-122).

37 Il . XXIII, 66-67, aparición de Patroclo a Aquiles.

38 El trirreme es el navio de guerra griego, provisto de puente y con tres órdenes de bancos de remeros.

LIBRO TERCERO

[1 ] Dionisio, como no obtenía el amor de Calírroe, y no soportaba ya seguir viviendo, había resuelto dejarse morir, y escribió su testamento disponiendo cómo debía ser enterrado. Y en su escrito suplicaba a Calírroe que se acercara a él, aunque fuera una vez muerto.

Plangón quería entrar a presencia de su amo, pero le cerró el paso un criado que había recibido la orden [2] de no permitírselo a nadie. Y, como se pusieron a discutir ante la puerta, los oyó Dionisio y preguntó quién venía a molestar. Y al decirle el criado que era Plangón dijo:

—En mal momento se presenta (pues ya no quería ver nada que le recordara su deseo), pero, sin embargo, llámala.

[3] Ella, abriendo las puertas, dijo:

—¿Por qué te atormentas, amo, llorando por ti mismo como quien ha fracasado? Calírroe, en efecto, te llama a la boda. Ponte hermosos vestidos, ofrece el sacrificio y recibe a la novia que amas.

Recibió una fuerte impresión Dionisio por lo inesperado, y la oscuridad le inundó los ojos, y como estaba muy débil quedó con todo el aspecto de un muerto.

Plangón, llorando a gritos, hizo que se reuniera gran número de gente, y por toda la casa se lloró al amo [4] como muerto; y ni siquiera Calírroe oyó la noticia sin lágrimas. Tan grande era el dolor de todos que incluso ella lloraba a Dionisio 39 .

Tras cierto tiempo, se fue recobrando penosamente, y con débil voz dijo:

—¿Cuál de los dioses me engaña, queriendo apartarme del camino que me había propuesto? ¿Despierto o en sueños he oído eso? ¿Quiere casarse conmigo Calírroe, que no quería ni dejarse ver?

Poniéndose a su lado le dijo Plangón: [5]

—Deja de causarte dolor en vano a ti mismo, ẏ de no creer en tu propio bien. Pues yo no engaño a mi amo, sino que me ha enviado Calírroe a traerte esta embajada sobre la boda.

—Dame, pues, esa embajada —dijo Dionisio—, y repite sus propias palabras; y no quites ni añadas nada, [6] sino que trata de acordarte con exactitud.

—Yo —me dijo—, que pertenezco a la primera casa de Sicilia, he sufrido desgracias, pero conservo aún mi orgullo. Me he visto privada de patria y padres, pero lo único que no he perdido es la nobleza. Así pues, si Dionisio quiere tenerme como concubina y saciar así sus deseos, me ahorcaré antes de entregar mi cuerpo a un ultraje de esclava. Pero si me quiere como esposa legítima de acuerdo con las leyes, también yo quiero ser madre, para que el linaje de Hermócrates tenga un sucesor. Que Dionisio delibere sobre esto, no a solas ni [7] apresuradamente, sino con sus amigos y parientes, para que nadie pueda decirle más adelante «¿Vas a criar al hijo de una esclava y avergonzar así tu casa?». Si no quiere ser padre, que no sea tampoco marido.

Estas palabras inflamaron aún más a Dionisio, y concibió una ligera esperanza, pensando que su amor era correspondido, y tendiendo las manos al cielo dijo:

—Ojalá vea yo, oh Zeus y Helios, un hijo de Calírroe. Entonces me consideraré más feliz que el Gran Rey. Vayamos ante ella. Condúceme tú, Plangón, que tanto quieres a tu amo.

[2 ] Llegado al piso de arriba, en primer lugar se sintió impulsado a arrojarse a las rodillas de Calírroe, pero se contuvo y sentándose reposadamente dijo:

—He venido, mujer, a darte las gracias por mi salvación. Pues yo no iba a violentarte contra tu voluntad, [2] pero como no podía obtenerte había decidido morir. Por ti he vuelto a la vida. Y te tengo el mayor agradecimiento, pero, sin embargo, hay algo que te reprocho, pues tú no has creído que yo te iba a tener como esposa para engendrar hijos según las leyes griegas. Si yo no te amara, no hubiera deseado conseguir tal matrimonio. Pero tú, al parecer, me considerabas un loco, si creías que yo iba a hacer esclava a una mujer noble, e iba a considerar un hijo indigno de mí a un descendiente de [3] Hermócrates. «Piénsalo», dices. Ya lo tengo bien pensado. ¿Temes a mis amigos tú, a quien todos aman sobremanera? ¿Y quién se va a atrever a decir que es indigno el engendrado por mí, y que tiene un abuelo más grande que su padre?

Mientras decía estas cosas llorando se acercó a ella. Y ella enrojeciendo le besó dulcemente y dijo:

—Confío en ti, Dionisio, pero desconfío de mi suerte, pues ya antes fui arrojada de mayores bienes por ella. [4] Y temo que aún no se haya reconciliado conmigo. Tú, entonces, aunque eres bueno y justo, pon por testigos a los dioses, no por ti mismo, sino por los demás ciudadanos y parientes, para que ya nadie pueda conspirar nada malo contra mí, sabiendo que has hecho un juramento. Pues es fácil despreciar a una mujer sola y extranjera.

[5] —¿Qué juramento —dijo— quieres que haga a los dioses? Pues estoy dispuesto a jurar, si fuera posible, subiendo al cielo y poniendo mi mano sobre el propio Zeus.

—Júrame —dijo— por el mar que me trajo a ti, y por Afrodita que me mostró a ti, y por Eros, el que conduce a las novias.

Le pareció bien esto y al punto lo hizo.

La pasión amorosa le daba prisa y no consentía retrasar [6] la boda, pues es desagradable imponer economías a la libertad de amar. Dionisio, hombre cultivado, estaba dominado por la tempestad y tenía su alma sumergida en ella, pero se obligaba a sacar la cabeza fuera de aquella como triple ola de pasión. De modo que entonces [7] se contuvo con los siguientes razonamientos:

—¿Voy a desposarla en lugar solitario, como si realmente fuera una esclava comprada con dinero? No soy tan desagradecido como para no celebrar con fiestas mi boda con Calírroe. Es en esto en lo primero que debo honrar a mi mujer. Y además esto me da también seguridad ante el futuro, pues lo más rápido de todas las cosas es la Fama: se marcha por el aire y tiene libres los caminos. Por su causa nada extraordinario puede quedar oculto. Ya está corriendo a llevar a Sicilia la inesperada noticia. «Calírroe vive. Unos violadores de tumbas abriendo su sepultura la robaron y fue vendida en Mileto». Ya vienen navegando los trirremes de [8] Siracusa y el estratego Hermócrates a reclamar a su hija. ¿Y qué les voy a decir? «Terón me la vendió.» ¿Y dónde está Terón? E incluso si consigo hacerme creer, ¿en verdad no he dado hospitalidad a un pirata? Reflexiona, Dionisio, sobre tu causa, pues quizá la tendrás que exponer ante el Gran Rey. Así pues, lo mejor será decir: «Yo oí decir que una mujer libre había llegado aquí no sé cómo, y entregándoseme ella misma en matrimonio, abiertamente la desposé según las leyes». Así [9] convenceré también más a mi suegro de que no soy indigno de este matrimonio. Aguanta, alma mía, este corto plazo, para que puedas gozar ya todo el tiempo de un placer seguro. Seré más fuerte ante el juicio si hago uso del derecho de marido y no del de amo.

[10] Decidió esto, y llamando a Leonas le dijo:

—Vete a la ciudad y prepara todo magníficamente para mi boda. Que se traigan rebaños, que se transporten por tierra y mar trigo y vino. Me he propuesto invitar a toda la ciudad en común.

[11] Habiéndolo dispuesto todo cuidadosamente, al día siguiente hizo él el camino en carro, y ordenó que Calírroe (pues aún no quería mostrarla a la multitud) fuese llevada por la tarde en barca hasta la casa, que estaba precisamente en el puerto llamado Dókimo, y puso en manos de Plangón su cuidado.

[12] Calírroe, cuando ya iba a abandonar el campo, en primer lugar fue a rogar a Afrodita, y entrando al templo, después de hacer salir a todos, dijo esto a la diosa:

—Soberana Afrodita, ¿debo en justicia hacerte reproches, o estarte agradecida? Tú, cuando yo era virgen, me uniste a Quéreas, y ahora después de él me casas [13] con otro. No me hubiera dejado convencer de hacer el juramento por ti y por tu hijo si no me hubiera persuadido este niño (dijo, señalando a su vientre). Te suplico —añadió— no por mí misma, sino por él. Haz que mi engaño quede oculto. Puesto que él no tiene a su verdadero padre, que sea considerado hijo de Dionisio, y una vez criado ya encontrará a su otro padre.

[14] Los marineros, al verla yendo del templo al mar, se sintieron invadidos por el miedo, como si fuese la propia Afrodita la que iba a embarcarse, y todos se apresuraron a prosternarse. Y por el ardor de los remeros llegó la nave al puerto más rápido de lo que se tarda en decirlo.

[15] Al despuntar el alba estaba la ciudad coronada de flores. Cada uno ofrecía un sacrificio ante su propia casa, no sólo en los templos. Había multitud de conjeturas sobre quién era la novia, y el populacho estaba persuadido, a causa de la belleza de la mujer, y del hecho de ser una desconocida, de que era una Nereida que había salido del mar, o que era la diosa que se aparecía en las propiedades de Dionisio, pues esto era lo que contaban los marineros. Uno sólo era el deseo de todos: [16] contemplar a Calírroe, y por ello se congregó una gran multitud en torno al templo de la Concordia, donde era costumbre de la ciudad que los que se iban a casar recibieran a las novias.

Entonces se adornó Calírroe por primera vez desde que había sido encerrada en la tumba, pues una vez que había decidido casarse pensó que su belleza era su patria y su linaje. Y tras ponerse un vestido milesio y la corona de novia, salió ante la multitud, y todos gritaron entonces:

—¡Es Afrodita la que se casa! [17]

Extendieron ante ella tejidos y púrpura, rosas y violetas, y vertieron perfumes a su paso, y no quedó en las casas ni un niño ni un anciano, ni tampoco en los puertos. Hasta a los tejados se subió la multitud en los pasajes estrechos.

Pero incluso ese mismo día se irritó de nuevo aquella divinidad celosa, y el cómo, poco más adelante lo diré. Quiero contar antes lo ocurrido en Siracusa durante este tiempo.

Los violadores de tumbas habían cerrado el sepulcro [3 ] sin cuidado ninguno, pues tenían prisa por hacerlo en la noche. Quéreas, habiendo aguardado al despuntar del día, fue a él con el pretexto de llevar coronas y libaciones, pero en verdad con la intención de quitarse la vida, pues no soportaba verse separado de Calírroe y consideraba la muerte como único médico de su dolor.

Al llegar allí encontró las piedras removidas y la entrada abierta. Y al verlo quedó asombrado y preso de [2] un gran estupor, por no saber qué había ocurrido. La Fama, rápida mensajera, se encargó de anunciar a Siracusa ese hecho extraño, y todos corrieron al sepulcro, pero nadie se atrevía a entrar dentro antes de que [3] Hermócrates lo ordenase. Por fin hicieron entrar a uno y éste lo describió todo exactamente, y les pareció increíble que no estuviese la muerta. El propio Quéreas se lanzó dentro con el deseo de ver otra vez a Calírroe, aunque fuese muerta, pero aunque registró toda la tumba, [4] nada pudo encontrar. Después de él entraron muchos, por incredulidad, y de todos se apoderó el estupor, y uno de los presentes dijo:

—Las ofrendas funerarias han desaparecido. Eso es obra de violadores de tumbas. Pero la muerta, ¿dónde está?

Muchas y diversas conjeturas corrieron entre la multitud, y Quéreas, mirando al cielo y tendiendo a él las manos, dijo:

—¿Cuál de los dioses es el que se hizo mi rival en amor y se llevó a Calírroe, y ahora la retiene junto a él contra su voluntad, obligada por un destino más [5] poderoso? Por eso murió repentinamente, para que no sufriese enfermedad. Así también a Teseo le arrebató Dioniso a Ariadna, y a Sémele la raptó Zeus. Yo no sabía que tenía por mujer a una diosa, y que era superior a nuestra condición. Pero no debía haberse ido de entre [6] los hombres tan rápidamente y con tal pretexto. Tetis era también una diosa, pero permaneció junto a Peleo y él tuvo un hijo de ella; pero yo en la flor de mi amor me veo privado de él. ¿Qué me va a pasar? ¿Qué va a ser de mí, desdichado? ¿Me voy a suicidar? Y, ¿junto a quién seré enterrado?, pues esa era mi única esperanza en la desgracia, que si no conservaba el lecho común con Calírroe iba a conseguir una tumba común con ella. [7] Me defiendo ante ti, señora, por mi vida. Tú me obligas a vivir, pues te buscaré por tierra y por mar, y por el aire si puedo subir a él. Y esto te suplico, mujer, que no huyas tú de mí.

Rompió la multitud en lamentos ante estas palabras, y todos comenzaron a llorar a Calírroe como si acabase de morir.

Inmediatamente sacaron al mar los trirremes y muchos [8] hombres se distribuyeron la búsqueda. El propio Hermócrates buscó en Sicilia, y Quéreas en Libia. Algunos fueron enviados a Italia y a otros se les ordenó atravesar el mar jónico.

Pero la ayuda humana fue totalmente ineficaz, y quien sacó a la luz la verdad fue la Fortuna, sin la cual no hay nada que pueda ser llevado a término. Puede uno darse cuenta de ello por lo que ocurrió.

Los violadores de tumbas, una vez que vendieron la [9] mercancía incómoda, la mujer, abandonaron Mileto e hicieron la travesía a Creta, de la que habían oído hablar como isla rica y grande, y en la que esperaban que les fuera más fácil la venta de sus mercancías. Pero un fuerte viento que se les presentó de improviso les desvió hacia Jonia, y luego de allí en adelante marchaban [10] a la deriva a través del solitario mar. Truenos y relámpagos y una larga noche cayeron sobre los impíos, demostrándoles la Providencia que antes habían tenido una buena travesía gracias a Calírroe.

Aún estando muchas veces cerca de la muerte, no les liberó el dios rápidamente del miedo, haciéndoles largo el naufragio. No hubo, en efecto, tierra que acogiera [11] a los impíos, y ellos, después de vagar por el mar mucho tiempo se encontraron con falta de lo necesario, especialmente de bebida, y de nada les servía la riqueza injustamente obtenida, sino que morían de sed entre el oro. Tarde se arrepentían de aquello a lo que habían osado, reprochándose unos a otros que «de ningún provecho nos ha servido».

[12] Así pues, todos los demás murieron de sed, pero Terón aun en aquella situación fue malvado, ya que, escondiendo algo de bebida, incluso a sus cómplices robó. Él creía que había hecho algo hábil, pero en realidad fue obra de la providencia, que guardaba a ese hombre para la tortura y la cruz.

[13] El trirreme que llevaba a Quéreas se encontró por azar con la barca que iba a la deriva, y en un primer momento la esquivó, creyendo que era de piratas, pero al darse cuenta de que estaba sin piloto, llevada a la ventura según la acometida de las olas, uno gritó desde el trirreme:

—No tiene tripulación. No temamos nada, sino que acercándonos investiguemos este caso extraño.

[14] Esto le pareció bien al piloto, pues Quéreas lloraba con la cabeza cubierta en el fondo de la nave, y una vez que se acercaron, en primer lugar llamaron a los de dentro, y como nadie respondía, subió un hombre del trirreme y vio que no había más que oro y cadáveres. Lo contó a los marineros y se alegraron, considerándose afortunados, pensando que habían encontrado [15] un tesoro en el mar. Y como esto produjo un gran tumulto, Quéreas preguntó cuál era la causa de ello, y después que le informaron, también él quiso conocer aquel hecho extraordinario. Y al reconocer las ofrendas funerarias rasgó sus vestiduras y lanzó un grito largo y penetrante:

—¡Ay de mí, Calírroe!, éstas son tus ofrendas. Ésta es la corona que yo puse en tu cabeza. Esto te lo dio tu padre, y esto tu madre, y éste es tu vestido de novia. [16] Esta nave ha sido tu tumba. Veo tus cosas, pero tú ¿dónde estás? De las ofrendas funerarias sólo falta la muerta.

Oyendo esto, Terón estaba echado igual que los muertos, y efectivamente estaba medio muerto, pues había tomado la decisión de no emitir un sólo sonido ni moverse, ya que no era para él imprevisible el futuro. Pero por naturaleza ama el hombre la vida, y ni en las peores desgracias pierde la esperanza de un cambio a mejor, habiendo sembrado en todos esta ilusión el dios creador para que no escapen a una vida desdichada.

Así pues, dominado por la sed, lo primero que lanzó [17] fue esta voz: «¡Agua!», y una vez que se la dieron y obtuvo todo tipo de cuidados, sentándose junto a él le preguntó Quéreas:

—¿Quiénes sois? ¿A dónde navegáis? ¿Y de dónde sacásteis estas cosas? ¿Y qué le habéis hecho a su dueña?

Terón se acordó de que era un hombre astuto y dijo:

—Soy cretense y navego a Jonia. Busco a mi hermano que es soldado. Fui abandonado por los que me llevaban [18] en su nave en Cefalenia, al haberse marchado de allí rápidamente. Embarqué en este navio que pasó oportunamente por allí. Pero fuimos desviados por fuertes vientos a este mar, y como se produjo luego una larga calma, todos murieron de sed, y sólo yo me he salvado por mi piedad.

Oído esto, Quéreas mandó atar la barca al trirreme hasta que llegasen al puerto de Siracusa.

Pero llegó antes la Fama, que es rápida por naturaleza [4] y que entonces se dio más prisa en anunciar tantos sucesos sorprendentes y extraordinarios. Así que todos corrieron a reunirse a la orilla, y había a la vez sentimientos diversos: unos lloraban, otros se asombraban, otros preguntaban, otros no podían dar crédito a las noticias, pues tan extraña nueva los había dejado perplejos. La madre, al ver las ofrendas funerarias de su [2] hija, empezó a gritar:

—Todo lo reconozco. Sólo tú, hija, faltas. ¡Extraños violadores de tumbas, que han guardado los vestidos y el oro y sólo han robado a mi hija!

Resonaron las orillas y el puerto con los golpes de las mujeres, y llenaron la tierra y el mar de lamentos. [3] Pero Hermócrates, que era estratego y conocedor de lo que debía hacerse, dijo:

—No se debe investigar aquí, sino que hay que hacer una indagación más ajustada a la ley. Vayamos a la asamblea. ¿Quién sabe si incluso tendremos necesidad de jueces?

[4 ] No había acabado de hablar y ya estaba lleno el teatro. A aquella asamblea pudieron ir también las mujeres. El pueblo tomó asiento muy excitado, y entró el primero Quéreas, vestido de negro, pálido, cubierto de polvo, como quien acaba de acompañar a la tumba a su mujer, y no quiso subir a la tribuna, sino que, colocándose abajo, primero estuvo llorando largo rato, y aunque quería hablar no era capaz de hacerlo, pero la [5] multitud gritó: «¡Ten ánimo y habla!» Y él, levantando penosamente la cabeza, dijo:

—No es momento el actual de hablar en público, sino de lamentarse, y yo sólo por obligación hablo y estoy vivo, hasta que descubra la desaparición de Calírroe. Habiendo salido de aquí por ello, no sé si he hecho [6] una travesía favorable o desfavorable. En efecto, vimos una nave que andaba errante en el mar tranquilo, llena de su propia tempestad y hundida en la calma. Asombrados nos acercamos, y creí ver la tumba de mi desdichada mujer, porque tenía todas sus cosas, excepto ella misma. Y había una gran cantidad de muertos, todos extranjeros, y uno de entre ellos, aquí presente, fue encontrado medio muerto. A éste con todo cuidado lo reanimé y os lo guardé para vosotros.

[7] Mientras hablaba, los esclavos públicos condujeron al teatro a Terón, atado, con la escolta adecuada para él, pues le seguían la rueda, el potro y el fuego y los látigos, devolviéndole así la Providencia el premio del certamen. Y cuando se colocó en medio de los arcontes, [8] uno le preguntó:

—¿Quién eres?

—Demetrio —dijo.

—¿Y de dónde?

—Cretense.

—¿Qué es lo que sabes? Dilo.

—Navegando a Jonia al encuentro de mi hermano fui abandonado por mi nave, y luego embarqué en un navío que pasó por allí. Entonces creí que eran mercaderes, pero ahora veo que eran violadores de tumbas. Después [9] de estar en el mar mucho tiempo, todos los demás murieron por falta de agua, y apenas yo me he salvado, por no haber hecho ningún mal en mi vida. Así pues, siracusanos, no seáis para mí vosotros, pueblo afamado por su benevolencia, peores que la sed y el mar.

Al decir él esto con tono plañidero la multitud sintió [10] compasión, y quizá les hubiera persuadido, hasta el punto de conseguir recursos para marcharse, si un dios vengador de Calírroe no se hubiera irritado contra él por tan injusta persuasión —pues iba a ser lo más lamentable de todo el asunto el que los siracusanos se convencieran de que era el único que se había salvado por su piedad el que se había salvado sólo por impiedad— para que fuese más castigado.

En efecto, sentado entre la multitud un pescador lo [11] reconoció, y dijo en voz baja a los que estaban sentados cerca:

—A ése lo he visto ya antes dando vueltas por nuestro puerto.

Inmediatamente se extendió la noticia a todos, y uno gritó:

—¡Miente!

Todo el pueblo se dio la vuelta y los magistrados ordenaron [12] que bajara el que había hablado el primero, y aunque Terón negó, fue creído el pescador.

Al punto llamaron a los verdugos y aplicaron los látigos al malvado. Quemado y desgarrado, resistió mucho, [13] y faltó poco para que venciera a la tortura. Pero es grande la conciencia y todopoderosa la verdad, pues con dificultad y lentamente, pero al fin confesó Terón, y así empezó a relatar:

—Al ver tan gran riqueza enterrada reuní un grupo [14] de ladrones. Abrimos la tumba; encontramos viva a la muerta; reuniéndolo todo lo metimos en la barca; navegando a Mileto vendimos sólo a la mujer, y el resto lo llevábamos a Creta y, desviados al mar Jonio por los vientos, ya habéis visto qué más nos pasó.

Lo dijo todo, y solamente dejó sin mencionar el nombre del comprador.

[15] Dicho esto, todos sintieron a la vez alegría y tristeza: alegría porque Calírroe estaba viva, y tristeza porque había sido vendida. Para Terón fue votada la pena de muerte, pero Quéreas suplicó que no muriera todavía el hombre.

—Para que —dijo— venga conmigo y me muestre a los compradores. Daos cuenta de mi necesidad: estoy hablando en favor del que ha vendido a mi mujer.

[16] A esto se opuso Hermócrates diciendo:

—Es mejor hacer la búsqueda más difícil que violar las leyes. Os pido, siracusanos, que, acordándoos de mis campañas como estratego y mis trofeos, me devolváis este favor pensando en mi hija. Enviad una embajada en su ayuda y recobrémosla, pues es una mujer libre.

[17] Cuando aún estaba hablando gritó todo el pueblo:

—¡Todos iremos!

Del Consejo se propusieron como voluntarios la mayor parte, pero Hermócrates dijo:

—Os agradezco a todos este honor, pero bastan como embajadores dos hombres del pueblo y dos del Consejo. Y Quéreas será el quinto que vaya.

Les pareció bien esto y se le dio fuerza de ley, y después [18] se disolvió la asamblea. Gran parte de la multitud acompañó a Terón, que fue llevado a la muerte. Fue crucificado ante la tumba de Calírroe, y desde la cruz veía el mar, por el que se había llevado cautiva a la hija de Hermócrates y del que ni los atenienses se habían podido apoderar.

A todo el mundo le parecía bien esperar la estación [5 ] buena para la navegación, y hacerse a la mar cuando empezara a brillar la primavera, pues entonces aún era invierno y les parecía totalmente imposible atravesar el mar Jonio. Pero Quéreas tenía prisa, y por su amor estaba dispuesto a, construyendo una balsa, lanzarse él mismo al mar a merced de los vientos. Los embajadores [2] tampoco quisieron diferir el viaje por respeto hacia él y, sobre todo, hacia Hermócrates, sino que se mostraron dispuestos a hacerse a la mar.

Los siracusanos organizaron la expedición a costa de los fondos públicos, para que también esto se añadiera al rango de la embajada. En consecuencia, pusieron a [3] flote un trirreme, la nao capitana de su flota, que todavía tenía las enseñas de la victoria. Y cuando llegó el día marcado para la partida la multitud se congregó en el puerto, no sólo los hombres, sino también las mujeres y los niños, y había al mismo tiempo súplicas, lágrimas, gemidos, exhortaciones, miedo, valor, desesperación, esperanza…

Aristón, el padre de Quéreas, llevado a hombros por [4] su extrema vejez y por la enfermedad, se abrazó al cuello de su hijo y colgado de él decía llorando:

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