Kitabı oku: «La lentitud como método»
Título original: The Slow Fix.
© Carl Honoré, 2013.
© de la traducción: Julia Alquézar, 2013.
© de esta edición: RBA Libros, S. A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
OEBO276
ISBN: 978-84-9006-727-7
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Portada
Créditos
Dedicatoria
Cita
Introducción: La cuerda Andon
1. ¿Por qué la solución rápida?
2. Confesión: La magia de los errores y el mea culpa
3. Pensémoslo bien: Reculer Pour Mieux Sauter
4. Pensamiento holístico: Unir los puntos
5. Piense a largo plazo: Encare hoy el mañana
6. Piense en lo pequeño: Los detalles ínfimos que marcan la diferencia
7. Prepárese: Esté listo para todo
8. Colaborar: Cuatro ojos ven más que dos
9. Crowdsourcing: La sabiduría de las masas
10. Catalizar: El primero entre iguales
11. Delegar: Autoayuda (en el buen sentido)
12. Sentir: Ajustar el termostato emocional
13 Jugar: Resolver los problemas de uno en uno
14. Evolucionar: ¿Ya hemos llegado?
Conclusión: La solución lenta para el futuro
Agradecimientos
Bibliografía
Notas
Otros títulos
A MIRANDA, BENJAMIN Y SUSANNAH
No se puede resolver un problema
a partir de la misma conciencia que lo creó.
Hay que aprender a ver el mundo como si fuera nuevo.
ALBERT EINSTEIN
INTRODUCCIÓN
LA CUERDA ANDON
¡Cuán pobres son aquellos que no tienen paciencia! ¿Hay herida que sane de otra manera que no sea poco a poco?
WILLIAM SHAKESPEARE
En una pequeña habitación sin ventanas, en una pequeña clínica del sur de Londres, está a punto de empezar un ritual familiar. Llamémoslo Hombre que visita a un Especialista para Tratarse su Dolor de Espalda.
Puede que reconozca la escena: las paredes blancas están desnudas aparte de un póster anatómico y unas cuantas huellas emborronadas. De una bombilla del techo emana una luz fluorescente. Un tenue olor a desinfectante flota en el aire. En un carrito junto a la camilla de tratamiento hay agujas de acupuntura colocadas como las herramientas de un torturador medieval.
Hoy, soy el hombre que busca alivio para el dolor de espalda. Boca abajo en la camilla, mirando a través de un anillo de espuma envuelto en papel, veo el dobladillo de una bata blanca arrastrándose por el suelo. Pertenece al doctor Woo, el acupuntor. Aunque está a punto de jubilarse, sigue moviéndose con la gracia ligera de una gacela. Para la muchedumbre dolorida que aguarda en la sala de espera es el estandarte de los beneficios de la medicina tradicional china.
El doctor Woo está plantando un pequeño bosque de agujas a lo largo de mi columna. Cada vez que me pincha la piel, suelta un gruñido amortiguado de triunfo. Y cada vez la sensación es la misma: un cosquilleo de calor seguido por una contracción extrañamente placentera del músculo. Me quedo quieto, como una mariposa rendida ante un coleccionista victoriano.
Después de insertar la aguja final, el doctor Woo baja las luces y me deja a solas en la penumbra. A través de las paredes delgadas, lo oigo charlando con otro paciente, una mujer joven, sobre sus problemas de espalda. Más tarde, regresa para extraerme las agujas. Mientras volvemos a la zona de recepción noto que mi ánimo va mejorando. El dolor ha cesado y puedo mover el cuerpo con entera libertad, pero el doctor se muestra prudente.
—No se deje llevar —dice—. La espalda es complicada y necesita tiempo para curarse adecuadamente, así que debe ser paciente. —Asiento, mientras aparto la mirada y entrego mi tarjeta de crédito. Ya sé lo que viene a continuación—: Debería someterse, al menos, a cinco sesiones más —sentencia.
Mi respuesta es la misma que la última vez, la misma de siempre: concertar una nueva cita, mientras que, en secreto, planeo cancelarla.
Dos días después, como siempre, mi espalda ha mejorado lo suficiente como para cancelar la siguiente visita, y además tengo la petulante sensación de que estoy ahorrando tiempo, molestias y dinero. De todos modos, ¿quién necesita múltiples sesiones de acupuntura? Con una ya vuelvo a estar en plena forma.
¿O tal vez no? Tres meses después vuelvo a estar en la camilla del doctor Woo, y en esta ocasión el dolor me baja por las piernas. Me duele incluso tumbado en la cama.
Ahora le llega el turno al doctor Woo de ser condescendiente. Mientras prepara sus agujas, me comenta que la impaciencia es la enemiga de la buena medicina, y después, me dice algo más personal:
—Alguien como usted no va a mejorar nunca —me dice, con más lástima que enfado—, porque es de esas personas que quiere solucionar rápidamente sus problemas de espalda.
Ay.
Su diagnóstico da en el clavo. No solo soy culpable de todos los cargos (llevo veinte años buscando soluciones rápidas para resolver mis problemas de espalda), sino que, además, a estas alturas, debería haberme aprendido la lección. Después de todo, viajo por todo el mundo dando conferencias sobre lo maravilloso que es ir con calma, tomarte tu tiempo, y no hacer las cosas lo más rápidamente posible sino lo mejor que se pueda. Incluso he predicado las virtudes de la lentitud en congresos médicos. Sin embargo, aunque la desaceleración ha transformado mi vida, el virus de la prisa, evidentemente, sigue corriendo por mis venas. Con precisión quirúrgica, el doctor Woo ha puesto el dedo en la llaga de una verdad incómoda que he evitado durante años: cuando se trata de curarme la espalda, sigo siendo un adicto a las soluciones rápidas.
Mi historial médico parece un periplo sin fin. A lo largo de las últimas dos décadas, una procesión de fisioterapeutas, masajistas, osteópatas y quiroprácticos han retorcido, hecho crujir y estirado mi espalda. En sesiones de aromaterapia, me han frotado la región lumbar inferior con abedul y manzanilla azul. Los reflexólogos han trabajado en los puntos de presión conectados con la espalda en la planta de mis pies. He llevado una abrazadera, he engullido analgésicos y relajantes musculares, y me he gastado una pequeña fortuna en sillas ergonómicas, en plantillas y en colchones ortopédicos. Piedras calientes, ampollas calientes, corrientes eléctricas, esterillas de calor y bolsas de hielo, cristales, reiki, ultrasonidos, yoga, técnica Alexander y Pilates; sí, he pasado por todas y cada una de esas cosas. Incluso visité a un curandero brasileño.
Hasta ahora, nada ha funcionado. Por supuesto, durante todos estos años ha habido momentos de alivio a lo largo del camino, pero después de dos décadas de tratamientos sigue doliéndome la espalda, e incluso empeora.
Quizá todavía no he encontrado la cura adecuada para mí. Al fin y al cabo, otros han superado el dolor de espalda con técnicas de mi plan de tratamiento, e incluso me recomendaron encarecidamente al curandero brasileño. O quizás, y eso me parece mucho más razonable, el doctor Woo tenga razón. En otras palabras, busco soluciones rápidas para el dolor de espalda, y me centro en los síntomas sin llegar hasta la raíz del problema, lo que tiene como resultado un alivio temporal, y que me irrite cuando dejo de hacer progresos, o que tenga que esforzarme más, hasta que paso al siguiente tratamiento; vamos, como una persona que vigila continuamente su peso y salta de una dieta a la otra. El otro día vi un enlace a una página web en la que se anunciaba que la terapia de imanes era una panacea para el dolor de espalda. Lo primero que pensé no fue: «Claro, y las vacas vuelan», sino: «¿Pueden hacerme eso en Londres?».
Este libro no es un diario sobre mis problemas de espalda. No hay nada más tedioso que escuchar a los demás quejarse de sus achaques y dolencias. Si creo que vale la pena explorar mi batalla perdida con la región lumbar es porque señala un problema mucho mayor que nos afecta a todos. Seamos honestos: no soy el único que busca resultados inmediatos. En todos los aspectos de la vida, desde la medicina y las relaciones hasta los negocios y la política, todos estamos enganchados a la solución fácil.
Buscar atajos no es nada nuevo. Hace dos mil años, Plutarco denunció al ejército de curanderos que engatusaban a los crédulos ciudadanos de la antigua Roma con curas milagrosas. A finales del siglo XVIII, las parejas que no eran fértiles hacían cola con la esperanza de concebir en la legendaria Cama Celestial de Londres. El dispositivo amoroso prometía música suave, un espejo montado en el techo y un colchón relleno de «trigo nuevo dulce o avena sativa, mezclada con bálsamo, pétalos de rosa y flores de lavanda, así como crines de las colas de los mejores sementales de Inglaterra». Se suponía que una corriente eléctrica generaba un campo magnético «calculado para dar el grado necesario de fuerza y esfuerzo para los nervios». La promesa: una concepción instantánea. El coste de una noche de torpes maniobras fértiles: 3.000 libras actuales.
Hoy en día, no obstante, la solución rápida se ha convertido en norma en todos los ámbitos de nuestra cultura desbocada, a la carta y del mínimo esfuerzo. ¿Quién tiene el tiempo o la paciencia para efectuar una reflexión aristotélica o para pensar a largo plazo? Los políticos necesitan resultados antes de las siguientes elecciones, de la próxima conferencia de prensa. A los mercados les da un ataque de pánico si las empresas que se tambalean o los gobiernos inestables no consiguen darles un plan de acción inmediato. Las páginas web están repletas de anuncios que prometen soluciones rápidas a cualquier problema que Google conozca: un remedio de hierbas para reactivar tu vida sexual, un vídeo para perfeccionar tu swing de golf o una aplicación para encontrar al hombre de tus sueños. En los viejos tiempos, las protestas sociales conllevaban llenar sobres, ir a manifestaciones o asistir a reuniones en los ayuntamientos. Ahora muchos de nosotros nos limitamos a pinchar «Me gusta» o escribimos un tuit de apoyo. Por todo el mundo se presiona a los médicos para que curen rápidamente a los pacientes, lo que a menudo significa que tengan que recurrir a una pastilla, que es la solución rápida por excelencia. ¿Te sientes triste? Prueba el Prozac. ¿Te cuesta concentrarte? Únete al equipo de Ritalin. En la inacabable búsqueda de un alivio instantáneo, un británico medio toma, según una estimación, 40.000 pastillas a lo largo de una vida.[1] Ciertamente no soy el único paciente impaciente en la sala de espera del doctor Woo.
—La forma más fácil de hacer dinero hoy en día no es curar a la gente —me dice—, sino venderles la promesa de una curación instantánea.
De hecho, gastar dinero se ha convertido en una solución fácil por sí misma, puesto que se ha promovido la idea de que arrasar en los centros comerciales es la manera más rápida de levantar un estado de ánimo hundido. Bromeamos sobre las compras impulsivas mientras enseñamos nuestro nuevo par de zapatos Louboutin, o la última funda de iPad. Las empresas dedicadas a la dietética han convertido la solución fácil en toda una forma de arte. «¡Consiga un cuerpo perfecto para lucir biquini en una sola semana! —grita el anuncio—. Pierda 5 kilos... ¡en SOLO 3 días!».
Incluso puedes recurrir a una solución fácil para arreglar la vida social. Si necesitas un compañero de entrenamiento para el gimnasio, un padrino para tu boda o un tío amable para animar a tus hijos el día de un partido, o si solo quieres un hombro sobre el que llorar, puedes recurrir a agencias de alquiler de amigos. La tarifa media para alquilar un colega con el que dar una vuelta por Londres es de 6,50 libras la hora.
Todas las soluciones rápidas susurran la misma promesa seductora de obtener el máximo resultado por el mínimo esfuerzo. El problema es que esa ecuación no funciona. Piénselo por un momento. ¿Adorar el altar de la solución rápida nos hace más felices, más sanos y más productivos? ¿Sirve para encarar los retos épicos a los que se está enfrentando la humanidad a principios del siglo XXI? ¿Realmente hay una aplicación informática para todo? Por supuesto que no. Intentar resolver los problemas a toda prisa, ponerse una tirita cuando lo que se necesita es cirugía puede que proporcione un respiro temporal, pero por lo general conlleva que más adelante tengamos que enfrentarnos a problemas peores. La verdad, dura e inapelable, es que una solución rápida nunca arregla nada en realidad. Y a veces no hace más que empeorar las cosas.
Hay pruebas por todas partes. Aunque nos gastamos miles de millones de libras en productos dietéticos que nos prometen unos muslos a lo Hollywood y unos abdominales dignos de Men’s Health a tiempo para el verano, la cintura de la gente por todo el mundo no deja de ensancharse. ¿Por qué? Pues porque no hay nada parecido a un consejo que permita mantener una barriga plana. Los estudios académicos demuestran que la mayoría de las personas que pierden peso con dietas lo recuperan todo, y a menudo lo aumentan, en los primeros cinco años.[2] Incluso la liposucción, la opción por excelencia en la carrera por tener unos brazos delgados, puede volverse en contra. La grasa aspirada de los muslos de una mujer y del abdomen suele resurgir al cabo de unos años[3] en alguna otra parte de su cuerpo y dar como resultado unos brazos fofos, por ejemplo, o lorzas en los hombros.
A veces, la solución rápida puede ser peor que no hacer nada en absoluto. Echemos un vistazo a la «terapia de un día de compras». Comprar el último bolso de Louis Vuitton puede hacer mejorar tu humor, pero el efecto suele ser pasajero. Al cabo de poco tiempo, vuelves a encontrarte comprando de nuevo por Internet o en el centro comercial en busca de nuevas emociones, mientras facturas sin abrir se amontonan en el buzón.
Veamos el daño que causa nuestra adicción a las píldoras. Hay estudios que sugieren que cerca de dos millones de estadounidenses abusan de los medicamentos con prescripción médica,[4] y que se producen más de un millón de hospitalizaciones cada año por efectos secundarios de la medicación.[5] La sobredosis por pastillas legales es ahora la principal causa de muerte accidental en Estados Unidos, donde el mercado negro de medicamentos difíciles de conseguir ha provocado un gran aumento de los robos a mano armada en las farmacias. Incluso las unidades de neonatología informan de un incremento en el número de bebés nacidos de madres adictas a los analgésicos. Y no es una visión agradable: los recién nacidos que sufren el síndrome de abstinencia gritan, tienen espasmos y vomitan, se frotan la nariz hasta dejársela en carne viva, y tienen problemas para comer y respirar.
Desde luego, no se pueden resolver los problemas difíciles nada más que con dinero. En un intento de mejorar sus deficientes escuelas públicas, la ciudad de Nueva York empezó a vincular la paga de los profesores a los resultados de sus alumnos en 2008.[6] Después de desembolsar más de cincuenta y cinco millones de dólares a lo largo de tres años, los encargados desestimaron el proyecto porque no se hallaron diferencias en los resultados de los exámenes ni en los métodos de enseñanza. Resulta que reflotar una escuela que hace aguas, como se verá más adelante en este libro, es mucho más complicado que limitarse a repartir unos cuantos incentivos económicos.
Incluso en el mundo de los negocios, donde la velocidad suele ser una ventaja, nuestra afición a las soluciones rápidas tiene consecuencias perjudiciales. Cuando las empresas se meten en arenas movedizas, o se las presiona para reducir las pérdidas o revalorizar el precio de las acciones, la respuesta automática suele ser una reducción de plantilla. Sin embargo, los recortes de personal hechos a toda prisa raramente salen a cuenta. Pueden vaciar una empresa, desmoralizar a los trabajadores que se quedan, y ahuyentar a los clientes y a los proveedores. A menudo, los problemas de base ni se tocan. Después de revisar concienzudamente treinta años de estudios longitudinales y transversales, Franco Gandolfi, profesor de Dirección de Empresas, llegó a una conclusión tajante: «El resultado global de los recortes de plantilla es que producen efectos financieros negativos».[7]
El auge y caída de Toyota es una historia con moraleja. El fabricante japonés de coches conquistó el mundo buscando obsesivamente las fuentes de los problemas para resolverlos. Cuando algo iba mal en la cadena de montaje, incluso el obrero con la menor responsabilidad podía tirar de un cordón, conocido como la cuerda Andon, que activaba un timbre y encendía una bombilla roja sobre ellos. (Andon significa «lámpara de papel» en japonés.) Como niños pequeños, los empleados se preguntaban: «¿Por qué, por qué, por qué?» una y otra vez, hasta llegar a la raíz del problema. Si resultara que este era serio, podrían llegar a parar toda la producción. No se detenían hasta encontrar una solución permanente.
Sin embargo, todo cambió cuando Toyota se embarcó en una carrera precipitada para convertirse en el constructor de coches número uno del mundo. La dirección se vio abrumada, perdió el control de la cadena de montaje e hizo caso omiso de los avisos de la planta de producción. Empezaron a apagar fuegos sin haberse preguntado antes qué los originaba.
Resultado: una retirada de más de diez millones de vehículos defectuosos que destrozaron la reputación de la firma, costaron miles de millones de dólares en ingresos y desencadenaron una oleada de demandas legales. En 2010, Akio Toyoda, el escarmentado presidente de la compañía, explicó al Congreso de Estados Unidos la caída en desgracia de Toyota: «Perseguimos el crecimiento a una velocidad por encima de la que nuestros trabajadores y nuestra organización podían asumir». Traducción: dejaron la cuerda de Andon y cayeron en las soluciones rápidas.
Puede verse la misma insensatez en el deporte profesional. Cuando un equipo sufre un bajón, y el clamor por un giro radical llega al paroxismo en las gradas y en los medios de comunicación, los responsables siempre echan mano de la solución más vieja del manual: despedir al entrenador y contratar uno nuevo. Como el mundo se ha vuelto más impaciente, la lucha por conseguir resultados en el campo se ha vuelto más frenética. Desde 1992, el promedio de tiempo que un entrenador de fútbol profesional se mantiene en Inglaterra en un equipo ha caído de los tres años y medio al año y medio. En las categorías inferiores, la norma ahora va de seis meses a un año. No obstante, convertir el puesto de entrenador en una puerta giratoria es un modo equivocado de dirigir un equipo.[8] Una investigación académica demuestra que la mayoría de los entrenadores nuevos solo proporcionan un pequeño periodo de luna de miel de mejores resultados. Después de una docena de partidos, el rendimiento del equipo suele ser el mismo, o peor, de lo que era antes de que se produjera el cambio, igual que las personas a dieta que recuperan kilos después de saltársela.
Se ven los mismos errores en la guerra y en la diplomacia. La coalición dirigida por Estados Unidos se equivocó al no apoyar la invasión de Irak en 2003 con unos planes adecuados a largo plazo para reconstruir el país. Así, las tropas occidentales se amontonaron en la frontera. Donald Rumsfeld, el entonces secretario de Defensa de Estados Unidos, recurrió al tópico de que los soldados «estarían en casa por Navidad». Según declaró, la guerra de Irak «podría durar seis días, o seis semanas. Dudo mucho de que llegue a los seis meses». A sus palabras siguieron años de caos, carnicería e insurgencia, que finalizaron con una retirada innoble con el trabajo a medio hacer. En la mordaz jerga de los militares de Estados Unidos, los altos mandos hicieron caso omiso de la regla de oro de las siete Pes: «Prior Planning and Preparation Prevents Piss-Poor Performance», es decir, la planificación y la preparación previas evitan una actuación miserable.
Incluso la industria tecnológica, ese tren de alta velocidad, está aprendiendo que no puedes resolver todos los problemas limitándote a introducir más datos y escribiendo mejores algoritmos. Un equipo de especialistas de tecnologías de la información acudió hace poco a la sede central de la Organización Mundial de la Salud en Ginebra con la misión de erradicar enfermedades tropicales como la malaria o el gusano de Guinea. Se produjo un choque de culturas. El departamento de enfermedades tropicales está a años luz de las modernas oficinas de Silicon Valley. Archivadores grises y bandejas para documentos repletas con carpetas amontonadas bordean un pasillo apenas iluminado. En la rendija para las monedas de la máquina de bebidas hay una nota amarillenta en la que puede leerse «Hors Service» (No funciona). Quienes trabajan allí, en oficinas con ventiladores en el techo, tienen el típico aspecto de universitario y llevan sandalias. Parece el Departamento de Sociología de una universidad sin fondos, o algún puesto fronterizo en un país en vías de desarrollo. Como muchos de los expertos de allí, a Pierre Boucher le sorprendió, a la vez que le divirtió, la fanfarronería de los entrometidos informáticos. «Aquellos tipos expertos en tecnología llegaron con sus portátiles y nos dijeron: “Dadnos los datos y los mapas y nosotros os arreglamos el problema” —cuenta, con una sonrisa escéptica—. Pero las enfermedades tropicales son un problema tremendamente complejo que no se puede resolver solo con un teclado».
—¿Hicieron algún avance los superempollones? —pregunté.
—No, ninguno en absoluto —respondió Boucher—. Acabaron yéndose, y nunca más volvimos a saber de ellos.
Bill Gates, el sumo sacerdote de las soluciones a alta velocidad, ha aprendido la misma lección. En 2005 retó a los científicos del mundo a encontrar soluciones a los mayores problemas de salud global en un tiempo récord. La Fundación de Bill y Melinda Gates premió con becas por un valor de 458 millones de dólares a 45 de más de las 1.500 propuestas que los inundaron. Se habló mucho de crear, por ejemplo, vacunas que no necesitaran refrigeración en los siguientes cinco años. Sin embargo, cinco años después, los ánimos se templaron. Incluso los proyectos más prometedores estaban muy lejos de proporcionar soluciones reales. «Pecamos de ingenuos cuando empezamos», admitió Gates.
La moraleja está clara: la solución rápida no es el caballo ganador. Por sí solo, ningún algoritmo ha resuelto jamás un problema global de salud. Ninguna compra impulsiva ha dado giro alguno a ninguna vida. Ningún medicamento ha curado jamás una enfermedad crónica. Ninguna caja de bombones ha arreglado jamás una relación rota. Ningún DVD educativo ha transformado a ningún niño en un pequeño Einstein. Ninguna conferencia TED[*] ha cambiado el mundo. Ninguna guerra relámpago ha acabado con grupo terrorista alguno. Siempre es más complicado que eso.
Con independencia del ámbito que tratemos (salud, política, educación, relaciones, negocios, diplomacia, finanzas o medio ambiente), los problemas a los que nos enfrentamos son más complejos y más apremiantes de lo que lo han sido jamás. Una actuación lamentable ya no nos lleva a ninguna parte. Ha llegado el momento de resistirse a los cantos de sirenas de las soluciones precocinadas y paliativas solo a corto plazo y empezar a arreglar las cosas de la manera adecuada. Necesitamos encontrar una nueva y mejor forma de encarar cada tipo de problema; esto es, necesitamos aprender el arte de la solución lenta.
Ha llegado el momento de definir los términos. No todos los problemas se crean por igual. Algunos pueden arreglarse con una solución rápida y sencilla. Insertando una sola línea de código se puede conseguir que una página web deje de dar problemas a una empresa. Cuando alguien se está ahogando por un trozo de comida atascado en la tráquea, con la maniobra de Heimlich se puede hacer salir el objeto que bloquea la vía y salvarle la vida a la víctima. Sin embargo, en este libro pretendo tratar problemas muy diferentes, donde los parámetros no están claros y pueden variar, donde el comportamiento humano entra en juego, donde incluso puede no existir la respuesta correcta. Pensemos en el cambio climático, la epidemia de obesidad o en una empresa que crece demasiado para su propio bien.
Cuando se trata de problemas así, la solución rápida trata los síntomas en lugar de la causa. Proporciona alivio a corto plazo, en lugar de una cura duradera. No ofrece respuestas para efectos secundarios indeseados. Cada cultura tiene una tradición de soluciones superficiales. Los franceses lo llaman una solution de fortune; los argentinos, «enrollarlo todo con alambre». En inglés, se habla de band-aid cures y duct-tape solutions. Los finlandeses bromean sobre arreglar un pinchazo con chicle. La palabra hindi jugaad significa «resolver problemas» (desde construir coches hasta reparar bombas de agua) usando cualquier cacharro que se tenga a mano. Mi metáfora favorita para hablar de la locura de la solución rápida es la expresión coreana «hacerse pis en una pierna congelada»: la orina templada proporciona un alivio instantáneo, pero, al final, el problema solo empeora porque el líquido se congela y se solidifica sobre la piel.
Así pues, ¿qué es la solución lenta? Esa es la pregunta que responderemos en las siguientes páginas. Sin embargo, resulta ya evidente que se basa en una virtud que escasea hoy en día: la paciencia.
Sam Micklus lo sabe mejor que la mayoría. Es el fundador de la Odisea de la Mente, lo más cercano que existe a unos Juegos Olímpicos de solución de problemas. Cada año, alumnos de 5.000 escuelas de todo el mundo se proponen resolver uno de los seis problemas que el propio Micklus propone. Tal vez se trate de tener que construir una estructura capaz de soportar peso con madera de balsa, crear una obra de teatro en la que una comida se defienda en un supuesto tribunal de la acusación de no ser saludable, o bien retratar el descubrimiento de tesoros arqueológicos del pasado y del futuro. Los equipos se enfrentan en competiciones regionales, y después en nacionales para ganarse un puesto en la final anual mundial. La NASA es el principal patrocinador de la Odisea de la Mente, y envía a algunos empleados en busca de nuevos talentos.
Me encontré con Micklus en las finales mundiales de 2010 en East Lansing, Michigan. Es un profesor jubilado de Diseño Industrial de Nueva Jersey, que ahora vive en Florida, y tiene el aspecto exacto del típico pensionista estadounidense, con zapatos cómodos, pelo canoso y un ligero bronceado. En las finales mundiales, no obstante, rodeado del alboroto de niños disfrazados y haciendo los últimos preparativos para su representación ante los jueces, se muestra tan alegre como un niño la mañana de Navidad. Todo el mundo se dirige a él como doctor Sam.
Durante los treinta años que ha estado al timón de la Odisea de la Mente, Micklus ha observado cómo el culto a la solución rápida ha ido echando raíces en la cultura popular. «El problema real de hoy en día es que ya nadie está dispuesto a esperar —dice—. Cuando le pido a la gente que piense en un problema, aunque sea durante un minuto o dos, desvía la mirada al reloj al cabo de solo diez segundos».
Da un sorbo de agua de una botella de plástico y mira a su alrededor en el enorme gimnasio en el que estamos charlando. Parecen las bambalinas de un musical del West End londinense, con niños yendo de un lado a otro, gritando instrucciones, montando su atrezo y probando flotadores sorprendentemente elaborados. La mirada de Micklus se detiene en un grupo de chicas de once años que luchan por arreglar una cadena defectuosa en su autocaravana casera.
«Incluso aquí, en la final mundial, cuando hablas con las personas que en el futuro estarán más capacitadas para resolver problemas, muchos de los chicos siguen queriendo lanzarse de cabeza con la primera idea que se les ocurre y hacer que funcione de inmediato, pero su primera idea suele no ser la mejor, y pueden tardar semanas o incluso más en encontrar la solución correcta para un problema y llevarla a buen puerto», dice.
Nadie, ni siquiera Micklus, cree que tengamos que resolver cada problema lentamente. Hay veces que, como cuando hay que curar a un soldado en el campo de batalla, por ejemplo, o enfriar un reactor nuclear dañado en Japón, sentarse a rascarte la barbilla y a sopesar el panorama en su conjunto y a largo plazo no es una opción. En esos casos, debes ponerte en plan MacGyver, coger la cinta de embalar y apañar una solución que sirva para ese mismo momento. Cuando en 1970 los astronautas del Apolo 13 comunicaron a Houston que tenían un «problema», los cerebritos que controlaban la misión de la NASA no se embarcaron en una investigación completa para averiguar qué causó la explosión en los tanques de oxígeno en la nave espacial. En cambio, se remangaron y trabajaron contrarreloj para hallar una solución rápida y sucia que modificara los filtros de dióxido de carbono para que los astronautas pudieran usar el módulo lunar como bote salvavidas. En cuarenta horas, los encargados de resolver problemas de Houston dieron con una ingeniosa solución usando materiales que había a bordo de la nave:[9] cartón, mangas de trajes, bolsas de plástico de almacenamiento, e incluso cinta de embalaje. No fue un arreglo permanente, pero permitió que la tripulación del Apolo 13 volviera a salvo a casa. Después, la NASA tiró de la cuerda Andon, y dedicó miles de horas a averiguar exactamente qué había fallado en esos tanques de oxígeno, y a diseñar una solución lenta para asegurarse de que nunca volvieran a explotar.[10]
Y, sin embargo, ¿cuántos de nosotros seguimos el ejemplo de la NASA? Cuando una solución rápida alivia los síntomas de un problema, como hizo la sesión de acupuntura con mi espalda, nuestro deseo de tirar de la cuerda Andon suele desvanecerse. Después de que un maremoto de deuda tóxica sacudió los cimientos de la economía mundial en 2008, los gobiernos de todo el mundo se apresuraron a reunir rescates por un valor de más de cinco billones de dólares. Esa fue la solución rápida necesaria. Sin embargo, una vez que la amenaza de una crisis mundial retrocedió, también lo hizo la voluntad de buscar una solución de mayor alcance. En todos los países, los políticos no consiguieron llegar hasta la raíz del problema, ni llevar a cabo la reforma que nos protegiera del Armagedón financiero 2: La secuela.
Demasiado a menudo, cuando una solución rápida va mal, nos retorcemos las manos, prometemos pasar página y volvemos a cometer los mismos errores una vez más.
Incluso cuando se requiere un cambio más fundamental, la gente sigue optando por la solución rápida —dice Ranjay Gulati, profesor de Administración de Empresas de la Harvard Business School—; parecen tomar las decisiones adecuadas y dar los pasos correctos, pero en última instancia no siguen, así que lo que empieza como una solución lenta, acaba siendo otro arreglo rápido. Es un problema común.
BP es un ejemplo de libro de texto. En 2005, la refinería de la empresa de Texas explotó, y allí murieron 15 trabajadores y otros 180 resultaron heridos. Menos de un año después, se descubrió una fuga de petróleo de una grieta de 25 kilómetros de una tubería en la costa de Alaska. La cercanía temporal en la que se produjeron ambos incidentes debería haber servido de llamada de atención, un aviso de que años de atajos habían empezado a causar problemas. En 2006, John Browne, el entonces director ejecutivo de BP, pareció aceptar que había pasado el momento para las soluciones rápidas. «Tenemos que establecer correctamente las prioridades —anunció—. Y lo primero que hay que hacer es ocuparse de lo que ha ocurrido, arreglar las cosas y llegar hasta el final. No vamos a adoptar soluciones superficiales, sino que vamos a llegar hasta la raíz del problema».
Sin embargo, eso nunca ocurrió. En lugar de ello, BP prosiguió con la misma política de siempre, lo que le valió unas cuantas reprimendas oficiales y una importante multa por no llevar a cabo la promesa de Browne. En abril de 2010, la empresa pagó un alto precio por su enfoque displicente cuando una explosión destrozó su plataforma petrolífera Deepwater Horizon, en la que murieron 11 trabajadores y otras 17 personas resultaron heridas; al final, lanzó más de 779.000 toneladas de crudo al golfo de México, en el que se convirtió en el peor desastre medioambiental de la historia de Estados Unidos.
El fiasco de BP es un recordatorio de lo perniciosamente adictiva que puede ser la solución rápida. Incluso cuando están en juego vidas y grandes sumas de dinero; cuando todo, desde nuestra salud y relaciones con nuestro trabajo y el entorno está en peligro, incluso cuando nos vemos bombardeados por las pruebas de que el camino hacia la catástrofe está cimentado con soluciones que no son más que parches, seguimos viéndonos arrastrados hacia la solución rápida, como polillas hacia la luz.
Las buenas noticias son que podemos vencer esta adicción. En todos los aspectos de la vida, cada vez somos más los que estamos empezando a aceptar que, cuando nos enfrentamos a problemas graves, lo más rápido no es siempre lo mejor, que las mejores soluciones surgen cuando invertimos suficiente tiempo, esfuerzo y recursos. En otras palabras, cuando vamos lentamente.
Hay muchas preguntas que este libro debe responder. ¿Qué es la solución lenta? ¿Existe la misma receta para cada problema? ¿Cómo sabemos cuándo está resuelto adecuadamente un problema? Y sobre todo, ¿cómo podemos poner en práctica una solución lenta en un mundo adicto a la velocidad?
Para responder esas preguntas, he viajado por todo el planeta para conocer a personas que se aproximan a los problemas difíciles con nuevos enfoques. Visitaremos al alcalde que revolucionó el transporte público de Bogotá, la capital de Colombia; nos reuniremos con el director y los presos de una moderna prisión de Noruega, y exploraremos cómo los islandeses están reinventando la democracia. Algunas de esas soluciones podrán aplicarse a nuestra propia vida, organización o comunidad, pero mi objetivo es ir mucho más allá. Se trata de extraer algunas lecciones universales sobre cómo encontrar la mejor solución cuando algo va mal. Eso significa hallar el punto en común entre los problemas que superficialmente parecen no tener relación alguna. ¿Qué lecciones pueden aprender los negociadores de la paz de Oriente Próximo, por ejemplo, del sistema de donaciones de órganos español? ¿Cómo puede un programa de regeneración de una comunidad en Vietnam ayudar a incentivar la productividad de una empresa de Canadá? ¿Qué ideas pueden tomar los investigadores franceses que están intentando reinventar la cantimplora de la rehabilitación de una escuela con problemas de Los Ángeles? ¿Qué podemos aprender nosotros de los mediadores de la NASA, de los jóvenes que participan en la Odisea de la Mente, o de los jugadores que pasan miles de millones de horas intentando arreglar problemas en línea?
El libro es también una búsqueda personal. Después de años de falsos principios y medias tintas, de atajos y de seguir pistas falsas, quiero averiguar qué le pasa a mi espalda. ¿Es mi dieta? ¿Mi postura? ¿Mi estilo de vida? ¿Hay algún motivo de base emocional y psicológica en todos esos problemas de columna? Finalmente estoy dispuesto a bajar el ritmo y asumir el esfuerzo necesario para curarme la espalda de una vez por todas. No más soluciones con cinta de embalar, ni tiritas ni chicles.
Olvidémonos de orinar sobre las piernas congeladas.
Ha llegado el momento de la solución lenta.
1
¿POR QUÉ LA SOLUCIÓN RÁPIDA?
Lo quiero todo, y lo quiero ahora.
QUEEN (grupo de rock)
La iglesia de San Pedro parece imperturbable ante el impaciente frenesí del centro de Viena. Está en una plaza estrecha, apartada de las ruidosas calles llenas de tiendas que se entrelazan en la capital austriaca. Los edificios se inclinan por todas partes como soldados que cierran filas. Los visitantes pasan a menudo junto a ella sin ni siquiera fijarse en la deliciosa fachada barroca de la iglesia, ni en sus cúpulas verdes.
Cruzar las inmensas puertas de madera es como viajar a través de un agujero de gusano hasta un tiempo en el que había pocas razones para correr. Se oyen cantos gregorianos desde altavoces ocultos. Las velas arrojan una luz titilante sobre las piezas del altar bañadas en oro y las pinturas de la Virgen María. El olor a incienso endulza el aire. Una escalera de piedra, sinuosa y desgastada, lleva hasta una cripta que tiene más de mil años. Con muros gruesos que bloquean las señales de móvil, el silencio resulta casi metafísico.
He venido a San Pedro a hablar sobre las virtudes de bajar el ritmo. Se trata de una sesión para gente de negocios, pero también se hallan presentes algunos miembros del clero. Al final de la tarde, cuando la mayoría de los invitados se han dispersado en la noche vienesa, monseñor Martin Schlag, resplandeciente con su hábito púrpura, se acerca a mí, con algo de timidez, para hacer una confesión.
Mientras le escuchaba, me he dado cuenta de repente de lo fácil que es que nos infecte la impaciencia del mundo moderno —me dice—. Debo admitir que últimamente he estado rezando demasiado rápido.
Ambos nos reíamos por la ironía de que un hombre vestido de hábito se comportara como un hombre vestido de traje, pero su transgresión recalca lo arraigado que está el impulso de la solución rápida. Después de todo, la oración puede ser el ritual más antiguo para resolver problemas. A lo largo de la historia y en todas las culturas, nuestros ancestros se han dirigido a los dioses y a los espíritus en tiempos de necesidad, en busca de ayuda para encararlo todo, desde las inundaciones y el hambre hasta la sequía y la enfermedad. Aunque si la oración puede realmente ser una forma de solucionar problemas es una cuestión controvertida, hay algo que está claro: ningún dios les ha ofrecido jamás auxilio a quienes rezaban más rápido.
La oración no puede ser un atajo —prosigue monseñor Schlag—. El sentido de la oración está en ir más despacio, escuchar y pensar profundamente. Una oración apresurada carece de significado y poder. Se convierte en una solución rápida vacía.
Si vamos a empezar a resolver los problemas a conciencia, primero debemos comprender nuestra atracción fatal por las soluciones rápidas. Necesitamos saber por qué incluso las personas como monseñor Schlag, que dedican su vida a la contemplación serena en lugares como la iglesia de San Pedro, siguen cayendo en la trampa de la solución fácil. ¿Estamos enganchados de algún modo a la cinta de embalaje? ¿Acaso la sociedad moderna hace más difícil que nos resistamos a hacernos pis en la pierna congelada?
Después de mi encuentro con monseñor, me encontré con un experto secular en el estudio del cerebro humano. Peter Whybrow es psiquiatra y director del Instituto Semel de Neurociencia y Comportamiento Humano de la Universidad de California de Los Ángeles. También es el autor de un libro llamado American Mania, que explora cómo el funcionamiento del cerebro que ayudó al hombre primitivo a sobrevivir en un mundo de privaciones nos hace proclives a atracarnos en la época moderna de la abundancia. Como tantos otros expertos en el campo de la neurociencia, cree que nuestra adicción a la solución rápida tiene raíces fisiológicas.
El cerebro humano también tiene dos mecanismos básicos para resolver problemas, que se conocen comúnmente como sistema 1 y sistema 2. El primero es rápido e intuitivo, casi como pensar sin pensar. Cuando vemos un león acechándonos desde el otro lado de un abrevadero, nuestro cerebro establece instantáneamente la mejor ruta de escape y nos envía a toda prisa hacia ella. Una solución rápida. Problema resuelto. Sin embargo, el sistema 1 no vale solo para situaciones de vida o muerte. Ese es el atajo que usamos para navegar en nuestra vida diaria. Sería imposible tener que sopesar cada decisión, desde qué sándwich compraremos para almorzar hasta valorar si le devolvemos la sonrisa a ese extraño tan atractivo con quien nos hemos cruzado en el metro, mediante un profundo análisis egocéntrico. La vida sería insoportable. El sistema 1 nos ahorra problemas.
Por el contrario, el sistema 2 es lento y deliberado. Se trata del pensamiento consciente que llevamos a cabo cuando nos piden que multipliquemos 23 por 16, o que analicemos los posibles efectos colaterales de una nueva política social. Requiere planificación, análisis crítico y pensamiento racional, y lo dirigen las partes del cerebro que siguen desarrollándose después del nacimiento y hasta la adolescencia, que es la razón por la que los niños solo se preocupan por la gratificación instantánea. No resulta sorprendente saber que el sistema 2 consume más energía.
El sistema 1 era una buena elección para la vida en los tiempos antiguos. Nuestros primeros ancestros tenían menos necesidades de pensar las cosas en profundidad, o de verlas desde una perspectiva amplia. Comían cuando tenían hambre, bebían cuando tenían sed, y dormían cuando estaban cansados.
No había un mañana cuando se vivía en la sabana, y la supervivencia dependía de lo que hacías cada día —dice Whybrow—. Así que los sistemas fisiológicos que hemos heredado en el cerebro y el cuerpo se centraban en encontrar soluciones a corto plazo y nos recompensaban por conseguirlas.
Después de que el cultivo de la tierra empezó a asentarse hace diez mil años, planear el futuro se convirtió en una ventaja. Ahora, en un mundo complejo y postindustrial, el sistema 2 debería ser el rey.
Solo que no lo es. ¿Por qué? Una razón es que, dentro de nuestra cabeza del siglo XXI, seguimos merodeando por la sabana. El sistema 1 sigue siendo el predominante porque requiere mucho menos tiempo y esfuerzo. Cuando se pone en marcha, el cerebro se inunda de recompensas químicas como la dopamina, que desencadenan el tipo de sensación de bienestar que nos hace que sigamos volviendo por más. Por ese motivo sentimos una ligera emoción cada vez que pasamos un nivel de Angry Birds o cuando marcamos una de las tareas de la lista de recados: hemos acabado un trabajo, conseguido la recompensa y seguido hacia delante para lograr una nueva emoción. Al calcular el equilibrio de costes y beneficios desde la perspectiva de la neurociencia, el sistema 1 ofrece el máximo beneficio por el mínimo esfuerzo. La aceleración que proporciona puede incluso convertirse en un fin en sí misma. Como los adictos al café que van detrás de un trago de cafeína, o los fumadores que se apresuran a salir para fumarse un cigarrillo, nos enganchamos a la rapidez de la solución de la solución rápida. Por comparación, el sistema 2 puede parecer una forma de actuar difícil, que exige pagar un peaje y sacrificarte hoy a cambio de la promesa de obtener alguna vaga recompensa en el futuro. Como un entrenador personal que nos ladra para que dejemos ese éclair de chocolate para hacer otras veinte flexiones, o unos padres que nos fastidian para que hinquemos los codos en los libros en lugar de salir a la calle a jugar. Henry T. Ford se refería al sistema 2 cuando dijo: «Pensar es el trabajo más difícil que hay, y probablemente por eso tan poca gente se dedica a hacerlo».
El sistema 2 puede actuar también como un manipulador de la información, racionalizando nuestra preferencia por las recompensas a corto plazo. Después de ceder a la tentación y engullir ese éclair, nos convencemos de que merecíamos ese aporte de energía o de que quemaremos las calorías sobrantes en el gimnasio. «La conclusión es que el cerebro primitivo está programado para aceptar la solución rápida; siempre lo ha estado —dice Whybrow—. La gratificación a largo plazo que conseguiríamos con un plan a largo plazo implica un trabajo duro. La solución rápida nos resulta más rápida. De ahí conseguimos nuestro placer. Lo disfrutamos y enseguida lo queremos más y más rápido».
Ahí reside también el motivo de que nuestros ancestros nos advirtieran contra las soluciones rápidas mucho antes de que Toyota inventara la cuerda Andon. En la Biblia, Pedro urge a los cristianos a ser pacientes: «El Señor no tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con vosotros no queriendo que nadie perezca, sino que todos alcancéis el arrepentimiento». Traducción: Dios no está por la labor de proporcionar soluciones en tiempo real. Además, no solo las autoridades religiosas han llamado la atención sobre el punto débil del hombre respecto al canto de sirena del pensamiento a corto plazo. John Locke, uno de los principales pensadores de la Ilustración, advirtió que los comerciantes guiados por la solución fácil se estaban cavando su propia tumba: «Quien no tiene dominio sobre sus inclinaciones, quien no sabe cómo resistirse a la importunidad del placer o dolor presente, aunque la razón le diga qué es correcto hacer y lo que conduce al verdadero principio de la verdad y la industria, corre el peligro de no ser bueno nunca en nada», escribió. Un siglo después, Alexander Hamilton, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos de América, volvió a señalar el peligro: «Las pasiones momentáneas y los intereses inmediatos tienen un control más activo e imperioso sobre la conducta humana que las consideraciones generales o remotas de la política, la utilidad o la justicia». Incluso en la era moderna sigue persistiendo el recelo en las decisiones precipitadas. Ante un diagnóstico médico funesto, el consejo habitual es buscar una segunda opinión. Gobiernos, empresas y otras organizaciones se gastan miles de millones en la recolección de datos, investigación y análisis para ayudarlos a resolver problemas a conciencia.
Entonces, ¿por qué, a pesar de todos estos avisos y exhortaciones, seguimos cayendo en la solución rápida? El atractivo del sistema 1 es solo parte de la explicación. A lo largo de cientos de miles de años, el cerebro humano ha desarrollado todo un abanico de peculiaridades y mecanismos que distorsionan nuestro pensamiento y nos empujan en la misma dirección.
Consideremos nuestra inclinación natural hacia el optimismo. En todas las culturas y edades, la investigación ha demostrado que la mayoría de nosotros espera que el futuro sea mejor de lo que acaba siendo. Desestimamos a las claras nuestras posibilidades de que nos despidan, de divorciarnos o de que nos diagnostiquen una enfermedad fatal.[11] Esperamos engendrar niños dotados, superar a nuestros iguales y vivir más tiempo de lo que realmente hacemos. Parafraseando a Samuel Johnston, dejamos que la esperanza triunfe sobre la experiencia. Esta tendencia puede tener un propósito evolutivo, ya que nos espolea a seguir adelante, en lugar de retirarnos a una esquina oscura a regodearnos en la injusticia de todo. En The Optimism Bias, Tali Sharot argumenta que la creencia en un futuro mejor fomenta mentes más saludables en cuerpos más saludables. No obstante, advierte que demasiado optimismo puede volverse en nuestra contra. Al fin y al cabo, ¿quién necesita revisiones médicas regulares o un plan de pensiones si todo acabará arreglándose de algún modo al final? «Los mensajes de “Fumar mata” no funcionan porque la gente cree que sus posibilidades de contraer un cáncer son bajas —dice Sharot—. El índice de divorcios es del 50 %, pero nadie cree que le vaya a tocar. Hay una predisposición fundamental en el cerebro». Y esa predisposición afecta al modo en que encaramos los problemas. Cuando te pones unas gafas con cristales de color rosa, la solución fácil parece de repente mucho más convincente.
El cerebro humano también tiene una afición natural a las soluciones familiares. En lugar de tomarnos un tiempo para comprender un problema en sus propias características, solemos buscar soluciones que hayan funcionado en problemas similares en el pasado, incluso cuando tenemos mejores opciones delante de nuestra tendencia. Esta predisposición, descubierta estudio tras estudio, se conoce como el efecto Einstellung. Era útil en la época en la que la humanidad se enfrentaba a un conjunto limitado de problemas urgentes y sencillos, como evitar que los devorase un león; pero es menos útil en un mundo moderno de gran complejidad. El efecto Einstellung es la razón por la que a menudo cometemos los mismos errores una y otra vez en política, en las relaciones y en nuestras carreras.
Otra de esas razones es nuestra aversión al cambio. Los conservadores no tienen el monopolio del deseo de mantener las cosas tal y como están. Incluso cuando se enfrentan a argumentos de peso para comenzar de nuevo, el instinto humano es quedarse quieto. Por ese motivo podemos leer un libro de autoayuda, estar de acuerdo con todo lo que dice y después no conseguir poner ninguno de los consejos en práctica. Los psicólogos llaman a esta inercia la «tendencia del statu quo». Explica por qué siempre nos sentamos en el mismo sitio en la clase cuando no hay ninguna distribución asignada de los asientos, o nos quedamos con el mismo banco, plan de pensiones y con la misma compañía del agua o la luz aunque la competencia ofrezca servicios más ventajosos. Esta resistencia al cambio está presente en nuestra lengua: «Si algo no está roto, no lo arregles», decimos, o: «No puedes enseñarle nuevos trucos a un perro viejo». Junto con el efecto Einstellung, la tendencia del statu quo hace que nos resulte más difícil apartarnos de la rutina de la solución rápida.
Si añadimos nuestra reticencia a admitir errores, nos damos de bruces con otro obstáculo a la solución lenta: el, por así llamarlo, «problema del legado». Cuanto más invertimos en una solución (miembros, tecnología, marketing o reputación), menos inclinados nos sentimos a cuestionárnosla o a buscar algo mejor. Eso significa que preferiríamos mantenernos firmes con una solución que no está funcionando que empezar a buscar una que sí lo haga. Incluso quienes resuelven con más agilidad los problemas del mundo pueden caer en esta trampa. A principios del siglo XXI, un trío de magos del software de Estonia escribieron un código que permitía hacer llamadas por Internet. Resultado: el nacimiento de una de las empresas que crecieron con mayor rapidez. Una década después, la sede de Skype en Tallinn, la capital de Estonia, sigue siendo una empresa de aspecto joven, chic, con paredes de ladrillos a la vista, pufs y arte funky. Allá donde se mire, hipsters de múltiples naciones dan sorbos de agua mineral o juguetean con iPads. En una plataforma cerca de la habitación en la que conocí a Andres Kütt, el joven gurú con perilla de Skype, está de pie junto a una pizarra blanca cubierta de garabatos de la última tormenta de ideas.
Incluso en aquella casa de locos iconoclasta, la solución errónea puede ganar tercos defensores. A los treinta y seis años, Kütt es ya una persona muy capacitada para resolver problemas. Apoyó a los primeros bancos por Internet y capitaneó los esfuerzos para que los estonios pudieran cumplimentar sus devoluciones de impuestos online. Le preocupa que, con el transcurrir de los años y si la empresa se hace lo suficientemente grande para generar intereses, Skype haya perdido parte de su capacidad de resolver sus problemas. «El legado es ahora un gran problema para nosotros también —explica—. Haces una enorme inversión para resolver un problema y, de repente, en torno al problema aparece una gran cantidad de personas y sistemas que quieren justificar su existencia. Acabas con un escenario en el que la fuente original del problema está oculta y es difícil de alcanzar». En lugar de cambiar de enfoque, la gente en esas circunstancias suele sumergirse de pleno en la solución imperante. «Asusta dar un paso atrás y enfrentarse a la idea de que tus viejas soluciones pueden no funcionar, y plantearse invertir tiempo, dinero y energía en encontrar otras mejores —dice Kütt—. Es mucho más fácil y seguro permanecer dentro de tu zona de comodidad».
Aferrarse a un barco que se hunde puede ser irracional, pero lo cierto es que no todos nosotros somos tan racionales como nos gusta imaginar. Estudio tras estudio asumimos que las personas dotadas con voces más profundas (normalmente hombres) son más inteligentes y dignos de confianza que quienes hablan en un registro más alto (normalmente mujeres). También tendemos a pensar que la gente guapa es más lista y competente de lo que realmente es. O si no, pensemos en la «ilusión de la ensalada de acompañamiento».[12] En un estudio realizado por la Kellogg School of Management, se les pidió a varias personas que calcularan el número de calorías de alimentos poco saludables, como las tortitas con beicon y queso, y que, a continuación, adivinaran el contenido calórico de esos mismos alimentos cuando llevan como acompañamiento un plato saludable, como un cuenco de palitos de zanahoria y apio. Una y otra vez, la gente llegaba a la conclusión de que añadir un acompañamiento con buenas virtudes hacía que toda la comida contuviera menos calorías, como si la comida saludable pudiera, de algún modo, hacer que la comida poco saludable engordara menos. Y este efecto era tres veces más pronunciado entre quienes seguían dietas de manera habitual. La conclusión de Alexander Chernev, el director de investigación, fue que «la gente a menudo se comporta de un modo ilógico y que, en última instancia, es contraproducente para sus objetivos».
Puede repetirse una y otra vez. Nuestro don para la visión de túnel puede ser ilimitado. Cuando se confronta con hechos incómodos que ponen en peligro la visión que privilegiamos (la prueba de que nuestra solución rápida no funciona, por ejemplo), solemos descartarlos como un resultado único, o como la evidencia de «la excepción que confirma la regla». Es lo que se conoce como tendencia a la confirmación. Sigmund Freud lo llamaba «negación», y va totalmente unido al problema del legado y a la tendencia a preservar el statu quo. Puede generar un campo de distorsión de la realidad verdaderamente poderoso. Cuando un médico le dice a alguien que va a morir, mucha gente niega la noticia por completo. A veces nos aferramos a nuestras creencias incluso aunque nos lancen las pruebas a la cara. Pensemos por ejemplo en la cultura de la negación del Holocausto o en cómo, a finales de la década de 1990, Thabo Mbeki, el entonces presidente de Sudáfrica, se negó a aceptar el consenso científico de que el virus del VIH causaba el sida, lo que provocó la muerte de más de 330.000 personas.[13]
Incluso cuando no tenemos ningún interés en distorsionar o filtrar la información, seguimos inclinados a mantener nuestra visión de túnel. En un experimento con docenas de visitas en YouTube, se les pide a los sujetos de la prueba que cuenten el número de pases que hace cada uno de los dos equipos que juegan al baloncesto en un vídeo. Como ambos equipos tienen una pelota, y los jugadores están constantemente rodeándose los unos a los otros, se requiere una gran concentración. A menudo, ese tipo de concentración es útil, porque nos permite bloquear las distracciones que impiden el pensamiento profundo. Sin embargo, a veces puede limitar tanto nuestra visión que perdemos partes importantes de información y el bosque nos impide ver los árboles. A mitad del vídeo, un hombre disfrazado de gorila se pasea por entre los jugadores de baloncesto, se gira hacia la cámara, se golpea el pecho y vuelve a salir.
¿Adivina cuántas personas no vieron al gorila? Más de la mitad.
Todo esto resalta una verdad alarmante: el cerebro humano es poco fidedigno desde siempre. Si sumamos las tendencias al optimismo, a mantener el statu quo y a la confirmación, el atractivo del sistema 1, el efecto Einstellung, la negación y el problema del legado, podemos llegar a pensar que adoptar la solución rápida es nuestro destino biológico. Sin embargo, las conexiones neurológicas son solo una parte de la historia. También hemos construido una cultura propia de correcaminos que nos lleva directamente a la avenida de la solución fácil.
En estos tiempos, apresurarse es nuestra respuesta a todos los problemas. Caminamos rápido, hablamos rápido, leemos rápido, comemos rápido, hacemos el amor rápido y pensamos rápido. Estamos en la era del yoga veloz y de los cuentos para dormir de un minuto, o de hacer no sé qué «justo a tiempo», y de hacer aquello otro «a petición». Rodeados de chismes que realizan pequeños milagros con el clic de un ratón o un toque en una pantalla, llegamos a esperar que cualquier cosa puede pasar a la velocidad del software. Incluso nuestros más sagrados rituales deben ser más eficientes, acelerarse e ir más rápido. Hay iglesias en Estados Unidos que han experimentado con funerales en los que se podía pasar por delante de un escaparate en el que se exponía el ataúd con el difunto sin bajarse del coche. En fechas recientes, el Vaticano se vio obligado a advertir a los católicos de que no podían conseguir la absolución confesando sus pecados mediante una aplicación de un smartphone. Incluso nuestras drogas recreativas de elección nos ponen en modo de solución rápida: el alcohol, las anfetaminas y la cocaína hacen que nuestro cerebro funcione según el sistema 1.
La economía refuerza la presión por las soluciones rápidas. El capitalismo ha recompensado la velocidad desde mucho antes de la negociación a alta frecuencia. Los inversores más rápidos sacan más provecho: cuanto más rápido pueden reinvertir su dinero, más beneficios obtienen. Cualquier solución que permita que el dinero siga fluyendo o que el precio de las acciones siga al alza es una buena forma de resistir el día, porque hay que hacer dinero inmediatamente, y no importa si alguien tiene que arreglar el desaguisado más tarde. Esa manera de pensar se ha agudizado en las últimas dos décadas. Muchas empresas pasan más tiempo preocupándose por el precio de las acciones hoy que por lo que las hará más fuertes dentro de un año. Con tantos de nosotros trabajando con contratos temporales y saltando de trabajo en trabajo, la presión para causar un impacto inmediato o para encarar problemas sin pensar a largo plazo es inmensa. Esto se revela como especialmente cierto en las juntas, donde el promedio de tiempo que un director ejecutivo permanece en su puesto ha caído en picado en los últimos años.[14] En 2011 se despidió a Leo Apotheker como jefe de Hewlett-Packard después de menos de once meses en el cargo. Dominic Barton, el director general de McKinsey and Company, una empresa líder en consultoría, escucha las mismas quejas de altos ejecutivos por todo el mundo: ya no tenemos ni tiempo ni incentivos para pensar más allá de las soluciones rápidas. He aquí su veredicto: «El capitalismo ha desarrollado una visión demasiado a corto plazo».
La cultura de la oficina moderna suele reforzar esa estrechez de miras. ¿Cuándo fue la última vez que tuvo tiempo para analizar con calma un problema en el trabajo? ¿O simplemente dedicarle unos minutos para pensarlo en profundidad? Enfrentarse a las cuestiones importantes, como dónde quieres estar dentro de cinco años o cómo puedes querer rediseñar tu lugar de trabajo de arriba abajo, carece de importancia. La mayoría de nosotros estamos demasiado distraídos por un torbellino de tareas triviales: firmar algún documento, asistir a alguna reunión o responder una llamada de teléfono. Los estudios indican que los profesionales del mundo de los negocios se pasan ahora la mitad de sus horas de trabajo limitándose a administrar su e-mail y sus bandejas de entrada de los medios de comunicación sociales.[15] Día tras día, semana tras semana, lo que cuenta es el triunfo inmediato.
La política también está encallada en la solución rápida. Los representantes electos tienen todos los incentivos para favorecer políticas que den frutos a tiempo para la siguiente elección. Un Consejo de Ministros puede necesitar resultados antes de la siguiente remodelación. Algunos analistas afirman que cualquier Administración estadounidense cuenta con solo seis meses (el periodo comprendido entre la confirmación de los miembros del Senado y el inicio de la campaña para las elecciones a medio plazo) para poder pensar más allá de los titulares diarios y de los números de las encuestas y concentrarse en decisiones estratégicas a largo plazo. Tampoco ayuda el que tendamos a favorecer un liderazgo fuerte, rápido y espontáneo. Nos encanta la idea de un héroe solitario que recorre la ciudad con una solución lista en su bolsa de jinete. ¿Cuántas figuras han conseguido alguna vez el poder con declaraciones como «Requerirá mucho tiempo resolver nuestros problemas»? Bajar el ritmo para reflexionar, analizar o consultar puede parecer indulgente o débil, sobre todo en momentos de crisis. O tal y como un crítico del Barack Obama más cerebral dijo: «Necesitamos un líder, no un lector». Daniel Kahneman, autor de Thinking, Fast and Slow, y solo el segundo psicólogo que ha ganado el Premio Nobel de Economía, cree que nuestra preferencia natural por los políticos que siguen los instintos de sus entrañas convierten la política democrática en un carrusel de soluciones rápidas. «Al público le gustan las decisiones rápidas —dice—, y eso anima a los líderes a seguir sus peores intuiciones».[16]
En la actualidad, no obstante, no solo los políticos y los hombres de negocios creen que pueden agitar una varita mágica. Todos estamos metidos en esta época de chorradas, bravatas y paparruchas. Solo hay que fijarse en el desfile de aspirantes sin oído que prometen ser el siguiente Michael Jackson o Lady Gaga en Factor X. Con toda la presión que debemos soportar, adornamos nuestros currículos, colgamos fotos favorecedoras en Facebook y pedimos atención a gritos en blogs y en Twitter. Un estudio reciente sacó a la luz que el 86 % de los chicos de once años usa los medios sociales para construir su «marca personal» online.[17] Algunas de estas estrategias pueden hacerte ganar amigos e influir en la gente, pero también pueden arrojarnos a los brazos de la solución rápida. ¿Por qué? Porque, al final, nos falta la humildad para admitir que no tenemos todas las respuestas, que necesitamos tiempo y una mano amiga.
La industria de la autoayuda debe asumir parte de la culpa por ello. Después de años de leer y escribir sobre desarrollo personal, Tom Butler-Bowdon se desenamoró de su propio campo. Decidió que había demasiados gurús motivacionales que embaucaban al público con atajos y soluciones rápidos que no funcionan en realidad. Como respuesta publicó Never Too Late to Be Great, que demuestra cómo las mejores soluciones de todos los ámbitos, desde las artes hasta los negocios y la ciencia, suelen tener que pasar por un largo periodo de gestación. «Al pasar por alto el hecho de que se requiere tiempo para producir algo de calidad, la industria de la autoayuda ha engendrado una generación de personas que esperan arreglarlo todo mañana», dice.
Los medios de comunicación le echan más leña al fuego. Cuando algo va mal (en política, en negocios o en la relación de un famoso), los periodistas se abalanzan, diseccionando la crisis con júbilo y exigiendo un remedio instantáneo. Después de que se descubriera que Tiger Woods era un adúltero reincidente, desapareció del ojo público durante tres meses antes de romper finalmente su silencio para entonar un mea culpa y anunciar que acudía a terapia para tratarse su adicción al sexo. ¿Cómo reaccionaron los medios de comunicación a la espera tan larga que les impuso? Con furia e indignación. El peor pecado que puede cometer una figura pública en apuros es no presentar una estrategia de salida instantánea.
La impaciencia exacerba una tendencia a promocionar en exceso soluciones que más tarde resultarán completos fiascos. Ingeniero de formación, Marco Petruzzi trabajó como consultor de dirección a nivel mundial durante quince años antes de abandonar el mundo empresarial para dedicarse a construir mejores escuelas para los pobres en Estados Unidos. Volveremos a hablar de él más adelante en este libro, pero por ahora nos limitaremos a valorar su ataque a nuestra cultura de palabrería: «En el pasado, los emprendedores que trabajaban duro desarrollaban cosas extraordinarias a lo largo del tiempo, y lo hacían de verdad: en vez de hablar de hacerlo, lo hacían —explica—. Ahora vivimos en un mundo donde hablar sale barato y las ideas atrevidas pueden crear enormes riquezas sin ni siquiera tener que llegar a realizarlas. Hay multimillonarios por ahí que no han hecho nada más que ver venir la oportunidad de invertir y luego vender en el momento adecuado, lo que refuerza la idea de que vivimos en una sociedad en la que la gente no quiere invertir ni tiempo ni esfuerzo en encontrar soluciones reales y duraderas a los problemas. Porque si juegan bien sus cartas y no se preocupan por el futuro, pueden conseguir beneficios financieros instantáneos».
Así pues, la solución rápida parece irrefutable, se mire por donde se mire. Todo desde el funcionamiento de nuestro cerebro hasta la forma en la que el mundo parece favorecer nuestras soluciones en plan tirita. Sin embargo, no todo se ha perdido. Hay esperanza. Vayamos adonde vayamos en el mundo de hoy, y en todos los aspectos de la vida, hay más personas que se alejan de la solución rápida para encontrar mejores modos de resolver problemas. Algunos están trabajando duro sin llamar la atención; otros, en cambio, están llegando a los titulares, pero todos tienen algo en común: el ansia por conseguir soluciones que realmente funcionen.
Las buenas noticias son que el mundo está lleno de soluciones lentas. Solo hay que tomarse el tiempo para descubrirlas y aprender de ellas.
2
CONFESIÓN: LA MAGIA DE LOS ERRORES Y EL MEA CULPA
El éxito no consiste en no cometer errores jamás, sino en no cometer el mismo por segunda vez.
GEORGE BERNARD SHAW
En una fresca noche a principios de septiembre, cuatro reactores Typhoon rugieron en el cielo sobre las aguas congeladas del mar del Norte. Involucrados en un combate de dos contra dos, descendieron en picado, se pusieron de lado y se hundieron en la oscuridad a una velocidad de hasta ochocientos kilómetros por hora, en busca de una oportunidad de tiro. Era un ejercicio de entrenamiento, pero a los pilotos les parecía muy real. Atado en su cabina de mando, con una máquina de casi once toneladas vibrando en las puntas de sus dedos, el comandante Dicky Patounas sentía la adrenalina. Era su primera salida táctica nocturna en uno de los aviones de combate más potentes que jamás se hayan construido.
Vamos sin luces porque estamos haciendo esto como si fuera real, cosa que no hacemos muy a menudo, así que todo está oscuro como boca de lobo, de manera que debo confiar en las gafas y en los instrumentos —afirma Patou—. Estoy usando el radar, poniéndolo en el modo adecuado reduciendo el alcance, cambiando la elevación..., vamos, todas las cosas básicas. Pero el avión era nuevo para mí, así que estoy saturado.
Y entonces algo se torció.
Unos meses después, Patounas revive aquella noche con los pies en la tierra. Su base aérea, la RAF Coningsby, está en Lincolnshire, un condado del este de Inglaterra cuyo terreno plano y sin accidentes es más apreciado por los aviadores que por los turistas. Con un traje de vuelo verde, lleno de cremalleras, Patounas parece uno de los protagonistas de Top Gun (mandíbula cuadrada, hombros amplios, erguido y pelo rapado). Saca rápidamente papel y lápiz para ilustrar lo que ocurrió a continuación aquella noche de septiembre, hablando con el tono cortante del ejército británico.
Patounas volaba detrás de los dos Typhoons enemigos cuando decidió realizar una maniobra conocida como pasar a una Fase 3 de Identificación Visual. Se desvió a la izquierda y después volvió a su trayecto original, de manera que aparecería justo detrás del avión enemigo. Sin embargo, ocurrió algo imprevisto. En lugar de mantener su curso, los dos aviones de combate que iban delante se desviaron a la izquierda para evitar un helicóptero que estaba a 32 kilómetros. Ambos pilotos anunciaron el cambio por radio, pero Patounas no lo oyó porque estaba demasiado distraído realizando su maniobra. «Todo es muy técnico —explica—. Tienes que ladearte en un ángulo de 60 grados y después avanzar durante veinte segundos, bajar el escáner 4 grados, después cambiar el radar a una escala de 16 kilómetros, y después de veinte segundos, debes ir a la derecha usando un ángulo de 45 grados, continúas con 120 grados, te despliegas y, al buscar al tipo en tu radar, debería estar a unos seis kilómetros. Así que mientras estaba llevando a cabo todas estas maniobras, me perdí la llamada de la radio que anunciaba la nueva orientación».
Cuando Patounas acabó la maniobra, encontró un Typhoon enemigo delante de él, tal y como esperaba. Estaba henchido de orgullo. «Este avión aparece justo en la cruz donde esperaba que apareciera el tío, así que pensé que lo había hecho perfecto. Encendí el radar, volví a ajustarlo y el tío que estoy buscando está justo debajo de mi cruz y a oscuras. Así que pensé: “Soy un genio, soy bueno en esto”. Literalmente pensaba que nunca había volado tan bien».
Sacude la cabeza y se ríe irónicamente por su propia soberbia. Resultó que en el punto de mira tenía el Typhoon equivocado. En lugar de acabar detrás del jet de cola, Patounas seguía la estela del que iba en cabeza, y no tenía ni idea. «Fue un error: básicamente perdí la pista de dos de los aviones. Sabía que estaban allí, pero no estaba seguro de poder ver dos rastros. Lo que debería haber hecho es aumentar el radio de escala y echar un vistazo para ver dónde estaba el otro tipo, pero no lo hice porque pensaba que había hecho el procedimiento perfecto».
El resultado fue que Patounas pasó a 3.000 pies del Typhoon de cola. «No estuvimos tan cerca, pero la clave es que no tenía conciencia, porque ni siquiera sabía que estaba allí —dice él—. Podrían haber sido tres pies o podrían haber volado directamente hacia él». Patounas se quedó en silencio durante un momento, como si se imaginara el peor escenario posible. Aquella noche de septiembre, su piloto de apoyo observó cómo se desarrollaba todo el desastre, sabía que no había riesgo real de colisión y permitió que el ejercicio prosiguiera, pero un error similar en un combate real podría haber sido catastrófico, y Patounas lo sabía.
La regla de oro en la aviación civil es que un accidente aéreo típico es el resultado de siete errores humanos.[18] Cada error por sí solo puede ser inofensivo, e incluso trivial, pero si se unen el efecto dominó puede ser letal. Volar en los modernos cazas, con sus endemoniadamente complejos sistemas informáticos, es un asunto especialmente arriesgado. Mientras se reforzaba la zona de exclusión aérea sobre Libia en 2011, un F-15E estadounidense se estrelló a las afueras de Bengasi después de un fallo mecánico. Un mes antes, dos F-16 de la fuerza aérea Royal Thai se precipitaron a tierra durante un ejercicio rutinario de entrenamiento.
Lo más sorprendente del incidente del Typhoon en el mar del Norte no fue lo que ocurrió, sino cómo reaccionó Patounas: informó a todo el mundo sobre su error. En el testosterónico mundo del piloto de cazas, los mea culpa son terreno pantanoso. Como veterano de veintidós años de la RAF, y comandante de un escuadrón de 18 pilotos de Typhoon, Patounas tenía mucho que perder; aun así, reunió a toda su tripulación y admitió el error. «Podría haberme librado de aquello y no haber dicho nada, pero lo correcto era admitirlo, ponerlo en mi informe y en el sistema. Instruí a todo el escuadrón sobre cómo se cometen errores y el error que yo había cometido. De ese modo, las personas saben que no temo levantar la mano y decir que yo también meto la pata, que soy humano».
Esto nos lleva al primer ingrediente de la solución lenta: admitir nuestras equivocaciones para aprender del error. Eso implica asumir la culpa por meteduras de pata serias, así como los pequeños errores y los que hemos estado a punto de cometer, que a menudo son señales de aviso de que se avecinan problemas mayores.
Sin embargo, reconocer errores es mucho más duro de lo que parece. ¿Por qué? Porque no hay nada que nos guste menos que asumir nuestros propios errores. Como animales sociales, nos interesa mucho el estatus. Nos gusta fare bella figura, como dicen los italianos, o bien tener buen aspecto delante de nuestros compañeros, y nada arruina más una bella figura que el fastidiar algo.
Esa es la razón por la que pasarse la culpa de unos a otros es una forma de arte en el lugar de trabajo. Mi primer jefe me dio un consejo en cierta ocasión: «Recuerda que el éxito tiene muchos padres, pero el fracaso es huérfano». Échele un vistazo a su propio currículum vítae: ¿cuántos de sus errores de trabajos previos aparecen en él? En El aprendiz, la mayoría de los enfrentamientos que se producen en las salas de reuniones consisten en que los concursantes les atribuyan sus propias pifias a sus rivales. Incluso cuando hay mucho dinero en juego, las empresas suelen decidir mirar hacia otro lado en lugar de enfrentarse a sus errores. Casi la mitad de las empresas de servicios financieros no acuden al rescate de un proyecto que se hunde hasta que ha cruzado el punto de no retorno o se queda sin presupuesto.[19] Otro 15 % carece de un mecanismo formal para tratar con el fracaso de un proyecto.
Tampoco ayuda que la sociedad a menudo nos castigue por aceptar el mea culpa. En un mundo hipercompetitivo, los rivales saltan al menor error, o al menor atisbo de duda, que interpretan como una señal de debilidad. Mientras que los directivos y políticos japoneses a veces se inclinan y suplican perdón, sus homólogos de otros países están dispuestos a jugar con el lenguaje y la credibilidad para evitar en redondo asumir un error. En inglés, la palabra problem ha sido virtualmente desterrada del lenguaje diario a favor de eufemismos anodinos como issue, «cuestiones», y challenge, «reto». Lo cual no resulta sorprendente cuando los estudios demuestran que los ejecutivos que le ocultan las malas noticias al jefe suelen escalar en la jerarquía corporativa con más rapidez.[20]
Desde su retiro, Bill Clinton sigue la regla de decir «Estaba equivocado» o «No lo sabía» al menos una vez al día. Si un momento así no surge de manera espontánea, se las ingenia para encontrar uno. Lo hace para atajar el efecto Einstellung y todas las predisposiciones con las que nos encontramos antes.
Clinton sabe que la única manera de solucionar problemas en un mundo complejo y en continuo cambio es mantener una mente abierta, y la única manera de hacerlo es aceptar la propia falibilidad. Sin embargo, ¿puede imaginárselo pronunciando esas frases cuando era presidente de Estados Unidos? Ni en sueños. Esperamos que nuestros dirigentes irradien la convicción y la seguridad que surgen de tener todas las respuestas. Cambiar de dirección o de forma de pensar nunca se interpreta como prueba de la capacidad de aprender y adaptarse; al contrario, son actitudes que se consideran muestras de falta de carácter o de debilidad. Si el presidente Clinton hubiera confesado cometer errores o albergar dudas sobre sus propias políticas, sus enemigos políticos y los medios de comunicación lo habrían hecho pedazos.
La amenaza de recibir una demanda es otro incentivo para evitar pronunciar un adecuado mea culpa. Las compañías de seguros aconsejan a los clientes que no admitan nunca la culpa de un accidente de tráfico, aunque el choque fuera claramente culpa suya. ¿Recuerda cuánto tiempo tardó BP en emitir algo parecido a una disculpa oficial por el vertido de petróleo del Deepwater Horizon? Casi dos meses. Entre bambalinas, los abogados y los gurús de las relaciones públicas estudiaron minuciosamente los precedentes legales para redactar una declaración que apaciguara a la opinión pública sin abrirle la puerta a una avalancha de demandas. No solo las empresas intentan librarse de aceptar la culpa. Incluso después de dejar el puesto, cuando ya no necesitan atraer al electorado, a los políticos sigue costándoles asumir sus errores. Ni Tony Blair ni George W. Bush se han disculpado como es debido por invadir Irak en busca de unas armas de destrucción masiva que no existían. Si quitamos el ego individual de la ecuación, también seguimos eludiendo los mea culpa colectivos. Gran Bretaña esperó casi cuatro décadas para pedir disculpas formalmente por la masacre del Domingo Sangriento en 1972.
Australia se disculpó en 2008 por los horrores que hicieron sufrir a los pueblos aborígenes, y un año después el Senado de Estados Unidos se disculpó con los afroamericanos por los errores de la esclavitud.
Incluso cuando no hay testigos de nuestras meteduras de pata, admitir que nos equivocamos puede ser doloroso. «No hay nada más intolerable que tener que admitir ante ti mismo tus propios errores», dejó escrito Ludwig van Beethoven. Hacerlo te obliga a enfrentarte a tus fragilidades y limitaciones, replantearte quién eres y tu lugar en el mundo. Cuando metes la pata y lo admites ante ti mismo, no hay ningún sitio donde esconderse. «Ese es el problema de ser plenamente consciente de estar equivocado —escribió Kathryn Schulz en su libro Being Wrong—. Nos despoja de todas nuestras teorías, incluidas las que tenemos sobre nosotros mismos... Nos deja en carne viva, sin protección ante el mundo». Decir «lo siento» es realmente la palabra más difícil de pronunciar.
Esto es una lástima, porque los errores son una parte útil de la vida. Errar es humano, como reza el dicho. Los errores pueden ayudarnos a solucionar problemas porque nos muestran el mundo desde ángulos diferentes. En mandarín, la palabra «crisis» se expresa con dos caracteres: uno que significa «peligro» y otro que significa «oportunidad». En otras palabras, cada metedura de pata encierra en sí misma la promesa de algo mejor, siempre y cuando nos tomemos el tiempo para reconocerlo y aprender de él. Los artistas lo saben desde hace siglos. «Los errores son casi siempre de naturaleza sagrada —apuntó Salvador Dalí—. No hay que intentar corregirlos nunca. Al contrario, hay que racionalizarlos y comprenderlos en profundidad. Después de eso, podrás sublimarlos».
Ese mismo espíritu reina en el mundo más riguroso de la ciencia, donde un experimento fallido puede proporcionar ricas perspectivas y abrir nuevos caminos de investigación. Muchos descubrimientos que han cambiado el mundo tuvieron lugar cuando alguien decidió explorar, en lugar de cubrir, un error. En 1928, antes de irse para pasar el mes de agosto con su familia, sir Alexander Fleming dejó sin cubrir de manera accidental una placa de Petri que contenía bacterias Staphylococcus en el laboratorio de su sótano de Londres. Cuando volvió un mes después, descubrió un hongo que había contaminado la muestra y matado a todas las bacterias que lo rodeaban. En lugar de tirar la placa a la basura, analizó la mancha de moho y descubrió que contenía un poderoso agente que combatía las infecciones. Lo llamó Penicillium notatum. Dos décadas después llegó al mercado la penicilina, el primer antibiótico del mundo, que sigue siendo el más extendido, que revolucionó la medicina y le valió a Fleming el Premio Nobel de Medicina. «Quien nunca ha cometido un error —dijo Einstein— es que nunca ha probado nada nuevo».
Los militares siempre han sabido que asumir errores es una parte esencial para aprender y resolver problemas. Los errores cuestan vidas en la fuerza aérea, así que la seguridad aérea se ha impuesto a la actitud de fare bella figura. En la revista mensual de largo recorrido de la RAF, Air Clues, pilotos e ingenieros escriben columnas sobre errores que han cometido y lecciones que han aprendido. A los miembros de la tripulación también se los gratifica por resolver problemas. En un ejemplar reciente, un sonriente cabo del control de tráfico recibió un premio por la seguridad aérea por denegarle el permiso a un piloto y abortar un vuelo después de darse cuenta de que el extremo del ala había tocado el suelo durante el despegue.
En la RAF, como en la mayoría de las fuerzas áreas de todo el mundo, los pilotos de cazas realizan informes sin limitaciones después de cada salida para examinar qué ha ido bien y qué ha ido mal. Sin embargo, esos informes nunca llegaron lo suficientemente lejos. Las tripulaciones de la RAF solían compartir sus errores solo con los compañeros, y no tanto con sus superiores o escuadrones rivales. Tal y como dice un oficial superior: «Mucha experiencia valiosa que podría haber hecho que el volar fuera más seguro para todo el mundo simplemente se estaba yendo por el desagüe».
Para hacer frente a eso, la RAF contrató a Baines Simmons, un asesor de empresa con un amplio historial en el campo de la aviación civil, para crear un sistema que detectase los errores y aprender de ellos, igual que han hecho las industrias del transporte, minería, alimentación y farmacia.
El jefe de escuadrón Simon Brailsford es el supervisor actual del nuevo sistema. Después de unirse a la RAF con dieciocho años, voló en aviones de transporte C130 Hercules como copiloto en Bosnia, Kosovo, el norte de Irak y Afganistán. Ahora tiene cuarenta y seis años, combina la actitud impecable del comedor de oficiales con el encanto natural de un hombre que pasó tres años como caballerizo de Su Majestad la reina Isabel II.
En la pizarra blanca de su oficina usa un rotulador para dibujar un esbozo de un caza estrellado, un piloto muerto y una columna de humo. «La aviación es un negocio peligroso —dice—. Lo que intentamos hacer es dejar de recoger a los muertos, los restos del avión estrellado del suelo y reconstruir toda la historia para averiguar los errores y las pequeñas faltas que pueden llevar al accidente, para que, de entrada, este no llegue a pasar. Queremos resolver las dudas antes de que se conviertan en problemas».
Cada vez que los miembros de la tripulación de la RAF Coningsby se dan cuenta de que han cometido algún error que podría poner en peligro la seguridad, deben enviar un informe online o rellenar uno de los formularios especiales que hay en los puestos de toda la base. Esos informes se envían después a una oficina central, donde se decide si hay que investigar más.
Para que el sistema funcione, la RAF intenta crear lo que llama una «cultura justa». Cuando alguien comete un error, la respuesta automática no es culpar y castigar, sino explorar lo que ha ido mal para arreglarlo y aprender de ello. «La gente debe sentir que si te dice algo no va a meterse en problemas, porque de otro modo no te contará lo que fue mal, e incluso puede que intente taparlo —dice Brailsford—. Eso no significa que no se mantenga una reunión seria, se inicien acciones administrativas o que se le envíe a hacer un entrenamiento extra, sino que lo tratarán de una manera justa que sea adecuada a lo ocurrido, y teniendo en cuenta todo el contexto. Si cometes un verdadero error y levantas la mano, te daremos las gracias. La clave es asegurarse de que todo el mundo comprende que debe compartir sus errores en lugar de ocultarlos, para salvarse a sí mismo y a sus compañeros de serios accidentes».
En la base aérea de la RAF Coningsby se inculca ese mensaje con cada paso. Por toda la base (en pasillos, cantinas e incluso sobre los urinarios) hay pósteres que urgen a la tripulación a airear incluso la más pequeña preocupación por la seguridad. Los cubículos de los lavabos están llenos de folletos plastificados que explican cómo mantener la seguridad y por qué vale la pena informar del más pequeño desliz. Clavado en el suelo junto a la entrada principal hay un póster con una foto del oficial de seguridad de la estación de vuelo con el dedo señalando en la clásica pose de lord Kitchener. Impresa sobre el número de teléfono de su oficina se ve la pregunta: «¿Cómo crees que ha ido hoy?». La necesidad de admitir los errores también se les inculca a los cadetes de la academia militar. «No cabe duda de que nos machacan desde el principio con la máxima de que “preferimos que, si te metes en un lío, nos lo cuentes” —dice un joven ingeniero de Coningsby—. Por supuesto, tus compañeros te sueltan muchas puyas y se meten contigo por cometer errores, pero todos comprendemos que asumir los errores es la mejor manera de resolver problemas ahora y en el futuro».
La RAF se asegura de que la tripulación vea los frutos de sus mea culpa. Los investigadores de seguridad telefonean a todos aquellos que informan de los problemas en las veinticuatro horas siguientes, y más tarde les explican cómo concluyó el caso. También organizan sesiones de formación con los ingenieros para explicarles los resultados de todas las investigaciones y por qué tuvieron que tratar con ellos. «Puedes ver cómo enarcan las cejas cuando se dan cuenta de que no los van a castigar por cometer un error y que, en realidad, podrían recibir una palmadita en la espalda», dice uno de los investigadores.
La jefa de escuadrilla Stephanie Simpson, que cuenta con diecisiete años de experiencia en la RAF, se encarga ahora de la división de ingeniería de Coningsby. De mirada rápida y observadora, lleva el pelo recogido en un moño tirante. Me explica que el nuevo sistema dio sus frutos no hace mucho, cuando un ingeniero se dio cuenta de que al realizar una prueba de rutina en un Typhoon se había roto la punta de una pieza en el mecanismo de la cabina. Una cabina dañada puede no abrirse, lo que significa que si un piloto necesitara lanzarse desde la carlinga acabaría estrellándose contra el cristal.
El ingeniero realizó un informe y el equipo de Simpson se puso en acción. En las siguientes veinticuatro horas habían averiguado que un error elemental durante la prueba de la cabina podría dañar una clavija. No había necesidad de volver atrás y comprobarlo después. Los técnicos de vuelo inspeccionaron de inmediato la parte sospechosa en toda la flota de Typhoons de Europa y de Arabia Saudí. El procedimiento se cambió para que la clavija no volviera a resultar dañada durante la prueba.
Hace diez años, jamás se habría informado de algo así, los ingenieros se habrían limitado a pensar: «Oh, eso se ha roto, vamos a reemplazar la pieza sin que nadie se entere», y después habrían seguido adelante —dice Simpson—. Ahora estamos creando una cultura en la que todo el mundo piensa: «Dios mío, en esta terminal podría haber otro avión con el mismo problema que podría pasar inadvertido en el futuro, así que mejor será que alguien haga algo ahora mismo». De ese modo impides que un pequeño problema se convierta en uno mayor.
Gracias a la honestidad de Patounas, una investigación de la RAF descubrió que una serie de errores llevaron prácticamente al que ocurrió sobre el mar del Norte. Su propia incapacidad para oír la orden de girar a la izquierda fue la primera parte del error. La segunda llegó cuando los otros pilotos cambiaron el rumbo aunque él no había informado de que se había enterado de las nuevas órdenes. Entonces, después de que el avión de Patounas se desviara de su rumbo, ninguno de los miembros del equipo encendieron sus luces: «Resultó que se incumplió un conjunto entero de factores, y si alguien hubiera hecho alguna de las cosas que debían hacer, no habría pasado —dice Patounas—. La parte positiva es que eso recuerda a todo el mundo que hay que seguir las reglas para realizar la Fase 3 de un VID por la noche. Así que la próxima vez no tendremos el mismo problema».
Otros miembros de su escuadrón ya están siguiendo su ejemplo. Días antes de mi visita, una joven cabo señaló que no se estaban siguiendo ciertos procedimientos de la manera adecuada. «Su interpretación no era particularmente buena, pero lo vamos a considerar un factor positivo en su historial porque tuvo el valor de anteponer sus convicciones para ir contracorriente cuando podrían haberla castigado —dice Patounas—. Hace veinte años, no habría planteado la cuestión o, si lo hubiera hecho, le habrían respondido algo así como: “¡No digas que mi escuadrón es un asco! Los trapos sucios se lavan en casa”, mientras que ahora se le da las gracias».
La RAF no es ningún dechado de virtudes a la hora de resolver problemas. No se informa de todos los errores o deslices. Los casos similares no se tratan del mismo modo, lo que puede suponer un problema para hablar de una «cultura justa». Algunos oficiales siguen siendo escépticos con respecto a la necesidad de convencer a los pilotos e ingenieros de que acepten las virtudes de airear los trapos sucios. Muchas de las columnas de mea culpa que se leen en la revista Air Clues magazine siguen publicándose de forma anónima. Por desgracia, la RAF sigue teniendo mucho trabajo por delante.
No obstante, el cambio está dando resultados. En los primeros tres años del nuevo sistema, se ha informado de 210 deslices o errores en la base de Coningsby de la RAF, de los que 73 acabaron en una investigación. En cada uno de ellos se dieron los pasos adecuados para asegurarse de que el error no volviera a ocurrir. «Teniendo en cuenta que antes nunca se había informado de pequeños deslices, se ha dado un salto cualitativo, se ha puesto mucha fe en la gente —dice Brailsford—. En lugar de parchear los problemas, ahora profundizamos más y llegamos hasta la raíz. Estamos resolviendo los problemas en el origen, antes, incluso, de que ocurran». Otras fuerzas aéreas, desde la de Israel hasta la de Australia, han tomado nota.
Añadir el mea culpa a su caja de herramientas para resolver problemas resulta útil más allá del ámbito militar. Tomemos, por ejemplo, ExxonMobil. Después del épico vertido de petróleo del Exxon Valdez en la costa de Alaska en 1989, la empresa se dispuso a encontrar e investigar cada metedura de pata, por pequeña que fuera. Descartaron un gran proyecto de perforación en el golfo de México porque, al contrario que BP, decidieron que la perforación era demasiado arriesgada. La seguridad es una parte tan importante del ADN corporativo que en cada bufé que se sirve en los acontecimientos de la empresa se cuelgan carteles que advierten de que no se debe consumir la comida después de dos horas. En sus cafeterías, los encargados de la cocina controlan la temperatura de los aliños de las ensaladas.
Siempre que se comete un error en una instalación de ExxonMobil, el primer instinto de la compañía es aprender de él, en lugar de castigar a los implicados. Los empleados hablan del «regalo» del error que ha estado a punto de cometerse. Glenn Murray, empleado de la compañía durante casi tres décadas, formó parte de la limpieza del Valdez. En la actualidad, como jefe de seguridad de la compañía, cree que ninguna metedura de pata es demasiado pequeña para hacerle caso omiso. «Cada error que estamos a punto de cometer —explica— puede enseñarnos algo. Tan solo tenemos que tomarnos el tiempo necesario para investigarlo».
Como la RAF y Toyota, ExxonMobil anima incluso al empleado más nuevo a dar la voz de alarma cuando algo va mal. No hace mucho, un joven ingeniero recién llegado a la empresa no estaba completamente convencido sobre un proyecto de perforación en África occidental, así que lo cerró de manera temporal. «Paralizó un proyecto multimillonario porque sentía que podía haber problemas y que necesitábamos hacer una pausa y volver a repasarlo por completo. Los responsables lo respaldaron —dice Murray—. Incluso hicimos que se pusiera de pie en un acto y lo nombramos empleado del mes». Gracias a estos criterios, Exxon tiene ahora un récord envidiable de seguridad en la industria del petróleo.
Los errores también pueden ser un don a la hora de tratar con los consumidores. Cuatro de cada cinco productos que se lanzan se deterioran en el primer año, y las mejores compañías aprenden de sus fiascos.[21] El Newton MessagePad, el Pippin y el portátil de Macintosh fueron una bomba para Apple, pero aun así allanaron el camino para productos ganadores como el iPad.
Incluso en el despiadado mundo del branding, en el que el menor paso en falso puede hacer que los clientes salgan en estampida por la salida y que se tambalee la firma más poderosa, asumir errores puede desencadenar una lucha competitiva. En 2009, cuando las ventas se hundían en Estados Unidos, Domino’s Pizza invitó a sus clientes a dar un veredicto sobre su comida. Sus respuestas fueron dolorosas. «La peor pizza que he probado», dijo un miembro del público. «No sabe a nada», dijo otro. Muchos clientes compararon la corteza de la pizza de la compañía con el cartón.
En lugar de enfadarse u ocultar los resultados, Domino’s entonó una completa mea culpa.[22] En anuncios de televisión con estilo de documentales, Patrick Doyle, el director general de la compañía, admitió que la cadena había perdido el control de su cocina y prometió hacer mejores pizzas a partir de entonces. Domino’s volvió a la mesa de trabajo y actualizó la masa, la salsa y el queso.
Su campaña de cambio radical en sus pizzas dio sus frutos. Año tras año, las ventas aumentaron un 14,3 %, el mayor salto en la historia de la industria de la comida rápida. Dos años después de la disculpa, el precio de las acciones de la compañía subió un 233 %. Por supuesto, las recetas de la nueva pizza ayudaron, pero el punto de partida fue que Domino’s hizo lo mismo que los miembros de la RAF y los empleados de Exxon deben llevar a cabo como una rutina: reconocer el error de su funcionamiento. Aquello permitió que la empresa entendiera exactamente qué estaba fallando para poder arreglarlo. Eso también aclaró las cosas. Hoy en día, muchas empresas anuncian a bombo y platillo productos de manera que el efecto final es un torbellino de ruido blanco que deja a los consumidores fríos. El propio acto de asumir sus errores le permitió a Domino’s cortar el escándalo y retomar su relación con los clientes.
Los expertos en relaciones públicas coinciden en que la mejor manera de que una empresa maneje un error es disculparse y explicar cómo piensa arreglar el desaguisado, lo cual coincide con mi propia experiencia. El otro día se extravió un pago en mi cuenta bancaria. Después de tener que soportar veinte minutos de evasivas de la centralita, mi tono de voz empezó a subir conforme mi paciencia se agotaba. Entonces, un responsable se puso al teléfono y me dijo: «Señor Honoré, lo siento mucho. Hemos cometido un error con este pago». Mientras me explicaba cómo me devolverían el dinero, mi furia empezó a desvanecerse y acabamos parloteando sobre el tiempo y nuestras vacaciones de verano.
Las disculpas públicas pueden tener un efecto calmante similar. Cuando un cliente filmó a un conductor de FedEx lanzando un paquete que contenía un monitor de ordenador por encima de una valla de dos metros durante los días anteriores a la Navidad de 2011, el vídeo se filtró y amenazó con destrozar las ventas durante el periodo de mayor trabajo del año. En lugar de enrocarse, la empresa se disculpó de la mejor manera posible. En la entrada de un blog llamada «Absoluta y positivamente inaceptable», el vicepresidente sénior de operaciones de FedEx en Estados Unidos anunció que estaba «disgustado, avergonzado y que lamentaba muchísimo el episodio».[23] La empresa también le entregó al cliente un monitor nuevo y sancionó al conductor. Como resultado, FedEx calmó la tormenta.
Incluso cuando dilapidamos el dinero de otras personas, dar un paso al frente para aprender del error suele ser la mejor política.[24] En 2011, Ingenieros Sin Fronteras (Engineers Without Borders, EWB) de Canadá puso en marcha una página web llamada AdmittingFailure.com, en la que los voluntarios pueden colgar sus errores como advertencias. «Abrirse de ese modo a la comunidad va en contra de todas las normas del sector, así que fue un gran riesgo», dice Ashley Good, jefe de operaciones de EWB. Pero los resultados hablaron por sí mismos. Como ya no tenían miedo a que los sancionaran por desatar conflictos, los empleados de EWB se mostraron más dispuestos a asumir el tipo de riesgos que suelen servir de trampolines para conseguir logros creativos. «La gente ahora se siente con la libertad de experimentar, de dar pasos por sí misma, de arriesgarse porque saben que no los culparemos si no lo consiguen a la primera —dice Good—. Y cuando relajas los límites así, consigues soluciones más creativas a los problemas». Pongamos un ejemplo: después de mucho ensayo y error, EWB ha diseñado un sistema que mejora los servicios de agua y sanitarios en Malaui movilizando a los gobiernos de los distritos, al sector privado y a las comunidades al mismo tiempo. Los trabajadores de todo el sector de desarrollo ahora publican sus propias historias en AdmittingFailure.com. Los contribuyentes de EWB adoran también el nuevo sistema. En lugar de correr a la salida, apreciaron su entusiasmo por aprender de sus errores. Good dice: «Hemos descubierto que ser abiertos y honestos, en realidad permite crear un vínculo más fuerte y una mayor confianza con nuestros contribuyentes».
Lo mismo ocurre en las relaciones personales. Un primer paso para reconstruir una relación fallida con un compañero, amigo, padre o hijo es que todas las partes acepten su parte de culpa. Admitir los errores puede aplacar la culpa y la vergüenza que sufre quien ha cometido el error, y ayuda a la víctima a superar la ira que a menudo dificulta el perdón. Marianne Bertrand ve la magia del mea culpa todas las semanas en su trabajo, porque es terapeuta familiar en París. «Muchas personas se sientan en mi oficina y ni siquiera pueden empezar a tratar sus problemas porque están estancadas en la rabia y el resentimiento por lo que salió mal —explica él—. Sin embargo, cuando al final aceptan sus errores y se disculpan sinceramente por ellos, y oyen a la otra persona hacer lo mismo, puedes sentir de verdad que la atmósfera en la habitación cambia, que la tensión baja y, entonces, podemos empezar a trabajar en la reconciliación».
Incluso los médicos están cediendo al mea culpa. Estudio tras estudio se demuestra que lo que muchos pacientes quieren después de ser víctimas de un error médico no es una gran suma de dinero, ni la cabeza del médico servida en una bandeja. Lo que realmente desean es lo que hizo FedEx después del incidente del lanzamiento del paquete: una disculpa sincera, una explicación completa de cómo ocurrió el error y un plan claro para asegurarse de que no volverá a suceder. Casi el 40 % de los pacientes que ponen una demanda por mala praxis médica afirman que podrían no haberlo hecho si el médico que los atendió hubiera dado explicaciones y se hubiera disculpado del contratiempo.[25] El problema es que muchos de los profesionales de la medicina son demasiado orgullosos o están demasiado asustados para decir lo siento.
Quienes lo hacen cosechan los beneficios. A finales de la década de 1980, el centro médico del Departamento de Asuntos de los Veteranos de Lexington, en Kentucky, fue el primer hospital de Estados Unidos que comprendió el poder del mea culpa. Informa a los pacientes y a sus familias cuando cualquier miembro de su equipo comete un error que causa algún daño, incluso aunque las víctimas no sean conscientes del error. Si de verdad resulta que el médico ha tenido la culpa, debe ofrecer una disculpa clara y compasiva al paciente. El hospital también explica los pasos que adoptará para asegurarse de que el error no volverá a producirse, y pueden ofrecer algún tipo de indemnización. Sin embargo, la piedra angular del nuevo sistema es el simple acto de decir lo siento. Es algo que funciona bien tanto con los pacientes como con sus familias. «El resultado es que, según nuestros cálculos, ahora gastamos mucho menos tiempo y dinero en demandas por mala praxis», dice Joseph Pellecchia, el jefe de personal del hospital.
Disculparse también proporciona mejores cuidados médicos. Cuando los trabajadores médicos pueden tratar abiertamente con el fracaso emocional resultante de cometer un error, están menos estresados y son más capaces de aprender de sus errores. «Los médicos no son dioses, son seres humanos, y eso significa que cometen errores —dice Pellecchia—. Se ha producido un cambio increíble, en el que se ha pasado de un entorno punitivo a uno de aprendizaje, y un médico puede preguntar: “¿Qué ha pasado? ¿Qué ha ido mal? ¿Ha sido un problema del sistema? ¿He sido yo?”, y aprender de sus errores para proporcionar un mejor cuidado». Otros hospitales del mundo han seguido su ejemplo. A su estela, los gobiernos estatales y provinciales de Estados Unidos y Canadá han promulgado las que se conocen como «leyes de disculpa», que impiden a los litigantes usar la disculpa de un médico como prueba de culpabilidad. El efecto ha sido el mismo en todas partes: médicos más felices, pacientes más felices, y menos litigios.
Lo cierto es que cualquier solución lenta digna de su nombre suele empezar con un mea culpa. Ya sea en el trabajo o en las relaciones, la mayoría de nosotros solemos dejarnos llevar fingiendo que todo va bien (recuerde la tendencia al statu quo y el problema del legado). Admitir que existe un problema y aceptar nuestra parte de culpa puede sacarnos de esa senda. En el programa de doce pasos inventado por Alcohólicos Anónimos, y que ahora se usa en la batalla contra muchas otras adicciones, el primer paso es admitir que has perdido el control de tu propio comportamiento. «Hola, me llamo Carl y soy adicto a la solución rápida».
Evitar fustigarse a modo de castigo suele ser el primer paso para superar nuestra aversión natural a admitir errores, sobre todo en nuestros puestos de trabajo. También ayuda dar alicientes, animarlos o incluso recompensarlos por asumir un error. Recuerde el premio al empleado del mes que se le concedió al joven ingeniero de ExxonMobil. Además de los premios de seguridad aérea, la RAF da un incentivo económico a cualquiera que señale un error que más tarde ahorre dinero a las fuerzas aéreas. En el ámbito de la ayuda, las organizaciones pueden ganar un premio al fracaso más brillante por compartir errores cometidos en el desarrollo de proyectos. En SurePayroll, una compañía online de pagos de nóminas, los empleados se proponen a sí mismos en una competición por el mejor nuevo error. En una animada reunión anual, escuchan las historias de colegas que se han equivocado y lo que todo el mundo puede aprender de sus meteduras de pata. Quienes asumen los errores más útiles ganan un premio en metálico.
Incluso en el ámbito educativo, donde fallar una sola pregunta en un examen puede torpedear las posibilidades de entrar en una buena universidad, se están dando pasos adelante para que los estudiantes acepten los errores. Ante la preocupación por que sus alumnos más destacados hubieran perdido el apetito por asumir riesgos intelectuales, una de las mejores escuelas de Londres para chicas celebró una Semana del Error en 2012. Con la ayuda de profesores y padres, y mediante asambleas, tutorías y otras actividades, las estudiantes de Wimbledon High exploraron los beneficios de equivocarse. «Las personas con éxito aprenden del fracaso, lo aceptan y siguen adelante —dice Heather Hanbury, la directora—. Que algo salga mal puede incluso ser lo mejor que podría pasarle a una persona a largo plazo, incentivando la creatividad, por ejemplo, aunque en el momento preciso pareciera un desastre». La semana del fracaso ha alterado la atmósfera de la escuela. En lugar de sobreproteger a los alumnos, los profesores se sienten más cómodos diciéndoles sin tapujos que se han equivocado, lo que les hace más fácil encontrar una solución mejor. Las chicas también están asumiendo mayores riesgos, han seguido líneas de investigación más atrevidas en clase, y un mayor número de ellas se ha apuntado a concursos de escritura. Los miembros de la escuela de debate utilizan argumentos más arriesgados y ganan más concursos. «Quizá lo más importante que nos dio aquella semana fue una forma de hablar del fracaso, no como algo que había que evitar, sino como una parte esencial para aprender, mejorar y solucionar problemas —dice Hanbury—. Si una chica está disgustada por una mala nota, ahora otra podría hacerle una broma amistosa sobre ello o decir algo así como: “Vale, esta vez no te ha ido bien, pero ¿qué puedes aprender de ello?”».
La mayoría de los lugares de trabajo necesitan urgentemente un cambio cultural similar. Pensemos en todas las lecciones que no se aprenden, en todos los problemas que quedan sin resolver, en los malos sentimientos que se alimentan, y en todo el tiempo, la energía y el dinero malgastados por culpa del instinto humano de tapar sus propios errores. Ahora pensemos en lo mucho más eficiente, por no decir agradable, que sería su lugar de trabajo si cada error pudiera ser una chispa que hiciera el trabajo más inteligente. En lugar de ir quejándose por las esquinas, podría revolucionar su oficina o su empresa de pies a cabeza.
Todos podemos dar ciertos pasos para aprovechar el mea culpa y aprender de nuestros errores. Programe un momento Clinton diario en el que diga «me he equivocado», y después averigüe por qué. Cuando cometa un error en el trabajo, extraiga una o dos lecciones de la metedura de pata, y entonces asúmalas sin demora. Cuando otros se equivoquen, contenga la tentación de burlarse o mofarse y ayúdelos a encontrar el lado positivo. Inicie una conversación en su empresa, escuela o familia sobre cómo el hecho de admitir errores puede inspirar y acabar suponiendo saltos creativos. Refuerce ese mensaje usando términos positivos como «regalo» o «bonificación» para describir la revelación de errores útiles y recordando citas como la de Henry T. Ford: «El fracaso es simplemente la oportunidad de empezar de nuevo, esta vez de forma más inteligente».
También ayuda el crear un espacio compartido, como un foro de Internet o un libro de sugerencias, para airear los errores. Tomando prestada una idea de Toyota, Patounas ha colocado un tablón de anuncios en los cuarteles de su escuadrón en el que cualquier miembro de su equipo puede llamar la atención sobre algún problema, y cada caso se investiga y se trata de inmediato. «Ya es muy popular, así que es fácil ver a los ingenieros y los pilotos reunidos en torno a él —dice Patounas—. Es tangible, algo que puedes coger con las manos».
Desde luego, ayuda saber que nuestros errores raramente les parecen a los demás tan malos como imaginamos. Tenemos una tendencia natural a sobrestimar lo mucho que la gente se fija en nuestras meteduras de pata o cuánto le importan. Los psicólogos lo llaman «el efecto foco», es decir, tal vez pueda sentirse mortificada por descubrir que ha asistido a una gran reunión con una carrera en las medias o morirse de vergüenza al ver que lleva la corbata manchada de huevo, pero lo más posible es que nadie más lo notara. En un estudio llevado a cabo en la Universidad de Cornell, se les pidió a unos cuantos estudiantes que entraran en una habitación con una camiseta de Barry Manilow, una sentencia de muerte para la vida social de cualquier persona que se considere al tanto de las últimas tendencias de la moda.[26] Mientras que los sujetos casi se mueren de vergüenza, solo el 23 % de las personas presentes en la habitación se fijaron en el empalagoso cantante.
Aunque asumir un error apenas llega a ser tan malo como tememos, es solo el primer paso hacia una solución lenta. El siguiente es dedicar el tiempo necesario para averiguar de entrada cómo y por qué erramos.
3
PENSÉMOSLO BIEN: RECULER POUR MIEUX SAUTER[*]
No hagas nada sin más, quédate ahí.
EL CONEJO BLANCO de Alicia en el País de las Maravillas
Si le solicitaran que diseñara una oficina que pudiera hacer que los empleados esperaran con ganas que llegara el lunes por la mañana, podría pensar en algo parecido a las oficinas centrales de Norsafe. Todas las ventanas dan a vistas de bucólica felicidad. Hay casas revestidas de tablillas enclavadas en el bosque, pequeños barcos que se balancean junto a los muelles de madera, y gaviotas que surcan el cielo despejado. A finales de la mañana, la luz del sol convierte ese estrecho canal del sur de Noruega en una franja plateada resplandeciente.
Durante muchos años, el balance general ha parecido igualmente idílico. Norsafe lleva construyendo barcos desde 1903 en un país donde la navegación es un negocio serio. Con más litoral que Estados Unidos, esta larga y estrecha nación situada en el extremo septentrional de Europa siempre ha tenido la mirada puesta en el mar. Incluso hoy, uno de cada siete noruegos es dueño de algún tipo de embarcación. Sin embargo, las apariencias pueden ser engañosas. No hace mucho, Norsafe era una empresa a punto de padecer una crisis nerviosa, y donde a nadie le apetecía que llegara el lunes.
La empresa construye botes salvavidas altamente especializados para plataformas petrolíferas y superpetroleros. Cerrados como un submarino, y pintados de un naranja chillón y reglamentado, se pueden lanzar al agua, cargados de pasajeros, desde una altura de casi cuarenta metros. Estamos a mediados de la primera década del siglo XXI, cuando la economía global estaba en auge, inundados con encargos de todo el mundo, triplicando la facturación de Norsafe. Pese a estar por detrás de los ingresos máximos totales, la empresa, como Toyota, había perdido el control de su equipo interno y tenía dificultades para estar a la altura. No se cumplían los plazos, los fallos de diseño pasaban desapercibidos en la planta de producción, y nadie respondía a las quejas de los clientes. Mientras las demandas se amontonaban, y los beneficios se hundían, el departamento de diseño y los equipos de fabricación y de ventas se lanzaban a la yugular los unos de los otros. Todo el mundo sabía que había un problema, pero nadie sabía cómo arreglarlo.
El punto de inflexión llegó en 2009, cuando un consultor de organización llamado Geir Berthelsen pronunció un discurso en las oficinas del Norsafe. Con la cabeza afeitada y unos ojos observadores, este noruego de cuarenta y ocho años irradia la calma de un monje zen. Desde principios de la década de 1990, su empresa de consultoría, Magma, se ha dedicado a arreglar los problemas de compañías de todo el mundo con su versión de la solución lenta. Ya sea en el campo o en la industria, el primer paso de la recuperación es siempre el mismo: tomarse el tiempo que haga falta para averiguar la razón real. «La mayoría de las compañías siempre van con prisas, así que se limitan a aplicar soluciones rápidas que se limitan a tratar los síntomas en lugar del problema en sí mismo —dice él—. Para identificar lo que realmente va mal, en primer lugar debes conseguir una imagen completa a cámara lenta de la empresa, hay que actuar como Toyota y preguntarte por qué, por qué y por qué; hay que bajar el ritmo lo suficiente para analizar y comprender».
Esa es una definición clara del siguiente ingrediente de la solución lenta: tomarnos el tiempo necesario para pensar bien en el problema y, de ese modo, llegar al diagnóstico correcto. Cuando le preguntaron qué haría si tuviera que salvar el mundo en una hora, Albert Einstein respondió: «Dedicaría cincuenta y cinco minutos a definir el problema, y solo cinco a encontrar la solución». La mayoría de nosotros hacemos exactamente lo contrario. Piense en su última visita al médico de cabecera. Lo más probable es que la cita no durara más de unos pocos minutos, y que le costara explicar todo lo que quería. Mediante un estudio se detectó que los doctores les dejan a los pacientes explicar su dolencia veintitrés segundos antes de interrumpirlos.[27] ¿Resulta extraño que haya tantos diagnósticos erróneos?
De igual modo, raras veces se descubre la verdadera razón por la que falla una organización leyendo un e-mail, concertando una reunión o repasando el informe anual. Cuando las cosas van mal, como hemos visto antes, la gente suele escurrir el bulto y evita decir nada que le pueda hacer quedar mal o herir los sentimientos de sus colegas. En un mundo que premia la acción por encima de la reflexión, y cuando el reloj no se detiene, tomarse cincuenta y cinco minutos para pensar requiere unos nervios de acero. No obstante, desde los negocios hasta la medicina y todos los demás ámbitos, lo mejor que puede prescribir el médico es una pequeña falta de acción. Algunos problemas no son más que unas pequeñas turbulencias, o una simple distracción. Con otros, la solución llegará sola si se espera lo suficiente. Sin embargo, incluso en el caso de los problemas que necesitan intervención, la inacción combinada con el pensamiento profundo y la observación perspicaz puede ser el primer paso para una solución inteligente. Es decir, pensarlo todo bien. Esa es la razón por la que los doctores que tratan dolencias poco habituales suelen pasarse días, semanas e incluso meses realizando pruebas, observando cómo evolucionan los síntomas y ordenando más diagnósticos, antes de llegar a un diagnóstico final y empezar un tratamiento. «No hacer nada en absoluto es lo más difícil del mundo —dijo Oscar Wilde—. Lo más difícil... y lo más intelectual».
Por esa razón la firma de consultoría Magma pasa mucho tiempo en las trincheras, trabajando junto a los empleados, observando, escuchando, aprendiendo, ganándose la confianza y leyendo entre líneas. «Siempre empezamos por el fondo, en la planta baja de la fábrica o dondequiera que se haga el trabajo, y vivimos allí el tiempo que haga falta para comprenderlo todo sobre cómo funcionan todos los sistemas y cómo actúan todas las personas dentro de esos sistemas —dice Berthelsen—. Tenemos que descubrir las preguntas adecuadas antes de poder plantear las respuestas correctas. Solo entonces podemos arreglar las cosas de verdad».
Después de una larga misión, el equipo Magma señaló por qué Norsafe estaba haciendo aguas: se había convertido en una gran empresa que todavía operaba como una pequeña. Conforme las órdenes habían crecido y se habían hecho más complejas, los trabajadores habían dejado de prestar atención a los detalles, un error fatal cuando los botes salvavidas más sofisticados contienen 1.500 elementos y están sujetos a un montón de reglas y regulaciones. Los diseñadores producían los dibujos con escasos miramientos hacia los presupuestos o las leyes de la física. El equipo de ventas podía dar luz verde a los trabajos sin comprender del todo la letra pequeña. Situado en un edificio aparte junto a las oficinas, el departamento de construcción del negocio trabajaba de modo inadecuado para ajustarse al presupuesto. Mientras los reproches se sucedían sin parar, la empresa degeneró en una algarabía de rivalidades internas. «Nos peleábamos para conseguir que el departamento de ventas nos mostrara los pedidos de entrada o conseguir alguna información por su parte, y nadie podía romper el pacífico silencio de la gente de diseño, que estaba en su propio rincón —dice Geir Skaala, propietario y director general—. Me sentía como si fuera el único de la junta directiva a quien le interesaba lo que ocurría en producción».
Después de hacer su trabajo, Magma diseñó un sistema que permitiera a Norsafe operar como una gran empresa. El primer paso fue reservar más tiempo para examinar los contratos. El equipo de ventas ahora repasa cada pedido con lupa, y Skaala lee cada contrato en persona, marcando en rojo los puntos con los que no está de acuerdo y en amarillo los que requieren alguna aclaración. Cada diseño va ahora con una lista completa de todas las especificaciones relevantes. El papel de cada uno en la empresa se ha definido con claridad, y los trabajadores mantienen registros regulares de sus acciones.
Magma también empezó a romper las barreras entre los departamentos. Los empleados de diseño, ventas y producción ahora se reúnen de manera regular, con los móviles apagados, para hablar sobre contratos, planes nuevos y lo que está ocurriendo en la fábrica. Como los miembros de la RAF Coningsby y los trabajadores de ExxonMobil, se anima a todo el mundo a informar incluso de los problemas más pequeños y a proponer soluciones. Para reforzar el nuevo espíritu de apertura, Skaala empezó a comer en la cantina en lugar de hacerlo solo en su oficina.
La solución lenta no se puede poner en marcha en una noche, ni sin dolor. Requirió meses de explicaciones, acercamientos y reciclaje. Algunos egos resultaron dañados, y se pusieron a prueba las amistades. A pesar de que el statu quo los hacía sufrir, a muchos empleados les resultó difícil adoptar la nueva forma de trabajar. «Sintieron: “Así es como lo hago, como lo hizo mi padre y como lo hacía mi abuelo, ¿por qué debería cambiar?” —dice Skaala—. No era falta de voluntad; tan solo resultaba más fácil seguir como antes». En otras palabras, la tendencia a seguir el statu quo. Sin embargo, al final la mayoría de los empleados de Norsafe abrazaron el nuevo régimen, y los dos que no lo hicieron acabaron yéndose.
Los empleados parecían encantados con el cambio. Hans Petter Hermansen ha sido el encargado de producción de Norsafe durante más de veinte años. Con su gran bronceado, su pelo canoso y unos penetrantes ojos azules, parece un cruce entre Giorgio Armani y el héroe de El viejo y el mar de Hemingway. «Magma nos ha enseñado a quejarnos, e incluso a detener la producción, si algo va mal en un pedido, en lugar de limitarnos a intentar que funcione a toda costa —dice—. Ahora todos hablamos y trabajamos juntos como un equipo, lo que significa que, en realidad, hacemos las cosas bien desde el principio, lo que a su vez resulta mucho más eficiente que arreglar los errores más adelante en la cadena de producción».
A la solución lenta le queda un largo camino por recorrer. Una revolución que empezó en los departamentos de ventas y contratación se abrió entonces camino en el resto de la compañía. Extender los cambios a operaciones en China y Grecia requerirá más tiempo. Incluso en las oficinas generales de Noruega, el nuevo sistema todavía se está asentando. El día en que visito la sede Norsafe, están probando un prototipo de bote salvavidas. Varios diseñadores nerviosos están de pie en un muelle, observando cómo meten el bote en el agua en un experimento controlado. Después de tocar el agua, tarda en enderezarse más de los tres minutos que estipulan las leyes internacionales. Los diseñadores parecen perplejos, pero Hermansen sonríe con ironía. «Se están devanando los sesos, pero ya les había dicho que necesitaban cuatro centímetros más de espuma en los lados de la cubierta —murmura—. Esto te demuestra que incluso cuando se siguen los métodos correctos en la empresa, la gente no siempre te escucha».
A pesar de todo, Norsafe parece haber hecho avances. Los contratos se procesan sin problema en la empresa, los salvavidas llegan a tiempo y en buenas condiciones, y los beneficios están subiendo. Ya no hay más demandas pendientes, y el ánimo en la oficina mejora. En 2011, el periódico financiero más importante en Noruega publicó un artículo en el que describía Norsafe como una «máquina de hacer dinero». Skaala está encantado. «Ahora todo funciona, y volver a la oficina vuelve a ser divertido. No es como construir un cohete. Tampoco es magia. No resulta difícil de comprender. Solo necesitábamos bajar el ritmo y pensar bien qué estábamos haciendo mal en la empresa antes de que pudiéramos arreglarlo», explica.
Hay otras personas que llevan a cabo este tipo de pensamiento lento sin necesidad de asesores. A finales de la década de 1980, Patagonia, la empresa con base en California que construye herramientas y equipos eficientes para actividades en exteriores y respetuosos con el medio ambiente, creció tan rápido que dejó de darles a sus nuevos encargados una formación adecuada y perdió el control de su red de divisiones de productos y de canales de distribución. Como respuesta, Yvon Chouinard, el fundador y propietario, decidió ponerse en modo solución rápida, y llegó a reestructurar la compañía cinco veces en otros tantos años. «Estaba volviendo loco a todo el mundo probando nuevas ideas a todas horas, sin tener claro adónde queríamos llegar», escribió más tarde. Para buscar esa dirección, Chouinard acabó tirando de la cuerda Andon. En 1991 se llevó a una docena de sus mejores directores al sur de Argentina para hacer un viaje a la auténtica Patagonia. Como los profetas bíblicos que buscan la verdad en el desierto, los máximos responsables de la compañía pasaron dos semanas haciendo excursionismo por el duro y ventoso paisaje, dándole vueltas a la Gran Pregunta: «¿Qué tipo de empresa queremos construir?». Volvieron de Argentina con un ramillete de ideas que finalmente cristalizaron en una declaración de intenciones: «Hacer el mejor producto, no causar daño innecesario, y usar el negocio para inspirar y poner en práctica las soluciones a la crisis medioambiental».
Para que esa filosofía calara en la cadena de mando, Chouinard se llevó a los encargados de los niveles inferiores a retiros de una semana a parques nacionales de Estados Unidos. Después de tomarse el tiempo necesario para responder a la Gran Pregunta, Patagonia pudo finalmente poner su empresa en orden, recortando capas superfluas de supervisión, modernizando los inventarios y controlando sus canales de ventas. Hoy, la empresa consigue ventas anuales de más de 540 millones de dólares, al mismo tiempo que continúa con la política iniciada en 1985 de donar el 1 % de esas ventas a causas de defensa del medio ambiente.
El mundo de los negocios no es el único que sale beneficiado de pensar en los problemas a conciencia. Con su nuevo sistema de seguridad, la RAF utiliza a psicólogos para investigar hasta el fondo los llamados «factores humanos» que desempeñan una parte en todo accidente. «Cada pieza del puzle tiene una historia, y detrás de esa historia hay otra, y otra, tanto si es un hombre que salió de casa temprano de buena mañana, porque estuvo hasta tarde la noche anterior, tuvo una pelea con su mujer o su pareja, o porque llegó al trabajo y los libros que debía consultar no estaban allí —dice Brailsford—. Nuestro propósito es tirar de la cuerda Andon para llegar al mismísimo fondo de cada problema, lo que significa que nos tomamos más tiempo para pensar antes de actuar, pero cuando lo hacemos somos capaces de aplicar las soluciones correctas a los problemas correctos».
Con los problemas sentimentales ocurre otro tanto. Si quieres arreglar una relación rota, debes tomarte tu tiempo para averiguar lo que realmente está pasando antes de buscar la solución adecuada. Cuando ejerce como consejero de parejas en Toronto, Dave Perry coloca una pequeña tortuga de cerámica en la mesa entre él y sus clientes. «Es solo un pequeño recordatorio visual de que hay que adoptar un enfoque lento y paciente para llegar al corazón del problema —explica—. Al principio, la gente se resiste porque quiere una solución rápida, pero una vez que percibe que tiene permiso para bajar el ritmo, se produce un enorme alivio».
Tomarse el tiempo para identificar y localizar el problema es básicamente el modus operandi de IDEO, una empresa de diseño global famosa por la profunda y sagaz investigación que realiza antes de prescribir una solución. Cuando el Memorial Hospital and Health System de South Bend, en Indiana, pidió ayuda para planificar su nuevo centro de medicina cardiológica y vascular, los empleados de IDEO pasaron semanas en las salas del hospital, observando, escuchando y haciendo preguntas. Entrevistaron y organizaron talleres con pacientes, familias, médicos, gerentes, técnicos y voluntarios. Incluso recrearon la experiencia de llegar al hospital en todo tipo de situaciones, desde una simple consulta hasta una operación a corazón abierto, desde los puntos de vista del paciente y de los miembros de la familia. Muchas de sus sugerencias se incluyeron en el diseño final de la nueva ala. «En lugar de limitarse a investigar las necesidades de la gente preguntando directamente: “¿Qué le gustaría?”, adoptamos un enfoque más meditado y experimental que requiere inmersión y un filtrado —dice Jane Fulton Suri, socia gerente y directora creativa de IDEO—. Cuando pasas más tiempo profundizando y familiarizándote con un problema, se crea espacio para nuevas y sorprendentes percepciones».
Puede llevar incluso a replantear por completo el problema original. Si un cliente pide una nueva tostadora mejorada, IDEO puede hacer la pregunta al revés: ¿hay una manera mejor de hacer una tostada? O ¿cómo podría ser diferente el desayuno? IDEO siguió una táctica similar cuando ayudó a Apple a desarrollar su revolucionario ratón en 1980. «Desde el primer momento empezamos a preguntarnos: “¿Cuál es el verdadero problema que debemos tratar?” —dice Fulton Suri—. Siempre existe el problema de que la solución ya está alojada en el marco de nuestro problema original. Si nos tomamos el tiempo para reformularlo, podemos abrir una alternativa y, a menudo, maneras mejores de tratar la necesidad real».
Ese principio está incluso demostrando su eficacia en el formal mundo del control del tráfico. Cuando se producen accidentes de tráfico de manera reiterada en un tramo de carretera concreto, la solución tradicional consiste en modificar las instalaciones de la calle; por ejemplo, poner nuevas luces, o baches para moderar la velocidad, o señales de peligro. ¿Por qué? Porque cuanta más orientación se les dé a los motoristas, mejor conducirán.
¿O no? Después de seguir esta regla de oro durante años, no se consiguió hacer las carreteras más seguras, y algunos ingenieros empezaron a plantearse si estaba formulándose la pregunta equivocada. En lugar de preguntar qué podemos añadirles a nuestras carreteras para hacerlas más seguras, empezaron a preguntar, siguiendo el estilo intuitivo de IDEO, cómo debería ser más segura una carretera. Lo que descubrieron los dejó atónitos. Resulta que los conocimientos tradicionales sobre el tráfico son erróneos. A menudo, cuanto menos les digas a los motoristas cómo deben comportarse, con más seguridad conducirán. Pensemos en ello. La mayoría de los accidentes tienen lugar cerca de puertas de escuelas y cruces, o alrededor de carriles para autobuses y bicicletas, que suelen estar regulados por un denso bosque de señales, luces y marcas. Eso se debe a que el aluvión de instrucciones puede distraer a los conductores. También puede infundirles un falso sentimiento de seguridad y hacerlos más propensos a correr sin prestar atención.
Si minimizamos las luces, la señalación y las indicaciones visuales, los motoristas deberán pensar por sí mismos. Tendrán que entablar contacto visual con los peatones y los ciclistas, negociar su paso por el núcleo urbano y planear su siguiente movimiento. Resultado: el tráfico fluye más libre y seguro. Desmantelar las señales de Kensington High Street, una de las avenidas comerciales más concurridas de Londres, ayudó a disminuir la tasa de accidentes en un 47 %.[28]
También hay razones neurológicas para que uno se tome su tiempo para pensar en un problema con calma y a fondo. Las fechas límite desempeñan un papel importante a la hora de encontrar soluciones, pero correr a contrarreloj puede conducir a un pensamiento superficial y descuidado. Teresa Amabile, profesora y directora de Investigación en la Harvard Business School, ha dedicado los últimos treinta años a estudiar creatividad en el centro de trabajo. Sus investigaciones señalan una conclusión aleccionadora: las prisas nos hacen ser menos creativos. «Aunque unos niveles moderados de presión temporal no dañan la creatividad, la extrema presión temporal puede dañar la creatividad porque la gente no puede comprometerse al cien por cien con el problema —dice Amabile—. La creatividad suele requerir un periodo de incubación; la gente necesita tiempo para empaparse de un problema y dejar que surjan las ideas».
Todo esto lo sabemos por nuestra propia experiencia. Nuestras mejores ideas, esos momentos en los que podemos gritar «¡Eureka!» y que cambian de arriba abajo la situación, son muy infrecuentes cuando estamos atascados y haciendo malabarismos para responder un montón de e-mails, cuando tenemos que presionar para que se oiga nuestra voz en una reunión muy estresante, o cuando le tenemos que entregar un trabajo a un jefe impaciente. Las mejores ideas surgen mientras paseamos al perro, estamos dándonos un baño o meciéndonos en una hamaca. Cuando estamos tranquilos, no tenemos prisa y estamos libres de estrés y distracciones, el cerebro piensa de forma más rica y matizada.[29] Algunos llaman a esto «pensamiento lento», y las mejores mentes siempre han entendido su poder. Milan Kundera habló sobre «la sabiduría de la lentitud». Arthur Conan Doyle escribió que Sherlock Holmes entraba en un estado casi meditativo, «con una expresión soñadora y vacía en sus ojos», cuando examinaba las pruebas de las escenas de los crímenes. Charles Darwin se denominaba a sí mismo un «pensador lento».
Bajar el ritmo para pensar bien las cosas tiene incluso sentido cuando las circunstancias no nos permiten disponer de semanas de paciente observación, ni de largos y meditativos paseos en la Patagonia. Las estadísticas demuestran que los oficiales de policía se ven implicados en menos tiroteos, detenciones y asaltos cuando trabajan solos que cuando lo hacen con un compañero.[30] ¿Por qué? Porque un policía que va en solitario es más cauteloso y circunspecto, y, por lo tanto, es más probable que se tome un momento para sopesar las opciones antes de actuar. Una corta pausa puede hacer que nos comportemos incluso de forma más ética.[31] Los investigadores de la Universidad Johns Hopkins han demostrado que, cuando nos enfrentamos a una clara elección entre lo que es correcto y lo que no lo es, tenemos cinco veces más probabilidades de hacer lo correcto si contamos con el tiempo necesario para pensarlo. Otras investigaciones sostienen que solo dos minutos de reflexión razonada pueden ayudarnos a ver más allá de nuestros prejuicios y aceptar los méritos de un argumento racional.
Si queremos dedicar espacio para efectuar una reflexión rica y creativa, necesitamos abolir el tabú contra la lentitud que está tan arraigado en la cultura del siglo XXI. Necesitamos aceptar que bajar el ritmo juiciosamente, en los momentos justos, nos puede hacer más inteligentes. Cuando nos enfrentamos a un problema en grupo, les prestamos menos atención a los pensadores rápidos que monopolizan la escena, y más a las personas más tímidas y modestas que se tumban y sopesan y ponderan lo que dicen. Tim Perkins, un preparador de la Odisea de la Mente, es un testigo permanente de este proceso. «El año pasado tuvimos a una chica que guardaba tanto silencio durante las sesiones de tormenta de ideas que casi podías olvidarte de que estaba allí —explica—. Sin embargo, en realidad se estaba tomando el tiempo necesario para procesar lo que se decía, y al cabo de diez o quince minutos daba su opinión. A menudo el equipo acababa aceptando su solución al problema».
Todos podemos dar unos pasos adelante para pensar mejor las cosas. Incluso cuando no hay nada que requiera arreglo, vale la pena sacar tiempo para desconectar de la tecnología y dejar que la mente reflexione. Cuando se enfrente a un problema nuevo, convierta en norma consultarlo con la almohada al menos una noche antes de proponer solución alguna. Pregúntese «por qué, por qué y por qué» hasta que llegue a la raíz del asunto. Ponga un objeto en su escritorio (una escultura, un caracol de madera o una foto de su lugar de veraneo favorito) que le recuerde que no debe apresurarse y que tiene que pensar antes de actuar. Sobre todo, ponga a prueba sus soluciones una y otra vez, por muy infalibles que parezcan.
Es fácil cometer el error de apostarlo todo a una solución rápida que promete dar rápidos frutos, incluso cuando se diseñan sistemas para evitar que eso ocurra. Los investigadores de la RAF Coningsby, recién entrenados en el arte de analizar «los factores humanos» y de buscar las raíces de los problemas, han caído en la trampa. No hace mucho tiempo, durante un trabajo rutinario de mantenimiento, un ingeniero abrió la puerta del tren de aterrizaje de un avión Typhoon. Se golpeó contra un pesado gato que había debajo, lo que provocó un desgarro que parecía causado por fuego enemigo. En el pasado, al joven cabo lo habrían castigado, y es probable que sus colegas lo hubieran ridiculizado. Tal vez incluso habría intentado manipular las pruebas para descargarse la culpa. En cualquier caso, su equipo habría reemplazado la puerta sin averiguar de verdad por qué había tenido lugar el accidente.
Con el nuevo régimen, el ingeniero realizó un informe en el momento, que desembocó en una investigación exhaustiva. La jefa de escuadrilla Simpson descubrió casi de inmediato que faltaba el seguro que habría evitado que la puerta del tren de aterrizaje cayera en aquel fatídico instante. Hasta ese momento, todo parecía ir bien. Sin embargo, una exploración más profunda descubrió un sorprendente descuido: a pesar de que los seguros están claramente incluidos en todos los manuales de los Typhoon, tres de los cuatro escuadrones de la RAF no llegaron nunca a ponerlos bien.
Simpson estaba sorprendida. «Todo el mundo sigue la lista. Todo el mundo está adiestrado de acuerdo con la lista. Todo el mundo puede ver las fotos del seguro en el lugar donde tiene que estar. Y aun así, nadie se había fijado en que nunca habíamos comprado ninguno de esos seguros», dice.
Pareció un punto a favor del nuevo sistema de seguridad. La RAF compró un montón de seguros y entonces cerró el caso de la puerta del tren de aterrizaje dañada.
Todo el mundo dijo: «¡Caramba!, ¿no os parece un nuevo sistema brillante? Antes no habríamos sido capaces de verlo» —explica Simpson—. Pensamos: «Ahora ya está todo claro, problema resuelto». Solo que no lo estaba. Unas cuantas semanas después, otra puerta de un Typhoon se rompió en un accidente casi idéntico.
El cierre de seguridad era una pista falsa. Cuando los investigadores se tomaron el tiempo para pensarlo mejor e investigar el caso más en profundidad, encontraron un montón de factores diferentes que habían propiciado el percance: los ingenieros estaban distraídos por cambios de turnos; la iluminación del hangar era insuficiente; y una ilustración del manual de instrucciones mostraba el gato en un ángulo erróneo.
Estábamos tan contentos de haber encontrado el cierre de seguridad, que parecía una respuesta tan obvia al problema, que eso nos cegó por completo y simplemente dejamos de buscar otras causas —explica Simpson, con una mueca de desagrado ante el recuerdo—. Sin embargo, la parte positiva es que aprendimos una lección muy valiosa: el mero hecho de que te encuentres un factor que parezca ofrecer una solución casi perfecta, no debe hacer que te detengas ahí. Debes continuar la investigación, profundizar más y formular preguntas hasta que tengas una visión completa de lo que ocurrió y de cómo arreglarlo de la manera adecuada.
En otras palabras: si tu primera solución parece demasiado buena como para ser verdad, probablemente lo sea.
Cuando le pregunto a Simpson si esa manera de pensar a fondo lleva a un momento de claridad perfecta, se queda en silencio durante unos pocos segundos antes de responder. «La verdad es que llegas a un punto en el que sabes qué hay que hacer, pero rara vez es tan simple como dar con una solución milagrosa —dice—. Siempre hay múltiples factores que tienes que conectar».
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PENSAMIENTO HOLÍSTICO: UNIR LOS PUNTOS
Todo está conectado [...] Nada puede cambiar por sí solo.
PAUL HAWKEN, ecologista
Lo llaman «el andar del gueto». Lo ha visto en episodios de The Wire, en un millón de vídeos de hip-hop, y quizás incluso en las calles de su propia ciudad. La expresión se refiere a esa forma de caminar de forma patosa, a la forma de balancearse al andar que utilizan los jóvenes de los barrios bajos. Parece que tengan una vieja herida de bala, o que lleven un arma de fuego en alguna parte de sus pantalones caídos. Es una cuestión de bandas, modales de la calle, otra pose diseñada para enviarle el mismo mensaje a todo el mundo: «No te metas conmigo, porque soy todo un hijo de puta».
Cuando conozco a Lewis Price, es un auténtico profesional del andar característico del gueto. Lleva el pelo peinado hacia atrás en trenzas; los pantalones caídos; unas zapatillas Air Jordan negras y rojas ostentosamente desatadas; y lleva un tatuaje con la siglas «MOB» (Money over Bitches)[*] en la muñeca. A los diecisiete años, es compacto y musculoso, con la energía concentrada de un atleta en la línea de salida o un gato agazapado listo para saltar.
Sin embargo, cuando Price empieza a hablar te das cuenta de que no es un cabrón en absoluto. Su sonrisa fácil y sus maneras suaves contradicen su apariencia. Le encanta hablar y se engancha a cualquier conversación, recorriendo la habitación con la mirada como si buscara la siguiente razón para reír. Al contrario que muchos jóvenes atrapados en la violencia entre bandas que asuela el South Central de Los Ángeles, no está fingiendo la cojera por pose. Cuando tenía catorce años, un miembro de una banda rival le disparó al azar mientras él estaba caminando por la acera. La bala le atravesó la pierna derecha y se incrustó tan profundamente en la izquierda que los médicos prefirieron dejarla allí. Ya no puede jugar al fútbol ni al baloncesto, y la cojera atrae una atención indeseada en la calle. «La gente cree que camino así a propósito, que camino como el miembro de una banda porque quiero hacer una declaración de intenciones o algo así —dice—. Pero esa es la única manera en la que puedo caminar después del disparo. Bueno, tal y como lo veo, tengo suerte por poder caminar».
Price, en la actualidad, suele mirar el lado positivo. Le ha dado la espalda a la vida callejera, se ha ganado un sitio en el cuadro de honor y planea ir a la universidad, lo que supone una proeza para un chico nacido y criado en Watts.
Hace tiempo que este rincón de Los Ángeles está en la primera línea de la lucha del pueblo negro. En 1965, los disturbios de Watts convirtieron 130 kilómetros cuadrados de la ciudad en una zona de guerra de edificios carbonizados y duras batallas con la Guardia Nacional. Más tarde, las bandas tomaron el control, y dos de ellas, las legendarias Bloods y Crips, crearon unos violentos feudos. A lo largo de la última década, la población latina se mudó en masa. No obstante, a Watts lo atenaza la misma vieja lista de desesperación urbana: pobreza, crimen, escuelas en decadencia, falta de asistencia médica, paro, hogares rotos, drogas, embarazo juvenil, malnutrición, padres holgazanes y violencia doméstica. Con las cifras de miembros de bandas ascendiendo a miles, las peleas a puñetazos, los apuñalamientos y los disparos como el que dejó cojo a Price son el pan nuestro de cada día. No muchos chicos de Watts llegan a la universidad.
Price no es el primer miembro de una banda que le da un giro radical a su vida. Sin embargo, en lugar de otorgarle el mérito a la iglesia, a la familia o a algún heroico trabajador social, afirma que debe su conversión a su alma máter. Para el placer y la sorpresa de muchos residentes de Watts, el instituto local, conocido ahora como Ánimo Locke, ha pasado de ser un caso perdido a un soplo de esperanza.
Si no fuera por el Locke, yo no sería la persona que soy hoy —dice Price—. Antes de venir aquí, tío, la única forma de sobrevivir era la vida callejera; pero cuando llegué aquí simplemente me abrieron los ojos. —Se queda en silencio durante un momento, como si pensara en el camino que no ha tomado, antes de añadir—: Si no fuera por el Locke, sería como todos mis viejos amigos; estaría muerto o en la cárcel. Pero ahora tengo futuro, ¿sabes? Soy un buen estudiante y conseguiré llegar a algún sitio.
Muchos países siguen teniendo que lidiar con el ciclo de los niños pobres que van dando tumbos en escuelas terribles que los llevarán sin remedio a una vida miserable. El problema es especialmente agudo en Estados Unidos, donde casi la mitad de los estudiantes abandonan los estudios en el 10 % de los institutos públicos, la mayoría de ellos situados en duros vecindarios urbanos.[32] Una solución es construir nuevas y mejores academias en las mismas zonas. Este es el enfoque que adoptan las organizaciones benéficas de Charter Management Organisations (CMO, por sus siglas en inglés), que han usado su dinero público para abrir y dirigir cientos de escuelas en Estados Unidos desde la década de 1990. La Administración Obama tomó un camino diferente: envió a directores extremadamente especializados, a quienes llamaron star principals, con el dinero y la orden de reconstruir desde cero escuelas deterioradas. Las dos estrategias han desembocado en resultados variados. El Locke sobresale entre los demás porque mezcla ambos enfoques para conseguir un efecto positivo.
En 2007, el distrito unificado de Los Ángeles invitó a una CMO llamada Green Dot para realizar un giro radical en el Locke. Era la primera vez que un grupo subvencionado estadounidense aceptaba encargarse de una escuela problemática, y el Locke tenía unos problemas enormes. Abierta en 1967 como símbolo de la renovación después de los disturbios de Watts, la escuela recibió su nombre por Alain Leroy Locke, el primer afroamericano que ganó una beca Rhodes para estudiar en la Universidad de Oxford. Sin embargo, a lo largo de los años, conforme los trabajos y las familias de clase media desaparecían del vecindario, los buenos alumnos de la escuela se fueron con ellos. Cuando Green Dot llegó, el Locke, que se extiende a lo largo de seis manzanas y alberga a 3.100 estudiantes, era el tipo de fábrica abandonada que se ve en las películas: los edificios garabateados, ventanas rotas y luces fundidas; la pintura cayéndose de las paredes en todas las clases, y la basura fluyendo como plantas rodadoras por todo el desaliñado campus. Había coches aparcados por todo el sitio, incluso en los patios de balonmano.
Los estudiantes se saltaban las clases para merodear por los pasillos, o se sentaban en grandes grupos para jugar a los dados o fumar hierba. Encendían hogueras dentro de la escuela, y organizaban fiestas en el tejado. Los miembros de las bandas vendían drogas a la salida del gimnasio. Los guardias de seguridad del campus se pasaban la mayor parte del tiempo deteniendo peleas y manteniendo separadas a las bandas rivales. Varios alumnos fueron tiroteados en las puertas de la escuela.
Algunos profesores hacían un esfuerzo heroico para darles una instrucción adecuada a los pocos alumnos dispuestos o capaces de recibirla, pero todo iba en su contra. Muchos se limitaron a rendirse. Los profesores ponían tantas películas que los padres apodaron al Locke «el cineplex del gueto». Muchos leían periódicos o novelas en clase mientras los chicos hacían el tonto y jugaban a las cartas. Incluso el profesor de Habilidades Sociales se presentaba en clase borracho. El Locke tocó fondo en 2007, cuando el Ayuntamiento tuvo que enviar helicópteros y policías antidisturbios para aplacar una pelea en la que estaban implicados cientos de estudiantes. Sin embargo, mientras los tiroteos, violaciones y apaleamientos llenaban los titulares, la estadística más dañina era esta: de los 1.451 chicos que empezaron noveno curso en 2004, menos del 6 % se graduaron con las credenciales suficientes para pedir el ingreso en la Universidad del Estado de California.
Sin embargo, las instituciones oficiales no se habían rendido con el Locke. Todo lo contrario, la ciudad lanzaba iniciativa tras iniciativa en la escuela: probaban una nueva política de asistencia primero, un programa de lectura después, un poco más adelante ponían al día un código de disciplina, y así sucesivamente. El problema era que las autoridades nunca se tomaban el tiempo necesario para ver el panorama en su conjunto. En lugar de eso, saltaban de una iniciativa a otra igual que yo buscaba una cura tras otra para el dolor de espalda. Stephen Minix, el director de atletismo, tuvo un asiento de primera fila en este caleidoscopio de soluciones rápidas. «Año tras año aparecía gente con traje y corbata y esparcían un poco de aquello o un poco de eso otro en la escuela, y me decían: “Esto lo arreglará”, y entonces se iban sin más —dice—. Siempre estaban cambiando las políticas que el distrito imponía, sin pensar en lo que realmente podían significar para el Locke, así que nunca dejaban ninguna huella. Eran meras soluciones que parcheaban problemas mucho más profundos».
Green Dot, por lo tanto, se enfrentó a una enorme cantidad de escepticismo desde el principio. Los profesores del Locke, incluido Minix, sospechaban que los recién llegados no serían más que otro grupo de vendedores de soluciones rápidas. Muchos residentes de Watts desconfiaban de aquellos forasteros de hablar tranquilo. Tal y como dijo uno de los padres: «Para mucha gente fue como “Aquí llegan estos tíos blancos, estos peregrinos que plantan sus tiendas, sus vallas y prometen que van a arreglar nuestra escuela y a nuestros críos, pero nosotros no tenemos nada que decir, y cuando no funcione, se largarán cabalgando al atardecer y nos dejarán con un lío incluso mayor que antes”».
No obstante, a Green Dot no le van las soluciones a modo de parche. Se propusieron llevar al Locke directamente al hospital para que le realizaran una cirugía mayor. El hombre que está al mando es Marco Petruzzi, con cuyos incisivos puntos de vista sobre nuestra cultura de modas y cháchara ya nos hemos encontrado antes. Cuando le pregunto qué nos dice el giro radical del Locke sobre el arte de resolver problemas, responde sin vacilación: «La lección principal es que no hay una política, un software o un solo cambio en el entorno que pueda arreglar una escuela problemática —explica—. Se trata de todo un abanico de factores, y hay que averiguar cuáles son, cómo están interconectados y enfrentarse a todos ellos».
Eso nos lleva al siguiente ingrediente de la solución lenta: unir los puntos requiere un enfoque holístico. En el capítulo 3 hemos visto la importancia de tomarse el tiempo para averiguar la verdadera naturaleza de un problema. Esto suele revelar una red de factores interconectados que jamás podrán arreglarse con una única solución milagrosa. Los problemas complejos, desde el cambio climático hasta el conflicto del Oriente Próximo, pasando por los problemas matrimoniales, deben examinarse a través de una lente más amplia, y hay que enfrentarse a ellos de forma holística. Cuando las empresas de Estados Unidos empezaron a investigar en serio sobre asuntos tecnológicos en la década de 1980, los expertos se sentaron a esperar una subida de la productividad. Sin embargo, eso no llegó a pasar. O tal vez sí, pero solo después de que los jefes se dieran cuenta de que no bastaba con instalar un hardware y un software atractivos. También hay que hacer una serie de cambios sistémicos, desde reciclar al personal hasta poner al día las prácticas laborales. Una regla básica es que por cada dólar que se gasta en nueva tecnología, una empresa debe invertir entre 5 y 10 dólares en reorganizarse y ser capaz de usarla.[33]
Ese enfoque holístico también puede aplicarse en medicina, donde los síntomas físicos suelen ser parte de una historia mayor. Utilizando el vínculo entre la mente y el cuerpo, muchos hospitales usan ahora el arte, la música e incluso se valen de payasos para ayudar a combatir el estrés, manejar el dolor y mejorar la curación.
Lo mismo sirve para arreglar relaciones rotas. Marianne Bertrand, la terapeuta que vive en París y de la que ya se ha hablado antes, se encuentra con parejas enfrentadas, que a menudo se concentran en un solo problema, como una infidelidad. Sin embargo, tales cosas rara vez ocurren de forma aislada, y suelen ser síntomas de problemas más profundos y más complejos. Como la RAF, que desentrañaba historias dentro de otras historias después de un accidente, Bertrand ayuda a las parejas a desvelar la historia que se esconde bajo la superficie. «No puedes comprender una obra de Shakespeare escuchando un único soliloquio —explica—. Una relación es como un enorme y complejo rompecabezas, así que necesitas examinar todas las piezas y, después, averiguar cómo encajan unas con otras».
El problema es que el pensamiento holístico no nos resulta fácil de realizar. Como vimos antes, el cerebro humano a menudo solo es capaz de tener una visión de túnel. Recuerde que más de la mitad de nosotros no vimos al hombre con el traje de gorila paseándose entre los jugadores de baloncesto en el vídeo de YouTube. Esa es la razón por la que las personas más capacitadas para resolver los problemas hacen un gran esfuerzo para unir los puntos. «Intentamos encarar cada problema descubriendo qué le ocurre realmente a la persona del sistema —dice Jane Fulton Suri, de IDEO—. Discernir cómo están conectadas las cosas, cómo se combinan las actividades de los diferentes jugadores para formar la cultura del lugar y cómo estos necesitan implicarse para hacer cambios». Siguiendo ese mismo espíritu, Green Dot se dispuso a renovar el Locke desde el interior.
Para crear un entorno más íntimo, dividió la escuela en academias más pequeñas, con un cercado improvisado y particiones. También recortaron el número de clases, que pasó de cuarenta a unas treinta. Se despidió a todos los profesores del Locke, y los invitaron a presentarse de nuevo al puesto. Después de una serie rigurosa de entrevistas, Green Dot volvió a contratar a un tercio de ellos, y completó el resto de la plantilla reclutando a jóvenes muy motivados procedentes del exterior. Con formación y asesoramiento constante, los profesores se mantienen en continuo reciclaje y motivados.
En lugar de salir de estampida cuando suena el timbre de las tres de la tarde, ahora la plantilla se queda por las tardes para impartir clases de tutoría adicionales, orientar a los alumnos sobre las solicitudes para la universidad o simplemente ofrecer un hombro amigo. También hacen visitas a domicilio y dan sus números de teléfono personales. «Los profesores nos enseñan, pero van más allá de eso —dice Price—. Realmente se aseguran de que si no comprendemos algo, podamos consultárselo en cualquier momento. Podemos llamarlos a última hora de la noche y decirles: “Estoy encallado con tus deberes, ¿puedes echarme una mano?”, y siempre están dispuestos a dar las explicaciones necesarias hasta que hayamos acabado».
Para darles a los cambios académicos un propósito real, Green Dot se propuso que una sola idea calara hondo en la cultura de la escuela: con suficiente trabajo duro e imaginación, todo alumno que entra por la puerta podrá llegar a la universidad algún día. Esta creencia se repite como un mantra. Se ayuda a todos los alumnos a crear un plan universitario a partir del noveno curso. Hay banderines y folletos de universidades colgados en las clases junto a las fotos de graduados recientes con el birrete y la túnica. Los antiguos alumnos vuelven a la escuela para hablar sobre la vida en la universidad. Durante las clases, los profesores salpican su discursos con frases como «Cuando estéis en la universidad...» y «Vuestros profesores de la universidad...».
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