Kitabı oku: «Sujetos y subjetividades»


Sujetos y subjetividades
Aproximaciones empíricas en tiempos actuales
© Oriana Bernasconi, Carla Fardella, Sebastián Rojas Navarro, editores
Ediciones Universidad Alberto Hurtado
Alameda 1869 – Santiago de Chile
mgarciam@uahurtado.cl– 56-228897726
www.uahurtado.cl
Impreso en Santiago de Chile por C y C impresores
Primera edición enero 2022
Los libros de Ediciones UAH poseen tres instancias de evaluación: comité científico de la colección, comité editorial multidisciplinario y sistema de referato ciego. Este libro fue sometido a las tres instancias de evaluación.
ISBN libro digital: 978-956-357-324-4
Coordinadores colección Sociología: personas, organizaciones, sociedad
Alexis Cortés - Pedro Güell
Dirección editorial
Alejandra Stevenson Valdés
Editora ejecutiva
Beatriz García-Huidobro
Diseño interior
Elba Peña
Diseño portada
Francisca Toral
Imagen de portada: iStock
Diagramación Digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com

Con las debidas licencias. Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.
Índice
Agradecimientos
Introducción
Primera Parte
Existencias y sujetos liminales
Performación de sujetos de la violencia política mediante la genealogía de dispositivos
Oriana Bernasconi
Antropozoogénesis en las ciudades de Chile o lo que puede un perro o la domesticación cosmopolita
Arthur Arruda Leal Ferreira
Cuidar la alteridad: estudio de subjetividades actuales de niños y niñas en la escuela desde una perspectiva socio-material
Sebastián Rojas Navarro
Segunda Parte
Cuerpo, salud y subjetividad
La subjetivación como campo de tensiones híbridas
María Alejandra Energici y Nicolás Schongüt
Producir la verdad, componer un sujeto: una aproximación a la subjetivación en salud desde los estudios de ciencia y tecnología
Jorge Castillo-Sepúlveda, Mariana Gálvez, Jorge Tapia,
José Toro y Miguel Catalán
La niña problema: producción de las diferencias en la escuela desde una analítica etnográfica feminista
Marcela Apablaza
Tercera Parte
Instituciones y subjetividad
De las cartas de los presos a los Facebook de los infractores: una propuesta de acercamiento a las técnicas de sí
Jimena Carrasco, Camila Vega y Yerko Manzano
Abordaje teórico-metodológico para el estudio de las identidades laborales en el trabajo flexible. Discusiones a partir del caso de los programas de acción pública
Alan Valenzuela, Álvaro Soto y Antonio Stecher
Shadowing: el flujo del académico haciéndose sujeto
Carla Fardella, Vicente Sisto y Enrique Baleriola
Autoras y autores
Agradecimientos
Este libro es fruto de un esfuerzo conjunto y colaborativo y, probablemente, no hubiese existido de no haber mediado una serie de encuentros académicos e informales entre aquellos y aquellas que aquí participan. Fue precisamente gracias a estas conversaciones que nos fuimos dando cuenta de la existencia de importantes puntos en común en el modo en que pensábamos la práctica de la investigación y la fundamental necesidad que sentíamos de poder incorporar ideas que permitiesen comprender, de modos diversos, los distintos elementos que cotidianamente vemos en los mundos que habitamos. Este carácter colaborativo define gran parte de nuestra posición ética y política respecto al conocimiento. Sin estos encuentros con los otros, creemos imposible poder sostener teorías que sean oportunas y convocantes, iluminadoras y liberadoras. Quizá, aún más importante, creemos que sin estos encuentros la investigación es inviable, en tanto nos recuerdan una y otra vez de todo aquello que no sabemos; una bien intencionada advertencia que pensamos siempre con y a través de otros y otras. Por lo mismo, este libro es un ejercicio de pensamiento en conjunto y reconoce el aporte de distintas personas, lugares, espacios y tiempos que permitieron que estas ideas tomasen la forma presente.
Nos gustaría agradecer al grupo de trabajo “Individuo y materia”. Muchos de los autores y las autoras que participan en este proyecto han formado parte de los encuentros y conversaciones sostenidos por más de diez años en esta comunidad de investigación, que ha puesto su atención en la subjetividad y los sujetos desde enfoques situados y simétricos en diversos campos sociales. Indudablemente, este libro está en deuda y refleja esos diálogos e instancias de colaboración. Los proyectos de investigación Fondecyt Regular 1190834, a cargo de Oriana Bernasconi, 1180129, a cargo de Carla Fardella, y 11190285, a cargo de Sebastián Rojas Navarro, nos permitieron dedicarnos a esta labor editorial.
Por último, quisiéramos agradecer a la socióloga María Isabel Vera por su brillante apoyo en la composición del manuscrito, al revisor ciego por sus apreciaciones sobre el texto, al Departamento de Sociología de la UAH por acoger esta obra, y a Ediciones Universidad Alberto Hurtado por su trabajo editorial que nos permite ponerla a disposición.
Santiago y Viña del Mar, 2021
Introducción
Oriana Bernasconi, Carla Fardella y Sebastián Rojas Navarro
It matters what matters we use to think other matters with; it matters what
stories we tell to tell other stories with; it matters what knots knot knots, what thoughts think thoughts, what descriptions describe descriptions, what
ties tie ties. It matters what stories make worlds, what worlds make stories1.
(Donna Haraway 2016)
La investigación social sobre sujetos y subjetividades
Durante su transcurso, las ciencias sociales se han visto cautivadas, una y otra vez, por la pregunta por el sujeto y la subjetividad. Ya sea que esta fascinación fuera motivada por un afán de comprensión, de diferenciación, de liberación o de intervención, diversos autores se han detenido en la pregunta por el sujeto y los efectos que sus diversas composiciones provocan en la vida social. Y el siglo pasado no fue una excepción. Como describe Nick Mansfield (2000), desde los tempranos esfuerzos realizados por Sigmund Freud hasta los trabajos de Michel Foucault y Judith Butler, pasando por autores y autoras de gran importancia como Jean-Paul Sartre, Alain Badiou, Edward Said o Donna Haraway, la subjetividad ocupó un lugar privilegiado en la teoría social.
Tal como aconteció con otras disciplinas y saberes que encontraron en la modernidad su condición de emergencia y consolidación, las teorías sobre la subjetividad y el sujeto que circularon durante buena parte del siglo XX fueron modeladas siguiendo los principios que permitieron la validación y auge de los saberes científicos. Así, las ciencias sociales se aproximaron a la pregunta por la subjetividad y el sujeto mediante formulaciones que sostenían su validez y pertinencia en poder ofrecer una imagen científica y racional de lo que somos. Estos principios no deben ser tomados a la ligera ya que, después de todo, garantizaron la aceptación y popularización de estos saberes y sirvieron de referencia para la definición de los propósitos, técnicas y métodos que dieron vida a las teorías científicas sobre los sujetos del siglo veinte. Así, las ciencias sociales se orientaron a la producción de un conocimiento objetivo, metódico y racional sobre el sujeto. Para ser conocido, el sujeto debía ser medido, evaluado y palpado (Rose 1998). Sin embargo, no muy tarde, estos múltiples y sistemáticos esfuerzos para edificar un conocimiento secular, racional, objetivo y universal acerca de la subjetividad, sufrieron incisivas críticas, entre otras razones, por operar como un ejercicio de dominación, reduciendo la alteridad a lo ya conocido, a lo previamente explorado y a lo ya subyugado, y situando lo diferente como un fenómeno periférico, peligroso y carente de valor (Giaccalia et al. 2009). En adelante, mientras algunos autores han develado los mecanismos mediante los cuales se intentaba preservar y sostener dicha fantasía a expensas de otras formas posibles de existencia –por ejemplo, la formación de la identidad negra en una sociedad blanca o del “orientalismo” en una sociedad occidentalizante en las críticas de Fanon (1963) y Said (2003)–, otros han ido señalando los límites, contradicciones y sombras de aquel sueño moderno. Desde entonces, el hombre no solo ha sido examinado según las fuerzas que lo cruzan, sino también según todo lo que expulsa. Se han problematizado los particularismos del ímpetu antropocéntrico que lo inunda: una concepción unitaria, nacionalista, androcéntrica e imperialista que promueve como universal a un hombre liberal e individualista que “define su perfectibilidad en términos de autonomía y autodeterminación” (Braidotti 2013).
Frente a la imposibilidad de estar a la altura de sus propias promesas, lo moderno comienza paulatinamente a colapsar, dando paso a nuevas configuraciones y coordenadas, donde el sujeto puede aparecer y ser reconocido (Vattimo 1988, Lyotard 2009, 2012, Rorty 1996). Bajo la designación de modernidad tardía o postmodernidad –conceptos multívocos y de compleja delimitación– es posible apreciar el surgimiento de un conjunto alternativo de procesos culturales y filosóficos que no solamente reflejan un cambio de época, sino que también impulsan nuevos modos de reflexión con respecto a lo subjetivo y lo social. Así, los eventos de la segunda mitad del siglo XX conforman y aceleran un conglomerado heterogéneo de críticas sobre la capacidad del paradigma moderno para comprender la realidad social (Serres 1991). En efecto, los movimientos por los derechos civiles en EE.UU. y contra la guerra de Vietnam, las manifestaciones estudiantiles en Francia que condujeron a mayo del 68, la segunda ola del movimiento feminista, así como la teología de la liberación, junto con los movimientos de educación popular, provocan, instalan y reflejan una desafección transversal con respecto a las promesas de progreso. Los cuestionamientos que estos movimientos ponen sobre la mesa tendrán un profundo impacto en las ciencias sociales y sus elaboraciones sobre el sujeto, particularmente en asuntos relativos a la certeza epistémica sobre su estudio, la univocidad de su composición, las expectativas de universalidad y racionalidad, y la relación entre lo humano y no humano (Aylesworth 2015).
A partir de la fractura del ideal unificado de sujeto postulado por la ciencia moderna, las ciencias sociales han visto pasar una sucesión de diversas orientaciones. Conocidos en las ciencias sociales bajo el nombre de “giros”, estos desplazamientos han logrado mantener una constante actualización de las teorías y saberes durante las últimas cinco décadas. Si bien pueden superponerse en algunos aspectos parciales, cada uno propone diferentes claves para entender la subjetividad y actuar con respecto al sujeto. Si bien no todos estos giros han tenido el mismo impacto y relevancia, algunos de ellos han marcado un precedente significativo para el curso y desarrollo de la teoría social, comenzando por el giro lingüístico. Como destaca Martín Jay (1988), el giro lingüístico no es un movimiento coherente ni cohesionado, sino que más bien hace alusión a una inquietud compartida por diversos teóricos, desde la mitad del siglo XX, sobre el rol del lenguaje y las variadas formas en que este cobra relevancia y significación en la filosofía, en la teoría social y en la producción del mundo. A partir de este primer movimiento pueden, posteriormente, distinguirse otros desplazamientos que han empujado la pregunta respecto al sujeto, sus condiciones y sus alcances. Por nombrar algunos, y sin organizarlos en ningún orden particular, podemos encontrar el giro interpretativo (Rabinow y Sullivan 1979), el giro histórico (McDonald 1996), el giro afectivo (Clough y Halley 2007, Blackman y Venn 2010, Masumi 1995, Ahmed 2004), el giro performativo (Butler 1990, 1996, Bell 2007, Soley-Beltran y Sabsay 2012), el giro material (Greco y Stenner 2013), el giro hacia las prácticas (Knorr-Cetina y Von Savigny 2001, Reckwitz 2002, Schatzki, Regehr, Stern y Shlonsky 2007) y el giro ontológico (Haraway 1989, Mol 2003). Estos y otros giros;indican la variabilidad que comienza a incubarse en la teoría social. Como ha sido señalado por investigadores e investigadoras de la subjetividad, un efecto particularmente interesante de estas transformaciones es que dejan de pensar la subjetividad únicamente como la suma de posiciones discursivas, o como producto de estructuras, y le conceden una “ontología no-derivativa”, es decir, no ya como efecto subsidiario o mímesis de una realidad preexistente, sino como una ontología distintiva (Blackman, Cromby, Hook, Papadopoulos y Walkerdine 2008). Así, la teoría social actual se caracteriza por ofrecer una diversidad de posibilidades para repensar la subjetividad y los sujetos, permitiendo con ello “desanclar” los presupuestos modernos. Se aprecia, entonces, un dislocamiento del sujeto moderno, una alternativa a la presunción humanista y/o antropocéntrica que lo sostenía, y la proliferación de aquello que podríamos denominar como marcos “post” o “pos”, es decir, opciones teórico-metodológicas que surgen como respuesta al declive del sujeto moderno como clave de intelección de los individuos contemporáneos.
Independientemente de la variabilidad existente entre ellos, estos marcos “post” parecen organizarse alrededor de algunas ideas compartidas. Primero, una marcada orientación posantropocéntrica o poshumana, que implica el cuestionamiento de la primacía del sujeto humano como actor o agente exclusivo de lo social, con la consecuente apertura analítica hacia el estudio de otros seres y actantes que co-sostienen nuestras existencias. Por supuesto, en esta sensibilidad, existen diferencias. Rosi Braidotti (2015) enfatizará que el sujeto poshumano no coincide ni con el sujeto posmoderno ni con el sujeto posestructuralista, en tanto que su contingente existencia no se sostiene ni en las premisas antifundacionalistas del posmodernismo, ni en la inflexión lingüística del posestructuralismo (2015, 67). Sin embargo, compartirá con estas sensibilidades una noción expandida de la agencia, y una ampliación con respecto a quiénes pueden ser considerados actores sociales, de modo de “(…) acomodar a los múltiples actantes no humanos con quienes compartimos y co-constituimos nuestros mundos comunes” (Marchand 2018, 293, traducción propia).
Un segundo punto de confluencia radica en plantear alternativas a las ya desgastadas concepciones del sujeto y la subjetividad como meros efectos de las estructuras o de la relación dialógica entre estructuras y agencias, promoviendo lecturas distribuidas y situadas. También es posible apreciar esfuerzos por revisar la concepción de la subjetividad en cuanto posesión individual o sustancia que vendría dada con la vida humana y que se encontraría depositada en aquel espacio virtual e interno ampliamente popularizado por los discursos psicológicos de comienzos del siglo pasado (Rose 1998). En estas nuevas lecturas, la subjetividad no se tiene, ni se posee, ni es reducible a una supuesta “naturaleza” humana. Sería más bien una condición emergente, que surge del entrelazamiento de prácticas y de modos de agenciamiento, de elementos heterogéneos, de co-afectaciones, de discursos y materialidades (Arruda Leal 2011, Rojas Navarro 2018). En un intento por contrarrestar el excesivo poder otorgado al lenguaje en la comprensión de los procesos de subjetivación, estas interpretaciones abren también el campo a la inclusión de la actividad e historicidad de otros elementos, como los afectos y las materialidades en la conformación de sujetos y subjetividades (Barad 2003).
Una tercera propuesta que se desprende de estos enfoques es el relevamiento del carácter profundamente procesual y relacional de la subjetividad y de los sujetos. Ello impulsa a pensarles más allá de las dicotomías entre lo dado y lo adquirido, la naturaleza y la cultura, y otros binarios de similar talante. Estos marcos referenciales alternativos parecen más bien hacer eco de un llamado a pensar desde “el continuo naturaleza-cultura” (Braidotti 2015, 13), con la consecuente transformación que eso implica en términos metodológicos y conceptuales. Las subjetividades y los sujetos son, entonces, considerados como siempre locales, presentes y activos. Esto quiere decir que se encuentran en proceso de configuración –no están cerrados ni terminados–, y solamente logran estabilizaciones temporales y contingentes; son relacionales, en tanto están compuestos de elementos heterogéneos, y se sostienen mediante encuentros con otros actores y agencias. Estas aproximaciones instalan la pregunta por la riqueza y variabilidad de desenlaces que estas configuraciones pueden tener, considerando los procesos abiertos que siguen, las fricciones que enfrentan y las estabilizaciones que logran.
En cuarto lugar, estas sensibilidades toman distancia de las pretensiones universalizantes, las lecturas progresivas y las obsesiones por identificar regularidades sociales y, en vez, trazan objetivos más humildes para las ciencias sociales, basados en conocimientos situados, el análisis detallado de fenómenos empíricos, la riqueza de lo singular y el examen exhaustivo del papel que juega la propia subjetividad y punto de vista de quien investiga. Antes que pretensiones de replicabilidad que terminen por ahogar los modos de existencia que ocurren en otros lugares, les moviliza la posibilidad de resonar en otras latitudes.
Finalmente, un quinto ámbito de convergencia entre estos enfoques radica en reconocer las formaciones de sujeto y subjetividades como espacios de disputa política, cultural y ética. Como remarca el feminismo, no elegimos ser sujetos, necesitamos serlo para volvernos viables. Y al emerger entramos en el espacio del reconocimiento, en el espacio de la norma, de las obligaciones, de los controles y también en el terreno de la disputa por lo normado y por quien norma.
Aproximaciones empíricas al sujeto y las subjetividades
De los movimientos intelectuales y sociales mencionados anteriormente, hemos aprendido que el ser humano no es neutral. Creerlo neutral y universal es, de hecho, lo que ha limitado su problematización. Los mundos tecnocientíficos pero también vergonzosamente desiguales y distópicos que vivimos, nos demandan terminar con ese inmovilismo disfrazado de neutralidad. Por ello, en parte, seguir interrogando al sujeto se vuelve una tarea prioritaria para el ejercicio de unas ciencias sociales críticas y propositivas. Como bien señala Rosi Braidotti...
(…) concentrarse en la subjetividad es necesario porque esta noción nos permite unir problemáticas que se encuentran desperdigadas en una cantidad de ámbitos diversos: las cuestiones de las normas y los valores, las formas de los vínculos comunitarios y las pertenencias sociales, como también los asuntos relativos a la gobernanza política presuponen y exigen la noción de sujeto (p. 12).
Seguir interrogando al sujeto significa conocer las condiciones excluyentes y diferenciales en que tantas vidas están sucediendo (Soley-Beltran y Sabsay 2012, Butler y Athanasiou 2017); y desnaturalizar y debatir sobre las estructuras de privilegio y diferencia que ponen a ciertos actores en desventaja. Pero creemos que una crítica acorde a los turbulentos tiempos actuales no debiera reducirse a denunciar al hombre moderno y todo lo que con él se asocia y sostiene. Pensamos que la crítica debe vincularse también con una multiplicación de las posibilidades de aparición de los sujetos (Latour 2003, Ahmed 2017). Y, por ello, las palabras de Donna Haraway (2016) que abren este libro cobran mayor relevancia que nunca. Si tenemos la posibilidad y obligación de pensar otros futuros, ¿cuáles son estos?, ¿con qué historias los tejeremos?, ¿mediante qué acciones y éticas los sostendremos? Reconociendo los modos diversos, divergentes, episódicos, tozudos, liminales y mixturados en que los sujetos y las subjetividades aparecen hoy, y compartiendo con Haraway la inquietud respecto a la importancia que tienen las historias que usamos para construir y sostener los mundos que habitamos, y los conceptos que utilizamos para reflexionar respecto a las ideas que en ellos circulan, este libro intenta empujar nuestras imaginaciones científicas para proponer más preguntas y líneas de indagación, otras prácticas y modos de pensamiento y producción de ciencias sociales. Para ello, el libro invita a “concentrarse en la subjetividad” mediante la reflexión sobre cómo construimos conocimiento y cómo nos acercamos y responsabilizamos con respecto a aquello que ha de ser conocido (Knorr Cetina 1999) en el campo de estudio de los sujetos y las subjetividades.
Los autores y las autoras aquí reunidos coinciden en comprender que investigar implica enfrentar situaciones que nos demandan no solo la aplicación de métodos, sino el desarrollo de una práctica e, incluso, el cultivo de un oficio (Sennett 1997) que conlleva un posicionamiento intelectual, ético y político, resultado de un diálogo crítico (Fassin 2017). Sabemos, además, que las investigaciones en ciencias sociales no necesariamente siguen un orden secuencial. Por el contrario, suelen suceder a través de procesos simultáneos e implican a menudo revisar lo andado, corregir lo hecho e, incluso, rehacer lo producido. Más aún, la mayoría de las veces conocemos poco y, casi siempre, conocemos parcialmente. Hemos aprendido también que lo imprevisto, el desborde, la fisura o lo inimaginable es lo que a momentos nos permite dar cuenta de aquello con lo que nos encontramos. Y es solamente en este proceso de “encuentros inesperados” que podemos formalizar métodos, estrategias y conceptos cuyo nacimiento y existencia se produce de modo simultáneo a la aprehensión de estas ocurrencias. Ello implica, muchas veces, tener que producir enfoques y aproximaciones alternativas, articular otras consideraciones ontológicas que permitan la existencia de nuevos sujetos epistémicos (Knorr Cetina 2007). La invitación hecha a los autores y las autoras de este libro fue a abrir esos momentos en que la complejidad que enfrentamos al investigar en este campo, nos empuja a crear enfoques para acogerla.
Para abordar este desafío, en las siguientes páginas, los autores y las autoras comparten, mediante exposiciones razonadas, la trastienda de sus investigaciones (Potter 1998, Rorty 1996b, Wainerman y Sautu 2011, Carlino 2006): formalizan procesos abiertos y experimentales, abren sus laboratorios, reflexionan desde experiencias incómodas, toman posición, desandan trayectos, se implican en los asuntos éticos y políticos de sus fenómenos y de la ciencia que practican, y se equipan y ensayan enfoques modelados e incluso negados por las formaciones que intentan investigar: praxiografías, etnografías informadas por epistemologías feministas, eto-etnografías, genealogías de dispositivos, etnografías focalizadas, narrativas biográficas virtuales, interpelaciones y sombreamientos laborales, son definidos, discutidos y compartidos en este volumen. Interrogando subjetividades afincadas no solo contra la norma sino en su subversión, o atendiendo procesos de domesticación recíproca entre “seres de la tierra” (De la Cadena 2011), entre fármacos y niñas, entre crímenes y documentos, entre convivencia y violencia, entre productividad y goce, los capítulos plantean una serie de preguntas desafiantes: ¿Cómo sostenemos sujetos a pesar y por su exterminio?; ¿cómo deconstruir figuraciones y habilitar acciones que nos permitan discontinuar o, al menos, desestabilizar diferencias que reproducen violencias, precarizaciones y exclusiones?; ¿cómo identificar y desanudar focos de problema de modo de reconocer y cuidar modos de existencia heterogéneos?; ¿cómo pensar subjetividades junto con sus contextos y materialidades?; ¿qué experiencias sobre nosotros mismos obligan las verdades que componen nuestros mundos?
De este modo, este libro es un esfuerzo por abordar la resolución empírica de algunas de las principales ideas desarrolladas por los diversos giros que han organizado el desarrollo de las ciencias sociales, considerando las particularidades y dificultades impuestas por el contexto de investigación. A través de sus capítulos, el libro pone a disposición de sus lectores y lectoras modos creativos, exploratorios y contingentes de investigar la producción de subjetividades y sujetos, y ofrece recorridos por los ejercicios mediante los cuales los autores y las autoras intentan, con mayor o menor éxito, sortear los desafíos que enfrentan en esta tarea. Se trata de reflexiones parciales, en la medida en que quienes las hacemos reconocemos, por una parte, el carácter permanentemente incompleto e inacabado de nuestros esfuerzos y, por otra, el que ellos están destinados al análisis de formaciones emergentes, híbridas, contingentes y procesuales que suceden con el mundo, en un constante proceso de (co)afectación en que también estamos implicados e implicadas.
Sinopsis
Los distintos capítulos de este libro abordan aproximaciones genealógicas al sujeto, como ejercicios de contra-memoria, que permitirían problematizarlo conociendo sus condiciones de posibilidad, etnografías feministas para el estudio de la producción de la diferencia de género en la convivencia escolar, etnografías focalizadas para el estudio de la subjetividad en salud, praxiografías que exploran la subjetividad de niñas y niños en relación a psicofármacos, shadowing que nos acercan a la subjetividad académica, entre otros. A su vez, los capítulos tocan una serie de campos de actividad social, algunos altamente institucionalizados como la educación, la salud o la ciencia; otros transversales como el género, la juventud, la vida urbana o la violencia. A través de ellos, el volumen refiere a diversos contextos situados: escuelas, hospitales, universidades, ciudades, espacios laborales y redes sociales.
La primera sección del libro, titulada “Existencias y subjetividades liminales”, reúne tres capítulos que, a partir de diversos contextos, plantean la pregunta por las condiciones de existencia del sujeto. Pensando desde distintos campos de acción, los textos de Bernasconi, Arruda-Leal y Rojas Navarro proponen la existencia de nuevos actantes en el campo social y, por lo mismo, la necesidad de establecer modos creativos y emergentes para poder dar cuenta del rol que estos actantes tienen en la constitución de la subjetividad, ya sea en la escuela, en la calle o en la memoria. Esto, indudablemente, va acompañado de aquello que Bernasconi denomina como un ejercicio ético-político que, en última instancia, se orienta a dar espacio y visibilidad a sujetos que de otro modo se mantendrían silenciados, o bien no existirían en lo absoluto.
Para Oriana Bernasconi, esto se juega en la identificación y análisis de la operatoria de una serie de actantes con el poder de performar al sujeto detenido desaparecido, un sujeto liminal que nace en ausencia y bajo amenaza de erradicación por parte de las fuerzas que impulsan al olvido. Para ello resulta necesario un trabajo cuidadoso de articulación genealógica entre diversos regímenes de performación que disputan lo producible y lo enunciable respecto a esta figura. Es, por ende, un ejercicio ontológico pero a su vez político, que tensiona la figura de la investigadora en un nivel ético.
En el caso de Arthur Arruda-Leal, la problemática se centra principalmente en la interrogación que aparece respecto a un mundo más-que-humano al pensar la ciudad desde una perspectiva ampliada, como un lugar de encuentro multiespecies y que dispone constantes ejercicios de co-afectación entre humano y kiltros. Pero no se trata solamente de un ejercicio de producción de una subjetividad kiltra –heterogénea, mixta, nómade, poshumana–, sino que también de postular una política del encuentro y una metodología afín para explorar dichas aventuras.
La composición heterogénea de la subjetividad es el asunto central de la contribución de Sebastián Rojas Navarro. Su capítulo permite evidenciar cómo la subjetividad es procesual, heterogénea, multideterminada y sostenida mediante operatorias orientadas por una relación de cuidado. Mediante el análisis de prácticas coreografiadas por diversos actores humanos y no-humanos presentes en la sala de clases, accesibles mediante etnografía, el autor propone una idea de la subjetividad profundamente relacional, informada por una teoría poshumana del cuidado. A partir de ello, Rojas Navarro se pregunta por las consecuencias ético-políticas que trae el sostener modos diversos de existencia y subjetividades que normalmente son marginados por el proceso escolar.
La segunda parte del libro, titulada “Cuerpo, salud y subjetividad”, reflexiona respecto a la subjetividad en sus relaciones con una materialidad particular: el cuerpo. Motivo de una conceptualización de larga data en las ciencias sociales, el cuerpo aparece de diversos modos para los enfoques descritos anteriormente. Para los autores y las autoras que escriben estos capítulos, el cuerpo emerge tensionando las epistemologías de género dominantes, en su capacidad de ser objeto de una relación particular con la verdad y su experiencia, o por los intentos que se despliegan al organizarlo, mediarlo y significarlo en contextos, tiempos y espacios particulares.
El capítulo escrito por Alejandra Energici y Nicolás Schöngut se detiene a analizar el cuerpo como un modo de pensar la subjetivación como proceso que trasciende al lenguaje, examinando para ello las dificultades existentes en los marcos tradicionales de la teoría social para dar cuenta del sujeto femenino. Haciendo uso de aportes del giro afectivo, proponen una aproximación a la subjetividad, entendiéndola como una relación de tensiones entre elementos híbridos y heterogéneos, que sitúan al cuerpo en su capacidad de afectar y ser afectado. Para ello ensayan un enfoque epistémico que permitiría ir más allá del determinismo lingüístico, centrado en el análisis de imágenes como estrategia metodológica.
Michel Foucault argumentaba que la subjetividad se constituye en relación a la verdad. Y se preguntaba por cómo habitamos esas verdades que constituyen nuestra subjetividad. En su texto, Jorge Castillo-Sepúlveda, Mariana Gálvez, Jorge Tapia, José Toro y Miguel Catalán proponen una vía de acceso a la investigación etnográfica de la subjetividad en salud y, por lo tanto, a las condiciones y recursos con que las y los pacientes deben aproximarse a su subjetividad y sus cuerpos mientras atienden su enfermedad en un hospital de Santiago de Chile. Combinando el enfoque foucaultiano con elementos de la Teoría del Actor-Red, exponen algunas de las herramientas conceptuales y metodológicas que les han permitido rastrear las relaciones entre verdad y subjetivación en el ámbito de la salud, siguiendo asociaciones entre actividades científicas, tecnológicas y políticas.
Dentro de una indagación sobre los efectos que las ciencias psi han tenido en el espacio escolar, nombrando, regulando y organizando cuerpos y subjetividades, el capítulo de Marcela Apablaza examina el rol de la investigadora en el proceso de investigación y, en particular, su papel en identificar y desanudar modos particulares de subjetivación. Desde el espacio de la etnografía feminista, este capítulo se detiene en la producción de la categoría de la niña problema, a partir de formas específicas de circulación de ideas y prácticas respecto a qué son y cómo deberían comportarse las niñas en una escuela municipal del sur de Chile, y la captura y análisis sensible de los espacios de subversión y resistencia a dicha norma.
La tercera parte del libro se titula “Instituciones y subjetividad”. En ella se reúnen tres capítulos que reflexionan sobre los efectos que la relación con la norma conlleva en la elaboración de las subjetividades. Como bien menciona Carrasco en su capítulo, son escritos que comparten la inquietud por comprender cómo programas de saberes científicos, programas de Gobierno, normas e instituciones configuran al sujeto de intervención. Así, estos capítulos levantan distintas interrogantes respecto a la función y límites de la institución, a sus efectos en la subjetividad y en los procesos de investigación.
El capítulo de Ximena Carrasco gira en torno a los procesos de subjetivación que se desprenden de la reciente implementación de la Ley de Responsabilidad Penal Adolescente en Chile. La autora analiza el caso de los jóvenes infractores de ley desde las teorías de la gubernamentalidad, enfrentando un problema central en este tipo de investigación: la imposibilidad de acercarse al sujeto estudiado. ¿Cómo debe proceder la investigación cuando es interceptada por barreras institucionales? ¿Qué deberes y derechos éticos enfrenta la investigación cuando busca modos de acceso a procesos de subjetivación que ocurren detrás de los muros de la institución? ¿Qué formas deben adoptar los métodos para dar cuenta de esos focos de experiencia? Mediante un enfoque narrativo-biográfico a textos posteados por estos jóvenes en Facebook, la autora ensaya una alternativa a estas preguntas.
Para Alan Valenzuela, Álvaro Soto y Antonio Stecher, el problema de la identidad debe pensarse en relación con los contextos cambiantes que encontramos como efecto de la flexibilización laboral. Es en una ecología de interpelaciones múltiples en donde las y los trabajadores construyen una identidad laboral entendida como una narrativa que tiene como finalidad otorgar sentido a esas experiencias. Según proponen los autores, el carácter narrativo de estas identidades debe entenderse como abierto a la transformación en tanto son cristalizaciones de elementos histórica y culturalmente situados. Para ello analizan las redes de gestión que articulan a los trabajadores como actores que son interpelados constantemente respecto a su posición y sus acciones.
Finalmente, Carla Fardella, Vicente Sisto y Enrique Baleriola muestran de qué manera los estudios sociales del trabajo evidencian una preocupación por el sujeto y su conceptualización, en tanto unidad central de los procesos socio-productivos del capitalismo. La reorganización del trabajo, derivada de la transformación de las matrices socio-productivas de las últimas décadas, está condicionada a la adscripción subjetiva de la fuerza laboral. Por ello, el prototipo tradicional moderno de trabajador: individualizado, disciplinado por la institución y racional, es tensionado por expectativas como el compromiso afectivo con sus tareas o el llamado a la proactividad y la libertad. Esto no solo indica una transformación en el campo de las subjetividades laborales, sino que demanda nuevas herramientas teóricas y metodológicas para su estudio. El capítulo ofrece una discusión sobre la subjetividad laboral y presenta el shadowing (sombreo) como un diseño metodológico original y pertinente para estudiar al sujeto académico en coherencia con las transformaciones del trabajo universitario.
Los alcances del libro
Revisando mundos heteronormados, regímenes de impunidad, geometrías adultocéntricas, silenciamientos velados, trabajadores moldeados y cuantificados, más allá de binarismos –niñxs/fármacos, animal/humano, víctima/perpetrador, masculino/femenino, infracción/ley, trabajo/trabajador–, este libro invita a pensar los espacios actuales de aparición de sujeto(s) como ontologías relacionales. ¿Cómo podríamos entender a Antonia –una niña diagnosticada con déficit atencional– separada o recortada de Josefina, su compañera de banco, que sostiene y acoge su “ser traspapelado”? ¿Cómo pensarnos sino en relación a las formas que proveemos para convivir con otras especies? ¿Cómo no pensarnos en el mestizaje, en lo kiltro, en lo trashumante, en lo liminal? ¿Cómo pensar a los desaparecidos sino con sus familiares que les reclaman, y que nos urgen a comprender que la no repetición de aberrantes crímenes de Estado pasa por asumir que sus muertos nos pertenecen a todos? ¿Cómo no asumir que pensar sujetos implica, a veces, mirar de frente a lo inhumano? ¿Cómo registrar los instantes de fuga de las subjetividades ideales?
Así también, las investigaciones aquí reportadas empujan a pensar las fronteras como costuras, a transitar por la norma para disputarla en su ley, a explorar los intersticios, a aceptar la imprecisión de los fenómenos, a seguir la agencia de entidades sutiles y a rastrear la actividad de dispositivos variables y difusos. Empujan, en definitiva, a abrir las ciencias sociales a espacios de indeterminación; a modos friccionados, irritados y discontinuos de aparecer; a prácticas de cuidado, conmiseración y denuncia. A nuestros afectos e irritaciones. Y, por cierto, a seguir disputando modos hegemónicos de ser y aparecer, incluyendo la propia persona del autor. De este modo, el libro intenta contribuir a la práctica de una ciencia social especulativa, abierta a la invención de otros futuros y otras realidades (Wilkie, Savransky y Rosengarten 2017), capaz de ampliar el espacio intelectual y “generar lugar” (Ahmed 2017) para acoger la diversidad de formas de devenir que componen nuestros escenarios sociales contemporáneos.
Indudablemente, una apuesta como la que realiza este libro también actualiza el acercamiento a la ética de la investigación. Abandonar los presupuestos del hombre moderno, del humanismo, de aquellas subjetividades unificadas, centradas y homogéneas implica un desplazamiento a aquello que Elizabeth Grosz (2017) denomina como ontoética. En diversas intensidades y modos, las y los autores se preguntan respecto a lo que el mundo podría ser. Es un modo experimental de investigar, que se orienta a pensar más allá de las relaciones de lo humano con lo humano, o de lo humano en el mundo, y explora las co-afectaciones de lo humano con el mundo y cómo estas vinculaciones pueden florecer en diversos aspectos y cobrar distintas formas. Ontoética en tanto que, como dice Grosz, trata de hacerse cargo de la pregunta respecto a cómo actuar en el presente de modo tal que permita producir un futuro diferente, uno que no replique las limitaciones e injusticias del presente.
Así, una sensibilidad compartida recorre estos capítulos. A través de las diversas investigaciones pueden apreciarse intentos por remendar, atender, sanar, registrar y, en última instancia, cuidar de mundos y formas de vida que requieren de nuestra colaboración para resistir esa lenta violencia y olvido que amenazan constantemente su existencia (Nixon 2019). De este modo, cada intento por producir conocimientos con los diversos actores que en este libro son visitados es, finalmente, una apuesta por producir mundos menos descuidados. Cada aventura emprendida y registrada en estas páginas es, siguiendo a Puig de la Bellacasa (2017), un intento por disputar los valores éticos-hegemónicos que normalmente rigen nuestras investigaciones ya que, después de todo, ¿tiene sentido pensar desde una posición que sea ajena y extranjera a los mundos que nos gustaría ver transformados? Por lo pronto, estos capítulos comparten un modo más explícito de vinculación con las políticas de producción, a la vez que transparentan y se hacen responsables de los efectos políticos, éticos y afectivos de la investigación.
1 Importa qué materias usamos para pensar otras materias, importa qué historias contamos para contar otras historias con ellas, importa qué nudos anudan los nudos, qué pensamientos piensan los pensamientos, qué descripciones describen las descripciones, qué lazos enlazan los lazos. Importa qué historias hacen mundos, qué mundos hacen historias.
Referencias
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PRIMERA PARTE
EXISTENCIAS Y SUJETOS LIMINALES
Performación de sujetos de la violencia política mediante la genealogía de dispositivos
Oriana Bernasconi R.
Introducción
En este capítulo describo el enfoque performativo y la estrategia de la genealogía de dispositivos como una alternativa para el estudio empírico del sujeto y las formas de sociabilidad, agencia, conocimiento e identidad que se organizan en torno a él. Esta perspectiva surge de mi interés por examinar a los sujetos des(figurados) por la violencia política, más allá del paradigma dominante: el de la víctima.
La víctima es un tipo de subjetividad relativamente nuevo, constituido en el daño o vulneración y en la intervención destinada a repararlos. La “victimidad” es también un enfoque para pensar a los sujetos afectados por la violencia y la vulnerabilidad (Butler 2006, Gatti 2017). Si bien el enfoque de la víctima es fructífero para calificar y reparar a los afectados y sancionar a los responsables, presenta limitaciones desde el punto de vista de los sujetos y el mundo social que produce. En primer lugar, suele operar subsumido a los objetivos del régimen posviolencia que ayuda a crear y a la necesidad de reconstruir la nación (Wilson 2011, Tejero 2014, Mora Gámez 2016), reconociendo y restituyendo los derechos de las víctimas (Humphrey 2003) y ejerciendo justicia en contextos “transicionales”. Segundo, y por este mandato, tiende a asumir una visión individualista del blanco de la violencia, disolviendo el rol de la colectividad en su gestión y resistencia y oscureciendo aquellas situaciones y sujetos marginados del proceso de clasificación (compañeros de partido, de organización, familiares, colegas, etcétera). Tercero, comúnmente los informes de verdad excluyen de su tarea mencionar a los responsables y juzgar los eventos en cuestión. Estos encuadres limitan el abordaje de las situaciones históricas, las relaciones y prácticas sociales y las causas políticas desde un plano de defensa de un proyecto colectivo, familiar o personal (Jelin 2014, 157). Cuarto, es un enfoque que tiende a desconocer la capacidad de modelación de la propia violencia de quienes son sometidos a ella y los efectos de la violencia sobre la subjetividad: si las víctimas se consideran a sí mismas como tales o más bien como héroes, guerrilleros, activistas o víctimas simultáneas de otras vulneraciones como la marginalidad o la discriminación (Butler, Gambetti y Sabsay 2016, Butler y Athanasiou 2013); y cuál es, a su parecer, la experiencia de la “victimidad”. Quinto, por el predominio de lógicas sobre-legalistas y/o factual-forenses (Posel 1999, Buur 1999), el estatus de víctima ancla la condición al evento traumático, reduce lo que sucede al lenguaje del síntoma y excluye la problematización del proceso vital posterior al evento. En suma, la víctima suele aparecer como una entidad singular, “actuada” por la violencia (ya doblegada), abstraída de la lucha ideológica de la que es efecto, y desprovista de agencia y de política. Fassin y Rechtman (2007) critican, además, la capacidad heurística y política de este paradigma, toda vez que la condición de víctima se habría extendido al sujeto moderno en general, no solo porque luego de los ataques a las torres gemelas todos somos potenciales víctimas, sino porque el lenguaje de la “victimidad” se ha instalado hasta en el repertorio discursivo de quienes practican la guerra.
Sin desconocer la figura de la víctima, he intentado avanzar en la formulación y uso de una conceptualización y estrategia analítica más comprehensiva para el estudio de los sujetos de la violencia política, que permita recuperar los espacios de resistencia, agencia, subjetividad y socialidad, así como los proyectos políticos y societales opacados en el paradigma de la víctima, ampliando la problematización hacia otros actores y procesos, más allá de la díada perpetrador-víctima, de modo de proponer otras memorias e instrumentos para construirlas. El enfoque de la performación de los sujetos de la violencia política mediante la estrategia de la genealogía de dispositivos, se inscribe en este interés. Desde él concibo a los sujetos de la violencia política como el blanco de la acción iterativa de una multiplicidad de elementos heterogéneos, movilizados en una lucha performativa trazable en el marco de una comprensión procesual de la violencia estatal y su resistencia.
El producto de ejercicios genealógicos sobre la performación de sujetos es un relato abierto que no aspira a agotar el repertorio de dispositivos intervinientes ni identificar relaciones causales o leyes, pero sí a señalar el carácter plural de estos sujetos, identificar en el tiempo la red de elementos y prácticas que los sostienen, describir los mecanismos de operación de las tecnologías que articulan conductas y saberes específicos en torno a ellos, analizar cómo son objetivados y subjetivados, definidos con más o menos agencia, capacidades, estatus –e incluso moral– y trazar los efectos que sus (des)figuraciones provocan en el tejido social.
En este capítulo expongo este enfoque recurriendo a la figura del detenido desaparecido por la Dictadura cívico-militar de Pinochet, que analicé con la lingüista Marcela Ruiz (2018). Sistematizo y comento aquí los procesos metodológicos, analíticos y éticos que fuimos articulando ante el desafío de trazar –mediante investigación de archivos– las inscripciones que han investido a este sujeto no sobreviviente del terrorismo estatal. Describiré un enfoque en desarrollo, inmanente, producido al tiempo que íbamos definiendo el objeto de estudio y que, como dice Cerrutti, es “partícipe de las formaciones culturales que analiza y de las prácticas que problematiza” (Cerrutti 2015, 13).
Comienzo presentando los principales conceptos y herramientas movilizados para conducir la investigación social mediante este enfoque, en el contexto de mi propio desarrollo en el campo de la sociología del sujeto, en general, y de la sociología de los sujetos de la violencia política, en particular. Luego describo la trastienda de nuestro proceso investigativo para el caso de el/la detenido/a desaparecido/a, reparando en asuntos metodológicos, éticos, políticos y analíticos, en el contexto de una indagación interdisciplinar en archivos. Termino reflexionando sobre los alcances de este tipo de investigación para el estudio de sujetos (des)figurados por la violencia de Estado y, de modo más amplio, para el campo de los estudios de sujetos y subjetividades.
Construyendo el objeto
A mi juicio, la práctica investigativa en ciencias sociales no se reduce a las estrategias y procedimientos con que sometemos a examen a un corpus determinado de datos; ella pasa también, en primera instancia, por la definición que hacemos del objeto de estudio y por lo que apostamos que podemos decir de esa entidad provistos del conjunto de herramientas, preguntas e intereses con que nos acercamos a ella. De ahí que en ocasiones como esta, hablar de enfoque metodológico me parece restrictivo y prefiera utilizar la noción de enfoque epistémico o, incluso, de enfoque onto-epistémico para explicar mis investigaciones.
Mi trabajo (Bernasconi 2015, 2016, Bernasconi, Ruiz y Lira 2018, Bernasconi y Ruiz 2018, Ruiz y Bernasconi 2019, Bernasconi, López y Ruiz 2019), ha venido promoviendo el desplazamiento de los estudios sobre individuos, sujetos y subjetividades desde una matriz antropocéntrica, dialéctica y modernista, donde este fenómeno es concebido como propiedad inherente de un actor humano individual o un producto de estructuras materiales o discursivas (por ejemplo, instituciones o ideologías), para observarlo desde perspectivas post-antropocéntricas, poshumanas, simétricas y pragmáticas (Gomart y Hennion 1999, Hennion 2007, Mol 2002, 2008, Barad 2007, Blackman et al. 2008). Sujeto, desde mi perspectiva, no “refiere al producto de la psyche o del lenguaje”, sino al blanco de la acción de distintos regímenes y sus consiguientes prácticas, estrategias, actores, lógicas de acción, racionalidades y tipos de conocimiento espaciotemporal situados. Sujeto es, para mí, el efecto de condiciones contingentes y diversas que requieren ser exploradas en relación. Desde estas coordenadas, he intentado promover la extensión del campo de estudio de los sujetos y las subjetividades desde la pregunta clásica sobre la emergencia del sujeto (abordada generalmente como un asunto de producción y/o reproducción) hacia cuestiones relativas a sus condiciones de existencia, estabilización, sostenimiento y distribución (Haraway 1991, Callon y Law 1997, Thrift 2008, García 2010, Arruda 2011, Callus y Herbrechter 2012).
En el artículo “A performative and genealogical approach to the liminal subject’s social sustenance: the case of the disappeared detainee in Chile” (Una aproximación performativa y genealógica al sostenimiento social del sujeto liminal: el caso del detenido desaparecido en Chile), nos propusimos analizar cómo la sociedad chilena ha sostenido al detenido desaparecido, el sujeto que la literatura denomina como la figura total de la violencia política (Arendt 1973, Gatti 2008, 2011).
La práctica de la desaparición forzada, otrora en los márgenes sociales, fue utilizada fuera de toda ley y de modo sistemático durante los años setenta y ochenta por las dictaduras cívico- militares en el cono sur americano para “exterminar” a los actores políticos, instituyendo con ello, un nuevo tipo de sujeto: el desaparecido. En Chile, recordemos, aún se desconocen las causas y circunstancias de muerte así como el destino final de los cuerpos en el 87 % de los casos de desapariciones producidos por la Dictadura. La violencia estatal, de género, los conflictos armados, las narco-guerras y varias combinaciones entre estas, han terminado por expandir este tipo social por América, hoy por hoy, el continente de las desapariciones. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica en Colombia, habría más de 81,000 desaparecidos producto del conflicto armado, la mitad producidos en los últimos diez años. Y, pese a los acuerdos de paz firmados en 2016, las desapariciones no han cesado. En 2018 desaparecieron en promedio diecisiete personas por día en ese país. Guatemala, El Salvador, México, Brasil, Uruguay, Ecuador, Honduras, Nicaragua, Paraguay y Perú, también registran cientos y miles de ciudadanos abducidos, cancelados, “tragados” o “chupados” por violencias de distinto tipo.
En el caso chileno, pero también en las sociedades hermanas, desde la perpetración del crimen, hace más de cuatro décadas, este sujeto no sobreviviente del terrorismo de Estado, ha sido sistemáticamente actuado y hablado por otros que han disputado su figuración en el intersticio entre vida y muerte. Esta constatación permite proponer un ejercicio sociológico para el estudio de un sujeto que es, al mismo tiempo, evidencia de una modalidad de violencia radical, y de la productividad de procesos de contestación social que buscan contrarrestar los intentos por extirpar ciudadanos de la faz de la tierra, otorgándoles persistencia social y temporal.
Este asunto de los esfuerzos sociales involucrados en sostener una figuración de sujeto determinada, no ha tenido la atención que merece en este campo de estudio. Perspectivas post-constructivistas y post-sociales como, por ejemplo, corrientes del feminismo, de los estudios de ciencia y tecnología y de la Teoría del Actor-Red, que prescinden de teorías sustantivas del sujeto y que subrayan el carácter relacional, inmanente, pragmático y post-antropocéntrico de este constructo, sin duda, contribuyen al desarrollo de estas áreas de indagación (Barad 2010, Braidotti 1993, Law 2004, 2007, Latour 2005, Selgas 2010, Thrift 2008, Bernasconi 2015).
Reconstruir parte de la trama de prácticas y discursos que han permitido sostener a el/la detenido/a desaparecido/a en el tiempo, nos parecía también un ejercicio ético-político, toda vez que se sumaría humildemente a aquellas actividades que han traído una y otra vez a este sujeto al presente, haciéndonos parte de la serie de actores y cosas que han participado de su pervivencia social. Se trata también de un ejercicio de memoria que lucha contra el intento originario de su erradicación, sustentado en el desvanecimiento de todo vestigio sobre el cual sustentarla. Inscribir una investigación sociológica como acción de memoria pasa por reconocer el carácter performativo de las intervenciones sociales que podemos realizar con nuestros estudios y, como advierte Law (2004) o Grosz (2017), por afirmar con ellos el tipo de mundo que queremos construir. Y es que la “promesa” del enfoque performativo (Bell 2007) no recae en sus capacidades explicativas, sino en el propio acto de intervención sobre ciertas realidades para iluminar sus posibilidades y considerar, una y otra vez, sus modos de constitución de modo de contribuir a figurar nuestra actualidad.
Performación de sujetos
El enfoque performativo en el contexto de la genealogía de dispositivos permite articular acciones, pensar procesos –relaciones de fuerza, juegos de verdad, estrategias, resistencias– y examinar al sujeto como efecto de prácticas contingentes, relacionales y distribuidas en el tiempo.
En el idioma inglés, la noción de performance se utiliza en el habla cotidiana para denominar a una actuación o representación, para referirse al cumplimiento de una tarea o al desempeño o rendimiento de una persona en un campo de especialización determinado, y para nominar el comportamiento o conducta de un individuo. Tanto en inglés como en el original etimológico proveniente del francés, el concepto remite a la idea de completar, llevar a cabo o realizar. Siguiendo a Butler (2004) y a la filosofía y la pragmática del discurso (Austin 1962, Searle 1969, Derrida 1971), cuando hablamos de performación de sujetos como estrategia de análisis sociológico, nos referimos a la identificación y examen de las prácticas, condiciones y regímenes mediante los cuales los sujetos son puestos en acto (Butler 2017, 39). Lo que nos interesa de esas prácticas, condiciones y regímenes es su capacidad para instituir, instaurar, lograr o realizar (accomplish) una cierta figura de sujeto.
En este punto es importante distinguir el enfoque performativo de su falso análogo, los actos performáticos (performances). Estos últimos, como elabora Diana Taylor (2013), se caracterizan por la puesta en escena de actuaciones predeterminadas mediante el recurso de formas expresivas como la danza, el teatro o los rituales y las apariciones públicas colectivas como las protestas políticas. Estos recursos y la irrupción que provoca en la escena pública en que se desenvuelven sirven para distinguir los actos performáticos de las prácticas cotidianas y rutinas características de los lugares donde las performances aparecen.
Cuando decimos que un sujeto es figurado performativamente, entendemos que no hay una sustancia dada, anterior o predeterminada, ninguna interioridad original, sino que el sujeto está siendo constituido en y a través de los actos que lo hacen viable de ciertas maneras situadas y particulares. Entre tales actos suceden relaciones de citacionalidad (Butler 1993, 15), a través de las cuales materializa, sedimenta y se sostiene “la complicidad con el poder en la formación del yo” (Butler 1993, 15).
La noción de performatividad toma distancia de ciertos rasgos de la teoría social sobre el sujeto. Primero, y como plantea Butler (2010), evita la matriz positivista que nos lleva a acercarnos a nuestros objetos de estudio con cierta comprensión delimitada o predefinida de lo que estos son. En este caso, la propia pregunta por el sostenimiento de sujetos liminales, es decir, en estado de indeterminación ontológica, nos distancia aún más de esa compulsión positivista. Segundo, se diferencia de los supuestos que otorgan carácter metafísico a ciertas construcciones culturales, oscureciendo nuestra capacidad para comprender la diversidad de mecanismos que participan incesantemente en la producción de lo social, incluyendo en ello, como advierte Callon (2006), el reconocimiento de la capacidad de los métodos de investigación y de la teoría social para modelar y actualizar los fenómenos que estudiamos. Tercero, la performatividad busca describir actuaciones –y no solo actos lingüísticos– con efectos ontológicos, es decir, capaces de traer a existencia ciertas entidades o por lo menos de generar efectos socialmente significativos sobre entidades sociales (Butler 2010, 147). Cuarto, el enfoque performativo disputa la idea de que “lo social” se hace de una vez y para siempre enfatizando, más bien, los esfuerzos sostenidos, consecutivos, regulados que son necesarios para que una cierta entidad sea reconocida como tal. Quinto, más que entidades singulares y unificadas, probablemente lo que terminemos por examinar son entidades múltiples o al menos plurales. Sexto, la configuración de sujetos es un logro relacional, no individual.
La pregunta por la performación permite capturar y analizar cómo un determinado sujeto es figurado y con qué efectos. Interesa identificar y examinar las prácticas discursivas y no discursivas que hacen que un determinado fenómeno aparezca como una entidad distinguible a través del tiempo. Por ejemplo, el patriarcado, el mercado o el sujeto de la violencia de Estado, son producidos por la repetición ritualizada de convenciones que hacen culturalmente viable estas formaciones (Butler 1997, 144). Siguiendo a Butler (2017), es importante retener que si bien la noción de performatividad tributa de los desarrollos en el campo de la pragmática del lenguaje y, en particular, del trabajo de Austin sobre la capacidad ilocutiva y perlocutiva de los actos de habla, ni dichos actos de habla ni la performatividad de modo más general corresponden a la acción de un sujeto (hablante) singular o discreto (Butler 2017, 34-35). La agencia performativa se halla distribuida entre entidades y cosas, por ejemplo, prácticas institucionales, tecnologías, experticias u objetos, que coexisten con el sujeto performativo. Como agrega Bell (op. cit.) leyendo a Butler, es esa pluralidad de coexistencias la que está a la base de la constitución performativa del sujeto y la que abre el espacio para la pregunta ética y política sobre el mundo en que coexistimos.
Bajo este enfoque, interesa también explorar los efectos que esta configuración de sujeto provoca en lo social. Como hemos puntualizado, las prácticas performativas producen entidades por la recurrencia, reiteración o iterabilidad de ciertos enunciados y/o acciones convencionales que sedimentan e incluso naturalizan determinados modos de ser o aparecer (ciertas relaciones de género, o la idea de la autonomía del mercado, por ejemplo). Como advierte Butler en relación a la heteronormatividad, el éxito del logro performativo radica en parecer “natural”, es decir, en su capacidad de ocluir el esfuerzo empeñado en su figuración a través de la repetición regularizada y obligada de las normas de género. La dimensión ética y política de este enfoque se juega justamente en demostrar cómo clausuras y exclusiones corresponden a convenciones sedimentadas de acuerdo a regímenes de inteligibilidad dominantes que limitan las opciones del sujeto al tiempo que permiten su supervivencia (Bell 2007, 19).
También puede suceder que un acto performativo no logre producir los efectos esperados, sea porque no concurrieron las circunstancias felices que identificaba Austin o por otras razones. Mackenzie (2004) denomina estas situaciones “contraperformativas” (Mackenzie 2004, 306) y Butler (2010) “performative breakdown” (falla performativa). Según la filósofa, “la falla es constitutiva de la performatividad, puesto que la performatividad nunca logra completamente sus efectos y, en este sentido, “falla” todo el tiempo (Butler 2010, 150). Y es precisamente la amenaza de la falla la que demanda la reiteración. En esta propuesta, “no podemos pensar iterabilidad sin falla” (Butler 2010, 153). De ahí que las fallas deban, en lo posible, incluirse en la indagación de modo de consignar cuándo y por qué se constituyen como tales (Butler 2010, 154).
Detenido/a desaparecido/a como sujeto liminal
El caso de estudio que nos ocupa, el de el/la detenido/a desaparecido/a es un ejemplo relevante y significativo de la performación de un sujeto ausente. Como planteamos con Marcela Ruiz (2018), aquí la materialidad –un carné de identidad o una fotografía– no solo “hablan de” sino que “hablan por” el sujeto que la violencia estatal ha desaparecido.
Al organizar temporalmente el material de archivo que teníamos disponible, producto de una investigación mayor sobre la documentación de las violaciones a los derechos humanos perpetradas por el régimen de Pinochet, constatamos algo que probablemente conocíamos Marcela y yo como niñas testigos de la Dictadura: durante más de cuarenta y cinco años, el/la detenido/a desaparecido/a ha existido en la sociedad chilena dentro de un campo de disputa entre dos regímenes de veridicción que intentan imponer versiones sobre la identidad de las personas sometidas a esta práctica represiva: de una parte, un régimen de negación del crimen, su víctima y su perpetrador y, de otra, un régimen de visibilidad de todas ellas y que reclama verdad, justicia y memoria.
Esta disputa ha ido performando al detenido desaparecido como sujeto liminal. Llamamos sujetos liminales a quienes se encuentran en posiciones intersticiales o de indeterminación ontológica. Al decir de Greco y Stenner (2017), la noción de liminalidad intenta capturar la idea de “troubled becoming” o existencias problemáticas. Usando el concepto, nosotras buscamos tematizar la idea de sujetos en posiciones ambiguas, suspendidos entre diagnósticos contradictorios o tensionados entre identidades, normas y regulaciones. Sujetos, además, cuyas existencias son objeto de disputa. En el caso que nos ocupa, gran parte de la disputa radica en el estatuto de vivo o muerto de los individuos sometidos a esta práctica represiva, en conocer los hechos que llevaron a estos desenlaces, así como el destino final de los cuerpos. De esta forma, la figura de el/la detenido/a desaparecido/a corresponde a un tipo particular de sujeto liminal. Por el hecho de su desaparecimiento, las personas concretas de las que hablamos no participan directamente en la controversia sobre su condición. El/la detenido/a desaparecido/a como figura de la violencia represiva estatal es sostenido/a en sociedad como efecto de actos contingentes y sucesivos de otros actores y cosas que disputan su identidad. De ahí que para este caso llamemos sostenimiento social al proceso de persistencia de este sujeto, basado en las prácticas intencionales y no intencionales de otros actores y cosas.
Genealogía de dispositivos y tecnologías políticas
La noción de genealogía (Nietzsche 1971, Foucault 1977, 1992) nombra los procesos, procedimientos y tecnologías a través de los cuales la verdad y el conocimiento sobre cierto sujeto es producido (Tamboukou 1999, 2). A diferencia de la historiografía tradicional, la genealogía busca descifrar o desmontar la organización y significado del presente, investigando sus condiciones de posibilidad y los regímenes prácticos y discursivos que lo sostienen en el tiempo (Smart 1985, Dreyfus y Rabinow 1982).
Dispositivo (dispositif), por su parte, refiere a una red heterogénea de elementos entrelazados en relaciones de poder, incluyendo “discursos, instituciones, arreglos arquitectónicos, regulaciones, leyes, medidas administrativas, afirmaciones científicas, proposiciones filosóficas, moralidad, filantropía, etcétera” (Foucault 1994, 229, citado en Agamben 2011). Como he indicado anteriormente (Bernasconi y Ruiz 2018, Bernasconi 2019a), según Foucault, un dispositivo sería un aparato estratégico aunque flexible, formado en respuesta a una coyuntura histórica concreta, orientado a controlar o gobernar los gestos, pensamientos y comportamientos de los individuos, y compuesto por elementos discursivos y no discursivos (Rabinow 2003, 44-56). No se trata de cualquier soporte, sino de vehículos estratégicos inscritos en relaciones de saber y de poder (y, por lo tanto, de subjetivación y sometimiento), cuyo objetivo es enfrentar una urgencia para obtener un efecto más o menos inmediato.
Por dispositivo entiendo una suerte, diríamos, de formación que, en un momento dado, ha tenido por función mayoritaria responder a una urgencia. De este modo, el dispositivo tiene una función estratégica dominante [...]. Esto supone que allí se efectúa una cierta manipulación de relaciones de fuerza, ya sea para desarrollarlas en tal o cual dirección, ya sea para bloquearlas, o para estabilizarlas, utilizarlas. Así, el dispositivo siempre está inscrito en un juego de poder, pero también ligado a un límite o a los límites del saber, que le dan nacimiento pero, ante todo, lo condicionan. Esto es el dispositivo: estrategias de relaciones de fuerza sosteniendo tipos de saber, y sostenidas por ellos (Foucault 1994, 229, citado en Agamben 2011, 254).
Asuntos de visibilidad, enunciación, fuerza y subjetividad convergen en un dispositivo (Deleuze 1992)
El concepto de tecnología, así como lo concibió Foucault, designa a aquellos artefactos que canalizan o conducen operaciones de control social sobre los sujetos de modo de normalizarlos. Estas tecnologías pueden ser usadas por instituciones y autoridades, pero no se reducen a ellas. Las tecnologías disciplinarias y las confesionales y su uso en espacios hospitalarios, presidiarios y educacionales, fueron ampliamente analizadas por el autor. En la conceptualización de Foucault, aparecen también las tecnologías del yo, aquellas que corresponden a arreglos técnicos y materiales de poder y conocimiento que representan una forma de pensar, juzgar y actuar sobre nosotros mismos (Rose 1998, xvi), de modo de alcanzar un cierto ethos (Foucault 1988, 18). Extendiendo estas proposiciones en nuestro estudio, incluimos las tecnologías de resistencia al poder. Ejemplos de estas tecnologías son los propios archivos de los organismos de derechos humanos en su capacidad de inscribir el terrorismo de Estado mientras operaba, y contrarrestar así los afanes de impunidad del régimen represor, acogiendo y resguardando la experiencia de las personas victimadas y actuando en su defensa. También podemos pensar como tecnologías de resistencia todo el repertorio de acciones de denuncia y visibilización pública de este crimen de Estado, desplegado por los familiares de los detenidos desaparecidos y otras personas afectadas: las huelgas de hambre, los sittings en plazas públicas, los encadenamientos en los tribunales de justicia o las funas, por citar algunas.
En suma, con la noción de tecnología, nos estamos refiriendo a aquellos artefactos sociotécnicos que, articulando relaciones de poder y conocimiento, inscriben al sujeto en ciertos regímenes de intelección y, por lo tanto, bajo particulares redes de normatividad. Como veremos más adelante en este capítulo, ejemplos son las tecnologías comunicacionales como los montajes periodísticos, donde un medio de comunicación publica en una de sus secciones –la nacional o la policial– un relato descriptivo sobre un evento reciente con el fin de informar de ello a la población general, para lo cual recurre a la tercera persona, evita opiniones personales, y expone evidencia reunida mediante triangulación de fuentes y la voz de los actores involucrados o de autoridades que pueden referirse a los hechos en cuestión. Otro ejemplo, en el campo de las tecnologías jurídicas, son las declaraciones juradas, como las miles que pueblan los archivos de organismos de derechos humanos en Latinoamérica, dando cuenta de las circunstancias en que suceden las detenciones políticas de personas. En este caso, la tecnología corresponde a un documento escrito, con fecha y lugar de emisión, donde el firmante individualizado ocupa la primera persona para declarar una situación de la que es parte ante un juez o notario, quien valida que su declaración tuvo lugar; por ejemplo, que entre septiembre y octubre de 1974 la declarante estuvo detenida en el pabellón de incomunicados del centro clandestino de prisión, tortura y exterminio de Tres Álamos, en la comuna de San Joaquín, en la ciudad de Santiago, donde compartió celda con otra detenida, que le dio su nombre y cuya apariencia física pudo conocer en los momentos en que estaban solas y se atrevían a deslizar la venda que debían mantener sobre sus ojos y así exponerse una a la otra, convirtiéndose en testigos mutuas. Las firmas y timbres de notarios o jueces otorgan autoridad a la declaración una vez cumplidas las condiciones artefactuales demandadas por este régimen.
Para aclarar, desde un intenso trabajo en archivos de derechos humanos, hemos insistido en la dimensión tecnológica de los documentos y demás objetos que participan en la performación de los sujetos de la violencia política con la intención de superar su conceptualización como fuentes de información y no con el afán de restringir su análisis al aspecto tecnológico del artefacto; en nuestro caso, si se trata de un artefacto documental escriturado, gráfico, audiovisual, análogo o digital o bien de una performance o una actividad sostenida como una huelga de hambre. Entendemos la dimensión tecnológica como un aspecto importante, así como lo es la materialidad del artefacto: sus firmas, sus huellas, sus timbres de autoridad, sus criterios de control y legitimidad. Pero, por sobre todo, con la noción de tecnologías, queremos reconocer y analizar cómo operan, sobre objetos discretos –una ficha de registro o una querella–, los regímenes de intelección que componen nuestros mundos: esos regímenes que crean, validan, les otorgan funciones y, por lo tanto, habilitan a estos artefactos sociotécnicos para actuar sobre ciertos sujetos con determinadas consecuencias normadas socialmente.
Sociología, sujeto y archivo
Un enfoque cualitativo, exploratorio y con perspectiva histórica, guio nuestra indagación en archivos. Según la estrategia que aplicamos, comenzamos identificando y organizando la documentación sobre los detenidos desaparecidos de la Dictadura. Reconociendo la crítica logocéntrica que ha permeado parte del análisis filosófico de las performances (Taylor 2003), incluimos otros sistemas de inteligibilidad además del textual, como el visual y el escénico. Esto requirió conformar un corpus de datos multimodal.
El análisis preliminar de la documentación sobre este tipo de sujeto también estuvo abocado a definir el período de referencia, el/los casos de estudio específicos que seguiríamos en la genealogía y a identificar los dispositivos que han participado en la performación de este sujeto. El caso empírico que decidimos examinar es el de Muriel Dockendorff Navarrete, estudiante de economía de la Universidad de Concepción, dirigente estudiantil y militante del Movimiento de Izquierda Revolucionario, detenida en dos ocasiones en la ciudad de Santiago en el año 1974: la primera ocasión, entre el día 6 de junio y el día 16 de julio en dependencias de la Academia de Guerra de la Fuerza Aérea de Chile; la segunda, a manos de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) a contar del 6 de agosto. Elegimos este caso porque cumplía con criterios que nos permitieron realizar el ejercicio genealógico hasta el presente. Estos criterios fueron: detención ocurrida durante la Dictadura, calificación en el informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, juicio finalizado, y que hubiera documentación disponible en los principales archivos de la época (Fundación Archivo y Centro de Documentación de la Vicaría de la Solidaridad (Funvisol) y Agrupación Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD)). Dentro de los casos que cumplen con estos requisitos, el seleccionado, al participar de una operación colectiva, nos permitía hacer transitar el análisis documental entre tres niveles: el caso individual (Muriel Dockendorff), el caso colectivo (la Operación Colombo o caso de los 119) y el evento victimizante en sí (la detención forzada de personas).
Luego, analizamos este corpus de datos intentando identificar los dispositivos intervinientes en la figuración del sujeto y las tecnologías mediante las cuales cada uno actúa, distinguiendo:
♦El dispositivo legal y las tecnologías jurídicas como el recurso de amparo o la querella por presunta desgracia.
♦El dispositivo comunicacional y la tecnología del montaje de prensa,
♦Los dispositivos afectivos y sus varias tecnologías, entre ellas el archivo personal.
♦Los dispositivos de calificación y reparación estatal, y la tecnología del Informe de la Comisión Estatal de Verdad.
♦El dispositivo forense y la tecnología de la ficha antropomórfica, o las pruebas de identificación.
A continuación, procedimos al análisis detallado de cada dispositivo. Siguiendo los postulados de la lingüística pragmática, el análisis de la enunciación del sujeto en cada dispositivo asumió heterogeneidad enunciativa, heterogeneidad entre condiciones de producción e intertextualidad (Angermüller 2011, Anscombre 2008). El examen de cada dispositivo estuvo abocado a identificar sus condiciones de existencia, su productividad (es decir, su capacidad de inscripción del sujeto en cuestión), y las relaciones y efectos que su aparición genera en la lucha performativa que tiene lugar alrededor del sujeto, y en el tejido social, de modo más general.
Siguiendo a Taylor (2003), argumentamos que la inscripción del detenido desaparecido en distintos dispositivos conforma una red de marcas referenciales circunscrita, pero abierta a innovaciones (Taylor 2003, 13). El análisis de la red de marcas referenciales nos permitió identificar no solo las diferentes figuraciones del/la detenido/a desaparecido/a en cada dispositivo sino, también, las relaciones entre los enunciados de los distintos dispositivos, o si se quiere, los “retornos” de esos actos que ponen en juego al sujeto. Recordemos que, en la concepción de Foucault, la función estratégica del dispositivo no es articulada por ningún actor específico y, por lo tanto, efectos no planificados y contra-efectos pueden ocurrir (Rabinow 2003, 52-53). En nuestro análisis de la red de marcas referenciales, identificamos que estas relaciones entre dispositivos pueden adquirir la forma de:
♦Iteración o “repetición diferida” o transferida (Derrida 1971) de enunciados anteriores. En este caso, la iteración tiene efectos en futuras enunciaciones y prácticas y permite al sujeto transitar y ser sostenido en distintos tiempos y espacios.
♦Adición o agregación de enunciados sobre el sujeto en el marco de una semántica preexistente.
♦Exclusión u omisión de enunciados anteriores.
♦Enfrentamiento entre enunciados con sentidos distintos.
♦Irritación. Aquí imaginamos un espectro variado de afectaciones, incluyendo “refracciones” (Haraway 1992), donde los enunciados de un dispositivo interfieren sobre los enunciados de otro dispositivo y la activación de una nueva tecnología performática en reacción a los enunciados precedentes.
Para fines expositivos, el relato que construimos para dar cuenta del sostenimiento social de el o la detenido/a desaparecido/a sigue un orden cronológico. Comúnmente estos dispositivos han tenido varias apariciones mediante las mismas o diferentes tecnologías. En lo que sigue, recurriré a la tecnología del montaje de comunicaciones para ilustrar el tipo de análisis que esta genealogía de dispositivos posibilita.
El dispositivo comunicacional y la tecnología del montaje de prensa
Como adelantaba, una tecnología ampliamente utilizada por el régimen opresor para intentar sostener su impunidad y diseminar la “verdad estatal” con respecto al amplio repertorio de prácticas criminales desplegado por la Dictadura, fue el del montaje comunicacional. Recordemos que los medios de comunicación que operaron en el período lo hicieron porque se alineaban con las versiones “oficiales”. En nuestro artículo, analizamos el primer gran montaje de la infamia ocurrido en julio de 1975 y que implicó a 119 hombres y mujeres pertenecientes al Movimiento de Izquierda Revolucionario, denunciados por sus familiares como desaparecidos y desaparecidas a manos del Estado. Citando revistas extranjeras, que luego conoceríamos, existieron solo para efectos de este recurso los periódicos nacionales El Mercurio, La Tercera y La Segunda desplegaron portadas y sendos titulares, figurando a estos individuos como “desertores”, “traidores” y “criminales” que se estarían matando entre ellos en “purgas” internas. En esta propuesta no se trataría de víctimas del terrorismo de Estado, sino de revanchas partidarias.
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Imagen 1. Montaje comunicacional. Diario ‘El Mercurio’.
23 julio 1975. Fuente: Archivo Nacional.
Dos caminos al menos se abren aquí en términos del análisis genealógico. Por una parte, examinar las distintas formas de aparición de este dispositivo comunicacional y sus tecnologías en el tiempo, de modo de trazar la historia de su participación en la figuración de este sujeto. Por otra parte, explorar las relaciones que los montajes comunicacionales establecen con otros dispositivos y tecnologías en la lucha performativa sobre el/la detenido/a desaparecido/a.
La trayectoria de los montajes comunicacionales
En el primer caso, podríamos analizar otros montajes comunicacionales y sus efectos en la figuración de el/la detenido/a desaparecido/a. Por ejemplo, el montaje que ocurrió en los días posteriores al 9 de septiembre de 1976, cuando el mar pone al descubierto las prácticas criminales de la Dictadura, devolviendo a la playa el cuerpo sin vida y brutalmente violentado de la profesora Marta Ugarte, miembro del comité central del partido comunista, detenida por agentes de la DINA en agosto de ese año y vista por última vez en el centro clandestino de tortura y exterminio Villa Grimaldi. La prensa nacional destinó incesantes portadas para encubrir la muerte y posterior disposición del cuerpo de “la bella” Marta Ugarte como un “crimen pasional”, sin informar que ella pertenecía a las listas de detenidos desaparecidos denunciadas por el organismo de derechos humanos Vicaría de la Solidaridad. La investigación posterior comprobó que agentes de la DINA lanzaron su cuerpo al mar en un helicóptero Puma del Ejército de Chile y que el cuerpo se liberó del riel destinado a retenerlo al fondo marino, porque uno de los alambres que lo amarraban fue retirado para ser usado para ahorcarla en la base militar de Peldehue.
En noviembre de 1978, tras la alerta de hallazgo de osamentas en una ex mina de cal en la localidad de Lonquén, la Vicaría de la Solidaridad activa una investigación. El Servicio Médico Legal identifica los quince cuerpos hallados como correspondientes a campesinos desaparecidos de la zona de Isla de Maipo luego de ser detenidos por carabineros con la asistencia de vecinos del sector. Si el caso de los 119 grafica los intentos del Estado por negar el crimen de la desaparición forzada, la aparición al año siguiente del cadáver de Marta Ugarte dentro de un saco y con un alambre amarrado al cuello volvió plausible la tesis de que los hasta entonces “detenidos no ubicados” habían sido ejecutados y sus cadáveres dispuestos para nunca ser encontrados. Finalmente, ante la contundente evidencia de Lonquén, el régimen desiste con este tipo de montajes, reconoce por primera vez la existencia de los desaparecidos y declara su voluntad de investigar los casos denunciados –inaugurando otra maniobra disuasiva–. La genealogía de este dispositivo indica, entonces, el período de su uso (cinco años) y las funciones que cumplió: ocultar esta práctica represiva ante la opinión pública y, con ello, a su sujeto; negar las denuncias de los familiares y organismos de derechos humanos y, desde que el crimen se hace evidente, desplazar la gestión del caso desde su negación hacia la disuasión de su propia actuación en las indagatorias para esclarecerlo, ordenando investigaciones que no solo no persigue sino que obstruye hasta hoy. En este sentido, la genealogía de este dispositivo podría indicar que si bien la tecnología de los montajes sobre los detenidos desaparecidos cesa, el efecto disuasivo que inaugura puede iterar en el tiempo mediante informaciones parciales, franca desinformación o bien por el traslado de la obstrucción de investigar a otros dispositivos como el legal.
El trabajo de archivo permite extender el análisis discursivo para incorporar relaciones entre recursos materiales. Como puntualizamos en el artículo, la lista de los 119 miristas publicada por el montaje comunicacional del gobierno, reproduce la lista confeccionada en el Comité Pro Paz para denunciar sus detenciones por parte del Estado. Los errores tipográficos que se trasladan de una a otra así lo demuestran.
Dispositivo contra dispositivo
En el segundo caso, estudiamos los efectos que los montajes comunicacionales provocan. En el artículo de 2018, narramos cómo los familiares de los detenidos no ubicados agrupados en la Vicaría de la Solidaridad y esta misma institución, responden al montaje de los 119 a través de una carta al editor en el diario El Mercurio, firmada por el cardenal arzobispo de Santiago. En el lenguaje de nuestro enfoque, la tecnología del montaje “irrita” al régimen de evidenciación de este crimen e incita una reacción donde disputar la verdad. La tecnología performativa de la nota editorial denuncia la práctica deshumanizante de los medios de comunicación que disponen de sus portadas para escenificar el horror y diseminar elucubraciones ante los ojos estupefactos de los familiares de las víctimas que ahí aparecen. La nota inscribe a los detenidos desaparecidos como sujetos de derecho y de dignidad, especialmente en el supuesto momento del anuncio de su muerte, más allá de las adherencias ideológicas que, según el Estado, justificarían el exterminio. La misma nota aplicaría para el montaje sobre Marta Ugarte y la exposición incansable de su cuerpo lacerado por la prensa chilena, demostrando cómo una tecnología performativa, si bien inscrita alrededor de ciertos casos, puede abarcar la categoría de los desaparecidos en general.
Asimismo, el dispositivo comunicacional irrita al dispositivo afectivo de los familiares orientado a encontrar con vida a sus seres queridos detenidos por la Dictadura. Recordemos el eslogan de denuncia hecho circular en la época por las mujeres organizadas en Chile y Argentina: “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”. Como desarrollamos en el artículo, el encuentro de las osamentas de Lonquén activa la actuación del dispositivo forense con el consiguiente despliegue de las tecnologías de identificación de restos humanos: excavación y remoción de elementos; recolección de osamentas, objetos personales, vestuario y muestras de sangre; tests genéticos, entre otros. La emergencia de este dispositivo desplaza la lucha performativa sobre el detenido desaparecido desde la constatación de la detención por parte de agentes del Estado a las circunstancias de muerte y el destino final del cuerpo. Bajo este régimen, el detenido desaparecido es gestionado como un residuo corporal a investigar. Sus tecnologías van a requerir que los familiares no solo comiencen a pensar a sus desaparecidos como fallecidos, sino que provean de conocimiento sobre ellos de modo de contribuir a la identificación forense de sus restos. Este proceso se activa cuando la Vicaría de la Solidaridad confecciona la ficha antropomórfica, un cuestionario de siete páginas de extensión destinado a recabar información fisiológica de cada uno de los más de 600 casos de desaparecidos consignados a la fecha. Para el familiar, completar dicho formulario y, más tarde, proveer de pruebas para exámenes de ADN, involucra un proceso de subjetivación mayor: constituirse en deudos antes de la constatación de la muerte y el encuentro del cuerpo de quienes han desaparecido. Como indicamos en el texto con Marcela Ruiz, muchas veces la producción de esa información dependió de una dolorosa re-aproximación al archivo personal que se guardaba sobre el familiar desaparecido en búsqueda de esas claves fisiológicas que, por supuesto, reducían la potencia de esos documentos de vida.





Imagen 2. Ficha antropomórfica usada por la Vicaría de la Solidaridad para registrar datos de detenidos desaparecidos.
Fuente: Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad.
Sobre performación de sujetos, teoría social y sujetos liminales
El enfoque performativo permite analizar la figuración de sujetos a través de la iteración de prácticas socio-materiales inscritas en relaciones de poder. Como insistiera Butler, en El género en disputa (1990), el poder performativo de estos actos distribuidos y reiterativos no depende de la preexistencia de alguna interioridad ni de algún acto interior. El caso que me ha ocupado en las páginas precedentes remite a un sujeto que no puede reclamar la identidad performativamente, constituida para evitar con ello su disolución social, ética y política.
La perspectiva performativa y el enfoque de la genealogía de dispositivos habilitan el examen de las prácticas heterogéneas que operan sobre este sujeto de la violencia política; las configuraciones de poder que lo hacen posible, los recursos materiales y técnicos en que se apoya, y las transformaciones y desplazamientos en la cadena de marcas referenciales que lo han sostenido local y globalmente a través de las décadas. La productividad de estas prácticas performativas es trazada mediante el ejercicio genealógico que permite transitar el análisis entre lo reticular y lo diacrónico, y entre la persona concreta y la categoría que la figura. Como hemos indicado, los dispositivos establecen los regímenes de veridicción que operan sobre el sujeto y que son verificables en los artefactos a través del cual actúan: regímenes legales, forenses, comunicacionales, afectivos, de reparación. La genealogía de dispositivos permite, asimismo, trabajar la historicidad del sujeto, mediante un ejercicio que se desplaza en el tiempo sin perseguir la linealidad ni la progresión. A diferencia de ejercicios historiográficos, este enfoque plantea que las relaciones entre dispositivos no son necesariamente de continuidad, sino de iteración y diferencia: sea una adición o una disputa, una irritación, una exclusión o una disyunción.
Desde la perspectiva performativa y la genealogía de dispositivos, el sujeto existe como efecto de su configuración e inscripción iterativa, ante ciertas audiencias, en el contexto de una disputa y en paralelo a la emergencia de otras entidades que le otorgan valor ontológico. En el caso que examinamos, junto al detenido desaparecido, emerge la figura del familiar, la de los testigos, la de los defensores de los derechos humanos y la de varios expertos –jurídicos, forenses, médicos, psiquiátricos–. También aparece la figura del perpetrador, oscurecida por el régimen “desaparecedor” por décadas, e identificada y sancionada por la justicia en más de cien casos a la fecha, entre ellos, el de Muriel Dockendorff Navarrete, que condena con presidio efectivo por el crimen de secuestro calificado a seis integrantes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA): Manuel Contreras Sepúlveda, Miguel Krassnoff Martchenko, Marcelo Moren Brito, Basclay Zapata Reyes, Gerardo Godoy García y Orlando Manzo Durán.
Hemos demostrado que esta genealogía es trazable de la mano de una serie de artefactos sociotécnicos como la ficha antropomórfica, los recursos de amparo, las declaraciones juradas de testigos, las querellas por presunta desgracia, los informes de las comisiones de verdad y las convenciones internacionales como, en este caso, la Convención Interamericana contra la Desaparición Forzada de Personas, decretada por la Organización de Estados Americanos en 1994, a veinte años del secuestro de Muriel Dockendorff.
En el caso de las personas victimadas o represaliadas por causas políticas como el que aquí nos convoca, esta aproximación desplaza al sujeto de la violencia de su confinamiento al paradigma de la víctima, centrado en la prueba del trauma o crimen y, de hecho, permite analizar las condiciones que hacen posible la producción de estos sujetos en tanto víctimas. Como desarrollamos en el artículo referido, en el caso chileno esto sucede a casi veinte años de los primeros secuestros y desapariciones y del inicio de esta lucha performativa, mediante el dispositivo de calificación y reparación estatal y su tecnología central: el informe de la Comisión de Verdad y Reconciliación o Informe Rettig de 1991 que, tras diecisiete años, instala como verdad oficial la “convicción que la desaparición de Muriel Dockendorff Navarrete fue obra de agentes del Estado, quienes violaron así sus derechos humanos” (Informe Rettig Tomo II 1991, 782).
Según señalamos en otras publicaciones (Bernasconi 2019), estas genealogías tienen la potencialidad de conectar el estudio del sujeto con el desarrollo de otros campos; en este caso, el campo de la historia reciente, los derechos humanos y la memoria sobre el pasado contencioso. Estas genealogías pueden pensarse, en primer lugar, en relación con la emergencia y transformaciones de lo que denominamos el “repertorio de lo decible” con respecto a este tipo de atrocidades, por ejemplo, de acuerdo a su modalidad de inscripción en los dispositivos bajo análisis. En segundo lugar, pueden pensarse en relación al rol de las distintas epistemias involucradas en la gestión de estos crímenes: epistemias legales, asistenciales, forenses, médicas, comunicacionales, artísticas, etcétera. Y, en tercer lugar, pueden contribuir a analizar la forma en que los dispositivos que performan al sujeto de la violencia política han contribuido también a modelar el propio género de los derechos humanos.
Dentro del campo de estudio de los sujetos y las subjetividades, este enfoque puede ser utilizado para abordar otros sujetos liminales o que pasan por estado de liminalidad, cuyas existencias son disputadas no ya entre la vida y la muerte sino en otros campos de la vida social: el sostenimientos social de sujetos en proceso de cambio de identidad sexual a través de las controversias sobre su identidad y estatuto ontológico, el sujeto indocumentado o el inimputable según las disputas que tensionan su existencia respecto a derechos y normas, trabajo e identidad nacional, representan otras existencias contemporáneas en estado de indeterminación ontológica.
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Antropozoogénesis en las ciudades de Chile o lo que puede un perro o la domesticación cosmopolita
Arthur Arruda Leal Ferreira
En muchos de los grandes centros urbanos de países como Brasil, los perros callejeros se han transformado cada vez más en una especie en extinción, y solamente pueden habitar el espacio urbano bajo la propiedad de algún dueño o responsable. Aquellos que se encuentren fuera de este registro son confiscados por el Estado, como si la existencia de los perros solo fuera posible como propiedad de un humano y vinculada a una tenencia responsable. Sin embargo, por todo Chile (y en algunas pocas ciudades argentinas y brasileñas), se presenta una singularidad que ya ha sido descrita por viajeros como David Byrne (2018): la existencia de los perros en las ciudades no está solo referida a propietarios particulares, sino también es perceptible como parte del escenario urbano. Por la presencia más uniforme de estos personajes en territorio chileno, tomaré un nombre local que designa al mismo tiempo su carácter mestizo y callejero: los kiltros. Entonces, ¿cuál es su estatuto como especie (doméstica, salvaje o plaga urbana)? ¿Cuál es su situación respecto a este espacio supuestamente propio de la ecología humana, vale decir, las ciudades? ¿Qué formas singulares presentan estos animales frente a los demás cánidos (salvajes y domésticos)? Por fin, ¿qué modos de individualización y subjetivación se producen entre perros y humanos en el territorio público de las ciudades? El objetivo de este trabajo es discutir algunos aspectos epistémicos, estratégicos y ontológicos a partir de una investigación en curso sobre la asociación entre los perros, los humanos y las ciudades en instancias específicas como manifestaciones, plazas, buses y salas de clase y, a partir de estas descripciones, reflexionar sobre la forma de composición recíproca que está siendo producida por prácticas de domesticación diversas y singulares.
Comenzaré discutiendo la perspectiva de investigación científica que organiza mis indagaciones. Luego, presentaré aspectos específicos de lo que propongo denominar “estrategia kiltra”, una línea de indagación que desarrollo desde el cruce de la etnografía y los etogramas. A continuación, debato los modos de subjetivación y domesticación implicados en los procesos estudiados, así como la propia frontera hombre-animal. Para concluir discuto algunos hallazgos de la investigación propuesta.
La arriesgada actividad científica
Quisiera comenzar especificando algunas marcas de decisiones epistemológicas de mi investigación en desarrollo. Y lo primero que es posible decir es que esta investigación no contó con un planeamiento previo; no fue propuesta a ninguna instancia de financiamiento, bajo el esquema Fondecyt o similares, y tampoco contó con un plan de trabajo predefinido. De forma más clara, esta investigación ha sido instigada o demandada por este encuentro singular con los perros callejeros, bajo una perspectiva extranjera, y sin ningún programa inicial. Y así sigue en su apertura por medio de inscripciones generadas por diversos encuentros (reales o virtuales) que me ocurren o llegan a mí. Para esta investigación no hay horas previamente planificadas ni plan de ejecución; ella sigue su curso por medio de formas de curiosidad que surgen en los encuentros casuales y los materiales compartidos por compañeros y compañeras motivados por la misma curiosidad. En este aspecto, podemos decir que se trata de una investigación vaga(bunda), al modo flâneur (Baudelaire 1995, Benjamin 1997). Desde ahí una primera cuestión: ¿en qué grado nuestras investigaciones son ejecuciones de planes con diseños metodológicos previamente establecidos y en qué medida incorporan aperturas que pueden conducirnos a configuraciones inesperadas?
Para discutir este aspecto, me gustaría introducir los conceptos de conocimiento científico, recalcitrancia y riesgo, propuestos por autores como Isabelle Stengers, Vinciane Despret y Bruno Latour (ver Latour 2004). El conjunto de conceptos de estos autores de la Epistemología Política (EP) y de la Teoría del Actor-Red (TAR), apunta a los juegos micropolíticos entre investigadores e investigados, valorizando el protagonismo y la capacidad de los últimos de proponer cuestiones y modos de conocimiento. Para los autores de estas perspectivas, el conocimiento siempre sucede como conjunto articulado y de co-afectación entre entidades diversas, tanto las consideradas humanas como las no humanas (comunidades de investigadores, máquinas en laboratorios, técnicas de inscripción, representaciones públicas), en la producción inesperada y arriesgada de efectos de objetivación y de subjetivación. No hay ningún entendimiento del conocimiento como un salto representacional que se haría entre una sentencia o una hipótesis planteada por un investigador y un estado de cosas previamente determinado (Latour 2004).
Considerado como producto de una articulación, el conocimiento científico no se clasificaría entre buenas o malas representaciones de un estado previo de cosas, sino más bien entre modos redundantes, por un lado, o interesantes (y arriesgados), por otro, en la coproducción de entidades. En el primer caso, tendríamos una situación en la que la articulación se extorsiona o se condiciona a la respuesta oportuna o esperada sin ofrecer riesgos, conduciendo la conducta de los entes investigados a un lugar de “docilidad” u obediencia (como un cuestionario demasiado cerrado, un experimento que demande una respuesta extremadamente puntual). En el segundo caso, habría una articulación en la cual los modos de composición irían más allá de una simple respuesta, abriéndose al riesgo de invalidar las preguntas y las proposiciones del investigador mismo, y la consecuente producción de nuevas entidades y proposiciones. En tal caso estaríamos frente a una relación de obstinación o “recalcitrancia” (un laboratorio que explota, una investigación que no se implementa por rechazo de los investigados, actividades marcadas por malentendidos, o incluso una investigación que se plantea por demanda de los investigados).
En este abordaje micropolítico de modos de conocimiento, los autores de la TAR y EP suelen oponer la frecuente recalcitrancia de los no humanos a la docilidad u obediencia a la autoridad científica de los seres humanos. Así de contundente lo expone Latour (2004, 217):
Al contrario de los no-humanos cuando son colocados en presencia de una autoridad científica, los humanos tienen una gran tendencia a abandonar cualquier recalcitrancia y a comportarse como objetos obedientes, ofreciendo a los investigadores solo declaraciones redundantes, confortando a estos investigadores con la creencia de que ellos producen datos “científicos” sólidos y que, asimismo, imitan la gran solidez de las ciencias naturales.
Para Latour (1997, 301), las ciencias humanas solo se tornarían realmente científicas si imitasen no la presunta objetividad de las ciencias naturales, sino la posibilidad de recalcitrancia. Además de la recalcitrancia, hay otras formas de protagonismo de los no humanos en investigaciones. Un caso muy interesante es ejemplificado por Despret (2002, 148-152) en la investigación de campo de la primatóloga Jane Goodall. Como relata Despret, aunque los contactos iniciales hayan sido difíciles, la iniciativa del primer contacto fue realizada por un chimpancé llamado David Graybeard. En el caso de los kiltros urbanos chilenos, contrariamente a los chimpancés de Tanzania, no solo hay una presencia proliferante en la ciudad (ya registrada por Byrne 2018), sino que una conducta muy activa, interesada y variada de ellos en la búsqueda de contacto con los humanos, en juegos de acción muy diversos. Yo seguramente atribuiría el punto de partida, e incluso significativa autoría, de esta investigación a los perros, como propone Clifford (2014) en su definición de la experiencia etnográfica.
Estrategias kiltras
A partir de lo planteado respecto de los modos de conocimiento científico como plurales y arriesgados, resulta crucial encarnar esta discusión en el examen de las formas estratégicas operadas por esta investigación. En este caso evitaré, en la medida de lo posible, los términos método o metodología, pues supongo que lo que hacemos en investigación no puede ser resumido en una receta, sino que resulta más bien un conjunto variado de estrategias singulares en el diálogo con el campo y reflexiones políticas y ontológicas sobre las prácticas de producción de conocimiento. Entonces, ¿qué descripción de las prácticas científicas o praxiografía (Mol 2002) es posible destacar de este trabajo en su ejecución inicial? Es posible decir que, en honor al campo y a los kiltros callejeros, intentamos producir una estrategia metodológica kiltra. No solo en el sentido del contra-método propuesto por Feyerabend (1989), o por el aspecto flâneur y no planeado de la investigación, sino porque las estrategias de investigación presentes acá son impuras, producidas en el cruce de abordajes específicos de áreas como la etnología y la etología (e incluso otras inspiraciones como la psicología social). Este abordaje fronterizo pone en cuestión las delimitaciones establecidas entre los saberes: la etnología, centrada en la diversidad de las culturas humanas, y la etología, centrada en la investigación de los patrones innatos de las especies. Pero acá, más que discutir fronteras (Haraway 1995) o la constitución moderna que pone en dominios distintos a entidades humanas y no-humanas (Latour 1994), busco cuestiones y prácticas paralelas en la etnografía (en la observación de grupos humanos) y la producción de etogramas (en la observación natural de los animales en el trabajo de campo). Los dos abordajes trabajan cuestiones de observación e interacción en el campo, con el posible auxilio de un cuaderno o registro de campo. En tanto que trabajos de campo, surgen desde ahí las cuestiones tangenciales que se referencian al límite de la objetividad y la distancia, por una parte, y a la interacción y la identificación con los investigados, por otra. Así en etología, por ejemplo, Despret (2008, 256) especifica la distinción hecha por Lorenz entre dos tipos de etólogos de campo: “el cazador (como Tinbergen) y el ganadero, como lo era él. El cazador sigue a los animales en su propio campo y les observa. El ganadero se queda con ellos e intenta proporcionarles unas condiciones tan naturales como sea posible”. Así Lorenz estudiaba gansos y grajillas en su propia creación por interacción, conduciendo a la identificación del investigado con el investigador, como si fuera uno de su propia especie, bajo el fenómeno del imprinting.
De igual modo, la etnografía está establecida en este límite de posiciones: según Goldman (2003), es constitutiva de la posición del etnógrafo la búsqueda de una posición rara en su trabajo de campo, que no se identifica ni con los nativos ni con un observador distante. Esta delicada posición intermedia es también destacada por Caiafa (2007), que subraya la ubicación de la escritura etnográfica entre la empatía y la identificación con la experiencia de los investigados, y la objetividad distanciada de un observador no implicado. Esta posición intermedia (en el fino filo de la navaja) también está presente en mi situación de brasileño viajero frecuente a Chile y Argentina: acá hay siempre una posición fronteriza en que se permanece extranjero; por más larga que sea la permanencia en el país, existe un intenso proceso de extrañamiento constante en el tránsito entre mundos (el acento en la lengua es una señal de este pasaje jamás perdido). Tránsito entre mundos que igualmente toca la relación de proximidad y extrañamiento con especies compañeras y ciudadanas, como los perros que viven en las ciudades. Es como si habitar una cultura o una especie fuera siempre un tema de negociación con imprintings, o con marcas identificadoras anteriores. Jamás sería posible una distancia absoluta, así como jamás sería posible una identificación plena.
De modo más específico, ¿cómo estas cuestiones de proximidad y distancia operarían en este campo híbrido? Despret (2017) nos ofrece indicaciones interesantes en el capítulo “C de Cuerpo”, donde hace referencia a la imposibilidad de neutralidad relatada por Barbara Smuts en su investigación con babuinos. En este texto, Despret relata los dilemas de esta investigadora: cuanto más deseaba mantenerse distante, más se planteaba a sí misma como objeto de interés, sin posibilidad alguna de no interactuar. Curiosamente, solo cuando Smuts, ante una urgencia, tuvo que orinar delante de los babuinos fue cuando su relación de supuesto objeto lejano cambió, produciendo sorpresa inicial entre los babuinos y, en consecuencia, formas más naturales de relación. Pero, respecto a los kiltros, ¿qué abordajes específicos están siendo posibles de realizar? Con los perros urbanos, la posición exclusiva de cazador distante, común a las observaciones de campo tradicionales de la etología, es imposible, ya sea esto por su casi omnipresencia en las ciudades, o bien por su búsqueda constante de contacto con humanos. Una eto-etnografía situada, implicada e interactiva suena como la alternativa más pertinente. Distinto de la etología clásica, en búsqueda de patrones universales de una especie, acá busco sobre todo la singularidad del encuentro entre especies en el territorio de la ciudad. Así, la posición ganadera sería la más indicada: caminar con los perros por las calles, plazas y espacios comunes o encontrarlos persiguiendo autos (el surf o rodeo de perros a los objetos-muebles).
Pero en un abordaje kiltro habría también espacio para estrategias más cazadoras, como el uso de fotografías, grabaciones, registros de programas de radio (como en las controversias de la Ley Cholito) (Ley número 21.020, 2017), conversaciones con otros observadores y búsqueda de sitios de internet o Facebook. Todos estos métodos tradicionales, en su variación de mayor o menor interacción directa (incluso el método experimental), pueden ser mezclados al mejor modo kiltro de acuerdo con las singularidades del investigado, en los territorios en que estos se presentan: las ciudades chilenas (y también algunas argentinas y brasileñas). La única exigencia en este ensamblaje de métodos es no cerrar la posibilidad de recalcitrancia y riesgo, positivando los malentendidos que aparezcan de forma respetuosa, por medio de la confianza. En estos tránsitos fronterizos, lo más importante de evitar es el planteo de un modelo o método por medio de estrategias estandarizadas (como mucho, propondría kiltramente la utilización de abordajes de campo lo más mezclados y variados). De la misma forma, evitaría hacer cualquier compromiso estrecho con la metafísica euroamericana (Law 2004) o la constitución occidental moderna (Latour 1994). Este será el tema del siguiente apartado, donde discutiré cuestiones ontológicas de investigación.
Subjetividades en contraposición
Me gustaría desplazarme aquí sutilmente de la Teoría del Actor-Red y de la Epistemología Política, así como de la eto-etnografía en sus aspectos estratégicos, hacia discusiones de carácter más ontológico. Así, ¿cómo es posible pensar en subjetividad o producción de subjetividad (e incluso un abordaje eto-etnográfico-kiltro) abordando la relación entre perros y humanos en un espacio urbano? Para contestar esta cuestión, me gustaría plantear tres aspectos orientadores que desarrollo a continuación.
Fronteras borradas
Siguiendo con las discusiones paralelas entre etnología y etología, pero incluyendo además los aportes estratégicos ya mencionados, me interesa abordar las fronteras ontológicas entre dominios humanos y no-humanos. La etología, desde los años 1950, especialmente con Lorenz (1971), proponía una etología humana; no solo un abordaje de la conducta humana por medio de sus patrones innatos (ver Eibl-Eibesfeldt 1979), sino una discusión del límite entre ambos dominios. Lorenz (1971) no reconoce ningún salto evolutivo especial entre hombres y animales, sino más bien una asociación singular de características que son compartidas entre especies: la especialización en la no-especialización, la curiosidad y la neotenia (o capacidad de mantener características corporales o conductuales de los jóvenes, como el juego). Sin embargo, Lorenz atribuye estas características al proceso de domesticación, entendido como un peligroso y arriesgado proceso de pérdida de información innata.
Por otro lado, las prácticas etnográficas problematizadoras, desde corrientes como la Teoría del Actor-Red, pero también pensando en autoras como Donna Haraway, ya no se definen como exclusivamente humanas. Esto no es particularmente novedoso: desde la década de los ochenta, la Teoría del Actor-Red (con Latour y Callon) plantea descripciones de lo social en que este no es entendido como compuesto por entidades que serían exclusivamente sociales o humanas. Lo social sería entendido como una red o un ensamblaje entre entidades humanas y no humanas, donde las últimas también son actores, o sea, producen diferencias en nuestros colectivos y nos hacen hacer cosas (Latour 2005). Esta es una posición no exclusiva de la TAR o de la sociología de las asociaciones: podemos ver en trabajos como los de Ingold (2000) la propuesta de los entanglements, las propiedades emergentes de los humanos y no humanos en interacción y los constantes cambios recíprocos. El trabajo de Donna Haraway (2008) es otro ejemplo de esto. Podemos destacar, al respecto, su manifiesto sobre las especies compañeras, su énfasis en las configuraciones históricas y socialmente localizadas, donde se producen nuestros modos de conocimiento (énfasis que comparte con el trabajo de Tim Ingold y la TAR), y las implicancias políticas de ello que, para esta autora, refieren a una atención responsable y a una forma respetuosa de ponerse “en encuentro” (conectando en un juego etimológico las palabras response y responsive).
En este aspecto, es importante destacar que los modos de conexión con los animales y no humanos, tal y como aquí establecemos, no son de carácter meramente simbólico. Como lo plantea Knight (2005, 1): “Animales como sujetos y no objetos… animales como parte de la sociedad humana y no solamente símbolos de esta, e… interacciones y relaciones, al revés de simplemente representaciones humanas de animales”. Estos estudios, tanto los filosóficos como los etnográficos que ponen en cuestión la frontera entre hombre y animal, ya sea de forma conceptual o de forma descriptiva de nuestras propias formas de vida colectiva, también encuentran espacio entre autores latinoamericanos. Así, Bevilaqua y Velden (2016) nos presentan una serie de ensayos etnográficos escritos por autores brasileños que sugieren:
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