Kitabı oku: «La Rusia de los zares»
La Rusia de los zares
La Rusia de los zares
La forja de un gran imperio en la Europa oriental
Carles Buenacasa Pérez

La Rusia de los zares. La forja de un gran imperio en la Europa oriental
© 2020, Carles Buenacasa Pérez
© 2020, de esta edición, Shackleton Books, S.L.

www.shackletonbooks.com
Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S.L.
© Ilustración de cubierta: Nacho García
Diseño de tripa y maquetación: Kira Riera
Composición ebook: Víctor Sabaté (Iglú de libros)
Cartografía incluida en los apéndices: Geotec
© Fotografías (referencias sobre la página de la edición en papel): p. 9, Geotec; p. 16, Bjoern Wylezich/Shutterstock.com; p. 19, Labrador Photo Video/ Shutterstock.com; pp. 21, 31, 49, 67, 72, 86, 113, 119, 131, 144, 173, d. p.; p. 37, © 2012 Encyclopaedia Britannica, Inc.; p. 47, © Collection of Dr. Lawrence A. Adams. Ex Moreira Collection; p. 59, © Carles Buenacasa; p. 63, Mary_Photo/Shutterstock.com; p. 75, © D.P: Augustus Sherman/New York Public Library; p. 93, Irina Borsuchenko/Shutterstock.com; p. 97, Roman Evgenev/Shutterstock.com; p. 100, Vladímir Sazonov/Shutterstock.com; p. 171, yingko/Shutterstock.com; p. 175, dimbar76/Shutterstock.com.
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ISBN: 978-84-18139-19-2
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.
Índice
Introducción
La formación del Estado ruso ~ 862-1325 ~
De Nóvgorod a Kiev
La cristianización de Rusia
La sumisión a los mongoles
El sueño imperial y la creación del zarato ~ 1325-1613 ~
El gran ducado de Moscú y la victoria de Kulikovo
El apogeo de Moscovia: Iván III y Basilio III
El poder de los boyardos y de la Iglesia en la Rusia medieval
Iván IV el Terrible, primer zar de todas las Rusias
La época del terror (1564-1584)
Los Tiempos Turbulentos
Los Romanov y la Rusia de Pedro el Grande ~ 1613-1725 ~
Los primeros pasos de la dinastía Romanov
El correinado de Iván V y Pedro I
La llegada de Pedro el Grande al poder
El viaje de Pedro a Occidente
El inicio de las reformas y el período de guerras
Las grandes reformas
La fundación de San Petersburgo
Los detractores de las reformas petrinas
El esplendor del zarato: las zarinas Isabel y Catalina II ~ 1725-1801 ~
El reinado de Isabel
La usurpación del trono
Catalina II la Grande y el apogeo del Imperio
Las grandes anexiones: Polonia y Crimea
Muerte de Catalina II y reinado de Pablo
Sociedad y economía en el apogeo del Imperio
El declive de los Romanov ~ 1801-1917 ~
El gobierno reaccionario de los últimos Romanov
El movimiento obrero y la difusión del comunismo
Nicolás II y la Revolución rusa de 1917 ~ 1917 ~
La represión como estrategia para reforzar la autocracia
Los desaciertos militares de Nicolás II y el declive del zarato
La abdicación de Nicolás II y el triunfo de los bolcheviques
El fin de los Romanov
El surgimiento de la URSS
Apéndices
Sobre el autor
Introducción
Hoy en día, la Rusia de los zares se nos antoja como el más oriental de los Estados surgidos en Europa. Sin embargo, en un principio, los orígenes escandinavos y eslavos de sus fundadores (los príncipes de la Rus de Kiev) no le permitieron vincularse a la tradición de romanidad que había avalado la formación de las principales monarquías europeas, especialmente Inglaterra, Francia, España, las repúblicas italianas y, sobre todo, el Sacro Imperio Romano Germánico. Los zares rusos tuvieron que desarrollar sus propias estrategias para que en Europa reconocieran su rango imperial y fueran tratados como iguales, aunque cabe decir que, en un primer momento, a los príncipes rusos les preocupó muy poco revindicar el europeísmo de sus estados. Prefirieron reforzar las raíces eslavas de los mismos y protegerse del expansionismo católico —que para ellos equivalía a una sumisión al papado romano— apostando por la conversión a la fe ortodoxa, una decisión que les permitió estrechar sus vínculos con el Imperio bizantino.
La constitución de una Rusia eslava y ortodoxa se fue configurando, de reinado en reinado, gracias a la labor de los monarcas de la primera dinastía rusa: la Casa de Rúrik, denominada así a partir de un antecesor, probablemente mítico, que se habría convertido en el año 862 en el príncipe de la ciudad de Nóvgorod, un importante emporio comercial de la Europa oriental. Luego, sus sucesores gobernarían en Rusia hasta tiempos del zar Teodoro I (r. 1584-1598).
Uno de ellos, el príncipe Oleg, trasladó la capital a Kiev (882) y fundó un Estado conocido como la Rus de Kiev, cuyas raíces continuaron siendo predominantemente eslavas y al cual se reconoció categoría política de principado. Sus descendientes se enzarzaron en luchas intestinas por el poder que duraron varios siglos y tuvieron como consecuencia la constante subdivisión de los principados y un largo período de sujeción al poder del Imperio mongol (1236-1480), que empezó a declinar tras la victoria rusa en Kulikovo (1380). Durante toda esta época, el mosaico de estados rusos se organizó en principados y sus gobernantes recibían la denominación eslava de knyaz, un término que puede traducirse como «príncipe» o como «gran duque». De ahí que, por un lado, se hable del principado de Kiev y, por el otro, del gran ducado de Moscovia. El término «zar» empezó a ser utilizado por los monarcas moscovitas en el siglo xv, aunque el primer monarca que lo utilizó en su ceremonia de coronación fue Iván IV el Terrible (r. 1533-1584). Por ello la historiografía ha considerado, de manera convencional, que el Imperio ruso (o el «zarato») nació con este monarca.

Entre los siglos xvii y xviii, a la Gran Rusia se anexionaron la Pequeña Rusia, Siberia y la Rusia Blanca.
De entre todos los estados que fundaron los descendientes de Rúrik, el que resultó históricamente más trascendente fue el gran ducado de Moscovia, con capital en Moscú. Fueron sus soberanos quienes lideraron tanto el proceso de liberación de los mongoles como los de unificación y centralización en torno al trono moscovita. En esta evolución histórica resultó de vital importancia la conquista otomana de Constantinopla (1453), ya que puso fin al Imperio bizantino, cuyo emperador era el jefe de la Iglesia ortodoxa. Así pues, la corte moscovita del siglo xvi vio en la reivindicación de la sucesión del Imperio bizantino la oportunidad de cimentar en la romanidad la legitimidad del zarato ruso. De esta manera, se abrió la puerta a un nuevo espíritu ruso, de tono europeísta, que dio pie a todo tipo de contactos, sobre todo diplomáticos y comerciales, con las principales cortes europeas, especialmente, la inglesa y la del Sacro Imperio Romano Germánico, que se consideraba el principal heredero tanto de Roma como de Bizancio.
A pesar de estos acercamientos, los occidentales consideraban que Rusia era demasiado exótica, y el género de vida de sus emperadores y pobladores se les antojaba poco civilizado y más propio de los Estados de Asia —que ellos calificaban despectivamente como «bárbaros»—. Además, la capital del zarato, Moscú, carecía del atractivo de las cortes europeas y tampoco gozaba de un clima demasiado apetecible. Por ello entre los siglos xvi y xviii los zares rusos se plantearon el reto de modernizar tanto las instituciones políticas del país como las costumbres de sus habitantes. Con ello pretendían adaptarse mejor a las expectativas de los europeos y, entre otras cosas, conseguir que las principales monarquías vieran alguna utilidad en concertar alianzas matrimoniales con el trono moscovita.
Sin lugar a dudas, la dinastía que más se esforzó por lograr la modernización del país y, sobre todo, por integrar a Rusia en Europa fue la de los Romanov, entronizada en 1613, tras la extinción del linaje de los Rúrik (1598). Los zares de la familia Romanov rigieron los destinos del país durante poco más de tres siglos y fueron depuestos por la Revolución de 1917. Sus dos monarcas más relevantes —y que más se esforzaron por europeizar Rusia— fueron Pedro I (r. 1682-1725) y Catalina II (r. 1762-1796), respectivamente calificados con el epíteto de «Grande» por los historiadores que narraron los hechos de sus reinados. Pedro I, por un lado, protagonizó una activa reforma de la administración del Imperio inspirándose en el funcionamiento de las cancillerías europeas y, por el otro, decidió trasladar la capital desde Moscú hasta San Petersburgo (1713), ciudad por él fundada para que actuara a modo de ventana hacia Europa. Catalina II, por su parte, introdujo en Rusia el pensamiento ilustrado de la Francia prerrevolucionaria, aunque de manera controlada.
Otra de las características del zarato ruso fue su progresiva tendencia hacia el multiculturalismo. En el primer cuarto del siglo xvi, una vez concluido el proceso de unificación de los diferentes principados que antiguamente habían formado parte de la Rus de Kiev, la corte moscovita gobernaba sobre una población en la que el elemento étnico predominante era el eslavo. Ahora bien, tras la conquista de los kanatos mongoles de Kazán y Astracán por Iván IV el Terrible, el Imperio ruso pasó a caracterizarse por la composición multiétnica de sus pobladores. Esta tendencia se consolidó todavía más con las campañas expansionistas de Asia llevadas a cabo por sus sucesores desde el siglo xvii al xix, que incorporaron al zarato ruso Siberia, Crimea, el Cáucaso y el Turquestán. Los últimos Romanov buscaron expansionarse en la zona de los Balcanes, presentándose como protectores de las iglesias ortodoxas de la región (fue el caso de la búlgara o la serbia), sometidas al vasallaje del Imperio otomano. Por esta razón Rusia acabó entrando en la Primera Guerra Mundial, una decisión que se considera uno de los detonantes de la Revolución de 1917. Como consecuencia de esta evolución histórica, en la Rusia de hoy se documentan 186 etnias, de entre las cuales las más populosas son las de filiación eslava, tártara, turca o urálica. Entre las poblaciones minoritarias destacan las de armenios, coreanos, chinos, vietnamitas, kamchakos, tibetanos o esquimales. Un dato revelador sobre este multietnicismo nos lo proporciona la titulatura imperial de Pedro I el Grande, en la que el zar se describía como «señor de muchos otros estados y territorios del oeste y del este, de aquí y de allá».
El otro gran motivo que llevó a la liquidación del zarato en 1917, además de la entrada en la Primera Guerra Mundial, fue la autocracia imperial y el despotismo con que los zares rusos gobernaban. Desde los tiempos de Iván IV, el poder de los nobles rusos se fue recortando en detrimento de la centralización del país y a favor de un reforzamiento del poder imperial. Si bien hubo monarcas, como Pedro I y Catalina II, que se inspiraron en las monarquías occidentales más liberales para modernizar las instituciones políticas rusas, sus reformas nunca fueron en menoscabo de esta autocracia. La tendencia hacia el despotismo también caracterizó el reinado de los últimos Romanov, quienes, además, se mostraron reacios a tomar decisiones que permitieran un ejercicio del poder más democrático. De hecho, la crueldad de la represión impuesta por los últimos zares para evitar la difusión de las ideas anarquistas y comunistas en Rusia fue vista en Occidente como una expresión más de la «barbarie» tradicional del zarato ruso.
La formación del Estado ruso
~ 862-1325 ~
Los inicios de la historia rusa son difíciles de establecer debido a que las escasas fuentes de información sobre la época se escribieron varios siglos después de los hechos que narran. Se trata de una serie de relatos que no solo mezclan leyendas populares y datos históricos sin demasiado rigor metodológico, sino que, además, parecen estar al servicio de intereses políticos. Por otro lado, el territorio ocupado por la Rusia moderna es el resultado de un proceso histórico al que han contribuido una serie de decisiones humanas tomadas a lo largo de siglos, por lo que la primera dificultad reside en discernir dónde nació Rusia... ¿en Nóvgorod, en Kiev (actual Ucrania) o en Moscú?
Tradicionalmente, los orígenes de Rusia se han buscado en el siglo ix en los territorios más occidentales, entre el mar Báltico y el mar Negro. En estos parajes, según la Crónica de los primeros orígenes (escrita por el monje Néstor en el siglo xii), había una docena de principados eslavos, de entre los cuales destacaban Nóvgorod, Smolensk y Kiev. Estos estados se hallaban interconectados por la famosa «ruta del ámbar» que, siguiendo los principales ríos de la zona, como el Dviná y el Dniéper, lograba distribuir los amuletos fabricados con este material desde el Báltico hasta el Imperio bizantino.

Los antiguos atribuyeron propiedades mágicas a los objetos de ámbar, pues este no solo flota en el agua marina, sino que además se mantiene caliente al tacto y adquiere carga eléctrica si se frota.
También según dicha Crónica, en el año 862, ante las disputas que existían entre los diferentes principados por el control de las riquezas, los habitantes de Nóvgorod decidieron pedir al caudillo varego Rúrik que fuera a gobernarlos como príncipe y llevara la paz. Los varegos eran una rama de los pueblos escandinavos, emparentados con los vikingos, pero que, en vez de vivir de los botines conseguidos por acciones piratas en alta mar, estaban asentados en poblados y practicaban el comercio. Por eso, en la Edad Media, al Báltico se lo conocía como el «mar de los Varegos». Fue así, con la llegada de Rúrik, como se fundó la dinastía Rúrika, que gobernó en Rusia hasta el siglo xvi. No obstante, existen serias sospechas de que Rúrik no es más que un personaje inventado para justificar el establecimiento de los varegos en Nóvgorod, quienes muy probablemente habrían llegado a la ciudad por la vía de la conquista, deseosos de monopolizar las ya mencionadas rutas comerciales del ámbar. Precisamente, los yacimientos más importantes en Europa de esta resina fósil que segregan las coníferas como protección ante los ataques de los insectos están en el Báltico, en torno a Kaliningrado, y datan de hace unos cuarenta millones de años. Desde tiempos muy remotos, el ámbar del Báltico se distribuyó por Europa de manera que hace 21 500 años una perla de ámbar ya había llegado a la cueva de La Garma, en Asturias (España).
La aristocracia militar varega, fuera o no invitada a instalarse en la zona, dio el nombre de «Rus» a ese Estado poliétnico, una denominación que definió tanto al Estado como a sus habitantes y de la cual deriva el nombre moderno de Rusia (aunque para algunos proviene de la palabra finesa ruotsi, que significa «tripulación de remeros», mientras que para otros procede de rusivi, es decir, «rubio», palabra con la que los bizantinos se referían a los mercenarios escandinavos que servían en Constantinopla). Los varegos dotaron a la ciudad de instituciones políticas y adquirieron una notable influencia en el desarrollo cultural del principado.
De Nóvgorod a Kiev
Poco tiempo después de conseguir el control sobre Nóvgorod, los varegos conquistaron Kiev, otra destacada ciudad comercial en la que predominaba la población eslava. Los varegos de Nóvgorod necesitaban expandirse hacia el sur para consolidar su control de las rutas del ámbar y de ahí que Oleg (r. 879-912) decidiera incorporar Kiev a su Estado. De este modo, se aseguraban el monopolio del ámbar desde el golfo de Finlandia hasta las puertas de Constantinopla. No debe extrañarnos, pues, que el primer documento oficial conocido de la corte de Kiev sea un tratado económico del año 911 con el Imperio bizantino por el que se concedía a los comerciantes varegos libre comercio en Constantinopla y se les reservaba un barrio de la ciudad para que levantaran sus residencias.

Kiev es considerada por los rusos la ciudad en la que empezó su historia, y buena parte de ellos lamenta que hoy en día pertenezca a Ucrania y no a Rusia, y que se haya convertido en la capital de otro Estado. En la imagen, la reconstruida Puerta Dorada de Kiev, principal entrada a la fortificación levantada en el siglo xi.
Las expediciones comerciales varegas se realizaban entre la primavera y el otoño, pues en invierno la mayor parte de ríos y territorios que atravesaban estas rutas estaban cubiertos por el hielo y, más allá de Constantinopla, llegaban hasta el lejano califato abasí de Bagdad. En los tramos terrestres entre un río y otro, los comerciantes no solo trasladaban a tierra las mercancías, sino también las barcas. Viajaban en grupos numerosos para defenderse mejor de las emboscadas y, gracias al hallazgo de tumbas femeninas varegas en Rusia, se sabe que estos grupos eran mixtos y que los comerciantes varegos viajaban acompañados por sus familias. Además del ámbar, también comerciaban con pieles, joyas, vidrio y objetos de bronce o de astas de venado.
Según la Crónica de los primeros orígenes, Kiev fue conquistada por los varegos en el año 882: «Y se sentó Oleg, el príncipe, en Kiev, y dijo Oleg: “Que sea esta la madre de las ciudades rusas”». De ahí el dicho ruso según el cual «Moscú es el corazón de Rusia; San Petersburgo, su cabeza; pero Kiev es la madre».
La ciudad había sido fundada algún tiempo atrás por tres hermanos (Kii, Scek y Choriv), quienes decidieron fortificar una pequeña colina a orillas del río Dniéper que permitía controlar las estepas circundantes. La Crónica muestra gran interés por subrayar que los gobernantes de la ciudad derrotados por Oleg no eran del clan de Rúrik.
Oleg unificó los principados de Nóvgorod y Kiev y exigió tributo a otras tribus eslavas de la zona, empezando por los polianos. Bajo su gobierno, la Rus de Kiev extendió sus dominios desde el lago Ladoga hasta el mar Negro, los cursos del Volga, el Dviná occidental y el Don. Sin embargo, la aparición en el año 915 de los pechenegos, nómadas de origen turco especialmente belicosos y feroces, supuso un freno a esta etapa de expansión. Por otro lado, las relaciones con los bizantinos se fueron tensando por las diversas tentativas de asedio a Constantinopla que Oleg y sus sucesores protagonizaron a lo largo de los siglos x y xi (en los años 907, 941, 944 y 1043).
A la muerte del príncipe Oleg (912), la Rus de Kiev era ya un poderoso Estado que controlaba las rutas del ámbar en su totalidad, desde el Báltico hasta el Imperio bizantino, con el que mantenía relaciones comerciales y diplomáticas de igual a igual. Incluso, a finales del siglo x, la presencia de varegos en Constantinopla había trascendido el ámbito de lo comercial y la protección de la vida del emperador bizantino se había encomendado a una guardia personal de 6000 mercenarios kievitas que se mantuvo hasta el siglo xiv.

Guardia varega de Constantinopla en una miniatura de la Crónica de Juan Escilitzes (siglo xii), cuyo manuscrito se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid.
Los varegos constituían el sector social dominante en la política, pero el Estado continuaba siendo mayoritariamente eslavo. En principio, el heredero era el primogénito del príncipe (el gran príncipe o veliki knyaz), ahora bien, aunque este heredaba la mayor parte de los territorios, sus hermanos menores también recibían un pequeño territorio sobre el cual ejercer su poder. Estas prácticas resultaron fuente de todo tipo de querellas sucesorias y de asesinatos políticos guiados por el objetivo de ocupar el puesto de gran príncipe.
La cristianización de Rusia
Las relaciones políticas y comerciales entre Kiev y Constantinopla se vieron condicionadas, no obstante, por la diferencia de credo religioso, pues los kievitas no eran cristianos, sino paganos. Su conversión interesaba especialmente al emperador bizantino, pues la cristianización de varegos y eslavos le permitiría un mayor grado de intervención en los asuntos internos de la Rus de Kiev, al someterlos a la primacía del patriarca de Constantinopla, un cargo que estaba férreamente controlado por el monarca bizantino.
La primera noticia sobre la conversión al cristianismo de un gobernante kievita tuvo lugar entre 955 y 957, cuando la regente Olga, una princesa escandinava originaria de Pskov que ejercía la regencia en nombre de su hijo Sviatoslav (r. 964-972), viajó a Constantinopla y, una vez allí, se hizo bautizar apadrinada por el emperador Constantino VII Porfirogéneta. Ahora bien, para evitar caer bajo el control del patriarca ortodoxo y para no rendir vasallaje a los bizantinos, Olga envió una embajada a Occidente, al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, pidiendo que le enviara misioneros. Muchos de estos murieron asesinados en el trayecto, por lo que el proyecto de Olga no llegó a buen puerto.
La conversión oficial del Estado kievita no se produjo hasta los tiempos de Vladimiro I (r. 980-1015), hijo de Sviatoslav, quien tuvo que hacerse cristiano para poder casarse con la princesa bizantina Ana Porfirogéneta (988) y, de esta manera, fraguar una alianza con Bizancio que obligara a este último a intervenir como aliado militar en las guerras de los kievitas. En un principio, el monarca bizantino se negó a las pretensiones matrimoniales de Vladimiro, pues nunca antes una princesa bizantina había sido entregada en matrimonio a un extranjero. Ahora bien, cuando el pretendiente conquistó una serie de plazas en el mar Negro desde las cuales era posible lanzar un ataque a Constantinopla, todas las objeciones desaparecieron. Para mantener la independencia religiosa, el príncipe ruso decidió que los evangelizadores de su Estado procedieran del Imperio búlgaro, otro territorio independiente en la periferia de Bizancio que continuamente amenazaba la seguridad de las fronteras bizantinas en los Balcanes, y donde también se profesaba la fe ortodoxa. Más adelante, en 1037, se estableció en Kiev un metropolitano (o arzobispo) para los kievitas, aunque dependiente del patriarca de Constantinopla. Otra vía por la que la corte de Kiev, desde ese momento, intentó mantener su independencia con respecto a Bizancio fue la matrimonial, por lo que resultaron frecuentes los enlaces de sus príncipes con consortes procedentes de los reinos de habla latina.
Los siglos xi y xii fueron trascendentales en la consolidación del cristianismo ortodoxo en Kiev. De hecho, el príncipe Mstislav el Grande (r. 1125-1132) fue canonizado por la iglesia local en contra del parecer del patriarca bizantino, un indicio más de que la Iglesia era un pilar de la autonomía del principado. En este sentido, la Iglesia era beneficiaria de una gran cantidad de tierras, con el fin de contar con medios para la asistencia a los pobres.
En aquella época, el clero se hallaba integrado por dos tipos de sacerdotes: los monjes, que vivían en conventos y dedicaban su tiempo a la formación y el estudio, y los popes (término derivado del griego pappás, «padre»), que se hallaban a cargo de las parroquias, apenas tenían estudios y estaban obligados a casarse, aunque solo se les permitía un único matrimonio. Debían dejarse crecer la barba y vestir siempre una sotana negra. En la época comunista, el nombre de «pope» adquirió connotaciones peyorativas porque la propaganda del régimen los tildaba de lacayos del feudalismo y del capitalismo. Popov («hijo de un pope») es un apellido bastante frecuente en Rusia.
A la muerte de Vladimiro I (1015) se abrió una crisis sucesoria protagonizada por las luchas fratricidas entre los diversos pretendientes, que desembocaron en la coronación de Yaroslav I el Sabio (r. 1019-1054), hijo de Vladimiro I y de Ana Porfirogéneta. Tomando como modelo al Imperio bizantino, su gobierno se caracterizó por una intensa actividad en todos los campos que condujo a la Rus de Kiev a su apogeo político; de hecho, en la historia rusa, se considera a este monarca el émulo de Carlomagno. En primer lugar, para atenuar la influencia bizantina en los asuntos de su principado, Yaroslav casó a su hermana con el duque de Polonia, a su hijo con una princesa bizantina y a sus hijas con los reyes de Francia y de Hungría. En lo religioso, nombró a un monje eslavo como metropolitano de Kiev, poniendo fin así a la tradición bizantina de nombrar prelados griegos para dicha sede. En lo militar, amplió sus territorios a costa de los polianos, los estonios y los bizantinos y, sobre todo, obtuvo una victoria decisiva contra los pechenegos, instalados en la península de Crimea y en las estepas al norte del mar Negro y el mar Caspio. Como consecuencia, estos pueblos jamás volverían a constituir una amenaza para sus dominios. Por último, a él se le atribuye el primero de los códigos legales rusos y se le considera un gran mecenas de las artes, pues patrocinó la construcción, en Kiev, de diversos monasterios, escuelas e, incluso, una biblioteca. Por todo ello, a su muerte (1054) la Rus de Kiev no tenía rival.
Sus sucesores mantuvieron por un tiempo la hegemonía del principado. Sin embargo, a partir de mediados del siglo xii, se abrió una época de decadencia durante la cual muchos de los territorios sometidos a su poder renunciaron al vasallaje kievita y, además, los comerciantes varegos perdieron el monopolio de la ruta del ámbar. De hecho, el epicentro del poder se desplazó más al norte, desde Kiev hasta la ciudad de Vladímir, sede del principado de Vladímir-Súzdal, que vivió su momento de esplendor bajo Vsévolod III (r. 1176-1212), príncipe que llegó a tener como tributarios a otros principados más pequeños e insignificantes políticamente. A principios del siglo xiii, los principados rusos eran unos cincuenta, y en el siglo siguiente la cifra se elevó hasta, aproximadamente, doscientos cincuenta.
La sumisión a los mongoles
Después de siglos temiendo el ataque de suecos, polacos, eslavos o bizantinos, el verdadero azote de Rusia llegó de Oriente y estuvo protagonizado por los mongoles (o tártaros), una confederación de tribus de la zona del río Amur que en el siglo xii se hallaban asentadas en Mongolia. Este pueblo llevaba un modo de vida nómada, que alternaba el pastoreo con el perfeccionamiento de sus habilidades como jinetes, una actividad en la que eran consumados maestros.
En 1194, Temujin obtuvo el liderazgo sobre todas estas tribus y tomó el nombre de Gengis Kan («el fuerte»). Bajo su caudillaje, los mongoles se lanzaron a la conquista de Asia y, en poco tiempo, sometieron a China y a una buena parte de Asia Central.
En 1222, dos de sus generales se dirigieron hacia el Cáucaso y se enfrentaron a la experimentada caballería georgiana, del reino de Georgia, el principal Estado en la zona del Cáucaso. Tras una serie de batallas de suerte cambiante para cada uno de los dos bandos, los mongoles lograron imponerse. Desde allí, se dirigieron hacia el norte y se enfrentaron a los cumanos (también conocidos como polovtsianos o kipchakos), una confederación de pueblos turcos emparentados con los pechenegos que estaban asentados en el mar Negro, en la cuenca del Volga, desde el año 1061. Los príncipes rusos fueron advertidos por los generales mongoles para que no acudieran en ayuda de los cumanos pero, desoyendo sus consejos, reunieron un ejército de 80 000 soldados. Tras unos cuantos días de tácticas dilatorias destinadas a que los rusos ganaran confianza, los mongoles llevaron a cabo su ataque a orillas del río Kalka (31 de mayo de 1223). El enfrentamiento duró tres días y los rusos sufrieron una aplastante derrota, aunque esta careció de consecuencias para ellos, pues los mongoles no tenían planes para esas tierras tan alejadas de las suyas por lo que, una vez se vieron vencedores, montaron sobre sus caballos y se marcharon. Los rusos, de hecho, no sabían contra quién habían combatido ni de dónde procedían, tal como se desprende de la Crónica de Nóvgorod, del siglo xv, en la cual se dice de ellos: «El mismo año aparecieron unos pueblos de los que nadie sabía con certeza quiénes eran ni de dónde venían, ni qué lengua hablaban, ni de qué tribu eran ni cuál su confesión». Tras este primer contacto, los mongoles renunciaron a una expansión por las estepas rusas durante los trece años siguientes, pero no se olvidaron de ese proyecto, tan solo lo aparcaron.
Mientras tanto, el líder mongol Gengis Kan murió en 1227 dejando un dominio que abarcaba desde Corea hasta el mar Caspio, pasando por China, Mongolia, Afganistán y Persia. Sin embargo, la unidad territorial no logró subsistir a su muerte, pues el difunto había decidido dividir su Imperio entre sus cuatro hijos. Ahora bien, como su primogénito ya había fallecido, el kanato de la Horda de Oro, con capital en Sarai (en el tramo inferior del Volga), pasó a manos de los hijos del primogénito, es decir, de Batú Kan y Orda, nietos de Gengis Kan.
En el otoño de 1236, Batú Kan (r. 1227-1255) decidió volver a invadir Occidente. El cabecilla mongol en persona se puso al mando de un ejército que invadió Rusia desde el mar Caspio y fue tomando una a una todas las sedes de los principados rusos: Riazán, Kolomna, Moscú, Súzdal y Vladímir. Tan solo Nóvgorod se salvó de la violencia de un asedio a cambio de jurar vasallaje y pagar parias. Entre marzo de 1239 y finales de 1240, otras capitales rusas, como Pereiaslav, Chernígov y Kiev, y la región de Galitzia cayeron también en manos mongolas en el contexto de una campaña cuyos objetivos finales fueron Polonia y Hungría. Si los rusos sucumbieron tan fácilmente a un ejército invasor muy alejado de sus bases, se debió, sin lugar a dudas, a la desunión de los principados de la antigua Rus de Kiev y a las disputas internas que dividían a muchos de estos estados y los mantenían en continuo enfrentamiento.
Los mongoles controlaron de manera directa las regiones sudorientales de Rusia y Ucrania, el Cáucaso (Armenia, Georgia y Azerbaiyán) y toda la costa septentrional del mar Negro. El resto de principados del norte y del centro de Rusia (como fue el caso de Rostov, Nóvgorod, Kiev, Vladímir, Súzdal o Moscú) mantuvieron una más que teórica independencia a cambio del pago de tributos al kanato de la Horda de Oro. El kan se relacionaba con ellos a través de un gran príncipe, a quien nombraba como su representante ante el resto de principados. Los rusos guardaron mal recuerdo de la dominación mongola, aunque cabe reconocer que fueron menos bárbaros y destructores de lo que las fuentes rusas se esforzaron por subrayar. Pues, por ejemplo, interesados en mejorar el sistema de cobro de los impuestos y de reclutamiento de levas para el ejército, hay que atribuir a los mongoles el mérito de haber llevado a cabo el primer censo de población de la historia rusa.
En 1246 el gran príncipe elegido como interlocutor ante el kan de la Horda de Oro fue Alejandro Nevski, quien ya era príncipe de Nóvgorod y de Kiev desde 1236. Tenía unos veinticinco años y se había hecho famoso por sus victorias contra los suecos (1240), como la del río Nevá (de ahí el sobrenombre de «Nevski»), y contra los caballeros teutónicos (1242) en el lago Peipus, cuando estos intentaban expandirse hacia el territorio ruso con el objetivo de ampliar el yugo católico. Por este motivo, Alejandro acabó siendo canonizado por la Iglesia rusa en 1547, que vio en él un baluarte de la ortodoxia eslava. De ahí, también, que en los relatos que se consagraron a estas victorias ocuparan un lugar preeminente las oraciones, las apariciones de los santos Boris y Gleb y todo un variado repertorio de intervenciones divinas.

Alejandro Nevski es un santo del calendario ruso, canonizado en 1547. Se le rememora en dos ocasiones a lo largo del año: el 30 de agosto (llegada de sus reliquias a San Petersburgo) y el 23 de noviembre (el día de su entierro, su fiesta oficial).
Poco más se sabe de su reinado, pues el precio que tuvo que pagar para contener la expansión de los occidentales fue la alianza con los mongoles, quienes le ayudaron en sus campañas a cambio de su total sumisión. Por ello, las fuentes de épocas posteriores prefirieron guardar silencio sobre otros aspectos de su reinado, más comprometidos por su acercamiento a la Horda de Oro.
Con todo, cabe reconocer que también la Iglesia ortodoxa de aquellos tiempos transigió en esta política de colaboración con los mongoles. Estos se mostraban muy tolerantes en materia de religión y no solo eran partidarios de la libertad de culto sino que, además, habían eximido a las iglesias rusas y a sus clérigos del pago de impuestos. Por otro lado, aunque los kanes de la Horda de Oro eran musulmanes, habían consentido en la creación de una sede episcopal en su capital, Sarai. Los suecos y los teutónicos, en cambio, representaban los intereses del papado romano, cuyo líder en aquellos momentos, Inocencio IV (p. 1243-1254), ambicionaba someter a su dictado a la cristiandad oriental e, incluso, se carteaba con los líderes mongoles en un vano intento por lograr su conversión al cristianismo.
«Quien con una espada venga a nosotros, por la espada morirá»
Tras conseguir sus victorias sobre suecos y teutónicos, Alejandro Nevski pronunció una frase que, parafraseando un versículo del Evangelio según San Mateo (26:52), decía: «Quien con una espada venga a nosotros, por la espada morirá». Esta cita se ha convertido en el lema de los patriotas rusos y, fuera de Rusia, se ha popularizado gracias a la película Alexander Nevsky (1938), de S. M. Eisenstein y D. Vasilyev. En ella, el actor que encarna al príncipe ruso exclama: «¡Dile a todos en las tierras extranjeras que Rusia vive! Aquellos que vengan a nosotros en paz serán bienvenidos como invitados. Pero quienes vengan a nosotros con una espada en la mano, ¡morirán por la espada! ¡Es así como Rusia se mantiene en pie y se mantendrá en pie por siempre!».
Con todo, a pesar del entendimiento de los próceres laicos y religiosos rusos con los mongoles, el pueblo se mostraba más reacio a colaborar con los invasores, quienes, a menudo, lo convertían en víctima de sus abusos. Fueron los campesinos quienes mantuvieron viva la idea de una identidad y una conciencia nacional rusas, sobre todo gracias a la colaboración de los monasterios, que se destacaron como impulsores de un movimiento de recuperación de la independencia nacional que exigía la expulsión de los invasores mongoles.
Tras la muerte de Alejandro Nevski, los principados rusos entraron en un nuevo período de decadencia. Durante un tiempo, la autoridad de referencia en Rusia fue el gran príncipe de Vladímir-Súzdal. Sin embargo, su autoridad sobre el resto de estados de la Rus era nominal y solo reconocida, aunque no siempre, por los territorios septentrionales.
Entre 1238 y 1328, catorce príncipes se sentaron en el trono de aquella ciudad, un indicio de la inestabilidad política en el seno del principado. Además, la mayoría de ellos fallecieron de muerte no natural, como consecuencia de las intrigas de sus propios parientes. Por todo ello, en el siglo xiv, la hegemonía de Vladímir-Súzdal se hallaba en crisis y el nuevo contexto político había permitido el ascenso del principado de Moscú. En 1325, cuando Iván I Kalita (r. 1325-1340) ascendió al trono moscovita, esta ciudad se había convertido ya en un centro político de referencia entre los principados rusos del norte.
Como hemos visto, a nivel político, la Rusia medieval era un mosaico de principados, algunos de los cuales estaban sometidos directamente a los mongoles y otros mantenían su autonomía a cambio de un tributo. Todos estos príncipes estaban en pugna entre sí, pues aspiraban a convertirse en el Estado hegemónico que se impusiera sobre los demás. En paralelo, la sumisión a los mongoles iba incentivando el nacimiento de un fuerte sentimiento nacionalista, cimentado en la identidad eslava. En este contexto, Moscú se hizo con el liderazgo e inició la forja del Imperio.
El sueño imperial y la creación del zarato
~ 1325-1613 ~
La primera mención de Moscú data de 1147, cuando Yuri Dolgoruki, gran príncipe de Vladímir-Súzdal, invitó a su pariente, el príncipe de Nóvgorod, a un banquete en dicha ciudad. Poco después, en 1156, este mismo príncipe mandó fortificar el lugar y construyó allí su primera fortaleza (kremlin), tras valorar que Moscú se hallaba estratégicamente enclavada en una red fluvial que la conecta con el Volga y el mar Caspio. En 1237 y de nuevo en 1293, la ciudad fue objeto del saqueo y el ataque de los mongoles. Sin embargo, tras esos trágicos acontecimientos Moscú siguió creciendo y, gracias a su prosperidad comercial, se convirtió en una de las principales metrópolis rusas.
El principal de los soberanos moscovitas del período fue Iván I Kalita. Nieto de Alejandro Nevski, fue el primero en llamarse a sí mismo «príncipe de Moscú y de toda Rusia» (1328), aunque con el consentimiento de los mongoles de la Horda de Oro, cuyo kan le concedió el título de gran duque. Fue también en esa época cuando la sede metropolitana rusa, que estaba en Vladímir, fue trasladada a Moscú. Poco antes de morir, el metropolitano profetizó el liderazgo de esta nueva sede sobre todos los pueblos rusos exclamando: «Dios te bendecirá y te colocará más alto que todos los príncipes; y extenderá la gloria de esta ciudad más que la de ninguna otra. Tu descendencia conservará este lugar por los siglos de los siglos y la mano del Altísimo se abatirá sobre vuestros enemigos».
El kanato de la Horda de Oro
El kanato de la Horda de Oro (1237-1502) fue la herencia que recogió Batú Kan, a la muerte de su abuelo Gengis Kan, quien le legó el sector noroeste de su Imperio. Tenía su capital en Sarai, en el curso inferior del Volga, y todos los principados rusos acataron su vasallaje, como mínimo, hasta la batalla de Kulikovo (1380). Llegó a su apogeo en tiempos de Uzbeg (r. 1312-1341), kan que se convirtió al islam y cuyos dominios se extendían desde Siberia hasta el Danubio y, por el sur, hasta Persia, el Cáucaso y el mar Negro. Tras la campaña de Tamerlán (1395), la Horda de Oro inició su declive político y se fragmentó en un mosaico de kanatos como los de Crimea (1430), Kazán (1436) y Astracán (1466), algunos de los cuales acabaron bajo soberanía turca.

Territorio ocupado por la Horda de Oro en el siglo xiv.
El gran ducado de Moscú y la victoria de Kulikovo
Entre los motivos que se han aducido para explicar el ascenso de Moscú cabría destacar dos especialmente. En primer lugar, su ubicación geográfica: una encrucijada de caminos y vías fluviales rodeada de bosques y relativamente apartada de las vías utilizadas por los mongoles para llevar a cabo sus incursiones. En segundo lugar, la decisión de Iván I Kalita de imponer el derecho de primogenitura en contra de la costumbre de repartir los estados entre todos los hijos varones del príncipe.
En tiempos de los sucesores de este príncipe, la hegemonía moscovita sobre el resto de principados continuó vigente, aunque siempre era discutida por alguno de sus homólogos. Por ejemplo, el soberano de Tver llegó a poner sitio a Moscú (1368), pero tras el fracaso de esta tentativa y después de sufrir unos cuantos reveses militares acabó reconociendo la soberanía del gran duque de Moscovia (1375).
Por otra parte, los sucesores de Iván I Kalita también se mostraron cada vez más reacios a la colaboración con los mongoles, dedicando sus esfuerzos bélicos a trabajar para conseguir la independencia. De entre todos, el más activo fue el gran duque Dimitri (r. 1359-1389), quien consiguió una aplastante victoria sobre los mongoles en Kulikovo (1380), a orillas del Don (de ahí su sobrenombre de «Donskói», «vencedor en el Don»). Este éxito había sido precedido por toda una serie de episodios bélicos en los que unas veces habían vencido los rusos y otras, los mongoles. Independientemente de los resultados, estas batallas habían permitido a los rusos adquirir un mayor conocimiento de las tácticas militares de los mongoles, aspecto que les resultó de gran utilidad en el campo de Kulikovo.
La contienda tuvo lugar el 8 de septiembre de 1380, en la confluencia del Don y el Nepriavda. Dimitri acudió con el apoyo de los principados de Tver, Súzdal, Nizhni Nóvgorod, Smolensk, Rostov, Yaroslavl, Múrom, Pólotsk y Belozersk. Sus enemigos constituían una coalición liderada por el general mongol Mamái, cuya fama de brutalidad era tal que en Rusia aún se usa la expresión «como si hubiera pasado Mamái» para describir un gran estrago. El ejército de la Horda de Oro se completó con destacamentos enviados por el gran duque de Lituania, con los contingentes de las colonias genovesas del mar Negro y con los efectivos militares de algunos principados rusos que preferían el yugo de los mongoles al de Moscú, como fue el caso de Riazán. La batalla empezó con el combate singular entre los campeones de cada ejército, siendo el representante ruso quien obtuvo la victoria, aunque quedó muy malherido. Ya en plena batalla, con el fin de distraer la atención del enemigo, Dimitri se disfrazó de soldado, y fue sustituido por un noble que sacrificó su vida ocupando su lugar. Mamái utilizó su caballería para hacer retroceder a los infantes rusos más de un kilómetro. Ahora bien, como los mongoles luchaban de cara al sol, cuando este empezó a caer sus soldados vieron limitada su capacidad visual. Fue entonces cuando Dimitri hizo salir a la caballería de reserva que tenía escondida en los bosques circundantes y aplastó al ejército de sus enemigos.
Aunque los mongoles se vengaron de la derrota saqueando Moscú dos años más tarde, la victoria de Kulikovo se considera el inicio de la decadencia de la hegemonía de los mongoles en Rusia. A partir de ese momento, los mongoles dejaron de ser vistos como unos aliados útiles frente al expansionismo católico occidental y pasaron a ser considerados como enemigos que intentaban evitar el surgimiento y el desarrollo de Rusia como país. Así pues, Kulikovo consolidó el movimiento independentista que pretendía reunir las tres Rusias surgidas al amparo de la dominación mongola: la Gran Rusia (al norte, en los Urales, con capital en Nóvgorod), la Pequeña Rusia (Kiev, pronto denominada Ukrajina, es decir, «tierra de frontera») y la Rusia Blanca (o Bielorrusia, es decir, las tierras al oeste, en torno al río Prípiat y el Dviná occidental). Los príncipes de Moscú aspiraban a unificar estas tres Rusias y someterlas a su jurisdicción.
Tras el fallecimiento de Dimitri (1389), las iniciativas expansionistas de Moscú entraron en una fase de retroceso por la ineficiencia de sus gobernantes e, incluso, en 1391, este principado se convirtió en el objetivo de una expedición del líder uzbeco Tamerlán, emir de Samarcanda (r. 1370-1405). Tamerlán fue un belicoso general de origen turco-mongol que se consideraba a sí mismo como el heredero de Gengis Kan. Sus treinta y cinco años de reinado estuvieron dedicados a campañas militares en Asia Central y, especialmente, en Oriente Próximo, donde conquistó todo el territorio de Irán y parte del de Irak. Con ello, este emir entró en conflicto con el kan de la Horda de Oro, Tokhtamish (1380-1395).
Con esta enemistad como telón de fondo, Tamerlán decidió invadir Moscovia (1391) con 100 000 soldados. Tras saquear e incendiar Riazán, se dirigió hacia Moscú. Cuentan las leyendas rusas que los moscovitas rezaron a su icono más antiguo y milagroso, el de Nuestra Señora de Kazán, y que, en consecuencia, la Virgen se apareció ante el general invasor al frente de un ejército celestial y le ordenó regresar a sus dominios, cosa que aquel hizo. En realidad, su retirada se debió a un motivo muy distinto: Tamerlán no pretendía conquistar esas tierras, sino saquearlas, y debió de comprender que el esfuerzo no valía la pena y que, además, se estaba alejando demasiado de su corte, siempre propensa a las conjuras y usurpaciones. En 1395, Tokh-tamish fue derrotado de manera aplastante en la batalla del río Terek y perdió su trono. A partir de esa fecha, la Horda de Oro entró en un período de decadencia y se fragmentó en un mosaico de kanatos.
Un poco más tarde, en 1410, polacos y lituanos, ahora aliados de los rusos, derrotaron a los caballeros teutónicos en la batalla de Tannenberg (también conocida como Grunwald), con lo que el peligro del avance de los germánicos hacia Rusia quedó conjurado para siempre. Sin embargo, en ese frente, la amenaza de los alemanes tan solo fue sustituida por la de polacos y lituanos, dos naciones que, en el año 1413, unieron sus coronas.
En el ámbito religioso, fue también en este período cuando en Rusia se adoptó el eslavo eclesiástico como lengua de la Iglesia ortodoxa, asimismo escrito con el alfabeto cirílico; todavía hoy es la lengua usada en las ceremonias culturales, mientras que la población emplea el ruso moderno, introducido en los siglos xvii y xviii. Por otra parte, la sede metropolitana de Moscú llevaba vacante desde 1431 y el patriarca de Constantinopla no había designado un sucesor. El asunto se resolvió en 1448, cuando un concilio de obispos rusos designó a Jonás, obispo de Riazán, como su sucesor en la sede moscovita. Con este proceder, la Iglesia rusa se convirtió en autocéfala e independiente de Bizancio.
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