Kitabı oku: «Introducción a la historia económica mundial (2ª ed.)»

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INTRODUCCIÓN

A LA HISTORIA ECONÓMICA

MUNDIAL

Educació. Materials 102

Gaspar Feliu Carles Sudrià

INTRODUCCIÓN

A LA HISTORIA ECONÓMICA

MUNDIAL

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Colección: Educació. Materials

Director de la colección: Guillermo Quintás Alonso


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© Los autores, 2013

© De la traducción: Vicent Climent-Ferrando, 2013

© De esta edición: Universitat de València, 2013

1.a edición: septiembre 2007 1.a edición, 1.a reimpresión: septiembre 2009 2. a edición, actualizada: octubre 2013

Coordinación editorial: Maite Simón

Maquetación: Inmaculada Mesa

Corrección: Communico C.B.

Cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-9318-5

Edición digital

Índice

PRESENTACIÓN

Capítulo 1. Las relaciones producción-población antes de la Revolución Industrial

1. Características principales de las economías preindustriales

1.1 La escasez, consecuencia del aumento de la población y de la baja productividad

1.2 La desigualdad, causada por el predominio de unos hombres sobre los otros

2. La evolución de la población en las sociedades agrarias

2.1 El modelo demográfico antiguo

2.1.1 El techo maltusiano

2.2 Las grandes etapas de la evolución de la población preindustrial europea

3. Características de la agricultura tradicional

3.1 Trabajo y producción

3.2 La organización de la producción

3.3 La distribución del producto

3.3.1 Las sociedades feudales.

3.3.2 El proceso de diferenciación del campesinado

3.4 Las formas de propiedad y tenencia de la tierra

4. El crecimiento agrario

4.1 La revolución agrícola

4.1.1 El antecedente de los Países Bajos.

4.4.2 La revolución agrícola en Gran Bretaña

Bibliografía

Capítulo 2. La economía urbana preindustrial

1. Ciudad y campo

2. El comercio a larga distancia

2.1 El dominio del comercio mediterráneo

2.2 La organización del comercio a escala mundial

2.2.1 El siglo del predominio ibérico.

2.2.2 El paso de la primacía europea a los países del noroeste

2.3 Instituciones, instrumentos y técnicas mercantiles

2.3.1 La moneda.

2.3.2 Mercados y ferias.

2.3.3 Crédito y banca.

2.3.4 Formas de asociación y seguros

3. Recuperación y crecimiento de la producción artesana

3.1 La industria textil

3.2 La extracción y transformación de los metales

3.3 Las mejoras en el aprovechamiento energético

3.4 La construcción

3.5 La organización de la producción

4. La transición del feudalismo al capitalismo

4.1 Ascenso de la burguesía y abolición del feudalismo

4.1.1 El mercantilismo

4.2 La nueva mentalidad racionalista y el liberalismo económico

5. El papel de Europa en el mundo en la etapa preindustrial

Bibliografía

Capítulo 3. La Revolución Industrial

1. ¿Qué entendemos por Revolución Industrial?

2. Los condicionantes de la Revolución Industrial

3. Innovaciones técnicas y transformaciones económicas

3.1 Los tejidos de algodón

3.2 La siderurgia

3.3 La máquina de vapor

3.4 La minería y la industria química

3.5 El sistema fabril

4. Un crecimiento moderado y desigual

5. Trabajo, capital y empresarios en la Revolución Industrial

5.1 El factor trabajo

5.2 El factor capital

5.3 El papel del empresariado

6. Las consecuencias sociales de la Revolución Industrial: el debate sobre los niveles de vida

Bibliografía

Capítulo 4. El crecimiento económico moderno

1. La aceleración del crecimiento

1.1 Planteamiento general

1.2 Los factores del crecimiento

1.3 El nuevo estado liberal: igualdad ante la ley y sistema político representativo

1.4 La pugna por la distribución de la renta

2. El ciclo demográfico moderno

2.1 La transición demográfica

2.1.1 El descenso de la mortalidad.

2.1.2 El descenso de la natalidad y la desaceleración del crecimiento de la población

2.2 Factor trabajo e industrialización

3. Las transformaciones en la agricultura

3.1 La modernización de las estructuras de propiedad agraria

3.2 Las mejoras en la producción agraria

3.2.1 Mejoras endógenas.

3.2.2 La incidencia de la Revolución Industrial en la agricultura

3.3 El aumento de la producción, los rendimientos y la productividad

Bibliografía

Capítulo 5. El proceso de industrialización

1. La difusión del proceso de industrialización: más fábricas, nuevos sectores, más países

2. El factory system

3. Las nuevas formas de organización empresarial

4. La revolución del transporte

4.1 El ferrocarril

4.2 La navegación a vapor

5. Hierro y acero

6. La energía

7. La financiación

7.1 La bolsa y la banca

8. El estado como agente económico: finanzas públicas, moneda y política comercial

9. Los círculos de difusión de la Revolución Industrial

9.1 El primer círculo: Europa noroccidental y América del Norte

9.2 El segundo círculo de difusión de la Revolución Industrial

Bibliografía

Capítulo 6. El surgimiento de la economía internacional

1. La integración de los mercados de productos y de factores de producción

1.1 El crecimiento del comercio

1.2 Características del comercio internacional

2. Evolución del comercio y políticas comerciales

2.1 Crecimiento comercial y avance del librecambismo

2.2 La depresión del último cuarto del siglo y el inicio del nacionalismo económico

3. Los movimientos internacionales de factores de producción

3.1 La gran emigración europea

3.1.1 Volumen, origen y destino de la emigración

3.1.2 Causas y consecuencias de la emigración

3.2 Los movimientos internacionales de capitales

4. Las economías sometidas

4.1 Las colonias antiguas

4.1.1 Las Nuevas Europas

4.1.2 La India, colonia paradigmática

4.2 Las economías dominadas

4.3 El reparto colonial del mundo

Bibliografía

Capítulo 7. El sistema internacional de pagos: el patrón oro

1. Moneda y medios de pago

2. Sistemas y patrones monetarios

2.1 El patrón oro

3. La construcción de un sistema internacional de pagos

3.1 La letra de cambio

3.2 Sistemas de pagos bilaterales y multilaterales

3.3 La teoría del patrón oro

Bibliografía

Capítulo 8. La economía mundial en el siglo xx: la época de la Segunda Revolución Tecnológica

1. La Segunda Revolución Tecnológica

1.1 Nuevos materiales y nuevas fuentes y formas de energía

1.2 La organización científica del trabajo y los cambios en la organización empresarial

1.3 Los cambios en la agricultura

2. La culminación de la revolución demográfica

2.1 La población en los países ricos

2.2 Los problemas demográficos de los países pobres

3. Un crecimiento económico sincopado y mal repartido

3.1 Las magnitudes del crecimiento económico

3.2 Una época conflictiva

3.3 Las coyunturas políticas y económicas

Bibliografía

Capítulo 9. La Primera Guerra Mundial y la expansión de los años veinte

1. El conflicto y sus consecuencias

1.1 Las causas y los costes humanos y sociales

1.2 El Tratado de Versalles y las reparaciones de guerra

2. La difícil reconstrucción monetaria

2.1 El espejismo del regreso al patrón oro

2.2 La hiperinflación alemana

2.3 Las opciones británica y francesa: ortodoxia o devaluación

3. El crecimiento económico de los años veinte

3.1 Difusión de las nuevas tecnologías y aumento de laproductividad

3.2 La reestructuración del comercio internacional

3.3 Caída de los precios agrarios y endeudamiento. La fragilidad del equilibrio económico internacional

4. La Revolución rusa y la formación de la URSS

4.1 Revolución y guerra civil

4.2 El nuevo régimen y el comunismo de guerra

4.3 La NEP

Bibliografía

Capítulo 10. La crisis de los años treinta (I): EE. UU

1. Las raíces de la crisis en EE. UU

1.1 Los problemas agrícolas y la distribución de la renta

1.2 La especulación bursátil y el desplome de 1929

2. Del crac de la bolsa a la depresión

2.1 Crisis financiera y contracción monetaria

2.2 Descenso de la producción y del empleo

2.3 El debate sobre la política económica

3. El New Deal

3.1 La política monetaria y financiera

3.2 Política presupuestaria y programas de empleo

3.3 La política agraria

3.4 El fracaso de la intervención en el sector industrial

3.5 Las mejoras sociales y las críticas al New Deal

Bibliografía

Capítulo 11. La crisis de los años treinta (II): Europa, América Latina y Asia

1. La difusión de la depresión fuera de Estados Unidos

1.1 La retracción del comercio internacional

1.2 El colapso del mercado internacional de capitales

2. Las distintas estrategias de los países industrializados

2.1 Francia y el bloque del oro

2.2 Gran Bretaña

2.3 Alemania: recuperación económica bajo el nazismo

2.4 Japón: expansionismo monetario y militar

3. La crisis en los países no industrializados

3.1 La situación en Latinoamérica

3.2 Los países asiáticos

4. La URSS: colectivización agraria e industrialización forzada

4.1 La colectivización agraria

4.2 La apuesta por una industrialización rápida

Bibliografía

Capítulo 12. La Segunda Guerra Mundial y la construcción de un nuevo orden internacional

1. La Segunda Guerra Mundial

1.1 El conflicto y sus causas

1.2 Una destrucción humana y material sin precedentes

1.3 División de Europa y hegemonía de EE. UU. y la URSS. La Guerra Fría

2. El nuevo orden económico internacional: Bretton Woods y el GATT

2.1 El nuevo sistema monetario y financiero: el FMI y el Banco Mundial

2.2 La reducción de las barreras comerciales y el GATT

3. La reconstrucción: Europa y Japón

3.1 El Plan Marshall y los inicios de la integración económica europea

3.2 Ocupación y reestructuración de la economía japonesa

4. El papel del estado y la nueva política keynesiana

4.1 El estado del bienestar: cobertura social y redistribución de la renta

4.2 Políticas contracíclicas y economía mixta

Bibliografía

Capítulo 13. La época dorada del capitalismo, 1950-1973

1. Un crecimiento fuerte, global y diferenciado

2. Las bases del crecimiento general

2.1 El impulso de la oferta

2.2 El tirón de la demanda

3. La reintegración de la economía internacional

3.1 La intensificación del comercio exterior

3.2 La contención de los problemas monetarios

4. Crecimiento económico bajo liderazgo estadounidense

4.1 EE. UU.: hegemonía económica en un mundo dividido

4.2 Europa occidental: convergencia e integración

4.3 El «milagro» japonés

4.4 Los países periféricos de economía mixta: desarrollo y atraso.

Bibliografía

Capítulo 14. Expansión y crisis de las economías de planificación centralizada

1. Consolidación y difusión del sistema comunista durante la expansión económica de la posguerra

1.1 La URSS, segunda potencia mundial: los réditos de la victoria militar

1.2 Los problemas de la planificación integral y las dificultades de su reforma

1.3 El crecimiento económico soviético bajo el modelo estalinista.

1.4 La expansión económica de las nuevas «democracias populares»

1.5 Socialismo y nacionalismos. El fracaso del COMECON

2. El comunismo fuera de Europa

2.1 La China de Mao: crecimiento y revoluciones

2.2 Otras experiencias comunistas

Bibliografía

Capítulo 15. Crisis del petróleo, regreso a la ortodoxia liberal y globalización

1. Agotamiento del modelo de crecimiento de la época dorada y choque petrolero

2. Los efectos de la crisis: estancamiento con inflación. Las nuevas bases de la política económica

3. Integración económica y globalización

4. La difícil búsqueda de la estabilidad monetaria internacional

5. Un crecimiento inestable y desigual

Bibliografía

Capítulo 16. Las economías avanzadas desde 1973: ajustes e inestabilidad

1. EE. UU., Europa occidental y Japón: desaceleración y cambios estructurales

1.1 EE. UU.: el país líder pierde dinamismo tecnológico

1.2 Integración europea en tiempo de crisis

1.3 El largo estancamiento de la economía japonesa

2. Del comunismo al capitalismo en la Europa oriental

2.1 Decadencia y colapso de la URSS

2.2 Continuismo, reformas y fracasos en las «democracias populares»

2.3 El difícil regreso a la economía de mercado

2.3.1 Rusia: capitalismo salvaje y nuevo viejo orden político.

2.3.2 Los países del Este: el esfuerzo por la integración en la Unión Europea

Bibliografía

Capítulo 17. Los países en desarrollo desde 1973: éxitos y fracasos

1. Un nuevo mundo: la gran expansión asiática

1.1 Los precedentes. Los Cuatro Tigres: una nueva vía de desarrollo

1.2 La verdadera revolución china: de la muerte de Mao al capitalismo comunista

1.3 Los vecinos también crecen, pero a distintos ritmos

2. El otro lado del espejo: regiones atrasadas

2.1 El Próximo Oriente: guerra y petróleo

2.2 La difícil reanudación del crecimiento en el África

2.3 Reformas liberales, crisis financieras y crecimiento desigual en América Latina

Bibliografía

Capítulo 18. Epílogo. La crisis actual: el estallido de los desequilibrios

1. Desequilibrios internacionales y crisis financiera

2. De la crisis financiera a la depresión económica

3. ¿Una crisis del capitalismo maduro?

Bibliografía

Presentación

Esta Introducción a la historia económica mundial ha sido preparada con la intención de servir de guía a profesores y alumnos de los primeros cursos de los grados de Economía y de Administración y Dirección de Empresas. La intención del libro no es presentar una síntesis de lo que hoy sabemos sobre la historia económica del mundo contemporáneo –tarea, por otra parte, imposible– ni la de ofrecer la opinión de los autores sobre algunos episodios de esta historia. Más bien al contrario, de lo que se trata es de presentar una visión general de la evolución económica del mundo contemporáneo y ponerla al alcance de alumnos que están en la fase inicial de su formación y que, por lo tanto, todavía no disponen más que de forma parcial de los instrumentos analíticos propios del economista. La pretensión es hacerlo de tal manera que resulte de ayuda para la formación del alumno como profesional de la economía y de la empresa.

Esta voluntad determina la forma y la propia estructura del libro. Entendemos que la función de la historia económica en los estudios de economía y de empresa es doble. Por un lado, el conocimiento y la reflexión sobre la evolución económica en épocas pasadas deben introducir al estudiante en los temas y el razonamiento lógico que son propios del economista (el funcionamiento de los mercados, el comportamiento de los consumidores y de las empresas, los mecanismos de distribución y de acumulación, la dinámica del crecimiento económico, etc.), y ello sin olvidar los factores institucionales que condicionan la acción económica. Al referirse a hechos económicos que ya han sucedido y que son conocidos, la historia económica permite introducir al alumno en situaciones en las que todos estos factores actúan de forma simultánea y se condicionan unos a otros. En cierto modo, la historia económica viene a complementar, desde el estudio de una realidad conocida, las aproximaciones mediante modelos teóricos propios del análisis económico o empresarial.

La segunda finalidad de los estudios de historia económica debe ser la de proveer al alumno de conocimientos sobre la evolución económica en épocas pasadas que le faciliten la comprensión del mundo actual. No cabe duda de que el mundo en el que vivimos y en el que el economista y el empresario deben actuar es el resultado de una evolución más que secular, sin cuya comprensión nos faltarán elementos para una interpretación de los acontecimientos actuales. En un mundo cada vez más globalizado, el conocimiento –aunque sea superficial– de la historia económica reciente de los diferentes continentes y de sus raíces más profundas debe formar parte del bagaje propio del economista profesional.

Por todas estas razones, se ha elegido una doble opción: por un lado, el uso de un lenguaje expresamente sencillo, dejando de lado tecnicismos que quizás el alumno aún no domine; por otro, la adopción de una perspectiva de la evolución económica mundial lo más amplia posible, dentro de los límites impuestos por el número de créditos concedidos habitualmente a esta asignatura. Estas características de la obra ofrecen al profesor la libertad, si lo considera oportuno, de profundizar en el análisis de determinados temas utilizando instrumentos analíticos más precisos o una información más detallada, sin sacrificar por ello el acceso por parte del alumno a un conocimiento básico general.

Instituciones, cambio tecnológico y crecimiento económico

La finalidad más propia de la historia económica es el estudio del crecimiento económico a largo plazo. Desde esta perspectiva, el análisis de los factores que facilitan o dificultan el crecimiento tiene que estar en el centro de cualquier aproximación a la historia económica en general y, más aún, a la historia económica mundial. Dos de estos factores son decisivos cuando examinamos tanto la experiencia histórica como los estudios teóricos: las instituciones y el cambio tecnológico. Por instituciones entendemos el conjunto de condicionantes jurídicos y sociales que afectan a las actividades económicas. De manera preferente incluyen las medidas legales que regulan la propiedad y su uso, al igual que las que configuran en cada momento la política económica de las autoridades, pero también los valores sociales vigentes en una sociedad y un periodo determinado o la forma específica en la que se organizan las empresas. El papel del entramado institucional en el fomento del crecimiento económico o, por el contrario, en su obstaculización, es un elemento que debe tenerse muy en cuenta para valorar la evolución de cada sociedad en cada fase de su desarrollo.

El cambio tecnológico es el elemento fundamental que ha permitido al hombre, a lo largo de la historia, mejorar el acceso a bienes y servicios. Mediante la aplicación de innovaciones técnicas logramos obtener más bienes o más servicios con un esfuerzo menor. Desde la invención del fuego hasta la informatización, el cambio técnico siempre ha significado la posibilidad de acceder al consumo de más productos o al uso de más servicios dedicando menos horas de trabajo, y en consecuencia ha permitido vivir cada vez mejor, aunque el reparto de la renta sea desigual. Por ello, el presente texto presta especial atención al estudio de las grandes innovaciones tecnológicas, a sus orígenes y a sus consecuencias. Por la misma razón, la estructura del libro refleja la pauta marcada por las grandes oleadas de cambio tecnológico.

Además de los cambios institucionales y de la innovación técnica, dos factores más están siempre presentes en el análisis del crecimiento económico a largo plazo: la evolución demográfica y la disponibilidad de recursos naturales. El aumento de la población ha sido en todas las épocas un factor decisivo en la dinámica económica de las sociedades. Las pautas del crecimiento demográfico y de los movimientos migratorios se constituyen, así, en elementos que hay que considerar en el estudio de la evolución económica. A menudo se ha dicho que el factor demográfico es más importante para las sociedades de base agrícola. Sin embargo, como vemos hoy en día, estas cuestiones son también de gran relevancia en las sociedades industriales. Pensemos si no en los problemas que genera la financiación de las pensiones y de la sanidad o en los derivados de los movimientos migratorios, tanto legales como ilegales.

Finalmente, no debe olvidarse que la lucha del hombre por su bienestar se ha llevado a cabo intentando aprovechar los recursos que ofrece la naturaleza, ya sean orgánicos (flora y fauna) o minerales. El hombre ha alterado los procesos de reproducción y crecimiento de las especies para sacarles más provecho, pero esta manipulación ha tenido en cada momento sus límites técnicos y naturales. La disponibilidad de minerales, por otro lado, es fija y no depende de la voluntad del hombre. Aunque la humanidad haya logrado grandes éxitos sustituyendo el uso de materiales escasos por otros más abundantes, el hecho es que en cada momento histórico las limitaciones al acceso a las materias primas han influido de manera determinante en la capacidad de las sociedades para conseguir mejores niveles de consumo.

Este libro pretende no perder de vista en ningún momento la existencia de este conjunto de factores que acaban determinando la capacidad de crecimiento económico y sus interrelaciones. Por ello, cuestiones como la evolución demográfica, el marco institucional o el cambio técnico son estudiadas de manera genérica en varios capítulos, sin dejar de ofrecer un tratamiento más específico en los apartados dedicados a determinados países o continentes.

Organización del libro

Siguiendo los principios enunciados, el libro se organiza en tres partes de dimensiones desiguales. Se trata, así, de dar prioridad al estudio del periodo más reciente, de más interés para los estudiantes de economía y empresa.

La primera parte (capítulos 1 y 2) está dedicada al estudio de las economías feudales, es decir, de la organización económica europea previa a la Revolución Industrial. El conocimiento de la economía preindustrial es indispensable para comprender los orígenes del capitalismo y para hacer comprender al alumno la lógica de sistemas económicos en los que el mercado y la propiedad individual no eran el eje institucional dominante de la organización económica.

La segunda parte (capítulos 3 a 7) está dedicada a la Revolución Industrial y al proceso de industrialización. Se considera la Revolución Industrial como el núcleo central de la formación de un nuevo sistema económico basado en el capitalismo. La difusión de este nuevo sistema económico durante el siglo xix irá acompañada de una nueva articulación de las relaciones económicas internacionales bajo predominio europeo. Se estudiarán, en consecuencia, tanto las diversas formas que tomó el capitalismo en cada país como los efectos que tuvo su difusión en las relaciones económicas entre países y en las economías de aquellas zonas que no se industrializaron.

Finalmente, la tercera parte (capítulos 8 a 18) se centra en la evolución económica desde la Segunda Revolución Tecnológica, que tuvo lugar a finales del siglo xix, y se prolonga hasta hoy. Las innovaciones surgidas en aquel periodo han dominado el desarrollo industrial y económico hasta hace muy poco y aún están muy presentes en la actualidad. La estructura de esta tercera parte trata de enfatizar la importancia de las diversas coyunturas por las que ha pasado el mundo en los últimos cien años: el impacto de las dos guerras mundiales, la gran depresión capitalista de los años treinta, la época dorada posterior a la Segunda Guerra Mundial y la fase de crecimiento más lento que se inició a mediados de la década de 1970. También se presta atención al nacimiento, la expansión y la caída de los sistemas comunistas y a la contradictoria evolución de los países subdesarrollados. El libro se cierra con un epílogo dedicado a la crisis que afecta a EE. UU. y Europa, y de rebote al mundo entero, desde el 2007.

1. Las relaciones producción-población antes de la Revolución Industrial

La preocupación básica de cualquier grupo humano, al igual que la de los grupos animales, es asegurar su alimentación, base para la supervivencia. Durante la mayor parte de su historia, el hombre ha sido un depredador omnívoro que se ha alimentado de las plantas y animales de su entorno, primero utilizando solo su capacidad corporal y después con la ayuda de herramientas cada vez más complejas. La existencia del hombre se cifra como mínimo en medio millón de años, pero solo hace unos 10.000 que algunas comunidades humanas empezaron a compaginar la actividad depredadora con la producción de alimentos y la domesticación de animales, es decir, que el hombre ha sido productor solo durante las últimas veinte milésimas de su existencia. Esta revolución agraria de la prehistoria marca el inicio de un rápido progreso en la evolución de la humanidad.

Aquí no nos ocuparemos del hombre depredador, sino solo del productor; más en concreto, de los últimos mil años y pico de este y casi únicamente de Europa, aunque en el primer apartado haremos una introducción muy general al conjunto de las economías agrarias.

1. Características principales de las economías preindustriales

Todas las economías agrarias, desde su aparición en la prehistoria, tienen tres características comunes: están dominadas por la escasez y son profundamente desiguales, pero a la vez son capaces de generar crecimiento.

1.1 La escasez, consecuencia del aumento de la población y de la baja productividad

La escasez es el resultado del crecimiento de la población: a medida que la población se densifica, resulta cada vez más difícil obtener la alimentación suficiente. Mantener el crecimiento demográfico obliga al hombre a convertirse en productor esforzándose por mejorar la reproducción de determinados alimentos (plantas o animales) por medio del trabajo, factor abundante, que sustituye a la tierra, factor escaso. Durante mucho tiempo se había creído que la relación de causa-efecto iba de la tecnología a la población: el conocimiento de nuevas tecnologías (en este caso los medios para mejorar el ciclo vital de las plantas y los animales) implicaba su adopción y se iniciaba así un círculo virtuoso: mejora de la alimentación, más población, descubrimiento de nuevas técnicas, mejora de la alimentación... Actualmente predomina la idea de que la relación es inversa: la presión demográfica empuja al uso de técnicas conocidas, pero no suponen ventaja alguna mientras la depredación permita obtener una alimentación suficiente. Porque, de hecho, el hombre depredador consigue, con menos esfuerzo, más nutrientes, mejores y más diversificados: las escasas comunidades depredadoras aún existentes lo demuestran claramente (Cohen, 1987). El problema es que dichas comunidades necesitan un espacio vital muy amplio: los pigmeos, 8 km2 por persona; los aborígenes australianos, 30 km2; los esquimales, 200 km2. Se ha calculado que el mundo no podría alimentar a más de 15 millones de humanos depredadores.

La secuencia densificación de la población-intensificación del trabajo fue teorizada por Boserup (1967). Según esta autora, cuando el hambre empezó a hacer acto de presencia, el hombre se vio obligado a confiar su subsistencia en el trabajo, intensificándolo a medida que aumentaba la presión demográfica, en una secuencia que va desde la ganadería y los cultivos esporádicos, poco intensivos en trabajo (cavar un hoyo, enterrar la semilla y esperar la cosecha) pero que obligan a cambiar cada año o cada pocos años la zona sembrada, hasta la obtención de varias cosechas al año en los deltas asiáticos –eso sí, a cambio de la creación de sistemas de regadío y de un trabajo constante y muy duro.

A partir de la revolución agraria de la prehistoria o revolución neolítica, las innovaciones y el progreso vinieron durante siglos de las sociedades agrarias. Hasta mediados del siglo XIX como mínimo, la agricultura fue la actividad económica básica en todos los países y aún continúa siéndolo en muchas sociedades actuales.

Las prácticas agrarias y ganaderas permitían mantener a más población, pero no mantenerla mucho mejor: la fuerza de trabajo (humana o animal) y las técnicas disponibles eran poco eficientes, de forma que la productividad era escasa y cada grupo o familia topaba a menudo con dificultades para asegurar su alimentación a lo largo del año, sobre todo teniendo en cuenta la gran irregularidad de las cosechas.

1.2 La desigualdad, causada por el predominio de unos hombres sobre los otros

La escasez no era debida únicamente a la incapacidad para producir más. Las sociedades agrarias exigen el sedentarismo, que tiene una larga serie de efectos económicos o culturales: la mejora de los enseres, las herramientas y los sistemas de almacenaje, la división del trabajo (aparición de los primeros oficios especializados) y las sociedades estructuradas, que sin duda tenían muchas ventajas pero que comportaron la aparición de una clase dirigente que no solo vivía del trabajo de los demás sino que a menudo se apropiaba de una parte importante de la producción. Estas sociedades pueden dividirse en sociedades tributarias, esclavistas y feudales.

En las sociedades tributarias la mayoría de la población está obligada a pagar determinadas cantidades (en moneda o en bienes) a los dirigentes y a los templos. En las sociedades esclavistas la desigualdad llegaba a la posesión de unos hombres, los esclavos, por parte de otros, los amos, de forma que los esclavos y el producto de su trabajo pertenecían a sus propietarios, como cualquier animal de trabajo; los esclavos eran definidos como animales con voz.

Las sociedades esclavistas, típicas del mundo antiguo (Egipto, Grecia, Roma), no se pudieron mantener tras el hundimiento del Imperio romano. Aunque siguió habiendo esclavos, la producción pasó a depender de una nueva forma de organización social y de explotación de unos hombres por otros: las sociedades feudales, que serán las únicas sociedades agrarias que estudiaremos y que caracterizaremos después con más detalle. Ahora solo mencionaremos que en las sociedades feudales la desigualdad y la explotación se producen por el dominio que los señores ejercen a la vez sobre las tierras y los hombres, lo que genera la llamada renta feudal, muy diversa según los momentos, los lugares y las circunstancias, pero que a diferencia del esclavismo no priva a los hombres de la condición de personas.

Del tercer aspecto, la capacidad de crecimiento, hablaremos más adelante, en el apartado 4.

2. La evolución de la población en las sociedades agrarias
2.1 El modelo demográfico antiguo

Como cualquier otra especie animal, el hombre tiene unas pautas de comportamiento demográfico estables, de forma que toda la historia de la humanidad puede explicarse a través de dos modelos demográficos: el antiguo y el moderno, con una etapa de transición demográfica entre uno y otro.

El modelo demográfico antiguo corresponde al conjunto de las sociedades preindustriales. Sus características son: unos índices de natalidad altos, entre el 35 y el 40‰, y unos índices de mortalidad también elevados, alrededor del 30-35‰ (por lo tanto, no muy alejados de los índices de natalidad), así como una esperanza de vida al nacer baja: 25 años para un europeo a principios del siglo XVIII. La mortalidad era en gran parte mortalidad infantil: según Nadal (1992), de cada 1.000 nacidos, 250 no llegaban al año, 250 más no cumplían los 20 años, otros 250 morían antes de los 45 y solo 10 llegaban a sexagenarios.

La mortalidad era, además, muy irregular, con picos frecuentes de mortalidad extraordinaria debido a epidemias y, secundariamente, a hambrunas y guerras. De un año a otro, el número de muertos podía fácilmente duplicarse o triplicarse (picos de mortalidad). Como resultado de todo ello, la población crecía en dientes de sierra: el excedente de nacimientos sobre defunciones, acumulado durante un cierto tiempo, desaparecía de repente absorbido por un pico de mortalidad. La población crecía a corto plazo, pero se estancaba o crecía muy lentamente a largo plazo (Nadal, 1996). En momentos de epidemias fuertes y generalizadas podía experimentar un descenso importante, como pasó en Europa a consecuencia de la Peste Negra de 1348, que provocó la muerte de aproximadamente un tercio de la población. Sin embargo, en conjunto la tendencia general era el aumento de la población, si bien a tasas muy bajas. Aunque se trata de estimaciones solo aproximadas, entre el año 1 y el 1750 la población mundial se triplicó y la europea se multiplicó por más de 3,5 (cuadro 1.1).

La evolución de la población depende de la vitalidad natural, es decir, de la diferencia entre nacimientos y muertes, y del saldo migratorio, que puede ser positivo o negativo. Al ser poco utilizado en las sociedades preindustriales el control voluntario del embarazo, el número de nacimientos dependía de factores culturales (matrimonios más o menos jóvenes, aceptación de la soltería definitiva, infanticidio) y a veces también de factores económicos (tierras o puestos de trabajo disponibles). A su vez, el número de muertes dependía de factores aleatorios (contagios, guerras, desastres naturales) y también de factores económicos (capacidad de producción de alimentos y otros productos básicos, reparto de la renta).

CUADRO 1.1

Evolución de la población (millones de personas)


Fuente: Guía práctica..., p. 8, a partir de Biraben (1979).

2.1.1 El techo maltusiano

La limitación que la falta de alimentos suficientes conlleva para el crecimiento de la población fue vista muy claramente por un autor inglés del siglo XVIII, Thomas R. Malthus, en su Primer ensayo sobre la población (1798). Su idea básica es que la población de un área determinada está limitada por la cantidad de alimentos de los que puede disponer: este límite es el llamado techo maltusiano. Malthus añadía que cualquier población se acerca rápidamente a este techo porque mientras que la producción de alimentos crece en proporción aritmética, el número de bocas lo hace en proporción geométrica. Los impulsos sexuales mantienen a la población en el máximo nivel posible, lo cual la condena, en su mayor parte, a una alimentación escasa.

Este planteamiento pesimista ha sido objeto de dos críticas principales: a) la de aquellos que niegan el valor de la teoría por el hecho que las crisis demográficas se presentan mucho antes de alcanzar el teórico techo maltusiano, a causa del reparto tan desigual de la renta, y por lo tanto atribuyen las crisis demográficas a dicha desigualdad y no al crecimiento de la población, y b) la de aquellos que acusan a Malthus de poco observador por no haberse dado cuenta de que las revoluciones agrícola e industrial, de las que era contemporáneo, estaban produciendo un fuerte crecimiento de las subsistencias disponibles y, por lo tanto, harían desaparecer la limitación al crecimiento demográfico. Ambas observaciones son importantes y acertadas, pero ninguna de ellas afecta al fondo de la cuestión: tanto si el reparto de la renta es menos desigual como si aumenta la capacidad de producción de alimentos, el techo maltusiano se aleja, incluso se puede perder de vista temporalmente, pero continúa existiendo.

La tesis de Malthus tiene una segunda parte: las sociedades humanas tienden al techo maltusiano, pero no llegan a él porque, cuando se acercan, empiezan a funcionar una serie de controles o frenos que desaceleran el crecimiento de la población e incluso pueden implicar su disminución temporal en términos absolutos. Estos controles, explica Malthus, son de dos clases: controles o frenos compulsivos y controles o frenos preventivos (cuadro 1.2).

Los frenos compulsivos funcionan automáticamente: una alimentación insuficiente priva al cuerpo de defensas ante las enfermedades e incrementa la mortalidad, limitando así la población: durante un cierto tiempo, la mortalidad puede llegar a ser incluso superior a la natalidad, sobre todo si se produce una mortalidad catastrófica. En cambio, los frenos preventivos disminuyen y pueden llegar a detener el crecimiento de la población mediante la disminución del índice de natalidad. Los principales instrumentos de esta disminución son históricamente el retraso de la edad del matrimonio y el aumento de la soltería definitiva. Solo en tiempos relativamente recientes las prácticas contraceptivas han adquirido importancia. En cualquier caso, se trata de decisiones personales o familiares en las que tienen un peso decisivo la situación económica y las costumbres dominantes en cada sociedad.

CUADRO 1.2

Funcionamiento de los frenos compulsivos y preventivos


Fuente: elaboración propia a partir de Livi-Bacci (1990).

Aunque los frenos compulsivos y los frenos preventivos actúan conjuntamente y los frenos preventivos son el resultado de decisiones personales o familiares, el predominio de unos u otros viene determinado por creencias y costumbres. En las sociedades en las que la norma es el matrimonio universal y joven, predominan los frenos compulsivos. En cambio, los frenos preventivos son más potentes en aquellas sociedades en las que no se suele acceder al matrimonio si no se dispone de medios de vida adecuados; en la época preindustrial, esta situación era casi exclusiva de Europa occidental. Una forma trágica de freno preventivo, el infanticidio, en especial femenino, se utiliza sobre todo en sociedades del este asiático.

Puesto que los frenos preventivos empiezan a actuar antes que los frenos compulsivos, las sociedades que los utilizan quedan más lejos del techo maltusiano. Son sociedades de baja presión demográfica, por lo que no alcanzan los niveles de pobreza de las sociedades en las que la mortalidad (freno compulsivo) es la causa principal de la limitación de la población, que son sociedades consideradas de alta presión demográfica.

2.2 Las grandes etapas de la evolución de la población preindustrial europea

Hasta la época estadística, que en muchos países no comienza antes de la segunda mitad del siglo XIX, no tenemos datos que nos permitan estimar con cierta fiabilidad ni la cifra ni la evolución de la población. Aun así, disponemos de unas cifras estimativas (cuadro 1.1), según las cuales a partir del año 1 d. C. la población habría tardado más de 1.500 años en duplicarse, aunque después lo habría hecho en menos de 300 años y de una manera cada vez más acelerada a partir de 1800, fuera ya de la época que ahora estudiamos. Sin embargo, este crecimiento no ha sido ni constante ni ininterrumpido: la población de 1400 era inferior a la de un siglo antes y el crecimiento del siglo XVII fue muy moderado en comparación con el de los siglos anterior y posterior.

A partir de la caída del Imperio romano (la etapa anterior es mucho más oscura), en Europa podemos distinguir tres ciclos de crecimiento demográfico. Partiendo de un mínimo de población hacia el año 650, provocado por un siglo de pestes y guerras, la población parece haber crecido ininterrumpidamente hasta mediados de siglo XIV: en vísperas de la Peste Negra (1348), la población europea había multiplicado por 3,5 el mínimo del año 650. Este largo ciclo de crecimiento (siete siglos) se explica por una relación tierra-población muy favorable –la densidad europea en el año 650 era de unos 2 habitantes por km2 y en la primera mitad del siglo XIV llegaba a 7 habitantes por km2–, pero también por la aplicación de mejoras técnicas y organizativas, sencillas pero eficaces.

La Peste Negra, una epidemia de peste bubónica procedente de Asia central, afectó a una gran parte de Europa entre 1348 y 1351. Se calcula que provocó la muerte de un tercio de la población europea aproximadamente, aunque de manera muy desigual. Tradicionalmente se defendía la idea de que la difusión de la epidemia se había visto facilitada por el mal estado nutricional de gran parte de la población, que se encontraba peligrosamente cercana al techo maltusiano. Sin embargo, hoy se tiende a considerar las epidemias como fenómenos exógenos sin ninguna relación directa con el hambre o la situación económica. No obstante, parece que en vísperas de la Peste Negra la población europea estaba a punto de tocar techo; la epidemia no habría hecho más que magnificar un proceso que se habría acabado produciendo igualmente: hay indicios de desaceleración del crecimiento de la población hacia 1280. Pero las consecuencias de la pérdida brutal de población que provocó la Peste Negra sí que fueron muy importantes: el estrago principal fue el causado por la epidemia, pero la población siguió disminuyendo durante aproximadamente un siglo.

Posteriormente empieza un segundo ciclo de crecimiento demográfico: en el conjunto de Europa, la población anterior a la Peste parece haberse recuperado en el último cuarto del siglo XVI. Justo a partir de este momento se nota un estancamiento de la población en los países mediterráneos, donde pronto reaparecieron las epidemias, seguidas de guerras, como la de los Treinta Años, que diezmaron la población del centro-norte de Europa (1618-1648). En conjunto, el descenso de la población y de la actividad económica conforma la llamada crisis del siglo XVII, que, no obstante, no fue ni tan general ni tan larga como la del siglo XIV.

A partir de mediados del siglo XVII se inicia un tercer ciclo de crecimiento demográfico, mucho más rápido que los anteriores, que empieza a mostrar signos de agotamiento hacia finales del siglo XVIII (momento en el que Malthus escribe su obra). Sin embargo, este último ciclo no fue interrumpido por una nueva crisis: las transformaciones económicas contemporáneas (la Revolución Industrial), junto con las mejoras en la disponibilidad de alimentos, la higiene y la prevención de epidemias, dieron lugar a un cambio cualitativo, el inicio del régimen demográfico moderno, que estudiaremos en el capítulo 4.

3. Características de la agricultura tradicional
3.1 Trabajo y producción

Como cualquier proceso de producción, la agricultura depende de la dotación de factores de producción (tierra, trabajo y capital) y de las técnicas disponibles. Dado que en toda la etapa preindustrial el capital dedicado a la agricultura era escaso y variaba muy lentamente, se considera que la producción agrícola depende básicamente de los factores tierra y trabajo y de las técnicas disponibles.

La tierra, entendida como espacio apto para la explotación y el cultivo, es una creación del trabajo del hombre, pero también es limitada (la argumentación de Malthus se basa en este hecho) y no homogénea: su valor cambia según la calidad (tierra buena o mala) y la ubicación (cerca o lejos de las zonas pobladas, del agua y de las vías de comunicación).

El trabajo es prácticamente indisociable de las técnicas disponibles, que van desde herramientas más o menos adaptadas a cada labor hasta una gran variedad de conocimientos: las plantas aptas para cada clima y cada suelo, el momento oportuno de sembrarlas y recolectarlas, las operaciones que ayudan a su crecimiento, las técnicas de conservación de los productos, las mejores combinaciones de cultivos o las formas de conservar la tierra y utilizar el agua, entre muchas otras (Persson, 1988).

Naturalmente, estas actividades requieren capital, aunque en economía tradicional las inversiones se reducen a prácticamente la compra de herramientas o animales de trabajo y a la reserva de alimentos y dinero necesarios para llegar a la próxima cosecha. Otras actividades que solemos considerar exigentes en capital (aportación de fertilizantes, construcción de caminos o de sistemas de regadío, por ejemplo) se pueden sustituir en gran parte por trabajo. Por lo tanto, el factor capital, sin estar totalmente ausente, era poco importante en las economías agrarias preindustriales. El capital posee, sin embargo, una gran capacidad de transformación sobre la agricultura, de modo que los adelantos agrarios más importantes dependieron en gran parte de él, como veremos más adelante. De hecho, la utilización masiva de capital es la principal diferencia entre la agricultura tradicional y la agricultura moderna.

La característica principal de las economías tradicionales, que explica la mayor parte de sus problemas, es que se trata de economías orgánicas, economías donde todo procede de la tierra: la alimentación, la energía, las herramientas y los bienes de consumo. Por lo tanto, la tierra debe atender a demandas alternativas, que dificultan el crecimiento económico. La ampliación de la superficie cultivada, respuesta normal al crecimiento de la población, supone disminuir los pastos o el bosque: en el primer caso se resiente la ganadería (animales de trabajo, carne, lana, leche, piel), mientras que en el segundo se resienten sobre todo la madera para la construcción (desde vigas hasta mangos de herramientas), la leña (energía calorífica: desde la chimenea de leña hasta la transformación de minerales) y, a largo plazo, si la deforestación es muy fuerte, todo el equilibrio ecológico, en especial el régimen de lluvias.

3.2 La organización de la producción

Desde la revolución agraria de la prehistoria hasta aproximadamente los siglos VIII y IX, la agricultura en Europa se concentraba alrededor del Mediterráneo, donde las tierras son fáciles de trabajar con un arado sencillo (el arado romano), aunque poco productivas y afectadas a menudo por la sequía. Más hacia el norte predominaban el bosque y la ganadería; su explotación se completaba con una agricultura itinerante, que aprovechaba solamente los calveros más soleados (artigas), cultivados durante pocos años con técnicas muy primitivas y largamente abandonados después. Era una agricultura poco intensiva en trabajo, aunque exigía disponer de mucha tierra.

El crecimiento de la población provocó un doble efecto: por un lado, la emigración hacia el sur («la invasión de los bárbaros»); por otro, el paso de la agricultura itinerante a un cultivo en campos estables, según el esquema de Boserup. La creación de campos permanentes fuera del mundo mediterráneo solo fue posible con la adopción de una innovación técnica sencilla pero de gran importancia: el arado de ruedas, más pesado que el arado romano pero capaz de trabajar los suelos de la Europa del norte, más compactos pero de mejor calidad y menos expuestos a la sequía.

El arado romano es un instrumento barato y sencillo de fabricar; es completamente de madera y únicamente la reja (una pieza en forma de lanza de unos 30-40 cm de largo por unos 10 de ancho) es de hierro. Aunque solo abre la tierra y no profundiza mucho, por lo que resulta poco eficaz, puede ser arrastrado por animales sin mucha fuerza y resulta suficiente para el cultivo en el mundo mediterráneo, donde su uso todavía no ha desaparecido del todo. El arado de ruedas es un invento seguramente antiguo, pero más caro y difícil de construir y que exige más fuerza de tracción; solo se generalizó cuando el aumento de población impulsó la creación de campos de cultivo permanentes. El arado de ruedas tiene más fuerza porque las ruedas sirven de punto de apoyo a la palanca que el labrador hace sobre la esteva o empuñadura del arado, de manera que los surcos alcanzan una mayor profundidad; y, además de la reja, incorpora lateralmente una pieza de madera inclinada que remueve la tierra y permite su aireamiento, hecho importante en las tierras húmedas.

A partir de los siglos VIII-X la difusión del arado de ruedas y la aparición de tres innovaciones más, todas también muy sencillas, como fueron la collera para los caballos –que permite unirlos más eficazmente al arado o al carro–, la herradura –que evita heridas y resbalones– y el molino hidráulico –que libera fuerza de trabajo–, permitieron el inicio de un gran ciclo de crecimiento agrario doblemente extensivo: se amplía la superficie cultivada en cada lugar y al mismo tiempo se ocupan nuevas regiones y se crean nuevos pueblos.

El arado de ruedas, la collera, la herradura y el molino hidráulico fueron las innovaciones más importantes en el instrumental agrario hasta la aparición de la maquinaria agrícola en el siglo XIX (empezando por la máquina de segar, hacia 1835), pero eso no quiere decir que entre medio no hubiera ningún progreso: especialmente el arado y el molino experimentaron importantes mejoras.

La vieja agricultura mediterránea y la nueva agricultura del norte tenían unas características comunes y otras específicas. La característica común más importante era el aislamiento. La población era escasa y vivía en pueblos pequeños, muy dispersos en el territorio; por otro lado, el transporte era caro y peligroso. Se trataba, por lo tanto, de economías cerradas que debían producir prácticamente todo aquello que pudieran necesitar para su subsistencia. La finalidad principal de la actividad económica no era incrementar la producción y la renta, sino asegurar la reproducción humana (cereales, vino, lana, carne, cuero, leña) y animal (pastos), así como la capacidad regenerativa de la tierra mediante los abonos y el barbecho –el descanso de la tierra un año de cada dos–. El principal problema era la competencia por la tierra entre la agricultura y la ganadería, es decir, el problema de alimentar al mismo tiempo a hombres y ganado: cuando crecía el número de hombres y se ponían más tierras en cultivo, hacían falta más animales de trabajo, aunque precisamente la ampliación de cultivos disminuía los espacios destinados al pasto.

La diferencia principal entre el mundo mediterráneo y el nórdico radicaba en la organización de la producción. En la Europa mediterránea la tierra de cultivo era poseída y explotada de forma individual. Los campos eran rectangulares en el llano e irregulares o en bancales en las pendientes. El principal problema, la alimentación del ganado a lo largo del año, se solucionaba mediante la trashumancia, que permitía equilibrar la escasez de hierba en verano en el llano y en invierno en la montaña. Bosques y pastos podían ser comunales, es decir, propiedad conjunta de los habitantes del pueblo, o señoriales, pero en todo caso estaban a disposición de los habitantes, aunque en el segundo caso era a cambio de un impuesto.

En la Europa del norte la tierra se poseía también individualmente, aunque la organización del trabajo agrícola era comunitaria: la comunidad del pueblo determinaba tanto la tierra que debía cultivarse como el producto que había que cultivar, así como cuándo debía realizarse cada operación. La tierra disponible estaba organizada en grandes campos o partidas, en cuyo interior la tierra se dividía en parcelas largas y estrechas. Todos los campesinos del pueblo debían tener como mínimo una parcela en cada campo, ya que el campo entero estaba destinado a un producto o se dejaba en barbecho.

Las partidas o campos de cada pueblo eran dos, tres o múltiplos de dos o de tres. En el primer caso, el sistema utilizado era bienal: un año se cultivaba cereal (trigo, cebada o centeno, según las zonas) y al año siguiente se dejaba descansar la tierra. Si los campos eran tres o múltiplos de tres, el sistema era trienal: se sembraba cereal de invierno un año, al año siguiente un cereal de primavera y el tercer año se dejaba descansar el campo. El sistema trienal proporcionaba una cosecha mayor a cambio de más trabajo, ya que cada año se cultivaban dos terceras partes de la superficie en vez de una mitad en el sistema bienal. Sin embargo, el cereal de invierno (trigo) solía valer el doble que el cereal de primavera (cebada, avena o cereales inferiores), de manera que el valor de la producción venía a ser el mismo. La ventaja no radicaba en el incremento de la producción sino en la dispersión del riesgo que supone disponer de dos cosechas en vez de una: el cereal de primavera, destinado en principio al alimento del ganado, podía completar la nutrición humana en caso de penuria.

La organización en grandes campos de la agricultura en la Europa del norte tenía como finalidad principal disponer de más pastos en verano, cuando la hierba es más escasa. En invierno el ganado pastaba en el campo en barbecho, al cual se añadía en verano, tras la cosecha, el campo segado (rastrojo). Por eso se denominaban campos abiertos (open fields), ya que estaban sometidos a la servidumbre del pasto comunitario.

El sistema trienal solo era posible en la Europa del norte. En el mundo mediterráneo no había suficiente humedad para la siembra de primavera, pero, a la inversa, la viña y muchas hortalizas se adaptaban mejor en el mundo mediterráneo que en el nórdico. Sin embargo, en todas partes la agricultura tradicional era poco productiva: la necesidad de obtener localmente todos los productos imprescindibles, la pobreza del instrumental (herramientas y ganado) y la escasez de fertilizantes hacían que tanto los rendimientos como la productividad fueran bajos y, sobre todo, muy irregulares.

Aunque puede hablarse de productividad de la tierra (producto por superficie) y de productividad del trabajo (producto por activo agrícola), para simplificar utilizaremos rendimiento para designar la productividad de la tierra y productividad para referirnos a la productividad del trabajo.

3.3 La distribución del producto

La mayor parte de los campesinos tradicionales eran muy pobres debido a los rendimientos bajos e irregulares que obtenían de su trabajo, pero sobre todo a causa de las exacciones a las que estaban sometidos. En la Europa del milenio anterior a la Revolución Industrial, las exacciones tenían su origen ante todo en la exigencia de los señores feudales; más tarde hubo que añadir las provenientes de la propiedad de la tierra y de los impuestos públicos.

3.3.1 Las sociedades feudales

La caída del Imperio romano hizo imposible a la larga mantener el sistema esclavista que había sido la base de su economía. Un sistema esclavista solo es posible si se aseguran aportaciones relativamente constantes de esclavos mediante el ejército (prisioneros o pueblos vencidos) o la piratería, y si existe un estado lo bastante fuerte para evitar su fuga. Ninguna de estas condiciones se daba tras la caída del Imperio, de modo que la explotación de la mayor parte de la población por parte de los grupos dominantes se produjo por medio de una nueva forma de organización de la sociedad y del trabajo que se conoce como feudalismo.

El feudalismo fue el sistema político, social y económico predominante en las sociedades europeas desde el siglo XI hasta la Revolución Industrial. Sus principales características son:

1 Desde el punto de vista político, la apropiación y privatización del poder público y de sus fuentes de ingresos (impuestos, tierras...) por parte de los detentores de cargos públicos (condes, marqueses...), de instituciones eclesiásticas (catedrales, monasterios...) y de grandes propietarios, que se convertían así en señores de tierras y hombres. La idea de estado se mantiene, pero el poder del monarca dependía sobre todo de las tierras y los hombres que dominaba como propietario o señor feudal.

2 Desde el punto de vista jurídico, la norma principal es la desigualdad legal: los hombres no son iguales ante la ley (los señores tienen derechos y los súbditos deberes). Además, la privatización del poder público implica también la apropiación del ejercicio de la justicia por parte de los señores, lo que les permite ser juez y parte y, por lo tanto, practicar casi impunemente la coacción y la violencia.

3 Desde el punto de vista económico, la característica principal del feudalismo es que los señores retienen derechos de propiedad sobre la tierra del señorío, en gran parte repartida en explotaciones familiares, que era la forma más eficaz de organizar el trabajo agrícola dadas las condiciones políticas y económicas de la época (Bois, 1976).

Los señores feudales, amparándose en el ejercicio del poder y la fuerza (eran los únicos que disponían de armas y sabían manejarlas) y en sus derechos de propiedad sobre la tierra (originarios o arrebatados), imponían a los campesinos una serie de prestaciones en trabajo y de pagos en dinero o en especie. El conjunto de estas prestaciones constituía la renta feudal.

La situación de los campesinos respecto al señor y a la tierra era muy variada. En cuanto a la dependencia personal, el espectro abarcaba desde siervos, que dependían personalmente del señor y tenían poca libertad individual (estaban obligados a servir al señor y normalmente no podían abandonar la tierra), hasta los hombres libres. Respecto a la tierra que cultivaban, los campesinos podían encontrarse en condiciones de absoluta precariedad, es decir, el señor les podía privar de ellas cuando quisiera, aunque también podían llegar a ser prácticamente propietarios, sometidos únicamente al pago de la renta feudal.

La diferencia entre el esclavo y el siervo era básicamente jurídica: el esclavo no era considerado una persona sino una bestia hablante, hasta el punto de que el propietario era responsable de los actos de sus esclavos. En principio, el propietario tenía derecho a matar a sus esclavos, que no se podían casar y cuyo testimonio no era válido en un juicio. El siervo, en cambio, a pesar de estar sujeto a su señor, que podía maltratarlo, disponía de personalidad jurídica, es decir, podía formar una familia, acudir a juicio y disponer de bienes propios.

La renta feudal permitía al señor apropiarse de parte de la producción y el trabajo de los campesinos: estos tenían que entregar una parte (fija o proporcional) de la cosecha, denominada normalmente censo, así como otros productos (gallinas, huevos, quesos, jamones...) y pequeñas cantidades de dinero en momentos varios y por diversas razones. Asimismo, los campesinos debían participar en el cultivo de las tierras del señor (reserva señorial). Otra imposición feudal era el diezmo, un impuesto creado teóricamente para mantener a la Iglesia, fijado en una décima parte de las cosechas. A pesar de su finalidad, solían cobrarlo los señores feudales, y en todo caso siempre revertía en favor del estamento feudal, dado que sus miembros ocupaban los altos cargos eclesiásticos. A cambio, el campesino podía disponer de tierra propia (tenencia campesina) y organizar su explotación; la parte de la cosecha que quedaba tras satisfacer todas las imposiciones pasaba a ser de su propiedad.

A partir de esta situación original relativamente homogénea en el conjunto de Europa, el sistema feudal experimentó cambios en sus dos aspectos básicos: la dependencia personal y la propiedad de la tierra. Estas transformaciones fueron muy lentas, desiguales e incompletas, con grandes diferencias incluso en una misma zona. En la Europa occidental se tendió a sustituir las prestaciones en trabajo y las entregas de parte de la cosecha por pagos fijos en moneda (monetización de la renta), a menudo acompañados de la introducción de nuevas imposiciones. Paralelamente, los campesinos fueron consiguiendo en muchos lugares el pleno dominio de las tenencias, que se transformaban así en establecimientos. El establecimiento comportaba una cesión de la tierra a largo plazo o incluso indefinida. La forma más evolucionada del establecimiento era la enfiteusis o establecimiento enfitéutico, contrato indefinido que implicaba de hecho el reparto de los derechos de propiedad sobre la tierra: el señor conservaba el llamado dominio eminente (o directo), que le daba derecho a percibir los censos y prestaciones que pesaban sobre la tierra o el bien inmueble y a recuperarlos en caso de abandono o de falta de pago. Por su parte, el enfiteuta debía pagar una entrada y se comprometía a mejorar el bien; a cambio, recibía el dominio útil, es decir, la posesión de la tierra y el producto de la explotación, una vez satisfechas las exacciones señoriales; podía dejar la tierra en herencia, cederla a otros cultivadores, empeñarla o venderla. El dominio eminente (del señor) se reducía a una especie de hipoteca perpetua sobre la tierra.

Esta evolución de la Europa occidental contrasta con la situación de la Europa del este, donde muchos territorios llegaron al siglo XIX con un régimen feudal que todavía comportaba prestaciones en trabajo, pagos de partes de cosecha e incluso servidumbre. De hecho, la característica principal del feudalismo es la ausencia de norma, el particularismo, y por lo tanto una gran variedad de situaciones.

3.3.2 El proceso de diferenciación del campesinado

A partir del momento en el que los campesinos pudieron disponer de las tenencias, empezó un proceso de diferenciación que permitió el enriquecimiento e incluso el ascenso social de algunas familias, a la vez que condenaba a muchos campesinos a no disponer de tierras suficientes para asegurar la reproducción familiar. La diferenciación se debía, en primer lugar, al azar familiar: la muerte o la enfermedad del cabeza de familia, el número de hermanos donde la herencia era igualitaria o la desposesión de los no herederos donde era concentrada, empobrecían a las familias o daban paso a explotaciones insuficientes. De manera inversa, la frágil demografía de la época también producía con facilidad concentraciones de herencia. Una segunda fuente de diferenciación, de carácter económico, procedía de la habilidad y el esfuerzo de cada campesino para obtener más o menos producto de su explotación o para obtener más o menos ganancias con la comercialización del producto obtenido.

El hecho más importante es que, una vez creada, la diferenciación es acumulativa, tiende a ser cada vez mayor a consecuencia del proceso de endeudamiento: el campesino que no podía retener suficiente cereal para pasar el año se veía obligado a pedir grano en préstamo a un vecino rico, normalmente con la condición de devolver tras la cosecha una cantidad de grano que valiera tanto como la que recibía. Al ser el precio del grano tras la cosecha más bajo que el de los meses de escasez, el deudor tenía que devolver mucho más grano del que había recibido, por lo que era fácil que al año siguiente tuviera que recorrer incluso antes al préstamo y pedir una cantidad mayor. Esta rueda de deudas acababa a menudo con la pérdida de la tierra, por embargo o venta, a favor de los propietarios importantes. A consecuencia de este proceso, la mayor parte de los pueblos de Occidente pronto muestran una estructura típica, representada por uno o pocos campesinos ricos (coqs de village), propietarios de tierras y ganado, que ofertaban jornales y préstamos y que dominaban la vida de la comunidad; un número restringido de campesinos medios, capaces de vivir de su explotación, y una gran cantidad de campesinos pobres, con explotaciones insuficientes o faltos de tierra.

3.4 Las formas de propiedad y tenencia de la tierra

El proceso de diferenciación campesina comportó que algunos campesinos dispusieran de más tierras de las que podían cultivar o tuvieran tierras en lugares demasiado alejados para poder cultivarlas directamente. Por otro lado, algunos de estos campesinos enriquecidos abandonaron el cultivo de la tierra para dedicarse al comercio o a otras actividades y, a la inversa, miembros de la burguesía urbana, entidades religiosas y hasta algunos señores empezaron a comprar tenencias campesinas. En definitiva, existían tierras establecidas por los señores feudales cuyo cultivo cedían sus propietarios a otras personas. Por regla general, esta cesión se llevaba a cabo en contratos a corto plazo (normalmente de entre 3 y 9 años) a cambio de pagos en dinero o a parte de frutos. También los señores fueron cediendo de la misma manera las tierras de su reserva. En sentido contrario, hubo lugares en los que los señores consiguieron recuperar la plena propiedad de la tierra, ya fuera incorporando las tierras abandonadas ya arrebatando a los campesinos los derechos inherentes a las tenencias, con lo cual se sustituía la propiedad feudal de la tierra (propiedad compartida) por la propiedad absoluta; y la tenencia indefinida y con rentas fijadas, por contratos a corto plazo.

Sea cual sea su origen, la cesión temporal de la tierra puede hacerse en arrendamiento o en aparcería. El arrendamiento es un contrato a corto o medio plazo por el cual el arrendatario, a cambio del pago de la cantidad de dinero acordada, obtiene la plena posesión de la tierra durante el período pactado; puede cultivar lo que desee y los frutos obtenidos le pertenecen plenamente. La aparcería es en teoría una sociedad temporal entre el propietario y el trabajador de la tierra, en la que el primero aporta la tierra y parte del capital de explotación y el aparcero aporta el trabajo y la otra parte del capital. Ambos toman de común acuerdo las decisiones que afectan a la explotación y se reparten los frutos obtenidos según los pactos establecidos: es un contrato a parte de frutos. Cuando la aparcería obliga a residir en la explotación y a dedicarle toda la fuerza de trabajo familiar, el contrato se denomina masovería (métayage en Francia o mezzadria en Italia).

La renta de la tierra no sustituía la renta feudal sino que se añadía a esta, de modo que muchas tierras estaban en manos de un teniente, obligado al pago de la renta feudal, que las tenía cedidas en arrendamiento o aparcería a un tercero, el cual pagaba la renta de la tierra.

El mantenimiento de la renta feudal o la preferencia por la renta de la tierra dependía de dos lógicas económicas diferentes, aunque con la misma finalidad: la conservación o el incremento de la renta de los poderosos. La renta feudal era adecuada cuando había más tierra que trabajadores y, por lo tanto, importaba asegurar la permanencia de los hombres sobre los cultivos, o bien cuando la puesta en cultivo exigía unos gastos (en capital o trabajo) que el señor no estaba en condiciones de realizar. La renta de la tierra era preferible cuando la oferta de trabajo excedía a la de tierra y, por lo tanto, resultaba más rentable mantener el control de esta.

El predominio de la renta feudal o de la renta de la tierra permite distinguir en el conjunto de Europa tres grandes zonas con distintas características. En la Europa oriental, el feudalismo mantuvo gran parte de la formulación original: campesinos sujetos a la tierra y renta feudal basada en la apropiación del trabajo campesino para cultivar la reserva señorial y de parte del producto obtenido por el campesino en su tenencia. En la Edad Moderna, la demanda de cereales tendió a reforzar todavía más esta situación (segunda servidumbre de la gleba). Esta renta feudal plena llegó hasta el siglo XIX, y en algunos países como Rusia o Rumanía hasta la década de 1860.

Como hemos dicho anteriormente, en la Europa occidental la situación más corriente fue el reparto de los derechos de propiedad entre el señor y el teniente. Tanto señores como campesinos podían disponer libremente de su parte (la podían ceder, legar o vender), si bien los campesinos estaban sujetos a algunas limitaciones.

Tanto el dominio útil como el arrendamiento, y en parte la aparcería, significaban el mantenimiento de un campesinado independiente, es decir, responsable de la explotación familiar. Normalmente, las explotaciones eran de tamaño mediano o pequeño, a menudo insuficientes para asegurar la reproducción de la familia, que se debía completar por otros medios (jornales, trabajo artesano...).

En algunas zonas, especialmente a partir del siglo XVI, la recuperación de la plena propiedad por parte de los señores feudales, de grandes propietarios burgueses o de instituciones eclesiásticas hizo que perdieran importancia los establecimientos y la renta feudal. En estos casos las relaciones en torno a la tierra quedaban dominadas por la gran explotación y por la renta de la tierra. Inglaterra, Andalucía, Mallorca y el sur de Italia presentan estructuras de propiedad de este tipo.

Aparte de los pagos por la renta feudal o por la renta de la tierra, el campesinado estaba sujeto al pago de las tasas locales y, sobre todo, del impuesto monárquico, cada vez más importante a partir del siglo XIV. Tasas locales e impuestos no pesaban exclusivamente sobre el campesinado, sino que afectaban a toda la población no privilegiada, es decir, a la inmensa mayoría de la población que no formaba parte de los estamentos señorial y eclesiástico.

4. El crecimiento agrario

Las economías agrarias preindustriales eran incapaces de generar un crecimiento autosostenido. A partir de una relación tierra-población favorable se conseguía incrementar la productividad durante un cierto tiempo y, consecuentemente, el crecimiento económico, pero a largo plazo el propio crecimiento de la población imponía una productividad decreciente por dos razones: a) la utilización de tierras de menor calidad y, por lo tanto, de rendimientos cada vez menores, y b) el hecho de añadir trabajo marginal sobre la propia tierra tiene, a partir de un cierto nivel, unos rendimientos marginales decrecientes. Por lo tanto, el crecimiento de la población, que en un primer momento es un factor de incremento de la productividad, a largo plazo la reduce (Bois, 1976 y 1988; Kriedte, 1982). El resultado es la alternancia de fases de crecimiento y de regresión paralelas y relacionadas con los ciclos de crecimiento y estancamiento de la población, a los cuales ya nos hemos referido. No obstante, hay que tener presente que cada momento de crisis comporta cambios en la orientación de la economía y la aplicación de nuevas tecnologías que hacen que el punto de partida y el de llegada se sitúen a niveles cada vez más altos. Por lo tanto, no hay crecimiento autosostenido, pero sí una tendencia general creciente. Solo la difusión de la revolución agrícola inglesa, hecho paralelo a la Revolución Industrial e interrelacionado con esta, permitirá un crecimiento agrario autosostenido, pese a que este es un proceso que hoy en día todavía no ha tenido lugar a escala mundial. La base principal del crecimiento agrario a lo largo de la etapa preindustrial es la mejora de las herramientas y los conocimientos, obtenida y difundida muy lentamente a partir de la acumulación de experiencias, la especialización y la introducción de nuevos cultivos (Persson, 1988).

La especialización depende del mercado, aspecto que estudiaremos más adelante: cuando hay posibilidades de intercambiar productos, un grupo humano (familia, pueblo...) puede dejar de preocuparse por la obtención de productos imprescindibles pero costosos de obtener, que pueden ser cambiados por otros productos para los cuales se disponga de ventajas comparativas (por ejemplo, se puede dejar de producir vino y obtenerlo en el mercado a cambio de lana, o a la inversa). Por regla general, el cereal básico queda fuera de este intercambio: se prefiere garantizar su abastecimiento, aunque producirlo tenga un coste superior al corriente en el mercado, que correr el peligro de no poder disponer de él o de tener que adquirirlo a precios excesivamente elevados en los años de mala cosecha. Así, la lógica básica del crecimiento agrario preindustrial consiste en asegurar la alimentación de la familia a lo largo del año y dedicar la tierra y el trabajo sobrantes, si los hay, a la obtención de algún producto comercializable. De estos, los más habituales eran, además de los cereales, el vino, las fibras textiles (lino, cáñamo) y los productos ganaderos (quesos, pieles, lana), aunque en algunos territorios concretos tenían también mucha importancia otros productos como el azafrán o las plantas tintóreas.

La introducción de nuevos cultivos tiene dos momentos principales, con distintos orígenes. Así, durante la Edad Media se trata principalmente de plantas procedentes de Oriente, aclimatadas a través del mundo musulmán, y con gran abundancia de frutas y hortalizas (naranja, melocotón, melón, alcachofa, berenjena...), aunque el producto más importante desde el punto de vista comercial sería el azúcar. Durante la Edad Moderna se introducen sobre todo plantas procedentes de América. La más importante en un primer momento es el maíz, cereal de verano, de gran rendimiento en las zonas húmedas, que se expandió a partir del siglo XVII por el norte de la península Ibérica, el sur de Francia, el valle del Po y varias zonas del este de Europa, convirtiéndose en gran parte de ellas en el principal cereal panificable. A largo plazo fue todavía más importante la patata, de adopción más tardía pero que proporciona más calorías por unidad de superficie que cualquier cereal. Sin embargo, la patata no pasó del consumo animal al humano hasta la segunda mitad del siglo XVIII y, sobre todo, en el siglo XIX: las grandes hambrunas que acompañaron a las guerras de la Revolución y del Imperio (1792-1814) acostumbraron a los hombres a consumir un producto antes reservado básicamente a los cerdos.

Sin embargo, no debe olvidarse que la producción para el mercado y la introducción de nuevos productos requieren condiciones favorables tanto desde el punto de vista de la obtención (tipo de tierra y de clima) como de la distribución (facilidad de acceso a los mercados), y a menudo exigían importantes inversiones de capital o cambios institucionales, hechos que explican que su difusión fuera lenta y limitada.

4.1 La revolución agrícola

El inicio del crecimiento agrario sostenido se debió a la aparición de un sistema agrario nuevo que constituyó una verdadera revolución, es decir, un cambio relativamente rápido y radical, como consecuencia de la adopción de unas técnicas agrarias mucho más productivas que las de la agricultura tradicional, aunque a la vez mucho más exigentes en capital. La revolución agrícola se basa en los cambios técnicos, pero conllevó también transformaciones importantes en las estructuras de propiedad. El proceso empezó en los Países Bajos a finales de la Edad Media y culminó en Gran Bretaña en el siglo XVIII.

La revolución agrícola consiste en la especialización e intensificación del uso de los factores de producción: tierra, trabajo y, sobre todo, capital. La gran innovación conceptual es que el abono, además de utilizarse para restituir la capacidad productiva del suelo, puede emplearse para mejorarla, incrementando así los rendimientos. Por lo tanto, entre agricultura y ganadería no existe competencia sino colaboración. Por otro lado, las innovaciones se adoptan con el fin de obtener el máximo beneficio aprovechando las oportunidades que a cada momento ofrece el mercado.

4.1.1 El antecedente de los Países Bajos

El inicio de los cambios se produce modestamente en los Países Bajos con el aprovechamiento de una parte del barbecho para cultivar leguminosas o prados artificiales. Este cultivo permitía obtener alimentos para el ganado y, por lo tanto, mantener más animales durante el invierno, sobre todo ganado vacuno, que proporcionaba más estiércoles y posibilitaba así un rendimiento mayor de los cereales (Tits-Dieuaide, 1984). La disminución del barbecho, pasar del reposo un año de cada tres a un año de cada cinco o seis, significaba aumentar la superficie cultivada sin aumentar la superficie poseída, pero exigía más inversión de trabajo y de capital, que solo era posible por la conjunción de una mano de obra abundante, la disponibilidad de una tierra de aluvión de la mejor calidad y con humedad suficiente, la práctica desaparición de los derechos señoriales y una situación sostenida de precios elevados de los cereales a consecuencia de la fuerte concentración urbana. En estas condiciones valía la pena invertir trabajo y capital para mejorar la producción.

Sobre estas tierras de buena calidad, más trabajadas y más fertilizadas, se empezaron a obtener rendimientos por grano sembrado cercanos al 10 por 1, mientras que en el conjunto de Europa se alcanzaba como mucho el 5 por 1. Una vez iniciado el proceso, esta agricultura dio muestras de una gran capacidad de adaptación: cuando en el siglo XVI empezó a llegar grano de los países del Báltico a precios más bajos, las explotaciones agrarias incrementaron la dedicación ganadera destinada a la obtención de carne y sobre todo de lácteos, exportables a mercados lejanos (como el queso de Holanda, de gran importancia para la alimentación de los navegantes) y también de materias primas industriales como el lino, el cáñamo, el lúpulo, plantas tintóreas e incluso flores (tulipanes). Los beneficios que proporcionaba la agricultura holandesa hacían posible la costosa inversión destinada a crear nuevas tierras mediante el drenaje y la construcción de diques. Así, desde 1540 hasta 1600 la superficie agraria creció en 150.000 hectáreas (un 2% del territorio). El resultado de estas transformaciones fue un fuerte aumento de los rendimientos por superficie, aunque no un gran aumento de la productividad por trabajador, dado que las nuevas formas de utilización de la tierra eran muy intensivas en trabajo.

4.1.2 La revolución agrícola en Gran Bretaña

Las innovaciones holandesas pronto fueron imitadas y mejoradas en Inglaterra: al incremento de los rendimientos (por superficie) se sumó el incremento de la productividad (por persona), al aplicarse el modelo holandés en explotaciones mucho más extensas y con una mayor aportación de capital.

La revolución agrícola inglesa no presenta ningún factor nuevo. La novedad radica en la búsqueda de la combinación más favorable de los factores de producción, en la mayor extensión de las transformaciones y, en definitiva, en los resultados: el paso de unos excedentes medios de cerca del 25% a unas cifras superiores al 50%, hecho que explica que en la primera mitad del siglo XVIII Gran Bretaña fuera una gran exportadora de cereales, a pesar del fuerte incremento de población que se estaba produciendo al mismo tiempo.

Los cambios más importantes consistieron en:

1 La introducción de rotaciones de cultivos, con la inclusión de leguminosas y forrajes, que incorporan nitrógeno a la tierra, mejorando así su fertilidad, y permiten la disminución del barbecho hasta su eliminación (Wrigley, 2006).

2 La selección de semillas y de animales reproductores.

3 La inversión de capitales en la mejora de los campos (cierre, drenaje, corrección de suelos).

4 La preocupación por el progreso agrario, expresada en la publicación de multitud de libros y folletines y la creación de sociedades agrarias.

Una de las principales innovaciones fue una mayor flexibilidad en el uso de la tierra: según los precios relativos de los cereales y los productos ganaderos, se dedicaba más tierra a los cultivos o a los pastos: es lo que se conoce como explotación convertible (convertible husbandry). El resultado es la progresiva sustitución de una agricultura de autoabastecimiento, destinada a obtener en cada explotación una parte importante de lo necesario para la subsistencia del grupo familiar, por una agricultura destinada al mercado, que se especializa en los productos que pueden rendir mayores beneficios en cada momento, a cambio de tener que comprar el resto de bienes necesarios.

El proceso británico es muy complejo y combina cambios técnicos con cambios estructurales representados por el proceso de enclosure o «cierre de campos» (closed fields), en oposición a la anterior agricultura comunitaria, de campos abiertos (open fields). De hecho, el nuevo sistema de explotación era rentable sobre todo en fincas grandes, pero precisamente en Inglaterra se estaba produciendo desde hacía tiempo un fuerte proceso de concentración de la propiedad en manos de los señores, de miembros de las clases urbanas elevadas, de la pequeña nobleza rural (gentry) y de campesinos pudientes (yeomen). Esta estructura de la propiedad, y más aún de la explotación, era distinta de la que se considera típica del continente en aquella época, caracterizada por la preponderancia de la pequeña explotación campesina, destinada al autoabastecimiento y poco capitalizada. Como hemos dicho ya también, esta new husbandry requería más inversión de capital y una cierta capacidad empresarial, de modo que las grandes fincas fueron quedando en manos de arrendatarios que pudieran aportar a la vez capital (dinero, instrumentos de trabajo, ganado), conocimientos agrarios y capacidad de gestión para sacar adelante la explotación.

De aquí surgió la idea, difundida a través de David Ricardo, de que la forma normal de organización de la agricultura era un propietario rentista, un arrendatario capitalista y una mano de obra asalariada. Vale la pena advertir que Ricardo (1772-1823) era un gran terrateniente y que gran parte de su teorización va destinada a justificar el aumento que experimentaba la renta de la tierra en su época, es decir, a defender sus intereses de clase.

El último y principal episodio de esta concentración de la propiedad es el proceso de enclosure, de cierre de tierras, lo que supone la destrucción de la agricultura tradicional, comunitaria (de open fields), encaminada al autoabastecimiento, y su sustitución por la agricultura capitalista, de explotaciones cerradas (física y legalmente, closed fields), de propiedad absoluta y de explotación sin constricciones.

Es un proceso muy largo, que empieza tras la Peste Negra y no finaliza hasta el siglo XIX, pero la parte más importante corresponde a la llamada enclosure parlamentaria, que a partir del último cuarto del siglo XVII permitía a los propietarios de la mayor parte de las tierras de un pueblo obtener un decreto del Parlamento que obligaba al resto de propietarios a aceptar el cierre y la redistribución de tierras. Esta redistribución tenía la finalidad de obtener explotaciones compactas e incluía también las tierras comunales, que eran repartidas en proporción a la propiedad de cada uno, incrementando así aún más las diferencias en la estructura de la propiedad.

La enclosure parlamentaria era cara (como mínimo había que cerrar las tierras y construir nuevos caminos) y conflictiva (había intereses contrapuestos y suspicacias sobre si las tierras recibidas eran de la misma calidad que las poseídas anteriormente). Ello explica que no se produjera ni rápidamente ni de forma continua. El cerramiento solía plantearse cuando se preveía que la inversión necesaria sería más rentable que las formas alternativas de inversión del capital. Por lo tanto, se puede decir que existe una relación directa entre el proceso de enclosure y el precio de los productos agrarios e inversa respecto a la tasa de interés corriente.

El cierre de tierras facilitaba la introducción de las innovaciones que el propietario considerara oportunas y conllevaba más seguridad en la inversión de capital, en el sentido de que los beneficios no se verían reducidos por razones ajenas al mercado. Permitía, por ejemplo, organizar libremente los cultivos o mantener un ganado más sano, ya que no quedaba expuesto a posibles contagios por parte de animales desatendidos, prácticas que no eran posibles en una agricultura tradicional de open field. Así se obtenía a la vez la máxima eficiencia agraria y el máximo beneficio para los propietarios. En cambio, el proceso de enclosure perjudicaba a gran parte del campesinado: el arrendamiento familiar desapareció prácticamente, muchos pequeños propietarios acabaron vendiendo o perdiendo sus tierras porque no podían afrontar los costes del cerramiento (que, por otra parte, eran proporcionalmente más elevados en una finca pequeña que en una grande) y, en especial, porque sus explotaciones eran inviables sin el recurso a las tierras comunales, de las que obtenían pastos y leña. Otros pequeños propietarios pudieron mantenerse, si bien en una situación social degradada, combinando los jornales que ofrecían las grandes explotaciones con el cultivo de la tierra propia, que gracias a la introducción de la patata permitía asegurar en buena medida la alimentación de la familia.

Las transformaciones agrarias provocaron un fuerte incremento de la producción por el aumento de la superficie cultivada, con el cultivo de parte de las comunales y la disminución del barbecho gracias a la introducción de rotaciones de cultivos más largas, así como por la mejora de los rendimientos medios. Si el crecimiento fue obra principalmente de las innovaciones técnicas (Allen, 1992) o del proceso de enclosure (Overton y Campbell, 1991), es difícil de discernir. En cualquier caso, la conjunción de los dos procesos hizo que la agricultura inglesa fuera la más avanzada de la época y la comercialización de productos agrarios fue un factor de primera magnitud para la transformación de la economía británica en una plena economía de mercado. Hay que tener presente que el excedente agrario y la economía de mercado son dos condiciones básicas para el advenimiento de la Revolución Industrial (van Zanden, 2009).

Naturalmente, las mejoras en la agricultura no pueden desligarse de los cambios en el conjunto de la economía, y en especial de los cambios en el comercio y la vida urbana, que son objeto del capítulo siguiente.

Bibliografía
Básica

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2. La economía urbana preindustrial

Las economías preindustriales eran sociedades eminentemente rurales, pero también mantenían una actividad secundaria y terciaria radicada principalmente en las ciudades, las cuales demostrarán a la larga una gran capacidad para impulsar un crecimiento global que dará ventaja a Europa occidental respecto al resto del mundo.

En Europa la implantación del feudalismo fue paralela a la recuperación de la vida urbana, que había decaído mucho, e incluso había desaparecido de grandes espacios a consecuencia de la caída del Imperio romano y de la larga serie de invasiones posteriores (desde los bárbaros hasta los magiares y los vikingos, pasando por los árabes). Por lo tanto, la Edad Media empieza sin la existencia de verdaderas ciudades, como empieza sin la existencia de un verdadero comercio.

Hacia el año 1000, y de forma paralela a las transformaciones políticas que cristalizaron en el feudalismo, se produjo en Europa el resurgimiento de la vida urbana en una doble dirección: recuperación de las actividades urbanas en las antiguas ciudades romanas y aparición de nuevas ciudades más allá de las fronteras del Imperio, en sitios donde nunca habían existido. El resurgimiento urbano fue debido al crecimiento de la población y de los rendimientos agrarios, que permitían disponer de más excedentes, así como a la concentración de una parte importante de estos en manos de los señores feudales, que dirigían al mercado la parte que no necesitaban para su consumo, y también a la recuperación del comercio a larga distancia.

1. Ciudad y campo

La ciudad medieval mantiene una estrecha simbiosis con el campo circundante: la ciudad vive del campo al menos en dos aspectos: el demográfico y el económico. En el aspecto demográfico, el aumento de población de la ciudad proviene del campo; en el económico, la ciudad se alimenta de los productos que le proporciona el campo, trabaja las materias primas que el campo le ofrece y paga a unos y otros con la venta de los productos urbanos al mundo rural (tanto a los señores como a los campesinos). Cuantos más excedentes pueda aportar la zona rural a la ciudad, mayor será la actividad artesana: los trabajadores urbanos podrán vender más y comprar más baratos los alimentos, y por lo tanto destinar más dinero a la adquisición de otros productos o bien generar ahorro o inversión. Además, una mayor producción lleva a la especialización y, con ella, a un aumento de la productividad. En estas condiciones, la ciudad crece al haber más gente que puede ganarse la vida en ella y se convierte en un dinamizador económico: la producción agraria, por el hecho de crear una demanda, permite un comienzo de especialización urbana que ofrece productos que los campesinos no pueden producir ellos mismos o solo pueden hacerlo a un coste muy elevado.

El tamaño de una ciudad tiene un límite en los excedentes de alimentos, de rentas y de materias primas que puede obtener del campo cercano: a medida que se acerca a este límite, los productos agrarios se encarecen y pueden llegar a faltar en momentos determinados, mientras que los productos artesanos resultan más caros y por lo tanto menos competitivos. La concentración urbana deja de crecer o decae.

El punto de encuentro entre la ciudad y el campo circundante es el mercado, espacio de intercambio regulado y protegido legalmente al que campesinos y ciudadanos llevan sus productos respectivos. En un principio semanal, el mercado pasa a ser diario en las ciudades más grandes y finalmente se divide en mercados especializados (plaza del trigo, del aceite...). Muchas ciudades surgen en el punto de contacto entre zonas económicas con distintas ventajas comparativas. De hecho, acuden sobre todo al mercado los campesinos y los pequeños comerciantes: los artesanos esperan a los clientes en sus obradores, en los que a menudo trabajan por encargo, aunque no por ello dejan de formar parte del mercado.

Los intercambios campo-ciudad son básicos para el mantenimiento de la ciudad, pero el crecimiento urbano depende sobre todo de la participación en el comercio a larga distancia, en especial de la aportación de productos propios al comercio de larga distancia. El crecimiento urbano estimulaba la especialización de la actividad manufacturera, tanto dentro de cada ciudad como dentro de algunas ciudades en el caso de algunos productos concretos, que conseguirían introducir en el comercio a larga distancia. Aunque hubo ciudades que crecieron como centros de intercambio comercial sin una aportación significativa de productos propios, a la larga solo la producción para los mercados lejanos conseguía asegurar la prosperidad de las ciudades.

Producción artesana y actividad comercial son los dos grandes aspectos de la economía urbana. Tal como hemos hecho al hablar de la agricultura, veremos su evolución a lo largo de la etapa preindustrial, empezando por el comercio, a pesar de que, como es obvio, producción y comercio se influyen mutuamente y de manera constante.

2. El comercio a larga distancia

El comercio, incluso el comercio a muy larga distancia, nunca desapareció del todo, pero hasta el siglo XI la actividad comercial a larga distancia se reducía a unos pocos mercaderes ambulantes, vendedores de productos de lujo. Era un comercio escaso, intermitente y dominado por la oferta: había que comprar cuando llegaban los mercaderes y adquirir lo que traían, si no podía pasar mucho tiempo antes de tener otra ocasión parecida. Por otro lado, era un comercio que de hecho resultaba inexistente para la mayor parte de la población, tanto porque esta vivía fuera de las rutas de los mercaderes como porque tampoco disponía de dinero para pagar los productos ofrecidos.

Era también un comercio que dependía sobre todo de los contactos con los mundos bizantino y musulmán, de donde procedían los productos de lujo (especias, tejidos de algodón y de seda, perfumes, joyas, objetos artísticos...), de modo que era básicamente un comercio en una sola dirección. La contrapartida europea se reducía casi a metales, pieles y esclavos (eslavos), pero en gran parte tenía que saldarse con plata. Por último, era un comercio muy atrasado en comparación con los contemporáneos de los mundos musulmán, bizantino o chino.

De hecho, el comercio tradicional era lento, peligroso y caro, condicionantes que hacían que fuera escaso. La escasez también se debía a la poca capacidad de carga en el transporte terrestre: el mejor de los animales no puede llevar más de 120 kilos. Estos obstáculos fueron reduciéndose, aunque de forma muy lenta y desigual, a lo largo de la etapa preindustrial: su superación solo sería posible con los nuevos medios de transporte aportados por la Revolución Industrial.

Las dificultades que debía afrontar el comercio eran distintas dependiendo de si se utilizaban rutas terrestres o acuáticas. Por tierra, la lentitud venía marcada por el paso del hombre y de los animales, la carencia de caminos en buen estado y, también, por la necesidad de cargar y descargar las mercancías cada día, a lo que había que añadir las dificultades que ofrecía la naturaleza: lluvias, nieve y barro, puertos de montaña cerrados en invierno o ríos que había que pasar a vado o en barca (los puentes eran muy escasos).

Este raquitismo comercial mejoraba un poco con el comercio acuático, tanto el marítimo –a pesar de que era estacional (limitado a las épocas de buen tiempo) y de cabotaje– como el fluvial. El transporte acuático permitía comercializar mercancías menos valiosas, aunque no menos necesarias (sal, vino, cereales). Sin embargo, las vías acuáticas solo permiten relacionar espacios geográficos restringidos, si bien es cierto que a veces muy lejanos, y tampoco estaban exentas de problemas: era fácil bajar los ríos, pero remontarlos era lento y difícil; por mar había que esperar vientos favorables o avanzar lentamente navegando a remo.

En cuanto a los peligros, estaban los de la propia naturaleza (tormentas, aludes, ríos difíciles de atravesar, playas poco accesibles, naufragios), pero sobre todo los que añadía el hombre: la piratería y el bandolerismo, a menudo practicado por los propios señores feudales.

La combinación de lentitud y peligro hacía que el comercio fuera caro. A los gastos del viaje (alimentación y refugio para personas y animales, pérdida de parte de las mercancías, gastos más onerosos cuanto más lento era el viaje) había que añadir pagos justificables (barcajes, pontazgos) y exigencias de las autoridades locales: peajes, derechos de puerta (portazgos) o de mercado, etc. A consecuencia de todo este conjunto de obstáculos, solo las mercancías de poco peso y volumen y alto valor añadido podían justificar las expediciones comerciales, si bien por vía acuática el comercio de los artículos de lujo permitía llevar como lastre productos más pesados y menos valiosos.

Pese a tales dificultades, el comercio europeo experimentó un gran crecimiento e importantes transformaciones a lo largo de la etapa que estudiamos. El crecimiento fue posible en parte por la mejora en los transportes: ya desde el siglo XII hubo una preocupación significativa por la construcción y mejora de caminos, puentes y muelles de carga, y la creación de hostales y monasterios-refugio a los pies de los puertos de montaña. También se luchó contra los obstáculos que ponía el hombre (piratería, bandidaje, peajes...) mediante la organización de caravanas armadas y la obtención de privilegios y seguridades fuera del propio país. Sin embargo, la mejora más importante se produjo en el transporte marítimo, con la construcción de naves más grandes y manejables con menos marineros, mejoras en la disposición de las velas y, hacia finales de la Edad Media, con la introducción del timón de popa, que facilitaba el gobierno de la nave, y la brújula, que eliminaba la conveniencia de no perder de vista la costa. De hecho, el timón y la brújula son las innovaciones básicas que permitieron los grandes descubrimientos de finales del siglo XV.

2.1 El dominio del comercio mediterráneo

La Europa de la Alta Edad Media estaba muy atrasada en comparación con los mundos musulmán, bizantino o chino. Sin embargo, el desarrollo agrario y una serie de cambios institucionales favorecedores del crecimiento económico (van Zanden, 2009) permitieron que el Occidente europeo superara a las anteriores potencias mediterráneas a partir del siglo XII y lograra el predominio sobre el comercio mundial a partir de los grandes descubrimientos de finales del siglo XV.

Ciertamente, el predominio sobre la navegación y el comercio mediterráneos debió mucho a los aspectos militares, que pueden sintetizarse en la primera cruzada (1096-1109), si bien es cierto que no habría podido mantenerse sin el crecimiento del comercio intraeuropeo, y más concretamente sin la disponibilidad de productos con una demanda suficiente en el comercio oriental. En un primer momento, solo el comercio de esclavos, obtenidos principalmente en los Balcanes, permitía frenar un poco la salida de plata. La situación cambió con la exportación de paños de Flandes, tejidos de lana gruesos, de buena aceptación en Europa, pero que sobre todo fueron durante mucho tiempo el principal producto de exportación al Próximo Oriente a través de los puertos italianos. Al mismo tiempo, este intercambio activó el comercio europeo, en el que entraban también productos orientales e italianos (otros tejidos de lana, lino y seda y metales obrados, en especial armas y corazas).

Se constituyó así el eje comercial Flandes-Italia-Próximo Oriente, a partir del cual se organizaba el resto del comercio europeo. Con el tiempo este eje se transformó por los dos extremos. En Europa perdió importancia relativa a partir de finales del siglo XIII, a consecuencia del establecimiento de la ruta marítima directa entre Italia y el mar del Norte, una vez conseguido el dominio cristiano del estrecho de Gibraltar (1277). Ya desde el siglo XII Génova era la potencia predominante, seguida de Venecia y Pisa, pero pronto adquirieron también gran importancia Florencia, Barcelona y Mallorca. Por su parte, Flandes destacaba por el gran número de ciudades medianas, con Brujas como centro principal. En Oriente, el gran eje comercial se prolongó hacia el interior asiático, a través de la llamada ruta de la seda, que permitía entrar en contacto con el comercio chino; el episodio más conocido de esta ruta es el viaje y estancia del mercader Marco Polo en Pekín (1275-1291).

Italia y Flandes siguieron siendo los grandes centros comerciales durante toda la Edad Media, pero después de la Peste Negra aparecieron nuevos centros comerciales. Los principales fueron Inglaterra, la Hansa, la Alemania del sur y la zona comprendida entre el estrecho de Gibraltar y la desembocadura del Tajo. Inglaterra, tradicional exportadora de pesca salada y de lana, empezó en el siglo XIV a exportar tejidos baratos mientras sus marineros se convertían en los principales transportistas internacionales. La Hansa era una agrupación de ciudades mercantiles del norte y centro de Alemania, de las cuales Hamburgo, Lübeck y Colonia eran las principales. El gran negocio de la Hansa era el dominio del comercio con el mundo Báltico, del cual obtenía materias primas (cereales, pieles, maderas) a cambio de vino, sal y productos de lujo. La Alemania del sur (Augsburgo, Nüremberg, Ravensburgo...) creció gracias a su situación a medio camino entre Flandes y Venecia por los pasos del Tirol y las buenas comunicaciones hacia Hungría y Polonia, pero sobre todo adquirió importancia por su gran riqueza minera, en especial de plata.

El frente sur-occidental de Europa, desde el estrecho de Gibraltar al Tajo, es decir, las coronas de Castilla y Portugal, con los dos grandes centros de Sevilla y Lisboa, era el punto de contacto entre el Mediterráneo y el Atlántico, además de centro de avances, más militares que comerciales, sobre las costas africanas y las islas atlánticas, donde se podía obtener oro y esclavos y en las que se introdujo la producción de azúcar. Esta penetración por el Atlántico culminaría con los grandes descubrimientos de finales de la Edad Media: la llegada de Colón a América (1492) y de Vasco da Gama a la India (1498).

2.2 La organización del comercio a escala mundial

Los grandes descubrimientos permitieron una integración relativa del comercio mundial en un espacio que abarcaba gran parte de Europa (sobre todo los puertos del Atlántico y del mar del Norte y sus entornos) y zonas concretas de las costas de Asia y de América, y más tarde también de África. Con el tiempo, este espacio se expandiría hasta ocupar prácticamente todas las costas e iría penetrando de forma más irregular hacia el interior de los continentes; a la vez, aumentaban las áreas relacionadas y los territorios sometidos políticamente a las potencias europeas.

La expansión europea fue posible gracias a la superioridad en «velas y cañones» (Cipolla, 1967): mejores barcos, pero sobre todo mejor instrumental de orientación para la navegación en alta mar, además de superioridad en las armas de fuego, en especial la artillería. Pero también por la iniciativa comercial y el impulso de los poderes públicos, a pesar del déficit constante de la balanza comercial. Los países que iniciaron la expansión europea fueron, como ya hemos dicho, Portugal y Castilla, seguidos en el siglo XVII por Holanda, Gran Bretaña y Francia. Las zonas de expansión de Portugal y Castilla eran muy diferentes, y por lo tanto también difirieron sus formas de explotación.

2.2.1 El siglo del predominio ibérico

Castilla no encontró en América una vida comercial organizada. La explotación del nuevo continente se basó en el saqueo, la ocupación del territorio y la sumisión o aniquilamiento de los indígenas, y más tarde en la organización de la producción. El saqueo, sobre todo de los tesoros de los imperios azteca (México) e inca (Perú), fue muy rentable, y fue seguido de la explotación de minas de plata, primero en Potosí (en la actual Bolivia) y más tarde también en México.

Portugal, en cambio, organizó la explotación colonial como una empresa comercial: se trataba de llevar a Europa los productos de la India (especias, tejidos de algodón y de seda, joyas...) a un precio mejor que el de la ruta tradicional del Próximo Oriente. Para conseguirlo ocuparon enclaves (factorías) a lo largo de las costas de África y en India, desde los cuales comerciaban con los mercaderes indígenas. El principal problema era cómo pagar las compras: las manufacturas europeas ofrecían pocos productos atractivos para el comercio oriental, con lo cual se debía partir proveído de importantes cantidades de oro y plata, obtenidas en parte drenando las existencias en Europa y el resto en África. Solo fue posible una financiación suficiente con la llegada de metal precioso de América (oro y, sobre todo, plata), obtenido del saqueo de las acumulaciones seculares de los indígenas y de la conquista de los imperios azteca e inca, pero sobre todo de la puesta en explotación de las minas de plata del Perú y de México. El metal precioso americano fue el elemento definitivo para la integración comercial a escala mundial.

Sin embargo, debe advertirse que esta integración comercial fue limitada, lenta y cambiante. Limitada porque solo afectaba directamente a las zonas de más fácil comunicación (puertos y zonas próximas) y los productos más deseados por el comercio internacional, pero también porque el volumen de mercancías implicado era muy pequeño, por lo que tenía poca incidencia sobre el conjunto del comercio, y todavía menos sobre el conjunto de la economía europea. Lenta porque las expediciones duraban mucho tiempo (un año y medio para ir y volver de Lisboa a la India), pero en especial porque tanto el crecimiento del comercio como la ampliación de las áreas afectadas se produjeron muy paulatinamente. Cambiante porque los países más avanzados y las formas de explotación experimentaron también variaciones importantes.

En el siglo posterior a los grandes descubrimientos el esquema básico del gran comercio intercontinental era el siguiente: el metal precioso americano llegado a Sevilla servía, en parte, para pagar los gastos exteriores (político-militares) de la monarquía hispánica y para saldar el déficit comercial provocado por la importación de especias (de Lisboa) y de manufacturas (del centro-norte de Europa). La parte que salía hacia Lisboa financiaba directamente el comercio con Oriente; la que iba a la Europa noroccidental vivificaba todo el comercio europeo, en especial el comercio con el Báltico. Las manufacturas del noroeste de Europa satisfacían la demanda ibérica y eran en parte reexportadas hacia la India y hacia América.

Este era el circuito básico, formado por el triángulo Sevilla-Lisboa-Flandes y las dos rutas extraeuropeas hacia América y Asia. El centro principal eran las ciudades flamencas –primero Brujas, después Amberes y finalmente Ámsterdam–, dado que, por varias razones, pero en especial por el predominio manufacturero, el centro de gravedad de la economía europea se fue desplazando desde el Mediterráneo (especialmente Italia) hasta las orillas del mar del Norte.

En la Edad Moderna, el antiguo condado de Flandes recibe también el nombre de Países Bajos. A finales del siglo XVI, a consecuencia de la revuelta contra la monarquía hispánica, quedó dividido en unos Países Bajos septentrionales (Holanda) y unos Países Bajos meridionales (Flandes o Bélgica).

Además del circuito básico, hay que tener en cuenta como mínimo dos circuitos secundarios. El comercio mediterráneo seguía siendo muy importante en el siglo XVI, sobre todo en las rutas de Venecia a Egipto, por un lado, y con la Alemania del sur, por otro. El segundo circuito secundario, aunque importante, era el del Báltico, de donde provenían materias primas con una fuerte demanda en la Europa occidental, como cereales, maderas y otros productos para la construcción naval (cola, resina), a cambio de sal y productos de lujo: vino, especias, manufacturas... Tanto a través de Egipto como hacia el Báltico, el comercio tenía que saldarse también con fuertes cantidades de plata.

2.2.2 El paso de la primacía europea a los países del noroeste

A partir del siglo XVII el comercio europeo y la explotación del resto del mundo experimentaron cambios sustanciales. En primer lugar, la abundancia de plata provocaba una pérdida de su valor que se traducía en un alza de los precios (la revolución de los precios del siglo XVI), mientras que obtenerla resultaba cada vez más caro, tanto porque el mineral debía extraerse de una mayor profundidad como porque la sobreexplotación había hecho desaparecer gran parte de la mano de obra indígena. Por lo tanto, los rendimientos económicos de la minería cayeron y la producción disminuyó. Sin embargo, precisamente cuando la llegada de plata a Europa se estancaba, su salida empezó a aumentar rápidamente. La principal razón es la ruptura del anterior monopolio transoceánico de Castilla y Portugal en favor de los países del noroeste: Holanda, Inglaterra y Francia.

A partir de la Peste Negra, tanto Inglaterra como los Países Bajos habían experimentado un crecimiento económico superior al del resto de Europa, con un fuerte aumento del trabajo asalariado, de la especialización y de la innovación, que hacían que sus productos fueran altamente competitivos, al mismo tiempo que sus ciudades disfrutaban de una amplia autonomía organizativa que les permitía adoptar instituciones y políticas favorables al desarrollo económico (van Zanden, 2009).

En estas condiciones, las provincias del norte de los Países Bajos (Holanda), como parte de su revuelta contra la política fiscal y religiosa de Felipe II, atacaron las colonias portuguesas (bajo soberanía española desde 1580) tanto de Brasil como del Índico. Las principales ventajas de los holandeses serían el descubrimiento de una vía más directa hacia las islas de las especias, una mejor ordenación del comercio y la ocupación y explotación del territorio, que contrastaba con la política portuguesa de factorías mercantiles.

Tanto Inglaterra como Francia pronto imitaron la vía holandesa. La mayor competencia y las nuevas formas de gestión del negocio colonial trajeron consigo importantes transformaciones. La explotación de las colonias quedó principalmente en manos de grandes compañías comerciales privilegiadas, que pronto se convirtieron en sociedades de capitales (no de personas), es decir, en las primeras sociedades anónimas. De ese modo, el estado se liberaba de los gastos militares y de administración y el negocio funcionaba casi como un monopsonio y un monopolio, lo cual permitía maximizar los beneficios. Las principales compañías comerciales privilegiadas fueron las compañías holandesa e inglesa de las Indias Orientales.

Junto con la creación de las grandes compañías, el instrumento principal de explotación colonial a partir del siglo XVII fue la organización de la producción, sobre todo mediante la creación de plantaciones. La plantación es una gran explotación dedicada al monocultivo de un producto con demanda en Europa, producido con mano de obra esclava o sujeta. Los principales productos de plantación fueron al principio el azúcar, el cacao y el añil, y posteriormente el tabaco y el algodón. Tal como afirma Hobsbawm (1983), el antiguo sistema colonial basado en la extracción fue sustituido por el nuevo colonialismo de las plantaciones.

En América, la irrupción de los conquistadores había provocado una gran disminución de la población indígena, debido a las luchas y las enfermedades, hasta provocar la extinción de etnias enteras. Por otra parte, los indígenas americanos, acostumbrados a economías poco exigentes en trabajo, resistían mal el trabajo forzado en las plantaciones, de forma que estas dependieron del tráfico de esclavos africanos. La cantidad de africanos capturados fue de unos veinte millones, a los que hay que añadir los nacidos en América de madre esclava. Los principales destinos fueron Brasil y las colonias inglesas y francesas del Caribe, y más tarde las colonias de América del Norte. El tráfico de esclavos era en el siglo XVI un monopolio portugués, que rompieron los holandeses a principios del siglo XVII, al igual que ingleses y franceses en la segunda mitad del mismo siglo.

En Asia, las plantaciones serían mucho más tardías, pero la Compañía Holandesa de las Indias Orientales organizaba también la producción en provecho propio: aseguraba la autoridad de los reyezuelos locales a cambio de fuertes tributos, de forma que los indígenas no eran privados de la propiedad de la tierra pero quedaban sometidos a impuestos tan elevados que solo podían satisfacerlos cultivando y vendiendo más especias, cuyo precio fijaba la propia Compañía. Con este sistema, los indígenas eran prácticamente esclavos sobre su propiedad y la Compañía obtenía el doble beneficio del tributo pagado por los reyezuelos y de la compra de especias a bajo precio. Con la organización de la producción en las colonias, el comercio mundial empieza a basarse más en la cantidad vendida que en las ganancias por unidad: es el inicio del comercio masivo.

Por otro lado, en el siglo XVII holandeses e ingleses, a la vez que se iniciaban en el comercio transoceánico, se introducían también en el comercio mediterráneo, donde llevaban grano del norte, pesca salada, tejidos baratos y especias. La producción y venta de productos de lujo mediterráneos no podía competir con el comercio de bienes de consumo masivo ofrecidos por los ingleses, los holandeses y, más secundariamente, los franceses, de forma que la primacía europea, primero económica y a partir de mediados de siglo también política, pasó definitivamente del mundo mediterráneo a manos de los países situados en torno al mar del Norte.

Holanda fue la potencia hegemónica en los tres primeros cuartos del siglo XVII gracias a su predominio sobre el comercio asiático, el casi monopolio del comercio del Báltico, la penetración en el mundo mediterráneo, el papel de centro principal de intercambios –tanto de productos ultramarinos como de productos europeos–, el dominio del transporte (la flota holandesa equivalía aproximadamente a la suma de las flotas de las otras potencias europeas) y el papel de gran centro financiero mundial, sobre todo después de la fundación del Wisselbank (Banco de Giro, 1609).

Pero hacia mediados de siglo XVII el comercio asiático basado en las especias sufría por la caída de los precios europeos, que lo hacían cada vez menos remunerativo, y tenía que continuar saldándose en plata en una proporción superior al 80%. Para luchar contra este empeoramiento del negocio asiático, Holanda (y también Gran Bretaña) actuaron en dos sentidos: por un lado, diversificando los productos llevados a Europa, añadiendo a las especias y productos de lujo anteriores mercancías más baratas pero bastante remunerativas, entre ellas té, cobre, tejidos de seda y, sobre todo, tejidos de algodón indios (indianas o callicoes, procedentes de Calcuta), y también café muy hacia finales de siglo. Por otro lado, para limitar las salidas de plata de Europa se dedicaron al comercio y el transporte entre territorios asiáticos, lo que les permitía obtener unas ganancias con las que pagar parte de las mercancías enviadas a Europa.

A partir de mediados del siglo XVII, Holanda dejó de ser rápidamente la economía predominante, sobre todo por las políticas mercantilistas hostiles de Gran Bretaña y de Francia. El principal instrumento fueron las Navigation Acts inglesas (la primera y más importante de 1651), que solo permitían introducir mercancías en Gran Bretaña en naves inglesas o del país de procedencia de los productos, eliminando así el papel de transportistas que desempeñaban los holandeses. Tampoco se permitía a los extranjeros comerciar directamente con las colonias inglesas ni transportar pesca salada (bacalao, congrio, arenques) en naves que no fueran inglesas. Como consecuencia del malestar creado por estas medidas discriminatorias, se produjeron tres guerras comerciales entre Gran Bretaña y Holanda. Por su parte, Francia elevó los impuestos a las naves holandesas para atracar en los puertos franceses, e incluso intentó invadir Holanda. Holanda pudo resistir estos ataques, pero su economía se resintió fuertemente. El predominio comercial sería en adelante de Gran Bretaña; Holanda quedaría incluso por detrás de Francia, pero Ámsterdam seguiría siendo la primera plaza financiera mundial.

Los ingleses empezaron su expansión ultramarina casi al mismo tiempo que los holandeses y a remolque de estos, tanto en Asia como en el Caribe o el Mediterráneo. Sin embargo, establecieron una serie de colonias de población en las costas de América del Norte (los futuros EE. UU.). Las condiciones de suelo y de clima de las colonias más septentrionales (Nueva Inglaterra) permitían una agricultura de tipo europeo, próspera gracias a la disponibilidad de tierra y la eliminación o el alejamiento de las tribus indígenas. Las colonias meridionales fueron explotadas mediante plantaciones esclavistas de tabaco y de azúcar, y posteriormente, pero con mucha más importancia, de algodón.

La superioridad comercial británica se debió en gran parte al uso decidido de la capacidad legislativa e incluso de la violencia para favorecer su economía, política de raíz mercantilista que mantendría muy claramente hasta la Primera Guerra Mundial. Otro factor importante en la época fue la alianza con Portugal, forjada a partir de la ayuda británica a la independencia portuguesa. El descubrimiento de oro en la colonia portuguesa de Brasil en 1693 generó una intensa demanda de manufacturas, que fue satisfecha sobre todo por Gran Bretaña. De este modo, Lisboa se convirtió prácticamente en el punto de intercambio del oro brasileño por productos ingleses, de tal manera que ese oro no benefició a las economías de la colonia ni de la metrópoli, sino a la del país productor de manufacturas.

Gran Bretaña se convirtió también en la potencia dominante en Asia, gracias principalmente a la ocupación de gran parte de la India (en competencia con Francia) y la apertura de China al comercio mundial, aunque fuera solo por el puerto de Cantón. China ofrecía productos de lujo, pero especialmente té, que se convirtió rápidamente en la bebida nacional inglesa. A lo largo del siglo XVIII, la cantidad de té exportada a Europa se multiplicó por 70, en gran parte debido a su abaratamiento: el valor de las importaciones solo se multiplicó por 16. El comercio con China era altamente deficitario y la solución vino de un producto trágico: el opio, producido en Bengala y llevado a China por los ingleses. Durante más de un siglo, el opio permitió la explotación de China de la misma manera que el comercio de esclavos permitía la explotación de África.

Sin embargo, no debemos olvidar que la gran ventaja del comercio británico era el papel central que desempeñaban sus manufacturas: mientras que Holanda era básicamente un intermediario comercial, las manufacturas inglesas aseguraban el comercio y las ganancias en provecho de la metrópoli, tanto por su venta directa en Europa o en el Próximo Oriente como a través sobre todo del comercio triangular con las colonias del Caribe y América del Norte. Con el producto de la venta de manufacturas a las colonias (y el contrabando con las colonias españolas) se adquirían los productos coloniales americanos (azúcar, tabaco, algodón), que en parte se reexportaban hacia Europa y el Próximo Oriente.

En el siglo XVIII Francia se convirtió en la segunda potencia comercial, por detrás de Gran Bretaña. A pesar de tener poco éxito en los intentos de colonización en América del Norte (Canadá, valle del Misisipi), poseía algunas islas con plantaciones de tabaco y de azúcar en las Antillas. En el Índico se había asegurado el dominio de Madagascar y otras islas que facilitaban el camino hacia la India, donde dominó algunas zonas. El comercio oriental se basaba sobre todo en tejidos de algodón y especias de la India, sedas y té de China y café de Arabia. El éxito comercial francés se basaba en el comercio europeo, especialmente la reexportación de azúcar antillano, la exportación de vinos y aguardientes (brandy) de calidad, la venta de manufacturas a España (en gran parte destinadas a la América española a través de Sevilla) y el comercio con el Próximo Oriente.

También los antiguos imperios portugués y español experimentaron un crecimiento comercial importante en el siglo XVIII, pero muy pasivo: la explotación de nuevos yacimientos minerales (oro en Brasil, plata en México) generó una demanda colonial que fue cubierta en gran parte mediante manufacturas extranjeras, si bien en el caso de la monarquía hispánica ofreció una oportunidad para la exportación de los aguardientes, los tejidos de algodón, los sombreros y los zapatos catalanes y de los productos de hierro vascos.

En conjunto, la expansión comercial europea a lo largo de la Edad Moderna, acompañada en muchas zonas de dominio político, supuso la creación de una serie de redes comerciales relacionadas entre ellas, en las que Europa (y especialmente la Europa del noroeste) era la principal beneficiada por su papel de intermediación, por el valor añadido de sus manufacturas y por la presión política (militar) que ejercía.

2.3 Instituciones, instrumentos y técnicas mercantiles

El crecimiento y la expansión del comercio no habrían sido posibles sin una serie de instituciones, instrumentos y técnicas destinados básicamente a mejorar su organización, disminuir los riesgos y facilitar el crédito y el control del negocio. No haremos una descripción muy exhaustiva ni organizada según cada uno de estos apartados, sino que nos limitaremos a describirlos brevemente, siguiendo más bien el ritmo cronológico de su aparición. Naturalmente, hay que tener presente que los distintos aspectos, si bien los explicamos uno tras otro, fueron en gran parte contemporáneos y estuvieron relacionados.

2.3.1 La moneda

En primer lugar, hay que hablar de la moneda. Hasta el siglo XIII el Occidente europeo solo acuñaba dineros de plata pequeños (los mejores contenían aproximadamente 1,5 gramos de plata, con tendencia a ser cada vez más ligeros), mientras que las monedas internacionales, las utilizadas para el comercio a larga distancia, eran árabes o bizantinas (besantes, dinares). A principios del siglo XIII las grandes ciudades comerciales italianas (Venecia, Génova, Florencia...) acuñaron primero monedas de buena plata, llamadas grossos, múltiplos del dinero anterior, que fueron imitadas por la mayor parte de los países; y, medio siglo más tarde, acuñaron monedas de oro (florines o ducados), que serían «el dólar de la Edad Media», desbancando a las anteriores monedas orientales: era la demostración más patente del cambio de dominio en el comercio internacional. El predominio europeo se mantendría con la acumulación de oro y plata procedente, primero, de las minas de la Europa central, y a partir del siglo XVI, sobre todo de América, lo cual permitió la emisión de una gran cantidad de monedas y denominaciones. Las más internacionales fueron los reales de plata castellanos y los florines y escudos de oro acuñados por varias potencias. A partir de mediados del siglo XVII empezó a aparecer el papel moneda, de hecho certificados de depósito emitidos por los bancos, pero antes de la Revolución Industrial tuvo muy poca importancia.

2.3.2 Mercados y ferias

Las primeras instituciones importantes en la mejora del comercio fueron los mercados y las ferias. Unos y otros son puntos de encuentro preestablecidos entre vendedores y compradores, pero mientras que los mercados son de ámbito local y tienen una periodicidad corta, que puede ser incluso diaria, las ferias son más escasas pero de mayor importancia. Las ferias se han definido como reuniones de comerciantes, reguladas y privilegiadas, que tienen lugar en un espacio y un momento determinados. La reunión de gente y productos en la feria tiene como ventaja principal la concentración de la oferta y la demanda, que permite superar la incertidumbre comercial asociada al comercio a larga distancia itinerante y dominado por la oferta. El intercambio ferial es doble: entre comerciantes venidos de distintos lugares y entre comerciantes y gente de la zona en la que se celebraba la feria, a la que llevaban a vender vituallas, materias primas o productos manufacturados. Con el dinero obtenido adquirían los bienes que habían traído los mercaderes.

Aunque las ferias han perdurado hasta nuestros días sin cambios importantes, su gran momento comercial corresponde a la Edad Media. Después el comercio se hizo más constante y las ferias perdieron gran parte de su papel como lugar de encuentro de mercaderes, pero las principales (Champaña, Medina del Campo, Besançon...) se reconvirtieron en ferias financieras, es decir, lugares y momentos en los que se concentraban pagos y cobros y, por lo tanto, también una parte importante del crédito. A partir del siglo XVIII ese papel quedaría también eclipsado por la actividad constante de los bancos de las principales ciudades (plazas bancarias).

2.3.3 Crédito y banca

Y es que el crecimiento experimentado por la actividad comercial no habría sido posible sin el crédito y la banca. Las formas más sencillas de crédito comercial, la cesión de mercancías o de dinero para comprar mercancías con la promesa de devolver el valor obtenido con creces (interés), aparecen muy pronto y en todas partes, aunque algunos grupos, como los llamados lombardos (de Lombardía), se especializaron en el préstamo de feria a feria, que permitía a un mercader sin recursos suficientes obtener crédito para comprar mercancías, vender estas mercancías en otro lugar y liquidar la deuda en la próxima feria. Estos primitivos prestamistas itinerantes dejaban su dinero o el de aquellos que lo habían cedido con esta finalidad. La aparición de la banca permitió que el crédito adquiriera una importancia mucho mayor.

La banca, y sobre todo la técnica bancaria, proceden del cambio de moneda: el cambista o banquero es el especialista que conoce el valor de las diferentes monedas y facilita su intercambio, ganando así una comisión. Pronto los banqueros añadirán al cambio el depósito: el banquero dispone de una caja fuerte en la que acepta que los clientes depositen su dinero, o para que el banquero pueda adquirir la moneda por la que lo quieren cambiar o bien por seguridad. Los mercaderes pronto encontraron cómodo enviar a sus acreedores a cobrar al banco. Este puede entregar el dinero o anotar el crédito en el haber del acreedor y el débito en el debe del deudor. La culminación de este proceso es el crédito: los banqueros, a sabiendas o no de sus clientes, aprovechan una parte de los fondos depositados para prestarlos a terceros a cambio de un interés. Es el negocio bancario.

Los progresos posteriores vinieron de la creación de bancos especializados en el giro y de los bancos centrales. Los primeros bancos de giro, es decir, especializados en el negocio de las letras de cambio, aparecieron en Italia, de donde fueron imitados y perfeccionados en Flandes: el Wisselbank de Ámsterdam sirvió de modelo para muchos bancos de giro en el norte de Europa.

La letra de cambio, una orden de pago que debe hacerse efectiva en otro lugar, en otra moneda y al cabo de un cierto tiempo, fue el principal instrumento del crédito comercial y de los pagos a larga distancia. Para evitar la condena eclesiástica al interés, este se camuflaba en el cambio, el valor atribuido a las monedas que intervenían en la operación.

Aunque ya existían bancos públicos desde el siglo XV (el primero, la denominada Taula de Canvi de Barcelona, creada en 1401), su transformación en bancos centrales, prestamistas del estado, gestores de la deuda pública y emisores de papel moneda tuvo lugar por vez primera con la fundación del Banco de Inglaterra en 1694. La iniciativa pronto fue imitada en Francia, pero el exceso de emisión de papel moneda llevó al Banco Central francés a la quiebra en 1720, de forma que el Banco de Inglaterra fue casi el único banco central de la etapa preindustrial: el español Banco de San Carlos no sería creado hasta 1782, sin mucho éxito, y el resto de países no dispusieron de bancos centrales hasta el siglo XIX.

Junto a la banca hay que citar también la bolsa. Su precedente son las lonjas de contratación de mercancías, a algunas de las cuales se añadió con el tiempo la contratación de títulos de deuda pública y, posteriormente, de acciones de las grandes compañías comerciales y otras sociedades por acciones. La primera bolsa fue la de Amberes, inaugurada en 1487; un siglo más tarde aparecieron, con poca diferencia entre ellas, las de Lión, Londres y Ámsterdam, y a finales del siglo XVII y principios del XVIII, las de Berlín, Basilea y París.

2.3.4 Formas de asociación y seguros

La actividad comercial propició varias formas de asociación. La compañía (dos o más socios que actúan en común), a pesar de no ser desconocida, era poco utilizada por el principio de responsabilidad ilimitada, que obligaba a cada uno de los socios a responder con todos sus bienes de las pérdidas de la compañía. Más típica del comercio medieval era la comanda o sociedad en comandita, formada por un socio capitalista (comandante) y un socio gestor (comanditario). El primero aportaba el dinero o las mercancías, mientras que el segundo se encargaba de transportarlas a su punto de venta para volver con el dinero o con otras mercancías. Normalmente el capitalista se reservaba tres cuartas partes de la ganancia, pero las pérdidas, en caso de existir, iban a su cargo.

Otras formas de asociación que aparecen también ya en la Edad Media y que tienen como finalidad principal resolver los problemas de la distancia son la sucursal, una dependencia de la empresa instalada en otra ciudad y que no está dotada de iniciativa propia; la empresa filial, sociedad independiente pero participada mayoritariamente por la casa central y que se ocupa preferentemente de las relaciones con esta; y la corresponsalía, acuerdo entre empresas independientes y situadas en lugares diferentes, pero que mantienen unas relaciones privilegiadas que incluyen la transmisión de noticias, el crédito mutuo y a veces participación en negocios comunes.

Una forma especial de asociación, creada por la conveniencia de evitar el riesgo repartiendo las posibles pérdidas y que pronto se convirtió en entidad propia, es el seguro. El seguro adoptó dos modalidades principales: el préstamo marítimo o crédito al por mayor, por el cual se cedían mercancías o crédito para la compra de mercancías con la condición de que solo había que devolver el capital y los intereses pactados si las mercancías llegaban a buen puerto. La segunda es el seguro propiamente dicho, parecido al actual incluso en el vocabulario y por el que los aseguradores recibían por adelantado una prima, a cambio de la cual se comprometían a pagar el valor de las mercancías en caso de pérdida. Las sociedades de seguro se creaban para cada caso concreto y normalmente participaban en ellas muchos aseguradores con cantidades pequeñas: era menos peligroso que arriesgar una gran cantidad en un solo seguro.

La forma moderna más corriente de asociación, la sociedad de capitales o sociedad anónima, nació a principios del siglo XVII con las grandes compañías coloniales privilegiadas, de las que ya hemos hablado, aunque hasta muy entrado el siglo XIX quedó reducida a grandes empresas con apoyo estatal (compañías comerciales, construcción de obras públicas o colonización de territorios). De hecho, en muchos países la constitución de una sociedad anónima requería un decreto gubernamental o la aprobación del Parlamento hasta muy avanzado el siglo XIX.

Llegar a este grado de organización del crédito y de las sociedades presupone disponer de la contabilidad, cuya forma más avanzada, la partida doble, aparece en Italia en los siglos XIV-XV. De hecho, todavía hoy las prácticas bancarias, crediticias y contables son en gran parte herederas directas de las innovaciones introducidas por los banqueros y comerciantes medievales, especialmente los de las ciudades italianas (Génova, Florencia, Venecia).

3. Recuperación y crecimiento de la producción artesana

Las sinergias positivas entre la ciudad y el campo hicieron crecer la actividad manufacturera urbana, que en gran parte iba destinada al abasto de la misma ciudad y del campo circundante: el vestido y el calzado eran los productos más típicos, pero también los enseres de cocina, el instrumental agrario y las armas. Además de eso hay que tener presentes los oficios de la construcción (albañiles y carpinteros) y los destinados a la manipulación de alimentos (carniceros, panaderos).

La producción artesana experimentó un crecimiento notable, gracias sobre todo al auge del comercio, pero fue básicamente un crecimiento cuantitativo, sin grandes innovaciones, excepto en algunos sectores. Por otro lado, la actividad artesana tenía una importancia secundaria en el conjunto de la economía: ocupaba un porcentaje pequeño de la población activa, sobre todo con respecto a la agricultura, pero también en comparación con el comercio, el transporte o el servicio doméstico. La escasa capacidad de demanda de la mayor parte de la población era un obstáculo muy importante para el crecimiento industrial. Con todo, la demanda estimulaba la especialización, tanto dentro de cada ciudad (subdivisión de los oficios) como dentro de algunas ciudades en el caso de algunos productos, que resultaban competitivos en el comercio a larga distancia.

3.1 La industria textil

En el conjunto de Europa la principal actividad manufacturera era la producción de tejidos. La región que lideraba esta producción para el comercio internacional era Flandes. Los tejidos de lana gruesa (paños) de Flandes lograron una calidad que los hacía competitivos en el resto de Europa occidental y, hecho todavía más importante, consiguieron introducirse en los mercados del Próximo Oriente. De hecho, los tejidos fueron el producto principal del comercio a larga distancia durante toda la etapa preindustrial. Las otras actividades importantes fueron la obtención y la elaboración de metales y la construcción, tanto de edificios como de naves.

La industria textil no experimentó grandes transformaciones técnicas, pero sí una gran cantidad de pequeños perfeccionamientos y cambios en los productos principales. En el sector lanero el cambio principal fue la aparición en el siglo XVI de la nueva pañería, más variada, más ligera, más barata y más adaptada a los climas cálidos que la vieja pañería tradicional, que había enriquecido a las ciudades flamencas e italianas en la Edad Media. La nueva pañería exigía menos materia prima, menos trabajo y menos instalaciones; era de inferior calidad, pero mucho más barata. Aunque nació en Flandes, se difundió rápidamente por Inglaterra, que sería el principal país exportador, y también por Francia.

La industria textil sedera no era tan importante en producción y empleo, pero sí en valor. Los primeros centros importantes se encontraban en Italia, donde en el siglo XVI Bolonia disponía de una gran máquina de hilar seda, un ingenio muy complejo pero muy efectivo que la ciudad intentó mantener como secreto industrial, aunque no lo logró por mucho tiempo. Su difusión por el valle del Po hizo que Italia se especializara en la producción de hilo de seda, que era exportado a todas partes, pero sobre todo a Lión, que hasta el siglo XIX sería el principal centro textil europeo de la seda.

El lino y el algodón, a pesar de ser fibras trabajadas desde la Edad Media, no adquieren importancia hasta el siglo XVII: el lino era utilizado en la confección de velas, sacos y telas sencillas, pero también de tejidos finos (de hilo), que se beneficiaron mucho de la difusión de la ropa interior y de la demanda colonial. Fue en gran parte una industria rural, en la que a menudo los mismos campesinos que cultivaban el lino lo manufacturaban. Sus principales centros productores fueron Flandes, Francia (Bretaña y Normandía), Gran Bretaña (especialmente Escocia e Irlanda) y algunas zonas de Alemania (Baviera, Silesia, Westfalia). En el siglo XVIII la demanda de estas zonas superaba a la producción de fibra, por lo que se importaba mucho lino de Rusia y de los países bálticos.

La última fibra que tuvo importancia en Europa fue el algodón. Aunque era conocido y trabajado desde antiguo, tuvo una escasa difusión hasta que a principios del siglo XVIII la prohibición de importar callicoes de la India dio lugar a imitaciones de este tejido, que tuvieron una gran aceptación tanto en Europa como en las colonias. El sector algodonero se concentró en puntos concretos de Europa (el alto valle del Rin, Cataluña), pero sobre todo en Inglaterra: la mecanización de la hilatura de algodón se suele considerar el primer episodio de la Revolución Industrial. Como antecedentes de la maquinaria que en la segunda mitad del siglo XVIII revolucionaría la producción de hilo de algodón, se pueden citar ya en el siglo XVII el telar de cinta, que multiplicaba por cuatro la producción, o las máquinas de hacer medias.

3.2 La extracción y transformación de los metales

A principios de la época feudal, las prácticas mineras eran muy simples y solo permitían aprovechar filones muy superficiales. El descubrimiento de minas de plata en Europa central trajo consigo la introducción, a partir de mediados del siglo XV, de una serie de innovaciones que permitían trabajar a más profundidad (máquinas para extraer el agua y elevar el mineral) y, posteriormente, la introducción de procesos que abarataban la transformación del mineral en metal: martillos movidos por energía hidráulica (martinetes), máquinas trituradoras y procedimientos químicos para separar los distintos metales.

Aparte del oro y la plata, el metal principal era el hierro, cuyo trabajo fue también objeto de importantes innovaciones. La fragua tradicional permitía separar el hierro de los otros minerales o la tierra que llevaba incorporados a base de golpear con el martinete el hierro caliente y obtener después objetos mediante la forja. Una innovación medieval fue el horno bajo, cuyo ejemplo más perfecto era la forja pirenaica o catalana, que utilizaba un salto de agua para dirigir una corriente de aire hacia el horno y lograr así una temperatura más elevada. Pese a ello, solo obtenía una especie de pasta de hierro, que se podía trabajar a golpe de martillo (forja).

La innovación básica posterior (en el siglo XVII) fue el alto horno, que permitía fundir el hierro y obtener piezas directamente vertiendo hierro fundido en moldes. Las ventajas del alto horno eran varias: podía trabajar con minerales menos ricos y necesitaba menos combustible. En cambio, el alto horno era mucho más caro de construir y el hierro obtenido no servía para determinados usos, de modo que ambos sistemas de obtención de hierro, la forja y el alto horno, se mantuvieron en muchos países hasta muy avanzado el siglo XIX.

Por desgracia, las principales innovaciones en la metalurgia fueron destinadas a la obtención de nuevo armamento: corazas, espadas, picas de acero y armas de fuego portátiles, pero sobre todo, por la gran cantidad de metal que consumían, cañones.

3.3 Las mejoras en el aprovechamiento energético

Tanto la producción artesana como el comercio se beneficiaron de mejoras en el aprovechamiento de las energías naturales, a veces poco vistosas pero muy eficaces, como la ya citada de la forja catalana. Los molinos hidráulicos se perfeccionaron para adaptarse mejor a las disponibilidades de agua de cada lugar y a distintos usos: moler el grano, compactar tejidos (abatanar), mover una sierra... Sin embargo, la principal novedad fue el perfeccionamiento y difusión del molino de viento, útil cuando el agua tiene poco desnivel para mover un molino hidráulico (caso de Holanda) o es muy escasa, como en La Mancha.

El aprovechamiento de la energía eólica adquirió aún más importancia en la navegación. Junto con las ya citadas innovaciones del timón de popa y la brújula, un mejor aprovechamiento de la fuerza del viento, a base de multiplicar las velas y mejorar su disposición y manejo, permitió construir barcos más grandes y más eficientes, hecho que tuvo importancia para el comercio a larga distancia, que ya hemos visto, y para la construcción naval, que veremos más adelante.

La otra gran innovación energética de la Edad Moderna es la gran expansión en el uso, y por tanto extracción, del carbón mineral, sobre todo en Gran Bretaña. El elevado consumo de leña o de carbón vegetal (doméstico o industrial) provocó en el siglo XVI un proceso de deforestación y de encarecimiento de la leña. Al ser el carbón abundante y relativamente fácil de extraer en Gran Bretaña, empezó a ser utilizado en aquellos procesos que solo necesitaban una fuente de calor, como la fabricación de jabón o de cerveza o el refinado de azúcar. Aunque no podía ser utilizado en la siderurgia, que era posiblemente el sector donde más leña se consumía, su uso se difundió ampliamente: a mediados del siglo XVI se extraían en Gran Bretaña unas 200.000 toneladas de carbón por año; a finales del XVII, unos 3.000.000 de toneladas. La turba, más barata, pero con menos potencia calorífica, fue muy usada como alternativa a la leña y el carbón, especialmente en Holanda y algunas zonas del norte de Alemania.

3.4 La construcción

Las técnicas constructivas mejoraron mucho a lo largo de la etapa preindustrial –basta con ver cualquier catedral gótica o barroca o palacios como el de Versalles–; en cambio, el instrumental y la maquinaria disponibles cambiaron muy poco. Aun así, se trata de una actividad importante, por un lado por la cantidad de gente y oficios a los que daban trabajo las grandes obras; por otro, porque a menudo se trataba de trabajadores itinerantes, con la facilidad para la difusión de conocimientos técnicos que ello supone.

De todos modos, los avances más importantes en la construcción se dieron en los astilleros: la construcción naval se convirtió en la industria más compleja de la época y una de las que requería más inversión de capital. Sobre todo en Holanda y en Venecia, los astilleros estaban equipados con grúas y sierras mecánicas y se fabricaban piezas estándar para facilitar la construcción y las reparaciones. El resultado fue un enorme crecimiento de la capacidad de transporte, encabezado por Holanda. La flota holandesa pasó de unas 50.000 toneladas a principios del siglo XVI a unas 500.000 a finales del siglo siguiente, momento en el que representaba la mitad del tonelaje europeo. La construcción naval tenía importantes efectos de arrastre sobre otras industrias: fabricación de velas y cuerdas, metalurgia, etc.

Hubo muchas otras innovaciones, la mayor parte conocidas desde la baja Edad Media pero que se difundieron en los siglos XVI y XVII, como la imprenta, los tapices, las porcelanas, los relojes, los juguetes mecánicos, las lentes ópticas (gafas, telescopios) y los instrumentos de navegación. Su escasa importancia como industrias no debe hacer olvidar su papel como especialidades locales o regionales, pero sobre todo la trascendencia de algunas. Señalaremos únicamente la importancia de la imprenta como difusora del conocimiento, la mejora que el instrumental náutico significó para la navegación y el comercio y, especialmente, el aprendizaje para innovaciones mecánicas posteriores que significó la fabricación de relojes y de juguetes mecánicos.

3.5 La organización de la producción

En cada ciudad la actividad artesana fue organizándose en asociaciones de oficio o gremios. El gremio era la asociación de maestros de un mismo oficio, organizada, reconocida y regulada por el municipio. Sus finalidades eran el monopolio del oficio (nadie podía ejercerlo si no era admitido como maestro en el gremio correspondiente) y el control de la actividad, velando por la calidad del producto. Cada gremio disponía también de mecanismos de ayuda mutua y aseguraba la representación del oficio en los órganos de poder municipales. Aunque solamente los maestros del oficio formaban parte del gremio, este albergaba también indirectamente las otras dos categorías profesionales típicas de la época, el aprendiz y el oficial.

Los gremios de oficio fueron importantes hasta el siglo XVII y, a pesar de sufrir una clara decadencia en el XVIII, en algunos países como Alemania llegaron hasta mediados del siglo XIX.

Gran parte de la producción artesana, incluso la destinada a mercados lejanos, siguió obteniéndose en el marco de la organización gremial, en especial en Italia, Francia y Alemania, pero incluso allá donde los gremios mantenían su vigor, la producción para el comercio a larga distancia, más masiva y dependiente de los gustos de zonas lejanas, pronto escapó al control de los maestros gremiales para pasar a manos de empresarios que dirigían la producción, indicando las cantidades y calidades que deseaban, y a menudo avanzando materias primas o dinero y fijando por adelantado el precio de los productos. En este último caso, el maestro gremial se convertía en trabajador a tanto la pieza, aunque por regla general continuaba siendo propietario del taller y del instrumental, es decir, del capital fijo. Así pues, la organización gremial se mantiene, pero esconde unas relaciones de producción diferentes.

El cambio de la estructura de producción gremial a la empresarial pasa por varios estadios intermedios hasta culminar en la fábrica. Encontramos en primer lugar el llamado putting out system (o Verlag System, en alemán): el empresario da trabajo a varios maestros y señala las características del producto y los plazos de entrega, logrando así la estandarización y el control de la producción. Existe todavía un aspecto más importante: si la elaboración de los productos implica procesos diferentes (como en la producción de tejidos, el trabajo de la piel o la obtención de productos metálicos), el empresario organiza toda la cadena de producción, haciendo desaparecer los mercados intermedios y procurando evitar los cuellos de botella que a menudo se producían en dichos mercados.

Sin embargo, el putting out system, nacido en el seno del mundo gremial, tendrá mucha más importancia con la difusión de la industria en el campo, situación característica de la Edad Moderna. Muchos empresarios comienzan a trasladar a las zonas rurales una parte creciente de la producción, de forma que se produce una división del trabajo: la obtención de algunos productos intermedios o de productos sencillos y los procesos intensivos en mano de obra poco o nada especializada se trasladan al campo, mientras que la ciudad mantiene la elaboración de productos de lujo y a menudo los acabados de los productos rurales, es decir, las operaciones que requieren mayor habilidad (más oficio). Esta deslocalización de la industria respecto a la ciudad obedece a dos razones principales: por un lado, evita la reglamentación gremial, lo cual permite por ejemplo ofrecer productos nuevos (que a menudo resultaban de calidad inferior, pero más baratos); por otro, aprovecha la disponibilidad de materias primas y el coste inferior del factor trabajo: en el campo, los ingresos familiares no dependían básicamente de la actividad artesana y el coste de oportunidad del trabajo era prácticamente cero en muchos momentos del año.

En muchos lugares de Europa la industria rural no superó este estadio de campesinos secundariamente artesanos, pero en las zonas de actividad más intensa, de mayor demanda de trabajo, se produjo una especialización superior: muchas familias pasaban a tener la producción artesana como actividad principal y completaban sus ingresos trabajando en el campo en los momentos de más demanda de mano de obra, y por lo tanto de jornales más altos. Es lo que se denomina protoindustrialización. El aumento de población no productora directa de alimentos que conlleva esta situación solo es sostenible si hay una zona agraria próxima capaz de incrementar su producción para proporcionar al área protoindustrializada los alimentos necesarios sin un aumento excesivo de los precios. Por lo tanto, la protoindustrialización favorece una integración del mercado que beneficia a todos los participantes: no solo a las zonas protoindustrial y agrícola, sino también a la ciudad próxima, punto a menudo de finalización y casi siempre de venta de los productos artesanos rurales y mercado en el que los trabajadores de las dos zonas podían adquirir más artículos. Ambos aspectos permiten ampliar el radio de mercado, interior y exterior, de la ciudad.

El concepto originario de protoindustrialización (Mendels, 1972) postulaba que se trataba de una fase previa a la industrialización. Sin embargo, la evidencia demuestra que muchas zonas protoindustriales nunca se convirtieron en zonas industriales, algo fácilmente comprensible: las principales materias primas protoindustriales eran la lana y el lino, mientras que los elementos definidores de la primera industrialización serían el algodón, el carbón y el hierro. No obstante, la fase de protoindustrialización era una buena preparación para la industrialización (aportaba conocimientos técnicos y de mercados), de manera que algunas zonas protoindustriales se transformaron en zonas industriales y otras apoyaron la industrialización de un área cercana.

La relación de producción se transforma en capitalista cuando, dando un paso más, el empresario proporciona también el capital fijo, es decir, los locales y la maquinaria, a cambio de la obligación de trabajar en exclusiva para él. La fábrica aparece cuando el aumento de la demanda pone de manifiesto los inconvenientes de la industria en el campo: dificultades para organizar la producción y asegurar la cantidad y la calidad (de Vries, 1982). Cuando se quería introducir un producto nuevo para el cual los trabajadores rurales no tenían ni conocimientos ni herramientas, si la demanda era creciente y se presumía constante, valía la pena el esfuerzo de concentrar la producción y profesionalizar a los obreros. Fue el caso de la industria algodonera. La fábrica, una vez realizada la inversión inicial, ahorraba gastos de transporte, fraudes y trabajo de mala calidad, al mismo tiempo que permitía una velocidad de rotación muy superior al capital circulante. Así pues, la fábrica, surgida muy entrado el siglo XVIII, debe considerarse un precedente directo de la Revolución Industrial (Berg, 1987), aunque solo adquirió pleno sentido con esta.

4. La transición del feudalismo al capitalismo

Junto con las transformaciones económicas que hicieron posible el salto adelante que representaría la Revolución Industrial, hubo cambios sociales y políticos sin los cuales esta tampoco habría sido posible. De hecho, el paso de la etapa preindustrial a la industrial puede definirse también como la transición del feudalismo al capitalismo, y naturalmente los cambios sociales y económicos fueron igualmente paulatinos.

La transición fue un proceso largo (y muy discutido por los historiadores): feudalismo y capitalismo convivieron mucho tiempo en una simbiosis que fue transformándose en oposición. Para entenderlo es útil recordar la diferencia entre actitudes y actuaciones capitalistas, que se pueden encontrar ya en la Edad Media y que son perfectamente integrables en el mundo feudal: mentalidad capitalista, que postula una organización económica, social y política sobre bases diferentes a las del feudalismo, y sistema capitalista, que es el resultado de la implantación legal de esta nueva forma de organización de la sociedad, que queda ya fuera de la época que ahora estudiamos.

4.1 Ascenso de la burguesía y abolición del feudalismo

Desde la recuperación de la vida urbana, la actividad económica basada en la producción y el comercio (el negocio burgués) resultaba en general más rentable que la renta feudal, de modo que la situación económica de la burguesía entraba cada vez más en contradicción con su subordinación social y política. Podemos caracterizar el ascenso de la burguesía en tres etapas: alianza con la monarquía contra el predominio de los señores feudales, a partir de la baja Edad Media; control de la actuación de la monarquía mediante el sistema parlamentario, a partir de finales del siglo XVII; e implantación del estado burgués, con o sin la abolición de la monarquía, a partir de la Revolución Francesa. El primer proceso fue general en Europa occidental; los otros dos resultaron mucho más dispersos, hasta el punto de que en algunos países se pasó directamente al último estadio.

4.1.1 El mercantilismo

A partir de la crisis de la baja Edad Media, las monarquías, con el apoyo de las burguesías urbanas, lograron imponer su autoridad sobre la compartimentación feudal y crear los primeros estados modernos, dotados de aparatos de gestión y de control en los campos judicial, fiscal, administrativo, militar y eclesiástico. Este control permitió a los monarcas asegurarse la fidelidad de los estamentos privilegiados, primera condición para optar a los cargos de nombramiento real y a las rentas que estos proporcionaban y que permitían completar unas rentas feudales a menudo muy maltrechas.

Las nuevas monarquías intervinieron también en el mundo económico con el fin de aumentar el poder del monarca, y lo hicieron especialmente mediante la protección del comercio exterior: es lo que se denomina mercantilismo. El punto de partida del mercantilismo es la idea de que el poder del monarca depende de la riqueza del país y de que, en la época, el comercio exterior es la forma más rápida de enriquecimiento. Por lo tanto, el estado legisla a favor de los intereses comerciales, prohibiendo o gravando la entrada o la salida de productos, discriminando a favor de los barcos propios, concediendo monopolios de explotación de determinadas zonas o de fabricación de algunos productos, ocupando territorios e incluso guerreando para obtener territorios o beneficios económicos, tanto en Europa como fuera de ella. La finalidad principal de las políticas mercantilistas era obtener balanzas de pago favorables que permitieran acumular oro dentro del país.

Las políticas mercantilistas implicaban discriminación y reglamentación, y no siempre eran eficaces. Así, representaron un freno para el comercio internacional, encarecieron los productos e incluso provocaron guerras. Por otro lado, la carga impositiva fue creciendo a medida que aumentaba el lujo de la corte y los gastos militares, hasta el punto de provocar varias revueltas antifiscales, encabezadas por la burguesía.

De estas revueltas, la primera que tuvo éxito, y que se considera como punto de partida político del sistema capitalista, se produjo en Gran Bretaña tras la revolución de 1680. A pesar de mantener ciertas formas feudales (algunas de las cuales han llegado a nuestros días, como la Cámara de los Lores), el poder pasó a ser controlado por el Parlamento, que tenía que aprobar los nuevos impuestos y la gestión del presupuesto. A partir de ese momento, la actuación de los gobiernos tendió a ser favorable a los intereses de la burguesía, tanto en la legislación interior como en la política exterior: la abolición del absolutismo no conllevó la desaparición del mercantilismo.

La abolición definitiva del feudalismo y de la monarquía absoluta y su sustitución por regímenes parlamentarios capitalistas viene representada por la Constitución de los EE. UU. (1787) y sobre todo por la Revolución Francesa (1789). En el resto de Europa, la implantación legal del capitalismo fue un proceso lento que se fue produciendo a lo largo de los dos primeros tercios del siglo XIX.

4.2 La nueva mentalidad racionalista y el liberalismo económico

Los sistemas político y económico feudales fueron muy atacados desde el punto de vista filosófico por el racionalismo, que considera que la aplicación de la razón debe ser el principio director de la actividad humana. El comportamiento racional se basa en la existencia de leyes naturales, que las leyes positivas pueden completar pero no contradecir. Hobbes, Locke y Hume fueron los principales difusores de esta idea, cuyo corolario, puesto de relieve especialmente por Adam Smith, es que también la actividad económica está regulada por leyes y mecanismos naturales, que son básicamente la libertad personal y de empresa, el derecho de propiedad y el mercado. La actuación conforme a las leyes naturales permite al individuo o al grupo (familiar, estatal) obtener el máximo provecho económico y el crecimiento acumulado que este conlleva.

La racionalización es un ideal al que se tiende y que afecta a países y regiones en mayor o menor medida. A pesar de ser un proceso que hoy en día no se puede dar por acabado, no cabe duda de que en el siglo XVIII los países donde más había calado eran los más avanzados (Holanda, Gran Bretaña, Francia, EE. UU., Suiza) y a la vez los que tenían más posibilidades de dar un salto adelante en sus economías.

Desde el punto de vista económico, la libertad de empresa trae consigo el liberalismo, opuesto al intervencionismo estatal que representaba el mercantilismo. La crítica básica al mercantilismo proviene de Cantillon (1755), quien afirma que los intercambios internacionales favorecen a todos aquellos que participan en ellos, y por lo tanto postula la posibilidad de un crecimiento económico global, propiciado por el comercio. Sin embargo, la codificación de las críticas al mercantilismo y la creación de una ideología económica alternativa –el liberalismo económico– fueron ante todo obra de Adam Smith. El punto de partida de Smith es que el interés personal, el egoísmo de cada uno, es el motor que permite satisfacer las necesidades globales. Los demás están dispuestos a ofrecernos sus bienes, servicios o dinero a cambio de los nuestros. El dinero expresa la libre elección de los individuos entre varios bienes alternativos y maximiza, por lo tanto, el provecho y la satisfacción de cada uno. De este modo, la suma de egoísmos personales resulta beneficiosa para el conjunto: existe una mano invisible que encamina la libre actividad de cada uno hacia el bien general y el crecimiento económico.

Por lo tanto, el mejor sistema económico es el que permite a todo el mundo actuar sin trabas, lo cual implica desterrar los obstáculos a las leyes naturales, que son básicamente tres: la arbitrariedad legal y judicial, sustituida por la proclamación de leyes justas y aplicadas de forma imparcial; el exceso y la mala gestión de los impuestos, que deben ser moderados y tienen que invertirse en provecho de la comunidad; y los privilegios, tanto de nacimiento (feudales) como de cargo (militares, eclesiásticos), de territorio (fueros) o económicos (gremios, monopolios). La supresión de los privilegios implica la igualdad de oportunidades: la igualdad ante la ley, la elección para los cargos de las personas más preparadas y la libertad de trabajo y de empresa.

Las ideas de Adam Smith se encuentran en sus obras principales: La teoría de los sentimientos morales (1759) y Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones (1776).

La economía de libre mercado permite obtener los productos más baratos por la eliminación de los derechos de aduana, pero sobre todo impulsa la especialización: cada uno, persona o país, puede dedicarse a producir aquello en lo que tiene ventajas comparativas, puesto que dispone de mercados más amplios. A su vez, la especialización impulsa el progreso técnico, que abarata la producción y en consecuencia amplía el mercado, creando así un círculo virtuoso de crecimiento. Smith lo ejemplifica con la fabricación de agujas: en un mercado restringido, cada operario lleva a cabo todo el proceso; en un mercado más amplio, el trabajo se divide al máximo (un obrero corta el alambre, el otro hace la punta, el otro el ojo, etc.) y así se consigue multiplicar fabulosamente la producción. De este modo, el trabajador venía a ser una pieza más de una máquina formada por varios hombres: la Revolución Industrial podría considerarse como la sustitución de estas máquinas humanas por máquinas inanimadas.

5. El papel de Europa en el mundo en la etapa preindustrial

Europa occidental pasó de ser una zona atrasada en el conjunto de Eurasia en la alta Edad Media a organizar en provecho propio el comercio mundial y dominar gran parte de los territorios no europeos entre el siglo XVI y la Primera Guerra Mundial. Parece claro que el cambio de hegemonía se produjo en los siglos XIV y XV, y las diferencias se fueron ampliando en los siglos posteriores hasta desembocar en el cambio decisivo que representó la Revolución Industrial.

Esta visión de un avance de las economías europeas con respecto a las otras antes de la Revolución Industrial ha sido contradicha en los últimos años principalmente por Pomeranz (2000), con el argumento de que hasta el año 1800 las trayectorias de crecimiento y los niveles de renta y de productividad en Europa y en Oriente (especialmente en China) eran muy similares y que la gran divergencia que representa la Revolución Industrial se debe básicamente a dos factores accidentales, favorables a Gran Bretaña: la disponibilidad de carbón barato, que hizo posible la máquina de vapor, y la posesión de un imperio colonial, que garantizaba una oferta barata de productos que exigían mucha tierra, como el algodón y el azúcar. En cambio, la zona más desarrollada de China, el delta del Yangtsé, estaba alejada de las minas de carbón y China tenía que extraer del propio territorio todos los productos necesarios para asegurar la alimentación de una población creciente. Aunque la tesis de Pomeranz tiene la virtud de resituar las economías orientales, a menudo desatendidas o consideradas menos desarrolladas de lo que en realidad estaban, van Zanden (2009) replica que la Revolución Industrial fue posible por dos grandes factores favorecedores del crecimiento económico que se encuentran sobre todo en las sociedades europeas más avanzadas y que tienen origen en tiempos muy lejanos: el marco institucional y el modelo demográfico europeo.

El marco institucional, entendido como el conjunto de leyes, costumbres y creencias generalmente aceptados, tiene como características diferenciales, en primer lugar, la situación de las personas ante la ley: en Europa se dispone de leyes escritas, exigibles para todos (si bien con diferencias de derechos según el estamento de cada uno), pero modificables, lo que permitía una mejor adaptación a las necesidades sociales y económicas de cada momento. En segundo lugar, forman también parte del marco institucional un gran número de corporaciones (urbanas, de oficio, benéficas...) que permiten ámbitos de libertad y de protección mutua que facilitan el funcionamiento de los mercados, así como una cierta limitación del poder de las monarquías.

Según van Zanden (2009), el otro gran pilar que favoreció el crecimiento europeo es lo que denomina el modelo demográfico europeo. Se trata de una variante de las poblaciones con frenos preventivos (por lo tanto, de matrimonios comparativamente tardíos y no universales) con el añadido de una mayor libertad individual en la elección de pareja, una disminución de los vínculos familiares (respecto a los padres), una mayor especialización y más participación femenina en el mundo del trabajo, factores que en definitiva confluyen en una mayor acumulación de capital humano. Cabe decir que en este punto la argumentación de van Zanden, en especial su reducción del modelo demográfico europeo a la zona situada en torno al mar del Norte, no es lo bastante conclusiva. Aquí, sobre todo en el campo, seguía habiendo familias troncales (un hijo casado viviendo en la casa de los padres), y en todas partes había segundones, que disfrutaban de mayor libertad de elección (a cambio de una mayor pobreza). Además, gran parte del trabajo femenino era en el servicio doméstico, lo cual desde el punto de vista económico no representa un gran adelanto. En el resto de Europa había igualmente segundones, aprendices y sirvientes. A nuestro juicio, en este punto el hecho diferencial que debe tenerse en cuenta es la acumulación de capital humano, que depende sobre todo del grado de urbanización y de la demanda de productos manufacturados: tanto el porcentaje de aprendices como la oferta de trabajo femenino eran directamente dependientes y, sin duda, como ya hemos visto, la región situada en torno al mar del Norte supo aunar mejor que el mundo mediterráneo los factores de crecimiento económico.

Sin embargo, no cabe ninguna duda de que la gran divergencia no puede reducirse a una serie de cambios repentinos en la segunda mitad del siglo XVIII para aprovechar factores hasta entonces poco relevantes que permitirían poner en marcha el proceso de industrialización: las grandes divergencias habían empezado mucho antes, como mínimo en los siglos XIV-XV, y consistían más en diferencias en los ámbitos político y social que en el económico.

Bibliografía
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3. La Revolución Industrial
1. ¿Qué entendemos por Revolución Industrial?

El hombre, en su evolución, solo ha provocado dos grandes revoluciones (Cipolla, 1969): la revolución agraria del neolítico (a la cual nos hemos referido en el capítulo 1) y la Revolución Industrial, que tuvo lugar en Gran Bretaña entre 1760 y 1830, y que se halla en la base de la economía y la prosperidad actuales.

Denominamos Revolución Industrial a la mutación provocada por el inicio de un proceso irreversible de crecimiento fuerte y autosostenido en la producción de bienes y la productividad de los factores, generado por la invención y la aplicación de nuevas máquinas, el uso de nuevas energías más potentes, más versátiles y más baratas, tanto en la producción como en el transporte, y la introducción de cambios relevantes en los materiales básicos de la producción industrial y en la organización del trabajo, que se concentra en la fábrica.

La Revolución Industrial fue una transformación rápida (1760-1830), localizada en Gran Bretaña, concentrada en unos pocos procesos industriales, preparada y sostenida por el crecimiento agrario y con el apoyo del poder del estado (O’Brien, 1993). Su concepto central es la innovación, cuyos orígenes se asociaron normalmente al trabajo en la fábrica, la aplicación de la energía de vapor y un uso intensivo del capital. Sin embargo, antes de 1850 estas innovaciones solo afectaban a unos pocos sectores.

Así pues, la Revolución Industrial no supuso un cambio revolucionario en el crecimiento económico, sino que únicamente inició el proceso con una fuerte y autosostenida aceleración, seguida de un proceso de difusión a otros sectores productivos y a otros países, que recibe el nombre de industrialización, y que culmina en la sociedad industrial cuando la mayor parte del valor añadido y del empleo de un país no proviene del sector primario. La difusión de la Revolución Industrial se produce a ritmos muy distintos, y en la actualidad muchos estados no han alcanzado aún el nivel de sociedades industriales.

La sociedad industrial no viene definida por el sector secundario o industrial, ya que, a la larga, el sector terciario, el comercio y los servicios van más allá del sector industrial. No obstante, eso es precisamente consecuencia del crecimiento industrial en dos sentidos: la industria es capaz de producir más con menos mano de obra, y los beneficios y la ocupación generados por el comercio y los servicios en gran parte se basan en la producción industrial o tienen como finalidad apoyarla.

Por otro lado, la Revolución Industrial fue más que una revolución técnica: fue una revolución económica con importantes efectos sociales y políticos, que representaron el paso definitivo del feudalismo al capitalismo. Eso significa que el factor capital, la inversión en máquinas, edificios y materias primas, adquiere más importancia que el factor trabajo. Además, ya no es el hombre quien marca el ritmo de la producción, sino la máquina. El resultado a largo plazo fue una transformación radical de las estructuras económicas y sociales: la sociedad industrial se diferencia de la anterior sociedad agrícola a todos los niveles, si bien es cierto que ambas convivirán largamente y en estrecha relación hasta nuestros días.

Hoy en día se considera que el crecimiento económico moderno empieza en el siglo XVII, y en algunos aspectos incluso antes, alrededor del mar del Norte, y más concretamente en Inglaterra y Holanda. Pero este era un crecimiento smithiano, de base orgánica, basado en el comercio internacional, la división del trabajo y la revolución agrícola, que impulsaba sobre todo el crecimiento de la población y solo secundariamente la renta per cápita. Así, mientras que de 1500 a 1800 la renta per cápita pudo haber crecido en el mejor de los casos un 25%, entre 1800 y la actualidad la renta per cápita de los países industrializados se ha multiplicado como mínimo por 15, de forma que la Revolución Industrial marca la divisoria entre la pobreza y la prosperidad (van Zanden, 2009).

2. Los condicionantes de la Revolución Industrial

La determinación de las condiciones que hacen posible la implantación de un proceso de industrialización es hoy todavía una de las cuestiones más polémicas de la historia económica. Y con razón, puesto que la comprensión de los factores que posibilitaron la aparición de la Revolución Industrial se considera de la máxima importancia en la planificación de estrategias de desarrollo para cualquier país.

Las preguntas que hay que hacerse son tres, todas ellas estrechamente relacionadas entre sí: por qué se produjo la Revolución Industrial, por qué ocurrió en Gran Bretaña y por qué ocurrió cuando ocurrió, es decir, en los años a caballo entre los siglos XVIII y XIX. Durante mucho tiempo se intentó determinar las causas de la Revolución Industrial, es decir, qué transformaciones económicas habían puesto en marcha el proceso. La crítica posterior demostró que ninguna de las supuestas causas era por sí misma suficiente para poner en marcha la Revolución Industrial: las mismas causas, en otros momentos y otros países, no habían originado procesos similares. Se pasó entonces a hablar de prerrequisitos, factores no directamente causantes de la Revolución Industrial pero considerados necesarios para que esta pudiera producirse. También fueron rechazados, uno tras otro, por la crítica histórica.

Hoy casi nadie habla de causas ni de prerrequisitos, sino de condicionantes, entendidos no como factores concretos sino más bien como un conjunto de factores favorables, ninguno de ellos imprescindible, pero que en conjunto deben estar presentes en cantidad suficiente, deben conformar una masa crítica para que pueda iniciarse y consolidarse el proceso de desarrollo. La suficiencia o no de este conjunto de factores condicionantes explica por qué unos países se industrializan con facilidad y otros no.

Estos condicionantes no son solo de orden económico, sino también político y social. Para que pudiera darse la Revolución Industrial hacía falta que se hubieran producido mejoras en la producción agraria e industrial, en el mercado y en las estructuras políticas, transformaciones que, todas juntas, solo se daban en Gran Bretaña. Aparte de estos condicionantes, hay que citar igualmente una serie de ventajas que presentaba Gran Bretaña, o que tenía en mayor cantidad que los países potencialmente competidores. Algunas de estas ventajas eran de índole natural, como el hecho de ser una isla, lo que le permitía asegurar la defensa con unos gastos inferiores a los de los países continentales, o el hecho de tener un relieve no demasiado quebrado o de disponer de numerosos ríos navegables, lo cual facilitaba el transporte. Más importante era aún la riqueza minera, especialmente en carbón y hierro, por los productos en sí mismos y porque los problemas relacionados con la extracción de minerales y su transformación eran en la época el principal estímulo para la innovación tecnológica (Mokyr, 1990).

Desde el punto de vista económico, el principal condicionante de la Revolución Industrial es la disponibilidad y, por lo tanto, el buen precio de los alimentos. Aunque no hay una relación directa entre revolución agrícola y Revolución Industrial, esta solo es posible si la productividad de los trabajadores agrarios es bastante elevada para generar un excedente que permita alimentar a una creciente masa de población no productora directa de alimentos. A finales del siglo XVIII, Gran Bretaña era el único país que podía mantener a la mitad de la mano de obra fuera del sector agrario, lo cual permitía liberar población y aportar capitales a la ciudad y la industria, al tiempo que alejaba el techo maltusiano.

Igualmente importante es la tradición manufacturera: un sector industrial difícilmente surge de la nada. Gran Bretaña fue un país precozmente industrializado gracias a la difusión de la industria rural. De hecho, los primeros estadios de la industrialización no son más que la culminación del proceso de protoindustrialización, la aplicación de máquinas a algunos procesos de la industria textil: máquinas que no hacían otra cosa que imitar las acciones humanas, mecanizándolas y haciéndolas, por lo tanto, más rápidas, más regulares y exentas de cansancio.

La existencia de un mercado previo, ampliable a medida que los productos pueden ser ofrecidos más baratos, es otro condicionante importante para la consolidación de la Revolución Industrial y de los procesos de imitación posteriores. El fuerte grado de urbanización de la población británica y la importancia de la población asalariada, incluso en el campo, hacían que la sociedad británica fuera mucho más al mercado que las sociedades continentales.

El comercio exterior y el dominio de importantes espacios coloniales representan una ampliación del comercio interior, y son importantes como fuente de materias primas (especialmente algodón) y también como mercado manufacturero, pero carecen para el proceso de industrialización británico del papel relevante que le habían otorgado autores como Deane y Cole (1969), y más recientemente Pomeranz (2000).

De hecho, el comercio es importante como elemento previo a la industrialización, pero una vez puesta en marcha esta, la relación de causa-efecto va de la industria al comercio (Mokyr, 1977). Este hecho enlaza con la discusión sobre si en el origen de la Revolución Industrial pesa más el empuje de la oferta o el estímulo de la demanda. Desde el punto de vista de la ciencia económica, la respuesta es clara: la demanda no es un factor independiente que dé lugar al crecimiento de la renta. Por lo tanto, la demanda solo puede cambiar, pero no crecer: el aumento de la demanda de un producto exige disminuir la demanda de otro u otros productos. Pese a ello, desde el punto de vista tecnológico, la demanda de un producto estimula la investigación de innovaciones que permitan aumentar la producción. El objetivo de las primeras máquinas era producir más, no producir más barato, pero el resultado fue que producían más y más barato. En consecuencia, el estímulo de la demanda pone en marcha el proceso de producción, pero su continuidad y ampliación hay que buscarlas en la oferta, en la capacidad de las máquinas de ampliar el mercado mediante el descenso de los precios. De hecho, el inestable equilibrio oferta-demanda (siempre más cantidad a menor precio) es el que permite la expansión del mercado y la continuidad en el proceso de crecimiento, es decir, el desarrollo económico.

El último condicionante de la aparición de la Revolución Industrial es el estado. Según cuál sea la organización estatal y su política económica, puede constituir una ayuda o un obstáculo al proceso de industrialización. Según North (1984), el crecimiento económico solo es posible en una sociedad en la que productores, consumidores y autoridades interactúen y colaboren por medio de leyes promulgadas y hechas cumplir por el estado, leyes que aseguren los derechos de propiedad y el cumplimiento de los contratos y, a la vez, mediante reglas informales de comportamiento social y económico que regulen la interacción. En el caso de Gran Bretaña, tras la Revolución Gloriosa (1688) la organización del estado era distinta y más moderna que la de los países competidores: disponía sobre todo de una mejor especificación de los derechos de propiedad y había eliminado (legalmente o en la práctica) las regulaciones de la actividad económica. Todo ello hacía que el mercado británico fuera lo más parecido al libre mercado propugnado por Adam Smith. Al mismo tiempo, los impuestos, aprobados y controlados por el Parlamento, eran más bajos, menos mal distribuidos y mejor gastados que en otros países. Por último, la política del Gobierno estaba atenta a la seguridad del reino y al crecimiento de la economía: en todas las guerras del siglo XVIII en las que participó, Gran Bretaña obtuvo beneficios comerciales o coloniales.

Gerschenkron (1968) defendía que el estado puede suplir las deficiencias del mercado y sustituir la inversión de los particulares por inversión pública con la finalidad de provocar el inicio de un proceso de industrialización. Sin embargo, las industrializaciones impulsadas por el estado solo tienen posibilidad de éxito si la diferencia entre el mercado existente y el necesario para el arraigo del proceso de industrialización no es demasiado grande. La razón es que, a medio plazo, la ayuda estatal, tanto si se financia a través de impuestos como si lo hace a través de deuda pública, deprime la demanda y causa graves disfunciones económicas.

3. Innovaciones técnicas y transformaciones económicas

Las mejoras en la producción agraria e industrial, el tamaño y la organización del mercado y la ayuda estatal forman, en conjunto, el terreno abonado para la aparición y la consolidación de la Revolución Industrial. Los inventos se produjeron, y sobre todo se aplicaron, donde y cuando las condiciones económicas eran favorables. Pero la existencia de estas condiciones favorables no prejuzga la adopción de las innovaciones: el núcleo de la Revolución Industrial es la innovación tecnológica. Según Allen (2009), las innovaciones se aplicaron porque en Gran Bretaña la mano de obra era comparativamente cara y las fuentes de energía y el capital relativamente baratos: la Revolución Industrial solo arraiga cuando se dan estas condiciones, razón que explica la lentitud de su difusión.

El hecho clave de la Revolución Industrial es el proceso de cambio técnico acelerado y sin precedentes (Mokyr, 1990). El progreso técnico tiende a producirse en los sectores más activos de la producción y suele ser al mismo tiempo discontinuo y arracimado. Normalmente, las innovaciones no aparecen en cualquier sector, sino en los sectores más activos, de modo que el progreso tiende a ser autocorrelacionado: nada genera más innovación que el progreso técnico anterior. Por lo tanto, las innovaciones tienden a concentrarse en momentos y sectores determinados, normalmente cuando el aumento de la demanda de un producto incita a la búsqueda de innovaciones que permitan mejorar la rapidez y la productividad del proceso y aumentar los beneficios.

El progreso técnico se produce por la aparición de un conjunto de macroinventos que, una vez aplicados, originan un flujo de microinventos. Los macroinventos son ideas radicalmente nuevas que aparecen muy de tarde en tarde, producen un fuerte impacto en la producción y estimulan la inversión por los beneficios que proporcionan, pero tienen un rendimiento económico progresivamente decreciente (Crafts, 1995). Los microinventos son las mejoras que se añaden a un macroinvento para obtener aumentos en la producción, disminución de costes o comodidad y seguridad en el proceso, o para adaptar el macroinvento a otro sector productivo. La combinación de macroinventos y microinventos provoca una disminución del coste del producto y un crecimiento autosostenido de la renta per cápita que hacen posibles mercados cada vez mayores y, por lo tanto, un crecimiento acelerado.

Los macroinventos, al tiempo que generan incrementos de la productividad en un proceso determinado, provocan también fácilmente cuellos de botella en otros procesos relacionados. Por ejemplo, un aumento de la capacidad de producción de hilo provoca un cuello de botella, un exceso de oferta de hilo que los tejedores no pueden absorber; a la inversa, una mejora en el tejido provoca un cuello de botella por la falta de hilo suficiente. Estas disfunciones estimulan la investigación de soluciones, y por lo tanto de nuevos inventos. En consecuencia, cada macroinvento estimula a la vez microinventos sobre sí mismo y la investigación de macroinventos complementarios, cuyo resultado puede ser la superación con creces del cuello de botella presente, y por lo tanto la aparición de nuevos cuellos de botella en otros puntos del proceso de producción. En todo caso, macroinventos y microinventos requieren un detallado conocimiento del proceso que se quiere mecanizar o mejorar, de forma que cuanto más se difunda el uso de una máquina, más posibilidades hay de que genere innovaciones.

Existen tres formas principales de generar innovaciones (von Tunzelmann, 1993):

1 Learning by doing (aprender haciendo): los constructores de máquinas van introduciendo pequeñas innovaciones, especialmente para adaptar las máquinas a las necesidades o los requerimientos de cada empresa concreta. Cuantas más máquinas de un tipo determinado se fabriquen y durante más tiempo, más fácil es que aparezcan mejoras (microinventos).

2 Learning by using (aprender por el uso): los obreros que manejan una máquina introducen pequeños cambios que mejoran o facilitan su funcionamiento y que pueden ser incorporados en nuevas versiones de la máquina. También en este caso, cuanto más utilizada sea una máquina, más posibilidades de mejora tendrá.

3 Learning by learning (aprender aprendiendo): cuantas más máquinas se diseñan y fabrican, más se aprende a hacer máquinas, a resolver de una manera sistemática los problemas técnicos planteados y a adaptar mecanismos o partes de una máquina a otras máquinas que pueden tener funciones muy distintas.

Las principales innovaciones que conforman la Revolución Industrial tuvieron lugar en los campos de la producción, las materias primas utilizadas, la organización de la producción y el transporte. Estos dos últimos aspectos son importantes sobre todo en el momento de la difusión de la industrialización, de forma que hablaremos de ellos en el capítulo 5.

Los cambios en la producción consisten en la sustitución de la actividad del hombre por la de la máquina en la fabricación de los productos (maquinismo), en la aplicación masiva de energía producida para mover las máquinas y para el transporte y en la utilización de materias primas. Sin abandonar el uso de materias primas orgánicas (madera, fibras vegetales o animales), la industrialización se caracteriza por el predominio de las materias primas inorgánicas (Wrigley, 1989), que permiten asegurar un flujo mucho más constante tanto de productos como de energía y, al mismo tiempo, descargar a la tierra de la necesidad de producir todo lo necesario para la vida humana. Esta serie de cambios exigieron muy a menudo la concentración de la actividad industrial en la fábrica (factory system).

El cambio en el uso de la energía es a la vez cuantitativo y cualitativo: se utiliza mucha más energía en los procesos productivos, pero sobre todo la energía utilizada es cualitativamente diferente. Antes de la Revolución Industrial se trataba de energía muscular (humana o animal), cara y limitada, de energía natural aprovechada (eólica, hidráulica) o de energía de procedencia orgánica (leña, carbón vegetal). Con la Revolución Industrial la energía característica es generada por el hombre donde quiere, cuando quiere y, dentro de ciertos límites, en la cantidad y potencia que quiere, en primer lugar a partir de la transformación de la energía calorífica del carbón, de origen inorgánico, en la energía cinética del vapor.

El conjunto de cambios en el uso de la energía a consecuencia de la Revolución Industrial (hasta nuestros días) puede esquematizarse del siguiente modo:

–-Fuentes de energía: carbón (s. XVIII), gas (~ 1810), petróleo (~ 1860), gas natural (~ 1960), fusión del átomo (~ 1965), energías renovables (~ 1980).

–-Formas de energía: vapor, electricidad, explosión.

–-Motores: máquina de vapor (~ 1770), motor eléctrico (~ 1870), motor de explosión interna (~ 1880).

Los sectores afectados por estos cambios en el momento de la Revolución Industrial fueron básicamente tres: el sector textil algodonero, el siderúrgico y el energético. En ninguno de ellos se partía de cero, pero los cambios experimentados en pocos años fueron revolucionarios en el sentido de que transformaron su manera y su capacidad de producir y, a la larga, toda la economía. Hay dos sectores más que suelen ser olvidados pero que son también importantes, aunque sus transformaciones o el volumen de su producción no sean tan revolucionarios: la minería y la industria química.

3.1 Los tejidos de algodón

Los primeros inventos de la Revolución Industrial afectaron al sector textil algodonero y, más concretamente, a la operación más sencilla pero más lenta del proceso: la hilatura, la obtención de hilo. Conviene recordar que la fabricación de tejidos requiere una larga serie de operaciones, de las cuales las principales son la hilatura y el tejido (cruzamiento de los hilos para formar la tela). Tradicionalmente eran suficientes de dos a cuatro hiladores para abastecer de hilo a un tejedor. Sin embargo, en 1733 John Kay introdujo una pequeña innovación en el tejido, la lanzadora volante, que se difundió hacia 1760. Se trataba de una lanzadora normal a la que se había añadido unas pequeñas ruedas y que se movía a lo largo de una guía mediante un cordel que estiraba el tejedor. Por lo tanto, pese a su importancia, la lanzadora volante no puede ser considerada una máquina, aunque permitía que la anchura de la pieza tejida pudiera ser mucho mayor que la tradicional, de la anchura de brazos del tejedor, y el proceso era más rápido; un tejedor necesitaba ahora el hilo de entre 8 y 10 hiladores. La lanzadora volante provocó una «sed de hilo», sobre todo de lana, que era la fibra textil más utilizada en la época. Sin embargo, las máquinas inventadas para solucionar el problema eran de movimientos bruscos, de manera que el hilo de lana se rompía a menudo (Landes, 1979). Por ese motivo, solo pudieron ser aplicadas durante mucho tiempo en el algodón, que era una fibra más resistente, flexible y homogénea que la lana. Solo después de que las máquinas fueran perfeccionadas mediante la experiencia obtenida en el trabajo del algodón fue posible aplicarlas a la lana y a las otras fibras.

La primera máquina de la Revolución Industrial fue la llamada spinning-jenny, o simplemente jenny, inventada por Hargreaves en 1768. La jenny era una máquina manual, movida por la fuerza del operario, que realizaba mecánicamente los procesos de torsión y estiramiento que anteriormente hacía el hilador con los dedos. Ahora bien, mientras que el hilador trabajaba con un solo huso, la primera jenny lo hacía con ocho husos a la vez; a finales de siglo ya podía llevar 120 e hilaba con una velocidad mucho mayor que la del mejor hilador. Al año siguiente, Arkwright inventó la water-frame, movida por energía hidráulica. En 1785 Samuel Crompton combinó ambas máquinas para obtener una máquina híbrida conocida como mule. Estas dos últimas máquinas tenían que ser movidas por energía externa, hidráulica o de vapor, y exigían por lo tanto la concentración de la actividad en la fábrica. Por otro lado, las tres máquinas fueron utilizadas al mismo tiempo durante bastantes años, ya que proporcionaban hilos aptos para usos diferentes. La característica común a todas estas máquinas es que requerían un obrero especializado. En 1825 Richard Roberts automatizó la mule (self-acting mule), que sería conocida en castellano como selfactina. Así, ya no era necesario un obrero especializado y cualquier persona podía manejar la máquina, que multiplicaba por algunos centenares la productividad de un hilador manual, por experimentado que fuera.

Esta serie de máquinas hicieron crecer en gran medida la producción de hilo, hasta el punto de que no había bastantes tejedores para trabajarlo y ello implicó que el precio del hilo cayera en picado: entre 1784 y 1832 se redujo a una décima parte. Gran Bretaña empezó a exportar hilo, pero sin duda la solución era mecanizar el tejido. En 1787 había habido un intento por parte de Cartwright que aportaba las soluciones básicas, pero que no resultaba viable porque el telar se estropeaba o rompía el hilo con demasiada frecuencia. El primer telar mecánico lo suficientemente seguro para ser operativo fue inventado en 1822 por el mismo Richard Roberts, pocos años antes de patentar la selfactina (1825). Aun así, los tejidos finos necesitaron del telar manual hasta finales del siglo XIX.

No hay que olvidar otra máquina que fue de una importancia capital: la desmotadora mecánica, obra del inventor norteamericano Eli Whitney (1793), que permitía separar las semillas del algodón del copo, la fibra textil. EE. UU., que con anterioridad al invento de la máquina de Whitney no era un gran proveedor de algodón a Gran Bretaña, pasó a dominar el mercado gracias al abaratamiento del precio que dicha máquina le permitía, pero también por la disponibilidad de tierras y de mano de obra esclava para su cultivo. La producción de algodón en EE. UU. se multiplicó por 60 entre 1790 y 1810.

Al mismo tiempo que aumentaba la capacidad de producción, se producía un descenso de precios. Este descenso afecta tanto a la materia prima como a su transformación, como puede verse en el cuadro 3.1.

La caída de los precios era general, pero a distintos ritmos: en 1810 el algodón y el tejido habían caído en torno a una cuarta parte, mientras que la hilatura había hecho ya su revolución: el hilo costaba una novena parte de su coste de 1785, lo cual llevaba el precio del producto final a menos de la mitad. En 1835 el algodón había seguido cayendo al mismo ritmo, la hilatura ya no bajaba más y la disminución del precio se producía en el tejido. Todo ello permitía que el precio final fuera menos de una cuarta parte del de 1835. Estos cambios suponían igualmente diferencias en el coste de cada componente en cada momento: en 1785 más de la mitad del coste correspondía a la hilatura y en 1810 al tejido, mientras que en 1835 los tres componentes eran relativamente parecidos.

La mecanización de la hilatura y el tejido del algodón tuvo un importante efecto transformador sobre la industria y el comercio británicos, y por lo tanto sobre toda su economía. Produjo importantes efectos de arrastre, tanto sobre la construcción de maquinaria como sobre el resto de industrias textiles y también sobre la industria química. Asimismo consolidó el trabajo en fábricas, profundizando así en la diferencia entre poseedores de los medios de producción y trabajadores. Por otro lado, al ofrecer un bien barato y de consumo masivo, tuvo un gran impacto comercial: a lo largo del siglo XIX el algodón fue el principal producto del comercio mundial y todavía en 1880 Gran Bretaña dominaba el 82% del comercio de algodón.

CUADRO 3.1

Componentes del precio del algodón (precios deflactados)


Evolución de los componentes y del precio final (1785 = 100)


Porcentaje de los componentes en el precio final


Fuente: Knick (1998).

3.2 La siderurgia

Tal como dice McCloskey (1985), si los tejidos de algodón simbolizan los bienes de consumo de la Revolución Industrial, el hierro simboliza los bienes de producción. En realidad, sin el aumento de la producción de hierro y su abaratamiento no se habría podido fabricar maquinaria a un precio competitivo y, por lo tanto, no hablaríamos de Revolución Industrial, sino de la introducción de algunas máquinas de hilar.

Pero en el caso de la siderurgia la revolución no consistió en la introducción de maquinaria nueva, sino en la de nuevos procesos, con tres fines: abaratar la obtención de hierro mediante la sustitución del carbón vegetal por el carbón mineral; aumentar la cantidad de hierro obtenido, y acortar el tiempo y el carbón necesarios para cada uno de los procesos.

Tal como ha quedado explicado en el capítulo 2, el hierro se utiliza de dos maneras principales: hierro fundido o colado y hierro forjado o dulce. El hierro fundido se obtiene directamente del alto horno en estado líquido y permite obtener las piezas deseadas simplemente vertiendo la fundición en moldes adecuados. Al no contener un porcentaje relativamente alto de carbón y otros minerales, resulta muy duro aunque frágil. Se utiliza para obtener formas complejas que no necesitan someterse a tensiones ni torsiones, como ollas, estufas, bastidores de máquinas, cañones... La innovación básica en la obtención de hierro fundido fue obra de Abraham Darby, quien en 1709 empezó a utilizar carbón mineral como combustible para fundir el hierro en el alto horno, pero no fue hasta después de muchas probaturas cuando, hacia 1750, obtuvo una fundición de calidad suficiente, gracias al uso de carbón de coque, obtenido destilando la hulla para aumentar su resistencia y su potencia calorífica. El coque permitía un ahorro importante (era mucho más barato que el carbón vegetal) y además evitaba la deforestación.

El hierro forjado se obtenía bien directamente de las fraguas tradicionales (grandes devoradoras de carbón vegetal, y por lo tanto de bosques), o bien volviendo a encandecer el hierro fundido con carbón vegetal para refinarlo, es decir, extraer las impurezas por oxidación (exposición al aire) y compresión (picándolo con grandes martillos desde todos los ángulos). Las ventajas del hierro forjado son la maleabilidad y la tenacidad, es decir, en estado al rojo vivo puede ser trabajado fácilmente y es mucho más resistente a la tensión y a la torsión. De él se hace un uso mucho más extenso que del hierro fundido: rejas, clavos, herramientas, vigas, partes móviles de las máquinas...

La revolución en el refinado del hierro fue obra de Henry Cort, que en 1784 introdujo un doble procedimiento: la pudelación y el laminado. En la pudelación, la fundición (el hierro fundido) no se dejaba enfriar, sino que se introducía en un largo horno de reverbero (en el que el combustible no estaba en contacto con el mineral) mientras era removido por obreros que manejaban largas palas. A causa del esfuerzo que requería en un ambiente sumamente caluroso, era el trabajo con una media de vida más corta: difícilmente se encontraban obreros por encima de los 35 años. Al final del horno de pudelación, la fundición era una masa pastosa que había perdido gran parte de sus impurezas. A continuación pasaba al tren de laminado, una serie de rodillos que comprimían la masa y extraían de ella más impurezas por presión. Con una gran ventaja añadida: si los últimos rodillos tenían gravadas determinadas formas (raíles o perfiles cuadrados o circulares, por ejemplo), el hierro salía ya con tales formas. La conjunción de la pudelación y el laminado permitía elaborar 15 toneladas de hierro en el tiempo que antes se necesitaba para obtener una, y lo hacía utilizando carbón mineral, mucho más barato. Y era solo el principio del proceso conjunto de aumento y abaratamiento de la producción.

Los procedimientos de Darby y Cort permitieron atender la fuerte demanda de hierro que acompañó a la Revolución Industrial (maquinaria, puentes, armamento, construcción) y también la demanda exterior de hierro barato. A finales de siglo se exportaba entre el 15 y el 20% de la producción. Sin embargo, el aumento más importante de la demanda de hierro provendría años después de la construcción del ferrocarril: la producción se multiplicó por cuatro en 20 años.

Dejando de lado las pequeñas pero importantes mejoras en los altos hornos, las innovaciones siguientes afectaron especialmente a la obtención de acero (hierro con una proporción determinada de carbón) y pasaron a ser obra ya de la etapa posterior, en la que se estudiarán.

La siderurgia proporciona un producto intermedio: el hierro tiene importancia para la Revolución Industrial una vez transformado en máquinas o estructuras. Por suerte, Gran Bretaña disponía de un gran número de mecánicos habilidosos, encabezados por un pequeño pero decisivo grupo de constructores de máquinas de precisión y de máquinas herramienta. Por citar solamente un ejemplo, la máquina de trepanar cilindros de Wilkinson es en gran parte responsable de la eficacia de la máquina de vapor, ya que impedía las fugas de vapor que se producían en los cilindros anteriores, que eran ajustados a mano; por desgracia, el destino principal de esta máquina era la fabricación de cañones.

3.3 La máquina de vapor

A pesar de la importancia de los cambios en el sector textil, en la maquinaria y en la siderurgia, la innovación más determinante de la Revolución Industrial es sin lugar a dudas la máquina de vapor de James Watt, patentada en 1769 y mejorada repetidamente. La máquina de vapor permitía producir energía a partir de la potencia calorífica del carbón y de la fuerza de expansión del agua transformada en vapor. Esta energía producida era mucho más potente, segura y versátil que el anterior aprovechamiento de las energías naturales: Mokyr (1990) no duda en calificar la energía de vapor como la quintaesencia de la Revolución Industrial.

A partir de unas primeras máquinas rudimentarias, útiles solo para extraer agua de las minas (Savery, 1698; Newcomen, 1711), James Watt (1769) introdujo el condensador separado (que aumentaba la velocidad del proceso y ahorraba carbón) y los mecanismos para pasar del movimiento lineal al rotativo. Posteriormente, las máquinas de alta presión, que Watt consideraba demasiado peligrosas, permitieron abaratar el funcionamiento y fabricar máquinas de vapor más compactas, incluso trasladables.

La máquina de vapor permitió cambiar la localización de gran parte de la industria, en especial la textil: de las orillas de los ríos, en las que se aprovechaba la energía hidráulica, se pasó a las zonas próximas a las minas y a los puertos por los que llegaba el algodón. Pese a ello, la máquina de vapor no fue el único motor energético de la Revolución Industrial: hasta 1830, el coste de obtener energía hidráulica o de vapor, considerando las ventajas y los inconvenientes de cada una, era muy parecido. Sin embargo, no habría habido suficientes sitios útiles para instalar las fábricas de la Revolución Industrial si solo se hubiera dispuesto de la energía hidráulica. Por otro lado, la máquina de vapor era más potente, permitía construir fábricas más grandes y evitaba los peligros de estiaje o inundación que podían detener la producción movida por energía hidráulica. No obstante, hasta el año 1870 la potencia de vapor instalada no superó a la potencia hidráulica, la cual se vio también beneficiada en el siglo XIX por importantes mejoras en su eficiencia.

Además de proporcionar la energía necesaria para la Revolución Industrial, la máquina de vapor también proporcionó medios de transporte nuevos e igualmente revolucionarios: el barco de vapor y el ferrocarril, de los que hablaremos en el capítulo 5. Ahora solo adelantaremos que con la aplicación del vapor al transporte se completa la serie de grandes inventos de la Revolución Industrial. A partir de 1830 se abre una nueva etapa, caracterizada por la difusión de la industrialización hacia otros países, la mejora de la maquinaria y la aparición de máquinas y procesos nuevos. Una etapa que, sin embargo, no tendría el carácter de ruptura con respecto a la situación anterior que supuso la Revolución Industrial.

3.4 La minería y la industria química

A pesar de que las innovaciones en los sectores algodonero, siderúrgico y energético fueron las básicas, otros sectores experimentaron también transformaciones estratégicamente importantes para la Revolución Industrial. De estos sectores destacan la minería y la química.

Por desgracia, la minería no es fácil de mecanizar; solo la extracción de agua se beneficiaba de los primitivos bombeos de Savery o de Newcomen. En este sector, y especialmente en lo relacionado con el carbón, lo verdaderamente revolucionario fue la cantidad extraída, dada la elevada demanda generada por los altos hornos, las máquinas de vapor y posteriormente el ferrocarril, además de su importante uso anterior, tanto industrial como doméstico. Así, en 1800 Gran Bretaña producía y consumía cinco veces más carbón que toda la Europa continental. A pesar de la presión por encontrar innovaciones que permitieran explotaciones a más profundidad y más seguras, solo hubo una innovación importante: la lámpara de seguridad de H. Davy (1815), que medía la concentración de grisú y permitía evitar las explosiones derivadas.

En la industria química, el siglo XIX fue un momento de grandes transformaciones en toda Europa. De hecho, en este sector la Revolución Industrial británica se benefició de la aplicación de innovaciones que provenían la mayoría de las veces de otros países. Las transformaciones en la industria química fueron importantes, sobre todo, por las ventajas que ofrecían y por los cuellos de botella que ahorraban, pero no dieron origen a grandes fábricas ni a concentraciones industriales.

Los principales cambios fueron:

1 El paso de la obtención de los productos en el laboratorio, en pequeñas cantidades, a la fabricación industrial. El ejemplo más claro en este campo es la sustitución de la obtención del ácido sulfúrico en campanas de vidrio por su obtención en cámaras de plomo (innovación de John Roebuck, hacia 1760). El nuevo procedimiento permitía multiplicar por 100 la producción y reducir el precio a menos de una sexta parte.

2 El descubrimiento de nuevos procedimientos para obtener los mismos productos, a partir de materias primas más abundantes y más baratas, en gran parte como consecuencia de la sustitución de materias primas orgánicas por inorgánicas.

3 El aprovechamiento de los subproductos como base de nuevos procesos químicos.

4 El descubrimiento de productos químicos nuevos.

Por poner solo un ejemplo: antes de teñirlos, los tejidos de algodón se tenían que blanquear. Tradicionalmente eso se hacía mojándolos en suero de leche o, en la segunda mitad del siglo XVIII, con ácido sulfúrico diluido y exponiéndolos largamente al sol en los llamados prados de indianas. Con este procedimiento, hacia 1830 blanquear la producción británica de tejidos de algodón habría exigido que toda Inglaterra se convirtiera en un inmenso prado de indianas. Por suerte, en 1785 el francés Claude Berthollet había obtenido un producto químico a base de cloro que era un blanqueador eficaz y que fue mejorado por otro francés, Charles Tennant, que trabajaba en Inglaterra. La industria algodonera pudo así continuar creciendo. Otra innovación química importante fue el procedimiento Leblanc (otro francés) para obtener sosa cáustica (1789). En cambio, el otro gran producto básico de la química, la potasa, no pudo ser sintetizado y continuó siendo durante toda la etapa un producto orgánico obtenido de la calcinación de la madera. Hacia 1830, solo en Canadá se destruían cada año cuatro millones de toneladas de madera para producir potasa, con un rendimiento mínimo: solo 35.000 toneladas de potasa, menos de un 1%.

De todas las innovaciones químicas, la que tuvo una repercusión más rápida y general fue sin duda el gas, resultado de una larga serie de mejoras. Las primeras lámparas de gas fueron obra del francés Lebon, y funcionaban con gas obtenido de la destilación de carbón vegetal. En Gran Bretaña, Murdock (1798) obtuvo un gas mejor a partir de carbón mineral: en 1807 las fábricas de Manchester ya estaban iluminadas por gas, al igual que algunas calles de Londres. Las innovaciones siguientes fueron la distribución de gas mediante cañerías y el invento del contador, que permitía conocer la cantidad gastada por cada uno de los abonados. En 1823 tres compañías de distribución de gas se hacían la competencia en Londres.

3.5 El sistema fabril

Desde el punto de vista de la organización del trabajo, la Revolución Industrial consagró el triunfo definitivo de la fábrica como forma de organización de la producción adaptada al maquinismo. Si bien la fábrica era preexistente, por las ventajas explicadas en el capítulo anterior, con la Revolución Industrial las máquinas movidas por energía externa (hidráulica o de vapor) la hicieron indispensable. La energía se obtenía de un motor único, y se transmitía por medio de un conjunto muy complejo de ruedas y poleas que movían todas y cada una de las máquinas.

El trabajo en fábrica tiene un aspecto criticable, como es la proletarización de la mano de obra, sometida a largas jornadas de trabajo no especializado, monótono y mal pagado. Sin embargo, tiene asimismo un aspecto positivo: la fábrica es el mejor lugar para que se produzcan los microinventos, las modificaciones provenientes del learning by using, el aprendizaje a través del trabajo, que permiten introducir mejoras sencillas pero que pueden resultar muy importantes desde el punto de vista económico.

4. Un crecimiento moderado y desigual

Hay que recordar que la Revolución Industrial no es más que el momento de arranque del crecimiento autosostenido. No sorprende, por lo tanto, que el crecimiento de la renta per cápita durante los años de la Revolución Industrial no fuera demasiado espectacular. Ello se debe a que solamente unos pocos sectores estaban mecanizados, con un reparto muy desigual sobre el territorio y un escaso impacto sobre el conjunto de la economía: en el año 1800 el algodón solo representaba el 7% de la producción nacional y el hierro el 1%, con lo cual a partir de 1760 se necesitó más de un siglo para duplicar el producto per cápita del trabajador británico. Por lo tanto, cuando las técnicas econométricas permitieron hacer estimaciones sobre las tasas de crecimiento en Gran Bretaña, los resultados fueron, a primera vista, sorprendentes por su moderación: entre 1760 y 1801, el crecimiento del producto nacional bruto era del 1,4% anual, aunque per cápita se reducía al 0,2%. En cambio, si nos centramos en el sector industrial, los cálculos dan una tasa de crecimiento entre 1760 y 1801 que duplica la de 1700 a 1760. Y en la siguiente etapa la producción industrial se multiplicó por más de 6 (O’Brien, 1993), pero aún en 1861 solo una tercera parte de la población trabajaba en el sector industrial moderno: más o menos la misma proporción ocupada en el servicio doméstico (McCloskey, 1985).

CUADRO 3.2

Tasa anual de crecimiento de la renta en Gran Bretaña (%)


Fuente: Crafts (1997).

Tal como ya hemos dicho, esta moderación del crecimiento ha llevado a algunos autores a negar validez al concepto de Revolución Industrial o a retrasar esta hasta muy entrado el siglo XIX, en el momento en que el crecimiento global es más claro. Sin embargo, no puede negarse que desde las primeras innovaciones la Revolución Industrial representa una discontinuidad, una ruptura respecto a la etapa anterior. Tal como recuerda O’Brien (1993), a pesar de su lentitud la tasa de crecimiento inglesa entre 1750 y 1850 no tiene precedentes históricos.

Además, el crecimiento fue muy superior en los sectores afectados por la industrialización: el algodón pasó de representar un 2,6% del producto industrial en 1770 a representar el 22,4% en 1831. Algo parecido, en un tono menor (del 1,5 al 7,6%), puede decirse del hierro (cuadro 3.3).

CUADRO 3.3

Valor añadido de la industria británica


Fuente: Guía práctica..., pp. 34-35, a partir de Crafts (1987).

La producción se fue mecanizando progresivamente, proceso a proceso y sector a sector. El sector industrial tradicional y el revolucionario convivieron largamente, lo que ha llevado a hablar de una economía e incluso de una industria duales, con un sector moderno, en rápido crecimiento, y un sector tradicional, de crecimiento irregular y moderado. Pero, a pesar de que la idea es sugestiva, conviene no olvidar que los dos sectores no eran estancos, sino que estaban muy relacionados, especialmente en tres aspectos:

1 Mecanización y trabajo artesano coexisten largamente en las mismas industrias (hilatura mecánica y tejido a mano, siderurgia moderna y metalurgia tradicional, etc.).

2 Más importante aún, una parte del crecimiento del sector tradicional se debe a la demanda inducida por los sectores industrializados, algo que se ve muy claramente en la construcción, que pasó de representar el 11% de la producción industrial en 1770 al 24% en 1841, sin que experimentara cambios tecnológicos de importancia. El crecimiento responde en parte al aumento de la población, pero sobre todo a la urbanización y a la edificación industrial, y (a la inversa de lo que vemos en el caso del algodón) al aumento de los precios, favorecido por el incremento de la demanda. Otras industrias tradicionales se vieron favorablemente afectadas por la disponibilidad de herramientas más baratas y mejoras en el transporte y en la organización de los mercados.

3 Toda la economía se vio favorecida por los cambios sustanciales que paralelamente a la innovación industrial experimentaron los sectores comercial y financiero, es decir, por el crecimiento del capitalismo (von Tunzelmann, 1993).

Finalmente, hay que tener presente que la utilización del valor añadido como indicador del crecimiento económico (indispensable, dada la heterogeneidad de los productos que se deben sumar) infravalora el crecimiento de los sectores industrializados. El porcentaje que representan en cada momento estos sectores se ve disminuido porque sus precios bajan gracias al aumento de la productividad. Queda también infravalorado por el impacto sobre otras industrias, que figura como aumento de estas y, por lo tanto, como disminución porcentual del sector industrializado. Restablecer estos cálculos es muy difícil, pero es evidente que el peso de los sectores industrializados fue superior al que indican las cifras que intentan medirlo.

Sin embargo, incluso aceptando las cifras del valor añadido, la industria moderna (algodón, hierro y carbón), que representa una parte pequeña (13,2%) de la producción en 1770, alcanza prácticamente el 30% en 1801 y el 36% en 1831, aunque en este último momento, si calculamos su valor con los precios de 1770, el porcentaje se acercaría al 60%. Además, si le añadimos la industria de la construcción, que como hemos visto depende mucho del proceso de industrialización, el valor añadido de los sectores industrializados ya habría superado al de la industria tradicional en 1801.

5. Trabajo, capital y empresarios en la Revolución Industrial

El cambio económico se puede desglosar en dos elementos: las variaciones en la cantidad de factores de producción utilizados y las transformaciones en la manera de utilizarlos. Hemos visto ya los cambios que las innovaciones producían en la manera de utilizar los factores. El aumento en las cantidades de los factores utilizadas fue también importante. A consecuencia de la Revolución Industrial, tanto el trabajo como el capital fueron utilizados en una cantidad y una intensidad mayores, tanto de manera directa, en los sectores industrializados, como indirectamente, en la producción de otros bienes y servicios. Las preguntas que hay que hacer en este apartado son qué importancia tuvo la oferta de factores de producción, de dónde procedían y cómo fueron dirigidos hacia su mejor utilización gracias al mercado (Mokyr, 1985).

5.1 El factor trabajo

El trabajo era un factor abundante a principios de la Revolución Industrial. El «ejército de parados» que, según Marx, formaban los campesinos expulsados del campo a consecuencia del proceso de enclosure y que abastecería la mano de obra para el proceso de industrialización, nunca existió: la población agraria inglesa siguió creciendo durante la Revolución Industrial (cuadro 3.4). Aun así, la baja proporción de población dedicada a la agricultura y el fortísimo incremento de población que experimentó Gran Bretaña desde mediados del siglo XVIII ofrecían una fuerza de trabajo suficiente para satisfacer la demanda de las nuevas empresas.

CUADRO 3.4

Población y población agraria en Gran Bretaña (millones de personas)


Fuente: Guía práctica..., p. 37, a partir de maddison (1991).

Así pues, la mano de obra no era escasa, pero más que la cantidad lo que interesa es su capacidad de adaptación a la actividad industrial, la formación de la clase obrera. En este sentido, la amplia proporción de población ocupada anteriormente en los sectores textil y siderúrgico ofrecía el personal y la experiencia necesarios: los mismos trabajadores pasaban de trabajar a mano a operar con las máquinas y, así, las fábricas podían aprovechar también a los especialistas (capataces, herreros, tintoreros). Asimismo, una parte del nuevo empresariado procedía también, como veremos, de los mismos sectores. La prueba más clara de la suficiencia de mano de obra es el mantenimiento de salarios bajos. El coste de oportunidad del trabajo venía determinado por la productividad del sector tradicional, que era todavía el predominante durante toda la etapa de la Revolución Industrial. Por lo tanto, para atraer mano de obra las industrias nuevas solo tenían que ofrecer salarios ligeramente superiores o simplemente más seguridad en el trabajo, cosas muy compatibles con las tasas de beneficio y de reinversión necesarias para la continuidad del proceso.

5.2 El factor capital

Tampoco era escaso el factor capital: en el siglo XVIII, la tasa de interés en Gran Bretaña (3%) era la más baja de Europa después de la holandesa. La acumulación de capital provenía básicamente de las rentas agrarias, del comercio exterior y de la explotación colonial, incluyendo el comercio de esclavos. Las características del factor capital durante la Revolución Industrial pueden reducirse a los siguientes puntos:

1 Directamente, la Revolución Industrial se inició con poco capital. Las primeras máquinas eran relativamente baratas y la expansión posterior se hizo más con reinversión de beneficios que con recursos en los mercados de capitales. Cuando el capital personal no era suficiente, se obtenía mayoritariamente de parientes, amigos y conocidos. Solo para el capital circulante se recurría ampliamente a la banca. Esta situación variaría rápidamente con la construcción de líneas ferroviarias, ya fuera de la etapa que ahora estudiamos.

2 Durante la Revolución Industrial, la tasa de inversión (inversión/PIB) se duplicó aproximadamente. Según Feinstein (1978), pasó del 8% anual en 1760-1770 al 14% en 1780-1800, tasa que se mantendría hasta mediados del siglo XIX. Según Crafts (1995), las tasas eran más bajas: 5,7% en 1760, 11,7% en 1830. Resulta más interesante el hecho de que la tasa de inversión en el sector algodonero triplicó la media de la tasa de inversión industrial (Pearson, 1993).

3 La relación entre capital fijo y capital circulante varió notablemente. Así, en la economía preindustrial la mayor parte del capital era capital circulante; con la Revolución Industrial crecieron ambas formas de capital, aunque mucho más el capital fijo, de modo que hacia el año 1830 este superaba ampliamente al capital circulante.

4 Para todo proceso de industrialización o de crecimiento económico son muy importantes el capital humano y el capital social acumulado (caminos, puertos, escuelas, hospitales...). Gran Bretaña disponía de todo ello al nivel de los países más avanzados.

Sea como fuere, el capital fue un factor secundario de la Revolución Industrial: al parecer, menos de una cuarta parte del crecimiento de la producción por trabajador entre 1760 y 1830 puede ser atribuible al factor capital. En definitiva, el capital no fue un obstáculo, pero tampoco un gran estímulo para la industrialización de Gran Bretaña: el mercado de capitales funcionó durante la Revolución Industrial de la misma manera que durante la etapa preindustrial. Sin embargo, no hay que olvidar que pequeños aumentos en la inversión de capital son compatibles con avances tecnológicos y organizativos importantes.

5.3 El papel del empresariado

Tanto las innovaciones técnicas como el trabajo y el capital son factores de producción, pero solo son activos si un empresario toma la decisión de invertir capital y tiempo en la organización y comercialización de la producción. Se suele definir al empresario como un maximizador de beneficios en un contexto (económico, sectorial, etc.) determinado, pero, en realidad, un buen empresario va más allá, modifica a su favor el contexto, las limitaciones de partida.

Sobre el papel de los empresarios en la Revolución Industrial (y en el crecimiento económico en su conjunto) existen dos opiniones: los que consideran al empresario como primer motor, como factor principal del desarrollo económico (Schumpeter), y aquellos que opinan que en cualquier sociedad existe la proporción correspondiente de empresarios e incluso que, si dicha proporción es baja, se puede importar al empresariado del mismo modo que se importan las materias primas o la fuerza de trabajo. Ambas afirmaciones no son contradictorias, pero indican valoraciones diferentes del empresario en el crecimiento económico.

A nuestro entender, el empresario es un elemento esencial del progreso económico, que se encuentra siempre presente en todas las sociedades mínimamente avanzadas. Sin embargo, para que una sociedad disponga de un empresariado suficiente y de calidad tiene que disponer de una mínima capacidad de ahorro repartida de forma no excesivamente desigual y, además, la actividad empresarial debe ser socialmente aceptada y reconocida. Sin capacidad de ahorro, muchos empresarios virtuales se ven ahogados por la falta de capitales. Por otro lado, si el ambiente social no es favorable, los talentos empresariales se pueden desviar hacia otras actividades socialmente mejor consideradas. Cualquiera de las dos limitaciones puede provocar que el número o la calidad de los empresarios resulte insuficiente para aprovechar al máximo las oportunidades de crecimiento económico. Por lo tanto, la situación económica y social condiciona la cantidad y la calidad de la empresariado (Mokyr, 1985).

Estudios comparativos de los comportamientos empresariales francés y británico en el siglo XVIII demuestran que los empresarios británicos eran más audaces y emprendedores que los franceses. Las innovaciones francesas o continentales se difundían con mayor rapidez en Gran Bretaña que en Francia. La explicación se puede buscar en el tamaño de los mercados respectivos, pero también en la mayor consideración social del empresariado en Gran Bretaña con respecto a Francia.

Los grandes empresarios de la Revolución Industrial procedían en parte del empresariado protoindustrial, mientras que otros tenían unos orígenes muy diversos: como clase no podían ser definidos ni por nacimiento, ni por la fortuna ni por el oficio anterior. Aunque la mayor parte tenía alguna relación con el sector en el que harían fortuna, otros no disponían de los conocimientos técnicos ni de los capitales necesarios.

Sus características comunes eran el conocimiento del mercado, el instinto de negocio, el atrevimiento para invertir en innovaciones, la moral del enriquecimiento (todo lo que ayuda a ganar dinero es bueno) y la suerte. Porque no se debe olvidar que solo pasan a la historia los empresarios que triunfan; los fracasados son siempre mucho más numerosos, pero olvidados.

6. Las consecuencias sociales de la Revolución Industrial: el debate sobre los niveles de vida

La Revolución Industrial supone el inicio de una transformación en la producción, pero también de cambios radicales en las formas de vida de una parte creciente de la población. En primer lugar, la Revolución Industrial ofrece grandes posibilidades de crecimiento, de enriquecimiento y de ascenso social y, por esa misma razón, genera fuertes desigualdades. Los países, grupos o personas que tienen acceso a las nuevas técnicas, que arriesgan su capital y su trabajo para aplicarlas y tienen éxito, se pueden apropiar de la mayor parte de las ganancias que genera el aumento de la productividad y pueden incrementarlas aún más reinvirtiendo parte de los beneficios obtenidos, de forma que los desequilibrios son cada vez mayores. La Revolución Industrial y su organización político-social –el capitalismo– conllevan grandes posibilidades de crecimiento y de ascenso social, pero también desigualdades y conflictos.

La principal consecuencia social de la Revolución Industrial es la aparición de la clase obrera y, dentro de ella, como segmento más numeroso, del proletariado. Con anterioridad, los trabajadores estaban muy segmentados según el oficio y el grado de especialización, lo que daba lugar a una especie de jerarquía laboral. En cambio, la clase obrera industrial se enfrenta a la sumisión a la disciplina de la fábrica y al desplazamiento hacia zonas suburbiales en pésimas condiciones de espacio y de higiene, un terreno propicio para las enfermedades pulmonares y gastrointestinales, así como al desarraigo con respecto a los grupos familiares o de relación y a las solidaridades de pueblo. Aparece así la conciencia de clase a raíz de la constatación de pertenecer a una comunidad numerosa, que solo dispone para subsistir de su capacidad de trabajo vendida a cambio de un salario, y también de su pobreza, más penetrante ante el rápido enriquecimiento empresarial.

La cuestión de los niveles de vida de la clase obrera, en su doble vertiente de renta y condiciones de vida, ha sido y es todavía muy discutida. Resumiendo podemos decir, en primer lugar, que hoy nadie defiende que las clases bajas de la población británica habrían estado mejor si no se hubiera producido la Revolución Industrial (Mokyr, 1985). Por otro lado, hay que tener en cuenta que los sectores afectados por la Revolución Industrial no generan la mayor parte del valor añadido de la economía británica hasta después de 1850. Por lo tanto, su impacto sobre los salarios y las condiciones de vida solo podía ser también relativo. Además, los años de la Revolución Industrial fueron años de guerras y de fuerte crecimiento de la población, factores que en principio hay que considerar como depresores del nivel de vida.

Los cálculos sobre la evolución de la renta son muy variados, pero para la época de la Revolución Industrial (1760-1830) la mayoría coinciden en señalar que la renta real de los trabajadores bajó o, como mucho, más o menos se mantuvo. Tras el restablecimiento de la paz (1815), los salarios reales crecieron, pero no pueden dejarse de lado los datos que indican que hasta 1850 existía un fuerte malestar social. En cambio, en la segunda mitad del siglo el crecimiento del salario real es poco discutido y se ve reforzado por otros indicadores, como el fuerte aumento del consumo de azúcar.

La evolución de las condiciones de vida es un tema todavía mucho más complejo que el del salario real. Las opiniones pesimistas se basan sobre todo en el crecimiento de la mortalidad, que en parte podía ser sencillamente efecto de la mayor urbanización de Gran Bretaña; tradicionalmente, la mortalidad era más elevada en las ciudades que en el campo. También se han usado como indicadores del bienestar medidas antropométricas, especialmente la altura de la población, pero las diferentes muestras utilizadas dan resultados diferentes, si bien es cierto que en este caso la mejoría en la segunda mitad del siglo es evidente.

La Revolución Industrial dio oportunidades de trabajo y de especialización a muchos obreros, aunque los niveles de vida eran todavía extremadamente bajos en 1850, a pesar de ser superiores a los del resto de la Europa de la época y también a los de la Gran Bretaña de mediados del siglo XVIII. Todavía a finales del siglo XIX, una tercera parte de las familias obreras inglesas rozaba los niveles mínimos de vida y la mitad de sus miembros morían en el asilo.

Como resumen, creemos que puede afirmarse que hasta la segunda mitad del siglo XIX la Revolución Industrial no tuvo potencia suficiente para ser determinante en la evolución del nivel de vida británico. Por lo tanto, el proceso de industrialización no puede ser considerado el principal responsable de los cambios en los niveles de vida. También debe tenerse en cuenta que la Revolución Industrial favorecía más las mejoras del salario real que de la calidad de vida, y que la diferenciación social entre patrones y obreros fue acompañada también de una diferenciación en el seno de la clase obrera. De hecho, la desigualdad social fue ascendente entre 1820 y 1860, para decrecer a continuación (Engerman, 1994).

En definitiva, no se puede culpar a la Revolución Industrial de haber empeorado los niveles de vida de la clase obrera, aunque en los primeros momentos quizás sí su calidad de vida, si bien es cierto que habría que repartir la culpa entre las nuevas condiciones de vida y trabajo y el crecimiento de la población. Otra cosa es que la distribución de los beneficios podría haber sido menos desigual sin comprometer el crecimiento económico y que disposiciones legales o inversiones relativamente pequeñas (en sanidad, por ejemplo) hubieran podido tener efectos altamente beneficiosos. Pero el bienestar de la clase obrera no formaba parte de las preocupaciones de los empresarios ni de los gobiernos.

Bibliografía
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4. El crecimiento económico moderno

Este capítulo pretender ser una especie de pórtico general de la época de crecimiento económico que, iniciado con la Revolución Industrial, llega hasta nuestros días. Concretamente, en él se presentan las magnitudes del crecimiento y parte de sus causas: la nueva organización política y económica (el estado parlamentario capitalista), los cambios en los patrones demográficos y las transformaciones en la agricultura. Se trata de sectores afectados sin duda por la Revolución Industrial, pero también por un impulso anterior al crecimiento. En el siguiente capítulo examinaremos la evolución de los sectores afectados más directamente por el proceso de industrialización.

1. La aceleración del crecimiento
1.1 Planteamiento general

La característica más destacada de la evolución económica del mundo en los últimos dos siglos ha sido el crecimiento económico sostenido. Nunca antes se había producido un crecimiento de esta magnitud y duración, un crecimiento que fue no solo extensivo, sino también intensivo. El crecimiento económico extensivo se caracteriza por el incremento de la producción total, pero no de la producción por habitante; cuando esta también aumenta, hablamos de crecimiento intensivo. Aunque el crecimiento económico de los últimos doscientos años no ha sido constante ni de la misma magnitud en todos los países, lo cierto es que ha transformado completamente las condiciones de vida de toda la humanidad.

La cuantificación de este fenómeno es muy arriesgada porque para la mayoría de los países no hemos tenido datos estadísticos fiables hasta hace pocas décadas. Sin embargo, algunas estimaciones permiten una aproximación a la magnitud del crecimiento (cuadro 4.1). Se puede comprobar que, con respecto a la época preindustrial, el crecimiento de los siglos XIX y XX ha sido mucho más intenso y ha comportado una mejora sustancial de la producción por habitante. En los países más avanzados, la producción se ha multiplicado casi por 100 en menos de doscientos años, mientras que solo se multiplicó por 4 en los trescientos años anteriores. Este hecho ha propiciado un incremento más que notable de la población y, al mismo tiempo, una mejora sustancial de la producción por habitante. Esta magnitud, el PIB per cápita, considerada como una medida aproximada de la disponibilidad de bienes de la población, se ha multiplicado por 19 en los últimos doscientos años, mientras que en los tres siglos anteriores no había llegado a duplicarse.

CUADRO 4.1

Evolución económica de los países desarrollados* 1500-2000


Fuente: Maddison (internet).

Como hemos dicho anteriormente, esta transformación no se ha producido de manera regular en el tiempo ni ha afectado con la misma intensidad a todos los países. El crecimiento económico contemporáneo está estrechamente vinculado a la industrialización, por lo que ha afectado en momentos diferentes y de forma muy desigual a los diversos países y continentes. El cuadro 4.2, que muestra la evolución de la producción por habitante y por continentes, permite comprobar que el crecimiento ha sido más precoz y globalmente más intenso en los países de la Europa occidental y en aquellos que han sido poblados mayoritariamente por emigrantes de Europa del norte (EE. UU., Canadá, Australia y Nueva Zelanda). Las otras zonas se fueron incorporando al crecimiento intensivo con tasas significativas a partir de finales del siglo XIX y, en el caso de Asia y África, ya muy entrado el siglo XX.

CUADRO 4.2

Producción por habitante por regiones (G-K $ de 1990)


Fuente: Maddison (internet).

Estas diferencias en el momento y la intensidad del crecimiento han provocado un aumento de las distancias entre países ricos y países pobres. Ello no quiere decir que los países pobres no hayan mejorado su situación, sino que los ricos lo han hecho más deprisa y que, a consecuencia de ello, las diferencias de nivel de vida entre unos y otros han aumentado. Tal como indican las cifras, si hacia 1820 la Europa occidental tenía casi el triple de producto por habitante que África, en 1950 la proporción era de 5 a 1 y en el 2000, de 13 a 1. Una situación parecida ocurre respecto a Asia, con la diferencia de que desde 1950, y especialmente en los últimos 25 años, el crecimiento económico de los países asiáticos ha sido muy intenso y han logrado acortar distancias, y en algunos casos superar a varios países de la Europa occidental. Las diferencias entre países y continentes en lo que respecta al bienestar material deben valorarse teniendo en cuenta el número de personas afectadas: los países con bajos niveles de producto por habitante concentran la mayor parte de la población del planeta. Las cifras que elabora el Banco Mundial indican que hoy en día los países más pobres reúnen al 60% de la población mundial y tienen una renta por habitante que, en términos de capacidad de compra, equivale a la décima parte de la de los países más avanzados.

El crecimiento tampoco ha tenido lugar de forma constante, ni siquiera en los países más avanzados. Durante el siglo XIX el crecimiento económico occidental fue en aumento, más acelerado en la segunda mitad que en la primera, pese a algunas fases de desaceleración o de crecimiento lento. La Primera Guerra Mundial (1914-1918) interrumpió este proceso de crecimiento y abrió un periodo de inestabilidad que culminó en los primeros años de la década de 1930, cuando una fortísima crisis –la Gran Depresión– sacudió la economía mundial, provocando un profundo atraso del que muchos países aún no se habían recuperado al estallar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Una vez finalizada la conflagración, se da la fase de crecimiento más intenso de la historia contemporánea, la llamada época dorada de la economía. Las tasas de crecimiento se situaron a niveles tres veces superiores a los de las fases más expansivas del siglo XIX. Este periodo extraordinario se detendrá en 1973 con la primera crisis del petróleo, que pronto quedó claro que iba más allá de un simple problema energético. En las últimas décadas, el crecimiento de la economía de los países occidentales ha sido más lento y ha habido varias fases de estancamiento y de expansión, mientras se iniciaba una profunda transformación tecnológica y organizativa que aún continúa pero que no ha evitado una segunda gran depresión, iniciada en el año 2008.

Como es natural dentro del marco de estas grandes fases, cada país ha tenido una dinámica propia, marcada por las condiciones de su economía y por las decisiones adoptadas por los respectivos gobiernos. En definitiva, ello significa que las condiciones que posibilitan el crecimiento económico y determinan su intensidad son muy complejas y responden tanto a factores de carácter general como a factores específicos de cada zona o país.

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