Kitabı oku: «Bion y Lacan más allá de Freud»

Yazı tipi:

Carlos Farate y Manuel dos Santos Jorge (Editores)

Bion y Lacan más allá de Freud Ideas, signos y “crucigramas” para un psicoanálisis en transformación

Carlos Amaral Dias • Carlos Barredo • Carlos Farate • Laura Ward da Rosa • Leonardo Francischelli • Luiz Carlos Uchôa Junqueira Filho • Manuel dos Santos Jorge • Ricardo Spector

Primera edición


Farate, Carlos

Bion y Lacan más allá de Freud: ideas, signos y “crucigramas” para un psicoanálisis en transformación / Carlos Farate; Manuel Santos Jorge. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Biebel, 2019.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-1678-99-0

1. Teoría Psicoanalítica. I. Santos Jorge, Manuel II. Título

CDD 150.195

© Carlos Farate y Manuel dos Santos Jorge, editores

© Ediciones Biebel, 2019

© Edições Almedina, 2018

La imagen de cubierta pertenece a Pedro Farate

Realización de cubierta: Ramiro Pazo

Diagramación de páginas: Cálamus (contacto: calamus.doc@gmail.com)

Edición en formato digital: septiembre de 2019

Ediciones BIEBEL

José Juan Biedma 1005, (1405)

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

Tel. (54-11) 4582-3878

www.edicionesbiebel.com.ar info@edicionesbiebel.com.ar • edicionesbiebel@yahoo.com.ar

Libro de edición argentina

Producido en la Argentina

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Conversión a formato digital: Libresque

Índice

  Cubierta

  Portada

  Créditos

  Acerca de los autores

  Epígrafe

  Introducción Ideas, signos y “crucigramas” para un psicoanálisis en transformación

  1. Fundamentos epistemológicos en la obra de Bion

  2. Fundamentos epistemológicos en la obra de Lacan I. Anotaciones 1. Primera fase: aprendizaje 2. Segunda fase: madurez 3. Tercera fase: elementos de un sistema 4. Cuarta fase: poder y gloria 5. Quinta fase: búsqueda de lo absoluto 6. Sexta fase: sexuación 7. Séptima fase: el sinthoma y la psicosis II. Articulación de un psicoanálisis científico 1. Estrategia e invención conceptual 2. Relectura de los temas evocados 3. Intento de validación

  3. Cadena de significantes y transformaciones Introducción de los editores Lo inédito en Lacan: el objeto a y la causa del deseo 1. La angustia y el Objeto a 2. Aforismos sobre el amor 3. La voz como objeto a 4. El lugar del analista como objeto a Transformaciones hacia el ∞, o el sujeto expandido del psicoanálisis 1. La tabla de transformación infinita (hacia ∞) en O 2. Cogitando, sin memoria, deseo o comprensión 3. Bion, Lacan y la escritura científica de (en) el psicoanálisis

  4. El gran Otro y O Nota de los editores De “A” a “O”: Aproximaciones y distancias 1. Introducción del gran Otro 2. Las vicisitudes del gran Otro 3. La cura analítica, ese enigma 4. Recortes bionianos 5. Acercamientos y diferencias El retorno milimétrico del búmeran de Bion al “O”, después de visitar el gran Otro de Lacan 1. El estadio del espejo y la cuestión del deseo 2. Las tres órdenes de contacto con la (i-)realidad 3. Lo Simbólico o el gran Otro (A) 4. La clínica del “O” 5. “O”: un concepto nacido en la clínica 6. Psicoanálisis: una “ciencia” de proporciones espirituales A. At one adv. – at one assent, at one accord. B. To atone. Verbo (1665). C. Atonement (atone+ment, originalmente onement, 1513). 7. La verdad y la mentira como factores de “siendo” (being) y de “viniendo a ser” (becoming) 8. La oscilación del significante entre las afinidades electivas y las comedias de equivocaciones 9. De cómo un búmeran puede retornar milimétricamente al “O” de Bion, después de visitar al gran Otro de Lacan 10. Conclusión

  5. Goce y sistema protomental Introducción de los editores El goce 1. La “Cosa”, das Ding 2. El goce y la ley 3. Goce y sexuación 4. Goce Otro y Mística 5. La percepción del goce femenino Supuestos básicos, sistema protomental y aparato de pensar los pensamientos: el largo viaje de Bion al centro del psicoanálisis

  6. Nudo borromeo y barrera de contacto Introducción de los editores Anudar, des-anudar, re-anudar

  Notas acerca de la barrera de contacto

  7. Los cuatro discursos y la visión binocular Introducción de los editores Los cuatro discursos: cuatrípode o cuaternario 1. Aportes para una definición 2. Precisiones de Lacan 3. El Discurso del Amo 4. El Discurso de la Histérica 5. El Discurso del Universitario 6. El Discurso del Analista Visión binocular, o el camino de β (O) a K⇒O a través de la Función a 1. Transferencia e interpretación entre transformación en alucinosis, sueño y rêverie de analista (y paciente) 2. La operación de la barrera de contacto-α en la visión binocular hacia al crecimiento mental

  Comentario final

  Bibliografía

  Sobre los editores

  Sobre este libro

Acerca de los autores

Carlos Amaral Dias es profesor en la cátedra de Psicología y director del Instituto Superior Miguel Torga (ISMT). Médico psiquiatra, psicoanalista didacta y personalidad destacada e indiscutida del movimento psicoanalítico en Portugal, cofundador de la Asociación Portuguesa de Psicoanálisis y Psicoterapia Psicoanalítica (APPP), psicodramatista didacta y fundador de la Sociedad Portuguesa de Psicodrama Psicoanalítico de Grupo (SPPPG), pensador y autor destacado de la teoría y la práctica psicoanalítica con numerosos trabajos sobre temas psicoanalíticos, publicados sobre todo en Portugal.

Carlos Ernesto Barredo es miembro titular con funciones didácticas de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (Apdeba). Profesor en el Instituto de Formación de APdeBA y en el Instituto Universitario de Salud Mental (Iusam) de dicha Asociación. Exdirector del Departamento de Niños y Adolescentes. Expresidente de APdeBA (2006-2010). Coordinador científico de la Federación Psicoanalítica de América Latina (Fepal) entre 2010 y 2012. Representante en 2013-2015 y 2015-2017 de América Latina en el Board de la International Psychoanalytical Association (IPA).

Carlos Farate es psiquiatra y psicoanalista titular con funciones didácticas de la Sociedad Portuguesa de Psicoanálisis (SPP) y de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA), de la cual es Research Fellow. Miembro de la Comisión de Enseñanza de la SPP. Profesor asociado del Instituto Superior Miguel Torga (ISMT), responsable de la especialidad en Psicoterapia Psicodinámica en la maestría de Psicología Clínica. Ha publicado diversos artículos psicoanalíticos, en particular en la Revista Portuguesa de Psicoanálisis. Es autor del libro Psicanálise com limites e psicanálise ilimitada: o setting como estrutura dinâmica e instrumento técnico da psicanálise.

Laura Ward da Rosa es médica y psicoanalista. Miembro titular y didacta del Instituto de Psicoanálisis de la Sociedad Brasileña de Psicoanálisis de Porto Alegre (SBPdePA). Coordinadora de los seminarios de Lacan en la formación psicoanalítica del Instituto de Psicoanálisis de la SBPdePA.

Leonardo Adalberto Francischelli es médico y psicoanalista titular y didacta de la SBPdePA; es miembro pleno del Centro de Estudios Psicoanalíticos de Porto Alegre (CEPdePA).

Luiz Carlos Uchôa Junqueira Filho es médico especialista en Psiquiatría por la Asociación Brasileña de Psiquiatría (ABP). Miembro efectivo y analista didacta de la Sociedad Brasileña de Psicoanálisis de San Pablo (SBPSP), de la cual fue presidente. Organizador de los Encuentros Bienales de la SBPSP y editor de las publicaciones correspondientes: Perturbador mundo novo: história, psicanálise e sociedade contemporânea, 1492, 1900, 1992. San Pablo: Escuta, 1994; Corpo-mente: uma fronteira móvel. San Pablo: Casa do Psicólogo, 1995; Silêncios e luzes: sobre a experiência psíquica do vazio e da forma. San Pablo: Casa do Psicólogo, 1998. Profesor del Instituto de Enseñanza de la SBPSP. Autor de Sismos e Acomodações: A Clínica Psicanalítica como Usina de Idéias (Rosari, 2003) y Dante e Virgílio: o resgate na selva escura (Blucher, 2016).

Manuel dos Santos Jorge es psicólogo clínico y psicoanalista afiliado a la Asociación Lacaniana Internacional (ALI). Doctor en Psicoanálisis por la Universidad de Paris VII con una tesis sobre Fernando Pessoa être pluriel – les hétéronymes. Psicoanalista con práctica privada en París.

Ricardo Daniel Spector es médico psiquiatra y psicoanalista. Titular con funciones didácticas de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Docente de Seminarios de Freud, Klein y Bion en el Instituto de Formación de la APA y de la Escuela Inglesa de Psicoanálisis en la Universidad Argentina John F. Kennedy de Buenos Aires. Autor de numerosos trabajos psicoanalíticos, con práctica privada en Buenos Aires.

Ciertamente existen otras fuerzas en el hombre además de su inteligencia, nadie ha estado jamás lo suficientemente loco como para negarlo.

A estas fuerzas ciegas, el recién llegado las hace actuar o las deja actuar; el filósofo debe hablar de ellas; para hacerlo, debe conocer lo poco que se puede conocer de ellas, debe por lo tanto observarlas actuar.

¿Cómo? ¿Con qué ojos, si no es con su inteligencia?

El corazón, el instinto, pueden guiarla, pero no tornarla inútil; pueden dirigir la mirada, pero no reemplazar el ojo.

Que el corazón sea el obrero y que la inteligencia sea sólo el instrumento, podemos consentirlo.

Sigue siendo un instrumento del que no podemos prescindir, si no para actuar, al menos para filosofar.

H. Poincaré, La valeur de la science, p. 153

Introducción
Ideas, signos y “crucigramas” para un psicoanálisis en transformación

En la transición que va desde el siglo XIX al siglo XX, un innovador y genial médico neurólogo y científico biomédico llamado Sigmund Freud, futuro creador del psicoanálisis, se proponía integrar la psicología al campo de las ciencias naturales.

Al respecto, el psicoanalista francés Jean Laplanche (2006) advertirá, con razonable sentido crítico, acerca de la tentación biologizante de las teorías de Freud sobre la sexualidad.

En efecto, en la introducción al “Plan General” del manuscrito pre-psicoanalítico avant-garde finalmente llamado “Proyecto para una psicología científica” (1895), el maestro de Viena esboza el propósito de “representar los procesos psíquicos como estados cuantitativamente determinados de partículas materiales distinguibles (las neuronas), a fin de que se vuelvan (a la luz de los procesos psíquicos) evidentes e incontestables”. Explica, a continuación, la tesis central de su Proyecto según la cual “lo que diferencia a la actividad del reposo es de orden cuantitativo. La cantidad (Q) está sujeta a las leyes generales del movimiento” (1895, p. 315).

Esta ubicación del psicoanálisis como psicología científica basada en la representación de redes de conexión neuronal del cerebro como procesos asociativos donde las cantidades de energía externas (ϕ) son transformadas por el sistema perceptivo (ω) en cualidades psíquicas yoicas (Ψ) formalmente investidas en el lenguaje, el pensamiento y la acción cognitiva, constituyó la “marca indeleble” originaria de la teoría y la praxis psicoanalíticas.

Grubrich-Simitis (1997) considera que el libro Estudios sobre la histeria (1895), escrito a medias entre Breuer y Freud, es “el primer libro de psicoanálisis” donde se valoriza el abordaje prínceps de algunos conceptos inaugurales del método psicoanalítico tales como procesos primarios y secundarios, catexis, falsa conexión, sueño diurno o trabajo de duelo y se prioriza la reflexión sobre el trabajo psicoterapéutico en pacientes histéricas. Sin embargo, no deja de ser verdad que tanto el modo de raisonnement como la iniciación teórica a los conceptos-clave que construirán el futuro científico del psicoanálisis ya están presentes en el Proyecto.

El Proyecto sostiene, en efecto, la tesis epistemológica central según la cual los elementos ϕ (estímulos sensorio-motores y perceptivos, emociones, instintos sexuales y agresivos, sueños, síntomas) activan la operación de funciones Ψ (resistencia, represión, inhibición, defensas del Yo, así como el desplazamiento o la condensación, deseo, investimiento-catexis, representación) aptas para transformar procesos primarios en procesos secundarios (atención, notación, memoria, interpretación, pensamiento reflexivo, lenguaje comunicativo).

Se puede ya identificar en este texto el estilo expositivo de Freud, riguroso, elaborado y fluido al mismo tiempo, así como la práctica de escritura científica que aun cuando concluye deja las conclusiones abiertas.

Por otra parte, ya en 1895 (más precisamente entre 1893-1897, años de gradual elaboración de Estudios sobre la histeria, desde la “Comunicación preliminar” a “Psicoterapia de la histeria”, este último capítulo de exclusiva autoría de Freud) es posible percibir al metódico intelectual crítico, observador y positivista que inspirará los importantes textos que, sobre todo entre 1905 y 1925 enunciarán de manera sistemática los fundamentos teórico-empíricos de la psicología del inconsciente de la única manera científicamente posible, es decir como metapsicología.

Incluso antes de situar la importancia seminal de los textos metapsicológicos (a los cuales podríamos asociar la heptalogía compuesta por Interpretación de los sueños, de 1900, Sobre la psicopatología de la vida cotidiana, de 1901, Tres ensayos de una teoría sexual y Los chistes y su relación con el inconsciente, de 1905, Tótem y tabú de 1913, Malestar en la cultura, de 1930 y Moisés y el monoteísmo, de 1939), es importante referirse a la lógica de la escritura simbólica y la topología a las que Freud recurre para ilustrar sus inferencias científicas (que mantendrá, con pequeñas alteraciones, a lo largo de su extensa obra).

Lógica coherente con la finalidad originaria de incorporar la psicología al área de las ciencias naturales. La topología se inspira en la representación gráfica del flujo de corrientes (cantidades) de energía por conexión sináptica y los signos griegos son la representación abstracta de los elementos psíquicos neuronales (ϕ, Ψ, ω). Más adelante, los términos griegos (topos, ego, id, imago) y el término del latín libido (deseo) serán usados para designar instancias y funciones de un aparato psíquico metafórico, modelado según los principios generales de la anatomofisiología de los aparatos y sistemas del organismo humano (topos significa intencionalmente “el lugar donde”).

El inconsciente es entonces tomado filosóficamente como estructura dinámica –topológicamente representable– y las grandes ideas y principios filosóficos de la mitología griega y de los filósofos antiguos (sobre todo Sócrates, Platón y Aristóteles) sumados a los clásicos (sobre todo los fenomenólogos Hegel y Kant, así como Bergson y Nietzsche) servirán de base e inspiración al progresivo relegamiento del pensamiento mecanicista original, basado en la aplicación de los principios teóricos de la física helmholtziana respecto de los intercambios energéticos (pulsionales, libidinales) entre sujeto y ambiente, entre ego y realidad externa.

Textos como Formulaciones sobre los dos principios del funcionamiento mental de 1911, Introducción al narcisismo de 1914, Los instintos y sus vicisitudes de 1915, Duelo y melancolía, de 1917, Más allá del principio del placer de 1920 y El Yo y el Ello de 1923, entre otros, habrán de inspirar fecundamente a los discípulos y seguidores más destacados.

En la tradición del pensamiento filosófico francés, Jacques-Marie Lacan se perfila, hacia finales de 1940, como un pensador profundamente original que investiga y teoriza, a partir de la metapsicología establecida por Freud, sobre las maneras en que los procesos de lenguaje revelan la estructura psíquica del inconsciente.

A partir de la reflexión sobre la importancia fenomenológica estructurante de la experiencia sensorial en el contacto especular con la madre in statu nascendi, Lacan (1949) infiere un trazo unario matricial que es abarcador de la imago, del otro y a la vez creador del sujeto. Este trazo unario sólo podrá ser significado, es decir traído al campo de la conciencia dialéctica de sí y del otro, a través del acceso al lenguaje.

Para Lacan el lenguaje es por lo tanto la concatenación ordenada de símbolos sustitutivos (metonímicos) que construye el sujeto de palabra y lo inscribe en una historia que le es propia y que implica la nominación (en el doble sentido de atribución de nombre propio y de elección) de la imago materna fálica idealizada. Este nombre, intuido por el imaginario infantil como “Nombre-del-Padre”, el Otro del registro psíquico del objeto (A. Green, 1990) y significante del deseo materno, funciona entonces como metáfora paterna y falo imaginario, e inaugura la cadena de significantes que resignificará los estados mentales y corpóreos del sujeto a lo largo de su existencia, siempre en relación intersubjetiva con el otro (R. Moncayo, 2012).

En la importante conferencia pronunciada en Roma en 1953 con el título “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, que constituyó una manifestación decisiva de la contribución teórica de Lacan a la causa científica de la “psicología de las profundidades” (Freud, 1923), Lacan sintetiza su pensamiento al afirmar que “la función paterna concentra en sí relaciones imaginarias y reales, siempre más o menos inadecuadas a la función simbólica que la constituye esencialmente” (Lacan, 2953, 1966: 157).

En un pasaje anterior de la misma obra se puede leer otra frase significativa del pensamiento lacaniano: “Luego, el hombre habla, pero porque el símbolo lo hizo hombre” (Ibídem: 155).

La epistemología lacaniana refunda, de esta manera, el legado freudiano a partir de la hermenéutica crítica y exhaustiva de los textos teóricos y metapsicológicos (una lectura “talmúdica”, como refiere B. Fink (1995) en analogía con la interpretación del Antiguo Testamento por el Talmud), e instituye una topología y un sistema de notación que le son propios. Y que provienen de las disciplinas científicas que servirán de soporte teórico a la formulación de tesis más importantes, cuya finalidad explícita es analizar el inconsciente a partir del lenguaje.

Desde 1936 Lacan, por entonces un joven psicoanalista, es influenciado por el neohegelianismo (A. Koyré, J. Whal) y la fenomenología, en la que sobresalen los filósofos E. Husserl, E. Levinas y M. Merleau-Ponty. A partir de 1940 el contacto con la lingüística estructural de F. de Saussure le servirá de inspiración para establecer la dialéctica de palabra-enunciado con reglas de enunciación propias del lenguaje y para elaborar un sistema complejo de conjugación del concepto (lenguaje) y fonema (palabra); realizará también una adopción crítica de los ejes diacrónico y sincrónico en el proceso de significación de los fenómenos-signos lingüísticos. Sobre este particular hay que retener la dialéctica de significante (S1 para las instancias Real e Imaginario y S2 para la instancia simbólica) y de significado (s), cuya representación como fracción algebraica se inspira parcialmente en el pensamiento filosófico y matemático de G. Frege. La lógica y los principios operativos de la antropología estructural, del contemporáneo C. Lévi-Strauss, contribuirán también a perfeccionar el eje diacrónico en la teoría de la cadena de significantes.

En la década de 1950 se aproxima a la fenomenología ontológica (M. Heidegger) y busca en las matemáticas modernas (teoría de los conjuntos, teoría de los nudos matemáticos y topología) el rigor y la consistencia para las tesis que va elaborando y difundiendo entre alumnos y seguidores en los Seminarios, que con un discurso rico y denso en referencias filosóficas y literarias dicta durante más de veinte años. Muy en particular estudia la Banda de Moebius, por tratarse de una superficie unilateral replegable sobre sí misma en corte sagital y cuya plasticidad permite representar gráficamente la tenue línea que une al separar y separa al unir el inconsciente con la conciencia.

La topología tricíclica (tri-anular) del Nudo Borromeo se inspira, por su parte, en el diseño producido en el emblema heráldico de la familia Borromeu. Este nudo se caracteriza por entrelazar tres aros redondos, de manera tal que si un solo aro fuera cortado, los otros dos se desatarían automáticamente. Sobre este principio, Lacan usa el nudo borromeo (lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario) como configuración estructurante del Sujeto hablante y de deseo con todas las instancias psíquicas que se le vinculan, comenzando por la a minúscula, objeto del deseo. El nudo borromeo asegura así, en una estructura integral, la articulación del conjunto temático lacaniano, ya que permite la representación geométrica y figurativa de la dinámica de las conexiones y desconexiones de los tres ciclos (instancias Imaginaria, Real y Simbólica) cuya configuración determina, a cada momento, el estado del funcionamiento mental del sujeto psíquico y la calidad de su relación con la realidad (Lacan, Seminario sobre el “Síntoma”, Libro XXIII, 2005 1975-76]). Por cierto, la elección de una figura no constituye automáticamente una prueba de veracidad sino más bien una auténtica ilustración de verdad apodíctica.

Ahora bien, la verdad, o más precisamente la búsqueda de la verdad psíquica, es el vector que une a Freud y a Lacan con Wilfred Ruprecht Bion, otro pensador genial y científico original, constructor de una teoría del pensamiento, o metateoría del pensamiento, según J. Grotstein, para la psicología del inconsciente.

Aun cuando fueron contemporáneos, Bion y Lacan nunca se cruzaron a lo largo de sus vidas ni confrontaron su pensamiento teórico-clínico; difieren tanto en trayectoria personal y entorno cultural como en su bagaje filosófico. Sin embargo, además de una enorme curiosidad intelectual y una formación humanística rigurosa sumadas a la educación médica (Lacan en filosofía y literatura, Bion en historia y filosofía), y del interés epistemológico por los conceptos desarrollados en los textos metapsicológicos de Freud y la valorización del rigor matemático, ambos pensadores comparten la teoría de conjuntos, aunque Lacan profundiza más en la geometría topológica y Bion lo hace en álgebra y geometría algebraica.

Por cierto, si bien la búsqueda de la verdad es un aspecto filosófico común a Bion y Lacan, mientras éste busca en la hermenéutica inconsciente el enunciado (falso) del sujeto de palabra, aquél busca por vía del análisis sistemático la veracidad científica de la función psicoanalítica de la personalidad, en una pragmática inspirada, entre otros filósofos y matemáticos, por F. Bacon, J. Stuart Mill, D. Hume, H. Poincaré o A. Whitehead, y que encuentra representación gráfica en la Tabla de los elementos y funciones psíquicas. Esta Tabla, que por su forma evoca a la tabla periódica de los elementos químicos de D. Mendeleiev pero por su contenido se asemeja a las tablas de presencia-ausencia en la gnoseología de F. Bacon, es una pieza central para la comprensión de la teoría de las transformaciones.

La Tabla propone la representación abstracta de colaboración inconsciente entre analista (Ta) y paciente (Tp) en el proceso de decodificación del significado oculto (llamado O) de una experiencia emocional significativa, por el proceso de realización-observación (llamado Tα), operado por el analista en la interpretación (llamado Tβ) que transforma la realidad psíquica del paciente, aproximándola a O, es decir, al significado verdadero de la experiencia emocional traída a sesión (Bion, Transformaciones, 1965).

En el camino de búsqueda de la verdad psíquica, el símbolo O podrá entonces representar filosóficamente o bien el objetivo absoluto, si no el último, del enigma “ontológico” subjetivista de G. Berkeley (siglo XVII-XVIII), o bien el “cero de la experiencia” de una realidad última incognoscible, inspirada, esta última, en el concepto kantiano de “cosa-en-sí”.

La arquitectura geométrica de la Tabla de elementos y de funciones psíquicas recurre, entonces, a la notación por números (numeración arábiga de 1 a 6) en columna (ordenadas) indicando, cada uno de ellos, una función psíquica particular (por ejemplo, 3 para notación, 4 para atención, 6 para acción) y a la notación por letras (A a H) en líneas (abscisas) que, respetando la lógica evolucionista (inspirada en la teoría filogenética de Darwin que Freud admiraba y retomó en la geometría de la segunda tópica, también llamada estructural o psicológica) indican, cada una de ellas, un elemento psíquico particular (por ejemplo, A para elementos β, B para elementos α, C para sueños y mitos, D para preconcepción, H para cálculo algebraico).

Esta Tabla, que en la perspectiva de la teoría del pensamiento de Bion se organiza en un eje horizontal para los diferentes usos del pensamiento y en un eje vertical que da cuenta de la génesis de los pensamientos, comienza a ser esbozada a inicios de 1960 y es una referencia crucial tanto para la investigación del proceso terapéutico como para el desarrollo de modelos teóricos e instrumentos de trabajo clínico más relevantes que Bion desarrolló a lo largo de su obra (transformación de la experiencia emocional, continente-contenido, función α, barrera de contacto, rêverie, teorías de los vínculos L-H-K y F, visión binocular).

Todo este desarrollo teórico es la realización de una extraordinaria capacidad conceptual (cogitativa) que sintetiza extraordinariamente la lectura creativa de los textos de Freud y la interpretación expansiva de las geniales contribuciones de Melanie Klein a la metapsicología, tales como los conceptos de objeto interno y de alternancia de las posiciones esquizoparanoide (SP) y depresiva (D), o la teoría de la identificación proyectiva (M. Klein, 1946).

Más allá de los artículos seminales (como Differentiation of the psychotic from the non-psychotic personalities de 1957, Attacks on linking de 1959) y de la pléyade de libros que corresponde al desarrollo de la riquísima conceptualización teórico-clínica (Learning from experience de 1962, Elements of psychoanalysis de 1963, Transformations de 1965, Second thoughts de 1967 y Attention and interpretation de 1970) y de actas publicadas de conferencias y seminarios de supervisión (Brasil, Argentina, Estados Unidos, Italia), merecen una distinción particular otros dos libros, uno pre-psicoanalítico (Experiences in groups de 1961) y otro pos-psicoanalítico (A memoir of the future de 1975-1977).

El primero proviene de la reflexión de la experiencia personal de las dramáticas situaciones de guerra en que estuvo involucrado (como joven oficial Comandante de Blindados en la Primera Guerra Mundial) y también de la experiencia profesional como médico psiquiatra en la observación de las dinámicas grupales de militares-pacientes que padecían de traumas en el “escenario” en la Segunda Guerra Mundial, y aun en el contacto teórico y práctico de análisis de grupos (en particular con S. Foulkes). A partir de la síntesis teórica reflexiva de estas experiencias y de la lectura crítica del Proyecto para una psicología científica y Más allá del principio del placer de Freud, Bion desarrolla la tesis neuro-psico-social sobre el sistema protomental (del que derivará la conceptualización de los elementos β como elementos sensorio-motores formalmente impensables).

La tesis del sistema protomental pudo haber sido inspirada, por una parte, en la teoría antropológica acerca del carácter gregario fundamental del ser humano y, por otra parte, en el concepto cartesiano de ideas innatas, basándose en el principio de que el pensamiento grupal es una extensión del pensamiento individual. A partir de este principio teoriza la simultaneidad de dos vértices en la mentalidad del grupo, la mente de trabajo (racional y cooperativa) y la mente de supuesto básico (irracional y omnipotente-individualista) que se puede presentar sobre tres formas momentáneas (de acuerdo al vector psíquico del grupo): supuestos básicos de ataque y fuga, mesiánico-apareamiento y dependencia.

Más allá del interés de estas reflexiones sobre el trabajo psicoterapéutico con grupos, nos interesa destacar la intuición teórica que lo llevó a la tesis de la simultaneidad de los procesos primarios y secundarios, que revolucionó la formulación de Freud (también de Klein) según la cual los procesos primarios precederían siempre a los procesos secundarios en el psiquismo humano (Cf. entre otros, J. & N. Symington, 1996, P. C. Sandler, 2005, J. Grotstein, 2007).

Finalmente Memoria del futuro es una obra de síntesis teórico-existencial que une un conjunto de relatos-textos reflexivos en una escritura dialógica y un estilo narrativo dramatúrgico. Se trata, más precisamente, de una reflexión sobre el psicoanálisis que tiene un carácter, simultáneamente, místico y metapsicoanalítico.

Con la lectura creativa de su legado y cada uno a su manera, Bion y Lacan han contribuido a establecer un método de suficiente consistencia para que el psicoanálisis, ya sea como ciencia o como área de conocimiento, se eleve a pesar de las contradicciones internas que podrían ceder a la tentación de grandeza, más que de mística, de instituirlo como grado último de sabiduría o como realización total (filosófica, científica u otra).

Ambos autores se dedicaron a la tarea de pensar el sujeto más allá del cognoscente, no solo el sujeto existente, el ser-en-el-mundo (Heidegger), sino también y sobre todo el sujeto psíquico, sujeto de palabra para Lacan, sujeto capaz de albergar una función psicoanalítica de la personalidad para Bion.

Ambos autores lograron incluso pensar más allá del psicoanálisis, examinaron críticamente el intento de formulación de los conceptos más importantes de la epistemología freudiana (como las innovaciones producidas por la metapsicología kleiniana en el caso de Bion) y produjeron innovaciones revolucionarias en la teoría y en la praxis psicoanalíticas.

En efecto, aun cuando el nudo del encuentro de ambos se afirma en los entrelazados del descubrimiento freudiano del inconsciente, en el consecuente tratamiento de las afecciones psíquicas más invalidantes y en la clarificación sobre la constitución individual de los vínculos sociales, cada uno procedió, en su propio recorrido, a la reformulación creativa de la hermenéutica (Lacan) y de la heurística (Bion) originarias.

Por eso concebimos este libro como el encuentro de una pléyade de psicoanalistas interesados en pensar el psicoanálisis; pensarlo simultáneamente desde adentro y más allá de las balizas teórico-clínicas, ya sea de la cura-tipo o del proceso psicoanalítico.

Por supuesto que esta exigente tarea se torna más fácil a partir de un juego de “crucigramas” en que las ideas y signos descubiertos o redescubiertos, pensados y repensados por Bion y Lacan, con Freud de fondo, serán puestos en evidencia de forma dialógica, libre y creativa.

De ahí la sugerencia a la idea de psicoanálisis en transformación por un lado, para homenajear la riquísima herencia que Wilfred Bion y Jacques-Marie Lacan nos legaron, y que nos enseña a interrogarnos permanentemente sobre lo que es, el cómo es, el porqué y el para qué del psicoanálisis; lo que Freud, en tanto su descubridor, no hubiera podido hacer, sino más bien invitar discretamente a sus seguidores a hacerlo... lo que finalmente hicieron, cada uno a su modo, Lacan y Bion.

Por otra parte, es el leitmotiv más estimulante en este juego de crucigramas que los psicoanalistas y estudiosos del psicoanálisis Carlos Amaral Dias, Carlos Barredo, Carlos Farate, Laura Ward da Rosa, Leonardo Francischelli, Luis Carlos Uchoa Junqueira Filho, Manuel dos Santos Jorge y Ricardo Spector hayan decidido emprender este cruce alrededor de las ideas que Bion y Lacan nos transmitieron para pensar el psicoanálisis más allá del psicoanálisis..., ¡siempre!

1
Fundamentos epistemológicos en la obra de Bion

Carlos Amaral Dias

Me gustaría, en primer lugar, recordar a Pedro Luzes cuando en 1968 escribió que fue Bion, después de Freud, el analista que más se preocupó por los procesos de pensamiento y quizás el más fructífero al estudiar los esquemas psicoanalíticos más profundos. También fue, para seguir parafraseando a Luzes, el investigador del psicoanálisis que asumió dentro de la disciplina psicoanalítica una posición semejante a la que los físicos Heisenberg y Planck tuvieron en la Física y el mundo de la ciencia.

Según Luzes (1968, cit. en Amaral Dias & Luzes, 2006, p. 1361) “preveo que con la vuelta a la obra de Bion, como pasó en su momento con la vuelta a la de Freud o a la de Melanie Klein, el debate quedará abierto durante muchos años [...]. Las posibilidades de encarar una gama más abierta de posibilidades interpretativas se darían si abandonáramos cierto ‘realismo psicoanalítico’”.

Pasados ya casi cincuenta años del trabajo de Luzes, se estableció como punto de partida que el campo psicoanalítico se enriqueció y se alteró de una forma exponencial después de Bion. Intentaremos elaborar estos desarrollos en las siguientes líneas, aunque no lo haremos de forma académica sino como reorganización de las teorías bionianas centrales para comprender lo que iremos a explicar.

Comenzaré por describir la función continente (♀) y su relación con el contenido (♂), aunque más no sea por haber dedicado a esta hipótesis de trabajo la mayor parte de un largo artículo publicado en la Revista Francesa de Psicoanálisis en 1994. Lo que me interesó fue la interacción (♀/♂) y su relectura tal como fue propuesta por Bion en el libro Atención e interpretación (1970). En esta obra, Bion nos propone una escucha sin memoria, deseo ni comprensión, o sea, desprovista de realismo en el sentido ingenuo que posee el término.

Epistemológicamente, la propuesta implica renunciar al método científico como forma de conocer la realidad; en este caso la realidad de la mente del analizando. El lector se preguntará: ¿qué pasaría con la epistemología si prescindiéramos del discurso científico? Pregunta que da en el punto más frágil y, al mismo tiempo, más valioso de la obra de Bion, es decir, la dimensión mística subyacente. Alrededor de esta dimensión hubo siempre un mal-entendido, aunque nuestra disciplina, el psicoanálisis, nunca fue construido sobre los bien-entendidos. Basta con leer a Freud para comprenderlo. La dimensión mística es, en sí misma, un mal-entendido. ¿Iría Bion a proponer pura y simplemente una fórmula que negase la regionalidad próxima al pensamiento científico? No. Iba a proponer una forma de escucha que en su génesis se puede inscribir en una discontinuidad esencial.

De hecho, “sin memoria, deseo o comprensión” no puede ser la base de un pensamiento regional, como pasa con toda la démarche científica, sino que se inscribe en un intento de comprensión de la totalidad de la mente del analizando. Es decir, percibimos la inserción de la fórmula de Bion no en las epistemologías de su tiempo sino en la mística. Se vuelve imposible no pensar en la propuesta de San Juan de la Cruz en su libro Subida al Monte Carmelo, ya que lo que nos queda es un acto de fe para permitir la ascensión a O (origen) en el interior del proceso psicoanalítico, es decir, aquello que en San Juan de la Cruz aparece como propuesta subyacente al conocimiento (hacer noche oscura para los sentidos). Las cualidades que derivan de dicha noche parecen eclipsar la conciencia, aunque se limitan a crear sólo de manera paradojal una conciencia máxima del otro. La cantidad objetal y la cantidad digna de respuesta del objeto no se engendran en la fórmula “relación de objeto” pero sí en la comunión, creando el sub-objeto. Esta forma de proceder del analista tendrá consecuencias tanto en la construcción del objeto psicoanalítico como en los sujetos involucrados en el campo psicoanalítico.

Es que, proponer una no actitud donde supuestamente deberíamos hablar de la actitud implica, como en la mística, una disciplina mental necesaria. Esta disciplina debería implicar el abandono de fórmulas infelizmente presentes en la mente del analista, del tipo “el próximo paciente es una mujer deprimida” o “faltan apenas ocho días para salir de vacaciones”. ¿Cuál sería aquí la memoria del analista y la manera como en él influenciaría la escucha? Por ejemplo, a partir de escuchar la fecha fijada para las vacaciones seguramente transforma a nuestros pacientes en perseguidores que no nos dejan gozar de las vacaciones sino de aquí a algún tiempo. ¿Y qué decir de la paciente deprimida que, acostada en el diván, nos cuenta la forma en que fue capaz, la noche pasada, de abrirse al deseo de un hombre?

Todo esto nos conduce a la teoría de los functors, o sea a una función que procura un argumento. Repito, procura pero no contiene. Si pensáramos según los términos propuestos por la Tabla, la mente del analista debería ser capaz de cumplir el precepto freudiano, o sea, la atención fluctuante, la cual no puede ser desviada por pensamientos míticos y oníricos personales. Esto implica propiciar una entrada en la Tabla que emerja catastróficamente (el cambio catastrófico sugerido por Bion y al cual dediqué alguna investigación).

Dicho de una manera epistemológicamente más consciente, “sin memoria, deseo o comprensión” no es una actitud sino una meta-actitud que sostiene una metateoría. Es esta metateoría la que permite considerar las teorías del analizando, es decir sus opiniones y lecturas del sufrimiento psíquico y del espacio de vida que le fue reservado, como capaces de generar la activación de las teorías científicas del analista, las cuales, justamente porque fueron colocadas en la fórmula “sin memoria, deseo o comprensión” emergen en un espacio vacío de expectativas en cierta forma análogas a las preconcepciones de las que Bion habla cuando nos propone la salida que va de las preconcepciones a las concepciones y, finalmente, a los conceptos. Idealmente, y no voy a escapar a mi neoplatonismo, deberíamos ser capaces de pasar de las preconcepciones a los conceptos sin necesitar de las concepciones, de modo de transformar el análisis en un lugar de significaciones, muchas de ellas imposibles de anticipar.

Incluso las características de desintoxicación, metabolizantes, a las que Bion dedicó una atención especial a nivel de la función continente, se encuentran ellas mismas garantizadas por las no-características que caracterizan la función continente. Hablamos, por ejemplo, de los fantasmas de muerte que, al no ser sometidos a hemodiálisis mental, pueden poblar la mente del analizando, o del bebé, impidiendo los procesos de transformación necesarios para el crecimiento mental.

Por otro lado, si el analista escucha de la manera que intentamos definir, opera en α-dream-work. Sólo así se puede transformar en un continente para las palabras, para las no-palabras, para los analizandos silenciosos, para los no-silenciosos y para los no-silencios del analizando, los cuales pueden presentarse como una condensación que ha de ser ampliada por el analista. Es por eso que la libre interpretación asume la forma, dentro del analista, de una asociación libre.

Debemos también percibir que el factor continente, para poder funcionar, implica “la pérdida de las capacidades que obstruyen la intuición” (Bion). Aquellas se presentan como “heridas” en la función α, o sea como obstáculos a la libertad alcanzada por la disciplina que nos permite, paso a paso, abandonar K (conocimiento) para caminar en dirección a O (origen). Cuanto más sea capaz de esa libertad, más confianza puede tener el analista en sus observaciones. El analista ha de ser capaz de tolerar la dispersión (PS), porque al mismo tiempo va sabiendo que la paz de la búsqueda del punto D, es decir de la unidad que emerge con la significación obtenida de este modo, es la trayectoria principal. Se torna evidente, entonces, que al analista sólo le queda la búsqueda siempre efímera de lo que resulta del encuentro psicoanalítico.

Es también verdad que la utilización excesiva de la memoria y del deseo vuelven al analista incapaz de escuchar en el aquí y ahora de la sesión analítica. Por la memoria se aferra el analizando al pasado y es de esa manera que el analista lo posee o, mejor aun, se apropia interiormente de su paciente. Por el deseo, el analizando es lo futuro y podría quedar atrapado en el deseo del analista, aun cuando éste parezca bien fundamentado para el analizando. Por ejemplo, si tuvieras una novia que consiguiese borrar los rastros dejados por una madre tóxica, mejor sería tu porvenir.

La propuesta “obliga” a ver más allá del principio del placer/displacer, facilitando la liberación de pensamientos falsos y de pseudointerpretaciones. Estas últimas, por otra parte, dificultan la aproximación a O (origen) y, sobre todo, al pasaje de K a O.

Es también evidente que la aptitud para el cambio catastrófico y su desencadenante se vuelve de esa manera inmanente/eminente y contribuye así a disminuir las barreras engañosas contra el miedo, la falta y lo desconocido, o incluso, la comunicación de un desacuerdo de la dupla analítica.

Conviene aquí recordar la vida cotidiana del analista, cuando éste se deja atravesar por los estímulos contenidos en la memoria o en el deseo, estímulos éstos que llevan a la creación de -K. Es justamente aquí donde el deseo de cura se ancla, habitualmente a través de imágenes visuales que vuelven puntualmente inaccesibles los objetos psíquicos del paciente, en tanto que aquel se transforma en un objeto peligrosamente accesible.

El insight que se obtiene por esta forma peculiar de escuchar queda próximo a lo que Bion definió como cambio catastrófico, a saber, el conjunto de acontecimientos que ocurren en el momento de surgimiento de una idea nueva. Es por eso que pensar el aforismo, o Koan, “sin memoria, deseo o comprensión”, nunca está demás ya que nunca está demás desconfiar del a priori (ideas viejas). Estas tienen, frecuentemente, la forma de modelos psicoanalíticos que aunque a veces parecen modernos no son más que pensamientos falsos, aunque más no sea por la forma como se presentan, no como preconcepciones activadas por el analizando sino como preconcepciones que obstruyen la función continente.

El ejercicio del psicoanálisis implica siempre la vigilia del psicoanalista, o sea la abstinencia de la simpatía/empatía, la cual debe dar lugar a la verdadera empatía, sobre todo cuando el analista se decide por la interpretación. Es importante saber crear una caesura entre teoría y paciente, aunque sean las teorías las que permitan el conocimiento (por ejemplo, sobre el Edipo, la represión, el inconsciente, etcétera). Designaría la mente del analista que trabaja de esta manera como una mente pre-catastrófica, es decir apta al cambio de sentido, o sea al cambio catastrófico y pos-catastrófico. La actividad del analista debería tener como tela de fondo la exposición permanente a lo desconocido y al encuentro de un estado emocional próximo a lo sin-nombre. Es por eso que la turbulencia genera la ansiedad necesaria al descubrimiento. “Ganar” una sesión, sentimiento que es común a los analistas, implica tolerar la turbulencia de la aproximación, la existencia de una conexión frágil y también la resistencia a una aproximación y a una conexión, ya sea por parte del analizando o por parte del analista. Todo cambio implica dolor psíquico.

Además, la tolerancia al cambio catastrófico es lo que permite a un analista ser un analista (no me refiero, evidentemente, a los criterios burocráticos de la admisión y de pertenencia a sociedades psicoanalíticas). El miedo a la turbulencia asociado a lo que parece científico pero no lo es, da a las discusiones entre los analistas el carácter propio de una conversación entre sordos. Si imaginásemos lo contrario, lo habitual sería la emergencia de ideas nuevas/modelos nuevos, a saber, una catástrofe susceptible de desintegrar la noósfera conceptual. Los analistas se comportan a veces como guardianes del edificio psicoanalítico, en vez de hacerlo crecer.

*

Los caminos espinosos y complejos establecidos por la conexión entre los vínculos (L, H y K) y el trabajo analítico deben estar idealmente en la función continente. Espinosos, porque sabemos cómo se encuentra el empedrado atravesado por –L, es decir cómo se oculta la verdad psíquica, don (terrible don) que busca la mente del analista.

A nivel contratransferencial, la presencia de –L y de –K depende de la conjunción epistemológica y teórica/técnica, o mejor, de su naturaleza. Me refiero, por ejemplo, a la tentación de mantener el psicoanálisis como un mundo aparte dentro del mundo de las ideas, o sea el mundo filosófico. Como afirma Bion, la relación entre filosofía y psicoanálisis es de la misma naturaleza que existe entre matemática pura y matemática aplicada. Claro que en un análisis la interrogación sobre el hombre, el lugar del Homo sapiens-sapiens, es en primer lugar un interrogante sobre un hombre. Aunque sabemos que el encuentro analítico entre el ♀ y el ♂ debe dar lugar a la creación de un tercero, el cual a su vez alimenta a ♀ y ♂ y también lo alimenta a él (mismo). Dicho de otra manera, el conocimiento obtenido en ♀/♂ va a tener influencia en la manera cómo el analista escucha, en la manera como el analizando mira el análisis y, a fortiori, sobre el crecimiento del conocimiento en cuanto tal.

Conviene no olvidar que la mente del analista es análoga a un catalizador y por eso está presente durante la reacción, debiendo evitar, sin embargo, estar presente en el producto final. Sólo así el analista ayuda a crear la tolerancia al cambio catastrófico y también sólo así el analista continúa transformándose como analista. Sabemos que el miedo a las turbulencias asociadas al conocimiento científico acompaña la emergencia de ideas nuevas. Los modelos nuevos son temidos como si ellos pudiesen provocar una catástrofe susceptible de desintegrar nuestra atmósfera conceptual, o incluso hacer desaparecer el edificio psicoanalítico. Felizmente ya Freud, padre del psicoanálisis, antes de Bion, nos había obligado a verificar que sin temor a la pérdida y sin asumir ese temor, no hubiéramos sido capaces de hacer emerger ese mundo oscuro aunque paradojalmente portador de luz, al que Freud llamó el inconsciente y al que Bion añade el O, en tanto realidad última a la que podemos acceder: de una forma O, la forma edípica a través de la cual se deletrea “Yo soy Edipo”, y de la que se puede resumir la frase “Yo soy Dios”. Es decir, el camino hacia O me lleva al camino de Edipo, en tanto el camino a Dios es el camino de la creencia en la omnipotencia y la omnisciencia.

Al colocar su radical analítico en la óptica de ser O, la reflexión bioniana se aparta decididamente del intento adaptativo proveniente de la psicología del Yo, así como las tentaciones paranoides-causalistas. Esta posición es fundamental en la creación de la capacidad de realización negativa. Ahí, de nuevo, el “sin memoria, deseo o comprensión” coloca al analista distante de cualquier militancia y lo aproxima a la dimensión del retículo vacío.

La cultura de lo extraño al interior del ser humano torna posible la propensión a O y también el amor a la verdad, organizador epistémico de las endociencias. Dicho de otra manera, el analista que se afirma en ♀/♂ teme mucho menos al cambio catrastrófico y a las turbulencias. La dispersión pasa a ser parte de la búsqueda del O y de la verdad, aunque sepamos que el ser humano es capaz de la verdad. Sin embargo, los instrumentos que posee (L, K, H) solo permiten transformarla, no permiten conocerla.

El analista que aumenta la tolerancia a la dispersión aumenta también la capacidad de transformación de β en α, de alguna manera las condiciones necesarias al pensar en análisis implican un uso de la dimensión PS⇔D. En otros términos, el analista tiene que ser capaz de dejarse impregnar por la dimensión positiva (el nivel de la identificación proyectiva presente en la comunicación ♀/♂ sin dejar, sin embargo, de descubrir el análisis como realización negativa. Aquí, la función del rêverie es esencial. Identificación proyectiva y función de rêverie constituyen dos polos técnicos de la función α del analista en el análisis. Su utilización es gradual y compuesta, variando de análisis a análisis, de sesión a sesión y, probablemente, de segundo a segundo. Es evidente que los recursos necesarios para la elucidación de la función de rêverie son de un orden completamente diferente de los que están presentes en el contacto con la identificación proyectiva.

La función de rêverie se basa en la función materna de rêverie pero la supera, como ya Green tuvo oportunidad de explicar. La función de rêverie es lo que permite la organización de la dispersión, transformando a ésta en un factor de crecimiento psíquico, apoyando de ese modo la movilización de los procesos mentales del sueño y la continuidad del analista entre PS⇔D.

Vale la pena agregar que el nivel de escucha de esta elocución transforma las dimensiones donde el objeto psicoanalítico se debe desarrollar. Por ejemplo, en el área de la pasión, porque se aparta al paciente de la elaboración depresiva. En el área del mito, es decir de su construcción a partir de los elementos míticos de la historia del analizando, por la interferencia de pensamientos falsos. En la dimensión del sentido común (o sea, entre lo sensorial y la toma de consciencia), porque refuerza las opacidades y, naturalmente, las actitudes proyectivas.

Conviene recordar que la pasión para Bion se localiza en el área transferencial-contratransferencial, que la dimensión mítica es aquella que nos permite “arañar” la historia del analizando y que el sentido común es naturalmente de una importancia enorme en la medida en que permite mantener una relación con la realidad.

Todos estos niveles apoyan el nivel de activación del continente en la relación continente/contenido, así como la capacidad de la mente del analista se mantiene en fluctuación e impregnación reticular, permitiendo el desarrollo de la comunicación sobre la forma de interpretación. Conviene recordar que la interpretación es la forma en que la asociación libre se presenta en la mente del analista. Como ya sugerimos, es la interpretación, entre los procesos mentales del sueño y la escucha del hecho seleccionado, la que permite al analista el desarrollo de la capacidad de soñar despierto. Es decir, una capacidad de rêverie conciliable con lo que podríamos llamar una “ability for logical thought of the mathematical kind” (Bion, 1992). Bion propone también (1975) la alternancia entre los términos paciencia y seguridad. El primero designa la capacidad de la relación entre el analista y lo no conocido, siempre presentes en la comunicación en el análisis. Debe dar origen a la capacidad de recorrer de nuevo los caminos que llevan a la emergencia del modelo emocional subyacente (conjunción constante). Pero es la capacidad de rever, o mejor dicho de ver de otra manera, lo que se espera del analista; para eso el analista debe ser capaz de brindar seguridad (análoga a la posición depresiva). Esta oscilación entre paciencia y seguridad da a PS⇔D la calidad de continencia mental, fuente de crecimiento emocional.

Una vez más, lo que nos interesa es la relación continente/contenido. O mejor aun, la interacción continente/contenido es lo que debe estar en el centro de nuestras reflexiones. La primera interacción que nos interesa se refiere a la importancia de la formulación de la interpretación para el hilo conductor del cual emergen las ideas interpretativas. Este hilo conductor del analista como lugar emergente de nuevos vértices sobre objetos psicoanalíticos, no debe apartarse de la extraordinaria secuencia de los hechos observados, que se evidencian en un trabajo común analista/analizando.

En este sentido la interpretación propiamente dicha debe ser formulada en tanto dimensión de la pasión presente en el acto psicoanalítico. Apartado el vínculo continente/contenido de una formulación cerrada, le queda el abandono de la dimensión lineal causal y racional, asentando una relación que en todo momento se espera que suceda en el análisis, permitiendo así la emergencia del encuentro soi disant mítico, o mejor aún, místico. Es esta dimensión la que nos permite la libertad especial de hacer de nuestros pensamientos un puente de llegada o de partida, en otras palabras, la asociación libre/interpretación va a permitir la existencia de innumerables objetos analíticos en el mismo espacio.

Tengamos en cuenta la función analizante del factor continente. Esta, para poder funcionar, tiene que perder las opacidades que obstruyen los factores, lo que favorecerá la intuición. El analista que está atento a esa forma de obstrucción de la función continente, o que es capaz de poner en funcionamiento la teoría de los functors es quien se acerca a la libertad de encontrar lo fundamental del análisis, una libertad alcanzable por la disciplina. Esta libertad se vuelve, entonces, por lo menos para el analista, la garantía de lo que podríamos llamar la ecuación personal. El carácter efímero del encuentro analítico obliga a la búsqueda de un estado mental determinado, a partir del cual el nivel de interacción y contacto en la experiencia del análisis obliga a construir la fórmula de la experiencia de escuchar.

Finalmente, la anulación de la memoria y del deseo hacen que el analista sea capaz de sentir el “aquí y ahora” en el análisis, y el tiempo presente como fugacidad. Para la memoria, un objeto formando parte del pasado es, por lo tanto, poseído/apropiado internamente. Para el deseo, el objeto está situado en el futuro, dificultando, ya sea por la memoria o por el deseo, que el continente quede fuera del contenido.

El analista debe estar entonces por encima de la sensorialidad y del principio placer/displacer. Es evidente que es ese estado el que aproxima al analista a O (origen), así como el pasaje de K a O. Además evita, tanto como es posible, un estado de la mente saturada por la sensorialidad, impidiendo la creación de pensamientos falsos y de pseudo-interpretaciones/comunicaciones.

Es conveniente, para el analista, escapar a los obstáculos que resultan de la obstrucción de la mente. Esta obstrucción ya es de por sí perturbadora del funcionamiento mental. Si juntáramos la saturación que se encuentra en mayor o menor cantidad en ciertos momentos del análisis y la relación continente/contenido, podríamos percibir que la capacidad de suspender los contenidos, además de que la mayoría de las veces sean difíciles de reconocer, es también un sello de la relación terapéutica.

Es también claro que si en lugar de centrarnos en O lo hiciéramos en K, la única cosa que cambia es el sentido prospectivo de ambas transformaciones (en K y en O). Pero la naturaleza del análisis no cambia. En K hay también fragilidad y dolor, aunque más no sea por el contacto con la condición humana inherente al acto de conocer. Bion afirmó, en Atención e interpretación, el riesgo de la omnisciencia y nos advirtió sobre la convicción de todo saber, muchas veces como forma de lidiar con la intolerancia a la frustración. K es un camino para O y es así que debe ser visto. En ese sentido, K nos reenvía siempre a una expectativa. Expectativa centrada en el vínculo continente/contenido.

Es que, más de lo que pueda pensarse, la calidad de la relación emocional vinculante se expresa tanto en la relación entre K y H-L como en la relación K-O. La no comprensión de esta afirmación conduce a una proliferación de mentiras, frente a lo que debe estar presente en el cambio catastrófico. Se podría imaginar, de alguna manera, la dupla analista y analizando como una comunión capaz de generar nuevos pensamientos. Para eso, la forma como el analista trabaja es siempre de tal manera de garantizar el cambio. El poeta T.S. Eliot formuló así el problema: “para llegar donde no se está / es preciso ir por un camino que lleve a la ignorancia / para poseer lo que no se posee es necesario ir por un camino donde no se está”. Ese camino, para continuar la cita de T.S. Eliot, implica siempre el cambio de sentido.

El carácter sintomático de la escritura de este texto resulta, también, de la catástrofe que ocurre siempre que una acción pública pretende dar cuenta de una acción privada. Espero que el lector no se haya sentido demasiado perturbado con su lectura, ya que sólo pretendíamos efectuar una provocación (en la dosis necesaria) a la lectura y la reflexión.

2
Fundamentos epistemológicos en la obra de Lacan

Manuel dos Santos Jorge

I. Anotaciones

Jacques Lacan se resistía, sin rodeos, a considerarse investigador y conocedor de la herencia freudiana. Sin embargo acotaba, con jovialidad ante el cronista investigador, que no estaba seguro de que Freud no se reivindicara lacaniano. Trayectoria singular y a la vez sobresaliente, que evocaremos aquí de manera concisa.

1. Primera fase: aprendizaje

Después de sus estudios primarios y secundarios, Jacques Marie Lacan (1901-1981) se matriculó en Medicina, dando la tesis en 1932. La formación en Psiquiatría se desarrolló en un espacio predominante de célebres clínicos y de creatividad teórica (Hospital de Santa Ana) donde Lacan se ejercitó con algunas contribuciones a partir de la práctica, principalmente sobre la histeria y sobre la psicosis paranoica, en un clima de exaltación progresista de la intelligentsia francesa.

André Bréton (1988, p. 549) le decía a Charcot, conocido neurólogo de la Salpetrière: “Nosotros los surrealistas queremos celebrar el cincuentenario de la histeria, el mayor descubrimiento poético de fin del siglo XIX, en el momento exacto en que el desmembramiento del concepto de histeria parece consumado. En 1928 se propone una nueva definición de la histeria: la histeria es un estado mental más o menos inducible que se caracteriza por la subversión de las relaciones establecidas entre el sujeto y el mundo moral del cual él cree prácticamente depender, fuera de cualquier sistema delirante [...] la histeria no es un fenómeno patológico y en todo caso puede ser considerado como un medio supremo de expresión”.

Entre sus docentes, Lacan admiró por su genio clínico a Gaêtan de Clérambault –estructuras de las psicosis paranoicas–, quien formuló el síndrome de automatismo mental de origen orgánico y en el que las perturbaciones se imponen desde el exterior de una manera brutal, como un automatismo. Por el contrario, el Profesor Claude, protector del “psicoanálisis”, rechazaba de plano que la psicosis sea de naturaleza constitutiva o hereditaria; fue éste el preferido por Lacan para orientar su disertación de doctorado.

Lacan “recogía”, simultáneamente, dos corrientes antagónicas del saber psiquiátrico de su época. Por un lado, unía la noción de estructura paranoica a una concepción constitucionalista de la psicosis, instituyendo una norma y una necesidad represiva; por otro, consideraba que la locura se podía emparentar con un acto lingüiforme, mitad salida de “otra escena” y mitad intencional. Haciendo un curioso movimiento de balanceo: de la enseñanza de Clérambault y la lectura de los clásicos alemanes y franceses retenía la noción de estructura pero al mismo tiempo conservaba la constitución o el dinamismo requerido para un estudio del lenguaje de la locura, la cual suponía el abandono del constitucionalismo (Roudinesco, 1993).

Por eso, el año 1931 fue una época “bisagra”. Comenzó la síntesis, a partir de la paranoia, de los tres puntos del saber: el clínico-psiquiátrico, la doctrina freudiana y el segundo surrealismo. Tal operación se apoyaba en una cultura filosófica –Spinoza, Jaspers, Nietzsche, Husserl y Bergson, entre otros– que le permitió elaborar su tesis de Medicina, la gran obra de su juventud: De la psicosis paranoica en relación con la personalidad, concretada en el invierno de 1932, con la cual le otorgaron una posición de chef d’école.

Lacan, que había comenzado su cura analítica, continuó durante un año con el tratamiento de una señora, internada en Sainte Anne (“Aimée”, pseudónimo de Margueritte Pantaine), a raíz de una agresión de ésta contra una célebre artista de teatro, Margheritte Duflos, bajo el impulso de un delirio paranoico de persecución... el ejemplar “caso Aimée” (personaje de una novela de su autoría).

Jacques Lacan la conoció el 18 de junio de 1931 y continuó tratándola asiduamente como figura-modelo de las reflexiones clínicas requeridas. Redactó un certificado durante quince días, en estilo grandilocuente, a la manera de Clérambault (Roudinesco, 1993, p. 59). “Psicosis paranoica. Delirio reciente, causado por un intento de homicidio. Problemas aparentemente resueltos luego del acto. Estado oniroide. Interpretaciones significativas, extensivas y concéntricas, agrupadas alrededor de una idea recurrente: amenazas contra el hijo. Sistema pasional: deber a cumplir para con éste. Impulsiones producidas por la angustia: diligencias junto a un escritor, junto a la víctima futura. Ejecución urgente de escritos. Envío de estos a Inglaterra. Escritos panfletarios y bucólicos. Cafeinismo. Verificación de régimen, etcétera.”

Lacan resaltó también el síntoma de autopunición y las tendencias erotomaníacas y homosexuales. Sin embargo, para la comprensión del fenómeno paranoico postuló cinco nociones: la personalidad, la psicogenia, el proceso, la discordancia y el paralelismo. La personalidad, por ejemplo, sería organizada según dos ejes: el desarrollo biográfico según el cual el sujeto vivía en su historia la concepción de sí mismo y que marcaba la manera de hacer llegar a la conciencia imágenes de sí mismo, y la tensión de las relaciones sociales que expresaban el valor representativo de sentirse afectado en relación a otro.

En el caso en cuestión, las mujeres célebres representarían para Aimée un ideal del Ego mientras que al agredir a una actriz ella se hiere simbólicamente a sí misma por “paranoia de autopunición”. Por otro lado, al intentar enamorarse del Príncipe de Gales procura satisfacer el rechazo a las relaciones sexuales y las pulsiones en favor de su propio sexo. Además, la causa eficiente de la psicosis de Aimée estaría en conflicto moral con la hermana, cuyo síntoma fijaría a su personalidad al estadio del complejo fraterno. Así, la causa ocasional acarrearía una modificación de organización del sujeto y la causa específica se traduciría en la tendencia concreta relativa (pulsión autopunitiva).

Admirador del filóso Baruch Spinoza desde la adolescencia, Lacan lo considera el único pensador capaz de defender cabalmente una ciencia de la personalidad y por eso mismo evoca la noción de paralelismo del libro III de la Ética (Spinoza), ya que nos concebimos al mismo tiempo Deus sive Natura (Dios o la Naturaleza) bajo los atributos del Pensamiento o de la Extensión. Bajo estos atributos encontramos un solo y mismo orden, es decir un solo y mismo encadenamiento de las causas, o sea las mismas cosas se siguen una a otra. En consecuencia la personalidad, tal como fue conceptualmente desarrollada por la teoría lacaniana, sería totalmente constituida por el individuo y por su medio específico.

Lacan concebía la personalidad como el atributo de una sustancia única, socialmente constituida por una red de comportamientos múltiples. El fenómeno mental es solo un elemento entre otros (Ogilvie, 1987). La paranoia, como la locura en general, no debe ser tomada como fenómeno deficitario proveniente de una anomalía, sino más bien como una diferencia o “discordancia” en relación a la personalidad normal.

En cuanto a los textos citados, en primer lugar conviene recordar el texto principal del filósofo sobre un fondo antropológico humano o deseo, Propositio LIX, Affectuum Definitiones (Spinoza, p. 319): “cupiditas est ipsa hominis essentia, quatenus ex data quacumque eius affectione determinata concipitur ad aliquid agendum” en Etica, III par. I, que puede ser traducido como “El deseo es la esencia misma del hombre, en cuanto es concebida como determinada a hacer algo en virtud de una afección cualquiera que se da en ella”. Repárese, también en la proposición 57: ”Quilibet uniuscujusque individui affectus ab affectu alterius tantum discrepat, quantum essentia unius ab essentia alterius differt” en Etica, libro III (Spinoza, p. 318). Se registran dificultades para traducir los términos (verbos) discrepat (distanciarse) y differt (diferir) en la versión española de la transcripción anterior: “Cualquiera sea el afecto de cada individuo que disienta del afecto de otro, así como la esencia de uno difiere (es diferente) de la esencia de otro”. La discordancia se orienta a la forma verbal discrepat para la cual otras interpretaciones son posibles. Lacan prefiere formularlas así: las afecciones llamadas “patológicas” y las afecciones llamadas “normales” son parte de una misma esencia que define la discordancia de cada una de ellas. La discordancia atraviesa el sujeto al definir la personalidad normal y patológica a la manera del Ichspaltung (clivaje del ego).

La publicación de su disertación doctoral mereció elogios generalizados, incluso en los medios psiquiátricos. En el diario Humanité, Paul Nizan adoptó un tono materialista acorde a las bases provenientes de la psicología y la psiquiatría. Henry Ey saludó el texto del cofrade y dejó algunas sugerencias. Salvador Dali (en el 1º de Minotaure, 1933) se congratulaba: “es gracias a ella (a la tesis) que por primera vez nos hacemos una idea homogénea y total del fenómeno, más allá de las miserias mecanicistas, donde la psiquiatría se empantana”. Lacan envió la tesis a Freud. En enero recibió un simple “Muchas gracias por su tesis” (Roudinesco, 1993, p. 90).

El episodio de las hermanas Papin del 2 de febrero de 1933, un “caso” que conmovió la crónica judicial y que envolvió a las dos hermanas, Christine y Lea Papin, criadas de una familia burguesa, la casa de la Señora Lancelin y de su hija Geneviève. En circunstancias de un corte de corriente eléctrica que impidió a Christine continuar la tarea de planchar, las dos hermanas, atacadas por un impulso irreprimible, asesinaron a su patrona Lancelin y a su hija Geneviêve. El espectáculo de los cuerpos lastimados por los utensilios de cocina, cadáveres con los ojos desorbitados, rayaba un horror total. Una vez consumado el acto, las dos domésticas se acostaron en la cama esperando la llegada de la policía. Ya en prisión, el delirio de persecución continuó por algún tiempo.

En cuanto al juicio, las dos hermanas fueron consideradas sanas de espíritu y declaradas responsables por los actos cometidos. El Dr. Benjamin Logre intervino en beneficio de las acusadas, diagnosticando una anomalía mental causada, según él, por la histero-epilepsia con perversión sexual e ideas de persecución. Enterado de lo acontecido, Lacan objetó el diagnóstico de B. Logre y certificó un cuadro de homosexualidad, con el apoyo de Koyré y de Kojève. Su diagnóstico iba en el sentido de la transposición de la alienación mental (paranoica) en una “conciencia” alienada. Estamos en el comienzo de su análisis con Löwenstein (junio de 1932 a diciembre de 1936).

2. Segunda fase: madurez

Según Roudinesco (ibídem, p. 108) se pueden reconocer aquí las dificultades transferenciales con Löwenstein. Lacan participa en los seminarios de Koyré y de Kojève sobre la filosofía de Nietzsche, Hegel (concepto de deseo: Begierde), Husserl y Heidegger. En coincidencia (Koyré, 1973) con la doctrina de su tesis enuncia las primeras hipótesis sobre el deseo, el estatuto del sujeto de la ciencia (Foucault, 1985), el lugar del imaginario difundido por Wallon y prepara la intervención sobre el “estadio del espejo”.

Por este tiempo, Husserl (1976) continúa sus críticas en relación al maquinismo en la civilización a costa de la degradación de la Cultura (Krisis); además de los considerandos epistemológicos, avanza con el concepto de intencionalidad en el explanandum de la Fenomenología.

En Alemania y Austria, el Dr. Göring obliga a excluir del ejercicio del psicoanálisis a los clínicos de origen judío. Lacan continúa con sus reflexiones acerca de la decadencia de Occidente (Roudinesco, ibídem) y la declinación de la paternidad. Es el tiempo de una importante crisis del movimiento psicoanalítico en el Reino Unido que tiene como eje y leitmotiv la gran controversia entre el “kleinismo” y el “annafreudismo”, a propósito del análisis en niños. Luego de la publicación de “Complejos familiares” (Encyclopédie Française) y de los contactos con los kleinianos (idem, ibídem) en el Congreso de Marienbad (1936), en el cual interviene acerca del “Estadio del espejo”, Lacan proyecta una colaboración contra los seguidores del Ego Psychology en torno a posiciones afines: identificación precoz, posiciones paranoide y depresiva, cuerpo propio y desarrollo arcaico del sujeto autónomo (autorreconocimiento). En esta época, G. Bataille, a partir de Nietzsche, extrae las nociones de la heterología (escoria), gozo de los “restos”, imposible real. La lectura de Marcel Mauss sobre la familia, la moral y la prohibición del incesto influye sobre la idea de identificación à fratria como grupo modelo. En 1945 Lacan visita a Inglaterra para conocer la experiencia de los pequeños grupos (Rikmann y Bion), avanzar y profundizar la teoría freudiana Massenpsychologie und Ichanalyse (conceptos de identificación con el líder, con el Ideal).

El sofisma de la “aserción de certeza anticipada” (Lacan, Écrits, 1966) supone el tiempo de comprender y el tiempo de concluir (en tiempo oportuno, esto es, concluir antes es mejor que concluir tarde). A partir de la segunda tópica freudiana –Ello, Yo y Superyó– conviene distinguir la separación del yo (je) y del ego (moi) en el proceder de la paranoia dirigida (Roudinesco, ibídem).

3. Tercera fase: elementos de un sistema

Después de la controversia en la SPP, el 16 de junio de 1953 los renovadores (defensores de la formación de analistas que no son médicos) procedieron a la fundación de la SFP (Sociedad Francesa de Psicoanálisis) a los cuales Lacan finalmente se unió. En 1953 da el “Discurso de Roma”; allí, inspirado en el conocimiento de Ferdinand de Saussure –Curso de Lingüística General– y en las Estructuras elementales de parentesco de Claude Lévi-Strauss, Lacan retomó los términos de un sistema: significante, sujeto, complejo de Edipo, nombre-del-padre. Freud consideraba el complejo de Edipo, inscripto en la persona humana, como una estructura triangular extensiva a toda cultura y regida por la prohibición del incesto; según la expresión, la prohibición en tanto condición de la cultura.

En Totem y tabú (1912) Freud expone el mito consiguiente de la horda primitiva, basado en las consideraciones de los “especialistas” G. Frazer y Robertson Smith. De todos modos, Bronislaw Malinowski, después de haber llegado de una expedición antropológica en las islas Tobriand (sociedad matrilinear) pone en duda la universalidad de la prohibición del incesto. Se abre una polémica. Partidaria de Freud, la Princesa María Bonaparte costeó la expedición de Geza Roheim a las islas Normandy (donde había una estructura social equivalente a las islas Tobriand) para esclarecer el diferendo, pero fue en vano, aunque se aseveraba plausible reconocer lato sensu la universalidad de la prohibición del incesto, que recaía, según el sistema familiar, sobre la madre (patrilinear) o sobre la hermana (matrilinear). Convenía entonces diferenciar las estructuras elementales y las estructuras antropológicas complejas de las sociedades occidentales, teniendo en cuenta que, aun cuando en ambas la prohibición nuclear del incesto se inscribe de un modo diferente, la estructura simbólica es idéntica. En consecuencia, Lacan desarrolló el alcance semántico de esta posición, definiendo a la familia y al incesto como función simbólica en tanto ley de la organización inconsciente de las sociedades (Roudinesco, ibídem).

Si nos concentráramos en la segunda tópica freudiana, el Ich se escinde en ego (moi) y yo (je), el primero lugar de ilusiones del imaginario y el segundo vinculante de la palabra (Lacan, 1961). Es decir el retorno a Freud –la cosa freudiana– en el sentido de una teoría estructural de la cura (Discurso de Roma, 1953, Seminarios de 1953-1954 y 1954-1955, Los escritos técnicos de Freud y El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica).

Le sigue el mito individual del neurótico (poesía y verdad), en línea con el pasaje a un discurso cuaternario a partir del sistema triangular del complejo de Edipo y de la prohibición del incesto. El primer elemento es la “función simbólica paterna” en la sociedad moderna, dividida entre un padre humillado, el nombre-del-padre, y la realidad biológica. El segundo elemento se refiere a la “relación narcisística” encarada por dos polos –el yo y el sujeto (Roudinesco, ibídem). El yo es algo que el sujeto siente como “extranjero” en su interior y, de este modo, tiene siempre una relación anticipada a su realización que lo rechaza a un plano de profunda insuficiencia, a una “grieta”, “brecha” o “incumplimiento”, del orden del límite, de la muerte. „Seiende zum Tode“, diría Heidegger, el cuarto elemento. Lacan cita al “Hombre de las ratas” (neurosis obsesiva) como ejemplo de la repetición neurótica intergeneracional del “significante” padre-hijo. Repiten ambos el mismo síntoma, por lo que pagan un alto precio, ya que el reconocimiento de la pertenencia a un “orden simbólico” origina en el sujeto una “herida principal” y una ineluctable neurosis.

Al repasar, una vez más, con el cuaternario, por el sistema estructural de la tópica (Simbólico, Imaginario y Real) Lacan toma lo Simbólico como lugar de una mediación, semejante a la mediación del significante en el registro de la lengua. En lo Imaginario se sitúan los fenómenos referidos a la construcción del ego point de capiton, (nudo) resto, ligazón entre dos secuencias (tramos), anticipación, ilusión. Lo Real implica deseos inconscientes y fantasmas adyacentes, y también la “parte maldita” (Bataille). Es decir definida la noción de (nudo) resto (point de capiton) a nivel del ego (Imaginario) por obra de lo Simbólico.

Por esta época Lacan entró en contacto con Martin Heidegger por intermedio de Jean Beaufret, por entonces en análisis con él. Lo visita en Friburgo de Brisgovia para hablar de la transferencia. La entrevista tuvo un débil eco; aun así, invitó a Heidegger a venir a París y le prometió traducir al francés su artículo Logos (Heráclito y Parménides). Para Lacan, dejar actuar el logos o el “significante” equivalía a la primacía del escuchar sobre el decir. Con la “Instancia de la letra (carta) en el Inconsciente o la razón desde Freud” Lacan trabaja en la metáfora y la metonimia como modelos de lenguaje. Lo que implica que, ahí en el punto en que Freud entró en el ciclo de la ciencia, Lacan renunció a toda ontología.

En comentarios a un texto de Kris, El hombre de los sesos frescos, Lacan duda del diagnóstico trazado al paciente y propone otra lectura, sosteniendo, más precisamente, que se trata de un paciente anoréxico para quien “el gusto por los sesos frescos es un acting-out” lo que significa que el paciente no roba nada.

Lacan decide interpretar el cuento “La carta robada”, de Edgar Alan Poe, y concluye que “Una carta llega siempre al destinatario; porque el significante, tal como está inscripto en el inconsciente, determina el destino del sujeto en sus orientaciones”. (Écrits, 1966, p. 197). En el Seminario sobre “Transferencia” y en alegoría a El Banquete de Platón el analista “personifica” a Sócrates y la agalmae es definida como el objeto del deseo, como “falta de ser”: “El amor es dar lo que no se tiene a alguien que no lo quiere”. Corre el año 1963 y Jacques Lacan y Françoise Dolto, entre otros, no son admitidos en la IPA como analistas didactas. Después del Congreso de Copenhague se envía un cuestionario determinando las condiciones que deberán cumplir los candidatos para su admisión, el cual acabará por ser recusado solemnemente en el Congreso de Edimburgo (1963).

En una interpretación muy interesante sobre el lugar del psicoanálisis en la cultura occidental, Roudinesco (1993) asocia especulativamente la duda cartesiana que implica la conciencia dividida en la postura de una posible filosofía de la libertad y las consecuencias civilizatorias del descubrimiento freudiano del Inconsciente (recordemos la “tradicional” frase, manifiestamente inexacta, que habría sido dicha por Freud al arribo a Nueva York: “No saben que les traemos la peste”). En la misma línea especulativa también Lacan, inspirado en las cogitaciones de numerosos ideólogos y filósofos, reconoce que el psicoanálisis es demasiado subversivo para ser aceptado por el statu quo social. A este propósito, los eventos de Mayo de 1968 no serían sino una señal de esta “subversión civilizacional”.

En 1954-1955 Lacan ensaya una relectura de F. de Saussure. Como consecuencia de dicha relectura crítica divide el signo lingüístico en dos partes: la relación del significado para un significante en el interior de un sistema, tomando el significante como imagen acústica de un concepto y el significado como el concepto propiamente dicho. En cuanto al valor del signo, éste resulta negativamente de la presencia simultánea de todos los otros signos de la lengua. Diferente del valor, la significación se deduce del vínculo existente entre un significado y un significante. Ahora bien, para traducir la segunda tópica freudiana según los requisitos de la lingüística estructural, Lacan quebró la problemática del signo.

En efecto, mientras Saussure colocaba el significado en el significante, separados los dos por una barra llamada de “significación”, Lacan invirtió esta posición ya que colocó el significado bajo el significante y atribuyó a éste una función primordial. A continuación tomó por su cuenta la noción de valor y declaró que toda y cualquier significación reenvía a otra significación. Por este medio, dedujo la idea de que el significante debía ser aislado del significado, como palabra extra-sentido desprovista de significación, aunque determinante para el destino inconsciente del sujeto.

El sujeto, no asimilable a un ego, es desde luego definido por Lacan como un sujeto del inconsciente, un sujeto dividido según la ley freudiana de Spaltung (clivaje o escisión) y compartido según la tesis psiquiátrica de la discordancia (Roudinesco, Ibídem). El yo (je) enunciativo es proclamado diferente del ego imaginario que sustituyó el cogito (je pense, yo pienso) al ello (ça parle, eso habla). Así, el Sujeto dividido del inconsciente presupone: 1) la separación entre ego imaginario y sujeto del inconsciente; 2) la instauración de este clivaje en el interior mismo del sujeto del inconsciente, representado por su división orgánica. Esta división imposible (ya que un significante representa siempre el sujeto para otro significante) tiende a volverse psíquicamente “saturante”, tal como el fading (aparición o desaparición del sujeto) para la cadena de significantes.

Alrededor de 1957, Lacan se interesa en la obra Fundamentos del lenguaje de Roman Jakobson. Este autor enfoca su investigación en el estudio de los dos tipos de afasia: una se relaciona con la similaridad correlativa a la selección de los paradigmas o de las unidades de la lengua; la otra reenvía a contigüidad y se refiere a la combinación sintagmática de estas mismas unidades. La selección elige, prefiere una palabra a otra, mientras que la combinación, por lo contrario, pone en relación los dos términos que forman una continuidad. Jakobson, en la secuencia de su investigación, percibió que la actividad selectiva correspondía a la función metafórica y que la actividad combinatoria correspondía a la metonímica.

Lacan infiere, de este modo, los dos principios que rigen los ejes esenciales de la retórica del lenguaje: el principio de similaridad relacionado a la actividad de selección de los paradigmas o de los módulos de la lengua (metáfora) y el principio de contigüidad relacionado a la combinación sintagmática (metonimia). Sin embargo Lacan, después de oponer esta teorización a la de Freud (1900) acerca de la percepción de los sueños por el soñador en contenido latente y contenido manifiesto, asimila la noción freudiana de condensación a un procedimiento metafórico (Verdichtung) y el dislocamiento (Verschiebung) a un procedimiento metonímico. El síntoma pertenecerá así, según él, a un orden metafórico, pues ahí se revela la substitución de un significante corporal a otro significante reprimido, en tanto que en la metonimia, el deseo “enlaza” el deseo inconsciente como deseo de deseo, es decir como deseo (significante reprimido) del deseo (siempre insatisfecho).

Lacan retoma entonces la teoría de la psicosis, la que va a unir especulativamente al concepto de castración simbólica. Después de las dudas de Freud y de otros psicoanalistas en lo que se refiere a la elección del término conveniente para la denominación del núcleo causal de la psicosis, a saber Verwerfung (rechazo), Verleunung (negación a reconocer la realidad), Verneinung (denegación) y Verdrängung (represión), Lacan opta por el término “forclusión” que, según él, traducía Verwerfung como forclusión de lo simbólico, del nombre-del-padre.

Por esta época, en este alineamiento teórico, introduce el concepto de gran Otro, según la fórmula del discurso del Otro (inconsciente) Aa sobre el pequeño a objeto del deseo, epítome de la falta (Green, 1966). Esta fórmula permite pensar el dualismo del Yo Ideal (Ideal Ich) y del Ideal del Yo (Ich Ideal)/Superyó y la oposición entre la función simbólica del padre, representante de la cultura y de la ley con la posición de la madre, que en el orden de la naturaleza está sujeta a fusionarse con el hijo en tanto su objeto fálico (en la condición psíquica de sustituto imaginario del pene en falta). Apela, incluso, a la teoría de la metáfora paterna y del nombre-del-padre, concomitante a la teoría del significante (Lacan, 1981).

Esta fecunda labor constructiva induce a Lacan a volver a estudiar la psicosis paranoica, a partir del caso ejemplar de Freud “El presidente Schreber” (delirio reivindicativo, transformación corporal en cuerpo femenino y homosexualidad), en relación al cual propone rever el diagnóstico psicoanalítico (etiológico) como forclusión del nombre-del-padre (muy en particular, luego de la lectura de los documentos relativos a la vida del padre del juez Schreber).

4. Cuarta fase: poder y gloria

Alrededor de 1955 el método estructural lingüístico postula erigirse como ciencia tanto en el campo de las humanidades como en el de las ciencias sociales.

Un poco antes, Foucault, en Historia de la locura (1951) enunciaba que “El punto de ruptura se sitúa en el día en que Lévi-Strauss en relación a la sociedad y Lacan en relación al inconsciente nos mostraron que el sentido no era posiblemente más que un efecto tangencial, como un destello, un esquema, y lo que nos atravesaba profundamente, lo que estaba entre nosotros, lo que nos sostenía en el tiempo y el espacio era el sistema” (Foucault, 1966, p. 15).

Por esta época Lacan frecuentaba poco la intelligentsia, aunque Jean Hyppolite y A. De Waelhens mantenían con él un diálogo auténtico. De todos modos, lo sorprendió un artículo de Louis Althusser en la revista Filosofía y ciencias humanas, en el que el filósofo escribe: “Marx fundó su teoría en el rechazo del mito del Homo oeconomicus y Freud fundó la suya sobre el mito del Homo psychologicus. Lacan vio y comprendió la ruptura liberadora de Freud. La comprendió en el pleno sentido del término, tomándola con el mayor rigor y obligándose a producir sin treguas ni concesiones sus propias consecuencias. Como cada uno puede equivocarse en los detalles, aun en la elección de las preferencias filosóficas: se le debe lo esencial” (Althusser, 1963, nota 14). Althusser no sólo fue un amigo; también colaboraba con la publicación de trabajos en la corriente seguida por Lacan e incentivaba a los alumnos de la École Nationale Supérieure (ENS) a trabajar en la misma perspectiva; fue también un devoto admirador y “consejero” en la escisión de la IPA (1963), y lo ayudó a encontrar un lugar para continuar el seminario (Althusser, 1992). Digamos también que Althusser estuvo afectado hasta el final de su vida por un sufrimiento psiquiátrico, enfermedad bipolar para la cual empezó un tratamiento con R. Diatkine en 1965.

En 1964, más precisamente el 21 de junio de 1964, Jacques Lacan funda su escuela EFP (École Freudienne de Psychanalyse) mediante una comunicación grabada al cuidado de François Perrier; en su departamento, ante 80 personas, proclama: “Yo fundo, tan solo como siempre estuve en mi relación con la causa psicoanalítica, la Escuela Francesa de Psicoanálisis (más tarde Escuela Freudiana de Psicoanálisis, cuya dirección asumo personalmente durante los próximos cuatro años) ya que nada hoy me lo impide. Este título representa, en mi intención, el organismo donde se debe llevar a cabo un trabajo que, en el camino abierto por Freud, restaure el filo cortante de su verdad y traiga la praxis original que él instauró con el nombre de psicoanálisis, en el deber que le cabe en nuestro mundo, mediante una crítica asidua que denuncie los desvíos y los comportamientos que amortizan el progreso degradando su empleo. Este objetivo de trabajo es indisoluble de una formación a lograr en el movimiento de reconquista. Es decir que están habilitados en pleno derecho aquellos que yo mismo he formado y que por lo tanto están invitados a colaborar todos aquellos que pueden contribuir a poner a prueba la legitimidad de esta formación” (cit. en Roudinesco, 1993, p. 401). En total 134 analistas provenientes del SFP fueron admitidos en dos grupos: los AE (analistas de la escuela) y los AME (analistas miembros de la escuela), siendo que “los primeros tenían a cargo el psicoanálisis puro y ciencias afines, pero como un estatuto científico” (Roudinesco, 1997, pp. 475-476). Los estatutos fueron legalizados el 3 de septiembre de 1964. En la escuela de Lacan regía el principio de libertad con excepción del texto obligatorio de Freud “usado” según la hermenéutica lacaniana.

Al retomar en 1964, en la última sesión del Seminario XI, la evocación del “holocausto”, Lacan sitúa a Espinoza y a su amor intellectualis como el único filósofo capaz de pensar el sentido eterno del sacrificio. Según él, Espinoza habría disfrutado del privilegio de haber pasado de la servidumbre a la libertad y por el amor intelectual habría resistido a toda fascinación por el sacrificio. Esta moral, epítome de locura, sería una verdad que el hombre transporta en él como límite de su libertad. En Ética del psicoanálisis (1959-1960) Lacan había subrayado la falta de ontología en la obra freudiana. Para superar tal “ausencia” y construir una ética freudiana pasando por el malestar de la civilización moderna, Lacan decide entonces fundar dicha ética como la existencia del deseo en el sentido de Freud, según el cual la única cosa por la que los hombres se sienten culpables, en la perspectiva del psicoanálisis, es la de “ceder a su deseo”.

Las éticas freudiana y espinoziana apuntan al sentido de una verdad del ser en “falta” en tanto demostración de deseo. Sin embargo, “la posición de Espinoza no es sostenible, para nosotros. La experiencia nos muestra que Kant es más verdadero. Yo comprobé que su teoría de la conciencia, inscripta en la Razón práctica, no se sostiene en dar una especificación a la ley; si la examinamos de cerca, no es nada más que el deseo en estado puro, el cual termina en el sacrificio mismo de todo lo que es objeto de amor, en la ternura humana. Y digo bien, no solamente por el rechazo al objeto patológico sino a su sacrificio y a su asesinato. Y por eso escribí Kant con Sade” (Lacan, 1973, pp. 237-238).

Ahora bien, en La philosophie dans le boudoir publicada en 1795, texto en el que estaba incluido el panfleto “Franceses, un esfuerzo más”, aparece el “descubrimiento” de la verdad de la Crítica de la Razón práctica (Kant, 1788), en la resolución de la paradoja según la cual el mal, en el sentido de Sade, era representado como el equivalente del bien, en la perspectiva de Kant. En efecto, según Lacan, mientras Sade hacía surgir el Otro en la figura del tentador, dejando entrever el objeto del deseo (a minúscula) Kant hacía desaparecer el objeto al proponer una teoría de la autonomización del sujeto por el derecho. En el discurso sadiano preponderaba la obligación del gozo y el sujeto era sometido a la ley en tanto instrumento de la libertad humana: “debes gozar”. En el discurso kantiano, por lo contrario, la liquidación del deseo equivalía, en la ley moral, al “Tú debes deshacerte de la patología”.

De este modo, la moral kantiana provenía, en la visión lacaniana, no de una teoría de la libertad, sino de una teoría del deseo en la que el objeto sería reprimido, de una manera que termina “aclarada” por el discurso sadiano. Habría pues una simetría entre el imperativo sadiano del gozo y el imperativo categórico de Kant. Situación casi homóloga, como aparente equivalencia, es esgrimida por Hanna Arendt en el juicio a Eichmann. En consecuencia, Lacan piensa que “la ética espinoziana, el ‘no cederás a tu deseo’, se torna kantiana cuando se trata de teorizar la experiencia psicoanalítica, por la cual el sujeto se encuentra sujeto al orden simbólico: condición entre la necesaria demostración del deseo y el inevitable límite a ese deseo, bajo la forma de ley” (Julien, 1989, pp. 27-28).

Se aproxima la publicación de Escritos en 1966. A propósito de la “pequeña cuestión” de relativa importancia acerca de las dos personalidades destacadas en el paisaje intelectual de Francia, Lacan admiró a Sartre, quien era más popular que él (Lacan, entretien avec G. Lapounge, 1966). Escritor talentoso, Sartre se comprometió en el curso de los eventos políticos, militó en la Izquierda Proletaria y ayudó a la fundación de Libération. Como filósofo concebía la libertad como exponencial del ser. Se puede afirmar que, en relación a Sartre, Lacan se situó a una distancia de figura paterna.

En ocasión del Seminario XVII, L’envers de la psychanalyse (1969-1970), Lacan comenta el Tractatus Logico Philosophicus de Ludwig Wittgenstein y puede considerarse que este Seminario constituye el “despertar” matemático de su obra teórica, en un segundo momento de énfasis logicista. En la senda teórica del quinto capítulo del Tractatus Lacan considera que “la filosofía se asegura un juego de lenguaje que logrará ‘curar’ la filosofía a través de una nueva práctica de ella misma”. En relación al discurso psicoanalítico, “lo que puede ser dicho, puede ser dicho claramente y aquello de lo que no se puede hablar es necesario hacer silencio”. Y el resto incluye la ética, la estética, como instancias de lo inefable, de lo indecible. La filosofía es entonces adscripta al silencio, al no todo. El imperativo lacaniano de la formalización de los “discursos” constituye el último intento de salvaguardarlos de sus orígenes ocultos, hipnóticos (lo inefable) y de discernirlos del saber universitario y de su tendencia a substituir la Iglesia.

Del “grupo cuaternario”, por intermedio del amigo G. Guilbaud, Lacan concibe el objeto matemático, los cuádruples. En primer lugar, en el cuadrado del discurso, el Discurso del Amo, como reformulación de la dialéctica hegeliana amo/esclavo teorizada por Kojève en 1936. El S1, signifiant primordial se encontraba en la posición de agente, mientras el S2, el saber inconsciente, era formulado en la posición de trabajo. Ya , el sujeto barrado o indecible, ocupaba la posición de verdad, al mismo tiempo que el objeto a, representando la “falta”, la pérdida, tomaba el lugar del “plus de gozar”. Las dos remodelaciones sucesivas de los cuatro términos permitieron a Lacan discernir el Discurso Histérico y después el Discurso Psicoanalítico. El Discurso Universitario se deducía del Discurso del Amo por una rotación en sentido inverso, por la cual el saber inconsciente (S2) aparecía en la posición de agente, a en la posición de trabajo, el significante primordial (S1) en posición de verdad y el S2 en posición de “plus de goce”. Entonces en la perspectiva de la moralidad lacaniana, el Discurso Universitario pretende dominar la verdad por el expediente técnico y concibe el saber como distribución disciplinar, ya que se afirma en el nombre del Saber él mismo y no en el nombre del Amo que es capaz de producir (Roudinesco, 1993). En analogía político-ideológica comprensiva, el sistema soviético estaría próximo al Discurso Universitario y el maoísmo al Discurso del Amo.

En 1969, después de formular la teoría de los discursos inspirado por la división propuesta por Wittgenstein para el “decir” y el “mostrar”, Lacan busca un conocido sinólogo, François Cheng, para profundizar el mandarín, idioma que había aprendido durante la Segunda Guerra Mundial. Trabaja entonces, con Cheng, sobre el siguiente texto de Lao-Tsé “El Tao de origen engendra el Uno; el Uno engendra el Dos / El Dos engendra el Tres / El Tres produce los diez mil seres / Los diez mil seres se inclinan al Yin / Y abrazan el Yang / La armonía nace del soplo del vacío en el medio” (Lao Tse, 1953, cit. en Roudinesco, 1993). Esta noción de vacío en el medio será usada por Lacan para la nueva definición de lo Real en el cuadro de la teoría de los nudos. El tres –vacío del medio– procede también de un vacío original. Lacan visitó China en 1971 y, habiendo llegado al Japón, conmovido por la belleza de la caligrafía-escritura nipona, introdujo la función de letra. Especuló sobre la designación de “litoral” y la situó entre el saber y el goce. El goce sería recuperado en posición de residuo, de objeto a. Cheng menciona su impresión de que cuando se empezó el trabajo, “me preguntaba a menudo si había un segundo de su vida cotidiana en que no pensase en algún grave problema teórico”.

5. Quinta fase: búsqueda de lo absoluto

En esta última fase (después de 1970), además de repasar los “mitos” sobre los cuales había construido las lecturas de la doctrina freudiana y otra literatura de su “cuadrante” (la castración, la escoria, el sexo, la letra (carta), la muerte, la mística, la trinidad y el cuaternario), Lacan “coronó” con veneración su recorrido teórico al compás de las tres tareas de su movilización: la escuela, el seminario y el diván. Tomó como desafío la formalización del mathema por un lado y los nudos por el otro, con el fin de “encuadrar” cada eje elemental del sistema “cuádruple”. Si la aplicación de la lógica simbólica permitía examinar los rincones oscuros del psiquismo, la topología demostrativa operaba la inclinación metodológica hacia lo Real.

El mathema posibilitó entonces centralizar la cuestión de la ciencia en el dominio de la transmisión del saber psicoanalítico, lo que llevó a Lacan a rever la posición respecto de la universidad y la gestión del Departamento de Vincennes, fundado por Serge Leclaire. Y también en relación a la psicosis, que a cada momento había que atender. Después del Tractatus, de manera hiperbólica, Lacan articuló los cuádruples en el mathema y contra la separación de los incompatibles wittgensteinianos decir/mostrar intentó desarraigar el saber inefable para darle forma de íntegramente transmisible, aunque el mathema no sea el lugar de una formulación plena porque tiene siempre un resto que escapa, aun en el caso del álgebra.

¿Y la topología? Aferrado a este filón, Lacan inventó, en el deslizar de la asonancia de André Lalande, autor del célebre Vocabulario de filosofía, “lalangue” como “un saber que se sabe (sin darse cuenta) en el desconocimiento de él mismo” y que escapa a la “matematización” en el pasar del decir al mostrar, del discurso a la “demostración” (31 de octubre de 1974). Jacques-Alain Miller estableció en el mathema el punto (divisorio y de encuentro) entre las ciencias humanas y las matemáticas, mediante el arte de escribir-transcribir la doctrina lacaniana en figuras (toro, cámaras de aire de bicicleta, vacío del medio, cross-crap) que permitían cerrar la cinta de Moebius.

La elaboración topológica sobre el Nudo Borromeo (escudo de la célebre familia Borromeu: el Papa Pío IV y su sobrino S. Carlos Borromeu, siglo XVI) es la consecuencia natural de esta démarche. Las armas de la noble familia estaban formadas de tres eslabones enlazados en forma de trébol simbolizando la triple alianza. Si uno de los eslabones se retira, los otros quedan libres, cada uno en uno solo. Como era su costumbre, Lacan se rodeó de especialistas en topología de los nudos, Pierre Soury, Michel Thomé y Jean-Michel Vappereau. Los tres (los cuatro) contribuyeron a la invención de (otros) nudos borromeos, un juego extenuante de osada creatividad y astuta habilidad, con una sombra de “infancia” del vacío, de no-todo (Roudinesco, 1993). ¿Y Lacan, en el “apretón” interrogante del nudo? (“¡Los nudos atraen la ‘locura’”!).

Alrededor de 1968 Antoinette Foulque, feminista de la primera hora, en sus intervenciones ante los psicoanalistas sobre la sexualidad femenina sugiere la idea de “suplemento” del goce de la mujer en orden a la asimetría de los sexos, apoyándose en la investigación lacaniana.

6. Sexta fase: sexuación

Interpelado por la crítica de las militantes feministas sobre el así llamado falocentrismo de Freud, sobre el modelo lógico de Apuleu (Aristóteles), Jacques Lacan propone las fórmulas de la sexuación, que se desprenden de cuatro posiciones. En la primera, llamada universal afirmativa, Lacan interpreta el enunciado “Todos los hombres son mortales” con la fórmula “Para todo x, la propiedad Φ se aplica a x”. En la segunda, llamada universal negativa, traduce el enunciado “Ninguna mujer tiene pene” con la fórmula “Para todo x, la propiedad de Φ no se aplica a x”.

Constatando que las dos fórmulas podrían definir la identidad femenina por un lado y por otro la identidad masculina como estando en relación de complementariedad, Lacan se percató de la incoherencia (ilogismo), pues no puede haber complementariedad donde rige siempre la diferencia. En consecuencia, adelanta otras dos proposiciones correctivas. Una tercera llamada particular negativa traduciría la fábula de la “horda” primitiva. Los hombres constituyen un conjunto universal de todos los hombres sometidos a la castración. Solamente un hombre le escapa, el padre de la “horda”, es decir el padre simbólico. Al engendrar un alógrafo denomina Hommoinzin (al menos uno) a este padre originante del fantasma de un goce absoluto a partir del cual, en contrapunto, se dispone para todos los otros (hombres) el lugar de la prohibición, más precisamente la prohibición del incesto, el goce inaccesible.

La cuarta proposición doblemente negativa traduciría el enunciado “No existe un x que haga excepción a la función fálica”. Lacan recordaba, con este acto inconsciente, la asimetría radical entre identidad masculina y femenina. Para las mujeres, decía, no existe un límite al goce. Por eso la mujer, en el sentido de universal o de “naturaleza” femenina. De allí la expresión “La mujer no existe”, o incluso “La mujer no es toda”. En cuanto al goce femenino, se define como un goce “suplementario”. La ausencia de complementariedad entre los dos modos de identidad sexual es, entonces, radicalmente explicitada de esta manera: “No hay relación sexual” (Lacan, cit. en Roudinesco, 1993).

En este estallido de memoria, donde lo novelesco se hacía eco de indiscreciones teóricas aun no resueltas, Lacan tendía a valorizar la función paterna desvalorizada por la sociedad industrial, así como a mostrar de qué manera la potencia femenina era abrumadora comparada con la fragilidad fálica. Esta posición no niega que las mujeres puedan ser víctimas de la opresión masculina. Pero desde el punto de vista del inconsciente, puede convertirse en lo contrario, ya que la relación entre los dos sexos está comandada por el principio de una radical asimetría. Por otro lado, y contrariamente a la opinión de E. Jones, Lacan conservaba, siguiendo a Freud, la idea de un falocentrismo original y de una libido única, aunque atemperada por la tesis del “suplemento” sugerida por Bataille, por los surrealistas y por la “frecuentación” de la locura femenina, correlato empobrecido de la mística.

Después de la lectura de Madame Edwarda de G. Bataille (1955), Lacan experimentó, como todos, el horror al desafío de una “cosa” dotada de oralidad extrema, la heterología en los límites de lo real. ¡En efecto, el simulacro de una boca abierta, como un sexo femenino, hace vibrar el retorno de la escena de la “inyección a Irma”! Él que había referido, en 1970, el ejemplo de la Medusa como un gran cocodrilo con la boca abierta que de repente cierra las fauces... ¿pero sería eso el deseo de la madre para el insulto desorientado? En el fondo, reconducía de lejos al fantasma misógino de D. Starkey al comparar a la Reina Victoria con la mujer de la vagina dentada. Ese repertorio que como tal se “despierta” en el psicoanalista francés sucede en un momento propicio, ni más ni menos que a nivel de los desacuerdos con las “matriarcas” de la IPA.

Sin embargo el descubrimiento del “planeta” Borromeo lo guiaba de la niñez-adolescencia a la demanda de lo absoluto, siguiendo al genio literario del siglo, James Joyce. Es el momento en que todos los grandes personajes de la infancia-adolescencia, como significantes caldeados en el imaginario, encontrarán lugar en el discurso del lacanismo, como héroes negativos de una novela familiar, tal como comenta E. Roudinesco (ibídem).

7. Séptima fase: el sinthoma y la psicosis

Cuando el maestro, alrededor de 1973, se zambulló con entusiasmo en la lectura de Ulises, de Stephen Herói y de Finnegans Wake, un joven universitario Jacques Aubert le facilitó el camino por el método del intercambio. Lacan fue invitado a intervenir en el V Simposio Internacional sobre Joyce, en el cual desarrolló el tema de Joyce le sinthome, que concluyó con la revelación “creemos que decimos lo que queremos, pero es lo que los otros quisieron, más particularmente nuestra familia que nos habla [...]. Pido disculpas por contar mi historia. Pero quiero hacerlo sólo en homenaje a James Joyce” (Lacan, cit. en Roudinesco, 1993, pp. 480-482).

Lacan dedica el Seminario de 1975-1976 a James Joyce, titulándolo Le Sinthome, verosímil en etimología (en francés del siglo XII, sinthome). En Joyce, el sinthome corresponde tanto a homonimia como a santidad. La palabra sinthoma permitía al maestro engendrar “palabras-mala” en el modelo de Finnegans Wake para determinar la idea joyciana de una redención por la escritura. En la palabra sinthome hacen coalescencia varios términos que serían una suerte de “significantes del universo joyciano” según Lacan, “sin” (pecado), homme o home (home rule - ley de la autonomía o de la independencia de Irlanda) y, por último, Santo Tomás de Aquino. El sinthome admitía la grafía sinthome rule o sinthomadaquin. El valor facial de estas dos palabras fabricadas reconducía al hecho de que Joyce había estudiado en Saint Thomas una teoría de la creación, claritas, la tercera cualidad de la belleza según la cual el objeto revela su esencia volviéndose la cosa misma. Se trata del personaje Stephen Dedalus que anuncia esta tesis de la creación, denominada por Joyce como epifanía (aparición), desde los primeros escritos. Esta es definida como una repentina manifestación espiritual que se traduce por la simpleza de la palabra o del gesto, o incluso mediante cualquier frase memorable del espíritu (Millot, 1991).

La epifanía tomaba el nombre de sinthome, o incluso de “esplendor de ser”. Joyce era designado por su síntoma vuelto sinthoma. La teoría de la epifanía sostenía la creación de un reino de éxtasis místico sustraído al tiempo. De esta manera alcanzaba Lacan los términos principales de su investigación de los años setenta, la demanda de una lógica liberada del tiempo y de la historia, la voluntad de tocar lo “real”, lo imposible, la fascinación por el goce, asimilado a una “cosa japonesa”, la exaltación mística a una “litoralidad”, en fin, a la perversión, père-version (padre-versión), o sea, versión para el padre.

Continuando en su estrategia sistematizadora, Lacan pretende integrar el sinthoma a la problemática de los nudos, a fin de construir el vínculo tetraédrico. Fue Thomé quien resolvió esta dificultad a través del dibujo de cuatro tréboles. El sinthome o perversion/père-version le permitió interpretar la novela Ulises como una pura autobiografía. La relación entre dos héroes, Leopold Bloom y Stephen Dedalus, testimoniaba el modo como Joyce continuaba enraizado en el padre, aun cuando lo negaba. “Deducía que el padre del escritor era loco, que el nombre-del-padre había sido rechazado (forclos) del discurso de Joyce y que para suplir la ausencia de éste, Joyce concibe el deseo indomable de “hacerse de un nombre” para la posteridad y obligar así a los universitarios a escribir sobre él, durante tres siglos, como compensación por el hecho de no haber sido jamás un padre para él” (Lacan, 1982, p. 8).

Aplicando la teoría del rechazo (forclusión) al “caso Joyce”, Lacan señalaba que la esquizofrenia de la hija de Joyce, Lucía, debía ser interpretada en función de la carencia paterna. Joyce la consideraba solamente telépata, y sostenía ante los médicos que ella habría sido abstraída por un lenguaje inspirado en el Más Allá. Sería el síntoma (symptôme) de la concepción joyciana del arte que debía acabar en la realización de Finnegans Wake, que era la reconstrucción de una lengua fundamental provista de la disolución del lenguaje. Caracterizando a su novela Ulises como autobiográfica, “Lacan se identificaría con Joyce, no solo en la contemplación fantasmática de su historia, su padre Alfred, su hija Judith, sino que acentuaría el progresivo realce del discurso, entregado a las instancias de demostración, ya iniciada con la práctica de los nudos. Si los personajes de la novela ilustran el eterno retorno de una paternidad imposible, la reinvención de la escritura en Finnegans Wake facilitaría el acceso a una metamorfosis del lenguaje” (Roudinesco, 1993, p. 450).

Todo este complejo proceso psíquico explica que Finnegans Wake le haya demandado 17 años para escribirlo, un work in progress con una miscelánea de 19 lenguas (islandés antiguo, tibetano, griego, sánscrito, etcétera). “Hace estallar las palabras en formas semánticas y etimológicas [...] algunas provistas de un solo electrón se afilian a un juego de palabras, Rothschild ortografiado redshieds (saltos rojos), o goat (cabra) que desliza hasta Gott-Dios” (Paris, 1967, p. 173). Lacan, ejercitado desde hace mucho en el juego de palabras, adoptó el estilo de Finnegans Wake (por ejemplo: folisofía) y escribe: “Comencé por escribir Écrits inspirés, por eso no me espanta que me comparen con Joyce [...] ¿Joyce es loco? ¿En qué cosas se inspiraron sus escritos?”.

A fines del otoño de 1975 Lacan hace un tercer viaje a América del Norte, durante el cual dicta una serie de conferencias sobre la locura, el nombre-del-padre, lo Real, el nudo, el delirio, el sinthoma, temas que desarrolló en Nueva York, Detroit y Boston. Roman Jakobson organizó su estadía. Se dice que, dos años antes, más precisamente el 24 de noviembre de 1973, en la Conferencia dictada en la Yale University, Lacan dice, a propósito del “caso Aimée”, que “La psicosis es un ensayo riguroso; en este sentido, diría que soy psicótico por la única razón de que siempre intenté ser riguroso” (Lacan, Revue Silicet, 6/7, 1976). Volviendo a este último periplo norteamericano y a Boston, más precisamente al Massachusett Institute of Technology, ante un auditorio de matemáticos, lingüistas y filósofos, como Willard Quine y Noam Chomsky (Lingüística cartesiana), Lacan logra apenas una valoración moderada acerca de sus ideas, sobre todo de Chomsky, quien no sólo se mostró desinteresado sino hasta desagradable.

En marzo de 1977, una joven analista, Juliette Labin, puso fin a su vida por haber sido aplazada en la aprobación del passe, acontecimiento que desencadenó una crisis mayor en la EFP y pesó a la hora de decidir la disolución. Más tarde, Lacan confesó: “Enuncié que el analista no se autoriza más que por sí mismo. Es indiscutible, pero implica un riesgo. Y agrego que él no está obligado a correr este riesgo. Se ofrece deliberadamente” (carta de Lacan a E. Roudinesco, 1977). A partir de las Jornadas de Deauville en 1978, la orientación de la escuela EFP cambia y Jacques-Alain Miller toma en sus manos las riendas de la jefatura.

Por la dimensión de este hecho dramático, Deleuze y Guatari, en el Anti-Edipo escribirán un “manifiesto” de protesta contra las estructuras (totalitarias) de la EFP, críticas reiteradas más ampliamente por François Roustang en Un funesto destino para el psicoanálisis, afirmando que había entrado en “descomposición”, menguando el sentido de lo humano, abierto y democrático. Por su parte, Cornelius Castoriadis vilependiaba el estructuralismo y la orientación de la enseñanza bajo la influencia de la izquierda, en referencia a Louis Althusser. (Roudinesco, 1993).

En el otoño de 1978, el 21 de noviembre, luego de la primera sesión del seminario “La topología del tiempo”, Lacan perdió la voz ante un auditorio silencioso y pasmado, mientras dibujaba los nudos y las trenzas en el cuadro; terminó confundido, habló del error cometido y dejó la sala. “¡No importa –se oyó murmurar–, a nosotros nos gusta, aun así!”. Lacan se contrariaba por esas pequeñas perturbaciones de atención que se volvieron más frecuentes con el tiempo, y por la dificultad en reconocer a gente cercana; la causa eran unos leves trastornos vasculares de origen cerebral, decían algunos. Otros creían que la actitud del maestro constituía una artimaña, como acostumbraba “predicar” de tanto en tanto. ¡Estábamos ante el drama “surrealista” de la disolución!

La mutua contienda de Jacques-Alain Miller y de Solange Faladé, ambos encargados de conducir y desarrollar el proceso de disolución, se sostenía en sospechas recíprocas y opiniones contradictorias acerca de la autenticidad de la carta de disolución de EFP. ¡Más precisamente si ella provenía, o no, de la decisión autorizada del maestro Lacan! Después de un apasionado debate, lograron conciliar ajustadamente dos cláusulas: 1) Lacan estaba perfectamente lúcido cuando tomó la resolución, después de la discusión, de disolver su escuela; 2) Él corrigió la redacción de la carta. En cuanto al resto, el testimonio de Solange Faladé confirma la declaración, hecha por Lacan el 8 de febrero de 1979: “¡Esto es lo que firmé!”. Jamás se hicieron públicas las explicaciones sobre esta controversia.

El 20 de septiembre de 1980 se confirmó que Jacques Lacan sufría de un cáncer reciente de colon. Operado algunos días más tarde, la sutura se rompió y produjo una peritonitis aguda, seguida de septicemia, según se declaró. Jacques Marie Lacan dio el último suspiro el 9 de septiembre de 1981, a las 23 horas y 45 minutos, poco después de haber pronunciado “Soy obstinado, ¡desaparezco!” (Roudinesco, op. cit., p. 518) según una frase reiterada.

II. Articulación de un psicoanálisis científico

Desde sus comienzos, Lacan había apostado a un psicoanálisis instituido como ciencia, en el sentido de una modernidad de inspiración cartesiana, que se desarrollara en los moldes de la investigación del saber actual, por el método crítico y por la coherencia sistemática, también por el alineamiento estructural confirmado, de acuerdo con las exigencias específicas teóricas y pragmáticas de la clínica.

1. Estrategia e invención conceptual

Los estudiosos se aproximaron a su metodología que no consistía tanto en rechazar ideas provenientes del “mercado reservado” del psicoanálisis sino más bien en recomponerlas, a la manera de una “oficina doméstica”, con las intuiciones adecuadas para adoptarlas como “familia” de parentesco (psicoanalítico) comprobado.

Este procedimiento idiosincrático condujo a que las remodelaciones que se aseveraran constantes y las reformulaciones de conceptos en desarrollo se fuesen ajustando en consonancia con el avance de los descubrimientos, mediante la coherencia sistemática prevista. Evoquemos, para tal procedimiento intelectual, la búsqueda en zigzag ascendente para pulir las diferencias que surgían o su interés por configurar estructuras, para lo cual Lacan solía recurrir a la consulta periódica de especialistas a fin de recoger sólidas nociones sobre el tema en estudio.

2. Relectura de los temas evocados

Afiliado a la tradición metodológica francesa poscartesiana, Jacques Lacan se propuso crear, con rigor y celo redoblados, una obra de ciencia fundada en la experiencia de su vida profesional; un psicoanálisis abierto (liberado) exigente y fidedigno al servicio de la comunidad de todos y a la verdad de cada uno.

Desde el comienzo constatamos la atención puesta no solo en la libertad de su pensamiento sino también en la ética del deber de indagar sobre la predicción de problemas, en tanto casos prácticos que desafían el “ingenio” psicoanalítico. Prefirió la entidad personal a la certeza de la postergada organicidad y se recostó a la vera de las “aguas” renovadas del movimiento surrealista.

En una segunda fase, el llamado a una formación consecuente junto a los filósofos de la época (Espinoza, Nietzsche, Hegel, Husserl, Heidegger incluso Koyré y Kojève) se reveló oportuno como anclaje de la cura analítica, para la cual los primeros trabajos (en especial el “estadio del espejo”) le abrieron el apetito. Con las “novedades” de Melanie Klein sobre el desarrollo precoz de la personalidad no sólo profundizó la segunda tópica freudiana en dirección a la estructura cuaternaria en la distinción de ego y de yo (je) en modo topológico (Ello, Yo y Superyó) sino que puso en un lugar destacado el significante, la palabra, el tema de la familia (cuaternario in fieri) y la identificación, más allá del triángulo familiar, con la fratría, inspirada en la teoría de los pequeños grupos (Bion, Rikman). La teoría del goce se enriqueció al amparo de Georges Bataille, de los “restos” y de la heterología, presentes en la teoría del goce.

La tercera fase, “Elementos de un sistema”, nos permite contemplar el primer concierto de la doctrina estructurante, el Discurso de Roma de 1953 sobre la “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, en donde consolida su visión estructural de los orígenes psíquicos del sujeto, complejo de Edipo, prohibición del incesto y estructura de la familia (simbólica). Retoma el tema del significante y del sujeto, inspirado en la lingüística estructural de Saussure, y descubre a Roman Jakobson y las confluencias de la retórica de la lengua. Destaquemos también, en esta fase, la institución del inconsciente, el primer esbozo de la teoría de la letra (elaborada en el análisis del cuento sobre la “carta robada” de Poe) y la estructura cuaternaria de la neurosis familiar (elaborada a partir de la reinterpretación del estudio de caso sobre “el hombre de las ratas” de Freud).

En la cuarta fase, que llamamos de “Poder y gloria”, el método estructural lingüístico tiende a afirmarse como ciencia en la clausura del sistema que pone en perspectiva toda una generación. Con el apoyo de Louis Althusser se reconforta con la empresa fortalecida, aunque no exenta de amenazas internas y externas. La fundación de la EFP (su escuela) suponía la respuesta al desafío. Retoma la problemática recurrente y confirma el recorrido del investigador con la formalización de los cuatro discursos. Es el discurso de la humanidad, ahí donde somos, sentimos y compartimos tópicamente la relación social.

La quinta fase, que designamos como “Búsqueda de lo absoluto”, corresponde a la maduración de los temas delineados y reconducidos por las diversas utilidades, más o menos sustanciales, al paso de las reintegraciones a lo largo del tiempo. El Mathema es considerado como definitivamente integrable en tanto topología lacaniana. Después de consolidada la temática de la transmisión del saber psicoanalítico, cobra nueva fuerza el Departamento de Vincennes y el nudo borromeo se instituye como campo de investigación prioritario de la sexuación, que se organiza teóricamente en la inteligencia funcional de lo Real, lo Imaginario y lo Simbólico y se esclarece como la fruición in acto, el goce consiguiente.

Si bien la topología del nudo borromeo accede al modelo de articulación del proceder del inconsciente como fenomenología, si no epifanía de la Verdad, pero no-toda, la “bisagra” del incentivo primordial de Lacan, la psicosis paranoica, requería una última revisión para su aceptación bajo la forma del cuadrípode, por la elaboración sobre Joyce, el Sinthoma. Convenía entonces enfocar las condiciones de desencadenamiento como forclusión del nombre-del-padre. Fue decisivo sin embargo articular la compensación, el sinthoma, para dilucidar no sólo el contenido económico-dinámico sino también las secuencias específicas intergeneracionales. La obra joyciana, sobre todo Ulises y Finnegans Wake, y el análisis cuidado del mismísimo James, acabaron por constituir un ejemplar y excelso desafío.

3. Intento de validación

En todo el sistema formal lógico-matemático (sistema formal propiamente dicho, ya que postula elementos estructurales homólogos) se validan las proposiciones surgidas después de la deducción según las reglas establecidas y a partir de axiomas articulados en teoremas aptos para validar las hipótesis formuladas. Validar quiere decir reconocer conforme a las reglas de funcionamiento formal y, en ese sentido, prescindentes de la referencia a la verdad.

Jacques Lacan apuntaba a constituir su saber en sistema “unitario”, aunque su objetivo atravesara campos tan heterogéneos como la lógica de aplicación o la praxis requerida, en este caso la cura. Comienza, pues, su artículo “Ciencia y verdad” (Lacan, 1966, pp. 855-875) escribiendo que “el estatuto del sujeto en psicoanálisis [...] lleva a establecer una estructura que revela una disociación, Spaltung, que el psicoanalista descubre en su praxis”. Refiere, más adelante, que “la ciencia moderna ‘precipita’ modificaciones a nuestra posición de sujeto, en el doble sentido, (esto es) que éste es inaugural y que la ciencia se refuerza cada vez más”. De este modo, “el sujeto que consideramos como correlato esencial de la ciencia, estrictamente repetible en la experiencia, sujeto de la ciencia, es aquel que Descartes inaugura (como) cogito, sujeto experimentado en su división entre saber y verdad (es) paralelo al modelo topológico de la banda de Moebius y no es de una distinción de origen de donde debe provenir la división en que estos términos se conjugan; el sujeto es tomado en la división constituyente”.

Si la teoría de los juegos ejemplifica el carácter enteramente calculable, exactamente reducido a la fórmula de una matriz de combinaciones significantes, el caso de la lingüística se presenta más configurado pues integra la diferencia entre el enunciado y la enunciación, que es incidente del (al) sujeto, del sujeto que habla como tal y no como sujeto de la ciencia. Por eso Lacan se centra en el saber entre las cosas, es decir sobre la “batería” significante cuya previsión sobre los efectos del significado conviene asegurar. Será la lógica la que afirmará el “ombligo” del sujeto, una lógica que no está sujeta a las contingencias de una gramática. Es necesario que la formalización de la gramática se desarrolle en esta lógica para establecerse suficientemente.

Tal diligencia excede, en el sentido de “suturar”, el sujeto de la ciencia, el sujeto dividido, operación que permite resolver el último teorema de Kurt Gödel –según el cual “un sistema cualquiera, en cuanto a los elementos que lo componen, simplemente formal o mixto, nunca puede validar (o invalidar) todas las proposiciones admitidas como legítimas (bien formadas) por las reglas constituyentes del sistema” (cit en Lacan, ibídem)–, cerrando, de suerte, la problemática en causa, ya que para Lacan el sujeto en cuestión “permanece el correlato de la ciencia, pero como correlato antinómico, puesto que la ciencia se afirma en el ‘callejón sin salida’ del esfuerzo por suturarlo. En la topología podemos darnos cuenta de los contornos en el ocho interior de la banda de Moebius. El sujeto es (o está, si podemos decir así) en exclusión interna respecto a su objeto” (Lacan, op. cit., pp. 855-875).

Así, la “verdad se funda por lo que ella dice” y no tiene otra manera de hacerlo, de ahí la tesis de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. Por otro lado, la falta de lo verdadero sobre lo verdadero es el lugar del Urverdrängung (represión originaria) y no tenemos otro modo de llegar a este conocimiento si no dispusiéramos del sujeto de la ciencia. Aun para alinear la correspondencia de cada verdad a su saber, para conjugarlos no disponemos sino de este sujeto dividido. La verdad, como causa eficiente, tiene algo que ver con la magia. El saber se caracteriza, de este modo, no solamente por quedar velado al sujeto de la ciencia, sino por disimularse tanto en la tradición operatoria como en su acto. Se trata de la condición de la magia. La verdad es entonces reenviada por motivos escatológicos en tanto causa final, en el sentido de ser devuelta al juicio del fin del mundo. De ahí el presentimiento obscurantista que se precipita con cada uso científico del concepto de finalidad. Sin embargo, la llave de la racionalización en el dominio de la teología (philosophia ancilla Theologiae que podemos traducir como “la filosofía es la criada, la sirvienta de la teología”) proviene de la relación del sujeto con la verdad.

En esta perspectiva, en la relación de Verwerfung, es decir en la forclusión (rechazo) del nombre-del-padre, la verdad tiene incidencia en tanto causa formal decisiva ante el advenimiento del psicoanálisis, este último portador del nombre-del-padre y rectificador en los contornos de la paranoia de éxito (paranoia réussie), en la mutación fantasmagórica en ciencia triunfante.

Para Lacan el psicoanálisis, al esclarecer acentúa su presentación como causa material (la verdad como sujeto de la ciencia) más precisamente como “forma de incidencia del significante que he definido” (Lacan, ibídem). Para el psicoanálisis, el significante se define como el actuar, en principio separado de su significado. En efecto la historia, también en relación al psicoanálisis, es una dimensión diferente al desarrollo; por el contrario, la historia no continúa sino contrariando el desarrollo. Por eso, el sujeto del significante se debe distinguir tanto del individuo biológico como de la evolución psicológica, a fin de advenir sujeto de comprensión (psíquica).

El texto Ciencia y verdad, apoyado en los trabajos del viejo amigo Alexandre Koyré, de los tiempos de la relève logiciste, es escrito en 1966 y contemporáneo del seminario El objeto del psicoanálisis (1965-1966). Es importante hacer referencia a los elementos de una lógica del significante tal como fueran publicados en Cahiers pour l’analyse. Ahora bien, la teoría de los significantes descansa, en buena medida, en Los fundamentos de la aritmética de Gottlob Frege.

Según Roudinesco (1993) J-A. Miller comparaba la teoría del cero de Frege y sus seguidores con la teoría lacaniana del significante y designaba como sutura la relación del sujeto con la cadena de significantes. Especificaba que el sujeto estaría en el lugar del cero, “el lugar de la falta”, y declaraba que la sutura no era parte de los conceptos lacanianos ya que Lacan, como Frege, excluían la conciencia de cualquier definición del sujeto; radicalizaba, de este modo, el discurso lacaniano. Allí donde Lacan producía la equivocidad, lo inacabado, Miller instruía una clarificación, la univocidad, una cancelación.

Es importante aclarar, a este propósito, que Lacan siempre se esforzó por no designar sutura a la relación del sujeto con la cadena de significantes para no exceder el cierre; por lo contrario, retomaba el término para afirmar que, desde los primeros tiempos, la ciencia se revelaba incapaz de suturar o de formalizar integralmente al sujeto.

El énfasis en la lógica, seguido por las contribuciones de los alumnos de Louis Althusser y por las reflexiones de Miller y compañía, terminó por servir de contrapunto a Lacan para aclarar que la lógica del sujeto se fundamenta en la apertura, en la equivocidad, en la ambivalencia y en la idea de un dominio imposible. Ahora bien, en opinión de Roudinesco (op. cit.), la lectura milleriana de esta lógica ya anticipaba el anuncio de los dogmas futuros.

En efecto, para que el psicoanálisis supere el simple estatuto de “ciencia humana”, la lógica requerida, según Lacan, era la lógica de la “incompletud” (de acuerdo con la teoría de Gödel), es decir, de la ciencia del sujeto decaída en ciencia del correlato no saturado. Es decir, ciencia de la ciencia del sujeto de la ciencia, capaz de entender el sujeto paranoico relegado por la división cartesiana y de prestar la debida atención al sujeto excentrado de la civilización científica moderna. En consecuencia, confiaba al psicoanálisis la misión de adoptar como objeto el sujeto de la ciencia, él mismo un efecto significante. De esta manera, lograría recusar a la magia (con el sujeto en el orden natural del mundo) y a la religión (o encomendar a Dios la causa de su deseo). Aun teniendo una clara percepción del límite, el no-todo confirmado, por un lado, en las ciencias lógico-matemáticas por el teorema de Gödel y por otro en la ciencia candidata ejemplar del psicoanálisis, la sutura del sujeto (o sujeto dividido-clivado de la ciencia) augura un esfuerzo por indagar la suficiencia, aunque condene el proceder tal cual la lógica (la método-lógica), a pesar de las argucias y contorsiones intelectuales suscitadas por la impotencia de resultado en principio pretendido y tomado como suficiente, precisamente por vía y obra del límite, de la transformación mediada por la castración simbólica. En suma, todo el sistema formal o “mixto” se afirmará, siempre, necesariamente abierto.

Lacan experimentó el “tetrápode” (o cuatrípode estructural) desde la reconstitución de la segunda tópica freudiana, por el recurso al significante y a las figuras de la retórica (Jakobson), habiendo aplicado su lógica al discurso del neurótico (tópica triple más uno, la muerte-castración), a la familia simbólica, a los cuatro discursos (el discurso establece el vínculo social) desprendidos del discurso del Amo (Hegel), a las cuatro figuras de sexuación y al sinthoma (psicosis, “paranoia dirigida”).

Después de habernos aproximado al laborioso ingenio de Lacan (así como al de Freud o al de Bion) sentimos cierta melancolía frente a las variadas rutas abiertas (nunca del todo cerradas) hacia la humanidad. Nos sorprende tanto la tenacidad como el talento para “allanar” sistemas lógico-filosóficos que ha mostrado Lacan, pensador intuitivo pero ciertamente complejo, que también ha indagado compendios anexados a innumerables saberes para dialogar con los filósofos, frecuentar literatos a raudales o romper las corazas del tiempo en la demanda de más luz. ¡Y valió la pena!

3
Cadena de significantes y transformaciones

Lo inédito en Lacan: el Objeto a y la causa del deseo

Laura Ward da Rosa

Transformaciones hacia el ∞, o el sujeto expandido del psicoanálisis

Carlos Farate

Introducción de los editores

El concepto transformaciones, cuyo desarrollo justifica la publicación de un libro en 1965, es para Bion una pieza clave para la concreción del sistema teórico-clínico que da sostén a su epistemología, del mismo modo que el concepto cadena de significantes lo es para Lacan.

Como resultado, por el concepto “transformaciones” (según las anotaciones cuasi-matemáticas Tα para el proceso y Tβ para su producto final, la concretización), “transcurren” la operación psíquica de la función α sobre los elementos β, la relectura psicoanalítica de la idea griega de katastrophe bajo el modo de “cambio catastrófico” y las conexiones y desconexiones entre más (+) y menos (—), de los vínculos Amor, Odio, Conocimiento y Fe (L, H, K y Fe en la escritura original) en el proceso de pensar las emociones en la sesión psicoanalítica.

Para Lacan, si “el significante representa el sujeto para otro significante”, cada significante reconduce a otro significante de forma vincular y en concatenación consistente con la textura primordial del lenguaje del sujeto del inconsciente: de deseo, de expresión (palabra) y de discurso en las instancias de lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario (RSI).

En este capítulo, Laura Ward da Rosa hace la elección “inédita” de abordar el objeto a, la misma inédita y misteriosa causa de deseo fálico-narcisístico del sujeto psíquico, “condenado”, desde temprano, a buscar la palabra significante para ir en busca de A, el “Gran Otro”, tesoro de los significantes e inspiración tácita del lenguaje que, entre “balbuceos” metonímicos y balances metafóricos, marcará el destino inefable de un deseo interminable de a, objeto en (de la) falta, aquí del concepto kantiano de fenómeno y representación de la falla, en orden de satisfacción “especular” (por eso deseo) que el goce engaña como dolor o placer.

La riqueza de la digresión de Laura Ward da Rosa, en una exigente revisión pedagógica relativa a la evolución del concepto de la a minúscula a lo largo de la obra del maestro Lacan, culmina en la alegoría pictórica de la situación de renuncia, al final de análisis, de la fantasía del analista y de su objeto estético como Sujeto Supuesto Saber –la belleza de la Verdad absoluta epítome de a– que es proporcionada por el cuadro Las meninas de otro gran maestro, el pintor Diego Velázquez.

Carlos Farate, por su parte, opta por convocar la teoría de las transformaciones (Tα, Tβ) como fils rouge y punto nodal de la construcción epistemológica, principalmente entre 1962 y 1965, de la contribución original de Wilfred Bion al conocimiento psicoanalítico que culminará, de 1967 en adelante, después de Second Thoughts y de Attention and Interpretation, en dirección al infinito (∞), en la reinvención mística del sujeto psíquico y del propio psicoanálisis que descubre y reinventa (a dicho sujeto psíquico), en At-one-ment sin memoria, deseo o comprensión del analista y del analizando, en el camino infinito de K (conocimiento) a O (como “Ideal de la razón pura” kantiano).

En ese recorrido, valoriza la riqueza teórica de la palabra-concepto transformaciones, así como de la dialéctica lógico-matemática de transformaciones e invariancias para aludir a la innovadora versión bioniana del ciclo freudiano atención-notación-investigación-acción que inspira, a partir de 1962, la Tabla de elementos y de funciones psíquicas; el extraordinario descubrimiento científico de “función α”, núcleo de la “barrera de contacto” de Cs-Ics y proceso primario (β)-proceso secundario (α); y, en interminables cogitaciones, a la importancia del rêverie en el camino de K hacia O (K⇒ O) en cada sesión analítica.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
332 s. 21 illüstrasyon
ISBN:
9789871678990
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar