Kitabı oku: «Turbulencias y otras complejidades, tomo I»
TUR- BU- LEN- CIAS

| TURBULENCIAS Sobre ciencia y otras complejidades. Tomo I © Universidad El Bosque © Editorial Universidad El Bosque © Carlos Eduardo Maldonado Facultad de Medicina Rectora: María Clara Rangel Galvis Primera edición, julio de 2019 ISBN: 978-958-739-166-4 (obra completa / impreso) ISBN: 978-958-739-169-5 (obra completa /digital) ISBN: 978-958-739-167-1 (impreso) ISBN: 978-958-739-170-1 (digital) Editor: Miller Alejandro Gallego Cataño Coordinación editorial: Leidy De Ávila Castro Dirección gráfica y diseño: María Camila Prieto Abello Diagramación: Leonardo Chávez Corrección de estilo: Estefany Escallón I. Hecho en Bogotá D.C., Colombia Vicerrectoría de Investigaciones Editorial Universidad El Bosque Av. Cra 9 n.° 131A-02, Bloque O, 4.° piso +57 (1) 648 9000, ext. 1395 editorial@unbosque.edu.co www.unbosque.edu.co/investigaciones/editorial Impresión: Afán gráfico Julio de 2019 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en su todo ni en sus partes, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la Editorial Universidad El Bosque. Universidad El Bosque | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como universidad: Resolución n° 327 del 5 de febrero de 1997, MEN. Reconocimiento de personería jurídica: Resolución 11153 del 4 de agosto de 1978, MEN. Acreditación institucional de alta calidad: Resolución 11373 del 10 de junio de 2016, MEN. | 808.0665 M15t Maldonado, Carlos Eduardo Turbulencias: sobre ciencia y otras complejidades / Carlos Eduardo Maldonado -- Bogotá: Universidad El Bosque, 2019. 2 volúmenes: tablas; 16x24 cm Incluye referencias bibliográficas e índices. 486 p. ISBN: 978-958-739-166-4 (obra completa / impreso) ISBN: 978-958-739-169-5 (obra completa /digital) ISBN: 978-958-739-167-1 (impreso) ISBN: 978-958-739-170-1 (digital) 1. Periodismo científico 2. Publicaciones científicas 3. Comunicación científica 4. Gestión del conocimiento 5. Filosofía de la ciencia 6. Epistemología de la ciencia I. Universidad El Bosque. Fuente. SCDD 23ª ed . – Universidad El Bosque. Biblioteca Juan Roa Vásquez ( Junio de 2019) - NGG |
TUR- BU- LEN- CIAS
CONTENIDO
Caminando por las fronteras de la ciencia
Contra las categorías
¿Qué es la eusocialidad?
Un demonio innombrable: la auditoría tecnológica
No se puede disciplinar la investigación
(Los) dos modos de avance de la ciencia
Teoría de las irregularidades
¿Qué es la microhistoria?
¿Qué es el efecto Flynn?
Las teorías coherentes
El medio es el mensaje
¿Qué dice la ecuación Navier-Stokes?
¿Qué son las neurociencias sociales?
El estudio del cerebro y sus aplicaciones
Un mundo de información creciente
La lucha por la medalla de oro en ciencia, y en filosofía
Una breve nota de antropología de la ciencia
Las nefastas consecuencias de la metafísica
¿Qué dice la neurobiología de las plantas?
Tres notas sobre los estudios animales
¿Qué es el Programa Langlands?
¿Qué es el principio de acción de Hamilton?
¿Qué dice el modelo de Ising?
¿Qué es la cohomología?
¿Qué es una exaptación?
La iniciativa BRAIN
¿Qué es la hipercomputación biológica?
¿Qué es la teoría de grupos?
¿Quién era Alexandre Grothendieck?
¿Qué son las etnomatemáticas?
Ciencia y lógicas no clásicas
¿(Por qué) es el mundo contradictorio?
Los diferentes nombres de las lógicas no clásicas
¿Qué hace el pensamiento abstracto?
¿Qué es la lógica epistémica?
La lógica trivalente
La lógica tetravalente
La lógica pentavalente
La lógica hexavalente
El mundo de las lógicas no clásicas
¿Qué son las matemáticas de sistemas discretos?
¿Qué son las lógicas no monotónicas?
¿Qué es la lógica cuántica?
¿En qué consisten los problemas P vs NP?
Ciencia o relato. La lógica de la ficción
¿Qué es un poset?
Complejidad y teoría cuántica
¿Qué? ¿Recoherencia cuántica?
¿Qué es el efecto cuántico de Zenón?
¿Qué dice El teorema fuerte del libre albedrío?
Una pequeña idea en la física cuántica
¿Qué es la biología cuántica?
¿Qué es la ficción cuántica?
¿Cómo fue el origen de la física cuántica?
El diálogo entre las ciencias
¿Qué es una novela total?
Entre la filosofía, la política y la cultura
Una idea acerca de los sistemas vivos
¿Qué es la historia alternativa?
Planos de desesperanza y colinas de optimismo
La consecuencia política de una idea filosófica y científica
Dos modos, dos temperamentos
Historia, psicología y política
Todos contra el escepticismo
¿Qué pasó con la idea del devenir?
Fatalidad, inevitabilidad y acción humana
Política y matemáticas revisitadas
La tensión de los tiempos
Superficie y vitalidad
Procesamiento de información y comunicación en los seres vivos
Un tema de emocionalidad y psicología en política
La cultura entre el silencio, la impotencia y el olvido
Estar afectados
Una idea delicada, una experiencia radical
Entre la ambigüedad y la ambivalencia
Breve nota sobre la literatura maldita en Colombia
La Drosophila melanogaster
El doble carácter de la naturalización del conocimiento
Los dos ejes de la comprensión de los sistemas vivos
Del Renacimiento a nuestros días
¿Por qué los vencidos nunca escriben la historia?
Una breve idea
Cuatro problemas de síntesis en ciencia
La libertad de la literatura
Política y nutrición
El espectro de la aventura humana
Esa civilización, Occidente
¿Construir o sembrar?
Las ciudades son sistemas vivos
La naturalización del conocimiento
Sobre fronteras, resquicios y pliegues
Cuatro rasgos distintivos del determinismo
El descubrimiento del movimiento
Hacking inteligente y hacking bruto
Tres cápsulas sobre bioeconomía
El sabotaje. Pensando en palabras
Contra el utilitarismo en las ciencias sociales
El más difícil de los problemas en ciencia como en la vida
La verdadera esencia de la ciencia y la filosofía
¿Qué significa en ciencia una catástrofe?
¿Qué dice el concepto “grados de libertad”?
¿Qué es el yo biológico?
Un asunto básico de decoro
Cuando derecho mata a política
Complejidad e incertidumbre. La ciencia en diálogo con la realidad
Libros, historia y vida
Elecciones, etiquetas y calificaciones
Economía de corto y de largo plazo
Nullius in verba
Aislamiento y ostracismo
Aprendizaje social versus maquinarias
Bibliografía
INTRODUCCIÓN
Turbulencias sobre ciencia y otras complejidades no es un libro de ciencia, pero sí es un libro sobre la ciencia. Trata de presentar algunos de los ejes, problemas y desarrollos de punta en diferentes campos del conocimiento. En verdad, el ritmo de avance del conocimiento resulta muy vertiginoso. Existe una enorme vitalidad en las ciencias en general, en el diálogo entre las mismas y de ellas con el mundo, que muchas veces es difícil mantener el paso. De acuerdo con varios artículos de la revista Scientometrics, solo la revista Nature –con sus diferentes variantes: Nature Biology, Nature Physics, etc.–, publica al año alrededor de 20 000 artículos. Todos, huelga decirlo, de primer orden. Si se tiene en cuenta algunas de las más prestigiosas revistas –digamos, por ejemplo, Science, pnas, las diferentes series de PloS, las diferentes líneas de Frontiers, y luego, cada una de las mejores revistas en cada campo del conocimiento y muchas más–, el volumen de artículos aumenta de manera considerable. A este espectro habría que incluir muy prestigiosos repositorios, tales como arXiv, PsyAr-Xiv, así como las crecientes bases de datos de todo orden alrededor del mundo. Ahora, suponiendo que se tengan en cuenta, a fin de mantenerse al día en el avance del conocimiento, las revistas en cada ciencia o disciplina particular, y ello para no mencionar las diferentes categorías, desde Q1 hasta Q4, y de allí hacia abajo, es sencillamente imposible mantenerse al día en el conoce la ciencia y conocimiento. Como se observa, existe una enorme vitalidad en el conocimiento y en la investigación.
Por esta razón, el trabajo de socialización y de divulgación del conocimiento, la ciencia y la investigación resulta fundamental desde numerosos puntos de vista. A este horizonte apunta este libro.
Los artículos reunidos en este volumen tienen una doble finalidad. De un lado, desde el punto de vista “objetivo”, se trata de llevar algunos problemas, autores, conceptos y desarrollos al gran público, o al público interesado. Un investigador sensible debe poder combinar todas las formas de lucha, si cabe la expresión: de un lado, producir conocimiento de primer orden, en revistas especializadas de alto impacto y con un índice h lo más elevado posible, escribir y publicar capítulos de libro y libros de investigación, pero, al mismo tiempo, escribir también para otros públicos y auditorios más amplios, menos especializados.
De acuerdo con la misma revista Scientometrics, el promedio de lectores de un artículo 1A es de 3 a 7 lectores, máximo. Ello no garantiza necesariamente que esos lectores citen el trabajo mencionado. De otra parte, los textos publicados para auditorios más amplios tienen el inconveniente de que por definición en ellos no se produce ciencia, pero se alcanza un público más vasto y el impacto social es inmensamente mayor.
Esta es exactamente la cuadratura del círculo en la academia contemporánea, a saber: cómo combinar el alto impacto científico con el impacto social. No existe una única respuesta y manifiestamente ninguna solución simple y directa a este dilema. Ambos impactos son inversamente proporcionales. Un investigador sensible debe poder combinar textos, auditorios, calibres, lenguajes y temas diversos sin que sean necesariamente excluyentes. La dificultad enorme es que no es posible hacer ambas cosas al mismo tiempo.
De otra parte, “subjetivamente”, escribir de manera regular, artículos como los que componen este volumen es sencillamente una obligación moral e intelectual por parte de cada investigador: sin ambages, es un ejercicio de calistenia permanente, de fitness intelectual continuado, una condición para mantenerse intelectualmente activo, al día, y hacer de la escritura una forma de vida. Es, si cabe, una de las exigencias de un investigador que dirige su mirada hacia las fronteras del conocimiento.
Una lectura posible es que escribir textos de divulgación como los que tenemos entre manos aquí puede servir, como es efectivamente el caso, para emplearlos, hacia futuro, como elementos a partir de los cuales es posible construir textos mucho más elaborados, esos sí, bastante más científicos en la línea ortodoxa de la palabra. Si es así, se trataría entonces, visto todo globalmente, de un ejercicio de maximización cuya única finalidad es poner de manifiesto una fe en la capacidad del pensamiento, en la capacidad del conocimiento, que no es sino una manera genérica de decir: fe en la educación para construir un mundo mejor.
Dicho de manera general, el periodismo científico es un área ampliamente desconocida y menospreciada en América Latina. Mientras que en muchos otros países es habitual ver periodistas – científicos– en congresos, simposios y otros eventos, en América Latina reina la superficialidad y la banalidad. No bien termina una conferencia o un congreso y se redactan artículos acerca de las discusiones, los avances, los desarrollos alcanzados o propuestos. Basta con echar una mirada a los mejores periódicos alrededor del mundo, en Estados Unidos, Inglaterra, Japón, Francia o Alemania, por ejemplo.
El periodismo cultural, tanto como el periodismo científico aún tienen sus mejores días por llegar en el contexto latinoamericano. Existe una brecha gigante y creciente entre la punta del conocimiento y la base de la sociedad en los países de América Latina. Esa brecha puede ser llenada, entre otros canales, por un periodismo inteligente y de investigación interesado por lo mejor de las artes, las ciencias y la filosofía. Pues bien, mientras llegan esos días, los artículos que tenemos en este libro pretenden llenar ese vacío. Y eso, sin que seamos periodistas o comunicadores sociales ni mucho menos.
Dicho de manera global, nuestra época está haciendo el ingreso a la sociedad de la información, la sociedad del conocimiento y la sociedad de redes (tres modos diferentes de llamar a una misma dinámica). Por consiguiente, nos merecemos todos, mucha más y mejor información, mucha más y mejor ciencia, mucha más y mejor investigación. Tengo la firme convicción de que si nos encontramos, como se ha dicho repetidamente, en un cuello de botella civilizacional, la salida de este cuello de botella será posible gracias a la enorme vitalidad que existe, “allá abajo”, en la ciencia y en la investigación en general.
De suerte que los textos que componen este libro no son, propiamente, trabajos de periodismo científico. Simple y llanamente son ensayos, ese género libre y abierto que sirve, por así decirlo, como preparación para textos de calibre mayor.
El libro conforma una sola unidad. Siempre creí en la posibilidad de hacer una compilación de estos artículos para ser publicados como libro. Pero es solo hasta ahora cuando surge esta posibilidad. Y si bien cada artículo constituye una unidad propia, el conjunto, de más de 160 textos, sí constituyen la unidad de un mismo espíritu. Se trata de la unidad que pone de manifiesto, a plena luz del día, la complejidad del mundo actual, la complejidad del conocimiento, en fin, la complejidad misma de la vida. Ese es el hilo conductor de todos y cada uno de los artículos: pensar la vida y hacerla posible y cada vez tan posible como quepa imaginarlo. Si Maturana y Varela ponen, entre otros, de manifiesto que la vida y el conocimiento son una sola y misma cosa, es porque lo más grande que pueden hacer los sistemas vivos es al mismo tiempo lo más difícil y riesgoso que llevan a cabo: conocer, esto es, explorar los espacios, crear nuevos ámbitos, transformar el mundo en provecho propio y, al cabo, reducir y mantener baja la entropía.
Los artículos aquí compilados fueron en su momento avalados por numerosos lectores, y si menciono la referencia es para hacerle a esos mismos lectores y muchos otros, un cumplido. Y ese cumplido es este libro. Un esfuerzo sincero, un trabajo denodado.
En el año 2013, un amigo común con Rosenberg, Fernando Estrada, me sugirió empezar a escribir artículos para una revista digital nueva: Palmiguía, editada desde la ciudad de Palmira, en el Departamento de Valle. Desde un comienzo me orienté hacia temas de ciencia, con muchas motivaciones. En el lapso de menos de cinco años presenté y fueron aceptados algo menos de ciento ochenta artículos. Por esta razón debo expresar mis agradecimientos por este libro. En primer lugar, a Rosenberg Bermúdez Fernández, editor de la Revista Palmiguía. Su acogida a una sección de ciencia en una revista es una verdadera extrañeza. Pero la permanencia de esa ventana es una señal de inteligencia. Ulteriormente, en el año 2018, por otras razones que no cabe exponer aquí, Palmiguía debió cerrar sus páginas. Con ello, mi producción continuada y seriada de artículos sufrió una interrupción.
Asimismo, quiero expresar mis más sinceros agradecimientos a la Universidad El Bosque, que enarbola con todo sentido, el reconocimiento de la vida como el primero y el más absoluto de todos los valores, principios y fenómenos. Que es, queda dicho, el tema de base de este libro. También debo agradecer al editor de la Universidad, profesor Miller Alejandro Gallego por su buena acogida a este libro. En el mundo del conocimiento, la existencia de editores inteligentes, rápidos y conocedores hace a la vida académica y personal más amable.
Un libro nunca tiene como finalidad a ningún autor, ni siquiera si se trata de un texto de catarsis. Los libros nos lanzan al mundo y esa no es sino la expresión abstracta de que nos lanzan a ese universo, por definición desconocido pero siempre bueno de los lectores. Si el artista se debe al público y el profesor a sus estudiantes, el autor se debe a los lectores, que es donde comienza el diálogo, el ágape, el eros o la filía.
Como siempre, agradezco a los motivos de mi vida, Lala, Totis y Mona.
CAMINANDO POR LAS
FRONTERAS
DE LA CIENCIA
Contra las categorías
Es un muy acendrado comportamiento. Ya desde que Aristóteles lo estipulara en uno de los varios textos dedicados a la lógica, se convirtió en costumbre y norma pensar con categorías. Incluso alguien como Kant –quien sostenía que desde Aristóteles la lógica no había cambiado nada– piensa en los temas y problemas que le interesan en términos de categorías. Solo que las suyas son distintas.
Pensar en términos de categorías significa, literalmente, etiquetar el mundo, la realidad, a los otros. Existen muchas maneras de comprender a las categorías, tales como esquemas, tipos o clases.
El conflicto para ver y comprender el mundo puede ser explicado en términos bastante elementales. Se trata de establecer si vemos lo que conocemos, o bien si conocemos lo que vemos. La inmensa mayoría de los seres humanos solo ve lo que ya conoce. Esto es, reduce lo nuevo que ve a esquemas, conceptos, imágenes y modelos explicativos ya establecidos y experienciados. Son muy pocos, porque es verdaderamente difícil, aquellos que se dan a la tarea de conocer aquello que ven.
Existe una sutil distinción en inglés, que no aparece como tal en español. Se trata de las distinciones entre tres tipos de categorizaciones: tagging, pigeon-holing, y categorizing. Los tres significan, literalmente, etiquetar. Esto es, comprender y explicar el mundo y la realidad en esquemas, compartimientos, clasificaciones. Que es precisamente aquello en lo que consistía la filosofía aristotélica: un sistema de pensamiento de clasificaciones. Ulteriormente, claro, de jerarquías.
Si la antropología enseña que cada cultura se comprende a sí misma como el centro del universo, por derivación, cada cultura define al resto del mundo a partir de sus propios esquemas de pensamiento. Al fin y al cabo, el concepto mismo de cultura es conservador, en toda la línea de la palabra. Abogar por la importancia de las culturas es una manera, digamos, de ser un conservador progresista. En el siglo XVI había un mote para esto: el despotismo ilustrado.
El pensamiento que se funda en, y que trabaja con, categorías es tradicionalmente pasivo con los criterios de autoridad. Finalmente, siempre existe alguna autoridad que determina qué son y qué no son, qué pueden ser y qué no, las cosas. A pesar de que Aristóteles mismo argumentara en contra de los argumentos ad hominem y ad auctoritatem. Que no son los argumentos que se fundan en una autoridad, sino, más exactamente, aquellos argumentos con los que la autoridad está de acuerdo.
Y autoridades existen muchas y en todos los órdenes. Precisamente por ello es extremadamente difícil pensar contra las categorías. Todo ha terminado por convertirse en un atavismo. Al fin y al cabo el sentido común cree y trabaja con etiquetas, esquemas, tipos y clases de todo orden.
Stuart Kauffman es un biólogo con un enorme prestigio entre la comunidad científica. E incluso entre la parte más inteligente de la comunidad empresarial. Al fin y al cabo, el prestigio es algo radicalmente diferente a la autoridad. La buena ciencia no trabaja, en absoluto, con principios o criterios de autoridad. Por eso la buena ciencia es escasa y difícil.
Pues bien, Kauffman acaba de publicar su más reciente libro: Humanity in a Creative Universe (Oxford, 2016). Se trata de uno de esos muy raros libros que abordan el entronque entre ciencia y civilización. Pero no es este aquí el foco de interés.
Becario de las muy prestigiosas Becas MacArthur (“Genius Fellowships”), autor de artículos y libros de enorme impacto en varios órdenes, y con varios premios y reconocimientos, Kauffman –un hombre que ya comienza a hacerse algo grande (tiene a la fecha 76 años)– cobra la fuerza y la lucidez para plantear la necesidad de reconocer que la historia de la que provenimos merece una segunda mirada. En consecuencia, no hay que agachar enteramente la cabeza ante gente como Descartes, Kepler, Galileo, Newton, Laplace, Einstein, Bohr y Schrödinger, de un lado, o Darwin, Adam-Smith o Locke, de otra parte, por ejemplo. Todos ellos tienen el defecto de habernos enseñado a pensar con categorías. Y las cosas no resultan ni han resultado afortunadas en varios dominios, desde entonces.
Extrapolemos. Quien de verdad piensa, piensa sin categorías, algo que va en contra de la mejor tradición de la civilización occidental. Por el contrario, quienes piensan, abierta o tácitamente en función de tal o cual categoría, propiamente no piensan, y solo siguen, sin saberlo, creencias y doctrinas. Al fin y al cabo la obediencia siempre ha resultado más cómoda, y el ejercicio de la autonomía del pensamiento ha conllevado confrontaciones y riesgo.
Cabe hacer una consideración que arroje una luz indirecta al respecto. En la Grecia antigua existían dos términos para designar el pensar. De un lado, en la Grecia arcaica, se trataba del nous (cuyo verbo era el noein, y el correlato objetual era el noema). Posteriormente, con la llegada del período Clásico de la antigua Grecia, el pensar se asimila al conocer, y ambos se designan indistintamente como logos (cuyo verbo es el legein). Cabe adecuadamente traducir al primero como intuición, y al segundo como conocimiento racional basado en la palabra. La historia subsiguiente es el desplazamiento del nous por el logos, gracias a esa historia que se deriva de Platón y de Aristóteles. El resto es historia conocida.
La libertad de pensamiento y la libertad del espíritu pasa, y en muy buena medida se funda, en la capacidad de libertad con respecto a esos atavismos de las categorías. Toda la educación y la cultura de la civilización occidental no es otra cosa que la pasión por etiquetar el mundo, la realidad y el universo. Por ello mismo no sabe nada de movimiento, cambio, dinámicas.
Kauffman hace una invitación sensata y bien argumentada a pensar lejos, muy lejos, de esa tradición de categorías, etiquetas y clasificaciones. Pero lo hace (¿se atreve?) cuando, al parecer, ya ha cruzado el mediodía y la tarde se acerca. Que es cuando la mayoría de científicos se atreven (¿logran?) a plantear desafíos. En este caso, desafíos civilizatorios.
Entonces vale recordar ese texto humorístico y brillante de Borges, y que Foucault repite al comienzo de Las palabras y las cosas (1966): las mil y una formas de clasificar a la realidad. En ese libro maravilloso que es El libro de los seres imaginarios (1986). Pensar contra la familiaridad de las cosas.
¿Qué es la eusocialidad?
El modelo básico más generalizado acerca del origen de la vida y la explicación acerca de la lógica de los sistemas vivos es la teoría de la evolución. El mérito de Darwin consistió en haber explicado un problema que llevaba cien años antes de él sin explicación, a saber: explicar la teoría de la evolución. Y la respuesta de Darwin fue el mecanismo de la selección natural. Los organismos y las especies que logran, como sea, superar las restricciones e imposiciones de la selección, logran adaptarse idóneamente y son, selectivamente, los mejores (fittest).
Es sabido que Darwin no emplea el término “evolución” en su obra cumbre, El origen de las especies por medio de la selección natural (1859), sino hasta la sexta edición, y ello debido al peso que ya había logrado el pensamiento de H. Spencer. Es debido a Spencer que a partir de la sexta edición del libro de Darwin que aparece el concepto de “evolución” expresamente en biología.
Ahora bien, al final de la introducción del libro mencionado, Darwin advierte expresamente que el mecanismo de la selección es la forma como él ha logrado explicar la dinámica de los seres vivos, su origen, su lógica. Pero que no está para nada seguro de que sea la única explicación posible de la evolución.
Numerosas otras alternativas aparecieron ulteriormente para explicar la evolución, acaso el concepto arquimédico de toda la cultura y la civilización contemporánea. Pero la idea quedó en el ambiente: la competencia y la lucha, la exclusión e incluso la violencia fueron las claves para explicar lo que había sucedido desde las escalas más básicas hasta el surgimiento del Homo sapiens. La lucha por el mejor macho o la mejor hembra, por el cuidado de los críos, por el territorio, digamos.
Esta historia ha cambiado radicalmente en años recientes. El paradigma de la evolución, latu sensu, ya no es la selección en manera alguna. Antecedida por la obra de L. Margulis, específicamente la teoría de la endosimbiosis, la teoría más sólida a la fecha acerca de la vida y los sistemas vivos, se funda en la importancia de la cooperación: cooperación, comensalismo, mutualismo. Esta es la eusocialidad.
Desarrollada originariamente por E. O. Wilson, M. A. Nowak y C. Tarnita, la eusocialidad es el término usado que describe cómo, a partir de los insectos sociales y de otras especies animales, la vida consiste en una gran trama de cooperación centrada en los más jóvenes y en el cuidado del nido, el nicho, el hogar. La teoría es desarrollada entre 2004 y 2010, y constituye la mejor aplicación acerca de un hecho básico: la vida no es un sistema de lucha y competencia, sino de ayuda, de altruismo y de cooperación. Es lo que en términos algo más técnicos Margulis expresa como simbiosis y holobiontes.
De esta suerte, la teoría de la evolución cooperativa (=eusocial) pone de manifiesto una explicación multiniveles de la evolución, así: existe una imbricación entre selección individual y selección grupal, que favorece ampliamente, ya desde los invertebrados hasta los mamíferos superiores más complejos, la cooperación y el beneficio mutuo antes que la competencia y la lucha recíproca. Este modelo ha sido sustentado por nuevas matemáticas de sistemas dinámicos no lineales, que arrojan nuevas y refrescantes luces sobre la lógica de la vida.
Ciertamente, el origen de la eusocialidad ha sido raro en la historia de la vida, debido a que la selección de grupo ha sido excepcionalmente poderosa para relajar la fuerza de la selección individual. Desde la genética hasta la epigenética, la eusocialidad ha sido confirmada una y otra vez poniendo en claro, a plena de luz del día, que las especies se benefician enormemente más de procesos de ayuda mutua antes que de rivalidad.
Digámoslo de manera puntual: los sistemas más complejos son aquellos que poseen eusocialidad, esto es, una condición verdaderamente social. La complejidad se funda en la eusocialidad y a su vez la eusocialidad permite formas, dinámicas y estructuras auténticamente complejas.
Como se aprecia, la biología, la ecología y las propias matemáticas han tomado una ventaja selectiva en el panorama de las ciencias y las disciplinas en este plano. Sin la menor duda, las más rezagadas son las ciencias sociales, por ejemplo, la economía, la administración, la educación y la política, las cuales siguen haciéndose ampliamente posibles a la fecha con base en conceptos (erróneos), como “competencia” y “competitividad”. Competencias argumentativas, crecimiento competitivo de la economía, competitividad empresarial, lucha por el poder, por ejemplo.
¿Cabe mencionar aquí que el 97 % de la biomasa son plantas? ¿O que la biomasa de las hormigas es esencialmente igual a la de los seres humanos a todo lo largo de la historia? ¿O que la vida se funda esencialmente en la importancia de las colonias bacteriales y que el microbioma es una instancia fundamental para comprender la salud humana? (Ello sin mencionar el significado del viroma).
Existe en el imaginario social y en la cultura en general una idea equivocada, se trata de la creencia de que la vida es un combate incesante y solo los más fuertes sobreviven; no los mejores, no los más inteligentes, no lo más buenos. Esta creencia errónea tiene enormes consecuencias en numerosos planos. Frente a este imaginario, bien vale una actualización de lo mejor de la ciencia y la investigación. En este caso se trata de la idea de eusocialidad. El origen de la vida en el planeta fue exactamente el origen de procesos de ayuda mutua, de codependencia, de reciprocidad.
La cultura ha conducido a conceptos como “fuego amigo”, “bajas casuales”, “falsos positivos”, “posverdad” y los ya mencionados de “competencia” y “competitividad”, para no elaborar una lista larga. La ignorancia en ciencia se traduce en políticas peligrosas y en creencias falsas.
La eusocialidad, el hecho de que la vida es una gran red de cooperación y ayuda mutua, y en la que la naturaleza carece de jerarquías. Los sistemas vivos generan constantemente las condiciones de posibilidad de su propia existencia y se hacen posibles con base en aprendizaje mutuo y cooperación recíproca. No es difícil.
Un demonio innombrable: la auditoría tecnológica
La inmensa mayoría de las empresas y universidades se caracterizan por tener una doble moral. Mientras que de un lado pretenden políticas de armonía e integración, de otra parte son verdaderos mecanismos de control y manipulación. Con seguridad, el mejor ejemplo es la auditoría tecnológica.
La auditoría tecnológica consiste en el hecho de que todas las comunicaciones, particularmente de internet, están siendo monitoreadas o pueden serlo en cualquier instante, siempre que se use la red de la compañía o la universidad de que se trate. Cualquier correo electrónico, cualquier consulta de páginas web, entrante o saliente, es objeto de supervisión y control. Control moral, control político, control ideológico. En muchas ocasiones, cuando existen planes corporativos de telefonía móvil, lo mismo puede estar sucediendo. Y los trabajadores, los empleados o como eufemísticamente se dice “los colaboradores”, pueden no saberlo.
La auditoría tecnológica es una práctica común y ya de larga data en muchos lugares. Pero se trata de un secreto a voces. Secreto porque propiamente dicho es un acto ilegal. Vila el derecho a la intimidad, el derecho a la libre opinión, en fin, el derecho mismo a la libertad (de opinión, de creencia política, sexual y otras). La dificultad enorme es que de una parte la inmensa mayoría de los empleados de una empresa semejante no lo saben, o lo saben y no pueden hacer nada. Mucha gente prefiere la vigilancia y el control con tal de tener un empleo permanente, o casi.
Y de otra parte, peor aún, es porque no existe ninguna legislación que prohíba esa clase de prácticas y políticas de intromisión y violación del derecho a la información. Sin la menor duda, el más básico de los derechos en los contextos de la sociedad de la información o de la sociedad del conocimiento.
Se habla mucho del control que ejercen Facebook y Google, notablemente, no sin acierto, se afirma que estas empresas fueron declaradas como de interés nacional estratégico por parte de los Estados Unidos. Pero poco y nada se sabe ni se discute a nivel local, particularmente en el caso de las medianas y grandes empresas. Eso que la oficina de impuestos nacional declara como “grandes contribuyentes”.
Es fundamental que diversas instancias se apersonen del problema: los sindicatos, allí donde existan, y las diversas organizaciones de trabajadores (desde los Fondos de Empleados a las Cooperativas y otros). Si en un plano la ignorancia de la ley no justifica la violación de la misma, en otro plano la ignorancia de la violación a los más elementales derechos no justifica la denuncia y la crítica. Todas las cuales conducen a la acción: acción colectiva.
De este modo, muchas empresas tienen oficinas no públicas ni declaradas de espionaje de los correos y consultas en la web que llevan a cabo los trabajadores. Se trata, literalmente, de red de cooperantes, red de colaboradores, redes de denuncia y persecución. Persecución por motivos morales, ideológicos o políticos, principalmente. En el momento en que un trabajador es objeto de movimientos sospechosos en materias de información, consultas y correos, se procede con prácticas habituales como acoso laboral hasta aburrirlo para despedirlo; o bien, incluso el despido sin justa causa. Empresas panópticas, monstruos de control y manipulación.
Solo que en el caso de las universidades, se trata del control no solamente de los trabajadores (académicos y administrativos), sino también de los estudiantes. De cualquier usuario, incluso visitantes de la red local operante.
El descaro llega hasta el punto que en ocasiones, por ejemplo, en la base de los correos electrónicos se dice explícitamente: “Los mensajes entrantes o salientes pueden ser objeto de supervisión, etc.”. Basta con echar una mirada cuidadosa a la letra pequeña de las páginas web, de las de tecnología u otras semejantes.
Pues bien, debe ser posible desarrollar normas de protección a los usuarios de la red, así se trate de redes privadas. Al fin y al cabo, la red podrá ser privada, pero el derecho a la información es un servicio público y un derecho fundamental. La dificultad estriba en el hecho de que numerosas empresas y en muchos países no existe una legislación que proteja a los ciudadanos y a los empleados y usuarios de prácticas nocivas, peligrosas o nefastas semejantes.
Como se aprecia, la doble moral es evidente. Como en política, se puede decir lo que se quiera, pero lo verdaderamente importante es lo que se hace. Una disociación total de la personalidad. En el mismo sentido, muchas empresas parecen preocuparse por el clima laboral, el prestigio institucional, en fin, el cuidado de la marca y el top of mind. Pero lo real es lo que hacen: en este caso, los sistemas de control, espionaje y la violencia subsiguiente conducente a la persecución y la amenaza del desempleo.
En los planos de la administración, la política, las ciencias sociales y humanas, e incluso en materia de salud al interior de las empresas, es fundamental atender a este comportamiento esquizoide o psicótico. Hay que dejar de creer en los discursos y atender mejor a las prácticas y los ejercicios, a las decisiones reales y a las acciones. Es, por lo demás, un tema básico de cultura científica, a saber: lograr distinguir entre las palabras y las cosas, o bien, entre los discursos y los hechos o los datos. Y la verdad es que el dato es el control y el espionaje de la información. Los discursos, la empresa familiar, la responsabilidad social empresarial, la cultura y el clima organizacional, por ejemplo.
Una empresa, cualquiera que sea su frente de actividad, que lleva a cabo prácticas disociativas semejantes, enferma literalmente a sus empleados, miembros y usuarios. Que es lo que sucede en muchas ocasiones en el marco de las políticas de gobierno y estado: a qué creer, a las palabras o a los hechos. El mejor representante de eso que se llama “posmodernidad” son las empresas mismas. Es decir, desde el imperio del discurso, la disociación con los hechos y la imposición de posverdades. Es cuando se hacen cosas con palabras y se termina confundiendo a los hechos mismos con palabras.
Empresas enfermizas, un mundo enfermizo.
No se puede disciplinar la investigación
Una tendencia peligrosa tiende a hacer carrera en muchas universidades hoy en día, con paso cada vez más apretado y voz cada vez más elevada. Se trata de los intentos por disciplinar la investigación. Esto es, que los economistas deben publicar en revistas de economía, los administradores en revistas de administración, los politólogos en revistas de su disciplina y los médicos, por ejemplo, en las revistas de su área.
Se les quieren cortar las alas a los investigadores para que publiquen en revistas diferentes a su propia disciplina, y es creciente la tendencia a que, por ejemplo, para efectos de reconocimiento por producción intelectual, se valore poco y nada publicar artículos de alta calidad en revistas de otras áreas, incluso aunque esas revistas puedan ser 1A.
Esta es una tendencia evidente en Colombia y en otros países. Por tanto, cabe pensar que se trata de una estrategia velada que solo se podría ver como anomalías locales. Falso.
Se trata, manifiestamente, de un esfuerzo cuyas finalidades son evidentes: adoctrinar a los investigadores y ejercer un control teórico –ideológico, digamos– sobre su producción y su pensamiento. Y claro, de pasada, cerrarle las puertas a enfoques cruzados, a aproximaciones transversales, en fin, a la interdisciplinariedad.
Esta es una política a todas luces hipócrita: en efecto, mientras que de un lado cada vez más los gestores del conocimiento hablan de la importancia de la interdisciplinariedad, de otra parte se cierran; de un lado, en los programas de enseñanza y de otra parte, en los procesos mismos de investigación; libertades básicas que corresponden a lo mejor del avance del conocimiento en nuestros días.
Ciertamente que el conocimiento en general puede tener un avance al interior de cada disciplina. Pero ese progreso es limitado, técnico y minimalista. Dicho con palabras grandes: ese avance beneficia a la disciplina, pero deja intacto el mundo. No cambia para nada la realidad, ni la de la naturaleza ni la de la sociedad.
En realidad, disciplinar la investigación corresponde a la emergencia y consolidación del capitalismo académico. Bien vale la pena volver a leer, incluso entre líneas, el libro fundamental de Slaughter, S., and Rhoades, G., (2009). Academic Capitalism and the New Economy. Johns Hopkins University Press. Un texto invaluable sobre el cual los gestores del conocimiento en países como Colombia han arrojado un manto de silencio. Mientras que en los contextos académicos y de investigación de algunos países desarrollados sí es un motivo de reflexión y crítica.
Están pretendiendo controlar el pensamiento mismo de los investigadores. Ya no solamente el de los educadores y profesores. Con ello, de consuno, se trata de controlar a posibles futuros lectores, a los estudiantes y a una parte de la sociedad. Una empresa de control total.
En muchos colegios, los mecanismos de control ya están establecidos, notablemente a partir de las fuentes que trabajan; los libros, por ejemplo, muchos de ellos, concentrados en dos o tres fondos editoriales. El control ya viene desde las editoriales elegidas por numerosos colegios para la formación del pensamiento de los niños.
En las universidades se ha establecido ya la elaboración de los syllabus y de los programas. La libertad de enseñanza, la libertad de cátedra, como se decía, quiere ser más cercenada y manipulada. Incluso hay numerosos lugares donde se discuten colectivamente los programas, todo con la finalidad de ajustarlos finalmente a los syllabus.
Y a nivel de la investigación, el más reciente, el control ha venido a introducirse justamente con el llamado a la publicación de artículos en revistas de la disciplina. La libertad de pensamiento (=investigación) queda así limitada, si no eliminada.
En un evento internacional hace poco conocí a un profesor que había estudiado un pregrado determinado, había hecho su doctorado en otra área en un país europeo, y como resultado investiga en otros temas diferentes; pero, como pude comprobarlo, en investigación de punta (spearhead science). Pues bien, este profesor anda por medio país, y ahora por medio continente, buscando trabajo, pues las convocatorias en muchas ocasiones exigen disciplinariedad. Así, por ejemplo, haber estudiado economía y tener un doctorado en economía. De manera “generosa” (ironía), se escribe con frecuencia: “o en áreas afines”. Economía es aquí tan solo un ejemplo.
El subdesarrollo –eso ha quedado en claro hace ya tiempo– no es un asunto de ingresos, dinero o crecimiento económico. Es ante todo una estructura mental. Pues bien, con fenómenos como los que estamos señalando, las universidades están reproduciendo las condiciones del atraso, la violencia, el subdesarrollo y la inequidad. Por más edificios que compren o reestructuren, por más aparatos y dispositivos que introduzcan en las clases y en los campus.
Como se aprecia, parece haber toda una estrategia política. Y sí, la política se ha convertido en un asunto de control y manipulación, no de libertad y emancipación.
Disciplinar la investigación es, en muchas ocasiones, un asunto de improvisación, en otras, una cuestión de mala fe (en el sentido Sartreano de la palabra), y en muchas ocasiones también un asunto de ignorancia.
Muchos profesores, simplemente por cuestiones básicas de supervivencia, terminan ajustándose a elaborar programas en concordancia con los syllabus, y a investigar y publicar en acuerdo con las nuevas tendencias y políticas. Por miedo, por pasividad. Pero siempre hay otros que conservan su sentido de independencia y autonomía.
Como sea, en el futuro inmediato, parece que el problema no se resolverá a corto plazo. Debemos poder elevar alertas tempranas contra la disciplinarización de la investigación, y hacer de eso un asunto de discusión, estudio y cuestionamiento. Son numerosos los amigos y colegas que conozco que enfrentan este marasmo.
(Los) dos modos de avance de la ciencia
El primero, es de lejos, el estándar.
La investigación científica sucede análogamente al trabajo de los maestros de construcción en un edificio. Uno pone un ladrillo, otro más pone otro ladrillo, y así sucesivamente. Alguno pone el marco de una ventana, otro más cada vidrio y así sucesivamente hasta que se va completando todo el edificio. Se trata de un proceso, no acumulativo, pero sí que se va superponiendo como pequeñas capas geológicas. Ninguno tiene como finalidad revolucionar la ciencia y mucho menos transformar el mundo. Simplemente, hacen su trabajo.
Exactamente en este sentido, la inmensa mayoría de la investigación científica es minimalista por técnica, por especializada. Como el obrero experto en la tubería, el que es conocedor del cableado eléctrico, el que conoce como ninguno la plomada y la rectitud de los ladrillos, aquel otro que pinta los muros y paredes, por ejemplo.
Cada quien sabe hacer lo suyo, todos se implican recíproca y necesariamente, y ninguno adquiere, y ciertamente no a priori, un protagonismo más allá de su especialidad. Así sucede en la física, y en cada una de sus especialidades, en la ingeniería, en la inmunología, en la bioquímica, o también en la economía, por mencionar tan solo algunos casos.
Se trata de trabajadores intelectuales que, en el mejor de los casos, hacen la tarea. Hay quienes enseñan poco e investigan mucho, y otros más que escriben alguna cosa, son invitados a algún congreso nacional o internacional y que adquieren, durante un momento episódico, una cierta notoriedad y fama local. Existe un recíproco reconocimiento entre los investigadores, acaso cada quien reconociendo la valía de los demás. Como los maestros de construcción, esos que fueron llamados durante mucho tiempo “los rusos”.
Es en este sentido que se habla justamente de redes, esto es, de imbricaciones y colaboraciones, directas o indirectas, en las que cada quien se apoya en el trabajo de los otros, y todos en una red que confluye, ulteriormente, en la consolidación de la ciencia o la disciplina. El edificio del caso.
Y es que la analogía no es exagerada. En un caso como en otro, se les impone a obreros e investigadores metas, logros, cumplimientos, y se les establecen objetivos e indicadores precisos. Y cuando un edificio ha sido terminado –y vendido, entonces–, pues se comienza con la construcción de otro. Es lo que podría asimilarse como la conclusión de un proyecto de investigación y el inicio de otro. Que es la forma como se va construyendo esa urbe que es la ciencia en general. Hoy por hoy, una urbe cada vez más poblada, con mayores especializaciones, con recovecos cada vez más sutiles y difíciles.
Otro es el modo radical, pero inmensamente más difícil de avance de la ciencia.
La otra forma de avance de la ciencia no desplaza, en absoluto, al modo anterior, sino, lo supone. Mientras que allí tiene lugar, de manera imperceptible, el cambio de mentalidades, el segundo modo de avance de la ciencia es el que produce rupturas y discontinuidades, revoluciones y cambios profundos y estructurales.
Este segundo modo de avance de la ciencia no se propone, y ciertamente no de entrada, el cambio del mundo y la realización de una revolución científica o tecnológica. Pero lo que sí es claro es que, al final del día, por así decirlo, es que los científicos logran adivinar que se viene un cambio profundo y que las cosas cambiarán radicalmente. Y entonces dedican sus mejores esfuerzos y energías a llevar a cabo la revolución. Les creen, más que a las ideas, adicionalmente, a sus pálpitos e intuiciones, a su capacidad de apuesta y sus corazonadas (guts, en inglés).
Las revoluciones científicas suceden a través de dos caminos distintos, pero que, a cabo, pueden encontrarse, eventualmente. De un lado, se trata del trabajo descomunal, verdaderamente titánico, que logra realizar grandes síntesis. Son pocos los investigadores que alcanzan a visualizar, y mucho menos a proponerse la realización de grandes síntesis. Pues, como queda dicho, la inmensa mayoría son minimalistas por técnicos.
Y de otra parte, se trata de aquellos que son verdaderamente radicales, se enfrentan al destino, al mundo y a sí mismos, y se proponen rupturas y quiebres –frente a la tradición y frente a la corriente dominante de pensamiento (mainstream science)–. Literalmente, estos investigadores son ludópatas: apuestan los bienes más preciados a la empresa de innovación y descubrimiento. Pierre Curie muere por radioactividad, Einstein termina en una confortable soledad, Gödel es víctima de la paranoia y muere al cabo de hambre; cuando no son asesinados, como Turing, por preferencias personales, por ejemplo.
Porque enfrentarse a los poderes establecidos de la ciencia implica un cierto espíritu de radicalidad; mucho mejor, hybris (un concepto que conocían muy bien los griegos de la Grecia arcaica, y que bastante más que “pasión” o “pathos”). Se trata de una compleja mezcla de fuerte autoestima, espíritu de riesgo, capacidad de desafío, y mucho trabajo con tesón y disciplina, entre otras condiciones.
De suerte que el segundo modo de avance de la ciencia consiste en una capacidad de apuesta fuerte, y en mucha capacidad de autonomía, libertad y criterio propio. Grothendieck constituye uno de esos excelsos casos de independencia y ruptura. Pero la verdad es que la historia está llena de otros buenos casos, en casi todas las disciplinas.
Investigar como quien hace más que la tarea, y más exactamente como quien no hace la tarea. Porque su decisión y su apuesta son otros.
En filosofía no sucede algo diferente.
Teoría de las irregularidades
Ser occidentales, en la mejor tradición que se inaugura con Platón y Euclides, y todo lo que se sigue de ellos, consiste en creer que existen regularidades en la naturaleza. Así, por ejemplo, que la naturaleza tiene leyes, que existen leyes de la historia, que la sociedad se hace posible sobre la base de normas, en fin, que los tiempos y el espacio son regulares y estables. Dicho con la mecánica clásica, que existen ciclos, periodicidades, movimientos pendulares. Que sean unos más cortos o más largos es algo que no altera para nada el cuadro general.
La idea de regularidad se traduce filosóficamente con la noción del “ser”, y políticamente con los conceptos de control y de manipulación. Sociológica o arquitectónicamente, se trata de la creencia de que existen y son necesarias las jerarquías. En fin, que el mundo y la naturaleza son estables.
En la comunidad de complejólogos –esto es, quienes trabajan en ciencias de la complejidad–, existen caotólogos y también fractalistas, por ejemplo. Pues bien, el padre de los fractalistas es B. Mandelbrot, el fundador de la geometría de fractales.
La geometría de fractales es exactamente una teoría de irregularidades. Más exactamente, que la totalidad de los patrones en la naturaleza y en la sociedad son irregulares. La irregularidad se dice técnicamente como fractus, fractal. Posee una dimensión propia –o mejor, varias dimensiones (fractales)– y logra una comprensión inédita del mundo y la realidad, a saber: la naturaleza y la vida están marcadas o constituidas por intermitencias.
La marca de calidad de la naturaleza –como de la vida– es el cambio. Pero los cambios no son fijos, periódicos ni regulares. Por el contrario, son esencialmente imprevisibles, marcados por azar y contingencias, perfectamente aperiódicos. Análogamente al caos.
La idea de intermitencia significa que los sistemas irregulares son esencialmente abiertos, y que no existe, en absoluto, estabilidad alguna en sus dinámicas y estructuras. Los fractales son fenómenos o sistemas inestables y con turbulencias. El sello mismo de la complejidad.
Pues bien, la primera vez en la historia de la humanidad que la irregularidad nace es gracias a la geometría de fractales. Desde luego que existen aspectos técnicos, pero estos pueden quedar aquí implícitos. La fractalidad de la naturaleza, y mejor aún, la multifractalidad apunta de manera precisa a la ausencia de cualquier tipo de estabilidad.
Digámoslo mejor: la estabilidad existe, pero solo a escala local y en tiempos muy breves. En tiempos cortos y a escala local las cosas parecen permanentes, estables, regulares, sujetas a leyes. Pero la fractalidad permite una mirada en escalas múltiples, y esa multiescalaridad permite exactamente entender que la regla en el mundo y la naturaleza son los cambios, las transformaciones, la irregularidad.
Todas las teorías estándar habidas en la historia, en ciencia o en filosofía, así como todas las teorías normales vigentes en ciencias y disciplinas, actualmente son teorías de regularidades, de control, de estabilidad, de permanencia, de cambios graduales; en fin, de ciclos y periodicidades. Y por ello mismo no logran ver la complejidad del mundo y de la vida; esto es, el papel del azar y la aleatoriedad. En el “mejor” de los casos, la aleatoriedad es sometida a la teoría de probabilidades. Una teoría del control y del ser.
La geometría de fractales nace en ningún campo; o lo que es equivalente, en el cruce entre diversos terrenos. No nace más en la economía que en las finanzas, más en la matemática que en la termodinámica, o más en la geometría que la física estadística. Cuando la ciencia revolucionaria nace, no hay un solo nicho donde haya sido engendrada. Esto es algo que Th. Kuhn no alcanzó a ver. Por el contrario, dada la riqueza y las dinámicas del conocimiento hoy en día, la ciencia revolucionaria engendra su propio nicho de nacimiento, que no es uno específico, sino uno donde se cruzan tradiciones, métodos, lenguajes. Este fue el nacimiento de los fractales, esto es, de la teoría de las irregularidades.
Un rasgo biográfico, pero al mismo tiempo sociológico e histórico permea el nacimiento de la ciencia revolucionaria. Se trata del alto inconformismo por parte del investigador o pensador, y de la capacidad para identificar la ciencia normal y alejarse rápidamente de ella. Dos condiciones que se dicen fácilmente, pero que es muy difícil de llevar a cabo. Al fin y al cabo, el precio del inconformismo es la soledad y el aislamiento. Algo de lo cual un investigador verdadero se precia más que se duele. También en la ciencia y en la academia prima, como decía Nietzsche, el espíritu gregario.
Pero, ¿cómo identificar claramente las fronteras del conocimiento?; esto es ¿cómo ver el lugar en donde termina la ciencia normal y comienza… el vacío? Existen muy buenos indicios. Por ejemplo, la ciencia normal es aquello de lo que las mayorías hablan, o de lo que se ocupan “muchos”. La ciencia normal es aquella que está siempre a la mano y que convoca fácilmente. La ciencia revolucionaria, por el contrario, solo tiene indicios, vestigios, señales; pero nunca textos claros, establecidos.
Esto fue lo que experimentó B. Mandelbrot y lo que es evidente ante una mirada sensible y reflexiva en el panorama intelectual y cultural en general. Tenemos con nosotros una teoría de irregularidades. Pero el triunfo de la misma no fue nunca algo evidente, aunque sí sólido y robusto. La biografía se mezcla con el momento social y con la situación histórica. De esa compleja amalgama nacen ideas nuevas, enfoques creativos, lenguajes novedosos.
La teoría de las irregularidades es algo que incluso en la comunidad de los estudiosos de la complejidad no termina por asimilarse plenamente. Hay otros lugares más comunes, como la ciencia de redes complejas, por ejemplo. La plena consolidación de la teoría de las irregularidades tiene lugar a partir de 1995. Una historia que no está muy lejos de nosotros y apenas da sus primeros pasos. Pero agigantados.
Microhistoria.
¿Qué es la microhistoria?
Ya la ecología y la biología del paisaje lo supieron mucho antes: los sistemas vivos no existen y no dependen inmediatamente sino de los microclimas. Desde luego que el clima a gran escala, digamos a escala continental o planetaria, es un fenómeno ineludible. Pero, prima facie, los sistemas vivos existen, se adaptan y (co)evolucionan en función del microclima.
Pues bien, la existencia de los seres humanos no simplemente es el objeto de la historia; digamos de los macroprocesos económicos, políticos y militares. Si la Escuela de los Anales, en historiografía, descubrió la vida cotidiana, análogamente, la vida de los seres humanos se desenvuelve en términos de microhistoria. Esta vida cotidiana, y en esas escalas individuales y grupales, ha sido el objeto de la literatura. Por ejemplo, de ese género apasionante que es la historia novelada, una auténtica contribución a la comprensión tanto de las biografías como de la historia y los avatares de la existencia. Las cosas se desenvolvieron de tal o cual manera, pero bien habría podido suceder que, por circunstancias puntuales –¡siempre el azar!–, todo hubiera podido ser diferente; por ejemplo.
La microhistoria es acaso la más importante contribución para evitar el reduccionismo y el determinismo histórico. Es decir, creer que las cosas solo sucedieron en el modo como tuvieron lugar.
Hegel, alguien que no podría haber tenido jamás la más mínima conciencia de microhistoria, lo decía, sin embargo, en otro contexto, de forma afortunada. Se trata de ver lo universal de lo singular. “Formular las grandes preguntas con respecto a los lugares pequeños”, como se dice en este campo historiográfico.
La sociedad y la economía, la historia y la política, por ejemplo, se desempeñan –y se gatillan– en escalas pequeñas. Esas que siempre han sido reconocidas por la ficción. En la base de la historia, siempre, siempre están “las gentes pequeñas” –esos seres anónimos, los marginados, los sin voz, los excluidos, los que nunca han sido protagonistas y ni siquiera antagonistas, los enfermos, los pobres, los necesitados. Que son los que hacen la inmensa base de la vida humana en la tierra–. La diferencia, en el universo, siempre la marca, ulteriormente, el individuo. Las grandes unidades clásicas de la historia –incluidos el Hombre de Acción, el Filósofo, el Sacerdote, o el Científico– son simples abstracciones y desvían siempre la atención de una mirada más fina, más granulada.
Nacida en la década de los años 1970, en Italia, la microhistoria tiene dos avenidas principales, así: la microhistoria social y la microhistoria cultural. No es necesario, sin embargo, que ambas estén disyuntas.
Pues bien, es justamente esta mirada más granulada, con una pixelación más fina, la que permite enfocar la atención sobre planos, personajes, actuaciones que normalmente pasarían desapercibidos.
Existen historias locales, son posibles enfoques microscópicos que no por ello son necesariamente minimalistas, la vida humana está siempre atravesada por contingencias. Pues bien, estos son los temas de interés de la microhistoria. La fragilidad de los acontecimientos, la invisibilidad de los grandes cambios, la luz enceguecedora del anonimato. (Todo ello, hoy, en una época marcada, como sostenía con acierto A. Warhol, en la que cada quien aspira a sus quince minutos de fama, y en los que nadie termina finalmente por marcar las diferencias. Como siempre, las artes se anticipan muchas veces a las ciencias).
Es indudable que hay personajes, instituciones, decisiones macro que marcan en un momento determinado la historia. Pero es igualmente verdadero que la historia no es en absoluto posible sin esa otra polaridad que es la forma en que hechos intrascendentes se tornan en catalizadores de nuevas dinámicas y estructuras.
No existe un solo agente, o un solo polo en la historia. Esta es el tejido complejo de texturas, granulaciones, entrelazamientos diversos, todos los cuales van tejiendo, de forma sorpresiva siempre, las épocas, las sociedades, las vidas humanas. La historia es, en suma, ese cruce entre los siglos y los días, entre las décadas y los minutos, entre las grandes instituciones y las callejuelas, los cafés, las bibliotecas o las reuniones episódicas en donde se germinan cosas.
No sin ironía sostenía con acierto E. Ionescu, el padre de la literatura del absurdo, que la única enseñanza de la historia es que nunca aprendemos de la historia. Lo cual no está para nada distante del reconocimiento de Marx en el 18 Brumario: los seres humanos hacen la historia, pero no siempre la hacen como quisieran. La historia es la expresión más inmediata de la presencia del azar, del tejido delicado de la contingencia. Sí, ese destino que tejen las Parcas –Cloto, Láquesis y Átropos–, del cual ni siquiera los dioses escapan, y es lo que los seres humanos merecen en consonancia con sus propias acciones. Cada quien merece lo que hace, o deja de hacer.
(Cloto, aquella que hilaba la vida en la rueca y el huso; Láquesis, que medía con una vara la longitud del hilo de la vida; y Átropos, que era quien cortaba el hilo mismo de la vida. Solo que las tres nunca dejaron de existir y aún hacen lo suyo, de consuno, en algún lugar más allá del tiempo y el espacio. A donde los hombres solo pueden llegar en los sueños, por ejemplo).
No es, pues, la acción colectiva la única que define el tiempo y los acontecimientos; también cuenta la experiencia singular. En realidad, es la escala micro la que engendra la escala macro, pero es el tejido de ambas la que define el destino de los pueblos y los individuos.
La historia es el tejido complejo de hebras, texturas, densidades y granulaciones de escalas distintas que van marcando el destino humano: ese destino que se hace en el día a día, pero que se plasma, acaso, en última instancia, en la mirada general de los mapas. Pero sí, los mapas no son jamás, la geografía.
¿Qué es el efecto Flynn?
James R. Flynn (1934) es un psicólogo neozelandés que publica, sobre la base de grandes observaciones acumuladas, dos artículos en 1998 y 1999 en los que muestra una hipótesis singular: desde 1930 hasta hoy ha habido un crecimiento de la inteligencia humana de manera sostenida.
Desde luego que las bases de sus estudios pueden dar lugar a numerosas críticas, como ha sido en efecto el caso. Notablemente a partir de la medición de la inteligencia en términos del coeficiente intelectual. Un tema sobre el cual los propios psicólogos se encuentran lejos de alcanzar un consenso. Pero la tesis se sostiene: de manera consistente ha habido un aumento de la inteligencia humana en el curso del siglo XX y, digamos, lo que va corrido del siglo XXI. Un fenómeno de inmensa envergadura y consecuencias en numerosos ámbitos y planos.
Esta tesis no es ajena y, por el contrario, es perfectamente complementaria con el trabajo que en otro plano lleva a cabo S. Pinker (1954), un cognitivista canadiense, en un texto único: The Better Angels of Nature: Why Violence Has Declined (2012), y que ha sido traducido al español con el título Los ángeles que llevamos dentro: el declive de la violencia y sus implicaciones. Sencillamente, la violencia ha disminuido y hemos ganado ampliamente en moralidad, eticidad y humanidad.
Clara y concomitantemente, entre Flynn y Pinker, los seres humanos parecemos habernos vuelto mucho más inteligentes y, al mismo tiempo, moralmente mejores. Una dúplice tesis con una holgada atmósfera de optimismo. Una dúplice tesis que parece denostar contra los mensajes negativos, pesimistas y guerreristas de los grandes medios de comunicación. Un malestar en la cultura perfectamente orquestado y diseñado, como ya lo mostrara muy bien Z. Bauman.
Naturalmente que la tesis de Flynn como la de Pinker no debe ser tomada de manera lineal y mecánica. Existen conflictos, actos de violencia y los estúpidos siguen gobernando aquí y allá.
Caben dos posibilidades: o bien adoptar las tesis provenientes de la psicología y el cognitivismo –dos áreas muy próximas entre sí, por lo demás– como una verdad establecida; lo cual no es indiferente a críticas, escepticismo, comentarios agrios o destemplados. O bien, de otra parte, como indicadores, y entonces aparece una luz nueva, diferente, sobre la historia y la sociedad humana.
Lo cierto, lo evidente, es que a lo largo de la historia los seres humanos han alcanzado mayores esperanzas y expectativa de vida. Literalmente, hemos ganado, con respecto al pasado, una vida de más. Y es evidente, desde la biología y la ecología, que la longevidad constituye una marca evidente de adaptación (fitness) evolutiva. Y es igualmente incontestable que la ciencia en general y las tecnologías han desempeñado un papel principal en estos logros. Las políticas de salud pública, los avances en farmacología, los progresos en arquitectura e ingeniería civil, por ejemplo. Y es indudable que la educación y la información –por ejemplo, internet, en años recientes– cumplen un papel protagónico al respecto.
La idea no es que hoy sepamos más que antes. Tampoco es la idea que hoy pensamos más o mejor que antes. Simple y llanamente, se trata del reconocimiento de que nos hemos hecho más inteligentes, y ello confiere manifiestamente una ventaja evolutiva. Al fin y al cabo, una especie que aprende puede adaptarse más fácilmente a los cambios que una especie que no aprende, esto es, especializada. (La especialización es el primer paso para que una especie se torne endémica y en peligro. En todos los campos y sentidos). Pero es seguro que si los seres humanos se han hecho más inteligentes, están sentadas las condiciones para poder pensar mejor, para poder saber más, en fin, para poder vivir mejor. Personalmente no pensaría en términos de causalidad aquí.
Se han hecho algunas críticas al efecto Flynn. Notablemente, pareciera ser que en los últimos años, en algunos países, se evidencia una disminución de inteligencia. Como quiera que sea, es evidente que existen aquí entornos de complejidad que se correlacionan con los aumentos de la inteligencia. O bien, para decirlo con Pinker: entornos de complejidad que se correlacionan con la disminución de la violencia.
El conjunto de ciencias, disciplinas, prácticas y saberes deben poder sentirse interpeladas. Es como si dijéramos: la psicología y las ciencias cognitivas han arrojado el balón del lado de las otras ciencias en general. ¿Pueden decir algo al respecto? ¿La política, la economía, la medicina, la educación, la sociología y la antropología, en fin, las ciencias de la vida, las neurociencias, la inmunología, por ejemplo?
Tenemos ante nosotros una dúplice provocación, por decir lo menos. En un caso, se trata de un libro voluminoso, de más de seiscientas páginas, profusamente ilustrado con ejemplos y casos históricos y sociopolíticos, y bien argumentado. En el otro caso, se trata de dos artículos, cargados de estadística, pruebas y análisis de psicometría, pero de algo menos de sesenta y cinco páginas. En resumen, una auténtica provocación intelectual con alcances y derivaciones en varios planos y aspectos.
Lo cierto es que parece haber una imbricación cada vez más fuerte entre la evolución natural o biológica y la evolución cultural y social. Las distancias entre naturaleza y cultura son cada vez menores, y esto se pone de manifiesto crecientemente; una voz al respecto es la epigenética.
Una consecuencia inmediata puede extraerse sin el menor esfuerzo: no existe una “naturaleza humana”, pues por definición una idea semejante es ahistórica, y no sabe, por tanto, de evolución y cambio; en este caso, de crecimiento. Pero una conclusión también inmediata es inevitable, a saber: los seres humanos no terminan de hacerse cada vez posibles. Y la inteligencia –su inteligencia– constituye acaso una de las formas mejor acabadas para hacerse posibles. En ese proceso, nuevas posibilidades, nuevos horizontes se van avizorando o entreviendo, y de alguna manera, por tanto, construyendo. Contra todos los escepticismos, los seres humanos se hacen cada vez más inteligentes. Y, concomitantemente, menos violentos. Una buena noticia, sin importar lo que piensen los demás.
Las teorías coherentes
Th. Kuhn establece la distinción –jamás la jerarquía– entre la comunidad académica y la comunidad científica. Cabe aquí detenernos un instante en la segunda.
Un investigador destacado no simple y llanamente se concentra en autores, líneas y/o escuelas de pensamiento y determinadas técnicas y herramientas. Además y fundamentalmente debe poder ser capaz de discutir y elaborar modelos. Así, por ejemplo, modelos educativos, modelos físicos, modelos políticos, modelos matemáticos, modelos económicos. La más apasionante y difícil de las discusiones en este plano consiste en considerar: (a) cómo surge un modelo teórico; (b) cómo se mantiene o se sostiene; (c) cómo se echa abajo o se tumba un determinado modelo del mundo o la sociedad.
Pues bien, correspondientemente, un investigador de primera fila debe poder elaborar una teoría (decir “teorías” suena en realidad muy presuntuoso). Son numerosos que estudian, conocen y debaten teorías; constituyen un puñado selecto aquellos que desarrollan una teoría, en acuerdo con sus fortalezas y/o campos de trabajo.
El concepto de “teoría”, tal y como se lo conoce actualmente – esto es, por ejemplo, en el sentido de la teoría de la evolución o la teoría de la relatividad–, es perfectamente reciente. La primera vez que aparece el término como tal, es en 1600 con el libro Tellluris Theoria Sacra (conocido en ocasiones también como Theoria Terra Sacra) de Th. Burnetti. Teoría de la Tierra Sagrada.
Ocasionalmente alguien con formación filosófica podrá argumentar que el concepto de teoría se remonta al griego theorein, que significa contemplar, observar. Esto es cierto. Y, sin embargo, nada tiene que ver con el término de “teoría científica” tal y como se conoce y se emplea habitualmente.
Pues bien, prácticamente todas las teorías habidas en la historia de la humanidad occidental son y han sido teorías coherentes. Esto es, tienen la pretensión de ser conclusivas y/o concluyentes. En verdad, una teoría que no es concluyente y/o conclusiva no es, en el sentido normal de la palabra, una teoría es, tan solo, una hipótesis o una conjetura.
La primera y más radical reflexión acerca del significado de las teorías habidas en la historia se debe a K. Gödel, quien demuestra (= teorema) que se ha tratado y se trata, en verdad, de teorías triviales, por tautológicas.
Dicho de manera sintética, las forma como se han explicado los fenómenos hasta la fecha es atendiendo al sistema en consideración por sí mismo, o bien, a los componentes y a las relaciones del sistema en consideración. Debemos, sostuvo Gödel, poder pensar en términos no tautológicos, esto es, no autorreferenciales. La lógica paraconsistente pone de manifiesto que una teoría tautológica es trivial. Sorpresivamente, la mayoría de explicaciones sobre el mundo han sido… triviales, y, sin embargo, sostiene un argumento pragmático, “han funcionado”.
Otra manera de entender lo anterior es gracias a una aproximación importante en el marco de la filosofía de la ciencia: el coherentismo. El coherentismo (Ramsey, Bradley, Quine, Sellars, o Recher, entre otros) es sencillamente la tesis que sostiene que todas las explicaciones de un fenómeno deben cuadrar como un rompecabezas, unas con otras. Eso, coherencia.
Pensar en términos tautológicos o coherentistas, sin embargo, significa en realidad pensar en términos de incompletud. Gödel: si una teoría es coherente, entonces es incompleta. Una forma de entender esto es diciendo que las teorías estándar o normales son inconsistentes. La historia de la lógica, la matemática y la epistemología no ha podido recobrarse de la crítica de Gödel. Y de consuno, de las reflexiones por parte de la lógica paraconsistente.
Pues bien, un buen investigador puede reconocer que no es necesario ni inevitable que una teoría científica, del mundo o de una parte del mundo deba ser coherente o completa. Son posibles –e incluso, a fortiori, necesarias– otras teorías. Este es el tema, dicho ampliamente, de la metateoría que emerge de las lógicas no clásicas.
En verdad, son posibles teorías inconsistentes, teorías paraconsistentes y teorías subdeterminadas. Algo perfectamente inopinado e inaudito cuando se lo ve con los ojos de la tradición y/o de la ciencia normal, predominante todavía allá afuera. Este tipo de teorías son alternativas a las teorías completas (una vez más: concluyentes y/o conclusivas, o por lo menos con pretensiones de ser tal). Este nuevo panorama complejiza enormemente el conocimiento, y al mismo tiempo el mundo y la naturaleza.
La verdad es que el reconocimiento de que existen y son posibles teorías inconsistentes, paraconsistentes y subdeterminadas permite ganar enormemente en grados de libertad y en comprensión y explicación de los fenómenos del mundo. Y uno de ellos, quizás el más sensible de todos: la vida y los sistemas vivos. La vida-tal-y-como-la-conocemos, tanto como la vida-tal-y-como-podría-ser-posible.
Un investigador de primera fila, por así decirlo, no se encuentra ya abocado(a) a tener que trabajar con, ni a formular y desarrollar, teorías coherentes. Que por ello mismo son cerradas y percluyentes. Ello conduce a comprender el mundo en términos de ámbitos, áreas, campos o compartimentos, más o menos consistentes.
Sorpresivamente, pensar el mundo y la naturaleza consiste en indeterminarlos, algo perfectamente desconocido a la luz de toda la heurística conocida, la metodología y la lógica de la ciencia habida y normal. Indeterminar el mundo, la sociedad y la vida es perfectamente posible con la ayuda de tres formas de teoría perfectamente desconocidas hasta la fecha. Teorías inconsistentes, teorías paraconsistentes y teorías subdeterminadas.
Cuando los científicos, académicos e investigadores se dan a la tarea de desarrollar teorías científicas, del mundo o de una sección del mundo y la realidad. Que es lo que sucede la mayoría de las veces.
El medio es el mensaje
Marshall McLuhan (1911-1980) es un autor desconocido para la mayoría, excepto para los estudiosos de la teoría de la comunicación y un par de intelectuales y académicos adicionales.
Padre del concepto de la “aldea global”, el vórtice de todo su pensamiento es justamente ese: la idea de que, hoy por hoy (lo dice en 1967), lo importante ya no es el mensaje por sí mismo, sino el canal a través del cual se difunde el mensaje. La credibilidad, la atención y el impacto de una noticia o un texto cualquiera se mide no tanto por lo dicho, sino por el medio a través del cual se difunde. Eso: el medio es el mensaje.
Esto vale desde el mundo de las noticias (cnn en Estados Unidos o Globo en Brasil, El Universal en México, El Mercurio en Chile y así sucesivamente) hasta el mundo de la academia y la ciencia. Más vale decir algo en un medio prestigioso, popular y de alto impacto que en uno secundario, marginal y alternativo, por ejemplo.
Es lo que a su manera Thomas Kuhn designa justamente como la ciencia normal. La ciencia normal –que lo que hace es normalizar a los seres humanos– se caracteriza porque tiene sus propios canales de expresión y difusión, hasta el punto de que lo que el Gran Medio dice que es, eso es la Realidad. O la Verdad.
Así, al decir de McLuhan en otro de sus trabajos, los medios constituyen la extensión misma de los seres humanos (Understanding Media:The extensions of Man, de 1964). En general, la obra de McLuhan bien merece una segunda mirada. Pero no es ese nuestro interés principal aquí.
Lo cierto es que, mucho antes de la era de las “posverdades”, los “hechos alternativos” y las guerras de quinta generación (igual a las guerras en curso alrededor del mundo: Venezuela, Irán, Yemen, etc.), McLuhan anticipa con lucidez y clarividencia el núcleo del mundo que se proyecta hasta nuestros días: algo merece mejor credibilidad en función del canal o el medio que publica lo que se dice y se quiere decir. Vivimos la era que el autor canadiense designa como “del cliché al arquetipo” (1970).
Los académicos son los primeros prisioneros de este proceso de normalización de la inteligencia. Para los gestores del conocimiento (knowledge management) lo importante es que los académicos publiquen en medios de “alto impacto” y no lo que los académicos mismo dicen, piensan o publican. Como si la “verdad” prefiriera un canal de expresión mejor que otro.
Contra esta política generalizada y condicionada por la cienciometría, existe un movimiento creciente entre investigadores, científicos y pensadores que sostiene exactamente lo contrario. Lo importante no es el medio de la publicación, sino lo publicado mismo.
Esto le abre las puertas de par en par a la vitalidad del conocimiento antes que a su anquilosamiento y formalización. Juan es interesante por lo que dice e incluso por la forma cómo lo dice, no por el medio o el canal que emplea para decirlo. Radicalizando su idea originaria, McLuhan lo sostiene: el medio es el mensaje (1967), un estudio concienzudo acerca de la importancia de los efectos. Y tratándose de efectos, lo normal es el medio, no el contenido mismo.
De manera significativa, cabe recordar que la inmensa mayoría de artículos científicos (papers) que han implicado inflexiones importantes en la historia de la ciencia nunca se publicaron en revistas 1A. Por el contrario, en revistas, dicho hoy, tipo B o C. Un dato importante de historia de la ciencia con claras consecuencias de tipo, al mismo tiempo sociológico y político.
Lo que se encuentra en entredicho es toda la historia de la cultura en sentido amplio y, con ella, todo el capitalismo académico y el capitalismo intelectual. Paradójicamente, a raíz de un pensador –M. McLuhan– que no fue precisamente un liberal y mucho menos un izquierdista en cualquier acepción de la vida. Todo lo contrario.
¡Vale recordar que las más importantes casas de revistas científicas y académicas son empresas privadas que ganan ingentes sumas con esas revistas! Elsevier, Science Direct, Hindawi. Medios que terminan siendo el mensaje mismo. Como se observa, hay un problema serio.
Los gestores del conocimiento nunca han sido científicos o académicos por definición. Justamente por eso hacen gestión. Ministros, rectores, decanos, por ejemplo. Que son quienes promueven altamente la idea de publicar en medios de “alto impacto”. Como si, para decirlo en términos de Perú o de Colombia, El Comercio o El Tiempo no estuvieran interesados, no construyeran noticias y no sirvieran a intereses claramente preestablecidos, por ejemplo.
Sistémicamente cabe decir que lo que acontece en el plano de los medios de comunicación masivos ocurre análogamente en el plano de la ciencia y la filosofía. El medio termina siendo más determinante que lo pensado o dicho. Sin olvidar que en las guerras de quinta generación, la guerra psicológica y la guerra informacional constituyen ejes centrales además de la guerra económica, la política y la propiamente militar.
De aquí la importancia: (a) en un plano, de los medios de comunicación alternativos, y (b) en otro plano, de revistas y medios no convencionales para la publicación de reportes, informes, discusiones y artículos.
Para una sana inteligencia, lo que dice Pedro es bastante más significativo que el canal que elige Pedro, siempre que Pedro diga cosas inteligentes y críticas, novedosas y sensibles. ¿El medio es el mensaje? Sí, para todos aquellos que son normales. Sin olvidar la obra cumbre de ese filósofo argentino, José Ingenieros: El hombre mediocre. Pero para ello necesitamos de otro espacio más amplio.
¿Qué dice la ecuación Navier-Stokes?
En el año 2000, el prestigioso Instituto Clay –Clay Mathematics Institute– logró reunir el consenso de toda la comunidad de matemáticos alrededor del mundo acerca de los problemas fundamentales –digamos “últimos”– de las matemáticas. Fundado en 1998 como un instituto privado, presentó en Junio del 2000, en el Collège de France (París), el conjunto de los problemas matemáticos más importantes sin resolver y de los cuales depende la comprensión fundamental del universo y la realidad.
Los Problemas del Milenio reunidos fueron siete. Sin embargo, muy pronto uno de ellos fue resuelto por el genio matemático ruso G. Perelman. El instituto estatuyó un premio de un millón de dólares a quienes lograran resolver los problemas mencionados. En una serie discontinua de distintos artículos presentaré el significado de cada uno de los problemas mencionados.
Uno de ellos es la ecuación de Navier-Stokes (N-S). Esta ecuación es una variación de la segunda ley de Newton referida al movimiento de los fluidos. Por ejemplo, el clima, las corrientes oceánicas, las corrientes de aire y muchos otros fenómenos que interesan y afectan a numerosas ciencias, disciplinas y la ingeniería, por ejemplo. En consecuencia, la ecuación de Navier-Stokes se ocupa de sistemas o estructuras disipativas.
Las dinámicas de los fluidos son difíciles de entender y de explicar. Los fluidos son determinantes en las estructuras y procesos del planeta y del universo. Y, sin embargo, hasta la fecha no se sabe si existen soluciones a esas dinámicas y la comprensión es aún primitiva. En otras palabras: la comprensión fundamental en toda la historia de la humanidad ha sido acerca de estados. Carecemos, aún, de una teoría fundamental de procesos. La ecuación Navier-Stokes apunta en esta última dirección.
Los términos de la ecuación son, de un lado, una región de un fluido; y de otra parte, las fuerzas que actúan sobre esa región: específicamente, la presión, la tensión y las fuerzas internas de los cuerpos. Sobre esta base debe ser posible comprender cómo se mueven los fluidos. La dificultad estriba en que los fluidos tienen procesos y estructuras que no pueden plantearse en términos lineales o cuasilineales. Técnicamente dicho, la ecuación –o las ecuaciones– de N-S son ecuaciones diferenciales parciales no lineales. Tenemos ante nosotros, literalmente, un problema complejo.
Así las cosas, aquello que se encuentra en la base o en el horizonte de la ecuación de N-S son fenómenos y sistemas caracterizados por no linealidad, turbulencia, inestabilidad, velocidades relativas. Y, muy exactamente, los fluidos son fenómenos incompresibles.
El ingeniero y físico francés, Claude-Louis Henri Navier (1785-1836), logró en 1822 un sistema de ecuaciones en derivadas parciales para el flujo de un fluido viscoso (elasticidad y mecánica de fluidos). Por su parte, George Gabriel Stokes (1819-1903), matemático y físico irlandés, comienza a publicar en 1842 diversos artículo científicos (papers) sobre el movimiento uniforme de fluidos incompresibles, que contribuyeron, por primera vez, a comprender fenómenos como las nubes, las olas del agua o los flujos de los ríos. Vale mencionar que, paralela e independientemente, E. Haeckel propone el concepto de ecología en 1866.
Así las cosas, la ecuación Navier-Stokes hace referencia, genéricamente, al flujo de fluidos en un espacio R3 –y que significa un espacio de tres dimensiones: el mundo a nuestro alrededor–. Habitualmente se emplea el plural –y se habla entonces de las ecuaciones Navier-Stokes–, gracias al hecho de que la ecuación se plantea en términos de un vector.
Pues bien, la ecuación lo que hace es plantear un problema. Sin embargo, no es en absoluto evidente cómo la ecuación N-S puede resolverse.
Se han planteado diversas alternativas y todas ellas en términos de lo que en matemáticas se denomina “una solución débil” (weak solution). Una solución en matemáticas se dice que es “débil” cuando no existen derivadas parciales y, sin embargo, puede pensarse que satisfacen la ecuación en un sentido muy definido. Asimismo, una solución se dice que es débil cuando de un problema determinado se ha hecho una formulación muy general.
De esta forma, las ecuaciones N-S han sido empleadas con éxito para referirse a las dinámicas de fluidos en términos de velocidades. Tal es el caso, por ejemplo, de sus beneficios en la industria aeronáutica y aeroespacial; pero lo mismo acontece en el caso de la industria automovilística, en donde los beneficios de las ecuaciones N-S son altas y fundamentales.
Sin embargo, en la comunidad científica, en general, el Santo Grial, por así decirlo, de las ecuaciones Navier-Stokes consiste en el estudio y la comprensión del clima. Y con el clima, entonces aspectos tales como el calentamiento global y el debate en contra de los negacionistas de los daños infringidos al medioambiente por parte del sistema de libre mercado.
El medioambiente y el clima son fenómenos de altísima complejidad, cuya estructura, comportamientos y dinámicas apenas están siendo comprendidos. Como quiera que sea, intelectualmente, el aspecto maravilloso estriba en el hecho de que el caos fue descubierto gracias a una ciencia “menor”: la meteorología y los trabajos de E. Lorenz. Pasaron muchos años antes de que el tema se convirtiera en una teoría y en una ciencia mayor. Pues bien, las ecuaciones Navier-Stokes tienen su primero y más crucial enfrentamiento con el estudio del clima y el medio ambiente: fenómenos y estructuras esencialmente disipativos.
Nadie ha logrado hasta la fecha aportar una solución robusta a la ecuación Navier-Stokes. Mejores ideas, enfoques y aproximaciones se hacen necesarias. Entre tanto, se trata de un reto formidable, conocido como uno de los Problemas del Milenio. Uno de los más cruciales retos en la comprensión del mundo y del universo en el que vivimos.
¿Qué son las neurociencias sociales?
Una auténtica revolución científica tiene lugar al interior de las ciencias sociales. El estado de lo que normal o clásicamente se conocía como las ciencias sociales ha venido cambiando de forma radical. La interdisciplinariedad ya no es un discurso, sino una práctica cotidiana. Uno de los campos de punta que han emergido son justamente las neurociencias sociales.
El concepto nace en 1992, pero ya ha logrado posicionarse gracias a la existencia de una prestigiosa revista con el mismo título (Social Neurosciences), y se llevan a cabo reuniones periódicas de congresos internacionales, sociedades nacionales y redes activas de científicos que trabajan en este campo.
La idea de base es que no es posible comprender los comportamientos sociales al margen de la explicación acerca del funcionamiento del cerebro y de la biología. En realidad, los seres humanos poseen tres cerebros en uno: el cerebro reptiliano (emociones básicas, primarias), el sistema límbico (sentimientos) y el neocórtex (ideas y conceptos). El mundo humano no es sin la interacción entre los tres tipos de cerebros. Y a su vez, el cerebro incide sobre el cuerpo mismo (soma) y en la forma como nos relacionamos, actuamos o dejamos de hacerlo en un momento determinado.
La verdad es que las relaciones y las estructuras sociales inciden profundamente en el funcionamiento y en la propia estructura del cerebro y del propio organismo, algo que ha dado lugar, por otra parte, a uno de los descubrimientos más apasionantes: la cultura y el medioambiente inciden en la estructura: (a) de los genes; (b) de las neuronas y del propio cuerpo. La epigenética estudia exactamente estos aspectos. Ya no existe la cultura de un lado y la naturaleza de otro: ambos conforman un continuo dinámico que hace posible la vida, o la impide.
Pues bien, las neurociencias sociales estudian, de una parte, los mecanismos biológicos que subyacen a los procesos y comportamientos sociales. Comprar, sentir afecto o aversión, las relaciones con nuestras mascotas, los aspectos judiciales o los económicos, por ejemplo, son considerados comportamientos o procesos provenientes del funcionamiento del cerebro, del sistema endocrino y del sistema inmune –los tres conforman una sola unidad, en realidad, configuran un mundo social con tales o cuales características–. De otra parte, se trata de estudiar cómo la biología misma –y entonces hablamos a la vez de dos cosas: del enfoque Eco-Evo-Devo (ecología, evolución y desarrollo) y de biología de sistemas– aporta métodos, conceptos y explicaciones para el mundo social.
Digámoslo de manera puntual: ni biologismo ni sociologismo, por ejemplo. Antes bien, un nuevo campo cruzado que arroja nuevas y mejores luces acerca de lo que clásicamente explicaban la antropología, la economía, la política o la sociología.
Existen dos grupos de métodos en las neurociencias sociales. De un lado, técnicas propias de la psicología cognitiva y las neurociencias, como son las imágenes de resonancia magnético funcional, la electromiografía facial, los electromiogramas, las respuestas galvanizadas de piel, la simulación magnética transcraneal y varias otras. Sencillamente, se trata de leer las áreas de activación del cerebro en determinadas circunstancias, así como del estudio facial de emociones, circunstancias y eventos, los cuales traducen ideas, conceptos, temores y hasta principios.
De otro lado, al mismo tiempo, existe ya una tradición de métodos narrativos en el ámbito de las neurociencias sociales. En este caso, no de espaldas a los trabajos experimentales y teóricos, se trata de construir relatos en torno al problema de base. De esta suerte, los métodos cuantitativos y los cualitativos confluyen en este novedoso ámbito de trabajo cruzado.
Si es verdad que el principal problema de salud pública en los estados y las sociedades contemporáneas es la salud mental, las neurociencias sociales contribuyen como pocos campos a la explicación del fenómeno. Las enfermedades crónicas, por mencionar un ámbito, emergen como un reto inescapable para la convivencia de un mundo común para todos. Las enfermedades no transmisibles requieren aportes diferentes a los provenientes de la medicina. Pero es igualmente cierto que la cultura, en sentido amplio pero fuerte, constituye un caldo de cultivo para la “transmisión” de patologías y comportamientos erráticos. La no medicalización de la salud abre las puertas, de par en par, a las interacciones entre cultura, medioambiente y biología.
Las neurociencias sociales pueden intervenir de forma positiva en enfermedades biológicamente no transmisibles, pero que culturalmente pueden convertirse en epidemias. Pero con ello, ulteriormente, al final del día, en todos los temas y aspectos que competen a un saber vivir bien, a un saber vivir.
Al fin y al cabo, el cerebro es una instancia social, no ya simplemente personal o biográfica. Pero este es un tema al que apenas la ciencia y la cultura se están aproximando, en perspectiva histórica. El cerebro: la confluencia de tres sistemas distintos que forman una sólida unidad: el sistema endocrino (hormonas), el sistema inmune y el sistema nervioso central. Nuestro mundo, según parece, está cruzado por los tres. Debemos poder comprender esos cruces, entrelazamientos y refuerzos positivos y negativos a la vez. En ellos nos va la vida.
Una observación final: tradicionalmente se cree que existe interdisciplinariedad, en medicina, porque un internista trabaja con enfermeras, con inmunólogos, con oncólogos y terapistas, por ejemplo. O que hay interdisciplinariedad cuando trabajan físicos y biólogos, matemáticos y expertos en computación, por ejemplo. O en otro plano, que hay interdisciplinariedad porque trabajan historiadores y economistas, o antropólogos y sociólogos, o politólogos e internacionalistas, por ejemplo. En todos los casos, hay autoengaño por parte de las comunidades académicas y de investigación. Pues la verdadera interdisciplinariedad no sucede al interior de grupos o familias de ciencias o disciplinas. Por el contrario, sucede cuando trabajan familias y grupos distintos y cruzados. Las neurociencias constituyen un ejemplo conspicuo de verdadera interdisciplinariedad. Algo que en nuestros países está aún lejos de suceder.
El estudio del cerebro y sus aplicaciones
Uno de los programas de investigación científica de más largo alcance de punta hoy es el estudio del cerebro. De un lado, por ejemplo, encontramos la Brain Initiative en Estados Unidos, y de otra parte, en la Unión Europea, el Human Brain Project.
La psicología, las ciencias cognitivas, las ciencias del comportamiento, las neurociencias y las tecnologías aplicadas a las mismas: cinco áreas perfectamente entrecruzadas entre sí, y de una importancia estratégica desde varios puntos de vista.
El estudio del cerebro apunta directamente a conocer su estructura y funcionamiento, algo sobre lo cual, si bien la ciencia ha ganado un amplio terreno, es demasiado lo que falta por conocer. Al fin y al cabo, la condición mínima a partir de la cual los seres humanos hacen algo o dejan de hacerlo es el conjunto de sus creencias, temores, ilusiones, deseos, fantasías, creencia, frustraciones, angustias y relaciones con el entorno y con el mundo circundante. Es en el cerebro donde se incuban todas estas instancias.
Pues bien, a partir de, en relación con, las iniciativas y proyectos e investigación sobre el cerebro han emergido algunos campos singulares directamente vinculados o extensiones de las investigaciones en curso. Los más importantes de estos campos son los siguientes:
Neuropsicología: estudia las relaciones entre los procesos mentales y los comportamentales, directamente vinculados con el conocimiento del cerebro. El neuropsicólogo elabora el diagnóstico y tratamiento de los problemas cognitivos, de comportamiento y emocionales que pueden ser el resultado de procesos en el cerebro.
Neuroética: originariamente vinculada a la bioética, la neuroética consiste en el estudio de los valores, principios y comportamientos éticos y no éticos que tienen los individuos, de modo que puedan elaborarse diagnósticos y explicaciones acerca de por qué y cómo determinados individuos y colectividades actúan con base en tales criterios éticos, o bien en aquellos otros. No en última instancia, se trata de conocer los valores éticos y morales que se anidan en el cerebro de grupos y sociedades.
Neuroderecho: el sentido de una acción estaría anidado en el cerebro. Así, se trata de estudiar por qué existen patologías jurídicas, comportamientos ilegales, comportamientos antiéticos y tendencias a subvertir la ley con una u otra justificación. El neuroderecho permite conocer y anticipar conductas delictivas a partir del estudio del funcionamiento del cerebro en determinados ámbitos sociales, económicos, religiosos o militares.
Neuromarketing: ¿por qué hay un tipo de consumidores y no otros? ¿Por qué hay ciertas preferencias y cómo y por qué cambian? ¿Cómo son los sentidos afectivos y emocionales que permiten el consumo o lo inhiben? ¿Cómo surgen y se mantienen los gustos de las personas? Estos son algunos de los ejes del neuromarketing. Todo a partir de determinados estímulos de mercadeo, combinados con propaganda, publicidad y diseño.
Neurociencias sociales: de entrada, este grupo de ciencias, o enfoque, se concentra en la interface entre el sistema biológico de los seres humanos y sus comportamientos, poniendo énfasis en las relaciones entre el sistema hormonal y el sistema neurológico. De suerte que el cruce entre afectos y emociones, conjuntamente con procesos cognitivos y mentales, se erige como basamento para la comprensión del mundo social. Más puntualmente, el interés radica en la forma como los comportamientos sociales están marcados o influidos por el sistema inmune, el sistema endocrino, los procesos de metabolización y los aspectos mentales e intelectuales.
Neuroeducación: establecer por qué hay individuos y grupos que aprenden rápidamente y otros más lentamente es el objeto base de las preocupaciones de la neuroeducación. Es así como el aprendizaje y la didáctica deben poder encontrar en las neurociencias (funcionamiento del cerebro) las razones mismas de la pedagogía. En ningún área es tan evidente que el aprendizaje y el funcionamiento del cerebro forman un todo integrado que habrá de determinar las capacidades, las habilidades y las destrezas de los estudiantes o aprendices.
Neuropolítica: una de las áreas más sensible de las aplicaciones de las ciencias neurológicas que la política en general. Esto, todos los gestos, gustos, comportamientos e ideas acerca de poder, alianzas, relaciones, aceptación del statu quo, rechazo del mismo y otros aspectos concomitantes. En una palabra: quién es amigo del sistema y quién no lo es, tanto como quien podría no serlo. La ciencia de grandes bases de datos, el uso de las tecnologías sociales, internet y machine learning, las redes sociales y las tecnologías de comunicación (celulares, etc.) resulta capital en este plano. La idea aquí no es tanto diagnosticar comportamientos, como leer la mente de los usuarios y ciudadanos y entonces anticipar comportamientos.
Existe, naturalmente, una muy fuerte imbricación entre los campos antes mencionados. Y si en todo el uso de las nuevas tecnologías es determinante, en ninguno lo es como en la neuropolítica. En todos los casos, el afán es finalmente uno solo: conocer el cerebro para controlar comportamientos, conocer el cerebro para predecir conductas.
¿El cerebro? Una observación puntual se impone. En realidad, los seres humanos poseen tres cerebros ensamblados en una sola unidad. Estos tres cerebros son: el reptiliano (emociones), el sistema límbico (sentimientos) y el neocórtex (ideas y conceptos). No es evidente que las grandes, las mejores y las más altas decisiones tengan lugar en el neocórtex.
Vivimos una época que es verdaderamente una bisagra y, en ella, el estudio del cerebro resulta estratégico desde muchos puntos de vista. Asistimos apenas a los primeros atisbos de lo que se viene por delante.
Un mundo de información creciente
Vivimos un mundo crecientemente informado, un mundo en el que la información crece a ritmos descomunales. Sin embargo, contra todas las apariencias, la razones no son culturales, científicas o tecnológicas, por ejemplo. Las razones hay que buscarlas en la física.
En efecto, la base para comprender el tema se encuentra en dos planos distintos, pero paralelos. De un lado, en la termodinámica, y de otra parte en la teoría de la información de C. Shannon.
El contenido de información de un evento depende de cuán sorprendidos estamos por la probabilidad del evento que ocurre. Más exactamente, cuanto más sorprendidos nos encontramos, mayor información contiene el evento. Así, por ejemplo, los eventos predecibles, normales, anticipables; digamos incluso, los eventos aburridos –todos ellos– contienen poca información. Por el contrario, cuanto más sorpresivo es un acontecimiento, mayor información contiene. La cantidad de la información del mundo es directamente proporcional a la sorpresa, la aleatoriedad, en fin, la baja probabilidad del evento.
Pues bien, en un mundo crecientemente interrelacionado, un mundo que, literalmente, se ha vuelto pequeño en virtud de la información cruzada e interdependiente; en otro plano, en un mundo en el que los saberes se implican recíprocamente unos a otros y en el que los planos y los contextos son cada vez menos disyuntos, en un mundo semejante, eventos cada vez más improbables emergen. Y con ello, ganamos en información.
En verdad, cuando el mundo era de suma cero, una cantidad de información no tenía alcances globales y de largo alcance. Por el contrario, una vez que vivimos un mundo diferente de suma cero –ahora que nos encontramos en la cuarta revolución industrial–, eventos cada vez menos probables emergen y contienen información creciente, previamente inesperada e inaudita.
Los sistemas vivos procesan información análogamente a como el universo mismo es un sistema de permanente procesamiento de información. Pues bien, la segunda ley de la termodinámica –el principio de entropía de Boltzmann– sostiene que un sistema evoluciona al estado de máxima información en el que ya no es posible ganar más información, ni más información puede ser ya contenida (almacenada).
Pues bien, la entropía es la medida de aleatoriedad de un sistema. En otras palabras, cuando mayor es la entropía de un sistema, mayor información tiene o lleva el sistema en consideración.
De manera puntual, la segunda ley de la termodinámica afirma que un sistema físico alcanza la muerte cuando alcanza el máximo desorden. Esto es, cuando alcanza tal grado de saturación de información que ya no puede con ella; ya no puede procesarla. Dicho franca y literalmente: el sistema ya es incapaz de aprender más. Entonces llega la muerte.
Un investigador importante sostiene que la vida no termina cuando existe poca o baja energía libre disponible. Por el contrario, más exactamente, la vida termina cuando existe una sobredosis de información que ya no se puede procesar. La información creciente es una sola y misma cosa con la generación de entropía, que implica pérdida, agotamiento, incapacidad de procesamiento de información.
Pues bien, el procesamiento de información es computar. Solo que en medicina, en biología y en ciencias de la vida, la forma como se entiende la computación es como metabolización. Hay organismos que metabolizan muy lentamente y otros que metabolizan más rápidamente. Hay organismos que necesitan ayudas para metabolizar y hay otros que metabolizan sin dificultades, aprenden, se adaptan, son triunfantes en el entorno.
El universo se encuentra constantemente sometido a cambios bruscos, imprevistos, irreversibles. Y cuanto más improbable es un acontecimiento, mayor información hay. Inversamente, cuando menos improbable es un suceso, menor información existe. Pues bien, las dinámicas del universo, la naturaleza y la realidad se ven muchas veces sometidas a cambios bruscos, que es cuando aparece información creciente. Entonces la naturaleza debe tener la capacidad de procesar dicha información inesperada. En esto consiste la aleatoriedad, la contingencia, el azar.
El motor de la historia como el motor del universo no es la existencia de fenómenos de alta probabilidad. Por el contrario, el motor de la vida y la realidad es la aleatoriedad, no el determinismo, que es cuando existen fenómenos, sistemas y comportamientos de muy baja probabilidad, pero que tiene o llegan a tener lugar.
La ciencia en general se alimenta de sorpresas, y el asombro fue ya reconocido por los griegos antiguos como la madre del conocimiento. Cuando somos capaces de asombrarnos, cuando emerge la exigencia de procesamiento de información nueva. Y en consecuencia, la exigencia de un mejor procesamiento de la información.
Un científico importante sugirió la siguiente fórmula: “It comes from bit comes from qubit”, que significa que las cosas son, en realidad, unidades de información (no entes físicos por sí mismos), y que, a su vez, las unidades de información se fundan en información cuántica (qubit).
La información cuántica no es información de “o una cosa o la otra”, sino “las dos cosas a la vez, así sean diferentes”. Pues bien, a la fecha, el mejor modo de explicar el procesamiento de información es mediante la computación cuántica. Que es, según todo parece indicarlo, la forma como el universo y los sistemas vivos procesan información: desde las células hasta los órganos, desde las interacciones de unos organismos con otros hasta las dinámicas de biomas, nichos ecológicos y ecosistemas. Que son los lugares y formas como la información aumenta, crece, evoluciona.
Y entonces nos enfrentamos al más fabuloso de todos los dilemas: cómo procesar información creciente. En esto consiste exactamente la complejidad del mundo, la naturaleza, la sociedad y la realidad.
La lucha por la medalla de oro en ciencia, y en filosofía
Los griegos antiguos crearon la comedia y la tragedia. El drama fue un invento posterior. Pues bien, la tragedia en ciencia –como en filosofía– es que solo existe medalla de oro. En ciencia no existe medalla de plata, medalla de bronce, diploma de participación o premio de consolación.
La medalla de oro consiste en que solo se puede pensar aquello que no ha sido pensado, no se puede descubrir aquello que ya ha sido descubierto y no se puede inventar lo que ya está inventado. Esto significa, literalmente, que en la carrera de la ciencia, solo gana quien llegue primero. Y como en todas las carreras de largo aliento, ello implica mucha preparación propia, pero también mucha estrategia y conocimiento de los contendores, tanto como considerar imponderables de última hora (el azar).
La historia de la ciencia, de una ciencia y disciplina a otra, está plagada de ejemplos de atletas (del pensamiento y la investigación) que llegaron segundos o terceros y nunca lograron ganar una medalla de oro, que bien hubieran podido merecer. El factor tiempo juega un papel crucial en la investigación y en la publicación de los resultados.
En ciencia, el proceso investigativo permite y exige al mismo tiempo adelantar avances de investigación. Pero dichos avances deben ser de tal índole que la “gran sorpresa” (si existe; cuando existe) no deba ser anticipada con obviedad antes justamente del anuncio de la misma. Esta es una situación difícil, que en la práctica se dice fácil, pero resulta más complicada de llevarla a cabo.
El gran producto de la investigación –latu sensu– debe poder ser adecuadamente ponderado, de suerte que la publicación del mismo, en forma de artículo o de libro, por ejemplo, tenga lugar en el mejor de los momentos y de los canales posibles. Muchas veces es posible anticipar, si no esta línea de acción, sí, por lo menos, el umbral mínimo posible para que ello tenga lugar.
Es aquí exactamente cuando tiene lugar la especificidad de la ciencia, a saber: tiene canales específicos, propios, y hay que saber elegirlos. Es lo que los estadounidenses llaman, apropiadamente, “The right man in the right place”, una expresión que simple y llanamente denota la buena combinación de fortuna y oportunidad con estrategia y disciplina de trabajo.
Existen muchas forma en que se expresa la medalla de oro en ciencia –o en filosofía–, pero la más determinante es la adscripción de un idea original, un descubrimiento anodino o una invención inaudita a alguien. Los premios, si los hay o si los llega a haber, son simplemente el producto derivado del reconocimiento de que “X descubrió que Y”, por así decirlo. O que “la idea A fue originalmente formulada por B”.
Si el gran premio para un artista es un aplauso cerrado y acaso sostenido en el tiempo –y si se puede con ovación y todo–, para los pensadores y científicos el equivalente es el reconocimiento explícito de haber formulado con originalidad una idea, un invento o un descubrimiento.
Desde luego que siempre habrá antecedentes, una historia o prehistoria del logro alcanzado. Ese no es el punto. Cuando alguien es grande, existe explícitamente el reconocimiento de deuda a otros. Como Newton: sobre hombros de gigantes. Aunque claro, siempre puede haber excepciones a esta regla de nobleza e integridad intelectual (como es el caso propio de Heidegger, o de Habermas, entre otros).
Es suficientemente sabido que el mundo de la ciencia en general es un mundo de grandes egos. Pero una explicación parcial es justamente la medalla de oro que está en disputa. La verdad es que son siempre, por definición, para cada quien, muchos los competidores. Y cada uno mejor que el otro. Con todo y que siempre puede existir o aparecer un “novato” que salga con una idea, invención o descubrimiento que pueda ser sorprendente. Y que es generalmente lo que sucede.
La ciencia no avanza tanto por quienes ya son insiders, sino, muchas veces, por outliers y newcomers, que llegan con bríos, enfoques, aproximaciones y logros que pueden, al traste, lo que otros más avanzados en edad y en trabajo ya habían logrado. También la historia de la ciencia es abundante en ejemplos y casos al respecto.
La peor de las tragedias para un científico o filósofo consiste en el hecho de que un logro propio no se le reconozca como tal. No es ni siquiera que alguien le robe una idea, pues esta clase de fechorías siempre terminan por ser descubiertas. Robos existen todos los días, y malas apropiaciones de ideas. Esto es, casi, pan de cada día. Pero un gran logro es la gran apuesta, por así decirlo, de quien ha dedicado muy largas noches y días a elaborarla y, al cabo, escribirla y publicarla.
Porque, desde luego, la ciencia –como la filosofía– solo se hace, desde hace mucho tiempo, escribiendo y publicando. Solo que hay que saber hacerlo, y este es un arte que se aprende con el tiempo; o con un muy buen golpe de suerte. Que también existe. (En la época laica, la diosa Fortuna ha terminado siendo subvalorada. Casi todas las culturas y civilizaciones clásicas cuentan entre sus dioses al equivalente de la diosa Fortuna. “Suerte”, dirían las gentes hoy en día)
La ciencia –al igual que la filosofía– es un asunto de mucha disciplina y pathos personal. No una cosa más que la otra. Se trata de ese pathos y disciplina que se convierten en un estilo de vida, no simplemente en un trabajo o una labor.
Hacer ciencia –o filosofía– es una cosa sumamente difícil, porque solo existe medalla de oro. En todas las otras prácticas, oficios, actividades no necesariamente se tiene que ser el mejor. Existen legiones de profesores, y los hay muy buenos, excelentes incluso. Y hay también legiones de científicos, inventores, descubridores, pensadores. Aquellos llevan a cabo una labor fundamental, a saber: contribuir a la apropiación social, a la divulgación del conocimiento. Jamás podremos pagar suficientemente la deuda con ellos. Pero es que hay, además, la legión de quienes se dan a la tarea de crear –ideas, conceptos, modelos, teorías, ciencias–. Para estos solo hay medalla de oro. Aunque no todos puedan ganársela, e incluso no en franca lid, como juego limpio (fair play).
Una breve nota de antropología de la ciencia
Es un hecho establecido que en la ciencia y en la metodología normal, se habla: a) de El método científico (como si no fueran posibles otros, varios, múltiples), y b) de El método científico como consistente en observación, descripción, formulación de hipótesis, verificación o contrastación o falsación de la hipótesis con la experiencia, y entonces formulación de un modelo o de una teoría acerca de los fenómenos. Hasta aquí nada nuevo.
La pregunta que surge es: ¿qué explica, por qué razón se asumió desde la modernidad que el método científico consistía o consiste en estos pasos? La antropología aporta luces que permiten entender el mito fundacional de la ciencia clásica y normal imperante.
Cada época desarrolla la ciencia que puede y, al mismo tiempo, cada época desarrolla la ciencia que necesita. Pues bien, sin ambages, toda la ciencia moderna, desde Bacon hasta Pasteur, desde Vesalius hasta Galileo, desde Leeuwenhoek hasta Newton, por ejemplo, o también, desde Descartes hasta Adam Smith, es la ciencia de la burguesía como clase social en ascenso. Esta burguesía triunfará políticamente en 1789 y económicamente con la Revolución Industrial.
Si hemos de creer a dos fuentes distintas, pero cercanas, de acuerdo con Hegel en su libro Fenomenología del espíritu (1807) y a Marx en Contribución a la crítica de la economía política (1959), la burguesía no hace nada: simplemente paga para que los campesinos o los obreros hagan el trabajo. De forma habitual, un burgués no sabe coser un botón, no sabe cultivar la tierra o preparar un plato en la cocina, no sabe reparar una máquina, bañar un perro o cuidar de una vaca. Y es que no necesita saberlo porque tiene el capital que le permite pagar por el trabajo. Trabajo físico o intelectual que otros hacen.
El burgués de la modernidad temprana, mediana y tardía sencillamente observa pasar el mundo; observa los acontecimientos, incluso, si se quiere a distancia, y los describe. Desde la comodidad de su estudio, de su casa o de su hacienda, formula hipótesis y demás, pero jamás se ensucia las manos. La ciencia moderna genera una conciencia epifenoménica; es justamente la conciencia de la burguesía, en el sentido cultural, social e histórico de la palabra.
Precisamente por esta razón, el método científico nació y se estableció de la forma como se ha transmitido hasta la fecha.
El método científico nace como resultado de la mentalidad fisicalista producto del triunfo de la mecánica clásica y se corresponde perfectamente con la mentalidad deductiva o hipotético-deductiva que caracteriza a la civilización occidental: “si los hechos no se ajustan a mi modelo o a mi teoría, tanto peor para el mundo”. Los modelos jamás fallan; es, en el peor de los casos, la comprensión y la aplicación de los modelos –por parte de otros– lo que falla. La economía y las finanzas son un ejemplo conspicuo al respecto.
El mundo se observa a la distancia, y la distancia y el distanciamiento son justamente lo que da origen a la actitud, al método y a la aproximación del mundo propio de la ciencia moderna. Al fin y al cabo, la perspectiva, descubierta originariamente por Brunelleschi, implica el hecho cultural, científico y social de que cada quien tiene su (propia) perspectiva. Esto es, su punto de vista.
Así, la burguesía, contra el peso de la Iglesia en el medioevo, descubre que una perspectiva sobre el mundo y la realidad es posible, y ello va intrínsecamente ligado al descubrimiento del individualismo. Cada quien tiene su punto de vista. Y eso es respetable, se dice.
De consuno, el método científico permite y garantiza la objetividad y la universalidad de la ciencia, de los experimentos, de los argumentos. Que es justamente el fundamento de todo el mundo moderno. Y del mundo normal vigente a la fecha.
De esta suerte, el método científico se erige en canónica frente a los razonamientos tanto como frente a los fenómenos y los hechos. De partida, la primera afirmación fuerte de la conciencia moderna es el reconocimiento de los hechos, de los fenómenos: facts-data. Sin datos es imposible hacer ciencia, y los datos son susceptibles de observación y descripción, y demás.
De esta suerte, la forma normal de hacer ciencia es tomando distancia de los fenómenos, y sí, justamente, observándolos, describiéndolos y los demás pasos. Dicha ciencia y método garantiza varias cosas, así: en primer lugar que la prerrogativa de la buena conciencia consiste en observar y explicar el mundo y que, por tanto, es la prerrogativa de la buena ciencia formular modelos acerca de la realidad y la naturaleza. La capacidad comprensiva y explicativa del modelo define exactamente la realidad misma de los fenómenos.
Pues bien, la conciencia epifenoménica, fundante de El método científico es, al mismo tiempo, una conciencia distante e indolente del mundo. Como lo pusieron de manifiesto gente como I. Prigogine y S. Kauffman, desencantó el mundo. El mundo se volvió, simple y llanamente, un amasijo de hechos, datos, observaciones y modelos; y en el mejor de los casos, de teorías subsecuentes.
Una conciencia semejante no se compromete con el mundo ni con nada, porque ya tiene sus intereses creados, sus zonas de confort y sus ganancias aseguradas de antemano. La indolencia, el desapego y el desafecto son las consecuencias necesarias del método científico. “Que al mundo le duela lo que le haya doler, porque la ciencia es objetiva y universal”. Lo cual, en realidad, no es sino la traducción epistemológica de la más cara de las consignas de los poderes e imperios: “dura es la ley, pero es la ley”, desde los romanos.
Por lo demás, el desencantamiento del mundo vuelve psicótico al universo del conocimiento: es exactamente la idea de las dos culturas; las ciencias de un lado y las humanidades de otro.
Como se aprecia, la antropología de la ciencia permite comprender el más apasionante de los fenómenos científicos, metodológicos y semánticos actuales, en curso: nos encontramos en medio de una auténtica revolución científica, en donde emergen muy buenas razones y dudas frente a la idea de un método científico único, y del estatuto de dicho método.
La historia en el futuro inmediato pondrá de manifiesto lo que pueda suceder de la revolución científica en curso en la que nos hallamos todos, inmersos. Entonces, la propia antropología de la ciencia habrá cambiado, junto al cambio mismo de la ciencia y del mundo.
Las nefastas consecuencias de la metafísica
La metafísica es un asunto que aparentemente interesa solo a los filósofos, pero cuyas consecuencias se sienten en toda la sociedad y por toda la cultura.
La metafísica instaura, ya en los comienzos de esta civilización occidental, la división entre teoría y práctica. Y de consuno, enseña a pensar en términos analíticos –esto es, mediante división, segmentación, fragmentación–, así como a clasificar y jerarquizar el conocimiento y a la naturaleza entera. Entonces la sociedad aprendió a clasificar y a categorizar todas las cosas. Como si fuera algo natural.
Más allá de las particularizaciones técnicas de la metafísica – por ejemplo la preocupación por el to on he ion, o acaso también por el to ti en einai–; más allá de los accidentes que afirman que la metafísica se debe a un capricho de un tal Andrónico de Rodas; más allá de que los filósofos hayan afirmado durante milenios que la metafísica es el tronco del árbol del conocimiento, lo cierto es que todas las áreas que alguna vez formaron parte de la misma se han independizado con el curso de los tiempos.
Así, por ejemplo, nació la lógica sin metafísica (una expresión precisa de E. Nagel, un lógico conspicuo); nacieron todas las ciencias sociales y humanas, y la propia física y las ciencias naturales, la última vez que usaron el mote fue justamente con Newton cuando habló de una “filosofía de la naturaleza”. Nació la estética y también la historia al margen de la metafísica y la ontología, y adquirieron, todas, un estatuto social y un estatuto epistemológico propio. En fin, todos los campos que alguna vez formaron parte de la filosofía, sin más, se independizaron de la misma. (Todos menos uno: la ética; pero esto es tema de otro texto aparte). Sin embargo, el estilo de pensamiento (mindset) de la metafísica permaneció.
Todo comenzó antes de Aristóteles, con Platón. En su lucha, siempre bien justificada, contra los sofistas, la palabra más repetida en toda la obra de Platón es horismós; esto es, distinción, distingamos. Y se establecieron distinciones de conceptos, de planos, de contextos.
Al fin y al cabo los sofistas –cuya expresión contemporánea son los populistas, los de izquierda o los de derecha– siempre han mezclado todo, hacen un batiburrillo mental, tienen una inmensa capacidad retórica y van confundiendo a las gentes con cosas que nada tienen que ver unas con otras, mezclando lo que se puede mezclar, uniendo lo que no tiene el caso unificar.
Y entonces Sócrates-Platón insiste: separemos, distingamos, no confundamos, vayamos por partes. Las tiranías y dictaduras de toda clase siempre han encontrado en las funciones del lenguaje armas más idóneas y han armado guerras y conflictos, y alcanzado o conservado el poder a fuerza de palabras que-no-dicen-cosas, alterando los hechos, torciendo los fenómenos y la realidad. Al fin y al cabo, las gentes incautas, siempre han confundido retórica y verbalidad con inteligencia; pues así fueron acostumbrados desde hace mucho tiempo.
La metafísica murió como ciencia, pero permanece aún como estilo de vida y de pensamiento. Y se cuela por las rendijas de la cultura y las disciplinas, haciéndole, finalmente, todos los favores que los violentos, los superficiales (mafiosos de todo tipo, por ejemplo) y los detentadores del poder desean.
En el mundo de la ciencia, permea la metafísica al distinguir entre investigación básica e investigación experimental o aplicada; o al creer que el análisis es la forma natural del pensamiento humano, olvidando las síntesis, y los juegos libres; o al insistir, de tantas maneras y con tantos mecanismos, que el mundo, la realidad, la naturaleza y la sociedad deben jerarquizarse y clasificarse en compartimentos, con cualesquiera denominaciones y justificaciones. Como si la vida misma fuera un aparataje de vitrales y mosaicos, y la luz de la naturaleza fueran esos artificios de vitrales.
Y entonces se establecieron, de manera consolidada, las divisiones de géneros literarios, y se afirmó que había formas de conocimiento, de expresión y de pensamiento más dignos que otros. Cuando, en realidad, las divisiones y clasificaciones del conocimiento se traducían en verdad en clasificaciones y divisiones entre los seres humanos. Como si, ulteriormente, hubiera unos seres humanos más dignos que otros; a saber: justamente aquellos que disponían de los conocimientos mejores y más elevados.
En consecuencia, se le enseñó a toda la tradición a pensar en términos de fundamentos. Y es que en eso exactamente consiste la metafísica. Como dicen los filósofos técnicos: meditationes de prima philosophia. Y todos los saberes y conocimientos buscaron y demandaron de fundamentos. Por definición, fundamentos absolutos, de los cuales no cupiera dudar. La metafísica hizo fundamentalistas a los seres humanos. Y la historia subsiguiente ya es conocida, hasta la fecha.
Y toda la historia desde entonces se asumió en los términos mencionados; justamente, como algo normal, algo que va de suyo: categorizar, fundamentar, clasificar, separar, dividir, jerarquizar. Y, sobre todo, identificar la esencia de la apariencia. Lo demás fue compartimentar todos los conocimientos, saberes, prácticas y, por tanto, formas de vida.
No obstante, lo apasionante de la ciencia y el conocimiento de punta en el mundo es que estamos aprendiendo a reconocer la insubsistencia de esa tradición y aseveraciones. En suma, estamos aprendiendo a pensar y a vivir sin metafísica, ni siquiera como estilo de pensamiento. En esto consiste, exactamente, la revolución científica y cultural en curso, incipiente, pero segura; joven, pero aventada. Vivimos los albores de nuevos estilos, formas, modos y contenidos de pensamiento. Y, por tanto, de vida y de relaciones con el mundo y la naturaleza. Los indicios son claros, los signos son contundentes, los trazos están definidos, aunque inacabados.
Pensar y vivir sin metafísica, en toda la línea de la palabra, significa vivir y pensar sin deudas con el pasado. Sin deudas que no son, por lo demás, nuestras, sino heredadas de tradiciones cada vez más distantes. Los mayores han pagado las deudas que, por lo demás, no les correspondían; los jóvenes pueden lanzarse a soñar, imaginar y crear mundos nuevos y mejores. ¿Y la metafísica? Quedará como una palabra, un referente que ya no es, en modo alguno, necesario hacia futuro.
¿Qué dice la neurobiología de las plantas?
Parte de la vitalidad del conocimiento que tiene lugar actualmente en la ciencia de punta es el permanente nacimiento de nuevas ciencias y disciplinas. Pues bien, lo que ayer se llamaba botánica hoy se denomina biología molecular. Y más exactamente, en relación con el estudio de las plantas, ha surgido no hace más de dos décadas, la neurobiología de las plantas. La punta de esta área del conocimiento se sitúa en Italia.
Los estudios sobre neurobiología han sido determinantes para comprender el funcionamiento del cerebro y, más allá aún, las relaciones entre mente y cerebro, y entre mente y cuerpo. Sin embargo, hasta la fecha, el foco principal se había concentrado en los seres humanos y en algunas especies animales.
Las plantas son seres vivos que piensan, huelen, sienten, comen, digieren, se reproducen, ven y recuerdan, a pesar de carecer de esqueleto, cerebro, estómago, aparato digestivo, ojos o nariz. La organización de las plantas es modular; a la manera de múltiples centros de control, distribuidos desde las puntas de las raíces, pasando por las raíces mismas, el tallo, las ramas y las hojas. Si se prefiere, las plantas son humanos con la cabeza metida en la tierra y los pies y manos hacia el aire.
Estudios recientes coinciden en señalar, sin ambigüedades, que las plantas tienen más de cinco sentidos –por lo menos más de quince–, que sienten, son inteligentes y piensan. Exactamente como los seres humanos, o mejor aún. La única “dificultad” que tienen las plantas, en general, es que son lentas. Específicamente, comparadas con los humanos y los animales, son demasiado lentas. Y, sin embargo, se mueven, actúan, entienden el entorno, lo modifican en provecho propio.
La anatomía y la fisiología de las plantas son fascinantes, tanto que, en numerosas ocasiones, algunos de los descubrimientos biológicos más importantes han tenido lugar a raíz del trabajo e investigación con plantas, antes que con animales. Desde Mendel hasta B. McClintock o R. Jorgensen, por ejemplo. Solo que la comunidad científica se ha demorado –siempre– en reconocer la valía de los estudios sobre botánica y ocasionalmente solo lo ha hecho cuando las mismas investigaciones se han llevado a cabo sobre la célula animal y procesos con animales.
Las plantas procesan información, pero lo hacen de forma distribuida, paralela y no local, a diferencia de los animales, incluidos los humanos. La organización modular de las plantas permite un descubrimiento fantástico, a saber: una planta no es un individuo; mejor aún, es una colonia, y su inteligencia es exactamente inteligencia de enjambre (a la manera de los insectos sociales, las bandadas de aves o las escuelas de peces, por ejemplo). Para la comprensión de la complejidad de la vida, el procesamiento de información y la trama de los sistemas vivos, estos descubrimientos marcan una verdadera inflexión.
En verdad, las plantas poseen procesos fisiológicos que arrojan nuevas y refrescantes luces sobre el conjunto de los seres vivos en el planeta. Así, por ejemplo, la célula de las plantas y de los animales son exactamente iguales con una salvedad puntual: las plantas poseen, además, cloroplasto, y es ese factor el que hace posible la vida en el planeta.
En efecto, las plantas producen componentes biológicos orgánicos volátiles (BVOCS, en inglés), encargados de destruir y producir moléculas permanentemente en la atmósfera. De manera puntual, controlan y regulan el balance de oxígeno en la atmósfera, de suerte que nunca baje del 18 % o suba del 22 %, pues, en un caso, el planeta se congelaría y, en el otro, el oxígeno se haría combustible. La fotosíntesis es la expresión epidérmica de la importancia de las plantas para el sostenimiento de la vida en el plantea.
El fenómeno es apasionante. De la pregunta clásica originada en los griegos acerca de lo específica y distintivamente humano, hemos pasado al descubrimiento gradual, de que algunos atributos que se creyeron siempre propios de los humanos son compartidos con las diferentes escalas de los animales. Hasta llegar, ahora, a las plantas. El punto crucial, sin duda, lo constituye el problema de la mente y la conciencia. Pues bien, también las plantas saben, aprenden, recuerdan, son conscientes y son inteligentes. La diferencia estriba en los tiempos, ritmos y pasos lentos del “reino” vegetal.
De manera atávica, se ha considerado que las cucarachas constituyen un ejemplo conspicuo de resiliencia de la vida. Los ejemplos típicos son su capacidad de supervivencia ante explosiones o bombas atómicas (Hroshima, Nagasiaki, Chernobil). Pues bien, lo cierto es que al lado de las cucarachas, las plantas constituyen otro ejemplo de robustez y resiliencia de la vida. O como lo sostiene algún autor, de antifragilidad de la vida. Es decir, la capacidad para aprovechar circunstancias negativas y convertirlas en oportunidades de desarrollo y adaptación.
Asistimos, manifiestamente, a una época de una magnifica vitalidad en el conocimiento. Y entre las expresiones más recientes y sólidas se encuentra la neurobiología de las plantas. Un capítulo refrescante de la complejidad misma de la vida. Hasta el punto de que toda la cadena de la vida depende absolutamente de las plantas, esto es, de su inteligencia, aprendizajes y adaptación. Lo demás es la imagen inflada de los humanos sobre sí mismos y, con ellos, en un nivel inferior de los animales.
Dos estudios puntuales sobre neurobiología de las plantas son What a Plant Knows. A Field Guide to the Senses of Your Garden and Beyond, de D. Chamowitz (2013), y Brilliant Green. The Surprising History and Scienc of Plants Intelligence, de S. Mancuso y A. Viola (2015). Sin embargo, son cada vez crecientes los trabajos en esta dirección, para no mencionar la Society for Plant Neurobiology, creada en el 2005. Sí, la lingua franca de la ciencia es el inglés.
Tres notas sobre los estudios animales
Es imposible comprender la complejidad de los sistemas vivos sin atender a la importancia de los animales. Sin embargo, lo que sean los animales está bastante lejos de ser un asunto claro. Pues bien, desde no hace más de dos lustros ha surgido un nuevo campo de estudios y trabajo de corte eminentemente transversal, interdisciplinario y cruzado: los estudios animales (Animal Studies), y en ocasiones estudios críticos animales (Critical Animal Studies); con contribuciones de la literatura y la filosofía, la psicología y la antropología, las ciencias cognitivas y la biología, la ecología y la música, entre varios otros.
La finalidad de los estudios animales puede sintetizarse en tres aspectos, así: a) precisar la economía de los animales en la cultura humana y su papel en el desarrollo de la cultura misma; b) poner claro qué es un animal, en general, y cuál es su función en la economía del planeta y de los sistemas vivos; c) estudiar cómo contribuyen los animales a la formación de la propia conciencia humana.
I
Según Aristóteles, pero con él, en la génesis del liberalismo, Hobbes y Rousseau, la historia consiste en el tránsito de la animalitas a la humanitas. Aquella ocupa un lugar secundario y debe ser desplazada; esta otra tiene preeminencia y jerarquía y se exalta sobre el conjunto de la naturaleza. Ulteriormente, todo el mundo político y social, económico y cultural contemporáneo –además, claramente, de la historia– se asienta, abierta o tácitamente, en aquella distinción.
Conceptos y prácticas como pastor y rebaño, disciplinar, domar y enderezar, liderazgo y grupo, se afirman en el mundo normal sobre el horizonte (implícito) de la distinción entre humanos y animales. Para no hablar de considerar a individuos y grupos como animales mismos. No hace mucho, los cordones sanitarios suponían esa separación, de tipo al mismo tiempo ontológico y epistemológico.
Pues bien, la historia del descubrimiento de los animales como seres vivos es muy reciente y culturalmente no llega más allá de unos cincuenta años hacia atrás, incluso a pesar de la constitución de las primeras sociedades defensoras de animales a finales del siglo XIX. El mundo, real o imaginario de los niños, está plagado de animales; los adultos, por el contrario, por regla general, hace rato que han dejado de convivir con los animales y en el mejor de los casos tienen mascotas. Hasta llegar a ese desvarío social y económico que es la industria agrícola y agropecuaria, esto es, el animal como objeto de consumo.
Occidente, por regla general, es la historia del alejamiento de los animales –y con ellos, de las plantas mismas y de la naturaleza–, y la creación de esa dicotomía enfermiza que es la díada: naturaleza-cultura. Una enfermedad cuyos cimientos se remontan a la Grecia antigua. Occidente se relaciona con los animales como con una posesión: poseer ganado, poseer tierras, poseer aves de corral o perros.
Y, sin embargo, la verdad es que es imposible comprender la existencia misma de los seres humanos en el mundo al margen de los animales. Ellos permean, incluso, temas tan sensibles como la justicia, los roles de género, la educación y la regulación de la comida y los ciclos de nutrición. No, en última instancia, la historia de estas relaciones no es otra cosa que la separación (tajante) de las ciencias sociales y humanas y las ciencias de la vida.
II
Los animales son inteligentes, aprenden y perdonan. Hay animales que crean instrumentos y que tienen tecnologías; hay animales que usan matemáticas y los que se comunican mediante el canto; hay animales monógamos y los hay también polígamos; existe el homosexualismo y el lesbianismo entre animales, y todo depende de los ciclos y los procesos; hay también animales con complejos ritos sociales de todo tipo; y los hay sociales e individuales. Sin la menor duda, toda la complejidad de la vida social humana existe, de un plano al otro, entre los humanos, con la excepción de que no existe jamás el canibalismo (físico o simbólico) intraespecie.
Siempre se ha dicho que los perros tienen el desarrollo moral de un niño de tres años y que los himenópteros sociales son ejemplos de aprendizaje y adaptación. Hace ya un tiempo que la etología y la primatología descubrieron los fundamentos de la moralidad y la ética entre mamíferos superiores. Y los animales desempeñan un papel fundamental en numerosas terapias de curación, sanación y rehabilitación de humanos.
Es de tal importancia el papel de los animales, en general, en la formación de la conciencia y la autoconciencia humana que, se ha dicho, si los animales no existieran, habría que inventarlos, y nuestra propia historia sería absolutamente distinta. Los animales se encuentran en el ADN de las culturas, los pueblos y las sociedades de todas las épocas y lugares. Sin ellos, los seres humanos no serían simples: difícilmente existirían.
III
En nuestro contexto, los animales se estudian en las Facultades o Programas de Veterinaria o Agronomía. En cualquier caso, lejos, muy lejos de las Humanidades y las Ciencias Sociales. En contraste, los programas sobre Estudios Animales nacen y se reproducen rápidamente alrededor del mundo. De Estados Unidos a Australia y de Inglaterra a Alemania, del África al Asia Meridiana. Existe incluso ya una maestría en el tema, de corte eminentemente interdisciplinar. Y, sin embargo, el primer Congreso Anual sobre Estudios (Críticos) Animales se llevó a cabo en el 2013, lo que muestra la juventud de este campo de estudios.
Los animales, una dimensión de la realidad que aún desconocemos ampliamente. Efectivamente, podemos afirmar que están vivos. Pero, ¿qué significa tener una vida? Esta puede ser la columna vertebral de esta área de trabajo e investigación. Un motivo fabuloso de reflexión acerca de la complejidad de la vida.
¿Qué es el programa Langlands?
Una mirada externa a las matemáticas sugiere que estas se dividen entre matemáticas puras y matemáticas aplicadas; o bien entre las matemáticas de sistemas continuos y las de sistemas discretos; o acaso también entre las matemáticas puras (la teoría de números, notablemente) y aquellas más vinculadas a la física (física matemática) o a la economía (matemáticas financieras), por ejemplo. Y para muchos permanece aún la duda acerca de si las matemáticas son de verdad una ciencia, o un lenguaje; a saber: el lenguaje de las ciencias.
Robert P. Langlands es un matemático canadiense que, en 1967 inicialmente y luego también en 1970, lanzó lo que ya ha llegado a conocerse como “El Programa Langlands”. Se trata de una ambiciosa propuesta –una serie de conjeturas– que vinculan los grupos de Galois, la teoría de números algebraica con las formas automórficas y la teoría de la representación de grupos algebraicos con campos locales y anillos de adele. En una palabra: el Programa Langlands es la primera teoría que propone una Gran Teoría Unificada de las matemáticas. Algo que hasta entonces jamás se había pensado ni propuesto.
Los físicos nos han acostumbrado, desde cuando se configuró el Modelo Estándar, a la idea de una Gran Teoría Unificada –un sueño que a la fecha permanece más como un deseo–. Hay varias versiones de esta teoría, pero la forma más elemental consiste en decir que busca unificar la teoría del macrocosmos –la teoría de la relatividad– con la teoría del universo subatómico –la física cuántica–. Existen varias propuestas que buscan alcanzar una teoría semejante. Para usar una expresión cara a los físicos, se trata, sin más ni más, de leer la mente de Dios.
Pues bien, en matemáticas algo análogo jamás se había propuesto antes de Langlands –un matemático activo que actualmente trabaja como Profesor Emérito en la oficina que alguna vez fue la de Einstein en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton–. Langlands ha sido reconocido con los más grandes premios y honores que un matemático puede alcanzar, con la excepción de la Medalla Fields (el Premio Nobel en Matemáticas), por cuestiones de edad (solo se puede recibir la Medalla Fields cuando se tiene menos de cuarenta años de edad).
La idea de base del Programa Langlands es la simetría, sin duda uno de los ejes verticales fundamentales del mundo y de la realidad. Lo que busca el Programa Langlands es sencillamente construir puentes en el numeroso archipiélago que son las matemáticas. Dicho escuetamente, el Programa Langlands se propone ordenar – matemáticamente– la información. “Crear orden a partir del caos”, algo que no resuena muy lejos para quienes conocen algo los trabajos de E. Lorenz sobre el caos, o de I. Prigogine sobre termodinámica del no equilibrio.
En matemáticas una conjetura tiene una connotación perfectamente distinta a la que se usa en filosofía o en epistemología, por ejemplo. Mientras que en estos campos tiene una acepción semejante a “verdad provisoria”, en matemáticas es una afirmación que se supone cierta, pero que no ha sido demostrada ni refutada. Algunos ejemplos conspicuos de conjeturas matemáticas son el último teorema de Fermat, la Conjetura de Goldbach, la hipótesis de Riemann, el Problema P vs NP, la Conjetura de Birch y Swinnerton-Dyer, o la Conjetura de Poincaré (demostrada hace poco por G. Perelman). Como se aprecia, sin ambages, se trata notablemente de los Problemas del Milenio (planteados por el prestigioso Instituto Clay de matemáticas).
En matemáticas una conjetura es bastante más que una “hipótesis de trabajo”. De entrada, es una afirmación cierta, pero que debe ser confirmada o refutada.
En el Programa de Langlands, la unidad básica no son ya los números naturales. Estos son transformados en espacios vectoriales, con lo cual se ganan muchos grados de libertad. Los números cobran vida en forma de espacios vectoriales. Por ejemplo, solo es posible restar 2 a 3 de un modo preciso. Pero es posible inscribir una recta en un plano de muchas formas diferentes. Mientras que los números naturales –Ν–, forman un conjunto, los espacios vectoriales forman una estructura más sofisticada: una categoría. Pues bien, la teoría matemática de categorías se adapta muy bien a la informática, y a través suyo a las ciencias de la computación. La computación del futuro se basará más en la teoría de categorías que en la teoría de conjuntos.
En otras palabras, el Programa Langlands organiza información previamente inaccesible en la forma de patrones regulares, tejiendo así un fino tapiz de números, simetrías y ecuaciones. El resultado es la integración de campos, problemas y dimensiones que hasta la fecha permanecían disyuntas. En términos elementales, análogamente a lo que hacen las ciencias de la complejidad, el Programa Langlands nos ayuda a pensar en términos de patrones (algo que no es difícil de llevar a cabo).
En consecuencia, ya deja de ser cierto que los seres humanos –y los matemáticos– piensan, o bien en términos geométricos o bien en términos algebraicos; digamos en términos de mapas, cuadros y figuras, o bien en función de signos y las relaciones entre estos. Más auténtica y radicalmente, podemos aprender a pensar en la forma de síntesis, algo perfectamente inopinado para una cultura y una civilización acostumbrada a pensar en términos de análisis.
Un texto en donde se estudian estos y otros temas próximos y afines es el de E. Frank, con un título bizarro y profundo a la vez: Amor y matemáticas (Bogotá, Ed. Ariel, 2015). Un documental de cerca de una hora con el título Rites of Love and Math se encuentra disponible en YouTube, para aquellos que tienen (o tenemos) una cultura más visual.
En resumen, el Programa Langlands es matemáticas de punta que nos conduce y nos sitúa a la vez en la frontera del trabajo en matemáticas, allí donde, sorpresivamente, nos encontramos con otros campos como los grupos cuánticos, la criptografía, el grupo de gauge, la teoría de branas, en fin, sin ambages, el punto de encuentro entre las matemáticas y la vida. Un punto nada trivial.
¿Qué es el principio de acción de Hamilton?
Los seres humanos son sistemas clásicos que se mueven en un mundo que no es, sin embargo, enteramente clásico. La ciencia clásica y el mundo clásico se caracterizan por ser deterministas, sujetos a leyes; predecibles, por tanto, y susceptibles de ser explicados en términos de la mecánica clásica. Esto es, por ejemplo, en términos de acción-reacción, en función de fuerzas y demás.
Ese mundo clásico es ulteriormente explicado y entendido a la vez por Newton, con todo y sus adalides y satélites. Gente como Galileo y Laplace, Kepler y Descartes, Copérnico y Gibbs. Estos son, dicho en otras palabras, los fundamentos de la modernidad, y que en términos sociológicos o históricos corresponde al ascenso y al triunfo ulterior de la burguesía; primero con la revolución francesa de 1789 y luego con la Revolución Industrial en el siglo XIX. Naturalmente, otros nombres, enfoques, teorías y disciplinas vienen al mismo tiempo a afirmar y a desarrollar este cuadro general.
Una de las formas como la ciencia clásica y el mundo clásico son superados es mediante la reformulación más abstracta de sus fundamentos. Esto es justamente lo que acontece gracias a los trabajos del irlandés W. R. Hamilton (1805-1865). Hamilton lleva a cabo una reformulación de la mecánica newtoniana, gracias a la cual se puede hacer el tránsito hacia la teoría cuántica de campos y la mecánica cuántica.
Notablemente, mientras que las leyes de Newton describen cómo un sistema se desarrolla en el tiempo, Hamilton estudia todas las rutas disponibles hacia el futuro y elige la mejor de todas ellas. Es esto lo que se conoce como el principio de acción de Hamilton.
En verdad, este principio afirma que, en algunas circunstancias, el mundo puede seguir más de una historia. Esto es, el mundo no está sujeto a las determinaciones del pasado, a la necesidad de los hechos (lo que quiera que ello sea), o las determinaciones del inicio de un acontecimiento. En otras palabras, un sistema cualquiera minimiza una determinada cantidad, denominada “acción”, de tal suerte que, a partir de algún momento inicial, el sistema en consideración considera todas las historias posibles con vistas a su momento final.
La historia de la ciencia y de la cultura humana tiene una deuda enorme con William Rowan Hamilton. Se trata del hecho de que gracias a este físico, astrónomo y matemático es posible tomar distancia, desde el interior de un sistema clásico, en contra del determinismo. Esto es, la creencia según la cual, el pasado contiene el futuro, y la línea de tiempo que conduce del pasado al presente permite determinar sin más el futuro. En realidad, nos encontramos a menos de un metro de distancia de la idea de bifurcaciones.
Así, la “ley de la menor acción” establece la forma como un fenómeno determinado se mueve bajo la influencia de fuerzas. Esta ley, dice sin más, grosso modo, que el fenómeno en cuestión considerará todas las alternativas posibles, pero que seguirá aquella que implique el menor trabajo o esfuerzo posible. En verdad, las unidades en las que se mide la acción de Hamilton son energía por tiempo. Así, estaban sentadas todas las condiciones para el advenimiento de ideas provenientes de Planck, y con él, toda la historia subsiguiente de la física cuántica.
A partir de Hamilton podemos decir: existen tres formas como un modelo (clásico) puede ser transformado, así:
Reinterpretándolo.
Ampliando o profundizando los niveles de abstracción.
Enfrentando o identificando anomalías.
Las dos primeras posibilidades son de cuño hamiltoniano; la tercera es, por el contrario, kuhniana. Dos formas complementarias de enfrentar y superar un modelo (clásico) determinado.
La reinterpretación es un acto hermenéutico de profunda radicalidad. La ampliación o profundización de los niveles de abstracción comporta el hecho de que el modelo (clásico), que antes era un todo, se convierte entonces simplemente en una parte de un todo aún mayor, más amplio y comprensivo. Por su parte, la identificación de anomalías quiere decir el choque entre un paradigma vigente o dominante y la emergencia de nuevos paradigmas. Es, sin más, el choque entre ciencia normal y ciencia revolucionaria.
W. R. Hamilton fue un niño precoz y, sin ninguna duda, además, un genio. A los cinco años conocía bien latín, griego y hebreo –los tres idiomas clásicos importantes de occidente–, y a los trece, manejaba más de doce idiomas; que es uno de los rasgos distintivos de esa clase de individuos que muy pronto tienen profundas inflexiones que habrán de marcar su vida. En este sentido, a los dieciocho años entra al Trinity College, en donde muy pronto se destaca como un aventajado estudiante.
Su vida académica, profesional y científica estuvo acompañada de éxitos y desarrollos notables. En contraste, su vida personal y familiar no fue tan afortunada, habiendo tenido un profundo amor desencantado y un matrimonio mal afortunado. Al final moriría de un ataque de gota, de la que sufría como consecuencia de depresiones que lo condujeron a una afición por el licor.
La vida de muchos genios no siempre ha sido plana y lineal, tranquila y sosegada, aunque existen, en la historia, notables excepciones a esta observación. Pero este tema es asunto de una consideración aparte.
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