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Pensar

Lógicas
no clásicas

Segunda edición



© Universidad El Bosque © Editorial Universidad El Bosque Rectora: María Clara Rangel Galvis Pensar. Lógicas no clásicas © Carlos Eduardo Maldonado Castañeda Segunda edición, junio de 2020 ISBN: 978-958-739-186-2 (Impreso) ISBN: 978-958-739-187-9 (Digital) Editor: Miller Alejandro Gallego Cataño Coordinación editorial: Nicolás Darío Cuevas Alvear Dirección gráfica y diseño: María Camila Prieto Abello Corrección de estilo: Fredy Ordóñez Hecho en Bogotá D.C., Colombia Vicerrectoría de Investigaciones Editorial Universidad El Bosque Av. Cra 9 n.° 131A-02, Bloque A, 6.º piso +57 (1) 648 9000, ext. 1395 editorial@unbosque.edu.co www.unbosque.edu.co/investigaciones/editorial Impresión: Image Print Limitada Junio de 2020 Esta publicación resultado de investigación, original e inédita, ha sido editada conforme a los parámetros establecidos por el sello Editorial Universidad El Bosque. Ha sido evaluada por dos pares académicos bajo la modalidad doble ciego y cumple en su totalidad con los criterios de normalización bibliográfica que garantizan su calidad científica y sus aportes al área de conocimiento respectiva. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en su todo ni en sus partes, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la Editorial Universidad El Bosque. Universidad El Bosque | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como universidad: Resolución n° 327 del 5 de febrero de 1997, MEN. Reconocimiento de personería jurídica: Resolución 11153 del 4 de agosto de 1978, MEN. Acreditación institucional de alta calidad: Resolución 11373 del 10 de junio de 2016, MEN. 121.68 M15p Maldonado, Carlos Eduardo Pensar : lógicas no clásicas / Carlos Eduardo Maldonado – segunda edición -- Bogotá: Universidad El Bosque, 2020. 332 p.; 16 x 24 cm Incluye bibliografía del autor, referencias bibliográficas e índices. ISBN: 978-958-739-186-2 (Impreso) ISBN: 978-958-739-187-9 (Digital) 1. Complejidad (Filosofía) 2. Lógicas no clásicas 3. Lógica simbólica y matemática 4. Lógica 5. Razonamiento I. Universidad El Bosque. Fuente. SCDD 23ª ed. – Universidad El Bosque. Biblioteca Juan Roa Vásquez (Junio de 2020) - RR

Pensar

Lógicas
no clásicas

Segunda edición

Carlos E. Maldonado

contenido

Prefacio a la segunda edición

Introducción

Parte 1 Pensar y conocimiento de la lógica en general

1. El pensar como problema

2. Problemas, necesidad y pobreza

3. Pensar es pensar sobre problemas. Los problemas complejos

4. La investigación como un ejercicio de pensamiento

5. Pensar y sembrar

6. Intermezzo: la biología del pensar

7. El cerebro como objeto de estudio estratégico

8. Memoria, información, pensamiento

9. Un problema difícil: enseñar o aprender a pensar

10. Motivos y aspectos del pensar

11. Lógica, lógicas y pensar

12. Lógica y computación. Razonamiento, cálculo y programación

13. El panorama de las LNC

14. Un quiebre con la cultura

15. Líneas, curvas y pliegues del pensar en las LNC

16. Contra las categorías, pensar

Parte 2 Lógicas no clásicas y sistemas sociales: el oficio de pensar sin límites

1. Origen y sentido de las lógicas no clásicas

2. Inferencias y tipos de inferencia

3. Monotonicidad y no monotonicidad de la lógica

4. Una nota puntual

5. Las ciencias de la complejidad y las LNC

6. Algunas lógicas no clásicas

6.1. La lógica cuántica

6.2. La lógica deóntica

6.3. La lógica intuicionista

6.4. La lógica epistémica

6.5. La lógica no monotónica

6.6. La lógica difusa

6.7. Las lógicas paraconsistentes

6.8. La lógica libre

6.9. La lógica de fibras

6.10. La lógica de la relevancia

6.11. La lógica del tiempo

6.12. La lógica dinámica

6.13. La lógica multimodal

6.14. Las lógicas polivalentes

7. La impronta de las LNC

8. Los sistemas sociales

9. Lógicas del mundo y de la realidad

10. Las lógicas subestructurales

11. La construcción de mundo en el lenguaje: la lógica erotética

12. Lógica de la ficción

13. Teorías del mundo

14. Pensar no algorítmico

15. El azar y la contingencia

16. Conclusiones

Epílogo Metateoría y tipos posibles de ciencia ante la complejidad del universo

Anexo 1: el fresco de las lógicas no clásicas (a la fecha)

Anexo 2: elementos para una genealogía de este libro

Bibliografía

A. Bibliografía general

B. Bibliografía básica sobre las LNC

C. Bibliografía sobre LNC y complejidad

D. Bibliografía sobre lógica en general

E. Bibliografía básica sobre el pensar

F. Bibliografía introductoria a las LNC

G. Bibliografía básica sobre las bases biológicas del pensar

Índice temático

Índice onomástico

Prefacio a la segunda edición

Existen muchos elementos contingentes en el “éxito” de un texto, artículo o libro. La historia de la ciencia está llena de casos en los que un artículo se demora en tener impacto debido a circunstancias extracientíficas o bien porque en otro dominio del conocimiento se publica algo que tiene una importancia mayor. Desde luego hay autores que logran interpretar muy bien un momento —científico, histórico, filosófico— y logran publicar un texto que alcanza una resonancia singular de manera inmediata. Pero, en la gran mayoría de las ocasiones, los autores se ven sorprendidos: un texto al que, por así decirlo, no le hacían mayores “apuestas”, alcanza réplicas significativas, social, cultural científica o filosóficamente. En campos del pensamiento abstracto —como en este caso, la lógica—, y en momentos de desasosiego social y cultural, el hecho de que un libro sobre lógicas no clásicas conozca prácticamente en cuestión de meses (algo menos de un par de años) un reconocimiento es algo menos que usual.

El éxito —relativo o provisional, o definitivo y total— de un texto nunca es un objetivo deliberadamente planeado y estratégicamente construido. El azar siempre juega un papel y, como sabemos en complejidad, al igual que en la vida, desempeña un papel en el ejercicio creativo. La contingencia es como un buen gnomo: juguetón, “gocetas”, pero nunca pérfido y maligno. Los gnomos, se dice, gustan cambiar a las cosas de sus lugares, y en ocasiones también esconderlas durante un tiempo para después volver a sacarlas (cuando no han olvidado dónde las habían puesto). Los adultos, serios y conspicuos como son, jamás han visto gnomos ni otras creaturas semejantes. Los niños sí, aunque no lo sepan o lo olviden. Lo mismo sucede con el papel del azar, la contingencia o la aleatoriedad.

He comprobado mil y una veces que cuando la gente se entera de la complejidad —esto es, de asuntos como las ciencias de la complejidad— quedan engolosinados. El tema gusta, atrae, se quiere más. Pero, al mismo tiempo, es igualmente verdadero que hoy por hoy la gente busca, espera y quiere cosas nuevas; diferentes. Pues bien, en este caso particular, las lógicas no clásicas ofrecen luces, sabores, aromas, atmósferas novedosas y diferentes. Y lo más importante de todo: no son difíciles.

Las lógicas no clásicas implican, de entrada, un pluralismo lógico, y por tanto un pluralismo de formas de pensar, un pluralismo de sistemas de verdad, en fin, un pluralismo de formas de vivir. No existe, ninguna necesidad de empezar el estudio de la lógica por la lógica formal clásica. Es perfectamente posible, e incluso deseable, empezar el estudio de la lógica directamente con ese panorama, amplio, abierto y creciente que son las lógicas no clásicas. Con ellas, y más allá de ellas, el tema de fondo es el pensar. Algo que parece haber quedado rezagado en tiempos y lugares en los que predominan los llamados a desarrollar competencias, destrezas y habilidades: exactamente todo lo opuesto al pensar libremente.

El estudio, el conocimiento y, si cabe, la apropiación de las lógicas no clásicas tienen innumerables consecuencias. Sin embargo, la primera y más evidente consiste en ganar libertad, independencia, autonomía, criterio propio. Que, paradójicamente, es lo que menos se observa alrededor.

Tenemos ante nosotros, con nosotros, un amplio conjunto de elementos: las lógicas no clásicas (LNC). Este libro ofrece una mirada al abanico de ellas. Sin embargo, no todas las LNC sirven para todo, por así decirlo. No todas tienen la misma validez, los mismos alcances o las mismas consecuencias. Otra cosa será profundizar en cada una de ellas, y en los acuerdos y refuerzos de algunas de ellas a otras.

* * *

En el año 2011, Leonardo Rodríguez-Zoya y la Comunidad de Pensamiento Complejo (CPC) me invitaron a escribir un capítulo del libro La emergencia de la complejidad en América Latina. Este capítulo se tituló: “Pensar la complejidad con ayuda de las lógicas no clásicas”. De manera inmediata tuvo muy buena acogida, aunque de manera extraoficial. Esta era, en realidad, la primera concreción elaborada como artículo científico con varios antecedentes (entre los cuales los más destacados son Maldonado: 2006, 2007a, 2007b, 2011) y varias presentaciones en distintas instituciones, entre estas la Universidad del Valle de Momboy (Venezuela, 2001) y el Instituto de Pensamiento Complejo Edgar Morin de la Universidad Ricardo Palma —gracias a las amables invitaciones de Teresa Salinas en los años 2011-2015—, además de mis clases en la Universidad Externado de Colombia y las invitaciones que recibía de la Universidad del Rosario. Paulatinamente fui presentando avances de mi trabajo sobre las lógicas no clásicas en el Doctorado de Ciencia Política de la Universidad Nacional (Bogotá, 2013), el Doctorado en Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Bolivariana (Medellín, 2012-2016), el Doctorado en Educación de la Universidad Católica de Manizales (2014-2015), el Doctorado en Derecho de la Universidad del Rosario (2014) y en varias maestrías del país y fuera de Colombia.

Por lo demás, las redes sociales y varios videos en Youtube contribuyeron enormemente a una muy gradual penetración de la idea acerca de las relaciones entre complejidad y lógicas no clásicas entre académicos, investigadores y distintos públicos fuera del ámbito académico.

En 2012 hice una presentación de las relaciones posibles entre complejidad y lógicas no clásicas ante el Instituto NECSI (en Estados Unidos), con una muy buena acogida. Posteriormente en 2016 dicté un seminario de dos días sobre complejidad y lógicas no clásicas gracias a una amable invitación de Felipe Lara-Rosano en el C3 de la UNAM, con resultados verdaderamente sorprendentes y positivos.

Desde entonces, entre una buena parte de la comunidad de complejólogos se fue permeando la idea—justamente, la percolación en su sentido físico, químico, o de la física estadística y de las matemáticas es una delas características de la complejidad—. Pero seguía sin haber ninguna sistematización —o, por lo menos, una sistematización pedagógica — de la idea. La publicación del artículo en el proyecto (CPC) tardaba una eternidad.

Conocí lo que la historia de la ciencia ha puesto suficientemente de manifiesto: la idea se iba volviendo gradualmente popular, y se hablaba de ella, pero la demora del proyecto (CPC) me afectaba enormemente. Por fortuna, al fin, el libro apareció a comienzos del 2017, y pude dar evidencia de la paternidad de una idea. Casi paralelamente, a comienzos del 2017, apareció mi libro Pensar. Las lógicas no clásicas. Hoy se concreta el libro —el que el lector tiene entre sus manos—, que es la primera y más elaborada producción acerca del tema.

La intuición filosófica originaria nace en 1993 (Maldonado, 1993), que es cuando comienzo a distanciarme de la tradición en la que me había formado hasta la fecha: la filosofía fenomenológica. Fue entonces cuando comencé a pensar seriamente en el universo de las posibilidades. Más tarde, accedí al descubrimiento y al estudio sistemático de las LNC. El círculo, por así decirlo, se cerraba.

Debo, sin embargo, hacer una observación. El pensar en la fenomenología husserliana no es tanto un proceso lógico sino intuitivo, imaginativo. Se trata del noein —el nous, antes que el logos— y del proceso de elaboración de actos ideatorios y variaciones ideatorias que Husserl elabora suficientemente en numerosos textos; se trata de juegos mediante los cuales se hacen numerosas variaciones de un objeto o un fenómeno en la imaginación con el fin de lograr establecer su naturaleza. Esta idea permanece tácita, incubada, en lo profundo de mis trabajos sobre fenomenología, pero emerge, al cabo, como una idea propia en 1993.

Mi descubrimiento de la complejidad tuvo lugar por primera vez en la forma de las ciencias de la complejidad en 1996, cuando realicé mi primer postdoctorado en el Departamento de Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Pittsburgh (en ese momento no sabía que ese sería mi primer postdoctorado). Desde entonces me dediqué al estudio de la complejidad en la forma de las ciencias de la complejidad. Nunca entré a la complejidad, como la mayoría de los académicos en América Latina, a través del pensamiento de Edgar Morin. Con el tiempo, esta buena circunstancia se aunaría para permitirme un conocimiento medianamente sólido en ciencia y lógica.

Ahora bien, varios amigos y colegas me han preguntado por qué no presento el libro, y por tanto, la idea de las relaciones entre complejidad y lógicas no clásicas en inglés. Como sabe una buena parte de la comunidad académica y científica, numerosos trabajos míos también han sido escritos en inglés (muchos de ellos con mi amigo Nelson Gómez-Cruz sobre la hipercomputación biológica).

La ciencia tiene elementos sociales, culturales y ciertamente también políticos. Sostener dos cosas al mismo tiempo: de un lado, que una de las ciencias de la complejidad son las lógicas no clásicas y, al mismo tiempo, de otra parte, que es perfectamente posible pensar la complejidad con la ayuda de las lógicas no clásicas constituye un auténtico programa de investigación. Dicho programa no ha sido, hasta donde sabemos, formulado en el mundo. Pues bien, sí deseo que el español sea el idioma en el que, por primera vez, aparece una formulación del programa —que es justamente este libro—. Mis motivaciones son tres: sociales, culturales y políticas. Las dos primeras se coligen de este libro. Las últimas encuentran su justificación en Maldonado (2017).

* * *

Desde la primera edición, y a lo largo del camino que conduce a esta segunda edición, he tenido la oportunidad de presentar y discutir las LNC en escenarios diferentes: en el Instituto NECSI en Boston, en el C3 (Centro de Ciencias de la Complejidad) de la UNAM en México, además de otros lugares en México (Guadalajara, Veracruz, León y Tepic), Colombia (Medellín, Bogotá, Neiva y Cali), Perú (Lima) y Ecuador (Loja). A todos los amigos y colegas que me han invitado a sus universidades a compartir les estoy inmensamente agradecido. En cada ocasión he aprendido mucho de ellos, así como de los estudiantes que han asistido a estos encuentros.

La segunda edición es una modificación sustancial de la primera edición en varios sentidos: lo que fuera la primera edición ha quedado incorporado aquí como primera parte. Al interior de esa primera parte, se hicieron numerosas aclaraciones, ampliaciones y precisiones y, naturalmente, se ha ampliado la bibliografía.

Algunos capítulos de la primera edición han pasado a la segunda parte. Mientras que la primera se ha convertido en algo así como una obertura a las lógicas no clásicas, se ha agregado una parte completamente nueva, la segunda, que es una presentación y discusión de la totalidad de las LNC. Esta constituye, hasta donde sé, la principal contribución de este libro. No existe en ningún idioma —y esto lo digo con prudencia a la fecha— ningún trabajo que presente y discuta en detalle las lógicas no clásicas y que, por tanto, las inscriba en los marcos de la comprensión y explicación de un universo y un mundo crecientemente complejos.

La bibliografía que se incluye al final puede ser considerada como un estado del arte en materia de LNC. Desde ya miro hacia el futuro, para la tercera edición de este libro. Esta segunda edición ha más que duplicado el volumen de la primera.

Un libro es un hijo. Nace, pero adquiere vida propia, y ya no se lo puede controlar. Hay que dejarlo que viva su propia vida, siempre con acompañamiento y lo más próximo que se pueda. No es esta la excepción.

Como quiera que sea, este libro no existiría sin el entusiasmo de Gerardo Aristizábal, hoy Decano de la Facultad de Ciencias, y Fundador de la Universidad El Bosque. Gerardo me ha animado y en muchas ocasiones me ha empujado para publicar este libro, para ampliarlo, para enriquecerlo y, en fin, para hacerlo posible. Este libro no existiría si no fuera por el amor al conocimiento de Gerardo. Por su amistad y empeño, le expreso mis mayores agradecimientos y le dedico este libro.

Introducción

La buena ciencia ni parte de definiciones ni trabaja con definiciones. Por el contrario, se funda en problemas. El problema del que me ocupo aquí es el de la complejidad del mundo, la realidad o la naturaleza. La tesis que me propongo defender es que las lógicas no clásicas (LNC) contribuyen de manera sin igual a la comprensión y la explicación de dicha complejidad. Por tanto, el carácter de este libro es a la vez sintético y exploratorio, con los argumentos que oportunamente se presentarán.

A título provisorio propongo dos tesis, estrechamente relacionadas entre sí. Estas dos tesis, sin embargo, tienen tan solo la función de preparar el argumento final que sostengo en este texto.

Las dos tesis se pueden enunciar así: de un lado, una sola ciencia, cualquiera que sea, es insuficiente en el mundo de hoy para: a) comprender y abordar los problemas del mundo, o con los que nos vemos abocados, y b) solucionar los conjuntos de problemas del mundo actual. “Mundo” debe ser entendido en el sentido más amplio e incluyente, que comprende tanto a la sociedad, como la naturaleza y la realidad mismas. Se hace necesaria una confluencia, un encuentro o diálogo entre ciencias. “Ciencia” debe ser entendida en el sentido más amplio, pero también más fuerte de la palabra; por consiguiente, ya no se trata aquí de la distinción entre ciencias, disciplinas, prácticas y saberes, una distinción, hoy por hoy, vetusta. Pues bien, el hilo conductor es aquí el diálogo entre, de un lado, las ciencias de la complejidad. Y de otra parte, las lógicas no clásicas. La consecuencia de esta primera tesis es evidente: si las LNC contribuyen activamente a pensar, a comprender y a explicar la complejidad, entonces, naturalmente, las LNC son una de las ciencias de la complejidad.

La segunda tesis es de tipo lógico o epistemológico, y sostiene que nadie piensa bien si no piensa en todas las posibilidades; más exactamente pensar (bien) es pensar en todas las posibilidades, y pensar en todas las posibilidades incluye pensar, en el límite, incluso lo imposible mismo.

Pues bien, ambas tesis cumplen simplemente una función propedéutica cuya tarea es preparar el terreno para la tesis central de este texto: pensar equivale, de una parte, a resolver problemas, y de otra, a generar o introducir una innovación o innovaciones. De manera precisa, pensar carece de límites en cualquier acepción de la palabra y, en un sentido amplio es un comportamiento que tienen los sistemas vivos, y que, por tanto, no se reduce única o principalmente a los seres humanos. Pensar y vivir son una sola y misma cosa.

Así las cosas, el problema se revela de otra manera: se trata de comprender lo que es la vida y lo que hacen los sistemas vivos para vivir. En otras palabras, es imposible en el mundo de hoy, y dados los avances en el conocimiento, no tener una idea básica de lo que es la vida, que es, por excelencia, el fenómeno de todas las posibilidades.

Ahora bien, nadie piensa porque quiere. Esto es, el pensar no es un acto voluntario y deliberado. Por el contrario, sencillamente acaece. En otras palabras, pensar no es un punto de partida, sino, por el contrario, un punto de llegada. Los seres humanos piensan, de un lado, simple y sencillamente, porque no pueden evitarlo; esto es, dicho de manera coloquial: porque les toca, porque se ven forzados a ello, faute de mieux. Pero, al mismo tiempo, de otra parte, pensar es el resultado de jugar, esto es, literalmente, fantasear, imaginar, jugar libremente y sin ninguna finalidad pre-determinada.

La historia del mundo moderno y contemporáneo hasta nuestros días es el proceso mediante el cual se han ido refinando una propedéutica para el conocer, metodologías del conocimiento y técnicas propias de investigación y resolución de problemas. Lo mismo no puede ni debe decirse sobre el pensar. En otras palabras, en la transición desde el capitalismo post-industrial a la sociedad de la información, a la sociedad del conocimiento y actualmente a la sociedad de redes, ha habido, no sin buenas justificaciones, un trabajo en toda la línea acerca de procesos de conocimiento. Pero, contradictoriamente, el pensar parece haber quedado relegado a lugares de importancia secundaria. Si ello es así, asistimos a una crisis del pensar, algo que ha sido señalado, por lo demás, desde hace tiempo por parte los filósofos, humanistas y científicos.

A menos de que nos situemos en contextos doctrinarios, en buena ciencia y filosofía no existe una concepción única de un tema o un problema. Por el contrario, existen matices, versiones, gradientes, perspectivas… una diversidad que no necesariamente debe asimilarse a relativismo o eclecticismo. En un terreno tan joven como las LNC algo análogo sucede. En consecuencia, mi propósito aquí no es descriptivo —para lo cual remito sencillamente a la bibliografía—, más bien me propongo establecer mi propia posición. Asumo, por tanto, que existe un conocimiento básico de los temas, bibliografía y estados del arte, o bien, remito sencillamente a la bibliografía pertinente en los casos que llegue a ser necesario. El tema de base es, dicho en términos generales, las relaciones entre racionalidad y mundo; y más puntualmente: las relaciones entre las LNC y los sistemas sociales.

La idea de que las LNC son una de las ciencias de la complejidad surge de la propuesta, por definición abierta, del seno del Instituto Santa Fe (SFI, por sus siglas en inglés), Nuevo México, donde se acuña por primera vez la expresión “ciencias de la complejidad”. Los investigadores del SFI presentaron descriptivamente las que consideraron que eran las ciencias de la complejidad, pero el propio desarrollo de la ciencia puso de manifiesto que otras ciencias eran efectivamente posibles, con el mismo estatuto. Notablemente, se trató de la criticalidad autoorganizada, presentada originariamente por Per Bak, y posteriormente, la ciencia de redes complejas, cuyos trabajos pioneros, prácticamente simultáneos pero paralelos e independientes, se deben a D. Watts, L. Barabasi, y S. Strogatz. Sin ambages, lo mismo puede decirse de la inteligencia de enjambre, con varias paternidades, cuyos principales autores a la fecha son justamente M. Dorigo, G. Theraulaz y E. Bonabeau.

Un rasgo distintivo de la complejidad es la existencia de una multiplicidad determinada, que no es, de ninguna forma, susceptible de ser reducida a componentes más básicos o elementales, incluso, al cabo, a componentes fundamentales. Así, como es sabido, la complejidad es irreductible.

Pues bien, la complejidad del mundo, del universo y de la vida no puede en manera alguna ser captada por una única ciencia o disciplina, en el sentido amplio de la palabra. Más exactamente, desde la complejidad cabe afirmar intuitivamente que la lógica del mundo, de la sociedad y de la realidad no es única y singular. Pero esta intuición hay que demostrarla. Tal es el propósito de este libro.

La lógica, en general, nace con Aristóteles, que en los Primeros analíticos y en los Segundos analíticos la concibe como un/ el organon del conocimiento1. Esto es, parte medular de la filosofía —es decir, de la metafísica—, ninguna ciencia o disciplina es válida si no se asienta sólidamente en los criterios de la lógica. Como tal, esta lógica permanece inalterada, a pesar de diversos desarrollos a lo largo del tiempo (Bochenski, 1985; Kneale and Kneale, 1984), hasta cuando se hace efectivamente posible la lógica como una ciencia o disciplina independiente de la filosofía y, por tanto, sin supuestos metafísicos (Nagel, 1974); esto es, una ciencia con un estatuto epistemológico y un estatuto social y académico propio. Nace entonces la lógica formal clásica (LFC), que es, propiamente dicho, la lógica simbólica, la lógica matemática, o también la lógica proposicional o lógica de predicados: cuatro maneras diferentes de designar a un solo y mismo campo.

La LFC es comprendida como el "arte del razonamiento". La historia de su nacimiento comprende a figuras tan importantes como G. Boole, G. Morgan, G. Frege, D. Hilbert y A. Tarski, entre muchos otros, y ha sido narrada en numerosas ocasiones (Van Heijenoort, 1967). Esta lógica entiende, por ejemplo, que la validez (tablas de validez) de un enunciado o de un cuerpo de enunciados es la condición necesaria para poder hablar de “verdad”. Pero la LFC propiamente hablando no sirve para establecer la verdad (o falsedad) del mundo o de las cosas del mundo, tan solo la validez.

En la bibliografía contemporánea sobre la lógica y la filosofía de la lógica existe una amplia discusión acerca de qué es la lógica (sorprendentemente los especialistas no se han podido poner de acuerdo sobre una definición general del campo de estudio), cuál es su naturaleza y cuál es su función. Dentro del amplio espectro uno puede reconocer posiciones formalistas (la lógica es el conjunto de cálculos diseñados para representar relaciones de deducibilidad), inferencialistas (la lógica es el aparato inferencial que gobierna nuestro sistema conceptual), meta-matemática (la lógica se ocupa de la fundamentación conjuntista de las matemáticas), computacional (la lógica es la que investiga los procesos mecánicos de razonamiento), instrumentalistas (la lógica es un método de representación perspicua de argumentos). Cada una de estas perspectivas tiene como resultado una definición de lógica distinta y también una concepción acerca de cuál es su objeto de estudio y su función. En cualquier caso, sin embargo, se trata de variaciones sobre un mismo tema, si cabe la expresión a ese continente amplio que son las LNC. En otras palabras, las diferentes concepciones mencionadas tienen en común el rasgo definitorio de la LFC, a saber: se trata de una lógica binaria, dualista o bivalente. Nada semejante existe ni es posible, en absoluto, en el marco de las LNC; y, como sostendremos oportunamente, tampoco nada semejante existe, a fortiori, en el seno de las ciencias de la complejidad2.

El problema de la lógica en general con respecto al mundo puede presentarse adecuadamente en los siguientes términos: o bien, de un lado, el mundo y la realidad, la vida y la sociedad poseen una lógica, son lógicos, y si es así entonces la labor de los seres humanos —académicos e investigadores, científicos y filósofos, por ejemplo—consiste en desentrañar dicha lógica. O bien, de otra parte, el mundo, la realidad y la naturaleza carecen de una lógica (determinada) y entonces la tarea de los seres humanos estriba en otorgarle, de alguna manera, una lógica para que el mundo, la naturaleza y la realidad sean inteligibles, comprensibles. Justamente al respecto, Einstein sostenía que el mayor misterio del universo es que sea inteligible; esto es, que podamos comprenderlo. Hacer comprensibles o inteligibles las cosas puede ser llamado historia, el proceso civilizatorio, en fin, la cultura humana. La grandeza del espíritu humano consiste en hacer inteligible lo que de suyo no lo es y, más radicalmente, al cabo, en comprender que son posibles diversos modos de racionalidad, comprensión y explicación sin caer por ello en el relativismo.

Nuestra sociedad, no sin buenas razones, por ejemplo desde la sociología, ha sido caracterizada como la sociedad de la información, la sociedad del conocimiento y la sociedad de redes, respectivamente. Vivimos, literalmente, una época de verdadera luz y de una magnífica eclosión en el conocimiento. Jamás había habido tantos científicos, ingenieros, técnicos e investigadores como en nuestros días y jamás habíamos sabido tanto sobre el universo y sobre nosotros mismos. Por ejemplo, jamás había habido tantos investigadores con doctorado (Ph.D.), tanta gente con maestría, tantos médicos con especialidades, sub especializaciones y sub-sub especializaciones; tantos ingenieros, pero al mismo tiempo, tantos escritores, poetas, músicos y artistas, por ejemplo. Como consecuencia, los ritmos de avance del conocimiento son cada vez más vertiginosos. Hoy sabemos en numerosos campos el 100% o algo menos que lo que supimos en ese campo en toda la historia de la humanidad junta. Estos ritmos de avance son, más que exponenciales, verdaderamente hiperbólicos. Se trata de verdaderos bucles de retroalimentación positivos que inciden y confluyen por diversas vías con otros campos del conocimiento. La vitalidad en el conocimiento es, sin dudas, un motivo de vitalidad de la existencia y de optimismo, hoy y hacia futuro3.

Mientras que en la superficie —por ejemplo en los principales titulares de los grandes medios de comunicación alrededor del mundo— el tono es de desasosiego, crisis y un profundo malestar en la cultura e incluso de colapso civilizatorio, en las aguas más profundas, por así decirlo, asistimos a una efervescencia de optimismo y vitalidad que se expresa y se traduce al mismo tiempo en una ampliación y profundización del conocimiento como jamás había sucedido en la historia del planeta. Un fenómeno a gran escala y del más alto calibre. Asistimos, por decir lo menos, a un más que idóneo caldo de cultivo para pensar, no ya simplemente para conocer.

No obstante, gracias a la historia y a la filosofía de la ciencia hemos aprendido que existen dos formas generales de ciencia: la ciencia normal y la ciencia revolucionaria; digamos, paradigmas vigentes, paradigmas hegemónicos, y la presencia de anomalías y emergencia de nuevos paradigmas. La ciencia normal se caracteriza por un hecho singular: funciona. Esto es, con ella se pueden, literalmente, hacer cosas, pero ya no se le puede pedir una mayor o mejor explicación o comprensión de las cosas que las que ya hizo. La capacidad comprensiva y explicativa de esa ciencia ya se agotó, aun cuando todavía sea posible hacer cosas con ella.

Peor aún, la ciencia normal normaliza a la gente, y la gente normal es, por ejemplo, el conjunto de, como lo decía en su momento Napoleón, “idiotas útiles”; es decir, gente que hace las cosas, incluso las hace muy bien, que hasta es feliz con lo que hace, pero que no entiende ni qué es lo que hace ni hacia dónde va con lo que hace. La gente normal es sencillamente todo ese marasmo de gente funcional. Ellos conservan el mundo, lo mantienen, pero no lo hacen ni lo cambian4.

Más adecuadamente, la ciencia normal comprende a la sociedad y al mundo, a la realidad y al universo, en términos de distribuciones normales, ley de grandes números, estándares, medias, medianas, promedios, matrices, vectores, y generalizaciones. Las herramientas e instrumentos, las técnicas y las aproximaciones mediante las que lleva a cabo dichas generalizaciones son variadas. Lo dicho, esta ciencia funciona, literalmente, y con ella se pueden hacer cosas en el mundo. Pero poco y nada nos ayuda para comprender, para explicar, para pensar la naturaleza, el universo y la vida misma. Sus criterios son efectividad, eficiencia, productividad, competitividad, crecimiento, desarrollo, entre otros.

Con respecto al pensar hay dos vías, perfectamente distintas, de acceso a este. La modernidad comienza con el descubrimiento de la capacidad de pensar como fundamento de cualquier otra posibilidad subsiguiente. Es lo que acontece con Descartes. Posteriormente, de un lado, el pensar se desplaza —fundadamente, en su momento—hacia el cálculo, que es lo que sucede con Newton-Leibniz. En el marco de la emergencia del cálculo (Dowek, 2011), el razonamiento —el pensar, justamente— fue gradualmente desplazado por el cálculo; esto es, ulteriormente, por la importancia de los algoritmos. Así, la modernidad deja de pensar y se vuelca a calcular. Esta es la historia dominante hasta la fecha. De hecho, lo que la gente normalmente llama como inteligencia es tan solo inteligencia algorítmica. Durante buena parte de la modernidad imperó el cálculo sobre el raciocinio. Y como resultado imperó la estrategia en cuanto determinación de las relaciones entre los seres humanos, y entre estos y la naturaleza; estrategia y cálculo configuran el ápice de la modernidad hasta su extensión y conversión como “ciencia normal” o hegemónica.

Precisemos mejor: el proceso de raciocinio es desplazado por la importancia del cálculo, y este, a su vez, posteriormente se transmuta por/en la programación. Al cabo del tiempo, pensar se deforma como cálculo, y este a su vez se convierte en programación. Serias consecuencias se derivan de estos procesos.

De otra parte, al mismo tiempo, particularmente en la segunda mitad del siglo XX hasta la fecha, emergen las lógicas no clásicas (LNC), igualmente conocidas como lógicas filosóficas. De modo general, estas lógicas pueden ser vistas como complementarias a —o extensiones de— o bien como alternativas de la LFC. En este texto quiero mostrar que, en realidad, las LNC son alternativas a la LFC, pero la forma en que lo mostraré será indirecta, como por efecto Doppler, si cabe la expresión. Más exactamente, en la medida en que nos alejemos de la LFC y de la ciencia normal —o bien, dicho inversamente—, en la medida en que nos acerquemos al pensar como tal, se hará claro que las LNC son alternativas y no simplemente complementos a la lógica simbólica. Lo que sí es posible decir directa e inmediatamente, de entrada, es que las LNC constituyen una de las ciencias de la complejidad; esto es, una de las herramientas, por así decirlo, para comprender y explicar los fenómenos, sistemas y comportamientos de complejidad creciente, en el mundo y en la naturaleza.

Mi estrategia para abrir ambas compuertas hacia las LNC consiste en llamar la atención acerca de la importancia de los eventos raros, algo sobre lo cual ni la ciencia normal ni, a fortiori, la LFC saben nada.

De un modo general los eventos raros son cisnes negros, comportamientos irrepetibles, sistemas irreversibles, fenómenos impredecibles, acontecimientos únicos o singulares, inflexiones o situaciones límites, entre otras caracterizaciones y ejemplos. Propiamente hablando, los eventos raros son los que dan qué pensar. El conocimiento de estos es una condición necesaria, pero no suficiente, para comprenderlos y explicarlos.

A título introductorio digamos aquí que podemos trabajar con o sobre los eventos raros en términos de analogías, isomorfismos, homeomorfismos, redes, lógicas no clásicas o patrones.

Estos son los motivos que guían y abren al mismo tiempo esta presentación de y hacia la lógica en general. Digámoslo aquí de forma franca: se trata de allanar el camino hacia una comprensión de las LNC o, lo que es equivalente, del pensar mismo.

En apariencia, siguiendo las líneas del pensamiento clásico, es posible reducir —o mejor digamos traducir ulteriormente— la ciencia a las matemáticas, y las matemáticas a la lógica. Pero la lógica misma no podría ser reducida o traducida ulteriormente a ninguna otra instancia. Si ello es así, la lógica establece la última palabra de lo que sea el pensamiento humano. Sin embargo, gracias a las lógicas no clásicas el panorama se amplía magníficamente.

La obra principal de Aristóteles, por lo menos si se considera la extensión, no es la Metafísica, la Política o la Ética a Nicómaco, sino ese estudio de lógica que son los Analíticos anteriores y los Analíticos Posteriores (como también han sido traducidos en ocasiones). Es en ese libro, Aristóteles sostiene —y la tradición le cree— que pensar consiste en analizar, y ambos terminan asimilándose como idénticos o por lo menos, como equivalentes. Este es el más craso error de la tradición occidental en cuanto a la comprensión de en qué consiste pensar, puesto que, literalmente, analizar significa fragmentar, segmentar, dividir, desagregar.

Este párrafo es en respuesta a las observaciones de un evaluador anónimo. Me he beneficiado de sus observaciones, y le estoy agradecido.

De acuerdo con la revista Scientometrics, una de las dos revistas más prestigiosas en ciencia (Nature) publica en sus diversas ediciones (Nature, Nature Physics, Nature Biology, etc.) alrededor de 20.000 artículos al año. Ciertamente, la mayoría de los mismos altamente técnicos y, por tanto, minimalistas. Como es sabido, Nature se publica semanalmente. Las mismas características y periodicidad sucede con la otra revista: Science. Si hemos de ser crédulos, la innovación en el conocimiento, en general, tiene lugar semanalmente. A estas revistas es preciso agregar todo el entramado de revistas, de diverso calibre, alrededor del mundo; además, claro, de una verdadera romelía de conferencias, seminarios, simposios, libros colectivos, series editoriales y libros de autor. Mantenerse al día en materia de ciencia en general se torna en un desafío crecientemente complicado. Pues bien, este panorama se torna más difícil cuando se atienden a varios campos o áreas del conocimiento a la vez. La verdadera interdisciplinariedad es uno de los más importantes retos y desafíos a los que puede aspirar quien, sencillamente, piensa.

De acuerdo con un importante historiador (Morris, 2016), y contra todas las apariencias y atavismos heredados de distintas fuentes, la historia no la hacen los inteligentes, los valientes, los sabios o los descubridores. Por el contrario, el cambio en la historia se debe a gente perezosa, cobarde y codiciosa. La razón es que la gente actúa buscando las cosas más fáciles, rentables y seguras. Y raramente la gente sabe lo que hace. La reflexión o la conciencia viene después, y no es seguro que así suceda. Ahora bien, si ello es así, pensar no es, en absoluto, la regla en la sociedad, sino la excepción. La regla es el menor esfuerzo, el miedo, la búsqueda de alguna ganancia en lo que se hace. Un muy fuerte principio de economía tiene lugar, como se aprecia.

Parte I

Pensar y conocimiento de la lógica en general

Hay una confluencia entre biología y cultura importante en el caso de los seres humanos. Se trata del hecho de que las ventajas evolutivas de los humanos se sitúan, físicamente, en el cerebro, y, por tanto, en las capacidades de conocimiento y pensamiento. De un lado, esta creencia ha conducido al encefalocentrismo; esto es, a la idea de que el cerebro es el más complejo de todos los órganos, en todo el universo. De otra parte, se trata de la creencia en el logocentrismo. Desde el origen de los homínidos hasta la fecha ambas creencias parecen sostenerse firmemente. Se trata, en realidad, de una predicción retrospectiva. Sin embargo, de cara hacia el futuro, las cosas merecen atenuarse y matizarse enormemente.

Los seres humanos, individual o colectivamente, parecen haber llegado a ser lo que son gracias al pensar. O al conocer; aquí, por lo pronto, introductoriamente, lo mismo da. Ello ha situado a la cultura como un gran dínamo de la evolución humana, con ella, por tanto, a la filosofía, a la religión, a la teología, a las artes, a la física, a las matemáticas y siempre ulteriormente a la educación, en el centro. Esta es una cara de la moneda.

La otra cara es que la sobrevaloración de la cultura en toda la acepción de la palabra se tradujo necesariamente en un desplazamiento a lugares secundarios y una instrumentalización de la naturaleza. Dicho de forma breve y rápida: pensar consistió siempre en pensar contra la naturaleza.

Las LNC constituyen una de las ciencias de la complejidad. Pues bien, las ciencias de la complejidad constituyen un tipo de ciencia necesaria para un momento determinado. Siempre ha habido complejidad avant la lettre; un enunciado trivial, aquí como en cualquier otro ámbito del conocimiento. Lo cierto es que cada época desarrolla la ciencia que puede, cada época desarrolla la ciencia que necesita.

Así, las LNC y una re-consideración acerca del pensar constituyen una inflexión en la historia del pensamiento en general, y del pensamiento abstracto en particular. Dicho en una cápsula, las LNC son el tipo de lógica que permite superar los dualismos, que vuelca la mirada hacia la diversidad y los matices, en fin, que sabe de cuerpos, vacíos, ruidos, tanto como de naturaleza. Esta primera parte expone los temas más generales, pero lo mismo más básicos. Se trata de una sincera invitación a pensar, mucho más que a conocer.

Una observación importante se impone de entrada. En el horizonte del pensar emergen diferentes, numerosas lógicas; dicho técnicamente, diferentes sistemas lógicos. Se trata de las lógicas no clásicas (LNC). Sin embargo, no todas las LNC sirven igualmente para todo. Pretender lo contrario no solamente sería trivial, sino, peor aún, un signo de ignorancia. Dicho de manera simple: no todas las LNC sirven para todo; hay unas idóneas para unos momentos, y existen otras más apropiadas para determinados sistemas. Lo que sí es absolutamente relevante es que el conjunto o el panorama de las LNC sí sirven, grosso modo, para pensar la complejidad de la vida, del mundo o del universo. Podemos pensar de múltiples maneras y no ya de una sola forma; y por tanto podemos vivir de más de una forma, sin que, por primera vez, haya anatematización, exclusión o encerramiento de una forma de pensamiento por parte de otro.

Contra los enfoques sistémicos, que son esencialmente sistemas de control, digamos que las ciencias de la complejidad consisten en libertad; cuya expresión técnica es: grados de libertad —grados crecientes de libertad— tantos como sean posibles, tantos como quepa imaginar. La primera forma de libertad es la libertad de pensamiento, de la cual se derivan, si cabe la expresión, otras no menos fundamentales, tales como la libertad de creencia, la libertad de opinión o de palabra y, muy significativamente, la libertad de acción. La dificultad de la complejidad es la dificultad misma de existencia o la posibilidad de múltiples sistemas de pensamiento.

De manera generalizada, las LNC no son objeto de enseñanza-aprendizaje. Porque, la verdad, ellas implican una verdadera carga de profundidad. Ninguna de las ciencias de la complejidad posee una carga liberadora, crítica o emancipadora tan fuerte como las LNC.

1 | El pensar como problema

El cerebro humano no evolucionó considerando la ciencia, la filosofía o la lógica, sino atendiendo al medio ambiente y desarrollando aquellos atributos que fueran preferibles para la supervivencia. Posteriormente, entre esos atributos aparecen las artes, la filosofía, la ciencia… Dicho en otras palabras, desde el punto de vista evolutivo, lo primero fue el conocimiento, y lo que hacen los seres vivos para vivir es conocer el entorno en el que viven, y explorarlo. El pensar es un resultado posterior de la evolución. Literalmente, una exaptación del cerebro.

Nadie piensa bien si no piensa en todas las posibilidades. Pero pensar en todas las posibilidades incluye pensar en lo imposible mismo. Sin embargo, pensar no es un acto voluntario y deliberado. No se piensa porque se lo desea. Más bien, pensamos porque resulta una imperiosa necesidad, pero también porque se han desarrollado ya, con anterioridad, costumbres o hábitos que permiten anticipar que el pensar es posible y tiene sentido, en un momento determinado. No en última instancia pensamos porque disponemos de libertad y autonomía, y podemos entonces entregarnos a juegos ideatorios.

De manera más precisa, el pensar se hace posible a partir de la identificación de problemas, y son problemas los que sirven como simiento o cuna para que el pensar se haga posible. Sin problemas, en el sentido fuerte y exacto de la palabra, pensar no resulta necesario. Esta idea exige una aclaración indispensable.

Tal y como se dice generalmente en ciencia, en filosofía y en general en el espectro de la academia, la investigación se funda a partir de problemas. Esto es, retos, apuestas, desafíos. Ahora bien, si bien es cierto que la identificación o formulación de problemas requiere como condición necesaria el conocimiento del estado del arte de un tema o materia determinadas —según el caso—, la tarea de formular problemas es esencialmente un ejercicio o un acto de la imaginación. Dicho de manera puntual, un problema se concibe, esto es, se imagina. Y un problema, entonces, se resuelve (esto en contraste con la técnica habitual de la pregunta de investigación: una pregunta se formula y, a su vez, una pregunta se responde).

Un problema no se concibe sin la cabeza, pero, propiamente hablando, un problema es una experiencia. De manera puntual, una experiencia vital. Como el amor, como la angustia, como el encuentro con el rostro del otro, como la muerte. Cuando se tiene un problema no somos nosotros quienes lo tenemos; por el contrario, es el problema el que nos tiene. Como cuando estamos enamorados (enamorados y no simplemente infatuados). Así, por ejemplo, nos despertamos a media noche pensando en la persona amada, nos sorprendemos en la calle o en reuniones totalmente abstraídos, porque la mente y el corazón pivotan alrededor del recuerdo o la imagen de la persona amada. Al fin y al cabo, como es sabido, el amor es una experiencia psicótica: perdemos el sentido de la realidad y estamos totalmente envueltos por la experiencia sin que nada ni nadie más nos importe. Pues bien, literalmente, un problema es como una experiencia de amor. El problema nos tiene, nos sorprendemos en numerosas ocasiones pensando o relacionando o remitiendo todo al problema, y creemos verlo en todas partes.

Ahora bien, los problemas (de investigación; los problemas que dan qué pensar) no existen en el mundo. Es el pensador (el investigador, el experimentador, el descubridor, pensador, el inventor) quien define qué es un problema y por qué lo es; qué implica que algo sea un problema y qué se sigue de esto. En otras palabras, los problemas no los encuentra el investigador en el mundo; por el contrario, los introduce en el mundo, y estos le confieren otro sentido, otro significado, en fin, otro significante al mundo y a la realidad.

Pues bien, pensar es una experiencia distinta al conocimiento. Si, con razón, Maturana y Varela (1984) ponen de manifiesto que las raíces del conocimiento se encuentran en la biología (y no ya en aquellas instancias que los psicólogos, los epistemólogos de vieja data, y los filósofos creían, como el alma, el intelecto, el entendimiento, la razón, la conciencia, y demás), los motivos y el modo mismo del pensar tiene lugar o se gatilla en una experiencia ante-predicativa que es semejante a una experiencia límite. Y esa experiencia encuentra sus raíces en la biología, en efecto.

Pensamos en la forma de la duda, en la forma de tanteos, en la forma misma del bosquejo. Hay quienes piensan con la mano, y entonces elaboran trazos sobre una hoja de papel cualquiera, y hay a quienes se les ve el pensamiento en los movimientos mismos del cuerpo. El pensar tiene un rasgo distintivo que es reconocible a quienes tienen experiencias semejantes o próximas, y se hace evidente en el rostro como un todo; así por ejemplo en la mirada, o en una cierta área no enteramente definible, en fin, también en el hecho de que quienes se dan a la tarea de pensar no siempre emplean las palabras comunes y corrientes que usan todos los seres humanos en el día a día. El pensar como la inteligencia son evidentes ante una mirada sensible, y no pueden ser ocultados de manera fácil.

A los que piensan, como a quienes están enamorados, o a quienes padecen de pobreza, o quienes sufren de una enfermedad, por ejemplo, se los conoce por un ejercicio de entropatía (Einfühlung), esto es, una especie de “ponernos en el zapato de los otros”, un acto de interiorización de un fenómeno externo. Pensar está jalonado por una especie de hybris, una pasión, un gusto, una fruición únicas. Ya la historia de la ciencia tanto como de la filosofía, la psicología del descubrimiento científico al igual que los estudios sociales sobre ciencia y tecnología, así lo han puesto de manifiesto.

Sin embargo, el pensar no es exclusivo de los seres humanos. También los animales y las plantas piensan. Oportunamente volveremos al respecto; por lo pronto, lo verdaderamente importante estriba en el reconocimiento de que pensar no es un atributo exclusivo o distintivamente humano. Un escándalo cuando se lo mira con los ojos del pasado o de la tradición.

Pero no es este el lugar para entrar en este tema, por razones de espacio5.

A pensar nos preparamos a través de mucha lectura, mucho estudio, mucha reflexión. Pero también, a través de mucha experiencia y una larga vida. Pensar, en otras palabras, no es un punto de partida, sino un punto de llegada, el resultado de un trabajo o una forma de vida que permite que, entonces, haya en la sociedad y en la cultura pensadores.

Pensar se convierte en un problema dado que, de suyo, es crítico, reflexivo, no acepta ningún criterio de autoridad de ninguna clase, es siempre cuestionador e implica la autonomía, independencia, libertad y la formación de criterio propio. No en vano la Ilustración, con Kant, eleva el pensar a un acto de soberanía por parte del individuo: “atrévete a pensar” (sapere aude) (literalmente: “atrévete a saber [por ti mismo]”). Como se aprecia, la clave no está en la frase de Kant sobre el pensar, sino en el acto de osadía, de libertad, de independencia por parte de alguien.

En un mundo cargado de intereses de todo tipo, pensar se asimila tanto a un “lujo” y a algo innecesario. Lo importante sería hacer o establecer para qué sirve algo. En este caso, para qué sirve pensar6. Un caso particular ilustra bien esta situación: de acuerdo con Kurt Lewin (1890-1947), “no hay nada más práctico que una buena teoría”. Pensar nos permite elaborar modelos, teorías y comprensiones filosóficas sobre nosotros mismos y sobre el universo. En este sentido, sostenía Einstein que es la teoría la que nos permite ver las cosas.

Los aztecas jamás vieron llegar a Hernán Cortés, y solo se percataron que estaba allí cuando ya estaba matando a los aztecas, asolando los campos, violentando a sus mujeres. Y la razón por la que no vieron a los españoles es porque carecían del concepto de arcabuz, de perro, de caballo, de hombre blanco, y demás. Los conceptos y las teorías nos permiten ver las cosas, y al verlas podemos explicarlas y comprenderlas. Tal es el valor de pensar; esto es, pensar en y con conceptos, pensar y elaborar modelos y teorías, por ejemplo. Pensar y nombrar las cosas; cosas que anteriormente eran innombrables, innominadas. Al cabo, finalmente, toda discusión acerca de conceptos es una discusión filosófica. La inteligencia consiste en crear conceptos, pero, asimismo, al mismo tiempo, en crear metáforas y símiles. La inteligencia consiste en una libertad con respecto al lenguaje mismo; si se quiere, la inteligencia pasa, atraviesa por juegos de lenguaje, juegos de palabras —y, claro, entre ellos, encontramos la ironía y el sarcasmo—, la alegría, esa capacidad de juego que se desborda a sí misma. Sin embargo, es evidente que la inteligencia no únicamente consiste en esto.

En el mundo actual se asimila y se impulsa, se promueve y se hace el llamado constante a comportamientos distintos al pensar. Así, notablemente, se elogia el sentido de pertenencia, la lealtad, la fidelidad, la obediencia incluso, el cumplimiento de las normas y la institucionalidad. Todo ello va en desmedro del pensar en sentido propio. Vivimos una cultura de fobia al pensar, y son las normas, las leyes y la institucionalidad las que pasan a primer plano en la conciencia individual y social, repetidas por medios de comunicación social, ingenierías sociales de todo tipo y, en fin, estructuras organizacionales y cuerpos administrativos de toda índole. Predomina, sin más, una cultura de la obediencia y el acatamiento. De consumo, el olvido acerca del pensar se traduce exactamente en toda una política de control, sumisión, obediencia, claudicación y entrega (giving up). Han estado reduciendo amplias capas de la población a ser simplemente objetos, con comportamientos inerciales, reactivos, propios de la mecánica clásica, en fin, ulteriormente pasivos.

En metodología de la ciencia, se ha convertido ya en una costumbre enseñar a los estudiantes que es importante tener “la pregunta de investigación”. Lo que no se dice expresamente es que los estudiantes deben ser cuestionadores, inquisidores, no aceptar los hechos ni las ideas sin más. In extremis, lo que menos se enseña en estos casos es el desarrollo del gusto por el conocimiento, y la pasión por este; por ejemplo, la eliminación o disminución al máximo del temor a no equivocarse. Recientemente han comenzado a aparecer algunas revistas en las que se pueden publicar resultados negativos. Mientras tanto, lo cierto es que la inmensa mayoría de publicaciones son acerca de aciertos, triunfos, aseveraciones, éxitos, todo lo cual ofrece una visión parcializada, y por tanto equivocada de la ciencia y, entonces, del pensar.

Bien entendida, la pregunta de investigación es bastante más que una técnica; se trata de una actitud radical. Formular preguntas, mucho mejor: cuestionar es, en propiedad, una invitación a pensar las cosas de que se ocupan los seres humanos de otro modo distinto a la costumbre. Costumbre que eufemísticamente es conocida como el “estado del arte”. Esta actitud radical no es, simple y llanamente, otra que la capacidad de cuestionar, formular o concebir problemas; literalmente, problematizar. Digámoslo sin más: pensar e investigar constituyen un auténtico acto de rebeldía, una insumisión.

Ahora bien, bien entendido, pensar consiste en imaginar mundos posibles, escenarios distintos, fenómenos y comportamientos nunca vistos hasta la fecha. Nadie piensa bien si no imagina nuevas realidades, si no se juega con posibilidades. Pensar no es, así, diferente a llevar a cabo experimentos mentales, en fin, jugar con pompas de intuición (intuition bubbles). Sin imaginación, el investigador es un autómata más; esto es, alguien que realiza tareas y las cumple eficientemente.

Pensar es un proceso que, contradictoriamente, implica al mundo y la naturaleza, pero que se lleva a cabo individualmente. Desde luego, existen los think tanks (tanques de pensamiento); además, en nuestra época son fundamentales las redes —nacionales e internacionales— de cooperación. Pero pensar implica soledad y aislamiento, encuentro consigo mismo, desafío y libertad (total, literalmente). Pensar se funda en un ejercicio en el que el alma dialoga consigo misma, si cabe aún la expresión, y el alma cuida de sí misma (epimeleia tes psychés). Quien piensa cuida de sí mismo y de los demás. El ejercicio de soledad del pensar es un ejercicio de fortaleza del alma misma. Consiste en una radical autonomía e independencia. Y esto constituye, manifiestamente, un problema.

En otras palabras, pensar sucede en la interfaz entre el mundo interior, rico, inmensamente rico por parte de quien piensa, y el resto del mundo y la realidad. Esa interfaz es un umbral móvil y difuso que se dirime en el cruce entre biografía y entorno familiar y social, es decir, la cultura misma o el momento histórico en los que emerge y se hace posible, o no, el proceso mismo del pensar.

Una observación final: dado que, presuntamente, el pensar sucede en las universidades, es necesario volver la mirada por un instante en esta dirección. Pues bien, la observación tiene que ver con el reconocimiento explícito de una tendencia peligrosa a hacer carrera en muchas universidades hoy en día, con paso cada vez más apretado y voz cada vez más elevada. Se trata de los intentos por disciplinar la investigación. Esto es, por ejemplo, que los economistas deben publicar en revistas de economía, los administradores en revistas de administración, los politólogos en revistas de su disciplina, y los médicos, por ejemplo, en las revistas de su área.

Se les quieren cortar las alas a los investigadores para que publiquen en revistas diferentes a su propia disciplina, y se tiende cada vez más a valorar poco y nada la publicación de artículos de alta calidad en revistas de otras áreas, incluso aunque esas revistas puedan ser A1.

Esta es una tendencia evidente en Colombia y en otros países. Por tanto, cabe pensar que se trata de una estrategia velada que solo se podría ver como anomalías locales. Falso.

Se trata de un esfuerzo cuyas finalidades son evidentes: adoctrinar a los investigadores y ejercer un control teórico —ideológico, digamos— sobre su producción y su pensamiento. Y claro, de pasada, cerrarles las puertas a enfoques cruzados, a aproximaciones transversales a la interdisciplinariedad.

Esta es una política a todas luces hipócrita: mientras que de un lado cada vez más los gestores del conocimiento hablan de la importancia de la interdisciplinariedad, de otra parte se cierran, tanto los programas de enseñanza, como los procesos mismos de investigación, libertades básicas que corresponden a lo mejor del avance del conocimiento en nuestros días.

Ciertamente, el conocimiento en general puede tener un avance al interior de cada disciplina. Pero ese progreso es limitado, técnico y minimalista. Dicho con palabras grandes: ese avance beneficia a la disciplina, pero deja intacto el mundo. No cambia para nada la realidad, ni la de la naturaleza ni la de la sociedad. Tampoco cambia a los sujetos que llevan a cabo la investigación. Una investigación que no cambia a quien investiga es tarea, rutina, ejercicio de reducción y, en suma, embrutecimiento.

En realidad, disciplinar la investigación corresponde a la emergencia y consolidación del capitalismo académico. Bien vale la pena volver a leer, incluso entre líneas, el libro fundamental de Slaughter y Rhoades: Academic Capitalism and the New Economy. Un texto invaluable sobre el cual los gestores del conocimiento en países como Colombia han arrojado un manto de silencio. Mientras que en los contextos académicos y de investigación de algunos países desarrollados sí es un motivo de reflexión y crítica.

Están pretendiendo controlar el pensamiento mismo de los investigadores. Ya no solamente el de los educadores y profesores. Con ello, de consuno, se trata de controlar a posibles futuros lectores, a los estudiantes y a una parte de la sociedad. Una empresa de control total.

En muchos colegios, los mecanismos de control ya están establecidos, notablemente a partir de las fuentes que trabajan, los libros por ejemplo, muchos de ellos pertenecen a dos o tres fondos editoriales. El control ya viene desde las editoriales elegidas por numerosos colegios para la formación del pensamiento de los niños. Solo que el control de la información y el conocimiento a través de (un cierto número de) las editoriales ya es un control ideológico de la sociedad. Ideológico, es decir, doctrinal.

En las universidades se ha establecido ya la elaboración de los syllabus y de los programas. La libertad de enseñanza, la libertad de cátedra, como se decía, quiere ser cercenada y manipulada. Incluso hay numerosos lugares donde se discuten colectivamente los programas, todo con la finalidad de ajustarlos finalmente a los syllabus. Técnicamente, en esto consiste la “curricularización” de la educación; se presume la libertad de cátedra, pero se amarra a los profesores al programa o al currículo.

Con respecto a la investigación, el control ha de introducirse justamente con el llamado a la publicación de artículos en revistas de la disciplina. La libertad de pensamiento (es decir de la investigación) queda así limitada, si acaso no eliminada. La educación, así concebida, según parece, no forma personas inteligentes y libres; seguiría siendo simplemente un mecanismo de movilidad social, conjuntamente con el clero y la formación militar.

En un evento internacional hace poco conocí a un profesor que había estudiado un pregrado determinado, había hecho su doctorado en otra área en un país europeo, y como resultado investiga en otros temas diferentes, pero, como pude comprobarlo, en investigación de punta (spearhead science). Pues bien, este profesor anda por medio país, y ahora por medio continente buscando trabajo pues las convocatorias en muchas ocasiones exigen disciplinariedad (por ejemplo, haber estudiado economía y tener un doctorado en economía). De manera “generosa” (ironía), se escribe con frecuencia: “o en áreas afines”. Economía es aquí tan solo un ejemplo.

El subdesarrollo —eso ha quedado en claro hace ya tiempo—no es un asunto de ingresos, dinero o crecimiento económico. Es ante todo una estructura mental. Pues bien, con fenómenos como los que estamos señalando, las universidades están reproduciendo las condiciones del atraso, la violencia, el subdesarrollo y la inequidad. Por más edificios que compren o reestructuren y por más aparatos y dispositivos que introduzcan en las clases y en los campus.

Como se aprecia, parece haber toda una estrategia política. Y sí, la política se ha convertido en un asunto de control y manipulación, no de libertad y emancipación.

Disciplinar la investigación es en muchas ocasiones un asunto de improvisación; en otros términos, una cuestión de mala fe (en el sentido sartreano de la palabra), y en muchas ocasiones también un asunto de ignorancia.

Muchos profesores, simplemente por cuestiones básicas de supervivencia, terminan ajustándose a elaborar programas en concordancia con los syllabus, y a investigar y publicar de acuerdo con las nuevas tendencias y políticas. Por miedo, por pasividad. Pero siempre hay otros que conservan su sentido de independencia y autonomía.

Como sea, en el futuro inmediato, parece que el problema no se resolverá a corto plazo. Debemos poder elevar alertas tempranas contra la disciplinarización de la investigación. Y hacer de eso un asunto de discusión, estudio y cuestionamiento. Son numerosos los académicos e investigadores que viven en estas condiciones.

Terminemos la observación puntual anterior. Supuestamente el topos del pensamiento tiene lugar en las universidades: en las maestrías, los doctorados, postdoctorados y los centros e institutos de investigación. La verdad es que, por regla general, si el pensar genera conocimientos nuevos, la gran mayoría de la innovación no sucede en la universidad, sino fuera de esta; tiene lugar a pesar de la universidad. Pensar no conoce un espacio exclusivo para su existencia y desarrollo, aunque sí sea posible identificar condiciones de posibilidad excelsas para el pensar, en un lugar y en un momento determinado.

Además de la bibliografía sobre el tema, referimos sobre el desarrollo reciente de la neurobiología de las plantas y los estudios animales: Mancuso, S., Viola, A. (2015). Brilliant Green. The Surprising History and Science of Plant Intelligence. Washington: Island Press; Kohn, E. (2013). How Forests Think. Toward and Anthropology beyond the Human. Berkeley: University of California Press; Baluska, F., Mancuso, S., Volkman, D. (eds.) (2007). Communication in Plants. Neuronal Aspects of Plant Life. Springer Verlag; Gross, A., and Vallely, A. (eds.) (2012). Animals and the Imagination. A Companion to Animal Studies. New York: Columbia University Press.

En la cultura popular, y notablemente en muchas películas de Hollywood que tratan de viajes espaciales, siempre hay un ingeniero, un médico, un físico o un químico, un técnico y así sucesivamente. Pero raramente hay un pensador. Los pensadores no importarían para la supervivencia de la especie humana y la exploración del espacio extraterrestre, aparentemente.

2 | Problemas, necesidad y pobreza

Contra todas las apariencias, la inmensa mayoría de la gente no tiene problemas. Ciertamente no en el sentido prestante que adquiere el término en la investigación. Con todo y que, en el plano existencial, en numerosas ocasiones, los problemas cumplen para la mayoría de la gente la función de factores de selección. La vida se les va quedando en el afrontamiento de las dificultades, y los problemas terminan cobrando la vida de las personas; problemas como celos, deudas, odios, rencores, y muchos otros ardides que no son en realidad problemas sino trampas mortales.

Un problema, en el contexto de la investigación, tiene cualquier otra acepción distinta a dificultad, embrollo o trampa. En este sentido, el lenguaje que se emplea en ciencia y en filosofía en nada se corresponde con el lenguaje común y corriente que se usa en la calle todos los días, y cada vez menos. Los investigadores, como ha sostenido un autor, son una clase particular de seres humanos, pues aman los desafíos, los retos y las dificultades (puzzles). Definen su vida en torno al amor por los problemas, puesto que saben que, cuando resuelven un problema, hay diez más que aparecen inmediatamente.

Los problemas constituyen, metodológicamente hablando, el ADN de la investigación, o del pensar. Sin problemas nadie piensa, pero pensar consiste en más que resolver problemas. En sentido propio, pensar crea nuevas dimensiones, nuevos mundos, nuevas alternativas inexistentes anteriormente y, así, el pensar responde a los problemas creando posibilidades, imaginando divergencias y no convergencias. El pensar jamás reacciona ante los retos y las dificultades, y ciertamente no en el sentido newtoniano de la palabra. La mente no es otra cosa que una creadora de nuevos mundos y nuevas realidades. Pensar es pensar en posibilidades, en toda la extensión, gama y profundidad de la palabra.

Los verdaderos problemas en ciencia como en la vida constituyen no simplemente cuestionamientos a un estado de cosas anterior o prevaleciente, sino, más radicalmente, la necesidad de cambiar un fenómeno, un comportamiento, un sistema determinados. Pensar consiste en querer cambiar las cosas, no simplemente en comprenderlas e interpretarlas.

En este punto vale recordar a Einstein. En el contexto del debate de Copenhague, decía el físico alemán que si verdaderamente se quiere resolver un problema, esto exige cambiar el marco en el que surge el problema. Así, bien entendido entonces, esto significa modificar el marco lógico, el marco epistemológico, el marco semántico, el marco sintáctico en el que surge un problema. Pero estos no son los únicos marcos. Asimismo, se hace indispensable cambiar el marco científico, el marco filosófico y el marco cultural en el que surge el problema. Pero, más radicalmente, ello conlleva también, de manera inevitable, a modificar de raíz el marco social, el marco político, el marco económico y el marco de valores en el que emerge el problema en cuestión. De lo contrario, no se habrá hecho nada y definitivamente el problema no habrá quedado resuelto, en modo alguno. Ulteriormente, se trata de cambiar la historia, punto. En ciencia y en metodología un problema que se aborda y se explica sin que se cambie verdaderamente nada se denomina una investigación epidemiológica.

Einstein mismo, como muchas veces sucede en la historia del conocimiento, jamás fue enteramente consciente del alcance y el significado de lo que estaba planteando.

Para el verdadero investigador, sus problemas no son un simple asunto de horarios de oficina. Los problemas del investigador no se encuentran en el tiempo objetivo (es decir el tiempo polinomial), sino, más propiamente, anidan en su corazón, o en su vientre, o en su hipófisis, o en algún otro lugar recóndito de su cuerpo. Un problema no simplemente se piensa; se siente. Constituye una verdadera experiencia metafísica en el sentido de que modifica de raíz la existencia monótona, regular, parsimoniosa y cíclica de la vida común y corriente. Tenemos ante nosotros un auténtico oxímoron: los problemas que dan qué pensar y que definen la investigación producen verdadera fruición en el investigador. En el fondo resuena la segunda —¡no la primera! — frase de la Metafísica de Aristóteles (la primera): todos los hombres desean por naturaleza saber; (la segunda:) “semeion d’e toon aistheseos ágapesis”. Así lo indica el placer (o disfrute) (ágape) de los sentidos [esto es, saber o conocer produce placer].

Para quien piensa, una vida llevada en preguntas, cuestionamientos, reflexiones, críticas, cambios de puntos de vista, juegos de imaginación y experimentos mentales, es una forma de vida propia, y cuando la ha conocido verdaderamente nada se iguala a ella. El mundo de la vida —en el sentido trivial o habermasiano de la palabra— parece soso, fofo, banal. La trivialidad y la mediocridad parecen rondar por todas partes, más allá de los entrenamientos de la vida cotidiana, más allá de los criterios mismos de estandarización y demás que prefiguran la existencia de la mayoría de los seres humanos. Exactamente en este sentido aparece una contradicción, pero que no es trivial: pensar no es un fenómeno normal y no se ciñe a los parámetros normales de distribuciones normales, ley de grandes números, curvas de Bell o campanas de Gauss, en ningún sentido.

Pensar ciertamente exige un esfuerzo y, más que disciplina, digamos constancia. He aquí otro oxímoron, a saber: en numerosas ocasiones pensar demanda un estilo de vida de mucha insistencia, trabajo y dedicación, pero el pensar carece de parámetros en cualquier acepción de la palabra. Visto de forma externa, el pensador parece alguien desprovisto de los ritmos habituales de la vida cotidiana, pero internamente son ciclones y tormentas, abismos y cordilleras, acompañados de vientos suaves y valles los que configuran, definen y determinan el pensar mismo. Por fuera todo parece relativamente calmo, pero por dentro son verdaderos terremotos o son tsunamis, arrebatamientos los que jalonan el pensamiento mismo. El balance entre ambos, cuando existe, se plasma en una obra significativa, de valor trascendente. Entrar a la historia no es entrar al pasado; es lograr que generaciones futuras hablen de alguien.

3| Pensar es pensar sobre problemas. Los problemas complejos

El pensar se aparece ante los esclavos como una actividad ociosa, y sí: la verdad es que pensar es una sola y misma cosa con el ocio. Los griegos antiguos lo llamaban scholé, los franceses lo denominan loisir, y los angloparlantes se refieren a él como leisure. Los alemanes se acercan bastante a la idea de ocio cuando lo comprenden como Freizeit: tiempo libre. O lo que es equivalente en esa experiencia cultural ya muerta que es el kairós: el tiempo oportuno, el tiempo de lo oportuno, el tiempo que no está en el tiempo (objetivo), en fin, el tiempo del alma, como decían los medievales, místicos y no místicos. La gente normal no sabe del ocio; en el mejor de los casos tan solo tienen vacaciones (y habitualmente son programadas).

Pensar exige ocio y a la vez produce ocio —en contextos y tiempos de eficiencia, eficacia, productividad y control social a través de diversas ingenierías sociales—. Ocio significa todo lo opuesto a trabajo, a labor o a tarea, algo que en los contextos de gestión en general, y de gestión del conocimiento en particular, generalmente se omite o se ignora. Todo parece estar sujeto a indicadores, tablas, cuadros, medidas, tareas, planes, planeación, prospectiva, estudio de riesgo, estrategia, liderazgo y demás, para decirlo en el más políticamente correcto de los lenguajes; al cabo, indicadores y escalafones (rankings). Herbert von Braun decía que él hacía investigación cuando no sabía lo que hacía y no sabía muy bien a dónde iba con lo que hacía.

Más exactamente, no existen indicadores del ocio o para el ocio, por la sencilla razón de que el ocio no pertenece al tiempo objetivo o cronológico. El ocio pertenece a esa dimensión enorme de lo ampliamente inútil, en esa lectura llena de sarcasmo de Ordine (2015). Pues bien, es en el ocio cuando en el pensar aparecen los problemas, aquellos que definen por su radicalidad y forma de vida la investigación, en el mejor de los sentidos.

El tiempo del pensar puede ser dicho entonces de una dúplice manera: como el kairós o, lo que es equivalente, como el ocio, y es entonces cuando los problemas que definen y constituyen al pensar emergen en propiedad.

Quisiera decirlo de manera directa: no hay que buscar los problemas. Por el contrario, hay que dejar que ellos nos asalten, por definición, súbita e inopinadamente. Como el amor, como el hambre, por ejemplo. En esto exactamente consiste el estar abiertos: abrirnos a los problemas, abrirnos al mundo, abrirnos a los misterios y enigmas. Cuando tenemos problemas, en realidad es como cuando estamos enamorados: nos volvemos psicóticos, pues el amor es una experiencia psicótica. Estar enamorados significa volvernos psicóticos, y cuando no lo estamos, impera el principio de realidad, las normas y las costumbres, y germina así el aburrimiento y la desidia.

Abrirnos al mundo, estar abiertos al tiempo y al espacio, abiertos incluso a nosotros: he aquí una idea simple que es, sin embargo, sumamente difícil de llevar a cabo, pues usualmente la gente tiene pre-conceptos, pre-juicios, pre-comprensiones. Pues bien, sobre esta base se hace imperativa una aclaración adicional: los más importantes de todos los problemas —lógica, metodológica, filosófica, científica y existencialmente— son aquellos que son propiamente complejos. En otras palabras, no es suficiente con identificar o formular problemas. De manera ideal debe ser posible identificar problemas complejos. En esto consiste la teoría de la complejidad computacional que, quiero decirlo, constituye la columna vertebral de todo el trabajo en complejidad.

Los fenómenos, los sistemas y los comportamientos complejos son sistemas abiertos. Pues bien, es imposible ver sistemas abiertos si no se tiene una estructura de mente abierta; de mente y de corazón, en realidad. Solo quien tiene una estructura de mente abierta ve complejidad; y entonces, claro, ve emergencias, autoorganización, no linealidad, turbulencias y fluctuaciones, en fin, novedad y vida.

El estudio de los problemas complejos, y distinguir cuáles son efectivamente complejos y por qué y cuáles no lo son, constituye la médula de la teoría de la complejidad computacional, un campo que constituye y atraviesa transversalmente a las matemáticas, la lógica y la computación. Hay una doble manera de estudiar la teoría de la complejidad computacional: o bien a partir de la distinción entre problemas decidibles e indecidibles, o bien en términos de las relaciones entre los problemas P y los problemas NP. Ambos caminan, se implican recíproca y necesariamente.

Por trivial que resulte, es preciso señalar expresamente que no todos los problemas son complejos. Es más, la inmensa mayoría de problemas, en la vida como en ciencia, no son complejos. Un problema se dice que es complejo cuando las herramientas, los enfoques, las técnicas, las heurísticas y aproximaciones normales o tradicionales resultan insuficientes: a) para comprender el problema en cuestión; b) para resolverlo.

Desde otro punto de vista, cabe decir que un problema es complejo cuando el dominio que se tiene sobre el estado del arte en el conocimiento resulta insuficiente para resolverlo. Asimismo, más brevemente, un problema se dice que es complejo cuando una sola ciencia o disciplina es incapaz de encontrar soluciones a este.

Pues bien, los problemas propiamente llamados complejos constituyen el motivo de trabajo por parte de los complejólogos en general. Los sistemas complejos son sistemas abiertos, y es imposible ver la complejidad si no se tiene una estructura de mente abierta. La cultura tiende a cerrar las estructuras mentales abiertas; la biología, en contraste, nada sabe al respecto. Este es otro argumento que ayuda a entender por qué razón y cómo las ciencias de la complejidad constituyen una revolución científica.

Digámoslo sin ambages: un capítulo constitutivo de las ciencias de la complejidad son las LNC —un capítulo reciente y promisorio en la historia del conocimiento— y las LNC encuentran una puerta directa de enlace con la teoría de la complejidad computacional. Diferentes entre sí, existen sin embargo varios vasos comunicantes entre ambas.

Pero vayamos más lento. Se hace necesaria una elucidación acerca de las clases de problemas. Se trata de comprender de forma precisa qué es un problema complejo. La tesis que quiero sostener aquí es que es un problema complejo el que da qué pensar. Esta idea permite, de forma genérica, pensar que existe en la historia y en la cultura una complejidad avant la lettre, y una complejidad en sentido estricto. Algo que sin duda puede confirmase en otros casos.

En la metodología tradicional de la ciencia, la formulación o identificación de problemas se direcciona a través de la llamada pregunta de investigación, y se funda ulteriormente en el esquema de origen positivista que, abierta o tácitamente, se deriva del Círculo de Viena (Stadler, 2011). Vale recordar, notablemente, la distinción entre contexto de descubrimiento y contexto de justificación. De manera atávica, en la tradición científica la idea de base es que a cada problema identificado le corresponde una solución. Por el contrario, es característico de las ciencias de la complejidad entender varias cosas, así:

 Un problema no necesariamente debe tener una solución precisa o única.

 Existen grupos o asociaciones de problemas, y es posible trabajarlos de manera conjunta.

 Un problema se dice que es complejo cuando exige nuevos enfoques, nuevas herramientas y no una sola disciplina, ciencia o enfoque.

 Un problema es complejo cuando claramente adopta rasgos distintivos de la complejidad, tales como no linealidad, equilibrios dinámicos, o distribución de leyes de potencia, notablemente (Maldonado, 2018a).

Los problemas complejos pueden ser vistos existencialmente como aquellos que nos asaltan de repente y nos capturan por el cuello, por los intestinos o de otra forma, de tal modo que, literalmente, podemos afirmar que no los tenemos, sino que son ellos los que nos tienen. Es entonces cuando un problema exige, absolutamente, desde el punto de vista del estilo de vida que llevamos, que sea resuelto, o por lo menos que se intente resolverlo. Los problemas auténticamente complejos no se los ve con los ojos; se los siente en alguna parte del cuerpo; para algunos, en el vientre, otros, en los riñones, otros más en la garganta, y así según el tipo de fisiología que cada quien tiene.

En buena ciencia y en buena investigación, los problemas son la forma misma en que alguien existe y su producción teórica e intelectual cabe ser adecuadamente vista como el esfuerzo de solución del problema (o problemas) en cuestión. En otras palabras, no es un asunto de simple cuestión laboral (horarios, por ejemplo). Pensar se dice hoy investigar, y la investigación, cuando es auténtica, no sabe de tiempos cronológicos, circadianos, por ejemplo.

En fin, contra todas las apariencias, cuando efectivamente sucede, la investigación es una forma de vida. Y en consecuencia es radicalmente diferente de las profesiones, incluso de los niveles de especialización de las profesiones (especializaciones y maestrías). El investigador, como el verdadero creador, lo es veinticuatro horas, siete días a la semana. La historia de la gran literatura, de la gran ciencia, de la gran filosofía, de las grandes artes, por ejemplo, así lo ilustran con una profusión de casos.

4 | La investigación como un ejercicio de pensamiento

Pensar requiere tiempo. Pero desde el punto de vista laboral y como cultura académica, los investigadores en general viven sujetos al publish or perish (publicar o morir). La presión es verdaderamente enorme, y la expresión de la misma puede apreciarse con nitidez en el sitio: http://retractionwatch.com; esto es, la presión que hace incurrir en plagio, deformación de datos, robo de ideas, co-autorías ficticias, y muchas otras prácticas nocivas y perversas, y todo a gran escala, como un comportamiento verdaderamente generalizado. Las diversas presiones que se plasman en el sitio web mencionado, por ejemplo, ponen de manifiesto el choque de dos dimensiones radicalmente distintas: de un lado, el tiempo de la producción, la eficiencia, la eficacia y el crecimiento de indicadores —algo perfectamente análogo al crecimiento económico del modelo económico imperante— y, de otra parte, la temporalidad de la creatividad en general; aquí, el tiempo del pensar. He aquí un tema de la mayor dificultad y que interpela a varias escalas y niveles de la sociedad en general, incluidos desde luego el sector público y el sector privado.

Ahora bien, la historia de la ciencia pone de manifiesto que, en ningún área del conocimiento, nadie descubre nada en lo que venía trabajando hacía años. Por el contrario, tanto en electrónica como en física, matemáticas o filosofía, en biología o sociología, por ejemplo, siempre los descubrimientos científicos suceden: a) por casualidad y b) en las cercanías de lo que el investigador venía trabajando. La condición es que el investigador debe ser lo suficientemente sensible e inteligente para ver esa casualidad y los descubrimientos en los alrededores del campo o línea de trabajo que tenía. Como decía Heráclito (22 B 18): “Si no se espera lo inesperado nunca se lo hallará, dado lo inhallable y difícil de acceder que es”.

En esta misma dirección, también la historia de la ciencia, así como igualmente la filosofía de la ciencia, ponen suficientemente de manifiesto que la ciencia en general no se hace única y fundamental con base en observación, descripción, instrumentos, técnicas, herramientas, redes, laboratorios, bilingüismo, y demás. Por el contrario, el elemento que verdaderamente gatilla a la ciencia, y en consecuencia la creatividad e innovación, es la capacidad de realizar experimentos mentales. Esto es, la importancia de las pompas de intuición, la imaginación y la fantasía.

Pensar e imaginar no son dos cosas diferentes. Son dos expresiones de un mismo fenómeno, a saber: concebir nuevos mundos, nuevas realidades, nuevas formas de ser de las cosas, en fin, explorar, anticipar lo que aún no ha llegado, proyectar lo que es posible de otros modos. En este sentido, mientras que el conocer avanza, por así decirlo, por partes, el pensar implica una capacidad de totalización, de síntesis, de figuración integral de aquello que se piensa. Precisamente a la manera de la imaginación, que consiste en brindarnos el cuadro completo de un fenómeno determinado, y no simplemente escorzos o segmentos de este.

No todos los seres humanos se dedican a la investigación y, por lo demás, no tienen por qué hacerlo. De la misma manera, no todos los seres humanos hacen de la ciencia, en el sentido más amplio e incluyente de la palabra, un estilo de vida. Por la misma razón, en consecuencia, la mayoría de las personas no tienen problemas en el sentido preciso que se discute aquí. Pero cuando acontece, la investigación es el ejercicio mismo del pensamiento, y pensar adquiere, si cabe, un sentido agónico, exactamente en la acepción que el término adquiere desde la antigua Grecia arcaica. Esto es, un asunto de vida o muerte. De vida en realidad, pues cabe recordar aquí la vieja idea del estoicismo. Sostenía el filósofo estoico Crisipo: “Entre la vida y la muerte no hay ninguna diferencia”. Y alguien del sentido común le replica: “¿Si no hay ninguna diferencia entonces por qué no se suicida?” Y responde el filósofo estoico: “Por eso mismo: porque no hay ninguna diferencia”.

Digámoslo de manera elemental, en términos sociológicos: todos los seres humanos conocen, de alguna manera, esto o aquello. Y si bien la capacidad de pensar es común a todos los seres humanos, no todos piensan. Por diversas razones: porque no han sido llevados a ello, porque no se han visto impelidos a pensar, porque nunca hicieron del pensar un asunto propio, porque jamás disfrutaron de libertad, o por otras razones semejantes.

El tiempo del pensar no es objetivo. En este sentido, con razón, los griegos distinguían entre el tiempo cronológico y el tiempo del kairós. El tiempo del kairós puede ser asimilado al diálogo del alma consigo misma de que hablaba Platón, o bien, en el otro extremo del tiempo, al proceso misma del reencantamiento del mundo y de la vida del que hablan Prigogine y Stengers. Quisiera decirlo de forma directa y simple: investigar es un acto de optimismo, de confianza en el pensamiento, en la vida y en sus posibilidades. Quien ha claudicado ya ante la vida sencillamente se abandona, descree de las capacidades del pensar y es un escéptico convencido y la inutilidad de la investigación. El pesimismo ronda y se impone y, al cabo, reina la desolación y la muerte. Es cuando las personas han aprendido la desesperanza.

Pensar es, por consiguiente, todo lo contrario a un acto de abandono y claudicación ante las dificultades, los problemas y los obstáculos. Pensar es, así, una pulsión vital jalonada irracionalmente por un optimismo, una confianza o una fe en el reconocimiento de que, por así decirlo, el peor de los futuros será necesariamente mejor que el mejor de los pasados por el simple hecho de que es futuro, e implica por tanto esperanza y posibilidades.

Quienes han perdido la fe en la vida —por ejemplo por circunstancias políticas, económicas, afectivas, sociales y militares—simple y llanamente no piensan: aguantan, resisten, y, en la mayoría de las veces, al cabo del tiempo, desfallecen y caen sin más. En este sentido, es propio observar en quienes son pensadores en el sentido preciso de la vida una luz distinta en la mirada, movimientos corporales diferentes a los habituales, en fin, una pulsión erótica —contraria a la pulsión tanática (Freud)— manifiesta e inoculable ante cualquier mirada atenta. Si esto es cierto, entonces pensar y vivir son una sola y misma cosa, y ambas existen y se expresan, por lo tanto, en la forma de la investigación, del inquerir o del pesquisar. Y esto es bastante más y muy diferente de la simple academia, de la ciencia en sentido plano, o de la filosofía en sentido técnico y cerrado.

* * *

El afán de poner a la comunidad académica, científica, filosófica y de ingenieros a producir artículos, capítulos de libros, libros, registros y patentes puede ser visto políticamente como el afán por ocuparlos para que produzcan, se ocupen y no piensen. Porque pensar cambia las cosas. Como con acierto se ha sostenido recurrentemen-te: la mejor praxis es una buena teoría (esta idea ha sido asignada a Kurt Lewin, pero ha llegado a formar parte de un imaginario culto, educado). Así, lo que sucede en realidad es que una muy buena parte de la comunidad de “investigadores” no investiga; simplemente hacen la tarea, producen; pero no piensan. Esto es, están lejos de una actitud crítica, emancipadora, liberadora, cuestionante, reflexiva en sentido estricto.

Pensar siempre ha correspondido a considerar las cosas de manera distinta de cómo han sido hasta el momento o de cómo son actualmente. El pensar no está volcado tanto hacia los hechos, sino hacia las posibilidades e incluso a lo imposible mismo. Y, desde luego, pensar implica la cabeza y al cerebro, pero los desborda por mucho y abarca e implica por completo todo el cuerpo y la existencia misma. En ocasiones, pensar tiene incluso un costo familiar o social por parte de quien piensa, pues como lo ilustra profusamente la historia, la mayoría de las personas no están familiarizadas con esa forma de vida que es el pensar.

Más exactamente, pensar no sabe de eficiencia y efectividad, de productividad y crecimiento (económico, notablemente). El pensar sienta las bases y las condiciones de sí mismo, y no tiene deudas con nadie. Pensar e investigar, dos expresiones de un solo y mismo asunto, son actividades, actos, procesos o formas de vida que implican radicalidad y autonomía, independencia y criterio propio, libertad y autenticidad. Por tanto, todo lo contrario a lealtad, fidelidad, doctrina y adiestramiento social y colectivo, obediencia y acatamiento, incluso respeto.

5 | Pensar y sembrar

No existen garantías para el pensar y tampoco el pensar sienta garantía alguna. Bien entendido, pensar es un juego; acaso el juego mismo de la vida. Solo que es el más grande, riesgoso y atrevido de los juegos. A su manera, pero en la misma longitud de onda de este texto, ya François Jacob hablaba del “juego de lo posible” como el juego mismo de la vida o de los sistemas vivos, y resalta cómo la forma de la evolución —la vida— es la del bricolaje. Hoy aprovechamos alguna cosa sin saber exactamente cómo o para qué, y mañana o pasado mañana le damos otro uso que el que originalmente pudo tener. La vida se va haciendo de retazos, de mosaicos y vamos dándole una estética a medida que el tiempo va pasando.

En verdad, pensar es una especie de bricolaje —en el sentido de Jacob—, puesto que vamos, en ocasiones, por la vida pensando, no a la manera de un plan o programa pre-establecido, sino en adecuación de paisajes rugosos adaptativos. Pues bien, en esto consiste, bien entendida, la investigación. Esta no responde a una estrategia fría y determinada, sino, fundamentalmente, se asienta sobre fortalezas, capacidades, formación y ganas por parte de los investigadores. Cuando la investigación se funda en objetivos, habitualmente estos están puestos por agentes externos, especialmente por su fuente de financiación.

Hacemos la vida como podemos, intentando lo mejor y aprovechando lo que está a la mano en cada momento. Asimismo se hace la ciencia, el pensamiento. Cada época desarrolla la ciencia que puede, y cada época desarrolla la ciencia que necesita. En este mismo sentido, no existe una comprensión —y definitivamente ninguna definición— única de “ciencia”. A fortiori, como observaremos en el curso de este libro, tampoco existe una definición única de “lógica”. Cabe decirlo sin más: pensar constituye una ventaja selectiva en la vida. Pero esta ventaja exige ser cultivada, literalmente, no construida. Esta distinción entre sembrar y construir constituye quizás el rasgo diferenciador más grande entre el mundo de las urgencias y las necesidades, y el mundo de los problemas que dan qué pensar. El pensar no construye nada; por el contrario, siembra, y como en los procesos del campo, espera, cultiva, cuida, riega, vuelve a esperar y finalmente cosecha. Pero cosecha para volver a sembrar. Lo que tenemos aquí es el ritmo o el pulso mismo de la tierra, de la naturaleza. Para los seres humanos, la expresión más inmediata de la tierra o la naturaleza es el cuerpo. Pues bien, cuando verdaderamente pensamos, no pensamos sin la cabeza, pero pensamos con el cuerpo mismo. Solo que la metodología habitual de la investigación nada sabe sobre esto y por eso mismo nunca dice nada al respecto.

Pensar con el cuerpo implica una consecuencia fuerte: la autenticidad. La mente en ocasiones nos engaña; nos engaña a veces la percepción. Pero el cuerpo jamás miente. Solo que debemos poder escucharlo. El pensar se anida en alguna parte del cuerpo, vibra y sale en la forma de palabras y textos escritos, a través del cerebro.

El primer objeto de trabajo, en ciencia y en lógica, es el lenguaje, pues es a través del lenguaje como aparece “verdad” en el mundo. Más exactamente, “verdad” tiene lugar tan solo en el lenguaje proposicional, no en ningún otro. El lenguaje proposicional es del tipo: S es P —esto es, sujeto, verbo predicado—; esto es, cuando afirmamos alguna cosa de algo. Existen numerosos otros tipos de lenguajes: en ninguna de ellos acaece “verdad” (o falsedad).

Nos batimos en primer lugar no con “la cosa” directamente; por ejemplo, la empresa, el paciente, la región, la centrifugadora, el aula de clase o lo que sea que nos ocupe en la ciencia o disciplina en que trabajamos. El primer objeto de trabajo es el lenguaje: cómo decir cosas nuevas, cómo decir cosas diferentes, cómo decir las cosas liberándonos del lenguaje ya habido, ya sedimentado y que resulta insuficiente.

6 | Intermezzo: la biología del pensar

El ser humano es un sistema de sistemas. Los sistemas constitutivos del ser humano a nivel biológico son: el sistema endocrino, el sistema linfático, el sistema inmunológico, el sistema nervioso central, el sistema cardiovascular, el sistema muscular, el sistema digestivo, el sistema respiratorio y el sistema circulatorio. Con una observación puntual: en un organismo saludable, no todo pasa por el cerebro.

Para los seres humanos, pensar es determinante con el cerebro —el cual, dicho de pasada, no es un órgano, sino una glándula, una que contiene otras glándulas—. El cerebro es el único “órgano” endo-esquelético en el caso de los seres humanos; todo el resto del organismo es exo-esquelético. Lo que hace el cerebro para funcionar son esencialmente reacciones eléctricas y químicas, pero toda reacción química es en últimas una reacción eléctrica. Pues bien, es la estimulación eléctrica la que desencadena procesos mentales.

Desear e imaginar son determinantes para poder pensar, y ambos, desear e imaginar, son procesos que se llevan a cabo en las funciones superiores. Para su comprensión es básico el reconocimiento de las áreas (primarias y secundarias) y los lóbulos (frontal, parietal, temporal y occipital).

Sin embargo, propiamente hablando, no todas las estructuras del cerebro son estrictamente necesarias para la formación del pensamiento. Así, algunos córtices sensoriales tempranos, todos los córtices inferotemporales, el hipocampo, los córtices relacionados con el hipocampo, los córtices prefrontales y el cerebelo no entran en primera línea de consideración para temas tan sensibles e importantes como el pensar, la conciencia o el yo.

Desde el punto de vista biológico, pensamos gracias a miles, millones, billones de conexiones. Literalmente, en su expresión más básica, pensar es relacionar. En efecto, el cerebro está compuesto por alrededor de 100.000 millones de neuronas y cada neurona dispara impulsos electroquímicos entre cinco y cincuenta veces por segundo, lo que da como resultado una estimación de 100 trillones de sinapsis, que son las conexiones que las neuronas, en sus extremos, tienen entre sí. A mayor flexibilidad de las sinapsis, mayor robustez en las conexiones y por tanto podemos pensar mejor. En otras palabras, la plasticidad de las neuronas garantiza una mejor capacidad de aprendizaje, de adaptación y de pensamiento.

Las neuronas son las células —e instancias— determinantes para la actividad cerebral. Como es sabido, las neuronas se componen del cuerpo celular, el axón, que es una fibra de salida, y las dentritas, que son fibras de entrada. Los extremos están constituidos por los citoesqueletos, que son los extremos que al mismo tiempo permiten, y en los que se realizan, las conexiones de las neuronas entre sí. Estas conexiones son conocidas como sinapsis. La figura 1 ilustra la estructura de una neurona:


Figura 1. Estructura de una neurona

Fuente: Kevenaar JT and Hoogenraad CC (2015) The axonal cytoskeleton: from organization to function. Front. Mol. Neurosci. 8:44. DOI: 10.3389/fnmol.2015.00044

Figura 1. La unidad biológica de base para el proceso del pensamiento es la neurona. Solo que no existe una sola neurona. Más adecuadamente, el pensamiento es el resultado de conexiones de las neuronas y la robustez de dichas conexiones es lo que permite los procesos cognitivos y de pensamiento. Desde el punto de vista funcional cabe pensar razonablemente que el cerebro humano es el fenómeno de máxima complejidad conocido hasta la fecha. Esto se comprende mejor, no tanto por el conocimiento mismo del cerebro, algo que si bien ha logrado magníficos avances es aún incipiente, sino por las realidades y sistemas que ha creado, en síntesis la historia, la cultura.

Las neuronas constituyen acontecimientos singulares en la historia de la evolución, y es cierto que en su estructura y funcionamiento incide la cultura y el medio ambiente tanto como que estos son el resultado de las propias conexiones neuronales. El tema que emerge exactamente en este punto es la epigenética.

Las interacciones entre las neuronas son de orden cooperativo, de suerte que la liberación de neurotransmisores se traduce en procesos cognitivos: imágenes, palabras, juicios, argumentos, conceptos e ideas. El funcionamiento de la corteza cerebral opera como series de interacciones a través de sistemas de contigüidad, que se van extendiendo siempre por medio de adyacentes posibles. En otras palabras, la complejidad de los procesos mentales emerge a partir de la simplicidad de las interacciones o circuitos neuronales.

Pues bien, gracias a la plasticidad del cerebro puede decirse de una dúplice manera: que el pensamiento emerge como la función de anticipar acciones y movimientos o bien, igualmente, con la idea de proyectar o anticipar futuros. Digámoslo de manera franca y directa: la función primera del cerebro consiste en crear futuros, concebir posibilidades, explorar e intuir horizontes, antes, mucho antes de que el cuerpo se lance entonces en dicha exploración, creación y concepción.

Propiamente hablando, el cerebro es una glándula que se encuentra totalmente encerrada en el cráneo. Nada sabe del mundo si no es a través de los agujeros que tiene el cuerpo —ojos, oídos, boca, nariz, etc.— y por las extensiones mismas del cuerpo; en primer lugar, la piel, y luego también los extremos, brazos y piernas. Es gracias a todos ellos que el cerebro sabe del mundo y el medioambiente en general. Pero la proporción no es exacta ni lineal. Así, mientras los sentidos suministran alrededor del 15% de la información sobre el mundo y el universo, el cerebro hace el resto. Sin ambages, el mundo es el resultado de complejos procesos cerebrales. El cerebro se inventa el mundo a su alrededor, con todo lo que lo compone y lo que sucede en él.

La plasticidad del cerebro abre las puertas a un dúplice camino: la epigénesis y la endosimbiosis. Sin embargo, por razones de espacio deben quedar aquí simplemente mencionadas. Como quiera que sea, la idea de base es que la biología y la cultura no son dos momentos, dimensiones o escalas diferentes. Por el contrario, constituyen un continuo vago que se implica en ambos extremos recíproca y necesariamente. El uno incide en las estructuras del otro, tanto como que las dinámicas de uno y otro se encuentran estrechamente entrelazadas y relacionadas. Sus relaciones son, literalmente, equilibrios dinámicos.

Sin embargo, la verdad es que la mayoría de las acciones e incluso decisiones que llevan a cabo los seres humanos suceden en la forma de “piloto automático”. Esto es, no son exactamente procesos conscientes, efectivamente racionales, objetos de juicios explícitos, en fin, el resultado de procesos reflexivos. Son, sencillamente, acciones que llevamos a cabo sin pensar (mucho o nada) en ellas. La vida transcurre, en su inmensa mayoría, en piloto automático, inconsciente, preconsciente.

Como quiera que sea, es un hecho que no existen dos cosas: neuronas y medioambiente o, también, genes y cultura. Por el contrario, existe una sola y misma cosa, y ello es conocido, recientemente, como la teoría de la epigénesis (o epigenética). Las creencias (cultura) y las acciones (palabras incluidas) modifican la estructura y el funcionamiento de las neuronas, tanto como estas inciden en el desarrollo mismo de la cultura. A la epigénesis es indispensable vincular la importancia de la endosimbiosis. Con ambas, el horizonte que emerge no es ya simplemente la biología como tal, sino, mucho mejor, la biología de sistemas. La idea de base es que la vida es un complejo entramado de codependencias, aprendizajes recíprocos de diversas instancias y dimensiones, procesos de cooperación en función de la afirmación de una unidad superior: el organismo, la vida misma; se trata de la constitución y reconstitución continua de procesos de inteligencia de enjambre, de mutualismo y comensalismo en todos los niveles y escalas: dentro del organismo, entre este y el medio ambiente, y entre unas especies y otras.

El cerebro está situado en el cuerpo y el cuerpo es tanto la interfaz entre nuestra subjetividad y el resto del mundo, como la expresión más concreta y directa de la naturaleza. Pues bien, evolutiva-mente es tan importante el cerebro para el desarrollo y la evolución de los seres humanos, que es el único “órgano” (es decir la glándula) que es endoesquelético. En los seres humanos, el resto del cuerpo es evidentemente exoesquelético (acaso con la excepción parcial del aparato cardiovascular y pulmonar). Nadie piensa sin su cuerpo, y el cuerpo mismo es la más directa e inmediata expresión de los procesos de pensamiento que tienen lugar en el cerebro.

El cerebro está protegido, literalmente, de las inclemencias del entorno por una dura capa: el cráneo. La existencia entera de la especie humana depende del cuidado del cerebro, pero con él, entonces, del cuerpo entero, pues de ambos depende el desarrollo y la evolución de la mente.

Es incuestionable que el cerebro, en su anatomía, fisiología y termodinámica es determinante para el pensar. Pero es fundamental evitar el encefalocentrismo, esto es, el reduccionismo que afirma que todos los procesos cognitivos y de pensamiento suceden exclusiva y determinantemente en el cerebro. La mayoría de voces acerca de las bases biológicas del pensar se encuentran en el filo y las laderas en esta pendiente reduccionista.

En síntesis, el cerebro es un sistema de sistemas compuesto por neuronas, circuitos locales, núcleos subcorticales, regiones corticales, sistemas y sistemas de sistemas. O también, en otras palabras, una gran glándula que contiene otros sistemas de glándulas, células y regiones.

La figura 2 presenta la idea de que los seres humanos son un entramado de sistemas de sistemas:


Figura 2. Los sistemas vivos son sistemas de sistema. El caso del ser humano

Fuente: elaboración del autor.

El ser humano es un sistema de sistemas. Literalmente, no existe un sistema que sea único o determinante. Por el contrario, el centro depende, en cada caso, de cada caso. Así, por ejemplo, mientras se hace ejercicio el centro es el sistema muscular, pero mientras se disfruta de una comida el centro se desplaza al sistema digestivo. Por el contrario, mientras estudiamos, el centro lo ocupa el sistema nervioso central. Quizás el sistema más determinante para la vida y el buen funcionamiento de un ser humano sea el sistema inmunológico, el cual se caracteriza, por lo demás, porque no está centralizado, pues es ubicuo y jamás deja de trabajar, digamos, veinticuatro horas, siete días a la semana.

Es fundamental atender entonces al hecho de que, en un sistema sano o saludable, no todo pasa por el cerebro, lo cual marca una distancia enorme con respecto a toda la tradición encefalocéntri-ca de la civilización occidental.

Para terminar parcialmente este intermezzo, cabe una reflexión puntual. Las bases biológicas del pensar pueden ser igualmente bien comprendidas a partir del reconocimiento explícito de que el modo como pensamos e incluso el contenido de lo que pensamos incide en la salud humana. A título ilustrativo, por ejemplo, la medicina ayurvédica pone de manifiesto que la salud humana pasa por el proceso de aprender a pensar. Aquí ello significa no pensar en el pasado o en el futuro, porque nos enfermamos. Debemos aprender a pensar en el presente. Y pensar en el presente significa simple y llanamente concentrarnos, en cada caso en aquello que hacemos, sin más. Si estamos comiendo, existe ese presente. Si caminamos o estudiamos, ese el único tiempo real, y así sucesivamente para cada una de las actividades que podemos emprender. Diversas otras tradiciones culturales coinciden con este aspecto.

La salud humana pasa por el hecho de que seamos nosotros quienes controlamos el cerebro, y no al revés. Para la inmensa mayoría de la gente, es el cerebro el que los domina. Y vale entonces recordar lo que, a modo de imagen, mencionaba Siddharta Gautama: el yo o el cerebro es un mono loco, borracho, picado por una abeja. El cerebro nos saca de nosotros mismos, y hace que nos perdamos en el camino. Entonces, simple y llanamente, erramos.

7 | El cerebro como objeto de estudio estratégico

Uno de los programas de investigación científica de más largo alcance hoy es el estudio del cerebro. De un lado, por ejemplo, encontramos la Brain Initiative en Estados Unidos (http://www.braininitiative.org) y, de otra parte, en la Unión Europea, el Human Brain Project (https://www.humanbrainproject.eu/en/), dos proyectos equivalentes, cuyas diferencias son esencialmente políticas, a saber: hacer ciencia europea en un caso o bien hacer ciencia norteamericana. La ciencia está desde la modernidad hasta hoy fuertemente marcada por intereses de tipo nacional; estos intereses gatillan el avance del conocimiento y en otros, lo frenan. Ahora bien, mientras que esta es la norma en prácticamente todos los campos, es igualmente cierto que existen crecientemente magníficos programas de cooperación científica. La configuración de grandes bases de datos, el trabajo con estos y el desarrollo subsiguiente de la ciencia de grandes datos (big data science) ha sido, sin lugar a dudas, el factor que más ha determinado el trabajo cooperativo en ciencia en general.

Pues bien, muy recientemente se han formulado dos programas de investigación “nacionales” en torno al estudio del cerebro, con presupuestos específicos y regulares, y con fechas de cierre precisas. La psicología, las ciencias cognitivas, las ciencias del comportamiento, las neurociencias y las tecnologías aplicadas a estas son cinco áreas perfectamente entrecruzadas entre sí, y de una importancia estratégica, desde varios puntos de vista que confluyen y emergen a la vez del programa o de la iniciativa cerebro; Brain Initiative o Brain Proyect (Brain es el acrónimo que designa: Brain Research Through Advanced Innovative Technologies: “Investigación del cerebro a través de tecnologías avanzadas”). Otros programas de investigación dedicados al estudio del cerebro son el Blue Brain Proyect (http://bluebrain.epfl.ch) y The Human Connectome (http://www.humanconnectomeproject.org); y Connectome (http://www.humanconnectome.org).

El estudio del cerebro apunta a conocer su estructura y funcionamiento, algo sobre lo cual, si bien la ciencia ha ganado un amplio terreno, es demasiado lo que falta aún por conocer. Al fin y al cabo, la condición mínima a partir de la cual los seres humanos hacen algo o dejan de hacerlo es el conjunto de sus temores, ilusiones, deseos, fantasías, creencia, frustraciones, angustias y relaciones con el entorno y con el mundo circundante. Es en el cerebro donde se incuban todas estas instancias. Literalmente, el estudio del cerebro habrá de permitir comprender las creencias, ilusiones, temores, angustias, esperanzas y demás —dicho rápidamente, el mundo de la subjetividad, que verosímilmente nace en el cerebro— de los seres humanos, y así, predecir y actuar sobre esas mismas creencias. La importancia política del tema no escapa a una mirada sensible.

Pues bien, a partir de —y en relación con— las iniciativas y proyectos e investigación sobre el cerebro han emergido algunos campos singulares directamente vinculados o extensiones de las investigaciones en curso. Los más importantes de estos campos son los siguientes:

 Neuropsicología: estudia las relaciones entre los procesos mentales y los comportamentales, directamente vinculados con el conocimiento del cerebro. El neuropsicólogo elabora el diagnóstico y tratamiento de los problemas cognitivos, de comportamiento y emocionales que pueden ser el resultado de procesos en el cerebro.

 Neuroética: originariamente vinculada a la bioética y a las neurociencias, la neuroética consiste en el estudio de los valores, principios y comportamientos éticos y no éticos que tienen los individuos, de modo que puedan elaborarse diagnósticos y explicaciones acerca de por qué y cómo determinados individuos y colectividades actúan con base en tales criterios éticos, o bien en aquellos otros. No en última instancia se trata de conocer los valores éticos y morales que se anidan en el cerebro de grupos y sociedades.

 Neuroderecho: el sentido de una acción estaría anidado en el cerebro. Así, se trata de estudiar por qué existen patologías jurídicas, comportamientos ilegales, comportamientos antiéticos, y tendencias a subvertir la ley con una u otra justificación. El neuroderecho permite conocer y anticipar conductas delictivas, a partir del estudio del funcionamiento del cerebro en determinados ámbitos sociales, económicos, religiosos o militares.

 Neuromarketing: ¿por qué hay un tipo de consumidores y no otros? ¿Por qué hay ciertas preferencias, cómo y por qué cambian? ¿Cómo son los sentidos afectivos y emocionales que permiten el consumo o lo inhiben? ¿Cómo surgen y se mantiene los gustos de las personas? Estos son algunos de los ejes del neuromarketing. Todo a partir de determinados estímulos de mercadeo (combinados con propaganda, publicidad y diseño).

 Neurociencias sociales: es el conjunto de estudios dedicados a las estructuras, comportamientos y consecuencias sociales de creencias compartidas, de conflictos de creencias y de opacamiento así como del surgimiento de creencias en el marco de la sociedad y la cultura. Son relativamente numerosas las ciencias y disciplinas que confluyen y a la vez alimentan este campo, y no todas precisamente de las ciencias sociales y humanas. Sin la menor duda, esta constituye una de las aristas más importantes de la investigación científica y filosófica a futuro.

 Neuroeconomía: de entrada, este grupo de ciencias o enfoques se concentra en la interfaz entre el sistema biológico de los seres humanos y sus comportamientos, poniendo énfasis en las relaciones entre el sistema hormonal y el sistema neurológico. De esta suerte, el cruce entre afectos y emociones con procesos cognitivos y mentales se erige como base para la comprensión del mundo social. Más puntualmente, el interés radica en la forma como los comportamientos sociales están marcados o influidos por el sistema inmune, el sistema endocrino, los procesos de metabolización y los aspectos mentales e intelectuales.

 Neuroeducación: establecer por qué hay individuos y grupos que aprenden rápidamente y otros más lentamente es el objeto de base de las preocupaciones de la neuroeducación. De esta suerte el aprendizaje y la didáctica deben poder encontrar en las neurociencias (es decir el estudio del funcionamiento del cerebro) las razones mismas de la pedagogía. En ninguna área es tan evidente que el aprendizaje y el funcionamiento del cerebro forman un todo integrado que habrá de determinar las capacidades, las habilidades y las destrezas de los estudiantes o aprendices.

 Neuropolítica: Una de las áreas más sensibles de las aplicaciones de las ciencias neurológicas se refiere a la política en general; esto es, todos los gestos, gustos, comportamientos e ideas acerca del poder, las alianzas, las relaciones, la aceptación del statu quo, el rechazo de este, y otros aspectos concomitantes. En una palabra: quién es amigo del sistema y quién no lo es, tanto como quien podría no serlo. La ciencia de grandes bases de datos, el uso de las tecnologías sociales, internet y machine learning y deep learning, las redes sociales y las tecnologías de comunicación (celulares, etc.) resultan capitales en este plano. La idea aquí no es tanto diagnosticar comportamientos, como leer la mente de los usuarios y ciudadanos, y entonces anticipar comportamientos.

Existe, naturalmente, una muy fuerte imbricación entre los campos antes mencionados. Ahora bien, si en todas las áreas mencionadas el uso de las nuevas tecnologías es determinante, en ninguno lo es tanto como en la neuropolítica. En todos los casos el afán es finalmente uno solo: conocer el cerebro para controlar comportamientos; conocer el cerebro para predecir conductas, individuales y de mediano y largo alcance.

¿El cerebro? Una observación puntual se impone. En realidad, los seres humanos poseen tres cerebros ensamblados en una sola unidad. Estos tres cerebros son el reptiliano (emociones), el sistema límbico (sentimientos) y el neocórtex (ideas y conceptos). No es evidente que las grandes, las mejores y las más altas decisiones tengan lugar en el neocórtex. Las emociones —y valga mencionar el actual llamado a considerar la inteligencia emocional de cada quien y de las organizaciones— se concentra en el sistema límbico, específicamente en el hipotálamo lateral. Las emociones son eminente y distintivamente cerebrales; las pasiones, por el contrario, ese ámbito que fue desplazado a lugares muy secundarios en la ciencia, la educación y la cultura contemporáneas, no son tanto de carácter cerebral como corpóreo. El pensar puede involucrar —como es efectivamente el caso— las emociones, pero el pensar se enraíza fuertemente en las pasiones. Un capítulo que aún espera mejores y mayores espacios de estudio, hoy.

Vivimos una época que es verdaderamente una bisagra, y en ella, el estudio del cerebro resulta estratégico desde muchos puntos de vista. Asistimos apenas a los primeros atisbos de lo que se viene por delante. Relativamente al programa inmediatamente anterior, y aún vigente, de investigación que fue el Proyecto Genoma Humano, el proyecto o iniciativa Brain es, muy de lejos, bastante más importante estratégicamente, desde numerosos puntos de vista.

8 | Memoria, información, pensamiento

Es imposible pensar (bien) sin una amplia y sólida información. Dicho, acaso, de manera puntual, es imposible pensar sin datos (no obstante, es igualmente cierto que en numerosas ocasiones debemos pensar justamente debido a la falta de información o a causa o en medio de información parcial). La información o los datos constituyen, por así decirlo, el polo a tierra del pensar. El acopio de información es en general la cultura; la información no es sino la expresión más abstracta, en el lenguaje de la física del siglo XX de lo que el siglo XIX comprendía con el concepto de “energía”. Amplia y sólida información significa que se dispone de una fuerte energía. Energía como fuente, como potencia.

La información se procesa, pero también se acumula, se almacena y puede distribuirse sin ninguna dificultad. El almacenamiento más inmediato de la información tiene lugar en y como la memoria. Para pensar es indispensable que la información esté disponible y lo está en la forma de memoria.

Ahora bien, existen diversas clases de memoria. Computacionalmente, es conocida la distinción entre memoria de corto plazo y la memoria de largo plazo, además de la memoria sensitiva. Importante como es, esta distinción no es aquí sin embargo de mucha ayuda. En el caso de los seres humanos, la memoria de largo plazo se articula como memoria explícita e implícita, cuya diferencia sencillamente es el papel que la conciencia juega en cada caso; a su vez, cada una de las anteriores, correspondientemente, da lugar a la memoria declarativa (que se ocupa de hechos y eventos) y la memoria procedimental (que se enfoca en habilidades y tareas). Cada uno de estos tipos de memorias tiene un lugar en la organización del cerebro (neocórtex, lóbulo frontal, cuerpo estriado, etc.). Al cabo existe igualmente la memoria episódica y la memoria semántica. Más bien, cabe señalar que el tipo de memoria indispensable para un (buen) pensar es una memoria gráfica, una memoria visual, en fin, una memoria como mapa.

La memoria de lo que pensamos y hemos pensado no se encuentra únicamente en nuestra cabeza, en la mente. Es visible, igualmente, en nuestro rostro y en el cuerpo mismo. Una buena lectura del rostro humano y del cuerpo permite adivinar, por así decirlo, la clase de información que alguien tiene, así como, consiguientemente, el tipo de pensar del que es capaz, o en el que destaca mejor.

En otras palabras, la memoria, sea de corto o de largo plazo, no se almacena única y principalmente en la cabeza. Ella se extiende por el cuerpo entero como una especie de esponja que, al mismo tiempo que absorbe información proveniente del medioambiente, deja entrever la cantidad y la calidad de información que alguien ha acumulado y procesado a partir de sus experiencias.

Quien pierde la memoria no puede pensar bien; prácticamente no piensa para nada. En el mejor de los casos, puede conocer e identificar el entorno. De esta suerte, la memoria es condición para el pensar, pero el pensar le confiere sentido y significación a la memoria. En otras palabras, alguien con mucha memoria no necesariamente piensa; es alguien capaz de elaborar grandes asociaciones. Las asociaciones son una condición para el pensar, pero no conducen necesariamente a él. La memoria va cambiando con el transcurso de la vida; unas veces recordamos una cosa de una manera, otras, de otra, y es la memoria la que va esculpiendo, si cabe, los modos y contenidos mismos del pensar.

La importancia de la memoria como un todo es de tal índole que, si se altera por completo la memoria de alguien, cambia por completo su personalidad. Sucede aquí algo análogo al conjunto de creencias de una persona que le otorgan identidad frente a sí misma y sus conocidos: el cambio de creencias es una sola y misma cosa con el cambio de la identidad. O de la personalidad. O de la historia de una persona (esto permite comprender por qué razón los debates en torno a la historia pueden convertirse en un asunto altamente sensible. También permite comprender, por lo demás, por qué la historia es una materia políticamente incorrecta).

De forma más puntual, la memoria se encuentra vinculada, aunque es distinta de ella, a la capacidad de aprendizaje; en ella se llevan a cabo procesos de asociación, de síntesis, de diferenciación y otros, pero, particularmente, de construcción de inferencias. El proceso gradual de construcción de inferencias, directas e indirectas, con certeza y con incertidumbre, permite apreciar el proceso mismo del pensar, el cual va exponiendo, por así decirlo, los acervos de memoria de que alguien es capaz. En otras palabras, en el proceso mismo del pensar se puede ver, literalmente, la memoria, los recuerdos, los acumulados de lecturas, experiencias, asociaciones, y otros, que alguien dispone o que ha ido procesando en su vida.

El tema de las inferencias directas será el objeto de una consideración aparte, por sí misma, en el capítulo 23, en la segunda parte de este libro.

En un escrito, en una conversación, en una exposición, por ejemplo, en los que se puede apreciar un proceso de pensamiento —y no solamente de conocimiento—, existe una unidad sólida y fuerte con la información acumulada y procesada que se decanta en la memoria. Así, la memoria no es un estanco frío y pasivo, por así decirlo, sino un dinámico y activo sistema que se entreteje activamente con el proceso mismo del pensamiento, prestándole, si cabe, forma y contenido. Al fin y al cabo, la materia misma del pensamiento es la información, y esta es más, bastante más, que un mero acumulado de datos. Lo importante, aquí y siempre, es el procesamiento mismo de los datos, lo cual da como resultado la calidad de la información.

En otras palabras, la riqueza de un pensamiento se enmarca y es posible a la vez por aquello que lo sostiene y que sin embargo no salta inmediatamente a la vista como protagonista: la información acumulada, la memoria, la cultura o la educación de que dispone alguien. Estas son fundamentales, pero ocupan un lugar discreto. Son las que conocen la obra y el escenario, pero dejan que el conocimiento y el pensar acaparen las miradas y la atención.

Cuando es la memoria la que atrae las miradas, ello no se llama ya pensamiento —y mucho menos creatividad—. Lo que resulta entonces es erudición, que tiene, desde luego, una importancia propia, pero que no cabe confundir con el verdadero y original pensamiento. Un erudito es alguien que dispone de una enorme cultura y conocimiento y que naturalmente ha aprendido mucho a lo largo de sus experiencias (de estudio, de viajes y de lectura, por ejemplo). La erudición es encomiable desde muchos puntos de vista, pero la categoría de un (o una) pensador(a) es algo que la cultura, la buena educación y la convivencia misma destacan por encima de cualquier otro rasgo, siempre sobre la base de las calidades humanas. La bonhomía, para decirlo mejor.

El pensar necesita de la información y la memoria, pero estas por sí mismas conducen a un escalón anterior al del pensar, el de la erudición.

9 | Un problema difícil: enseñar o aprender a pensar

¿Puede enseñarse a pensar? ¿Hay quien enseñe a pensar? O bien, ¿tan solo aprendemos a pensar? El problema es de la mayor importancia y no tiene una respuesta sencilla, e implica ámbitos que van desde la filosofía hasta las políticas y gestiones del conocimiento en toda la acepción de la palabra. El destino entero de muchos seres humanos depende de la(s) respuesta(s) que se de(n) a estos interrogantes.

De manera explícita o intuitiva, la mayoría de las personas y la cultura respondería afirmativamente a la primera pregunta. Hay métodos, procesos, mecanismos y técnicas para enseñar a pensar. De hecho, la pretensión misma de la lógica es justamente esa, de suerte que, siguiendo una serie de pasos (argumentación) y evitando otros (sofismas y paralogismos), se aprende a pensar. Precisamente en este sentido, Aristóteles identificó la lógica como órganon, o instrumento, de/para el conocimiento. Esto significa que, siguiendo las indicaciones, afirmativas y negativas de la lógica, alguien puede aprender a pensar; también era la pretensión, a su manera, de la Academia y del Liceo —que se convirtieron en la Universidad—: enseñar a pensar. Cultural, filosófica o históricamente, Occidente es esa civilización que cree en la importancia y la necesidad de enseñar. Ahora, si la lógica sirve de propedéutica, habría así un camino hacia el pensamiento y cada quien debería poder recorrerlo.

La dificultad estriba, según parece, en que, si efectivamente se enseña a pensar, ¿por qué razón existen entonces tantos errores en el mundo? Al fin y al cabo, las decisiones y las acciones humanas serían la consecuencia de un (buen) pensar. El estado del mundo alrededor y un seguimiento atento de las noticias permitirían comprobar que las acciones y decisiones en muchos casos no son las mejores. Esta consideración permite una conclusión provisional: en principio a un buen pensar le sigue un actuar bueno (una conclusión que hay que adoptar cum granu salis, esto es, a título meramente hipotético). El pensamiento es condición de la acción, pero la acción no siempre se sigue (necesariamente) de un pensamiento.

Por la razón que se acaba de indicar, cabe decir, alternativamente, que, en el mejor de los casos, aprendemos a pensar —a veces—. Sabemos que alguien piensa, y conocemos a un(a) pensador(a) cuando lo vemos. No sabemos quizás qué piensa —a menos que lo pensado sea expresado—, pero sí conocemos el estado y el talante, el modo y la actitud de quien piensa. En realidad, aprendemos a pensar en entornos favorables al pensamiento y en condiciones amables; condiciones de tipo emocional, social, cultural, político, económico y hasta religioso y militar7 resultan sensibles para un buen pensar.

Aprender a pensar es una experiencia de entropatía y, por tanto, de convivio. La antropología cultural así lo pone de manifiesto a propósito de la formación de un joven por parte del chamán. Pues bien, mutatis mutandi es lo que acontece en un proceso de formación doctoral. Entre tres y seis años, un estudiante de doctorado lleva una especie de convivencia con el director de la tesis (Doktorvater, se dice en alemán: el padre doctor. El profesor que es como un padre para el doctorante. Existe también, naturalmente, la Doktormutter). Todo esto indica una cosa precisa: para pensar se requiere tiempo, y el tiempo del pensar no coincide para nada con el tiempo cronológico.

De esta suerte, aprender a pensar es una sola y misma cosa con el aprendizaje del tiempo, de un tiempo que no transcurre ni más lento ni más despacio, un tiempo que no se puede medir por sí mismo. Más radicalmente, aprender a pensar implica rigurosamente una capacidad de distanciamiento y de rechazo incluso del tiempo. Al cabo, la gran sabiduría del mundo termina reconociendo que el tiempo es una ilusión, o banal o fútil, o sencillamente que no existe.

Ello, no obstante, medimos, por así decirlo, el pensar en términos de las efectuaciones que lleva a cabo el pensar. En el contexto académico y científico, se trata justamente de los productos de la investigación cuyos productos son artículos, capítulos de libros, libros, patentes, registros y demás. Pero en el plano de la vida, algunas de esas efectuaciones consisten en la bonhomía, en una alegría que ni se agota ni consiste exactamente en las risas, en cierta despreocupación por las cosas más mundanas por efectistas y consumistas, en fin, en un cambio de actitud radical hacia los demás, como hacia la naturaleza y hacia sí mismo.

Aprender a pensar significa comprender que hay un tiempo que no depende enteramente de nosotros y que sin embargo no nos es en absoluto ajeno. El aprendizaje de pensar es una sola y misma cosa con un aprendizaje de sabiduría; saber, por ejemplo, que debemos tener paciencia y que el optimismo es un componente del universo y la realidad; optimismo o esperanza, lo mismo da.

* * *

Pensar, pensar libremente, pensar como alguien que es verdaderamente libre no es fácil ni gratuito. La expresión más directa e inmediata en la que se condensan las dificultades de/para el pensar se denomina hoy salud mental.

Pues bien, como es sabido, el principal problema de salud pública en el mundo actual es la salud mental. El gran secreto de las sociedades capitalistas de diversa índole y diferente grado de desarrollo es la alta tasa de suicidios, aunados a depresión, psicosis, esquizofrenia, megalomanía, trastornos del neurodesarrollo, ansiedad, trastornos ciclotímicos, la distimia (o melancolía), todo tipo de fobias, los comportamientos obsesivos-compulsivos de todo orden, manifiestamente, el estrés, la amplia variedad de síntomas somáticos, las disfunciones sexuales, los trastornos destructivos —como la cleptomanía y la piromanía, por ejemplo—, las adicciones, y muchas más.

Sin pesimismo, social y culturalmente hablando, parecen ser más los impedimentos o los obstáculos para el pensar que las condiciones favorables. En el mismo sentido, parecen ser muchas más las condiciones que favorecen o conducen a un pensamiento concreto antes que al pensamiento abstracto. Sin más, parecen ser inmensamente mayores las condiciones que reducen a la gente a vegetar o ser simplemente objetos, antes que agentes de su propio destino8.

Uno de los secretos mejor guardados en el mundo actual, independientemente del país de que se trate, es la muy alta tasa de suicidios en todas las edades y condiciones. Peor aún, las altas tasas de suicidio infantil y juvenil. De acuerdo con varias fuentes de información fidedignas, en promedio alrededor del mundo actualmente se suicida una persona cada treinta y cinco segundos. Una auténtica extinción en masa que en cada caso es siempre vista tan solo como un acontecimiento individual o familiar. Vivimos una época enfermiza y necrotizada.

En verdad, el capitalismo vive sobre la base de una creciente generación de suicidios, muertes y desasosiego existencial. Como ha sostenido con acierto Saskia Sassen: el capitalismo corporativo ya no necesita matar a la gente: sencillamente la deja morir9. Hoy cabe hablar, legítimamente, de violencia necropolítica. El concepto ha sido desarrollado de manera singular por Achille Mbembe, un importante filósofo camerunés.

Ya en su momento, en un marco diferente, Zygmunt Bauman sostenía con lucidez que la forma de control político sobre la sociedad consiste en el agenciamiento y control del miedo, la incertidumbre y el desasosiego: miedo a la gripa aviar, a la gripa de las vacas locas, al desempleo, a la enfermedad, a la soledad, al sida, al zika, a una guerra termonuclear, en suma, miedo al miedo, por ejemplo. Cada tanto, existe un agenciamiento de miedos estratégicamente orquestados, lo cual raya, casi, con una teoría de la conspiración.

Por otra parte, en un texto ya clásico, Gilles Deleuze y Félix Guattari (1972) escribieron un texto contundente, El Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia, en el que logran demostrar que el capitalismo conduce desde sí mismo a la esquizofrenia humana: el más indolente de todos los modos de producción y de las formas de vida y pensamiento. El capitalismo, sostienen los dos filósofos franceses, convierte a los seres humanos en máquinas deseantes. Cada quien no solamente desea las cosas de los demás, sino, peor aún, en últimas, termina deseando el deseo de los demás. La más pura y refinada de las formas de enajenación. El sistema de libre mercado consiste, simple y llanamente, en hacer desear y consumir cosas que realmente la gente no necesita. Saber verdaderamente qué necesitamos, y qué no, es un asunto que, sin ambages, bien conducido, conduce a la sabiduría.

Pues bien, si se combinan los dos elementos mencionados —la idea de Sassen y Bauman, de un lado, y la de Deuleuze y Guattari, de otro—, es evidente que el capitalismo, como sistema político, como sistema social, como doctrina económica o bien como filosofía liberal, y que hoy en día se dice propiamente como capitalismo corporativo, es la mejor expresión del capital: esto es, mercantilización de la vida y la sociedad, desconocimiento e ignorancia de la vida, indiferencia e indolencia ante la existencia humana. El resultado es un galopante pesimismo, estratégicamente producido y agenciado en todos los órdenes de la sociedad. El capitalismo es enemigo de la vida y, por tanto, reacio y sospechoso al pensar. Su argucia consiste en cooptar cualquier atisbo de pensamiento crítico.

Sin moralizar, los índices de alcoholismo y drogadicción son galopantes y ubicuos en todos los estratos y clases sociales alrededor del mundo. Y los problemas de salud mental son verdaderamente alarmantes. Depresión, insatisfacción con el trabajo, con la familia y con el propio cuerpo; inseguridad e indefensión, fragilidad y el sentido de que “nadie es necesario”; ataques de ira momentáneos y descontrolados y ataques de violencia en muchas expresiones; en fin, la agudización del vacío de la existencia y el aumento de formas de patologías mentales son preocupantes y crecientes.

Dicho de manera puntual, la depresión es una enfermedad crónica y recurrente. Sobreviene en asaltos instantáneos o en períodos largos, y sus desenlaces son esencialmente imprevisibles. En numerosas ocasiones, la depresión desemboca en mutismo selectivo, en trastornos de identidad disociativa, y en numerosas ocasiones conduce al suicidio. Es evidente que, por otra parte, la esquizofrenia tiene causas sociológicas en el cerebro, pero son siempre situaciones existenciales las que gatillan la esquizofrenia, los trastornos obsesivos compulsivos, la ansiedad, el trastorno bipolar, la psicopatía.

El capitalismo es una forma de vida que afecta de manera sistemática y sistémica la autoestima, lo cual en muchas ocasiones se expresa o da lugar a la bulimia y la anorexia. En la escala cotidiana, por ejemplo, todos los odontólogos conocen y han tratado casos severos de bruxismo, lo cual se traduce en estados de nerviosismo, incluso hasta la histeria. No en última instancia hay que mencionar siempre trastornos esquizotípicos, comportamientos histriónicos y narcisistas.

La pobreza y el desempleo, el acoso laboral y las penurias económicas, las deudas y los bajos desempeños estudiantiles o laborales constituyen siempre fenómenos que gatillan el pesimismo. El capitalismo solo sabe de sí mismo: eficiencia, eficacia, crecimiento, rendimientos crecientes, ganancias y consumo. Todo lo demás es simplemente un medio o instrumento para esos fines.

Constituye toda una epopeya superar el pesimismo, alcanzar la paz personal y social, y conocer la alegría, la esperanza y la felicidad. En el mundo de hoy, desde el punto de vista psicológico y emocional, este constituye la más elevada de las metas por alcanzar. La sociología y la antropología enseñan que la existencia puede ser bien llevadera y hasta armónica gracias esencialmente al resorte familiar y social: los familiares, los amigos, los vecinos, la solidaridad, la buena disposición y ayuda —todos los cuales son actos esencialmente gratuitos—. Mientras que el capital es interesado, literalmente, la solidaridad, la amistad y el amor son gratuitos y desinteresados. Sin la menor duda, aquí se encuentran las semillas para superar al capitalismo y derrotarlo. Pero esto supone otras consideraciones de más largo alcance y calibre.

El sistema capitalista es un generador permanente de trastornos de personalidad, y constituye una lucha titánica por parte de individuos y grupos sociales lograr superponerse a dichos trastornos, que son esencialmente disociativos social y emocionalmente hablando.

Vivir para trabajar, definir la vida por el trabajo y trabajar para pagar deudas no es, en absoluto, una forma de existencia gratificante y digna. Y, sin embargo, es el tipo de vida de la mayoría de los seres humanos llevan en el sistema capitalista. El núcleo económico del capitalismo es esa forma de vida: viva hoy y pague mañana, incluso con la incertidumbre y el miedo a no poder pagar hoy o mañana las deudas adquiridas ayer. Con lo cual las gentes terminan enfermándose, literalmente, y en muchas ocasiones muriendo.

Todo lo demás es lo de menos: “exuberancia racional” o “irracional” del modelo económico, la visión de las crisis como oportunidades (¡horribile dictum!), capitalismo con rostro humano, objetivos del milenio, y el programa de desarrollo humano sostenible, y demás, por ejemplo.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
351 s. 19 illüstrasyon
ISBN:
9789587391879
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