Kitabı oku: «Los marinos prudentes leen las olas entre paréntesis»

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Obra ganadora del Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes 2016

© Carlos Fernández Salinas, 2016.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO017

ISBN: 9788490567630

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

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El Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes, convocado por el Grupo Hotusa con la colaboración de la Universidad de Barcelona y RBA Libros S.A., tiene por objeto fomentar la creación y divulgación de obras literarias de viajes escritas en español. Carlos Fernández Salinas, autor de este libro, fue el ganador del Premio Eurostars Hotels 2016. El jurado del certamen estuvo compuesto por la escritora y académica de la lengua Carme Riera, el escritor Alfredo Conde, Ana Sanjurjo (Hotusa Hotels), Adolfo Sotelo (Universidad de Barcelona) y Luisa Gutiérrez (RBA Libros). Toda la información sobre el premio, en www.premioeurostarsnarrativa.com

Índice

Cita

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No es el placer, sino la ausencia de dolor,

la aspiración de los prudentes.

ARISTÓTELES

1

En la sección de citas de un boletín cultural leí que un narrador debe contar su historia como si no conociera todos los detalles. Estas son las típicas reflexiones de un escritor (¿tal vez Borges?). Los críticos, ya no digamos los traductores o los profesores de lengua (peor me lo ponen), nunca reparan en este tipo de cosas. Da la sensación de que siempre van un paso por detrás. Sea como fuere, es justo reconocer que la cita tiene su enjundia, ya que nos viene a recordar que la duda es el leitmotiv de nuestra existencia. Muerte y certidumbre son sinónimos a todos los efectos; quien está vivo camina sopesando la repercusión de sus pisadas sobre la superficie del terreno.

Atribulado por los escrúpulos de la duda, descendía yo por la escala de un mercante, tal día como hoy, en otro mes, en otro año. La pregunta me sacudía la cabeza una y otra vez. Había empezado la noche anterior y según se acercaba el desenlace percutía con más insistencia. ¿Qué derecho me amparaba para llevar a cabo una acción de resultados imprevisibles? Recuerdo que era temprano, si bien el sol del Caribe ya se sujetaba a la piel con cinta adhesiva. Por los muelles vacíos solo se escuchaba el eco vago de las suelas de mis zapatos, nada que ver con cualquier jornada de diario, donde estibadores y carretillas recorrían las explanadas con la anarquía de un puñado de bolas de pinball. El uno de enero en ningún lugar decente se trabaja y, en este sentido, Tamarildo no iba a ser una excepción. Así que seguí caminando bajo la mirada metálica de unas grúas que se suspendían en el aire en un equilibrio inverosímil. Según me alejaba de mi barco, el cual hasta el día de la fecha me había brindado la protección de un castillo inexpugnable, sentí que a mi espalda izaban el puente levadizo y trancaban por dentro el portón con un cerrado de siete llaves.

A la salida del puerto me subí a uno de los numerosos taxis que ahí montan guardia en espera de un marinero con los bolsillos repletos de dólares. Le di la dirección al taxista (la misma que había conseguido la noche anterior en el chiringuito de la playa) y tras asentir con una mirada de suficiencia, el hombre embragó el motor. El orgullo es una cuestión de piel, sopesé, nada que ver con la renta disponible o el índice de suicidios de un país.

Según nos adentrábamos en Tamarildo el tráfico se hizo imposible. Por el hueco de las ventanas (que estaban completamente bajadas o simplemente no existían), se colaba una brisa impregnada de esencias criollas. El taxista había decorado el salpicadero con un rosario de cuentas y varias fotos decoloradas de los que, imaginé, serían su esposa y sus chamacos. En la radio sonaba una cumbia o un vallenato, en cualquier caso música jovial y festiva. El conductor llevaba un brazo por fuera de la ventanilla y, golpeando la puerta con la palma de la mano, pedía paso a los vehículos que circulaban en nuestro mismo carril. A la altura de un guardia de tráfico que nos detuvo para que se incorporaran los coches de un vial perpendicular, el taxista le dio un par de monedas que el agente guardó en un bolsillo de su guayabera en un visto y no visto. Me di la vuelta y a través de la luneta observé cómo otros conductores hacían lo mismo.

No sé lo que tardamos en llegar al barrio del Ronquero, pero a mí se me hizo eterno. Pudiera ser que el taxista estuviera dilatando el trayecto a fin de incrementar el importe de la carrera, toda vez que antes de subirme no había tomado la precaución de acordar un precio cerrado. Una vez en el arrabal, situado en las estribaciones de un cerro cuyas calles subían y bajaban igual que toboganes, el taxista, que parecía desorientado, se detuvo a preguntar a una cuadrilla de jóvenes que platicaban desinhibidos a la sombra de una tapia. Parecían resacosos por la fiesta de la noche anterior, aunque lo más probable es que ni siquiera se hubieran acostado. Vestían jeans ajustados y camisetas de tirantes. Varios de ellos mostraban el torso desnudo. En sus rostros habitaba el hálito de quien está acostumbrado a convivir con la violencia. Al escuchar el motivo de la consulta, los jóvenes desviaron sus ojos curiosos a la parte trasera del auto y, al comprobar que yo era extranjero y que tendría poco más que su edad, me miraron incrédulos, como si un tipo como yo, remilgado y enjuto a partes iguales, tuviera vedada la entrada en ese distrito marginal. Como lavándose las manos, uno de los descamisados le dio las indicaciones definitivas al taxista, quien al escucharlas soltó freno y embrague, lo que provocó que las ruedas levantaran una gran polvareda.

Tras surcar varias manzanas llegamos a una explanada limitada por una serie de viviendas unifamiliares, distanciadas entre sí lo suficiente como para dificultar la tarea a los vecinos que disfrutan con las vidas ajenas. Pagué la carrera y cuando el taxista terminó de contar los billetes, me indicó con el mentón la casa que estaba buscando. Según salía del coche, del temblequeo mis rodillas amenazaron con dislocarse. Quizás desde el interior de la vivienda hubieran escuchado detenerse un vehículo y me estuvieran observando por detrás de los visillos. No había dado dos pasos cuando oí cómo el taxi se alejaba. No quedaba otra que avanzar.

Desesperado por alargar el momento, en lugar de llamar a la puerta principal me decidí por un corredor lateral flanqueado por un arriate. Al final resultó que el arriate circunvalaba la casa. Enseguida me encontré con un patio colmado de macetas, donde una joven ataviada con una bata japonesa dormitaba en una hamaca. El sol iluminaba sus piernas, exageradamente largas, con muslos torneados que terminaban en el inicio de la ropa interior. Avergonzado, retiré los ojos, lo cual tan solo suponía una solución transitoria. En un intento por llamar su atención carraspeé y, al ver que ella no reaccionaba, golpeé ligeramente con la punta del zapato una de las patas de la hamaca. Nada. Volví a mirar a la chica eludiendo su cuerpo para centrarme en el rostro. Tenía labios abruptos y una nariz un tanto ancha, en contraste con un óvalo delicado. La piel era del color de la arena mojada. Tras la mata de pelo ensortijado me di cuenta de que llevaba puestos los cascos de un walkman. Aposté por zarandearla con delicadeza. Solo entonces la joven abrió los ojos a la par que arqueaba los labios.

Para que no pensara que la había estado espiando, inmediatamente le pregunté por doña Cecilia Garrido. Mi tono de voz, más implorante que solemne, le debió de parecer suficiente para incorporarse. Cuando al fin se puso de pie, resultó ser una joven tan alta como exuberante. Desapareció sonriendo por detrás de la puerta trasera y tras unos instantes de incontenible ansiedad surgió la figura diminuta de una mujer que, aun rondando los sesenta, dibujaba movimientos rápidos y precisos. En líneas generales era tal y como me la había imaginado. Durante años había perfilado un discurso minucioso, lleno de matices y palabras escogidas, pero a la hora de la verdad solté lo primero que me vino a la mente:

—Buenos días, señora. Me llamo Darío. Creo que es usted mi madre.

La mujer se frotó las manos en el delantal mientras me escudriñaba con una mirada imparcial.

—Te quedarás a comer, supongo.

—Si me invita —contesté, procurando disimular el impacto que me había causado el timbre atiplado de su voz. La foto habla, me dije. La foto por fin ha hablado.

2

La música surge de la arbitrariedad. Tómenlo como una declaración de principios. Es cierto que a lo largo de la historia muchos compositores han evocado imágenes con total impunidad. Vivaldi, sin ir más lejos. Paseaba desinhibido por el bosque cuando el mero crepitar de las hojas bajo sus botines lo hacía regresar alborotado para traducir en un pentagrama ese sonido seco y crujiente. La música no es eso. No. Me quedo con Bach. El más recordado de los turingios deslizaba al azar los dedos por el teclado y si le gustaba el resultado porfiaba hasta completar la secuencia. Lo que pretendo decir es que la música, al menos la que a mí me interesa, obedece a sus propias leyes, y la primera, tal vez la única, dice que no hay reglas prescritas de antemano. Algo así como sálvese quien pueda.

Posiblemente yo, un humilde organista de iglesia con escuetos conocimientos de solfeo, no sea la persona indicada para poner los puntos sobre las íes. En mi época, la gran música estaba reservada a bohemios introvertidos que preferían morirse de hambre antes que enrolarse en una de las numerosas orquestas que, de pueblo en pueblo, iban versionando la canción del verano, sin dejar de lado los pasodobles y las rancheras que les reclamaba un público exaltado y mucho más exigente de lo que se pensaba en la capital. Más de un músico acabó en la alberca por un alarde virtuoso que no venía a cuento. Aquí venimos a lo que venimos, le reprendían los mozos del pueblo, así que olvídate de las escalas para las que te faltan dedos y céntrate en los acordes abiertos de los boleros. Mañana, si quieres, hablamos de música dodecafónica mientras tomamos un café, una cosa no quita la otra, pero las fiestas del pueblo son para espolonear nuestras hormonas en una época particularmente propicia para la función reproductora, así ha sucedido de generación en generación, una suerte de ritual que asegura que no se despueblen los campos desde los tiempos de Maricastaña, ¿o qué te creías?

Así de pragmáticos eran mis vecinos, que en los pueblos son alérgicos a las filigranas, un paso en falso y adiós a la cosecha, y no conozco a ningún campesino que la perdiera por pura negligencia. De hecho, la palabra «negligencia» no existe en su diccionario. Llegados a este punto, he de matizar que mi pueblo era un caso atípico que se alejaba del estándar. Dos décadas antes de que yo naciera, San Andrés había experimentado un notable desarrollo económico y demográfico bajo el esplendor de los años del carbón. El mineral llegaba a nosotros en los mismos vagones rebosantes que salían de las minas, algunas de ellas situadas a cincuenta kilómetros, y sin manipulación previa eran volcados en los mercantes de remaches oxidados que atracaban en el muelle de carga. Esto provocaba una polvareda de tintes negruzcos que en los días de mayor actividad teñía de luto las calles, hasta el punto de que al llegar los niños a casa, antes de merendar, además de lavarse las manos debían frotarse con un cepillo los pliegues de las orejas. Tender al sol sábanas blancas era una temeridad. Cada buque solía permanecer en el muelle cuatro o cinco días, si bien no acababa de zarpar y ya había otro preparado para ocupar su puesto. Para aquellos barcos de tres cuerpos (castillo, alcázar y toldilla) y bodegas de por medio, constituía toda una proeza el salir o entrar en la dársena sin dejarse la quilla en el intento, y es que debido a que el puerto se ubicaba al final del río que circunvalaba la cuenca minera, en la desembocadura el fondo cambiaba de posición de forma caprichosa a cada marea. Eso cuando los temporales del Cantábrico no removían cantidades ingentes de arena y guijarro que iban al encuentro de los mercantes con la mala idea de tenderles la zancadilla. ¡Cuántos buques se quedaron varados a la vista de unos paseantes que ya ni se sentían excitados al ver una mole de acero encallada a pocos metros de la bocana! Y eso que hasta muchos años después, incluso cuando las minas prácticamente se habían agotado, una vetusta draga se esforzaba a diario en ensanchar los límites del canal. La draga se llamaba Ría de Cantos y su patrón era mi padrino, Rafael Belloso, íntimo amigo de mi padre, por no decir el único. Todas las tardes se acercaba hasta el faro donde mi padre prestaba sus servicios. Se presentaba tras la caída del sol, cuando la draga dejaba de revolver las tripas del canal, pues hasta para un marino al que le crecían percebes en la espalda resultaba sumamente peligroso navegar sobre un fondo que a oscuras lanzaba dentelladas.

A mi padrino todos lo conocían como el Taheño, en homenaje a un cabello entre bermejo y pelirrojo, y eso que el hombre era más calvo que una lagartija, lo que intentaba disimular con su inseparable gorra de patrón y una barba que solo se arreglaba en los solsticios y equinoccios, que —como todo el mundo sabe— en su conjunto suman cuatro al año. Mi padre recibía sus visitas con verdadera ansiedad. No en vano, exceptuándonos a mí y a mi tía Francisca, el Taheño era la única persona con quien a lo largo del día cruzaba una palabra, circunstancia desde el punto de vista social cuando menos embarazosa, y que, al igual que la gran mayoría de este tipo de patologías, tiene un origen cognitivo más que congénito.

No siempre fue así. Por lo que tengo entendido, en su juventud mi padre era lo que en mi tierra popularmente se conoce por un bandarra. Su trabajo como representante de una fábrica de abonos, unido a un carácter jovial y desinhibido, lo llevaron por una senda alejada de la virtud. Tengo oído que los representantes de cualquier género, cuyos ingresos son directamente proporcionales a las ventas, se ven obligados en infinidad de ocasiones a agasajar al cliente con toda suerte de caprichos, entre estos, comidas y cenas de negocios, algunas de las cuales terminan como terminan, ustedes ya me entienden. A quien quiera cerrar un pedido no le queda otra que pasar por el aro, aunque no daba la impresión de que esto fuese un sacrificio desproporcionado para mi progenitor. Para sazonar más el mejunje, mi padre era un joven apuesto, más alto que la media, que vestía con una elegancia que solo se veía en los galanes de las comedias ligeras que acaparaban las carteleras. Carne de cañón, que diría mi tía Francisca. Tal era la aureola de crápula con la que se iba invistiendo, que en su lecho de muerte su madre le arrancó la promesa de que sentaría la cabeza y formaría una familia como Dios manda. Llegado el momento del fatal desenlace, mi padre, contrito, sintió una necesidad vehemente de cumplir su palabra, así que poco después del funeral se puso manos a la obra. Como es costumbre en los hombres de carácter libertino, tras redactar una lista de posibles candidatas se acabó decantando por la mujer más piadosa y recatada de toda la comarca. La elegida solo salía de casa a misa y de misa a casa, y en el ínterin realizaba algunos recados inexcusables de índole doméstica. Dos años mayor que él, su futura esposa jamás había dado que hablar ni se le conocían novios ni pretendientes ni amigos especiales, menos aún relaciones tormentosas, tal vez porque (y siento de corazón ser yo el que así lo exponga) la mujer no reunía los atributos necesarios para que el varón menos exigente perdiera por ella la cabeza. No hablo de oídas sino por lo que corroboré con mis propios ojos una y mil veces en la foto que mi padre mantenía en su mesita como una reliquia, y que todas las noches antes de acostarse besaba con veneración. ¡Cuántas horas me he pasado enfrente de esa fotografía intentando descubrir en ella la clave que pusiera en orden mi confusa infancia! En aquella instantánea de colores inertes se podía ver a una mujer menuda y enjuta, con el pelo oscuro recogido en una cola de caballo y los ojos achinados, un tanto bizcos. Los prominentes dientes recordaban la boca de una ardilla. Soy consciente de que lo habitual en los hijos expósitos es que idealicen a su madre como un arquetipo de virtudes físicas y morales; tal vez esto último fuera cierto, pero guapa, lo que se dice guapa, rotundamente no. Ni siquiera gozaba de ese particular atractivo con el que a veces cuentan las personas de facciones difíciles. En cualquier caso, cuando mi padre se presentó en casa de su futuro suegro, un sargento de la Guardia Civil que dormía con la capa y el tricornio debajo de la almohada, este se sintió encantado de que al fin alguien se interesara por una hija que dejaba peligrosamente atrás la edad núbil para dedicarse en cuerpo y alma al atrezo de imágenes de santos y beatas de la circunscripción parroquial.

No estuvieron de novios siquiera un año, lo cual dio lugar a no pocos chismorreos acerca de si el enlace se precipitaba por motivos expeditos, rumores ignominiosos a oídos de mi patrio abuelo que para su tranquilidad yo me encargué de desmentir viniendo al mundo a los dieciocho meses de la boda. Mi otro abuelo, al que no llegué a conocer, había estado cuatro décadas al cargo del faro de San Andrés, al igual que su padre y el padre de este, así hasta que en el año 1847 la reina Isabel II firmó el Real Decreto por el que se aprobaba el Plan Nacional de alumbrado de las costas españolas. Como cabía esperar, a la muerte de mi abuelo lo sustituyó el mayor de sus hijos, mi tío Emilio, a la sazón único hermano de mi padre. Fiel a la tradición familiar, y como si se tratara del primogénito del mayorazgo más próspero, mi tío heredó la responsabilidad del mantenimiento de la ayuda a la navegación más importante al oeste de cabo Peñas, y se entregaba al oficio con una actitud profesional digna de encomio. La peligrosidad de las aguas que amenazaban el puerto y que traían en jaque tanto a los marinos como a las autoridades responsables, justificaban su celo meticuloso hasta la obsesión.

Debajo del imponente faro de veintiún metros de altura (ciento treinta y cinco, si el cómputo se realizaba desde el nivel del mar), se encontraba el caserón de dos plantas que el Ministerio cedía a la familia del farero para que viviera lo más próximo a su puesto de trabajo, el cual se suele ubicar en cabos prominentes e islas aisladas del meollo de la civilización. Tal era el caso del faro de San Andrés, construido en el límite del acantilado de Punta Casandra, a cuatro kilómetros del pueblo. Al faro se accedía por una carretera cuyos flancos escarpados daban forma a una protuberancia inusualmente estrecha que se adentraba en el mar cual lengua de tierra. La exposición a los elementos era tal que mi padre siempre tomaba la precaución de dejar en la furgoneta dos sacos de abono para que los días de temporal el viento no se llevara el vehículo por los aires. Dado que por aquel entonces los responsables del Ministerio no eran muy quisquillosos, mi tío Emilio, que como he dicho era el titular del faro, no solo permitió que una vez casado mi padre siguiera viviendo en la casa en la que había nacido, sino que le cedió la planta de arriba del caserón para que la pareja gozara de la debida intimidad.

Emilio, por su parte, estaba casado con mi tía Francisca, persona a la que le debo los mejores y más escuetos consejos que he recibido en mi vida. Emilio y Francisca formaban un matrimonio bien avenido, posiblemente porque ninguno de los dos se inmiscuía en los asuntos del otro, lo que les permitía vivir volcados en sus respectivos oficios. De temperamento diametralmente opuesto al de su marido, mi tía Francisca era de esa clase de mujeres que se ponen el mundo por montera. A los pocos años de casarse, y ante la ausencia de hijos en los que ocupar las horas de tedio en aquel faro dejado de la mano de Dios, decidió emplearse en una pescadería de un familiar lejano y extremadamente avaro que le pagaba cuatro pesetas. Lloviese o cayese un sol de espanto, mi tía iba a trabajar subida en una bicicleta de hierro forjado. Ningún día se ausentó, ni siquiera cuando la fiebre le arrebolaba los mofletes. La mujer se movía por la pescadería con total desparpajo y ¡ay de aquel que pusiera en duda la calidad del género que ella disponía con llamativa simetría a lo largo y ancho del mostrador! Salmonetes de Lastres, pescadilla de Cudillero, parrocha de Avilés y, en Navidades, percebes de Luarca, frutos del Cantábrico que según mi tía llegaban a la pescadería dando brincos en las cajas. Mujer de talle grueso, limpia hasta la exageración, exigía encarecidamente a los clientes según entraban que cerrasen la puerta a fin de impedir que el polvillo del carbón que nimbaba el pueblo se colase en el local. Los albures de la Providencia quisieron que cuando mi tía hubo alcanzado un dominio básico en el negocio de la venta minorista, el dueño de la pescadería pasase inesperadamente a mejor vida. Como el hijo de este, hastiado de lo huraño que resultaba su progenitor, hacía años que había emigrado a Alemania (sin que tuviera la menor intención de regresar en un presente inmediato), accedió sin reparos a venderle a mi tía la pescadería a plazos trimestrales que coincidían con las temporadas más señaladas de las distintas especies. Compensando unas con otras, mi tía cumplió con los pagos a rajatabla.

Tal era el escenario familiar cuando mi padre decidió casarse y acomodarse con su esposa en la planta superior del caserón. De esta manera debió de pensar que el buen nombre de su mujer se mantendría inmaculado a pesar de las numerosas noches que por motivos laborales él tendría que ausentarse del domicilio conyugal. Así que siguió con su vida libidinosa mientras en casa le aguardaba una esposa sumisa que parecía entender sobradamente cuál era el papel que le habían asignado.

Una noche, cuando mi padre regresaba por la estrecha y escarpada carretera que terminaba en el faro, tuvo el pálpito de que una sombra inquietante se cernía sobre la furgoneta y que a resultas de la misma las cosas no volverían a ser como antes. Tal vez influyera el hecho de que en ningún momento vio el haz luminoso que como cada noche tenía que estar cortando la cerrazón con filo de guadaña. Mi padre completó el trayecto con el corazón en un puño, y cuando terminó de aparcar la furgoneta ya no le cabía duda alguna de que se había producido el desastre. Por primera vez en sus ciento y pico años de historia, el faro de San Andrés no había sido encendido.

Como si esperara un milagro, mi padre alzó la vista hacia la cúspide pero la oscuridad le engulló la vista. Temiéndose lo peor, entró precipitadamente en la planta baja de la vivienda y allí se encontró a mi tía Francisca sentada al calor de la cocina de carbón. Sobre los mullidos pechos de la mujer dormitaba un bebé. Ese era yo, Darío Prendes Garrido. Acababa de cumplir once meses. Entre la resignación y el cansancio mi tía Francisca le espetó:

—Se han ido.

Mi padre la miró perplejo.

—¿Quiénes se han ido?

—El Emilio y tu Cenicienta. Tuvieron la delicadeza de esperar a que yo llegara para no dejar a la criatura sola.

Mi padre empezó a perder la paciencia.

—Vamos a ver, Paca, haz el favor de explicarte para no crear malentendidos.

Mi tía Francisca ni se inmutó por el tono desabrido de mi padre y comenzó a relatar los acontecimientos como si estuviera hablando para sí.

—Cuando llegué de la pescadería, sobre las tres, no noté nada extraño en Cecilia, a la que encontré barriendo el descansillo con la mirada hundida en las baldosas. Nada nuevo bajo el sol. Dado que Emilio no estaba en casa me imaginé que seguiría ocupado en el faro. Estos días me hablaba de no sé qué problema en los transformadores. Así que comí y luego me eché en el sillón a dormir la siesta, que eso de levantarme a las cinco de la mañana se me hace muy cuesta arriba. Me despertó el llanto de tu hijo —la mujer me señaló con los ojos con los que se mira a un huérfano—. Subí al piso de arriba y me lo encontré en el corralito, muerto de hambre. Comprobé el reloj. Acababan de dar las cinco y media. Con Darío en brazos empecé a dar vueltas por aquí y por allá llamando a tu mujer, pero nadie me contestó. Me acerqué hasta el faro y al pie de la escalera de caracol llamé a gritos a Emilio. Recibí la callada por respuesta. Le di unas galletas al chiquillo y esperé inútilmente a que tu mujer o mi esposo dieran señales de vida. Así toda la tarde. Después de la cena, Darío terminó por dormirse. Pobrecillo, míralo, ¡da una pena! Se ha pasado toda la tarde llamando a su mamá.

Mi padre comenzó a dar pasos alrededor de sí mismo.

—Paca, Paca, vigila lo que dices. Para empezar, ¿por qué das por sentado que se han ido juntos?

—Nunca dejaré de sorprenderme de lo pardillos que sois los hombres. Tu mujer no está y mi marido no ha encendido el faro. Faltan dos bicicletas. ¿Qué más pruebas necesitas, alma de Dios?

—¡Esto es absurdo! Ni Emilio ni Cecilia son propensos a las frivolidades.

—¡Precisamente! Tú no me extraña, pero yo no sé cómo no me di cuenta del peligro. Emilio y Cecilia son como dos piedras de una misma cantera. Era cuestión de tiempo que un día, sin pretenderlo, se rozaran y saltara la chispa.

Estas últimas palabras fueron lo suficientemente descriptivas como para que mi padre reaccionara. Volvió a la furgoneta y condujo hasta el pueblo. No es difícil imaginar el estado de ebullición en el que se encontraba su cerebro. Primero se dirigió a la parada del autobús de línea, pues ni mi tío ni mi madre sabían conducir. Preguntó en la cantina que quedaba justo enfrente y que hacía las veces de despacho de billetes. El dueño le aseguro que en el autobús de la tarde solo habían subido tres personas en dirección a Oviedo y que ninguna se correspondía con la fisonomía del Emilio o de la Cecilia.

Bajó entonces hasta el muelle, el cual se encontraba vacío. De una garita iluminada por una bombilla desnuda salía el tibio ronroneo de una radio, y hacia allí se encaminó. Dentro, un carabinero echaba una cabezada en posición de firmes, con la espalda apoyada en la pared. Ante el carraspear de mi padre, el hombre abrió desmesuradamente los ojos apretando con las manos su fusil reglamentario. Al ver a mi progenitor, se relajó y enseguida adoptó el talante seco y distante típico del cuerpo de carabineros. No obstante, y ante la avalancha de preguntas, alcanzó a recordar haber visto esa misma tarde a una pareja que se acercaba bastante a la descripción. El carabinero había supuesto que se trataba de un tripulante y de su mujer, que regresaban al barco después de dar una vuelta por San Andrés. Si no había reconocido en ellos un rostro familiar tal vez fuera porque la mujer llevaba gafas de sol y un pañuelo que le cubría la mayor parte de la cabeza, y el hombre gabardina y sombrero. También añadió que el buque había partido tres horas antes.

—¿Cómo se llama el barco?

—El Simancas. Es de un armador de Gijón. Gumersindo Junquera. Un sobrino mío trabajó de mozo de cubierta en esa compañía hasta que se fue a una naviera extranjera que paga en dólares...

—¿Hacia dónde se dirige esa nave? —lo interrumpió mi padre.

De un cajón de la tosca mesa de pino, el carabinero extrajo un documento escrito con papel de calco.

—Aquí dice que hacia Málaga.

A la mañana siguiente, mi padre cogió un autobús que lo llevó a Oviedo y allí tomó el tren de Madrid. Pasó la noche en la misma estación de Chamartín para, a primera hora, subirse al expreso de Málaga. Cuando el Simancas entraba entre la roja y la verde del puerto de la Malagueta, mi padre llevaba un día y medio esperándolo a pie de muelle. Al poco los marineros aparejaron una escala por la que subieron y descendieron varias personas, sin que ninguna de ellas fuera ni su mujer ni su hermano. A pesar de encontrarse a primeros de mayo, en Málaga hacía un calor apabullante, con un sol que le apretaba la cabeza, la cual ya estaba a punto de estallar sin necesidad de ayuda externa. Presa de un arrebato, mi padre decidió subir a bordo y empezó a amenazar a todo aquel que le salía al paso: o le entregaban a su esposa o era capaz de desarmar el buque plancha por plancha hasta que esta apareciera. Alarmado, un tripulante lo llevó hasta el capitán, quien efectivamente le reconoció que en San Andrés habían embarcado a una pareja de familiares del contramaestre, pero que ambos habían desembarcado poco después en La Coruña, puerto a donde habían recalado para rellenar los tanques de combustible. Una parada técnica que, como de costumbre, apenas les había llevado unas horas. Dado que de San Andrés a La Coruña tan solo mediaban unas millas, el capitán había accedido al favor que le había pedido con insistencia su subalterno.

Ante la incredulidad de mi padre, el capitán hizo llamar al contramaestre, quien acabó confesando que no eran familiares suyos, si bien aseguró que con ellos había hecho una suerte de obra de caridad. Por lo visto, mi tío Emilio (a quien había conocido en un chigre de San Andrés) le había comentado tras varias botellas de sidra y otras tantas raciones de oricios que él y su mujer tenían que coger un paquebote de ultramar con destino a Australia, tierra de oportunidades donde las hubiere, y que después de pagar los billetes apenas les quedaba dinero para los gastos corrientes, por lo que todo ahorro sería bienvenido. El paquebote en cuestión hacía escala en La Coruña, lugar donde el Simancas hacía acopio de gasoil una vez al mes porque en ese puerto el combustible resultaba mucho más barato al estar exento de ciertos gravámenes. Posiblemente lo que en realidad había sucedido era que el contramaestre, un hombre de aspecto ruin y de mirada aviesa, hubiese aceptado un soborno de los fugitivos, quienes más que el ahorro de los billetes del autobús a La Coruña, lo que buscaban era salir de San Andrés sin ser reconocidos, acción que en la parada situada frente a la cantina les hubiera resultado imposible.

Siguiendo la nueva pista, mi padre se dirigió a la central de teléfonos de Málaga y desde allí inició una serie de llamadas a La Coruña a fin de recabar información sobre las fechas en las que recalaba en la ciudad un paquebote con ruta fija a Australia. Por medio de un agente de aduanas supo que el buque en cuestión se llamaba el New Hampshire, y que saliendo de Hamburgo, admitía pasajeros en Amberes, Plymouth, Brest, y finalmente en La Coruña antes de partir hacia Sídney. El New Hampshire había zarpado, precisamente, la tarde anterior.

Cómo se las habría arreglado mi tío para poner en marcha una huida a la que no le faltaba detalle resultaba irrelevante frente al hecho de que, en esos momentos, la pareja estaría navegando por el Atlántico proa al cabo de Buena Esperanza, extremo meridional del continente africano desde el cual pondrían rumbo a Australia. Gracias a una documentación donde tan solo había que cambiar el nombre de pila de un hermano por otro, no debió de haberle supuesto gran esfuerzo conseguir los visados pertinentes.

Mi padre regresó al norte bajo el total convencimiento de que viajar a La Coruña resultaría un esfuerzo baldío toda vez que el New Hampshire ya había partido. De haber sabido que el Simancas iba a realizar allí una escala corta a lo mejor habría tenido una oportunidad de recuperar a su esposa, pero el viaje a Málaga le había hecho perder un tiempo valioso, además de socavar su ánimo hasta límites en él insospechables. El otrora hombre parlanchín y dicharachero se debatía en el albero de la culpa. Se había casado con una mujer recta y discreta para que soportara su vida de tunante y, ahora, ella le devolvía el guante sin ningún recato. Quien inflige daño solo es consciente de ello cuando le pagan con la misma moneda. Según el tren avanzaba por la interminable meseta castellana, mi padre, desprendiéndose del orgullo que ampara al ofendido, llegó a la conclusión de que lo que le había sucedido no había sido un mero contratiempo del destino, sino que albergaba un especial significado en el que debía profundizar. Decidió no presentar denuncia alguna en los juzgados competentes y, menos aún, ante el consulado australiano. Su mujer debería volver a su lado por su propia iniciativa. Ese era el único y definitivo plan. Y para animarla a dar el paso, él haría que llegase a sus oídos su firme propósito de cambiar de vida, de demostrarle a ella, a su familia, a los vecinos, al mundo entero si fuera preciso, que a partir de entonces sería un hombre distinto, un hombre responsable y comprometido, capaz de sacrificarse como solo lo hacen los héroes mitológicos.

Cuando mi padre regresó por fin al pueblo, el faro llevaba cinco días sin ser encendido. La Comandancia de Marina de Gijón había enviado un telegrama a la Ayudantía de San Andrés exigiendo una explicación. El teniente de navío responsable de la misma, que conocía personalmente a mi tío Emilio y no dudaba de su profesionalidad, ya no sabía qué excusa poner. Se había acercado varias veces al faro y allí mi tía Francisca, arrullándome entre sus pechos infinitos, lo informaba de las últimas noticias que en realidad se resumían en una sola: no hay noticias.

Mi padre llegó a casa a eso de las ocho de la tarde. Sin mayor dilación subió por la escalera de caracol y cuando alcanzó el último peldaño del faro asomó la cabeza al mar. El sol estaba a punto de descalabrarse. En unos minutos las nubes se incendiaron, deflagración que dio paso al azul cobalto de la noche. Después de un impasse de introspección, el hombre se dirigió al cuadro eléctrico y accionó la secuencia de interruptores, como desde niño había visto hacer a su padre a la caída del crepúsculo. Una vez los pulsadores estuvieron en su sitio, volvió a asomarse. La inmensidad del mar, recortada ahora por los haces del faro, recobraba toda su sustancia. La imagen terminó de arrancarle de un plumazo lo poco o nada que quedaba de su carácter disoluto. Desde ese día mi padre no volvió a poner un pie por fuera de los límites del faro. Miento, sí lo hizo, en una ocasión. ¡Como para olvidarlo!

3

Tal y como era de esperar, la noticia de la fuga de los amantes corrió por el pueblo como un trueno de tormenta. A nadie se le escapaba que durante las semanas venideras San Andrés iba a estar en boca de toda la comarca, no precisamente por mor de sus virtudes sino a costa de un suceso del que se harían múltiples chascarrillos a cada cual más delirante, lo que a la larga supondría que la deshonra que había sufrido mi padre se hiciera extensible al resto de vecinos. Palabras mayores en una época en la que los asuntos de honor tenían especial trascendencia en el acervo popular. Visto así lo primero que hicieron mis paisanos fue negar la mayor. Si ellos no daban pábulo a la historia, cabía la posibilidad de que en el resto de poblaciones pasara desapercibida, una actitud tan infantil como ineficaz ante las lenguas procaces, pero con pocas más opciones contaban. Al menos el faro volvía a funcionar, lo que en parte embozaba la prueba del ultraje. Solo cabía esperar que los fugitivos recapacitaran y tras el fusilazo de la pasión regresaran con sus respectivas parejas, y aquí paz y después gloria. Tan infundada esperanza fue la que a la postre le concedió a mi padre un tiempo precioso para afianzarse en el puesto de farero, hecho a todas luces irregular desde el punto de vista administrativo, si bien peores cosas se han visto con efectos más perniciosos sobre los bolsillos de los contribuyentes.

Decía que el pueblo entero se confabuló para tender una cortina de humo, pues estaban convencidos de que conocido el talante y la hasta entonces irreprochable conducta de los protagonistas del culebrón, el conflicto se acabaría solventando sin la intervención de terceros. Ni una sola mención en los sermones dominicales de don Gabino, tan dado a comentar desde el púlpito los acontecimientos de la más rabiosa actualidad. Durante los domingos sucesivos se limitó a destacar los valores de la familia cristiana reencarnados en la institución del matrimonio, pilar de la civilización occidental. En vista de que el faro funcionaba a satisfacción de los usuarios, el ayudante de marina se sumó al tiempo de gracia en espera de que el Emilio y la Cecilia regresaran con el rabo entre las piernas.

Mi abuelo materno respiró aliviado cuando fue a visitar a mi padre y este le manifestó su firme negativa a presentar una denuncia por abandono del domicilio conyugal. Como responsable del cuartelillo de la Guardia Civil, le aseguró que en los incidentes domésticos la discreción resultaba esencial para resolver el caso. Ahora bien, al contrario que mi padre, lo que mi abuelo pretendía con ese momentáneo silencio era aplacar la inmensa vergüenza de que una persona como él, baluarte de los valores irrenunciables, hubiese entregado en santo matrimonio a una hija adúltera. Además, nadie sabía a ciencia cierta lo que en realidad había sucedido. No había cartas ni notas de despedida, por lo que todo se resumía a vagas presunciones, o eso ansiaban creer. No hay más ciego que el que no quiere ver, qué voy a decirles que ustedes no sepan. En San Andrés la consigna fue todos a una como en Fuenteovejuna, y con la excepción de mi abuela materna, como ya explicaré si tengo ocasión, todos los vecinos estaban en el ajo, desde el primero al último.

Vino entonces a acontecer un hecho decisivo para los intereses de mi padre. Sucedió a los tres o cuatro meses de la huida de su esposa, a eso de finales de septiembre, cuando hasta los más optimistas comenzaban a caerse de la burra. A ver si acierto a contarlo bien, que el suceso presenta múltiples matices. Veamos. Dentro de las funciones del farero se encontraba la recolección de datos atmosféricos. Para tal fin contaba con una rudimentaria estación meteorológica dotada de varios instrumentos de medida. Mi padre, con el prurito de un penitente, se afanaba en recabar todos los días la pluviometría, la humedad relativa, la fuerza y dirección del viento, qué clases de nubes poblaban el cielo y las octas que estas ocupaban. Por supuesto que había otras variables especialmente significativas, como la temperatura o la altura de las olas (la cual medía a ojo de buen cubero), si bien de todas ellas la más determinante era sin duda la tendencia barométrica, para lo cual mi padre trazaba unas gráficas donde quedaba recogida la evolución de la presión con el paso de las horas. Todo marino sabe que las variaciones de la presión son la huella que dejan los desplazamientos de anticiclones y borrascas. Tanto es así que los navegantes han ideado un refranero marinero con dichos tales como «barómetro que lentamente se eleva, el viento se lleva», y lindezas por el estilo.

Esa mañana, al terminar de llevar la primera lectura del día sobre la gráfica correspondiente, mi padre sintió un escalofrío que le recorrió el espinazo. Volvió al barómetro y lo comprobó de nuevo por si había cometido un error de apreciación. Fue entonces cuando se percató de la gran diferencia angular que había entre la aguja del barómetro y la del puntero que marcaba la última lectura del día anterior. Mi padre salió al exterior para asomarse al mar. La visibilidad era del todo inusual, del orden de cuarenta millas. Una cenefa nacarada se elevaba por encima del horizonte, acorralándolo. El hombre se tuvo que sujetar a la barandilla para compensar el temblor de piernas. La superficie del agua era una sábana recién planchada surcada por decenas de pequeños pesqueros que a lo lejos recordaban el carapacho de un caracol. Por oriente el sol resurgía como una bola de fuego. Mi padre giró la cabeza hacia poniente. Justo en el límite del extraordinario campo de visión que le ofrecía el hecho de estar a ciento y muchos metros de altura en conjunción con unas condiciones meteorológicas excepcionales, pudo ver emerger unos cúmulos tiznados que se tragaban todo lo que les salía al paso. Aquellas nubes fuliginosas crecían por momentos, como si desde el cielo las estuvieran sazonando con levadura. A pesar de que el fenómeno acontecía de Pascuas a Ramos, mi padre supo reconocerlo de inmediato. Observó de nuevo los botes de bajura que faenaban en las inmediaciones del faro sin caer en la cuenta del peligro que se les venía encima, dado que a ras de agua la visibilidad es de solo unas millas. Eran pequeños pesqueros artesanales de cubierta corrida donde se enrolaban un cabeza de familia con algún hijo o un hermano. Mi padre sintió cómo la angustia se apoderaba de su pecho. No había tiempo que perder.

Tras bajar la escalera de caracol a trompicones se subió apresuradamente a la furgoneta, que al llevar meses sin ser arrancada no obedeció a la llave de contacto. La empujó por la pequeña pendiente que terminaba en la entrada al faro y, a poco que alcanzó velocidad, saltó sobre el asiento del conductor. Luego accionó la llave y esta vez el motor sí respondió. Mi padre realizó el recorrido a velocidad supersónica hasta que llegó a las puertas de la cofradía de pescadores. Entró en el local llamando a gritos al patrón mayor sin que este diera señales de vida. Lo encontró en un hangar adyacente, repasando unos aparejos. A esas alturas los pulmones de mi padre más que exhalar aire lo desmenuzaban.

—¡Una galerna, viene una galerna! Hay que hacer que los pesqueros regresen de inmediato —lo exhortó, al tiempo que le extendía la gráfica donde quedaban recogidas las variaciones de la presión atmosférica.

El patrón mayor tuvo que darle la vuelta al papel. Mi padre no estaba para interpretaciones sectarias.

—Créeme, Arturo, la he visto con mis propios ojos desde lo alto del faro. En unos minutos estará aquí.

El patrón le devolvió el papel con una mirada impotente.

—Difícil me lo pones. Dado que el mar estaba como un plato, esta madrugada han salido todos a faenar. No se ha quedado ni el Tato. Mientras sacamos el bote de la Sociedad de Náufragos, la galerna se nos echará encima. Cierto que también está la lancha de la Ayudantía de Marina, pero tengo miedo de que ni arranque.

Durante siglos fue costumbre en las cofradías del Cantábrico que el patrón más experimentado se situara en lo alto de un acantilado para leer las nubes. En el caso de que estas no fueran favorables, tenía acordada una serie de señales como fogatas y gallardetes de color gualda para que los pesqueros regresaran a puerto. Desgraciadamente, esa tradición había sido abandonada en favor de los servicios meteorológicos profesionales, los cuales, en aquel momento, se mostraban ineficaces para hacer frente a un suceso tan imprevisible como inmediato.

Si algo tenía mi padre era que se crecía en aquellas situaciones en las que los demás lo daban todo por perdido. Echando un vistazo alrededor del hangar, le preguntó al patrón mayor:

—¿Tienes por aquí alguna bengala?

—Ahí tienes las que quieras y más —dijo, señalando unos enormes estantes metálicos donde imprudentemente almacenaban la pirotecnia—. He de advertirte que están todas caducadas. También hay cohetes de señales y botes fumígenos. Con la humedad que hay aquí dentro dudo mucho de que prendan, y de hacerlo puede que te exploten en la mano.

Esto último mi padre no lo escuchó, pues literalmente había trepado hasta una de las baldas para examinar minuciosamente el material. Dijo:

—Avisa al ayudante de marina mientras yo voy metiendo todo esto en la furgoneta. Luego te vienes conmigo.

Tanto arrojo le insufló ánimos al patrón mayor.

—Al primer bache saltamos por los aires. Pero ¡qué carajo!

Cuando al fin regresaron a Punta Casandra, las nubes negras se habían hecho fuertes en el oeste, si bien desde las lanchas de pesca, que estaban faenando en una rebanada de sol, todavía no eran visibles. Mi padre y el patrón mayor subieron por la escalera de caracol con el corazón en la boca y cuando llegaron a lo más alto salieron al balcón que circundaba la cúspide del faro. Antes, mi padre había accionado el interruptor de la bocina de niebla con la esperanza de que los pesqueros la escucharan y, al contrastar la luminosidad del día con el anacronismo de la señal, advirtieran que algo extraño estaba sucediendo. Se le había ocurrido según regresaban en la furgoneta por la carretera escarpada que conducía al faro. Tampoco albergaba muchas esperanzas de que el ardid diera resultado. Las señales acústicas se escuchan a escasa distancia, sin olvidar que la propagación del sonido es de por sí muy caprichosa. Mi padre empuñó el vetusto catalejo que heredaban los titulares del faro cual cetro de reyes, y con él apuntó al bote más cercano. Aunque podía vislumbrar a sus dos tripulantes ocupados con las nasas, estos no parecían alterados por la irrupción de las señales de niebla en un día soleado. Tal vez pensaran que las estaban probando después de una revisión.

Mi padre volvió a mirar hacia occidente. Los cúmulos, alborotados, saltaban unos sobre los otros, propinándose zarpazos violentos. El mar recordaba un charco a los pies de un gigante indolente. El patrón mayor, que había vuelto a bajar para subir la última caja de pirotecnia, le dio a entender con un gesto de suficiencia que se les agotaba el tiempo. El sonido de la bocina de niebla, que se ubicaba a pocos metros de donde ellos se encontraban, los había dejado momentáneamente sordos, lo que impidió que discutieran los pormenores. Así que decidieron jugársela al todo o nada y comenzaron a lanzar bengalas, cohetes y demás señales, faro abajo. Mi padre, que no tenía experiencia en su manejo, se limitaba a imitar los movimientos del patrón mayor, quien como reconocería el día que se jubiló, era la primera vez que lanzaba una bengala a pesar de llevar muchos años en la pesca, pues de aquella los marinos no hacían prácticas de supervivencia, no tanto por dejadez, que también, sino porque les daba mal fario andar provocando al destino.

A ras de agua, el espectáculo debía de ser conmovedor. Ni en las fiestas del pueblo se tiraban fuegos artificiales tan vistosos, ya que al caer desde lo alto del faro las bengalas describían una trayectoria parabólica al límite de las leyes físicas. Otro tanto sucedía con los botes de humo que, tras quitarles la tapa protectora, desprendían una estela azafranada que duraba varios minutos. Por su parte, los cohetes se elevaban en dirección al mar, estallando a varios centenares de metros para quedar suspendidos en el aire igual que mariposas incandescentes. En definitiva, a ningún pesquero se le pasó por alto la inesperada función de fuegos de artificio e inmediatamente comenzaron a sospechar que algo anormal estaba sucediendo. El instinto del marino que se brega en las aguas septentrionales los obligó a mirar hacia occidente, pues es por ahí por donde se cuelan los temporales que barren la costa de oeste a este. De tal forma advirtieron cómo unas nubes caliginosas asomaban el hocico. Ninguna de ellas corría en dirección a la brisa que comenzaba a zarandear las lanchas. Eso también explicaba el porqué de aquel aire espeso que entraba en sus pulmones como un bloque de granito. Visto el panorama, los pescadores no tardaron en arrancar el motor y poner proa a San Andrés.

A mi padre y al patrón mayor se les debieron hacer eternos los minutos que mediaron hasta que comprobaron que efectivamente los botes regresaban a puerto. La perspectiva que ellos gozaban les ofrecía un escenario mucho más apremiante del que podían percibir los pesqueros, ya de por sí preocupante. La mitad del cielo se cubría de una turba de nubes inconexas que terminó por caer sobre ellos como si desde lo más alto les hubieran arrojado un tendal repleto de sotanas.

La pareja abandonó el faro y se dirigió en la furgoneta hasta el dique de abrigo de San Andrés. Para entonces los vecinos ya estaban sobre aviso y se agolpaban impacientes tras las protecciones de piedra del dique de abrigo, en espera de que sus familiares y conocidos alcanzaran la bocana. Rostros ansiosos que lanzaban los ojos al mar. El viento del suroeste, que comenzaba a aullar por encima de sus cabezas, ponía en peligro el regreso de unos botes que tenían que batirse con unas olas que reventaban en las amuras. Fueron minutos de auténtica tortura donde la incertidumbre carcomía el ánimo de unos y otros. Según se acercaban las lanchas, la costa hizo de resguardo, y aunque empezó a llover con rabia, los pesqueros fueron entrando entre la baliza roja y la verde mientras la gente se abrazaba sin contener las lágrimas. Y cuando todo parecía haber quedado en un susto, a la última lancha se le paró el motor a trescientos metros de la bocana. Se trataba del Boliche, la lancha de Ramiro y Alfredo, dos hermanos que se habían iniciado en el oficio de marineros con pantalones cortos. Habían tenido la mala suerte de quedarse al devalo cerca del temible bajo del Serrapio. Allí el mar rompía sin tapujos y no tardó en voltear a la embarcación. Los vecinos contemplaron horrorizados cómo los dos tripulantes caían al agua y se agarraban desesperados al casco volcado, el cual derivaba peligrosamente hacia las rocas de cantos afilados.

Y cuando la mayoría ya no se atrevía ni a mirar, de la bocana del puerto surgió el viejo bote que veinte años atrás había cedido la Sociedad de Náufragos a fin de organizar en San Andrés una base de rescate. Al timón iba mi padrino, el Taheño, y en la proa el ayudante de marina. Habida cuenta del escaso tiempo disponible, les había sido imposible reclutar más voluntarios. En la maniobra más vertiginosa que jamás se recuerda en San Andrés, el Taheño llevó el bote al límite de las rocas y tras aproarlo al mar con lo mínimo que le daba el motor, el ayudante de marina logró subir a bordo a los dos pescadores, a los que todos daban por perdidos. Una vez hecho esto, dando avante toda, se puso a zigzaguear sobre las olas, ora por babor ora por estribor, hasta que la lancha de rescate se alejó de las rocas a la velocidad con la que el ratón huye del gato. Fue una treta marinera que debería quedar recogida en los manuales náuticos en negrita, cursiva y doble subrayado.

Al día siguiente toda la prensa del norte de España abrió con un único titular: «Una inesperada galerna se cobra en el Cantábrico veintisiete víctimas». Ocho de ellas estaban enroladas en un pesquero vasco que una ola se tragó a la altura de Bermeo. Ni rastro de los desaparecidos. En Santander también había hecho estragos, así como en numerosos puertos asturianos. Por fortuna, en San Andrés no hubo que oficiar ni un solo funeral. Y todos sabían a quién debían agradecérselo. No me digan cómo, pero a los pocos meses mi padre era el farero oficial del faro de Punta Casandra. En los dedos de las manos llevó de por vida unas quemaduras que daba grima mirar, al igual que en la sien, justo al lado del ojo izquierdo, lo que a la postre le afectó la visión. Esta última quemadura fue consecuencia de que la primera bengala la había encendido cara al viento, por lo que las chispas le saltaron al rostro (que sirva de lección a futuros navegantes). Al menos te queda el ojo derecho, el ojo de la patria, le comentaba jocoso el Taheño, quien había sido condecorado por su meritoria maniobra.

Ya ven, en la vida, al igual que en los juegos de manos, todo se decide por un golpe de suerte. Apenas hay resquicios para la planificación. La clave radica en subirse a la ola adecuada, cerrar los ojos y como diría mi tía Francisca, si las cosas vienen torcidas, en echar la culpa a otro.

4

La gran galerna que azotó el Cantábrico consolidó a mi padre como uno de los referentes de la comarca. Un hombre que avergonzado de su pasado renuncia a las veleidades del mundo para demostrarle a su esposa su firme arrepentimiento, pero, al mismo tiempo, capaz de seguir ojo avizor el devenir de los acontecimientos, percatándose de que se estaba mascando una gran tragedia que de no ser por él se hubiera cobrado muchas vidas. El héroe asceta que alguna vez todos soñamos ser.

Y detrás de esta figura legendaria estaba yo, dando mis primeros pasos y tropezando, sobre todo esto último. Tanto es así, que mi infancia transcurrió en el caos más absoluto, al menos de la piel hacia dentro, donde me negaba a aceptar un orden de las cosas que para los otros niños era bien distinto. La ausencia de un vínculo materno me causó no pocos conflictos de índole afectiva que, sin duda, hicieron mella en mi carácter, introvertido y receloso de cualquier muestra de cariño. Cierto que todos me tenían por un niño comedido y obediente, nada propenso a las peleas ni a saltar las tapias para robar manzanas, lo que no quería decir que yo estuviera en paz conmigo mismo. Asunto distinto era que lo exteriorizara. Dicen los especialistas que los grandes psicópatas sufrieron experiencias por el estilo. Nunca se sabe lo que uno esconde por detrás de las pupilas.

No guardo recuerdo alguno sobre quién se ocupó de mí hasta mi escolarización. Por lo que me han dicho, sé que en la época en la que estalló la galerna estaba al cuidado de mi abuela materna, si bien con el nombramiento definitivo de mi padre como farero oficial volví al caserón. A partir de entonces me imagino que mi tía haría encaje de bolillos echando mano de unos y otros para no desatender la pescadería al tiempo que se ocupaba del mocoso que le había tocado en suerte.

Las cosas le resultarían más sencillas el día que me matriculó en párvulos. Como mi padre no salía del faro y mi tía Francisca, al verse con más horas libres, se volcó en su negocio (el cual, todo hay que decirlo, comenzaba a darle pingües beneficios), al colegio me acercaba una vecina que vivía a unos veinte minutos de nuestra casa. Mi abuelo materno, abochornado por la conducta de una hija que no daba señales de vida, en menos de un año acabó pidiendo destino al cuartelillo de Guardamar del Segura, en la provincia de Alicante. Como es natural se llevó consigo a su esposa, quien posiblemente fuera la otra causa que motivó su precipitado traslado voluntario a la otra punta del país. Contra todo pronóstico, mi abuela fue la única persona en San Andrés que exigió soluciones drásticas. De siempre se había mostrado como una mujer prudente. Sin embargo, tras el incidente sufrió una mutación que la situó al límite de la vesania. Desde un principio se desmarcó de la actitud de su marido, a quien según ella lo único que le preocupaba era que las jerarquías de la Benemérita lo señalaran con el dedo. De mi tía Francisca criticaba la apatía que demostraba ante la huida de su marido. Pero con quien realmente se cebaba era con mi padre. Lo tildaba de auténtico calzonazos y decía que aquel era un momento en que un hombre debía dar el do de pecho, no esconderse como una gallina asustadiza. Los cuernos y las calvas se llevan con dignidad, sentenciaba. Si su hija había hecho algo impropio, ella misma le daría un bofetón cuando la tuviera delante, que para eso era su madre, pero, por amor de Dios, que cuando menos pusiera una denuncia ante la embajada española en Australia. Como nadie le daba pie, la mujer se volvió suspicaz y pendenciera. Bastaba con que en el mercado cualquiera la mirara por el rabillo del ojo para que se lanzara sobre él o ella como una posesa. Convencida de la mala influencia que la conducta de mi padre ejercería sobre mí, una semana antes de partir hacia Guardamar del Segura mi abuela se acercó al faro y le planteó que lo mejor para mi educación sería que me fuera con ellos, a lo que él, en esta ocasión furibundo, le dio con la puerta en las narices. Nunca más supe de mis abuelos maternos.

A lo que íbamos. Cuando entré en párvulos, de mis idas y venidas al colegio se hizo cargo una mujer argentina (universalmente argentina, yo diría) llamada Elva. En su país natal había conocido a su futuro marido, un vecino de San Andrés que como tantos otros había hecho las maletas para probar fortuna en una tierra donde alimentaban a los terneros con forraje del Edén. Otras fuentes apuntaban a que el hombre había tenido que salir por piernas, pues las autoridades le pisaban los talones por no sé qué asunto de estraperlo, actividad en la que, como en tantas otras de dudosísima legalidad, se debe contar con el beneplácito de algún responsable público, gracia que, por algún motivo que se desconoce, nuestro vecino debió de perder en un momento crucial para sus intereses. En Argentina gozó de una vida al margen de sus antiguas aficiones hasta que Dios decidió llevárselo con Él. Tras quedarse viuda, Elva, que era cumplidora hasta la exageración, cruzó expresamente el Atlántico para comunicarles de viva voz el deceso a los familiares de su difunto esposo. Estos agradecieron de corazón aquel gesto que ensalzaba la memoria del fallecido, y colmaron a la mujer con todos los agasajos que estaban a su alcance. Más de uno llegó a pensar que, habida cuenta de la habilidad que su pariente había demostrado para los negocios de alto valor añadido, este había amasado en Argentina una fabulosa fortuna, y esperaban que de un instante a otro Elva sacara el tema a colación, por si había dispuesto en el testamento alguna dádiva post mortem.

Pero de boca de la mujer no solo no se escuchó palabra sobre herencia alguna, sino que a medida que pasaba el tiempo se hacía evidente que la viuda se había venido con lo puesto. Las hojas del calendario se sucedían sin que Elva hiciera amago de hacer las maletas, lo que encendió todas las alarmas. Desprovista del carisma con el que te inviste el dinero, ahora esa mujer revivía la mácula de tener en la familia a un señalado por la Justicia, en una época en la que te exigían un certificado de buena conducta hasta para ir al excusado. Así que cuando Elva les comunicó que había decidido quedarse en una tierra que la cautivaba porque, según ella, en un mismo día se podían dar las cuatro estaciones del año, en contraste con su pampa argentina sometida a la tiranía del sol, a más de un familiar le salieron sarpullidos.

Poco a poco comenzaron a dejarla de lado. Elva tampoco parecía poner mucho de su parte. La famosa sonrisa argentina que popularizaron no pocos artistas de la posguerra, en sus labios era la excepción que confirmaba la regla. Para colmo, la manera de expresarse que le brindaba una educación muy por encima de la media de unos vecinos que sabían poco más que las cuatro reglas, resultaba apabullante. Parecía que cada vez que abría la boca lo hacía para adoctrinar. Porque a la mujer podía gustarle el clima de San Andrés, pero tampoco le dolían prendas a la hora de criticar las costumbres locales. Nunca se andaba con rodeos, soltaba las cosas tal cual le venían a la mente, y siempre terminaba las denostaciones en el ámbito comparativo, algo así como que en Argentina vuestros problemas los solucionamos antes de que lleguen a plantearse.

—Este país es un quilombo. Por el mismo precio la gente quiere el chancho, la chancha y los veinte lechones.

Este tipo de aforismos solo los puedes sostener cuando no te tienes de pie de la carretada de billetes que llevas en los bolsillos. Que se vuelva a la pampa con sus gauchos y terneros de mil kilos, apostillaban sus familiares nada más Elva se daba la espalda.

Sus parientes se sintieron aliviados cuando Elva les pidió permiso para irse a vivir a un viejo hórreo de un tío abuelo, que se caía de pretérito a las afueras del pueblo, e incluso le echaron una mano para improvisar en él una suerte de vivienda. Una vez terminadas las obras, sus familiares se alejaron del lugar con el zurrón de las herramientas en ristre, dispuestos a pasar página, y cuando se la encontraban por las calles, salvo que Elva hiciera amago de saludarles, se hacían los locos.

El encontrarse sola para nada amilanó a la mujer. Antes que atractiva, pertenecía a esa clase de personajes secundarios que dan vida a los decorados. Tirando a bajita, llevaba el pelo corto con raya a un lado. La mirada al frente, fija en un punto indefinido, siempre melancólica. El rictus bien podría indicar tanto sorpresa como reprobación. A mí me parecía muy mayor, aunque luego me enteré de que en aquel tiempo contaba con cuarenta y pocos.

Su fuente de ingresos provenía de varias actividades, la más reconocida la de pitonisa. Elva echaba las cartas y pasaba el agua por un precio ajustado a las circunstancias del mercado. Por entonces San Andrés ya se encontraba sumido en el declive económico y demográfico. Cada vez costaba más trabajo extraer el carbón que llegaba de las minas, pues una vez agotadas las menas superiores había que adentrarse en las entrañas de la tierra para obtener el mineral, lo que disparaba los gastos. Para más inri, de aquella irrumpieron nuevas fuentes de energía, más baratas y limpias, que mantenían a la industria del carbón en puntos suspensivos.

Pero Elva era una mujer realista que se adaptaba sin fisuras a la coyuntura imperante. De su consulta guardaba el mayor sigilo profesional, y los vecinos, aunque no fueran por ahí pregonándolo, desfilaban por el hórreo con cierta asiduidad. Las jóvenes le pedían consejo para atrapar a determinado mozo por el que bebían los vientos y las más veteranas venían a que les quitase el mal de ojo, auténtica epidemia entre las mujeres del Cantábrico occidental. Los varones, por su parte, también se dejaban caer para entrever en qué terminarían los litigios por los lindes de las tierras, o, si eran pescadores, para averiguar si los signos eran propicios para llevar a cabo una remodelación en la lancha. Lo que en la Antigua Grecia se conocía por consultar el oráculo. Además el acento argentino, tan meloso y a la vez categórico, envolvía sus profecías del esoterismo necesario para que los clientes pusieran toda su confianza en el mazo de las cartas. En su oficio, fondo y forma constituían un binomio insoluble que la mujer combinaba a la perfección.

Dado que de aquella en las villas marineras la asistencia médica universal y gratuita se encontraba en pañales, Elva también ejercía de curandera. Tal pluralidad de funciones hacía que la mujer resultara extremadamente ceremoniosa, como si ella fuera consciente de la gran responsabilidad que recaía en sus espaldas por el hecho de haber nacido con el don de la clarividencia y la curación de los cuerpos, el cual se reservaba a unos pocos elegidos, normalmente uno por partido judicial, que el negocio no daba para más. De lo contrario no hubiera ofrecido sus servicios para llevarme y recogerme del colegio, al cual íbamos caminando, pues para cuando yo entré en párvulos la vieja furgoneta en la que de antaño mi padre repartía sacos de abono, descansaba en la parte trasera del caserón, sin puertas ni neumáticos y con las zarzas creciendo a sus anchas por los asientos. De haber tenido perro, la vieja furgoneta hubiera servido de caseta, pero mi padre no quiso que de pequeño yo tuviera mascota alguna con la que encariñarme, siquiera una cría de conejo, so pena de que llegara el día de la fatal separación, temor paternal más que justificado habida cuenta de su currículum.

Con anterioridad ya he señalado lo difícil que resultaba atravesar la carretera escarpada que terminaba en el faro. Ahora bien, junto a Elva nunca tuve ni el más mínimo contratiempo, como si el viento y las nubes reconocieran en ella a un ser excelso al que debían rendir pleitesía. Pudiera ser que el tiempo haya tamizado mi memoria, o que los días de temporal simplemente Elva no me llevase a clase. Lo que sí recuerdo es que de su mano iba y venía sin apenas intercambiar las dos palabras que la buena educación obliga. Por la manera en la que la describo pudiera dar la falsa impresión de que Elva no me tenía ningún apego, cuando en realidad se comportaba así porque durante el trayecto iba totalmente concentrada en que yo no sufriera ni el mínimo desperfecto, una versión de nanny de la época victoriana exenta de todo glamur. Tal vez lo que menos necesitaba un chiquillo que veía cómo al resto de sus amigos los colmaban de atenciones. No, aquel escenario no era fácil para un niño a efectos prácticos huérfano de madre, una auténtica degollina a nivel emocional.

A pesar de su rigor profesional, a la vuelta del colegio en algunas ocasiones nos deteníamos en su hórreo, el cual nos quedaba de camino. Esto solo ocurría cuando a la puerta de su singular morada la estaba esperando un vecino que se había dislocado una muñeca o a quien los apretones de estómago hacían retorcerse del dolor. En una ocasión sucedió que una vecina necesitaba urgentemente de su dominio de la quiromancia tras soñar que se había quedado embarazada a pesar de que había cumplido los sesenta. Solo en estos casos excepcionales, insisto, Elva aparcaba momentáneamente sus obligaciones de niñera y entendiendo que mi integridad física estaba asegurada dentro de los límites del hórreo, me dejaba a solas mientras ella subía con el paciente para despachar una consulta rápida. La única condición que me imponía era que no pisara el huerto.

Yo recibía la noticia con alborozo, pues aquello rompía por unos minutos la monotonía de mi aburrida existencia. Para mí la casa de Elva era un espacio de lo más sugerente. Debajo del hórreo, la mujer había improvisado un corral con cinco gallinas cluecas y un gallo de lo más eficiente. Elva también tenía un perro, al que llamaba Cicerón, en homenaje a su orador predilecto. Cicerón era un chucho callejero de bajo talle y cuello grueso en contraste con una cabeza ridícula, lo que no lo dotaba de la aerodinámica idónea para la caza y otros cometidos caninos de mayor envergadura. Se limitaba a vigilar que en la finca no se colara ningún pequeño depredador que pusiera en peligro a los habitantes del gallinero. Cicerón me tenía mucho cariño. Nos entendíamos sin necesidad de hacer muchos aspavientos. Compartíamos la mímica del jugador neófito que, al descubrir el escaso valor de sus cartas, intenta sonreír antes de apostar pero se queda a medio camino.

Una tarde en la que Cicerón y yo nos enzarzamos en una lucha cuerpo a cuerpo fingiendo una violencia que no estaba a nuestro alcance, la puerta del piso superior se abrió de forma repentina. Alcé la cabeza y vi cómo Elva sostenía el pomo con una mano y con la otra señalaba la escalera de salida. Detrás de ella salió Armando, el joven patrón de La Versal, uno de los pesqueros que más rulaba en la lonja. Últimamente Armando se dejaba caer mucho por el hórreo. El joven parecía desolado.

—Por favor, Elva, reconsidéralo.

Elva apuntaba impertérrita los escalones de piedra. No le dio opción:

—¡Vos no te enteraste de que esto es una consulta seria!

Por lo visto Armando, que tenía quince años menos que Elva, le acababa de proponer matrimonio mientras ella le echaba las cartas. Armando era un patrón que a pesar de la edad siempre regresaba a puerto con las bodegas llenas. Olía el pescado como nadie y sabía cómo tenderle la celada. Tanto es así que el armador de La Versal había ido expresamente a buscarlo para ofrecerle un quiñón muy por encima de lo acostumbrado. Dicen que la pesca es un arte donde magia y técnica van de la mano. Quizás ese fuera el motivo por el que Armando se había sentido atraído por una mujer mitad hechicera, mitad medicastro. Juntos podían formar un tándem inigualable. Ahora bien, lo que Armando tenía de pescador taimado, a su vez lo tenía de joven timorato. Así que la única manera que se le ocurrió de abordar a esa altiva mujer fue frecuentando su consulta bajo las más banales de las excusas. En el momento cumbre de su cortejo, Armando acababa de cometer un error imperdonable. Al pedirle que se casara con él mientras ella barajaba las cartas del tarot, inevitablemente la había hecho ver que el motivo de sus visitas no guardaba relación alguna con su buen quehacer profesional, un torpedo a la línea de flotación de su orgullo. Una argentina herida en su orgullo. ¡Acabáramos! A pesar de lo lucrativas que resultaban las propinas, la mujer le aseguró que no lo recibiría más.

—Duerma sin frazada que acá yo me ato el corazón con un alambre.

Y no es que tras la muerte de su esposo ella hubiera cerrado definitivamente las puertas al amor, ningún ser vivo es capaz de cometer semejante disparate. Para muestra la propia Elva, que no mucho tiempo después del incidente con Armando, un día anunció a mi padre que ya no me volvería a llevar al colegio. Como ella misma reconoció, llevaba meses carteándose con un canadiense que había puesto un anuncio en un periódico de tirada nacional y, tras un pormenorizado intercambio epistolar y fotográfico, la pareja decidió casarse. De aquella este tipo de relaciones no eran inusuales. Eso sí, antes de irse a Canadá, Elva se desposó por poderes en la iglesia de San Andrés, arropada por unos familiares políticos que no veían el momento de librarse de esa figura tan incómoda. Ninguno de ellos le echó en cara que hubiese olvidado de forma tan repentina a su antiguo familiar, antes al contrario, la animaban a que no se enrocara en su papel de viuda, que aún era joven y que tenía todo el derecho a rehacer su vida. Con decir que un hermano de su primer marido hizo de padrino, lo digo todo. Hasta el cura del pueblo, don Gabino, se alegró de perder de vista a tan dura competidora en las artes de la persuasión.

En mi inocencia había albergado la esperanza de que mi padre accediera a que nos quedáramos con Cicerón, pero antes de que pudiera proponérselo me enteré de que Elva se lo había regalado a una de las rederas de San Andrés, de manera que mi canino amigo se quedó sin conocer la fría región de Halifax, lugar hacia el que partió la adusta argentina.

Si lo piensan, es en la infancia cuando más personas entran y salen de nuestro impúber campo visual. O será que es cuando más nos encariñamos con la gente, porque mira que Elva se hacía bien poco de querer. A Cicerón lo seguí viendo las tardes de verano, cuando las rederas extendían por la explanada del muelle las mallas en busca de descosidos. De las gallinas y del gallo nada más se supo. En fin.

5

Con la partida de Elva comencé a ir solo al colegio, práctica habitual en los pueblos donde todos se conocían y no cabía imaginar amenaza capaz de doblegar a unas criaturas que parecían hechas de plástico reforzado, habida cuenta de los trompazos que nos dábamos sin sufrir apenas menoscabo. Con el tiempo mi tía me regaló una bicicleta de un único plato y piñón que acortaba los tiempos de mis desplazamientos. Por las tardes, una vez finalizadas las clases, subía puntualmente a la cúspide del faro para relatarle a mi padre las nuevas de mi infantil existencia. Tras remontar la escalera de caracol, lo solía encontrar en compañía del Taheño, que tras darle un repaso a los fondos de una ría cada vez menos transitada, atracaba la draga y se acercaba a echar una partida de ajedrez. Lo del ajedrez era un pretexto. A poco que empezaban la partida (mi padre solía salir con el peón del rey, a lo que mi padrino respondía con una obtusa defensa siciliana y, cuando giraban el tablero, Gambito de dama y variante Tartakower), la conversación se imponía a los movimientos de las piezas. Trazaban diagonales con los alfiles, daban cabriolas con los caballos o comían peones como si fueran dulces de Navidad, bajo el convencimiento de que toda esa parafernalia era necesaria para mantener viva la charla, la cual era monotemática: el mundo de los barcos, particularmente el de las tripulaciones que los manejaban. Hombre y máquina se unían en un único concepto para cumplir un mismo propósito. Desde el punto de vista ergonómico la imagen era demoledora.

—Don Fabián, el capitán del Gaviota, ha desembarcado por vacaciones y lo ha sustituido un tal Enrique Rosales.

—¿El que navegaba en los buques de Fierros?

—El mismo. Al venir de fuera de la compañía se ha saltado todo el escalafón. El primer oficial del Gaviota anda que se sube por las paredes.

—Ese Alberto Medeiro. Su armador sabe que bebe como una esponja. ¿Cómo iba a darle el cargo, aun fuera por unas semanas?

—Qué quieres que te diga. Si fuera por mí suprimía el vino en los barcos. No da más que problemas. Recuerdo cuando subimos con el Indalo a descargar pirita de Huelva a una fábrica en Sundsvall, al norte de Suecia, en el paralelo 620. A pesar de que el capitán se lo había prohibido expresamente a los marineros, estos hicieron oídos sordos y comenzaron a vender coñac de garrafón a los operarios que se dejaban caer por el barco. Los suecos les pagaban veinte veces su valor. Ya sabes cómo se toman los gobernantes nórdicos los asuntos del alcohol, que temen que sus conciudadanos agarren curdas de campeonato si lo encuentran barato, de ahí que lo graven con unos impuestos faraónicos...

—Con ese clima es de esperar que la gente se dé a la bebida. Ya me dirás sino qué haces la mayor parte del año encerrado en casa con dos metros de nieve bloqueándote la puerta.

—Déjame que termine, que ahora viene lo mejor. En el Indalo la venta de coñac iba viento en popa hasta que de pronto la fábrica paró la producción. Estaban todos borrachos como cubas, desde el gerente hasta la secretaria de recepción, ya no digamos los que estaban a pie de muelle, que en vez de un barco veían dos. Y eso que el Indalo apenas medía cien metros de eslora. Al poco llegaron los de la aduana sueca y le metieron al barco un fondeo de cuidado. Le costó el puesto al jefe de máquinas, pues había hecho la vista gorda cuando los engrasadores dispusieron un falso tabique en el cuarto de las depuradoras para esconder el matute.

—No creo que le importara mucho. Los maquinistas encuentran empleo rápido. Seguro que desde entonces ha pasado por una docena de barcos. De estudiar náutica hay que hacerlo por la rama de máquinas. Los de puente siempre andan con sus trabajos pendientes de un hilo.

—¿Y qué me dices de eso de estar todo el día lleno de grasa y sudando como un pollo? Para mí no lo quiero, aun me paguen con doblones de oro.

—Eso lo dices ahora, Taheño, que a tus años no puedes dar vuelta atrás.

—Piensa lo que quieras, pero yo antes de bajar a una máquina prefiero meterme a minero. A efectos prácticos es lo mismo y estoy en casa. Encima ese ruido atronador, a todas horas perforándote los tímpanos a resultas de lo cual no hay maquinista que tenga la cabeza en su sitio. Están todos como regaderas. El otro día me encontré por la calle a Ramón Argüelles, ese jefe de máquinas de Cudillero casado con una hija del Tarabico. Estaba muy preocupado porque según él le perseguían unos extraterrestres para secuestrarlo. En medio de la conversación corrió a esconderse tras una furgoneta aparcada. Están ahí, me susurró, no puedes reconocerlos porque son invisibles al ojo humano. Me acerqué y le pregunté: ¿Entonces tú cómo los ves? Por eso quieren secuestrarme, para que no los delate, me juró por su difunta madre.

—¿Ese no andaba a la madera por Guinea en la compañía de Pinillos? Seguro que allí pilló el paludismo y a la postre le ha afectado a la cabeza.

—Lo que allí pillaría serían unas ladillas de agárrate y no te menees, que en el África meridional las nativas tienen un concepto muy peculiar de las relaciones cuerpo a cuerpo.

—Límpiate la boca, Taheño, que está presente tu ahijado.

—Déjalo que se vaya acostumbrando a estas cosas, que no quiero que Darío sea el pardillo de la clase.

—¡Que solo tiene nueve años!

—¡Bah! Los niños se enteran de mucho más de lo que dan a entender. ¿O no te acuerdas de cuando tenías su edad? Oye, ese barco que se ve a lo lejos, ¿no será el María de Maeztu?

Ante la mínima duda, mi padre sacaba su viejo catalejo.

—Pues lleva proa hacia Bilbao. Un viaje más que no entra en San Andrés. Esto se está poniendo feo, Taheño, cada vez hay menos actividad en los muelles.

—El año que viene, en noviembre, se jubila uno de los prácticos y dicen que no lo van a sustituir. Que con los ingresos de los últimos años, la corporación no tiene ni para pipas. Tú no te preocupes, que el faro no lo van a echar abajo. Cosa distinta es que sigan poniendo fondos para dragar la ría, y es ahí donde me duele.

Así transcurrían las tardes entre mi padre y el Taheño, en la cúspide del faro, con el sol alargando la fina sombra sobre el caserón. Cuando se hacía de noche, escuchábamos a mi tía Francisca llamándome a gritos para que le subiera la cena a mi padre, pues debido a un cuerpo entregado a las alubias y al chorizo, se negaba a trepar por la interminable escalera de caracol salvo en casos de extrema gravedad. Cuando escuchaba la voz de mi tía, el Taheño mudaba la expresión. Saltaba a la vista que ella le traía de cabeza, si bien le tenía mucho respeto y nunca se atrevía a decirle ni la más mínima lisonja, no fuera a ser que la mujer se lo tomara a la tremenda. Siempre que ella estaba presente, el Taheño procuraba mostrarse prudente y juicioso, curioso tratándose de un hombre tan irreverente como guasón. Cuando la sabía bien lejos, mitad en broma mitad en serio, azuzaba a mi padre:

—Mucha mujer es la Paca. Si algún día me animo, ¿cuento con tu consentimiento?

—A mí no me metas en jaleos. Las cornadas las recibes tú.

—¿No será que a ti también te interesa? Si supieras lo que por ahí andan diciendo...

Y es que podría pensarse que habida cuenta de las circunstancias, máxime con un niño de por medio, mi padre y mi tía Francisca llegaran a un acuerdo, aunque solo fuera por dar lustre a una situación cuando menos embarazosa: un hombre y su cuñada, ambos deshonrados, con la llama del despecho encendida en sus corazones. No hay que ser malpensado para sumar dos y dos. Sin embargo, mi padre seguía escrutando el horizonte en el anhelo de que tras la trémula línea surgiera un buque que le devolviese a su esposa, la misma que en su día él no supo retener por su mala cabeza y que ahora causaba en su vida un vacío insondable. Por las noches, antes de acostarse en el dormitorio que se había hecho instalar en un descansillo cerca de la cúspide, besaba con devoción la foto de la mesita. Yo era testigo a diario, pues como mi habitación quedaba en el caserón y mi padre no salía del faro, era yo el que subía a darle las buenas noches. Tras recibir una carantoña, lo veía tenderse en la cama con los ojos abiertos para materializar en el techo los rasgos de su esposa. La tragedia había mutilado en mi padre su capacidad de sentirse atraído por otra mujer, y aunque mi tía Francisca había vivido una experiencia similar, presumo que el resultado en ella no había sido el mismo pero que el recato la conminaba a guardar las apariencias. Recuerdo una noche de verano en la que había quedado con otros niños para acudir al cementerio, cosa de chiquillos. La consigna era salir de casa a escondidas cuando nuestros mayores se hubieran acostado. Al pasar por el descansillo desde el que se divisaba la ventana del dormitorio de mi tía, vi a esta contemplándose en un espejo de medio cuerpo. Vestía un camisón negro, llamativamente corto y estrecho, por el que rezumaban las mollas de la carne a la altura de la pechera y del faldón. La mujer llevaba el pelo suelto y se había pintado los labios de rojo bermellón. Se movía de un perfil a otro toqueteándose la melena al tiempo que deslizaba la otra mano por el torso. No debí de estar mirándola ni dos segundos, pero la imagen se grabó en mi cerebro a cincel. A decir verdad, no recuerdo qué pasó esa noche en el cementerio. Solo recuerdo a mi tía frente el espejo, contoneando su figura.

En la pescadería, las cosas le iban a pedir de boca hasta el punto de que necesitó el concurso de un ayudante. El escogido se llamaba Ramón, Ramonín para todos. Su padre había muerto en un naufragio de un pesquero en el Gran Sol, lo que si bien lo libraba del servicio militar, lo abocaba urgentemente a encontrar un trabajo con el que ayudar a su familia, que al no tener tierras ni ganado difícilmente podía subsistir con la minúscula pensión. Ramonín no tenía muchas luces pero era fuerte como una mula. Mi tía le compró una especie de bicicleta (la mujer estaba obsesionada con este medio de transporte) a la que se le adosaba una carretilla en la parte delantera: en ella bajaba Ramonín a la rula y luego subía con diligencia las pronunciadas pendientes con las cajas de pescado que la Paca había comprado en la subasta. Más tarde me enteré de que las malas lenguas apuntaban a que cuando Ramonín entró por la puerta de la pescadería a pedir trabajo, a mi tía por poco se le cae la faja. El mozo tenía risa de tonto pero era rubio de ojos claros y para librar el dintel tuvo que agachar el pescuezo, palabras mayores en un pueblo donde la media de los varones rondaba el metro sesenta y cinco, rabillo de boina incluido.

—¿Sabes afilar un cuchillo?

—Sí, señora pescadera.

—¿Te importa levantarte temprano?

—No, señora pescadera

—Aquí se viene limpio y afeitado.

—Descuide, señora pescadera.

—Llámame Paca. Empiezas mañana. En la parte de atrás encontrarás un mandil. Que te lo lave tu madre.

—Gracias, señora pescadera.

—Te he dicho que me llames Paca.

—Perdone, señora pescadera, digo, señora Paca.

Cuando Ramonín se dio la vuelta para salir a la calle, le enseñó una espalda de cemento armado.

—¡Oye, chaval, que no me has preguntado por el salario!

—Lo siento, señora pescadera, quiero decir, señora Paca.

—¿Te parecen bien setecientas pesetas?

—¿Cuánto es eso en duros?

Las preguntas de la gente sencilla son directamente proporcionales a sus necesidades. Por ejemplo, Ramonín nunca preguntaría acerca de la posible muerte entrópica del Universo, porque la Termodinámica, al menos a ese nivel, apenas tenía incidencia en su día a día.

A pesar de que se pudiera pensar lo contrario, desde su voluntario retiro en la cúspide del faro mi padre planificaba con mimo mi educación, y estaba atento a cualquier inquietud tanto física como artística que pudiera contribuir a mi desarrollo como persona. Desde allá en lo alto debió de escuchar cómo yo comenzaba a aporrear sin ton ni son las teclas del piano que había pertenecido a su madre, y de seguro que aquellos sonidos inconexos le trajeron a la mente rescoldos de los recuerdos familiares que ahora corrían serios riesgos de desaparecer con él.

La vida de mi abuela parece sacada de una novela de Dickens. La mujer provenía de una familia de posibles que tras muchos años de ímprobo esfuerzo acababa de ser aceptada en la alta sociedad burgalesa. Empero, la hija mayor de tan lustrosa familia llegó a San Andrés huyendo de una relación intolerable con un hombre casado. Este detalle de la historia, que hoy en día puede parecer superfluo, sino chistoso, en aquella época hubiera tenido el mismo efecto que una bomba de napalm, por lo que fue guardado con celo dentro del ecosistema familiar. Tanto es así, que sospecho que mi padre, como el resto de los vecinos, no estaba al tanto. Tuvo que ser mi tía Francisca (las mujeres administran estos secretos igual que testaferros del crimen organizado) quien me pusiera al tanto por una serie de motivos que ahora no vienen al caso. Mi tía fue incapaz de precisarme si el destierro de mi abuela había sido motu proprio o porque su padre (mi bisabuelo) había tomado cartas en el asunto nada más enterarse del affaire. Lo lógico sería inclinarse por esto último, si bien he de reconocer que no las tengo todas conmigo, y que lo más seguro es que hubieran concurrido una suerte de factores encontrados de difícil conciliación.

Justo en la pared en la que se apoyaba el piano había un óleo de medio cuerpo donde se apreciaba el linaje encopetado de la mujer. El piso donde se alojó provisionalmente era propiedad de una compañía pucelana que se dedicaba a la exportación de productos agrícolas procedentes de la meseta castellana. Allí se hospedaba el delegado comercial de la zona norte, pero después de mudarse la sede a Avilés, el piso llevaba años vacío. La empresa nunca supo el verdadero motivo por el que lo alquilaba, el cual no era otro que el aguardar a que a la joven se le pasara el mal de amores, y de paso impedir que el incidente se convirtiera en la comidilla de Burgos.

Mi abuela llegó al pueblo acompañada de una sirvienta de dieciséis años que al poco se quedó embarazada. Al menos el padre del preñado reconoció los hechos, por lo que una boda rápida dejó a todos contentos. Tras la emancipación de su criada, mi abuela mintió a su familia asegurándoles que había contratado a otra chica de los alrededores, pues bien sabía que sus padres por nada del mundo hubiesen tolerado que una joven de su posición viviera sola en un pueblo dejado de la mano de Dios.

Sin embargo, ella apostó por la soledad con el propósito de enfrentarse a sus paradojas. Bajo cualquier prisma que lo analizara, su aventura con un hombre casado y con hijos no tenía justificación posible. La habían educado con el único fin de ser una madre respetable y, desde muy pequeña, había ansiado que le llegara el soñado momento de subir los escalones del altar. Y mira tú por dónde que a las primeras de cambio se había dejado arrastrar por la concupiscencia, hecho que, además de demostrar que una cosa son los ideales y otra bien distinta la práctica diaria, la llenaba de remordimientos. La joven estaba considerando seriamente el ingresar en un convento cuando casualmente conoció a mi abuelo. En un momento de lucidez, debió de pensar que vivir en un faro presentaba similitudes innegables con la vida monástica, además de permitirle formar una familia, lo que se dice matar dos pájaros de un tiro. Sus padres, que leyeron espantados la misiva donde ella los informaba de sus proyectos, tuvieron que aceptarlo como un ultimátum, y habida cuenta de que el suceso de su hija había sembrado ciertos dimes y diretes en Burgos capital, consideraron que pocas opciones más tendrían de casarla con dignidad. Asimismo apostaron a que ninguna de sus amistades se dejaría caer por San Andrés, por lo que los orígenes humildes de mi abuelo, incluidas sus ocupaciones, no tenían por qué conocerse a orillas del Arlanzón. En definitiva, se acercaron al pueblo para casarla en una ceremonia estrictamente familiar y al día siguiente se despidieron de su hija y, en su caso, hermana, para a partir de entonces solo mantener contacto a través de telegramas que anunciaban el nacimiento o la muerte de un familiar, eventos noticiosos tan necesitados de un medio rápido y fiable. En fin. Al cabo de unos años los negocios familiares se desmoronaron como un castillo de naipes, y tengo entendido que un hermano de mi abuela llegó incluso a pedirle dinero para salir de un aprieto. En esta vida hay que ser considerado con todos los que vas dejando atrás cuando felizmente asciendes por la escalera, porque cuando la tengas que bajar te los vas a encontrar de nuevo.

Mientras mi abuelo permanecía ocupado atendiendo el faro y sus servicios conexos, mi abuela les proporcionaba a sus dos hijos una educación exquisita. De tal manera los enseñó a comportarse en la mesa (en mi casa se pelaban las naranjas con cuchillo y tenedor) y les inculcó la precaución de no hacer en público juicios de valor, que según ella era lo más parecido a regalarle un cartucho de balas a un francotirador. En las fiestas señaladas, la familia cantaba canciones bajo el majestuoso sonido del piano. No todo iban a ser imágenes idílicas; por lo visto la mujer sufría unas depresiones terribles que la recluían en casa durante semanas, quizás motivadas por aquel borrón del pasado que por mucho que porfiara por olvidar no lograba extirpar de la memoria. Tal vez fuera precisamente ese carácter que repentinamente se volvía inestable el que la había llevado a dar ese traspiés en un momento de confusión, vaya usted a saber, puesto que el secreto se lo llevó con ella. Eso sí, antes tuvo tiempo de arrancarle a mi padre la promesa de que dejaría de ser un tarambana para sentar de una vez por todas la cabeza. Mi padre cumplió a medias la promesa, o mejor dicho, en dos etapas claramente diferenciadas. Ciertamente primero se casó, si bien siguió con su vida de crápula. Solo cuando su esposa se fugó con su hermano se volvió un santo varón, a la vista de los hechos, demasiado tarde. Al menos su madre no tuvo que presenciar la debacle que ella misma había provocado conminando a que el calavera de su hijo se casara. Y es que por muy cargantes que nos resulten, hay personas que lo mejor para todos es que nunca cambien, pues cuando intentan reformarse se sitúan en un plano donde, desprovistos de las eficaces armas que les proporcionan la picaresca y la bravuconería, se convierten en seres particularmente vulnerables.

Volviendo a lo de mi abuela. En una ocasión, mi padre me confesó que yo había heredado en parte su carácter, me imagino que por lo propenso que desde pequeño yo era a la introspección. También me dijo que previamente mi tío Emilio había hecho lo propio, por lo que más parecía hijo de él que suyo. Esto último lo subrayó con unos ojos que anunciaban lluvia. Entiendo que mientras pronunciaba la frase, en su mente se reproducía la imagen de su furtiva esposa de la mano de su hermano y la fatídica certeza de que de existir cierta coherencia en el mundo, a mí me correspondía estar con ellos. No me lo volvió a repetir. Porque el que mi padre no saliera del faro no quería decir que lo diera todo por perdido. Sé que en su fuero interno albergaba la esperanza de que su esposa regresara para retomar los puntos suspensivos que el destino había escrito años atrás. Estoy plenamente convencido de que si efectivamente ella lo hubiera hecho en esos momentos, de boca de mi padre no hubiera escuchado ni un solo reproche. Se limitaría a convertirse en el esposo modelo que nunca fue. Por eso mi padre seguía barriendo el horizonte con su viejo catalejo, en el anhelo de ver aparecer de nuevo la silueta del Simancas enfilando la bocana de San Andrés. En su lógica simétrica, debía ser el mismo navío que le había arrebatado a su mujer el que se la devolviera sana y salva. Es el equilibrio poético con el que los apaleados pretenden recuperar sus vidas.

Sigamos con lo del piano. Cuando mi padre escuchó cómo yo intentaba arrancarle sonidos opacos al marfil del instrumento, le pidió a mi tía Francisca que hablara con don Gabino. El párroco era un apasionado de la música sacra, y cuando no estaba en el púlpito era habitual que se pusiera al órgano de la iglesia para disfrute de los piadosos oídos de las mujeres que se acercaban a rezar fuera de los servicios religiosos. Don Gabino acogió la posibilidad de tener un discípulo con verdadero entusiasmo. En su imaginación ya se veía celebrando oficios donde sus sermones eran subrayados por los sostenidos arpegios del órgano. Así que no le dio importancia al hecho de que yo tuviera una edad tardía para iniciarse en el estudio de un instrumento polifónico. Gracias a Dios, don Gabino no consideró necesario hacerme una prueba, en la que sin duda yo habría hecho un ridículo de los que hacen época.

La realidad era que me había acercado al piano familiar en busca de una identidad. Mis compañeros de clase solo tenían en la cabeza una pelota de balompié. Coleccionaban estampitas de futbolistas que intercambiaban en los recreos y se agolpaban tras el cristal de la cantina que quedaba enfrente de la estación de autobuses para ver los partidos de fútbol que televisaban los fines de semana en horario vespertino. Durante los días siguientes no dejaban de comentar las jugadas más relevantes, en particular clamorosos penaltis y fueras de juego que tenían de sustrato la falta de equidad del estamento arbitral. Como mis escasas aptitudes para el regate me condenaban a la frustración más desoladora, cuando me propusieron asistir a clases de solfeo no puse ni un solo pero.

De tal guisa empecé mi aprendizaje con el bueno de don Gabino, un sacerdote de lo más peculiar. Representaba lo que por entonces se conocía por un cura moderno, pero con matices. En mi pueblo un cura moderno básicamente era un sacerdote de los de toda la vida que en lugar de sotana vestía un traje gris marengo, camisa negra y clériman. Para lo de los vaqueros y las sentadas con pancartas enfrente del Gobierno Civil aún hubo que esperar unos años. Sé que la mayoría de los hombres del pueblo lo tildaban de finolis, por su prosa escogida y pulcritud en el vestir. Además de cura, relamido, sentenciaban torciendo la boca. Eso sí, en presencia de sus esposas se cuidaban muy mucho de no resultar irreverentes, pues las mujeres del pueblo tenían en alta estima al máximo representante en San Andrés del clero regular, y unas por otras colaboraban fervientemente en las actividades parroquiales.

El sacerdote me daba clases las tardes de los martes y jueves, de ocho a nueve. Como en invierno se hacía de noche (cuando no llovía o tronaba), antes de acudir a recoger los lotes de pescado que mi tía Francisca adquiría en la subasta de la rula, Ramonín aparcaba el motocarro justo en la parte trasera de la sacristía y esperaba a que yo terminase la práctica para acercarme a casa. El motocarro era la prueba palpable de que la pescadería había apostado definitivamente por una estrategia empresarial que incrementaba el volumen de ventas. Su compra había suscitado tanto la admiración como la envidia de los vecinos, pues lo normal en la venta al por menor eran los traslados en vehículos fraccionados por burros y caballos, nunca por un motor de combustión interna, toda una innovación que revolucionó el negocio al acortar significativamente los tiempos de entrega. Las verduleras, que siempre estaban con la escopeta cargada, afirmaban que la Paca lo había adquirido para que su ayudante reservara las fuerzas para otros menesteres igualmente exigentes desde el punto de vista muscular.

Los trayectos con Ramonín transcurrían prácticamente en silencio al ser este una persona no propensa a la conversación más allá de los monosílabos. Algo parecido me había sucedido con Elva, mi otrora cuidadora de ultramar, por lo que llegué a pensar que de buscar un responsable yo debía dar un paso hacia delante y confesar lo poco inclinado que era a la peroración. Cosas de niños.

Si cuando llegábamos al faro todavía se encontraba allí el Taheño, este empezaba a soltar sapos y culebras por la boca, pues a Ramonín no lo podía ni ver. Tal vez fuera por el hecho de que el ayudante de la pescadería se pasaba las horas junto a mi tía, la única mujer por la que mi padrino, como ya he dicho, se quitaba su gorra de patrón. Para colmo Ramonín era más joven que él y bien parecido, aunque un tanto lerdo, todo hay que decirlo. El Taheño le lanzaba unas pullas de campeonato.

—Hay que ver qué elegante nos vienes hoy, Ramonín, ni que fueras de verbena —apostillaba en clara alusión al sobado mandil del ayudante, deslucido por los años y por el uso.

Otras veces la tomaba con el singular aroma con el que impregnan los frutos del mar a quienes prestan sus servicios por detrás del mostrador de una pescadería.

—¿No oléis a Eau de Parfum? ¡Ah, eres tú, Ramonín! Perdona, no te había oído entrar por la puerta.

Ramonín no se enteraba de la misa la media, y cuando mi padrino lo provocaba con alguna ironía, esgrimía esa risa boba tan suya que le servía de comodín para salir airoso de cualquier situación en la que no se sentía cómodo.

Pero aquel que desafía nunca tiene bastante, en especial cuando ve que su contrincante no le presenta batalla (uno de los axiomas inexorables de las relaciones personales) por lo que las chanzas fueron subiendo de tono hasta anunciar el desastre.

Efectivamente, un noche en la que en lugar de llevarme directamente a casa, Ramonín tuvo que detener el motocarro en la cantina para cobrar una caja de centollos que les había servido esa misma mañana, se encontró en la barra con el Taheño abrazado a una botella de aguardiente. Más tarde nos enteramos de que unas horas antes le había propuesto matrimonio a mi tía Francisca y que esta le había dado calabazas sin ningún tipo de miramientos. Con el aguardiente mi padrino intentaba subsanar la herida, donde el desamor y la humillación formaban un cóctel explosivo. La aparición súbita e imprevista de Ramonín no hizo más que elevar la temperatura, que ya estaba de por sí a punto de ebullición. Alguien tenía que pagar por el desplante y quién mejor que el presunto culpable, pues los celos le decían a mi padrino que aquel mozo zopenco y a su vez atlético, era el desiderátum de la mujer (en esos momentos libidinosa) que acababa de rechazarle. Ahora bien, ¿cómo desafiar a quien una y otra vez rehúye el enfrentamiento? Mi padrino miró a su alrededor. La cantina estaba hasta la bandera a causa de un vendaval que le peinaba las cejas a todo vecino que anduviera por las calles. El Taheño se la jugó todo a una:

—¡Pero miren quién está aquí! Toda una celebridad. No hay pescador de la comarca por cuyas manos hayan pasado tantos peces como nuestro querido Ramonín. Eso sí, sin sufrir un solo golpe de mar, lo que tiene mérito. ¡Si su difunto padre hubiera tenido la misma suerte! Cuando había marejada tengo entendido que vomitaba hasta los higadillos.

No pondría en los labios de ningún hombre semejante ofensa si yo mismo no la hubiera escuchado con mis propios oídos. Mientras aguardaba afuera, el motocarro había sufrido dos sacudidas a causa de las violentas rachas de viento que por poco lo vuelcan en mitad de la acera, de ahí que hubiera salido del vehículo a toda prisa para refugiarme en la cantina. Atiné a escuchar las palabras de mi padrino cuando a duras penas, apoyando el cuerpo, intentaba cerrar la puerta del local. Ningún parroquiano se volvió para ver quién había entrado. Todos se habían quedado mudos. Ramonín también lo estaba. Mudo y quieto. Nadie le quitaba ojo, yo incluido. Al poco esgrimió su sonrisa de paleto. Los presentes respiramos aliviados. Parecía que el aprendiz de pescadero lo iba a pasar por alto como cualquier otro de los denuestos del Taheño, cuando de pronto una mueca severa le crujió el rostro. Debido a su retardo congénito, el cerebro de Ramonín procesaba el alcance de la frase a velocidad de caracol. Cuando al final lo descifró debió de sufrir algo así como una implosión. Sus facciones se incendiaron a la par que sus músculos se le contraían para convertirse en bloques compactos de hormigón.

Ramonín se acercó hasta el Taheño, quien en actitud chulesca, apoyaba la espalda en la barra con las manos en los bolsillos. De la guantada que le arreó Ramonín, mi padrino salió volando por los aires, igual que en los dibujos animados. Fue a estrellarse contra el futbolín, donde se enmarañó con las barras de los jugadores. Ramonín se abalanzó sobre él y lo agarró por el cuello. Fuera de sí le empezó a apretar la garganta como si pretendiera descorcharle la tapa de los sesos de pura presión. Los vecinos corrieron a intentar separarlos, pues la cara de orate de Ramonín no parecía presagiar nada bueno. Todos los esfuerzos parecían en vano.

—Ramonín, por amor de Dios, suéltalo, que te buscas la ruina.

—¿Pero no ves que está borracho como una cuba?

Ramonín no atendía a razones al tiempo que el rostro de mi padrino se volvía del color de la harina por falta de un riego sanguíneo que no encontraba paso a la altura de la vena carótida.

De súbito se abrió la puerta de la cantina. Lo hizo con tal violencia que no nos quedó otra que volvernos en conjunto. Era mi tía Francisca. El viento le había alborotado el cabello. Ni siquiera se había quitado las katiuskas que usaba en la pescadería. Por detrás de ella estaba Arturo, el patrón mayor de la cofradía, quien al ver el follón que se montaba en la cantina la había ido a buscar a la rula, donde como de costumbre la mujer participaba en la subasta. Sin esperar a que le concedieran la palabra, mi tía se expresó con precisión y contundencia.

—Ramón, suelta a ese desgraciado que quiero que esté en condiciones de escuchar lo que le tengo que decir. —Como impulsado por un resorte, Ramonín dejó de apretarle el cuello y mi padrino alzó la cabeza para orientar las orejas—. Oídme todos, por si luego se lo tenéis que explicar cuando se le pase la curda. —La Paca hinchó el pecho y acometió su discurso—: Para bien o para mal, a fecha de hoy sigo casada ante los ojos del Altísimo. Que el simplón de Emilio se fugara con la mojigata de mi cuñada —mi tía inclinó los ojos hacia mí en señal de disculpa— no es eximente que me desliga de este anillo —recalcó alzando el dedo anular en el que exhibía una alianza dorada de dos centímetros de grosor—. Así que, mientras nadie me presente un certificado de defunción avalado por la autoridad competente, la menda que viste y calza seguirá fiel a los votos matrimoniales a los que en su día se comprometió. Y esto es tanto válido para el Taheño como para Míster Universo —pienso que aquí a mi tía le pudo el acaloramiento del momento, que una cosa son las hipótesis y otra bien distinta las debilidades de la carne cuando se tercia la ocasión—. Si alguien lo solicita se lo pongo por escrito. — Antes de darse la vuelta para abrir la puerta, apostilló—: ¡Y haced el favor de dejar de pelearos, que parecéis chiquillos, y llevad a mi sobrino a casa, que ya son horas!

Con la mano en el pomo todavía tuvo tiempo de gritarle al cantinero.

—Y tú, no te olvides de pagarme la caja de centollos.

Solo entonces se marchó. Mi padrino aprovechó la confusión para reclinarse sobre el futbolín y tras tomar impulso solmenarle a Ramonín un puñetazo a la altura del estómago. Tuvo el mismo efecto que una mosca posándose sobre la cubierta de un portaviones.

6

Una tarde en la que me encontraba en mi cuarto preparando (con cierto desánimo, pongamos) un examen de física, de pronto se abrió la puerta como si una racha huracanada la obligara a bascular sobre los goznes. Pero no era el viento, sino el Taheño con cara de pocos amigos. Nunca se dejaba caer por mi habitación, por lo que intuí nubarrones de tormenta, tal vez otro desplante de mi tía, lo cual hasta me alegraba. A ver si aprendía de una vez y dejaba de darle la tabarra, pues a pesar de las sonoras advertencias recibidas, él seguía erre que erre. Sin darme las buenas tardes arrojó una revista sobre mi mesa.

—Tú que estudias inglés confírmame lo que ahí está escrito —me solicitó, huraño, como si yo tuviera la culpa de lo que tanto lo inquietaba.

La revista estaba abierta en una página concreta. Tardé unos segundos en hacerme una composición de lugar. Era una publicación técnica, de temas marítimos. El Taheño depositó el dedo donde quería que yo prestara mi atención. De la impresión se me bloqueó la epiglotis. Cuando terminé de leer, mis ojos se cruzaron con los de mi padrino. Él se limitó a asentir con el mentón. Volví sobre la revista y traduje en voz alta, como si mi voz le diera mayor veracidad a las palabras.

—S/S Hawton Millor, ex-Graciela, ex-Simancas... ¡ExSimancas! —repetí alzando los ojos.

El Taheño hizo un gesto rápido con las manos.

—Continúa leyendo, Darío, que ahí está el meollo del asunto.

—Pérdida total por incendio en el puerto de Padang mientras descargaba balas de algodón. No casualties...

—Eso lo sé yo. Significa que no ha habido pérdidas humanas —me interrumpió dándoselas de filólogo.

Cerré las páginas para leer el nombre de la revista: Lloyd’s List. El Taheño se justificó:

—Esta mañana tuve que ir a Avilés a tratar unos asuntos con la compañía que tiene fletada la draga. Por lo visto la Junta de Obras del Puerto les va a revisar el contrato a la baja, toda vez que aquí ya apenas entran barcos. Según ellos cualquier día cierran la persiana y adiós muy buenas. El caso es que estaba sentado en la sala de espera, aguardando a que me recibieran, cuando hurgando en unas revistas atiné a leer la noticia.

Yo me resistía a admitirlo.

—¿Estás seguro de que se trata del mismo Simancas? He oído que hay barcos que tienen el mismo nombre.

—Vuelve a la noticia y mira la foto que la acompaña. He visto esa nave entrar decenas de veces en San Andrés. Tú eras un bebé la última vez que lo hizo, por lo que no podrás acordarte.

—¡Hace más de quince años de aquello, padrino! Tu memoria tampoco es infalible.

—Fíjate en la toldilla. Esa lumbrera era única, no había otra igual. Te aseguro que es el Simancas. Tarde o temprano tenía que suceder. O sufría un accidente o lo habrían enviado para desguace. ¿O acaso crees que los buques viven cuatrocientos años como las tortugas?

Nunca me lo había planteado.

—¿Cuánto dura un barco?

—¡Buf!, eso depende. Los barcos como el Simancas eran buques de calderas de vapor que movían una máquina alternativa. A la mayoría los reconvirtieron para que pudieran quemar fueloil en lugar de carbón, pero para entonces podían tener decenas de años. Las chapas iban remachadas unas sobre las otras, de un grosor como mi puño. Ya no se hacen barcos así. Calculo que el Simancas podría tener ochenta años, quizás más. Lo habitual es que los armadores europeos se deshagan de ellos para comprar buques nuevos, que los astilleros los andan regalando. Llevan una tripulación exigua y consumen mucho menos combustible, que a la larga son los gastos más sensibles de una nave.

—¿Y quién compra los viejos?

—Armadores asiáticos. Allí no hay control alguno sobre los buques. Los tripulan con gente que navega por cuatro dólares y los destinan a tráficos locales entre puertos inmundos. Da grima ver a esos barcos, son como cadáveres andantes llamando a las puertas del infortunio. Algo parecido le habrá ocurrido al Simancas.

Me levanté de la mesa y me puse a caminar en círculos.

—Bueno, vale, será el Simancas. No hay por qué ponerse nerviosos. Ni mi madre ni mi tío iban a continuar en él después de tantos años. Tú mismo me dijiste que las noticias que se tienen de ellos es que desembarcaron con total seguridad en La Coruña.

—Oye una cosa. Si tu tía te pregunta, yo no te he contado nada de eso. Te recuerdo que me diste tu palabra. No vaya a pensar que ando metiendo las narices en los secretos familiares. Era lo que me faltaba.

—Descuida, ella misma me puso al corriente el mes pasado, el día de mi cumpleaños. Me dijo que a los dieciséis tenía derecho a saber la verdad.

—¿Ah, sí? No me lo habías dicho. ¿Y qué más te contó la Paca?

—Nada que en realidad no supiese. Eso de que mi padre bajó hasta Málaga, lugar donde decían los papeles que se dirigía el barco...

—El barco no, la carga, Darío. Hay que hablar con propiedad.

—Qué pejigueras eres cuando quieres, padrino. Si lo sabes para qué quieres que te lo cuente.

—Porque conociéndola como la conozco, me parece imposible que la Paca no se haya guardado un as bajo la manga.

—Pues me parece que te estás columpiando. Su versión no dista de la tuya, ni de la que me cuenta mi padre cada vez que se lo pregunto. Ya sabes que él no tiene reparos a la hora de hablar del asunto.

—Repítemela, insisto.

Me puse a narrar la historia con el retintín del niño que canta la lección ante el maestro.

—Antes de entrar en Málaga, el Simancas recala en La Coruña para repostar combustible. Papá se entera de esto de boca del capitán. Entretanto mi madre y mi tío tienen tiempo de subirse a un trasatlántico rumbo a Australia. Mi padre lo da todo por perdido y cabizbajo regresa a San Andrés. Fin de la cita.

El Taheño asintió con el mentón. Luego se sentó sobre mi cama. Dijo:

—Era lo más sensato que pudo hacer.

—No te entiendo, padrino. ¿De qué estás hablando?

—De que lo que hizo tu padre fue lo más sensato, Darío. Dejarlo correr. Imagínate que se empecina en perseguirlos y los alcanza, ¿y entonces qué? Te recuerdo que los dos se habían fugado por propia voluntad. La ley amparaba a tu padre, eso es cierto, más en aquella época. Tu madre hubiera tenido que regresar con él, pero ¿puedes obligar a alguien que huye de ti a que te quiera? Créeme, Darío, lo mejor que le pudo pasar es que no los encontrase y que en un momento de lucidez él desistiera de ir tras ellos. De lo contrario su vida hubiera sido un continuo martirio.

—¡Pues anda que le ha ido bien la vida a mi padre! Desde entonces no ha salido del faro. Además, si la hubiera traído de vuelta a casa yo hubiera tenido una madre como Dios manda. ¿O es que yo no cuento?

El Taheño se quedó pensativo.

—Bueno, Darío, tienes a tu tía, que es una gran señora.

—No es lo mismo, padrino, no es lo mismo.

Como si hubiera oído que hablábamos de ella, mi tía se presentó en la habitación sin previo aviso. Mi corazón tropezó con una costilla solo de pensar que ella hubiera escuchado mi último comentario. Debía de acabar de llegar de la pescadería. Seguía utilizando la bicicleta, de ahí que no la hubiéramos oído. Al verla, el Taheño se levantó de la cama y disimuladamente se recompuso los cuatro pelos de la calva. Como de costumbre mi tía no se anduvo por las ramas:

—¿A qué vienen esas caras? ¿Se ha muerto el gato?

Lo dijo con guasa, parecía contenta. Intenté borrar el eco de mis últimas palabras poniéndola al tanto.

—Tampoco vas muy descaminada, tía. Mira —le dije extendiendo la revista de marras.

Tras echarle un vistazo, nos miró estupefacta.

—Y qué carajo sé yo qué pone aquí. Para mí esto es chino.

El Taheño se animó a intervenir.

—Paca, ese barco chamuscado que ves en la foto es el Simancas. Ya sabes, el barco en el que...

Una sombra turbó el rostro de la mujer.

—Sí, ya sé qué barco era el Simancas, ¿y?

Al ver cómo mi tía fruncía el ceño, el Taheño comenzó a balbucear.

—Pues... que ha ardido en un puerto asiático... Pérdida total, dice esa revista. Lo van a desguazar ahí mismo.

Mi tía Francisca empezó a leer la noticia como si ahora sí entendiera lo que en ella se decía. Luego levantó la cabeza y, plegando las facciones, simuló la voz de una niña contrariada.

—Pero qué pena, penita, pena.

Mi padrino y yo nos miramos con cara de tontos. Sin soltar la revista, mi tía se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta.

—Bueno, si no tenéis nada más para mí, me voy a lo mío. Que en esta casa se cena y se lava la ropa y se limpian los baños y...

Por mucho que a ella le trajera sin cuidado, yo no podía dejar las cosas a su libre albedrío.

—Tía, ¿no lo entiendes? Hay que decírselo.

Ella se detuvo como si tuviera imanes en los zapatos.

—¿Decírselo a quién?

—¿A quién va a ser?, a mi padre.

La mujer se situó justo enfrente de mí para escrutarme con ojos inquisidores.

—¿Para qué diantres quieres decírselo?

—Venga, tía, lo sabes tan bien como yo. Se pasa los días oteando el horizonte con el catalejo a la espera de que ese barco le devuelva a su esposa —afirmé con toda la convicción con la que fui capaz de envolver la frase—. Si se lo decimos, tal vez recapacite.

Mi tía Francisca acercó tanto la cabeza que acaparó todo mi campo de visión:

—Ah, sí, ya te entiendo, pretendes que él entre en razones. ¡El hombre del faro! El hombre que se mantiene firme a su palabra, ya llueva, granice o truene. Hay que ver, qué capacidad de sacrificio, de pundonor, ¿verdad? Todo un ejemplo. Un día por otro en la pescadería siempre hay un cliente que me pregunta por él. Pobrecito. En su faro, esperando a su esposa. Leal a su promesa a pesar del tiempo transcurrido.

Aquella reprimenda velada me pilló desprevenido. Salí del paso como pude.

—Tía, tú lo estás diciendo. Han pasado muchos años. Tiene derecho a rehacer su vida.

La mujer me dedicó una mirada llena de desdén. Nunca antes me había mirado así, ni cuando con trece años me pasaba el día cuestionando sus decisiones.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
280 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788490567630
Yayıncı:
Telif hakkı:
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