Kitabı oku: «Kino en California»

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Kino en California Textos, cartografías y testimonios 1683-1711

Kino en California Textos, cartografías y testimonios 1683-1711

Carlos Lazcano Sahagún

Gabriel Gómez Padilla

INSTITUTO TECNOLÓGICO Y DE ESTUDIOS SUPERIORES DE OCCIDENTE

GOBIERNO DEL ESTADO DE BAJA CALIFORNIA

UNIVERSIDAD IBEROAMERICANA


Índice de contenido

Portadilla

Legales

Presentaciones

Eusebio Francisco Kino: Nuevas visiones sobre un personaje fundamental para el estudio de California Jaime Bonilla Valdez Gobernador del Estado de Baja California

Un jesuita en búsqueda de la geografía ignorada Luis Arriaga Valenzuela, S.J. Rector del ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara

Vínculos que unen Alberto Chini Presidente de la Asociación Cultural Padre Eusebio F. Chini

Prólogo

Exordio

Introducción. Contexto y motivaciones

Parte I: Kino en California (1683-1686) Nuestra Señora de Guadalupe de Californias Primera misión californiana 1683

Documentos 1-16

San Bruno, la aventura continua 1683-1685

Documentos 17-47

El derecho de los californios 1685-1686

Documentos 48-57

Parte II: La obra californiana de Kino desde Sonora 1687-1711 Entre Sonora y California 1687-1700

Documento 58

El paso por tierra 1698-1702

Documentos 59-69

La Nueva Navarra 1703-1707

Documentos 70-72

La visión de Kino 1707-1711

Documentos 73-74

Después de Kino

Documento 75

Reflexión final

Apéndices

Contexto cartográfico antes y después de las aportaciones de Eusebio Kino

Autoridades políticas y religiosas en los tiempos de Kino

Bibliografía y fuentes documentales

Fuentes primarias

Fuentes secundarias

Archivos cartográficos consultados

Archivos documentales

Índice de documentos

Índice de imágenes

Índice de mapas

Índice de analítico

Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente

Luis Arriaga Valenzuela, S.J.

Rector

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Director de Relaciones Externas

Manuel Verduzco Espinoza

Director de la Oficina de Publicaciones

Gobierno del Estado de Baja California

Jaime Bonilla Valdez

Gobernador del Estado

Pedro Ochoa Palacio

Secretario de Cultura

Armando García Orso

Coordinador General de Patrimonio y Difusión Cultural

Magdalena Jiménez Molina

Coordinadora General de Educación Artística y Fomento a la Lectura

Karla Beatriz Robles Cortez

Directora Editorial y de Fomento a la Lectura

Universidad Iberoamericana

Saúl Cuautle Quechol, S.J.

Rector

Juan Carlos Henríquez Mendoza, S.J.

Director General de Difusión Cultural y Divulgación Universitaria

Rosalinda Martínez Jaimes

Directora de Ediciones Ibero

Diseño de cubierta: Departamento de Arte de Grupo Editorial Planeta S.A.I.C.

Foto de portada: Sergio Müller

1a. edición, Guadalajara, 2021.

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Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO,

Tlaquepaque, Jalisco, México, CP 45604.

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Queda prohibida la reproducción parcial o total, directa o indirecta del contenido de la presente obra, sin contar previamente con la autorización expresa y por escrito de los editores, en términos de la Ley Federal de Derecho de Autor y, en su caso, de los tratados internacionales aplicables.

ISBN edición digital (ePub): 978-607-8768-20-2

En memoria de Raquel Padilla Ramos por tu vida luminosa, generosa y solidaria. Kino hubiera apoyado tu lucha a favor de los yaquis y en contra de tantas injusticias. Deposito aquí tu entrañable recuerdo

En memoria de don Silvio Chini, incansable promotor de la obra y legado del padre Kino, agradeciéndole profundamente todo el amor y cariño que siempre tuvo por México, especialmente por las regiones donde estuvo Kino

En memoria de Tomás Rojo Valencia, asesinado por defender a su pueblo yaqui. Solidarizándonos con la lucha de los yaquis

Eusebio Francisco Kino: Nuevas visiones sobre un personaje fundamental para el estudio de California
Jaime Bonilla Valdez
Gobernador del Estado de Baja California

La Pimería no se explica sin California

California no se explica sin la Pimería

C.L.

ESTE LIBRO KINO EN CALIFORNIA: textos, cartografías y testimonios, 1683-1711 es una nueva contribución de los distinguidos historiadores Carlos Lazcano Sahagún y Gabriel Gómez Padilla. Se trata de un estudio profundo, fundamental, de la obra del misionero jesuita Eusebio Francisco Kino en la península de California, hoy llamada Baja California. Hablar de Kino es hablar de una de las raíces más importantes de Baja California. Su presencia determina la fundación misma de lo que hoy somos.

Mucho se ha escrito sobre Kino. Sin embargo, la inmensa mayoría de las publicaciones refieren al trabajo que realizó en los hoy estados de Sonora, en México, y Arizona, en Estados Unidos. Una tercera región en la que desarrolló una labor notable fue en la Antigua California, labor que, a pesar de su importancia, es bastante desconocida.

En este ensayo, Lazcano y Gómez nos demuestran como California marcó la vida de Kino, y todos sus afanes posteriores a su estancia en la península fueron realizados en función a esa tierra, al grado que, como lo afirman, La Pimería, es decir, el noroeste de Sonora, no se puede explicar sin California, pero igualmente es correcto lo contrario, sin La Pimería no se puede explicar California. Ante el impresionante testimonio de Kino, yo agregaría que es el amor, el amor a sus indios y a la tierra, lo que finalmente explica tanto a California como a La Pimería.

Esta obra contribuye de una manera importante al conocimiento de la obra de Kino en California, y por lo tanto, a uno de los momentos históricos fundamentales en el devenir bajacaliforniano y su relación con Sonora. Como su título lo menciona, este análisis descansa en la gran cantidad de textos que Kino dejó sobre sus afanes y sueños californianos, muchos de los cuales se incluyen, para que así el lector tenga la oportunidad de conocer algunos de los testimonios directos del misionero jesuita, así como de algunos de sus contemporáneos. Igualmente se incorporan numerosos mapas de la época, tanto de Kino como de otros cartógrafos y exploradores, los que muestran los resultados de sus registros y la influencia que estos tuvieron en la cartografía mundial. Mención especial merecen los más de 30 mapas elaborados por los autores, en donde se muestran las rutas de las numerosas exploraciones llevadas a cabo por Kino.

Con la participación en el financiamiento de este libro, el Gobierno del Estado de Baja California se complace en apoyar los esfuerzos para promover el conocimiento y la reflexión de la historia de Baja California y del noroeste de México. Gracias a su contenido ágil y accesible sin lugar a dudas contribuirá a acrecentar el amor e interés por la rica historia del noroeste de nuestra patria, especialmente de Baja California, fortaleciendo las raíces e identidades regionales.

Un jesuita en búsqueda de la geografía ignorada
Luis Arriaga Valenzuela, S.J.
Rector del ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara

EUSEBIO FRANCISCO KINO ES UN hombre paradigmático. Es reconocido por su labor como explorador, geógrafo, cartógrafo y astrónomo, pero, sobre todo, por su actividad misionera y evangelizadora que dio pie a la fundación de la red de misiones jesuitas en California.

El padre Kino, como popularmente se conoce a este insigne sacerdote jesuita, desarrolló sus actividades en la región noroeste de la Nueva España, en lo que hoy son los estados de Sonora, Sinaloa y Arizona, así como en la península de Baja California. Pese a la relevancia de su quehacer en este último territorio, donde sus buenos oficios permitieron abrir un sendero en las entonces poco estudiadas y muchas veces inhóspitas latitudes peninsulares, hasta el momento no se le ha dado el reconocimiento debido a esta destacada labor.

El libro Kino en California, textos, cartografías y testimonios 1683-1711 compensa de buena manera algunos débitos que la historia sobre esta región tiene con uno de sus primeros procesos de exploración y reconocimiento, y en particular con las tareas evangelizadoras encabezadas por un hombre educado en el pensamiento y la acción de San Ignacio de Loyola.

Desde que se decidió por el sacerdocio, Eusebio Francisco Kino dirigió su interés hacia la labor misionera, uno de los pilares de la labor de la Compañía de Jesús. Aunque su destino parecía estar en China, que en aquella época representaba los confines del mundo, la suerte lo encausaría hacia ese otro confín que todavía eran, para los europeos, las grandes áreas de América, según nos informan Carlos Lazcano Sahagún y Gabriel Gómez Padilla, autores de este volumen.

Al incorporarse en 1683 a la expedición del almirante Isidro de Atondo y Antillón, cuyo objetivo eran las Californias, el padre Kino vio cumplida su opción de vida.

Si consideramos sus logros en la Pimería, como en aquellos tiempos se denominaba a la jurisdicción que abarca el noroeste de Sonora y sur de Arizona donde fundó numerosas y prósperas misiones, lo realizado por Kino en los dos años que permaneció en la Baja California puede parecer como poco exitoso. Pero justamente la lectura de la obra de Lazcano Sahagún y Gómez Padilla nos permite entender que no fue así.

Durante su estancia en la península, Kino realizó un trabajo intelectual y misionero que dejó una impronta que maduraría con el tiempo en un grueso compendio de información sobre los contornos de esta tierra y sus pobladores. Esto permitió al también jesuita Juan María de Salvatierra, configurar una cadena de misiones en la Baja y la Alta California a partir del establecimiento de Nuestra Señora de Loreto, la primera misión permanente en estos parajes.

El padre Kino participó en el viaje expedicionario de Atondo no solo como superior de este proyecto de evangelización —que desempeñó con el auxilio del sacerdote Matías Goñi— sino que también portaba el título de cosmógrafo real. En el ejercicio de esa atribución, levantó las coordenadas de Nuestra Señora de Guadalupe, su primer asentamiento; cartografió de una manera precisa el Golfo de Cortés y elaboró, entre muchos otros, dos de los mapas fundacionales de la geografía local: el de la bahía de La Paz y sus islas circundantes, y el denominado Paso por tierra a la California. Este último puntea el trayecto desde el Golfo de California hasta el Océano Pacífico efectuado con el propósito de localizar un espacio de resguardo para el Galeón de Manila.

La competencia acumulada en estas materias le permitiría a Kino atajar, años después, la confusión que explicaba a la Baja California como una isla.

A la diversidad de sus faenas, que iban de la historia natural a la etnografía, Kino y Goñi agregaron además la de lingüistas. Apenas los misioneros establecieron contacto con los pobladores de la península, se dedicaron a confeccionar, “con el tintero en la mano” según describe un testigo presencial, unos pequeños vocabularios con algunos de los términos de las lenguas guaicura y cora.

Al abundar sobre el desempeño del sacerdote y con base en un voluminoso soporte documental, los autores proponen una novedad respecto a los estudios relativos a lo realizado por Kino en California, con la afirmación de que la Misión de Nuestra Señora de Guadalupe (que permaneció en la bahía de La Paz de abril a julio de 1683) fue la primera en esas tierras, y no la Misión de San Bruno, como hasta ahora han afirmado los expertos.

Estas páginas abonan también a la mayor comprensión de nuestro insigne personaje con la inclusión del Diario de San Bruno, un texto “sumamente raro, publicado únicamente en 1857”, y en el que el padre Kino relata, con el aliento de sus propias palabras, sus diligencias en un periodo que va de diciembre de 1683 a mayo de 1684.

Ambos temas pudieran valer de suyo para ensayar nuevos derroteros en las interpretaciones de la obra del sacerdote jesuita en la península bajacaliforniana.

Kino en California, textos, cartografías y testimonios 1683-1711, transmite la certeza de que el sacerdote jesuita nunca se desentendió de la Alta y la Baja California; sus decisiones desde la Pimería resultaron determinantes para que en aquella región se consolidara el programa misional. Aporta, además, elementos imprescindibles para redimensionar su perseverancia, sin la que no podría entenderse lo que hoy ha llegado a ser la Baja California.

Eusebio Francisco Kino “descubrió toda una geografía ignorada”, nos dicen Carlos Lazcano y Gabriel Gómez en este libro, pero el principal sentido de su trabajo “fue humano, es decir, estaba dirigido a los indios”.

Es por esta labor a favor de los indígenas de Norteamérica, a quienes llevó la palabra de Dios, y por su contribución al desarrollo del conocimiento, que la obra de Eusebio Francisco Kino ha sido reconocida. Son también elogiadas sus “virtudes heroicas”, según las palabras del Papa Francisco que dio luz verde a la canonización del sacerdote jesuita.

Todo ello hace doblemente interesante el libro escrito por Carlos Lazcano Sahagún y Gabriel Gómez Padilla. Kino en California es una lectura apasionante, bien documentada y reveladora sobre la labor de un hombre insigne que contribuyó a construir la historia de México y de Estados Unidos, así como a cimentar el trabajo de la Compañía de Jesús en ambas naciones.

Nací en Tijuana y soy jesuita. Por estas razones este libro me resulta doblemente entrañable. Desde que era niño veía el monumento al padre Kino que se erige en mi ciudad, muy cerca de la línea fronteriza. Ahora comprendo la grandeza de este hombre que puso su inteligencia, su valentía y su perseverancia al servicio de los demás y para la mayor gloria de Dios.

Vínculos que unen
Alberto Chini
Presidente de la Asociación Cultural Padre Eusebio F. Chini

NUMEROSOS SON LOS LIBROS QUE se han publicado sobre el padre Eusebio Francisco Kino, sin embargo, este trabajo de Carlos Lazcano y Gabriel Gómez Padilla, Kino en California, aporta otra importante pieza para completar el gran mosaico que fue la vida y obra de nuestro misionero; pone en evidencia y documenta su actividad en Baja California.

Kino sufrió mucho cuando tuvo que abandonar a sus indios californios, ya que empezaba a tener muy buenos resultados con ellos y dejaba la esperanza de una buena cosecha. Hizo todos los esfuerzos posibles para que la expedición californiana no se interrumpiera. A partir de ahí el vínculo amoroso que estableció con California fue de por vida, lo que estimuló su actividad científica, pero sobre todo humana, siempre al servicio de Dios y de sus hijos más necesitados.

Además de hacer una destacada actividad misionera en la Pimería Alta, donde Kino fundó numerosas misiones y consolidó un importante desarrollo con base en la agricultura y la ganadería; nunca olvidó a sus indios californios y encontró la manera de que este desarrollo igualmente los beneficiara. Buscó las mejores maneras de apoyarlos por mar, enviando suministros vía barco, consolidando puertos e incluso construyendo barcos, proyecto que le fue bloqueado.

Sus continuas exploraciones, la búsqueda de un paso por tierra a California, su labor cartográfica, así como otras actividades que resultaron importantes contribuciones a la ciencia, no fueron porque buscara dichos méritos, sino para ayudar a sus indios californios. Kino siempre estuvo atento a las necesidades de los grupos indígenas que encontró, se colocó a su nivel y compartía sus problemas, respetando sus tradiciones y constituyéndose también como defensor de sus derechos cuando era necesario.

La obra de Kino sigue teniendo actualidad y se manifiesta cuando vemos mucha de la realidad que hoy se vive, marcada por el individualismo y el egoísmo y menospreciando los graves problemas que caracterizan nuestros días. Especialmente se tiene en México e Hispanoamérica por la alta marginación en que se encuentran sus grupos indígenas el día de hoy. Kino fue siempre un hombre de paz, creando puentes entre las poblaciones que conoció, es una de sus enseñanzas para todos nosotros. Hoy más que nunca se necesita de su ejemplo para construir puentes y derribar barreras.

Muchísimas son las actividades e iniciativas que hoy en día se emprenden en nombre de Kino alrededor del mundo. Este libro es otro ejemplo de la actualidad del Padre Kino, ya que refuerza esos vínculos que Kino creara con su actividad, vínculos que unen a Europa con América, a Baja California, Sonora y Arizona con su tierra natal en Italia. Incluso en el Trentino, en Segno, su pueblo natal, el recuerdo del Padre Kino es vivo y actual: el monumento ecuestre, el museo, la iglesia donde fue bautizado, todos testimonian el profundo reconocimiento de las personas que pueblan la tierra que lo vio nacer y en donde vivió y trabajó sus primeros años antes de partir a su destino. Existe ahí una devoción hacia él y todos estamos muy orgullosos de la incesante actividad que realizara más allá del océano, que es estímulo y ejemplo también para nosotros.

La profundización de la actividad del Padre Kino en Baja California, con este precioso libro, permite abrir nuevos horizontes y colaboraciones, da la posibilidad de unir a los pueblos y diócesis de Baja California en la difusión de su obra y contribuir al sostenimiento y promoción de la Causa de beatificación. Todos juntos podemos hacer una gran contribución a la causa, cada uno con nuestras actividades y nuestra oración. Inicia ahora un nuevo camino, el paso de la venerabilidad a la de beato que requiere de un milagro: la actualidad de la figura del Padre Kino, su ejemplo, después de 300 años, ¿se puede considerar un milagro?

Segno, Trentino, Italia

Julio del 2020

Prólogo

LA PALABRA PRIMERA ES LA que deja huella, esa que dura más que el que la pintó y queda para la posteridad, le llamamos testimonio cuando esta huella nos sirve de oriente e inspira a seguir con la andadura. Uno de estos testimonios lo encontramos de forma tangible e intangible ante todo en la vida y la cultura de los pueblos del noroeste de México en los estados que hoy llamamos Baja California y Sonora y también en el sur de los Estados Unidos, en el estado de Arizona; sus coterráneos europeos también atestiguan a la fecha no solo su carácter, sino su espíritu de solidaridad para con muchos pueblos del mundo.

Nos referimos al testimonio de Eusebio Francisco Kino, el jesuita, cuyo espíritu es un referente o coordenada, en calles, lugares, instituciones, diversas iniciativas académicas, de derechos humanos, eventos culturales, que surgen como de los surcos abiertos o se vuelven puntos de encuentro en medio de los caminos trazados en el afán de la cooperación y el mutuo entendimiento entre los pueblos.

El 10 de agosto de 1645 al pie de la pila bautismal fue registrado con el nombre de Eusebio, como el santo patrono de la pequeña iglesia a la que asistía su familia en la villa de Torra, cercana a su natal Segno, provincia de Trento, Italia, un territorio de frontera que da a su origen un destino.

Los primeros años son sin duda donde se forja una disciplina que va configurando el espíritu humano, para Kino el empeño en la palabra dada, el amor al trabajo y la aguda capacidad de observación se desarrollan en este origen. Hay experiencias en la vida que las consideramos una nueva oportunidad para vivir, que marcan y llevan a tomar cambios radicales, tal es el caso del joven Eusebio que al padecer una enfermedad vive un proceso de reconfiguración de sus propósitos, a modo de los grandes místicos que lo registran como una conversión o nuevo nacimiento: promete formarse como misionero al modo de Ignacio de Loyola y Francisco Xavier y servir en el oriente, tal promesa le acompañaría como una raíz revitalizadora y será recordada al asumir de por vida el nombre de Francisco, el santo que entregó su vida y que le inspiraría a:

— Vivir con la mirada en el horizonte siguiendo la regla del Maestro que le envía a la misión.

— Disponibilidad para ir más allá de los confines propios aprendiendo los lenguajes necesarios para una mayor eficacia evangelizadora (idiomas, ciencias cartográficas, diplomacia…).

Prefiere la misión a los puestos catedráticos en prestigiados institutos o universidades.

— Desarrolla la creatividad para comunicar en la lengua y mentalidad propia de la cultura que visita, el mensaje básico del Evangelio, sobre todo con el testimonio de vida.

— Gestiona lo necesario para la misión tanto de recursos materiales como humanos para dotar de viabilidad las obras emprendidas, dicha gestión es respaldada por su empeño personal y la persuasión de los hechos mismos.

— El celo por la misión nace de la identificación del rostro indígena como prójimos y sujetos de su propia historia y resuenan en su corazón aquellas palabras del Apóstol de las Indias, la preocupación aquella de Francisco Xavier: muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes, por no haber personas que se ocupen en la evangelización. Muchas veces me mueven pensamientos de ir a esas Universidades dando voces como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la universidad de París, diciendo en la Sorbona a los que tienen más letras que voluntad, para disponerse a fructificar con ellas; ¡cuántas almas dejan de ir a la gloria y van al infierno por negligencia de ellos! Es tanta la multitud de los que se convierten a la fe de Cristo en estas partes, en esta tierra donde ando, que muchas veces me parece tener cansados los brazos de bautizar, y no poder hablar de tantas veces de decir Credo y mandamientos en su lengua de ellos y las otras oraciones.

— El reconocimiento de la dignidad de los pueblos indígenas se ve en la intención de no dejarlos desamparados y expuestos al extermino por la avaricia del conquistador, de san Francisco aprendió el valor profético de la denuncia sobre las injusticias y vejaciones que se les imponen los propios oficiales de Vuestra Magestad.

— También, como su santo patrono, le acompaña el ímpetu por condiciones de concordia y de paz entre los pueblos.

Como vemos, esta promesa que se vuelve derrotero en la vida de Eusebio Francisco Kino, va más allá de ser un acto piadoso del ámbito de los rezos, es por ello que coloca en su acción misionera el nombre de Francisco Xavier tanto en la devoción de la gente como en el modo de ir haciendo las cosas. Sus mismas palabras dan crédito a tal afirmación:

Al gloriosísimo y piadosísimo taumaturgo y apóstol de las Indias, San Francisco Xavier, todos le debemos muy mucho. Yo le debo: I, la vida que me la tenían desahuciada los médicos de la ciudad de Hall del Tirol, el año de 1663; y II, le debo la entrada a la Compañía de Jesús, y III, la venida a estas misiones índicas. Y porque sé que debo y no sé si pago, pido y suplico a toda la corte celestial y a todo el universo, me ayuden a darle los debidos agradecimientos de tantos favores celestiales hechos al más indigno de todo el orbe.

Sabemos que a Kino no le bastó una vida para lograr tal propósito, han transcurrido ya 375 años y los Favores Celestiales se siguen dando, de lo cual nos dan testimonio miles de peregrinos que cada año acuden a visitar al santo en Magdalena, teniendo que ser a pie o a caballo, sintiendo palmo a palmo el camino y encontrando consuelo en quien te auxilia, ánimo e impulso en quien se hace compañero de camino hasta encontrarse con una imagen que bien emula la propia condición de agotamiento, pero a la vez de quien encuentra descanso en el cumplimiento de las promesas.

En ese afán de una memoria agradecida y en esa conciencia de ser un pecador redimido –el más indigno– está dispuesto a recorrer el orbe y dar testimonio de ello en tono de petición y súplica, enseñando a rezar y confiar como condición para recorrer el camino que conduce a Dios, compartiendo el sentido de vida que de ahí se desprende… por tal el espíritu de este hombre de frontera se extiende en una vastedad territorial, geográfica y social, por lo que la presente obra Kino en California, igualmente vasta, nos da la oportunidad de desplazarnos entre textos, cartografías y testimonios, al calce de una huella que permanece fresca y necesaria de ser transitada, para ello los autores nos ofrecen una proximidad con los hechos históricos y con el propósito de la empresa kiniana que trasciende las coordenadas geográficas y temporales.

La vida cotidiana es el escenario de donde se nutre todo un elenco de fuentes documentales que proporciona esta obra y daría para otras tantas, pues es bien sabida la disciplina del misionero jesuita que se da a la tarea, en medio de su intensa labor, de poner su conciencia a disposición del Espíritu para mantener la transparencia y la sinceridad personal como terreno propicio para encarnar la Palabra. El tomar nota de lo que han visto y oído bajo distintas modalidades ha dado pie a una ardua tarea de recuperación y ordenamiento de piezas de forma cronológica, geográfica y hasta podríamos decir también temática, ya que nos permite obtener la visión de un todo y la constante en el espíritu de Kino de modo que bien se puede graficar una especie de “cartografía espiritual” del misionero.

Es posible descubrir en estos textos, mapas y testimonios al hombre que ante circunstancias nuevas sabe equilibrar fidelidad con creatividad y apertura, de modo que ya no vive de la comparación entre unos y otros, de la añoranza por un pasado que no fue o del delirio de un futuro que no logra armonizar con sus propósitos.

El mar del Sur resultaba sumamente atractivo para los planes expansionistas de la Nueva España, el mismo Hernán Cortés personalmente se encarga de ir abriendo camino y dar fe de un territorio cercano al que sus hombres llaman California. Los intentos frustrados por establecerse ahí será la regla en los siguientes 150 años. Desde la primera vez, en 1535, por el propio Cortés, hasta los intentos de los buscadores de perlas a todo lo largo del siglo XVII, se siguen los fracasos por una razón muy sencilla y básica: no encuentran lo que buscan. La idea preconcebida de lo que debería ser ese territorio va decepcionando a cuantos intentan acercarse a él con el fin de obtener poder y riqueza. Finalmente la mirada fue puesta más allá y los intereses cambian, se explora ahora la posibilidad de recuperar el original proyecto de llegar y controlar la ruta de las especias con sus respectivos proyectos de encontrar un buen punto de apoyo para la navegación comercial entre Asia y la Nueva España.

Muchos recursos y hombres de valor lo intentaron y sin duda hicieron su aporte, pero ¿qué clase de persona o proyecto puede embonar en dicha hazaña?, ¿cuánto habrá que esperar y qué perfil habría de tener la persona adecuada para tal empresa?; ese hombre nacería poco más de un siglo después de las primeras exploraciones y fue quien hizo del fracaso una causa resiliente y quien tuvo la mirada muy cercana a la de Jesús de Nazareth para descubrir aquel territorio como la mies madura en la que manos harán falta para cosecharla (cfr. Mc. 9, 37-38). Se trata pues de nuestro misionero Eusebio Francisco Kino que en 1681 es enviado a entrarle a esta labor pendiente, y lo hace con toda aquella carga emocional, intelectual y fuerza física para disponerse además a cumplirle al santo su palabra empeñada: allanar el camino que conduce al oriente mientras vive bajo esa condición de apóstol del Evangelio, enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres.

Muy significativo resulta la citación del Diario de San Bruno (1683-1684), que informa la labor misionera en este segundo intento de hacer presencia en esta tierra llamada California ahora bajo una nueva consigna muy clara y arraigada en el corazón: ofrecerle a los indios mejores formas de vida que las que llevaban, sobre todo más humanas y armoniosa con quienes ya era un hecho que llegarían, como lo cita y se empeña en demostrar esta obra. Por tanto, una preocupación constante será el advertir al español la necesidad de un trato digno y justo, así como hacer del desarrollo el camino del empoderamiento de los pueblos indígenas como sujetos de su propio destino. Había también de este lado alguien distinto que no tenía como motor la avaricia, la riqueza o el deseo de hacer carrera por el poder, sino como aquellas personas que dejándolo todo están dispuestos a asumir un estilo de vida en la pobreza que los hace más libres de ataduras y compromisos mundanos. Esto marca la diferencia y juega un papel determinante en la germinación del nuevo proyecto emprendido.

Símbolo muy propio de la cristiandad –mentalidad generalizada en la Iglesia de estos siglos– son las grandes edificaciones, las sólidas estructuras que reflejan la tradición y la doctrina, paralelas al poder temporal, de modo que se vuelven el lenguaje en el que se reconocen como complemento para seguirse sosteniendo mutuamente; por su parte muchos misioneros han dejado aquella mentalidad y pocos alcanzan a figurarse en el imaginario futuro para estas tierras. Aquí se dan cuenta de la tensión entre esa “cristiandad” –identificada con un modelo o sistema político– y el verdadero cristianismo más acorde al Evangelio, que tiene como punto de partida una experiencia de Dios que acompaña en las dificultades, dudas y limitaciones que se van imponiendo: No me eligieron ustedes a mí; yo los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto, un fruto que permanezca; así, lo que pidan al Padre en mi nombre él se lo concederá (Jn. 15, 16). Descubrir esto lleva su tiempo y sus caminos y se requiere el cultivo de una mística, muy presente en el autorizado perfil del padre Eusebio Francisco Kino.

El trabajo de Carlos Lazcano y Gabriel Gómez Padilla nos ofrece una aproximación que toca las raíces de lo que hoy somos quienes vivimos o transitamos en estos territorios, empresa en la que se empeña esta publicación desentrañando la profundidad de los archivos históricos descodificando las voces de antaño encontradas aún en los caminos y testimonios de una conciencia colectiva de los pueblos. Dicha aproximación es relatada aquí como el ejercicio de hacerse prójimos, gente cercana, en la cual confiar y que es capaz de hacerse responsable de quien está en medio del camino con una necesidad. Los misioneros saben que en eso consiste principalmente su labor que se signa, sobre todo, en la unción del bautismo, una vez realizado no se puede ser indiferente o dejar en el abandono. La misión de san Bruno testimoniada en esta obra da fe de esto: bautizar es reconocer la misma gracia operante en ambas partes, de modo que ya no son extraños, sino hermanos de la misma dignidad. El Evangelio es bastante específico en invitar a reconocer en el rostro del hambriento, sediento, desnudo, enfermo, peregrino errante, preso… el mismo rostro de Dios y la misión ahora emprendida sería el lugar donde este rostro se hace presente a diario; este fue también el escenario de la renovación de una promesa que ahora va adquiriendo rostro de indio, cuando en una calurosa tarde de agosto de 1684 Kino hace sus votos empeñando de nuevo su palabra ante Dios, la Virgen María, la corte celestial y los testigos presentes. Su testimonio de vida da fe de que aquellas palabras eran auténticas y habría que tomarlas en serio. La misión en California configura la renovada promesa de Kino.

La falta de bastimentos, las escasas cosechas iniciales por falta de lluvias, el debilitamiento de la tropa, la humana incertidumbre que se da ante las pocas seguridades, son elementos que a unos los llevan a alejarse de tal propósito, para los misioneros el rostro concreto de aquellos indios que estaban a la espera, sería suficiente motivo para empeñarse en “aderezar” caminos nuevos para asegurar una presencia considerada necesaria en este encuentro: la del Evangelio.

Es recurrente en Gabriel Gómez Padilla acudir a aquel soneto del argentino Francisco Luis Bernárdez: lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado, y lo aplica con frecuencia a este empeño de acercarse a la vida y obra de Kino como el camino para recobrar, para conseguir, para enamorar, para bien sufrir y bien gozar… lo que hoy somos, porque cuando la vida es concebida como misterio sagrado, nace y se conserva una fuerza que se vuelve atrayente y tercamente persuasiva. Y así esa terca esperanza también llega a inocularse en quien se acerca a este personaje en cuestión, así le pasó al padre Salvatierra quien acercándose al padre Eusebio para explicarse lo que ese “árbol tiene de florido” terminó convencido por sus palabras y testimonio de aquello que ya estaba sepultado en el corazón: una promesa a la que él sabía solo aportaría un pequeño peldaño en el camino, pero un gran paso para la misión, por ello los afanes apostólicos en California deben retomarse y con urgencia. Se trata de una promesa y la Virgen de Loreto también ya lo sabe. Cada paso dado por Kino dejaba profunda huella como parte de un engranaje más amplio, la misión no terminaba donde se agotaban sus fuerzas o donde alcanzara su visión. Siempre estuvo presente una prospectiva que le llevaba a ver más allá y al intento de prolongar sus fuerzas en nuevos aliados. Se vale de sus habilidades de un hombre de su época un tanto singular: cartógrafo, astrónomo, explorador, ganadero, agricultor… en fin, este hombre de cuya fama se decía que el solo valía por un presidio, pero ante todo se vale de su pretensión de ser un padre para los pobres, movido por el amor que actuaba interiormente en su docibilidad de espíritu.

Quien aborde esta obra tendrá la garantía de encontrar una experiencia emotiva porque nos acerca a la conciencia y a la interioridad más íntima del misionero, nos hace posible nuevas hermenéuticas para nuestra propia historia, a partir de lo que fue principio y fundamento en el corazón de un hombre atento a lo que el Espíritu va trazando en el mapa de su vida de forma indeleble:

— Los pueblos indios son ese “barro” en el cual se esculpe de manera nítida el rostro mismo de Dios: mansos y por extremo amigos, afables y familiares; a ellos ha sido enviado para compartirles la Buena Nueva a partir de su propia experiencia.

— La Paz experimentada en este compartir le lleva a tener presente la misericordia de la que el mismo ha sido objeto.

— Las hostilidades y resistencias (internas y externas) son parte de esta ruta y se requiere la luz del Espíritu para nombrarlas y enfrentarlas.

— Gloria Dei viven homo, vita autem homini visio Dei (est), como diría san Irineo, se vuelve un imperativo que se traduce en su deseo de servirlo en los más pobres hasta ver en ellos los mismos sentimientos de Cristo.

El derrotero presentado en esta obra es claro y ayuda a trazar el mapa de comprensión de Kino en la anatomía de su espíritu. La devoción expresada en una ritualidad de Kino, de la que siempre los autores toman nota, nos habla de la armonía del trinomio que daba cuerpo a la misión: culto, cultivo y cultura. No había ocasión o gesto benevolente que no fuera reconocido o agradecido por los misioneros. El santoral del calendario litúrgico funcionó a manera de memorial o bitácora de viaje, pues con él se iba configurando la nueva toponimia llena de fechas y significados.

La visión de futuro marcada por el optimismo y la esperanza le da una mirada única a lo que van encontrando: muy lindas tierras, amenos valles y llanadas para sementeras, aunque los primeros frutos son raquíticos dado el incipiente proceso de adaptación, no dejan de colocarlos siempre al pie del altar como augurio de buenos tiempos.

Una importante estación en este mapa, es que en cada entrada se dan a la tarea de convivir lo más cercano posible con los pobladores; aquel hagamos tres chozas fue una realidad que les permitió poner su morada entre ellos para aprender su lengua con puntualidad y paciencia y llamando a los indios por su nombre.

Ibimuhueite: la creatividad en estas circunstancias es de vital importancia, la exploración del territorio, y la necesidad de ir nombrando las cosas y lugares dieron pie a que los encuentros fueran marcados por la confianza recíproca, aspecto que les brindó la ocasión de poner en práctica los métodos que la misionología de la época les proporcionaba: cómo elaborar los conceptos con señas o imágenes para explicar los misterios de la fe a partir del marco de comprensión de los indígenas. El canto, el dibujo, el juego, el reconocimiento de la práctica de la buena conducta… estaban presentes en su obra evangelizadora.

El trato cotidiano con afabilidad y la admiración gozosa de los detalles que son indicadores de la aceptación de la misión en los que Kino encuentra consuelo, deja ver la ternura de quien se siente un verdadero padre. Esta virtud es descrita por el padre Juan Antonio Baltazar como la agradable afabilidad que mostraba a aquellos bárbaros, del tierno sincero cariño con que les trataba y del amor que les descubría…

Tal relación le permitía ver verdad en ellos, por lo que se afanó como un hombre conciliador y de paz. La defensa de lo justo y verdadero serían el aval por lo que habrían de creer en su palabra. Si bien el marco de referencia sobre derechos humanos no se tenía como tal, pero si un fundamento más profundo, como lo es su concepto de dignidad humana basada en el reconocimiento de los otros como hijos de Dios. Su profetismo ante los abusos con los indios cometidos por los españoles es ejercido mediante la denuncia clara y contundente, aunque eso le acarree incomprensiones y rechazos. Abogar por los indígenas es una clara demostración de la prioridad del misionero, lo que se le retribuyó en confianza y consolidación en la misión.

Momento muy significativo y de reivindicación de que “ha quemado las barcas” en pro de la misión lo será la profesión de sus últimos votos como jesuita, que incluye además de la vivencia los tres consejos evangélicos, la especial obediencia al Sumo Pontífice, acerca de las misiones según se contiene en las cartas apostólicas y las constituciones. Tal promesa hecha en el día de la Asunción, fortalece en un contexto de crisis ante la escasez de comida, enfermedades y ánimos apocados, una grande convicción de no vivir de la improvisada respuesta a las circunstancias basadas en la mundanidad o deseo pragmático del fruto inmediato. Y como le escribe el padre Chales de Noyele, prepósito general, con ocasión de los votos: la misión ahora es estimulada no solo por su ardiente celo, sino también por esta nueva obligación de comportarse con un verdadero espíritu apostólico es decir bajo la consigna de que él es un enviado. Se sabe colaborador de una obra más grande, en la que su trabajo es un eslabón que habría de fortalecer. De seguro seguía latiendo aquella primera promesa de misionar en Asia, a la que hay que dar cumplimiento a través del apoyo para que se desarrollen condiciones que faciliten la comunicación entre este continente y el otro, tal era el caso de encontrar un camino viable a la bahía Magdalena del lado del Pacífico, solo así entenderemos su terca esperanza, pues sabemos que tan a pecho se había tomado la promesa reivindicada ahora en su cuarto voto.

Me viene a la mente aquella verdad: la cadena es tan fuerte como el eslabón más débil. Su empeño en ponerse del lado de los más pobres y débiles obedece muy bien a esta lógica con el fin de que no se ponga en duda la continuidad de la misión. La fortaleza no radicaría en las armas, los aprovisionamientos, la prosperidad material inmediata, sino en la confianza y en el testimonio de que los naturales en ella encuentran vida, vida en abundancia. Su mirada contrasta esta utopía evangélica con lo que va encontrando y describe con abundantes detalles de todo género, sea respecto a los naturales como a su entorno. En su optimismo no dejaba pasar de registrar la cantidad de almas que poblaban cada ranchería así como su carácter: Pero la perla y margarita más preciosa que hay en estas sierras es la mansedumbre, docilidad, paz y apacibilidad… de la gente de buenos gestos. Una mirada así se empeña en contar con ese valor a la hora de inventariar el capital requerido para la misión, así como los logros obtenidos en California, que serían de mucho bien para los de oriente. “Mies madura” le llega a llamar Kino a las conversiones logradas.

El valor de la solidaridad, presente en los indígenas, sería el garante que amalgame el eslabón débil, pues ante la disyuntiva de abandonar la misión o salvar su propia vida, Kino ve la solución en los mismos pueblos, y llega a formular la propuesta de reforzar la comunicación entre las costas de Sinaloa, Mayo y Yaqui con las costas de California a fin de trabajar las tierras con personal de ambos lugares y así ejercer una labor subsidiaria para socorrer a los más pobres; valores que la enseñanza social de la Iglesia los considera como principios para un desarrollo justo y en paz. Ampliar la mirada hacia otros horizontes es una razón de peso para no quedarse en la versión del fracaso. La mente en el oriente no le permite abandonar esta empresa y encuentra fundamentos suficientes en el testimonio de otros exploradores. Obviamente no estamos ante un aferramiento o soberbia de Kino, sino ante una osadía de quien se deja conducir por el Espíritu y demostrar con el tiempo y con procesos constantes y cuidados el poder de autonomía que tendrían dichas misiones.

Es de agradecer en esta obra la presentación de Kino y su trabajo como la génesis de una nueva cultura, no tratándosele como a un personaje solitario y que a motu proprio se decidió realizar esta empresa, sino como a un hombre que sabía trabajar en equipo y que tenía en gran aprecio la amistad, así como los naturales le reconocían. También en gran estima le tuvieron algunos compañeros suyos a quienes persuadió de colaborar en la misión entre los californios y la base de ello fue el ofrecimiento de su amistad. Su honestidad, transparencia, empeño y otras virtudes también le ganaron el respeto y el reconocimiento de su autoridad en el lugar de la misión.

Podremos descubrir en la lectura de estos textos, la documentación cartográfica y los testimonios a favor y en contra, el modelo peculiar de las misiones emprendidas por los jesuitas y el aporte del carisma de Eusebio Francisco Kino y compañeros que vieron en la cooperación entre los pueblos de Sonora: misiones yaquis y pimalteñas, la solución a la viabilidad del proyecto en California.

Recientemente la Congregación para las Causas de los Santos en su decreto de venerabilidad de nuestro personaje destaca después de sus notas biográficas cómo vivió las virtudes evangélicas en grado heróico: evangelizó California, donde adquirió un profundo conocimiento de la población indígena, que se benefició de la enseñanza y de las técnicas de cría de ganado y algunos cultivos, y gracias a esta contribución del Siervo de Dios logró defenderse de abusos de los soldados españoles. Enfatizo del texto de promulgación el término de profundo conocimiento en su sentido teologal que se logra con base en el amor que se experimenta y entrega a las personas conocidas, que es donde radica el respeto a la dignidad humana. Su opción por lograr el empoderamiento y la autonomía de sujetos en los pueblos indígenas fue el camino elegido por Kino para su propia santificación, intentó vivir en todo como ellos, poniendo a su servicio lo que tenía: sus energías y habilidades intelectuales para defender la dignidad de los nativos y promover su bien. Y así no dejaba de intervenir convincentemente y muchas veces para defender a los nativos, sus derechos y su dignidad, hacia quienes su servicio se caracterizó por la denuncia y la contestación del abuso de los españoles…

De la misión en la Pimería Alta, destaca como virtud las excelentes relaciones con los pueblos indígenas, aspecto que le acarreó incluso enemistades con los españoles que tenían otros intereses, pues su defensa de los nativos se basaba en el reconocimiento de ellos como nuestros hermanos en Cristo. Los peregrinos, especialmente los indígenas que lo visitan siguen reconociendo en él al Siervo de Dios como “gran padre”, su más tierno y amoroso padre.

A la raíz de esta heroicidad están las virtudes de la fe, que se alimenta de la oración, especialmente en la adoración nocturna, la recitación del breviario y la lectura de vida de santos. Su esperanza se destaca por la confianza en la providencia divina a quien le reconoce su intervención como los favores celestiales y su caridad, misma que se manifestó en una intensa actividad misionera en un territorio caracterizado por la complejidad de las situaciones políticas. Unido a ello está el espíritu de pobreza con la que se identificó con el Maestro, no teniendo donde reclinar su cabeza más que la silla de caballo como almohada, un par de pieles y mantas ásperas como cobijo, por lo que el “olor a oveja” le era demasiado familiar; los suyos lo reconocían como tal, alguien cercano, amable y en quien se podía confiar. Así le era fácil desprenderse de humanas ambiciones y tener mayor entrega a los pobres, sus prójimos en pleno sentido evangélico. La promulgación lo define como: columna de la nueva Iglesia, consejero y defensor de los pobres, ejemplo, modelo y ánimo para todos los que conoció. Y efectivamente así es para nosotros.

Sirva esta gran obra de Carlos Lazcano Sahagún como una mojonera actual y a la mano de las nuevas generaciones, que nos ponga en diálogo para comprender al misionero en su época, como lo ha dicho su coautor, Gabriel Gómez Padilla. Sus capacidades de observación propias de un explorador, el atrevimiento de un espeleólogo para escrutar misterios desde las mismas entrañas de la tierra, su condición de creyentes y sensibilidad ética que empatiza con el espíritu de Kino ante la situación actual de los pueblos indígenas y la cultura popular, hacen que este escrito compuesto de textos, cartografías y testimonios sea un verdadero aporte que ayude a mantener viva la visión de que entre los pueblos nos necesitamos; ante las crisis, la solidaridad entre iguales nos hace reinventarnos y la confianza en la providencia sea motor para seguirnos empeñando.

P. Claudio Murrieta Ortiz

Pimalteño en la cuenca del San Pedro

27 de julio de 2020, día del antropólogo/a en memoria agradecida de Raquel, loretana de corazón


Imagen 1. Eusebio Francisco Kino, primer misionero de las Californias. Fue en la Antigua California donde se inició como misionero. Buena parte del sentido de su vida fueron los indios californios. Detalle del monumento al padre Kino en Segno, Italia, su pueblo natal. Fotografía de Carlos Lazcano.

Exordio

EN SEPTIEMBRE DEL AÑO 2011, a convocatoria de la Sociedad de la Antigua California, realizamos en la ciudad de Ensenada (Baja California, México) un homenaje al misionero jesuita Eusebio Francisco Kino, con motivo de cumplirse 300 años de su muerte. Entre otros actos se llevó a cabo la Segunda Reunión de Historiadores sobre los Fundadores de la Antigua California, la que se dedicó enteramente a la obra de Kino en la península de Baja California.

En dicho evento nos reunimos varios estudiosos del famoso jesuita, comentándose el hecho de la falta de un texto que presentara de manera integral y exclusiva, la labor de Kino en la península californiana. El tema de Kino en California ya ha sido tratado por Bolton, Burrus, Mathes, y más recientemente por Gómez Padilla, quienes han reunido una impresionante colección de documentos sobre este tema. Es a partir de los trabajos de estos historiadores que este libro fue concebido. (1) El objetivo es presentar una visión amplia y detallada de la obra de Kino en la península de Baja California, tanto lo que hizo desde la península misma, como lo que realizó por ella desde sus misiones de la Pimería.

Kino es de los escasos misioneros que han trascendido a la conciencia popular, pero generalmente se le asocia a Sonora y Arizona, casi nunca, o muy poco, a Baja California. Por eso, al plantearnos este estudio, quisimos preparar un texto accesible a un público amplio en donde detalláramos la relación de Kino y California. Sin olvidarnos de los historiadores, académicos y estudiosos del tema misional en el noroeste novohispano de fines del siglo XVII y principios del XVIII, ya que seguimos una metodología apropiada y rigurosa, con el fin de aportar elementos e interpretaciones nuevas para el conocimiento de este gran misionero.

La relación entre Kino y California fue de gran trascendencia histórica, ya que marcó el rumbo del noroeste de México, al grado de que la Pimería no se explica sin California y lo contrario igualmente es válido, California no se explica sin la Pimería. En este libro profundizamos en dicha relación, ahondando en aspectos que poco han sido tratados, entre ellos el hecho de que su estreno como misionero se llevó a cabo en California, al mismo tiempo de que fue el primer misionero de esta región, fundando sus dos primeras misiones. Se considera a Juan María Salvatierra el fundador de Baja California, pero después de leer este libro, nos daremos cuenta de que sin Kino, Salvatierra difícilmente hubiera logrado lo que logró; es más, sin Kino Salvatierra nunca hubiera fijado sus ojos en California y su destino no hubiera pasado más allá de un ilustre provincial jesuita. También tenemos que Kino desentrañó la hidrografía del río Gila y de la cuenca baja del río Colorado, y precisamente fue nuestro misionero quien le puso su nombre a éste último río. Además de que Kino demostró que California es península, fue el primero en proponer que la larga extensión de las Californias se dividiera en dos provincias a las que nombró California Baja y California Alta. Pidió ser él quien iniciara la evangelización de la Alta California. Nuestro misionero fue además el primero en cartografiar de una manera precisa el Golfo de California, desentrañando correctamente la desembocadura del Colorado y demarcando por vez primera a la isla Ángel de la Guarda. Además Kino desterró varios de los falsos mitos geográficos que abundaban en su época, sobre todo los asociados a la creencia de la insularidad de California. Pero, más allá de estos aportes, se encuentra su relación, profundamente humana y amorosa, con los indios californios, tanto guaicura, cochimí como con los varios grupos que ocupaban la cuenca baja del Colorado. Fueron los indios la razón de su trabajo.


Imagen 2. Inauguración del II Festival de la Antigua California, dedicado al padre Kino con motivo del tercer centenario de su muerte. Fue realizado en la ciudad de Ensenada en septiembre del 2011. De izquierda a derecha: el padre Gabriel Fierro, representante de don Sigifredo Noriega, primer Obispo de Ensenada; José Amado Fernández Ruiz, S.J., representante del provincial de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús, Carlos Morfin, S.J.; doctor David Piñera, investigador emérito del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Baja California; don Enrique Pelayo, presidente municipal de Ensenada; maestro Sebastián Serra, rector de la Universidad Iberoamericana en Tijuana; doctor Gabriel Gómez Padilla, investigador de la Universidad de Guadalajara; y Carlos Lazcano, investigador de la Sociedad de la Antigua California y coordinador del Festival. Fotografía de Carlos Lazcano.

Estos son solo algunos aspectos, poco conocidos, de lo mucho que la península le debe a nuestro misionero. El lugar de Kino en nuestra historia regional y nacional debe ser revalorado.

La base de este trabajo fueron los numerosos documentos publicados por Burrus y Mathes, así como el impresionante libro de Kino Favores celestiales. Igualmente nos apoyamos en los trabajos de Bolton y Gómez Padilla, así como de diversos autores que en su momento irán siendo citados. Además, en diversos archivos fueron consultados algunos documentos aún inéditos o muy raros, como el caso del Diario de San Bruno. En este documento nuestro misionero relata sus actividades en la misión de San Bruno entre el 21 de diciembre de 1683 y el ocho de mayo de 1684. Se trata de un texto sumamente raro, publicado unicamente en 1857 dentro de la colección Documentos para la Historia de México, por lo cual es muy poco conocido, incluso entre los mismos especialistas en la figura de Kino. Se desconoce el original de este texto, por lo cual publicarlo dentro de este libro es una importante aportación.

El ensayo lo dividimos en dos partes. En la primera, dividida a su vez en tres capítulos, tratamos sobre los trabajos que Kino efectuó en la península californiana al participar en la expedición del Almirante don Isidro de Atondo y Antillón (1683-1685). La segunda parte cubre los capítulos 4 al 8. En los capítulos 4, 5 y 6 abordamos lo que Kino hizo por California desde sus misiones en La Pimería. En el capítulo 7 analizamos la visión de Kino y sus propuestas. En el último capítulo, el octavo, analizaremos que fue de los proyectos y propuestas de Kino en los años posteriores a su muerte.

Contrario a lo que muchos historiadores afirman, la misión de San Bruno no fue la primera establecida en California. (2) Este honor le cupo a la misión de Nuestra Señora de Guadalupe de Californias, iniciada por Kino en la bahía de La Paz en abril de 1683. En el primer capítulo de este libro veremos los detalles de esta fundación y el por qué fracasó. San Bruno fue la segunda misión californiana y en el capitulo dos se estudian los detalles de sus inicios y desarrollo, así como las exploraciones llevadas a cabo por Atondo y Kino en el interior de California. Se concluye tal capítulo con el abandono de San Bruno. En el tercer capítulo veremos los últimos y desesperados esfuerzos por parte de Kino y Atondo para que el proyecto de evangelizar California no fuera abandonado.

En el capítulo cuarto encontramos a Kino ya instalado en Sonora, y le damos seguimiento a sus esfuerzos por regresar a California. Incluimos como el padre Juan María Salvatierra se une a los esfuerzos de Kino y finalmente logra los permisos para regresar, fundando así esta tierra. A pesar de conseguir el permiso, Kino no pudo acompañar a Salvatierra, por lo que da inicio a las exploraciones de la desembocadura del río Colorado, las que lo conducirán al descubrimiento de la peninsularidad de California.

En el capítulo 5 se analiza todo lo que realizó Kino a favor de California desde sus misiones en la Pimería, actualmente en los estados de Sonora y Arizona. Los esfuerzos que invirtió Kino en ello fueron muchos, grandes y de muy distintos tipos, los que son detallados en dicho capítulo. La presencia de Kino en la Pimería fue fundamental para California y sin ella no es posible explicar el establecimiento y consolidación del proyecto misional californiano. En este sentido consideramos que la fundación de California no se dio con Salvatierra, sino algunos años antes, con la expedición de Atondo y Kino, y gracias a la visión de Kino. Lo que hizo Salvatierra fue continuar lo que Kino ya había empezado y dejó trazado su rumbo cuando, contra su voluntad tuvo que abandonar. El de Kino fue un proceso interrumpido, no cancelado ni abortado, que Salvatierra prosiguió justo donde lo dejó Kino.

Kino fue un personaje visionario. Vio mucho más allá que la mayoría de sus contemporáneos. En la medida que fue expandiendo su trabajo, realizó una serie de propuestas que por desgracia no fueron escuchadas. De haberlo sido el destino de la Pimería y de todo Norteamérica hubiera sido otro. Tuvo una clara conciencia de que había que insertar las provincias del noroeste en la globalidad del mundo, pensando globalmente y actuando localmente. En los capítulos 6 y 7 analizamos las propuestas de Kino para la expansión hacia el norte y noroeste. Igualmente Kino hace algunas predicciones negativas, las que finalmente se cumplieron porque en su momento no se hizo caso de estos señalamientos. En el último capítulo se reflexiona sobre lo ocurrido con sus propuestas y proyectos después de su muerte.

Además de la interpretación que hacemos de los textos y estudios consultados, al final de cada capítulo incluimos una selección de documentos de los testimonios más importantes para nuestro estudio. Cartas, diarios, informes, cédulas, etc. Al poner al alcance de los lectores estos documentos podrán por si mismos corroborar nuestra interpretación, o sacar sus propias conclusiones. Poder leer los documentos es ciertamente una forma de acercar al lector a los acontecimientos y a los personajes. Ellos nos hablan de tierras que nunca antes habían sido vistas por europeos, dejándonos ver lo que los sorprendía y maravillaba, pero también lo que los atemorizaba. Ahí se plasman esperanzas y miedos de los protagonistas, sueños y ambiciones, encuentros y desencuentros. Son testimonios sorprendentes de cuando California aún era territorio indígena y su fundación apenas un ideal.

Al publicar estos textos les actualizamos la ortografía con el fin de que a los lectores, sobre todo aquellos que no son historiadores, se les facilite su lectura. Igualmente cabe mencionar que a lo largo del texto que preparamos intercalamos en numerosas ocasiones citas de los mencionados documentos, con la finalidad de que sean las palabras de los actores principales las que, en la medida de lo posible, vayan relatando la historia que presentamos.

Un aspecto de suma importancia en este ensayo es la serie de mapas, más de 30, en donde mostramos las rutas de exploración que tienen que ver con California, tanto en la misma península, como las que realizó desde la Pimería. En esta serie cartográfica presentamos cada una de las entradas, tanto por mar como por tierra, que se efectuaran dentro de la expedición de Atondo. También mostramos en forma individual todas las entradas que Kino realizara a los ríos Gila y Colorado desde sus misiones de la Pimería, incluyendo aquellas en las que subió a unos volcanes para apreciar mejor la desembocadura del Colorado.

Desde luego, en este trabajo no podían faltar reproducciones e interpretaciones de los mapas que el mismo Kino elaboró sobre sus entradas a Californias y exploraciones desde la Pimería. Los mapas antiguos son una herramienta de primer orden en el estudio de la evolución histórica de las regiones. Sin embargo, estos documentos suelen ser poco consultados por los historiadores del noroeste de México. Igualmente consultamos, e incluimos en este estudio, numerosos mapas, anteriores y posteriores a Kino, con el fin de contextualizar su obra cartográfica y geográfica.


Imagen 3. Desierto de Altar, Sonora. Kino dejó el verdor de su tierra, por venirse a los desiertos de California y Sonora. Exploró ampliamente estos áridos horizontes y encontró en ellos seres humanos que le dieron sentido a su vida. Fotografía de Enrique de Velasco.

Otro aspecto de este estudio es que los autores procuramos visitar muchos de los sitios explorados por Kino, y seguir en el campo las rutas que trazó, tanto en California como en la Pimería. En muchos casos estas visitas las hicimos a la manera de Kino, es decir, a caballo. También lo hicimos en vehículo y en otras ocasiones a pie. Conocer las costas, el desierto, las sierras, las llanuras, los ríos y tantas partes de la geografía de las regiones que Kino exploró y recorrió a fondo, es ciertamente una gran experiencia, una experiencia memorable para los autores de este libro, ya que mucho nos acercó a nuestro personaje. Visitar las misiones y sus vestigios, seguir las veredas, orientarnos con los mapas y los diarios de Kino, acampar en los parajes donde acampó, ver paisajes muy parecidos a los que observó, seguir sus huellas, beber agua de los mismos manantiales, encender fogatas donde él las encendió y ver cielos llenos de estrellas como él los observó. Todo esto nos enriqueció y nos permitió conocer mejor al padre Kino, y desde luego amar con profundidad a nuestra tierra y sus raíces.

Cruzamos a pie la Sierra de La Giganta siguiendo la ruta entre San Bruno y el Pacífico. También ascendimos el volcán Santa Clara para constatar esa primera visión que condujo a Kino a concluir que California es península. Visitamos la junta de los ríos Gila y Colorado en los parajes donde tantas amistades trabó Kino con los indios. Registramos la cuenca baja del Colorado buscando los recuerdos de Kino. Estuvimos en los vestigios de San Bruno, en la bahía de La Paz, en Sonoyta, Caborca, San Javier del Bac y tantos otros sitios que Kino transformó con su presencia. Estuvimos en el sitio de Nuestra Señora de los Dolores, en donde ciertamente nos emocionamos porque ahí surgieron y maduraron muchos de los sueños de Kino. Estuvimos en el Golfo de California, ese mar que tantas veces cruzó a lo largo de sus proyectos califórnicos. Procuramos visitar y conocer cada uno de los espacios geográficos donde Kino dejó su huella. Y desde luego, no nos olvidamos de su natal Segno, en el norte de Italia, donde tuvimos la oportunidad de saludar a la familia Chini, descendientes de la familia de nuestro misionero. Visitamos su casa natal y el templo donde fue bautizado. No dejamos de ver Sevilla y Cádiz, ahí vivió dos años antes de emprender el viaje a su destino. Tampoco nos faltó Magdalena de Kino, en donde murió y descansan sus restos.

Hoy, las misiones que fundó son pueblos modernos, incluso ciudades; las fronteras que exploró y fundó son regiones bien desarrolladas al igual que los reinos y provincias que soñó. Solo los indios que tanto amó y luchó por ellos ya casi no existen, desaparecieron ante el embate de ambiciones humanas que llegaron a imponerse a los ideales de nuestro misionero. Fueron excluidos de un desarrollo egoísta que los sigue conquistando de una manera brutal. Los indios fueron la razón esencial del trabajo de Kino, sin lugar a dudas para él sería muy decepcionante el ver que nuestra sociedad moderna los ha estado marginando de un desarrollo que él soñó para ellos. No podemos honrar la memoria de Kino si no tomamos en cuenta por quienes trabajó.

Raquel Padilla Ramos (1967-2019)

Este estudio nos permitió acercarnos a una historiadora y antropóloga muy especial, nos referimos a la doctora Raquel Padilla Ramos, a cuya memoria dedicamos este libro. Académica y estudiosa muy destacada, considerada entre las mejores historiadoras del noroeste de México. Su principal tema de investigación fueron los yaquis, su historia, pero sobre todo ese devenir de sufrimiento en que se vieron envueltos durante cientos de años queriéndoles quitar sus tierras y esencias, queriéndolos exterminar a grados genocidas, negándoles todo derecho. Pero su trabajo no terminó ahí, ya que igual se solidarizó con los yaquis actuales, cuyas luchas históricas siguen vigentes y las agresiones en su contra son cosa de todos los días. Raquel utilizó sus conocimientos en apoyo de las luchas yaquis, hizo suyas estas luchas con un alto nivel de compromiso que nos recuerda las luchas del padre Kino al defender a sus indios. Raquel entendió perfectamente la problemática indígena, la asumió como mexicana de una manera muy positiva, sin generar ni odios ni rencores:

Sobre todo, son los pueblos originarios, conferidos por derecho de antigüedad, quienes tienen la autoridad moral de reclamar, demandar y exigir al Estado mexicano el respeto a sus territorios… pero no podrán hacerlo solos, debemos unirnos todos en la lucha contra la deshumanización, contra la codicia empresarial y contra la muerte provocada por el desprecio de los poderes políticos y económicos. Permitanme insistir, solo lo lograremos en colaboración, correspondencia y universalidad… floreciendo ellos [los pueblos indígenas] florecemos todos.

Y no únicamente fue consecuente con las causas indígenas, también con otras numerosas causas de injusticias sociales. Nada que afectara al ser humano le era indiferente. No por nada escribió:

El amor verdadero espera …

tras las rejas de una cárcel

en la cama de un hospital

en el niño descalzo

en el hombre desnudo

en la mujer abandonada

en el territorio indígena

en la lucha obrera

y en el fondo del incordio

de cada revolución.

Amiga entrañable, llena de nobleza, de espiritualidad cristiana y una intelectual honesta y ética. Su muerte, injusta y violenta, nos llenó de dolor, de coraje e indignación privándonos de manera prematura de su presencia. Nos deja un vacío imposible de llenar. Fue un privilegio haber conocido un ser humano tan excepcional como ella. Se trató de un favor celestial por haber seguido la huella de Kino.

Su presencia fue una voz de esperanza, de esas que nos mueven, nos motivan y nos inspiran para mejorar este y otros mundos. Con su ejemplo nos atrevemos a ser valientes, audaces, a soñar y buscar utopías que quizá no existan, pero que nos permiten avanzar en el sentido de una sociedad más justa, más humana. Por eso no queremos olvidarla, siempre será para nosotros, y creo que para muchos de los que la conocimos, maestra, líder y compañera en una empresa que debemos seguir, con convicción y amor, con ese ejemplo generoso que ella nos brindó.

Existe cierta belleza en algunas personas, que al contrario de lo que va ocurriendo con el cuerpo, aumenta con el tiempo y se va volviendo luminosa. Así era el alma y la vida de Raquel, una vida luminosa al servicio de causas muy humanas. Su ejemplo de vida fue un homenaje al padre Kino.

No hace mucho escribió Raquel estas bellas palabras a manera de testamento, presintiendo, quizá, su cercana muerte:

Cuando yo muera…

Dejaré a mis hijos las nubes que presagian lluvia en tierra del desierto. A mi padre y a la memoria de mi madre, mis gracias repartidas en cada estrella del cielo. A mis hermanos y hermana, una estela de sonrisas en las olas del océano. A mi amado, una postal viva de los ondulantes cerros del Bacatete. A mis críticos, una piedra firme y consistente para que, libres de pecado, me la arrojen al rostro. A mis enemigos, un cascabel sin víbora. Y a mis amigos, un rincón limpio y ordenado en donde se depositen nuestros recuerdos más entrañables.

Ahora Raquel descansa en la tierra de la Sierra del Bacatete. Los yaquis, quienes la consideran como una de ellos, pidieron que parte de sus cenizas sean depositadas en esta sierra legendaria para ellos, ya que ha sido un refugio en sus momentos y luchas más difíciles. Ahí descansará al lado de otros grandes lideres yaquis que dieron su vida en defensa de la tierra yaqui. Es la primera vez que a una persona no yaqui se le considera en el más alto rango que solo se le da a sus ancestros y personas trascendentes de su historia.

Vaya este sincero homenaje a quien amó tanto la vida.


Silvio Chini (1928-2020)

Al estar preparando la edición de este libro, nos enteramos de la muerte de nuestro querido amigo don Silvio Chini, un trentino oriundo de Segno, familiar y paisano del P. Eusebio Kino, que empeñó su vida en rescatar y seguir cultivando el legado a través de su empeño personal y familiar en la vivencia de la solidaridad y también por la fundación en los años ochentas del “Comitato Chiniano”, que posteriormente pasó a ser la Asociación Cultural Padre Eusebio Francesco Chini, así, con el nombre fusionado, en castellano y en italiano, que nos recuerda no solo los frutos que para el mundo aportó aquel hombre, sino también las raíces que originaron tal entrega.

Desde esta Asociación de la cual fue fundador, presidente hasta 2009 y a la fecha presidente honorario impulsó varias obras dentro y fuera de su comunidad, haciendo tangible la vida y obra del P. Kino, destacamos la creación del Centro Cultural Kino, su plaza y museo que alberga obras de varios artistas de ambos territorios, desde el monumento ecuestre que se ha convertido en icono del misionero, un mural que plasma en la historia del padre el hermanamiento de dos mundos, como lo plasma también la obra del artista plástico, pintor y muralista Nereo de la Peña al interior de ese recinto, numerosas publicaciones de investigación y divulgación fueron promovidas por tal emprendimiento, documentación y también una serie de artefactos que nos vinculan en el tiempo y en el espacio con la obra Kiniana. A la puerta, con gesto de calidez, cordialidad y mucho orgullo era fácil encontrar a Silvio, quien convencido de la actualidad de dicha obra nos mostraba los testimonios de amor y gratitud expresados en lo que ahí se expone y comparte.

Silvio quiso ser testigo con su propia mirada y presencia de la tierra que pisó el misionero, cultivando con ello relaciones de amistad, intercambio y solidaridad con las comunidades que Kino evangelizó. En su personalidad tenaz, persistente, pero sencilla y respetuosa pudimos descubrir a modo de sabia, aquél espíritu que nos hermanó en la entrega y pasión que caracterizan al Venerable Padre Kino.

A través de esta obra, que dedicamos a su memoria de una manera agradecida, damos testimonio y reconocemos el empeño del buen amigo Silvio Chini, sumándonos a su causa como una manera de honrar su vida.

Agradecimientos

Este trabajo es el resultado de muchos apoyos y muchas ayudas. Los autores queremos expresar nuestra profunda gratitud a todas aquellas personas que de una u otra manera contribuyeron para que este libro naciera. Por eso queremos mencionar muy especialmente al padre Germán Orozco, al doctor Hans Berstch, Arnulfo Estrada Ramírez, a José Luis García por su apoyo cartográfico y fotográfico, a Enrique Fuentes, Enrique Velazco, al ingeniero Alejandro Treviño, y a Altagracia Sahagún, Alfonso Gardea, Sergio Müller, José Dorel, Oscar Simón Mendoza, Claudia Reyna y Juan Pablo Armenta Vázquez por su apoyo fotográfico. Nuestra gratitud al doctor Conrado Ulloa por haber hecho la traducción del latín al español de la carta de Kino a Zignis.

Gracias a la Universidad Jesuita de Guadalajara, más conocida como ITESO (Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente) por haber financiado y apoyado esta publicación. Especialmente quiero mencionar al rector, doctor Luis Arriaga, S.J.; al licenciado Manuel Verduzco Espinosa, director de publicaciones; a la licenciada María Guadalupe López Garfias, coordinadora editorial y al doctor Humberto Orozco Barba, director de relaciones externas de ITESO.

Igualmente expreso mi gratitud al señor gobernador del estado de Baja California, ingeniero Jaime Bonilla Valdez por haber contribuido con una parte importante del financiamiento de este trabajo. Gracias especiales al licenciado Pedro Ochoa Palacios, secretario de cultura, al arquitecto Armando García Orso, subsecretario de patrimonio y difusión cultural y a la licenciada Magdalena Jiménez Molina, subsecretaria de educación artística y fomento a la lectura.

Mucho agradecemos al ingeniero Javier Michel Menchaca su apoyo generoso. Gracias doctor Saúl Cuautle Quechol, rector de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México por apoyar de manera importante esta publicación.

Gracias al padre Claudio Murrieta por haber realizado el prólogo de este libro y haberlo apoyado de muy diversas formas, igualmente agradezco al Seminario Diocesano de Nogales su patrocinio. Mención especial a Silvia Bouchez (esposa de Carlos Lazcano), y a Enriqueta Valenzuela Tourniayre (esposa de Gabriel Gómez Padilla) por su paciencia y apoyo solidario.

Carlos Lazcano Sahagún

Ensenada, California Norte

Gabriel Gómez Padilla

Guadalajara, Jalisco


Imagen 4. Vestigios de la misión de Nuestra Señora del Pilar y Santiago de Cocóspera, establecida por Kino a fines del siglo XVII. La herencia de los misioneros no son los templos y vestigios misionales que dejaron a su paso. Su herencia debe medirse en función de la implantación de los mejores valores de la cultura occidental en las regiones donde trabajaron. Fotografía de Carlos Lazcano.


Mapa 1. Grupos indígenas de la Antigua California a la llegada de los españoles (siglo XVI). Diseño de José Luis García, modificado de León-Portilla.

1- Los trabajos más importantes están citados en la bibliografía, véase especialmente Bolton (2001), Burrus (1954, 1961, 1964, 1965, 1971), Gómez Padilla (2008, 2014, 2017 y 2019), Kino (1857, 1964, 1989, 1996), Mathes (1969, 1974, 1974b, 1996) y Venegas (1979). Consúltese igualmente: Gabriel Gómez Padilla, Historia e importancia de un proyecto sobre Eusebio Francisco Kino S.J. , publicado en la revista, Espiral, estudios sobre Estado y Sociedad, vol. XX, núm. 58, sep-dic. 2013, pp. 215-245.

2- Como ejemplos véase; Michael Mathes (1977), Las misiones de Baja California, Editorial Aristos, La Paz; Miguel León Portilla y colaboradores (2008), El Camino Real y las misiones de la península de Baja California, Fundación Manuel Arango, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México.

Introducción
CONTEXTO Y MOTIVACIONES
California antes de Kino

LOS PRIMEROS GRUPOS HUMANOS QUE arribaron a la hoy península de Baja California, lo hicieron cruzando el estrecho de Bering desde hace cuando menos 15 mil años. Se ha datado presencia humana en la península con una antigüedad de entre diez y doce mil años. Estos grupos fueron ocupando toda la geografía bajacaliforniana, desarrollándose distintas culturas que se adaptaron muy bien a los áridos ambientes de esta tierra.

Al momento de la llegada de los europeos a América habitaban en la Antigua California grupos indígenas de cuatro familias lingüísticas: los pericú, los guaicura, los cochimí y los yumanos. Los pericú ocupaban el extremo sur de la península, la región de Los Cabos hasta parte de la bahía de La Paz, por la costa del mar de Cortés, incluyendo las islas Cerralvo y Espíritu Santo.

Los guaicura ocupaban desde Todos Santos, en la costa del Pacífico, la mayor parte de la bahía de La Paz, hasta Loreto, principalmente entre los 23 grados y medio de latitud norte y hasta un poco más de los 26 grados, tanto del lado del Pacífico como del mar de Cortés, incluyendo buena parte de la sierra de La Giganta. La etnia más extendida en la península lo fue la cochimí, ya que llegaron a habitar desde el paralelo 26, en Loreto, hasta el paralelo 30, en la región de El Rosario. Los grupos yumanos se extendieron desde el paralelo 30 hasta mas allá de la península, alcanzando regiones de los hoy estados de California y Arizona, en Estados Unidos.

Todos estos grupos tenían una cultura material muy sencilla, bien adaptada al difícil medio natural peninsular. Eran nómadas y seminómadas, tanto pericues, guaicura como cochimí, desconocían la agricultura y la cerámica. Solo los yumanos llegaron a dominar una cerámica muy elemental y una agricultura incipiente gracias a la presencia del río Colorado. Eran culturas ágrafas y sus construcciones no pasaban de sencillas chozas de enramadas. Las relaciones entre ellos eran difíciles debido a las limitadas posibilidades de conseguir alimentos, por lo que se mostraban muy territoriales en pequeños grupos o bandas, que los misioneros llegaron a llamar “rancherías”.

Presencia hispana

Una vez que Hernán Cortés fundó la Nueva España y conquistó a los aztecas, tuvo como proyecto prioritario la exploración del océano Pacífico o Mar del Sur, como entonces se le conocía. Desde 1532 fue enviando una serie de navegaciones que dieron luz al perfil del Pacífico mexicano, especialmente su parte norte. La segunda de estas navegaciones, inicialmente al mando de Diego Becerra, y posteriormente al de Fortún Jiménez, encontró la península de Baja California a fines de 1533, alcanzando la bahía que hoy conocemos con el nombre de La Paz. El hallazgo fue lo bastante importante como para que el mismo Cortés dirigiera personalmente una tercera expedición, la que entre 1535 y 1536 intentó establecer un poblado en dicha bahía, al que se le puso el nombre de Puerto de Santa Cruz. El intento falló debido a varios factores, entre ellos la hostilidad de los indios, el no encontrar oro o ningún tipo de riqueza que justificara los gastos, y la aridez de la región. Fue durante esta expedición que los hombres de Cortés pusieron el nombre de California al hoy Cabo San Lucas, nombre que al poco tiempo brincó para toda la península.

En 1539 Cortés manda una cuarta y última navegación, la que pone al frente de Francisco de Ulloa. Uno de los más importantes objetivos de esta aventura era la búsqueda de las Siete Ciudades, uno de los mitos medievales que los conquistadores habían trasladado al Nuevo Mundo. Ulloa recorre toda la costa de Sonora, fue el primero en hacerlo, descubre la desembocadura del río Colorado, desciende por la costa oriental de California, da vuelta por el Cabo San Lucas y va siguiendo la costa del Pacífico, hasta alcanzar el paralelo 30, de donde regresa. Esta fue la primera vez que se reconoció el carácter peninsular de la California, y así apareció desde entonces en toda la cartografía californiana del siglo XVI.

Apenas terminada la navegación de Ulloa, el primer virrey de la Nueva España, don Antonio de Mendoza, compitiendo con Cortés en la búsqueda de las Siete Ciudades, envía la navegación de Hernando de Alarcón en 1540, la que penetra por el río Colorado hasta alcanzar la confluencia con el río Gila. Esta fue la primera ocasión en que se exploran terrenos de la hoy conocida como California, Estados Unidos.

En 1542, el virrey Mendoza envía la navegación de Juan Rodríguez Cabrillo con el fin de superar lo registrado por Ulloa. Así, es explorada toda la costa más allá de la península de California hasta el paralelo 41 o 42. Esta navegación finaliza en 1543 sin encontrar ninguna noticia de las Siete Ciudades, por lo que los posteriores esfuerzos de los españoles se concentran en la búsqueda de la tierra de las especias, al otro lado del Pacífico, en Asia.


Imagen 5. Hernán Cortés, el fundador de la Nueva España y descubridor de Baja California. Entre 1535 y 1536 realizó el primer intento de colonizar la península. Grabado de Antonio Solís, 1715.

Sesenta años después de Cortés, en 1596, es Sebastián Vizcaíno quien pretende de nuevo fundar un pueblo en la bahía de La Paz, buscando sustentarlo con la pesquería de perlas. Fue este personaje el que le dio su actual nombre. También fracasó. Poco después, en 1615, intentaron la colonización de California Juan de Iturbe y Nicolás de Cardona, sin lograrlo. También sin resultados positivos fueron los intentos de Francisco de Ortega, entre 1632 y 1636. Enseguida, en 1642, se frustra el esfuerzo de Luis Cestín de Cañas. Luego están los proyectos, también fallidos, de Pedro Porter de Casanate, entre 1644 y 1649. Siguieron dos reveses más, el de Bernardo Bernal de Piñadero en 1664 y el de Francisco de Lucenilla en1668. Estas empresas fracasaron debido al carácter comercial que tenían, ya que la península nunca tuvo las riquezas con que soñaron quienes las emprendieron. Gracias a esta larga secuencia de descalabros es que llegó a pensarse que California era inconquistable.

Además de los intentos por colonizar California, también habían hecho acto de presencia en ella, varias navegaciones que siguieron explorándola y demarcándola. Una de las más notables fue la de Sebastián Vizcaíno de 1602-1603, en donde se cartografió a detalle toda la costa del Pacífico entre Cabo San Lucas y el paralelo 41. Sin embargo, a pesar de la exactitud de los detalles de esta demarcación, los cartógrafos de Vizcaíno cometieron el error de considerar isla a la península californiana junto con toda la costa hasta el paralelo 41 o 42. Fue por este error que el nombre California se extendió desde la península hasta el paralelo 41 y debido a ello la costa del actual Estado de California (Estados Unidos) recibió este nombre. Además, este error cartográfico tendría consecuencias notables en la política de la Corona respecto a California y el lejano septentrión novohispano.

Asimismo, desde 1565, cada año pasaba frente a las costas de California el Galeón de Manila en su viaje a Acapulco. La travesía era larga, entre cuatro y seis meses, por lo que los navegantes llegaban exhaustos a Acapulco. Muchos morían por las enfermedades que se desarrollaban en tan prolongado viaje. Desde fines del siglo XVI se buscó establecer un puerto de apoyo al galeón y precisamente el objetivo de la navegación de Vizcaíno había sido buscar una bahía adecuada para ello, y aunque se propuso la de San Diego o la de Monterrey, en la costa que posteriormente se conocería como Alta California y hoy California, el proyecto no se concretó por muchas razones. Es bajo estas circunstancias que Kino hace su aparición en la Nueva España en 1681.

Eusebio Francisco Kino

No es objetivo de este trabajo presentar una biografía del padre Kino. Solo ofreceremos una breve semblanza, remitiendo al lector a la gran cantidad de biografías que de él han sido publicadas. Especialmente recomendamos la de Herbert Eugene Bolton, Los confines de la cristiandad, sin lugar a dudas la mejor biografía de nuestro misionero, escrita por uno de los más notables historiadores del noroeste de México y suroeste de los Estados Unidos durante el período novohispano. (3)

Kino nació en 1645 en el pequeño pueblo de Segno, actualmente en el norte de Italia, en una de las vertientes de los Alpes, cerca de la ciudad de Trento. El nombre italiano de su familia era Chini, de la cual quedan descendientes hasta nuestros días. En 1665 Kino ingresó al noviciado jesuita de la Provincia de Alemania Superior. Dotado de una gran inteligencia pasó a estudiar al colegio jesuita de Hall, cercano a la ciudad de Innsbruck, Austria. En ese tiempo contrajo una enfermedad que lo puso al borde de la muerte y fue así que se encomendó a san Francisco Javier, prometiéndole que si recobraba la salud se haría misionero y se iría a trabajar a los confines del mundo. Además, por gratitud Kino añadió a su nombre el de Francisco, ya que originalmente se llamaba Eusebio. Kino llevó a cabo sus estudios sacerdotales en diferentes colegios jesuitas de Austria y fue ordenado sacerdote.

Posteriormente fue invitado a desempeñar la cátedra de ciencias y matemáticas en la Universidad de Ingolstadt, (4) en el ducado de Baviera, en esos años una de las universidades más influyentes de Europa, sin embargo no aceptó debido a su interés por ser misionero en China, que tenía que ver con la promesa hecha anteriormente. Cuando tocó el tiempo de que nuestro misionero partiera, solo había disponibles dos campos misionales, uno en Filipinas, ya muy cerca de China, y el otro en la Nueva España. Por problemas en el número de misioneros Kino tuvo que participar en un sorteo que decidiera a cuál misión asistiría, y tocó a la Nueva España.


Imagen 6. Segno, pequeño pueblo en la parte norte de Italia, en la Provincia Autónoma de Trento, pueblo natal de Kino. Foto de Carlos Lazcano.


Imagen 7. Casa donde naciera del padre Kino en 1645, en Segno, Italia. Actualmente convertida en museo dedicado a su memoria. Fotografía de Carlos Lazcano.


Imagen 8. Don Silvio Chini, Carlos Lazcano y don Alberto Chini, en Segno, Italia. Descendientes de la familia del padre Kino. Foto de Carlos Lazcano.

Para llegar a Nueva España partió de Génova, Italia, en 1678, rumbo a Sevilla. Ahí tuvo que esperar dos años para finalmente embarcarse al Nuevo Continente desde Cádiz. Su viaje fue muy accidentado, pero finalmente arribó a Veracruz en enero de 1681 y en mayo de ese año llegaba a la Ciudad de México. Durante el corto lapso que permanece en la ciudad hace amistad con los circulos cercanos al virrey y los intelectuales, entre ellos con Sor Juana Inés de la Cruz, quien, con motivo de sus estudios sobre un cometa le escribe un poema:

Aunque es clara del cielo la luz pura,

clara la luna y claras las estrellas,

y claras las efímeras centellas

que el aire eleva y el incendio apura;

aunque es el rayo claro, cuya dura

producción cuesta al viento mil querellas,

y el relámpago que hizo de sus huellas

medrosa luz en la tiniebla obscura;

todo el conocimiento torpe humano

se estuvo obscuro sin que las mortales

plumas pudiesen ser, con vuelo ufano,

ícaros de discursos racionales,

hasta que el tuyo, Eusebio soberano,

les dio luz a las luces celestiales.

Pronto se le asignó a la expedición del Almirante Isidro de Atondo y Antillón, la que en ese tiempo se estaba organizando y tenía como objetivo la evangelización de California. Fue así que Kino llegó a la península en abril de 1683, iniciándose como misionero en una región que nunca los había tenido y que se le consideraba entre los confines del mundo. Más de dos años estuvo en California y su estancia es uno de los temas centrales de este libro, el que veremos con detalle en los siguientes capítulos.

Fracasado este intento, en 1687 Kino se trasladó a las misiones de Sonora, iniciando el campo misional de La Pimería, en la parte norte. Desde ese año y hasta su muerte, ocurrida en 1711, consagraría buena parte de su vida a la evangelización de la Pimería y a la integración de sus grupos indios dentro del mundo cristiano, estableciendo numerosas misiones que florecieron y prosperaron de una manera notable. En esos años, otra parte importante de sus esfuerzos estuvieron dirigidos a California, región que nunca olvidó y siempre apoyó. Y es precisamente este el tema de la segunda parte del presente libro, como ya lo hemos comentado.

Los misioneros, esos seres humanos

Con el fin de entender mejor el trabajo misionero en que estuvo inmerso Kino consideramos oportuno hacer una reflexión sobre él. Una de las maneras en que los españoles pretendieron controlar a los indios del noroeste y asimilarlos a la Nueva España, fue a través de civilizarlos y evangelizarlos. Fue así que llegaron los misioneros, quienes con bases cristianas y humanas intentaron transformar las realidades de los indios en algo más amable. En este proceso los misioneros se convirtieron en parte importante de los fundadores del norte de México, y en especial de la península de Baja California.

Aunque muchos españoles querían este sometimiento de los indios a través de las misiones, con el fin de convertirlos en mano de obra barata para sus minas, pueblos y haciendas, no era este el objetivo de los misioneros, quienes traían su propia agenda, y muchos de ellos se convirtieron en sus defensores, llegando incluso a enfrentarse a todo tipo de autoridades, incluyendo a las religiosas.

Al fundar las misiones muchos misioneros pretendían ofrecerles a los indios mejores formas de vida que las que llevaban, sobre todo más humanas. También querían que vivieran en armonía, tanto entre ellos como con los españoles, amándose y respetándose como hijos de Dios que eran. Sin embargo, fue la avaricia extrema de muchos españoles y novohispanos la que en buena parte malogró esto, así como la resistencia de numerosos grupos indígenas a cambiar sus formas de vida tradicionales.

No pocos historiadores presentan a los misioneros como piezas de un ajedrez político-económico, al cual se prestaban como parte del grupo conquistador sobre los nativos del norte de la Nueva España. Como si su objetivo fuera ese, no importando los valores y principios que trajeran.

Al profundizar en la vida de no pocos misioneros del noroeste de México me quedé perplejo. Muchos de ellos, principalmente jesuitas, habían venido de diversas regiones, no solo de España, sino de toda Europa. Varios pertenecían a la nobleza de sus países de origen, otros habían sido importantes maestros que impartían cátedras en las mejores universidades de Europa. Casi todos venían de familias ricas y adineradas y se desenvolvían en un medio intelectual de gran nivel. Y a todo esto renunciaron por venir de misioneros a América, a regiones que en aquellos años representaban los confines del mundo, especialmente el norte de la Nueva España. Además, al misionar en las Indias, abandonaban para siempre a su patria y a su familia, y se iban a vivir a un mundo donde les aguardaba mucha soledad y duros trabajos. No por nada la siguiente advertencia a quienes deseaban trabajar en las misiones de la Antigua California: “Habrás de ir a lejanas tierras, tierras desiertas, muy ardientes y amargas. No hallarás en meses o años alguien que hable tu idioma y todo te será hostil, hasta el propio suelo sembrado de espinas y alimañas. Día con día procurarás tu alimento como lo hacen las aves y las fieras; y habrá veces en que tus labios no tendrán más agua que la del rocío. Por techo tendrás el cielo y en el día, quizá, no poseerás más sombra que tu propio sayal. Y en medio de tan pavorosa inmensidad amarás al pagano que buscará tu muerte con flecha silenciosa. Y cuando te sientas desfallecer, en tu delirio entenderás que Dios te puso ahí para sembrar en las almas jardines que jamás verás. Y, aunque no conviertas a infiel alguno y perezcas en el mar o te devoren las fieras, habrás hecho tu oficio y Dios el suyo. Hermano, ¿aún quieres ir a California?” (5)

Precisamente por estos testimonios es que dudé que los misioneros se prestaran para ser simples piezas del ajedrez geopolítico del rey de España. ¿Por qué hicieron todo esto los misioneros? ¿Por qué abandonaron todo para exiliarse en los confines geográficos de su tiempo? ¿Cuáles fueron sus motivos, las razones profundamente personales que los llevaron a entregarse a la obra misional? ¿Ser fichas del rey? ¿Consolidar el sistema colonial, profundamente injusto? No lo creo.

Para entenderlo creo que primero hay que considerar que cuando Colón se encontró con América, la penetración y conquista armada de todo el continente por parte de Europa fue algo inevitable, una consecuencia de ese tiempo que llegó casi de inmediato. Los primeros años de conquista fueron brutales, y el único sector español que se opuso fue esa parte de la Iglesia católica formada por los misioneros. Y se opusieron con mucha fuerza y autoridad moral a la esclavización de los indios y la destrucción de su civilización, al grado que con ellos nacieron lo que hoy llamamos los derechos humanos y el derecho internacional. El más destacado ejemplo lo tenemos con Bartolomé de las Casas, quien se convirtió en la conciencia crítica de la España conquistadora de ese tiempo. Esta fue la primera vez en la historia de la humanidad en que un sector importante del país conquistador cuestionaba la conquista y se ponía del lado de los conquistados. Los pueblos conquistadores, tanto europeos, asiáticos, africanos como americanos jamás cuestionaban sus conquistas. Hasta la fecha.


Imagen 9. Durante su paso por Cádiz, Kino realizó observaciones científicas del cometa Kirch o de Newton (C/1680 v1) hacia fines de 1680, uno de los cometas más brillantes que se han visto. Ya en México, publicó la “Exposición astronómica de el cometa que el año de 1680, por los meses de noviembre y diziembre y este año de 1681 por los meses de enero y febrero se ha visto en todo el mundo y se le ha observado en la ciudad de Cádiz”, con el cual entró en controversia con el científico novohispamo Carlos Sigüenza y Góngora. Foto: Cometa Neowise, de José Dorel.

Como era inevitable en la conquista de América, principalmente violenta, fueron los misioneros la otra cara de la moneda. Ellos llegaban atrás de los conquistadores para evitar a toda costa la fuerza de las armas y suavizar hasta donde fuera posible el encontronazo entre Europa y las Indias Occidentales. Los misioneros fueron los primeros pacifistas de América. Sabían que si ellos no buscaban los encuentros pacíficos, nadie más lo haría, ya que una gran mayoría de los conquistadores y colonizadores se dejaba llevar por la ambición desatada. Ambición por el oro y las riquezas. Pero los misioneros no ambicionaban oro, ni poder, ni tesoros. Ellos ambicionaban ganar a los indios para la causa católica, veían en los indios a seres humanos en toda su dignidad de hijos de Dios, y así los defendieron. Lucharon porque la sociedad novohispana les diera ese lugar, no el de esclavos que otros pretendían darles. Buscaban un equilibrio justo para todos. Por eso los misioneros fueron los primeros humanistas de nuestro continente.

La motivación que inspiró y sostuvo a los misioneros fue, sin lugar a dudas, su enorme fe en Jesucristo y la transmisión de su mensaje, darlo a conocer entre los “gentiles”, aun a riesgo de su propia vida y sin importar los trabajos que tuvieran que pasar. Creían profundamente en ese mensaje y su trascendencia. Y no solo creían en él, estaban comprometidos con él. Llegar a esto supone una vocación, y el ser misionero era eso, una vocación. No cualquiera se iba de misionero y no a cualquiera se aceptaba para este trabajo. Se le consideraba un don de Dios y los misioneros sentían que de esta manera daban respuesta a su llamado. Con frecuencia se asocia al misionero con el conquistador, los reyes, los emperadores de su tiempo y sus intereses, a veces no muy santos. Para nosotros, los habitantes del siglo XXI, con justa razón nos parece incomprensible e inaceptable esta relación abierta y diaria entre cruz y espada, progreso y reducción, civilización y sumisión. En los siglos que trabajaron los misioneros los derechos humanos aún no existían y todos los súbditos de un rey tenían que profesar la religión de éste. No se discutía. Los misioneros lo sabían y aceptaban. Pero a pesar de eso, e incluso aunque llegaran a depender económicamente de los poderosos, siempre buscaron vivir de acuerdo al espíritu del Evangelio de Jesucristo. La entrega radical de muchos misioneros nos da testimonio de esto. Amaban a sus indios y buscaban lo mejor para ellos, tanto en lo espiritual como en lo material. Sería muy difícil pensar en otras intenciones.


Mapa 2. La isla de California. Mapa de Johannes Vingboons, 1650. Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de América. Imagen predominante que se tenía de California a la llegada de Kino a Nueva España, en 1681. En ese tiempo en la supuesta isla no existían pueblos y se le consideraba “inconquistable” debido a más de siglo y medio de intentos fracasados.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que cuando los misioneros se ponían del lado de los indios era solo para defenderlos contra la explotación física y económica a la que se les sometía, consideraban que la obediencia al Rey de España y a Dios era cosa natural y para cumplir esto los militares apoyaban a los misioneros en las zonas fronterizas. En este sentido, las opiniones de los jesuitas (aún de los más objetivos) eran temporal y socialmente condicionadas y limitadas por la época. También hay que aclarar que no todos los misioneros tuvieron la mística humana hacia los indios. Hubo una minoría que dieron un mal testimonio de su vocación. Eso ocurre en todos los grupos humanos y los misioneros no fueron la excepción.

En esencia los misioneros pidieron venir a estas tierras, aún ignotas y en formación, por amor, solo por amor. Y el amor incluye también una buena dosis de aventura y ventura, correr riesgos inimaginables, soportar jovialmente tribulaciones y adversidades hasta el heroísmo, ser llamado loco y hacer locuras según los hombres cuerdos. Muchos misioneros, incluidos los de Baja California, llamados y ayudados por el amor de Dios y el amor al prójimo tuvieron la motivación suprema para cruzar océanos, explorar caminos, fundar regiones, trazar cartografías, describir costumbres y tradiciones, explorar para encontrar sitios para sus misiones, levantar caminos, traer la agricultura y la ganadería, levantar templos como si fueran grandes arquitectos, hacer presas y acequias, evangelizar y enseñar a los indios otra cultura e idioma, ellos mismos aprender otras lenguas y hacerse lingüistas y etnógrafos, establecer pueblos, hacerla de médicos, consolar en las tristezas, solidarizarse con sus indios y defenderlos cuando y cuanto fuera necesario, traer la civilización occidental a donde tenían que ir. En fin, su pedagogía para ganarse a los indios fue la pedagogía del amor hasta la muerte. Para ellos los indios llegaron a ser como sus hijos.

En nuestros días hay numerosos críticos a la labor de los misioneros, sin embargo, los indigenistas de hoy y los “defensores” de los indios de hoy, se encuentran muy lejos de las posturas comprometidas de los misioneros. Ninguno de estos supuestos “defensores” conoce las lenguas de los indios, como la conocían los misioneros. Ninguno se va a vivir con los indios, como lo hacían los misioneros. Ninguno deja a su familia, su tierra, su patria, títulos y posiciones académicas, para ir a ser parte de las comunidades indias, como lo hicieron los misioneros. Ninguno conoce a los indios con esa profundidad con que los conocían los misioneros, y a ninguno de ellos aman los indios como llegaron estos a amar a sus misioneros. Y, lo más importante, ninguno da su vida por los indios, como lo hicieron no pocos misioneros.

Los misioneros nunca vinieron a América para ser fichas del ajedrez político. Llegaron aquí como parte de una convicción personal religiosa y humana. Sabían que con su labor estaban construyendo un mundo nuevo, estaban fundando y transformando regiones nuevas. Querían sembrar estas nuevas provincias que fundaban con los valores y principios del cristianismo, que para ellos lo eran todo, y era lo que marcaba el sentido de sus vidas. Si no hubieran creído en esto nunca se les hubiera visto por acá. Y lo hacían por amor, por amor al ideal de Jesús y por amor a la humanidad, representada en este caso por sus indios.

Fundadores de la California

En los libros de historia de Baja California nunca se menciona a los misioneros como los fundadores de esta tierra. Si vemos con cuidado el devenir peninsular, nos daremos cuenta de que lo que hoy es, partió precisamente de la llegada de estos hombres. Al ir estableciendo las misiones fueron sentando las bases del actual desarrollo bajacaliforniano. Quien dio inicio a esta fundación fue el misionero jesuita Juan María Salvatierra, gran amigo del padre Kino, al establecer en 1697 la misión de Nuestra Señora de Loreto, la primer misión permanente de las Californias. Le siguieron más de cincuenta misiones a lo largo de casi 140 años, y de este desarrollo surgieron los estados de Baja California y Baja California Sur y California, los dos primeros en México y el último en los Estados Unidos.

El padre Kino fue el protomisionero de la península y cofundador de Baja California, ya que sus dos intentos, aparentemente fracasados, el primero en Nuestra Señora de Guadalupe de Californias y el segundo en San Bruno, fueron un importante antecedente que mucho le sirvió al padre Salvatierra. Por otra parte fue Kino quien convenció a Salvatierra de la necesidad de evangelizar California e insistió en que se les diera el permiso de regresar a la península, el que finalmente les fue concedido. Sin embargo las labores que Kino tenía en Sonora eran tan importantes que no pudo salir para proseguir el proyecto Californiano, por lo que Salvatierra lo inició sin su presencia.

Y digo sin su presencia porque a pesar de todo, Kino nunca se desligó de California, y le dio todo su apoyo a Salvatierra para el inicio y consolidación de sus misiones, desde su continuada ayuda material, tanto en aprovisionamiento de granos como en ganado, como en exploraciones y en otras cosas.

Muchas personas piensan que la herencia más importante que nos dejaron los misioneros fueron los templos o iglesias misionales. Creen que esos edificios viejos, muchos de ellos en ruinas, es su principal aporte. Esto está muy lejos de la verdad. Los edificios misionales son únicamente un testigo de su paso por estas tierras, una huella, más no su obra. Ésta debe medirse en función de la implantación de los mejores valores de la cultura occidental en las regiones donde trabajaron. Gracias a su labor se pudo consolidar la presencia hispana en Baja California y todo el noroeste y por ello esta tierra se hizo de México.

Kino en la California de hoy

La obra de Kino en y para California representa los inicios de nuestra identidad y de nuestras raíces. Debería ser recordada porque encierra grandes lecciones que siempre debemos tener en cuenta. Actualmente ¿quién siembra valores en Baja California? ¿Quién da su vida por esta tierra? ¿Quién hace sacrificios para que esta tierra mejore? ¿Quién ofrece lo mejor de sí mismo para que Baja California avance? ¿Quién ama Baja California? ¿Quién nos da ejemplos de entrega y fe en el futuro como nos lo dieron Kino y muchos misioneros? ¿Quién continúa la obra iniciada por nuestros fundadores? ¿Quién mantiene sus valores, esos que nos dieron rumbo y sentido y que hoy por hoy parece que se han perdido? El trabajo de Kino representa nuestros difíciles inicios en que la fe, la perseverancia y amor de un hombre por sus semejantes, los indios, en cuyo nombre fundó lo que hoy somos, le permitió iniciar grandes cosas y sembrar valores que aún subsisten. Por desgracia esta historia es muy poco conocida y no se enseña en las escuelas. Kino apenas si figura en la historia oficial, más como parte de un proyecto supuestamente fracasado. No se le considera entre los fundadores de esta tierra.

3- Herbert Eugene Bolton (2001), Los confines de la cristiandad: una biografía de Eusebio Francisco Kino, S.J. Prólogo, investigación documental y apéndice bibliográfico por Gabriel Gómez Padilla, traducción de Felipe Garrido. Editorial México Desconocido, Universidad de Sonora, Universidad Autónoma de Baja California, Universidad de Colima, Universidad de Guadalajara, Colegio de Sinaloa. México.

4- La Universidad de Ingolstadt fue fundada en 1472 por Luis Rico, duque de Baviera. La constituían cinco facultades: humanidades, ciencias, teología, derecho y medicina. Esta universidad estaba inspirada en la de Viena. Uno de sus principales objetivos era la propagación de la fe cristiana. Cerró sus puertas en 1800 por orden del príncipe elector Maximiliano IV, quien más tarde sería Maximiliano I, rey de Baviera. Durante muchos años esta universidad fue manejada por los jesuitas.

5- Carta de fray Juan de los Ángeles, Ministro General de los Franciscanos, a los frailes que deseaban venir a evangelizar California (1596), publicada en: Carlos Lazcano Sahagún, coordinador (2011), Homenaje a Fernando Consag, S.J., Memoria de la I Reunión de Historiadores sobre los Fundadores de la Antigua California, Primer Festival de la Antigua California, Sociedad de la Antigua California, Ensenada, Baja California, p. 136.

PARTE I: KINO EN CALIFORNIA (1683-1686)

Imagen 10. Con su llegada a California, en abril de 1683, el almirante Isidro de Atondo y el padre Eusebio Kino fueron de los primeros exploradores del interior de la Antigua California, realizando importantes observaciones sobre su historia natural. Kino fue su primer evangelizador. Fotografía de Carlos Lazcano.

Nuestra Señora de Guadalupe de Californias
PRIMERA MISIÓN CALIFORNIANA 1683
Un nuevo intento

CUANDO KINO LLEGÓ A LA Nueva España, en 1681, gobernaba el trono español Carlos II. Este había iniciado su reinado en 1665 y se prolongó hasta el año de 1700. Fue bajo su gobierno que se llevó a cabo la tentativa de Lucenilla de colonizar California, en 1668, que como vimos, se vino a sumar a la larga cadena de frustraciones por incorporar la península a la dinámica de la Nueva España. Fue cuando la corona decidió cambiar su táctica.

Todos los intentos que se realizaron en casi siglo y medio habían sido sufragados por particulares, así es que después de este último fracaso, la corona decidió financiar la empresa ella misma. La península tenía una importancia estratégica y ya desde hacía tiempo se había visto la necesidad de ocuparla, sobre todo para dar auxilio al Galeón de Manila, o Nao de China, en cuya ruta de retorno, de Manila a Acapulco, se encontraba la California.

La idea era apoyar el poblamiento por españoles y novohispanos, creando para ello pueblos civiles, pero al mismo tiempo evangelizando a los indígenas por medio del establecimiento de misiones. Para este último aspecto la Compañía de Jesús ya tenía misiones en Sinaloa y Sonora, por lo que se le permitió ampliar su campo a California.

Preparativos

Para dirigir este proyecto fue elegido el almirante don Isidro de Atondo y Antillón, (6) nombrándosele gobernador de Sinaloa. Se le dio un tiempo de cinco años para conseguir la colonización californiana. Como superior de la misión, y cosmógrafo real, iba el misionero jesuita Eusebio Francisco Kino quien estaría acompañado por el padre Matías Goñi. (7)

Los preparativos fueron largos y complicados, (8) y finalmente la expedición partió de Chacala, Sinaloa, rumbo a la bahía de La Paz, en California, el 18 de enero de 1683. Estaba compuesta por tres navíos: la Limpia Concepción de Nuestra Señora, mejor conocida como la Capitana; la San José y San Francisco Xavier, conocida como la Almiranta; y una Balandra. Comandaba la Capitana don Blas de Guzmán, y la Almiranta Francisco de Pereda y Arce. En la Almiranta viajaban don Isidro de Atondo, los padres Kino y Goñi, el cirujano de la expedición, fray José Guijosa, hermano de la orden de San Juan de Dios y José de Castro como maestro de sangrar. Componían los expedicionarios más de cien personas que incluían hombres y mujeres, quienes realizarían los diversos trabajos que se ofrecerían, entre soldados, obreros, marineros, labores domésticas, etc. Como parte del grupo venían varios indios bautizados de las regiones aledañas. La Balandra no salió con ellos debido a varios retrasos que tuvo con su personal; estaba al mando del capitán Diego de la Parra quien posteriormente intentaría alcanzar al resto de la expedición.

Al salir de Chacala, Atondo no se dirigió directamente a California, sino a la desembocadura del río Sinaloa, donde cargó bastimento proporcionado por las misiones jesuitas: granos, aves de corral, ganado menor, entre otras cosas. Igualmente en Mazatlán se refaccionó. En este tramo perdió bastante tiempo en espera de la Capitana, la que se retrasó en varias ocasiones.

Llegada a California

Finalmente las dos naves, Almiranta y Capitana partieron del puerto en la desembocadura del río Sinaloa el día 18 de marzo de 1683. Debido a los vientos contrarios durante los primeros cinco días permanecieron cerca de la costa, pero después se lanzaron a la travesía del mar de Cortés, y el 25 de marzo avistaron ya la California. Seis días más tarde entraban a la antigua bahía de Santa Cruz de Hernán Cortés, bautizada para ese tiempo como La Paz.

Sin lugar a dudas el padre Kino se debe haber emocionado, ya que con este proyecto daba inicio al gran sueño de su vida; ser misionero entre gentiles, así que su primera ilusión era llegar a ver y convivir con los indios californios, quienes serían sus primeros neófitos. Pero pasaron varios días antes de que estos indios dejaran verse.

El primero de abril las dos naves anclaron en el puerto interior de la gran bahía. Antes de desembarcar, Atondo mandó pregonar una proclama en la que se hacían varias advertencias. Primero indicaba que la expedición estaba siendo financiada por el Rey y sus objetivos eran “entrar y fundar y establecer en [California] el santo Evangelio”. (9) Nada de búsqueda de riquezas, amazonas, ciudades de oro, minas, perlas y otros mitos que expediciones anteriores habían tenido como objetivo.


Mapa 3. Atondo y Kino llegan a La Paz en la Almiranta y la Capitana (marzo-abril de 1683). Diseño de José Luis García.

También se indicaba que por ningún pretexto ni manera alguna, hagan la menor vejación a ninguno de los naturales de dicho reino de Californias so pena de la vida que se ejecutará inviolablemente en el que esta orden quebrantare en cualquier cosa de lo que en él se contiene, ni tampoco les quiten a dichos naturales ninguna cosa de lo que tuvieren so color de cambio que les obligue a formar queja… así mismo ninguno sea osado de entrar en sus casas o ranchos sin su consentimiento. (10) Esta orden se debió a los abusos que anteriormente los pescadores de perlas habían hecho a los indios, y a experiencias amargas de pasadas rebeliones indias, en distintas partes de la Nueva España, debidas a robos a veces aparentemente insignificantes, como el de una sola gallina o una perla.

Un tercer aspecto de la proclama era un estímulo para los miembros de la expedición, ya que indicaba que si alguien lograba, gracias a su esfuerzo honesto, alguna riqueza de oro, plata, ámbar o perlas, podría conservarla siempre y cuando pagara el quinto real. Igualmente se mencionaba que cada uno de los participantes recibiría los honores correspondientes a sus méritos.

Después del pregón, Atondo, acompañado de los capitanes, pilotos, algunos soldados y marineros saltó a tierra, inspeccionando la zona con el fin de localizar un sitio donde establecer un primer poblado. Pronto localizaron un gran palmar en medio del cual existía un manantial rodeado por un cañaveral. A pocos metros se encontraba un promontorio donde posteriormente se labró una cruz con una de las palmas. Este era el sitio que finalmente Atondo seleccionó y que en nuestros días es el antiguo centro de la ciudad de La Paz. El palmar tenía una longitud de cuando menos dos kilómetros y presentaba buenas condiciones para que un poblado floreciera, incluyendo suficiente tierra para la siembra. En los siguientes días efectuaron varios reconocimientos por la bahía con el fin de conocer el terreno y preparar mejor el establecimiento.

Provincia de la Santísima Trinidad de las Californias
Toma de posesión

Fue hasta el día cinco de abril que el Almirante tomó formalmente posesión de la tierra en nombre del rey de España Carlos II. Para ello, todos se vistieron con sus mejores galas, presentando armas, disparando los arcabuces y gritando vivas y hurras al rey. Todo en orden y concierto bajo la diestra guía del Almirante Atondo, quien procedió a nombrar lo que creían era una gran isla como Provincia de la Santísima Trinidad de las Californias, la que a partir de ese momento era parte formal del reino de España. Como ya lo hemos visto no fue esta la primera toma de posesión de esta tierra, ya que desde 1535 Hernán Cortés había realizado la primera toma, seguida posteriormente por otras más. Atondo confirmó el nombre que llevaría la bahía Puerto de Nuestra Señora de La Paz, respetando así esta toponimia impuesta por Sebastián Vizcaíno desde 1596, cuando intentó establecerse en este mismo lugar. El acta de toma de posesión, dice: En el puerto que llaman de La Paz, reino de la California, a cinco días del mes de abril de mil seiscientos y ochenta y tres años, el señor Almirante don Isidro de Atondo y Antillón, dijo:…en cinco de dicho mes de abril [de 1683], saltó su merced dicho señor Almirante en tierra, con… los muy reverendos padres Eusebio Francisco Kino y Pedro Matías Goñi, de la sagrada Compañía de Jesús, y fray Joseph Guijosa, religioso profeso de San Juan de Dios, y de los capitanes de mar y guerra don Francisco de Pereda y Arce y don Blas de Guzmán y Córdoba, y el alférez Martín de Verástegui, y veinte y cuatro soldados, todos con sus armas prevenidos y amunicionados… el alférez Martín de Verástegui… traía en la mano un estandarte de carmesí colorado, pintada y bordada por él un lado la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, y por el otro lado de dicho estandarte grabadas y bordadas las armas reales de su Majestad… y estando dichos capitanes y toda la infantería con las armas y dicho alférez con el estandarte en la mano, a la seña que dicho señor Almirante hizo, dispararon la arcabucería y dicho alférez tremoló tres veces el dicho estandarte diciendo generalmente y repitiendo muchas veces ¡viva don Carlos II, que Dios guarde muchos años, monarca de las Españas, nuestro Rey y señor natural! en cuyo Real nombre dicho señor Almirante tomó la posesión referida de este reino, que le intituló y nombró la Provincia de la Santísima Trinidad de las Californias… (11)

Finalizada la toma de posesión por parte de Atondo, enseguida el padre Kino efectuó otra ceremonia solemne por medio de la cual tomaba posesión del sitio para el obispado de Guadalajara, ya que anteriormente las Californias habían estado en disputa entre los obispados de Guadalajara y Durango. Dice esta segunda toma: En el puerto de Nuestra Señora de La Paz en cinco días del mes de abril… yo Eusebio Francisco Kino y Pedro Matías Goñi, religiosos de la Compañía de Jesús, en virtud de las licencias y facultades… que [otorgó] el ilustrísimo señor don Juan de Santiago de León Garabito, obispo de la ciudad de Guadalajara… tomamos posesión de este reino en este puerto de Nuestra Señora de La Paz, administrando los santos sacramentos con la licencia que para eso tenemos del dicho Ilustrísimo señor a quien todos reconocieron por su legítimo pastor y a nosotros dichos religiosos por sus tenientes vicarios y jueces eclesiásticos… (12)


Imagen 11. Bahía de La Paz, Baja California Sur. Atondo y Kino tomaron posesión de esta región, a nombre del rey de España, el primero de abril de 1683. Fotografía de Carlos Lazcano.

Nuestra Señora de Guadalupe de Californias

Los siguientes días y semanas fueron de mucha actividad. Por un lado la bahía de La Paz y sus alrededores fueron explorados con cuidado. Por otro, empezaron los trabajos para levantar el pequeño poblado que sería la base de todas las operaciones que esperaban realizar, así como el sitio de expansión de la evangelización en toda la California.

Para el levantamiento de este asentamiento, como ya lo dijimos, se escogió el palmar que estaba frente a la playa y permitía una excelente vista del mar. El amplio terreno de una loma fue desmontado y sobre él dio inicio la construcción de un fuerte así como de la iglesia y casas de enramada. Para ello fueron cortadas las palmas más altas, así como otro tipo de árboles de buena madera. La forma del fuerte era de media luna y sus dimensiones debieron ser modestas. Seguramente estas fueron construcciones sencillas, más bien provisionales, en lo que el establecimiento se consolidaba. Kino nos dice que es una fortificación que tiene su fosa alrededor y una buena trinchera de muy grandes y muy bien dispuestos trozos de palma. (13) La fortificación del asentamiento fue una medida preventiva, ya que sabían de la hostilidad de los guaicuras.

El capitán de la Balandra, Diego de la Parra, dio una descripción somera de este incipiente poblado:…viendo el real con siete o ocho bohíos dentro techados de palma y hecho un cerco de trozos de palma amarrados con cuero y una cruz en lo alto de un cerrito desmontado y tres pozos en el propio foso, hasta que fui al pozo que estaba debajo de las cuatro palmas, tapado por los lados con trozos de palma y descubierto por el medio que tenía muy linda agua; y más adentro, cosa de cinco o seis varas, otro que no era muy bueno… vide en el real dos huertos pequeños cercados de carrizos, con el maíz de más de un palmo de largo, y calabazas y chile y otras hierbas que iban ya naciendo… (14)


Imagen 12. Catedral de La Paz, ubicada muy cerca de donde estuviera la misión de Nuestra Señora de Guadalupe de Californias, el primer antecedente misionero en la bahía de La Paz. Foto de Carlos Lazcano.

También fueron iniciadas las labores agrícolas que les ayudarían en su sustento, sembrando maíz, melón, sandías, chile, calabaza y hasta unos tamarindos. En esos primeros días mucho les ayudó la pesca, ya que era abundante, así como la cacería, actividad que les permitía incluir en su dieta aves, venados y conejos.

Fue en estos días en que el padre Kino le puso el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe de Californias a este incipiente poblado, que él esperaba que en el futuro llegara a convertirse en una gran ciudad. (15) Como establecimiento misional llevaría el mismo nombre. Ya desde 1682, cuando el padre Kino había sido designado para misionar en California, tenía planes de darle este nombre a su primera misión. Así se lo comunicó a su amiga y protectora, la duquesa de Aveiro (16) en una carta que le envió desde Rosario, Sinaloa, en junio del citado año, cuando le dijo que la misión que vamos a fundar en las Californias, se ha de llamar, dando nuestro Señor su Gracia, Nuestra Señora de Guadalupe de las Californias. (17) De este modo puso Kino a la Virgen de Guadalupe como patrona de su proyecto misional. Esto deja ver que desde sus primeros tiempos en México, Kino se volvió un devoto de la Guadalupana, haciendo eco en esto a la religiosidad del pueblo mexicano que se volcaba hacia esta virgen de rasgos indígenas.

Seguramente el tema del nombre del poblado y misión lo habría tratado Kino con sus superiores y con el mismo Atondo, quienes estuvieron de acuerdo. Muy probablemente Kino habría celebrado una solemne misa en donde formalmente ponía la advocación de todo este proyecto a la Guadalupana, encomendándole su protección y dando gracias a Dios por el inicio de tan anhelado campo misional.

No deja de llamar la atención que este primer establecimiento misional de las Californias no sea mencionado por los historiadores, ya que suele darse el crédito de primera misión de las Californias a la de San Bruno, la que Kino establecería algunos meses después, unos 300 kilómetros al norte de la bahía de La Paz. El mismo Kino nos indica este hecho en una de sus cartas de agosto de 1683: El primero y, hasta ahora, único real (18) que fundamos en la grandísima isla de la California, le llamamos de Nuestra Señora de Guadalupe, que está junto al puerto y gran bahia de Nuestra Señora de La Paz… sea esta soberana Señora servida de acompañarnos en todo con sus celestiales dones y favores. (19)

También fue en esos días que Kino empezó a nombrar a las Californias como “Las Carolinas”. Algunas de sus cartas las firmaba en este Real de Nuestra Señora de Guadalupe, y de este puerto de La Paz de las Californias (o Carolinas). En todos los mapas que elaboró como resultado de sus registros en California, siempre puso California o Carolinas. Esta pretensión de cambiar el nombre de California se debió al apoyo que la expedición de Atondo recibió del rey de España Carlos II, el cual Kino quería se conservara y ampliara, de ahí el querer quedar bien con el monarca. Sin embargo, el nombre de “Carolinas” para la península nunca cuajó, y en cuanto Kino abandonó California, nunca más se le volvió a mencionar.

En esos días Atondo decidió enviar a la Capitana al puerto del Yaqui (20) para que trajera más bastimento, así como caballos y mulas que en ese momento no tenían y que les harían falta para efectuar exploraciones al interior de la tierra. Entre otras cosas el Almirante solicitó fueran enviadas aves de corral, marranos, vacas y ganado menor, con el fin de ir logrando la consolidación del poblado. Así, la Capitana fue carenada partiendo con el objetivo ya mencionado el día 25 de abril.

Los guaicuras

A la llegada de la expedición habitaban en la bahía de La Paz varios grupos de indios guaicura. Los expedicionarios tuvieron contacto con dos de ellos, el más importante fue con el grupo llamado callejúes, y el otro era el denominado coras. Ambos pertenecían al tronco lingüístico de los guaicura. Al respecto de los guaicura, Miguel del Barco nos dice lo siguiente: La lengua guaicura se hablaba casi por espacio de sesenta leguas (21) [desde la misión de La Paz] hasta Loreto, y en esta reducción… había un dialecto de la [lengua] guaicura. Había también otros tres dialectos de la guaicura que, según el nombre de sus naciones, se llamaban cora, uchitíe y aripe. (22)

Además, Barco nos señala que en la región de la bahía de La Paz: Las tres primeras nacioncillas [coras, uchitíes y aripes] tenían su asiento dentro del sur [del territorio guaicura], y se reducía cada una a una sola ranchería. La mayor de ellas era la de los uchitíes, los cuales confinaban con los pericúes… después se seguían los coras, que tenían su asiento hacia el sureste de La Paz. Poco más al norte, y en la misma orilla de la bahía de La Paz, por el lado del poniente, está el sitio de los aripes, ranchería menor que las dos primeras. (23)

Barco agrega que: Tres leguas distante de los aripes, y también en la orilla de la misma bahía de La Paz, había una ranchería de guaicuros de la misma lengua y dialecto que usan los demás guaicuros que habitan fuera del sur. Estos guaicuros de La Paz son los que llaman callejúes, nombre particular de su ranchería, y no de nación distinta de los guaicuros. En este sitio de los callejúes se estableció la primer misión del sur con la advocación de Nuestra Señora del Pilar de La Paz, (24) teniendo también a su cargo el misionero la reducción y administración espiritual de las ya dichas nacioncillas vecinas, aripes, coras y uchitíes… (25)

De estos informes se deduce que el pueblo o misión de Nuestra Señora de Guadalupe de Californias se estableció dentro del territorio de los callejúes, quienes hablaban la lengua guaicura más extensa dentro del territorio de esta etnia, el que, como ya vimos, iba desde la bahía de La Paz hasta un poco más al norte de Loreto. Igualmente los expedicionarios tuvieron contacto con el grupo de los cora.


Imagen 13. Grabado de un guaicura de la región de la bahía de La Paz, adjudicado a George Shelvocke. Shelvocke fue un corsario inglés que entre 1719 y 1722 le dio la vuelta al mundo atacando numerosas posesiones españolas, incluyendo Baja California. Visión muy parecida a esta debió haber tenido el padre Kino.

Los guaicuras eran seminómadas, al igual que todas las etnias de la Antigua California. Su nivel de subsistencia era muy elemental, tenían una cultura material muy sencilla, desconocían la cerámica y muchas de sus herramientas eran de piedra, hueso, madera o concha. Practicaban la pesca, caza y recolección, desconocían totalmente la agricultura. Se organizaban en pequeñas bandas que ocupaban cierto territorio y se iban moviendo según la disponibilidad de recursos. Los hombres siempre andaban desnudos y las mujeres solían cubrirse con una sencilla falda que iba desde la cintura hasta las rodillas.

Venegas nos dice que los guaicura eran bien formados y de talla corpulenta y bien hecha, el rostro no es desapacible, aunque le afean los untos con que a veces se embijan o pintan de colores, y los agujeros con que se horadan las orejas y narices. El color es algo más tostado y oscuro que el de los otros indios de Nueva España. También son por lo general robustos y de sana complexión. (26)

Clavigero también aporta buena información sobre los guaicuras: Los guaicuras se establecieron entre el paralelo 23º30’ y el de 26º… habitan de ordinario junto a alguna fuente, pero sin más techo que el cielo ni más cama que el suelo desnudo. Cuando calienta mucho el sol se guarecen debajo de los árboles, y en las noches frías se retiran a las cuevas de los montes… (27)

Sus actividades eran las de cazar, pescar y hacer guerras a sus vecinos. Utilizaban balsas, redes y horquillas para la pesca. La caza la hacían con dardos de madera, arcos y flechas, armas que también utilizaban para la guerra. Clavigero nos comenta que siendo…aún gentiles tenían frecuentes guerras, ya entre dos naciones diversas, ya entre dos o más tribus de una misma nación. El motivo solía ser alguna injuria hecha a un particular, o algún perjuicio causado a una tribu por haber ido otra a pescar, cazar o recoger fruta en los lugares frecuentados por la primera. (28)

Los primeros contactos entre españoles y guaicuras datan de 1533, cuando Fortún Jiménez fue el primer español en desembarcar en la bahía de La Paz. Desde esa primera fecha destaca el carácter belicoso de los guaicura, quienes atacaron a Fortún y su gente matando a la mayoría, incluido el jefe, debido a que accedieron al manantial de la bahía sin tener el permiso o acuerdo de los californios. Después de este encuentro hubo otros, y casi siempre fueron violentos, incluido el que tuviera Hernán Cortés, en 1535, durante el cual los guaicuras prácticamente sitiaron a los españoles, haciéndoles pasar muy malos ratos. (29)

Ya desde mucho antes de la expedición de Atondo, los pescadores de perlas, la mayoría de ellos clandestinos, hostilizaron frecuentemente a los guaicuras de La Paz, abusando de ellos y obligándolos a pescar perlas, por lo cual cuando Atondo desembarcó en la bahía, los guaicuras se encontraban predispuestos en contra de cualquier extraño que llegara. Sobre el abuso hacia los californios por parte de los perleros, el padre Juan Antonio Baltasar, en el libro Apostólicos afanes de la Compañía de Jesús en su Provincia de México, publicado en 1754, nos dice: Se discurre, no sin fundamento, que ni aún esta fiereza se les experimentara [a los californios], si no se les hubieran inconsideradamente irritado con inhumanos tratamientos, los que van a buscar perlas. Porque gente semejante, que por lo común no es la más devota, se ha propasado en tales excesos, que han exasperado los ánimos de aquellos pobres desvalidos indios, apartándoles con tan impío desorden de nuestra Santa Religión, y de su conversión tan solicitada a costa de tantas fatigas. Y para remediar daños tan considerables, se ha suplicado al Superior Real Ministerio, que enfrene la demasía de estos codisiosos inhumanos hombres. (30)

Cabe agregar que según Venegas la palabra, guaicuro, no es propia de aquella nación, sino que los isleños de la isla de San José [que son pericúes] dicen esa palabra de otra manera, guajoro, que quiere decir amigo, y oyéndola los buzos la corrompieron llamando guaicuros a los naturales de aquella costa. (31)

Los cora

Era un grupo indígena que habitaba hacia el suroeste de la bahía de La Paz. Tenían su propio dialecto guaicura. Los coras constaban de una sola ranchería, por lo que no eran muy numerosos. También eran mucho más pacíficos que los guaicura de la bahía, quizá por el hecho de que no confinaban con la zona de las playas, por lo cual no habían estado tan sujetos al abuso de los pescadores de perlas.

Por los testimonios de Kino y Atondo sabemos que los coras y otros grupos de guaicuras eran enemigos entre si, debido a la utilización de los recursos naturales de cada territorio. Cuando dichos recursos escaseaban, las distintas rancherías se veían obligadas a entrar en territorios de otras, lo cual era ocasión de violencias, que con el tiempo distanció a muchas de las rancherías vecinas volviéndolas enemigas.

Fue durante la segunda entrada por tierra, en mayo de 1683, que Atondo y el padre Goñi hacen los primeros contactos con los cora, encontrándolos bastante amigables y confiables. Pronto empezaron a frecuentar el Real de Nuestra Señora de Guadalupe, llegándose a quedar a dormir entre los soldados, (32) cosa que jamás ocurrió con los guaicura debido a sus recelos.

Tanto Atondo como Kino describen a los coras como muy mansos y afables y enemigos de los guaicuros… eran… pacíficos… y muy amigos de la nación española. (33) No nos dan una descripción física de ellos ya que seguramente eran muy parecidos a los guaicura. La amistad con este grupo fue muy importante ya que, cuando los guaicuras planearon su segundo ataque a Nuestra Señora de Guadalupe, invitaron a los Coras, quienes aparentaron aceptar pero lo que hicieron fue dar aviso a los españoles. (34)

Fue el padre Goñi quien empezó a aprender la lengua Cora, para ello emprendió el trabajo de hacer un vocabulario del que en nuestros días se desconoce su paradero. Al ser mucho menor el tiempo de contacto con los coras que con los guaicuras, el aprendizaje que se llegó a tener de su lengua debió ser muy limitado.


Mapa 4. Mapa del puerto de La Paz en las Descripciones Geographicas e Hydrographicas de Nicolás de Cardona, 1632. Biblioteca Nacional de España. En 1615 Cardona intentó establecerse en dicho puerto, fracasando. La visión que presenta de la bahía, debió ser muy cercana a la que tuvieron Atondo y Kino 68 años después.

Los primeros contactos

Durante los primeros días de la expedición los guaicuras no se dejaron ver. El contacto inicial ocurrió al momento de la construcción del fuerte. En eso estaban los españoles cuando escucharon una serie de gritos y alaridos que los puso en alerta. Observaron que se aproximaba un grupo de treinta y cinco guaicuras que venían alineados en forma de media luna; tenían el cuerpo pintado y estaban armados con arcos, flechas y dardos, exigiendo por señas a los expedicionarios que se fueran de la bahía. Igualmente por señas, el Almirante y sus capitanes les indicaron que se tranquilizaran, que no venían a hacer guerra, sino a tener amistad con ellos, pidiéndoles que pusieran sus armas en el suelo, lo cual ellos harían igual. Sin embargo los guaicuras no aceptaron.

Fue entonces que el padre Kino y el padre Goñi, de una manera cariñosa pero temeraria fueron hacia los indios ofreciéndoles comida y abalorios. Al principio los indios tuvieron mucha desconfianza y no querían aceptar los regalos, pero poco a poco fue desapareciendo el recelo, hasta que los padres lograron tranquilizar a los guaicuras, al grado que dejaron las armas y comieron con ellos. En reciprocidad, los guaicuras dieron a los misioneros mezcales tatemados buenos, redecillas muy bien hechas y plumas de pájaros que tenían en sus cabezas. También les obsequiaron carne de venado que era de los alimentos favoritos de los californios. El encuentro duró casi hasta el anochecer, en que se retiraron los guaicuras.

Dos días después llegó un grupo de 80 indios con muchas muestras de amistad, quienes se quedaron hasta el atardecer. En los siguientes días llegaron más grupos de indios, siempre con amistad, pero pronto empezaron a tomarse numerosas libertades, entre ellas, de una manera muy sutil, algunos robos. Ante esto, el Almirante decidió hacerles, de una manera amistosa, una demostración de la fuerza y potencia de las armas españolas comparada con la de los arcos y flechas que los guaicuras utilizaban. La demostración fue contundente y los guaicuras dejaron de tomarse tales libertades, pidiendo siempre permiso o preguntando ante lo que no sabían.

El desconocimiento de la lengua era una barrera que pronto los misioneros empezaron a superar. Al respecto comenta uno de los cronistas que los padres de la Compañía… deseosos de entender la lengua de los californios, andan con el tintero en la mano, en viniendo indios, oyendo sus palabras, asentando sus vocablos y notando sus pronunciaciones, para ir aprendiendo su idioma. Y el padre Eusebio Kino dice la van ya entendiendo, que es muy clara y que tiene todas las letras del abecedario, y que los naturales pronuncian muy claramente la nuestra… (35) De hecho no pasó mucho tiempo para que el padre Kino elaborara un pequeño vocabulario con quinientos términos de la lengua guaicura, (36) del cual se desconoce su paradero.

Sobre los guaicuras estos primeros misioneros comentaron que son… muy dóciles y afables y festivos y que sus muchachos juegan y se entretienen con los nuestros con tanta amistad y llaneza, como si se hubiesen criado entre ellos. (37) Kino, siendo un gran optimista, sobre todo con respecto a los nativos, agrega que estos indios me parecen los más dóciles, afables, risueños y joviales que tiene toda la América (38) y en una carta a su protectora, la duquesa de Aviero agrega que son de tan buenas prendas que parece, en ninguna otra parte del mundo, se pueden emplear mejor los muchos gastos reales y santos celos de la Europa, etc., que ahora en esta dilatadíssima California. (39) Desde luego, esta no fue la apreciación de los soldados, quienes veían en los guaicuras a enemigos en potencia. Al respecto de los guaicura Atondo observa que demuestra esta nación ser muy guerreros, según las señales de heridas. (40)

Como prueba de esa amistad y fácil acercamiento con los guaicuras, el padre Kino da el testimonio de la confianza que llegaron a tenerle algunos de ellos… un buen viejo de ellos se puso a contarles en su lengua, acompañada de señas, que daban bien a entender lo que decía, cómo él tenía 5 hijos y que e1 chiquito se le había, pocos días antes, muerto; y para explicar que lo había enterrado, hizo un hoyo en la tierra, y cogió un palito que representaba a su niño, y lo enterró. Con que se consoló de haber dado a entender su pena, y los padres se consolaron más de ver la familiaridad con que conversaban con ellos, porque, a este modo, contaban y decían otras cosas suyas que fuera largo referirlas. (41)

En una carta al padre Francisco Castro, (42) Kino nos obsequia con un resumen de su visión sobre los guaicura: Estos indios son de muy vivo y buen natural, de buena estatura, fuerzas y salud; muy alegres, risueños y joviales. Los hombres no usan de vestido ninguno si no es de un cupi (43) de plumas en la cabeza. Las mujeres usan de unos pellejos que les llegan desde los pechos hasta el suelo. Son de color algo más blanco que los indios de la Nueva España… su sustento de ellos es el marisco y otras frutas de la tierra, venados, conejos, pájaros, que los hay en abundancia… sus armas de los indios son arco y flecha con pedernal, sin ponzoña, que no la conocen… los más principales de ellos traen unas flautas de carrizo colgadas del pescuezo, pero no se sirven de ella sino cuando actualmente están peleando, y por eso tampoco no gustan de nuestra guitarra o arpapitos o flautas. Estiman en mucho los cuchillos y cualquier cosa de hierro, los coscates o abalorios y todo género de cuentas de cositas, o cintas coloradas. Recelan mucho sus mujeres y sus chiquillos. Su lengua, que no es muy dificultosa de aprender, tiene todas las letras del abecedario fuera de la s y la f; pero la aprenden y cortan lindamente la salutífera palabra Jesús y otras semejantes palabras de la lengua castellana, aunque tenga la s; y son muy curiosos en preguntarnos de cualquier cosa que ven, cómo se llama en nuestra lengua. (44) Casi todos estos tienen sus mujeres, y algunos, aunque pocos, más de una, y muchos hijos, y esto se entiende hablando solamente de los guaicuros más cercanos a este Puerto de La Paz, que es gente más belicosa. (45)

El reconocimiento de la tierra

Durante los primeros días en La Paz, los españoles estuvieron explorando la bahía tanto por tierra, por medio de cortos recorridos, como por mar por medio de lanchas. Una vez que la construcción del fuerte estuvo avanzada, Atondo empezó a efectuar varias entradas de mayor alcance en los alrededores de la zona, especialmente hacia la parte sur, con el fin de reconocer la región y ver la posibilidad de otros asentamientos. Estas primeras entradas tenían como objetivo buscar agua, es decir manantiales o arroyos permanentes, tierras con potencial para cultivar, y grupos o rancherías indígenas. Otro objetivo, aunque secundario, era ver la posible existencia de minas o minerales de atractivo económico. Las entradas fueron cortas, ya que en ese momento Atondo no disponía de caballos, y fueron hechas a pie. Precisamente, una de las razones por la que Atondo envió a la Almiranta al puerto del Yaqui, el 25 de abril, fue para traer caballos y poder hacer entradas de mayor penetración.

Uno de los objetivos más importantes de Atondo era el de cruzar por tierra hacia el Pacífico para localizar una ruta a la bahía Magdalena, ya que creían posible ahí fundar un asentamiento que pudiera dar apoyo al Galeón de Manila o Nao de China.

Para el primer recorrido a pie el Almirante envió a nueve soldados, quienes recorrieron alrededor de doce kilómetros. Aunque no encontraron indígenas, desde lo alto de un cerro pudieron observar algunas humaredas que supusieron eran de rancherías que estaban algo alejadas de la costa. Observaron lo árido del paisaje y cómo se abrían algunas llanuras. También notaron la presencia de fauna terrestre factible de ser cazada, como conejos y venados. Fueron varias las entradas cortas de este tipo.


Mapa 5. Exploraciones en los alrededores de la bahía de La Paz (abril-junio 1683). Diseño de José Luis García.

Entradas más formales, en las que participó el mismo Atondo, acompañado por un mayor número de soldados, así como de los misioneros, fueron cuatro. En la primera de ellas salió el Almirante Atondo y el capitán Francisco Pereda (capitán de la Almiranta) con 25 soldados, algunos peones para abrir camino, el padre Kino y fray José de Guijoa. Se fueron en dirección sureste de la bahía de La Paz debido a que era el rumbo por donde llegaban los guaicuras a visitarlos a Guadalupe, y desde luego, esperaban encontrar sus rancherías. Fueron alrededor de 30 kilómetros los que avanzaron, entre rodeos y pasos difíciles, ya que no estaban acostumbrados a los caminos de los californios. Venegas nos dice que: El fin principal de aquella entrada era acariciar a los indios y familiarizarse con ellos hasta conseguir que trajesen sus hijos al presidio de los soldados, para que pudiesen los padres misioneros con su frecuente comunicación aprender la lengua. Porque, aunque es verdad que venían los indios al real, pero siempre se habían portado con desconfianza y cautela, sin querer traer consigo a sus hijuelos y mujeres. (46)

El padre Venegas nos habla sobre el encuentro que se tuvo en esta entrada:… vieron en un llano las rancherías de los indios, que luego trataron de esconder a sus hijos y mujeres; y para lograrlo, hicieron que se adelantasen algunos a recibir a los españoles y entretenerlos, diciendo: que no estaba allí el aguaje, que retiradas ya las familias les mostraron después. Hicieron allí noche los nuestros, agasajando y acariciando a los indios, que no por eso dejaron las armas de las manos. Los nuestros tampoco olvidaron el orden que debían tener en tierra de enemigos; y al día siguiente se volvieron al real, viendo que era imposible penetrar más en la tierra por su aspereza y falta de aguajes y bastimentos. Sospechose que los indios hubieran acometido a los nuestros, si no hubieran temido a los que quedaban en La Paz. Dio motivo a esto la cautela que usaron al ver a los españoles en sus ranchos, porque enviaron secretamente doce de los más ligeros, con su capitán, a reconocer el presidio; los cuales fueron y volvieron en pocas horas con notable celeridad, sin que los echase menos el Almirante, ni otro alguno de su comitiva. (47)

En la segunda entrada participó el padre Goñi y fue de más trabajo debido a lo difícil del terreno. Tomaron el rumbo oriente y en una cañada tuvieron los primeros contactos con los indios cora, a quienes encontraron más amigables y confiados que los guaicura, y fue a partir de este contacto que empezaron a ir a Nuestra Señora de Guadalupe.

Al parecer fue la tercera entrada en la que más pudieron penetrar, ya que avanzaron unos treinta y cinco kilómetros en cuatro días. Sobre esta entrada Atondo nos dice que encontraron un pozo de agua manantial, y aunque ciento y cincuenta indios [guaicura], de arco y flecha, nos la quisieron embarazar, facilitó el remedio de nuestra necesidad darles a entender íbamos a pelear contra sus enemigos los coras, que estaban a la parte del poniente, a que los convidamos no nos quisieran seguir, pero logramos reconocer tres leguas más la tierra adentro. (48)

De la cuarta entrada nada dicen las crónicas, solo que se efectuó y que no fue la más larga ni la más fructífera.

Uno de los resultados de estas entradas fue, como nos lo dice Atondo, que en toda la [tierra] que descubrimos no se halló río con agua, ni tierras a propósito para sembrar, aunque rasas cuanto alcanzaba la vista, las cuales producen mezquites muy gruesos, otros árboles que llaman maotos, otros de copal, cardones y pitayas, de que están los campos vestidos. (49)

Al respecto Kino concluye…en las tres o cuatro entradas que por tierra hemos hecho al oriente, al sur y al poniente, hemos reconocido como seis o siete leguas de tierra, con dos o tres buenos aguajes; aunque la mayor parte de lo que vimos es monte, no faltan buenos manchones de buena tierra para sembrar, y no se duda que si, en viniendo los caballos, se entra mucho más adentro, se hallarán aún mejores llanadas, valles y quizá ríos, que hacia la contracosta se divisa una grandísima llanada, con arboleda verde aún ahora, en tiempo de seca… (50)

Las islas de la bahía de La Paz y alrededores también fueron exploradas. Kino nos informa que también en una de las islitas de esta gran bahía, hallamos una lindísima salina o laguna de sal. Tendrá la islita como dos leguas de box, (51) y la laguna de sal como un cuarto de legua de box. Se ha llamado esta isla la isla de Santo Tomás de la Laguna, (52) y desde el principio de su descubrimiento se ha dedicado al excelentísimo señor virrey don Tomás de la Laguna, (53) etc. Se puede de esta laguna sacar muchísima y muy linda sal para cargar muchos navíos en este puerto, y en toda esta gran bahía hay grandísima cantidad de muy buen pescado y se saca mucho, casi todos los días con el chinchorro y con los cordeles y anzuelos. (54)

Agrega Atondo que descubrieron alrededor de dicha isla cinco comederos de perlas que con no haber buzos sacaban a la bajamar conchas en que hallaban granos menudos pero de buen oriente, de que se discurre que si su Majestad envía buzos y ministro de confianza, recuperará para los grandes gastos de esta armada empresa y conversión. (55)

La evangelización

Como ya lo mencionamos, el objetivo más importante de esta expedición era iniciar la evangelización de los grupos indígenas de la Antigua California. Para esto, los jesuitas habían nombrado al padre Kino como superior de este proyecto misional.

Kino apenas había llegado a la Nueva España en 1681, y aunque su sueño era ser misionero en China, sus superiores lo embarcaron en la expedición de Atondo para que fuera misionero en California. Así, Kino se inició como misionero en la Antigua California, y no solo eso, Kino fue el primer misionero de las Californias.

Para su proyecto como misionero novato, Kino escogió como patrona a la Virgen de Guadalupe. No es ninguna casualidad, de esta manera Kino adoptaba a la Nueva España como su tierra, y que mejor que una virgen propia de esta nueva tierra. Él mismo nos dice que: Sea esta soberana Señora servida de acompañarnos en todo con sus celestiales dones y favores. (56) Todo esto lo hacía por el bien de aquellas almas de dicha California… pues, con el mismo amor quiero querer aquellas almas que a la mía. (57)

Cuando Kino llegó a California ya sabía de los métodos que empleaban los jesuitas en su labor de misioneros de frontera, por eso en los barcos se traía gran cantidad de ropa, abalorios y dijes, y cosas que en indios son poderosos atractivos para ganarlos para Dios y para el rey. Igualmente, con el fin de aprender la lengua de los nativos, Kino traía consigo un pequeño vocabulario que anteriormente habían preparado los padres Jacinto Cortés y Andrés Báez durante las entradas de Cestín de Cañas y Porter y Casante a California en 1642 y 1648. Sin embargo, este documento no les sirvió de nada, ya que al parecer se trataba de otra de las lenguas guaicuras que se hablaban en la bahía de La Paz, diferente a las que Kino conoció.

Durante los primeros días de la expedición, nadie logró ver algún indígena, lo que tenía consternados a los misioneros. Sabían que por ahí andaban, ya que había numerosas huellas de su presencia. Con el fin de atraerlos y para ver si había indios escondidos en la espesura del monte, dejaron algunas cosillas de comer, como maíz, bizcocho y cuentas y se volvieron, sin embargo el intento resultó infructuoso ya que los guaicura no se dieron por enterados.

El obsequio de alimentos era una de las maneras más eficaces de atraer a los indios, y esto les funcionó para finalmente tener contacto con el primer grupo que se les acercó cuando estaban construyendo el fuerte. Este grupo, compuesto por 35 guaicuras llegó exigiéndole a los españoles se fueran de sus tierras. Atondo intentó sin éxito tranquilizarlos. Quien si lo logró fueron Kino y Goñi, quienes vencieron el recelo acercándose sin desconfianza, y sin armas desde luego, obsequiando comida y abalorios a los indios. Unieron a esto palabras suaves y conciliadoras y con ello los tranquilizaron y consiguieron que dejaran sus armas y comieran de lo que les invitaban.

Pasados dos días regresó un grupo más grande, y según nos dice Kino, todos de paz y con muestras de muchísima amistad y llaneza. El misionero les mostró un Cristo crucificado y la imagen de la Virgen de Guadalupe, de quienes los guaicura no sabían nada. También les enseñó a hacer la señal de la cruz. Fueron estos los primeros pasos que dio Kino en la evangelización de los guaicura.

En los siguientes días los indios siguieron visitando el campamento y los misioneros vencieron buena parte de los recelos de los guaicuras, no todos, ya que no llevaban a sus hijos y esposas, pero si fue suficiente para iniciar el aprendizaje de la lengua con la elaboración de un vocabulario. Para los jesuitas el aprendizaje de las lenguas nativas siempre fue parte esencial de su metodología evangelizadora.

Como en esos días tocó la semana santa de 1683, los guaicura tuvieron la oportunidad de conocer las primeras misas y celebraciones religiosas de los españoles, a las cuales asistían con mucho respeto, e incluso todos ellos, en especial los muchachos, repiten con muy buena y distinta pronunciación, las oraciones, y se persignan con los padres, que los juntan y rezan con ellos, aunque no entienden lo que rezan; pero, como en las palabras de las oraciones está Dios, solo de proferirlas materialmente, como el apóstol de la India san Francisco Javier tenía observado, hacen operación en las almas, ablandan y enternecen el corazón; son como el fuego que, si se toca con las manos, aún sin verlo ni saberlo, calienta y enciende. (58) También refiere que cuando a mediodía, se toca la oración y la rezamos de rodillas, ellos también se ponen de rodillas.

Sabemos que Kino siempre fue un gran optimista y esta condición ya la manifiesta en estos sus primeros días como misionero de frontera. Así, a pesar de los recelos iniciales, para el 20 de abril, Kino escribía que confiamos que de aquí a pocos meses, podremos empezar a ir bautizando, pues estos indios me parecen los más dóciles, afables, risueños y joviales que tiene toda la América. (59) Incluso Kino menciona que ya había empezado a escribir un pequeño libro donde relataría el avance de la evangelización y daría en él noticias de los primeros bautismos. En los meses siguientes, mayo y junio, Kino y Goñi trabajaron en aprender la lengua de esta California, con agasajar a los naturales y instruirlos en algunas oraciones de nuestra santa fe. (60) Los misioneros querían ganarse la confianza de los indios, y para ello era indispensable aprender su lengua y tratarlos con mucha paciencia, cariño y comprensión. A diferencia de los soldados, que desconfiaban de todo, los misioneros estuvieron totalmente abiertos a los indios, demostrándoles un amor que solo se explica por la fe que tenían en su destino de misioneros, es decir fe en Dios, en Jesucristo. A diferencia de los soldados y colonos, que siempre tuvieron miedo de los indios, los misioneros demostraron una inmensa confianza en ellos, confianza que desde luego fue recíproca, pero que con su actitud, Atondo y sus hombres echaron a perder.

A los regalos que Kino y Goñi daban a los guaicura, maíz, coscates, cintas, listoncitos, navajitas, cuentas de vidrio, entre otros objetos, los guaicura correspondían con las cosas y comidas que más apreciaban, como pitayas, mezcales, carne de venado, plumas, entre otras cosas. Y desde luego, se prestaban para que los misioneros fueran elaborando un vocabulario, del cual llegaron a tener quinientas palabras, y dócilmente aprendían las oraciones que les eran enseñadas.

Una vez que el pequeño poblado de Nuestra Señora de Guadalupe de Californias fue terminado y fortificado, Atondo emprendió una entrada, acompañado por Kino, cuyo objetivo era acariciar a los indios y familiarizarse con ellos hasta conseguir que trajesen sus hijos al presidio de los soldados, para que pudiesen los padres misioneros con su frecuente comunicación aprender la lengua. Porque, aunque es verdad que venían los indios al real, pero siempre se habían portado con desconfianza y cautela, sin querer traer consigo a sus hijuelos y mujeres. (61)

Poco a poco los misioneros fueron teniendo avances: nos da muy buenas esperanzas la mucha docilidad y afabilidad de estos indios que estos días pasados llegaron con sus muchachitos a vivirse casi con nosotros, y durmieron de noche pegaditos a este nuestro fuerte o real; lo que, hasta ahora, nunca habían hecho. Y parece pronto vendrán con sus familias y chiquillos, y que de aquí, a unas semanas, podremos con el favor de su divina Majestad, empezar de los chiquillos a bautizar. (62)

Kino tenía prisa por evangelizar, ya que consideraba que el mejor bien que podría hacerle a los indios, era precisamente traerles la palabra de Dios, es decir, el Evangelio, y consideraba que con esto hacía un gran servicio a Dios; así, para nuestro misionero era prioritario aprender la lengua, y se dolía diciendo que: gran falta nos ha hecho y todavía nos hace un intérprete que si lo hubiéramos tenido, sin duda que ya hubiéramos negociado muchísimo, y tuviéramos ya muy muchos bautizados. (63)

Para junio de 1683, Kino y Goñi ya habían tenido algunos avances importantes, que de haber continuado sin lugar a dudas habrían vencido todos los recelos indígenas, sin embargo los soldados llegaron a ser un verdadero estorbo.

Kino informa al provincial Bernardo Pardo, (64) en agosto de 1683 que los guaicura habían dejado muchas cosas que… habíamos insinuado no nos parecían bien e iban ya rezando algunas cosas que les habíamos enseñado, como el bendito y alabado sea y se persignaban, y cuando a medio día rezábamos la oración de rodillas, ellos también se ponían de rodillas. Algunos ya vivían y dormían con nosotros con toda paz y amor, y nos tenían ya prometido de traernos cuanto antes sus familias y chiquillos, que de los chiquillos habíamos de empezar los bautismos. (65)

Contrasta enormemente la percepción que de los indios tenían los soldados y los misioneros. Para los primeros los gentiles de la nación guaicura siempre vinieron enemigos encubiertos. Para los misioneros eran almas que había que salvar, seres humanos con toda la dignidad de hijos de Dios, por lo cual los consideraban las mejores perlas de la California. Para ellos, la evangelización era el primer paso para dignificarlos e igualarlos con los españoles.

Comienzan los problemas

A pesar de la buena voluntad de los misioneros, de todo el empeño que pusieron para que la colonia fuera aceptada por los nativos, así como el proceso de evangelización, y de la confianza con que algunos indios trataron a los misioneros y soldados, lo cierto es que los guaicura nunca vieron con buenos ojos a quienes consideraban unos intrusos. Razones no les faltaban ya que habían sido no pocos los agravios que habían sufrido a manos de los perleros y otros navegantes.

Nunca les agradó el hecho de que fueran a establecerse permanentemente en la región y menos aún cuando se dieron cuenta de que estaban explorándola. Así nos lo confirma Atondo cuando dice que viendo los indios que andábamos reconociendo sus tierras, trataron con todas veras echarnos con la acostumbrada arrogancia, pues esta nación domina en el valor a las demás. (66)

Otra de las razones de enfado de los guaicuras, fue que desde que llegaron los expedicionarios, éstos se apoderaron del más importante manantial de la bahía, el cual era la fuente de agua de las rancherías de la región. Ya anteriormente este manantial había sido motivo de encuentros violentos entre nativos y españoles, con el resultado de varios muertos por parte de ambos bandos. Recordemos que cuando ocurrió el primer desembarco hispano en la bahía de La Paz, en 1533, por parte de Fortún Jiménez y sus hombres, éste y la mayoría de ellos fueron muertos por llegar al manantial principal de la bahía sin tener el acuerdo de los guaicura. Igualmente los guaicuras temían que los españoles se apoderaran de otros recursos que para ellos eran indispensables, como las pitayas y los mezcales.


Imagen 14. Atondo y Kino iniciaron la exploración de todos los alrededores de la bahía de La Paz, incluyendo sus islas y sierras cercanas, con el fin de ubicar sus grupos indígenas y sitios para nuevas fundaciones. Fotografía de Carlos Lazcano.

Por esto, no es de extrañar que desde el primer encuentro que tuvieron los guaicuras con los expedicionarios de Atondo, se les exigiera a estos últimos se fueran de la bahía. Y fue persistente, a lo largo de las siguientes semanas y meses esta exigencia, la que eventualmente llegó a provocar enfrentamientos violentos. Venegas comenta que… aunque los indios guaicuros venían al real de los españoles y recibían lo que les daban, pero siempre vivían recelosos de ellos, y algunas veces venían a decir a los españoles que se fuesen de sus tierras y los dejasen en su libertad. Y para más obligarlos a ello, procuraban intimidarlos, diciéndoles por señas que los de su nación estaban en ánimo de juntarse y venir a matarlos si no se iban de allí. (67) Este acoso por parte de los guaicura incluyó que de vez en cuando flecharan algunos de los carneros que tenían los españoles en sus corrales.

Poco a poco se empezó a vivir con cierta tensión, lo que fue dando lugar a desencuentros. Sin embargo, el hecho que alteró mucho más a los guaicuras se desató por una serie de incidentes. El 17 de mayo desapareció un mulato, Juan de Zavala, que era grumete de la expedición. Esta persona había cometido algunas faltas y… temeroso del castigo que le amenazaba, quiso comprar su libertad con una buena perla que tenía. Ofreciola al capitán de un barco porque le diese una canoa, y él, codicioso, se la vendió sin darle cuenta al Almirante. En ella se huyó el delincuente, y atravesando el mar a todo riesgo, se puso a la otra banda. (68)

Atondo y los suyos creyeron que el grumete había huido con los guaicuras, o que había sido raptado por ellos. Así, les ofreció algunas recompensas si les era devuelto. Sin embargo, los indios cora le informaron falsamente que el grumete había sido asesinado, por lo que mandó prender a uno de los más importantes capitanes guaicuras, a quien tuvo como rehén, exigiendo le fuera devuelto el grumete. Venegas nos comenta la actitud de los guaicuras: Esta prisión alteró mucho a los guaicuros, y así venían a menudo muchas cuadrillas de ellos a pedir libertad de su capitán, y juntamente a decir a los españoles que se fuesen de sus tierras. Pero como ni uno ni otro conseguían, mostrábanse insolentes y amenazaban a los españoles que los matarían a todos, porque aunque sus armas eran de mucha resistencia contra las flechas, pero ellos excedían mucho en número a los soldados y los oprimirían sin darles lugar a manejar sus armas contra ellos. (69)

Estas tensiones y amenazas finalmente se concretaron en un primer ataque a Nuestra Señora de Guadalupe, el cual ocurrió el seis de junio de 1683. En esa fecha 150 guaicuras, al mando de dos capitanes, uno de ellos llamado Pablo, rodearon el pequeño poblado. Venegas nos relata lo que ocurrió:… [los guaicuras] divididos en dos escuadras, vinieron el día seis de junio y acometieron las trincheras de los soldados, diciéndoles que se fuesen luego o los matarían. Dio orden el Almirante [Atondo] que resistiesen el ímpetu de la escuadra más avanzada con un pedrero. (70) Y lo hubieran ejecutado con muerte de muchos, si al ir a dispararlo no advirtieron que estaba el Almirante [Atondo] fuera de las trincheras, por haber salido a resistir la segunda escuadra, lo cual consiguió tan felizmente que solo con darle unos gritos al capitán de ella [de la escuadra guaicura], lo intimidó a él y a los suyos de modo que desistieron de su intento y se volvieron a sus ranchos. (71)

Y aunque el objetivo de los guaicuras se frustró, siguieron yendo a Guadalupe, siempre con recelo y con las exigencias de que los españoles se fueran. Las amenazas y provocaciones continuaron, flechando chivos e incluso atacando con dardos de vez en cuando a soldados descuidados, varios de ellos casi mueren. Como Atondo prefería ser prudente ante estas provocaciones, muchos de los guaicura pensaban que los españoles les tenían miedo. Y en realidad esto llegó a ocurrir poco a poco.

El miedo

Los guaicura planearon un segundo ataque para principios de julio, y para ello invitaron a los coras para que se les unieran. Estos aparentaron unirse, pero en realidad dieron aviso a Atondo sobre el ataque que se preparaba, lo que le dio oportunidad de organizar la defensa. Y es que, por un lado, los coras y los guaicura siempre fueron enemigos naturales, y por otra, la relación entre coras y españoles siempre fue buena, ya que los coras nunca fueron agraviados en entradas anteriores y además eran menos agresivos y más dóciles.

Cuando Atondo organizó la expedición a las Californias, no siempre encontró a las personas más adecuadas, sobre todo que tuvieran la disciplina y la actitud para ser soldados y enfrentar enemigos desconocidos. Esto se hizo evidente cuando la mayor parte de los expedicionarios empezaron a tener miedo ante las amenazas y provocaciones de los californios. Los guaicuras no siempre se dejaron amedrentar por las armas de los españoles, y aunque se dieron cuenta de la superioridad de estas armas, dirigieron sus amenazas en el sentido de que ellos eran muchos más que los hispanos, y simplemente les podrían ganar por la fuerza de su mayor número. Esto se lo creyeron muchos de los soldados y el miedo se fue apoderando de ellos, y más después del primer ataque y de la amenaza de un segundo ataque. Esta situación llegó a niveles de cobardía, como nos lo comenta Venegas: El Almirante mandó doblar los centinelas, poner un pedrero por el lado que solían bajar los indios y que estuviesen prevenidos los nuestros; pero halló en estos tanto caimiento y congoja que pudo bien conocer, que no llevaba consigo muchos de aquellos hombres animosos y endurecidos en los trabajos, que sujetaron en otro tiempo la América. Fue extraña la consternación en todo el real; y por más que el Almirante, el capitán y los padres animaron a la gente, no se oyó otra cosa, que alaridos y llantos como si todos fuesen otras tantas víctimas destinadas sin remedio al furor de los indios. El Almirante se vio más embarazado con esta infame cobardía de su tropa, que pudiera con ejércitos de californios. (72)

Es decir, los “soldados” de Atondo ya estaban derrotados desde antes de que empezara el ataque.

La Junta de Guerra

Con el fin de encontrar soluciones a la situación que rápidamente se estaba complicando, y planear la defensa ante el ataque anunciado, Atondo convocó a una “Junta de Guerra”, la que se llevó a cabo el 29 de junio de 1683.

Ante la tardanza del regreso de la nave Capitana, que había salido desde el 25 de abril para buscar bastimento y caballos que ya urgían, Atondo propuso que saliera la Almiranta a la costa de Sinaloa para buscar otro bastimento y que regresara a más tardar en quince días, y que si llegara a toparse con la Capitana la trajera a La Paz.

Los soldados no aceptaron esta propuesta y le pidieron a Atondo que si en veinte días no llegaba la Capitana, se abandonara la bahía de La Paz. A este respecto Kino comentó que en la junta de guerra que acerca del despacho que de esta Almiranta hubo, pareció no gustaban los señores soldados de quedarse sin tener a la vista algún navío; por tanto hubo alguna diferencia de pareceres acompañada de algún género de disgusto, también, por la falta de los bastimentos que se va teniendo. Y con esto, no se determinó que fuera la Almiranta a Sinaloa. (73)

Uno de los disgustos que menciona Kino fue que en esta Junta, el capitán don Francisco de Pereda, capitán de la Almiranta, renunció al cargo que tenía de “Cabo y Caudillo de la empresa”, es decir, era el segundo de a bordo, sin embargo, Atondo no le aceptó la renuncia. Aunque desconocemos las razones por las que quiso renunciar el capitán Pereda, muy posiblemente haya sido por las tensiones y miedos que ya se estaban acumulando, dejándose influir por los crecientes temores de la tropa.

Solo unos pocos soldados, junto con los padres Kino y Goñi, apoyaron a Atondo, quien manifestó que si fuera necesario se quedaría con ellos únicamente para continuar la empresa, aun en el caso que la Capitana y la Balandra se hubieran perdido. A pesar de esto, la tensión y los problemas siguieron creciendo, y junto con ello el miedo de los soldados.

La traición

El día del anunciado ataque, que fue el tres de julio, aparecieron frente al fuerte 19 guaicuras principales. Atrás de ellos, y escondidos entre el monte, se encontraba el resto de los atacantes, esperando alguna señal de sus líderes. Al principio, los españoles creyeron que este grupo venía a provocarlos para que salieran. Atondo dejó que los 19 se acercaran y los invitó a comer pozole, lo cual aceptaron ya que era frecuente este tipo de convites que mucho les gustaba. Así, Atondo mandó ponerles, fuera del fuerte desde luego, dos grandes ollas de pozole, y empezaron a comer tranquilamente.

Cuando estaban en eso, totalmente descuidados, Atondo mandó disparar sobre ellos un pedrero, con lo cual mató a diez de estos capitanes guaicura. Los sobrevivientes huyeron despavoridos, siguiéndolos el resto que estaba entre los montes. Con esta acción traicionera Atondo pretendía que se tranquilizaran sus gentes, pero lejos de eso su miedo se transformó en pánico. Así nos lo refiere Venegas: Permitió Dios o dispuso, que esta mala aconsejada resolución del Almirante o de los de su escuadra, se volviese contra él y cayese sobre su cabeza; porque lejos de sosegarse la consternación de la gente del real, con el destrozo de los inocentes indios, creció hasta ser una especie de terror pánico, con que los más se persuadían que vendrían sobre ellos todas las naciones de California, para hacerlos pedazos y vengar las muertes. (74)

La versión oficial

Cuando Atondo informa al virrey sobre estos hechos, oculta la traición cometida:… por el poco valor que mostraban los nuestros determiné evitar ejecutasen su traición [los guaicuras] dándoles una rociada. Antes que nos avanzasen hice doblar las centinelas y el día señalado venían simulados, dejándose ver de dos en dos los capitanes y más principales hasta diez y nueve, quedándose los demás en el monte emboscados… cuando reconocí estaban juntos los de mayor suposición, mandé disparar un pedrero y algunos arcabuces, de que cayeron diez. Y desde el navío miraban los que iban heridos cayendo y levantando y los muchos que iban huyendo de la emboscada por el ruido de la carga, y al mismo tiempo dispararon algunas flechas que metieron dentro de nuestra trinchera. (75)

Venegas en su manuscrito Empresas apostólicas hace ver este ocultamiento: Así se refiere este suceso en una relación manuscrita de aquel tiempo, en que parece tiraron a disminuir, y aún a cohonestar, el hecho atroz del Almirante. Pero de otras cartas y relaciones, y especialmente de un memorial del padre Juan María [Salvatierra], que lo sabía mejor por relación del padre Eusebio Kino, consta que sucedió de otra manera. (76)

Cuando el texto de Venegas fue editado por Burriel, únicamente se presentó la versión oficial, es decir, la de Atondo.

Consecuencias

Una de las consecuencias de la traición de Atondo fue que durante muchos años no se pudo lograr la evangelización de los guaicuras de la bahía de La Paz. Venegas comenta que: Esta traición que usó el Almirante fue un agravio tan sensible para los guaicuros, que por muchos años conservaron muy vivo el sentimiento, y en adelante no consentían buzos ni forasteros en sus orillas, antes al verlos venir se ponían en arma para no dejarlos llegar a tierra. Fue también este un grande impedimento para que abrazasen la fe católica, aún después de introducida ésta en otras naciones. Porque por espacio de veinte y cuatro años se resistieron obstinados, hasta que por el año de mil setecientos y veinte se debió el triunfo de su reducción a la fe y al celo del venerable padre Juan de Ugarte… (77)

El abandono

Ante esta situación de pánico, el día seis de julio los soldados le suplicaron por escrito a Atondo el abandono de la bahía de La Paz. Muchas cosas aducían, entre ellas lo estéril de la tierra, el desconocimiento del número de indígenas, la actitud agresiva y provocadora de ellos, el rapto y asesinato del grumete (aún desconocían que había huido), la falta de bastimentos y el que hasta esa fecha nada sabían de la Capitana, que desde el 25 de abril había salido en busca de ellos. Además estaba el hecho del ataque sufrido y de que día y noche tenían que estar alertas, montando guardias permanentes. También mencionaban que de nada había servido tratarlos bien o con prudencia, ya que darles todo tipo de obsequios y comida no disminuía su actitud agresiva.

Por todo esto solicitaban a Atondo…se sirva de mandar que toda la gente que se halla en este Real [Nuestra Señora de Guadalupe de Californias], se embarque en la nao Almiranta, que está surta en este puerto [bahía de La Paz], y que vayamos recorriendo las costas de esta tierra y hagamos alto en el puerto de San Bernabé San Lucas [Cabo San Lucas], u otro cualquiera que se echare de ver ser de conveniencia, para desde allí poder despachar la nao Almiranta a la costa de la Nueva España por algún socorro que podrá ser con la ayuda de Dios y que se logre a lo que venimos, que es reducirlos a nuestra Santa Fe Católica y extender su santo Evangelio. (78)

Aunque Atondo, con la ayuda de los misioneros, intentó persuadir a sus gentes del inconveniente del abandono, y de lo poco honorable de su actitud, no lo logró y temiendo pudiera haber un motín, finalmente cedió. Venegas nos dice: Procuró el Almirante sosegarlos con motivos de pundonor, poniéndoles a la vista por una parte su propio descrédito, pues pondrían grave nota en su nombre y en su valor si se decía de ellos que habían desistido cobardes de aquella empresa, por temor de unos indios desnudos que no sabían manejar más armas que unas flechas. Por otra parte alegándoles la lealtad que debían a su rey como vasallos… ellos voluntariamente se habían ofrecido a servirle con sus personas, incurrirían la infame nota de menos leales a su rey, cuanto más tuviesen de temerosos. Pero como la cobardía no sabe sujetarse a las leyes del pundonor, insistían tercos aquellos medrosos soldados en su demanda. Y como quienes no tenían razón sólida que alegar en su abono, mudaban medio en sus argumentos, porque dejando las leyes de la honra, apelaban a las leyes de la vida alegando que ya los bastimentos se acababan, que la Capitana, que había ido a traer nueva provisión, tardaba mucho, que la pesca que antes se sustentaban se había impedido ya por temor a los indios, que no había quedado ya más bastimento que un poco de maíz y frijol, y que en acabándose ese perecerían todos de hambre en tierra de enemigos. No pudo el Almirante sosegar con razones a los que tanto había dominado el miedo y la pasión… y temeroso de mayor mal en la sublevación de su gente, determinó condescender con ella, desamparando el puerto de La Paz. Salió de él a los catorce de julio. Más por la esperanza que tenía de que ya presto vendría la Capitana proveída de bastimentos, dio orden al piloto para que navegase poco a poco, deteniéndose en aquellas islas cuanto pudiese, porque tenía la intención de volverse otra vez al puerto de La Paz si con tiempo llegaba el socorro esperado de la Capitana. (79)

A todos tenía desconcertado el hecho de que no apareciera la Capitana, ya que, como dijimos, había salido desde el 25 de abril hacia el puerto Yaqui en busca de bastimentos y caballos. En esos momentos ellos no podían saber los problemas que tuvo esta nave con los vientos contrarios, por lo que no le fue posible llegar a la bahía de La Paz. Al momento de partir la Capitana, Atondo le pidió a su capitán que no tardaran en volver más de cuarenta días, y ya para entonces llevaba esta embarcación más de 80 días sin ser vista, por lo que a falta de nuevos bastimentos tuvieron que racionar la comida, y aunque en las primeras semanas de su llegada, completaron su dieta con pesca y caza, ya desde junio el temor que tenían a los guaicura les impedía o limitaba el salir a estas actividades. Los soldados se sentían sitiados.


Mapa 6. Movimiento de la Balandra y la Capitana durante el intento de ocupar la bahía de La Paz, 1683. Diseño de José Luis García.

Antes de abandonar California Atondo intentó convencerlos nuevamente de que la Almiranta saliera en busca de la Capitana, pero otra vez fue rechazado el ofrecimiento, ya que sin navío a la vista la gente se sentía totalmente desprotegida. Así, de una manera casi subrepticia, abandonaron la bahía de La Paz la noche del catorce de julio de 1683. Eran 84 hombres los que abordaron la Almiranta. Se había dado un fracaso más en la larga cadena de intentos por colonizar y evangelizar California.

La Balandra y la Almiranta

Desde principios de julio de 1683, la Balandra llegó a la bahía de La Paz, y la estuvo explorando. No fue sino hasta el día 19, cuatro días después de la salida de Atondo, que su capitán Diego de la Parra desembarcó y encontró abandonado el incipiente poblado de Nuestra Señora de Guadalupe de Californias. De la Parra siguió buscando a Atondo en la parte sur de la península, pero nunca lo encontró. Ante el amotinamiento de sus hombres regresó a Mazatlán y no volvió a encontrarse con Atondo. Recordemos que cuando inició la expedición, partiendo Atondo de Chacala en enero de 1683, la Balandra se quedó a esperar a más hombres, y así salió hasta diez días después siguiendo a Atondo. De ahí fue un rosario de desgracias y contratiempos que le impidieron continuar a California hasta el primero de julio. (80)

Por su parte la Capitana nunca volvió a la bahía de La Paz porque, una vez surtida de provisiones, ganado y caballos en el puerto del Yaqui al dar vuelta para las Californias tuvo grandes contratiempos del mar alterado, y de los vientos enfurecidos y contrarios. Tres veces se vio obligado a arribar a Yaqui después de haber andado a vista de California sin poder tomar tierra, guaresciéndose en las islas cercanas. Padeció entretanto muchas tormentas y peligros de zozobrar, mucha falta de agua y muerte de los ganados, hasta que habiendo arribado la tercera vez a Yaqui, tuvo noticia de que el Almirante había pasado al puerto de San Lucas… determinó ir a buscarlo allá. (81) Hacia fines de agosto de 1683 la Capitana finalmente se reunió con la Almiranta en el puerto de San Lucas, Sinaloa.

Regreso a Sinaloa

Cuando los expedicionarios abandonaron la bahía de La Paz, los primeros días estuvieron navegando en sus alrededores. Tenían la esperanza de que llegara alguna de las naves perdidas, pero no fue así. En realidad, fue mala suerte que no hayan visto a la Balandra, que andaba muy cerca, dentro de la bahía, buscando el Real de Guadalupe. Perdida la esperanza cruzaron el mar de Cortés y finalmente el 21 de julio anclaron en el puerto de San Lucas, Sinaloa, en la bahía de Agiobampo, al norte del río Fuerte.

Reflexiones de Kino

Mientras se hacían preparativos para efectuar una nueva entrada, y estando en San Lucas, Sinaloa, Kino escribe al padre Provincial Bernardo Pardo un interesante informe en donde hace una serie de reflexiones y recomendaciones en base a la experiencia tenida con los guaicuras y coras de la bahía de La Paz, así como con los soldados. En primer lugar pide que manden que esta conquista se procure hacer con paz y amor y no con demasiado rigor de armas, pues con los rigores se huyen los indios y se retiran y desamparan en los montes, cuando con La Paz y agasajo y caridad cristiana acudirán muchísimas almas a hacer cuanto les enseñáremos y quisiéremos… veo en algo atrasada esta nuestra conquista, por esta falta de La Paz… (82)

Más adelante hace ver la falta de armonía que había entre los soldados, la que finalmente tuvo consecuencias adversas para la expedición: Lo que sí me parece será muy necesario, es el procurar que haiga paz, concordia, contento y gusto entre los señores españoles soldados y marineros con su cabeza, que aquí lo es el señor Almirante, y también entre ellos mismos, que por falta de estas cosas sucederá no se tenga tampoco paz con los indios, cosa hora en los principios parece ser muy necesaria. (83)

A pesar de este descalabro Kino no se desanima y le dice al padre Pardo: No obstante tengo buenas esperanzas se ha de proseguir con bien esta conquista y conversión de tantas almas, pues aunque no pasan de quinientos indios los que nos han venido a ver en diferentes ocasiones, pero son muchos más los que todavía no nos han venido a ver… confío que a mediado el mes que viene, y quizá más presto, pasaremos a proseguir con la conquista y conversión de las almas de la California. (84)

Y es que para entonces ya se tenían planes de hacer una nueva entrada, ahora en Cabo San Lucas:…los coras, que son más mansos y muy amigos de la nación española, son de un grandísimo número de gentío y almas. En el puerto de San Bernabé o Cabo San Lucas hay también mucha gente, en otras alturas de esta grandísima isla de las Californias y en otras islas menores que están en la costa y contracosta. Y en la tierra adentro hay una infinidad de almas que con el favor del cielo, confío se han de agregar en pocos años al gremio de nuestra Santa Madre Iglesia. (85)

En una carta enviada al padre Jesuita Francisco Castro, hace ver la riqueza perlífera de la bahía, y de cómo esta podría, en parte, ayudar a financiar el proyecto de evangelización; [Los guaicura] nos vienen a ver muy a menudo a este real de Nuestra Señora de Guadalupe, trayéndonos regalos de pitahayas, mescales, y una vez también unas perlitas, que ellos no las estiman mucho ni hacen mucho caso de ellas, ni se aplican a pescarlas, aunque verdaderamente las hay, y muchas y de buen oriente en toda esta bahía. Y se han sacado muchas de ellas que son más de doscientas las que han dado de limosna a la Virgen Santísima, y muchas más son las que tienen algunas personas. Y aunque es verdad que, quitadas unas pocas que han salido de muy buen porte, mayores que garbanzos, las demás son casi todas muy pequeñas; pero, si su Majestad, o el señor Virrey, o sus ministros, envían buzos que sepan bucear en cinco, seis, ocho y diez brazas de agua, no hay duda que se sacarán grandes rentas reales; que las que estos dos meses aquí han sacado han sido de las conchas que hay en la orilla del mar y en poco agua. (86)

Cosmógrafo Real

Recordemos que Kino no solo participaba en esta expedición como misionero, también estaba como cosmógrafo Real, es decir, había sido designado directamente por el rey. Por ello debía tomar una serie de medidas astronómicas y topográficas con el fin de elaborar mapas exactos de las regiones exploradas y evangelizadas. Kino era un excelente matemático, por lo cual estaba capacitado para esta labor, que llevó a cabo con muy buenos resultados.

Su primer trabajo en este sentido fue tomar las coordenadas de la bahía de La Paz, cuya boca ubicó en el paralelo de 24 grados con 55 minutos norte. La playa donde desembarcaron, muy cercana a donde ubicaron la misión de Nuestra Señora de Guadalupe de Californias, hoy en el centro de la ciudad de La Paz, la ubicó hacia los 24 grados con 10 minutos, (87) el cual resultó ser bastante preciso, ya que en nuestros días al centro de La Paz se le ubica hacia los 24 grados con 9.703 minutos.

Kino tomó numerosas medidas geográficas con su astrolabio, y así para fines de 1683 pudo delinear su primer mapa californiano (mapa 8). Este cubre la vertiente del mar de Cortés entre los paralelos 24 y 28, detallando las regiones entre la bahía de La Paz, al sur, y la región de San Bruno, al norte, en donde finalmente continuaron el intento de evangelizar California. A la península, al igual que al mar de Cortés los nombra Californias o Carolinas.

En este mapa aparece completa la bahía de La Paz con sus islas circundantes, dentro de la provincia que Atondo nombró de La Trinidad. En la parte este de la bahía, en la península que desemboca en el canal de San Lorenzo, Kino registra, de norte a sur, el puerto de San Francisco Javier, que parece corresponder a la hoy bahía Balandra, al norte de la ciudad de La Paz. Enseguida está una pequeña isla que nombró Gaviotas y que corresponde a la pequeña isla que hoy está frente a la Punta Gaviotas, es decir, es un nombre que sabemos que cuando menos se ha conservado desde los tiempos de Kino, sino es que desde antes. Inmediato se encuentra el puerto de San Ignacio de Loyola, frente a la isla de la Salina. Dicho puerto corresponde al actual Pichilingue y la isla fue transformada en la península de San Juan Nepomuceno. Aunque Kino anotó en este mapa a dicha isla con el nombre de la Salina, en sus textos menciona que le puso el nombre de Santo Tomás de la Laguna.


Mapa 7. Abandono de la bahía de La Paz (en la Almiranta), julio de 1683. Diseño de José Luis García.

En la parte sur de la bahía Kino registra el puerto de La Paz, en donde ubica el Real de Nuestra Señora de Guadalupe, más o menos donde hoy se localiza la ciudad de La Paz. En la parte sur del puerto registra el aguaje de San Juan de Dios, otra de las fuentes de agua de que dispusieron los expedicionarios de Atondo. En la parte oeste de la bahía de La Paz el único punto que registra en su costa es el que llama Las Ánimas, que conserva su nombre hasta nuestros días y se encuentra al norte de la ciudad de La Paz, más allá de San Juan de la Costa.

Además, Kino registra las islas circundantes más importantes como la isla San José, la Espíritu Santo y la Cerralvo, todas ya con estos nombres. Junto a la Isla San José ubica la pequeña isla San Francisco, aunque no le pone nombre. La isla Espíritu Santo la registra como una sola, uniéndola con la isla Partida. Junto a la isla Espíritu Santo registra la isla La Galera, hoy conocida como isla Ballena.

Al sureste del Real de Nuestra Señora de Guadalupe, Kino ubica una pequeña sierra que lleva el nombre Pico Cigueña. Sin lugar a dudas esta sierrita corresponde a las pequeñas sierras al sureste de La Paz que se desprenden de la sierra de La Laguna, ubicada más al sur. Entre estas se encuentran la del Novillo, el Chivato, la Pintada y la Palmillosa. En la esquina sureste del mapa Kino ubica un cabo de Porfía, que podría ser la actual Punta Arena, o quizá cabo Pulmo, pero no queda muy claro ya que justo ahí termina el mapa.


Mapa 8. Detalle del mapa Delineación de la nueva provincia de San Andrés, del puerto de La Paz y de las islas circunvecinas de las Californias o Carolinas, elaborado por Kino en diciembre de 1683. Archivo General de Indias.


Mapa 9. Detalle del mapa de Kino Delinea tío nova et vera partís australes novia mexica como austral parte insola California sea culo priori ab hispanos detecta elaborado en 1685 y publicado en el Atlas Novus de Heinrich Scherer en 1703. Se aprecia la ubicación del Real de Nuestra Señora de Guadalupe.

El mapa va describiendo la costa hasta llegar a la región de San Bruno, pero de esta parte hablaremos más adelante. El título del mapa es Delineación de la Nueva Provincia de San Andrés del Puerto de La Paz y de las islas circunvecinas de las Californias o Carolinas. (88)

Kino también registra los territorios indígenas. En la región al oeste de la bahía de La Paz ubica a los tibiries, seguramente grupos guaicuras, y llama la atención porque en sus textos nunca menciona este nombre. En la parte sur y suroeste registra a los guaicura y en toda la parte este a los coras, que como sabemos, era otra rama de los guaicura. Desde sus primeros mapas Kino deja ver que lo más importante de la geografía no son las costas, o las montañas o los ríos, sino los hombres que en ellos viven. Por eso al revisar la importante producción cartográfica de Kino, veremos que los nombres de los grupos indígenas van en mayúsculas y a veces en colores. Ahí hay seres humanos a los que amar y atender.

En 1685 Kino elaboró otro mapa del sur peninsular, en donde incluyó igualmente la región de La Paz, aunque sin el detalle del mapa de 1683 (mapa 9). Vuelve a ubicar el Real de Nuestra Señora de Guadalupe. En este mapa a la región que llamó Pico de la Cigüeña, aquí la nombra como Sierra del Carmelo. Posteriormente Nuestra Señora de Guadalupe aparece en unos pocos mapas, hasta que finalmente deja de figurar.

Epílogo

Después del abandono de la bahía de La Paz, pasarían 37 años para que se lograra establecer una misión ahí. En los siguientes años continuaron llegando los pescadores de perlas, quienes con sus abusos y vejaciones más indispusieron a los guaicura. Incluso hubo varios perleros que llegaron a esclavizar a algunos guaicuras.


Imagen 15. Siguiendo los pasos de Kino. Para llevar a cabo este estudio, seguimos las rutas de Kino en California, tanto a pie como en mula. Foto de Enrique de Velasco.

En 1716 el padre Juan María Salvatierra intentó convencer a los guaicuras de establecer una misión, pero éstos ni siquiera quisieron escucharlo. Al establecerla esperaban proteger a los guaicura de los abusos de los perleros, sin embargo los agravios eran muchos. Para 1719 el padre Clemente Guillén, quien explorara extensamente el territorio de los guaicura, escribió acerca de los indios de La Paz:

[Son]…completamente incontrolables, son los más feroces y airados a causa de la crueldad de Atondo... como resultado de esta entrada [la de Atondo] algunos de estos nativos llegaron a ser obstinados, rebeldes y reacios hacia los españoles, a causa de la cruel acción del Almirante, quien había amontonado y dejado una cantidad de maíz en la orilla, que traía a bordo de sus barcos. Cuando los indios se apresuraron a recoger el grano, disparó un pedrero y una piececita de artillería causando un gran número de muertos entre los nativos. La masacre dio lugar a un terror hacia los españoles que fue heredado de padres a hijos… (89)

Finalmente vencieron la resistencia de los guaicura los padres Juan de Ugarte y Jaime Bravo, quienes el tres de noviembre de 1720 fundaron la misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz Airipí, la que no duró mucho tiempo, ya que en 1734 fue saqueada y destruida totalmente durante la revuelta de los pericú, en la que también participaron los guaicura. Aunque la misión fue reinstalada en 1736, ya nunca se recuperó y solo ocasionalmente se le utilizó. Finalmente fue abandonada por los misioneros en 1748, debido al ocaso de su población indígena por las epidemias.

Con el tiempo, la primer misión fundada por Kino y primer misión de las Californias, Nuestra Señora de Guadalupe de Californias se olvidó. Y se olvidó al grado que los historiadores modernos que más han trabajado la etapa misional californiana tampoco le dan su crédito, como Burrus, Mathes, León Portilla, entre otros.

Quizá fue olvidada por su duración tan corta, escasos tres meses, de abril a principios de julio de 1683. Además esa corta duración representó un fracaso deshonroso para los militares, sobre todo para Atondo, quien con más ganas quiso olvidarla. La posterior continuación de esta entrada y el establecimiento de San Bruno, en octubre de 1683, fue lo que más ayudó al olvido, ya que San Bruno, aunque también fue un fracaso, tuvo una duración más larga, un poco más de un año y medio, y no estuvo rodeado por la deshonra, ya que algo aprendió al respecto Atondo, quien logró una mejor selección de sus hombres. Además, cuando se retomó el proyecto misional por parte de Salvatierra, fue básicamente la experiencia de San Bruno la que se aprovechó. De hecho Salvatierra retomó el proyecto justo donde lo dejara Kino.

En sus últimos años Kino ya no menciona a esta misión por su nombre, solo la recuerda como la experiencia misional de “unos meses en el puerto y bahía de Nuestra Señora de La Paz”. (90) Y aunque breve, la experiencia tuvo sus consecuencias, como ya lo mencionamos en el caso de los guaicura.

6- Isidro de Atondo y Antillón (1639- ¿?). Nació en Valtierra, Navarra, España. Militar y religioso. Inició su carrera militar en 1658, dentro del ejército de Galicia, participando en varias batallas. Posteriormente se alistó en el ejército español y en 1663 estuvo en la flota del duque de Veragua. Llegó a la Nueva España en 1669. Debido al proyecto californiano de la corona, en 1676 fue nombrado gobernador de Sinaloa y en 1679 Almirante de Las Californias. Ese mismo año empezó a construir un astillero para hacer las naves para la expedición a California.

7- Pedro Matías Goñi (1647-1712). Nació en Viana, Navarra, España. Fue ordenado sacerdote jesuita en Logroño, España. Participó, junto con el padre Kino, en el intento de evangelizar California durante la entrada de Atondo, 1683-1685. Posteriormente fue superior del real Colegio de San Ildefonso, en la ciudad de México donde murió en 1712.

8- Sobre la problemática de estos preparativos ver: Gabriel Gómez Padilla (2008), En la “Isla” más grande del Orbe, Tomo II de la Biografía documental de Eusebio Francisco Kino, Instituto Sonorense de Cultura, Hermosillo.

9- Michael Mathes (1974), Californiana III: documentos para la historia de la transformación colonizadora de California (1679-1686), tomo II, Colección Chimalistac de Libros y Documentos acerca de la Nueva España núm. 37, Ediciones José Porrúa Turanzas, Madrid, pp. 507-509.

10- Mathes [9]: 507-509.

11- Mathes [9]: 286-288.

12- Mathes [9]: 65-66.

13- Ernest, J. Burrus (1964), Kino escribe a la duquesa: correspondencia del p. Eusebio Francisco Kino con la duquesa de Aveiro y otros documentos, Madrid, Ediciones José Porrúa Turanzas, p. 203.

14- Mathes [9]: 322-323.

15- Este asentamiento se considera como la tercera vez que fue fundada la ciudad de La Paz. La primera fue realizada por Hernán Cortés el tres de mayo de 1535 cuando estableció el puerto de Santa Cruz. La segunda por Sebastián Vizcaíno en 1596, quien le dio a la bahía su actual nombre de La Paz. La cuarta fundación fue realizada por los misioneros jesuitas Juan de Ugarte y Jaime Bravo el 4 de noviembre de 1720, cuando dieron inicio a la misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz Airipí. La quinta fue por el soldado José Espinoza, en 1811, de la cual parte la actual ciudad de La Paz. Pablo L. Martínez (2013), Efemérides californianas: 1500-1900, Gobierno del Estado de Baja California Sur, Archivo Histórico Pablo L. Martínez, La Paz, p. 32.

16- María de Guadalupe de Lencastre, sexta duquesa de Aveiro, duquesa de Arcos y Maqueda (1630-1715). Nació en Azeitao, Portugal. Pertenecía a la más alta nobleza portuguesa. Vivió muchos años en España y en 1665 se casó con el duque español, don Manuel Ponce de León. Tuvieron tres hijos. Por cuestiones políticas entre Portugal y España, este matrimonio se disolvió. A la duquesa se le llegó a conocer como “la Madre de las Misiones”, ya que gracias a su inmensa fortuna financió numerosas misiones en los territorios de Portugal y España, principalmente en China, India, Filipinas, México, Perú y las Marianas, incluso apoyó intentos de evangelizar en Japón. Durante casi medio siglo benefició a muchos misioneros, entre ellos a Kino. Burrus [13]: 21-27.

17- Burrus [13]: 182.

18- El término “real” es de las muchas palabras castellanas de origen árabe que significa “sitio donde está acampado un ejército”, nada tiene que ver con el término “rey” o “realeza”. El término árabe original es “aryal” que significa “gran conjunto de bestias, ejército”. El hecho de que en los campamentos se encontrara a veces el rey, motivó que a esta palabra se le asociara popularmente con el monarca. En la Nueva España se empleó mucho el término de “Real de Minas”, en franca alusión a la presencia de autoridades reales en un yacimiento mineral, o por extensión a donde hubiera algún destacamento de soldados.

19- Burrus [13]: 213.

20- Puerto del Yaqui. Se trataba de un pequeño puerto natural, localizado en la región de la desembocadura del río Yaqui, cercano a la antigua misión de Belem, no lejos del pueblo yaqui de Vicam. Durante la expedición de Atondo fue utilizado como punto de aprovisionamiento.

21- Se refiere a una legua castellana, que en la España del siglo XVIII equivalía a 4195 metros. Se definía por la distancia que regularmente se recorría a pie en una hora.

22- Miguel del Barco (1988), Historia natural y crónica de la Antigua California, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, p. 441.

23- Barco [22]: 173-174.

24- Se refiere a la fundación de la misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz Airipí, establecida por los jesuitas Juan de Ugarte y Jaime Bravo el 20 de noviembre de 1720.

25- Barco [22]: 174.

26- Miguel Venegas (1979), Obras californianas del padre Miguel Venegas, S.J., La Paz, Universidad Autónoma de Baja California Sur, tomo I, p. 68. Esta edición consta de cinco tomos que se irán citando en numeración romana.

27- Francisco Xavier Clavigero (1986), Historia de la Antigua o Baja California, México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia, p. 57.

28- Clavigero [27]: 67.

29- Sobre este tema véase: Carlos Lazcano Sahagún (2006), La bahía de Santa Cruz: Cortés en California, 1535-1536, Ensenada, colección Navegantes de la California núm. 2, Fundación Barca, Museo de Historia de Ensenada,.

30- Juan Antonio Baltasar (1996), Apostólicos afanes de la Compañía de Jesús en su Provincia de México, México, Centro Francés de Estudios Mexicanos y Centroamericanos, Instituto Nacional Indigenista, p. 385.

31- Venegas [26] IV: 37.

32- Venegas [26] IVI: 36-38.

33- Mathes [9]: 328-333.

34- Venegas [26] I: 225-226 y [26] IV: 40, # 120.

35- Burrus [13]: 233-272.

36- Mathes [9]: 328-333.

37- Burrus [13]: 233-272.

38- Burrus [13]: 191-196.

39- Burrus [13]: 214-217.

40- Mathes [9]: pp.253.

41- Burrus [13]: 233-272.

42- Francisco de Castro, gran poeta e intelectual jesuita. Nació en Madrid, España, en 1619. En 1622 pasó a la Nueva España, en donde permaneció el resto de su vida. En 1642 ingresó en la Compañía de Jesús, trabajando muchos años en las misiones de Sinaloa. Pronto destacó por su erudición, con un gran talento para la poesía, sobresaliendo su composición “La Octava Maravilla”, publicada en 1729. Fue un gran amigo del padre Kino y de varios intelectuales novohispanos, como Sor Juana Inés de la Cruz y Singüenza y Góngora, entre los más distinguidos. Se encuentra entre los mejores poetas jesuitas y novohispanos. Murió en la Ciudad de México en 1687. Sobre este personaje véase: Francisco de Castro, La octava maravilla, edición y comentarios de Alberto Pérez-Amador Adam, Colección Biblioteca Americana, México, Fondo de Cultura Económica, , 2012, pp. 35-40.

43- Mechón.

44- Burrus [13]: 201-211.

45- Mathes [9]: 328-333.

46- Venegas [26] IV: 37, # 112.

47- Venegas [26] I: 222-223.

48- Mathes [9]: 253.

49- Mathes [9]: 253.

50- Burrus [13]: 205.

51- Perímetro.

52- Parece tratarse de la pequeña isla San Juan Nepomuceno localizada 16 kilómetros al norte de La Paz, muy cerca de la playa Pichilingue. Tiene una extensión de 2 400 m de largo por 612 de ancho. Su costa oeste es escarpada y en la parte sur tiene playas arenosas; ahí se localiza una laguna salada.

53- En ese tiempo el virrey era don Tomás Antonio de la Cerda y Aragón, conde de Paredes de Nava y marqués de la Laguna de Canero Viejo, quien gobernó entre 1680 y 1686.

54- Burrus [13]: 205-206.

55- Mathes [9]: 254.

56- Burrus [13]: 215.

57- Burrus [13]: 217.

58- Burrus [13]: 262.

59- Burrus [13]: 196.

60- Burrus [13]: 202-203.

61- Venegas [26] IV: 37, # 112.

62- Burrus [13]: 204-205.

63- Burrus [13]: 208.

64- Bernardo Pardo fue provincial de los jesuitas del 20 de septiembre de 1680 al 11 de septiembre de 1683. Pensaba destinar a Kino a la Tarahumara, como compañero de Tomás Revell, pero cambió de opinión cuando Atondo le pidió un cosmógrafo para su expedición. Murió en 1686, cuando Kino luchaba por salvar la misión de California. Véase: Zambrano, el tomo XI del Diccionario Bio-Bibliográfico de la Compañía de Jesús en México, pp. 66-97.

65- Mathes [9]: 329-330.

66- Mathes [9]: 254.

67- Venegas [26] IV: 38, # 115.

68- Venegas [26] IV: 38, # 118.

69- Venegas [26] IV: 39, # 119.

70- Pedrero. Se trata un pequeño cañón de unos 75 centímetros de longitud que disparaba proyectiles de piedra. Tanto en plazas como en los buques, estaba montado sobre una horquilla de hierro, cuyos extremos o puntas remataban en unos anillos en donde se apoyaban los muñones de la pieza.

71- Venegas [26] IV: 38, # 116.

72- Venegas [26] I: 226.

73- Burrus [13]: 208-209.

74- Venegas [26] I: 227.

75- Mathes [9]: 255.

76- Venegas [26] IV: 40, # 123.

77- Venegas [26] IV: 40-41, # 123-124.

78- Mathes [9]: 297.

79- Venegas [26] IV: 41, # 125-126.

80- Sobre los contratiempos de la Balandra, véase: Bolton [3]: 182-183.

81- Venegas [26] IV: 41, # 127.

82- Mathes [9]: 329-330.

83- Mathes [9]: 331.

84- Mathes [9]: 330-333.

85- Mathes [9]: 330.

86- Burrus [13]: 204.

87- Burrus [13]: 192.

88- Véase: Ernest J. Burrus (1965), Kino and the Cartography of Northwestern New Spain, Arizona Pioneers Historical Society, Tucson. Placa V entre las páginas 36 y 37.

89- Esta cita del diario de Guillén de su entrada de 1719, se tomó de: James Arraj (2015), Una expedición a la Nación Guaycura en las Californias, La Paz, Instituto Sudcaliforniano de Cultura, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, p.19.

90- Eusebio Francisco Kino (1989), Las misiones de Sonora y Arizona: Favores celestiales y relación diaria de la entrada al noroeste, México, Editorial Porrúa, p. 341.

Documentos 1-16
Documento 1

Junio 3 de 1682

Kino escribe a la Duquesa, informándole que se le envía a las Californias, y de que la primera misión que funden tendrá el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe. (91)

Pax Christi Iesu

Excelentísima señora Duquesa de Aveiro y Arcos, etc.

Alegraréme muy mucho que esta carta, con las que aquí van, hallen a su Excelencia con la complida salud que, con todas veras, le suplico y deseo. La mía, gracias a Dios, está muy buena, y muy a las órdenes de su Excelencia.

He escrito a su Excelencia de las Canarias, de Puerto Rico y de México. Nuestro Señor sea servido que mis cartas hayan llegado a Madrid. Mis superiores, y el mismo señor Virrey, y el señor Obispo de Guadalajara, me envían a la nueva conquista y nuevas misiones del gran reino de las Californias, que según mi parecer, es la mayor isla que tiene el orbe.

Al padre Baltasar de Mansilla le debo muchas gracias por las diligencias que hizo para poderme enviar a la gran China, misión que yo, tantos años a, la deseé tanto. Pero tengo por cierto que es disposición divina que vaya a las Californias, y así, hágase su santísima voluntad del que siempre sabe mejor todo lo que más conviene. Confieso que voy con grandísimo consuelo.

Estos días pasados díjome el señor Obispo de Guadalajara que, luego que sepa que en las Californias empezamos a conquistar y convertir almas y poblar, ha de pasar en persona a visitar y a ayudarnos en la pesca, pues él se escribe y es Obispo de las Californias, y a mí me ha hecho merced de darme sus vezes.

Y cuando hicimos mención de su Excelencia y de las mercedes que en Cádiz me ha hecho con sus cartas en lo tocante al cometa, misiones, etc., me preguntó si su Excelencia no me había dado recados y memorias para su ilustrísima y reverendísima, y le respondí que no habérmelas dado su Excelencia fue porque ni su Excelencia ni yo, sabíamos o suponíamos que yo había de llegar a Guadalajara. Y me pidió que, si a su Excelencia le escribiera, le dijera de su parte muy muchas memorias y encomiendas, lo que hago con el mejor modo que puedo, y quisiera hacerlo con los primores que corresponden a un tan apostólico y celosísimo prelado.

En México, pocos días antes de que saliera de dicha ciudad, escribí un librito del cometa del año pasado, y dejé ochenta, y después otros veinte (en todo 100) de aquellos libritos al padre Francisco de Castro, que, con el cuidado del padre Joseph Vidal, los remitiera a su Excelencia a Madrid, para que los pudiera dejar repartir entre sus señores de España, Portugal y en donde más gustare su Excelencia, que estuve para dedicárselo, pero, etc. Alegraréme mucho hayan llegado a las manos de V. Excelencia, y si han llegado o llegan suplico me haga el favor de enviar media docena de ellos a Sevilla, al padre Pedro de los Escuderos, de nuestra Compañía, y otra media docena a Roma, al padre asistente de España, que le escribiré los reparta entre los conocidos de Roma. Su Excelencia me perdonará la llaneza y el enfado.

El compendio de este librito y otras cosas tocantes a lo que me ha ido sucediendo desde que escribí, con la ocasión de la flota y del estado en que estamos, podrá V. Excelencia sacar de la carta que aquí va al padre Wolfango Leimberer, que suplico que, después de haberla leído, se envíe al padre Carlos Noyelle a Roma, con el dibujo del curso del cometa, para que me haga el favor que le pido de remitirla a Alemania.

En cualquiera parte de las Indias que, con el favor de Dios me hallare, siempre estoy muy a las órdenes y con continuas memorias de su Excelencia, de mi señor don Joachin, de mi señor don Gabriel, y de mi señora doña Isabel, particularmente en las misas prometidas del día de San Francisco Javier y de la Inmaculada Limpia Concepción de Nuestra Señora. Yo por mi parte me encomiendo a las muy fervorosas y santas oraciones de vuestra Excelencia […] en pro de la salvación del prójimo, etc.

Dios Nuestro Señor me guarde a V. Excelencia y a toda su sagrada familia de Nuestra Señora de Guadalupe, con la mucha vida y prosperidad y aumentos de dones celestiales que, con todas veras, le suplico y deseo.

Deste Real de Nuestra Señora del Rosario, y junio 3 de 1682 años.

Muy siervo y menor capellán de V. E. que s. m. b.

Eusebio Francisco Kino

P.D.- La ciudad que, con el favor de Dios y la Virgen santísima, de aquí a tres, a cuatro o cinco meses vamos a fundar en las Californias, se ha de llamar, dando nuestro Señor su Gracia, la ciudad de Nuestra Señora de Guadalupe de las Californias.

91- Huntington Librery (en adelante HL), Biblioteca Americana, documento número 9997. Publicado en Burrus [13]: 177-182.

Documento 2

Noviembre 3 de 1682 (92)

Kino escribe a la Duquesa informándole de la salida hacia las Californias

Excelentísima señora Duquesa de Abeyro

Aquí con ésta van los cien libritos del cometa de los dos años pasados 1680 y 1681, que juzgo ser aquel mismo que este año de 1682 vimos y pasó por las otras quatro cassas astronómicas, como parte sacará V. Excelenza de una larga que le escribí quatro meses a, y parte lo escribiré mañana con el favor de su divina Magestad en otra carta más larga que esta.

A 28 de otubre deste año de 1682 salimos con la Capitana, Almiranta y Balandra a este Mar del Sur, y a 3 de noviembre en siete días de feliz aunque algo prolija navegación, llegamos a este puerto de Chacala, que está en 21 grados 35 min. De altitud del polo ártico o latitud geográfica, en la cercanía de la ciudad de Compostela.

Aquí hacemos los bastimentos para seis meses de navegación, aunque con buen viento podemos pasar de aquí a las Californias [en pocos días]; que muy mucho y muchíssimo las encomiendo a las santas oraciones de V. Excelencia y a su santa Mariana y angelical familia: Gabriel, Joachín y Isabel, que su divina bondad y infinita liberalidad la felicite los muy felices muchos años que, con todas las fuerzas de mi alma y por el amor de Jesucristo que murió por nosotros, le suplico y deseo.

Deste puerto de Chacala, y noviembre 3 de 1682.

Muy siervo de V. Excelencia, Eusebio Francisco Kino.

92- HL 9975. Burrus [13]: 184-185.

Documento 3

Puerto de La Paz, abril 1 de 1683

Proclama de Atondo sobre el trato que se dará a los indios de California y concesión sobre las riquezas de la tierra (93)

El señor Almirante don Isidro de Atondo y Antillón, cabo superior de esta Real Armada que por cuenta de su Majestad, y a costa de su Real Hacienda, ha hecho viaje a este reino de la California donde, mediante Dios, espera entrar y fundar y establecer en él el santo Evangelio, por ser este el principal motivo a que su Majestad le envía.

Dijo que por cuanto su Majestad, que Dios guarde muchos años y conserve en mayores reinos y señoríos con tan católico celo nacido de su gran magnificencia, ha gastado gran suma de su Hacienda Real para fabricar esta armada y todos los demás aprestos de ella; y juntamente se entregó a su merced la cantidad de ropa y otras cosas que ha embarcado en estas fragatas para que en nombre de su Majestad se reparta gratuitamente entre los naturales de dicho reino de la California, donde al presente se halla dado fondo a fin solo de agasajar dichos naturales y atraerlos y reducirlos al gremio de nuestra Santa Madre Iglesia y obediencia a su Majestad, sin esperanza de otro retorno salvo el que ellos de su libre y espontanea voluntad dieren en agradecimiento, lo cual siendo oro, plata, perlas o ámbar, u otra cosa de valor, se meta en la caja de tres llaves que para este efecto va prevenida en esta Capitana y se guarde en ella como Hacienda Real, en remuneración de lo mucho que su Majestad tiene gastado de sus Reales haberes, como dicho es, y para poder conseguir la reducción y conversión de dichos naturales y tomar posesión, en nombre de su Majestad, de dicho reino y de todo lo que le pertenezca.

Su merced manda a todos los oficiales, soldados, marineros y grumetes, de los que en esta armada navegan, que por ningún pretexto ni manera alguna, hagan la menor vejación a ninguno de los naturales de dicho reino de Californias so pena de la vida que se ejecutará inviolablemente en el que esta orden quebrantare en cualquier cosa de lo que en él se contiene, ni tampoco les quiten a dichos naturales ninguna cosa de lo que tuvieren so color de cambio que les obligue a formar queja, pues se tienen grandísimas experiencias de que los indios de la nación tepeguana, por solo quitarles una gallina se levantaron y costó su pacificación mucha sangre y a su Majestad mucho de sus Reales haberes, y en esta dicha California el viaje de Sebastián Vizcaíno, que echó gente en tierra y uno de los que desembarcaron quitó a un indio una perla [lo que] obligó a dichos naturales a que se alborotaran y a que tomasen sus lanchas a toda prisa con mucho riesgo de las vidas de todos pues mataron diez y ocho españoles y algunos escaparon a nado; y porque hay muchos ejemplares de los indios gentiles que se levantan por solo quitarles un tecomata, gamuza u otra cosa de muy poco valor.

Y así mismo ninguno sea osado de entrar en sus casas o ranchos sin su consentimiento, porque no los motive a formar queja que habiéndola se ejecutará la dicha pena en los que lo contrario hicieren para que dichos naturales se quieten y queden contentos y se logre la intención de servir a ambas majestades en empresa de tan de su servicio.

Y así mismo se hace notorio a todos los que van en esta armada, de cualquier calidad y condición que sean, como su Majestad hace dueños de las riquezas de oro, plata, ámbar o perlas que cada uno por su buena industria buenamente consiga, como no sea por algún género de ruindad, pagándole a su Majestad su real quinto. También dicho señor Almirante ofrece en nombre de su Majestad a todos los que en esta empresa se ocuparen, las mercedes, honras y privilegios que correspondan al mérito de su trabajo.

Y para que ninguno de los que están en esta armada peque de ignorancia y llegue a noticia de todos lo contenido en este bando, su merced mandaba y mandó que el presente asunto, a son de cajas y a voz de pregonero, lo publique en las partes y lugares que convenga y lo asiente por auto para que en todo tiempo conste y así lo mando y firmo, que es a bordo de esta Capitana, nombrada la Limpia Concepción de Nuestra Señora, surta en este puerto de La Paz que llaman.

En primero de abril de mil seiscientos y ochenta y tres años.

Don Isidro de Atondo y Antillón

93- Archivo General de Indias (en adelante AGI), M 56. Mathes [9]: 507-509.

Documento 4

Abril 5 de 1683

Toma de posesión del puerto de La Paz por parte de Atondo (94)

En el puerto que llaman de La Paz, reino de la California, a cinco días del mes de abril de mil seiscientos y ochenta y tres años, el señor Almirante don Isidro de Atondo y Antillón, cabo superior de la Armada Real que esta surta en este puerto y de dicho reino por su Majestad dijo:

Que el jueves que se contó primero de este presente mes de abril, fue Dios servido de que se llegase a dar fondo en este dicho puerto con la Capitana, nombrada la Limpia Concepción de Nuestra Señora, y la Almiranta nombrada San José y San Francisco Xavier, habiendo salido del puerto de Chacala, a diez y siete de enero pasado de este presente año, y siendo corta la travesía que hay de la Nueva España a esta, pues muchos dicen que no hay más de treinta y cinco a cuarenta leguas de travesía de una parte a otra, se dilató tanto tiempo el viaje por ser los vientos y las corrientes contrarias que obligaron a tanta dilación el viaje y que en dos de abril su merced en compañía de los muy reverendos padres Eusebio Francisco Kino y Pedro Matías Goñi, de la sagrada Compañía de Jesús, y fray Joseph Guijosa, religioso profeso de San Juan de Dios, y de los capitanes de mar y guerra don Francisco de Pereda y Arce y don Blas de Guzmán y Córdoba, y el alférez Martín de Verástegui, y veinte y cuatro soldados, todos con sus armas prevenidos y amunicionados. Saltaron en tierra y todos juntos dieron gracias a Dios y vieron en ella un pocito de agua dulce que tenía poco agua, el cual, por orden de dicho Almirante se hizo ahondar y alegrar de modo que mana agua suficiente para la gente que hay, y un palmar que tendrá como hasta doscientas palmas, de las cuales dicho señor Almirante mandó cortar una y que se labrase de ella una santa cruz y se pusiese sobre un cerrito que está como un tiro de arcabuz de la orilla del mar, como en efecto se puso, por parecer tierra habitable.

Y en virtud de la facultad que la Santa Sede Apostólica tiene concedida a los católicos monarcas de España, por el año de mil seiscientos y cuarenta y cinco, para que puedan agregar a su Real Corona, conquistar y adquirir las provincias bárbaras y gentiles del occidente en la América, y sus vasallos en su Real nombre tomar posesión de ellas.

Habiendo prevenido la infantería para hacer la salva a este acto en cinco de dicho mes de abril, saltó su merced dicho señor Almirante en tierra, con toda la gente arriba mencionada, toda la infantería. El alférez Martín de Verástegui, que es uno de los dos que vienen a esta función, traía en la mano un estandarte de carmesí colorado, pintada y bordada por él un lado la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, y por el otro lado de dicho estandarte grabadas y bordadas las armas reales de su Majestad, que Dios guarde muchos años. Y estando dichos capitanes y toda la infantería con las armas y dicho alférez con el estandarte en la mano, a la seña que dicho señor Almirante hizo, dispararon la arcabucería y dicho alférez tremoló tres veces el dicho estandarte diciendo generalmente y repitiendo muchas veces ¡Viva don Carlos II, que Dios guarde muchos años, monarca de las Españas, nuestro Rey y Señor natural! En cuyo Real nombre dicho señor Almirante tomó la posesión referida de este reino, que le intituló y nombró la Provincia de la Santísima Trinidad de las Californias, para honra y gloria suya que aya de con su infinito poder a que se asiente en dichas provincias la santa fe católica y se traiga a la luz del Evangelio a las bárbaras naciones que viven en ella en la oscuridad de su ignorancia, repitiendo tres veces este acto con dicho estandarte, arcabucería y alegres voces, repitiendo todos ¡Viva, viva don Carlos II, que Dios guarde muchos años, monarca de las Españas, nuestro Rey y Señor natural! Y en señal de todo lo referido, dispuso dicho señor Almirante se pusiese dicho estandarte a la sombra de una palma y allí se plantase el cuerpo de guardia, nombrando a este paraje el Puerto de Nuestra Señora de La Paz.

Y para que siempre conste a su Majestad, y al excelentísimo señor Virrey y Capitán General de la Nueva España, en su Real nombre, según la obligación que dicho señor Almirante tiene hecha de dar cuenta de las facciones y diligencias que fuere obrando en esta dicha provincia, mandó a el presente escribano hiciese este dicho auto inserto en el testimonio del todo lo arriba mencionado, como en efecto, yo el presente escribano certifico y doy fe pasó según y cómo va mencionado, para que siempre conste. Y lo firmó dicho señor Almirante con dichos reverendos padres, capitanes, alférez, sargentos, cabos de escuadra, que se hallaron presentes a este acto.

Fechado en este dicho puerto a cinco días del mes de abril de mil seiscientos y ochenta y tres años.

Don Isidro de Atondo y Antillón, padre Eusebio Francisco Kino de la Compañía de Jesús, Pedro Matías Goñi de la Compañía de Jesús, fray Joseph Guijosa de nuestro padre San Juan de Dios, Martín de Verástegui, don Francisco de Pereda y Arce, don Blas de Guzmán y Córdoba, don Lorenzo Fernández y Lescano, Juan de Acosta, don Francisco de Osores, Juan Valdés, Pedro Álvarez.

94- AGI M 56. Mathes [9]: 286-288.

Documento 5

Abril 5 de 1683

Auto sobre la toma de posesión de California, por parte del padre Kino (95)

En el puerto de Nuestra Señora de La Paz en cinco días del mes de abril de mil y seiscientos y ochenta y tres años. Yo Eusebio Francisco Kino y Pedro Matías Goñi, religiosos de la Compañía de Jesús, en virtud de las licencias y facultades que como consta de un instrumento que el ilustrísimo señor don Juan de Santiago de León Garabito, obispo de la ciudad de Guadalajara, Nuevo Reino de la Nueva Galicia, León, provincias del Nayarit, California y Coahuila, del Consejo de su Majestad, nos remitió al puerto de Chacala al tiempo que en nombre de su Majestad don Carlos II, nuestro Rey y Señor, que Dios guarde, tomó posesión de este reino de las Californias el señor Almirante don Isidro de Atondo y Antillón, cabo superior de esta armada, tomamos posesión de este reino en este puerto de Nuestra Señora de La Paz, administrando los santos sacramentos con la licencia que para eso tenemos del dicho Ilustrísimo señor a quien todos reconocieron por su legítimo pastor y a nosotros dichos religiosos por sus tenientes vicarios y jueces eclesiásticos, atendiendo al derecho que su Ilustrísima tiene a estas islas por haber venido en tiempos pasados y tomado posesión el licenciado Diego de la Nava, clérigo presbítero que fue de dicho obispado de la ciudad de Guadalajara.

Y para que conste en todo tiempo y no se defraude el derecho que tiene dicho Obispo a estas islas, dimos este testimonio de la posesión, tomada al padre Eusebio Francisco Kino y padre Pedro Matías Goñi, religiosos de la dicha Compañía, y lo firmaron y fueron testigos el capitán de mar y guerra don Francisco de Pereda y Arce y el capitán Mateo Andrés y el alférez Martín de Verástegui.

Eusebio Francisco Kino, de la Compañía de Jesús

Pedro Matías Goñi, de la Compañía de Jesús

Don Francisco de Pereda y Arce

Mateo Andrés

Martín de Verástegui

95- AGI G 58. Mathes [9]: 65-66.

Documento 6

Abril 22 de 1683

Relación puntual de la entrada que han hecho los españoles, Almirante don Isidro de Atondo y Antillón, en la grande isla de la California, este año de 1683 a 31 de marzo, sacada de carta de dicho Almirante de 20, y del P. Eusebio Francisco Kino, de la Compañía de Jesús, de 22 de abril sus fechas, en el puerto de La Paz (96)

La isla de la California ha sido desde la conquista de la Nueva España, empresa apetecible por la gran riqueza de almas y perlas que, en su prolongado seno, promete la opinión común, y confirman muchas experiencias de los que han navegado por él.

Ambos motivos llevaron a ella, el primero, al adelantado de esta Nueva España, el marqués del Valle, don Fernando Cortés, héroe de inmortal nombre que, llamado poco tiempo después de algunos temores de alteraciones que en este reino, como recién conquistado se presumieron, no pudo obrar lo que su gran valor y fortuna prometían.

Muchos grandes capitanes continuaron la empresa después de él en repetidas expediciones, cuyas diligencias las frustraron varios casos o desprevenciones, sin haber traído más que noticias de varias naciones que la pueblan y de grandes comederos de perlas que hay en las islas innumerables de su seno y de algún ámbar que se encontró en sus playas.

1

Lo primero movió a algunos sacerdotes, así del clero, como de las demás familias religiosas, a embarcarse y entrar por este mar a pescar almas; y lo segundo, no sin lo primero, a los que a su costa armaron, en diversos tiempos, embarcaciones, y penetraron, según sus relaciones, hasta casi treinta y cinco grados del norte para descubrir sus grandes riquezas. Sus conatos fueron laudables, pero, por la mayor parte, ineficaces las diligencias y con poco provecho sus trabajos.

2

Yo discurro que por no haberse hasta aquí costeado a expensas solas de nuestro católico monarca (a quien tiene Dios señalado en la Iglesia por atlante de la fe de ella para que estribe en sus augustos hombros su peso y se afiance en su real celo su promoción), no tenido la conquista el feliz suceso que se desea.

En este año de 1683, a 18 de enero, salió del puerto de Chacala, que es del reino de la Nueva Galicia, jurisdicción de la iglesia de Guadalajara, con dos navetas de buen porte y una Balandra para patachearlas, el adelantado don Isidro de Atondo y Antillón, muy bien prevenido de gente, municiones y vituallas, despachado del excelentísimo señor Marqués de la Laguna, Virrey y Capitán General de esta Nueva España que, cumpliendo con el esmero que sabe los órdenes apretados de su Majestad, de que no se perdone a gastos de su real caja cuando se espera el bien de las almas, como promete esta empresa de la California, y correspondiendo a la gran cristiandad y celo, heredado de su real casa, lo mandó aviar y avió con efecto abundantemente de todo lo necesario para sus navíos y gente y además de ropa, abalorios y dijes y cosas que en indios son poderosos atractivos para ganarlos para Dios y para el Rey.

Navegaron con vientos noruestes, que son casi por la proa, punteando continuamente y dando bordos 20 días, hasta que, a los 9 de febrero, llegaron al puerto de Mazatlán y de él en 39 días, que fue a 18 de marzo, se pusieron en el puerto que hace el río Sinaloa, donde habiendo tomado refresco, continuaron su viaje prolongando la costa de Sinaloa por 6 días, hasta montar las islas de San Ignacio y ponerse a barlovento de ellas, por hacer desde allí más largo o, por decirlo propiamente, menos corto el viento, y cortar más fácilmente las grandes corrientes que de aquel ismo o brazo de mar vienen impetuosas al mar Pacífico.

Desde este paraje, a los 25 de marzo, día en que dio el Verbo Divino principio a nuestra redención, lo dieron, a lo que esperamos de su infinita misericordia, a abrir el camino a la de innumerables gentiles que habitan en ella en las sombras de la muerte, atravesando los dos navíos, Capitana y Almiranta (porque la Balandra en el viaje de Chacala con un temporal arribó a Mazatlán con falta de lancha y por esa causa no pudo seguir a los 2 navíos), a buscar la costa de la California, navegando casi de oriente a poniente; y, en una noche, dieron vista al a isla de Cerralvo y a la tierra de California.

Y notaron que, desde la medianía de este brazo de mar, se divisan a un tiempo, al este, los cerros de San Ignacio, que están en la tierra de Sinaloa, y juntamente los cerros de la California, con que infieren que por aquella parte no tiene este mar de California de latitud más de 35 leguas.

Puestos ya casi en la costa de aquella isla para granjear una legua y montar la isla de Cerralvo, por la fuerza de las corrientes y oposición del norueste, se gastaron tres días.

De allí prolongando la tierra hacia el norueste, navegaron 8 leguas avante y, aunque con dificultad, dieron en la boca del puerto tan celebrado en los mapas y derroteros de Nuestra Señora de La Paz. Todos los mapas impresos le ponen en casi 24 grados; algunas cartas más en altura de 27, otras de 26, y otras de 25 grados. Con las cartas impresas de Jansonio concuerda el derrotero del capitán Francisco de Lucenilla, que lo pone en 24 grados y 10 minutos.

El padre Eusebio Francisco Kino, insigne cosmógrafo, dice que la boca del puerto está en 25 grados menos 15 minutos, con que fomenta la duda que en su carta excita el Almirante don Isidro de Atondo de si están en la realidad en el puerto de La Paz o en otro. El cual, además de esta razón de la diversidad de altura, funda su duda en que los indios que han hallado en la tierra firme, no entienden ni una palabra de las que los padres de la Compañía de Jesús llevan escritas en sus vocabularios de las lenguas que hablan los indios del puerto de La Paz, observadas de algunos otros religiosos de la misma Compañía que en otras expediciones entraron a ellos.

También se funda en que todas las relaciones de otros capitanes dicen comúnmente que los indios de este puerto salen luego con las canoas y balsas a los navíos con grandes muestras de amistad, y en esta ocasión ni salieron canoas ni balsas, ni hallaron en tierra por algunos días gente.

Pretende dar salida a esta duda con que, quizás, los indios que llaman guaycuros que, según las relaciones antiguas, tenían guerra con los de La Paz, se han apoderado de la tierra y del puerto y echado de él o muerto a los pacenses; porque las señales de estar el Cabo de San Lucas a sotovento y la punta de la Porfía de la isla Cerralvo hacen probable que sea este el puerto de La Paz antiguo. Sea o no el antiguo, éste se llamará nuevamente puerto de La Paz, como le nombra el Almirante y el padre Eusebio Kino en sus cartas.

En 31 de marzo, entraron en él, habiendo acabado aquel día una devota novena al glorioso San José. La bahía es muy grande y, según el cotejo del padre Eusebio, muy parecida a la de Cádiz.

A primero de abril, día siguiente, entraron 5 o 6 leguas más adentro; dieron fondo y en dos lanchas saltaron en tierra algunos, entre ellos el Almirante, los capitanes y pilotos de ambos navíos. Hallaron en ella un muy grande palmar de más de media legua y un ojo de agua muy buena y de buen gusto, y toda la tierra, a poco que en ella se cabe, de agua potable y buena. No hallaron persona viviente de los californios, aunque sí señas y pisadas de ellos; y, con estas noticias se volvieron a dormir a bordo.

3

El día siguiente, 2 de abril, día de San Francisco de Paula, saltaron todos en tierra. Fabricaron luego una cruz muy grande y la colocaron en un alto, como tomando posesión con enarbolar ahí el estandarte de la fe, de toda aquella tierra en nombre del Rey del Cielo y de las Españas.

Y para ver si había indios escondidos en la espesura del monte, dejaron algunas cosillas de comer, como maíz, bizcocho y cuentas y se volvieron, habiendo reconocido algo de la tierra, a los navíos.

A 3 de abril volvieron a saltar en tierra y hallaron intactas las cosas que habían dejado en el mismo lugar; con que quedaron todavía inciertos de si habitaba gente por allí cerca o no. Subieron a un cerrito los dos padres de la Compañía, el Almirante y uno de los capitanes con algunos otros soldados, y no descubrieron hombres vivientes, ni casa, ni otra cosa más que arboledas y en medio una laguna, al parecer no pequeña. Volviéronse a los navíos.

Y el domingo por la mañana, dichas en la Capitana y en la Almiranta las misas, entraron más adentro la bahía, con lanchas por un brazo o estero que corre más de 3 leguas. Y la tierra en que remata está, según escribe el padre Eusebio kino, en 24 grados 10 minutos; con que parece que se puede concordar la variedad de los grados que dan a este puerto los diferentes derroteros.

En la tierra no hallaron ni descubrieron indio ninguno, desconsuelo no poco para los que llevan por blanco de esta empresa la conversión de las almas más que la pesca de las perlas.

A la tarde de este día echaron un chinchorro y cogieron una gran pesca de pargos, róbalos, corvinas, pámpanos, lenguados de disforme tamaño, lisas, y mojarras y otros pescados que llaman sapos, que son venenosos, de que ya iban noticiosos; con que proveyeron para casi 3 días la gente de los navíos.

Y el lunes volvieron ir a tierra; y cerca del palmar y del ojo de agua donde pusieron la Santa Cruz, empezaron a fabricar una pequeña iglesia y un fuertecito o media luna que nombraron Nuestra Señora de Guadalupe, por la santa imagen que llevaban de esta milagrosa santa por conquistadora de toda aquella tierra.

Y fue providencia del Almirante y demás capitanes por haber reconocido desde un alto humaredas, y presumieron podían ser señas que hacían para convocarse de guerra. Y aunque éstas los consolaron por haber certificado con ellas que moraba gente en aquella tierra, al mismo paso, los pusieron en cuidado, y se fortificaron con troncos de palmas que cortaron, poniendo entre ellos en lugar de fagina, la fardería que llevaban para su provisión y las cajas de la gente, de modo que, si llegara el caso, pudiesen jugar las armas de fuego sin daño de las flechas y dardos que usan los indios. En la surtida de la media luna que mira hacia la iglesia, pusieron una pieza de bronce y, a los dos remates, 2 pedreros de alcance; con que aquella noche quedaron asegurados.

El martes por la mañana, al tiempo que los soldados andaban desmontando un altillo y cortando madera para afaginar las fortificaciones, oyeron de repente gritos y alaridos de indios que venían encaminados al paraje donde los españoles estaban. Tocaron el arma en el real; acudieron todos al fuerte; cuando se pusieron a buen trecho hasta 35 indios de gentil disposición y bien armados de arco y flecha y dardos, y puestos en forma de media luna, con señas y visajes les decían que se fuesen de sus tierras. El Almirante y los capitanes, también por señas, les dieron a entender que no venían de guerra sino de paz, y a tener amistad con ellos; y les dieron a entender que dejasen las armas y las pusiesen en el suelo, que lo mismo harían ellos; pero no quisieron hacerlo.

Entonces, los 2 religiosos de la Compañía, el padre Matías Goñi y el padre Eusebio Francisco Kino se fueron intrépidamente a ellos y les ofrecieron maíz, bizcochos y coscates (que son cuentas de abalorios), y otras cosillas que su pobreza estima en mucho. Y al principio no querían recibirlas de sus manos, sino que hicieron señas que las pusiesen en el suelo, y las tomarían. Así lo hicieron los padres y, habiendo probado el bizcocho y comido el maíz crudo, con muestras de mucho sabor, se vinieron a las manos recibiendo de las de los padres y demás españoles, dejadas las armas, y ya muy pacíficos y sosegados, todo lo que les daban, en especial de comer, con más estimación el maíz, el pescado y el agua de que, al parecer, venían necesitados. Y pasando las manos sobre el vientre y estómago, refregándose muy aprisa, significaban la necesidad de comer que traían, no porque les faltase que comer (porque traían consigo pedazos de mezcal tatemado o asado, del cual aún acá en la Nueva España usan por regalo, y carne de venado con que regalaron a los españoles y retornaron su agasajo), sino porque, a lo que parece, aquel día habían caminado mucho trecho, y tenían aquella provisión reservada para la vuelta, o para comerla en el aguaje que tenían cogido los españoles.

El Almirante don Isidro advierte en su carta que observó que cualquiera de las cosas que les daban, aunque comían algo de ellas, las retiraban al monte y volvían, haciendo demostraciones de que les dieran más. Puede ser que tuviesen sus mujeres e hijos emboscados, y las llevasen para partir con ellos.

Fuéronse aquel día casi al anochecer y aunque los nuestros quedaron contentos, no sin recelo y cuidado (que ninguno es sobrado a vista de enemigos o gente no experimentada); y así prosiguieron el resto del día y todo el miércoles, 7 de abril, en cortar palmas y árboles muy grandes para fabricar la media luna.

4

Jueves, 8, se cogió una grandísima redada de peces. Y por no haber vuelto aquel día los indios, sospecharon algunos en ellos mal ánimo y que quizás se iban convocando para venir con mayor número a oprimir a los nuestros. Pero salieron de cuidado el viernes, viniendo 80 de ellos y los más, diferentes de los primeros, todos de paz y con muestras de muchísima amistad y llaneza. Mostráronles aquel día una imagen de Cristo crucificado y la de Nuestra Señora de Guadalupe que llevaban como patrona de la empresa, y daban a entender por la extrañeza que hacían al verlas, que ni tenían noticia, ni habían visto cosa semejante.

Volviéronse a la tarde a dormir al monte. Y el día siguiente volvieron y con más familiaridad y llaneza, andando entre los españoles con desahogo y demasiada libertad, hurtando algunas cosillas con notable sutileza. Y viendo el Almirante sus acciones tan libres, juzgó ponerles algún miedo con una experiencia que hizo. Puso una adarga que llaman chimale, y son de cuero crudo, arrimada a una osamenta grande de ballena que allí hallaron, y por señas les dijeron le tirasen con sus flechas. Tomaron sus arcos los más briosos y alentados de ellos y, disparando las flechas a la adarga, apenas herían el pelo de ella, y algunas flechas se quebraron con la violencia; de que ellos quedaban admirados por ser tan penetrantes y agudas que suelen pasar con ellas cualquier animal de parte a parte. Hízoles seña el Almirante si querían ver la fuerza de nuestras armas (porque ellos al parecer entendían que el arcabuz era nuestro arco, la baqueta la flecha y el sacatrapos lo que servía de pedernal), y porque viesen cuan poderosa arma era el arcabuz, dio orden el alférez Martín de Verástegui tirase con bala rasa un arcabuzazo al chimale. Él, para darles a entender que alcanzaba más que sus arcos, se retiró 6 pasos desde donde ellos tiraron y, disparando, no solo atravesó de parte a parte el chimale, sino también el hueso de la ballena a que estaba arrimado. Vinieron medio atónitos los bárbaros a ver el tiro y, admirados pidieron una bala para ponerla en la punta de un dardo. Poníanla y daban un soplo; y, al punto, se les caía a los pies, pensando que el tronido del arcabuz era soplo que daba, y que podían ellos hacer otro tanto. Con este suceso, quedaron algo amedrentados y reprimida su libertad; ya no se atrevían a tomar cosa ninguna sin licencia y, si la tomaban, en mandándosela volver, la volvían.

Preguntáronles por señas si había algún río en aquellas tierras. Uno de ellos, hecho ya capaz de la pregunta, se explicó así: tomó un dardo y apuntando al poniente fijamente, empezó a andar al trote que usan los indios y, dando vuelta vez y media por el real, volvió a apuntar al sol; con que significó que, a vuelta y media del sol, por espacio de su curso, había río; con que entendieron que día y medio de camino de allí le hallarían.

Tomaron una poca de sal en la mano y comiéndola y dándosela a probar, les preguntaron por señas donde la había o si la tenían. Probáronla y dieron a entender no la conocían. Con esto, torciendo el rostro y poniendo la mano en la mejilla, y cerrando los ojos, se despidieron, significando así que se iban a dormir.

5

Los padres de la Compañía, dice el Almirante en su carta, deseosos de entender la lengua de los californios, andan con el tintero en la mano, en viniendo indios, oyendo sus palabras, asentando sus vocablos y notando sus pronunciaciones, para ir aprendiendo su idioma. Y el padre Eusebio Kino dice la van ya entendiendo, que es muy clara y que tiene todas las letras del abecedario, y que los naturales pronuncian muy claramente la nuestra, y que son muy dóciles y afables y festivos y que sus muchachos juegan y se entretienen con los nuestros con tanta amistad y llaneza, como si se hubiesen criado entre ellos.

Y de estos principios se espera que los religiosos de la Compañía de Jesús han de sembrar, propagar y cultivar entre estas naciones la santa fe, como lo han hecho y hacen con tanto fruto en todo el mundo, en particular en las provincias de Sinaloa, Sonora, Sierra de Topia, Tepehuanes, Tarahumares y otras gentes de aqueste reino, para gloria del nombre cristiano y aumento del imperio católico.

6

Casi todos los días iban viniendo nuevos gentiles, en particular el Jueves Santo, 15, en que todos los españoles cumplieron con la Iglesia, en la que de ramos y árboles habían fabricado, con singular devoción. Después de las comuniones llegaron 40 indios; muchos de ellos diversos de los que hasta allí habían venido.

El Viernes Santo, volvieron todos, con su carga de leña al hombro, en que muestran su buen natural y que son inclinados a obsequiar a los nuestros. Pues el haber visto que el día antecedente les mandaron los cabos que la trajesen y que les agradecieron con algunas cosillas la que acarrearon, les motivó a traerla sin que la pidieran, porque veían que hacían con ello gusto.

Todos ellos, en especial los muchachos, repiten con muy buena y distinta pronunciación, las oraciones, y se persignan con los padres, que los juntan y rezan con ellos, aunque no entienden lo que rezan; pero, como en las palabras de las oraciones está Dios, solo de proferirlas materialmente, como el apóstol de la India san Francisco Javier tenía observado, hacen operación en las almas, ablandan y enternecen el corazón; son como el fuego que, si se toca con las manos, aún sin verlo ni saberlo, calienta y enciende.

7

Aquí refiere el padre Eusebio Francisco, para prueba de su docilidad y amigable llaneza con que ya andaban entre los nuestros, que un buen viejo de ellos se puso a contarles en su lengua, acompañada de señas, que daban bien a entender lo que decía, cómo él tenía 5 hijos y que 1 chiquito se le había, pocos días antes, muerto; y para explicar que lo había enterrado, hizo un hoyo en la tierra, y cogió un palito que representaba a su niño, y lo enterró. Con que se consoló de haber dado a entender su pena, y los padres se consolaron más de ver la familiaridad con que conversaban con ellos, porque, a este modo, contaban y decían otras cosas suyas que fuera largo referirlas.

A lo que parece, sus casas o rancherías están la tierra adentro, algunas leguas; porque el Almirante mandó algunos soldados con su cabo entrasen lo que pudiesen cómodamente la tierra adentro; y desde un cerro alto, a 3 leguas, poco más o menos, descubrieron lejos de allí humaredas; aunque no divisaron casas ni pueblos, vieron hermosas llanadas y una laguna en medio de una.

El temple es bueno y apacible. Hay muy espesas y crecidos montes; en ellos mucha caza de aves, venados y conejos; y con el tiempo descubrirán otros animales en sus espesuras y bosques.

8

La tierra y benignidad del cielo parece a propósito para todo género de semillas. Y ya, según escriben, habían sembrado maíz, melones y sandías y otras de las semillas que consigo llevaban; y se persuaden de las hermosas vegas y grama que en ellas hay, se criarán bien ovejas, vacas, marranos, caballos, etc. Y todo esto ha enviado el Almirante a traer en la Capitana que llegó ya al puerto de Yaqui de las doctrinas de la Compañía de Jesús, y los de ella escriben que los dichos padres los han aviado con grande abundancia de todo cuanto han pedido, como lo sabe hacer esta religión en las ocasiones que se ofrecen del servicio de Dios y del rey y que conducen al bien espiritual de las almas.

9

Algunos soldados que, por diversión y curiosidad, se fueron paseando buen trecho del real por la playa, hallaron en unas cuevas muchos huesos humanos, y se colige que usan tener en ellas sus entierros, y un pedazo de rezón, que sería de los bajeles que, por los años de 33 o 34, se perdieron cerca de este puerto, en la tercera entrada que hizo a la California el capitán Ortega.

Encontraron algunas piedras minerales de que se infiere que hay metales en esta isla, muchas y grandes conchas de nácar, que son las madres de las perlas de que es cierto abunda este grande seno; pero hasta ahora no los han visto; ni otros indios, como encarecen las relaciones antiguas, de los que vieron las tienen. Puede ser que la gente que habita en las isletas que hay en la mitad de este estero, subiendo al norueste, y son innumerables, las tengan; porque, como pescadores y que pescan los ostiones para sustentarse de ellos, las recojan y guarden.

También hallaron una osamenta de ballena tan grande que una quijada tenía 5 varas de largo.

10

El Almirante don Isidro de Atondo está persuadido, como tan cristiano, que la intención principal de nuestro católico rey, que le ha movido gastar en esta expedición tanta suma, son las perlas preciosas de las almas, en cuya busca vino a la tierra el mercader divino; y créese, como lo escribe, que éstas se han de buscar primero para hallar las otras que, de ordinario, las da el Señor por añadidura.

Están aguardando los caballos que ha de llevar la Capitana de Yaqui para entrar la tierra adentro, y pasar hasta la contracosta al puerto y bahía de Santa María Magdalena; que, según buena cosmografía, dista de éste de La Paz 20 leguas.

Toda la gran isla de la California, según los mapas modernos, tiene de largo, desde el Cabo de San Lucas hasta el Mendocino, que están opuestos de norueste a sueste, 1700 leguas; por lo más ancho, desde el puerto de Francisco Drake junto al Cabo Mendocino, al leste, algo al nordeste, 500.

Hay una grande cordillera de sierras nevadas todo el año que se ven por el Mar del Sur. Y en tierra tan dilatada que es mayor que lo que está descubierto en toda la Nueva España ¿qué de naciones no habrá? ¿Qué fruto no se podrá esperar de la misericordia de Dios en ellas y de la celosa industria de los apostólicos hijos de la Compañía? Tres solos van en esta primera entrada que son el padre Matías Goñi, antiguo misionero de Sinaloa; el padre Eusebio Francisco KIno, insigne cosmógrafo y matemático. Estos dos ya están en el puerto de La Paz. El padre Antonio Suárez había de ir en la Balandra que arribó a Mazatlán desviada; no se sabe haya pasado aún. Tres espirituales Colones de este descubrimiento que van a allanar la entrada a muchos que con el celo mismo desean y piden la empresa.

Dios Nuestro Señor le dé a nuestro católico Carlos, en estos calamitosos tiempos, por los reinos que, a tanta costa de su hacienda, desea agregarle a Cristo y a su Iglesia, la felicidad espiritual y temporal que su ánimo católico merece para la gloria de Dios y aumento de su católica monarquía.

O.S.C.S.M.E.

Con licencia.

En México por la Viuda de Bernardo Calderón. En la Calle de San Agustín.

96- Burrus [13]: 233-272.

Documento 7

Abril 20 de 1683

Carta de Kino al padre Francisco de Castro (97)

Pax Christi Iesu

Mi amantísimo padre Francisco de Castro.

Desde que, a 18 de marzo, salimos de la barra del río de Sinaloa, por falta de vientos favorables, quedamos cinco días en la cercanía de los cerros e islas de San Ignacio; pero a 25 del dicho mes de marzo, día de la Anunciación de Nuestra Señora, quiso su divina Majestad que llegáramos a dar vista a la California, sin perder de vista la tierra de Sinaloa y los dichos cerros de San Ignacio; pues de travesía no hay más de 35 leguas.

A 31 de marzo, día en que acabábamos una novena al glorioso San Joseph, entramos en la gran bahía de Nuestra Señora de La Paz, que tiene su entrada en 24 grados y 55 minutos de altura.

El día siguiente, primero de abril, entramos caminando al sur hasta la boca del puerto de La Paz, y algunos saltaron en tierra y hallaron un lindísimo ojo de agua, muchísima leña, un carrizal, un lindo palmar, rastros de indios, etc.

A dos de abril saltamos casi todos en tierra, fabricamos una cruz muy grande y la pusimos en un altillo, y nos volvimos a dormir a los navíos.

A 3 de abril, sábado, saltamos otra vez en tierra; pero sin hallar ni ver ningún indio, que era para nosotros grandísimo desconsuelo.

El domingo, en las dos lanchas, entramos más adentro en la ensenada de este puerto de La Paz, que está en 24 grados de altura y 10 minutos, y tampoco no hallamos ni vimos indios. A la tarde se pescó con el chinchorro una grandísima cantidad de lindísimo pescado. Y como, aunque de lejos, vimos unas humaredas, el lunes empezamos a fabricar una pequeña iglesia y un fuertecito, o real, de Nuestra Señora de Guadalupe. Y desde este día, empezamos a dormir y vivir en tierra.

El martes al tiempo que, por la mañana, casi toda la gente estaba desmontando un altillo y cortando madera para nuestras fábricas, oyéronse unos gritos de indios que venían hacia este puerto, luego acudieron a sus armas todos los soldados; llegaron los indios con mucha gritería, armados de arcos y flechas y embijados en señal de guerra, a lo menos defensiva, y haciendo demostraciones que nos fuéramos de sus tierras. Nosotros procuramos darles de entender que veníamos de paz, y les pedimos pusieran sus armas en el suelo, que nosotros haríamos lo mismo, pero no quisieron.

Nos fuimos a ellos el padre Goñi y yo; les dimos maíz, bizcocho y coscates, que no lo quisieron recibir de nuestras manos y pidieron se lo pusiéramos en el suelo, hasta que después lo iban tomando de nuestras manos y entramos en mucha amistad y familiaridad y nos dieron mezcales tatemados buenos, redecillas muy bien hechas y plumas de pájaros que tenían en sus cabezas, etcétera.

Les enseñamos un santo Cristo y otro día una Nuestra Señora de Guadalupe, pero nunca dieron señal de tener o haber tenido alguna noticia de estas cosas, aunque como algunos de los nuestros sospechaban, no había que fiarse de ellos.

El miércoles se prosiguió en cortar árboles y palmas muy grandes, formando y fabricando un fuertecito, en forma de media luna, y nuestra pequeña iglesia.

El jueves se cogió una grandísima cantidad de muy lindo pescado, que hubo para tres días y más, en gran cantidad, para toda la gente.

El viernes volvieron otra vez los indios, acompañados de otros muchos más, en todos más de 80; todos de paz y de mucha amistad, pidiendo maíz, que ellos llaman aguax, que es para ellos grandísimo regalo, y lo comen como si fueran unos confites. Y después que les dimos maíz y les enseñamos hacer la señal de la santa cruz, al ponerse del sol, muy contentos se entraron a dormir en el monte, diciendo volverían al día siguiente. Y volvieron, y los tuvimos aún mucho más familiares, amigos y dóciles.

Les pusimos una adarga, que es como un bocel de cuero, a que le tiraban con sus flechas, pero todas se hacían pedazos sin pasarla; tiráronle nuestros soldados con un arcabuz y la pasaron con la bala; de que se admiraron y espantaron los indios muchísimo. Y, a la tarde, se fueron a sus rancherías.

El domingo de ramos bendecimos y repartimos muy lindas y muchas palmas. El lunes y los demás días se continuaba la fábrica de la pequeña iglesia y del fuerte o real, y se daba carena a la Capitana para pasar a Yaqui por bastimentos y caballos.

El martes envió el señor Almirante 9 soldados la tierra adentro para ver si había algún río, laguna o ranchería; y como por ir a pie no entraron más de tres leguas, no hallaron río ni ranchería. Vieron, desde un altillo, unas humaredas, una laguna y lindas llanadas. Presto, siendo nuestro Señor servido, entraremos más adentro y hasta a la contracosta, que no puede distar de aquí más de 20 leguas.

El miércoles se confesaron muchos de los señores españoles.

El jueves se confesaron otros; y comulgaron el señor Almirante, los señores capitanes y muchos señores soldados y marineros. A la tarde nos vinieron a ver más de 40 indios; casi la mayor parte de ellos era de los que no habían venido las otras veces. Aprendieron a hacer la señal de la santa cruz con muchísima docilidad y amistad. Les dimos maíz, pinole y pozole. Fueronse al monte a dormir debajo de los árboles. Y hubo sermón para los señores españoles.

El viernes volvieron los indios con una carguita de leña, pues habían visto que el día antecedente habíamos premiado a los que nos habían cargado leña. A medio día se volvieron a su ranchería. A la tarde hubo otro sermón de la pasión de Nuestro Señor.

El sábado santo cantamos las letanías y dijimos misa como se acostumbra; y, al gloria in excelsis y, otras cinco veces, en la misa se disparó la mosquetería, con repique de campanas y mucha fiesta.

La tierra es buena y de buen temple, de mucho pescado, leña, pájaros, venados, conejos, etc. Sembramos maíz, melones, sandías, etc.; y esperamos que de todo se ha de dar, y confiamos que de aquí, a pocos meses, podremos empezar a ir bautizando, pues estos indios me parecen los más dóciles, afables, risueños y joviales que tiene toda la América.

De este real de Nuestra Señora de Guadalupe y de este puerto de La Paz de las Californias, y abril 20 de 1683 años.

Muy siervo de Vuestra Reverencia.

Eusebio Francisco Kino

97- HL 9995. Burrus [13]: 191-196.

Documento 8

Abril 23 de 1683

Carta de Kino al padre Francisco de Castro (98)

Pax Christi Iesu

Mi amantísimo padre Francisco de Castro.

Suplico a Vuestra Reverencia dar mis muchas encomiendas, y comunicar estas pocas noticias de nuestra llegada a las Californias, al padre Joseph Vidal, (y por él si a Vuestra Reverencia le pareciere a la señora duquesa de Abeyro), a los padres procuradores, al padre Antonio de Covarrubias, al padre Zapa, al padre Salvatierra, y a todo el santo colegio de San Pedro y San Pablo, que les procuraré escribir de aquí a tres o cuatro meses cuando, dando nuestro Señor gracia, pasará la Capitana de aquí a Chacala o a Matanchel; y entonces enviaré a Vuestra Reverencia conchas grandes de nácar que ya las tengo aquí en mi ranchito.

Yo prosigo en escribir un librito de esta nuestra empresa y de estas Carolinas etc., con su mapa. Y como los superiores más gustaren, lo remitiré de aquí a unos meses, cuando juntamente se pueda en él dar algunas noticias de unos bautismos, etc.

Dios nuestro Señor me guarde a Vuestra Reverencia los muy felices años que con todo mi corazón le suplico y deseo.

De este real de Nuestra Señora de Guadalupe, y de este puerto de La Paz de las Californias (o Carolinas), y abril 23 de 1683 años.

Muy siervo de Vuestra Reverencia.

Eusebio Francisco Kino

P.D. También estimaré muy mucho si, por medio de mi amantísimo padre Baltasar de Mansilla, se comunicaren estas noticias con mis muchísimas encomiendas al señor Virrey y a la señora Virreina, y que yo les escribiré a sus Excelencias, siendo Nuestro Señor servido, cuando la embarcación pase de aquí a Chacala; quizás para entonces se podrá dar noticias de algunos bautismos, etc.

98- HL 9992. Burrus [13]: 198-199.

Documento 9

Julio 6 de 1683

Oficiales y tropa piden a Atondo abandonar La Paz (99)

En el Puerto que llaman de La Paz, reino de la California, a seis días del mes de julio de mil seiscientos y ochenta y tres años. Ante el señor Almirante Don Isidro de Atondo y Antillón, Cabo superior de la Armada Real y de la Infantería que está en este reino por el Rey Nuestro Señor, se leyó esta petición:

El capitán don Francisco de Pereda y Arce, el alférez Martín de Verástegui, el alférez don Lorenzo Fernández y Lescano, el sargento Juan de Acosta, el sargento don Francisco de Osores, los cabos de escuadra Juan Valdez y Pedro Álvarez, con todos los demás soldados que se hallan en este real, parecemos ante vuestra merced en la mejor vía y forma a el servicio de ambas Majestades y a nuestro derecho convenga.

Y decimos que a tres meses y seis días que estamos en este puerto experimentando la esterilidad de la tierra, como hemos reconocido en cuatro entradas que hemos hecho por diferentes partes y rumbos, habiendo entrado en la una como siete leguas y en las otras a tres y a cuatro leguas, gastando en la una cuatro días, conocido riesgo por estar entre gentes tan belicosas y bárbaras sin saber la cantidad de indios que hay, pues cada día en los pocos o muchos que vienen, hemos visto caras nuevas y experimentado los más atrevidos, pues a el capitán don Francisco de Pereda y Arce, yendo a defender a un grumete que habían cogido yendo por un barril a el aguaje, le arrojaron un dardo, y a un mozo criado de Vuestra Merced, le atravesaron una mano. Y todos los días nos retaban y desafiaban juzgando ser poco valor lo que cuerdamente les sufríamos porque se lograse la conquista y conversión con La Paz y quietud que su magnanimidad encarga. Y el día veinte y nueve de junio le tiraron dos votes con un dardo y el sargento Juan de Acosta de no haber estado tan armado le hubiera costado la vida. Y después, sin darles causa ninguna, antes si regalándolos y dándoles de comer, pretendieron echarnos cerco y cogernos descuidados, para lograr el mal intento que tenían de matarnos y les hemos aguardado y rogado una y muchas veces que nos trujesen a el grumete que por su mucha pereza y descuido, se lo llevaron. Y reconociendo que ni por dádivas, ni agasajos, pudimos conseguir lo trujesen, fue tal su desvergüenza que respondieron lo habían muerto.

Y cada día experimentamos menos fruto de nuestros continuos trabajos, pues como dicho tengo, nos han pretendido matar en muchas ocasiones, lo cual ha sido causa de haber tenido guerra con ellos, haciéndonos estar de noche y de día con las armas en las manos. Y al presente nos hallamos con poco bastimento y no sabemos de la Capitana que fue a el puerto de Yaqui por él. Y viendo tan conocido riesgo como el que estamos, de que estos bárbaros nos peguen fuego a las chozas de palma que tenemos hechas en este Real, y otras cosas que pueden suceder.

Por todo lo cual pedimos a Vuestra Merced pedimos y suplicamos se sirva de mandar que toda la gente que se halla en este Real, se embarque en la nao Almiranta, que está surta en este puerto, y que vayamos recorriendo las costas de esta tierra y hagamos alto en el puerto de San Bernabé San Lucas, u otro cualquiera que se echare de ver ser de conveniencia, para desde allí poder despachar la nao Almiranta a la costa de la Nueva España por algún socorro que podrá ser con la ayuda de Dios y que se logre a lo que venimos que es reducirlos a nuestra Santa Fe Católica y extender su santo Evangelio.

Y juramos a Dios y a una Cruz este nuestro pedimento que no es de malicia sino justicia.

Don Francisco de Pereda y Arce. Martín de Verastegui. Don Lorenzo Fernández y Lescano. Juan de Acosta. Don Francisco de Osores. Pedro Álvarez. Juan Valdés. Don Juan Francisco Ruiz de Bribiesca. Nicolás de Contreras Ladrón de Guevara. Francisco Román. Don José de Oya. Don Juan Castellano y González. Manuel Valdés. Gaspar Coello de Fonseca. Juan de Aro. Don Francisco Álvarez de Arcila. Juan de Salcedo. Matheo Limón. Diego de Espinosa. Clemente García Bonal. Nicolás de Bohórquez. Felipe González.

99- AGI M 56. Mathes [9]: 295-297.

Documento 10

Julio 27 de 1683

Carta de Kino al padre Francisco de Castro (100)

Pax Christi Iesu

Mi amantísimo padre Francisco de Castro.

Tengo escrito a Vuestra Reverencia tres o cuatro cartas; no obstante, con la duda que tengo si habrán llegado aquellas, repito con ésta que a 25 de marzo de este año de 1683 dimos a la vista a esta California; y después de haber entrado en esta gran bahía y puerto de La Paz, a dos de abril saltamos en tierra y pusimos una gran cruz; y después también una pequeña iglesia y fundamos y empezamos este real de Nuestra Señora de Guadalupe.

Y varias veces nos vinieron a ver muchos indios de paz, como todo lo tengo ya escrito más dilatadamente en unas cartas que envié a la Nueva España, Sinaloa y Sonora, con la Capitana que, a fines de abril, Salió de este puerto para ir al Yaqui a traernos bastimentos y caballos para las entradas de esta California, etc.

Ahora perseveramos en esta conquista con aprender la lengua de esta California, con agasajar a los naturales y instruirlos en algunas oraciones de nuestra santa fe, con fabricarnos unos ranchitos, particularmente con fortificarnos en un buen fuertecito que tenemos cercanito a la mar en forma de media luna. Para esta fortificación que tiene su fosa alrededor y una buena trinchera de muy grandes y muy bien dispuestos trozos de palma, nos dio más ocasión lo que nos sucedió el día de pascua del Espíritu Santo, cuando más de cien indios (aunque entendíamos venían muchísimos más) vinieron de guerra con mucha gritería, divididos en dos tropas, para echarnos de estas tierras, y apoderarse de nuestros bastimentos; pero, por gran favor del cielo y don del Espíritu Santo, no se dispararon contra ellos ni arcabuces, ni pedreros, ni ellos, tampoco, nos tiraron flechas ningunas.

Y en el ínterin que se iba dudando y preguntando si se dispararía o no se dispararía hasta ver una muy patente señal y demostración de hostilidad, una de las tropas de los indios se nos entró hasta la trinchera, y aunque nuestros valerosos soldados tenían la boca de los arcabuces a los pechos de los indios, y los indios (quizás por no haber experimentado y no conocer bastantemente la fuerza de estas armas), no se retiraban, no se disparó. Y por eso, todos tenemos por especialísimo don del Espíritu Santo que no se haya roto La Paz con la hostilidad que semejantes circunstancias nos ofrecían, y que no se haya puesto a riesgo de perderse toda la empresa; pues, ninguna salvación hay en la guerra, todos te pedimos La Paz, con que fue nuestro Seños servido, que todos son dones del Espíritu Santo.

Y les dimos a los indios maíz y otras chucherías de coscates, cintas, listoncitos, navajitas, como los demás días cuando nos venían a ver de paz y desde entonces (aunque muchos de los señores soldados van con gran recelo, no queriendo fiarse de los indios) los tenemos, gracias a Dios, de mucha paz y de mucha familiaridad y amistad, de manera que nos vienen a ver muy a menudo a este real de Nuestra Señora de Guadalupe, trayéndonos regalos de pitahayas, mescales, y una vez también unas perlitas, que ellos no las estiman mucho ni hacen mucho caso de ellas, ni se aplican a pescarlas, aunque verdaderamente las hay, y muchas y de buen oriente en toda esta bahía. Y se han sacado muchas de ellas que son más de doscientas las que han dado de limosna a la Virgen Santísima, y muchas más son las que tienen algunas personas.

Y aunque es verdad que, quitadas unas pocas que han salido de muy buen porte, mayores que garbanzos, las demás son casi todas muy pequeñas; pero, si su Majestad, o el señor Virrey, o sus ministros, envían buzos que sepan bucear en cinco, seis, ocho y diez brazas de agua, no hay duda que se sacarán grandes rentas reales; que las que estos dos meses aquí han sacado han sido de las conchas que hay en la orilla del mar y en poco agua.

Sea nuestro Señor servido que todo sirva para la más celestial conquista de las mejores perlas que son las almas redimidas con la preciosa sangre de nuestro redentor; que de esto nos da muy buenas esperanzas la mucha docilidad y afabilidad de estos indios que estos días pasados llegaron con sus muchachitos a vivirse casi con nosotros, y durmieron de noche pegaditos a este nuestro fuerte o real; lo que, hasta ahora, nunca habían hecho. Y parece pronto vendrán con sus familias y chiquillos, y que de aquí, a unas semanas, podremos con el favor de su divina Majestad, empezar de los chiquillos a bautizar. Cuando, a mediodía, se toca la oración y la rezamos de rodillas, ellos también se ponen de rodillas, etc.

En las tres o cuatro entradas que por tierra hemos hecho al oriente, al sur y al poniente, hemos reconocido como seis o siete leguas de tierra, con dos o tres buenos aguajes; aunque la mayor parte de lo que vimos es monte, no faltan buenos manchones de buena tierra para sembrar, y no se duda que si, en viniendo los caballos, se entra mucho más adentro, se hallarán aún mejores llanadas, valles y quizá ríos, que hacia la contracosta se divisa una grandísima llanada, con arboleda verde aún ahora, en tiempo de seca, unas cuantas plantas de maíz, calabazas, sandías y melones y también unos tamarindos que sembramos las semanas pasadas, van creciendo muy lindamente; de que se admiran muchísimo los indios, muy amigos del maíz. En entrando las aguas, se sembrará mucho más, dando nuestro Señor su gracia.

También en una de las islitas de esta gran bahía, hallamos una lindísima salina o laguna de sal. Tendrá la islita como dos leguas de box, (101) y la laguna se sal como un cuarto de legua de box. Se ha llamado esta isla la isla de Santo Tomás de la Laguna, y desde el principio de su descubrimiento se ha dedicado al excelentísimo señor virrey don Tomás de la Laguna, etc. Se puede de esta laguna sacar muchísima y muy linda sal para cargar muchos navíos en este puerto, y en toda esta gran bahía hay grandísima cantidad de muy buen pescado y se saca mucho, casi todos los días con el chinchorro y con los cordeles y anzuelos.

Los dos aguajes que tenemos aquí cercanitos a este nuestro fuerte o real son de agua riquísima, abundantísima y sanísima. Y aunque la semana pasada enterramos a don Lorenzo de Córdoba (que Dios tenga en el cielo), fue aquella muerte de una enfermedad que trajo desde Chacala. Y los demás, aún los que han llegado con achaques y enfermedades, están gozando de buena salud y todos estamos buenos, gracias a Dios, aunque con alguna falta de bizcocho y de carne hasta que venga la Capitana. No obstante, se tocan arpas y guitarras; se canta y se divierte la más gente con alegría.

Gozamos de un muy buen temple, que, aunque desde las diez de la mañana hasta las tres o hasta las cuatro de la tarde, suele hacer algún calor, no pero mayor que en Sinaloa, todas las demás 18 o 20 horas del día y de la noche son templadísimas. Y se pone el agua que bebemos tan fresca, que todos no la han bebido mejor y en pocas partes tan buena en toda la Nueva España.

Hay también grande abundancia de muy buena leña y madera para hacer jacales, aunque en lo poco que hemos descubierto todavía no hemos visto madera para fabricar navíos, aunque parece no faltará, o en mayor altura o en la contracosta, que, de aquí, no hay más que 18 o 20 leguas.

Estos indios son de muy vivo y buen natural, de buena estatura, fuerzas y salud; muy alegres, risueños y joviales. Los hombres no usan de vestido ninguno si no es de un cupi (102) de plumas en la cabeza. Las mujeres usan de unos pellejos que les llegan desde los pechos hasta el suelo. Son de color algo más blanco que los indios de la Nueva España. Estos días nos vino a ver un muchachito bien bermejito.

Su sustento de ellos es el marisco y otras frutas de la tierra, venados, conejos, pájaros, que los hay en abundancia; y los días pasados un señor soldado que, con licencia que le dio el señor Almirante, se fue con el arcabuz al monte y, en breve tiempo, trajo diez palomas.

Sus armas de los indios son arco y flecha con pedernal, sin ponzoña, que no la conocen. Y cuando les ponemos una adarga a que le tiren, no la pasan, antes la flecha se hace muchos pedazos; y se admiran y espantan mucho cuando les enseñamos que, con la bala del arcabuz, se pasan dos y tres adargas. Los más principales de ellos traen unas flautas de carrizo colgadas del pescuezo, pero no se sirven de ella sino cuando actualmente están peleando, y por eso tampoco no gustan de nuestra guitarra o arpapitos o flautas. Estiman en mucho los cuchillos y cualquier cosa de hierro, los coscates o abalorios y todo género de cuentas de cositas, o cintas coloradas.

Recelan mucho sus mujeres y sus chiquillos. Su lengua, que no es muy dificultosa de aprender, tiene todas las letras del abecedario fuera de la s y la f; pero la aprenden y cortan lindamente la salutífera palabra Jesús y otras semejantes palabras de la lengua castellana, aunque tenga la s; y son muy curiosos en preguntarnos de cualquier cosa que ven, cómo se llama en nuestra lengua.

Gran falta nos ha hecho y todavía nos hace un intérprete que si lo hubiéramos tenido, sin duda que ya hubiéramos negociado muchísimo, y tuviéramos ya muy muchos bautizados; pero lo encomendamos a su divina Majestad, y confiamos que todo se negociará, aunque vaya un poco más despacio; pues buen intérprete no juzgo lo tiene, o lo ha tenido, hasta hoy, toda la Nueva España ni la California.

Hasta aquí estaba escrita esta carta a fines de junio; y yo entendía de enviarla con la Almiranta, que, por entonces, había de pasar a Sinaloa por bastimentos, pues no venía la Capitana del Yaqui, siendo así que desde abril 25 se despachó de aquí por dichos bastimentos; pero en la junta de guerra que acerca del despacho que de esta Almiranta hubo, pareció no gustaban los señores soldados de quedarse sin tener a la vista algún navío; por tanto hubo alguna diferencia de pareceres acompañada de algún género de disgusto, también, por la falta de los bastimentos que se va teniendo. Y con esto, no se determinó que fuera la Almiranta a Sinaloa.

Luego como el otro día le dijeron al señor Almirante que un indio había dado un dardazo a un señor soldado, aunque sin sacarle gota de sangre, mandó que aquel indio le llevaran preso al cepo y al navío; de lo cual se siguió notable alboroto entre los indios guaicuros, que son muy belicosos y guerreros. En este ínterin, los indios cora, que son muy mansos y afables y enemigos de los guaicuros, nos dijeron que dichos guaicuros nos habían matado un mozo de mar que teníamos perdido y se nos había huido las semanas pasadas.

Y como a 3 de julio vinieron diez y seis guaicuros, los más principales y más forzudos entre ellos, y muchísimos más estaban en el monte, reparose que venían para hacer presa de alguno de los nuestros, o para quitarnos el suyo. Y pues venían como de paz, disimulando su mal intento, el señor Almirante les mandó dar pozole, comida de que ellos gustan mucho. Y al tiempo que se habían sentado para comerlo, por lo que se había determinado en junta de guerra, se les disparó un pedrero y una piececita de artillería, y se mataron los diez de ellos; se fueron aunque muy heridos. Desde entonces estamos con notables cuidados y recelos de día y de noche, particularmente también por no saber de la Capitana ni de la Balandra. Estos cuatro días no apareció ningún indio.

Hasta aquí escribí estando en Guadalupe de las Californias, a 7 de julio, cuando se trataba de enviar la lancha con cartas y para saber de la Capitana y Balandra, pero se mudó de parecer, y por no querer los señores soldados quedarse sin tener a su vista algún navío, venimos todos en esta Almiranta a esta costa de Sinaloa, de donde procuramos sacar bastimentos para volver a proseguir la conquista.

Dejo al padre Rentero, vice-rector de Sinaloa, doce conchas de nácar bien grandes, y, como Vuestra Reverencia decía, no pigmeas sino giganteas, a que cuanto antes las remita a Vuestra Reverencia a México; que en las Californias las hay a montones y con muchas perlas.

Vuestra Reverencia, por amor de Dios, me haga favor de comunicar estas pocas noticias, con mis muchísimas encomiendas, al padre Vidal, a la señora duquesa de Abeyro, al padre Baltasar de Mansilla, al padre procurador general; que me perdonen que no puedo, como deseo, escribir a cada uno carta particular. Prosigo en apuntar la historia de esta conquista, que le enviaré a Vuestra Reverencia, cuya vida guarde Dios los felices años de mis muy afectuosos deseos.

De este puerto de San Lucas, y julio 27 de 1683 años.

Muy siervo de Vuestra Reverencia.

Eusebio Francisco Kino

100- HL 9998. Burrus [13]: 201-211.

101- Perímetro.

102- Mechón.

Documento 11

Agosto 10 de 1683

Carta de Kino al padre provincial Bernardo Pardo (103)

Mi padre provincial Bernardo Pardo

Pax Christi Iesu

Tengo escrito a Vuestra Reverencia desde Chacala, desde Mazatlán, desde la Barra de Sinaloa, y a fines de abril desde este Puerto de La Paz de las Californias, dándole noticias de nuestra navegación y llegada a esta California y de su naturaleza, y parte de aquellas noticias las repito en una que escribí los días pasados al padre Francisco Jiménez para que las comunique a Vuestra Reverencia, para que si acaso las mías que a fines de abril envié a Vuestra Reverencia con la Capitana, que iba al Yaqui por bastimentos y caballos, no hubieran llegado a México, esta otra suplan su pérdida. La causa de esta mi duda se funda en que hoy día no tenemos todavía noticias ningunas de dicha Capitana, y el no haber ella parecido hasta ahora, siendo así que la aguardábamos desde fines de mayo, ha llegado a ser causa de que en esta Almiranta fuéramos a buscar dicha Capitana y bastimentos, como así se determinó en una junta de general a veinte y nueve de junio, y por eso desde anteayer, que fue día de San Buenaventura, nos embarcamos ochenta y cuatro personas. Y ahora tiene determinado el sr. Almirante que pasemos a Sinaloa (camino de treinta y cinco o cuarenta leguas, no más) por bastimentos, y también para saber de la Capitana y de la Balandra que dejamos en Chacala y que luego después de haber sacado nuestros bastimentos, volvamos a esta California no empezó a este Puerto de La Paz sino al Cabo de San Lucas, pues se dice que aquellos indios son más pacíficos que estos guaicuros del Puerto de La Paz, aunque hasta los fines de junio estuvimos con mucha paz con ellos, y nos venían a ver casi todos los días, trayéndonos fruta y pescado. Pero después que se les prendió uno de ellos y se les mataron diez u once personas de las más principales, con un tiro de un pedrero, aquí ya no nos venían a ver, ni teníamos esperanzas de que en muchos meses habían de olvidarse del daño que de nuestras armas habían recibido.

En la carta del padre Jiménez escribo con más circunstancias lo que en estos disgustillos pasó, y por eso paso a suplicar a Vuestra Reverencia que por amor de Dios, según su gusto y mejor parecer, negocie, haga y alcance con el señor virrey, con el señor don Martín de Solís, o como Vuestra Reverencia juzgare in domino, que manden que esta conquista se procure hacer con paz y amor y no con demasiado rigor de armas, pues con los rigores se huyen los indios y se retiran y desamparan en los montes, cuando con La Paz y agasajo y caridad cristiana acudirán muchísimas almas a hacer cuanto les enseñáremos y quisiéremos, que por este camino ya teman y habían dejado muchas cosas que hay, habíamos insinuado no nos parecían bien e iban ya rezando algunas cosas que les habíamos enseñado, como el vendito y alabado sea y se persignaban, y cuando a medio día rezábamos la oración de rodillas, ellos también se ponían de rodillas. Algunos ya vivían y dormían con nosotros con toda paz y amor, y nos tenían ya prometido de traernos cuanto antes sus familias y chiquillos, que de los chiquillos habíamos de empezar los bautismos. Vuestra Reverencia nos avise, nos instruya y nos mande según su buen parecer y gusto, que aunque veo en algo atrasada esta nuestra conquista, por esta falta de La Paz, y particularmente por la falta de la Capitana por no habernos socorrido con los deseados y necesarios bastimentos y caballos, y quizá por haberse perdido como algunos temen. No obstante tengo buenas esperanzas se ha de proseguir con bien esta conquista y conversión de tantas almas, pues aunque no pasan de quinientos indios los que nos han venido a ver en diferentes ocasiones, pero son muchos más los que todavía no nos han venido a ver.

Casi todos estos tienen sus mujeres, y algunos, aunque pocos, más de una, y muchos hijos, y esto se entiende hablando solamente de los guaicuros más cercanos a este Puerto de La Paz, que es gente más belicosa. Pero los coras, que son más mansos y muy amigos de la nación española, son de un grandísimo número de gentío y almas. En el Puerto de San Bernabé o Cabo San Lucas hay también mucha gente, en otras alturas de esta grandísima isla de las Californias y en otras islas menores que están en la costa y contracosta. Y en la tierra adentro hay una infinidad de almas que con el favor del cielo, confío se han de agregar en pocos años al gremio de nuestra Santa Madre Iglesia. Y aunque hasta ahora no se ha entrado la tierra adentro, sino cuatro o cinco leguas, por la falta de los caballos que se aguardaban en la Capitana, y no hemos dado con algún río, hemos hallado tres o cuatro lindísimos aguajes, abundantísima leña, una lindísima salina o laguna de sal, muchísimo y muy buen pescado y muchos comederos de perlas de donde han sacado perlas, y algunas de muy buen porte, y si hubiera buzos no hay duda su Majestad, que Dios guarde, pudiera presto alcanzar una linda compensación de los gastos reales y tan apostólicos y católicos que se han hecho o pueden ser necesarios para la conquista y conversión de esta California, y para el bien y eterna salvación de tantas almas y maduras mieses que promete esta grandísima isla y casi otra Nueva España en el tamaño.

Lo que sí me parece será muy necesario, es el procurar que haiga paz, concordia, contento y gusto entre los señores españoles soldados y marineros con su cabeza, que aquí lo es el señor Almirante, y también entre ellos mismos, que por falta de estas cosas sucederá no se tenga tampoco paz con los indios, cosa hora en los principios parece ser muy necesaria.

El designio que ahora lleva el señor Almirante es de que esta Almiranta, de aquí a cuatro o cinco o seis semanas, pase a Chacala o Matanchel por los bastimentos del Rey Nuestro Señor, que Dios guarde.

Hasta aquí escribo en la gran bahía de La Paz, a diez y seis de julio. Cuando lleguemos a la Nueva España escribiré, con el favor del cielo, de esta navegación y nuestra llegada, y en el ínterin haré un pequeño mapa de lo que hemos visto, hasta que Nuestro Señor sea servido con el tiempo, con ver más tierras, islas y puertos poblados de muchas almas, envíe otros mapas mayores.

Vuestra Reverencia en sus Santos Sacrificios prosiga encomendándonos a su Divina Majestad.

Hoy día a veinte y uno de julio llegamos a este nuevo y muy lindo puerto de San Lucas, en la provincia de Sinaloa, que está en altura de veinte y seis grados y treinta y tres minutos. Desde ayer escribimos el señor Almirante y yo al padre de Ahome, y también al padre visitador. Aguardamos las respuestas.

Desde ayer, julio veinte y tres, hemos recibido cartas del padre Nicolás Ponce, de Ahome. Vinieron tan llena de muchísima caridad y amor, acompañadas de buenos refrescos y ofrecimientos de bastimentos, trigo, maíz y carne, que ha sido de grandísimo consuelo y alivio a todos, particularmente al señor Almirante a quien por otros caminos no han faltado ocasiones de disgustillos con su gente. El padre Goñi en muchas cosas está tan de su parte del señor Almirante que algunos lo llevan a mal. Yo procuro, y he procurado, y con el favor de Dios procuraré las cosas de una y otra parte con la mayor paz y suavidad que pudiere. También han sido de gran consuelo, particularmente del señor Almirante, el haber oído de la carta del padre Ponce, las noticias del obispado del ilustre señor don Isidro de Sariñana y Cuenca. Al contrario, nos fue de grandísimo desconsuelo el oír que la Capitana, desde fines de mayo había salido de Yaqui para volver con los bastimentos a las Californias, pero como en dos meses no ha parecido, temen casi todos no le haya sucedido alguna fatalidad. Acerca de la Balandra hemos oído que no ha mucho que ella estuvo en Mazatlán.

A veinte y cinco de julio vino a vernos el padre Nicolás Ponce, trayéndonos con mucha caridad notable alivio y socorro de algunos bastimentos. A veinte y siete se volvió a su pueblo de Ahome para socorrer al señor Almirante con el maíz, trigo, frijol y carne que en sus partidos tiene, que será casi la cantidad de bastimentos que para ahora se piden.

A treinta de julio, dichosa víspera de nuestro padre San Ignacio, recibimos muchas cartas de Sinaloa y noticias de la Capitana, que estaba en Yaqui, que los vientos contrarios no la dejaron pasar adelante. También el padre visitador consoló mucho al señor Almirante, escribiéndole manda a los padres le socorrieran cuanto antes con cuanto podían y con todo aquello que el señor Almirante pedía y necesitaba para socorro de sus navíos.

A cuatro de agosto recibimos de Yaqui y Mayo respuestas a las cartas con que les habíamos dado noticias a los padres de nuestra llegada, y juntamente cartas del capitán don Blas de Guzmán que es capitán de mar y tierra de la Capitana, y de otros muchos que actualmente estaban en la Capitana, que como de las cartas que el señor Almirante y yo habíamos escrito a los padres, de la altura de este puerto de San Lucas, sabían estar en veinte y seis grados y treinta y tres minutos, vendrían cuanto antes en dicha Capitana a este puerto de San Lucas para juntarse con nosotros y para que juntos pasásemos a proseguir con la empresa. Supimos que los continuos vientos sures, no solamente habían dado lugar a que la Capitana pudiera a las Californias, sino que por tres veces la obligaron a arribar a Yaqui y haberse vistos necesitados de echar los diez y nueve caballos y unas mulas al mar y muchos carneros, etc.

El señor Almirante, por habérsele ido de aquí parte de su gente, como diez u once personas, se ha visto unas veces muy afligido, pero la muy grande caridad con que con toda prontitud los padres le prometen todo género de socorro, le ha animado y consolado muchísimo. Sé que el señor Almirante le escribirá a México a cinco de agosto. Con el parecer del padre visitador se fue el padre Goñi a Mayo y Tepane para dar prisa a los que nos han de traer bastimentos.

Aquí va el mapa de las costas, puertos, islas y ríos, que hemos visto y observado en estas nuestras navegaciones. Va también un catálogo de las quinientas palabras de la lengua de las Californias que los tres meses y medio que allá vivimos, apuntamos y aprendimos.

Ahora por horas estamos aguardando la Capitana y parte de los bastimentos de esta Almiranta, y confío que ha mediado el mes que viene, y quizá más presto, pasaremos a proseguir con la conquista y conversión de las almas de la California.

De todo procuraré avisar a Vuestra Reverencia, con otra carta, cuya vida guarde Dios los más felices años, de mis deseos.

De este Puerto de San Lucas y agosto diez de mil seiscientos y ochenta y tres años.

Muy siervo de Vuestra Reverencia.

Eusebio Francisco Kino

103- AGI M 56. Mathes [9]: 328-333.

Documento 12

Agosto 12 de 1683

Kino escribe a la Duquesa. (104) A bordo de la Almiranta, anclada en el puerto de San Lucas, Sinaloa

Pax Christi Iesu.

Excelentísima señora Duquesa de Abeiro y Arcos, etc.

Alegrareme en el alma ésta halle a su Excelencia y a su bendita mariana familia, que tengo [en] mi corazón, con la muy complida salud que le deseo; la mía está, gracias a Dios, buena, y muy a la orden de su Excelencia.

A los principios deste año de 1683, quando, en el puerto de Chacala, estávamos para embarcarnos para passar a la California, y, en otras ocasiones los meses antecedentes, escriví a su Excelencia; holgaréme mis cartas ayan llegado a las manos de su Excelencia.

Ahora, por el bien de aquellas almas de dicha California, supplico a su Excelencia tenga la que aquí dentro va por propria y, después de haver della sacado las noticias que fueren de su agrado, me haga favor de remittirla a Roma al Padre asistente Juan Marín, y me perdone la mucha llaneza acompañada de mayor atrevimiento.

El primero y, hasta ahora, único real que fundamos en la grandísima isla de la California, le llamamos de Nuestra Señora de Guadalupe, que está junto al puerto y gran baya de Nuestra Señora de La Paz. La causa del mejor nombre de Nuestra Señora de Guadalupe la escriví el año passado. Sea esta soberana Señora servida de acompañarnos en todo con sus celestiales dones y favores. Por esso también suplico a su Excelencia que, por su santo y apostólico celo, divino amor de la conversión de muchíssimas almas, mire esta causa y conversión como cosa propria, y en Madrid negocie, según su piadoso y prudentíssimo parecer, se fomente muchíssimo la conquista y conversión desta mayor isla del orbe, llena de tantas almas quantas corresponden a su tamaño.

Y son los naturales della de tan buenas prendas que parece, en ninguna otra parte del mundo, se pueden emplear mejor los muchos gastos reales y santos celos de la Europa, etc., que ahora en esta dilatadísima California. Parece que [la naturaleza] ha dotado de un carácter noble a los indios desta California. Va aqui un pequeño mapa de una parte de la California, del puerto de La Paz, real de Guadalupe y de sus confines. Perdone su Excelencia la cortedad; que, quisás, dará su divina Magestad gracia, por el favor e intercessión de la Virgen santísima María de Guadalupe, que, con el tiempo, pueda remittir otros mapas mayores y mejores.

Holgaréme hayan llegado los libritos del cometa o de los cometas; que por acá no hemos dexado de ver y esperimentar muchos effectos suyos; pero hágase la voluntad del Señor que, por su infinita bondad, nos conceda passar quanto antes a proseguir con nuestra empresa, que, como diee y repito, suplico muchíssimo a su Excelencia la mire como cosa y negocio proprio, pues,– como dice Dionisio el Areopagita, “el negocio más divino entre los divinos es sudar y desvelarnos por la salvación de las almas para gloria de Dios” (105). Y como está escrito “paga a tu prójimo lo que a Mí me debes” (106). ¿Y quánto es lo que devemos a nuestro Criador y Redentor y a nuestro Dios y eterno divino amor? No lo se decir y callo; particularmente, porque escrivo carta para su Excelencia, que ya la veneramos por gran maestra y madre de los missioneros y de los recién convertidos, o que se han de convertir a nuestra santa fe, como a este sentir escrive S. Pablo [a los corintios]: por el Evangelio yo los engendré [y] a sus hijos y a los que de ellos nacerán fundando un gran parentesco.

El Padre Mathias Goñi, que es mi compañero en esta missión, se encomienda muy mucho a su Excelencia. Lo mismo me pidió, meses a, el illustríssimo señor Obispo de Guadalajara y de las Californias. Y en esta empresa me ha dado sus veces, que me dixo escriviera sus encomiendas a su Excelencia. De mi parte y de parte de las almas de los indios de la Californias, reciba las mismas encomiendas, no como de cosas diferentes y muchas, sino como de una misma cosa o como de cosas tan unidas, que parezgan tienen algún género de amorosa identidad; pues, con el mismo amor, quiero querer aquellas almas que a la mía.

Y a mi mismo y aquellas almas también las encomiendo a mis dulcíssimos amores Joachin, Gabriel y Isabel; pues, en todas mis missas, todos los días, me acuerdo dellos y de su Excelencia, en virtud de los conciertos que hizimos en España.

Nuestro Señor me guarde a su Excelencia y a mis dulcíssimos amores en Cristo Jesús los felicíssimos años de mis muy cordiales deseos; y nos felicite en esta y en la eterna vida, en la plenitud de gracia que desciende del Padre de las Luces.

De este puesto de San Lucas y costa de Sinaloa, de a bordo de esta Almiranta, y agosto 12 de 1683 años.

Muy siervo y su menor capellán de su Excelencia que s. m. b.

Eusebio Francisco Kino, de la Compañía de Jesús.

[P. D.] A mi señor don Pedro Corbete mis muy muchas encomiendas y las de la California.

104- HL 9978. Burrus [13]: 214-217.

105- Integrante del areópago convertido al cristianismo por San Pablo; posteriormente primer obispo de Atenas y mártir. La cita es de un autor anónimo posterior al que se conoce como “Pseudo Dionisio”.

106- Así glosa Kino el mensaje central del juicio final en el que Dios premiará o castigará lo que hicimos o dejamos de hacer con el prójimo Mt. 25, 31-46.

Documento 13

Agosto 30 de 1683

Carta de Kino (107) a Paulo Zignis (108)

Cuando se acercaba el fin del año pasado, remití a su reverencia una carta desde el puerto de Chacala de la Provincia Mexicana o Nueva España en América cuando los dos sacerdotes de la Compañía íbamos a abordar las naves en las que se estaba organizando la expedición a California, la más extensa isla del mundo, con los auspicios del Rey Católico Carlos II.

14 de enero

El 14 de enero de este año de 1683 que corre, salimos del puerto de Chacala más de cien personas en dos naves, la Capitana y la Almiranta; la primera, dedicada a la Bienaventurada Virgen sin Pecado Concebida y la segunda, a San José y San Francisco Xavier. En esta navegación, enfrentamos vientos muy adversos, pero juzgamos que por favor del Cielo, disfrutamos otros, propicios en el mismo grado.

9 de febrero

Hacia el fin de enero, llegamos al puerto de San Juan de Mazatlán, donde permanecimos como quince días, y de ahí partimos el 9 de febrero, y bordeando las costas de la Nueva España.

8 de marzo

El 8 de marzo tocamos la desembocadura del río Sinaloa, donde por la gran caridad del reverendo visitador de nuestras misiones de la Compañía de Jesús en Sinaloa y Sonora, recibimos con liberalidad regalos, varios dones y los subsidios de la provisión, no solo los dos sacerdotes de la Compañía, sino también el sr. General mismo (el Almirante Isidoro de Atondo y Antillón, navarro de nacimiento) y otros.

18 de marzo

Luego a partir de ahí, casi al meterse el sol del día 18 de marzo, avanzando por el mar 35 leguas españolas a la distancia del polo o latitud geográfica, o a una distancia de casi 25 grados del ecuador, llegamos a la vista de California, adquirida con tantas guerras y desgracias. [fue] el 25 de marzo o día festivo de la Encarnación del Verbo Divino por la salvación de los humanos.

30 de marzo

Además, el 30 del mismo, entramos al principal puerto de California, que en castellano y frecuentemente en los mapas se llama de La Paz, o [sea]: puerto de La Paz. Por otro lado, para que se comprenda más fácilmente esto y lo que hay que decir adelante, remito a su reverencia un rudo mapa geográfico e hidrológico de este puerto, y de las vecinas provincias, de las islas de California, así como de los demás litorales, puertos y ríos de la Nueva España y de Sinaloa; aunque poco menos castellanizado (por así decirlo), es muy parecido al que, por mandato de los Superiores, hago llegar al reverendo Padre Provincial y al excelentísimo Señor Virrey. Su reverencia sabrá, como lo ha acostumbrado desde hace tiempo, corregir mis errores o soportarlos con paciencia. Los primeros cinco días que pasamos en California, ciertamente con gran pesar de nuestro alma no vimos absolutamente a ningún Indio o habitante de la tierra; a pesar de que al bajar, habíamos encontrado agua muy buena y alrededor de esa fuente huellas humanas de muchos pies desnudos, de niños igual que de adultos, impresas en la tierra arenosa muy recientemente. Por nuestra parte, el primer trabajo que emprendimos fue elaborar artísticamente una cruz de gran tamaño, además de erigirla en una colinilla alta que había cerca, y ahí fijarla. Se actuó también para erigir un pequeño lugar sagrado y la fortaleza militar, y para que el inicio de ambos se diera más cómodamente, se cortaron varios árboles y jarales, y sobre todo una parte del palmar, sumamente hermoso y ameno

7 de abril

El día 7 de abril dije la primera Misa en tierras de California. Las demás, las celebré cada día en el navío, todo el tiempo de la navegación, solo una impidieron los vientos turbulentos. En cambio en tierra, aunque el año pasado recorrí casi 800 leguas de varios caminos terrestres, solo dejé de celebrar dos misas, los dos días en que no hubo acompañante. Mientras estaba yo demasiado ocupado en erigir el altar portátil, y los soldados ocupados en talar los árboles para la capillita y la fortaleza militar, los centinelas avisaron que a través del cercano bosque venían muchos indios con gritos hostiles. En consecuencia, por órdenes del Sr. General todos se volvieron a las armas y pensaban que quizás venía un gran ejército de Californios, con gran cantidad de armas. Poco después aparecieron 35 Indios, todos portadores de armas grandes, a saber, arcos y flechas largas, con grandes voces y gritos repitiendo aurú, aurú, esto es: fuera, fuera, o retírense de aquí de nuestras tierras. Pero nosotros, sobre todo los Padres de la Compañía, avanzamos al frente de ellos y de la forma más amistosa, les ofrecimos varios regalillos comestibles, y aunque al principio nada querían recibir de nuestras manos, sino que fue necesario dejarlos en el suelo, para que de ahí los pudieran recoger, poco después admitían todo de nuestras manos. Mientras les mostrara yo la sagrada imagen metálica de Cristo pendiente de la cruz, y con señas más que con palabras les explicáramos algo de la eterna felicidad y salvación de las almas, con ningún razonamiento pudimos comunicarles sino alguna mínima noticia o conocimiento de los divinos Misterios. Lo que después pidieron, bastante tiempo después, con una palabra de su lengua: aini, esto es: agua para beber, con facilidad lo obtuvieron del magnífico pozo que habíamos excavado, llenísimo de agua de inmejorable calidad y abundancia. Además, por esta causa nos los volvimos tan amigos, que por la tarde regresaron a sus casas como si todo el tiempo hubieran sido conocidos y con la mejor voluntad, dejándonos explicadas algunas palabras de su lengua.

9 de abril

El día 9 de abril, en la nueva capilla (aunque todavía no acabada), los dos sacerdotes de la Compañía dijimos las dos misas (como cada día el resto del tiempo) y enseguida que las acabamos llegaron un total de 83 Indios, entre ellos su jefe, y el hijo de éste, de la misma estatura, todos perfectamente bien armados, aunque ninguno de ellos hizo nada hostil, sin embargo de veras habían llegado con el propósito de pelear. Efectivamente, suelen los gentiles de toda California prepararse para la guerra pintándose con colores y combinados en cierto orden los cuerpos desnudos, el pecho, los brazos, la espalda, las piernas y las caras, o sea, desfigurarse de veras horriblemente. Así pues, como aquellos 83 venían pintados con los colores negro, blanco, rojo y amarillo, teníamos un seguro signo de guerra. Por otro lado, aparte de un insignificante tocado en la cabeza, comúnmente los de sexo masculino no usan ropa alguna; aunque las mujeres se cubren del pecho abajo hasta los pies con pieles de ciervos, de un modo decente y muy modesto, según vimos después en otra ocasión. Pero estos 83 indios, eran todos guerreros jóvenes y de edad madura. Y para que no intentaran algo hostil en forma alguna, el máximo empeño de todos nosotros fue el de tratarlos bien, de ganarnos sus ánimos con regalitos y obsequios y de comprometerlos para ganarlos a todos para Cristo. Al caer la tarde, se retiraron para dormir en la selva cercana, contentos ellos con nosotros y dejándonos a nosotros todavía más contentos y llenos de la mejor esperanza, en que a su tiempo se convertirían a la fe recta de la salvación.

10 de abril

El día 10 de abril, regresaron todos los Indios, pidiéndonos comida, lo que obtuvieron abundantemente junto con otros regalillos, quedándose con nosotros como viejos conocidos, ofreciéndonos leña del bosque cercano y agua del pozo vecino, también nos hicieron con prontitud y buena voluntad otros mandados como sirvientes. A no pocos de ellos los enseñamos a hacerse en la frente y en el pecho la señal de la santa Cruz como lo acostumbramos los cristianos, y en eso se mostraron muy dóciles. Luego les propusimos que tiraran sus flechas como al blanco [que pusimos]: un escudo elaborado con piel o cuero de buey (con el que se protegen los soldados españoles contra las puntas de las flechas en muchos lugares de las Indias). Ocho o diez de los indios más robustos procuraban con todas sus fuerzas traspasar el escudo blandiendo sus flechas, pero de todos, sin excepción, se rieron los suyos, al quebrarse sus flechas de punta de piedra o de pedernal débil, quedando ileso el escudo. Luego [quedaron] admirados y con temor de nuestras armas, cuando poco después vieron claramente que uno de nuestros soldados, con la bala disparada por su arcabuz traspasó no uno, sino tres escudos sobrepuestos. Por otro lado, con el estruendo del arcabuz, todos los indios, menos el hijo del jefe, se aterrorizaron a tal grado que se lanzaron a la fuga con pusilanimidad; hasta que los llamamos para que volvieran, mostrándoles atractivos regalos; también el Señor General de buena gana les obsequió regalillos, mientras contemplaban las perforaciones de los escudos. Al retirarse por la tarde, nos aseguraron que regresaban a sus familias, esposas e hija/os, y que les llevaban los regalos que nos habían aceptado.

11 de abril

El día 11 de abril o domingo de ramos, según la costumbre y el rito de la Iglesia, bendijimos y distribuimos los Ramos, y por cierto en exagerada cantidad, porque habíamos puesto como el más agradable palmar nuestro templo, la fortaleza militar y nuestras casas.

13 de abril

El día 13, el Señor General mandó a nueve personas para que exploraran las tierras interiores hasta 3 ó 4 leguas, e indagaran si había otro río, los caseríos de los indios y algunas llanuras o tierra fértil para la agricultura. Al volver por la tarde, trajeron algunas de las cosillas que los días anteriores habíamos dado a los indios, sobre todo ropas, porque esos indios prefieren su desnudez a la ropa, y como la juzgan más bien carga que ornato u honra, la arrojaron por todas partes. Vieron también estos nueve, en una llanura muy amplia, gran cantidad de humos, los de las hogueras encendidas por los indios, que ordinariamente se hallaban es esos terrenos.

14 de abril

El día 14 de abril casi terminamos nuestro templecito, y en él colocamos las sagradas imágenes de gran tamaño y pintadas por un pincel bastante bueno. La primera era de la Virgen María de Guadalupe, la segunda explicaba exponía los 12 artículos del símbolo de los apóstoles, y la otra presentaba las Sagradas imágenes de Jesús, María y José, Joaquín y Ana, el Santo Patriarca, (nuestro) Padre Ignacio y el gran Querubín de las Indias, San Francisco Xavier. Por la tarde, recibimos muchas confesiones sacramentales con motivo de la pascua y por cierto que en esa ocupación nos dieron las 2 de la madrugada.

15 de abril

El día 15, jueves de la cena del Señor, continuamos con el sagrado tribunal, desde muy de mañana hasta la misa; en ella el Señor General y algunos de los principales militares o marineros recibieron la sagrada comunión. A partir de la comida, nos visitaron amigablemente 40 indios. Por la tarde, para los españoles hubo sermón de la Pasión del Señor. Además, el día siguiente, Viernes Santo, y el Sábado Santo, continuamos los oficios eclesiásticos, aunque sin cesar llegaran como huéspedes unos Indios, nunca desagradables.

17 de abril

El 17, Sábado Santo, cantadas las Letanías de Todos los Santos en la misa, al Gloria in Excelsis, aumentó la solemnidad no solo el primer repique festivo de las campanas, sino también el retumbar de todas las escopetas, y también lo repitieron cinco veces durante la misa todas las escopetas y los cañones de las dos naves.

18 de abril

El día 18 o Domingo de Resurrección, en ambas misas se distribuyó la sagrada comunión a muchos. Por la tarde, se concedió confesar [a los marineros] en las naves y para que pudieran más cómodamente recibir la sagrada comunión quienes custodiaban las naves , el día siguiente se dijo en la nave capitana solamente una misa.

22 de abril

El día 22 se decidió enviar la nave Capitana a las misiones de la Compañía cercanas al río Yaqui, para que trajeran de ahí la abundante provisión de víveres, ovejas, trigo, bueyes, legumbres, así como caballos y burros, con cuyo apoyo podríamos penetrar hasta muchas leguas y también hasta las mismas costas de la California occidental. Por lo tanto, se dispuso la nave.

24 de abril

El día 24, mientras la Capitana salía de nuestro puerto de La Paz —llamado popularmente de La Paz— encalló en un banco arenoso por inclinarse más a la izquierda, en grado exagerado; pero al descargar el peso del lastre y al subir la marea poco después , sin daño alguno, gracias a Dios, salió exitosamente del peligro.

25 de abril

El día 25, Domínica in Albis, muy de mañana se dijo una de las misas, en la que muchos comulgaron y en ella estuvieron presentes junto con su Capitán, el Señor Blas de Gusmán, los que poco después abordaron la nave capitana; y salieron con vientos tan propicios, que en pocas horas desaparecieron de nuestra vista.

28 de abril

El día 28 llegaron unos indios, en una cantidad de casi 50, y no pocos de ellos eran de los que hasta entonces no habían venido a visitarnos; los demás se admiraron mucho de la ausencia de la nave Capitana, y preguntaron por ella y por el lugar al que había ido. Y cuando les dijimos que había ido por víveres, provisiones o alimentos, nos pareció que se llenaron de considerable gozo y que ponderaban mucho tal iniciativa. Por otro lado, mientras todos ellos lo veían y estaban presentes, bauticé solemnemente a un pequeño infante, hijo de una familia de indios que hasta ese lugar habían ido desde la Nueva España, en la servidumbre del Señor General. Ese niño, bautizado ese día, había nacido dos días antes y recibió el nombre de José. No es fácil decir con qué cariño acompañaron a este niño todos los indios de California, porque parecía que no podían poner fin a los besos, abrazos y otras caricias. Nosotros, por nuestra parte, suplicábamos al poder del cielo que nos inspirara tal aprobación que pronto pudiéramos bautizar a sus niños y a los adultos mismos. Mientras, nos pareció conveniente conformarnos con instruirlos para hacerse la señal de la Santa Cruz y otras minucias. Aunque ya habíamos obtenido también que quisieran venir a tomar parte en nuestra alegría y solemnidad, al organizar danzas, según la costumbre de [este] pueblo.

1ro. de mayo

El primero de mayo, en conchas del mar se encontraron perlas, o perlas-de-tamaño nada común; también otros, que habían emprendido camino por otra causa, aseguraron que habían encontrado piedras que contienen metal. etcétera.

Hasta aquí había llegado al escribir, [cuando] se presentaron las ocupaciones y urgencias, que impiden y obstaculizan [continuar], aunque podría seleccionar de mi diario mucho más para esta ocasión. Y porque prefiero enviar esto poco a su Reverencia y a la Provincia de Alemania Superior, corto el hilo, con el propósito de escribir mucho más la próxima vez. Solo añado con la máxima brevedad, que cuando esperábamos en California, hasta mediados de Julio, que regresara la nave Capitana y las provisiones, como no apareció, con el fin de preguntar por ella y su viaje, llegamos a este puerto Sinaloense de San Lucas, todas las 84 personas que habíamos permanecido en California y que en el lapso de los tres meses habíamos aprendido 500 palabras de la lengua de California.

21 de julio

Así que el 21 de Julio entramos felizmente en este puerto de San Lucas, que con todo cuidado señalé en el mapa, llegamos en la nave Almiranta con el Sr. General los dos sacerdotes de la Compañía y los demás. Los Reverendos Padres Misioneros de nuestra Compañía, con la mayor caridad y no menor liberalidad, prontitud y velocidad, dispusieron las provisiones de todo género para todos, en la máxima abundancia, y el Reverendo Padre Nicolás Ponze se dignó asignarnos su provisión.

En cambio, recibimos las más tristes nuevas de nuestra nave Capitana; a saber: que hace tiempo salió del puerto Yaqui a California y como entretanto nunca apareciera, la mayoría había creído que naufragó; aunque poco después entendimos que fue obligada a volver al puerto Yaqui, por los vientos contrarios, lo que les aconteció el mismo día que llegamos a este puerto de San Lucas.

Por consiguiente, habiendo enviado el Sr. General cartas por tierra, sucedió que el día 25 de agosto llegó hasta nosotros con éxito. Superan los quinientos Imperiales los donativos que para alimento y vestimenta nos asignaban a mí y al padre Goñi los reverendos padres del río Yaqui.

Ahora estamos dispuestos para que en diez o 15 días regresemos a las Californias, (o si Dios lo concede, a las Carolinas, como por Felipe II [se han llamado] las Filipinas), donde nos esperan innumerables almas aptísimas para el Reino de Dios.

Del puerto de San Lucas, de la Provincia de Sinaloa,

de la Nueva España o América Septentrional.

30 de agosto de 1683.

Eusebio Francisco Kino.

107- Original latino preservado en los Archivos Estatales de Baviera (BayHstA, Jesuítica Nos. 293-294). Publicada por Peter Stitz en “Californische Briefe des P. Eusebio Francisco Kino (Chini) Nach der oberdeutschen Provinz, 1633-1685” en Archivum Historicum Societatis Jesu , III, Roma, 1934, pp 116-121. Traducida al castellano para este trabajo por el doctor Conrado Ulloa, profesor emérito de la Universidad de Guadalajara.

108- Paulo Zignis fue compañero de Kino durante los estudios de filosofía y teología en la Universidad de Ingoldstad. Durante su estancia en La Paz le envió algunas cartas.

Documento 14

Septiembre 25 de 1683

Autos sobre la primera entrada que hizo el Almirante Don Ysidro de Atondo y Antillón en unos parajes de la California; y de haberse retirado al puerto de San Lucas, 50 leguas de Sinaloa. (109)

Excelentísimo Señor:

Puesto a los pies de Vuestra Excelencia, con el debido rendimiento a la obligación de mi cargo y criado de Vuestra Excelencia, refiere en la brevedad que fuere posible lo desgraciado de nuestro viaje y al parecer corta fortuna, pero a dispuesto la majestad Divina que en nuestra nueva conversión de las Californias no se haya perdido ninguno de los tres bajeles de esta Armada, habiendo padecido tanto y por los tiempos haber perdido anclas y cables en los cuatro meses rigurosos del año que lo son en estos mares y costas el de junio y julio, agosto y septiembre, ni los gentiles de la nación guaicura, que siempre vinieron enemigos encubiertos, nos matasen, más que al grumete que robaron o se pasó a vivir con ellos.

Señor, doy cuenta a Vuestra Excelencia como habiendo recibido los bastimentos de seis meses para esta empresa, y aprestado lo demás, salí del puerto de Chacala con la Capitana y Almiranta, dejando en él a la fragata Balandra, el día diez y siete de enero, a cargo de su capitán, piloto y contramaestre, con acuerdo jurídico a que guardase la gente de mar que venía marchando de esa corte, pues no bastaba el cuidado de los centinelas embarazar la fuga de los embarcados.

Me hice a la vela dicho día, y viendo que el pagador, don Jacinto Moraza, se excusaba embarcar por sus achaques, le hice notificar por tres veces siguiese la obligación de sus puestos, todo consta por instrumento jurídico. El diez y ocho hicimos fuerza de vela porque vientos noruestes y corrientes eran contrarios y nos llevaban a la ronza. (110)

Llegamos a California a los setenta y cuatro días y el primero de abril dimos fondo en el puerto de Nuestra Señora de La Paz que es muy seguro y abundante de agua, leña, pescado y sal. Y habiendo reconocido paraje a propósito para fortificación, al día siguiente salté con toda la gente en tierra. Delinee una media luna dando las espaldas a la mar y a los bajeles, formé la trinchera de troncos de palma, con su foso, a los remates puse los pedreros que Vuestra Excelencia fue servido mandar remitir de esa corte, y en el medio un baluarte con un esmeril de bronce.

Bajaron treinta y cinco indios, que fueron los primeros que vinieron, y aunque con el orgullo y gritería con que ellos se animan a pelear. Luego que nos vieron en disposición de hacerles cara se sosegaron, les dimos de comer y alguna ropa y se fueron de allí. Y dos días volvieron setenta y tres con la misma gritería, también se sosegaron viendo la pretensión de nuestra gente. Después bajaban cada dos a tres días a mariscar sin tanto alboroto, y se solían estar lo más del día a vista de nuestro Real, en que se solicitaba todo lo posible para aprender su lengua para darles a entender a lo que íbamos de parte del Rey Nuestro Señor.

En el ínterin que se hacían estas diligencias, viendo que con lo penoso del viaje se nos habían corrompido algunos bastimentos, determiné despachar la Capitana, como navío de más buque, a las costas de Sonora y Río Yaqui, que es de corta travesía, trujese otros bastimentos con letra de tres mil pesos que me prestó el capitán Agustín de Gamboa, vecino de la ciudad de Guadalajara. Asimismo trujese caballos para las entradas de mi obligación, brea, alquitrán y sebo que tenía mandado prevenir para la carena de estos navíos.

Habiendo salido dicha Capitana del puerto de La Paz el día veinte y cinco de dicho mes [abril], el día quince de julio no habíamos sabido de ella, siendo en nuestra gente de sumo desconsuelo tanta dilación.

En este tiempo hice cuatro entradas tierra adentro, por diferentes rumbos y en la que más pude avanzar fue siete leguas en cuatro días de marcha por haber hallado un pozo de agua manantial, y aunque ciento y cincuenta indios, de arco y flecha, nos la quisieron embarazar, facilitó el remedio de nuestra necesidad darles a entender íbamos a pelear contra sus enemigos los coras, que estaban a la parte del poniente, a que los convidamos no nos quisieran seguir, pero logramos reconocer tres leguas más la tierra adentro.

En toda la que descubrimos no se halló rio con agua, ni tierras a propósito para sembrar, aunque rasas cuanto alcanzaba la vista, las cuales producen mezquites muy gruesos, otros árboles que llaman maotos, otros de copal, cardones y pitayas, de que están los campos vestidos.

Demuestra esta nación ser muy guerreros, según las señales de heridas. Son muy celosos según el cuidado que ponen en retirar las mujeres, dan a entender tienen tres y cuatro y las que alcanzamos a ver en el aguaje iban vestidas de pieles de venado y tigre. Y a la boca de dicho puerto de La Paz, descubrimos otro que dicen se llama de San Ignacio, al cual le ofrece gran abrigo una isla de dos leguas de box y encima de ella hay una laguna de sal piedra (excelente) y espumilla que en nombre de Vuestra Excelencia mandé intitular Santo Tomás de la Laguna. Los que después fueron a sacar sal para el gasto de nuestra Armada, la trujeron y descubrieron alrededor de dicha isla cinco comederos de perlas que con no haber buzos sacaban a la bajamar conchas en que hallaban granos menudos pero de buen oriente, de que se discurre que si su Majestad envía buzos y minro de confianza, recuperará para los grandes gastos de esta armada empresa y conversión. Viendo los indios que andábamos reconociendo sus tierras, trataron con todas veras echarnos con la acostumbrada arrogancia, pues esta nación domina en el valor a las demás.

El día diez y siete de mayo nos hurtaron un mulato grumete, o se pasó a vivir con ellos. Se lo pedí muchas veces ofreciéndoles regalos por traerle, hasta que supe por otros indios buenos que llamábamos los serranos, le mataron luego, por cuya razón hice prender uno de sus capitanes, teniéndolo en rehenes por si nos daban nuestro grumete. Lo traigo embarcado con buen tratamiento, por adelantarnos en su idioma. Lo he enviado reconociese la muchedumbre de indios y abundancia de los frutos y iglesias de esta tierra, pues daban a entender les queríamos comer las pitayas y mezcales. Lo llevo embarcado por si lo dicho importa al servicio de ambas Majestades y logro de nuestra conversión.

El día seis de junio nos vinieron a acometer dos capitanes con ciento y cincuenta indios, escogidos en tal disposición que nos iban echando cerco. Salí a el encuentro del capitán que llamábamos Pablo, quiso Dios cesasen en su ímpetu y arrogante resolución. Reprendiles como be mande aquel modo porque los mataría, y aunque se enmendaron en algo, no por eso dejó su atrevimiento de flechar los carneros y procurar cogernos con cautela, para lo cual convocaron indios de otra nación que estos, por ser más afables, nos lo avisaron, y el día que habían de venir que estuviese con cuidado porque era su intento cercarnos y degollarnos, lo cual tenía a nuestra gente tan desanimada como Vuestra Excelencia reconocerá por los instrumentos jurídicos que remito con el debido rendimiento y porque no padeciese algún notable descrédito nuestras armas por unas tan débiles como las de estos guaicuros, o por el poco valor que mostraban los nuestros determiné evitar ejecutasen su traición dándoles una rociada. Antes que nos avanzasen hice doblar las centinelas y el día señalado venían simulados, dejándose ver de dos en dos los capitanes y más principales hasta diez y nueve, quedándose los demás en el monte emboscados, como actualmente lo reconocimos por los que se retiraban de orden de sus capitanes, siendo grande el recato con que nos trataban.

Este día, cuando reconocí estaban juntos los de mayor suposición, mandé disparar un pedrero y algunos arcabuces, de que cayeron diez. Y desde el navío miraban los que iban heridos cayendo y levantando y los muchos que iban huyendo de la emboscada por el ruido de la carga, y al mismo tiempo dispararon algunas flechas que metieron dentro de nuestra trinchera.

Acabado de suceder esto, todo era desear llegase la Capitana con bastimento y caballos, por la facilidad de entrar tierra adentro. Y por esta esperanza mantuve nuestra gente catorce días con alguna falta de bastimento y mayor desconsuelo en los nuestros, ya por la convocación que prometían en los enemigos, como dar por perdidas la Capitana y Balandra. No obstante no me quise resolver a dejar aquel puesto hasta que pase a sondear el bastimento de la Almiranta y viendo que era tan poco como Vuestra Excelencia, siendo servido, mandará reconocer por la información de doce testigos de mayor excepción, determinó nos embarcásemos en busca de la Capitana. Di orden al piloto Mateo Andrés nos mantuviese en la mar cuanto el tiempo y bastimento permitiese. Así lo hizo pues habiendo salido del puerto [de La Paz] el día quince de julio, no llegamos a este hasta los veinte y uno, siendo nuestra navegación de veinte y cuatro horas, con el viento que hacía.

Luego que di fondo en él, despaché cartas por estas provincias me noticiasen de dicha Capitana, y habiéndome avisado estaba surta en el Puerto de Yaqui, donde arribó tres veces por lo importuno y riguroso de los tiempos y vientos sures y suestes, que no le permitieron llegar con el socorro de bastimentos y ciento y cuarenta cabezas de ganado mayor y menor en que iban diez y nueve caballos. Todo lo perdió y viendo el capitán piloto don Blas de Guzmán cuanto importaría llegar con dicho socorro, procuró su actividad y celo mantenerse contra vientos y mares, hasta que los marineros le protestaron sus vidas y la pérdida de la Capitana. Llegó a este puerto (La Paz) el día veinte y cinco de agosto, cuando ya nos hallábamos lejos de donde solo tratábamos de la conversión de las almas.

Al punto que llegué rogué a los reverendos padres de la misión de California saltasen en tierra a solicitar entre sus hermanos bastimentos a costa de recrecer mis empeños. Y para que se consiguiese con brevedad di mi plata labrada y vestidos, se empeñasen o vendiesen. Y viendo que no bastaba, resolví (con acuerdo de sus paternidades) se vendiesen a costo y costas, en pública almoneda, diez fardos de ropa de lana de la tierra, de la limosna que su Majestad dio para los gentiles, antes que se acabase de apolillar, con que por estos medios me he acabado de algún bastimento, aunque la tierra estaba falta, y estoy esperando por horas con caballos embarcados, me sale el viento para atravesar a la California al paraje que llaman los mapas río Grande, donde arribó la Capitana, y me refiere su capitán y toda la gente de ella, hallaron en este paraje como ciento y ochenta indios de mucha afabilidad, daban a entender tenían guerras con los circunvecinos, de donde avisaré a Vuestra Excelencia como de cualquier parte de Californias donde me arrojaren los vientos y fortuna, cumpliendo con mi obligación me mantendré, en tanto que Vuestra Excelencia fuere servido mandarme remitir al cumplimiento de los cien soldados, armero, caballos y armas que refiero en otra consulta.

Señor, acabo de tener correo del capitán de la Balandra, Diego de la Parra, en que me avisa del viaje que hizo a Californias en nuestra busca. Es lo que Vuestra Excelencia reconocerá por su relación, que remito a los pies de Vuestra Excelencia, en respuesta le animo porque es hombre de buen celo, no dejó acabar de perder la Balandra, le envié más de cuatrocientos pesos, y que lo le ofrezca cuidado cuatrocientos y cincuenta que dice a buscado a su crédito para que sustente la poca gente que le ha quedado y la apreste de bastimento, pues por todo el mes que viene, siendo Dios servido, ira la Almiranta a carenar, con orden entre en el puerto de Mazatlán, donde se halla, y la lleve a el de Matanchel, donde se le de la carena que propone dicho capitán.

Dios guarde la excelente persona de Vuestra Excelencia en su mayor grandeza los muchos años que los criados de Vuestra Excelencia hemos menester.

Puerto de San Lucas, a bordo de esta Capitana. Septiembre veinte y cinco de mil seiscientos y ochenta y tres años.

Excelentísimo Señor, a los pies de Vuestra Excelencia.

Don Isidro de Atondo y Antillón.

109- Autos sobre la conquista de California AGI M 56. Mathes [9]: 251-257.

110- Vagar alrededor de un lugar.

Documento 15

1739

Kino en el manuscrito de Venegas “Empresas Apostólicas” (111)

Emprendese de nuevo la conquista de Californias por mandado del Rey Católico Don Carlos Segundo.

Gobernaba ya la monarquía española nuestro católico rey Don Carlos Segundo, cuando leídos en el Real Consejo de Indias los informes, que de acá se habían remitido sobre las entradas que se habían hecho a las Californias en los años antecedentes, concibieron tanto mayores deseos de conseguir esta conquista, cuanto se había mostrado hasta allí más insuperable. Para esto, siendo informado de todo nuestro rey católico, despachó una real cédula, dada en veinte y seis de febrero del año de setenta y siete, y dirigida al señor don fray Payo Enríquez de Rivera, arzobispo de México y virrey de la Nueva España, en la cual le encargaba que cometiese de nuevo la conquista y reducción de las Californias al Almirante don Bernardo Bernal de Piñadero, otorgando antes escritura y dando fianzas y seguridad de cumplir lo que pactase con su Majestad. Pero que si él no pudiese, o no fuese conveniente que él tomase a su cargo este negocio, nombrase a otra persona de su satisfacción, que a su costa quisiese hacer este servicio a su Majestad, y que de no hallarla, nombrase otro que la hiciese a costa de la Real Hacienda.

Recibida esta cédula procedió el señor don fray Payo a ejecutar todas las diligencias en esta contenidas, y por última resolución nombró para esta expedición al Almirante don Isidro de Atondo y Antillón, encomendándole de parte de su Majestad la población y reducción de las Californias con las calidades que se contienen en la escritura que otorgó el dicho Almirante en diez y seis de diciembre del año de setenta y ocho, y vinieron aprobadas de su Majestad en cédula de veinte y nueve de diciembre del año siguiente de setenta y nueve.

A esta resolución de nuestro rey cathólico concurrió también de su parte la Compañía [de Jesús] con una relación del estado y disposición de las Californias y de la necesidad de aquellas almas, según las noticias que se tenían de otras entradas, y especialmente de las que hicieron el gobernador de Sinaloa y don Pedro Porter de Casanate, llevándose consigo a los padres Jacinto Cortés y Andrés Báez, misioneros de Sinaloa, y ofreciendo ahora de nuevo otros dos misioneros de esta provincia para que atendiesen a la conversión de aquella gentilidad.

Acepto su Majestad esta oferta y a más de los dos misioneros, pidió y nombró que fuese por cosmógrafo real el padre Eusebio Francisco Kino, por ser muy inteligente en esta facultad, que a la sazón se hallaba en las misiones de Sonora, para que demarcase los puertos y describiese toda la tierra. Así se ejecutó, como lo pidió su Majestad, nombrando al dicho padre Eusebio Kino por superior de aquella misión. Se le añadieron por compañeros a los padres Juan Bautista Copart y Pedro Matías Goñi.

Entretanto el Almirante don Isidro de Atondo comenzó a tratar de la fábrica de los bajeles necesarios para aquella navegación y hacer otras prevenciones forzosas. Diosele facilidad para librar en todas las cajas reales de México, Acapulco, Guadalajara y Gudiana, y a todos los oficiales reales de dichas cajas se les dio orden de que hiciesen con puntualidad todos los pagamentos a letra vista de las libranzas del Almirante. Con esta providencia se aplicó luego a poner obra la fábrica de tres navíos que juzgó necesarios para aquella expedición: y fueron Capitana, Almiranta y Balandra. Todas tres se fabricaron en las costas de Sinaloa en los tres años siguientes. Y habiendo hecho entre tanto el Almirante la prevención necesaria de armas, bastimentos, soldados y marineros, se embarcó con los padres misioneros y con toda su gente, que entre soldados y marineros pasaban de ciento.

Salió del puerto de Chacala a los diez y ocho de marzo del año de mil seiscientos y ochenta y tres, y solamente con los dos navíos Capitana y Almiranta, porque la Balandra le había de seguir después, en haciendo algunas prevenciones de bastimentos y otros pertrechos que le faltaban. Pero en la realidad nunca se vieron juntos los tres bajeles en California, porque la Balandra, después de varios contratiempos, anduvo peregrinando por aquellos mares, y visitando las costas de California sin haberse podido encontrar con ellos. Y así solo sirvió de que su Majestad gastase en vano todo el importe de su fábrica, con los demás salarios y costos consumidos en abastecerla de todo lo necesario para el viaje.

Llegó pues don Isidro de Atondo con sus dos navíos al puerto de La Paz a los treinta y uno de marzo, después de catorce días de navegación. Cinco días estuvieron a bordo sin saltar en tierra, esperando que apareciesen algunos indios, hasta que al cabo determinaron desembarcarse, yendo armados y prevenidos para cualquier repentino asalto. Luego se aplicaron todos a formar el real, levantando enramadas y haciendo trincheras con los materiales que el paraje les ofrecía. En eso se ocupaban cuando los centinelas avisaron que había aparecido un trozo de indios que venían armados hacia el real. Venían estos con arcos y flechas y desnudos, pero pintados sus cuerpos de varios colores para mostrarse más espantosos. Tomaron todos las armas y pusieronse en orden para resistirlos, y acercándose al presidio como hasta treinta y cinco indios, repetían a gritos una palabra con la cual, por lo que pudieron entender de sus ademanes, les querían decir que se partiesen luego de aquel lugar.

Estando en esto, dos de los padres misioneros, llevando consigo algunas cosas comestibles con que regalar a los indios, se fueron para ellos, y habiéndolos encontrado les dieron a entender, del modo que pudieron, por señas, que no habían venido a hacerles mal alguno, sino antes a procurar el bien de sus almas y de sus cuerpos, y que los querían tener por amigos, por lo cual, para muestra de su amistad, les traían aquellos agasajos. Enmudecieron los indios a esta vista y estando suspensos, les pusieron los padres en las manos lo que llevaban. Ellos entonces, con algún desprecio, lo tiraron en tierra, y como los padres dieron luego la vuelta para el real, llegaron los indios a probar lo que habían despreciado, más al gustar de aquel bastimento para ellos incógnito, se fueron siguiendo a los padres y pidiéndoles más. Recibieronlos en el real con mucha benevolencia, dándoles de comer y beber, y regalándolos con cuentas de vidrios y otros donecillos para ellos apreciables, y con esto se volvieron alegres a sus rancherías.

Prosiguieron los soldados sus fábricas y levantaron una enramada capaz para que sirviera de iglesia en que celebrar los divinos oficios. Con esto gastaron dos días sin haber visto más indios, pero al día tercero aparecieron más de ochenta indios armados que venían hacia el real de los españoles. Pusieronse estos en orden, y prevenidos con sus armas aguardaron a que llegasen. Más viendo que los indios no hacían hostilidad alguna, y que el traer armas era solo resguardo, más sin ánimo de ofender mientras no eran provocados, comenzaron con muestras de benevolencia a convidarlos para que llegasen al real, y habiéndose acercado los recibieron con señales de paz y amistad y los regalaron con cosas de comer. Con esto se dieron por amigos los indios y dieron en frecuentar el real ya sin temor alguno.

Más para quitarles toda ocasión de asaltos repentinos y contenerles con el temor de su infantería armada, quiso el Almirante darles a conocer la fuerza de las armas que usaban los españoles. Para esto hizo suspender en alto un broquel o escudo de cuero de toro de los que usaban los soldados para reparo de las flechas. Mandó luego a los indios que probasen traspasar con sus saetas aquel escudo. Pusieronse a ello ocho indios de los más robustos y a todos sus tiros resistió impertransible el cuero. Llego luego por orden del Almirante un español con su mosquete, y haciendo añadir al escudo pendiente otros dos, disparó el mosquete y traspasó con las balas todos los tres cueros. Esto causó grande admiración en los indios y justamente sirvió de ponerles temor para no atreverse a ofender a los españoles.

Hace el Almirante algunas entradas y los indios se alborotan

Fortificado ya el Almirante en el puerto de La Paz, determinó ante todas cosas enviar la Capitana al Puerto de Yaqui en busca de bastimentos, porque los que habían sacado del puerto de Chacala se iban ya corrompiendo. Y habiendo esta salido del puerto de La Paz a los veinte y cinco de abril, no pudo llegar a la boca del río Yaqui hasta los ocho de mayo, por haberla obligado a detenerse en las islas de San José y del Carmen la fuerza de los vientos contrarios. Luego determinó don Isidro de Atondo hacer algunas entradas a la tierra para descubrir sus aguajes, pastos y rancherías de los indios. La primera que hicieron fue hacia la parte del sudueste, porque allí bajaban de ordinario los gentiles cuando venían al real, que eran los de la nación guaicura. Donde es de advertir que esta palabra, guaicuro, no es propia de aquella nación, sino que los isleños de la isla de San José dicen esa palabra de otra manera, guajoro, que quiere decir amigo, y oyéndola los buzos la corrompieron llamando guaicuros a los naturales de aquella costa.

El fin principal de aquella entrada era acariciar a los indios y familiarizarse con ellos hasta conseguir que trajesen sus hijos al presidio de los soldados, para que pudiesen los padres misioneros con su frecuente comunicación aprender la lengua. Porque, aunque es verdad que venían los indios al real, pero siempre se habían portado con desconfianza y cautela, sin querer traer consigo a sus hijuelos y mujeres. Salió pues el Almirante a esta expedición llevando consigo al padre Eusebio Kino y a un religioso de San Juan de Dios llamado fray José de Guijosa, que había llevado el Almirante en la armada. Acompañolo don Francisco Pereda y Arce, capitán de la Almiranta, con otros cabos principales, y veinte y cinco soldados, a quienes se añadieron algunos peones y sirvientes domésticos que iban destinados para abrir los caminos. Porque, aunque los indios tenían sus veredas para andar, pero como siempre andaban desnudos y sin embarazo alguno de ropa y de carga, eran impertransibles para los españoles sus veredas, y así era necesaria que fuesen por delante desmontando los peones.

Caminaron todos el primer día como siete leguas, aunque no eran tantas por línea recta, sino por los rodeos que anduvieron haciendo en una tierra incógnita. Al fin descubrieron una moderada llanada, y al un lado de ella las rancherías de los indios, los cuales, al divisar de lejos a los españoles, trataron luego de esconder a sus mujeres. Para hacerlo con más seguridad se adelantaron algunos de ellos a encontrar a los españoles para entretenerlos, según se persuadieron entonces por el hecho, porque habiéndose acercado a ellos, les dijeron por señas que no estaba allí el agua que buscaban, pero a poco rato de haberlos detenido vino un mensajero de las rancherías a decirles que pasasen a beber, que allí estaba el aguaje. Acercaronse allá los españoles y no hallaron a las mujeres, y solo encontraron como doscientos indios que se habían juntado, todos armados con arco y flecha.

Procuraron aquí los españoles tratarlos con mucho amor y benevolencia, pero sin perder un punto del orden y vigilancia militar que debían tener en tierra de enemigos. Ni estaban ellos menos vigilantes y cautelosos, pues no largaban sus armas de las manos. Y aun parece que hubieran intentado acometer a los españoles y acabar con ellos, sino temieran que hubiera otros en el presidio que pudieran venir en su ayuda. Esto se presumió por la cautela que usaron al ver a los españoles en sus ranchos: y fue que enviaron secretamente una escuadra de doce indios con su capitán, hasta el presidio de los españoles para reconocer si quedaba más gente de munición en la fortaleza. Esto ejecutaron en pocas horas por su ligereza y desembarazo en andar, y habiendo hallado que había buena defensa en el presidio, se volvieron a dar aviso a los compañeros, sin que ni a la ida ni a la vuelta los echase de menos el Almirante, ni su comitiva.

Quedaronse allí los soldados aquella noche, y al día siguiente, después de haber repartido entre los indios algunas dádivas de las cosas que habían llevado para ganarles la voluntad, determinaron volverse al presidio, porque la falta de aguajes los retirase de pasar adelante. Y aunque los indios guaicuros venían al real de los españoles y recibían lo que les daban, pero siempre vivían recelosos de ellos, y algunas veces venían a decir a los españoles que se fuesen de sus tierras y los dejasen en su libertad. Y para más obligarlos a ello, procuraban intimidarlos, diciéndoles por señas que los de su nación estaban en ánimo de juntarse y venir a matarlos si no se iban de allí. Más viendo que no hacían caso de sus amenazas los españoles, se resolvieron por fin a venir de guerra contra ellos.

Juntáronse pues los más robustos de ellos, y divididos en dos escuadras, vinieron el día seis de junio y acometieron las trincheras de los soldados, diciéndoles que se fuesen luego o los matarían. Dio orden el Almirante que resistiesen el ímpetu de la escuadra más avanzada con un pedrero. Y lo hubieran ejecutado con muerte de muchos, si al ir a dispararlo no advirtieron que estaba el Almirante fuera de las trincheras, por haber salido a resistir la segunda escuadra, lo cual consiguió tan felizmente que solo con darle unos gritos al capitán de ella, lo intimidó a él y a los suyos de modo que desistieron de su intento y se volvieron a sus ranchos.

Sosegado ya el alboroto, determinó hacer otra entrada hacia el oriente, llevando en su compañía al padre Pedro Matías Goñi, y un buen número de soldados. Caminaron con mucho más trabajo por lo áspero del camino, y habiendo subido a la cumbre de un cerro (desde donde unos soldados le dijeron que habían divisado un hermoso valle) hallaron que no había por allí valle, sino una cañada muy áspera y peor que cuanta tierra habían visto hasta entonces. Con su vista, desengañados se volvieron, y solo consiguieron por fruto de esta entrada el haber encontrado en el camino dos indios de otra nación distinta. Eran estos los indios coras, que eran mansos, afables y pacíficos, a los cuales trataron los españoles con mucho amor, y los convidaron para que fuesen a la fortaleza y trajesen a los de su nación, porque los querían tener por amigos. Ellos lo hicieron así y se estrecharon tanto en la amistad de los españoles que venían con frecuencia a visitarlos, y sin recelo alguno solían quedarse a dormir en la fortificación entre los soldados.

Desampara el Almirante el puerto de La Paz y la causa que hubo para ello

No quedaron mal interesados los españoles con la amistad de los indios coras, porque estos como amigos les descubrieron la invasión repentina que preparaban los guaicuros, determinados ya ba venir armados sobre los españoles y acabar con ellos.

Dio ocasión a ella la fuga que hizo del real un mulato grumete, nombrado Zabala, el cual temeroso del castigo que su amo, el Almirante, le quería dar por cierto delito que había cometido, se huyó y desapareció de entre sus compañeros sin que lo pudiesen hallar. El juicio que se hizo por entonces fue que se había ido con una cuadrilla de los indios guaicuros, para vivir entre ellos. Y no faltó quien pusiese por testigos a los indios coras que venían al real, de que les habían oído decir como ya los guaicuros habían muerto al grumete fugitivo. Así corrió por entonces la noticia de este suceso. Pero no fue así en la realidad, porque muchos años después se descubrió la verdad del caso, y fue de esta manera: el mulato Zabala, temeroso del castigo que le amenazaba, quiso comprar su libertad con una buena perla que tenía. Ofreciola al capitán de un barco porque le diese una canoa, y él, codicioso, se la vendió sin darse cuenta al Almirante. En ella se huyó el delincuente, y atravesando el mar a todo riesgo, se puso a la otra banda.

Este suceso oyó de boca del mismo fugitivo el padre Juan de Ugarte muchos años después, cuando era rector de San Gregorio, en ocasión de que el padre se hallaba en la hacienda de Oculma, según refiere el padre Juan María en carta escrita al señor Miranda, oidor de Guadalajara, en diez de octubre del año de diez y seis [1716], donde pondera la maldad del capitán del barco, que vendió la canoa, por cuyo silencio pernicioso se rompió la guerra y se siguieron tantas muertes de inocentes, como ya veremos.

Cuando tuvo el Almirante la falsa noticia y mal fundada presunción de la muerte de su sirviente, mandó prender al capitán de aquella cuadrilla de guaicuros con la cual decían se había ido el mulato, para que quedase en rehenes hasta que pareciese el fugitivo. Esta prisión alteró mucho a los guaicuros, y así venían a menudo muchas cuadrillas de ellos a pedir libertad de su capitán, y juntamente a decir a los españoles que se fuesen de sus tierras. Pero como ni uno ni otro conseguían, mostrábanse insolentes y amenazaban a los españoles que los matarían a todos, porque aunque sus armas eran de mucha resistencia contra las flechas, pero ellos excedían mucho en número a los soldados y los oprimirían sin darles lugar a manejar sus armas contra ellos.

Éstas y otras amenazas y bravatas sufrían con paciencia y disimulo los soldados, porque el Almirante los contenía para que no diesen a los indios ocasión de irritarse más. Pero ellos por fin se resolvieron a poner por obra su intento, y para más aumentarse convidaron a los indios coras a que les ayudasen a dar la batalla y matar a los españoles. Era esto a principios del mes de julio, tres meses después de haber hecho asiento en aquella tierra. Y aunque los coras por temor disimularon con los guaicuros, dándoles a entender que les ayudarían, pero luego vinieron algunos al presidio, y llamando aparte al Almirante, a los padres, y a un soldado que entendía algo de la lengua, les dieron la noticia de la conjuración de los guaicuros, y como para el día siguiente querían venir de guerra. Con este aviso mandó el Almirante que todos estuviesen armados y prevenidos para resistir aquel asalto. Doblaronse las centinelas aquella noche y con la expectación de los enemigos fue tal el temor y la consternación de la gente del presidio, que a cada uno ya le parecía verse en manos de los indios y destrozado de ellos.

Aún mayor fue el temor que tuvo el Almirante, no de los indios, pues conocía la debilidad de sus armas y la pujanza de las armas españolas, sino del enemigo de un ejército que se aloja con ellos en sus reales y vence sus ánimas antes que llegue el contrario a rendir sus cuerpos. Por eso procuró alentarlos con sus razones y para más asegurarlos dispuso que sestasen el tiro de un pedrero, y otras bocas de fuego, hacia el camino por donde habían de venir los indios, y dio orden que disparasen antes que ellos se acercasen al real., para que así cayesen muertos o heridos los delanteros, por más atrevidos, y escarmentasen con su castigo los que venían detrás.

Al día siguiente se dejaron ver de lejos los indios guaicuros que venían saliendo del monte a la deshilada. Y habiendo salido ya hasta catorce o quince de los más principales, queriendo salir otros estos los detuvieron, y así se quedaron los demás escondidos en el monte. Por aquí presumieron los españoles que aquellos pocos venían solo a provocarlos para que habiéndolos sacado de sus trincheras, pudiesen luego salir de improviso los que estaban emboscados, y acometerlos por todas partes sin darles lugar a la defensa. Más no le sucedió como lo pensaban, porque antes que llegasen al real los que habían salido del monte, les dispararon el pedrero y quedaron muertos diez o doce en el tiro. Los restantes heridos huyeron al monte y con los que estaban emboscados se pusieron en fuga hasta llegar a sus rancherías.

Así se refiere este suceso en una relación manuscrita de aquel tiempo, en que parece tiraron a disminuir, y aún a cohonestar, el hecho atroz del Almirante. Pero de otras cartas y relaciones, y especialmente de un memorial del padre Juan María, que lo sabía mejor por relación del padre Eusebio Kino, consta que sucedió de otra manera. Conviene a saber que el Almirante, dejando acercar aquella tropa de indios, los convida a comer pozoli (con este nombre llaman en lengua mexicana al maíz cocido) y que ellos, aceptando como solían el convite se pusieron sentados a comerlo alrededor de dos peroles en que estaba el maíz. Más, cuando estaban ya comiéndolo, bien descuidados, dispararon el pedrero y mataron aquellos miserables indefensos. Esta traición que usó el Almirante fue un agravio tan sensible para los guaicuros, que por muchos años conservaron muy vivo el sentimiento, y en adelante no consentían buzos ni forasteros en sus orillas, antes al verlos venir se ponían en arma para no dejarlos llegar a tierra.

Fue también este un grande impedimento para que abrazasen la fe católica, aún después de introducida esta en otras naciones. Porque por espacio de vente y cuatro años se resistieron obstinados, hasta que por el año de mil setecientos y veinte se debió el triunfo de su reducción a la fe y al celo del venerable padre Juan de Ugarte, como diremos en su lugar. Ni fue menos nociva esta resolución al Almirante, don Isidro de Atondo, porque cuando él pensó que con la muerte y fuga de los indios, quedaría su gente más animada, sucedió muy al contrario, porque todos, persuadidos a que los indios habían de volver con mucha pujanza a vengar su agravio, levantaron el grito contra el Almirante, pidiéndole a voces y con alterados clamores, que los sacase de allí, aunques para echarlos en alguna de las islas circunvecinas.

Procuró el Almirante sosegarlos con motivos de pundonor, poniéndoles a la vista por una parte su propio descrédito, pues pondrían grave nota en su nombre y en su valor si se decía de ellos que habían desistido cobardes de aquella empresa, por temor de unos indios desnudos que no sabían manejar más armas que unas flechas. Por otra parte alegándoles la lealtad que debían a su rey como vasallos. Y pues su Majestad había gastado tanta suma de dinero en aquella entrada, y ellos voluntariamente se habían ofrecido a servirle con sus personas, incurrirían la infame nota de menos leales a su rey, cuanto más tuviesen de temerosos. Pero como la cobardía no sabe sujetarse a las leyes del pundonor, insistían tercos aquellos medrosos soldados en su demanda. Y como quienes no tenían razón sólida que alegar en su abono, mudaban medio en sus argumentos, porque dejando las leyes de la honra, apelaban a las leyes de la vida alegando que ya los bastimentos se acababan, que la Capitana, que había ido a traer nueva provisión, tardaba mucho, que la pesca que antes se sustentaban se había impedido ya por temor a los indios, que no había quedado ya más bastimento que un poco de maíz y frijol, y que en acabándose ese perecerían todos de hambre en tierra de enemigos.

No pudo el Almirante sosegar con razones a los que tanto había dominado el miedo y la pasión, y aunque por algunos días los entretuvo con buenas esperanzas, pero al fin prevaleció más las querellas de la cobardía contra las leyes del pundonor, y temeroso de mayor mal en la sublevación de su gente, determinó condescender con ella, desamparando el puerto de La Paz. Salió de él a los catorce de julio. Más por la esperanza que tenía de que ya presto vendría la Capitana proveída de bastimentos, dio orden al piloto para que navegase poco a poco, deteniéndose en aquellas islas cuanto pudiese, porque tenía la intención de volverse otra vez al puerto de La Paz si con tiempo llegaba el socorro esperado de la Capitana.

No llegó a tiempo oportuno este socorro, porque, aunque la Capitana, luego que llegó al puerto de Yaqui fue prontamente proveída por los padres misioneros de bastimentos, ganado y lo demás que pedía el Almirante en sus memorias. Pero al dar vuelta para las Californias tuvo grandes contratiempos del mar alterado, y de los vientos enfurecidos y contrarios. Tres veces se vio obligado a arribar a Yaqui después de haber andado a vista de California sin poder tomar tierra, guaresciéndose en las islas cercanas. Padeció entretanto muchas tormentas y peligros de zozobrar, mucha falta de agua y muerte de los ganados, hasta que, habiendo arribado la tercera vez a Yaqui, tuvo noticia de que el Almirante había pasado al puerto de San Lucas, que es en la punta de Californias, y determinó ir a buscarlo allá.

Por el mismo tiempo la Balandra que había quedado de arribada en Mazatlán, habiendo salido de aquel puerto a los dos de julio, navegaba por las costas de California en busca de los navíos, y anduvo por mes y medio en esta costa buscándolos sin hallarlos, porque aunque llegó al puerto de La Paz, solo encontró allí señas de haber estado y de haber desamparado el puerto, sin saber la causa.

A mediados de julio llegaron a estar los tres navíos tan cercanos, que solo distaban unos de otros como quince leguas y no se vieron. La Balandra se volvió al puerto de Mazatlán a esperar nuevas órdenes. La Capitana siguió su rumbo en busca del Almirante, y éste, habiendo llegado al Cabo de San Lucas, y sabido que la Capitana no se había perdido, como todos presumían, determinó rehacerse de bastimentos para volver a entrar en Californias por el río grande que está en setenta leguas más arriba del puerto de La Paz, en altura de veinte y seis grados, el cual paraje escogió, así por estar más cerca al puerto de Yaqui, como por haber sabido que los moradores de aquella costa eran indios mansos, apacibles y de buen natural.

111- Venegas [26] IV: 35-42, # 104-128.

Documento 16

1757

La entrada a La Paz en la “Noticia de la California” de Venegas (112)

En los primeros años del reinado, y menor-edad del Rey don Carlos II no se hicieron más tentativas de población en la California que las dichas; pero no dejaban de acudir continuamente en barcos pequeños a su costa interior, atravesando el golfo, los vecinos de la costa del Culiacán, Sinaloa, Yaqui, Mayo y Nueva Vizcaya, al rescate y buceo de las perlas. Entretanto en España, habiéndose deliberado largamente sobre la importancia de la fugitiva California en el Consejo de Indias, despachó Carlos II una cédula a don fray Payo Enríquez de Rivera, arzobispo de México y Virrey de Nueva España, en 26 de febrero de 1677 en que mandaba, se encomendase de nuevo la conquista y población al Almirante Piñadero, dando fianzas y seguridad, de cumplir lo que se pactase; y si éste no quisiese, se encomendase a quien la quisiese hacer a su costa; y que sí finalmente no se hallase otro medio, se hiciese a costa de la Real Hacienda.

Quedó la empresa a cargo del Almirante don Isidro de Atondo y Antillón, bajo las condiciones de una escritura, hecha en diciembre de 1678 y aprobada en Madrid, por cédula de 29 de diciembre de 1679 en la cual se encargó el ministerio espiritual a la Compañía; y se nombró al padre Eusebio Francisco Kino por cosmógrafo mayor. Llegada la aprobación de su Majestad, dio el Almirante sus providencias, y al fin salió del puerto de Chacala en 18 de marzo de 1683, más de seis años después de la primera orden Real, y entró en el puerto de La Paz a los catorce días de navegación. Llevaba dos navíos, Capitana y Almiranta, bien provistos y armados, y en ellos más de cien personas; tres de las cuales eran el padre Kino, cosmógrafo y superior de la misión; y los padres Juan Bautista Copart y Pedro Matías Goñi. Debía seguirlos una Balandra con bastimentos y otros pertrechos; pero ésta después de varios contratiempos, anduvo peregrinando por el golfo, sin encontrar jamás con los navíos.

Cinco días estuvieron a bordo, sin dejar verse indios, como esperaban. Al fin saltaron en tierra, y al disponer el real, se dejaron ver algunos armados, y dados de colores, para meter miedo; los cuales, viendo mucha gente, hicieron alto, y de lejos gritaban y hacían ademanes, para que se fuesen. Nacía esto de haber hostigado su mansedumbre los que frecuentaban aquellas costas. Formáronse los soldados, y los misioneros salieron solos hacia ellos, cargados de donecillos y comestibles, dando a entender por señas y caricias, que venían de paz. Dejáronles el presente que ellos arrojaron al suelo: volvíanse los padres: comieron entretanto los indios de aquellos manjares desconocidos y luego se vinieron, con apresuración, en su seguimiento, instándoles que les diesen más; y con ellos entraron sin recelo, ni aprensión en el real, y entre los soldados de donde se volvieron agasajados y contentos a su rancherías. Tan dóciles son por lo general, estos pobres indios y tan santos de corazón. Lo mismo sucedió con otra patrulla, que llegó también armada de allí a dos días, a la cual estando ya mezclada de paz entre los nuestros, quiso hacer ver el Almirante Atondo la fuerza de las armas de fuego, mandando que tirasen ocho de los más robustos sus saetas contra un broquel de cuero de los que llevaban los soldados, y que no pudieron penetrar; destrozando luego no uno, sino tres broqueles juntos de un mosquetazo. Así quedaron ellos intimidados, y los nuestros más libres de insultos repentinos. Dispúsose luego la iglesia, y algunas chozas de enramada, y el Almirante, enviada la Capitana al río Yaqui por bastimentos, dispuso hacer algunas entradas tierra adentro.

La primera fue por el sudeste de La Paz, porque por este lado bajaban al real los indios, llamados guaicuros, los cuales, aunque acudían al real, era siempre armados con recelo y desconfianza; y sobre no haber traído sus mujeres y sus hijuelos, se iban ya cansados de sus huéspedes, y muchas veces les decían, que se fuesen y dejasen sus tierras. Salió, pues, el Almirante con don Francisco Pereda, capitán de la Almiranta y otros oficiales, acompañados del padre Kino y de fray Joseph de Guijoa, de la Orden de San Juan de Dios, con un destacamento de veinticinco soldados. Fueron delante algunos peones rompiendo y rozando el monte que solos los indios desnudos podían penetrar por sus veredas conocidas.

Caminadas siete leguas con rodeos y dificultades, vieron en un llano las rancherías de los indios, que luego trataron de esconder a sus hijos y mujeres; y para lograrlo, hicieron que se adelantasen algunos a recibir a los españoles y entretenerlos, diciendo: que no estaba allí el aguaje, que retiradas ya las familias les mostraron después. Hicieron allí noche los nuestros, agasajando y acariciando a los indios, que no por eso dejaron las armas de las manos. Los nuestros tampoco olvidaron el orden que debían tener en tierra de enemigos; y al día siguiente se volvieron al real, viendo que era imposible penetrar más en la tierra por su aspereza y falta de aguajes y bastimentos. Sospechose que los indios hubieran acometido a los nuestros, si no hubieran temido a los que quedaban en La Paz. Dio motivo a esto la cautela, que usaron al ver a los españoles en sus ranchos, porque enviaron secretamente doce de los más ligeros, con su capitán a reconocer el presidio; los cuales fueron y volvieron en pocas horas con notable celeridad, sin que los echase menos el Almirante, ni otro alguno de su comitiva.

La segunda entrada fue hacia el oriente, con el padre Goñi, y con mucho más trabajo, por la mayor aspereza de la tierra. En una cañada estrecha hallaron indios de otra nación, llamados coras, mansos y afables, que acariciados, empezaron a venir a el real, tan sin recelo, que muchas noches se quedaban a dormir entre los soldados.

No tenían este sosiego los guaicuros que abiertamente mostraban su descontento; y muchas veces llegaron a amenazar a los nuestros, que si no se iban de sus tierras, se juntarían todos los de su nación, para matarlos. Sufrían los nuestros con paciencia estos insultos, creyendo amansarlos con ella, y vencer con blandura este estorbo para la población. Pero al fin, en el día 6 de junio vinieron de golpe, repartidos en dos pelotones, y clamando a gritos que se fuesen, acometieron las trincheras de los soldados. Iban estos a disparar un pedrero, que hubiera muerto a muchos, cuando repararon que había salido de las líneas el Almirante. Intrépido éste, se arrojó a la escuadra más avanzada: dio gritos descompasados al capitán de ella con ademanes de fiereza y enojo; y esto bastó para que aturdido él y las dos escuadras, volviesen la espalda, retirándose a sus rancherías. Con esto volvieron a ir y venir los guaicuros al real, aunque siempre con recelo. Pero presto un raro accidente, no de mucha importancia y una falsa noticia mal creída, rompió La Paz, y tuvo funestísimas consecuencias.

Faltó un mulato grumete del real, y luego se creyó, que se había ido con alguna patrulla de guaicuros, para vivir con ellos. Siguióse a esto la voz extendida entre los soldados y gente del real, sin saberse al principio que los guaicuros habían quitado la vida al grumete; el temor que ya muchos tenían a los guaicuros hizo crecer la fama y presto dieron por testigos del homicidio a algunos indios coras. El mal era que nadie entendía la lengua guaicura, y solo un soldado entendía algo de la cora. El Almirante creyó que sería peligroso sufrir este atrevimiento y al venir un día los guaicuros, hizo prender a su capitán. Sintiéronlo mucho los indios, y vinieron en patrullas los días siguientes a pedir su libertad, volviendo a instar con amenazas a que dejasen sus tierras; pero viendo que eran todas sus diligencias inútiles, resolvieron juntar todas sus fuerzas, para dar sobre los españoles desprevenidos.

Hecha la resolución, convidaron a los coras, aunque enemigos suyos, a ayudarles en una causa que creían que éstos debían tener por común al bien de ambas naciones. Pero los coras, aunque ofrecieron ofrecieron ayudarles, quisieron más ser fieles a los españoles, de cuyo socorro fiaban mucho contra los guaicuros, que privarse de un auxilio tan poco esperado contra las insolencias con que éstos los insultaban frecuentemente; y así, por medio de aquel soldado semi-intérprete, avisaron de la conjuración, y del golpe, que debía darse en primero de julio. El Almirante mandó doblar los centinelas, poner un pedrero por el lado que solían bajar los indios y que estuviesen prevenidos los nuestros; pero halló en estos tanto caimiento y congoja que pudo bien conocer, que no llevaba consigo muchos de aquellos hombres animosos y endurecidos en los trabajos, que sujetaron en otro tiempo la América. Fue extraña la consternación en todo el real; y por más que el Almirante, el capitán y los padres animaron a la gente, no se oyó otra cosa, que alaridos y llantos como si todos fuesen otras tantas víctimas destinadas sin remedio al furor de los indios. El Almirante se vio más embarazado con esta infame cobardía de su tropa, que pudiera con ejércitos de californios.

Llegó el día señalado por éstos, y se dejaron ver hasta catorce o quince, que salieron del monte a la deshilada. Paráronse en lo alto, como si esperasen a los compañeros escondidos; y los nuestros creyeron que esto era con fin de provocarlos, para sacarlos del real y acometerlos fuera de las trincheras. Estuviéronse quietos y los indios se fueron acercando al real. Al estar ya a tiro de cañón, se disparó el pedrero, que mató diez o doce, e hirió a los otros, que al punto volaron al monte, de donde con los demás emboscados, huyeron precipitados a sus rancherías.

Permitió Dios o dispuso, que esta mala aconsejada resolución del Almirante o de los de su escuadra, se volviese contra él y cayese sobre su cabeza; porque lejos de sosegarse la consternación de la gente del real, con el destrozo de los inocentes indios, creció hasta ser una especie de terror pánico, con que los más se persuadían que vendrían sobre ellos todas las naciones de California, para hacerlos pedazos, y vengar las muertes.

Añadíase a esto el haber estado tres meses en aquel puerto con suma incomodidad y sin fruto alguno. Los bastimentos eran ya escasísimos, y por la mayor parte dañados y podridos. La Capitana que había ido por bastimentos al río Yaqui, distante solo poco más de ochenta leguas, no parecía después de dos meses, y todos la daban por anegada. Creció tanto la amargura y descontento de muchos, que a guisa de desesperados acudieron llorando al Almirante y clamando, que los sacase de allí, aunque fuese para dejarlos en las islas circunvecinas. El Almirante pudo temer alguna conjuración contra su persona, si no confiase en la triste experiencia que ni para eso tendrían valor; procuró aquietarlos con inútiles motivos de honra y con débiles esperanzas del socorro de la Capitana; y siendo en vano todas las diligencias, hubo de disponer la salida, desamparando el puerto de La Paz en 14 de julio. Fue deteniéndose en las islas con intento de volver a La Paz, si la Capitana y Balandra llegaban con tiempo, pero la Balandra, ya dijimos que no la vieron más. La Capitana fue provista de los padres misioneros luego que llegó al Yaqui; y haciéndose a la vela, dio tres veces vista a la California, sin poder tomar puerto, y tres veces hubo de volver al río Yaqui entre grandes tormentas y peligros. La tercera vez supo por los barcos del buceo, que la Almiranta hacía rumbo hacía Cabo San Lucas, y fue a encontrarse con ella. Desde este cabo resolvió el Almirante volver a Sinaloa.


Imagen 16. Vestigios de la misión de San Bruno, establecida el seis de octubre de 1683. Se trata de la segunda misión fundada por el padre Kino en California. Foto de Carlos Lazcano.

112- Venegas [26] I: 219-229.

San Bruno, la aventura continua
1683-1685
Establecimiento de San Bruno
Después de La Paz

EN CUANTO ATONDO LLEGÓ A las costas de Sinaloa, se dedicó a reorganizar la expedición para efectuar una nueva entrada a California. Pronto tuvo lista la Capitana y la Almiranta y pudo levar anclas el 29 de septiembre de 1683, es decir, dos meses y medio después del abandono de Nuestra Señora de Guadalupe de Californias. Para este nuevo intento se embarcaron 76 personas, entre soldados y marinos principalmente. Como misioneros seguían Kino y Goñi. Fray José de Guijoa, religioso de San Juan de Dios, fungía como cirujano. Al mando de la Capitana continuó don Blas Guzmán, al igual que don Francisco de Pereda y Arce al frente de la Almiranta.

Atondo planeaba hacer este segundo intento en la bahía de San Bernabé, en el Cabo San Lucas, al sur de la bahía de La Paz, sin embargo, el capitán Blas Guzmán lo convenció de que la entrada la efectuaran más al norte, a la altura del paralelo 26, ya que durante los intentos que él había efectuado de llevar bastimentos y ganado desde el Yaqui hasta La Paz, se había topado en dicho paralelo con una costa en donde al parecer existía un “río Grande”, por lo cual suponía que habría un terreno más propicio para efectuar nuevas fundaciones.

Llegada al río Grande

El día 6 de octubre, miércoles, los expedicionarios desembarcaron en una pequeña bahía que provisionalmente llamaron del río Grande, ya que era el sitio donde desembocaba el supuesto río grande que había visto el capitán Guzmán, el cual en realidad era un arroyo de temporal. Atondo, el padre Kino, el padre Goñi, Francisco de Pereda, y otras personas, con las lanchas de la Almiranta y la Capitana saltaron en tierra. Levantaron una gran cruz en la playa, se pusieron de rodillas ante ella, y en medio de oraciones encomendaron a Dios esta nueva entrada.


Mapa 11. Reconocimientos de don Blas Guzmán desde la Capitana (9-11 de octubre de 1983). Diseño de José Luis García.

Comenzaron a explorar arroyo arriba y a una legua de distancia encontraron un paraje que contenía un manantial propicio. El sitio, llamado Teupnon (113) por los californios, era asiento de una ranchería indígena, pero en ese momento no se encontraban sus moradores. A poco rato apareció un grupo de veinte indios y se tuvo un buen encuentro con ellos, ya que, según palabras de Kino, todos tan mansos y por extremo amigos, afables y familiares, que luego se sentaron entre nosotros, como si siempre hubieran vivido entre españoles. (114) Muy posiblemente este primer contacto haya sido con indios cochimí, ya que en una carta al virrey, Atondo nos dice que la lengua de estos naturales es tan distinta a la que profesan los guaicuros del puerto de Nuestra Señora de La Paz, que no nos aprovecha nada de lo trabajado en ella. (115)


Imagen 17. La pequeña ensenada de San Bruno, en donde desembarcaran Atondo y Kino a principios de octubre de 1683 para continuar la aventura californiana. Fotografía de Carlos Lazcano.

En este primer reconocimiento encontraron que el valle del río Grande era adecuado para un establecimiento y que tendrá este valle más de cinco leguas de ancho y aún más de largo, todo muy verde, con muchos árboles y zacate y con muy buen pasto para caballos y vacas. (116)

Cuando regresaban a la costa, Atondo seleccionó una pequeña loma, en las cercanías de la ranchería de Teupnon, con vista al valle y al mar, sobre la cual se levantaría un primer poblado o real. Se encontraba a una legua de la playa, es decir entre cuatro y cinco kilómetros. En esos primeros días lo nombraron provisionalmente Real de Río Grande y no fue sino hasta el 30 de noviembre, cuando se tomó posesión formal de la tierra, que el real recibió el nombre de San Bruno, y fue así debido a que el primer desembarco lo hicieron el seis de octubre, día de San Bruno de Colonia, el fundador de los cartujos. (117)

Establecimiento de San Bruno

En los siguientes días los expedicionarios llevaron a cabo los trabajos para levantar el real. De los barcos se descargaron sacos y cajas con carne, harina de trigo, maíz, frijol y otros bastimentos y materiales que se dejaron en la playa para ser trasladados al sitio donde estaría el real. Se desembarcó a quince caballos con los cuales se esperaba explorar el interior de la tierra. Fueron levantadas las primeras enramadas para dar sombra durante los descansos. El terreno se desmontó y enseguida dio principio el levantamiento de un pequeño fuerte, iglesia, almacén y cuartos. Cabe hacer notar que entre estas fábricas se encuentra la que Kino llama Casa de la Compañía, que consistía en una construcción con tres cuartos, su azotea y una sala. Dos de los cuartos eran para cada uno de los misioneros y el tercero para los indios que les gustaba quedarse a pasar la noche con los misioneros.

Al igual que en la bahía de La Paz, la pequeña iglesia fue dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe y en su altar el padre Kino colocó una hermosa imagen de ella, obsequio del obispo de Oaxaca don Isidro de Sariñana, quien era tío del almirante Atondo. El 30 de octubre, aún antes de que se concluyera su fábrica, se celebró la primera misa, con asistencia de casi todos los soldados y numerosos californios. El ocho de noviembre Kino celebró en este templo el primer matrimonio ocurrido en California, cuando casó a una pareja de indios de la Nueva España, seguramente de Sonora. Por desgracia la crónica de Kino no menciona sus nombres.


Mapa 11. Reconocimientos de don Blas Guzmán desde la Capitana (9-11 de octubre de 1983). Diseño de José Luis García.

Como había una legua entre el real y la playa de San Bruno, donde arribaban las embarcaciones, se trazó un camino mejor y más directo que la vereda que utilizaron al principio.

En todos estos trabajos muchísimo apoyaron en forma voluntaria los indios, con quienes desde un principio se llevó una excelente relación. Participaron en el acarreo, en la construcción, en la limpieza del terreno, en cortar y llevar madera, en traer pasto y yerbas para los animales, en acarrear piedras y llevar agua, en fin. Además, con frecuencia les llevaban de sus propias comidas como pitayas, mescales tatemados, pescados, higos nativos, conejos, etc. Tanto Kino como Atondo alaban la participación de los californios, la cual les facilitó mucho las cosas.

Movimientos de las naves

Mientras se llevaban a cabo estos trabajos, el día nueve de octubre, el capitán de la Capitana, acompañado por algunos de sus hombres, se fue en una de las lanchas hasta la isla Danzantes, cincuenta kilómetros al sur, con el fin de reconocer este tramo de costa, especialmente un puerto natural que existe en dicha isla, el cual pensaban podría ser un buen refugio para las naves. Llevaba víveres para tres días, y efectivamente regresó por la tarde del día once.

Durante este reconocimiento localizó varios parajes con buenos puertos. Uno de ellos en la cercana isla Coronados, a 15 kilómetros al sur. Otro en tierra firme frente a la isla del Carmen, al que se le bautizó como San Dionisio, (118) y otro más en dicha isla. Igualmente localizó el puerto de la isla de los Danzantes y reconoció que era un buen sitio. En estos parajes se encontró a varios grupos indígenas, todos tan amigables como los del río Grande. Así mismo localizó algunos aguajes.

El día 16 de octubre, por la noche, partió la Almiranta hacia Matanchel, Sinaloa. Ahí debía ser carenada y tener servicios de mantenimiento, al igual que la Balandra. Además, se llevaban arcabuces y otras cosas a reparar. En ella iban una serie de cartas e informes para el virrey. Se esperaba que volviera pronto con una serie de elementos y bastimentos, entre ellos más soldados que Atondo había solicitado al virrey.

En la media noche del día 20 de octubre partió la Capitana rumbo al puerto del Yaqui. Su objetivo era traer más bastimentos que les tenían preparadas las misiones jesuitas de dicha región. Exactamente un mes después, el 20 de noviembre, regresó esta nave bien surtida. Entre la carga que traía venían cantidades generosas de carne de res, pescado, camarón, maíz, harina de trigo y otras cosas; además de carneros, cabras, caballos y mulas. Kino, recibió algunas parras, árboles de granadas y membrillos. Sobre las parras, nuestro misionero comenta que las plantamos confiando que a su tiempo las Californias o Carolinas han de dar vino para muchas misas. (119) El regreso de la Capitana fue motivo de gran alegría para todos, incluidos los indios, por lo que hubo escaramuzas con caballos armados y se dispararon muchos arcabuzazos. (120)

Una vez que la Capitana fue descargada, pasó a la isla Coronados, a refugiarse a uno de los buenos puertos que anteriormente había localizado el capitán Guzmán. Posteriormente, el día 14 de diciembre de 1683, la Capitana pasó al Yaqui y de ahí a Matanchel para ser carenada, en donde se entretuvo mucho tiempo debido a problemas administrativos que hicieron que los trabajos en los astilleros se desarrollaran con suma lentitud.

Inicios de la agricultura

Para que el proyecto misional fuera sustentable, Atondo dio permiso al soldado Julián de Sosa para sembrar algunas plantas comestibles traídas de Sinaloa. Se trataba de un experimento agrícola que de funcionar podría alimentar, al menos en parte a los expedicionarios, así como apoyar en el avance evangelizador.

Así, don Julián de Sosa desde mediados de octubre efectuó los primeros trabajos, sembrando en un buen pedazo de tierra maíz, calabaza y garbanzo. Estos primeros cultivos rindieron muy poco, ya que las heladas de invierno secaron las matas y solo se produjeron unos cuantos elotes y calabazas. El resultado fueron dos exiguas cosechas. La primera a mediados de enero y produjo un poco de maíz, frijol y nabos, los que se ofrecieron ante el altar de Nuestra Señora de Guadalupe. La segunda cosecha fue a mediados de febrero. El domingo 13 de febrero de 1684, antes de la misa, el soldado Julián ofreció ante el altar donde estaba la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, las primicias de estos primeros cultivos de las Californias.

Posteriormente participaron otros soldados en la experiencia agrícola, aumentándose los cultivos, así se sembró trigo, habas, garbanzo, frijoles, cebolla, ajo, rábano, nabo, melones, sandías y calabaza. Los resultados fueron igualmente pobres debido a las heladas y a la poca lluvia. Solo se dio bien un poco de trigo, garbanzo, ajo, cebolla, rábanos y nabos. Las demás plantas se secaron. Además de los frutales enviados a Kino, como las parras, granadas y membrillos, también fueron sembrados higueras, naranjos y limones, pero pronto se secaron y nunca retoñaron.

Recordemos que en la bahía de La Paz los expedicionarios ya habían efectuado un primer intento agrícola, sin embargo, su prematuro abandono impidió llegar a la cosecha. De esta manera es el humilde soldado Julián de Sosa el precursor de la agricultura en Baja California. (121)

Primeras exploraciones

Desde los primeros días Atondo y sus gentes empezaron a explorar los contornos de la región de San Bruno. Las primeras entradas fueron cortas, casi todas del mismo día, en que avanzaban pocos kilómetros.

El domingo 31 de octubre se llevó a cabo la primera de estas cortas entradas. Fue motivada por la falta de doce caballos que aparentemente habían robado algunos indios. Al estar en la busca de los caballos fue descubierto un manantial, el cual posteriormente fue utilizado por los expedicionarios. Los caballos aparecieron ese mismo día llevados por los indios.

El día 12 de noviembre efectuaron otra corta exploración y a dos leguas de San Bruno localizaron un par de manantiales; uno de aguas termales y el otro de agua al tiempo. Al día siguiente dos soldados a caballo penetraron cuatro leguas en busca de un supuesto río que les avisaron los indios, sin embargo, no lo localizaron.

El día 15 de noviembre cuatro soldados fueron a los cerros más altos y distantes con el fin de observar si daban con minerales. Fue en esta ocasión que empezaron a darse cuenta de lo abrupto y quebrado de la Sierra de la Giganta, ya que se acercaron a sus inmediaciones.


Mapa 12. Primeras entradas desde San Bruno (octubre-noviembre de 1683). Diseño de José Luis García.

El 22 de noviembre Atondo y Kino, junto con otros doce soldados, entraron seis leguas largas hacia el poniente de San Bruno, es decir, hacia la sierra de La Giganta. Kino nos dice que encontraron gente mansa y muy lindas tierras, amenos valles y llanadas para sementeras, y arboledas y mezquites grandísimos… después de haber avanzado más de 3 leguas hallamos un lindísimo nuevo aguaje que le llamamos de San Vicente… proseguimos nuestro camino la tierra adentro por unos muy dilatados llanos…[ahí] vimos otros dos indios…[que] nos enseñaron un aguaje muy bueno… y le llamamos el aguaje de San Sebastián. (122) Más adelante encontraron un tercer aguaje dentro de un amplio valle, y en él una ranchería. Valle, ranchería y aguaje recibieron el nombre de San Pablo.

Fue en estas primeras incursiones que se dieron cuenta de que la sierra de La Giganta que tenían enfrente, representaría un formidable obstáculo en sus intentos de entrar más en la tierra y alcanzar el océano Pacífico, uno de los objetivos que se habían trazado desde un principio.

Provincia de San Andrés de las Californias Toma de posesión

El 30 de noviembre de 1683, casi dos meses después de haber desembarcado en la región del río Grande, ya se tenía prácticamente completo el pequeño poblado que se había proyectado. Contaban con bastimentos para varios meses, con caballos y mulas para efectuar exploraciones de mayor penetración y se mantenían excelentes relaciones con los indios californios de la región hasta entonces vista. Por todo esto consideró Atondo que se tenían los suficientes elementos para llevar a cabo una formal toma de posesión de la región ya que contaba con cierta seguridad de que el nuevo establecimiento se podría consolidar en los siguientes meses.

Así, en el citado día, estando toda la gente reunida, además de cientos de indios californios, procedió Atondo a dirigir la ceremonia de toma de posesión, la cual fue llevada a cabo con toda solemnidad. Nos dice Atondo:

Habiendo prevenido la infantería, y caballos armados, para hacer la salva, y teniendo en la mano el alférez don Lorenzo Fernández y Lazcano un estandarte de damasco carmesí, grabadas y bordadas en el un lado la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, y en el otro las armas reales. Estando presentes muchos gentiles hice la seña y disparando la artillería y arcabucería y tremolando el dicho alférez tres veces el estandarte, repitiendo generalmente viva nuestro católico rey y monarca de las Españas y Nuevo Mundo, don Carlos Segundo nuestro rey y señor natural, en cuyo nombre, yo, el Almirante don Isidro de Atondo y Antillón tomo posesión de esta provincia y la intitulo del apóstol San Andrés en el reino de Californias, (123) para mayor honra y gloria de Dios, que ayude con su infinito poder a que se asiente en esta provincia la santa fe católica, y repitiendo tres veces este acto, diciendo en alegres voces viva don Carlos Segundo, monarca de las Españas y Nuevo Mundo, rey y señor natural que Dios guarde muchos años, y nombro a este paraje el Real de San Bruno. (124)

De esta manera el paraje del río Grande pasó a llamarse Real de San Bruno, que como comentamos atrás, fue debido a que se desembarcó el día de dicho santo.

Los californios de la región de San Bruno

Desde un principio los californios de la región de San Bruno en general aceptaron de muy buena manera a los expedicionarios y mucho les ayudaron en el establecimiento del nuevo real. Los californios visitaban todos los días el campamento de los novohispanos, e incluso llevaban a sus familias, especialmente a los niños. Aquí los indios eran más tranquilos y pacíficos que los guaicura de La Paz, en parte debido a que no habían estado sujetos a los abusos de los perleros, por lo que no guardaban ningún tipo de resentimiento. Estos indios poco contacto habían tenido anteriormente con los novohispanos.

Los misioneros no tuvieron ningún problema para atraer a los indios, ya que ellos solos se acercaban, y más cuando empezaron a darles los obsequios que tanto apreciaban como los chomites colorados, (125) coscates, abalorios, pinole, algunos tipos de ropa y otras cosas.

El primer problema con que se enfrentaron los misioneros fue el de la lengua. Cuando salieron de La Paz, pensaron que en el nuevo paraje donde reiniciarían la evangelización, también habría guaicuras, y así, se llevaron con ellos a un indio guaicura que habían nombrado Leonardo. Sin embargo, éste no les fue de ninguna ayuda, ya que en San Bruno se hablaban otras lenguas. Pronto los padres identificaron dos. El 23 de octubre de 1683, Kino nos dice al respecto: Hoy día empezamos a reparar que había dos diferentísimas lenguas entre ellos y dos diferentes naciones. La una se llama la nación de los Didius, y la otra la nación de los Edues; entrambas procuraban tener nuestra amistad; y nos dijeron tenían otra tercera, y aun más populosa y enemiga, la tierra dentro, que llaman los Noys. Pusimos mucho cuidado en aprender ambas lenguas con apuntamientos distintos; a la una llamamos lengua Noé; y a la otra lengua Nebe. (126)

Hoy sabemos que los edues eran en realidad guaicuras y los didiues y los noys, cochimí. Ignoramos el porque Kino llamó al idioma guaicura “lengua noé” y el cochimí “lengua nebe”. San Bruno resultó ser una región fronteriza entre esas dos grandes familias lingüísticas de la California. La razón de que el indio Leonardo, guaicura de La Paz, no haya entendido a los guaicura de San Bruno se debe a que se trataba de dos diferentes dialectos de la misma lengua. Y eran muy diferentes porque se encontraban en los lados opuestos del territorio guaicura; los de La Paz eran los grupos guaicuras más sureños, y los de San Bruno los más norteños. Separaban ambas regiones más de 300 kilómetros, suficientes para crear diferencias dialectales fuertes, al grado de no entenderse nada o casi nada.

Según Miguel del Barco, la palabra cochimí significa “gente que vive por la parte del norte” y nos describe a esta etnia como bien formados y de talla mediamente corpulenta y bien hecha, el rostro no es desapacible… el color de los playanos es por lo común más tostado y oscuro que el de los otros californios que viven en las sierras, retirados del mar; porque estos últimos son en su color como los indios de Nueva España. También son, por lo general, robustos, de buenas fuerzas y de sana complexión… todos los varones, niños y adultos, andaban siempre totalmente desnudos… en las mujeres, por lo general, era grande el cuidado con la decencia necesaria, para defensa y reparo de la honestidad… el vestuario… empieza en la cintura y acaba en las rodillas… por delante es un faldellín formado de los pequeños nudos de carrizos muy delgados… la parte opuesta cubren con una piel de venado, o de otro animal. (127)


Imagen 18. Para efectuar un segundo intento evangelizador, el de San Bruno, Atondo y Kino buscaron los sitios que presentaban mejores manantiales. Cerca de San Bruno creyeron encontrar un oasis parecido al de Mulegé, que desemboca en el mar. Fotografía de Carlos Lazcano.

Los misioneros no perdieron el tiempo y desde los primeros días se pusieron a aprender dichas lenguas. Los mismos californios les ayudaban en esto de muy diversas maneras, pero algunos lo hacían bastante bien. Así el padre Kino nos habla de un indio que llamaron Gerónimo, quien les enseñaba con mucha maña su lengua índica, avisándonos con mucha puntualidad cómo se pronunciaban los vocablos, verbos y nombres y silabas etc.; que tienen todas las letras del A. B. C., quitadas la f y s; pero muy bien la cortan en nuestra lengua, cuando rezan el bendito y alabado. (128) El padre Kino se dedicó a aprender la lengua cochimí y el padre Goñi la guaicura o edu. También el alférez Nicolás de Contreras estuvo trabajando en el aprendizaje de las lenguas y formó un vocabulario.

A diferencia de la inmensa mayoría de los misioneros y soldados, quienes en sus diarios, informes y cartas, rara vez dan nombre a los indios, el padre Kino menciona a muchos de los indios por su nombre, incluyendo a los niños, a quienes pone con nombres en diminutivo, señal de aprecio y cariño. Hubo algunos indios que dieron un gran apoyo a los misioneros y fueron verdaderos amigos de ellos como el capitán Dionisio. Sobre él nos dice Kino:

El capitanejo de los que hablan la lengua Noé, que son los Edues, se llama Dionisio. Es hombre de estatura muy alto y muy pacífico. Se le dio este nombre desde el primer día que le vimos, que fue cuando don Blas de Guzmán pasó al puerto de los Danzantes, a 9 de octubre, día de san Dionisio; y desde entonces recibió a los que iban en la lancha con mucha amistad. A éste le hemos experimentado muy fiel; pues, cuando otro indio había quitado de la mesa del señor Almirante la cajita de polvos, que era de plata y muy curiosa; avisado del hurto, fue por ella y la trajo, y recibió por premio una navaja, cosa que ellos estiman en mucho. (129)

Es en estos días que el padre Kino registra el primer bautizo que efectuaron en San Bruno, el cual ocurrió el 22 de noviembre de 1683:…se había bautizado un chiquillo moribundo de la cercana ranchería, y le bautizó solemnemente el padre Matías Goñi; aunque, como el chiquillo que se llamó Pedro, a pocas horas después del bautismo se murió, cobró para con los gentiles opinión de mal curandero, que ni el día siguiente le quisieron dejar llegar a sus enfermos; y probablemente la causa de los llantos de por la mañana fueron las angustias del moribundo y los demás; pero por el bautismo después dichoso chiquillo que se fue al cielo. (130)

Cabe agregar que aunque la inmensa mayoría de los californios de la región de San Bruno, aceptaron pacíficamente y sin recelo la entrada de los novohispanos, esta no fue una actitud unánime. Fue el siete de octubre, al día siguiente de su desembarco, que encontraron al primer grupo hostil. Kino nos refiere que dicho día tuvieron las malas y tristes nuevas de que otros indios, a pedradas, los habían echado [a los caballos] de la sabana y pasto a donde estaban, con señas de que nos fuéramos de estas sus tierras. (131)

Primera entrada a la sierra de La Giganta

Entre el día primero y el ocho de diciembre de 1683, Atondo efectuó una entrada de mayores alcances hacia el interior de California. Varios objetivos perseguía esta exploración y entre los más importantes se encontraba el de conocer mejor el territorio circundante a San Bruno, localizar sitios adecuados para futuras fundaciones, ubicar más rancherías indígenas, encontrar un paso para poder remontar la alta sierra que tenían enfrente, y eventualmente explorar un camino que los pudiera llevar a la mar del Sur, es decir, al océano Pacífico.


Mapa 13. Primera entrada a la sierra de la Giganta (1-8 de diciembre 1683). Diseño de José Luis García.

El padre Kino, que participó en la entrada, nos presenta, en una carta dirigida a la duquesa, una excelente reseña de lo acontecido: El primer día de diciembre hicimos segunda entrada, que fue de ocho días, y de ida y vuelta fue de 50 leguas de camino. Y entramos la tierra adentro hacia el poniente más de 20 leguas. Íbamos con el señor Almirante 35 personas, aunque a la mitad del camino encontramos con una sierra tan alta y áspera que no pudieron pasarla las bestias caballares y mulares, y así entramos a pie 29 personas como 12 leguas.

Casi en todas partes hallamos buenas tierras para sembrar, muchos aguajes, lindos valles y llanadas, tres lagunas de agua riquísima y ciertas noticias de un rio caudaloso que va a la contracosta. Muchos y muy grandes mescales, arboledas, tunas, miltomates, guacamotes, muchos pájaros, venados, liebres, etc. Y lo mejor que hayamos fueron infalibles indicios de mucho gentío y de muchas almas, como eran las muchas y grandes rancherías, frescas lumbres, muchísimos metates, etc.

Y aunque reparamos que a esta primera vista de nosotros, todos los naturales se habían retirado a los más altos picachos de algunas sierras, un becari o capitán de ellos, acompañado de otros 16, nos vino a hablar con suma paz y afabilidad, poniendo sus armas en el suelo, y nos daba licencia de entrar más adentro hasta el rio. Pero los bastimentos no se alargaban más que hasta otros cuatro días que quedaban de vuelta. Y como regalamos a estos indios con algunas dádivas sin hacer daño ni causar disgusto a ninguno, confiamos que, a las otras entradas los hemos de hallar más domésticos. (132)

El primer día avanzaron tres leguas y media y encontraron un aguaje abundante, que bautizaron con el nombre de San Isidro, en honor al almirante Atondo. Este paraje, cuyo nombre indígena era Londó, sería clave en el posterior desarrollo del proyecto Californiano.


Imagen 19. Durante la entrada a San Bruno fue explorada la costa cercana a la sierra de la Giganta. Fotografía de Carlos Lazcano.

En los siguientes días se enfrentaron con los difíciles escarpes de la sierra de La Giganta, al grado que a partir del cuarto día tuvieron que dejar los animales en un paraje, ya que para poder proseguir era necesario escalar, ayudándose con cuerdas. Fue a partir de esta entrada que a esta sierra se le puso el nombre de La Giganta, en su diario Kino nos da la razón: La serranía, por ser muy alta, que desde Yaqui, al ponerse el sol, se descubre, y también porque los días pasados habían dicho y creído algunos que en estas tierras de los Noys había gigantes, la llamamos La Giganta. (133)

Avanzaron aproximadamente 80 kilómetros dentro de la sierra de La Giganta, registrando una serie de parajes y aguajes que les dieron un buen conocimiento de la región. Los sitios que registraron y bautizaron fueron: aguaje de San Isidro, donde pasaron la primer noche (1-dic.); aguaje de San Francisco Javier (2-dic.); llanos de San Francisco Javier (3-dic.); pasos de Santa Bárbara, en donde tuvieron que dejar las bestias y subir escalando (4-dic.); paso y paraje de la Santa Cruz (4-dic.), sobre este sitio Kino nos dice que el paraje y paso de la Santa Cruz tomó esta denominación de lo que ayer milagrosamente sucedió, al tiempo que derribaron un cardón seco; pues al tiempo que cayó en el suelo, se aplastó una astilla y formó con dicho tronco una †, como si a propósito y con las manos se hubiera hecho, y se puso y veneró y quedó de aquella manera; (134) Dádiva de San Francisco Javier (4-dic.); aguaje del Sepulcro de San Clemente (4-dic.); laguna de Santa Bárbara (4-dic.); valle, llanada, aguaje y ranchería de San José (5-dic.); laguna de San Salvador (5-dic.); cerro de San Eusebio (5-dic.); valle de San Juan Bautista (6-dic.).

A su regreso, los expedicionarios fueron recibidos con mucha alegría y fiesta. Kino nos lo dice en su diario:

Y muchos de éstos, y otros nos vinieron acompañando hasta el real, cuando, a las dos de la tarde, salimos del paraje y llegamos como a las 4; hallando también en dicho real, bien grande cantidad de indios amigos que, así como los nuestros, nos recibieron con grandísima alegría, y hubo muchas salvas de muchos arcabuces: que todos dispararon. También luego después llegaron las mujeres, muchachos y muchachas de la cercana ranchería de San Bruno a darnos los parabienes de nuestra llegada. (135)

Nueva entrada a La Giganta

El almirante Atondo no quedó muy contento con los resultados de la entrada a La Giganta, sobre todo porque no localizó un paso por el que pudieran subir los caballos y los animales de carga, ya que sin ellos las exploraciones estarían muy limitadas. Previo a la Navidad, entre el 21 y el 24 de diciembre de 1683, envió al alférez Nicolás de Contreras con ocho soldados para buscar un paso practicable por animales. Los acompañó el padre Kino y cuatro indios californios. Esta entrada fue exitosa ya que localizaron lo que buscaban y así, la Sierra de La Giganta quedó abierta para futuras entradas.


Imagen 20. Vestigios del antiguo sitio de visita de San Juan Bautista Londó, establecido por Juan María Salvatierra en 1698. Este paraje fue originalmente descubierto el primero de diciembre de 1683, durante la entrada de Atondo y Kino, siendo bautizado con el nombre de San Isidro. Fotografía de Carlos Lazcano.

El 21 de diciembre los expedicionarios salieron de San Bruno, pasaron por el aguaje de San Isidro y avanzaron tres leguas más hasta el aguaje y ranchería de los Llanos de San Pablo. De ahí prosiguieron hacia el norte, siguiendo paralelos a la sierra de La Giganta, hasta que llegaron a un arroyo que no habían visto antes, el cual bautizaron con el nombre de Santo Tomás.

El 22 prosiguieron por el cauce del arroyo de Santo Tomás, aguas arriba, hasta que llegaron a un aguaje en donde surgía toda el agua del arroyo. A este sitio, que los californios conocían con el nombre de Cupemeyeni, le pusieron el nombre de paraje de Santo Tomás. Siguieron tomando el rumbo entre el oeste y suroeste hasta que remontaron una difícil cuesta, la cual lograron subir con los animales, y de esta manera alcanzaron lo alto de La Giganta. Ahí siguieron un primer arroyo seco que era ya de la vertiente del Pacífico, hasta que llegaron a un valle que bautizaron con el nombre de San Fabiano, el cual siguieron por varios kilómetros, encontrando numerosas huellas de indígenas.

El día 23 temprano llegaron a una ranchería en donde hicieron contacto con los indios. Nombraron el paraje San Nicolás, por ser el día de San Nicolás Fator y por llamarse Nicolás el alférez que dirigía el grupo. Desde este punto iniciaron el regreso a San Bruno encontrando otro camino para bajar de la sierra. En esto encontraron otro aguaje y un valle que bautizaron como San Nicolás. Finalmente bajaron de la sierra y se quedaron a dormir en los llanos de San Pablo.

El día 24, a las diez de la mañana llegaron de regreso a San Bruno. Igual que en la anterior entrada fueron recibidos con mucha alegría y se dispararon los arcabuces. A los indios se les repartió pinole, maíz y otras cosas. Como era día de Navidad el padre Kino celebró varias misas y por la tarde y casi toda la noche hubo fiesta, con música, luces y danzas en el templo.

Otras exploraciones

El día 27 de diciembre de 1683, Atondo, en compañía de cinco soldados, de Kino, Goñi, todos a caballo, y numerosos indios, exploraron hacia el norte de San Bruno siguiendo la costa. Avanzaron dos leguas con los caballos, pero lo áspero del camino les impidió seguir con las bestias. Avanzaron a pie un poco más y tuvieron el encuentro amistoso con varios californios que pescaban. Localizaron un aguaje al que pusieron por nombre San Juan. Hasta donde avanzaron llegaron a divisar una muy linda ensenada, que era como un puerto, abrigada casi de todos los vientos, particularmente del norte, noroeste y este. (136) Muy posiblemente se trate de la hoy conocida como ensenada de San Juanico, a unos 18 kilómetros al norte de San Bruno.

Los días 1 y 2 de enero de 1684 Atondo, los dos misioneros y cinco soldados, hicieron dos intentos de llegar a caballo a la ensenada de San Dionisio, la que desde el nueve de octubre había descubierto por mar por don Blas Guzmán, comandante de la Capitana. El día primero solo avanzaron dos leguas hasta un mal paso que les impidió continuar y regresaron a San Bruno. El día dos llegaron hasta una barranca impracticable para los animales y regresaron.

Se normaliza la vida en San Bruno

Para principios de 1684, la vida en San Bruno empieza a estabilizarse. Ya se tenía un buen conocimiento del entorno que rodeaba al valle y se habían reconocido sus rancherías y bautizado con nombres cristianos. Igualmente, ya conocían cual era el territorio de los guaicura y cual el de los cochimí. Los misioneros y algunos soldados empezaron a aprender la lengua y trabajar vocabularios y al cabo de dos meses se tenía un regular dominio de ambos idiomas y cuando menos el padre Kino ya poseía un suficiente dominio de ambos. Igualmente, a medida que se fue conociendo el terreno empezó a surgir una red de caminos que unían a estas rancherías y sus aguajes con San Bruno.

Una vez que fueron levantadas las primeras construcciones provisionales, todas de enramada y palizada se dio inicio a la construcción de edificios más sólidos y formales gracias a los depósitos de barro en las cercanías de San Bruno. Se empezó a hacer adobes con que construir un fuerte y baluarte, así como almacenes y casas. Igualmente se estuvo trabajando una cantera de donde se extraía piedra para hacer más firmes las construcciones. Pronto, la primera capilla de enramada dio paso a un templo de adobes y piedra mucho más amplio y firme, incluso el altar se hizo totalmente de piedra.


Mapa 14. Segunda entrada a la sierra de la Giganta (21-24 de diciembre de 1683). Diseño de José Luis García.


Mapa 15. Exploraciones costeras alrededor de San Bruno (27 de diciembre 1683-2 de enero 1684). Diseño de José Luis García.

Desde los inicios tanto los edues como los didiues ayudaron ampliamente en estas construcciones. Todos los días cargaban el adobe, sacaban y transportaban piedras, excavaban, traían agua, leña y zacate para los animales. A cambio, Atondo les daba pequeñas porciones de comida, principalmente maíz y tortillas. Lo hacían con gusto, quizá porque obtener alimento de esta manera les era mucho más fácil que andar caminando por los cerros todos los días en busca de sustento, el cual generalmente era muy magro. Sobre esto Kino nos comenta que:…la experiencia nos iba enseñando que para la reducción de estos [californios], no había limosna o regalo más a propósito que las cosas del necesario sustento; pues sin él se hallan obligados ir semanas y días enteros a buscarlo en los montes, en la mar, etc.; y con darles un corto sustento quedan con nosotros, hacen y trabajan cuanto se les pide, y todo con mucha voluntad y suma docilidad, facilitándonos humanamente el negocio y fin a que venimos, que es la conversión de sus almas que tanto costaron a nuestro Redentor. (137)

Además, los californios apoyaron a los expedicionarios de muchas otras maneras; los guiaban a los aguajes y en las exploraciones, les compartían de sus comidas, principalmente del pescado que casi todos los días sacaban del mar, los acompañaban en los recorridos por las distintas rancherías, facilitándoles la comunicación y acercamientos, y en muchas otras cosas.

Gracias a su buena disposición facilitaron a los padres el aprendizaje del idioma, sobre todo los jovencitos y los niños, quienes con su natural viveza y curiosidad fueron de gran ayuda, y así mismo ellos fueron aprendiendo el español. Los misioneros solían hospedar a muchos indios en su casa, en donde les daban un trato especial, lleno de confianza y cariño, lo que fue abriendo las puertas para el inicio de la evangelización y dio pie para que supieran los elementos básicos de la cultura occidental, al mismo tiempo que los misioneros aprendían la lengua. Al respecto Kino nos dice: Estos días a unos de los más domésticos muchachos les enseñé y mandé enseñar el abecedario y era de admiración la muy grande docilidad; que aun los chiquillos de cinco a seis años lo aprendían, y aunque al principio les salía algo dificultoso el pronunciar la F, la S y también la R, pues en su lengua no las tienen, luego vencieron la dificultad y los unos las enseñaban a los otros, con notabilísima inclinación de ocuparse en aprender cuanto les podíamos enseñar, y estábamos gozando de mucha paz y sosiego. (138)

Otro de los métodos de Kino para aprender y enseñar, tanto las lenguas locales como el español, era por medio de estampas: Hoy saqué y enseñé a los indios unas cuantas láminas, estampas o imágenes, de la vida, pasión y resurrección de Nuestro Señor; y de otros animales y pájaros, y gustaron muchísimo de verlas, y nosotros muchísimo de ver la docilidad con que en aquellas imágenes, que las colgué alrededor de mi aposento, aprendían a conocer y decir, así en castellano como en su lengua, la cual era Nuestra Señora, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; el Santo Niño, San José, Santa María Magdalena, el Santo Cristo, los Santos Apostoles, etc. El San Sebastián con sus flechas, el santo Ángel de la Guarda, que como estaba pintado o delineado con un chiquillo a su lado, dijo con suma viveza un muchachillo de los naturales, de tres o cuatro años de edad llamado Manuelillo, que aquel chiquito pintado al lado del santo Ángel de la Guarda, era Manuelillo; cuando veían algunas imágenes de algún padre de la Compañía, como fueron de San Francisco Javier, del padre Trejelio, etc., decían que eran el padre Eusebio y les hablaban, haciéndoles algunas preguntas como se suelen hacer a personas vivas; también gustaron mucho de ver pintadas en unos papelitos unas cazas de leones y venados entre los perros y cazadores a caballo y a pie, una grande variedad de muchos pájaros; y todo eso nos dio linda ocasión de apuntar muchas palabras de la lengua de esta California, para mayor instrucción nuestra y de estos naturales. Con ocasión de las láminas, sacamos de los naturales lo que en su lengua quiere decir Resurrección y subir a los cielos, y otras palabras muy útiles y necesarias para explicar tan principales misterios de nuestra santa fe; y con esto les explicamos que Cristo Nuestro Señor, había resucitado y subido a los cielos, y que nosotros habíamos de resucitar. (139)

Existían ciertos términos difíciles de traducir por su significado, así Kino nos dice lo siguiente: sacamos con las láminas o imágenes del nacimiento de Nuestro Señor, las utilísimas para la explicación de los misterios de nuestra santa fe, con que estos naturales en su lengua dicen lo que es parir y nacer, y que Nuestra Señora parió a Nuestro Señor, y que Dios Nuestro Señor nació de María Santísima y también confirmamos las palabras Dios murió, resucitó, subió a los cielos, en particular la palabra resucitar, la confirmé con un bien pequeño artificio de un poco de magia natural, con que resucitamos cinco moscas, que unas veces a cosas pequeñas las acompañan cosas grandes. (140)

Venegas nos refiere la forma ingeniosa en que los misioneros resolvieron la cuestión del término resucitar:…entre tanto los padres se aplicaron a aprender las dos lenguas que se hablan en el país. Cuando ya tuvieron algún mediano conocimiento de ellas, se aplicaron a traducir la doctrina cristiana, pero nada les costó tanto trabajo como sacar a los indios alguna voz que equivaliese a este artículo: resucitó de entre los muertos. Fue menester acudir a la industria, y ve aquí la que sugirió la necesidad… tomaron algunas moscas y las ahogaron en agua a vista de los indios que las tuvieron por muertas. Revolvieron las luego entre ceniza y las pusieron después a calentar al sol, y con el calor de este, desentumecidas las moscas, cobraron nuevos alientos vitales y empezaron a moverse y a revivir. Espantados los indios clamaron luego: ibimuhueite, ibimuhueite. Escribieron esta voz los padres y haciendo sobre ella nuevas indagaciones, la acomodaron para significar la resurrección de Jesucristo Nuestro Señor, y de los muertos, mientras no se hallaba modo mejor para explicarles nuestros misterios. (141)

Para el aprendizaje de la lengua los niños fueron los principales aliados del padre Kino quien nos dice:…muchos de los muchachitos naturales hablan muchas palabras en castellano los unos con los otros, como diciendo: ven acá, siéntate aquí, toma muchacho, ¡válgame Dios! uno, dos, tres, cuatro; y cantan también unas coplillas en romance: traen leña, agua, etc., y unos iban aprendiendo a cantar la Salve y a conocer las letras del A, B, C, y todo con grandísima docilidad y viveza, y no solamente cuando les preguntaba yo u otros ¿quieres que te bautice? respondía cada uno, si, padre; y a los demás señores, sí señor, sino que varias veces venían a decirme: padre Eusebio, bautízame; y les respondía en su lengua, que si los bautizaría en viniendo los navíos. (142)

Entre otras cosas Kino fue afianzando su amistad con numerosos indígenas de las dos etnias, especialmente con sus capitanes o becari. Además del ya citado Dionisio, uno de los capitanes guaicura, también llegó a tener gran amistad con un capitán cochimí llamado Leopoldo:…el uno era conocido y de la ranchería de los llanos de San Pablo, a quien los días pasados habíamos puesto por nombre Leopoldo; es hombre de buena estatura y de buenas prendas, de lindo natural y bien acondicionado; que desde los primeros días que llegamos a estas tierras, nos asistió con mucha amistad en acarrear nuestros trastes desde la orilla del mar hasta el paraje donde se puso el real; dímosle pinole, que luego lo dio a Eusebio, y supimos que era su padre, con notable consuelo. (143)

Eran las ocho de la mañana del día 12 de enero de 1684 cuando un fuerte temblor de tierra sorprendió a la gente. El padre Kino iniciaba la celebración de la misa. El movimiento fue tan intenso que la pequeña iglesia se cimbró, todas las imágenes que colgaban de las paredes se movieron al igual que las campanas. Finalmente, el padre Kino tranquilizó a todos, quienes hicieron oración pidiendo a Dios clemencia. Al parecer este fue el primer registro de un temblor de tierra en California.

Últimos votos de Goñi

A partir del 24 de enero Kino y Goñi estuvieron aislados una semana llevando a cabo ejercicios espirituales. Al final de ellos, el dos de febrero, Goñi hizo sus últimos votos como coadjutor espiritual. Durante la misa solemne hubo música interpretada el por el alférez Nicolás de Contreras y por el soldado Juan de Bribiesca. Y para celebrar la ocasión el Almirante invitó a todos, incluidos los indios presentes, un chocolate y mucha comida.

El trabajo evangelizador

En su libro Kino, de la semilla al árbol Gabriel Gómez Padilla va deduciendo el método que Kino empleó en Sonora para ganar a los indios para la evangelización. Son tres pasos básicos, nos dice Gabriel; el primero fue el de ganarse su amistad, el segundo que aceptaran la obediencia al rey, y el tercero, que desearan ser evangelizados. Es decir, amistad personal, organización social y convincente anuncio de la fe cristiana, (144) todo esto basado en el amor: adonde hubiese amor caritativo, amor divino, fuerte y suave –amor de padre y madre– se ganarían los ánimos más bárbaros y con facilidad se vencerían las más arduas dificultades. (145) Esa fue su mística, que surgió de una profunda dimensión religiosa, de donde brota toda la fuerza transformadora de Kino. (146) California fue, sin lugar a dudas, donde Kino empezó a desarrollar su método evangelizador, especialmente en San Bruno, el cual le rindiera tantos frutos en su posterior trabajo misionero en Sonora.


Mapa 16. Descripción de la fortificación y Real de San Bruno de Californias. Realizado por el padre Kino durante los trabajos de levantamiento en el Real de San Bruno, entre 1683 y 1684. Archivo General de Indias.

Sobre el amor que Kino le tuvo a sus indios, nos dice el padre Juan Antonio Baltasar, quien años después de la muerte de nuestro misionero escribió un Breve elogio… sobre su vida: Siempre se debe confesar que estas mudanzas (de gente de la inculta bárbara infidelidad) son obras de la mano de Dios y efecto de los benignos influjos de su gracia, más aquí, para conseguirlas, se valió del apostólico celo del Padre Kino, de la agradable afabilidad que mostraba a aquellos bárbaros, del tierno sincero cariño con que les trataba y del amor que les descubría, acreditándole con saludos, mensajes, recados, dádivas, regalos, agasajos y con el desinterés en solicitar sus bienes y en la ansiosa aplicación, que reconocían muy patente en procurarles sus adelantamientos aun temporales para que estuviesen bien abastecidos y gozasen de todas aquellas mejoras y ventajosas asistencias de que, en su gentilidad, carecieron. (147)

Desde su llegada a San Bruno Kino inició su trabajo evangelizador junto con el padre Goñi. Aún antes que comprendiera la lengua o que los californios supieran algo de español, él, con señas, les fue explicando lo mejor que pudo los elementos básicos del catolicismo, así como oraciones, cantos y el comportamiento dentro del templo. En este aspecto los indios, tanto edues como didius fueron muy dóciles y aceptaban sin ningún problema las enseñanzas.

Al parecer Kino tenía un carácter franco y muy accesible para los indios, ya que fácilmente se ganaba su confianza y los tranquilizaba. Además de esto, siempre utilizó el obsequio de las dádivas para tener los primeros encuentros y romper la desconfianza natural entre grupos desconocidos. También solía utilizar el intercambio de comida como una manera de acercamiento, la cual se consolidaba por las maneras suaves y amables del misionero. Casi siempre Kino pensaba positivamente de los indios. Además, su grande confianza en Dios le hacía no desconfiar de ellos, pensando que con amor los podría atraer, ahuyentando las desconfianzas y temores. Por desgracia la actitud de los soldados no siempre fue esta.

En sus textos Kino recoge las reacciones de los indios ante los elementos religiosos que les iba presentando, como la primera vez que vieron un Cristo crucificado: A 9 de Noviembre pusimos en nuestra pequeña iglesia un lindo y grande santo Cristo, de bulto; pero, luego que le vieron los Indios, le tuvieron grandísimo miedo y casi no se atrevían de hablar con nosotros, ni entre ellos, sino muy poco y con silencio, preguntando que quién era aquel y que quién le había muerto; si era algún cruel enemigo nuestro. Y fue grandísimo el cuidado que les daba, juzgando nosotros tratábamos de aquel modo a la gente. Y no hubo remedio de consolarlos de otra manera, que cuando les dijimos que era nuestro amigo; y cuando les dijimos que se había ido al cielo, y que nosotros también habíamos de ir al cielo, me dijo uno que fuéramos luego. Y con estas noticias de que era nuestro amigo, quitamos el demasiado miedo y horror del santo Cristo a los demás que cada día nos venían a ver.

…Esta tarde llegaron dos de la nación de los didius, trayendo y restituyendo un petate, capote y frazada adentro, de un señor soldado, cosas que habían faltado desde e1 primer día que habíamos saltado en tierra; que entonces eran los naturales más amigos de llevarse algunas cosas nuestras; aunque ahora se han enmendado mucho y cada día se enmiendan más en esto y en otras cosas, que reparan no ser a nuestro gusto. Hubo pareceres que esta restitución la causó el miedo que tuvieron desde que vieron e1 santo Cristo, quizá juzgando, que así tratábamos a los que nos hacían algún daño, no obstante dimos unos regalitos a los que hicieren esta restitución.

Al empezar a dominar la lengua, los misioneros pudieron trabajar ya con cientos de indígenas que prácticamente iban todos los días a San Bruno, además efectuaron numerosas visitas a las rancherías que iban reconociendo e incorporando dentro del radio de acción de la misión. No pasó mucho tiempo antes de que los mismos indígenas, especialmente los niños, empezaran a solicitar el bautismo. Sin embargo, Kino consideró prudente no bautizarlos aún debido a la situación todavía precaria, ya que no estaba seguro de que el esfuerzo pudiera consolidarse. Únicamente bautizó a unos pocos niños que llegaron a estar muy enfermos y en peligro de muerte. Todos estos bautizados, excepto tres, murieron a las pocas horas o días.

El 24 de diciembre de 1683 los misioneros y soldados, acompañados por numerosos californios, celebraron con toda la pompa y fiesta posible, la Navidad. Kino nos dice que antes y después de misa repartimos pinole y maíz y otras cosillas a los naturales. A la tarde y casi toda la noche hubo fiesta y música, y luces y danzas en la iglesia; y un poco después de media noche tres misas. Esta fue la primer Navidad que celebraban los misioneros en California. Sabemos que anteriormente, cuando menos en las entradas de Hernán Cortés, en 1535, y Francisco de Ulloa, en 1539, ya había sido celebrado la Navidad en la península.

El 16 de febrero de 1684 se llevó a cabo el primer miércoles de ceniza de que se tenga memoria en California. Todos los soldados recibieron la ceniza y aunque asistieron numerosos californios no se les dio por no estar aún bautizados, aunque el padre Kino mantenía la esperanza que para el año siguiente ya muchos la pudieran recibir. Así, dio inicio la primera cuaresma en la Antigua California. Kino nos dice en su diario como celebraron el primer domingo de ramos: En 26, domingo de ramos, hubo bendición y repartimiento de ramos, como se usa en Nuestra Santa Madre la Iglesia, aunque no pudimos alcanzar las palmas que habíamos pedido de los edues, pues ellos las tienen en sus tierras, aunque algo lejos, y más de veinte leguas la tierra adentro. (148) Así, para los días jueves y viernes 30 y 31 de marzo, y el sábado primero de abril, se celebraron los días santos, es decir la primera Semana Santa californiana, en la cual hubo misas, confesiones, comuniones, procesiones, y el sábado de Gloria se dispararon salvas y se repartió comida entre los indios. Muchos de ellos participaron en estos eventos.

Los expedicionarios no dejaron de celebrar el primer aniversario de su llegada a California, que lo consideraron el 25 de marzo (de 1683), fecha en que por vez primera vieron a lo lejos la costa de California cuando iban rumbo a la bahía de La Paz. Kino nos dice que a Nuestra Señora [de Guadalupe] estos días se le hizo un vistoso bastidor de las cositas que se dan en estas tierras, y se puso en el altar, celebrando juntamente el aniversario del año pasado, cuando dimos la primera vista, tal día como hoy, a estas Californias o Carolinas. También el señor Almirante y otros que con su merced salieron de México, y de nuestra Señora de los Remedios, para pasar a dar principio a esta empresa y conquista de estas Californias o Carolinas, y se acordaron de haber pasado estos días con muchos trabajos, de caminos malos, despeñaderos, aguas, fríos y granizo, y que se animaban desde entonces a reconocer que a esta empresa no la habían de faltar muchos trabajos y cruces; pero por el real camino de la santa cruz, se va al laurel del descanso. (149)

Abusos e inquietudes

Aunque todo parecía marchar bien, no dejó de haber ciertas inquietudes y tensiones originadas por los abusos, injusticias e incomprensiones de los soldados y criados hacia los indios, así como por las grandes diferencias culturales entre nativos y recién llegados. Fue Atondo quien dio principio con los abusos cuando pretendió matar a unos indios que habían flechado unos caballos. Al respecto Kino nos dice que…dos indios, hoy día [21 de octubre de 1683], nos flecharon dos caballos. Fueron los flechazos sin notable daño; y, quizás, no más que por ver si los caballos tenían el cuero duro, como el de las adargas que las flechas no las pasan. Se les tiraron dos arcabuzazos al uno de los reos, al tiempo que iba corriendo, huyendo, pero no le dieron. (150) Kino envió una queja al fiscal del rey, quien le dio un fuerte regaño a Atondo. Ya desde La Paz Kino había mostrado su desacuerdo ante las actitudes poco conciliadoras y violentas de los soldados, quienes, a diferencia de los misioneros, querían arreglar las cosas con el uso de la fuerza. Esa disposición violenta de los soldados ya había tenido altos costos para la expedición.

También resintieron estos abusos los indios cristianos que trajeron de la región del Mayo y del Yaqui, en Sonora. Kino fue bastante sensible a estos abusos y los empezó a notar por el caso de los indios Santiago y Margarita:

En 22 de enero, en la cocina maltrataron a un indio llamado Santiago, y se fue de nosotros para nunca volver. También Margarita, una india viuda, mayo, por no haberle querido dar de comer, y por haberle amenazado de azotes, y garrotazos; se fue a hacer noche con los indios gentiles de la cercana ranchería de San Bruno. En 23, los mismos indios vinieron a decir, que Margarita había hecho noche con ellos en su ranchería: el sr. Almirante la mandó azotar y echar en el cepo, quitándola del trabajo en que estaba ocupada en hacer petates para la iglesia, y cuando supe de lo que había pasado, como también por otras partes me constaba de lo poco que se daba de comer a los indios, fui a visitar al sr. Almirante, para que avisara a sus criados, que no maltrataran a los indios cristianos, dándoles ocasión a que se huyeran a los gentiles, que de la misma manera, el vigor de cierta persona en el puerto de La Paz, había dado ocasión a que un grumete se huyera a los guaycuros, con los grandísimos daños que se sabe han sucedido, de pérdida de muchas almas y del puesto.

El señor Almirante empezó a patrocinar los procederes de los criados, y a echar toda la culpa a los indios mayos y californios, y que era menester castigar los delitos de estos indios; y le dije, que yo también estaba en eso; pero que se castigaran en todos los reos, como lo merecían, por cuanto temía no sucedieran otras fatalidades mayores con írsenos los cristianos a los gentiles etc., y después de una hora alcancé dejase salir del cepo a Margarita, y fuera a hacer petates. (151)

El siete de febrero desapareció una cabra de San Bruno. Al día siguiente el pastor a cargo de las cabras identificó al ladrón quien fue apresado mientras se encontraba ayudando en la construcción del fuerte. Se trataba de un indio edu al que Atondo, en castigo, dio 15 azotes con cuero crudo. Con esta acción se molestaron los edues y se fueron de San Bruno. Kino nos dice que fuéronse poco a poco todos los indios aun los que habíamos tenido por muy familiares y meses enteros habían estado sin apartarse de una hora del real: se armaron de arco y flechas como si nunca nos hubieran conocido o comunicado. (152)

A partir de ese momento volvió cierto temor: se desconfió de los indios, aún de los muy amigos, se recogieron todas las bestias, así como las cabras y los carneros y se tuvieron amarradas dentro del real, se doblaron las rondas y número de centinelas y se empezaron a escuchar rumores sobre supuestos ataques al real. También se ordenó que ningún soldado saliera sin armas. Los didius siguieron asistiendo al real, no así los edues quienes desconfiaron de los soldados. En los siguientes días los edues mataron a tres bestias y se robaron una mula, un carnero y una cabra. Además, dijeron que en venganza por los azotes matarían al almirante Atondo, más no así a los misioneros. A pesar de estas tensiones, poco a poco los edues regresaron a San Bruno, y en esto ayudó mucho el que no tenían un carácter tan belicoso ni vengativo.

Sin embargo, las situaciones de abuso se siguieron dando, con su carga de nuevas tensiones. Debido a los abusos y a la poca comida que les daban, el 28 de febrero dos indios mayos huyeron en una balsa de los californios, intentando cruzar el golfo para llegar a Sonora. No lo lograron y reaparecieron en la costa de San Bruno el 5 de marzo. Kino los defendió: Fue el señor alférez Contreras con dos soldados por ellos y los trajo, los pusieron con grillos y colleras en el cepo, procuré interceder no se les hicieran otros graves castigos. (153)

El día primero de marzo 25 didius de la ranchería de San Juan llegaron a San Bruno gritando en son de guerra. No atacaron y entrada la noche se fueron, pero todos los soldados se estuvieron en guardia y nadie salió del real. Para el dos de marzo un grupo de didius de la ranchería de San Bruno atacaron a flechazos al pastor Jacinto, un indio mayo, mientras cuidaba los carneros, cabras y ovejas. Le dieron dos flechazos dejándolo herido. Atondo envió dos soldados que alcanzaron a salvarlo y poco después se recuperó de sus heridas. Este grupo de didius se robó los carneros y las ovejas, hiriendo a diez animales que tuvieron que ser sacrificados. Posteriormente fueron varios soldados a caballo a perseguir a estos indios, pero ya se habían dispersado entre los montes y no lograron nada. Kino comentó lo que ocurrió después del ataque a Jacinto:… Luego que vinieron unos caballos fue el señor alférez Contreras y otros tres soldados a caballo, que encontraron a Jacinto el pastor que venía corriendo mal herido de sus dos flechazos… y dijo le había herido Francisco… luego fueron aun más soldados, pero como los indios naturales todos se habían retirado y huido a lo más alto de los vecinos cerritos, no se pudieron alcanzar con los caballos, solo el señor Pedro Álvarez disparó un arcabuzazo contra los indios, que le pareció haber herido a uno de ellos, a otro que se llamaba Matías y le hallaron sentado: le quería tirar un señor cabo de escuadra pero le detuvo el señor alférez, a quien constaba la poca culpa y malicia de Matías… como a las dos de la tarde, vimos en un cerrito que está en frente del real, dos indios que salieron de unas cuevas, y que cada uno con su envoltorio bien grande, se subieron a la cumbre, y echaron la carga en salvo, empezaron a dar voces y gritos y disparar flechas por el aire hacia el real, y con el anteojo de larga vista reconocimos que eran Francisco el que flechó al pastor, Juan, que llamábamos el Evangelista, que desde el principio cuando llegamos a estos parajes, llevó unos bastonazos de mano del señor Almirante por haber hurtado unos calzones blancos; entre ambos habían venido por estos sus trastes que tenían escondidos en dicha cueva, con señas y gritos indicaban que habían de llamar mucha gente de la tierra adentro que vinieran de guerra contra nosotros; estaba este cerrito como un cuarto de legua lejos del real, y aunque el señor Almirante envió cuatro soldados a caballo por distintos caminos para cogerlos y matarlos, no pudieron dar con ellos. (154)

Gracias a las maneras pacíficas y prudentes de Kino, que ciertamente llegaban a influir en Atondo, los ánimos se apaciguaron y poco a poco volvió la tranquilidad. Tanto edues como didiues volvieron a San Bruno y siguieron apoyando en todo lo que podían. Sin embargo, los abusos continuaron. Uno de los más fuertes se dio el primero de mayo de 1684. Kino nos dice que ese día:… fue un señor soldado a caballo a la mar, a donde halló unos cuantos indios pescadores, y como no era muy amigo de ellos, y también deseoso de salir de esta empresa de la California, no sé lo que tuvo con ellos que vino al galope hacia el real, diciéndonos le habían cercado y querido flechar… el señor Almirante mandó ensillar su caballo y montó en él con otro soldado, y con el que había venido de la costa del mar se salió diciendo que así pudiera ir a matar doce o quince indios como los mataría, fuéronse a toda prisa… y como el señor Almirante y señor soldado que había venido al galope de la mar, encontraron presto con unos pobres indios que no sabían nada que hubiera sucedido algo, a uno le tiró con una carabina el señor y se dijo le había herido; aunque se huyó hacia su ranchería de San Juan, se llamaba Juan, y a otro le tiró un arcabuzazo el otro señor soldado que había venido huyendo de la mar, y con la bala o postas reales le abrió toda la barriga y de más a más le dio varias estocadas grandes con la espada… y mandaban ensillar otras muchas bestias de la caballada, que ya se había retirado al real para proseguir en ir a matar otros muchos, pero fue Nuestro Señor servido se estorbara la ida, como en la ranchería hubo gritería ¿qué alguien quedaba? se huyeron del real todos los indios e indias naturales, chicos y grandes… pero en el ínterin que en la ranchería había un grandísimo llanto de todos cuantos en ella se hallaban por cuanto se estaba muriendo y luego después murió el pobre del arcabuceado, a estocadas y cuchilladas.

Cuando el señor Almirante con los dos soldados volvió al real, llegaron unos cuantos más indios a la ranchería y volvieron a llorar muchísimo, que era lástima oír los muchos gemidos, luego se fueron unos a enterrar su difunto, otros a pasar el río, como de ida para desamparar la ranchería, y nos considerábamos ya sin indios por mucho tiempo y que la fama de este hecho se había de divulgar por muchísimas leguas de la California, con notable horror que nos había de tener quizás por mucho tiempo… Dimos demostración de que nos pesaba la muerte del difunto… entre los demás vino la madre y también la mujer del difunto, ésta se llamaba Ana que solía desde los primeros meses servir al señor Almirante, con mucha fidelidad como esclava en acarrearle todos los días piedras y zoquite para la fábrica de la fortificación… movía compasión el oír a los de esta ranchería de San Bruno contar a unos tres o cuatro que vinieron de la de San Isidro lo que había sucedido, como, a donde y cuando les habían matado a su hermano, que así se llaman los que son de una ranchería y no faltaban entre ellos unos que nos decían a mí y a otros que si no se castigaría al que debía esta muerte, pero tan lejos estábamos de esto, que el señor Almirante tenía por lindo brío y acción varonil, que daba muchas esperanzas de cosas grandes en servicio del rey, el haber sucedido lo que se había hecho… Yo bien avisé desde luego que una acción tan ajena de toda católica caridad como había sido aquella merecía castigo. (155)

La injusticia fue muy evidente, no solo a los ojos de Kino, sino a los de todos los californios, así nos dice Kino que ese día a la tarde rezaron con toda puntualidad las oraciones; pero con mucha dificultad se consiguió que nos trajeran una poco de agua y leña… al ponerse el sol se fueron todos los indios sin que se quedara ni un chico ni grande a dormir en el real y harto extrañaba la Casa de la Compañía no tener ninguno de los ocho o diez pajecitos naturales o más que solían vivir y dormir en ella… se reparó que durmió la ranchería como atrincherada y rodeada de todos sus arcos y flechas que tenían alrededor plantadas en la arena. Advirtió además que, al siguiente domingo, en la misa todos los naturales señalaban al señor soldado que les había muerto a su difunto. (156)

Para estar seguro de la injusticia cometida, Kino investigó bien lo ocurrido: Hoy examiné al muchacho que se llamaba Eusebio, que ayer había ido a la mar con el señor soldado, de lo que había habido allá y si hubo mucha gente, y lo que habían hecho y como, y me dijo él y otros que no hubo sino cuatro o cinco indios para pescar y que uno solo enarcó contra el caballo pero no con ánimo de tirar flechazo ninguno, como lo hacen muchas veces, y si él u otros hubieran querido intentar alguna hostilidad de estas nunca lo hubieran hecho, sin retirar primero sus chiquillos, muchachos y mujeres del real y aunque era un edu que llamamos Felipe que venía a vivir acá, que luego al verle venir al señor soldado se fue a los demás edues, pero que el que se mató no era edu ni sabía nada de cuanto en la mar había sucedido. (157)

Por este y otros abusos el padre Kino ya había enviado quejas a las autoridades y así, el fiscal del rey le dio su reprimenda a Atondo: Con este suceso [refiriéndose al del indio asesinado el primero de mayo de 1684] y otros más, no por esto debe usar de semejantes violencias dicho Almirante, sino atraerles con el mayor alago que se pudiere y más cuando por otra parte confiesa que de su voluntad le ayudan a conducir maderas, traer agua y leña y que se le han agregado algunos a su Real, y de otra suerte se alteraran y harán irreducibles. Y así se debe advertir a dicho Almirante se abstenga de tales rigores sujetándose a la instrucción y leyes que tiene… (158)

Además, le pidió que:… y para que se haga como se debe y con buen tratamiento a los indios, se ha de mandar que dicho Almirante… procure entender las costumbres y forma de vivir de aquellos gentiles y los ídolos que adoran y como se gobiernan… que no se embarace en guerra alguna entre unos y otros indios, ni los revuelva en cuestiones, ni haga daño, ni les lleve cosa contra su voluntad de sus bienes… procure atraer a los indios a su amistad con mucho amor y caridad… asentando amistad con los principales… haga que se les predique con la mayor solemnidad que se pudiere, industriándoles en los artículos de nuestra Santa Fe, usando los medios más suaves para aficionarlos a la enseñanza, sin comenzar desde luego a reprenderles sus vicios, ni quitarles las mujeres ni ídolos, porque no les cause extrañeza, pero después de instruidos se les persuada a que dejen lo que es contrario a la Santa Fe… que los eclesiásticos de esta conversión y pacificación pongan gran diligencia en que los indios sean bien tratados, mirados y favorecidos, sin consentir que se les hagan violencias, injurias ni robos, todo lo cual está así dispuesto en la ley [Leyes de Indias]… (159)

Descontentos y enfermedades

Recordemos que desde el día 16 de octubre de 1683 la Almiranta había partido en busca de más apoyos y bastimentos para la expedición, sin embargo los meses pasaron y la nave no aparecía. Los pocos recursos que había traído la Capitana desde el Yaqui pronto se redujeron. La agricultura que empezó a practicarse dio muy pobres resultados y las opciones alimenticias que se presentaron al intercambiar comida con los naturales no fueron suficientes. Por lo tanto Atondo no tardó mucho en racionar la comida, y cuando esto se agudizó empezaron a surgir tensiones entre la gente.

La Almiranta tardó casi diez meses en aparecer, hasta el 10 de agosto de 1684, cuando la situación en San Bruno era ya más bien desesperada, ya que se contaba con un mínimo de bastimentos. Para entonces la Capitana llevaba ocho meses fuera. Las razones de la tardanza de las dos naves fueron esencialmente administrativas y de lentitud en reunir lo requerido.

Los problemas generados por esta situación de abandono empezaron a manifestarse pasada la Semana Santa de 1684. El día dos de abril Kino escribió en su diario: Faltaron en la huertecita de la esclava del señor Almirante, unas cebollas; se mandó inquirir y buscar en todas las ollas de todo el real, y al señor soldado en cuya olla se hallaron las cebollas, le costó toda la tarde estar en el cepo. (160)

El día cinco de abril ocurrió otro incidente relacionado, Kino nos dice que: Hoy, durante el día, hubo no sé qué pendencias acerca de la suma escasez de los bastimentos y raciones que se daban, y a uno le costó bastonazos de mano del señor Almirante; y pues las indias tortilleras estaban cansadas y enfermas sin poder moler, ni hacer para todo el real a siete tortillas al día como de ordinario se acostumbraba. (161)

La falta de alimentos empezó a provocar enfermedades, y ya desde el mes de marzo fue apareciendo la terrible enfermedad del escorbuto, debida a la falta de alimentos frescos que proveen ciertas vitaminas, principalmente vegetales. Esta enfermedad empezó a hacer de las suyas y con el tiempo llegó a afectar gravemente, ocasionando la muerte de algunos de los soldados y sirvientes. Para fines de marzo ya eran no pocos a quienes se les estaban manifestando los síntomas del escorbuto, como la inflamación de las encías y la pérdida de muelas y dientes.

Para colmo, el agua de San Bruno se fue volviendo más salobre y para el mes de abril empezó a llevarse desde el aguaje de San Isidro, sobre todo para atender a los enfermos ya que su número empezaba a crecer.

El día once de noviembre de 1684, los soldados enviaron una carta a don Jacinto Muñoz de Moraza, veedor y contador de la expedición, en donde le advertían que:…la infantería de esta empresa y conversión… decimos que estamos pereciendo de hambre por la cortedad de raciones que se nos está dando; que si almorzamos no comemos… es de advertir que en todo este tiempo no nos han dado vino de ración… pedimos que supuesto que las embarcaciones no vienen sino de año a año a esta costa, que su Excelencia se sirva de mandar se nos pague un año de sueldo por llevar ya devengado casi un tercio. Otro si pedimos a vuestra mereced que se nos dé siquiera libra y media de harina cernida, porque no es bastante una libra, y en los demás bastimentos compártase como vuestra merced fuere servido por la necesidad en que estamos, con cuenta y razón para pedirlo a su tiempo… (162)

A Atondo le empezó a afectar el pésimo manejo burocrático en el envío de los dineros para comprar los suministros, así como las limitantes que le quería imponer el factor real, don Sebastián de Guzmán (oficial real que en las Indias recaudaba las rentas y rendía los tributos en especie pertenecientes a la Corona), entre ellos el poco pago a los soldados. Estos problemas impidieron que la Capitana saliera a tiempo de Matanchel, y así tuvo un retraso de ocho meses, tiempo en el cual llegaron a escasear los alimentos produciendo los problemas ya mencionados.

En una carta al presidente de la Audiencia de Guadalajara, don Alonso de Cevallos, el 13 de diciembre de 1684, Atondo se queja amargamente de esta situación y advierte que: Háyase tan despechada la infantería y tan sin consuelo para lo adelante, por las muchas palabras inoficiosas que gasta en su calculación el factor don Sebastián de Guzmán, que he tenido a gran providencia de Dios el que no se hayan amotinado y hechos dueños de la lancha y el navío y tirado avaran en una de las costas de esa Nueva España, y aunque algunos han meditado hacerse a una e impedir el que no vaya a Matanchel, conociendo los pocos bastimentos que tenemos… y como no fueran los primeros que en estos mares hubieran emprendido semejante traición, me he recelado porque siendo don Fernando Cortés marqués del Valle, (163) envió dos navíos en demanda de estas islas, y por capitán general a un Diego Hurtado de Mendoza, al cual se le amotinaron más de la mitad de los soldados, y con el un navío fueron a parar en tierras de Jalisco, y el general hasta hoy no se sabe de él ni de su navío. Y después de ésta pérdida sucedió lo mismo a Diego Becerra de Mendoza, que fue por capitán de otros navíos y también se le amotinaron los soldados y marineros y lo mataron. Vea V S estando la gente tan despechada, pasando tantas necesidades y esperando otras mayores, sino a sido obra de Dios el que no se hayan amotinado teniendo el peligro de perecer de hambre tan a los ojos y pudiendo emprender con facilidad lo que les pareciere. (164)

En todo esto también afectó el hecho de que pasó más de un año sin que lloviera, lo que propició que fracasara la incipiente agricultura que se practicó, además de que más de uno temió que ante la falta natural de alimentos de los californios, por la sequía, pudieran atacar el real para apoderarse de los caballos y mulas para comérselos. Para el 9 de diciembre de 1684, Atondo le comenta al virrey que: Aquí es continuo el trabajo, poca la gente, la ración corta y de poca sustancia, muchos los indios y la infantería casi sin armas… el riesgo de perecer de hambre es conocido y si Vuestra Excelencia, con su gran providencia, no se sirve mandar que se nos socorra con la brevedad posible, habremos de experimentar el extremo de la necesidad, porque aunque queramos sustentarnos con raíces y con los caballos y mulas que tenemos, como no es mantenimiento conveniente a nuestra naturaleza, hemos de debilitarnos, enfermar todos y morir muchos y entonces estos bárbaros, como no tenemos que darles, forzados del hambre y animados de vernos con tanta flaqueza, podrán hacer lo que no hicieran otros muchos más, si tuviéramos con que mantenernos. (165)

Regreso de la Almiranta

Como lo mencionamos, después de diez meses de haber salido, finalmente regresó la Almiranta el 10 de agosto de 1684. En esta nave llegaron 20 personas más a sumarse a las 71 que ya estaban. Llegó también un buen número de bastimentos y de momento la situación desesperante de San Bruno bajó un poco, pero no desapareció y así el proyecto misional pudo continuar, no sin contratiempos. Entre los recién llegados a California se encontraba el padre Juan Bautista Copart, (166) quien venía a apoyar en los trabajos evangelizadores y a recibir, a nombre del Padre General, los últimos votos de Kino.

Profesión solemne de Kino

El martes quince de agosto de 1684, fiesta de Asunción de María, frente al recién llegado padre Copart que precedía la ceremonia, el padre Kino hizo su profesión solemne y pronunció sus últimos votos como jesuita.

Yo, Eusebio Francisco Kino, hago profesión y prometo a Dios omnipotente, delante de su Madre Virgen y de toda la corte celestial y de todos los presentes, y a ti reverendo padre Juan Bautista Copart, que tienes el lugar del padre general de la Compañía de Jesús y de sus sucesores, prometo perpetua castidad y obediencia y dedicarme al cuidado y enseñanza de los niños, según las letras apostólicas y las constituciones de la Compañía de Jesús. Y prometo especial obediencia al sumo pontífice acerca de las misiones según se contiene en las cartas apostólicas y constituciones. (167)

Desde luego, no dejó de hacerse una fiesta ante esta ocasión y hasta hubo música que duró hasta altas horas de la noche. (168)

Primer mapa de San Bruno

A escasos dos meses de la llegada a San Bruno, Kino empezó a preparar su ya mencionado mapa Delineación de la Nueva Provincia de San Andrés del Puerto de La Paz y de las islas circunvecinas de las Californias o Carolinas (mapa 17). La parte norte de este mapa se la dedica a la región de San Bruno, la que registra con el nombre de Provincia de San Andrés. Es el primer mapa donde aparece el Real de San Bruno, se encuentra a un lado del río Grande del cual se indica que en su origen tiene agua. Al sur de San Bruno, siguiendo la costa del Golfo de California, se encuentra el puerto de los Danzantes, frente a la isla del Carmen y frente a este puerto se encuentra la pequeña isla de las Pitayas. Aquí el puerto de los Danzantes es lo que hoy conocemos como Puerto Escondido y la isla de las Pitayas es el cerro Este de Puerto Escondido, el que en ocasiones da la impresión de ser isla.

Un poco más al sur está el puerto de San Carlos, que podría ser la hoy Ensenada Blanca, y más abajo aún el puerto de Matanzas frente a la isla Monserrat, que ubicamos como la actual bahía de Agua Verde. Este puerto de Matanzas debe su nombre a que durante las exploraciones de Sebastián Vizcaíno por el golfo (1596), en él fueron muertos varios españoles a manos de los indios.

Frente a este puerto, Kino coloca la isla Alcatraces, que podría ser la actual roca San Marcial, frente a Agua Verde. Le sigue mucho más al sur Las Ánimas, ya en la parte norte de la bahía de La Paz y frente a la isla San José.

En todo este tramo costero se registran perfectamente la isla de Los Coronados, de Nuestra Señora del Carmen (isla del Carmen hoy), Monserrat, Santa Cruz, San Diego y San José. No ubica la isla Danzante, pero es posible la ponga como parte de la isla del Carmen.

Por la costa al norte de San Bruno únicamente registra la punta El Mogote, que actualmente se le conoce como punta el Púlpito. Al norte de esta punta coloca la isla San Ildefonso, la cual conserva su nombre hasta hoy.

Al oeste de San Bruno, tierra adentro, Kino señala la sierra de La Giganta, así como una serie de parajes que fueron registrados durante las primeras entradas que se efectuaron: Llanos de San Pablo, llanos de San Javier, laguna de San Salvador, cerro de San Eusebio, valle de San José, llanos de San Francisco Javier, laguna de Santa Bárbara, valle de San Juan Bautista, cerro San Miguel y el río de San Cristóbal. A excepción del cerro de San Miguel y el río de San Cristóbal, todos los parajes vienen citados en el diario de Kino de la entrada de principios de diciembre de 1683.


Imagen 21. Últimos votos del padre Kino, emitidos en San Bruno el martes quince de agosto de 1684, fiesta de Asunción de María. Tomado de Burrus, Ernest, J. (1964).

Kino destaca los nombres de los grupos indígenas, poniéndolos con letras más grandes que los de las rancherías, poblaciones y la mayoría de los accidentes geográficos. Coloca a los grupos didius (cochimí) en la región al norte y noroeste de San Bruno. De los guaicura registra dos grupos, los noe al oeste de San Bruno, y los edues al sur. Conviene notar aquí que en los mapas de Kino, lo más importante no son los ríos y las montañas, sino los hombres que en ellos viven; por eso, al revisar la importante producción cartográfica de nuestro misionero, vemos que los nombres de las tribus siempre van en mayúsculas y a veces en colores. Cada mapa es un grito pidiendo misioneros para las tierras recién descubiertas. (169)


Mapa 17. Delineación de la nueva provincia de San Andrés, del puerto de La Paz, y de las islas circunvecinas de las Californias o Carolinas, elaborado por el padre Kino en diciembre de 1683. Archivo General de Indias. Este mapa registra los avances en San Bruno y las exploraciones hechas en la región de la bahía de La Paz. Ubica el Real de Nuestra Señora de Guadalupe, donde estuvo su primer misión.

La Mar del Sur
Se retoma el proyecto del Pacífico

Para octubre de 1684, a un año de su inicio, el Real de San Bruno estaba lejos de consolidarse, si bien daba la impresión de que avanzaba sin problemas. El poblado aún era incipiente, pero ya contaba con su fortificación de piedra y baluartes, casas para los soldados y templo. Los misioneros tenían su “Casa de la Compañía” y la labor evangelizadora crecía entre las rancherías vecinas, tanto de edues (guaicuras) como de didiues (cochimí). Kino, siempre optimista, le resumía a la duquesa, en una carta del 25 de octubre de 1684 que llevaban más de un año… de mucha paz… los naturales de estos reales y rancherías de San Bruno y San Isidro y muchos de las rancherías circunvecinas de San Juan, de San Dionisio, de San Javier rezan las oraciones, parte en lengua castellana, parte en su propia lengua, y cantan la Salve todos los días: que, para bautizar muchos de ellos, no falta más que consigamos otro poquito más de sus dos lenguas que tienen estos naturales, y que desde México recibamos las buenas nuevas de que ya no se pone en duda la continuación de la empresa, y que no nos quieran mandar retirar, como algunos han temido. (170)

Aunque había habido tensiones y violencias, estas no habían pasado a mayores y en general se respiraba un aire de apariencia más o menos tranquila. Fue cuando Kino y Atondo decidieron retomar el proyecto de alcanzar el Pacífico cruzando la sierra de La Giganta. Para entonces ya se conocía un paso por donde se podría cruzar la sierra con animales.

Como ya lo mencionamos, la idea de llegar al Pacífico era localizar la bahía Magdalena (171) y ver si podía establecerse en ella un puerto que diera apoyo a la Nao de China o Galeón de Manila. Se trataba de una cuestión estratégica ya que debido a su larga travesía por el Pacífico, la que solía durar alrededor de seis meses, se hacía necesario un puerto que diera alivio a sus navegantes, quienes eran diezmados por las enfermedades, principalmente escorbuto, y muchas veces esta situación representaba fuertes pérdidas económicas para los comerciantes y para la corona. Además existía el problema de los piratas, quienes ya para esos años solían frecuentar las costas del Pacífico de la Nueva España para atacar sus puertos y asaltar al Galeón. Un puerto en California podría ayudar a proteger la ruta del Galeón del ataque de los piratas. El establecimiento de dicho puerto sería de gran ayuda en la consolidación del proyecto misional californiano, de ahí el interés de Atondo y Kino por localizar dicha bahía.


Imagen 22. La Bocana, Baja California Sur, paraje bautizado por Kino como puerto de Año Nuevo, ya que lo exploraron el primero de enero de 1685. Fue en este sitio donde Atondo y Kino completaron la travesía desde el golfo hasta el Pacífico, cruzando por la sierra de la Giganta. Fotografía de Carlos Lazcano.

Para buscarla, Kino y Atondo necesitaban aprovisionarse mejor, sobre todo tener más y mejores caballos y mulas, y establecer un segundo Real, hacia el interior de la tierra, que les sirviera como base para dicha entrada.

Los viajes de la Almiranta

Lo primero que hizo Atondo fue el buscar aprovisionarse mejory para ello la Almiranta fue la embarcación principal. Se le reparó de todo a todo: velas, jarcias, timón, etc. Cuando regresó de la Nueva España, el 10 de agosto de 1684, la Almiranta ya traía un nuevo capitán, Mateo Andrés, quien se avocó con esmero en estas labores.

Así, para el 29 de agosto la Almiranta ya estaba lista y partió al puerto del Yaqui por más provisiones y animales. Poco menos de un mes tardó en regresar con los bastimentos y diez caballos, dos machos y 45 carneros. En este viaje participó Kino, quien se llevó consigo a un indio californio llamado Eusebio:…quiso venirme acompañando un californio llamado Eusebio y fue con todo gusto. Y como era el primero que de estas tierras había salido y vuelto a ellas, tubo tantas cosas que contar de aquellas misiones, y del buen trato que en todas partes se le había hecho, que estos naturales han quedado muy satisfechos de las cosas de los españoles y de lo que les venimos a enseñar. (172)

Como Kino y Atondo tenían prisa por explorar, la Almiranta volvió a partir al Yaqui el 26 de septiembre. En esta ocasión viajó el padre Goñi, quien se llevó consigo a cuatro californios, quienes querían corroborar lo que les había relatado Eusebio. Para el 25 de octubre la nave estaba de vuelta y trajo 15 caballos, dos mulas y 155 arrobas (173) de carne.

Ni tiempo se les dio a los navegantes de descansar, y para el 27 de octubre, de nuevo salía la Almiranta hacia el Yaqui. En esta ocasión ya estaba de vuelta para el 14 de noviembre y descargó 15 mulas, dos caballos, un mulo, dos cargas de pescado, 20 tercios de carne, 7 de quesos, 4 botanas de curtimenta, 12 fanegas de frijol, además de barras y herramientas calzadas.

Y de nuevo, sin descanso, para el 16 de noviembre volvía a salir la Almiranta y regresó rápido, bien cargada, el día dos de diciembre. Descargó 16 caballos, una mula, un macho, 55 carneros, 215 arrobas de carne, 61 arrobas de pescado, 12 botijas de vino de mezcal, 20 fanegas de sal, 50 fanegas de maíz y 12 arrobas de manteca. (174)

Este fue el último de los viajes de la Almiranta para conseguir animales y bastimentos. El 16 de diciembre de 1684 tomó rumbo a Matanchel, en donde sería reparada después de sus cuatro fatigosos viajes entre San Bruno y el Yaqui.

San Isidro

El aguaje de San Isidro había sido descubierto por el almirante Atondo el primero de diciembre de 1683 cuando efectuaron la primera entrada a la sierra de La Giganta. Se encontraba a unos 15 kilómetros al oeste de San Bruno y era asiento de una ranchería indígena llamada Londó. Desde un principio el paraje se mostró más favorable que San Bruno, ya que tenía más agua y de mejor calidad, por lo que era superior para labores agrícolas y de pastoreo, así se decidió utilizarlo como base de apoyo para las exploraciones al interior de California. De este modo, cuando Kino y Atondo empezaron a planear la expedición para buscar la bahía Magdalena, establecieron en San Isidro un nuevo real:…en el ínterin que la nao Almiranta ha ido cuatro veces a Yaqui, a traer caballos y bastimentos, aquí se ha hecho segundo real tres leguas la tierra adentro, adonde hay mejor aguaje y bastante pasto para todas las bestias; llamose Real de San Isidro… hora tenemos en dicho real un cuerpo de guardia fortificado, casa grande y capaz para los bastimentos, una pequeña iglesia para decir misa, y bastante habitación para un padre de la Compañía. Y también grande cantidad de muy linda piedra que los naturales han agarrado para cuanto antes se haga iglesia más grande. (175)

San Isidro fue una base de apoyo importante en las exploraciones que se efectuaron para buscar la bahía Magdalena en la costa del Pacífico. Algunos años después, en marzo de 1699 el padre Juan María Salvatierra estableció en este mismo sitio la visita de San Juan Bautista Londó, dependiente de la misión de Nuestra Señora de Loreto.

El baile de los gentiles

En lo que se hacían los preparativos para acondicionar y ocupar San Isidro, ocurrió en este sitio un hecho que a los soldados les pareció extraordinario. Fue el cabo Nicolás Bohórquez quien lo describe y nos dice:

Que el día lunes seis de noviembre de este presente año de seiscientos y ochenta y cuatro, serían las doce del día, poco más o menos… los indios gentiles de este valle, los de la sierra, y otros de diferentes naciones, se habían juntado en la ranchería que habita cerca de dicho real [San Isidro] y habían hecho algunas supersticiones con una figura o ídolo… vieron como el indio capitán de la nación didu, a quien llamamos Leopoldo, subió a lo alto de un cerro vestido de una red de hilo, toda poblada de madejitas de cabellos que le cubría desde los hombros a los pies, a modo de turca, y en la cabeza una como toca o capilla hecha de plumas de varios colores, que le cae sobre los hombros, y en la mano derecha una pala blanca con dos agujeros cuadrados del largor de una vara, y en la izquierda su arco y flechas. Y que habiendo subido sobre una peña que está en la cumbre de dicho cerro, dio grandes alaridos y hizo muchos ademanes, y habiendo estado un rato sobre dicha peña, bajó con tanta violencia que les causó admiración, y que salieron muchos a recibirlo, y que dentro de una hora subieron otros gentiles que serían catorce, con dicho capitán, vestidos del mismo género, y que pasando por debajo de dicha peña, sin parar bajaron a la ranchería.

…El día siguiente, siete del dicho mes y año, vieron salir de la ranchería una gran procesión que la guiaba dicho capitán Leopoldo, y tras él una de sus mujeres, y luego se seguía un indio y una india y de esta suerte iban entreverados hombres y mujeres con unas cañas en las manos y plumeros en la cabeza, bailando, corriendo y haciendo reverencia a un bulto del tamaño de un niño recién nacido, con la cara embijada de negro y su melena larga, y tres plumeros blancos en la cabeza, y el del medio parado y los demás un poco derribados, y un género de ropaje que no pudieron distinguir de lo que era. Y que este bulto lo llevaba el postrer indio que iba en la procesión, el cual se iba agachando con él. Y que habiendo llegado al paraje donde tenían clavado un palo de pitaya, y junto a él un horcón más bajo que dicha pitaya y que en la punta de esta estaban puestas unas ruedas de varas del árbol llamado copale y sobre ellas tejido de ramas de dicho árbol y encima dos banderas de palo pintadas de colorado, azul y blanco, y que dicho bulto lo pusieron debajo de dicha ramada alto un poco del suelo, y al pie un gran montón de la semilla que llaman medese y que así que lo pusieron cesó el baile por un rato, y que después volvieron a continuarlo por dos días y dos noches en la forma siguiente:

Salían unos tras otros, entreverados hombres y mujeres y daban una gran carrera, y el capitán en llegando al fin de ella con toda su gente, paraba junto a dicho bulto y empezaban a hablar todos, y al mismo tiempo se bajaban haciéndole una humillación y después descansaban como un cuarto de hora y volvían a proseguir la misma carrera con las mismas ceremonias y que el postrer día del baile, al cuarto del alba, dieron tan grande alarido que obligaron a la infantería a coger sus armas, creyendo los venían a avanzar y que al mismo tiempo oyeron gran llanto en las mujeres y dentro de breve rato empezaron a cantar y continuaron todo el día con gritos y bailes a pausas, y que al ponerse el sol se sentaron en rueda en varias partes y les comenzaron a repartir de dicha semilla medese que tenían amontonada delante de dicho bulto. (176)

Los soldados calcularon que en este encuentro participaron entre 2,500 y 3,000 indios, incluyendo niños y mujeres. Atondo resume la información de los soldados:

Los días pasados descubrimos que idolatraban estos bárbaros, porque en el Real de San Isidro, que dista tres leguas, donde está una escuadra de soldados con su cabo, en guarda de los caballos y mulas, se juntaron cerca de tres mil almas, y tuvieron grandes supersticiones y hicieron grande veneración, fiesta y bailes a un ídolo del tamaño de un indio recién nacido, embijado a su usanza. A éste lo llevaron en procesión hombres y mujeres a un toldo que le tenían hecho, adonde lo corrieron grandes carreras y se dieron famosos hartazgos de la semilla que llaman medese, y este dicen dichos gentiles que les habla en su lengua, que baja del cielo, que les da las pitayas, el medese y otras semillas que comen silvestres, y que tiene un pie y dos dientes; uno abajo y otro arriba. (177)

Esta celebración de los californios impresionó mucho a los expedicionarios, sobre todo por el poder de convocatoria que mostró, ya que temieron que si se diera un ataque de los indios pudieran llegar a juntarse varios miles, como lo demostró esta reunión.

Advertencias

No todo mundo estuvo de acuerdo en llevar a cabo la búsqueda de la bahía Magdalena. No en ese momento en que la situación, aparentemente tranquila, era algo delicada. Así el contador de la expedición, don Jacinto Muñoz de Moraza pide diferirla por algunos días, supuesto que no hay en esta operación urgencia de tiempo, ni se socorre a nadie. Son varias las razones que da don Jacinto, entre ellas que al irse la Almiranta se quedarían sin naves, ya que la Capitana y la Balandra no tenían visos de pronto aparecer. Otra de las razones es que Atondo se llevaría a sus mejores hombres y dejaría en San Bruno puros soldados bisoños o enfermos, que aún no sabían manejar bien las armas, de las cuales muchas no servían. También señala el hecho de que en los últimos quince meses no ha llovido, y por lo mismo los californios andan faltos de comida y muy hambrientos, por lo que teme pudieran atacar el real para comerse las mulas, caballos y carneros.

Otro aspecto que señala es que las noticias que dan de tierra adentro son que no hay río y todo es tierra, y me persuado que toda la tierra lo sea hasta muy dentro por lo que he visto de costa. Agrega además que aún en La Giganta, que es la más superior diez leguas adentro, se componen [los cerros] de arena cuajada, peñas entremetidas, caracoles y conchas de la mar, y todas las cumbres de estos cerros son así, que esto sin duda fue mar y quedó disipada e infructífera la tierra alta y baja, como está reconocido en las veinte y cinco leguas que se han andado. Además dice que: dado caso que se halle tierra fértil y agua, de que le servirá en tanta distancia a este puerto de San Bruno… vea vuestra merced que importará que se halle, si no podemos hacer aquí pie ni poblazón.

Don Jacinto sugiere que cuando nuestro señor fuera servido que el capitán Mateo Andrés, piloto, que fue este día como ocho leguas por la parte de San Juan, que juzga hallarlo, digo yo convendría más se hiciese por ahí la entrada, con menos gente y a la ligera, pues están amigos ya, al parecer, o por los edues, nación más apacible y amigable… y se ha reconocido ser más amigos, más generosos y agradecidos que los didius.

Finalmente recomienda que Atondo se sirviera de ordenar una junta y que en ella se trate y proponga esta consulta y demás puntos que se ofrezcan, y dé cada uno su voto firmado, y sobre todo vuestra merced delibere y ordene lo que más conviniere al servicio de Su Majestad. (178)

Atondo no hizo caso a estas observaciones y continuó con sus planes.

Bahía Magdalena

La bahía Magdalena, que se encuentra en la costa del Pacífico californiano, había sido descubierta desde la entrada de Hernán Cortés a la península, entre 1535 y 1536. Cortés envió una serie de expediciones por tierra que recorrieron buena parte del sur peninsular, alcanzando hasta la bahía Magdalena. En noviembre de 1539 Francisco de Ulloa, jefe de la última de las navegaciones californianas enviadas por Cortés, llegó a la bahía Magdalena por mar y la bautizó con el nombre de Laguna de Santa Catalina. En su diario nos da una breve descripción de ella:

Y yendo navegando con pocos tiempos y a veces calmas, vine… a amanecer en una gran bahía que está en altura de veinte y cinco grados, que es a donde yo había dicho a los pilotos de la armada que nos fuésemos a aguardar quince días, unos a otros, si nos apartásemos… y cómo había hallado una muy buena agua, con lo que nos holgamos harto porque traíamos mucha necesidad del agua, y nos dio nuevas de una muy grande laguna sobre que estábamos, de la entrada de ella, la cual era tan grande que tiene más de veinte o veinte y cinco leguas de ojo, y la boca ancha y tan hondable que pueden entrar en ella naos de cualquier grandeza que sea, la cual está poblada de gentes, según pareció y adelante se dirá… (179)

Durante su célebre navegación de 1602-1603, Sebastián Vizcaíno registra esta bahía y le efectúa un mapa detallado, imponiéndole su actual nombre. Fray Antonio de la Ascensión, cosmógrafo de la expedición, nos habla de ella en su Relación descriptiva de California: ...llegamos al puerto de la Magdalena, que antiguamente se llamó Puerto de Santiago. Aquí nos recibieron los indios de paz y por reconocimiento de sujeción ofrecieron a los españoles sus arcos y sus flechas, muy curiosamente labrados y trajeron del incienso que en la bahía de San Bernabé habíamos cogido, señal de que hay por allí abundancia de aquellos árboles en que se cría. Entra por este puerto un brazo de mar, si no es que es algún río caudaloso que por allí desagua y entra en la mar que no se entró por él, más de cosa de una legua, por dejarlo para descubrirlo cuando volviéramos del cabo Mendocino. Aquí nos salieron muchos indios con sus canoas y se mostraron afables y domésticos. Este puerto es muy bueno y muy capaz y tiene dos bocas o entradas: por la una no pueden entrar navíos grandes sino pequeños, por la otra sí, porque es muy fondable. Hay también aquí y por toda esta costa muchas ballenas… (180)

El objetivo del viaje de Vizcaíno era el de encontrar un puerto natural que pudiera servir de apoyo en la larga navegación de la Nao de China. Hay que recordar que después de la conquista de Filipinas (1564), fue abierta la ruta comercial de la Nao de China o Galeón de Manila en 1565. Esta ruta estableció un importante comercio entre la Nueva España y Filipinas, y de ahí se derivaron otras rutas de Nueva España con España y con Perú. Cada año el Galeón partía de Acapulco cargado de plata y otros productos novohispanos y llegaba a Manila después de un promedio de tres meses de navegación en que cruzaba el Pacífico a la altura de Acapulco. Para regresar la nave partía de Manila, cargada de productos muy finos y caros de toda Asia, y llegaba a Acapulco después de seis meses de travesía. En el regreso la ruta era mucho más larga debido a que tenían que subir hasta Japón y tomar la corriente de Kuro Shivo, la que después de cruzar el Pacífico llevaba al Galeón a la altura de los paralelos 42-43, actualmente la parte norte del estado de California, Estados Unidos. Posteriormente la Nao se venía costeando por las costas californianas, hasta el final de la península y de ahí seguía a las costas de Nueva España para arribar finalmente a Acapulco.

El viaje era demasiado largo y durante él solía morir buena parte de la tripulación debido al escorbuto causado por a la falta de alimentos frescos. Para colmo pronto empezaron a aparecer los piratas, principalmente ingleses y holandeses, quienes llegaron a apoderarse en varias ocasiones del galeón, utilizando a veces la península californiana como sitio de espera.

Como resultado de su navegación, Vizcaíno recomendó varios puertos como punto de apoyo al galeón, como la bahía de San Diego y la de Monterrey, ambas en la Alta California. En ese entonces no se pensó en la bahía Magdalena, ya que venía a quedar demasiado cerca de Acapulco. Sin embargo, al planearse la expedición de Atondo se pensó en ella por su cercanía con la región donde efectuaría su entrada, y se le pidió localizarla por tierra para evaluar la posibilidad de establecer el puerto de apoyo al galeón.

El asunto de bahía Magdalena era estratégico y desde los inicios del proyecto californiano, en la bahía de La Paz, ya Atondo tenía en la mira alcanzar dicho paraje. Desde luego, Kino lo apoyó ya que sin lugar a dudas de llegar a existir el mencionado puerto de apoyo, igualmente sería en beneficio de la evangelización de California.


Imagen 23. Bahía Magdalena. Atondo efectuó varios intentos de llegar a esta bahía con el fin de ver la posibilidad de establecer en ella un puerto de apoyo al galeón de Manila. No lo logró debido a lo difícil de cruzar la sierra de la Giganta. Fotografía de Carlos Lazcano.

Entrada al Pacífico

Una vez que Atondo contó con suficientes provisiones y animales, fijó la salida para el 14 de diciembre de 1684 y, desde unos días antes estuvo concentrando en San Isidro caballos (armados y ligeros), bastimentos, pertrechos de guerra, así como la mayor parte de la gente que participaría. Hay que hacer notar que desde los tiempos de Hernán Cortés, 1535-1536, nadie había hecho alguna entrada al interior de California. Durante su estancia, Cortés realizó cuatro entradas desde la bahía de La Paz, las que exploraron hacia el sur hasta el Cabo San Lucas y, hacia el norte precisamente hasta la bahía Magdalena. Estas entradas fueron olvidadas y en los siguientes 150 años el interior de California fue totalmente desconocido. De esta manera las entradas que estaba efectuando Atondo, especialmente la que pretendía alcanzar el Pacífico, revestían de gran importancia.

Aunque en los meses previos Atondo había hecho algunas entradas, todas habían sido de poca penetración y en realidad esta sería la primera de mayores alcances e importancia. El tiempo dedicado a ella y el número de participante así lo atestiguan. Tanto Kino como Atondo llevaron un diario de la expedición, y aunque el texto de Atondo es más largo y presenta mayor información, el de Kino es un buen complemento.

El día señalado, que fue un jueves, salieron de San Bruno en sus cabalgaduras don Isidro de Atondo, don Francisco López de Chillerón, el alférez Nicolás de Contreras, unos pocos soldados y el padre Kino. Llegaron a San Isidro en donde ya los estaba esperando el resto de la tropa. Componían la expedición el almirante Atondo, treinta hombres de armas, tres criados, un cirujano, el misionero, seis indios mayos y veinte californios (entre edues y didius). Contaban con 37 caballos, 22 bestias mulares cargadas con los bastimentos, municiones y una tienda de campaña, y otras 22 mulas de remuda.

Los días 15, 16 y 17 de diciembre, fueron de acercamiento a la sierra de La Giganta. En este trayecto pasaron por los parajes ya conocidos de Santa María Necoboxol, San Gabriel Bunmedojol y Santo Tomás Cupemeyeni, que ya habían sido explorados desde un año antes por el alférez Nicolás de Contreras. En Santo Tomás Cupemeyeni Atondo comenta que:

Aquí fue necesario hacer alto el día lunes diez y ocho de dicho mes, para aliñar el camino y cuesta para montar la sierra. Fui yo, dicho Almirante, el ayudante don Francisco López Chillerón, el sargento Nicolás Bohórquez, con nueve soldados y cuatro indios cristianos, con barras, azadas y hachas estuvimos lo más de dicho día en su aliño, por la mucha maleza de peñas y árboles, y ser necesario aderezar unos desbarrancaderos con palizada y tierra. (181)

Para el día 19 continuaron la marcha y ese día la jornada fue larga y difícil, ya que se trataba de remontar la sierra de La Giganta. Atondo comenta que el citado día:

Salimos de dicho puesto de Santo Tomás como a las seis y media de la mañana, y habiendo llegado a dicha cuesta, que el día antes aliñamos, tuvieron mucha dificultad en subir las cargas, y aunque cada soldado a pie subió estirando una mula, no dejaron de rodar algunas. Pusímosle por nombre la Cuesta Trabajosa. Este día, habiendo caminado como seis leguas, las más de ellas de pedregales, espinas, y abrojos, llegamos a un arroyo de agua corriente muy buena, y un carrizal grande y muchos árboles silvestres. Llámanle los naturales a dicho paraje Comondú, y le pusimos por nombre Nuestra Señora de la O, por haber llegado en su día. Aquí armamos nuestro real. (182)

Algunos años después, en 1708, los padres Juan María de Salvatierra, Juan de Ugarte y Julián Mayorga fundarían en este sitio la misión de San José de Comondú, la que permanecería ahí hasta 1736 en que fue cambiada a su posición actual, un poco más al sur. Hoy en día al sitio se le conoce como Comondú Viejo, y es un rancho muy antiguo donde aún se conservan numerosos vestigios de su primitiva misión.

En Comondú Viejo los expedicionarios ya estaban arriba de La Giganta. La corriente de este paraje es uno de los principales afluentes donde nace el arroyo de La Purísima y a partir de este punto siguieron su curso, acampando a sus orillas y a veces en su lecho. Fue en este paraje en donde por vez primera observaron que entre los californios existía la costumbre de ofrecer a sus mujeres. Al respecto comenta Atondo que unos indios…trajeron cinco mujeres mozas y hermosas, y dijeron que las regalásemos, y sin duda juzgaron que las apeteciésemos, porque después nos las ofrecían. Mándelas regalar con algunos géneros de mercería y catles, y darles de comer… (183)

Entre los días 20 y 30 de diciembre establecieron el real en los parajes, bautizados por Atondo, de Santo Domingo de Silos (día 20), Las Higueras Meyitesircongo (21), La Tabaida Gaelvxu (22), San Delfino de Pamplona Ebocoo (23), Noche Buena (24 y 25), San Esteban (26 y 27), Los Inocentes (28), Santo Tomás de Canturia (29) y Río de Santiago (30). Al principio los estuvieron guiando indios edu, pero arriba de la sierra era terreno cochimí, por lo que huyeron los edu y varios de los cochimí los guiaron con gusto y en no pocas ocasiones les ahorraron difíciles rodeos. A partir del día 23 empezaron a llegar a la zona de manantiales del arroyo de La Purísima, donde propiamente nace, encontrando grandes pozas que en algunas partes les dificultaron la progresión.


Imagen 24. Vestigios del sitio de la misión de San José de Comondú, establecida en 1708 por los padres Juan María Salvatierra, Juan de Ugarte y Julián Mayorga. Mayorga quedó al frente de la misión hasta su muerte, ocurrida en 1736, cambiando el sitio de la misión a su ubicación actual. A partir de entonces al sitio original se le conoce como Comondú Viejo, fue descubierto el 19 de diciembre de 1684 durante la entrada al Pacífico. Kino lo nombró de Nuestra Señora de la O de Comondú. Fotografía de Carlos Lazcano.


Imagen 25. Arroyo de La Purísima, bautizado por Kino como Río de Santo Tomás. Este arroyo marcó la ruta utilizada para cruzar del Golfo al Pacífico. Fotografía de Carlos Lazcano.

El avance fue lento ya que casi todos los días Atondo tenía que estar enviando exploradores para ver cómo estaba el camino adelante y con frecuencia se tenía que estar ademando, aliñando y haciendo vereda a punta de barra para que pudieran pasar las bestias de carga. Igualmente era casi a diario que se tenía que estar herrando animales, debido a lo áspero del terreno, lleno de piedras y abrojos. Debido a este terreno tan quebrado, un día se cayeron cinco caballos y sus jinetes. Unos fueron a dar a unas grandes pozas de agua en el arroyo, en donde casi se ahogan, y otros se maltrataron mucho al despeñarse. Hubo días en que tuvieron que detenerse totalmente para poder ver cómo seguir y herrar y curar animales. En varios lugares las grandes pozas de agua les impidieron el paso e incluso en una fue tanta la dificultad que Atondo escribió en su diario que:

…determiné hacer la diligencia por dentro del agua de dicho río, a la cual fue dicho ayudante, dicho cabo de escuadra Gerónimo Valdés, y Melchor de Aragón, previniéndoles que de no hallar por ninguna parte camino, o modo de abrirlo, aunque fuese con trabajo de seis u ocho días, viesen si habría modo de hacer balsa y parte por donde pudieran navegar para pasar dos cargas de bastimentos y algunas mulas a nado, porque aunque fuese con el peligro de que se despeñasen, habríamos de procurar pasar. (184)

Sin embargo, no se llegó a ese extremo gracias a unos gentiles que les mostraron una vereda que les facilitó el avance, pero vale la pena hacer notar la gran determinación que tenía Atondo de avanzar a toda costa. Entre los días 27 y 28 pasaron por el paraje que los cochimí nombraban Cadegomó, donde en 1720 sería fundada la misión de Nuestra Señora de la Purísima Concepción de Cadegomó por el padre Nicolás Tamaral. Los encuentros y contactos con los grupos cochimí fueron frecuentes y todos amistosos, en algunos casos los indios manifestaron cierta desconfianza, pero esta pronto fue vencida gracias a los buenos oficios de Kino y los obsequios y señas de amistad que se les ofrecían.

Llegan al mar

El día 30 de diciembre de 1684 los expedicionarios llegaron a la confluencia del arroyo de La Purísima con el de San Gregorio, al que Atondo nombró río de Santiago. Cabalgaron por toda la orilla del estero de San Gregorio hasta que finalmente alcanzaron el tan deseado océano Pacífico. Desde San Bruno habían recorrido alrededor de 180 kilómetros. Sobre el tan soñado momento de llegar al mar, Atondo nos dice en su diario:


Imagen 26. El Pilón de La Purísima, ascendido por Kino y bautizado como “Sombrerete de San Juan”, el 26 de diciembre de 1684. Cerca de aquí fue establecida la misión de La Purísima, en 1720. Fotografía de Oscar Simón Mendoza.

…proseguimos dicho día hasta la mar… en cuyo distrito había gran cantidad de conchas de todo género de marisco, muchas liebres y conejos, y por lo más bajo de un médano subimos y bajamos a la playa, a tiempo de la baja mar, y fuimos continuando camino del sur, a donde habíamos descubierto un grande estero, en el cual desaguan los dos dichos ríos, y dicho estero distará del médano donde bajamos, como una legua, parte de ella piedras y peñas, y sobre ella hallamos… diferentes osamentas de ballenas grandes, medianas y pequeñas… (185)

Fue en este momento, del encuentro con el Pacífico, que por primera vez observaron las conchas de abulón, las famosas conchas azules que años después darían a Kino la clave para demostrar la peninsularidad de California. Kino nos dice que hallamos muchas conchas de distinto y más vistoso oriente que las de nácar, pues sus colores son muy semejantes a los del arco iris, y casi todos se llevaron muchas de ellas (y después, en San Bruno, llegamos a valer a peso cada una)… (186) Atondo también describe el encuentro: hallamos unas conchas de raro y vistoso oriente, de los colores del arco iris, mayor cada una de ellas que la mayor concha de nácar. (187)

Cuando llegaron al Pacífico, Atondo se dio cuenta de que se encontraban en la parte norte del estero de San Gregorio. El almirante sabía que la bahía Magdalena se encontraría hacia el sur, por lo que intentó cruzar el estero en esa dirección, sin embargo, hubo un problema. Atondo nos dice que:

Llegamos a dicha boca del estero, y mandé a los soldados Clemente García Bonal y don Juan de Lara Villaseñor, que iban en los caballos más altos y briosos, procurasen ver si podían pasar a la otra banda de dicho estero, para que todos prosiguiésemos. Y habiéndolo hecho, dijeron que era imposible pasar porque había más de tres brazas de fondo, (188) y esto era siendo baja mar. (189)

Para los expedicionarios debió de haber sido bastante frustrante no poder seguir hacia el sur, además de que ya se les acababa el tiempo por la cantidad limitada que traían de bastimentos. Incluso, aunque hubieran encontrado un paso hacia el sur, no hubieran podido llegar a la bahía Magdalena debido a que estaba demasiado lejos, a unos 200 kilómetros al sur.

Para acampar volvieron a la orilla del llamado río de Santiago, ya que ahí había abundante agua y pasto para los animales. El sitio era campo de una ranchería de californios, con quienes tuvieron contacto y buen trato, pero con algo de recelo. El día treinta y uno de diciembre regresaron al mar. Atondo nos dice que:

Salimos temprano de nuestro real y río de Santiago, para volver a la mar e ir hacia el norte todo lo que pudiésemos… fuimos por dicha playa como seis leguas al norte, y a las tres leguas mandé a dicho sargento y al soldado Nicolás de Uría, subiesen al médano más alto y reconociesen la tierra. Y habiendo vuelto… dijeron que habían hallado una salina… pusímosle a dicha salina de San Silvestre, por haberla hallado en su día. Y prosiguiendo nuestro camino… habiendo llegado a vista de unos cerros colorados, porque no nos impidiesen la corriente de la mar la vuelta, y por habérsenos acabado el agua que llevábamos en calabazos, y no tener esperanzas de que la hubiese en adelante, ni pasto para las bestias, nos volvimos… (190)

Por la tarde estaban de vuelta en el paraje del río de Santiago. Atondo nos ofrece una descripción de la costa a donde llegaron:

…observamos que dicho estero era muy hondo y ancho, el cual forma, al parecer, un puerto abrigado de todos los vientos, y tiene la boca al ueste y corre al este como un tiro de arcabuz, y después da la vuelta al norte y corre como legua y media a dicho rumbo, y hace al fin de la parte que mira al norte como una pequeña ensenada, y hacia dicho rumbo, como a dos tiros de arcabuz, está el aguaje de Santiago, escondido en un carrizal, entre piedras y arena, dentro de la caja de dicho río de Santiago, y después, continuando, da la vuelta dicho puerto y corre como otra legua y media leste veste, y como un tiro de arcabuz, poco más o menos, al este, tiene un buen aguaje, abundante para toda una armada, dentro de la caja de dicho río Deseado de Santo Tomás, rodeado de crecido y copioso carrizo, en el cual hay gran cantidad de pastos, al cual dicho aguaje lo divide de dicho estero una loma de cascajo.

Y tiene dicho puerto por seña de su entrada, una grande boca, entre médanos muy altos y continuados que corren del un lado como ocho leguas al norte, y al otro, al sudeste, otras once a doce leguas. Y dicho puerto está casi en la medianía de una grande ensenada, al parecer limpia, y la boca está entre dos puntas que la una le demora al norueste y es la que sale más a la mar, y estará, al parecer, dicha punta de dicha boca, como quince leguas, y la otra le demora al sueste, y habrá de boca de dicho puerto a dicha punta, al parecer, como doce leguas, y de punta a punta como veinte y cinco. Y hacia la parte del lesnordeste [sic] le demora a dicha punta, que cae al norueste un cerro alto colorado, que tiene dos abras, que al parecer son como otros cerros unidos, el cual dista muy poco de la mar.

Aquí dispuso dicho padre superior un instrumento que llamamos sextante, para observar el sol y saber los grados de altura en que quedaba la boca de dicho puerto, que le pusimos de Año Nuevo, y halló que estaba en altura de veinte y cinco grados y medio. (191)

Actualmente al puerto de Año Nuevo se le conoce como La Bocana y contiene una pequeña comunidad de pescadores. Se encuentra hacia los 26º03’32’’. En el tiempo de la llegada de Atondo vivían en la región numerosos grupos cochimí, que como lo mencionamos, los expedicionarios tuvieron contacto con ellos.

En febrero de 1989 Carlos Rangel, Alfonso Cardona y yo, Carlos Lazcano, recorrimos a pie la ruta de Atondo de entrada al Pacífico. Lo hicimos al modo de los californios, es decir íbamos a pie, bastante más ligeros de como fuera Atondo, además de que recibimos algún apoyo de la gente de los ranchos y de La Purísima. En general encontramos el paisaje y la geografía muy parecida a como la vieran los expedicionarios 305 años antes que nosotros. Pocos cambios tiene la región. Muchos de los manantiales sobre el arroyo de La Purísima aún se conservan, al igual que las pozas profundas. Pudimos identificar no pocos de los sitios descritos por Atondo gracias a lo preciso de su diario. Para mí, fue emocionante estar en los lugares donde estuvieron Kino y Atondo, seguir sus huellas, esos vestigios del primer intento de construir California. Estamos hablando de nuestras raíces más profundas, de los principios de la identidad que hoy define a Baja California. Al caminar por esa antigua ruta, al momento de acampar después de cada jornada, ya iniciada la noche, cuando la luz de la fogata nos iluminaba y teníamos desplegado ante nosotros todo el Universo, leíamos el diario de Atondo y lo sentíamos como si él personalmente nos estuviera relatando las vicisitudes de su viaje. Fue una experiencia hermosa. (192)


Mapa 18. Detalle del mapa Paso por tierra a la California inicialmente delineado por Kino a fines de 1701. Archivo de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús. Se aprecia completa la ruta seguida desde San Bruno hasta el Pacífico, siguiendo el hoy arroyo de La Purísima, nombrado por Kino como Río de Santo Tomás.


Mapa 19. Entrada a la Mar del Sur (14 de diciembre de 1984-13 de enero de 1985). Diseño de José Luis García.


Imagen 27. La aspereza de la sierra la Giganta fue un factor que afectó el desarrollo del proyecto de Atondo en la península californiana. Fotografía de Oscar Simón Mendoza.

Atondo y sus gentes recorrieron en 17 días la distancia entre San Bruno y el Pacífico, nosotros, más ligeros, lo hicimos en ocho días. Fue una manera de rendir tributo a estos hombres pioneros que llevaron a cabo todo tipo de esfuerzos para traer a California lo que pensaban era mejor para esta tierra. Sería difícil no pensar que tanto Atondo como Kino, y seguramente no pocos de los soldados, llegaron a amar la California, cada quien a su manera. En los siguientes años Kino lo demostraría ampliamente.

La travesía Golfo-Pacífico de Atondo (mapas 18 y 19), fue la segunda realizada, ya que la primera se efectuó durante la mencionada entrada de Hernán Cortés, en que se llegó desde La Paz hasta la bahía Magdalena.

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