Kitabı oku: «Ejército de Liberación Nacional (ELN). Historia de las ideas políticas (1958-2018)»

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CATALOGACIÓN EN LA PUBLICACIÓN UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA

Medina Gallego, Carlos, 1954-

Ejército de Liberación Nacional (ELN) : historia de las ideas políticas (1958-2018) / Carlos Medina Gallego, docente investigador. -- Primera edición. -- Bogotá : Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales. Instituto Unidad de Investigaciones Jurídico Sociales Gerardo Molina (UNIJUS), 2019.

638 páginas: ilustraciones en blanco y negro, fotografías. -- (Serie Libros de texto ; 17)

Incluye referencias bibliográficas e índice de documentos compendiados.

ISBN 978-958-783-775-9 (rústica). -- ISBN 978-958-783-776-6 (e-book). -- ISBN 978-958-783-777-3 (impresión bajo demanda).

1. Ejército de Liberación Nacional -- Pensamiento político y social –Colombia -- 1958-2018 2. Violencia política -- Colombia -- 1958-2018 3. Conflicto armado -- Colombia -- 1958-2018 4. Proceso de paz -- Colombia --1958-2018 5. Guerrillas -- Historia -- Colombia -- 1958-2018 I. Título II. Serie

CDD-23 322.4209861 / 2019

Ejército de Liberación Nacional (ELN). Historia de las ideas políticas (1958-2018)

Serie Libros de Texto

© Universidad Nacional de Colombia - Sede Bogotá

Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales

Primera edición, 2019

© Autor, 2019, Carlos Medina Gallego

Comité de Publicaciones

André-Noël Roth Deubel

Vicedecano de Investigación y Extensión y director del Instituto Unidad de Investigaciones Jurídico-Sociales Gerardo Molina, Unijus

Jorge Enrique Carvajal

Director del Área Curricular de Derecho

Carolina Jiménez Martín

Directora del Área Curricular de Ciencia Política

Bernd Marquardt

Director de la revista Pensamiento Jurídico

Sivia Cristina Mantilla

Directora de la revista Ciencia Política

Imagen de portada

Policía Nacional de Colombia. En la imagen aparecen Israel Ramírez Pineda, alias ‘Pablo Beltrán’; Rafael Sierra Granados, alias ‘Ramiro Vargas’; Nicolás Rodríguez Bautista, alias ‘Gabino’; y Eliécer Herlinto Chamorro Acosta, alias ‘Antonio García’, vestidos de camuflado.

Preparación editorial

Unijus, Instituto Unidad de Investigaciones

Jurídico-Sociales Gerardo Molina

http://derecho.bogota.unal.edu.co

insisjpg_bog@unal.edu.co

(57+1) 3165000, exts. 29264 y 29266

Diagonal 40 A Bis n.° 15-38, Complejo Casa Gaitán

André-Noël Roth Deubel

Director

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Coordinador editorial

Ángela María Herrera Castillo

Coordinadora académica

Paula Alejandra Enciso Bautista

Coordinadora administrativa

Laura Melissa Ruano Chacón

Diseñadora gráfica

Diseño original de la Serie Libros de Texto

Natalie Galindo Malaver

Corrección de estilo

Leonardo Montenegro

Revisión de corrección y cotejo

Diana Carolina Castro y Juan David Rincón

Impreso y hecho en Bogotá D.C., Colombia

Conversión a ePub

Mákina Editorial

https://makinaeditorial.com/

Prohibida la reproducción total o parcial

por cualquier medio sin la autorización

del titular de los derechos patrimoniales.

La historia de una organización revolucionaria es el espejo

en que se ven reflejadas sus contradicciones.

MANUEL PÉREZ MARTÍNEZ

Comandante del ELN

TABLA DE CONTENIDO

LISTA DE SIGLAS Y ACRÓNIMOS

ADO. movimiento Autodefensa Obrera

AICO. Autoridades Indígenas de Colombia

Anapo. Alianza Nacional Popular

ANP. Asamblea Nacional Popular

ANUC. Asociación Nacional de Usuarios Campesinos

AP. Acción Popular

APRA. Alianza Popular Revolucionaria Americana

Audesa. Asociación Universitaria de Estudiantes Santandereanos

BIM. Brigada de Institutos Militares

Binci. Batallón de Inteligencia y Contrainteligencia

BM. Banco Mundial

BPR. Bloque Popular Revolucionario

CBI. conflictos de baja intensidad

CC. colectivos constructores

CCN. Comisión Coordinadora Nacional

CCN. Comisión de Conciliación Nacional

Celam. Consejo Episcopal Latinoamericano

CFC. Comisión de Facilitación Civil

CGSB. Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar

CIA. Central Intelligence Agency (Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos)

CLASC. Confederación Latinoamericana de Sindicatos Cristianos

CNC. Coordinadora Nacional Constructora

CNG. Coordinadora Nacional Guerrillera

CNMC. Coordinadora Nacional de Movimientos Cívicos

CNS. Comisión Nacional Sindical

COCE. Comando Central del ELN

CRIC. Consejo Regional Indígena del Cauca

CRS. Corriente de Renovación Socialista

CSC. Coordinadora del Sector Cooperativo

CSTC. Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia

CUR. Coordinadora Urbana Regional

DAS. Departamento Administrativo de Seguridad

DEA. Drug Enforcement Administration (Administración para el Control de Drogas, de los Estados Unidos)

DFG. Dirección Frente de Guerra

DN. Dirección Nacional del ELN

DNP. Dirección Nacional Provisional del ELN

DSN. doctrina de la seguridad nacional

EA. Equipo Auxiliar

Ecopetrol. Empresa Colombiana de Petróleos

ELN. Ejército de Liberación Nacional (Colombia)

ELN. Ejército de Liberación Nacional (Perú)

ERP. Ejército Revolucionario del Pueblo

EPA. Elección Popular de Alcaldes

ESAP. Escuela Superior de Administración Pública

ETA. Euskadi Ta Askatasuna (España)

FAL. Fuerzas Argentinas de Liberación

FAM. Frente Amplio del Magdalena Medio

FARC-EP. Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo

FDL. Frente Domingo Laín

Fecode. Federación Colombiana de Trabajadores de la Educación

Fedetav. Federación de Trabajadores del Valle

Fenaltrase. Federación Nacional de Trabajadores al Servicio del Estado

FG. Frente de Guerra

FLJSS. Frente Luis José Solano Sepúlveda

FMI. Fondo Monetario Internacional

FMLN. Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional

FSLN. Frente Sandinista de Liberación Nacional

FU. Frente Unido

FUAR. Frente Unido de Acción Revolucionaria

FUN. Federación Universitaria Nacional

GRUA. Grupo de Apoyo

GPA. Grupo de Países Amigos

GPP. guerra popular prolongada

GPV. grupo de países verificadores

Himat. Instituto Colombiano de Hidrología, Meteorología y Adecuación de Tierras

Incora. Instituto Colombiano de la Reforma Agraria

JP. Juventud Peronista

JAS. Frente Jaime Andrade Sossa

M-19. Movimiento 19 de abril

MAN. Movimiento de Acción Nacional

Mapu. Movimiento de Acción Popular Unido

MAS. Muerte a Secuestradores

MAS. Movimiento al Socialismo

MEA. Matiz Eleno Autocrítico

MGA. Marco General de Acuerdo

MIR. Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Bolivia)

MIR. Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Chile)

MIR-PL. Movimiento de Izquierda Revolucionaria - Patria Libre

ML. marxista-leninista

MNR. Movimiento Nacionalista Revolucionario

MOEC. Movimiento Obrero, Estudiantil y Campesino

MOIR. Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario

MR-13. Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre

MRL. Movimiento Revolucionario Liberal

MPR. Movimiento Revolucionario Peronista

MRPP. Mesa Regional Permanente por la Paz

MRTA. Movimiento Revolucionario Túpac Amaru

MTI. Misión Técnica Internacional

NVDO. Nueva Visión de Operar

Nupalom. Ni un paso atrás, liberación o muerte

OEA. Organización de los Estados Americanos

ONIC. Organización Nacional Indígena de Colombia

OPM. Organización Política de Masas

Pasco. Programa de Acción Social para la Comunidad

PC. Partido Comunista

PCC-ML. Partido Comunista Colombiano (marxista - leninista)

PCP-SL. Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso

PNR. Plan Nacional de Rehabilitación

PMU. Plan Militar Único

PRT. Partido Revolucionario de los Trabajadores

PTU. Plan Táctico Unificado

RN. Reunión Nacional

RNA. Reunión Nacional Ampliada

SAL. Sacerdotes para América Latina

Sendas. Secretaría Nacional de Asistencia Social

SPC. solución política al conflicto

Tendencia CTR. Tendencia Camilo Torres Restrepo

TLC. tratado de libre comercio

TPO. trabajo político organizativo

UC-ELN. Unión Camilista-Ejército de Liberación Nacional

UNIR. Unión Nacional de Izquierda Revolucionaria

UNO. Unión Nacional de Oposición

URNG. Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca

USO. Unión Sindical Obrera

UIS. Universidad Industrial de Santander

UP. Unión Patriótica

UPTC. Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia

URSS. Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas

VPR. Vanguardia Popular Revolucionaria

ZDM. zona desmilitarizada

ZE. zona de encuentro

INTRODUCCIÓN
Una historia del ELN

La historia del Ejército de Liberación Nacional (ELN), no obstante los resultados de esta investigación, aún está por escribirse. Este trabajo, en lo esencial, busca acercarse a través de un estudio histórico-etnográfico1 a una “historia” de la Organización, construida desde los esfuerzos del trabajo investigativo de la academia en una perspectiva metodológica en la que la voz del actor es recogida como la expresión fundamental de esta narración. En esta propuesta metodológica se busca reconstruir, desde una particular lógica académica, el imaginario Eleno, respetando el punto de vista del actor sobre su propio proceso. Para ello, resulta necesario aceptar que el universo de representación que el actor tiene sobre sí mismo, sobre su historia, sobre sus fundamentos ideológicos y políticos, sobre sus propósitos y forma de materializarlos, así como sus metas y fines, son determinantes en la definición de su cultura política y de su comportamiento histórico.

Para hacerlo se ha elaborado una historia “oficial”2, construida desde los documentos, discursos e imaginarios que le son propios y, sobre las narrativas fundadas por los miembros de la Organización en torno a sus historias de vida personal y a la historia de vida de la Organización como tal. La primera particularidad que tiene este trabajo es que, dadas las limitaciones de la producción académica existente al respecto sobre la historia de esta Organización, el discurso historiográfico se construye, en lo esencial, sobre fuentes primarias. Bajo esta premisa, este análisis histórico y político se libera parcialmente de la producción bibliográfica de perfil académico o periodístico3 existente al respecto para asumir el discurso histórico desde la producción interna de la Organización.

En el desarrollo de la investigación encontramos que hay unas particulares formas de escribir la historia que preocupan a la Organización y que lo han hecho explícito en sus documentos: para ellos, “la historia ha sido escrita para colocar de presente el significado de las clases dominantes, como clases dirigentes y hegemónicas que representan el interés nacional, en abierto desconocimiento de las clases populares y trabajadoras”4. Esa preocupación los ha animado para emprender la difícil tarea de narrar con la mayor objetividad posible su propio devenir histórico, el que no deja de estar cargado de percepciones “subjetivas”, cuyo cuestionamiento puede darse en todo momento, pero cuya validez consiste en ser la voz del protagonista dando razón por los hechos que lo identifican y de los cuales es responsable.

Una opción metodológica por las fuentes

Un trabajo sobre fuentes primarias, no deja de tener grandes dificultades ya que obliga al investigador a agudizar su percepción y su análisis comprensivo y crítico. Por ejemplo, como podrá notarse más adelante, para el caso de los primeros años (cuando se abordan los antecedentes y la génesis de la Organización, las causalidades y procesos), es necesario hacer uso de la memoria individual y colectiva de los protagonistas, quienes han plasmado en forma directa e indirecta, a través de entrevistas, sus impresiones de la época. Y, sobre todo, entender que, en un contexto de guerra, los esfuerzos que realizan los propios protagonistas para plasmar su particular manera de referenciar sus vivencias y puntos de vista, no están desprovistos de la emocionalidad e intencionalidad política que determina sus propios referentes de verdad.

El intento de reconstruir la historia política y militar del ELN, y caracterizar su “cultura política”, surgida de contextos históricos específicos que han definido su naturaleza esencial, supone trabajar en un primer momento a partir de la memoria de los actores directos y, con el tiempo, irse hundiendo en un mar de documentos y testimonios, que dan razón de las más diversas situaciones y formas de percibir el mundo y justificarse en él.

Es inevitable, el condicionamiento que le hace a las fuentes documentales una propuesta metodológica que se centra en la recuperación de la memoria, por cuanto las determina y las reduce a testimonios, entrevistas y “documentos oficiales” y de procesos5. Sin embargo, la importancia de este tipo de elaboración consiste en que esas fuentes, utilizadas adecuadamente, permiten construir un modelo de narración histórica que brinda la oportunidad al actor de poderse ver reflejado, significativamente, en el imaginario de su devenir histórico y, al académico, la posibilidad de interlocutar con un discurso que se reviste por la naturaleza de sus fuentes de cierta legitimidad y reconocimiento.

Recuperar la memoria insurgente

Un segundo aspecto fundamental de este trabajo, consiste en recuperar la memoria insurgente, como parte constitutiva fundamental del devenir histórico del país. Es comúnmente aceptado que los espacios en que se producen, se consolidan y se confrontan las prácticas de la memoria corresponden a espacios sociales y condiciones históricas particulares, en las que se denotan relaciones de poder, de confrontación, de dominación y de subordinación. La memoria es también un campo de batalla, donde unos autores se confrontan con otros que tienen la posibilidad para construir y transmitir una memoria “oficial”, hegemónica, mientras se ocultan memorias disidentes de grupos subordinados, o insurrectos, a través de mecanismos mediante los cuales se autoriza o se silencia a quienes cuentan la historia (Zambrano y Gnecco, 2000).

En medio de la confrontación de poder, entre memorias hegemónicas y memorias disidentes, se presenta también una lucha por la definición de las identidades. A través de los mecanismos de supresión de la memoria, bajo el régimen del olvido, de deformación del acontecimiento, de su resignificación en un contexto de poder específico, se produce una desfiguración de la identidad del contrario o su eliminación.

Dentro del espacio de confrontación de los distintos referentes de “verdad” sobre los acontecimientos, sobre lo acontecido, sobre lo que es el sujeto histórico, en cuanto que es una realidad que se define a sí misma, se genera una relación tensa entre historia y memoria. La historia construye, modifica, estructura y domestica la memoria social, la escritura le atribuye cierta legitimidad que la reviste de autoridad y verdad.

El historiador Gonzalo Sánchez Gómez, ha elaborado un interesante trabajo sobre la relación que existe entre guerra, memoria e historia, allí llama la atención sobre el papel que juega la historia y la memoria en la construcción de la percepción que los sujetos tienen sobre el devenir de los acontecimientos y su significación:

Guerra, memoria e historia es una trilogía que evoca relaciones muy complejas, alusivas, en primer lugar, a los procesos de construcción de identidad, es decir, a las representaciones que nos hacemos de nuestro conflicto y sobre todo, de nosotros mismos como nación; en segundo lugar, a la pluralidad de relatos, trayectorias y proyectos que se tejen en relaciones de poder que afirman, suprimen o subordinan a determinados actores; en tercer lugar […] a las huellas, los símbolos, las iconografías, los monumentos, los mausoleos, los escritos, los ‘lugares de memoria’, que pretenden perpetuar la presencia, o la vida, de personas, hechos y colectividades. Porque la memoria es en sentido profundo, una forma de resistencia a la muerte, a la desaparición de la propia identidad […]. La Historia diluye las memorias particulares en un relato común. La memoria resalta la pluralidad de los relatos. Es la presencia viva del pasado en el presente. Lo que se olvida y se recuerda no son los hechos mismos tal como se han desarrollado, sino, la impresión, el sello que han dejado en la memoria. (Sánchez, 2003, pp. 23-24)

La investigación aquí plasmada busca aportar a para efectos de la construcción de una verdad histórica incluyente y polifónica que permita el reconocimiento del contrario como un sujeto histórico válido. En ese sentido, existe en este trabajo la preocupación por recuperar la memoria insurgente, como aquella en la que el actor, en este caso el ELN, construye su espacio y su tiempo, lo llena de acontecimientos relevantes que adquieren sentido según sus propósitos. Es a partir de dicha memoria que el ELN establece en los sucesos narrados las fechas y los ritos de iniciación, así como señala los caminos que debe transitar para alcanzar sus fines y propósitos en relación con un universo social y político complejo.

La memoria insurgente es una memoria que funciona en sus lugares y en sus tiempos, que tiene sus propios protagonistas anónimos, sus procesos, sus acontecimientos, que “oficializa” los significados y monumentaliza sus acciones para reafirmar su identidad, para referenciar tradiciones, para hablar de sus “acumulados históricos”, como un patrimonio que los enviste de legitimidad y les otorga poder de presentarse como actores sociales y políticos válidos. Así, su memoria se concreta en su capacidad para construir en espacios ajenos lugares propios, en tiempos dispersos ritmos continuos, para que la significación de sus actos y discursos adquiera la fuerza de un movimiento con identidad, capaz de fundarse y fundar, de ocupar un territorio, movilizarse sobre él, convertirse en autoridad, defenderlo o cederlo según la dinámica de los procesos de confrontación.

La gran mutación de la historiografía contemporánea, afirma Sánchez, consiste en haber saltado de una centralidad del acontecimiento, objeto privilegiado de la historia, a la huella, objeto privilegiado de la memoria. Es el paso inaugural de la narración, de las cadenas de acontecimientos, a la hermenéutica, a las cadenas significativas en sus pluralidades virtuales, en un contexto que combina larga duración y experiencia colectiva […] la memoria es una nueva forma de representación del curso del tiempo. Mientras los acontecimientos parecen ya fijos en el pasado, las huellas son susceptibles de reactivación […] El pasado se vuelve memoria cuando podemos actuar sobre él en perspectiva de futuro. (Sánchez, 2003, p. 25)

En la construcción de una historia del ELN que se erige sobre sus propios imaginarios, es necesario tomar en consideración el hecho de que los acontecimientos son importantes como “circunstancias históricas”, pero que tienen un peso especialmente significativo en el comportamiento y la decisión política, la subjetividad de los actores en la lectura que hacen de esas condiciones, y el peso que depositan en su voluntad política como recurso transformador y determinante de su forma de existir en la historia y de grabarse en su memoria. Sin historia escrita, la memoria, individual y colectiva, presente para definir en determinadas condiciones, la forma en que se comportan los actores armados como sujetos históricos.

Estudios sobre el ELN: aproximación a un estado del arte

Los estudios realizados sobre el ELN, en específico, aún son precarios, pese a que, en los últimos años, se ha despertado un especial interés académico y político por los actores armados del conflicto colombiano. La precariedad se debe a dos razones principalmente: la primera, la dificultad para acceder a la información y al trabajo de campo con los respectivos actores, a las fuentes de documentación y a las entrevistas directas, situación que se ha ido mejorando en la últimas dos décadas a raíz de los procesos de paz; la segunda, a la estigmatización y persecución, institucionales y para-institucionales, que ha existido en el país para los autores que trabajan estos temas. Pese a lo anterior, existe un gran número de artículos y referencias en estudios históricos y sociológicos, en el tratamiento de temas particulares, que toman en consideración la historia de este actor armado. Este trabajo, en relación a la bibliografía especializada del ELN, considera necesario abordarla a partir de los siguientes parámetros:

Primero. Aceptar que el trabajo académico existente al respecto es relativamente escaso al abordar este actor, en particular desde las perspectivas de sus propias dinámicas históricas, organizativas y políticas.

Segundo. Existen un gran número de documentos y publicaciones (revistas, libros y documentos virtuales, entre otros), que son relevantes para la construcción de la historia del ELN. Estas publicaciones y documentos, al ser portadores de un referente de sentido propio sobre la historia de la Organización y al haber sido escritos por militantes y simpatizantes, en esta investigación son considerados como fuentes primarias.

Tercero. Existe una importante base documental que ha sido elaborada por sociólogos e investigadores, que de una u otra manera han estado vinculados a procesos políticos, desde la militancia investigativa y el compromiso intelectual, la cual será tratada como fuente secundaria, pese a los énfasis y simpatías que se perciben en ellos.

Cuarto. Los trabajos de contexto, que asumen el estudio de otros fenómenos, pero hacen referencia al actor, igualmente serán asumidos como fuentes secundarias. Algunos de esos trabajos se realizan desde enfoques claramente ideologizados.

En general, la bibliografía sobre el ELN se mueve entre el testimonio histórico, el análisis sociológico y político y, la crónica periodística. Para efectos de este balance, solo haremos referencia a los que en el concepto del autor se consideran de mayor relevancia para el tratamiento metodológico que este trabajo le da a este actor.

Un primer grupo de libros, que podrían llamarse académicos, para el caso del ELN, es una bibliografía relativamente precaria. Podrían citarse como libros relevantes los trabajos de Alejo Vargas Velásquez, en particular, Guerra o solución negociada. ELN: origen, evolución y procesos de paz6, y los trabajos del autor de este trabajo: ELN: una historia contada a dos voces7 y ELN. Una historia de sus orígenes8 (1958-1978). Estos libros dan razón por los orígenes del ELN, sus desarrollos organizativos, políticos y su presencia en el conflicto armado nacional.

Un segundo grupo lo constituye el trabajo de Jaime Arenas, La guerrilla por dentro (1971), seguido de El guerrillero y el político, una reseña biográfica de Ricardo Lara Parada resultante de las conversaciones con Oscar Castaño y, los trabajos periodísticos de Marta Harnecker, Unidad que multiplica (1988), y de María López Vigil, Camilo camina en Colombia (1990). Igualmente, los esbozos biográficos de Camilo Torres Restrepo y Manuel Pérez Martínez, elaborados por Walter J. Broderick (1977; 2000). Hace parte de este grupo el trabajo de León Valencia, Mis años de guerra (2008), en el que hace un recuento de sus días al interior del ELN, antes de desmovilizarse a través de la Corriente de Renovación Socialista.

Estos trabajos se mueven entre la crónica periodista e histórica, el testimonio y el análisis sociológico; toman en consideración los desarrollos históricos de la Organización, los eventos en los que van surgiendo, las bases de sus imaginarios políticos, la vida y la cotidianidad de la lucha guerrillera a través de sus protagonistas, entre otros aspectos que resultan relevantes para los estudios sobre este actor armado.

Un tercer grupo lo constituyen los libros y documentos producidos por la Organización a través de su dirigencia. Algunos ejemplos son el libro Rojo y negro9 (2006), y el artículo “La unidad es parte de victoria”10 (1993) de Milton Hernández y, crónicas de historia guerrillera escritas por Nicolás Rodríguez Bautista como Y nos hicimos guerrilleros (1990), entre otras. Tales trabajos dan razón de los procesos desde el punto de vista de los protagonistas.

Existen algunos textos resultantes de la preocupación de las ONG por avanzar en la comprensión del conflicto armado colombiano y de sus actores, de los cuales es necesario resaltar el trabajo realizado por la Corporación Observatorio para la Paz, que como resultado de conversatorios realizados por especialistas y conocedores del ELN, produjeron el libro Las verdaderas intenciones del ELN (Corporación Observatorio para la Paz, 2001), en el que se coloca a disposición de la opinión publica una serie de documentos, ponencias y comentarios que buscan dar razón por el itinerario ideológico, político y militar de esta organización, en el marco de las necesidades de conocimientos en el desarrollo de los procesos de paz.

Igualmente, es necesario señalar, que en los últimos años la circulación de información sobre estos actores ha crecido vertiginosamente. La publicación de la revista Insurrección, y de otras revistas de la Organización, nacionales y regionales, la existencia de las páginas web, de videos elaborados por la Organización y por los medios internacionales, la proliferación de la reproducción virtual de revistas y documentos fílmicos, con entrevistas, ceremonias y operativos militares, colocan a disposición de los interesados un volumen de información que ofrece la oportunidad de abordar, desde la investigación, distintos ejes temáticos. Muestra de esto es el incremento de trabajos monográficos y de investigaciones en las distintas universidades del país que ofrecen formación en las áreas de ciencias políticas y humanas, así como en fundaciones y centros de estudio e investigación social y política.

Un aporte significativo que hace esta investigación lo constituye el archivo personal que el autor del trabajo fue levantando a lo largo de los últimos años, en una recuperación sistemática de los documentos que la Organización edita para circulación amplia (periódicos, comunicados, revistas, películas, música, fotografía), y documentos internos (circulares, documentos de discusión y formación política, correspondencia con otras organizaciones entre otros). A este material se suma un importante trabajo de campo en el que se realizaron entrevistas a miembros de la Dirección de la Organización y de la base.

Como resultado del proceso de investigación, se construyó un Archivo Histórico Virtual (ELN), que centraliza de manera organizada un volumen importante de información sobre la Organización, que no solo constituye el fundamento de este trabajo, sino, un importante aporte que esta investigación le hace a la academia y a la comunidad científica, pues posibilita la continuación de otros esfuerzos de investigación y análisis sobre este actor en específico.

En lo posible, se recurrió a todas las fuentes que podían contribuir a estructurar la base documental y argumentativa de este trabajo desde la perspectiva acá señalada. Estas fuentes que se han renovado, y algunas de ellas están a disposición de los lectores de esta investigación, en los centros de documentación de la memoria histórica del Grupo de Investigación en Seguridad y Defensa de la Universidad Nacional de Colombia.

Hacia una historia de vida del ELN

Un aporte significativo de este trabajo de investigación consiste en haber asumido una metodología para la construcción de la historia de la Organización fundamentada en historias de vida, haciendo especial énfasis en su naturaleza política.

Así, la narración histórica está atravesada por una concepción metodológica, en la que se busca colocar en conocimiento de la comunidad académica, social y política un conjunto de representaciones, imaginarios y significaciones que el actor, el ELN, tiene sobre sí mismo y sobre el universo que lo rodea; por decirlo de una manera precisa, se explora su particular forma de ver, describir, interpretar y analizar los hechos que tienen que ver con su manera de existir en el tiempo y devenir en la memoria.

Conforme a lo señalado anteriormente, este trabajo concebido como una historia de vida, que se da en el marco de una concepción metodológica en la que el autor le posibilita al actor que se exprese desde sus propios universos de representación. Esto no significa que el autor se convierta en un escribano de la historia de vida del actor, en una propuesta comparativa que lo va referenciando en relación con la historia del país, pues resulta inevitable que el investigador sea el principal autor de esta historia cuando es precisamente él quien ordena el texto de acuerdo a cortes temporales o temáticos, titula, subtitula, forma, divide, recorta y le da a la versión final la apariencia que esta asume al presentarse.

Esta metodología se erige sobre dos referentes básicos: primero, existe el más riguroso respeto por la percepción que el actor tiene sobre sí mismo, sobre su forma de representarse y hacerse presente en el conflicto colombiano: se toma en consideración los aspectos que constituyen en esencia la historia de sus ideas políticas, pues es esta la que determina y legitima su existencia social y política; segundo, se toman en consideración los referentes teóricos esenciales que son característicos de los estudios e investigaciones que giran en torno a las historias de vida. Conforme a estos dos referentes, es necesario precisar algunos aspectos sobre la relación entre el investigador y su objeto de estudio:

Primero. El actor (ELN) está constituido por unidades de sentido, palabras y frases dichas por ellos, textos y discursos, prácticas sociales y acciones militares a través de los cuales se comunican y se representan.

Segundo. El autor se ha preocupado porque el actor, además de protagonizar el relato, narre y exprese en él su propio punto de vista, lo que no implica que como interlocutor no introduzca la reflexión crítica de este y convoque al cuestionamiento permanente.

Tercero. El relato se estructura sobre episodios y acontecimientos que de alguna manera tienen mayor relevancia para la propia representación del actor (por ejemplo, Simacota o Anori); sin embargo, el autor ha puesto interés en convocar a la memoria aquellos acontecimientos que el personaje desplaza, o se refiere a ellos en forma mínima, pues constituyen puntos de inflexión de su propia existencia (crisis internas, fusilamientos, y otros eventos).

Cuarto. El autor, tomando en consideración la lógica de la fuente documental, define las características del desarrollo cronológico del discurso, la profundidad de la argumentación, la importancia de los personajes, el sentido de sus acciones, entre otras múltiples posibilidades de la construcción del discurso histórico.

Quinto. El texto escrito obligó a estructurar algunas unidades narrativas que favorecen la comprensión del discurso histórico, su lectura y posibilidades interpretativas y analíticas; por esta razón, se tomaron en consideración al menos cinco elementos constructores: las secuencias, los hitos, las etapas, los motivos y las causalidades-determinantes, todos interactuando en la configuración global del discurso.

Las secuencias son divisiones al interior del texto que poseen un alto grado de variabilidad e impredecibilidad, en los que no siempre se distinguen claramente los puntos de partida y final. El concepto de secuencia nos resulta relevante y útil porque la evolución de la narración casi nunca sigue un orden lineal ni cronológico, sino que en ella abundan las superposiciones, las proyecciones y los cambios súbitos de énfasis. A pesar de esto, es necesario distinguirlos y ello es viable a través de los cortes que se van haciendo en la narración.

Los hitos son ciertos sucesos externos (la violencia, la dictadura de Rojas, el Frente Nacional) o internos (la toma de Simacota, asambleas y congresos de la guerrilla, las operaciones militares que expresan un cambio en la estrategia, etc.) presentados por el actor como cruciales en el desarrollo de su propia existencia. Los hitos pueden definirse como los momentos claves de la vida relatada, que poseen en el interior del relato capacidad explicativa o referencial, y para que un hito sea tal, es necesario que aparezca revestido de un carácter extraordinario y generador de nuevas circunstancias; es decir, se trata de hechos hasta cierto punto dramáticos a los cuales el personaje les otorga capacidad explicativa, explícita o implícitamente.

Las etapas son los fragmentos temporales con que es presentado el relato. Estas no siempre corresponden al esquema de clasificación cronológica usualmente utilizado. Suelen ser variables la cantidad de años y de texto que se les dedica. Cada etapa, como podrá verse en este trabajo, contiene o va asociado a un referente histórico o anclaje.

Los motivos son afirmaciones directas o indirectas, que tienden a explicar conductas de cada personaje o de otros del relato histórico; son supuestos del porqué de las conductas y de los actos y acciones desarrollados.

La causalidad-determinante es un encadenador que relaciona, une y explica tanto los sucesos como las etapas y los hitos. Existen diferentes órdenes de causalidad-determinante que en el relato se sobreponen y enuncian sin mayores rupturas de continuidad. Las causalidades-determinantes más recurrentes son las de tipo histórico, psicológico, natural y mítico:

• La causalidad de tipo histórico se produce cuando el autor, siguiendo la lógica argumental de los actores armados, hace énfasis en los acontecimientos referidos o en el contexto en que ellos se dieron. Así, los sucesos son producto de otros sucesos precedentes y dan origen, a su vez, a sucesos posteriores.

• La causalidad de tipo psicológico alude a rasgos de carácter de algunos de los personajes intervinientes. En este caso, las etapas quedan encadenadas de modo altamente personalizado, es decir, los hechos suceden más por efecto de cómo son los individuos que participan en ellos, que por aspectos sociales, estructurales o exteriores a las características de los involucrados. Los protagonistas materializan determinadas conductas por sus rasgos personales, de modo que la acción aparece como prefigurada en su interioridad y no como factores determinantes externos.

• La causalidad de tipo natural es, en algún sentido, la casi no causalidad: los hechos sucedieron porque tenían que suceder. El devenir se ve como natural, en el sentido en que corresponde no a una lógica de los hechos ni de las personas, sino de la naturaleza de la vida.

• La causalidad de tipo mítico alude, principalmente, a referencias que están fuera del dominio de lo estrictamente humano, en este terreno son frecuentes las alusiones religiosas y mágicas. En el estudio del ELN, como en el de toda organización de esta naturaleza, son importantes, entre otros, el mito generador, el mito del héroe, el mito paradisíaco, que expresan y explican la lógica de las representaciones simbólicas desde donde se justifica el compromiso, a través del cual se desarrolla la existencia histórica de la Organización11.

El uso de este tipo de metodología de investigación, posibilita la confrontación y contrastación de puntos de vista en los que se comienza a dilucidar la realidad del movimiento guerrillero, superando las lecturas politizadas y románticas que han caracterizado este tipo de estudios. Para ello, ha sido necesario agotar los más variados recursos documentales y las fuentes de informaciones más diversas, pero igualmente arriesgar periodizaciones que están en estrecha relación con la información proporcionada por las fuentes y con los estudios teóricos existentes al respeto.

La estructura de esta historia política del ELN busca respetar el proceso de desarrollo que ha tenido la Organización a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del presente (2018), en cincuenta años de historia, tomando en consideración, en lo esencial, los momentos que se comportan como hitos, en cuanto que han aportado a la construcción de los imaginarios elenos, a la configuración de una cultura política que define sus puntos de vista y las prácticas sociales, políticas y militares a través de las cuales adquieren identidad y se expresan como sujetos históricos y políticos.

Sobre la estructura de la obra

Siguiendo la propuesta metodológica, este trabajo consta de ocho partes:

En la primera parte, correspondiente a la introducción, se abordan en lo esencial, tres aspectos de reflexión que convocan la atención de este estudio. El primero tiene que ver con la investigación histórica en cuanto enfoque metodológico para la comprensión de los fenómenos de violencia y el conflicto armado, desde perspectivas de análisis que persisten en explorar el camino de especificidad de los casos y problemas que se abordan, sin renunciar a las posibilidades que estos ofrecen a la generalización y construcción de explicaciones universales; el segundo retoma la discusión sobre la naturaleza y caracterización del conflicto armado colombiano, en el marco de los distintos enfoques teóricos y puntos de vista que se han venido construyendo al respecto, con el propósito de aplicarlos al estudio del ELN, en un ejercicio investigativo que analiza y contrasta su historia; el tercero centra su atención en la construcción del discurso, como referente de identidad y fundamento de la cultura política del actor desde una perspectiva fundamentalmente histórico-politológica.

El primer capítulo toma en consideración el contexto en el que surge la organización armada (1958-1965) —es decir, en el marco del desarrollo de La Violencia y el Frente Nacional—. A partir de ahí, señala los procesos en que se van generando sus mitos fundacionales, los aspectos que la identifican y la diferencian, y sus referentes programáticos básicos.

El segundo capítulo aborda los desarrollos organizativos y políticos, los reveses militares y las dificultades político-organizativas recurrentes (1965-1974).

El tercer capítulo centra su atención en los desarrollos de la Organización en una fase en la que se agudizan las crisis y se inician los procesos de recuperación y refundación de la Organización (1974-1982).

El cuarto capítulo cubre un periodo en que la historia del país atraviesa por uno de sus más agudos problemas de gobernabilidad, y de mayor recrudecimiento de la violencia, en la segunda mitad del siglo XX (1982-1994). En ella se convocan los actores que se han de confrontar durante las dos décadas siguientes: el Estado a través de sus fuerzas armadas, el paramilitarismo, el narcotráfico y la insurgencia, en la primera fase del periodo que he denominado de degradación y enrarecimiento de los conflictos.

Los capítulos quinto y sexto toman en consideración doce años de la historia del ELN, en el marco de los gobiernos de Ernesto Samper Pizano (1994-1998), Andrés Pastrana Arango (1998-2002), Álvaro Uribe Vélez (2002-2010) y Juan Manuel Santos (2010-2014). Durante estas administraciones el conflicto armado se desarrolla y se transforma en un proceso que va del crecimiento exitoso de las operaciones militares de las FARC-EP contra las instituciones armadas del Estado (1994 a 1998), pasando por frustrados e inacabables procesos de paz (1998-2002), la reactivación de la ofensiva militar institucional contra la insurgencia, en el marco de la política de Seguridad Democrática del gobierno Uribe Vélez (2002-2010), hasta el retorno a las mesas de conversaciones y la búsqueda de una salida política negociada al conflicto armado, durante la administración del presidente Juan Manuel Santos (2010-2014).

La última parte del trabajo, el capítulo séptimo, hace un balance general de la historia de la Organización, a manera de conclusión, señalando los aspectos relevantes de este, que pueden orientar futuras investigaciones.

Elementos teóricos para el estudio histórico del ELN como actor armado

Colombia es un país cuya historia se ha construido sobre el ejercicio de la violencia y el desarrollo de un encadenamiento de guerras que se transforman en el tiempo, a la vez que transforman las relaciones que las determinan. De las guerras prehispánicas a las de la Conquista, de estas a los levantamientos coloniales, de allí a las guerras de independencia y luego a las guerras civiles del siglo XIX, que le abrirán paso a las luchas sociales de indígenas, artesanos, campesinos y obreros durante las tres primeras décadas del siglo XX, para luego hundirse nuevamente en ese periodo de la historia que se conoce como La Violencia, que ha de terminar con el inicio de una nueva guerra ideológica y política en la modalidad de guerra insurreccional, irregular o guerra popular prolongada, desde la caracterización que hacen los actores armados de esta, para, finalmente, a comienzos del siglo XXI, en la perspectiva de los cambios globales y sus correspondientes confrontaciones, resistencias y amenazas, localizar nuestros conflictos en la lucha contra el terrorismo. Total, existen problemáticas que haya atravesado la historia de Colombia en sus distintas épocas esa son la violencia y la guerra.

Pese a la dificultad que existe para poder ubicar en un concepto particular de “guerra”, el conflicto armado colombiano, y a la tendencia que se viene manejando de ubicarlo como una “guerra sin nombre” (Gutiérrez, Wills y Sánchez, 2006), es necesario flexibilizar las categorías convencionales y construir nuevas categorías que permitan caracterizarlo desde los elementos que le son propios (Medina, 2009). Tomemos acá algunas de las afirmaciones que se han hecho en un intento por establecer los componentes de una posible noción preliminar.

Una primera afirmación, que es necesario mantener presente, es la que considera que la caracterización de cualquier conflicto en el mundo de hoy tiene de inmediato connotaciones políticas, militares y jurídicas, tanto en el ámbito interno como en el internacional (Pizarro, 2004) y, que desde allí, se definen no solo las políticas públicas en materia de seguridad, sino, igualmente las formas de participación o intervención de la comunidad internacional, y que esta es una razón suficiente para ser cuidadoso en las implicaciones que tiene su caracterización.

Una segunda afirmación es la que señala que el conflicto colombiano se ha transformado en los últimos cincuenta años como consecuencia lógica de su crecimiento, expansión y complejidad. Esto se hace evidente en la confluencia de nuevos actores e intereses, nuevos escenarios y nuevas circunstancias históricas, que le han definido una lógica y una movilidad de nuevo orden, conforme a los cambios que se han operado en el país y en el mundo global.

En esta reflexión se reconocen dos momentos distintos en la caracterización del conflicto en las últimas cuatro décadas, determinados por la percepción que se tiene de este en relación con su origen y evolución posterior. El primero está definido por las lógicas de la Guerra Fría y la bipolaridad, que dieron origen a las luchas anticoloniales y de liberación nacional y social, en las que la guerra adquirió la forma de guerra revolucionaria, en la modalidad de guerra insurreccional, guerra de guerrillas y guerra popular prolongada y que desarrolló las estrategias contrainsurgentes de la doctrina de la seguridad nacional (DNS) y de los conflictos de baja intensidad (CBI); el segundo, por la caracterización de los conflictos en el desarrollo de la pos Guerra Fría, la unipolaridad y el mundo globalizado, en donde los conflictos son percibidos como nuevas guerras, lucha contra el narcotráfico y terrorismo.

Una tercera afirmación tiene que ver con el carácter irregular de la guerra, el cual se ha transformado sustancialmente, pues ya no es esa modalidad de guerra desarrollada por grupos mal armados y mal vestidos, dirigidos por soldados aficionados que con alguna frecuencia alcanzaban éxito frente a fuerzas superiores dirigidas por profesionales. Por el contrario, se desarrolla como una guerra de verdad con fuerzas bien armadas, vestidas, alimentadas y entrenadas adecuadamente (Heydte, 1987), que se mueven entre la guerra de guerrillas y estrategias de guerra convencional.

En una caracterización específica de la guerra irregular, y de sus motivaciones políticas, es necesario afirmar que esta se presenta como una guerra civil donde grupos insurrectos luchan por el poder dentro de la misma nación. La guerra irregular no es una guerra revolucionaria per se; puede ser una guerra de resistencia, de liberación nacional o una guerra contrarrevolucionaria y paramilitar.

Una cuarta afirmación consiste en señalar que, en el caso colombiano, se trata de un conflicto armado interno, internacionalizado, irregular, prolongado y con raíces históricas de índole ideológica. Este conflicto sufre, además, una etapa de metamorfosis de los propios actores internos, cuyas modalidades de acción incorporan día a día más actos terroristas, y una subordinación creciente de recursos provenientes del tráfico de drogas ilícitas (lo que se hace evidente en el escenario internacional en que se desenvuelve) (Pizarro, 2004).

Y pese a estas características, que nos muestran una modalidad de guerra civil no convencional, la particularidad del conflicto colombiano es que sigue siendo una guerra civil irregular (Sánchez, 2003).

Ahora bien, es necesario asumir acá una posición “distinta” en torno a la noción de guerra civil, que supere la caracterización que se hace de esta modalidad de guerra según el número de muertos, o el tamaño y proporción de los ejércitos confrontados, o según la intensidad y modalidades de combate. Esta definición reduce la idea de guerra civil al escenario de lo militar, sustrayéndola del carácter político y de la dinámica social en la que se legitima esta modalidad de guerra como tal.

La guerra civil no es solamente militar. Compromete actores sociales, económicos y políticos, que participan desde distintos escenarios de confrontación con una idea clara de la “situación de guerra”, y compromiso específico en su confrontación y superación. La base social y política de la guerra civil es mucho más amplia que la base militar; el escenario de la guerra va más allá del simple teatro militar de operaciones. El discurso de la guerra copa todos los espacios, no solamente el que construye la opinión pública, sino también el que define la normatividad y decide la política pública. Existe una economía de guerra y control territorial efectivo y supuesto, atravesado por el miedo y las prácticas de terror, y existe, además, un contexto internacional de intereses en el que se da.

Las guerras civiles contemporáneas se libran como guerras irregulares principalmente; de tal forma, se crea un nexo estrecho entre la guerra civil y la confrontación bélica irregular, en donde es necesario reconocer que la guerra irregular es en lo fundamental un método de confrontación bélica cuya naturaleza política define los propósitos que la orientan (Kalyvas, 2001). Entre las características definitorias de esta y todas la guerras civiles, está la escisión parcial y temporal de la soberanía, el ejercicio de la violencia de la guerra civil en las zonas rurales principalmente, las prácticas de genocidio y limpieza política y social. Estas singularidades fijan como propósito de la violencia el exterminio físico de un grupo social o político (étnico incluso) antes que el sometimiento de este a una autoridad política. Encontramos también el acto de expulsar, a propósito y en forma permanente, a ciertos grupos de población mediante la “limpieza política”, que conduce a la homogeneización de las identidades ideológicas y políticas, y la “limpieza social” que conduce a procesos de concentración de riqueza y acumulación económica de nuevo orden, mediante la amenaza, la creación de miedo colectivo, la masacre, el genocidio y el desplazamiento forzado, además de un escenario de disputa que tiene que ver con la población y los apoyos que los actores armados puedan recibir de ella.

Así, a diferencia de la guerra convencional, la guerra civil involucra no solo a los actores armados sino también a los civiles. El apoyo de la población civil llega a ser un componente fundamental del conflicto. El apoyo de la población se define en el curso del conflicto, en respuesta a la dinámica tanto de la guerra como de la violencia. Las opiniones políticas de la población estarían en extremo condicionadas al poder desplegado en torno suyo y a la lucha por la supervivencia. En la medida en que la guerra civil irregular se desarrolla, la violencia sobre la población se incrementa. Tanto el Estado, como la insurgencia y las fuerzas paramilitares apelan a la violencia para hacerse al apoyo de la población civil. En la guerra civil irregular, la disputa por el apoyo de la población puede asumir la forma de una guerra contra la población.

Una quinta afirmación consiste en aceptar que en los últimos años se ha consolidado una percepción pública de que la escala de los enfrentamientos –en términos de capacidad de fuego, control de territorio, poblaciones, y grado de organización de las múltiples fuerzas irregulares enfrentadas entre sí y con el Estado– ha entrado en una nueva fase: tiempo, espacio y contenido de la guerra se han trastocado. La dinámica actual de la guerra plantea problemas de soberanía para Colombia y para los países vecinos. Entonces, la soberanía se vuelve extremadamente frágil desde la posición colombiana, en tanto está atravesada por tres temas: el terrorismo, las drogas y el derecho humanitario, cuyas fronteras entre lo interno y lo externo, según los parámetros contemporáneos de la comunidad internacional, son esencialmente difusas (Sánchez, 2003).

Discurso, realidad social y cultura política12

Algunas de las preguntas centrales que formula esta investigación buscan explicar: ¿por qué los grupos armados se comportan de la manera en que lo hacen?; ¿cuáles son las lógicas desde las que construyen sus referentes de identidad y definen sus formas de actuar en un contexto histórico que parece negarlos permanentemente? Estas dos preguntas implican acercarse a los imaginarios a través de los cuales las organizaciones perciben y conciben la realidad y establecen la relación entre el discurso y la práctica social y política. Así, se busca dilucidar desde qué universo conceptual y categorial se estructura la “cultura política” que da origen a su discurso y define su práctica social.

La tesis que pretende desarrollar este trabajo consiste en afirmar que el comportamiento de las organizaciones armadas está definido por la tensión entre una matriz categorial (adquirida) –que define su percepción del mundo social– y la confrontación de esa matriz con un mundo real que le es externo y que está igualmente construido por su contrario (y por su diferente), en el proceso histórico y en la dinámica de la misma confrontación. Esa tensión define los distintos caracteres de identidad desde donde cada actor construye su propio sistema de autoreferencia, como la cultura que “concreta” la manera de percibir el universo social y comportarse en él. Es en el marco de esa tensión que el discurso de la organizacion adquiere sentido diferenciador, se afianza y se modifica, y va construyendo la historia del sujeto social y político como una historia de conflicto y confrontación permanente, con su afuera social e institucional.

La llamada historia postsocial, o historia discursiva, y las corrientes que desde la lingüística y la sociolingüística han desarrollado el análisis crítico del discurso (aplicado a los estudios históricos13), han centrado su preocupación en explicar la relación que existe entre discurso y realidad. Sin que este trabajo esté inscrito en tales enfoques, en la medida en que el autor prefiere asumirse desde un pragmatismo conceptual14, vale resaltar que sus elaboraciones resultan útiles al entendimiento de las preocupaciones que aborda esta investigación. Por lo tanto han de ser asumidas desde una particular percepción, que no está, necesariamente, inscrita en el cuerpo de fundamentación epistemológica y metodológica de estas dos corrientes, sin que por ello se deje de reconocerlas y valorarlas como parte esencial de las discusiones epistemológicas de la historiografía y la lingüística actual.

Discurso y práctica social y política

No es interés de este trabajo transar una discusión con las nuevas corrientes historiográficas inscritas en el pensamiento posmoderno, en el giro lingüístico o en el análisis crítico del discurso. Por su parte, busca encontrar argumentos que respondan de manera esencial la pregunta de por qué los actores se comportan como se comportan. De ahí que el autor explore sobre enunciados explicativos que sean útiles a la investigación en relación con la pregunta, lo que puede conducir a una apropiación arbitraria de órdenes argumentativos construidos en un contexto explicativo particular, puestos al servicio de una preocupación diferente.

Partimos en esta reflexión de señalar que, desde el plano puramente descriptivo, en un primer momento, lo que el término discurso designa es el cuerpo de categorías mediante el cual, en una situación histórica dada, los individuos (para el caso nuestro el ELN) aprenden y conceptualizan la realidad (social), en función de la cual desarrollan su práctica. A partir de allí, en un segundo momento, el discurso se convierte en un prisma conceptual de visibilidad, especificación y clasificación mediante el cual las organizaciones “dotan de significado el contexto social y confieren sentido a su relación con él, se conciben y conforman a sí mismos como sujetos y agentes y, en consecuencia, regulan su práctica social” (Cabrera, 2001, p. 51).

El discurso de cada organización es una estructura específica de proposiciones, términos y categorías que están histórica, social e institucionalmente establecidas. Tal estructura opera como un sistema constituyente de significados mediante el cual las organizaciones se representan y comprenden su mundo, establecen sus prácticas culturales organizadas y definen cómo se relacionan con los demás (Scott, citada por Cabrera, 2001). Este proceso genera un sujeto político que se autorreferencia en relación con la matriz conceptual y categorial (cultura política) que le da identidad y hace que ese actor sea y se comporte conforme a esa elaboración.

Desde esta perspectiva, es en el “discurso” social y político de las organizaciones, donde los acontecimientos (por ejemplo, Simacota, Anorí) son dotados de un significado y de una coherencia de los que de otra forma carecerían y, por tanto, es dicho discurso el que permite a las organizaciones conferir sentido moral al mundo e imaginarse a sí mismos como agentes dentro de él. A ello se une que todo discurso contiene o entraña una concepción general de la sociedad, un imaginario social; ello implica que todo discurso posee la capacidad de proyectarse y encarnarse en prácticas y de operar como un principio estructurante de las relaciones e instituciones sociales y que se constituye desde allí en un referente de sentido, que termina definiendo una particular representación del mundo y de la manera de en que el actor se debe comportar en él en correspondencia con sus intereses.

En el contexto de esta reflexión, lo que se pretende con la formulación y la aplicación del concepto de discurso al análisis historiográfico es dar cuenta de que las personas y las organizaciones experimentan el mundo, entablan relaciones entre sí y emprenden sus acciones desde el interior de una matriz categorial que no pueden trascender y que condiciona efectivamente su actividad vital. Así, para el caso de las organizaciones insurgentes, la matriz categorial del marxismo, pero también los discursos resultantes de los Congresos (ELN) imponen marcos que limitan lo que puede experimentarse o el significado que la experiencia puede abarcar; de este modo, influyen, permiten o impiden lo que puede decirse o hacerse (Cabrera, 2001, p. 53). Así, el discurso se constituye en una matriz relacional de supuestos epistemológicos, con capacidad para fijar las reglas de inclusión y exclusión de los hechos reales, establecer las divisiones y demarcaciones de los patrones temporales y espaciales. Igualmente, puede establecer los criterios de demarcación de las relaciones entre lo privado y lo público, la sociedad y el Estado, lo social y lo político, lo reaccionario y lo revolucionario, y, en razón de ello, configurar la conducta de los individuos y los grupos en sus relaciones sociales y políticas.

En el caso de la organización insurgente ELN, el discurso constituye una configuración estructurada de relaciones entre conceptos que están conectados entre sí, en virtud de su pertenencia a una misma red conceptual (fundamentos ideológicos, fundamentos programáticos, historia de la Organización, reglamentos y estatutos). Esto implica, por un lado, que todo concepto solo puede ser descifrado en términos del “lugar” que ocupa en relación con los otros conceptos de la red y, por otro lado, que la activación de un concepto con el fin de dotar de sentido a la realidad o, a la práctica social, moviliza toda la red categorial a la que este pertenece. Por tanto, esta última ha de ser tomada en cuenta como un factor explicativo capital de las relaciones hermenéuticas de los individuos y del grupo frente a su contexto social y, en particular, frente a los cambios de este.

Para Miguel Ángel Cabrera, la aparición y adopción del concepto de discurso en la construcción histórica, ha supuesto, esencialmente, “el establecimiento de una marcada distinción y una nítida separación entre concepto y significado, con la consiguiente adscripción de uno y otro a esferas sociales diferentes”. Esto es, “la distinción y separación, entre, por un lado, las categorías mediante las cuales los individuos perciben y hacen significativa la realidad social y, por otro, los significados y formas de conciencia (interpretaciones, ideas, creencias, sistema de valores) resultantes de esa operación de percepción y dotación de significado” (Cabrera, 2001, p. 54). Desde esta percepción, considera que la nueva historia se basa en una concepción constitutiva o realizativa, en la que el lenguaje no se limita a transmitir el pensamiento o a reflejar los significados del contexto social, sino que participa en la constitución de ambos15, como un patrón de significados que toma parte activa en la constitución de los sujetos de los que habla y de los sujetos que lo encarnan y lo traducen en acción.

Lo que esta investigación está poniendo de manifiesto es que dado que los marcos categoríales de conceptualización de la realidad social tienen una naturaleza específica, los significados que los individuos y las agrupaciones otorgan a los fenómenos sociales no son atributos que estos poseen y que el lenguaje se limita a designar, transmitir o hacer conscientes, sino que son atributos que esos fenómenos sociales adquieren al serles aplicado el correspondiente patrón discursivo de significados. Es decir, los significados no son representaciones o expresiones de sus referentes sociales, sino efectos de la propia mediación discursiva. Lo que un hecho, situación o posición social significa para un agente histórico –y que lo induce a actuar de cierta manera– no es algo que dependa de ese hecho, situación o posición, como si estos poseyeran una especie de ser esencial, sino que depende de la trama categorial mediante la cual, en cada caso, han sido hechos significativos (Cabrera, 2001).

En la construcción de la historia social ligada a las corrientes materialistas, la conciencia se concebía como un reflejo de la realidad y era esta en última instancia la que determinaba la primera; esa conciencia estaba ligada a una posición social que era igualmente determinada por esa realidad. Los historiadores postsociales han dejado de concebir la conciencia como una expresión (del tipo que sea) de la posición social, pues consideran que la conciencia no brota de un acto de la toma de conciencia o del discernimiento experiencial de los significados de dicha posición social, sino por el contrario, de una operación de construcción significativa de la conciencia misma (Cabrera, 2001).

Con el advenimiento de la nueva historia16, los significados han perdido su antigua condición de expresiones subjetivas y se han convertido en conjuntos de relaciones históricamente cambiantes que están contingentemente estabilizados en un punto del devenir histórico. Si los significados no son representaciones de los objetos sociales con atributos que pueden ser categorizados conceptualmente, entonces los propios objetos sociales emergen de la mediación discursiva a través de un proceso de diferenciación de otros objetos.

Para este enfoque, un actor político como el ELN, en tanto fenómeno real, solo deviene sujeto una vez que ha sido dotado de significado dentro de un cierto régimen discursivo que define el significado que han adquirido en un contexto de significación más amplio que logra diferenciarlo17.

Se produce desde esta perspectiva un distanciamiento de la noción de subjetividad, como la depositaria del cúmulo de significados, discursivamente forjados, con que los individuos dotan al mundo social y su lugar en él, y en particular, de las formas de identidad propia de un determinado imaginario social. Igualmente, se señala que la noción de ideología como falsa conciencia, tendría que ser erradicada de la investigación histórica, pues implica la existencia de un ser social que, aunque puede estar velado o activarse solo simbólicamente, es discernible en última instancia y tiene la capacidad de encarnarse en conciencia y de proyectarse en acción18.

En la nueva historia el dualismo realidad-conciencia ha sido reemplazado por la tríada realidad-discurso-conciencia (Cabrera, 2001). En esta concepción, el propósito de la investigación histórica ha pasado de ser el de determinar el grado de adecuación entre ambas instancias, a ser el de desentrañar el proceso de mediación categorial en virtud del cual una ha dado lugar a la otra. Si la acción no es un efecto estructural, sino un efecto del despliegue práctico del discurso, entonces la eficacia práctica de las acciones no tiene una base teórica, sino más bien retórica, en el sentido de que no responde a la mayor o menor correspondencia entre conciencia y realidad, sino del grado de implantación y de vigencia histórica del régimen discursivo subyacente.

Una primera aproximación, en un contexto explicativo guiado por este enfoque a la pregunta de por qué las organizaciones armadas se comportan como se comportan, apuntaría a señalar que en toda situación histórica existe una matriz categorial o patrón establecido de significados de naturaleza específica, al que se denomina discurso o metanarrativa, que es mediante el cual los individuos y las organizaciones de las que hacen parte entran en relación significativa con sus condiciones de existencia y mediante el cual organizan y confieren sentido a su práctica. Dicha matriz o patrón, contribuye activamente con su mediación a la constitución de los significados que se otorgan al contexto y a las posiciones sociales, así como de las correspondientes formas de conciencia y de identidad, y opera como marco causal de las acciones y, en consecuencia, de las relaciones e instituciones sociales a las que están dando vida (Cabrera, 2001).

En el desarrollo de este trabajo se ha hecho necesario prestar atención a los discursos y a las categorías en cuyo seno se forma la práctica revolucionaria. Es mediante dichas categorías como los individuos y las organizaciones de las que hacen parte elaboran el diagnóstico de su situación, se clasifican a sí mismos como sujetos y confeccionan el programa de alternativas mediante el cual resuelven la crisis revolucionaria e implantan un nuevo orden político, legal e institucional. Este ejercicio lo hemos hecho prestando especial atención a la manera como el discurso media y transforma el comportamiento en el ámbito de lo social y lo político en las dinámicas propias del conflicto.

En la Organización objeto de esta investigación es frecuente que cuando los patrones discursivos parecen haber sido abandonados y completamente transformados, sus huellas permanecen para dar significado a lo nuevo o como mito fundacional que posibilita sortear las propias contradicciones con anclajes en referentes de autoridad básica. Aunque los discursos disfrutan de prolongados periodos de vigencia, ningún discurso permanece fijo, estable, sino que está siempre en movimiento, en cocción, en reconfiguración. Ello se debe a que los individuos se ven obligados a producir permanentemente suplementos conceptuales ad hoc, con los que hacer significativa una realidad en constante cambio, de modo que cada nueva incorporación factual altera la estructura conceptual inicial o legitima su existencia. Como consecuencia de este proceso, las formaciones discursivas evolucionan y sufren mutaciones internas y, estas llegan al grado de modificar el núcleo conceptual básico del propio discurso; entonces este pierde eficacia práctica, es abandonado por los individuos y es reemplazado por otro, lo que para el caso estudiado no es muy frecuente. La Organización es profundamente discursiva y sus matrices categoriales pesan en su existencia.

El lugar que se ocupa en la relación de dominación no depende exclusivamente de la posición social, sino de la lucha por imponer una determinada definición de las propiedades sociales, es decir del ser percibido, del crédito otorgado a las representaciones que los individuos o grupos involucrados ofrecen de sí mismos y de los demás. La posición social es considerada de manera explícita por los propios agentes como el fundamento causal de sus acciones. Sin embargo, lo que determina la conducta de los individuos es el significado que esa posición social adquiere al ser hecha significativa mediante las categorías de un discurso dado (Cabrera, 2001).

Ahora bien, en el ámbito de la confrontación social y política, en el mismo terreno de la confrontación armada, lo que desafía a los discursos no es la realidad en cuanto complejidad material construida por relación de significación múltiple, sino otros discursos. Desde este punto de vista lo que socava la vigencia histórica de un discurso, no es el impacto de la realidad, sino más bien el surgimiento de otro discurso. Sin embargo, el hecho de que el discurso sea una entidad diferencial, y se reproduzca intertextualmente, no quiere decir que constituya una especie de instancia autorreferencial, situada al margen de la práctica social e inmune al impacto de la realidad.

Es el discurso, en cada momento, el que establece las definiciones autorizadas y los criterios de relevancia que los individuos aplican a la realidad y, por tanto, el que determina no solo qué se ve, sino, sobre todo, cómo se ve. El discurso es un esquema epistemológico que hace posible que los individuos no solo vean algunas cosas y no otras, sino, además, que vean esas cosas de una determinada manera (Cabrera, 2001).

Lo que hemos de explicar, en el caso que aborda este análisis, es por qué las condiciones sociales han sido experimentadas por los individuos y la Organización de esa manera y no de otra. Se trata de analizar cómo se construye la propia experiencia a partir de la articulación discursiva de la realidad. Hemos de prestar atención a los procesos históricos que, a través del discurso, sitúan a los sujetos y producen sus experiencias, pues no son los individuos y las organizaciones quienes tienen experiencia, sino estas como sujetos sociales y políticos constituidos a través de la experiencia (Cabrera, 2001).

Siendo el ELN una organización política, que define la forma de su confrontación al establecimiento a través de las armas y en el marco de un proyecto político y ético, que tiene el mismo propósito estratégico para ser concretado en la historia de una misma sociedad, es fundamentalmente distinta a otras organizaciónes. Sin embargo, el hecho de que posiciones sociales y políticas similares generen formas de identidad diferentes no debe interpretarse como una anomalía, sino simplemente como una consecuencia de que dichas posiciones sociales y políticas han sido articuladas mediante patrones discursivos diferentes y prácticas sociales diferenciadas. Es esto lo que explica, por ejemplo, por qué la relación con otras organizaciones revolucionarias, con proyectos socialistas operando sobre un mismo cuerpo social, es de confrontación, con base en sus diferencias, hasta el punto de colocarlas en guerra entre ellas.

La cuestión historiográfica que debe resolverse es cómo las organizaciones insurgentes devinieron objeto identitario, objeto de cognición, reconocidas por una particular forma de comportarse de manera diferenciada en relación con sus acciones y el todo social. Para ello es necesario identificar la trama categorial que las ha hecho posibles, y reconstruir sus genealogías, esto es volver atrás y prestar atención a la historia de ese fundamento19.

Esta organización nació de un conjunto de afirmaciones discursivas sobre el mundo social que buscan reordenar ese mundo en sus propios términos. Al incorporarse a la nueva situación discursiva y aplicar esas categorías, campesinos, trabajadores, jóvenes, intelectuales reconstruyen su identidad colectiva y crean un nuevo sentido de pertenencia y una comunidad de intereses que trasciende tanto sus oficios y condiciones como el marco discursivo institucional que gobierna. De tal forma, se produce una ruptura de sus relaciones con la normatividad, la institucionalidad y el Estado.

Lo lógico es, entonces, que el Gobierno-Estado rechace sus demandas al considerarlas, desde el discurso hegemónico, inaceptables, irracionales, inconsistentes y carentes de sentido. En esta actitud de exclusión, las organizaciones descubren que su lenguaje necesita de fuerza moral o incluso cognitiva en la esfera pública y que, si desean superar la condición de desconocimiento en que se encuentran, y establecer un escenario de confrontación con el Estado, han de dotar a sus demandas y a su identidad de un nuevo soporte conceptual, y por esa vía de una nueva práctica social y política. La cuestión básica con la que se enfrentan las organizaciones armadas es la de cómo establecerse como sujetos políticos en la escena pública. La solución se encontrará en la adopción creativa del discurso liberal y, posteriormente, su migración hacia la matriz categorial del socialismo.

Las organizaciones insurgentes, en general, se apropian rápidamente de un lenguaje revolucionario con el fin de ganar identidad, establecer una frontera de diferenciación con el establecimiento y dotarse de un proyecto ético y político que los legitime. El lenguaje y la retórica revolucionaria no solo dotaron a las organizaciones del poder del discurso público, sino que, además, les otorgó el poder de redefinir el mundo moral y social. Así, surge la conciencia revolucionaria como el elemento cohesionador de un grupo con intereses comunes.

A este respecto el trabajo de Cabrera señala que

al hacerse una distinción entre discurso político y vocabulario político se atribuye un nuevo origen causal a la acción política, ya que es la mediación del discurso político la que proporciona a los individuos el diagnóstico de su situación, constituye a éstos como sujetos políticos y define sus intereses en este terreno y, por consiguiente, la que prefigura un cierto curso de acción y da carta de naturaleza a determinados conflictos y relaciones de poder. (Cabrera, 2001, p. 163)

Una vez que la comunidad de intereses es creada como organización campesina, los referentes sociales son atravesados por una nueva percepción discursiva que los obliga a verse, pensar y actuar por sí mismos y a organizar su práctica en términos de nuevos elementos identitarios; se constituyen como un grupo que se autorreferencia y surgen como organización armada. En el caso del ELN, se produce una rearticulación discursiva de los individuos, mediante las categorías heredadas de la Revolución cubana, cuya identidad se construye de una doble apropiación del discurso patriota de la revolución comunera y el discurso revolucionario cubano.

En las FARC-EP, fue el esfuerzo de activistas del Partido Comunista Colombiano por organizar a ciertos grupos de trabajadores, rurales y urbanos, a partir de comienzos de la tercera década del siglo XX, que la lucha política pasó a estar inscrita en unos parámetros discursivos diferentes. Los conflictos obreros de trabajadores, aunque existían desde mucho antes, comenzaron a adquirir nuevos significados sociales, a ser construidos como objetos diferenciados dentro de una nueva concepción de la sociedad y a ser articulados dentro de una narrativa del activismo obrero modelado según el patrón de lucha política de Europa Occidental.

Lo que convierte en sujetos de acción política a estas estructuras organizativas es el programa que es, en lo esencial, un discurso. El programa es resultado de la aprehensión y organización significativa de la situación social en general, mediante ciertas categorías o principios, en el sentido de que son estos los que, al conferir su significado a los hechos sociales, definen los objetivos que quieren alcanzarse y los que, al proyectarse en práctica, determinan el carácter, la orientación y las formas de acción política del movimiento armado. La retórica de la subsistencia de los campesinos no es definida por la posición social o la afiliación política formal de sus actores, sino que es definida por sus características discursivas, pues la retórica de la subsistencia se puede caracterizar como un discurso autoconsistente cuya dinámica autónoma y efectos políticos no pueden reducirse a los intereses o proyectos sociales de ninguna categoría social particular.

El derecho a la tierra unido a la subsistencia es concebido como un “derecho sagrado” e imprescriptible del ser campesino. Se constituyó en un principio que al operar como patrón organizador de la experiencia campesina y de sus intereses, objetivó ciertos hechos como problemas que había que resolver generando el movimiento insurgente y convirtiendo a sus miembros en sujetos políticos e históricos. No se trataba solamente de una reivindicación del suministro de tierras, sino que dicha reivindicación se fue inscribiendo dentro de un más amplio programa de lucha y de reclamación de derechos que se fueron complejizando a través del tiempo.

La cultura política

Al estudiar el discurso y el comportamiento político del ELN, fácilmente se llega a la afirmación que sus prácticas sociales, políticas y militares están orientadas por una doble matriz categorial: la teoría revolucionaria apropiada y las elaboraciones que a través de esta hacen de sus propias percepciones del universo social y política en el que se desarrollan y que se consignan en “mandatos” de eventos determinantes de la vida de la Organización. Así, su acción política es el resultado del despliegue de una red conceptual que constituye una matriz estructural relacional de principios teóricos y supuestos conceptuales en función de la cual se organizan, configuran y dan sentido a su práctica política. Es este proceso el que define su cultura política como una instancia que toma parte activa en la configuración de las identidades políticas y de los conflictos que las enfrentan y que modela, orienta y confiere sentido a la práctica política de las organizaciones (Cabrera, 2001).

Para la historia postsocial, “las causas de la revolución” no se encuentran ni en el contexto socioeconómico ni en la esfera ideológica, sino en la mediación de una cultura política que forja a los propios actores y autoriza sus acciones. Esa cultura política

comprende las definiciones de las posiciones relativas del sujeto desde las que individuos y grupos pueden o no legítimamente hacerse sus demandas unos a otros y, por consiguiente, de la identidad y los límites de la comunidad a la que pertenecen. Constituye los significados de los términos en que estas demandas se inscriben, la naturaleza de los contextos a la que pertenecen y la autoridad de los principios de acuerdo, con los cuales se hacen vinculantes. Configura el contenido y el poder de las acciones y procedimientos por los que se resuelven las confrontaciones, se adjudican autorizadamente las demandas en conflicto y se refuerzan las decisiones vinculantes. (Cabrera, 2001, p. 164)

Más allá de las acciones militares que están motivadas por una particular concepción de la lucha política, y definidas en un discurso que las identifica y les da reconocimiento, los conflictos de intereses que subyacen al proceso revolucionario, se dan no solo en el campo de la acción práctica, sino, cada vez con mayor intensidad en la lucha simbólica en torno a la definición conceptual de la legitimidad. Con anterioridad las luchas políticas han sido concebidas en términos de confrontación ideológica o en términos de una pugna por apropiarse de, o por adjudicar significado a los conceptos políticos e imponer, de este modo, uno u otro criterio de legitimidad. Se podría afirmar que, en el caso del conflicto colombiano, la lucha no gira en torno al ejercicio del poder político, que se ha fragmentado y es ejercido desde distintos escenarios por diversos actores, sino, al ejercicio legítimo de ese poder y que la batalla que establece ese nivel de legitimidad se da en el campo discursivo.

Si partimos de la afirmación de que la acción política no es solamente una práctica social y simbólica, sino discursiva, surge la necesidad de entender y explicar el sentido de la práctica revolucionaria que define al actor armado. Para esto, es preciso identificar su campo de su discurso político, reconstruir su cultura política o conjunto de patrones y relaciones que la hicieron posible. Esto implica reconstruir históricamente el sistema de significados dentro del cual se han constituido como sujetos políticos y operan como tales.

Desde esta perspectiva, el objetivo prioritario de la investigación histórica y, en particular de esta investigación, ha de ser el de identificar, especificar y desentrañar el patrón categorial de significados operativos en el caso del ELN, analizar los términos de su mediación entre los individuos y sus condiciones sociales y materiales de existencia y evaluar sus efectos realizativos sobre la configuración de las relaciones sociales. Será ello lo que nos permita explicar las formas de conciencia y las modalidades de acción, hacer inteligibles los procesos y los cambios históricos y dar cuenta de la génesis y evolución del conflicto armado en la sociedad colombiana.


FABIO VÁSQUEZ CASTAÑO


FABIO VÁSQUEZ CASTAÑO Y LOS CANCILLERES

CAPÍTULO 1. ANTECEDENTES Y SURGIMIENTO DEL ELN (1958-1965): LA VIOLENCIA Y EL FRENTE NACIONAL

El periodo denominado La Violencia20, comprendido entre 1946-1958, constituye uno de los más importantes procesos sociopolíticos del siglo pasado y de imprescindible conocimiento para comprender la dinámica de las estructuras y los procesos socioeconómicos y sociopolíticos colombianos en la segunda mitad del siglo XX.

Los estudios historiográficos sobre este periodo de la historia del país buscan superar afanosamente el enfoque tradicional con que se ha reflexionado sobre La Violencia, para ver, más allá de la confrontación bipartidista –por el manejo hegemónico del poder estatal–, las formas de participación de los distintos sectores sociales, los mecanismos de acumulación extraeconómica, las especificidades regionales y culturales en las zonas en que los conflictos se expresaron con mayor intensidad, las estrategias de organización y resistencia suprainstitucional a la represión estatal, entre otras muy variadas lecturas21.

No obstante, lo más recurrente en la memoria del común de la gente y en particular de quienes tuvieron que soportar las acciones de la violencia política, en las distintas regiones en que esta se expresó en forma más cruda, son las acciones de terror de civiles y funcionarios oficiales que motivados por el sectarismo político llenaron de cadáveres y arrasaron gran parte del territorio nacional.

El asesinato sistemático, la tortura, la violencia sexual, la mutilación, la manipulación brutal de los cadáveres, el boleteo, la intimidación mediante el incendio, la matanza de ganado, la destrucción de sementeras, el despojo de propiedades, el abandono y la venta precipitada de fincas y parcelas, con la consiguiente acumulación de propiedades y riquezas en manos de quienes pudieron instrumentalizar la criminalidad, colocándola al servicio de su propio beneficio, fueron, entre otras, algunas de los expresiones de violencia durante este periodo.

La violencia, institucional y parainstitucional, fue el mecanismo a través del cual se adelantaron los campañas de control social y político, que buscaron homogeneizar ideológica y políticamente a la población. En las operaciones de “pacificación” adelantadas por la Policía y el Ejército en pueblos y veredas fueron ejecutadas centenares de personas, al tiempo que bajo la protección y la complicidad de las autoridades y jefes políticos locales, regionales y nacionales, grupos parainstitucionales, organizados como “cuadrillas” y “pájaros”, realizaron operaciones de aniquilamiento, limpieza y sometimiento de las disidencias políticas. El norte del Valle, el Viejo Caldas y el Tolima fueron escenarios de esta modalidad de agresión, siendo precisamente en estas regiones del occidente colombiano en las que apareció el tristemente célebre León María Lozano, “El Cóndor”22. Sin embargo, esas fueron las únicas regiones en donde esto sucedió; Boyacá y los Santanderes fueron igualmente escenarios de estas prácticas criminales de homogeneización política23, y de los procesos de expropiación y reconfiguración de las relaciones de tenencia y propiedad por la vía de la violencia política, lo que contribuyó eficazmente al desarrollo capitalista moderno en el país.

La muerte de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948 generó un estallido violento del conflicto social y político que no respetó ningún estrato social; el terrorismo político afectó a todas las clases a distinto nivel dependiendo de las posibilidades sociales, económicas y políticas que tuviese cada cual, para resistir la ofensiva de la barbarie sectaria de los partidos. Cuando se hizo imposible la situación y los mecanismos para frenar desde la sociedad civil la ola de violencia que azotaba el territorio nacional no funcionaron suficientemente, se recurrió a la lucha armada en la forma de guerrillas, como estrategia central de resistencia política (Pecaut, 1976, 1988; Henderson 1984; Pineda, 1960; Sánchez, 1983a; Oquist, 1978).

Resulta importante para el objeto de este trabajo presentar a nivel general el contexto, las características y regiones en que se da este tipo de resistencia política durante el periodo de La Violencia, en la medida en que de ella se nutre el proceso posterior que dará origen a las guerrillas de las FARC-EP y el ELN. Esta parte se inscribe en el periodo de análisis que hemos denominado de los conflictos sociales, políticos e ideológicos (Medina, 2011), y cuya característica esencial es el paso de un modelo de confrontación, centrado en los partidos por el control del poder del Estado, a un modelo de confrontación en el que aparece como eje fundamental la lucha revolucionaria por la transformación de la sociedad y del Estado.

De la violencia política tradicional a la violencia político-ideológica revolucionaria

Con la aparición de la guerrilla liberal, la violencia adquirió el carácter de una guerra civil en la cual la población campesina en armas, dirigida regionalmente por el Partido Liberal, se enfrentaba al terrorismo de Estado agenciado por el gobierno de Laureano Gómez y Roberto Urdaneta Arbeláez.

Los grupos guerrilleros se establecieron en regiones que por sus características geográficas, sociales y políticas les permitían subsistir y adelantar la lucha de resistencia con grandes posibilidades de éxito. Se tuvo en consideración, al determinar los lugares de ubicación de la guerrilla liberal, que las condiciones topográficas fueran favorables para el desarrollo de ese tipo de lucha, que existiese un relativo aislamiento de los centros de poder, que los habitantes de la región estuviesen unidos por un cierto grado de identificación política y que, en alguna medida, los propietarios de grandes extensiones fuesen tolerantes con la presencia de grupos armados en sus territorios.

Las guerrillas se consolidaron, siguiendo estos parámetros, en tres tipos de áreas: 1) en las zonas de colonización reciente del Sumapaz y el sur del Tolima, en donde estaba aún latente el conflicto agrario por titulación de tierras y existía una base campesina politizada en otras épocas por el Partido Socialista, el Partido Comunista y la UNIR de Gaitán; 2) en las zonas de frontera abierta y colonización inicial dinamizada por el propio proceso de violencia: los Llanos Orientales, el Magdalena Medio, el río Sinú y el río San Jorge; y 3) en el sureste antioqueño y otras áreas en donde la estructura agraria ya estaba consolidada. La principal característica de estas regiones consistía en ser, desde el punto de vista logístico, despensas alimentarias con capacidad de sostener durante largo tiempo grupos de hombres armados relativamente grandes.

Los guerrilleros liberales estuvieron dirigidos por hombres que fueron convirtiéndose en símbolos de la lucha armada y en leyendas y mitos en sus regiones. Son relevantes los casos de Guadalupe Salcedo, en los Llanos Orientales; Juan de la Cruz Varela, en la región del Sumapaz; el capitán Juan de Jesús Franco, en el suroeste antioqueño; Julio Guerra, en el sur de Córdoba; Rafael Rangel, en la zona santandereana 4 del Carare Opón; Saúl Fajardo, en el noroeste de Cundinamarca; Jesús María Oviedo, en el sur del Tolima, entre otros (Sánchez, 1989a).

A medida en que la lucha armada fue desarrollándose por los grupos guerrilleros liberales, comenzaron a aparecer normas y códigos de comportamiento que pronto se transformaron en leyes que guiaban las acciones guerrilleras y la dinámica de vida y convivencia en las regiones en las que operaban:

códigos que obligaban el respeto de niños, mujeres y ancianos, y leyes que prohibían expresamente la práctica de sistema de torturas y tierra arrasada a sus adversarios. Reglamentaba el uso de las expropiaciones o de su producto, subordinando los apetitos individuales a las necesidades colectivas de resistencia. Tenían tribunales propios: realizaban casamiento ente sus jefes y, en algunas zonas, las de mayor control, definían prioridades de producción y de distribución para la población civil. (Sánchez, 1989a, p. 145)

No obstante la obediencia que los grupos guerrilleros guardaban a la dirección del Partido Liberal, dos situaciones fueron creando las condiciones para que éstos fueran constituyéndose en cuerpos autónomos, con posibilidades de acumular fuerza capaz de llevarlos más allá de la resistencia o recuperación del poder político para los liberales, al logro de transformaciones sociales y económicos de beneficio general. La primera, la relación indirecta que manejaba la dirección del partido con los jefes de la guerrilla que creó una separación entre el mando militar y el mando político, dando posibilidades para que al crecer la autonomía guerrillera, se gestara un proyecto político de mayor alcance social que el ofrecido por el Partido Liberal; la segunda, la composición social de la guerrilla que unía multiplicidad de intereses, necesidades y experiencias políticas y sociales:

era una guerra dirigida en buena parte por los campesinos atados a las lealtades partidistas, pero también por campesinos que habían luchado independientemente por la tierra en décadas anteriores, por líderes populares que habían tenido experiencia revolucionaria como la del 9 de abril en calidad de alcaldes, miembros de juntas, de milicias, por policías desertores o destituidos, por luchadores rasos que se habían ganado el respeto y la admiración en el curso mismo del combate; por emigrantes, por arrieros y, eventualmente, aunque en mínima parte, por trabajadores de obras públicas y obreros con alguna experiencia sindical urbana. En suma, por cuadros representativos de una Colombia distinta a la del siglo XIX en la cual la guerra tendía inevitablemente a hacerse popular. (Sánchez, 1989a, p. 142)

A diferencia de las guerrillas del sur del Tolima, dispersas, atomizadas, en permanente confrontación, las guerrillas del Llano crecían numéricamente y se cualificaban políticamente, hasta alcanzar niveles de autonomía que las llevó a confrontar la dirección del Partido Liberal y a tomar la iniciativa en la gestación de un proceso que habría de constituirse en un fenómeno claramente revolucionario.

En agosto de 1952, se realiza en Viotá la “Conferencia de Boyacá” a la que asisten representantes de los frentes guerrilleros más importantes del país; esta asamblea se convierte en “La Primera Conferencia Nacional del Movimiento Popular de Liberación Nacional”; durante las deliberaciones se crea una Comisión Coordinadora Nacional, con el objeto de que se encargue de impulsar las tareas acordadas por la conferencia. Este evento reviste gran importancia en la medida en que allí se expresó la autonomía política alcanzada por el movimiento guerrillero. No obstante, el hecho más sobresaliente lo constituye la práctica legislativa que comienza a impulsarse a través de la estructuración de leyes orgánicas que determinan los parámetros de comportamiento de la vida cívica y militar en un proceso que ya se concibe como revolucionario24. En estos ejercicios “legislativos” comienza a estructurarse un comportamiento que se mantendrá en el desarrollo de la lucha guerrillera de los años siguientes y es el que tiene que ver con el ejercicio del poder de las guerrillas y el rol de “Estado” paralelo, que se reclamarán hacia el futuro.

La primera ley del Llano se proclama el 11 de septiembre de 1952. En ella se organiza la aplicación de la justicia, se enuncian las funciones que deben cumplir los jefes civiles y militares, los comisarios y los agentes de orden público; se determinan los delitos contra la revolución; se consagran los garantías individuales; se instituyen las prácticas de trabajo comunitario; se imponen límites y condiciones al uso de la tierra; se establecen granjas y colonias por cuenta propia de la revolución para el sostenimiento del ejército campesino; se reglamenta el desarrollo de la ganadería y el impulso a los hatos. La expedición de esta ley muestra claramente el proceso de cualificación ideológica que se viene operando en el movimiento guerrillero del Llano25.

Durante los primeros meses de 1953 se producen importantes avances en lo político y organizativo de la guerrilla liberal llanera. Durante este periodo se redactó, bajo la concepción del abogado José Alvear Restrepo – “el más notable ideólogo de la resistencia llanera” como se le ha denominado por alguno de los autores citados (Sánchez y Meertens, 1983)–, la segunda Ley del Llano, conocida como “La Ley que organiza la revolución en los Llanos Orientales de Colombia” (Franco Isaza, 1955); esta debía ser sancionada el 18 de junio de 1953 por una Asamblea Guerrillera. La importancia de este documento de 224 artículos consiste en el hecho de concebir la revolución como un movimiento popular de liberación, encaminado a conseguir la instauración de un gobierno democrático y popular. Para ello, la ley establece un ordenamiento jerárquico para la conducción del proceso: define los criterios políticos, económicos y judiciales a través de los cuales se ha de guiar la sociedad durante la lucha revolucionaria; se trazan las líneas generales de una economía de guerra, en lo concerniente al trabajo, la propiedad, la producción y la distribución; se regulan las relaciones entre las fuerzas armadas revolucionarias y la población no combatiente; se establece un criterio educativo según el cual se subordinan las armas a la político y se concibe la instrucción revolucionaria como parte de las labores cotidianas; se legisla sobre el matrimonio civil, la legitimidad de todos los hijos, la igualdad de la mujer ante el hombre, la protección de la población indígena contra los abusos de los terratenientes y colonos, el respeto a la vida, honra y bienes de los conservadores en tierras invadidas, la prohibición de la práctica de tierra arrasada.

La dirigencia del Movimiento Revolucionario Llanero tenía clara conciencia de que la consolidación y el desarrollo de su proyecto dependía del desarrollo nacional del movimiento revolucionario y de su posibilidad efectiva de articulación en un solo proyecto. Es en este sentido que se determina que una de las funciones asignadas al Estado Mayor consiste en: “dirigir las relaciones del Llano con las demás guerrillas y grupos revolucionarios tanto de Colombia como de otros países, y procurar la unión y la cooperación con ellos en todo lo posible” (Sánchez, 1989a, pp. 148-149).

Después de la Asamblea de junio de 1953, los cosas comenzaron a definirse por distintos caminos. Mientras el movimiento guerrillero consideraba necesario elevar el proyecto de la segunda ley del Llano a la categoría de programa de la revolución nacional, y entregar la conducción militar de la lucha revolucionaria a la jefatura de Guadalupe Salcedo, sectores políticos de los partidos Liberal y Conservador en estrecha unión con los gremios económicos (terratenientes, ganaderos, comerciantes e industriales) –profundamente conmocionados por el impacto demoledor de la violencia en el que se estaban consumiendo no solamente las propiedades de los medianos y pequeños campesinos, sino también los bienes de algunos sectores de las clases dominantes que sentían que la agitación social amenazaba con sacudir de raíz las estructuras del orden tradicional–, se dieron a la tarea de madurar y colocar en marcha una salida de emergencia en la que un golpe militar se convertirá en esperanza de salvación para los colombianos y el comienzo de un proceso de pacificación que terminará, supuestamente, con el bienestar general y la concordia entre los ciudadanos. El 13 de junio de 1953 se produce el golpe que coloca en el poder al general Gustavo Rojas Pinilla (Sánchez, 1989b)26.

Tres hechos permitieron que madurara en la mentalidad de la clase política la necesidad de colocar un militar en el poder, a través de lo que posteriormente se llamaría un “golpe de opinión”. Primero, las transformaciones que se venían produciendo en las estructuras de propiedad agraria como consecuencia de las dinámicas de expropiación, venta forzada y abandono de la tierra; estas produjeron concentración de riqueza, empobrecimiento prematuro y migración, a la vez que transformaron (fortaleciendo) prácticas laborales que en condiciones normales se habían sostenido como relaciones marginales o complementarias: “[t]ierras baratas y salarios rurales altos, como precio de la inseguridad, constituían un binomio que sin lugar a dudas debían desalentar tanto a los terratenientes como a los inversionistas de mentalidad capitalista” (Sánchez, 1989b, p. 150). Segundo, la separación de hecho entre la dirección nacional del Partido Liberal y el Movimiento Guerrillero que veía que sus intereses cada vez entraban más en contradicción con los de sus jefes en la capital, quienes se negaban a encabezar la revuelta, pero se disponían en lo posible a beneficiarse de ello. Tercero, el crecimiento cuantitativo y cualitativo del movimiento guerrillero y su evolución cada vez mayor, de una táctica de autodefensa a una ofensiva enmarcada en un proyecto político de mayor alcance que el ofrecido por los liberales, e incluso por los comunistas, que se fue formando como resultado natural de la maduración de la lucha guerrillera.

En síntesis, con el ascenso de Rojas al poder se trataba de ponerle freno a un proceso en el que se había ido gestando una nueva nación, un nuevo país y un nuevo Estado, distinto al que los intereses de las clases dominantes encontraban como legítimo. Con el lema de “Paz, justicia y libertad”, Rojas inicia el proceso de reconstrucción del país recibido en medio de una crisis social y política profunda, cercado por la violencia generalizada, el terror y el caos absoluto, por un lado, y por el otro, por una bien estructurada insurgencia armada que crecía a pasos acelerados. En estas condiciones la tarea inmediata del gobierno militar no fue otra que la de entrar a controlar el terror y la anarquía existente, desarticular la guerrilla en crecimiento y reconstruir las zonas afectadas por la violencia. El discurso de la reconciliación se puso de moda al son del lema del Gobierno: “La patria por encima de los partidos”. Los directorios políticos, los gremios, la Iglesia y la prensa se colocaron al servicio de la labor emprendida por el general Rojas Pinilla y pronto comenzó a sentirse una atmósfera distinta que llenaba de esperanza a sectores sociales que habían sido duramente golpeados por la violencia.

Una estrategia predominantemente política empleó Rojas para conseguir el objetivo de desarmar y desmovilizar el movimiento guerrillero liberal: primero, ofreció una amnistía general e incondicional, con la promesa de ofrecer garantías para quienes depusieran las armas; segundo, ordenó la suspensión de las operaciones militares en las zonas de dominio y presencia guerrillera; tercero, les reconoció a los insurgentes su condición de fuerzas rebeldes y beligerantes en capacidad de negociar con el Gobierno. Esta estrategia la acompañó con una amplia labor de propaganda a través de la distribución masiva de hojas volantes, lanzadas desde aviones y helicópteros en las zonas donde estaban los principales frentes guerrilleros.

El gobierno militar logró desmovilizar en cuestión de meses las guerrillas en el Tolima, el territorio Vásquez, Santander, Antioquia y los Llanos Orientales, quedando solamente algunos grupos en regiones de influencia comunista, particularmente en el Sumapaz y el sur del Tolima, que comenzaron a desplazarse hacia zonas de defensa estratégica y apoyo logístico consistente. Ahí lograron refugiarse por algunos años hasta que se transformaran en guerrilla revolucionaria de concepción comunista.

La desmovilización no estuvo exenta de los forcejeos de la negociación, las presiones militares, el incumplimiento y los engaños. Los frentes guerrilleros más organizados colocaron a disposición del Gobierno un pliego de peticiones en el que se reivindicaban garantías elementales como el derecho a la vida y la integridad física; el desarme de los grupos paramilitares de contraguerrilla; el reconocimiento de las condiciones políticas del guerrillero; la libertad para los presos políticos; el levantamiento del estado de sitio; garantías para unas elecciones libres; libertades políticas y sindicales; libertad de expresión hablada y escrita. En lo económico, a través de la negociación se buscaba obtener créditos estatales para la reconstrucción y el uso productivo de la tierra; indemnizaciones para las regiones que habían sufrido la acción destructora de las tropas oficiales; restitución de las propiedades usurpadas a sus antiguos dueños y distribución de tierras a los campesinos basándose en el principio de “la tierra para el que la trabaja”27.

Pasada la primera etapa del gobierno del general Rojas, su administración comenzó a tomar el mismo camino de la época del sectarismo político partidista, produciéndose el resurgimiento de bandas criminales auspiciadas por gamonales, jefes políticos y los mismos organismos de seguridad del Estado, el Sistema de Inteligencia Colombiano (SIC), para hostigar campesinos, asesinar amnistiados y guerrilleros desmovilizados. Entonces, se generó en estos un sentimiento de frustración e impotencia frente a lo que consideraban una traición del Gobierno militar, en la que habían caído a través de la trampa de la amnistía general. Pronto, los exguerrilleros conformaron nuevamente grupos que se pusieron al servicio de propietarios y jefes políticos liberales, con el fin de confrontar la acción criminal del resurgimiento de los “pájaros”.

La violencia no se agenció solamente en forma efectiva y en la aplicación de lo que desde entonces podría llamarse “justicia privada”; el Gobierno al lado de los terratenientes inició una cruzada de pacificación contra una de las zonas que había servido de refugio a quienes se habían marginado cautelosamente de los beneficios de la amnistía y estaban bajo la influencia del Partido Comunista: el Sumapaz.

4 de abril de 1955, el Sumapaz es declarado ‘zona de operaciones militares’ y desde entonces ‘pacificación’ volvió o ser sinónimo de arrasamiento, ametrallamiento y bombardeo. Por lo menos seis batallones y alrededor de un tercio del total de efectivos del ejército participaron en la acción…los primeros resultados demostraron que el gobierno, los militares y los terratenientes habían subvalorado la capacidad de resistencia campesina y la operación que se pensaba iba a ser de días a semanas, se convirtió en una larga guerra de dos años, en los cuales muchos habían muerto, pero también, miles habían logrado evadir el cerco. Unos con Juan de la Cruz Varela se refugiaron en el alto de Sumapaz, otros huyeron hacia Marquetalia. La invasión militar, lo único que consiguió fue trasladar geográficamente el problema, a un costo político incalculado. (Sánchez, 1989b, p. 167)

Al hacer un balance sobre la administración de Rojas Pinilla se puede fácilmente identificar dos momentos: el primero, se caracterizó por el incremento de los recursos del Estado como consecuencia de dos factores: una activa economía exportadora, favorecida por la bonanza cafetera; y segundo la imposición de nuevas cargas tributarias a la población. Estos dos hechos le permitieron a Rojas contar con presupuesto suficiente para impulsar proyectos de interés nacional, entre los que cabe destacar el reordenamiento de la producción de hidrocarburos y el fortalecimiento de la empresa siderúrgica de Paz del Río, la inversión en la actividad agrícola mediante la compra de maquinaria y fertilizantes, la construcción de distritos de riego que favorecieron a los productores de caña de azúcar, arroz y algodón; la financiación de importantes obras de infraestructura tales como la construcción de centros hidroeléctricos, el ferrocarril del Atlántico, el aeropuerto internacional El Dorado y las instalaciones de la televisión nacional.

Esta época fue de crecientes expectativas populares con respecto a los planes de pacificación; una bien organizada campaña publicitaria, unida a acciones de bienestar social a través de la oficina de Rehabilitación y Socorro dependiente de la Secretaría Nacional de Asistencia Social (Sendas), dirigido por la hija del general, María Eugenia Rojas de Moreno, alimentó este periodo. No obstante, la imposibilidad de satisfacer la infinidad de demandas surgidas en el proceso de reconstrucción económica y social del país –debido a que las dimensiones de los problemas heredados de La Violencia superaban desmesuradamente las políticas y los recursos estatales–, fue creando falsas expectativas que pronto comenzaron a perderse en el horizonte de la credibilidad popular. Es durante los dos primeros años de gobierno que el general Rojas, en medio de las limitaciones anteriormente señaladas, genera la simpatía en los sectores populares que habrá de canalizar posteriormente hacia la creación de la tercera fuerza política, cuando los sectores que lo colocaron en el poder comienzan a retirarle su apoyo.

El segundo momento de la administración Rojas se caracteriza por la disminución de los recursos presupuestales provenientes de la economía exportadora, y por el crecimiento del movimiento de oposición al Gobierno que se agudiza a partir de que Rojas proclama la idea de hacer efectiva la creación del Movimiento de Acción Nacional (MAN), el 13 de junio de 1956, al cumplirse el tercer aniversario del golpe de opinión. A partir de ese momento, el gobierno del General comienza a derrumbarse, presionado por la alianza de las fuerzas políticas tradicionales, la Iglesia y los gremios económicos que convocan a un paro nacional contra su gobierno que lo obliga a dimitir el 10 de mayo de 1957. Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo, como representantes de los dos partidos tradicionales, habían madurado en Benidorm (España) un proceso de transición hacia el pacto del Frente Nacional28.

El proceso de conciliación liberal-conservadora, resultante de los pactos de Benidorm y Sitges, logra alcanzar legitimidad a través de un plebiscito el 7 de diciembre de 1957 y, posteriormente, legalidad mediante un acuerdo constitucional en el que se establece la fórmula de la paridad y la alternación en la conducción del Estado. De tal forma, se genera allí un proceso de exclusión de toda fuerza política ajena a los partidos tradicionales, lo que daría origen, implícitamente, a una nueva forma de confrontación social y política que caracterizaría los años venideros.

Lejos de solucionar los problemas estructurales de orden social y político, la dictadura de Rojas y los primeros gobiernos del Frente Nacional redefinieron el carácter de la violencia. Un proceso de reestructuración de las formas violentas de expresión social comenzó a gestarse en el tránsito de la guerrilla liberal al bandolerismo social y político y de este a la lucha armada revolucionaria.

En este proceso de transformación de la naturaleza política de la violencia se configuran nuevos actores del conflicto y se redefinen las razones políticas de la acción violenta (Sánchez, 1989a). La violencia tomaba a partir de entonces una nueva perspectiva; ya no era la confrontación entre las fuerzas políticas que habían llevado su sectarismo al extremo de la guerra civil, sino que se produjo una transformación ideológica y política que reorientó la confrontación, ordenando las fuerzas según la dinámica de la lucha de clases y las estrategias militares de la guerra revolucionaria, según otros imaginarios.

Con la instauración del Frente Nacional, en 1958, se redefinen las estrategias de dominación que habrán de prevalecer en los siguientes 16 años de la historia de Colombia. La llamada oligarquía liberal-conservadora a la cual el gobierno de Rojas Pinilla, al pretender adquirir autonomía, había logrado unificar, establece mediante el plebiscito un acuerdo de largo plazo cuyo eje central era la aceptación del reparto pacífico del poder político. El mecanismo a través del cual se llevaría adelante este proceso sería la fórmula de alteridad en el ejercicio del poder ejecutivo y la paridad en la distribución de los puestos públicos, inaugurando con esto una nueva modalidad de exclusión de toda fuerza o movimiento político al margen de las dos colectividades tradicionales. Concebido como una salida política negociada a la violencia, en la práctica el Frente Nacional inauguraba una nueva fase de la violencia en el país: la violencia social y revolucionaria.

Con el aliento que internacionalmente les dio a los procesos revolucionarios de América Latina la Revolución cubana, es en la atmósfera social y política creada por la violencia, la dictadura de Rojas y el surgimiento de Frente Nacional que aparecen desde las entrañas de la violencia las FARC-EP y de los impactos de la Revolución cubana el ELN.

El ELN: reflexiones preliminares sobre la periodización

Al abordar la historia del ELN, una de las primeras preocupaciones que surge al investigador académico es cómo construir una periodización que posibilite mirar, desde la dinámica interna de la Organización –y en relación con el contexto histórico en el que se está desarrollando la vida de esta–, la manera en que surgen y se transforman los imaginarios ideológicos y políticos, se definen los momentos relevantes de los procesos que adelanta, y las razones y formas por las cuales la Organización da los giros que la van llevando en el tiempo en relación con su proyecto político estratégico.

Algunos ensayos y trabajos de investigación, para superar esta necesidad, superponen a las periodizaciones y momentos de la historia nacional, la historia de las organizaciones armadas dejándolas fluir en ella. Otros asumen los fundamentos teóricos que establecen el surgimiento, desarrollo y consolidación de toda organización de naturaleza política, tomando como referentes para cada etapa aspectos cualitativos y cuantitativos, que tienen que ver con sus fundamentaciones históricas, programáticas y organizativas.

Este trabajo fusiona y recrea estos dos aspectos. Pero, adicionalmente, quiere resaltar la necesidad de entender que, en el modelo metodológico propuesto, el autor superpone a la historia de la nación en la que se desarrolla el ELN, la historia que construye la Organización sobre su percepción de los procesos nacionales y el devenir de su propia historia, como historia de vida colectiva cuya complejidad está definida por las distintas percepciones que se tienen de la esta.

Al abordar la historia del ELN, a partir de la memoria de los actores, resulta necesario respetar las periodizaciones que de manera explícita o implícita construyen los relatos de estos, pues estas son las que definen los rasgos de identidad en que ellos se ven reflejados. Así, Fabio Vásquez Castaño, Manuel Pérez Martínez, Nicolás Rodríguez Bautista, Antonio García, entre otros, al hacer referencia a la historia del ELN construyen una visión personal de la historia del país, que es sobre la cual fundamentan la legitimidad de su lucha.

En general los relatos posibilitan varias formas de periodización. Pero, en lo esencial, podría decirse que el ELN asume la historia nacional en el marco de su desenvolvimiento histórico a partir de cuatro grandes momentos: La Violencia (1946-1958), el Frente Nacional (1958-1974), el posfrente Nacional (1974-1991) y la era neoliberal y de la globalización (1991).

En el marco de esta percepción de la periodización histórica. de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, surge una periodización interna que estaría definida, para el ELN, por la lógica de sus procesos de desarrollo y conflicto interno.

Para el ELN la periodización compromete las siguientes etapas:

1. Antecedentes y surgimiento de la Organización (1958-1966)29.

2. Auge militar y contradicciones internas (1966-1973)30.

3. La Operación Anorí (1973)31.

4. Crisis interna (1974-1978)32.

5. En el camino de superar la crisis (1978-1983)33.

6. La primera Asamblea Nacional “Camilo Torres Restrepo”, y los procesos unitarios de la izquierda armada: el surgimiento de la Coordinadora Nacional Guerrillera (CNG), la Unión Camilista-Ejército de Liberación Nacional (UC-ELN) y el surgimiento se la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar (CGSB) (1984-1989)34.

7. II Congreso de la UC-ELN y el resurgimiento de los conflictos internos (1989-1991)35.

8. El III Congreso de la UC-ELN (1992-1996)36.

9. La solución política al conflicto social y armado, el proceso de paz y el IV Congreso del ELN (1996-2018)37.

Sobre la base de estos nueve momentos de la historia del ELN, definidas las lógicas propias de su desarrollo político y organizativo, se construye la narrativa historiográfica de este trabajo, que no deja de estar atravesado por la mirada histórica de los distintos momentos por los que transita la historia nacional.

El ELN: de la Revolución cubana al foco guerrillero

Es necesario rastrear los orígenes del ELN, en el marco de las condiciones específicas del desarrollo histórico nacional e internacional, y de las particulares condiciones de conflictividad del momento en que hace su aparición la Organización. Si el contexto nacional, en el que surge el ELN, es la atmósfera política y social creada por la Violencia, la dictadura de Rojas y la instauración del Frente Nacional, el contexto internacional, no es otro que la ola revolucionaria generada en América Latina por la Revolución cubana. El triunfo del Movimiento 26 de Julio, conducido por Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, generó un proceso de cuestionamiento de las estrategias de lucha política de los viejos partidos de oposición de izquierda en América Latina y un replanteamiento de sus tácticas, lo que dio como resultado nuevas organizaciones políticas, que arrastradas por el fervor del proceso cubano, constituyeron lo que se denominó “nueva izquierda” (Hodges, 1976, pp. 196-233)38.

En la lectura que las fuerzas políticas de oposición fueron haciendo del fenómeno cubano, en relación con sus específicas condiciones históricas, se estructuraron distintas tendencias que se expresarían al menos en tres formas organizativas:

• Grupos juveniles, de estudiantes e intelectuales, separados de los partidos populistas que se organizaron en forma muy similar a la del Movimiento 26 de Julio. Son ejemplo de esta tendencia, para el caso argentino, la Juventud Peronista (JP), el Movimiento Revolucionario Peronista (MPR), la organización armada Montoneros y las Fuerzas Armadas Peronistas.

• Los focos insurreccionales fueron otra modalidad de organización. Guiados por la concepción guevarista tuvieron un origen político variado: el ELN colombiano se nutrió fundamentalmente de la población campesina, pero, en su construcción y consolidación jugó un papel central la juventud proveniente del Partido Comunista (PC), el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), y el Movimiento Obrero Estudiantil y Campesino (MOEC); el ELN peruano y los Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL), reclutaron sus bases de las secciones juveniles de los partidos comunistas; el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en Argentina se generó en los partidos trotskistas; los Tupamaros, en el Uruguay y el MIR chileno, cooptaron las bases de los partidos socialistas (Hodges, 1976).

• Nuevos partidos comunistas que tomaron el modelo cubano de organización partidista a través de distintas vías: bien porque se reorganizaron y reorientaron sus métodos de lucha, porque un sector importante influenciado por la Revolución cubana ganó el control del partido, o porque guiados por otros ejemplos (chino, vietnamita, albanés) produjeron divisiones en los partidos comunistas tradicionales, dando origen a nuevos partidos comunistas; el Partido Comunista Colombiano (marxista-leninista) PCC (ML) es un ejemplo de esta situación (Hodges, 1976).

Una fuerte influencia del hecho cubano fue recibida por los partidos socialistas que lograron independizarse de la socialdemocracia europea y que, con su cambio de actitud, se constituyeron en parte de la nueva izquierda latinoamericana. En la década de los años sesenta los partidos socialistas de Chile, Uruguay, Perú, Ecuador y Argentina renovaron sus liderazgos, pues la conducción de estos fue asumida por militantes más jóvenes que recibieron el impacto de la Revolución cubana y se inclinaron hacia el fidelismo. Estos partidos que durante algún tiempo habían sido de tendencias moderadas, entraron en la órbita de las posiciones de izquierda con inclinaciones hacia la extrema, aún cuando, en algunos casos, se mantuvieron en los límites del reformismo revolucionario (Hodges, 1976).

En 1968, nació en Venezuela el Movimiento al Socialismo (MAS), de una división ocurrida en el seno del Partido Comunista Venezolano. Durante mucho tiempo el MAS sostuvo una posición política contraria al desarrollo de las concepciones guevaristas, y de la lucha armada como vía para el logro de sus objetivos políticos, haciendo énfasis en la utilización de las vías institucionales, lo que no le impidió hacer parte de la Nueva Izquierda Latinoamericana.

Además de la nueva izquierda —constituida por los grupos, movimientos y organizaciones políticas heterogéneas que directa o indirectamente recibieron la influencia del fidelismo y el guevarismo—, la Revolución cubana generó movimientos y transformaciones importantes en instituciones tradicionales como la Iglesia católica39 y protestante, los partidos demócrata-cristianos40 y las fuerzas armadas. En algunos países de América Latina, esta última fue una de las instituciones que sufrió efectos de radicalización con el impacto del proceso cubano, generando movimientos democráticos y revolucionarios en su interior con alguna trascendencia y repercusión en sus respectivos países: en Guatemala41, Venezuela42, República Dominicana43, El Salvador44, Brasil45, Perú46 y Bolivia47, oficiales de las distintas fuerzas participaron en insurrecciones de importancia, que los llevó, una vez derrotados, a continuar combatiendo como guerrilleros. El impacto de la Revolución cubana alcanzaría la mentalidad de la joven oficialidad de los ejércitos latinoamericanos, surgiendo en algunos de ellos una conciencia nacionalista y revolucionaria, que se comprometería a desarrollar y apoyar luchas de liberación de la década del sesenta y comienzos del setenta.

No solamente los partidos, la Iglesia y las fuerzas armadas fueron alcanzados por el impacto de la Revolución cubana, sino que también importantes sectores sociales fueron profundamente estremecidos por ella. Un sector que no puede dejarse de reseñar, por haber jugado un papel muy activo en el proceso generado por la revolución, fue el conformado por el estudiantado latinoamericano: este sector social se convirtió en la punta de lanza de la nueva izquierda. Muchos de sus integrantes se vincularon, fundamentalmente, a organizaciones insurreccionales y focos guerrilleros en los años que siguieron el triunfo del ejército rebelde sobre la dictadura de Batista: algunos jóvenes intelectuales pudieron conocer de cerca la experiencia cubana, nutrirse de su entusiasmo e iniciar en sus respectivos países procesos similares, que la mayoría de veces terminaron en desalentadores fracasos.

Efectivamente, el impacto de la Revolución cubana en América Latina generó importantes procesos de organización y lucha social y política en los distintos países. Sin embargo, la forma unilateral en que la experiencia cubana fue tomada y reproducida por la izquierda, y en particular por los grupos que decidieron seguir el camino de las armas, produjo un sinnúmero de traumas al desarrollo las luchas y conflictos políticos en el interior de cada país en particular, multiplicándose las formas de violencia.

Si se acepta la tesis de que cada proceso revolucionario triunfante obedece a condiciones excepcionales que lo posibilitan, la victoria del pueblo cubano sobre el régimen de Batista servía como ejemplo, porque determinaba que las características de cada proceso particular eran, precisamente, las condiciones excepcionales que se configuran en la especificidad de cada conflicto nacional48.

Se pensó, en ese momento, que la Revolución cubana le transmitía al proceso revolucionario latinoamericano tres enseñanzas fundamentales: primera, que una fuerza político-militar relativamente pequeña, respaldada efectivamente por las masas, podría derrotar un ejército regular, equipado y entrenado por los Estados Unidos; segunda, que no bastaba llamarse a sí mismo Partido Comunista para ser realmente vanguardia de las clases populares, sino, que una organización revolucionaria que interpretara correctamente el momento histórico y se lanzara a la lucha con una táctica y una estrategia político-militar convenientemente empleada, podría colocarse al frente del pueblo y conducir el proceso revolucionario; y tercera, que no siempre era necesario que se dieran todos las condiciones objetivas que hicieran posible la victoria, sino que la misma dinámica de la lucha las iba madurando (Guevara, 1962)49.

Estas tres enseñanzas en gran medida contenían el fundamento que explicaría las actitudes y comportamientos que bien o mal caracterizaron el movimiento revolucionario de la época: la primera se prestaba para que en el desarrollo de la concepción del foco guerrillero, dadas las particulares condiciones de la lucha, afloraron las posiciones militaristas; la segunda, contenía el germen del vanguardismo revolucionario que distanció durante décadas los distintos grupos de izquierda; y la tercera generó una lectura subjetiva de las realidades nacionales, que se acomodaba más a los condiciones y necesidades de las organizaciones que a la realidad y especificidad de los conflictos, los sectores sociales y las regiones. Esto se reflejó en la dificultad que tuvieron las organizaciones armadas, entre ellas el ELN, de articular sus proyectos político-militares en sus comienzos al movimiento de masas y de imprimirle a este una dinámica transformadora.

Al referirse a los grupos que se formaron durante el periodo de impacto de la Revolución cubana, Jaime Arenas (1971) concluye que, desafortunadamente, estos no asimilaron todo el conjunto de experiencias ni se preocuparon por comprender la combinación de circunstancias y hechos que hicieron posible el triunfo del socialismo en la isla. Además, Arenas señala que se creyó, de buena fe, que bastaba un grupo alzado en armas para que el desarrollo revolucionario se produjera y el triunfo se hiciera no solo inevitable, sino inmediato. Igualmente, concluye Arenas, se confundía la incapacidad evidente de algunos partidos comunistas para dinamizar el proceso con la inutilidad de los partidos revolucionarios, llegándose a considerar que solamente eran importantes las organizaciones guerrilleras en las montañas o las unidades tácticas de combate en las ciudades, considerando secundario, y en la práctica inoficioso, el trabajo y la organización política.

En este contexto, pronto la lucha armada se convierte prácticamente en la única vía revolucionaria en la lucha por el poder y cualquier otra posibilidad cae bajo el señalamiento de reformismo. Así, la participación en la lucha electoral se desplazó a un plano reformista y el abstencionismo se convirtió en la expresión revolucionaria a través de la cual el pueblo supuestamente expresaba su inconformidad frente al régimen.

La carencia de estudios sistemáticos y científicos de la realidad latinoamericana en general, y nacional en específico, se suplió estructurando discursos políticos basados en el materialismo histórico y un presupuesto amplio de consignas “anti”, que fueron dándole a la lucha un cariz cada vez más radical: los movimientos armados se declararon antiimperialistas, antioligárquicos, antielectoreros, antireformistas e incluso anticomunistas, entendido esta última categoría como la confrontación con las tácticas y los programas de los partidos comunistas tradicionales. Pese a esto, no surgió en los distintos proyectos políticos un programa y un plan de acción que respondiera en forma inmediata a las necesidades que el conflicto social, en contextos históricos concretos, colocaba al orden del día.

Para completar este cuadro de limitaciones, una profunda escisión comenzó a producirse entre las distintas fuerzas de izquierda a raíz del conflicto chino-soviético. Los comunistas chinos, al combatir a los partidos comunistas tradicionales influenciados por la órbita soviética, alimentaron y estimularon a un crecido número de revolucionarios a avanzar en su lucha ideológica contra los métodos y las plataformas de los partidos comunistas, llegándose a producir, como en el caso colombiano, fraccionamientos importantes que dieron origen a un nuevo partido: el PCC-ML de orientación pro-china. En Colombia organizaciones como el MOEC y las Juventudes del MRL, recibieron la influencia de las tesis chinas (Arenas, 1971)50.

Durante la década del sesenta y comienzos de la siguiente, la influencia de la Revolución cubana y su solidaridad con los movimientos de liberación nacional especialmente de América Latina, así como las tesis políticas de los comunistas chinos, a pesar de representar enfoques diferentes de la lucha política por el poder, animaron a muchos sectores revolucionarios a impulsar la lucha popular, buscar nuevos métodos y formas de trabajo. Además, se intentó estructurar núcleos guerrilleros que en la ciudad y en el campo desarrollaron la lucha armada (en los enfoques insurreccional o de guerra popular prolongada), como el camino principal para la “toma del poder” (entrevista con Raimundo Cruz, Bogotá, octubre de 1990)51.

Era inevitable que en estas condiciones no se incurriera en “desviaciones”, se cometieran errores y, sobre todo, se generara una práctica política cargada de dogmas, actitudes sectarias y una buena dosis de oportunismo. La combinación de estos elementos condujo, para el caso colombiano, a que proyectos político-militares que podían haber llegado a tener gran importancia sucumbieran en las aguas de su propia dinámica como producto de sus contradicciones internas. En este periodo de impacto de la Revolución cubana fueron eliminadas las guerrillas de Tulio Bayer en el Vichada; la de Federico Arango Fonnegra en el territorio Vásquez; los intentos guerrilleros de Antonio Larrota en el sur del país y los del MOEC en Urabá y en Bolívar (Antioquia), así como los del PCC (ML) en el Valle, en la zona de San Pablo. Se produjeron un sinfín de divisiones en esta última organización que dieron origen a nuevos grupos emeeles. Finalmente, durante este periodo (1960-1965) fueron desapareciendo organizaciones como el FUAR (Frente Unido de Acción Revolucionaria), las Juventudes del MRL y el MOEC (Entrevista con Raimundo Cruz, Bogotá, 1990. Cfr. Arenas, 1971 p. 12).

Las condiciones sociales y políticas de América Latina, las que se podrían caracterizar como de marginalidad social, exclusión y represión política, representaban un terreno abonado para que el ejemplo de la Revolución cubana generara un gran impacto en cada país. Pero al impulso, consolidación o fracaso de cada proyecto revolucionario contribuyó enormemente la tradición que cada región tuviese en el desarrollo de sus propios conflictos políticos y sobre todo sus especificidades culturales. Colombia permaneció dividida políticamente desde los orígenes de la República en dos colectividades que se enfrentaron continuamente en encarnizadas guerras civiles, producto del “irreconciliable” sectarismo partidista. Su última gran confrontación había sido precisamente ese periodo de La Violencia que se extiende desde 1946 hasta el primer gobierno del Frente Nacional (1958).

Los gobiernos de hegemonía liberal, los de hegemonía conservadora, la dictadura militar y los dos primeros gobiernos del Frente Nacional, sin transformar substancialmente las condiciones de vida de la población, generaron en esa época una actitud de desprendimiento y despolitización partidista que se dirigió en dos sentidos: 1) el escepticismo total, que se reflejaría en el creciente abstencionismo, o 2) la búsqueda de otras opciones políticas, que explicaría la simpatía que despertaban, al constituirse en fuerzas de oposición, el Movimiento de Alianza Nacional Popular (Anapo) acaudillado por el General Gustavo Rojas Pinilla, y el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) dirigido por Alfonso López Michelsen, los que jugaron en su momento un importante papel político.

Sería equivocado afirmar que durante la década del sesenta no se produjeron en el país importantes avances en los aspectos económicos y sociales. Es un error pensar que la sociedad colombiana en su conjunto no sufrió transformaciones substanciales como consecuencia de la propia dinámica del desarrollo mundial, de los niveles de dependencia internacionales y sobre todo de su dinámica demográfica, con todo el conjunto de dificultades estructurales que ello conllevó: mayor concentración de la propiedad agraria, dependencia tecnológica para el desarrollo industrial, mayores niveles de concentración de capital, endeudamiento externo y la consiguiente dependencia política resultante, procesos inflacionarios y de devaluación crecientes, aumento del desempleo (agudizado por las migraciones campesinas a las ciudades generadas por La Violencia y la modernización del país), surgimiento de los cinturones urbanos de miseria que se vinieron a sumar a los problemas de analfabetismo, insalubridad, falta de asistencia médica y hospitalaria y un alarmante empobrecimiento generalizado de la población, que comenzó a notarse en un incremento de la mendicidad, la prostitución y la niñez abandonada. En concreto, en las dos primeros décadas de la segunda mitad de siglo, se produjeron importantes desarrollos en los distintos sectores de la economía latinoamericana en general y colombiana en particular; esto no significa, necesariamente, que se hubiesen producido cambios substanciales en las condiciones de vida de la población en general, más allá de lo que exigían las propias dinámicas de los procesos de modernización económica52.

En síntesis, si bien es cierto, por un lado, que la experiencia cubana generó una oleada revolucionaria en América Latina, esta fue posible debido a la combinación de factores de orden económico, político, social y cultural que se expresaron en las difíciles condiciones de existencia del conjunto de la población trabajadora, en la pérdida de credulidad del común de la gente en los partidos tradicionales y en la incapacidad del Estado para satisfacer las expectativas de la población, en una perspectiva de desarrollo económico y bienestar social generalizado. Pero, por otra parte, las fuerzas políticas de oposición militantes en la izquierda, las que existían y las que surgieron como consecuencia del fervor revolucionario despertado por el proceso cubano, hicieron una lectura apresurada de dicha experiencia, equivocaron la apreciación de las posibilidades de la realidad social y política que se vivía, creándose falsas expectativas, desarrollaron sus procesos más desde el discurso ideológico y político que del conocimiento de su propia historia: el ELN no estuvo exento de esta situación.

La Brigada José Antonio Galán: el camino juvenil de la lucha revolucionaria

En 1962, un grupo de aproximadamente sesenta jóvenes colombianos viajaron a Cuba, haciendo uso de las becas ofrecidas por el Gobierno de la isla, con el fin de continuar o cursar estudios universitarios y conocer de cerca la experiencia revolucionaria. En octubre de ese año los Estados Unidos bloquearon militarmente la isla. El Gobierno cubano, dadas las particulares condiciones de guerra en que quedó el país, ofreció a los estudiantes colombianos, prácticamente recién llegados, evacuarlos hacia su país de origen. Después de una reunión a la que asistieron 27 jóvenes, y de discutir sobre lo difícil de la situación, 22 de ellos resolvieron quedarse, colocando como condición única, que se les diera preparación militar para estar en condiciones de defenderse cuando sobrevinieran los ataques.

Esta experiencia marcó a los jóvenes en dos sentidos: primero, el contacto con las armas y la preparación militar habría de colocarlos en una perspectiva revolucionaria diferente, la de la lucha armada y, segundo, el impacto que causó en ellos la decisión de entrega de los cubanos, dispuestos a morir para defender su revolución, contribuiría a la formación de un imaginario de desprendimiento total que se expresaría posteriormente bajo la premisa de “Liberación o muerte” (Castaño, 1984).53

La crisis cubana fue superada luego de que Estados Unidos se comprometió a no invadir la isla, a cambio de que se retiraran de ella los misiles rusos. Surgió entonces la idea de algunos, de los que ya habían tenido preparación militar, de adquirir mayor capacitación de este tipo para sentar las bases de un movimiento insurgente a su regreso a Colombia. Once muchachos del grupo de los 22, insistieron en que los adiestraran en las tácticas y técnicas de la lucha guerrillera, recibiendo durante ocho meses la preparación que pidieron.

Al finalizar el curso, los siete que cumplieron con las exigencias de este comenzaron a planear su regreso al país. Después de intercambiar opiniones, discutir posibilidades, concretar compromisos y acordar un plan de trabajo, se constituyó en Cuba la Brigada Pro-Liberación Nacional José Antonio Galán, con el propósito de impulsar la lucha revolucionaria y organizar, al regreso a Colombia, simultáneamente con la actividad política, los grupos que en la ciudad y en el campo desarrollarían la lucha armada. Víctor Medina Morón, Fabio Vásquez Castaño, Heriberto Espitia, Ricardo Lara Parada, Luis Rovira, Mario Hernández y José Merchán integraron ese primer grupo (Arenas, 1971).

Desde la creación de la brigada, comenzaron a implementarse una serie de rituales y símbolos que con el tiempo se convertirían en base fundamental de la cultura política y guerrillera del ELN. El mito fundacional, la imagen del héroe, la vía salvadora, el ritual de iniciación y juramento, el mito paradisíaco y la concepción mesiánica entre otros, rondarían los imaginarios de la militancia de la Organización en esos primeros años, contribuyendo a crear la mística revolucionaria que un proyecto de esta naturaleza necesitaba para justificarse y cohesionarse.

No fue extraño entonces, que constituida la brigada, los integrantes le otorgaran sacralidad a los códigos y a las normas y juraran, en tierra cubana, como Bolívar en Europa, adelantar la revolución colombiana, cumplir con el reglamento, mantener una disciplina rigurosa, ser fieles a las estrategias táctico-militares, asumiendo como síntesis del compromiso la consigna comunera de “liberación o muerte”, como pacto irreversible54.

En ese ritual de entrega incondicional fue elegido como máximo jefe Fabio Vásquez Castaño55, por sugerencia de Víctor Medina Morón56, quien asumió la segunda responsabilidad al llegar al país.

La zona de implantación del primer foco guerrillero

Víctor Medina Morón regresó al país a mediados de 1963 y comenzó a realizar los contactos en Santander, Bucaramanga y Barrancabermeja, principalmente, por ser la zona donde había desplegado su actividad política anterior. La tarea esencial, para el momento, consistía en realizar los contactos pertinentes que fuesen abriendo el trabajo político para el nuevo movimiento y decidir el sitio de ubicación del primer grupo guerrillero: el lugar desde donde habría de emprenderse la primera marcha57.

Varias fueron las razones por los cuales se escogió Santander como zona de operaciones: la tradición de lucha del pueblo santandereano, en especial donde actuaron en los últimos años las guerrillas liberales de Rafael Rangel; la circunstancia de no existir grupos bandoleros que pudieran ser causa de confusión para la gente, como ocurría en otros departamentos; topográficamente se contaba con un terreno óptimo para la guerra de guerrillas y sobretodo la posibilidad que ofrecía la región que un desarrollo ulterior permitiera controlar la zona petrolera más rica del país, el ferrocarril del Magdalena y el movimiento obrero de mayor importancia nacional. A todo esto se sumaban las especiales condiciones revolucionarias del estudiantado de la Universidad Industrial de Santander (UIS), conocidas por Medina y Lara, y el hecho mismo de que ellos, junto con Espitia, habían desarrollado anteriormente una actividad política en esos sectores, conociendo muchas de sus gentes (Arenas, 1971).

Rafael Ortiz, miembro del Comando Central de la UC-ELN, en entrevista concedida a Martha Harnecker (1988), al referirse a este tema, señala que se decidió la región de Santander, en el municipio de San Vicente de Chucurí, para implantar el proyecto revolucionario por razones de orden histórico y político. En los años veinte del pasado siglo, la región fue escenario de importantes luchas de artesanos y campesinos, con ideas socialistas, que se insurreccionaron en 1928, en San Vicente de Chucurí, Puerto Wilches y Barrancabermeja, con los idearios del movimiento de los Bolcheviques del Líbano58. Otra razón histórica señalada, más próxima al surgimiento del ELN, fue la experiencia de la guerrilla liberal de Rafael Rangel en la zona.

Estas razones de tipo histórico se sumaron a las de orden social y político que tenían que ver con los movimientos campesinos de lucha por la tierra, la presencia de las transnacionales del petróleo en la región, el desarrollo de la conciencia política de los sectores populares, obreros y campesinos en esa zona del Magdalena Medio, tanto por la experiencia de la guerrilla liberal como por el trabajo del Partido Comunista. También influyeron los nexos políticos y la solidaridad entre los campesinos y los obreros petroleros de Barrancabermeja y el empuje revolucionario del movimiento estudiantil de Bucaramanga y Bogotá (Harnecker, 1988).

La región de San Vicente de Chucurí, donde finalmente se instaló el primer grupo, contaba, en el concepto de quienes debían tomar la determinación, con excelentes condiciones para la implantación del proyecto.

El área escogida reunía una serie de ventajas. Por una parte, había zonas montañosas selváticas de difícil acceso para un enemigo que no las conocía, buena agua y facilidades de entrar provisiones. Por otra parte se contaba con varias poblaciones de importancia no muy distantes y con una población campesina de alguna experiencia en la actividad armada, como que había colaborado de una u otra forma con las guerrillas liberales, además, en su mayoría los habitantes de la región eran jornaleros agrícolas, propietarios algunos de ellos de pequeñas “mejoras”, pero no aferrados a una propiedad rural de la que carecían, habían sufrido la violencia y la persecución oficial, cuando no el despojo y la arbitrariedad de terratenientes, acaparadores y usureros. Para ellos la lucha no era extraña, sino que estaba latente como recurso último para lograr la transformación de un sistema que secularmente los ha marginado y oprimido y cambiar unas relaciones de producción preñadas de injusticia. (Arenas, 1971, p. 42)

Los contactos, las relaciones y el trabajo con la población civil

A finales de 1963, Fabio Vásquez inicia la exploración de la zona que ha sido escogida para el surgimiento del grupo. Entra en contacto con José Ayala a través de Heliodoro Ochoa, conoce un grupo de campesinos de la región que Ayala tenía organizado, recorre el área, conversa con la población, conoce sus costumbres y formas de concebir la política, sus condiciones personales, familiares y económicas, y empieza a sembrar la inquietud de la necesidad de la lucha y de lo inevitable del cambio revolucionario, en caso de que el pueblo se decida a luchar con decisión y sacrificio. Siete meses después, Fabio cuenta con un grupo de 18 campesinos dispuestos a emprender la lucha guerrillera y un buen número de colaboradores en la zona rural, pueblos y caseríos aledaños59.

El trabajo comienza a realizarse en la región en el momento que se está desarrollando la huelga petrolera de 1963 que, los obreros de Ecopetrol, logran sostener con la ayuda masiva de los campesinos de las zonas de San Vicente, El Carmen y Yarima. Si bien el respaldo se empieza a través de una solidaridad efectiva en apoyo logístico, los campesinos se sentían partícipes de la lucha de los petroleros en la medida que las compañías extranjeras y Ecopetrol venían explorando en sus fincas y desplazándolos de ellas (entrevista a Nicolás Rodríguez, 1992-3). En estas condiciones se encuentran con dos elementos que les permite madurar rápidamente el proyecto: las prácticas de la solidaridad de la gente de la región y, gérmenes de una organización radical, porque la huelga fue tratada violentamente y eso generó una actitud de resistencia violenta de los trabajadores y sus familias.

Pasada la huelga, los campesinos de la región comienzan a organizarse por dos razones: 1) la avanzada de los compañías extranjeras y de Ecopetrol sobre sus áreas de colonización para arrebatárselas, es decir, como mecanismo de defensa necesario de lo que iban construyendo después de La Violencia, y 2) la necesidad política de consolidarse en el área del Cerro de los Andes, poblando esa región de colonización con campesinos liberales de San Vicente, antes de que los conservadores del área de Santa Helena, San Juan Bosco de la Verde lo hicieran.

Los compañeros llegan en el momento justo, muy a tiempo para el bien de la región y de la misma lucha, y es que allí se estaba comenzando a producir una serie de movimientos sin un norte muy claro: por ejemplo, había un grupo encabezado por unos muchachos de apellido Pico que no se sabe hacia dónde tuvieran un entronque directo con el bandolerismo de la época, pero la tendencia que mostraban sí era como la de estructurarse con ese carácter, incluso. Por esos días hicieron un asalto a un bus intermunicipal, lo desvalijaron y robaron a los pasajeros; Fabio y los otros compañeros aprovechando esta situación le dicen a la gente: vea hombre eso no es correcto, eso no se debe hacer. Otro grupo de campesinos, entre los que se encontraba José Solano Sepúlveda y Hernán Moreno Sánchez que fue capitán guerrillero en la época de La Violencia, tiene el plan de asaltar una base militar en el centro de Barranca para recuperar una cantidad de armamento… Fabio les plantea que por ahí no es la cosa, les expone las tesis de cómo debe arrancar el proceso y deben arrancar con un perfil diferente, que ahora no es el momento de pelear entre liberales y conservadores. (Entrevista a Nicolás Rodríguez, 1992-3)

Además del trabajo que se estaba realizando en el campo, en las ciudades y sitios cercanos a la zona de implantación del proyecto, se venía trabajando en la formación de núcleos de apoyo y redes logísticas en Bogotá y Bucaramanga. Una permanente acción de proselitismo se realizaba en el sector estudiantil que durante esos años había adquirido un importante protagonismo político con la constitución de la Federación Universitaria Nacional (FUN) y su lucha contra el régimen político de Guillermo León Valencia.

En Bucaramanga, la Asociación Universitaria de Estudiantes Santandereanos (Audesa) se había convertido en el centro de la actividad de los primeros militantes y simpatizantes del proyecto del ELN. De igual forma, en Barrancabermeja la Unión Sindical Obrera (USO) era objeto del trabajo político de los iniciadores del foco guerrillero quienes venían en esa organización gremial un potencial revolucionario dada su tradicional combatividad. La búsqueda de cuadros destinados a conformar las bases del ELN se extendió también a la militancia de las juventudes del Partido Comunista y del Movimiento Revolucionario Liberal.

Mientras Fabio Vásquez Castaño y Heriberto Espitia adelantaban el trabajo rural en la zona de implantación del foco guerrillero en San Vicente de Chucurí, en Bucaramanga, Víctor Medina Morón y Heliodoro Ochoa hacían lo pertinente con el trabajo urbano en el sector estudiantil. Carlos Uribe Gaviria y Ricardo Lara Parada estuvieron a cargo del trabajo político en Barrancabermeja y Manuel Vásquez Castaño y José Manuel Martínez Quiroz en el movimiento estudiantil de Bogotá; Claudio León Mantilla, estuvo colaborando con el trabajo de Fabio y Heriberto en San Vicente.

A finales de 1963 y comienzos de 1964, el Partido Comunista de Colombia detectó el tipo de labor que venían realizando los fundadores del ELN en el interior de su organización y procede a expulsar públicamente a Víctor Medina Morón, Heriberto Espitia, Heliodoro León y Libardo Mora Toro del partido con el señalamiento de “extremoizquierdistas” (Arenas, 1971, p. 42).

En Bucaramanga los primeros núcleos se constituyen con estudiantes de la Universidad Industrial de Santander (UIS) y con algunos trabajadores independientes que se identificaban con los criterios y puntos de vista con que se va argumentando la propuesta. En Barrancabermeja, Juan de Dios Aguilera, que se desempeñaba como dirigente sindical de la Federación de Trabajadores del Petróleo, se encargó del trabajo de formación de núcleos en el puerto petrolero; Aguilera logró desarrollar un trabajo cuya importancia puede medirse con solo decir que la guerrilla en ocasiones pudo supervivir y superar buen número de problemas gracias al apoyo y a la red urbana creada por él en Barrancabermeja (Arenas, 1971).

Sobre el acumulado existente de la guerrilla liberal y el movimiento social

El primer foco guerrillero del ELN se conforma en la vereda “La Fortunata” del Municipio de San Vicente de Chucurí. Allí, confluyen una serie de elementos en los que se confunde lo político con lo familiar y lo local. Del grupo que inicia la primera marcha en julio de 1964, prácticamente todos pertenecían a la región o eran conocidos en ella. Eso les permitió sobrevivir durante los primeros meses, pero, además, evitar las infiltraciones que podían producirse al escaparse la información de que un grupo armado se estaba configurando en el área.

Un contexto social e histórico muy específico, que se expresaba en los habitantes de la región, permitió dar vida al proyecto armado del ELN. La presencia de una base campesina rebelde unida a una experiencia guerrillera acumulada en La Violencia y a unos estrechos lazos de amistad y solidaridad entre familiares y amigos se combinaron para que lo que surgió en el ritual de un juramento de jóvenes en Cuba, comenzara a tomar forma en un espacio y tiempo determinados60.

Pedro Gordillo era hijo de Santos Gordillo y Teófila Ariza. Esta familia llegó a la región hacia 1959, desplazados por la violencia que los había hecho migrar desde los límites de Boyacá y Santander (Güepsa). El padre de Nicolás Rodríguez les vendió un pedazo de tierra donde comenzaron a levantar su finca; existía entre los Gordillo y José Ayala una vieja amistad política que los unía desde el tiempo de la lucha entre los dos partidos tradicionales. Fabio llegó a la región en la segunda mitad de 1963, haciéndose pasar por pariente de Pedro Gordillo, fue a través de él y de la familia Rodríguez Bautista, que comenzó a hacer los contactos y a construir la base campesina para la conformación del grupo que iniciaría la primera marcha.

Pedro Rodríguez Martínez, traía un largo acumulado de lucha política y cívica. Hizo parte del movimiento de los Bolcheviques del Líbano que se levantaron en los años 1928 y 1929, siendo alcalde de San Vicente durante ese periodo; después del fracaso del levantamiento, él conjuntamente con Rodolfo Flórez, Arturo Meneses, Heliodoro Ochoa (padre), y algunos otros líderes populares, se vinculan al Partido Comunista y continuaron como dirigentes cívicos de la zona. Respondiendo a la dinámica política que se manifestó en los años siguientes, Pedro Rodríguez estuvo a la cabeza de las luchas que en la región se libraron como consecuencia de la muerte de Gaitán en el año 1948. Por mantener unas relaciones muy cercanas con las experiencias de la guerrilla liberal en Santander, tuvo que abandonar la tierra, fue perseguido, y encarcelado bajo la sindicación de apoyar las guerrillas de Rangel.

Con el tiempo se introdujo en el Partido Comunista la discusión de si había condiciones o no para la lucha armada, muchos de los viejos de la región que habían tenido experiencia con las armas veían con preocupación el desenvolvimiento de la discusión, en la medida en que se alejaba la posibilidad de la lucha armada. Algunos, como en el caso de Pedro Rodríguez, se retiraron del Partido y estuvieron un tiempo andando solos. Cuando aparece el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), los líderes de la región se entusiasman nuevamente, vieron esa escisión del Partido Liberal, liderada por Alfonso López Michelsen, como una posibilidad real de dar paso a un proyecto verdaderamente revolucionario. Sin embargo, pronto viene el desengaño y la frustración. En el momento en que se está produciendo esta situación es que llega Fabio con la propuesta de construir un proyecto armado de corte revolucionario

Heliodoro Ochoa hijo era un muchacho cooptado por la actividad política del padre, quien durante más de treinta años había sido partícipe de las luchas locales en el desarrollo de los movimientos campesinos liberales y comunistas. Los Ochoa son un contacto importante en la confluencia de la gente del Partido Comunista y los gaitanistas. Fabio Vásquez, José Ayala y Víctor Medina Morón, resultan hombres claves porque conocen la región y los conoce la gente. Así, Ochoa (hijo) desempeña un papel significativo en el establecimiento de contactos, primero a nivel de San Vicente, luego, vinculándose al trabajo político de la actividad urbana, en Bucaramanga.

Los integrantes de la primera marcha del ELN

Entre el trabajo político que se realiza en San Vicente de Chucurí en la vereda La Fortunata, y el que se desarrolla en las zonas de colonización, a donde están llegando nuevos familiares a las distintas veredas, comienza a estructurarse el grupo que ha de iniciar la primera marcha.

El grupo se conforma con campesinos de las veredas de Santa Helena del Opón, La Fortunata, la región de Riofuego y Simacota. La mayoría de ellos radicados, como colonos, en el Cerro de los Andes que es donde se instala el primer foco guerrillero.

Bueno mire, lo que pasa y es que ahí hay un empalme de las dos veredas: esa vereda donde se forma la guerrilla y después la vereda a donde se va a hacer el entrenamiento, una vereda está a seis o siete horas de camino real o en mula; los muchachos de la zona de San Vicente, como ya no hay donde trabajar, porque son zonas ocupadas con cultivos de cacao y café, tiene la expectativa de ir a abrir montaña y a colonizar. En las zonas de colonización se encuentran con gentes de otras veredas, se forman los grupos familiares, y de ellos salen los que van a hacer la primera marcha; así, hay tres muchachos que son de Santa Helena del Opón, pero no de la gente conservadora, sino, de la gente liberal: Salvador Afanador ‘Silverio’. Salvador Leal ‘Saúl’ y Domingo Leal ‘Delio’; hay dos de Simacota que son los González, jefes guerrilleros del área del Galán y Simacota, de las guerrillas que conducía Rafael Rangel, Luis José Solano Sepúlveda, que es quien los contacta, había sido guerrillero, estando jovencito como enlace o estafeta de los tíos de los muchachos que ahora son guerrilleros de este nuevo grupo. Entonces está ese grupo de los tres muchachos de Santa Helena, los dos de Simacota, que luego con Mariela que está haciendo un curso de enfermería, pero dentro del mismo propósito de enguerrillerarse, son seis… el resto de muchachos están en dos veredas, los que recluta José Solano ‘Leonardo’ en la guerrilla, un muchacho Pedro Rodríguez que es ‘Policarpo’, Avelino Bautista ‘Abelardo’, Salomón Amado Rojas, Manuel Muñoz ‘Miguel’, Ciro Silva ‘Conrado’, Pedro Gordillo ‘Parmenio’, Hernán Moreno Sánchez ‘Pedro David’, un muchacho Juan, Jacinto Bermúdez. Bueno y yo. (Entrevista a Nicolás Rodríguez, 1992-3)

La procedencia política era variada, la mayoría de ellos venían de familias liberales y comunistas de la región, algunos herederos directos de las prácticas de la guerrilla liberal de Rafael Rangel, otros contaban con el ejemplo y las historias de sus padres sobre las luchas campesinas y políticas de los treinta años que antecedieron al surgimiento del grupo, e incluso hubo quienes habían atravesado por la experiencia política del MRL. Establecidos los contactos, organizadas las redes logísticas urbanas y rurales, consolidado el grupo base y definida la zona de operaciones solo quedaba iniciar la primera marcha.

La primera marcha guerrillera. Nacimiento del Ejército de Liberación Nacional (ELN)

En los operativos de la Primera Marcha Guerrillera participó la gente de mayor confianza en la región; el trabajo político había ido generando una disposición de la población para colaborar que fue canalizada hábilmente por el grupo de Fabio. En el comienzo la necesidades logísticas fueron muy sencillas: la alimentación se solucionaba con lo que se producía en la región y con lo que espontáneamente colaboraban los campesinos; como no existían recursos económicos para comprar cosas que pudieran necesitarse, prácticamente la dotación iba apareciendo por la vía de la solidaridad, los viejos regalaban un par de botas, un machete, una toalla, una camisa, un pantalón o los tiros para los revólveres y las escopetas que lograron conseguirse61.

El 4 de julio de 1964, en un rancho abandonado en la finca de los padres de Pedro Gordillo, a las 8 de la noche, se encontraron los 18 que emprenderían la primera marcha. Después de recibir las instrucciones pertinentes y establecer las contraseñas para el camino, se inicia la marcha con rumbo hacia Noroccidente con el propósito de llegar al cerro de los Andes. La travesía duró tres días de jornadas diurnas y nocturnas a través de caminos reales y carreteras; cruzaron las veredas de San Carlos, Loma de Tunja, Oponcito, Los Aljibes, La Salina, Rancho Grande, Cascajales y Riosucio hasta llegar al sitio escogido para el entrenamiento en el cerro de Los Andes. Durante el recorrido fueron visitando la base campesina que había sido trabajada con anterioridad para solucionar el problema de alimentación; una de esas estaciones fue la casa de Pedro Landínez62. A las tres de la mañana del 7 de julio, después de atravesar Riosucio llegaron al que sería su primer campamento.

La vida de los primeros meses no fue nada fácil. El impulso de un proyecto revolucionario de la magnitud que se proponían exigía en tales condiciones grandes sacrificios que solo era posible obtener si se alimentaba una mística revolucionaria a prueba de dificultades, labor que se realizó en los meses que siguieron a la primera marcha.

Entre las dificultades y el compromiso

Una vez se establecieron en el cerro de los Andes, organizaron el campamento y se inició el proceso de capacitación y acomodamiento a la vida militar y política en medio de cotidianos contratiempos y grandes limitaciones63. El grupo era relativamente heterogéneo, jóvenes cargados de expectativa, fantasía y en alguna medida una dosis considerable de deseo de aventura se encontraban con hombres formados, que como Luis José Solano Sepúlveda, Jorge González, Domingo Leal, Hernán Moreno y Jacinto Bermúdez habían sido jefes de grupos guerrilleros en la cercana violencia liberal-conservadora. A ellos se sumaban Fabio Vásquez Castaño, Luis Rovira y José Ayala, cuya visión revolucionaria se había consolidado en el conocimiento de la reciente Revolución cubana.

Durante las primeras semanas Fabio se preocupó por crear una mística revolucionaria, sobre la base del estudio de dos materiales que marcaron profundamente la actividad y las costumbres del grupo por más de diez años: el Manual de táctica guerrillera y el Código del guerrillero. Durante los seis primeros meses, los documentos fueron estudiados hasta que, interiorizado su contenido, se hizo de obligatorio y riguroso cumplimiento.

El Manual de táctica guerrillera educó militarmente al grupo en los fundamentos esenciales de la guerra irregular, los instruyó en técnicas de combate y les fue creando una mentalidad de guerra que debía funcionar las 24 horas del día; por su parte, el Código del guerrillero se desarrollaba a través del reglamento interno que distribuía el tiempo y las actividades diarias, normatizaba y penalizaba la conducta militar y política del grupo (Rodríguez, 1990). Los espacios de motivación revolucionaria que trabajaba a diario Fabio Vásquez se confundían con el imaginario cristiano que fundamenta un idealismo religioso en el que la mayoría de los jóvenes inspiraba sus acciones64.

En medio de la educación política, militar e ideológica se fue perfilando una práctica cotidiana en que la autoridad y la posibilidad del mando, se construía en un reconocimiento del trabajo diario, de la capacidad de entrega y de servir de ejemplo a los demás. Las condiciones para que madurara el espíritu de sacrificio, sobre el cual se reconocía el carácter revolucionario, estaban presentes en cada momento: grandes limitaciones materiales y una extrema pobreza económica se pudieron superar porque se predispuso el espíritu de cada uno para probarse en la dificultad (Rodríguez, 1990).

En esta atmósfera de limitaciones y carencias políticas, fueron incubándose prácticas de autoritarismo y unilateralidad que posteriormente madurarían al no existir capacidad política para asumir críticamente los desarrollos que iba teniendo el grupo. Era inevitable que la ausencia de una formación ideológica consistente diera paso a prácticas machistas y autosuficientes, que se considerarían como normales. El verticalismo con que se comenzó a desarrollar la vida guerrillera, fue posible en gran medida por la formación de la base campesina que componía el proyecto, esto no quiere decir que en los primeros tiempos y mucho antes de que maduraran las confrontaciones políticas internas, que llevarían a las rupturas y los fusilamientos, no existiese en el interior del ELN unos estrechos lazos de hermandad y solidaridad muy similar al que viven las cofradías religiosas65.

Después de algunas semanas de entrenamiento militar, de recibir formación política e ideológica, incluso de alfabetizar a los que no sabían leer y escribir para hacer más fácil la tarea de formación, se produjo el juramento de bandera, como se hace en el Ejército regular, en el que se comprometía cada cual a ir hasta las últimas consecuencias según lo establece la consigna tomada del movimiento de Los Comuneros de 1789: Ni un paso atrás, liberación o muerte (Nupalom). El ritual en alguna medida se constituía en un pacto de muerte, de entrega total y desprendimiento absoluto, porque hecho el juramento, el compromiso con la Organización, y a través de ella con la revolución, se hacía irreversible (Entrevista a Nicolás Rodríguez, 1992-3).

En síntesis, en los primeros meses, los integrantes de este núcleo guerrillero del ELN se dedicaron a asimilar el manual de táctica, a ganar disciplina, a cumplir e interiorizar el código guerrillero66, a estudiar política e ideología y a prepararse para trabajar la base campesina, lo que por las condiciones del grupo resultaba más angustioso y difícil que pasar las pruebas forzadas por las limitaciones materiales.

El trabajo campesino se erigió sobre algunas temáticas centrales, que buscaban educar y construir bases de apoyo en el reconocimiento de diferencias substanciales con otros proyectos políticos y militares precedentes. Era necesario, entonces, explicarle a la población que no se trataba de “chusmeros”, sino, de guerrilleros que luchaban contra el Gobierno y en favor de los pobres; que su lucha no se circunscribía a la vieja confrontación liberal-conservadora y que en esa medida no era una lucha partidista, porque para ellos liberales y conservadores eran igualmente pobres; que respetaban las creencias religiosas de cada cual; que el comunismo no era malo, como se le había hecho creer a la gente, sino, que era un sistema social que buscaba el bienestar colectivo; que la lucha estaba dirigida contra los gringos que se llevaban los recursos y las riquezas de los colombianos y contra los ricos y el Gobierno que lo permitían; que esa lucha necesitaba de la unión de liberales y conservadores, de católicos y protestantes, de todos los pobres de Colombia, para hacer efectivo el cambio; que por medio de las elecciones era imposible tomar el poder, “porque los candidatos eran de los mismos ricos, ellos controlaban el sistema electoral y si alguien que estuviese de acuerdo con los pobres tuviese oportunidad de ganar lo asesinarían como hicieron con Jorge Eliécer Gaitán y Rafael Rangel Gómez; que el ELN era un ejército para la defensa de todos los pobres de Colombia” (Rodríguez, 1990, pp. 14-19).

Este tipo de enunciado elemental, expresión más del sentido político común que de una concepción elaborada o un proyecto político estructurado, fue el que guió el trabajo con la base campesina, antes de que apareciese públicamente la Organización. Después este sería reemplazado por los principios programáticos que sirvieron de sustento político a la Organización, hasta que se realizó la primera Asamblea Nacional del ELN, en 1983.

Pese a las limitaciones del momento y a las dificultades para acceder a recursos básicos de subsistencia, se impuso como norma mantener con la población unas relaciones de fraternidad y cooperación permanente. La mayor parte de los integrantes del grupo iban a trabajar a las parcelas de los colonos con el objeto, no solo de realizar el trabajo político sino, además, de ganarse la comida. De todas maneras, en la medida en que pasaba el tiempo las condiciones de existencia se hacían más precarias. En esos primeros meses la dirigencia del ELN que buscaba apresuradamente darle un perfil al grupo que lo distanciara del bandolerismo y las prácticas de cuatrerismo, se opuso al secuestro y al robo de ganado, insistiendo en la necesidad de contar con la solidaridad de la gente de la región como base fundamental para el apoyo logístico de subsistencia. El hambre y el desabrigo pusieron a prueba el compromiso del grupo durante ese tiempo (Rodríguez, 1990).

En el mes de septiembre de 1964, se articula Víctor Medina Morón al grupo, como segundo al mando. Una serie de atentados contra los institutos colombo-americanos, realizados en los días anteriores en Bucaramanga y Bogotá, lo ponen al descubierto frente a las autoridades y lo obligan a marchar a la guerrilla (Entrevista con Nicolás Rodríguez, 1992-3). La llegada de Medina a la guerrilla del ELN como segundo responsable fue generando una contradicción que maduraría con el tiempo, y cuyo desarrollo acarrearía lamentables consecuencias. Por una parte, sin existir realmente, se generaría una doble división entre lo urbano y lo rural y, entre lo político y lo militar. El papel asignado a la ciudad, en el desarrollo de la guerra, se ubicaba en el orden logístico para esa época y, en lo fundamental a lo largo de toda la historia del ELN, fue siempre insuficiente y contó con grandes limitaciones para desarrollarse. Prácticamente el campo tuvo que asumir, con el tiempo, la responsabilidad de mantener viva la actividad en la ciudad e incluso sostenerla económicamente (Medina, 1996).

Las limitaciones, que en el aspecto militar tenía Medina Morón, lo llevaron a desarrollarse con mayor intensidad en las tareas de lectura y elaboración de materiales políticos, oficialmente se le asignó la responsabilidad de orientar el estudio individual y colectivo de la base guerrillera. A finales de agosto y comienzos de septiembre, aún sin iniciar la actividad militar, el ELN tiene su primera deserción; Conrado, un muchacho campesino, pide el retiro de la guerrilla, a pesar de las conversaciones que realizaron con él sus compañeros, Conrado deserta dejando el equipo, el fusil, las cartucheras con una carta en la que señala su imposibilidad emocional para seguir en el proyecto y su deseo de ir lejos a trabajar como agricultor. Este hecho permite conocer la posición del ELN a este respecto en esa primera etapa de implantación67.

El reglamento interno del ELN, considera la deserción como un delito y a este, como “aquellos actos que de manera deliberada y en materia grave van en contra de la Organización, el pueblo y la revolución”. Cuando la deserción es sin agravante, que sería el caso de “René”, existe una serie de sanciones específicas en las que se contempla la suspensión de tareas y funciones, la remoción de responsabilidades, el desarme temporal, la suspensión de sus derechos políticos y la expulsión de la Organización, esto para el caso de que sea capturado. Cuando la deserción es con agravantes (homicidio, traición, delación, suplantación) esta se convierte en un crimen y no tiene sino un tipo de sanción: la pena de muerte (ELN, s. f., Reglamento interno del ELN, Fallas, delitos y crímenes, arts. 9-14).

A mediados del mes de septiembre, en medio de las limitaciones y las dificultades existentes, Fabio Vásquez Castaño se ve en la necesidad de salir del país para atender en Cuba una serie de insubordinaciones de un grupo de hombres, que se estaban preparando como cuadros conductores en la isla para regresar e incorporarse en la guerrilla del ELN. Entre ellos estaba José Ayala, Mario Hernández, Antonio Vásquez y Julio Portocarrero, entre otros. A pesar de los esfuerzos realizados por Fabio para conseguir apoyo para el impulso del proyecto, la situación creada por el grupo imposibilitó acceder a todo tipo de ayuda.

El 12 de diciembre de 1964, llegó al campamento Fabio acompañado por Mario Hernández, José Ayala y Wilson. Fabio encontró el grupo guerrillero en condiciones lamentables, la carencia de recursos económicos, la escasa y deficiente alimentación y la huella que fue dejando en el grupo las inclemencias de la selva y los problemas internos, obligaban a buscar una salida urgente a la situación antes de que el grupo muriera sin haber nacido a la luz pública.

Comenzó entonces a considerar seriamente la necesidad de realizar una acción militar que cumpliera tres objetivos: obtener ventajas de tipo económico, adquirir a través de ella material logístico (armas, municiones, víveres y medicamentos) y, para él lo más importante, elevar la moral de los combatientes, consolidar la confianza de los campesinos de la zona en la Organización y dar a conocer al país la existencia del Ejército de Liberación Nacional.

Ocho días después de su llegada oficializó la incorporación permanente de quienes habían llegado con él. Ese veinte de diciembre se dio la orden a los 22 hombres con que contaba el foco guerrillero del ELN, de preparar los equipos para salir al combate. La noticia fue recibida con júbilo. El objetivo: la toma de Simacota.

La toma y el manifiesto de Simacota

Al comenzar la última semana de 1964, un grupo compuesto por 22 hombres, bajo la conducción de Fabio Vásquez y Medina Morón68, inicia la marcha de acercamiento hacia el objetivo militar de su primera acción guerrillera: la población santandereana de Simacota, con aproximadamente cinco mil (5000) habitantes.

Simacota, afirma Bautista, reunía las exigencias para el tipo de acción que se buscaba: quedaba a considerable distancia del cerro de los Andes, asiento inicial de la guerrilla y que constituía hasta ese momento su zona de apoyo más firme e importante, hacia la cual, realizada la acción, se haría de nuevo el repliegue. Poseía, además, una sucursal de la Caja Agraria, en la que se pensaba encontrar recursos económicos que aliviaran la situación; había droguerías y almacenes de víveres y solamente existía allí un puesto de la Policía con cinco agentes, por lo cual sería fácil tomar la población. El batallón más cercano quedaba en El Socorro, ubicado a una hora por carretera; la cortada de los hilos telefónicos y telegráficos debía impedir un rápido aviso a la tropa. A esto se sumaba el conocimiento de la zona por parte de uno de los guerrilleros que les permitía transitar por trochas para llegar al pueblo (Entrevista con Nicolás Rodríguez Bautista, 1992-3).

Después de una fatigante marcha, el grupo guerrillero integrado por 26 hombres y una mujer, Paula González Rojas (Mariela), llegó la noche del 6 de enero a un kilómetro del perímetro urbano de Simacota69. En la mañana del 7 de enero de 1965 la guerrilla entró a Simacota después de haber puesto fuera de combate a los agentes de la Policía dándolos de baja. Una vez eliminada toda posibilidad de resistencia, la guerrilla se hizo dueña de la población, ubicándose estratégicamente y convocando a la población a una reunión en la plaza principal. Un grupo se emboscó en la carretera que conducía hacia el Socorro, en la cual colocó algunas minas previendo la llegada de la tropa. Se cortaron los hilos telefónicos, pero la telefonista alcanzó a dar parcial aviso al batallón de El Socorro.

Unas dos horas estuvo Simacota bajo el control de la guerrilla, al cabo de las cuales arribó una pequeña patrulla militar: al entrar la patrulla se hicieron estallar las minas y se hizo fuego sobre la tropa muriendo dos soldados. Sin embargo, el intercambio de disparos con el Ejército produjo la baja de Pedro Gordillo (Parmenio). Uno de los primeros y más entusiastas militantes del ELN.

La acción de Simacota tuvo como resultados materiales, la baja de tres policías, tres soldados, un suboficial de la Policía, la recuperación de cuatro fusiles 7mm y algunas armas cortas, dos fusiles punto treinta, cerca de sesenta mil pesos tomados de la Caja Agraria y de la sucursal de Bavaria; tuvo dos desertores y días después sufrió la captura de dos guerrilleros, además de la muerte de Parmenio.

La aparición pública del ELN, su primera acción de Simacota, estuvo acompañada de un manifiesto en el que en enunciados breves se buscaba expresar el punto de vista de la Organización acerca de la educación, la propiedad agraria, las condiciones de existencia de los obreros, los pequeños y medianos productores, asumir una posición antiimperialista y dar a conocer el inicio de la lucha revolucionaria. No había otro objetivo, por el momento, que el de derrocar el Gobierno convocando a los protagonistas del conflicto social y llamando al pueblo liberal y conservador, a hacer frente a la oligarquía de ambos partidos.

El manifiesto firmado por Fabio Vásquez Castaño y Víctor Medina Morón, con los seudónimos de Carlos Villareal y Andrés Sierra, definía algunos elementos que en el transcurso de los meses habían de hacerse más evidentes en el discurso de la Organización y se constituirían en la base de su declaración programática:

Primero, buscaba darle a la lucha una perspectiva que superara la tradicional confrontación partidista liberal-conservadora, inscribiéndola en un conflicto de carácter social interclase. Pero, contrario a lo que otros movimientos políticos, que desde la década del treinta venían pregonando el mismo discurso, el que Jorge Eliécer Gaitán había sintetizado en la fórmula país nacional vs país político, este reivindicaba el carácter violento de la confrontación en el anuncio de la constitución misma del Ejército de Liberación Nacional.

Segundo, asumía una actitud claramente antiimperialista y, por lo tanto, se inscribía en el discurso de la liberación nacional, en el que otros movimientos políticos de oposición en Asia, África y Oceanía venían insistiendo. En gran medida son estas dos actitudes las que definen el nombre de la Organización y;

Tercero, si bien se plantea “una patria digna para los colombianos honestos” el manifiesto no iba más allá de buscar, por lo menos en lo enunciado, “derrocar el actual gobierno de engaño y de violencia”, el que identificaba en las personas del régimen Valencia-Ruiz Novoa-Lleras.

La manera como el ELN entiende y analiza la toma de Simacota, y el significado del manifiesto son plasmados en un documento escrito por Jaime Arenas, titulado “Simacota: una línea de acción revolucionaria para el pueblo” y que fue publicado posteriormente como documento oficial de la Organización, con el título de “Significado político-militar del Manifiesto de Simacota”. En él, el ELN, reivindica la toma de esa población santandereana y le da una dimensión político-ideológica en el universo de un tipo de representaciones a través de las cuales va creando su propio imaginario revolucionario, dentro de un contexto social e histórico específico, que no solo busca explicar, sino transformar radicalmente.

El documento tiene varios aspectos de los que se podrán enumerar al menos tres, pues en ellos se encuentran las definiciones esenciales de la concepción políticomilitar del ELN, que en gran medida aún prevalecen:

Primero, declara inaugurada una modalidad de lucha revolucionaria, la lucha guerrillera, concebida como una guerra popular, en la que el pueblo, y en particular la Organización como vanguardia, decide confrontar a quienes “mediante el engaño, la traición y la explotación han sumido en la miseria y el abandono a los pobres de Colombia” (ELN, 7 de enero de 1965, Manifiesto de Simacota).

Segundo, define su objetivo estratégico, a la vez que señala el blanco político de sus acciones: la obtención del poder por las clases populares y la derrota de la oligarquía nacional, de las fuerzas armadas que la sostienen y de los intereses económicos, políticos y militares del imperialismo norteamericano.

Tercero, señala la vía política electoral como equivocada y propia de “los politiqueros profesionales que salen a engañar al pueblo y a pedirle votos para beneficiarse con ellos, mientras a los campesinos y obreros se les extiende la violencia” (ELN, 7 de enero 1965, Manifiesto de Simacota).

Esto significa que sobre el ELN pesa, en particular sobre sus bases, el principio del abstencionismo beligerante en el que se descarta cualquier salida política al problema de la violencia70.

El ELN nace a la vida política del país a través de un discurso radical, que se va afianzando con el tiempo y que se constituye en su elemento más cohesionador, pero a la vez, el que define con mayor agudeza el carácter de sus contradicciones internas; la verticalidad, cierto grado de mesianismo político, y las posturas fundamentalistas y vanguardistas se conjugaron en una práctica revolucionaria que en los primeros años habría de marcar profundamente el acontecer cotidiano de la vida guerrillera. De ahí que la lectura que está haciendo el ELN de la toma y del manifiesto de Simacota, no sea otra cosa que la maduración de un discurso en el que comienza a encontrarse en símbolos, significados y sentidos que definen su cultura política y su práctica revolucionaria en esos primeros años, pero que se constituirá en un presupuesto de saberes y sentires que permanecerán en el tiempo.

El ELN después de Simacota

En los días que siguieron a la toma de Simacota, la reacción de las fuerzas armadas no se hizo esperar; el hostigamiento militar al grupo obligó prácticamente a la realización de una nueva acción, llevada a cabo por los grupos de apoyo, que en la zona urbana de Barrancabermeja dirigía Juan de Dios Aguilera.

Pese a la distante y accidentada relación que mantenía la ciudad y el campo, dada la naturaleza diferente de sus tareas —la primera de tipo logístico y la segunda de crecimiento y expresión de tipo político-militar como guerrilla propiamente dicha—, el trabajo de aglutinamiento y politización se desarrollaba a distinto nivel en las más importantes ciudades del país.

El proceso de nucleación se fue produciendo en el interior de las organizaciones gremiales, principalmente obreras y estudiantiles en la ciudad y posteriormente de las organizaciones campesinas y populares. En esta medida, el ELN contó desde su comienzo con una importante red de trabajo de apoyo político y militar en la ciudad, que en algunas ocasiones se vio en la necesidad de realizar tareas militares para dispersar las acciones de las fuerzas militares concentradas en los puntos golpeados por la Organización.

Así, en Barrancabermeja, que era la puerta de entrada a la zona de implantación, existía desde muy temprano una red urbana que se constituyó en requisito esencial para que el proyecto pudiese sostenerse, pero igual la había en Bucaramanga, Bogotá, Cali, Medellín y otras ciudades del país.

El 5 de febrero de 1965, el ELN se toma la población de Papayal en el departamento de Santander, con un primer objetivo: el de dividir la acción de las fuerzas armadas y llamar la atención de estas sobre esa región. La Dirección del ELN le encomienda al grupo de Barrancabermeja la realización de esta toma. Estudiadas sus posibilidades su ejecución, se escoge el sitio de Papayal, al que se podía llegar rápidamente por carretera, se reunió un grupo de campesinos conocedores de la región y junto con un colectivo de militantes urbanos, sin mayor armamento, se impartió la orden de tomarse el puesto de policía. Esta acción tiene dos particularidades importantes a resaltar: primero, quienes la llevaron a cabo no tenían ni los recursos, ni la capacitación, ni la experiencia suficiente para hacer este tipo de trabajo; lo hacían forzados por las circunstancias y necesidades del grupo que se había tomado Simacota. Segundo, lo que se ponía allí de presente era la disposición alcanzada por los integrantes del ELN para cumplir con las orientaciones, sin temer las dimensiones del riesgo. Así, la acción de Papayal, se presentaba como una misión suicida, pues, por una parte, algunos de los participantes desconocían por completo la zona y, por otra, el armamento era precario y el número de combatientes en disposición de cumplir la orden era mínimo. Todos carecían de experiencia combativa y era la primera acción militar de ese tipo que realizaban.

La acción estuvo a cargo de cinco militantes de la Organización, coordinada y dirigida por Julio Portocarrero, un estudiante residente en Bogotá, a quien se le asignó esa responsabilidad. Los demás miembros del comando fueron “Ricardo Lara Parada, Heriberto Espitia, José Antonio Rico Valero y Rodolfo León. Armados con un fusil calibre 30, una ametralladora fabricada en San Vicente de Chucurí, una carabina calibre 22 y cuatro revólveres, dieron muerte al inspector y a tres agentes de policía y recuperaron su armamento” (Arenas, 1971, p. 53).

Motivados por el triunfalismo de las dos primeras acciones, el Estado Mayor del ELN no realiza una reflexión colectiva y crítica de estas, dadas las particularidades operativas en que fueron realizadas y las consecuencias que de ellas se derivaron: la muerte de Pedro Gordillo, la deserción de Samuel Martínez y Manuel Muñoz, la delación y captura de guerrilleros, y el hostigamiento a las bases campesinas, debían haber generado una lectura crítica de ese primer accionar (Entrevista a Nicolás Rodríguez, 1992-3).

Después de Simacota y Papayal, las identidades de Fabio Vásquez y Víctor Medina Morón quedan al descubierto. Desde entonces se inicia una movilización de gente buscando al ELN por el impacto que provocaron las acciones, pero, sobre todo, por la ola guevarista y guerrillera que recorría toda América Latina y llevaba a los jóvenes a asumir el compromiso de la lucha revolucionaria como una necesidad de existir, en el contexto de una década que los convocaba románticamente a la revolución. La aparición del ELN, en gran medida, ofrecía la posibilidad de concretar ese romanticismo.

La lectura que realiza la Organización sobre las acciones ejecutadas estaba más cerca de los principios y los imaginarios de la revolución que de la realidad. La atmósfera que respiraba el grupo era la de estar cumpliendo, y el punto de vista que fue estructurando tenía la particularidad de aumentar su autoestima, elevar su moral y mantener su disposición para el trabajo (Entrevista a Nicolás Rodríguez, 1992-3).

Simacota se convertía en ese tipo de símbolo necesario para que el imaginario revolucionario comenzara a coger la carne de la historia; era algo real de que hablar, algo que mostrar, para ofrecer un discurso que convocara el interés de la comunidad y la sociedad en su conjunto hacia el proyecto armado, discurso que además había que construir desde las particularidades de la nación y desde las posibilidades intelectuales del grupo para comprender e interpretar su realidad.

Hasta entonces lo único que se conocía era el manifiesto de Simacota, el cual por las características ya señaladas no llenaba las expectativas de los sectores sociales y núcleos de intelectuales y obreros. Estos, dado su particular desarrollo político, exhortaban a la Organización a tener una mayor concreción en sus objetivos y propuestas, en particular, el sindicalismo independiente, la Federación Universitaria Nacional, sectores de intelectuales de izquierda y el movimiento de los trabajadores petroleros.

Los principios programáticos del ELN

En marzo de 1965, la dirección del ELN encomienda a Jaime Arenas la redacción de un documento que sentara las bases políticas de la Organización, despejara las dudas que pudieran existir acerca de sus propósitos fundamentales y sirviera como propuesta y convocatoria a vincularse a la lucha revolucionaria a los sectores sociales que el ELN consideraba fundamentales para el proceso. Elaborado el documento fue adoptado como programa oficial del ELN y publicado con las firmas de Fabio Vásquez Castaño y Víctor Medina Morón.

En él, se plantea el surgimiento del ELN, como un brazo armado del pueblo, que tiene como finalidad liberarlo de la explotación, tomarse el poder y establecer un sistema social acorde con el desarrollo del país. Determina como enemigos fundamentales a la oligarquía y al imperialismo, desecha la vía pacífica para las transformaciones sociales y políticas y, propone la lucha armada como una guerra del pueblo para establecer un gobierno popular y democrático de liberación nacional.

Conforme a lo anterior, se define como una organización político-militar, cuyo objetivo estratégico es la toma del poder para el pueblo, y la creación de un frente democrático y revolucionario de obreros, campesinos, intelectuales de avanzada, estudiantes y sectores progresistas de las capas medias afectadas por el sistema.

El ELN define su programa básico en doce puntos en los que aborda el contenido político, social, cultural, económico y militar de su propuesta.

En primer lugar, se plantea la toma del poder por las clases populares como requisito básico para la formación de un gobierno democrático y popular que libere al país de los monopolios internacionales y de la oligarquía criolla, garantice la plena igualdad social del pueblo, otorgue libertades democráticas a los sectores populares, conceda a la mujer sus derechos y garantice el respeto a la dignidad humana y el libre desarrollo de los colombianos.

En segundo lugar, se plantea una revolución agraria que elimine el latifundio, el minifundio y el monocultivo; realice una distribución justa y un acompañamiento técnico a los campesinos que la trabajan; otorgue créditos e insumos de trabajo a los agricultores, impulse la mecanización de la agricultura y su tecnificación; que cree mecanismos adecuados de distribución de la producción de alimentos que elimine los intermediarios, la especulación y el acaparamiento, asegure la asistencia médica y educacional a los campesinos, así como el desarrollo del sistema de riego, de electrificación de vivienda y de vías de comunicación. Plantea la confiscación de latifundios y propiedades de grandes compañías extranjeras, y de los terratenientes y latifundistas nacionales, asegurando respetar las propiedades que benefician positivamente la economía nacional. Define fomentar la creación de cooperativas de producción, distribución y consumo, y de granjas estatales, mediante la planificación de la producción agropecuaria que diversifique los cultivos y desarrolle la ganadería.

En tercer lugar, se plantea el desarrollo económico e industrial mediante una política proteccionista de la industria nacional, el impulso de la industria semipesada y la confiscación de los intereses extranjeros y de las oligarquías nacionales. Define como política central del desarrollo económico la protección y el impulso a los pequeños industriales y comerciantes no especuladores, la diversificación de la industria y el desarrollo de una economía independiente, basada en los propios esfuerzos y recursos con que cuenta el país, que mediante la planeación científica garantice el pleno empleo de la mano de obra.

Igualmente, el ELN, se plantea, desde sus orígenes, la nacionalización del subsuelo y su adecuada explotación en beneficio de la economía nacional; la elaboración y realización de un plan de electrificación, de irrigación y de aprovechamiento de los recursos hídricos del país. A nivel de la actividad comercial abierta, establece como orientación el intercambio con todos los países del mundo, sin ninguna otra consideración que el interés colectivo y el beneficio del pueblo.

En cuarto lugar, el ELN define como uno de los fundamentos de su programa la realización de una reforma urbana y un plan de vivienda, que garantice un hogar higiénico y adecuado a los trabajadores de la ciudad y del campo, y elimine las prácticas de arrendamiento de los casatenientes. Establece la erradicación de los tugurios, en la ciudad y en el campo.

Como quinto punto, propone la creación de un sistema popular de crédito que elimine a los usureros y a los agiotistas, y fomente el desarrollo económico, industrial agropecuario y comercial de tal manera que favorezca el nivel de vida de los colombianos.

El sexto punto, toma en consideración la Organización de un plan nacional de salud pública que haga posible la asistencia médica, farmacéutica y hospitalaria a todos los sectores de la población sin gravar su economía, el desarrollo de la medicina preventiva y la lucha contra las enfermedades endémicas. Se propone la creación de puestos de salud y hospitales en ciudades y campos, así como una eficaz protección a la niñez y a los ancianos. Propone la creación de un organismo centralizado que se encargue de proyectar y realizar los programas de salud pública y, la reglamentación del seguro social para que responda adecuadamente a las necesidades de la población.

Como séptimo punto, fija la elaboración de un plan vial que sirva para articular a la economía nacional y preste un servicio eficiente a las regiones densamente pobladas, o con posibilidades de desarrollo económico. Considera necesario la apertura de vías de comunicación en las zonas agrícolas y ganaderas de gran potencial económico marginadas del desarrollo global. Propone la organización estatal del transporte, y la fijación de tarifas técnicamente estipuladas por los organismos del Estado.

Al referirse a la educación, en su punto octavo, propone una reforma que elimine el analfabetismo, promueva la construcción de instituciones escolares rurales y urbanas, y la formación de maestros competentes. Concibe la educación obligatoria y gratuita; plantea una reforma a los programas de estudio para adecuarlos a las necesidades del país, y en consonancia con la ciencia moderna; la vinculación con la realidad nacional e internacional y la elaboración del nivel técnico de los trabajadores; proyecta la nacionalización de la enseñanza a todos los niveles, buscando que esta cumpla una función social y esté a tono con los avances científicos, tenga el pueblo acceso a ella, se elimine el oscurantismo y el dogmatismo de las cátedras, y pueda desempeñar el papel de vanguardia intelectual y cultural de los trabajadores.

Plantea la creación de una academia nacional de ciencias, que sirva al desarrollo de la investigación científica la cual debe ser impulsada en los centros de enseñanza superiores. Asimismo, considera necesario la creación de residencias y comedores estudiantiles y el otorgamiento de numerosas becas, al igual que la ampliación de las redes de bibliotecas públicas y la dotación de los establecimientos educativos de los materiales académicos, y docentes necesarios para que su labor sea eficiente y de calidad. Concibe entre las preocupaciones de la educación el fomento y estímulo del deporte y la cultura física.

Por último, señala que el Estado se preocupará por la defensa, difusión y desarrollo de la cultura nacional, del arte popular y folclórico y la protección de escritores y artistas nacionales. En este mismo sentido señala la obligatoriedad de divulgar con amplitud todas las manifestaciones artísticas que revistan formas populares y democráticas de otros pueblos.

El programa también asume posición frente a la cultura y manifestaciones de existencia social, política y económica de las minorías nacionales. En esta medida un nuevo punto plantea la incorporación a la economía y a la cultura de la población indígena, respetando sus costumbres, tierras, lenguas y tradiciones y desarrollando su vida cultural. Es decir, el otorgamiento de la totalidad de sus derechos de colombianos a la población indígena.

El programa, en el décimo punto, define la relación Estado-Iglesia, garantiza la libertad de pensamiento y cultos, convoca a la necesaria separación del poder político del poder religioso. En el mismo sentido, de la libertad de cultos, propugna por la eliminación de todo tipo de discriminación por raza, género, creencia religiosa y origen social.

En relación con el manejo de la política exterior, el ELN defiende la independencia absoluta de los Estados, la libre autodeterminación de los pueblos y la no intervención de un Estado en los asuntos internos de otro. En esta medida se opone a toda forma de opresión, de dominación imperialista, colonialista o neocolonialista; se propone la defensa de la paz mundial y la solidaridad con los pueblos que luchan por su liberación e independencia nacional. Para el ELN, la soberanía se constituye en fundamento de su lucha de liberación y en ese sentido se plantea la necesaria anulación de todo compromiso, misión o ayuda que la condicione y deteriore. Para la Organización el establecimiento de relaciones diplomáticas, culturales y comerciales con todos los países del mundo debe darse sobre la base del principio de mutuo respeto.

Por último el ELN se plantea la formación de un Ejército popular permanente, técnicamente dotado y disciplinado, que garantice las conquistas populares, defienda la soberanía nacional y sea el más firme apoyo del pueblo para defender su proyecto de sociedad y Estado revolucionario (ELN, 1972, Principios programáticos del ELN, Compendio)71.

Nótese que el programa concebido tiene en lo fundamental un carácter democrático-popular y que en él no aparece un énfasis de tipo socialista. Se trata básicamente de una aproximación a condiciones específicas del desarrollo del país en niveles de dependencia que lleva a pensar en la construcción de una vía de transición para un momento en que se caracteriza la sociedad colombiana a través de variables tales como la miseria, el hambre, el analfabetismo, el desempleo, la falta de vivienda y “todo lo que sea el fruto de la injusticia social de un sistema caduco y oprobioso: el capitalismo imperialista”.

Es un discurso que intuye situaciones problemáticas de orden sociológico y político, y formula salidas globales en términos fundamentalmente ideológicos. De ahí que lo esencial es que reafirma el carácter antiimperialista y antioligárquico del ELN, hace énfasis en la lucha armada como “vía para la toma del poder”, se propone la construcción de un frente democrático revolucionario policlasista con el fin de establecer un gobierno popular y democrático de liberación nacional que impulse un programa administrativo que cobija aspectos centrales del desarrollo económico, social, político, cultural y militar, enunciados en unos puntos sobre la base de generalidades. Aun cuando representa un avance en relación con el Manifiesto de Simacota, en lo fundamental se reafirma en lo ya dicho.

Muchas de las propuestas del programa se fueron materializando en la práctica como consecuencia de las lógicas del mismo desarrollo capitalista. Desde luego, no con el mismo enfoque y desde la misma concepción política que lo proponía el ELN, pero, sí como resultado del inevitable proceso de desarrollo y crecimiento del país en los años posteriores y de los conflictos sociales que fueron madurando y desarrollándose en su interior (Entrevista a Nicolás Rodríguez, 1992-3). Estos enunciados programáticos alimentaron la lucha del ELN hasta la realización de la primera Asamblea Nacional de la Organización promediando la década de los ochenta.

Balance general de los orígenes del ELN

La lectura que hemos hecho sobre los orígenes del ELN nos coloca frente a una oferta de posibilidades analíticas que resulta importante abordar de manera puntual. Esto con el propósito esencial de comprender el comportamiento de la Organización en el tiempo y establecer los fundamentos de una cultura política, que la une a sus propósitos estratégicos y la diferencia de otras organizaciones, en la manera de implementar sus procesos tácticos y comportarse frente a la realidad del país, y frente a ellas mismas como actores sociales, políticos y armados.

Comencemos afirmando que el ELN busca sus anclajes históricos en las luchas de resistencia comunera del siglo XVIII y las guerras de independencia del siglo XIX. Se remonta en las razones reivindicativas de su lucha social y política a los procesos de los años veinte y establece sus causalidades inmediatas en los procesos de violencia de los años cincuenta y las alianzas excluyentes del Frente Nacional.

De ese fundamento histórico, toma en consideración los imaginarios reivindicativos básicos que definen su cultura política, en torno a las luchas de independencia y liberación nacional, a la defensa de la soberanía y la libre autodeterminación de los pueblos, a la lucha por el mejoramiento significativo de las condiciones laborales y de calidad de vida de los trabajadores del campo y la ciudad. Se inscriben en la lucha por la tierra y en la necesidad de una reforma agraria que democratice su propiedad y favorezca los procesos productivos agrarios de los campesinos pobres, hasta llegar a los enunciados discursivos que reivindican la transformación revolucionaria de la sociedad y el Estado y la construcción del socialismo.

La Organización establece sus antecedentes mediatos en el contexto de las luchas sociales y políticas que se desarrollan en el país desde comienzos de la tercera década del siglo veinte. Tales luchas que giran en lo esencial en torno a los procesos de desarrollo capitalista del país, a las transformaciones del sector agrario en el marco de una economía exportadora y, a la lucha que se derivan del surgimientos de nuevos sectores y clases sociales que reivindican para sí derechos fundamentales a través de distintas formas de organización y confrontación al Estado y a la clase empresarial y terrateniente.

El ELN ubica sus antecedentes inmediatos en las dinámicas de evolución de la violencia bipartidista y de la manera como la confrontación se desarrolló mediante la lucha armada, a través de las guerrillas liberales y posteriormente en las alianzas bipartidistas del Frente Nacional. En este sentido, el ELN es consecuencia del régimen de exclusión de la alianza bipartidista y se constituye como la primera generación de hijos de la Violencia, recibe la influencia de la Revolución cubana y desarrolla inicialmente un modelo de confrontación al Estado inscrito en la teoría del foco insurreccional. De esta forma, el ELN surge del fervor revolucionario de los jóvenes comunistas y liberales impactados por el proceso revolucionario cubano, en un contexto de exclusión política que los justifica.

La Organización une en sus imaginarios de origen, el pensamiento liberal y el comunista, se nutre de los jóvenes del Partido Comunista que han sido impactados por la Revolución cubana, de las juventudes del Movimiento Revolucionario Liberal, así como de miembros de experiencias políticas y armadas que no lograron trascender como el Movimiento Obrero, Estudiantil y Campesino (MOEC) de convicciones de izquierda. Se asienta en sus orígenes en territorios de influencia comunista y de la guerrilla liberal de Rafael Rangel en Santander, incorporando a la Organización viejos guerrilleros liberales y militantes del Partido Comunista Colombiano.

La Organización surge en el contexto de procesos de colonización agraria y ampliación de la frontera agrícola, su base social es predominantemente campesina, lo que hace que las reivindicaciones y la cultura campesinas pronto se instauren en sus imaginarios y en su forma de percibir la lucha revolucionaria. Los procesos sociales y políticos, las formas de ver el mundo, el tiempo y las relaciones de construcción de las organizaciones son cooptadas por las costumbres campesinas, donde las relaciones de parentesco, compadrazgo y vecindad son la base esencial del crecimiento, la unidad y la seguridad de la Organización. En esa relación surgen las diferencias entre el campo y la ciudad, entre campesinos y citadinos, entre militantes e intelectuales.

Desde sus orígenes, el ELN surge con una dirigencia de origen urbano e intelectual y una base guerrillera campesina, que rápidamente va imponer sus lógicas de comportamiento cultural y someterá a ella a sus dirigentes. La Organización está compuesta, en sus orígenes, esencialmente de base social campesina, y sus reivindicaciones políticas fundamentales están unidas a la lucha por la tierra en su primera generación de reivindicaciones programáticas72.

El ELN surge en torno a un mito fundacional que se construye desde referentes de sentido distinto, según la percepción que la Organización tiene de las razones de sus orígenes. El ELN construye su propio mito, como parte del compromiso de la juventud con las transformaciones revolucionarias de la sociedad; no es la respuesta a una declaración de guerra institucional, como en el caso de las FARC, sino que es la Organización la que desde una concepción de guerra insurreccional le declara la guerra al Estado a través de una acción militar: la toma de Simacota. Así, Marquetalia y Simacota constituyen los mitos fundacionales de las dos organizaciones.

En torno a este mito, la Organización levanta sus propios héroes (Bolívar, José Antonio Galán, por ejemplo), definen los personajes que constituyen sus referentes de autoridad (Fabio Vásquez Castaño, Camilo Torres Restrepo) y va estableciendo sus listas de mártires (Jorge Gordillo, Parmenio). En relación con ellos y con su ejemplo van construyendo los símbolos, significados y sentidos que definen su cultura política, sus formas de comportarse y de actuar, de constituirse en sujetos y actores sociales y políticos, elementos que les dan identidad y los van diferenciando uno del otro.

El ELN desde el comienzo, en desarrollo de la concepción del foco insurreccional, unió de manera indisoluble lo político y lo militar, y no creó ningún organismo que mediara las relaciones políticas con la población, teniendo en consideración la premisa, que terminó convertida en principio, de que el ELN se constituía como una organización político-militar y como guerrilla debía generar y canalizar la conciencia de la población con su accionar, sin el requerimiento de ningún partido político73. El ELN mantuvo la concepción foquista de la inutilidad de la organización partidista, pese a que en el discurso reconoce que este tiene que jugar un papel determinante una vez se haya producido el triunfo revolucionario, con el paso de los años y sus giros políticos y estratégicos, el concepto de Organización Política de Masas (OPM) adquirirá una mayor importancia en la Organización y será el centro de sus preocupaciones organizativas en el campo de la acción política.

El ELN estructuró un programa de lucha que funciona como un plan de reivindicaciones básicas, más que como una propuesta de transformación revolucionaria de la sociedad y el Estado. Ese programa era y sigue siendo, en general, de naturaleza democrática y susceptible de desarrollarse en el marco de un gobierno de principios liberales. En lo esencial el programa se plantea, en sus orígenes, la lucha por una reforma agraria democrática y por la satisfacción de los derechos fundamentales de la población en materia de educación, salud, trabajo, vivienda, seguridad, ciudadanía, democracia; muchas de esas reivindicaciones se fueron materializando en la medida en que el país se fue desarrollando.

No obstante lo anterior, es importante señalar que esos programas corresponden a las condiciones particulares de la lucha revolucionaria, en el contexto de una sociedad que está dejando de ser rural para ser urbana, de ser agraria para ser industrial, y que tales programas se irán transformando en la medida que lo hacen los conflictos a través de los cuales se desarrolla el país.

El discurso antiimperialista de la Organización, se reduce a un anticapitalismo formal y a la reivindicación de los principios liberales de la soberanía nacional y la libre autodeterminación de los pueblos. Está inscrito en el discurso que mueve el espíritu revolucionario de la época: las luchas anticoloniales y de liberación nacional (contra el imperialismo) y social (contra las clases dominantes, todavía caracterizadas como oligarquía liberal conservadora); la Organización se irá colocando en el horizonte de realizaciones revolucionarias la construcción del socialismo.

La Organización surge en el contexto de la Guerra Fría y en el marco del impulso de la doctrina de la seguridad nacional (DNS), y recibe el impacto de los planes y estrategias contrainsurgentes, tanto el Plan Laso (Lazo)74 como la Alianza para el Progreso.

En general, el periodo de 1959 a 1966 es una fase de configuración de la Organización, de definición de sus razones de lucha, estructuración de programas y de aprendizajes organizativos y militares. Es una etapa de supervivencia y proyección política en la que se irán definiendo el carácter y temperamento de esta Organización, desde sus propias experiencias de vida.


JAIME ARENAS REYES Y CAMILO TORRES RESTREPO


CAMILO TORRES RESTREPO EN LAS FILAS DEL ELN

CAPÍTULO 2.
REVESES POLÍTICOS Y MILITARES (1965-1974)

El periodo comprendido entre 1965 y 1974 es para el ELN una época de desarrollos organizativos y políticos, reveses militares y crisis político-organizativas recurrentes. Para el caso de esta Organización, su historia se desarrolla en relación con la aparición de Camilo Torres Restrepo y el Frente Unido; la incorporación de Camilo a la guerrilla y su muerte en combate; los proyectos de crecimiento orgánico y los fundamentos políticos y militares que guiarán la Organización; la incidencia del ELN en las organizaciones gremiales existentes en la época, en particular la Federación Universitaria Nacional (FUN), la Asociación Universitaria de Estudiantes Santandereanos (Audesa), la Unión Sindical Obrera (USO), la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) y el grupo de sacerdotes de “Golconda”.

Es un periodo en el que se toman en consideración los énfasis en las prácticas militares y las contradicciones políticas surgidas en el interior del ELN, que condujeron a los fusilamientos de Víctor Medina Morón, Julio César Cortés, Heliodoro Ochoa, Juan de Dios Aguilera, para citar solo algunas de las ejecuciones que se llevaron a cabo durante este periodo. Se toma también como objeto de reflexión las relaciones del ELN con la base campesina y con otras organizaciones político-militares en el campo, las asambleas guerrilleras y algunos de los más nombrados consejos verbales de guerra.

Se lleva a cabo la Operación Anorí, como la acción militar envolvente de mayor capacidad de aniquilamiento desarrollado por el ejército, en un periodo en que empezaba a poner en práctica nuevos tácticas de lucha contrainsurgente.

El ELN creciendo en medio de conflictos

A lo largo de 1965, el ELN se constituyó poco a poco en una de las organizaciones guerrilleras con algún grado de resonancia. Estableció nuevas redes logísticas y comenzó a canalizar las simpatías que despertaba, aunque su crecimiento fue lento y atravesó grandes dificultades. Sin embargo, lograron la incorporación de nuevos militantes y el aumento del número de simpatizantes y colaboradores, lo que en términos logísticos significó una mayor obtención de víveres, ropas, drogas, municiones, armas y capacidad operativa.

A medida que transcurrían los meses, se iba fortaleciendo la mística guerrillera, se ganaba confianza en la población campesina e iba surgiendo la necesidad de dividir el frente en comisiones que realizaran labor política, conversaran con el campesinado y fueran ampliando la zona de influencia.

A la par del trabajo político, el ELN buscó imprimirle a la lucha la dinámica de la guerra de guerrillas, desarrollando la concepción del foco. A pesar de la deficiencia del armamento, la escasez de munición, la falta de recursos técnicos, la inexperiencia en el combate y el relativo conocimiento de las zonas donde operaba, el grupo guerrillero procuró buscar al Ejército, hostigarlo, emboscarlo y obtener en ello el mayor provecho material y político posible.

A finales de 1965, una comisión al mando de Víctor Medina Morón salió con el fin de realizar en la región trabajo político, conversar con los campesinos e ir ampliando la zona de influencia. Durante este periodo preparó y realizó una emboscada sobre la carretera que de San Vicente conduce a Barrancabermeja, en un punto denominado Cruz de Mayo en jurisdicción de Yarima. La emboscada se realizó el 15 de agosto; en ella perdieron la vida cuatro soldados y un guerrillero (Hernán Moreno), y quedó herido en la garganta de gravedad José Solano Sepúlveda, quien fue trasladado a la ciudad donde se recuperó para reintegrarse nuevamente a la guerrilla.

En este mismo mes, salió Ricardo Lara Parada con una comisión con el fin de ubicar más hacia el noroeste del departamento de Santander una región donde, después de un trabajo político con la población, pudiera concretarse la creación de un nuevo frente guerrillero.

El segundo semestre de 1965, fue particularmente accidentado para el ELN: errores operativos, fracasos y muerte de militantes en combate, heridos, detenidos y pérdida de documentos y correspondencia, acarreó a la Organización graves problemas durante esta época: entre el 9 y el 23 de agosto, fueron detenidos por el Ejército colaboradores y miembros de la red urbana, decomisándoseles importante correspondencia. Fue relevante para los organismos militares la captura de José Dolacio Durán Nova, quien servía de correo entre la ciudad y el campo, entre las redes urbanas y la dirección del ELN, pues a través de los documentos que se le incautaron comenzó a confirmarse la relación del sacerdote Camilo Torres Restrepo con la Organización guerrillera.

Camilo Torres Restrepo: del Frente Unido al ELN

Un capítulo importante en la historia del ELN lo constituye la vinculación del sacerdote Camilo Torres Restrepo a la organización guerrillera. Las acciones de Simacota y Papayal habían despertado en Camilo cierta simpatía por esta Organización. El ELN aparecía en la vida política nacional señalando como vía de acceso al poder la lucha armada, en momentos en que él empezaba a definir su posición política y a comprometerse en la construcción de un movimiento de unidad popular, en que tuviesen cabida los militantes de las organizaciones políticas existentes en ese periodo de la historia de Colombia, pero sobre todo, los inconformes con las condiciones sociales y políticas del país que por no militar en ninguna organización él llamaba los “no alineados”, que en la práctica, no eran otra cosa que los sin partido.

Las condiciones en que Camilo fue levantando el movimiento que habría de constituirse en el Frente Unido, estuvieron rodeadas de dificultades permanentes; en el corto plazo de cuatro meses maduró su pensamiento político unitario, se definieron sus puntos de vista y su práctica social transformadora. No obstante, la confrontación permanente con las jerarquías de la Iglesia, la ofensiva de la prensa, la actitud de los intelectuales, de los partidos de izquierda y de sus militantes, fueron tornando prácticamente imposible el ideal camilista de la unidad popular y fueron conduciendo al sacerdote revolucionario, poco a poco, unas veces por voluntad propia, otras por el orden y gravedad de los acontecimientos, a su vinculación definitiva a la guerrilla del ELN.

Desde finales de 1964, Camilo se había propuesto construir una plataforma de unidad, sobre la base de su propio estudio de la realidad colombiana, que le permitiera dar impulso a un movimiento político capaz de imprimirle al país una dinámica distinta y conducir a los sectores populares al ejercicio del poder. Con este propósito central, Camilo se reunió con dirigentes políticos y gremiales progresistas, intelectuales y profesionales inconformes, para proponerles la elaboración de un estudio riguroso sobre los más apremiantes problemas nacionales que sirvieran de soporte científico a la propuesta unitaria.

A pesar de que las comisiones de trabajo se establecieron y se estuvo de acuerdo en la necesidad de este, febrero de 1965 llegó sin que se concretaran los informes. Camilo decide entonces darse a la labor de estructurar un material de trabajo, a manera de plataforma, con el objeto de que se constituyera en el punto de partida de una discusión que arrojara como resultado una reacción general de los comprometidos a través de la cual se fuera depurando un conjunto de ideas capaces de convocar la unidad nacional. Terminado el documento, Camilo lo da a conocer a los dirigentes y activistas políticos con los que mantenía relaciones, despertando efectivamente con su lectura las más disímiles reacciones; desde los que lo consideraban demasiado inconsistente, hasta aquellos que lo veían como una propuesta extremista. El documento fue adquiriendo en medio de la discusión nuevos elementos, pero lejos de constituirse en una declaración más amplia se hizo más beligerante y radical.

El 12 de marzo de 1965, Camilo dio a conocer en la ciudad de Medellín la que se constituyó como la plataforma del Frente Unido, después de asistir a una conferencia a la que había sido invitado por el Comité de Juventudes Conservadoras. El pronunciamiento público de Camilo generó la reacción de sectores de ese partido, en particular del representante de la junta directiva de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP) —de la que Camilo hacía parte como maestro y decano—, quien lo acusaba de participar en política. Esta sería la primera de una serie de reacciones que desencadenaría la dinámica que comenzó a generarse cuando la plataforma se fue conociendo a nivel nacional y se vertió sobre ella un importante respaldo de organizaciones sindicales, estudiantiles y comunales.

Pronto la situación de conflicto con la jerarquía de la Iglesia, personificada en el cardenal Luis Concha Córdoba, se agudizó con la posición asumida por las directivas de la ESAP, que consideraban necesario el retiro de Camilo de las cátedras de la institución. Esta situación se hizo aparecer como una decisión interna de la Iglesia en la que prevalecía la voluntad del cardenal para que Camilo presentara renuncia a la ESAP y se dedicara a las funciones propias de su condición de clérigo. Camilo se vio cercado por unas condiciones laborales y económicas que no le ofrecían otra posibilidad que solicitar permiso para viajar a Lovaina como becario de la ESAP a obtener su doctorado en sociología75.

La situación política y la dinámica que articulaba el nuevo movimiento propuesto por Camilo no andaba muy bien. Pese a la acogida que la plataforma estaba tomando entre los sectores de base, los cuadros políticos y movimientos de izquierda (la misma dirección de estos), estaban enfrascados en acaloradas discusiones sobre el contenido ideológico de la plataforma, creando desde antes de su nacimiento las fisuras indispensables para que el nuevo organismo se deshiciera como propósito de unidad popular. Camilo perseveraba en sus propuestas, pero fue adquiriendo conciencia en la práctica de que la unidad del movimiento popular revolucionario requería mucho más que buena voluntad.

Las acciones realizadas por la naciente guerrilla del ELN lo colocaban en la perspectiva de relacionarse con un grupo del que hasta el momento era poco lo que se sabía y cuyas manifestaciones de vida se dejaban sentir muy de vez en cuando. Su curiosidad por el grupo, lejos de ser alimentada con nuevas acciones, se desvanecía en un silencio de meses. El ELN por su parte se mantenía informado del trabajo político y del avance del movimiento propuesto por Camilo, seguía de cerca a través de los militantes y simpatizantes de las redes urbanas los acontecimientos políticos, los debates y las decisiones que se tomaban en torno a Camilo y el Frente Unido. El conocimiento público de la determinación de Camilo de viajar a Lovaina a doctorarse en filosofía, inquietó a los miembros de la organización guerrillera que hacían parte del movimiento estudiantil y bajo cuya vigilancia se encontraba el sacerdote.

Notificada la dirección del ELN del interés de Camilo de ausentarse del país en viaje de estudios, esta dio orden de que fuese abordado por sus militantes y se estableciera con él una relación directa, sin otro propósito que el de canalizar para el ELN el trabajo político que el sacerdote estaba realizando. Mientras Camilo cumplía con los compromisos que había adquirido a nivel nacional, dictando cursos y conferencias, los directivos de la Federación Universitaria Nacional, preparaban para él un homenaje de despedida.

Mayo de 1965 fue un mes agitado para el movimiento de izquierda; la invasión a Santo Domingo por los marines norteamericanos generó una ola de protesta, cuyo principal centro de acción fueron las universidades. La Universidad de Antioquia, duramente reprimida por el gobierno de Guillermo León Valencia, despertó la solidaridad de las demás universidades del país y del movimiento estudiantil agrupado en la FUN. La muerte del estudiante Jorge Useche el 20 de mayo generó una explosión de protestas que llevó al Gobierno nacional a declarar estado de sitio un día antes de que la FUN, que tenía como presidente a Galo Burbano, militante del ELN, realizara el reconocimiento a Camilo.

En medio de una atmósfera de dolor y bajo el peso del estado de sitio, se llevó a cabo el 22 de mayo en los predios de la Universidad Nacional el homenaje a Camilo programado por la FUN. Camilo hizo en su discurso énfasis en la necesidad de la unidad y en las características que estaba asumiendo la lucha revolucionaria en Colombia en ese momento, haciendo un particular énfasis en la necesidad de la unidad revolucionaria por encima de las ideologías y los grupos76.

Ese mismo día Camilo fue abordado por los dirigentes de la FUN, integrantes del ELN, quienes le dieron a conocer el estado de la Organización, sus propuestas y acordaron con él una entrevista con los dirigentes del grupo guerrillero. Camilo asumió entonces su primer nombre de guerra: Alfredo Castro, y se enteró por medio del grupo que el seudónimo del entonces jefe del ELN, Fabio Vásquez Castaño, era Helio.

Camilo aplaza su viaje a Lovaina y continúa su acción proselitista dictando conferencias en universidades y sindicatos. Las relaciones con la Iglesia se deterioran cada vez más y el 18 de junio se produce un pronunciamiento del cardenal Concha en el que señala que es obligación de la Iglesia decirle a los católicos que el padre Camilo Torres se ha apartado conscientemente de las doctrinas y orientaciones de la Iglesia católica, preconiza una acción violenta y que sus actividades son incompatibles con su carácter sacerdotal y con el hábito que viste. Las explicaciones solicitadas sobre la peligrosidad de su plataforma, por el cardenal Concha, fueron contestadas por Camilo Torres Restrepo con los argumentos de las encíclicas papales de Vaticano II y las formulaciones teológicas de los teóricos eclesiásticos. Esto fue tornando la comunicación cada vez más difícil y llevando las decisiones de Camilo a su separación definitiva de la Iglesia y su reducción al estado laico, el cual solicita el 24 de junio, por medio de una pequeña nota dirigida al cardenal (Broderick, 1977). Entre el 25 y el 27 de junio, Camilo recibe respuesta a su solicitud y oficia su última misa en la iglesia colonial de San Diego. A partir de entonces inicia su vida al margen de las funciones sacerdotales.

A través de los medios de comunicación Camilo trata de explicar a la opinión pública las razones de su trascendental determinación. En el discurso, Camilo refleja su espíritu mesiánico; más allá de la institución eclesiástica, está su compromiso con el prójimo y su forma particular de entender el ejercicio de la fe cristiana, la que lo lleva, como a su “maestro”, hasta las últimas consecuencias.

Camilo viaja al Perú invitado por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y la Universidad Nacional Agraria La Molina, a dictar conferencias sobre el desarrollo de la comunidad. Allí, entrevistado por la prensa, da a conocer la plataforma del Frente Unido y se contagia del entusiasmo de los sectores estudiantiles y obreros del Perú en los que ha tenido una particular acogida su discurso. Mientras Camilo realiza la gira por el Perú, los miembros del ELN consideran conveniente concretar las relaciones de este con la Organización, para ello establecen los mecanismos y enlaces necesarios que han de posibilitar la reunión de Camilo con el Estado Mayor del ELN.

El 3 de julio, Camilo regresa a Bogotá, y se encuentra con una recepción que lo conduce en caravana desde el aeropuerto hasta las instalaciones de la Universidad Nacional. Allí ratifica su compromiso con la lucha de los colombianos y hace la promesa de no volver a salir del país hasta que la lucha revolucionaria triunfe y el pueblo esté en el poder. Este pronunciamiento trasluce la concepción cortoplacista que Camilo tiene del proceso y que en general respiraba la época, que veía el triunfo de la revolución al término de algunos años. Ese mismo día, la red urbana del ELN le informa a Camilo la intención del Estado Mayor, de entrevistarse con él en una apartada región de Santander, y de la necesidad de que esa misma noche emprenda el viaje. Camilo, en compañía de Galo Burbano viaja a Bucaramanga, donde es recibido por José Martínez Quiroz, guerrillero del ELN, recién graduado de abogado en la Universidad Nacional de Colombia y continúa su viaje hasta San Vicente, entrando en contacto con un enlace campesino que lo conduce a la cita con la dirección del ELN.

Con la intención de economizar tiempo, y en caso de que la cita no se pudiera concretar por alguna razón, Camilo le escribe una carta a Fabio Vásquez en la que le expone sus puntos de vista sobre el momento político y el papel que él, el Frente Unido y el ELN están llamados a jugar para el triunfo de la revolución. En la carta se plantea la coordinación entre el trabajo legal y clandestino, considera que debe permanecer en el trabajo amplio, concientizando a la población y organizando redes de apoyo; concibe necesario la difusión de la plataforma del FU a través de un periódico de amplia circulación. Hace una lectura optimista de la “situación revolucionaria” del momento, asegurando que no puede ser mejor, puesto que los sectores sindicales están listos para apoyar la lucha armada, lo mismo que la clase media, los universitarios y aun grupos de la clase alta. Habla de las posibilidades de una división en el Ejército en la que, según informaciones del capellán de este cuerpo, “de coroneles para abajo todo el mundo está conmigo”. Camilo encuentra en la lectura que hace del momento una etapa prerrevolucionaria en ascenso y se arriesga a sugerir líneas de comportamiento inmediato para ir consolidando el proceso77.

La carta deja traslucir toda la ingenuidad política de Camilo, cargada de un gran fervor y devoción revolucionaria, de una profunda convicción en el triunfo del movimiento y de una fe ciega en la participación decidida del pueblo, las organizaciones políticas y los gremios, situación que estaba muy lejos de la realidad histórica y del desarrollo del proceso de confrontación. Para el 6 de julio, Camilo veía el movimiento revolucionario en un auge preinsurreccional y calculaba que el triunfo se encontraba a pocos meses.

Una pregunta obligada es ¿cómo Camilo siendo sociólogo y habiendo acumulado la experiencia de trabajo político que poseía, podía hacer este tipo de balances? Me atrevo a arriesgar que muy seguramente hacía tales afirmaciones contagiado por el entusiasmo que despertaba su trabajo, el que, con toda seguridad, se apagaba con su partida; pero, además, alimentado por la motivación de quienes lo rodeaban, que veían en él un ser carismático capaz de movilizar, y persuadir con su discurso importantes sectores de masas hacia un proyecto revolucionario que en sus propias manos no se desarrollaba.

Cuando Camilo dio a conocer al Estado Mayor del ELN la carta que había escrito, este vio la necesidad de prolongar su estadía para someter a reflexión cada uno de los puntos expuestos en el documento. Días después, Camilo había aterrizado sus apreciaciones, se aprestaba a abordar la lucha desde una perspectiva distinta y colocaba a disposición de la Organización la consigna de “La lucha es larga, comencemos ya”.

En la reunión, Camilo se comprometió a trabajar en estrecha relación con el ELN, a conseguir cuadros para la lucha armada, a crear conciencia nacional sobre la necesidad de esta, a propender por el acercamiento y la unidad de organizaciones rebeldes y revolucionarias, a incrementar su trabajo legal de proselitismo y educación política de los sectores populares, y a ayudar en la consecución de recursos de logística, empezando por una imprenta en posibilidad de colocarse al servicio del trabajo amplio y clandestino del ELN.

Los dirigentes del ELN consideraron conveniente colocar al lado de Camilo un militante de esta organización, para que lo asesorara políticamente. Designaron en esta tarea a Jaime Arenas y lo hicieron a través de una carta que Camilo le entregó a su llegada a Bucaramanga. En el mismo sentido, Fabio le envía una carta a José Manuel Martínez Quiroz, en ese momento jefe de la red urbana, en la que presenta la inquietud que la dirección del ELN tiene en relación con el trabajo que otras fuerzas políticas realizan con Camilo y la necesidad de vigilar su actividad, manteniendo firme su decisión de trabajo con el ELN (Arenas, 1971).

Camilo regresa del primer encuentro con la guerrilla con una perspectiva renovada y distinta de su compromiso. Su discurso comienza a tornarse más radical: la lucha armada, el abstencionismo y la unidad del movimiento político de izquierda en la perspectiva de crear un Frente Popular, son los ejes en torno a los cuales gira su pensamiento. La incorporación de Camilo al ELN le da a la Organización una perspectiva distinta. En gran medida, Camilo representa la posibilidad de darle al movimiento un carácter nacional, superando el localismo de su origen y haciendo factible canalizar hacia la Organización simpatías de las que gozaba como líder y dirigente político.

Al regresar a Bogotá, Camilo se reúne con Jaime Arenas, Julio César Cortés, Hermías Ruiz y Margarita Olivieri, les da a conocer detalles de su conversación con el Estado Mayor del ELN y les explica el alcance de su compromiso, los acuerdos a los que llegó y el sentido que en adelante ha de tomar su acción política. En esta reunión Julio César Cortés y Hermías Ruiz expresan su deseo de vincularse como militantes al ELN, convirtiéndose en los dos primeros médicos con que ha de contar la organización guerrillera.

En los tres meses que siguieron, la vida de Camilo giró en torno a la preparación y publicación del periódico Frente Unido; a la realización de giras en cumplimiento de invitaciones que se le formulan desde distintas partes del país para que dé a conocer y explique sus planteamientos; y a establecer contactos con los diferentes partidos y agrupaciones políticas de oposición, para desarrollar su propuesta de Frente Popular, en el que tuviesen cabida las organizaciones políticas y esa masa de “no alineados” que fue motivo central de sus preocupaciones.

Para Camilo, el semanario Frente Unido significaba la posibilidad de generar organización y aglutinar en torno a él a sectores sociales que independientemente del origen de sus puntos de vista estuviesen de acuerdo en lo fundamental: la unidad del movimiento popular para hacer la revolución. Esta posición guardaba en su interior serias dificultades para el proceso unitario propuesto por Camilo: las tradicionales prácticas dogmáticas, el oportunismo, las actividades sectarias, el recelo, los prejuicios políticos y las ambiciones de poder, que se hacían presentes allí para generar contradicciones insalvables que tenían que ver con el comportamiento y la arraigada cultura política de los grupos de oposición. No obstante, en medio de las pugnas y las luchas internas, Camilo fue dándole forma al proyecto, nombró un comité editorial responsable de la edición del semanario, encabezado por Israel Arjona, Pedro Acosta y Enrique Valencia. Cargado de contradicciones por la complejidad de la situación interna, el 26 de mayo de 1965 aparece el primer número de Frente Unido.

Definidas las perspectivas inmediatas de la publicación del semanario, y resueltas parcialmente sus dificultades económicas, Camilo reactiva sus giras. Recorre el departamento del Valle y parte de la Costa Atlántica; en Norte de Santander visita Cúcuta, Ocaña y Convención; en Santander va a Bucaramanga, Socorro, San Gil, terminando la gira en Barrancabermeja. Los escenarios de sus visitas son variados; desde las aulas de las universidades y los salones de los sindicatos hasta los clubes de los profesionales y las plazas públicas.

En Santander, Camilo hace llegar a Fabio una carta, en la que aún refleja su clara concepción cortoplacista y el entusiasmo que despierta en él la multitudinaria acogida que tiene su presencia en distintas regiones. En ella pone en conocimiento del ELN las dificultades por las que atraviesan sus relaciones con los “camaradas”, y solicita que se defina la situación de Jaime Arenas que tiene la posibilidad de viajar a Praga a ocupar un cargo en el secretariado de la Unión Internacional de Estudiantes. Camilo solicita que Jaime lo siga acompañando como asesor político y se dedique a la administración del periódico (Torres, 1986).

El 8 de agosto, cuando se apresta a viajar a Medellín, se entera de la decisión del gobernador de Antioquia de no permitir su presencia en la ciudad. Ante la negativa de la empresa Avianca de venderle pasaje, contrata un avión de Cessna para cumplirle a la Asociación Sindical de Antioquia. Su presencia en Medellín generó una situación de orden público motivada por la decisión del gobernador de no permitir una concentración pública en la plaza de Cisneros.

Los incidentes en Antioquia pusieron de presente que una nueva situación de orden público se colocaba al frente de la actividad de Camilo. La declaratoria de estado de sitio, promulgada por la administración Valencia, a raíz de los incidentes de mayo, hacían la labor proselitista más difícil. Pero, en Medellín se había hecho evidente que el clero y el Gobierno no estaban dispuestos a permitir que la acción política de Camilo se desarrollara libremente. Mediante la fuerza y el discurso se comenzó a enfrentar su activa labor de agitación y educación política.

Entre febrero y agosto de 1965, Camilo desarrolla una intensa labor social y política que lo conduce, al agotar los espacios legales, a las filas del ELN. Durante este periodo enfrenta las jerarquías eclesiásticas, renuncia a su condición sacerdotal, impulsa el proceso del Frente Unido y su periódico, lidia con la izquierda dogmática y tradicional, se reúne con los dirigentes del ELN y discute con ellos sus puntos de vista sobre el camino de la revolución colombiana, intensifica sus giras proselitistas en las distintas ciudades del país hasta encontrarse con la persecución y la represión institucional.

A medida que transcurría el mes de agosto, Camilo iba agotando el espacio de las relaciones intergrupales, su discurso sobre la unidad chocaba con sus pronunciamientos políticos cada vez más radicales. La coyuntura electoral contribuía a que se presentaran los roces con aquellos sectores que no habían desechado las elecciones como vía política de confrontación y veían en ella posibilidades de crecimiento del trabajo popular, en particular con el Partido Comunista. El peso que iba tomando el discurso de Camilo comenzaba a presionar a sectores políticos que se habían mantenido cerca de su labor, con el fin de usufructuar para su beneficio la dimensión de su imagen, pero que encontraban ahora que sus posiciones chocaban con sus intereses grupales. El pronunciamiento de Camilo sobre las elecciones, publicado en el primer número del Frente Unido generó actitudes de distinto tipo en todos los sectores, pero afectó más a aquellos que sabían que la posición de Camilo podía restarles resultados electorales en la confrontación que estaba por darse. El Partido Comunista, el Partido Liberal, el Movimiento Revolucionario Liberal y la Alianza Nacional Popular, se inquietaron profundamente y trataron de conseguir que de alguna manera este la modificara. Sus esfuerzos estuvieron atravesados por el fracaso: Camilo marchaba firme en su posición radicalmente abstencionista.

Asumir una posición de esta magnitud, cuando apenas se iniciaba el proceso de convergencia de fuerzas políticas y sociales de las más variadas tendencias, significó para el proyecto del Frente Unido el comienzo del fin. Los síntomas de disolución comenzaron a manifestarse en la distribución del semanario, que pronto se vio en la necesidad de disminuir la cantidad de periódicos puestos en circulación frente al hecho práctico de no contar con suficientes militantes para distribuirlo.

Pero más allá de este síntoma del conflicto político que giraba en torno al semanario y las posiciones de Camilo, lo que estaba abortando era el intento de lograr la unidad entre las diversas agrupaciones políticas y las tendencias ideológicas que representaban. Camilo ganaba adeptos para su causa de unidad popular, llenaba las plazas, los sindicatos y las universidades, pero, su verticalidad revolucionaria en aumento, su rompimiento a fondo con el sistema, el cierre a toda posibilidad de diálogo o acuerdo con las clases dominantes, iba alejando a los dirigentes de las fuerzas que comenzaron a su lado, pero que de pronto sintieron el peso de su discurso chocar con sus concepciones de lucha, sus propuestas coyunturales y sus proyectos a largo plazo.

Camilo se fue quedando con una masa de población que lo seguía, que asistía a sus conferencias y escuchaba sus discursos, los “no alineados” como los llamaba él y un pequeño grupo de asesores y activistas. Entre ellos estaban Julio César Cortés, Jaime Arenas, Hermías Ruiz, Galo Burbano y otros dirigentes estudiantiles, militantes o simpatizantes de la lucha armada y el ELN, pero eran insuficientes para dedicarse a la labor que Camilo consideraba urgente y prioritaria: la organización popular.

La captura de José Durán Nova con correspondencia del ELN en la segunda semana de agosto creó una situación difícil para los militantes de la red urbana. Fabio Vásquez alertó a José Manuel Martínez Quiroz sobre el arresto del correo de la guerrilla y le solicitó tomar las medidas pertinentes al respecto. Martínez Quiroz movilizó el material político y la logística que estaba bajo su responsabilidad, pero el 22 de agosto, fue detenido con otros dos dirigentes del ELN como resultado del trabajo de inteligencia realizado por los organismos de seguridad y la Policía militar en la ciudad de Bogotá. Camilo se enteró de la captura de José Manuel Martínez y sus compañeros por intermedio de Antonio Vásquez Castaño, hermano de Fabio y militante de la red urbana; discutió con este, Jaime Arenas y su secretaria, las condiciones particulares del incidente y las repercusiones de este hecho que tendría para su seguridad y la del grupo. Concluyeron que mientras no sintieran sobre sí la acción de los organismos de policía se mantendrían las rutinas normales, pero que dada la gravedad de la situación se reforzarían los mecanismos de protección y vigilancia.

La correspondencia entre Camilo y Fabio, motivada por esta preocupación, no fue muy abundante. Tres cartas se conocen de Camilo al jefe del ELN y una de este a Camilo, fechada el 7 de agosto de 1965, en la que le recuerda lo definido con él en el sentido de que el trabajo legal no puede desviarse del punto de vista de que es la lucha armada la vía revolucionaria (Carta de Fabio a Camilo, citada por Arenas, 1971, p. 83). Camilo recoge con gran disciplina las orientaciones que a través de la correspondencia van llegando desde la dirección del ELN, informa sobre sus actividades y las dificultades que va teniendo en sus relaciones con otras fuerzas. Días después de recibir la carta de Fabio, en la que además se prevé una situación difícil para el grupo y se deja traslucir la intención que tiene el ELN de contar con la presencia de Camilo en corto plazo, Camilo le escribe una misiva a Fabio en la que afirma estar totalmente de acuerdo con el contenido de su carta, le da un informe del estado de la situación política, de la forma como se desarrolla la cotidianidad del Frente Unido, de las limitaciones y dificultades que existen y de un plan inmediato. La carta permite detectar el entusiasmo y la devoción con que está desarrollando su compromiso; para esa fecha, según se deriva de lo expresado en el documento, ya Hermías Ruiz se encuentra en la guerrilla y solo quedan por partir, según lo previsto, Julio César Cortés y él.

Al finalizar la segunda semana de agosto y en medio de las dificultades de seguridad que existen en la ciudad, la dirección del ELN considera conveniente emprender una ofensiva contra el Ejército que les permita ganar un espacio de respeto militar en la zona de operaciones de San Vicente. Se trata básicamente de poner en práctica y ganar experiencia en el manejo de las tácticas militares de la concepción de guerra de guerrillas en el hostigamiento a las fuerzas regulares, a través del ataque sorpresa y el repliegue inmediato; el objetivo: doblegar la moral de los soldados de las fuerzas militares y ganar confianza en el desarrollo de la guerra.

El 15 de agosto se produce la emboscada Cruz de Mayo y el 17 el ELN vuela por primera vez, cerca de Barrancabermeja, dos oleoductos de propiedad de la Texas Petroleum Company y Cities Service. La reacción del Ejército es inmediata, a través de la Quinta Brigada, con sede en Bucaramanga, las fuerzas militares asumen la responsabilidad de combatir el grupo guerrillero en la región. La unidad militar fue comandada por el entonces coronel Álvaro Valencia Tovar, quien contaba con una importante experiencia en lucha contrainsurgente y acciones cívico-militares. Los operativos forzaron a los integrantes del ELN a trasladar su campamento, a alertar las vías de aprovisionamiento y a modificar sus relaciones con las áreas de influencia en el campo y la ciudad, disminuyendo la ofensiva militar e intensificando el trabajo político.

Camilo mientras tanto veía transcurrir los días en medio de la angustia que le producía la detención de los dirigentes urbanos y la imposibilidad de comunicarse con Fabio, de quien en el momento dependía la decisión de emprender el viaje hacia el monte o continuar con el trabajo legal. Durante estas semanas visitó los Llanos Orientales y se dedicó al trabajo barrial en Bogotá. Asumió la discusión frontal en el interior del semanario sobre el problema electoral y el abstencionismo, pero esta vez dirigida contra los comunistas y los demócratas cristianos.

El cuarto ejemplar del semanario apareció el 15 de septiembre y estuvo dirigido contra la posición electoral de esos grupos, de los que Camilo cuestionaba el que se llamaran revolucionarios y progresistas, y que utilizaran las listas de los partidos tradicionales para poder tener participación en los órganos legislativos; en un titular de última página se afirmaba: “El Frente Unido, no es comunista ni demócrata cristiano”. Prácticamente hasta ahí llegaron las relaciones con la democracia cristiana, quedando seriamente averiadas las relaciones con el Partido Comunista.

La ruptura definitiva con la democracia cristiana y el desvertebramiento de la política de unidad propuesta por Camilo a los demás sectores sociales y políticos organizados, se produce en el Primer Encuentro Nacional Obrero, Estudiantil y Campesino, programado para los días 17 al 19 de septiembre en la ciudad de Medellín, al que había sido invitado por la Confederación Latinoamericana de Sindicatos Cristianos (CLASC). Aun cuando se trataba de un encuentro democrático con pretensiones de unidad, la dinámica del encuentro fue generando contradicciones insalvables, Camilo llegó acompañado por Jaime Arenas, Julio César Cortés, Álvaro Marroquín y Jaime Niño como delegados del Frente Unido. El primero de ellos hizo una intervención en la que fue deslindando campos con los demás sectores en torno a la definición de principios básicos de unidad, que se convertían por sí mismos en la negación de ese objetivo: la condena al imperialismo norteamericano y a su política de agresión con los pueblos en lucha por su liberación, el respaldo a la Revolución cubana, la definición de una posición abstencionista y el impulso a la lucha armada como vía fundamental para llegar al poder, generaron entre los asistentes las más airadas reacciones. Camilo apoyó la intervención de Jaime Arenas, explicó su posición, reafirmó sus puntos de vista y respaldó un proyecto de declaración política que no alimentara el anticomunismo de la democracia cristiana, ni la actitud electoral del Partido Comunista.

La reacción fue inmediata, Heliodoro Agudelo, representante y dirigente de la Asociación Sindical de Antioquia (ASA) de influencia demócrata cristiana, intervino para que en la declaración política se consignara una condena a los “imperialismos chino y soviético” y se eliminaran los párrafos de adhesión a la Revolución cubana; los demócrata-cristianos y los representantes del Partido Comunista intervinieron para condenar la posición abstencionista y la afirmación consignada en el proyecto de declaración de que la lucha armada era la vía principal para llegar al poder en Colombia (Arenas, 1971). El resultado del encuentro fue desastroso para el proceso de unidad propuesto: el PCC se retiró del Frente Unido y comenzó a circular una orientación a los militantes para que se sustrajeran de las actividades programadas por Camilo y el Frente Unido. La democracia cristiana y en particular el Comité Ejecutivo del Partido Socialdemócrata Cristiano, de la regional del departamento de Santander, sacó un pronunciamiento en el que señalaba que el semanario del Frente Unido estaba dirigido por marxistas-leninistas a través de Julio César Cortés y Jaime Arenas.

Con el título de “¿Qué sucedió en el Encuentro Obrero, Estudiantil y Campesino?” el 30 de septiembre de 1965, Camilo hace un balance del encuentro en el que afirma que este comprendía el desarrollo de dos temas generales, uno sobre política gremial y el otro sobre política general. Asegura que el encuentro aprobó por unanimidad las ponencias presentadas sobre problemas obreros, estudiantiles y campesinos, pero que se generó un acalorado debate en dos puntos que se hicieron álgidos dada la posición asumida por los sectores asistentes: el primero, la exigencia de la CLASC de que la denuncia del imperialismo se extendiera al soviético y chino o se suspendiera, y el segundo, generado por el bloque formado por la CLASC y Fedetav (Federación de Trabajadores del Valle), en torno a la ponencia presentada apoyando la abstención beligerante78.

La situación generada por la ruptura del Frente Unido hizo más evidente para Camilo, la necesidad de superar la etapa de proselitismo amplio, para entrar en una fase de organización urgente, de núcleos y comandos, constituidos principalmente por “no alineados”. Esta nueva necesidad estaba atravesada en lo fundamental por dos grandes dificultades: la carencia de dirigentes políticos con carisma y capacidad de organización y las precarias condiciones de seguridad en que quedó con la captura de los jefes de la red urbana de Bogotá, a quienes les decomisaron documentos, en los que no solo se daba plena prueba de la relación de Camilo con el ELN, sino, además, de su intención de unirse a la guerrilla en corto tiempo.

El mes de octubre comenzó con un incidente con la Policía Militar, que le costó a Camilo varias contusiones producidas por los golpes de bolillo. Se había organizado para el día 1.° una manifestación que fue disuelta sin mayores contratiempos por la Fuerza Pública y que puso de presente la disposición del Gobierno para detener el avance del Frente Unido, aún mediante el empleo de la fuerza en choque directo con los manifestantes, ya lo había hecho hacía unas semanas en Girardot, lo había repetido en Medellín y ahora lo implementaba en Bogotá. Camilo comenzó a sentir el peso de la inseguridad producida por los acontecimientos que ocurrían a su alrededor y a tener serios motivos para temer por su vida. La seguridad militar que le proporcionaba el ELN era insuficiente y seguramente ineficaz frente a un bien planeado atentado.

La dirigencia del ELN lo entendió así y da la orden en la primera semana de octubre de 1965 para que Camilo se incorpore a la lucha armada en las montañas de Santander. Antes de su partida Camilo intensifica su trabajo, escribe y hace publicar en la edición de Frente Unido del 7 de octubre, “El mensaje a los campesinos”, en el que se lanza en una ofensiva directa contra los gremios de productores agrícolas, el estado financiero representado en el Banco de la República, la oligarquía liberal-conservadora, la actitud norteamericana de agresión militar manifiesta en el desembarco de los marines en Santo Domingo, las Fuerzas Militares y el Plan Laso, para terminar llamando a la población campesina a unirse, a organizarse y prepararse para la lucha final (Torres, 1986).

Es particularmente significativo en el documento, la referencia que Camilo hace a los casos de Marquetalia79, El Pato80, Guayabero81 y Río Chiquito82 pues ellos representan en el momento la confrontación militar, en el camino de un nuevo conflicto social que supera el enfrentamiento entre liberales y conservadores, para inscribirse en una concepción de modernización de las estructuras agrarias a través de la vía del ejercicio de la violencia institucional. Los casos de Marquetalia, El Pato, Guayabero y Río Chiquito, eran de profundo conocimiento de Camilo Torres, no solo por la relación directa e indirecta que mantenía con esas zonas, la información que le traía la prensa, sino además, porque estaba enterado, así lo deja entrever el mensaje a los campesinos, del estudio realizado por una comisión de intelectuales franceses, sobre los cercos y las tomas llevadas a cabo por los militares en esas regiones.

También eran de conocimiento de Camilo las campañas de acción cívico-militar que, desde finales de 1962, venía desarrollando el Ejército dentro del marco de las estrategias del Plan Laso y cuyo énfasis principal se hacía en las operaciones psicológicas, de ahí su expresión: “El ejército empieza con la acción cívico-militar y acaba con los bombardeos, empieza sacando muelas y acaba metiendo bala. Los campesinos ya saben que los militares llevan en una mano el pan y otra atrás con el puñal” (Torres Restrepo, 1965).

La reflexión de Camilo sobre el movimiento campesino está claramente atravesada por el conocimiento de estos casos. Camilo no ve otra salida en ese momento para los campesinos, que prepararse para articularse desde sus posibilidades al desarrollo de la lucha armada.

El 9 de octubre, Camilo emprende lo que ha de ser su última gira como activista legal del ELN y dirigente del Frente Unido. Visita Honda, La Dorada y Puerto Boyacá, lugar en el que rinde homenaje de respeto y admiración al guerrillero del MOEC, Federico Arango Fonnegra, muerto en condiciones lamentables en 1963. Luego se traslada al Cauca, en donde permanece tres días, habla allí con dirigentes estudiantiles en la universidad y con dirigentes populares de la región. A su regreso a Bogotá se reúne en la noche del 17 de octubre con los delegados al Consejo Nacional de la FUN; en su intervención plantea la necesidad de comprometerse con la lucha revolucionaria hasta las últimas consecuencias y el de prepararse para asumir y desarrollar la lucha armada.

Camilo: vida y muerte en las guerrillas del ELN

Camilo inicia sus preparativos para incorporarse a las filas del ELN, conforme lo había decidido la dirección de la Organización, a partir del 18 de octubre. En una breve nota antes de partir se despide de Isabel (Darling) su madre y compañera de angustia en los trabajos del Frente Unido83.

La permanencia de Camilo en las montañas de Santander antes de perder su vida fue relativamente corta, apenas escasos cuatro meses. Durante ese tiempo, Camilo descubrió un universo distinto y buscó por todos los medios acomodarse a él. Su nuevo nombre de militancia fue “Argemiro”; mientras Camilo se preparaba en la guerrilla y se formaba como combatiente, el Frente Unido se desintegraba. La ausencia de su presencia física fue retirando a los simpatizantes y amigos del FU, y ya antes que ellos las fuerzas políticas y gremiales habían iniciado su desbandada. Jaime Arenas y Julio César Cortés, que habían quedado al frente del semanario y del movimiento, se sentían impotentes para sostener vivo un proyecto, cuya fuerza la constituía la presencia física y el carisma de Camilo. A pesar de haber dejado una carta a los colaboradores más cercanos y estos haberse comprometido a mantener vivo el movimiento, dos meses después de la partida de Camilo, se desplomaba completamente el FU en medio de dificultades económicas y políticas, agravadas con la detención de Jaime Arenas, el 9 de noviembre de 1965. Cuatro números más del semanario, después de que Camilo emprende su marcha, se pusieron en circulación, el último el 9 de diciembre. Camilo estuvo al corriente de todo el proceso gracias a la información que su secretaria y amiga, Guitemie Olivieri le hacía llegar al seno de la guerrilla y acepta, sin resignación en la victoria final, el derrumbe y la desaparición del Frente Unido.

Camilo estuvo tres meses dedicado a prepararse militarmente. Con grandes dificultades, pero dotado de una inmensa voluntad, fue articulándose poco a poco a la vida guerrillera, estableció con los otros guerrilleros relaciones fraternas, cargadas de ese humanismo cristiano que lo caracterizó siempre, y que a fuerza de la vivencia iba convirtiendo en humanismo revolucionario, su mejor aporte al proceso de cambio de la sociedad84. Asumió algunas responsabilidades que tenía que ver con la capacitación de sus compañeros, sobre todo de aquellos que estaban inmersos en un oscuro estado de analfabetismo cultural y político. Recogió las historias de lucha que le contaban ellos y las acumuló como conocimientos adquiridos de experiencias ajenas.

Camilo fue interiorizando la “cultura elena”, los rituales de la guerrilla y en particular los que tenían que ver con las armas y el combate. Se había hecho práctica común y ritual de bautizo, la premisa: “El guerrillero se gana su arma cuando tumba en combate un soldado y se apodera de ella” y “la ilusión de Camilo era recuperar un fusil en combate, bueno, esa era la gran ilusión de los guerrilleros de entonces, era una especie de grado de combatiente” (entrevista a Nicolás Rodríguez, 1993). En cumplimiento de este tipo de premisa, de ritual “religioso”, es que Camilo Torres pierde la vida en Patio Cemento (Santander).

El 7 de enero de 1966, en el primer aniversario de la toma de Simacota, el ELN, distribuyó la proclama a los colombianos, enviada desde las montañas, junto con una fotografía de Camilo en compañía de Fabio Vásquez y Víctor Medina Morón. La prensa nacional se pronunció en titulares de primera página sobre el hecho; el reconocimiento público de la presencia de Camilo en las filas del ELN, y su declaración de comprometerse hasta la muerte, consternó a aquellos que habían estado cerca de su proyecto del Frente Unido. El Partido Comunista publicó en forma fragmentada el documento, retirando de él las partes que tenían que ver con la posición del ELN y Camilo en torno al agotamiento de las vías legales y el abstencionismo beligerante (Arenas a este, 1971, pp. 96-98).

Para acompañar la circulación de la proclama, la dirección del ELN determinó hacer una ofensiva militar durante los meses de enero y febrero. Para esto, se dividió el único frente que existía en ese momento, el “José Antonio Galán”, en dos comisiones: una al mando de José Ayala, que exploraría la región de Los Aljibes con el doble fin de hacer un reconocimiento de la zona, mirar las posibilidades de establecer allí un nuevo frente y buscar contacto con la tropa; la otra, bajo la conducción de Fabio Vásquez se quedó a la espera de poder realizar un asalto a uno de los destacamentos militares que estaban patrullando la región85. En febrero, el ELN decide hacer una emboscada en la zona en que tenía su asentamiento, que estaba siendo patrullada permanentemente por el Ejército en razón de las declaraciones que se venían haciendo sobre la presencia de la guerrilla en el lugar. El combate se produce en un lugar llamado Patio Cemento, en el municipio de San Vicente de Chucurí, el 15 de febrero de 1966; en el pierde la vida Camilo Torres Restrepo86.

Han sido distintos los balances que se han hecho sobre la muerte de Camilo Torres en combate. Básicamente, ellos giran en torno a dos posiciones: la que afirma que la dirección del ELN, a cuya cabeza se encontraba Fabio Vásquez Castaño, tiene la responsabilidad directa del hecho de subvalorar la importancia que Camilo tenía para el proceso de transformación revolucionaria de Colombia, y permitirle sin la suficiente preparación militar entrar en combate; y la segunda es la que considera que la muerte de Camilo obedece a la lógica de sus propias decisiones y su irrenunciable deseo de comprometerse a fondo con el proceso en el que estaba participando.

Con la muerte de Camilo se produce la construcción de un símbolo que le dará estabilidad al proyecto, permanencia y proyección sobre la edificación de sus propias leyendas, rituales y mártires. Las declaraciones de Fabio Vásquez a la revista Sucesos inician desde muy temprano el trabajo de recuperación de la imagen de Camilo como militante guerrillero, sacerdote, líder popular y patrimonio de las luchas revolucionarias, propiedad del ELN87.

Es notable en todas las versiones y valoraciones de la vida y muerte del sacerdote revolucionario la insuficiencia en la lectura histórica de la experiencia política amplia y abierta de Camilo, la cual constituye la mayor parte de su existencia como sacerdote, sociólogo y líder popular. El fundamentalismo con que se contempla la lucha armada opaca otros espacios de reflexión de la riqueza sociológica y política del pensamiento camilista; su concepción sobre la unidad popular, el papel de cada sector social en los procesos de transformación, se fueron hundiendo en las consignas que aun proviniendo de su pensamiento no lo sintetizaban de este 88.

La muerte de Camilo impactó profundamente al clero latinoamericano, y se proyectó a Europa en el núcleo de sacerdotes que encontraban en el Evangelio justificación a su compromiso y práctica social con los sectores obreros y marginados89. Camilo se convirtió en alguna medida en el artífice histórico de las nuevas tendencias teológicas que habrían de concretarse en el Concilio Vaticano II, las reuniones del Celam de Medellín y el surgimiento de la teología de la liberación.

El movimiento latinoamericano de Comunidades Eclesiales de Base estaría inspirado por el ejemplo de compromiso cristiano de Camilo y de otros sacerdotes, monjas y laicos que comenzaron a modificar su práctica religiosa tradicional, a través de un compromiso político y social con los sectores marginados. En los años que siguieron a la muerte de Camilo, algunos sacerdotes, entre ellos varios que pertenecían al movimiento de Golconda se vincularon al ELN como militantes. Son ejemplo de este proceso Aurentino Rueda, Manuel Pérez, Antonio Jiménez Comín, entre otros que fueron incorporándose poco a poco al trabajo del ELN.

Políticamente, la muerte de Camilo también impacta lo que había quedado del Frente Unido, después de la vinculación del exsacerdote a la guerrilla. De los restos del proyecto surgen los Comandos Camilistas cuya actividad se centra en lo fundamental en los espacios universitarios y barriales; a través de ellos se promueve la protesta estudiantil y ciudadana y se canalizan recursos humanos para las filas del ELN.

Camilo, como experiencia histórica, le legó al movimiento latinoamericano y mundial el carácter humano de la lucha revolucionaria y un profundo debate entre marxismo y cristianismo.

El crecimiento del ELN en los primeros meses de actividad, particularmente luego de la toma de Simacota y Papayal, fue generando la necesidad de producir desde el cuerpo inicial, constituido ya como frente guerrillero relativamente “sólido”, el desdoblamiento de un nuevo frente que operaría simultáneamente con el “José Antonio Galán”, en otra región del departamento de Santander. En agosto de 1965, antes de la vinculación de Camilo a la guerrilla, la dirección del ELN determinó la creación de ese nuevo frente en la zona noroeste aledaña al ferrocarril de Wilches. Fueron comisionados para llevar a cabo esta tarea Ricardo Lara Parada, Heriberto Espitia, Luis Rovira y Mario Hernández, todos integrantes de la “Brigada Proliberación”, creada en Cuba. Ricardo Lara fue designado como primer responsable, mientras Heriberto Espitia, de origen campesino y antiguo militante del Partido Comunista, el segundo al mando.

El nuevo frente comienza a estructurarse en medio de una gran precariedad de armamento, recursos económicos y calidad política y militar de sus integrantes. Pese a esto, Lara logra sortear los problemas y coloca en disposición de combate el naciente grupo. El 3 de febrero de 1966, realizan la primera acción, en la población de San Rafael, emboscando un destacamento de la policía; dieron muerte a un agente y recogieron armamento.

En condiciones similares a la anterior, a mediados de diciembre de 1965, una comisión dirigida por José Ayala, se había desprendido del frente madre, para hacer reconocimiento del terreno y mirar la posibilidad de desarrollarse, con el propósito de crear un nuevo frente. El 22 de enero de 1966, José Ayala prepara y lleva a cabo una emboscada en el sitio denominado Los Aljibes, en la que se produce la muerte de dos soldados.

Con la muerte de Camilo en Patio Cemento, el grupo comandado por Ricardo Lara se constituye en el Frente “Camilo Torres Restrepo”; la comisión dirigida por José Ayala se conoce por entonces como “Guerrilla Libertad”. Estos dos grupos se unen en los meses de abril y mayo con el fin de intercambiar experiencias y buscar la ocasión de realizar una acción militar conjunta. Distintas circunstancias impidieron que este propósito se llevara a cabo y obligaron a los dos grupos a separarse de nuevo.

En el mes de mayo de 1966, Fabio es trasladado a Bucaramanga, para que reciba allí asistencia médica a un mal intestinal que lo viene aquejando desde hace tres meses y lo tiene al borde de la postración total. Durante su permanencia en la ciudad, Víctor Medina Morón asume la conducción del frente “José Antonio Galán”, quien le imprime a la Organización una dinámica de desarrollo político y crecimiento cuantitativo, intensificando la labor de politización del campesinado y desarrollando la exploración de nuevas zonas de asentamiento. Al regreso de Fabio, en el mes de octubre, el frente ha aumentado su número de integrantes prácticamente en un ochenta por ciento.

El 27 de julio de 1966, el frente “Camilo Torres Restrepo” planea y lleva acabo una emboscada en el corregimiento de Marta, en el municipio de Girón. La guerrilla procedió a dar muerte al inspector de policía del municipio y a emboscar la patrulla militar que se proponía hacer el levantamiento del cadáver, allí mueren en el enfrentamiento un oficial y cuatro soldados, y pierde la vida el guerrillero Florentino Calderón. La guerrilla recoge el armamento, la munición y da a conocer oficialmente la creación del frente “Camilo Torres Restrepo”.

Un mes después, el 27 de agosto de 1966, este frente recibía su primer revés: en el municipio de Lebrija en el sitio denominado “Cerro de la Paz”, el frente en construcción cae en una emboscada preparada por el ejército. Allí pierden la vida los guerrilleros Luis Laguado, Pastor Abreo, Luis Enrique Sandoval y José Santos Jaime Pereira.

En septiembre de 1966, Ricardo Lara viaja a Bucaramanga a entrevistarse con Fabio, con el fin de intercambiar opiniones, planificar y coordinar algunos trabajos a realizarse posteriormente. Durante su permanencia en la ciudad, Heriberto Espitia intentó asumir la jefatura del frente en forma definitiva, lo que lleva a la dirección a trasladarlo al frente “José Antonio Galán”, para que Lara asuma nuevamente el mando del “Camilo Torres”. Existe durante este tiempo una tendencia de los segundos responsables a desplazar la comandancia, cuando esta se encuentra ausente; esto daría origen, con el tiempo, a conflictos de tipo personal que se agudizarían en una crisis interna aún por sortearse.

De este primer periodo, el golpe más duro recibido por la guerrilla lo constituye el aniquilamiento casi total del grupo de José Ayala. En su esfuerzo por aumentar el número de colaboradores para respaldar el nuevo frente guerrillero, la “Guerrilla Libertad”, había desarrollado un intenso trabajo de exploración y de reconocimiento de áreas de posible expansión y colonización armada. En la segunda semana del mes de octubre de 1966, el grupo de Ayala llegó a un sitio denominado Sangilito, en la jurisdicción del municipio de Simacota, en donde acamparon en la casa de un campesino que había sido contactado meses antes. La intención era permanecer allí mientras se obtenían provisiones y elementos indispensables de logística. Ayala designó para recoger los recursos faltantes al campesino que les ofreció la vivienda; este debía ir al pueblo y regresar en el término de 48 horas, pero el campesino se embriagó y delató la presencia de la guerrilla en la región. Detenido, fue obligado por el ejército a darle la información necesaria para ubicar el grupo y conducirlo hasta el lugar eludiendo la vigilancia. La indisciplina del grupo y la irresponsabilidad táctica del responsable colocó en la línea de fuego del ejército el proyecto del nuevo frente acabando una de las opciones, la de la “Guerrilla Libertad”.

En la madrugada del 16 de octubre, el Ejército da de baja once miembros del ELN, quedando únicamente vivos de todo el grupo de José Ayala que logra eludir el cerco en forma inexplicable y el centinela que había sido superado por el destacamento militar. Mueren en Sangilito, Miguel Pimienta Cotes, Homero Enrique Sobrino, Abelino Amaya, Hernán Calderón, Gabriel Ayala Blanco, Viterbo Lamús Barbosa, Jesús Gordillo, Hernán Patiño Camargo, Antonio Rodríguez y Victoria Ardila, hija del campesino delator y de quien se dice que mantenía relaciones afectivas con José Ayala. Pimienta Cotes y Enrique Sobrino habían sido estudiantes de la Universidad Nacional y la Universidad Industrial de Santander respectivamente. Pimienta había ingresado a la guerrilla desde sus orígenes y era el segundo responsable del grupo, los demás eran campesinos de la región reclutados en los primeros meses de marcha. Jesús Gordillo era hermano del primer guerrillero sacrificado en Simacota, Pedro Gordillo. José Ayala se reintegró poco después al frente “José Antonio Galán”, según las declaraciones de Portocarrero, consignadas en los expedientes del consejo de guerra de Bogotá contra el ELN (1969). La dirección de la Organización guerrillera no evaluó el incidente de Sangilito y absolvió de toda responsabilidad a José Ayala.

El “Frente Camilo Torres” regresa a la ofensiva militar el 27 de febrero de 1967, tomándose la población de Vijagual; después de dar de baja cuatro agentes de la Policía y tomar su armamento, Lara dio a conocer a los habitantes de Vijagual, un pueblo predominantemente conservador, los programas y propósitos de ELN. Lara evitó que se cometieran atropellos y abusos con la población civil y ordenó que lo que consumiera la guerrilla fuese cancelado.

Dos semanas después, el 9 de marzo, el “Frente José Antonio Galán”, se convertía en el acontecimiento noticioso del momento, al tomar en el sitio Las Montoyas, jurisdicción de Cimitarra, un tren pagador del ferrocarril del Magdalena. En esa ocasión, la guerrilla detuvo el tren haciendo volar la carrilera, entró en confrontación con los miembros de las Fuerzas Armadas encargadas de protegerlo, dando de baja a un oficial de la Policía, cinco agentes y tres funcionarios públicos.

Durante esta toma, registró la acción de la guerrilla el periodista mexicano Mario Renato Menéndez Rodríguez, quien se desempeñaba en esa época como director de la revista Sucesos. Este periodista había sido contactado por Fabio Vásquez, en el mes de noviembre de 1966, en Ciudad de México, donde le propuso una entrevista en Colombia con los jefes del ELN; Menéndez la consideró conveniente para la revista y acordó con Vásquez Castaño los detalles del viaje para finales de febrero de 1967.

Renato Menéndez y Armando Salgado como fotógrafo permanecieron con la guerrilla del ELN del 27 de febrero al 26 de marzo. Durante ese periodo hicieron las entrevistas a la dirigencia y participaron como “reporteros de guerra”, en la toma del tren pagador (Arenas, 1971).

La intención de utilizar la prensa como medio de divulgación y propaganda del proyecto guerrillero, en ese entonces, le generó al ELN grandes dificultades. La información proporcionada por Menéndez era de tal riqueza, que le creó a la Organización serios inconvenientes de seguridad para sus integrantes, llegando incluso a posibilitar la detención de dirigentes y colaboradores.

El “informe Menéndez” fue dado a conocer en el consejo verbal de guerra efectuado en Bogotá en 1969. El General Álvaro Valencia Tovar, comandante de la V Brigada con sede en Bucaramanga, llamado a comparecer en el consejo verbal de guerra, envió al consejo una comunicación el 20 de febrero de 1969, en la que hace un “amplio reconocimiento del servicio prestado a la institución, por el periodista Renato Menéndez” (Arenas, 1971, pp. 116-117). La apreciación que tiene Nicolás Rodríguez Bautista sobre el caso Menéndez es que fue un montaje de la inteligencia militar para que la entrevista de prensa realizada por este no surtiera el efecto propagandístico esperado en la población (Entrevista a Nicolás Rodríguez Bautista, 1992-3).

Más allá de la veracidad del punto de vista de las partes, lo cierto es que durante esta época se inicia una ofensiva contra la red urbana del ELN, el apoyo rural y las mismas fuerzas insurgentes por parte del ejército, que arroja importantes resultados. La guerrilla es obligada a desplazarse del Opón hacia Aguablanca y luego al Cerro de los Andes, su lugar de origen. Colaboradores y auxiliares de la guerrilla fueron detenidos y descubiertas “caletas” e incautada abundante correspondencia.

El 17 de abril fue detenido, en el aeropuerto de Barrancabermeja, Claudio León Mantilla y el estudiante de la Universidad Industrial de Santander (UIS) Jairo González, segundo responsable de la red urbana de Bucaramanga; con ellos Gloria Afanador y Alirio Romero. Cuatro días después es ejecutado por la Policía Agustín Domínguez, taxista y militante del ELN, en la capital de Santander. Luego se producen las detenciones de Enrique Granados y Pedro Claver Parra, militantes de la Organización. La acción de las fuerzas militares, se extiende a San Vicente, Barrancabermeja y Bogotá, en donde fueron detenidos Medardo Correa, Francisco Muñoz, Hernando García, Sergio Parra y Jairo Vásquez Castaño.

Como resultado de los operativos llevados a cabo por los organismos de inteligencia del Ejército, teniendo en consideración la información proporcionada por los capturados, se origina una cadena de detenciones en las que se produjeron 87 capturas, se incautaron documentos, armas y bienes del ELN. La situación se hizo más difícil para la guerrilla, cuando comienzan las detenciones de integrantes de una comisión que había sido enviada a Cuba, con el fin de que recibiera allí la capacitación necesaria para superar las dificultades de tipo técnico y político que tenía la Organización en ese momento. Fabio había seleccionado un grupo que permaneció cerca de año y medio en Cuba, capacitándose para desarrollar con mayor eficiencia la lucha rural y urbana; por fallos en la conducción del responsable del grupo, filtración de información o infidencias, la mayoría fueron detenidos a su regreso al país, entre ellos Gabriel Sandino y Germán Afanador.

Para julio de 1967, el ELN atravesaba momentos de crisis y debilitamiento, los acontecimientos de los meses precedentes habían prácticamente desarticulado la organización urbana y rural de la zona del Opón y habían dejado incomunicados a los dos frentes que existían hasta ese momento. No obstante, las unidades guerrilleras persistían en el enfrentamiento con el Ejército; el 25 de julio de 1967, en el municipio de Girón, en el lugar denominado Caño Avión, el “Frente Camilo Torres Restrepo” se enfrentaba a las tropas dando de bajo a un sargento segundo del Ejército, pero perdiendo tres guerrilleros entre ellos el segundo responsable del frente Mario Hernández.

La situación para el “Frente Camilo Torres Restrepo” cada vez se hacía más difícil: se encontraban prácticamente desprovistos de recursos económicos y material logístico, se estaban produciendo bajas y deserciones y corrían con los riesgos de la delación en una zona que se tornaba peligrosa por sus condiciones físicas y políticas. Después de un balance general de la situación del frente y de sus posibilidades de supervivencia de este, Ricardo Lara resuelve dividirlo en tres grupos con el fin de sortear los problemas de subsistencia básica y mejorar las condiciones de seguridad.

Contrario a lo esperado, estos grupos comienzan a desintegrarse a través de dos vías. La primera fue el enfrentamiento con las fuerzas regulares, que como el caso de grupo comandado por José Antonio Rico Valero, el cual atacó una patrulla del Ejército, el 18 de enero de 1968, en el sitio “Caño Avión” (donde seis meses antes el frente había perdido tres guerrilleros). Esta vez dieron de baja a tres soldados y recuperaron su armamento, pero, generando una reacción de la Fuerzas Armadas que le tomó ventaja al grupo. Siete días después, las FF. AA. entran en contacto con el grupo en el sitio de Payoa en el municipio de Girón, produciéndose un enfrentamiento en el que mueren Juan Calderón Tarazona (estudiante universitario), Juanito León, Héctor Ayala, Luis Olarte y Luis Esparza Gómez. El ejército prácticamente diezmó este grupo.

La segunda vía de desarticulación fue “el bajo nivel político, la pérdida de su moral revolucionaria, la indisciplina de sus integrantes y los actos de traición del primer responsable” (Arenas 1971). Este segundo grupo estaba a cargo de Pedro Solano y Jaime García Quijano, como segundo al mando. El grupo se autodenominaba y se hacía llamar “Che Guevara”, pero internamente, dada la naturaleza de sus comportamientos, ellos mismos se llamaban “guerrilla pus”. Solano, sobornado por el Ejército, se comprometió a entregar este núcleo; para llevar a cabo su cometido embriagó a los integrantes y en las horas de la noche trajo la tropa; no obstante el lamentable estado del grupo, se produce en el sitio llamado “Caño Iguana” en el río de Oro, un enfrentamiento con el ejército que arroja como resultado, el 30 de marzo de 1968, la muerte de cuatro guerrilleros y la detención de los demás integrantes.

El tercer grupo, comandado por Ricardo Lara, logró entrar en contacto con los sobrevivientes del enfrentamiento de Payoa, entre ellos con Rico Valero, y decidieron trasladarse al Frente “José Antonio Galán”. La destrucción casi total del Frente “Camilo Torres Restrepo” llevó al ELN a aplazar la creación de este proyecto de homenaje al sacerdote guerrillero hasta mediados de la década siguiente, cuando reaparecerá nuevamente el Frente Camilo Torres, en su segunda época.

Fundamentos político-ideológicos que guiaron la primera etapa del ELN

Esta primera etapa del ELN, marcada por los esfuerzos para constituirse como organización revolucionaria, darse a conocer, permanecer en el escenario del conflicto colombiano, crecer y dotarse de un imaginario y una cultura política que definiera su identidad, es la que permite entender esta Organización al margen del conjunto de experiencias que constituyen, tal vez, su principal sustento histórico como actor de los conflictos políticos y sociales de este país. Los primeros años marcaron profundamente a la Organización y definieron las líneas de comportamiento “histórico” que hace presencia cada vez que afloran los conflictos internos: el ELN echa mano de su pasado cuando siente la necesidad de encontrar razones que justifiquen su existencia y definan la solución de sus problemas centrales. Esto no quiere decir que la Organización se haya quedado en el pasado, sino que este pesa en su presente como acumulado histórico que la identifica y le da sentido frente a sí misma y a la sociedad colombiana.

Conforme a lo anterior, es pertinente para el estudio de este actor abordar desde su discurso los fundamentos político-militares que los guiaron y los marcaron en esa primera etapa y que son, aún hoy, materia de reflexión crítica y ajuste permanente de la Organización. Si bien se trata de un discurso que a muchos puede parecer vacío, es el que define su práctica y explica su comportamiento, de ahí la importancia de conocerlo:

El ELN asume como objetivo fundamental de su lucha político-militar la conquista del poder para las clases populares. Considera que la vía fundamental es la lucha armada insurreccional. Su afirmación se centra en la idea de que los cauces legales de la lucha política se encuentran agotados y que la única alternativa posible que le queda al pueblo son las armas (ELN, Sucesos, 1967, pp. 27-31).

El ELN considera que un punto básico para comprender la “línea revolucionaria” de la Organización es el papel que debe cumplir la guerrilla como “generadora y canalizadora de conciencia revolucionaria” de donde se desprende que la vanguardia es la guerrilla y no el partido como lo sería en condiciones diferentes; señalan que el mando debe estar en la guerrilla, debe ser político-militar y único90.

Esta visión del ELN sobre el carácter único e integral de la guerrilla lo lleva a negar, en este periodo, la necesidad del partido como aparato intermedio entre la organización militar y las masas y sus aspiraciones: se plantea como principio una estrecha relación guerrilla-pueblo. La composición social de la organización armada, la que en el caso del ELN es predominantemente campesina (aún hoy, cuarenta años después de su nacimiento lo sigue siendo), hizo que se le diera una particular visión campesinista a la lucha, acentuada esta por la idea hecha principio, de que la guerra debe desarrollarse del campo a la ciudad (ELN, Compendio periódico Insurección, 1972, p. 18).

Esta concepción maduró una serie de comportamientos que harían carrera al interior de la Organización y generarían no solo posiciones políticas extremas, sino actitudes militaristas, que se rechazaban en el discurso y se asumían en la práctica, tal vez forzados por las situaciones que iba creando la vida guerrillera y las limitaciones políticas existentes. Es evidente que entre lo planteado y lo ejecutado existía, por el orden y la complejidad de los acontecimientos, una gran distancia. Los primeros años contaron con el respaldo campesino, obrero y estudiantil, lo que permitió de alguna manera canalizar la simpatía despertada por la Revolución cubana hacia la lucha armada, pero con el desarrollo de esta, los inconvenientes y contratiempos que se fueron presentando, las deserciones, la delación, las detenciones y las ofensivas militares de las Fuerzas Armadas, se fue produciendo un “cierre de seguridad”, que comenzó a aislar la Organización del movimiento de masas y a hundirla en un periodo predominantemente militar. Frente a la ausencia de los organismos intermedios que se rechazaban, la guerrilla, imposibilitada para atender el trabajo político, se fue quedando sola, con sus respectivas justificaciones91.

En gran medida esta situación abría o cerraba posibilidades dependiendo todo de la iniciativa de la militancia y la dirección de la Organización, de su capacidad real para articularse al movimiento social, orientar sus conflictos y canalizar la lucha hacia un proyecto de transformación estructural. Sin embargo, los temores al reformismo y la lucha electoral, al partido y a la organización orientada, no espontánea de la población, impedía que el discurso tomara los derroteros de la práctica y contribuyera en el hecho histórico a desarrollar a distintos niveles el conflicto social.

Desde muy temprano, el ELN comienza a articular su discurso en el marco de las concepciones estratégicas y tácticas, políticas y militares, que caracterizan el modelo de la lucha revolucionaria definida como de “guerra prolongada”.

El ELN considera que la concepción de guerra prolongada, como vía de acceso al poder, surge de condiciones históricas concretas: de la necesidad de partir de esfuerzos propios de acumulación de fuerzas, de entender que la Revolución cubana es ejemplo para los pueblos de América Latina, pero también para quienes defienden los intereses que la revolución enfrenta, lo cual los lleva a modificar sus estrategias económicas, políticas, sociales y militares en sus territorios y áreas de influencia, con el fin de evitar que se multiplique el fenómeno cubano. Además, consideran que surge de la necesidad de formar dirigentes y militantes revolucionarios que se conviertan en orientadores de transformaciones socialistas y capaces de construir una fuerza político-militar con posibilidades de confrontar al ejército regular con éxito (ELN, compendio periódico Insurección, 1972, pp. 19-22).

El planteamiento central del ELN, en relación con su concepción político-militar consiste entonces en afirmar: “Es la lucha armada en la forma de las guerrillas, dentro de la concepción de guerra prolongada, la única vía para la liberación del pueblo” (ELN, compendio periódico Insurección, (s. f.), p. 20). La guerrilla la considera el ELN, como “la vanguardia combativa del pueblo”, que, situada en un lugar determinado de un territorio, dispuesta a desarrollar una serie de acciones bélicas tendientes a alcanzar el único fin estratégico de la guerra: la toma del poder.

Este carácter vanguardista de la guerrilla del ELN, y en general de todas las organizaciones armadas en el país, conducía a asumir dos actitudes radicales: la primera, caer en su conjunto en una actitud dogmática aferrándose a principios incuestionables, que condujeran, como efectivamente ocurrió, a prácticas sectarias frente a otras fuerzas, que sin estar vinculadas a procesos de la lucha armada, desarrollaban desde distintos escenarios una lucha política de oposición, que aunque no fuera armada, no dejaba de ser revolucionaria y se volvía reformista. La segunda, más grave aún, la posibilidad de caer, dada la dinámica de la lucha de masas, adecuada para responder a los intereses inmediatos de estas, en el aislamiento o suplantación de las masas en sus luchas específicas. Por lo que se puede leer en el compendio Insurrección, el ELN era consciente de esta situación, pero su discurso no lograba encontrar en la práctica cómo sortear las dificultades del aislamiento.

El ELN terminó por reconocer que, aunque la Organización creaba grandes simpatías con su surgimiento, sus planteamientos políticos y sus acciones militares, en el movimiento de masas y en particular en sectores urbanos, no se creaban los mecanismos políticos y organizativos para recoger esa simpatía y organizarla. Es decir, que el principio central de la guerrilla, como generadora y canalizadora de la conciencia revolucionaría del pueblo, encontraba en la práctica grandes dificultades para su implementación y que no bastaba afirmar que se iría creando la Organización a medida de las necesidades concretas, pues los hechos estaban demostrando que esto no era posible, si no aparecían orientaciones que posibilitaran la conjugación de formas de organización amplias y clandestinas acordes con los planteamientos que se formulaban.

El núcleo inicial se consolidó como foco guerrillero, pero al asumir la tarea de la construcción de la organización revolucionaria, en el campo y en la ciudad, encontró grandes e insalvables dificultades que estaban directamente determinadas por las contradicciones de los fundamentos esenciales que servían de guía ideológico-política, lo que creó un vacío de organización que se fue agrandando progresivamente. Esto condujo a concebir indirectamente la Organización como institución clandestina y a separar en la práctica la lucha de masas de la lucha armada, asignándole a la primera un carácter logístico en la que se formaban y destacaban los dirigentes populares antes de pasar a constituirse en parte de la vanguardia revolucionaria, abrazando “la forma superior de lucha”.

En la disputa por la unidad de los revolucionarios, el vanguardismo generó un proceso de marcada tendencia hacia el dogmatismo y las prácticas sectarias, de las que aún no se han podido desprender las organizaciones armadas y que los ha llevado, incluso, a enfrentamientos en los que se han producido un sinnúmero de bajas. Es posible que este comportamiento haya obedecido más a la devoción revolucionaria de la época que a un interés premeditado de tipo político en el que mediara una actitud excluyente de determinados sectores, lo que no significa tampoco que no haya existido, en casos específicos, discursos abiertamente excluyentes, como veremos más adelante.

Uno de los objetivos fundamentales del ELN era concientizar y organizar las masas en torno a principios revolucionarios y a objetivos concretos de lucha. Para lograrlo se plantea la necesidad de la unidad, definiéndola desde un enfoque en el que predomina el principio del trabajo permanente en el desarrollo de “una estrategia y una táctica común correcta y justa”. El ELN critica duramente las propuestas de unidad que parten de concepciones distintas de organización y estrategias de lucha diferentes, afirmando que la unidad se da en torno a “principios centrales de la revolución y sobre objetivos concretos y que esta surge, no como consecuencia de acuerdos de grupos de dirección, sino, de condiciones específicas del desarrollo de la lucha revolucionaria”92 (ELN, Insurrección, 1972).

Nótese que el concepto de unidad está concebido acá no como diversidad de concepciones polítcas, multiplicidad de opiniones, divergencia, sino como homogeneización táctica y estratégica frente al enemigo; la unidad es entendida como suma de esfuerzos agrupados por identidad con principios esenciales y no como convergencia de puntos de vista distintos. Esto condujo a que se mirara la unidad en términos excluyentes, donde los que no se homogeneizan corren el peligro de desaparecer, como lo subraya el documento. Pero más grave para este periodo resulta la afirmación, hecha principio, de que todo lo que separa temporal o definitivamente a las masas y a los revolucionarios de la vía insurreccional, atenta contra la unidad del pueblo y el movimiento revolucionario, pues impide en alguna forma plantearse posibilidades de crecimiento político por vías no militares.

En los primeros años, el ELN se preocupó por definir desde su concepción política el papel que le correspondía jugar a los diferentes sectores y clases sociales en la revolución. Su visión particular de las clases debía partir, según los documentos que se refieren a este aspecto, del “análisis científico” del desarrollo concreto de cada sector social en el conjunto de la sociedad colombiana, evitando la copia esquemática de condiciones válidas para otras sociedades diferentes a la nuestra, que supuestamente llegaban a tomar en consideración clases que no existen, o a atribuirles características que no poseen y a asignarles la importancia que no les corresponde (ELN, compendio periódico Insurreccion, 1972).

La primera clase que “desecha” el ELN, dentro de su análisis, es la de la “burguesía nacional”, al afirmar que esta no ha existido prácticamente en ningún país subdesarrollado, porque se ha formado bajo el tutelaje del imperialismo, lo que ha anulado prácticamente cualquier contradicción con él. Bajo esta misma influencia, piensa el ELN, se ha formado la clase obrera, lo que impide atribuirle características que le corresponderían a las de un país industrializado. El ELN considera que es la lucha, el estudio, la experiencia política, el nivel de resistencia y confrontación a las formas de explotación existentes lo que le daría a los sectores sociales el grado de cualificación suficiente para ser considerados “clases para sí”.

Al tomar como eje de reflexión el proletariado industrial colombiano existente en la década del sesenta, el ELN llega a la conclusión que es apenas un sector social que no ha alcanzado un verdadero desarrollo de clase, que su surgimiento reciente y su crecimiento lento, lo hacen débil y poco numeroso. Pero que el aspecto más importante que lo aleja de cualquier protagonismo político es el hecho de no haber vivido el proceso de cohesión necesario, para que hubiera adquirido las características propias de la clase obrera, que hacen que sea una clase con inmensas potencialidades revolucionarias. Para el ELN, el aspecto fundamental del problema reside en la orientación reformista que han tenido las luchas realizadas por el proletariado industrial, lo que, al parecer de la Organización, lo han alejado de sus “verdaderos objetivos” llevándolo a depender ideológicamente de la pequeña burguesía.

En esta época, el ELN considera que la actividad sindical, que en otros países fue un medio para conseguir objetivos políticos y elevar la conciencia del obrero, en Colombia, en lugar de servir a la lucha de clases estimula el acercamiento y la coexistencia entre estas, “convirtiéndose en un canal de penetración de la ideología burguesa en la clase proletaria. El reformismo, afirma el grupo guerrillero, es la enfermedad más grave que sufre el movimiento sindical” (ELN, Insurrección, 1972, pp. 24-27).

La lucha reivindicativa de carácter gremial está considerada entonces como reformista, y solo adquiere sentido cuando se articula a la lucha armada y asume la premisa antioligárquica y antiimperialista: “tratar de organizar la clase obrera al margen de la lucha armada es enredarse en el círculo vicioso del reformismo”93, afirma la Organización. Concebida así la situación ideológica y la práctica sindical de la clase trabajadora, el ELN le asigna un papel protagónico en el proceso revolucionario al movimiento campesino94; desplazada la clase obrera del papel protagónico en los procesos revolucionarios, por su “escaso desarrollo histórico y su falta de solidez política”, el campesino pasa a llenar este vacío. En 1967, en la entrevista concedida por la dirigencia del ELN, a la revista Sucesos, a través de su director, el periodista Mario Renato Menéndez Rodríguez, la Organización guerrillera señala su composición de clase afirmando que en lo esencial el ELN es un ejército de campesinos95. La composición campesina también define la dirección del movimiento insurgente haciendo que la lucha marche del campo a la ciudad96.

La reflexión del ELN sobre el papel de los sectores sociales en el proceso revolucionario, lo lleva a tomar en consideración a estudiantes e intelectuales como sectores potenciales de gran importancia para este, por su mayor preparación cultural y las posibilidades que desde la academia existen para comprender los problemas nacionales. El ELN afirmaba que, para que estos sectores se vincularan, era necesario la creación de ciertas condiciones externas a ellos que no podía producirlas sino la lucha armada. A pesar de reconocer el papel jugado por los estudiantes y los intelectuales en el surgimiento de la Organización y en las luchas agitacionales dotándolas de un carácter antiimperialista y revolucionario, la guerrilla considera que cuando se trata de pasar a una etapa organizativa y de definición política su acción se queda corta y que esto se debía a su carácter pequeño burgués y a su mentalidad ascensionista: hasta que se creen esas “condiciones internas” por parte de la lucha armada, estudiantes e intelectuales participarán con mayor énfasis en el proceso, superando el “espontaneísmo y la falta de profundidad de sus actos” (ELN, revista Sucesos, 1967, 177B). El ELN no explicitó cuáles son esas “condiciones externas”, pero se deduce del discurso que estas se constituyen sobre la base del agotamiento de todo tipo de expectativas sociales y políticas que sean ajenas a los intereses de la revolución y la lucha armada.

Desde muy temprano el ELN centró su atención en el sector energético y en la clase obrera vinculada a él; al señalar los avances del proletariado, asegura que en este sector industrial los obreros han protagonizado los hechos políticos de mayor repercusión nacional. Esto lo atribuyen a dos factores complementarios: primero, a la concepción de lucha que manejan, la que, al entender del ELN, trasciende la lucha economista y reformista para inscribirse en la lucha política por el poder, y segundo, a la “influencia que la acción del movimiento guerrillero viene ejerciendo en ese sector” a través del impulso de su concepción de la lucha armada como único camino para la liberación (ELN, Insurrección, 1972, pp. 25-29).

La influencia ejercida por el ELN, al interior del movimiento de los trabajadores de la industria del petróleo, en estos primeros años, recayó sobre algunos destacados dirigentes de la Unión Sindical Obrera (USO) y de la Federación de Trabajadores Petroleros (Fedepetrol), los que en cumplimiento de sus actividades como militantes o simpatizantes del grupo guerrillero introdujeron el discurso del ELN en las discusiones de la organización sindical, ganando adeptos para este, sin que esto significara un dominio hegemónico del discurso “eleno” sobre el total de los trabajadores.

La década, en su conjunto, estaba respirando el fervor revolucionario y el despertar político de distintos sectores sociales, que veían desvanecerse en el seno del Frente Nacional sus posibilidades de mejores niveles de vida. Esta situación podía generar falsas apreciaciones en la óptica de un discurso que en la práctica reducía toda actividad revolucionaria a la lucha armada. Es evidente y notoria la simpatía despertada por la organización guerrillera, en núcleos obreros de trabajadores del petróleo, los que además pudieron contar con la presencia cercana del grupo armado, y muy seguramente con su influencia, sin que esto implicara una subordinación política de los petroleros a la organización armada.

En el periodo de implantación, predominó el campesinado como el sector social en la conformación del ELN; a su lado la clase obrera, el sector estudiantil y los intelectuales. Estos fueron los grupos sociales que constituyeron el tejido social a través del cual la Organización desarrollaría su trabajo político y maduraría su proyecto revolucionario. La subvaloración del conjunto de la clase trabajadora, en su momento portadores, según el parecer del grupo, de una ideología “pequeño burguesa” y “reformista”, hizo que se sobrevalorara el papel protagónico del campesinado, el que desde luego había acumulado una experiencia de lucha política importante, en los marcos de los partidos tradicionales.

El proceso de proletarización política no comprometió solamente a los sectores obreros e intelectuales, sino, urgentemente, a las bases campesinas con que el ELN iba tomando forma. De ahí que hubo necesidad de construir un perfil de militante eleno, que llenara por “vocación” y “mística revolucionaria” las deficiencias político-ideológicas de los componentes del grupo guerrillero, dado que la capacitación política requería de maduración intelectual, la cual no se podía adquirir de un momento a otro. El discurso político transitaba, en la Organización, al lado de un modelo de combatiente que se fue estructurando de las virtudes de los militantes de la revolución latinoamericana y en particular de los ejemplos de Simón Bolívar, José Martí, Ernesto Guevara y Camilo Torres.

Tres elementos se consideraban básicos para que alguien se constituyera en aspirante a militante de la guerrilla en condición de combatiente: claridad97, decisión98 y sacrificio99. En el trasfondo lo que se buscaba era crear, mediante un conjunto de valores y de referentes de comportamiento ejemplar, una mística revolucionaria que fuese capaz de poner a prueba la disposición para sufrir y sacrificarse, de aquellos que aspiraban a abrazar la consigna de liberación o muerte.

Algunas de las lecciones históricas tomadas de la guerra de independencia generaron un tipo de comportamiento, en los militantes de la guerrilla, que conducían a la producción de hechos de violencia internos y desviaciones hacia prácticas autoritarias y militaristas. El espíritu “patriótico”, que ejemplariza la imagen de antiguos guerreros, fue parte del alimento que consumió la mística revolucionaria de los militantes guerrilleros: símbolos que servían para reforzar su decisión de lucha y darle sentido a sus sacrificios, historias que nutrían su vocación de mártires y héroes. El ritual que repetía el mismo juramento bolivariano del Monte Sacro, lo habían asumido, en otro contexto, los primeros integrantes de la brigada “proliberación” José Antonio Galán, después de haber terminado su entrenamiento en la isla cubana: un compromiso irreversible en el que se ponía como prenda de garantía la vida misma100.

En el ELN la pena de muerte por desmoralización, deserción, traición, derrotismo, cobardía, fue frecuente; la vigilancia revolucionaria fue extrema y las ejecuciones comprometieron no solo a los militantes de base, sino a sus mismos dirigentes, muchos de ellos fundadores y cofundadores de la Organización. Al parecer una vez tomada la determinación de hacer parte de la lucha guerrillera, dado el primer paso, el camino se hacía irreversible101.

De mayores responsabilidades se cubría el dirigente guerrillero cuyo perfil está definido con relativa claridad en las declaraciones dadas por la Organización a la revista Sucesos, en 1967:

Un dirigente guerrillero tiene que ser un hombre, primero que todo, plenamente convencido de la justeza de la causa por la cual lucha; no podrá ser un vacilante, arrastrado a esta posición por intereses diferentes a los de la base que lo nombra; por lo tanto no puede decretarse a cualquiera como jefe guerrillero; se forman en el fragor de la lucha; su fidelidad y profundo amor por el pueblo, su sagacidad, su astucia, su valor, su honradez, su capacidad táctica-estratégica en la concepción de la guerra del pueblo, son los méritos observados por los hombres que fielmente lo seguirán a cualquier batalla. Además, debe tener una gran personalidad, un gran carácter, no ser un hombre fácilmente influible; tendrá que ser un hombre de decisiones rápidas y firmes. El jefe guerrillero deberá ser un hombre lo suficientemente claro políticamente como para estar consciente de la seriedad y responsabilidad de su misión ante el pueblo, un jefe guerrillero deberá responder de sus hechos ante los organismos superiores. Que, de haberlos, obviamente, estarán en el monte. Y en el campo de batalla, porque un jefe guerrillero no debe permitir, no se puede ni siquiera concebir que recibirá órdenes de la ciudad, y lo que es más importante deberá responder ante el pueblo, su misión principal es orientar la lucha hacia etapas cada vez más avanzadas, consolidando y desarrollando la fuerza guerrillera. Un jefe guerrillero con su ejemplo, con su abnegación, con su valor y espíritu de sacrificio deberá ir formando los cuadros guerrilleros que, con la misma firmeza y decisión conducirán la lucha, aunque el propio jefe falte por alguna circunstancia; el jefe guerrillero tiene la responsabilidad, la obligación de garantizar la continuación de la organización guerrillera. Otra de las responsabilidades y condiciones indispensables para un jefe guerrillero es que su entrega a la lucha guerrillera sea total, íntegra; por eso su único puesto —el nombre lo dice: jefe guerrillero— está en las montañas al frente de sus combatientes guerrilleros. Esta responsabilidad es ineludible; a un jefe guerrillero no se le está permitido abandonar su posición de combate, no le está permitido bajar a la ciudad y, si baja a la ciudad solo será aceptable si lo hace tomándose militarmente las posiciones enemigas, controlando totalmente la situación, no debe bajar a la ciudad a cumplir funciones que bien puede desarrollar un cuadro intermedio, no debe tomarse esa libertad, hacerlo es ofrecerle un blanco fácil al enemigo, son las consecuencias negativas que su muerte trae, no solo perjudiciales para la organización a la que se golpea directamente, sino también para el resto de las organizaciones armadas revolucionarias de nuestro Pueblo, que ven en ello una falta de responsabilidad, un mal ejemplo. En síntesis, un jefe guerrillero debe ser un hombre suficientemente consciente y consecuente con la responsabilidad que tiene ante los pueblos. (ELN, Insurrección, 1972).

El abismo que existía entre el perfil deseado y el perfil real era inevitable. La guerrilla formada por hombres del común, cargados de buena voluntad y entusiasmo revolucionario, no lograba desprenderse de elementos de su formación social o de su particular forma del ser individual, en la que anidaban o invernaban temporalmente comportamientos considerados por la Organización como lesivos a los intereses del pueblo y la revolución: el individualismo, el egoísmo, las ansias de poder, la indisciplina, la debilidad física, la falta de formación ideológica y política, que estaba más allá de concebir la lucha entre explotados y explotadores, no pudo asumir ese “sacerdocio guerrillero” y se generó un tipo de militante que se subordinó a una dirección en las que las responsabilidades hacían las veces de grados militares y los fundamentos y códigos de comportamiento de guías de acción inviolables. Lo anterior condujo a que se fuera estructurando una organización vertical que en la práctica se oponía a la horizontalidad que se buscaba:

En nuestra Organización no existen grados; los únicos que se han otorgado han sido póstumos. Esto se debe a un factor de concepción. Nosotros hemos considerado que los grados no deben ser un problema de preocupación para los revolucionarios; creemos que los grados en las organizaciones político-militares deben obedecer a necesidades organizativas […]. En nuestra Organización fijamos responsabilidades, mantenemos una gran disciplina y una sólida formación militar revolucionaria; en nuestras filas —y hasta el momento— no hemos necesitado otorgar grados a nuestros combatientes ni a nuestros jefes guerrilleros ni a nuestros compañeros del Estado Mayor. […] La dirección del ELN está constituida de la siguiente manera: un primer y segundo responsable, un segundo al mando y un Estado Mayor. Además, cada frente guerrillero y cada unidad guerrillera tienen un primer y segundo responsable, de igual forma la escuadra guerrillera. (ELN, Insurrección, 1972)

Tanto el perfil del dirigente del ELN, como la estructura de la Organización, estaban atravesados por la concepción de la guerra popular y el ejército revolucionario, en cuya apreciación particular jugó una importante influencia la experiencia vietnamita, a la cual tuvieron acceso varios militantes de la Organización. La forma organizativa esencial no varió sustancialmente en el tiempo, se siguió sosteniendo el concepto de “responsable” para cada una de las estructuras en que se divide la Organización. Sin embargo, los mecanismos de selección para las responsabilidades del Comando Central (COCE), la Dirección Nacional (DN) y las jefaturas de frente, se realiza en eventos internos de definición democrática.

El énfasis que el ELN colocó en el protagonismo del campesinado, en el proceso revolucionario, condujo a que se considerara como sede del desarrollo de la Organización el campo y que se le asignara un papel predominantemente logístico a la ciudad102. En el momento de la génesis de este grupo armado se está produciendo un proceso de reacomodamiento poblacional sobre el territorio que terminó por modificar sustancialmente la relación campo-ciudad, adquiriendo desde entonces las ciudades un papel más activo dentro de las transformaciones políticas, económicas y sociales que comenzaron a operarse como consecuencia de la migración campesina sobre los centros urbanos, resultado de la violencia y el despegue industrializador. Esta situación, al estarse produciendo, fue insuficientemente valorado por el ELN, en la definición de su estrategia política de crecimiento.

Durante estos años fue común la crítica al ELN sobre la subvaloración del trabajo urbano y la sobrevaloración del trabajo rural campesino. El cuestionamiento se expresaba como consecuencia lógica de la posición que el grupo guerrillero había asumido frente a los sectores sociales y el proceso mismo de desarrollo de la lucha armada, la cual en las condiciones de América Latina, afirmaba el ELN, debió empezarse en el campo y marchar sobre las ciudades. Desde entonces, pese a las defensas que la organización guerrillera hizo de las críticas que se le formulaban, fue quedándose sin estructuras en la ciudad, en un país que marchaba aceleradamente hacia el urbanismo. El ELN no consiguió construir una organización fuerte en la ciudad, a pesar de la importancia que, para el naciente movimiento guerrillero, significaba el apoyo logístico proveniente de la ciudad, este fue desde el comienzo reducido e insuficiente. La Organización se vio forzada a depender de los recursos obtenidos, en su mayor parte, de las mismas acciones que realizaban las guerrillas y asignarle a la ciudad un nuevo papel que debía desarrollarse, fundamentalmente en lo político. Sin embargo, la Organización urbana no pudo tampoco consolidar una concepción de trabajo político en las ciudades que hiciera caja de resonancia de la actividad guerrillera, ni cumplir con el papel logístico que el proyecto revolucionario demandaba. Siempre fue para el ELN una gran dificultad el trabajo urbano, y motivo de sus permanentes preocupaciones; sus limitaciones a este respecto lo llevaron a perseverar y sostener puntos de vista en los que predomina la actividad rural sobre la urbana y, unido a ello, lo militar sobre lo político. Así, el discurso del ELN, durante los primeros años, sobre el papel de la organización urbana, estuvo cruzado por la ambigüedad entre el énfasis del trabajo logístico militar y el político organizativo, predominando la subordinación de lo político a lo logístico en la práctica103.

Este enfoque en la labor política que debió desarrollarse en el sector de los trabajadores urbanos, estaba cruzado por una estrechísima visión del papel que la llamada “clase obrera” podía jugar en la lucha gremial y política, y se reducía a capacitarla para que se incorporara a la guerrilla abandonando el medio social que le era natural. Desde luego, no fue el interés del ELN, en sus primeros años, fortalecer y desarrollar la lucha sindical y gremial; todos sus esfuerzos se centraron en canalizar hacia la lucha armada los mejores dirigentes que tuvieran el sector de los trabajadores y sus organizaciones gremiales.

La explicación para esta actitud frente a la lucha reivindicativa estaba circunscrita a su concepción táctica y estratégica de la guerra. Para el ELN, inscribir los sectores sociales potencialmente revolucionarios en la lucha por reivindicaciones económicas y políticas de corte democrático, era caer en desviaciones de tipo reformista. En esta medida, el compromiso de los militantes del ELN urbano debía ser el de prepararse en y por la acción político militar en la ciudad para pasar a la acción en el campo (ELN, compendio Insurrección, 1972 pp. 44-45).

En síntesis, la ciudad era considerada en el marco de la guerra desarrollada por el ELN, como una “cantera” de la que se podía extraer, de los distintos sectores sociales, principalmente obreros, los militantes que necesitaba la Organización para fortalecerse en el campo. Este enfoque estuvo profundamente arraigado en el interior del ELN y solo comenzó a cambiar en la segunda mitad de la década del 70, como consecuencia de la crisis a la que se vio abocada la Organización en esos años, y del papel que núcleos obreros importantes, influenciados más por la imagen e historia del ELN, que, por el mismo grupo, comenzaron a desarrollar en distintas ciudades.

EL ELN y su influencia en el movimiento de masas

Desde sus orígenes el ELN buscó a través de diferentes mecanismos articularse al movimiento de masas, con una doble finalidad. Primero, influir en las organizaciones gremiales, en la definición de sus programas y en la orientación de sus luchas, buscando ganar simpatía para el proyecto revolucionario; segundo, extraer de esos movimientos, sus activistas más destacados con el objeto de hacerlos militantes de la Organización.

Una amplia influencia desarrolló el ELN en el movimiento estudiantil de la época, mediante el trabajo realizado por dirigentes de la Organización que estuvieran vinculados a las universidades y fueran activistas e impulsores de la organización gremial del estudiantado. La Federación Universitaria Nacional y la Asociación Universitaria de Estudiantes Santandereanos estuvieron conducidas por jóvenes militantes del ELN, que lograron influenciar las definiciones políticas y las características mismas del movimiento. Así, lograron convertirlo en una fuerza de apoyo social al grupo armado y cooptando en él militantes que posteriormente harían parte importante del desenvolvimiento histórico del ELN, algunas veces por sus aportes a la configuración de su línea política, otras porque se verían enredados en situaciones complejas, en las que, como consecuencia del desarrollo de las contradicciones políticas en el interior de la Organización, o en el desarrollo de los combates con el Ejército, perderían la vida.

La FUN, fundada en octubre de 1963, recibió desde sus inicios influencia del ELN, a través del trabajo realizado por Manuel Vásquez Castaño y José Manuel Martínez Quiroz, entre otros, que estarían muy cerca del proceso de transformación política de Camilo Torres Restrepo, conduciendo su entusiasmo revolucionario hacia las filas del ELN.

La Universidad Nacional de Colombia, en la que jugó un papel importante la FUN, le aportó a la Organización algunos de sus más destacados dirigentes, entre ellos Heliodoro Ochoa, Julio César Cortés (quién fue presidente del Comité Ejecutivo cuando esta se fundó), Juan Calderón, Hermías Ruiz y posteriormente Armando Correa (que llegó a ser presidente de la Federación y murió en 1973) y Rómulo Carvalho (murió en septiembre de 1969), entre muchos otros, que se quedaron en el anonimato. En la misma forma, la Universidad Industrial de Santander, a través de su organización gremial, la Asociación Universitaria de Estudiantes Santandereanos (Audesa) se convirtió en un “semillero de cuadros” que nutrió de militantes durante algunos años a la Organización. Víctor Medina Morón, Jaime Arenas, Juan Calderón, Homero Sobrino, entre otros, son de los aportes hechos por la UIS al ELN; algunos de ellos participaron en la conformación inicial del ELN y llegaron a hacer parte del Estado Mayor, como se le denominaba en esa época a la dirección.

El ELN, a través de su militancia, impulsó y desarrolló la huelga estudiantil de 1965 en la UIS, y promovió la marcha que emprendieron los estudiantes de esa universidad hacia Bogotá contando no solo con el apoyo y la simpatía regional, sino con un sentido respaldo a nivel nacional. Estudiantes de generaciones posteriores también llegarían a las filas del ELN y ofrendarían su existencia en el desarrollo de una lucha que fue motivando ese entusiasmo. Entre ellos se destacarían Jaime Andrade Sossa, quien se desempeñó como secretario de la Audesa en 1969, Miguel Pimienta, Henry Serrano, Enrique Granados, Ludwing Prada y Julio César Portela. De otros centros universitarios del país se fueron desgranando posteriormente militantes que desarrollarían trabajo político y organizativo, en la Universidad del Valle, la Universidad del Cauca, la Universidad de Antioquia y entre las privadas la Universidad Libre principalmente.

Con el sector estudiantil, el ELN no solo trabajó a nivel de la educación superior, sino que tuvo influencia en varios colegios de secundaria de reconocida trayectoria en el desarrollo de conflictos gremiales en Bogotá, Bucaramanga y Medellín. Vale señalar el colegio Santander de Bucaramanga y el Aurelio Tobón de la Universidad Libre de Bogotá, donde se estructuraron grupos que llegaron a hacer parte de los “Núcleos 8 de Octubre” y posteriormente los Comandos Camilistas en una etapa que se caracterizó por un extremo fervor revolucionario hacia la lucha armada.

El movimiento obrero también fue objeto del trabajo político del ELN y le aportó destacados dirigentes a la Organización. Guiados por una concepción que descalificaba a la clase obrera como clase revolucionaria, y condenaba su desempeño gremialista y su lucha predominante económica y reivindicativa (la cual era considerada como reformista), el ELN se aproximó a las organizaciones sindicales de mayor trayectoria en la lucha social y buscó influir en ellas, orientándolas hacia un tipo de sindicalismo independiente, cuyos objetivos se definieran más en términos de la lucha política que gremial.

La Unión Sindical Obrera (USO), la organización gremial de los trabajadores petroleros, fue objeto del trabajo político-organizativo del ELN; de esta organización salieron hacia la guerrilla importantes dirigentes gremiales. Desde su origen, el ELN tomó en consideración, para implantar el proyecto guerrillero, la cercanía de la ciudad petrolera y la larga tradición de lucha de su población. En todas las pugnas desarrolladas por la USO, el ELN estaría presente a través de su militancia en el desarrollo de acciones de sabotaje como acompañamiento militar a estas. Aun cuando no se tuvo, ni ha tenido nunca una influencia marcada en la orientación política del sindicato, pues allí convergen las más distintas posiciones y organizaciones políticas, sí se tuvo una influencia significativa en un importante sector de trabajadores de los que salieron hacia las montañas Carlos Uribe Gaviria y Juan de Dios Aguilera, quien había sido dirigente sindical.

En otros sectores obreros, en especial en la ciudad de Medellín, se iría conformando un núcleo de trabajadores simpatizantes y militantes del ELN, que darían origen a prácticas sindicales independientes y a colectivos de trabajo sindical, que a la vez que desarrollaban la lucha gremial y reivindicativa difundían entre los sectores obreros las ideas del ELN. Manuel y Antonio Vásquez tuvieron durante algún tiempo la relación con los trabajadores de Antioquia y orientaron su trabajo político con las masas y las tareas de apoyo logístico al grupo guerrillero: Luis Carlos Cárdenas Arbeláez, Ramiro Vargas, Mauro Orrego, serían, entre muchos otros, algunos de los que se destacarían en el desarrollo de su condición de militantes del ELN. La influencia irradiaría después hacia otros sectores de trabajadores en distintos lugares del país, interviniendo sus organizaciones gremiales, en particular, las de los empleados públicos, el magisterio y el sector bancario.

Surgida como una organización campesina, el ELN no podía dejar de influenciar formas de organización gremial de los trabajadores del campo, estableciendo con ellos un estrecho acercamiento que lo llevaba a orientar sus luchas y generar sus movimientos de protesta a través de marchas e invasiones de tierra. Con la aparición de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC), el ELN entra a establecer relaciones y a trabajar a su interior en la definición de sus propuestas políticas, al igual que lo harían otras organizaciones. No obstante, la ANUC iría definiendo un propio perfil, sin que la presencia de las organizaciones políticas pudiera expresarse en forma hegemónica. Un importante trabajo realizó el ELN, con los campesinos de El Sarare, algunos de los cuales conformarían posteriormente el Frente Domingo Laín, después de un prolongado trabajo de masas y un profundo adoctrinamiento entre los habitantes de la región. En Santander, Antioquia y Bolívar, los sectores campesinos contaban con un persistente trabajo de organización por parte del ELN, principalmente guiados por la concepción de la línea Sincelejo, que constituía el sector independiente de la tutela gubernamental, la llamada línea campesina, frente a la línea Armenia que era en lo esencial de medianos y grandes propietarios de tierra.

Con la muerte de Camilo un importante grupo de cristianos laicos y clérigos, desarrollaron, en el contexto de las transformaciones que venía teniendo la Iglesia y en particular de las orientaciones sociales de las encíclicas papales y de las formulaciones del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), un movimiento de sacerdotes comprometidos con los intereses y las angustias de los desposeídos. El Concilio del Vaticano II y la conferencia de Medellín se constituyeron, sin proponérselo, en el punto de referencia desde el cual surgió un compromiso de la llamada Iglesia de Base, con el desarrollo de las luchas populares. En ese contexto surgió el movimiento de Golconda y el de los Sacerdotes para América Latina (SAL).

La experiencia de Golconda, aun cuando tiene antecedentes que se remontan en el tiempo, fundamentalmente se desarrolla entre los años de 1968 y 1969 como un movimiento sacerdotal que pregona una acción pastoral de compromiso con las realidades sociales y políticas que vive el país. Muchos sacerdotes se acercaron e hicieron parte del movimiento revolucionario de la época, y se constituyeron, incluso, en militantes de las organizaciones armadas. Más que una influencia interior en Golconda, la Organización lo que hizo fue canalizar el entusiasmo que despertó Camilo en clérigos y laicos cristianos hacia un compromiso revolucionario. Movidos por ese entusiasmo, llegaron a Colombia Domingo Laín, Antonio Jiménez Comín y Manuel Pérez Martínez, sacerdotes españoles, que buscaban seguir los pasos de Camilo en el interior del ELN, como efectivamente lo hicieron.

Pese a la influencia que el ELN ha mantenido sobre importantes sectores cristianos, de las llamadas Comunidades Eclesiales de Base, no ha dejado de producirse en su interior un amplio, profundo y en ocasiones difícil debate en las relaciones entre marxismo y cristianismo.

No obstante lo anterior, las limitaciones en la concepción del trabajo revolucionario con la población y los sectores sociales organizados, no le permitieron al ELN, durante esta época, consolidarse como un proyecto político con un importante arraigo popular. La falta de políticas claras en sus relaciones con las organizaciones de masas y su concepción estrategista fueron aislando a la Organización de los proyectos y propuestas de los sectores sociales, y reduciendo su trabajo a extraer rápidamente de ellos, los mejores activistas y dirigentes para clandestinizarlos y convertirlos en militantes y combatientes de la Organización. Esto no significa que durante muchos años la militancia del ELN no haya hecho presencia en las organizaciones gremiales y el movimiento social tratando de influenciarlo y aprender de él, desde luego, con resultados muy precarios.

El camino de las contradicciones internas del ELN

En el desarrollo alcanzado por el ELN, hasta 1967, se venía presentando internamente una serie de contradicciones en el aspecto político e ideológico, que hacían referencia, entre otras cosas al papel de lo político y lo militar en la lucha revolucionaria. Pese a que las contradicciones tenían un origen múltiple cuyo fundamento esencial lo constituían concepciones políticas, prácticas culturales, circunstancias psicológicas, realidades específicas de la cotidianidad de la vida guerrillera, etc., comenzaron a desarrollarse intereses particulares en torno al poder de la Organización a través de aspectos predominantemente morales que condujeron a la postre a un manejo maniqueo de estas.

En la lucha por sostener el ELN como un proyecto político-militar, fueron madurando puntos de vista y actitudes que se convirtieron con el tiempo en causa de marcadas “desviaciones” políticas y prácticas militaristas inconcebibles, cuya expresión interna fue el tratamiento inadecuado a las diferencias ideológicas y el sacrificio innecesario de vidas humanas. La contradicción central giraba en torno a la subordinación de lo político a lo militar o viceversa, pero se desdobló en una confrontación entre quienes provenían del trabajo urbano y quienes avalaban el trabajo rural como fundamento esencial del proyecto armado. Lógicamente, quienes tenían una mayor inclinación a fortalecer el trabajo político eran los integrantes de extracción urbana, que habían sido fogueados en la lucha de masas y en los movimientos de izquierda, y tenían una concepción práctica y una experiencia acumulada de ese tipo de trabajo que los convocaba a defenderlo como un elemento capital para que el proyecto se fuera “llenando de pueblo”. Quienes tenían una mayor inclinación hacia el desarrollo del aspecto militar eran los integrantes de extracción campesina, que no eran muy hábiles para el trabajo político, vivían en un analfabetismo político mayor y contaban con unas condiciones físicas, intelectuales, socioculturales y de adaptación al medio, que los convocaba “naturalmente” hacia las prácticas militares; pero además, toda su experiencia cercana en la lucha política estaba en relación con la época de La Violencia y el desarrollo de las guerrillas liberales.

Poco a poco, se fueron configurando dos grupos que llevaron a que los aspectos de la contradicción se polarizaran, en lugar de integrarse y complementarse en una práctica consecuente con lo que se promulgaba. Estaba, por un lado, el grupo de los citadinos, que hacía los énfasis en el aspecto político del trabajo revolucionario, liderado por Víctor Medina Morón; por el otro, estaba el de los campesinos, cuyo énfasis se centraba en el desarrollo del aspecto militar y que lideraba, en alguna forma, Fabio Vásquez.

El año de 1967 fue de bastante tensión y dificultades para el ELN, los operativos militares en el área del Opón obligaron a la Organización a desplegarse hacia el cerro de los Andes. Allí, en un ambiente enrarecido, surgen de nuevo las contradicciones y el enfrentamiento de los dos grupos que se venían configurando. Desde mediados de julio y hasta septiembre, la guerrilla deja de operar militarmente para discutir y elaborar el plan de trabajo de los meses siguientes. En esas reuniones, la situación se fue haciendo cada vez más difícil; el principio de la autoridad suprema en el primer responsable de la Organización se impuso sobre las observaciones y puntos de vista de quienes, haciendo parte del Estado Mayor, tenían sus reservas frente a lo que se planteaba y maduraban sus propios criterios.

Durante estos meses se produce el fusilamiento de Heriberto Espitia, en medio de circunstancias confusas y sin ningún tipo de explicación104. La muerte de Espitia aumenta los niveles de tensión, haciendo que el ambiente y las discusiones se tornaran más difíciles y las decisiones más complejas. Una atmósfera de hostilidad frente a Víctor Medina Morón y quienes lo acompañaban se fue levantando, y poco a poco, todo el ejercicio del poder se centró en Fabio Vásquez; comenzaron a presentarse roces personales e incidentes violentos que ahondaron la profundidad de la crisis y la fueron conduciendo hacia definiciones extremas. El 10 de octubre de 1967, Fabio decide separar de la segunda responsabilidad a Medina, dejándolo en el Estado Mayor en igualdad de condiciones a los demás. Ricardo Lara Parada se convierte en el segundo al mando.

Conforme a lo establecido por el plan de trabajo, el grupo guerrillero se dividió en cuatro comisiones. Una comisión al mando de Manuel Vásquez y Luis José Solano, cuya orientación era desplazarse al sur del departamento, reconocer el terreno, establecer contactos con los campesinos, examinar las condiciones geográficas y socioeconómicas de esa región y mirar las posibilidades de construir trabajo organizativo. Una segunda comisión estaba al mando de José Ayala y Julio Portocarrero, y se debía dirigir hacia la zona llana, con la función de recontactar campesinos, apoyar logísticamente a la guerrilla, buscar el frente Camilo Torres, o lo que quedara de él, y combatir si se presentaba la oportunidad (era la única comisión con autorización para enfrentar al Ejército); en ese grupo estaba Juan de Dios Aguilera, que se había articulado a la guerrilla después de haberse fugado del lugar de reclusión en que lo tenían como consecuencia de su captura en Barrancabermeja, donde se desempeñaba como dirigente petrolero. La tercera comisión permaneció en el cerro de los Andes a cargo de Fabio Vásquez, con el propósito de establecer allí las bases para una retaguardia. La última comisión quedó al mando de Víctor Medina, y de ella hacía parte Julio César Cortés; tenía por objetivo localizarse en la zona de Riofuego y desarrollar durante algunos meses trabajo político-organizativo.

Pese a los esfuerzos que el conjunto de la dirección realiza para sortear las dificultades políticas internas, y del deseo y la buena voluntad de sobreponerse a las limitaciones, dándole prioridad a la defensa del proyecto en su conjunto, la crisis sigue madurando y se van configurando los bloques que han de extremar la confrontación105. La división en comisiones se realizó como una estrategia para aliviar los polos de contradicción; no obstante, cada una de ellas llevó en su interior partidarios de la otra. Así, la conducida por Manuel Vásquez y Luis José Lozano Sepúlveda, la acompañaba Heliodoro Ochoa, quien días antes, había tenido un altercado con Fabio, recriminándole sus privilegios y enjuiciándole el procedimiento anormal de la ejecución de Heriberto Espitia. De la comisión originada por José Ayala y Julio Portocarrero, hacía parte Juan de Dios Aguilera, quien extremaría la contradicción colocando el conjunto del grupo que lideraba Medina Morón, en condiciones de indefensión.

La situación entonces no era fácil, la vigilancia de las partes y el acomodamiento de los hechos a la consolidación de puntos de vista e intereses específicos generaron un tipo de lectura maniquea de cada suceso, agrandándolo o empequeñeciéndolo según las necesidades de la confrontación interna. Acontecimientos que en otras circunstancias podrían pasar desapercibidos recibieron un tratamiento que no se articulaba a las definiciones políticas y disciplinarias internas con mucha coherencia. Se comenzó a esculcar en detalle el comportamiento individual de cada uno de los miembros de las partes, levantándose extensos expedientes imaginarios sobre la base de supuestos y visiones acomodaticias106.

Los últimos meses del año de 1967 fueron particularmente difíciles para el desarrollo interno de la Organización. Pese a los intentos por no llevar las contradicciones a extremos, la dinámica misma del proceso de enfrentamientos había avanzado tanto, que comenzaron a producirse iniciativas individuales que terminaron por complicar las cosas. En la comisión comandada por José Ayala empezó a madurar un movimiento de inconformidad con la dirección, por las actitudes personales de este, que arriesgaba el grupo para satisfacer sus necesidades sentimentales y asumía frente a la crítica una postura autoritaria y descalificadora. Como consecuencia del comportamiento irregular e indisciplinado de Ayala, se produce, en su ausencia, una emboscada a la comisión en la que pierde la vida Hermías Ruiz107, uno de los estudiantes que había seguido los pasos de Camilo a la guerrilla y que jugaba un papel importante en el área de salud.

A mediados del mes de enero de 1968, en el grupo de Ayala se genera un movimiento conspirativo, del que hacen parte Juan de Dios Aguilera y Ovidio Camacho, un campesino que se había articulado desde hacía algún tiempo a la guerrilla, en el que se concibe y se lleva a cabo el atentado en el que es asesinado José Ayala y queda herido el segundo al mando, Julio Portocarrero. Con la muerte de Ayala el grupo queda bajo la conducción de Camacho y Aguilera, como primero y segundo responsables respectivamente. La nueva dirección resuelve separarse del ELN, desconocer la jefatura de Fabio Vásquez y formar una nueva agrupación con el nombre de “Frente Guerrillero Simón Bolívar”, 108 que posteriormente adelantaría acciones militares contra el Ejército y buscaría establecer relaciones políticas con el Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR) uno de los grupos existentes en el momento. Este incidente generó en el interior de la Organización una serie de dificultades que terminaron con el fusilamiento de Víctor Medina Morón109, Julio César Cortés110 y Heliodoro Ochoa111, tres de los más antiguos militantes del ELN, cofundadores del proyecto armado112.

Resulta muy difícil comprender situaciones de esta naturaleza, en las que está de por medio la vida humana, al margen de los procesos que las gestaron y en el contexto histórico en el que se produjeron113. Al respecto, el ELN ha madurado con los años una actitud crítica frente a ese tipo de acontecimientos; no obstante, fue en el marco de tales sucesos en que fue construyendo su propia historia, la que definió su cultura, sus valores y sus imaginarios simbólicos, muchos de los cuales hoy se encuentran profundamente transformados. El sacrificio de Víctor Medina Morón, Julio César Cortés y Heliodoro Ochoa, significó la introducción de una práctica extrema en la que las contradicciones políticas fueron solucionadas por la vía militar.

Desarrollo y auge militar: la contradicción sigue madurando

“Solucionadas” parcialmente las contradicciones y conjurado el supuesto complot, el ELN inicia un periodo que se caracteriza por su fortalecimiento militar. A partir de entonces el trabajo político con las bases campesinas, y en general con el movimiento de masas, fue decayendo cada vez más y en su lugar se afianzó la práctica militar y los planteamientos de Fabio Vásquez como primer responsable de la Organización.

Una atmósfera de inseguridad interna comenzó a vivirse en esos meses que siguieron a los fusilamientos de Medina, Cortés y Ochoa. En la práctica se extremaron las medidas de “vigilancia revolucionaria” sobre los militantes, los que optaron por reservarse sus puntos de vista y opiniones en el camino de evitar el hecho de que estos fueran mal interpretados. Una huella profunda dejó en la Organización el hecho de solucionar con fusilamientos las contradicciones políticas e ideológicas, como expresión evidente de la falta de madurez para afrontarlas, pues, lejos de solucionarlas las aplazó.

Aunque las dificultades internas persistían y maduraban cada vez más las contradicciones políticas e ideológicas, estas no se reflejaban en la actividad militar. El periodo de 1966, después de la muerte de Camilo y hasta 1973, cuando la Organización recibe los golpes de los operativos de Anorí, fue en términos generales de conflictos internos, fusilamientos y un relativo auge militar, en el que le producen bajas al Ejército, se recupera armamento y se van encontrando los caminos para sortear otro problema que dificultaba, aún más, la situación: la crisis económica.

El asalto a entidades bancarias, la llamada “recuperación de dineros” a instituciones y empresas y el secuestro se constituyeron en la principal fuente de recursos para financiar la lucha del ELN. Durante mucho tiempo, la Organización vivió de los aportes y colaboraciones voluntarias de la población y mantuvo una posición radical frente al secuestro como fuente de financiación de la lucha revolucionaria. No obstante, en la medida que las necesidades se incrementaban con el crecimiento del grupo, los recursos se fueron haciendo insuficientes y la necesidad de nuevas fuentes de finanzas, más urgentes.

A partir de 1969, el ELN comienza a hacer “retenciones”114 con fines económicos; hasta entonces, la fuente fundamental de sus recursos, en dinero, había sido el producto de acciones como los de la Caja Agraria de Simacota, el asalto al tren pagador y la expropiación de nóminas, como la realizada en el Aeropuerto Gómez Niño, pero tal vez su principal soporte económico había sido durante esos primeros años el apoyo campesino.

Desde entonces115, el ELN ha sostenido la práctica de “retención económica”, como una fuente de recursos para financiar su sostenimiento y expansión. No obstante, no constituye su principal fuente de ingresos; esta ha sido desplazada por la “impuestación” a las empresas transnacionales, pero, sobre todo por la creación de una economía de guerra que compromete la inversión en el sector financiero y productivo del país.

A finales de 1969, la guerrilla cruza el río Magdalena, de Santander hacia Antioquia, y se instala por la zona de la ciénaga de Barbacoa, que en ese momento pertenecía al municipio de Remedios. Durante los meses siguientes se cubre con presencia guerrillera el área de San Pablo, Remedios y Segovia; el trabajo de colonización armada está a cargo de Manuel y Antonio Vásquez Castaño116.

En 1970, la guerrilla rural del ELN estaba compuesta por aproximadamente cien hombres en armas, divididos en tres grupos bajo la responsabilidad de Fabio, Manuel y Antonio Vásquez, José Solano Sepúlveda y Ricardo Lara quienes conformaban el Estado Mayor. Estos grupos se subdividían en pequeñas comisiones, con el objeto de realizar operativos militares y trabajo político e ir abriendo nuevas zonas.

Entre 1969 y 1972, la Organización busca abarcar una extensa área geográfica que compromete más de 50 000 kilómetros cuadrados, en los departamentos de Santander, Bolívar (sur) y Antioquia (nordeste). Así, en 1971, el ELN contaba con seis grupos operando en esta extensa área: un grupo de 20 hombres comandado por Fabio Vásquez, que se localizó en la región de San Pablo en el sur de Bolívar; otro bajo la responsabilidad de José Solano Sepúlveda, con aproximadamente 15 hombres operando en Santander; un tercer grupo, a cuya cabeza se encontraba “Isidro” operando con 15 hombres en la región de Casabe; otro grupo, bajo la dirección de Ricardo Lara compuesto por 20 militantes, desarrollándose en el departamento de Bolívar; un quinto grupo, abriendo territorio en el departamento de Antioquia a cargo de Manuel Vásquez, con 30 hombres; y en el mismo departamento, un grupo de 15 hombres bajo la responsabilidad de Antonio Vásquez, que se reunía y operaba en ocasiones con el grupo de Manuel Vásquez.

Los primeros encuentros de las FARC y el ELN

Las relaciones del ELN con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y con otras organizaciones políticas, en distintas regiones de Santander y Antioquia, fueron ocasionales durante estos primeros años de vida del ELN. En un comienzo, en razón del mismo desarrollo de las dos organizaciones, el cual apenas era incipiente, los encuentros estuvieron cargados de respeto y camaradería. No obstante, con el tiempo se permitió madurar una actitud vanguardista y sectaria que distanció durante muchos años las dos organizaciones, generando incluso enfrentamientos entre ambas por divergencias políticas o por simple recelo territorial. Esta situación se mantendrá hasta bien entrada la década del 80, momento para el cual la dinámica misma del conflicto nacional convoca la unidad en la Coordinadora Nacional Guerrillera (CNG), inicialmente, y luego en la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar (CGSB).

Pese a lo anterior, durante el periodo comprendido entre 1969 y 1973, se produjeron encuentros, e incluso se compartieron, cordialmente, territorios y campamentos. El ELN sostuvo una posición de respeto frente al trabajo realizado por las FARC, y en especial por el Partido Comunista Colombiano, que era directamente el encargado de efectuar el trabajo amplio en los distintos sectores y movimientos sociales.

En 1971, el grupo de Ricardo Lara entra en contacto con un grupo de las FARC, conducido en ese entonces por “Martín” y “Argemiro”, compartiendo por varios días un campamento en el que intercambiaron opiniones y experiencias en el marco de unas relaciones de “cordialidad y fraternidad”. Pero posteriormente, en el departamento de Antioquia, el mismo grupo, al entrar en contacto con las comisiones comandadas por Manuel y Antonio Vásquez Castaño, encontró unas relaciones bastante tensas, produciéndose el distanciamiento entre ambas organizaciones. Para ese entonces, había madurado por parte del ELN, una actitud vanguardista que repercutió profundamente en sus relaciones con otros grupos.

En general, no fueron muchos los contactos entre las dos organizaciones armadas durante estos años. Los procesos de acercamiento comenzarían a producirse muchos años después, como consecuencia de las dinámicas que la guerra fue adquiriendo en el país. En la primera década de surgimiento de estas organizaciones, los contactos, siendo ocasionales, estuvieron dirigidos básicamente a compartir experiencias, ayudarse mutuamente en aspectos logísticos y a ocupar, sin confrontarse, una misma región. El ELN se benefició ampliamente en su proyecto de expansión y desdoblamiento organizativo de las bases campesinas trabajadas políticamente por el Partido Comunista, sin que ello condujera a la fragmentación de las formas de organización y a la sustracción de las bases del partido. Esto no significa que algunos militantes del partido no terminaran colaborando, e incluso militando en el ELN, pero en general, era una dinámica que la época posibilitaba, dada la precariedad de los proyectos.

Las relaciones con la base campesina

Grandes limitaciones de orden político y práctico tuvo el ELN, durante los años que precedieron los operativos de Anorí, para relacionarse con la base campesina. La experiencia del Opón, en la que todo el trabajo se había derrumbado ante la primera ofensiva del Estado los había vuelto cautelosos en el desarrollo del trabajo de masas. Pero también la concepción misma que tenían de la lucha guerrillera, que aún no lograba distanciarse en la práctica de la concepción foquista, le marcaba pautas muy estrechas al trabajo campesino, el que se orientó básicamente a conseguir apoyo logístico y realizar tareas de seguridad para el grupo.

Este enfoque, además de las limitaciones en la formación política del conjunto de los cuadros, generó una práctica en la que se le prestaba poca atención al trabajo organizativo de nucleación, el cual sí hacía el Partido Comunista Colombiano, por ejemplo. Bajo esta perspectiva, todo el trabajo centraba su atención en canalizar para la Organización aquellos que se mostraban más dispuestos a colaborar y mayor interés por incorporarse a la guerrilla.

La atención a la población campesina, en las áreas de operación, era superficial y espontánea, dada la poca importancia que al interior del grupo se le daba, durante estos años, a la formación ideológico-política, no solo interna, sino también de los campesinos. Manuel Vásquez tuvo como preocupación central la formación política de la base guerrillera y campesina, la cual encontraba supremamente baja; como resultado de esa preocupación, comenzó conjuntamente con Antonio Vásquez y otros miembros de la Organización a elaborar el periódico Simacota con un contenido que superara los aspectos estrictamente agitacionales y fortaleciera lo educativo, como parte esencial para el proceso de formación política de la base guerrillera y del movimiento campesino. Entre mayo de 1972 y mayo de 1973 se produjeron once números del periódico Simacota. Después de la muerte de Manuel en Anorí, el periódico dejó de circular durante casi diez años. El número 12 de la publicación apareció en octubre de 1981, como un documento de formación y discusión interna del ELN.

Hubo muchos esfuerzos realizados por el Estado mayor, y en particular por Manuel Vásquez, sentían la necesidad de manejar con el sector campesino y con el movimiento de masas unas relaciones cargadas de formación política y de crecimiento organizativo. Sin embargo, la capacidad de la Organización en su conjunto era precaria, lo que se expresaba en actitudes y comportamientos que terminaban por imponer criterios autoritarios y de fuerza. La forma vertical en que se trazaban las orientaciones, o se hacían los llamados al campesinado para que colaborara con la guerrilla, muchas veces infundía más temor que respeto, e impedía que madurara una participación plenamente consiente de profunda convicción en la lucha. Esta situación traería a la postre graves consecuencias que se manifestarían en permanentes delaciones, deserciones, juicios y ajusticiamientos.

Motivados por necesidades que desbordaban los intereses puramente políticos y entraban a comprometer aspectos humanos de vital importancia (como las relaciones afectivas), se generaron conflictos de esta naturaleza al interior de la guerrilla y con la población campesina. Esto, en forma oculta, esporádica o permanente, sin compromiso o responsabilidad alguna, trajo repercusiones negativas en el seno mismo de las estructuras guerrilleras y con las familias campesinas, que vivían con el temor de que los guerrilleros abusaran de sus esposas e hijas.

Al interior de la Organización existía una normatividad que cuestionaba y castigaba duramente este tipo de comportamiento. No obstante, se sanciona fuertemente a los guerrilleros de base que incurrían en las prácticas de seducción afectiva a la población femenina del campo, aplicando unos principios éticos y morales que no tenían el mismo peso cuando se trataba de los responsables, quienes en ocasiones ocultaban estas prácticas cubiertos por el manto de una doble moral.

Más allá de estos inconvenientes de la cotidianidad de la vida guerrillera, en general las relaciones con la población campesina eran buenas, pues la guerrilla tenía claro que este grupo social constituía no solo su principal soporte logístico, sino su efectivo sistema de seguridad. En este sentido, los grupos se preocuparon por mantener con las familias campesinas que habitaban sus áreas de influencia, una estrecha relación, visitarlas regularmente y conversar con ellas sobre su proyecto político y sus ideales de lucha.

El segundo capítulo de la contradicción interna del ELN: las ejecuciones de Aguilera, Arenas y Afanador

Durante este periodo, si bien fue una época de bastante actividad militar y expansión territorial, no dejaron de presentarse problemas, siendo frecuentes las deserciones y “ajusticiamientos”.

Son notorias, entre otras deserciones, las de Salvador Afanador, Samuel Martínez, Pedro Vargas (Pelé) y Jaime Arenas. La deserción de este grupo resulta significativa, por la antigüedad y los niveles de responsabilidad que tenían con la Organización y la conducción de las comisiones.

Desde sus comienzos, el ELN estableció como crímenes contra el pueblo y la revolución los delitos de deserción, traición y delación, y fue radical a la hora de sancionar este tipo de actitudes aplicando para ellas la pena de muerte.

Juan de Dios Aguilera, Jaime Arenas y Salvador Afanador, fueron juzgados y condenados por los comportamientos y actitudes asumidas al interior y fuera de la Organización. Es de entenderse que más allá de las prácticas, errores y limitaciones de estos, las que valoradas internamente resultaban “gravísimas”, lo que estaba de presente era la permanente contradicción política y la lucha interna por los recursos del poder.

El 29 de mayo de 1971, fue ejecutado por integrantes del ELN Juan de Dios Aguilera, quien había sido el responsable de la muerte de José Ayala y en gran medida el dinamizador del proceso que terminó con el fusilamiento de Medina, Cortés y Ochoa. Los argumentos a través de los cuales el ELN justifica la ejecución de Aguilera dejan ver claramente la concepción que la Organización maneja, en ese momento, en relación con el imaginario del ideal guerrillero; pero además permite detectar con nitidez elementos de la contradicción entre lo político y lo militar, entre la ciudad y el campo, y las pugnas que internamente se fueron tejiendo por los recursos del poder.

En sus valoraciones, el ELN hace una extensa argumentación de las relaciones de Aguilera con Medina, inculpándolos de planificar la destrucción de la Organización, en una época en que se estaban realizando grandes esfuerzos para superar los obstáculos iniciales (ELN, Insurrección, 1972, pp. 54-55).

Entre los cargos que se le hacen a Aguilera figura el asesinato de José Ayala, la división y fraccionamiento de la Organización, la ejecución de tres militantes de su grupo por problemas internos (Atanael López, Abel Cacua, Antonio Álvarez), el haberse quedado con recursos económicos, logísticos y militares de la Organización, el haber buscado apoyo en las bases urbanas del ELN, confundiéndolas con el discurso del mal tratamiento de las contradicción políticas internas, y el haber contribuido a fortalecer la campaña de desprestigio de la V Brigada del Ejército, dándole argumento al entonces Coronel Álvaro Valencia Tovar, para adelantarla.

Juan de Dios Aguilera mantuvo una actitud de crítica al Estado Mayor, una vez que estuvo a la cabeza del “Frente Simón Bolívar”; denunció públicamente la carencia de una línea de masas al interior de la Organización y el desarrollo de prácticas militaristas, machistas y caudillistas, por parte de la dirigencia del ELN. No dejó de señalar tampoco, lo que en su concepto representaba desviaciones graves como el amiguismo, el favoritismo y muy en relación con los Vásquez, expresiones de nepotismo.

La ofensiva general del ELN contra Aguilera estuvo dirigida a denunciar su comportamiento revolucionario, desde su particular forma de verlo, a señalarlo como infiltrado de la CIA y a ejecutarlo como consecuencia de la determinación tomada en el juicio que se le adelantó conjuntamente con Medina. En síntesis, los cargos y señalamientos hechos por el ELN a Juan de Dios Aguilera en la práctica se constituyeron en hechos de divisionismo, traición, oportunismo, delación y deserción, razones suficientes dentro del código interno para juzgarlo y condenarlo a muerte117.

El 28 de marzo de 1971, dos meses antes de la ejecución de Aguilera, el ELN había ejecutado a Jaime Arenas Reyes, en Bogotá, en momentos en que se preparaba para salir del país. Arenas había jugado un importante papel en la vida de la Organización y en el trabajo de masas, principalmente en el sector estudiantil, en el que fue un connotado dirigente, y había estado muy cerca de todo el proceso político y militar seguido por Camilo Torres Restrepo.

Su incorporación a la lucha guerrillera del ELN, en el campo, lo realiza en una época en que el desarrollo de las contradicciones internas entre el grupo de Fabio y Medina, estaban bastante avanzadas. Arenas participa en el juicio de responsabilidades contra Medina, asumiendo el papel de acusador, los resultados de este proceso ya han sido suficientemente ilustrados118.

En febrero de 1969, Arenas deserta de las filas del ELN y se entrega al Ejército. La organización guerrillera evalúa con los mismos términos con que hizo la valoración de Aguilera, la deserción y entrega de Jaime Arenas119 y le atribuye las delaciones que dieron origen al que se llamó Consejo de Guerra del Siglo120. Su salida del ELN y la actitud asumida por este con respecto a la Organización, en particular sus críticas a procesos que había ayudado a construir, como los fusilamientos de Medina, Cortés y Ochoa, las declaraciones para la radio, la prensa escrita y la televisión determinaron su sentencia y la posterior ejecución en la carrera 4 con calle 18, en pleno centro de Bogotá121. La posición de la dirigencia del ELN, frente al caso de Jaime Arenas y en particular de quienes tuvieron contacto con él, durante sus años en la guerrilla, no ha cambiado substancialmente, como sí ha sucedido en relación con Medina Morón y parte de los integrantes de su grupo.

Más allá de los enjuiciamientos y los niveles de veracidad, los cuales resultan importantes solo para los procesos judiciales, la trascendencia de Jaime Arenas, radica, fundamentalmente, en haberle aportado al ELN una versión crítica de su historia. Esta, compártase o no, es un referente, un punto de vista desde el cual tal historia tuvo la necesidad de pensarse.

El 9 de marzo de 1971, el ELN ejecuta a otro de sus integrantes: Salvador Afanador122. El ajusticiamiento se produce como consecuencia de su deserción y del hecho de haberse puesto al servicio del Ejército en las labores de contraguerrilla. Solo un lánguido e ideologizado comentario se hace al respecto de Afanador en el periódico Insurección:

Como no era posible disfrazarlo de intelectual el enemigo lo puso a su servicio activo en otro frente: la contraguerrilla. Así, recorre las zonas guerrilleras sembrando de desolación los sencillos y humildes hogares campesinos, hasta que igual que los dos anteriores, cae bajo el peso de la justicia del pueblo. (ELN, Insurrección, 1972 pp. 59-60)

Para el ELN, en ese momento, la ejecución de Aguilera, Arenas y Afanador, tiene como significado el hecho de avalar, como principio esencial, la premisa de que una vez asumido el compromiso de hacerse partícipe del proyecto revolucionario, la consigna de liberación o muerte se cumple en forma literal. Por tanto, cualquier intento de dar paso atrás constituye un acto de traición que se paga con la vida.

Consejos de guerra adelantados al ELN entre 1968 y 1973

El ELN tuvo que afrontar, en corto tiempo, varios consejos de guerra en los que se juzgó, en tribunales militares, a los miembros de la Organización detenidos por delación o en acciones militares. No es mucha la información a la que se pudo acceder a este respecto en el desarrollo de la investigación. No obstante, los recursos de la memoria colectiva de quienes se entrevistaron sobre el tema, permite trazar una breve reseña de estos eventos.

A pesar de haberse realizado a mediados de 1965 el Consejo de Guerra de Pamplona, en el que se comienza a poner en práctica la defensa política del proyecto revolucionario ante los tribunales militares, los dos consejos de mayor resonancia fueron el llamado Consejo de Guerra del Siglo, realizado entre los años 1968-1969 en Bogotá, y el Consejo de Guerra del Socorro, que se inició entre febrero y marzo de 1973.

El Consejo de Guerra del Siglo

Bajo la presidencia del coronel Alberto Luis Olarte, se desarrolló en Bogotá, a partir del 13 de diciembre de 1968, el denominado Consejo Verbal de Guerra del Siglo, contra 215 miembros del Ejército de Liberación Nacional, 88 de los cuales se encontraban como sindicados presentes.

En el marco de una dinámica que comprometía la práctica de la delación, el arrepentimiento y la verticalidad revolucionaria, en el desarrollo del juicio se hizo presente un amplio cuestionamiento a la política de la Organización, a sus limitaciones y deficiencias, lo que sirvió como base para madurar en el espacio de este proceso una reflexión crítica de la historia del ELN.

Fueron objeto de discusión, durante el juicio, las más diversas temáticas relacionadas con la vida interna de la guerrilla, desde los comportamientos cotidianos, las contradicciones internas y la dinámica propia de los grupos que se confrontaron, hasta los procesos que terminaron con los fusilamientos de dirigentes y militantes de la Organización. La lucha política al interior del ELN, encontró allí otro escenario de confrontación: las diferencias entre la ciudad y el campo, los privilegios del Estado Mayor, la radicalidad y las llamadas “desviaciones pequeñoburguesas”, fueron objeto de una profunda reflexión crítica; esta, desde luego, no estuvo al margen de particulares estados emocionales, resentimientos, intereses y justificaciones personales.

Dos elementos se destacan en este juicio. Por una parte, la manera como se comprometió el trabajo del periodista mexicano Mario Renato Menéndez Rodríguez, el que se hace aparecer como pieza fundamental del proceso y a quien se le atribuye el hecho de haber dado información que posibilitó la captura de algunos de los sindicados. Segundo, el testimonio de Jaime Arenas Reyes (1971), que sirvió de base para la escritura de su libro La guerrilla por dentro, el que más allá de cualquier juicio de veracidad, se constituye en material ineludible para abordar la historia del ELN.

En relación con Renato Menéndez, el ELN ha guardado una actitud de reconocimiento de su labor periodística al servicio del proceso de difusión latinoamericano de la lucha revolucionaria de la organización guerrillera, en especial en los primeros años. Además, ha absuelto al periodista de toda responsabilidad en los acontecimientos y hechos que dieron origen al Consejo Verbal de Guerra del Siglo (entrevista con Nicolás Rodriguez Bautista, diciembre de 1992).

La aparición del libro de Arenas, generó en el ELN una reacción crítica y de desconocimiento del particular punto de vista del autor sobre su historia, lo que desde luego fue considerado como un acto grave de traición y delación que justificaba su ejecución. Esta efectivamente se llevo a cabo como se ha visto.

El consejo juzgó y condenó a los 88 miembros que se encontraban presentes, los que habían sido capturados en diversas circunstancias en Bogotá, Bucaramanga y otras ciudades y sitios del país. Entre los detenidos que fueron juzgados en ese proceso se encontraban Julio Portocarrero, Claudio León Mantilla, Eusebio Barrera, Enrique Granados, N. Liévano, Jaime Arenas, José Manuel Martínez Quiroz y Sandino (N. N.), de quien los testimonios aseguran se destacó por la defensa que hizo de la historia y la causa del ELN.

El consejo profirió su veredicto el 17 de diciembre de 1969, después de haber escuchado la intervención del fiscal, teniente coronel Luis A. Andrade, de 47 defensores militares y civiles y de varios de los detenidos. Este juicio tuvo una duración de un año.

El Consejo de Guerra del Socorro
Antecedentes y desarrollo

En junio de 1972, en la quebrada de Inanea, en el desarrollo de los operativos que el Ejército adelanta contra el ELN, es decomisado el equipo de Fabio Vásquez Castaño, el cual contenía información de las redes urbanas y los grupos guerrilleros rurales, una abundante correspondencia de las relaciones entre la ciudad y el campo, información de las operaciones militares realizadas, planes tácticos y estratégicos. Como consecuencia de esta situación, se desmantelaron algunas de las principales redes urbanas, siendo detenidos 210 militantes, simpatizantes y colaboradores del ELN, principalmente en Aguachica, Charalá, Bucaramanga, Socorro, Bogotá, Medellín, San Vicente de Chucurí y Barrancabermeja. La mayoría de los detenidos salió libre seis meses después, consolidándose para el proceso un grupo de 48 integrantes del ELN, entre los que se encontraban cuatro mujeres.

El consejo se inició entre finales de febrero y comienzos de marzo de 1973. En el desarrollo del juicio se fueron presentando divisiones al interior del grupo, que terminó con configurar dos posiciones frente a la actitud que debían asumir los revolucionarios en estos casos: la primera posición defendía la “ruptura” (desconocimiento del ejercicio de la justicia del régimen que se confronta). Esta es una tesis de los argelinos, que plantea el aceptar que se han cometido delitos contra el Estado y la legislación vigente, porque se desconoce por parte de los revolucionarios su legitimidad. Esta posición estuvo liderada y defendida por los hermanos Ojeda y un grupo de militantes que se agruparon a su alrededor. La segunda posición sostenía que el “proceso de ruptura” se debía dar en momentos concretos de la lucha, en los que las fuerzas revolucionarias estuviesen relativamente fortalecidas, esta posición fue liderada por Fernando Chacón y otros militantes. Las dos actitudes frente al juicio generaron entre los grupos enfrentamientos. El balance que el ELN hace de estas posiciones es el de que tras de ellas se escondían las deficiencias, y los errores, que se habían cometido en las indagatorias en que la delación estuvo presente, generando dificultades para algunos de los implicados y nuevas detenciones. Esto, en alguna medida, se evidencia cuando los abogados denuncian una serie de errores procedimentales, arbitrariedades en el derecho a la defensa y en el trato con los detenidos, lo que obliga a suspender el juicio en el mes de mayo. El proceso se reactiva meses después en la ciudad de Bogotá. Para entonces, ya se había adelantado la Operación Anorí y un nuevo grupo de militantes detenidos durante las operaciones como resultado de distintas circunstancias es vinculado a este juicio, entre ellos, en el mes de noviembre, Ricardo Lara y Domingo Rodríguez.

La experiencia de la cárcel, los consejos de guerra, los interrogatorios violentos, las prácticas de intimidación permanente, enfrentaron a muchos de los militantes a situaciones que solo pueden entenderse en el marco de un análisis del comportamiento humano ante la adversidad extrema. El prototipo de “hombre nuevo” de “revolucionarios verdaderos”, encontraba en aquellas circunstancias, un cuestionamiento práctico que no siempre fue bien sorteado y generó actitudes de doble moral, donde solo cada cual sabía exactamente hasta donde había cumplido con las premisas de lealtad y sacrificio que la Organización les había trazado. Así como hubo gestos de sacrificio inmensos, en los que se les fue la vida, también se presentaron situaciones y actitudes que desvirtuaban cualquier propósito revolucionario.

El Consejo de Guerra, se prolongó durante más de un año, tiempo en el que la coyuntura política nacional se fue transformando y permitió que, al levantarse el estado de sitio para las elecciones de 1974, los detenidos pasaran a la justicia ordinaria y encontraran allí los caminos de su libertad.

Entre los que quedaron detenidos se encontraba Ricardo Lara Parada, que contó con el tiempo para elaborar conjuntamente con otros militantes del ELN, que estuvieron a su lado e influyeron en su determinación, un proceso de autocrítica que generó entre algunos una situación difícil frente al cumplimiento de las orientaciones dadas por Fabio en el sentido de llevar adelante el ajusticiamiento de Lara, por deserción, delación y traición. Como consecuencia de este proceso y por razones que esta investigación no pudo precisar se produce el suicidio de Fernando Chacón.

Un grupo importante de quienes salieron libres del proceso se integraron nuevamente a la Organización y cumplieron hasta su muerte las tareas y orientaciones marcadas por esta; son los casos de Lázaro Pineda Guerra, Eleuterio Ortiz y Fernando Chacón, entre otros. Algunos se retiraron definitivamente de la Organización y se dedicaron a desarrollar sus vidas al margen de esta. Un tercer grupo, fue el de aquellos, que al quedar libres regresaron al campo para posteriormente en otro contexto abandonar definitivamente la Organización; es el caso de Alonso Ojeda.

Durante este periodo, el Ejército y los organismos de seguridad contaron con gran cantidad de información que obligó a muchos de quienes estaban a cargo de las actividades urbanas a trasladarse a otras regiones y a articularse al grupo armado en el campo. Así, se conocía el nombre de los responsables de la dirección del trabajo urbano cuyas cabezas más destacadas eran Carlos Uribe Gaviria, Orlando Romero y Armando Montaño, quienes, con otro miembro de responsabilidad, Jaime Andrade Sossa, sortearon en ese momento las detenciones; todos ellos murieron meses y años después en distintas circunstancias de la lucha revolucionaria.

Los tres consejos de guerra que se llevaron a cabo contra el ELN desde sus orígenes hasta 1974 marcaron profundamente la Organización, modificaron algunas prácticas, afianzaron otras, y aplazaron para otros tiempos discusiones que constituían la base fundamental en la caracterización de su crisis y el camino para redefinir su línea política. Esta no encontraba aún los argumentos suficientes en el desarrollo de las asambleas que la guerrilla realizó para tratar sus más álgidos problemas.

Igualmente, los consejos de guerra sirvieron para darle un carácter de presos políticos a quienes, equivocadamente o no, convencidos de la justeza de su causa, habían decido el camino de las armas para trasformar la sociedad colombiana123.

Una “tríada” de curas españoles llega a la guerrilla

En 1969, se incorporan al Ejército de Liberación Nacional tres sacerdotes españoles que desarrollan su tarea pastoral en los barrios Olaya Herrera y Chambacú de Cartagena, y que habían llegado al país “tras las huellas de Camilo”. Los tres hacían parte del movimiento de Golconda, estaban profundamente comprometidos con las definiciones de las encíclicas papales, las orientaciones del Concilio del Vaticano II y las conferencias del Celam en Medellín, en donde maduró y se desarrolló el pensamiento de la teología de la liberación en Colombia y las llamadas iglesias de base.

Manuel Pérez Martínez124, José Antonio Jiménez125 y Domingo Laín126 constituyen parte de ese grupo de sacerdotes y monjas, que siguiendo los pasos de Camilo Torres, buscan la manera de articularse a la lucha guerrillera en las filas del Ejército de Liberación Nacional. Estos tres sacerdotes, afrontaron una serie de dificultades con los gobiernos locales y con el Gobierno nacional, que los obligó a abandonar el país por un tiempo hasta que encontraron los contactos y la forma de integrarse a la guerrilla del ELN127. Los tres sacerdotes se incorporan a la Organización después de sortear varias dificultades para lograrlo, entre ellas, la muerte de Rómulo Carvhalo128 quien tenía a su cargo recogerlos y llevarlos al seno de la organización guerrillera. Manuel, José Antonio y Domingo, llegan directamente al grupo en que se encontraba Fabio y allí inician su preparación como guerrilleros129. En el momento en que los sacerdotes se incorporan a la guerrilla, el ELN se encontraba bastante diezmado, solamente existían dos grupos, uno a cargo de Fabio Vásquez y el otro de Manuel su hermano, en total serían setenta hombres en armas.

La vida de estos sacerdotes en la guerrilla estuvo cargada de altibajos y dificultades mayores, de los tres, el único que logró sobrevivir a las épocas de crisis y a los operativos del Ejército fue Manuel Pérez Martínez, quién con el tiempo tendría la tarea de reconstruir la Organización y conducirla en un periodo en que la guerra comenzó a adquirir nuevas características y más difíciles proporciones.

Las asambleas guerrilleras: escenarios de discusión y tribunales de “justicia revolucionaria”

Durante este periodo la guerrilla del ELN realizó varias asambleas, con el objeto de evaluar el trabajo de las comisiones, discutir los planes y marcarle un rumbo al proyecto de la Organización. Muchas de esas asambleas terminaron realizando juicios y sancionando actitudes tomadas por los militantes en las que se suponía se estaban asumiendo posiciones que colocaban en peligro la supervivencia de la Organización y su proyecto revolucionario.

La asamblea de “Campo Concentración” (1970)

Al finalizar el año de 1970, el ELN se reúne para hacer un balance del trabajo realizado por las comisiones. En esa reunión, salen a flote los problemas que se venían presentando en el grupo de Ricardo Lara Parada, en el que se habían producido tres deserciones, y la base guerrillera había asumido una actitud crítica frente a los comportamientos y la forma de vida que Lara llevaba en la comisión, la que se consideraba cargada de privilegios y de relaciones preferenciales (entrevista a Manuel Pérez, abril de 1992). Con los cargos de divisionismo, intento de deserción y de preparar un complot contra Lara, se montó un juicio contra cinco integrantes del grupo entre quienes se encontraba Manuel Pérez Martínez (entrevista a Manuel Pérez, abril de 1992). En el análisis autocrítico que Ricardo hace años después, cuando se encuentra en la cárcel, reconoce que sus comportamientos estaban cargados de privilegios y de una actitud que se distanciaba mucho de ser la de un verdadero dirigente revolucionario (Ricardo Lara Parada. Autocrítica. 1974).

En esta asamblea nuevamente aparece el fantasma del complot, que ya había rondado al ELN durante el juicio por el asesinato de José Ayala, esta vez, dirigido a encubrir las deficiencias de Ricardo Lara Parada. El balance de la comisión no era bueno, se habían producido tres deserciones y las metas que se le habían fijado no se cumplieron. No existía una mejor forma de desviar la atención y el juicio de responsabilidad sobre el jefe de la comisión que inculpando de los resultados de su trabajo a una supuesta actitud divisionista y a un complot contra la dirección.

A pesar que el juicio condenó cinco miembros a la aplicación de la pena capital, los sindicados fueron perdonados con argumentos que se desconocen y cuya única posible explicación sería la falta de consistencia de los cargos hechos por Lara Parada. Cuatro de ellos permanecieron en la guerrilla, desarmados y sin derechos políticos, hasta que con el trabajo se hicieran nuevamente merecedores a su condición de guerrilleros. Manuel Pérez fue expulsado y colocado en la ciudad de Barrancabermeja bajo vigilancia. Semanas después, como consecuencia de la correspondencia con Fabio en la que se van aclarando las cosas, Manuel Pérez regresa al ELN.

La asamblea de “Campo Línea” (1973)

No obstante los permanentes balances, las constantes críticas y los enjuiciamientos sobre las deficiencias y errores que se cometían, estos seguían produciéndose, sin que la Organización encontrara una dinámica para superar lo que se estaba constituyendo en una crisis crónica. En 1973, se reúnen nuevamente los grupos de Ricardo Lara y Fabio Vásquez, para evaluar los últimos acontecimientos de la guerrilla, los que le habían generado serias dificultades en el desarrollo de su funcionamiento interno y de su proyección política y militar.

La asamblea se desarrolló en medio de una situación tensa y difícil, en razón de que ambos dirigentes habían cometido serios errores que traían tras de sí lamentables consecuencias. En el caso de Fabio Vásquez, la pérdida del equipo en la Inanea, que dio origen a una serie de detenciones que sirvieron como base para el Consejo de Guerra del Socorro y Bogotá. En el caso de Lara Parada la descomposición del grupo y la pérdida de objetivos militares, considerados de máxima importancia para el desarrollo de la Organización en su conjunto, en particular, el menoscabo debido a la falla en el secuestro de Posada, quien se le escapó a la guerrilla, siendo Ricardo Lara el responsable de su cuidado y el fracaso de la emboscada de La Humareda en donde murió el campesino que iba a avisar al grupo.

Desde el encuentro de los dos grupos el ambiente fue de mutua desconfianza y resentimiento. Los dos dirigentes eran conscientes de su situación frente al otro. Esta asamblea duró cincuenta días, y en ella se trataron principalmente los errores de la comisión de Ricardo Lara, aun cuando estaba claro que las deficiencias de Fabio, en concreto la pérdida de su equipo, tenían un alto costo para la seguridad del proyecto en su conjunto. Toda la comisión de Ricardo Lara fue enjuiciada, pero principalmente él, Germán Sarmiento e Iván Forero. La asamblea puso al descubierto los comportamientos y “desviaciones” de Ricardo Lara y la forma como el grupo iba sufriendo su proceso de descomposición. Se les enjuició por rebajar las medidas de seguridad, dormir en las casas, utilizar permanentemente los caminos, realizar partidos de fútbol dejando abandonadas las armas y participar en bailes programados por ellos mismos a costa incluso de las tareas militares. A esto se le sumó un duro enjuiciamiento, por permitir que los miembros del grupo violaran y establecieran relaciones personales con las mujeres campesinas, e igualmente fue objeto del enjuiciamiento el consumo permanente de licor en la que se comprometía el conjunto del grupo.

Durante el desarrollo del proceso se llamó la atención por la pérdida de secuestrados, el amedrentamiento y el fusilamiento de campesinos sin causas suficientemente claras. Todas estas sindicaciones hubiesen dado como resultado, en el marco de las lógicas anteriores, el fusilamiento de los enjuiciados. Aunque el conjunto del grupo solicita para ellos la pena máxima, Fabio decidió concederles una nueva oportunidad y dictaminó sanciones menores, tales como el desarme y la pérdida de la investidura de responsables. Los demás miembros de la comisión también fueron sancionados, la mayoría por haber participado en la ejecución de errores graves y el resto por haber permitido que estos se cometieran.

La comisión de Fabio y la valoración de sus errores fue menos analizada, en la asamblea quedó claro el poder concentrado por este; su defensa se erigió sobre los logros militares de su comisión, los que se concretaban en el secuestro de los Mora y la consecución de armas provenientes de la ciudad. El radicalismo y la verticalidad de Fabio salieron fortalecidos de la asamblea de “Campo Concentración”, con la misma fuerza con que se desnudó la “doble moral” de Ricardo Lara130. Allí se hicieron presentes actitudes y comportamientos que contribuían, más que a resolver la crisis, a alimentarla con una buena dosis de inconformidad y resentimiento.

Existen algunos rasgos comunes en las dos asambleas que se desarrollaron durante este periodo, que permiten, en gran medida, percibir el proceso de crisis que está viviendo la Organización en ese momento, y cuya manifestación más clara es la forma reiterativa de las actitudes y acciones que permanentemente se están enjuiciando y que no logran encontrar una transformación significativa. Común a las dos asambleas es el hecho de que los enjuiciados fueron condenados a pena de muerte y esta se les conmutó por sanciones menores. Esta situación obedecía a que, en el fondo, todos sabían que los análisis estaban hechos sobre bases supremamente subjetivas, en las que los argumentos más contundentes, constituían solo suposiciones. Pero igualmente, allí, se jugaba un aspecto ético (cristiano) que convocaba inconscientemente al arrepentimiento, con la potencialización de una doble moral que deja entre los juzgados y quienes juzgan una carga de conciencia que resulta difícil sobrellevar.

En general, se aplicaron sanciones a todo tipo de “errores”, desde los que se originaban en la cotidianidad misma de la lucha guerrillera (dormirse en la guardia), hasta aquellos que comprometían la vida personal y afectiva de los integrantes de la guerrilla. No se analizaron a fondo y objetivamente las causas de los errores, ni de posibilidad alguna de formación para quienes los cometían, sino que, por el contrario, se inducía con actitudes arbitrarias a la desmoralización y la deserción, máxime cuando en las sanciones se daban tratos preferenciales a los responsables y sus allegados. Muchos sacrificios inútiles de hombres inocentes se cometieron durante esta época, para encubrir las deficiencias políticas de la Organización, y las arbitrariedades y comportamientos inmorales de algunos de sus dirigentes. Todo esto fue posible porque en medio de las dificultades, la Organización seguía creciendo y desarrollándose militarmente.

La Operación Anorí en el marco de la lucha contrainsurgente

El ELN había surgido en el desarrollo de la administración del presidente Guillermo León Valencia, cuya particularidad había sido la de impulsar una estrategia de pacificación en el contexto de los enunciados de la seguridad nacional, con el propósito fundamental de darle estabilidad política al país y superar la profunda crisis económica que se vivía en el momento.

En el marco de los conflictos este-oeste, Valencia desarrolló su lucha contra la insurgencia armada, como una confrontación contra el avance del comunismo y la consolidación y defensa de la democracia liberal. En este sentido, su principal preocupación fue contar con los instrumentos legales que le permitieran fortalecer la capacidad represiva del Estado, de tal manera que se pudiese dar un tratamiento penal a los delitos políticos, modernizar las fuerzas armadas y colocar a su disposición los recursos suficientes para su fortalecimiento logístico. La finalidad central de la política de orden público era la de fortalecer el aparato militar como recurso del poder político131.

Más allá de la situación social y económica, la que referenciamos como de crisis y permanente conflicto132, interesa a esta parte del trabajo señalar la transformación del papel de las fuerzas armadas en el manejo de los conflictos internos. Durante la administración del presidente Guillermo León Valencia, en el contexto de su proyecto político, las Fuerzas Armadas dejan de tener como objetivo fundamental la defensa de la soberanía nacional contra una posible agresión exterior, y asumen como responsabilidad la lucha contra el enemigo interno, el cual identifican con el comunismo. Es en el marco de esta concepción que el general Ruiz Novoa se convierte en orientador e impulsor de las campañas cívico-militares orientadas a contrarrestar las acciones de la guerrilla en los planos ideológico y militar. La estrategia utilizada para desarrollar este nuevo enfoque se concretó en lo que se conoce como el Plan Laso, un plan de lucha contrainsurgente dirigido a debilitar y acabar con la influencia del comunismo y sus agentes internacionales al interior del país, en momentos en que la lucha armada redefinía su propuesta política y aparecían nuevos grupos que colocaban en el centro de su actividad la transformación revolucionaria de la sociedad y la toma del poder político.

Sin haberse transformado substancialmente la situación política, social y económica del país, el presidente Valencia entrega el poder al electo presidente Carlos Lleras Restrepo. Este asume como tareas de gobierno transformar la estructura político-institucional y fortalecer el poder ejecutivo, recuperando el principio de autoridad perdido en la administración anterior, y aumentar el nivel de intervención del Estado en los asuntos económicos de la nación.

Conforme a esta propuesta, el presidente Carlos Lleras Restrepo impulsa la reforma constitucional de 1968, define su política económica y sus relaciones con los organismos financieros internacionales, e inicia un proceso de ordenamiento social y económico que compromete un conjunto de reformas que buscan esencialmente el encauzamiento del descontento popular, hacia programas específicos de desarrollo.

Para el presidente Lleras, la violencia debía ser atacada integralmente, pues en su concepto la paz convocaba mayores esfuerzos que los predominantemente militares. No obstante, estos, dadas las limitaciones existentes en el impulso de las políticas de bienestar social, seguían constituyendo un soporte fundamental de la seguridad del Estado.

Un importante desarrollo tuvo la organización campesina durante la administración Lleras Restrepo, al crearse la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC), que, si bien nace por iniciativa y bajo la tutela gubernamental, con el tiempo se convierte en dinamizadora de las luchas campesinas, defensora de los intereses de los trabajadores del campo y soporte importante del desarrollo de la lucha armada en el país.

Si a la administración Lleras le había correspondido una etapa de transición de un país predominantemente rural a un país crecientemente urbano, a la administración del presidente Misael Pastrana Borrero le correspondió afrontar los problemas de ese proceso de urbanización, en el que su principal opositor, y supuesto triunfador de las elecciones, el general Gustavo Rojas Pinilla y su movimiento Alianza Nacional Popular (Anapo), contaban con un importante soporte electoral. En esta medida, el proyecto político del presidente Pastrana estuvo enfocado en lo fundamental hacia el desarrollo de las ciudades, sin dejar de lado, desde luego, las problemáticas rurales de las que se nutría la lucha armada.

Durante las administraciones Valencia, Lleras y Pastrana, el movimiento social desarrolló una dinámica de confrontación permanente con el Estado y los gremios, fortaleciendo sus niveles de independencia institucional, aumentando su autonomía y capacidad de organización y movilización. En esos doce años del Frente Nacional, se desarrolló un importante movimiento campesino de lucha por la tierra, se fortalecieron las organizaciones sindicales independientes y se libraron decenas de movilizaciones y protestas estudiantiles, en el lenguaje de la época, “antioligárquicas y antiimperialistas”. Igualmente, fue durante este periodo que se redefinió la violencia política interna, asumiendo esta un carácter revolucionario en el que se inscriben los nuevos grupos armados.

Dadas las particularidades que comienza a asumir el conflicto social interno, las que comprometen el problema del orden público, persiste durante este periodo la figura del “estado de sitio” y el papel predominantemente contrainsurgente de las fuerzas armadas.

Las valoraciones hechas sobre el comportamiento de las fuerzas armadas en el desarrollo de los conflictos internos determinan una profunda conservatización de estas y su acogimiento a las estrategias de defensa continental planteadas por las conferencias internacionales de los ejércitos americanos, coordinadas y monitoreadas por los organismos de inteligencia y las fuerzas armadas norteamericanas. Para la época, el desarrollo de la Novena Conferencia de Ejércitos Americanos, realizada en septiembre de 1969, en el “Centro John F. Kennedy de Asistencia Militar, ubicado en Fort Bragg, Carolina del Norte, y la Décima Conferencia realizada en Bogotá en 1970, van definiendo una línea de comportamiento de los ejércitos latinoamericanos cada vez más articulada a la “doctrina de la seguridad nacional (DNS)”, en la que se busca imponer un sistema altamente represivo para combatir la inconformidad popular y particularmente, el denominado fantasma del “enemigo interior”.

El aumento de la inconformidad popular frente al creciente empobrecimiento de la población, fue generando una dinámica de confrontación social durante la administración Pastrana, de la que se hicieron partícipes los sectores trabajadores y campesinos, las capas medias de la población, los estudiantes, maestros e intelectuales, que sentían de alguna manera la situación de crisis social, política y económica que atravesaba el país. A ese movimiento social de protesta se le respondió con la aplicación de los fundamentos de la “doctrina de la seguridad nacional (DNS)”, en la línea de los generales brasileños y uruguayos, mediante la persecución rigurosa, el encarcelamiento, la tortura y la ejecución extrajudicial de los dirigentes y la población inconforme en general.

Colombia llega a la Undécima Conferencia de Ejércitos del continente realizada en Santiago de Chile en 1971, preparada por la Junta Interamericana de Defensa, a compartir, con los demás ejércitos, su experiencia de lucha contrainsurgente. Allí, se solicita a los gobiernos asistentes ser más férreos y contundentes en los mecanismos de represión para salvaguardar la democracia y derrotar la infiltración y el avance comunista. La orientación es contundente: reprimir la incorformidad popular y el movimiento social, cercar y aniquilar al movimiento insurgente133.

En general, hasta comienzos de 1973, el ELN se sostenía en una dinámica que le permitía sobrevivir a un ritmo determinado de crecimiento, en una atmósfera de aciertos y desaciertos militares, y con un proyecto político que se agotaba en medio de las transformaciones que se estaban produciendo en el país. Durante el año y medio que precedió a la ofensiva final de los operativos militares en Anorí, el ELN se desarrolló en una dinámica de colonización política en nuevas zonas hasta entonces no exploradas por la Organización, particularmente, en los territorios de Bolívar, Antioquia y Santander.

En febrero de 1972, se habían ubicado por la región de Remedios los grupos de Ricardo Lara y los hermanos Manuel y Antonio Vásquez. Ricardo Lara inicia con su grupo una travesía hacia el sur de Bolívar con el objeto de encontrarse con Fabio. Los hermanos Vásquez se quedan a realizar el trabajo de colonización armada de la región, para lo cual dividen el grupo en cuatro comisiones o subgrupos: uno a cargo de Manuel (Jerónimo), otro a cargo de Antonio (Emiliano), el tercero a cargo de “Noé” y el último cuya principal función consistía en adelantar tareas de tipo militar, quedó bajo la responsabilidad de “René”.

Los tres primeros grupos dedicaron, hasta junio de 1972, a conocer y reconocer el territorio, a hablar con la población y adelantar el trabajo político de nucleación e incorporación. El último grupo realizó acciones de tipo militar, entre las que se cuenta el asalto a una volqueta en Yalí, que movilizaba efectivos militares. A mediados de junio los grupos se vuelven a encontrar para evaluar el trabajo realizado. Para ese momento se ha producido un número significativo de incorporaciones que en alguna medida obliga a utilizar un espacio de tiempo importante para su formación. Se dispone de los meses de junio, julio y parte de agosto para su capacitación político-militar y para trazar nuevas tareas.

En el mes de septiembre, el grupo de los hermanos Vásquez se reencuentra con parte del grupo de Ricardo Lara; trazan un plan de trabajo y subdividen nuevamente el grupo con el objeto de cubrir una mayor área, desarrollando en ella trabajo político y actividad militar. Se trataba básicamente de consolidar el trabajo realizado en los meses anteriores, conocer en mejor forma la zona, no solo en los aspectos topográficos, sino, fundamentalmente, en los aspectos social y político.

La particularidad de esta etapa de la vida del ELN es que, si bien no se logró consolidar el trabajo político con la población, lo que repercutiría profundamente en los acontecimientos posteriores, la guerrilla sí se reprodujo como estructura militar hasta casi doblarse en número.

En general, en este periodo, el ELN pudo observar que la zona era muy amplia y comprometía, para su trabajo, grandes esfuerzos; fue definiendo la estratificación social de la población y, en particular, su cultura tradicionalista y sus inclinaciones políticas conservadoras.

Para enero de 1973, el grupo inicial se subdividió en dos grupos con el objeto de desplazarse por zonas vecinas a las ya trabajadas. El primero de ellos, bajo la dirección de Manuel Vásquez, se ubicó en terrenos de Amalfi y comenzó a trabajar con la población; el segundo grupo se subdividió en tres comisiones que debían realizar actividades político-organizativas, reconocer la zona e incorporar sobre la marcha nuevos militantes. Para marzo, la guerrilla se encontraba cerca de la carretera que une Segovia y Zaragoza. El primero de los tres grupos viaja por la margen izquierda del río Pocuné, llegan al río Caná y cerca de la desembocadura cruzan el río Porce, ya en territorios de Anorí, para posteriormente, Porce arriba, llegar hasta el sitio El Astillero, donde cruzan el puente hacia la margen derecha en territorios de Amalfi.

El segundo grupo, que se había separado del anterior entre El Encantado y La Fragua, continúa hacia el río Mata, lo cruza, llega al río Tinata, para marchar luego sobre el Porce, atravesar el río y encontrarse con el primer grupo en el mes de abril.

El tercer grupo, al mando de Antonio Vásquez, intenta apoyar una serie de acciones que pretendía realizar la guerrilla en la zona. No obstante, la imposibilidad material de hacerlo lo obliga a desplazarse por la margen izquierda del río Porce, en donde se logra comunicar con el grupo de Manuel Vásquez que se encuentra localizado en las cercanías de Salazar de Amalfi. El grupo de Antonio Vásquez, viaja hacía el Porce con la intención de unirse con el grupo que comanda Manuel y, una vez reunidos los dos grupos, tomarse Anorí; esto a finales del mes de mayo de 1973.

En junio, reunidos los dos grupos, evalúan las dificultades existentes para tomarse Anorí y se decide la constitución de un grupo de treinta guerrilleros para la realización de un operativo militar y de finanzas. Se produce entonces la toma de Salazar (Amalfi). Esta acción generará una serie de patrullajes y operativos militares del ejército, que se constituyen en la antesala de los operativos de Anorí.

A finales de junio y comienzos de julio, los grupos se encontraban distribuidos en los territorios de Amalfi, Anorí y Segovia: Manuel Vásquez con su grupo se había ubicado en la quebrada La Gómez, cerca al río Porce (Amalfí); Antonio va rumbo a Segovia, con un pequeño grupo, con la tarea de entrar en contacto con la ciudad y buscar comunicación con Fabio, del que no se sabía nada desde hacía varios meses; el grupo de “Noé”, se encuentra localizado en el Carmen, territorio de Anorí.

A mediados de julio, en la quebrada La Gómez, se logra reunir gran parte de la gente de los grupos que andaban con los hermanos Vásquez, allí se hace una evaluación general de la situación de la guerrilla, que está colonizando el territorio antioqueño y el estado de seguridad de la zona134. Para ese momento, el ejército ha comenzado a hacer exploraciones hacía el río Nechí y ha intensificado el trabajo de inteligencia e investigación, con los campesinos, sobre la presencia guerrillera en el área. En la reunión, se hace una valoración del estado de la fuerza y de la necesidad que tiene la Organización de crecer para poder asumir tareas militares de mayor contundencia135.

A mediados de septiembre de 1973, después de realizadas las tareas de inteligencia e investigación con la población campesina del área del noreste antioqueño, el Ejército da inicio a la operación militar, concebida por el ELN como la más grande emprendida por las fuerzas armadas colombianas, contra el movimiento insurgente, en toda la historia nacional. Esta operación conocida con el nombre de Anorí, según el grupo insurgente, movilizó 33 000 efectivos con el fin de controlar la población de 20 municipios, así como localizar, cercar y destruir una de las columnas guerrilleras del ELN136.

Las implicaciones políticas y económicas que tiene la guerrilla en la zona del noreste antioqueño, llevaron a los gremios, y a sectores de la población, a exigirle al gobierno nacional una presencia enérgica de sus fuerzas armadas, con el objeto de no permitir el asentamiento y permanencia de la guerrilla en la región. Las labores de inteligencia adelantadas por el ejército con la población campesina, cuyos afectos al proyecto guerrillero estaban mediados por sus tradiciones políticas y culturales137, permitió detectar la presencia de la columna de los hermanos Vásquez, e iniciar el proceso de movilización de tropa y el cercamiento del área.

En la versión que da el ELN, sobre este aspecto, no solo realza la participación de asesores norteamericanos en el estudio y diseño de los operativos, sino que además compromete en ellos a casi la totalidad de las fuerzas armadas existentes en el centro, oriente y norte del país138.

Es posible que la fuerza militar desplegada por parte de las Fuerzas Armadas de Colombia, no haya sido de la magnitud que lo presenta el ELN, o por lo menos, que en el combate el contingente de recursos humanos haya sido menor. No obstante, plantearse una acción de envolvimiento militar de una área del tamaño en que se desarrolló la Operación Anorí, demanda indudablemente de un esfuerzo compartido de muchas unidades de combate, y de la movilización de grandes recursos humanos y logísticos, para operar y controlar en el área con las características geográficas y sociales de esa región139.

Una vez ubicada la columna guerrillera dentro de la zona, se inicia la movilización rápida de las tropas utilizando la carretera que une a Medellín con Yarumal; el ferrocarril de Medellín-Puerto Berrío; el transporte fluvial del río Nechí y, el transporte aéreo, haciendo uso del aeropuerto de Amalfi y de helipuertos construidos en Anorí, Zaragoza, Campamento, Támara y Tamí.

Localizada la tropa en la zona se inicia el censo y control de la población en los municipios y corregimientos de Anorí, Amalfi, La Ceja, El Tigre, Santa Isabel, Remedios, Segovia, Zaragoza, Tamí, Támara, Otú, Cedeño y El Pato. Se establece un estricto control sobre todas y cada una de las pertenencias de los campesinos (vestuario, herramientas, drogas, animales domésticos, cultivos); se confiscan las armas de cacería y se detiene un gran número de sospechosos de auxiliar a la guerrilla140.

Las prácticas de represión se descargaron sobre una población que quedó atrapada en la mitad de un conflicto que le era en gran medida ajeno a su dinámica de desarrollo social, económico y cultural, la cual distaba mucho de estar en guerra. A decenas de pobladores de las veredas se les sometió a interrogatorios extenuantes, a torturas y a confinamientos en campos de reclusión, donde fueron detenidos por tiempo indeterminado sin importar la edad, el sexo o el estado de salud. Cuando la más leve sospecha de colaboración con la guerrilla aparecía sobre algún poblador, se descargaba sobre él toda la barbarie represiva de la institución castrense manifiesta, no solo en intensos interrogatorios y permanente intimidación y tortura, sino en su ejecución física y la utilización de su cuerpo para escarmiento de la población. En muchas ocasiones humildes campesinos fueron arrojados desde los helicópteros o fueron despedazados contra las copas de los árboles colgados de una pierna (ELN, Testimonios, 1974-5).

La campaña de propaganda que acompañó la operación se desarrolló a través de volantes en donde aparecen las fotografías de algunos dirigentes guerrilleros, entre ellos la de Fabio Vásquez, por quien se llegó a ofrecer un millón de pesos en la época de la muerte de Camilo Torres. No obstante, tal vez lo más relevante de esta campaña es hacer aparecer, ante los medios de comunicación, como grandes victorias del ejército, el asesinato de campesinos a quienes se les presentaba como guerrilleros, y el de ocultar ante la población sus propias bajas141.

Durante el mes de agosto de 1973, la columna guerrillera comenzó a detectar los patrullajes del ejército en la zona. La dirección del grupo se reunió, evaluó la situación y planeó el trabajo a seguir inmediatamente. Aún no se sabía de la magnitud del operativo que se les venía encima, aunque sí se sentía preocupación por el crecimiento de las actividades de patrullaje del ejército en una región que se suponía menos congestionada de fuerza militar.

Manuel Vásquez trazó el plan a seguir para los desplazamientos del grupo y los enfrentamientos con el ejército, subdividió el grueso de la columna guerrillera en tres grupos o comisiones: un primer grupo de 10 hombres, bajo la responsabilidad de “Alonso”142, procuraría entrar en confrontación con el ejército en la zona del río Anorí hacia el Porce, con el compromiso de que a los veinte días alcanzaría los otros dos grupos, siguiendo la misma ruta que estos iban a recorrer y a través de los enlaces que se le fuera dejando. La idea era distraer el ejército para permitirle al grueso del grupo salir a encontrarse con Fabio. Un grupo de 13 hombres conducido por Manuel Vásquez; en el que también marcharía “Noé”, se dirigiría hacia el occidente, con la intención de salir a Puerto Valdivia, donde debía organizarse la toma de ese pueblo y luego de hacerlo, situarse al otro lado de la carretera. El tercer grupo de 51 hombres, tenía como primer responsable a Antonio Vásquez, era el grupo más pesado para desplazarse por su tamaño. Esa columna debía seguir la misma ruta del segundo, pero en forma más lenta, utilizando como guía los enlaces que iba dejando en el camino Manuel. La idea era que fueran desarrollando trabajo político o al menos influenciando el área y aprovisionándose.

El plan propuesto por Manuel y aprobado por la dirección de la columna guerrillera, tomó en consideración las experiencias tenidas anteriormente en otras zonas, en las que el conocimiento de estas era relativamente escaso: transitarlas manteniendo la clandestinidad y apoyándose en los pocos campesinos que cumplían con la tarea de aprovisionar a la guerrilla143. Hacerlo en pequeños grupos y, tener en cuenta las opiniones de los campesinos de Amalfi, que habían puesto de presente a la guerrilla la poca receptividad política de los campesinos de Anorí en relación con el proyecto de lucha armada revolucionaria.

El plan comienza a desarrollarse el 8 de agosto, en el lugar en que se encontraban reunidos se queda el grupo de Alonso, mientras los grupos de Manuel y Antonio Vázquez empiezan a desplazarse marchando juntos hasta atravesar el río Anorí y encontrar, en el camino que sigue el río hacía El Charcón, un aprovisionamiento que les permite llenar suficientemente todas las mochilas. El 11 de agosto, conforme a lo planeado, el grupo de Manuel se desprende y marcha adelante. Tres días después el grupo de Antonio se entera que de la comisión que iba marchando adelante a cargo de Manuel, Arnoldo, quien había sido incorporado hacía pocos días en el río Tinita, deserta a hora y media de Anorí, entregándose al ejército y proporcionándole toda la información que poseía sobre la situación y los desplazamientos de la guerrilla144.

El mes de agosto transcurrió en medio de crecientes dificultades para la guerrilla; la comida se fue agotando, se hizo más difícil el aprovisionamiento, lo que obligó a recurrir a los pocos productos que la región podía proporcionar, especialmente panela, maíz y animales. Dadas las particulares condiciones geomorfológicas y climáticas de la región, el desconocimiento del terreno y el tamaño del grupo, la marcha se hizo pesada y lenta, porque era necesario hacer exploraciones previas y desplazarse en las horas de la noche en las zonas donde el terreno era descubierto, pero donde era cerrado y se podía marchar de día, la vegetación tupida obligaba a construir trocha, lo que detenía igualmente la marcha.

Esta situación se vio empeorada por tres elementos adicionales: por una parte, a la adversidad y el desconocimiento del terreno se sumó la temporada de invierno que fue cruda e hizo la zona, que es fría, mucho más invivible para una guerrilla proveniente de tierras bajas y cálidas. Por otra parte, los campesinos que comenzaron a encontrar se mostraron miedosos y renuentes a colaborar, incluso en la venta de comida y animales, para lo cual buscaron todos los pretextos a su alcance para no hacerlo y, por último, internamente, la situación de desmoralización de algunos integrantes fue en crecimiento; comenzaron a perderse los bienes colectivos de la guerrilla (como la panela), a disminuir el paso de la marcha, con el objeto de madurar las deserciones, lo que obligó a mantenerles vigilancia permanente.

En este desarrollo de los acontecimientos, septiembre es un mes definitivo para el desarrollo de la Operación Anorí, la situación general del grupo es de extrema dificultad y comenzando el mes desertan dos hermanos (Miro y Euclides), quienes se entregan al ejército y le proporcionan toda la información que poseen. Con ella, los militares comienzan los procesos de mayor cercamiento del área, colocan patrullaje delante del grupo y en los sitios en donde podían replegarse en caso de choque. Con esto, la tropa empieza a producirle las primeras bajas a la guerrilla; en el grupo de Manuel, mueren Salvador y Sergio, “al introducirse en una casa sin desarrollar ninguna rutina de vigilancia previa”.

El grupo grande procura conservar la dirección trazada cada vez que el terreno y las condiciones se lo permiten, no obstante, la situación empeora, la alimentación es deficiente y el esfuerzo físico es cada vez mayor. Se cuenta con buen armamento y existe bastante material bélico, especialmente explosivos, pero no cargan cable ni pilas, y la mayoría de integrantes del grupo no sabe usarlos. El 9 de septiembre llegan cerca al río Nechí, en la quebrada de Usurá frente al Cedro. Allí se decide acampar por unos días, con el objeto de buscar aprovisionamiento y de tratar de contactar el grupo de Manuel que estaba también sobre el Nechí. Para ese momento el grupo grande cuenta con 49 guerrilleros, de los cuales 10 se contaban en el grupo de los “desmoralizados”, a quienes una comisión de 20 guerrilleros debía vigilar. La posición de Antonio Vásquez frente a esta situación era la de cruzar el río Nechí y mandar a ese pequeño grupo para la casa, pues representaban un problema grave para el conjunto de la columna guerrillera.

En septiembre, los operativos del ejército habían avanzado considerablemente, se tenía concentrada tropa en sitios estratégicos establecidos, basándose en el estudio de la información que se poseía de la zona, y de los desertores en relación con el desplazamiento del grupo. La guerrilla, por su parte, no tenía ningún tipo de información sobre el movimiento de la tropa, pues carecía de un campesinado organizado en capacidad de hacer labores de inteligencia, o por lo menos de proporcionar información, sobre los patrullajes del ejército.

Antonio localizó el campamento en un filo que envolvía la quebrada y desde el cual se podía contemplar el otro lado; ubicó la posta cerca de este y doble. La situación interna y el abastecimiento eran la preocupación central. De ahí que no se establece un plan de emergencia, ni se adelanta el proceso de moralización de la tropa para el combate, el cual podía, como efectivamente ocurrió, iniciarse en cualquier momento.

Al día siguiente de su llegada a ese sitio, el ejército descargó tropa con los helicópteros delante de ellos donde había territorio descubierto, y el 11 de septiembre a las 4:30 pm, se iniciaron los combates. Los militares sorprendieron a la guardia, la cual estaba compuesta por un pequeño grupo de solo tres guerrilleros, quienes estaban a cargo de contener el ataque, mientras los demás estaban en las rutinas diarias del campamento, relacionadas con recoger leña y cocinar. En el repliegue guerrillero se fueron quedando equipos y provisiones145.

El 16 de septiembre, el grupo de Antonio llega a un sitio en el que se puede cruzar el río Nechí, al encontrarlo manso y bajito; no obstante, se decide esperar dos guerrilleros que se quedaron atrás, tratar de recuperar provisiones, sorprender al ejército en una emboscada y buscar información sobre la localización del grupo de Manuel (ELN, “Anorí: lección histórica”. Testimonio de los sobrevivientes, 1978, p. 40). Entre el 17 y el 20 de septiembre se presentaron permanentes enfrentamientos con bajas de parte y parte; la guerrilla avanzaba con un grupo de protección, pero sin ninguna posibilidad de contraatacar. El 20 muere en enfrentamiento “Noé”, el segundo responsable en el grupo de Manuel Vásquez, al día siguiente se encuentran los grupos de Manuel y Antonio. La zona es en extremo desfavorable para la guerrilla y no les queda otra opción que tratar de cruzarla para salir del cerco; en ese intento, sufren el peor golpe de todo el operativo Anorí: en un solo combate mueren 6 guerrilleros y 10 son capturados. Durante los días siguientes, la guerrilla va perdiendo poco a poco sus hombres, entre ellos, el 17 de octubre, a Pedro Antonio Niño, “el tío Efrén”, el encargado del grupo de protección.

Con la muerte de los hermanos Vásquez Castaño146, prácticamente los operativos de Anorí llegan a su fin. Pese a lo anterior, el ejército siguió realizando patrullajes en la búsqueda de lo que se consideraban los últimos reductos de la organización guerrillera. En el grupo de “Alonso”, se produjo la captura del segundo responsable, “Nelson”, quien terminó de informante de los militares. “Alonso” murió tratando de recuperar el arma de un soldado que estaba herido y al cual creía muerto. De los guerrilleros que quedaron dispersos en la zona del operativo, solo algunos lograron romper el cerco con ayuda de los campesinos, los demás fueron capturados y muchos de ellos asesinados después de su captura.

El ELN, en el balance que hace de los enfrentamientos de Anorí, señala la realización de 39 combates, con 178 bajas entre oficiales, suboficiales y soldados y, más de cuatrocientos heridos, por parte del ejército. La guerrilla tuvo 27 bajas en los dos meses de combates de agosto a octubre, un gran número de capturas y de deserciones.

El ELN: balance del periodo 1966-1974

En el periodo comprendido entre 1966 y 1974, el ELN ve reducirse aceleradamente sus fuerzas, como consecuencia de los operativos militares desarrollados por el ejército. El cuerpo de la guerrilla es diezmado en un 70 %, las muertes de los guerrilleros, se acompañan de capturas y deserciones y de una disminución de la moral de combate.

A las dificultades que están atravesando en el campo militar, la Organización, en este periodo de menos de una década, tiene que afrontar las crisis políticas internas, las cuales resuelve, generalmente, por la vía militar, eliminando las contradicciones internas a través de “consejos de guerra revolucionarios”, y fusilamientos, o mediante el incremento de los operativos militares, con la idea que en el desarrollo de la guerra y obteniendo resultados, se van resolviendo en la práctica las contradicciones políticas.

El ELN convierte en principio la lucha política abstencionista y mantiene la doble negativa de no partido, no elecciones. Para el ELN, este periodo esta caracterizado como de auge militar y contradicciones internas, contiene una serie de acontecimientos y desarrollos organizativos que sería necesario puntualizar para hacerse a una valoración más objetiva de esta etapa de la historia de esta organización, en los aspectos político-ideológicos, organizativos y militares.

Un balance de este periodo para el ELN, en los aspectos político-ideológicos, señala que la contradicción fundamental sigue siendo la primacía de lo militar sobre lo político y el fortalecimiento de lo rural sobre lo urbano. Esto se sustenta desde una perspectiva de guerra revolucionaria, que no logra desprenderse aún de la concepción foquista, a pesar de que se mueve en el discurso de la guerra popular prolongada. Sobre la base de lo anterior, durante este periodo la Organización logra crecer y fortalecer su aparato militar, pese a las contradicciones y a los conflictos internos, en un proceso que podría definirse como de crecimiento cuantitativo sin desarrollo cualitativo.

La historia del ELN se dirige en estos años, más hacia su interior, hacia la solución de contradicciones políticas, las cuales se aplazan indefinidamente —a las que se les suele dar salidas militares, cuando lo que están demandando son salidas políticas (transformaciones en la concepción de la lucha revolucionaria, en el contexto de una realidad histórica como la colombiana)— y, por otro lado, al tratamiento de deficiencias militares que se ocultan cuando son de los responsables de la Organización y se sancionan ejemplarmente cuando están articuladas a conflictos políticos o provienen de la base guerrillera.

Al asumir rígidamente los principios que dieron origen al proyecto guerrillero sin profundizar en ellos en el contexto específico de la sociedad colombiana, de su cultura y de sus conflictos, se fue incurriendo en prácticas que lejos de fortalecer cualitativamente a la Organización, preocupación de Víctor Medina Morón y Manuel Vásquez en distinta época y concepción, la fueron erosionando políticamente, en un proyecto cuyo cuerpo crecía pero cuya cabeza se hacía cada vez más pequeña y unilateral.

Esta situación, en la práctica, aleja al ELN del movimiento de masas y de los conflictos sociales y políticos de los sectores populares, en la medida en que la Organización, metida en sus propios conflictos internos, tiene serias limitaciones para consultar y explicar las condiciones del desarrollo económico y social del país, elemento esencial para el trabajo político y organizativo de masas, sobre el cual la Organización tiene serias objeciones dada la naturaleza reformista de este tipo de trabajo.

Desde luego, en el aspecto político, la Organización ha hecho sus planteamientos fundamentales en materia de estrategia, táctica, programa y organización, que no por poco elaborados le impiden desarrollarse a un nivel y hasta un momento determinado. Sin embargo, al no constituir estos un cuerpo homogéneo y coherente de planteamientos, se dio pie a distintos enfoques e interpretaciones que se constituyen en la fuente esencial de los conflictos internos.

Las deficiencias en la formación ideológica y el marginamiento de aquellos que mayor capacidad tenían para aportar a ese respecto, dio cabida al mal trato de las contradicciones y al impulso de prácticas que terminaron convirtiéndose, en lenguaje guerrillero, en “gravísimas desviaciones”: un arraigado “militarismo” que limitaba o reducía la lucha política a la lucha militar; un desarrollado “caudillismo”, que terminó por depositar el mando en un solo responsable, que se comportaba como autoridad suprema y cuyas deficiencias eran minimizadas; un extremo “vanguardismo” que desconocía la importancia y el papel que jugaban otros actores sociales y políticos en el proceso de transformación propuesto, y una sobrevaloración del papel del “campesinado”, el que se sigue ubicando como clase rectora del proceso revolucionario; entre otras deficiencias que en el lenguaje de la época se cuestionaban como, el foquismo, el autoritarismo, el seguidismo, el amiguismo, todas desviaciones pequeño burguesas y contrarrevolucionarias.

Dadas las limitaciones existentes en la formación política e ideológica, maduró al interior del ELN una actitud maoísta en la que el único criterio de verdad que existía era la práctica inmediata, la que desbordaba en evidencias cualquier otra explicación; se descalificó la práctica racionalizada y la relación dialéctica entre la teoría y la práctica, fundamento supuestamente esencial de la concepción ideológica que se abrazaba.

El ELN, hace una particular valoración de lo ideológico, de esta etapa de su proceso de desarrollo, ubicando la contradicción esencial en la lucha entre las posiciones obreras (proletarias) y las posiciones pequeño-burguesas, las que, para ellos, a la postre resultaron triunfando y abriendo el camino para que se produjeran el conjunto de “desviaciones” y prácticas que caracterizaron el periodo147.

Este enfoque, según los balances hechos por la Organización, son los que dan origen a un tipo de práctica política interna en la que no se podía permitir ninguna contradicción, y en la que cualquier intento por cuestionar las definiciones y puntos de vista de la dirección eran considerados como provenientes de sectores desmoralizados y divisionistas. Bajo este criterio, durante esta etapa imperó una serie de medidas disciplinarias verticales, como medio para resolver las contradicciones políticas.

El ELN reconoce haber nacido en un momento histórico particular en el que se buscaba generar acciones revolucionarias, sobre la base de unos enunciados básicos, que pudieran darle al proyecto identidad para diferenciarlo de las luchas guerrilleras anteriores (liberal-conservadora), de los enfoques de la izquierda reformista, y colocarlo a la vanguardia de la lucha armada revolucionaria, para lo cual “se necesitaban acciones prácticas y no tanto elaboraciones teóricas y profundos análisis”.

Sin embargo, asegura el ELN, que la preparación teórica, el conocimiento de la realidad nacional, el reconocimiento de sus propio desarrollo histórico, de la estructura de clases de la sociedad, del movimiento y la lucha de los obreros, campesinos y sectores populares, superficial y suficiente para iniciar, no podía bastar para etapas posteriores y que si bien en un primer momento la práctica era lo principal, debía ser la racionalización de esa práctica el fundamento esencial para la elevación del nivel político e ideológico de la militancia.

Esta situación se desarrolló durante esta etapa difícil de superar, pues la hegemonía de un solo enfoque convirtió en permanentes los principios y fundamentos que debían irse transformando con el tiempo y con las circunstancias, lo que al no producirse redujo a la Organización a un extremo artesanismo político, cuando no al mutismo y al inactivismo por ausencia de orientaciones políticas; en el camino de evitar el teoricismo se cayó en el pragmatismo extremo (ELN, Periódico Simacota, 12, 1981, octubre, pp. 96-97).

Muchas de las prácticas que durante esta etapa se utilizaron para sortear las contradicciones internas, no encontraron oposición porque en su conjunto la Organización había sacrificado la formación política de su militancia y la había desplazado a un segundo plano, dando prioridad a aquello que a la luz de todos los niveles se constituía en su mayor fortaleza política: el accionar militar.

Inevitablemente, la confrontación política expresa básicamente el enfrentamiento entre los sectores intelectuales y dirigentes de la Organización y se constituye en una disputa permanente por espacios de poder, representados en intereses y enfoques colectivos o en particulares y específicos intereses individuales; en general la base guerrillera sufría de un profundo analfabetismo político, que los dejaba al margen de cualquier discusión de fondo148. En gran medida lo que se esta produciendo, en esta etapa, es una “guerra interna de cuadros”, en la que el ELN sacrifica parte significativa de su patrimonio intelectual, bien por la vía de la ejecución militar de las contradicciones políticas, pero también, en el desarrollo de las actividades de la lucha armada. Esto, en las condiciones existentes y careciendo de una política permanente de formación de cuadros, se constituía en un componente fundamental de la situación de crisis que se avecinaba, pues, la Organización fue acumulando un déficit creciente de cuadros, que en otras condiciones le habrían permitido ayudar a sortear situaciones de crisis.

Guiado por la concepción del foco, la que se había ido haciendo insuficiente dadas las particulares condiciones de la realidad colombiana y el mismo desarrollo de la Organización, el ELN no encuentra durante estos años una definición política que le permita articularse realmente al movimiento de masas, a su concientización, organización y movilización y entra en un profundo aislamiento que favorece las confrontaciones internas y alimentan el surgimiento de prácticas de autonegación y estancamiento149.

La concepción del foco había jugado en la primera etapa un papel importante cuando se trataba de consolidar un grupo guerrillero capaz de sostenerse, generar simpatía y concientizar a la población en relación con la lucha armada revolucionaria. Pero en una segunda etapa cuando en alguna medida la población había entendido el llamado y era necesario entrar a organizar, orientar y desarrollar el trabajo con la población, la concepción del foco no tenía respuestas para esa necesidad y la Organización no logra desprenderse de sus fundamentos, produciéndose un obligado divorcio entre la organización de “vanguardia” y los movimientos sociales.

Esta situación se agravó en la medida que el país se transformaba aceleradamente y los centros de poder y decisión, y la concentración poblacional se trasladaba del campo a la ciudad, donde el modelo capitalista de desarrollo localizaba los principales centros industriales y a su interior los núcleos de trabajadores. Frente a este nuevo ordenamiento poblacional, social, económico y político, el ELN se quedó haciendo llamados estratégicos, al margen de la población global y esperando que la clase obrera llegara a la Organización, transformada por la simpatía que despertaban sus acciones, convertida como ellos mismos afirman en sus reflexiones críticas en una “vanguardia sin retaguardia”.

La situación política que atravesaba el ELN se reflejaba ampliamente en las estructuras organizativas y en el control de estas, a una práctica política vanguardista se le hizo corresponder una organización aparatista; la carencia de una real vinculación con el movimiento social comenzó a suplirse con el montaje de un aparato militar mayor, que cada día costaba más sostenerlo, dada la separación real del movimiento de masas, el que en su comienzo había sido su principal fuente de apoyo. A esto había que adicionarle una dirección nacional centralizada en el campo, que pretendía dirigir todo el accionar de la Organización y que, por lo tanto, no creó órganos colectivos de dirección intermedia, que permitieran reproducir las orientaciones de la dirección central, y dinamizar cada una de las partes de una organización que pese a sus conflictos internos seguía creciendo.

El principio de un mando único político-militar centralizado y con sede en el campo, degeneró en el mando unipersonal, respaldado por la actitud caudillista del primer responsable que pretendía dirigirlo todo, con la consecuencia natural de que cada día se fue quedando todo sin dirección y la Organización se fue por el camino de la dispersión orgánica y política.

La carencia de cuadros de dirección altamente capacitados recargó el trabajo en los pocos existentes, generando una práctica que se conoció al interior del ELN como el “toderismo”. Esta consistió en que los pocos cuadros, o aquellos que tenían mayor capacidad de trabajo, se dedicaban simultáneamente a actividades tan diferentes como: dirección sindical, trabajo político clandestino, logística, accionar militar, elaboración y distribución de propaganda, educación, entre otras muchas actividades, que impidieron la cualificación permanente de la militancia en una bien articulada división técnica del trabajo, generando una dinámica de agotamiento que redujo a cero el tiempo para su propia formación. Como resultado de esta situación, al interior del ELN se fue creando una mentalidad autosuficiente, que impedía reconocer y corregir los errores y limitaba el ejercicio de la crítica y la autocrítica que tanto se defendía como fundamento de la Organización.

Por otra parte, durante este periodo, en unas condiciones totalmente distintas a la de los primeros años de lucha guerrillera, el ELN siguió aferrado de una manera rígida al planteamiento de que “el campo es el escenario principal de la guerra”, lo que llevó a trasladar, sin que ningún factor de fuerza mayor lo exigiera, la militancia que tenían ubicada al interior del movimiento de masas, al seno de la guerrilla, donde no siempre lograron adaptarse, restándosele posibilidades a la Organización, no solo de interactuar con los movimientos sociales, sino además, construir a su interior el proyecto revolucionario que pretendían desarrollar.

El crecimiento centralizado, de todas formas, fue generando una dispersión orgánica, que se constituyó a la postre en su mejor acumulado, pues cuando el modelo centralista se desplomó, los grupos dispersos se constituyeron en un importante recurso para la reconstrucción del proyecto, como se verá más adelante.

Por otra parte, durante este periodo, la unidad y la disciplina interna lograda en la primera etapa a base de fervor revolucionario, y teniendo como fundamento un conjunto básico de principios, se pretendió mantener sin desarrollo político y recurriendo a una disciplina militar que se colocaba por encima del nivel de desarrollo de la conciencia política, llegándose al extremo de la imposición autoritaria y vertical. Esto generó los conflictos que dieron origen a fusilamientos, deserciones y al fortalecimiento de la vía militar.

En el aspecto marcial, durante los años que preceden a la Operación Anorí, se desarrollan varias acciones en el campo, que se constituyen en “victorias” militares para la Organización, con sus correspondientes repercusiones políticas, incremento de simpatía (principalmente en las áreas de operación), desarrollo cuantitativo y logístico. Esto no significa que no se produjeran grandes reveses como se pudo ver en el desarrollo de esta parte del trabajo de investigación: la muerte de un número importante de dirigentes y militantes de la Organización, por la vía de la confrontación directa con el ejército en el desarrollo de la guerra, o por la vía del fusilamiento interno como consecuencia de las contradicciones existentes, al igual que la caída de las redes urbanas en 1968 y sobre todo en 1972, lo que constituyó un duro golpe para el ELN, y el punto de partida para una época de derrotas militares y profunda crisis política, así lo evidencian.

Pese a todo lo anterior, en medio de sus dificultades internas, sin poder encontrar una definición política que responda más a las condiciones de la época, el ELN sigue desarrollando su lucha político-militar, sobre la base de un sacrificio y entrega sin límites a una causa que está por definirse.


MANUEL PÉREZ MARTíNEZ


ELN EN SUS ORíGENES

CAPÍTULO 3.
CRISIS Y RECONSTRUCCIÓN ORGÁNICA Y POLÍTICA (1974-1982)

En este tercer capítulo, que comprende el periodo de 1974 a 1982, abordaremos los desarrollos de la Organización en una fase en la que se agudizan las crisis, y se inician los procesos de recuperación y refundación de esta.

En el ELN, se agudizará su crisis teniendo el punto de mayor dificultad a finales de la década de los setenta con un golpe en cadena que se da a sus estructuras urbanas, conocido como el Febrerazo. A partir de allí, el ELN se refunda, e inicia una nueva época orientada bajo la premisa de la reestructuración orgánica y política, que colocará nuevamente a la Organización en el escenario del conflicto armado y la proyectará en gran parte del territorio nacional.

Un contexto necesario para entender este periodo

Durante la década del sesenta y comienzos de la década del setenta, el régimen del Frente Nacional fue creando las condiciones para que los distintos sectores de la sociedad, no articulados a las formas de mediación tradicional de los partidos liberal y conservador, emprendieran el camino de la construcción de nuevas expresiones políticas ligadas a las luchas reivindicativas de carácter popular y social. Aparecen durante este periodo, al lado del nuevo movimiento armado (M-19), una proliferación de organizaciones de izquierda, que se inscriben en la lucha política legal e ilegal, dinamizan la lucha campesina y obrera, la protesta estudiantil y la confrontación cívica y popular. Es una época de movilizaciones sociales, que va erosionando la capacidad del régimen para ejercer a cabalidad el monopolio del ejercicio de la fuerza en el control del orden público, situación que deteriora su legitimidad, le genera pérdida de credibilidad social y lo conduce a una crisis de gobernabilidad real, que no encontrará otro mecanismo que la represión institucional para controlar el crecimiento de la protesta social y ciudadana.

Una de las consecuencias que regularmente se le atribuyen al Frente Nacional fue haber generado una despolitización creciente de la población colombiana, y una apatía generalizada por la lucha política o por la participación ciudadana en los escenarios de la democracia convencional representativa, lo que se vería reflejado en el creciente abstencionismo. Al finalizar el Frente Nacional, se han agotado todas las expectativas creadas por él mismo en materia de seguridad, bienestar y convivencia, y se abrió camino a unas nuevas expectativas que encarnará en su momento el gobierno del presidente Alfonso López Michelsen150.

En el periodo comprendido entre 1974 y 1982 se desarrollan los gobiernos de Alfonso López Michelsen (1974-1978) y Julio César Turbay Ayala (1978-1982). En el marco de la periodización que se ha formulado en esta investigación, para el estudio de los conflictos colombianos, es durante este periodo que se produce el punto de inflexión que lleva a la sociedad colombiana, de la fase de los conflictos ideológicos y políticos a la fase que hemos denominado de degradación y enrarecimiento de los conflictos.

El 7 de agosto de 1974 inició Alfonso López Michelsen su gobierno, con un discurso en el que prometió al país cerrar la brecha entre la población campesina y la urbana, trabajar por mejorar la situación del cincuenta por ciento más pobre de la población, y promover el cambio social y económico en el país. Estas ideas constituyeron la base de su campaña electoral, la que llamó el Mandato Claro.

Durante su administración, López Michelsen, decretó la emergencia económica para corregir el déficit fiscal, estableció un control de gastos de los institutos descentralizados, eliminó subsidios, realizó una reforma tributaria y fiscal, estableció el impuesto de ganancia ocasional, buscó aumentar la inversión pública e incrementar las exportaciones, entre otras acciones emprendidas por su gobierno. A pesar de las medidas encaminadas a detener la inflación, esta alcanzó el índice más alto de la historia del país hasta ese momento. López fortaleció las condiciones internas de la economía campesina para retener a esta población en su medio, frente al crecimiento desmesurado de las ciudades, como consecuencia de las migraciones producidas en las dos décadas anteriores. Logró un aumento del 16 % en la producción agrícola; otorgó 986 títulos y se firmaron 4.700 contratos de asignación de tierras, muchos de los cuales se acompañaron del crédito agropecuario que ascendió a 21 mil millones de pesos. Durante su gobierno se creó el Instituto Colombiano de Hidrología, Meteorología y Adecuación de Tierras (Himat), y el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (Incora), creado en 1961, que recibió los distritos de riego.

A nivel social y laboral la administración López duplicó el salario mínimo en el campo y en la ciudad, le otorgó personería jurídica a 1100 sindicatos, se aumentó en un 40 % la capacidad de energía eléctrica, se cambió la figura de concesión por la de asociación para la exploración petrolera, se construyeron gasoductos y oleoductos por 69 millones de dólares, se estructuró un plan de generación de energía de 2800 millones de dólares, se realizaron planes de vivienda para 246 mil familias, se destinaron 15 412 millones de pesos a planes de salud, y se abrieron 30 nuevos hospitales, se destinaron 58 mil millones de pesos para la educación, se creó un millón de cupos para los cuatro niveles educativos, se invirtieron 2706 millones de pesos en construcciones escolares, se destinaron 6643 millones de pesos para vías de comunicación y 1432 millones para mejorar los puertos marítimos, además hubo bonanza cafetera y se abrió la carrera militar para la mujer.

Pese a todas sus realizaciones, el crecimiento de la pobreza y la marginalidad no se detuvo, y durante su mandato tuvo que afrontar el Paro Cívico Nacional, el 14 de septiembre de 1977, efectuado por todas las centrales obreras, que dejó un trágico saldo151, y obligó al Gobierno a hacer uso del toque de queda y a acudir a la legislación del estado de sitio. Igualmente, tuvo que enfrentar el paro médico del Seguro Social, que se prolongó durante 50 días generando en materia de salud una situación extremadamente crítica para los trabajadores. Gerardo Molina, uno de los intelectuales más respetados del país, comprometido con los procesos sociales, en relación con el gobierno de López señaló en su momento que:

la administración que se anunció como dispuesta a cerrar la brecha entre ricos y pobres y entre regiones prósperas y regiones miserables, ayuda a comprender el insondable desasosiego en que vivimos hoy […]. Ahí están, sobre todo, la inflación, el desempleo y los ataques a la moral pública, a los que no son ajenas personas allegadas a las esferas del alto gobierno, para acabar de establecer la situación de una comunidad que se debate inútilmente en busca de una salida que no se puede hallar a través de los parajes habituales. (Molina, 2004)

Los acontecimientos del 14 de septiembre de 1977 produjeron una reacción al interior de las fuerzas militares que obligaron la renuncia del general Matallana y a la presentación de una petición de los mandos militares, encabezados por el comandante de las Fuerzas Militares, general Camacho Leyva, exigiéndole al presidente López, ante la gravedad del orden público, medidas de emergencia. A partir de entonces se iniciará en el país una ola de acciones represivas que se recrudecerán en el gobierno siguiente. López Michelsen termina su gobierno con un bajo nivel de popularidad, y, en un contexto de crecimiento vertiginoso de la movilización social y la protesta, se desarrollará el nuevo gobierno de Julio César Turbay Ayala, el cual se caracterizará como régimen profundamente represivo152.

En 1978, ante a las aspiraciones reeleccionistas de Carlos Lleras Restrepo, el sector mayoritario del liberalismo llamó a Turbay Ayala para proclamarlo candidato a las elecciones presidenciales de ese año. Turbay, convino con su adversario el pacto conocido como Consenso de San Carlos, mediante el cual se decidía la suerte del candidato del liberalismo con los resultados que se obtuvieran en las elecciones para senadores y representantes del 26 de febrero de 1978. Los resultados favorecieron a Turbay Ayala, quien derrotó en las elecciones a Belisario Betancur, el candidato del Partido Conservador, con un programa que se basaba en tres grandes premisas: la producción, la seguridad y el empleo.

Al comienzo de su mandato, Turbay promulgó el Estatuto de Seguridad en ejercicio del artículo 121 de la Constitución nacional, para contrarrestar la actividad subversiva y de narcotráfico153. Este estatuto fue objeto de severas críticas dentro y fuera del país. Durante la administración Turbay se vivieron momentos críticos en Colombia, como el robo de más de cinco mil armas del Cantón Norte de Bogotá por parte del Movimiento 19 de Abril, y la toma de la Embajada de la República Dominicana en Bogotá durante 61 días, por parte del mismo grupo guerrillero; se recrudeció el secuestro y la extorsión y surgió la agrupación armada Muerte a Secuestradores (MAS). En marzo de 1981 se firmó la Ley de Amnistía, orientada a facilitar la entrega de ciudadanos levantados en armas, pero no tuvo gran acogida. Luego, en noviembre de ese mismo año, basándose en una propuesta del expresidente Lleras Restrepo se constituyó la primera Comisión de Paz, que se desintegró en mayo del siguiente año.

Durante el gobierno de Turbay Ayala creció la economía subterránea, fundamentada en actividades de narcotraficantes y contrabandistas. Su administración es recordada por las prácticas de la persecución a los dirigentes sociales, cívicos y políticos, por las detenciones arbitrarias, la tortura y el encarcelamiento de cientos de dirigentes políticos; fue una época crítica en materia de derechos humanos.

En relación con la situación de la izquierda durante las administraciones López y Turbay, se puede señalar que desde 1975, la izquierda legal e ilegal (no armada), se presentaba como una fuerza relativamente fuerte frente a un movimiento insurgente en crisis y marginal aún. El Partido Comunista Colombiano, el MOIR y en menor instancia la Anapo (cuya tendencia socialista comenzaba a adquirir especial vitalidad), constituían las principales fuerzas de oposición; a su lado proliferaban las tendencias ML (maoístas) y una gran variedad de sectores del trotskismo.

En este periodo la consigna del Frente Democrático, adquirió forma en la Unión Nacional de Oposición (PCC-MOIR-Anapo), la que se desarrolló entre grandes discusiones, bajos niveles de funcionamiento organizativo y una coalición electoral que puso el 2 % de los votos para presidente y algunas curules en el parlamento. El Partido Comunista Colombiano persistía en el desarrollo de su táctica política de combinación de todas las formas de lucha de masas154, pero, para 1975, tenía ya a sus espaldas el peso específico de la experiencia chilena de la Unidad Popular y el golpe militar de Augusto Pinochet, la que le indicaba de alguna manera la necesidad de fortalecer militarmente su hasta entonces brazo armado.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
1124 s. 24 illüstrasyon
ISBN:
9789587837766
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