Kitabı oku: «California Blue»

Yazı tipi:

CALIFORNIA BLUE

EN EL LÍMITE DE LA NIEBLA

[CARLOS RODRÍGUEZ]

Primera edición: agosto de 2021

© Copyright de la obra: Carlos Rodríguez Garrido

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

Código ISBN: 978-84-123328-6-5

Código ISBN digital:978-84-123328-7-2

Depósito legal: B-7986-2021

Corrección literaria: Teresa Ponce

Maquetación: Celia Valero

Imagen de portada: Celia Valero

Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los países

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Juan, acá el mundo se ha vuelto reloco,

raro, como una novela de ficción.

Pero entre unas cosas y otras

vamos superando etapas.

Tu hijo, que se ha hecho un hombre.

Always forward.

A todo ese gentío que cree en mí:

gracias.

California Blue,

dreaming all alone,

nothing else to do,

California Blue.

Everyday I pray,

I'll be on my way,

saving love for you,

California Blue.

Still missing you,

California Blue.

Roy Orbison. California Blue

Prólogo

Vallejo, California

Hacía días que el aire seco del otoño se dejaba sentir en la California central. Los rayos de sol perdían fuerza a la misma velocidad que las copas de los árboles se encendían con matices ocres, y el azul brumoso del cielo mudaba a cristalino bajo la influencia del viento de Sierra Nevada, predominante hasta la primavera, cuando la humedad del Pacífico invadiría de nuevo la zona de la Bahía.

En el interior del estado, en los condados más alejados de la influencia del océano, esa transformación era, si cabe, más llamativa. Una región de suaves colinas, terrenos cultivados y extensas áreas boscosas que separaban el litoral de las montañas; una poblada y próspera transición entre la humedad de la costa y la aridez de la Gran Cuenca de Nevada.

Marc Tyler se había tomado unos días libres. Se entregaba al sueño hasta bien entrada la mañana, después callejeaba por Castro hasta hacer un alto en el primer restaurante desconocido que encontraba a su paso y apuraba la tarde en las tiendas y mercadillos del centro.

Aquella mañana, sin embargo, había abandonado San Francisco con destino al valle de Napa, un valle largo y verde situado a dos horas de la ciudad. Acababa de visitar uno de sus múltiples viñedos, con un château de grandes ventanales nutrido de columnas y coronado por varios torreones de forma ovalada. El palacio se encontraba rodeado de un jardín de bonito diseño pero descuidado mantenimiento.

«Una auténtica horterada», pensó Marc, echándole un último vistazo antes de subir al coche; o una copia mediocre del boato francés, que viene a ser lo mismo. Sin embargo, disfrutó de la visita guiada y de la selección de caldos que ofrecieron al finalizar. Adquirió dos botellas de vino tinto y dos de blanco. Al abandonar el château tomó una carretera secundaria y se dirigió hacia el sur sin superar las sesenta millas por hora, dejándose acariciar por la brisa que penetraba por la ventanilla.

Almorzó en un restaurante a la entrada de Vallejo de escasa imaginación y precios abusivos. Al finalizar, regresó a su vehículo y tomó el primer camino que le alejaba de la zona poblada, una pendiente suave que le llevó hasta lo alto de una colina desnuda de vegetación. Entornó los ojos y respiró profundamente. Se sentía el hombre más dichoso del mundo y deseaba saborear la armonía y el hormigueo en el estómago que proporciona el amor correspondido.

Sintonizó una estación de música country y subió el volumen, nada mejor para engalanar y ambientar la propia historia de amor. Encendió un cigarrillo. Las líneas perfectamente delineadas de los viñedos perfilaban el valle, salpicado de rodales de tierra ocre, depósitos de agua y edificios de ladrillo. En el cielo, las nubes de algodón se dirigían hacia el este en busca del mar. Sonrió. No se le ocurría mejor sitio para vivir que California, un territorio que lo tenía todo. Un país que compartía las bellezas del mar y la montaña, lleno de oportunidades, de gente de espíritu emprendedor desconocedora de la palabra abatimiento, capaz de convivir con una naturaleza embravecida que le daba a la vida ese punto de temor y fascinación que mantenía el alma en continua excitación.

Se sentía satisfecho. Lo había conseguido. Desde que abandonara San Francisco a la edad de nueve años, una sola idea había copado sus pensamientos: regresar. El sueño le vencía imaginando cómo sería su vida de adulto en la ciudad que le vio nacer, con el Golden Gate, Embarcadero y las aguas del Pacífico como decorado onírico. Un cambio que le supuso dejar de ser un niño tímido, obediente y estudioso, para desarrollar un temperamento hostil e inestable. Temeroso de olvidar el inglés, se había negado a hablar español, convirtiendo al idioma de Cervantes en otra de las torturas que oprimía su existencia.

En algún momento de ese tiempo que se le hizo eterno, regresar a California cruzó la línea de la ilusión para convertirse en obsesión.

Le dio una última calada al cigarrillo. Todo eso quedaba muy atrás en el tiempo. Ahora, incluso se enorgullecía de un bilingüismo que tantas puertas le abría en la vida profesional. Abandonó España pronunciando las palabras que su madre necesitaba oír, prometiendo una estancia en Estados Unidos con fecha de caducidad, pero seguro de que nada ni nadie volvería a arrancarle de aquel rincón del planeta.

A Marc se le erizó el pelo de la nuca con los primeros compases de What hurts the most, de los Rascal Flatts. Country rock con mayúsculas. La voz de Gary LeVox, afilada, potente, hablaba de arrepentimiento, de mirar atrás cuando ya nada tiene remedio, del dolor de la soledad.

«Too much drama, honey», sonrió.

Una letra hermosa, pero que ya no iba con él. Hacía tiempo que vivía en otro nivel. Desde su regreso a Estados Unidos, el cuadro de felicidad se terminó de colorear una tarde fría y lluviosa de invierno cuando John Moore entró en un bar de Castro, sonrisa perfecta, paso decidido y mirada chulesca de niño perverso, protagonizando el vídeo Rent de los Pet Shop Boys. Minutos después, le invitaba a una Bud y el mundo se llenaba de serpentinas de colores.

Aquel día, Marc aprendió dos cosas: que era cierto que cuando alguien se embelesa los músculos faciales no responden y que es posible enamorarse hasta las trancas en el espacio de media hora.

Se tomaron esa cerveza y alguna más y cuando el local se llenó se apretujaron en una esquina y luego bailaron muertos de risa y salieron a fumar y al entrar de nuevo en el local buscaron desesperadamente la complicidad del mismo rincón.

«You dress me up, I’m your puppet», le susurró John al oído y, claro, Marc desapareció durante tres días con sus tres noches, al tiempo que volvía a cambiar su perspectiva de un mundo ya del revés. Entre vapores de amor y ropa prestada, regresó a Loma Vista con una cara de satisfacción que no aplacó la ira de Anne.

—¡Eres un cabrón!

—¿En serio?

—Te hubiera costado poco hacer una llamada o enviar un mensaje.

Marc se metió en el baño con ropa limpia bajo el brazo. Poco después, ella entró sin llamar disparando un arsenal de preguntas.

―¿Es guapo? ¿Cómo se llama? ¿A qué se dedica? ¿Cómo la tiene?

El joven asomó la cara por la mampara y resumió la situación:

—Desde que le miré a los ojos por primera vez —afirmó entre suspiros—, supe que John había llegado para campar a sus anchas en el espacio que existe entre mi cuello y mi cintura.

—Te ha dado fuerte.

—Sí.

Anne salió del baño resoplando.

—¡Qué mal repartido está el mundo! —se quejó, dejando la puerta abierta—. ¡Qué mal!

Marc miró el reloj. No tardaría en anochecer. Abandonó las colinas y atravesó de nuevo las terrazas de viñedos hasta llegar a Fairgrounds Drive para acceder a la autopista 37. Diez minutos después aparcaba frente a la recepción del Six Flags East.

La empleada, una joven delgada y pecosa, le reconoció de inmediato. Descarada, se permitió guiñarle un ojo al ofrecerle la misma habitación del piso superior. Una sola cama, moqueta azul cobalto, paredes pintadas de amarillo y colcha multicolor con dibujos abstractos. Una combinación de colores que solo la falta de sentido del ridículo norteamericana era capaz de componer.

Marc vació la mochila sobre la cama. El ordenador portátil, el móvil, la billetera, una muda y los artículos de aseo. Había olvidado la agenda. A pesar de poseer un smartphone repleto de las más variadas y completas aplicaciones, era un ferviente partidario de las agendas clásicas, que disponían de sobrado espacio para tomar notas y donde podía comprobar sus citas de un solo vistazo.

John no llegaría antes de las ocho. Dejó descargando el correo electrónico, bajó y sacó de la máquina una botella de agua y un café. Sentado en la cama, examinó la bandeja de entrada. Nada relevante. Los clientes, como siempre, ahogándose en un vaso de agua y requiriendo soluciones inmediatas. Después de una rápida valoración, contestó a los más urgentes y ofreció remedios de emergencia. Los de Golden Wall estaban sufriendo desconexiones intermitentes de internet no imputables, al parecer, a su compañía de telefonía. Con un 80 % de ingresos provenientes de la venta a través de su página web, estaban desesperados.

Se encontraba a tres horas y media de Reno y a las puertas de una noche extensa y gloriosa, pero alargó la mano, encendió el móvil y conectó el sonido. Las llamadas perdidas de Golden Wall ocuparon la pantalla.

—Perdona, Roy, estaba ocupado —mintió.

Siguiendo instrucciones, Roy realizó unas comprobaciones y desconectó y volvió a conectar algunos interruptores. Minutos después, el gerente de la empresa se mostraba más tranquilo.

—Es una solución provisional, pero funcionará —aseguró el informático.

—Eres el mejor.

—¿A que sí? Pasado mañana antes de comer me tienes allí.

La mayor parte de sus clientes se encontraban en el Área de la Bahía, desde Santa Rosa a San José, y en las poblaciones que atravesaba la interestatal 80 en dirección este hasta ya bien entrado Nevada. Un área inmensa que le obligaba a desplazarse a menudo. La 24/365 Assistance de Tyler-López PCS ofrecía una asistencia continua las veinticuatro horas todos los días del año. Un contrato que había tenido mucho éxito y proporcionaba sustanciosos ingresos.

Tomar la decisión de trabajar por su cuenta no había sido fácil, ocupando el tema muchas noches de insomnio. Los ingresos se habían cuadruplicado, pero las jornadas laborales podían llegar a ser interminables. Los primeros clientes, tratados con mimo exquisito, fueron la clave de ese éxito, extendiendo la etiqueta de Tyler-López PCS, Ingeniería Informática con el boca a boca, sistema que funcionaba en Estados Unidos tan bien como en cualquier otro lugar de la Tierra.

Dudó si añadir el López a su apellido anglo, indeciso ante las posibles connotaciones negativas entre la población blanca, impredecible para según qué cosas. Sin embargo, resultó un acierto. A los wasp el asunto parecía traerles sin cuidado y una gran cantidad de latinos habían acudido a él atraídos por el apellido castellano.

Un éxito que empezaba a traer problemas. Los clientes crecían sin parar y no daba abasto. Un ritmo por el que pronto alcanzaría el límite razonable que le obligaría a dejar a algunos desatendidos.

Fue de nuevo el insomnio quien le marcó el camino. Se instalaría a lo grande. Contrataría un informático que atendiera a las empresas del eje de la interestatal y él se quedaría con las más cercanas. La empresa contaría con una sede física, que ya tenía localizada: un despacho de dos piezas y baño en un edificio de oficinas de Market con la 16, frente a la parada del tranvía de Noe Street y a dos manzanas de las margaritas de Castro. Tyler-López Professional Computer Support estaría atendido por una chica simpática de voz aflautada, bolígrafo sobre la oreja y chicle en la boca, que se encargaría del teléfono, coordinaría las visitas y facturaría a los clientes.

Su mejor baza consistía en ser endiabladamente bueno en su profesión. Y rápido. Y la gente estaba dispuesta a pagar cualquier cosa por verse liberada con celeridad de los problemas con que venía envuelto el mundo de la informática.

Se desperezó y dio un gran bostezo. Siete y cuarto. Agarró el vaso de cartón y apuró el café, ya frío. Luego se desnudó y se metió en la ducha.

Sintió frío mientras se secaba con la toalla blanca del motel, tan áspera como siempre y que olía a humedad. Se afeitó con meticulosidad y recortó con unas tijeras de viaje un par de pelos díscolos de las cejas que se negaban a mantener la debida alineación. Después se extendió por todo el cuerpo una abundante cantidad de crema con base de aloe, se aplicó desodorante neutro en las axilas y se cepilló los dientes. Por último, se puso unos calzoncillos negros y una camiseta blanca. Nada más. Así era como iba a recibir a John porque así era como él quería que le recibiera.

Cambió de canal con desgana hasta encontrarse con I Love Lucy, la serie televisiva de los cincuenta. Le chocaba oírla en versión original; diecisiete años en España dejaban su huella. Con la guasa de Lucille Ball como fondo, se dirigió a la ventana y abrió unos centímetros la cortina, mirando la escalera interior del hotel por donde ascendería John. Volvió a tumbarse en la cama sabiendo que los últimos minutos de espera se le iban a hacer muy largos. Se tocó el pecho y sonrió. Su corazón ya había variado de ritmo.

Solo habían pasado seis meses desde aquel encuentro en el bar de Castro, un local tranquilo y con música de todos los tiempos que solía ser el lugar de reunión de la pandilla para aprovechar los dos por uno de la tarde, pero para Marc cada cita con John seguía siendo una primera vez. Los nervios se desataban, olvidaba el móvil o la agenda, descuidaba a los clientes y perdía el apetito. Anne opinaba que se comportaba como un adolescente; para el resto de amigos, sin embargo, lo único que importaba era conocer cuanto antes al chulo que le tenía enloquecido.

Un interés lógico pero difícil de satisfacer. John era metódico y disciplinado hasta extremos incomprensibles. Consideraba necesario seguir unos tiempos en la relación. Decía que los vínculos que les unían, muy fuertes por la indiscutible atracción sexual, podían verse rotos en cualquier momento si no se respetaban unas etapas básicas. Etapas que venían marcadas por el sentido común.

Así que, tras seis meses de relación, John Moore seguía sin conocer a Annie y al resto de la pandilla, ni a la abuela Margot, que vivía en una pequeña casita rodeada de pinos en Santa Clarita. Tampoco había pisado la casa de Loma Vista, solo el estudio de John en Geary Boulevard, frente a Ocean Beach, por donde penetraba el manto de niebla que a veces cubría la ciudad, había sido testigo de su amor.

Ese apartamento y los moteles de carretera, por los que John parecía tener una especial predilección. Marc, divertido, había llegado a pensar que aquellas citas sin sentido, improvisadas, le ponían. Y, si a John le ponía, a él también.

El método era siempre el mismo. John enviaba un mensaje con el día y el lugar elegido. Sin más palabras. Y Marc acudía. Un sistema que convenía a los dos. John, por su trabajo, también viajaba mucho. Era gerente de ventas en una empresa de telefonía móvil y con frecuencia se desplazaba a lo largo de la costa oeste, desde Seattle hasta San Ysidro, en la frontera con México. La elección del motel en cuestión tenía mucho que ver con el plan de trabajo que llevara esa semana.

El único hotel en el que habían repetido era el de Vallejo. Tenía acceso directo a la interestatal 80 y al resto de la tupida red de autopistas que comunicaba la Bahía. Una cita cargada de novedades. John había asegurado que sería una noche llena de sorpresas; también, que reservara para dos noches. Marc sospechaba que todo aquello tendría relación con la última conversación mantenida entre ambos, cuando él opinó, en tono solemne, que los tiempos habían transcurrido y era hora de dar un paso más en la relación.

Una normalización de pareja que requería presentarse mutuamente a amigos y familia, salir en pandilla, ir de excursión, pintar el hogar que compartirían, hacer la lista del supermercado, repartirse las tareas domésticas y follar sin control en su propia cama. Con la llegada de las vacaciones, vendría el gran momento y viajarían a España para presentar a John a su madre. Tras atenderla del infarto, se dedicarían a conocer el mundo juntos.

John era la justificación que la madre de Marc andaba pidiendo a gritos para abandonar su comportamiento. De manera estoica, la señora se empecinaba en parapetarse tras un muro de puro desconcierto.

Ahora era Marc el que desarrollaba su teoría sobre los momentos, y el de las citas los fines de semana en el estudio del distrito de Richmond o los encuentros esporádicos en habitaciones de colores imposibles había llegado a su fin. La relación entre ambos necesitaba algo más.

Con su habitual sobriedad, John comentó: «Pensaré en ello». Luego le dirigió una sonrisa tan fascinante que el horizonte de Marc se llenó de fuegos artificiales, margaritas heladas a orillas del Caribe y sexo a la luz de la luna.

Marc se sentía el hombre más afortunado del mundo. Aquella noche estaba destinada a ser la gran noche de los dos, el referente que se quedaría grabado en su relación. Una noche llena de emociones. Y sorpresas.

La cabaña en el corazón de Sierra Nevada; el regalo para John que sellaría su amor de manera definitiva.

Dos días antes Marc había cerrado el trato y una sencilla llave dorada colgaba de su llavero. La cabaña, pequeña y rectangular, estaba construida de grandes troncos macizos y disponía de una mesa de pino, una cama de estructura metálica y una estufa de leña. El baño estaba encajonado en un rincón. En la fachada delantera, un porche desde el que contemplar un cuarto de acre sembrado de pinos de Jeffrey, abetos rojos y frondosos rodales donde se arracimaban los tallos del lirio del maíz, tapizando un terreno alargado y ondulante en la pendiente sur del lago Tahoe.

A las ocho y media estaba hecho un manojo de nervios, yendo de la cama a la ventana, y de allí al sillón para regresar de nuevo a la ventana. El móvil de John estaba apagado o fuera de cobertura. Eso no significaba nada, ya que apagaba el teléfono mientras conducía, pues opinaba que, incluso utilizando el bluetooth, el acto de atender el teléfono suponía un gran peligro para la conducción. Pero la idea de que pudiera sufrir algún percance le produjo tanto dolor que un pinchazo le atenazó el estómago, retorciéndose sobre la colcha de colores imposibles. ¿Qué haría en tal caso? ¿Cómo debería actuar? De pronto, cayó en la cuenta de que carecía de un teléfono, un nombre o una dirección a quien dar aviso.

—Joder, John, con tus malditos plazos —dijo en voz alta.

John Moore había hablado poco de su familia: sus padres estaban separados desde hacía años y vivían en Ohio, la relación con ellos era tan escasa como de mala calidad y carecía de hermanos. Un repentino viaje de fin de semana en junio a la costa este fue el único hecho de su pasado que había compartido con Marc. Bajo un sol abrasador y con mirada triste, John había detallado los veranos pasados en aquellas playas durante su niñez. El único momento en que perdió su habitual aplomo, y a Marc le pareció un ser absolutamente vulnerable. Se esforzó en consolarle, aunque nunca tuvo claro de qué.

La punzada en el abdomen aumentó por una avalancha repentina de ideas catastróficas. Choques en cadena en la autopista, atraco a mano armada en un área de servicio o la rotura de los cables que sustentaban la estructura del Golden Gate se apelotonaron en su cerebro. Entró en el cuarto de baño, orinó sin ganas y se cepilló de nuevo los dientes. Abrió la botella de agua y la vació de un trago.

A las nueve y veinte se había vestido con la intención de bajar al parking a esperar la llegada de John cuando al abrir la puerta le vio subir las escaleras.

El gesto de ansiedad se transformó en una amplia sonrisa, contemplando el andar decidido de la persona que más anhelaba ver, los anchos hombros que le marcaban la silueta, los brazos musculosos que comprimían una camisa blanca impecablemente planchada.

Marc suspiró, con el cuerpo convertido en gelatina.

John entró en la habitación, cerró la puerta con el talón y agarró a Marc por la cintura. Le besó y le empujó sobre la cama. Luego se tiró encima de él.

Fue un beso profundo, húmedo. Con movimientos expertos, John le desnudó.

—Te quiero —susurró Marc.

John respondió introduciéndole la lengua en la boca a la vez que le acariciaba la espalda y la nuca con la yema de los dedos.

—Sabes cómo me pone eso.

—Lo sé.

Cuando una mano apagó la luz de la mesita, sus cuerpos ya estaban cubiertos de sudor.

Marc se sentía confuso. John le había hecho el amor con una pasión desconocida, forzada; se manejó con movimientos bruscos y no pronunció una sola palabra. Los escasos suspiros que salieron de su garganta sonaron fingidos. Presionó en los sitios habituales, besó, acarició, hizo las cosas que siempre hacía, pero la falta de deseo resultó palpable.

Apoyó la cara en su pecho musculoso, aún agitado y húmedo.

—¿Va todo bien?

—Perfectamente —contestó John.

—Te encuentro diferente.

—Estoy cansado.

John fue al baño. Marc buscó en el interior de su mochila, sacó el paquete de Marlboro y encendió dos cigarrillos. Dejó uno de ellos en el cenicero. Se levantó y se dirigió a la ventana. Cuando su novio volvió, este le rodeó con sus brazos.

Marc insistió.

—¿Qué te pasa?

—Date la vuelta —susurró John.

Marc obedeció. Los músculos de John le comprimieron los hombros y el aliento cálido le acarició el cuello; las puntas de los dedos rozaron sus nalgas provocando una corriente eléctrica que le sacudió la espalda.

El juego siguió unos minutos más, pero no volvió a sentir la dureza esperada. Algo no iba bien.

—¿Qué te pasa? —volvió a preguntar.

—Nada.

—¿Has pensado dónde vamos a cenar?

—No.

—¿Y no vamos a cenar nada?

—No.

Marc no tenía hambre. Todo lo que podía alimentarle se hallaba dentro de las paredes ocres de un motel de carretera en Vallejo, California. Su preocupación aumentó. Fue a abrir la boca, pero John le puso los dedos en los labios.

—No digas nada.

John llevó las manos a los hombros de Marc y le obligó a darse la vuelta. Le acarició el pecho y el cuello y terminó revolviéndole el pelo castaño. Le echó el aliento en el oído y notó el temblor de su cuerpo. Sabía lo que le gustaba. Volvió a gemir.

John llevó los dedos a las sienes de su amante y comenzó a ejercer un leve masaje.

Marc escuchó en su cerebro, de nuevo, la canción de los Rascal Flatts.

What hurts the most.

—Te quiero.

John no respondió. Nunca lo hacía. Abrió las manos, tensó los músculos de brazos y piernas y agarró enérgicamente la cabeza de Marc. Con un movimiento seco y rápido, la torció hacia la derecha. El chasquido sonó como un latigazo. Como una marioneta a la que le cortaran los hilos, Marc se desplomó, pero no llegó a caer al suelo. Su asesino lo agarró por las axilas y lo arrojó encima de la cama.

Durante unos segundos, el cuerpo inerte de Marc Tyler-López rebotó sobre la colcha estampada de colores imposibles.

John Moore se vistió con rapidez. Agrupó las pertenencias de Marc y las depositó en el suelo. Primero sacó la tarjeta de su móvil y se la guardó en el bolsillo del pantalón. A continuación metió el teléfono en la mochila, junto con su ordenador y su cartera. Revolvió la habitación buscando la agenda de cuero negro. No tuvo éxito. Contrariado, soltó una maldición. Marc anotaba todo en esa agenda. En un intento por concentrarse, se llevó los dedos a las sienes y respiró profundamente. Quizá la había dejado olvidada en el coche. Reanudó su macabra tarea colocándose unos guantes de látex, abrió una pequeña botella de alcohol y empapó un pañuelo con el que limpió la mesita de noche, los bordes del lavabo y el cabecero de la cama. Después rompió el plástico de una bolsa de la que sacó una esponja jabonosa. Con ella, limpió con minuciosidad el cuerpo inerte del que había sido su amante, poniendo especial esmero en repasar las partes que había besado. Anudó el preservativo y lo introdujo también en la mochila, junto a la esponja, la bolsa que lo contenía y el pañuelo. Por último, cogió las llaves del coche, apagó la luz y, sin mirar atrás, abandonó la habitación colocando en el pomo de la puerta el cartel de do not disturb.

PRIMERA PARTE

Tú a Londres, yo a San Francisco

Valencia

«Se viaja no para buscar el destino,

sino para huir de donde se parte».

Miguel de Unamuno



Capítulo 1

Pocos grupos de amigos podían considerarse tan heterogéneos como el que se encontraba reunido en la terraza de un bar del corazón de Ruzafa, bebiendo cerveza en jarras heladas acompañadas de un plato de aceitunas variadas. Era el primer día de calor sofocante, anticipo del verano mediterráneo que amenazaba la ciudad.

Eran las ocho de la tarde y no quedaba ninguna mesa libre en el Comic.

—Odio este calor —resopló el policía Serafín Quintana. Su camisa, empapada por completo, se le pegaba al torso como un guante—. Valencia es un auténtico horno.

—Pues la próxima en la cafetería de El Corte Inglés —opinó Jesús Medina, periodista, levantando la mano para pedirle al camarero más cerveza—. Allí siempre se está fresquito.

El inspector de la Policía Nacional asintió, alzando el dedo índice en apoyo del comentario. Tenía los ojos brillantes y el labio inferior ligeramente caído. Su observación sobre la conjunción de fenómenos necesarios para que el viento de poniente azotara la ciudad fue respondida con un encogimiento de hombros.

—Pues mira qué bien.

El tercer componente de la mesa permanecía en silencio, absorto en su jarra de cerveza.

Medina le tocó la espalda.

—¿Tú qué opinas, mon ami?

Alex Bonnet también encogió los hombros. Apuró su bebida en el momento en que el camarero traía la nuevas consumiciones.

—¿Alguna novedad? —preguntó Andy.

Negaron con la cabeza.

—Te la digo yo —espetó Andy en un tono de voz audible en toda la terraza—, que está muy muy loca. —Dejó un plato humeante de bravas sobre la mesa. Se llevó las manos a la cintura y dirigió la mirada hacia Alex Bonnet—. Me lo puedes pintar de colores, pero esa tía está loca.

El camarero dio una media vuelta teatral y regresó al interior del bar.

—Deberíamos haber pedido ensaladilla rusa —observó Jesús—. Vamos a morir con estas patatas.

El policía le lanzó una mirada de reproche ante su falta de sensibilidad. El periodista colocó su brazo en los hombros del detective.

—Dale tiempo.

—¿Más? Se largó a Londres en febrero.

—Eso sí —tuvo que reconocer Quintana.

—¡Joder, cómo quema! —gritó Jesús al llevarse una patata a la boca—. Y pican de la hostia.

Terminó de liar un porro dándole golpecitos en la mesa para apelmazar la hierba. Se podía ver como una ventaja de la última crisis económica: había crecido tanto la cantidad de gente que se pasaba al tabaco de liar que la acción ya no levantaba sospechas. Se chupó un dedo, comprobó la dirección del viento y echó una mirada al resto de clientes de la terraza.

—¿Le has sacado algo a Paloma? —preguntó Alex Bonnet con un hilo de voz.

—Nada —respondió el inspector, dibujando un cero con los dedos—. No hay manera.

Para sacar más de sus casillas a Bonnet, la esposa de Quintana hablaba con Isabel con regularidad. Pero también con su madre, Rosario, Laia y la hija de Isabel. Una horda de mujeres que parecían hallarse bajo la ley de la omertà, una ley del silencio destinada a cubrir la huida y los desprecios de Isabel.

—¡Estoy hasta la polla! —gritó el detective.

El periodista le pinchó un gajo de patata.

—Come. Con lo que pica esto se te van a ir todas las penas.

El policía volvió a reprocharle su actitud con una mirada severa.

Tras los trágicos acontecimientos del verano anterior, Isabel y Alex habían conseguido, al fin, vencer reticencias, olvidar el dolor y dar el gran paso para unir sus vidas. Un amor furioso en lo físico, tranquilo en lo emocional, ajustándose el uno en los huecos del otro, compartiendo sentimientos, ofreciendo amor. Así era al menos para el detective, porque de manera sorpresiva, Isabel le anunciaba, entre hipos y lágrimas, que necesitaba tiempo y espacio para ella sola, que «no es por ti, es por mí» y que «ya verás como se me pasa pronto, pero me voy a Londres una temporada». Tal cual. Dos días después ya estaba subida en el avión.

De nada sirvieron los intentos de Alex de retenerla, de pedirle alguna explicación lógica que aclarara los verdaderos motivos para terminar (o suspender momentáneamente, según las palabras de Isabel) una relación en la que, al menos en teoría, ambos eran felices.

Cuatro meses habían pasado desde entonces. Cuatro interminables meses en los que mantener una conversación se había convertido en el juego del ratón y el gato. Raramente respondía a sus mensajes y no descolgaba el teléfono. Y cuando ella se decidía a dar señales de vida, él era incapaz de disimular su malestar, la boca se le llenaba de reproches y hablaba a gritos. Entonces Isabel cortaba la comunicación. Así una y otra vez.

Mala cosa.

—Está liada con otro tío. Fijo —afirmó Bonnet, rechazando con un gesto el porro que le pasaba su amigo.

Quintana negó con firmeza.

—Que no, joder. Que no es eso.

—Hazle caso al madero —aconsejó Jesús—. Tiene información de primera mano.

El aludido protestó con los ojos achinados.

—Mi mujer no me cuenta nada. Cuando le pregunto responde con monosílabos. O me deja con la palabra en la boca, directamente. Si hablan por teléfono, se mete en el baño para que no escuche la conversación. Pero Paloma me ha jurado que no es por otro hombre y yo la creo. Isabel lo pasó verdaderamente mal, todos sabemos que es cierto. Cuando decidió estar contigo lo hizo de corazón, porque te quiere, pero aún no está recuperada del todo. Y hasta que no hayan desaparecido los fantasmas que le rondan no será ella misma.

—Pues mira qué bien, cuánta información —canturreó Bonnet con sarcasmo—. No me diréis que no tiene cojones la cosa. Todo eso me lo podía haber contado a mí.

—No quiere hacerte daño —puntualizó el inspector.

Alex agarró el porro con furia y le dio varias caladas seguidas.

—Ya. Por eso se larga de mi lado, apenas tenemos contacto, hace meses que es súbdita de su tocaya de los cojones, no tengo ni pajolera idea de cuándo regresará y no quiere ni oír hablar de que vaya a visitarla. Chachi.

Jesús se apresuró a recuperar el canuto.

—Trae, joder, que te vas a quemar las uñas. —Dio una calada rápida y pareció reflexionar—. En eso el franchute tiene razón, ¿eh?

Serafín cabeceó.

—No es fácil, no.

La llegada del verano enervaba más a Bonnet. Lo había imaginado junto a ella, compartiendo las posibilidades del Mediterráneo. Denia, playas, viajes. Sin embargo, ella prefería su escondite inglés, viendo la lluvia a través de la ventana.

Los amigos llegaron al punto crítico de «amigos para siempre, lailo lailo lailo la», y brindaron por ellos, últimos hombres de una aldea asediada por un ejército de mujeres.

Andy llegó para meter cizaña.

—Pues yo me presentaba en Londres, con dos cojones, y le decía: «Mira, guapa, para chulo mi pirulo». O algo así.

—Brindo por eso —apoyó el periodista.

El inspector metió baza.

—Pues quizá sea lo mejor.

Bonnet negó con la cabeza.

—La conozco, eso no haría más que encabritarla más.

El camarero se puso de perfil y entornó los ojos.

—Pues vaya con la niña. Qué genio.

El detective insistió.

—Está con otro.

—Es bastante probable —convino el periodista, sintiendo en su costado el codazo de Serafín.

—¡Que no, joder! Y tú, deja de liar canutos —ordenó, liando con los dedos uno imaginario—. Como me vea algún compañero, me voy a meter en un lío de tres pares de cojones.

—Uy, perdón, perdón.

—Me juego doscientos boniatos —arriesgó el camarero—. Esa está con otro.

Durante la última ronda, Quintana le dio un consejo a Bonnet:

—Tómate unas vacaciones.

—Y lo más lejos posible de aquí —apoyó el periodista—. Te aconsejo una república. Mira las monarquías, qué mal te están tratando.

Los amigos brindaron por las repúblicas.

—Quizá vaya unos días a Ibiza.

—Es monarquía —puntualizó el inspector.

—Ya, pero la marcha es cojonuda —puntualizó Andy. Se puso a aplaudir—. ¡Ay! Llévame contigo, bujarrón.

Cenaron en Cánovas, en el Peggy Sue’s, hamburguesas James Brown y una ensalada que apenas probaron. Terminaron frente a unos cubatas en una terraza. Una noche tórrida pero cargada de complicidad y carcajadas, un paliativo para la tristeza que amargaba al detective, quien, antes de pagar las últimas consumiciones, se tomó unos segundos para observarlos.

¿Serían las enormes diferencias que existían entre ellos el pegamento que les hacía estar tan unidos? Se mirase por donde se mirase, resultaban una terna chocante: personalidades dispares y responsabilidades laborales que se daban de guantazos. Se preguntó si, algún día, aquella buena sintonía no se les volvería en contra.

Jesús Medina, periodista cáustico del periódico Levante. Porrero.

Alex Bonnet, detective privado sin formación, con las novelas de Agatha Christie como libros de texto de su carrera profesional. Porrero.

Serafín Quintana, inspector jefe de Homicidios de la Policía Nacional, tan honrado como minucioso. En camino de ser porrero.

Intentó seguir durmiendo con la cabeza metida bajo la almohada, pero fue imposible. El alboroto que Rosario producía al realizar las tareas de limpieza era estrepitoso. La mujer, además, se acompañaba de los mejores temas de la copla nacional.

Alex sentía el malestar típico. Boca áspera y pastosa, cabeza embotada y el estómago torturado por retortijones que acudían en oleadas. Alargó el brazo y, a tientas, abrió el cajón de la mesita hasta palpar la caja de aspirinas. Se tocó la pierna. Los pinchazos habían desaparecido. Se dirigió al baño y tragó la tableta con un sorbo de agua. Se metió en la ducha. El agua fría logró sacudirle un poco la resaca.

Se puso un pantalón corto, abrió la puerta de su habitación y se asomó al pasillo. De la cocina le llegó el olor a café recién hecho. En el lado contrario reinaba el silencio. Desconocía si Laia se encontraba en el despacho y en ese momento era incapaz de recordar en qué andaba metida. Necesitaba café, y con urgencia. Y agua, mucha agua.

En el comedor, Rosario y Laia se sentaban frente a la cafetera y un plato con galletas de mantequilla. Bonnet se acomodó en el sofá.

—Quieres café —aseguró Rosario.

El detective asintió.

—¿Te has mirado la cara? Noche de juerga, ¿verdad?

—Un poco.

—¡Qué vicio, por Dios! —exclamó con júbilo.

La asistenta consideraba que un hombre joven y guapo como él, en un momento amoroso tan desastroso como el que estaba pasando, lo mejor que podía hacer era salir de fiesta. Y cuanto más, mejor.

Bonnet se dirigió a su ayudante.

—¿Qué hay de nuevo?

Laia respondió con sorna.

—Me tomo el café y continúo con lo de Jiménez; esta tarde tengo una cita con un empresario que no me ha querido comentar nada por teléfono y después llevaré la factura a la familia Milar. Ocupadita.

Alex se acercó la taza de café a los labios.

—Ya —se limitó a decir, incapaz en ese momento de ponerle una historia a cada nombre.

—Los mensajes del contestador los tengo controlados, pero hay mogollón de correos sin responder —dijo en el mismo tono. Era su manera de criticar la actitud del jefe, que si fiestas por aquí, mal de amores por allá, pero el caso es que no daba un palo al agua.

—Ya me ocupo yo.

—Claro —escupió.

Laia Pons se levantó, cogió su bolso y se dirigió al pasillo, pero en la puerta se volvió hacia Bonnet.

—Casi se me olvida —anunció, mirando su reloj de pulsera—. En diez minutos va a venir una señora que quiere hablar contigo personalmente. La señora López, si no recuerdo mal.

—¿De qué va?

—No ha querido contarme nada.

—Joder con los misterios. Espero que no sea un marrón. Tengo la cabeza como un bombo.

—¡Nos ha jodido, cómo no! —se despidió la detective.

Rosario no tardó en aparecer en el salón para meter baza.

—¡Qué genio tiene! —exclamó admirada—. Me encanta.

Alex dibujó media sonrisa.

—Qué me vas a decir. Me enfrento a ese temperamento a diario.

El detective se tumbó en el sofá y encendió el televisor con el deseo de que la resaca desapareciera con rapidez y no le dejara demasiadas secuelas. Cada vez le sentaban peor. Por enésima vez, se prometió controlar en la próxima.

Rosario se metió en la cocina y mientras ponía en marcha la lavadora se decantó por una canción que hablaba de maldiciones, muerte y un minero de Sierra Morena. Por suerte para Alex, llamaron a la puerta.

—Tendrás que vestirte —dijo Rosario, arreglándose el delantal—. No vas a recibir a la visita en cueros.

Él la siguió hasta llegar a su habitación. Sacó del armario un pantalón vaquero y una camisa, planchada a la perfección, se cepilló los dientes y se echó unas gotas de Loewe. Rosario entró en la habitación sin llamar.

—Un señor feísimo y encorvado. A la señora se la ve algo mejor, pero tiene más arrugas que una pasa, va en silla de ruedas y lleva más joyas que la Preysler. Parece gente de postín.

—¿De postín? ¿Qué quiere decir eso?

—Pues gente de posibles. Con dinero.

—Qué cosas tienes, Rosario. Y cuando vayas a abrir la puerta quítate el delantal, por favor. Pareces una chacha de la posguerra.

—Eso es lo que soy, ¿no? Una chacha.

—¡Y no comas chicle! Queda fatal.

—No tanto como el careto que tienes tú esta mañana, bonito.

Bonnet rezongó. Se puso unas zapatillas y se miró en el espejo.

—Al final te voy a poner uniforme completo, con cofia y todo.

—¡Ja! No tienes tú lo que hay que tener.

—¿Les has ofrecido algo?

—Pues no —replicó, poniéndose en jarras—. Esa gente viene bien desayunada, se les ve en la cara, yo tengo muchísimo trabajo y no tengo tiempo de ir haciendo cafetitos ni servir bandejas de pastitas.

—Vale, vale.

Se llevó las manos a la cabeza y se dirigió al despacho. Rosario era imposible.

Marcó una sonrisa en el rostro antes de abrir la puerta.

—Buenos días. Disculpen la espera, estaba atendiendo una llamada.

—No hay problema —aseguró la señora con ligereza.

El detective se presentó tendiéndoles la mano, reparando en los ojos claros de la señora enmarcados en una piel flácida y arrugada. Lucía un corte de pelo juvenil y llevaba un traje negro con escote generoso. Rosario llevaba razón, el joyerío que portaba resultaba exagerado. En conjunto, resultaba una mujer dispar, como hecha a piezas. Un rostro envejecido, pero un cuerpo que aparentaba tener veinte años menos. La asistenta también había acertado con la fealdad del acompañante, un hombre visiblemente mayor, de mirada acuosa y enormes ojeras. El escaso pelo que le quedaba caía hacia un mismo lado obligado por alguna sustancia brillante, que tanto podía ser fijador como sebo capilar.

Alex Bonnet retiró una de las sillas para que cupiera mejor la silla de ruedas. Agarró las empuñaduras, realizó la maniobra y se dirigió a su sillón.

Ella tomó la palabra.

—Soy Mila López y este es mi hermano Antonio.

—¿Desean tomar algo? ¿Café, un refresco?

—No, muchas gracias. Acabamos de desayunar.

Bonnet asintió. El desayuno le había sentado bien, aunque aún notaba una cierta inestabilidad en la cabeza. Lamentaba no haber tenido tiempo de fumarse un pistachito.

—Hemos oído hablar mucho de usted —empezó la señora López. Luego hizo una pequeña pausa, como si buscara las palabras adecuadas—. Nos gustaría contratar sus servicios.

—En el ¡Qué me estás contando! de esta semana dicen que habla usted inglés ―intervino el hermano.

Bonnet abrió los ojos y se quedó paralizado, intentando descifrar a qué se refería. Su cabeza abotargada tardó varios segundos en recordar una portada de ¡Qué me estás contando! expuesta en un kiosco. La mandíbula se le desplomó.

Él, en una revista del corazón. ¿Qué cojones hacía saliendo en un panfleto semejante?

—¿Ha dicho usted en el ¡Qué me estás contando!?

—Sí, y veo por su expresión que no tiene ni idea del reportaje.

—Se lo puedo asegurar.

—Bueno, pues le ponen a usted muy bien.

—Ah.

—Como le comentaba, dicen que habla usted inglés.

—Sí, es correcto —aseveró, sin salir de su asombro.

¿Tendría algo que ver ese reportaje con la huida de Isabel? Él, en la prensa amarilla. Un desastre.

Mila López sacó un pañuelo del bolso. Antes de continuar, se echó un mechón de pelo hacia atrás.

—¿Y en qué puedo ayudarles?

—Mi hijo Marc fue asesinado en septiembre del año pasado en California, donde residía. Solo tenía veintinueve años. La policía americana ha sido incapaz de encontrar al culpable. Usted podrá hacerlo.

La modestia no era una de las virtudes de Bonnet, aun así la afirmación le pareció una exageración.

—La policía norteamericana… —empezó a decir, pero la señora López le cortó.

—Han pasado nueve meses y están completamente perdidos. Incluso la prensa de allá ha lanzado fuertes críticas contra la policía. —Empezó a lloriquear y se llevó el pañuelo a los ojos—. Estamos en contacto permanente con el Consulado español para hacer fuerza, pero nada ha funcionado. Solo tenía veintinueve años —repitió.

El señor López sacó de una carpeta unas fotocopias arrugadas y se las entregó a Bonnet, quien les echó un vistazo rápido. Varios rotativos se hacían eco del suceso a la vez que reprochaban al Departamento de Policía la ausencia de resultados.

El detective se irguió, apoyó los codos en la mesa, juntó las manos y asintió. Le pareció una postura adecuada para disimular su escaso interés en el asunto.

—Nunca han tenido un sospechoso, carecen de pistas fiables. El mismísimo cónsul —remarcó estas tres palabras— nos asegura, sin tapujos, que la policía está totalmente despistada. Está convencido de que no han puesto en el caso todo el interés debido y ha enviado una queja formal.

—¿Y por qué esa dejadez? —preguntó el detective, pensando en el último mensaje enviado al móvil británico de Isabel, sin contestar desde la tarde anterior.

La señora López bajó la mirada.

—Lo ignoramos —dijo, tensando el cuerpo.

Rigidez que no se le escapó a Bonnet.

—Solo queremos justicia para mi hijo.

—Que pillen al cabrón que mató a Marc —apoyó el hermano.

—Es lo mínimo, y lo último, que podemos hacer por él.

La mujer secó con la punta del pañuelo una lágrima y su hermano la cogió de la mano.

—Tranquila, Mila.

El detective observó a los hermanos. A pesar del incipiente llanto, la mirada de ella despedía determinación; Antonio, en apariencia más tranquilo, apretaba con fuerza la mandíbula. Era evidente que ambos deseaban guardar las apariencias, aunque la procesión fuera por dentro. Se preguntó si sería la forma de actuar de la «gente de postín».

Mila López pidió un vaso de agua. Bonnet fue a la cocina, evitó contestar al interrogatorio de Rosario y regresó con una jarra de agua fría y dos vasos. Caviló unos segundos cuál sería la pregunta más adecuada para hacer, pero no se le ocurrió ninguna. La locuacidad de Mila López salió en su ayuda.

—Me casé con Aaron Tyler, un empresario de San Francisco. Allí me fui a vivir y allí nació Marc, mi único hijo. Aaron era dueño de una cadena de zapaterías —informó con orgullo—. A mí me encantaba la ciudad, la gente y el país. Marc era un chico fuerte y estudioso. Por desgracia, Aaron falleció en un accidente de tráfico cerca de Palo Alto. Una grúa transportaba un coche averiado, no estaba correctamente anclado y el coche cayó encima del de Aaron. Así de fácil se destroza una familia.

Antonio López corroboraba las palabras de su hermana con ligeros movimientos de cabeza.

—Se me vino el mundo encima. No supe afrontar yo sola la situación. En aquellos momentos necesitaba el apoyo de mi familia, así que vendí la casa y las zapaterías y volvimos a España. Marc tenía nueve años. Me equivoqué con aquella decisión, algo que voy a tener en mi conciencia durante el resto de vida que me quede.

—No fue culpa tuya, Mila. No fue culpa tuya.

—Desde que llegamos a Valencia, Marc solo tuvo una idea en la cabeza: regresar a Estados Unidos. Al principio fue muy difícil, se negaba a hablar conmigo, a usar el español, a ir al colegio... Estaba siempre de mal humor. Con el tiempo se le pasó y se acomodó a la vida aquí. Pensé que se había olvidado del tema, pero estaba equivocada: en cuanto terminó la carrera, se marchó.

—Nos aseguró que solo serían un par de años —prosiguió el señor López—. Nos pareció bien, pensando que sería estupendo para él tanto a nivel personal como laboral.

—¿Le creyeron cuando dijo que la marcha era temporal? —se interesó Alex Bonnet.

Las respuestas se escucharon a la vez.

—Sí —dijo Mila López.

—No —dijo Antonio López.

Ambos se ruborizaron. La señora fue la primera en reaccionar.

—Yo, al menos, quise creerlo. En realidad, daba lo mismo, no podía retenerle. Mi única esperanza es que recapacitara en lo que su tío deseaba para él.

El detective arrugó la frente.

El señor López se sentó en el borde del sofá.

—Soy el dueño de Muebles Loppi, de Sedaví. No tengo hijos. La empresa era para él.

Alex había visitado la nave de exposición que Loppi tenía en la Pista de Silla. Un vasto edificio de tres pisos atiborrados de muebles a buen precio y de dudoso gusto. Recordó leer en algún lado que muebles Loppi exportaba más de la mitad de su producción a países árabes. El no va más de la vulgaridad.

—¿Cómo le iba a Marc en San Francisco?

—Era feliz. Una madre nota eso. Económicamente no le podía ir mejor; ya estaba pensando en contratar empleados y alquilar una oficina. Y tenía muchos amigos. Sí, era feliz —repitió con tristeza—. Cuando vino a visitarnos daba gloria verle tan alegre.

—¿Cuánto tiempo llevaba residiendo en California?

—Cuatro años. Nada más llegar encontró trabajo en una buena empresa de la ciudad, pero año y medio después se estableció por su cuenta.

—Era un excelente profesional —terció Antonio con los labios apretados.

—¿A qué se dedicaba?

—Era informático.

—Marc, por su trabajo, viajaba mucho, ya que tenía los clientes muy repartidos por el estado. Normalmente dormía fuera dos o tres noches por semana. —La señora bajó la voz—. Le mataron en un motel de carretera al norte de San Francisco.

Temblaba de pies a cabeza.

—Estoy bien, estoy bien —aseguró a Antonio dándole unas palmadas en la mano—. Investigaron a conocidos, clientes y vecinos, y se analizó todo lo que había que analizar. Eso, al menos, nos han asegurado. El caso es que siguen con las manos vacías. A las pocas horas de su asesinato le desvalijaron la cuenta bancaria con total impunidad. Y ahora el caso está paralizado. No tengo ninguna esperanza de que la policía encuentre al asesino de mi hijo. Usted es nuestra última oportunidad.

—¿Estaba casado? ¿Tenía pareja?

—No —aseguró la señora López—. Estaba totalmente centrado en su trabajo.

Bonnet hizo una mueca.

—Señora, ¿y de qué manera piensa que puedo ayudarles?

—Investigándolo usted, desde luego.

—La policía norteamericana…

—Solo le pedimos que lo intente —se apresuró a decir la mujer, dejando caer otra lágrima—. Marc no se merecía morir así.

El detective se rascó la cabeza. La tarde anterior había compartido con sus amigos sus problemas amorosos con Isabel Blasco. Entre los vapores del alcohol de una monumental cogorza, Serafín y Jesús le habían aconsejado tomarse unas vacaciones. Algo se dijo sobre ir a una república, pero el motivo de por qué debía ser así se le perdía en la nebulosa del recuerdo.

Estados Unidos. República. Lejos.

Si los dioses del Olimpo le habían enviado a los hermanos López para aliviar su mal de amores, no iba a ser él quien les contradijera. Dejó que se le pasara la corazonada de que se estaba metiendo en otro marrón y pensó en la soleada California. Aceptó el encargo.

—¿Cuándo podría salir? —preguntó Mila, animada.

—Estoy muy ocupado en estos momentos —mintió —. Debo hablar primero con mi colaboradora.

—Sus honorarios —carraspeó Antonio López.

Ocuparon los siguientes diez minutos en tratar el tema. Bonnet había abierto a medias uno de los cajones de su escritorio para visualizar la hoja plastificada que detallaba los honorarios. Laia había hecho un trabajo excelente. Por fin, la agencia de detectives se modernizaba y dejaba de facturar según le salía de los cojones al dueño.

Conforme anotaba cantidades en un hoja, Bonnet aumentaba entre un quince y un veinte por ciento los precios reflejados en la tabla. California se lo merecía.

—Eso no va a suponer ningún problema —puntualizó el viejo al recoger la nota, esbozando esa mueca de superioridad que la gente con dinero utiliza en los momentos adecuados. El detective emitió una amplia sonrisa.

Los hermanos López y Alex Bonnet, investigador privado, concretaron los últimos detalles. Mila López le entregó una carpeta con fotografías de Marc Tyler López; una hoja manuscrita con nombres, direcciones y números de teléfono, y unas copias de los comunicados enviados por las autoridades policiacas californianas, los artículos aparecidos en la prensa, así como de la protesta oficial emitida por el Consulado General de España en San Francisco.

Al dueño de Muebles Loppi no le tembló el pulso lo más mínimo en el momento de extender un cheque con el anticipo estipulado.

—No escatime en gastos. Para cualquier cosa, solo tiene que ponerse en contacto conmigo. —El señor López dejó su tarjeta de visita sobre la mesa.

Mila López sonrió por primera vez. La esperanza volvía a colorear sus mejillas.

—Por nuestra parte, tiene usted total libertad de actuación ―le aseguró Mila López.

—¿Nos irá informando? —quiso saber Antonio.

—No lo dude.

El detective les acompañó a la puerta, llevando la silla de ruedas de Mila.

—Estoy viejo, señor Bonnet, y no hablo inglés en absoluto —se excusó el tío de Marc mientras esperaban el ascensor—. Y mi hermana, en su estado, tampoco puede viajar. De no ser así, estaríamos allí.

—Síndrome de Guillain-Barré —explicó la señora López con orgullo—, una enfermedad de las llamadas raras. Mis músculos y mi cerebro han roto relaciones y van por libre. No hay comunicación entre ellos. He perdido la capacidad de sentir dolor o calor, y algunos músculos del cuerpo se me han paralizado.

Bonnet le esquivó la mirada, sin saber qué decir.

—La buena noticia es que tiene cura. Será lenta, pero llegará. —Sonrió.

—Me alegro mucho.

De vuelta en el despacho y animado ante las perspectiva de largarse a la otra punta del mundo, Bonnet abrió el ordenador y entró en una web de búsqueda de vuelos. La opción que más le satisfizo fue la de Air France vía Charles de Gaulle.

Cumpliendo las indicaciones de los hermanos López, de ahora en adelante sus clientes, imprimió un billete de vuelo en clase business, a un precio que le cortó la respiración. Antes de ir a la cocina para avisar a Rosario, envió un escueto wasap a Laia, Jesús y Serafín informándoles de que en dos días salía de viaje para los Estados Unidos.

La cena de despedida se organizó en La Xirgu, en el Carme, entre bocadillos variados, botella de tinto peleón y cachondeo general, con cuatro ejemplares de la revista ¡Qué me estás contando! sobre la mesa. El artículo había sido titulado pomposamente El investigador de moda, y venía acompañado de dos fotografías de Bonnet: una al salir de su casa de Gran Vía y otra cerca del mercado de Ruzafa, tomada unos meses antes, cuando los asesinatos cometidos en aquel barrio tuvieron en vilo a todo el país. Un subtítulo también lo calificaba como «el detective privado de la jet set».

Jesús Medina la tenía preparada.

—Nuestro querido gabacho en la prensa del corazón. De esto al Sálvame, un paso.

—Yo me apunto —dijo Tachi, la novia de Jesús, entusiasmada—. Digo que soy amante tuya, me invento alguna historia morbosa y me paseo por los platós.

Paloma, la esposa del inspector de la Policía Nacional Serafín Quintana, se mostró encantada con la idea.

—Luego llamo yo, aseguro que estás loca, que eres una arpía y una mentirosa de lo peor. ¡Nos podemos tirar de los pelos en directo!

—¡Ay, sí, sí! —gritó Tachi, aplaudiendo.

—¿Te imaginas, Serafín? En dos meses pagamos la hipoteca.

El grupo, en pleno éxtasis, hizo un análisis pormenorizado del pésimo reportaje sobre Bonnet. Alegría que el detective no compartía. Encontraba repulsiva toda esa mandanga de la prensa del corazón, o rosa, o como coño quisieran llamarla.

—¿Es normal que el artículo no esté firmado? —preguntó a su amigo el periodista.

—En estas revistas se lo pasan todo por el forro. Nada de sutilezas. Se dedican a rellenar huecos con lo primero que les llega. Nada anormal que ni verifiquen ni contrasten la información.

—La foto de Ruzafa, ¿nuestro amigo Tino? —levantó una ceja.

—Huele a él que apesta.

Tino Díaz, periodista de ese mundillo y una mala pieza. Estaba resentido con el detective por varios motivos, siendo el haberle rechazado sexualmente el más importante.

—La foto no te hace justicia, desde luego —continuó Paloma, erre que erre.

—Para nada —le apoyó Tachi, muerta de risa.

Bonnet había hecho juegos malabares para sentarse junto a la mujer de Serafín cuando entraron en el restaurante, sin resultado.

—Dale tiempo —fueron sus únicas palabras.

—Estoy del tiempo hasta las pelotas —explotó.

Paloma hizo caso omiso al comentario y dirigió su interés hacia el tinto que servía su marido.

Alex no se amilanó.

—¿Está con otro, verdad?

—¡Desde luego que no! —parecía verdaderamente escandalizada—. ¿Crees que todo se resume en eso?

—Yo ya no creo ni dejo de creer —dijo Bonnet resentido.

—Porque eres hombre —sentenció.

Bonnet bufó ante el recurso trillado al que las mujeres acudían cuando no querían dar explicaciones. No le sacó más información. La complicidad entre ambas amigas era desesperante.

—Un brindis por California —ofreció Jesús alzando su copa.

—Y por los problemas con los que me quedo aquí —se quejó Laia, quemando a su jefe con la mirada—. Que no son pocos.

La detective acudió sola a la cena. Su mujer, embarazada de ocho meses, tenía una barriga que daba miedo.

El inspector Quintana dejó su bocadillo de bacalao ahumado sobre el plato y sacó un folio doblado de la bandolera.

—Este mundo es un pañuelo —dijo, acercándole la nota a Bonnet.

—¿Qué quieres decir?

—Tengo un buen amigo en la Policía de San Francisco. He hablado con él esta tarde. Me ha costado bastante explicarle nuestra amistad. —Soltó una carcajada—. Espera tu llamada.

—¿Cómo le conociste?

—En Madrid, en una convención de la Interpol. Es tan inteligente como tocapelotas, pero te tratará bien.

Paloma le entregó una bolsa que contenía dos paquetes de lonchas de ibérico envasadas al vacío.

—A Brad y su mujer les encanta el jamón.

—Y cuidadito —el policía levantó el dedo—, tienes un imán para atraer problemas cojonudo.

La agencia de detectives quedó al mando de Laia Pons, con la inestimable ayuda de Rosario, que salió de la cocina con un bocadillo de atún con aceitunas y una botella de agua dentro de una bolsa de Mercadona.

—Toma, que seguro te dará hambre.

—Pero, Rosario...

—Nada, nada, no te vas a ir a la otra punta del mundo sin comer decentemente. Imagino cómo serán las comidas en esos aviones.

Laia metió la bolsa en la mochila de Bonnet y le ayudó a cerrar la maleta.

—Tenemos que salir ya —dijo la joven, mirando el reloj.

Antes de llegar a la puerta, volvieron a escuchar la estridente voz de la asistenta.

—Por cierto, ¿has avisado a tu madre que te vas de viaje?

—No.

—Pues se va a poner hecha un basilisco —gritó a mitad del pasillo.

—Llámala tú, por favor.

—Uy, a ver, no me queda otra. Luego me echará a mí la bronca por no avisarle antes. Y ya verás cuando sepa que te vas tan lejos. ¡Jesús, María y José, nueve horas de diferencia! ¿Pero dónde coño está eso? ¿Está más lejos que Cuba? Porque mira que Cuba…

Los detectives se apresuraron a salir del apartamento, dejando atrás la perorata de Rosario. Fueron al garaje, sacaron el coche y enfilaron Ángel Guimerá en dirección al aeropuerto.

—¿Qué es un basilisco? —preguntó Bonnet.

Laia se manejaba con habilidad entre el tráfico intenso de la avenida del Cid.

—Era un ser mitológico con forma de reptil y que poseía un veneno letal y, si no recuerdo mal, podía matar solo con la mirada. Vete tú a saber de donde salió la frase.

—Ni se os ocurra parir antes de mi regreso —advirtió el detective—. ¿Cómo lo lleva?

—Jamás he visto una barriga igual. Ya ni me atrevo a tocarla, por si explota.

Laia tomó el ticket del aparcamiento y buscó una plaza libre. Bonnet hizo un último intento.

—¿Tú tampoco me vas a decir nada, verdad?

—Negativo.

—Os odio a todas.



Segunda PARTE

El límite de la niebla

«El sol saldrá mañana. O puede que no.

Es verano en la ciudad, y eso significa cielos grises».

Carl Nolte, redactor del San Francisco Chronicle



CAPÍTULO 2

Viajar en clase business es la mejor manera de soportar un vuelo de doce horas. Intimidad y atención exclusiva, butaca que se convierte en cama y menús más que aceptables. También tiempo de sobra para echar la mirada atrás y elevar unos grados el nivel de cólera contra Isabel. Bonnet no tenía duda de que la legión de mujeres que rodeaba su vida ya la había informado del viaje. Hasta el último momento antes del despegue en París estuvo esperando una llamada, un mensaje de despedida, y al aterrizar en San Francisco el teléfono seguía sin tener nada que decirle.

California le dio la bienvenida circulando por una autopista de cuatro carriles saturada de vehículos y una luz espléndida que perfilaba un skyline limpio y armonioso. Abandonaron la autopista Central en Mission Street y continuaron en dirección norte por Van Ness. El taxi le dejó frente a un edificio anodino de color ocre cuya recepción torturaba al cliente con una moqueta de vivo tinte rojo surcada de cuadrículas amarillas. Olía a desinfectante y ambientador de pino barato. Entregó el pasaporte y pidió una reserva para una plaza de parking.

El recepcionista pecoso le entregó la tarjeta.

—¿Su primer viaje a la ciudad?

—Sí, y a la costa oeste.

El muchacho se atrevió con el español.

—Espero que disfrute. En esta tarjeta tiene la clave wifi. Bienvenido a San Francisco, señor Bonnet.

—Muchas gracias.

La decoración de la habitación era más discreta: moqueta gris de dibujo en espiga, mobiliario sobrio y una colcha blanca.

Deshizo la maleta y se tumbó en la cama. Bonnet no tenía hambre, ni sueño, tan solo un leve cansancio acomodado en las articulaciones. Se dio una ducha y metió la ropa sucia en la bolsa de la lavandería. A continuación bajó de nuevo a recepción, evitando mirar al suelo. El joven pecoso le proporcionó la información que necesitaba. Salió del edificio y giró a la izquierda en O’Farrell, caminó hasta la esquina con Polk y entró en una tienda de telefonía donde adquirió una tarjeta prepago y un paquete de datos ilimitados.

Sintió frío. El termómetro callejero le informó de que estaban a sesenta y un grados Fahrenheit. Decidió dejar para después el cálculo de la equivalencia en centígrados.

De vuelta al hotel, abrió el ordenador y accedió al correo. Envió sendos mensajes a Laia, a los amigos y al tío de Marc Tyler, proporcionándoles el nuevo número de teléfono. Tras unos segundos de reflexión, incluyó también el email de Isabel entre los destinatarios ocultos. A continuación apagó el móvil español y lo guardó en la maleta.

Se quitó los zapatos y se tiró encima de la cama. Alcanzó de la mesita los folletos que había cogido en recepción y les echó un vistazo. El cansancio llegaría más pronto que tarde, pero, si hacía un esfuerzo y aguantaba hasta la llegada de la noche, la adaptación a las nueve horas de diferencia horaria se haría mucho más llevadera.

Imaginando una Inglaterra sumida en la niebla y la humedad, el cuerpo de Bonnet se desconectó.

Despertó aterido por el frío y la boca áspera. Fue al baño y bebió directamente del grifo del lavabo. Miró la pantalla del reloj. Eran las dos de la mañana. Se desnudó, abrió la cama, se metió entre las sábanas y apagó la luz de la lámpara, dispuesto a seguir durmiendo.

Hora y media después seguía dando vueltas. No se volvería a dormir porque ya lo había hecho durante casi ocho horas. En su reloj biológico pasaban treinta minutos del mediodía. Echando de menos un cigarrillo de marihuana, esperó el amanecer junto a la ventana.

A las siete estaba vestido y preparado para devorar cualquier desayuno. Abrió la ventana para comprobar que la mañana era fresca y que Van Ness lucía un tráfico discreto. La humedad del asfalto reflejaba las luces del semáforo y el encargado de un food truck instalado en la acera de enfrente abría la persiana de su negocio. En la esquina, un policía de prominente barriga se ajustaba el cinturón observando a unos operarios que delimitaban con conos un área de la calzada.

San Francisco se preparaba para una nueva jornada y él sintió como la vitalidad de la ciudad se adueñaba de su cuerpo. Unas ganas irresistibles de salir a la calle, de hacer cosas, de sentirse vivo.

Introdujo en su mochila la agenda de direcciones, el teléfono, los paquetes de jamón ibérico, un plano de la ciudad y cuatrocientos dólares en billetes de cincuenta.

La moqueta del vestíbulo anuló por completo las ganas de probar el desayuno continental del hotel.

—Justo en la esquina está el Mel’s —informó la recepcionista. Se encogió de hombros, como disculpándose—. Comida americana.

—Me vale.

Al salir a la calle, Alex Bonnet admiró de nuevo la limpieza de aquella atmósfera y el tono azul del cielo, tan similar al del Mediterráneo.

En el Mel’s Drive-In se sentó junto a la ventana y pidió huevos revueltos acompañados de patatas asadas, tostadas, mantequilla y beicon, un bagel con crema de queso y bizcocho de mantequilla, dos vasos grandes de zumo de naranja y varias tazas de café, que la camarera, divertida, no dejaba de llenar.

—Hacía tiempo que no veía a alguien comer así.

El detective tuvo que agudizar el oído ante el acento pausado y nasal de la muchacha.

—No he comido nada desde ayer a mediodía.

—¿Dieta?

Bonnet negó con la cabeza.

—Jet lag.

—¿De dónde es usted?

—España.

La muchacha emitió un largo silbido y se marchó para atender a otros clientes. El detective no perdió de vista su rítmico movimiento de caderas. La tela ligera de la falda se obstinaba en introducirse entre los pliegues de sus bragas. Tenía un culo apoteósico.

Dando cuenta del desayuno, pensó, por primera vez desde la entrevista con los hermanos López, en un plan para comenzar la investigación. Como siempre, carecía de cualquier clase de método, más allá de dejarse llevar por los acontecimientos, pero parecía lógico empezar por visitar al policía amigo de Serafín Quintana. Un apoyo como aquel tenía que ser aprovechado.

La camarera pasó al lado de Bonnet portando un par de vasos de zumo de naranja. El aire que desplazó se introdujo en su nariz, dejando un aroma terroso y levemente afrutado. Le gustó. Sus miradas se cruzaron de nuevo.

—¿Viaje de negocios o placer? —preguntó la joven sirviendo más café, gesto inútil puesto que tenía la taza casi llena.

El detective descubrió unos ojos grandes, negros, maquillaje suave y labios carnosos.

—Intentaré compaginar ambos —aseguró, aguantando la mirada.

—Entonces, no se olvide de pasar por aquí.

Bonnet rio la ocurrencia. Le acababa de tirar los tejos en pleno desayuno americano una camarera que estaba muy buena en un restaurante de la ciudad de San Francisco.

Jódete, Isabel.

Desde ese momento, The detective and the waitress —magnífico título para una novela de Agatha Christie— jugaron a encontrar miradas y esbozar sonrisas ñoñas. Si se pone empeño, las gansadas para ligar eran igual de estúpidas en cualquier parte del mundo. Para animar el ligoteo, los Modern Talking y su You’re my heart, you’re my soul pusieron la banda sonora a la escena.

La camarera regresó con la jarra de café.

—Mi taza está llena.

—Pues bebe. Alguna excusa he de poner para acercarme.

Soy Alex. Yo Rachel. Encantado. Encantada. ¿Te alojas en el Opal? Sí. Qué bien, tan cerquita. Ya ves.

Bonnet sacó por primera vez la carpeta que le había entregado Mila López y miró la hoja con las direcciones y teléfonos anotados. Ni siquiera en el avión había sentido esa curiosidad. El viaje a California se imponía, ante todo, como un período vacacional que lograra despejarle la mente y aclararle las ideas.

El círculo más estrecho de Marc lo componían Anne Wells, compañera de apartamento, y Ramón, Shaleen y Swann. En la familia estaba la abuela Margot, que vivía cerca de Los Ángeles, y unos primos cuyo contacto se había enfriado por el paso del tiempo y la distancia. La madre había escrito de su puño y letra los datos que recordaba de la empresa de su hijo, adjuntando una tarjeta profesional.

Bonnet grabó en el nuevo teléfono los números de toda aquella gente desconocida, incluyendo al inspector Pattison. La potencia de las caderas de Rachel le animaron a no hacer lo mismo con el de Isabel, que se sabía de memoria. Una pequeña, e inútil, venganza.

Marcó el teléfono del inspector de policía, quien ya se encontraba en su oficina. Encantado de que ya estuviera en la ciudad, le citó en una hora.

Rachel recogió la mesa con toda la lentitud que pudo.

—Y no eres gay.

—No.

Soltó una carcajada.

—Viviendo en San Francisco, eso sí que es tener suerte.

Alex Bonnet dejó el Mel’s Drive-In cargado de energía y con el número de teléfono de una de sus camareras.

Una de las ciudades más fantásticas del mundo le estaba esperando.



CAPÍTULO 3

La central de la División de Investigaciones estaba situada en el complejo municipal del Palacio de Justicia, en Bryant Street. Bonnet entregó el pasaporte como medio de identificación. El oficial del mostrador llamó por teléfono. Inmediatamente después, le entregó una placa que le identificaba como visitante y pidió a otro agente que le acompañara hasta el piso superior.

Brad Pattison era un tipo alto, de complexión fuerte, piel albina y que tenía rubias hasta las cejas. Cuando el detective entró en el despacho, el policía se levantó y le dio un fuerte abrazo.

—Amigo de Serafín es amigo de mí —dijo en un pésimo español. Debía ser una de las pocas frases que sabía articular en ese idioma, porque no lo volvió a utilizar—. Conocí al bueno de Serafín en una convención sobre crimen organizado que se celebró en Madrid hace tres años con policías de todo el mundo. Nos sentamos juntos y conectamos con rapidez. Aquella tarde, al acabar la jornada, nos fuimos a Malasaña ―le costó pronunciar la palabra, pero dio un silbido de placer—. Algo que repetimos todos los días de la convención. El fin de semana antes de volver a Estados Unidos, me invitó a su casa de Valencia. Paloma fue un cielo, me atendió muy bien, a pesar de tener a los gemelos recién nacidos. Por cierto, ¿cómo están?

—Preciosos. —Alex sonrió—. Y muy revoltosos.

—Lo puedo imaginar.

El detective abrió su mochila y sacó los paquetes de jamón. Los dejó en una esquina de la mesa del inspector, atestada de papeles.

—¡Jamón, jamón! —casi gritó, enganchándose en la pronunciación de las jotas―. No me lo puedo creer.

Tomó entre sus manos los paquetes como un niño recibiendo los regalos de Navidad. Tras mirarlos unos segundos, los guardó en un cajón de su escritorio que cerró con llave.

—¿Te apetece un café?

—Claro.

Pattison cogió un sobre de color marrón y agarró a Bonnet del brazo.

—Vamos.

Ya en la calle, Pattison se interesó por la vida en España, los problemas por la crisis y el trabajo de Bonnet.

—¿Sabes? Serafín nos ha invitado. Hablé con Bella y quizá vayamos a Valencia en septiembre. Ella está entusiasmada.

—Eso es estupendo.

—Nuestros hijos son mayores y están en la universidad. Ya no dependemos de ellos para salir de vacaciones.

Aparcaron en Columbus Avenue, flanqueada de bonitas casas de dos alturas pintadas en tonos pastel. Al mirar hacia el sur, los ojos de Bonnet impactaron con el edificio de la Pirámide Transamérica, uno de los símbolos de la ciudad.

—Impresionante —manifestó Bonnet.

—Sí, la verdad es que sí. Aquí estamos muy orgullosos de nuestro skyline. Ni demasiado grande ni ostentoso, pero con mucha personalidad.

Se sentaron en la terraza del Caffè Greco y pidieron dos capuchinos. La temperatura había subido y los rayos del sol calentaban tímidamente. Bonnet se colocó de cara al Transamérica.

Brad Pattison abrió la carpeta que llevaba bajo el brazo.

—Bien, Alex —empezó a tutearle—. El caso Marc Tyler, que es lo que te ha traído a esta parte del mundo. Yo no soy de Homicidios. Tras el último reajuste de plantilla, ahora me dedico a delitos relacionados con la salud pública, así que he tenido que pedir un par de favores para conseguir el expediente.

—Te lo agradezco.

—Anoche le di un vistazo. Muy por encima, la verdad, porque llegué tarde a casa. Un asunto muy desagradable. Un chico de veintinueve años lleno de vida y con gran éxito en el negocio de informática que había creado. Llevaba en el país cuatro años. Tengo entendido que vivió muchos años en España, con su madre, tras el fallecimiento del padre.

Bonnet asintió. El inspector pasó descuidadamente las hojas antes de entregárselas.

—Puedo asegurarte que, a pesar de las quejas y la evidente falta de resultados, el asunto se investigó a fondo. Amigos, clientes, vecinos, nadie quedó al margen. No se encontró ADN, tampoco huellas dactilares; ni en el cuerpo del joven ni en la habitación. Todo fue limpiado con alcohol. Según el informe de la autopsia, el cuerpo de Tyler fue lavado con agua y jabón para eliminar cualquier rastro. Ese tío sabía muy bien lo que se hacía —afirmó con una mueca de disgusto.

—Ya —dijo Alex Bonnet, adivinando lo que le habían ocultado los hermanos López—. Marc era gay.

Pattison le miró extrañado.

—¡Ups! ¿No lo sabías?

—Su madre me lo ocultó.

El inspector cabeceó.

—Mal asunto.

Mal asunto, sí, aunque también él tenía culpa. Hubiese bastado echarle un vistazo a las fotocopias de los periódicos proporcionados por la familia o una simple búsqueda en internet para conocer los pormenores del asesinato. Por unos segundos, muy pocos, se reprochó su falta de interés.

—¿El móvil fue el robo?

—Así es —confirmó el policía—. A la mañana siguiente le vaciaron la cuenta bancaria utilizando su propia documentación. Ochenta y cinco mil dólares.

El detective emitió un silbido.

—Pero... no entiendo cómo.

—No era la primera vez que se alojaba en ese hotel de carretera. La chica de recepción aseguró que era bastante asiduo. Marc pagó dos noches por adelantado y, con el cartel de no molestar en la puerta de la habitación, nadie entró hasta la mañana del segundo día.

—¿Y qué dicen en el banco?

—Nada les hizo sospechar que se trataba de otra persona. Presentó el pasaporte norteamericano y la licencia de conducir de Tyler. Y ya sabes cómo son esas fotos. Un corte de pelo o un poco de fijador hacen maravillas. El cabrón entró con una gorra en la sucursal, así que las cámaras de seguridad no nos han servido para identificarlo. Tuvo la suficiente sangre fría de esperar más de media hora hasta que le prepararon el dinero, además entabló una animada conversación con el director de la entidad detallándole el plan que el chico tenía preparado para establecer su negocio; incluso le mostró el precontrato de alquiler de la oficina.

—El hijo de puta es listo.

—Te lo puedo asegurar. Y temerario. Se dirigió a una sucursal a dos calles del edificio donde pensaba alquilar la oficina. Se cameló bien a los del banco. Ahí tienes el retrato robot.

Unas facciones agradables en un rostro sin personalidad. Podía ser la descripción de miles de personas.

—¿Cómo se llama?

—John Moore. Identidad falsa, desde luego. Nadie con ese nombre se pasó por alto. Un cabrón listo como el mismo demonio. ¿Sabes que el nombre es, precisamente, lo único que los amigos de Marc sabían de su novio? Jamás llegaron a conocerle.

Bonnet apuró el café, que estaba delicioso. Nada que ver con el negro brebaje servido por litros del desayuno. Su pituitaria recordó el aroma agradable de Rachel.

—¿Cómo murió?

—Literalmente, le retorcieron el pescuezo. —Brad Pattison acompañó la afirmación con un gesto certero de las manos y un sonido que le pusieron al detective los pelos de punta. Empezaba a entender la buena sintonía existente entre los policías español y norteamericano—. Un giro rápido y potente de la cabeza que le rompió el cuello. Según el compañero que llevó el caso, el teniente King, de Vallejo, una muerte de la que, por fortuna, ni se enteró. ¿Quieres tomar algo más?

—No, gracias.

Pattison llamó al camarero.

—Yo pediré otro capuchino. El Consulado se movió rápido para trasladar el cadáver del chico. Creo que la madre es inválida.

Bonnet asintió.

—Tiene una enfermedad rara.

Bonnet se interesó por Anne Wells. Pattison rebuscó entre los folios.

—A ver. Sí, aquí. Anne Mary Wells. Coartada comprobada. Sigue viviendo en el mismo lugar y realiza el mismo trabajo. —Se guio con el dedo índice—. Escucha esto: una segunda ronda de comprobaciones realizada en febrero no advirtió movimientos extraños en su cuenta bancaria, ni incrementos sospechosos de capital. Solo nos falta saber si enterró el dinero en el jardín. —Sonrió.

—¿Era sospechosa?

—No más que el resto de conocidos del joven.

Bonnet reflexionó un momento antes de continuar.

—Tampoco es una cantidad exagerada.

—Así es, por lo que es posible que se lo haya ido gastando sin levantar sospechas.

—Creo recordar que se metió el Consulado por medio —se aventuró el detective.

El inspector elevó las manos.

—Sí, y mis compañeros no están muy contentos con esa intromisión. El propio cónsul dejó caer que no se estaban dedicando la atención ni los medios adecuados en el asunto. Puso una queja formal. —Hizo una pausa para añadir azúcar a su nuevo café―. Te aseguro que no ha habido desidia por nuestra parte. Hemos topado con un tío muy listo.

Alex asintió.

—Hay una falta de personal espantosa —admitió Pattison—. Aquí también ha llegado la crisis. Sufrimos una cadena de recortes. No hay dinero para nuevas incorporaciones ni para horas extra. En consecuencia, ha habido un repunte de la violencia y los políticos se suben por las paredes, pero se niegan a incrementar el presupuesto.

El inspector le acercó la carpeta.

—Como comprenderás, esto es estrictamente confidencial. Si mis superiores se enteran de que acabo de darle una copia de un asesinato sin resolver a un detective privado extranjero —el policía se pasó el dedo por el cuello a la vez que emitía la onomatopeya correspondiente—, estoy listo de papeles.

—Puedes confiar en mí.

—Tienes también una copia de la agenda personal de Tyler. Supongo que querrás hablar con la policía de Vallejo.

—Me sería de gran ayuda —aseguró Bonnet sin ruborizarse. Ni siquiera había pensado en ello.

—Por cierto, es a King a quien tienes que agradecerle este duplicado. Buena gente, el teniente King. Trabajamos juntos muchos años, en Oakland, recién salidos de la academia. Al principio se mostró reticente. He tenido que llorarle un poco ―dijo sonriendo.

—Gracias.

Brad Pattison reprodujo un teléfono con la mano derecha y se la llevó a la cara.

—Si necesitas algo, me llamas.

Bonnet metió la carpeta con la copia del expediente de Marc Tyler en su mochila. Se encontraba muy animado, y la cordialidad del policía y el buen café tenían mucho que ver en ello. También la excelente temperatura y la luz del sol que inundaba una ciudad que empezaba a encandilarle.

«Todo a su tiempo», pensó. De momento, había llegado la hora de conocer San Francisco.

Se dejó llevar por la pendiente y bajó por Columbus con la referencia del Transamérica en el horizonte. En una confitería compró un pastel de manzana que devoró en un banco de un parque y se limitó a observar. Le agradó la elegancia de la gente que pasaba frente a él, los escaparates de los comercios, los colores elegidos para las fachadas de las casas y la limpieza de las calles.

Caminó despacio hasta llegar a Embarcadero y se asomó a las aguas oscuras detrás del edificio Ferry, una construcción ecléctica de donde partían los ferris que comunicaban San Francisco con otras poblaciones de la Bahía. Uno de los folletos turísticos le explicó que en la actualidad también albergaba un centro comercial. A la derecha se elevaba la estructura del San Francisco-Oakland Bay Bridge, menos famoso y elegante que el Golden Gate, pero que, en realidad, resultaba mucho más vital para las comunicaciones de la zona.

Bonnet se sentó para devorar el aluvión de información que la publicidad le proporcionaba. El Golden Gate, el Pier 39, las islas de Yerba Buena y Alcatraz, los tranvías, las calles de pendientes imposibles, Chinatown, Lombard Street, las Painted Ladies, el barrio de Castro, Twin Peaks.

La zona estaba llena de gente que paseaba, tomaba el sol, reía, comía helados y hacía fotos. La fuerza que le había invadido por la mañana al abrir la ventana del hotel le abandonaba por segundos.

Nadie caminaba solo.

Se encontraba en una de las ciudades más bellas del mundo, pero no tenía con quien disfrutarla.

De repente, se llenó de una tremenda desgana.

Se propuso estudiar el expediente de Marc Tyler en una pizzería de Drumm Street. Un trabajo que se le antojó hercúleo para el estado de inapetencia que sentía, por lo que, al finalizar la lectura de la primera página, cerró la carpeta. Abrió el móvil y estuvo tentado un par de veces en enviarle un mensaje a Isabel, pero las dos se arrepintió. Terminó la pizza y regresó a Market, donde se quedó parado frente al escaparate de una zapatería que, en realidad, no veía. Dejó clavada la mirada en una etiqueta de color rojo que marcaba 99,99 dólares.

Tenía dos opciones.

Uno. Podía abandonarse al desinterés, dejar pasar un tiempo, quizá una semana o diez días, alquilar un coche y lanzarse a la conquista del oeste de Estados Unidos. Sierra Nevada, Los Ángeles, Big Sur. También podía dirigirse hacia el este y conocer Las Vegas, el Gran Cañón o el Valle de la Muerte, y regresar a España cargado de excusas. No hubiera sido la primera vez. Unas vacaciones pagadas de lujo.

Dos. Actuar. Comportarse como un adulto, asimilar el abandono de Isabel e intentar ayudar a la familia de Marc para esclarecer la muerte del joven. Habían depositado en él su confianza, le pagaban bien. Además, contaba con el apoyo, que valía su peso en oro, de parte de la policía local.

No podía permitir que la paranoia, la manía, el antojo o lo que coño le pasara a Isabel le hipotecara la vida.

Bonnet entró en una cafetería y pidió otro café. Se sentó en una mesa frente a la ventana y sacó las direcciones que Mila López le había proporcionado y el mapa de la ciudad. Localizó Loma Vista Terrace en el plano, muy cerca del parque de Buena Vista. Se preguntó si sería una hora adecuada, o si debería llamar antes de presentarse en la casa donde vivió Marc. Pagó el café, salió a la calle y paró un taxi.

El automóvil enfiló Market en dirección oeste hasta llegar a la 14. Al girar, el detective no perdió de vista la primera calle de pendiente imposible que recorría.

—¿Su primera visita a la ciudad? —preguntó el taxista por el espejo retrovisor.

—Sí —sonrió—, y mi primera pendiente.

—Pues hacia donde nos dirigimos nos vamos a encontrar algunas muy buenas.

—Perfecto.

Bonnet se rindió ante la belleza de San Francisco. El gusto utilizado en la construcción de las viviendas resultaba extraordinario.

—Una ciudad preciosa —murmuró. Echó una mirada hacia atrás. Al fondo, se erguía la blanca Torre Coit y, a sus espaldas, las aguas de la Bahía.

—Ya lo creo, amigo. Ya lo creo. —El taxista soltó una carcajada—. Solo le sobran los terremotos.

Bonnet se preguntó si Rachel ya habría terminado su turno en el restaurante.



CAPÍTULO 4

La dirección se correspondía con una casa de dos plantas con una bonita puerta al final de una escalera. La fachada estaba pintada en color naranja y los marcos de las ventanas en blanco. Bonnet subió los peldaños de la entrada y se encontró con dos timbres sin rotular. Llamó a uno de ellos. No obtuvo respuesta y repitió la operación con el otro timbre. Por último, oprimió los dos a la vez.

—¿Quién es? ¿Qué quiere?

Bajó las escaleras y alzó la vista.

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere?

En una de las ventanas vio unos dedos que golpeteaban en la madera.

—Estoy buscando a Anne Wells —gritó.

—Mmm.

—¿Está en casa?

—Mmm.

—Necesito hablar con ella.

—¿De dónde es usted? No es de aquí.

—Soy español.

—¿Español?

—Sí. Necesito hablar con Annie.

—Mmm. Por el callejón.

—¿Perdón?

—Que entre por el callejón. A su derecha. Annie está en la parte de atrás. La verja está abierta.

—Muchas gracias.

El detective se introdujo en un estrecho pasadizo de suelo de tierra y paredes recubiertas de musgo que separaba la casa del chalé contiguo. El callejón terminaba en un jardín pequeño, bordeado de setos y plantas variadas, y en cuya parte central había una mesa de plástico y varias sillas. En una esquina un árbol de frondosa copa daba sombra a la parcela.

—Hola —saludó Bonnet.

La puerta de entrada a la vivienda estaba abierta, pero nadie respondió al saludo. Se apoyó en la mesa y observó la serie de cuerdas de las que colgaban pliegos de papel. Las hojas, bastas y de color amarillento, se sujetaban a las cuerdas con pinzas de madera.

—Hola, ¿hay alguien? —repitió, elevando la voz.

Una voz femenina le respondió, aunque no vio a nadie.

—Pasa, pasa.

Alex se acercó a la puerta y apartó unos centímetros la cortina.

—¿Anne? ¿Anne Wells?

Ya había decidido entrar en la habitación cuando una chica salió a toda prisa. Casi se chocaron.

—Perdón —se disculpó el detective.

—Tú no eres Glenn.

—No. Me llamo Alex Bonnet y busco a Anne Wells.

—Yo soy Anne.

Anne le miró con descaro. Se limpiaba las manos manchadas de pintura en un trapo que olía a disolvente. Llevaba un vestido blanco largo y ancho con muchos volantes y una chaqueta de algodón sobre los hombros. Tenía el pelo recogido, la frente amplia y las mejillas sonrosadas. También tenía la cara salpicada de pintura.

—¿Cómo has dicho que te llamas?

—Alex Bonnet. Soy detective privado.

—Oh.

—Me ha contratado la familia de Marc Tyler.

De repente, los ojos de la muchacha se entristecieron. Sin decir nada, cogió una de las sillas de plástico y se sentó. Con gestos, le pidió a Bonnet que hiciera lo mismo.

—Vienes de España.

—Sí.

Dejó el trapo sobre la mesa y se pasó el dorso de la mano por la frente.

—¿Cómo están?

—Mal.

—Normal. Menuda mierda. No me extraña que te hayan contratado, la policía anda perdida.

—Algo he oído.

Anne Wells volvió a levantarse.

—Hay café dentro —anunció, desapareciendo en el interior de la casa.

El detective no estaba muy seguro de si el ofrecimiento de café suponía también una invitación para entrar, pero lo hizo. La estancia era un caos y el olor a pintura y disolvente muy fuerte. Excepto la zona de paso junto a la pared, la habitación estaba atestada de la variedad más extraordinaria de utensilios. Cubetas llenas de agua, pilas de periódicos viejos, cajas de cartón de todos los tamaños, telas y retales amontonados, cuerdas, piezas de cuero, recipientes con madejas de lana. Cualquier material parecía tener cabida en aquella habitación.

Anne gritó desde el interior.

—Aquí, en la cocina.

El pasillo se encontraba tan lleno de trastos como el salón. Al llegar junto a la joven, Bonnet cogió la taza de café. Echó una ojeada. La cocina pedía a gritos una limpieza en profundidad.

La joven se colocó frente a él.

—La limpieza no es lo mío —admitió con altanería—. Si te parece, vamos fuera.

—Claro.

—Si no te importa, seguiré trabajando mientras hablamos. Tengo que aprovechar los días de sol. Es verano y la niebla puede llegar en cualquier momento.

Se remangó y comenzó a amasar una mezcla viscosa.

—Creía que los detectives privados eran exclusivos de los americanos.

—Ya ve que no.

—Bien, supongo que querrás hacerme preguntas.

Extendió la masa pegajosa en un cedazo cuadrado y la apretó, primero con las manos, después con un rodillo. La mezcla soltaba un agua lechosa que se depositaba en otro recipiente de mayor tamaño.

—¿Qué sabes? —se adelantó la joven.

—Bien poco. Los detalles que me contó la señora López y lo que he leído en prensa. También que la policía no sigue ningún rastro.

—Tienes un acento muy peculiar.

—¿No me entiendes?

Ella rio.

—No, no. No es eso. Te entiendo perfectamente. Pero es gracioso. Y me recuerda a Marc.

Anne agarró el cedazo y, aún goteando líquido, lo depositó sobre el césped en un rincón donde incidían los últimos rayos de sol de la tarde. Al agacharse, dejó el escote al descubierto. Anne Wells no llevaba sujetador.

Regresó junto al español.

—Adictivo.

—¿Cómo?

—Marc era una persona adictiva. Lleno de vida, de alegría; siempre dispuesto a hacer cosas, a ayudar, a estar con los amigos. Y no era cargante. Quiero decir que hay muchas personas con la misma actitud positiva que son unos auténticos pedantes. Marc, no. Él era auténtico. Todos los que le conocían te dirán lo mismo. Nunca te cansabas de estar con él.

La joven habló con tanta vehemencia que sorprendió a Bonnet. No esperaba una definición tan clara del muchacho.

—Supongo que es una predisposición hablar bien de los muertos, pero eso conmigo no va. Si un difunto fue un hijo de puta, lo será mientras exista en mi memoria.

El detective asintió.

—Marc tenía mucho trabajo, pero se lo organizaba bien para trabajar tres o cuatro días a tope y el resto ir más desahogado. Los fines de semana los ocupábamos, básicamente, en salir, quedar con los amigos y dormir mucho. También me ayudaba en mi trabajo, sobre todo cuando se me acumulaban los pedidos.

Anne Wells cambió de tarea. Se levantó, agarró una bolsa de plástico y vació su contenido en una máquina provista de un gran embudo en la parte superior. El detective observó que se trataba de papel viejo de diferentes clases, ramas finas y hojas secas. Le dio con ímpetu a una manivela y el compuesto fue entrando en la máquina. Una vez triturado, caía en el depósito inferior.

—No supe que Marc era gay hasta que leí la prensa —informó Bonnet. No consideró adecuado revelar su contacto policial.

Anne se retiró el pelo de la cara.

—Supongo que es cosa de Mila.

Él asintió.

—Fantástica. La gente es fantástica —dijo con rabia—. Esa mujer se negaba a ver la evidencia y ahora estará doblemente jodida. Marc no quería hacerle daño, pero ese juego que se traía con ella no hacía más que empeorar las cosas.

—Anne, ¿qué sabes de su novio?

—Llámame Annie. Un hijo de puta, ese John. O como mierda se llame. Es una identidad falsa.

—Nunca lo conociste.

—Nunca. Ni yo ni el resto de amigos. Un tipo muy listo. Hizo que Marc se enamorara hasta las trancas. Para lo que tampoco hacía falta mucho, la verdad. Un hombre guapo, una buena conversación y un poquito de caso, y Marc enloquecía.

Como siempre, no sabía cómo seguir. Tenía que haber leído el informe de la investigación antes de presentarse en el domicilio de Marc fingiendo el papel de superdetective. Su tendencia a empezar la casa por la ventana rozaba la necedad.

Annie no tenía un pelo de tonta.

—Estás muy verde, detective. Será mejor que te lo cuente todo.

—Por favor.

Añadió una buena cantidad de agua al compuesto triturado y un líquido viscoso de una botella blanca, y amasó el conjunto con energía. Después se limpió las manos y entró en el salón. Bonnet la vio haciendo malabarismos entre los trastos que llenaban la habitación para llegar hasta el aparato de música.

—Marc había tenido alguna aventura amorosa, pero nada serio. Lo normal era que se enamorara perdidamente los viernes para el domingo sentirse el hombre más infeliz del mundo. Era así de vivo e intenso. Hasta que conoció a John. Cambió muchísimo.

Bonnet adelantó su cuerpo. Quiso apoyar los codos en la mesa, pero no encontró un hueco limpio.

—Al principio lo vi como algo normal. ¿Quién no cambia cuando está enamorado? ¿Quién no se vuelve un poco loco? Pero con el paso del tiempo empecé a ver cosas que no me gustaron.

—¿Qué cosas?

—Llevaban bastantes meses saliendo juntos y no conocíamos al tal John. «Chico, ni que llevaras una relación oculta con Brad Pitt», le dije, y Marc explicaba una y otra vez una historia extraña sobre los tiempos que John quería llevar en su relación, que si era una persona muy metódica, que si no quería que nada saliera mal...

—No le creíste.

—¿A Marc? Claro que sí, era un libro abierto. No sabía mentir. Él era quien se creía la historia a pies juntillas de ese hijo de puta. Pero a mí me sonó a cuento chino.

—Pensaste que John no era trigo limpio.

—Así es. Como te puedes imaginar, Marc no quiso escucharme. —Anne Wells elevó las manos al cielo—. Tampoco quería reconocer que lo estaba pasando mal. Cuando alguien se enamora, con lo que eso cuesta actualmente, lo primero que desea es mostrar a todo el mundo esa alegría. Compartir cosas, salir con los amigos. Esas cosas.

—Estoy de acuerdo —aseveró Bonnet, recordando el tiempo en que su relación con Isabel iba viento en popa y paseaban su relación por toda Valencia.

—Joder, no era normal que estos dos se ocultaran como si vivieran en el Irán de los ayatolás.

Anne dejó caer una lágrima por la mejilla. Se limpió con el dorso de la mano y se manchó de pintura. Después encendió un cigarrillo y ofreció otro a Bonnet, que rechazó. Un pistachito hubiera estado mejor.

—Ese hijo de puta —repitió, apretando la mandíbula—, se aprovechó de la bondad de una persona maravillosa —dijo, para añadir con rabia y sin tomar aliento—: salía los viernes por la tarde y no regresaba hasta el domingo, y la nube en la que vivía le duraba toda la semana. Yo estaba convencida de que aquel tipo ocultaba algo gordo.

—¿Cómo qué?

—Me imaginaba que estaría casado o que tenía otra relación. Los hay a montones así. Pero no esta barbaridad.

La cara de Anne dibujó una mueca de dolor.

—Comprendo.

—Marc no tenía oídos para nadie; estaba ciego para toda crítica contra su John Moore. Si aquel malnacido le hubiese asegurado que Sausalito era la cuna de la humanidad, se lo hubiera creído también. Pero el día que me alarmé de verdad fue cuando le pedí a Marc que me enseñara una foto de su novio. ¿Sabes qué historia me contó?

—No, pero me la estoy imaginando —asintió el detective.

La joven remedó la voz de su amigo.

—«Uy, a John no le gustan nada nada las fotos. Dice que no es fotogénico, que la cámara no le quiere. No es verdad, en absoluto, tú no sabes lo guapísimo que es». ―Emitió un ligero suspiro—. Y así.

—Un tipo muy listo.

—Un verdadero demonio. Y Marc enamorado hasta los huesos. —Annie elevó las manos—. ¡Andaba detrás de una cabaña de madera en las montañas para regalársela! Le dije que era un estúpido y que tarde o temprano se arrepentiría. No le sentó nada bien.

—¿La compró?

—No creo. Unos días antes de su asesinato me dijo que iba a ver una en el lago Tahoe, pero no volvió a mencionar el tema.

—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?

—Alrededor de seis meses.

—¿Y solo se veían los fines de semana?

—También algún día entre semana. Siempre en moteles de carretera. Marc estaba fascinado con las luces de neón que iluminaban intermitentemente una habitación mugrienta a orillas de cualquier autopista.

—¿Te dijo en qué moteles?

—Quizá, pero no le presté atención. Estados Unidos está plagado de moteles.

—¿Te dijo Marc a qué se dedicaba?

—Encargado de ventas de algo, no recuerdo qué.

—¿Dónde vivía?

—En Vista del Mar, cerca de Point Lobos. Nunca dijo la dirección exacta.

Anne Wells introdujo la colilla del cigarrillo en la abertura de un bote de refresco y apuró su taza de café.

—John tenía a Marc completamente sometido —sentenció.

Quedaron un tiempo en silencio. Una música agradable, llena de tintineos y flautas salía del comedor. Desde el piso de arriba llegó el sonido de una persiana en movimiento.

—Sí, esa es la palabra: sometido —repitió la joven.

—Taylor Swift —apuntó Bonnet.

Ella asintió.

—El CD es de la colección de Marc. Era una de sus cantantes favoritas.

You belong with me comenzó a acompañarles en la conversación.

—La semana que le asesinó, Marc me reveló que había hablado con él. Estaba entusiasmado. Que le íbamos a conocer, que habían decidido irse a vivir juntos, que la vida era maravillosa... ¡Uf! Yo seguía sin fiarme. Y no solo yo, el resto de los amigos pensaban lo mismo.

—¿Se lo dijiste?

Negó con la cabeza.

—No hubiera servido para nada. Puse buena cara y me quedé a esperar acontecimientos.

De repente, Anne Wells se puso a llorar. Hizo el amago de llevarse el trapo empapado con disolvente a los ojos, pero Alex Bonnet logró impedírselo a tiempo.

—Gracias.

El detective empezaba a entrever la situación. Un buen chico se había enamorado de una mala pieza, un tipo que descubre que el chaval tiene algo de dinero. Prepara su plan con tiempo y a conciencia. Un plan en el que es obligatorio mantenerse alejado de los conocidos de la víctima. Anne pareció leerle el pensamiento. Entre sollozos, continuó.

—Y no se conforma con engañarle y quitarle el dinero, no.

—Tranquila.

—¿Por qué tuvo que matarlo? ¡Alex, le rompió el cuello! ¿Por qué? ¿Por qué?

Bonnet agarró con timidez la mano de la joven, pero ella se abalanzó sobre su hombro. Cuando recobró la serenidad, se separó con lentitud.

—Lo siento.

—No tienes por qué, Annie.

—Me voy a poner más café. No creo que hoy pueda seguir trabajando. ¿Quieres?

—No, gracias.

Alex Bonnet se sentía saturado de cafeína. Sonaba ahora Macy Gray con su I Try.

—Es increíble. Nadie le ha visto, no se sabe su altura, lo que pesa, su complexión o el color de sus ojos. Los empleados del banco son unos auténticos estúpidos.

Anne encendió otro cigarrillo. Esta vez, el detective aceptó uno.

—¿Conoces a la madre de Marc?

—Por teléfono. La primera vez que hablé con ella me preguntó si era su novia. Cuando le dije que no, que solo compartíamos apartamento, pareció enojarse. Conozco a la abuela Margot, que vive cerca de Los Ángeles.

—¿Y qué tal?

—Igual que Marc, pero en persona mayor. Llena de alegría y fuerza. Y muy perspicaz. Esa señora sabía perfectamente que su nieto era gay.

—¿Hay más familia?

—Existen algunos tíos y primos repartidos por el estado, pero no llegué a conocerlos. Tampoco Marc mantenía una relación estrecha con ellos. Pertenecen a una de esas iglesias de nombre larguísimo e ideas medievales. Los talibanes cristianos, les llamaba. Se felicitaban la Navidad y poco más.

El detective pidió ver la habitación de Marc. Era un cuarto ordenado, pintado de amarillo claro y cuya ventana daba al callejón lateral. Tenía una mesa de trabajo y una estantería llena de libros técnicos, tanto en inglés como en español, el manual Creación de empresas en el estado de California y un ejemplar manoseado de El amor en los tiempos del cólera. Descubrió algunos cómics llenos de polvo —Spiderman, Mortadelo y Filemón, y Astérix— y diversos mapas de carreteras de los Estados Unidos.

—Está todo igual —dijo Annie en un susurro.

—¿Crees que haya algo personal que pueda ser de interés?

Annie negó con la cabeza.

—La policía se llevó muchas cosas.

—¿Fotografías?

—Las que están a la vista. —Señaló la estantería—. De niño con sus padres, esa con la abuela y estas dos con la pandilla. Una cuando fuimos a Big Sur y la típica sobre el Golden Gate.

Bonnet pensó en la carpeta que la madre de Marc le había entregado. Y en el flamante expediente policial sin leer. No era fácil hacer las cosas tan mal.

Método. El método de su amigo Hercules Poirot, al garete.

Necesitaba estar a solas con toda esa documentación.

—Tengo que marcharme.

—¿Dónde te alojas?

—En el Opal, en Van Ness.

—Te invito a cenar. Viene mi novio también. Pediremos chino.

—No te preocupes, muchas gracias.

—¿Necesitas una guía? Me puedo tomar un día libre.

—Claro, sí. Estoy deseando conocer San Francisco.

—¿Cuándo llegaste?

—Ayer.

—Vaya, ¿y por dónde quieres empezar?

Alex Bonnet sonrió y encogió los hombros.

Ella soltó una carcajada.

—Ya, el Golden Gate.

El detective bordeó la casa y abrió la verja de la calle. Escuchó de nuevo el familiar ruido de una persiana y alzó la vista hacia la planta superior en el momento en que la misma mano que le informó de dónde se encontraba Anne se posaba en el marco de la ventana.

Salió a Masonic Avenue y no tardó en encontrar un taxi libre. El vehículo se dirigió por la calle 15 hacia la parte baja de la ciudad. Anochecía. De repente, el cansancio y el hambre se le echaron encima. Su reloj biológico seguía desfasado.

Acercó la nariz a su hombro, que conservaba el olor a disolvente de la casa de Anne Wells. No le disgustó.

Circulaban por Webster Street y el I Try de Macy Gray volvió al cerebro del detective.

«My world crumbles when you are not near».

Desesperante. ¿Por qué su mente se empecinaba en almacenar frases sensibleras?

Ya tenía bastante para estar, encima, con ñoñeces.

«Bonnet, cada día eres más patético».

Alex bajó del taxi y entró en el Mel’s. Saludó al camarero en español.

—Pocos españoles se dejan caer por esta parte de la ciudad. David Vidal, para servirle.

—Gracias, David. Alex Bonnet.

Tomó asiento y fue directo al grano.

—Ah, pues esta semana tiene turno de mañana —dijo el camarero en su suave acento mexicano, entregándole el menú—. Una muchachita bien linda, ¿verdad?

—Bien linda. ¿Y esa muchachita tiene novio?

El camarero soltó una carcajada.

—Pues ahí va a tener usted suerte, güerito.

—Tutéame, David. Tengo mucha hambre, me comería una vaca.

—Eso no será necesario. Con lo que hay en el menú quedará satisfecho.

Bonnet pidió una Budweiser mientras llegaba la comida. Abrió la mochila y sacó la copia del expediente que el inspector Pattison le había entregado.

Tuvo que acudir al móvil y entrar en internet para encontrar la traducción de algunos tecnicismos, pero en general no tuvo problemas para comprender que el pobre Marc había tenido muy mala suerte, siendo víctima de un monstruo sin escrúpulos.

La investigación había sido dirigida por el teniente Hadrien King de la Policía de Vallejo. En su informe describía cómo había sido encontrado el cadáver de Marc Tyler. Tras expirar la reserva, el personal de limpieza del motel entró en la habitación a pesar de que seguía colgado en la puerta el cartel de no molestar. Dieron aviso de inmediato y no se tocó nada del interior. La encargada afirmó que aquella era su tercera estancia en el Six Flags. La reserva la hizo por teléfono y el pago se realizó con tarjeta. Esa tarjeta, el teléfono móvil, el ordenador portátil, las llaves del coche y su billetera habían desaparecido. En la habitación solo encontraron la mochila, la ropa y los artículos de aseo del muchacho. Sin embargo, el coche de Marc permaneció estacionado en el parking del motel.

La joven del turno de noche confirmó que Tyler nunca se alojaba solo. Se trataba de una persona de apariencia joven y que siempre llegaba una o dos horas después de Marc. Y poco más pudo añadir. Nunca llegó a verle la cara y no se fijó en su coche. Ni siquiera pudo asegurar que se tratara de la misma persona. Ningún empleado se fijaba en esas cosas en un motel con un trasiego incesante de clientes. Marc reservaba, se identificaba y pagaba. Era todo lo que necesitaban.

La única cámara de seguridad en funcionamiento estaba situada en recepción; las del aparcamiento eran falsas y habían sido instaladas como medida disuasoria.

Bonnet empezó con la grandma’s chicken soup, un caldo reconfortante con verduras y fideos. Pidió otra cerveza.

—Que sea una Corona esta vez.

—Cómo no.

A primera vista, el detective encontró que la investigación se había llevado a cabo de manera escrupulosa. Se analizaron horas de grabación de las cámaras de tráfico situadas en diferentes puntos de la interestatal, pero, sin saber qué se estaba buscando, resultó una tarea inútil.

La Unidad Científica no halló huellas dactilares diferentes a las de Marc y algunos empleados del motel, ya que la mayoría de las superficies habían sido frotadas con alcohol. No se obtuvo ningún perfil extraño de ADN en el cuerpo de Marc, que había sido lavado a conciencia utilizando unas esponjas con jabón incorporado que se podían adquirir en cualquier supermercado. Por último, la autopsia confirmó que había mantenido relaciones sexuales, para las que se utilizó un preservativo con gel estimulante que, por supuesto, jamás apareció.

Alex Bonnet arrugó la frente. El descubrimiento de que la cuenta corriente de Tyler había sido desvalijada no fue conocido por la policía hasta seis días después del asesinato. Se trataba, de manera evidente, de un plazo excesivamente largo.

El tema de Anne Wells ocupaba una buena cantidad de hojas. Tras el epígrafe «Ocupación», se había anotado un enigmático «trabajos manuales». La roommate fue puesta bajo vigilancia y se pasó por la lupa su trabajo y sus ingresos. El último seguimiento, tal como le informara Pattison, databa de febrero.

Alex había dejado el plato fuerte a la elección del camarero. Solo le pidió que fuera sustancioso.

—Le gustará. Le dije a Luis, el cocinero, que era para un hermano de la madre patria.

El New York steak consistía en un filete a la parrilla acompañado de toda la parafernalia que se espera de la comida de los Estados Unidos: puré de patatas, guisantes y zanahorias, una salsa agridulce, otra picante, pan y mantequilla.

—Otra cerveza, por favor.

—Ándale.

Con la descripción dada por los empleados del banco, la policía realizó un retrato robot que, por supuesto, no llevó a ningún lado. Según como se mirase, podía ser tan parecido a Marc Tyler como a cualquier otro joven de su edad. Las fotografías obtenidas a través de las cámaras de seguridad del banco mostraban una gorra de béisbol cubriendo una mejilla perfectamente afeitada, una nariz bien definida y unas patillas largas de pelo castaño.

El verdadero Marc Tyler, según revelaban las grabaciones de las cámaras de la sucursal bancaria, había sacado un par de días antes de su asesinato quince mil dólares en Reno, Nevada. Se identificó correctamente, esperó veinte minutos y se lo llevó en billetes de cien. Se desconocía el fin dado a ese dinero.

Ningún John Moore de los encontrados en los registros, tanto estatales como nacionales, coincidió con un joven como el que buscaban. En el Área de la Bahía, la única persona llamada así estaba a punto de ser homenajeada por sus vecinos de Foster City por el centenario de su nacimiento. No existían números de Seguridad Social coincidentes, contratos de alquiler o licencias de conducir.

Los agentes peinaron el barrio de Ocean Beach sin obtener resultados. Nadie parecía conocer a la pareja. En Castro, los empleados del Queen of Hearts aseguraron que la pandilla era habitual del local y uno de los camareros recordó ver a Marc, una tarde lluviosa, acaramelado en un rincón con un chico de anchas espaldas, pelo corto y brazos musculosos. Nunca más los volvió a ver juntos. Podía ser el del retrato robot como podía no serlo.

Para el alegre, vasto y variopinto mundo gay de San Francisco, John Moore era un completo desconocido.

El resto de los amigos de Marc salieron limpios de la investigación, de igual manera que los clientes de Tyler-López PCS. Todas las coartadas fueron debidamente verificadas.

—Hot apple pie con salsa de canela —anunció David al dejar el plato frente al detective.

—Esto debe de ser una bomba.

El camarero se rio.

—No menos que lo que comiste antes. ¿Café?

—Que sea expreso. Y si me traes un vaso con hielo y una rodaja de limón, te lo agradeceré.

Una nota en el último folio de la investigación reseñaba como el cónsul de España en la ciudad, atendiendo a la doble nacionalidad del joven asesinado, había manifestado al Departamento de Policía su preocupación y malestar por la ausencia de resultados en el hallazgo del culpable, a la vez que pedía un esfuerzo extra. La reclamación armó un buen revuelo en el estamento policial y atrajo el interés de la Oficina del Gobernador, pero nada de esto fue suficiente para encontrar al culpable.

En algún momento de la investigación del asesinato de Marc Tyler-López, esta se había quedado estancada.

Bonnet atacó el pastel de manzana reflexionando. Al ser la primera investigación policial a la que tenía acceso, podía estar tan impecablemente realizada como hecha con los pies. Su inteligencia, en un principio, no puso ninguna objeción. ¿Qué pensaría su amigo el inspector Quintana?

Cerró el expediente y se puso a preparar el café del tiempo. David observó con curiosidad como su cliente, después de diluir el azúcar, vertía el líquido en el vaso con hielo y exprimía con los dedos la rodaja de limón.

—Nunca lo probé así.

—Te lo aconsejo.

John Moore camela a Marc Tyler, un chico bueno, trabajador y enamorado hasta las trancas. Tanto como para creerse cualquier historia que le quisiera contar. La intención de John es robarle, y toda esa mandanga sobre los tiempos en la relación no tenía otra función que evitar conocer a las personas más allegadas al chaval y esperar al momento idóneo para llevar a cabo su plan. Hasta aquí, un tema bastante común. Un espabilado sinvergüenza utilizando su encanto para aprovecharse de la debilidad humana. Algo que ocurría con mucha más frecuencia de la que cabría esperar. Sin embargo, el hecho de que le asesinara a sangre fría daba a entender, además, que se enfrentaban a un tipo muy peligroso. Lo que sin duda alteraba todas las perspectivas.

Bonnet pudo adivinar el resto. Tras seis meses de relación, Marc Tyler quiere dejar de jugar al escondite. A John se le acaban las excusas. El tiempo se le echa encima y decide llevar a cabo un plan que, sin duda, tenía preparado de antemano. Esa misma semana reservan el motel para dos noches, John le rompe el cuello en la primera y dispone de un día completo para vaciarle la cuenta corriente.

Maravilloso.

Bonnet llamó al camarero.

—David, ¿hay mojito?

—Claro. Pero permíteme que te aconseje mi especialidad, el adiós.

—Habrá que probar eso.

Tequila, ron, ginebra, vodka, triple seco, Sprite y Curaçao azul. Brebaje de atractivo color y sabroso sabor y con todas las papeletas para que subiera a la cabeza antes de alcanzar el estómago.

El detective decidió dejar de momento la copia de la agenda personal de Marc y se centró en la carpeta de Mila López. Retiró las gomas y descubrió un sobre con fotografías, tarjetas de visita profesionales, el permiso de conducir español y la última carta que le escribiera a su madre, fechada a principios de agosto, un mes antes de su asesinato.

La misiva desbordaba optimismo. Describía la prosperidad del negocio, el aumento constante de nuevos clientes y detallaba como en la segunda quincena de septiembre alquilaría una oficina y contrataría a dos empleados. Había pasado un par de días con la abuela Margot, tan chistosa como siempre. Mandaba besos al tío Antonio y deseaba que estuviera mejor del síndrome.

La postdata era una declaración de intenciones: «P. D.: Mamá, estuvimos en la playa y te envío esta foto. En octubre iré a España con un amigo».

Era la carta de un buen chico.

Convencido de que su historia de amor iba a salir a la luz, un paso ineludible consistía en presentarse en España con John. Una salida del armario a lo grande.

Un sinfín de deseos tirados a la basura; una vida joven, llena de esperanza, enviada directamente a la mierda. Tenía razón miss Marple: la maldad humana no conocía límites.

Sacó las fotografías del sobre. En una de ellas, Marc aparecía junto a Anne Wells. Estaban sentados sobre el césped de un parque y habían desplegado un mantel de cuadros y una cesta de pícnic. Detrás de ellos, se alzaba la estructura imponente del Golden Gate.

En otra instantánea, Marc, Annie y otros tres jóvenes ―una chica y dos chicos― se arremolinaban en la baranda de la cubierta de un barco en el muelle de Embarcadero. Detrás se erguía la torre del reloj del edificio Ferry.

El selfi que acompañaba la última carta mostraba a un sonriente Marc con la piel enrojecida por el sol guardando en el maletero una tabla de surf. Detrás de él, las sombras alargadas de otros bañistas abandonaban la playa, dirigiéndose a un paseo concurrido. Los últimos y sesgados rayos de sol remataban el fin de una jornada de baño.

Marc guiñaba un ojo. «Un chico muy atractivo ―pensó Bonnet―. Bonito cuerpo, bien modelado y una sonrisa encantadora». En la esquina superior se apreciaba parte de una espalda también quemada por el sol. ¿John Moore, quizá?

Pidió otro adiós. Se sentía bien. Había empezado la investigación, tenía la mente ocupada y estaba en camino de agarrar su primera borrachera californiana en el Mel’s Drive-In de la avenida Van Ness, en los bajos del hotel Opal.

En un arranque de actividad sin precedentes, sacó de su mochila las fotocopias grapadas de la agenda de Tyler, mientras con la otra mano aguantaba el vaso de cristal con el combinado estrella del camarero.

Citas con clientes, llamadas, recordatorios y reuniones, escritos en letra pequeña pero legible, de manera minuciosa y limpia. Bonnet admiró su diligencia, ya que nunca se salía de las líneas. A él le hubiera sido imposible tanta pulcritud, con su letra desgarbada e irregular. A primera vista, era el diario lógico y normal de un profesional con una carga asombrosa de trabajo, como le fue fácil comprobar.

En el mes de junio una anotación llamó su atención. Estaba trazada en mayúsculas y seguida de varios signos de exclamación. No parecía tratarse de un apunte profesional. «Trip to Tybee Island!!!».

David le trajo otro adiós, cortesía de la casa. «El último adiós», le dijo divertido, ya que tenían que cerrar. Bonnet no se equivocó en sus previsiones. El brebaje entraba con tanta facilidad como obnubilaba la vista.

Los últimos apuntes estaban registrados el mismo día de septiembre.

«Book Vallejo-Six Flags East. 2 nights».

«South Lake Tahoe. Sierra Lodge. 11 AM».

Se quedó pensativo unos instantes. El primero era un recordatorio para reservar la habitación en el hotel donde fue asesinado, pero el segundo resultaba de lo más chocante: al igual que la anotación de Tybee Island en junio, no seguía de manera escrupulosa las rayas de la agenda; por el contrario, estaba escrito en diagonal, ocupando por entero el espacio destinado a las citas de la tarde.

Eso solo podía significar que ambas anotaciones eran de una importancia significativa para Marc.

Bonnet miró las últimas páginas escritas de la agenda y torció el gesto. Dos días después, John Moore le hizo el amor y a continuación le rompió el cuello.



CAPÍTULO 5

Poco más pudo hacer que desnudarse con rapidez y meterse en la cama. Se durmió de inmediato, y lo hizo de un tirón hasta que a las siete de la mañana sonó el teléfono.

—¿Pero qué coño hace en San Francisco?

La frase retumbó en toda la casa, un lujoso apartamento de dos dormitorios, dos baños y un gran salón en el corazón de Earl’s Court. Julia, desde la cocina, lanzó una carcajada. Dejó de pelar patatas y se dirigió al salón.

—Lo ha contratado una señora a la que mataron allí a su hijo.

Isabel Blasco se hallaba tumbada en el sofá, tapada con una manta y una bolsa de cacahuetes al alcance de la mano.

—Y tú lo sabías —escupió.

—Por supuesto —dijo divertida—. Todos lo sabemos, pero como estás en ese plan...

—¡Yo no estoy en ningún plan! ¿Y por qué no me lo ha dicho él?

Julia dejó de reír y se puso en jarras.

—¡Pero qué coño quieres que te diga, si cada vez que intenta hablar contigo le haces fu como a los gatos!

—A mí no me hables así.

—Bah —se burló.

Isabel abrió sus grandes ojos y dejó caer un cacahuete a medio camino entre la bolsa y su boca.

—¿Tú crees?

Y comenzó a llorar.

Julia hizo un gesto de resignación. Agarró un pañuelo de papel y se sentó junto a su madre. Le limpió las lágrimas con delicadeza.

—Mamá, así no podéis seguir. Tenéis que hablar. ¡Ya!

Isabel le había cogido un miedo irracional al móvil. No se hallaba con fuerzas para encenderlo, descubrir las llamadas perdidas de Alex, leer sus mensajes de desesperación, cansancio o hastío. Era puro miedo de enfrentarse a la realidad. Para comunicarse con los demás, confiaba en su hija Julia. Pero alguna vez, como aquella tarde, le ganaba la curiosidad. Acababa de enterarse de que su amante se encontraba en California.

—¡Se va a meter en un lío! —se quejó.

—Tú siempre tan positiva.

—Es lo que siempre hace, hija.

—Bueno, en eso llevas razón —reconoció Julia.

—Y allí, tan lejos. —Hipó.

—Es que el viaje que debería haber hecho no es a San Francisco, sino a Londres, bonita.

Julia sacó más pañuelos de la caja.

—Ay, la hostia, mamá.

Cuando se calmó, bebió un trago de agua y agarró la mano de su hija.

—¿Qué hago?

Julia ablandó su mirada.

—Hablar con él. Hace mucho tiempo que deberías haberlo hecho.

—Tienes razón. —Isabel se llenó los pulmones de aire—. Pásame el teléfono. ¿Qué hora es en California?

Al escuchar el sonido de llamada, Bonnet alargó la mano para alcanzar el móvil. Una espesa bruma le rondaba la cabeza. Abrió los labios y sintió la boca pastosa. Recordó los adioses de David.

—¿Sí?

—Hola.

Con un movimiento rápido, se desprendió de la colcha y se sentó al borde de la cama.

—¡Isabel!

—¿Estabas durmiendo?

—Qué va —mintió carraspeando.

—Pues tienes voz de dormido —dijo, con ese irritante deje de chulería que sonaba como un balonazo en el estómago.

«Ya estamos. ¿Y qué importancia tiene? ¿Y por qué cojones tiene que replicar siempre todo lo que digo?».

—Pues estoy despierto —expulsó Bonnet en un tono también fuera de lugar.

La situación se repetía. Era una constante entre ellos. El silencio volvió a adueñarse de la conversación. El detective se maldijo a sí mismo. ¿Por qué le resultaba tan difícil mantener la calma al hablar con ella? Era insoportable. Respiró un par de veces.

Apaciguó su voz.

—¿Cómo estás?

Isabel Blasco tardó en contestar. Sus palabras crepitaron como las hojas secas al pisarlas.

—Bien. No estoy mal. ¿Y tú?

Y el aludido pensó en un disparo a bocajarro.

¿Por qué se comportaba así? Era ella quien le había abandonado y negado las explicaciones. También quien eludía las conversaciones, que cuando las había se convertían en diálogos de borregos y acaban como el rosario de la aurora.

—Perfectamente. Una ciudad preciosa, San Francisco.

—¿Y se puede saber por qué no me has contado que te ibas allí? ¿Y a qué has ido? —Sollozó—. Nunca me dices nada.

Aquello era el colmo. Bonnet se levantó de un salto, se dirigió a la ventana y se llevó las manos a la cabeza. A partir de ese momento, los reproches salieron por su boca en estampida. Cuatro meses de tensión rugieron a través de un sermón que, como si lo tuviera memorizado, no le dejó ni tomar aliento.

—¡A mí no me grites! —bramó Isabel.

El detective, con la cara congestionada, bufó lleno de rabia.

«Para chulo, mi pirulo».

—¡A tomar por culo!

—¡Joder, mamá! —El rostro de Julia estaba rojo de indignación. Abrió una caja nueva de pañuelos que arrojó sobre su madre—. ¿Pero qué cojones os pasa a vosotros dos?

Isabel no contestó, ahogada en lágrimas, temblando de pies a cabeza.

—Me tenéis hasta el coño, que lo sepas.

Alex se metió en la ducha con el rostro todavía encendido. Se vistió con lo primero que agarró del armario y salió de la habitación. Al abandonar el vestíbulo del hotel, llamó Laia, quien durante unos minutos dio cuenta de las novedades de la agencia. La conocida voz de su ayudante logró calmar un poco su ira. Necesitaba un porro, y con urgencia.

A nivel doméstico, Laia avisó que Rosario se había pasado cerca de una hora al teléfono con su madre. Ella misma pudo escuchar los gritos que salían del aparato. La asistenta, orgullosa en su papel de confidente, no dudó en contar con pelos y señales lo que sabía del asunto, porque «una madre tiene que saber esas cosas». ¿Qué hacia él en San Francisco? ¿Por qué siempre era la última en enterarse del paradero de su hijo? Y así.

La ayudante de Bonnet finalizó la conversación asegurándole que le reenviaría unos emails para que les echara un vistazo.

Respiró el aire fresco de Van Ness y se tomó unos segundos para chequearse. El altercado con Isabel había conseguido espabilarle y el malestar por la mezcla de bebidas alcohólicas de la noche anterior quedaba superado; el jet lag, también. Anotó mentalmente que el adiós del Mel’s era una bebida a tener en cuenta en el futuro.

Alcanzó su restaurante favorito en dos zancadas.

Rachel era así de intensa. Se enamoraba de pronto y de manera atolondrada. Eso de ir poco a poco no iba con ella; salir a cenar, al cine, dar un paseo, hablar. Chorradas. Si un hombre no le hacía palpitar al unísono el corazón y el pubis en el primer encuentro se daba media vuelta y se olvidaba del asunto. Ninguna conversación, por muy inteligente que fuese, lograba despertar sus sentimientos. Primero lo físico, después lo espiritual.

Desde que empezara su turno había estado pendiente de la puerta del restaurante. Cuando Alex Bonnet entró, sintió que sus articulaciones se volvían gelatina.

—Nuevo corte de pelo —observó el detective.

La camarera emitió una carcajada.

—Ciento veinte dólares tienen la culpa.

—Estás guapísima.

—Bien gastados, entonces.

Bonnet tomó asiento junto al ventanal, consciente de que ella había ido a la peluquería por él. Pero había algo más.

—Estás..., no sé, distinta.

—Serán tus ojos —coqueteó—, que me miran bien.

Alex pidió huevos revueltos, zumo de naranja y un café expreso con hielo y limón.

—¿Quieres probarlo? —le ofreció de la mezcla ya preparada.

Ella hizo un gesto hacia la barra.

—Al viejo Sam no le gustaría.

No era solo el viejo Sam. El staff del Mel’s descansaba sobre la barra, pendiente de su compañera y del cliente español causante de su espectacular tuneo. Llevaba un maquillaje discreto, perlas en los lóbulos, escote para perder el sentido y un brillante en la nariz que resaltaba como un lucero en su piel mulata.

El restaurante se llenó y Rachel estuvo muy ocupada, momento que el detective aprovechó para hacer una llamada. Llamó directamente al tío Antonio y le reprochó la falta de información sobre la sexualidad de Marc. El viejo se disculpó escudándose en las ideas retrógradas y en la vergüenza de su hermana para según qué temas.

—¿Algún secreto más? —preguntó con sorna.

Antonio López tardó unos segundos en contestar.

—Mila y Margot, la abuela de Marc, han discutido en varias ocasiones. De hecho, han dejado de hablarse.

—¿Por ese tema?

—Exacto. La última vez que hablaron, hace unos meses, Margot le reprochó a mi hermana sus ideas de «vieja bruja», palabras textuales, y la acusó por su comportamiento. «Si hubieras dejado de preguntarle por una novia que todos sabíamos que nunca existiría, quizá nos encontraríamos en una situación bien distinta».

Bonnet emitió un silbido.

—Culpabilizar a mi hermana no estuvo bien —dijo Antonio con amargura.

«Obviar la verdad, más cuando se trataba del propio hijo, tampoco», pensó el detective.

—¿Sabe si Marc se sinceró con su abuela?

—¿Respecto a ese hijo de puta, quiere decir? No creo. De ser así se lo hubiera dicho a la policía. Pero debe usted hablar con ella. Es una mujer muy sagaz.

—¿Marc les habló alguna vez de Tybee Island?

El detective tuvo que repetir el nombre.

—No me suena de nada. Le preguntaré a Mila.

De repente, a su memoria acudió el nombre del lago Tahoe, tanto de la agenda de Marc como de la conversación con Anne Wells.

—¿Y del lago Tahoe?

—Tampoco.

Sobre la fotografía de la playa, Antonio dijo que desconocía dónde fue tomada.

—Gracias, señor López. Si hay alguna novedad les informaré.

—Siempre he pensado que España debe de ser un país muy divertido ―comentó, haciendo como que recogía la mesa.

—Bueno, hay de todo. Pero seguro que te gustaría.

Como venganza estaría genial, regresar a España junto a una joven hermosa rebosando desparpajo. Según el código instaurado por las mujeres, calculó en diez minutos el tiempo que alguna del clan tardaría en informar a Isabel sobre la amiga que Alex había traído de Estados Unidos.

La señal de entrada de mensajes emitió un sonido parecido a la caída de una gota de agua. Tenía dos. El inspector Quintana se interesaba por la reunión con Pattison; a su vez, Jesús Medina pedía información sobre las mujeres californianas, además de preguntar si el ejemplar de ¡Qué me estás contando! lo quería enmarcado con o sin paspartú. Apostaba cualquier cosa a que esos cabrones se estaban tomando unas cervezas en la terraza del Comic.

Decidió contestarles más adelante. Preguntó en Google sobre Tybee Island y la versión en español de la Wikipedia le devolvió esta información: «Tybee Island es una ciudad ubicada en el condado de Chatham, en el estado estadounidense de Georgia. En el año 2000 tenía una población de 3392 habitantes». Gracias a la página tybeeisland.com conoció que era una población turística a orillas del océano Atlántico, tenía bonitas playas y un sistema hotelero excelente.

¿Un fin de semana romántico de Marc y John en la costa este?

Respecto al lago Tahoe, supo que se encontraba en Sierra Nevada, se dividía entre California y Nevada, disponía de varias estaciones de esquí y era un centro vacacional de primer orden a lo largo de todo el año. La entrada Sierra Lodge no le devolvió información concluyente y tampoco localizó ninguna página web asociada a ese nombre.

Le atraía la idea de pasarse la mañana entera en el Mel’s, esperar a que Rachel acabara su turno y subir con ella a la habitación, pero tenía varias horas por delante. Abrió el navegador y buscó la dirección del motel donde Marc fue asesinado. Pidió la cuenta.

—La invitación iba en serio.

—Mis ganas de ir, también. ¿Volverás?

—No lo dudes.

Rachel le entregó la cuenta junto a una nota con su número de teléfono. Bonnet anotó una buena propina en el ticket y lanzó un beso en el aire.

—Te llamaré.

El detective regresó al hotel y preguntó a la recepcionista.

—Tenemos un convenio muy ventajoso con esta empresa —informó solícita, mostrándole un folleto publicitario —. Hacen un diez por ciento de descuento a nuestros clientes. La agencia más cercana está en Bush Street. Aquí al lado. —La chica estampó el cuño del Opal en el folleto y se lo entregó.

—Perfecto.

Veinte minutos después se había decidido por un Suzuki SX4 con bluetooth y sin límite de millaje. Lamentablemente, es ese momento no disponían de ningún automóvil con navegador.

—En general, todo se resume en olvidar que tienes pie izquierdo. —Fueron las rápidas instrucciones sobre la conducción automática que le dio el empleado.

Antes de arrancar el motor, inició la navegación en el móvil y una voz metálica y nasal le fue indicando la ruta deseada.



CAPÍTULO 6

Se incorporó a la interestatal 80 a la altura de Bryant. Poco después enfilaba la estructura metálica del Bay Bridge por el tablero inferior en dirección este. El tráfico era intenso y avanzaba con extrema lentitud. Bonnet se quedó en el carril derecho y se dejó arrastrar por la circulación, lanzando miradas presurosas hacia el horizonte de la ciudad que se extendía a su izquierda, al otro lado de la Bahía. Al rebasar la primera salida hacia Oakland, el móvil sonó. Anne Wells tenía planes.

Aun con la ayuda del navegador, necesitó dar varias pasadas a la intersección de Ashby Avenue antes de dar media vuelta y dirigirse de nuevo a San Francisco. Annie le esperaba sentada en la escalera. Vestía un pantalón ceñido color verde pistacho, camisa de flores con muchos botones sin cerrar y una cazadora vaquera. De su hombro colgaba una mochila de cuero. No llevaba el pelo revuelto, sino primorosamente peinado y se había maquillado. Era la segunda vez, aquella mañana, que una mujer a la que acababa de conocer cambiaba su imagen de manera manifiesta.

—Perdona por la espera —rogó el detective—. Eso sí, no me preguntes cómo he llegado hasta aquí desde Oakland.

—¿Qué hacías en Oakland?

—Nada que no pueda hacer mañana.

—¿Golden Gate? —preguntó Annie, animada.

—Golden Gate.

Annie subió al coche.

—Gira a la izquierda, después de la señal.

Alex Bonnet obedeció y quiso circular sin prisas por las suaves colinas en las que se asentaba la ciudad, con calles flanqueadas de casas de fantasía y árboles frondosos. A lo lejos y de manera intermitente, se dejaba ver la roja estructura del puente fetiche de la ciudad.

—La luz de esta ciudad es maravillosa.

—Así es. Hasta que llega la niebla. —Anne señaló una calle—. Continúa por aquí.

—Annie, ¿qué fue del coche de Marc?

—Cuando la policía lo autorizó, lo llevé al garaje que utilizaba Marc. Allí sigue. Las llaves nunca aparecieron, usé la copia que guardaba aquí.

—¿No sabes conducir?

—Sí, pero no me gusta. —Esbozó una magnífica sonrisa y miró a su acompañante—. No puedo con la cuestas de esta ciudad. Me da pánico quedarme parada en una. Y si hay niebla, ni loca. La verdad es que no sé qué hacer con el coche. Supongo que debería hablarlo con Mila.

—Sería lo mejor.

—Mi novio me dijo que no pondría impedimentos en autorizarme a venderlo, ya que al final volver a ponerlo en marcha resultará más costoso. Pero, con sinceridad, no me gusta nada esa mujer.

—Comprendo. Yo lo haré.

Annie se agarró al asidero de la puerta y soltó una carcajada.

—Tú tampoco pareces muy experto en conducir.

La costumbre de utilizar la pierna izquierda, el movimiento automático para cambiar unas marchas inexistentes y unos semáforos que se empeñaban en ponerse en rojo en mitad de pendientes imposibles estaban dando como resultado una conducción angustiosa. Bonnet tenía la espalda empapada en sudor.

A través de una suave y prolongada pendiente, la federal 101 alcanzó el Golden Gate. Sencillo e imponente al mismo tiempo, el armazón de color rojizo se presentó de manera solemne, marcando su silueta en el azul del cielo. Bonnet sintió un escalofrío al circular por el mítico puente, una de las imágenes más conocidas y apreciadas del mundo, un espectáculo que imposibilitaba la concentración en el tráfico de la autopista.

—Impresionante —suspiró Bonnet.

—Esa es la palabra —convino Anne Wells, a gusto en su papel de guía—. ¿Sabes?, el peaje se cobra para entrar en la ciudad, no para salir.

—Curioso.

—Pararemos al otro lado, en el parking de Vista Point. Creo que es el sitio con la mejor panorámica. Atestado de turistas.

—A tus órdenes.

—¿No te gusta la música?

—Me encanta.

—Pues la llevas apagada.

Annie extendió el brazo y en unos segundos escucharon la sintonía de una emisora de radio.

—Arreglado. ¿Me dejas poner un disco? Llevo algunos en la mochila.

Aparcó la pick-up roja con cristales tintados frente al hotel Opal a las siete de la mañana. Podía haber llegado mucho antes, porque tampoco aquella noche pudo dormir. De hecho, apenas lo hacía; la extraordinaria potencia de su fuerza interior le hacía aguantar despierto días seguidos sin perder el aplomo ni mermar un ápice sus facultades.

El detective español salió pasadas las ocho, conversó unos minutos por teléfono apoyado en la pared del hotel y entró en el Mel’s. Su desayuno se alargó. Eso le enfureció. Las comidas largas eran de gente mediocre.

Cuando al fin terminó, Bonnet entró y volvió a salir del hotel. A continuación se dirigió a la calle Bush. Él se apeó del vehículo, introdujo monedas en el parquímetro y le siguió a prudente distancia. Veinte minutos más tarde, la elección de un automóvil japonés sin ningún atractivo le confirmó la vulgaridad de aquel personaje. No sabía explicar por qué, pero le había imaginado un buen gusto del que sin duda carecía. En cuestión de una hora, el gran detective español dejaba de ser un joven interesante para convertirse en un simple tipejo con un innegable atractivo físico como único interés.

No dejó de reír durante el seguimiento, divertido ante la torpeza con la que manejaba el coche y la sucesión de acelerones y frenazos en la conducción. San Francisco no era una ciudad apta para dandis de revista.

Cruzando el Puente de la Bahía imaginó que se dirigía al motel de Vallejo, pero al rebasar Oakland abandonó la interestatal 80 de un volantazo, dio varias vueltas sobre sí mismo en el nudo de Ashby y terminó accediendo de nuevo a la autopista en sentido contrario.

Respiró profundamente. Estaba furioso, pero no podía permitir que la ira se apoderara de su mente. Ahora, más que nunca, necesitaba tener todos los sentidos en alerta. Se relajó, palpando la suavidad de la piel del volante de la pick-up mientras guardaba una distancia prudencial con el Suzuki del detective.

¿Por qué había tanta mediocridad a su alrededor?

Él había pasado la noche sin dormir; otra noche de esperpentos nocturnos adueñándose del salón, pero disponía de la suficiente templanza para volver a controlar la situación. En cambio, el español era un ser inestable, torpe, un pobre diablo, un lerdo atractivo.

Le encrespaba enfrentarse a un contrincante de tan bajo nivel.

Annie buscó una canción en el reproductor del coche.

—Me encanta dar la bienvenida a San Francisco con esta canción.

San Francisco de Scott McKenzie, himno indiscutible del movimiento hippie. Y también, quizá, de la propia ciudad.

If you’re going to San Francisco,

be sure to wear some flowers in your hair.

If you’re going to San Francisco,

you’re gonna meet some gentle people there.

No resultaba sencillo conducir sin distraer la mirada del océano a la izquierda, la bahía a la derecha, las suaves colinas al frente, los cables del puente sobre sus cabezas. Alex Bonnet se sintió, de repente, alguien grandioso, limpio, más puro, como si aquella tierra mágica y sorprendente le acabara de bendecir.

De pronto, también, quedaba muy atrás la conversación con Isabel.

If you come to San Francisco,

summertime will be a love-in there.

Llegaron a Vista Point, el aparcamiento situado en el lado norte del puente y asentado sobre la pequeña bahía de Horseshoe, ya en el condado de Marin. Dejaron el coche junto a un autobús de turistas japoneses que copaban los mejores espacios para tomar fotografías.

Bonnet pensó en los cientos de imágenes grabadas en la memoria que no daban justicia al lienzo que tenía ante sus ojos. La estructura del puente se dirigía como una flecha hacia el perfil ondulante de una ciudad que parecía flotar sobre las aguas. El Golden Gate alardeaba de burlar a la naturaleza sobre el azul del estrecho.

Alex se sentó sobre el muro de piedra, absorto en sus pensamientos. Tardó en darse cuenta de que Anne llevaba una cámara fotográfica.

—Deberías verte la cara.

—Pensaba en lo maravilloso que es el ser humano cuando se lo propone.

—Tú lo has dicho. Cuando se lo propone.

Le pidieron a un turista japonés que les hiciera una foto; una instantánea con el Golden Gate Bridge a sus espaldas que quedaría genial como perfil de Facebook visible por medio mundo. Alcanzaron el sendero y se dirigieron hacia el puente.

La acera este estaba muy concurrida. El magnífico día animaba a pasear o a ir en bicicleta.

—La niebla puede aparecer en cualquier momento. —Annie acompañó su comentario abarcando el horizonte con sus manos.

No era la primera vez que hacía referencia a la niebla. El detective quiso preguntarle al respecto, pero un cartel azul con letras blancas llamó su atención.

there is hope. make the call.

Anne Wells se paró a su lado.

—Desgraciadamente, mucha gente opta por este puente para suicidarse.

La señal también advertía: «Las consecuencias de saltar desde este puente son fatales y trágicas». Y se proporcionaba un teléfono que conectaba con un gabinete de crisis.

—¿Es efectivo? —inquirió Bonnet.

—No mucho —reconoció con tristeza.

El detective se agarró a la barandilla. Observó un navío de la Marina estadounidense que navegaba a la altura de la isla de Alcatraz; justo detrás se extendía, bajo las colinas, la conurbación formada por Oakland, Berkeley y Richmond. A la derecha, la Pirámide Transamérica clavaba en el cielo su vértice de mármol blanco.

No se le ocurría un sitio menos apropiado para quitarse la vida.

—Los suicidas siguen viniendo —repitió Bonnet en un murmullo.

—¿Cómo dices?

—Nada, Annie, cosas mías.

—A Marc le fascinaba este lugar. Los domingos cruzábamos el puente en bicicleta y, si hacía bueno, hacíamos pícnic en Presidio.

Bonnet recordó una de las fotografías de la carpeta de Mila López, con Anne, Marc y otros tres amigos sentados en el césped de un parque.

—Claro que eso fue antes de que apareciera John —dijo bajando la voz.

Caminaban a paso lento, esquivando al resto de viandantes. La cantidad de gente sobre la plataforma era asombrosa.

—La influencia que ejercía sobre Marc no me gustaba nada —prosiguió la chica.

—Temías algo.

—Entiéndeme, no soy ninguna vidente, pero, como te dije ayer, sí tenía claro que esa relación acabaría haciéndole daño. Marc era una persona demasiado sensible y estaba necesitado de mucho amor. Una combinación nefasta.

Pronunció las últimas palabras con un deje tan extraño que el detective se preguntó si ella no habría sufrido también los zarpazos del desamor.

Como los estaba sufriendo él, sin ir más lejos.

La temperatura era muy fresca. En realidad, Bonnet no había sentido calor desde su llegada a la ciudad; al contrario, la fina cazadora que había metido en la maleta le resultaba insuficiente. Se lo comentó a su acompañante.

—«El invierno que más frío pasé fue aquel verano en San Francisco» —recitó la joven—. La frase, atribuida creo que erróneamente a Mark Twain, resume a la perfección el jodido tiempo frío, ventoso, nublado y neblinoso del verano de nuestra ciudad. Quien quiera pasar calor que no se acerque por aquí.

Bonnet hubiera pagado un potosí por unas caladitas de marihuana.

—Nunca pensó en volver a España, ¿verdad?

—No. Esa era una de las muchas conversaciones pendientes con su madre.

—He hablado con el tío Antonio. Ha intentado disculpar a su hermana.

—Muy típico —aseguró Annie—. Marc y su tío se querían mucho y tenían una relación especial. Siempre hablaba de él con verdadera adoración. Estoy segura de que al tío no le hubiese importado lo más mínimo si su sobrino era gay o testigo de Jehová.

—La abuela y Mila han roto la relación.

—¿En serio? ¿Qué pasó?

—Margot culpó a Mila de la muerte de Marc por su actitud.

Anne soltó una exclamación.

—Esa mujer es más fina que una aguja, lo noté enseguida. Bien por Margot.

Anne Wells encendió un cigarrillo; el detective aceptó uno.

Sacaron algunas fotografías más desde lo alto del puente. Luego sonó el móvil de Anne y se rezagó unos metros. Empezó a discutir acaloradamente.

—¿Todo bien?

—Sí —contestó con alegría—. Era mi novio. Diferencia de criterios.

«Bienvenida al club».

—¿Te puedo invitar a comer? —preguntó el detective.

—Inténtalo.

—Me apetece pescado.

—Sausalito.

Cuando regresaron al aparcamiento, el autobús de los japoneses había sido sustituido por otro con matrícula de Iowa. Una turba de jubilados con pantalones cortos, camisas hawaianas y sandalias con calcetines.

Pidieron mesa en la terraza de Salito’s, la casa del cangrejo y las costillas, tal y como rezaba el cartel con letras rojas bajo el nombre. «Combinación extraña», dijo el detective, pero Anne lo conocía y confiaba en su cocina.

Annie se quitó la chaqueta y se recogió el pelo con una goma de color rojo. Al detective le pareció una persona muy distinta a la que conociera la tarde anterior. No solo porque marcaba con detalle sus curvas y emanaba un perfume discreto, sino porque su rostro lucía limpio de pintura, cola o alguno de los líquidos extraños que utilizaba en su trabajo.

Tampoco llevaba sujetador.

—Casi nunca lo llevo. Es la suerte de tener las tetas pequeñas —soltó con desparpajo.

—Perdón —se excusó Alex.

—Tampoco es necesario que te pongas colorado.

Pidieron un plato de mejillones y otro de gambas a la plancha. Para beber, un vino blanco del valle de Napa, que sorprendió a Alex Bonnet por su excelente sabor.

—Anne, ¿cómo conociste a Marc?

Ella silbó, dejó una concha de mejillón en el plato y se llevó la servilleta a los labios.

—Yo llevaba unos ocho meses en la ciudad y las cosas no me iban demasiado bien. No lograba darle salida a mis productos y me buscaba la vida como podía. Tiraba una manta al suelo frente a Embarcadero o me pasaba los domingos en los parques. ―Anne hizo una pausa para meterse el mejillón a la boca. Bonnet recordó la argamasa húmeda, la maquina trituradora y los pergaminos colgados de las cuerdas, sin poder asociarlo a ninguna actividad consabida—. No conocía a nadie y solo tenía contacto con mi roommate, una chica que terminó por darme miedo.

—¿Miedo?

—Terror. Se pasaba las noches frente al televisor, sintonizando canales religiosos y escuchando predicadores que amenazaban con todos los males imaginables. Siempre llevaba una Biblia bajo el brazo, hasta cuando iba al baño. Cada mañana, sin apenas dormir, salía de la habitación con una cara de loca que espantaba. Jamás me dijo a dónde se dirigía ni a qué se dedicaba, y cuando regresaba por la tarde iba santiguándose por la casa, se sentaba en el sofá y volvía a encender la televisión.

—Una chiflada.

—Ya lo creo. Pensé largarme, pero no tenía dinero para mudarme. —Se encogió de hombros—. En esas fechas se organizaba un mercadillo en Castro y solicité un puesto. ¡Se pasó el fin de semana lloviendo! El segundo día vendí por valor de doce dólares, lo que unido a los veintiséis del anterior significaba que estaba bien jodida.

El detective sirvió más vino.

—Entonces apareció Marc frente a mi puesto.

—Ah.

—Se quedó, literalmente, con la boca abierta. Le encantó mi trabajo y me atosigó a preguntas: cómo lo hacía, qué materiales usaba, cuánto vendía. A pesar de la lluvia, se quedó junto a mí toda la tarde. Me trajo café, me invitó a cenar y me ayudó a recoger. Se llevó casi trescientos dólares en productos.

—Te arregló el día.

—Mucho más que eso. Me arregló la vida.

—¿Qué quieres decir?

—El domingo continuó lloviendo, pero además la temperatura bajó una barbaridad. El mercadillo estaba condenado al fracaso y los puestos que no lo habían hecho ya empezaron a recoger. Yo hice lo mismo, así que lo guardé todo en las cajas. Me había colocado en la esquina de la calle 20, frente a un grupo de casas que estaban reformando. Poco antes de las once, parte del tejado de una de ellas se desmoronó y me cayó encima.

—¡Joder! —se le escapó a Bonnet.

—Me desperté en el hospital, junto a Marc, que me cogía de la mano y me sonreía.

El camarero les trajo el resto de la comida, una orden de ostras y un lotsa crab para compartir.

—Marc llegó en el momento que se produjo el desmoronamiento. Se ocupó de llamar a urgencias y, mientras me trasladaban al hospital, recogió lo poco de mi trabajo que se pudo salvar y lo llevó a su casa.

—¿Fue grave?

Annie quitó importancia con un gesto.

—No. Ligera conmoción cerebral, dos costillas rotas y varias magulladuras. El cangrejo está excelente —dijo, chupándose los dedos.

—Sí.

—Marc no se separó de mí. Al salir del hospital me ofreció su casa, un estudio frente a Mission Dolores Park. Pagó la factura del hospital y me prestó lo suficiente para empezar de nuevo. También pagó el abogado que llevó a juicio a la empresa encargada de la reforma.

—Vaya.

—En realidad, me engañó como a una tonta.

La afirmación sorprendió a Bonnet.

—¿Te engañó? —exclamó.

—Jamás aceptó que le devolviera el préstamo, y ni un céntimo de la tajada que sacamos en el juicio. Pero con ese dinero alquilamos la casa de Loma Vista Terrace y compramos los muebles.

Él asintió, comprensivo. Empezaba a hacerse una idea de cómo era, en realidad, Marc Tyler López.

—¿Comprendes ahora lo de adictivo?

—Absolutamente.

—Aquella situación me regaló el tiempo y la tranquilidad que necesitaba, permitiéndome mejorar mi técnica y mis diseños. Gracias a Marc, tengo una estupenda lista de clientes y unos ingresos que nunca imaginé.

Permanecieron unos minutos en silencio, en los que el detective recordó a Amélie Poulain, la tímida camarera del Café des Deux Moulins y su entrega para ayudar a los demás. Se permitió también repasar algunas de las aventuras de Poirot y miss Marple con la esperanza de que esa evocación le iluminara hasta acertar en la pregunta clave que resolvería el caso en un puñado de páginas.

—Anne, supongo que ya lo habrás pensado, pero ¿no es posible que en alguna conversación Marc te dijera algo importante? Hay veces que no le damos importancia a las cosas, pero que pueden cambiar completamente de significado según el contexto.

—No hay un solo día que no piense en ello, te lo aseguro.

Anne Wells se puso de nuevo la chaqueta y empezó a caminar hacia el coche.

—Fui sospechosa, al igual que los chicos, y te aseguro que los interrogatorios en comisaría no fueron nada agradables. Durante todo ese tiempo no hice otra cosa que estrujarme la cabeza. Pero mi obsesión no terminó con el fin de la investigación. Me desvelaba cada noche mientras repasaba una y otra vez los seis últimos meses. Empecé a tomar somníferos y unas pastillas hechas con una mezcla de plantas chinas que, según me aseguraron en la tienda, eran excelentes para la memoria.

—¿Funcionó?

—Para nada. Lo único que conseguí fueron tres días con una diarrea espantosa.

Bonnet accionó el mando para abrir las puertas del Suzuki. Preguntó a Anne Wells si los controles de alcoholemia eran frecuentes.

—A estas horas, no.

—¿Te apetece conducir?

—Ni lo sueñes —dijo sonriendo, apresurándose a entrar en el auto por la puerta del copiloto—. Si no estás en condiciones, cogemos un taxi.

El tráfico era mucho más denso y Bonnet tuvo que agudizar los sentidos, aletargados por el vino californiano. Annie permanecía en silencio, perdiendo la mirada en el océano y acompasando la música con golpecitos en la guantera.

El sobresalto fue repentino. El instinto le llevó a mirar por el espejo retrovisor. Algo ahí fuera le resultaba chocante, extraño, como si no encajara en la densidad del tráfico que se disponía a entrar a la ciudad de San Francisco. Poco antes de llegar al área de peaje encontró un hueco y cambió de carril. Controló la imagen del espejo, sin encontrar la causa de su preocupación.

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Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2025
Hacim:
398 s. 48 illüstrasyon
ISBN:
9788412332872
Telif hakkı:
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